El balón de la discordia

Estadio Rhein Energie, Colonia, 2012. Fotografía Cordon Press

El tópico es mentira. O, como mínimo, una grandísima falacia. El fútbol no une, divide. Y lo hace como solo puede hacerlo una guerra. Podemos repetir el lugar común recordando aquello de que uno es la extensión de la otra por vías pacíficas; y aun esto es una verdad a medias. Solo tienen que asomarse un fin de semana a cualquier campo, no ya estadio profesional, de infantiles a poder ser, y escuchar. No a los niños, lo que forma parte de los gajes del oficio —la guerra psicológica, que diría Luis Aragonés—, sino a los adultos. Lo que sueltan por la boca algunos respetables padres (y madres) de familia solo es comparable a los intercambios lingüísticos entre una y otra vera de la línea del frente. Desde las Termópilas al Ebro, pasando por Verdún. La explicación es simple: el fútbol es un juego convertido en deporte transformado en negocio tamizado de espectáculo. En manos del hombre, es un lugar al que se viene a ganar o perder. Y del que pierde nos acordamos exactamente lo que dura el árbitro en detener el pitido final que da por declarado al vencedor. Por eso es la guerra. En ocasiones, más importante. En 1914 el Gobierno inglés suspendió todas las competiciones deportivas con excepción del fútbol. La temporada 1914-15 se jugó completa porque los ingleses aún creían que la contienda sería cosa de semanas y no vislumbraban la matanza que se avecinaba. Por si acaso, en febrero de 1914 se creó el Football Batallion, iniciativa para reclutar a futbolistas y defender al país. Muchos jugadores perderían la vida en las trincheras franco-belgas. Los que se negaron a luchar, como Jimmy Hogan, eran traidores a los que solo el tiempo —y el fútbol— perdonaría.  

No me malinterpreten. Amo el fútbol, está en mi lista particular de filias al nivel de la literatura, el cine y los cómics. Podría decir, como Albert Camus, que todo lo que sé del mundo lo aprendí en el fútbol, pero mentiría. Es solo casi todo, el resto lo aprendí de los libros, los cómics y las películas. Lo único cierto es que el fútbol, el juego más hermoso inventado por el ser humano (obviemos que fue un inglés, según la versión aceptada), es la más fiel metáfora de la vida. Capaz de albergar lo mejor y lo peor; un lugar al que, como a la guerra, se viene a vivir o morir. Por eso el fútbol es la única guerra hermosa y, para bien o para mal, toda la belleza del mundo cabe en los límites de una cancha de juego. También, en ocasiones, todo el horror. Lo hizo el 29 de mayo de 1985 en el Estadio de Heysel de Bruselas, en Bélgica, donde en los prolegómenos de la final de la Copa de Europa entre el Liverpool y la Juventus se dejaron la vida en las gradas treinta y nueve aficionados, la mayoría juventinos. Aquel partido, que nunca debió haberse jugado, comenzó con hora y media de retraso y cuando Platini marcó el gol (de penalti) que les daría la victoria a los italianos todavía quedaban cadáveres sin retirar de la grada.

La violencia ha estado asociada al fútbol desde sus orígenes, sostiene Jonathan Wilson, periodista británico bien conocedor del fenómeno ultra. Y esto ha sido así porque el fútbol ha servido siempre como válvula de escape de conflictos y desigualdades de índole política. Su explosión fue a partir de la década de los setenta, coincidiendo con las grandes reconversiones industriales que dejaron a millones de trabajadores en la calle. Heysel señaló para siempre a una especie, el hooligan, que trasladó la guerra a la grada. Solo recuerden su vocabulario: frentes, comandos, brigadas, bloques, batidas o salir a cazar. Grupos integrados por soldados cuyo uniforme son los colores de su equipo. Carne de cañón lista para saldar en las calles las cuentas que quedan pendientes en la cancha. O antes de entrar a ella. Heysel fue solo el gran inicio de un fenómeno con manifestaciones tan esporádicas como trágicas. La última, el 1 de febrero de 2012 en el Estadio de Port Said, Egipto, tras concluir el partido entre el Al-Ahly y el local Al-Masry. Tras la victoria de este último, un grupo de sus ultras cargó contras los aficionados del capitalino Al-Ahly. Un total de setenta y cuatro personas fueron asesinadas aquella noche en un país que, tras la fallida Revolución blanca de 2011, sigue siendo un polvorín custodiado con mano de hierro por los militares.

El hombre es un ser primitivo que se deja llevar por sus instintos. Lo sabe cualquiera con dos dedos de frente y lo saben las manos que mecen las cunas. Por eso el fútbol siempre ha sido una herramienta de la que tirar a conveniencia. Para enardecer expresiones de patriotismo, léase la Argentina de los milicos durante la guerra de las Malvinas; o de control, léase el uso que los regímenes comunistas hacían del juego, cuyos principales equipos estaban siempre asociados a los brazos fuertes del Estado, ejército y policía. En el caso de España, control y proyección (inter)nacional del país siempre han ido de la mano. Desde la Guerra Civil hasta que Iker Casillas levantó la Copa del Mundo al cielo de Johannesburgo el 11 de julio de 2010. Pasando por el franquismo —que explotó hasta la saciedad el gol de Marcelino ante las hordas comunistas en la Eurocopa de 1964—, y sin olvidar el més que un club, l’expressió d’una nació barcelonista.

Todo forma parte del juego y bien haríamos en asumirlo y pasar página.

Por culpa del fútbol se ha muerto y se ha matado. Murieron algunos de los jugadores del FC Start cuya leyenda, en mitad de la Segunda Guerra Mundial, es quizá una de las cumbres más románticas del deporte y sirvió de inspiración para al menos media docena de películas, la más famosa (y la versión más libre), Evasión o victoria (1981). Como película no pasa de mediocre y maravillosa al mismo tiempo, pero encierra dos verdades absolutas. La primera es que nadie como Pelé, en la escena en que expone la táctica del partido trazando con una tiza sus movimientos para driblar alemanes hasta meter el esférico en la portería germana, ha explicado la esencia del juego. La segunda es que Sylvester Stallone es, sin discusión, el peor portero de la historia; incluso peor que actor.

Ultras del Al-Ahly, 2015. Fotografía Amr Sayed Cordon Press.

Nótese que he dicho leyenda, con título incluido, El partido de la muerte (película de 1963), y no historia, porque esta es mucho menos romántica. En la Kiev ocupada por los nazis en 1942, varios exjugadores del Dinamo y el Lokomotiv fundaron un equipo que, entre el 21 de junio y el 6 de agosto, disputó una docena de encuentros con combinados de distintas guarniciones militares. Los ganó todos por amplias goleadas, pero el último, el 9 de agosto, inauguró un mito que, a grandes rasgos, sigue así: el combinado alemán, el Flakelf, integrado por pilotos y soldados de la defensa antiaérea, se juega su prestigio como fuerza de ocupación; los ucranios, su supervivencia. Deben perder, de lo contrario morirán. Eligen honor y pagan frente al pelotón de fusilamiento. Lástima que sea todo falso.

Es cierto que el partido tuvo lugar y que los locales ganaron. También que cuatro jugadores del Dinamo murieron, tres fusilados en el campo de detención de Syrec, en los alrededores de Kiev, y uno torturado por la Gestapo; pero no por la afrenta a los alemanes, sino días después de un partido cuyos testigos presenciales dicen que fue limpio y correcto por ambos lados. Las víctimas fueron asesinadas porque había una guerra y los alemanes estaban obsesionados con los espías y saboteadores. Todos sabían que el Dinamo era un órgano del NKVD, la policía secreta soviética.

Muchas décadas después, el partido de la muerte sigue siendo carne de propaganda. El estreno de la última versión cinematográfica del mismo, la rusa Match (2012), se pospuso en Ucrania porque coincidía con la Eurocopa y los jugadores ucranios eran presentados como colaboracionistas. Mucha historia había ya en los estadios. Cualquier encuentro que enfrente a las selecciones de Ucrania, Alemania, Polonia o Rusia acaba por desbordarse a causa del peso de la historia, nada amigable, que comparten los cuatro países.   

Andrés Escobar Saldarriaga era un defensa colombiano. Tenía fama de elegante y tranquilo y, tras un mal resultado, solía recordar a los periodistas que «la vida no termina aquí». Aquí era el terreno de juego. Pero la suya finalizó diez días después de su último partido con la selección colombiana en el Mundial de Estados Unidos de 1994. Aquel día, Escobar tuvo la mala fortuna de marcar en propia meta, gol que a la postre significaría la eliminación de su país. El 2 de julio de 1994, Humberto Muñoz Castro, chofer de los hermanos Pedro David Gallón Henao y Juan Santiago Gallón Henao, conocidos narcotraficantes y paramilitares, vació su revólver sobre Escobar, quien minutos antes había intercambiado palabras con sus jefes. Siempre se dijo que su muerte era una venganza relacionada con las apuestas deportivas del país. Lo cierto es que en la época de la violencia chica —las guerras entre el Estado, los paras y los narcotraficantes durante los años ochenta y noventa— fútbol y narco siempre han estado relacionados en Colombia.

El fútbol ha provocado guerras y las ha finalizado. Entre el 14 y el 18 de julio de 1969 las repúblicas de El Salvador y Honduras se fueron a la guerra durante cien sangrientas horas. La razón oficiosa fue la creciente tensión entre ambos países con motivo del partido de clasificación para el Mundial de 1970 que enfrentó a ambas selecciones nacionales. Sobra decir que ambos países estaban en manos de militares y terratenientes corruptos (perdón por el oxímoron), ocupados en incentivar el odio entre los pobres hondureños y los vecinos más pobres, los trescientos mil inmigrantes salvadoreños que trabajaban en el banano. «Hemos roto las relaciones con El Salvador. Posiblemente haya una guerra». La noticia la dio a los jugadores hondureños, en el mismo vestuario del Azteca de Ciudad de México, el coronel y embajador Armando Velázquez. Era el 27 de junio de 1969 y faltaba poco para lo inevitable. Aquel día El Salvador había sellado el pase al Mundial en el tercer encuentro de desempate (3-2, entonces no había goles con valor doble) de un choque más parecido a una pelea de bandas callejeras que a una eliminatoria mundialista. En realidad, fue la Junta Militar salvadoreña, comandada por Fidel Sánchez Fernández, quien disparó primero mandando unos aviones —que, de viejos, a duras penas conseguían volar— sobre Tegucigalpa mientras sus soldados cruzaban la frontera hondureña. Honduras replicó encerrando en campos de concentración a los salvadoreños que trabajaban en su territorio. «A algunos los tenían recluidos en el Estadio Nacional. Metían un tiro a una persona y decían que era salvadoreño. Y olvídate», recordaría mucho tiempo después el jugador hondureño Miguel Ángel «el Shinola» Matamoros. El estadio convertido en matadero es un clásico que perfeccionaron como nadie los militares chilenos tras el golpe de 1973.

Estadio Olímpico, Estambul, 2014. Fotografía Cordon Press.

Aquella «guerra del fútbol», como la bautizaría el periodista polaco Ryszard Kapuściński, dejó entre dos mil y seis mil muertos según los distintos recuentos, unos quince mil heridos y a El Salvador debutando y haciendo el ridículo (por si la guerra fuera poco) en el Mundial: perdió los tres partidos, recibió nueve goles y no marcó ninguno. Tras diez años sin relaciones entre los dos países, estas fueron retomadas: con un partido.

Hay quien sostiene que la guerra en la antigua Yugoslavia empezó la tarde del 13 de mayo de 1990 en el Estadio Maksimir de Zagreb sin dar tiempo siquiera a que el Estrella Roja y el Dinamo de Zagreb se disputaran el balón. Tiempo después, Zvonimir Boban, futbolista de toque exquisito y uno de los protagonistas de aquel día, declararía: «Ahí estaba yo, una cara pública, dispuesto a arriesgar mi carrera, todo lo que la fama puede comprar, por un ideal, por una causa: la causa croata». «Ahí» era Boban en mitad del campo y lanzándole una patada a un policía que estaba aporreando a un seguidor croata. La foto dio la vuelta al mundo. Es cierto que la explosión de Yugoslavia era solo cuestión de tiempo. Lo es también que el fútbol solo era el adelanto de lo que estaba por llegar. En la Prva Liga, máxima competición yugoslava, participaban dieciocho equipos, cada uno con una afición de marcada ideología. El FK Sarajevo representaba a los bosnios musulmanes; el Zrinjski Mostar, a los bosniocroatas; el Borac Banja Luka, a los serbobosnios. El Dinamo de Zagreb era la quintaesencia del nacionalismo croata, hasta el punto de que Franjo Tudjman, presidente que declararía la independencia de la joven república en los albores de la guerra, llegó a ser su máximo mandatario. El Estrella Roja, por supuesto, era su némesis, imagen de la pureza serbia y del unionismo yugoslavo de la era Tito. Y así hasta completar dieciocho equipos. Aquel partido que nunca fue sería el culmen del fenómeno hooligan, marcando su paso de la grada a la trinchera, ya que muchos de aquellos ultras engrosarían las unidades militares que se masacrarían mutuamente durante los siguientes cuatro años. Allí estaba, por ejemplo, Željko Ražnatović, alias Arkan, patriota serbio, a quien los propios servicios secretos de Slobodan Milošević habían dado vía libre para que ensayara en la grada lo que después haría con sus Tigres en Bijeljina y Zvornik a los musulmanes bosnios.

El 22 de junio de 1986, en el Estadio Azteca de la ciudad de México, Maradona devolvió el orgullo a todo un país herido tras la humillación ante la Marina británica en las Malvinas cuatro años antes. Es cierto que no fue la mano de Dios sino la de Diego, pero lo supo este al bautizar su gol, lo certificó Mario Benedetti cuando dijo que aquel gol «es, por ahora, la única prueba de la existencia de Dios», y lo entendió un país, que estalló con la narración que Víctor Hugo Morales hizo del segundo tanto al preguntarse, al borde del éxtasis, «¡Barrilete cósmico, de qué planeta viniste, para dejar en el camino a tanto inglés, para que el país sea un puño apretado gritando por Argentina!».

Catarsis colectiva o redención personal. Para esto último le sirvió el fútbol al alemán Bert Trautmann, exparacaidista en la Luftwaffe durante la Segunda Guerra Mundial, preso de los aliados en Inglaterra, país que nunca abandonó para acabar convirtiéndose en una leyenda en el Manchester City, con quien ganó la FA Cup en la temporada 55-56 y donde jugaría quince años.

Porque, si el fútbol puede iniciar una guerra, también puede pararla. Lo hizo hace ciento tres años en la localidad belga de Ypres, cuando británicos y alemanes dejaron de matarse por unas horas en la Navidad de 1914 y acabaron echando un partido. Lo hace cada día, en cualquier campo de refugiados de mundo, cuando unos niños olvidan la barbarie a su alrededor corriendo detrás de un balón hecho de harapos. Esa, y solo esa, es la grandeza del juego.


Gli Ultrà

Milán, 2008. Fotografía: Funky1opti (CC).

Marek Hamsik, capitán del SSC Nápoles, se acerca con su cresta mohicana a la curva norte del Olímpico de Roma. Pequeño ante la grada, Marek se perfila frente a la marabunta de hinchas napolitanos que rugen, protestan y lanzan botes de humo y bombas de palenque cuyos estruendos son como chutes para mantener la exaltación de los tifosi. En esa curva no hay mujeres, no hay niños, no hay mayores. Solo tipos de entre veinte y cuarenta años, con gorras, vaqueros y capuchas; cuerpo atlético y tatuajes en los brazos. En esa curva solo hay ultras. Y no quieren que empiece el partido.

Uno destaca sobre los demás porque está encaramado a la valla que delimita la grada. En los estadios italianos, a día de hoy, es impensable retirar las vallas que en España llevan abolidas más de una década. El sujeto es Gennaro de Tommaso, más conocido como Genny a Carogna (Genny «el Carroña»), capo de los ultras del Nápoles, hijo de Ciro de Tommaso, camorrista del clan de los Misso. Es el encargado de parlamentar con Marek, el capitán napolitano. «No se juega el partido», expone el Carroña. Marek trata de convencerle. A su lado, algunos miembros —en silencio— de la seguridad del estadio, algún periodista y un puñado de personas no identificadas ni identificables que no intervienen en la negociación. El jugador y el ultra discuten si va a tener lugar el encuentro, la final de la Copa de Italia del año 2014 que enfrenta al Nápoles y a la Fiorentina y que se disputa en Roma. El ministro del Interior observa la escena desde el palco, incapacitado para intervenir. Tampoco la policía se pronuncia. La última palabra sobre si la final se va a jugar o no la tiene el Carroña.

La escena descrita deriva del encontronazo que, horas antes, brindaron a la ciudad los ultras napolitanos y los de la Roma (cuyo equipo nada tenía que ver con el partido pero estaban en su territorio). Un par de autobuses de los angelitos napolitanos aparcaron donde no debían y se toparon con sus equivalentes romanistas, a los que profesan leal odio. El asunto empezó a golpes y acabó a disparos. Uno de ellos entró en el pecho de Ciro Esposito, un ultra napolitano del barrio de Scampia, cuartel general hasta hace nada, por cierto, del clan camorrista Di Lauro. El asesinato (que como veremos enseguida perpetra todos los códigos ultras) encolerizó a los napolitanos que, ya en el estadio, se niegan a que se juegue el partido. Finalmente se llega a un acuerdo: el encuentro se va a disputar pero tanto los ultras del Nápoles como los de la Fiorentina estarán en silencio los noventa minutos en señal de repulsa. La decisión la retransmite en directo la televisión italiana. De nuevo unos señores con traje se acercan a la curva —esta vez sin el jugador— y el Carroña les hace un gesto afirmativo con la cabeza: «Se juega». Los narradores de la tele italiana lo explican y festejan: «Se va a jugar, finalmente la curva del Nápoles acepta que se juegue el partido, así que habrá final». Otro periodista no tiene más que añadir: «Supongo que los jugadores tendrán que volver a hacer los ejercicios de calentamiento». El ministro del Interior se larga del palco.

El capítulo tuvo lugar el 4 de mayo de 2014 y puede servir para aproximarnos a lo que son, representan y pueden los ultras en Italia. No en el fútbol italiano; en Italia. Fueron ellos quienes decidieron si arrancaba el partido, discutiéndolo con los jugadores ante la mirada —en absoluto atónita— de policías y políticos, habituados a tan valleinclanescas escenas. Fue, finalmente, un tipo apodado el Carroña quien definió la situación. Y fueron los periodistas de la televisión púbica quienes lo comentaron con la naturalidad con que se canta un penalti.

No fue esta final —ni mucho menos— el único partido que los ultras italianos han saboteado. En 2004 la curva sur de la Roma detuvo el clásico contra la Lazio porque corrió el rumor de que un niño había muerto a manos de la policía en los incidentes previos al partido. Los capos romanistas hablaron a pie de campo con Totti, el capitán del equipo, y el partido no se celebró. Sí se celebró la marimorena fuera del estadio tras la suspensión. Eso sí.

Otro caso: en 2013 la policía prohibió a los ultras de la Nocerina desplazarse a Salerno para presenciar el clásico salernitano. La medida indignó a los radicales, así que exigieron a sus jugadores que boicoteasen el partido. Oficialmente la plantilla rechazó tal demanda, pero a los veintiún minutos de juego el partido se suspendió: el entrenador de la Nocerina había hecho los tres cambios en diez minutos y a continuación se le lesionaron cinco jugadores seguidos. Tremenda coincidencia. Una más: en 2012 el Génova perdía por 0 goles a 4 en casa contra el Siena, resultado que le acercaba al descenso. En el minuto 51 los ultras genoveses saltaron al césped y obligaron a sus jugadores a quitarse las camisetas. «No las merecéis», les dijeron. El delantero Giuseppe Sculli (de quien ahora hablaremos por sus vínculos con la mafia calabresa) acabó llorando. Cuarenta minutos después se reanudó el partido y al finalizar, los jugadores dejaron sus camisetas al pie de la grada de los ultras.

Los ultras mandan en los estadios italianos entre otras cosas porque son casi los únicos que van al campo. Quitando partidos sonados (derbis o encuentros con mucho en juego) los laterales de las canchas transalpinas lucen pelados en contraste con los, normalmente, abarrotados fondos. Allí se ubican los ultras y el relleno, esto es, jóvenes que no son estrictamente ultras pero que adoptan su estética y su forma de entender el fútbol en el estadio: de pie y animando sin parar. Pero sobre todo los ultras mandan porque se les ha permitido hacerse con el poder. Y en Italia ocurre que casi cualquier cosa un pelín organizada y con un poco de poder, desafía al Estado. A veces uno se pregunta por qué en Italia se empeñan en seguir teniendo Estado, si todos se la juegan a la mínima. En el caso de los ultras, hasta hace un par de años, apenas se han encontrado trabas. Controlan estadios, se pegan con la policía y amenazan a periodistas y jugadores. Todos se llevan muy fuerte las manos a la cabeza pero después nadie hace nada, en un ejercicio puramente italiano ante los desmanes. El teatrillo de la indignación inmediata como sustitutivo de las soluciones reales a largo plazo. Cada vez que hay un incidente con ultras en Italia se pone el grito en el cielo, pero luego nada.

Sí se luchó contra ultras y hooligans en Inglaterra o en España, donde leyes especialmente destinadas a frenar su actividad (y cuyos efectos colaterales han arruinado a más de un aficionado que nada tenía que ver con el movimiento) han reducido el «ultrismo» a casi nada en Reino Unido y a poco en España, al menos si lo comparamos con Italia.

*

El 24 de mayo de 2009 Paolo Maldini, il Capitano, dejaba el AC Milan después de veinticinco años como jugador del equipo rossonero. Su lealtad es un fenómeno paranormal en el fútbol moderno: Maldini solo jugó para el Milan, lo hizo 973 veces convirtiéndose así en el jugador con más partidos en la liga italiana. Tan épicos números no bastaron para la curva sur de San Siro. El día de su despedida, los ultras milanistas sacaron una pancarta en la que se leía: «Por tus veinticinco años de gloriosa carrera, siéntete agradecido por aquellos a los que has definido como mercenarios y mendigos». La frase hacía referencia a una ocasión en la que Maldini llamó a los ultras del Milan «mendigos», por haber silbado a los jugadores tras una derrota. Hubo otro roce entre el capitán y los jugadores, cuando Maldini defendió la contratación de Fabio Capello como entrenador en contra de la preferencia de los ultras, que no querían un exromanista y exjuventino en el banquillo. En realidad, cuentan, Maldini se negaba a pagar viajes y demás prebendas a los ultras y estos se la devolvieron amargándole la despedida, donde además de la pancarta desplegaron una enorme bandera con el dorsal de Franco Baresi, anterior capitán del club. Hasta ahí llega el poder de muchos grupos ultras italianos: los jugadores les financian desplazamientos y material y los clubes les facilitan entradas e instalaciones. Los huevos de la serpiente se incuban en Italia en pos de gradas llenas, colorido y apoyo al equipo, que, de otra forma, vería sus estadios silenciosos como cementerios. A otro nivel, ocurre también en España. Vaya si ocurre.

Cabe distinguir dos movimientos de hinchas radicales: los hoolingans y los ultras. Los primeros nacieron en el Reino Unido y durante los setenta y los ochenta reventaron Europa como niños de speed en un Toys ‘R’ Us. Hijos del thatcherismo, clase obrera y mucho alcohol, las llamadas firms dejaron peleas para el recuerdo, encabezadas por salvajes del West Ham, Chelsea, Manchester United o Millwall, andanzas que han inspirado películas (Football Factory, I.D. o Green Street Hoolingans) y mucha literatura (sin ir más lejos, Irvine Welsh relata en todas sus obras alguna tropelía hooligan). El movimiento se extendió por todo el norte de Europa y pronto Holanda y los países escandinavos tuvieron su cota de locos de grada y calle. El traspaso de poderes llegó en los años 2000 y se extiende hasta la actualidad: el hooliganismo ha abandonado la isla de su graciosa majestad y se ha instalado en Europa del Este: Polonia, Rusia, Hungría o Bulgaria cuentan ahora con los hinchas más violentos, radicales y peligrosos de Europa. Son muñecos de gimnasio, tatuados y casi siempre con estética skin o portero-discotequera. Gustan de las artes marciales y de ver un partido en Moscú en febrero sin camiseta. Entre sus distracciones más selectas está la de organizar peleas en lugares predeterminados fijando el número de contendientes y en las que no se pueden usar armas ni golpear al caído. En las gradas, prefieren cantar lo que el alcohol les dicte antes que gastar energías en banderas o coreografías. A diferencia de los hoolingans primigenios —en su mayoría apolíticos— los radicales del Este suelen conformarse en grupos de extrema derecha.

El segundo movimiento radical fue el ultra, que tomó la Europa sureña. Nació en Italia, a finales de los años sesenta, y apareció como resultado de la pasión con la que deciden afrontar los italianos las cosas poco importantes. El más humano de los países, como lo definió el periodista Santiago Segurola, organizó la entrega por el calcio (como denominan al fútbol) en sus gradas y aprovechando la convulsa década que vivían (con las Brigadas Rojas desafiando al Estado y la Mafia disfrutando de los mensajes políticos que repetían que no existía), alumbró los primeros grupos de jóvenes descontentos que se autodenominaron ultras. La cuestión entonces era dar colorido a las gradas, coordinar los cánticos y animar al club, pero pronto se superaría todo eso. El asunto partió de Milán, donde en 1969 apareció la Fossa dei Leoni del Milan y los Boys del Inter. De ahí a Roma, Turín, Nápoles y pronto al resto del Mediterráneo: Francia, España, Portugal y, sobre todo, los Balcanes, Grecia y Turquía, donde habitan los ultras más tremebundos. La estética ultra también es diferente a la del hoolingan del Este. Los ultras más ortodoxos son profesionales del postureo, apasionados de las zapatillas deportivas (casi siempre Adidas), de los vaqueros ceñidos, los polos Fred Perry, Lonsdale o Brandity las gorras. El vestuario alcanza su cota más cool con los denominados casuals, ultras que necesitan pasar desapercibidos (normalmente por motivos policiales) y que visten con elegancia inaudita, con las marcas Stone Island o Lacoste entre las preferidas. Por cierto, los casuals nacen en el hoolinganismo británico y los hereda posteriormente el movimiento ultra. En cuanto a las gradas, las de los ultras son espectáculos de color, banderas, mosaicos (llamados tifos) y bengalas. Las peleas no son tan frecuentes y casi nunca organizadas. Es más, lo que suele ocurrir es un intercambio apresurado de botellazos, palos y pedradas disuelto por los antidisturbios, el grupo más poderoso y temido por todos y conocido entre los radicales como los Acab (All Cops Are Bastards). En cuanto a política, la cosa se diversifica, ya que hay grupos de extrema derecha, de extrema izquierda y apolíticos (no hay ninguno de centro izquierda o liberal moderado). En Italia, a diferencia de España, la mayoría de grupos antepone el fútbol a la política y solo algunos tienen marcadas tendencias. Pero ni siquiera en estos últimos prima la ideología: uno de los grandes desafíos del Estado italiano para acabar con sus ultras es que estos, cuando se ven amenazados hacen frente común. Algo que en España no lograron hacer en su día los ultras: sucumbieron también ellos a las dos Españas y ambas les helaron el corazón.

Pero como se trata de Italia, aunque sean pocos los grupos politizados, los que lo son, lo son a la tremenda. Y he aquí que salen a relucir los Irriducibili de la Lazio y las Brigate Autonome Livornesi, del Livorno. Los primeros son el grupo neonazi por excelencia, apadrinados por la mismísima nieta de Mussolini. Estos muchachos, que ocupan la curva norte del Olímpico de Roma, no se podían creen lo que tuvo lugar en el mercado de fichajes de 1992: su club, que portaba el grimoso honor de ser el único de Italia en el que nunca había jugado un calciatore negro, fichó a Aaron Winter, jugador negro y —extra bonus— judío. Dos en uno para los fascistas del fondo norte. En un partido de esa temporada, los jugadores de la Lazio se acercaron a sus ultras tras vencer el derbi contra la Roma para lanzarles las camisetas. La del bueno de Aaron voló hacia la grada y tan pronto llegó a los hinchas, regresó de vuelta al césped. Una de las imágenes más simbólicas y tristes que se ha visto en un campo de fútbol. El jugador, por cierto, era insultado por sus propios ultras cada partido. En el otro polo están los ultras del Livorno, equipo de la ciudad del mismo nombre, cuna del Partido Comunista Italiano y la ciudad más roja del país, donde en las municipales siempre empatan dos partidos: los dos comunistas. De esa curva salió un chaval llamado Cristiano Lucarelli que se hizo ídolo vitalicio después de rechazar fichar por el Inter por una millonada a cambio de quedarse en su ciudad con el equipo en segunda. A Lucarelli lo convocaron en 1997 con la selección sub-21 de Italia para medirse contra Moldavia en, precisamente, Livorno. Lucarelli marcó un gol, corrió hacia sus ultras y se levantó la camiseta azzurra mostrando la cara del Che. Nunca volvió a ser convocado. Los de la Lazio, por cierto, también tenían a su Lucarelli particular, el inefable Paolo Di Canio, que celebraba los goles haciendo el «saludo romano» ante sus chicos de la curva. Un día, en un programa de televisión italiana, le preguntaron: «Paolo, ¿qué haces si te llamo comunista?». «Te llevo a los tribunales», respondió. «¿Y si te llamo fascista?». «No te llevo a los tribunales».

Milán, 2008. Fotografía: Funky1opti (CC).

Dirigir un grupo ultra también es —en ocasiones— un negocio. Hay un montón de ganancias en el merchandising de la tifoseria y en la reventa de entradas. Todo este poder, esta enorme influencia y peso, explica muchas veces que puedan parar partidos, humillar a jugadores y acceder a entrenamientos y concentraciones para hablar con la plantilla si algo no les gusta. Forma parte de la normalidad del fútbol italiano. Se acepta.

En ocasiones el nivel criminal de los ultras sube un peldaño. Ocurre por ejemplo con los napolitanos, con claros lazos que se enredan en asuntos de la Camorra, la mafia de la ciudad. El propio club ha estado muchos años bajo sospecha y a Maradona, flamante fichaje del Nápoles en los ochenta, no le faltó de nada de parte de los capos mafiosos, Ferrari de bienvenida incluido. En Sicilia ocurre lo mismo. O parecido. Retomamos a Giuseppe Sculli, aquel delantero del Génova que acabó llorando. Resulta que Sculli es nieto de Giuseppe Morabito, un gran capo de la ’Ndrangheta, la mafia calabresa. Jugó una temporada en el Messina (equipo siciliano) donde coincidió con Gaetano D’Agostino, hijo de un arrepentido de la Cosa Nostra a su vez amenazado y que, curiosamente, la única vez que no tuvo que pasar la temporada escoltado fue la que jugó en el Messina. ¿Sus ultras pidieron una tregua a la mafia? Por cierto, Morabito, el abuelo de Sculli, estuvo en busca y captura muchos años. Finalmente la policía lo detuvo adivinen dónde: sí, viendo un partido de su nieto en el estadio.

Historias de la mafia aparte, los grupos ultras italianos son muchas veces grupos criminales en sí. En 1992 la Sampdoria jugaba la final de la Copa de Europa contra el Barça (que ganaría el equipo blaugrana) y antes de disputarla el alcalde de Génova convocó en una reunión a los líderes de los ultras de los dos equipos de la ciudad: Sampdoria y Génova. Les pidió por favor que si la Samp perdía —como hizo— los del Génova no llenaran la ciudad de pintadas de burla, como ya había ocurrido en la final de la Recopa de 1989 entre los mismos equipos. Ambos aceptaron y el Ayuntamiento se ahorró un dinero en limpieza.

Aunque cueste creerlo, como telón de fondo de todas estas historias yace un código de conducta ultra, una especie de normas de honor que los grupos deben obedecer. Entre ellas está no usar armas de ningún tipo en las peleas (que no siempre cumplen), no abusar numéricamente (que no siempre cumplen) y defender la pancarta del grupo sean cuales sean las consecuencias (que no siempre cumplen). Lo de la pancarta no es broma: en 2005 el grupo ultra del Milan, la Fossa dei Leoni, regresaba de un viaje a Eindhoven y en el aeropuerto les esperaban escondidos un par de ultras de la Juventus. Siguieron hasta su casa al encargado de custodiar la pancarta. Allí le apuntaron con una pistola (se pasaron el código de no usar armas por el forro) y le robaron el estandarte. Tal fue el deshonor de la pérdida que la Fossa dei Leoni se disolvió al día siguiente.

Ese mismo año, en diciembre, el Nápoles recibió a la Roma en su estadio y a los ultras locales se les ocurrió la feliz idea de lanzar un conejo a la red que cubría las cabezas de los ultras romanistas. Acto seguido, comenzaron a disparar petardos y bengalas contra el animal para hacerlo reventar y regar de vísceras y sangre a los hinchas visitantes. Por suerte para el conejo, no lo lograron. En 2001 los ultras del Atalanta (equipo de la ciudad de Bérgamo) se desplazaron a Milan en motos. Una enorme comitiva de miles de Vespas conducidas por ultras. Una de las motos fue secuestrada por los ultras del Inter y posteriormente lanzada grada abajo. No hubo heridos, a excepción de la propia Vespa.

*

Si bien los ultras italianos siguen campando casi a sus anchas, en 2007 ocurrió algo que hizo reaccionar a los italianos. En el derbi siciliano entre Catania y Palermo, el policía Filippo Raciti resultó muerto cuando el ultra Antonio Speziale metió en su coche un petardo de gran potencia. Meses después, el horror cambió de lado: Gabriele Sandri, ultra de la Lazio, moría de un disparo de un policía que insistiría posteriormente en que fue «un trágico error». Los ultras no se lo creyeron e incendiaron Italia: todos los grupos se unieron y pusieron en jaque al Estado, provocando incidentes inéditos en numerosas ciudades. El Gobierno —se puede decir que por primera vez— se puso serio e implementó medidas a tener en cuenta: comenzaron las prohibiciones para viajar a estadios donde son previsibles enfrentamientos y se ideó la polémica tessera del tifoso («carné del hincha»), un documento personal e intransferible obligatorio para adquirir entradas. Se acabó la compra-venta de tickets y el anonimato para los ultras. La medida tiene en pie de guerra a los radicales y en un principio parecía estar funcionando. Pero después llegó el Carroña, que mientras negociaba encaramado a la valla del Olímpico lucía una camiseta en la que podía leerse «Speziale libero» (libertad para Speziale, el ultra que asesinó al policía en Catania), decidió que sí se jugaba y ocurrió lo que siempre ocurre en Italia: niente. Que traducido significa nada.


Sanciones ejemplares: cuando la deportividad desaparece del deporte

Lance Armstrong. Foto: Martyna Borkowski (CC)
Lance Armstrong. Foto: Martyna Borkowski (CC)

deporte.

(De deportar).

1. m. Actividad física, ejercida como juego o competición, cuya práctica supone entrenamiento y sujeción a normas.

2. m. Recreación, pasatiempo, placer, diversión o ejercicio físico, por lo común al aire libre.

(Diccionario de la lengua española [DRAE])

Sujeción a normas. Algo de lo que entienden muy bien los personajes en este artículo, así como de la conveniencia de liberarse de esa sujeción de vez en cuando. Sea en busca del beneficio personal, del perjuicio ajeno o por convicciones personales, estas son algunas de las mayores sanciones en la historia del deporte.

Verdades como puños ante la moral estadounidense

En 1967 Muhammad Ali ya había ganado el título de campeón lineal de los pesos pesados, así como una medalla de oro para los Estados Unidos. Fue el mismo país el que lo llamaría a cumplir el servicio militar, en el contexto de la guerra fría y la guerra de Vietnam. Ali se negó a cumplir su deber, aludiendo a la objeción de conciencia y a su pertenencia al islam. Fue la primera celebridad en pronunciarse públicamente en contra de la guerra y, como tal, pagó la osadía. Fue sentenciado a cinco años de prisión y diez mil dólares de multa. Pudo librarse de la cárcel al ser liberado bajo fianza, pero se le retiró la licencia de boxeador y se le impidió salir del país durante tres años y medio. La polémica sirvió para reforzar la ya de por sí emblemática figura de Ali, y dedicó ese tiempo a dar charlas en contra de la guerra y el racismo.

Cuando volvió al boxeo más de tres años después volvió sin ser tan arrollador, pero con todo su poderío que le permitiría recuperar su título de campeón lineal de los pesos pesados tras vencer a George Foreman en 1974, en Zimbabwe, diez años después de su sanción.

Muhammad Ali. Foto: Cliff (Nostri Imago) (CC)
Muhammad Ali. Foto: Cliff (Nostri Imago) (CC)

El inicio del fin del hooliganismo

El hooliganismo fue un fenómeno violento relacionado con el deporte (principalmente, el fútbol) que se extendió como la pólvora en el convulso Reino Unido a partir de los años sesenta. Conocido como la enfermedad inglesa, los ultras británicos se labraron pronto la peor reputación del mundo en lo que a aficionados al deporte se refiere.

Llegados a la década de los ochenta, los hooligans eran una auténtica lacra en el Reino Unido, ante la cual las autoridades se veían desbordadas. La sociedad inglesa veía con una mezcla de pavor y disgusto a las crecientes hordas que se generaban alrededor de los estadios de fútbol en un torbellino de peleas, destrozos, robos y asaltos.

El 20 de mayo de 1985 se enfrentaban el Liverpool y la Juventus de Turín en el estadio de Heysel, en Bruselas, en la final de la Copa de Europa. Lo que debería haber sido una celebración del fútbol terminó siendo una fecha marcada por el desastre. Una hora antes del inicio del partido, un gran grupo de hooligans seguidores del Liverpool se colaron a través de la valla que los separaba de una zona neutral en la que había mayormente seguidores de la Juve, que trataron de huir de los violentos ingleses desesperadamente, apilándose contra un muro de hormigón. Cuarenta y una personas murieron aplastadas y más de trescientas resultaron heridas de gravedad.

Asombrosamente, el partido terminó jugándose, en mayor parte por miedo a una nueva demostración de violencia. La Juventus ganó por 1-0. Nunca un resultado de la Copa de Europa importó tan poco.

Tras el partido, tanto las autoridades británicas como las europeas coincidieron en que debían tomarse medidas drásticas. Los equipos ingleses fueron vetados en las competiciones europeas durante un periodo indeterminado. A partir de la temporada 1990-1991 el veto se fue levantando paulatinamente.

El hooliganismo como fenómeno de masas en el Reino Unido es a fecha de hoy prácticamente inexistente. Las medidas tomadas han tenido éxito y el fútbol europeo es ahora más sano. El coste pagado ha sido no obstante demasiado alto.

Una estampa habitual en la época. Birmingham City - Leeds en 1985. Foto: Cortesía del Birmingham Mail.
Una estampa habitual en la época. Birmingham City – Leeds en 1985. Foto: Cortesía del Birmingham Mail.

La rivalidad llevada al extremo en el patinaje artístico

Tonya Harding no tuvo una infancia fácil. Tal y como dijo Jesse Jackson: «Su madre se casó hasta seis veces; creció en una caravana, la llamaron white trash y white nigger. Tanto ella como su madre sufrieron abusos sexuales. Su interior debe ser como un cristal roto. Pero sigue sonriendo y sigue patinando».

Esta breve biografía sirve como acercamiento a la persona que es Tonya Harding. Con una determinación y sacrificio fuera de cualquier comparación, superó todo ese lastre para coronarse como la mejor patinadora artística de Estados Unidos y llegó a ser subcampeona del mundo en 1991.

En 1994, era una de las principales favoritas para repetir oro en los US Championships junto a su archirrival Nancy Kerrigan. Sin embargo, tras una sesión de entrenamiento Nancy fue asaltada por un matón contratado por el exmarido de Tonya, que la golpeó con una porra en la rodilla derecha con la intención de lesionarla y así allanarle el terreno a Tonya.

Y funcionó: sin Kerrigan de por medio, Harding se hizo con el oro.

No obstante, tres años después y tras los Juegos Olímpicos de invierno de Lillehammer —en los cuales, por cierto, Harding terminaría octava mientras que Kerrigan, ya completamente recuperada, se haría con una valiosa plata—, se destapó el pastel. Tonya se libró de la cárcel por los pelos, fue condenada a quinientas horas de servicios a la comunidad, multada con ciento sesenta mil dólares, desposeída del oro que ganó siguiendo a la agresión, y fue inhabilitada de por vida por la USFSA, la asociación estadounidense de patinaje artístico.

En 2003 iniciaría una breve carrera en el boxeo, que terminaría apenas un año después con más pena que gloria.

El día en que Cantona dijo basta

Es de suponer que Eric Cantona no estaría en el mejor de los ánimos cuando el árbitro lo expulsó por agredir a un rival en un partido en el campo del Crystal Palace. Es también de suponer que lo último que quería oír en ese momento era a un hooligan veinteañero con filias neonazis y conducta violenta, de nombre Matthew Simmons, insultándolo desde la banda.

Es de suponer que fue poner sus ojos en él y preparar una patada voladora, todo parte de una misma reacción espontánea. No se le puede culpar.

La patada pasó a la historia del fútbol moderno y Cantona fue sancionado sin jugar durante ocho meses. Asimismo, fue despojado de la condición de capitán de la selección francesa y nunca más volvería a jugar representando a su país.

En 2011, Cantona declaró que agredir a Simmons le produjo una maravillosa sensación y que le complace que los aficionados atesoren el recuerdo de esa patada. Pero que, al mismo tiempo, fue un error.

En cuanto a Matthew Simmons, tras una agresión en un partido juvenil en 2011 fue sentenciado a seis meses de cárcel, ciento cincuenta horas de servicios a la comunidad y suspendido por dos años. A fin de cuentas, más que su propio agresor.

El mordisco más famoso en la historia del deporte

No estamos hablando, por supuesto, de Luis Suárez, un aprendiz en esto del uso indebido de la dentadura. El verdadero maestro y autor del acto que retrata el titular que preside este párrafo no es otro que Mike Tyson. Era la noche del 29 de junio de 1997 y este se enfrentaba a Evander Holyfield en un combate épico. No empezó sin embargo bien para Tyson, que harto de ser vapuleado trató de darle una vuelta al combate dando un mordisco a la oreja de su rival. Fue advertido por el árbitro pero, solo unos minutos después, devolvió el mordisco con aún más violencia. El partido fue suspendido, Holyfield declarado vencedor y Tyson sancionado con tres millones de dólares y una suspensión de por vida que fue no obstante posteriormente revocada.

Metta World War

Ron Artest nunca fue un tipo tranquilo, pero desde luego en Detroit no le ofrecieron un tratamiento terapéutico el 19 de noviembre de 2004. Fue un partido duro que sin embargo llegó al último minuto sin mayores incidentes. Apenas con cuarenta y cinco segundos restantes de partido, el pívot de Detroit Ben Wallace inició un movimiento en el poste que fue detenido con una dura falta de Artest. Wallace, furioso ante la contundencia de la falta, se dio la vuelta y golpeó con ambas manos a Ron Artest, que (y esto se obvió por muchos medios) inicialmente rehusó cualquier tipo de pelea.

La trifulca se fue agravando por otros frentes y los puñetazos empezaron a volar entre jugadores, mientras técnicos y árbitros hacían lo posible (es decir, poco) para impedir que la cosa fuera a mayores. De algún modo lo consiguieron, y Artest se tumbó sobre la mesa de anotaciones para tratar de relajarse. Y parecía estar lográndolo, pero entonces a un espectador se le ocurrió que sería divertido tirarle un vaso de refresco a la cara.

Como decía en la primera línea, Ron Artest nunca fue un tipo tranquilo. Y ese vaso de refresco desató a la bestia. Artest salió disparado grada arriba hasta alcanzar al gracioso espectador, cuyo gesto de diversión muta drásticamente al pavor cuando se da cuenta de lo que le viene encima. Lo que sigue es difícilmente narrable pero fácilmente observable en el vídeo: una batalla campal entre jugadores y aficionados, que termina con la salida de los Pacers bajo una lluvia de objetos lanzados desde las gradas.

Hubo nueve sancionados y multas por un total de once millones de dólares. El mayor perjudicado fue Artest, sancionado sin jugar el resto de temporada (setenta y dos partidos incluyendo playoffs) y cinco millones de dólares. Ben Wallace, el que elevó el incidente a categoría de pelea, se fue de rositas con sólo seis partidos y cuatrocientos mil dólares.

Ron Artest inició posteriormente una campaña personal de lavado de imagen en la que declaraba ser una persona nueva. Se cambió el nombre a Metta World Peace para que así lo pareciera, pero, sinceramente: sigue sin ser un tipo tranquilo.

El año en que McLaren perdió un título y cien millones de dólares

En 2007, McLaren tenía todo de cara para ganar tanto el título de pilotos como el de constructores. No solo era el MP4-22 el mejor coche de la parrilla si no que contaba con la mejor pareja de pilotos: por un lado, el campeón de los dos últimos títulos de pilotos, Fernando Alonso, y a su lado el muy prometedor novato de la casa, Lewis Hamilton.

Como ya contamos en este artículo, la temporada se fue enturbiando a medida que la convivencia entre pilotos se fue convirtiendo en un duelo fatricida. La ruptura se consolidó con la explosión del Spygate, cuando se descubrió que McLaren había estado recibiendo información confidencial de carácter técnico perteneciente a Ferrari.

El equipo fue descalificado del campeonato de constructores, que habría ganado de otro modo, y multado con la cantidad más alta en la historia del deporte: cien millones de dólares.

El otro campeonato también lo perderían, en la última carrera, cuando unos furibundos Alonso y Hamilton vieron cómo el Ferrari de Kimi Räikkönen les birlaba el título que había estado en sus manos toda la temporada.

El mayor escándalo de dopaje de la historia

Puede que no fuera el caso que más atletas dopados involucró, pero sin duda sí fue el más mediático. Lance Armstrong era y es una de las caras más visibles del deporte. En su epopeya, resurgió de un cáncer del que los doctores le dieron un 40% de posibilidades de supervivencia, para, tan solo dos años después, volver al ciclismo profesional. El resto es ampliamente conocido: siete Tours de Francia consecutivos, desde 1999 hasta 2005. Todos sus resultados desde 1998 fueron sin embargo anulados por la USADA (la Agencia Antidopaje de Estados Unidos), que adicionalmente lo suspendió de por vida.

La virulencia con que Armstrong atajó todas las acusaciones de dopaje fue una de las más destacables características de un deportista sin escrúpulos cuya historia de vida ayudó a pesar de todo a muchos enfermos de cáncer a afrontar con más fuerzas la enfermedad.

Uno de sus mayores logros personales fue la Lance Armstrong Foundation, organización benéfica que ayuda a los enfermos de cáncer. Sin embargo, tras los escándalos de dopaje, Armstrong se vio forzado a abandonar su puesto de presidente. Presidida ahora por Doug Ulman, la organización decidió desvincular su nombre del del ciclista y se llama ahora Livestrong Foundation.

A fecha de hoy Armstrong sigue negándose a colaborar con las autoridades antidopaje, exigiendo a cambio una amnistía que, es de esperar, nunca llegará.


Irvine Welsh: «Los jóvenes siguen pasándoselo en grande, pero siento que les han robado la cultura»

Irvine Welsh para Jot Down 0

Irvine Welsh (Leith, Edimburgo, 1958) es un escritor escocés de clase obrera, autor de siete novelas y de cuatro colecciones de cuentos, todas traducidas al español y publicadas por Anagrama. La novela que le lanzó a la fama es, claro está, Trainspotting (1993) que a su vez generó el popularísimo film de Danny Boyle. Welsh es un autor peculiar: abandonó los estudios a los dieciséis, se metió en la heroína, emergió de la heroína, se desplazó a Londres en 1978 y formó parte de dos bandas punk menores, le arrestaron por diversos crímenes, se reformó (en cierto modo) y empezó a trabajar de especulador inmobiliario, regresó a Edimburgo, se hizo funcionario y luego se apuntó a un MBA universitario. Mientras estudiaba para dicho máster, Welsh escribió la famosa novela «que empieza con T» y que lo convertiría en narrador a tiempo completo. Welsh es fan del acid house y de la música disco, escribe a menudo en dialecto escocés (transcrito fonéticamente) y la mayoría de sus obras están centradas en el mundo de las casas baratas de su Edimburgo natal. También suele hablar de drogas, hooligans, drogas, peleas, policías corruptos, pornógrafos accidentales, clubs, drogas, criminales, camellos, funcionarios alcohólicos y, más recientemente, sobre la vida sexual de los hermanos siameses. Con o sin drogas.

Welsh vive en la actualidad en Miami, junto a su esposa, y goza de una existencia de «gentilhombre ocioso» (en sus palabras). Mi encuentro con él tiene lugar en la terraza del Centre de Cultura Contemporània de Barcelona (CCCB), un sábado de mayo del 2014, con ocasión de su participación en el festival Primera Persona. Irvine Welsh es un conversador distendido, vivaz y audaz, siempre generoso y apasionado y rebosante de anecdotario vital. Lo que sigue ahora es una hora de charla sobre batallas, bagajes, éxtasis, familia, baile y certezas de juventud. Y también algo de literatura, no crean.

Para comenzar, me gustaría hacer una especie de viaje al pasado. He leído muchas de las entrevistas que te han hecho y prácticamente nunca te preguntan acerca de tus años de formación. Lo que quiero saber es cómo eras realmente de niño, cómo fue crecer en Leith en una familia de clase obrera. ¿Qué recuerdas de esa etapa?

Mi familia era bastante extensa y, evidentemente, yo vivía en casa de mis padres, pero en el fondo también crecí en muchas otras casas, con mis tías, mis tíos, mis abuelos y otros familiares que vivían en el mismo barrio. Mi padre y sus hermanos también se criaron con dos de mis tías. Todos vivíamos en la misma zona, había un sentimiento como de centralización, de colectividad…

Cercano a las ideas comunistas…

Sí, de alguna manera era así, también por razones políticas. En Leith se dice: «Nunca cagues en la puerta de otro, y comparte siempre los regalos de Navidad». Pasé bastante tiempo en casa de mi tía Joyce y todos los sábados comía en casa de mi tía Betty antes de ir al fútbol con mis primos. En ese contexto me sentía muy acompañado, pues siempre tenía cerca amigos y vecinos. Sin embargo, los niños ya no tienen esa sensación de seguridad en sus comunidades. Especialmente en el Reino Unido y Estados Unidos a los niños se les enseña a percibir amenazas por todas partes. Sus padres los sobreprotegen y los controlan casi de una manera policial. Cuando yo era niño, corríamos como locos por las calles, sin miedo, porque sabíamos que nos protegeríamos los unos a los otros. No concebíamos que un pedófilo pudiera pillarnos en la calle, porque nuestro gran grupo de amigos podría acabar con él al momento.

Tendría que ser una operación montada a gran escala: un pedófilo secuestrando a veinte niños de golpe.

Tantos chavales merodeando por las calles… Éramos casi como la policía, lo teníamos todo bajo control. El único punto negativo de todo esto es que era muy fácil terminar convirtiéndose en una banda. Recuerdo perfectamente el momento crucial en el que pasamos de ser niños que jugaban en la calle a formar una pandilla. Fue en la Noche de Guy Fawkes (1). Lo recuerdo como algo colosal. Todas las bandas de niños íbamos a la playa arrastrando toda la leña que podíamos. Lo normal es que otras bandas intentasen robárnosla, así que la cosa solía acabar con grandes batallas de palos. Si éramos menos que los otros, lo dejábamos todo y nos íbamos corriendo. Si éramos más, intentábamos defendernos de la mejor manera posible hasta que llegaba el grito inevitable «¡Ladrones, ladrones!». En ese momento, cogías todo lo que podías del resto de grupos para añadirlo al tuyo. Recuerdo un día de verano en el que íbamos cargados de palos y nos topamos con los chicos de otra banda justo enfrente, al otro lado de la calle. Siempre nos zurrábamos con ellos, pero aquel día pasó algo rarísimo: cruzaron y nos dijeron «tenemos nuestros palos, vamos juntos a Pennywell Road a acabar con los Pilkintons». Fue un momento grandioso, no sé si todo el mundo lo sintió, pero allí mismo pensé: «acabamos de convertirnos en una puta banda».

¿Cuántos años tenías entonces?

Aquí ya teníamos unos doce años. Antes, a los nueve más o menos nos metíamos en pequeñas peleas de niños. A los doce años, en secundaria, la cosa se convirtió en algo más serio. De repente, habíamos pasado de ser niños un poco traviesos a ser unos malditos psicópatas que sembraban el pánico. El gradiente es realmente insignificante. Todos llegábamos a casa completamente excitados, aunque las reacciones de nuestros padres podían ser muy diversas: «Has vuelto a pelearte, ¡entra en casa ahora mismo!», y entonces sabías que nunca más pisarías la calle. Con suerte, hasta podrías convertirte en un chaval aplicado y todo eso. En otros casos, los padres decían: «Bien hecho, hijo. Acaba con esos bastardos, y la próxima vez no olvides coger una puta navaja» [ríe]. Los míos eran más en plan: «No ha estado mal, pero, ¿qué has sacado en claro de todo esto?» [ríe].

Irvine Welsh para Jot Down 1

Esto último anula lo que te iba a preguntar: ¿Eras un niño responsable o más bien problemático?

Era un niño bastante extraño.

¿Te gustaba más estar en casa o en la calle?

Ahí está precisamente el motivo por el que era raro. Y eso nos lleva al motivo por el que he escrito The sex lives of siamese twins. Era como si tuviese un hermano siamés, y a uno le gustase el deporte y al otro el arte. Yo estaba dentro de los dos mundos. Me encantaba estar con mis compañeros de fútbol, ir a los billares y a clubes de boxeo, pero a la vez amaba la música y la literatura, escribía y pintaba. Me sentía a gusto entre la gente creativa, entre artistas. Me gustaba hablar con ellos y compartir de algún modo su angustia interior. Amaba ambos mundos por igual. Sin embargo, tras esto me topé con algo que odio. En el mundo del deporte parece que solo puedes ser el típico ceporro sin demasiadas inquietudes intelectuales, lleno de certezas y estrecho de miras. Y del otro lado, la imagen que se tiene de los artistas es de personas débiles y ñoñas, con muchos problemas imaginados en la cabeza. Así que no conseguía completarme en ninguno de los dos mundos, no encontraba un hogar feliz en ninguno de los dos. Detesto el modo en que la sociedad intenta imponernos estos estereotipos, cómo intenta especializarnos en vez de favorecer personas completas desde todos los ángulos.

¿En algún momento alguno de los dos lados de tu personalidad devoró al otro? En mi adolescencia, por ejemplo, alternaba mi afición por la literatura con el hecho de pertenecer a un grupo de mods y skinheads. Al final, el grupo acabo monopolizando mi vida y visión, y pasé cinco años sin leer. ¿Viviste algo parecido?

No, de hecho siempre estuve militantemente convencido de que ambos mundos podían ser compatibles. Y lo sigo estando. La mayoría de los amigos con los que crecí son matones ex-hooligans, y casi todos trabajan en la construcción; son unos monstruos enormes. Me ven como uno de ellos, pero la verdad es que yo siempre he sido el rarito. Ahora eso les encanta, de acuerdo, con el tiempo han acabado por apreciarlo. Podríamos decir que han vivido tanto tiempo con ello que han acabado por aceptar y celebrar mi lado excéntrico. Por otro lado, mis amigos del mundo del arte y la literatura me ven como un pirado violento y peligroso, con un pasado complicado pero valiente y aceptado en el mundo artístico. Es curioso cómo paso de ser un intelectual flácido a un tío duro que no teme decir lo que piensa, sin dejar de ser yo mismo [ríe]. A veces, durante el Festival de Edimburgo, mezclo a mis amigos de toda la vida con mis amigos de los círculos artísticos de Londres y nos vamos a beber. Nunca hay problemas, porque la gente se ha vuelto más generosa con los años, pero es casi como si alguien de Marte y alguien de Venus intentasen hablar.

De hecho, hace veinte años, probablemente esos amigos arty de Londres habrían sido vapuleados por los otros, también amigos tuyos.

Sí. Eso me hace reír mucho, pero acabo teniendo dos personalidades, en el pub. Un instante estoy diciendo: «Oh, Under the skin, que filme más fantástico, Jonathan Glazer lo hace de maravilla», y entonces tengo que volverme y decir: «Malditos cabrones del Aberdeen, si nos cruzamos hoy con ellos te juro que van a pillar…» [carcajada].

¿Recuerdas tu adolescencia como un periodo excitante? ¿Miras hacia atrás con melancolía?

Como a todos los adolescentes, lo que más me interesaba era tirarme a todas las chicas que pudiera…

Follar y rocanrolear.

Sí, y las dos acciones son parte de la misma cosa. Esa era mi motivación.

¿Perteneciste a alguna subcultura?

Primero fui punk, todo el mundo era punk, era algo que daba mucha energía. Y también fui skinhead. De hecho aún lo soy [se toca el cráneo y se carcajea]. Claro que lo de ahora no es una decisión. Pero a pesar de todo lo del punk siempre he amado la música disco y bailar, venía del rollo northern soul y para mí aquello fue algo muy grande. Me encantan Nile Rodgers, Chic, Donna Summer y los Bee Gees. Una de las mejores cosas del mundo es la primera escena de Fiebre del sábado noche, cuando John Travolta baja por la calle con un bote de pintura en la mano mientras suena «Staying Alive». Es una fusión imbatible de cine y música.

Y cultura obrera.

Y cultura obrera. En cierto modo viene de la cultura mod, del hecho de vestirte de forma elegante y de salir el viernes por la noche. Encontré mujeres fantásticas en la escena punk, pero la manera en que vestían… No me gustaba nada. Para los chicos estaba bien, pero no lo encontraba atractivo en ellas. Yo me ponía mis calcetines disco para ir a bailar, pero cagado por si alguno de mis colegas punks me pillaba. Ahí sí que se habría acabado la partida [risas]. Pero me encantaba ir a clubs como el Cavendish y bailar como un loco toda la noche.

Irvine Welsh para Jot Down 2

Puede que para la gente como nosotros, que salíamos con tíos más duros y no podíamos mostrar ninguna rendija de debilidad o duda, bailar fuera la única manera de expresar ese otro lado del que hablabas antes. Teníamos que parecer tan masculinos siempre, que de alguna forma bailando…

Efectivamente. En el punk, te metes en pogos, saltas, escupes, tiras cosas… Y todo eso es muy divertido, sin duda. Hay mucha energía en el rock’n’roll. En las gradas del fútbol era algo parecido: golpes, empujones, berridos. Sin embargo la música disco era diferente, bailabas cerca de las chicas y todo eso, les mostrabas tu corazón. Ya sabes, northern soul, disco, más tarde llegó el acid house, y todo a su alrededor era la bomba. Siempre me ha gustado la música que me imprime ganas de bailar. Cuando eres joven, la vida es como un supermercado de experiencias, y yo gravitaba alrededor de tipos que pensaban parecido a mí. Tenía mis amigos deportistas y mis amigos artistas y mis amigos matones, pero gravitaba hacia los chavales raros e inconformistas que no pertenecían completamente a una única categoría. A quienes les gustan los libros y los discos, pero que también se apuntan a cualquier chifladura.

Cuando yo salía con skinheads pensaba que algún día iba a tener que contar yo mismo esas historias que corrían el riesgo de desaparecer, porque no son la materia que suele interesar a los literatos. ¿En algún momento sentiste que merecía la pena conservar o escribir todas esas experiencias acumuladas?

Siempre me han considerado alguien complicado respecto a la amistad y el amor. La mayoría de parejas que he tenido ha encontrado enormes dificultades en aceptar una dicotomía: que puedo ser alguien agradable y tener amigos y decirles que son los mejores y les quiero, pero llega un día en el que necesito desaparecer durante largos periodos de tiempo. Y me desvanezco, sin despedirme de nadie. Creo que lo que llevaba haciendo toda la vida en ese tipo de situaciones era prepararme para ser escritor. Antes no me daba cuenta, no era intencionado. No me sentaba con un boli y un papel y empezaba a relatar mis experiencias, sino que solo pensaba, horas y horas. Lo que hacía entonces, y me doy cuenta ahora, era básicamente escribir sin bolígrafo ni papel, tratar de memorizar todas esas historias y personajes que iba conociendo. Pero esa actitud conlleva un precio que tienes que pagar. Durante la adolescencia tenía entrenamiento de fútbol varios días a la semana. Era genial, pasaba tiempo con mis amigos, me divertía, pero de repente dejó de interesarme y empecé a darme cuenta de que quería pasar más tiempo conmigo mismo. Solo. Pensando. Dejé de ir a entrenar o jugar para estar sentado solo en mi habitación, durante semanas. Pasado un tiempo mis padres me dijeron: «¿Qué haces ahí todo el día? Ya está bien, sal de tu cuarto». Y pensé que tenían razón, así que salí como si nada. Cuando volví a entrenar, había perdido mi sitio. «Desapareciste de repente, por lo que te hemos reemplazado. Estás fuera del equipo». Me sentó fatal. Me parecía incomprensible. ¿Por qué no puedo volver a como estaba antes, como si no hubiese pasado nada? A veces, cuando estamos en modo individualista y solo pensamos en nosotros mismos, no nos damos cuenta del efecto que puede tener esta actitud sobre la gente que nos rodea. Me recuerda a mi época con las drogas, cuando me metía heroína. Allí sí que la cagué a lo grande.

¿Qué edad tenías?

No mucho más de veinte años. En lugar de pensar en lo que hacía, cuando alguien me decía que iba a preocupar a mi madre yo respondía: «Lo único que hago es divertirme. Esto no le debería importar a nadie más que a mí. Me lo estoy pasando de miedo».

¿A quién le importa si me desangro, malditos entrometidos?

Eso [ríe]. «No puedo ni cruzar la calle, y estoy lleno de costras. Me lo estoy pasando en grande. ¿Por qué todo el mundo intenta meterse en mi vida?». En el fondo, es una parte de ser joven, el no mirar a tu alrededor. Tu narcisismo egoísta te impide ver cómo estás haciendo sufrir a la gente que te rodea. En cierto modo creo que por eso seguiré creando personajes jóvenes hasta que me muera. Adoro esa sensación de inmortalidad, de «A la mierda, haré lo que me dé la gana».

Porque la pasión se pierde un poco con los años, ¿no?

Bueno, al envejecer te das cuenta de que tus recursos físicos y mentales no son infinitos. Empiezas a pensar en la necesidad de cuidarte, de divertirte pero con cierta medida. A veces sales y te diviertes, pero no continuamente, como un centrocampista que entra y sale del área multitud de veces en un partido. He conseguido mantener esa joie de vivre que tenía y meterla en mi escritura. Ahora disfruto más de lo que hago y confío más en ello. Desde que fui a los Estados Unidos y empecé a trabajar en películas rodeado de gente, recuperé la sensación de equipo que tenía cuando jugaba al fútbol, aunque sigo necesitando mis momentos de soledad. A veces me digo: «a la mierda, voy a escribir una novela yo solo y que les zurzan». Por añadidura, al hacerte mayor debes tener en cuenta que el efecto de las drogas y la bebida es diferente. El subidón es distinto. Te das cuenta de que estás hasta las narices de ciertas cosas.

Con los años, se descubre su lado patético.

Te dices: «No puedo seguir haciendo esta basura». Y las resacas son mucho más extremas. Sencillamente, deja de valer la pena. Ya no cumple su antigua función. Te provocan otros efectos.

Irvine Welsh para Jot Down 3

De jóvenes, a los diecisiete años o así, los hombres somos bastante burros, pero ¿acaso no echas de menos aquellas certezas, las formas de experimentar con lo extremo, la idea de confiar ciegamente en algo, sin ninguna duda?

Lo que amo de ser joven es precisamente la forma en que podías odiar algo ciegamente. «Eso es una puta mierda», y punto.

Yo ya no consigo odiar así.

No, claro. Ahora admiras esa pasión y certezas que uno tiene sobre el mundo cuando es adolescente. Pero has de haber poseído aquel tipo de pasión descontrolada para luego apreciar la ambigüedad de las cosas como adulto y decirte que aquella visión de las cosas ya no funciona. Cuando ves a un chaval borracho por la calle, puede que pienses en los viejos tiempos, que los eches de menos, y te digas: «Vaya farra se ha metido el amigo». Sin embargo, si a quien ves es a un tío de mi edad piensas que es lamentable: «Joder con el anciano alcohólico, qué puta pena» [ríe]. Y exactamente lo mismo sucede con las opiniones apasionadas. Si las suelta un chaval joven, te dices: «Joder, qué claro lo tiene el renacuajo». Pero si el que refunfuña es un tipo de mi edad, lo que pensarás es: «Maldito carcamal amargado» [carcajada]. La juventud y ser joven y tener ese bagaje son cosas maravillosas. Es un gran legado. Ahora mismo, siento bastante lástima por los jóvenes. Siguen pasándoselo en grande, pero siento que les han robado la cultura. Nada es específicamente suyo. Estoy seguro que aquí en Barcelona aún encontraríamos grupos de chavales que se reúnen en torno a algo, que desarrollan inquietudes comunes…

Un secreto compartido.

Claro. Lo malo es que en Edimburgo, Berlín o Boston todos hacen exactamente lo mismo, tienen una cultura globalizada. Hace años ese tipo de culturas eran una cosa más intrínsecamente local, desarrollaban más particularidades únicas. Hace algunos años, después de escribir mi antepenúltimo libro, me preguntaron mi opinión sobre cómo veía a los jóvenes autores. Respondí que en el nuevo milenio solo he estado interesado por dos libros. El primero es The Old Neighborhood, de Bill Hillmann. En él habla de crecer en Chicago en una familia multirracial entre finales de los ochenta y principios de los noventa, y todos los problemas que rodean a los protagonistas, metidos en pandillas. El segundo se titula The Brief History of the Seven Killings. En él, el autor jamaicano Marlon James escribe sobre Kingston y el intento de asesinato a Bob Marley en que estuvo implicada la CIA. Lo interesante de estos dos jóvenes autores treintañeros (bueno, al menos son jóvenes para mí) es que podríamos decir que ambos escriben novelas históricas, de un lado las luchas interraciales en Chicago a mediados de los ochenta, y del otro un intento de asesinato real en los años setenta en el que se da voz a agentes de la CIA, a Bob Marley e incluso a la Miss Mundo Cindy Breakspeare (2). En las dos novelas, fantásticas ambas, autores jóvenes escriben hechos históricos donde todo es local, sitios únicos, y no se mencionan tecnologías actuales como internet o los teléfonos móviles. Es muy importante que la gente escriba sobre este tipo de situaciones o atmósferas tan propias, tan locales. Pero también es triste que esta generación tenga que saquear el pasado buscando algo que contar, porque el pasado es más vibrante y excitante que lo que tenemos hoy. Ahora mismo las novelas están plagadas de héroes genéricos. Da igual que la acción se desarrolle en Barcelona o Chicago o Londres, porque podría ser el mismo lugar. Tengo la sensación de que la gente se ha cansado de esta homogeneización online. De hecho se vuelven a comprar libros, el vinilo ha regresado y las salas de conciertos se llenan. En Edimburgo aparecen grupos de música muy interesantes por todas partes y la gente abarrota sus bolos. También en Liverpool, donde estuve la semana pasada. Nadie se queda en casa mirando una pantalla de ordenador.

Porque es totalmente deprimente.

Sí. Todo el día viendo listas de esto o aquello. Escuchas música, pero no entiendes de dónde surge. Y supongo que aquí es igual. Al descargar música evidentemente puedes escucharla, pero nunca comprenderás su contexto. El consumismo acabará por vencer a ITunes. Puede estar muy bien poder hacer listas de reproducción en internet, para un personaje por ejemplo, pero la gente necesita poseer cosas, quieren lo físico, el objeto. Y quieres salir y experimentar algo, estar en un concierto, no en tu habitación. Peter Hooton, de The Farm, me decía el otro día que hacía mucho tiempo que no veía a tantas buenas bandas en Liverpool.

Ahora que has mencionado estas dos novelas recientes de otros autores, me gustaría preguntarte si en algún momento sentiste cierto vértigo o miedo al escribir Trainspotting. Perdón por mencionar Trainspotting.

[Carcajada] ¡La palabra que empieza con T!

Sí, me siento como si tuviese que pedir disculpas. Pero has dicho en varias ocasiones que para escribir la novela tomaste a gente aleatoria de Leith y de tu juventud en general. Después, usaste otro tipo de voces ajenas a ti: el policía de Escoria, por ejemplo. Pero cuando volvías a tu juventud para revivirla escribiéndola por primera vez, ¿experimentaste cierto vértigo?

Sí. Y no quiero parecer despreciativo o peyorativo, pero después de la novela sentí que me estaba convirtiendo en un escritor profesional. Pasé a pensar primero en la calidad de los personajes y la historia más que en mí mismo o en mi propia cultura. Es algo que sucede casi de forma subconsciente, pero al mismo tiempo tiene lugar una paradoja. Cuando escribí este nuevo libro sobre dos jóvenes americanas, se lo pasé a mi mujer porque es americana y treintañera, y pensé que podría ayudarme. Al preguntarle qué le había parecido, me dijo que me había encontrado más en esos dos personajes que en cualquier otra cosa que hubiera escrito. Creo que cuando escribes sobre algo que has vivido, sobre tu vida, haces esfuerzos por ocultarte. Sin embargo, al escribir sobre algo que no tiene nada que ver contigo, de alguna manera te expones mucho más sin necesidad de escribirlo.

Lo entiendo: tienes menos miedo de exponer tus sentimientos o tus miedos más profundos porque nadie pensará que escribes sobre ti mismo.

Bueno, ahora sí lo pensarán, gracias a ti. Porque acabas de hacérmelo confesar [carcajadas].

Irvine Welsh para Jot Down 4

Lo siento. ¿Alguna vez has sentido la necesidad de crear un alter ego?

Creo que al fin y al cabo es lo que siempre he hecho. Me hace pensar en las radios antiguas, en las que había muchísimas cadenas, pero al final siempre elegimos las doce que realmente nos gustan. Es lo mismo que las personas, todos estamos compuestos de un número infinito de personajes.

De diferentes versiones de nosotros mismos.

Eso es. Salimos a la calle y actuamos según nuestros comportamientos habituales. Al escribir, miramos a otra gente, pero en realidad lo que estamos mirando son aspectos de nosotros mismos que puede que nunca hayamos utilizado, o hayamos utilizado en contadas ocasiones. Todos los personajes parten de esos rasgos, todos sienten lo mismo que tú y que el resto del mundo, pues al final todas las personas son más o menos lo mismo. Todos tenemos el mismo ancho de banda.

¿Estás de acuerdo con Kurt Vonnegut cuando dijo que el primer mandamiento del escritor es escribir sobre las cosas que conoce?

En parte sí. Pero además siempre hay que luchar por conseguir más información, hablar con otra gente y aprender de los demás. Normalmente no hago grandes investigaciones sino que simplemente lo que hago es salir por ahí y conocer a gente. Durante el proceso de escritura del libro del que hablábamos, The sex lives of siamese twins, quedé con una amiga lesbiana en Miami. Hablamos sobre el libro, y luego fuimos juntos a un club de lesbianas en el que los hombres solo pueden entrar si van acompañados por una mujer que sea miembro del local. Y allí estaba yo; un cincuentón calvo rodeado de lesbianas treintañeras, completamente fuera de lugar y dando la nota. Ellas me tranquilizaron y se mostraron tal y como son. Las vi relacionarse, hablar de sus sentimientos. No eran un montón de tipas grandes con la cabeza rapada y mirándose desde sus sofás, en plan cruising, algo completamente agresivo y obvio. Nunca habría imaginado que fueran tan directas, se escogían, se miraban, sonreían y listo. No existía ni siquiera la pantomima de simular una conversación de ascensor, del estilo «Hola, ¿vienes por aquí a menudo?». Simplemente se miraban y se iban cogidas de la mano. Cuando me hube acostumbrado a este hecho, bastante intimidante para un hombre mayor como yo (no era el único, pero tampoco había muchos más hombres), lo que me sorprendió de veras fue la atmósfera, bastante acogedora dentro del contexto, bastante cálida, mucho más de lo que habría imaginado. Pensaba que me mirarían mal, o que me increparían con algo como «Eh, tío, ¿qué coño haces aquí?». En lugar de eso recibí un «Hola, ¿qué tal?», abrazos, y vasos que se levantaban para brindar. El ambiente era fantástico. Podría pasar el resto de mi vida allí.

Te entiendo. Siento envidia al entrar en locales de veinteañeros y no percibir la atmósfera violenta que había en los ochenta. Antes, en los bares a menudo había alguien preparado para darte en la nuca con un taburete, lo que no propiciaba un ambiente muy acogedor. En ese sentido no miro al pasado con nostalgia. ¿Sientes algo parecido? ¿Era el ambiente que tú viviste muy hostil?

Creo que prácticamente todo el mundo se ha metido en peleas en su adolescencia. Todo el mundo se metía en peleas cuando yo era joven, pero nunca me gustó especialmente.

¿Eras bueno peleando?

No, definitivamente era y soy terrible. Sigo yendo al club de boxeo, y desde que era adolescente conozco bien la técnica. Sé cómo pelear y sé cómo se colocan un buen gancho y un buen directo. También he hecho kickboxing. Y sin embargo, soy el típico tío a quien le entra el pánico en caso de pelea callejera. He pasado mucho tiempo aprendiendo a pelear en clubs de boxeo thai, y a pesar de ello en las peleas de verdad siempre termino en medio de los dos bandos, de un lado para otro y con cara de gilipollas. Creo que tiene que ver con mi incapacidad de mantener la compostura y no parecer sobreexcitado, que es lo que tienen los buenos luchadores.

También hay un momento en que piensas, «¿Qué coño estoy haciendo aquí metido? Esto es ridículo».

Eso es. «Por Dios, acabo de terminar una película, ¿qué hago aquí en mitad de la calle?». Además, solo la gente realmente comprometida y con disciplina son normalmente buenos luchadores. Yo hago boxeo y artes marciales, y controlo el medio, pero en la calle soy incapaz de aplicar todo eso, creo que nunca podría, y posiblemente tampoco sería capaz de escoger bandos [ríe]. Habiendo crecido en la calle, creo que el miedo a la violencia ha sido mayor que la violencia en sí; cuando la cosa estallaba de veras, los resultados eran generalmente cómicos. Las peleas eran habituales y generalmente no demasiado peligrosas, de vez en cuando alguien terminaba apuñalado gravemente, pero lo habitual era no pasar de narices o bocas hinchadas, y de llegar a casa con un zapato de menos, y lloriqueando. La violencia era de tebeo, a menudo. Pero el miedo a que sucediese algo era a la vez horrible y excitante.

Irvine Welsh para Jot Down 5

Se ha hablado mucho de cómo el éxtasis y el acid house cambiaron a los chavales, especialmente a los hinchas de fútbol.

La violencia desapareció por completo. De repente la gente se daba abrazos con extraños, y yo mismo lo llevo haciendo desde entonces. El éxtasis me cambió, y para bien. Muchos de mis colegas entraron también en ese mundo. Eran gente que trabajaba en construcción, casuals de futbol, tipos bebedores. Salíamos con nuestras novias o mujeres y nos separábamos por sexos en mesas diferentes. Aunque yo las llevaba viendo desde muchos años atrás, no conocía realmente a ninguna de ellas. No hablábamos. De repente empezamos a tomar éxtasis como locos, y entonces me sentaba con ellas y manteníamos las mejores conversaciones que había tenido nunca. Mis amigos venían a hablar conmigo y yo les decía «¡Lárgate de aquí, colega! Estas mujeres son mucho más interesantes que vosotros! ¿Cómo es que no había visto nunca a tu mujer, con la que llevas casado diez años, y es preciosa, maravillosa y fascinante, y llevo hablando contigo sobre fútbol, sobre jodido fútbol, diez años?». Aquello fue una gran revelación. Esa droga me ayudó a romper todas las barreras, de repente estábamos todos mezclados, éramos una pandilla mezclada. Antes del acid house vivíamos en apartheid sexual. Después, me encantaba ir con chicas a raves y fiestas en casas. Pensaba: «Joder, ojalá estas chicas fuesen mis mejores amigos». Recuerdo que cuando ya vivía en Londres iba con chicas a todas partes, nunca llamaba a mis colegas. Quería pasar tiempo con ellas y que me mimasen, y mantener buenas conversaciones.

Tengo diez años menos que tú, y crecí en una época en que ya nadie veía la parte romántica de la heroína, sino solo los hombres en chándal y sin dientes que morían en la calle. Ninguno de mis amigos se fascinó por el caballo, porque los ejemplos eran terribles. Sin embargo la gente de una generación mayor veía a Lou Reed y a Bowie, y la heroína tenía para ellos una aureola romántica, intelectual. ¿Lo recuerdas así?

Puede ser. Eso le sucedió a gente que tenía cinco años menos que yo. Creo que en ese aspecto tuve mucha, mucha suerte. De una forma extraña, pero la tuve. Para empezar era una época pre-sida, y además el material era muy bueno.

¿Te refieres a la calidad?

Sí. Eran drogas puras, no cortadas, así que no eran tan tóxicas. Era una subcultura realmente pequeña y todo el mundo sabía más o menos lo que estaba haciendo. Sin embargo reconozco que entré por una cuestión de oposición y por pura ignorancia. No solo ignorancia personal, sino de toda la sociedad. Recuerdo perfectamente a mis padres y a mis profesores cuando me decían: «No fumes marihuana, eso te matará». Tú entonces vas y fumas un poco y te sientes de perlas. Vale, me han mentido. Luego te dicen: «No tomes ácido, acabarás lanzándote de un edificio». Sin embargo, cuando lo tomas piensas: «Coño, esto es la hostia, todos estos colores… Creo que no voy a tirarme de un edificio; de hecho soy bastante feliz, ahora mismo». Después de eso viene lo de: «No tomes speed, te dará un ataque al corazón». Vas, lo tomas y pasas una noche entera bailando como un loco. Y entonces llega el: «Ni se te ocurra tomar heroína, te engancharás y te acabará matando». Y, de repente, tenían razón. Se habían equivocado tantas veces antes que esperabas que esta fuese una más. Sin embargo, en ese punto ya nadie podía ayudarte. No existía verdadera formación o educación sobre el mundo de las drogas en mi época. Al menos los métodos existentes no funcionaron conmigo ni con mucha otra gente. Estuve en ese mundo alrededor de dos años. El primero de ellos disfruté de veras y, si quieres que te diga la verdad, aunque ya estaba cayendo no era consciente de ello. Solo lo fui durante el segundo año. Entonces me di cuenta de lo alejado que había estado de la realidad. De mi entorno, mi salud, mis finanzas… Todo se iba a la mierda. También descubrí que detrás de los adictos a largo plazo había siempre algo que los hacía seguir metidos en drogas. Habían sufrido abusos de niños, sufrían ansiedad o depresión, siempre había algo más. Era como si se estuviesen automedicando para curar un dolor interior. La gente como yo, por otro lado, entraba por estupidez, y por tanto no había ninguna razón oculta para mantenerse metido en ellas el resto de una vida. Y aunque es difícil escapar de la heroína, porque físicamente es muy adictiva, es perfectamente posible. El síndrome de abstinencia es espantoso, pero puedes hacerlo. Lo que es peor es continuar, de hecho. Porque al cabo de poco lo único que te aporta aquello es tristeza y mal rollo. El principal motivo por el que la gente está enganchada a la heroína es la gestión del dolor, principalmente el dolor psicológico. La ausencia de perspectivas laborales o educativas, el acabar encontrando un trabajo de mierda, estar endeudado con los bancos el resto de tu vida, acaba alienándote del todo. Nada tiene sentido. La heroína, sin embargo, te proporciona una narrativa y una obligación: tienes que levantarte por la mañana para ir a buscar drogas. Y tu día consiste en intrigar con diferentes personas del submundo hasta acabar consiguiéndolas. Eso es una raison d’etre ideal para tirar adelante. Algo que hacer, por lo menos. Cuando no existe nada más, la heroína gana por defecto.

Irvine Welsh para Jot Down 6

Después de casi una hora de entrevista, acabo de darme cuenta de que hemos hablado de temas que nunca tengo oportunidad de tratar con otros escritores. Eso me lleva a preguntarme cómo te ves con relación a otros escritores británicos, gente con quien no tienes nada en común. Me pregunto si estando con gente como Salman Rushdie o Will Self te has sentido alguna vez fuera de lugar…

En la escena literaria londinense lo más importante es la clase a la que perteneces. Los escritores son de clase media-alta, criados en despachos llenos de libros, y su identidad es la del gentilhombre escritor. Esa es una perspectiva mayoritaria en la escena literaria: lectores de periódicos sesudos, Booker Prize, Channel 4, buenas universidades… Es esa mentalidad. De vez en cuando se filtran otras voces. Mi ventaja es que soy escocés, y allí ya había una tradición establecida de escritores de clase obrera como Robert Burns o James Kelman. En Inglaterra, por el contrario, autores como Kevin Sampson o John King están marginados, pues hablan de mundos que no encajan con el Booker Prize. Por el contrario, todos los escritores escoceses que publicaban cuando yo llegué, Gordon Legge, Janice Galloway, James Kelman, Alan Warner o Alasdair Gray, tenían orígenes humildes. La ascendencia de clase obrera era mayoritaria allí. Y eso no ha cambiado en la actualidad con gente como Alan Bissett, Louise Welsh o Ian Morrissey. Solo este último podría pertenecer a la clase media.

Dentro de la etiqueta de clase obrera hay una gran diversidad que no debe confundirse con ignorancia. La población en mi país se apoya en la tradición de la Ilustración escocesa del siglo XVII, cuando tras la revolución de John Knox todo el mundo en el país iba al colegio, y podía leer y escribir, mientras que en Inglaterra la mayoría de la gente eran campesinos iletrados. Esta tradición democrática y cultural, junto con la herencia de la transmisión oral, se mantienen vigentes hoy en día. Por tanto, es más aceptado ser un escritor de clase obrera en Escocia que en Inglaterra. Mis orígenes fueron una ventaja, en este sentido. Los escritores irlandeses, escoceses o galeses somos vistos casi como escritores de cualquier otro país de la Commonwealth, de la misma manera en que se leen y publican voces caribeñas o australianas. No dejamos de ser algo exótico dentro del establishment inglés, donde la mayoría de las novelas lo único que muestran es a gente de clase media enamorándose y desenamorándose.

En Notting Hill. Con Hugh Grant en el filme adaptado de la novela.

Sí. El truco es meter voces diversas, del Caribe o de India o australianas, pero al modo imperialista. Las voces escocesas o irlandesas se utilizan así, solo para darle toque exótico a las novelas de clase media, para aportar algo de salsa, nada más. Reconozco que tuve mucha suerte, pues las películas de Trainspotting y ahora también Filth tuvieron muchísimo éxito. Gracias a ese impacto pude contactar con una audiencia de clase obrera. De hecho hay mucha gente que no está interesada en la literatura en general, y sin embargo lee mis libros. Es como si hubiera conseguido trascender ese mundillo literario de alguna manera. Es cierto que siempre estás comprometido con él, pero dentro hay muchos grados. Al final tu dependencia con el patrón puede afectar enormemente a tu escritura.

Que alguien te diga «No leo demasiado, pero me encantan tus libros» es uno de los grandes triunfos de un escritor.

Es genial, es todo lo que quieres. Creo que la gente leería más si tuvieran acceso a cosas más relevantes culturalmente para sus vidas. Me dicen esto continuamente, de hecho. Y ese es mi gran subidón.

¿Cómo viviste el hecho de tener éxito comercialmente? ¿Te creó conflictos internos? Porque los escritores de clase obrera criados en música pop siempre anhelamos llegar al Top Ten.

Siempre es duro lidiar con el éxito comercial pues siempre será importante ganar dinero para poder seguir escribiendo, y tener el tiempo para ello sin preocuparte de alquileres y facturas, o de buscar otro trabajo que te dé estabilidad. Pero me he dado cuenta de algo: cuando vendí las primeras diez mil copias de Trainspotting, era un héroe en Edimburgo: «Nos has puesto en el mapa, enhorabuena». A las cien mil la gente ya empezaba a gruñir. Recuerda: era el mismo libro. Y al millón de copias me reprochaban directamente que les había robado su cultura. Y en parte es cierto. El libro sigue siendo el mismo, pero siento que como consecuencia de su viaje, de la película de Danny Boyle, el poster con Ewan McGregor, y el anuncio de trenes de Richard Branson (3), el libro ya ni siquiera me pertenece. Es un fenómeno global. Evidentemente siempre quedará algo mío en él, pero la idea del autor como alguien que controla todo el proceso es falsa. Es la propia naturaleza del capitalismo. En cuanto algo está dentro de una bolsa y entra en el mercado, ya no hay nada que hacer, es un tren que ya ha salido.

Una última pregunta: ¿Cuál fue tu gran momento de epifanía cultural en la adolescencia, aunque entonces no te dieras cuenta? En mi caso fue escuchando «In the city», de The Jam.

El mío probablemente fue viendo a David Bowie cantar «Starman» en Top Of The Pops junto a Mick Ronson.

Morrissey dice lo mismo.

Recuerdo la reacción de mi padre mientras veía la actuación. Lo odió, y por consiguiente yo lo adoré. Fue tan simple como eso. Y le agradezco haber tenido esa reacción, porque de lo contrario no habría vuelto a escuchar a Bowie en la vida, ni me habría convertido en lo que soy.

Irvine Welsh para Jot Down 7

Fotografía: Alberto Gamazo

__________________________________________________________________________

(1) También llamada Noche de las Hogueras. Fiesta equivalente a San Juan en España. Se celebra en Reino Unido el 5 de noviembre para conmemorar el intento fallido de Guy Fawkes ese mismo día en 1605 de volar el Palacio de Westminster. También se conoce como la conspiración de la pólvora.

(2) Miss Mundo de origen jamaicano que tuvo un hijo fruto de su relación con Bob Marley.

(3) El fundador de Virgin utilizó Trainspotting para un célebre anuncio de la TV británica.


El Rosario Central y su historial de extraordinarias derrotas épicas (y yo convertido en un hooligan de 40 kilos de peso)

Barra brava rosario central b

G

El Rosario Central fue fundado en 1889 bajo el nombre de “Central Argentine Railway Athletic Club” por los trabajadores del ferrocarril, en su mayoría ingleses y escoceses. A diferencia de los clubes españoles de fútbol, que se definen principalmente por su sitio de procedencia, los clubes argentinos lo hacen por la pertenencia a una clase social u otra de sus aficionados. Al Rosario Central, el origen obrero de sus fundadores le ha dado buena parte de su identidad, y así, ser aficionado al club es considerado de mal gusto por las clases altas: para los integrantes de la clase trabajadora a la que pertenezco, en contrapartida, ser del Rosario Central se superpone a otras decisiones, y la suma de esas decisiones constituye una identidad en la que confluyen el peronismo, la pertenencia a la clase obrera y la resistencia a los vientos de la historia, que siempre soplan en dirección contraria para quienes pertenecemos a esa clase.

Al comenzar a frecuentar el estadio del Rosario Central, yo no era consciente de esto, aunque lo sería pronto. ¿Qué sabía del Rosario Central? Que a sus aficionados se los llama “canallas” a raíz de un episodio más o menos mítico en algún momento de la década de 1920 en el transcurso del cual, y tras haberse negado a participar de un partido a beneficio del Patronato de Leprosos de la ciudad, los aficionados del Newell’s Old Boys los llamaron “canallas” (su respuesta consistió en llamarlos “leprosos”, apodo que aún se utiliza: un episodio triste en la década de 1990 hace que ambos equipos sean llamados “comegatos” por las aficiones de fuera de la ciudad). Que su afición protagoniza actos violentos más o menos desde comienzos de la década de 1980. Que el club ha aportado jugadores a la selección nacional de fútbol prácticamente a lo largo de toda su historia. Que en ciertas zonas de la ciudad pueden romperte la cara si eres del Rosario Central.

Esto último no me llenaba precisamente de entusiasmo, por supuesto. Pero parecía inevitable en una ciudad relativamente pequeña con dos clubes en la primera división del fútbol argentino. A menudo el ambiente de la ciudad se parecía al de una olla a presión, y en ese ambiente tenías que abrirte paso a empujones, como si nadases en un mar espeso y oscuro. Y cuando das manotazos en la oscuridad siempre puedes acabar lastimando a alguien.

H

Al parecer, venir de una familia desestructurada, carecer de empleo y no tener educación son requisitos ineludibles para convertirse en un hooligan (que en Argentina llamamos “barras bravas”). Ninguno de los tres aspectos resulta pertinente en mi caso, de allí que tampoco puedan servir de justificación. Entre aproximadamente abril o mayo de 1994 y marzo de 1999 (cuando me marché a Alemania) fui un hooligan más bien mediocre, que iba al estadio e insultaba a los rivales y, si tenía la oportunidad, rompía una o dos narices antes de irse a casa (lo cual, asombrosamente, era más habitual de lo que los 40 kilos que pesaba por entonces podían hacer pensar). No sé por qué razón lo hacía, pero lo hacía, y ahora pienso que tal vez solo lo hacía porque era algo que no necesitaba explicarle a nadie, ni siquiera a mí mismo. Algo que expresaba lo que yo era allí y entonces y ponía orden en la vida cotidiana en la década de 1990 en Argentina: pegar, correr y volver a pegar como actividades indeseables pero también ineludibles si eras joven en ese país durante esos años, como escuchar a determinadas bandas de rock o utilizar cierta ropa. Pero también había algo más, pienso. Al adoptar una versión tercermundista del neoliberalismo inglés de la década de 1980, la sociedad argentina de la época había adoptado el que era uno de sus principios vertebradores: la idea de que todos sus integrantes tenían las mismas posibilidades, de manera que aquellos que eran pobres lo eran solo por no haber sabido o no haber querido aprovecharlas. No parece raro que la violencia en el fútbol haya aumentado geométricamente al influjo de este tipo de ideas: concebir el deporte como una guerra era el resultado natural de un cierto enfrentamiento que dominaba la sociedad, aunque presentaba la dificultad de que, cuando le pegabas a alguien en el estadio, lastimabas a alguien que era tan víctima como tú, no a uno de los responsables de que hubieras perdido tu trabajo o de que eso le hubiera sucedido a tus padres. Naturalmente, sin embargo, nos olvidábamos de eso de inmediato, y los más violentos entre nosotros apedreábamos autobuses, arrojábamos sillas o prendíamos fuego a las banderas del contrario tan solo en nombre de esa violencia, con el placer infantil de pertenecer a una comunidad en un momento en que se nos decía que esas comunidades no existían, que ya no había clases ni bandos y que todos nadábamos en el líquido amniótico de la economía de libre mercado.

I

Ah, qué placer insultar en el estadio. Qué gran alegría desearle la muerte a un árbitro de fútbol y a toda su familia y, si acaso, acabar bebiendo cerveza en una esquina con ese puñado de amigos con el que fuiste al estadio y con el que lo compartes todo, absolutamente todo, como suele suceder con las amistades de la juventud. ¿Qué ha sido de ellos? Algunos están muertos, otros se han hecho policías, algunos están presos. A todos ellos, donde estén, un saludo: con la palma abierta y los nudillos destrozados.

J

No soy un teórico del fútbol ni pretendo serlo, pero me pregunto si esa violencia (al menos la verbal) no es el resultado del carácter agónico del juego. Ajedrecistas y jugadores de voleibol pueden ir a tomar una copa juntos después de enfrentarse, así que supongo que desestiman esta hipótesis. A raíz, posiblemente, del sesgo ligeramente más pasional del deporte que nos une en relación a otros, los aficionados del Rosario Central tenemos la OCAL, una organización secreta que alguna vez se denominó “Organización Canalla Anti Leprosa” y ahora es la “Organización Canalla para América Latina”. La OCAL surgió cuando un grupo de médicos rosarinos descubrió que odiaba tanto a Newell’s Old Boys como amaba a Rosario Central, de allí que el muy exigente cuestionario de ingreso a la organización (para el que se requiere invitación previa) incluya una pregunta a la que el candidato debe responder sin titubeos: ¿Qué prefiere? ¿Que Newell’s Old Boys descienda de categoría o Rosario Central salga campeón? (Al igual que en el caso de los koan del budismo zen, ninguna respuesta es adecuada, ya que no existe el amor sin odio ni el odio sin amor).

(Al parecer, el museo secreto de la OCAL incluye entre sus objetos en exhibición el poste que impidió que Newell’s Old Boys se coronase campeón de América en la final que disputó con el São Paulo brasileño en 1992 y el riñón del jugador de ese equipo que se apartó en el momento adecuado para hacer posible la famosa “palomita” de Aldo Pedro Poy con la que Rosario Central se impuso en la semifinal del torneo nacional de 1971 y que la OCAL celebra todos los años recreando el gol con la participación del propio Poy y de cientos de aficionados que festejan su “vuelo” ante la portería como si convirtiese el gol por primera vez).

K

(Por cierto, la identificación de Aldo Pedro Poy con el Rosario Central llegó a ser tan grande que, en una ocasión, Poy pasó varios días en unas islas escasamente pobladas frente a la ciudad para no ser tentado con un posible traspaso).

L

Algunas palabras de “El Gran Lama”, líder espiritual y secreto de la OCAL: al principio “Ñuls era la personificación demoníaca, pero después, muchacho, me di cuenta de que odiarlos era un desgaste inútil, que no valía la pena. Ellos representaban a lo peor de nuestra sociedad: al rico venido a menos, al mediopelo, a esos aristócratas que, en homenaje a Inglaterra y a Alemania, crearon esa bandera roja y negra. El odio hacia ellos es inútil. Hoy no sentimos odio, pero sí desprecio. Va a llegar el día en que, cuando Ñuls pierda, no sentiremos nada: no nos molestaremos ni nos agradará, ni nada. Serán tan pequeños, tan insignificantes, que esa pequeñez tan marcada nos despertará simpatía”.

(No sé qué puede pensar un europeo de esta demostración de odio y desprecio: para mí es la quintaesencia del fútbol, cuya pasión siempre se manifiesta a favor pero, principalmente, y sobre todo, en contra de algo, como lo prueba el hecho de que todos en este país somos “guardiolistas” por desprecio a la labor soez y traicionera de José Mourinho, y con “todos” me refiero también a los muchos madridistas inteligentes que conozco en Madrid y en otros sitios).

M

A raíz de la escandalosa goleada al Newell’s Old Boys del día 23 de noviembre de 1997, y desde entonces, un grupo de miembros de la OCAL celebra con un concurso de lanzamiento de toalla el “Día del abandono” (un jugador de ese equipo fingió una lesión para que el partido fuera dado por concluido, evitando así una goleada mayor, pero no la humillación). Al menos en una ocasión consiguieron colar una necrológica de Newell’s Old Boys en uno de los periódicos locales. En otra ocasión el equipo, que disputaba la final de la Copa Conmebol (el equivalente sudamericano a la Copa de la UEFA), perdió cuatro a cero ante el Atletico Mineiro del sur de Brasil; días después se celebró el segundo partido en el estadio del Rosario Central y el estadio estaba repleto, como si el equipo hubiera ganado cómodamente en la ida: contra todo pronóstico, ganó cuatro a cero llevado en volandas por su afición (absurda, heroicamente, yo estaba allí) y obtuvo la copa en la tanda de penaltis. ¿Quién podría resistirse a ser aficionado de un equipo así?

N

No hay nada simple o sencillo en ser de Rosario Central: la mayor parte del tiempo te arrastras por el barro preguntándote qué es lo siguiente que puede salir mal, cuántos años más vas a estar en la segunda división, qué otro muerto de hambre va a comprar el club mientras vende a precio de saldo sus mejores activos (una práctica habitual para la dirigencia del club, cuyo último pero muy comprensible error fue vender por monedas a Ángel Di María). No es una pasión fácil, pero supongo que ninguna lo es. A veces desearía abandonarla o cambiarla por otra, pero no parece sencillo y puede que no sea deseable: tampoco parece deseable justificarla por el peligro que se corre de racionalizarla en exceso, lo que sería un desastre en el caso de un equipo de trayectoria tan calamitosa como la del Rosario Central. A veces, también, escucho voces y son las que escuchaba en su estadio; mi voz estaba entre ellas y el grito y la pasión eran compartidos. No parecía necesario nada más, y sigue sin parecérmelo ahora.

[Próximamente: La literatura del fútbol, la literatura sobre el fútbol, la literatura contra el fútbol]


Yugoslavia, de la grada a la trinchera

Yugoslavia. Dentro de un año y un mes estallará la guerra. Tres mil Delije (ultras del Estrella Roja, equipo de fútbol serbio con más aficionados) esperan el tren que les llevará a Zagreb apelotonados en el andén de la Central de Belgrado. Sus voces, graves, rudas, hacen rugir la estación: ‘¡Zagreb es Serbia! ¡Zagreb es Serbia!’. La policía yugoslava, ese día extraordinaria en número, les vigila; los agentes son también, en su mayoría, serbios. Es el 13 de mayo de 1990. Siete días antes han tenido lugar las primeras elecciones regionales de Yugoslavia desde su reunificación bajo el régimen comunista en 1945. En Croacia, todavía república yugoslava y lugar al que se dirigen los ultras, el pueblo no ha titubeado: gana con claridad la Unión Democrática Croata, presidida por el nacionalista Franjo Tudjman. El nacionalismo emancipador se impone al comunismo unificador. ‘¡Mataremos a Tudjman!’’ atruena la estación de Belgrado. El tren parte a primera hora de la mañana y depositará a los tres mil Delije (héroes) en el estadio de Maksimir donde por la tarde se disputa el partido de fútbol de máxima rivalidad Dinamo de Zagreb-Estrella Roja y donde les esperan los Bad Blue Boys, ultras nacionalistas croatas. Atrás queda el andén en silencio, una calma aliviadora tras la tensión, mientras la capital croata aguarda el encontronazo. Ese día tendrá lugar un violento enfrentamiento considerado por muchos el inicio de la guerra de Yugoslavia. El choque que hará desmoronarse un país.

El día del partido la República Federativa Socialista de Yugoslavia es un estado con siete fronteras, seis repúblicas, cinco nacionalidades, cuatro idiomas, tres religiones, dos alfabetos y un líder. Así sobrevivió desde 1945, año en el que el Reino de serbios, croatas y eslovenos —los pueblos eslavos del sur— se reunifica bajo la batuta del Mariscal comunista Josip Broz Tito. Yugoslavia pasa a ser una organización socialista amiga de la URSS y no enemiga de EEUU. Una especia de tercera vía en la que la mano dura de Tito mantiene el comunismo como pegamento entre los pueblos y culturas que habitan el país.

La SFR Yugoslavia estaba formada por Eslovenia, Croacia, Bosnia y Herzegovina, Macedonia, Montenegro, Serbia y dos provincias autónomas dentro de Serbia: Kosovo y Metohija y Vojvodina. La unificación hizo que los habitantes de estas repúblicas se mezclaran, logrando que cada una de ellas tuviera representación de todos los pueblos. Así, se viajara a donde se viajara, uno se encontraba con eslovenos, croatas, serbios, bosnios musulmanes, macedonios y montenegrinos. Esta mezcla era mucho más evidente en Bosnia, único estado sin base étnica (valga el término pese a la inexistencia de las etnias desde un punto de vista antropológico). Bosnia contenía un 44% de musulmanes, un 33% de serbios, un 18% de croatas y el resto, distintas minorías.

El asunto no duró mucho.

La muerte de Tito en 1980 inicia un potencial proceso de desmembramiento que durará toda la década. En realidad, y pese a la duración de su mandato, Tito nunca llegó a resolver cuestiones nacionales básicas. Las identidades de cada uno de los pueblos balcánicos, aunque adormecidas, siempre permanecieron latentes y fue tras la muerte del Mariscal cuando esta hibernación comenzó a desperezar. Varios factores hicieron de despertador, casi todos ellos derivados de una traumática transición al capitalismo. EEUU abrió su mercado a Yugoslavia antes que a ningún otro país del Este liberado de la URSS. Este comercio fomentó el crecimiento de la zona norte (Croacia y Eslovenia) que vieron lastradas sus economías por la improductividad del sur (Montenegro, Macedonia). Debido a esta circunstancia algunos historiadores consideran la maniobra estadounidense una estrategia bautizada como ‘revolución callada’. También las clases altas serbias estaban molestas por el injusto reparto de la riqueza con musulmanes y albaneses (estos últimos habitantes, en su mayoría, de Kosovo), de menor poder adquisitivo. Con el paso de los años la crisis se acentuó y las distintas repúblicas dejaron de cumplir sus compromisos con el Fondo Común de Yugoslavia. Croacia producía el 22% de la Industria del país, por el 6,1% de Macedonia o el 1,8% de Motenegro, mientras que Eslovenia exportaba el 28,8% de la producción yugoslava por el 1,3% de Kosovo o el 1,6% de Montenegro.

Al escenario económico se unió el político. Croatas y eslovenos entendían la democracia de una forma federalista y consideraban “artificial” la Yugoslavia unida. Por su parte, los serbios tenían una visión mucho más centralista y autoritaria. Entendían que los demás pueblos eslavos del sur están en deuda con ellos y su aspiración, aunque federal, pasaba por que todo gravitase alrededor de Belgrado.

Este paisaje fue provocando un desgaste social que fomentó las expresiones nacionalistas y la propaganda religiosa, étnica y nacional: “Nos obligan a los croatas, católicos y europeos, a vivir bajo la dominación de pueblos ortodoxos y bizantinos”, aseguraban los líderes en Zagreb. A finales de los 80 la fragmentación política de Yugoslavia era un hecho; no en el gabinete de Belgrado, que negaba cualquier conflicto, pero sí en la calle y, también, en los campos de fútbol, un microcosmos donde la guerra llevaba diez años fraguándose con escandalosa evidencia. Sólo al final de la década los políticos comenzaron a quitarse las caretas: Croacia y Eslovenia pusieron sobre la mesa sus reivindicaciones identitarias en 1989, definitivamente impulsadas por la toma del poder yugoslavo de Slobodan Milosevic.

Milosevic, serbio, comenzó a una serie de maniobras que terminaron de dar forma al independentismo de Eslovenia y Croacia. Además de cambiar la letra del himno y de utilizar el alfabeto cirílico para trámites legales (empleado sólo en Serbia), quiso renovar algunos protocolos, como los votos del Consejo (de forma que el voto de Kosovo perteneciese a Serbia) o instaurar la política de una persona un voto, aprovechando la mayoría serbia en toda la república. Enfrente, Croacia y Eslovenia. Ambas abandonaron el Congreso Extraordinario de la Liga de Comunistas de Yugoslavia celebrado en enero de 1990 —un último intento de salvar Yugoslavia— y propusieron crear una federación de seis repúblicas. Milosevic lo rechazó, pero tras semanas de negociaciones se acordó convocar, por primera vez desde la reunificación, elecciones regionales en cada una de las repúblicas. Durante las semanas en las que se llevaron a cabo estas negociaciones políticas, la calle vivía su proceso paralelo. Esos días la prensa yugoslava recogía incidentes entre jóvenes croatas y serbios, cada vez más frecuentes. En marzo, durante una marcha en Split, un joven recluta del Ejército Yugoslavo fue asesinado dentro de su tanque. La HRT, canal croata, también dio cuenta de disparos contra bases del ejército en distintos puntos del país. Con este escenario de tensión creciente llegó el día de las elecciones. Y ocurrió lo previsible: en Serbia y Montenegro ganan los líderes partidarios de la unión yugoslava y en Eslovenia y Croacia vencen los nacionalistas. La situación se hace irrespirable. Tudjman, nuevo líder croata, comienza a planear la independencia. Entre sus medidas hay algunas antiserbias, como la rebaja de categoría ciudadana a la población serbia de Croacia (que era el 12,2%). A la vez, en Belgrado, dos personas son asesinadas en una manifestación contra Milosevic y el Ejército Civil Yugoslavo (de mayoría serbia) decide involucrarse en políticas de Estado. Yugoslavia entra en hemorragia. En ese momento, en este contexto, es cuando llega el tren. El tren cargado con tres mil ultras serbios, que descienden al andén y ponen sus botas en suelo croata.

Camino de la batalla

Era un momento muy desaconsejable para celebrar ese partido”, expresaría —meses después en un programa de la televisión croata— Sasha Kos, taxista de Zagreb y que aquel 13 de mayo se encontraba en el estadio. Los tres mil delije fueron conducidos por la policía hasta el estadio de Maksimir. Durante el trayecto hubo golpes, carreras, pedradas… Todo menos control policial sobre los ultras serbios. Los agentes contemplaban cómo ambas hinchadas recogían kilos de piedras para introducirlos en el estadio. Los ultras serbios, además, portaban ácido, que luego utilizarían para quemar las vallas de seguridad. Cuando estaban a pocos metros del estadio la situación se recrudeció. Los Bad Blue Boys, grupo ultra del Dinamo de Zagreb, entraron en escena ataviados con banderas croatas. Quemaron banderas yugoslavas y llenaron los muros de pintadas independentistas. Se produjeron las primeras peleas. Cazadoras vaqueras, cintas en la frente y ‘bombers’ naranjas se enfrentaron ante la puerta del fondo sur del estadio. Finalmente, la policía decidió abandonar los cacheos individuales y meter apresuradamente a los tres mil ultras serbios en la grada de Maksimir. Entraron cantando “¡Zagreb es Serbia!”, arrancaron una valla de publicidad donde se leía la palabra ‘Croatia’ y encendieron bengalas. Enfrente, 15.000 aficionados croatas. En el césped, los jugadores calentaban. No llegarían a disputar un solo minuto del encuentro.

La guerra llevaba años en las gradas

El fútbol yugoslavo fue el laboratorio, el mini-escenario, que recreó todo lo que después iría ocurriendo en el país. Antes que los políticos, los hinchas ya habían enarbolado las banderas del nacionalismo. Antes que los dirigentes, los aficionados ya se habían profesado odio sin tapujos. Antes que los soldados, los ultras ya se habían declarado la guerra; ya habían combatido. El fútbol en Yugoslavia fue por delante, avisó y no se le escuchó. Jonathan Wilson, periodista experto en fútbol europeo, explica que “en Europa el hooliganismo se extiende en los años 70 y 80 como una explosión social ante las desigualdades, pero en Yugoslavia adquiere un cariz político, nacionalista”. Cada estadio, cada jornada de liga, explicaba una realidad social. Cada altercado, representaba un problema político. La Yugoslavia de los 80 se puede entender a través de su fútbol. Los estadios reflejaron en esa década lo que después se trasladó a la dimensión del campo de batalla en la siguiente.

La Prva Liga —primera división yugoslava extinta en 1991— estaba compuesta por 18 equipos. En Bosnia destacaban las dos escuadras de la capital. El FK Sarajevo, campeón en dos ocasiones, es el equipo de los bosnios musulmanes. Sus ultras, los Horde Zla (Hordas del Mal) engrosaron las filas de las milicias bosnias durante la guerra. Son la máxima representación del independentismo bosnio musulmán y así lo demostraron en las gradas durante los 80, enfrentándose a los hinchas cristianos de Serbia y Croacia. El otro equipo de la capital es el FK Željezničar, equipo de la clase trabajadora y de los pocos que nació sin una base étnica, conocido como el equipo de todos. La otra realidad de Bosnia en aquella década estaba contenida en el Zrinjski Mostar, el equipo de los bosniocroatas, y en el Borac Banka Luka, la escuadra de los serbobosnios. Sus enfrentamientos incendiaban estadios y avisaban de la inestabilidad interna del país. Hoy, todos ellos siguen compitiendo en la liga bosnia.

En Croacia dos equipos representaban el ansia independentista de la república: el Hajduk Split y el Dinamo de Zagreb. Los hinchas del primero protagonizaron algunos de los capítulos de violencia más vergonzantes de la historia del fútbol. Sus ultras, la Torcida Split, pasan por ser el grupo organizado de hooligans más antiguo de Europa, fundado en 1950. El lema de sus aficionados es, “si viviera dos veces, las dos te las dedicaría”. Muchos de los miembros de la Torcida se unieron al ejército croata en la guerra de independencia. Hoy, en la entrada de su estadio, hay un mural que recuerda a los hinchas que dieron su vida en la guerra. Grada y trinchera de la mano. El Dinamo, por su parte, es, según Jonathan Wilson, “el núcleo del nacionalismo croata”. Hasta el punto de que el último presidente que tuvieron disputando la liga yugoslava fue el propio Franjo Tudjman, posterior presidente de Croacia y quien llegó a cambiar el nombre del equipo por Croacia Zagreb, enseguida reconvertido en el original Dinamo. Sus aficionados más radicales, los Bad Blue Boys —que ya aguardan en el fondo norte del Maksimir Stadium— fueron la punta de lanza del sentimiento emancipador croata, enfrentándose a los equipos serbios bajo el amparo de las banderas croatas cuando éstas todavía estaban prohibidas en los estadios. De la grada pasaron a la trinchera, y muchos de ellos formaron parte durante la guerra del ejército de su país.

Los equipos y sus seguidores dibujaban a la perfección el paisaje social de Yugoslavia. Pero el gobierno parecía negarse a verlo. Milorad Anjelic, presidente del parlamento de Belgrado, explicaba en 1990, sólo un año antes de la guerra: “Existen conflictos, pero no son serios. No nos cuestionamos la existencia de Yugoslavia. Tenemos cambios políticos y puntos de vista diferentes, pero la gente quiere una Yugoslavia unida”. No lo veía así el diputado croata Mladen Vedris, quien replicaba en una entrevista para la televisión yugoslava: “El fútbol es una forma de expresarse. Durante años hemos estado en condición de inferioridad, ha llegado el momento de la igualdad, sí, pero si no llega, ha llegado el momento de la independencia. Y si no nos la conceden, estamos ante el final de Yugoslavia”. Entre medias, Spiro Vukovic, presidente de la asociación de fútbol de Yugoslavia, trataba de poner cordura: “Confío en que el deporte haga suceder cosas positivas, los estadios no pueden ser fórums políticos, los espectáculos deportivos son para relajarse y divertirse. Esto significa que el fútbol tiene que ser algo secundario en la vida y lo primero tienen que ser la ley y el orden. Ésta es nuestra principal preocupación en los partidos”. Demasiado tarde. Hacía años que la guerra de los Balcanes había estallado en las gradas.

Días antes de la batalla entre los Delije y los Bad Blue Boys en Zagreb, el programa británico Express News Magazine viajaba a Yugoslavia para hacer un reportaje de cómo el fútbol estaba canalizando las tensiones políticas. Entrevistaron a varios hinchas anónimos y sus declaraciones mostraban que todo aquello había dejado de ser (sólo) fútbol. “Soy fan del Estrella Roja, pero también soy serbio, así que lucharé por el Reino de Serbia”, decía un joven, cazadora vaquera y media melena rubia. “Durante años las luchas fueron por el honor del Dinamo. Desde hace tiempo son por Croacia. Lucharemos contra cualquier equipo serbio”, explicaba otro treintañero de Zagreb en el programa. El reportero habla con un miembro de los Bad Blue Boys del Dinamo. “No puedo expresar con palabras lo que me hacen sentir los equipos serbios. En Inglaterra hay equipos que se odian y ultras rivales. Eso nos pasa con Torcida. Pero lo que ocurre con los serbios, eso, no creo que se pueda poner un ejemplo igual”.

Las voces no sólo eran anónimas. El capitán del Dinamo, Zvonimir Boban, también atendía al periodista británico: “El futuro del fútbol parece muy crudo aquí, si las cosas van a peor, habrá una separación, una fractura”. Faltaban sólo unos días para el partido de Maksimir y pocos meses para el inicio de la guerra. El fútbol podía hablar más alto, pero no más claro.

Los Tigres de Arkan

En la grada inferior del fondo sur los Delije rugen. El cemento de las gradas parece retumbar. Las explosiones de potentes petardos se suceden. Han venido al completo y ya están donde querían. En la grada superior hay algunos aficionados croatas. Sobre las pistas de atletismo, policías, coches de bomberos y ambulancias, preparadas por si fuera necesario. Luce el sol en Zagreb, a veces oculto por el humo de las bengalas y los botes. Queda casi una hora para el partido.

Los dos principales equipos de Serbia son el FK Partizan y el Estrella Roja, ambos de Belgrado y ambos enemigos futbolísticos irreconciliables. Se odian. Desde 1947 disputan el ‘derbi eterno’, uno de los partidos más ruidosos e intensos de Europa. Los dos equipos dominaron la liga yugoslava hasta su disolución: el Estrella Roja logró 19 campeonatos y el Partizan, once. Estos últimos nacieron como el club del Ministerio del Interior y mientras Yugoslavia se mantuvo unida fue el equipo de Belgrado más ‘yugoslavista’, sin hacer tanto hincapié en el nacionalismo serbio. Sus ultras son los Grobari (enterradores), apodo que les pusieron sus rivales del Estrella, pero que adoptaron de buen grado. Tal es la fiereza de los Grobari que de los 36 partidos que el equipo ha jugado en competiciones europeas, 25 han supuesto sanciones para el club por culpa de la violencia de sus aficionados.

El Estrella Roja, por su parte, considerado el equipo con más seguidores del país, representó siempre el nacionalismo serbio más radical. Nacido del ejército yugoslavo, sus ultras —los Delije, los mismos que llegaron en tren a la estación de Zagreb— terminaron por ser un brazo armado del Estado. A medida que Yugoslavia caminaba hacia su desintegración, Grobari y Delije radicalizaron sus posturas políticas hasta fundirse en una sola ideología: sus gradas contuvieron (y contienen) el nacionalismo serbio radical, escorado hacia la extrema derecha como respuesta al comunismo que les unió a croatas y bosnios bajo una misma bandera. Su idea es clara: Yugoslavia es Serbia, la Gran Serbia, y el resto de pueblos que compongan han de asumir su deuda, su —al fin y al cabo— inferioridad.

Ultras bosnios, croatas y también del Partizan dejaron la grada por la trinchera cuando comenzó la guerra. Mostraron que el fútbol estaba dibujando un campo de batalla que ellos mismos ocuparon cuando eclosionó. Pasaron de la grada a la trinchera con literalidad. El proceso demostró hasta qué punto el balón y el fusil fueron de la mano, hasta qué punto las banderas se descolgaron de las vallas de las curvas y se volvieron a colgar en las alambradas militares. Hasta algunos cánticos pasaron del estadio al frente. Las unidades militares y paramilitares comenzaron a surtirse de jóvenes yugoslavos hijos de la depresión, violentos y fanatizados que pasaron de patrullar las calles y los estadios a hacerlo en el campo de batalla. Invita a reflexionar qué clase de enfrentamientos protagonizaban estos hinchas. Y qué clase de odio se tenían y se tienen. Este proceso, este mimetismo entre fútbol y realidad social, alcanzó su máxima cota, su absoluta fusión, con los Delije. Por historia y tradición ellos albergaron la radicalidad nacionalista más severa, la violencia más extrema contra croatas y bosnios. Su caso es el ejemplo definitivo.

Los Delije fueron, durante los 80, el grupo ultra más numeroso, contundente y temido. Su líder era Zelijko Raznatovic, conocido como Arkan. Arkan organizaba los desplazamientos, coordinaba al grupo y su poder era tal, que llegó a ser contratado por el propio club como coordinador de seguridad. Con este panorama los Delije se hicieron con el control del equipo a finales de la década. Enseguida hasta eso se les quedó pequeño. Ante el funcionamiento cuasi militar del grupo ultra y su proclamada ideología, el presidente yugoslavo Slobodan Milosevic desvió su mirada hacia ellos cuando las tensiones en el país eran ya evidentes. La guerra entre ultras estaba a punto de dar su salto definitivo, de completar su metamorfosis. Milosevic ordenó a Jovica Stanisic, jefe del Servicio de Seguridad Estatal, que hablase con Arkan para que organizase a sus muchachos. Debían reenfocar su violencia y organización. A diferencia de los ultras croatas o del Partizan que se enrolaron voluntariamente en fuerzas militares y hoy estatuas y placas en los estadios tributan su entrega, los Delije alumbraron en su propio seno al grupo paramilitar. No hubo siquiera un paso de un sitio a otro. Hubo una conversión. El 11 de octubre de 1990 veinte ultras del Estrella Roja, comandados por Arkan y respaldados por el gobierno yugoslavo de Belgrado, crearon la Srpska Dobrovoljacka Gard (SDG), Guardia Serbia Voluntaria. Pronto serían muy conocidos, aunque con otro nombre: los Tigres de Arkan.

El ritmo de enrolamiento de Arkan fue monstruoso. En pocos meses, 10.000 simpatizantes de los Delije formaban parte de su guardia paramilitar. Un documental sobre ultras del canal Discovery Channel contiene una entrevista con un miembro de los Delije de aquella época, Petar Ilich: “En los 90 Arkan era nuestro líder, los chicos le adoraban”, explica. “Algunos se ofrecieron a ir a la guerra con él. Ellos pensaban que hacían lo correcto para Serbia. Por eso iban a luchar”.

En 1992 alcanzaron su plenitud y dejaron claro su origen: ese año, en un partido en casa del Estrella Roja, la ruidosa grada cesó repentinamente sus cánticos y en medio del insólito silencio, y ante la atónita mirada del país, una veintena de uniformados mostraron pancartas anticroatas. El fútbol completó su transformación y se convirtió, después de diez años de avisos, en guerra. El proceso se plasmó también en el otro lado: los Tigres, cuando marchaban por el campo de batalla fusil en mano, entonaban el Sbrija do Tokrija, cántico creado por los ultras del equipo tras vencer la copa Intercontinental en Tokio en 1991. La frase de George Orwell, “el fútbol es como la guerra, pero sin disparos” perdió todo su sentido.

Arkan llevaría durante la guerra a sus ultras-soldados a cometer las peores tropelías que recuerda el sangriento conflicto yugoslavo. El jefe de los ultras del Estrella, que también aguarda en el estadio de Maksimir a que comience el partido, acabaría siendo juzgado por crímenes contra la humanidad. Del asiento de la curva al del tribunal, un inaudito salto. Arkan dirigió la masacre de Bijelijna, población bosnia fronteriza con Serbia donde asesinó a un centenar de civiles y expulsó a la población no serbia. También coordinó el ataque de Zvornik, donde la población bosnia musulmana fue masacrada. Arkan fue detenido en 1999 y acusado de crímenes de guerra. El juicio nunca concluyó. El 15 de enero de 2000, en el vestíbulo del Hotel Intercontinental de Belgrado, Dobrosav Gavric, un joven policía serbio corrupto, se acercó a Arkan mientras éste charlaba con unos amigos y le disparó tres balas por la espalda. Aunque llegó vivo al hospital, murió a las pocas horas. Veinte mil personas asistieron a su entierro en Belgrado. La muerte de Arkan no terminó con los Tigres, que volvieron a actuar en Kosovo y formaron un grupo mafioso todavía activo, con presencia en España.

Antes de toda esta increíble evolución, Arkan —todavía únicamente líder ultra— mira de reojo al campo, donde aguarda la policía, y comienza a planear el ataque de sus ultras. La guerra está a punto de estallar en Zagreb, aunque en las televisiones europeas hablarán posteriormente de incidentes en un partido de fútbol.

La patada que destruyó un país

La pasada noche estuvimos golpeando chicas serbias. Fue un verdadero placer”. Una joven croata —miembro de los Bad Blue Boys del Dinamo de Zagreb— alardea ante un periodista de un programa de la televisión yugoslava. Este reportero entrevistó a miembros de los dos grupos ultras justo antes del encuentro y el resultado es un documento revelador y de enorme valor. Recoge los testimonios de los hinchas que, minutos después, protagonizarán la pelea brutal que tuvo lugar ese día en el Maksimir Stadium de Zagreb. La batalla que, para muchos, desencadenó la guerra de Yugoslavia.

Odiamos a Tudjman y hemos venido aquí a dejarles claro a los croatas que nunca tendrán un estado propio”, dice un cabecilla de los Delije a pie de campo. Detrás, los 3.000 ultras serbios cantan Od topole, do topole, himno de los Chetniks, una organización guerrillera nacionalista y monárquica serbia del siglo XIX y que se convirtió en el cántico anticroata por excelencia. “¿Es necesario que canten eso?”, pregunta el periodista. “Deben cantar eso”, responde el jefe ultra.

Maniac es el apodo del ultra croata que habla con el reportero. “¿Hay influencias políticas en vuestro grupo?”. “Por supuesto. Muy grandes. Todos hemos votado a la Unión Croata”, dice. Sima, ultra serbio, no se queda atrás en su entrevista: “Estoy aquí para defender el nacionalismo, los Chetniks y a los líderes serbios”. Maniac abre una luz a la esperanza: “Deberíamos luchar juntos contra hoolingans ingleses, pero…”. Los Delije la cierran: “Si vinieran hooligans ingleses lucharíamos contra ellos y contra los croatas. Los croatas deberían apreciar el honor de que les hayamos aceptado en Yugoslavia. Ahora quieren independizarse, no les perdonaremos ni lo olvidaremos nunca”, dice Sima. “¿Cómo crees que será el partido?”, le preguntan. “Sangriento”.

Cuando faltan diez minutos para el pitido inicial, comienza el horror. Algunos ultras serbios acceden a la parte superior de su grada. Enseguida son cientos y cuando los jugadores saltan al campo, en el segundo anillo del fondo sur del Maksimir se representa ya una multitudinaria pelea. Carreras, asientos volando, rezagados que reciben palizas, golpes, patadas… La policía observa desde el campo. Muchos Deije acuchillan a cuanto croata se topan. En el fondo contrario, los Bad Blue Boys estallan en cólera contra la policía, a la que acusan de absoluta pasividad. Los jugadores del Estrella Roja se retiran apresuradamente a los vestuarios pero los del Dinamo de Zagreb se quedan. Y observan la batalla. Uno de ellos es Zvonimir Boban que se acerca al cordón policial y llama la atención de los agentes. Se muestra indignado y le señala la grada, con incredulidad, a uno de los agentes. Un compañero se lo lleva, pero la imagen del jugador, con el balón en la mano observando la estremecedora pelea en la grada, pasará a la historia. No será la única ese día.

El control de la situación se pierde definitivamente cuando los ultras croatas logran saltar al campo. Entonces sí, la policía reacciona y cargan para evitar que lleguen hasta el fondo serbio. Se produce una batalla entre agentes y ultras, mientras los Delije siguen arrasando con todo. Aparecen los gases lacrimógenos y los manguerazos de agua a presión de los bomberos. Los ultras entran en efervescencia, destrozan todo lo que encuentran a su paso. Llueven las piedras. Hay varios focos de fuego. De fondo, como una macabra broma, la megafonía sigue vociferando los anuncios típicos de antes de un partido. El caos es absoluto. Es la guerra entre Croacia y Serbia.

El fotógrafo Toma Mihajlovich estaba allí en ese momento: “Nadie se sorprendió de lo que sucedió, porque esperábamos que pasara en algún momento. Para mí fue un día triste, fue un día horrible. Sentía como si estuviera perdiendo algo, sentía que algo llegaba a su fin”.

La pelea se extiende más allá de la hora. La policía se emplea a fondo para devolver a los ultras a sus gradas. Uno de los agentes persigue a un aficionado croata, que resbala y cae al suelo. En ese momento se abalanza sobre él y le golpea con una porra repetidas veces. Boban lo ve y, en un gesto inédito, arranca hacia el policía. Cuando llega a su altura salta y le pega una patada. El agente apenas reacciona, asombrado, y al instante un grupo de ultras croatas arropan al jugador y se lo llevan. Aquella patada, aquella imagen de un futbolista —diez a la espalda y botas de tacos— golpeando a un policía uniformado, quedó grabada en la memoria de los yugoslavos, fue como la campana de un round de boxeo que dio inicio a la desintegración de un país. La patada de Boban, dicen en Yugoslavia, fue el inicio de la guerra.

A partir de ese momento la policía comienza a recuperar el control. El saldo, tras 70 minutos de batalla, será de cien heridos. “Fue un partido importante en la historia de Yugoslavia. Ese partido avisó a la población, incluso a aquella a la que le daba igual el fútbol, de la guerra que llegaba”, aseguraría después el sociólogo Neven Andjelic.

Boban se convertiría desde ese momento en símbolo vivo del nacionalismo croata. “Ahí estaba yo, una cara pública preparada para arriesgar mi vida, mi carrera, todo lo que la fama puede comprar, todo por un ideal, por una causa: la causa croata. Su frase, posterior a la agresión, es casi un lema en Zagreb. Años después se descubriría que el policía agredido era musulmán de origen bosnio. Y que perdonaría a Boban.

A los hinchas que comenzaron la guerra”

En la entrada del fondo norte del Maksimir Stadium de Zagreb hay un relieve de bronce en el que se reproduce aquella pelea. Las figuras van metamorfoseando de aficionados a soldados en una metáfora perfecta de lo que aquel incidente representó, de lo que el fútbol llegó a ser en un país. De cómo los estadios fueron frentes de batalla. De cómo las gradas, trincheras. Bajo el mural hay una frase: “Para los seguidores del equipo, que comenzaron la guerra con Serbia en este estadio el 13 de mayo de 1990”.