Pedro Miguel Echenique y Pedro Duque: «La ciencia necesita largo plazo, pactos de Estado, inversiones sostenidas, libertad y la capacidad de asumir riesgos»

A primera vista, se diría que Pedro Miguel Echenique (Isaba, 1950) y Pedro Duque (Madrid, 1963), solo tienen en común el nombre. Echenique sería un arquetipo del académico de Cambridge, su alma mater, de no ser por la temperatura de la sangre navarra, que corre por sus venas un par de grados por encima del nivel de ebullición en Sajonia. La primera impresión de Duque confirma el talante calmoso, casi panteísta del astronauta que ha visto nuestro pálido globo azul desde el espacio. Y sin embargo, cuando los entrevistadores pronuncian la palabra mágica, ciencia, académico y astronauta resuenan, apasionadamente.

Ginés Morata, genetista español, señala que la cultura del siglo XXI va ser una cultura científico-técnica como ya lo ha sido en gran parte en el siglo XX. Si aspiramos a formar parte del grupo de países avanzados es necesario que la sociedad en general y nuestros políticos en particular tomen conciencia de la gran importancia de este hecho y promocionen el desarrollo científico y tecnológico. ¿Estáis de acuerdo?

Duque: Sí, es absolutamente necesario. La gente que con su trabajo proporciona los fondos públicos debe saber y estar de acuerdo en la manera en que esos fondos se invierten, en particular en el área del desarrollo científico, de fomento de la innovación etc. Sí que es cierto que tenemos quizá algo de carencia. La gente no entiende del todo por qué utilizar dinero en estas cosas es bueno para ellos. Hay que empezar por esa base para que podamos luego reivindicar que se aumenten los fondos.

Echenique: Yo estoy de acuerdo con Morata, de hecho, esa cita me la sé de memoria (ni corto ni perezoso, la repite de cabo a rabo).

No por casualidad. Está sacada de uno de tus textos.

Echenique: Pues es una frase muy acertada. El siglo XXI, como ya lo fue en gran parte el siglo XX, va a ser científico-tecnológico y aquellas sociedades que sean conscientes de ello y en las que sus dirigentes actúen en consecuencia serán más dueñas de su futuro que las que no lo vean. Yo creo que la sociedad española y en particular políticos y empresarios no son tan conscientes de la importancia de la ciencia y la tecnología porque la consideran un instrumento, como decía Churchill: scientists must be on tap but not on top (los científicos deben estar disponibles bajo demanda pero no dirigir). Pero no se dan cuenta que no solo es un instrumento clave de desarrollo económico, sino que es una parte esencial de la cultura del siglo XXI. No ha sido siempre así, claro. En el año 1986, bajo el gobierno del Partido Socialista, se dio un salto cualitativo en la inversión española en ciencia. Parece que ahora existe la voluntad de hacer lo propio, ojalá sea cierto. Por otra parte, para que los políticos puedan ejercer esta labor es bueno que el entorno social sea consciente y lo apoye. Por eso, además de otras muchas cosas, es tan importante la comunicación científica.

Duque: Por otro lado, también es cierto que no solo es informar a la gente sino comprender que la cultura es un bien compartido, una serie de cosas que nos sirven de base para la conversación. Para que el desarrollo científico en España sea pleno hace falta que la gente tenga más presente la ciencia en su día a día.

Echenique: Actualmente se intenta convencer a la sociedad de la necesidad de la ciencia con argumentos que suelen resaltar el aspecto utilitario sin caer en la cuenta que la gente no solo se mueve por utilitarismo. La ciencia es utilitaria pero también es la cima del humanismo clásico. Las preguntas de los griegos se contestan en los laboratorios de física de hoy y además es estéticamente hermoso. A mí me gustaría transmitir el concepto de que la ciencia es económicamente decisiva, pero también es culturalmente importante y estéticamente hermosa. Una sociedad científicamente informada es más libre y más capaz de tomar decisiones.

Quizás la ciencia del espacio sea un ejemplo donde se ve inmediatamente ese aspecto que estamos comentando. Cuando la sociedad civil apoya ir a Marte no es porque los ciudadanos piensen que vamos a encontrar uranio allí. Es porque nos parece necesario y esa necesidad tiene mucho de estético.  ¿Qué opina de esto un astronauta?

Duque: Sí, claro. Hay áreas de la ciencia o de desarrollo de tecnología que por lo que sea caen más en la épica de lo que resulta fácil de apoyar casi sin necesidad de explicación, y por supuesto la exploración espacial es una de esas cosas. Yo diría que toda la exploración goza de gran simpatía entre los ciudadanos, desde los oceanógrafos que se aventuran en las fosas submarinas hasta los programas que envían sondas a los confines del sistema solar. Por otra parte, esa exploración requiere avances, a menudo enormes, en ingeniería, que a su vez dependen del desarrollo de la física, la química y en general las ciencias básicas… Otro ejemplo similar es la salud, no hace falta gran poder de convicción para que se apoye la lucha contra el cáncer, pero a su vez esto requiere el desarrollo de la bioquímica, la biofísica, la informática, la instrumentación médica… Creo que lo que tenemos que hacer es conectar correctamente esos grandes temas que preocupan al ciudadano con la armazón científico-tecnológica que hace posible que se aborden. Solo las sociedades avanzadas, con una potente inversión en ciencia y tecnología podrán viajar a Marte o curar el cáncer.

Echenique: En realidad la gente se enamora de los extremos, de lo más grande, como son las ondas gravitacionales que nos llegan como consecuencia del colapso de dos agujeros negros, o lo más pequeño, como el bolsón de Higgs o los neutrinos. Hofmann hablaba del encanto de los extremos y Carl Sagan fue un genio a la hora de transmitir ese encanto, pero hay también el encanto de lo complejo. Cierto, es mucho más fácil trasmitir la necesidad de ir a Marte que la de entender el efecto de un átomo de rutenio que se mueve en una superficie de platino y sin embargo ambas tareas son igualmente importantes, es más, complementarias.

Hablando de Sagan, sus libros y series atrajeron a generaciones de jóvenes a la astronomía, la astrofísica, el programa espacial y la física de partículas…

Duque: Algo que Sagan dejaba muy claro en sus programas es el tamaño enorme del universo. Fíjate, acaba de descubrirse la existencia de un planeta posiblemente habitable en Alfa de Centauri, la estrella más próxima a nuestro Sol, que está «solo» a cuatro años luz de aquí. A la velocidad que podríamos aspirar a mover una nave espacial, no te digo con la tecnología actual, sino con la de dentro de un siglo o dos, posiblemente nos costaría decenas de miles de años llegar… Cuando uno entiende eso, cuando comprende que la exploración a la que siempre le hemos dado tanta importancia no es tan fácil, que incluso llegar a la estrella más cercana puede ser imposible en la práctica, empieza a considerar la necesidad de cuidar del propio planeta y eso nos hace tomarnos en serio grandes fenómenos como el cambio climático. Hay que buscar un balance. Soñar con explorar otros mundos está muy bien, pero puede que la humanidad no salga nunca del sistema solar. Y si ese es el caso, cuidar de lo complejo, el equilibrio delicado del planeta que estamos alterando es esencial, nos va en ello nuestra propia supervivencia.

Vivimos en una sociedad que depende de ciencia para todo, desde la medicina a las comunicaciones, y sin embargo la formación científica de los ciudadanos no es del todo buena y eso nos lleva  a menudo a posiciones contra avances científicos de los que dependemos, como los movimientos antivacuna.

Duque: Yo creo que son movimientos minoritarios. Lo paradójico es que la razón por la que algunos pueden permitirse el lujo de no vacunar a sus hijos es porque viven en el seno de una sociedad científicamente avanzada donde el resto de los niños sí están vacunados y por tanto las enfermedades contra las que se les vacuna están casi erradicadas en la práctica. Esa gente no se da cuenta de que para llegar al estado actual de la tecnología de vacunas, hemos pasado por unas etapas de mortandades infantiles inmensas, hemos pagado un precio colosal en sufrimiento, para alcanzar un desarrollo del que ellos se benefician a la vez que actúan en su contra.

¿Hay una correlación entre la politización de la ciencia y el rechazo a la base científica? Por poner dos ejemplos. Es fácil correlacionar la oposición a la energía nuclear y a los transgénicos con ciertas posturas políticas de izquierda y no menos fácil correlacionar la oposición a la teoría de la evolución o la negación del cambio climático con ciertas posturas políticas de derechas.   

Duque: Es imprescindible luchar contra ese fenómeno, porque ataca a la seguridad de las conclusiones a las que ha llegado la ciencia. Ese fenómeno cuestiona las conclusiones de la ciencia como si fuesen un tema debatible, como si fuera un debate de domino, tu ignorancia es igual de válida que mi conocimiento. Eso es algo que hay que evitar a toda costa y exige una especie de pacto por la ciencia que se extienda a todo el espectro político.

¿Te parece posible?

Duque: Te pondré un ejemplo. Cuando se creó la cuenta de Podemos en Twitter, no tardaron en aparecer cuentas como Podemos Homeopatía, Podemos Antivacunas, etc., que se arrogaban la prerrogativa de que ser de la nueva izquierda era estar en contra de las conclusiones de la ciencia. Pues bien, me costa que cuando Pablo Echenique se enteró, cortó eso de tajo. Yo creo que pueden encontrarse dirigentes políticos decididos a defender la ciencia contra la manipulación y las supersticiones en todo el espectro político.

Hemos leído tuits de nuestro ministro de ciencia asegurando a los escépticos que la Tierra es redonda.

Echenique: También hay gente que cree en la descripción literal sobre la creación del mundo que viene en la Biblia. ¡Que la Tierra es esférica lo sabían los jónicos, hace dos mil quinientos años, y Eratóstenes ya estimó su radio!

La discusión sobre la forma en la que la teoría de la evolución de Darwin se ha puesto en entredicho en Estados Unidos es significativa.

Duque: Quizás lo que se debería haber hecho es establecer alianzas con intelectuales conservadores pero ilustrados, que combatieran desde dentro de sus propios sectores esas tendencias que difícilmente se pueden atajar desde fuera.

Echenique: Esto nos lleva la importancia de la comunicación científica. La obligación que tienen los científicos es de ser ciudadanos responsables y también de participar en el debate social y no encerrarse en su laboratorio. Una sociedad científicamente informada es más libre y por tanto es más difícil de manipular por grupos de presión, o de ceder ante modas y supersticiones. Y esa sociedad científicamente informada exige tres cosas: primero, ampliar el conocimiento de los principios generales de la ciencia, de tal manera que el ciudadano no tenga problema en discernir que un electrón no es más grande que el ADN, o que el CO2 es un gas de efecto invernadero necesario para la vida en el planeta, el exceso de CO2 puede ser un problema, pero el gas en sí no es un veneno, como mucha gente cree. Segundo, es importante discernir qué es ciencia y que no. Y la tercera es que hay que ser consciente de cuáles son las consecuencias sociales y económicas de la ciencia. A los grupos antivacuna habría que recordarles que la viruela fue una enfermedad horrorosa que ha matado a trescientos millones de personas y hoy se ha erradicado. Entonces, sin sacralizar la ciencia porque también la ciencia puede tener problemas, es necesario ser firmes. Recuerdo un debate sobre este tema en el que mi oponente me dijo.  «Es que usted y yo tenemos diferencia de opinión» y le contesté:  «No, usted y yo tenemos diferencia de conocimiento».

Duque: Por poner las cosas en contexto, en la última encuesta de percepción social de la ciencia, el 3,3 % de los españoles decía que tenía poca o ninguna confianza en las vacunas.

Echenique: No es mucho.

Duque: Luego un 20 %  decía utilizar tratamientos alternativos a los médicos y un 5 % en sustitución de los convencionales. Yo creo que los números no son muy malos.

En España ha habido un movimiento contra la homeopatía que no ha habido en Alemania o Francia, si bien es cierto que desde las direcciones sanitarias se ha adoptado una actitud muy firme en contra de equiparar homeopatía con «fármacos alternativos».

Echenique:  La firmeza me parece imprescindible aquí. A menudo tendemos a ser tolerantes con la homeopatía, argumentando que «un poco de agua no le hace daño a nadie», pero cuando estos «remedios» se convierten en sustitutivos nos encontramos con casos de pacientes de cáncer que mueren por rechazar la quimioterapia, por culpa de estas supersticiones demasiado toleradas. La ciencia no tiene respuesta siempre a todas las preguntas, pero se progresa continuamente basándose en el trabajo y los resultados antecedentes. La homeopatía del siglo XVIII y XIX, y la del XXI es, esencialmente la misma. La medicina no tiene nada que ver. Hahnemann podría pasar un examen de homeopatía hoy sin grandes dificultades. Los más grandes médicos entre sus contemporáneos como Lister, Virchov, suspenderían los exámenes finales de medicina.

Duque: Una de las cosas importantes aquí es que la ciencia tiene que ser extremadamente cautelosa con meter la pata. No podemos expandir a los cuatro vientos que se ha encontrado una partícula que viaja más rápido que la luz sin haber primero hecho buenas comprobaciones.

Por otra parte la prisa y la presión mediática es ahora más grande que nunca.  

Echenique: Cierto, pero es imprescindible saber sustraerse a esa presión. Ahora bien, la ciencia fomenta una actitud escéptica que alimenta un mecanismo autoregulador capaz de corregir errores, a menudo a corto plazo. Los científicos somos humanos como los demás y cometemos errores, pero esos errores no suelen perdurar gracias a los mecanismos de arbitraje científico y a la capacidad de reproducir experimentos. Tanto el caso de los neutrinos superlumínicos como el de la fusión fría son buenos ejemplos. Se trata de errores, amplificados, dicho sea de paso, por los medios ya que las afirmaciones de los artículos científicos eran mucho más cautas de lo que se publicaba en la prensa, pero al final el sistema científico revela que lo son y nadie se llama a engaño. Las falsedades se perpetúan basándose en el deseo de la gente, no en los hechos. Un enfermo de cáncer quiere curarse con una receta mágica que no duela y no le perjudique, en lugar de someterse a los tratamientos a menudos imperfectos de la ciencia moderna como la quimioterapia o la radioterapia. Pero estos últimos pueden curarle y el primero, con toda certeza, no.

El progreso en ciencia necesita disponer de suficientes recursos y libertad para investigar. Y sin embargo la sociedad moderna tiende a regatear inversión, restringir libertades y aumentar trabas. Da la sensación que estamos haciendo todo lo posible por matar la gallina de los huevos de oro de la ciencia

Echenique: Totalmente de acuerdo, hay un peligro tremendo. Para mí la ciencia necesita largo plazo, pactos de Estado, inversiones sostenidas, libertad y la capacidad de asumir riesgos. Siempre que se intenta hacer algo nuevo se corre el riesgo de equivocarse, pero para eso están los mecanismos de autorregulación que ya hemos mencionado. Particularmente dañino es el aumento descontrolado y asfixiante de la burocracia. Y, naturalmente está la política real, lo que se puede y no se puede. Un nuevo ministro de ciencia, aunque tenga una gran preparación y las ideas muy claras, necesita un apoyo fortísimo del gobierno de turno para poder sacar las cosas adelante, es algo que yo he vivido en persona. Esto nos lleva a que hay que ir poco a poco, con transformaciones graduales, sería ingenuo pensar que se puede transformar el sistema de la noche a la mañana. Creo que una prioridad en España ahora mismo es garantizar que los investigadores ya probados puedan hacer su trabajo bien, para lo cual hace también falta aumentar la inversión, pero también hacerles la vida lo más fácil posible, procurando acotar las trabas inútiles y las cortapisas burocráticas. Creo que todo esto sí es posible, aunque costará esfuerzo.

Duque: La medidas que hay que tomar están claras, como está claro que la financiación es muy inferior de lo que debería ser. Desgraciadamente el problema viene de una década entera de tomar decisiones erróneas con respecto a qué hacer con la inversión en investigación y desarrollo en un momento de crisis. Cuando llegó la del 2008, solo uno entre los grandes países Europeos tomó la decisión de recortar en ciencia y ese país fue España.  De esos polvos vienen estos lodos. Por otra parte, en España la regulación tiende a asumir a veces que el ciudadano es culpable a no ser que demuestre lo contrario y eso resulta en trabas y falta de confianza que desgraciadamente se ve justificada en más de una ocasión por los casos de corrupción. Y sin embargo, no se puede combatir la corrupción asfixiando el desarrollo. Necesitamos cambiar la cultura del país, convencernos de que el ciudadano es responsable hasta que no se demuestre lo contrario. A la vez, tenemos que hacer examen de conciencia; es cierto que las reglas tienen que hacerse flexibles y razonables, pero también que debemos dejar de intentar eludirlas casi por principio. Tenemos que romper un círculo vicioso de falta de confianza. Y no es fácil, pero creo que puede hacerse.

Qué me decís de las restricciones éticas en Europa, por ejemplo en investigación en IA o en asuntos tan escabrosos como la clonación. ¿Implican un retraso con respecto a otros países como China o Estados Unidos?

Duque: No necesariamente. Las restricciones éticas pueden resultar en un retraso puntual en ciertas áreas, pero si es así, creo que debemos asumirlo porque las cuestiones éticas son importantes, y si China las ignora, no por eso debemos emularlos. Europa no puede abandonar sus criterios éticos sin dejar de ser Europa. Y sinceramente, creo que a la larga nos va a ir mejor manteniendo esos criterios éticos y que otros países como China acabarán por adoptarlos a la larga.

¿Reivindicas Europa?

Duque:  Reivindico el ecosistema de libertad y ético que Europa defiende y que creo que beneficia también al desarrollo científico. En la antigua Unión Soviética, en un momento dado a Stalin le dio por negar la evolución y eso generó un retraso en biología evolutiva del que todavía no se han recuperado. Las sociedades demasiado jerarquizadas son funestas para el desarrollo científico.  Yo creo que Europa tiene que seguir siendo Europa y nos irá bien.

Echenique: Estoy de acuerdo con el ministro, la ciencia no solo aporta libertad sino que necesita libertad. Fíjate que en la Unión Soviética florecieron muchas áreas de la física teórica (toda la escuela de Landau) que no se encontraron con conflictos ideológicos, pero aquellas que se dieron contra ellos, como la relatividad o la biología se hundieron. Por otra parte, Europa tiene que estar atenta para no incurrir en otra variante de esos prejuicios ideológicos, como puede ser el caso en lo que se refiere a la  investigación y uso de  transgénicos.

Duque Ahí no veo tanto un problema de ética como de influencias de determinados grupos de presión que terminarán desapareciendo.

Echenique: El concepto ético fundamentalmente es que no todo lo que es posible es deseable. Y por lo tanto la sociedad en su conjunto hacen bien en poner límites a la ciencia y uno de esos límites es la ética. Cómo se implementan esos límites es otra cuestión,  pero yo creo que sí, que Europa lo hace bien.

Otra cuestión un poco relacionada: Europa en general y España en particular parece obsesionada con la investigación aplicada en contraste con la fundamental. ¿Cómo se consigue un balance entre ambas?

Duque: Creo que Europa es el mejor sitio del mundo ahora mismo para la ciencia básica, no hay ningún otro lugar donde se financie una proporción mayor de ciencia básica. Un argumento buenísimo que yo utilizo relacionado con el programa espacial es el de la industria de la ciencia. Simplemente el hecho de ir encadenando cada vez experimentos más sofisticados que a su vez necesitan aparatos cada vez más complejos, proporciona un desarrollo industrial que implica un retorno muy grande. Es muy bonito mandar un cohete a Marte, pero para eso hay que desarrollar el cohete, las turbinas, el combustible, los materiales, los computadores de a bordo, el software… Todo eso implica un desarrollo industrial enorme y muy puntero.

Echenique: Un ejemplo precioso es cómo se han descubierto que las ondas gravitacionales provienen de la colisión de unos agujeros hace miles de años. Esto solo ha sido posible gracias a una tecnología de láseres que es la que te permite medir distancias de aquí a Alpha Centauri con la precisión de un cabello. Es decir, un descubrimiento fundamental de ciencia básica se hace posible gracias a un avance formidable en ciencia aplicada.

Un ejemplo lo tienes en Galileo, que perfecciona un instrumento, el telescopio, y revoluciona de un golpe la astronomía y la cosmología. Otro ejemplo, la tecnología de tubos de vacío, que te permite descubrir el electrón en 1897. Los avances en física atómica hacen posible que estemos construyendo ya ordenadores cuánticos. Los avances en instrumentación nuclear, que se hicieron para buscar nuevas partículas elementales, producen escáneres médicos que salvan vidas. Lo aplicado y lo básico están relacionados y muchas veces la aplicación no solo ayuda a responder a la pregunta básica sino que abre nuevas preguntas, creando un círculo virtuoso.

Duque: Mi tesis es que desde los poderes públicos solo tenemos que poner los incentivos adecuados y los científicos se arreglan ellos solitos; si les proporcionamos una salida cómoda que permita la utilización comercial de sus experimentos o les damos ayudas para comercializar sus patentes, lo van a hacer sin duda. Lo que tenemos que crear es un ecosistema en el cual la ciencia básica se va transfiriendo a la sociedad.

Echenique: Una forma de resumir eso sería un gran desarrollo armónico de las diversas partes del sistema que favorezca la interrelación. La clave es que sea armónico.

Duque: Pero nosotros lo que fomentamos son las condiciones. Por ejemplo, acabamos de aprobar un sexenio de transferencia que hace posible que la transferencia a empresas y la divulgación también cuente en el currículo de los científicos. Poco a poco vamos a facilitar que los científicos se preocupen no solo por hacer buena ciencia, sino por divulgarla y por sus aplicaciones.

Echenique: A mí la idea me parece buena, pero sin olvidar los individuos. Habrá científicos punteros que no tengan ni la inclinación ni la necesidad de preocuparse de las aplicaciones prácticas de sus investigaciones, considera el caso de Einstein por ejemplo. Y otros que quizás encuentren un nicho excelente en esas aplicaciones, que se especialicen en transferencia. Yo creo que la mejor política científica es crear oportunidades en abundancia para los jóvenes creativos tanto en ciencia básica como aplicada. Y en eso estamos fracasando, no estamos creando bastantes oportunidades para los jóvenes, de hecho les estamos maltratando con carreras mal pagadas, precarias, con futuro muy incierto y mientras la clase científica sigue envejeciendo.

La forma en la que se hace ciencia está cambiando. La gran ciencia, con equipos de centenares o miles de científicos, cada día es más importante.  ¿Cómo se organiza uno en estos casos?

Duque: Uno de los problemas que te encuentras en países con una financiación insuficiente como el nuestro es la dificultad de financiar o contribuir a la financiación de proyectos muy grandes. Ahí sí que tenemos un problema. Si a las agencias de financiación se les da suficiente margen presupuestario, yo creo que el sistema funcionará tanto para los grandes proyectos como para los pequeños.

¿Las agencias de financiación se adaptan a los nuevos tiempos?

Duque: Yo creo que sí, es mucho trabajo y no exento de complejidad, pero los buenos proyectos y los buenos científicos siguen pudiendo evaluarse correctamente, creo yo.

Echenique: Por otra parte, cuando hay grandes proyectos y con la métrica actual, la relevancia de la contribución de cada científico individual es más difícil de medir. Por ejemplo, nuestra métrica de citas no sabe como sopesar el peso relativo de cada autor en artículos como los de los experimentos del CERN, con miles de firmantes. Es necesario entonces afinar cada vez más para identificar las contribuciones individuales.

¿Cómo facilitamos el dialogo entre ciencia y empresa en España?

Duque:  La más obvia son las aplicaciones, es decir, la investigación descubre materiales o técnicas  que hacen que ciertos productos se puedan fabricar de manera más eficiente y por lo tanto mejoran el negocio de las empresas. Esto se tiene que complementar con que las empresas se convenzan de que invertir en I+D+i les reporta beneficios a no muy largo plazo. Para conseguir ambas cosas, nuestra labor es  fomentar ese círculo. Para ello disponemos de varias herramientas. Una muy interesante es lo que llamamos compra pública innovadora: facilitamos la creación de productos que provienen de la ciencia y resulten atractivos para los inversores, por ejemplo, nuevos aparatos de imagen médica, o sistemas de IA para tratamiento de datos. Se trata de transferir el conocimiento que poseen los científicos a la sociedad mediante estas compras públicas, que a su vez motivan a las empresas e inversores. La compra pública innovadora se realiza a través de empresas, no de instituciones académicas. Por otra parte, dado el carácter innovador de las propuestas, las empresas tienen toda la motivación del mundo para trabajar estrechamente con los científicos.

Echenique: Hace falta diálogo. No basta con prometer a los empresarios que  «la ciencia os va a ser muy rentable». Yo creo que es más bien lo contrario, si hay un foro en que empresarios y científicos se puedan encontrar, te pongo por caso jornadas ciencia-empresa, lo que yo propondría es que cada uno le cuente al otro lo que le entusiasma de su campo. Me ha pasado a menudo que cuando hablo con amigos empresarios de la belleza de la ciencia, o les explico los conceptos de simetría, el criterio de verdad, etc., se entusiasman. Y a mí me ocurre algo parecido con ellos. Un empresario que quiere poner en el mercado un nuevo aparato de imagen médica, como comentaba antes el ministro, no está pensando solo en lo rentable que le va a salir, yo creo que lo que más le importa es crear ese producto nuevo y útil para todos y lo hace con la misma ilusión que el científico. Hace falta diálogo. Que nos conozcamos las dos comunidades. Para eso hace falta tiempo y un buen entorno, unas reuniones apresuradas dirigidas a como las partes pueden obtener beneficios son mucho menos efectivas que un programa de encuentros en el que esa convergencia surja de manera natural.

Duque: En el mundo de la empresa hay que contar también con la responsabilidad social corporativa, las empresas no se mueven de manera tan ágil como los científicos. Pero sí es posible incentivarles a que inviertan en ciencia.

¿Todavía estamos anclados a lo que inventen ellos?

Echenique: No. Yo creo que no hay que ser tan pesimistas. España tiene grandes grupos internacionales de ciencia. Es verdad que no es un país grande en ciencia. ¿Por qué? Por la ausencia de una política a largo plazo, algo que hemos sufrido de manera aguda en la última década. Y también por una estructura que impide que la gestión de los fondos sea lo más eficiente posible. Pero todo se puede mejorar. No hay que ser tan pesimista.

Duque: Está claro que la última década ha sido una década de decisiones erróneas por una parte de los gobiernos de España, pero a base de esfuerzo y sufrimiento por parte de mucha gente se ha mantenido un buen nivel e incluso se ha subido en algunos indicadores. Por ejemplo España es el país que más proyectos conjuntos con otros países lidera dentro del programa Horizonte 2020. Yo estoy convencido de que aún estamos a tiempo de rescatar la ciencia en España si empezamos ya a revertir la situación.

Echenique: Creo que es esencial que las clases políticas y la sociedad en general asuma el hecho de que el conocimiento es la materia prima de la nueva economía con una ventaja respecto a las otras materias primas, ya que el conocimiento siempre crece y de hecho crece más cuánto más lo usas. Al revés que con el jabón. El conocimiento es inagotable

Duque: Totalmente de acuerdo, el único activo con valor real es el conocimiento, por lo tanto incrementar el conocimiento es la única inversión verdaderamente sostenible a largo plazo.

Siendo tan importante el conocimiento, ¿cómo es posible que el Ministerio de Ciencia, Innovación y Universidades no esté hiperfinanciado por nuestro propio bien?

Duque: Espérate que tengamos presupuesto y veremos a ver cómo quedamos (risas).

Duele, pero también asombra que se haya regateado la inversión en ciencia, dado que se trata de partidas bastante modestas. Estamos hablando de inversiones anuales equivalentes a lo que cuesta el traspaso de un par de jugadores de fútbol de élite.

Duque: Tienes razón, es bastante asombroso, y además España es el único país que ha hecho esto en Europa, como ya he comentado. La situación me recuerda la de esas empresas, en las que, frente a una crisis, se deja la dirección al contable. Siempre se hunden. Esto es literal, me lo decían mis amigos empresarios. Cuando manda el contable, quiere decir que la empresa está en tal grado de falta de futuro que lo único que le importa es conseguir caja, por lo que ni se te ocurra invertir en ella.

¿Y tenemos la fe de que esto va a cambiar?

Duque: Sí, yo creo que sí.

Desde luego, debe de haber una razón por la que han nombrado un ministro de ciencia por primera vez en ocho años. Hay una toma de posición muy clara

Duque: Yo tengo esperanza. Si verdaderamente tenemos un período de suficiente estabilidad por delante, conseguiremos relanzar la ciencia y la innovación en España.

Nanotecnología, neurociencia, nanociencia, computación cuántica, inteligencia artificial, manipulación genética. ¿Estamos en el umbral de un Brave New World?

Duque: No creo que estamos en una situación radicalmente distinta de la que hemos estado durante el resto de la historia del desarrollo científico tecnológicos. Nadie sabía dónde nos iba a llevar la posibilidad de enviar gente al espacio. Y, bueno, hemos intentado utilizar esos avances de la mejor manera posible. Todo esto sí que es cierto que produce un desplazamiento del foco y que ahora mismo muchísimas cosas que creíamos que sabíamos, de ciencia de materiales, por ejemplo, se han quedado obsoletas mientras que creamos otros nuevos inimaginables hace un par de décadas.

Echenique: En realidad siempre ha ocurrido eso. Cada avance hacia lo desconocido siempre se ha visto con miedo. La gente siempre quiere seguridad, el avance rompe esa seguridad. En los primeros tiempos del ferrocarril se especulaba que los viajeros podían quedarse ciegos debido al exceso de velocidad, por ejemplo. Por otra parte lo que es nuevo de los tiempos que vivimos es la aceleración del cambio, que cada vez es mayor —vivimos en tiempos exponenciales—, y naturalmente crea incertidumbre. Creo que no nos queda otra que aprender a vivir con ella. La evolución de la IA por ejemplo, unos lo ven como una amenaza, incluyendo científicos muy prestigiosos, otros de no menos prestigio la ven como una bendición. Lo mismo podría decirse de la manipulación genética o la nanotecnología. Vamos a vivir una ética de incertidumbre

Duque: Por supuesto que en toda la historia el movimiento siempre ha sido cada vez más acelerado, pero el tiempo que vive una persona siempre es  parecido y ahora mismo lo que ocurre es que en casi todas las ramas de la ciencia, las personas se tienen que reciclar dos y tres veces a lo largo de su carrera, cosa que hace medio siglo no ocurría, y eso es un desafío considerable para la universidad. Las clases hay que revisarlas como mínimo cada cinco años. Los apuntes que tenía un oncólogo que estudió, digamos en 1980, están completamente obsoletos. Eso quiere decir que la sociedad del conocimiento de la que hablábamos antes, también es la sociedad del conocimiento acelerado, que exige una universidad mucho más dinámica y adaptable.

Echenique: Muy cierto, pero a la vez  hay que acertar en los conceptos básicos de cada disciplina, en los troncos esenciales de los que se van a derivar las especializaciones, en otro caso nos arriesgamos a caer en una situación en la que se sabe de mucho pero se entiende poco. Entender va más allá que saber, entender significa apropiarse de lo que uno sabe para que una vez dominado se convierta en un instrumento de creatividad, y para eso hace falta un plan de estudios que seleccione lo básico de cada disciplina, algo muy difícil con el sistema actual. Si la universidad de Barcelona hiciese el plan de estudios de la de Madrid y la de Madrid el plan de la de Barcelona, estaríamos mucho mejor al no condicionarnos a intereses locales.

Nuestras universidades no sacan muy buenas notas en los rankings internacionales…

Duque: A ver, lo primero es que tampoco leemos esos rankings del todo bien. Hay muchas universidades españolas que están en posiciones muy destacadas, en determinados campos. Lo que no tenemos en España es universidades que destaquen en todos los campos. Pero es que el sistema español no está diseñado así. Nuestro sistema se diseñó para que hubiera universidades cerca de los grandes núcleos de población, lo que hace muy accesible a los ciudadanos la educación pública. Por otra parte, la investigación se fomenta con proyectos de investigación públicos y ahí, las áreas de mayor excelencia son las que mejor lo aprovechan. Es decir, no tenemos universidades que están en el top de, digamos, Shangái, en todas las áreas, porque no las diseñamos para eso; muchas de las que lo están son empresas privadas cuyo objetivo es diferente al de las universidades públicas españolas, solo tienes que comparar lo que cuesta la matrícula. Sin embargo, nuestro sistema de financiación sí permite que en las áreas que interesan a los mejores grupos de investigación seamos tan buenos como el que más.

En ese sentido, un estudiante con motivación y capacidad en España puede escoger la universidad que mejor se adapte a lo que quiere hacer, aunque no sea la que le pilla más cerca. Para eso, también es necesario mejorar es el sistema de becas, de tal manera que ese estudiante brillante y motivado pueda desplazarse si elige otra universidad. La cantidad que le damos a los becarios para vivir en un área de España que no sea suya es demasiado pequeña. Ahí tenemos que trabajar. Y es cierto que tenemos que incentivar que en la universidad entre savia nueva a todos los niveles. Es muy difícil que eso ocurra, pero creo que sí es posible diseñar unas reglas generales que vayan encaminando esa evolución a todos los niveles.

Estamos pensando cómo podrían ser estas nuevas reglas, esta ley orgánica, de manera que no nos metamos con las competencias de las comunidades. Pero que hagamos lo racional a un nivel de regulación completa desde arriba de tal manera que no tenga que hacerse a nivel personal. Por ejemplo, no puedes esperar que la decisión de que un tribunal de oposición tenga una mayoría de personas de fuera de la universidad salga de la propia universidad. Es una medida correcta, pero muy difícil de proponer desde dentro.

Echenique: Y sin embargo en Harvard o en Oxford, el profesorado se selecciona internamente. La razón es que en esas universidades los departamentos quieren seleccionar a los mejores y por tanto no necesitan regulación alguna. Y la razón de este interés es que si un departamento no selecciona a los mejores y se queda atrás, se arriesga a que lo cierren. La universidad española no está especialmente interesada en seleccionar a los mejores porque no le resulta especialmente rentable. Habría que pensar cómo conseguir precisamente eso, que fuera rentable para las universidades españolas escoger a los mejores. Y eso no es nada fácil, dado el sistema de gobierno de la universidad.

Por otra parte tampoco hay que engañarse, la inversión en las universidades de élite a la cabeza de los rankings es enorme comparada con la inversión en las universidades españolas, estoy seguro de que si normalizamos los resultados a la inversión por alumno, quedaríamos estupendamente bien. Otro efecto importante que no hay que olvidar es la dispersión, en España ninguna universidad se va mucho del valor medio, todas son razonables, como ha dicho el ministro, algunas destacan en un campo particular, otras en otro, pero el nivel medio de todas ellas no es muy dispar. En cambio, en Estados Unidos la dispersión es mucho mayor y solo nos fijamos en las mejores. Hay una anécdota muy conocida en la que le preguntaron al embajador de Estados Unidos si las cien mejores universidades del mundo estaban en Estados Unidos y este contestó «No estoy seguro, posiblemente muchas sí, pero de lo que no me cabe duda es de que las cien peores sí están en Estados Unidos». El sistema norteamericano tiene diversidad y heterogeneidad de las instituciones, mientras que el sistema español tiende a la uniformidad. Esto tiene sus cosas buenas y sus cosas malas. La Universidad Autónoma de Madrid, o la de Barcelona, o la de Euskadi, no son Harvard ni Yale, pero un chico o una chica de familia trabajadora con pocos ingresos lo tiene mucho más fácil para estudiar en esas universidades, a un coste asequible, de como lo tendría para estudiar en universidades de categoría equivalente en Estados Unidos, no digamos ya en Harvard o Princeton. Así que nuestro sistema tampoco está tan mal si se pone todo en la balanza. No obstante, es imprescindible motivar la necesidad de excelencia desde dentro de la universidad y eso, ya lo hemos dicho, es muy difícil. Para que eso ocurra tiene que ser rentable hacerlo bien.

Duque: En toda esta combinación entre incentivo y norma hay que utilizar el mínimo de normas y el máximo de incentivos personales, institucionales, de grupo, etc. Por otra parte,  tenemos que encontrar una manera de transmitir los incentivos a lo largo de la cadena jerárquica, que es lo que se hace en las empresas normalmente. Si cada departamento es una entidad independiente de las facultades, que también son independientes, resulta dificilísima la cadena jerárquica.

El DIPC organizó en septiembre el festival sobre educación científica más grande del país, del País Vasco, de España y quizá de Europa.

Echenique: Estamos muy orgullosos de Passion for Knowelege. Es una apuesta decidida por acercar el conocimiento a la sociedad. La verdad es que fue una semana maravillosa, no solo por la calidad de los invitados que trajimos, entre los que se cuentan muchos premios nobel, pero también muchos científicos jóvenes muy punteros. Te pongo ejemplos, este año trajimos a Barry Barish, premio nobel por las ondas gravitaciones, a científicos españoles tan destacados como Ginés Morata o Juan Ignacio Cirac, pero también a científicas jóvenes muy punteras como María Martinón-Torres o a la flamante rectora y excelente investigadora de la UPV/EHU, Nekane Balluerka. Pero P4K, ofrece mucho más, divulgación, humor, espectáculo, arte… Queremos llevar esa pasión a la sociedad y creo que lo estamos consiguiendo.

¿Coincidís en que en España no solo tenemos fe en la ciencia sino esperanza?

Echenique: A mí me parece que el pesimismo, sobre todo en público, es estéril. Flagelarse, y no digamos ya flagelar a los demás, no conduce a nada. Ha habido una mejora sustancial, es verdad. Es una pena lo que ha pasado en la última década, pero sí, tengo fe que este retroceso no es irremediable. Construir requiere muchos años. Destruir se puede hacer en pocos.

Duque: Hay mucho potencial en este país y mucha esperanza. Tenemos que continuar con las reformas en todas las áreas que sean de competencia de los poderes públicos. Hemos tenido apoyo desde presidencia. Si perseveramos en un modelo de moderados y asumibles pero decididos podemos perfectamente tener un futuro brillante todavía.

 


Enrique Fernández Borja: «Que la ciencia me permita entender que el universo aparece de la nada me quita muchos quebraderos de cabeza sobre quién me mira cuando me toco»

Enrique Fernández Borja (Madrid, 1978) se doctoró en Física por la Universidad de Valencia con una tesis sobre agujeros negros y gravedad cuántica. Ahora desarrolla su labor investigadora en el ámbito de la evolución de las redes complejas. Cordobés de adopción, combina su trabajo en la universidad con la divulgación científica. Es el creador e impulsor del blog Cuentos cuánticos, participa en el podcast Los 3 chanchitos y es el director científico del programa de TVE Órbita Laika. Asimismo es autor de varios libros de divulgación entre los que destacan Un Universo en 174 páginas y Las matemáticas vigilan tu salud.

Entrevistamos a Enrique en el marco de las jornadas sobre el #FuturoImperfecto, en el centro cultural Espai Rambleta, para conversar sobre los últimos hitos en la física como son la detección de las ondas gravitacionales o la reciente fotografía de un agujero negro. Enrique es cercano, divertido y un absoluto enamorado de la ciencia que sabe transmitir la pasión por todo «lo guapo»que nos rodea, incluido el grupo musical Camela.

¿Cuándo y cómo comenzó tu atracción por los agujeros negros?

Desde muy pequeño. Esa es una historia guay porque la primera vez que leí sobre agujeros negros fue en una cosa que se llamaba El libro gordo de Petete. El libro gordo de Petete era una colección de libros a los que mi padre estaba suscrito. Eran revistillas semanales o mensuales, no recuerdo porque era muy pequeño, con las que luego te hacías unos tomos. Básicamente todo lo que soy es por El libro gordo de Petete. Para los que sois jóvenes: El libro gordo de Petete también era un programa de televisión con un pingüino rosa y amarillo que no tenía ningún sentido, pero que era muy listo.

Hace unas semanas se realizó la primera fotografía de un agujero negro. ¿Cómo lo has vivido? ¿Es realmente una fotografía o es un montaje?

Siendo estrictos es una imagen construida con ordenador, pero para mí cualquier cosa que sea coger radiación electromagnética y ponerla en un papel o en una pantalla es una foto. Cuando vi el anuncio se me saltaron las lágrimas igual que se me saltaron las lágrimas cuando dijeron que habían encontrado las ondas gravitacionales, porque son esas cosas por las que siempre apostaba que no se iban a poder hacer y al final pierdo la apuesta contento. Fue muy emocionante, es que estamos haciendo cosas increíbles en los últimos tiempos. Estamos llegando a los límites del conocimiento, estamos empezando a abrir ventanas que no podíamos ni imaginar. Por ejemplo, fotografiar lo que, en principio, no es fotografiable, o que no se puede ver y ahora somos capaces de verlo. Y ahora, también, somos capaces de ver cómo se ondula el espacio-tiempo con esto de las ondas gravitacionales. Eso es maravilloso. Eso es una cosa increíble. Porque todo eso salió de unas ecuacioncitas que a alguien se le ocurrieron, y luego otro alguien dijo «qué pasa si construimos este aparato tan grande para medir este efecto que dice esta ecuación que va a poderse producir», y lo hacemos y lo encontramos. Eso es guay.

Tu tesis la dedicaste precisamente a los agujeros negros y en ella empezamos a ver tu tendencia por llevar la contraria a las modas, también en física. ¿Por qué decides apostar por la gravedad cuántica de bucles en lugar de la teoría de supercuerdas, que es la que molaba?

No lo sé muy bien. Lo que sí recuerdo es que yo quería hacer cosas sobre agujeros negros y gravedad cuántica y eso era lo que me motivaba. Me acuerdo de que en el verano de quinto tenía que decidir qué tesis quería hacer. Lo pasé buscando sobre estos temas en internet y descubrí lo de la gravedad cuántica de lazos. Me moló mucho que fuera una cosa ultradesarrollada de la cual no había oído hablar nada y que estaba en contra o de peleítas con los de supercuerdas, que eran los tíos guais del barrio. Y dije «pues yo quiero hacer eso». Tuve la suerte que quien me iba a dirigir la tesis en aquel momento estaba tan loco como yo. Era Joaquín Oliver, ya fallecido. Este señor era una enciclopedia andante de física y matemática, y me dijo: «Haz lo que quieras». A partir de ahí contacté con gente que trabajaba en ese campo en el extranjero, en México y en Estados Unidos, y me dijeron: «Pues sí, te codirigimos la tesis». Y a partir de ahí la hicimos.

En la temporada 2 de The Big Bang Theory, Leslie, la que era novia de Leonard, se ríe de Sheldon precisamente por él era investigador de supercuerdas. Me gustaría saber tu opinión sobre la serie y sobre todo si los físicos son unos frikis como aparecen en la serie. Porque tú no lo eres, ¿no? 

Se cuenta que hay físicos y físicas que han ligado y de hecho alguno hasta se ha reproducido… hay constancia de ello [risas]. Son estereotipos. Es cierto que en los mundos estos de la física y de las matemáticas y de las cosas ultratécnicas las personas que tienen menos habilidades sociales no encuentran problemas para ser reconocidos. No es raro encontrarte tipos muy raros porque básicamente en estos campos del conocimiento lo que interesa es lo que tiene la gente dentro de la cabeza a nivel intelectual. Que luego tenga más o menos habilidad social solo influye en que puedas hacer más o menos amigos. Hacer amigos en ciencia es muy importante porque no solo tú tienes que ser muy buen,o sino que te tienes que apoyar en otros. Si estás aislado no se puede llegar muy lejos. Tener cualidades que te permiten desarrollarte socialmente bien es importante, pero no es fundamental. En resumen, conozco gente que puede pasar por Sheldon perfectamente.

Hablando precisamente de esto, una de las personas que más te apoyó en tu tesis fue el otro director, José Adolfo de Azcárraga. ¿Cómo te ayudó y qué ha significado para ti? 

José Adolfo fue profesor mío en tercero y me dio física cuántica. Me dio una física cuántica tan acojonante que básicamente cuando llegamos al siguiente curso todo era repetir otra vez lo que nos enseñó. Luego me dio unos métodos matemáticos superavanzados de la muerte donde él es un experto. La historia es que a mí me empezó a dirigir la tesis Joaquín Oliver; despues, tras haber publicado unos cuantos artículos, tuve problemas con la beca y eso significaba para mí abandonar la tesis. Entonces apareció José Adolfo y me dijo: «Vente conmigo, yo te voy a contratar y después buscamos becas». Así que me cambié de director. José Adolfo estaba muy centrado en las supercuerdas y la matemática asociada, con lo que fue una apuesta personal suya permitirme seguir con mi investigación. Lo primero que me hizo fue una cosa simpática. Bueno, ahora me resulta simpática, antes no tanto. Me dijo: «Te tienes que ir al Instituto de Física Teórica de Madrid», que eso es uno de los institutos gordos de física teórica a nivel mundial en supercuerdas. «Y tienes que ir a dar una charla sobre Loop Quantum Gravity»Entonces, me presenté ahí con diecinueve años y delante de los popes de las supercuerdas de España di una charla de Loop Quantum Gravity. Me dieron palos a todos los niveles, pero me sirvió porque aprendí que no hay piedad en esto de la ciencia. Y además eso te curte porque luego cuando vas a los congresos te das cuenta de que van a por ti, muchas veces.

¿Y siendo de Córdoba por qué te fuiste a estudiar física a Valencia?

Porque era un cordobés con ansias de vivir, pero con demasiadas ansias de vivir. Entonces…

Pero la ruta de bacalao se había acabado ya.

Bueno, estaba pegando los últimos estertores, Chimo Bayo ya no era esa figura emblemática que había sido. La cuestión era que yo fui un tipo de adolescencia difícil…

Conocido como el Churruco.

El Churruco [risas]. Vengo del extrarradio de Córdoba y yo ahí era el Churruco. Todo el mundo tenía mote y a mí me decían el Churruco porque estaba todo el día comiendo quicos de Churruca. No tuve que delinquir para adquirir el apodo. Mi travesía universitaria comenzó en Córdoba, empecé haciendo Química. Empecé el primer curso de Química porque en realidad lo que me interesaba era la biología molecular

De hecho te ofrecen una beca en Harvard, ¿no? 

Me ofrecieron una beca, sí. Fue una de esas cosas jodidas que te pasan por no tener ni idea de cómo funciona el mundo. Yo empecé a estudiar biología molecular por mi cuenta desde muy jovencito, y con dieciséis años entré en un laboratorio de biología molecular en la Universidad de Córdoba. Allí ayudaba a hacer experimentos, de hecho trabajé en una cosa que se llamaba mutagénesis. Alguien se fijó en mi potencial y vinieron a entrevistarme. Me ofertaron una beca que me cubría ir a vivir a Harvard y una parte importante de lo que cuesta la matrícula, pero había que pagar otra parte que ahora vendrían a ser unos treinta mil euros.

Cuando llegué a mi casa dijeron: «Pues muy bien todo, pero aquí no hay treinta mil euros anuales para pagar tus estudios». Además, la casa familiar la llevaba sola mi madre porque era y es viuda. Que es una leona, es una mujer increíble, pero claro, me dijeron que no y yo renuncié. Luego con el paso del tiempo me enteré de que había un programa aparte de la beca que te permitía trabajar en la cafetería o donde fuera para poder complementar los costes asociados a los estudios, pero yo no tenía idea. También tengo que decir que en aquella época sabía menos inglés que el que sé ahora y lo que contaban en la carta no me quedaba muy claro. Yo solo vi Harvard y me puse muy nervioso, pero tuve que decir que no.

El rechazo tuvo un efecto rebote en mí, y me puse rebeldón, en plan «el mundo es una mierda y muy injusto». Y me apunté a Química, pero pasaba muchísimo de aquello; aun así aprobé cuatro de las seis y dije «paso de la química, paso de la biología molecular y me voy hacer la otra cosa que me gusta, que es física». Y empecé Física en Córdoba. Duré dos meses en la carrera. Ahora doy clases en Córdoba con los profesores que me aconsejaron que dejara la carrera. Ellos no se acuerdan [risas]. Total, que abandoné los estudios, me puse a trabajar y, claro, me fui al mundo de la noche, como no podía ser de otra manera. Empecé organizando fiestas, despedidas de soltero, de soltera, cabalgatas a los Reyes Magos, etc. No sé cómo, pero en poco tiempo acabé con sesenta personas a mi cargo y yo solo tenía dieciocho años. Aquello era un desquicie. Afortunadamente en aquella época ni fumaba, ni bebía, no consumía drogas, y además no me compré un piso con todo el dinero que estaba ganando. Un día dije: «Pues nada, me voy a ir a estudiar». Llegué a mi casa y le dije a mi madre: «Voy a volver a estudiar, mamá». Le entró la risa y me dijo «sí, sí, haz lo que quieras, cariño, tú ya eres mayor». Por mi trabajo en la noche tenía muchos amigos en Madrid, en Barcelona, en Granada y por supuesto en Córdoba. Así que decidí irme al único sitio donde no conocía nadie: ese sitio era Valencia.

Eso ha cambiado ya.

Eso ha cambiado muchísimo. Pero ahora ya tengo la carrera y el doctorado, por lo que ya puedo salir de fiesta sin preocuparme [risas].

En la Universidad de Córdoba estás ahora con modelos matemáticos.  ¿Cómo se emplean las matemáticas avanzadas en física? 

A mí no me interesa probar teoremas o demostrar que algo existe. Yo quiero emplear herramientas matemáticas para demostrar comportamientos. Entonces, lo que estamos haciendo, o intentando hacer ahora, es estudiar procesos de crecimiento de redes sociales, como por ejemplo, Facebook o Twitter, pero empleando tecnologías o matemáticas que vienen de física cuántica. Es una cosa muy guapa.

Tenemos es un modelo en que asociamos una relación social como que tú me sigas o que yo te siga con que aparezca o desaparezca un tipo de partícula y eso es básicamente lo que hace la teoría cuántica de campo. Con la teoría que estamos desarrollando, y la matemática que estamos empleando, somos capaces de reproducir resultados conocidos. Ahora, además, estamos estudiando cómo se propaga un rumor o una enfermedad también con herramientas de física cuántica. Estamos haciendo cosas muy chulas.

Bueno, tú ya tuviste una época de investigación antes, estuviste en Lyon, pero se truncó. ¿Qué pasó? Y, ¿en qué situación está la ciencia ahora con respecto a aquello que tu viviste? ¿Por qué tuviste que dejar de investigar?

Bueno, tuve que dejar de investigar por razones personales, caí en una depresión. Estaba en el extranjero y había pedido una partida de nacimiento en España porque había perdido la que tenía. Al pedirla desde el extranjero te mandan la extensa con todos los datos porque si la pides desde aquí te dan la corta: con tu nombre, dónde vives y quiénes son tus padres. Pero si te mandan la extensa, claro, con la extensa viene todo. Y viene tanto que cuando abrí el sobre pensé que se habían equivocado; el nombre y apellido no coincidían con el mío. Luego seguí leyendo ya por curiosidad y resulta que me cambiaron el nombre y tal, lo típico. Resulta que había nacido en Madrid en una de las clínicas de sor María. Posiblemente fuera uno de esos niños robados. Intenté hacer un amago de encontrar a mi familia biológica y se negaron. Yo quería saber si tenía hermanos. Total, la movida me costó una depresión y básicamente lo dejé todo. Salí del pozo gracias a la divulgación científica, me refugié ahí.

Vaya historia, y yo que quería que criticaras los recortes… 

También, también [risas].

Siempre se habla de la importancia de conectar la ciencia con la sociedad, pero ¿se valora en la carrera del investigador su capacidad y su trabajo en divulgación de la ciencia en España?

Bueno, en España no, y en Europa tampoco. Cada vez hay más divulgación y está muy bien porque hay que informar a los ciudadanos de lo que se está haciendo en ciencia, y cada vez hay mejores medios y mejores divulgadores y divulgadoras y eso es maravilloso. En los proyectos de investigación te exigen que tengas divulgación. Así que yo creo que sí. Nosotros investigamos con el dinero del contribuyente. Hay que explicarle a la gente qué se hace con ese dinero, que está muy bien que sus impuestos vayan a curar el cáncer o el alzhéimer, pero estudiar ecuaciones hiperbólicas o sobre espacios de operadores no compactos, aunque parezcan cosas intangibles, puede que el día de mañana sea clave precisamente para curar el cáncer o el alzhéimer. A Faraday, cuando le preguntaron para qué servía el electromagnetismo en el Congreso de Inglaterra, contestó: «Bueno, no sé para lo que sirve, pero estoy seguro de que dentro de un año ustedes le podrán un impuesto». Y claro, hoy pagamos el impuesto por la electricidad.

En 2011 empiezas junto a un grupo de amigos imaginarios el blog de cuentos cuánticos para divulgar sobre física, y una de las primeras cuestiones que tratas es la importancia de la ciencia básica.

Sí, el dinero invertido en proyectos como el LHC puede parecer una barbaridad, pero al final esa inversión viene devuelta de forma ampliada. Evidentemente, los países tienen que pagar para ponerlo en funcionamiento, pero en cuanto se empiezan a generar patentes se amortiza la inversión. Imagina la cantidad de gente que tiene que hacerse una tomografía por emisión de positrones (PET). Pues es una tecnología que no sería posible si no hubiéramos invertido antes en dos cosas: en investigación básica, donde un zumbado desarrolla una ecuación en la que se pone de manifiesto que por cada partícula hay otra que se llama antipartícula y que cuando se juntan, se aniquilan y crean la luz. Y luego, otros que han construido aceleradores de partículas que crean esa antimateria o materiales que generan antimateria, que es la materia básica con la que funcionan los PET. Lo que nos inyectan para realizarnos una tomografía es un material que se descompone generando positrones, que son las antipartículas de los electrones. Esos positrones se encuentran con nuestros electrones y se aniquilan y emiten luz. La máquina PET lo que hace es capturar esa luz. Y lo que es más curioso, ese componente que nos inyectan y emite positrones se mete en glucosa. Por eso se pueden detectar cánceres, porque los cánceres están formados por células que consumen mucha glucosa, entonces, si observamos mucha radiación en una zona, es porque puede ser que haya un tumor. Claro, todo eso es guapísimo porque nos ayuda a detectar cánceres muy incipientes, y esto no hubiera podido ser posible si alguien no hubiera ideado un acelerador de partículas en su día.

¿Hay vida tras encontrar el bosón de Higgs y cuál esperas que sea el próximo descubrimiento de la física a la velocidad que vamos?

A la velocidad que vamos, yo espero que se descubra que el neutrino es su propia antipartícula.

¿El descubridor será valenciano o de otro país?

Sí, algún valenciano. Que sea aquí. Aquí hay gente que está involucrada en proyectos muy prometedores que yo espero de verdad que tengan éxito, porque supondría un espaldarazo a la ciencia y la física española de unos niveles inimaginables. Y segundo porque aprenderíamos un montón de cosas. El neutrino es una partícula que básicamente se produce en reacciones nucleares como las que hay en el sol. Cuando se teorizó su existencia se pensaba que, por sus características —es pequeñísima y sin carga—, sería indetectable. Y pasó lo que ya ha pasado en más ocasiones en el campo de la física, que cuando alguien te dice que no se puede hacer, tú acabas construyendo cañones de esa cosa. Hoy en día tenemos cañones de neutrinos que se usan para detectar petróleo. Bolsas de petróleo. Entonces, claro, esa partícula no tiene carga, tiene una masa ínfima y no interacciona básicamente con nada. Nos atraviesan continuamente y no nos enteramos. Así que hay que poner detectores muy grandes con materiales específicos para poder captar sus señales.

Antes comentaba que cada partícula tiene su propia antipartícula. Con los neutrinos podemos tener dos opciones: o que el neutrino y antineutrino son partículas diferentes, que sería muy interesante, u otra cosa mucho más guapa: que sea su propia partícula. Eso generaría un tipo de reacción que se llama doble beta sin neutrinos y es justo lo que van a demostrar unos valencianos. Si observan esa doble beta habrán demostrado experimentalmente que el neutrino es su propia partícula, y eso nos ayudará a entender cosas tan fascinantes como por qué estamos aquí. Me explico: en teoría en el inicio del universo se deberían haber generado tantas partículas como antipartículas. Las partículas y las antipartículas, cuando se encuentran, se funden en radiaciones electromagnéticas, en fotones. Si en el inicio del universo se hubieran creado exactamente las mismas cantidades de partículas y antipartículas no estaríamos aquí porque no quedaría nada para formarnos. El universo solo sería una sopa de fotones. Pero estamos aquí, entonces una de las posibles vías de entender esa asimetría entre la materia y la antimateria es gracias a que el neutrino sea su propia antipartícula.

Esperemos que se consiga.

Ojalá. Y que me inviten a la ceremonia del Nobel

Una de las noticias más comentadas del CERN fue cuando por error adelantaron que habían encontrado un neutrino que viajaba más rápido de la luz. Finalmente no fue así.

Fue un cable roto

¿Existen o pueden existir partículas que viajen más rápido que la luz? ¿Qué son los taquiones?

Si, podrían existir. No hay nada en física que prohíba que algo se mueva a una velocidad superior a la velocidad de la luz. La relatividad especial te dice que la velocidad de la luz tiene que ser la misma para todo el mundo y que si algo tiene masa no puedes acelerarla hasta llegar a la velocidad de la luz. También dice que si algo que se mueve a una velocidad superior a la velocidad de la luz no puedes frenarla hasta llegar a la velocidad de la luz. Es decir, que siempre se tiene que mover por encima. Esas hipotéticas partículas denominadas taquiones podrían existir, pero tienen varios problemas. Lo primero es que algunos observadores verían esas partículas antes de que hubieran salido. O sea, si nosotros construyéramos un cañón de taquiones, alguien podría decir que ha detectado el taquión antes de emitirlo, con lo cual podría decidir no enchufar la maquina y ya tendríamos una paradoja temporal como la de Regreso al futuro. Pero lo peor de todo no es eso. La cuántica postula que los taquiones son inestables. Es decir, se descomponen en otras cosas, y posiblemente no existan los taquiones por razones cuánticas y no por razones relativistas como todo el mundo dice.

Otro hito de la física que además comentaba antes se produjo en 2016, con la detección de la  onda gravitacional que predijo Einstein justo cien años antes. ¿Por qué ha sido tan importante comprobar la existencia de estas ondas?

Porque está guapísimo. Porque vemos ondularse el espacio-tiempo. Porque Einstein dijo «la gravedad no es una fuerza, es la geometría del espacio-tiempo que se adapta al contenido de la energía» y si tú pones mucha energía el espacio-tiempo se curva a su alrededor. Nosotros eso ya lo habíamos visto con lo wue se denominan lentes gravitacionales. En principio, si tú tienes un cuerpo y yo estoy detrás, vosotros no me veríais… a no ser que el espacio esté curvado. En ese caso la luz que yo estoy reflejando sería capaz de abrazar la geometría curva y me veríais, aunque deformado.

Otra de las consecuencias de la relatividad general es que si tienes objetos que están rotando uno alrededor del otro, eso genera ondulaciones en el espacio-tiempo que se mueven como una onda. Y entonces alguien dijo «pues vamos a medirlo». Y han tardado setenta años en conseguirlo. Hemos sido capaces de hacerlo midiendo variaciones de la distancia del orden de diez mil veces menos que el tamaño de un átomo y eso es alucinante que podamos hacerlo.

Pero ahora, claro, esto es como todos los descubrimientos y todo lo que consigue la humanidad. Conseguirlo la primera vez es largo y tedioso. Pero una vez que lo has hecho, ahora descubrimos ondas gravitacionales todos los días. Todos los días hay una nueva. Y eso es maravilloso, eso es guay. Y las ondas gravitacionales tienen una historia muy buena sobre la historia de la ciencia. Einstein dijo: «Las ondas gravitacionales tienen que existir». Y después dijo «las ondas gravitacionales no tienen que existir». Y quiso publicar un artículo en Physical Review sobre la no existencia de las ondas gravitacionales. Uno de los revisores —que no se identifica porque la revisión es un proceso secreto— le dijo que el artículo estaba mal y Einstein, al que nunca le había ocurrido algo así, se enfadó y dijo que jamás volvería a publicar un artículo en esa revista. Poco tiempo después, un tal Robertson coincidió con uno de los estudiantes de Einstein que había colaborado en el artículo y le preguntó sobre lo que estaban estudiando. El chico se lo explicó y al final de la demostración Robertson le dijo «te has fijado aquí en este paso, que a lo mejor si lo haces así…». Y así el estudiante primero y Einstein después se dieron cuenta de que habían cometido un error y acabaron publicando el artículo «Sobre la existencia de ondas gravitacionales». Con el tiempo se averiguó quién fue el revisor que rechazó el artículo de Einstein.

¿Y quién era?

Robertson fue el que le corrigió. Eso es un historión, sí.

Un tema que te apasiona: ¿es lo mismo la nada que el vacío cuántico? ¿Puede surgir materia de la nada?

El vacío es una cosa física. Es una cosa física porque puedes acceder al vacío físicamente. Yo puedo quitar todo esto y dejar la mesa vacía. La mesa sigue existiendo, pero la mesa está vacía. Hay un procedimiento técnico de quitar las cosas. En física, resulta que cuando metes la cuántica, por ejemplo, cuando hablamos de campo electromagnético, el campo electromagnético se entiende que está formado por partículas que se llaman fotones. Si eres capaz de quitar todos los fotones de una región de espacio-tiempo, entonces estás en el vacío del campo. Eso es el vacío y eso se puede estudiar y además tiene propiedades. Tiene tantas propiedades como que si estudiamos el vacío de la interacción fuerte, resulta que nosotros sabemos que estamos compuestos fundamentalmente por protones, neutrones y electrones.

Los protones y los neutrones pesan básicamente lo mismo, tienen la misma masa y tiene una masa 2000 veces superior a la de los electrones. Con lo cual, nuestra masa es la de nuestros protones y de nuestros neutrones. Además, sabemos que los protones y los neutrones están compuestos por tres partículas llamadas quarks. Por cada protón y neutrón tenemos tres quarks. Si sumamos las masas de todos los qarks solo podemos justificar un 10% de la masa del protón o del neutrón. El otro 90%, cuando echas las cuentas, procede de fluctuaciones del vacío cuántico. Es decir, cuando vais por ahí y alguien os dice que estáis más gordos es falso. En realidad, estáis más vacíos. Esa es la lección. Fundamentalmente nosotros somos vacío andante, y es maravilloso.

¿Con lo cual, el vacío no es la nada? Porque el vacío tiene energía aunque sea pequeña.

No. Claro. Puede tener energía o puede interactuar con otras partículas. Si yo lanzo distintas partículas al vacío, eso interacciona con el vacío. De hecho, nosotros hemos sido capaces de perturbar el vacío de una manera que se llama efecto casimir. Este efecto se genera cuando produces un vacío en el que no haya campo electromagnético. Entonces metes dos placas metálicas muy cerquita y puedes observar cómo las placas se juntan, sienten una fuerza de atracción. Eso es que el vacío que hay ahí entre las placas tiene menos intensidad de energía que el que está fuera, que es el que las empuja. Es una cosa increíble. Esto se hace en un laboratorio y se emplea, por ejemplo, para hacer medidas de resistencia eléctrica, de resistividades, de conductividades, cosas de metrología, de precisión.

¿Y qué es la nada? Bueno, pues la nada filosóficamente es quítalo todo. Quita el campo, quita la materia, pero quita también el espacio y el tiempo. Quítalo todo, que no haya nada. Stephen Hawking y Alexander Vilenkin son dos científicos que han trabajado sobre este tema, y han demostrado que la nada es inestable. Que si tú no pones nada, si tú pones en tus ecuaciones cero en campos, energías y demás parámetros, hay una alta probabilidad de que se convierta en algo. Lo hermoso de estos modelos es que no podemos confiar mucho en ellos, solo podemos decir que la matemática está bien, pero no podemos demostrarlo experimentalmente. Pero hay una cosa maravillosa de estos modelos. Es que partiendo de la nada la probabilidad más alta es que se cree un universo que empieza a expandirse exponencialmente muy rápido. Y eso sabemos que es lo que le ha pasado a nuestro universo. ¿Podemos confiar en lo que nos dicen estas ecuaciones? No. Pero a mí me consuela filosóficamente. Que la ciencia me permita entender que el universo aparece de la nada, me quita muchos quebraderos de la cabeza sobre quién me mira cuando me toco.

Eres director científico del programa de ciencia Órbita Laika. ¿Cómo ha sido la experiencia? ¿Y el share

Muy bien. Este año estamos en el promedio de la cadena. También es cierto que este año la productora que hizo las dos primeras temporadas con Ángel Martín ha recuperado el proyecto. La consigna era no llevar a famosos, que el presentador o la presentadora no fuera periodista, humorista, cantante o no sé qué, sino que fuera un divulgador. Esto fue una apuesta arriesgada que aceptó Televisión Española, hay que decirlo. Era muy arriesgado. Y sobre todo había un compromiso total con la formalidad científica de todo lo que se contase en el programa. O sea, una coordinación absoluta entre la dirección artística y científica. Además todos los guiones, antes de enviárselo a los colaboradores, pasaban por el filtro de la cátedra de la cultura científica del País Vasco, que nos decía si estaba todo bien o no. Estamos muy contentos porque está saliendo muy bien, hemos llevado invitadas e invitados, gente científica que está haciendo ciencia en España, cosas muy buenas, cosas muy interesantes. No todo es Harvard, MIT o Kim Collins de Londres.

¿Y por qué recomendarías que viéramos Órbita Laika?

Porque está superguay. Son temas divertidos, son temas monográficos y porque hay distintos colaboradores con distintos tonos y hay que verla porque…

¿Hay una sexóloga?

Sí. Hay una sexóloga. Psicóloga sexóloga. Y se habla de sexo. Pero desde el punto de vista científico. Eso es una actividad humana, por lo tanto se puede estudiar desde el punto de vista de la ciencia.

¿Vivimos en Matrix?

A mí me incomodaría muchísimo vivir en un ordenador de un adolescente extraterrestre que está comiendo ganchitos extraterrestres…

Entonces, ¿no estás a favor de esa hipótesis?

No. Yo no la comparto. Es una idea de Nick Bostrom, filósofo en Oxford, y otros que teorizan con que vivimos en una simulación. Bostrom argumenta que las civilizaciones que sobrepasan un determinado umbral científico adquieren un poder computacional tan alto como para recrear una civilización. Con lo cual, si asumimos cuántas estrellas hay en el universo, cuántos planetas habitables puede haber y cuántas civilizaciones han llegado a ese estadio, es muy probable que haya más civilizaciones simuladas que reales. Por tanto, es mucho más probable que nosotros seamos una civilización simulada.

¿Se puede viajar en el tiempo hacia atrás?

Bueno, no hay nada que lo prohíba. Todavía no hemos aprendido hacerlo. Lo que sí es cierto y tenemos meridianamente claro es que no hay nada que prohíba el viaje hacia atrás en el tiempo… el viaje adelante es muy fácil, es dejarte llevar, es lo que hacemos diariamente. Pero hacia atrás es lo chungo. Hay ya propuestos mecanismos, máquinas o mecanismos físicos que te llevan atrás en el tiempo. Pero os tengo que dar la mala noticia: no vamos a ver nunca jamás a un dinosaurio, ni vamos a matar a Hitler y en la Biblia no pondrá «Y entró Jesúcristo a Jerusalem y había siete mil quinientos sevillanos en la puerta esperándolo». Eso no va ocurrir, porque lo que sí se ha demostrado es que nosotros solo podemos viajar hacia atrás en el tiempo hasta el instante en el que se eche a andar la primera máquina del tiempo. Con lo cual vosotros no podréis matar a vuestro abuelo pero nadie os asegura que no venga un nieto nuestro del futuro a matarnos. Lo que ciertamente me deja intranquilo.

¿Tenemos que hacer caso entonces a los científicos? ¿A los buenos científicos? 

No. Hay que cuestionarlo todo, pero cuestionándolo con conocimiento.

Linus Pauling ganó dos Premios Nobel, uno de ellos como científico, como químico, y tiempo después se empeñaba en defender que la vitamina C curaba los refriados. Creó una moda y todavía hay gente que piensa que eso es cierto, aunque está refutado por la ciencia desde hace mucho tiempo. ¿Cómo diferenciamos una evidencia de una opinión infundada cuando viene de un prestigioso científico?

Pues es muy difícil porque te dicen «un nobel ha dicho». Muy bien, pero al premio nobel ya se le dio su premio, ya está contento, pero ahora ha perdido los papeles. El premio nobel dice tonterías, y no pasa nada, se dice, se reconoce y ya está. El tío sabe mucho de química, de física, de medicina o de lo que tú quieras, pero en este tema en concreto es inútil, no se le hace caso. Yo siempre tengo un criterio de cuándo me tengo que creer algo. Si algo me resulta extremadamente fácil de entender la primera vez que me lo dicen o extremadamente complicado de entender la primera vez que me lo dicen, posiblemente me estén engañando.

A mí me gusta que las cosas estén siempre en el punto intermedio. Para entender ciertas cosas uno tiene que hacer un esfuerzo. Si alguien viene y te dice, «no te preocupes, el cáncer se cura si tomas vitamina C». ¿Esto es fácil de entender? Entonces es falso. Si alguien te dice «no te preocupes, el cáncer se cura porque tú estás conectado mediante entrelazamiento cuántico al campo de fonones de Higgs y eso haciendo una cosmología compacta sobre un espacio de cuatro dimensiones y abrazas un árbol y te curara de cáncer». Eso no es fácil de entender. Entonces es mentira. Si alguien te dice «te voy a inyectar esto que es una puta mierda, que es un veneno, pero te va salvar la vida», ¿eso es difícil de entender? Sí, porque es un veneno pero te va salvar la vida. Pero hay alguien que te dice «todos estos atrás ya han sido salvados con esto». Es la quimioterapia, la quimioterapia es un veneno. Y sí, te deja hecho polvo, pero te salva la vida.

¿Quién divulga mejor la ciencia, periodistas o científicos? Lo que piensas de verdad…

A mí me parece que si el que divulga sabe mucho sobre ciencia entonces divulgará mejor. Los otros podrán comunicarla. Pero divulgarla es «la he entendido, la he trabajado, sé lo que estoy contando por detrás de lo que estoy contando» porque no se puede contar todo, pero cuando hablo de física, que es lo que me mola, por detrás tengo las ecuaciones y procuro no hablar de cosas que no entiendo. Y muchas veces cuando estoy escribiendo el blog o hago vídeos me lleva muchas horas de estudio.

¿Te consideras parte del movimiento escéptico?

Lo dudo. Siendo sinceros, los movimientos escépticos me parecen las chapas ultimate. Son muy chapas. Están todo el día con el escepticismo. Hay otra comunidad que me parece superchapas, la burbuja esta de nutricionistas que ha salido de debajo de las piedras y que me dicen lo que tengo que comer a todas horas. ¡Pues no! Me voy a comer este bocadillo de panceta y después me voy a tomar dos cajas de homeopatía. ¿Por qué? Porque sí. Por chapas.

¿De verdad merece tanta portada y artículos de prensa la homeopatía?

A mí me parece que es una responsabilidad de todo el mundo avisar y explicar qué es la homeopatía sin imponer nada y sin discutir. Me afecta mucho que me metan en hilos en redes sociales con discusiones a las que no tengo nada que aportar y acabo silenciándolas. Además siempre son los mismos argumentos de parte de unos y de otros, y la gente que está convencida de una o de otra cosa tú no les vas a hacer cambiar de opinión.

Lo único que se puede hacer es hablar con las personas que tienen dudas, que no están polarizadas y explicarles que la homeopatía es agua con azúcar. La medicina alternativa que funciona ya tiene un nombre, se llama medicina. Entonces es casi mejor ir al médico cuando uno está enfermo. Y si alguien quiere ir al homeópata, que vaya, que es una buena terapia; en vez de ir a psicólogo, vas al homeópata y punto. El homeópata te cobra porque está una hora contigo y te habla de lo del chacra y lo bonito que es comer melisa por la mañana.

Vamos a ver. Mi madre se levanta por la mañana, se calienta un vaso de agua y le echa un chorreón de limón. ¿Sirve para algo? No. ¿Ella está feliz? Sí. Le voy a decir yo «esto no sirve para nada, mama». Pues no. Yo le compro más limones. Ahora, si mi madre me dice «oye, tengo un cáncer y me lo voy a curar con agua y limón», pues le digo «taschalá, mama, y vámonos al hospital y que te metan lo que tengan que meter». Cuando uno está desesperado acude a cualquier cosa. Y cuando te dicen que no hay esperanza a mí me parece muy razonable que cualquiera se agarre a un clavo ardiendo, a la imposición de manos, o la homeopatía o lo que sea. Y además que somos muchos. Somos más de siete mil millones de personas.

Y una cosa parecida a la homeopatía: ¿es Camela el mejor grupo de todos los tiempos?

Por supuesto. Un tío que con un PT-1 ha montado un imperio. Un PT-1 es un organillo que yo tocaba viendo Petete, un organillo de estos de juguete que hace nino nino, y eso Camela lo ha llevado a la quintaesencia. Y además no solo eso, sino que cuando te paras a escuchar a Camela acabas cantando con Camela, si no te ha pasado algo así tú no has vivido nada. «Sueño contigo. ¿Qué me has dado? Sin tu cariño no me habría enamorado». Esto te llega… [risas].

Y la última pregunta es para tu corazón matemático físico. ¿Qué ecuación te parece más bonita: la de Euler o la de Bekenstein- Hawking?

Por razones de amor, la de Bekenstein-Hawking. La otra es una chorrada de cuatro numeritos. Que los agujeros negros tienen entropía es una cosa alucinante y que además es proporcional al área del horizonte de sucesos eso es increíble porque…

¿Porque es tu tesis?

Bueno, el punto de partida de mi tesis es ese. Y por eso.

Pero también relaciona un montón de constantes… 

Claro, es una puerta. A mí en realidad lo que me parece alucinante es la entropía. Es lo que más me flipa de la física, el concepto y la idea de entropía, pero luego ya aplicado a agujeros negros más todavía. Así que yo elegiría la de Hawking-Bekenstein.


Rosa Porcel: «La homeopatía es un engaño; agua y azúcar a precio de oro»

Fotografía: Énkar Neil

Rosa Porcel se licenció en Ciencias Biológicas en la Universidad de Granada, se doctoró en Bioquímica y Biología Molecular por el CSIC. De ahí fue al Instituto de Biología Molecular y Celular de Plantas de Valencia. En la actualidad es investigadora en el Instituto de Conservación y Mejora de la Agrodiversidad Valenciana. Aunque quizá es más conocida como autora del blog La ciencia de Amara, en el que divulga sobre asuntos científicos y trata de contrarrestar ideas anticientíficas. En el propio blog afirma que «Con antivacunas, estafadores y gente que se aprovecha de la desesperación y desconocimiento de los demás para sacarles el dinero, tolerancia cero».

Con Rosa nos reunimos —bajo la hospitalidad de nuestros amigos de la librería Bartleby de Valencia— para hablar de mitos y verdades en torno a alimentos transgénicos, glifosato, aditivos, edulcorantes, homeopatía, las dietas milagrosas, el dudoso carácter natural de las actuales dietas «naturales», el calentamiento global y el futuro de la agricultura, la divulgación científica y la desinformación en las redes, el desencuentro entre investigadores científicos y grupos ecologistas, o las arbitrariedades legislativas de la Unión Europea. Incluso hablamos de las redes casi propias de la ciencia ficción con las que se comunican hongos y plantas desde hace millones de años.

En la actualidad trabajas en, a ver si lo digo bien, el Instituto de Conservación y Mejora de la Agrodiversidad Valenciana…

Sí. Es que tiene un nombre larguísimo [ríe].

¿En qué consiste exactamente tu trabajo?

El nombre del instituto ya lo indica: conservación y mejora. Mejora genética de caracteres agronómicos en cultivos de interés agrícola. Cultivos como tomates, berenjenas, pimientos, etc. Mi grupo en concreto es una excepción a lo que se hace en el resto del instituto, porque lo que nosotros hacemos es generar plantas doble haploides. Es un poco complejo de explicar, pero sirve para generar plantas con características que nos interesen, que en condiciones normales llevarían ocho o nueve años de trabajo, algo muy costoso en tiempo y en dinero. Nosotros, mediante técnicas de biotecnología —concretamente, cultivo in vitro— somos capaces de generar las mismas plantas en menos de un año.

Es decir, que haces mucho trabajo de laboratorio.

Sí. Mucha placa, mucha cabina y mucha esterilidad, porque no se puede contaminar nada. Un trabajo muy delicado y difícil, porque el proceso que llevamos a cabo no se da con la misma facilidad en todas las plantas. Hay unas plantas más fáciles, que se dejan, y hay otras plantas que se llaman «recalcitrantes» y que son muy complicadas.

Recalcitrantes.

Sí, sí [ríe]. Dentro del proceso hay muchísimos factores que intervienen y nosotros tratamos de poner a punto el protocolo y generar esas plantas.

Hablando de recalcitrantes, en el 2016 ciento nueve premios nobel escribieron una carta en la que calificaban como «crimen contra la humanidad» la oposición de ciertos grupos ecologistas a los alimentos transgénicos. Denunciaban sobre todo la oposición de grupos como Greenpeace al arroz dorado que podría mejorar la nutrición de millones de personas en África y Asia. Tres años después, ¿ha mejorado la relación entre los investigadores y estos grupos ecologistas? ¿Ha mejorado el concepto que tienen esos grupos ecologistas de los alimentos transgénicos?

No, no ha mejorado en absoluto. Quizá se puede decir que la situación es mejor, pero no porque haya habido un cambio de actitud por parte de los ecologistas, sino porque se están centrando en otro tipo de cosas. Ahora están centrándose, por ejemplo, en el glifosato. Que también tiene que ver con los cultivos transgénicos, pero lo de los transgénicos en sí lo tienen un poco aparcado. Aun así, todavía hay grupos de investigación científica que ponen vídeos online rogando a los grupos ecologistas que no les saboteen los campos experimentales. Son muchos campos en los que los científicos están experimentando porque, obviamente, las ventajas de los cultivos transgénicos son muchísimas. Se invierte mucho tiempo y mucho dinero, y la investigación de mucha gente está en juego si esos campos se destruyen.

Cuando hablas de sabotaje te refieres a destrucción física.

Sí, sí. Se están destruyendo. Hay grupos ecologistas que entran con bates de béisbol y lo que haga falta. Disfrazados, pero con sus logos y diciendo «quiénes somos y por qué estamos aquí». Y destruyen por completo esos campos experimentales.

En la Unión Europea sigue habiendo resistencia a los alimentos transgénicos. ¿Por qué? ¿Los políticos escuchan más a los grupos ecologistas, al público o a la prensa que a los científicos?

Los grupos ecologistas tienen más tiempo para difundir su ideología. Al fin y al cabo, es la ideología de esos grupos ecologistas lo que predomina en la sociedad, no las ideas de los científicos. Los científicos estamos demasiado tiempo en el laboratorio, no tenemos tiempo de divulgar y de informar. Es culpa nuestra, tendríamos que divulgar más, pero no podemos. Supone un esfuerzo enorme investigar y divulgar a la vez. Y los ecologistas, aunque son menos, tienen una voz más fuerte. Es verdad que la Unión Europea es muy reticente al cultivo de transgénicos, es verdad que hay muy poco cultivo autorizado, pero luego llama la atención que se importen más de noventa variedades de transgénicos. Es un poco incoherente oponerse a una cosa que luego estás importando. No tiene mucho sentido.

En ese sentido, la última decisión polémica de la Unión Europea ha sido equiparar con los transgénicos las variedades de plantas creadas con una nueva técnica conocida como CRISPR. Cuando, según los científicos, ambas técnicas no son la misma cosa. ¿Cuál es la diferencia?

No tienen nada que ver. Un organismo transgénico, por explicarlo de una forma muy fácil, es un animal, vegetal o bacteria en el que se introduce un trocito de ADN de otra especie. Está aceptando un ADN exógeno, foráneo, que no tiene nada que ver con el suyo. En el caso de CRISPR no se introduce nada nuevo. Se corta, elimina y pega ADN del propio organismo. No hay ADN que venga de fuera.

Entonces, por definición, un organismo CRIPSR no es un «trans-génico».

¡No, nada! Es un organismo modificado genéticamente, que no es lo mismo que transgénico. No se ha introducido nada extraño. Se edita su propio ADN. Es como si tú estás escribiendo en el ordenador, te equivocas, vuelves atrás, corriges el texto, y sigues escribiendo.

Pero sin usar frases que procedan de otro texto.

Exacto.

Entonces, ¿por qué la Unión Europea equipara ambas técnicas si no son lo mismo? ¿En quién se apoyan para tomar tal decisión, quién los asesora?

Ha habido mucho lío con eso. No sé si fue un sindicato agrícola francés el que se quejó, hubo un juicio… Hay un montón de lío y de burocracia. Al final lo han dejado así por no complicarse demasiado la vida. Los CRISPR son considerados como los transgénicos para mantener la misma ley y la misma regulación. Aunque no tenga sentido equipararlos, porque no son transgénicos. Pensábamos que con la llegada de CRISPR iban a cambiar las cosas. Como los transgénicos estaban vetados, teníamos muchas esperanzas puestas en CRISPR. Y cuando se supo cómo iban a regular los CRISPR, supuso un chasco total. No hemos avanzado nada. Europa, por lo menos, seguirá igual.

Estos sindicatos o grupos que se oponen también al CRISPR, ¿qué es lo que aducen?

Pues que se modifica el ADN.

Pero eso, ¿qué consecuencia tiene sobre el consumidor?

Ninguna. No tiene ninguna consecuencia. Pero todo lo que suene a biotecnología, a modificación, a manipulación humana del ADN, eso para ellos son palabras mayores. Aunque en realidad es lo mismo que se ha estado haciendo durante mucho tiempo, pero de una forma mucho más rápida, más controlada, más dirigida. Desde los años setenta, muchos de los alimentos que estamos comiendo, muchísimos, más de tres mil variedades, se han obtenido mediante mutación. Mutar el ADN y observar qué pasa: si ese organismo tiene una característica que nos interesa, la mutación se queda. Si no tiene una característica interesante, pues se descarta.

Hablas de técnicas que se emplean desde hace décadas como la mutagénesis.

Claro. Mediante mutagénesis. Y ahí no hay ningún control sobre las mutaciones. Son mutaciones al azar.

Producidas incluso mediante radiación y compuestos químicos, ¿no?

Sí. Incluso con radiaciones cósmicas. Se han mandado alimentos a la órbita y a ver qué pasa. También radiaciones tipo gamma, neutrones, protones… «bestialidades», podrían algunos considerar, ¿no? Y, sin embargo, estamos consumiendo tranquilamente alimentos obtenidos así.

Aunque la mutagénesis suena a ciencia ficción, ¿conviene aclarar que las variedades de alimentos que produce ni son radiactivas, ni tienen compuestos químicos raros?

Mira el fresón. Todo el mundo sabe lo que es el fresón, todo el mundo ha comido fresón. Pues el fresón de Douglas cumple cuarenta años. Se obtuvo en el departamento de pomología de la Universidad de California. ¿Cómo se obtuvo? Pues por mutagénesis mediante colchicina, que es un compuesto químico. ¡Y estamos comiendo fresones desde hace cuarenta años! «¡Con químicos!», como dice la gente. La quimiofobia.

Y, sin embargo, pese a usar procedimientos más «marcianos» y llamativos, la mutagénesis no tiene tan mala fama como los transgénicos, ni se habla tanto de ella.

No, y ya te digo que son más de tres mil variedades obtenidas por mutagénesis. Sobre todo variedades de arroz, trigo, maíz. Variedades que comemos. Y de lo que no comemos, más de seiscientas variedades de plantas ornamentales. Rosas, claveles y un montón de flores se han obtenido también así.

Usando un lenguaje un poco Marvel: ¿podríamos decir que los alimentos transgénicos o genéticamente modificados, si los comes, su ADN no te va a atacar? Que, en todo caso, te podrían atacar las sustancias que ese alimento contiene, pero que, si no contiene sustancias nocivas, da igual de dónde procedan sus genes.

Exacto.

Las técnicas de selección genética son muy antiguas y sueles poner un ejemplo llamativo: todas las actuales variedades de coles provienen de una única planta.

Todas. Todas las coles que conocemos proceden de una sola planta. El kale, el brócoli o brécol, la col lombarda, la coliflor, las coles de Bruselas… todo lo que suene a col viene de una única especie silvestre, brassica oleracea. A partir de ella, normalmente mediante selección, se han obtenido las demás, dependiendo de la característica que uno quisiera promover. Por ejemplo: si quieres potenciar la flor, vas seleccionando durante generaciones y obtienes la coliflor. Si potencias las hojas obtienes el kale. Si potencias el tallo y las flores, obtienes el brócoli.

¿Se usa el adjetivo «natural» para describir una especie de panacea alimentaria ficticia? En realidad, si miras a la naturaleza silvestre, está intentando envenenarnos por todos los medios disponibles: plantas tóxicas, animales ponzoñosos. Por no hablar de enfermedades causadas por bacterias, virus, priones. ¿De dónde viene esa buena fama de lo natural?

[Ríe] ¿Sabes de dónde creo que viene? La prevalencia del cáncer hoy parece que es mayor. La gente dice: «Ahora morimos más de cáncer, antes no había tanto cáncer ni tantas enfermedades». Cosa que tiene su explicación: la esperanza de vida hoy es mayor y hay enfermedades que aparecen cuando uno tiene ya cierta edad. Antes no siempre se llegaba a esas edades y esas enfermedades no aparecían. También son mejores los métodos de diagnóstico, se anticipan, se detectan más y mejor esas enfermedades. Y ahora se trata de achacar la mayor incidencia de cáncer y otro tipo de enfermedades a la alimentación porque claro, comemos todos los días. Aunque algunas enfermedades se achacan también al medio ambiente, a la contaminación atmosférica, lo cual tiene su parte de verdad. Entonces se aboga por una alimentación natural pensando que eso es lo que nos va a evitar padecer ese tipo de enfermedades. ¿Conservantes? Fuera. ¿Aditivos? Fuera. Que sean todos alimentos naturales. Sí que es verdad que, cuanto más fresco el alimento, mejor. Pero natural no hay prácticamente nada. ¿Sin conservantes ni aditivos? Yo prefiero que tenga conservantes.

¿Por qué crees que tienen tan mala fama los conservantes y los aditivos?

Pues porque son químicos. Pero la gente no sabe que muchos de esos aditivos, de esos números E famosos, son sustancias completamente naturales.

¿Y la mala fama de los edulcorantes? ¿Tiene alguna justificación?

Creo que eso viene de algún estudio en el que se había visto algún tipo de toxicidad o relación con el cáncer en animales, pero no hay relación en humanos. Sí es verdad que están apareciendo estudios que están demostrando otro tipo de cosas, como que destruyen la microbiota intestinal bacteriana, lo cual nos hace más propensos a ciertas enfermedades. Pero que esté relacionado con el cáncer, no.

Supongo que en el fondo la pregunta que puede formularse cualquier consumidor es: ¿Lo que compro es seguro? ¿Si está ahí a la venta, podría darse el caso de que fuese malo para mí? Obviamente no hablo del abuso, porque abusar de cualquier sustancia es perjudicial. Pero, por ejemplo, si uso sacarina en vez de azúcar, ¿puede ser malo para mí?

Yo la uso. Lo que se está vendiendo ahora mismo en cualquier establecimiento o supermercado es seguro. Ya no hablo de lo que se venda en la calle, en puestos callejeros que muchas veces no pasan ningún control sanitario. En algunos, no digo en todos. Pero lo que tú puedes comprar en un establecimiento regulado es seguro; todo es seguro. Está regulado por una normativa que controla los niveles de todo lo que ese alimento pueda contener y por lo tanto todo está dentro de los niveles permitidos. Lo que comemos es completamente seguro. Eso no quita que de vez en cuando salte alguna alarma de una partida de alimentos que esté contaminada, eso puede pasar.

Pero sucedería mucho más a menudo si no hubiese controles.

Por supuesto. Y aparte, gracias a la trazabilidad y estos mecanismos que hay para saber de dónde viene cada alimento, la partida contaminada se localiza rápido y se elimina. Eso antes tampoco estaba. Claramente comemos más seguro que antes.

¿Te preguntan tus amigos cuando van a hacer la compra?

Sí, si hay veces que me preguntan de las grasas hidrogenadas, de si la leche mejor entera o desnatada. Sí hay algunas preguntas. Lo que sé en ese momento es lo que les digo. Creo que doy buenos consejos, porque en alimentación hay cosas que están claras y otras no tanto. Creo que últimamente nos estamos preocupando más por lo que comemos y eso es bueno.

Eso nos lleva a otro punto. Por ejemplo, intentas comer menos azúcar y esquivas los alimentos tradicionalmente dulces, pero miras la composición de otros alimentos que categorizamos dentro de los «salados» y, a veces, la cantidad de azúcares que contienen es tremenda. ¿Estamos bien informados? ¿Es nuestra obligación informarnos, ya que lo ponen en las etiquetas?

Sí, está en las etiquetas, pero no lo ponen fácil. Está en el etiquetado porque es obligatorio ponerlo, pero no todos los alimentos tienen un etiquetado fácil de leer y de encontrar. Unas veces porque el etiquetado coincide con el color de fondo y no es legible, otras veces porque la letra es tan pequeña que tampoco es legible. Cada vez la gente se fija más. De hecho, tardo en hacer la compra ahora más que antes. Antes no nos fijábamos y ahora voy mirando la etiqueta de todo. Información hay, otra cosa es que la gente sepa qué proporción de cosas es tolerable: «Puedo llegar hasta tantos gramos de sal» o «esta cantidad de azúcar es exagerada, este producto no debería cogerlo».

Hay muchos alimentos que, en ese sentido, no son muy sanos. Muchos que no deberían llevar azúcar, llevan azúcar. Por ejemplo, el tomate frito. Lleva azúcar, cuando el tomate no debería. Entonces, procuro coger el que no tenga azúcar. Que eso ya está etiquetado: «Sin azúcar». Muchos productos tienen sal, yo me tengo puesto un límite de sal y compro aquello que tenga de ahí para abajo. A ser posible, que no tenga nada. Tardo mucho tiempo en hacer la compra. Hay algunos alimentos que ya los conozco por su etiquetado, sé lo que contienen y siempre voy a por los mismos. Y con otros, sí me fijo. Yo, concretamente, me fijo, pero creo que la gente también se fija cada vez más.

Últimamente está de moda lo de los huertos urbanos. Aquí en Valencia se ve muchísimo. Un terreno que no está en el campo, sino en la ciudad, junto al tráfico, sometido a contaminación, regado con aguas que a veces son residuales. ¿Es buena idea cultivar cosas en un huerto urbano y comértelas?

Rotundamente no. De hecho, hoy, antes de venir aquí, estaba leyendo en el móvil un tuit del CSIC. Hablaba de que habían encontrado plomo en alimentos producidos en huertos urbanos. Hoy mismo es noticia. Con la polución y el ambiente que hay en una ciudad, ni de coña. Otra cosa es que tú tengas una casita en el campo, en las afueras, con otro tipo de riego y otro ambiente. Eso sí. Y claro, ojalá pudiéramos tener todos un rinconcillo donde cultivar nuestras propias lechugas, tomates y patatas. Pero un huerto urbano, no. A mí no me parece que sea buena idea.

¿Y lo típico de comprar frutas y verduras en la puerta de las casas de los pueblos? En épocas pasadas quizá era otra cosa, pero ahora no sabes con qué lo han fumigado, por ejemplo.

Yo no suelo hacerlo. A mí me gusta saber lo que estoy comprando y saber que ha pasado sus controles. Si son productos de kilómetro cero, de producción local, estás ayudando a la producción local. Pero que hayan pasado sus controles.

Antes señalabas el glifosato como nuevo foco de interés de ciertos grupos ecologistas. Precisamente hace unos días, en Estados Unidos, se dictó una sentencia por la que Monsanto debe pagar ochenta millones de dólares a un hombre que desarrolló cáncer, según dice el tribunal, por culpa de los productos agrícolas que llevan glifosato. ¿Tiene fundamento científico esta decisión judicial?

Ninguno. Los jueces no tienen por qué saber de ciencia, igual que los científicos no tenemos por qué saber de leyes. Pero sí deberían estar asesorados por comités científicos que les ayudasen a tomar una decisión. Y no creo que estén bien asesorados porque no hubiesen tomado esa decisión. No, no tiene fundamento científico. Ninguno. Otra cosa es que lo que se esté juzgando sea la falta de etiquetado en un producto: que el etiquetado no esté, que sea incompleto, que le falte información. Eso es otra cosa. Pero tratar de asociar un tipo de enfermedad, en este caso un linfoma, con el uso del glifosato, no. No hay una correlación. Puede haber muchísimos factores, así que no tiene por qué haber correlación. Científicamente no se ha demostrado.

La qumiofobia que mencionas da pie a tratar el asunto de las dietas supuestamente naturales. Para empezar, las plantas, de por sí, están repletas de químicos, ¿no?

Claro. Y muchas moléculas de las plantas son moléculas tóxicas. Muchísimas. Las plantas tienen sus propios métodos de defensa y sintetizan metabolitos para defenderse. Moléculas muy tóxicas: la solanina, la nicotina. Y, sin embargo, comerse eso es de lo más natural.

Entonces, ¿es la biotecnología nuestro mecanismo de defensa ante las plantas que comemos para que no nos maten? Porque si alimentos vegetales hoy tan básicos como la patata eran tóxicos en origen…

Efectivamente, es algo que se ha hecho desde hace miles de años, tratar de bloquear los genes responsables de esa toxicidad. La patata era mil veces más tóxica en su origen que ahora. La solanina podía matar.

Se sigue oyendo decir que la patata cruda es tóxica.

A ver, tóxica. Me sigo encontrando patatas de vez en cuando que tienen una zona verde. O la estás pelando y ves que debajo de la piel está como verdosa, pues no te la comas, evidentemente. Eso no te lo comas crudo. Alguna patata cruda me he comido de pequeña cuando mi madre las estaba pelando, no pasa nada. Pero si comes una patata verde cruda, estás ingiriendo solanina directamente, aunque la solanina que tiene es poca, mucha menos de la que tenían las patatas antiguamente.

Has puesto muchos otros ejemplos de cómo eran los alimentos vegetales antes de ser genéticamente modificados por el ser humano. Las sandías eran duras. Los plátanos eran pequeños, repletos de semillas y casi sin pulpa comestible. Los tomates eran diminutos y tóxicos. ¿Qué cara pondría un crudivegano si le sirviéramos sobre una la mesa los alimentos vegetales naturales, esto es, las frutas, verduras y granos tal como eran hace treinta mil años?

Pues pondría cara de pensar: «me vuelvo omnívoro». Porque, realmente, no tendría mucho que comer. El maíz, no sé si habrás visto como era el maíz, era una vergüenza [ríe]. Era una espiguilla. De ahí al maíz que tenemos hoy en día…

Si llevamos miles de años modificando genéticamente esos alimentos, ¿se lo puede llamar menú «natural»?

También hay mucho postureo en estas cosas. Yo conozco gente que son veganos cuando comen en la calle y omnívoros cuando comen en casa.

Ya que dices eso, hace apenas días sorprendieron a una famosa influencer vegana comiendo pescado. Se justificó diciendo que llevaba años comiendo pescado por prescripción médica, al mismo tiempo que había estado recomendando a otros una dieta que era perjudicial para ella misma. ¿Estamos dejando los consejos alimentarios en manos de cualquiera?

Muchas veces sí. Ya hay expertos que se dedican a eso y uno debería dejarse asesorar por quien verdaderamente sabe. Pero bueno, en la era de mayor información, qué poco informados estamos. Facebook es un nido de fake news, por ejemplo, y digo Facebook porque es donde más las encuentro. Bulos de WhatsApp que me llegan todos los días. Mi madre, la pobre, no sabe muchas cosas de ciencia y me reenvía cosas, y yo le digo «mamá, eso es mentira». Y me dedico a buscarle la noticia verdadera y a desmontarle el bulo: «¡Huy! Pues yo pensaba que era verdad». Hay muchas cosas que se sigue pensando que son verdad después de tanto tiempo. Y no lo son. Por eso la divulgación es tan importante. De todas esas fake news, algunas te hacen reír, pero otras son peligrosas. Preocupantes.

Hablando de fake news, ¿qué piensas de quienes niegan el calentamiento global?

Que están negando la evidencia. No sé qué necesitan, cuando los efectos se están viendo día a día: inviernos más cálidos, veranos mucho más largos…

¿Se nota en la agricultura?

Claro. Las plantas florecen antes de tiempo, las cosechas se alteran. Si viene granizo cuando no tiene que venir, o lluvias torrenciales cuando no toca, arruina cosechas. Claro que se nota.

En cuanto al futuro de la agricultura, en cualquier mercado, supermercado o tienda hay alimentos mucho más variados que nunca, incluyendo algunos producidos en la otra punta del mundo. Eso parece beneficioso para nuestra generación, pero ¿es sostenible lo de poder comer de todo en todas las épocas del año?

Es beneficioso para todos en el sentido de que todos, por suerte, podemos comer. Al menos una mayoría, porque hay unos ochocientos millones de personas que pasan hambre y eso es grave. Pero, en teoría, hay alimentos para todo el mundo. ¿Sostenible dentro de un tiempo? Pues todo apunta a que no. Porque claro, la población sigue creciendo. Llegaremos a casi diez mil millones de habitantes en el año 2050 y esa gente tiene que, por un lado, comer, y por otro lado, habitar el planeta. Y el suelo que van a ocupar es suelo que a lo mejor podría destinarse a la agricultura. No va a haber suelo para tanta agricultura. Una de las cosas que ya se están haciendo y lo que creo que va a ser el futuro es la agricultura vertical, el vertical farming. Tiene muy buena pinta. De hecho, hace poco los Emiratos Árabes invirtieron millones de dólares en la agricultura vertical. En Estados Unidos lleva años. En China, en Japón. Un montón de países están apostando por esa agricultura.

¿En qué consiste?

Como no va a haber superficie para la agricultura como la conocemos, la idea es que la agricultura vaya hacia arriba. En naves inmensas, criar plantas en cultivo hidropónico o aeropónico. En el hidropónico todos los nutrientes que necesita la planta están en el agua. El aeropónico es igual, pero, en vez de estar la planta en contacto continuo con el agua, el agua se va pulverizando hacia las raíces. Las plantas toman del agua todos los nutrientes que normalmente tomarían del suelo.

Eso es lo que vemos en algunas películas sobre naves espaciales.

Mola muchísimo. A mí me encanta. Y más después de ver lo que estoy viendo: brazos robóticos, software. Inteligencia artificial, que es la que se va a encargar, y ya se está encargando, de recoger toda esa cosecha. Bueno, es alucinante. Pero la principal ventaja que tiene es que reduce el uso de agua en un 80%. El agua es un recurso limitado, aunque parezca que no. Hay mucha agua, pero no toda la que existe es apta para la agricultura. Es una ridiculez el porcentaje de agua que se puede destinar a la agricultura. Y con las sequías y el cambio climático general, es un recurso del que hay que estar pendiente. Si la agricultura vertical reduce el uso del agua un 80%, eso es interesante. No llevaría pesticidas, no llevaría productos fitosanitarios en general, porque no usa suelo ni habría plagas. Y al estar cerca de las grandes ciudades también se reducen el transporte y la logística, que son muy contaminantes y dejan una huella importante.

Otro tema es el de las dietas mágicas. Circulan muchísimas dietas. Para empezar, ¿es tan necesario hacer dieta? ¿Tan malo es comer?

No. Yo no creo que las dietas sean necesarias. En caso de serlo por algún problema médico, por supuesto hay que acudir a los expertos. Nutricionistas, o endocrinos si el problema es metabólico, gente que sabe. Quien te tiene que poner una dieta debe ser una persona especialista, después de analizar tu estado de salud y de tener en cuenta muchos parámetros como la edad, etc. Pero recurrir a dietas de las que hay por ahí, no. Porque no son para todo el mundo. Y aunque algunas de ellas te hagan perder peso en muy poco tiempo, luego viene el efecto rebote, que te hace ganar peso e incluso puede que te haya dejado algo dañado. Ojito con eso.

Nuestros abuelos y bisabuelos tenían una dieta tradicional, sin preocuparse demasiado por lo que comían —también es verdad que no tenían mucho donde elegir— y, al menos quienes no morían de enfermedades hoy tratables, gozaban de buena salud.

¿Sabes de dónde venía eso? De la actividad física que tenían. Está claro. Hoy en día somos sedentarios. Y aunque comamos lo mismo, que tampoco comemos lo mismo…

Comemos más.

Comemos más y, en algunas cosas, peor. Alimentos sanos hay, otra cosa es la elección de cada uno, que no siempre es una elección sana. No nos movemos nada. Nuestros abuelos y generaciones anteriores tenían una actividad muy dura. Antes se hacían las cosas a mano, la recogida de cosechas.

De manera literal, tenían que trabajar para comer.

¡Uf! Sí, Se levantaban con las gallinas. Era una vida muy dura.

También está el fenómeno de las modas alimentarias. Se pone de moda la quinoa y de repente hay quinoa en todas partes. Hace unos años era la soja, ¿de dónde salen estas modas? ¿Está detrás el hábil ministro de algún país que produce estas cosas o es un simple efecto del boca a boca?

Pues igual es efecto del boca a boca, no creo que haya ningún organismo ni nadie interesado en promover el uso de la quinoa.

O sea, no hay un misterioso «lobby de la quinoa».

[Ríe] Pasó con las bayas de Goji. De repente le dio a todo el mundo por comprar bayas, que en teoría solo se producían en un sitio, pero ese sitio tan concreto y tan pequeño producía bayas como para todo el mundo. Luego es la quinoa y mañana será otra cosa. A ver: no hay superalimentos.

Y si no hay superalimentos, ¿por qué algunos los llaman así?

Cualquier alimento, fruta o verdura, puede ser un «superalimento» porque tiene vitaminas, minerales y una serie de nutrientes que son fundamentales. ¿Un superalimento? El que esté de moda. Pero es que no los hay, no existen los superalimentos. Hay que llevar una alimentación variada.

¿Cómo interpreta una bióloga molecular aquello de «somos lo que comemos»?

Para mí, no. No somos lo que comemos. No por comer lechuga te vas a volver verde, ni por comer ternera te van salir cuernos. Estoy un poco de broma, pero hay que comer de forma sana. No tenemos por qué ser lo que comemos. Hay muchas enfermedades que aparecen y no tienen nada que ver con la alimentación. En general hay que llevar una alimentación saludable y variada, y hacer ejercicio.

Algo que puede desconcertar al consumidor es la variabilidad: hay personas que consumen muy poco azúcar y desarrollan una diabetes, mientras que otras que se atiborran no la desarrollan, al menos hasta que alcanzan cierta edad. Puede desconcertar a la hora de guiarse sobre qué comer o de decidir cuándo hacer caso a los avisos sanitarios. «Mi tío Vicente, toda la vida comiendo carne roja y murió a los ochenta y cinco años habiendo tenido una salud de hierro».

Y antiguamente se bebía mucho más vino, ¿no? La gente mayor bebía su copita con las comidas. Sí, entiendo lo que quieres decir. Es verdad que el tema de la alimentación es muy desconcertante. Hoy te dicen una cosa y al tiempo te dicen otra. Pero también es verdad que los estudios cada vez se hacen con mayor número de personas y que sus resultados son más fiables. Las técnicas de detección y analíticas son más precisas que antes. Son estudios muy complejos. Los resultados que ves en una persona no solo proceden de su alimentación, hay muchos factores: un componente genético, un componente ambiental y otros factores. Es muy complicado el obtener resultados concretos y contundentes sobre qué efecto tiene comer tres huevos a la semana o siete como se decía antes. Hasta hace poco eran siete huevos a la semana. Ahora parece que han disminuido un poco la cantidad que hay que comer. Partimos de que todos los excesos son malos; come con moderación.

Hay gente que fuma toda su vida y no desarrolla cáncer de pulmón, aunque la relación entre fumar y el cáncer está más que demostrada.

Sí. Y con el alcohol no hace falta que haya muchos más estudios. Ya se sabe que el alcohol es uno de los componentes que origina cáncer de varios tipos. No de un tipo, de varios. Ahí no hay ninguna duda. Igual que con el sol. Pero en algunos alimentos no se tiene muy claro, hoy se dice una cosa y mañana puede cambiar. Eso no quiere decir que sea mentira lo que se ha dicho en un momento dado. La ciencia no tiene verdades absolutas, está cambiando continuamente. Los resultados pueden cambiar. Eso es la base de la ciencia: si pensáramos que todo está ya hecho y que tenemos las verdades absolutas, no tendría sentido hacer ciencia, no tendría sentido seguir investigando.

Últimamente ha salido España encabezando las listas de esperanza de vida y de países más saludables. Obviamente, un papel importantísimo lo juega la sanidad pública, pero, ¿qué papel juega la alimentación? ¿Comemos mejor que en otros países?

Yo creo que sí. He visitado otros países y yo no cambio la alimentación de España por la de esos otros países. En general, en el Mediterráneo se suele comer muy bien. También porque tenemos alimentos muy sanos; el aceite de oliva es sano, pero en otros lugares ni siquiera lo usan. Creo que comemos bien. O que podríamos comer bien. Otra cosa es que la gente siempre coma bien: comida basura, poco tiempo para cocinar. Pero el potencial está. Aquí hay alimentos donde elegir como para llevar una alimentación completamente saludable.

Sí que es verdad que, cuando a la gente le cuesta llegar a fin de mes, los alimentos ultraprocesados, de los que se habla mal, suelen estar entre los más baratos.

Sí, es cierto. Pero también la verdura y la fruta de temporada, si es de temporada, es barata. Lo que resulta caro es comer naranjas cuando no es temporada de naranjas, eso se tiene que pagar. Pero, si en cada estación y momento del año uno come lo que es de temporada, se puede comer barato.

Hablábamos de negar evidencias científicas, ¿es la homeopatía una forma de curanderismo?

Sí, suena bastante a eso. La homeopatía es un engaño; agua y azúcar a precio de oro. Ya está, no tiene más. No tendría por qué hacer daño, pero hay situaciones en las que puede hacer mucho daño.

Se permite su venta porque en sí mismo es algo inocuo, te lo bebes y no pasa nada. Sin embargo, se publicita como un remedio. Sin saber yo de leyes, ¿debería estar calificado como estafa?

Yo tampoco sé de leyes. Pero a mí me suena mucho a estafa. Sobre todo porque se supone que en una farmacia se venden productos que están bajo una regulación y que son efectivos contra algo y la homeopatía se vende como efectiva contra algo cuando no es efectiva contra nada. Sí, es una estafa. También porque mucha gente no sabe lo que está comprando y piensa que está comprando un medicamento que le va a curar alguna dolencia, y eso es mentira.

El mecanismo de la homeopatía, tal como es explicado por los propios homeópatas, ¿tiene algún sentido científico?

No, ningún sentido.

Es la eliminación de cualquier principio activo del agua, cuando hasta una infusión tiene principios activos.

Sí, pero también mucha gente confunde homeopatía con fitoterapia. Se piensan que la homeopatía es un producto que se ha obtenido a partir de extractos vegetales, como el hipérico o algo así. Como el que se hace una manzanilla o una tila. Y la homeopatía no tiene nada que ver con eso. La homeopatía es lo más ridículo que conozco. Algunos productos homeopáticos, como el Oscillococcinum, que es el que más conoce la gente, lleva una serie de diluciones de hígado de pato. [Con tono irónico] Hígado de pato… a lo mejor con un pato tienes para un año de producto homeopático, porque con las diluciones que lleva, imagínate. Eso, en teoría, es efectivo para la gripe, cosa que también es mentira. Los laboratorios responsables han tenido que pagar mucho dinero por publicidad engañosa. Pero es que luego te pones a rascar un poco más en productos homeopáticos y te encuentras algunos que se han hecho con polvo de estrellas, con muro de Berlín… [Viendo mi cara de asombro, N. del R.]  ¡Sí, sí, en serio! Con abejas, para el dolor. ¿Por qué? Pues como la abeja te pica y te duele, pues de ahí hacen una dilución y obtienen un producto para el dolor. Se han hecho con excrementos de perro o de serpiente para el estreñimiento. Se han hecho otros productos homeopáticos con luz de Venus para las molestias típicas femeninas.

¿Luz de Venus, del planeta Venus?

Sí, sí.

¿Qué hacen? ¿Ponen el agua a la intemperie durante el amanecer?

Da igual lo que hagan, porque no nos vamos a enterar y ese producto tampoco lleva nada, así que al fin y al cabo… Pero sí, es muy curioso. Todo eso existe. Es que podría decirte tantísimos. Rascas y encuentras cada cosa.

Han surgido movimientos con creencias anticientíficas, desde los antivacunas a los terraplanistas, que son muy llamativos para la prensa. Dan titulares, permiten escribir sobre sus curiosidades. ¿Está la prensa haciéndoles una labor de difusión gratuita?

Quizá la prensa no es la que más difunde este tipo de movimientos y de ideologías. Yo me centraría más en redes sociales. Y en algunos libros que dicen auténticas barbaridades. Libros que además son best sellers. Es preocupante. Hay libros sobre dieta y cáncer, sobre alimentación. Y si te vas a la sección de autoayuda, te puedes encontrar libros de «bioneuroemoción», que es otra barbaridad. En fin, de un montón de patrañas que son peligrosas. Las creencias anticientíficas no son inocuas. Son peligrosas. Pero quizá no es tanto la prensa la que los difunde, sobre todo porque no hay mucha sección de ciencia en la prensa y la que hay, por suerte, no es demasiado mala. Otra cosa es que se comunique bien, pero yo no me quejo de eso. Me quejo más de la información que se transmite vía redes sociales.

¿Es difícil intentar transmitir ideas complejas al público mediante las redes?

No, yo creo que no. De hecho, se está haciendo. Por Twitter, sobre todo. Es una red que se da mucho a transmitir información científica compleja de una forma bastante fácil. Y todo el mundo tiene acceso a Twitter, raro es que alguien no tenga una cuenta. Y aunque no soy de las más activas haciendo hilos y transmitiendo divulgación, que también lo hago, hay mucha gente que hace hilos y que comenta. Hay charlas, hay libros muy buenos y con mucho rigor científico. Pero Twitter es una buena fuente para encontrar divulgación muy accesible para cualquiera. Hay muy buenos divulgadores que también se dedican a divulgar por Twitter.

Hablemos de tu blog, La ciencia de Amara. Cuando uno no tiene idea de biología, ni de nutrición, ni de cosas por el estilo, puede ser muy difícil distinguir entre informaciones. Y la prensa no ayuda, porque publica noticias indiscriminadamente: un día comer huevo es malo, al día siguiente es bueno… Hace poco publicaban que las carnes procesadas provocan cáncer. Quienes no tenemos idea podemos recurrir a gente como tú, pero es difícil siempre sabe a quién escuchar.

Lo entiendo perfectamente. Mi madre es una de las víctimas de las fake news y es la persona que tengo más cerca. Mi blog es un intento, como otros muchos blogs que hay buenísimos y que hacen más intentos que yo. No publico con la frecuencia que me gustaría. Pero sí, uno de los temas que trato de tocar en el blog es ese, porque me duele, me preocupa. Es importantísimo. ¿La forma de encontrar esa información? Rodeándote de gente que sepa. No todos los libros que se venden son fiables, no todo lo que se dice es fiable, y el problema es saber de qué gente puedes fiarte. Buscando y rodeándote de quienes te puedan asesorar. Todo el mundo conoce a gente. Si no directamente, indirectamente llegas a dar con fuentes fiables.

¿Cómo de importante es escuchar a los científicos? Pienso en corrientes como los antivacunas que van en contra del conocimiento científico más básico que poseemos incluso quienes no somos científicos. ¿Por qué lo hacen? ¿Es una forma de rebelión, o es que en Occidente no tenemos suficientes problemas y nos los fabricamos?

Más bien eso último. La corriente de los antivacunas, la verdad, no sé muy bien cómo definirla. Tampoco se puede decir que es gente que no está formada o que pertenece a sectores marginados de la sociedad. Es gente culta, con estatus socioeconómico medio, incluso alto. Y son antivacunas. No se entiende muy bien. ¿Postureo? Me cuesta creer que se ponga en riesgo la vida de tus propios hijos por cuestiones de postureo. Se ha hecho mucho daño, con aquel estudio sobre las vacunas y el autismo, y toda la historia que hay detrás. Eso caló en la sociedad y sigue habiendo mucha gente que piensa que las vacunas producen autismo —y otras muchas cosas— por los coadyuvantes que llevan. Todo completamente falso. Pero el daño está hecho, cuesta volver atrás y borrar esa información falsa.

¿Sentís los científicos que parte de la población no os escucha porque piensan que formáis parte de algún tipo de conspiración? ¿Qué formáis parte del poder, aunque luego el poder tampoco os haga mucho caso?

[Ríe] Ojalá fuésemos un lobby, conseguiríamos mucha más financiación de la que tenemos, que es una porquería. Pero sí es verdad que parte de la sociedad nos ve como si estuviésemos comprados por grandes multinacionales. Unos comprados por la big pharma, la industria farmacéutica. Otros comprados por empresas como Monsanto, que ya no es Monsanto. El caso es que todo el mundo está comprado por alguien, cuando no es así. Nos pagáis vosotros mismos. Nos contratan para proyectos de investigación, o iniciamos nuestros proyectos, en entidades públicas. El dinero sale de vuestro bolsillo y no nos paga ninguna industria. Hay un sector de la sociedad que sí nos tiene en consideración y creo que la profesión de científico es de las más valoradas. Otros, que por suerte son pocos, pero que chillan, piensan que estamos comprados.

En una entrevista del 2012 hablabas sobre la situación de los investigadores y la academia, que era tan mala que incluso a gente que estaba sacándose el doctorado se le retiraba la beca a mitad de tesis. ¿La situación sigue igual de mal?

Igual de mal. De hecho, hoy mismo le he dado difusión a un artículo que comentaba que llevamos siete meses de retraso en la concesión de proyectos de los organismos públicos. Con esos retrasos, se acaban unos contratos y esa gente se tiene que ir a la calle, se dejan muchas cosas a medio hacer. En realidad la investigación no se termina, pero, si no se obtiene la financiación, se tiene que parar. Eso se viene arrastrando desde hace ya años.

¿Supondría tanto dinero corregir esos déficits?

El déficit no es que sea económico, es de los plazos. Ese dinero se tendría que haber liberado antes y no se libera. Entonces, el tiempo que pasa, los meses de atraso paralizan las investigaciones. Sin dinero no se puede investigar.

¿Por qué no llega ese dinero?

Porque todavía hay que convencer a la sociedad de que tiene que invertir en ciencia. La ciencia no es algo cuyo resultado se pueda utilizar mañana, es una inversión a medio y largo plazo. Con la crisis, se quería invertir en cosas que tuvieran resultado inmediato. Y la ciencia no es así. Las investigaciones científicas tardan mucho tiempo y cuestan mucho dinero. Pero, al fin y al cabo, es la rueda que mueve un país. Los países más ricos son los que más invierten en ciencia. No nos podemos quedar atrás.

Antes de terminar, hablabas antes de que las plantas se defienden mediante toxinas. En una de tus conferencias me llamó mucho la atención el asunto de la comunicación entre hongos y árboles. Los hongos avisan de que se acerca una plaga y los árboles, además de segregar toxinas para defenderse, avisan a otros árboles que están más lejos. Contado así, suena casi a ciencia ficción.

¡Has sacado mi tema! Me encanta. Es un mecanismo totalmente real, cuando investigas un poco y ves lo que hay detrás —más que detrás, debajo— es impresionante. Hay comunicación entre plantas tanto por el aire como debajo del suelo. Por el aire, mediante moléculas volátiles que viajan incluso kilómetros. Pero es que debajo del suelo hay lo que nosotros llamamos un «internet», una red de micelio fúngico, pelillos que forman los hongos, que conectan entre ellos y transmiten información. Incluso con unos nodos, como si fuera internet. Las plantas se van avisando. Son capaces de, si están viendo que viene una plaga que ataca a una planta, avisar a las más lejanas para que vayan segregando compuestos que sean tóxicos para esa plaga. Se transmiten no solo información o avisos en el caso de que venga una plaga, sino nutrientes. Una planta que tenga más nutrientes le puede dar los suyos a otra planta. Es alucinante. Ese ha sido mi campo de trabajo durante quince años.

¿Y plantas de diferentes especies se entienden entre sí?

Sí, sí.

¿Es porque llevan millones de años viviendo y evolucionando juntas?

Llevan millones de años. De hecho, en esta relación simbiótica entre plantas y este tipo de hongos, el hongo es un simbionte obligado, que no puede vivir si no es dentro de la planta y formando parte de ella. La planta sí puede vivir por su cuenta, pero el hongo no. Estamos hablando de cuatrocientos sesenta millones de años desde que apareció esta simbiosis entre plantas y hongos. Se piensa que estos hongos ayudaron a las plantas a colonizar el suelo, la tierra. Desde entonces, coevolucionaron los dos en la misma dirección. Se han encontrado fósiles de hace unos cuatrocientos sesenta millones de años, que demuestran que el hongo ya existía. Y fósiles de hace unos cuatrocientos millones de años, que demuestran que hongos y plantas ya eran simbiontes. Son muchos años.

Dices que, al parecer, solo conocemos un 5% de las especies que habitan el subsuelo.

Sí. Muchos de los antibióticos y productos de interés farmacológico se obtienen de ahí. La penicilina surgió de un hongo del suelo. El último antibiótico que se descubrió, la treixobactina, se obtuvo de una bacteria del suelo. Se aisló a partir de un solo gramo de suelo de un campo de hierba de Maine, en Estados Unidos. Se aislaron muchas bacterias, pero esa demostró tener actividad.

¿El subsuelo es la última frontera?

Sí, el subsuelo y los fondos marinos. Son las zonas menos exploradas y con un gran potencias para ofrecer productos muy interesantes.

El fondo marino es comprensible que sea difícil de explorar, pero el subsuelo lo tenemos aquí mismo, bajo nuestros pies.

Sí, y además cambia muchísimo la composición de microorganismos —bacterias, virus, hongos— que hay en un suelo de los que puede haber en otro suelo. También en la Antártida hay microorganismos. En suelos con condiciones extremas hay microorganismos.

Para terminar, y volviendo a tu blog, leyéndolo se puede comprobar que tú misma lees mucha divulgación científica, ¿alguna vez has pensado en dar un giro profesional?

¿A escribir divulgación? Quizá en un futuro muy lejano, pero la vida no me da, de verdad. Consumo divulgación científica, pero produzco poquito. Lo que hago es dar charlas cuando surge oportunidad. Procuro elegir un tema que le preocupe o le interese a la gente y traducir ese lenguaje complejo en algo que pueda ser comprensible, incluso divertido o curioso en un momento dado. En el blog también, cuando puedo. Me encantaría, es algo que me apasiona, pero la investigación científica consume muchísimo tiempo. Incluso mucho tiempo que no debería porque yo, por ejemplo, trabajo muchos fines de semana también. No solo yo, en general todos los científicos trabajan muchísimas horas. Entonces, el tiempo que te queda también hay que dedicarlo a la familia, a la casa, a los amigos. Pero no lo descarto, en algún momento, muy poco a poco, escribir algo. Por qué no.

Si quieres mandar un último mensaje a los lectores…

Que no se crean todo lo que oigan y lean. Que sean escépticos.


Los anti-Nobel

Esta foto tiene una explicación, pero se encuentra al final del texto. Imagen: Linnaea Mallette (DP).

A mediados de los años sesenta el doctor Cecil Jacobson, la persona que comandaba la Unidad de Genética Reproductiva en la Facultad de Medicina de la Universidad George Washington, llevó a cabo una proeza médica increíble: consiguió dejar embarazado a un mono babuino macho colocándole en la cavidad abdominal el óvulo fertilizado de una hembra. O al menos eso es lo que dice él, porque dicho logro nunca se divulgó en publicaciones científicas, no existen pruebas sobre la hazaña y supuestamente Jacobson decidió abortar el embarazo del mono a los cuatro meses (la gestación en los babuinos dura siete).

En aquella época el doctor era una figura respetable al ser un pionero de la amniocentesis y el principal consultor de las mejores clínicas de fecundación in vitro de Estados Unidos. Pero a finales de los ochenta las cosas se le torcieron un poco al descubrirse que había engañado a varias de las pacientes, que se sometieron a sus métodos de inseminación artificial, haciéndoles creer que estaban embarazadas cuando no era cierto (el doctor mostraba en las ecografías diversos órganos internos o materias fecales y aseguraba que aquellos borrones eran el feto).

Las investigaciones provocadas por las denuncias de sus clientas revelaron algo incluso más jodido: que Jacobson se había dedicado durante años a inseminar con su propio semen a varias de sus pacientes. Las pruebas de ADN confirmaron que el doctor era el padre de quince de las criaturas nacidas gracias a la inseminación artificial en su clínica, pero las sospechas apuntaban a que en realidad el hombre era el progenitor de al menos sesenta niños más. En la mayoría de aquellos casos Jacobson engañó a las mujeres aseverando que el semen provenía de donantes anónimos. En un caso concreto el doctor sustituyó los espermatozoides del marido de su paciente por los suyos propios.

En 1992 una asociación muy respetable decidió premiar los esfuerzos de Cecil Jacobson al concederle un galardón en el campo de la biología por ser un «implacable y generoso donante de semen, un patriarca prolífico del banco de esperma y el inventor de un sencillo método de control de calidad que puede ser llevado a cabo con solo una mano».

Durante el ocaso de la década ochentera un curioso anuncio comenzó a aparecer en las contraportadas de revistas como Harper’s o Mother Jones promocionando una «excepcional litografía de calidad, ideal para ser enmarcada y exhibida, que proporcionará muchas horas de fascinación y disfrute». Se trataba de un maravilloso póster de penes de animales titulado Penises of the Animal Kingdom. Doce falos de diferentes especies dibujados a mano por un caballero llamado Jim Knowlton y colocados por tamaño (de mayor a menor) en el siguiente orden: cachalote, elefante, jirafa, toro, caballo, cerdo, marsopa, carnero, cabra, hiena, perro y por último humano. Una fabulosa pieza que por tan solo nueve dólares cualquiera podía colgar en salón ante el regocijo de la familia cercana para provocar enriquecedores debates sobre qué clase de perro superdotado tenía Knowlton en su casa.

En 1992, una honorable entidad decidió condecorar a Jim Knowlton por su contribución al arte con aquella educativa ilustración de pollas de animales. Un premio también recayó de rebote en la organización gubarnemental National Endowment for the Arts por sugerir en cierto momento a Knowlton convertir aquel póster en un libro pop-up.

Ningún pie de foto puede hacerle justicia a esto.

A mediados de 2003 Victor Benno Meyer-Rochow, en representación de la Universidad Jacobs de Bremen (Alemania) y de la Universidad de Oulu (Finlandia) se alió con József Gál de la Universidad Eötvös Loránd (Hungría) para trabajar a cuatro manos en una de las investigaciones científicas más significativas de las últimas décadas: el cálculo de la presión que ejerce un pingüino cuando hace caca. Un estudio (que puede leerse aquí) convenientemente titulado Presiones producidas cuando los pingüinos hacen caca: cálculos sobre la defecación aviar. Tres sesudas páginas que alojan líneas tan maravillosas como esta: «El volumen de las deposiciones ha sido determinado en V=lr²π≈2×105 m3(r=d/2=0,004m, radio del intestino; π≈3,14) y el tiempo requerido para defecación es de t=0,4s. La primera aproximación ha sido realizada considerando el excremento ideal del pingüino como un fluido no viscoso».

En 2005 aquella colorista investigación fue premiada, en la categoría de «Fluidos dinámicos», en los mismos premios que anteriormente laurearon la carrera de Cecil Jacobson y Jim Knowlton: los Ig Nobel.

Alguien, en algún momento, publicó con gesto muy serio esta imagen en un informe.

Los anti-Nobel

A Marc Abrahams le fascinan dos cosas: la ciencia y el humor. Por eso mismo ha encarrilado su profesión hacía la combinación de ambas aficiones: el humor científico. A principios de los noventa el hombre ejerció de editor del Journal of Irreproducible Results (Diario de resultados irreproducibles), una revista nacida en los años cincuenta rellena de chistes, curiosidades, sátiras y discusiones humorísticas para los amigos de las ciencias. En 1994 Abrahams se montó su propia revista bimestral de coñas científicas: Annals of Improbable Research (Anales de investigaciones improbables). Un puñado de años antes el hombre había ideado lo que sería su gran aportación a la humanidad, los Premios Ig Nobel.

La ceremonia de los Premios Ig Nobel se celebra cada año con el objetivo de galardonar a una decena de descubrimientos científicos que «en principio hacen REÍR a la gente y luego la hacen PENSAR» [Nota: las mayúsculas son cosa de sus propios creadores], una descripción que es una forma amable de decir que esto va de premiar a los científicos con las ideas más chorras y disparatadas. Abrahams aclaró más adelante que los Ig Nobel existían para «celebrar lo inusual, honrar la imaginación y alentar el interés de la gente por la ciencia, la medicina y la tecnología».

El nombre de los propios galardones es un juego de palabras con el término «Ignoble» («Innoble» en castellano) y en 1991 se otorgaron por primera vez en una edición que concedió siete Premios Ig Nobel a investigaciones reales y tres a personajes inventados a modo de coña. En las entregas posteriores no volvió a ser necesario utilizar descubrimientos ficticios para hacer la broma porque pronto resultó evidente que cada año brotaban un buen montón de trabajos disparatados dignos de ser reverenciados. La ceremonia oficial es maravillosa: se celebra en la Universidad de Harvard y está presentada por verdaderos premios nobel, el público tiene la costumbre de regar el acto con aviones de papel (que barre personalmente «El guardián de la escoba» Roy J. Glauber, un hombre que acabaría recibiendo el Premio Nobel de Física), entre los invitados suelen encontrarse los responsables del Museum of Bad Art (la mofa del MOBA real) y el acto siempre se cierra con la frase: «Si no has ganado ningún premio este año —y especialmente si lo has ganado— te deseamos más suerte para la próxima vez».

Aunque no lo parezca este escenario está lleno de gente respetable. Imagen: ptwo (CC).

Ig Nobel de Biología

El primer galardonado con el Ig Nobel en la rama de biología fue Robert Klark Graham por su loable papel como «profeta de la propagación y seleccionador de semillas» al fundar en California un banco de esperma que inicialmente solo aceptaba donaciones de premios nobel (aunque William Shockleyel, nobel en física en 1956, fue el único premiado que realmente echó una mano en el asunto). En entregas posteriores el premio recayó en los noruegos Anders Bærheim y Hogne Sandvik por elaborar seriamente el informe Efecto de la cerveza, el ajo y la crema agria en el apetito de las sanguijuelas, en T. Yagyu por convencer a tres universidades (de Suiza, Japón y la República Checa) para derrochar recursos analizando las ondas cerebrales de personas masticando diferentes sabores de chicle, en Peter Fong por endosarle prozac a un montón de almejas y «contribuir a su felicidad», en Buck Weimer por inventar ropa interior capaz de camuflar el olor de las flatulencias, en una coalición de científicos de diferentes países que demostraron que los atunes se comunican entre sí a base de pedos y en los investigadores Bart Knols y Ruurd de Jong por demostrar que el mosquito causante de la malaria se siente atraído en la misma medida por el queso Limburger y por el olor de pies. Esto último resultó ser más útil de lo que cualquiera hubiese podido imaginar, porque gracias a dicho descubrimiento en algunas zonas de África se optó por plantar cara a la malaria sazonando las trampas para mosquitos con queso Limburger.

Él tiene un Ig Nobel y tú no. También está rodeado de patos disecados. Imagen: Kees Moeliker(CC).

En 2003 Kees Moeliker filmó el primer caso de necrofilia homosexual entre dos patos y se llevó el Ig Nobel a casa sin demasiado debate por parte del jurado. Unos años después un grupo de científicos de la Universidad de Bristol recibirían el premio por documentar una felación entre murciélagos de la fruta. Marie-Christine Cadiergues, Christel Joubert y Michel Franc fueron condecorados tras dedicarse a intentar descubrir si las pulgas de los perros saltaban más alto que las de los gatos (respuesta: sí, las pulgas perrunas brincan hasta veinticinco centímetros según su estudio). En 2011 el Ig Nobel fue para Darryl Gwynne y David Rentz por demostrar que ciertos tipos de escarabajos se aparean con ciertos tipos de botellas de cerveza australiana. En 2014 el premio se lo llevaron un grupo de checos por descubrir que los perros al cagar gustan de alinearse con el campo magnético de la Tierra. El veterinario Charles Foster se convirtió en Ig Nobel en 2016 tras meterse en el bosque para intentar vivir como si fuese una nutria, un tejón, un zorro, un vencejo y un ciervo. El hombre escribió el libro Being a Beast narrando aquellas desventuras emulando animalillos salvajes

Ig Nobel de la Paz

El Ig Nobel de la Paz empezó fuerte al recaer en 1991 sobre Edward Teller, el padre de la bomba hidrógeno (conocida también como bomba H o como petardazo termonuclear) por haber «redefinido el concepto de paz» que hasta entonces tenía la humanidad. Desde aquello la categoría nunca ha defraudado con sus galardonados: la legislatura de la República de China obtuvo el Ig Nobel de la Paz tras demostrar que los políticos ganaban más pegándose puñetazos y patadas entre ellos que declarando la guerra a otras naciones, Jacques Chirac fue premiado por celebrar el aniversario de la bomba de hidrógeno lanzando bombas nucleares en el Pacífico y la pareja de primeros ministros de la India y Pakistán (Shri Atal Bihari Vajpayee y Nawaz Sharif) por «detonar pacíficamente bombas nucleares», Harold Hillman por realizar el estudio El dolor probable experimentado en diferentes métodos de ejecución, la Marina Real británica por ahorrarse dinero al obligar a sus soldados a gritar «¡Bang!» en lugar de disparar cañones durante los entrenamientos, Viliumas Malinauskas por inaugurar el parque temático Stalin World, Daisuke Inoue por inventar el karaoke («una nueva vía para que la gente aprenda a tolerarse»), Howard Stapleton por crear un repelente sonoro de adolescentes, unos científicos suizos por investigar si resulta más efectivo golpear al enemigo en la cabeza con botellas llenas o vacías, Alexander Lukashenko por decretar que es ilegal aplaudir en público y Arturas Zuokas (alcalde de Lituania) por demostrar que pasar con un tanque por encima de los vehículos mal aparcados es una maniobra que conciencia a la población.

Stalin World es menos espectacular de lo que promete su nombre: no pasa de ser un parque con estatuas. Imagen: Wojsyl (CC).

Los sudafricanos Charl Fourie y Michelle Wong fueron distinguidos en 1999 con el Ig Nobel de la Paz tras parir uno de los inventos más fantásticos de la historia: el Blaster, un lanzallamas que se instalaba en los laterales del coche permitiendo a los conductores chamuscar a cualquier asaltante que se intentase colarse en el vehículo por la fuerza. Curiosamente, una locura como el Blaster era legal por aquellas tierras (en Sudáfrica los lanzallamas no estaban prohibidos y cargarse a otra persona en legítima defensa no era considerado delito) pero el cacharro no vendió lo esperado, más por culpa de un elevado precio que por falta de clientes porque en aquella época los índices de criminalidad del país estaban por las nubes.

En 1993 el premio fue a parar a la división de Indonesia de Pepsi por equivocarse al anunciar el ganador de un concurso millonario y provocar en consecuencia revueltas locas entre los cientos de miles de participantes. En 2002 el premio embelleció el currículo de un grupo de inventores japoneses por «promover la paz y armonía entre las especies» al inventar el BowLingual, un aparato que traducía el lenguaje de los perros al lenguaje humano y viceversa. En 2018 el Ig Nobel de la Paz recayó en un equipo español de investigadores valencianos que midieron la intensidad y los efectos del arte de maldecir y cagarse en todo mientras uno conduce.

El caso más fabuloso de un Ig Nobel de la Paz es el concedido a Lal Bihari por empeñarse en estar vivo. Bihari es un granjero indio que tras ser declarado oficialmente muerto en 1976 por culpa de un chanchullo realizado por un familiar que pretendía heredar sus tierras, se tiró dieciocho años peleándose contra la burocracia gubernamental de su país para demostrar que realmente estaba vivo. Bihari organizó su propio funeral, se cambió el nombre a Lal Bihari Mritak («Lal Bihari Muerto»), se presentó a las elecciones para primer ministro, solicitó la pensión de viudedad para su mujer y fundó la Asociación de Personas Muertas para ayudar a quienes se encontrasen en situaciones similares a la suya.

Ig Nobel de Literatura

Mara Sidoli obtuvo el Ig Nobel literario tras escribir el informe El pedo como defensa ante un terror inefable. David Sims lo logró con su estudio Tú, cabrón: una exploración narrativa de la experiencia de indignarse dentro de las organizaciones y Daniel M. Oppenheimer con el texto Consecuencias de la utilización del vernáculo erudito independientemente de la necesidad: problemas con el uso innecesario de palabras largas. Jasmuheen fue distinguida por escribir un libro magufo asegurando que la gente puede vivir solamente alimentándose de la luz. En 1995, David B. Busch y James R. Starling se llevaron el Ig Nobel por su informe Cuerpos extraños en el recto, una recopilación muy seria sobre las cosas más raras que los médicos se habían encontrado en el tubo de escape de sus pacientes. En aquel greatest hits de las invasiones anales documentadas se listaban utensilios tan variados como linternas, un muelle, varios tipos diferentes de frutas y vegetales, un afilador de cuchillos, una revista, una aceitera, varias bombillas, una botella de cerveza, unas gafas, una sierra de joyería, una tabaquera o la cola congelada de un cerdo. La Oficina de Contabilidad del Gobierno de Estados Unidos también fue galardonada por «emitir un informe sobre los informes sobre informes donde se recomienda la preparación de un informe sobre los informes sobre informes». Mark Dingemanse, Francisco Torreira y Nick J. Enfield obtuvieron este reconocimiento literario en 2015 al descubrir que la palabra «¿Eh?» tiene equivalentes en todos los lenguajes del mundo.

A finales de los dos mil el premio en el campo de literatura se lo llevó la policía nacional de la República de Irlanda por una gesta maravillosa: despachar más de cincuenta multas de tráfico a un evasivo conductor polaco llamado Prawo Jazdy. Lo gracioso del asunto es que la propia policía era incapaz de dar con el infractor porque siempre tomaba mal los datos al comprobar sus papeles: «Prawo Jazdy» no eran el nombre y el apellido del caballero, sino dos palabras que en polaco significan «Licencia de conducir».

Quizás el más destacado reconocimiento literario sean los ganadores del Ig Nobel en 2005: todos aquellos emprendedores nigerianos que a base de sospechosos emails engancharon a millones de lectores con «una serie audaz de cuentos protagonizados por personajes adinerados (el general Sani Abacha, la señora Mariam Sanni Abacha o el abogado Jon A Mbeki Esq)». O lo que es lo mismo: todos aquellos cabrones que nos inundaban el correo electrónico con timos fantasiosos sobre príncipes africanos que quieren compartir su riqueza con nosotros si les prestamos algo de pasta.

Ig Nobel de Matemáticas

Elisabeth Oberzaucher y Karl Grammee atraparon el Ig Nobel matemático al dedicarse a calcular cómo era posible que el Sultán Mulay Ismaíl engendrase ochocientos ochenta y ocho hijos en solo treinta años. Robert W. Faid obtuvo el mismo reconocimiento tras evaluar las probabilidades que tenía Mijaíl Gorbachov de ser el Anticristo (concretamente, 1 entre 710.609.175.188.282.000). Harold Camping (un predicador tarado que predijo erróneamente el Día del Juicio Final en tres ocasiones distintas) fue premiado por «demostrar que hay que tener cuidado al hacer suposiciones y cálculos matemáticos».

Un anuncio patrocinado por Harold Camping. Imagen: O’Dea (CC).

Ig Nobel de Física

Robert Matthews se empeñó en demostrar que, tal y como establece la Ley de Murphy, la tostada siempre cae por el lado de la mantequilla y el esfuerzo se supuso el Ig Nobel de Física. Otros ilustres investigadores que se encaramaron a dicho podio fueron el doctor Len Fisher por calcular el modo ideal de mojar una galleta, Arnd Leike por demostrar que la espuma de la cerveza obedece a la ley matemática de la descomposición exponencial, un grupo de eruditos australianos por la tesis Análisis de la fuerza necesaria para arrastrar ovejas sobre varias superficies, una banda de sabiondos neozelandeses por demostrar que uno resbala menos sobre las superficies heladas si se pone los calcetines encima de los zapatos y una pandilla de inquietos japoneses por analizar la fricción entre una cáscara de plátano y una suela de zapato (algo importantísimo). En 2013 el premio fue concedido al grupo de investigadores que concluyó que una persona es capaz de correr sobre el agua, cuando tanto la persona como el agua están en la luna.

La mención más solemne y destacada es la del Ig Nobel de Física concedido en el año 2000 a Andre Geim y su compañero Michael Berry por hacer levitar una rana tirando de imanes. Porque, diez años más tarde, Geim recibiría un Premio Nobel de Física por descubrir el grafeno, convirtiéndose así en la única persona del planeta que tiene tanto un Ig Nobel como un auténtico Premio Nobel.

Utilizar imanes para hacer volar a una rana: el camino hacia el éxito. Imagen: Lijnis Nelemans (CC).

Ig Nobel de Química

Jacques Benveniste tuvo el privilegio de recibir el primer Ig Nobel de Química por emperrarse en demostrar (sin pruebas reales) que el agua tiene memoria y que lo de la homeopatía no es cosa de catetos (spoiler: sí lo es). Ivette Bassa se llevó el trofeo un año después por algo mucho más provechoso para la humanidad: inventar la gelatina azul. Posteriormente Bijan Pakzad sería premiado por crear una colonia llamada ADN que en realidad no llevaba ADN en su composición, George Goble por encender una barbacoa en tres segundos, Yukio Hirose por investigar por qué una estatua concreta no atraía a las palomas, Edward Cussler y Brian Gettelfinger por rellenar una piscina de jarabe para comprobar si las personas nadan más rápido o más despacio en dicho elemento, Marc-Antoine Fardin por intentar encontrar respuestas a la pregunta ¿Puede un gato ser líquido y sólido al mismo tiempo?, Mayu Yamamoto por extraer sabor de vainilla de la mierda de vaca y Johan Pettersson por descubrir por qué en una localidad de Suecia la gente tenía el pelo verde (solución: demasiado cobre en el agua). En 2006 un grupo de investigadores de Palma de Mallorca conquistaron el Ig Nobel con el estudio Velocidad ultrasónica en el queso cheddar dependiendo de la temperatura. Dos años después el premio recayó por un lado en un grupo de científicos que demostraron que la Coca-Cola funciona como espermicida, y por otro en un grupo de científicos que demostraron que no funciona como espermicida.

En el 98 Jacques Beneviste (el caballero que inauguró esta categoría) volvió a ganar el premio por otra chorrada homeopática: intentar demostrar que la memoria del agua se transmite también por teléfono e internet.

Ig Nobel variados

En la categoría de economía Michael Milken fue laureado por idear los bonos basura logrando que todo el mundo estuviese en deuda con él (literalmente), Akihiro Yokoi por inventar el Tamagotchi y lograr que millones de personas desperdiciasen horas de trabajo cuidando sus mascotas virtuales, Kuo Cheng Hsieh por patentar una red de pesca para cazar atracadores, el Vaticano por «subcontratar oraciones a la India», Gauri Nanda por inventar un despertador con ruedas y Richard Seed por «impulsar la economía mundial» al intentar clonarse a sí mismo. Los Ig Nobel también reconocieron la labor de numerosas empresas financieras condenadas por fraude al entender que habían «adaptado el concepto matemático de los números imaginarios al mundo de los negocios».

Tamagotchi, de la paternidad virtual al Ig Nobel de economía. Imagen: Tomasz Sienicki (CC).

Otros eminentes trabajos premiados fueron el informe médico Liberar un pene pillado en una cremallera, el entrenamiento al que la Universidad de Kioto sometió a unas palomas para que distinguieran entre cuadros de Monet y Picasso, el artículo científico Inclinarse hacia la izquierda hace que la Torre Eiffel parezca más pequeña, una investigación de la Universidad de Estocolmo para confirmar que las gallinas prefieren a los humanos guapos, un estudio inglés que aseguraba que las vacas con nombre dan más leche que aquellas que no han sido bautizadas, el informe ¿Por qué los viejos tienen las orejas grandes?, el dosier médico Transmisión de la gonorrea a través de una muñeca hinchable, el texto El efecto de la música country en el suicidio, un artículo sobre fluidos dinámicos que explica cómo caminar cuando llevas en la mano una taza de café, un tratamiento para las piedras del riñón basado en subirse a montañas rusas y el invento conocido como AutoVision, un proyector que permite conducir y ver la tele al mismo tiempo.

En 1996 Don Featherstone se convirtió en el primer premiado por la tropa de Abrahams que se presentó personalmente en la gala para recoger su merecido trofeo en la categoría de arte. Se le honraba con el galardón por idear uno de los ornamentos de jardín más revolucionarios de la historia: el flamenco rosa de plástico.


Resolviendo el problema de la Santísima Trinidad de las pseudociencias

Fotografía: Jorge Gonzalez (CC).

Lo primero que suele hacer un científico para resolver un problema es entenderlo lo mejor posible, definiéndolo y cuantificando todo lo que sea posible para contextualizarlo. Por ejemplo el problema de las pseudociencias.

Bueno, pues lo primero que debemos tener en cuenta es que el problema del que estamos hablando es en realidad un conjunto de problemas totalmente diferentes. Cada uno de ellos se inicia en un momento diferente, está motivado por causas diferentes, y se debe entender con detalle su forma particular para poder actuar de manera razonada y así buscar maneras de resolverlos.

El primer problema es cómo evitar que la gente crea en las pseudociencias. Sin evidencia en sentido contrario parece imposible que absolutamente todo el mundo pueda dejar de creer. Por cómo somos los seres humanos, los sesgos que tenemos y cómo usamos y necesitamos las creencias en nuestro proceso cognitivo, no parece posible. Se podrá reducir, pero nunca eliminar. Incluso personas con una gran capacidad intelectual o científica han tenido creencias de un tipo u otro en algún momento de su vida. La solución que se plantea actualmente para este problema, promulgada por la mayoría de los más ruidosos paladines contra las pseudociencias de nuestro país, es la divulgación científica.

La divulgación de la ciencia es imprescindible, pero desafortunadamente una cantidad relevante de personas se inician en la homeopatía por motivos diversos que hacen complicado que una impida la otra. Desde motivos sociales (su entorno lo hace, una nueva pareja tiene una tienda de productos homeopáticos —esto es de un caso real—…), pasando por motivos personales y emocionales (gente que quiere ser buena persona y como lo natural es bueno, pues claro), así como diversos motivos más. Por cierto, podemos encontrar entre estos motivos algunos iguales a los que hacen que muchas personas empiecen a fumar, como la presión social del entorno, por ejemplo. La solución en cada caso sería diferente a otros, y la divulgación no hará que alguien que, por ejemplo, ha crecido en Alemania rodeado de homeopatía a todas horas, deje de consumirla.

¿Por qué ese interés en la divulgación como solución? Es un negocio del que unos pocos consiguen vivir, ahora que estamos de nuevo en lo alto del ciclo de los contenidos divulgativos. No hace mucho empresas privadas se quejaban de quedarse fuera del pastel de las subvenciones para divulgación. Es más, el enfoque elitista hacia el que está girando esta corriente tiene el riesgo de alejarse de las nuevas generaciones, que aprenden más de ciencia con YouTubers como los creadores de Experimentos Caseros o celebrities como ElRubius. Estos divulgan mientras hablan su mismo idioma, son personalidades en las que confían, y son a menudo despreciados por una supuesta falta de rigor u otros motivos espurios.

El segundo problema es cómo conseguir que quien ya ha entrado en ese mundo lo deje. Aquí la solución dependerá de factores como la intensidad con la que ha entrado y el uso que hace de esos productos y servicios. La pega aquí es que conocer la realidad del problema no es fácil. Si no resolvemos casos como incluir el Stodal en la ecuación, los datos se pervierten y decimos que una cantidad aberrante e incorrecta de españoles consumen homeopatía. Eso no ayuda a resolver este segundo problema. Tampoco ayuda insultar, despreciar o ridiculizar a quien consume o vende, que es la solución en la que insisten diversos colectivos, hasta el punto de intentar censurar a quienes les insisten que no funciona. No existe evidencia científica sólida de que dicha estrategia consiga que la gente abandone el consumo de productos y terapias alternativas.

De lo que sí existe evidencia es de que este tipo de comportamiento enquista la situación, e incluso puede favorecer el negocio de los farsantes. ¿Cómo? Apoyando su discurso de creación de marca, basado en que ellos están salvando a la humanidad de unos malvados que les atacan y quieren impedir que transmitan sus secretos. Paradójico que quienes dicen defender la ciencia la ignoren en estos casos. A menudo citan un único estudio, publicado no hace mucho, que hace tantas aguas metodológicas que da miedo. Otro ejemplo: cuando un famoso apoya una teoría no científica es típico el aluvión de memes, ataques y desprecios. Pues no, esto tampoco funciona para que quien cree deje de hacerlo. Es más valioso que otro famoso hable en sentido contrario. Pero dejar de hacer algo a lo que uno está habituado, como insultar, despreciar o ridiculizar, es complicado. Sobre todo cuanto despreciar a otros hace a unos cuantos sentirse superiores. Así que difícilmente esto va a cambiar, de la superioridad moral es complicado bajarse en marcha.

Finalmente hay un tercer problema: la gente que, consumiendo homeopatía o no, abandona o no inicia un tratamiento médico que le podría salvar la vida para elegir uno homeopático o alternativo. Y digo salvar la vida porque en algunos casos hay personas que dejan la medicina tradicional ante la perspectiva de vivir rodeados de médicos durante unos meses o un par de años, y prefieran lanzarse a una apuesta suicida: si sale bien, ganas; si sale mal, ya habías perdido. Su decisión puede ser seguir con terapias alternativas, con paliativos o sin terapia ninguna. Es típico y lógico que sus familiares, que desean más tiempo con sus seres queridos, piensen que deberían haber tomado otra opción, cuando fue una decisión personal y consciente. Pero aquí entramos en el mismo debate que la eutanasia. Ciertamente muchas de estas personas que abandonan la medicina tradicional pueden descubrir cuando ya es tarde que se equivocaron, y entonces plantear que les engañaron cuando antes estaban convencidos. El estudio de Yale sobre pacientes de cáncer que habían abandonado su tratamiento por terapias alternativas infería que la mayoría eran personas de alto poder adquisitivo, con estudios y que vivían en zonas cercanas a donde un «promotor» de las terapias alternativas tenía un centro de acción. Cada caso es diferente.

¿Pasa la resolución a este problema por prohibir los productos? Probablemente no, pero lo descubriremos pronto tras la decisión del gobierno español de exigir (acertadamente) responsabilidades a los fabricantes. Por donde probablemente sí pasa es por prohibir la actividad de los que se ganan la confianza de estas personas enfermas. Enric Corberá ha pasado de facturar 3 millones en 2015 a 4,4 millones de euros en 2016. Muy posiblemente gracias a los ataques que ha recibido, como comentábamos antes. Y su margen es muy alto, ya que principalmente vende servicios, varios de ellos online. En cualquier caso la estrategia que sea que se haya seguido para pararle no funciona, por lo que seguir haciendo lo mismo contra él no tiene pinta de funcionar.   

Por todo esto cuantificar la magnitud del problema para entenderlo, definirlo y poder solucionarlo es la clave. Quizá la solución es dejar de insultar, despreciar y ridiculizar a gente como los antivacunas, por peligrosos que sean, cuando no se puede demostrar impacto positivo alguno y se hace para contentar a una tribu ya convencida. O dejar de intentar callar a todo el que opine diferente del pensamiento único de los paladines contra la pseudociencia, bajo el argumento de que ellos están salvando la humanidad y se les debe dejar hacer, porque los demás no hacemos nada. Al menos mientras no haya evidencia científica de que insultar, despreciar, ridiculizar y estar en «modo guerrilla» continuo resuelve el problema y hace que estas personas cambien. Para ello debemos intentar entender qué provoca el comportamiento de cada uno de ellos. Solo así podremos tomar medidas razonadas, preventivas y correctivas, y no solo legales. Hablar con gente a la que se ha estado insultando y que confíen en uno para aportar información valiosa es complicado. Y no, los casos que a menudo se comentan online de personas que tras una bronca tuitera, o similar, han cambiado de opinión, no son una evidencia científica, sino el otro lado de la moneda del «a mí me funciona».

Solucionar estos problemas no puede pasar por replicar los comportamientos de quien se quiere combatir, sino por un enfoque científico hacia los mismos, que ahora se echa mucho de menos.


¿Por qué sabemos que no es así? (y II)

Uri Geller. Fotografía: Cordon.

(Viene de la primera parte)

La física cuántica demuestra científicamente, mediante sus experimentos, que la mente es capaz de modificar la materia. (Josep Pamiés, horticultor).

Carl Sagan dedicó toda su vida a mirar a las estrellas y a contarnos, en un lenguaje que pudiera entender hasta un tronista de MYHYV, qué es lo que había allí arriba, qué sabíamos de todo lo que nos rodeaba y qué no habíamos podido averiguar aún. Consciente de la infinita complejidad del universo, desde los organismos unicelulares casi tan básicos como un tronista hasta la más majestuosa de las galaxias, nunca adoptó el discurso del talibán de las probetas y los cálculos matemáticos que descarta con una mueca de desdén todo aquello que la ciencia no podía probar (o no había probado). Creía, sobre todas las cosas, en la falibilidad de la ciencia y de los científicos, en la experimentación sin juicios previos. Y era esa vocación por no acomodarse entre certezas irrebatibles lo que le legitimaba para mostrarse extremadamente crítico y escéptico ante las pseudociencias, la teología o cualquier afirmación que no pudiera ser refrendada por la observación y el estudio. Si, como científico, adoptó una actitud vigilante ante posibles fallas de las teorías que manejaba, cómo no hacerlo con Uri Geller y sus cucharas artríticas. La suya, no obstante, no era una batalla personal contra Uri Geller, el Maharishi Mahesh Yogui o los Josep Pamiés de la vida, sino una guerra abierta contra la ignorancia, con el saber por bandera. Construir, no destruir. Pero construir con sensatez y utilizando de la mejor manera posible los recursos que la evolución y un cerebro hipertrofiado han puesto a nuestro alcance.

La última obra de Sagan, su obra póstuma, escrita mano a mano con su compañera del alma, Ann Druyan, no giraba sin embargo en torno a los cuerpos celestes ni a emocionantes elucubraciones sobre la existencia de vida inteligente en otros rincones del cosmos. El mundo y sus demonios: la ciencia como una luz en la oscuridad, era el testamento vital de un hombre preocupado por la deriva de una sociedad que parecía estar dándole la espalda al conocimiento y la razón en favor de teorías cuando menos descabelladas y esoterismos varios. Una sociedad que, embotada por el entretenimiento de usar y tirar y por los «horrores varios de la estupidez actual» había llegado a confundir ciencia con ciencia ficción. El ciudadano medio, se lamentaba Sagan, dedicaba mucho más tiempo a documentales de dudoso rigor sobre el Área 51 que a informarse sobre el efecto invernadero; ponía más atención en el más allá y sus etéreos habitantes que en el más acá y los apremiantes peligros de la sobrepoblación:

Aquel taxista me reconoció. Tenía muchas preguntas sobre ciencia. ¿Me molestaba que me las hiciera? No me molestaba. Y nos pusimos a hablar. Pero no de ciencia. Él quería hablar de los extraterrestres congelados que languidecían en una base de las Fuerzas Aéreas cerca de San Antonio (Texas), de «canalización» —una manera de oír lo que hay en la mente de los muertos… que no es mucho, por lo visto—, de cristales, de las profecías de Nostradamus, de astrología, del sudario de Turín… Presentaba cada uno de esos portentosos temas con un entusiasmo lleno de optimismo. Yo me veía obligado a decepcionarle cada vez. La prueba es insostenible, le repetía una y otra vez; hay una explicación mucho más sencilla. Pasado un rato, mientras viajábamos bajo la lluvia, me di cuenta de que el hombre estaba cada vez más taciturno. Con lo que yo le decía no solo descartaba una doctrina falsa, sino que eliminaba una faceta preciosa de su vida interior.

Como Thomas Gilovich unos años antes en How we know what isn’t so, Sagan alertaba de los peligros de no emplear ningún tipo de filtro a la hora de dar por válidas creencias, historias para no dormir, o fenómenos de cualquier tipo. Los peligros para nuestra salud, para la naturaleza, los peligros para nuestras decisiones políticas, e incluso para nuestra estabilidad econonómica y mental si, llevados por un exceso de fe, terminamos siguiendo al gurú de turno hasta el desierto o hasta una finca en Guyana. Por desgracia, los peores presagios del creador de Cosmos se nos presentan ahora como la más triste cotidianeidad, en un mundo sobresaturado de información y en el que esa información nos llega desde los cuatro puntos cardinales sin ninguna clase de criba previa o control de calidad y la mayoría de las veces como meros vehículos para el ocio o el chismorreo. Este orden de cosas, conjugado con los «vicios» mentales que hemos desgranado en la primera parte del artículo los que nos hacen creer lo que no es así, parece estar devolviéndonos en parte a épocas en que superstición y ciencia eran, a ojos del pueblo y de sus practicantes, una misma cosa. Los alquimistas vuelven a ejercer de médicos, los consejeros espirituales y los videntes vuelven a hacer las veces de terapeutas, y las cosas son ciertas solo porque no se puede probar que no lo sean. Una suerte de perversión del latinajo in dubio pro reo: ante la duda, debe ser cierto.

La pseudociencia al poder

Pensemos en el caso de la pequeña Rhea Sullins, de siete años, hija del presidente de la Sociedad Americana de Higiene Natural. Su padre creía firmemente que ningún fármaco eran tan efectivo como una semana sin comer o una dieta a base zumos de frutas. Cuando Rhea cayó enferma de neumonía el señor. Sullins la mantuvo dieciocho días bebiendo solo agua y, después de esto, diecisiete más ingiriendo zumitos. Como certificaron los médicos, Rhea murió de un fallo multiorgánico propiciado por un estado de severa malnutrición. Agua, zumos… ¿Qué mal pueden hacer?

Afirmaba Sagan que «se abraza la pseudociencia en la misma proporción en que se comprende mal la ciencia real». Y de esto tienen buena culpa nuestros gobernantes, tan celosos de sus plasmas y sus másters bajados de internet como poco interesados en los controles civiles y la educación científica. Y cada vez que esto sucede, con cada una de estas renuncias «se produce otro pequeño tirón de la pseudociencia». Porque la pseudociencia es muy distinta de la ciencia errónea. La ciencia avanza con los errores y trata de eliminarlos uno a uno. Se llega continuamente a conclusiones falsas y callejones sin salida, pero esas conclusiones han sido formuladas, siempre, hipotéticamente, y las hipótesis se plantean de forma que puedan refutarse. Sin embargo, la pseudociencia es justo lo contrario. Sus hipótesis se expresan de manera que sean invulnerables a cualquier experimento que ofrezca una posibilidad de refutación, por lo que difícilmente puedan ser invalidadas. Los seguidores y los auspiciadores de las pseudociencias, por su parte, se muestran siempre cautos y a la defensiva. Se oponen al escrutinio escéptico. Cuando las hipótesis de los pseudocientíficos no consiguen convencer a los científicos se alegan conspiraciones para suprimirla.

Curo el ébola. Y el sida… El sida no existe

Josep Pamiés. Fotografía: Cordon.

De conspiraciones es de lo que suele hablar, muy encendido, el paradigma español (o catalán) de la pseudociencia y la osadía, el horticultor leridano Josep Pamiés. Sirva él como cabeza de turco en esta exposición de los riesgos de exponerse demasiado y sin demasiadas precauciones a creencias dudosas. Porque este humilde agricultor que niega el sida, asegura poder curar el ébola y factura dos millones de euros al año no será el primero ni será el último de su estirpe, y probablemente no sea tampoco el más peligroso de todos, pero Pamiés y su Dulce Revolución están de moda. Una buena cartera de clientes/incondicionales, y un negocio en expansión a base de vender hierbas sanadoras y la Solución Mineral Milagrosa —el dióxido de cloro que todo lo cura—, le convierten, ¡ay!, en diana de todos los científicos vendidos a la Big Pharma y de los malvados periodistas que tienen la manía de exigir pruebas, datos, estudios. Contra los cuestionamientos, arrogancia. Contra las solicitudes de evidencias sólidas, la nada más absoluta. Y aun así su «revolución» avanza y los miembros de su rebaño hacen piña en torno a él con la lección conspiranoica bien aprendida.

¿Cómo es posible tanta suspensión de incredulidad? ¿Cómo puede ser que Pamiés convenza a miles de personas de que la medicina «oficial» no tiene ni idea y él sí? ¿O cómo puede el negocio homeopático facturar cientos de millones de euros al año despachando bolitas de azúcar? ¿En qué falla una sociedad cuando no logra transmitir algo tan sencillo como que en una dilución homeopática —seis veces, noventa y nueve disoluciones cada vez— hay tantas probabilidades de encontrar la molécula curativa de marras como de dar con una molécula de orina de Hitler en un cubo de agua de mar? Es cierto que la homeopatía da síntomas de estar en franco retroceso, aunque, posiblemente, para ser sustituida por la bioneuroemoción de Enric Corberá, la Estagiria o cualquier otra terapia beneficiosa para las cuentas corrientes de quienes las promueven, pero aun así, según un estudio de 2017 de la Fundanción Española para la Ciencia y la Tecnología, más del cincuenta por ciento de los adultos españoles creen en las propiedades de la homeopatía y casi el sesenta le tiene ley a la acupuntura. Paradójicamente, según ese mismo estudio, solo el veinticinco por ciento cree en los curanderos. Vamos avanzando.

¿Son molinos o son gigantes?

El despropósito tiene dos padres. El primero es el Estado, que, a diferencia de cómo fiscaliza los medicamentos al uso, que han de demostrar que hacen lo que dicen que hacen, solo exige de la homeopatía y similares que sus productos sean inocuos. Vended lo que queráis, pero no me vayáis a matar a nadie. No obstante, el concepto de inocuidad es delicado si lo aplicamos al campo de la salud. Recordemos la historia de la pequeña Rhea Sullin. Todo lo que su progenitor le dio para tratar la neumonía respondía a las exigencias «inocuas» que ahora hace el Ministerio, pero el problema de Rhea o de un enfermo de cáncer que renuncie a los tratamientos tradicionales para abrazar zumos y sales y dióxido de cloro no está en lo que toman sino en lo que dejan de tomar.

El otro padre de esta cadena de catastróficas pifias es, de nuevo, un error de cálculo; o la ignorancia de la que hablaba Sagan. La ignorancia que no se sabe ignorante, la peor de todas. «La mayoría de la gente», decía Gilovich, «no es consciente del poder curativo de nuestro propio cuerpo sin necesidad de que medien médicos, medicamentos o cirugía. El cincuenta por ciento de las enfermedades por las que la gente visita un centro de salud son “autolimitadas”, es decir, se curan gracias a procesos que nuestro organismo pone en marcha de manera automática. De no ser así, las diferentes civilizaciones habrían desechado la búsqueda de tratamientos mucho antes de que se conocieran la antisepsis, la vacunación o los antibióticos. No habríamos llegado vivos hasta aquí sin llevar dentro una maquinaria capaz, la mayoría de las veces, de curarse a sí misma». Las hierbas de Pamiés, la homeopatía, o, por qué no, el Frenadol, aseguran estar curando algo de lo que el cuerpo, en condiciones inmunológicas normales, ya se está ocupando con eficacia y precisión. Pero hay que señalar que la gran diferencia entre el Paracetamol en sobre y las hierbas o la homeopatía son los estudios clínicos y los controles de calidad a los que se prestan uno y otras. La vil farmacopea oficial se somete a los férreos marcajes de Sanidad —les va en ello el negocio—; la medicina pseudocientífica a ninguno en absoluto. Y no deja de ser preocupante que millones de personas renuncien voluntariamente y de buena gana a dichos controles sobre los productos que se meten en el cuerpo serrano. Así, un día te levantas, enciendes la televisión, y Donald Trump es presidente de los Estados Unidos de América. Y visto lo visto, tiene todo el sentido.

Persiguiendo fantasmas

Íker Jiménez en Cuarto milenio. Imagen: Cuatro.

Si dejamos nuestro cáncer, o nuestro ébola, o nuestra fibromialgia en manos de los conocimientos de un agricultor —con todos nuestros respetos para los labriegos—, ¿por qué no vamos a creer en fantasmas, y en médiums, y en la imposición de manos? Hay tanta gente que afirma haber sido testigo de excepción de uno o varios fenómenos de la llamada «percepción extrasensorial», se les da tanta cancha en medios, películas y literatura que, por supuesto, hacemos nuestro el refrán «cuando el río suena, agua lleva». Es el tipo de «ciencia» que le gustaba al taxista desengañado por Carl Sagan. No sorprende, entonces, que Cuarto Milenio sea uno de los programas estrella de la parrilla generalista española, parrilla en la que no encontraremos —no en horas de gente decente, y salvo los «experimentos» de El hormiguero— nada parecido a un Íker Jiménez de la ciencia. Aquí la responsabilidad no recae sobre la oferta, que solo nutre una demanda, ni sobre el Estado, que no entra en asuntos del más allá, sino de una cuestión ya pormenorizada en la primera parte de este artículo: el deseo de creer.

Lo «paranormal» no generaría apenas audiencia si no apelara a creencias ya anidadas dentro de nosotros. Primero nos convencemos de que «debe de haber algo» entre las sombras, monstruos debajo de la cama o voyeurs verdes allí arriba en el cielo y después Íker y su equipo se encargan de nutrir esos cerebros ávidos de fenómenos inexplicables (e inexplicados). Y creemos en la telequinesis o en la telepatía o en las caras de Bélmez porque nuestra voluntad por hacerlo es poderosa. Y fácil de comprender. Para aquellos que creen en lo sobrenatural hay implicaciones, muy seductoras, que les ayudan a cargar con el peso de todas esas preguntas que el ser humano se lleva haciendo desde aquellas largas noches de invierno en cualquier cueva del sur de África. ¿Quiénes somos? ¿De dónde venimos? ¿Adónde vamos? Lo sobrenatural nos sugiere que podemos trascender, que la muerte no es el final, que nos reencontraremos con nuestros seres queridos o que llegarán hombrecillos de otra galaxia para mostrarnos el camino hacia la inmortalidad y la sabiduría, o para contarnos que no estamos solos. ¿Quién no querría esas certezas? La mayoría de nosotros estaríamos dispuestos a creer si las evidencias nos parecieran lo suficientemente plausibles. Porque lo cierto es que, por mucho que deseemos creer, si la realidad se interpone y nos obliga a desechar una idea solo alguien que vive fuera de esa realidad se seguirá aferrando al creacionismo o la negación del sida. Así que, ¿cómo llegamos a esas evidencias que nos parecen plausibles? Gilovich lo relacionaba con nuestro día a día, con las experiencias cotidianas y cómo una buena cantidad de testimonios, sucesos que creemos extraordinarios, y algunos bulos, pueden ayudarnos a aceptar que, efectivamente, el río lleva agua.

Jugamos a los dados, pensamos en un número y ese número sale, y entonces creemos que hemos podido ejercer algún tipo de influencia; telequinesis de mesa camilla, o adivinación. Soñamos con Paquito, nuestro compañero de pupitre del colegio, el bueno de Paquito, y al día siguiente nos lo encontramos al doblar una esquina. Tenemos el don de la premonición. Alguien muy cercano muere y al poco tiempo, al abrir un libro, cae al suelo una nota escrita por él y dirigida a nosotros. De alguna manera, desde el más allá, su espíritu nos ha guiado hasta encontrar lo que quería que encontráramos. Los muertos van a un lugar mejor y nosotros somos médiums. Pero, ¿qué tienen en común este tipo de fenómenos? Son coincidencias que presumimos tan increíbles que no podemos creer que se deban al mero azar. Aquí empiezan los problemas y las consultas a doscientos euros la hora con Octavio Aceves. Porque, teniendo en cuenta la cantidad de experiencias, encuentros, pensamientos, que componen una sola vida humana —cientos de miles, millones— lo increíble sería que nunca se produjeran ese tipo de coincidencias. En palabras del paleontólogo Stephen Jay Gould, «El tiempo hace que lo improbable termine siendo inevitable. Dadme un millón de años y conseguiré que la moneda caiga de cara cien veces seguidas». A menudo, o casi siempre, pasamos por alto lo que los estadísticos llaman la Ley de las Grandes Cifras. Alejando la lupa de nosotros mismos y de nuestras pequeñas vivencias, entenderemos que multitud de otros seres humanos están experimentando, quizá en el mismo segundo del mismo día, las mismas «coincidencias» que nosotros, y pensando, igual que nosotros, que todo se debe a capacidades durmientes de nuestro cerebo o a la intromisión de los «fantasmas de nuestros antepasados».

Elegimos no utilizar la cabeza

Sesión de reiki. Fotografía: Ängsbacka (CC).

Damos validez a lo que puede ser refutado o explicado por la mera estadística y sin embargo desdeñamos o no nos molestamos en comprobar la infinidad de estudios que se han llevado a cabo para tratar de arrojar un poco de luz sobre el consenso generalizado de que lo sobrenatural flota en el ambiente y que hay quienes pueden controlarlo. Después de ciento cincuenta años de experimentos en universidades y laboratorios de todo el mundo, con una vasta bibliografía que los respalda, la conclusión es que, si bien no se puede afirmar categóricamente que no exista el alma o que no sea posible mover piedras con el poder la mente, ninguna evidencia ha sido puesta encima de la mesa y todos los que se decían poseedores de algún don especial en este sentido fueron desenmascarados o jamás se prestaron a experimento alguno. Experimentos, por otro lado, tan sencillos de llevar a cabo que hasta una niña de nueve años, Emily Rosa, diseñó uno para averiguar qué había de cierto en el «toque terapéutico», el reiki de hace veinticinco años:

Emily citó a un grupo de personas que aseguraban ser capaces de sentir el «campo energético» que, según dicen, a todos nos rodea, y los colocó uno a uno delante de una mesa. Los puso frente a una cartulina blanca con un hueco en la parte inferior para que pudieran extender los brazos con las palmas hacia arriba. Lo único que veía Emily del sujeto al que «la Fuerza» acompañaba eran sus manos, y lo único que el sujeto veía era una cartulina blanca. Repitió el mismo procedimiento una y otra vez, diez veces por cada sujeto: tiraba una moneda al aire y, dependiendo de si salía cara o cruz, colocaba una de sus manos encima de la del sujeto, sin tocarle. Acto seguido, la investigadora de nueve años preguntaba al maestro o a la maestra del «toque terapéutico» qué mano había colocado encima de la suya, si la derecha o la izquierda. Después de repetir el proceso con veintiún voluntarios y tras doscientos ochenta intentos por parte de estos, lo que el experimento arrojó fue que ni siquiera llegaban a acertar el cincuenta por ciento de las veces, una proporción ni mayor ni menor que la de cualquier persona sin poderes jedi.

Así fue como una cría de primaria desmontó las teorías que sostienen el boyante negocio del reiki y las «energías». Hoy, más de veinte años después, si buscamos Emily Rosa en Google obtendremos menos de sesenta mil resultados. Si buscamos «reiki», el Oracúlo de Brin y Page nos devolverá casi setenta millones de entradas. Tenemos lo que más buscamos. Es hora de dejar de culpar al Estado, a los recortes en educación de Rajoy y a las macroconspiraciones planetarias. Tampoco podemos culpar a los Pamiés, Corberá et al. Al fin y al cabo, estos individuos solo ven un nicho comercial y lo aprovechan, como cualquier otro mercader de productos que necesitamos poco o nada. Somos nosotros, consciente y voluntariamente, quienes elegimos no hacer uso del pensamiento crítico que posee hasta una niña de nueve años. Ahí nos las den todas.

¿Propósito de enmienda?

Todos tendemos a preferir los blancos o los negros a las tonalidades grises, y a todos nos seduce la idea de que lo que (nos) sucede es perfectamente controlable. Además, como ya hemos visto, la tendencia a detectar patrones y estructuras coherentes en eventos fruto del azar está tan arraigada dentro de nosotros que no podemos esperar eliminarla por completo. ¿Qué hacer, entonces, para no caer en la(s) trampa(s)? Hay que encontrar un equilibrio, hay que buscar la compensación. Debemos, sobre todo, mostrarnos reticentes a sacar (o a aceptar) conclusiones a partir de evidencias poco concluyentes o incompletas. En vez de dejarnos llevar por el entusiasmo ante lo que percibimos como prueba irrefutable conviene dar un paso atrás y preguntarnos, como hizo Emily Rosa, ¿qué pasaría si estas personas que afirman detectar las energías que emite el cuerpo humano no pudieran ver a quien tienen delante? ¿Los resultados serían los que ellos afirman que son?

Los creyentes, por ejemplo, llevan la cuenta de las veces que sus plegarias fueron atendidas, y concluyen que existe un Dios que les protege y les entiende. Los ateos, por su parte, no olvidan todas aquellas oraciones que nadie pareció escuchar. Pero todos llegan a sus conclusiones por el camino equivocado, o todos extraen conclusiones de evidencias poco representativas. Todos deben dar ese paso atrás y contabilizar tanto las plegarias atendidas como las que cayeron en el olvido, y también, o ante todo, todas aquellas esperanzas que se hicieron realidad sin que mediara plegaria alguna. Entonces tendrán los elementos de juicio necesarios para decidir si existe un Dios o si todo es fruto de la casualidad y la estadística. Si no nos dejamos llevar por la pereza —que es pecado capital, por cierto— en la mayoría de las ocasiones seremos capaces de reunir una buena cantidad de información. Pero hay que buscarla. En primera persona, si se puede. Tenemos que ser conscientes de que los testimonios que creemos de segunda mano —lo que nos cuenta nuestro mejor amigo, o nuestra pareja— pueden venir de mucho más lejos. Es fundamental cuestionar las fuentes, o preguntar por ellas.

Tanto Sagan como Gilovich, en sus respectivos epílogos, hablaban de la necesidad de estar entrenados en el método científico y de los riesgos de alejarnos demasiado de él. «Una mayor familiaridad con las herramientas (prácticas o teóricas) que la ciencia pone a nuestra disposición nos ayudará a desarrollar los hábitos mentales necesarios para detectar creencias dudosas y diferenciar entre lo que es una evidencia y lo que no lo es en absoluto», concluía Gilovich. Para Sagan, «los mecanismos de la pobreza, la ignorancia, la desesperanza y la baja autoestima se mezclan para crear una especie de máquina de fracaso perpetuo que va mermando los sueños de generación en generación. Todos soportamos el coste de mantener esa máquina en funcionamiento. El analfabetismo es su eje principal».


La caverna de Platón, el mito de Narciso y la caída de Ícaro

Ícaro y Dédalo, 1799, de Charles Paul Landon. Imagen: DP.

Prólogo

La ciencia está de moda. Es mainstream. Existe un universo de frikis, nerds y geeks que toman las aulas, los bares, las plazas y las ondas hertzianas, e incluso la infranqueable televisión, para divulgar y popularizar la investigación científica. La ciencia mola. Los físicos hacen bromas sobre los ingenieros, al puro estilo Sheldon en la ya mítica Big Bang Theory, la cual se ha convertido en un referente, en una biblia apócrifa del movimiento geek. Se adoran obras como Ready Player One, se democratizan imágenes como la Foto 51 y se portan de manera orgullosa emblemas y símbolos como las diferentes insignias de la Flota Estelar; se visten camisetas con frases transcritas de Carl Sagan o de Charles Darwin. Las promesas de la ciencia ficción diseñan los descubrimientos del futuro, como Julio Verne anticipara en el viaje a la Luna hace ya más de cien años.

Al calor de esta tendencia afloran otros colectivos, algunos complementarios, otros contrarios, muchos de ellos reaccionarios, y unos cuantos intencionadamente confusos, que modelan a su antojo la terminología científica mezclando tecnicismos propios de la jerga especializada con vocabulario new age. Estos grupos incluyen desde negacionistas del cambio climático hasta seguidores de las nuevas religiones druídicas, pasando por combativos líderes que atacan la tecnología que permite construir organismos modificados genéticamente.

Surge la duda razonable de qué piensa esa rara avis que es el ciudadano ilustrado español sobre los movimientos contracientíficos. Nos preguntamos lo que mueve a los feligreses de las pseudociencias a abrazar las terapias mágicas, alcanzando metas nunca sospechadas como la de coquetear con su muerte o la de sus propios hijos. Llama todavía más la atención en una sociedad altamente tecnificada, donde la ciencia envuelve silenciosamente cada una de las rutinas diarias, desde prepararse un café a teclear una dirección en el navegador.

Mientras tanto, el científico asiste asombrado y estupefacto a la eclosión de nuevas pseudociencias (verbigracia las dietas detox), a la redefinición de las antiguas (de la imposición de manos de toda la vida al reiki moderno) o al florecimiento de las de siempre (digamos la homeopatía). Y mucho se ha escrito de cómo los científicos, y los escépticos (que no son necesariamente los mismos), deben comportarse frente a la explosión de las pseudociencias: ignorarlas, ridiculizarlas, perseguirlas, impedirlas…

Lo que sin duda es una obligación del librepensador es averiguar por qué existe tal atracción por las artes mágicas, por qué resultan tan seductoras, por qué cada día se suman más adeptos y se abren más pseudoclínicas con terapias irracionales como las flores de Bach o la bioneuroemoción. Es necesario identificar algunas de las claves que subyacen a este enamoramiento carente de sentido y un tanto suicida.

La caverna de Platón

Alegoría de la caverna de Platón, 1604, de Jan Saenredam. Imagen: DP.

Probablemente, el grabado del manierista Jan Pieterszoon Saenredam es el que recoge de forma más fidedigna la explicación del libro VII de la República de Platón. Esta joya del Museo Británico muestra los elementos que explican la ignorancia y el conocimiento, y el sufrido camino que transita del primero al segundo.

Una pared separa la oscuridad de la luz. A la derecha del cuadro, sumidos entre sombras, se amontona un grupo de hombres confinados desde niños, que ven las sombras proyectadas de los objetos verdaderos iluminados por una candela. Los reflejos en el fondo de la cueva, unidos a los sonidos y las palabras que se escuchan al otro lado del muro son «su verdad», aunque el observador externo, el que mira el cuadro desde fuera, percibe claramente el engaño al que están siendo sometidos.

¿Qué podríamos esperar de los individuos criados en el pensamiento mágico no racional que solo ven la representación de los objetos? ¿Son las sombras de hoy en día los bulos de internet y los grupos de Facebook que muestran productos y terapias de base aparentemente científica? El producto homeopático emerge como el más fiel reflejo de las sombras de la caverna, que aparenta ser medicamento, pero que conceptualmente no lo puede ser porque tan solo es una representación del producto verdadero. El packaging se envuelve de verdad.

Pensemos ahora en el otro lado de la pared. Los hombres que conocen la verdad, que suben las figuras al muro para que se proyecten las sombras, que conocen lo que pasa en la oscuridad, pero que además pueden salir fuera de la cueva donde la luz del conocimiento ilumina con fuerza, donde se encuentra el mundo real. Llamémosles «los científicos», por lo que nos ocupa.

Y pensemos en el recorrido, pero sobre todo en el sufrimiento de realizar la odisea de viajar de la oscuridad a la luz del sol. En el centro del cuadro hay un hombre que habla con los condenados a las sombras. Hay dos posibilidades. Puede que sea un «científico» que les está explicando la verdad. Advertimos en ese caso la cara de incredulidad de los hombres oscuros. Para ellos resulta absolutamente incomprensible lo que relata el científico. Es prácticamente imposible entender qué hay fuera sin haberlo visto nunca, puesto que han estado confinados en el mundo de la oscuridad desde su infancia.

Pero hay otra posibilidad. Y es que el hombre del centro del cuadro sea un «regresado». Alguien que ha recorrido el doloroso camino del conocimiento, que ha tenido que ir acostumbrando los ojos, primero a la luz de la candela, luego a la luz indirecta del sol a través del pasadizo que conduce fuera de la cueva, más tarde a la luz exterior y, finalmente, ha logrado mirar al sol directamente. Un camino nada fácil, desde luego. Y aquí nos podríamos preguntar cuál será la respuesta de los hombres de las sombras a las palabras del «regresado». ¿Le creerán? ¿Querrán salir inmediatamente de las sombras y ver el mundo real? ¿O, por el contrario, lo considerarán un loco? Platón elucubra con que pueden llegar incluso a matarlo. Hemos tenido ejemplos concretos de la persecución de aquellos que intentaban alumbrar los periodos históricos de oscuridad, caso de Galileo o de Copérnico, entre otros muchos.

Vayamos un poco más allá. Hay un posible «regresado» más peligroso. Aquel que vuelve a la oscuridad y no revela que ha visto la luz. El poder que maneja es inmenso. Puede influir en las conciencias de los hombres ignorantes a su antojo. Si acierta, o si puede predecir lo que pasará en el fondo de la cueva, todos le creerán. Será un mesías, un profeta, un iluminado en el que confiar. El requisito imprescindible para su negocio es que los demás sigan sumidos en la más profunda oscuridad. Deben seguir creyendo en la certeza de la realidad de las sombras.

El mito de Narciso

Eco y Narciso, 1903, de John William Waterhouse. Imagen: Walker Art Gallery (DP).

John William Waterhouse refleja en este icono del simbolismo inglés el mito de Eco y Narciso. Eco, la ninfa a la que Hera mutiló el habla, concediéndole tan solo la posibilidad de poder repetir la última sílaba. Su pecado fue embaucar a la esposa de Zeus, mientras su marido se entregaba a escarceos eróticos con sus amantes. Eco, que se enamoró perdidamente del atractivo y pérfido Narciso. Eco, la despechada por su amor imposible, aquella que tuvo que refugiarse en una cueva mientras su cuerpo se desvanecía por el inmenso dolor del rechazo del amor único, quedando viva tan solo la reverberación de su voz. De nuevo la cueva, como alegoría del dolor. Y Narciso enamorado de sí mismo, petrificado ante la visión de su rostro en el Estigia, persiguiéndose a sí mismo, hasta la muerte, para luego salir de su estado de pupa y emerger como la más bella flor que nunca se vio entre las aguas.

La pseudociencia tiene, al menos, cuatro Narcisos. El Narciso científico, aquel que se enamora de su ciencia y de sus mecanismos subyacentes, y donde todo lo demás pierde sentido. Solo llega a percibir el dolor de los enfermos al otro lado de la bruma, como el sonido de la voz de Eco en la cueva. No persigue el reconocimiento del vulgo, tan solo de sus pares, pero para poder mostrar su superioridad, su victoria eterna, que trascenderá por generaciones y generaciones.

El segundo Narciso es el escéptico. El enamorado de la ciencia por encima de la ciencia. Poniendo a prueba a la propia ciencia, a sus obreros y a sus andamios. Es mayor el reto del escéptico de descubrir la falacia, siempre en latín, claro está, que de percibir la necesidad de empatía del incauto, del que se enreda en la trampa de la falsa promesa o del remedio milagroso.

El tercer Narciso es el periodista. Cambio periodista por comunicador, divulgador o difusor de la ciencia, así como cualquier otro sinónimo recogido en los diccionarios de nuestra excelsa lengua española, y por el que ya han comenzado ciertas discusiones etimológicas a todas luces inútiles. El periodista se coloca muy por encima del científico en poder explicar al pueblo, allá abajo, las recetas de lo desarrollado. Resulta ser el poseedor de la piedra filosofal que transforma los arduos artículos científicos en mensajes comprensibles para el ciudadano común. Una especie de cura seglar transcribiendo las científicas escrituras al vulgo ávido de comprender.

El cuarto Narciso, el más peligroso, es el pseudoterapeuta. Aquel iluminado, y no todos son de esta especie concreta, que cree a pies juntillas, o a ciencia cierta, que su magia realmente transforma, adormece o ralentiza la enfermedad. Es el guardián del objeto de poder, del Santo Grial, de la lanza de Longinos, de las plantas mágicas que curan cual pócima o filtro de sanación universal. El loco con piel de cuerdo.

El vuelo de Ícaro

La caída de Ícaro, 1636-1638, de Jacob Peter Gowy. Imagen: Museo del Prado (DP).

Dédalo, el estratega del laberinto, es encerrado por el cruel rey Minos en los sinuosos pasadizos por los que un día transitó el monstruoso Minotauro. E Ícaro, el hijo amado, acompaña al padre en su castigo. El arquitecto diseña la estrategia de fuga que luego acabará con la muerte de su querido Ícaro. La cera que fija las plumas de las alas a su espalda terminará por deshacerse por el radiante sol y acabará con el hijo muerto en el mar, que luego será su mar, el mar de Icaria.

Los elementos de la pseudociencia son más obvios que nunca en este cuadro de Jacob Peter Gowy. Partimos del problema irresoluble, la enfermedad en algunos casos, la necesidad de ser escuchado por otros, la soledad, el laberinto, en resumen. Luego está la estrategia errada, el método no científico, el deseo de salir por encima de la lógica, el convencimiento de la magia como solución. Y el ángel caído, el muerto, el condenado, el que ya nunca volverá de los dominios del inframundo de Hades. Y, cómo no, el dolor. El dolor involuntariamente cómplice del padre, que pierde lo más querido, al primogénito. El agujero enorme por haber perdido a Pau, por la conexión mística entre vacunas y autismo.

Epílogo

Mucha discusión ha suscitado el artículo de Fermín Grodira titulado, no con demasiada fortuna, «Arrogantes, maniqueos y endogámicos: la otra cara de los escépticos». Fermín abría la caja de Pandora, que irremediablemente, y por alusiones, producía la respuesta enérgica de las sociedades de escépticos, los cuales luchan cuerpo a cuerpo contra los sacerdotes de las pseudociencias, consiguiendo, desgraciadamente, victorias pírricas en muchos de los casos. Joaquín Sevilla hacía saltar por los aires el principio de equidistancia establecido en el artículo con una frase muy elocuente en su blog: «Vaya, qué mal día hemos tenido, a ti se te muere el padre y a mí se me pierde el boli». Por su parte, Guillermo de Haro se mostraba escéptico sobre el escepticismo, tratando de comprender cómo afecta la posición escéptica a los creyentes de las pseudociencias. Y José Ramón Alonso ponía la cordura que le caracteriza en una carta abierta para explicar a los gestores de los espacios públicos lo que nos estamos jugando realmente.

En cualquier caso, no se trata de establecer una guerra de guerrillas, de pequeñas escaramuzas, o, cuando menos, de disparos certeros de francotiradores contra el complejo problema del auge de las pseudociencias. Tal vez la reflexión más urgente es la de identificar por qué se da el enamoramiento del individuo no científico hacia las pseudociencias y las artes mágicas. Los cuadros nos clarifican parcialmente el camino: la ignorancia inherente a una educación familiar mágica, o a una desinformación autocomplaciente, el doloroso camino de comprender, el narcisismo y sus rehenes, las estrategias absurdas, la encrucijada mortal del laberinto… Pero también la evocación de una falsa idea de naturaleza, de pertenencia a una tribu única y elegida por un dios abstracto o por un líder concreto, con un conocimiento propio del que el mundo carece, la seducción de la conspiración que tan solo es revelada a unos pocos elegidos, el manejo de una información que nadie más posee y que nos salva…

Sobre esto debemos reflexionar. Sobre esto hay que armar los escuadrones de científicos, comunicadores y escépticos para luchar con orden y criterio. Pero hay una condición necesaria. Hay que luchar todos juntos. Sin fisuras.


Escéptico sobre lo escéptico

Imagen CC.
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El año pasado estaba en Madrid asistiendo a una charla sobre divulgación científica cuando el ponente, José A. Pérez Ledo (@mimesacojea), comentó algo que me llamó mucho la atención. Aunque el grueso de la temática era Órbita Laika, en un momento dado habló sobre otro programa que había dirigido para Eitb, Escépticos. Concretamente comentó que, de poder volver a hacerlo en ese momento, lo haría de otro modo. Puso el ejemplo del capítulo sobre homeopatía. El inicio de dicho capítulo ataca directamente la base conceptual de la homeopatía lanzando una bola de naftalina a un pantano del País Vasco. Si la teoría homeopática es correcta, al diluir en grandes cantidades de agua un causante de la diarrea como la naftalina, todos los que beban agua del pantano no sufrirán dicho mal nunca más.

La cuestión es que este inicio atacaba la base de la homeopatía ridiculizándola. Reductio ad absurdum. Y aquí radicaba la base del problema. ¿Cuál era el objetivo del programa? ¿Que la gente entienda y deje de usar la homeopatía? ¿Era ridiculizar a quien la usa la manera de conseguirlo? El director comentaba que en ese momento consideraba que habría perdido a gran cantidad de audiencia, sobre todo usuarios de homeopatía, lo cual era una pena porque mucha de esa gente quizá hubiera cambiado de opinión en caso de llegar al minuto veinticuatro del programa. En ese punto se realiza en la UPV/EHU un análisis detallado del producto con un espectrómetro de resonancia magnética nuclear, máquina capaz de analizar la estructura molecular de una sustancia, demostrando que un producto homeopático era básicamente azúcar y agua (reforzado en el minuto treinta y cuatro). Claro, cada una de estas «resonancias» cuesta varios miles de euros y no se ven todos los días. Ese dato, el gráfico y la explicación (como recomienda Guido Corradi aquí) no llegaron a la audiencia objetivo. Bueno, si ese era el objetivo, claro.

En ese capítulo se escucha una frase importante. «El método científico es la única forma de separar la verdad demostrable de la especulación sin fundamento». Decidí usar pues el método científico, y comencé por tener curiosidad y hacerme preguntas para entender el fenómeno del movimiento escéptico.

Lo primero en toda investigación es su motivación. Demostrar que es importante investigar esa temática. Lo que llevó a la primera pregunta que me hacía: ¿por qué se ataca a empresas como Boiron pero no a tabaqueras? ¿Cuántas personas han muerto por culpa de la homeopatía y cuantas por culpa del tabaco en los últimos cinco años? Boiron facturaba en todo el mundo 607 millones de euros en 2015, con una leve caída respecto a 2014. Phillip Morris International Inc. facturaba 67 700 millones de dólares, unas cien veces más, pero representando apenas un 14% del mercado mundial. ¿Cuestión de prioridades? ¿O como ya está claro que el tabaco mata y crea adicción no merece la pena el tema? ¿Es porque no son «magufadas»? Hombre, las cremas milagro sí han recibido algo de atención, así que quizá el tabaco debería. O el alcohol, que se ha demostrado provoca cáncer. ¿Hay una unidad centralizada que decide en qué temas enfocar el escepticismo? ¿Son solo aquellos que dan titulares, no hacen mucho daño a quién los ataca y permiten ridiculizar sin peligro, así como vivir de ello? ¿Por qué unos sí y otros no? ¿Por qué unos tanto y otro tan poco?

Ojo, no me parece mal informar y sensibilizar sobre una estafa. O dejar claro que se vende azúcar y agua como si fuera otra cosa gracias al poder del marketing. ¿Por qué digo esto si es obvio? Pues por la que se me viene encima. Thomas Paine decía que «argumentar con una persona que ha renunciado a la lógica es como darle medicina a un hombre muerto». El debate abierto por Fermín Grodira (@grodira) aquí y su defensa ante los ataques aquí ha empezado a hacer pensar que algunos de los que defendían el escepticismo se han vuelto «talibanes de la ciencia». No todos, por supuesto, pero parece que hay que remarcar esto de «no todos» a cada frase. Merece la pena al respecto leer las respuestas de Javi Burgos (@javisburgos) o del blog Qué mal puede hacer. El problema es que algunos empiezan a utilizar las mismas técnicas que criticaban, las de aquellos a quienes atacaban. Para ser los buenos hacen falta malos. Son ellos o los demás. No hay punto medio. No hay grises. «La ciencia no es debatible» argumentaba en un tuit un firme defensor de lo escéptico, tras llamar idiota a Fermín Grodira en una sana demostración más del tono del debate. ¡Manda huevo!

Pero no solo eso, en algunos casos incluso empieza a usarse el victimismo: los verdaderos escépticos no se enfrentan a otros escépticos, sino a haters. Bueno, en realidad no todos los escépticos. Hay categorías. Es más, hay «movimientos», asociaciones, líderes, jerarquías. No estaría escribiendo esto tampoco de no ser porque no hace mucho un buen amigo me comentaba una preocupante anécdota. Un contacto común escribió una carta contra las pseudociencias que fue publicada en un medio relativamente especializado; al poco recibió una llamada de un «líder del movimiento escéptico» para decirle que quién era para enviar esa carta, que para eso ya estaba él. ¿Pero el objetivo no era aportar luz y hacer un mundo mejor gracias a la difusión de la ciencia de manera que la oscuridad fuera aclarada? ¿Ahora no vale hacerlo si no es siguiendo las premisas de un amado líder y esperando turno o permiso? Este tipo de actitudes son las que hacen dudar sobre este tipo de movimientos. Igual que Greenpeace fue una organización que aportó mucho en su momento actualmente ha perdido la coherencia en muchos sentido, incluso vendiendo semillas de una empresa que demonizan continuamente. El negocio es el negocio. Es ley de vida, ha pasado históricamente en gran cantidad de ocasiones. Los valores y objetivos fundacionales se van perdiendo por diversos motivos: cambios de líder, crecimiento de la organización, falta de nuevos miembros en las bases, mayor presencia en medios o más recursos… Y claro, hemos llegado al «o conmigo o contra mí».

Volviendo sobre la ciencia, un aspecto clave del método científico es la falsabilidad de las premisas. Normalmente no demostramos que algo es como creemos sino que refutamos lo contrario. Si no es posible aportamos más evidencias sobre nuestra hipótesis para reforzarla pero sin ser necesariamente concluyentes. En la famosa escena del bar de la película Una mente maravillosa John Nash no dice que «Adam Smith se equivocaba» sino «Incomplete». La teoría estaba incompleta. Funcionaba dentro de un marco específico, con unas condiciones de contorno, pero no explicaba muchos otros casos que él amplió en una arrolladora tesis de veintisiete páginas, basada en únicamente dos referencias bibliográficas, y centrada en los juegos no cooperativos. La cuestión es que los juegos del «movimiento escéptico» no son precisamente «cooperativos».

Pero sigamos con la ciencia. ¿Puede demostrarse entonces que su estrategia va a terminar con la gente que consume homeopatía? ¿O con la que cree en los ovnis o en las ciencias ocultas? Para conseguirlo primero debemos entender por qué las personas creen en ello. Me encanta el libro de Michael Shermer Por qué creemos en cosas raras. Creo que todo el mundo debería leerlo pero sé fehacientemente que gente que escribe sobre el tema no conoce esta obra. Pero sea esta o muchas otras obras importantes sobre la temática, en ciencia uno primero se pone al día con el «estado de la cuestión» (la temida revisión de la literatura o llegar a los límites del círculo). En cualquier caso, aún sin leer ni ponerse al día del estado del arte habrá algún modelo, alguna teoría, alguna premisa para explicar por qué la gente cree en la homeopatía o en los chemtrails. Cómo y por qué adoptan esa creencia y (lo más importante) cómo a partir de este conocimiento se puede conseguir que la «abandonen» o entender por qué no la abandonan ni lo harán nunca.

Mi abuela falleció de cáncer de mama. El motivo básicamente fue que terminó en las manos de un curandero. Buscaba confianza, ayuda. Quizá incluso seguiría viva hoy de no haber sido así. ¿Por qué lo hizo? ¿Qué pasó en la consulta del médico para que decidiera seguir otro camino? ¿O fue mucho antes, por algo que aprendió durante su niñez? Sin tener respuesta a estas y otras preguntas similares buscar una solución parece fútil. Es más, a menudo pienso que los escépticos buscan el equivalente a convertir a un ultra sur del Real Madrid en boixo noi del Barcelona gracias a la fuerza de la razón, la ciencia y el inapelable poder del tiquitaca. Ni la sabermetrics más moderna, ni el poder de los Elo Ratings históricos podrían conseguirlo, como toda persona normal sabe. Y si alguien lo intentara pensaríamos que lo que hace no tiene sentido. Al final va a resultar que la ciencia y el escepticismo se están «roncerizando» también. O que mi abuela murió porque no la ridiculicé lo bastante a ella o al curandero que le dijo que el bulto en el pecho se quitaría con friegas de ortigas.

Pero no elucubremos más. Volvamos a la ciencia. A la vista de los hechos el objetivo principal parece ridiculizar (o reducir al absurdo, también me vale) hasta la victoria final. Últimamente no tanto a los «creyentes» sino a quienes les engañan. ¿Pero realmente funciona y llevará a la salvación? ¿En un mundo normal se puede conseguir que todo el mundo deje de creer en algo? ¿Qué dice la ciencia al respecto? Quizá hay un grupo de gente que necesita creer en algo y siempre va a necesitarlo. Quizá son adictos a la primera creencia que les convenció. Si es así, ¿es la solución el insulto, el ataque o el ridículo? ¿No provocará esto que se radicalicen más y ahonden más en esas posturas? ¿No es dar gasolina a quienes les engañan, dando por buenos sus postulados de «los malos los otros y los buenos nosotros»? Postulados que por cierto empiezan a utilizar también unos cuantos «escépticos».

No hace mucho me planteaba que quizá una buena estrategia sería quitar cuota de mercado a estas creencias con nuestras propias creencias. Adiós homeopatía, hola «nutriolos». Si no puedes vencerlos, ¡únete a ellos! Y una vez que la gente está contigo quizá puedas convencerlos poco a poco. A fin de cuentas la gente necesita creer. No sé, quizá en realidad es algo que ya se está haciendo. Era solo una idea porque a fin de cuentas la gente que va a despedir Boiron tras la caída de ventas tendrá que buscar otro trabajo, por lo que podrían pasarse a la venta de «nutriolos» o a vender replicas de la zapatilla de Brian. Pero supongo que como buena gente de ciencia conocedora de los sistemas complejos ese pequeño impacto sin importancia también lo habrán analizado y tendrán una solución. O una propuesta. O una alternativa. O quizá simplemente les parece que los miles de personas que trabajaban en Boiron son todos culpables de crímenes contra la humanidad, sabían todos lo que hacían y merecen la peor de las suertes. No lo tengo claro, de esto no se habla mucho, la verdad. ¿Será por falta de liderazgo? ¿O transparencia? ¿O no es un tema relacionado con el entorno escéptico el impacto de sus acciones? Me dicen por aquí que quizá me he pasado con el ejemplo. Vale, pongamos otro caso hipotético más sencillo. Supongamos un escéptico hipotético de un hipotético movimiento que trabaja para un periódico que incluye un horóscopo. O para un canal de televisión que anuncia productos de esos que te reconfiguran el ADN como ya quisiera la oveja Dolly. ¿Debería dejarlo por coherencia? ¿Debería hablar de ese medio para el que trabaja en los mismos términos y con la misma intensidad que habla de otros casos similares? ¿O hay excepciones a la norma y en estos casos no pasa nada? ¿Hasta qué extremo se debe radicalizar ese tipo de comportamiento?

Pero antes de tener excepciones debemos tener la norma, debemos validar el modelo. La cuestión es que en ciencia diseñamos un experimento de manera que sea reproducible por otros. Para ello buscamos predecir el futuro en gran medida. Y en el proceso necesitamos medir. ¿Cuál es el impacto esperado de las acciones de los movimientos escépticos? Aparte de conseguir que se cancelen las charlas y másteres de homeopatía en instituciones públicas, que es bien, ¿qué otros objetivos tienen con lo que hacen? ¿Cómo están midiendo si realmente consiguen alcanzar dichos objetivos? ¿Hay algo más allá de ridiculizar y salir en los medios que todos vemos? ¿O todo se basa en lo que decía John Wanamaker sobre que «la mitad del dinero que gasto en publicidad se desperdicia; el problema es que no sé cuál es esa mitad»? Vamos, que la mitad de lo que hace el formalmente reconocido como movimiento de asociaciones de escépticos quizá no aporta nada, pero cómo no sabemos qué mitad sigamos así.

No lo creo. Si «el escepticismo se basa en no creer en nada sin pruebas», ¿no debería haber casos demostrados de personas que tras ver y/o leer los tuits, posts, artículos o contenidos que sean han cambiado su postura abandonando sus falsas creencias o no han llegado a adoptar las mismas? ¿Alguien que haya dejado de ser un desgraciado? ¿Existen? ¿Podemos tocarles? ¿Sabemos cuántos son? ¿Han cogido un cenicero? Medir el impacto esperado es importante en ciencia y en otras disciplinas. Lo que no se puede medir no se puede mejorar, y a menudo tampoco justificar. 

Tener un contrapunto a las pseudociencias y falacias es necesario, y el debate debe enfocarse en su justa medida como planteaba John Oliver. Pero eso no quita para que existan dudas, como en cualquier disciplina. Esas y otras dudas similares son las que creo que Fermín buscaba responder, y lo hacía porque básicamente cada vez más gente las tiene. Es posible que el titular de su artículo no fuera el más acertado, pero como muchos periodistas saben no siempre el autor del artículo los puede escoger ni influir en ellos. Pero eso no quita que transmita algunas de las cosas sobre las que él, igual que yo y otros tantos, somos escépticos. Tanto como para plantear dudas sobre ciertos aspectos del movimiento escéptico, tales como sus objetivos y el impacto de sus acciones, por ejemplo. Pero quizá para ser auténticos escépticos lo que debemos hacer es no dudar, no hacernos preguntas, no intentar entender los objetivos o el impacto y simplemente creer y confiar en el «movimiento» porque es bueno y hace el bien mejorando el mundo y a la humanidad, motivos por lo cual se le debe perdonar todo. Personalmente me cuesta bastante hacerlo así, que permítanme dudar por mucho que quiera creer.

Imagen CC.
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Crimen perfecto

Imagen: Mikhail Vrubel (DP)
Imagen: Mikhail Vrubel (DP)

Uno no sabe cómo nacen las ideas, qué dispara ese destello, en qué momento y por qué va a instaurarse en uno esa figuración de realidad, esa maquinación preclara. Uno no es siquiera responsable de ese acto inicial, y eso, en cierto modo, es un consuelo, al menos cuando esa idea es, como decirlo, algo vergonzante, tan vergonzante como puede serlo acabar con la vida de una persona. Sí, yo soy una persona de principios, no vaya a pensarse que no he sentido el menor remordimiento. Desde el momento en que supe que iba a hacerlo me sentí algo abyecto. No sabe uno tampoco por qué algunas ideas se esfuman, se diluyen y se olvidan, y otras, sin embargo, vuelven recurrentes, insistentes, golpeando por más que intentemos apartarlas de nuestra mente. Es quizá la belleza. La belleza en un sentido amplio, entiéndase, no digo que haya belleza en el acto en sí de acabar con alguien. Me refiero a la belleza del plan, cuando ese plan es perfecto, cuando entiendes, y ahí está el destello, que todo encaja. En ese momento de epifanía se te revela de alguna forma un aspecto de la realidad, objetivo, algo como descubrir la demostración de un teorema. El hecho en sí de llevar a cabo el plan no es tan importante si uno piensa que el plan estaba ya ahí. Yo solo lo descubrí, pero estaba ya ahí, no lo creé yo, estaba impreso en la naturaleza, y eso, en cierto modo, ya he dicho que supone un consuelo, porque soy una persona de principios. A veces uno hace las cosas porque no puede no hacerlas, la belleza es sin duda un motor muy potente.

Que tuviese también un móvil más mundano no cambia las cosas. Mi principal motivación fue estética, pero el profesor se había convertido en alguien molesto, incluso peligroso. Es cierto que pasábamos por una situación delicada desde la cancelación de alguna de nuestras cátedras en universidades de prestigio. La comunidad de escépticos y divulgadores científicos aprovechó las circunstancias para lanzarse a la yugular e intentar asfixiarnos, darnos la puntilla como suele decirse. Las redes echaban humo, había quien aseguraba que era una oportunidad que no podía dejarse escapar para desprestigiar definitivamente la homeopatía. La rueda de prensa del principal laboratorio del sector no ayudó, ciertamente. En un intento por lavar su imagen, solo consiguieron dejar patente que los mecanismos por los que funcionan las ultradiluciones son aún desconocidos, lo que los escépticos se apuntaron naturalmente como un tanto a su favor. Digo que la situación era delicada, sí, pero no estaba preocupado. Yo estaba convencido de que el revuelo terminaría por calmarse, las críticas quedarían reducidas al endémico grupo de los escépticos y la aceptación y el uso de nuestros productos seguirían prácticamente intactos.

Lo que hacía para mi diferente al profesor Bueno era su actitud desapasionada. Nunca lo vi enzarzarse en acaloradas discusiones —y todos sabemos que en estos temas se dan, y acaban siempre más o menos de la misma forma, con los contendientes más convencidos si cabe de sus respectivas posturas y los presentes más moderados sacudiéndose la vergüenza ajena porque la situación de ha ido de las manos—. Podría decirse que era incluso conciliador. «Yo combato ideas, no personas», solía afirmar, pero con un tono cándido, nada grave, que resultaba convincente al menos en primera instancia. Parecía escuchar con atención tus argumentos, e incluso concederte alguna victoria dialéctica sin pelear excesivamente, así que siempre resultaba agradable debatir con él; no es fácil sustraerse a esa adulación encubierta, taimada. Ese lado artero lo descubrí después, porque ya digo que resultaba de lo más encantador, lo que no le impedía recurrir como el resto de nuestros adversarios, al número de Avogadro, la estadística, los experimentos doble ciego y demás argumentos del repertorio escéptico. En realidad, estoy dispuesto a concederle cierta autenticidad; pude entender que en efecto no tenía ningún interés en atacar a nadie de forma directa, sencillamente porque no sentía ningún vínculo con el resto de los humanos; mostraba un desapego patológico. Los argumentos y chistes malintencionados, o incluso los insultos directos, pueden resultar hirientes, pero solo pueden venir de alguien que ha decidido saltar al ring, es decir, pelear de tú a tú, y por tanto te otorga implícitamente el beneficio de considerarte un igual, al menos eso. Pero del profesor aprendí que a veces, detrás del respeto más exquisito, puede esconderse el más profundo de los desprecios, la negación de los demás como entes capaces de alterar en lo más mínimo tu vida. Sí, el profesor era un sociópata, y puede parecer incoherente que yo haga tal afirmación, pero recuerdo que mi motivación era principalmente estética, y que al considerarlo objeto de mi plan lo tuve en mayor consideración de lo que él tuvo jamás a nadie. Y digo esto porque solo un sociópata pudo urdir el plan que se disponía a llevar a cabo.

Él combatía ideas, no personas, tal vez por eso compartió de forma un tanto cándida —estoy dispuesto a concederle eso, cierta autenticidad— esas ideas. La ley siempre había sido benévola con los productos homeopáticos tanto antes de la regulación, por motivos obvios, como después de incluirse en la ley del medicamento; el hecho de que pudiesen venderse sin necesidad de informes de eficacia o toxicidad era una ventaja. Bueno, esto es una ventaja, de eso se trata, nuestros productos no pueden tener efectos secundarios. Siempre hemos estado pendientes a la legislación, pero no parecía que la última ley sobre etiquetado fuese a tener ningún efecto importante. Me desconcertó ya desde el principio escucharlo afirmar que la legislación es una especie de puzle lógico y que frenar los productos homeopáticos era una cuestión de encontrar una solución a ese puzle. Y él la había encontrado. No era posible retirar esos productos con la ley en la mano, pero la nueva ley implicaba una suspensión cautelar en caso de irregularidades, algo que en nuestro caso no iba a suponer ningún problema, pequeñas cuestiones de forma que se resolvían rápidamente. Entonces habló de no sé qué historia de inteligencia artificial, que lo había hablado con un amigo y era factible. No entendí muy bien los detalles, pero básicamente planteaba entrenar una máquina para rastrear irregularidades y de esa forma iban a salir no unas pocas, sino miles. El golpe de efecto no estaba ahí, él sabía que las denuncias no prosperarían en ningún caso: ¡con lo que contaba era con el colapso del sistema! Pretendía colapsar los juzgados con cientos, miles de denuncias pequeñas, individuales, que tendrían que ser evaluadas una a una, algo virtualmente imposible. Y una vez planteadas, podía exigir el embargo de todos los productos que incurriesen en estas irregularidades, de toda la línea de producción me refiero, es decir: no hubiera bastado con cambiar las etiquetas, bloqueaba de facto la producción de nuevas diluciones. Era maquiavélico, me quedé petrificado. No había sido capaz de leerlo hasta ese momento, pero entonces todo cobró sentido, era un auténtico sociópata. «Solo combato ideas» decía, pero amenazaba con llevar a la ruina a miles de familias que dependen de la venta de homeopatía y dejar desamparados a miles y miles de pacientes fieles a estos productos. El plan era perfecto, es cierto, le concedo ese tanto, me lo imagino en ese momento de epifanía, esa revelación, la solución de su puzle.

Yo estaba demasiado asustado para pensar en nada. Mi momento de epifanía llegó unos días más tarde, y al principio me sonreí con malicia, porque naturalmente no se me pasó por la cabeza llevarlo a cabo. Uno no sabe por qué algunas ideas se esfuman, se diluyen y se olvidan. Esta volvía insistentemente a mi cabeza, cada vez perfeccionada, una nueva duda disipada, como la obra de un escultor que con cada cincelada se acerca a su plan final, aunque la escultura en realidad está ahí desde el principio: solo había que quitar lo que sobra. Era un plan perfecto, ya estaba ahí, yo solo lo cincelé. No importa que tuviese un móvil personal, tengo unos principios y aquello no me hacía sentir orgulloso, pero la belleza… Uno a veces hace las cosas porque no puede no hacerlas.

Las dinamizaciones afortunadamente son automáticas, de haber tenido que agitar la dilución con la mano tal vez hubiese sentido el peso de la premeditación. La dilución debía ser potente, así que preparé una 200CH de epinefrina, una auténtica bomba. En dosis normales, la epinefrina (seguro que la conocéis más por adrenalina) acelera el ritmo cardíaco. Una ultradilución como esa debía ralentizarlo de forma fatal, máxime teniendo en cuenta la braquicardia natural que se le presuponía a un deportista como el profesor Bueno. No debía disimular demasiado, y eso era parte de la perfección del plan. A esas altura —no hacía tanto en realidad que nos conocíamos— no resultó extraño que aprovechase un casual paso por su facultad para invitarle a tomar algo y debatir distendidamente; nuestra relación podía considerarse cordial, aunque yo ya no lo aguantara, uno no sabe por qué se instaura a veces una animadversión tan visceral hacia alguien, aunque yo tuviese motivos. Naturalmente aceptó, tan solícito como siempre. «Ya hacía días que no te veía, hombre. ¿Cómo van esas diluciones? Aprovecha, que cualquier día se os acaba el chollo». El chollo, eso dijo, lo que me irritó aún más, como si fuésemos charlatanes sacacuartos. Fue de esas pocas veces en las que inadvertidamente —eso se lo concedo— podía herir a alguien con sus palabras y estoy convencido de que, de habérselo hecho notar, se hubiese disculpado más o menos sinceramente. Pero no importaba, incluso podría decir que se lo agradecí, ayudó a silenciar un poco mi mala conciencia. Me terminé la caña con cierta rapidez, tenía sed —«¿Quieres otra? Tranquilo, ya voy yo»—, pero era ese momento el que buscaba. Con falso disimulo vacié la dilución en su copa, que aún tenía a mitad. Me costó mantener la concentración el resto de la conversación. El trabajo estaba hecho y yo solo quería desaparecer de allí.

La noticia me llegó a la mañana siguiente. No esperaba, obviamente, que la cosa fuese fulminante. El rumor se había corrido rápido por el campus, el profesor Bueno había muerto de camino a casa la tarde anterior; un infarto o algo así. Era lo suficientemente joven como para que se iniciasen ciertas diligencias y no tardaron en encontrar un estudiante que pudo afirmar haber visto a alguien «echar algo chungo» en su bebida esa misma tarde. Me hice el sorprendido cuando consiguieron dar conmigo, pero traté de resultar suficientemente sospechoso. No había nada sólido contra mí, pero me asignaron un abogado, y entonces me derrumbé. Relaté nuestras diferencias de criterio respecto a la homeopatía, mi creciente inquina hacia él y cómo había planeado todo. En mi casa encontraron el bote con la dilución que había usado. Mi abogado estaba algo perplejo, pero no tuvo ninguna duda. Durante el juicio echó mano de científicos que aseguraron que era absolutamente imposible que yo hubiese podido llevar a buen puerto ese plan ya que la homeopatía no tenía ningún efecto y la propia autopsia había descartado la presencia de cualquier sustancia en el cuerpo del profesor. La acusación contaba con mi declaración y consiguió encontrar a un homeópata que respaldó la tesis de la epinefrina, pero era evidente que no iban a poder con el lobby científico.

Hubiera sido una victoria terminar acusado, un bonito sacrificio por la causa. Encerrarme hubiera supuesto implícita y explícitamente reconocer que la homeopatía tiene efectos reales y eso hubiera sido un triunfo que bien habría valido unos cuantos años de cárcel. Alguien pensará por tanto que estar libre es una derrota, y es cierto que no fue fácil encajar los alegatos de mi abogado y los testigos en contra de la homeopatía, pero todo plan perfecto implica un sacrificio. El plan era tan bello, yo no podía perder: ¡mi victoria es un golpe de justicia poética! Un escéptico de los más peligrosos, asesinado por mi veneno homeopático, y el crimen resulta impune precisamente por la arrogancia de esa misma comunidad escéptica que se niega a reconocer los efectos de la homeopatía. Ya sé que la autopsia reveló una rara malformación congénita en el corazón, una bomba de relojería según dijeron los médicos lista para estallar en cualquier momento, pero yo sé que fue mi dilución la que desencadenó el paro cardíaco. Fue un crimen perfecto. De hecho, es un plan tan bello, y sigue habiendo tanto escéptico recalcitrante…


Rubén Sánchez: «Las macroempresas apuestan por el fraude, la mentira y la presión a los Gobiernos»

Rubén Sánchez para JD 0

Rubén Sánchez García (Sevilla, 1974) es periodista, licenciado en Ciencias de la Información por la Universidad de Sevilla. Desde 1993 pertenece a FACUA, la organización de consumidores más importante a nivel nacional. Actualmente es su portavoz ejerciendo una combativa labor contra la impunidad de las grandes compañías en materias de consumo.

Es autor de Defiéndete y Timocracia, dos libros en los que pone de manifiesto las prácticas abusivas de las grandes empresas, también lo hace en El Confidencial  y cuando acude a los platós de Cuatro y La Sexta como tertuliano. Nos recibe en la sede de FACUA y charlamos con él sobre consumo, política y tecnología. Rubén es apasionado y tiene la convicción de que el activismo social vehiculado mediante asociaciones ejerce un contrapoder muy real que está cambiando las cosas en favor de la ciudadanía.

Nos comentaba Genís Roca que el próximo paradigma empresarial tras la transformación tecnológica es la transformación ética. ¿Tienes indicios de que esto se esté produciendo ya?

En el mundo empresarial en general, transformación ética… Yo creo que todo lo contrario. Hay modelos de negocio que en algunos casos funcionan por intereses puramente mercantiles y otros porque sí que se lo creen. Hay empresas que tienen un modelo y ética de trabajo por la calidad real, por la atención al cliente, por un compromiso de lo que hoy se llama responsabilidad social corporativa; pero en muchos casos en realidad es puro marketing Aunque insisto, hay empresas que sí se lo creen, es verdad, pequeñas empresas, minúsculas empresas. Las macroempresas apuestan es por el fraude, la mentira y la presión a los Gobiernos para que miren hacia otro lado. Y eso ocurre con las grandes multinacionales, tanto a macroniveles de negociación política —tenemos como ejemplo el TTIP, cómo presionar para que se regule o se desregule en favor de tus intereses— como empresas que día a día están ofertando en el mercado la puerta giratoria más lujosa para el ministro que mejor las trate, y evidentemente hay cada vez mayores fraudes en connivencia unas empresas con otras, de manera que el consumidor no tenga capacidad de elegir en el mercado. Es decir: ¿qué hago si Movistar me sube los precios fraudulentamente? ¿Me voy a Vodafone, que mañana me los vuelve a subir fraudulentamente, o me voy a Orange, que va a hacer lo mismo? Me voy a la competencia… ya no puedo porque se la han comprado entre las tres: han absorbido la pequeña competencia que había. Yo creo que ese giro ético evidentemente es algo deseable, pero desde luego en nuestro entorno socioeconómico, yo no lo veo ni de lejos.

FACUA tiene diez principios éticos. ¿Son suficientes? ¿Son operativos? ¿Forman parte de vuestra cultura organizativa?

Nosotros precisamente, como organización de defensa del consumidor, para diferenciarnos de otras organizaciones de nuestro ámbito y de otras pseudoorganizaciones que realmente no lo eran, hemos aprobado principios éticos que van mucho más allá de lo que dice la ley. Fíjate como hay empresas que aprueban códigos de autorregulación para frenar leyes que las regulen, de manera que le venden a los gobiernos: «No hace falta que regules mi actividad, porque yo tengo un código de autorregulación, que supuestamente cumplo, y si no cumplo no pasa nada porque no me pueden multar», y convencen a los gobiernos de que no avancen en las leyes de defensa del consumidor.

En nuestro caso ocurre lo contrario: estamos en la otra parte. Lo que nos planteamos es: los gobiernos no nos regulan a las asociaciones de consumidores ni nos controlan como nos deberían controlar. Aquí tendrían que hacernos una auditoría cada año, para ver cómo manejamos el dinero público, porque recibimos subvenciones públicas, igual que a los sindicatos, a los partidos políticos, etc., deberían vigilarnos con lupa. Y no es porque nos estén buscando para acabar con nosotros, es porque hay que ser éticos y parecer éticos, pero además asumir el control gubernamental de quien te está destinando una parte de los fondos que maneja, en teoría en defensa de los derechos de los ciudadanos.

A nosotros nos gustaría que nos controlaran mucho más. Nos gustaría que nos prohibieran recibir dinero de empresas. No lo tenemos prohibido. Si queremos, podemos firmar un convenio con una empresa, simular que es para una campaña de defensa del consumidor, y en realidad lo que nos están es comprando para que no hablemos mal de ella, y eso nuestro código ético lo prohíbe. En un mundo ideal, donde todos fuéramos buenos y éticos y responsables, no pasaría nada porque a nosotros Movistar nos diera un millón de euros al año para desarrollar campañas de información al consumidor. Nosotros seríamos independientes de Movistar, seguiríamos denunciando a Movistar si tocara y con el dinero de Movistar asesoraríamos a sus clientes y al conjunto de usuarios sobre qué derechos tienen cuando Movistar cometa un fraude. Pero lamentablemente no vivimos en un mundo ideal, vivimos en un mundo en el que es muy fácil comprar a la gente, y donde puede ser muy fácil comprar a las asociaciones de consumidores. Nosotros entendemos que no solamente tenemos que ser éticos, sino parecerlo y también ir un paso más allá de lo que permite la ley y plantearnos la prohibición total a recibir dinero  de empresas privadas.

No sois solo una oficina de tramitación de reclamaciones. ¿Qué es FACUA?

Precisamente lo que queremos trasladar a la gente es que somos algo muy distinto a una oficina de tramitación de reclamaciones. Nosotros no somos un despacho de abogados, aunque tenemos decenas de abogados en nuestros equipos jurídicos en toda España. No somos una oficina de atención al público, aunque tenemos oficinas de atención al público abiertas en muchos puntos del país y una oficina también a través de la atención telefónica, por internet, etc. FACUA es un movimiento ciudadano. Y de lo que se trata es de que los movimientos ciudadanos estén profesionalizados, tengan capacidad de dar servicios a los ciudadanos, de atenderlos, de resolverles los problemas, ya sea parar un desahucio, evitar que les corten la luz o que les restablezcan el servicio, o provocar que les reduzcan la cuota de un préstamo porque hay una irregularidad en él. Y para eso tenemos que contar con una estructura cada vez mayor, que cada vez cuenta con más oficinas en España, para que los consumidores vean que aquí tienen un equipo de gente solvente para solucionar problemas a nivel individual. Pero el eje de nuestro funcionamiento no es ese, nosotros luchamos por cambiar el modelo socioeconómico. Vamos a por la mayor, cuestionamos el modelo, cuestionamos la sociedad de consumo, queremos cambios en leyes, queremos cambios en formas de gobernar, y por tanto nosotros no nos dedicamos a tramitar las reclamaciones de veinte, cuarenta o cien mil consumidores al año, solamente. Esa es una faceta de nuestra actividad, y creemos que un movimiento de consumidores real en España, en Europa, tiene que plantearse cuestionar el modelo y luchar contra los grandes problemas, que van más allá de la reclamación del día a día. Ir la raíz de por qué se provocan esas reclamaciones, por qué hay tantos fraudes empresariales, por qué se tolera, y por qué las leyes y los gobiernos protegen cada vez más a las empresas, y ahí vemos de nuevo el TTIP, Ley Ómnibus, y multitud de normas europeas que son retrocesos, frente a una necesidad imperiosa de controlar un mercado que además en época de crisis ha aprovechado para atacar mucho más a la yugular del consumidor, sacándole dinero.

FACUA se está convirtiendo en un contrapoder, entonces.

Ese es nuestro objetivo, ser contrapoder, cada vez más fuerte, y que los Gobiernos asuman que somos un lobby, pero somos un lobby del lado bueno, del lado de la defensa de los intereses de la gente. En los años setenta y ochenta ese papel lo ejercían sobre todo los sindicatos. Acabábamos de salir de una dictadura, había efervescencia de movimientos sociales, y a la cabeza estaban las grandes centrales sindicales, y eso era bueno, había que defender derechos laborales, había que apostar por normas en defensa de los intereses de los trabajadores y que tuvieran ahí una capacidad de presión de cara a gobiernos, empresas, etc. Hoy están en decadencia, por desgracia. Ojalá hubiera una revitalización real de los sindicatos…

Y una modernización.

Por supuesto. Lamentablemente, aunque siguen haciendo cosas necesarias se han acomodado mucho y se han plegado algunas veces a intereses de gobiernos de turno que no hacen ninguna gracia.

Ver a Cándido Méndez recoger una medalla que le da Rajoy… Si eso a él le honra… Yo creo que esa medalla es un insulto a los derechos de los trabajadores. Igual que los sindicatos en su etapa tuvieron ese momento de ser los referentes en la defensa de la sociedad civil organizada, hoy en día son determinados modelos de movimientos ciudadanos los que están defendiendo mejor los intereses de la ciudadanía. Y tenemos que crecer cada vez más porque hoy es el mercado el que está contra nosotros, y el mercado está en las más altas esferas, moviendo títeres en los gobiernos y haciendo que tomen decisiones en defensa de sus intereses. A nivel laboral, por supuesto, para derruir todo lo construido, pero también a nivel de derechos de consumidores, regulación de normas de todo tipo: tarifas de sectores estratégicos, cláusulas contractuales, etiquetados de productos, etc.

Está claro que los sindicatos tienen que volver a recuperar la confianza de la sociedad, tienen que modernizarse, refundarse o como lo queramos llamar, pero los movimientos organizados de defensa del consumidor tenemos una obligación moral de crecer, de apostar por convertirnos en grandes referentes de la defensa de los ciudadanos en este país ante lo que está pasando, y lo que está por ocurrir todavía, después de que dentro de unos años salgamos de una crisis totalmente empobrecidos y con menos derechos a todos los niveles.

Hay ejemplos maravillosos, como la Plataforma de Afectados por la Hipoteca; eso es una organización de la defensa del consumidor. Han estado luchando con un modelo de guerra, el modelo de guerrillas, en la que han logrado acaparar portadas de diarios, aperturas de informativos de radios y televisión, defendiendo intereses y provocando cambios legales —aunque todavía insuficientes— y la asunción por parte de muchos políticos de que había que priorizar la lucha contra los desahucios. Algunos lo han hecho de cara a la galería, otros lo han hecho porque se lo han creído y han asumido ese discurso incluso en el trabajo del día a día o en la creación de nuevos partidos políticos que hoy en día están teniendo especial protagonismo.

Rubén Sánchez para JD 1

En 1981 tu padre, Paco Sánchez Legrán, crea una asociación para proteger los intereses de los consumidores. ¿Cómo y por qué pone tu padre en marcha la asociación?

Fue fruto de un bendito problema legal. Mi padre ha sido uno de los muchos represaliados políticos de este país en la dictadura franquista; desde adolescente militó en el Partido Comunista, en Comisiones Obreras sufrió palizas de la policía del régimen y estuvo en la cárcel. Durante la transición asume continuar luchando por las libertades y los derechos civiles fuera del movimiento sindical y de partidos políticos y decide hacerlo desde las asociaciones de vecinos, que en los años setenta están en un momento de efervescencia. En Andalucía impulsa la creación de la primera federación a nivel autonómico y se pone al frente de la federación provincial de asociaciones de vecinos de Sevilla. Como líder del movimiento vecinal trabaja en los problemas relacionados con el agua, con el gas, con el teléfono. La gente tiene problemas de cortes de suministros, falta de calidad, cobros de tarifa de forma ilegal. Y había que luchar. Entonces se encuentra con el problema legal de que la normativa no permite el reconocimiento de las asociaciones de vecinos como asociaciones de defensa del consumidor, y se plantea crear un movimiento de consumidores. Primero fue un poco en paralelo al movimiento vecinal sevillano, pero llega un momento en el que estar liderando dos movimientos sociales a la vez le obliga a elegir, y se decanta por seguir al frente de lo que en su momento originario fue lo que se denominaba ACUS —Asociación de consumidores y usuarios de Sevilla—. Luego se funda una federación a nivel autonómico en el 83, FACUA —Federación de asociaciones de consumidores y usuarios de Andalucía— que se va expandiendo por toda Andalucía, y en el año 90 ya está presente en las ocho provincias. También trabaja para impulsar la creación de una organización a nivel estatal, que al final no fraguó como nos hubiera gustado, así que nos salimos de ella, y en el año 2003, fruto de las peticiones de muchos consumidores y también de las presiones de alguien que martilleaba continuamente a los dirigentes de FACUA con que había que expandirse continuamente fuera de Andalucía —que era yo—, que a través de eso nuevo que se llamaba internet nosotros podíamos estar en toda España, que no era tan difícil tener una central de una organización de ámbito estatal en Sevilla, que no todo tenía que estar centralizado en Madrid, y que con las nuevas tecnologías podíamos comunicarnos con los grandes medios de comunicación, mantener contactos con el poder, con los gobiernos, y cuando hubiera que desplazarse a Madrid, pues nos desplazábamos para reuniones, y también tendríamos compañeros en Madrid trabajando con nosotros. Y realmente ahí, machaconamente, presioné en el buen sentido para crear una organización de ámbito estatal, que al final se ha convertido en lo que hoy es FACUA.

El fraude de Opening os impulsó.

Sí, el fraude de las academias de inglés que cerraron dejando colgados a decenas de miles de alumnos mientras los bancos les exigían que siguiesen pagando los préstamos que financiaban los cursos. Y también un grave problema que hubo con un modelo de Peugeot, el 307, del que nos llegaron miles de reclamaciones por un fallo electrónico que ponía en peligro la seguridad. Precisamente estaban estallando casos a nivel nacional, y mientras batallábamos por la defensa de los consumidores andaluces mucha gente de otras comunidades nos pedían ayuda. Desde entonces no paramos de crecer aunque lo hacemos a un ritmo prudente, midiendo cómo lo hacemos, para evitar equivocarnos.

No habéis crecido tan rápido, por ejemplo, como Podemos.

Nosotros no nos encontramos con ese boom, por desgracia, de miles de personas queriendo crear organizaciones de consumidores de la marca FACUA en toda España. Ojalá tuviéramos esa capacidad de ilusionar a la gente. Pero sí nos encontramos con gente que son socios nuestros, hoy tenemos ciento ochenta y cinco mil. Hay un montón de gente que nos dice: «Yo quiero tener una sede de FACUA en Euskadi. Yo quiero moverme aquí sobre problemas que tenemos con las suministradoras de agua, lo que hace el Gobierno vasco, y aquí no tenemos». Y desde aquí lo intentamos, pero no dábamos abasto. Se forman equipos de gente que dicen: «Oye, yo me encargo, junto con otros compañeros, de empezar a movernos». Y hay sitios donde fraguará más o menos, pero por ejemplo, lo que hoy es FACUA Madrid, que en un momento la creamos con compañeros, amigos, activistas en la organización, hoy es ya nuestra segunda organización de consumidores más potente de todo el país. La de Sevilla es la primera, porque es la que nació en el 81, la que tiene ya treinta y cinco años, pero Madrid, que tiene una edad corta todavía, ahora mismo es la que más está creciendo en número de socios y en gente que entra a formar parte de los equipos de dirección y de colaboradores.

FACUA cuenta con más de ciento ochenta y cinco mil asociados ¿Qué se hace con el dinero que abonan?

Hay un porcentaje de familias que pagan una cuota, y hay otro porcentaje, que es mucho más alto, que son socios pero no les obligamos a pagar una cuota. Es decir, somos un movimiento de consumidores con una estructura y con gente capaz de trabajar para resolver problemas, movilizarse; nuestros periodistas, nuestros abogados, nuestros economistas, tienen que comer como todo el mundo y necesitan un sueldo a fin de mes, y la clave para esto es que la gente aporte una cuota, aunque sea una cuota reducida. Lo que ocurre es que hay mucha gente que simpatiza con FACUA, que quiere formar parte de FACUA, pero que no puede o no está dispuesta a pagar una cuota. Nosotros asumimos que tenemos un doble modelo de afiliación: el socio pleno, que nos pone 59 euros de cuota al año, y el socio adherido, que no aporta ninguna cuota aunque se implica de alguna manera en los objetivos de la organización, bien viralizando los mensajes en redes sociales, participando en encuestas o estudios, ayudándonos a destapar fraudes o trayendo socios que ayudan con cuota o se movilizan con nuestras causas. Con lo cual, bienvenidos sean todos, porque hay nuevos partidos políticos en los que la mayoría de los afiliados no pagan cuota, y ahí están, con posibilidad real de entrar en el Gobierno. Nosotros creemos que ese cambio de modelo, dejar de pensar que solo es socio el que pone cuota en una organización, era interesante, porque para nosotros el objetivo fundamental es cambiar las cosas. Y para cambiar las cosas hay que contar con gente que se vincule a ti.

Cuando entrevistamos a Francisco Polo de Change.org nos decía: «Estoy a favor de una ley para que todo el mundo sepa cuánto cobra todo el mundo en este país». Y cuando le preguntamos por el beneficio de su empresa nos dijo que era información confidencial. ¿Las cuentas de FACUA son transparentes? ¿Los socios pueden consultar cuánto ganan sus directivos?

Yo no comparto que todo el mundo tenga derecho a saber lo que cobra todo el mundo, pero si mi sueldo viene total o parcialmente de dinero público, entiendo que debería ser obligatorio que se conozca. En mi caso particular todos los años hago público cuánto he cobrado en FACUA. En 2015 fueron 29 479€.

¿Qué es OCU Ediciones S.A.? ¿Tiene FACUA alguna S.A. o S.L.?

Es otro modelo de organización de consumidores. No, no tenemos ninguna empresa. Hace años ese cambio legal que te comentaba al principio, por el cual se entienden determinadas prácticas en asociaciones de consumidores que no nos gustaría que se consintiesen. Incluye la posibilidad de que las asociaciones de consumidores pudieran crear sociedades limitadas o anónimas de carácter instrumental para determinadas actividades. Si no tiene ánimo de lucro, puede estar bien. Si tiene ánimo de lucro, a nosotros no nos gusta, porque creemos que una asociación de consumidores nunca tiene que tener afán lucrativo. No te voy a cuestionar que el modelo de OCU sea ilícito o lucrativo porque no lo conozco en profundidad, pero desde luego no es el modelo de FACUA. El modelo de OCU es más propio de una entidad cuyo eje central son sus publicaciones, que la gente se suscriba a las revistas que editan. Además hace cosas por los consumidores, cosas muy buenas, cosas útiles muchas veces, pero su modelo no coincide con el de FACUA. No somos antagónicas, no estamos enfrentadas, no somos radicalmente diferentes, pero en el fondo de la cuestión, nosotros somos un movimiento social. OCU es una organización en la que te suscribes a su revista, una oficina central en Madrid, que no se vertebra con oficinas en toda España… Creo que es un modelo respetable siempre que no haya ninguna irregularidad detrás. Aunque no me gustan sus acuerdos con empresas para ofertar precios especiales para sus socios. Son acuerdos que acaban convirtiéndose en publicidad comercial.

¿Ya no se confunden cuando buscan OCU y FACUA en Google?

No, ya no ocurre (risas). Hace años, cuando buscabas «FACUA» en Google, aparecía publicidad de «OCU». Les hicimos una llamada de atención en privado, rectificaron, pero tiempo después volvió a ocurrir y lo criticamos en público. Cometieron el error de llevarnos a los tribunales por esa crítica y, lógicamente, perdieron. Es agua pasada. Y a nivel personal tengo buena relación con algunos de los dirigentes de OCU, como Enrique García e Ileana, cuyo apellido jamás seré capaz de pronunciar.

¿Y hacéis algo juntos?

No. No hacemos nada juntos. Somos dos organizaciones que trabajan por separado. Podría estar bien hacer cosas juntos. Tenemos un gran problema en este país, y es que a diferencia del modelo sindical donde hay dos grandes centrales sindicales que son interlocutores válidos para cualquier Gobierno, en el caso de movimiento de consumidores ocurre radicalmente lo contrario. Cuando hay una gran crisis de consumo, cuando hay un macrofraude, por ejemplo el caso Volkswagen, el Gobierno sabe que como hay muchas organizaciones de consumidores, aunque solamente dos sean especialmente representativas, la estrategia es no tomar en cuenta a la organización que lidere la lucha contra ese fraude —en el caso de Volkswagen lo hemos liderado desde FACUA con más de cuarenta mil personas en nuestra plataforma de afectados—. Lo que hace el gobierno es ningunear al líder en la lucha contra ese fraude con la excusa de que hay muchas asociaciones.

En el caso Volkswagen comparece en el consejo de consumidores y usuarios delante de unas quince organizaciones, el director general de industria nos cuenta un cuento chino, yo le digo que queremos interlocución permanente, y nos dice que nosotros no somos nadie para tener interlocución con ellos. Por tanto, con eso hay que acabar. ¿Cómo acabaríamos con eso? Las que somos realmente representativas, las que tenemos socios, las que denunciamos los fraudes permanentemente cada una a nuestra manera, deberíamos asumir que a lo mejor, si hiciéramos algunas cosas juntos, destacaríamos frente a los partidos políticos y a los partidos que gobiernan, de manera que se asumiría institucionalmente que con quien tienen que hablar es con nosotros.

El ministro de industria se reunió con los dos líderes sindicales de Comisiones y UGT. Para lo que fuera, pero se reunió con ellos. Con nosotros lo único que ha hecho el exministro de industria Soria es llamarnos mentirosos. En los años en los que ha estado al frente de manera nefasta del Ministerio de Industria, lo único que ha hecho en relación con FACUA es decir en una entrevista en El Objetivo con Ana Pastor que FACUA mentía cuando contaba que las tarifas de la luz subían… Parece ser que nos estábamos inventando algo, y que él era la única persona en España al que la tarifa de la luz no le subía. Y por otro lado, lanzar en alguna ocasión un comunicado de prensa desde el Ministerio de Industria diciendo también que FACUA manipulaba datos sobre la evolución del precio de la luz. Nos llamaba manipuladores. Esa es la única relación que hemos tenido con el ministro en ese momento. A nosotros nos gustaría que el próximo Gobierno, gobierne Podemos, el PSOE, IU, el PP, Ciudadanos o el combo que se alcance tras las elecciones de junio, nos tratara con el respeto que merecemos las organizaciones o las principales organizaciones ciudadanas que hay en este país, entre las cuales creo que está FACUA.

Rubén Sánchez para JD 2

¿En que se diferencia FACUA de la OMIC?

Las OMIC simplemente son oficinas municipales. Oficinas de ayuntamiento donde se informa a los consumidores de sus derechos en unos casos de manera excelente, en otros casos de una manera lamentable porque no se han reciclado sus técnicos en muchísimos años, y te tramitan una hoja de reclamaciones de cara a trasladársela a las autoridades autonómicas del consumo. Punto y se acabó. Y no hay más nada.

¿Era Ausbanc una asociación de consumidores tal como se presentaban? ¿Hay más asociaciones de consumidores oscuras? ¿Cómo las diferenciamos de las auténticas?

El problema es eso: cómo sabes en una peli de Hitchcock o en una novela de Agatha Christie quién es el malo y quién es el bueno, quién es el asesino y quién es el héroe de la historia. Las apariencias engañan. Cuando intentas escarbar un poquito, y de manera muy superficial, te das cuenta de cosas. Y Ausbanc, hoy que hay tantos periodistas, políticos, cargos públicos en este país, que dicen que ya lo sabían, que siempre lo supieron y nunca hicieron nada, o nunca publicaron nada, o nunca tomaron medidas… La verdad es que a mí me abochorna particularmente.

Estaba claro que Ausbanc, de entrada, era un negocio. No era una asociación de consumidores. Para serlo, no tienes que tener ánimo de lucro, no tienes que dedicarte a tener publicaciones con publicidad de bancos y de otras empresas. Si haces eso, es evidente que no eres una asociación de consumidores. Y eso era algo que se veía de lejos. No había que profundizar, no había que realizar un profundísimo estudio sobre lo que era realmente Ausbanc. Y pese a eso, hay administraciones y políticos de distintos partidos que se querían creer que Ausbanc era una ONG sin ánimo de lucro, liderada por un señor que casualmente era el propietario de un gran imperio jurídico, editorial, inmobiliario, de bares, de medios de comunicación… Era extraño, ¿no? Y que la propia marca Ausbanc albergaba en revistas llamadas también Ausbanc publicidad de bancos. Eso olía tan mal, era tan nauseabundo, que lo que realmente habría que investigar son las responsabilidades de políticos y empresarios en contribuir a que Ausbanc haya sido lo que ha sido durante tantos años. Al final lo de siempre: corrupción, corruptelas o engaños de responsabilidades, amiguismo político, etc.

Es que olía demasiado mal, y está claro que Pineda era socialista donde hacía falta, era del PP donde hacía falta, y era chavista, porque en la Venezuela de Chávez consiguió ayuda del Banco de Venezuela, de un órgano de allí del Gobierno de Chávez, y allí hablaba maravillas de Chávez. De hecho, en el timeline de Pineda no se le veían precisamente insultos a Chávez. Hablaba muy bien del chavismo, extraño en un tipo que venía de la ultraderecha. Él era de lo que hiciera falta. Y si en Andalucía gobierna el PSOE, pues colocas a un tipo que es socialista, Pepe Marín, y tiene amigos y muy buenos contactos en Andalucía al frente de Ausbanc, en Sevilla, Cádiz y Huelva, y a moverte y a abrir relaciones y a reunirte con directores generales, con consejeros, etc. para que te organicen o clausuren jornadas, que te monten o patrocinen eventos, firmar convenios con Canal Sur para emitir programas cutres con publicidad encubierta de tu negocio… Como te digo: apestaba, pero parece que había muchos políticos y periodistas con problemas nasales.

Y jueces también.

Y parece que jueces y fiscales también han participado en ponencias de Ausbanc cobrando. El Consejo General del Poder Judicial lanzó un comunicado diciendo que eso es legal, que participen en eventos cobrando, y sí, efectivamente es legal, pero existe una cosa que se llama conflicto de intereses, y un juez, si recibe dinero de una empresa y a la vez tiene que juzgar algo en lo que esa empresa es denunciante o denunciado, tendría que valorar que a lo mejor hay un conflicto de intereses. Y Pineda no buscaba tantos amigos en la judicatura por amor al arte. Lo hacía porque buscaba lo que buscaba. Forma parte de la crónica negra de nuestro país y de lo fácil que es cometer un fraude y montar un chiringuito.

Fuiste uno de los objetivos de Luis Pineda de Ausbanc. ¿Por qué?

Una mezcla de cosas. Yo creo que llega un momento en el que, después de todo lo pasado, veo que Pineda quería ser Rubén Sánchez, y Pineda quería que Rubén Sánchez fuera Pineda. Ese era el objetivo.

Pineda al principio intenta amigarse conmigo y lo observo en alguna tertulia… Recuerdo a mediados de la década pasada, en Punto Radio, donde Pineda hablaba muy bien de FACUA, hablaba muy bien de mí, de que prácticamente Ausbanc y FACUA éramos las únicas organizaciones de consumidores decentes en este país y todo lo demás estaba corrompido. Y parecía que Pineda quería que yo le comprara el discurso y dijera lo mismo que él. Evidentemente no lo hice. FACUA a mediados de la década pasada estaba empezando a ser una organización de ámbito nacional…

En ese momento estábamos en plena ebullición, estábamos rompiendo el cascarón a nivel nacional, pero todavía no éramos una gran competencia para Ausbanc, porque veía que estábamos desde Andalucía creciendo, con cada vez más repercusión mediática, pero de momento era algo que no le preocupaba demasiado, pero sí podía ser un amigo que le ayudase en su lucha contra sus enemigos, su competencia, que eran otras organizaciones de consumidores. Él ve que yo no asumo ese discurso, aunque a mí hay cosas de otras organizaciones de consumidores que no me gustan y otras que sí, no voy a llegar al disparatado extremo de llamar corrupto a todo el mundo y de actuar con el mismo discurso que Luis Pineda. Entonces Luis Pineda se da cuenta de que yo no voy a seguirle ese juego, y que incluso al contrario ve como FACUA está viviendo y luego celebrando la expulsión de Ausbanc del registro de las asociaciones de consumidores en el que nunca debió de estar, porque lo colocó Aznar en el último periodo de su segunda legislatura, justo el día en que Celia Villalobos deja el  Ministerio de Sanidad y Consumo y Ana Pastor es puesta al frente. Y ve que empiezo a publicar cosas sobre Luis Pineda y hablo en Twitter de su pasado terrorista. Él me manda a través de su delegado en Málaga, Alfredo Martínez Muriel, una carta diciéndome que o le doy dinero por lo que le he hecho, o me lleva a los tribunales. Entonces, claro, no había habido ningún tipo de difamación por mi parte, había contado un hecho totalmente real de su detención al frente de la banda terrorista de ultraderecha, en el año 82. Lo cuento en el 2012, justo cuando han pasado treinta años. Ve que no me achanto, al contrario, sigo publicando cosas totalmente ciertas contrastadas sobre su oscura vida y su oscuro negocio, y entonces él empieza a elevar el tono contra nosotros, y llega al culmen cuando en el año 2014, en febrero, publico mi primer libro, que se llama Defiéndete. En él le dedico un capítulo, el número 36 —no es casualidad que utilizara el número 36, como capítulo para hablar de un exlíder de la ultraderecha— y ese capítulo tiene bastante repercusión mediática. Él se enfurece, y ya sus insultos y sus calumnias llegan al extremo de llenar varias ciudades de carteles con mi cara y el rótulo «se busca» diciendo que soy un delincuente, un corrupto. Qué pasa: que Pineda proyectaba en mí, y esto es psiquiatría se llama síndrome de proyección, y proyectaba en mí lo que presuntamente es él.

Yo era un extorsionador, era un acosador, era un delincuente, era un corrupto, era el enemigo público número uno. Según Luis Pineda me dedicaba a pedirle dinero a empresas a cambio de no denunciarlas o a retirarme de acciones judiciales a cambio de dinero de esas mismas empresas, en atacar a la competencia de las empresas que nos pagaban dinero, en engañar a los consumidores para que no denunciaran fraudes… Curiosamente esa es una de las reglas de la propaganda de Goebbels, proyectar en el enemigo lo que tú eres, y lo hemos visto mucho en el PP acusando de corruptos a otros partidos. En el caso de Ausbanc también proyectaba en FACUA y personalmente en mí, por ser su portavoz, esas cuestiones, y por otro lado había una cosa bastante divertida —valga la expresión—, decir algo tan absurdo y tan cachondo como que yo lo admiraba en secreto. Y lo divertido de esto es que Pineda quería ser un tipo famoso, quería tener mucha proyección pública, quería salir en los grandes medios de comunicación. Cuando Pineda comprueba que no solamente tengo proyección pública como portavoz de FACUA sino que Jesús Cintora me llama para ser tertuliano en Las mañanas de Cuatro, explota. Quería la inversión de papeles públicamente. Quería vender públicamente que uno éramos el otro, y ahí está; el tipo que me iba a meter en la cárcel por mi supuesta corrupción acaba entre rejas.  

Rubén Sánchez para JD 3

Decían que ibas a presentarte a la Alcaldía de Sevilla.

Rumores, divertidos rumores. Fui una de las personas, uno de los ilusos que pensó que se podía conseguir una confluencia de partidos potente en el año de las elecciones municipales Y me impliqué en la creación de la plataforma Ganemos Sevilla. Por desgracia no estábamos preparados para eso, ni de lejos. Desde la parte de Podemos no había una apuesta por participar en una candidatura donde estuviera Izquierda Unida. Sí hubo apuesta por parte de IU y a mí me pareció muy loable el papel que desempeñó apostando por esa confluencia. Los motivos originales podían ser los que fueran, pero yo les vi muy correctos, muy serios y con mucha honestidad. Desde Podemos no se contó con ese apoyo, y desde dentro de la plataforma de confluencia que creamos también había gente que veía las cosas de manera distinta, así que al final no se concretó el tema. Y no, nunca fue mi intención presentarme como candidato a la alcaldía.

Rechazaste en dos ocasiones la oferta de Pablo Iglesias de formar parte de las listas electorales de Podemos. 

Pablo me pidió dos veces que me presentara a las elecciones. Me lo pidió en las primeras europeas y me lo pidió en las primeras generales. De momento me seduce más actuar desde el contrapoder con los movimientos sociales que la política de partido, pero aún no soy tan viejo (risas), así que quizá algún día cambie de opinión, siempre que fuese compatible con mi prioridad, que es la familia, y si se tratase de un viaje de ida y vuelta. Porque eso implicaría abandonar temporalmente mis responsabilidades en FACUA, pero no se me pasa por la cabeza decir adiós para siempre al proyecto.

¿Eres pablista o errejonista?

La verdad, y te lo digo con total sinceridad, no he profundizado tanto. Más bien no he querido profundizar tanto. Prefiero llevarme bien con todo el mundo en Podemos, y también en Izquierda Unida. Posiblemente es una de las ventajas de apoyarlos desde fuera. Eso sí, me pareció un grandísimo error y muy injusta la forma de comunicar públicamente el cese de Sergio Pascual por parte de Pablo. Yo creo que ha sido el mayor error que ha cometido desde la creación de Podemos, y por muchos errores que haya cometido Pascual, que seguro que los ha cometido como los comete todo el mundo, fueron injustas esas formas.

¿Qué opinas de lo que está haciendo Ciudadanos con Juan Marín en Andalucía?

Me he reunido con Juan Marín, como secretario general de FACUA de Andalucía, y en la distancias cortas a mí no me ha caído mal. Es un tipo con el que he podido hablar, me parece un tipo afable con el que se puede mantener una conversación interesante. Las cosas que nos planteamos mutuamente lo fueron, otra cosa es a qué nivel puede acabar asumiendo los compromisos que nos traslada en el ámbito de la política de protección al consumidor. Y tampoco profundizamos mucho, porque fue la primera reunión y única que hemos tenido. Otra cosa es que Ciudadanos en Andalucía es Albert Rivera en Andalucía, mientras que hay partidos donde incluso puede haber una gran contradicción entre el papel que tiene el partido en un territorio local, autonómico, con respecto al papel a nivel nacional. Incluso se habla de que están enfrentados, tienen  un discurso distinto… Y eso ocurre con el PSOE, con Podemos, con casi todos los partidos, menos el PP, que es el partido del ordeno y mando. En el caso de Ciudadanos no veo que tenga un papel distinto en Andalucía del que pueda tener a nivel nacional. Creo que Ciudadanos es de lo que haga falta. Y si Ciudadanos se tiene que acercar al PSOE en una comunidad autónoma y al PP en otra, pues se hace y no pasa nada. Y se intenta guardar la apariencia de que ellos están para garantizar la gobernabilidad, etc.

Garantizar, la garantizan. 

Supuestamente. Pero el problema es que el papel real que aspira tener Ciudadanos no lo vamos a dilucidar hasta posiblemente después de las próximas elecciones generales. ¿Cuál es el papel que va a acabar desempeñando Ciudadanos? No sé si Albert Rivera aspira a acabar siendo el líder del PP, del nuevo Partido Popular reformado. Depende de muchas cosas. Ese pequeño Ciudadanos no es ni de lejos lo que decía ser. Pedro Sánchez le ha dado una gran proyección ayudado por ciertos medios de comunicación y sus extrañas encuestas metroscópicas. Entonces, como se está proyectando tanto a un partido que viene de la nada, que no viene de gente en la calle deseando movilizarse, es decir, es efectivamente el Podemos de derecha, la antítesis de Podemos. No son personas queriendo construir un partido para el empoderamiento de la gente. Podemos lo habrá hecho mejor o peor en el tema de dar el papel a los círculos, de asumir que quizá con ese modelo inicial no se puede montar de verdad un partido político, y sobre todo tan rápido. Pero Ciudadanos no es eso, no es gente en las calles y en las plazas reuniéndose para cambiar las cosas. Ciudadanos es un proyecto político amparado por el IBEX 35, por grandes empresas para evitar que la izquierda, lo que tradicionalmente se ha llamado izquierda, pudiera acabar gobernando sola o con el PSOE. Y detrás qué tiene: detrás tiene una serie de personas, de ideólogos, de intelectuales muy de derechas. Es un producto de marketing, igual que pueden ser productos de marketing algunos políticos. Pero el partido en sí es un producto de marketing oficiado por determinados sectores empresariales, con poca transparencia, del que mucha gente que está dentro se está saliendo o está siendo expulsada por determinados motivos, porque se encuentran con que no es lo que pensaban, o esas mismas personas tienen que ser expulsadas por determinadas irregularidades, y en Andalucía… Estamos abocados a unas elecciones anticipadas en función de lo que ocurra a nivel nacional. Aún no sabemos si Albert Rivera acabará siendo el vicepresidente de Pedro Sánchez, el líder de un PP refundado, de un PP que posiblemente se llamaría de otra manera… o un bluf, y Albert Rivera acaba convirtiéndose en Rosa Díez.

Dices que la lucha del consumidor es una lucha de clases y hay que posicionarse.

Es que el componente marxista de la lucha de clases no sé quién lo puede cuestionar, porque tú podrás considerarte, si quieres usar el término, comunista o no. Reconozco que no tengo una gran cultura política, no he leído a Engels o Marx. Solo párrafos sueltos de El Capital y el Manifiesto comunista. Pero soy el hijo de dos luchadores que tuvieron la valentía de enfrentarse a la dictadura a riesgo de que les metiesen un tiro. En mi casa se hablaba mucho de política. Y desde mi infancia me educaron en valores, me dieron muchas lecciones de honestidad y en el caso de mi padre largas charlas sobre política, que han hecho de mi buena parte de lo que soy. He profundizado más en determinadas cuestiones que me han interesado en mayor medida para la labor social que desempeño. Pero lo cierto es que hay dos clases de personas: el que oprime y el oprimido. Y nosotros, quizás a otra escala, estamos viviendo ese modelo. Hay una oligarquía, poderes fácticos, poderes económicos, y una serie de políticos que están amigados con ellos o son títeres suyos, que está oprimiendo al ciudadano, y que están robando, expoliando, cometiendo abusos o tratando al país o las comunidades como cortijos. Lo podemos llamar de muchas maneras, pero hay dos clases, evidentemente. Siempre va a haberlas, ya puedes considerarte comunista, liberal, etc., pero el concepto filosófico de la lucha de clases permanente, ocurre y ocurrirá siempre, porque creo que precisamente el comunismo es una utopía. Veo extraordinariamente difícil alcanzar una sociedad igualitaria, llámala comunista o como te dé la gana, pero una sociedad igualitaria es muy difícil, porque no somos robots, somos seres humanos, y dentro de nosotros está tanto la bondad como la malicia, y habrá siempre gente buena, gente mala o egoísta que buscará aprovecharse de los demás. Es muy difícil alcanzar una sociedad perfecta, utópica, porque los seres humanos nunca vamos a ser perfectos.

Dices que admiras a Ada Colau. ¿Crees que lo está haciendo bien como alcaldesa de Barcelona? ¿Y Carmena?

Creo que Ada Colau se topa con la cruda realidad de estar en el poder, y se encuentra con contradicciones, con problemas. Pero ya me gustaría a mí tener en Sevilla una alcaldesa como Ada Colau, y no como Juan Espadas, o Juan Ignacio Zoido, a quienes hemos sufrido extremadamente los sevillanos durante años. Tuve una cierta confianza en Espadas al principio, pero me ha demostrado que es uno más. Y las relaciones que él y la cúpula de su Gobierno tuvieron con Ausbanc han acabado de defraudarme por completo. No digo que estemos sufriendo con Espadas, pero desde luego a mí no me gusta como alcalde. Ya me gustaría tener esa alcaldesa en Sevilla, o una persona parecida a ella, aunque siempre se va a encontrar con las contradicciones del poder y con medios de comunicación intentando exagerar determinados errores o desaciertos, y evidentemente se va a encontrar con que va a cometer errores, porque no hay nadie perfecto.

¿Cuál es tu función en FACUA?

En Andalucía soy el secretario general, y a nivel nacional soy el portavoz. Hay mucha gente que cree que soy el que dirige FACUA y no es así. FACUA tiene una dirección colectiva, aquí somos muchos los que dirigimos, porque no nos gusta un modelo orgánico de «aquí manda uno y los demás plegados»; nuestro modelo es de dirección lo más colectiva posible. A nivel nacional soy el portavoz de una organización cuyo presidente es el fundador, Paco Sánchez Legrán, mi padre, que es quien fundó la organización en los años ochenta, y la secretaria general es Olga Ruiz. Por algo absolutamente lógico en nuestra organización, el día de mañana, a mí me encantaría que la presidenta de FACUA a nivel nacional fuera Olga Ruiz, aunque mi padre todavía tiene bastante carrete, pero cuando llegue el momento en el que haya que valorar quién está al frente como máximo dirigente de esta organización creo que ese papel no hay nadie en FACUA que lo pueda desempeñar mejor que Olga Ruiz, al menos a fecha de hoy. Mi papel en la organización a nivel nacional como portavoz puede trasladar la idea de que yo dirijo esto, pero yo no soy más que  uno de los dirigentes del proyecto..

Se dice que el éxito de FACUA radica en tu capacidad de comunicación. Cierta responsabilidad sí que tienes.

Cada uno hemos jugado un rol muy estudiado en la organización, fruto del ensayo-error y de ver qué papel teníamos que desempeñar cada uno. En un momento determinado se valora que yo asuma hacer las entrevistas, lo que al final significa que eres el portavoz. ¿Quién hace las entrevistas en FACUA, quién comunica mejor y más rápido? Porque si tienes que atender en un día diez entrevistas, a lo mejor es mucho más fácil que una determinada persona asuma ciertas entrevistas. A mí me eligen portavoz en un determinado momento y voy asumiendo un rol que cada vez tiene más visibilidad pública y que ayuda también a que FACUA tenga más visibilidad. Y aunque dirijo la estrategia de comunicación todo lo que hay detrás de la misma es un montón de gente trabajando, analizando, investigando, denunciado, evaluando normas y cómo tienen que mejorarse o cambiarse esas normas, el papel de los políticos, cómo denunciar fraudes, cómo se actúa ante una determinada empresa, cómo se atiende a la gente que viene a nosotros, cómo atendemos a los socios, cómo resolvemos los problemas.

Rubén Sánchez para JD 4

Nos decía el publicista Marc Ros que «la responsabilidad social corporativa es un departamento para quedar bien y tiene que morir».

La responsabilidad social corporativa queda fantástica en los anuarios de las empresas, y a mí me encanta leer el informe de responsabilidad social corporativa de Movistar. Me parece una operación de publicidad engañosa realmente magistral. Movistar, la empresa más denunciada por los consumidores, la empresa que se ha atrevido a amenazar a FACUA con llevarnos a los tribunales si mencionábamos su nombre. Ninguna empresa se había atrevido nunca a cometer tal aberración antidemocrática y contraria a la libertad de información y de expresión, decirle a una asociación de defensa del consumidor: «Si te vuelvo a escuchar o a leer la palabra Movistar, te llevo a los tribunales porque el uso de la marca Movistar solamente es atribuible a Movistar». Y ante eso dije: «Cómo nos pueden regalar esta acción de comunicación tan potente»; y FACUA lanza un comunicado en el que cuenta: «Movistar nos amenaza con llevarnos a los tribunales si hablamos de los fraudes de Movistar, o de la propia Movistar».

Sí, es una gran mentira. La responsabilidad social empresarial o corporativa está para adornar anuarios, para enviárselo a políticos, para reunirte con otros empresarios y presumir de quién la tiene más grande. Son contradicciones enormes. Es la realidad del engaño al consumidor, de la publicidad fraudulenta, de los incumplimientos de contrato, de darte de alta de un servicio que nunca has pedido, de que el servicio que contratas no tiene nada que ver con el que te ofertaron, de que cuando reclamas por un fraude incluso te amenazan, como reclames y no pagues lo que no debes te meten en un registro de morosos. A ver esos informes tan inmaculados de lo maravillosas que son las empresas. Hay muy pocas empresas conocidas —porque la panadería de mi barrio tiene al frente a un tío magnífico— que realmente puedan presumir de ser serias con los consumidores y sea verdad.

Alguna habrá, ¿no?

Hablando con Miguel Ángel Uriondo, cuando estaba escribiendo el primer libro, le decía: «Me apetece hablar bien de quien tú sabes, pero no me atrevo». Y entonces tuvimos una conversación en la que me convenció de que si no tengo miedo de que me ataquen con calumnias tipos como Luis Pineda por denunciar sus fraudes, tampoco debo tenerlo de que inventen que si hablo bien de una empresa es porque me regala algo a cambio. Para mí, el ejemplo no es una empresa, es una persona, porque sin esa persona, esa empresa sería otra cosa: Pedro Serrahima. Es el director general de Pepephone, la empresa con el nombre más cutre que te puedas echar a la cara. Pepephone. ¿A qué suena? A cutrez. Pues son muy serios.

Son gente respetuosa con el cliente, y que cometen a veces locuras honestas y éticas, como decirle a un cliente: «Anoche hubo un corte de servicio de nuestro proveedor —porque son un operador virtual— y te tenemos que devolver equis céntimos, y te lo vamos a devolver. La ley dice que solo te lo tenemos que devolver si tú nos lo reclamas, pero nosotros creemos que si todos tenéis derecho a reclamar, ¿por qué no os vamos a dar el dinero?, toma, tus treinta céntimos y treinta más que ponemos nosotros por el fallo en el servicio». Y eso, que podríamos considerar que podría ser una acción de marketing, también es una acción honesta de cara al cliente. Hace poco, a Pepephone la compra MásMóvil y pienso que si Pedro Serrahima se va de Pepephone, se acabó Pepephone como modelo de empresa que trata bien al cliente. Si Pedro Serrahima se queda en Pepephone, creo que ese tipo es tan honesto que difícilmente Pepephone cambiará para cometer las mismas irregularidades que casi todas las empresas del sector, porque este tipo no estaría a gusto ahí.

¿Crees que a Volkswagen en España le ha afectado de alguna manera el fraude de la emisiones? ¿Por qué en Estados Unidos devuelven cinco mil dólares a cada usuario y aquí no?

Para nosotros Volkswagen es el gran reto como organización de defensa del consumidor. Enfrentarnos a una multinacional que está siendo ayudada por el Gobierno español, al menos el gobierno en funciones del PP, para que no se actúe contra el fraude, para que se oculte todo lo posible sobre el fraude. Y las autoridades de protección al consumidor autonómicas tampoco están haciendo nada por defender los intereses de los afectados y multar a la multinacional. Por lo tanto tenemos una empresa que ha cometido un fraude masivo a nivel mundial y que en España tiene un Gobierno que la está ayudando. Que incluso lo primero que hace el exministro de Industria es ponerse de rodillas ante Volkswagen y decir: «Te doy más dinero público». El mismo ministerio le decía a Volkswagen: «Vamos a hacer muy pocas inspecciones a coches porque no hay dinero». «Te doy más millones de dinero público si mantienes tus inversiones previstas en España, pero para controlar tu fraude no tengo dinero. Unas pocas decenas de miles de euros no las tengo, pero sí millones para regalarte». Ese mismo ministro, de cuyo ministerio nos dicen que no van a tener interlocución con nosotros, que no tienen nada que hablar con FACUA, que hablemos con el Ministerio de Sanidad, que es el que lleva consumo, que lo que ellos le cuenten a Sanidad, ya Sanidad igual nos lo cuenta a nosotros. Que evidentemente no nos lo está contando.

Vamos contra una multinacional ayudada por un Gobierno que tendría que estar ayudando a los consumidores y haberse personado ya en la causa penal contra Volkswagen, y ni de lejos lo va a hacer. Y tenemos el reto de plantearnos qué estrategia llevamos a cabo ante un fraude complicado, porque no es un fraude que provoque accidentes, no es un fraude que tú veas, no es tangible, no es algo que a nivel económico puedas medir exactamente en cuánto te afecta, sino que es un fraude en emisiones contaminantes, que afecta al medioambiente y a la salud. Lo que pasa es que tampoco es tangible, no puedes saber si la enfermedad pulmonar que tienes tú o tu primo es concretamente por culpa de haber respirado el humo del coche Volkswagen. Es de la mezcla de muchos humos de muchos coches.

Es un tema complicado de cara al consumidor, al propio propietario de estos coches. Más allá de que a ti te han dicho que tienes que llevar el coche a una revisión a la que nosotros te recomendamos que no vayas, porque no te garantizan que no vaya a consumir más o a perder potencia, con lo cual ojo con eso, te han engañado. Esos que plantaban árboles y que eran muy buenos con el medioambiente, al final eran de los más contaminantes. Y eso éticamente es reprobable, y tú también puedes pedir daños morales, por ejemplo, o puedes plantear que han atentado contra el medioambiente y contra la salud de los ciudadanos. Hay que plantear responsabilidades penales y vamos a personarnos en la causa abierta contra Volkswagen; y también responsabilidades civiles, porque tu coche  no es el que a ti te dijeron. Que te devuelvan una parte del dinero ya que no te vendieron lo que te habían dicho o que te paguen una indemnización por la tomadura de pelo de la que has sido objeto. Esto es lo que se está haciendo en Estados Unidos, porque tienen al fiscal general en contra y porque el Gobierno estadounidense está en contra de ese fraude. Vamos a llamar a los afectados en España a sumarse con nosotros al procedimiento abierto en la Audiencia Nacional para reclamar indemnizaciones. Pero Volkswagen es una empresa multinacional. Y tenemos que utilizar una estrategia complicada, porque no solamente podemos irnos a la lucha judicial. Ahí están los afectados por Forum y Afinsa, que van a recuperar una ínfima parte del dinero.

No se puede tolerar que una empresa diga: «Mira, voy a calcular que en tribunales se me van a ir tantos miles de euros, dentro de siete años pagaré tanto de indemnización y no pasa nada. Mientras voy a ir limpiando mi imagen con una campaña publicitaria que le pide a la gente que cuente sus experiencias con Volkswagen. Como ha habido una crisis reputacional, ahora me voy a vender en positivo con la gente, vamos a vender la imagen amigable de las marcas». Pues mira, hay que luchar contra eso. No se puede permitir que Volkswagen piense que a equis años vista pagará una indemnización a los poquísimos consumidores que vayan a tribunales, y a los casi un millón de afectados, a la mayoría, que les den. ¿Cómo luchamos contra eso? Pues estamos reinventándonos. ¿Cómo ponemos en marcha una lucha en defensa del consumidor que sabemos que de cara a las instituciones —en lo que es el modelo de denuncia formal presentada a las administraciones competentes— no funciona? Tenemos que hacerlo, aunque las administraciones no reaccionen porque a los políticos que tienen al frente les da igual la protección al consumidor, o al menos en ese tema, porque a nivel judicial puede acabar funcionando, aunque es difícil, pero funcionará dentro de muchos años. Y porque no podemos consentir que una empresa que nos ha tomado el pelo, que ha atentado contra el medioambiente, que ha atentado contra nuestra salud, ahora esté vendiendo la imagen de que es una empresa fantástica. ¿Cómo luchamos? Pues hay que salir a la calle, y estamos ahora precisamente en estos días encuestando a nuestros socios preguntándoles, a los cuarenta y pico mil de la plataforma de afectados de Volkswagen: «¿Salimos a la calle? ¿Tú estás dispuesto a irte con tu coche a las puertas de un concesionario, una mañana o una tarde? ¿Empezamos a montar manifestaciones en toda España, en puntos estratégicos del país, o a las puertas de las administraciones de consumo, del Ministerio de Industria, etc.? ¿Lo hacemos?». Porque es la única forma de luchar contra el fraude y que mediáticamente también tenga una repercusión. Es un reto nuestro como organización, pero es un reto de los propios ciudadanos, que tienen que plantearse que igual que papá Estado no viene a resolverte problemas no hay una FACUA que por sí sola se mueva. FACUA es sus socios, su gente, y con esa gente es con la que tenemos que movernos. Ojalá pueda salir bien y esas movilizaciones, ahora, en los próximos meses, sean símbolo de lucha en defensa de los consumidores contra una gran multinacional que comete un fraude.

Rubén Sánchez para JD 5

Realizáis muchas acciones en el terreno de la salud, pero no contra las pseudociencias. ¿No os parece un fraude la homeopatía?

El próximo número de nuestra revista está dedicado a la homeopatía, al fraude de la homeopatía. Y sí, hemos decidido a nivel estratégico que una de las campañas de denuncia que vamos a poner en marcha este año va a ser contra el fraude de la homeopatía. Es cierto que llevamos muchos años que apenas hemos hablado de homeopatía, como de tantas cosas, porque realmente no damos abasto con la cantidad de temas que hay, y nos vamos centrando en algunos, picoteamos en algunos temas denunciando ciertos abusos y en otros nos centramos mucho. Pero sí es cierto que la homeopatía era una asignatura pendiente.

Y os habéis posicionado en contra de los transgénicos, diciendo que son perjudiciales contra la salud.

Nos hemos posicionado en contra de la opacidad en los transgénicos. Es decir, hay productos transgénicos que no son perjudiciales para la salud. Pero lo cierto es que ha habido casos contrastados de productos transgénicos que sí eran perjudiciales para la salud y se han retirado del mercado. ¿Todo lo transgénico es malo? No necesariamente. Pero la cuestión es que no se puede plantear que vale, que se hagan transgénicos de todas las formas que se quiera, sin control, que no pasa nada, como tampoco podemos tolerar las sustancias tóxicas que tienen muchos alimentos sin control. ¿Todos los salmones que hay en el mercado son perjudiciales? Obviamente no, pero hay salmones que pueden tener unos altos niveles de mercurio por determinadas circunstancias. Creo que como mínimo el consumidor debe tener el derecho de saber si un producto es transgénico. Y para eso tenemos una normativa europea muy laxa que permite que a partir de cierto porcentaje de componente transgénico te lo digan en el etiquetado en letra pequeña incluido en resto de ingredientes, pero si por ejemplo tú estás comiendo una carne que se ha alimentado con transgénicos nunca lo sabrás.

En 2014 tuviste la osadía de abrir un hilo en ForoCoches.

Me va la marcha tela (risas). Me encanta el training con los troles. Es que los troles me sirven para entrenarme en la proyección pública de entrevistas donde alguien me intente atacar o buscar las cosquillas. Y aparte que me gusta jugar. Mi mujer, Keka Sánchez, que es estratega y formadora en el mundo de las redes sociales, me mete mucha caña con eso. Porque dice que a veces me tomo las redes sociales como un videojuego. Hay un dicho en redes que es: «Don’t feed the troll», no alimentes al trol, pero es que a mí me gusta darle a los gremlins de comer después de medianoche.

¿De verdad, con lo que me ha hecho Luis Pineda, me va a preocupar que un trol con cien seguidores, o un Herman Tertsch, con ochenta mil, deteriore mi imagen pública? ¿Me va a preocupar eso? Yo sé muy bien quién soy, lo que soy, y a qué me dedico. Cometí la osadía de abrirme una cuenta de ForoCoches diciendo quién era, y me dieron hostias para parar un tren (risas). Y todavía a veces recibo en el correo mensajes de ForoCoches de gente preguntando cosas, y a veces entro y contesto mensajes privados. ForoCoches es fuente de investigación de fraudes para FACUA, se cuentan muchas cosas que usamos para decir: «Fraude, vamos a investigar, a denunciar». Pero la verdad es que meterte en ForoCoches es más heavy que Twitter.

¿Microsoft, Google o Facebook son los nuevos oligopolios? ¿Son accesibles?

A veces hemos denunciado prácticas de Twitter, como por ejemplo el cierre de cuentas de forma totalmente ilegal. No se le puede cerrar una cuenta a alguien porque haya colgado fotos de personas. «Es que esa foto era privada…».. «No, perdona, yo no he colgado una foto tuya que te he hecho en tu casa, he colgado tu avatar de Facebook». Cojo tu avatar de Facebook, que es público, lo cuelgo en Twitter, el tipo le dice a Twitter: «Oiga, ha colgado esta foto mía, que es privada». No es privada, es pública. Fíjate si es fácil encontrarla: arrastras una foto a Google Images y sabes si está en cualquier lado. Qué problema hay. Y Twitter da por bueno eso, el tío se ha inventado que era una foto privada y han cerrado cuentas a gente por eso. Una vez tuiteé un número de teléfono que estaba en un cartel de FACUA, un número de teléfono que se dedicaba a cometer fraude. Alguien me denunció diciendo que había revelado un teléfono privado. ¡Pero si era un número que se publicitaba por todos lados para cometer el fraude y captar gente! Twitter hace algo que es ilegal, lo hemos denunciado y nos encontramos con que las administraciones no actúan, pero además hay gente que dice: «Anda, denunciando a Twitter, pues bien que usas Twitter». ¿Perdona? «Anda, denunciando a Movistar, pues bien que hablas por teléfono». «Anda, denunciando una marca de alimentos, pues bien que comes». Me parece absurdo.

Hay fans de Twitter, igual que hay los locofans de Apple, que todo lo quieren de Apple y que todo es maravilloso. Pero tío, ¿a dónde estás llegando? Ser fan de una empresa. Vale, te puede molar más una empresa, una marca, un determinado tipo de producto, porque te dé calidad… pero convertirte en un fan de marcas… Fan no, fanático. Porque tú puedes ser fan de AC/DC, pero hasta el extremo de ser un fanático que diga: «No me importa que cante Axl Rose, yo soy de AC/DC y nunca los criticaré». Joder, AC/DC no es Axl Rose. Más AC/DC, desde hace treinta y pico años, es Brian Johnson. ¿Por qué no lo vas a criticar? «No, yo soy fan y nunca los criticaría». Tú lo que eres es gilipollas.

Mi amigo David Bravo es un fan absoluto de Metallica, pero los de Metallica en temas de derechos de autor son unos payasos, y David les da caña. ¿Por qué no lo iba a hacer? Lo mismo ocurre con cualquier empresa. Usas Twitter como método de comunicación, para hacer amigos, para tener proyección pública, para divertirte peleándote con los troles… ¿Por qué no vas a criticar a Twitter? Es absurdo.

¿No se tiene que hacer un pago para que un servicio sea criticable?

No. Es que ese es el gran error con el que nos intentan engañar. Yo no pago, yo soy el producto. Twitter gana dinero porque yo uso Twitter. Cuantos más seguidores tienes en Twitter, más pasta gana Twitter a tu costa, porque más gente entra en Twitter para leerte, más promueves determinadas acciones en Twitter, y a Twitter le pagan sus anunciantes. Por ejemplo en Gmail, el correo de Google: tú le cuentas a alguien que vas a ser papá, y de repente antes de que esa persona haya recibido el correo a ti te llega una publicidad de productos infantiles. Google rastrea tu correo, y en función del contenido del que hables, te aparece un tipo de publicidad. Lo hacen máquinas, pero al fin y al cabo es una intromisión en tu intimidad. Movistar pretende que cuando tú vayas por la calle, como ocurre en Minority Report, al acercarte a una tienda aparezca rápidamente en tu móvil publicidad de esa tienda o de ese tipo de producto.

Algunas veces hemos denunciado prácticas de Twitter y las contamos en Twitter, por supuesto.

¿Y Twitter hace algo?

Lo mismo que si vas contra Movistar o Vodafone. Si eres capaz de batallar con fuerza, de dar caña, de mantener sostenidamente en el tiempo algo, puedes acabar cambiando las cosas. Ejemplo: el redondeo en telefonía. Nosotros en el año 2003 dijimos: «No puedes hablar trece segundos de conversación y que te cobren un minuto entero». Te están cobrando segundos que no has consumido. Y nos decían: «Pero es que es así». ¿Cómo que es así? «Que sí, que siempre ha sido así. Que siempre han cobrado el primer minuto entero. Conceptualmente la telefonía funciona así». No, perdona: a mí me dicen que por un minuto, equis céntimos. Por un segundo, proporcionalmente, lo que toque. La unidad de medida razonable en una conversación telefónica es el segundo, entonces, ¿por qué no? 2003, 2004, 2005, 2006, 2007… nos tiramos cinco años batallando. Nos movimos en el Congreso, en el Senado, con el defensor del pueblo y las autoridades de consumo del Gobierno de todas las comunidades autónomas, en multitud de medios de comunicación… ¿Qué pasó? Que acabamos con el redondeo. Pero no es que FACUA denuncie a la Administración y la Administración lo solucione. Ni de coña. Ojalá funcionaran así los políticos que tienen que proteger a los consumidores. Fue una campaña sostenida en el tiempo contra un gran fraude, miles de millones de euros cobrados de más con redondeo. Y acabamos con él, pero no logramos que se devolviera el dinero cobrado de más a la gente. Fue una victoria a medias. Con todo, sostenemos en el tiempo determinadas campañas que estratégicamente consideramos las más interesantes.

Por ejemplo, tú me hablabas de la homeopatía: porque publiquemos en nuestras redes y un comunicado de prensa sobre el fraude homeopático no vamos a cambiar las cosas más que en alguna gente, que lo ve de otra forma, que confía en FACUA, que crea en el contenido del artículo. ¿Pero y si nos dedicamos sostenidamente en el tiempo a batallar contra la homeopatía, nosotros y veinte periodistas de distintos medios a los que les interesa, y seguimos y seguimos y seguimos? Podemos cambiar las cosas. Contra Twitter, que ahora mismo se ha convertido en red social de referencia en España por delante de Facebook, va a ocurrir lo mismo. Es la red que utilizan los programas de televisión para viralizar el hashtag. A mí me interesa mucho más actuar contra ella que contra Google Plus, que no la usa nadie, y si me dedico a batallar sostenidamente contra esa red que ahora es referente…  

¿Te imaginas que tienes treinta mil seguidores en Twitter y te cierran la cuenta porque les sale de las narices? Has invertido un montón de tiempo de tu vida, de tu proyección pública, o de tu diversión con tus amigos… para que ahora te cierren unilateralmente la cuenta, la excusa no puede ser: «Es que no pagas». Aunque pagara un euro o aunque pagaras cien mil euros. Tú ganas dinero a costa mía, que soy tu cliente. Yo entro gratis y a cambio tú, como tienes millones de clientes, captas anunciantes para que lancen el mensaje publicitario a esos usuarios que no pagamos por tener Twitter. Con lo cual, tú ganas dinero conmigo, yo soy tu producto, pero también soy tu cliente. Me cobres o no me cobres, es un servicio, y tú en un servicio no puedes decidir que si tuiteas algo que no me gusta te echo. Salvo que se llegue ya a sobrepasar determinada línea roja razonable. Es lo mismo que si Twitter decidiera que los gitanos en España no pudieran usar Twitter. Qué pasa, que tendríamos que decir: «Es que como es gratis, los gitanos no pueden». Obviamente no, ni los negros, ni los homosexuales. No te pueden cerrar una cuenta de Twitter porque va contra los principios más elementales a nivel de derecho a la comunicación, a la libertad de expresión e información. No te pueden cerrar tu Twitter, aunque sea tu Twitter personal y tengas veinte seguidores, es un medio de comunicación, y además es un medio de comunicación de masas. Aunque tengas veinte seguidores, tú puedes lanzar un tuit que lean veinte millones de personas. Con lo cual, cerrar un medio de comunicación con la excusa de que te lo ofertaban gratis es muy gordo. Tengo conocidos en redes que tenían muchísimos seguidores y que utilizaban sus cuentas apareciendo continuamente en medios de comunicación, y de repente se la cierran. Joder, imagínate que les cierran al diario El País la cuenta de Twitter, porque Twitter decidiera que no le gusta algo que ha tuiteado El País. Sería tan grave como si te lo cierran a ti o al vecino que tiene veinte seguidores.

Rubén Sánchez para JD 6

Fotografía: Manuel Gutiérrez.

Documentación: Loreto Igrexas.