Insectos zombis

Cadáver de una hormiga infectada por el O.unilateralis. Fotografia: David P. Hughes / Maj-Britt Pontoppidan (CC).

No debo abrir la puerta.

Desde que empecé a dedicarme a la entomología, una idea me ha acompañado durante todos estos años: es curioso cómo nuestra civilización se parece a una gigantesca colonia de hormigas con sus montones de arena, acero y cemento acumulándose sobre el suelo; y túneles, cavidades angostas por las que nos desplazamos atravesando el terreno. La humanidad es un hormiguero abarrotado, y las personas no somos más que insectos moviéndose por espacios estrechos con aparente voluntad propia.

Debería… debería alejarme de la puerta.

Sí… y con otro ibuprofeno para la mandíbula y un té caliente me sentiré mejor. Se está más tranquilo aquí, en el salón. Este sofá da a la ventana y está de espaldas a la puerta. Irónicamente hace un buen día. Quién lo diría.

Como todas las sociedades, los hormigueros son vulnerables. Pueden aguantar sequías e inundaciones, depredadores y golpes, pero las amenazas reales son siempre sutiles, invisibles, microscópicas. Se conocen más de mil clases de hongos capaces de infectar y matar insectos. Son organismos que crecen y se multiplican a costa de otros, a veces incluso sin llegar a matar al huésped que parasitan: en ocasiones es mejor que el propio animal viva contaminando al resto de la colonia. Sin embargo, como grupo, los huéspedes no están completamente indefensos: hay insectos sociales como las abejas, las hormigas o las termitas que desarrollan comportamientos higiénicos como acicalarse los unos a los otros cuando detectan esporas del hongo Metarhizium, y este proceso de limpieza también incluye la secreción de sustancias químicas que reducen la proliferación de hongos, como el ácido fórmico que producen algunas hormigas. O las termitas, que durante la construcción de sus nidos también secretan sustancias que dificultan la aparición de infecciones. E incluso algunos insectos enfermos llegan a sacrificarse por el resto de la colonia: las hormigas de jardín, por ejemplo, cuando se infectan con el hongo Metarhizium anisopliae se alejan del nido abandonando cualquier tipo de contacto social horas o días antes de su muerte…

Si unas hormigas pueden hacerlo, yo también debería ser capaz. De camino al baño a por un segundo ibuprofeno paso por la puerta de la entrada. En el espejo del lavabo me veo horrible, como si tuviera la madre de todas las gripes. Abro y cierro la boca intentando relajar la mandíbula. Me vuelvo a mirar en el espejo. Cojo toda la caja de ibuprofenos. Necesito una cerveza.

Y de todos los hongos mata hormigas, el Ophiocordyceps unilateralis es el más hijo de puta. En las zonas tropicales, mientras las hormigas exploran el exterior buscando comida se les adhieren las esporas del hongo y penetran la cutícula del insecto. Transcurridos entre tres y seis días, el individuo muere y de su cabeza crece el hongo generando una alargada estructura desde la cual disemina sus esporas. Lo interesante es que justo antes de morir las hormigas se desplazan a puntos elevados, como el reverso de las hojas de los árboles, muerden la hoja con toda la fuerza de sus mandíbulas, y mueren. Así el cadáver queda fijo en una posición en alto, lo que le da tiempo al hongo para crecer desde el cadáver adhiriéndolo con más fuerza a la superficie. Esto es importante porque si la hormiga muerta cae al suelo se limita la propagación de las esporas por el terreno, pero si se queda agarrada a las superficies de los árboles las esporas caen desde una mayor altura, lo cual facilita que estas se diseminen por la mayor superficie de suelo posible, que es por donde se mueven las hormigas sanas. Incluso en algunas ocasiones se han llegado a encontrar en las selvas grandes concentraciones de hormigas muertas infectadas por O. unilateralis, creando los denominados «cementerios».

Es… sorprendente que algo tan pequeño, un mero hongo, sea capaz de cambiar el comportamiento de otro ser vivo para favorecer su propagación. Es lo que nos llevó a investigarlo por primera vez. Íbamos al trópico, que es donde habita este organismo, y buscábamos hormigas muertas por las selvas de América del Sur, África, Tailandia o Australia. Aunque no cualquier hormiga muerta, porque el O.unilateralis solo infecta a unos tipos muy concretos y de hecho existen subespecies de este hongo especializadas en grupos determinados, llegando casi hasta una proporción de un subgrupo de hongo por clase de hormiga. Esto resulta inusual ya que normalmente estos hongos son capaces de infectar a cientos de tipos de insectos; solo a insectos.

Primer plano donde se aprecia el crecimiento de una estructura fúngica desde la nuca de la hormiga para la diseminación de las esporas. Fotografia: David P. Hughes / Maj-Britt Pontoppidan (CC).

Al menos eso pensábamos hasta que llegaron los primeros casos de gente con comportamientos extraños en varios hospitales tropicales. En todos los informes médicos se mencionaba conductas «anómalas en los pacientes», la contracción creciente de los músculos de la mandíbula y luego, a las pocas horas de la muerte, la aparición de un hongo a través de las cavidades oculares. Cuando vi las primeras imágenes pensé que era una broma, que tenía que ser alguna campaña promocional de The Last of Us 2 o algo así.

Hace dos semanas pusimos en cuarentena a toda la población potencialmente expuesta al patógeno y desde entonces el número de casos está controlado. Pensábamos que entendíamos su modo de propagación pero si yo… si yo estoy enfermo, entonces tiene que tratarse de otra forma, ¿el aire? Ya lo habíamos descartado, pero no se me ocurre qué otra forma puede ser y si es el aire… Joder, debería avisar a Lara, al portero de casa, a… qué coño, debería haber llamado al laboratorio esta misma mañana para que vinieran directamente a buscarme, poner en cuarentena todo el… ¿Qué hago de pie con la mano sobre el pomo de la puerta?

Joder. Lentamente me alejo de la puerta. Tiene que ser el puto hongo, el puto hongo creciendo en mi cabeza haciendo que… arg, mi cabeza: la tensión de la mandíbula me está dando un dolor de cabeza enorme, debería ir a la farmacia a por algo más fuerte. Sí, eso parece una buena idea…

¿Qué coño estoy diciendo? Vamos a ver, céntrate. Respira, inspira, eso es, lentamente. Cógete otra cerveza, trágate dos ibuprofenos más, siéntate en el sofá, eso es… y piensa, ¿qué sabemos del Ophiocordyceps unilateralis? De cómo ha empezado a infectar humanos y les genera los cambios de comportamiento todavía no tenemos ni idea, pero… ¿y en las hormigas? Bueno, aquí tampoco sabemos mucho: está claro el ciclo de infección, pero sobre cómo exactamente controla a las hormigas, ni idea.

Hay varias indicaciones de que cambios bioquímicos en los insectos alteran su comportamiento, por ejemplo se ha visto que el neurotransmisor dopamina contribuye a cambios de comportamiento e interacción social en las hormigas, es más, la administración de dopamina a hormigas provoca que comiencen a abrir las mandíbulas y morder a insectos ajenos. Así que todo indica que la infección del Ophiocordyceps unilateralis altera la bioquímica del sistema nervioso, pero todavía nos falta mucho para saber con exactitud qué es lo que hace y cómo lo hace. Resulta muy complicado averiguar cómo un parásito puede llegar a «controlar» al huésped, aunque el Ophiocordyceps unilateralis no es un caso único. Está el hongo Ophiocordyceps sinensis, que infecta los nidos subterráneos de las larvas de la polilla Hepialus sp y, pasado un tiempo, dirige a las larvas cerca de la superficie y entonces la larva muere, es momificada por el hongo y crece de su cabeza la estructura fructífera del hongo, que al estar cerca de la superficie puede llegar al exterior y propagar sus esporas eficientemente. Y si nos olvidamos de los hongos, están los casos de grillos y saltamontes que cuando son infectados por las larvas del gusano Spinochordodes tellinii se suicidan ahogándose en charcos, que son los sitios donde el gusano adulto vive y se reproduce.

Ejemplos hay bastantes, pero ni idea de cómo lo hacen. La gente nunca se ha interesado por estas cosas: y eso, ¿para qué sirve? Me preguntaban. Pues mira, ahora que estamos al borde de una pandemia a nivel planetario quizás te arrepientes de que la industria investigue más en cosméticos que en entomología y… Me estoy dispersando. Tengo que tomar una decisión. No consigo llamar a nadie: algo me impulsa a detenerme justo antes de marcar el último dígito. Se me tensionan las falanges o tengo la idea de llamar pero algo me distrae. Tampoco es que importe: en el laboratorio no tenemos ninguna cura para esto.

No voy a salir de esta. Es hora de que lo afronte. Joder… joder, ¡joder! Buf… razona, deja las emociones a un lado, respira por la nariz. Piensa: voy a morir, eso no se puede cambiar, pero en algún momento alguien sabrá que algo malo me ha pasado, vendrá, llamará a la puerta hasta que al final decida que hay una emergencia médica y tire la puerta abajo. Entonces es posible que se contamine por las… ¡joder! ¡Lara tiene una copia de las llaves! El hongo crecerá de mi cadáver y liberará las esporas al ambiente, ella las respirará y… pero, pero, ¿y si muero en un ambiente tóxico para las esporas? ¡Eso es! Las hormigas usan sustancias químicas para limitar el avance del hongo. Yo no tengo ácido fórmico pero la lejía mata casi todo, ¿no?

Podría meterme en la bañera, echarme un montón de lejía y matarme… Deja a un lado las emociones, razona, solo razona. Es una chapuza pero es lo que hay. Y es mejor si también dejo una nota escrita pegada al baño explicando todo y echo el pestillo. Así no entrará nadie por error. Sí, eso debería bastar. Voy a la cocinar a por la lejía y luego al despacho a por… mierda, no me queda casi lejía. Bueno, no pasa nada, bajo un momento al súper, compro dos o tres garrafas, mejor cuatro, y me mato.

Sí, eso parece una buena idea.

Este artículo ha sido finalista del concurso DIPC de divulgación del evento Ciencia Jot Down 2017

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Fuentes:

  • Wichadakul, D., Kobmoo, N., Ingsriswang, S., Tangphatsornruang, S., Chantasingh, D., Luangsa-ard, J. J., & Eurwilaichitr, L. (2015). Insights from the genome of Ophiocordyceps polyrhachis-furcata to pathogenicity and host specificity in insect fungi. BMC Genomics, 16(1), 881.
  • Turnbull, C., Wilson, P. D., Hoggard, S., Gillings, M., Palmer, C., Smith, S., Beattie, D., Hussey, S., Stow, A., Beattie, A. (2012). Primordial Enemies: Fungal Pathogens in Thrips Societies. PLoS ONE, 7(11), 1–4.
  • Shang, Y., Feng, P., & Wang, C. (2015). Fungi That Infect Insects: Altering Host Behavior and Beyond. PLoS Pathogens, 11(8), 1–6.
  • Pontoppidan, M. B., Himaman, W., Hywel-Jones, N. L., Boomsma, J. J., & Hughes, D. P. (2009). Graveyards on the move: The spatio-temporal distribution of dead ophiocordyceps-infected ants. PLoS ONE, 4(3), 1–10.


Dos asesinos en el castillo del presidente

El busto de Benito Mussolini en su tumba en Predappio, Italia, 2012. Fotografía: Tiziana Fabi / Getty.

Las plagas, como los totalitarismos, llegan de forma silenciosa. Uno no se da cuenta hasta años después, cuando sus consecuencias son irreversibles. A solo veinticinco kilómetros de Roma se erige la fortaleza de Castelporziano, una de las tres residencias oficiales del presidente de la República italiana. Un lugar emblemático a orillas del Mediterráneo que fue testigo del ocaso europeo; nada hacía presagiar una historia así durante aquella tarde de otoño.

«¿Ves esto? Me refiero a este pequeño pelo de mi brazo izquierdo. Lo aprecio más que el cariño que puedo tener al resto de la humanidad», dijo Benito bromeando. A ella se le cortó de pronto la respiración, un escalofrío recorría su espalda. ¿Quién era él? ¿En qué se había convertido? Margherita Sarfatti no reconocía al hombre con el que había compartido los últimos veinte años. Miró al horizonte en busca de una respuesta y solo encontró el sonido de las olas rompiendo contra la orilla. La residencia, cuyos jardines estaban poblados de pinos y otras especies autóctonas de la costa mediterránea, era el rincón preferido del Duce desde que el rey Víctor Manuel III le cediera la finca como lugar de descanso.

La pareja no imaginaba que aquella sería su última conversación en Castelporziano. Benito y Margherita se habían conocido en 1911 cuando trabajaban en Avanti!, la revista del Partido Socialista Italiano. La simpatía inicial se transformó en una relación extramatrimonial que desde entonces les había hecho inseparables. Con el ascenso de Benito Mussolini al poder, Sarfatti se convirtió también en la intelectual y crítica de arte más importante del fascismo. La escritora, que redactó la primera biografía apologética del Duce, fue una de las piezas clave para moldear un movimiento que nadie vio venir. La deriva totalitaria arrasó con todo.

Aquella tarde otoñal, mientras Mussolini miraba embelesado la lluvia tras los cristales, Margherita presintió su insaciable ambición. «Fue durante una noche como esta, mientras pasaba las páginas de un libro y el viento soplaba fuera, no muy lejos de Udine, cerca de los Alpes», le dijo. El impulsor del fascismo confesó que, durante su juventud, había tenido una extraña visión. El demonio se le había aparecido de pronto, anunciándole que estaba destinado a llevar a cabo grandes cosas. «Tienes cinco minutos para elegir. ¿Qué prefieres, gloria, amor o poder?», susurró. El joven, asustado, le pidió más tiempo, pero ante los reproches del diablo, optó por el poder. «Has elegido bien, sabía qué ibas a decidir. Tendrás todo el poder del mundo, pero desde este momento tu alma es mía». Margherita nunca supo si la historia fue un mero invento o una ensoñación de su amante, pero lo cierto es que el Duce no tuvo piedad, ni con ella ni con nadie.

Tras abandonar a Sarfatti, Mussolini inició una relación con su última amante, Clara Petacci, que acabaría colgada junto a él en la plaza Loreto de Milán, después de que ambos fueran fusilados por un grupo de partisanos tras intentar huir de Italia. La ruptura con el Duce hizo que la vida de Margherita diera un giro de ciento ochenta grados. La escalada antisemita de los años treinta terminó con la promulgación de las leyes raciales fascistas de 1938, como consecuencia del acercamiento de Mussolini a Adolf Hitler. La intelectual de origen judío, impulsora del movimiento artístico conocido como novecento, pudo escapar a tiempo del infierno en llamas en el que se iba a convertir primero Italia y luego Europa. Otros, como su hermana y su cuñado, no corrieron la misma suerte; murieron en el campo de concentración de Auschwitz años después.

Mussolini no era el único asesino que iba a rondar los alrededores de Castelporziano. El estallido de la II Guerra Mundial traería consigo otro enemigo inesperado, un patógeno que aún hoy hace estragos en los árboles de la finca. Como sucedió con la dictadura fascista, sus daños no fueron visibles en un primer momento. Sigilosamente, el hongo Heterobasidium iba atacando las raíces de los pinos. En la década de los ochenta, la repentina muerte de decenas de árboles, situados en los jardines por los que antaño pasearon Benito Mussolini y Margherita Sarfatti, causó una tremenda sorpresa. Los responsables de los terrenos, hoy protegidos como reserva natural, no entendían cómo se había introducido el patógeno en una residencia con acceso tan limitado como Castelporziano.

Ya en la década de los noventa, cuando el daño a los árboles de aquella finca era irremediable, un grupo de investigadores decidió estudiar el parásito que provocaba la podredumbre de las raíces y los troncos de aquellos pinos. Al analizar su genoma, los científicos comprobaron que un fragmento del ADN mitocondrial correspondía a la variedad norteamericana del hongo. ¿Cómo había podido cruzar el Atlántico hasta alcanzar la finca? La respuesta no estaba en los genes del patógeno, sino en los datos históricos sobre los pocos visitantes que habían estado en Castelporziano. En junio de 1944, militares de la División Custer, pertenecientes al Quinto Ejército de Estados Unidos, acamparon unas semanas en los terrenos que ocuparon Benito y Margherita en el pasado. No lo sabían, pero los palés y cajas de madera empleados para transportar equipamiento militar de un lado al otro del Atlántico contenían un polizón de guerra.

El regimiento había sido el único en poner un pie en la finca durante décadas, con la excepción de los gobernantes que habían descansado en la fortaleza. Sin saberlo, mientras los aliados luchaban contra las tropas nazis y fascistas y Mussolini se atrincheraba en la República de Salò, un hongo tan invisible como dañino conseguía abrirse paso en los jardines mediterráneos. Así lo demostró un estudio publicado en la revista Mycological Research en 2004, que hacía una retrospectiva acerca de la introducción de la especie invasora. Estudios posteriores señalaron que el Heterobasidium había conseguido además infectar pinares que se extendían por la costa italiana, hasta alcanzar distancias de cien kilómetros desde el lugar donde se produjo inicialmente la infección. El hongo que mataba lentamente a aquellos árboles es en realidad el patógeno de coníferas más peligroso del hemisferio norte.

El enemigo invisible que asoló buena parte de los árboles de Castelporziano llegó tras la caída de Mussolini. No fue el único polizón biológico que alcanzó su objetivo gracias a las contiendas militares. Se cree, por ejemplo, que un hongo tan llamativo y extraño como el Clathrus archeri pudo llegar a Europa en la I Guerra Mundial en las botas de soldados que procedían de Australia. La colonización de especies invasoras es uno de los mayores peligros que existen actualmente para la biodiversidad, con un impacto económico estimado en más de doce mil millones de euros. Hoy sabemos que el dictador fascista y el patógeno fúngico llegaron sin apenas hacer ruido al mismo lugar, convertido en una de las residencias oficiales del presidente de la actual República italiana. Dos historias paralelas que muestran las desastrosas consecuencias que uno y otro tuvieron, a su manera, sobre los seres vivos y el ecosistema.

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Lecturas:

My Fault: Mussolini As I Knew Him, Margherita Sarfatti, Enigma Books, 2013.

«El día que cayó el Duce», Julián Casanova, El País, 20 de julio de 2008.

«Pathogen introduction as a collateral effect of military activity», Paolo Gonthier et al., Mycological Research 2004; 108(5):468-470.

«Biology, epidemiology and control of Heterobasidium species worldwide», Matteo Garbelotto y Paolo Gonthier, Annual Review of Phytopathology 2013, 51:39-59.

«Hongos patógenos introducidos en Europa durante la II Guerra Mundial», Carlos Illana-Esteban, Boletín de la Sociedad Micológica de Madrid 2012, 36:187-192.

Especies exóticas invasoras: la respuesta de la Unión Europea, Comisión Europea, Luxemburgo, 2014. Disponible aquí.


La carne de dios

Psilocybe species include P. baeocystis (left) and P. pelliculosa (right). Fotografía: Mushroom Observer (CC)
Psilocybe baeocystis (izquierda) y Psilocybe pelliculosa (derecha). Fotografía: Mushroom Observer (CC)

La psilocibina es un compuesto psicodélico presente en unas ciento ochenta y seis especies de hongos. La mayor concentración se encuentra en varias especies del género Psilocybe pero se ha identificado en otros doce géneros más. Tras su ingestión, nuestro organismo transforma la psilocibina rápidamente en psilocina, una molécula psicoactiva que actúa sobre los receptores cerebrales de serotonina y genera alucinaciones, euforia y trastornos de la percepción; aumenta la emotividad, favorece la capacidad de introspección y genera un recuerdo muy vívido de algunas memorias. También pueden experimentarse reacciones negativas tales como náuseas, nerviosismo o dolores de cabeza y en algunas personas puede ser aún peor, con ataques de pánico o paranoia. La duración de los efectos está entre dos y seis horas, pero como también altera la percepción del tiempo los consumidores lo viven como que ha pasado mucho más. Un estudio realizado sobre ciento diez voluntarios sanos que recibieron de una a cuatro dosis de psilocibina concluyó que experimentaron «cambios profundos en el estado de ánimo, en la percepción y en el pensamiento y valoraron la experiencia como placentera, enriquecedora y no amenazante».

Los «hongos mágicos» tienen una historia bien delimitada en dos etapas y no necesariamente una es la continuación de la otra. En la primera parte, antes de mediados del siglo XX, su consumo estaba unido a un ámbito ritual y se buscaba una comunión con los espíritus. Hay pinturas murales en el Sáhara donde se observan figuras con algo que parecen setas en sus manos y recubriendo toda su piel. En un mural de unos doce metros situado en un abrigo rocoso del yacimiento de Selva Pascuala (Villar del Humo, Cuenca) hay otras formas poco definidas y se ha planteado que podría tratarse de una transición de setas a hombres, algo que podría estar relacionado con el consumo de Psilocibe hispanica en esa zona. Ya en épocas históricas, las setas psilocibias eran un componente importante de la culturas americanas, en particular de los aztecas. Los clérigos españoles persiguieron el consumo por los indígenas mexicanos y lo trataron como un asunto diabólico, identificando correctamente que era parte de la comunión de las culturas precolombinas con sus divinidades —el nombre en nahuatl, el lenguaje de los aztecas, es teonanácatl, la carne de dios— y, precisamente por eso, buscando acabar con ello. A pesar de siglos de prohibiciones y persecuciones, las setas psilocibias siguen formando parte de rituales religiosos de distintos grupos étnicos incluyendo los nahuatls, los matlatzinca, los totonacs, los mazatecas, los mixes, los zapotecas y los chatino.

La segunda etapa, que podríamos llamar recreativa, se inicia en la segunda mitad del siglo XX y el consumo sigue pautas muy diferentes: se realiza por personas de países desarrollados o de los mismos países pero sin una conexión espiritual ni cultural, en un lugar no simbólico, sin la presencia de alguien que actúe como guía (el chamán) que es el que regula qué y cuánto se consume. En el primer caso se trata una ceremonia que se considera el acto más sublime del grupo, donde se recibe a los dioses o se hace uno con ellos, y donde el componente espiritual es una parte fundamental y necesaria. En la versión moderna, el consumo es recreativo y va frecuentemente unido a ilegalidad, a tráficos y consumos de sustancias prohibidas. En 1957, un banquero y micólogo aficionado, R. Gordon Wasson, y su esposa Valentina describieron sus experiencias de ingestión de hongos con psilocibina durante una ceremonia tradicional en México, publicando un artículo en la revista Life titulado «Seeking the Magic Mushroom» («Buscando el hongo mágico»). En un segundo viaje les acompañó Roger Heim, director del Museo Nacional de Historia Natural de París, quien identificó las especies de setas utilizadas y envió unas muestras al químico Albert Hofmann, que trabajaba en Sandoz y había conseguido fama mundial al sintetizar el LSD en 1938. A este grupo se unió Timothy Leary, profesor en la Universidad de Harvard que ayudó a popularizar la psilocibina y a defender sus posibles usos terapéuticos. Como había sucedido en la época de la colonia, las autoridades norteamericanas y europeas también ilegalizaron su consumo, posesión y venta, siendo clasificadas como drogas de tipo 1, que son las que tienen un alto potencial de abuso y ningún efecto terapéutico.

A pesar de este estigma, se han hecho diversas investigaciones sobre los principios activos de las setas psilocibias y sus efectos. Griffiths y su grupo hicieron un ensayo clínico con psilocibina en treinta y seis personas que nunca habían tomado un alucinógeno pero que participaban en prácticas religiosas o espirituales. Los voluntarios fueron evaluados durante el tratamiento, poco después y dos meses más tarde, y unos tomaron psilocibina y otros un placebo activo: metilfenidato (Ritalin). El Ritalin produce un efecto estimulante pero no alucinógeno, y se usó porque si se hubiera tomado un compuesto inactivo como control los usuarios habrían identificado con rapidez en qué grupo participaban y se habría dado un sesgo en sus respuestas. A los dos meses, los participantes valoraron la experiencia con la psilocibina como algo muy significativo en el plano personal, con un intenso componente espiritual y atribuyeron a esta experiencia cambios positivos en su actitud ante la vida. Una nueva evaluación un año después hizo que los participantes describieran su experiencia con la sustancia fúngica como una de las más significativas personal y espiritualmente de sus vidas y consideraron que había mejorado su bienestar y su satisfacción con su propia existencia. Para confirmar este efecto, los investigadores entrevistaron también a familiares, amigos y compañeros de trabajo de las personas que habían participado, llegando a la conclusión de que estos cambios eran consistentes con las puntuaciones que les daban los familiares, amigos o colegas de cada participante; es decir, habían cambiado y había sido para mejor. Es una evaluación chocante por dos motivos, por un lado porque se producen cambios duraderos en el tiempo con una experiencia puntual y, por otro, por esa clasificación de la psilocibina entre las drogas de tipo 1, las más peligrosas y dañinas.

DETALLE del panel 1 de la pintura prehistórica de Fuente de Selva Pascuala (Cuenca, España): probables hongos alucinógenos.
Detalle del panel 1 del yacimiento de Selva Pascuala (Villar del Humo, Cuenca). Fotografía:  Giorgio Samorini (CC)

Un segundo grupo de estudios, incluyendo varios ensayos clínicos, se ha centrado en las posibilidades terapéuticas de la psilocibina. La base de datos norteamericana de ensayos clínicos (accedida el 14 de noviembre de 2015) recoge quince estudios realizados o en realización con esta molécula donde se investigan sus posibles beneficios para los pacientes con cáncer, para las crisis de ansiedad, para dejar la adicción a drogas como el alcohol o la cocaína y para mejorar la psicología y eficacia de líderes religiosos, como si pudiéramos tener chamanes de laboratorio. Un par de estudios recientes se han centrado en pacientes con estados avanzados de varios tipos de cáncer y un diagnóstico de un trastorno de ansiedad. Los resultados estadísticos permitían concluir que la psilocibina generó una disminución de la ansiedad y una mejoría en el estado de ánimo de estos pacientes.

El tercer ámbito de actividad en el que la psilocibina parece una molécula prometedora es en el tratamiento de la depresión. La psilocibina se une a los receptores serotonérgicos 1A/2A/2C y hace que la respuesta de la amígdala cerebral a los estímulos negativos o neutros se atenúe y eso genera una mejora del estado de ánimo en las personas deprimidas. La psilocibina actúa también sobre la corteza anterior del cíngulo, una zona que muestra cambios de actividad en personas con depresión y el tratamiento lo normaliza. Las personas con depresión tienen un exceso de actividad en la llamada «red neuronal por defecto» y así están todo el tiempo rumiando sobre ellos mismos, su nulo valor, sus fallos, su maldad, los fracasos vividos y los fallos cometidos. La psilocibina parece actuar también a este nivel, deteniendo lo que se conoce como rumiación obsesiva y mejorando la autoestima de los pacientes. Los primeros ensayos clínicos con la sustancia vieron que los voluntarios que participaban en el estudio se sentían de mucho mejor ánimo unas pocas semanas después, aunque prácticamente ningún laboratorio farmacéutico está dispuesto a participar en el estudio por las dificultades administrativas y legales que implica trabajar con una sustancia controlada.

Los cambios que la psilocibina genera en el cerebro se asemejan también a otro proceso natural de la mente: la creación de sueños. Tras inyectar psilocibina a quince voluntarios y meterlos en un escáner de resonancia magnética funcional, Robin Carhart-Harris y sus colegas del Imperial College han visto que se producía una caída de la actividad en el tálamo y en la corteza anterior y posterior del cíngulo. También se vio que se producía una disminución en el acoplamiento entre la corteza prefrontal y la corteza posterior del cíngulo. Estas regiones están relacionadas con el autocontrol y los pensamientos más elaborados. Estos cambios en los niveles de actividad son similares a los que se producen cuando una persona sueña, lo que podría tener que ver con las visiones y las experiencias oníricas, y la menor actividad en los centros de conexiones también sugiere una cognición sin restricciones, como si el cerebro se comportase «más libre» tras el consumo de psilocibina.

La psilocibina se clasifica también dentro de las sustancias enteógenas, aquellas moléculas capaces de suscitar experiencias espirituales, un aspecto enormemente sugerente por sus implicaciones pero que entre los científicos suele generar cierta incomodidad. De hecho se ha visto que la psilocibina y el LSD son capaces de inducir experiencias místicas o trascendentes en una relación dosis dependiente, algo que no sucede con otras drogas psicoactivas como el éxtasis, el cánnabis, los opioides, la cocaína o el alcohol. Tras un ensayo clínico con psilocibina, la mitad de los participantes lo describieron como la experiencia espiritual más significativa de sus vidas.

Las experiencias místicas son un componente fundamental de las tradiciones religiosas y culturales en todas los continentes y en todas las épocas. En todas ellas hay un núcleo común, un relato bastante parecido que incluye sentimientos de unidad, de conexión, de sentirse en un ámbito sagrado, de paz, inefabilidad, alegría, trascendencia y una idea difícil de explicar de que esa experiencia es una fuente de verdad. Durante milenios, los humanos hemos usado una serie de rituales para alcanzar ese estado incluyendo la meditación, el rezo, el ayuno y la danza. También es común el consumo en esos ceremoniales de sustancias con poderes místicos que pueden ir desde la transubstanciación del pan y el vino en cuerpo y sangre de Dios a la ayahuasca, el peyote y los hongos mágicos.

 Para leer más:

  • Carhart-Harris RL, Erritzoe D, Williams T, Stone JM, Reed LJ, Colasanti A, Tyacke RJ, Leech R, Malizia AL, Murphy K, Hobden P, Evans J, Feilding A, Wise RG, Nutt DJ (2012). «Neural correlates of the psychedelic state as determined by fMRI studies with psilocybin». Proc Natl Acad Sci U S A. 109(6): 2138-2143.
  • Griffiths R, Richards W, Johnson M, McCann U, Jesse R (2008) «Mystical-type experiences occasioned by psilocybin mediate the attribution of personal meaning and spiritual significance 14 months later». J Psychopharmacol 22(6): 621-632.
  • Kraehenmann R, Preller KH, Scheidegger M, Pokorny T, Bosch OG, Seifritz E, Vollenweider FX (2014) «Psilocybin-Induced Decrease in Amygdala Reactivity Correlates with Enhanced Positive Mood in Healthy Volunteers». Biol Psychiatry pii: S0006-3223(14)00275-3.
  • Lyvers M, Meester M (2012) «Illicit use of LSD or psilocybin, but not MDMA or nonpsychedelic drugs, is associated with mystical experiences in a dose-dependent manner». J Psychoactive Drugs 44(5): 410-417.
  • Samorini G (1992) «The oldest representations of hallucinogenic mushrooms in the World (Sahara Desert, 9000-7000 B.P.)». Integration 2 (3): 69–78. Enlace.
  • Young SN (2013) «Single treatments that have lasting effects: some thoughts on the antidepressant effects of ketamine and botulinum toxin and the anxiolytic effect of psilocybin». J Psychiatry Neurosci 38(2): 78-83. Enlace.