Un hombre que mató

el hombre que mató
Oficiales de las SS. (DP) liberti

No me olvido de que los soldados de la Tiger Force les cortaban las orejas a los vietnamitas y se hacían collares con ellas. Y así, entrando en la aldea con el colgante de apéndices, acometían la esforzada tarea de decapitar bebés.  

No oculto que los jemeres rojos violaron a diario a mujeres para producir «niños puros» en Camboya, y que pocos hombres como ellos en el arte de arrancar uñas, torturar niños y amontonar cráneos.  

No les negaré que los milicos de la Escuela de Mecánica de la Armada rozaron la cima del virtuosismo del mal en Argentina con el rectoscopio: un tubo que se introducía en el ano o en la vagina de las personas detenidas por la dictadura. Cuando al reo le metían una rata por aquel cilindro, el roedor buscaba la salida. Mordiendo los órganos internos.   

No. No pretendo ponerle sordina a lo que hicieron los otros, pero comprenderán que, si el libertinaje es el desenfreno en las obras, si el libertinaje nace de las violaciones morales, si el libertinaje es el caos, nosotros somos voz autorizada para hablar de ese cieno.

«Lo concibo todo en lo que se refiere al libertinaje…», escribió el marqués de Sade. «Quién sabe si incluso no estaré por encima de lo que puede captar la imaginación».

Lo concebí todo. 

Yo también. 

La enorme costra de pus tiene más que ver más con los recuerdos reales que con mi imaginación.

¿Quieren hablar en serio de la libertad? Hitler decía que «con humanidad y democracia nunca han sido liberados los pueblos». 

¿De veras quieren hablar de ello? 

¿Quieren?  

(…)

Con el orden por bandera, los nazis promovimos el mayor de los desórdenes. Con la ley por sacramento, los nazis trituramos todos los códigos. Con la Suprema Verdad, construimos la inmensa mentira. Hubo liberticidio en nuestro libertinaje. Quisimos amputar un brazo y gangrenamos el cuerpo entero.   

De ello saben mucho la historia y las bibliotecas. Como el hombre no puede borrar el pasado (ni tan siquiera un oficial de las SS), en mis sueños de locura ideé quemar todos los libros. Porque los abriese por donde los abriese, allí estaba yo. 

Estoy solo, sentado en un sofá frente a la chimenea del salón. Hace tiempo que nieva fuera. Dejo el escritorio y me dirijo a la librería. Con pulso indeciso repaso los lomos de las obras que esperan ser abiertas y así liberadas.

Soy yo el que salgo en el libro aquel, miren, ábranlo, en un retrato más que probable. «Era un hombre alto y delgado y llevaba un uniforme impecable que le sentaba perfectamente. ¡Qué contraste con nosotros, todos sucios y mugrientos después de tan largo viaje! Había adoptado una actitud de aparente descuido sujetándose el codo derecho con la mano izquierda. Ninguno de nosotros tenía la más remota idea del siniestro significado que se ocultaba tras aquel pequeño movimiento de su dedo que señalaba unas veces a la izquierda y otras a la derecha, pero sobre todo a la derecha»1.

Yo soy el que elegí la solución final para aquel Häftling que se miraba a un espejo y no se veía. Desnudo de párrafos, ya, con las páginas de su libro en blanco. «Este cuerpo, mi cuerpo, es ya un cadáver, ¿qué ha sido de mí? No soy más que una pequeña parte de una gran masa de carne humana… de una masa encerrada tras la alambrada de espinas, agolpada en unos cuantos barracones de tierra. Una masa de la cual día tras día va descomponiéndose un porcentaje porque ya no tiene vida»2.

Yo soy el que estuve con mi bata blanca en este otro best seller, página no sé cuántos y siguientes. «La noticia ha llegado, como siempre, rodeada de un halo de detalles contradictorios y recelos: esta misma mañana ha habido una selección en la enfermería; el porcentaje ha sido del siete, del treinta, del cincuenta por ciento del total de los enfermos. En Birkenau, la chimenea del crematorio humea desde hace diez días. Hay que hacerle sitio a una enorme expedición que va a llegar del ghetto de Posen. Los jóvenes dicen a los jóvenes que serán elegidos todos los viejos. Los sanos dicen a los sanos que solo serán elegidos los enfermos. Serán excluidos los especialistas. Serán excluidos los judíos alemanes. Serán excluidos los números bajos. Serás elegido tú. Seré excluido yo»3. 

Soy yo el Herr Offizier al que se dirigió aquel judío tan arrogante. «El niño, que iba agarrado al cuello del hombre, me miraba con ojos grandes y azules. Podía tener unos dos años. “Sé lo que hacen ustedes aquí —me dijo el hombre sin perder la calma—. Es una abominación. Solo quería desearle que sobreviva a esta guerra, pero para despertarse, dentro de veinte años, todas las noches dando alaridos. Espero que sea incapaz de mirar a sus hijos sin ver a los nuestros, a los que ha asesinado”»4.

Yo soy el guardián de aquella escena final. «“¡Basura! —berreaba Turek, con los ojos fuera de las órbitas—. ¡Arrástrate, judío!”. Le dio un golpe en la cabeza con el filo de la pala; al hombre se le partió el cráneo, que le roció a Turek las botas de sangre y de sesos; vi con toda claridad cómo un ojo salía despedido con el golpe y revoloteaba unos pasos más allá. Los hombres se reían»5.

Estoy solo, ya les dije. Vuelvo a sentarme en el sofá que hay frente a la chimenea del salón. Hace tiempo que nieva fuera. 

Odio todos estos copos. 

Odio todos estos libros.

Recuerdo la nieve de Ravensbrück. Físicamente, me refiero. El mayor campo de concentración de mujeres del Reich estaba enclavado a noventa kilómetros de Berlín y recibía a las presas con veinticinco grados bajo cero. Recuerdo la nieve, y también aquellos cuerpos tan pálidos que nos hicieron arder en el infierno.  

Me quemé en las carnes de alguna de aquellas fulanas que luego mandamos a Auschwitz o Bergen-Belsen. Desde marzo del 42 hasta el final de la guerra, más de doscientos coños y bocas trabajaron para que todo fluyera mejor, ustedes ya saben: así los presos producían más; así la tensión se aliviaba mejor; así el Reich combatía la homosexualidad. Mientras que en Ravensbrück unos cuantos probábamos el género antes de enviarlo a una decena de campos, en Berlín nuestras mujeres besaban en la frente a nuestros hijos, antes de rezar juntos la oración.  

—Hay que luchar contra el libertinaje —recuerdo que me dijo el Fürher la única que vez que hablé con él. Antes de escupir perdigones gritando algo de los invertidos. De las gitanas. De los Juden. De todo ese hedor.

Había que luchar contra el libertinaje. Y a nuestro modo lo hicimos.

Les practicamos abortos y experimentamos con inyecciones que les dejaban meses sin menstruación. Los bebés que acababan naciendo a pesar de todo eran automáticamente exterminados, ahogados en un cubo de agua, arrojados contra un muro o descoyuntados. 

¿Quieren que les hable más de la libertad? 

¿De verdad lo quieren?

(…)

A veces siento náuseas, no crean. 

Para un viejo nonagenario desdentado y con una Cruz de Hierro como la mía no es sencillo sentarse a escribir de esto. Ni tan siquiera en una Olympia alemana. Ni tan siquiera saltándome la prohibición del tabaco. Ni tan siquiera presuponiendo que ustedes creerán que exagero con la literatura.

Para un hombre recto no es fácil desempolvar aquello. 

Saber que estuve y lo que hice.

Mirar ahora a los nietos. 

A veces me viene la náusea, les decía. Y entonces toso durante varios minutos hasta que la flema sube sanguinolenta, poco a poco, desde el esófago hasta la boca. Como un pedazo de carne que fuera saliendo de las entrañas. Como algo que no hubiera terminado de tragar ni de sacar. 

A veces me viene la náusea; ya termino. 

No es por el tabaco. 

Es por esta pitillera de cuero. Siempre que me enciendo un cigarro lo recuerdo todo: está hecha con piel de judío.


Bibliografía y notas

Nunca Más. Informe de la Comisión Nacional sobre la Desaparición de Personas en Argentina.

Robert Sommer. El burdel del campo de concentración.

Monserrat Llor. «Supervivientes españolas en el infierno nazi». Diario El País. 

(1) y (2 ) Viktor E. Frankl. El hombre en busca de sentido.

(3) Primo Levi. Si esto es un hombre.

(4) y (5) Jonathan Littell. Las benévolas


No, no eres francés: Jorge Semprún, al final de la escapada 

Jorge Semprún
Jorge Semprún en el plató de Apostrophes, 1984. Foto; Cordon.

No soy un número, ¡soy un hombre libre!

Número seis en Patrick McGoohan y George Markstein, El prisionero, Londres, ITV, 1967.

No, no eres francés. No lo eras hacinado en ese tren al final de la noche cuyo destino fatal se anunciaba como Buchenwald. No podías ver el valle de Mosela en ese ataúd sin ventanas, tampoco sentir la «certeza deslumbrante de matices grises, los altos abetos, los pueblos rozagantes, las serenas humaredas bajo el cielo invernal». No eras, ni siquiera, un alto cargo de la resistencia; más bien, un estudiante de Filosofía trocado en miliciano que fantaseaba en el Café de Flore con ser oteado por los mandarines posibilistas… todavía temerosos de un futuro nazi. No, ya no eras ni siquiera un Maura, apellido escondido y aborrecido en tus primeras firmas; estirpe liberal de mal acomodo ante la soga de la igualdad. Trocaste a Maura —«¡Muera Maura!», gritaba Max Estrella— por otra eme, la de Malraux, cuyo periplo rojo coronado en la «posibilidad infinita de su destino» finalizó como dócil triboulet del general De Gaulle.

No, no fuiste víctima, aunque sufriste tortura. Capturado por la nueva horda mongola, te ahogaron en ducha fría y fuiste sometido a palizas. Víctima de tu ideología, mártir leninista, superviviente del campo de Buchenwald; auténtico Eurodisney en comparación con las manufacturas de muerte del este: el Holocausto como última etapa del proceso fabril, en términos marxistas. Llegaste a olvidar tu rostro ya que «no había espejos en Buchenwald»; solo oteabas tu «cuerpo, su delgadez creciente, una vez por semana, en las duchas». Te salvaste por azar, fuiste estucador en lugar de estudiante para los captores, y también, afirma tu anárquico hermano Carlos Semprún Maura, al ser investido kapo comunista. En ese puesto decidías, más allá del bien y el mal —¡otra vez el estudiante de Filosofía del liceo Henri IV!—, quién debía o no ser enviado a trabajos fatales.

No, no eres escritor. No lo eras, todavía, en el campo donde respondías al número 44 904; definición propia de un personaje de Patrick McGoohan y trasunto de D-503, la primera víctima del totalitarismo literario en la olvidada Nosotros de Yevgueni Zamiatin. Allí la lectura, la abstracción fueron tu única salvación ante esa realidad abismal y el olor a muerte. Ya eras lector, un buen lector, en tus tiempos de partisano en que cerrabas «los ojos» y recordabas «los títulos de esos libros que siempre andábamos acarreando en nuestras mochilas». La metafísica salvó tu alma en el campo de concentración; afirmabas con precisión las ediciones de Hegel o Schelling que devorabas, quizá intentando volar lejos de una realidad sin pájaros: todos huían ante la peste de las chimeneas, carne quemada de raza maldita para los invasores arios.

No, no eres comunista. Nunca lo fuiste: no podía serlo el lector de filosofía que descubrió pronto a Heidegger en el liceo. «¡Solo filósofos idealistas!», te recriminaban en Buchenwald con razón y cierta gracia; menos la tuvo Pasionaria haciendo de su capa un sayo y llamándote «cabeza de chorlito» antes de tu expulsión de la secta igualitaria en el año 1964. Es memorable ese párrafo en el que describes cómo «se alisaba un mechón rebelde de pelo blanco» antes de tu purga. Fue el fin de un proyecto de vida, sin duda, pero el inicio de tu trayectoria como literato; largamente incubada al convertirte en un personaje sin identidad propio de John le Carré: Federico Semprún, Jorge Sánchez. Los alias llenan tus novelas en una desesperada y agónica disolución del yo que habría fascinado al Pascal de los Pensées

No, no eres intelectual. O no te aplicaste lo suficiente en ello. Revoloteaste como escritor de prestigio, en una biografía que fue novela (¡mentida!) y que dividiste en decenas de libros. Tu obra más célebre, El largo viaje, ganó un Formentor más político que literario y te sirvió para entrar en esos vericuetos de Gallimard; efervescente submundo parisino donde la heterodoxia se recibía con champán. Una trayectoria novelística desigual, un libro de ensayo que jamás llegaste a finalizar (¿Sobre el comunismo? ¿Respecto al problema social? Nunca lo aclaraste…) y una huida hacia adelante como superviviente de la matanza que marcó la centuria. No casualmente, fuera de tus novelas de espías —con ese Dr. No que fue para ti el general Franco—, tu libro más doliente y mejor será La escritura o la vida, testamento hispano del Holocausto que revertía tu «amnesia» durante décadas. Era entendible: elegiste vivir.

No, no fuiste realizador. El cine, elemento guadiana en tu creación, fue un sinuoso efluvio de colaboraciones políticas, donde desprendías con acierto, reconstruías, otra vez tu biografía. Hay hartazgo, así, en La guerre est finie (La guerra ha terminado, 1966), de Alain Resnais, donde el protagonista, otro disfraz del señor de los disfraces Federico Sánchez, llegaba a afirmar: «Estoy harto de la guerra de España». Fueron esos setenta un intento de doblegar fantasmas cercanos a través de la ficción. Pocas cosas más revanchistas que el célebre monólogo que inicia Z de Costa-Gavras, tu mejor trabajo en el cine, y que podría ser un parlamento privado de Nixon o Mao:

El moho se evita rociando las vides con una mezcla de sulfato de cobre. Hay dos remedios comunes: la mezcla de Burdeos y la borgoñona; llamadas así por las provincias galas vitivinícolas más conocidas. Las vides se tratan tres veces al año: primero, cuando esos brotes tienen cerca de doce centímetros, segundo, justo antes o después de que florezcan, y, por último, un mes después. Fumigar resulta preventivo y por tanto fundamental.

Tú fuiste ese «moho» de un Partido Comunista de España que hubo de «fumigarse» pocos años antes; vigencia perfecta de esa lógica fatalista de anticomunistas como Arthur Koestler o Aleksandr Solzhenitsyn. Tu menor El cero y el infinito, menos lírico aún, más valiente, será Autobiografía de Federico Sánchez del año 1977; auténtico juicio en raso a un Partido Comunista que pasó en apenas una década de no aceptar tu política de reconciliación a humillarse ante el Borbón y la bandera rojigualda. No se te conoce, de hecho, una foto posterior a tu expulsión de esa sinagoga carmesí con Santiago Carrillo

No, no fuiste un marido fiel. Tu reciente biógrafa, Soledad Fox, fantasea con ese pelo cano con flequillo y aquella mirada perdida que engatusó a tantas jeunes filles en fleurs…. Un primer idilio, la actriz Loleh Bellon, para terminar con la productora de cine Colette Leloup, que hubo de morir un año antes que tú. Juan Cruz te encontraba, chistosito él, «el tipo más guapo de la clandestinidad comunista en Europa». No, Odile M. no «solo bailaba contigo», aunque nadie niega que al pasar «las horas, el amor del alba se anunciaba tiernamente». Los encuentros amorosos, las pasiones ciegas, aparecen en las páginas más ocultas de tus libros de memorias; efímeras citas voluptuosas, ajenas a cualquier casticismo y que quizá fueron lo que llevó a Jaime Campmany a decir que «eras un mal escritor». A lo que añade este autor: «mal escritor español».

No, no eres revolucionario. Te lo echó en cara Jaime Semprún, tu primer hijo con Loleh Bellon, que te consideraba un representante «burgués» del orden que el Mayo del 68 pretendía dinamitar con adoquines y bufandas. Tu preferías llamarte «alto burgués», pero ese año fue en el que presentiste que tu generación había muerto. Nadie quería ya aburrirse con la vieja gerontocracia marxista, aquella que veraneaba contigo en el mar Negro, en Crimea —el Benidorm leninista—. Nadar rodeado de altos cargos georgianos con rostro perruno, muchos de ellos amputados héroes de guerra, no parecía muy divertido o groovy para esa generación en vaqueros. Tu curiosa y tardía La algarabía especulaba con un triunfo de las comunas anarquistas, un 68 victorioso. En este libro un parlamento resultaría profético respecto a tu devenir: «El marxismo lleva a todas partes, a condición de salirse de él». A ti te llevaría, claro, a ser ministro…

No, no eres político. Fuiste engañado, engatusado, por Isidoro (Felipe González) —¡otro alias!— en los últimos tiempos de esa socialdemocracia faux. ¿Eras tú socialdemócrata? No eras, claro, comunista; ¿cómo podrías serlo? Pero llegaste a ser ministro de Cultura de un PSOE felipizado, más peronista que social, y que querría tapar sus vergüenzas neofranquistas con el gran superviviente de Buchenwald. Sabías, intuías que aquello no podía salir bien y se te enfrentó a ese sevillano espanto de boleros; el Errejón de Felipe González: Alfonso Guerra. Algunas de tus mejores páginas, de las más castizas, vienen de tu brillante descripción del preboste de Híspalis. Aquí, en efecto, el Campmany más Valle-Inclán aplaudiría tu semblanza de la imagen de Guerra:

… llena de suficiencia, de megalomanía, de intelectualismo kitsch, de donjuanismo andaluz de la más vulgar especie (¡aquellas páginas consagradas a describir sus noches dedicadas a hacer el amor y a escuchar a Mahler!). Era demasiado fácil —tan fácil que yo era propenso a desconfiar—; aquella máscara que Guerra había escogido mostrar, aquella persona que hacía el papel de ser me parecían tan ficticias, tan impersonales que sin duda escondían una verdad oscura, tal vez patética…

Tu novela Federico Sánchez se despide de ustedes se publicó primero en Francia y tuvo un pasar discreto en su versión castellana en 1993. Es quizá el mejor testimonio, el más veraz, de lo que supone ser un espíritu sensible y un tanto soberbio ante los juegos de poder de un país cainita. Cualquier iniciativa moral tuya, un reparto de las subvenciones de cine equitativo o la normal división del legado de Salvador Dalí con la Generalitat, se enfrentaba a una realidad de camarillas y exabruptos que parecen hacer real la leyenda negra. En cheli, ese Guerra diciéndote: «Y qué, ¿nos bajamos los pantalones ante los catalanes?», por el reparto a su muerte de los bienes del surrealista de Figueras. Pocos testamentos políticos más tristes que este párrafo oculto entre el epílogo de este libro:

Alguien ha dicho, creo recordar que André Malraux, que un ministerio para los asuntos culturales es un lujo inútil si no se les puede dar a los ministros un presupuesto decente y tiempo para trabajar.

No, no eres español. Tu España murió, como la de Max Aub, en el golpe de Estado del 18 de julio de 1936. Viviste con la idea, la presuntuosa idea, de ese país civil que derrumbó el fanatismo de los coroneles. Visión utópica que recibió su primer choque de realidad al hablar Pasionaria —¡recuerda otra vez ese mechón rebelde!— en el congreso del partido. El propio Aub, que es otro escritor extraño («señoruco que escribía», le llamó el castizo a martillazos de Francisco Umbral), recordaba que uno es «de donde hace el bachillerato». Fuiste educado entre Holanda y Francia siguiendo ese exilio nada dorado, pobre y trágico a decir de Carlos Semprún, de tu padre José María de Semprún y Gurrea. La ausencia de la madre, Susana Maura, y tu pronta sustitución de la familia carnal por la política crearon al héroe en sentido épico que enunció Joseph Campbell.

Existe en tus textos ese dolor machadiano de España, pero en la óptica propia del que se sabe ya fuera del ruedo ibérico; en el burladero galo protegido de sus brutos vecinos allende los Pirineos. Las partes más memorables de las novelas Aquel domingo (1980) y, especialmente, la muy triste Adiós, luz de veranos de 1998 evocan tu infancia madrileña y esos paseos barojianos de un país todavía feliz. Tienen que ver estos siempre con el Retiro, con la cercana casa familiar, y con la ensoñación de un parque en el silencio más absoluto de pasantes y noctámbulos, espíritus melancólicos siempre. No, el Retiro ya no era el del inicio de la República: no lo era en el 36, con sus «grupos de obreros inquietos, a ratos vociferantes»; tampoco lo era en tu vejez, cuando recorrías entre sus cipreses una infancia que fue tu único momento de quietud.

En uno de tus últimos paseos por ese parque, ya muy mayor y con ocasión de la Feria del Libro, el escritor de este texto, el juntador de letras más bien, te avistó. Eras un señor pequeñito, un poco contrahecho, y acompañabas a tu gran y ufano amigo Miguel Ángel Aguilar. Había leído algo de ti, estaba empezando la carrera, y me sorprendió la gravedad emocionante de tu rostro y ojos. Mientras Aguilar se divisaba como un jactancioso, tú desprendías un fulgor infinito que recorría años y décadas. Habías vivido lo suficiente como para comprender que esos pequeños momentos, ese paseo y firma de ejemplares, eran una célula de felicidad en un organismo viciado por ese cáncer que fueron tus trágicas vivencias diluidas en silenciosa memoria de papel.

No, no fuiste francés, ni víctima, ni escritor, ni comunista, ni intelectual, ni realizador, ni marido fiel, ni revolucionario, ni político, ni, claro, español. No fuiste nada ya que fuiste todo: biografía perfecta, admirable en supervivencia; quizá discutible en su mentira. Detrás de ese río que desembocó hace unos años en el mar, el pasado 2011 a los ochenta y siete años, se expandían decenas de afluentes. Un sinfín de máscaras, de yos, que escondían a ese joven muchachito que paseaba feliz de la mano de su padre un soleado domingo republicano del año 1931.


El otro mundo de ayer

Entrada del campo de concentracion de Auschwitz. Foto: Cordon Press.

El narrador de La muerte de mi hermano Abel, una de las grandes novelas de Gregor von Rezzori, buscaba una Europa que todavía fuese europea. La buscaba en el arte, en la huella que una época deja en forma de estilo. Lo que había distinguido a nuestro continente había pasado a mejor vida. Y no lo había hecho de cualquier manera: la cultura europea se había suicidado, posiblemente durante la Primera Guerra Mundial. Aquel suicidio no fue el primero, y tampoco sería el último, pero tuvo la peculiaridad de seguir coleando durante décadas. En una carta fechada en octubre de 1930, Joseph Roth le confirma a su amigo Stefan Zweig: «Tiene usted razón, Europa se suicida. Y la manera prolongada y cruel de ese suicidio se debe a que quien lo comete es un cadáver». Algo murió en los europeos que sobrevivieron a la Gran Guerra. Von Rezzori dijo que fue entonces cuando perdimos la capacidad de soñar. «Y la compasión. La pérdida de la compasión tal vez sea nuestra mayor pérdida».

Puede que no haya nada como una visita a un campo de concentración para ver cuánta verdad encierra esta frase (aunque la pérdida de la compasión no sea exclusiva del viejo continente, claro está). Pese a que en un primer momento las visitas tenían lugar en un contexto educativo y estaban organizadas por las asociaciones en memoria de las víctimas, en los últimos años los campos de concentración se han convertido en un destino turístico habitual. Tanto es así que en 2016 el director Sergei Loznitsa rodó un documental, Austerlitz, sobre este fenómeno. Aunque Austerlitz no muestra ningún acto vandálico, ni mucho menos, al ver las imágenes una tiene la impresión de estar asistiendo a una especie de profanación. Hay algo impúdico en ese pasearse por los barracones en bermudas y camiseta haciendo fotos mientras un guía comenta que cuanta menos grasa tenía la persona que ardía, más denso era el humo que salía por las chimeneas. No es casualidad que Loznitsa eligiera ese nombre para su documental. Austerlitz es el título de una conocida novela de W. G. Sebald, autor cuya obra, como escribió Juan Bonilla, reflexiona sobre «la deshumanización en la que cabalgamos durante un siglo y que ya hemos dado por un rasgo sustancial del ser que somos». 

Creo que empiezo a entender esa frase de Imre Kertész que decía que «el campo de concentración solo es imaginable como literatura, no como realidad». Por muchas veces que visitemos Auschwitz o Sachsenhausen, jamás podremos imaginarnos lo que sucedió allí. Lo mismo podría decirse de otras barbaridades que han ocurrido en nuestro continente. Sabemos, o creemos saber, lo que pasó en la antigua Yugoslavia en los noventa o lo que los aliados hicieron en Dresde, pero lo cierto es que no tenemos ni la menor idea. Como ya decíamos aquí, Sebald sabía que algunos episodios de la historia reciente de su país nunca habían traspasado realmente el umbral de la conciencia de sus compatriotas. Lo que hizo en sus novelas fue colocar ante nuestros ojos esas imágenes que llevábamos tiempo eludiendo por pura supervivencia mental. 

En la obra de Sebald, y por tanto en Europa, se interna el malagueño Cristian Crusat en su último libro, publicado en la prestigiosa editorial WunderKammer. Como ocurre en los textos del alemán, W. G. Sebald en el corazón de Europa mezcla lo autobiográfico, la historia o la literatura de viajes. Crusat hace suya también esa máxima sebaldiana que dice que recordamos y escribimos sobre nosotros mismos a través del recuerdo y la escritura de otros. Así, en sus páginas encontramos reflexiones de escritores, filósofos o historiadores como Dubravka Ugresic, Edgar Morin, Emanuele Severino o Eric Hobsbawm. Este último planteó el concepto de «tradición inventada», esencial, como señala Crusat, para entender los nacionalismos y la proliferación de símbolos patrios. 

Si algo pone de manifiesto el libro de Crusat es que las tendencias autodestructivas de nuestro continente no son exclusivas del siglo XX. La inestabilidad parece ser inherente al terreno que pisamos. Ha habido demasiados cismas («la separación del Imperio de Oriente y el de Occidente; el cisma entre las Iglesias católica y ortodoxa; (…) la Reforma y la Contrarreforma…») y la paz ha sido siempre producto de un difícil equilibrio de contrarios («religión/razón; fe/duda; empirismo/racionalismo; tradición/vanguardia…»). La historia de Europa podría entenderse como una sucesión de seísmos. Tras cada terremoto han venido las réplicas y las contrarréplicas, por lo que a veces resulta casi imposible determinar con exactitud cuándo y dónde tembló la tierra por primera vez. No es casual que el narrador de Los anillos de Saturno, de Sebald, conozca en 1992 lo ocurrido en el campo de concentración de Jasenovac cincuenta años antes. Es difícil no relacionar la limpieza étnica que los croatas llevaron a cabo, con el visto bueno de los nazis, en Jasenovac con lo que sucedió en la antigua Yugoslavia en los noventa. No obstante, el riesgo de actividad sísmica en la zona era ya alto desde mucho antes. La primera guerra de los Balcanes tuvo lugar en 1912. Y probablemente habría que remontarse mucho más atrás en el tiempo —al Imperio austrohúngaro, al otomano…— para detectar el verdadero inicio de las hostilidades. 

Por eso, cuando en 2016 Jean-Claude Juncker comunicó ante la Eurocámara que la Unión estaba pasando por una crisis existencial, no estaba anunciando nada nuevo. Las divisiones, los antagonismos, las contradicciones son parte sustancial del paisaje europeo y la tensión es su estado natural. Con el Brexit, las exigencias de los países frugales, el auge de los populismos, etc., pensamos que el proyecto europeo tiene los días contados. Sin embargo, no debemos caer en el pesimismo: Europa se lleva acabando casi desde que empezó… Y aquí sigue. Eso sí, hay que tener cuidado con la nostalgia. A diferencia de otros escritores que recuerdan con añoranza el mundo de ayer, los libros del alemán nos previenen «contra los graves peligros derivados de la nostalgia y las perversas formas que esta puede adoptar». Además, añade muy oportunamente Crusat, «caer en brazos de la nostalgia significaría preferir una forma de destrucción en lugar de otra». Dada nuestra tendencia a la amnesia selectiva, haríamos bien en repetirnos unas cuantas veces esta frase a ver si así no se nos olvida.


Cuando la memoria es más potente que el gas de las cámaras 

Auschwitz, 2005. Fotografía: Janek Skarzynski / Getty.

Los tambores del suicidio ya sonaban con fuerza durante la noche larga de Petrópolis. El término «noche larga» no se acuña en este texto por casualidad, es la etiqueta que ha decidido colocarle Stefan Zweig a la pesadilla que se cierne sobre su Europa en particular y sobre el mundo en general. Los nazis avanzan y el planeta se estremece. Allí, en la remota ciudad brasileña, el escritor austriaco sabe que no le queda demasiada cuerda al reloj por el que tanto ha luchado para dejar que avance el segundero. Siempre le había tenido miedo a la muerte, suele ser esta una característica general entre los suicidas. Al huir de Austria para recorrer el mundo delante de las tropas alemanas, había dejado el miedo de lado. Ahora, de pronto, la angustia. Observa de nuevo el reloj, detenido ya: no hay peor miedo que el que desaparece con la angustia.

Esa última noche ya no quedaba espacio en su memoria para las noches londinenses, donde había temido en silencio los bombardeos de la Luftwaffe que todavía estaban por llegar. Tampoco para sus días neoyorquinos, cuando ni la tumba de Whitman sofocaba la ansiedad persecutoria (qué diferencia con la ópera centroeuropea, pensó siempre). Se iban difuminando poco a poco las tardes brasileñas, donde detrás del paseo aparecían su pasión francófona, su Montaigne, su Flaubert. Sí quedaba espacio sin embargo para Lotte, la secretaria por la que había abandonado a su mujer. Así que dialogó con ella un día cualquiera de cualquier año y tomaron la decisión. Los dos cadáveres (ya lo eran antes del cianuro) se acostaron sobre la cama perfectamente ataviados para la muerte. La foto de los dos suicidas abrió los periódicos días más tarde. En ella aparece una mesilla sobre la que descansan varios objetos sin valor, el vaso para el cianuro y una carta. Aquellas, sus últimas líneas, todavía lloran: 

Prefiero terminar mi vida en el momento adecuado, justo, como un hombre para quien su trabajo cultural fue siempre la más pura de sus alegrías y también su libertad personal, la más preciosa de las posesiones en este mundo. Dejo saludos para todos mis amigos: quizá ellos vivan para ver el amanecer después de esta larga noche. Yo, más impaciente, me voy antes que ellos. (Carta póstuma, Stefan Zweig).

Porque el pasado asesina tanto como el presente. Aún más si lo recordado se mueve entre ambos planos: hay escenas que se repiten continuamente, como si no supieran salir del hoy. Primo Levi ya era consciente de esto el día que atravesó las puertas de Auschwitz, intuyendo que nunca más saldría de allí. Porque nunca salió, a pesar de ser liberado meses más tarde. Su obra, construida en parte sobre los pilares de su estancia en los campos de concentración, es un canto a la supervivencia. Pero he aquí que de nuevo se mezclan los planos, el presente juega con el pasado y viceversa. Levi no fue capaz ya nunca más de distinguir ambos, y de aquella confusión nacieron títulos tan maravillosos como Si esto es un hombre, La tregua o Los hundidos y los salvados.

Especialmente importante se antoja el último de los títulos. La distinción entre hundido y salvado, entre ganador y perdedor, persiguió para siempre la fragilidad del escritor italiano. Y es fragilidad porque no se puede utilizar otro término con alguien que nunca conoció el tacto de la mujer antes de entrar en Auschwitz, y solo el miedo a los bombardeos turineses le había permitido intuirlo a través del abrazo de una vecina. Muchos años después, su mujer se topó con el cadáver de Levi estampado contra el suelo, sin soportar las heridas producidas por la caída a través del hueco de la escalera. Numerosas cartas a diversos amigos contemplaban la posibilidad del suicidio, por lo que en un primer momento todo el mundo de la literatura se agarró a esa posibilidad. Después llegaron los rumores, las teorías conspiranoicas, el miedo a la realidad. Pero es Primo Levi, el niño enclenque al que no abrazaron, el hombre derrotado que dependía del antidepresivo. La única realidad es que Auschwitz le dio la vida, sosteniéndolo gracias al testimonio y a la crítica, y… Auschwitz se la quitó.

Todo el mundo descubre, tarde o temprano, que la felicidad perfecta no es posible, pero pocos hay que se detengan en la consideración opuesta de que lo mismo ocurre con la infelicidad perfecta. Los momentos que se oponen a la realización de uno y otro estado son de la misma naturaleza: se derivan de nuestra condición humana, que es enemiga de cualquier infinitud. Se opone a ello nuestro eternamente insuficiente conocimiento del futuro; y ello se llama, en un caso, esperanza y en el otro, incertidumbre del mañana. (Si esto es un hombre, Primo Levi).

No muy lejos (todos los derrotados caminan juntos) Paul Celan había visto cómo toda su familia iba desfilando por los campos de exterminio nazis con el único refugio de la literatura como vía de escape. El horror, el pánico. Muchos años después, el escritor se aleja de la muerte. En Celan se observa un matiz que no aparece en Levi o en Zweig. En toda su poesía hay una lucha constante por diferenciar lo que realmente es necesario para sobrevivir, lo que se le antoja moralmente exigible al ser humano. Hablamos de una época en la que el existencialismo golpea con fuerza de manos de su vecino Jean-Paul Sartre o de su íntimo enemigo Heidegger. Es decir, la hoguera del «yo» arde con fuerza. Celan añade a ese desarrollo personal dos términos que ya han aparecido por el párrafo: el horror, el pánico. Si a esto le añadimos la influencia surrealista, queda para el lector un corpus poético inigualable. Parafraseando a Levi, en el poeta sí se intuye la infelicidad completa.

Una mañana de abril, un pescador parisino encontró flotando el cuerpo sin vida de Paul Celan. Se había arrojado al Sena olvidando para siempre el drama que supone sobrevivir a tu familia y, sí, por desgracia, salvarte del exterminio por un gorgoteo del destino. Dejaba atrás varios años de reclusión en clínicas psiquiátricas, el olvido de su mujer y su hijo. El verso de Celan deja en la historia de la literatura las huellas de esa memoria, y la certeza de que hay sufrimientos que deben pesar sobre el futuro. Al registrar su casa, por cierto, las autoridades encontraron la biografía de Hölderlin, el demente más cuerdo de todo el Romanticismo. Ahí estaba Celan, como en el caso del poeta alemán, tejiendo la malla que une locura y lucidez sobre la poesía universal.

Grita: sonad más dulcemente. La muerte, la muerte es un maestro
          venido de Alemania.
Grita: sonad con más tristeza, sombríos violines, y subiréis como
          humo en el aire,
y tendréis una tumba en las nubes.
No se yace estrechamente allí.

(Fuga de la muerte, Paul Celan)

Bertolt Brecht y Thomas Mann, amigos y maestros, observaron juntos el desarrollo de las tropas nazis por todo el mundo. Alemanes ambos, el pavor y la mentira que promovía el régimen de Hitler les provocaba más vergüenza propia que ajena. Uno, Mann, es el espejo de la revolución novelística del siglo XX. Por decirlo de algún modo, es el Joyce o el Proust de la cultura germánica. El otro, Brecht, ha revolucionado un teatro anquilosado, y se alinea con el despegue que provocó para este género el surrealismo. Evidentemente, al régimen le incomodaba tener a semejantes monstruos en contra, por lo que la persecución tendría que ser feroz para acallar sus reflexiones. Sus libros ardieron, sus figuras se alejaron, pero la crítica siguió allí.

Ambos cambiaron el destino de su arte. Mann se dirige al pueblo alemán a través de la radio americana, intentando destruir al gobierno desde la conciencia de sus fieles. Brecht escribe Terror y miseria del Tercer Reich, una obra que ataca al motor de la Alemania nazi, es decir, al periodo prebélico, a la conciencia del pueblo, a las bases del partido nacionalsocialista. Una vez apagado el fuego de la guerra, los espíritus se van apagando. Ambos fallecen pocos años después, con sus familias destrozadas. Incluso a los genios les transforma un desastre, y hay en ese giro de sus obras el rastro de sangre de una memoria olvidada. Perseguidos, desterrados, condenados al oscurantismo. Las mentes más potentes de la cultura alemana perecieron bajo el miedo.

La guerra va a empezar.
No hay gemidos ni quejas
ni murmullos de viejas.
Música militar.
Son niños y mujeres.
Cinco años, no te mueres,
pero otros cinco vendrán.
Traen a enfermos y ancianos,
eran todos hermanos…
Ejército alemán.

(Terror y miseria del Tercer Reich, Bertolt Brecht)

Hay un verso que cruza por el comienzo que Brecht idea para su obra de teatro que se antoja clave: «otros cinco vendrán». La literatura sobrevivió a la guerra como sobrevivirá a cualquier episodio, pero sus marionetas han quedado sepultadas bajo los escombros del recuerdo. La más icónica de estas marionetas, Ana Frank, lo había dejado claro en su célebre diario: «¿Cómo hacer con una memoria tan desdichada como la mía? ¡Prefiero no pensar en lo que será cuando tenga ochenta años!». El futuro, todos los protagonistas de este texto lo sabían, se detuvo para siempre bajo los bombardeos alemanes. A veces, la memoria es más potente que el gas de las cámaras.


Unorthodox, o cómo matar a Dios a pastelazos

*Este artículo contiene SPOILERS pero también sugerencias

Una joven que huye de un entorno asfixiante para coger finalmente el timón de su vida; una historia tan universal que podría haber arrancado en Teherán, Kabul o Avilés, pero esta vez nos fugamos con Esther Shapiro (Shira Haas) del corazón de la comunidad judía jasídica de Nueva York. Hablamos de una sociedad hermética que se opone tanto a la modernidad —desde los pantalones vaqueros hasta internet— como al Estado de Israel (el mesías no ha llegado todavía). Atrapada en el éter jasídico, Esther también carga con la responsabilidad histórica y apremiante de parir sin descanso para subsanar la pérdida del Holocausto. La suya, entre otras muchas cosas —más bien sobre todas ellas—, es una comunidad traumada.

Le damos al play y nos bastan unos segundos para sentirnos confortablemente instalados en ese ambiente opresivo recreado con el rigor más escrupuloso: desde los imponentes sombreros de visón sobre las cabezas de los hombres (se llaman shtreimel) hasta las sobrias pelucas sintéticas de las mujeres; desde el plástico que cubre y alarga la vida de sillas y sofás hasta esa cocina envuelta en papel de aluminio durante la celebración de la Pascua judía. Sepan que la más microscópica partícula de levadura en el aire puede arruinar el banquete kosher más pantagruélico. Tal es el detalle que uno tiene que recordarse a sí mismo que no está viendo un documental hecho en las tripas de una sociedad tan hermética. ¿Realmente son actores los que cantan y bailan en la boda de Esther? ¿Vieron al novio romper la copa con el tacón del zapato? Ni en la más festiva de las celebraciones se olvida el dolor por la destrucción del Templo de David a manos de los romanos.

El trabajo de documentación es patente para los ojos, aunque puede que aún más para los oídos. Esther y los suyos hablan yiddish, una lengua que hunde sus raíces en el alemán medieval pero con ramas de las que brotan voces hebreas, eslavas e incluso arameas. Ludwik Lejzer Zamenhof construyó el esperanto sobre la gramática de su yiddish materno, el mismo que hablaban los padres de Woody Allen cuando no querían que el chaval les entendiera. Una vez más nos repetimos a nosotros mismos que en Unorthodox se trata de actores, y no de personajes reales de un documental. El truco reside ahora en que la mayoría de los intérpretes son alemanes en cuya boca el yiddish, como lengua germánica, suena totalmente fluido y natural. Sabemos, eso sí, que el milagro se obra bajo las directrices y la supervisión de varios hablantes nativos en el equipo.

Unorthodox tenía todos los ingredientes para ser una bestia perfecta. Lástima.

Desde el principio se avisa al espectador de que la miniserie (son cuatro episodios) es una adaptación de la novela autobiográfica de Deborah Feldman, pero no de que pasaremos de un magnífico documental a un telefilm alemán de domingo por la tarde. El bofetón tras el regalo para la vista y el oído en Nueva York llega en forma un pastelazo en la cara ya a este lado del charco: Esther vuela a Berlín y aterriza por casualidad en una escuela de música (es su pasión) donde acaba apadrinada por un profesor palestino y arropada por un grupo de nuevos amigos entre los que hay una pareja gay, una israelí laica y una refugiada de Yemen. No hemos dicho que busca allí a su madre, quien presuntamente la abandonó cuando era niña, y que ahora vive con otra mujer. ¿Realmente era necesario todo esto? Si la serie la hubiese dirigido el doctor Jekyll, siempre podríamos echarle la culpa a un señor Hyde cursi y ramplón que sabotea su trabajo cada noche. A esto no le encontramos explicación.

Entre tanta cal y tanta arena sería injusto no distinguir la huella de Shira Haas, una actriz israelí del 95 capaz de transmitir tormento hasta cuando le pillan el plano desde la nuca. Haas es, además, nieta de un superviviente del Holocausto e hija de judíos de origen centroeuropeo, con lo que el drama y el yiddish le vienen de cuna. Amit Rahav, quien interpreta a su marido en la serie, también encarna a la perfección al joven jasídico atrapado en un cenagal de sentimientos contradictorios. Acabará cortándose las crenchas, sí, pero a diferencia de Esther no los barrotes de su prisión. Y es que es la lucha por la emancipación de la mujer la que articula la narración, pero el que quiera saber cómo lo viven los hombres podrán meterse en la piel del joven rabino Shtisel en la serie homónima. Ya que hablamos de sugerencias, encontrarán la pata que le falta a Unorthodox en One of Us, ese magnífico documental que pone voz y rostro a varios hombres y mujeres que consiguieron huir de la prisión jasídica. Tampoco se pierdan Holy Rollers, la película basada en la historia real de dos jóvenes judíos convertidos en «mulas» para las mafias del tráfico de drogas. Es delirantemente cómica, aunque para realidades que superan de largo toda ficción está la historia de Csanád Szegedi, ese nazi húngaro que un día descubre que es judío y acaba atrapado en los renglones de la Torá. Keep Quiet se llama el documental que protagoniza el propio Szegedi.

Volviendo a Unorthodox, el empalago berlinés resulta más llevadero con el making off que incluye en el paquete, el cómo lo hicimos para retratar a una comunidad al margen del tiempo. De hecho, el coronavirus se ha cebado en barrios como el de Mea She´arim de Jerusalén: sin televisión ni ordenador en casa no se habían enterado de la gravedad del asunto. Tampoco verán la serie.


Abba Kovner: poemas de muerte

Abba Kovner  da su testimonio en el juicio del criminal de guerra nazi Adolf Eichmann, Jerusalén, 1961. Fotografía: DP.

«Fuimos asesinados. Vengadnos y recordadnos». (Pintada encontrada en las ruinas de diferentes sinagogas tras la liberación por parte de los ejércitos aliados de los territorios invadidos por las tropas alemanas)

Mayo de 1945, la Segunda Guerra Mundial ha terminado. El mundo comienza a confirmar lo que se llevaba tiempo intuyendo: el exterminio sistemático, brutal y despiadado que los nazis y sus aliados han llevado a cabo contra el pueblo judío. Dachau, Auschtwitz o Ravensbrück son nombres que quedarán grabados para siempre en la memoria colectiva como símbolo del horror más absoluto. Porque en Europa intentos de exterminios de pueblos habían ocurrido siempre, pero por primera vez se había realizado de forma sistemática, meticulosa y conforme a una estrategia que podría llegar a denominarse como «industrial». Nunca se habían construido instalaciones específicamente diseñadas para tal fin, como fueron las cámaras de gas. Era el mal en su versión más pura. Y muchos supervivientes no podían, ni querían, pasar página. «Fractura por fractura, ojo por ojo, diente por diente; la misma clase de defecto que le cause al hombre, eso es lo que se le debe causar a él» decía la vieja ley mosaica. Así surgieron los llamados «cazadores de nazis» como Simon Wiesenthal o Tuvia Friedman, que dedicarían su vida a llevar ante la justicia a la mayor cantidad de responsables del genocidio judío. Pero después de tantos años de oscuridad y horror no todos los supervivientes podían creer en una justicia que había permitido la persecución más cruel que se recordaba en la ya de por sí sangrienta historia europea, y determinados grupos de judíos comienzan a debatir la posibilidad de organizarse para llevar a cabo su propia justicia. 

Así miembros de la «Jewish Brigada Group», la brigada judía del ejército británico estacionada en Treviso, con la ayuda de elementos de la inteligencia militar estadounidense, comienzan a recopilar nombres de miembros de las SS que han logrado escapar a las detenciones por parte de las tropas aliadas. Su objetivo es capturar y ejecutar por su cuenta a responsables directos del exterminio judío, como guardianes de los campos de concentración, responsables políticos, etc. A este grupo se les uniría un judío del este, Abba Kovner, que venía acompañado de un aura de héroe lograda en la resistencia contra los nazis en el frente ruso, formando el embrión de la organización que se conocería como Nakam («Venganza»). Nunca un nombre estuvo mejor elegido.

Kovner, originario de Lituania, había vivido como tras la invasión nazi en 1941 los judíos de Vilnius y alrededores (cerca de sesenta mil) habían sido recluidos a las afueras de la ciudad. Tras varias matanzas organizó uno de los primeros grupos de resistencia armada en un gueto contra los nazis, pero los propios líderes judíos de la ciudad le delataron, teniendo que huir. A partir de ahí lucharía como partisano con una extraordinaria ferocidad contra las tropas alemanas liderando a los Nokmim (Vengadores), que se dedicaron a hostigar a las tropas alemanas en los bosques lituanos. 

Abba Kovner (fila de atrás, centro) con miembros del Fareynikte Partizaner Organizatsye en Vilna, Polonia. Fotografía: DP.

Una vez terminada la guerra, al grupo de Kovner se le encarga desde las organizaciones sionistas el facilitar el tránsito de los supervivientes judíos que quieran huir de Europa con destino a Palestina. Pero el Nakam al poco tiempo renuncia esa tarea. Sus planes son otros. No están dispuesto a olvidar, ni a perdonar. Porque la creación de Nakam tenía una sola finalidad: vengarse. Y así comienzan a manejar diferentes planes a gran escala. Por un lado está la posibilidad de matar de una manera indiscriminada al mayor número de alemanes posibles, cuantos más mejor («una nación por una nación»), como represalia y venganza por el Holocausto llevado a cabo por los nazis contra su pueblo; («Los alemanes tienen que saber que después de Auschtwitz no podrán jamás regresar a la normalidad»). Seis millones de muertos, seis millones de venganzas.

Comienzan a tejer un plan para envenenar el agua de diferentes ciudades alemanas (Berlín, Hamburgo, Núremberg, Múnich y Weimar), cuya suma de habitantes rondan los seis millones de personas. Kovner busca ayuda y contacta con Chaim Weizmann, un bioquímico que posteriormente será el primer presidente de Israel, al que le pide un veneno lo suficientemente potente como poder llevar a cabo esa matanza a gran escala. Weizmann le remitió a Ephraim Katzir, quien le ayudó presuntamente a fabricar la sustancia (curiosamente, este médico se convirtió a la postre en el cuarto presidente de Israel en 1973).

Dada la magnitud del plan, Abba Kovner viaja a Palestina en busca de apoyos y recursos, reuniéndose con tres de los máximos responsables del Haganah (embrión del futuro ejército de Israel), pero estos no solo le negarán el apoyo, sino que alertarán a las autoridades británicas en Palestina. Los propios judíos evitaron una venganza tan brutal, y así la policía militar británica interceptó a Kovner, que antes de ser capturado logró deshacerse del veneno obtenido arrojándolo al mar, siendo encarcelado durante cuatro meses primero en la prisión de Toluene (Francia) y posteriormente en Alejandría (Egipto). Abba Kovner ha sido traicionado por sus compatriotas por segunda vez.

Pero Kovner y sus hombres no cejaran en su empeño de vengarse. Así deciden pasar a un plan B. Será una acción más dirigida. Ejecutarán a cerca de quince mil antiguos miembros de las SS que permanecen recluidos en la prisión de Langwasser (Núremberg) y en otra cerca de Dachau, envenenando su comida. Comienzan a inspeccionar el terreno y trabajar en las diversas posibilidades, y comprueban que todos los suministros para los prisioneros provienen directamente de la intendencia del ejército norteamericano, lo que hacía muy complicado y peligroso intentar acceder a esa comida. Pero han encontrado una rendija. El pan se hace diariamente en un centro de producción local. El objetivo estaba claro: se envenenaría el pan. Por un lado tres miembros de Nakam, haciéndose pasar por panaderos, se infiltran en la fábrica de pan, mientras en París un químico judío comienza a tratar el veneno necesario para el atentado, unos dos kilos de arsénico sin refinar.

Guerra árabe-israelí de 1948. En la foto, Abba Kovner presentando a los miembros de Haganah en el kibutz Yad Mordechai. Fotografía: Frank Scherschel / National Photo Collection of Israel  (DP).

El día elegido para el atentado será el Domingo de Pascua de 1946. Durante toda la noche anterior miembros de Nakam se dedican a untar con brochas el arsénico en los bollos de pan que recibirán los prisioneros alemanes. Al amanecer, el pan se entrega en el campo de prisioneros. El plan marcha según lo previsto. El efecto del veneno comienza a extenderse por todo el campo. Los equipos de médicos estadounidenses hacen todo lo posible para salvar la vida a los oficiales de las SS. Miles de ellos enferman, y el número de muertos se desconoce. Los aliados jamás hicieron público el número de muertos, pero se calcula que entre trescientos y cuatrocientos. Desde numerosos sectores judíos se condenó rotundamente la acción y se instó a vengar el Holocausto pero de una manera pacífica y a través de la vía de la justicia.

Tras un puñado de atentados y acciones violentas, Kovner poco a poco irá abandonando su obsesión por la venganza, comenzando a enfocar sus esfuerzos en fortalecer el recién creado Estado de Israel e incorporándose como capitán a la Brigada Givati, que lucharía contra árabes y palestinos. En la conocida como Guerra de Independencia de Israel fue una figura controvertida debido a sus famosas Páginas de guerra, escritos redactados con el fin de mantener alta la moral de sus tropas (y que se hicieron sumamente populares), donde hacía continuamente referencia a la necesidad de revancha por el Holocausto, refiriéndose a los soldados egipcios como perros o víboras, y llegando a acusar de cobardía a la guarnición judía de Nitzanim por rendirse a las tropas árabes.

Pero Abba Kovner fue algo más que un combatiente con todas sus luces y sus sombras. Personaje realmente polifacético, fue un excelso literato cuyos poemas giran fundamentalmente alrededor del horror del Holocausto y de la creación del Estado judío. Porque Kovner escribía como vivía, con violencia y a borbotones. No existía el temor al «qué dirán» ni nunca le importaron las (en su opinión) falsas convenciones políticas. Se enfrentó a soviéticos, a nazis, a árabes e incluso a sus compatriotas, todo en defensa de su dignidad como persona y como judío. Considerado un héroe en su país, fue galardonado con en 1970 con el Premio Israel de Literatura, además de participar activamente en la creación del Instituto Moreshet del Holocausto y del Museo de la Diáspora en Tel Aviv. Kovner moriría de cáncer en Israel (como no podía ser de otra manera) en 1987, a la edad de sesenta y nueve años. Entre el arsénico y la tinta, fue una figura irrepetible, testigo y protagonista de una terrible época que esperamos que tampoco se pueda volver a repetir.


Primo Levi: el indispensable testimonio de las tinieblas

Imagen: Editorial Península.

Nadie esperaba a Primo Levi (1919-1987) en su casa de Turín la jornada otoñal de 19 de octubre de 1945. Su familia, al ver el rostro barbudo y demacrado del recién llegado, su cuerpo enjuto, tardó mucho en reconocer al joven químico, al que llevaban más de dos años sin ver y del que no tenían ninguna noticia. En septiembre de 1943, en el marco de la feroz represión y persecución contra los judíos desde las promulgadas leyes raciales del 1938 de Benito Mussolini y con la recién instaurada República de Saló, se había echado al monte para unirse a un grupo de poco experimentados partisanos, con una pistola que no sabía ni disparar. Antes del final de ese año ya había sido capturado por una milicia fascista, y tras declarar su condición de judío, enviado al campo de Fossoli di Carpi, donde permaneció retenido hasta su deportación a Auschwitz, en febrero de 1944. Año y medio después, de forma increíble tras la infinita cantidad de penurias padecidas, estaba de vuelta en su ciudad. No es de extrañar que ningún familiar esperase a Levi esa jornada: casi nadie vuelve con vida del infierno.

Jorge Semprún, también superviviente de la maquinaria de matar nazi y prisionero del campo de concentración de Buchenwald, escribió en su excepcional obra La escritura o la vida que salir con vida de la barbarie no era ningún mérito, sino cuestión de mucha suerte, pues dependía de cómo habían caído los dados. Un pensamiento que siempre compartió Levi. En primer lugar, el italiano reconoció haber llegado tarde a Auschwitz, en 1944, cuando el Tercer Reich decidió prolongar la vida, fruto de la escasez de la mano de obra, de los que van a morir. Además, su formación como químico le permitió, durante unos meses, trabajar en un laboratorio del Lager, evitando así las inhumanas labores con las que se esclavizaba a la gran masa de prisioneros, que suponían un esfuerzo tan ingente que, en pocos meses, se traducía en muerte por cansancio o cualquier enfermedad derivada de semejante extenuación. También contaba con la ventaja de comprender el idioma alemán, decisivo para entender rápidamente las órdenes de la SS. Y, pese a ello, cualquier accidente, cualquier despiste en los rutinarios días durante los que se prolongó su estancia en el averno hubiese sido fatal y habría supuesto la muerte. Pero no, Levi fue uno de los pocos «salvados» ya que de los seiscientos cincuenta, junto con él, que fueron enviados al campo de exterminio nazi ubicado en Polonia, solo volvieron tres.

En sus últimos días como Häftling (prisionero) 174517, cuando ya se conocía la derrota alemana y se esperaba con ansia una anhelada liberación, así como en los nueves meses posteriores de errancia por media Europa hasta su llegada definitiva a Turín, en Levi creció la idea de que su misión futura consistiría en contar lo que había vivido, dar testimonio al mundo del horror que él y tantos otros habían padecido. Cultivar, de este modo, una memoria para alcanzar la verdad, vencer el pasado y, sobre todo, advertir para que algo tan terrible nunca vuelva a repetirse. Así, su palabra se convirtió en un antídoto contra el olvido y su obra —especialmente La trilogía de Auschwitz, formada por Si esto es un hombre (1947), La tregua (1963) y Los hundidos y los salvados (1986) en uno de los principales monumentos de la Shoah y una de las grandes fuentes para reconstruir la verdad de lo acaecido en los campos de exterminio, ya que se trata de la memoria de un superviviente que no habla desde el rencor y el odio, sino desde la razón y el afán de hacer justicia. Por esto, la obra del turinés es uno de los legados imprescindibles para tratar de iluminar un siglo que tuvo cotas de maldad tan inusitadas como el Holocausto. Cien años después del nacimiento de Primo Levi —el pasado 31 de julio— resulta necesario volver a sus libros, pues como recuerda en la conclusión de la última pieza de su trilogía: «Ha sucedido y, por consiguiente, puede volver a suceder».

El filósofo Reyes Mate asegura que testimoniar era la gran razón para sobrevivir de Levi durante sus días de confinamiento. De hecho, de no haber sido por el terrible acontecimiento, el propio turinés admitió que es muy probable que no se hubiese convertido en escritor. Ya instalado en su casa, no tardó mucho tiempo en redactar lo que había padecido, y lo hizo con escrupulosa honestidad, únicamente centrándose en lo que había vivido y pidiendo a los lectores que no dudasen de la sinceridad de su palabra. No es esta advertencia, que realiza en la introducción a su primer escrito, algo baladí: Levi reconoció que una de sus pesadillas durante las noches pasadas en el campo era llegar a casa y que, al contar lo vivido, nadie le creyese. Su propósito era, como explicita Myriam Anissimov en su biografía Primo Levi o la tragedia de un optimista, difundir lo ocurrido con la esperanza de proporcionar a los jueces las pruebas que sancionarían a los culpables. Su voz debía de ser el altavoz de todos aquellos que no habían sobrevivido, a los que él reconocía como los auténticos testigos. Auschwitz le quemaba, necesitaba contar y ser escuchado.

Empezó a trabajar como técnico químico, en enero de 1946, en una fábrica que producía pinturas a partir de resinas y, en los momentos que nada tenía que hacer, se sentaba en su mesa y empezaba a redactar. Pero también lo hacía en el tren, en casa o en cualquier lugar donde tuviera la mínima ocasión para hacer memoria y escritura del atormentado recuerdo. De este modo empezó a tomar forma su primer trabajo, Si esto es un hombre, que fue enviado a la editorial Einaudi en 1947, pero el manuscrito fue rechazado por la excelente escritora, también judía y antifascista, Natalia Ginzburg, por lo que este acabó siendo publicado, con una tirada nimia y un éxito escaso, en una pequeña editorial. Por tanto, y aunque publicado, el libro vivió diez años de olvido. No fue hasta 1958, tras haber firmado un contrato previo tres años atrás, cuando Einaudi rectificó y publicó en su colección Si esto es un hombre, lo que supuso un auténtico éxito. Aun así, Levi no abandonó su empleo como químico hasta 1977, y compaginó este con su escritura prácticamente tres décadas.

Resulta curioso comprobar, analizado por el tamiz que permite el inevitable paso del tiempo, que no todos los supervivientes decidieron escribir sus memorias de lo sucedido de forma inmediata. Sí lo hizo Primo Levi, o también Robert Antelme en su imprescindible La especie humana (1947). Otros necesitaron distanciarse del horror y cultivar un cierto olvido necesario para sobrevivir tras el regreso. Es el caso del citado Semprún, que reconoció haber apostado por un periodo de «amnesia voluntaria» para alejarse de la muerte. Por eso, el que fuera ministro de Cultura con Felipe González, afirmó en su anteriormente citada obra capital que, entre la escritura o la vida, a la vuelta de Buchenwald decidió elegir lo segundo. Su primera obra memorística sobre su experiencia en el campo no llegó hasta pasados dieciocho años de la liberación, El largo viaje (1963), con la que cosechó el Premio Formentor y que escribió en una ruinosa máquina de escribir durante su etapa como clandestino comunista en Madrid durante el franquismo, en su escondite de la calle Concepción Bahamonde.

Levi no necesitó ninguna amnesia. Al revés, le urgía contar lo ocurrido, pues Auschwitz le consumía. Son numerosas las razones que convierten Si esto es un hombre es una de las obras decisivas del siglo XX. La importancia de contar con el testimonio para alcanzar la verdad es, de forma inequívoca, la primera de todas ellas. El turinés se negó a permanecer en silencio para erigirse en cancerbero de una memoria necesaria y en vocero de aquellos que fueron asesinados en los campos. Pero no se trataba de narrarlo de cualquier manera, no todas eran válidas para él. Su estilo como escritor se distanció del tono más dramático de Jean Améry o el lírico de Elie Wiesel. La barbarie no necesitaba ser enfatizada ni ficcionalizada y, por esto, apostó por un tono relajado, sombrío y tranquilo, y su estética fue la de la claridad y la precisión. Su palabra nunca fue presa del victimismo blando ni de la banalización de lo ocurrido. Se indignó con la trivialización que, desde la literatura, el cine o el pensamiento, se hacía del Holocausto. Así, Levi renegó de una película que tuvo mucho éxito como fue Portero de noche (1974), en la que su directora, Liliana Cavani, frivolizaba con la historia y coqueteaba con la condición autodestructiva de la víctima con el sadomasoquismo como telón de fondo. De haber seguido con vida en la década de los noventa, Levi tampoco habría sido muy generoso en la valoración que haría de La lista de Schindler (1993), en la que Steven Spielberg obtuvo las lágrimas del espectador con una representación en muchos momentos sensiblera del horror, con ese abrigo rojo de la niña que se impone sobre el blanco y negro de toda la película, o cediendo a una acomodado nazi un más que dudoso rol de salvador. Y más crítico aún hubiese sido con La vida es bella (1997), por esa sentimentalización desmedida que hizo Roberto Benigni de la tragedia, por medio del enmascaramiento imposible de la realidad que el padre trata de hacer creer al hijo, ya que, como supo Levi, la vida en el campo nunca fue ni pudo llegar a ser bella. Y es muy probable que tampoco hubiese aprobado la adaptación que Francesco Rosi realizó en 1998 de su libro La tregua, cuyas imágenes se alejan de la esencia del imprescindible texto de Levi. Aunque no ha de ser sencillo traducir a la gran pantalla una obra como La tregua, elecciones como el, por momentos, afectivo uso de la música, la introducción forzada de la temática amorosa o ese final algo edulcorado de la llegada de Levi —bien interpretado, eso sí, por John Turturro— convierten la película en un trabajo no muy cercano al tono y estilo del autor turinés.

La manera en que se debe contar y representar el Holocausto ha sido objeto de polémica, prácticamente, desde la liberación de los campos en el 1945. Theodor Adorno, en su muy conocido y a veces malinterpretado dictamen, recalcaba la imposibilidad de escribir poesía después de Auschwitz. Los testimonios de los testigos empezaban a crecer, y en el cine Alain Resnais creó Noche y niebla (1955), un excepcional documental en el que el director de películas no menos imprescindibles como El año pasado en Marienbad (1961) o La guerra ha terminado (1966) repasó, con sutil delicadeza y gran respeto, las políticas de exterminio en los campos del nazismo. Pero habría que esperar hasta 1985 para que viera la luz el gran monumento fílmico sobre el horror: Shoah, el documental de nueve horas y media de Claude Lanzmann. Al igual que Levi, el cineasta abominaba de cualquier intento que banalizase el Holocausto, pero el francés iba mucho más allá que el superviviente de Auschwitz: dada la inefabilidad de la barbarie y de la magnitud de la masacre, la única manera humana de contarlo era mediante la palabra del testigo. Criticó a todos aquellos que usaron la ficción para tratar de narrar el genocidio judío y a quienes utilizaron imágenes de archivo para contar el horror: la única vía de conseguir alcanzar la verdad era mediante el testimonio de las víctimas. Por este motivo, en Shoah los protagonistas son, ante todo, los supervivientes que cuentan sus experiencias, como Abraham Bomba, el peluquero encargado de afeitar las cabezas de los que, acto seguido, iban a ser asesinados en la cámara de gas. Esta apuesta irreductible de Lanzmann por el testimonio es lo que más le acerca a Primo Levi ya que, como se ha dicho, el italiano se consagró a contar la experiencia en el infierno de forma incansable, dando voz a los que no habían sobrevivido y, además, reflexionando sobre su propia vivencia.

Lo evidente es que testimoniar es el gran propósito del italiano en sus obras sobre el Holocausto. Pero Levi no se queda en el mero relato de los acontecimientos. Si esto es un hombre introduce algunos puntos que se convertirán en reflexiones mucho más meditadas en Los hundidos y los salvados, la tercera parte de la trilogía, publicada un año antes de su triste desenlace. De hecho, Anissimov cuenta que la intención original de Levi era llamar a su primera obra Los engullidos y los salvados. Y es que este título desvela uno de los grandes temas de la obra del químico. Para él, en el campo existían dos tipos de hombres: los «hundidos» y los «salvados». Estos últimos son los que se van a librar de la muerte y que, en su inmensa mayoría, gozaron de un privilegio, los prominenz, entre los que cita al director del campo, al Kapo, a los guardas nocturnos o hasta los cocineros. Explica que, entre los no privilegiados, fueron poquísimos los que se salvaron, y si lo consiguieron fue por una concatenación bastante improbable de sucesos fortuitos, mientras que con rotundidad escribe que «los privilegiados por excelencia, los que habían accedido al privilegio por haberse sometido a las autoridades del campo, no han testimoniado en absoluto por motivos obvios, o bien han dejado testimonios llenos de lagunas, distorsionados o totalmente falsos». Los «hundidos», por su parte, eran ya personajes sin historia, lo que en la jerga del campo se conocía como muselmanner (musulmanes). Estos constituían la inmensa mayoría, la masa anónima constantemente renovada de hombres prácticamente sin identidad, sujetos demacrados, de rostro esquelético y sin expresión, de espalda inclinada y de ojos y rostro tan vaciados que resultaba imposible atisbar huella alguna de pensamiento. Los musulmanes, estos prisioneros tan irreversiblemente exhaustos y extenuados, eran verdaderos cadáveres vivientes. Por ellos testimonia Levi, a los «hundidos» les concede su última palabra.

De esta interesante reflexión deviene otro término que se podría analizar y aplicar a cualquiera de las grandes problemáticas de la actualidad: la «zona gris». Levi reseñó en Los hundidos y los salvados que la maraña de contactos humanos en los campos era muy compleja, y que no se podía reducir, de forma simplista, los bloques a víctimas y verdugos. En la «zona gris», por tanto, estarían todas aquellas personas que, mediante sus acciones, se sitúen en el espacio ambiguo que existe entre los verdugos indudables y las víctimas que son del todo inocentes. En la extraordinaria pieza teatral Himmelweg, el dramaturgo Juan Mayorga —otro de los grandes pensadores del Holocausto— se inserta de lleno en esta reflexión. Este pone en escena al personaje real Maurice Rossel, un inspector de la Cruz Roja que, con el permiso de las autoridades alemanas, entró en el gueto modelo judío de Terezín para realizar una inspección. Tras esta escribió que, pese a las incomodidades típicas de los tiempos de guerra, no encontraba mayor anormalidad. Este personaje, que se dejó engañar fácilmente por la representación teatral llevada a cabo por los gerifaltes nazis a mando del campo, es un irrefutable habitante de la «zona gris», como expresa Mayorga en su libro Elipses: «Intenté explorar la responsabilidad de un hombre cuya misión es ayudar a las víctimas y se acaba convirtiendo en cómplice de los verdugos». La grandeza, originalidad y contemporaneidad de un concepto como la «zona gris» es que se puede aplicar fácilmente a cualquier problema actual, invitando a la reflexión al propio ciudadano. Véase, por citar tan solo un ejemplo, el drama de los refugiados. ¿Está haciendo Europa todo lo que puede para salvar todas las vidas posibles en el Mediterráneo o, por el contrario, ciertas decisiones sitúan a los organismos continentales en el borroso espacio grisáceo? Aplicable a tantas reflexiones, el concepto de «zona gris» es, sin duda, uno de los grandes legados intelectuales de Primo Levi que, como destaca el propio Mayorga, también se puede extrapolar fuera de los campos.

Otro de los grupos tristemente elegidos por el turinés para insertarse en el amplio cajón de la «zona gris» era el de los Sonderkommando. Este escuadrón o «Escuadra Especial» era el que formaban los prisioneros cuya misión era trabajar en el crematorio. Entre sus principales funciones estaban las de dirigir, como ganado, a los que iban a morir a las cámaras de gas, quitarles sus objetos de valor, separar y clasificar el contenido de sus maletas y las ropas, sacar los cadáveres de los ya gaseados, llevar los cuerpos a los crematorios, sacar las cenizas y hacerlas desaparecer. Era una misión tan siniestra que, con el objetivo de que ninguno de ellos pudiese contar lo que hacía, cada poco tiempo eran asesinados y sustituidos por otro grupo de prisioneros. De las doce «Escuadras Especiales» que hubo en Auschwitz, una de ellas se rebeló contra los SS, haciendo estallar uno de los crematorios, pero su aventura duró poco y todos ellos fueron asesinados. Esta rebelión es la que el director húngaro László Nemes refleja en el sensacional filme El hijo de Saúl (2015), cuyo protagonista, Saúl Ausländer, es un miembro del Sonderkommando, y que le valió al cineasta el Óscar a mejor película de habla no inglesa. Para Levi, haber concebido estas escuadras es el delito más demoníaco que perpetró el nacionalsocialismo, ya que además de saberse muertos, sus partícipes debían sentirse como asesinos de sus iguales: ya no es solo la destrucción del cuerpo, sino también la del alma.

De esto también se desprende la culpa como una de las grandes meditaciones de Levi. Aunque nunca se detecta el odio en sus reflexiones y en las declaraciones que concedió, pues lo consideró un sentimiento animal y torpe, aseguró que jamás perdonará a los culpables de la barbarie. No solo a los perpetradores directos, sino a todos aquellos que, de una forma u otra, se mueven en la «zona gris». Es el caso de la sociedad alemana de los años treinta y cuarenta, pues el turinés expresó que quien no sabía era porque no quería saber, y no por ignorancia. Pero sobre todo esto apenas reflexiona en Si esto es un hombre. Sí lo hace, aunque no en la misma medida que en Los hundidos y los salvados, en La tregua, su segunda pieza de la trilogía de la barbarie, en la que se relata la llegada del Ejército Rojo para liberar Auschwitz, el 27 de enero de 1945, y el posterior cautiverio de nuestro escritor por campos de refugiados y trenes por el viejo continente, deambulando por ciudades como Katowice, Staryje Dorogui, Iasi, Bratislava o Munich, entre tantas otras, hasta su llegada al norte de Italia en octubre de ese mismo año. Estos nueve meses Levi los describe como su particular vagabundeo por los márgenes de la civilización, en un tiempo suspendido en que la guerra aún está muy candente y la libertad no se acaba de asumir como algo tangible. El libro fue publicado en abril de 1963, y a diferencia de lo que ocurrió con la primera tirada nimia de Si esto es un hombre, sí conquistó rápidamente el favor y el interés de los lectores. Y es que, como destaca Antonio Muñoz Molina, nadie ha contado el infierno con tanta claridad y profundidad como Primo Levi.

Pero este no solo escribió sobre su experiencia en Auschwitz. Además de la trilogía que lo encumbra como uno de los más necesarios autores para comprender el pasado siglo, el químico se lanzó a la redacción por otros caminos que, al menos, son dignos de reseñar. Mismamente, en su muy recomendable El sistema periódico (1975), Levi mezcla episodios propios con enseñanzas adquiridas de su formación química, uniendo los veintiún capítulos a diferentes elementos de la tabla periódica, demostrando gran originalidad. Y también cultivó el género de la ciencia ficción, como demuestran sus relatos de Defecto de forma (1971), entre otros. Incluso, Península acaba de editar Yo, quien os habla, en el que se recogen las tres entrevistas que le hizo Giovanni Tesio, en enero de 1987, con el objetivo de realizar una biografía autorizada.

Esta conversación con el periodista italiano fue uno de las últimas declaraciones que el turinés realizó. El 11 de abril de ese mismo año se quitó la vida cayendo por el hueco del ascensor. El más que presumible suicidio —aunque exista alguna que otra versión discrepante— no era esperado por nadie. Al igual que los supervivientes Paul Celan, en 1970, y Jean Améry, ocho años después, Levi se quitaba la vida, llevando consigo las marcas de una venenosa enfermedad que había erosionado su cuerpo y, especialmente, roído su alma más de cuatro décadas atrás: Auschwitz. Transcurridos cien años de su nacimiento, el mundo del pensamiento y la cultura rinde homenaje a uno de los autores más importantes de la pasada centuria, que ha ayudado a vencer al traumático pasado con la ferocidad de su inquebrantable testimonio. En este marco, en octubre se celebra en la Universidad Complutense un congreso internacional en su honor, al que acudirán varios de los destacados expertos en su trabajo. Pero el mayor tributo que se puede hacer a Primo Levi es volver siempre a su obra. Esta será la mejor forma de tener sus enseñanzas siempre presentes y, como expone en Los hundidos y los salvados, no permitir que se olvide que en Europa nunca han sido extinguidas tantas vidas humanas en tan poco tiempo ni con una combinación tan lúcida de ingenio tecnológico, fanatismo y crueldad como en los campos de la muerte nazis. La memoria y el testimonio como mejores aliados para evitar que semejante barbarie pueda volver a repetirse. Así lo entendió Levi. ¿Lo hemos comprendido nosotros?


Por qué creemos en conspiraciones

Señales (2002). Imagen: Divisa Home Video.

Yo he visto armarse teorías conspirativas. Es quizás lo más divertido que he sacado de internet: ver cómo se levantaban conspiraciones donde yo sabía, con certeza, que no había motivos.

En 2010 me junté con gente que escribía en internet para montar un blog. Nos conocíamos de leernos y dejarnos comentarios —que era una cosa que se hacía—, pero la mitad ni nos habíamos visto en persona. No éramos de una asociación, no compartíamos universidad, ni vivíamos en la misma ciudad. Escribíamos de política con datos y a veces citando papers. Entonces llegó el 15M, la política rejuveneció y se puso de moda, Twitter creció… y de repente nos leía más gente. Nunca mucha, pero más.

Desde el principio empezaron a circular historias locas. Leía teorías conspirativas sobre nuestro «proyecto» —¿qué proyecto?—, sobre nuestra «agenda» —¡¿qué agenda?!— o sobre quién había realmente detrás. Cuando uno de nosotros dejó el grupo, leí una explicación exhaustiva sobre cómo otro compañero, molesto, había logrado que le echáramos. Primera noticia. Una noche, saliendo de un bar en Barcelona, se me acercó un chaval con una pregunta que, me dijo, discutía con sus amigos: ¿quién nos financiaba? Me quedé asombrado; ¿financiar? No teníamos ni gastos ni ingresos. Así se lo dije. No lo vi convencido. Supongo que la verdad era una historia peor: éramos siete veinteañeros que escribían por gusto y por ego. Después hemos sido más cosas, pero fue por accidente. Años después me sigo viendo en historias falsas. Siempre fui escéptico de las teorías conspirativas, pero nunca pensé que las vería en directo.

* * *

Una teoría conspirativa es una explicación que hace referencias a fuerzas ocultas. Sirven para responder preguntas sin ofrecer argumentos, sin pruebas, sin nada. Un atentado, una epidemia y una injusticia pueden explicarse si uno asume que detrás hay siempre voluntad y culpables. La pobreza existe porque alguien quiere. El cáncer no tiene cura porque no conviene. El cambio climático no es un problema, es un invento para dañar a los Estados Unidos.

¿Por qué tienen éxito estas teorías? Localizar un culpable parece ser reconfortante. Como si la idea de un mundo caótico nos incomodase más. Preferimos creer en villanos antes que aceptar que el mundo está, en parte, en manos del azar y la incertidumbre. En cierto modo es comprensible: si existiese un culpable, bastaría eliminarlo para tener una solución.

Pero el motivo principal encuentro que es otro: estas teorías eliminan las dudas. Las personas odiamos las preguntas sin respuesta. Creer en teorías conspirativas es un fenómeno casi religioso. Sus creyentes construyen una cosmovisión donde nada ocurre sin motivo. Cuando las piezas encajan, se cargan de razón. Cuando chirrían, apelan al argumento circular: «Eso quieren que creas». Es un sistema total de pensamiento porque cualquier fisura puede taparse añadiendo un nivel extra de conspiración. Una sucesión de deus ex machina elimina cualquier herejía. Creer es una forma de ver el mundo: «El mejor predictor de creer en una teoría conspirativa es creer en otras teorías conspirativas», dice Viren Swami.

Explicarlo todo está en nuestra naturaleza. En términos evolutivos, debió de sernos muy útil conectar causas y consecuencias rápidamente. Si después de comer unas bayas anaranjadas tuviste vómitos, mejor creer que no fue casualidad. Y, si el ruido en la maleza suena como un león, mejor correr. Nuestro cerebro toma muchos atajos así. Sufrimos también de patternicity, encontramos patrones. Nos pasa mirando ruido: si enseñas a una persona una serie de números aleatorios y le dices que son las ventas anuales de refrescos, encontrará motivos para explicar cada altibajo.

Además, nos embalamos. Cuando tenemos una teoría favorita, por todas partes encontramos nuevas piezas. Es lo que se conoce como sesgo de confirmación: aceptamos mejor la información que confirma nuestros prejuicios (y olvidamos rápido la que los contradice). Lo habréis visto en cosas mundanas. Cuando tu pareja la toma con alguien, por ejemplo. Entra en guerra silenciosa: de golpe todo lo que hace el otro esconde un motivo. «¿Has visto lo que ha dicho? Como queriendo decir…». Y da igual que le expliques que tú crees que no lo decía por eso. «No le defiendas». Cuanto más lo piensa, más encaja todo: «Y fíjate lo que hizo ayer…».

La tentación conspirativa la sufrimos hasta con objetos inanimados. El coche se estropea «justo hoy», pensamos. «Todo me pasa a mí», sentimos. Como si el universo estuviese contra nosotros. Sabemos que no es verdad, pero lo sentimos. Solo pensamos en la suerte cuando nuestra moneda cae del lado desafortunado. Nadie da las gracias por vivir en el mejor de los tiempos, ni por nacer en un país o una familia privilegiada. Todo eso lo pasamos por alto (o peor: lo confundimos con el mérito).

Nadie está salvo de creer en conspiraciones. Hay algunas enormemente populares. Un 16 % de los estadounidenses cree que el 11S fue orquestado por su Gobierno, y un 7 % de la población mundial culpa a Israel. Un tercio de los americanos cree que Obama nació en Kenia, y el 31 % cree que las vacunas causan autismo pero se oculta. En Europa, hay un 22 % de ciudadanos que creen que los muertos del Holocausto se han exagerado. Hay teorías conspirativas para todos: no importan tu edad ni tu ideología.

El éxito de estas teorías a veces nos sorprende, pero quizás no debería. Mucha gente cree en cosas locas. Un 20 % de las personas sobre la Tierra cree que los aliens viven entre nosotros disfrazados. Lo creen especialmente los hombres, los jóvenes y los universitarios.


El regalo de Hitler

Antisemitismo en Alemania en 1933. Fotografía: New YorK Times Paris Bureau Collection (DP).

Este artículo ha recibido el segundo premio del concurso DIPC de divulgación del evento Ciencia Jot Down 2018

El 30 de enero de 1933 el presidente Paul von Hindenburg nombró canciller de Alemania a Adolf Hitler. Hindenburg pensaba que una mayoría de ministros conservadores mantendría bajo control al ambicioso líder del partido nazi. No fue así: Hitler agarró con fuerza los resortes del poder, estableció un Gobierno autoritario y el Tercer Reich se convirtió en un Estado policial, en el que las libertades individuales fueron abolidas y los ciudadanos quedaron sujetos a la arbitrariedad y al terror. El general Ludendorff escribió a Hindenburg: «Al nombrar a Hitler… canciller del Reich ha puesto nuestra sagrada patria alemana en manos de uno de los mayores demagogos de todos los tiempos. Solemnemente le profetizo que este hombre nefasto arrastrará a nuestro país al abismo y traerá a nuestra nación una miseria inconmensurable. Las generaciones futuras le maldecirán en su tumba por lo que ha hecho».

Solo diez semanas más tarde, el 7 de abril, Hitler promulgó las leyes raciales. Cualquier persona que tuviera un abuelo judío no podía trabajar en ninguna institución del Estado, solo aquellos que hubieran servido en el ejército o hubiesen perdido un familiar cercano en la Primera Guerra Mundial podían seguir. Estas excepciones fueron abolidas en 1935. Como todas las universidades eran públicas, como los principales centros de investigación, los Institutos Emperador Guillermo (ahora Institutos Max Planck), eran también públicos, todos los profesores judíos, calificados con ese criterio tan laxo, fueron expulsados de sus trabajos. Algunos se enteraron por listas publicadas en los periódicos y otros fueron llamados por el director de su centro o su decano, quien les explicó que al día siguiente no podían volver a entrar en el edificio. Un 20% de los científicos de Alemania, sin duda muchos de ellos entre los mejores del mundo, perdieron sus puestos. Algunos intentaron encontrar otros trabajos en el país, pero las circunstancias se fueron volviendo más y más asfixiantes. Muchos de los que se quedaron, que no se sentían otra cosa que alemanes, perdieron la vida en el Holocausto. Los judíos de Alemania estaban totalmente integrados y habían formado una élite científica y cultural, una «aristocracia estética» que valoraba por encima de cualquier cosa la música, la filosofía y la literatura alemanas, su herencia común. Esa integración incluía haber luchado por su país: en la Gran Guerra, cien mil judíos se presentaron voluntarios para servir en el ejército alemán y doce mil murieron en combate. El físico Franz Simon, asqueado de los nazis, renunció a su cátedra de Breslau en 1933 y les envió por correo su Cruz de Hierro que llevaba en el reverso la inscripción: «La Patria siempre estará agradecida».

En ese difícil momento Alemania tenía la mejor ciencia del mundo. En los primeros treinta y dos años de Premios Nobel (1901-1932), investigadores alemanes ganaron un tercio de todos los premios científicos, treinta y tres de cien, Inglaterra, dieciocho y los Estados Unidos, seis. Aunque la población judía no superaba un 1% de la población total de Alemania en esa época, una cuarta parte de los premiados eran de ascendencia judía. Tras la expulsión de los científicos judíos algunos intentaron, con poco éxito, encontrar trabajo en el sector privado, pero el antisemitismo era rampante. Otros empezaron a marchar buscando un futuro, un trabajo, salvar la vida. Cuando James Franck, director del Segundo Instituto de Física de la Universidad de Gotinga, recibió una invitación de Niels Bohr para ir a Copenhague, una multitud se reunió en la estación, permaneciendo en silencio mientras el tren partía. Sin embargo, otros veían a los que se iban al extranjero como desertores que abandonaban a sus compañeros y no peleaban para mantener los valores de la ciencia ni la necesidad de mantener a los investigadores, una profesión sin ningún defensor en el Gobierno. Otros intentaron integrarse, confundirse, hacerse pasar por lo que no eran y el partido nazi pasó de 850.000 miembros a 1,5 millones, las oficinas de inscripción tuvieron que cerrar porque no podían procesar la avalancha de solicitudes. En realidad, el cambio fue tan rápido, tan feroz y tan irracional que los académicos no conseguían asimilarlo. ¿Cómo iban a dejar su patria si estaban tan orgullosos de ser alemanes? ¿Cómo abandonar sus carreras, o a sus compañeros, o, aún peor, a sus estudiantes? Los más jóvenes, como Hans Krebs, Ernst Chain o Hans Bethe, marcharon primero, los mayores aguantaron más hasta que la situación fue asfixiante o terminaron en los campos de concentración. Pero el impacto fue instantáneo: el primer año tras la promulgación de las leyes raciales 2600 científicos abandonaron Alemania, casi todos judíos. Cuando un ministro le preguntó al gran matemático David Hilbert: «¿Qué tal van las matemáticas en Gotinga ahora que está libre de judíos?», Hilbert contestó apesadumbrado, recordando la que hasta hacía poco era una de las grandes universidades investigadoras de Europa, «¿Matemáticas en Gotinga? En realidad, ya no queda nada». Esta terrible diáspora, este exilio forzado de grandes científicos fecundó los laboratorios y universidades de otros países, en particular Gran Bretaña y Estados Unidos, y fue clave en que los aliados ganaran la Segunda Guerra Mundial. Se conoce como «el regalo de Hitler».

Ernst Chain. Fotografía: Cordon.

La comunidad científica de los países democráticos no se quedó mirando ante las persecuciones y las expulsiones de los científicos judíos. El 22 de mayo de 1933 un grupo de profesores, incluyendo siete premios Nobel, escribieron a The Times anunciando la creación del Consejo de Asistencia Académica, cuyo objetivo era «recaudar fondos, que serán usados en primer lugar, pero no exclusivamente, para proporcionar manutención a los profesores e investigadores desplazados, y para conseguirles empleo en universidades e instituciones científicas». En 1936 el consejo cambió su nombre a Sociedad para la Protección de la Ciencia y la Enseñanza. Para explicar su objetivo, su función, tomaron prestadas las palabras de Francis Bacon cuando se creó la Biblioteca Bodleiana en la Universidad de Oxford: «Un arca para salvar el saber del diluvio». Al final de la guerra tenían fichas abiertas en esta sociedad 2541 académicos refugiados, la mayoría alemanes y austriacos pero también checoslovacos, italianos y españoles. También ayudaron las comunidades judías, muchas universidades, muchos periódicos y muchos particulares. Otros muchos, en cambio, no hicieron nada. La Fundación Rockefeller recolocó a trescientos científicos, la Universidad de Londres a sesenta y siete, Cambridge a treinta y uno, Oxford a diecisiete. Esto solamente en mayo de 1934. De esos científicos rescatados, de esos refugiados que habían perdido su patria y su trabajo, veinte recibieron posteriormente el Premio Nobel, cincuenta y cuatro fueron elegidos miembros de la Royal Society y treinta y cuatro fueron nombrados para la British Academy. Nunca hubo una «promoción» igual.

Cada historia de uno de estos refugiados es un mazazo en la conciencia. Wilhelm Feldberg había perdido a su esposa, un hijo, su país y su trabajo, y aun así decía a sus colegas británicos «he tenido tanta suerte». Trabajaba en el Instituto de Fisiología de la Universidad de Berlín, cuando una mañana de abril le llamó el director Paul Trendelenburg y, mostrándole el texto del nuevo estatuto del funcionariado, simplemente le espetó: «Feldberg, se tiene que ir antes de mediodía porque es usted judío». Con esa inocencia de muchos científicos, Feldberg protestó, pues acababa de empezar un experimento, a lo que el director le contestó: «Bueno, pues entonces se tiene que haber ido a medianoche». Pasó la tarde trabajando en el laboratorio junto a su esposa para terminar aquel experimento. Su expulsión no pasó totalmente desapercibida, pues dos colegas japoneses esperaron horas a la puerta de su laboratorio y, sin decir palabra, cuando Feldberg y su esposa salieron a medianoche hicieron una reverencia, y otra más cuando el matrimonio se alejó hacia la puerta del edificio. No era el único, el joven bioquímico Hans Krebs, que descubriría cómo generan energía las células y al que el decano de la Facultad de Medicina había descrito como de «una habilidad científica sobresaliente… inusuales cualidades humanas… leal y fiable», recibía una carta cuatro meses más tarde del mismo decano, el profesor Rehn, que decía: «Por la presente le informo de que, según la Orden Ministerial A N.º 7642, ha sido suspendido hasta futura noticia». De la plantilla de los cuatro institutos de física y matemáticas de la Universidad de Gotinga, formada por treinta y tres científicos, solo quedaron once. Tres de los cuatro directores, James Franck, Max Born y Richard Courant, fueron despedidos. Los dos físicos recibieron años después el Premio Nobel.

El más famoso de esos científicos refugiados fue, sin duda, Albert Einstein. La prensa alemana le acusó de «internacionalismo cultural», «traición internacional» y «excesos pacifistas». Cuando Hitler fue nombrado canciller, Einstein estaba en Caltech e hizo una declaración al New York World Telegraph donde dijo: «Mientras tenga algo que decidir al respecto, solo viviré en un país donde prevalezcan las libertades civiles, la tolerancia y la igualdad de todos los ciudadanos ante la ley. […] Esas condiciones no existen en Alemania en este momento». En el Reich las declaraciones recibieron rápida respuesta en la prensa. Un periódico de Berlín publicó: «Buenas noticias de Einstein. No vuelve». Bajo una foto del físico alemán aparecían las palabras: «No ha sido colgado todavía». Volvió junto a su esposa a Europa en barco y en la travesía se enteraron de que su casa había sido registrada y su jardín cavado con el pretexto de buscar un alijo de armas. Einstein renunció a su nacionalidad alemana pero no a la suiza, lo que indignó a las autoridades nazis, que estaban más acostumbradas a privar a la gente de sus derechos que a que ellos renunciaran voluntariamente. Dimitió también de la Academia Prusiana de Ciencias. Cuando había sido elegido veinte años atrás dijo que «era el mayor honor que le podían conferir», pero ahora temía que sería expulsado y que sus amigos estarían en peligro si protestaban. Siguió realizando estancias en diferentes países europeos y recibió ofertas de numerosas universidades, incluida la Complutense de Madrid. Sin embargo, renunció a esa opción cuando fue atacado en la prensa católica española, que le odiaba por su pacifismo, sus opiniones progresistas y por su religión.

Albert Einstein recibe el certificado de ciudadanía americana de la mano de Judge Phillip Forman, 1940. Fotografía: Al Aumuller / Library of Congress

Algunos salieron del Reich con normalidad y otros de forma accidentada. Herman Mark, profesor de química-física, fue arrestado pero consiguió salir de Austria mediante sobornos. Convirtió todo el dinero que le quedaba en alambre de platino y con él hizo perchas. Su equipaje llevaba su dinero, entre chaquetas y abrigos, de una forma que los aduaneros no supieron sospechar. No solo fueron los científicos, también sus obras. Los estudiantes, siguiendo los mensajes de Goebbels, quemaron los libros de autores judíos. Solo en la avenida Unter den Linden de Berlín se quemaron veinte mil. No hubo apenas protestas o fueron duramente reprimidas. El fascismo se introdujo en las universidades como una infección. Los nazis declararon: «Al día de hoy, la tarea de la universidad no es cultivar la ciencia objetiva sino la ciencia militar, como si fueran soldados, y su tarea primordial es formar la voluntad y carácter de los estudiantes». Muchos colegas colaboraron en el antisemitismo. Cuando Albert Einstein recibió el Premio Nobel, Philipp Lenard, premio Nobel también, húngaro nacionalizado alemán, escribió una carta al comité Nobel, que hizo pública, llamándole «fraude judío». La Sociedad Emperador Guillermo, el antecesor de los Institutos Max Planck, mandó un telegrama a Hitler expresando sus «saludos reverenciales» y comprometiendo a la ciencia alemana «a cooperar alegremente en la reconstrucción del nuevo Estado nacional». Mientras tanto, siguieron los ataques a Einstein. Su cuenta bancaria fue expropiada, su casa, cerrada y su velero, destrozado. Una organización de extrema derecha ofreció una recompensa al que asesinase al físico de Ulm. Einstein contestó que no sabía que su vida «valiera tanto» y se estableció finalmente en Estados Unidos. Desgraciadamente, el resto de la vida de Einstein, sus años de Princeton, fue científicamente poco productiva. El exilio suele ser doloroso y dañino. Max Born, su viejo amigo y admirador, dijo al respecto: «Muchos lo consideramos una tragedia, tanto para él, que intentó seguir su camino en soledad, como para nosotros, que echábamos de menos a nuestro líder, a nuestro portaestandarte». Siguió siendo, no obstante, un ejemplo de plantar cara al nazismo y de defensa de la decencia y la humanidad.

Los refugiados fueron fundamentales en el desarrollo de diferentes inventos. Rudolf Strauss inventó la máquina de soldar en onda, que todavía se usa en la industria, Paul Eisler inventó los circuitos impresos, Rudolf Peierls, Max Born y Franz Simon trabajaron en la bomba atómica, quizá lo más divertido fue el caso de Nicholas Kurti, que inventó la gastrofísica, el uso en la cocina de nuevos avances en la física como el uso de ultrabajas temperaturas, pero algo de lo que todo el mundo es consciente fue el trabajo de Ernst Chain, crucial para que existiera un nuevo medicamento: la penicilina.

La ciencia tuvo un salto importante en Gran Bretaña y Estados Unidos, pero también otros aspectos de la cultura. Georg Solti, un refugiado húngaro, impulsó de una forma excepcional la música, Rudolf Bing, de Viena, dirigió el Festival de Edimburgo y Nikolaus Pevsner, de Leipzig, se convirtió en el principal historiador de la arquitectura inglesa. Sir Peter Medawar, presidente de la Royal Society y premio Nobel, dijo que los tres ingleses más relevantes que él había conocido eran Ernst Gombrich, Max Perutz y Karl Popper, un historiador del arte, un biólogo y un filósofo, los tres nacidos en Viena.

La estupidez y el odio racial de Hitler dañó gravemente a su país. Los refugiados drenaron de talento la maquinaria bélica alemana y sería terrible pensar cuál habría sido el papel de algunos de los mejores científicos de la época si hubieran colaborado con sus conocimientos, ya sea de forma voluntaria o por la fuerza, en temas como las bombas volantes, la tecnología submarina o las armas atómicas. Además, no solo fue pérdida de Alemania, sino ganancia de sus contendientes. Los aliados se vieron enormemente reforzados y pusieron la ciencia norteamericana a la vanguardia del progreso, algo que no ha cesado desde entonces. El nazismo quedó derrotado, y algunos de esos refugiados volvieron a su país y otros terminaron su vida en sus nuevos países de acogida, agradecidos, aunque esos países deberían sentirse igualmente afortunados. Los refugiados no han desaparecido, solo han cambiado los países de origen y los de destino. Es difícil que entre esas familias que cruzan el Mediterráneo o los Balcanes, el Magreb o las fronteras de Indonesia haya otro Einstein, pero hay seguro miles de personas honestas, trabajadoras y buenas, buscando una esperanza, un futuro para ellos y sus familias. Igual que haríamos muchos de nosotros si pasásemos por la misma situación.

Marsella, 1943. Fotografía: Wolfgang Vennemann / German Federal Archive.


Rutu Modan: «Ahora el problema de la libertad de expresión ya no es con el Gobierno, sino con la gente»

Es una de las ilustradoras y dibujantes de cómic más sobresalientes de Israel. En persona es tan auténtica y original como su obra. Hablar con Rutu Modan (Ramat Gan, Israel, 1966) es un placer por su humor inteligente y la forma tan directa con la que aborda cualquier cuestión por peliaguda que sea. Coincidimos con ella en el Tres Festival de la Fundación Tres Culturas en Granada, al que acudió para expresar el valor que tienen las viñetas para ella, su proceso creativo y la utilidad que tienen para expresar lo que siente y lo que piensa.

Te criaste en un hospital militar.

Mis padres trabajaban ahí, antes de la independencia fue una base británica. Era una instalación muy grande y el director del hospital pensó que lo mejor que podía hacer para mantener cerca al personal que trabajaba en él era construir un barrio entero alrededor. Toda la gente que vivía en ese barrio eran doctores, enfermeras o sus familiares.

Crecí en ese barrio hasta que nos mudamos cuando yo tenía diez años. Para mí todo ese entorno era normal, cuando se trata de tu infancia no te cuestionas lo que tienes alrededor. Pero años más tarde, echando la vista atrás, me di cuenta de que era una situación un poco extraña. Cuando salía de la guardería e iba a ver a mi madre, que trabajaba hasta tarde, tenía que atravesar toda la unidad de cuidados intensivos y la planta de cirugía, y veía cada cosa que…

Durante la guerra del 73, tenía siete u ocho años. Mi barrio constantemente era sobrevolado por helicópteros que venían del frente con soldados heridos. Aterrizaban muy cerca de donde solíamos jugar los niños. Es muy extraño, porque, desde pequeña, consideraba y veía mi infancia como muy protegida, muy segura, porque vivía en un lugar sin coches, sin calles siquiera. No necesitábamos que nadie nos cuidase, porque, aunque nuestros padres trabajasen hasta tarde, estaba todo cerrado, no teníamos ni niñeras. Todos nos conocíamos y los niños grandes cuidaban de los pequeños. Me sentía muy segura, pero cuando mucho después encontré los dibujos que hacía cuando era pequeña y me puse a verlos, vi que solo dibujaba helicópteros con soldados heridos.

El sitio todavía existe, pero el hospital ya no tiene ese uso. Supongo que antiguamente se tenía otra actitud hacia los niños, todo era completamente distinto. No se pensaba tanto en qué podía afectarlos y qué no, como ahora.

Tus padres querían que fueses doctora.

Mi hermana sí lo fue, pero querían que fuese yo. Mi padre es doctor y considera que solo existe una profesión en este mundo, que es la de doctor. Si no puedes ser doctor por algún motivo, puedes elegir muy pocas alternativas. Abogado e ingeniero, que todavía las considera profesiones, fuera de eso: nada. No son, en realidad, profesiones para él.

Cuando mi marido vino por primera vez a cenar a casa de mis padres, era estudiante por aquel entonces, le advertí a mi padre: «No te permito preguntarle a qué se dedica su padre». Y me contestó que vale. Pero fue mi novio, ahora marido, el que le preguntó a mi padre qué hacía él. Surgió que el padre de mi novio era psicólogo y la cosa se quedó ahí, mi padre no dijo nada. Dos semanas más tarde, me llegó mi padre y me dijo: «Lo he pensado y creo que psicólogo también es una profesión».

¿Cómo reaccionaron cuando dijiste que querías estudiar Arte?

Tuvimos una gran pelea, claro. Mi padre, fundamentalmente. Mi madre no, ella empezó a reírse. Pero no de mal rollo, simplemente le parecía gracioso que alguien fuera a una universidad a estudiar algo como Arte. Me dijo, de todas formas, que hiciera lo que quisiera, que no le importaba. Pero con mi padre fue una pelea bastante grande. Al final me dijo que era joven y me podía permitir errores durante, al menos, un par de años. Estaba seguro de que lo dejaría y me pondría a estudiar una carrera de las que él consideraba de verdad. Años después vendía mis ilustraciones, hacía cómics, me los publicaban, y él seguía con los suyo. «Con esas manos que tienes podrías ser una maravillosa cirujana plástica», me decía. Y yo: «Venga, anda, papá, mira mis dibujos…».

En las familias askenazis es muy importante lo que estudies. En el judaísmo en general es bastante importante lo que llegues a ser. En la historia todos, las chicas no, pero sí todos los chicos, todos aprendían a leer y escribir sin importar de qué entorno procedían. Algún significado tiene que tener, porque hace dos mil años no era muy común en otras culturas. No sé si será cultural o propio de un pueblo que pertenece a una minoría durante tantos años y quiere que se le respete.

En mi caso personal, mi padre es muy competitivo. Nunca estaba satisfecho, incluso si me hubiera hecho doctora, me preguntaría por qué había cogido una rama en lugar de la otra. Porque incluso dentro de la escala de doctores tienes mejores y peores, más importantes y menos importantes, según su especialidad.

Pasaste tres años por el ejército.

En Israel es obligatorio para hombres y mujeres. Normalmente, las mujeres van dos años y los hombres, tres. En mi caso, no quería ir. Sabía que la vida militar no era para mí. Así que hice una especie de prestación social. En aquella época, algunos jóvenes se habían movilizado para conseguir que hubiera objeción de conciencia. Pude hacer un servicio militar cortito seguido de una prestación que alargaba el total un año más. Por eso yo hice tres años y los chicos objetores, cuatro. Me informé de todo, me invitaron a unirme a ellos y lo hice. En aquella época yo era muy idealista. Pensé que me daban igual los años. Luego fue una experiencia interesante, pero extraña. Era difícil, porque era justo cuando acababas el instituto.

¿No había prórrogas de estudios?

Eso ocurre en los lugares, digamos, más normales. O no, solo lugares que no están en guerra. Nosotros en aquella época todavía necesitábamos el ejército. Hoy en día tienes la objeción, que está más implantada, aunque sigue bajo negociación si eres religioso, pacifista o estás enfermo. Si eres pacifista, no basta con decirlo, te hacen una serie preguntas del tipo: «¿Y si alguien viene a violarte, lo matarías?», para averiguar si de verdad eres pacifista. Creo que al final terminarán abriendo la mano de alguna manera, porque la sociedad va cambiando y la actitud ante el ejército ya no es la misma. Cada vez más gente no quiere hacer la mili y está buscando una salida. Supongo que cambiará o, por lo menos, esta es mi esperanza.

En tu cómic-blog del New York Times, Mixed Emotions, hablas simplemente de tu familia. ¿Son historias reales?

Lo más que hago es cambiar los nombres, por lo general son historias reales. Toda ficción no deja de ser una mezcla de experiencias reales. Yo solo escondo un poco la realidad en una ficción. El origen es que me hicieron el encargo en el New York Times a modo de columna mensual. Trabajo muy despacio, vi que no me iba a dar tiempo y decidí tomar los guiones prestados de la realidad. Así iba a ser más fácil que se me ocurrieran ideas.

Le fui dedicando una historia a cada miembro de mi familia. Como era en inglés, pensaba que nunca lo verían y me solté. Pero lo vieron. Por supuesto, lo encontró uno de mis primos y directamente se lo envió a toda la familia. Tengo un tío que todavía está enfadado conmigo porque le puse de «oveja negra». Cada vez que me ve me pregunta por qué. El resto, en cambio, están muy orgullosos de que cuente historias sobre ellos. Soy muy cercana a mi familia, a mis tíos y tías, y también a mi abuela, que ya está muerta, la protagonista de La propiedad.

Cuando estaba escribiendo esa novela gráfica les preguntaba mucho por cosas, les pedía información, porque mi abuela ya había fallecido. Les hice como entrevistas a cada uno, porque sabían todas las anécdotas e historias que les había contado mi abuela. Cuando luego se vio que era un libro sobre Polonia y sobre la abuela, se quedaron muy decepcionados, porque pensaban que iba a ser sobre ellos.

Se enfadaron, además, porque le cambié el nombre a la abuela. Un primo mío, que sale en la historia, ya se refiere siempre a la abuela por su nombre en La propiedad. Mi tío y su hija me decían que no les gustaba cómo la había representado, que ella no era así, que ni siquiera era su nombre. Pero es que no era la historia de mi abuela, era una historia construida a partir de la personalidad de mi abuela. Y ellos: «Ya, pero es que no es ella».

¿Todas las familias judías son así?

Normalmente es así. Es un entorno muy pequeño. Si quieres huir de tus padres, tienes que dejar el país. No tienes ninguna excusa para no ir a una cena. Como mucho, puedes decir que tienes una hora de coche, pero eso no es una excusa válida. Sí, es algo cultural. No sé si del país o del judaísmo.

Mi otro cómic, Exit Bounds [editado en España como Metralla por Astiberri], tuvo traducciones muy diferentes en cada país. En Israel, que un hijo no tenga contacto con su padre durante dos años, como le pasa al protagonista, es algo completamente extremo. Cuando el personaje lo cuenta, es como wow, algo de verdad no está bien, algo falla. Pero en Estados Unidos, sin embargo, algo así no supone mayor problema. No es nada extraño. Es un problema, pero no es grave. Es distinto. Aquí, en ese contexto, no ver a tu padre en dos años es que algo va muy mal en esa familia.

En el blog del New York Times cuentas una historia sobre tu hijo, que quiere llevar falda.

Esto es muy interesante. Cuando lo escribí, primero, mi marido no quería que lo publicase. Tuve que tomar yo esa decisión. Y su postura era fuerte. Pasó todo hace diez años. Hoy en día creo que publicar algo así sería completamente distinto. Ha cambiado tanto todo que ahora, incluso, sería repetitivo.

Decidí hacerlo y el feedback que me llegó fue diverso. Algunas reacciones que recibí eran de apoyo, pero mucha gente se enfadó. Me decían que ese niño era transgénero y yo: «¡Venga ya! Si tiene tres años». No creo que hoy en día nadie dijese nada, sobre todo por su edad.

Hablas mucho de las reacciones de los lectores de ese blog.

Sobre todo me han impactado las reacciones a algunas historias. En general, lo que conté es cómo era la experiencia de tener tu primer hijo. Cómo cambia todo. Hubo capítulos por los que me llegaron muchas reacciones, como uno en que mi tía me ayuda con el embarazo, pero en realidad también se está metiendo en mi vida.

Luego, cuando conté cómo fue un viaje con mi padre a Nueva York, me escribieron muchas hijas, pero también padres. Uno me dijo: «Gracias por escribir esta historia, porque mi hija no me entiende. Yo quiero a mi hija, pero también quiero que coma bien». Era por esa preocupación que existe entre padres, hijos y la comida, esos padres que siempre están preocupados por lo que comen sus hijos o lo que no comen y no paran de hablar de eso. En las guarderías es el único tema de conversación, no sé si solo pasa en Israel, pero la comida es un tema obsesivo dentro de cualquier familia.

Como cuando tu abuela, cuando tienes treinta años, te sigue poniendo comida en el plato.

Exacto. Soy profesora de dibujo y un estudiante mío acaba de hacer un proyecto sobre este tema. En un ejercicio, en el que había que dibujar los momentos más valientes de tu vida, ilustró uno en el que fue a casa de su abuela y le dijo que no quería comer más [risas]. «Ya tengo suficiente abuela, no quiero más». Una proeza.

En War Rabbit hiciste periodismo en cómic, un reportaje sobre la guerra de Gaza en 2008.

El periodismo me gusta leerlo, pero no me gusta hacerlo. La ficción es mi herramienta. Internet está lleno de opiniones, hay millones. Por todas partes encuentras opiniones. Siento que yo no puedo añadir nada a eso. El periodismo es un intento de crear un punto de vista sobre algo y yo lo que quiero es contar una historia que hable de la vida, de la gente, de las cosas que veo. Expresar mi idea sobre el mundo, sobre la familia, pero no quiero crear opinión. Aparte, también importa aquí mi actitud personal, a mí me cuesta hasta decidirme cada día por lo que voy a comer. Y, encima, con asuntos de Israel, yo soy de ahí pero mi audiencia es de fuera. Eso lo complica todo.

Ese es otro problema que tengo. Cada vez que salgo fuera siento que la gente está esperando mis opiniones, que les explique la situación entre Israel y Palestina, que diga si estoy en contra o a favor del Gobierno, que exprese qué es lo que yo creo que debería hacerse… Necesitan que les dé la señal de que tengo una opinión correcta. Esperan que me posicione.

Y es verdad que estoy en contra del Gobierno de Israel y quiero una solución al conflicto, que no soy religiosa y no me importa tanto la tierra, pero no me gusta que me pongan en la posición de tener que gritarlo. Normalmente, de hecho, trato de evitarlo. La gente que lee mis libros entiende mi opinión, que no es que no la tenga, simplemente no me gusta expresarla de esa manera.

Con War Rabbit, un editor francés me dijo que estaba haciendo una antología sobre la guerra y me preguntó si quería participar haciendo cómics. Dije que no, que no era mi estilo. Estaba viviendo en Inglaterra por aquel entonces, me fui de vacaciones a Israel y estalló la guerra de Gaza. Me quedé en shock, a lo mejor porque vivía fuera, porque generalmente los israelíes estaban todos muy de acuerdo con que la guerra era buena. A mí me pareció tan estúpida…

La guerra es estúpida, no tiene sentido y no resuelve nada. Leí blogs y periódicos de fuera de Israel, vi cómo lo estaban describiendo todo y pensé que había sido un poco irresponsable por mi parte rechazar la oferta que me habían hecho. Intenté que fuese a mi manera, porque tampoco soy especialmente valiente. Conocía a un periodista de un café, de un bar de Tel Aviv, un profesional de la vieja escuela, sin miedo a nada. En mi opinión, porque algo no va bien en su cabeza [risas]. Queda con terroristas, se entrevista con ellos… sencillamente, no tiene ese chip en la cabeza que te hace sentir miedo.

Le pedí que me llevase al sur, él estaba familiarizado con lo que estaba pasando, pero puso la condición de que el cómic lo hiciéramos juntos. Fuimos al sur, por supuesto no pudimos ir a Gaza, pero estuvimos en la frontera y esas colinas. Había montones de equipos de televisión, periodistas, todos grabando las explosiones de las bombas y tal. Para mí eso fue una locura. Así que nos fuimos a un pequeño pueblo que está cerca de la frontera.

Allí vivía gente muy pobre. Cuando estuve en el ejército nos enviaban a este tipo de lugares, pero en el norte. Al final, en todos estos conflictos los que sufren son los pobres, que viven en estos sitios pequeños y no se pueden marchar porque, sencillamente, no tienen adónde ir. Trabajan en fábricas y los niños, cuando hay bombardeos, no tienen colegio, de modo que estaban todos sueltos y solos por ahí todo el día.

Fui con este periodista y nos pusimos a hablar con la gente. Aprendí mucho de mi compañero por cómo hacía las entrevistas, no tenía barreras a la hora de preguntar a la gente sobre todo. Habló con este niño sobre su conejo…

El conejo es real…

Todo pasó como lo hice en el cómic. Fuimos a un refugio, el periodista le preguntó al niño dónde estaban sus padres, este nos llevó a conocerlos. Normalmente, a estos niños nadie les presta atención, de modo que estaban encantados de que alguien le hiciera caso. Conocimos a sus padres y el periodista les hizo preguntas. Todas un poco absurdas. Decía: «—¿Dónde os conocisteis? —En la fábrica. —¿Fue amor a primera vista? ¿Y qué hacíais en la fábrica? —Empaquetar tomates. —¿Qué tipo de tomates, pequeños, grandes?».

Pregunta todos los detalles porque nunca sabes dónde vas a encontrar algo interesante. En ese sentido, fue una experiencia muy buena. Luego hice el cómic, pero no me gustó mucho. Fundamentalmente, porque no es 100% mío. Mi estilo es realista, el dibujo que hago también es muy realista. Por eso no me conviene contar historias demasiado realistas. Creo que queda un poco rígido.

Mi amigo es un gran periodista, me alegro de haber hecho esto, pero… es que no es mío. Añadí un poco de mi cosecha, pero quedó eso, la historia de un niño que quiere tener una granja de conejos y en un contexto de guerra en Gaza, de bombardeos, con las casas derruidas, en medio de ese gran desastre, él tiene su pequeño desastre personal porque se le ha escapado un conejo. Sueña con su granja e ir a ver al Manchester United y le cae encima todo eso.

Entonces, ¿has abandonado el género periodístico?

No diría que no voy a volver a hacerlo, porque no lo sé, pero ahora estoy en otra novela gráfica y, por cierto, me está matando. Me está tomando tanto tiempo que ya me da miedo decirlo, porque tengo miedo de no acabarla y de que al final no salga. Estoy escribiéndola y reescribiéndola una y otra vez. El argumento es un poco como el de Indiana Jones. Va sobre unos arqueólogos piratas que están excavando ilegalmente en el este de Israel.

Porque aquí hay un tema del que nadie habla, la antigua Israel, la histórica, no estaba donde se encuentra Tel Aviv y Haifa ahora mismo, sino al este. En esa zona, bajo tierra, se supone que está la ciudad antigua que demostraría que eso es Israel. La tragedia es que estamos en un territorio tan pequeño, peleándonos por un territorio aún más pequeño.

Para mí no sería problema que estos territorios sean para ellos. No tengo nada en contra, pero para estos religiosos que creen en el pasado, rendirse significa que no tenga sentido nada de lo que han hecho hasta ahora. Se preguntarán: ¿Entonces por qué estamos aquí? ¿Por qué hacemos todo esto? Si nos rendimos, pues mejor irnos a cualquier otro lado. Esta postura, aunque la entienda, muy dentro de mí no la entiendo.

La historia que cuento en este contexto es una aventura graciosa. Una mujer va a excavar debajo de la muralla en busca de no te voy a decir qué, porque lo que está buscando está justo detrás de la pared, y del otro lado los palestinos están también excavando. En definitiva, va sobre esta tierra tan pequeña, donde la pertenencia del territorio se superpone, depende de si es en la superficie o en las profundidades.

¿Y no sabes cuándo saldrá?

Tardará no menos de dos años. Y si son solo dos años, diré ¡yeah! Porque necesito todavía un mínimo de un año para acabar de dibujarlo. Es complicado porque hay muchos personajes. Hay una ventaja que tiene la ficción, me permite tener muchos personajes y que algunos digan barbaridades. Pueden representar muchos puntos de vista. Las diferentes opiniones que hay en Israel, pero también las que hay dentro de mí. Y gracias a que son personajes de ficción, pueden decir todo tipo de cosas horribles que yo nunca diría. Por eso me resulta tan divertido.

En La propiedad hablabas de un viaje a Polonia a recuperar bienes perdidos tras el Holocausto. ¿Qué opinas de la nueva ley polaca que persigue a quien relacione Polonia con el Holocausto?

No soy experta, pero cuando fui a Polonia ya vi que la relación entre los polacos y los judíos es muy complicada. Los judíos vivieron en Polonia ochocientos años, así que tuvo que ser uno de los mejores lugares que encontraron. De parte de mi madre, nuestros antepasados estaban en Portugal, en el siglo XV los expulsaron, con la Inquisición, y se fueron a Polonia. No sé si será cierto, al menos es la historia que cuenta mi familia.

A mi abuelo nunca lo conocí, pero a mi abuela sí. Él se vino a Israel en el año 34 y ella, que vivía al lado de la frontera con Alemania, lo hizo en el año 40, en cuanto empezó la ocupación. Vinieron con veinte y treinta años. Y nunca hablaron de Polonia. Nada. Tampoco hablaban nunca polaco. Mi padre, que llegó con ocho años, es más israelí que todos los israelíes. Ese pasado polaco fue borrado de nuestra familia.

Sin embargo, luego descubrí que no lo habían eliminado completamente. Por cuestiones culturales, ese pasado seguía ahí aunque no se lo mencionara. Mi abuela decía que no quería ni volver a Polonia porque todo ese país era un gran cementerio para ella. Cuando pensé en esta historia para un cómic, me di cuenta de que mi familia me la estaba sirviendo con un lacito. Recuerdo que se me ocurrió un día al irme a la cama, la historia de una abuela y su nieta yéndose a Polonia para recuperar una propiedad familiar. Al despertar, llamé a mi hermana, le pregunté qué le parecía y me dijo que iba a ser una historia excelente.

Me puse manos a la obra, pero no sabía nada de Polonia. Ni siquiera había visto fotos. Como mucho, las películas de Kieślowski. Así que me fui a Polonia, pero no quise mirar imágenes antes en Google. Quedé con gente mayor, también con gente joven, con artistas. Y no judíos, gente que no tuviera que ver con el Holocausto, porque ya sé suficiente sobre eso. Sé todo de los judíos polacos, me interesaba conocer a otra gente y escuchar sus historias.

Y, respondiendo a tu pregunta, lo que descubrí fue una cuestión complicada, los polacos tienen una historia sobre la guerra completamente distinta. Su historia es completamente diferente de lo que yo aprendí en el colegio, de las películas sobre el Holocausto y de las que contaba mi familia, que en resumen decían que los polacos eran peores que los nazis y que siempre hubo antisemitismo en Polonia.

Con los alemanes hemos llegado a la paz, se hicieron las paces muchos años después, pero se hicieron. Ahora tenemos una love story. Con excepciones, pero por lo general existe. Sin embargo, todavía estamos enfadados con los polacos, lo cual es extraño porque, aunque hubiese colaboradores de los nazis entre ellos, el Holocausto no fue cosa suya. Cuando fui a Polonia me encontré con que todos estaban en contra de los nazis, todos decían que nadie pudo hacer nada por los judíos y ellos fueron las mayores víctimas de la guerra. Lo cual sí que es cierto de alguna forma, pero para mis adentros, todo el rato, mientras hablaba con ellos, algo de mí quería saltar y decirles: «No, no, es que no lo sabes, no te han dicho la verdad, yo te la voy a contar».

Era una sensación, un impulso, muy fuerte. Pero al mismo tiempo entendí que lo que yo sé es lo que me habían contado a mí. De repente, tenía delante otra narrativa sobre los acontecimientos, empecé a leer y vi que las cosas sí que eran mucho más complicadas. Pero lo básico es que existen dos historias. Con los alemanes, no directamente después de la guerra, pero veinte o treinta años más tarde sí que llegamos a una misma historia sobre lo que había pasado. A lo mejor los detalles no eran tan parecidos, pero en general era el mismo relato: quién es el malo, quién es el bueno, quién dice lo siento, quién dice que vale, vamos a olvidarlo.

Si no hay una misma historia, es como cuando estás peleada con el novio, o con un amigo, si no puedes estar de acuerdo en qué es lo que ha pasado, a quién se puede culpar, es mucho más difícil resolver algo. Es mucho más fácil decir: «Fue hace mucho tiempo». Y continuar.

Con Palestina e Israel pasa lo mismo, la narrativa es muy distinta. Y los dos somos muy cabezones. Igual que los polacos. Los polacos, judíos y palestinos somos expertos en ser víctimas. Parece que parte de la cultura consiste en ser víctima. Y el victimismo creo que es una de las peores características de las personas. No puedes hacer absolutamente nada con el victimismo y ahora se ha puesto muy de moda ser víctima. Odio ese tipo de carácter, echar culpas no vale para nada, es inútil. La responsabilidad es mucho mejor que la culpa.

Con La propiedad lo que hice fue resolver este problema para mí, resolver el problema de los polacos y los judíos para mí misma. Para entenderlo y poder lidiar con él, hacer las paces. Por otro lado, me encontré con que ellos contaban que habían sufrido más, que durante sesenta años siguieron mal, arruinados, pero llegó a ser un poco irritante este discurso, encima con la ley que impide que se escuche nuestra parte de la historia. Entiendo que ellos tengan su visión y nosotros la nuestra, lo acepto. Es difícil para mí, pero soy liberal. Sin embargo, escuchar su historia sin poder contestar nada porque es ilegal…

En toda tu obra hay una mezcla de géneros, humor negro, tragicomedia…

Lo del humor negro en parte lo he contestado en la primera pregunta sobre el hospital. Cuando te enfrentas a este tipo de situaciones, no te queda otra. El humor negro es muy fuerte en Israel como herramienta para protegerte de la situación que estás viviendo. Aunque me temo que ahora estamos empezando a perderlo. Esta es una época en la que la gente es tan seria, tan prudente…

Gracias al humor puedes afrontar lo complicado y lo kitsch, es decir, a mí me gustan las historias de amor y las del Holocausto, los temas serios, pero son demasiado serios y al abordarlos puedes caer en lo kitsch si no empleas el humor. Te protege. Y gracias al humor puedes decir cosas muy serias. El humor es una cosa muy seria.

No sé cómo será en España, pero en Europa del Este a los escritores les gusta el humor, no creen que ser gracioso signifique que no eres serio. No obstante, existe ese prejuicio de que si eres gracioso significa que no eres serio o no te toman en serio. En realidad, para mí, meterme en ciertos temas sin humor es muy difícil. No puedo concebirlos sin humor. Siempre tiene que haber al menos un poquito.

¿Quiénes te inspiraron para hacer cómics?

De pequeña casi no leía cómics, a lo mejor un poco de Popeye o Tintín. Algo que viniera en alguna revista de niños. Tenía poco, pero todo lo que veía lo adoraba y me lo comía prácticamente. Mis padres estudiaron un par de años en Estados Unidos y mi madre trajo colecciones de cómics de paperback que se quedaron en nada. Tengo las páginas en bolsas de plástico porque de tanto verlos y copiarlos los desintegré, se gastaron por completo. Creo que amé los cómics desde el principio de forma natural.

Incluso siento una conexión con los dibujos que hacía de pequeña, con tres años, porque para mí dibujar siempre era contar historias. Ya de niña, cogía el papel en blanco y lo que dibujaba era una señora que conocía a una mujer y hacía una cosa, y tal y cual. Eran historias que me contaba a mí misma, con bocadillos y todo. Nunca pensé que eso pudiera convertirse en una profesión.

Fue mi manera natural de contar historias, incluso hoy en día para mí es difícil entender por qué la novela gráfica no está en la misma estantería que los libros. Porque para mí los cómics nunca fueron algo separado, yo al menos nunca los separé. Cuando me di cuenta de que era un género distinto no fue hasta que tuve veinte años.

Creo que tuve mucha suerte, porque cuando me empezó a interesar la novela gráfica fue a finales de los ochenta, cuando apareció Maus y me llegó Daniel Clowes. Yo no fui una pionera, pero empecé justo después de ellos, en un momento en el que iba subiendo. Y fue un momento temprano también para ser mujer en el cómic. Eso era guay en aquella época, ahora ha habido un gran cambio, hay tantas mujeres haciendo cómics que igual la proporción es 50%-50%. Y muchas de ellas son mujeres jóvenes, las veo por todas partes donde voy, en festivales, en convenciones. Hace veinte años no era así.

Siempre se ha vendido la imagen de que el aficionado a los cómics era un chico.

Pero a mí nunca me interesaron los cómics mainstream ni los temas que trataban. Ahora tampoco me atraen, aunque lo intento. Como artista de cómics creo que debería hacerlo, pero me cuesta. Todo ese rollo de superhéroes me parece muy aburrido. Lo mismo que los zombis, la ciencia ficción y los vampiros. Necesito que el tema que se trate me atraiga. Por otra parte, cuando un tema es bueno, el cómic es un medio idóneo para expresarse, es muy visual, tiene ventajas que la literatura no tiene. Ni siquiera las películas.

Sí, solo necesitas saber dibujar.

[Risas] A mí me sale fácil

El año pasado contaste en una presentación en Madrid el caso de una alumna tuya que había tenido problemas con un dibujo que hizo en clase, dijiste que te preocupaba la libertad de expresión.

Esto fue una experiencia muy mala. Creo que, en general, Israel no es un país fascista. Todavía se te permite decir casi todo. No creo que haya riesgos, pero el problema de nuestro tiempo ya no es el Gobierno, sino la gente. La sociedad está haciendo el trabajo del Gobierno. Ahora el problema de la libertad de expresión ya no es con el Gobierno, sino con la gente.

No quiero esconder que en Israel se pueden decir ciertas cosas sin ir a la cárcel y en Palestina no, pero en Israel tu vida puede ser muy miserable según lo que digas. Puedes perder tu trabajo, pero no por culpa del Gobierno. Es un tema muy amplio que no puedo explicar aquí, pero a mí lo que más miedo me da y me preocupa es la autocensura.

Muchas veces me sorprendo cuando escribo algo pensando: «Mmm… ¿Por qué voy a hacer esto?». Y no me gusta estar en una situación en la que me pregunto por qué hago las cosas. Me digo que no va a cambiar nada, pero es muy fácil decir eso de que no va a cambiar nada. En Israel, ese fenómeno es más grave que el trato que le dé el Gobierno a la libertad de expresión.

Lo que pasó en nuestro colegio hace un año más o menos fue en una clase de Photoshop en el departamento de Arte, con unos estudiantes de primer año en su primer semestre. La estudiante era una chica árabe de Jerusalén Este. Hicieron unos montajes horribles y el problema estuvo en que el  profesor decidió hacer un tipo de exposición, aunque no fue exposición de verdad. Porque sí que hay un sitio en el colegio para hacer exposiciones de verdad. Él puso estas fotos en el pasillo.

Esta chica hizo una parodia del póster de Obama, el famoso cartel en azul y rojo, y puso a Netanyahu con una soga. Una estupidez, pero no importa, porque era una estudiante y los estudiantes hacen ese tipo de trabajos. Tú, como profesor, les explicas que eso no se debe hacer y no pasa nada, porque el colegio debe ser un lugar seguro donde puedas equivocarte y no pase nada mientras no hagas daño a nadie, solo que aprendas por las reacciones que veas en el profesor o en la clase.

De hecho, si esto hubiera sucedido dentro de clase, no habría trascendido. Pero lo que pasó fue que, al estar colgado en el pasillo, alguien lo vio, porque pasaba por ahí, y lo metió en Facebook. A mí me lo enseñó el jefe de estudios antes, y le dije: «Los estudiantes son estúpidos». Si llego a saber que alguien lo iba a meter en redes, lo habría quitado yo misma.

En cuanto lo publicó, fue un boom. Algo impresionante, no te lo puedes ni creer. Y una vez que se hizo público era imposible explicarlo. Fue una traición a la niña, porque, si hubiera sabido que su trabajo iba a terminar en Facebook, lógicamente no habría hecho eso.

No obstante, fue muy bueno para el colegio en general. La gente pedía que nos cerrasen y la discusión a la que nos llevó fue muy productiva. De alguna forma, ha unido a todos los estudiantes y protegimos a la alumna. Esto fue positivo para el colegio, que además consiguió que viniera más gente.