Historia de la estupidez humana

Tras la pista de la Pantera Rosa (1982). Imagen: United Artists / Cordon Press.

Entre los sabios de nuestro tiempo siempre ha existido la disputa sobre qué enseña más, si los campus de la universidad o la universidad de la vida. Es extraño que muy pocos, entre doctorados y hazañas de barrio, se hayan interesado por una tercera vía como fuente de conocimiento: la estupidez.

Bien es cierto que para aprender de la estupidez propia antes hay que ser inteligente para saber que se es tonto, aunque la inteligencia es un bien escaso y la estupidez abunda. Borges entendía directamente que el primer síntoma de la inteligencia es la estupidez, de modo que podría ser que la estupidez no fuese tan tonta. No se mareen, que se lo explico.

Parece un acertijo budista, pero el propio Buda eligió a Nanda, el único discípulo que no le entendía, para difundir su palabra entre los hombres, a los que veía en su misma línea. Seres provistos de esa cualidad mágica y misteriosa, la estupidez. Porque los animales o nuestros antecesores, como el Homo erectus, no eran necios, más bien todo lo contrario. Es solo el hombre actual, el sapiens, merced a la civilización y la sociedad, el que es capaz de alcanzar ese estado sublime: la gilipollez.

Sin embargo, esta ha sido poco estudiada. Lo que más abunda son colecciones de aforismos, citas de escritores célebres y ensayos drama-queen sobre lo estúpido que es todo lo que nos rodea. Vaya por delante que el primer gran tratado sobre lo memo, Elogio de la locura de Erasmo de Róterdam en 1511, está firmado como recurso literario por la propia estupidez. Ella es la autora de la primera gran obra sobre sí misma. Es una autobiografía. Y, como tal, está llena de elogios.

A ella le debemos todo, dice la estupidez de sí misma. Sin estupidez, ni siquiera hubiéramos nacido. Le debemos la vida al matrimonio de nuestros padres. El matrimonio, sin estupidez, no existiría, pensaba Erasmo. Sin «la adulación, el juego, la paciencia, el engaño y el disimulo», servidores de la estupidez, la unión de por vida sería imposible. Y los matrimonios se deben al enamoramiento, que es el estado más estúpido posible. «Cuanto más absoluto es el amor, mayor y más feliz es su delirio». Nacemos gracias a la estupidez y, tras la muerte, no quería Erasmo ni imaginar la existencia celestial si se supone que era el amor pleno.

Y en medio, la vida. Lo que Balzac contó en su Comedia humana en diez mil páginas, Erasmo lo resumió en un párrafo: «El que reúne toda la comida que puede y se la traga a la fuerza, para luego morir de hambre. Aquel que cifra toda la felicidad en dormir y no hacer nada. No faltan los entrometidos en negocios ajenos que descuidan los suyos. Uno que lo gasta todo y se cree pudiente con la riqueza ajena, pero se codea con la ruina. Otro, cuya máxima felicidad es vivir pobre para enriquecer a su heredero. Ese se juega la vida, que ninguna fortuna puede recuperar, persiguiendo una ganancia exigua e insegura por todos los mares y vientos. Aquel prefiere buscar la riqueza en la guerra que permanecer en casa tranquilo. Algunos creen que nada hay más cómodo para hacerse rico que pescar viejos sin hijos, y no faltan los que prefieren echar miradas tiernas a viejas acomodadas. Aún más divertidos para los dioses espectadores suelen ser los que resultan engañados por aquellos mismos a los que pensaban desplumar». Un párrafo que comprendía prácticamente todo el universo de los que profesaban su religión, el catolicismo romano.

Dos siglos después, Jean Paul Richter, escritor educado esta vez en un rígido protestantismo, embriagado a sus dieciocho años por las lecturas de Voltaire y Rousseau, publicó Elogio de la estupidez en 1782. La necedad a la que se refería era la germana, la de aquellos, en sus propias palabras, que viajaban más pendientes de la brújula que del mapa.

También empleó el recurso de dejar que la propia estupidez firmarse su ensayo. En esta ocasión, más que pícara, la estupidez era agresiva. Quien la poseía podía ser peligroso. «Finge ser el gran enemigo de su vecino para no participar de su razón. No pocas veces se aviva su odio por las iluminaciones llegadas de las alturas, igual que el vinagre se hace más agrio con los rayos del sol».

Recomendaba cautela con los estúpidos, aunque bajasen la guardia: «Es cuando llora cuando más hay que temerlo, igual que el cocodrilo se lamenta con voz de hombre cuando quiere engullir a un ser humano».

Servía como placebo para el hombre, seguía contando la estupidez: «No le ofrezco sabiduría, pero sí la creencia de que la tiene en su poder». También aportaba firmeza en las convicciones al estúpido: «Siempre está sereno, porque está demasiado ciego como para distinguir algo terrible, por eso se muestra siempre igual en sus opiniones». Y, por supuesto, daba la felicidad: «El orgullo es un hada madrina que cumple todos los deseos del estúpido». Porque, sentenció: «estúpido no es quien no comprende algo, sino quien comprendiéndolo actúa como si no lo entendiera».

Tanto Erasmo como Jean Paul dedicaron generosas páginas a la corte de los príncipes. Lo que sería un star system o grupo de celebrities actual, pero, si uno hila más fino, a lo que le recuerda este análisis de Richter realizado en el siglo XVIII es a nuestro Facebook: «Vivir rodeado de placeres que son más brillantes que agradables, más codiciados que disfrutados, que producen más envidia en quien observa que satisfacción en quien los goza (…) vivir rodeado de personas que o bien se desprecian o se envidian mutuamente y en ambos casos lo manifiestan con cumplidos que se expresan con vanidad y con vanidad se devuelven».

La estupidez concluía que este tipo de vida solo se podía vivir sin aburrirse cuando ella había conquistado el juicio de una persona en un periodo prolongado de flaqueza: «aprovecho su falta de reflexión para hacerle soportable la irreflexión de los demás». A propósito de esto, y de nuevo en un enfoque perfectamente válido para nuestras redes sociales, el escritor del Siglo de Oro español Baltasar Gracián formuló otro acertijo budista: «En las cortes reina la ficción y para mentir se necesita inteligencia, entonces ¿por qué las cortes de la historia están pobladas con profusión por estúpidos?».

En 1866, Johann Eduard Erdmann, discípulo de Hegel y profesor de la Universidad de La Haya, pronunció una conferencia titulada Sobre la estupidez. Cuando lo anunció, el auditorio se partió de risa en su cara. Carcajadas que confirmaban su tesis: «La estupidez, escuchar estupideces, contribuye a la ilustración». Por eso entendía que es buena. Erdmann se decidió a abordar la materia tras un viaje en tren a Kyritz, una pequeña localidad cercana a Berlín. Una familia numerosa compartía vagón con él y, entre ellos, el niño más pequeño estaba muy preocupado mirando al resto de viajeros. Cuando en una parada volvió a entrar más gente, el crío estalló: «Pero ¿qué va a hacer toda esta gente en casa del abuelo de Kyritz?». Todos rieron, pero la madre le dio un besito y dijo: «Dejad en paz a mi tontito». Entonces, el chaval, orgulloso, devolvió la mirada a los viajeros satisfecho, como diciendo: «Yo tenía razón».

A partir de ahí, Erdmann estableció unos principios firmes sobre la estupidez: «Si nos imaginamos un número cada vez menor de puntos de vista, es decir, el estrechamiento progresivo de su suma, del círculo visual u horizonte, llegamos finalmente a un punto en el que el radio de las ideas coincide con su centro, en el que no es posible pensar ya en una limitación mayor, un volverse todavía más estúpido, habiendo dado, por tanto, con la forma nuclear de la estupidez. El punto central de todos los puntos de vista, el que todos ellos presuponen porque solo mediante él son suyas las ideas de un hombre, es el propio yo».

¿Cómo reconocerlo? Erdmann daba pistas en el lenguaje: «Allí donde el sensato expresa una ligera duda, este dice “esto es así”, donde aquel dice “me parece”, este dice “ya se sabe”. En vez de “algunas veces”, a este se le oye decir “siempre”, en vez de “algunos”, se oye “todos”».

Idiocracia (2006). Fotografía: 20th Century Fox.

Ya en el siglo XX, Walter B. Pitkin realizó el trabajo más extenso y exhaustivo sobre la estupidez, A Short Introduction to the History of Human Stupidity. Un manual de seiscientas páginas para poder lidiar con ella en los tiempos modernos, habida cuenta, consideraba el autor, de que la estupidez era abundante y copaba el mundo de la política y las finanzas. En 1969, el catedrático de Ciencias de la Educación de la Universidad de California, Laurence J. Peter, explicó este fenómeno con un principio que lleva su apellido: «En una jerarquía, todo empleado tiende a ascender hasta alcanzar su nivel de incompetencia» o «con el tiempo, todo puesto en una jerarquía tiende a ser copado por un empleado que es incompetente para desempeñar sus obligaciones».

Pitkin acudió a la fisiología. «Los hombres comienzan a perder su capacidad de pensamiento fresco y constructivo mucho antes de lo que se suponía, y lo pierden por completo mucho más tarde de lo que se pensaba». Cifraba en los treinta y cinco años la edad en la que el cerebro empieza a encoger, pero antes, a los diecisiete años, uno ya va perdiendo facultades perceptivas lentamente. Si tenemos en cuenta que suele ser a partir de los cincuenta cuando la gente alcanza las posiciones sociales más elevadas, así nos luce el pelo, se lamentaba, especialmente en la política. Estos individuos «es cierto que reflexionarán sobre lo que han percibido de una manera superior, pero los resultados de la reflexión estarán limitados por lo que vieron y escucharon».

Antes de salir por patas del III Reich, el escritor austriaco Robert Musil pronunció en 1937 una conferencia inspirada en la de Erdmann y con el mismo título, Sobre la estupidez, en la Federación Austriaca del Trabajo en Viena. Marginado por una élite intelectual que despreciaba al proletariado cuando no se había convertido abiertamente en nacionalsocialista, el autor de El hombre sin atributos les explicó a los currelas que fueron a verle algo similar a lo expuesto por Pitkin, que la estupidez tiende a elevarse socialmente, porque, dicho de otro modo, es, ante todo, sexy: «La escasa sensibilidad artística de un pueblo no se revela solamente cuando las cosas salen mal y de forma violenta, sino también cuando salen bien y de todas las formas, por lo que existe solamente una diferencia gradual entre prohibiciones y opresiones, por un lado, y laureadas ad honorem, destinadas a ocupar las cátedras universitarias y a figurar en las distribuciones de premios, por otro».

Pero recomendaba, si no la estupidez para los humildes, sí al menos saber fingirla. Para el débil es más prudente no pasar por sabio, la sabiduría puede amenazar la vida de los más fuertes, advirtió.

Aceptaba que existía una estupidez honesta, la cual, paradójicamente, era señal de inteligencia, basada en «una debilidad de la razón». Pero le preocupaba mucho más otra, más mezquina, la que en su tiempo empezaba a emplear con demasiada frecuencia el pronombre «nosotros» —denunció—, que se debía a «una razón que es un poco débil con respecto a otra cosa». Un desliz mucho más peligroso.

Después de la II Guerra Mundial, volvió a ser un austrohúngaro —en aquel momento solo húngaro—, István Ráth Végh, quien abordase el asunto con un tratado: Historia de la estupidez humana. También advertía el autor que la estupidez había sido muy poco estudiada; «¿Acaso es por los efectos repelentes de lo infinito?», se preguntaba.

Curiosamente, tras su fallecimiento en 1959, un vecino suyo de Budapest, Paul Tabori, se interesó inmediatamente por el tema y publicó otra Historia de la estupidez humana donde si algo demostraba era no ser nada tonto, ya que su libro era un plagio completo de la obra de Ráth Végh que ha llegado hasta nuestros días en sucesivas reediciones. En su copia, Tabori añadía un primer capítulo, La ciencia natural de la estupidez, donde demostraba un gran dominio de la materia. Proclamó: «Sea cual fuere el centro de la actividad individual, el hombre aspira a destacarse sobre del resto (…) al mismo tiempo, teme que su intención sea evidente o demasiado evidente». Ya saben por qué: si se notase, parecería estúpido.

La investigación de Ráth Végh tenía un valor meramente histórico. Daba comienzo con los españoles en el Nuevo Mundo y su obsesión por encontrar El Dorado. Llegaron hasta California y registraron cada aldea, cada tienda y cada choza de los indios, pero no encontraron oro. Se sintieron fracasados. No se habían dado cuenta de que lo tenían bajo los pies. En 1849, James Wilson Marshall descubrió que el oro bajaba por los ríos cuando instalaba el molino de un aserradero. Ahí comenzó la fiebre del oro, tres siglos después de que los españoles lo pusieran todo manga por hombro buscándolo sin éxito en escondites cuando lo tenían antes sus narices.

Peor deja a los vecinos franceses. Cuando por fin María Antonieta quedó embarazada, cuenta, las damas de la corte se colocaron cojines en el vientre debajo del vestido para «armonizar con el bendito estado de su majestad». Cuando el bebé tuvo su primera y feliz deposición, fue aplaudido y pocos días después los tintoreros y tejedores de París pusieron de moda el color «caca-Dauphin». Un tono entre el beige, el dorado y el verde, sí, muy parecido al color de la mierda, lo que se quería homenajear. Más adelante, cuando el rey Luis XIV tuvo una fístula y fue operado de ella, quienes tenían la misma dolencia se sintieron afortunados. Pero los que tenían sano el recto, acudían secretamente a los cirujanos para que, pagándoles una suma de dinero, les operaran también el ano, aunque no tuvieran nada. Cuando Dionís, uno de los médicos más conocidos, se negó a intervenir a un noble con un culo perfecto, su paciente exigió ser atendido, porque la operación podría ser dañina para él pero nunca para el galeno.

Sobre los alemanes, destaca su jurisprudencia. En 1519, detalla un proceso judicial acontecido en la localidad tirolesa de Stelvio, que ahora pertenece a Italia, donde un magistrado inició una causa contra los ratones de campo que destruían las cosechas. Hubo abogado defensor, fiscal y testigos. En la sentencia se obligaba a los roedores a abandonar el pueblo. No sé si la acataron. También aparece la condena a muerte de una yegua en 1692. En 1499 se metió en la cárcel a un toro. En 1386, un cerdo fue ejecutado en el patíbulo, al que fue conducido en trineo. En Rusia se envió a Siberia a un carnero y, en un proceso contra un perro en Baja Austria por morder a un alcalde, se sabe que el can fue condenado a un año y medio de cárcel.

En 1691, la Sociedad Alemana de Medicina e Historia Natural publicó un boletín para tratar con el diablo. Entre otras recomendaciones, aconsejaba disparar con el mosquete contra hombres sospechosos de estar poseídos por Satanás introduciéndose previamente las balas en el culo. Si fuese a ser abatido con arco, bastaba con hundir la punta de la flecha en estiércol. En cuanto a medicina, un galeno de Münster, en Westfalia, Heinrich Cohausen, dijo descubrir que el aliento de los jóvenes, administrado en dosis frecuentes, alargaba la vida hasta los ciento quince años. El método de Hermippus se llamó. Y tuvo especial éxito en Londres, donde se sabe que un caballero alquiló un aula de un colegio de señoritas con el fin de inhalar en largas sesiones el aliento de las niñas.

Más recientemente, en Allegro ma non troppo, de 1988, el economista italiano Carlo Maria Cipolla se atrevió a formular unas leyes fundamentales de la estupidez. En resumen, decía así: siempre se subestima el número de estúpidos que circulan por el mundo. Personas racionales se revelan de repente como estúpidos de forma inesperada. La posibilidad de que una persona sea estúpida es independiente de cualquier otra característica de la misma persona. Un estúpido causa daño sin obtener beneficio o incluso perjudicándose. Y, por último: el estúpido es más peligroso que el malvado.

En El que no lea este libro es un imbécil, de Oliviero Ponte di Pino, de 2000, se cita un estudio de la Universidad de Turín que relaciona la estupidez con el progreso humano: «el comportamiento estúpido no es típico de un hombre, sino que probablemente es evolutivo, en la medida en que concierta el cerebro del individuo con lo que hace, garantizando su supervivencia cultural y por consiguiente física». Por ese camino ya había ido antes el escritor francés Nicolas Chamfort, que se asombró de que «a medida que hace esfuerzos la filosofía, la tontería redobla sus esfuerzos para establecer el imperio de los prejuicios».

No es extraño, por tanto, que cuando Dostoyevski quiso abordar la creación de un personaje que fuese absolutamente bueno y positivo se encontrara solo con dos antecedentes. Cristo, que le pareció que era «un milagro», y Don Quijote, que servía «para reírse de él». De modo que, cuando quiso llevar esa personalidad a un contexto puramente realista, no le quedó más remedio que titular su obra El idiota.

No obstante, concluiremos con la apreciación del aforista austriaco Karl Klaus, que dio a los periodistas un truco infalible para triunfar: «volverse tan estúpido como sus lectores, para que estos se crean tan inteligentes como él».  


Manual de elegancia

Narciso (detalle), de Gyula Benczúr, 1881. Imagen: DP.

«Todo lo que una indumentaria trata de ocultar, disimular, aumentar y agrandar más de lo que la naturaleza o la moda ordena o quiere, siempre quedará como algo vicioso». Lo escribía en 1830 Honoré de Balzac en Tratado de la vida elegante (Impedimenta, 2011). Esta frase, que en principio se refiere a la manera de vestir, se puede utilizar también como una regla para delimitar qué entendemos como correcto en la actitud de una persona ante la vida. En consecuencia, todo lo que es artificio e impostura, todo lo que no es natural, sobra. Y sobra porque enmascara el verdadero ser. La elegancia personal se podría definir entonces como la expresión de uno mismo sin afectación. Con base en esa definición podría parecer sencillo llegar ser una persona elegante. Veremos más adelante que es más complicado de lo que parece. No es fácil, pero vale la pena intentarlo.

La palabra elegante significa «dotado de gracia, nobleza y sencillez», y en su etimología latina no tiene nada que ver con la acepción elitista y vinculada a la moda que el término ha adquirido en las últimas décadas. Vamos a tratar en este artículo de la elegancia interior, de la elegancia como una forma de estar en el mundo, como una postura frente a las circunstancias de la vida, como una manera de relacionarnos con los demás. Utilizaremos conceptos como discreción, naturalidad, empatía, sensibilidad, amabilidad, tolerancia, serenidad, humildad, cortesía y educación.

Narcisismo e individualismo

Putin (Rusia), Trump (Estados Unidos), Bolsonaro (Brasil), Salvini (Italia), Orbán (Hungría), Duterte (Filipinas), Erdogan (Turquía). Estos siete líderes mundiales representan el tipo de dirigente que se está imponiendo en la política internacional en los últimos años. Todos ellos son reconocidos, entre otras cosas, por un acusado narcisismo. Este trastorno de la personalidad se caracteriza por autoestima extrema, búsqueda de estatus, egoísmo, envidia, falta de empatía, necesidad de adulación, hipersensibilidad a la crítica, tendencia a la manipulación, poco control de la ira, fantasías de grandeza y propensión a magnificar sus logros. Se dice a menudo que los políticos no son más que un reflejo de la sociedad a la que representan, que tenemos lo que merecemos.

¿Es la sociedad de hoy mayoritariamente narcisista? De reciente publicación son varios libros sobre el asunto: El narcisismo, la enfermedad de nuestro tiempo de Alexander Lowen; La epidemia narcisista de Jean Twenge; Los perversos narcisistas de Jean-Charles Bouchoux, entre otros. Aparte de en utilizar títulos destemplados, los tres volúmenes coinciden en diagnosticar un incremento del narcisismo en la sociedad, sobre todo entre los jóvenes. ¿Cómo se mide este trastorno? La mayoría de los psicólogos utilizan un índice, el Narcisistic Personality Inventory (NPI). En el enlace anterior se puede acceder al test (en inglés) para evaluar el nivel de narcisismo. Se obtiene una puntuación de 0 a 40. Cuanto más alta, más narcisista. En la misma página, una vez finalizado el test, se pueden ver dos gráficos que reflejan la evolución de este índice a lo largo de los años. La media de puntuación se sitúa entre 15 y 17 puntos. A partir de 20 se comienza a tener cierta personalidad egocéntrica. Con el paso del tiempo la puntuación media se ha ido incrementando de forma constante. 

Algo consustancial al narcisismo es su notoriedad y su carácter expansivo. Las redes sociales y los medios de comunicación son el amplificador ideal para este tipo de personalidad y los comportamientos que genera. A causa de todo ello acaba pareciendo que el narcisismo o, cuando menos, el individualismo, es el signo de los tiempos, y que aquel que no piense en su propio interés antes que en los demás es un excéntrico o, al menos, un ingenuo. Unos años antes de ser nombrado presidente de los Estados Unidos, Donald Trump dijo: «Enseñadme a alguien sin ego, y yo os mostraré a un perdedor». Denuncia Cáritas en un estudio reciente que ha caído el «índice de solidaridad» y que, a pesar de que ha aumentado la exclusión social, el 51,3% de los españoles está menos dispuesto a ayudar a los demás que hace diez años. Pero si miramos debajo de la alfombra mediática que parece que todo lo tapa, encontramos motivos para la esperanza. Del mismo modo que en los líderes políticos antes citados tenemos ejemplos de lo que significa ser narcisista, contamos con personas que, en la acera contraria de la vida, son modelo de elegancia: viven a nuestro alrededor de forma tranquila, sin estridencias, sin dramatismo. Enfocan sus dificultades con optimismo y siempre están dispuesto a echar una mano. Son alegres, pero sin exagerar. Parecen disfrutar, pero nunca hacen alarde de ello. No son los más guapos y simpáticos del grupo ni los que más hablan en las reuniones; sin embargo, es agradable pasar el tiempo con ellos porque saben escuchar y comprender. Son, además, capaces de consolar como nadie; transmiten paz. Son personas anónimas, claro.

Del análisis del comportamiento y la trayectoria vital de algunas de estas personas a las que calificamos de «elegantes» y de la lectura de los libros de algunos expertos hemos sintetizado unas características comunes y algunas pautas de actuación que nos permitirán entender cómo son y cómo se relacionan estos seres no tan invisibles. Si tuviéramos que resumir en una sola característica a estas personas tendríamos que decir que todos ellos han eliminado su ego, o al menos lo han reducido a la mínima expresión. 

El narcisismo, para entendernos usando términos médicos, sería la infección y consiguiente inflamación del ego. Y la elegancia, el estado que se alcanza después de la extirpación o reducción de este mediante cirugía.

Qué es el ego

Para encontrar una clara y detallada explicación de qué es el ego hay que acudir a pensadores que han bebido de las fuentes de la sabiduría oriental. El resto de los autores de tradición occidental han dado escasa importancia a este concepto, y los pocos que lo han tratado lo han confundido con otras ideas como la del «yo» y la de «personalidad». Ego no es lo mismo que egoísmo. El segundo es uno de los frutos del primero.

Matthieu Ricard (1946, Francia) es un monje budista, asesor del Dalai Lama y autor de varios libros sobre espiritualidad. Ricard reside en un monasterio de Nepal. En 2008, junto con varios cientos de voluntarios, colaboró en un experimento de la Facultad de Neurociencia de la Universidad de Wisconsin. Como al resto de participantes, le colocaron 256 sensores sobre su cráneo y fue expuesto a un aparato de resonancia nuclear magnética que registró los niveles de actividad de la parte prefrontal izquierda de su cerebro (la parte asociada a las sensaciones positivas). Dentro de una escala que varía desde el -0,3 hasta el +0,3, Ricard puntuó -0,45 (fuera de la escala), lo que significaba que la capacidad de su mente para eliminar la negatividad era extraordinaria. Los medios de comunicación le concedieron el título de «hombre más feliz de la tierra».

En su libro En defensa del altruismo (Urano, 2016) caracteriza el ego como una ficción: «Es algo que existe —constantemente lo experimentamos—, pero que solo existe como una ilusión». Explica Ricard que el «Yo» que se adquiere en la primera infancia, cuando se ve sometido a los primeros cambios corporales y resulta afectado por inesperadas experiencias emocionales, cristaliza en un sentimiento mucho más fuerte e intenso, el ego. «Sentimos —continua Ricard— que este ego es vulnerable, y queremos protegerlo y satisfacerlo. Así comienza a manifestarse la aversión hacia todo cuanto lo amenaza, la atracción por todo cuanto le agrada y le reconforta».

Eckhart Tolle, otro autor influido por el pensamiento místico hinduista, en su libro llamado Un nuevo mundo, Ahora (Grijalbo, 2010):

El ego es un conglomerado de pensamientos repetitivos y patrones mentales y emocionales condicionados, dotados de una sensación de «yo». El ego emerge cuando el sentido del Ser, del «Yo soy», el cual es conciencia informe, se confunde con la forma. Ese es el significado de la identificación. Es el olvido del Ser, el error primario, la ilusión de la separación absoluta, la cual convierte la realidad en una pesadilla. La mayoría de las personas se identifican completamente con la voz de la mente, con ese torrente incesante de pensamientos involuntarios y compulsivos y con las emociones que lo acompañan. 

El ego es una representación mental de lo que creo que soy. Digamos, por simplificar, que me considero buena persona, inteligente, simpático y que pienso que mis opiniones son importantes para los demás (eso es mi ego). Lo más probable es que esas ideas que tengo sobre mí sean inciertas en mayor o menor medida. Creer en esa ilusión me viene bien para, dado mi entorno, desenvolverme en la vida. El problema viene cuando la realidad, de forma habitual, contradice lo que yo pienso de mí, cuando los hechos llevan la contraria a mi ego. Esa es la fuente de mis sufrimientos. Cuando no soy ascendido en el trabajo me cuesta aceptar que, siendo yo tan inteligente, prefieran a otro. Si mi novia me abandona, sufro porque mi ego me impide ver de forma objetiva cómo puedo haberla decepcionado.

El ego se desenvuelve con comodidad en el pasado (con lo mucho que yo he estudiado, cómo es posible que me suspendan) y en futuro (lo feliz que voy a ser cuando me jubile y tenga tiempo para mí). El pasado es fácil de maquillar, y no digamos el futuro. Sin embargo, el ego se siente a disgusto en el presente, en el ahora. La realidad que vivo ahora mismo es más difícil de disfrazar: analizar con honestidad mis circunstancias actuales me obliga, en la mayoría de los casos, a sentirme cuando menos satisfecho, a no quejarme, a no buscar enemigos. Y eso al ego no le agrada. El ego necesita conflicto.

Cuanta más distancia hay entre la representación y la realidad de mi ser verdadero más grande es el ego. Pensemos en una persona arrogante y autoritaria, que aparenta autoconfianza y capacidad de liderazgo, y de la que sospechamos que, en el fondo, es débil e inseguro; todos conocemos alguien así. En esa persona hay una gran discrepancia entre la realidad de su ser y la ilusión que ha fabricado como coraza defensiva. En ese caso estamos ante un ego que ha crecido demasiado y acabará siendo fuente de profundo sufrimiento. 

Tener conciencia de que en mi mente se produce esa representación —coinciden Ricard y Tolle— ya es un primer paso para desinflar mi ego. «Si el ego no es sino una ilusión —explica Matthieu Ricard— liberarse de él no supone extirpar el corazón de nuestro ser, sino simplemente abrir los ojos. Abandonar esa fijación en nuestra mente equivale a ganar una gran libertad interior».

Eco y Narciso, de John William Waterhouse (1903). Imagen: DP.

Altruismo

La buena educación no es más que hacer la vida fácil a los demás. (Anónimo)

En Guerra y paz Pierre Bezujov visita al príncipe Andrei Bolkonski, un viejo amigo al que no ve desde hace dos años. El príncipe ha estado en la guerra con los franceses y se ha convertido en un hombre arrogante y distante. 

—Matar a un hombre no está bien; no es justo —dijo Pierre.

—¿Por qué no es justo? —replicó el príncipe Andrei—. Los hombres no podemos saber qué es justo y qué no lo es. Los hombres se equivocaron siempre y se equivocarán, sobre todo al considerar qué es lo justo y qué lo injusto. 

—Injusto es lo que produce un mal a otro hombre —dijo Pierre, sintiendo con satisfacción que, por primera vez desde su llegada, el príncipe Andrei se animaba, empezaba a hablar y deseaba expresar todo lo que le había hecho tal como era ahora.

—¿Y quién te dice cuándo una cosa es un mal para otro hombre? —preguntó.

—¿El mal? ¿El mal? —dijo Pierre—. Todos sabemos bien en qué consiste el mal para nosotros mismos.

—Sí, lo sabemos; pero ese mal que yo conozco para mí, no puedo hacerlo a otro hombre —comentó el príncipe Andrei—: Solo conozco dos males reales en la vida: el remordimiento y la enfermedad. Solo en ausencia de esos males está el bien. Vivir evitando estos males, esa es toda mi sabiduría ahora.

—¿Y el amor al prójimo, y el sacrificio? —comenzó a preguntar Pierre—. No, no puedo ser de su opinión. Vivir únicamente para no obrar mal, para no tener que arrepentirse, es poco. Yo he vivido así: he vivido para mí solo y he destrozado mi vida. Solo ahora, que vivo, o al menos quiero vivir —corrigió con modestia—, para los demás, comprendo toda la felicidad de la vida. No, no estoy de acuerdo con usted; y ni usted mismo cree en lo que dice. (…) Lo más importante —prosiguió Pierre—, y de lo que estoy seguro, es que el placer de hacer bien es la única felicidad verdadera en la vida.

En esta conversación se plantea la controversia entre si es más ético el individualismo (respetuoso con el prójimo, pero frío y pasivo) o el altruismo (activo y comprometido, aunque entrometido a veces). Tolstói, al igual que la mayoría de los filósofos y pensadores modernos, toma partido por el altruismo. Y lo hace con el argumento de que es el amor desinteresado lo que más humaniza a la persona.

Solo una corriente de pensadores —entre los que destaca la norteamericana Ayn Rand— defienden el individualismo como la forma más ética de proceder y como el mejor camino hacia la felicidad. Esta corriente ha dado sustrato ideológico a la derecha liberal más salvaje y hoy ha vuelto a cobrar actualidad gracias a la presidencia de Donald Trump. La principal idea de Rand es que «El hombre —cada hombre— es un fin en sí mismo, no el medio para los fines de otros. Debe existir por sí mismo y para sí mismo, sin sacrificarse por los demás ni sacrificando a otros. La búsqueda de su propio interés racional y de su propia felicidad es el más alto propósito moral de su vida». Para conseguir ese fin el capitalismo, en su más pura expresión, es la mejor vía. Rand define el «egoísmo racional» como el egoísmo sin ego, como un egoísmo productivo. Siguiendo por este camino, Rand considera la humildad como un vicio. El humilde, según la filósofa estadounidense, se considera inferior al resto de los hombres y eso mata cualquier ambición moral en él.

La forma en que Rand trata los problemas sociales como la pobreza y la marginación genera desasosiego y demuestra su alejamiento de la realidad. Pero basta con tener en cuenta que fenómenos con el trumpismo y el Tea Party (ala más conservadora del Partido Republicano norteamericano) tienen su explicación en los libros de Ayn Rand para descartar sus ideas como fuente de inspiración de una persona que pretende ser elegante. ¿Quiere usted ser elegante como Donald Trump o como la madre Teresa de Calcuta?

Matthieu Ricard en su libro En defensa del altruismo desmonta la teoría de Ayn Rand:

Perdida en la esfera del razonamiento conceptual, Ayn Rand ignora que, en la realidad —esa realidad por la que ella afirma tener el máximo aprecio—, el altruismo no es ni un sacrificio ni un factor de frustración, sino que constituye una de las principales fuentes de felicidad y desarrollo en el ser humano. Como escriben Luca y Francesco Cavalli- Sforza, padre e hijo, renombrado genetista el primero y filósofo el segundo, «la ética nació como ciencia de la felicidad. Para ser feliz, ¿vale más ocuparse de los otros o pensar exclusivamente en uno mismo?». Las investigaciones en psicología social han demostrado que la satisfacción generada por las actividades egocéntricas es menor que la que proviene de las actividades altruistas.

Pero es importante tener en cuenta que el altruismo elegante es el que trae consigo compromiso e implicación personal con el semejante. Dar a los necesitados el dinero que a uno le sobra está bien, pero no es suficiente. El altruismo sin interactuar, sin relación, sin amor, en definitiva, no es verdadero altruismo.

Humildad, mesura y moderación

Todas las religiones encaminan al hombre hacia la humildad. La aceptación sincera de la existencia de un Dios —un ente superior, perfecto, omnipotente y creador— conduce al ser humano, de forma casi automática, al reconocimiento de su debilidad, de su inconsistencia. La humildad como la virtud que permite conocer las propias limitaciones, que abre los ojos ante la realidad de nuestro ser, es consustancial con la elegancia. La elegancia entendida como el proceso de reducción del ego conduce invariablemente a la humildad. 

Venid a mí todos los que estáis cansados y agobiados, y yo os aliviaré. Cargad con mi yugo y aprended de mí, que soy manso y humilde de corazón, y encontraréis vuestro descanso. Porque mi yugo es llevadero y mi carga ligera. (Evangelio de san Mateo, 11. 28-30)

Muchas de las personas elegantes que hemos analizado son religiosas. Pero la religión no es el único camino.

El ego es insaciable y se alimenta del deseo. Para el budismo el deseo es la causa del sufrimiento. Las pasiones humanas son la fuente del deseo que termina generando el sufrimiento. Mientras nos mantengamos en ese círculo vicioso, como predica el budismo, seguiremos en el estado del Samsara (ciclo de nacimiento, vida, muerte y encarnación) y nunca alcanzaremos el Nirvana (La iluminación, la paz, el equilibrio).

Para el estoicismo y el epicureísmo, filosofías griegas, la Ataraxia es el estado de tranquilidad, equilibrio y felicidad al que se accede mediante el control de las pasiones y la aceptación de la naturaleza (la realidad). Escribe Montaigne en sus Ensayos (Acantilado, 2007) que «La verdadera libertad consiste en el dominio absoluto de sí mismo».

La elegancia sería entonces una estación cercana al fin de trayecto que es la Ataraxia o el Nirvana. La moderación de los apetitos (comida, bebida, sexo…) y del resto de pasiones (celos, envidia, orgullo, ira…) aparece como un importante factor para reducir el ego, alcanzar la serenidad y terminar siendo una persona elegante. Quien se deja llevar por su libido y no respeta los sentimientos y la libertad del otro, está muy lejos de la elegancia. Quien come y bebe sin control de forma habitual, se encuentra muy apartado del camino hacia la sencillez y la humildad necesarias para alcanzar la elegancia.

Narciso, de Jules-Cyrille Cave, 1890. Imagen: DP.

Proteger la intimidad

Como hemos visto más arriba, reducir el ego implica comenzar a romper con el individualismo. Este proceso nunca llegará a buen puerto si no se protege la intimidad. Sin intimidad no es posible acabar con el egocentrismo. Puede parecer un contrasentido, pero no lo es. En una cena de matrimonios, un alto ejecutivo bancario de cincuenta años hizo con cara de orgullo el siguiente comentario: «Yo lo cuento todo en Facebook porque no tengo nada que esconder». Esta idea cada vez más generalizada de que la intimidad es algo que hay que compartir, y que solo se debe silenciar lo vergonzoso, es muy reciente en nuestra cultura. Tiene su origen en la difusión masiva de la prensa rosa o de cotilleo, y su auge en el uso generalizado de las redes sociales. Si difundimos y hacemos pública nuestra intimidad, necesariamente la eliminamos: la intimidad a la vista de todos deja de ser intimidad. Una persona sin intimidad pasa a ser como los demás y pierde su identidad real, su auténtico ser. Por ello será incapaz de desinflar su ego y alcanzar la elegancia.

Plácido Fernández-Viagas lo explica con detalle en su libro Inquisidores 2.0. El sueño del robot o el fraude de la libertad de información (Editorial Almuzara, 2015). La tesis principal de Fernández-Viagas es que el uso perverso de los medios de comunicación y, sobre todo, de las redes sociales, acaba teniendo un efecto pernicioso sobre el hombre en cuanto lo termina igualando a los demás, destruye su identidad y, de ese modo, lo deshumaniza.

Hay dos citas en el libro que vale la pena resaltar:

Para ser felices es imprescindible que nuestro modo de vida se base en nuestros propios impulsos íntimos, y no en los gustos y deseos accidentales de los vecinos que nos ha deparado el azar. (Bertrand Russell)

Quiero ser alguien, no nadie; quiero actuar, decidir, no que decidan por mí, dirigirme a mí mismo y no ser movido por la naturaleza exterior, o por otros hombres, como si yo fuera una cosa, o un animal, o un esclavo incapaz de desempeñar un papel humano; es decir, concebir fines y medios propios y realizarlos. Esto es, por lo menos, parte de lo que quiero decir cuando digo que soy racional, y que mi razón es lo que me distingue, como ser humano, del resto del mundo. (Isaiah Berlín)

«Una persona que no tiene nada que ocultar se vulgariza, se hace exactamente igual que los demás», escribe Fernández-Viagas. Y añade: «Si los sentimientos más profundos de los hombres, sus miedos, deseos y culpas, son objeto de exhibición, nadie querrá arriesgarse a mantener una individualidad demasiado pronunciada». Si Google, Facebook y Twitter controlan y registran todos los pasos que damos y sabemos que nuestras rarezas (en la red) pueden acabar siendo objeto de compra-venta acabaremos, consciente o inconscientemente, normalizando nuestra personalidad. La alienación a la que conduce un uso desmedido e irracional de las redes sociales y los medios de comunicación lleva a la pérdida de la dignidad. Una persona elegante, con el ego bajo control, preserva su intimidad de la exposición pública pues tiene claro que en ese coto privado reside gran parte de su auténtico ser.

No quejarse, no criticar

La neozelandesa Catrina Williams sufrió en 2002 un accidente ecuestre y quedó tetrapléjica. Los médicos le pronosticaron que estaría en una cama de por vida. A base de esfuerzo y determinación consiguió ganar movilidad y actualmente se desenvuelve de forma autónoma con la silla de ruedas y participa en competiciones deportivas. De su largo y tortuoso proceso de recuperación sacó tres conclusiones:

-Las personas más humildes son las que más te pueden aportar.

-Lo más duro de la tetraplejia no es la incapacidad de andar, sino las molestias asociadas a la enfermedad como las llagas y las infecciones. 

-El mundo se divide entre los que se quejan por todo y los que no lo hacen. Quiero vivir rodeada de los seres pertenecientes al segundo grupo.

No es necesario pasar por un proceso traumático para entender qué tipo de personas valen la pena. Las quejas y las críticas son alimento para el ego. Como dice Eckhart Tolle en su libro Una nueva tierra: «Cuando criticamos o condenamos al otro, nuestro ego se siente más grande y superior. (…) No hay nada que fortalezca más al ego que tener la razón. Cuando nos quejamos, encontramos faltas en los demás y la razón en nosotros».

Quejarse y criticar son acciones tan comunes hoy en día que han pasado a parecernos normales. Solo cuando entramos en contacto con personas que no lo hacen, caemos en la cuenta de lo irritante y molesto que dicha forma de actuar puede llegar a ser para los demás. La queja y la crítica, como alimento del ego, son combustible para un círculo vicioso que se agranda gradualmente y no tiene fin. Dejar de criticar y de quejarse está al alcance de cualquiera. Y tiene un efecto positivo inmediato. Pruebe, puede ser un buen comienzo.

Vivir sin miedo

Una persona elegante trasmite paz. Esa tranquilidad, ese sosiego que se irradia, debe ser real, no puede ser impostado. La serenidad y el equilibrio mental se tienen o no se tienen. Y solo en el caso de tenerlos se pueden compartir. Goza de serenidad quien ha reducido al máximo el miedo y el estrés. La ansiedad excesiva, salvo que esté justificada por un peligro real e inminente o sea consecuencia de una enfermedad mental, es fruto de un ego inflado y es incompatible con la elegancia. Un cierto grado de ansiedad puede ser beneficioso siempre que se mantenga bajo control de forma natural y no afecte a nuestro ánimo y a la relación con los demás.

Recientemente se publicaba la noticia de que España está entre los países del mundo que más ansiolíticos y antidepresivos consume por persona. ¿Cuántas de estas personas que recurren a la química podrían haber resuelto su malestar psicológico de otra manera?

En 2014, Scott Stossel, editor jefe de la revista norteamericana Atlantic Monthly y colaborador de otras publicaciones como el The New Yorker, publicó Ansiedad. Miedo, esperanza y la búsqueda de la paz interior. Utilizó Stossel su propia experiencia y la de su familia como columna vertebral del libro. Su objetivo era encontrar el equilibrio. El autor sufre crisis de ansiedad desde su infancia y padece diez fobias diferentes (no es broma). Entre ellas hay algunas bien conocidas como la agorafobia, la claustrofobia y la acrofobia, y otras más exóticas o infrecuentes como la emetofobia (a vomitar), la astenofobia (al desmayo) y la turofobia (al queso). Stossel, a lo largo de su historia como paciente, ha tomado veintisiete medicamentos (psicofármacos) diferentes, ha probado con diferentes tipos de psicoterapia y experimentado con tratamientos alternativos.

El libro de Stossel constituye el relato de una investigación valiente y honesta sobre los orígenes de su dolencia. Comienza Stossel con estas preguntas:

¿La ansiedad patológica es una enfermedad mental como sostienen Hipócrates y Aristóteles y los farmacólogos modernos? ¿O es un problema filosófico, como afirman Platón  y Spinoza y los terapeutas cognitivoconductuales? ¿Es un problema psicológico, producto de traumas infantiles y de la inhibición sexual, como sostienen Freud y sus acólitos? ¿O es un estado espiritual, tal como afirmaron Soren Kierkegaard y sus descendientes existencialistas? ¿O es, por último —como han sostenido W. H. Auden, David Riesman, Erich Fromm, Albert Camus y montones de comentaristas modernos—, un estado cultural, producto de los tiempos que vivimos y de la estructura de nuestra sociedad?

Y se responde:

Lo cierto es que la ansiedad depende al mismo tiempo de la biología y de la filosofía, del cuerpo y de la mente, del instinto y la razón, de la personalidad y la cultura. Aun cuando la ansiedad se experimenta en un plano espiritual y psicológico, es mensurable a nivel molecular y fisiológico. Es producto de la naturaleza y es producto de la educación. Es un fenómeno psicológico y un fenómeno sociológico. En términos informáticos es un problema de hardware y a la vez de software

Por ello Stossel, ante la disputa que en la psiquiatría se mantiene hoy en día entre los partidarios de la medicación y los partidarios de la psicoterapia, se pronuncia a favor de las dos facciones, entendiendo que cada caso es diferente de los demás y en la mayoría de los casos una combinación de ambos tratamientos es lo ideal. 

Lo que ni Stossel ni los partidarios de la farmacología ni los partidarios de la psicoterapia ponen en cuestión es que una reducción del ego siempre será positiva para bajar el nivel de ansiedad. A Sigmund Freud se le han rebatido gran parte de sus ideas y teorías, pero hoy consideramos aún más acertada que cuando la pronunció una de sus observaciones sobre la neurosis: «Las amenazas a nuestra autoestima o a la idea que nos hacemos de nosotros mismo causan con frecuencia mucha más ansiedad que las amenazas a nuestra integridad física».

Stossel concluye que la ansiedad es un elemento permanente de la condición humana. Y cita al psicólogo existencial Rollo May que en su libro The Meaning of Anxiety, 1950, escribió:

La ansiedad no puede evitarse, pero sí reducirse. La cuestión en el manejo de la ansiedad consiste en reducirla a niveles normales y en utilizar luego esa ansiedad normal como estímulo para aumentar la propia percepción, la vigilancia y las ganas de vivir.

El mismo autor, en la edición revisada de su libro, escribió en 1977:

Ya no somos víctimas de los mastodontes y los tigres, pero sí lo somos de las heridas a nuestra autoestima, de la imaginación de nuestro grupo o del peligro de salir perdiendo en la lucha competitiva. La forma de la ansiedad ha cambiado, pero la experiencia sigue siendo relativamente la misma.

Stossel recomienda, como camino hacia la serenidad, una ambición modesta y una aceptación de lo que se tiene. Para ello cita a Robert Burton, un erudito del siglo XVII de la Universidad de Oxford: 

Si los hombres no pretendieran ir más allá de sus fuerzas, llevarían una vida satisfecha y, al conocerse a sí mismos, limitarían sus ambiciones; entonces advertirían que la naturaleza tiene suficiente sin ambicionar esas cosas superfluas e inútiles que no traen consigo sino pesar y fastidio. Así como un cuerpo grueso está más expuesto a las enfermedades, así los hombres ricos lo están a las necedades y los disparates, a multitud de accidentes e inconvenientes enojosos.

Efectos colaterales de la reducción del ego

«Tan pronto comienzas a creerte importante empiezas a perder creatividad» dijo Mick Jagger, el cantante de The Rolling Stones, en la época en que, tras unos duros comienzos, el éxito y la fama empezaron a ponerse de su parte. No hay más que escuchar los discos del último tramo de su carrera y compararlos con los primeros. Desinflar el ego trae consecuencias colaterales. La principal es una mayor claridad para analizar la realidad. Si el ego, como hemos visto, nos engaña, nos manda mensajes ficticios, cuanto más lo reduzcamos mejor podremos entender lo que ocurre a nuestro alrededor, algo que ya de por sí es difícil. Es como eliminar un velo translúcido que nos impedía una visión nítida de los hechos.

También mejorará la salud. Como hemos visto, reducir el ego ayuda a eliminar miedos superfluos o miedos generados por hechos inevitables. La medicina ya tiene datos científicamente contrastados acerca de la influencia del estrés sobre la salud física. Una persona con ansiedad o estrés crónico tiene mayor tendencia corporal a la inflamación. Está demostrada la relación entre la ansiedad y ciertas enfermedades de la piel como la soriasis y otras del aparato digestivo, como el colon irritable.

Resiliencia

Esta elegancia de la que hemos hablado está al alcance de todo tipo de personas. No es necesario un determinado nivel de cultura ni de formación. La sencillez y la humildad son accesibles a todos los seres humanos.

De todos modos, hay casos en los que hay que reconocer que alcanzar este estado de gracia y sencillez se hace muy difícil. Ya sea a causa de patologías físicas, por traumas psicológicos de la infancia o posteriores (estrés postraumático) o incluso por motivos genéticos, puede ocurrir que para determinadas personas este proceso de encogimiento del ego sea más complicado.

Recomendamos, en ese caso, leer las páginas finales de Ansiedad, de Scott Stossel. En su búsqueda de la causas de su ansiedad crónica, Stossel llega a descubrir que sufre una predisposición genética a la dolencia. Además, constata la influencia negativa del alcoholismo de su padre y la poca atención recibida por parte de sus progenitores durante su infancia y juventud. Agarrándose a los últimos descubrimientos de la psicología moderna encuentra un concepto llamado resiliencia: «La capacidad de asumir con flexibilidad situaciones límite o traumáticas y sobreponerse a ellas». Stossel descubre que en muchos casos como el suyo esta capacidad de recuperación se ha convertido en una poderosa muralla frente a la ansiedad y la depresión. Como ejemplo ilustrativo utiliza los estudios del doctor Denis Charney (profesor de Psiquiatría y Neurociencia en la Escuela de Medicina Ichan, en Mount Sinai). Este médico investigó a los prisioneros de guerra norteamericanos en Vietnam que, pese a las torturas que sufrieron, no cayeron en la depresión ni desarrollaron un trastorno de estrés postraumático. 

Los diez elementos psicológicos o características de resiliencia fundamentales que Charney ha identificado son: optimismo, altruismo, poseer unos principios morales o una serie de creencias que no puedan destruirse, fe y espiritualidad, humor, tener un modelo a imitar, contar con apoyo social, enfrentarse al temor (o abandonar la propia «zona de confort»), tener una misión o un sentido en la vida y experiencia para enfrentarse a los retos y superarlos. 

Stossel, a través de los capítulos de su libro, mantiene un fluido diálogo con el doctor W. Después de una lectura atenta del volumen es fácil entender que el doctor W. es un psicólogo ficticio, un recurso literario que el autor utiliza para expresar las reflexiones y conclusiones a las que él mismo ha llegado tras asimilar los resultados de su investigación y racionalizar su relación con la ansiedad. El doctor W. dice dirigiéndose al autor: 

Esa es la razón —refiriéndose al poder de la resiliencia— por la que no dejo de decirte que detesto el énfasis moderno en la genética y la neurobiología de la enfermedad mental. Refuerza la idea de que la mente es una estructura fija e inmutable, cuando, de hecho, puede cambiar durante todo el transcurso de la vida.

Stossel, negativo por naturaleza, le responde al doctor W: «Creo que tengo una predisposición genética a no ser resiliente: estoy programado biológicamente, a nivel celular, para ser ansioso, pesimista y no resiliente». El doctor termina demostrándole que eso no son más que excusas, que su ego vuelve a jugarle una mala pasada.


Bibliografía:

«El narcisismo, la enfermedad de nuestro tiempo» de Alexander Lowen (Paidos, 2000)

«La epidemia del narcisismo» de Jean Twenge y W. Keith Campbell (Ediciones Cristiandad, 2018).

 «Los perversos narcisistas» de Jean-Charles Bouchoux (Arpa, 2019)

«En defensa del altruismo» de Matthieu Ricard (Urano, 2016).

«Un nuevo mundo, Ahora» de Eckhart Tolle (Grijalbo, 2010)

«Una Nueva tierra» de Eckhart Tolle. (Debolsillo, 2014)

«Guerra y Paz» de Liev Tolstói (Alianza editorial, 2011)

«Los Ensayos» de Michel de Montaigne (Acantilado, 2007).

 «Inquisidores 2.0. El sueño del robot o el fraude de la libertad de información.» De Placido Fernández-Viagas (Editorial Almuzara, 2015).

«Ansiedad. Miedo, esperanza y la búsqueda de la paz interior»de Scott Stossel (Seix Barral, 2014).

«Tratado de la vida elegante» de Honoré de Balzac (impedimenta, 2011).


Mathias Enard: «El gran peligro para un escritor es encerrarse en su mundo y no ver más allá de lo que está haciendo»

Fotografía: David Airob

Mathias Enard habla un montón de idiomas, todos con la misma sencillez. Su cara se acerca cada vez más a la de Balzac, pero, pese a los muchos premios de prestigio internacional que ha ganado en los últimos años, su espíritu permanece muy alejado de la soberbia. Quedamos a principios de verano en el café de la librería Laie —en la misma Barcelona donde ha pasado la mayor parte de su vida adulta, ha sido padre de una niña que ahora ya es adolescente y ha publicado en español todos sus libros—, aprovechando que pasa aquí unos días, pues lleva un año encerrado en su casa francesa, vecina a un cementerio y rodeada de laderas suaves y campos de cereales, escribiendo su nueva novela. 

Tu obra tiene un símbolo en el centro, el puente. A veces explícito, como el proyecto del puente de Constantinopla en el que trabaja Miguel Ángel en Habladles de batallas, reyes y elefantes. Otras veces es un puente simbólico como el del ferry que atraviesa el estrecho de Gibraltar en Calle de los ladrones. ¿Cuál es el primer puente que recuerdas?

¿Un puente físico, un puente real?

O leído.

Recuerdo muy bien que en medio de la ciudad donde nací y crecí, Niort, hay un puente porque hay un río. Hay varios puentes ahí que sigo cruzando muy a menudo. Y esos son los primeros puentes… Pero no creo que el puente sea central en mis libros, lo del puente de Miguel Ángel fue más bien una casualidad. Lo que a mí más me interesa son los ríos, los mares, más que los puentes.

Me refería más bien a puentes simbólicos como vínculos que atraviesan fronteras, ríos y mares. Sobre todo, vínculos simbólicos que encarnan viajeros, quienes con sus propios viajes crean esos puentes.

Sí, pero insisto, el puente no me parece una imagen muy válida. Lo que más me gusta son los barcos, porque el puente es inmóvil. Bueno, están esos puentes móviles del ejército, pero a partir de eso normalmente cuando pones un puente ahí se queda. Pero yo creo más en la movilidad, en el sentido de que los viajeros más bien son barcos o barcas, pero no tienden puentes. Y no es fácil para los demás seguirlos, a veces. En cambio, un puente sería algo que todo el mundo pudiera cruzar. Yo no lo veo. Creo más en el mar o en el río como, precisamente, un espacio libre, que todos somos libres de cruzar o no. Nadando o en barca o como sea. De ahí, me parece más interesante el estrecho de Gibraltar que este puente de Miguel Ángel en Estambul.

En ese sentido, pese a que los viajes son móviles, son inquietos, son inestables y son personales, tú escribes libros sobre esos viajes y los libros fijan, permanecen… ¿Cómo fue tu descubrimiento del mundo oriental y en qué momento decidiste convertir esa relación entre Oriente y Occidente en el gran tema de tu obra (si esas categorías son válidas para tu literatura)?

Quizá porque crecí en una ciudad pequeña, del oeste de Francia, cerca del Atlántico, siempre me ha fascinado el Mediterráneo como espacio literario pero también real. Luego, cuando empecé a estudiar, sabía que quería estudiar como mínimo en París. Y para ir a París tuve que escoger algo que no se pudiera estudiar cerca de Niort, porque en ese momento había una especie de mapa de universidades que te decían: tú vives aquí, pues tienes que ir a tal universidad cerca de tu casa. Y entonces escogí una universidad que no estaba dentro de estos mapas, que era la Universidad de Lenguas Orientales de París, la famosa y revolucionaria, y digo revolucionaria porque fue fundada en la Revolución. ¿Para estudiar qué? Yo creo que mi primer viaje fue solo leer el librito que entregaban a los alumnos, con todos los idiomas que tenían a tu disposición, que eran como ochenta o noventa, que iban desde los más cercanos como el griego hasta los más lejanos, que eran lenguas de Malasia, de Vietnam, de África. Y empecé estudiando vietnamita, además de Historia del Arte. 

Pero Vietnam no aparece en ninguno de tus libros…

Es que yo no estaba preparado para semejante idioma. A los dieciocho años, ese país estaba muy lejos, pero mucho. Yo no entendía absolutamente nada, mientras que la gran mayoría de mis compañeros de clase ya tenían un vínculo con Vietnam, sabían algo. Para mí era solo un nombre y un punto en el mapa. Era lo único que sabía. Y entonces lo dejé, al cabo de unos meses, pero ya me había dado cuenta de que aquello me gustaba muchísimo, aprender cosas nuevas, lenguas nuevas, así que me dije: no, mejor algo más cercano, un Oriente más próximo. Y me matriculé en árabe y persa, y me fascinó, fue un gran descubrimiento. Primero, porque había una estrecha relación con la historia del arte musulmán que estaba estudiando al mismo tiempo en Historia del Arte; y porque realmente en los idiomas, en persa tanto como en árabe, encontré algo que me convenía. El idioma me resultaba fácil de aprender y aquellos sitios me resultaban cercanos, no sé por qué motivo. Y así empecé.

¿Y por qué esa necesidad de irte a París? ¿Querías huir de casa? ¿No querías seguir cerca del hogar?

Quería ver un poco el mundo. Me acuerdo de que en esos años de la adolescencia yo leía mucho, sobre todo novelas de aventuras de principios del siglo XX o finales del XIX. Leía a Conrad y a poetas franceses viajeros, y yo tenía ganas también de ver el mundo, no quedarme en aquella región, bonita y simpática, pero que me resultaba un poco estrecha. 

¿A esa edad de dieciocho años qué idiomas hablabas ya?

Hablaba alemán e inglés, nada más, además de francés, claro.

¿Cómo los habías aprendido?

En la escuela. Viajé bastante por Alemania de joven, por intercambios escolares. También fui a Irlanda bastante. 

¿Y ahí empezaste a conocer el whisky o eso fue posterior?

Eso fue posterior. Yo de jovencito era muy necio. En mi vida cabía poca cerveza y ningún whisky. Eso empezó en París, en la universidad.

Ese lugar fabuloso, hijo de la mismísima Revolución, donde se podían estudiar tantas decenas de idiomas, aparte del persa, del árabe, de la de historia del arte y del alcohol, ¿qué más te descubrió? 

Me descubrió que mi gusto por la historia y por la geografía eran reales; y que la literatura y la historia de la literatura eran algo que realmente me gustaba. Aunque quizá, más que estudiar idiomas o incluso que leer, lo que realmente me entusiasmaba era montar bibliografías e ir a bibliotecas. El hecho de investigar, de buscar, de remontar esas cadenas, porque al final en la investigación en ciencias humanas se trata siempre de hacer una cadena de quién cita a quién, en fin, encontrar todas esas cadenas que forman el saber: eso me fascinó y me interesó muchísimo, y me sigue interesando.

¿Cuándo viajas por primera vez a Oriente?

En mi segundo año en París. El primer viaje. Tenía un colega que estudiaba conmigo y un día cogimos un mapa, de esos de papel, de la época, y decidimos tomar cualquier medio e irnos al este, empezar un viaje y a ver dónde acabábamos. Fuimos en el avión hasta Estambul, luego cogimos un autobús hacia el este, llegamos a Teherán después de no sé cuánto tiempo, cuántos días de autobús, con visado de tránsito; teníamos también un visado para Paquistán, llegamos a la frontera de Paquistán con la India y regresamos a la capital de Irán porque nos llegó una oferta para estudiar en una universidad del norte de Teherán durante un trimestre. Y nos quedamos en Irán desde septiembre hasta diciembre. Luego, en diciembre, regresé a Estambul y me fui a Egipto, donde estudié árabe hasta junio, en El Cairo. Estuve todo el año allí, en Oriente Medio.

¿Cómo era Irán en aquella época?

En el 93 había muerto el ayatolá Jomeini y estaba en el poder Alí Jamenei. En la época se hablaba de los reformadores, en realidad se veía a Jamenei como alguien más abierto que iba a proporcionar un giro, a cambiar el régimen, a abrirlo. Hace veinticinco años y no ha cambiado nada. Pero había pequeños signos de apertura en Irán y nosotros pudimos quedarnos tres meses… bueno, quedarnos con muchas aventuras, tuve que ir a juicio por quedarme. Esto me pasó tres veces. Te multaban por quedarte ilegalmente en el país y te expulsaban y te daban un tiempo para irte; entonces, resolvieron mi caso el 15 de diciembre o algo así y tenía una semana para dejar Irán. Siempre que fui a Irán me quedaba ilegalmente.

¿No tenías miedo?

No, miedo no. Seguramente porque era un inconsciente, pero sí que veía que la realidad era muy dura, porque en estas oficinas de extranjería de Irán veías a todos los que también expulsaban, esposados, sufriendo malos tratos por parte de las fuerzas de seguridad iraní, pero no sé por qué nosotros no, quizá porque vivíamos en medio de los iraníes e íbamos a la universidad. Éramos jóvenes y para la República de Irán no éramos ningún peligro, éramos gente que quería estudiar persa y la literatura persa, y creo que por eso nos trataban más o menos bien.

¿De ahí son tus lecturas de poetas persas que después te han acompañado toda la vida, como Rumi?

Sí, ahí descubro a estos poetas y literatura que me sigue acompañando. Realmente, Irán es una joya, porque allí la poesía sigue viva, en el sentido de que incluso alguien que no sabe leer sabe poesía clásica. Es como si un madrileño analfabeto supiera poesía de Góngora de memoria. Y cuando lo ves ahí, recitando, no te lo puedes creer. Eso era realmente fascinante, la presencia de los poetas incluso en los periódicos, en la vida cotidiana… La novela en Irán era algo relativamente nuevo, cuando para nosotros es realmente el centro de nuestras letras o de la literatura desde hace siglos ya. Allí la poesía sigue siendo el centro del canon, y también el cuento, el cuento breve, que se remonta a los siglos XV o XVI. Eso era fascinante, ver un país con una tradición en que la poesía tiene tantísimo peso.

En Zona usas como modelo de estructura la Ilíada, y en Calle de los ladrones está muy presente Ibn Battuta. ¿Cómo es tu relación con esos clásicos? ¿También los descubres en la infancia o en la adolescencia?

Ibn Battuta es posterior, lo leí y lo descubrí durante la carrera. Es un autor genial, pero también muy aburrido, porque sigue las normas de los libros de viaje de la época, según las cuales cuando llega a una ciudad te tiene que describir todas esas mezquitas importantes y mencionarte a todos los jeques importantes. Sigue una serie de pautas que incluso te puedes saltar, porque hoy en día saber que fulano era hijo de mengano y fulanita pues nos da más o menos igual. Pero en algunas descripciones y en algunas historias que cuenta, casi como apuntes alrededor de estos otros hechos que para él son fundamentales, pues ahí están las joyas, y es un mundo como el de Marco Polo, más o menos de la misma época, que permite viajar, recorrerse todo el imperio de los mongoles, desde Tánger, como Batutta, hasta el Pacífico. O desde Venecia hasta Pekín, como Marco Polo. Lo fascinante es que sus mundos, aunque lidian siempre con la imaginación, son muy reales, sus viajes son muy reales. Pero de pronto Ibn Battuta te cuenta que está en lo que sería ahora el este de Turquía, y te dice que ahí al norte hay un país al que nunca accedería, porque allí hay hombres que no son realmente hombres, y, aunque intercambian pieles de lobos y de otros animales con la gente del sur, nunca son vistos. O más adelante, cuando está en Malasia, dice: aquí hay un país donde las mujeres tienen tres pechos. Y, claro, esas cosas son muy reales para él, de modo que las cuenta con el mismo lenguaje con que describe al jeque tal, que es el gran jeque de la mezquita de Delhi. Igual que Marco Polo cuando describe el país del Preste Juan, que está en la Biblia, y dice, bueno, eso está el norte del río Indo, en el país de la inmortalidad. Y eso para mí era genial: ver cómo todavía en los siglos XIII o XIV los hombres tenían esa relación tan natural con lo mítico, con la leyenda.

¿Y los clásicos griegos y romanos?

Eso del instituto, de la escuela.

¿Tienes buen recuerdo de la escuela pública francesa?

Sí, muy buen recuerdo. Yo aprendí mucho, la verdad. Leí muchísimo y aprendí mucho. Incluso en materias que en la época no siempre los alumnos acababan con éxito. Como los idiomas, por ejemplo, yo acabé la escuela teniendo un nivel aceptable de alemán o de inglés. Mi latín es pésimo, sigue siendo muy malo, pero leí mucho en latín: Horacio, Lucrecio, Virgilio… 

¿Qué idiomas llegaron después? El español, por ejemplo.

El español llegó cuando llegué a España.

¿Y el catalán?

El catalán también.

¿También hablas ruso?

El ruso lo aprendí en la Escuela de Idiomas aquí en Barcelona, pero es muy difícil.

¿El alfabeto?

No, no tiene nada que ver con el alfabeto. El alfabeto es muy fácil, eso lo aprendes en dos días. El ruso es muy difícil porque es una lengua llena de excepciones y de cosas raras. Es más difícil que el árabe. Porque el árabe es una lengua perfecta, es la lengua de Dios, en ella no hay excepciones ni cosas extrañas, es muy normativa. En cambio, el ruso es una pesadilla. Lo olvido muy rápido, obviamente porque no voy casi nunca a Rusia.

Nunca lo había pensado, pero, por lo que dices del árabe, ¿podría ser que, de un modo inocente, se haya convertido en una herramienta de control? ¿Que su rigidez sea favorable al cumplimiento del islam?

El árabe tiene una relación muy estrecha con el islam. De hecho, surge con el islam, el árabe del Corán nace con el Corán, no es el dialecto que hablaba Mohamed, Mahoma, sino que es una lengua aparte, quizá sea el único milagro que realmente hizo el profeta. La lengua nace entera, nos llega perfecta, única, no sabemos cómo.

¿También has leído cómics desde siempre?

Sí, desde siempre, forman parte de mi cultura. No es nada raro entre los franceses, es una de las diferencias entre Francia y Bélgica y España o Alemania. En España, como en Alemania, es muy reciente eso de la novela gráfica, que se puede comprar en librerías «normales». Cuando yo llegué a Barcelona encontrar cómics era muy difícil, había solo cómic americano mal traducido, de grapa, pocos álbumes, y lo demás venía de Francia pero sin traducir. Y eso ha cambiado mucho en los últimos quince años.

¿Crees que Tintín y Corto Maltés influyeron en tu imaginario del viaje?

Sí, sí, sí. De hecho, mi idea de lo que es la aventura y el viaje me viene de Corto Maltés, es mi héroe ese hombre, y lo sigue siendoLo empecé a leer cuando tenía doce años o así.

En pocos meses se publicará tu primera novela gráfica, dibujada por Zeina Abirached.

La segunda, publiqué Tout sera oublié con Pierre Marquès, un relato de viaje por los Balcanes…

Yo lo leí más bien como un libro ilustrado… Sin duda, con Pierre Marquès tienes una gran afinidad, personal y artística, que también se vio en vuestro libro infantil, Mangée, mangée. Y ahora te has aliado con otra artista, con quien compartes un mundo muy parecido, también de relaciones entre Oriente y Occidente… ¿Qué te aportan ese tipo de colaboraciones?

Sobre todo, cosas básicas. Uno: como yo soy absolutamente negado para todo lo que es manual (es un milagro que pueda escribir), pues me fascinan los dibujantes, los artistas en general, porque tienen una relación con la materia, una relación física con lo que hacen, con el dibujo, con su pincel, con el papel, que yo sería absolutamente incapaz de tener. Es que yo soy muy negado, incluso para el Pictionary y todas esas mierdas. Pero ellos sí, tienen esa capacidad. Y para mí es genial trabajar con ellos porque puedo acceder a ese mundo. Y, luego, está el tema de la soledad. Escribir es algo muy solitario. La colaboración con otros escritores o con editores es muy escasa, casi no se da, aparte de algunos proyectos con editoriales o con revistas. Y, claro, la colaboración con el artista, un dibujante, te da esta posibilidad de colaborar, intercambiar problemas y trabajar juntos. Cada uno con lo suyo, pero también intercambiando ideas de ambos lenguajes, digamos. Y eso para mí es muy importante, porque creo que el gran peligro para un escritor es encerrarse en su mundo y no ver más allá de lo que está haciendo.

En París has participado en un proyecto de galería de arte y tienes una relación muy estrecha con los escritores y escritoras de la editorial Inculte y con la revista. ¿Quiénes son los miembros de Inculte? Y, ahora que ya ha pasado un tiempo desde que comenzó vuestro proyecto, ¿cómo resumirías vuestra intervención, digamos generacional, en la cultura francesa de este comienzo de siglo?

El proyecto de Inculte nació en 2004. Nos conocimos a finales de 2003, casi todos en un festival en Bélgica. Empezamos con una revista que se llamó así y sacábamos un número dos o tres veces al año, llegó hasta los veinte números. Era una especie de laboratorio. Era muy interesante hacerla porque se hacía básicamente todo por e-mail. Los debates también eran por e-mail. Cada número tenía un dosier, con temas como la ira, la rabia, el vino o W. G. Sebald, que fue el primero. Como estábamos abiertos a todo y escribíamos lo que nos apetecía, se fueron sumando escritores y escritoras al grupo. Al final éramos más de una decena, con gente como Bruce Bégout, Claro, Alexandre Civico, Hélène GaudyMaylis de Kerangal. La revista desapareció, sigue la editorial. Acabamos de publicar un libro bastante chulo: se titula El libro de las plazas, es sobre todos los movimientos que tuvieron lugar en los últimos diez años en una plaza, como la plaza Tahrir del Cairo o lo de Occupy Wall Street en Nueva York. Yo hablo de la plaza de la Revolución de Gracia, aquí en Barcelona.

Muchos sois ahora escritores reconocidos. 

Ahora sí, somos escritores más o menos reconocidos. Bueno, tenemos una carrera todos que ya dura como quince años.

A principios de la década pasada eras una especie de agente doble. Estabas a la vez en el consejo de redacción de la revista Lateral y en Inculte en París…

Mi relación con Lateral empezó antes, porque yo entré en el 2000, y lo de Inculte es años más tarde, pero es verdad que en el final de Lateral —que por desgracia cerró mucho antes— coinciden.

Hablando de Lateral y de Barcelona, llevas aquí unos quince años.

En realidad, dieciocho.

Bueno, si mis cuentas no me fallan, en este tiempo has pasado dos años en Alemania y uno en Francia… 

¡Es verdad! 

Tu mujer y tu hija son catalanas. Tu traductor al español, Robert Juan-Cantavella, y tu editor, Claudio López Lamadrid, también están aquí. Por no hablar de los amigos, la publicación de tu obra en catalán o el restaurante Karakala, un proyecto que compartes con Imad Elhaddad y donde hay, por cierto, un mural original de Zeina Abirached. ¿Te sientes barcelonés o incluso un poco catalán?

Sí, Barcelona es la ciudad donde más he vivido. Un poco catalán, sí, también, en el sentido de que, cuando yo llegué aquí a Barcelona, la cultura catalana me apasionó también, la poesía medieval, la historia de Cataluña y, claro, como es un país que tiene tan presentes esos relatos de la identidad que son precisamente la historia y la poesía y la literatura, era muy fácil acceder, estaba ahí y aprendí catalán muy rápido.

Pero hubo un motivo también afectivo, supongo.

Sí, por la familia de mi mujer. Si bien con mi mujer en la época hablábamos árabe entre nosotros.

¿Primero árabe y después francés?

Ella no sabía francés y yo no sabía español, de modo que hablábamos en árabe.

¿Te enamoraste en árabe? Eso fue otro milagro, como el del Profeta.

Bueno, mi madre no lo vio así. Cuando llegamos por primera vez a su casa y vio que hablábamos entre nosotros en árabe, para ella fue fascinante: una española y un francés hablando en sirio o en libanés, no se lo podía creer. En plan: «Pero ¿qué es esto?».

Barcelonés, un poco catalán, un poco español, ¿bastante mediterráneo, ahora que llevas ya toda tu vida adulta vinculado con este mar y no con el océano Atlántico de tu infancia y adolescencia?

Sí, sí, sin duda. Como todo el mundo, he cambiado mucho en los últimos veinte años. Y la verdad es que ahora mi vínculo con el oeste de Francia, con la región en que me crie, aunque sigue siendo muy fuerte, es totalmente distinto. Me parece un lugar muy exótico. Ahora soy mucho más crítico con Francia que antes, lo cual me hace pensar que sí me he vuelto un poco español o catalán.

¿Participas en el proceso de traducción de tus novelas al catalán, al castellano o a otros idiomas?

No. Obviamente, cuando tú conoces un idioma puedes leer la traducción y el traductor te puede preguntar, «Oye, ¿qué significa esto?, aquí no entiendo esto otro», y muchas veces los traductores, eso es muy importante, mejoran el texto en el sentido de que ellos son los lectores más atentos, y palabra por palabra descubren cosas que tú no habías visto. Por ejemplo, errores, erratas y a veces cosas importantes como una fecha errónea, una ciudad que dices que está a lado del mar y resulta que está a ciento cincuenta kilómetros de la costa. O una frase a la que le falta el verbo. Y eso los traductores te lo preguntan. Pero yo no participo más allá de esto, digamos que mi participación se limita a la que quiere el traductor. Mi traductor al español, Robert, y la traductora al inglés, Charlotte Mandell, me mandan la traducción para ver si encuentro algo. Y lo hago. Pero mis traductores alemanes, por ejemplo, no. 

Hablando de Alemania, la experiencia de los dos años gracias a la beca de la DAAD [Servicio Alemán de Intercambio Académico, por sus siglas en alemán] en Berlín, ¿ha cambiado tu relación con la cultura alemana?

Vivir en Berlín es un placer, un gran placer, porque Berlín es a la vez una gran ciudad con mucha historia pero también un lugar muy cosmopolita (mejor no hablemos del clima, que es horrible). Yo estaba escribiendo Brújula y mi relación con la ciudad estaba un poco torcida, digamos, por la relación que yo tenía con mi novela, me pasaba el día en casa o en las bibliotecas especializadas en Oriente Medio. Yo creo que podría vivir también en otras ciudades de Alemania, es un país interesante, con una dimensión muy austera, protestante, y otra mucho más festiva. Berlín o Hamburgo me encantan, las ciudades grandes tienen siempre un lado cosmopolita, más abierto, pero las ciudades pequeñas, más atravesadas por el protestantismo, también me interesan. 

¿Cómo fue en cambio la escritura de Zona, que tuvo lugar, en buena parte, en Roma? ¿Cómo cambió el lugar, el espacio de la escritura, la propia escritura?

Tengo que reconocer que el lugar influye mucho en mí. Por ejemplo, no sé nunca si Zona se parece a Roma y Brújula se parece a Berlín; o, al revés, si mi Roma y mi Berlín son así, en mi cabeza, porque entonces estaba escribiendo en ellas Zona y Brújula. Pero la verdad es que yo soy, y mira que no creo en eso, pero soy capricornio, que tiene que ver con la tierra, que es un signo de tierra. Siempre me interesa el lugar donde estoy en un momento preciso, concreto. Siempre encuentro allí cosas que me interesan y, claro, mi literatura también es un reflejo de eso. Aunque Zona pase en un tren y Brújula en Viena, son muchísimos los elementos que introduje a partir de lo que veía y vivía en Roma y en Berlín. Ahora, en El banquete anual de la cofradía de los enterradores, el libro que estoy terminando de escribir en mi casa, en el paisaje que se abre entre Burdeos y Nantes, también se me ha metido mucho territorio, mucho espacio en la novela.  

En Brújula ocurre todo en una larga noche de insomnio y en Zona, en un viaje en tren. Háblanos de cómo te documentaste en trenes italianos y si en Berlín tuviste una noche de insomnio o has vivido el insomnio en alguna ocasión.

La historia de los trenes fue un infierno, porque yo había decidido que el viaje sería literal, a un kilómetro por página, es decir, empezamos en el tren con Francis, en la estación de Milán, luego recorremos los cuatrocientos ochenta kilómetros ferroviarios que hay entre Milán y Roma con él, cuatrocientas ochenta páginas. Entonces me dije: «Bueno, yo tengo que hacer este viaje también». Y cogí el mismo tren entre Roma y Milán, una vez mirando a la derecha, apuntando todo lo que veía, con un mapa en la mesa y un cronómetro para saber exactamente, más o menos, dónde estábamos. Y páginas, decenas y decenas de páginas de apuntes del viaje de un lado del tren. Y luego la vuelta en el otro lado, otras decenas de miles de apuntes de lo que se veía por la ventana. Era horrible utilizar esto, porque no coincidía nunca realmente con el mapa, y entonces decidí que Francis tomara su tren a las seis de la tarde, que es el último tren que salía de Milán ese invierno y se hace de noche enseguida y no se ve nada, aparte de las luces de una fábrica que está poco antes de Bolonia o después de Milán, es una fábrica real. Y, claro, aparte de los túneles, borré un poco todo este paisaje porque básicamente era incapaz de releer mis notas y de ver lo que había en cada kilómetro. Pero lo que me daba, aparte de la anécdota de los trenes, lo que me permitía este recorrido en tren es remarcar que los personajes están precisamente encerrados. Cuando el libro está tan armado sobre un hilo tan real, ahí te puedes permitir tantas digresiones como quieras, porque siempre vuelves al viaje en tren y el lector no se pierde. Él sabe que va a ir a Bolonia, y que después de Bolonia viene Roma y seguramente sea el final del trayecto. Y eso permite divagar, irse. Igualmente, en Brújula, que sigue un poco la misma estructura pero en una noche de insomnio, ahí son noventa segundos por página, y no es tanto el espacio el hilo conductor sino el tiempo; se ve cómo la noche va avanzando con Franz contándonos historias y eso nos da como una estructura bastante rígida que a mí me ayuda para salir de ahí.

Es un tempo muy musical, el protagonista es musicólogo.

Sí, noventa es porque es un tiempo que se da mucho en la negra… toc, toc, toc…

¿Tú eres músico? ¿Tienes formación musical?

No. Sí, formación musical, sí. Pero igual que siempre he sido muy negado para la pintura y el dibujo, también lo he sido para tocar. Me encantan los instrumentos, la música, las partituras, pero toco muy mal, he probado con varios instrumentos y no hay manera.

Brújula ha sido finalista y ganadora de varios premios internacionales muy importantes. ¿Cómo ha sido la experiencia concreta con cada uno de esos premios y qué has aprendido de ellos?

El primero y el más gordo fue el Goncourt, claro. Es una experiencia muy rara desde el momento en que te llega la noticia, porque a partir de entonces todo gira alrededor de esa noticia. Eres finalista. Y el día en que se falla el premio tú estás esperando desde las ocho de la mañana, dando vueltas por París, alrededor de la editorial, porque es adonde llegará o no la noticia, durante horas, tomando cafés, esperando. Luego llegas a la editorial sobre las doce, doce y media, y sabes que el premio se falla alrededor de la una porque los del jurado están reunidos en el Drouant, un restaurante de París, y empezarán a comer poco después de la una. Entonces el reloj marca la una y tú estás con tus editores y nadie llama. Y dices, bueno, no hemos ganado. Entonces alguien pone la radio y se acaba de fallar, y oyes tu nombre. Y es como «Ooooooh»… Ahí entras en una vorágine, nunca me había pasado algo así, hay una pequeña plaza delante del restaurante donde el jurado está reunido, y tú sales del coche que te esperaba en la puerta de la editorial y está a petar de gente, hay miles de personas esperándote. La policía te abre camino para llegar al restaurante. Hay fotógrafos, decenas de cámaras de la tele y, claro, te preguntas: «¿Qué es esto?». Hay tantos periodistas dentro del restaurante que te hacen cruzar por la cocina con una especie de guardaespaldas con… ¿Cómo se dice? Un pinganillo. Te sube por el montacargas del restaurante para llegar al piso donde está el jurado, una mesa enorme, es un salón privado de los hermanos Goncourt, con retratos de ellos, libros y tal, y llegas ahí y ves a los periodistas privilegiados de los cuatro o cinco medios más importantes de Francia, que están dentro y cierran la puerta. Y dices: «Bueno, vamos a sentarnos a comer», pero qué va. Tú estás dando cinco entrevistas y todo el mundo está comiendo a tu alrededor, sobre todo los miembros del jurado, que cuando llegas ya han empezado. Llegas, de hecho, y ya van por el segundo plato. Y tras las entrevistas comes algo, muy rápido, porque la encargada de prensa ya te ha montado una agenda que te mueres y además hay una fiesta por la noche. No te das cuenta de que realmente lo has ganado hasta un tiempo después, porque lo que está ocurriendo es que estás siendo arrastrado por un sinfín de acontecimientos, de entrevistas, de viajes, de cientos de presentaciones, durante meses y meses.

¿En qué consiste exactamente el Premio Goncourt como tal, como premio?

Un talón por valor de diez euros. 

¿Lo guardaste o hiciste como…?

Sí, lo tengo, claro. Hay un solo autor que lo ha cambiado por dinero, nadie va a cambiar el talón de diez euros, que sirve como recuerdo, menos un autor…

Que es…

No voy a pronunciar su nombre.

El auténtico premio son las ventas.

Muchos editores matarían por un Premio Goncourt.

Y después del Goncourt ganas el Premio de Leipzig, el Premio Gregor von Rezzori y eres finalista del Booker Man Prize. ¿Cómo fueron esas experiencias?

Siempre te quedas con la duda de si hay para tanto. Pero, bueno, eso es un poco lo que tienen los premios… A la vez siempre hay algo dentro de ti que te dice que no lo mereces, pero, si no lo mereces tú, ¿cuál de los otros finalistas sí lo merece? La experiencia de ser finalista del Booker fue muy interesante, porque ahí sí ves qué significa realmente un premio. Un premio es un show que poco tiene que ver con la literatura, al final el libro es como lo de menos, lo que importa es la ceremonia, las actividades, las redes sociales, los meses anteriores, tu presencia, sobre todo tu presencia, tu cuerpo, no tu obra. Por ejemplo, si no te comprometes a ir a la ceremonia, no te aceptan como finalista porque lo que importa, al final, mucho más que tu libro, son los actos, las actividades, es lo que realmente importa, que se te vea, que se te escuche. Y el libro, bueno, por desgracia es un premio de libros, pero es un poco lo que molesta a los publicistas, a los que se encargan de diseñar todo el tinglado.

Por eso te negaste a ir a la ceremonia del Premio Strega.

Sí, yo sabía o intuía que no me lo iban a dar, ya estaba hasta aquí del teatro, me parece una auténtica lástima que lo que más interese es que estés allí, de cuerpo presente.

Además, durante todos esos días no escribes, ni lees, y estás solo encadenando comidas y cenas y entrevistas…

Sí, porque como digo tu presencia física es más importante que el libro. Eso me parece muy injusto, porque al final el premio es para el libro, no es para ti.

Te han traducido a más de veinte idiomas, has ganado esos premios que estamos comentando… ¿En algún momento has pensado que ha habido autores que después de estas traducciones y estos premios han ganado el Premio Nobel? ¿Te has planteado esa idea?

No. Eso es como preguntarte si la lotería te puede tocar. Sí, te puede tocar, pero lo más probable es que no te toque. El Nobel me parece algo tan lejano, pero tan lejano. No sé, supongo que cabe la posibilidad, pero lo dudo. Sobre todo, porque Suecia es un país que desconozco absolutamente, nunca he estado allí, y el Premio Nobel, todas esas academias, me parecen realidades como muy lejanas, fuera de la órbita y de los espacios que yo más o menos puedo dominar.

Además, eres un hombre blanco y francés, y hay un exceso de hombre blancos y franceses que han ganado el Premio Nobel. Aunque Blaise Cendrars, tu gran maestro, no lo ganó.

Sí, su lectura viene de mi niñez, de mi infancia, es un poeta que siempre me ha fascinado, pero, mira qué te digo, más como poeta que como novelista. Sus grandes libros de prosa son sus memorias, memorias de guerras, memorias de sus viajes, pero lo que me encanta es su nostalgia, la nostalgia de este mundo que hay entre 1900 y 1930, que es todavía el principio del siglo XX, con lo desconocido que era en aquel momento el mundo y lo difícil que era viajar. El mar de China, Brasil, África, los barcos… se viajaba en barco, los barcos siempre me han gustado mucho, más que los aviones. Sí, me gusta leer a Blaise Cendrars. Y me gusta leer los relatos de aquel momento.

Ese paisaje físico y moral está en Tristes trópicos, de Claude Lévi-Strauss. Aparece Brasil, el barco es muy importante y hay un capítulo muy famoso sobre el fin, la muerte del viaje. ¿Tú cómo te sitúas respecto a esa problemática, cómo vives tus viajes? ¿Crees que el viaje es todavía posible, o que el turismo lo ha transformado o incluso neutralizado?

No, yo creo que el viaje sigue siendo posible y siempre lo será, pero ahora con el mundo global, el viaje también se tiene que entender de otra forma. Tal vez sea más difícil el viaje de Barcelona a Calatayud por tierra que en avión a Tánger. Quizá el viaje no está donde siempre lo hemos visto, pero para mí sigue siendo posible. Es verdad que el turismo lo vuelve todo un poco confuso: como todo es más fácil, todo está masificado.  

En El alcohol y la nostalgia, cuyo epígrafe inicial —por cierto— es de Blaise Cendrars, un guion de radio convertido en libro, hablas también de un viaje en tren, de esa nostalgia que mencionabas y de beber. ¿De qué borrachera de tus viajes tienes más nostalgia?

Yo creo que el país de las borracheras, bueno, los países, son los de los Balcanes. Ahí me pasé días borracho. Porque cuando vas a una casa o a un lugar a las diez de la mañana ya te dan aguardiente de ciruela, o de albaricoque, o de lo que sea, que tienes que tomar con el café. Y así sigues, alcoholizado durante horas, no del todo borracho, no te caes, al menos de momento, probablemente te caigas al final, ya pasada la medianoche. Eso ocurre en todos los Balcanes, da igual que sea en países musulmanes o en países ortodoxos, solo cambia el color del alcohol o su gusto, pero siempre acabas hecho mierda.

¿Y qué hacías en los Balcanes? 

Bueno, emborracharme y disfrutar de la diversidad de los Balcanes. Eran los inicios del proyecto que se convertiría en Zona, estaba básicamente dedicándome a eso, a emborracharme con la gente…

Documentándote a través del alcohol…

Hablando con la gente un poco mayor que yo, que había estado en la guerra de los noventa, que para mí eran muy importantes para empezar a imaginar los personajes de Zona.

En todas tus novelas, desde La perfección del tiro, siempre hay en el trasfondo o bien entrevistas, trabajo de campo, viajes, o bien archivo y biblioteca. ¿Hasta qué punto crees que hay ficción en tus novelas?

Eso depende de sobre qué novela estemos hablando. Si hablamos de porcentajes, yo creo que donde el porcentaje de ficción es más bajo es en Brújula, pero siempre hay elementos ficcionales. Por ejemplo, en Brújula el relato final, a lo mejor no está en el final pero sí pasados los dos primeros tercios del libro, sobre la revolución en Irán es totalmente ficticio, y los personajes son personajes de ficción. En Zona también hay muchos relatos que son ficticios y también tengo novelas que son absolutamente ficcionales. En La perfección del tiro hay una base documental, pero…

Entrevistaste a francotiradores, ¿no?

No solo a francotiradores, a muchos combatientes en general, y a gente de ahí, del Líbano. Pero no digo sus nombres, ni el de la ciudad, que es Beirut, pero no lo es. Es Beirut transformado por la ficción. Yo creo que depende mucho de los proyectos, pero es verdad que siempre hay una parte que viene directamente de lo real o de los archivos de la historia y también otra parte que es ficción, en el sentido de que después de leer muchísimo o de hacer tantas entrevistas con los combatientes o excombatientes pasa algo en mí: puedo montar un personaje que es ficticio con trocitos de cada uno de estos personajes reales.

¿Por qué optas siempre por la novela? A veces la ficción es la opción más fácil. Tienes voluntad y vocación de investigador, te encantan los archivos, podrías escribir libros de no ficción…

Escribiría mucho más rápido si escribiera exclusivamente ficción, porque dedico muchísimo tiempo a la investigación y a las lecturas. Y leer toma mucho tiempo. Ahora, por ejemplo, estoy escribiendo algunos guiones de cómic, que sí son de pura ficción, y se pueden escribir muy rápido si uno imagina muy rápido. Pero prefiero escribir mucho más lento y poder investigar y aprender. Para mí la literatura y escribir son formas de aprender.

Has publicado poesía. ¿Te sientes poeta?

Mi poesía es una variante de los apuntes de viaje. No me siento poeta, es una forma, digamos, poética de hablar de viajes. Se trata de cuadernos de viaje que coinciden con viajes reales, momentos muy concretos de mi vida y muchísimas veces son apuntes o versos escritos en directo casi. 

¿Crees que el verso sintoniza mejor con el movimiento?

Sí, sí, exacto. Es casi el único formato al que puedes llegar en aquel instante preciso porque la prosa toma mucho más tiempo. Y con ella se te escapa la experiencia que acabas de vivir.

En Barcelona vive otro premio Goncourt, Jonathan Littell. ¿Tienes relación con él?

Sí, una relación muy cordial, no nos vemos a menudo, pero sí de vez en cuando.

Él también es políglota y también trabaja el viaje…

Sí, sí. Me fascina la relación que tiene Jonathan con el mundo rusófono, con Chechenia y esos lugares sobre los que él ha escrito y que también ha filmado. Domina el ruso, sabe mucho, obviamente, de Chechenia y el Cáucaso, pero también de Georgia, es un sabio. 

¿A qué lugar de Barcelona vuelves siempre que puedes? ¿A qué rincón?

No es ningún rincón desconocido. Yo vuelvo siempre a la plaza del Diamant, en Gracia. Por varios motivos, uno, porque tengo ahí muchos amigos, muchos conocidos y me gusta volver a verlos; y luego porque esa plaza tiene algo especial, fue un refugio y está muy vinculada con el libro de Mercè Rodoreda. Me gusta estar ahí. Gracia es a la vez un barrio muy tranquilo pero también muy inquieto, muy literario pero sin serlo. Muy vinculado con la historia, bueno, con los bombardeos de la guerra, que también están ahí, pero no están tan presentes. Hay una terraza de un bar donde siempre hay muchos árabes del este, libaneses, iraquíes, sirios. Y siempre vuelvo ahí arriba. Pero más interesante es, creo, no adónde voy siempre, sino los lugares que más me gustan pero a los que llego siempre por casualidad. Como, por ejemplo, la plaza Sant Agustí. Es una de mis plazas preferidas de Barcelona, la que más me gusta, pero no voy nunca. Solo voy cuando tengo que cruzar el Born y siempre me digo lo mismo: «Esta plaza es mi plaza favorita de Barcelona», pero nunca voy.

¿Y de Francia? ¿A qué lugar te gusta volver?

El País Vasco francés, donde está la casa de mis abuelos y de donde es mi madre, de Bayona, y siempre me gusta volver. No viviría ahí, pero siempre me gusta volver a Bayona o la montaña.

El periodista de Zona es un espía y en Brújula dices que los escritores somos todos espías. ¿Has tratado con espías? ¿Has tenido alguna relación con los servicios secretos de Francia?

No, yo soy muy negado no solo para la pintura y para la música, sino también para el espionaje, porque es bastante difícil hoy en día ser espía, es algo muy administrativo, te tienes que entrenar, toda una carrera. Pero sí conozco a muchos de ellos. Tengo amigos que estudiaron conmigo en la universidad, algunos de ellos son diplomáticos «normales» y otros son espías. Y sí, conozco historias sobre los servicios secretos y todo ese mundo.

¿Intentaron reclutarte?

No, porque yo no estaba en un lugar donde pudiera tener acceso a información interesante. Los que son reclutados como fuentes son gente que puede acceder a una red o a algún tipo de información que no se encuentra por todas partes. Y yo me relacionaba más bien con escritores, que lo que piensan o lo que dicen es público, entonces la información que yo pudiera conseguir no tenía mucho interés. Quizá sí cuando estaba trabajando en el sur de Siria y ahí era el único extranjero, pero, claro, como ahí no hay nada, no hay tampoco información que pudiera tener interés para nadie. Sabes cómo es esa gente. Si estás en el medio del desierto, sabes mucho del desierto, pero no deja de ser un desierto y no interesa a mucha gente 

¿Has conocido de cerca la guerra o el terrorismo?

Bueno, sí y no. Sí, un poco en el Líbano, en el sur, vi cómo la Cruz Roja actuaba después de los bombardeos. Y cómo la guerra cambia completamente el aspecto de todo un país, incluso su geografía. En los noventa vi en el Líbano cómo en un barrio de gente que se conocía desde hacía mucho tiempo, de la misma religión, de la misma clase social, estallaba la guerra y se mataban entre ellos. Brutal.

Lo que viste en los Balcanes, en cambio, fueron las heridas y cicatrices de la guerra.

Sí, eso era muy impresionante también. La violencia presente, ya sin armas, sin bombas y sin nada, pero todavía algo muy duro, muy triste y muy violento entre las comunidades, ver el resentimiento que quedaba y lo imposible que era llegar a una solución.

En Brújula se percibe una cierta tristeza respecto a Siria, lugar que tú conoces bien y al que no puedes volver. ¿Te planteaste ir a Siria pese al conflicto para la novela?

No para la novela, pero tenía un proyecto, me habían propuesto desde un magacín francés volver a Siria y escribir sobre Siria y especialmente sobre la región donde yo más tiempo pasé, que es el sureste donde están los drusos, escribir sobre qué había cambiado o no. Y se lo planteé a mi mujer y me dijo: «Tienes que escoger entre volver a Siria y yo». Y entonces dije: «Vale, bueno». Pero al final yo no soy periodista y era un trabajo más bien periodístico, donde tienes que escribir muy rápido, tener un ojo muy preciso… Yo no tengo ese oficio, y no sé si lo que hubiera podido escribir tan rápido en Siria habría tenido algún interés. Entonces imaginé mi regreso en un cuento donde el narrador vuelve para una boda al principio de la guerra en Siria.

¿Volviste en la ficción?

Sí.

¿En tu opinión Al Asad es un genocida?

Genocida, en términos jurídicos, no. Porque el genocidio está muy codificado por el derecho penal internacional, pero es un asesino, un asesino de masas, ha matado a cientos y miles de personas, y ha desplazado a millones. Con la ayuda de muchos, la responsabilidad no es solo suya, ni mucho menos, pero él ahí juega un papel clave.

¿Crees que hay solución a corto o medio plazo?

Siempre hay solución, lo que pasa es que no hay medios para remendar esa solución. Las soluciones existen y son muchas, lo que pasa es que nadie tiene el poder suficiente como para llegar a una solución. Sea desde el lado de Asad, los rusos, los iraníes, o desde el otro lado.

¿Y para Cataluña?

La solución, claro, es la independencia. No, es una broma. La solución es el referéndum, estamos todos de acuerdo en eso. Un referéndum pactado, real, en el que la gente pueda decir la suya. Yo creo que lo que pasa en Cataluña va a tener muchas consecuencias, y está teniendo muchas consecuencias para España. Primero que, poco a poco, yo creo que España se está aislando del resto de Europa, del norte, porque se está cerrando a una idea de sí misma que no coincide con la realidad. Estoy hablando del Gobierno español de Mariano Rajoy [Cuando esta entrevista tuvo lugar aún no se había producido el cambio de Gobierno de junio de 2018 N. d R.]. A mí, que no soy español, me gustaría ver un cambio de la Constitución, ir hacia un Estado federal. Eso sería la solución tanto para España como para Cataluña.

Tanto W. G. Sebald como Roberto Bolaño, tal vez los dos escritores de este cambio de siglo que están más presentes —directa o indirectamente— en tu obra, eran emigrados. Tú también lo eres, además eres «extraterritorial», en el sentido en que esa palabra quedó fijada en el texto de George Steiner. ¿Cómo experimentas esa contradicción, la de vivir en un lugar —y sentirte parte de él— donde no puedes votar, donde no puedes disfrutar de todos los derechos como ciudadano?

Tiene también sus ventajas, es una forma de ser siempre testigo, sin participar en los hechos. Es como ser un eterno testigo de un crimen inacabado, y es una ventaja, pero a veces tienes ganas de participar más activamente. Yo podría tener el pasaporte español y votar aquí, pero eso, por un estúpido acuerdo entre España y Francia que se remonta a los setenta, significaría perder el pasaporte francés, lo cual sería un poco absurdo, la verdad. Si no fuera así, creo que habría pedido hace tiempo la nacionalidad española.

¿Llegaste a conocer a Bolaño en la época de Lateral?

Sí, bueno, lo vi en una de sus últimas apariciones públicas en 2003. Creo recordar que a principios del invierno, pues todavía no había salido mi primer libro, que se publicó en mayo de 2003. Dio una charla, no recuerdo dónde, y fui a verlo. Es la única vez que lo vi en persona. El primer libro que leí de él fue Los detectives salvajes en el año 2000.

Seguramente es el libro más parecido a lo que has hecho después tú en Brújula.

Yo, la verdad, no veo muy bien en qué nos podemos parecer.

Por ejemplo, en la voluntad enciclopédica, en la importancia de las conversaciones basadas en entrevistas, en el motor del viaje o en la memoria del horror del siglo XX (eso sería más en Zona). Hay, además, un montón de guiños y homenajes…

Eso sí, guiños y homenajes sí. Aparte de eso, creo que nuestras obras van por caminos distintos. Pero sigo hablando sobre Bolaño a menudo. Hace una semana, con Robert, estuvimos hasta las cuatro de la mañana haciendo una lista de nuestras obras de Bolaño preferidas y coincidimos, y eso es muy curioso, en que nuestro libro favorito es Nocturno de Chile, después Los detectives salvajes, después Estrella distante y después 2666. Estábamos de acuerdo, aunque habíamos tomado un montón de gin-tonics. Ahora no sé si lo estaríamos, después de la resaca.


Las siete vidas de Vicente Blasco Ibáñez

Blasco Ibáñez. Imagen: Cordon.

Todos los hombres con talento tienen dos patrias: una, donde nacieron; la otra es Francia. (Vicente Blasco Ibáñez)

La biblioteca de mi abuelo se quedó huérfana demasiado pronto. José García Roda —carpintero y repartidor de periódicos, colchones y dónuts— tenía una librería ecléctica y poderosa. Allí encontrabas novelitas wéstern de Marcial Lafuente Estefanía o Silver Kane, novelazas de José María Gironella u obras maestras como Los episodios nacionales de Benito Pérez Galdós. Era un lector omnívoro y delicado. A Pepe le encantaba practicar un tipo de lectura sosegada y en horizontal. Cuando yo tenía seis años, él se despertaba a las 4 de la madrugada para repartir periódicos, colchones y dónuts. Algún fin de semana me quedaba a dormir en su casa de Gandía. Cenaba pronto con mi abuela —un amor igual de terso que el que profesaba por los libros— y se acostaba a las 21 h. A las 22 h ya debía estar durmiendo. Esa hora que transcurría entre el encame y el sueño profundo la empleaba en la lectura. Yo me asomaba por la puerta y lo veía reclinado en su cama, con las gafas en pendiente, a punto de precipitarse siempre; el gesto serio y concentrado. A veces le adivinaba un pequeño brillo, una iluminación. Yo me preguntaba qué sucedía dentro de aquellos objetos que amontonaba en la mesilla de noche para que mi abuelo sacrificara tantas horas de sueño. Dice el dramaturgo francés Pascal Rambert que entramos en las personas a través de los libros y que leemos con el pecho. Yo creo que ese señor tiene razón porque pasé mucho tiempo observando cómo mi abuelo leía.

Su biblioteca se quedó yerma el 10 de enero de 1993. Falleció con solo cincuenta y siete años cuando un cáncer feroz le devoró en pocos meses; yo apenas tenía once años. Tuvo que pasar bastante tiempo para que aquella biblioteca volviera a tocarse. Cualquiera que haya leído y amado con el pecho sabe lo difícil que es leer los libros de las personas muertas a las que tanto se ha querido. Es como entrar en ellas de nuevo, reconocer su huella, su olor, sus apuntes, sus listas improvisadas. Mi abuelo tenía letra de médico: angulosa, sofisticada. Yo intenté imitarla durante mucho tiempo pero era irrepetible. Recuerdo la mano de mi abuelo escribiendo. Tenía un pequeño bultito en el dedo corazón, provocado por algún leve accidente en su anterior trabajo de carpintero. De pequeña imaginaba que la singularidad de su letra, su misticismo, radicaba en aquella excrecencia rosácea que a mí me resultaba tan agradable.

Hace unas semanas volví a visitar la biblioteca de mi abuelo. Ahora sus libros reposan en una estantería nueva que yo misma me encargué —torpemente— de montar. En un momento dado, uno de los anaqueles de la biblioteca se venció y tres libros cayeron en una caja. Me asomé. Allí habían ido a parar, como tres tesoros en el fondo de un mar inhóspito, los tres volúmenes de la obra completa de Vicente Blasco Ibáñez, uno de los autores más misteriosos y fascinantes de España, cuya trayectoria vital —vertiginosa y sorprendente— ha pasado desapercibida para el gran público.

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La Casa-Museo Blasco Ibáñez está situada al final de la playa de la Malvarrosa. Es el mismo enclave del chalet que en su día habitó el escritor. Ahora está rodeado de otras viviendas, pero cuando Blasco Ibáñez lo compró, era prácticamente el único en la zona, con una extraordinaria vista al mar. Hace veinte años esa casa fue inaugurada como museo. Muchos niños valencianos que hemos disfrutado los veranos en esta playa de Valencia pasamos por delante de este edificio, adornado con una imponente terraza en la que lucen unas hermosas cariátides que ejercen de pilastras con un entablamento que descansa sobre sus cabezas. A Blasco le gustaba apoyarse en ellas, en sus curvas delicadas. Puede verse al autor en algunas fotografías que se conservan en la Fundación Centro de Estudios Vicente Blasco Ibáñez, que trabaja incansablemente por velar por la obra del valenciano y difundirla. En la primera planta del edificio se encuentra uno de los enseres más entrañables del escritor: la silla desde la que contemplaba el mar. Aquel Mediterráneo fue la inspiración de muchas de sus obras. Es hermoso imaginar a Vicente sentado en aquella silla con la maciza mesa de mármol delante —en la que probablemente descansarían algunos libros, cuartillas a medio escribir, licores y puros—, observando la inmensidad del mar y la particularidad de algunos bañistas. En uno de sus paseos, tal y como explica en el prólogo de Flor de mayo, se encontró con otro ilustre valenciano:

Muchas veces, al vagar por la playa preparando mentalmente mi novela, encontré a un pintor joven —solo tenía cinco años más que yo— que laboraba a pleno sol, reproduciendo mágicamente sobre sus lienzos el oro de la luz, el color invisible del aire, el azul palpitante del Mediterráneo, la blancura transparente y sólida al mismo tiempo de las velas, la mole rubia y carnal de los grandes bueyes cortando la ola majestuosamente al tirar las barcas.

Este pintor y yo nos habíamos conocido de niños, perdiéndonos luego de vista. Venía de Italia y acababa de obtener sus primeros triunfos.

Convertido al realismo en el arte y abominando de la pintura aprendida en las escuelas, tenía por único maestro al mar valenciano, admirando fervorosamente su luminoso esplendor.

Trabajamos juntos, él en sus lienzos, yo en mi novela, teniendo enfrente el mismo modelo. Así se reanudó nuestra amistad, y fuimos hermanos, hasta que hace poco nos separó la muerte.

Era Joaquín Sorolla.

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Vicente Blasco Ibáñez nació en la calle Jabonería Nueva (Valencia) el 29 de enero de 1867. Con solo doce años empezó a escribir. A los catorce ya tenía su primera novela. Y a los quince se marchó a Madrid escapando de su casa, con la clara intención de labrarse un porvenir. Pasó hambre y miedo; conoció a un viejo novelista llamado Manuel Fernández González y le hizo de secretario o, mejor dicho, de negro. Todo en la vida de Blasco fue rápido. Tanto como un relámpago. Seis meses después de su llegada, un policía mandado por la familia lo retuvo y mandó de vuelta a Valencia. Desde entonces creció en él un sentimiento republicano y anticlerical que le acompañaría el resto de su vida. A Blasco le hubiera gustado entrar en la Marina de guerra, pero tuvo que conformarse —como él mismo decía— con una «carrera más pacífica»: la de abogado. Se ausentó de la universidad en numerosas jornadas para ejercer la vida de joven acomodado: deambuló por la vega valenciana, se acostó a la sombra de viejas barcas mientras contemplaba el mar. En la universidad escribió un soneto en el que difamaba a todos los reyes del mundo. Le sentaron en el banquillo acusado de un delito de «lesa majestad». Al contar solo con dieciséis años decidieron absolverle. Lo cierto es que en la vida de Blasco Ibáñez las cosas se sucedían a un ritmo vertiginoso. El valenciano agotó en una sola existencia siete vidas poderosas y revolucionarias, intensas e insólitas: político, duelista, masón, novelista, viajero, periodista y guionista de Hollywood.

Blasco Ibáñez, el político

Meeting republicano en Madrid, 1905. Fotografía: José Demaría López / Nuevo Mundo (DP).

Utilizo el tomo I de las Obras completas de Vicente Blasco Ibáñez publicadas por la editorial Aguilar en Madrid el año 1961. Son 1658 páginas de un papel tan fino como el de los cigarros que el mismo Blasco solía fumar. Mi abuelo ha anotado un número cuyo significado no logro descifrar: 19.220. Al comienzo del libro hay una nota bibliográfica que recoge algunos fragmentos de la autobiografía del propio Blasco. Después del episodio del soneto antimonárquico, Blasco se vio inmerso en un agitado ambiente valenciano. Corría el año 1889 y en la ciudad había cargas de caballería, heridos y muertos. Al marqués de Cerralbo, jefe del partido clerical, se le había ocurrido izar una bandera inglesa en su casa. Así contaba Blasco su efervescencia política en aquella Valencia vibrante:

Sentía con pasión desbordadora aquellas luchas por un ideal. Es que soy un agitador, un artista enamorado de la acción, y aquellas conspiraciones novelescas me arrebatan el ánimo. Pero me fue forzoso abandonar aquel peligroso campo de acción.

Blasco huyó a París en 1890 tras haber promovido una manifestación contra Cánovas del Castillo. En el Barrio Latino se puso a leer con fruición a Zola y Balzac. Allí, influido por la tendencia del folletín, comenzó a escribir obras por entregas. De ahí resultó Historia de la revolución española en el siglo XIX y La araña negra, una novela «muy popular, por cierto que muy mala» —según el propio Blasco—, inspirada en El judío errante de Eugène Sue. Es una de las novelas juveniles —la escribió con veinticinco años— más conocidas del valenciano y tiene un ánimo claramente antijesuita: «El mundo está en peligro: la libertad y el progreso serán palabras vanas que representarán cosas inestables mientras siga en pie esa sombría institución». No fueron pocas las críticas que recibió por esta novela anticlerical protagonizada por unos sacerdotes jesuitas que son retratados como seres infames, perversos y ambiciosos.

Vivió como un animal político toda su vida e hizo del republicanismo su gran bandera. Su vehemencia política le hizo entrar en la cárcel más de treinta veces. Una de ellas fue en Sabadell, el lugar al que Pi y Margall le había enviado como candidato a la Diputación. Mientras paseaba por las calles de Barcelona, Blasco fue confundido con un anarquista francés por sus largos cabellos. En aquel momento se vivía en Barcelona una cierta psicosis antianarquista. Apenas unos meses antes un activista había lanzado una bomba en el teatro del Liceu. Se trataba de Santiago Salvador Franch, un anarquista que había acudido el 7 de noviembre de 1893 a ver el Guillermo Tell de Rossini. En la platea había algunas personalidades como Pío Baroja. Desde el quinto piso y durante el segundo acto apareció por la barandilla y lanzó dos bombas. Veinte personas murieron en aquel atentado.

La siguiente peripecia política de Blasco fue en el año 1895 cuando, con ocasión de la guerra de Cuba, promovió en Valencia todo tipo de manifestaciones contra el Gobierno. La ciudad se declaró en «estado de sitio» y Blasco volvió a huir. Antes de llegar a Roma —ciudad a la que escapó disfrazado de marinero y donde escribió En el país del arte— se escondió en una tienda de vinos de El Grao de Valencia donde vivía otro republicano con su madre. Allí, para matar el tiempo, escribió durante cuatro días un relato corto llamado Venganza moruna y cuyo desarrollo posterior se acabaría convirtiendo en La barraca, uno de los títulos más conocidos del autor que, sin embargo, vendió más bien poco.

Tras su estancia italiana volvió a Valencia y se vio envuelto en una nueva reyerta. Unos tipos republicanos se lanzaron a la huerta a robar algunos alimentos. La Guardia Civil los intentó detener y comenzó un tiroteo. El fiscal del caso afirmó que «en Valencia no se movía ni una hoja sin que Blasco Ibáñez lo mandase», así que por orden del general comandante del tercer Cuerpo de Ejército le encarcelaron de nuevo. Así escribía Blasco aquella literaria escena:

Dicha escena tuvo una teatralidad que no olvidaré nunca. Después de un larguísimo debate, me fue leída la sentencia, por la noche, en medio del patio, entre bayonetas y a la luz de un candil. Se había rebajado la pena a cuatro años de presidio, de los que pasé catorce meses encerrado en uno de los dos penales que tenía entonces Valencia, un convento viejo, situado en el centro de la ciudad y con capacidad para trescientos penados, si bien estaban más de mil. (…) Todos me trataban con el mayor respeto, y a uno sentenciado a muerte, le facilité la evasión.

Blasco-Danton, el masón

Cuando solo tenía veinte años, Blasco Ibáñez ingresó en un movimiento conocido como «masonería» o «francmasonería», una institución que data de finales del siglo XVII y principios del XVIII y cuyo objetivo no era otro que buscar la verdad de la existencia con un carácter fraternal e iniciático en los que dominaban los significados filantrópicos, simbólicos, filosóficos, jerárquicos y discretos —por no decir secretos—. Blasco adoptó el nombre de Danton, en homenaje al abogado y político francés Georges-Jacques Danton, que jugó un papel decisivo en la Revolución francesa. Entró en la Logia Acacia número 25 de Valencia. Allí ocupó el atril de orador, un cargo fundamental que requería unas extraordinarias dotes oratorias y un conocimiento muy minucioso de las leyes masónicas. Solo él podía, por ejemplo, suspender una reunión.

El profesor de la Universidad de Valencia, Luís M. Lázaro Lorente, escribió un artículo titulado «Blasco Ibáñez: Masonería, librepensamiento, republicanismo y educación» en el que analiza el origen de la masonería en Valencia, vinculada a un profundo anticlericalismo. Así recoge el Boletín Oficial del Arzobispado de Valencia una carta pastoral dedicada a los maestros de instrucción primaria de su diócesis en el año 1913:

La masonería es, pues, hijos amadísimos, el gran enemigo de la educación religiosa, y es difícil tomarse idea completa de su influencia fuertísima y de su radio de acción en las cuestiones de enseñanza.

Según el artículo de Lázaro, un ejemplo de la «imbricación entre republicanismo y masonería nos lo ofrece el propio líder carismático local de esa tendencia política a través de un escrito poco conocido, en el que de manera genérica aborda el problema de la educación, en un contexto de crítica generalizada a la hegemonía social del clericalismo». Poco más de un mes después de conseguir su licenciatura de Derecho y en mitad de una ceremonia de adopción masónica en Valencia, el hermano Blasco-Danton pronuncia un discurso en el que pone el foco en la mujer y el niño como dos ejes básicos sobre los que «se articula la defensa y la consolidación de una idea»:

Las ideas más trascendentales, las doctrinas que comúnmente conmueven más a la humanidad, encuentran su más fiel propagandista en la mujer, y por esto mismo el obscurantismo procura conquistarla para hacerla instrumento de sus planes.

Para Blasco-Danton el problema fundamental era que los elementos dinamizadores de un progreso social se encontraban en manos del «bárbaro ultramontanismo», es decir, en manos de un integrismo católico, según el cual, el orden eclesial, social e histórico debía estar sometido a la autoridad del papa de Roma y articularse según una jerarquía de orden divino. Ante este hecho, el catolicismo integral poseía dos medios privilegiados en los que ejercer su malvada influencia sobre la mujer y el niño: el confesionario y el colegio, respectivamente. De este modo analiza Blasco-Danton la relación de una Iglesia que hace apología de la tiranía y el obscurantismo, así como condenan la libertad, la luz y la ciencia:

(…) Los hijos de la luz trabajamos completamente solos, y la mujer, ese ser cuyas cadenas hemos roto y a la cual elevaremos a la categoría que le corresponde, nos maldice llena de horror, y el niño, cuyo cerebro pretendemos envolver en los fulgores de la luminosa antorcha de la ciencia, nos contempla lleno de miedo como si fuéramos seres malvados y sobrenaturales.

El propio Blasco tuvo cuatro hijos, fruto de su matrimonio con María Blasco del Cacho, a los que puso nombres tan rotundos como el futuro que deseaba para ellos: Mario, Libertad, Julio César y Sigfrido.

Blasco, el duelista

Blasco Ibáñez tuvo, al menos, un par de duelos fascinantes a lo largo de su vida. De los dos salió indemne. Los duelos tenían unas reglas muy específicas: cada duelista podía elegir el tipo de armas con el que retarse y a un testigo —llamado «padrino»—  que debía asegurar la legalidad de los contrincantes y el cumplimiento de las normas. Los duelos estaban propiciados por alguna rivalidad grupal o, más habitualmente, por la mancha en el honor de alguien querido.

El primero de los duelos fue registrado por el diario Las Provincias en el año 1900 y se reflejaba así:

Blasco Ibáñez se ha retado a duelo con Fernández Arias, director del diario La Correspondencia Militar, por varios artículos muy ofensivos hacia Blasco. Se batieron en una quinta próxima a Madrid. El encuentro fue a pistola, y quedó Blasco levemente herido en un muslo. Esto produjo gran excitación entre sus parciales y un numeroso grupo acudió a la redacción del diario lanzando gritos y pedradas. Fernández abandonó la dirección del periódico.

El segundo de los duelos fue todavía más espectacular. En el año 1904, Blasco era diputado y en uno de sus incendiarios discursos parlamentarios arremetió contra las fuerzas del orden por haber sido zarandeando en una manifestación, y llamó «teniencillo» a uno de los allí congregados. Le retaron a duelo y solo le quedaron dos opciones si quería mantener su honor intacto: o bien retractarse públicamente, o bien batirse en duelo. Eligió esta segunda opción y se enfrentó al teniente Alestuei, un tirador certero. Se citaron en una finca con sus respectivos padrinos. Se situaron en un lugar amplio y despejado; se dieron la espalda y tras dar veinticinco pasos que fueron anunciando con solemne ritmo, se dispararon. En el primer tiro ambos fallaron. En el segundo, sin embargo, Blasco cayó al suelo con violencia. No reaccionaba. Cuando los padrinos se acercaron para certificar su muerte comprobaron no solo que estaba vivo, también que la bala había golpeado en la hebilla del cinturón y se había quedado ligada al cuero. Es cierto que las reglas dejaban bien claro que estaba prohibido llevar cinturón, pero como el padrino del teniente Alestuei no se percató, no hubo nada que hacer. Blasco salió de allí vivo y con honor.

Blasco, el novelista

Vicente Blasco Ibáñez, 1919. Fotografía: Library of Congress.

Nunca Blasco Ibáñez ha sido considerado un gran escritor, un excelso literato. En el año 1998 se celebró en Valencia el Congreso Internacional «Vicente Blasco Ibáñez 1898-1998: la vuelta al mundo de un novelista». Allí, entre muchos invitados, se encontraban dos escritores esencialmente realistas que reflexionaron a propósito de la obra literaria de Blasco. Eran Almudena Grandes y Rafael Chirbes. La primera afirmó que Blasco Ibáñez siempre le había caído muy simpático y que, en verdad, «la gran novela de Blasco fue su vida». La escritora comenzó a leer sus libros al mismo tiempo que los de Pérez Galdós. La biblioteca de su abuelo —como la del mío— contenía hermosos tesoros a los que ella tenía acceso durante la época estival. Contaba Grandes en aquella mesa redonda que existían tres razones fundamentales por las que Blasco era un escritor olvidado. La primera era extranarrativa: Blasco escribía a «golpe de agitación». Dicho de otro modo: Blasco era un narrador poderoso pero algo descuidado. La segunda de las razones tenía que ver con esa cualidad de escritor personaje que se debatía constantemente entre la pugna de vivir o la pulsión de escribir. La tercera es que era un escritor «conflictivo e injustamente tratado por la opinión pública»; Blasco vendía mucho y Valle-Inclán nada; Valle era el buen escritor, Blasco el malo. Cuentan que Valle-Inclán, cuando supo la noticia de la muerte del escritor valenciano en el sur de Francia, profirió: «Pura publicidad»

Rafael Chirbes, por su parte, afirmó que la primera vez que leyó a Blasco tenía nueve años. La escena con la que se estrenó era una de Arroz y tartana, cuando se describe el mercado en vísperas de la Navidad. Contaba Chirbes en aquella ocasión que lo que más le interesa de Blasco es cómo reflejaba «un mundo popular que habla en valenciano y lo hace en castellano». Para el autor de Crematorio, «el mejor Blasco era el que quería contar dos mundos entre los que se forma un puente y él mismo se siente el puente». Había solo una cosa que a Chirbes le disgustaba de su obra o, mejor dicho, que no le parecía moderna: la ausencia del yo, del punto de vista. Tal vez la influencia notable de Balzac y su narrativa panorámica le restara algo de modernidad.

Tanto Chirbes como Grandes convenían que el mejor novelista era el de las novelas valencianas: Arroz y tartana, La Barraca, Cañas y barro, Flor de mayo o Entre naranjos. Ahí desplegaba Blasco toda su capacidad de observación, el gusto por el detalle y la aptitud para perfilar personajes y atmósferas del comercio valenciano, de la huerta, de los pescadores. Era habitual que para documentarse Blasco acudiera a la playa de la Malvarrosa, donde posteriormente coincidiría con Sorolla. Fue, de hecho, en el estudio del pintor, en 1905, cuando conoció a Elena Ortúzar, Chita. Ella llevaba un vestido blanco de noche y una capa roja. Esta chilena, esposa del agregado cultural de la embajada, enamoró instantáneamente a Blasco, que seguía casado con María Blasco pero cuyo distanciamiento propició este nuevo amor que nadie comprendía: una mujer ferviente católica, adinerada y afecta a los lujos; un hombre ateo y anticlerical, republicano y cercano al pueblo. Ambos vivieron esta relación mientras estaban casados y Blasco publicó un libro titulado La voluntad de vivir, que narra el amor pasional de una bella sudamericana adúltera y caprichosa con un sabio español que había sido diputado. La mujer aflige tanto al hombre que lo conduce hasta el suicidio. Cuando Chita leyó el borrador de la novela suplicó al escritor que parara la edición un día antes de su publicación; él, con sus habituales gestos excesivos, quemó la edición entera delante de su casa familiar en la Malvarrosa, formando una enorme hoguera que simbolizaba la magnitud de su amor. Afortunadamente, se salvaron algunos ejemplares y la pareja se reconcilió. Eso sí, hasta 1917, año en el que Chita enviudó, Blasco no se separó totalmente de su mujer. Fue entonces cuando ambos se fueron a vivir a su lujosa villa Fontana Rosa de Menton, en la Costa Azul francesa.

Hasta allí fue a visitarle al final de sus días el escritor catalán Josep Pla y le dedicó uno de sus míticos Homenots:

Era un hombre absolutamente rodeado de gloria, no de una gloria académica, sino popular, dilatada. Era rico, ruidoso, importante, y su nombre volaba de un continente a otro. Un hombre fabuloso, desorbitado.

Arturo Barea, por su parte, le dedicó unas hermosas palabras en su obra más conocida, La forja de un rebelde:

Hay un escritor valenciano, que se llama Blasco Ibáñez, que ha hecho todos estos libros. Un día dijo que en España no se leía porque la gente no tenía bastante dinero para comprar libros. Entonces dijo: yo voy a dar a leer a los españoles, y en la calle de Mesonero Romanos puso una tienda y empezó a hacer libros. Pero no los libros de él, sino los libros mejores que se encuentran en el mundo. Y todos valen, nuevos, treinta y cinco céntimos. La gente los compra a millares, y cuando los ha leído los vende a los puestos de libros viejos y allí los compramos los chicos y los pobres. Así yo he leído a Dickens y a Tolstói, a Dostoievski, a Dumas, a Victor Hugo, a muchos otros.

Pero no todos aceptaron su desmedida personalidad. En uno de los artículos que Andrés Trapiello dedicó a la generación del 98 en el periódico La Vanguardia se afirmaba que «se le consideró burdo, demagogo, y les molestó su personalidad sanguínea». Pero ¿cómo iban a perdonar a un colega que había vendido dos millones de ejemplares con una única novela?

Si hay que elegir un perfil de Blasco Ibáñez certero y jocoso es el que escribió su paisano Manuel Vicent en su libro Los últimos mohicanos bajo el título «El exceso como unidad de medida»:

Llevaba el cuello de la camisa vuelto por fuera a lo Byron, pero, lejos de la cojera romántica y el elegante diseño óseo del poeta inglés, el nuestro era un escritor despechugado en todos los sentidos, apaisado y sensual, que se movió siempre entre la convulsión de la política, la torrentera del periodismo de combate, el éxito literario a granel y los placeres del moro valenciano en chaqueta de pijama coronado por el cuerno de la abundancia.

Blasco y el periodismo

Blasco entendió siempre el periodismo como una herramienta para impactar en la política. El periodismo le llevaría además a la literatura por la vía más directa: la pasión por contar historias. El periodismo que practicó Blasco fue enormemente reivindicativo, sin embargo, estaba muy alejado de los actuales cánones de pluralidad e independencia. Su proyecto periodístico sería hoy tildado de populista y de enardecer a las masas.

Con solo veintitrés años funda, junto a Miquel Senent y Remigio Herrero, el semanario La Bandera Federal, un periódico de ideología republicana y federal. Allí empezaría a combatir a la Iglesia y la opulencia que la caracterizaba ya en 1892, cuando entra un nuevo arzobispo en la ciudad. El 12 de noviembre de 1894 fundaría El Pueblo, el periódico que le daría mayor relevancia, una suerte de relámpago que empezaba a iluminar un panorama, hasta entonces, dominado por un periodismo clásico y rancio. En él invirtió toda la herencia que recibió de sus padres Gaspar y Ramona, propietarios de una tienda de ultramarinos y comestibles que levantaron con la misma humildad con la que lo hicieron los zapateros, tenderos y drogueros con los que compartían calle. Con El Pueblo, Blasco competiría con los grandes diarios valencianos —El Mercantil Valenciano y Las Provincias— y se ocuparía de que la mejor prosa estuviera al servicio de los ideales políticos que defendía, es decir, para propagar su republicanismo y para criticar algunas decisiones políticas. Buena prueba de ello es la campaña que realizó en el levantamiento de Cuba con un artículo titulado «¡O van todos, ricos y pobres, o nadie!» el 11 de octubre de 1895:

Terrible es para España la guerra que sostiene en Cuba; sacrificios sobrehumanos y torrentes de sangre nos cuesta el mantener la bandera nacional en aquella isla; verdadera Barataria, a la que han ido a enriquecerse todos los Sanchos más o menos maliciosos de la restauración; pero tras tantas desdichas, también se ocultan magníficos negocios, y cabe decir imitando al latino:

¿A quién aprovecha la guerra de Cuba?

Aprovecha a los bolsistas sin conciencia, que, partidarios fanáticos de la baja, esperan con ansiedad un cataclismo nacional y hacen votos para que nuestros soldados perezcan en espantosa derrota y sean macheteados a miles para poder ellos pescar millones en el pánico que tales hecatombes producen en la Bolsa. 

Estas piezas provocaron motines en la calle y su posterior ingreso en prisión durante un año. Pero todavía más: hubo una época en la que los periodistas se enfrentaban a brazo partido por realizar su oficio del modo que mejor supieron. Blasco fue víctima de un atentado perpetrado por los sorianistas y de un disparo en la pierna que efectuó un redactor del diario de la competencia en aquel duelo legendario. En una ocasión el escritor afirmó con sorna: «Los artículos de mi periódico me hicieron ir a la cárcel más de treinta veces. Un correligionario me había construido una cama de campaña en la que dormía allí. En la cárcel había una celda que consideraban, y consideraba yo, como la prolongación de mi casa». El Pueblo cerró en 1904. Blasco se cansó del periodismo, se desilusionó del oficio por un tiempo y vendió la cabecera a su amigo, el también periodista Félix Azzati.

El periodismo volvió a su vida con gran potencia en 1914, cuando se marchó a París después de una aventura colonizadora en Argentina. Aquel verano de 1914 le pilla en París y aprovecha la oportunidad para convertirse en corresponsal de guerra. Empieza a escribir artículos que tenían un componente social y político pero también antropológico o historicista. Apenas dotaba al relato de épica, solo le interesaba subrayar el dolor y la destrucción.

Nunca se han visto chocar y morir tantos hombres juntos en un terreno de operaciones tan vasto. La mitad aproximadamente del género humano está en guerra en estos momentos directa o indirectamente. De los 1700 millones de seres que constituyen la población del globo, 854 millones (entre metrópolis y colonias) se odian y gastan su dinero para exterminarse. ¿Cuándo se conoció esto en la historia?

Estas crónicas quedarían compiladas en los nueve tomos que componen la Crónica de la Guerra Europea de 1914, un libro que analiza minuciosamente el conflicto atendiendo al contexto en el que se inscribía y a los agentes que lo protagonizaron. Tan populares se hicieron que el presidente de la República francesa, Raymond Poincaré, le pidió que escribiera una novela basada en esas crónicas bélicas para levantar el ánimo de las tropas del frente aliado. Así surgió Los cuatro jinetes del Apocalipsis, su obra magna. Blasco siguió en su faceta de cronista internacional y llegó a escribir sobre la Revolución mexicana de Zapata en The New York Times. Allí llegó a comparar a los Estados Unidos «con un hombre que pasa por una tienda y solo se fija en el escaparate». Los americanos, por cierto, le adoraban.

Blasco: guionista de Hollywood

Blasco Ibáñez se inventó los best sellers y Hollywood catapultó la fama del valenciano. Llegó a vender más de dos millones de ejemplares del libro Los cuatro jinetes del apocalipsis (1916). En 1921, solo la Biblia le superaba en ventas. En 1924, la revista neoyorquina International Book Review ofreció el resultado de una votación que realizó entre sus lectores donde preguntaba cuáles eran los diez escritores más célebres del siglo XX. Blasco Ibáñez ocupó la segunda posición a solo noventa votos de H. G. Wells. Durante nueve meses protagonizó un tour literario por todo Estados Unidos. Impartió conferencias en universidades, teatros, iglesias, cines, logias masónicas… Empezó a colaborar en decenas de periódicos y la Universidad George Washington le nombró doctor honoris causa con más de seis mil personas entre el público que quisieron presenciar el acto. Se hizo inmensamente rico. Y todo estuvo provocado por una serie de libros que escribió de forma compulsiva, casi gimnástica.

Cinco fueron las adaptaciones fílmicas que le hicieron un icono mundial. La primera de ellas, Los cuatro jinetes del apocalipsis, fue llevada al cine en 1921 por Rex Ingram y estuvo protagonizada por Rodolfo Valentino, la gran estrella del cine mudo. La película recreaba lo sucedido un par de años antes en la Primera Guerra Mundial cuando dos familias, pertenecientes a los dos bandos del conflicto —la Triple Entente y las Potencias Centrales— se enfrentaron. La película rescata, quizás con más fortuna que la novela, esa sensualidad vital que desplegaba Blasco en su literatura. En 1962, el film sería adaptado nuevamente por Vincent Minnelli, con Glenn Ford de protagonista y cambiando el escenario al de la Segunda Guerra Mundial.

En 1922 llegó Sangre y arena, dirigida por Fred Niblo y, nuevamente, protagonizada por Rodolfo Valentino, que encarnaba a un torero casado con un mujer pero enamorado de otra (Lila Lee y Nita Naldi eran las coprotagonistas). La película mostraba todos los tópicos españoles que existían en torno a esta saga taurina: la plaza, las peinetas, el mantón de Manila, las llamas, el toro, la mantilla…

En 1926 llegó The Torrent, la adaptación de Monta Bell de Entre naranjos, una de sus novelas valencianas. Fue la película en la que debutó Greta Garbo en el mundo del cine. Ella interpretaba a Leonora, una campesina que se enamoraba del hijo del terrateniente. Tras ser despedida, se marcha a París y allí acaba siendo una diva de la ópera. Ese mismo año, de nuevo Rex Ingram adaptó Mare Nostrum, una novela que Blasco Ibáñez inició con una de las sentencias más enigmáticas de su obra: «Sus primeros amores fueron con una emperatriz. Él tenía diez años y la emperatriz seiscientos». Esta película estaba protagonizada por Antonio Moreno, galán de la época muda. En el año 1948 se adaptó de nuevo; fue dirigida por Rafael Gil y protagonizada por María Félix, Fernando Rey y Guillermo Marín. Esta obra de Blasco constituye su particular homenaje al mar Mediterráneo, uno de sus escenarios predilectos. Mare Nostrum tiene al capitán Ulises Ferragut como protagonista, un marino valenciano que se hace inmensamente rico y se enamora de una emperatriz griega.

En el año 1941 Sangre y arena fue adaptada de nuevo por Rouben Mamoulian con Tyrone Power, Rita Hayworth y Linda Darnell como trío de protagonistas. Este film, que para Blasco era «la epopeya de los humildes», acabó de apuntalar su éxito, convirtiéndolo en un hombre absolutamente rico. En algunas de sus cartas, Blasco Ibáñez hablaba del cine como un «negocio seguro», que «tiene la ventaja de ser muy rápido y al contado». Había otra virtud que el cine proporcionaba a Blasco y que, de algún modo, incidía en su egotismo. En una carta que envió a Martínez de la Riva escribió: «Puede uno, gracias al Cinematógrafo, ser aplaudido en la misma noche en todas las regiones del globo… esto es tentador y conseguirlo representaría la conquista más enorme y victoriosa que puede coronar una existencia».

Blasco, el viajero

Vincente Blasco Ibáñez en Villa Fontana Rossa, 1925. Fotografía: Cordon.

Como buen cosmopolita, Blasco conservó siempre una gran vocación viajera. Su afán de ver mundo es consustancial a su capacidad para devorar libros de viajes, épicos y románticos. De esa pulsión por contar historias nacerá un tipo de escritura prolija e incandescente. Blasco viajó mucho a lo largo de su vida, pero se pueden acotar en tres los periodos más viajeros de su existencia.

El primero de ellos ya lo hemos citado al comienzo: en 1895, con solo veintiocho años, el escritor huyó de Valencia por motivos políticos y se marchó a Roma, donde escribiría En el país del arte. La mirada propia y el carácter divulgativo de algunas de sus entradas mientras paseaba por Génova, Milán, Turín, Pisa, Vaticano, Nápoles, Pompeya, Asís, Florencia o Venecia anticipaban ya una poética muy propia del viaje.

El segundo de esos periodos viajeros comenzó en 1901 cuando le invitaron a Buenos Aires a impartir unas conferencias. En aquella época, los escritores llenaban teatros para ser escuchados. En el muelle de la ciudad argentina le recibieron miles de personas que le acompañaron hasta la plaza de Mayo donde estaba ubicado su hotel: un Ritz, naturalmente. Se pasó nueve meses dando conferencias por Argentina, Paraguay y Chile. Nueve años después volvió a Argentina y allí decidió fundar dos colonias. Contrató a arroceros de Sueca, a huertanos y agricultores y los llevó a la recién fundada colonia Cervantes, muy cercana al río Negro. Quiso abrir acequias de riegos y fabricar barracas. El plan no salió muy bien, ya que el clima de la Patagonia marcaba dieciocho grados bajo cero en su invierno más crudo. Por si fuera poco, en el otro extremo del país, casi en la frontera con Paraguay, fundó otra nueva colonia llamada Nueva Valencia. ¿La razón? Él mismo la ofrecía: «El ensueño de hacerme millonario, la perspectiva de mandar en un ejército de trabajadores, de crear lugares habitables en el desierto…». La ignorancia y un cierto delirio de grandeza le jugaron malas pasadas. En 1914 y tras casi cinco años de aventura colonizadora, el cansancio de los trabajadores, la presión de los bancos y la evidente lógica derrumbaron el sueño de Blasco. Tras cinco años sin escribir una sola línea, se marchó de Argentina llamando «imbéciles» a sus ciudadanos.

El tercer y último periodo coincidió con la parte final de su vida. Se trata, sin duda, de su viaje más fascinante: la vuelta al mundo que quedó registrada en los tres volúmenes que componen La vuelta al mundo de un novelista, una obra que se publicó en 1924. En los seis meses que estuvo a bordo del buque Franconia visitó Estados Unidos, Cuba, Panamá, Hawái, Japón, Corea, Manchuria, China, Macao, Hong Kong, Filipinas, Java, Singapur, Birmania, Calcuta, India, Ceilán, Sudán, Nubia y Egipto. Este crucero nada podía envidiar a los actuales: tenía piscina, los mejores restaurantes, habitaciones lujosas y hasta una pista de squash.

En esa vuelta al mundo que disfrutó con Chita, Blasco fijaba su mirada —corrosiva y mordaz— en dos asuntos a los que recurría con cierta frecuencia: la gastronomía y las mujeres. Aquí dos ejemplos:

En Hawái la mujer se ha considerado siempre superior al hombre, tal vez porque, en los pasados tiempos de comunismo amoroso y voluptuosidad libre, se vio muy solicitada y pudo escoger y mandar.

Por amor a lo pintoresco y lo exótico, no diré la mentira enorme de que me parece agradable la cocina japonesa. Además, a los pocos segundos de estar sentado en el suelo, con las piernas cruzadas, empiezo a sentir los dolores de un lento y creciente suplicio. Colocan delante de cada uno de nosotros una mesita que es, en realidad, un pequeño banco y apenas si levanta dos palmos del suelo.

A su vuelta se quedó en su villa de Fontana Rosa en la Costa Azul, delante del mar Mediterráneo que tanto amaba. Allí se dedicó a escribir, a cultivar su jardín, a disfrutar de su riqueza. También a esperar la muerte, que llegó la madrugada del 28 al 29 de enero de 1928, apenas unas horas antes de cumplir sesenta y un años. Una neumonía agravó su estado de salud y murió en una habitación de su villa, rodeado por su mujer —Elena Ortúzar—, sus hijos —Sigfrido y Mario—, su amigo y director de la editorial Prometeo —Fernando Llorca— y su fiel secretario.

​Todavía realizaría Blasco un último viaje. Esta vez ya sin vida. El que le llevó de Menton a Valencia en 1933 cuando, proclamada la Segunda República Española, sus restos regresaron en el buque de la Armada española, el acorazado Jaime I. Así lo dejó escrito el propio Blasco: «Quiero descansar en el más modesto cementerio valenciano, junto al mare nostrum, que llenó de ideal mi espíritu; quiero que mi cuerpo se confunda con esta tierra de Valencia, que es el amor de todos mis amores».

En el puerto de Valencia fue recibido por trescientas mil personas, entre ellas, el presidente de la República, Niceto Alcalá-Zamora; el del Consejo de Ministros, Alejandro Lerroux y el de la Generalitat catalana, Francesc Macià. El artista valenciano Mariano Benlliure le diseñó un hermoso sarcófago. Todo cambió en 1936 con el estallido de la Guerra Civil. Los restos de Blasco fueron trasladados a un nicho provisional en el cementerio municipal de Valencia por miedo a que el cuerpo fuera profanado. Ahí sigue todavía hoy, en el nicho 93 de la sección 3.ª del cementerio civil de Valencia, protegido por una lápida gris oscuro en la que solo sobresale su nombre con letras blancas. Un lugar ciertamente anodino para la magnanimidad de su vida.

***

He tenido la fortuna de leer a Vicente Blasco Ibáñez gracias al legado secreto de mi abuelo. Conocí durante poco tiempo a José García Roda, pero estoy unida a él a través de los libros que hemos ido compartiendo durante algunos años. Todos encierran historias que van más allá de lo que cuentan. Esta de Blasco Ibáñez es solo una de ellas.

Es curioso el modo en el que la literatura nos elige. Pepe lleva más de veinte años muerto y sigue siendo el tipo que mejores libros me recomienda.

Antes de devolver los libros a su lugar, le muestro a mi abuela ese número enigmático —19.220— que Pepe escribió en la primera página del tomo I de las Obras completas de Blasco. Ella se pone las gafas, se queda pensando y dice: «Ah, sí, eran las pesetas que nos quedaban en el banco cuando los compró. Ni siquiera en nuestros peores momentos económicos dejó de comprar libros».


Frédéric Beigbeder: «Van a desaparecer el secreto y el azar. Y, con ellos, la literatura»

Fotografía: Bruno Arbesú

Nunca se lo hemos confesado. Lo que más nos sorprendió, la primera vez que tuvimos ocasión de acribillarle a preguntas, fue lo simpático que parecía. En aquel tiempo, hace ya casi una década, Frédéric Beigbeder seguía marcado por su imagen pública de enfant terrible televisivo. De histriónico hasta el hartazgo, de niño bien empeñado en sobreactuar su lado canalla, de espadachín filocomunista con contrato millonario en Young & Rubicam. En las distancias cortas, el escritor se reveló como un hombre sensible y hasta pudoroso, que tal vez protegía su fragilidad tras un vistoso escaparate, igual que dos de sus mejores amigos en el microcosmos literario de París, Michel Houellebecq y Amélie Nothomb.

Por aquellos días, Beigbeder se hallaba en plena metamorfosis. Acababa de ser detenido a las 2:40 de la madrugada por esnifar cocaína sobre el capó de un descapotable. Algo cambió durante su detención. Dice que, en aquella minúscula celda, le vinieron las primeras frases de Una novela francesa. Dejó de escribir a golpe de eslogan y se puso a hacerlo de veranos vascofranceses durante los años de Giscard. Del divorcio de sus padres como herida original. De hermanos con los que no sirve de nada competir, porque uno siempre termina perdiendo. Decir que se ha reformado sería faltar a la verdad, pero Beigbeder, que acaba de estrenar los cincuenta, ya no parece ni la misma persona ni el mismo escritor. La cita es en Chez Georges, un bistró parisino con solera pegado a la Place des Victoires. Encima de la mesa del restaurante, cual imagen religiosa, cuelga un retrato de Jean Cocteau, con el que comparte polifacetismo, gusto irrefrenable por la polémica soft e innegable bulimia creativa.

Desde el año pasado escribes una columna en el suplemento Icon. Sabrás que la última despertó cierta polémica. En ella te metías con los directivos de las tecnológicas. ¿Qué tienes contra ellos?

Lo que decía es que el mundo está controlado por esos geeks de gafas gruesas, que fabrican los algoritmos que nos gobiernan. Los ingenieros informáticos se lo tomaron a pecho y recibí toneladas de mensajes que me recriminaban que los injuriase así. Creo que es una parte de la población que no está nada acostumbrada a la crítica. No han entendido que, cuando uno se vuelve poderoso, siempre le llueven las críticas. Entiendo que, al no tener costumbre, les resulte muy desagradable. Pero debería quedarles claro que, si aspiran a convertirse en los reyes del mundo, la gente se va a mofar de ellos. Es algo que viene en el mismo lote.

No es tu primera polémica. Supongo que, a estas alturas, las reacciones de indignación de los demás ya te resbalan…

En realidad, las considero un homenaje a la fuerza de la escritura. Cuando escribes algo que molesta a la gente, hasta el punto de hacerles reaccionar de esa manera, significa que has ganado. Quiere decir que has hecho bien tu trabajo. Yo soy partidario de una escritura que despierte, que sacuda, que haga reír y que moleste. Y amo la sátira, por lo que siempre exagero un poco. Cuando digo que esos informáticos no perdieron la virginidad hasta los veinticinco años y que se han pasado media vida masturbándose, se sobreentiende que estoy exagerando. Si luego esos tipos se molestan y no entienden que lo que digo parte del absurdo y de la caricatura… De todas formas, Mark Zuckerberg y los señores que han creado Google o Apple prefiguran un mundo al que no estoy seguro de seguir queriendo pertenecer…

¿En qué sentido? ¿Qué cambios observas desde que empezó su apogeo?

Observo que les da completamente igual la noción de la vida privada. Hoy en día se considera que, si te molesta exponer tu vida privada, será porque tienes algo que esconder o que reprocharte. Me parece un planteamiento fascista. Es algo que me da mucho miedo.

Igual que en ciertos países protestantes que viven sin cortinas. Cuando alguien instala una en su ventana, es porque esconde algo…

Exacto. Asistimos a una generalización de ese modelo de sociedad. Otra cosa que me da mucho miedo es que esos tipos planifican la vida de los demás. El principio de buscadores como Google es proponerte búsquedas similares a las que ya has realizado en el pasado. Cada vez más, la máquina adopta el lugar del usuario y decide por él. Por supuesto, hoy tenemos acceso a más información que nunca, pero siempre a través de una preselección maquinal. La compleción de este sistema llegará cuando la máquina decida a qué restaurante tienes que ir o con qué mujer debes ligar. En vista de los últimos avances, ya no estamos muy lejos de eso. Dos cosas van a desaparecer: el secreto y el azar. Y con ellos la literatura. Desaparecerá la coincidencia, el hecho de que una mujer se cruce con un hombre en un lugar y una hora determinados, por simple casualidad. Y, para mí, sin secreto y sin azar deja de haber literatura.

 

Déjame hacer de abogado del diablo. Tal vez lo que desaparecerá es la literatura tal como la entendíamos hasta ahora. Es decir, la literatura que sigue el modelo del siglo xix.

Sí, tienes razón, aparecerán nuevas formas literarias. Lo que pasa es que, detrás de la desaparición de la que hablo, también se esfuma algo todavía más importante: la humanidad. La idea de que un hombre libre y no controlado por la máquina decida sus actos, sin depender del poder creciente de un algoritmo. Es algo que reivindican abiertamente esos directivos, que se sitúan en lo poshumano o lo transhumano. No quieren ser animales mortales a quienes les suceden cosas azarosas. Ellos quieren controlarlo todo, del nacimiento a la mortalidad. O a la inmortalidad, mejor dicho. La verdad es que siento una gran inquietud por esta especie humana en plena transformación.

¿Y qué haces? ¿Cómo resistes frente a eso?

Pues lo observo y me río. En eso consiste el trabajo de escritor. No me considero ni un rebelde ni un resistente. Escribir es lo máximo que puedo hacer. Yo creo en la definición de la literatura que dio Stendhal. Para mí, la literatura tiene que seguir siendo un espejo. La novela es un espejo que refleja el mundo. Me gusta esa imagen. Primero, porque me permite observarme a mí mismo, lo que me da una excusa perfecta para seguir comportándome como un narcisista. Y segundo, porque me permite tender ese espejo a mis contemporáneos para mostrarles lo que sucede a su alrededor.

Como decía antes, también podemos hacer una crítica a la literatura, que muchas veces sigue pegada al modelo decimonónico. Especialmente, la francesa. Por ejemplo, el último premio Goncourt, Canción dulce, se inspira en un suceso y habla de las diferencias de clase en el París contemporáneo. Es decir, igual que la novela del siglo xix.

Sí, eso es verdad. Pero ¿cuál es la alternativa? La literatura francesa ya vivió su momento de renovación con el nouveau roman y no funcionó. Ya pasamos por ese periodo experimental y el resultado fue un aburrimiento considerable. Con la nueva generación que encabezó Michel Houellebecq, se regresó al modelo de Balzac, el del realismo y la descripción de la sociedad y de la ciudad. Creo que es una etapa necesaria, porque la experimentación había ido muy lejos en la fase anterior. Diría que fue una etapa, igual que el cubismo o la abstracción en las artes plásticas, que alcanzó un punto de impasse. Topó con los límites de lo que es legible. A mí, por lo menos, me parece un coñazo tener que leer cien páginas de descripción sobre una silla.

Lo que dices es que seguimos necesitando personajes, relato, psicología, cierto apego por el protagonista…

Yo creo que sí. Después se puede innovar dentro de ese marco, como hicieron autores que me gustan mucho, como Bret Easton Ellis o David Foster Wallace. Una cosa no impide la otra. Hablar de la realidad contemporánea no imposibilita que se creen formas de expresión nuevas ni que se integren aspectos que, tradicionalmente, han quedado al margen de la literatura. Yo escribí un libro que sucedía en el World Trade Center poco después del 11 de septiembre de 2001 [Windows on the world]. Y también un cuento que transcurría en un aeropuerto [Spleen en el aeropuerto de Roissy-Charles-de-Gaulle]. Y otro que transcurría íntegramente en un club nocturno [El primer trago de éxtasis].

Hasta no hace tanto, tenías a la crítica de tu país en contra. ¿Consideras que fueron injustos contigo?

Si le haces esa pregunta a cualquier escritor, te responderá siempre que sí. En realidad, todo lo que quiere un escritor es que le den inmediatamente el premio Nobel y que las mujeres se le tiren encima cuando pasea por la calle. Y, en ese sentido, no siempre hay justicia, aunque yo no me puedo quejar. Sé que hay gente a quien no le gusto, pero insisto en que lo más importante es provocar una reacción. Nunca he sentido que se me tratara con verdadera injusticia. Tal vez solo en el sentido opuesto al que apuntas: puede que, por lo menos al principio, mi éxito fuera una injusticia. Tal vez el éxito de 13,99 euros fuera una injusticia, porque no estoy seguro de que lo mereciera. No es lo mejor que he escrito. Diría que se recompensó la caricatura, la violencia, la pornografía, lo ultrajante de aquella sátira. Es eso lo que sedujo.

Cuando relees ese libro, ¿ya no te gusta?

En realidad, siento ternura por él, porque me recuerda a mi juventud. Supongo que es una etapa que debía atravesar para llegar a las novelas que he escrito más tarde. Aunque también encuentro que ha envejecido un poco mal. Y que, a veces, resulta demasiado brutal, le falta un poco de sutileza… Pero, a la vez, lo sigo encontrando divertido. En aquella época estaba muy enfadado. Estaba amargado, frustrado y deprimido por mi oficio de publicista. Me vengué a través de la escritura. Fue un desahogo, una liberación extraordinaria a nivel personal. Cuando el lector se adentra en las páginas de 13,99 euros, le entran ganas de destrozarlo todo. Mis novelas posteriores son más sosegadas y no tienen esa misma fuerza, que era una consecuencia de la ira. De todas formas, todos mis libros son muy imperfectos. Uno siempre escribe para corregir el libro anterior. Si se escribe, es para mejorar el fracaso precedente…

Cuando abres uno de tus viejos libros, ¿te entran ganas de cambiar algo?

Tampoco es que me relea todos los días… Solo lo hago cuando se publica uno de mis libros en edición de bolsillo. Siempre hay que echar un vistazo para evitar errores. Suelo hacer una cosa que también hacen muchos otros escritores, aunque nunca lo confiesen: siempre cambio alguna palabra, alguna referencia que ya no se entiende. O actualizo algún pasaje en concreto. Por ejemplo, en El amor dura tres años, cuando Marc Marronnier se intenta suicidar, es Mozart quien le salva la vida. En la versión de bolsillo lo cambié por Michel Legrand, porque acababa de participar en la adaptación cinematográfica que rodé. Me apetecía que el libro y la película fueran coherentes.

¿Y los títulos? ¿Alguna vez te apetece cambiarlos? Por ejemplo, ahora ya no pensarás que El amor dura tres años

Sí, es un título que ahora me parece falso, en lo que respecta a mi vida privada. Pero, de todas maneras, creo sigue siendo un buen título. A un título no se le pide que sea una verdad universal, sino simplemente que llame la atención. Y, en el fondo, sigo sospechando que ese título contiene mucha verdad. La sociedad de consumo, que tanto defiende el individualismo y un hedonismo frenético, me sigue pareciendo incompatible con un amor duradero. Al sistema le interesa más contar con solteros infelices, porque estos siempre consumen más.

¿La soltería es el estado civil óptimo para el capitalismo?

Claro, porque transforma al ser humano en un consumidor dócil, que intenta sustituir la felicidad por el consumo. Esa es la teoría que fundamentó mis novelas de aquella época, a principios de la década pasada. En aquel momento, me sentía muy influido por los altermundialistas, por los grupos contra el consumo y la publicidad, que fueron muy poderosos en Francia.

Es un movimiento que parece haberse extinguido…

Más bien se ha transformado. Por ejemplo, lo que defiende Jean-Luc Mélenchon, candidato a las próximas presidenciales, se parece bastante a lo que defendían aquellos grupos.

Lo curioso es que, cuando se observa la sociología de los votantes de Mélenchon, no hay demasiados obreros ni representantes de las clases humildes. Se trata más bien de clases medias que participan plenamente en el consumismo del que habla. Tal vez votan por él para sentirse menos culpables…

Yo respondo perfectamente a esa definición… [risas]. De hecho, es un reproche que me han lanzado muchas veces: aprovecharme del mismo sistema que denuncio. Nunca se me ha dado demasiada importancia, porque se me considera un cómplice de ese sistema. En el fondo, yo creo que es un reproche que se podría hacer a toda persona que viva en un país occidental. Estamos todos embarcados en el sistema. Algunos se sienten más culpables y otros, menos. Dentro del primer grupo, hay quien recicla frenéticamente, hay quien colabora con organizaciones humanitarias, hay quien vota a Podemos…

Me gustaría hablar de una parte menos conocida de tu biografía. En 2002 fuiste jefe de comunicación del Partido Comunista Francés (PCF) y de su candidato a las presidenciales, Robert Hue. ¿Por qué diste ese paso?

Fue una manera de intentar actuar frente a la impotencia que sentía. 13,99 euros hablaba de un tipo que se siente prisionero y no llega a escapar de su situación, fascinado y asqueado como está por el confort material. Y ese era también yo. Fue una propuesta llegada del Partido Comunista, a la que no me pude negar. Todo empezó porque una vez leyeron varias páginas del libro en un congreso del partido. Me sentí muy adulado, la verdad. Me sentí prácticamente como Karl Marx. Después me invitaron a una reunión en su sede, en la plaza del Colonel Fabien, un edificio impresionante obra de Oscar Niemeyer

¿Qué consejos les diste?

En aquella época, el Partido Comunista se estaba extinguiendo. La gente se preguntaba para qué podía servir. El eslogan que ideamos fue: «Ayude a la izquierda a seguir siendo de izquierda». Era una manera de recordar que el papel de la izquierda era frenar el ultracapitalismo, apoyar la justicia social y la redistribución de la riqueza… Recuerdo una rueda de prensa multitudinaria para presentar el programa electoral. El mismo día, el Partido alquiló parte de la sede para acoger un desfile de moda. Tuve una frase desafortunada que despertó un escándalo: «Han pasado de Pravda a Prada». Creo que una parte de mí actuó con sinceridad y la otra, no. Tengo un problema, y prefiero confesártelo, puesto que vamos a tener que hablar bastante rato. Utilizo mucho eso que los franceses llamamos «segundo grado», que implica no tomarse las cosas al pie de la letra. Observo la vida con ironía, hasta el punto de que, a veces, me parece un problema de orden psiquiátrico. Veo la vida como una sucesión de capítulos cómicos. Como siempre estoy haciendo bromas, la gente no me toma en serio. Pero, de todas formas, yo mismo tampoco me tomo a mí mismo demasiado en serio. Soy, a la vez, un testigo y un payaso.

Lo curioso, en tu caso, es que ese desapego no se ha transformado en misantropía, como sucede en tantos casos. Al revés, parece que te guste bastante la compañía de los demás.

Es verdad. No soy un misántropo, aunque admiro a quienes lo son. Me gustaría ser como esos escritores que vivieron apartados de todo: Flaubert en su mansión de Normandía, Salinger atrincherado en su casa de New Hampshire… Me parece el summum de la confianza en uno mismo: decidir que resulta innecesario hablar de tu trabajo, porque tu trabajo ya habla por sí solo. Esa es, para mí, la imagen del escritor superior: tener tal confianza en tu arte que todo el resto se vuelva innecesario. El problema es, en efecto, que a mí me gusta la compañía de los demás. Y me gusta hacer muchas cosas: dirigir una revista, presentar un programa en la tele, realizar una película, colaborar en un programa de radio… Es mi manera de estar en el mundo, conectado con mi época. Justo tenemos ahí un retrato de Cocteau, que también desempeñó muchas actividades distintas a lo largo de su vida. Cuando le preguntaban si se definía como poeta, cineasta o ilustrador, él solía responder: «Solo busco un rincón frío en la almohada». Me identifico mucho con esa frase. Creo que, si solo escribiera novelas, me terminaría aburriendo.

Volviendo al Partido Comunista, aquella experiencia terminó con un fracaso considerable…

Sí, fue un fracaso total. Hue solo consiguió un 3 % de votos. Ahí terminó mi carrera en la política. Lógicamente, nunca me volvieron a proponer nada parecido. Recuerdo muy bien aquella noche electoral de 2002. Más que por ese resultado catastrófico, por el paso de Jean-Marie Le Pen a la segunda vuelta de las presidenciales. Fue un cataclismo observar que un cuarto de la población era capaz de votar por la extrema derecha racista, xenófoba y antisemita. Fue un choque terrible y un motivo de inquietud que todavía no ha terminado. El éxito del Frente Nacional nos recuerda los capítulos más sombríos de nuestra historia. Ese sentimiento de miedo al extranjero, de atracción por los demagogos y los populistas… Mi última novela, Oona y Salinger, no era solo una historia de amor entre dos jóvenes. También hablaba del contexto histórico de los años cuarenta. Fue una manera de recordar que esa década guarda muchos parecidos con la actualidad. Hoy presenciamos de nuevo cómo ciertos países se vuelven nacionalistas y proteccionistas, asistimos a una crisis sin fin que provoca un paro estratosférico, somos testigos de todas esas historias de racismo y de religión… Donald Trump y el brexit nos recuerdan que la historia siempre se repite. Y cuando uno sabe lo que viene después, no le apetece demasiado que se repita.

¿Qué encarna Donald Trump para ti?

En el plano personal me parece un tipo horripilante, por supuesto. Pero, como novelista, me parece un personaje fantástico. Parece salido de las obras de Rabelais. Es Ubú rey, prácticamente un Quijote… Cada etapa de su ascensión ha estado caracterizada por el mismo factor: todo el mundo estaba plenamente convencido de que no sucedería lo que, al final, terminó sucediendo. Primero, se creyó que no ganaría. Y luego, que no se atrevería a aplicar su programa. Lo que estamos viendo es que sí piensa hacer todo lo que prometió y, encima, a toda velocidad. No podemos comparar lo incomparable, pero eso es exactamente lo que sucedió con Hitler.

Trump también parece un producto del sistema del que hablabas antes…

Puestos a escoger a un millonario, los estadounidenses podrían haberse decantado por cualquier otro. Bill Gates, por ejemplo. Al final, escoger a un geek hubiera sido menos grave. Trump es una caricatura de la plutocracia mediática impulsada por la televisión. No es que esté obsesionado por los años treinta y cuarenta, pero hay otro paralelismo. Hitler ganó en tiempos de la invención de los medios de masas, como la radio y el cine, que la propaganda nazi utilizó de manera muy astuta, porque la población de aquella época todavía no había aprendido a decodificarla. En el caso de Trump, ha sucedido lo mismo con las redes sociales. Es curioso, porque una mañana dice una cosa y, al día siguiente, lo contrario. Y a nadie parece importarle lo más mínimo esa incoherencia. La caricatura de la oligarquía que Trump encarna se convierte, poco a poco, en un totalitarismo tiránico y bárbaro, llegado de un país que, hasta ahora, considerábamos que nos había liberado de este tipo de opresión…

Como sabes, siempre se te ha tratado de enfant terrible. ¿Es una etiqueta en la que te reconoces?

En realidad, fui un niño muy obediente, bastante buen alumno. Pero entiendo por qué se suele decir eso. Siempre me ha gustado oponerme al destino que otros decidieron por mí. Es decir, se me instó a escoger un oficio serio, en lugar de ejercer de saltimbanqui. En el entorno burgués en el que crecí, ser un literato no se considera, precisamente, un gran éxito. Todavía menos al principio, cuando mis libros no se vendían. Dicho todo esto, nunca me he considerado un enfant terrible. Hay escritores mucho más desobedientes que yo. De acuerdo, me gusta salir de fiesta y una vez terminé en la cárcel por consumir drogas. Pero de ahí a llamarme enfant terrible, no lo sé… Entiendo que me hayan pegado esa etiqueta de insolente y chistoso. Es una manera de descalificarme. Diga lo que diga, me tratan como un borracho y un drogado, y así no tienen que escuchar lo que estoy diciendo. Lo curioso es que, a fin de cuentas, da cierta libertad vivir detrás de esa máscara. Resulta cómodo y práctico, porque puedo hacer lo que me venga en gana. Si no me llamaran enfant terrible no podría decir las estupideces que digo. Tengo la sensación de que otros escritores tienen la obligación de ser mucho más serios.

En cualquier caso, sí has sido el enfant terrible de tu familia. Por lo menos, respecto a tu hermano Charles, empresario y político de derechas, con imagen de yerno perfecto. No sé qué diría un psicoanalista de vuestro caso…

Ya que sacas a Freud a colación, me gustaría decir una cosa. Freud habló mucho del padre y de la madre, cuando yo creo que la identidad de un niño se define mucho más respecto a sus hermanos. Si tienes un hermano perfecto y a quien se le dan estupendamente las matemáticas, es muy probable que tú tires por las letras, que seas menos perfecto y que intentes ser más original que él. Para mí, el papel de mi hermano mayor es infinitamente más importante que el deseo de acostarme con mi madre y asesinar a mi padre. Es posible que Freud se equivocara…

¿Qué tipo de relación mantienes hoy con tu hermano?

Nos queremos, pero no nos vemos mucho. No estamos de acuerdo en nada en absoluto, así que no hablamos de cosas que puedan dividirnos. Y, de ese modo, acabamos hablando de cosas bastante profundas. Cuando no puedes hablar de política ni de nada que pueda provocar fricciones, acabas hablando de cómo están tus hijos, de lo que vas a comer por la noche, del tiempo que hace hoy… Y, al final, he entendido que eso no está tan mal. Por ejemplo, mi hermano Charles apoya a Donald Trump. Si nos ponemos a hablar de este tema, terminaremos peleándonos como tertulianos en un plató de televisión. Será un diálogo estéril. Por eso he entendido que es mejor que nos hagamos preguntas más importantes. «¿Cómo te va todo?». «¿Cómo está tu hija?». «¿Tienes una amante?» [risas].

Paul Auster opina lo mismo que tú: «Hablar del tiempo es algo que nos une como especie. Es como decir: “Yo soy humano y tú eres humano”».

¡Cuánta razón! Ahora que vivo la mitad del año en el País Vasco francés, me doy cuenta de que hablo cada vez más de la meteorología. En Guéthary, a la gente le importa un pimiento quién será el próximo presidente de la República. Prefieren saber si mañana va a llover. Si has visto la puesta de sol hace un rato, y si te ha parecido más o menos bonita que la de ayer. En París, en cambio, ni siquiera vemos el cielo. He entendido que no es un tema superficial, en absoluto. A fin de cuentas, soy como un viejo jubilado que habla del tiempo con su panadera. Ya ves que, como enfant terrible dejo bastante que desear.

¿Por qué te marchaste a Guéthary, siendo tan parisino como eras?

Porque allí logro concentrarme e incluso aburrirme. He entendido que quiero envejecer allí. La vida es más sana y menos cara. El aire es respirable. Me ha hecho entender por primera vez a los ermitaños, yo que era tan alocado y tan juerguista… Sigo siendo un escritor muy urbanita, pero creo que estoy empezando a cambiar. Por primera vez de mi vida, entiendo a Tolstói.

¿En qué momento empezaste a cambiar?

Hace unos diez años. En 2007 empecé a ir a Guéthary para investigar sobre los aspectos olvidados de mi infancia. Y allí, me di cuenta de que lograba concentrarme de una manera distinta. Me compré una casa y empecé a escribir en ella. En París lograba escribir un artículo, el texto de un prompter televisivo o una sección radiofónica, a lo sumo, pero no una novela. Me di cuenta de que no me apetecía escribir a las tres de la madrugada en el asiento trasero de un taxi. Ahora me levanto temprano y me pongo a escribir. A los cincuenta años he descubierto que la inspiración surge de la disciplina. Antes creía que tenía musas… El alcohol, las drogas y las chicas guapas eran mis musas. Estaba sumido en una agitación histérica, y mi literatura surgía de ahí.

Se nota. Tu forma de escribir ha cambiado mucho en los últimos años…

Se ha vuelto más aburrida, ¿no? [risas].

No, se ha vuelto mejor. Antes, al cabo de cincuenta páginas, el libro ya parecía agotado, igual que lo estaba el lector.

Tienes razón, era como un número de claqué… Ahora creo que antes no escribía novelas, sino fragmentos inconexos, robados en un lado o en otro. Escribía a la velocidad de la ciudad, como un espía tomando notas. Tenía cuadernos y más cuadernos donde apuntaba frases sueltas. Ahora siento una serenidad. Diría que tengo más confianza en mí mismo. Por ese motivo, tengo menos necesidad de contar chistes todo el día. Durante mucho tiempo, sentí vergüenza, porque no me sentía legítimo. Sentía demasiada adoración por la literatura para creer que merecía ocupar un asiento en su interior. La presión de la biblioteca me aplastaba. Nunca he sentido la angustia de la página en blanco, pero sí la de los grandes escritores que me han precedido…

¿Cuándo cambia eso?

Cuando escribí Una novela francesa. Hasta entonces, nunca había entendido que mi generación también tenía una historia que merecía ser contada. Formo parte de una generación que no ha vivido ninguna guerra, pero que sigue teniendo derecho a contar su propia historia. Tenemos derecho a hablar de ese vacío, de esa amnesia, de otro tipo de dolor. Por ejemplo, me costó mucho entender que el divorcio de mis padres era mi guerra particular. Es el primer libro donde me presento, donde digo que no soy Octave [el protagonista de 13,99 euros] sino Frédéric, un chico nacido en Neuilly-sur-Seine que iba a pescar gambas con su abuelo durante los veranos. Ese fue un momento fundamental para mí.

Tu compatriota Annie Ernaux dice que todo escritor debe llegar a hasta el fondo de su historia personal si aspira a convertirse realmente en escritor. ¿Eso es lo que te pasó?

Tampoco creo que sea obligatorio para todo el mundo, pero en mi caso sí fue muy importante. Fue eso que decía Kafka: un libro debe ser el hacha que rompa el mar helado que existe dentro de cada uno de nosotros. Odio ese término que tanto usan los escritores, la «necesidad» de contar una historia, pero en el fondo resulta acertado. En un momento dado, me dije que debía dejar de intentar gustar a una serie de lectores imaginarios y escribir el libro que necesitaba escribir. Me dije: «Deja de esquivar el libro que te constituye». Entendí que terminaría saliendo, un día u otro…

Has dicho que tu detención por consumo de cocaína en 2008 fue un punto de inflexión.

Tampoco es que fuera el caso Dreyfus, pero sí fue importante. Me da mucha rabia decir que la policía tiene razón, pero en mi caso ese arresto funcionó. Te encierran en una celda sin reloj, sin móvil y sin revistas para distraerte, así que tarde o temprano te sientes obligado a preguntarte: «¿Qué estoy haciendo aquí?». Y te respondes: «Estás aquí porque has hecho algo prohibido». Y entonces surge otra pregunta: «¿Por qué tengo la necesidad de hacer cosas que están prohibidas?». Odio el castigo y la cárcel, que me parece una tortura innoble, pero en mi caso funcionó. Fue un incidente sin importancia, pero que me obligó a decirme a mí mismo: «Deja de tomarte por alguien que no eres, por uno de los personajes de tus novelas». Entendí que no era Leonardo DiCaprio en El lobo de Wall Street. Entendí que, en realidad, era mucho más aburrido y banal.

De repente, te encontraste ridículo por primera vez…

Sí, un poco. O tal vez simplemente estaba de bajón de cocaína y temblaba de pura angustia… [risas]. No he cambiado de opinión sobre la droga, aunque no me apetece que mis hijas hagan las mismas tonterías que yo. No quiero que se conviertan en dependientes, que es lo más terrible de la droga. A mí la droga me parece bien, pero siempre que sea en un contexto de joie de vivre, hedonismo y convivencia. Si es una experiencia alegre y ocasional, me parece estupenda. Pero, no sé, a partir de cierta edad… Ay, qué moralista estoy quedando en esta entrevista… Solo diré que a mí me gusta mucho desobedecer. Y cuando la droga se convierte en algo sistemático, deja de interesarme, porque me pongo a desobedecer a ese sistema.

Desde 2013, también diriges la revista Lui, con la que has resucitado la desaparecida cabecera erótica creada en 1963, para la que posaron estrellas como Brigitte Bardot, Catherine Deneuve, Jane Birkin y hasta Isabelle Huppert. Su resurrección vino acompañada de cierta polémica. La asociación Acrimed, por ejemplo, te acusó de defender un machismo cool y de proponer un regreso «al antifeminismo de los años sesenta».

Soy un hombre heterosexual. Y eso significa que funciono de una determinada manera: me gusta la seducción, el erotismo, las imágenes sexis… ¿Eso me convierte en un falócrata y un misógino? Yo no lo creo. Lui es una forma de oponerse a la heterofobia, ese nuevo fenómeno cada vez más extendido. Aspiramos a defender la masculinidad en todos sus aspectos, a partir de la igualdad y del respeto, pero sin tener que destruir el erotismo. Igual que existe un movimiento feminista, ¿no podemos contar con otro masculinista? Yo no considero a las feministas como adversarias. He entrevistado a las Femen y a Pussy Riot para la revista. Creo que hombres y mujeres deben reflexionar sobre la forma adecuada de amarse, sin recurrir al machismo, pero tampoco al aislacionismo. Entre lo que dice Trump y la vida monástica, debe de haber un punto medio. Además, hay muchas mujeres que se quejan de que los hombres ya no osen seducirlas, por miedo a quedar como unos cutres. Lui es una revista elegante, literaria y divertida, que intenta demostrar que se pueden publicar fotos sexis sin rebajar a la mujer al nivel del objeto.

El argumento de tus opositores es que no existe una revista como Lui para las mujeres, donde los hombres aparezcan desnudos en portada. Y que, probablemente, no es ninguna casualidad que no exista…

Pues que se lo inventen. Yo creo que el deseo masculino pasa por la imagen, por la construcción visual. Tal vez es más básico que el femenino, que se suele decir que es más misterioso. Pero bueno, prefiero que lo dejemos estar, porque la generalización que acabo de hacer será considerada, por algunas feministas, como degradante.

¿Dirías que el feminismo está adoptando una deriva puritana?

Hay que hablar de feminismo en plural, que es algo que he aprendido estos últimos años. Hay, por lo menos, dos: uno que defiende el sexo y la prostitución, y otro que es más virtuoso, moral y puritano, que considera que toda mujer desnuda es una injuria. Yo pienso que no es casualidad que, desde hace varios milenios, los artistas representen la belleza a través de cuerpos desnudos de mujer. Para mí, es lo más bello que existe sobre la faz de la tierra. Lo que digo es que me gustaría poder ser heterosexual sin tener que excusarme por ello. Entiendo que, después de tres milenios sin igualdad, sea un asunto complicado. Pero me parece importante que podamos seguir diciendo cosas como «Te quiero» o «Quiero acostarme contigo» sin que las mujeres lo consideren una ofensa. Desear no es un insulto, no es sexista. Lo que es sexista es decir que piensas coger a una mujer por el coño…

Ya que hablas de prostitución, ¿lamentas haber firmado el Manifiesto de los 343 cabrones, que defendía a los clientes de la prostitución frente a la ley francesa que los penalizó en 2013?

Lo que dijimos es que nos parecía violento detener a personas que se encuentran en la miseria sexual. Van a ver a putas porque, si no, no follan. Si encima les ponemos una multa, la humillación es doble. Puede que fuera una estupidez, pero fue una acción prácticamente de compasión. Pero, bueno, es un asunto sobre el que hoy resulta imposible ser audible…

Se te reprochó ver este problema desde el punto de vista del cliente y no de la prostituta, que muchos consideran la víctima de esta situación.

Siempre me preocupa que se trate a una persona adulta como si no supiera lo que está haciendo. Las prostitutas son, algunas veces, víctimas de un tráfico de personas que me resulta espantoso. Pero, otras veces, son personas adultas que han decidido ejercer ese oficio a conciencia. ¿Quién tiene derecho a decidir en su lugar que son víctimas inconscientes?

Se te tiene por un holgazán y por un hombre mundano, aunque en realidad trabajas muchas horas a la semana. Dicen que es un clásico de quienes aspiran a apaciguar una ansiedad. ¿Es tu caso?

Depende del día en el que me pilles. Acabo de pasar una semana en Guéthary durante la que no he hecho prácticamente nada, aparte de escribir. Cuando vengo a París, en cambio, tengo jornadas laborales dignas de un estajanovista. Hoy he tenido varias citas profesionales, he pasado la mañana en la redacción de Lui, he preparado mi sección de los viernes en la radio pública francesa… Supongo que sí responde a una angustia. No puedo negarlo. Pero también te diré que estoy cambiando. Cada vez me gusta menos estar desbordado. No me gusta que no me dejen controlar mi libertad y empiezo a protegerme mucho más. Antes me resultaba imposible decirle que no a alguien. Me sentía tan halagado de que alguien se interesara por lo que hago que nunca lo conseguía. Desde hace algún tiempo, he aprendido a decir que no.

Cuando dices que la semana pasada no trabajaste y que te limitaste a escribir, ¿significa que no lo consideras una verdadera actividad laboral?

En realidad, escribir también pasa por no hacer nada. Es sinónimo de caminar, de estirarse en una hamaca y dejar pasar las horas. Un tipo que observa el cielo desde su tumbona es un escritor en pleno trabajo, aunque sea difícil hacérselo entender a mi mujer cuando me pide que la ayude un poco más. «Te juro que estoy trabajando, chérie…». En el fondo, el de escritor es el único oficio que te permite tener una excusa perfecta para levantarse tarde y para hacer la siesta.


Deje de preocuparse de una vez y aprenda a mirar el lado luminoso de la vida

Jot Down Magazine para Fox Life

«Dentro de mí hay una batalla constante entre dos lobos» dijo un anciano cherokee a un joven miembro de su tribu. «Uno lucha con el odio y la envidia mientras que el otro lo hace armado de amor, esperanza y felicidad. Está en mí y está en ti y también está dentro de todas las personas del mundo». «¿Y cuál de los lobos ganará la pelea?» preguntó el joven; a lo que el viejo respondió: «Aquel al que alimentes».

Más allá de la filosofía new age que pueda desprenderse de una leyenda india, o de si deberíamos considerar como consejeros vitales a unos señores con plumas y que vivían en tipis hace dos siglos —la respuesta es sí—; lo cierto es que, desde que la Ilustración desterró la amenaza de la muerte y la enfermedad como castigo religioso y la sustituyó por la confianza científica, los seres humanos hemos tomado un camino de vida casi uniforme: la búsqueda de la felicidad. Seguramente no deberíamos sucumbir a la dictadura de la felicidad porque puede tener consecuencias frustrantes pero, desde luego, tampoco deberíamos hacerlo ante el imperio del cinismo y el desánimo.

Quizá no se trate de buscar la felicidad, sino de encontrarla en pequeñas cápsulas de ese concepto tan elusivo que es la diversión. Y digo elusivo porque somos nosotros mismos los que lo acabamos eludiendo. Lo postergamos para después. Después de comer, después de correr, después de trabajar, cuando estemos de vacaciones. Y así, postergando, siempre estamos preocupados. Preocupados por lo que hacemos y lo que nos espera. Por el pasado y por un futuro que nunca llega y, por tanto, nunca nos deja divertirnos. Y es que, en realidad, deberíamos hacerlo constantemente y sin propósito.

El canal de televisión FOX Life nos propone divertirnos mientras comemos y cocinamos y corremos y trabajamos. Disfrutar del puro entretenimiento, del hacer las cosas porque sí. Sin más objetivo que pasarlo bien con lo que nos rodea. Atrapando los pequeños momentos que, haciéndole una pedorreta al cliché, son los que verdaderamente dan sentido a la vida. Puede que sea saboreando un twinkie, como Woody Harrelson en el cachondísimo apocalipsis de Zombieland, o cabalgando una bomba nuclear como el Mayor T.J. «King» Kong al que daba vida Slim Pickens en la película que nos ha proporcionado la mitad del título, o cantando en la cruz como Eric Idle en la que nos ha servido para la otra mitad. Puede que sea viendo la tele o tal vez poniendo en práctica alguno de los consejos que les proponemos a continuación.

Haga lo que mejor sepa hacer

Luis Moreno Mansilla solía decir que «uno se gana la vida con la segunda cosa que mejor sabe hacer». Teniendo en cuenta que, junto a su compañero Emilio Tuñón, formaron uno de los estudios más interesantes y más valiosos de la arquitectura contemporánea española, cuesta imaginar cuál sería la actividad en la que Mansilla era realmente bueno. Tuñón nunca se atrevió a preguntárselo. Por eso, en las preciosas palabras que pronunció en su funeral, llegó a la conclusión de que, pese a ser arquitectos, el espacio no formaba parte de sus preocupaciones vitales, solo el tiempo. Por eso hay que atraparlo.

Como lo atrapó Dennis Rodman, que fue una estrella de la NBA antes de ser pintoresco vehículo de acercamiento entre Corea del Norte y Occidente, grotesco actor de películas de hostias junto a Jean Claude Van Damme, y dedicado modelo de tatuajes, piercings y cortes de pelo alternativos. Comenzó a jugar al baloncesto en el instituto pero claro, al medir poco más de 1.68, no tuvo oportunidades reales de dedicarse a lo que más le gustaba y a lo que, en el fondo, sentía que era lo que mejor sabía hacer. Así que trabajó como camarero y como conserje hasta que en menos de un mes creció de golpe hasta los dos metros. Entonces, a los dieciocho años, atrapó el momento en forma de balón anaranjado. Y llegó a ganar cinco anillos de campeón con los Pistons y los Bulls, dos títulos de mejor jugador defensivo del año, dos apariciones en el All-Star y siete galardones como máximo reboteador de la temporada.

Tome fotografías

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Fotografía: Vivian Maier.

Hágase sonrientes selfies en palos de selfies, si quiere, pero busque un poco más, que hace más de ciento cincuenta años que la fotografía es arte. Y es el más instantáneo de todos, el que más tenemos a nuestro alcance. Así que explore y encuentre. En las calles y en los campos. Atrape gorriones y motocicletas y niños jugando y mujeres trabajando. Atrape el mundo porque, cuando tomamos una fotografía, establecemos una conversación con la realidad. Construimos la existencia en un intercambio de partículas y de ideas para, al final, transformarla en cuantos infinitesimales de tiempo.

Quizá pueda sumarse al concurso Atrapa tu Momento organizado por FOX Life. Quizá solo quiera fotografiar porque sí, porque le gusta el sonido del clic en la cámara o en el smartphone. Quizá sea como Vivian Maier, que trabajó como enfermera durante cuarenta años pero lo que mejor sabía hacer era tomar fotografías. Fotografías que no vieron la luz pública hasta 2007 cuando, a los ochenta y un años de edad, se tuvo que subastar parte de su trabajo para poder pagar precisamente el trastero donde se guardaba. Maier atrapó a hombres trabajando y a niñas jugando. Atrapó la vida de los Estados Unidos en cuarenta años y treinta mil imágenes y negativos.

Aunque quizá solo quiera hacerle una foto al último plato que ha cocinado.

Haga una tortilla de patatas

Tamorlan
Fotografía: Tamorlan (CC).

No tiene mucho sentido presentar a Ferran Adrià a estas alturas: es uno de los cocineros más importantes del mundo, principal artífice de la explosión planetaria de la cocina de vanguardia y de la consideración de la gastronomía como disciplina investigativa y casi artística, más allá de su obvia vertiente alimenticia. Además, si ha leído alguno de sus textos o sigue su abracadabrante —y merecidamente sugestiva— faceta tuitera, también sabrá que la preocupación intelectual de Adrià tiene menos que ver con los hipertecnificados sistemas de laboratorio que a menudo emplea en su cocina y más con la pura reflexión epistemológica. ¿Por qué una cosa es una cosa y no otra? ¿Por qué el contenido de un vaso de vino no puede servirse en un plato? ¿Un tomate natural que procede de una granja sometida a mil procesos e integrada en el mecanismo productivo de la sociedad es verdaderamente natural?

Su principal línea de trabajo tiene que ver con algo tan inherente a los fogones como son los mecanismos que modifican una materia prima para convertirla en un plato. De hecho, el cocinero catalán dice con frecuencia que le hubiera gustado ser la primera persona que batió un huevo y lo transformó en una tortilla. Y por eso todo este rollo, porque la tortilla de patata es el plato estrella de nuestra gastronomía y nos hace felices cocinarlo y compartirlo.

Lo bueno es que, si no son muy duchos en las artes culinarias, hay una receta al alcance de las pezuñas más torpes. Se le atribuye a El Bulli y posteriormente al propio Adrià, aunque no está nada claro quién fue el primero en concebirla o ponerla en práctica. Es la tortilla de patatas chips; patatas de bolsa, vamos. Según la receta de José Andrés, no hay más que batir los huevos, echar encima un bol de patatas fritas, dejar que las patatas absorban parte del líquido para que pierdan la rigidez y pasarlo todo por la sartén. Incluso hay versiones de la receta que sustituyen la sartén por el microondas, en el caso de que nos dé miedo el fuego. Seguramente nuestra abuela no aprobará esta tortilla, pero siempre podremos decir que cocinamos como los mejores del mundo. Y además, nos vamos y divertir y no tendremos que mojarnos en la eterna lucha que enfrenta a los cebollistas contra los sincebollistas.

Mójese

Pero de verdad. Váyase a la playa. Encuentre playas nuevas. Guárdese un par de horas y métase en las aguas de la cala de Baladrar, en el municipio alicantino de Benissa, y descubrirá un Mediterráneo que no parece el Mediterráneo. Pasee por la playa de Barra en Cangas do Morrazo, que es como la de El lago azul pero cambiando las palmeras por un formidable pinar y los cuerpos desnudos de Christopher Atkins y Brooke Shields por los de valientes —valientes por la temperatura del océano— gallegas y gallegos. También desnudos, por cierto, que Barra es una de las mejores playas nudistas de la península.

Váyase a las Piscinas das Marés, que dialogan con el Atlántico en frases de Álvaro Siza o a las ondulantes que Alberto Nicolau construyó en Valdemoro. Llene un barreño y remoje los pies en el balcón o cuélese en las piscinas de su vecindario como Burt Lancaster en El nadador o báñese de cuerpo entero en una fuente pública, aunque su equipo no haya ganado ningún título. Anita Ekberg lo hizo en la Fontana di Trevi y no tenía ninguna pinta de ser futbolera.

Cánsese

Marcin Gabruk
Fotografía: Marcin Gabruk (CC).

Juegue una pachanga con los colegas, un partido de solteros contra casados o uno de rivalidad secular. Eche unas canastas o patine o monte en bicicleta o corte troncos o salga a correr, sea usted runner o no. Y si aún no ha vuelto de la playa, nade. Haga como Selina Moreno, que comenzó a nadar a la tardía edad de veinte años y fue poco más que una deportista amateur hasta que en 2005, y con treinta y tres años recién cumplidos, le fue diagnosticado un cáncer de mama. Pero siguió nadando. Como buenamente pudo, con parones y a veces con dolor, hasta superar la enfermedad. Y después siguió nadando. Nadó mucho más y mucho mejor de lo que había podido antes y, hoy en día, es una de las pocas mujeres en haber nadado el estrecho de Gibraltar, el canal de la Mancha y la vuelta a la isla de Manhattan. Dice que el deporte le ayudó no solo a mejorar la movilidad en el brazo izquierdo y a apaciguar los dolores musculares y articulares, sino que también le sirvió como empuje de autoestima.

Sí, la autoestima, la liberación de endorfinas y la mejora física son varias de las obvias ventajas de cualquier práctica deportiva. ¿Pero saben cuál es la mejor? Cansarse. Cansarse de verdad. Cansarse como nos cansábamos cuando teníamos diez años y nos pasábamos la tarde correteando por la calle y triscando por los descampados, que llegábamos a casa derrotados pero felices. Porque hay pocas sensaciones más satisfactorias que meterse en la cama con el cuerpo en pacífico agotamiento.

Duerma

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Infografía: Jason Feifer, cortesía de New York Mag.

Si hay que atrapar todos los momentos, también hay que atrapar el sueño. Así que apague las luces y váyase a la cama a dormir. Haga de su dormitorio un reducto analógico, un santuario del sueño. Sin ordenadores ni tablets ni smartphones. Y duerma las horas que necesite. A pata suelta. Sean cual seas su horas, manténgalas y construya unos hábitos lo más persistentes posibles.

Puede hacer como Thomas Mann, que se acostaba a las doce y se levantaba a las ocho; como Marina Abramović, que se mete en la cama a las diez y se levanta a las seis; como Honoré de Balzac, que dormía de seis de la tarde a una de la madrugada pero luego se echaba la siesta de ocho a nueve y media de la mañana y así parecía que se despertaba como todo el mundo; o como cualquier otro de los grandes creadores de la historia que aparecen en esta formidable infografía que la New York Mag publicó en 2014. Claro, copiar sus hábitos de sueño no les hará ser como ellos, pero se van a levantar de mejor humor y con todo el día por delante para jugar.

Juegue

Dice Richard Jenkins en la amable comedia Amor y letras que «Nadie se siente como un adulto. Es el secreto mejor guardado del mundo». Y tiene razón: ser adulto está sobrevalorado, lo que mola es jugar. A todas horas y en cualquier lugar. Jugar a pistoleros y forajidos en la calle o delante de un tablero; jugar al parchís o al milenario go, que ya aparece en las Analectas de Confucio hace dos mil quinientos años; jugar al teléfono estropeado o a aprender japonés en batallas de cartas mágicas o a huir de dioses primigenios en medio de un pueblo de la ribera madrileña del Tajo.

Jugar a la rayuela con tiza en el asfalto o sobrevolando las ciento cincuenta y cinco capítulos de la obra magna de Julio Cortázar. Jugar al ajedrez como Bobby Fischer o por los cien saltos de caballo que George Perec nos propone en La vida instrucciones de uso. Jugar en paisajes que no existen o en momentos que no puedes perderte. No se canse nunca de jugar, háganos caso.

No nos haga ni puto caso

En esta casa somos así. Tan pronto proponemos hacer listas como nos desmarcamos virulentamente de ellas (proponiendo otra). Un día le conminamos a que abandone los libros de autoayuda y otro le escribimos dos mil palabras intentando ayudarle. Pues bien, si no quiere hacernos caso, no nos lo haga. Porque eso es fenomenal. Quizá sus cápsulas de diversión son distintas a las nuestras; puede que les incomode profundamente que le digan lo que tiene que hacer; tal vez ya ha encontrado la felicidad.

En cualquier caso, habrá tomado una decisión. Y, si nos permite un último consejo, siga haciéndolo. Siga tomando decisiones, siga haciendo lo que a usted considere adecuado. Siga teniendo una opinión propia, inducida, firme, cambiante, reflexiva o irracional. Pero haga el favor de dejar de preocuparse y diviértase. Diviértase en la calle o viendo FOX Life. Diviértase solo o acompañado, cocinando o corriendo, durmiendo o nadando o tocando música o jugando a videojuegos. Trabajando y de vacaciones. Diviértase siempre.

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Imagen: Hawk Films/Columbia Pictures.

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