Horror folk: miedo, música e islas

El faro (2019). Imagen: A24 / New Regency Pictures / RT Features.

(Ampliación y puesta al día del artículo Horror folk: miedo y ritual en Inglaterra)

Sí que se ha puesto de moda este subgénero cinematográfico. La razón ha sido la misma que en su origen, como respuesta a un estado de crisis política y social. La consecuencia más vistosa de esa crisis, aunque no por ello menos esperada, ha sido el Brexit de la Unión Europea, y para el resto del continente, la llegada de un movimiento antieuropeo de exaltación de sentimientos «patrióticos», al que se siempre se llega cuando se dan unas condiciones muy determinadas, mezcla de propaganda, intereses financieros y penuria económica. Pero dejemos esta cuestión a los expertos en tertulias y RRSS centrémonos en lo «cultural». La corrupción y el auge de ideologías extremas son de donde nace este cine y otras expresiones artísticas, siniestras y como ancestrales. La diferencia con el movimiento anterior es que ya no son un mero desafío contracultural hacia la sociedad cristiana y burguesa, sino que representan en el medio artístico un acto violento contra la clase más enriquecida y el sistema que la bendice.

El horror folk, resumimos, es una revisión o explotación de las películas y programas de televisión ingleses de los años setenta, los que trataban de brujería, ocultismo, parajes encantados u objetos con poderes y comunidades de outsiders que funcionaban al margen de las reglas de la civilización. También, adaptaciones de los textos de los autores del Círculo de Lovecraft, con sus dosis de ciencia ficción terrorífica, justo cuando la sociedad británica comenzaba a experimentar problemas muy profundos en su sistema de clases e impuestos. Aunque la etiqueta «horror folk» se aplica a nivel planetario, es un rasgo distintivo de aquellas islas, precisamente por ser islas y por ser británicas (los japoneses, por esta misma razón, poseen algo parecido).

Este subgénero hunde sus raíces en el folclore y en una antigua tradición artística conectada con la magia y lo fantástico, un tanto diferente de la visión que tenemos en esta parte del continente sobre la naturaleza, el paisaje y su relación con las personas. La geografía ha determinado la personalidad de los británicos: aislados física y psíquicamente, siempre recelosos de las influencias externas, aferrados a sus tradiciones, conmovidos por un curioso (cuanto menos) paisaje y clima, nostálgicos del antiguo esplendor imperial, y turbados por los espectros anteriores a la colonización romana. Sin estos precedentes, no podremos entender por qué celebran la Nochebuena con un cuento de fantasmas en la BBC, ni por qué una de sus series de televisión más longevas, Doctor Who, es una historia de ciencia ficción (por resumirla de alguna forma).

Son siglos de magia aplicada a las artes, que proviene de los chamanes neolíticos, las leyendas del rey Arturo, el ocultismo del XVI, los esotéricos del XIX, y desembarca en Alan Moore, las modas neopaganas y los habitantes del «país secreto de las hadas», pasando por creaciones como Peter Pan, Drácula y, sí, la saga de Harry Potter. Los ecos de antiguos rituales todavía resuenan y permean la arquitectura, la pintura, la música y los nombres de los enclaves modernos. Ahora que los ingleses se enfrentan a una de sus más serias crisis de identidad, miedo global al colapso financiero y ecológico aparte, era normal que volvieran estos productos para el cine y la televisión (Black Mirror, Years and Years), donde la gente se enfrenta a la naturaleza y ambas revelan su verdadera cara. Y la primera no es tan civilizada, ni la segunda tan bucólica.  

Escribía en el artículo anterior que estaba esperando (con ansia) la adaptación de la novela Rascacielos (High Rise), de J. G. Ballard por parte del director Ben Wheatley: fue una pequeña decepción. Aunque se desarrolla en un entorno urbano, entra en este subgénero del terror porque toca uno de sus temas centrales: los espacios cerrados, donde los ocupantes se van deteriorando poco a poco hasta que pierden la cabeza y quedan fundidos con el propio lugar. El aislamiento, por tanto, es un tropo del horror folk, sea en forma de crítica social, como en la sátira macabra de Ballard, o como retrato psicológico del individuo, tal como era El Resplandor, en sus dos plasmaciones King/Kubrick, en forma de hotel embrujado e incomunicado.

Hace ahora justo un año, el director Robert Eggers estrenaba su segunda película sobre esta idea, a la cual añade tres elementos: uno, el mar, espacio perfecto para los relatos de terror (barcos fantasmas, monstruos de las profundidades, sirenas…); dos, el islote inaccesible y misterioso (islas pobladas por seres de pesadilla y tribus que rinden cultos infames); y tres, el faro, una construcción repleta de significados, protagonista de tantos relatos y películas, que dan para un texto aparte. The Lighthouse llega a las salas en estos días, y es una fenomenal composición de imagen, que recrea la fotografía y la iluminación del cine de hace décadas, pero a la que han brindado el sonido más actual, y unas interpretaciones que son de las que no se olvidan. Muchos han visto en la película similitudes con el trabajo de directores como Dreyer, Hitchcock o, muy parecida en las imágenes, a El caballo de Turín (2011), ejemplo húngaro de «folk-existencial», del director Bela Tarr. A mí me ha recordado, sin embargo, tanto por el impresionante blanco y negro, como por la trama de la película (aunque está sujeta a muchas interpretaciones, dado el pastiche de referencias que usan los guionistas) a la siniestra A field in England, tercera película de Ben Wheatley, campeón del folk horror. En una y otra se pelea a muerte por un «tesoro», se ponen en cuestión la lealtad y la camaradería, y entran en tromba los sueños y las alucinaciones, aunque sea en dos niveles muy distintos (el histórico frente al psicológico), pero igual de envenenados por los deseos y la frustración. 

Robert Eggers debutó con The Witch (2015), drama sobrenatural sobre las tensiones religiosas y el despertar de los sentidos en un lugar despoblado y poco amigable para el hombre. Yo incluiría también la alemana Hagazussa (2017, Lukas Feigelfeld), relato de época mucho menos ambicioso, pero igual de efectivo, sobre las consecuencias de la soledad de una muchacha abandonada a su suerte en una cabaña en los Alpes, con todo lo que esto conlleva: visiones, paranoia, condena colectiva… Un relato cercano a The Juniper Tree (1990, Nietzchka Keene, con Bjork debutante), que se ha reestrenado hace pocos meses.

Sobre películas de personajes que se plastifican en edificios, de ambiente y temática  ballardiana, yo recomiendo, por si interesa, Citadel (2012), del especialista en el género, Ciarán Foy, en la que desciende un buen surtido de innombrables sobre los barrios y bloques de viviendas deprimidas por la crisis. También irlandesa es A Dark Song (2016, Liam Gavin). Esta es un caso sorprendente de cine comercial que aborda el ocultismo, donde casi por primera vez se toman medio en serio la narración de un proceso mágic(k)o, sin alharacas o recursos inventados, aunque el desenlace final no dejara satisfecho a los expertos más exigentes. 

Añado un último ejemplo, también muy reciente, pero esta vez de horror cósmico, bajo las directrices del sci-fi británico. Podría haber sido un episodio de la serie Hammer House de los ochenta (o incluso de Relatos para no dormir), porque Await Further Instructions (Johnny Kevorkian, 2018), es una historieta producida como pura serie B, que sucede durante el día de Navidad y con familia estereotipada (se apellidan Milgram, como el famoso experimento social…). Los personajes se quedan encerrados, rodeado el edificio por una sustancia negra, y la tele, de repente, comienza a mandarles avisos muy poco tranquilizadores. Antes de la influencia de Cronenberg, lo que encontramos en esta película son los temas de las novelas de John Wyndham, actualizados al horror del siglo XXI: ahora, las amenazas alienígenas de los trífidos o de los mutantes del Pueblo de los malditos, miedos clásicos, como son la xenofobia y el racismo, han adoptado la forma de la tecnología multimedia, como sistema de control y brazo ejecutor de un sistema siniestro.

En el lado de las películas que simplemente se han limitado a aprovechar el tirón de sus predecesoras (mi opinión), destacamos la del estadounidense Ari Aster, Midsommar (2019), una revisión de los relatos tipo Wicker Man, que a pesar de contar con más presupuesto, ofrecía un contenido más basto. Lo mismo sucedió con The Ritual (David Bruckner, 2016), adaptación de la novela de Adam Nevill, donde el (doloroso) rito de paso de los protagonistas, perdidos en un paisaje muy de Lovecraft, quedaba reducida a la consabida historia de monstruos.

Las cosas que hacemos generan una energía que no se disipa de inmediato. En especial, las cosas malas generan altas concentraciones de energía y estas se adhieren y crecen como el moho: así es como se produce cierta clase de posesión.

Nick Brown, Skendleby, Ancient Gramarie 1. (New Generation Publishing, 2013, p.248).

La editorial Hermenaute ha publicado, coincidiendo con la Semana de Cine Fantástico y de Terror de San Sebastián,  el libro Folk Horror: lo ancestral en el cine fantástico, una selección de textos a cargo de varios autores, coordinada y presentada por el escritor especialista en el género, Jesús Palacios.  En ellos se pueden leer las ideas que he presentado en estos artículos, pero mucho mejor desarrolladas, y además hacen hincapié en otros temas. Por ejemplo, las películas que transcurren en paisajes polares y frío extremo (allí donde la oscuridad del bosque o de la vivienda encantada es sustituida por un terror gélido y de color blanco, como bien describieron Poe y Lovecraft); la tradición de la literatura «wyrd», sobre la «comunidad secreta» de hadas y elfos (de los cuentos de hadas victorianos a las reelaboraciones Disney para ¿niños?), o el folk horror en Australia. De entre todos, destaco un par de textos: el del escritor Kim Newman, «Campos de Inglaterra», acerca de los enclaves naturales que aparecen en las películas de terror; y el de Rubén Lardín, que cierra el libro con un ensayo sobre el horror ibérico («Este país de todos los demonios»). 

La música ¿horror folk?

El propio Jesús Palacios apunta algunas ideas al respecto en su introducción al libro. Coincido con él en que el horror folk, si es que realmente es algo, aparte de una etiqueta arbitraria, no solo se ciñe a las películas. Abarca la literatura (asistimos a una cuqui explosión de ediciones sobre ocultura, hiperstición, y otras palabras así de raras y bonitas); la pintura (existen numerosos [email protected] de lo macabro, no hay más que buscar en las RRSS), y también la música. Voy a detenerme aquí, porque creo que resulta tanto o más interesante que el fenómeno sobre el que llevamos tanto visto y leído. Vuelvo para ello a la película de Eggers, The Lighthouse. No habría sido ni la mitad de inquietante sin los efectos de sonido y la banda sonora del compositor Mark Korven, que puntea el descenso en espiral a las profundidades de un mar de locura:

Menciona Palacios la música folk y aquel polémico Renacimiento Musical Inglés, de principios del siglo XX. A imitación del sentimiento nacionalista de los músicos continentales, la política fomentó la investigación de la música británica como una de sus señas de identidad. Dicha investigación fue llevada a cabo por un grupo de profesores universitarios, que comenzaron haciendo grabaciones de campo y editaron antologías de las canciones populares de Inglaterra, Escocia, Irlanda… agrupadas por estilos y temas (de baile, himnos religiosos, canciones de trabajo, canciones de cuna, murder ballads…), pero pronto aquello derivó en una institución de propaganda, que pretendía demostrar la superioridad de los ingleses, especialmente frente a los alemanes.

Argumentaban que sus compositores de sinfonías y óperas eran mejores que los del continente, y terminaron por despreciar, precisamente, lo más valioso que tenían: su tesoro folk, por vulgar y «mezcla» de otros países. Frederick Delius, uno de los músicos más relevantes, fue excluido de ese supuesto «canon inglés», por «demasiado extranjero» (se había formado en Estados Unidos y Alemania). Sin embargo, entre los compositores rechazados, entre los que se también se encontraban nombres como Gustav Holst (por la misma razón que Delius) o Edward Elgar (era católico y de origen muy humilde: no se sabe qué era lo que más molestaba a los catedráticos), aportaron a la música de las islas su tono melódico y moderno (incluyendo instrumentos y ritmos populares), lo que constituye su verdadera esencia, la misma dualidad que tiene su cine de terror o fantástico: por momentos es idílica, etérea, nostálgica de un mundo perdido, de ferias medievales y personajes imaginarios; y de repente resuena con cadencia sombría, acechando sombras de campos de batallas y ritos arcaicos. 

En los años sesenta, los músicos más contestatarios decidieron darle la vuelta a ese primer renacimiento y acudir a los archivos de la English Folk Dance And Song Society, pero con la intención política contraria; y para seguir con el espíritu de aquellos años, proponer la vuelta a la naturaleza y rechazar los productos comerciales del pop. A diferencia del folk norteamericano, más unido al rock, el británico (aunque muchos venían del boom del skiffle) se volvió más riguroso en la recuperación y (re)interpretación de temas tradicionales (el Green Man, hadas y elfos, bandidos famosos, batallas medievales…).

Tanto en su imagen (se vestían como personajes de Chaucer) como en las portadas de los álbumes desplegaron un inquietante arsenal de objetos y signos que aludían a los celtas y los druidas, y cantaron canciones sobre esa idea recurrente: la «Nueva Albión», un país que necesita ser (re)descubierto y cantado. A ella se sumó la insigne saga de músicos e intérpretes que va desde Morris On, The Albion Country Band, The Etchingham Steam Band y las hermanas Shirley y Dolly Collins. Dos discos de estas últimas, Anthems in Eden (1969) y Love, Death and the Lady (1970) representan la ambivalencia de ese sentimiento: el primero lo forman canciones sobre las costumbres de la comunidad y los cambios experimentados a lo largo de la historia; el segundo es una sombría reflexión sobre la condición del individuo (esta vez, femenino), con temas sobre la pérdida y la muerte (violenta). Esta es la versión de la espeluznante «Death and the Lady», que Shirley Collins incluyó en su disco de regreso a la música en el año 2016, Lodestar:

El disco de debut de los Watersons, Frost and Fire, de 1965, llevaba como sugerente subtítulo «Calendario de canciones rituales y mágicas». Fairport Convention cambiaron el curso de la música pop con su cuarto disco, Liege and Lief, una mezcla apasionante de música moderna y elementos del folclore más antiguo. Sandy Denny aparecía leyendo los posos de té en su, por desgracia, última grabación, titulada The North Star Grass Man and The Ravens (1971). La televisiva Toni Arthur publicó tres discos de folk con su marido, Dave: el tercero llevaba por título una frase de Doreen Valente y Gerald Gardner, padres de la Wicca: Hearken to the Wtches Rune (1971) y la lista de canciones era especialmente weird:

De este periodo podemos disfrutar de una larga lista de discos elaborados al estilo folk más hermético (o lisérgico, si lo prefieren). Todos ellos fueron, en mayor o menor medida, resultado de la influencia del trío escocés The Incredible String Band, especialmente de sus dos discos de 1968, The Big Huge y The Hangman’s Beautiful Daughter, dos ejemplos de anarcomisticismo hippie (vivían en el campo, en forma de comuna «pagana»), psicodelia, sonidos orientales y melodías folk. 

Pero la joya del folk siniestro es Bright Phoebus, de los hermanos Lal y Mike Watersons, de 1972. Envuelto además en un aura de tesoro perdido, porque durante años ha sido muy difícil de encontrar debido a problemas legales, hasta 2017, que por fin se reeditó en versión remasterizada. Las canciones ya no eran versiones, sino temas compuestos por sus intérpretes, acompañados de los músicos habituales (Richard Thompson y Dave Mattacks, además de invitados de honor, como Bob Davenport), y forman el conjunto más bello y espectral del género. Lo componen crudas baladas sobre la soledad, la bebida («Red Wine Promises»), el dolor («Child Among the Weeds»), la muerte (la estremecedora «Never The Same» o la retorcida «Winifer Odd»), y los fantasmas («Fine Horsemen», «Shady Lady»). En «The Scarecrow», el espantapájaros es testigo del paso de las estaciones y de las antiguas costumbres de los campesinos para bendecir las cosechas, sacrificio de niño incluido:

Hay temas saltarines y burlescos («Rubber Band»), mezclas de country y psicodelia («The Magical Man») pero el tono general desprende lo que Jacques Derrida definió como hauntología: la nostalgia del tiempo pasado y la angustia o asedio del presente: 

David Tibet homenajeó a la ISB en la portada del disco Earth Covers Earth de su grupo, Current 93, haciéndose una foto muy parecida, esta vez acompañado de la familia del neofolk británico de los años ochenta. En ella podemos ver a Jhonn Balance (Coil), Douglas Pearce (Death in June), Steven Stapleton y Diana Rogerson (Nurse With Wounds), Rose McDowall (Strawberry Switchblade) y Tony Wakeford (Sol Invictus). El álbum era una recreación de aquel revival músico-esotérico, a imitación del look y sonido victoriano de los irlandeses Trees, favoritos de Tibet, y contiene una dedicatoria a Comus, aquel grupo arty londinense que se bautizó como la deidad griega del exceso, y consagraron su repertorio a un folk teatral, de ritmo tribales y letras hiperviolentas. El neofolk vive hoy otro revival, en un movimiento que gira incesante.

And did those feet in ancient time… (W. Blake, 1804).


Horror folk: miedo y ritual en Inglaterra

Una escena de Kill List. Imagen: Warp X / Rook Films.

El inglés Ben Wheatley se ha convertido en uno de los directores más importantes del cine europeo. La crítica social, la violencia y un retorcido humor negro son los ejes de sus películas, una de las cuales, Turistas (Sightseers, 2012), tuvo éxito en el Festival de Sitges y hasta se estrenó en las salas comerciales. En ella, unos novios recorrían lugares pintorescos de la campiña mientras mataban a varias personas por el camino, dando con ello un nuevo sentido a las vacaciones en autocaravana y, de paso, salvaban su relación de pareja. Pero para planteamiento radical ya había presentado el año anterior Kill List, una ruta de pesadilla por esos mismos paisajes, carreteras campestres construidas sobre sendas arcaicas, bosques y signos olvidados, donde un angustioso thriller de asesinos a sueldo se iba convirtiendo poco a poco en una experiencia pavorosa, justo cuando el guión añadía elementos de lo oculto y las sectas, con los que la película entraba en un subgénero del cine fantástico: el horror folk.

Kill List es mucho más que un homenaje. Sin entrar en detalles para los que no la hayan visto, se trata, como dice su autor, quien edita los guiones con su mujer, la escritora Amy Jump, de una película cuyo objeto no es el horror, sino lo horrible, una serie de fuerzas que son capaces de empujar a los protagonistas desde la violencia instrumental hacia lo innombrable. Sin embargo, la idea de mezclar una trama tan cercana (relaciones sociales enfermas, materialismo siglo XXI) con cultos primitivos a los que hay que rendir tributo de sangre, conecta esta despiadada película con las producciones de los años setenta acerca de ceremonias antiguas y actos paganos en pueblos fantasmas.

Ejemplos de este revival del terror folk los hemos visto también en otras películas recientes, como el espléndido homenaje de la nueva Hammer Films, Wake Wood, (2010, David Keating) y la abrumadora The Borderlands (Eliot Goldner, 2013), cuyo punto de partida, los miedos del director a un paraje natural de su infancia, en este caso el mágico Dartmoor de El perro de Baskerville, es el mismo que tuvo Wheatley para Kill List. Recordamos el último éxito de HBO, True Detective, serial construido sobre un pastiche de lecturas de maestros del terror y revisión de los cultos paganos. Parece que tras unas décadas comprando ficciones urbanas y frutos del capitalismo, con el enésimo derrumbe del sistema, autores y fandom han decidido que ahora procede volver a la irracionalidad artística, la espiritualidad y la magia. Por supuesto, todo en entornos naturales, tipo festival de quesos ecológicos; neo-hippies que participan en el Burning Man, o directamente organizan un reenactment de The Village of the Dammed en su pueblo.

Volvamos al cine. Tipos diferentes de horror folk se pueden encontrar en clásicos del cine, desde el oriental al nórdico, como la excepcional Sauna, película finlandesa (AJ Annila, 2008) que sacude el género con su guion sobre la guerra ruso-sueca del XVI y unos soldados que se pierden en un peligroso terreno, abrumados por la culpa y aterrorizados por las visiones. Esta historia tiene puntos en común con A Field in England, la última producción de Ben Wheatley, luminosa y siniestra incursión en el terror surrealista, que utiliza como símbolos del destino de la sociedad británica la guerra civil del s. XVII, la ingesta de alucinógenos y un grupo de desertores manipulados por un sádico hechicero.

Hasta el cine español ha tenido sus momentos folk-mágicos, con las recientes El Laberinto del Fauno (2006, Guillermo del Toro) y El Bosc (2012, Óscar Aibar), pero si nos atenemos a la definición, lo acotaremos dentro del cine británico con algunas extensiones muy relevantes en Estados Unidos y Australia. Mientras esperamos, no niego que con cierta ansiedad, el estreno de la adaptación de Rascacielos de J. G. Ballard, por parte de Wheatley y Jump, hagamos un breve repaso a este atractivo y oscuro género.

El horror folk es la manifestación en pantalla de la literatura que se ha volcado en el género fantástico, con sus cuentos ambientados en casas de campo solitarias, aldeas y paisajes románticos de ruinas, páramos y comunidades que todavía observan religiones paganas, las que incorporan el folclore de druidas y celtas, las construcciones megalíticas, las leyendas y ritos de cosechas y fertilidad, etc. Por encima de todo, siempre domina la presencia de la naturaleza como una amenaza literal y metafórica, un lugar que alberga espíritus que acechan al hombre, presencias peligrosas e indefinidas que pueden tener hasta un origen cósmico. Estos elementos formaron un cuerpo formidable de novelas, poesía y relatos escritos por autores como Arthur Machen, Lord Dunsany, el propio Lovecraft, etc., que después se adaptaron o fueron inspiración para guiones de cine o producción televisiva.

Durante los años setenta, época de gran crisis, y con ello otro renacer del ocultismo y los fenómenos paranormales, la tele británica tuvo una época dorada, programando para niños y adultos series fabulosas de ciencia ficción y terror, así como mezcla de ambas, de la mano de grandes autores. Nigel Kneale, escritor fundamental para entender series como la reciente Black Mirror o los realities 24h, fue responsable de joyas como The Stone Tape, película emitida en el especial de Navidad de la BBC de 1972. Es esta una de las cimas del género, ya no del horror folk, sino de todo el fantástico, por su extraordinaria historia, puesta en escena e influencia posterior. Dirigida por el habitual de la productora Hammer, Peter Sasdy, cuenta la peripecia de un grupo de ingenieros y una experta en informática (sí, aparecen ordenadores de los setenta), que están a punto de desarrollar un sistema con el que se podrá detectar el residuo de los fantasmas en los lugares donde se han producido hechos violentos. Para ello se trasladan a una mansión, encantada por supuesto, y efectivamente, consiguen la plasmación del grito de una mujer que se repite en bucle. Pero lo que no esperan es encontrar la huella de algo mucho más antiguo y más terrible en sus cimientos.

Neale también escribió Beasts (1976), para la ATV, seis episodios de terror entre los que destaca «Baby», un cuento para no dormir ambientado en un granja con criatura oculta, y un extra que se incluye en el DVD de 2006, «Murrain», de la serie Against the Crowd, estupendo relato de brujería en los años setenta.

Pero hubo muchas más: por mencionar solo tres, las series infantiles The Owl Service (1969) y de Children of the Stones (1977), aventura de arqueólogo e hijo que se instalan en pueblo muy raro con monumento megalítico muy inquietante, una historia de horror cósmico que remite a Lovecraft. Por último, uno de los ejemplos más bellos del terror folk, el episodio escrito por John Bowen dentro de la célebre Play for Today: «Robin Redbreast» (1971). La trama sobre una mujer y un hombre ajenos a un pueblo donde se celebran ritos de fertilidad, en el que ambos son utilizados para concebir un niño según la ceremonia de sacrificio y ofrenda al dios Herne. Este capítulo causó auténtica conmoción en la audiencia británica.

Cine, druidas, bosques y paganismo

Hay dos ilustres precedentes. El primero es una estupenda película de la Ealing, Dead by Night (Al morir la noche, 1945), formada por varios episodios, cada uno dirigido por un célebre autor de la casa (Cavalcanti, Crichton, Dearden y Hamer). Los relatos (seguro que muchos recuerdan el del ventrílocuo y su muñeco) quedan unidos por una historia escalofriante que sucede en una casa de campo, con sueños adivinatorios y una fatalidad sobre los personajes. La segunda es el antecedente directo del horror folk. Se trata de The Curse of the Demon (La noche del demonio, 1957), una obra maestra del maestro Jacques Tourner, basada en un relato de M. R. James, «El maleficio de las runas» (incluido en Cuentos de Fantasmas, Siruela, 1997). El enfrentamiento entre un psicólogo norteamericano (Dana Andrews), adalid de la ciencia que acude a una convención sobre cultos satánicos, y un brujo inglés que es capaz de predecir la fecha y la hora de la muerte de sus enemigos, y para ello invoca a una criatura que sale de la bruma del bosque y persigue a su víctima, está planificado con maravillosas imágenes de una naturaleza hechizada, incluido Stonehenge, a pesar de la imposición de la productora de tener que mostrar al demonio, que se parece más al dinosaurio de El monstruo de los tiempos remotos, pero con cuernos (1953).

Aunque pudiese parecer que fue en Hammer Films donde se realizaron los clásicos del horror folk, lo cierto es que allí estaban más interesados en temas más cercanos a los monstruos de la Universal, a pesar de tener varias películas sobre magia negra, pero que no entrarían en este grupo. Por ejemplo, de Nigel Kneale son Las Brujas, una película del 66 (Cyril Frankel) protagonizada por Joan Fontaine, que repite por última vez su papel de institutriz ingenua en un pueblo donde se rinden diversos cultos, entre ellos el vudú y el satanismo, y una curiosidad, la estupenda Capitán Kronos (Brian Clemens, 1973), un cazavampiros centroeuropeo con capa y espada que desembarca en Inglaterra con su ayudante, el jorobado profesor Grost, quien que utiliza remedios mágicos para encontrar a los no muertos.

Tuvo la Hammer el privilegio de llevar al cine la figura del científico Bernard Quartemass, el personaje creado por el mismo Kneale para televisión, que tuvo tres películas. La segunda, Quatermass 2 (Val Guest, 1957), es una fantástica historia de horror cósmico con invasión extraterrestre, masas reptantes y boicot al gobierno por parte de los aldeanos.

Cuando Hammer Films entró en decadencia y el terror clásico ya no vendía entradas, fueron otras productoras independientes, con la serie B y el destape, las que se lanzaron, ya entrados los setenta, a la cosa pagana y el horror antiguo:

Tigon British Film Productions fue el estudio que tuvo más éxito a la sombra de Hammer. Suyos son dos de los mejores ejemplos de horror folk: El Inquisidor (The Witchfinder General o en EUA, The Conqueror Worm, 1968). Dirigida por Michael Reeve y protagonizada por un Vincent Price mucho menos autoparódico que de costumbre, se convirtió tras su estreno en una película de culto por la violencia de las imágenes de tortura y la intensidad que alcanzaba al final. Basada en un personaje que al parecer fue real, el inquisidor aprovecha su poder para cometer toda clase de tropelías entre las jóvenes que encuentra en los pueblos. Tras violar a una de ellas y asesinar a su familia, provocará que el prometido (el sex symbol Ian Ogilvy) y sus soldados castiguen cruelmente al inquisidor.

La Garra de Satán (más bello en el original, Blood on Satan’s Claw, o Satan’s Skin 1970, Piers Haggard), es un relato muy recomendable de folclore ambientado también en el XVII. En un pueblo se descubre una extraña calavera y comienzan las desgracias. Los niños se vuelven locos, se arrancan la piel y partes de su cuerpo y a las mujeres les salen garras. El sacerdote del pueblo es castigado injustamente por los crímenes de la secta y se necesitará la ayuda de un libro de brujería para luchar contra la presencia maligna que se está formando físicamente con los tributos de los seguidores.

La productora Tyburn de Kevin Francis solo hizo tres películas, sin mucho interés, entre las que destaca The Ghoul (1975, dirigida por el padre, Freddie Francis), solo por ver a un sublime Peter Cushing en una historia que parece estar inspirada, no sé si inconscientemente o no, en «La estirpe de la cripta» de Clark Ashton Smith. Cushing vive apartado en una mansión a la que llega por accidente una pareja. Esta descubrirá que el anciano guarda una criatura monstruosa en la casa, su propio hijo, producto de una maldición india.

Pero el clásico definitivo del hippismo esotérico pertenece a la British Lion Films. Para realizar «The Wicker Man» (El hombre de mimbre, 1973), Anthony Schaffer, muy popular por sus adaptaciones de La huella para J. L. Mankiewickz, y Frenesí para Hitchcock, decidió llevar al cine un texto que pertenecía a esa corriente de historias de la Inglaterra rural y mágica. Era la novela de un autor desconocido, el también actor de teatro David Pinner, titulada Ritual (1). Shaffer llegó a un acuerdo económico con el productor Peter Snell, el director Robin Hardy y Christopher Lee, y adaptó de forma muy libre la historia de una isla en las Hébridas en donde aún se mantiene intacto un sobrecogedor rito de los druidas para bendecir la cosecha.

Una escena de The Wicker Man. Imagen: British Lion Film Corporation / Warner Bros.

Shaffer quedó tan impresionado, que se documentó acerca de estas tradiciones y quiso que en la película apareciesen referencias a la cultura celta: bailes, objetos y liturgias, con significados asociados a la fertilidad, cultos de muerte y nacimiento, etc. La música también fue escogida con cuidado, recuperando instrumentos folk tradicionales. Querían filmar una película de terror que se desmarcase por completo de los clichés conocidos, salir del satanismo y otras construcciones cristianas, para provocar en el espectador una impresión nueva a través de un miedo más antiguo. Christopher Lee estaba deseando interpretar a alguien que no fuese vampiro, momia o elegante cazamonstruos, y participó con tanto entusiasmo que no cobró por su actuación, dado lo exiguo del presupuesto. Su personaje, el Señor de Summerisle, ha pasado a la historia del cine por alguna de las frases del guion, su imponente presencia y, por qué no decirlo, el estilismo capilar más desatado que ha lucido Mr. Lee. (2)

El argumento lo conoce todo aficionado al fantástico: un policía de Scotland Yard (Edward Woodward) llega a la isla porque ha recibido la denuncia de la desaparición de una niña. Su llegada no es bienvenida, y cuando comienza la investigación, descubre con disgusto que los isleños no son en absoluto como él, un devoto cristiano, sino una comuna de ateos que se entrega a las conductas más licenciosas. Ni siquiera tienen sacerdote, han quemado la iglesia, y exhiben un impúdico proceder: beben un extraño brebaje, la mujer del tabernero le tienta de forma descarada, son irrespetuosos con el poder y no tienen ningún miedo de Dios. Se encuentran en medio de la preparación de la fiesta de la cosecha, niños y mayores van medio desnudos, cantan versos irreverentes, hacer ofrendas a lo que parecen símbolos fálicos, etc. El policía, escandalizado, no encuentra pista alguna de la niña, pero tras varios encuentros con personajes como la maestra, el librero y el enterrador, sospecha que la han secuestrado para sacrificarla en un intento de que los dioses sean más propicios. El Lord de la isla le recibe: con amabilidad y mucha sorna le explica las ideas sobre las que se sustenta el culto de la comunidad. Pero el policía no es capaz de ver el auténtico propósito de su presencia en Summerisle… hasta el final, cuando ya está dentro del Hombre de mimbre. Un final que ha convertido a The Wicker Man en una de las pelis más veneradas, no sé si en plan pagano o simplemente estético, hasta hoy.

Neopaganos de otros continentes

El cine norteamericano tiene muchos ejemplos de terror folk, aunque allí este género ha sido sobrepasado por el de horror en el bosque, el de libros mágicos que transforman al campista en zombi, y las amenazas, más que la naturaleza, son familias disfuncionales de caníbales y asesinos desatados. Pero tienen la adaptación y las secuelas de Los chicos del maíz de Stephen King y el éxito de El proyecto de la bruja de Blair. El director de El exorcistaWilliam Friedkin tiene una curiosidad de serie Z, La tutora (The Guardian, 1990), sobre los ritos de una druida-niñera que utiliza a los bebés que cuida para alimentar un árbol-deidad. Los fans sabrán lo que tiene en común con las imágenes de Anticristo de Lars von Trier y, por supuesto, con el exitazo de La mano que mece la cuna.

De 2010 es una producción canadiense de serie B muy recomendable, The Shrine, el viaje de unos periodistas a un lugar en Polonia donde se supone existe un templo antiguo. Hay una secuela, pero es infame.

El director australiano Peter Weir ha aportado, dentro de una carrera interesantísima, dos obras maestras al género. La primera, su debut internacional, Picnic en Hanging Rock (1975), un relato mágico que utiliza la desaparición de unas colegialas durante una excursión a un macizo montañoso para mostrar un rito de paso, la comunión absoluta con la naturaleza, mediante un uso asombroso de imagen y música. La segunda película de Weir, La última ola (1977) es un paso más allá en el terreno del fantástico y relata, con una impresionante ambientación, un ambiente que te trasmite las mismas sensaciones de desasosiego que los protagonistas, una historia en la que se enfrentan los ritos ancestrales frente a la civilización del hombre blanco. Un abogado (Richard Chamberlain) tiene que defender a cinco aborígenes acusados de un crimen ritual y a causa de ello tiene extraños sueños, hasta que es conducido por el chamán de la tribu bajo la ciudad a un laberinto arcaico de rocas y señales donde encuentra la razón de sus visiones. Esas imágenes oníricas, el miedo de los blancos a los negros, a lo desconocido, y el final, con Chamberlain tras cruzar el pueblo real, de rodillas en la playa mientras ve la gran ola, es el resumen perfecto de ese mundo subterráneo de mitos bajo que el que caminamos y que hemos olvidado. El terror folk, en sus películas y sus libros, nos acerca a lo que somos y no queremos ver.

(1) La novela se ha editado en España en 2014, a través de Alpha Decay.

(2) Hablando de cabellos locos, no he mencionado el remake norteamericano que hace unos años perpetró Nicolas Cage, artista muy interesado en el esoterismo, pero es que no quiero hacer perder tiempo al lector. Es espantoso. Sin llegar a este límite, la segunda adaptación de Hardy de su historia, The Wicker Tree (2012) es muy, pero que muy inferior a la original, pero el director amenaza, aprovechando el tirón, con otra secuela con vikingos y runas para este mismo año.

Enlaces de interés:

http://www.folkhorror.com/

http://www.victoriangothic.org/

http://celluloidwickerman.com/

http://ayearinthecountry.co.uk/

http://www.imdb.com/list/ls003196469/