Memoria de un tuit suicida

Foto: NBA.

Había anochecido en Los Ángeles cuando el avión despegó con destino a Shanghái. El vuelo sería largo y monótono. Más de catorce horas atravesando quince husos horarios y sin conexión a internet, por lo que matarían el tiempo con películas, música, juegos de cartas, conversación y sueño. Nada que una expedición de los Lakers no conociera. Solo que esta vez en mayores dosis. Casi envidiaron a los Nets, que con un día de antelación habían tocado tierra aquel mismo lunes 7 de octubre. Ambos equipos tenían previsto medirse dos veces como parte de la pretemporada NBA. El jueves en Shanghai y el sábado en Shenzen. 

Superado el ecuador del vuelo, viendo que todos los pasajeros estaban despiertos, un oficial del equipo aprovechó para instruir a los jugadores sobre un uso conveniente de sus redes durante la estancia en China. Aquel protocolo era calcado al que la federación había empleado con la selección para el mundial de baloncesto, también en China, mes y medio atrás. En realidad era algo que se venía haciendo anualmente con todos los equipos que visitaban el gigante asiático en las giras de pretemporada. 

La charla, escueta y clara, apenas duró diez minutos. Exponía los riesgos y límites en el uso de las redes para no comprometer a los jugadores y el colosal orbe de tres siglas que cargaban detrás y cuyo mayor peso era financiero. El mercado chino suponía, con diferencia, la principal fuente de ingresos comerciales de la mejor liga del mundo. Su audiencia real por temporada rondaba los setecientos millones de espectadores, más del doble de la población total de los Estados Unidos. Un yacimiento que había permitido a la NBA duplicar sus ingresos en ocho años. No en vano durante el mundial, la presencia del comisionado Adam Silver en Dongguan, más que decorar los partidos del USA Team, se traducía en ultimar los detalles de nuevos contratos por valor superior a dos mil millones de dólares. 

Pero no era esto lo que redobló entonces la contundencia del mensaje a los jugadores. Era un ejemplo, un ejemplo aún caliente, tal vez el peor de todos, un error estratégico cuyas consecuencias se habían desatado con inusual fuerza mientras el avión sobrevolaba mansamente el Pacífico. 

De aquel ejemplo, que en apenas una hora leyeron cientos de miles de usuarios, fue testigo desde su casa uno de los miembros de la selección americana que había disputado el mundial. Días antes, el viernes, tendido en el sofá, deslizaba indiferente su dedo por la catarata de Twitter cuando lo detuvo, más que el mensaje, las persistentes citas que lo envolvían. Al desflorarlo el chorro de amenazas no tenía fin y su origen mayoritario —NMSL se emplea en slang chino como «tu madre está muerta»— reflejaba haber enfurecido a una parte, que en aquel momento parecía toda. «Pero si a nosotros nos alertaron de esto —se sorprendió—. Nada de política. Y este tío es un ejecutivo». No le cabía en la cabeza.

 El autor del mensaje, del tuit, era Daryl Morey, el director deportivo de Houston Rockets, el equipo NBA más célebre en China. Inscrito en un emblema asociado al movimiento que se arrojaba a defender el mensaje exhortaba: «Fight for freedom, stand with Hong Kong». Con ello Morey mostraba su apoyo explícito a las protestas hongkonesas contra el gobierno chino, protestas que se habían iniciado contra un controvertido proyecto de ley y que con el paso de las semanas se extendieron a algo mucho mayor. Si bien el problema político, más complejo y enquistado, se remontaba demasiado tiempo atrás, los manifestantes reclamaban ahora más democracia y la respuesta policial de Pekín fue recrudeciéndose en un peligroso bucle. Aquellos días los graves disturbios abrían los informativos de todo el mundo.

Se daba la circunstancia de que Morey estaba entonces en Japón. Los Rockets habían llegado a Tokio el fin de semana para disputar martes y jueves en Saitama un doubleheader con los Raptors.  

Twitter: @dmorey

La tormenta desatada por aquel tuit no se hizo esperar. El dueño del equipo, Tilman Fertitta, en un desesperado intento por apagar el incendio, recogió el mensaje de su subordinado y subrayó que Morey no hablaba en nombre de la organización, que la presencia del equipo en Tokio era de promoción internacional y que los Rockets en ningún caso eran una entidad política. 

Asustado por una reacción que no tuvo la previsión de intuir, Morey borró el tuit. Pero ya era tarde. Se haría imposible detener una escalada que en apenas horas iba a poner en serio peligro las relaciones comerciales con el mercado chino y agravar las diplomáticas entre ambos países. De hecho, la fase más crítica terminaría involucrando a las más altas esferas de los dos gobiernos, adquiriendo en pocos días el inquietante tono que remitía a las tensiones abiertas entre americanos y soviéticos en los oscuros años de Guerra Fría. 

Para fracturar una relación estable tenía que darse un agravante. Y aquel no podía ser mayor. Morey no era un directivo cualquiera. Trabajaba para Houston Rockets, el ariete principal del mayor mercado NBA en el mundo, una relación abierta desde que Yao Ming iniciara allí su carrera en 2002. Desde entonces esa relación no hizo más que fortalecerse, convirtiendo a los Rockets en un emblema sin rival en el mercado chino, el equipo más seguido en su inmenso territorio, el principal enlace entre ambos mundos y la franquicia con un mayor volumen de ingresos derivados del gigante asiático. Por eso el acto de Morey era inconcebible. Que su autor fuera el gestor de los Rockets equivalía  a alta traición. Provocaba un riesgo cien veces mayor que haberlo cometido cualquier otro miembro ejecutivo, propietarios incluidos, de la mejor liga del mundo. 

La grieta se abrió un poco más cuando aquella misma noche, Joe Tsai, mano derecha del fundador del gigante chino Alibaba y que en septiembre se había hecho con la propiedad de Brooklyn Nets, emitió un contundente comunicado en forma de carta abierta. En ella cargaba indignado contra el alegato de Morey, calificándolo de intolerable para el gobierno y los ciudadanos chinos, víctimas en Hong Kong de un «movimiento separatista» que trataba de exponer en profusas líneas para denunciar «el daño» causado a las relaciones entre ambos países. No resultaba casual que en mayo ya hubiera deslizado a los medios lo trabajoso y necesario de tener que «explicar China mucho a los americanos». La dura reacción de Tsai, uno de los propietarios NBA, situaba entonces al comisionado Adam Silver en una delicadísima situación.

En el mejor de los casos aquella batalla inicial podía no rebasar la mera dialéctica, una de tantas a diario en las redes. Pero no fue así. En las horas siguientes el gobierno chino, maniobrando en la retaguardia, dispuso un paquete de medidas aguardando una reacción de la NBA que a su juicio no se produjo en los términos deseados. Esta llegaría con retraso el día seis. A través de su portavoz, Mike Bass, la NBA emitió una respuesta oficial que desmarcaba a la liga de la postura de Morey calificando de «desafortunado» un mensaje que había ofendido a innumerables «amigos y aficionados en China» y cuyo contenido no representaba ni a los Rockets ni a la NBA. Ese mismo día y conminado a ello, Morey lamentaba en su cuenta oficial una mala interpretación de sus palabras, que hacía solo suyas exculpando a los Rockets y a la NBA. Pero ni rastro de disculpa. Como ciudadano libre tampoco tenía por qué. 

Lejos de templar los ánimos, las autoridades chinas estimaron ambas respuestas insuficientes y pasaron a la acción. Ordenaron tumbar contratos y patrocinios con efecto inmediato, empezando por todos los vigentes con los Rockets, incluyendo la comercialización de mercadotecnia a través de Alibaba y cancelando toda cooperación de la CBA (Chinese Basketball Association) con la franquicia de Houston, cuyo consulado chino, luego de presentar protestas formales ante representantes de la organización, reveló la postura oficial de las autoridades chinas. No solo les instaba a «corregir el error», sino a tomar medidas concretas «de manera inmediata para eliminar el impacto adverso» por lo sucedido. En otras palabras, el comisionado Silver fue presionado para tomar medidas punitivas contra Morey incluyendo el despido, cosa que Fertitta, el dueño, sí llegó a considerar (consciente del inminente volumen de pérdidas), Silver rechazó y el portavoz del Ministerio de Exteriores chino, Geng Shuang, desmentiría poco después. 

Que Morey no sufriera la menor medida disciplinaria supuso el remate. Al día siguiente fueron cancelados los dos partidos de exhibición de la G-League previstos en China para finales de octubre y uno de cuyos equipos era el filial de los Rockets. La cancelación no solo dejaba a los jugadores sin su abono de cien mil dólares; también las opciones contractuales a que muchos de ellos aspiraban por el doble duelo. Y aun esto era una minucia. 

A primera hora de la mañana en Tokio, antes de abrir el entrenamiento, la suplicante disculpa de James Harden atendiendo a voluntad a los medios —«Pedimos perdón, adoramos China y nos encanta jugar allí. Apreciamos a todos sus aficionados y amamos todo lo que representan»— sirvió de poco. Acompañaba a la estrella de los Rockets, el recién incorporado Russell Westbrook, queriendo dar así la impresión de que toda la franquicia actuaba como una sola voz. También resultaría inútil. 

En la jornada siguiente fueron canceladas todas las emisiones NBA con las operadoras de televisión CCTV y Tencent. Para hacerse una idea del montante que algo así suponía, la cadena Tencent acababa de renovar su contrato por otros cinco años por más de mil quinientos millones de dólares, tres veces más del acuerdo inicial firmado un lustro atrás. El día nueve la oficina central de la NBA, con Silver en Japón, tuvo que atender sin éxito el desfile de llamadas de diversas franquicias urgiendo explicaciones del impacto financiero por lo que estaba ocurriendo y las consecuencias en el tope salarial venidero. 

La reacción de Morey aquellos días era igualmente reveladora. Desapareció de la vida pública y de todos los actos previstos por los Rockets durante la gira de seis días en Japón. El directivo se recluyó en su habitación del hotel Roppongi Hills, donde también se alojaba Silver. No se vieron las caras. Silver solo se comunicó con él por teléfono, dejando claro al dirigente que estaba hundido. Por eso Morey agradeció tanto que su homólogo en Toronto Raptors, Masai Ujiri, subiera a visitarlo a su habitación. 

Desde la planta cuarenta y cinco las vistas de la capital nipona eran impresionantes. Pero el mayor consuelo se lo brindaría Ujiri con aquella visita cercana a las dos horas. Durante la conversación Morey, licenciado por el MIT (Massachussets Institute of Technology) en el año 2000, expuso a Ujiri los motivos de aquel tuit reconociendo su empatía con el movimiento de protesta. El MIT, le dijo, era un trampolín a Hong Kong para muchos de aquellos estudiantes, convencidos de su futuro como hombres de negocios en la zona. Era por ellos, sus antiguos compañeros, que conocía bien la situación de la región, la naturaleza del movimiento y sus reclamaciones de autonomía. Ujiri lo escuchaba con atención. Pero cuando se atrevió a cuestionarle el timing del tuit, más que inoportuno el peor imaginable, Morey reconoció que el decreto que prohibía portar máscaras durante las manifestaciones, noticia que recibió aderezada por duras imágenes de represión, agotó su paciencia, motivando que saltara decidido a la red. 

Antes de despedirse Ujiri aprovechó para informarle de las llamadas que había recibido de varios colegas —general managers— mostrándole su apoyo. Agradecido, a Morey le era imposible ignorar que esos pocos lo hicieron en privado y no directamente a él. Era como si no quisieran dejar rastro de una sola llamada.

***

De las peores horas de aquella ofensiva los jugadores y expedición de los Lakers no supieron durante el largo vuelo. De hecho, cuando el avión aterrizó en Shanghái el martes al mediodía, Adam Silver estaba a punto de oficiar una rueda de prensa en Tokio. Era la comparecencia prevista para el doble duelo de pretemporada que mediría a Rockets y Raptors en Saitama, pero cuyo signo cambió por completo a causa de la crisis abierta. Con semblante preocupado Silver no pudo evitar reconocer las consecuencias del tuit, solo que ahora sí, más que compartir el mensaje de Morey, apoyaba «el ejercicio de su libertad de expresión». En el difícil equilibrio de ambas fuerzas Silver prefirió «afrontar las consecuencias» antes que cuestionar un derecho fundamental. No tenía más remedio. El valor de aquel principio, que repitió hasta once veces durante la conferencia, lo extendía a cualquier miembro de la NBA como identidad de las libertades de todo ciudadano de los Estados Unidos. 

La incisiva pregunta de la agencia nipona Kyodo, que insistía en saber por qué apoyar la inoportuna exhortación de Morey importaba más que detener la escalada de la respuesta china, dio a Silver el punto clave de su declaración: «Lo que esencialmente digo es que hay valores que forman parte de nuestra liga desde sus primeros días, y eso incluye la libertad de expresión». Irónicamente, este reconocimiento de la Primera Enmienda no serviría ni para calmar los ánimos asiáticos ni para evitar, poco después, el azote del presidente Donald Trump por las habituales críticas de un mayoritario sector de la NBA. 

La cadena CCTV no solo retiró de su parrilla los duelos de pretemporada. Tras la rueda de prensa de Silver, millones de pantallas en todo el país pasaron a enunciar un hostil editorial, lo que en China equivale a una declaración estatal: «Silver ha fabricado mentiras de la nada y ha tratado de pintar a China como implacable». La cadena despreció su exposición como un meeting sentenciando que «la declaración política a sus colegas estadounidenses de libertad de expresión solo busca encubrir la difamación de Morey».

Mientras, ajenos al seísmo, los Lakers eran trasladados en un autobús del aeropuerto al hotel. A mitad del trayecto, de una media hora, los jugadores fueron informados que el acto de los Nets en el marco del NBA Cares había sido suspendido. Pero la sorpresa fue mayor cuando al presentarse el autobús en la imponente entrada del Ritz-Carlton nadie los esperaba. No había recepción oficial. Todo se hacía más extraño cuando los aledaños del hotel estaban presididos por lonas gigantes, de más de nueve metros, luciendo imágenes de las estrellas de ambos equipos, Lakers y Nets. Pero a excepción de un puñado de compatriotas alojados en el hotel y varios medios americanos allí no había nadie. No aficionados chinos. «Cuando aterrizamos no teníamos ni idea del alcance que habían adquirido las cosas —relataría tiempo después LeBron James—. Fue allí cuando empezamos a percibir que algo muy serio estaba pasando».

De costumbre la llegada de los equipos NBA al extranjero, más aún en territorio asiático, además de recepción oficial, equivale a la de las estrellas de la música o el cine. Solo la semana anterior se habían congregado diariamente frente al hotel cerca de ochocientos entusiastas aficionados cruzando los dedos por si acertaban a verlos. Esta vez lo único que les aguardaba era una enorme bandera china recién colocada sobre la puerta principal. 

Agotados por el largo viaje, los jugadores se refugiaron en sus habitaciones a descansar. Al día siguiente arrancaba una nutrida agenda de actos y promociones empezando por el primer entrenamiento y toma de contacto con el Mercedes-Benz Arena. 

Durante el desayuno, no sin que algunos mostraran secuelas de mal sueño por el desfase horario, fueron informados que, al igual que los Nets, su acto oficial previsto con NBA Cares había sido suspendido. «¿Pero qué coño pasa?», estalló entonces uno de ellos. Y tampoco supieron darles una respuesta convincente. 

El coste de los actos suspendidos no era una pequeñez. Lo firmado por LeBron James, Anthony Davis, Kyle Kuzma y Rajon Rondo rondaba en conjunto los diez millones de dólares. James, por ejemplo, de costumbre el de agenda más apretada, tenía cerrados dos eventos con Nike y uno más con Beats by Dr. Dre. Al igual que sus compañeros los perdió todos. 

Sin ningún acto que presidir los Lakers adelantaron la sesión de entrenamiento, por lo que una hora después los jugadores se presentaron en el pabellón, se uniformaron en vestuarios y saltaron a la pista a entrenar. No pasaría ni media hora cuando fueron expulsados por un escuadrón de operarios. Los trabajadores habían sido apremiados a hacerlo, a lijar y revestir el parqué bajo la orden de eliminar los logotipos de los patrocinadores cuyos contratos habían sido suspendidos. 

Otra vez de vuelta en el autobús los jugadores, que a excepción del malestar por el tuit de Morey tenían una información muy vaga del resto, fueron informados de la cadena de acontecimientos que aquello había provocado y de la que ya estaban siendo testigos directos. Hasta entonces, en aquella siniestra mañana, no fueron conscientes de que detrás de cuanto les estaba sucediendo estaba el gobierno chino, con capacidad para reducirlo todo a cero. 

Por eso les resultó aún más inquietante el regreso al hotel. Todas las lonas y banderas que presidían la avenida de entrada habían desaparecido. Invadió entonces a la expedición angelina la sensación de que no estaban allí, de no saber qué sería lo siguiente. Una sensación recrudecida cuando las preguntas del staff técnico a varios empleados del hotel obtenían como respuesta el silencio y la media vuelta. Ahora sí, el lujoso recinto adquiría la impresión de un refugio. Era momento de establecer contacto inmediato con Adam Silver. 

Pero Silver no estaba disponible. Volaba entonces de urgencia de Tokio a Shanghai. La hoja de ruta del comisionado solo tenía clara la prioridad de reunirse con los desplazados Lakers y Nets. Todo lo demás se había retorcido en un improvisado plan a la desesperada por verse con la cúpula directiva de la federación y liga, así como contar con el apoyo de su presidente, Yao Ming, como enlace con algún alto mando del gobierno. Las cosas se habían puesto tan feas que durante el vuelo miembros de su comitiva llegaron a alertar a Silver de que en el peor caso «podría tener prohibida la entrada al país». Finalmente lo haría, pero no sin antes pasar un exhaustivo y sospechoso control de seguridad que incluiría técnicas de reconocimiento facial. Para entonces su teléfono no daba abasto con las nerviosas comunicaciones de los presidentes y propietarios de la liga que gobernaba.  

Como era de esperar Silver tampoco dispuso de recepción oficial. Pero a su llegada al hotel se vio sorprendido por la presencia de grupos de jóvenes chinos entonando gritos de protesta y luciendo pancartas hostiles con su rostro y el de Morey. 

Dos de los carteles diseñados por manifestantes chinos con los que recibieron a Silver a su llegada al hotel. (DP)

La cita con los dos equipos, prevista para las cuatro de la tarde, se adelantó a las dos y media. De las diversas salas de reuniones del Ritz-Carlton en Shanghái, la más grande, la más suntuosa es un amplísimo teatro conocido como Grand Ballroom 2 con capacidad para trescientas sesenta personas. Bajo decenas de lámparas de cristal suspendidas de techos a gran altura y cuya iluminación reverbera en placas espejadas y marcos de mármol, la superficie de la estancia, veintisiete metros por catorce de ancho, diseñada para acoger a las más altas instancias de Estado, acariciaba el tamaño de una pista de baloncesto.

Silver entró sin demora. Luego de una rápida presentación general subió al estrado, agarró el micrófono y se separó del atril que el hotel dispone para las ponencias. Desde allí detectó una excesiva seriedad en los rostros que bajo su posición salpicaban las primeras filas, algo próximo a la intranquilidad. De las cuarenta personas, entre miembros de Lakers y Nets, staff técnico, oficiales y comitiva, unos aguardaban sentados y otros de pie, cuyos brazos cruzados apremiaban el doble. La megafonía no solo daba empaque a las palabras de Silver. Remitían a cualquiera de los actos que un comisionado frecuenta durante una temporada NBA. Solo que esta vez todos eran conscientes de estar al otro lado del mundo, dominados por una extraña sensación de aislamiento. 

Tras un cuarto de hora de alocución, durante la que todos fueron informados de la gravísima repercusión de lo ocurrido, y en la que los testigos pudieron advertir en Silver un tono suplicante y vulnerable, los jugadores entendieron que les estaba pidiendo algo. Y efectivamente así era. Algo cercano al ruego.

Era que quienes se vieran más capaces dieran la cara delante de dos centenares de periodistas que, Silver creyó entonces, tendrían a su disposición para expresar una opinión firme como embajadores de la liga, y sobre todo, validando las libertades como él, en nombre de la NBA y de la nación, había hecho. En suma, pidió a los jugadores atender a los medios ratificando una postura de libertad. 

—No entiendo —prorrumpió James—. ¿Por qué no lo haces tú?

Silver intentó suavizar la pregunta indicando que habían cancelado sus ruedas de prensa —en realidad toda declaración pública durante su estancia en el país—. Y el alero no pudo evitar rematar sus dudas. 

—Te lo han prohibido. 

—No, no exactamente —repuso Silver—. Puede que yo no pueda hablar. Pero vosotros sí. 

Acto seguido el comisionado abrió turno de palabra y LeBron James se erigió una vez más como portavoz. Se mostró firme, creyendo hablar en nombre de los presentes, tal y como había hecho años atrás en Nueva Orleans, rodeado de estrellas y con Silver como destinatario, convenciéndole de abrir un parón mayor en el calendario de fechas aledañas al All Star. 

—Adam, no me entiendas mal —advirtió de inicio—, pero déjame decirte que si el autor del tuit hubiera sido uno de nosotros, un jugador cualquiera, no habría contado con el mismo apoyo que Morey. Creo que la liga lo habría gestionado de forma distinta y que, siendo ese jugador el único responsable y causando las consecuencias que esto ha tenido, la NBA habría tomado alguna medida. 

Silver se defendió. Su objeción remitía por habilidad a su predecesor en el cargo, David Stern, cuya mejor defensa era siempre el ataque. 

—Nosotros nunca hemos tomado una medida en contra de vuestras posturas. Habéis sido libres para cuestionar, por ejemplo, al presidente Trump —lo que siempre situaba a la liga en una posición delicada por un sector de propietarios abiertamente favorables a su Administración. 

—Lo sucedido —prosiguió Silver— me podrá gustar más o menos, que obviamente no me gusta, pero lo que ha hecho Morey es lo mismo que hacéis vosotros valiéndose de la misma libertad. 

—Es que Morey no está aquí para responder a esas preguntas —objetó ahora LeBron ante la atenta mirada de los demás—. Es él quien debería hacerlo. Es Morey quien debería responder por un acto que solo él ha cometido. 

La sensación de ambas plantillas, ante el hecho de que Silver no pudiera dirigirse públicamente a los medios, redobló la sensación de vulnerabilidad. No solo del comisionado. También la de ellos ante la evidencia de que los estaba requiriendo para algún tipo de solución. Solución que los jugadores no alcanzaban a ver. 

—Mi pregunta es —insistió LeBron— ¿Por qué hemos de dar la cara los jugadores? Ninguno de nosotros, creo, tiene la más mínima idea de lo que Morey estaba defendiendo. Nada del problema político, racial, o económico o lo que sea que aquí puedan tener. 

Era cierto. Y Silver observó que los jugadores asentían. 

—¿Qué podemos decir nosotros?

—Defender su libertad —repuso enseguida.

La conversación tuvo un último tramo en el que James pedía más claridad en la situación creada antes de que ellos pudieran hacer algo, expresando a Silver su temor de que el riesgo podía agravarse —aclaró con fuerza este punto— para los jugadores y la propia liga. No solo no tenían ni idea de la naturaleza del problema creado. Era la convicción general de que pagaban la imprudencia de un ejecutivo y no era justo delegar en ellos su responsabilidad. A esas alturas de gira solo les invadía un caótico cúmulo de oscuridades, con aparentes secuelas en sus ingresos y la vaga noción de una repentina crisis internacional mientras estaban de visita en un país extranjero, China para mayor inquietud.

Cuando el cruce de opiniones se animó otros jugadores sumaron las suyas, entre ellos Kyrie Irving y Kyle Kuzma. «Nos estás pidiendo que nos pronunciemos públicamente sobre algo muy complejo y con unas implicaciones que ahora mismo ignoramos». En esto todos coincidían. «¿Por qué somos nosotros los que corremos el riesgo de hablar en China cuando la liga debería ser la primera en abordar el asunto, y si acaso entonces, nos sumemos?». 

—No os estamos obligando —insistió Silver—. Creo que es algo que nos haría bien a todos. 

—Yo no sé qué decir ni qué responder a esas preguntas —repuso Irving antes de ir un paso más allá—. Empiezo a creer que no sé si tiene sentido que juguemos en un ambiente así.  

Aquel fue el momento en que Silver mostró mayor firmeza. Los partidos se jugarían. Irving recordó entonces al comisionado, como si este no lo supiera, que aquel era el único motivo de que estuvieran allí. 

—Si la condición para jugar en paz —remató Irving— tiene que ser que nosotros reparemos el daño que ha causado Morey yo prefiero no jugar.  

A este órdago que tensaba más la cuerda dedicó Silver sus últimos minutos de charla, tratando de calmar a los presentes y asegurando que todo tendría lugar en condiciones normales. En aquel momento los jugadores pidieron quedar a solas unos minutos, a lo que Silver accedió siendo acompañado fuera por los cuerpos técnicos y directivos. 

En el vestíbulo Rob Pelinka, el director deportivo de los Lakers, junto a su homólogo en los Nets, Sean Marks, aprovechó para abordar a Silver. Pelinka apoyaba las palabras de LeBron, dando una curiosa interpretación del asunto. Le pedía aprobar en aquel momento la versión dada por los jugadores. A su juicio, tenía una gran oportunidad de fortalecer la unidad. Si en aquella difícil situación ellos sentían que Silver velaba con el corazón por sus mismos intereses, se ganaría un espacio de confianza mutuo que emplear en el futuro. «Será una gran victoria para ti», le dijo. Las palabras de Pelinka le podían saber a bálsamo, pero Silver era consciente de que ya no habría ninguna victoria.

Imagen de una NBA Fan Zone retirada por la polémica abierta (DP)

Dentro de la sala LeBron había tomado otra vez el mando. 

—Cualquier decisión que vayamos a tomar tiene que ser de total acuerdo. 

Entre los demás incluso habían ganado terreno las palabras de Irving. Era como si ahora pesaran las jornadas que tenían por delante. 

Como recogería Dave McMenamin, uno de los destinatarios de lo conversado en aquellas tensas sesiones, el instinto ya habituado de LeBron era «prevenir a sus colegas de un abismo de relaciones públicas casi imposible» para ellos. Durante la improvisada asamblea James veía la perplejidad en los rostros más jóvenes, nada experimentados en situaciones así. Sobre aquellos minutos a solas el alero declararía tiempo después: «Siento esa responsabilidad de protección con los jugadores. Es algo que siempre tengo en mente. Nunca hablo solo por mí, no por mis intereses. (…) Trataba de protegerlos en aquella situación». Y tampoco veían motivos para disfrazarse de héroes. 

La postura saliente de la asamblea se resumía, pues, en: primero, dejar claro a Silver que no se negaban a hablar; segundo, que lo único que rechazaban era tener que pronunciarse ellos antes que la propia NBA; y tercero, que si la NBA se pronunciaba de nuevo, acaso los más capaces podrían apoyar la postura oficial. 

Silver lamentó que los jugadores no asumieran que la postura oficial ya había sido expuesta por él en Tokio y que ahora no podía volver a hablar. Estaba siendo testigo del típico defecto de las estrellas de actuar bajo el cómodo margen de seguridad de algo que hubieran visto y oído, como una resonancia cercana. 

En aquel preciso momento, para los jugadores no era tanto un problema financiero, no relativo a sus inversiones, cuanto el temor y la inseguridad de agravar el problema por algún error humano. De ningún modo querían cargar con las consecuencias del capricho de un directivo al que nadie —así lo creyeron— había pedido cuentas. «No vamos a asumir ese riesgo». Ellos solo estaban allí para jugar y promocionar la liga. En el fondo todo aquel asunto los superaba. 

De las fuentes anónimas que más tarde sumaron piezas al puzle de aquellos días, una daba en el clavo. La impresión de los jugadores era que el problema había cruzado una línea manejable por ellos para adentrarse en el oscuro terreno de las relaciones comerciales y diplomáticas entre dos países. Sobre suelo chino, aseguró esa fuente, «era prácticamente imposible para ellos gestionar una situación así». De otro modo, de haber estado todos en territorio americano las cosas habrían sido distintas. 

Cuando Silver y los demás regresaron a la sala y fueron informados de la postura acordada por los jugadores, el alto cargo se resignó a cerrar el capítulo de la única forma posible.

—Si sentís no estar preparados para defender públicamente nuestra postura, nadie os va a obligar a hacerlo. 

Acto seguido añadió que los partidos se jugarían, que todo el equipo trasladado velaría por la seguridad de la expedición al completo y que esperaba que pasado un tiempo las aguas volverían a la calma. 

Eso fue todo.

Irónicamente, que los jugadores hubieran decidido otra cosa perdería pronto el sentido. Las ruedas de prensa previstas para los partidos fueron también suspendidas. Como los protocolarios himnos. Como el parqué, limpio de firmas. Y como todo accesorio que no fueran banderas chinas, debidamente repartidas a la entrada del pabellón. 

Terminado el sábado el segundo encuentro los jugadores fueron trasladados al hotel, del hotel al aeropuerto en hora y media de trayecto, otra hora de controles y dos más a bordo del avión en la pista por un fuerte temporal en las proximidades. Otra vez sintieron que les aguardaba un mundo hasta llegar. 

Siempre alivia pisar tierra. Pero aquella vez mucho más.

***

El malestar de los jugadores se agitaría, pese a todo, en un plano muy inferior al que sentían otros miembros de la liga. Los altos cargos sí que estaban de verdad enojados.  

La mañana del miércoles 16 de octubre los presidentes de las franquicias se vieron las caras por videoconferencia. Durante la sesión, en la que Silver habría de informarles puntualmente de los contratos rotos y las pérdidas derivadas, las tensiones fueron palpables. Y en gran medida en una sola dirección.

Un sector de ejecutivos había visto confirmados todos los recelos que durante años habían venido gestando hacia Morey, al que culparon de la catástrofe. Era como si lo ocurrido destapara una sospecha largo tiempo silenciada que observaba al director de los Rockets como el gran disruptor de la liga, a la que seguía apretando como una tuerca hasta pasarla de rosca. De la salvaje introducción del proceso conocido como Moreyball, que consagraba la analítica como el nuevo mantra que humillaba a los rezagados, a su reciente trampa contractual con el brasileño Nenê, el enredo en el que había metido a todos era la gota que colmaba el vaso. Uno de los presentes dijo sentir tal repulsión por lo ocurrido como ver vomitar a su perro. Otro proponía a la liga una línea común que afrontar en mercados cuyas circunstancias políticas, o de cualquier otra naturaleza, ignoraban. Y puso como ejemplo a la India. Era una opción razonable, pero con ello atacaba la línea individualista de Morey, al que acusaban de ir siempre a su bola empleando como prueba su condición de ejecutivo multitasking, capaz de abrazar un día Silicon Valley y al siguiente la industria de los musicales. Eso ponía a muchos de los nervios, como si estuviera siempre buscando «protagonismo y su propio interés».

Alentados por el calor de sus críticas ninguno se vio inhibido por la presencia del enérgico Tad Brown, uno de los jefes de Morey, como si intuyeran que también podía estar hasta el gorro de él. Brown eludió pronunciarse, exponiendo con claridad las colosales pérdidas que se avecinaban. No en vano era el mejor informado y su organización la más afectada, estimando que a los Rockets les volaban solo en los siguientes meses más de treinta millones de dólares. A diferencia de Morey, Brown era un tipo muy respetado entre sus homólogos. Desde su llegada a los Rockets se había demostrado un gestor impecable, atando en corto cada dólar disponible. Once años atrás, apenas incorporado al cargo, firmaría el contrato por cable más lucrativo hasta entonces —seiscientos millones de dólares—, y al abrigo de Yao Ming el primer bocado al mercado chino a través del grupo Yanjing Beer. 

Brown tampoco omitió lo que más temían. Las pérdidas estimadas reducirían la cifra del futuro tope salarial, derivando un BRI (Basketball Related Income) inferior que tanto percute en los salarios de los jugadores como en los beneficios generales. Esto sin contar los patrocinadores directos de algunos jugadores. «Aún no sabemos qué decisión tomará SPD Bank Credit con el contrato de James Harden, pero también puede estar en riesgo». Como podían estarlo los de Klay Thompson, CJ McCollum y Gordon Hayward.

Para los demás era difícil tragar con todo aquello y no sentir impotencia por que Morey no hubiese sido enviado al infierno. Lo que muchos además ignoraban era que el directivo había contratado años antes los servicios de una compañía china para gestionar sus redes en el mercado asiático con especial cuidado en Weibo. Tras lo sucedido y sin previo aviso, la empresa china canceló toda relación con su cliente. El departamento informático de la liga advirtió entonces a Morey que modificara de inmediato las claves de todas sus cuentas como medida de seguridad.

Este fue el convulso panorama de apertura de la temporada NBA 2020, una edición maldita de principio a fin. Al mundo solo trascendió la furibunda reacción china, las amenazas de cancelar monumentales contratos y las primeras declaraciones de LeBron James al poco de pisar suelo americano. 

Tal y como habían acordado en la reunión, James declinó responder a la cuestión esencialmente política del conflicto. No así a las consecuencias sobre la liga, los dueños, los equipos y los jugadores que el alegato de Morey había desatado y de cuyos avatares más terrenales él y los jugadores fueron testigos. «No voy a entrar en una disputa (verbal) con Morey —declaró—, pero creo que sin estar informado del todo sobre esta situación en concreto, habló. Y había mucha gente a la que podía perjudicar, financiera, física, emocional, espiritualmente. Hay que tener cuidado con lo que tuiteamos, decimos y hacemos, y claro que tenemos libertad de expresión, pero también debemos ser conscientes de las consecuencias negativas. (…) Cuando dices o haces ciertas cosas, debes saber que puede haber personas y familias a las que eso puede afectar. Las redes no siempre son la vía más adecuada».

Era inevitable. Sin más información que titulares oportunamente lisiados buena parte de la opinión pública percibió esta declaración como decepcionante, hipócrita y cobarde. Y las mismas redes donde todo comenzó desataron un diluvio de reproches y memes que ridiculizaban a James, como postrado al dinero chino. El hombre que se había erigido como portavoz de las grandes causas sociales, el líder comprometido con cualesquiera aspiraciones de justicia en el mundo había defraudado a una masa que aguardaba desde la calidez del hogar una defensa a ultranza no ya de la libertad de Morey, sino de los ciudadanos de Hong Kong, de paso de los habitantes chinos y por extensión de los derechos humanos. Un magma de dificilísima costura.  

Cuando poco después LeBron, que nunca se ha visto capaz de eludir cuanto la masa le devuelve, y como siempre afectado por ello, matizó en sus redes —«No discuto la sustancia. Sobre ella otros pueden pronunciarse mejor. Mi equipo y la liga pasamos allí una semana difícil. Solo trato de hacer ver que la gente necesita entender lo que un tuit o una declaración puede causar en los demás. Y creo que nadie se detuvo a pensar lo que podría ocurrir. Tal vez podría haber esperado una semana para publicarlo»— no había nada que hacer, instalando una vez más en su biografía deportiva otro de esos capítulos combustibles del odio universal. 

«Desde el punto de vista político era una situación muy delicada. Personalmente, sabéis que cuando hablo de algo lo hago porque lo conozco bien y me apasiona. En esta situación en particular no estoy lo suficientemente informado. Ni yo ni ninguno de mis compañeros. Y todavía sentimos lo mismo», terminó.

No deja de ser curioso lo particular de la situación creada y las responsabilidades exigidas con arreglo a una panorámica mayor. No es necesario acudir a las poderosas relaciones comerciales entre Estados Unidos y China en innumerables esferas. Sino tal vez hacerlo solamente en el escenario deportivo. Nadie había pedido antes una declaración de esta naturaleza a deportistas estadounidenses en relación a China. No al menos en los términos directos que el conflicto comportaba. Ni en los partidos de exhibición del lejano 1979, ni al momento de fundarse NBA China en 2004, ni en adelante con las giras de Basketball Without Borders, ni por los Juegos Olímpicos de Pekín, ni siguiendo el ejemplo en otros deportes, a los tenistas que participan anualmente en los torneos ATP y WTA con sede en China. Habría sido como hacerlo con el más habitual de los invitados allí durante buena parte de su carrera, Allen Iverson, o con el más célebre emigrado NBA, Stephon Marbury. En suma, a ninguno hasta entonces. 

Lo sucedido aún desprendería las semanas siguientes una cascada de declaraciones de diverso signo, palabras y puntos de vista que ya no trascenderían a Europa. El delicado Etan Thomas, hoy escritor y poeta, y con gran peso en el activismo político desde su retirada en 2011, lo expresaba de la siguiente manera: «Asiste a cada deportista el derecho de emplear su posición de la forma que estime más conveniente, no a conveniencia de los demás». Asimismo, el alero de los Celtics Jaylen Brown, uno de los deportistas más preparados en el orbe profesional americano, lo reconocería en el Boston Globe con una sentencia que resumía a la perfección el estado de quienes estuvieron allí. «No quiero comentar nada porque no quiero soltar nada incorrecto».

No obstante, de la difícil costura de ambos mundos con la democracia como eje separador, nada iguala al más aventajado paladín de la realpolitik que haya conocido el deporte mundial, David Stern, al mando del único periodo de crecimiento exponencial en la historia de la NBA. Allá por 2006, con los Juegos de Pekín en el horizonte, respondía así a una solicitud para posicionarse: «Créanme, la situación de China me perturba. Pero al fin y al cabo yo tengo la responsabilidad de que mis propietarios ganen dinero. Nunca puedo olvidarlo, y no importa cuáles puedan ser mis sentimientos personales».

En aquellos días de octubre al mundo llegaría, como siempre, la superficie de lo sucedido. Un polémico tuit, una indignada represalia, una repentina y amorfa aspiración de libertades individuales al otro lado del mapa y, finalmente, un chivo expiatorio. Todo un perfecto resumen del mundo actual. 

Así arrancaba una temporada repleta de sacudidas. 

Las cosas, también en términos económicos, templarían con el paso de los meses. Y con las crueles ironías del destino, nadie imaginaba entonces que las mayores pérdidas las terminaría provocando, una vez más, otra causa invisible. 


Charles Barkley, el bocazas incorregible

Incluso los que no sepan mucho de baloncesto habrán oído hablar alguna vez de Charles Barkley, uno de los más grandes jugadores de la NBA que, aunque se retiró sin conseguir un anillo, atesora un palmarés impresionante: MVP de la NBA (1993), dos veces campeón olímpico (1992 y 1996), incluido dentro de los 50 mejores jugadores del siglo XX en la liga profesional americana y hall of famer desde el 2006… pero también se hizo famoso por sus declaraciones fanfarronas, frases explosivas y opiniones expresadas de forma políticamente incorrecta, que más tarde le han granjeado popularidad como comentarista deportivo. Qué mejor que aderezar estas pinceladas de su trayectoria con sus propias palabras.

Barkley mate

Nació en Alabama, un estado que no es conocido precisamente por ser un ejemplo de integración racial (“a la gente negra no le dejan acercarse demasiado a la mansión del Gobernador de Alabama a no ser que sea el día que toca limpiar el edificio”), circunstancia aún más acusada en los suburbios de Leeds, donde Barkley pasó una infancia no muy feliz viviendo en caravanas e incluso robando para comer. Aún así, lejos de revanchismos, siempre ha mantenido una actitud bastante cómica e irónica respecto al racismo, poniéndolo de manifiesto cada vez que tenía ocasión como cuando tras la victoria de Brent Barry en el slam dunk contest del All Stars de 1994 declaró: “¡un blanco ganando el concurso de mates! La NBA está en decadencia. Necesitamos otra marcha del Millón de Hombres”. Aunque, en general, ha vinculado el racismo al dinero; sobre él mismo ha reconocido que “si no ganara más de tres millones de dólares jugando al baloncesto, la gente correría en dirección contraria si me viese por la calle” e incluso, “si me pagaran lo suficiente, trabajaría para el Ku Klux Klan”. Tal vez por relacionar el racismo con la pobreza y por tener unos orígenes humildes, siempre ha dado mucha importancia a los dólares: “he sido rico y he sido pobre. Ser rico es mejor”.

Lejos aún de ese futuro como millonario (llegó a ganar más de 40 millones de dólares durante su carrera profesional), Barkley demostró aptitudes para el baloncesto en su época de high school con un físico digamos llamativo (1.78 m de altura y 100 kg de peso), pero fue necesario un estirón de 15 cm para que esas habilidades destacaran porque en este deporte las buenas esencias en frascos pequeños suelen quedar al fondo del estante, ocultos tras grandes frascas con contenido deslavado. Como empezó jugando en posiciones exteriores adquirió un manejo de balón sorprendente para alguien de su morfología, que tan pronto le permitía coger un rebote en defensa ante pivots rivales de más envergadura, como hacer un coast to coast dejando atrás a bases y escoltas en principio más veloces y hábiles que él.

“En mi ropa interior no viene la talla. Simplemente hay una etiqueta que dice: ENORME”
“En mi ropa interior no viene la talla. Simplemente hay una etiqueta que dice: ENORME”

Sus desventajas en unos aspectos se convertía en virtudes en otros: si un rival era más alto, él saltaba más; si otro era más bajo, Chuck utilizaba su cuerpo. Pero siempre, jugando al límite: “juego duro, muy duro. Si tuviese la altura de Robert Parish me declararían ilegal en seis o siete estados”. Por cierto, hay que recordar que Sir Charles fue máximo reboteador de la NBA (en la temporada 1986-1987) a pesar de que su altura oficial era la misma que, por ejemplo, Michael Jordan: 1.98 m. Y no llegando a los dos metros siempre llamó la atención su capacidad reboteadora, ¿acaso tenía alguna técnica especial? “Sí, se llama simplemente coger el puto balón”.

Un gran partido en semifinales del torneo estatal le brindó una invitación para la Universidad de Auburn, donde tuvo al fin un reconocimiento acorde con su talento. Como era de esperar por su carácter, tuvo roces con su entrenador causados principalmente por un evidente desencuentro acerca de su sobrepeso (mi peso ideal es el que tengo cuando estoy en la pista”) que incluso llevaron a Barkley a pedir el cambio de universidad. Y no era para menos, llegó a pesar 113 kg con 1.96 de altura, lo que le valió el apodo de The Round Mound of Rebound (el montículo redondo del rebote). Finalmente siguió en Auburn, llegando a ganar el premio al mejor jugador de su conferencia en su último año, en 1984, cuando decidió dar el salto a la NBA sin finalizar el ciclo universitario.

“No me gradué en la universidad, pero tengo un par de personas trabajando para mí que sí lo hicieron”

En las fechas previas al draft, Barkley hizo algunas pruebas con los Sixers en un claro estado de baja forma (pesaba 120 kg). A su agente le llegó el rumor de que sí, los Sixers le iban a elegir con el número 5, pero debido a su sobrepeso le iban a ofrecer menos dinero del esperado. Chuck, siguiendo la escuela del pensamiento de las dos tazas de caldo, se puso a comer compulsivamente para que los Sixers recularan y no lo draftearan, consiguiendo en un puñado de días la notable marca de engordar hasta los 130 kilos. No le funcionó la táctica y fue elegido con el nº 5 por el potente equipo de Philadelphia, campeón la temporada anterior y con dos estrellas de la liga como Julius Erving y Moses Malone.

Aquel verano de 1984 se celebraron los Juegos Olímpicos de Los Ángeles y Barkley fue incluido en la preselección de 74 jugadores que realizaron entrenamientos preparando la competición desde mediados del mes de abril. En el campo dio sobradas muestras de su capacidad, pero fue cortado en la penúltima tanda. Según algunas fuentes, Barkley solo quería dejarse ver compitiendo frente a los universitarios más destacados del país para mejorar su posición en el draft y después provocó su descarte con algún desplante o mala contestación al entrenador estadounidense Bobby Knight; según otras, Chuck no tenía el perfil de jugador que quería Knight, que además temía que pudiera romper el vestuario. La versión de Barkley fue que no tenía mucho interés en jugar esa competición.

En la universidad obtuvo reconocimiento por sus números, su carácter extrovertido y volcánico y por su aspecto (para qué negarlo), pero legalmente la única remuneración que le podían dar venía en forma de beca deportiva. Con un contrato con los Sixers que le supuso casi medio millón de dólares (de mediados de los ochenta) su primera temporada, llegaron los lujos y excesos: se compró de golpe seis coches de alta gama. Pero en Philadelphia estaban Erving y Malone, dos jugadores con la cabeza tan bien amueblada como ascendencia sobre la plantilla, que hicieron un aparte con Barkley y le obligaron a devolver cinco coches, quedándose Chuck “solo” con un Porsche. Sin la presencia de esas dos superestrellas que apadrinaron al Gordo (Malone incluso controlaba sus comidas en su temporada rookie), Barkley podría haber caído en el abismo de las drogas o el despilfarro absurdo. No obstante, a los cuatro años de profesional tuvo que empezar de cero, completamente arruinado por culpa de uno de sus asesores y por los miles de dólares que prestó a fondo perdido: “cuando eres negro es muy difícil decir que no. Si no lo haces te dicen ‘tío, ya no eres de los nuestros, te crees mejor que nosotros’. Pero al final dejé de ayudarlos cuando uno de ellos me pidió dinero por cuarta vez para el funeral de su abuela. Le tuve que decir, ‘pero ¿cuántas abuelas tienes?’”. Desde el punto de vista puramente deportivo, Barkley empezó a llamar la atención en la liga. Dentro de un equipo potente, que incluso llegaría a la final de Conferencia, consiguió destacar obteniendo un puesto en el mejor quinteto de rookies de la temporada, curiosamente junto a los cuatro jugadores que le precedieron en el draft (Jordan, el jugador llamado en aquel momento Akeem Olajuwon, Sam Perkins y sí, ¡Sam Bowie!).

La siguiente temporada no fue mejor para los Sixers ya que cayeron frente a Milwaukee Bucks en el séptimo partido de semifinales de Conferencia por un solo punto, con Barkley multiplicándose (25 puntos y casi 16 rebotes de media en playoff) para tapar la ausencia por lesión de Malone. Y ese fue el fin de aquel equipo. La temporada siguiente (1986-1987) Malone fue traspasado a los Bullets y el Dr. J se retiró al finalizar la misma. Barkley se quedó de repente como único referente en los Sixers, aunque eso nunca le importó (“¿presión? La presión es para los neumáticos”), pero pasó de ser un equipo con aspiraciones al anillo a equipo en reconstrucción. Tardarían cuatro temporadas en volver a semifinales de Conferencia, donde perderían contra los Bulls de Jordan. Esta situación cabreaba abiertamente a Barkley, cuyas ansias por el anillo comenzaban a ser dignas de épica tolkiana. Ese enfado se hacía patente en una mayor agresividad (si cabe) en su juego, incluso con tácticas antideportivas. Por ejemplo, en abril de 1990, previo al partido frente a Detroit Pistons, Barkley envió una nota a Bill Laimbeer a través de un recogepelotas. La nota decía así:

“La altura está sobrevalorada: he jugado con muchos paquetes muy altos”
“La altura está sobrevalorada: he jugado con muchos paquetes muy altos”

Querido Bill:

Que te jodan.

Con amor, CB

En aquel momento, los Sixers contaban en sus filas con Ricky Mahorn, ex integrante de los Bad Boys y un decálogo andante de juego duro y sucio, que ayudó a Barkley durante el partido en su tarea de desestabilización de Laimbeer susurrando continuamente al pivot piston que “olía a marica”. Vistos los protagonistas de este sainete no es sorprendente que la cosa acabara en riña tumultuosa, partido suspendido durante 10 minutos y fuertes multas económicas. ¿Por qué esta inquina con Laimbeer en concreto? “Laimbeer es el tipo más despreciable y desagradable de todo el baloncesto… pero por otro lado, siempre lo respeté como jugador”. Tal vez su pelea con Laimbeer fue la más famosa de la carrera de Sir Charles junto con su trifulca con Shaquille O’Neal (lanzar un balonazo a la cabeza de Shaq solo se le ocurriría a Barkley). Así, no era raro que acabara multado y sancionado algún partido por incidentes en la cancha (“iba a donar la cantidad de mis multas a los sin hogar, pero es que al final de la temporada iban a tener mejores casas que yo”), ya fueran físicos contra rivales o verbales contra los árbitros: “si pienso que un árbitro es malo, siempre lo voy a decir, sin que me importe qué es lo que me pueda hacer la NBA, entre otras cosas porque las multas son deducibles de impuestos”. Pero esa verborrea que le caracterizaba le jugaba a veces malas pasadas, como en noviembre de 1990, tras un encuentro que su equipo remontó a duras penas, manifestó: “este ha sido el clásico partido que si lo pierdes vuelves a casa y la emprendes a palos con la mujer y los niños. ¿Habéis visto a mi mujer saltando de alegría al final del partido? Eso es porque sabía que yo no iba a pegarle”. Un periodista le preguntó si quería matizar esas declaraciones, a lo que respondió: “que se vayan a la mierda las feministas”. Días más tarde tuvo que pedir disculpas. Aunque de cara a la opinión pública estadounidense su imagen tocó fondo con el Incidente del Escupitajo: en marzo de 1991, una discusión en pleno partido con un aficionado acabó con Barkley lanzando un esputo al mismo, con tan mala puntería que acertó a una niña de ocho años. Tras copar titulares en los diarios, tuvo que presentar nuevamente disculpas públicas. Después se supo que Barkley había visitado de forma discreta a la familia de la niña para mostrarle sus excusas en privado. A pesar de toda esa frustración por los pobres resultados deportivos de su equipo que volcaba en el campo, Barkley era bastante querido por los fans porque fuera de la cancha se mostraba como una persona cercana y simpática, siempre dispuesta a bromear (que le pregunten a su compañero de equipo Manute Bol, que lo sufrió).

"Tienes que creer en ti mismo. Demonios, creo que soy el chico más guapo del mundo y que podría estar en lo cierto”. “No me suicidaría. Soy una de mis personas favoritas”… desde luego, Barkley está encantado de conocerse
“Tienes que creer en ti mismo. Demonios, creo que soy el chico más guapo del mundo y que podría estar en lo cierto”. “No me suicidaría. Soy una de mis personas favoritas”… desde luego, Barkley está encantado de conocerse

Finalmente, tanto tensar la cuerda con declaraciones sobre la poca calidad y expectativas de los 76ers, forzó un traspaso que le llevó en junio de 1992 a Phoenix. Barkley se enteró de la noticia a punto de subir a un avión: “estaba eufórico y le dije a la azafata: invite a todo el mundo, acabo de ser traspasado. Lo mejor de todo es que al final no pagué esa ronda”. Probablemente fue el mejor verano para Barkley: llegó a un equipo con aspiraciones y jugó en el Dream Team.

“Estamos aquí para demostrar que somos los mejores en baloncesto. Vamos a matarlos a todos”

En el equipo de Jordan, Magic Johnson y Larry Bird, Barkley fue el máximo anotador tal vez porque fue el que más en serio se tomó los partidos cuando el balón se ponía en juego. Puede que demasiado en serio: el primer partido de los Juegos de 1992, ante Angola, lo caldeó desde el principio. En la rueda de prensa previa, mientras sus compañeros contemporizaban cuando les preguntaban sobre el equipo angoleño dando respuestas diplomáticas, Barkley dijo “lo único que sé de ellos es que están en problemas”. Y tanto. La abismal diferencia entre las dos escuadras reflejada en el marcador final (48-116) no fue óbice para que Sir Charles se empleara a fondo incluso sacando los codos a pasear. Tras el partido, Barkley se defendía así: “si alguien me pega, se la voy a devolver, me da igual que parezca que lleva tiempo sin comer”. Y remachaba: “¡Y qué si lo hice! ¡Él me podía haber tirado una lanza!”. Alianza de civilizaciones al estilo Barkley. Curiosamente, cuatro años después, en los Juegos Olímpicos de Atlanta, el equipo norteamericano se volvió a cruzar con Angola y por extensión, Barkley con Herlander Coimbra, el jugador angoleño que recibió el codazo en Barcelona, pero no parecía haber hecho propósito de enmienda: “le voy a hacer lo mismo que le hice la primera vez. He estado haciendo pesas y estoy preparado”.

Barkley estaba en su salsa. Exultante con su traspaso a los Suns y en el centro de una nube de periodistas y fans que perseguían al equipo norteamericano (y a él en especial por su carácter), era una noticia en sí mismo. Ante el revuelo por la presencia de Magic, retirado el año anterior por ser portador del VIH, preguntaron a Sir Charles si tenía miedo de contagiarse, a lo que respondió: “joder, vamos a jugar al baloncesto. No vamos a tener orgías con Magic sin usar protección”. Tenía para todos, incluso para el jugador nº 12 de aquel equipo: “pese a ser un rookie, Christian Laettner va a ser el hombre más fuerte de la NBA la próxima temporada. Se está pasando el verano llevando las maletas de 12 tíos”. En otra ocasión, ante las desafortunadas comparaciones que se publicaban al respecto, Sir Charles apuntaló su opinión sobre el alero: “lo único en lo que se parecen Laettner y Bird es que ambos mean de pie”. Y es que aunque a Bird también le lanzaba puyas (“mientras Bird esté en la liga, seré el segundo peor defensor del baloncesto”), le tenía en gran estima: “nunca bebas cerveza con Larry Bird: tendrá que llevarte alguien de vuelta a casa. A mí me ha pasado”.

Estados Unidos, con el mejor equipo de baloncesto de la historia, ganó la medalla de oro con la facilidad prevista. Pero ese título no apaciguó la ambición de Barkley. La temporada siguiente (1992-1993), la primera en Phoenix, fue la mejor de su carrera: lideró a los Suns en rebotes, puntos y asistencias totales acabando la regular season con el mejor balance de la liga (62-20), motivos más que sobrados para ganar su único MVP. El anillo parecía estar al alcance de la mano. Su trayectoria durante el playoff fue colosal; en semifinales de Conferencia tuvo dos actuaciones antológicas contra los Spurs: en el 5º partido anotó 19 puntos en el último cuarto, y en el 6º y definitivo, puesto que la serie acabó 4-2, cogió 21 rebotes y metió 28 puntos, incluida la canasta ganadora. En la Final de Conferencia les esperaban los Sonics de Shawn Kemp y Gary Payton y Barkley descolló en el 5º partido con un brutal triple doble 45 pt/15 rb/10 as. Pero el 6º partido tuvo una noche atroz con 4 de 14 en tiros de campo, como él mismo reconocía “yo tengo la culpa de la derrota, se ha perdido por mí”. En el 7º partido se redimió con 44 puntos y 24 rebotes En la Final entraron con mal pie y Chicago ganó los dos primeros partidos en Phoenix. El tercer partido fue uno de los más emocionantes de las Finales, con victoria de los Suns tras triple prórroga que salvó un virtual match ball para el equipo de Arizona. La serie llegó al sexto partido con 3-2 para los Bulls en el balance global pero con ventaja de 4 puntos y posesión para los Suns con 50 segundos por jugar, que se transformaron en un 98-96 para Phoenix y balón para los Bulls a falta de poco más de 10 segundos. Cuando parecía que todo se iba a decidir en el 7º partido, apareció John Paxon para clavar el triple de la victoria a 4 segundos del final. Barkley, un escalón por debajo de su nivel en semifinales y final de Conferencia, jugó una gran serie, pero sus más de 27 puntos y 13 rebotes (triple doble en el 4º partido incluido) palidecen ante los ¡41 puntos de media! de Jordan en la Final.

Barkley Jordan

Like Chuck, I want to be like Chuck

Aquella temporada fue la última de las cinco que Barkley estuvo incluido en el mejor equipo de la liga (1988-1991, 1993), fue la mejor de todas, pero aún así, se escapó el anillo. Comenzó entonces un lento pero inexorable declive que aún le mantuvo unas temporadas en la élite, pero ni al mismo nivel ni volvería a jugar la Final. Con la retirada de Jordan Phoenix se encontró con los emergentes Houston Rockets en semifinales que los derrotaron por 4-3 las dos temporadas siguientes (1993-1994 y 1994-1995) que a la postre acabaron con el anillo en la franquicia tejana. Con la vuelta efectiva de Jordan a los Bulls cambió el panorama de la liga y visto que tanto el proyecto de los Suns como el de los Rockets habían tocado techo, se fraguó un traspaso que acabó con Barkley en Houston en la temporada 1996-1997. Pero el talento de Olajuwon, Clyde Drexler y Barkley fue insuficiente frente a unos Jazz que se postulaban como alternativa real a los Bulls y les derrotaron en la Final de Conferencia (1997) y en primera ronda de playoff (1998), tras la cual se retiró Drexler. Entre medias, Barkley tuvo tiempo de lanzar a un hombre por la ventana de un night club durante una disputa. En el juicio le preguntaron si se arrepentía, a lo que Sir Charles respondió: “sí, me arrepentí de no estar en un décimo piso”.

La temporada 1998-1999 Houston intentó volver a formar un equipo competitivo incorporando a Scottie Pippen, pero nuevamente cayeron en primera ronda. Con Pippen, por cierto, terminó mal, muy mal. El exjugador de los Bulls acabó siendo traspasado la temporada siguiente a los Blazers, tras llamar a Barkley “gordo, egoísta e irresponsable” a lo que Sir Charles respondió, con más calma de lo habitual, calificándolo simplemente de “traidor e inseguro”.

Tras la derrota en el playoff de 1999 y cada vez más lastrado por las lesiones, Barkley estuvo a tentado de retirarse al final de la temporada: “Recuerdo sentarme con los Rockets y decirles: ‘Sí, me voy a retirar’. Ellos dijeron: ‘Bueno, te daremos nueve millones de dólares’, a lo que respondí: ‘¿Tenéis un bolígrafo encima?’. El último baile de Sir Charles duró apenas 20 partidos por una lesión que le obligó a retirarse definitivamente del baloncesto. Pero el orgullo no le permitió que su última imagen en una cancha fuera la de alguien que necesita ayuda para salir: cuatro meses después de la rotura del tendón del cuádriceps de su pierna izquierda, Houston lo sacó de la lista de lesionados y Barkley estuvo en cancha de forma testimonial durante 6 minutos, tras los cuales se pudo marchar por su propio pie en medio de una emocionante ovación. Se retiraba uno de los más grandes jugadores de la historia, no solo por números (junto con Kareem Abdul-Jabbar, Wilt Chamberlain, Karl Malone y Kevin Garnett, son los únicos que han sumando más de 23.000 puntos, 12.000 rebotes y 4.000 asistencias) sino por el impacto en la liga y la repercusión de un jugador que fue máximo reboteador de la temporada en la NBA midiendo menos de 2 metros de altura (desde el año 1953, nadie lo hacía y no se ha repetido) y que peleó noche tras noche por cada centímetro en la zona contra, probablemente, la mejor generación de pivots de la historia (Jabbar, Parish, Olajuwon, Shaq, David Robinson, Pat Ewing, Dikembe Mutombo…).

“Esto es justo lo que América necesita: otro negro sin trabajo”

Charles siempre fue muy querido por los aficionados como se demostró al ser el jugador más votado para el All Stars de 1994 (aunque no jugó por lesión). Es también muy significativa la reacción del público de Philadelphia cuando volvió por primera vez como visitante, donde le despidieron puestos en pie e incluso un aficionado saltó al campo para abrazarlo en pleno tiro libre. Además, como el talento de Barkley en las ruedas de prensa estaba a la altura del que exhibía en las canchas, no era muy difícil aventurar su éxito como analista deportivo en televisión. Desde el año 2000 comenta la NBA en la TNT (con un paréntesis tras ir a la cárcel por un episodio demasiado bizarro como para relatarlo aquí), donde ha dejado momentos impagables en el programa Inside the NBA, donde da rienda suelta a su locuacidad siendo imprevisible cómo acabará cada diálogo. Además, la química que existe entre Barkley y Kenny Smith, el otro analista, ofrece escenas hilarantes: “Me gusta que los Celtics sean competitivos, porque era muy divertido ir al Boston Garden: te escupían, te tiraban cosas y hablaban de tu madre. Como si estuviese cenando en casa de Kenny”. La más llamativa de sus discusiones fue en relación a Yao Ming, cuando Barkley apostó que besaría el culo a Smith si el chino anotaba más de 19 puntos en un partido. Evidentemente se equivocó, y tuvo que besar el trasero al burro de Kenny.

 “Esta es mi agenda: me levanto por la mañana, decido donde voy a ir a jugar al golf y bebo cerveza todo el día”. “El sexo y el golf son las únicas cosas en las que aun siendo malo en ello, puedes pasar un rato agradable”. Tenemos claro que a Sir Charles le gusta el golf
“Esta es mi agenda: me levanto por la mañana, decido donde voy a ir a jugar al golf y bebo cerveza todo el día”. “El sexo y el golf son las únicas cosas en las que aun siendo malo en ello, puedes pasar un rato agradable”. Tenemos claro que a Sir Charles le gusta el golf

En otra ocasión la emprendió con el veterano árbitro Dick Bavetta, del que dijo cosas como que “había abierto el Mar Rojo al lado de Moisés”. La disputa terminó con una carrera entre ambos y un sorprendente beso en los labios: está claro que a Charles le gusta dar que hablar con ósculos polémicos. De todas formas, Barkley aseguró: “no tengo nada contra la gente mayor, algún día quiero ser uno de ellos”. Su carrera como analista-showman se ha visto recompensada con un premio Emmy en 2012 que celebraron por todo lo alto.

“Nunca vayas de caza con un compañero de equipo que juegue en tu misma posición”

Fiel a esta filosofía, algunos de los comentarios más hirientes a la par que divertidos, los ha realizado sobre otros jugadores. Para terminar, una brevísima recopilación de las mejores:

Sobre la cinta del pelo de LeBron James: “cada vez parece más grande. Dentro de poco, ¿qué llevará? ¿un turbante?” (la alopecia galopante de James es manifiesta).

A Stanley Roberts, un jugador con tendencia enfermiza al sobrepeso: “Stanley, serías un gran jugador si fueses capaz de decir dos palabras: estoy lleno”.

Sobre el contrato multimillonario que firmó Kevin Garnett: “Es un montón de pasta. Y lo está ganando un negro. Qué gran país es este. Imagínate si supiese jugar”.

Al por aquel entonces jugador de los Clippers Cuttino Mobley, sobre su indumentaria: “¿de qué coño vas disfrazado con esa ropa que usas? Ya no estás en Rhode Island. Esto es la NBA. Aquí las chicas tienen dientes”.

Y a Sam Cassel lo tenía martirizado: “Sam Cassell es un buen tipo, pero no creo que lo veamos en la portada de GQ pronto”. “Tengo una pregunta: ¿alguien ha visto juntos a Gollum y Sam Cassell?”. Y tras aparecer una foto de Cassell en pantalla, Chuck dijo: “Mi casa. Teléfono”. (Nota: este es Sam Cassell).

“Puedes hablar mucho sin decir nada. No quiero ser ese tipo de persona”. Podemos dar fe que no lo es
“Puedes hablar mucho sin decir nada. No quiero ser ese tipo de persona”.
Podemos dar fe que no lo es

Principales fuentes consultadas:

NBA Confidential, de Juan Francisco Escudero. Ediciones JC.

Basketball-reference.com

Charlesbarkley.com

ESPN.com

NBA.com

Las 50 mejores frases de Barkley