Joan Capdevila: «Mi única virtud es que he sabido siempre dónde está mi límite; al final el fútbol es inteligencia»

Esta entrevista está disponible en papel en nuestra revista trimestral número 26

El fútbol lo decidirán los cracks, los artistas del balón, pero sin futbolistas trabajadores currando y sudando por detrás de ellos no serían nada. Joan Capdevila (Tárrega, 1978) no solo asumió este rol con humildad, sino que parece incluso sorprendido por los éxitos que cosechó ciñéndose al papel sin extralimitarse. Habla de su carrera como si se tratase de un sueño. Todavía le cuesta creérselo. Fue plata olímpica, campeón de Europa y del mundo con la selección española sin jugar ni en el Real Madrid ni en el FC Barcelona. Esa es su gesta.

¿Dónde empezaste a jugar?

Soy de Tárrega, un pueblo que no llega a veinte mil habitantes. En la plaza estábamos siempre jugando al fútbol, ahora no ves a ningún niño hacerlo. Yo solo esperaba que llegase el fin de semana para poder jugar. Apuntaba cada gol que metía en una pizarrita. Era en campos de tierra, salías todo lleno de raspones, que luego se te pegaban las sábanas a la sangre por las noches. Si llovía, pues te embarrabas. Mi madre me hacía lavarme las botas, ella no las tocaba. Fue muy importante en mi desarrollo como futbolista. Como me daba miedo darle de cabeza, me prometió que me daría cien pesetas cada vez que me lo hiciera. Así me atreví. El mismo día que le di, me giré en el campo y le dije a mi madre: ¡cien pesetas!

En mi casa había mucho fútbol. Mi padre jugó en el Tárrega muchos años, cuando se jugaba la Copa América se despertaba de madrugada para ver los partidos. Yo me levantaba con él a las dos de la mañana y no me enteraba de nada, pero hacía el esfuerzo. Luego él pasó también a darme cien pesetas por cada gol que metiese.

Empezaste de delantero.

El primer día de mi vida que jugué en un partido amistoso, con cuatro o cinco años, me pusieron de central, como mi padre, que había jugado veinte años en esa posición. Me llegó un balón y le di directamente. Entró por la escuadra, pero de nuestra portería. Entonces el entrenador dijo: «Mejor ponte arriba». Estuve siempre de delantero y luego de cadete pasé a extremo izquierdo, como Stoichkov.

Con 13 o 14 años, mi tío ya me llevó a ver al Espanyol en Sarriá. Me gustó mucho y me hice socio del club. Todavía lo soy. Me acuerdo de que me encantaba Penev. Un día pedí al entrenador que me cambiaran al descanso para poder ir a ver el Espanyol-Valencia. Luego empataron 0-0, pero bueno… Mi tío también me llevaba a ver al club a Zaragoza, a Logroño, a Pamplona… a sitios cerca de por aquí. La primera vez que me subí a un avión fue con mi tío para ir a un Rayo-Espanyol. Tenía 14 o 15 años, pero estaba cagao. A la vuelta coincidimos con todos los jugadores del Espanyol, compré una libreta en el aeropuerto y pedí a todos que me firmaran. Uno de ellos fue Lardín y años después acabé jugando con él.

¿Cuándo empezaste en el fútbol serio?

En mi segundo año de juvenil ya jugué en Tercera, quedamos campeones e hicimos el play-off para 2.ª B. Jugábamos contra tíos de 35 años. Nunca olvidaré la primera vez, contra el Rubí, entré al campo, fui a un córner, sacamos y dentro del área me dieron un bofetón con la mano abierta, un tío que podría ser mi padre. Me quedé… pensaba «¿Dónde me he metido? ¿Cómo le hacen esto a un niño? ».

Así me llegó la oferta del Espanyol. Me llamó Casanova, que no sé cómo lo dejó escapar luego el Espanyol. Si no es por él, me hubiese quedado toda la vida en el Tárrega. A un amigo de mi edad que hizo el mismo recorrido que yo, le fichó el Barça, a Marc Carballo, que tenía una calidad tremenda, una zurda impresionante. Pero ir al Barça puede ser bueno o malo, porque luego acabó en el Lleida en Segunda. Yo fui más pragmático y no hice la prueba con el Barça.

Me acuerdo de que mi padre, que tenía un Renault 12, cambió el coche solo para venir a verme a Barcelona, por el qué dirán, y se compró un Suzuki Bareno que todavía lo estará pagando. Cuando entramos en Barcelona por Diagonal nos parecía Nueva York. Yo pensaba: «Hostia, a dónde me llevan». Fui a entrenar a La Chatarra y me cogió Paco Flores del cuello, que casi me ahoga, y me dijo: «¿Tú eres el de Tárrega? ¡Cámbiate! »

La residencia de Manel y Lili.

Dos personajes. Nos lo pasamos muy bien ahí. Me hice muy amigo de David Sánchez, al que acababan de fichar del Reus. Luego estaba Valbuena. Yo estaba solo a cien kilómetros de casa, pero niños que venían de Granada o Almería lo pasaban muy mal y a los seis meses se marchaban. Era muy pronto para irte de casa, excesivo. Y ahora hay niños de 10 años con representante. No todo es fútbol en esta vida, hay muchos que no van a llegar y luego se pegarán un palo. A esa edad hay que estar en casa con la familia y divertirse con el fútbol, nada más. Yo al menos ahora no dejaría fichar a un hijo mío con 11 años. El niño tiene que ser niño.

Pero bueno, allí estuve en el juvenil. Los primeros dos meses en el banquillo, cosa que no entendía. Luego tenía que coger el metro para ir a estudiar a las seis de la mañana con no sé cuántos transbordos, atravesar media ciudad hasta el entrenamiento. Le dije a mis padres que me piraba, que me quería ir a mi casa con mis amigos y me dijeron que aguantase todo el año, que acabase lo que había empezado. Si llego a tirar la toalla ahí se habría acabado el fútbol.

A partir de diciembre, empecé a jugar y ya fui alguna vez con el Espanyol B, de extremo, mediocentro a veces, hasta que me pusieron de lateral y ahí me quedé. Un día me fui a jugar un torneo a Italia, me llamaron para debutar en 2.ª B y me pusieron un vuelo. Eso estuvo bonito, motivaba. Florencia-París, París-Barcelona, y luego vuelta para jugar contra la Juve.

Lo bueno de la residencia es que yo ya era de los mayores. La liábamos mucho. A Manel le escondíamos la dentadura… un día salimos, la primera vez en nuestra vida, y David Sánchez acabó borracho perdido, casi coma etílico. Nos caíamos de los taburetes. Nunca habíamos bebido. En la residencia, todo vómitos. Manel preguntó qué había pasado, dijimos que le había sentado mal la cena y aún se lo creyó.

Erais la Quinta de la Intertoto.

Al siguiente año, pasé al Espanyol B. Jugamos el play-off para subir a Segunda, que lo logró el Recreativo de Huelva de Caparrós. Ese año fue también el de la famosa Intertoto, que la jugamos dos o tres descartes del primer equipo y el filial. Eliminamos al Auxerre, de la primera división francesa, hasta que nos tiró el Valencia de Rainieri, Piojo López y todos estos. En la vuelta en Mestalla Paco Flores me preguntó si tenía miedo, porque aquello era espectacular. Anglomá, Cañizares, Farinos, Carboni… un equipo top. Me acuerdo que me hizo mucha ilusión jugar junto a Florin Raducioiu, un mítico del Espanyol de toda la vida. Luego estábamos De Lucas, Tamudo, Soldevilla… creo que no ha vuelto a salir tanta gente en una generación como en aquella. Todos debutaron y todos se fueron, aunque el malvado fui solo yo.

¿Y eso?

El Atlético pagó mi cláusula, 800 millones, que la ciudad deportiva la hicieron conmigo, pero la gente me pitaba. A Toni, el portero, que se fue gratis al Atlético, le aplaudían.

Al primer equipo llegaste por pura suerte.

Entrenaba con el primer equipo, pero jugaba con el filial. Un fin de semana palmamos 6-1 contra el Terrassa. Cogí el coche, me iba a Tárrega, a mi casa. Escuché el Espanyol-Barcelona por la radio y oí cómo le sacaron roja directa a Federico Domínguez. Estaba Brindisi de entrenador y me llevó la semana siguiente convocado contra el Athletic. Me tuvieron que hacer un traje deprisa y corriendo. Fui corriendo a la calle, a la cabina de teléfonos, porque no había móviles, a avisar a mi familia. Colgué el traje en la habitación y me pasé toda la noche mirándolo: «Hostias, tío, qué guapo, voy con el primer equipo y encima a San Mamés».

Mis padres y mi tío fueron a verme. Marcó Benítez para nosotros, me acuerdo perfectamente, y se lesionó Pacheta, que estaba de lateral izquierdo porque Domínguez estaba sancionado. Brindisi me dijo: «Joan, ven, que vas a salir». Me dio unas instrucciones que ni a día de hoy sé lo que me dijo, solo estaba pensando: «¿Voy a jugar en San Mamés?». Salté al campo, marqué a Etxebarría, y el primer balón que toqué en primera división fue de cabeza [risas]. Pensé que sería algo del destino. Mi tío, en la grada, cuando vio que iba a salir, se tuvo que marchar del estadio. No llegó a verme por los nervios. No pudo.

Empatamos 2-2, di un pase de gol. Nos empataron en el 93, estuvo bien la cosa. Brindisi me dijo que no sabía que era mi debut, como el hombre acababa de llegar… Llevaba un partido solo, creo. Pero hubo más. En el siguiente partido, contra el Betis, Domínguez seguía sancionado, volvió a salir Pacheta y en el minuto 10 se volvió a lesionar. Lo que es el fútbol. Volví a salir, otra vez cagao, y debuté en Montjuic. Ganamos 1-0. La siguiente semana viajamos a Zaragoza y me puso de titular. Ganamos 0-3 y marqué un gol. El 0-1. Desde entonces, jugué titular todo el año. En tres semanas me cambió la vida.

Ese año estuvo Bielsa seis partidos.

Sus entrenamientos eran muy exigentes. No estábamos acostumbrados. Hacíamos casi una hora con el físico y luego venía él. En el cara a cara era un tío que iba de frente. Mucho. Me acuerdo de Dominique Lemoine, un belga que teníamos, que hizo unas declaraciones en el Sport criticando algo. Antes del entrenamiento, vino Bielsa con el periódico y le dijo: «¡Qué dices aquí!». Le contestó que se habría equivocado con el idioma, porque era cierto que hablaba muy poco español, y lo crucificó. Si te iba así, te cagabas vivo. Cuando se fue y vino a despedirse de todos, nos dio la mano uno a uno  y, cuando llegó a Lemoine, este se levantó y a él le dijo: «A ti no». Rencoroso, lo que tú quieras. A mí me veía más como un central zurdo. Me dijo que me fijase en lo que hacía Pochettino.

¿Qué recuerdos guardas de la que ya era la liga de las estrellas en aquel entonces?

El día que debuto en San Mamés, había un balón en la banda, fui a él y Patxi Ferreira me dio una patada… Llegaron las asistencias, Mauri, el médico del club: «¿Qué pasa, Joan?». Y le digo: «Me han pegado una patada que…». Me cogió del hombro y me dijo mirándome a la cara: «Bienvenido a primera división» [risas]. «Hostia, qué razón tienes», pensé. No me he olvidado de esas palabras en toda la vida. Y no me puso ni spray milagroso ni nada.

De esa época fue una ilusión terrible jugar en el Camp Nou, marqué a Figo. En ese momento vives en una burbuja, no te das cuentas de lo que pasa. En el Bernabéu me impresionó mucho Seedorf, qué manera de jugar tenía. Me acuerdo también de Hierro, que me deba un poco de temor, mucho respeto.

¿Por qué fue conflictiva tu salida?

Si yo jugaba veinte partidos con el primer equipo, pasaba a profesional. Los superé, pero nadie me hizo profesional. Seguía cobrando 180 000 pesetas al mes, lo del filial. Cuando se enteraron de que venía el Atlético de Madrid a por mí, me dijeron de ir a firmar el nuevo contrato deprisa y corriendo. Entonces dije: «Pues ahora no quiero». Me ingresaron un dinero, dando por hecho que ya era profesional. Yo, mal asesorado, lo devolví… Se desencadenó una guerra total, pero no por mí, sino por la cláusula que querían que pagase el Atlético. El presidente era Sánchez Llibre, que salió en la prensa diciendo: «Le doy un 33 % más que el Atlético de Madrid». Y era mentira, se cubrió las espaldas y me dejó a los pies de los caballos.

El año en el Atlético de Madrid fue de pesadilla, el del descenso.

Fui con una ilusión tremenda, pero empezamos mal. Estaba toda la vieja guardia del Atlético, Aguilera, Kiko, Baraja… también Bejbl, y Solari, que era el interior y yo el lateral. Primer partido en casa, palmamos contra el Rayo. Toni tuvo un par de errores y lo cambiaron y encima llegó la intervención judicial. Un día me encontré el Calderón lleno de coches de policía rodeando el estadio. Clemente Villaverde nos dijo que no nos preocupásemos, pero se cargaron a Ranieri y vino Antic, que creo que arrastraba problemas con los veteranos de la etapa anterior, eso me dijeron. No ganamos ni un partido con él.

Encima de bajar a Segunda con un equipo hecho para jugar en Europa, es que éramos el Atlético, que tiene una masa social enorme, ¡abríamos cada telediario! Al volver de Oviedo nos apedrearon el autobús que no veas cómo lo dejaron. En el siguiente partido en casa, contra el Sevilla, nos tiraron huevos, que estaba Toni limpiando la portería, y le marcó Tsartas.

Lo pasé fatal. Psicológicamente lo veía como el fin del mundo, tenía ganas hasta de retirarme. La afición no salvó a nadie. Jesús Gil un día nos reunió a todos en su despacho antes de la intervención judicial, fuimos uno por uno. Cuando me tocó a mí, vi el cuadro de Imperioso, el caballo, la bandera del Atlético, la bandera de España… dije ufff… Estaba cagado, cagado. Me senté en las silla esperando que me decapitase, pero me dijo que estaba contento conmigo, que era joven, que más no me podía pedir. Salí contento, pero a unos nos fue mejor que a otros. A otros les veías que salían casi llorando. Algunos te contaban lo que les habían dicho, otros vete a saber.

¿Qué te dijeron los demás?

No me acuerdo ahora, no sé. No sabría decir. Solo que fue muy duro. No ganábamos, no ganábamos y nos fuimos al hoyo. Cuando bajamos en Oviedo fue un drama. Para colmo, jugamos la final de copa contra el Espanyol. Yo estoy convencido de que me echaron un mal de ojo. No puede ser que me vaya del Espanyol al Atlético, baje a segunda y juegue la final de copa contra el Espanyol y la pierda.

¿Cómo puede un equipo de ese nivel, que lo demuestra llegando a la final de la Copa del Rey, bajar a segunda?

Un mal de ojo. Hicimos partidos de la hostia hasta el minuto 70, como un día contra el Zaragoza que Garitano nos metió dos faltas a la escuadra y 2-2. Siguiente partido, lo mismo. Nos marcó hasta Toni Prats, el portero del Betis, de falta, ¿te lo puedes creer? En el Camp Nou, 1-1 en el minuto 90, y nos marcó Bolo Zenden desde fuera del área, con la derecha y por la escuadra, ¡bah! Esa no la volvió a meter en su vida. Contra el Athletic de Bilbao en casa nos jugábamos la vida, pues llegó una tormenta con rayos y truenos, como si el destino nos estuviera amenazando, y nos ganaron 1-2.

Ganasteis al Madrid.

La única alegría que nos llevamos. Cuando lo ganamos, que era a principio de temporada, volvimos al Calderón y la gente estaba entusiasmada con nosotros, como si hubiésemos ganado un título. Decías: «Joder, como este año se dé bien, va a ser superbonito, pero nos salió todo mal».

En la final, el error de Toni, tu amigo…

En Mestalla, aunque habíamos bajado a segunda, la gente estuvo con nosotros. Había ambiente. Pero en el minuto 6, Toni la está botando y se la quita Tamudo y gol. Más desgracias no nos podían pasar.

¿Por qué pasaban esas cosas, qué fallaba?

No lo sé. En el vestuario no había ningún problema, no puedo decir que fuese culpa de ningún entrenador. Era todo normal, pero se juntaron varias cosas, que no ganábamos, la intervención, que te la clavan por la escuadra, que otro se resbala… ¿Qué más podía pasar?

Del error de Toni me enteré por la gente. Estaba recuperando mi posición y de repente escucho «Goool» y digo «¿Qué me estás contando? ¿Gol? ¡Pero si la tenía mi portero!»… Luego Kiko le preguntó a Toni y este decía: «Te juro que la tenía cogida», vimos la repetición después y… unos cojones la tenías cogida [risas]. Estuvieron mucho tiempo sin hablarse Tamudo y él. Yo hubiera preferido no llegar a la final, que nos hubiera eliminado el Barça en semis, ¡pero no se presentaron a jugar la vuelta! Pasamos automáticamente después del 3-0 de la ida, y no les sancionaron, al año siguiente volvieron a jugar la Copa, es un pitorreo todo esto. Y, agárrate, que luego cuando acabamos la final, me tuve que coger un vuelo para ir con la selección a Bratislava. Para colmo, me metieron en un avión con Tamudo. Algo me estaba pasando, eso solo podía ser un mal de ojo.

Saliste ese verano del Atlético.

Estaba ya pensando en que el año que viene jugaba en Segunda, estaba en Port Aventura y me llamó Miguel Ángel Gil. Me dijo que si encontraba equipo me podía ir. Tenía cinco años de contrato y estaba por quedarme. Entonces me dijeron que nos íbamos a ir al Deportivo Molina, Valerón y yo, pero que si yo no iba, se rompía la operación. Me empezaron a meter una presión de la hostia. Lo normal era que me pagasen los cuatro años de contrato que me faltaban, pero al final se los perdoné. Esto no salió en la prensa. Tenía tal sentimiento de culpabilidad que me dio igual. Y era dinero, eh.

Fuiste a los Juegos Olímpicos de Sidney.

Fiché por el Dépor, campeón de liga en ese momento, entrené un poco y me llamaron para la Olimpiada. Aquello fue una pasada. Una de las mejores experiencias que he vivido. Era un grupo bueno, los que veníamos de la sub-21, Puyol, Tamudo, Xavi, Angulo, José Mari… todos gente ya asentada en primera división. Iñaki Sáez nos daba libertad. Solo perdimos contra Chile, que se había llevado a Zamorano y nos marcó un gol. Se podían llevar tres mayores. Nosotros no llevamos ninguno y se estuvo hablando de si debía haber ido Raúl. Cuando fuimos a Sidney a jugar la fase final dijimos que en la Villa Olímpica no dormíamos. Eran como bungalows con siete camas cada uno, y nos metieron en un hotel en el centro, que no veas lo que era eso. Discotecas, garitos…

Ganasteis a Italia, se rompió ahí el maleficio.

Una Italia con Gatusso, Ambrosini, Pirlo, Abbiati. Era una generación tan buena como la nuestra, fue campeona del mundo en 2006. Les ganamos con gol de Gabri. Hubo mucho pique y como José Mari jugaba en el Milan, le dijeron: «Ya te cogeremos en Italia a ti». Fue un partido muy duro, como solo puede serlo contra Italia, que lo traen de cuna. Sin comerlo ni beberlo, después ganamos a Estados Unidos y llegamos a la final.

A mí, sin embargo, me sacó del equipo. El día de la charla de Estados Unidos vi el once y yo no estaba. Me dio un bajón. Puso a Puyol de lateral izquierdo. Algo que tenías que entender, que él venía del Barça, yo estaba en el Dépor, tenía sus galones, pero es que dijo Iñaki Sáez: «Puyol, vas a jugar de lateral izquierdo porque he soñado que metías un gol». Y yo: «Pues, coño, ponlo entonces de lateral derecho»…

En la final contra Camerún lo repitió, jugué en la segunda parte, desde el minuto 60. Había gol de oro, tuve una jugada, tiré y dio al larguero. Casi me cubro de gloria. Estábamos con 9 en esa prórroga, a Velamazán le partieron la clavícula. Íbamos 2-0 en el descanso y habíamos fallado un penalti. En la segunda parte, se metió un gol en propia puerta Amaya y nos empataron. Estaban Eto’o, Geremi, Kameni… tuvimos que aguantar como pudimos hasta llegar a los penaltis.

Me acuerdo de que no vino nadie a vernos, porque el vuelo hasta Australia, échale… Solo vino la familia de Amaya. Y fue el que se metió el gol en propia portería y en la tanda falló el penalti, tío. Horrible.

El mío lo metí. Le tiré a Kameni, le aguanté la mirada, pero estaba convencidísimo de tirárselo a su derecha y, cuando estaba colocando el balón, me empezaron a entrar unas dudas y lo cambié sobre la marcha. Entró. Ahí me cambió la suerte, se me fue el mal de ojo en Sidney.

La medalla de plata no está mal, aunque en el momento me fastidiaba no tener el oro. Eurocopa. Mundial y Oro olímpico hubiese sido la hostia. Lo que nunca olvidaré es que, según perdimos la final, en el vestuario, me suena el móvil y era Toni Jiménez. Pienso: «Querrá darme ánimos, qué detalle, qué buen amigo». Cojo y me dice: «¡Jódete, yo tengo el oro y tú no! ». Él lo había ganado en Barcelona 92 [risas]. Qué tío. Mira que luego no se me ocurrió a mí llamarle después del Mundial.

¿Qué tal con Irureta?

Cuando llegué, llevaban ya seis jornadas. Ese año jugué poco. Romero con 28 años estaba en plenitud. Me costó mucho, pero cuando fui entrando fue muy bonito. Jugué mucha Champions League. Cuando te ves en Old Trafford, en el Olímpico de Munich, contra el Milan… eso es otra cosa. E Irureta me fue sacando, porque él eso lo hacía, si tenía que poner cuatro laterales, los ponía: Romero, yo por delante, Manuel Pablo y Scaloni. Y no veas cómo le funcionaba ese rollo amarrategui en Europa.

Ahí me pasó que, estaba dando clases de inglés, y le pedí al profesor un insulto para usarlo en Inglaterra. Me dijo que como mucho les dijese «be careful» y días después, cuando se me puso Beckham por delante le dije: «Beautiful! beautiful!», porque me confundí. Otra vez, me di un golpe con él que me hizo una herida por encima del labio y estuve días afeitándome sin parar para que se me viera la raja, la gente no dejara de preguntarme qué me había pasado y poder decirles: «Nada, el otro día, un choque con Beckham…».

Jugaba muy bien ese Dépor.

Hombre, qué plantilla había. Ese equipo llevado con técnicas actuales hubiese ganado cinco ligas. En aquel entonces, cada uno hacía lo que quería, estábamos todos con un 15 %, 18 % de grasa. Todo eso es impensable ahora. Pero mira lo que había: Si no era Makaay era Tristán, si no era Valerón, era Djalminha. Si no era Víctor, era Scaloni. Si no era Fran, era Luque. Si no era Mauro, era Sergio. Romero, Manuel Pablo, que sonaba para el Madrid antes de romperse, Naybet, que también lo quiso el Madrid, Andrade, Turu Flores, Pandiani… era increíble.

Djalminha era un espectáculo.

Lo que le he visto yo hacer a ese hombre… Era el Ronaldinho de la época, lo que hacía en los entrenamientos era un espectáculo. Lo que pasa es que luego el carácter le falló y Valerón le comió el terreno. Lo que ha hecho Dembélé con Coutinho. Djalma era brasileño, en A Coruña no había presión de nada, en aquella época no había móviles con cámaras, podías hacer lo que querías, y… Lo de Neymar en silla de ruedas yéndose de fiesta lo hacías y no se enteraba nadie. Pero lo más grave fue el cabezazo a Irureta.

Djalminha no tenía claro que Scolari le fuese a llevar al Mundial de Corea y Japón, porque no jugaba siempre. Estaba nervioso por eso. Me acuerdo un entrenamiento que era un festivo y el día antes habíamos salido. Había un buen rollo de la hostia. Ese vestuario era brutal. Estábamos entrenando una pachanga, el segundo entrenador pitó un penalti, Djalminha se encabezó con que no era penalti y decidió que no se tiraba. Makaay iba a plantar el balón para chutar y Djalma se la quitaba. Irureta vino diciendo que había que tirarlo. Se encararon y le metió un cabezazo. Ya no jugó más y se perdió el Mundial. Irureta le dijo: «Al vestuario». Y Djalma: «Me pagan por entrenar, no me voy»: Irureta: «Fuera». Y él: «Que no me voy». E Irureta: «Venga, pues diez minutos más» [risas]. Seguimos jugando y no sé si Djalma marcó diez goles en cinco minutos porque nadie le entraba ni le tocaba.

El gran hito de ese Dépor fue remontarle al Milan un 4-1 en unos cuartos de Champions. En sus memorias dice Pirlo que sospecha que ibais dopados, que luego desaparecisteis de las competiciones europeas y no se os vio contra el Oporto.

El Dépor no tenía poder económico, por eso desapareció de Europa. Y hombre, si me hubiese dopado contra el Milan, me habría dopado también contra el Oporto. En el descanso les ganábamos 3-0 porque ellos iban andando. Si ves el gol de Luque, el pase era de saque de Molina. Ese gol te lo resume todo. Iban muy confiados.

En octavos había sido la Juve.

Sí, Del Piero era mi debilidad y al final le pude pedir la camiseta. La guardo en mi casa como oro en paño. Me gustaba mucho la clase que tenía. Cuando jugué en la India me lo encontré y se acordó de mí. Me dijo de tomar un café, tendría 37 años, y me quedé tan cortado… ¿Del Piero me dice que me tome un café con él? Dije que no, me subí a la habitación y le dije a mi mujer: «¡Que Del Piero me ha dicho que me tome un café con él!». Y ella me dijo: «¿Y no te lo tomas? ¿Tú eres tonto?».

Nunca has perdido el punto de aficionado, aunque fueses profesional.

Hace un par de años estuvo mi hijo ingresado en el hospital. Por Navidad, anunciaron que vendrían los jugadores del Barça a ver a los críos. Pensé que sería Rafinha y tal, pero no. Vinieron Messi y Luis Suárez. Cuando me vio Messi me dijo: «¡No me pidas nada hoy!» [risas]. Tengo tres camisetas de Messi, dos pantalones y unas botas. En cambio, a Cristiano Ronaldo le pedí las botas y no me las dio. En mi último año en el Espanyol le dije final del partido que me las diera de recuerdo y me dijo que no. Estaría de mal humor… solo acababa de marcar cinco goles, el Madrid ganó ese día 0-6 en Cornellá. Messi es al revés. Mi hijo pequeño, por desgracia, es del Barça, un día le pedí a Messi si le podía hacer una videollamada y se la hizo. Cuando le pasé el teléfono a mi hijo y vio que era Messi no sabes la ilusión que pudo hacerle eso. Se quedó… Mi hijo le pidió que metiese un gol y al día siguiente lo metió, al Athletic de Bilbao, de falta, y el chaval se pensaba que se lo había dedicado a él. Fue muy bonito. De Messi dirán lo que sea, pero conmigo se ha portado espectacular.

Hablemos del centenariazo.

Nos presentamos casi de invitados al Bernabéu con Figo, Raúl, Roberto Carlos, Zidane… No eran galácticos, eran megagalácticos. Llegamos al estadio y dos horas antes del partido todavía estábamos peleando con Lendoiro por las entradas. Hubo un lío con las invitaciones, que no nos habían dado las que eran, y llegamos a decir que o nos daban las entradas que nos habían prometido o no salíamos al campo. No sé cómo, dos horas antes aparecieron todas las entradas. Esa pelea que tuvimos con Lendoiro nos hizo salir al campo enrabietados. Hay unas imágenes, que en el minuto 5 o 6 cae uno del Madrid al suelo y van dos o tres a por él… salimos a competir de una manera… Estábamos ahí pensando: «Me cago en las putas entradas estas, al que pille por delante lo reviento». Y resulta que el que se nos cruzó fue el Madrid [risas]. Luego fuimos a celebrar el título al restaurante que tenía reservado el Real Madrid. Estaban las camareras quitando las banderitas blancas de la mesa a toda prisa.

¿No imponía el Bernabéu?

El campo que más me ha impresionado fue San Siro. De no poder hablar con el que tienes a dos metros. Fue un año que les eliminamos con Djalminha tirándose un penalti a lo Panenka; penalti que me hicieron a mí, pero no hace falta que lo pongas [risas]. Él avisó y todo, dijo: «Lo voy a tirar a lo Panenka», y lo tiró a lo Panenka. Se fue al córner a celebrarlo y nos tiraban de todo, hasta móviles de los Nokia tochos, monedas… Ahí pensé en lo que tiene que ser un Inter-Milan.

Por el Oporto de Mourinho nadie daba un duro, se llevó por delante al Dépor y ahí empezó la leyenda de ese entrenador.

Todavía no existía la expresión «de Mourinho». Empatamos en Oporto 0-0, que creo que Mourinho lo daba hasta por bueno. Pero el problema que tuvimos fue que en la ida expulsaron a Andrade por darle una patadita a Deco, que era amigo suyo, fue de coña, pero lo echaron. Andrade le decía al árbitro: «Que es mi amigo, que es mi amigo», pero nada. En la vuelta jugamos sin él y sin Mauro Silva, que se provocó la tarjeta para no perderse la final. Al loro. En su lugar jugó César y fue él quien hizo el penalti que nos metió Derlei y nos echó. No digo que César lo hiciera mal ni mucho menos, pero es que ya es mala suerte. Además, en el minuto 80. Pero ese día el ambiente ya no era como el de la remontada al Milán.

A la Eurocopa de Portugal fuiste, pero no jugaste.

Debuté con la absoluta en Logroño, en un partido contra Paraguay. Fueron a verme mis padres y les regalé la camiseta, que está enmarcada. En 2004 dieron la lista y yo no iba, pero se lesionó Michel Salgado y me llamó Iñaki Sáez. Fui y no jugué ningún minuto, pero me sirvió de experiencia la convivencia. Entrenar con Raúl, que era el jugador más importante que había, para mí fue importante.

¿Qué le pasó al equipo para irse en primera fase?

No quiero culpar al entrenador, pero igual fue demasiado permisivo. Quizá mandaban más los jugadores que él, pero no sé. Algo falló. Hicimos lo más difícil, que era ganar el primer partido y, en el segundo, contra Grecia jugamos mejor pero nos empataron con un gol de Charisteas ahí que…

No, no, gol tras un señor pase de don Vassilis Tsartas.

Con la zurdita, sí, golazo.

Mourinho ganó la Champions y Grecia la Eurocopa, fue un año de deleite para los amantes del fútbol defensivo.

Lo impresionante fue que el partido inaugural fuese Grecia-Portugal y la final, Portugal-Grecia, y ambos los perdiese Portugal. En Portugal [risas]. Lo de Grecia tenía un punto a la Dinamarca del 92, que fue de invitada porque la llamaron al última hora en sustitución de Yugoslavia, y ganó. Por Grecia nadie daba un duro, se lo fue creyendo y ganó también. Yo me alegré de que ganara Grecia, no por ellos ni por ir contra Portugal, sino porque una sorpresa siempre le sienta bien al fútbol. Espectáculo no dieron, eso sí. Era como el Atlético de Madrid de Simeone, no hace fútbol vistoso, pero te gana. Te gustará o no cómo juega, pero te gana. Ves que los equipos cuando van a jugar contra el Atlético ya van resoplando, sin ganas, porque va a ser un partido feo y te van a ganar en una contra. Nadie quiere enfrentarse a ellos.

¿Qué tal Caparrós en el Dépor?

Muy bien. Confió mucho en mí. Es un personaje… El fútbol para él no tiene secretos, es trabajo, trabajo y trabajo. A nosotros nos trajo ya conceptos modernos, cuidar la alimentación, mirar el porcentaje de grasa. El cambio lo notamos, pero ese Dépor no era el de cuando Lendoiro compraba, sino el de cuando vendía. Se fueron las estrellas y éramos de media tabla. Currando solventó situaciones complicadas. Porque yendo de abajo a arriba es fácil, pero de arriba a abajo cuesta gestionar un equipo. El doctor Escribano nos daba sus papillas en el descanso…

¿Qué tenían?

Espaguetis triturados. No sé si nos hacían bien o te lo imaginabas, pero esos métodos los empezaron a introducir todos los clubes. Antes Donato jugaba con 40 años y barriguita y lo hacía muy bien, pero ponle ahora en el Camp Nou con 40 años… Un ejercicio que hacía mucho Caparrós era ponerte a correr y cuando solo te quedaban cien metros se ponía a tu lado y te empezaba a hacer preguntas. Quería que en una situación de agotamiento te funcionara la cabeza, que supieras pensar ahogado. Trabajar el cerebro en el momento límite. Luego daba charlas. Decía, si tú haces entrenamientos, estás fundido, llegas a casa con la bolsa y ves que en el séptimo, donde está tu familia, hay un incendio, subes a toda leche. Pues eso es porque el cuerpo, aunque parezca que no, todavía puede dar más. La adrenalina te da para hacer ese esfuerzo. Aunque tú digas no puedo más, el cuerpo todavía puede. Esos ejemplos nos ponía.

En 2006 no fuiste al Mundial.

Jugué amistosos, estuve en convivencias, pero ya vi que, con 28 años, si me perdía ese, nunca tendría oportunidad de jugar un Mundial. Me quedaba el recuerdo de haber estado en una Eurocopa, al menos. Entonces se lesionó Del Horno y los periodistas pensaban que iba a ir, pero fue Pernía de, inicialmente, suplente de Antonio López. Recuerdo que hubo dudas en las televisiones y fue un poco raro, porque a él le sacaban metiendo goles y a mí sacando de banda, tirándome por el suelo [risas]. Creo que, sinceramente, si no me hicieron la cama, sí apretaron para que fuera Pernía. Luis no era para nada influenciable y se llevó a Pernía porque, dijo, sabía los códigos del fútbol. El otro fútbol, el de todo un poco. Luego resulta que fue titular. ¿Cómo se sentía Antonio López? Eso nadie lo ha preguntado. Yo me llevé una decepción. Aunque no fuese a jugar, al menos estar ahí, como en la Eurocopa, quería vivirlo. Al siguiente Mundial veía imposible que nadie quisiera llevarme a mí con 32 años.

¿Qué pasó en la tragedia del «Vamos a jubilar a Zidane»?

Se habló de la destitución de Luis Aragonés, puso el cargo a su disposición, pero Villar no le aceptó el cese. Entonces ya Luis planeó algo tipo: «Me quedo, pero con mis ideas». Prescindió de Raúl, de Albelda, de Míchel Salgado, Cañizares… En ese Mundial creo que empezó a haber grupitos, Luis lo detectó, malos rollos… ya Raúl no fue titular…

Era Villa.

No sé, porque con el disgusto no lo seguí mucho. Pero después, en la fase clasificatoria, cuando pierde contra Irlanda, es cuando ya no llama más a Raúl y Míchel Salgado. Ahí estalló la bomba.

¿Qué pasó?

Lo que me han contado no sé si es verdad…

Enrique Ortego contó que Raúl no quería entrenar mañana y tarde y Aragonés decía que a la selección se iba a trabajar. ¿Coincide?

No me coincide para nada. La verdad no la sabremos nunca, hubo discrepancias, se rompieron las relaciones y punto, y se puso a hacer un grupo que estuviese unido. Un vestuario donde cada uno aceptase su rol. Porque lo que me han contado a mí es que ellos tenían que jugar siempre, si iban a la selección tenían que jugar. Luis se arriesgó, fue con lo suyo a muerte y le salió bien. Cosa que no fue fácil, ir a la selección entonces era un drama. Nadie quería ir, no era como ahora. Ibas, pero lo pasabas mal. Cuando perdimos en Suecia, jugamos un amistoso en Murcia, cuando inauguran la Nueva Condomina, contra Argentina, que debutó Antonio Puerta, y en el entrenamiento nos insultaba la gente, «mercenarios», «hijos de puta»…

El punto de inflexión fue en Dinamarca, con el famoso gol de Sergio Ramos en Aarhus. Ahí empezó, para mí, la verdadera era de Luis Aragonés. Porque pasásemos por donde pasásemos, todo el mundo estaba «Raúl, Raúl». Una vez Luis Aragonés en Oviedo dijo que el entrenamiento iba a ser a puerta cerrada y se lio… Era el debate nacional, toda la prensa siempre estaba con lo mismo. A día de hoy, todavía no sé cómo soportamos esa presión. Era brutal, y eso que a nosotros los jugadores no nos incumbía.

¿Cómo se gestó esa forma de jugar?

Natural, de la calidad que había. Con esos jugadores va surgiendo. Igual que el Barça lo hace porque tiene calidad para hacerlo, no porque pueda llegar cualquiera y decir «hoy voy a jugar al tiquitaca». Yo cuando jugaba con España me sentía como si fuera del Barça o del Madrid, pensaba en cómo se tenían que sentir ellos con su 70 % de posesión en cada partido. Acababa y estaba fresco, porque con balón te diviertes. Después de cada partido podría haber jugado otro.

¿Sentisteis presión de la selección de baloncesto?

Al revés, al baloncesto no le dieron la importancia que merecía. Ganaron el Mundial, le dieron bola dos días y luego te sacaban una portada de Cristiano atándose las botas. Debería haber estado el país un mes de fiesta. Tiene tanta dimensión el fútbol que parece que los demás deportes no valen para nada. Hay una obsesión con el fútbol masculino, ni siquiera con el femenino. Se nos ha dado demasiada bola, pienso yo.

En el último amistoso, contra Estados Unidos, antes de la Eurocopa, decía El Mundo Deportivo: «esta España no va bien y su examen final antes de la Eurocopa lo aprobó por los pelos (…) lo que está claro es que la cosa no marcha como debería (…) Esta selección está años luz de ser candidata firme a ganar la Eurocopa (…) un equipo plano, sin ritmo y que abusa en exceso del toque (…) Se abusa de los pases horizontales sin peligro (…) la masiva presencia de interiores provoca que el fútbol ofensivo de la selección se cree por el centro. Un panorama desolador (…) si España dejara de apostar por el ‘toca toca’, de continuar no dándole resultado, el plan B tampoco sería garantía de éxito».

Fuimos al Sardinero y nos pitó todo Santander. Dijo la prensa que teníamos una defensa de mierda. Algo como «España sin defensa», que fue lo que más me molestó. Encima me lesioné en el abductor y casi me mandan para casa. Me dijo el fisio que porque era yo y sabía que mi cuerpo se recuperaba bien, pero jugué toda la Eurocopa lesionado. Jodido, jodido. Me dolía. Personalmente, estuve un poco molesto con la prensa porque habíamos ganado los amistosos, tan mal no estábamos, aunque se pudiese mejorar. Pero vamos, en el primer partido ganamos 4-1 a Rusia y ya todo era «¡Podemos!».

Contra Suecia, qué pase le diste a Villa, qué asistencia.

A ver en qué partido de esa Eurocopa un tío da un pase de 80 metros y acaba en gol. Fui a quitármela de encima y me dije, ya que le doy, la meto al área. Eso para mí es un despeje orientado [risas].

Con Ramos hubo líos al principio. Te leo: «Luis Aragonés le dio ayer un nuevo aviso a Sergio Ramos. Esta vez no fue por algo que haya pasado en el terreno de juego, sino fuera de él».

Le sacaron unas fotos en el pueblo donde estábamos, en Neustift, donde solo había un bar y él había bajado a tomar una copa con su hermano. Eso lo publicaron como que se había ido de fiesta, cosa que era imposible en ese pueblo, no había más que dos bares. Luis Aragonés le llegó con el periódico en la mano y le dijo: «Usted es tonto, ¡usted es tonto! ¿No ve que quieren desestabilizar? Yo sé que no estuvo de fiesta, pero el próximo día si quiere tomar algo le dejo yo una peluca». Nos metían mierda por todos los lados.

La clasificación fue fácil.

Aparte, que jugaran los suplentes el tercer partido vino muy bien. Debutaba todo el mundo, no había gente sin jugar, con ese ansia. Poder salir todos nos vino de fábula.

En el Mundial de 2006 recuerdo que al jugar el tercer partido con suplentes, contra Arabia, algo se dijo de que fue un error porque se había perdido tensión competitiva.

No, estaba bien. Así todo el mundo se sintió importante. Yo lo prefiero así, al menos.

Italia, partido épico.

Íbamos con la losa de no superar nunca los cuartos de final. Encima Italia, que era la campeona del mundo. Pero al eliminarlos nos sentimos como que habíamos cumplido 18 años y ya éramos mayores de edad. Sobre todo hubiera sido una pena habernos quedado en cuartos después de lo que sufrimos y la mierda que tragamos.

Italia se veía más favorita que nosotros, pensarían que en los momentos complicados nos ganarían con algún recurso, pero se encontraron con que en los penaltis, donde en teoría son mejores, demostramos que psicológicamente éramos más fuertes. Ahí les sorprendimos. Recuerdo estar en el medio campo, mirar a Buffon abrir los brazos y la portería parecía de hockey. No sabía por dónde iban a entrar los balones. Agradecí a Luis que no me dejara tirar. Vamos, Luis no preguntaba. Llegaba y decía: «Tú el primero, tú el segundo…». Ponía a los buenos a tirar primero, no eso de guardarse la estrellita para el final, como le pasa a Cristiano, que a veces ganan y él no ha tirado. Si eres el mejor tira el primero, ¿no?

A Rusia se la pasó por encima.

Nos liberamos. Fue el mejor partido de España, ya pensamos: «Ahora que nos digan lo que quieran».

Luis os dijo que si no ganaba con ese equipo, él era una mierda.

Decía: «Yo sé cómo ganar, solo tienen que hacerme caso». Desde el primer día hablaba de ganar la Eurocopa. Lo dijo Torres en una entrevista, era la primera vez que oíamos la palabra ganar en la selección. En Portugal nunca escuché a nadie hablar de ganar la Eurocopa. Nos lo fue metiendo, nos lo fue metiendo y al final nos lo creímos. Encima, logró que todos tuvieran su rol definido y aportaran. Palop, que era el tercer portero, que sabía que no iba a jugar, ¡era el que más animaba! ¿Cómo consigues eso? Eso es dificilísimo para un entrenador.

¿Y la final?

Llegó Luis y dijo «mañana no juega Wallas». Se refería a Balack, que al final jugó. Y dijo Luis: «¡Menos mal!». Porque había perdido todas las finales que había disputado. También habló de que le había llamado el rey y nos dijo: «Vamos a apretarle a ver si nos sueltan más pasta». Nos distraía con esas cositas. Yo, antes de salir, en la final, le dije a Xavi: «Si yo te la doy, bajo ningún concepto me la devuelvas». Y él: «Tío, Joan, què em dius, que estamos a punto de jugar una final». Me quitaba la tensión así a mí mismo. Era por mí.

Luego Luis nos dijo que si protestábamos, siempre de dos en dos para que el árbitro no viera siempre al mismo. Teníamos que aprendernos el nombre del línea, decía «al juez de línea le gusta que le llames por su nombre. ¿Quién se sabe el nombre de un linier? Si le dices ¡bien, Joseph!, el tío piensa: «Joder, qué bien, se saben mi nombre». El otro fútbol. Yo en mi puta vida me había parado a saber el nombre de un linier. Por algo le llamaban el Sabio, lo sabía todo.

Y el gol de Torres, que también es un tío que estuvo cuestionado y mal.

En la selección todos lo estuvimos. El problema era que la selección era de Madrid y Barça. La gente estaba pendiente de si había más de uno o de otro. Es así siempre. Para mí, es una guerra absurda, y los demás hemos sido jugadores de segunda fila a los que aceptan en casa de los mayores, para que te sientas bueno por un día. Pero yo pienso que si he hecho Olimpiada, Eurocopa y Mundial sin ser de ninguno de los dos, tiene más mérito que lo de ellos. Y siendo malísimo, pues más todavía [risas].

Tu habitación era el cuartel general.

Es que era enorme. Como íbamos por orden alfabético pensé que sería la de Casillas y fui a ver si se habrían confundido, pero no, era la mía. Entonces ya se quedó para jugar a las cartas y tomar unas cervecitas después de los partidos. Antes de cada final, en las que yo estuve, la noche antes siempre hacíamos todos juntos un colacao con madalenas o un cruasán, era como una superstición. Luego, dormir antes de una final es peor, porque sabes que si fallas estarás marcado para toda la vida. Sobre todo en la del Mundial, estaba muy preocupado por si me resbalaba o algo y perdíamos por mi culpa. De haber ocurrido algo así, ahora estaríamos aquí sentados y todo el que pasase por la calle me diría «¡hijo de puta! ».

Es difícil destacar nada de ese equipo, todo funcionó: Casillas, la defensa, el medio campo, los delanteros. No se puede decir que uno fuera clave, porque lo fueron todos.

Todo salió bien en esa Eurocopa. Hasta la celebración estuvo mejor que la del Mundial. Ganamos en Viena, volvimos y nos pegamos una fiestecilla entre nosotros en el famoso pub de Sergio Ramos. Volvimos al hotel, cogimos el avión para volver a Madrid, hicimos toda la ronda, y montamos una fiesta privada en Buda solo para nosotros, la familia y los amigos. Aquello fue muy brutal, todos dándonos besos, abrazos. Nos lo pasamosahí me di cuenta de la maravilla que era el grupo que habíamos hecho. Al llegar a las ocho de la mañana me encontré en el vestíbulo del hotel a Puyol y nos abrazamos y cambiamos la camiseta como si fuera el final de un partido, todavía la tengo guardada. Un escándalo lo bien que lo pasamos. Fue tan natural, una maravilla. En el Mundial celebramos, pero estuvo más apagado.

En ese momento eras jugador del Villarreal, club al que escogiste porque, dijiste, era el «más serio» de los que te pretendía.

Tuve varias ofertas. El más importante fue el Betis, el Levante me mareó también un poco, pero me fui con el Villarreal porque estaban en Europa y competían. Acerté. Conseguí ahí la plenitud futbolística. Si fui al Mundial con 33 años fue gracias al Villarreal, si me hubiera ido al Levante, que ese año bajó a segunda, no lo habría logrado. En Coruña sembré y recogí en Villarreal, donde logramos el mejor puesto de la historia, segundos, y salimos con el autobús como si hubiéramos ganado. Lo que ha hecho Roig es espectacular. Igual que en Coruña, que su realidad era estar en primera, mantenerse, y eso la gente no lo veía porque venía de unos años buenísimos.

Tuviste a Pellegrini y a Valverde; uno llegó al Madrid y el otro, al Barça.

Pellegrini, junto con Caparrós, ha sido el mejor entrenador que he tenido. Nunca se ponía nervioso. No le salió lo del Madrid, pero lo merecía. Con él no hice más que disfrutar del fútbol. No hacíamos tiquitaca como el Barça, pero sí minitiquitaca. Íbamos con jugones de verdad, Cazorla, Senna, Cani, Rossi, Nilmar, Borja Valero… Un Barça en miniatura. Luego llegó Valverde y quiso cambiar un poco el dibujo a un 4-4-2 más defensivo y nosotros no lo pillamos. La culpa es siempre a medias, pero creo que fue más nuestra. No asimilamos lo que nos pedía. Cuando se marchó fue muy emotivo porque le queríamos mucho y nos sentíamos culpables de no darle lo que pedía. Pero eran cosas que no podíamos hacer, que los extremos bajasen a defender, a Pirés lo mataba… Pellegrini en cambio era: «Si nos meten uno, tranquilos, ya meteremos dos». Ahora en el Barça si Valverde pone un 4-4-2 lo matan.

¿Por qué se fue Luis de la selección?

Durante la celebración él ya era consciente de que no podía seguir. Ya tenían a otro firmado, porque nadie esperaba que fuésemos a ganar. Eso es al menos lo que me llegó a mí.

¿Del Bosque qué mantuvo y que tocó?

Su presión añadida era que veníamos de ganar la Eurocopa. Ya estaba todo encaminado, la columna vertebral hecha, no quiso tocar muchas cosa y le fue bien.

Metió el doble pivote.

Sí, que fue muy criticado tras la derrota ante Suiza. Todos los entrenadores tienen que meter algo suyo, porque todos tienen sus cosas. No creo que esa derrota fuese por el doble pivote. El sacrificado fue el pobre Silva, porque de Busquets dijo que, de poder ser un jugador, Del Bosque hubiese querido ser Busquets. Le reafirmó. Eso fue importante, Busquets tenía 21 años. Pocos aguantan la presión como lo hizo él. Por eso ha llegado él donde ha llegado y no yo [risas].

Mi única virtud es que he sabido siempre dónde está mi límite, al final el fútbol es inteligencia. Nunca me habrás visto hacer una bicicleta porque podía descarrilar y rotura de tibia y peroné. Si lo mío era cortar y dar, yo cortaba y daba. Como decía Luis de sí mismo: «Yo era malo, pero era listo de cojones».

A ti se te cuestionó.

¿Sí? No me acuerdo. En la selección siempre he tenido la suerte de estar un poco al margen por no ser del Barça o el Madrid. Yo le daba igual a los polemistas. No hablaban ni mal, ni bien. Estaba entre dos aguas. En ese partido contra Suiza yo en lo único que estaba pensando fue en que era mi debut mundialista. Estuve pendiente del saque de centro y cuando lo hicieron, dije: «¡Ya! soy mundialista, le contaré a mis hijos que soy mundialista». Para mí jugar un minuto en un mundial ya era un triunfo. Luego acabé jugando todos los minutos, junto a Piqué y Casillas, que esa es otra.

Casillas también aguantó lo suyo porque se le ponía en duda por la presencia de Sara Carbonero.

Igual fue una motivación, ¿no? Antes, en la Copa Confederaciones, Sara estaba detrás de la portería. Nosotros en el calentamiento la mirábamos, porque si una chica es guapa, pues… y ya nos dijeron que tenía casi pareja. Fue todo muy secreto, como lo de Piqué y Shakira, que yo no me enteré hasta después del Mundial. De hecho, yo andaba por ahí diciendo todo el rato que quería hacerme una foto con Shakira. Pero no creo que esto fuese una distracción para nadie, sino al contrario. Te motiva.

Luis os criticó en los medios por salir con el partido de Suiza ganado.

Ni me enteré. Pero sí que es verdad que no salimos con la tensión adecuada, en lugar de salir al cien por cien sí que salimos al ochenta por ciento.

Después de Suiza fueron todo finales.

El primer día, el de Honduras, me llegó Del Bosque en la merienda y me dijo que ayudase un poco a los jóvenes, que venía un partido jodido. Eso me llenó de confianza, que viniera el míster a decirme algo a mí, en privado, me sorprendió. Porque lo normal era que hablase con Casillas y con gente con más peso. Después de lo de Suiza, a todos los partidos fuimos con la maleta hecha por si después nos íbamos a casa.

Lo de Chile fue un parto.

Honduras fue terrible, pero sabías que podías ganar. Contra Chile ya teníamos más dudas. Los equipos sudamericanos se nos dan fatal, presionan mucho. Un equipo de Bielsa además es complicadísimo. Estábamos acojonados, menos mal que metió Villa eso desde el medio campo. Fue un partido feo no, feísimo. De cojones. Cuando nos marcaron el 2-1 no sabíamos si atacar o defender.

Fue la primera vez que esa selección se echó para atrás.

Nosotros no sabíamos que a Chile le valía, fueron ellos los que pararon. A nosotros nos daba igual el otro partido, solo nos valía ganar. Teníamos el miedo en el cuerpo. Un resbalón, cualquier cosa, en fútbol puede pasar de todo, y a casa. Yo me quedé a atrás, lo único que tenía claro es que no podían meternos un gol, si no metían estábamos en octavos y me dediqué a eso.

Piqué recibió por todos los lados, estaba todo el día sangrando.

Ahí es donde se enamoró Shakira, al verle con esa cara [risas]. Pero, fíjate, después van y le silban. A un tío que siempre que le han llamado se ha entregado. Después, que cada uno piense lo que quiera en su vida privada, pero si defiende tu país o tu camiseta respétalo, ¿no?

El partido de Portugal, tácticamente, fue el más complicado que disputó esta selección junto con el de Italia de la Eurocopa.

Es que Portugal tenía muy buena selección. También nos tenían ganas. Cuando jugué en el Benfica noté que había algo de rivalidad entre portugueses y españoles, no los veo como los mejores hermanos. Siempre he visto que nos tienen ganas. Fue un partido duro y jodido. A mí, a nivel personal, me vino Toni Grande y me dijo: «Joan, has hecho el partido de tu vida». Dije: «Coño». Recuerdo que me cayó a la banda Cristiano porque tengo un par de fotos guardadas. Y el gol nuestro, si hubiera habido VAR, igual nos lo anulan, que estaba en fuera de juego Villa.

Vaya faltas nos tiró Cristiano Ronaldo.

Es que el balón ese era un desastre. Lo hicieron a propósito para Cristiano. Le metías y no sabías dónde iba. Me pongo en la piel de Iker y… cada falta era una lotería. Era casi un penalti, o peor, que de lejos es más difícil porque el balón se mueve más. No sé quién aprobó esa pelota, a mí no me gustó desde el principio.

Infartitos contra Paraguay.

Falló un penalti Cardozo en el 70. Fue el partido que más sufrí. Es que los equipos sudamericanos siempre se nos han dado mal, son rocosos, nos asfixian, nos viene mejor el estilo europeo. Vas de mala gana, te meten en su terreno y psicológicamente te ganan. Si nos llegan a meter el penalti, que se lo para Iker, estoy convencido de que nos eliminan. Luego tuve a Cardozo en el Benfica y me dijo que nunca los tiraba así, que ese día cambió. Y luego sacó Casillas y nos pitaron penalti a nosotros. Lo tiró Xabi Alonso, lo metió y le hicieron repetirlo, pero en esa jugada hubo otro penalti que no pitaron. Y al poco después entra el gol, un remate al palo de Pedro que coge Villa, chuta y da al palo, al otro palo y gol. Fíjate lo que es la suerte. No hicimos un fútbol brillante en ese mundial, pero fue eficaz. 1-0, 1-0 y 1-0. Esas fueron nuestras eliminatorias, se divirtió más la gente en la Eurocopa, pero un Mundial lo absorbe todo.

¿Cómo afrontaste la final?

Me dijo un amigo unos días antes: «Para salir al campo, ponte una moneda en la media y una vez dentro la lanzas y la entierras en el césped». Respondí: «Vamos a ver, tío, que mañana voy a jugar una final del Mundial, que no es la fiesta mayor». Y me dice: «Si quieres ganar, haz eso». Por la noche empecé a dudar, «¿y si no lo hago y perdemos?, a ver si va a tener razón». Con un par de cojones, me puse un euro en la media, el himno, tal cual, todo chulo, y mientras hacían el sorteo, tiré mi moneda y la clavé con el dedo en el césped, que debe estar todavía ahí. Yo no la toqué.

Cuando salté al campo, miraba la copa. Cómo brillaba. Ver la copa que habían levantado Matthäus, Maradona… La miré porque, ¿y si no la volvía a ver? Me impresionó mucho lo que brillaba. Pensé en Maradona, cómo se lo tuvo que pasar en el Estadio Azteca, levantándola delante de ciento veinte mil personas. Cuando sonaron los himnos, se me pasó un flash de mi carrera: «Yo qué hago aquí, con todo lo que he jugado en campos de tierra», me puse como melancólico, «cincuenta millones de españoles viendo el partido». Veía imágenes de mí cuando era pequeño.

Mis padres vinieron a partir de las semis, eso me puso muy contento, que me vieran jugar un Mundial. Al estar ellos en el campo me sentí un poco protegido, respaldado. Estás a doce horas de España, pero no estás solo. Entonces empezó el partido y se pusieron a meternos unos palos… En el minuto 13 o 14, me da un pase Puyol, la recibo, viene Van Persie y me da en el pie de apoyo. Le sacaron amarilla, pero sentí que me había reventado el tobillo.

¿Jugaste lesionado?

En el descanso estuve con el fisio. No me enteré de nada de la charla que dio Del Bosque. Tenía el tobillo hinchadísimo, con un esguince de caballo. Pensé que no podía jugar. Le dije al fisio: «Hazme lo que sea, pero que pueda jugar». Me dio un Nolotil o algo así, algo rojo. Me tuve que quitar el cordón de un par de ojales de la bota para poder atármela y probé en la carrera para salir al campo, si no podía, me volvía, se lo tuve que prometer. Pero pude. En cuanto empezó la segunda parte, ni me acordé del tobillo. Sería la adrenalina, pero no sentía dolor. Acabó el partido y estuve un mes de baja. Tenía el tobillo negro.

¿Os sorprendió la forma que tuvieron de salir?

Mucho. ¿Cuándo Holanda ha sido así de agresiva? Yo creo que ahí perdieron la final. Fue el equipo más violento de todo el torneo en ese partido. Paraguay fue mucho más noble que ellos y se supone que los sudamericanos son los aguerridos. ¿Lo de Van Bommel con Iniesta, que habían sido compañeros en el Barça y tuvieron un rifirrafe? Para sacar de quicio a Iniesta hay que… Y ya no te digo la patada de De Jong a Xabi Alonso, todavía no me explico cómo en el mundo del fútbol eso no es roja por mucha final que sea. Si es roja es roja, aplica el reglamento. Eso no es cargarse una final, el que se la ha cargado es De Jong, no el árbitro.

¿Cómo viste la ocasión de Robben?

Yo iba detrás de él, fui el que mejor lo vio de todo el planeta. Sin pagar entrada [risas]. Le grité: «¡Kiricocho!».

¿Cómo?

Kiricocho. El segundo de Pellegrini, Rubén Cousillas, cuando teníamos una ocasión en contra, decía «kiricocho», que es un mal fario para el rival. Se me quedó grabado. En esa jugada, a Piqué le pasó por debajo de la pierna, no sé por qué, pero el otro cuando arrancó la moto yo ya no llegaba. Solo me quedó correr a la desesperada y decirle «¡kiricocho!». Y va y la falla, tío. Rubén Cousillas tenía muchas manías, antes de cada partido se encerraba en los cagaderos y empezaba a rezarle a la Virgen…

Llegó el gol.

Cuando marcó Iniesta, miré el marcador y del 117 al 120, esos tres minutos, fueron los más largos de mi vida después de mi boda. Duró igual que todo el Mundial. Nos quemaba el balón, fue una cosa de locos. Despejábamos y Torres corría todos los balones. Yo le metí uno y se rompió al intentar controlarla. Una rotura de caballo.

Del gol no me acuerdo tanto. El carrerón de Navas, no me acuerdo. Vi que Iniesta pegó un taconazo y pensé: «Hostia, qué haces con taconazos en mitad del campo, no la perdamos ahí». Siguió la jugada, Torres metió un centro que despejaron y le cayó a Cesc, le dio el pase a Iniesta, que estaba en fuera de juego en el primer pase… Ahora no me acuerdo. Mira, ese gol no he vuelto a verlo nunca. No lo veo cuando sale en la tele porque tengo miedo de que lo falle. En serio, por superstición intento no verlo, a ver si me van a quitar la estrella.

Superstición a posteriori.

Quiero ver todas las imágenes del Mundial, menos el gol. Cuando chutó Iniesta y marcó, el estadio se quedó como… ¿qué ha pasado? De repente, vi que Iniesta salía corriendo, pensé «¿Gol? ¿Gol?», vi al linier pirarse para mitad de campo y empecé a correr como un loco hacia ellos, fueron ochenta metros, la carrera más rápida que he hecho en mi vida en un campo de fútbol. Caímos todos, dentro del montón me encontré con Xavi, me di un abrazo con él, y ya está. La camiseta de Jarque para mí fue una sorpresa, no sabía que la llevaba. Es caprichoso el destino, Iniesta estuvo a punto de no ir al Mundial, tuvo una especie de depresión, le trató un psicólogo. Le pusieron vídeos de motivación…

Luego el balón nos quemaba, solo dábamos pelotazos, y recuerdo que se fue de fondo una y le dije a Iker cuando iba a por ella: «Por tu madre, no saques, por tu madre», que se jugase una tarjeta o lo que fuera. Y tal y como lo plantó para sacar, el árbitro pitó el final. Todos nos pusimos a llorar, te derrumbas ahí, es algo… toda la tensión…

El fútbol tiene tal magnitud. Tú piensa que por dos días o tres unimos a toda España. Esto no lo han conseguido ni los políticos. Por dos días, unimos a todo un país. Otra cosa que me emocionó fue que, cuando acabó todo, me encontré con mi familia, que estaba ahí en un córner, y vi que mis padres estaban llorando. Yo nunca había visto eso en mi vida. Todavía me emociono al recordarlo.

La putada es que tanto en 2008 como en 2010 me tocó doping. Me perdí las dos celebraciones en el vestuario, en las dos estuve con un tío persiguiéndome.

También te perseguía un periodista japonés.

Mutsu Kawamori, es amigo mío. En 2004 nos conocimos, hace Champions, campeonatos internacionales para una revista. En 2008 me trajo unos amuletos orientales de buena suerte. Yo los llevaba en el neceser. Lo veían los compañeros, me pedían y yo iba repartiendo. Ganamos Eurocopa y Mundial, no sé si tendría que ver [risas].

¿Cómo llevaste el declive profesional?

Con 33 tacos ya te ves que… Del Bosque lo hizo muy bien, me mantuvo un añito más y el terreno ya estaba preparado para Jordi Alba en la Eurocopa de 2012. Con el Benfica fui al sorteo de la Eurocopa en Kiev, me encontré con Del Bosque y me llamó a un aparte para pedirme disculpas. Le dije que no tenía que darme ninguna explicación.

En el Villarreal, Garrido me dijo que no me quería. Por eso me fui a Lisboa y mira, me ahorré un descenso. Luego volví al Espanyol un poco para desquitarme, que me estuvieron silbando diez años, pero es donde me formé. Salvamos la temporada con Aguirre tirando de los veteranos, yo sacando los córners y Simao rematándolos, mira cómo estábamos. Me acuerdo de que con él pactaba las broncas. Me avisaba antes de que me iba a gritar, que le siguiera el rollo, y luego me montaba la de dios delante de los jóvenes.

Y ya me había retirado cuando me apareció la oportunidad de ir a la India, que decían que iban a montar una NBA del fútbol, con jugadores franquicia, y me fui. Me lo pasé muy bien, campos enormes llenos, con Del Piero, Anelka, Pirés, fuegos artificiales, pero unos mosquitos gordísimos… Luego la pobreza que vi por ahí me sirvió como cura de humildad. Vienes aquí y te das cuenta de que nos quejamos por nada.

Todavía me dio tiempo a ir a Bélgica, en el Lierse, estuve lesionado y descendimos, me rompí el cruzado. Mi último club fue en Andorra, el Santa Coloma, que jugábamos la Champions. Nos tocó un año en Armenia y la pena fue que, el segundo, que estaba deseando meterme otro viaje, nos volvió a tocar en Armenia.

¿Qué pasó con lo de Guanyarem? Dijiste que se utilizó tu imagen para intereses políticos.

Cuando me ha llamado la selección catalana he ido, cuando me ha llamado la española, he ido. Nunca en beneficio político de nada. Para mí, el deporte no tiene nada que ver con la política. Sí que he visto que aquí en Cataluña nos han apretado un poquito, nos pusieron una pancarta y nosotros, muchos, no lo sabíamos. No era un engaño, pero era como «¿Qué tiene que ver la política aquí ahora?». También nos decían que, cuando sonase el himno catalán, aunque no nos lo supiéramos, que se viera como que lo cantábamos. Yo pensaba: «¿Y por qué? Cada uno que haga lo que quiera, ¿no? Si lo quiere cantar o no». Cosas que…

Lo cierto es que al final los que más van a la selección catalana son los del Espanyol.

¿Y tú has visto alguna vez al presidente de la Generalitat en un partido del Espanyol? Si en el palco del Barça parece que le han puesto un piso… Así nos va. El fútbol es un deporte, un espectáculo, y la política otra cosa. Si lo quieres mezclar, nos equivocamos todos.

¿Qué le pasa ahora a España?

Yo estuve en el momento adecuado en el lugar adecuado. Nosotros cuando subimos de la sub-21 no teníamos presión, España era siempre un desastre. Ahora ya hay ahí una estrella en el escudo. Lo mismo le pasó a la Italia campeona del mundo y antes a Francia. Pero estoy ilusionado con los Asensio, Isco, Morata, Odriozola, Rodri, Koke, Saúl… Creo que la esencia sigue siendo el toque, la selección no la va a perder. Igual Luis Enrique prefiere ataques más directos, pero su esencia es la posesión. Si no es en esta Eurocopa, que tenemos que ser de las fuertes, será en el Mundial. Por madurez y por todo. Pero el fútbol ha cambiado mucho. Es muy exigente actualmente. Ahora quieren máquinas. Estoy flipando con la de lesiones que hay en primera división. Exprimen al máximo el cuerpo humano. Buscan tanta perfección que el cuerpo humano no responde.

Coautor 720


Claudio Caniggia: «Maradona siempre le puso el pecho a todo, era como un indio salvaje»

Fotografía: Jose A. Ramos

En los años en los que el rock and roll dominaba la cultura popular, Argentina jugaba al fútbol con dos melenudos por delante, Caniggia y Batistuta. Incluso hoy, con sus gafas de cristal púrpura, Claudio recuerda a Robin Zander, de Cheap Trick. En ocasiones, estos «rockeros» por detrás tuvieron a Dios. A Diego Armando Maradona. Pero fue en ocasiones porque las suspensiones arruinaron el potencial de aquella selección. A estas alturas, Claudio Caniggia (Henderson, Argentina, 1967) no quiere hablar de nada extrafutbolístico, pero sí que recuerda momentos épicos de su carrera que son historia del fútbol. Nos encontramos en Málaga, junto al exfutbolista local Antonio Vega y el periodista Camilo López. En el repaso a su trayectoria, Caniggia rechaza valorar a los futbolistas por su técnica y florituras, para él los buenos son los que aparecen en el momento cumbre. Cuando hay que aparecer. No hay más.

Eres un futbolista salido del medio rural.

Henderson era un pueblo chiquito, de unas siete mil personas. Yo no es que fuera un hombre de campo, pero prácticamente crecí en un pueblucho. Puede que se note en mi carácter, no soy de Buenos Aires. Soy un poco más desconfiado, me protejo más. Allí lo que tenía era el campo a treinta metros de mi casa. Desde que tuve cinco años, me pasé ahí todo el día. Era un terreno que nosotros llamamos potrero. La pelota iba para donde quería. Era terrible. Pero jugar en potreros lo que te daba era algo diferente a tu fútbol. No solo lo digo yo, ya se ha hablado mucho de esto, hasta Pelé lo decía: «A nosotros la pelota nos botaba para cualquier lado». En el potrero, a salir con el balón con gente alrededor, a pensar, lo aprendes instintivamente. Luego llegas a un campo de verdad y es un lujo.

Donde yo jugaba, en un equipo que se llamaba Juventud Unida en el que había jugado también mi padre, en el campo había zonas con zarzales. Por ahí pasaban después los corderos para quitarles la lana. Nadie quería pasar por esas zonas del campo, si corrías por ahí se te llenaban las medias de espinas; luego, cuando te golpeaba la pelota, se te clavaban. Te ponías perdido de sangre, era un dolor terrible. Veinte espinas clavadas. Y si te caías…

Hiciste atletismo también.

Me gustaba mucho, corrí cien, doscientos y cuatrocientos metros. Lo que más me gustaba era el salto de longitud. Me encantaba saltar y quizá eso se quedó en mi estilo a la hora de correr sobre el campo. Siempre me dijeron que corría encogido, que me agachaba un poquito para coger velocidad, pero yo lo hacía por los rivales, para meterles el cuerpo en carrera. Si vas erguido, te tiran con solo tocarte un poquito. Una vez leí que Usain Bolt le dijo a Cristiano Ronaldo que tenía que correr con la espalda más derecha, pero no es lo mismo correr con la pelota que en la pista. Bolt hace muy bien los cien metros, pero no puedes correr como un atleta en un partido de fútbol. Ahí hay gente que te quiere desacomodar, no puedes arrancar con el pechito para adelante.

Fui a muchas competiciones de atletismo en las ciudades alrededor de mi pueblo, no competí a nivel nacional porque era muy joven, pero me hubiese gustado. Pero no creo que fuese rápido jugando al fútbol por haber hecho atletismo, ya era rápido de por naturaleza. Puedes aprender a correr, mejorar tu salida, por ejemplo, pero no se puede aprender a correr más rápido. Eso no se puede mejorar.

Con quince años te plantaron en Buenos Aires para jugar en River.

Carlos «el Negro» Jaimerena era de una peña de River en mi pueblo. Jugaba al billar con mi padre y un día propuso que me llevaran a probar. Todas las peñas hacen estas cosas. Llamó al club, le dijeron que fuéramos y nos presentamos allí los tres en un auto. Me probé como 8, que era lo que me gustaba, pero cuando vieron mi velocidad me pusieron de 7. Yo en realidad era de Boca, desde chico escuchaba los partidos por la radio y mi padre, que era comerciante y de vez en cuando iba a la capital a por electrodomésticos, me llevó alguna vez a la Bombonera.

Pero el problema de verdad fue que pasé de un sitio donde conocía a todo el mundo a, de repente, verme en una ciudad como Buenos Aires completamente solo. No tenía amigos, cambiaba de colegio cada año. Con quince años no eres niño ni adulto. No fue fácil para mí. Me encontré, además, con un equipo de pibes que llevaban tres o cuatro años jugando juntos y se bancaban entre ellos, se protegían. Ahí empezaron los problemas. Yo era el nuevo, le quité el puesto al que llevaba ahí años y dijeron: «¿Qué pasa acá?». Con dieciséis años estuve a punto de volverme. No solo por esto, también porque tenía que ir hora y media en autobús al colegio, luego coger un tren, luego otro autobús. Estaba agotado y no tenía relación con casi nadie. Vivía con mis tíos y mis primas. No fue fácil. Si no es porque me convence mi madre, que me dijo que me quedase un poco más, hubiese renunciado. El segundo año fue más fácil y no volví a tener deseos de volver al pueblo.

Te apodaron el Pájaro.

Se le ocurrió a un periodista cuando empecé a jugar en primera. Era porque corría con las puntas de los pies y parecía que no tocaba el suelo. No apoyaba el talón prácticamente. Alguien dijo que volaba y a otro se le ocurrió llamarme el Pájaro. También se dijo el Hijo del Viento, que se lo decían a Carl Lewis.

Cuando subiste a la primera plantilla, se recuerda de ti que salías de cada entrenamiento lleno de arañazos porque no te podían atrapar.

Me pegaban bastante. Hijos de puta [risas]. Cuando empiezas a entrenar con los de primera te enseñan el rigor. Me daban duro, me mataban a patadas, pero me tenía que callar. Tenía que levantarme cada vez y seguir. Nunca me lamentaba. Ruggeri decía que, cuando me daban, iba al suelo, me ponía de pie y en la siguiente jugada volvía a encararles otra vez. «Le dábamos, pero el hijo de puta seguía encarándonos», decía. Obviamente, te querían intimidar. Ahora también pasa, pero si le dan a uno en los entrenamientos sale en todas partes. Ya ha pasado. Entonces no podías decir nada. ¿Qué ibas a decir? Y te hacías jugador, u hombre, como quieras llamarlo, más rápido.

Ruggeri decía que te daban igual los golpes y que no sabías ni con quién jugabas el siguiente partido.

Sí sabía contra quién jugaba, lo que no sabía era quién me iba a marcar. Salvo los jugadores más importantes de cada equipo, no conocía a los demás. Los periodistas me preguntaban a propósito quién me marcaba y yo contestaba: «No lo sé, qué quieres que te diga». Igual era inconsciencia, pero así me quitaba preocupaciones. Si yo estaba bien, no necesitaba saber quién me marcaba. No quería tanta información en mi cabeza. Ni siquiera en los Mundiales. Seguí igual. Mi mente funcionaba así.

Ese River ganó la Copa Libertadores y luego la Intercontinental al Steaua de Bucarest.

Era muy difícil debutar en ese River, había ocho o nueve jugadores internacionales entre uruguayos y argentinos. El club tenía dinero en esa época y compraba lo mejor que había en circulación por Sudamérica. Estaban Pumpido, Ruggeri, Henrique… el centro del campo de la selección argentina campeona del mundo en el 78, Gallego y Ardiles… Hubo jugadores mejores que yo en las categorías inferiores que no pudieron jugar en ese River.

Pero cuando debutaste se dijo que no se veía nada igual desde Maradona.

Es verdad que fue un ascenso bastante rápido, arranqué a jugar y desde el primer partido encaraba, cogía la pelota y me iba para delante. Jamás me sentí intimidado. Nunca me puse nervioso. Era un poco inconsciente en ese momento. Pero fue Bilardo el que le dijo al técnico del primer equipo, Héctor Veira, que me sacase. No se la quería jugar con los pibes, que los había muy buenos, pero no los ponía. Bilardo me conocía porque utilizaba a las categorías inferiores de River como sparring de la selección argentina que luego ganó la Copa del Mundo del 86. Le dijo: «¿A este pibe qué haces que no lo pones en primera?».

Cuando llegas arriba es muy bonito, pero nada de lo que has hecho antes vale para nada. Muchos muy buenos llegaron y se cayeron. Jugaban uno o dos partidos, después iban al banco y al final desaparecían. Cuando yo aparecí, me faltaba mucha experiencia, pero era como si hubiese jugado toda mi vida en primera. Me adapté.

Puedes tener la técnica que quieras, pero si no tienes cabeza… La mentalidad es más importante que la técnica en el máximo nivel. Tienes que saber que los espacios son más reducidos, que no puedes ponerte a gambetear como si tuvieras dieciséis años, tienes que entender que el juego es más rápido, más fuerte y tácticamente tienes que prestar más atención a tu ubicación, al juego posicional. Todo eso lo tienes que aprender muy rápido. Yo no tuve ese problema, también porque era muy vertical; cuando había que ir, iba y punto. No hacía jugadas para perder el tiempo.

Esas cabalgadas tuyas recuerdan a las de Ronaldo Nazario, o al revés.

Sí, a pesar de que la posición en el campo era diferente, él era un 9, más delantero, lo mío era arrancar de atrás. En principio, yo partía como wing. En River jugábamos con tres arriba. Estaba Alzamendi, el uruguayo que jugaba en la selección, a él no le iban a largar de la derecha, así que tuve que aprender a jugar desde la izquierda. Nunca lo había hecho, ni siquiera en las categorías inferiores.

Y lo hacías contra esas defensas sudamericanas de la época…

El fútbol argentino y el italiano son los más difíciles del mundo. Te pegan, te dan codazos, no les importa. Vas a sacar un córner y te escupe toda la tribuna, te reputean. Pero eso nos pasa a los argentinos desde que somos chicos, por eso nos acostumbramos a la presión y por eso mismo cuando salimos fuera no existe la presión para nosotros. Cuando teníamos trece años, íbamos a sacar un córner y los padres del equipo contrario nos decían de todo. Nos apedreaban. Tipos de cuarenta años insultando a pibes de trece. Es una vergüenza, pero Argentina es así. Desde chico juegas en un ambiente hostil, luego te vas a Europa y te parece un juego de niños. No te causa sorpresa nada de lo que ves. Te gritan cuatro, vale, ¿y a quién le importa?

En el campo las patadas eran terribles. Todo el tiempo. Yo, que era finito, flaquito, volaba cinco metros cuando me daban. Alguna fractura me costó. En la Libertadores igual, ibas con un cuchillo entre los dientes a jugar a Paraguay, a Colombia… te mataban. Era horrible. Ahora hay cámaras, pero en esa época era el terror. Ibas a sacar un córner y no sabías si ibas a salir con un ojo menos. A mí me agarraban del pelo…

Es como dijo Riquelme hace unos meses, que Messi es un fenómeno, pero en Argentina acabaría lesionado dos o tres veces por año y no podría jugar todos los partidos. En Argentina tampoco podría tirar paredes en el área chica, porque le irían a buscar antes y le pegarían, le frenarían. Con inteligencia, pero le desacomodarían. No quiero decir que aquí no pasen esas cosas, pero el jugador sudamericano está más acostumbrado a ese tipo de fricción. A ser listo. Es así, es la naturaleza. Es como crecemos en Argentina, Brasil o Uruguay. Como sé que eres muy bueno y me vas a pintar la cara, no te voy a dejar salir. No te respetan. En Europa, a los grandes equipos les dan, pero no les dan tan fuerte. Allá no importa quién sos. Cuando volví a Boca en el 95 con Maradona me daban igual. Nos tenían respeto, pero dentro del campo, si te tienen que colgar con un alambre, te cuelgan. Así es Argentina.

Pronto llamaste la atención de los clubes europeos.

El primero que vino a por mí fue la Roma. Estaba todo listo, yo tenía diecinueve años, pero no pudo ser, ¿sabes por qué? Porque alguien, no voy a decir quién, se quería quedar con el 15 % del traspaso, que es una comisión que le corresponde al jugador. Habría jugado unos treinta partidos en primera y me ofrecieron un contrato de tres años. También lo intentó la Juventus. Yo no tenía representante, no había esas cosas, iba con mi padre a negociar porque sabía algo de contabilidad. Era el año 87, la Roma ponía cinco millones, a mí me correspondían cuatrocientos mil dólares. Eso era una fortuna en aquella época. Ya habían adelantado un millón, pero dije que no. Quería mi 15 %. Yo no le había costado a River ni una moneda. Al año siguiente vino el Verona ofreciendo un buen contrato y entonces sí decidí irme.

¿Hubo mucho cambio de Argentina a Italia? Dijiste que tenías agujetas hasta en las orejas.

Yo lo aprendí todo de Bilardo y del fútbol italiano. Era un fútbol mucho más cerrado, había que moverse mucho, si no, te comían. El italiano es el fútbol más difícil en el que he jugado. En los ochenta, los máximos goleadores del Calcio no marcaban más de veinte goles. Maradona fue máximo goleador en la temporada 87-88 con quince goles. Yo hacía unos diez u once. Había muy pocas ocasiones, se trabajaba muchísimo. Mucho.

Nunca me he entrenado como allí. Era terrible. Aunque solo lo pasé mal el primer año, en el segundo el cuerpo tiene memoria y se adapta. Pero eran entrenamientos extremos. En la pretemporada hacíamos tres al día, durante veinte días, en una montaña. Troglio, que era un tractor, tampoco podía. Al final del día, le decía: «¿Vos estás como yo o soy yo solo?». Y contestaba: «Estoy hecho polvo». Cenábamos a las ocho de la noche y nos tirábamos en la cama. Pero luego veías a tíos como Thomas Berthold, el internacional alemán, que cuando salíamos a correr a la montaña él iba solo un kilómetro por delante de los demás.

¿Sufriste al Milan de los holandeses?

Les hice dos goles en un mes. Con uno de esos dos les echamos de la Copa. También recuerdo haberles hecho uno muy lindo de vaselina un día que luego nos ganaron con un gol de Van Basten en el último minuto, que le dio a uno de los nuestros en el hombro y entró. ¿Sabes que al principio Van Basten tenía problemas con Sacchi? Pensaba: «¿Para qué trajimos a este?». Y él se quería ir. No tenían buena relación. Jugando, lo impresionante era cómo te presionaban. No te dejaban. Y se lo hacían a grandes equipos, jugaban igual contra el Inter o contra el Madrid, al que le metieron cinco.

¿Es verdad que a los extranjeros el primer día os llevaban a vestiros bien?

Eso le pasó a Van Basten, precisamente. Un día salieron a algo con sus trajes y él iba con calcetines blancos. Le dijeron: «Perdona, ¿qué es esto?». Siempre que llegaba un jugador le llevaban a vestirle. Tienes que tener en cuenta que en los ochenta no había información como ahora, que puedes pedir lo que sea por internet y hay setecientos canales de televisión. Antes nadie tenía información de un carajo. Si llegabas a Italia con veintiún años, que aquello era el Hollywood del fútbol, te llevaban a comprar ropa, varios trajes, camisas, zapatos y te explicaban cómo iba la cosa. No porque fueses mal vestido, sino porque querían que fueses bien, como se iba en Italia.

¿Por qué fichaste luego por el Atalanta?

A veces me dicen que podía haber jugado en equipos más fuertes y es verdad, pero fue así porque el fútbol era distinto, los cupos de extranjeros lo complicaban todo. Mira al brasileño Junior, fue al Pescara y al Torino. Enzo Francescoli, uno de los mejores jugadores que he visto, fue al Cagliari. Toninho Cerezo, a la Sampdoria. Zico, al Udinese. Maradona no fue ni al Milan ni al Inter ni a la Juventus, sino al Nápoles, que el primer año peleaba en mitad de la tabla. Gica Hagi, al Brescia. Ramón Díaz, uno de los mejores defensores que vi en mi vida, ¡al Avellino fue!

Ahora se ha perdido la esencia con tantos extranjeros. Antes los vestuarios estaban mucho más unidos porque estaban todos los italianos y nosotros, dos o tres extranjeros. Ahora hay quince tipos y son todos de fuera. Esos grupos ya no son tan compactos como antes.

¿Cómo viviste que Maradona ganase dos ligas con el Nápoles y tirase una, o lo que fuera aquello?

Fue una historia rarísima, llevaban cinco puntos de ventaja, cuando ganar eran dos puntos, y faltaban cinco fechas. Era casi imposible que lo perdieran. Circulan muchas leyendas sobre lo que pudo pasar. Pero ganó dos. Con un par de incorporaciones, ese equipo medio, después del Mundial del 86, se puso a pelear por la liga y ganó dos. Por eso Maradona es el jugador más grande de la historia del fútbol. Porque se fue al Nápoles. Esto hay que tenerlo en cuenta cuando se hacen comparaciones, porque parece que hablamos diferentes idiomas. Maradona fue el jugador más trascendental de la historia del fútbol. Tenía que pelear contra el poderío económico y también político del norte de Italia, y llevó al Nápoles a ganar dos campeonatos y perder otro de forma extraña.

No hay un jugador capaz de repetir eso. Se rodeó de buenos jugadores, sí, pero no olvidemos que Maradona regaló un 30 % de lo que pudo dar de sí. Entrenaba cuando le salía de las pelotas y todos los demás problemas, que no es necesario que los diga porque ya los sabemos. Fue el mejor de la historia regalando el 30 % de su carrera.

Diego le dijo a Bilardo que te llevase al Mundial, que, si no, él no jugaba.

Lo dijo Diego. No lo sé. Eso lo sabrán Maradona y Bilardo. Lo escuché por primera vez en televisión.

¿Cómo fue la preparación para Italia 90? Tras ser campeones del mundo en el 86, en la Copa América del 87 y del 89, parecía que la selección pudo haber dado más.

Argentina siempre tuvo problemas. Para el 86 se clasificó en el último momento con un gol a Perú en cancha de River que fue terrible, si no lo mete, Argentina estaba fuera; tiró Passarella, dio al palo y la metió Gareca. El Gobierno estaba presionando para que sacasen a Bilardo, llamaban a Grondona para que lo echase. No se daban los resultados, se perdía y empataba contra equipos mediocres, pero él estaba haciendo su trabajo, lo que consideraba. Se ponía en duda a Maradona, se discutía si debía jugar o todavía no. Para muchos era mejor que no fuese titular todavía.

También era verdad que con los que tenían que hacer el trabajo táctico Bilardo era terrible. A Ruggeri lo llamó un día y le dijo que se presentase en su casa, pero con ropa para jugar. Se presentó ahí confundido y Bilardo le hizo bajar a una plaza que había enfrente de su casa, donde estaban unos chicos de ocho o nueve años jugando al fútbol. Le dijo: «Venga, ya lo arreglé con ellos». Quería que jugase con ellos. «Patéale», le dijo. A un chaval de nueve años que estaba en el arco. «Pero es un chico, Carlos… no puedo». «¡Patéale!», insistió. Quería probar a ver si se había recuperado de una lesión.

Los jugadores vivían momentos que… Al Vasco Olarticoechea lo llamó a casa y le preguntó qué hacía. Le contestó que iba a llevar a su familia en coche a un sitio. Le dijo: «¿Por qué autopista?». Y le esperó en un kilómetro, detrás de un peaje. Allí le paró el coche y le dio una charla técnica pintando con un ladrillo en la pared de una casa que había al lado de la carretera.

El Loco era así, hacía cosas rarísimas. Nos grababa a todos, tenía a un tipo escondido en una parte alta tomando vídeos de los entrenamientos. A mí me hizo ver un vídeo mío en el que me mostró con los brazos en jarras. Me dijo que no podía ponerme en esa posición durante un partido porque parecía que estaba cansado y eso lo podía ver el rival y coger confianza. También me pasó vídeos enseñándome cómo me tocaba el pelo, decía que eso me quitaba concentración. Usaba los vídeos para tener pruebas cuando te decía algo. Apoyarse en algo. Yo luego me puse una cinta en el pelo.

Si tenía una charla contigo, llamaba a dos testigos. Si había una mala onda, quería que en el futuro uno no dijese que había pasado una cosa y él otra. En el 90 me lo hizo antes del primer partido, en el que no jugué el primer tiempo. Hubo una historia dos días antes, cuando dio la alineación del equipo y yo me enfadé con él. En una cena hubo mucha bronca, por mi parte hacia él, y me llevó a una habitación a hablar conmigo, pero con testigos. Tuvimos que estar ahí dos minutos los dos en silencio esperando a que llegasen Olarticoechea y Ruggeri. Cuando entraron, tenían a Bilardo de espaldas y se rieron mirándome. En cuanto él se dio la vuelta, se pusieron automáticamente serios los cabrones [risas]. Entonces Bilardo me habló y ellos solo tenían que escuchar, no podían opinar. Era una cosa entre él y yo.

Las concentraciones con él tenían que ser amenas.

Yo las recuerdo con Troglio, que era mi compañero de habitación porque habíamos ido juntos al Verona. Una semana antes de jugar contra Camerún, estábamos en la habitación jugando con la consola. Teníamos una con el Mario Bros y estas cosas. Esa noche estábamos jugando al tenis. Era la una de la mañana y no nos podíamos dormir. Llevábamos un mes concentrados, fuimos el primer equipo que llegó. Bilardo tenía la costumbre de ir habitación por habitación de los nuevos entrando sin tocar a la puerta. Con los que habían ganado el Mundial del 86 tenía otro trato. Esa noche asomó la cabeza y, como no tenía ángulo para ver la cama de Troglio, solo me vio a mí con el mando. Bilardo dio un paso para verle a él, y en esos dos segundos, Troglio soltó el mando y se puso a hacer que dormía. Bilardo se fue y le empecé: «Pedrito, maricón, puto, cómo podés…». Luego, en la sala de televisión, nos dio una charla a todos y se quejó de que yo esa noche estaba jugando al videojuego, ahí a ver si entraba la pelotita, en lugar de estar viendo vídeos de Camerún.

Pues bien, después de eso estaba yo comiendo y me llegó Maradona. Me dijo: «Ven, Claudio, tenés que ver esto». Subimos Maradona y yo a la sala de televisión, fuimos despacito, y me dice Diego: «Ahí lo tenés». Estaba Troglio tumbado, él solo en toda la sala, viendo un Camerún-Sudáfrica o qué sé yo. Él solito. Me acerqué y le dije: «Pedro, sos una mierda, un cagón hijo de puta, no puedes ser tan rata y hacer lo que te dijo» [risas]. Pero era un fenómeno Troglio, ¿eh? Un gran tipo. Maradona también le dijo ahí, pero es que Pedro era tan bueno que no le podíamos decir mucho.

Otra vez entró Bilardo en la habitación y yo estaba fumando. Empecé a fumar en las concentraciones porque me aburría. Un día le dije a Troglio: «Pedro, fúmate un cigarrillo, maricón». Él no había fumado en su vida y dijo: «Bueno, me voy a fumar uno». No se sabía tragar el humo ni nada. Se puso a fumar el primer cigarro de su vida y justo ¡entró Bilardo! Salió de ahí rápido y se fue corriendo a la habitación de Maradona: «Diego, ¡están fumando! ¡Está todo lleno de humo!». Y Diego: «Carlos, y qué quiere que yo le haga, si quieren fumar van a fumar, qué voy a hacer yo». Pero vino Diego a vernos a la habitación, llegó riéndose, se encontró todo lleno de humo y me dijo: «Cani, boludo, abran la ventana aunque sea». Pero ¿sabes por qué pasó eso? Porque teníamos habitaciones diminutas. Bilardo no quería lujos ni comodidades. Ordenó que fuera todo muy rústico y muy pequeño, en el colchón te dabas una vuelta y te caías. Pero nadie se lamentaba. No nos importaba, a mí por lo menos no. Y a la mayoría de los que estaban allí tampoco.

En ese debut en Italia, delante del papa, la selección campeona del mundo cayó ante Camerún. ¿Qué pasó? ¿Había mucha presión?

Siempre hay presión. Yo no me sentí presionado. Jamás me pasó eso. Sentía la responsabilidad de lo que me estaba jugando, tomaba conciencia de la cantidad de argentinos que estaban viendo el partido por televisión, pero no sentía presión. Obviamente, nosotros sabemos a qué compañeros les afecta la presión. Ves cómo se ha levantado ese día, si está igual que hace una semana o no. Hay jugadores que siempre están igual y otros que no. A Ruggeri lo veías igual un mes antes que a diez minutos del partido. Yo también era así.

Aquel día se perdió, pero no fue por presión. Fíjate que hubo dos cambios en ese partido y cuatro más para el segundo. Yo entré por Ruggeri, que tenía pubalgia y no volvió hasta los octavos. Pasó que Bilardo formó un equipo en el que dos estaban fuera de sus posiciones, como Balbo o Lorenzo. Jugó Fabbri, al que no volvió a sacar. Todo esto te da la pauta de que Bilardo se equivocó al formar el equipo. Esa fue la razón. Cuando yo salí, obviamente, se jugó muy bien [risas]. No, me cagaron a patadas. Hice echar a dos, se quedaron con nueve y ni así pudimos empatar. Eran buenos y fuertes físicamente. Era uno de los mejores equipos de la historia del fútbol africano; este y el de Nigeria del 94.

Tras la derrota, Bilardo dijo que, si no pasábamos, iba a coger los mandos del avión de vuelta y lo iba a estrellar. El problema era que casi te lo creías.

Se pasó como mejor tercero de grupo y, claro, esperaba un primero: Brasil.

Veníamos de empatar con Rumanía, aunque a los dos nos valía el empate, por eso el final de ese partido fue tranquilo [risas]. Antes de Brasil, Bilardo mandó a una persona a ir habitación por habitación para reservar los pasajes de vuelta a Buenos Aires en caso de que perdiéramos. Era todo mentira, pero quería que nos viésemos volviendo a Argentina a comernos toda la bronca, porque Argentina es así, es exagerado. Luego era todo mentira.

Brasil os pasó por encima, pero Maradona y tú hicisteis magia.

Brasil venía de jugar bien y ganar, pero ni nosotros ni ellos queríamos ese choque. Es peligroso jugar contra un rival directo que no te tiene miedo, que no te va a respetar, que te quiere ganar. Nadie quiere eso en octavos. Para ellos también fue una mierda el clásico de Sudamérica en octavos, por muy bien que estuvieran.

En el primer tiempo debieron irse dos a cero, no dimos tres pases. Yo estaba solo como un perro delante luchando contra todos, era el único atacante. ¿Cuántos equipos en la historia del fútbol en un Mundial han jugado con un solo atacante? Nómbrame uno.

Tuvimos muchos problemas en ese Mundial. Batista y Olarticoechea vinieron mal. Ruggeri tuvo la pubalgia. Y Héctor Enrique, que era un centrocampista bárbaro, no pudo venir por problemas en la rodilla. Burruchaga estaba a la mitad de lo que podía dar. Maradona, también a la mitad. Diego tenía un tobillo hinchado. No podía casi ni entrenar. Apenas se podía poner la bota. Se tenía que infiltrar incluso para los entrenos. Fue un calvario para él, sufrió mucho. Llegamos con muchas bajas, pero lo que sí que había era un equipo sólido que no quería quedarse afuera. Nos veíamos mal, pero también pensábamos: «Bueno, tiene que jugarse el partido». Era un poco así. Simple. Pensábamos: «Vamos a ver qué pasa, a ver si nos ganan o no». Y en un Mundial, en un acontecimiento de esa dimensión, se ve quién es cada cual.

Contra Brasil tuvimos un poco de culo, como decimos nosotros, de suerte, es verdad. No podíamos salir de mitad de la cancha. No nos dejaban. Nos presionaban alto y no podíamos. La primera mitad fue un sufrimiento, pero la segunda ya fue diferente. Obviamente, hubo un desgaste físico de ellos. Como le hizo el otro día Khabib a McGregor, ¡qué quilombo que se armó! El ruso lo hizo desgastar en el piso, le hizo perder energía. Estos igual, iban para delante, sumaban superioridad numérica, una y otra vez, pero la pelota no entraba. Eso psicológicamente afecta. Te entra un poco de desesperación. Fíjate que tenían a Romario y Bebeto en el banco. Jugaron con Müller, un negrito muy rápido que jugaba en el Torino, y Careca. Tuvimos momentos críticos, pero, poco a poco, luego ya no tanto.

Hasta que Diego tiene una idea.

La jugada de Diego fue espectacular.

Tú eres el que mejor la viste de todo el planeta.

La vi venir, sí.

Él estaba quieto, sin apoyos, y de repente dijo: «Pues me voy».

Vio un huequito, porque él veía todo, y se metió. No estaba como en el 86, que era rápido, tenía un cambio de ritmo espectacular, pero sale con el balón y no lo podían tirar. Se dijo que Alemão no lo quiso tirar porque eran compañeros en el Nápoles, ¡mentira! No podían. Era muy difícil tirar a Maradona. Yo lo he visto salir de situaciones imposibles con dos tipos colgados y no podían echarlo abajo. Tenía un equilibrio y una estabilidad, aunque lo empujasen, impresionante. Una de sus muchas cualidades es que era muy difícil tirarlo. Nunca vi un jugador así, incluso en eso destacó.

En Maracaná, en el 89, le vi salir de una situación con los uruguayos, que ellos te matan… Paró la pelota, fueron tres a por él. Uno de ellos, el Tano Gutiérrez, que jugó conmigo en River. Pensé: «Lo matan». Y puso el culito a un lado, se giró y puso el culo del otro lado, le empujaron por los dos lados y le puso un brazo a uno, un brazo al otro, y salió de la jugada. Le habían caído tres encima. Me quedé: «Pero ¿cómo hizo este tipo?». Es increíble el equilibrio que tenía en los pies. Eso nunca se lo vi hacer a nadie y le he visto hacerlo mil veces. Por eso digo que no se puede comparar con nadie. Déjenlo ahí arriba y todos los demás abajo.

En esa jugada contra Brasil, cuando lo vi venir, pensé: «¿Qué hago?». Me podía ir a la derecha, Branco era el que me marcaba. Lo primero que hice fue esperar un poquito a ver para dónde tiraba él, porque Maradona de repente te puede frenar y salir para el otro lado y yo tendría que cambiar de dirección. Cuando vi que se iba para la derecha y lo estaban cerrando ahí, cuando vi que ya no podía cortar para el otro lado, me fui a la izquierda. Estas cosas no salen de casualidad, simplemente salió perfecta. Fueron diez segundos perfectos. En milésimas de segundo, vi que no podía quedarme donde estaba porque nos quedaríamos ahí los dos. Se iba contra los cuatro tipos y contra mí también. Entonces me la jugué y empecé a correr, pero con cuidado, mirando para no meterme en fuera de juego, y vi que nadie me seguía.

Tenía a cuatro brasileños encima, ¿confiabas en que te viese?

Sí, Maradona siempre ve todo. Es difícil que no viese algo. A nivel mental jugaba más rápido que cualquiera. Piensa, como ahora Messi, mucho más rápido que cualquier otra persona. Lo que tú no ves, él lo ve.

En esa jugada, un central se debería haber ido conmigo cuando me crucé, pero se quedó con Maradona. Yo pasé rápido y era una decisión difícil para un defensor. Creo que se equivocaron, pero también fue mérito nuestro. Porque, si a mí me llegaba la pelota, era la jugada perfecta. ¿Sabes cuál era el partido perfecto para Bilardo? El que quedaba cero a cero sin ocasiones de gol. Nadie se había equivocado, no se tiraba a puerta y cero a cero. El partido perfecto [risas]. Le preguntaron una vez y dijo eso.

Yo corté y, claro, Diego, aunque iba cayéndose al piso, obviamente me había visto. La jugada resultó bárbara porque el pase le salió. Justo, entre las piernas de Galvão, pero salió. Yo estaba casi al límite del fuera de juego. Me iba frenando incluso, mirando a Diego y al último jugador de ellos. Si te fijas, no había nadie más, ninguno de nuestros compañeros. No vino ninguno.

Cuando recibí el balón, mi primera intención era tirar, arquearme un poquito y darle de rosca, pero vi que salía Taffarel. Lo complicado al encarar al arquero es que se te frene. Tú quieres que salga, que vaya hacia ti, porque tienes la ventaja si la tiras para delante. ¿Qué va a hacer ahí? No puede frenarse, echarse para atrás y alcanzarte, es imposible. Él me vino saliendo muy rápido. Como lo vi, pensé en pararla y tirarle de rosca, pero en el último momento, dije: «No». Estaba tan cerca de mí que vi que si se la tiraba larga no me atrapaba, y ya sabía que por ese lado no venía nadie, porque lo había visto al tirar la diagonal. Tomé entonces la decisión de irme a la izquierda y gambetearlo. Me quedó todo el arco libre. Pasó así de rápido y pensé todo esto igual de rápido. No son ilusiones mías ni estoy contando exageraciones. Fueron milésimas de segundo, pero en ese tiempo piensas y analizas.

No celebraste mucho el gol.

Nunca fui muy efusivo celebrando los goles, el tipo que corre por todos los lados, choca con todos, con los recogepelotas, se sube a la tribuna y abraza al papá. Pensé que a partir de ahí nos tocaba aguantar la embestida de ellos. Había que ordenarse, hablar un poquito. Solo faltaba que nos hicieran dos goles en cinco minutos. Quedaban nueve y había que estar a muerte. No perder tensión, nada de festejar tanto, todavía no había terminado.

Al final, Müller. Se quedó solo, con un centro que le vino de atrás, pero se apura. Era un gran jugador, pero solo, delante del portero, le dio mal y le salió como a tres metros del arco. Tenía que haber esperado un segundo más y haber definido en el segundo palo, ¡estaba solo!, pero la paró y se apuró en pegarle. Goycochea además era un tipo que no salía mucho, tenía todo el arco. Ahí está la diferencia. En los momentos claves, en los grandes eventos, hay jugadores que aparecen y otros que no. De local, sí, pero después de visitante en un partido chivo, duro, no aparecen.

Dicen que metisteis ese gol porque drogasteis a Branco ofreciéndole agua.

Eso es una leyenda urbana. No te lo creas. Supuestamente había Rohypnol en el bidón. Siempre he dicho que no es verdad.

Las siguientes eliminatorias las sacó adelante Goycochea en las tandas de penaltis.

Siempre fue bueno en los penales. No es que salvara grandísimas pelotas durante el campeonato, salvo alguna, que las hubo, pero no tantas. En Brasil saca una, pero las demás fueron al travesaño o fuera. No es para quitarle mérito, al contrario. Siempre tuvo esa condición, ese instinto de ver para dónde iba a ir el balón. Fue muy meritorio lo suyo. Contra Yugoslavia fallamos dos penales, si no es por él…

Faruk Hadzibegic, el que falló el quinto de Yugoslavia después de que fallaran Maradona y Troglio, dice que sueña cada día que mete ese penalti y, por la alegría que genera, su país no se desintegra, porque todo hubiese sido distinto si hubiesen jugado la final.

¿Y si hubiese perdido 3-0 el siguiente partido? Todavía les quedaba mucho.

A Italia, en Nápoles, la eliminasteis y tú marcaste, pero te sacaron una amarilla por la que te perdiste la final.

Mi mano la podría haber dejado pasar el árbitro, fue en mitad del campo. No era una jugada peligrosa. Él sabía quién estaba amonestado. Ahora, con las nuevas normas, te limpian, si te sacan amarilla en las semis, no te dejan sin final. Un árbitro tenía que tener en cuenta todas estas cosas. Además, jugaba delante, para crear, no para destruir. No paré una jugada de ataque. Eso lo tiene que saber un árbitro, para eso le ponen a pitar la semifinal de un Mundial. Tiene que tener la ética de saber que no merecía amarilla.

Obviamente, la sacó a propósito. Nos sacaron a tres jugadores. Si hubiésemos estado dos de los tres a los que nos sancionaron, hubiésemos ganado a Alemania, por mucho que ellos vinieran jugando tan bien. Íbamos de menos a más, con palos, con historias, con puteadas, con lesionados, dejando a Italia eliminada a las puertas de la final… nadie quería que ganásemos. Ya lo sabíamos nosotros. No había que pensar demasiado. Era lógico. Estaba Havelange, brasileño, al frente de la FIFA, y habíamos dejado fuera a Brasil. Europa quería que el campeonato se quedara en Europa. Para colmo, habíamos eliminado a los dos candidatos a ganarlo. No nos querían, que no te quepa duda. Si nos podían sacar amarillas, lo iban a hacer a la más mínima posibilidad.

¿Qué pasó con la bandera de Argentina de vuestro hotel de concentración?

Quemaron la bandera, se cuenta que la quemó alguien de Bilardo [risas] para crear un clima hostil contra nosotros y motivarnos, pero, si te digo la verdad, no lo sé. Igual es también una leyenda. Sí que había un poco de mala hostia en la concentración después de haber eliminado a Italia. Hubo un problema con el hermano de Maradona, que llegó con un Ferrari a la concentración y le paró la policía porque no tenía documentación. Diego se enfrentó con ellos. Hubo mucha bronca, y lo de la bandera pudo ser un italiano enfadado tanto como Bilardo intentando motivarnos. Yo no me enteré de nada, me lo contaron luego todo.

El penalti con el que os derrota en la final Alemania, ¿lo fue?

No. Fue un contacto que no era para penalti. Les empezó a entrar el pánico. No querían ir a la prórroga. Era un peligro, y ante la mínima… Echaron a dos, a Monzón y a Dezotti. Y hubo un penal contra Calderón que lo podían haber cobrado e íbamos cero a cero. En el borde del área. Si cobró el de Klinsmann, el de Calderón debió haberlo cobrado mucho más.

Fue un golpe, pero en la siguiente Copa América volvisteis a vencer a Brasil y ganasteis el torneo.

Diego no estaba porque lo habían suspendido. Basile cambió prácticamente todo, quedamos solo Ruggeri y yo del Mundial. Se incorporaron Simeone, Redondo, Batistuta, Chamot. Jugadores con personalidad, presencia y ganadores; jugadores que, juegues contra quien juegues, se los siente. Por eso digo que la selección no es para cualquiera. Aunque Redondo jugó muy poco con la selección. Solo jugó un Mundial, fue raro. A Italia no acudió por decisión, dijo que prefería estudiar. En realidad, no compartía el fútbol de Bilardo, o algo así. Luego se contó que Maradona, cuando Redondo hizo esas declaraciones, lo encaró en Sidney, en el ascensor del hotel, y le dijo: «Tú estudiás, ¿y los demás qué somos?, ¿ignorantes, burros?».

El último partido de la liguilla final fue contra la Colombia de Higuita.

Higuita me dijo que le tirase una por arriba para poder hacer el escorpión [risas]. Pero creo que lo dijo en joda. Es un crack, un personaje. Ahora vamos a jugar un partido benéfico juntos para el pueblo saharaui.

Fichaste por la Roma.

Fue en un momento en el que la Roma tenía problemas de vestuario. Tenía una camarilla dentro, un grupito. Nunca vi nada así en un vestuario de todos los que estuve. No había buen ambiente para nada. Ni con los italianos para los extranjeros ni de parte nuestra hacia ellos, porque cuando nos dimos cuenta de lo que había siempre hubo tirantez y roce. Había jugadores que llevaban mucho tiempo e iban tirando mierda. Sinisa Mihajlovic, que era buena gente, un tipo correcto. Con su personalidad y eso, pero muy correcto. Él fue uno de los que sufrió el vestuario. Fíjate que luego se fue a la Lazio y estuvo mucho mejor. El club también estaba descontrolado, desorganizado, no se sabía quién mandaba ahí. No fue un gran periodo.

Estados Unidos fue una nueva oportunidad de ganar la Copa del Mundo, Maradona y tú llegasteis a tiempo tras estar suspendidos. ¿Teníais la moral alta?

Todo empezó con un vuelo a Nueva York. Éramos campeones del 86, subcampeones del 90 y, antes de empezar el Mundial del 94, nos metieron trece horas de vuelo ¡en clase económica! Y no era económica pero todos juntos, era dos por allá, otros dos más atrás, con gente que no conocíamos. Maradona iba en una fila de cuatro asientos con tres tipos que eran turistas. Yo iba en una de tres con un señor en medio que no sabía quién era. Batistuta también iba con dos extraños. Veintidós jugadores desperdigados entre doscientas cincuenta personas. Diego iba fastidiado. Llegó Basile y le dijo: «Hay sitio acá en business class», y Maradona contestó: «Yo me quedó aquí con todos mis compañeros». Trece horas nos pasamos ahí, íbamos tirados en el piso, la gente nos tenía que pasar por arriba, otros iban tumbados debajo de los tres asientos durmiendo. Pasó que alguien en la AFA hacía sus movidas para ahorrarse un dinero y le importaba un carajo.

Pero el equipo llegó fuerte a ese Mundial.

Nos sentíamos capaces de ganar ese Mundial. Estábamos cada uno en el momento justo, con el técnico justo, el Coco Basile, que es un gran amigo, incluso ahora, y como técnico fue espectacular, uno de los mejores que he tenido. Iba al frente con todo, le ponías un tren delante y se ponía, pero a la vez creaba un ambiente muy agradable, con respeto hacia él, obviamente.

Basile no trabajaba la parte táctica como lo hizo Bilardo. Era más ofensivo, formó un equipo bárbaro que miraba siempre para delante. Ganamos así dos Copas América. Llegamos muy bien al Mundial, éramos el equipo a temer. Después del 2-0 a Nigeria venían los periodistas de todo el mundo a decirnos que venían de la concentración de selecciones fuertes, de Italia, de Brasil, y que todos comentaban, los jugadores, los dirigentes, los ayudantes o los familiares de los jugadores, que iban a jugar la final contra Argentina. Y nosotros también lo creíamos. El jugador argentino en ese sentido es muy creído, piensa que le puede pasar por encima a cualquiera; a veces no es así, pero tenemos esa moral.

En el 90 sabíamos que no estábamos bien, Bilardo metió esos cambios, cinco jugadores del primer partido al segundo, pero esto era completamente distinto. Llegamos muy bien, jugamos muy bien, en todas las líneas teníamos buenos jugadores, con personalidad todos. Podíamos crear una situación de gol en cualquier momento, eso lo teníamos clarísimo. Y de repente todo se fue a la mierda.

Echaron a Maradona por el positivo en el control antidopaje.

Perjudicó mucho lo de Diego. El ambiente se puso muy tenso, muy difícil. Estuvimos tres días encerrados, había mucha gente, habíamos perdido a nuestro hombre principal. Fue una situación jodida. El equipo estaba para pelear igual, pero hubo errores en el último partido, y encima yo me quedé fuera por una lesión.

Entrevistamos a Stoichkov y nos dijo que Maradona acudió a ese Mundial engañado por la FIFA. Textualmente: «La FIFA le prometió a Diego, sabiendo que tenía un problema, que no le iba a sacar el dopaje».

A Maradona lo utilizaron. Los argentinos, los que estamos en el ambiente del fútbol, lo sabemos todos. Sabemos que lo fueron a buscar. Lo utilizaron porque necesitaban a la figura principal del fútbol en Estados Unidos, que era el primer Mundial ahí. Querían que fuese para promocionar el campeonato. Cuando Grondona llama al representante de Diego, le dice: «Lo necesitamos, tiene que volver, tiene que ponerse bien, como sea, si necesita ayuda, que…». Algo así, ¿entendés? «Necesita ponerse bien, tiene que ponerse bien en estos cuatro o cinco meses». Y Maradona hizo de todo para ponerse bien, se entrenó como un burro. Porque yo lo veía, mañana y tarde, mañana y tarde. Todo el tiempo. Quería estar en ese Mundial y fue utilizado.

Cuando vieron que Argentina era un candidato, que era otra vez candidato, dijeron «a la mierda». Yo te puedo asegurar que fue así. Dijeron: «¡Afuera Maradona!». Esto de irlo a buscar hasta la mitad de la cancha… ¿A quién van a buscar hasta la mitad de la cancha para hacer el control? Le esperarás en el vestuario. Irlo a buscar con el delantal blanco… ¿Se iba a escapar del estadio? ¿Va a venir un helicóptero y va a huir por la parte de atrás? Hay toda una serie de secuencias, nosotros sabemos la trastienda, lo que pasó anteriormente, y sí, fue utilizado. Tiene razón en lo que dijo Stoichkov, porque, efectivamente, fue así.

Cuando Passarella cogió después la selección, te quitó del equipo. La polémica trascendió porque se dijo que no quería en el equipo a nadie con el pelo largo.

Se equivocó, no sé si por su ego personal contra los símbolos de la selección argentina, como yo o Redondo en aquel momento. Con Batistuta también quiso hacer lo mismo. Passarella fue un grandísimo jugador, siempre he dicho que para mí uno de los mejores defensores de la historia, sin duda. Pero como técnico no. Le traicionó su ego y alguna cosita más, sus amiguitos que venden jugadores. Tenía interés en meter gente nueva en la selección y de paso venderlos después del Mundial. Algo así. Y afuera Caniggia y afuera Redondo.

Cuando todo estaba bien, fue cuando pasó toda esta pelotudez del pelo. Fue la excusa para quitarnos, pero también… ¡la cosa más patética que yo escuché en la historia del deporte! Tuve una llamada con él y, cuando me lo dijo, le contesté: «Pero ¿cuántos centímetros quieres?». Y él: «Cuatro». Y yo: «Pues te voy a dar uno y medio». Era irónico por mi parte, era joda por parte de los dos, pero fue así en un principio y luego eso se volvió, meses después, otra cosa. Ya no se habló del pelo, y el problema fue que quería ir con su gente y no con los grandes nombres de los Mundiales anteriores.

Decidiste abandonar el fútbol europeo y volver a Argentina, a un proyecto en Boca Juniors con Maradona y Bilardo.

Era un proyecto ambicioso económicamente. Maradona y yo íbamos a cobrar más que en Europa. Ponía el dinero un inversor, un millonario armenio que tenía una televisión en Argentina. Puso una pasta terrible, pero no fue por eso por lo que fui, sino por el proyecto en sí.

Estuvimos casi tres años. Diego abandonó en el 97. Fue una etapa espectacular. Diego ya venía jugando en Rosario, yo volvía después de siete años. Al principio de entrenador estaba Marzolini, el gran lateral izquierdo de Boca en los setenta, y al poco vendría Bilardo.

Fue impresionante, jugar en Boca no es para cualquiera. Te lo puedo asegurar. Teníamos treinta o cuarenta periodistas, a veces cincuenta, en todos los entrenamientos. Salías del entrenamiento y se te venían los veinte o treinta cada día. Los periodistas de radio en Argentina son terribles, están todos los días y siempre tienen algo, siempre surge un tema, Boca es Boca y siempre da para hablar. Te entrevistaban hasta en las concentraciones, entraban por dentro del hotel. Ahora el equipo tiene un centro y ya es más difícil. Con nosotros hacían las notas en el mismo hotel, eso forma parte del folclore argentino, en otros lugares es imposible que pase.

Cuando estuve al final de mi carrera en Glasgow Rangers me decían: «Bueno, Claudio, la semana que viene hay una entrevista al final del entrenamiento». Y yo: «¿Y cuándo es eso? ¿Dentro de una semana? ¡Dímelo el día anterior!». En Argentina un periodista, en un segundo, viene y te hace una entrevista.

La imagen icónica de esa etapa es en la que Diego y tú os besáis en la boca tras un gol.

Fue como una joda. Surgió así. Obviamente, no significa nada. Fue como una apuesta. Una pelotudez, alguien dijo «a ver si hay huevos» y…

¿Por qué se retiró Diego?

Se cansó, había mucha presión y él la sintió. En el último año, los últimos cinco meses, no estuvo en su mejor momento y se saturó. Él lo declaró, que casi le matan dos veces al padre en la prensa. Estaba enfermo, tenía algunos problemas, se inventaron varias historias, Diego no sabía nada y publicaron que había fallecido. Dijo: «Ya estoy cansado, basta, sobrepasaron el límite de lo que es el respeto por la persona». Le pasó lo mismo en el último Mundial de Rusia, cuando se sintió mal al final de un partido. A mí me llegó que se había muerto. Llamé al chico que trabaja con él y le pregunté y me dijo: «No, estamos acá, nada que ver, esperando al avión». Y me mandó una foto. Me quedé… ¡qué hijos de puta!

En Boca igual, estaba cansado. Ya no tenía ganas, ya no disfrutaba tanto con el fútbol. Se entrenaba menos. Los martes y los miércoles no venía al entrenamiento. Iba el jueves, viernes, sábado y jugaba el domingo. Los últimos tres o cuatro meses ya se veía que no, no lo sentía, y abandonó. Está bien, si no se levantaba contento y feliz para ir a jugar al fútbol, tenía que abandonar.

Para mí fue un placer enorme haber jugado con el que considero y el que es seguramente el mejor jugador de la historia y también un personaje salvaje, un tío con una alegría y una pasión increíble para jugar al fútbol. Nos entendimos muy bien en el campo. Aprovechaba bien mi velocidad, pero también mis movimientos entre los centrales, dándome la vuelta, girando. Los defensas me han contado después que no sabían dónde estaba y luego aparecía y los pasaba a cien por hora.

Lo he visto jugar hecho mierda, con lesiones con las que nadie podía jugar, y él lo hacía con un amor propio increíble, poniéndole el pecho siempre a todo, era como un indio salvaje. No es el mejor jugador por eso, pero eso también fue algo impresionante de él. Asumía responsabilidades, le mataban a patadas y siempre se puso al frente. Juntos pasamos momentos gloriosos y momentos no tan gloriosos, como personas, porque ante todo uno es persona, y como futbolistas. Pero es parte de la vida. Todos los momentos con él fueron inolvidables.

Siempre estuvo presente en cualquier problema. Tenía mil presiones, como ahora mismo, que cuando va a un lugar se le echan todos encima, a veces la gente no entiende, no es fácil vivir así. Es un ser humano también. No quiero hablar de su vida privada porque jamás hablaré de eso, no quiero hablar de lo que es fuera del fútbol, pero quiero decir que con las presiones que tenía siempre le puso el pecho a todo y estaba siempre disponible con mil quilombos que tenía alrededor. Y cuando jugaba al fútbol era como la vida misma para él, cuando entraba al campo parecía que se le olvidaba todo. Mira en qué situaciones límite estuvo y siempre dio el pecho. Y lo que regaló, que ya te he dicho. Siempre estuvo comprometido y, si alguna vez no lo estuvo, es porque era un ser humano y no siempre se puede estar al mil por mil, nunca nadie jamás en la historia lo estuvo.

Con lesiones increíbles, tuvo un compromiso en cada partido. Siempre estaba con los compañeros, y con el que más lo necesitaba también. Le venía mucha gente a pedir, le hacían llegar el mensaje, y siempre estaba presente o mandaba a alguien. Siempre ayudó a la gente. Yo he ido a partidos benéficos con él en Italia donde se suponía que tenían que ir los jugadores italianos más famosos y no apareció ni uno, ¡ni uno! Pero él iba. Con mil historias, porque era Maradona, e iba porque era una causa importante. Luego le criticaban, me gustaría ver a muchos en la piel de Maradona a ver si se la aguantan.

Tuviste problemas para abandonar Boca.

Decidí volver a Europa. Me quedaba un año de contrato y podía haberme quedado más tiempo, tenía una gran relación con Macri, el presidente, pero después de la última temporada, en la que perdimos el campeonato al final, en los últimos dos partidos increíblemente, pedí en una charla en Guatemala, en un partido amistoso que jugamos allí, que me dejasen marchar por motivos… Estaba todo muy…

Bueno, por una serie de razones, prefería irme a Europa. Y se armó un conflicto. Les dije que buscaría un equipo que les dejara un dinerito. Dijeron que no. Tuve que volver por una cuestión legal, para no tener un conflicto mayor. Pero fue un conflicto personal, entre Macri y yo. Al final acabé en Miami entrenando yo solo con un preparador físico en el campo que tenía un amigo italiano.

Resucitaste en Escocia.

Fui a un equipo chiquito, no es que no debiera haber ido, pero nunca se me pasó por la cabeza terminar jugando ahí, en el Dundee. Fueron solo unos meses, llegué en noviembre cuando ya llevaban diez partidos. Como me estaba entrenando solo en Miami cuando me llamaron, dije: «Bueno, pues voy». El equipo lo había cogido un amigo mío, Ivano Bonetti, que era técnico-jugador. Jugaba como centrocampista. Si te digo la verdad, en ese momento no sabía qué hacer, no sabía si seguir jugando o retirarme.

Enseguida me puse bien físicamente. Tengo suerte de que jamás en mi vida engordé, peso ahora lo mismo que cuando tenía veinticinco años, incluso menos. Nunca me costó mucho entrar en ritmo cuando volvía a una pretemporada. Y cuando empecé a jugar en este club, me di cuenta de que tenía que llegar a los grandes de esa liga, al Celtic o al Rangers, a uno de esos dos.

De la forma de jugar que tenían allí no sabía nada. A veces te dejan espacios, unas veces no marcan mucho y otras te ponen los tacos en el cuello. Se comen por la mañana huevos fritos, panceta y luego se ponen a correr. Yo si me como eso y me pongo a correr, vomito. Yo tomaba mis cereales y una tostadita con mermelada [risas]. A veces los vi comer platos de pasta con kétchup en vez de salsa. Les decía: «Sos un hijo de puta, cómo vas a poner kétchup a la pasta». Los he visto comer las cosas más impensables, pero corrían como unos animales. Entrenamientos con frío, con lluvia, con nieve que cae. Fue una experiencia espectacular.

En el primer partido casi me quiebran. Era contra el Aberdeen F.C. Antes de llegar estuve en Italia. Ahí sí que me entrené solo. Salía a correr alrededor de mi casa. No hice más que correr, nada de fútbol. Llegué a Escocia y a los tres días me pusieron a jugar. Pasé la primera parte en el banco, me dijo el entrenador que me fijase cómo se jugaba allí: «Así entiendes un poquito», y en la segunda me sacó. Salí, primera pelota, sacó el portero y me vino uno que, si no salto, me quiebra. Dije: «Muy bien, ya veo cómo se juega acá, vale, lindo, muy lindo». Pero hice el segundo gol, ganamos y ahí empezó mi aventura escocesa.

Me fijé en quiénes eran los grandes, me preparé para cuando vinieran y cuando jugué contra ellos la rompí [risas]. Enseguida me quisieron fichar el Rangers y el Celtic. Fui a una reunión privada con el Rangers, escondido en un auto con cristales polarizados, entramos por el garaje al estadio hasta la oficina de David Murray, el presidente. Un magnate del acero del Reino Unido, un millonario, «el Rey de los Aceros» le llamaban. Y no tenía piernas. Las perdió en un accidente, iba con dos ortopédicas. El entrenador era Dick Advocaat. Fiché por ellos porque insistieron más y me dieron algo más, y jugué la Champions.

Y un Mundial.

Me llevó Bielsa cuando quedaban tres partidos para empezar el Mundial de Corea y Japón.

¿Cómo es Bielsa?

Es un tipo… no sé cuál es la palabra… Es un gran técnico, muy estudioso a un nivel de locura. Como lo era Bilardo en su peor momento, que era su mejor momento. Pero Bielsa no cambia nunca la forma, es siempre lo mismo. Él lo reconoce, que no es flexible. No sé por qué, porque es un técnico muy inteligente y que trabaja mucho. Tiene gente alrededor que estudia mucho al contrario, pero no cambia. Y a veces hay que cambiar.

En las concentraciones salía del hotel y se ponía a dar vueltas él solo, mirando el piso. Recuerdo un día en Alemania que estábamos calentando, había un argentino en la grada gritándole a quién tenía que poner, y le contestó: «Callate ya, pelotudo, que no te aguanto». Le dijo eso, pero era capaz de salir corriendo hacia él y hacerle la de Cantona.

Tiene una personalidad… Está todo el día pensando en el fútbol. Su apodo, el Loco, está bien escogido.

Me contaron que un día montó un quilombo en una rueda de prensa y tenía un coche preparado en la puerta para, según saliera, irse. Fue, se subió al coche y… ¡no arrancó! Y se veía al Loco gritándole al conductor: «¡Sos un pelotudo, la concha de tu madre!». Se tuvieron que bajar y empujar el auto. Quería salir de la rueda de prensa volando y se fue empujando el coche.

Acabaste tu carrera en Catar, con Guardiola y Hierro por ahí.

No estábamos en el mismo equipo, pero estábamos todos en la misma ciudad. Éramos Batistuta y yo argentinos. Mario Basler y Stefan Effenberg, alemanes. Y Frank Leboeuf, que jugó en el Chelsea, un francés. Romario había estado antes, pero solo duró tres meses.

Allí me entrenaba todo el día porque no sabía qué hacer. ¿En Doha qué iba a hacer? No había gran cosa, algún hotel, alguna playa… de hombres, por supuesto. Los entrenamientos eran a las ocho de la noche y yo me despertaba temprano, así que me iba a entrenar. Porque lo que hacíamos con el equipo tampoco eran gran cosa.

Me llamó mucho la atención lo reprimidos que estaban los jóvenes. Un día me vino un catarí y me dijo que se iba a casar, que si iba a la boda. Un buen chico. Le pregunté: «¿Ya follaste y tal?». Y me dijo: «No, no se puede». Le contesté: «¿Cómo que no se puede? ¡Claro que se puede! ¿Cómo sabes si no si folla bien?». Y él «No, no podemos hacer eso nosotros». Esto, claro, lo ves un poquito… Cuando llegué me contaron que Romario en un centro comercial estaba con una chica, le dio unos besos y le llegó la seguridad a decirle que ahí no se podía hacer eso

Los chicos tampoco estaban muy acostumbrados a la exigencia, los entrenamientos que eran un poco duros no querían hacerlos. Yo me iba una hora antes a estirar para no lesionarme. Me estiré más ahí que cuando tenía veinticinco años, lo que también es normal. Un día tuve un problema de espalda, no me podía ni mover. Fueron al hotel a verme dos árabes, el director deportivo, que no tenía ni puta idea de lo que era el fútbol, y un médico. Al verme así, me querían hacer mes por mes el contrato, pero ya estaba firmado y me negué. El médico, un cabrón francés, no importa la nacionalidad, pero era un cabrón [risas], hablaba conmigo en italiano. Me llevaron a una clínica espectacular y le dijo al árabe que lo mejor era operarme. Yo le dije que no me iba a tocar la espalda. Me puse recaliente, porque cobran por operación y te meten en el quirófano con una uña encarnada. Me fui a Alemania a un fisio que es un crack y a los diez días estaba jugando bárbaro.

Al retirarte, ¿te costó vivir sin fútbol?

No me costó al principio. Luego me arrepentí a los dos años. Creo que debí haber jugado más, no por una cuestión de dinero, sino porque estaba para jugar hasta los cuarenta. Físicamente estaba impecable, nunca tuve grandes lesiones. Tenía treinta y siete y estaba bastante rápido. Pero al dejarlo no, me cayó la ficha a los dos o tres años porque me aburría. Esa adrenalina no la puedes tener nunca más. Yo me seguía divirtiendo jugando, no me costaba ir a entrenar por la mañana. Ni entrenar dos veces al día. Y eso que en Catar los jugadores africanos nos iban a dar. Nos iban mal y son fuertes los cabrones, especialmente iban a por mí y a por Batistuta. También había que correr en ese fútbol. Mira que Romario cuando fue pedía la pelota al pie, no corría y lo mandaron al banquillo, y a los tres meses le dijeron que basta y para casa. Me lo contaron todo unos brasileños que había en el staff de mi equipo.

¿Cómo has visto estos años a la Argentina de Messi?

La final que se perdió se pudo ganar. Hubo oportunidades, el tiro pegado al palo de Messi, la de Higuaín solo, que falló, pero hay que estar ahí y patear. Si hubiese entrado una de esas… ponte a recuperar un 1-0 en la final de un Mundial. Bueno, en el 86 se lo hicieron a Argentina, que le remontaron dos. A lo que me refiero es a que no podemos decir que Alemania la arrasara. Pero mira a los aficionados argentinos. Cuando va bien, mira cómo se ponen. Pues si va mal, es lo mismo, pero al revés y con la misma intensidad.

Este año en Rusia, cuando el técnico pierde el control de la situación, hay muchos problemas. Si el técnico dice que la selección es el equipo de un jugador, es un gran problema. Si luego Croacia en el segundo partido te gana así, es todo un caos. Nunca puede terminar bien una historia así. Nosotros pudimos tener muchos cambios, pero había solidez en el grupo. Tú no puedes decir: «Este es el equipo de Messi». Bilardo nunca dijo: «Este es el equipo de Maradona». Eso no se puede decir, todos sabíamos que Maradona era el mejor, quién no lo sabía, pero no hay que decirlo. Porque es un equipo de fútbol, una selección nacional, la selección de Argentina, no el equipo de nadie.


Julio Salinas: «Mi ocasión en USA´94 la he visto un montón de veces»

Esta entrevista fue publicada originalmente en nuestra revista Jot Down Smart número 15.

Desgarbado, falto de equilibrio, heterodoxo, de la forma de jugar de Julio Salinas (Bilbao, 1962) se ha dicho de todo. Su apellido llegó a ser un calificativo en las canchas de barrio cuando alguien metía un gol de aquella manera o fallaba uno claro. Sin embargo, siempre que tuvo minutos, metió goles. Algunos de ellos inverosímiles. Muchos, decisivos. Cuestionado desde los inicios y sometido a alguna que otra campaña de desprecio mediático, a la hora de repasar su carrera deja que sus números hablen por él. Registros que alcanzó, explica, por una sola razón: determinación y confianza en uno mismo. En esta temporada se cumplen veinticinco años de la Copa de Europa de Wembley, la primera en la historia del FC Barcelona. Dejemos que Julio nos cuente el relato completo.

Naces en 1962, barrio de San Adrián, en Bilbao.

Entonces era un barrio humilde, ahora está catalogado como barrio alto y es donde está situado el pabellón de basket de Bilbao y el frontón. En mi época no llegaba ni el autobús. Mi padre había nacido en Bilbao, pero mi madre era de Torrelavega (Cantabria) y llegó con dos años al Bocho. Vivíamos todos en un quinto sin ascensor. Creo que subir las escaleras todos los días nos hizo fuertes. El piso era de cincuenta metros cuadrados. Tenía dos habitaciones, un baño normalito, un salón y una cocina, donde hacíamos la vida. Teníamos una Telefunken con un canal, que era TVE. No teníamos UHF, si echaban alguna película que nos gustaba nos teníamos que ir a casa del vecino. Mis hijos ahora se ríen de esto y les digo que no son conscientes de todo lo que tienen.

Para ir a entrenar teníamos que ir en autobús y volver en tren. Antes de ir, pasábamos por la estación a buscar por el suelo billetes sin picar para la vuelta. Si no, teníamos que ir entre los vagones con cuidado de que no nos cogiera el «pica». Llevábamos una bolsa con todas las cosas llenas de mierda, porque las botas te las tenías que limpiar tú, o sea, mi madre, y era la hostia. La estación estaba en El Arenal y teníamos que ir hasta San Adrián andando. No había luz, era un descampado y por donde íbamos no pasaba nadie. Acojonaba.

Y todo esto sin que el Athletic nos pagara el transporte. Solo financiaba el de los de fuera. Yo, para sacar dinero, hacía cada sábado el reparto de una carnicería donde sacaba veinticinco pesetas por cada entrega más la propina que nos daban las señoras. También, cada jueves descargaba un camión. Como solía llegar a las cuatro de la tarde, muchas veces no iba al colegio para descargarlo. Y vendíamos lotería o directamente papel, que en aquella época se cotizaba. Hasta cobre he vendido. Nos buscábamos la vida en todo porque la paga de los abuelos no eran más que dos duros y, además de lo fundamental, teníamos vicios: las cartas, el futbolín y el billar, al que jugábamos con tres bolas y una caja de cerillas en medio y había que hacer veinticinco carambolas. Ahora veo a los niños con sus teléfonos móviles de mil euros y no sé ni qué pensar.

De tu barrio eran las Vulpes.

En esa época pegaron muy fuerte. Eran un grupo revolucionario. Nuestro barrio era pequeño y hasta ese momento no había habido nada. Se consideraba un lugar problemático. Al lado estaba Errekalde y abajo La Peña, todo eran bandas y peleas. Subían los de La Peña y te decían: «A ver, tú, Julio, te tienes que pegar con este y tú, Patxi, con este». Y había que pegarse. Era irreal. Otro mundo. Estuve hace poco en el barrio y me hizo mucha ilusión. Todavía seguía la tienda de chucherías de María Jesús, que se iba a jubilar dentro de poco. Me acuerdo de los Flash que nos tomábamos y los Jariguay de naranja. Jugábamos al fútbol en los bancos. Éramos tan callejeros que hasta mi madre me obligaba de vez en cuando a subir a casa. Ahora a los hijos no les dejan andar ni un kilómetro. Te dicen: «¿Y si le pasa algo al niño?». Pues en aquella época vivías en la calle, cada día subías con un chichón o una brecha, era algo habitual y daba igual. En cambio, ahora están todo el día jugando a la Play, están agilipollados.

En Navidad yo salía a la calle, me preguntaban qué me habían regalado y decía: «Nada». Un indio, como mucho. Jugábamos con el tiragomas, a la pelota, al chorro-pico, al escondite… Me acuerdo de mi bicicleta BH que me compraron cuando tenía trece o catorce años y era para los dos hermanos. Teníamos discusiones para usarla porque éramos de la misma edad y salíamos con la misma gente, pero fuimos siempre uña y carne.

Con once años te cogieron en el Athletic.

La vida me arrastró a jugar en el Athletic. No fue algo buscado. Yo jugaba en el Corazón de María, que ahora se llama Askartza Claret, uno de los mejores colegios de Bilbao, en el barrio de San Francisco; de los barrios más problemáticos entonces. Para llegar, todos los días pasaba por Las Cortes, donde estaban las putas. Abríamos puertas para ver si veíamos alguna teta. Y por Zabala, donde vivían los gitanos. Si pasaba un camión nos subíamos a la rueda de atrás y si podíamos robábamos alguna cosilla del remolque. Mi infancia ha sido muy bonita. Éramos muy humildes, mi padre trabajaba en la recepción de un hotel y mi madre era una curranta de la hostia, trabajaba limpiando fuera y luego en casa.

El caso es que mi madre entró a limpiar a un polideportivo y me colocó en administración, sustituyendo a un tío que iba a hacer la mili. Me encantaba ese trabajo. Siempre he sido un tío de números. Con diecisiete años me creía el jefe de la empresa. Creo que hasta los empleados me tenían manía de lo serio y puntual que era. Iba todos los días con mi madre en autobús, nos levantábamos a las seis de la mañana. No teníamos coche. Mi madre tuvo un seiscientos, pero un cabrón nos lo robó y lo tiró por un barranco.

Llevaba ese curro a rajatabla y por ahí vino mi primer palo en la vida. Ganaba catorce mil pesetas y cinco mil en comida. Con veinte mil pesetas me sentía el rey del mundo. Y mis padres me lo dejaban todo para mí, aunque luego les compré un piso y ayudé en casa. Pero vino el chaval de la mili y decidieron que me tenía que marchar. Eché unas lagrimotas que no te puedes imaginar. Estaba entonces jugando en el Athletic juvenil. Si me hubiera salido el curro habría dejado el fútbol. Pero me llamó el Athletic una semana después para que entrenara mañana y tarde. Como solo había hecho 3.º de BUP y no era muy buen estudiante, tampoco tenía más opciones.

Todos los días a las ocho de la mañana tenía que estar en San Mamés. Venían a recogerme Goikoetxea y Ángel María Villar. Goiko con un 131 y Villar con un Renault 5. Yo me montaba y decía: «Egun on», y no volvía a hablar hasta que me bajaba y me despedía: «Eskerrik asko, agur». Ellos iban a lo suyo, hablando de cosas de abogados. Yo me iba al campo y entrenaba solo tiros a puerta, remates y toda esa historia y luego comía en un bar de Lezama con todos los porteros. Iribar, Cedrún… eran ídolos. Veías llegar a Alexanco con su Supermirafiori como si fuese un dios. Les teníamos un respeto increíble. Luego a nosotros nos venía Pizo Gómez de chaval y te decía: «Hey, tronco, dame el champú» [risas].

Un entrenador te dijo: «No te preocupes, estoy seguro de que serás delantero del Athletic».

En el juvenil a veces no me sacaban. Lo pasé mal y entonces Irizar me dijo eso. Pero yo me preguntaba cómo iba a suceder si no me sacaban. Al final empecé a jugar y salí de los juveniles, pero decidí irme a la mili. El Athletic ese problema lo tenía muy mal organizado, eludirla. Había dos maneras, o pagabas dos millones de pesetas y te librabas, o el Athletic te colocaba en Arellano. Yo tuve suerte porque una prima mía se casó con un militar y nos colocó a mi hermano y a mí en un buen destino. Pero fue complicado, porque entonces no querían vascos en telecomunicaciones. Era en los ochenta, años muy duros de ETA, muy jodidos, y todos los días con manifestaciones en Bilbao.

¿Cómo vivías ese ambiente, erais ajenos a lo que sucedía?

No eras ajeno porque estabas conviviendo con las personas y la situación económica tampoco era boyante, que eso era lo que recrudecía los problemas. La gente lo que quiere es vivir bien. Al final en la mili me pusieron en correos y mi hermano Patxi tenía que ir una vez por semana y estar ahí veinticuatro horas encerrado, durmiendo y todo. Tuvimos mucha suerte, aunque fueron dieciocho meses. Y el mes de campamento nos coincidió con la semifinal de la Copa del Rey y nos dejaron ir, por eso jugamos calvos el partido ese en el Bernabéu en el que Míchel metió un gol por fuera de la red.

En YouTube está la prueba.

Para nosotros fue… habíamos salido en la prensa, íbamos a jugar una final contra el Real Madrid, televisada, con toda la ilusión del mundo. Después de una temporada fantástica, en la que en casa les habíamos metido 3-0, llegas allí y pierdes por un gol que sabes que ha entrado por fuera de la red. Dices: «¡Me cago en la madre que me parió!». Estuvimos buscando media hora y no vimos el agujero. Nunca he hablado con Míchel de esto, pero hubo unos lloros impresionantes.

No fue la única polémica con el Castilla.

No, en la 82-83 quedé pichichi de 2.ª B y subimos a 2.ª A, jugué muchos partidos con el Athletic. Y tuve ocasión de jugar el último, además, que fue en el que ganamos la liga en Las Palmas. Un año perfecto. Pero en la 83-84 nos volvieron a robar Míchel y compañía. Quedamos igual de puntos que ellos, pero tres semanas antes nos hicieron repetir un partido que habíamos ganado 3-1 al Cartagena. Decían que fue con alineación indebida porque mi hermano había jugado diez partidos de liga con el primer equipo, ¡pero no habían sido de liga, sino de Copa! Tuvimos que repetir el partido en Vallecas y empatamos a uno. El año siguiente, 84-85, ya estuve en el Athletic y me designaron mejor jugador. Trofeos que te hacen una ilusión de la hostia y a mis padres una satisfacción enorme. Guardaban los recortes del periódico.

Las celebraciones de esos títulos de liga que consiguió el Athletic con Clemente fueron espectaculares.

¿Sabes qué pasa? No te das cuenta de lo que has logrado, me pasó igual con el Barça. En aquella época estaba acostumbrado a ganar. En los cuatro años del Athletic fueron dos de ganar, dos terceros puestos, una Copa y una final perdida, que era lo normal, porque solo teníamos al Madrid y al Barça por encima. Pero ahora cuando veo los vídeos de lo que hicimos, que había un millón de personas celebrándolo, ¡me cago en la hostia! Fue impresionante. Y nunca lo volverán a conseguir.

Sin embargo, alguna vez has dicho que el propio Athletic no reconoce lo suficiente vuestro mérito.

El Barça, al Dream Team, lo tiene ya de por vida. En Madrid la Quinta del Buitre es respetada y querida. En el Athletic, no sé cómo se llamará a nuestra generación, pero no mantiene ni a la gente dentro del staff. Está Artiaga como director de la estructura de la casa, por así decirlo, con Gallego de utillero y De Andrés de ojeador, pero a los demás no ha sabido meterlos cuando es gente muy cualificada que en la estructura base da sentimiento a ese equipo, ¡joder! Fue un equipo único por lo que consiguió.

Acabó como el rosario de la aurora con el enfrentamiento entre Sarabia y Javi Clemente, ¿no?

Acabó mal y fue una putada. A Javi Clemente lo llevamos en el corazón, para nosotros lo era todo. Lo que pasó con Sarabia me afectaba, yo era un poco el salpicado en esa historia porque aquel año pasé a ser titular. De una delantera de Dani – Sarabia – Argote, pasó a ser Dani – Salinas – Argote y se formó un follón que ni te va ni te viene ni se sabe a santo de qué cuando el equipo es ganador. Yo era internacional ya, pero también un poco niño todavía y lo viví todo desde la sombra. Intentamos convencer a Javi para que volviera al equipo, pero nos dijo que él no podía dejar de ser Javi.

Qué carácter.

A mí me ayudó mucho. Me subió al primer equipo. Recuerdo que antes de que le echaran tuve una charla con él. Entonces me impresionaba. No es como la relación entrenador-jugador de ahora, que el jugador manda y si no te manda a tomar por saco porque tiene un contrato de ocho millones de euros en cualquier lado. Yo estaba acojonado, me llamó a su despacho y me preguntó por qué no renovaba. Le dije que ganaba tres millones de pesetas, mientras otros de la plantilla estaban entre nueve y veinte, y no quería renovar por cinco que me ofrecían, sino por nueve. Javi se descojonó al escucharme. Me estaban intentando engañar.

Jugaste contra el Barça de Maradona el día de la lesión.

Fue una de las peores experiencias de mi vida. Nos metieron 4-0 y a la salida del campo nos apedrearon el autobús. Pasé miedo. En el hotel se armó otra tangana con gente que vino a por nosotros y hubo peleas entre los aficionados. La polémica estuvo coleando hasta la final de la Copa del Rey, en la que se montó otra pelea entre los jugadores. Luego hubo un partido en San Mamés en el que me anularon un gol, arbitraba el gallego García de Loza, que era muy polémico, y se montó la de dios. La policía pegó tiros con balas de goma, peleas, barricadas en la calle, invasión del terreno de juego… Se pasó miedo de verdad. La relación llegó a ser muy tirante entre Barcelona y Athletic. Cuando los vascos aterrizamos en el Barça cambió todo, pero pasamos momentos muy difíciles.

Debutaste con España contra la Unión Soviética.

Sí, el 22 de enero de 1986. Después de aquella conversación con Clemente tuve la suerte de empezar el año, debutar con la selección y marcar un gol a Dassaev. Era muy joven y fue la hostia. En el siguiente me volvieron a llamar y le metí un gol a Bélgica. De modo que me convocaron por tercera vez y otra vez hice un gol, esta vez a Polonia. Esa racha me abrió las puertas del Mundial de México.

Ese verano fue cuando fichaste por el Atlético de Madrid, lo cual fue interpretado en Bilbao como una traición y tu familia llegó a pasarlo mal.

Sí, en aquella época era impensable que alguien se pudiera marchar del Athletic. Nadie lo hacía. Pero yo me fui al Mundial, era el único internacional de la plantilla junto con Goikoetxea y con Zubi, y quería una ficha como los demás. Al principio ellos no valoraron el problema porque tenían a Dani, a Noriega, a Sarabia y a Endika. Julio Salinas era uno más. Pero ¿qué pasó? Dani se hizo entrenador, Endika no siguió con la progresión que parecía que iba a tener y Sarabia estaba en el ocaso de su carrera. Cuando quisieron darse cuenta tenían un problema en la delantera.

Vendieron en los medios la idea de que yo era un pesetero. Lo que les interesaba de cara al aficionado. Imagínate a mi familia, que se quedó en Bilbao. Fue tan grave que no me quisieron entregar la insignia de oro y brillantes y un cuadro que daban de Pichichi, Rafael Moreno Aranzadi, el futbolista, por haber jugado cien partidos con el Athletic. Cuando mi hermano fue a renovar les puso como condición indispensable que me dieran lo que me correspondía. Pero el mensaje a los aficionados para que me machacaran ya estaba enviado y mi madre sufrió mucho. Escuchaba a José María García hasta las dos de la mañana y lo pasaba fatal. Decían de todo porque no lo entendían, era el primer jugador que se marchaba del Athletic sin dejar un duro, me fui libre.

Un año después quisieron que volviera. Yo dije: «¡Joder! Encantado de volver». Solo pedí que me pagaran lo mismo que estaba cobrando en el Atlético y me contó el gerente un lío de que en Bilbao la vida era más barata y cobrando menos era como si cobrase igual. Contesté que no me vinieran con historias. Yo era un delantero internacional de veinticinco años y me quisieron quitar dinero en el cambio. Engañarme otra vez.

Antes de eso fue el Mundial de México.

Fue una gran experiencia, pero muy dura. Cuarenta y cinco días estuve en Tlaxcala, una montaña a tomar por saco. Solo había un futbolín y un ping-pong para todos. Era insoportable. No había teléfono, jugábamos a las cartas. Días largos, largos. Luego en Guadalajara lo pasamos mejor, pero el seleccionador, Miguel Muñoz, nos metía unos viajes que eran la madre que lo parió. Cuando fuimos a jugar contra Dinamarca estuvimos en un hotel en el que salían arañas que parecían tarántulas de lo grandes que eran. Era como leones, joder. Y encima veías que los daneses habían podido llevarse a sus mujeres, estaban muy a gusto, y tú decías, pero ¿qué es esto?

Así les fue (España les ganó 5-1).

Sí, les salió un partido redondo [risas].

El primer partido fue el famoso gol de Míchel que no dieron contra el Brasil de Sócrates, perdimos 1-0.

Entraba dentro de lo previsible perder, aunque fuese gol. No fui consciente de tener enfrente a Sócrates, solo puedo recordar que me tocó de marcador un negro de dos metros de alto por dos de ancho. No sabía qué hacer.

Le marcaste a Irlanda del Norte en el siguiente, ¿no te emocionó?

Me emocionó, primero, porque no nos quedaba otra que ganar, si no, estábamos muertos, ya que pasaban dos por grupo. El tercero era Argelia, el único que teníamos seguro que podíamos ganar. Fue un orgullo enorme meter ese gol. Con la izquierda, además.

¿La convivencia con la Quinta?

Bien, muy bien. Era una selección mitad veteranos, mitad jóvenes. Mi generación era la de Míchel, Butragueño, Tomás, Chendo… los mayores eran Julio Alberto, Carrasco, Goikoetxea, Maceda, Señor, Gordillo, Víctor… Los problemas vinieron porque Carrasco, Marcos y Rincón estaban mosqueados porque no jugaban. Arriba éramos Butragueño y yo, dos chavalitos.

Y el Buitre marcó esos cuatro goles a Dinamarca.

Ese partido a Butragueño le catapultó. Era muy buen futbolista, pero con ese encuentro subió mucho. Ahí rompió la barrera salarial y se convirtió en un ídolo nacional. Yo sentí una alegría enorme conforme los iba enchufando. Dinamarca era el rival más difícil hasta el momento e iban de favoritos, tenían a los Laudrup y compañía. Contra Bélgica lo veíamos más fácil. Con esos goles del Buitre sentíamos que ya casi estábamos en semifinales y encima con el pichichi, que por eso tiró el último penalti.

Contra Bélgica, el disgusto.

Fue un palo. Nos falló que Goiko estaba sancionado y Maceda ya no jugaba. Fuimos a penaltis y eso es cara o cruz. Con el Athletic y el Barcelona sí que tuve suerte de campeón, ese empujón necesario para llevarse los títulos, pero con la selección no tuve ninguna fortuna.

¿Cómo fueron los dos años en el Atlético de Madrid de Jesús Gil?

Cuando Gil se metió en el fútbol creía que esto era llegar y besar el santo. Pensaba: «Hago esto, esto y esto y gano; traigo a Futre y seis jugadores y gano con la boina». En realidad, es mucho más complicado. Creo que le faltó paciencia, aunque montó un Atlético que era un equipazo. Necesitamos un poco de tiempo y tuvimos la mala suerte de que Luis Aragonés se puso enfermo en pretemporada y hubo que cambiar al entrenador nada más empezar… Luego, seis entrenadores en dos años. Lo divertido fue que Gil nos llevaba a Marbella, todos vestidos impecables, a fiestas con la jet set. Pensábamos: «Pero ¿qué hacemos aquí, macho? Como vengamos mucho no vamos a jugar al fútbol».

Pero no iba a ser así ni mucho menos. Lo que más me sorprendió del Atlético fueron los entrenamientos. Eran brutales. No he corrido nunca tanto. Por la montaña, en series, la madre que los parió. Mira que una de mis cualidades era la forma física, pero esto era insoportable. Correr por el campo en Segovia en verano. Me encontraba a Da Silva y demás, escondidos detrás de un árbol, diciendo: «Vete, sigue, no nos mires». El preparador físico era Ángel Villanova, que luego se vino conmigo al Barcelona con Cruyff y cambió como de la noche al día, ya hizo todos los entrenamientos con balón, rondo, posesiones…

Compartiste vestuario con don Juan Carlos Arteche.

Vestuario y habitación. Era un fenómeno, me ayudó mucho. Tampoco lo pasó bien ese año. Gil se metía mucho con él porque vendía zapatos, aunque se metía con todo dios cuando perdía. Arteche era un tío de pueblo en el mejor sentido, un hombre con una nobleza y unos valores impresionantes. Tenía sus limitaciones técnicas, pero a nivel táctico estaba no solo para jugar en un equipo grande, sino para ser el buque insignia. Era un líder, un tío autoritario en el campo que sabía aprovechar muy bien sus cualidades.

Tuve buenos compañeros. El primer año viví con Juan Carlos y Uralde, el segundo con Eusebio. Íbamos mucho a casa de Quique Setién, que tenía una máquina para jugar al ajedrez. Era un enfermo del ajedrez, hasta el punto de que hizo tablas con Kaspárov en una partida de él contra cien personas.

El segundo año llegó Paulo Futre, recién proclamado campeón de Europa con el Oporto.

Como jugador era una alegría. Griezmann, Messi o Ronaldo me recuerdan a lo que él daba. En el uno contra uno era impresionante, aunque luego regateara demasiado y le faltara ser un poco de equipo. Cuando llegó, yo lo primero que hice fue ir a hacerme una foto con él. Como persona era un gran compañero también.

Menotti fue el entrenador ese segundo año.

Siempre estaba con lo de achicar espacios, el «achique». Nunca olvidaré una frase suya: «Chavales, pelead, no me digáis que estáis cansados. Si se quema tu casa y estás cansado, ¿a que sacas fuerzas de flaqueza para entrar ahí y buscar a tu hijo?». Fue un entrenador diferente en sus planteamientos, aunque tampoco le dio tiempo a nada porque Gil se lo cargó rápido. Si no se ponía a los que él quería, se cargaba al entrenador. Y aquel año quedamos terceros, no sé qué quería, los otros eran el Barça y el Madrid y estuvimos peleando por la liga hasta el final.

Al menos le disteis un 0-4 en el Bernabéu.

Es el partido que más recuerdo. Metí un golazo, y ganar así en el campo del Madrid fue… debías haber visto la cara de Jesús Gil diciendo: «Dejadme, dejadme que disfrute este momento».

La Eurocopa del 88, desastrosa. Recuerdo las fotos de Vialli a toda página en el Don Balón destrozándonos.

Fue el peor torneo internacional de todos los que he jugado. Ganamos a Dinamarca otra vez, pero perdimos con Italia y Alemania en la fase de grupos. Ganó Holanda esa Eurocopa, con Gullit y estos, pero podría haber ganado Alemania perfectamente, con Völler o Matthäus, o la Italia de Vialli, eran equipazos. Y nosotros teníamos un equipazo, pero… Fue el último año de Miguel Muñoz. En México no estábamos bien y luego el equipo no terminó de coger la onda.

Al Barça llegaste justo después del motín del Hesperia, fuiste uno de los primeros fichajes que hicieron.

Entramos trece nuevos. Yo iba con Eusebio, también del Atlético. Cuando llegué me reuní con Gaspart y con Núñez, y este me dice: «Está usted aquí en contra de mi voluntad, usted es un jugador problemático, de montar revoluciones, ha venido solo porque Cruyff le ha considerado indispensable». Tenían la experiencia del motín del Hesperia y estaban obsesionados. No querían saber nada. Fíjate que tenía una inmobiliaria y nunca nos ayudó a buscar piso.

En realidad, ese equipo lo había montado Javi Clemente, era muy amigo de Núñez. Recuerdo que un día en el Atlético fuimos a Valencia y Luis nos dijo que había que jugar bien, que en la tribuna estaba Johan Cruyff. Yo jugué horrible. Supongo que el Barça, dentro de lo que podía fichar, quería algún internacional y no había mucho más que reuniese las características. Extranjeros solo podías tener tres.

La prensa también estaba en contra de tu llegada a Barcelona.

Fui a Mundo Deportivo, donde trabajo hoy día, y me soltó Andrés Astruells: «Te lo digo sin problema a la cara: te he criticado siempre, me parece que un jugador como tú, después de Kubala, Cruyff y Maradona, no pinta nada en un club de prestigio como el Barça. No sé qué haces aquí». Contesté que esperaría a que me criticara por lo que viera en el terreno de juego.

¿Cómo fueron los revolucionarios planteamientos tácticos de Cruyff?

Cruyff estaba por delante de su tiempo. Llegó con una metodología completamente nueva, planteamientos que eran impensables, no estábamos acostumbrados. La gente decía que estaba loco, pero él estaba tan seguro y tan convencido… Todos los entrenamientos físicos los mandó a tomar por saco. Todo era posesión. Jugamos con tres defensas en esa época, con rondos, con los espacios… Era Johan, el mejor jugador del mundo; si te lo llega a decir otro ni de coña.

Sufrimos mucho, nos hicieron muchos goles y nos pitaron muchos penaltis en contra porque sufríamos muchas contras, pero el juego encandiló desde el primer día. La gente disfrutaba. Pero el Madrid tenía un equipazo, la Quinta del Buitre, acompañada de unas estrellas que no veas, y había que tener paciencia. Lo mismo que debía haber tenido Jesús Gil. La paciencia es un valor en el fútbol.

¿Qué tal con Lineker?

Muy bien, era un fenómeno. Venía como el mejor jugador del Mundial y era mi ídolo con Inglaterra. El mejor delantero centro del mundo en aquella época, pero a Cruyff no le acababa de gustar. Lo puso en la banda y él en la banda estaba muerto, igual que yo. Eso sí, en la final de la Recopa contra la Sampdoria marqué por un centro suyo desde la banda.

Veo en la hemeroteca que en esa época ya te tenías que reivindicar constantemente, como nunca dejó de ocurrir en tu carrera. Decías: «No me importa ser discutido mientras siga marcando goles», «Los pitos me ponen nervioso», «Esto de la técnica es un tema muy controvertido, hay quien cree que tener técnica es coger un balón y regatear a cinco y eso no es así, porque cuando yo jugaba de 9, siempre devolvía el balón al primer toque y la dejaba lista para rematar». En resumen, que metías muchos goles empujándola a puerta vacía, pero había que saber estar ahí.

Creo que he sido un jugador que ha tenido una técnica muy buena, porque, ¿qué es la técnica? Si la técnica es dominar la pelota yo lo paso mal. Cuando en los equipos me fichaban y me hacían la foto el primer día siempre me ha costado horrores. Cuando fui a Japón me pusieron a dar toques con unos niños al lado y yo fui al primero que se le cayó, y ellos seguían y seguían. Acabé aburrido de verles dar toques, e intenté darles un empujoncito a ver si se les caía: «¡Que me estás dejando en ridículo, chaval!».

Pero yo he sido rentable en todos los equipos en los que he estado. Todos han ganado pasta conmigo, menos el Athletic, aunque les fui muy rentable porque tampoco les costé dinero. Al Barça le costé, pero estuve seis años a un gran nivel. Al Dépor no le costé y les dieron cuarenta kilos. En el Sporting jugué como los dioses y encima les dieron más pasta de la que ellos pagaron por mí. Luego en Japón estuve bien y en el Alavés, de puta madre.

Tengo buena aclimatación. He jugado en todos los sistemas posibles, con un delantero, con dos, en la banda, como quieras, y he marcado siempre goles. Nunca he estado lesionado. Llegué a un Dépor que nunca había ganado títulos y se llevó dos en un año. Al Barça del Hesperia y salí del Dream Team. El Athletic, el mejor de toda su historia. Al Alavés lo cogí último, lo dejé en UEFA y casi nos metemos en Champions. Me retiré a los treinta y siete años para hacer treinta y ocho, y por aburrimiento, porque podía haber continuado, era el máximo goleador del Alavés.

¿Fui discutido? Sí, pero por intereses, que en mis tiempos había muchos. Hubo una guerra contra el seleccionador que fue brutal. Antes, si Marca estaba a favor, As estaba en contra. Si Sport estaba a favor, Mundo Deportivo estaba en contra. Si José María García estaba a favor, De la Morena estaba en contra. Y viceversa. Y todos los que estaban en contra te mataban. Por estos motivos fui discutido, no por lo que haya demostrado con juego y con goles. Los goles que he marcado nadie me los puede rebatir.

Jugaste contra Stoichkov antes de que viniera a Barcelona, cuando estaba en el CSKA de Sofía.

No me acuerdo mucho. Solo sé que cuando cruzábamos el telón de acero me daba mucha pena. Una vez en Polonia le dimos un plátano al intérprete y parecía que lo guardaba para el día de su cumpleaños. Había una pobreza, una necesidad… En esos viajes aprovechas para comprar un abriguito de piel y llevárselo a tu madre, pero parecía todo tercermundista y encima hacía un frío que pelaba.

Final contra la Sampdoria, le marcas a tu amigo Pagliuca.

Aquel gol supuso mi primer título europeo. Fue importante para que tuvieran paciencia con el proyecto, porque aquel equipo estaba ya con la soga al cuello. Aquel partido fue el principio del principio.

Al siguiente año se incorporaron Koeman y Laudrup.

En aquel Barça mandábamos los vascos. Éramos los veteranos y los internacionales. Zubi y Alexanco eran los capitanes. Bakero, Begiristain, Rekarte… Entonces los tres extranjeros pasaron de ser Aloísio, Romerito y Lineker a ser Koeman, Laudrup y Stoichkov, y una cantera de chavales catalanes de puta madre: Amor, Milla, Chapi, Sergi, Guardiola, Busquets… Así se gestó el Dream Team.

Koeman era un jugador extraordinario. Tenía poca velocidad para jugar de central, que encima era complicado en el esquema de tres con Guardiola por delante, pero era muy bueno en el toque de balón; tenía un desplazamiento increíble y una inteligencia táctica que le convertían en un jugador vital. Además, marcaba de falta o de penalti siempre en los momentos difíciles. Era un jugador top. Además, se integró muy bien. Y Laudrup era diferente a Koeman, pero también se integró perfectamente, hasta estuvieron en la canción esa que hicimos, un rap y un tema en catalán.

Uno de los goles más bonitos de tu carrera se lo hiciste al Madrid a pase de Urbano. Te diste la vuelta y la enchufaste de volea en un partido que ganasteis 3-1.

Sí, uno que recibí por la espalda. Me di la vuelta con Sanchís y se la metí a Buyo. Fue un golazo que no paraba de salir en televisión. Ganar al Madrid siempre ha sido una satisfacción, un partido diferente.

La Quinta dominó durante cinco años el campeonato, parecían imbatibles.

Tuvimos suerte de ganarles una Copa del Rey, luego nos la ganaron, pero nosotros nos hicimos con la Recopa. Y al tercer año, ya con Stoichkov y Nadal, unos fichajes con los que arrasamos porque la supremacía era brutal, por fin nos impusimos. Dicen que ganamos tres ligas en los últimos quince minutos, pero no es así. En realidad, regalamos esa posibilidad. Creo que aquel Barça debió haberlas ganado mucho más sobrado.

Llegamos al Mundial del 90, con Luis Suárez de seleccionador.

El centro del campo, con Míchel y Martín Vázquez, era todo garantías. Sigo pensando que tuvimos mala suerte. Perdimos en la prórroga, también con mucha histeria acumulada, porque el primer partido, contra Uruguay, fue bastante malo y Luis Suárez ya estuvo muy nervioso todo lo que quedaba de torneo. Al principio no contó conmigo para estar arriba con Butragueño, siempre estábamos con el debate de buscar el complemento al Buitre. Pero me sacó contra Corea, cuando metió los tres goles Míchel, y el seleccionador contó conmigo para el resto de partidos.

Ese triplete de Míchel es el del famoso «me lo merezco, me lo merezco». ¿Se lo merecía?

Se lo merecía. Nos estaban dando palos por todos los lados. Yo me hubiera sentido igual si hubiese metido los tres goles. Desgraciadamente, en el partido contra Yugoslavia pasó lo mismo que en el Mundial anterior; éramos mejores, pero se adelantaron ellos y se nos hizo muy cuesta arriba. Marqué yo el empate, pero luego, ya sabes, Míchel se agacha en la barrera y nos la clavan. Una pena, porque este Mundial no tuvo nada que ver con el de México. En Italia estábamos como en casa, fuimos a Venecia, tuvimos días de descanso, fue otro tipo de campeonato.

Martín Vázquez estaba llamado a ser el héroe de la selección y del Mundial, pero no le entraron.

No tuvo mucho tiempo de explotar. Nos eliminaron en octavos, una pena, porque en la siguiente ronda nos habría tocado Maradona. Igual que en México, que de pasar frente a Bélgica nos habríamos enfrentado a él. Contra la Argentina de Maradona al menos sí jugamos algún amistoso. Para mí siempre ha sido el mejor. No se puede comparar con Messi, en aquella época te mataban en el campo. Messi está muy protegido. Cualquier falta fuerte que recibe sacan tarjeta. Las patadas que le dieron a Maradona…

Como persona no le conozco, pero tampoco comparto cómo le han criticado. Algo habría que le llevara a meterse en lo que se metió. Maradona era una persona de orígenes muy, muy, muy humildes. La presión que tuvo después… en fin, hay que mirar el contexto antes de llamarle drogadicto y polémico. Porque una cosa es indiscutible: no hay ningún compañero de Maradona que haya hablado mal de él.

En la temporada 90-91 el Barça iba como un avión y casi se trunca en febrero, cuando Cruyff sufrió un infarto.

Fumaba mucho y, ya sabes qué tipo de situaciones suelen provocar los infartos: el estrés. Fumador empedernido y la presión… Estuvo un tiempo fuera, le tuvieron que operar y poner un marcapasos.

La sorpresa de ese año fue Stoichkov.

El búlgaro, ay, el búlgaro. La gente no le conoce. Supongo que los de Madrid dirán «este tío es subnormal», pero hay que conocerlo. Stoichkov es como un niño. Es un trozo de pan. Aunque luego se le acerque un periodista y le conteste a gritos o le diga «déjame en paz». Estuve hace poco en su homenaje, en Bulgaria, es un tío único. En su país manda más que el presidente. Confieso que le quiero mucho. De todos los extranjeros con los que he jugado es con el que más amistad tengo. Es muy diferente, es todo nobleza.

Recuerdo que estábamos siempre apostando. Veíamos a los chavales de Canal Plus pelotear antes del partido y apostábamos a ver cuál chutaba más lejos. En el vestuario, cogíamos una bola y a ver quién la encestaba en la bolsa de basura. Apuesta. Hubo un partido en Pamplona, en El Sadar, en el que les aposté cincuenta mil pesetas a que no metían dos goles a Stoichkov y a Romario. Uno cada uno. Era una buena apuesta porque en un partido fuera de casa no era tan fácil marcar, pero los cabrones marcaron. Stoichkov uno y Romario ¡dos! Se vinieron a celebrarlo al banquillo para decirme: «¡Hey, cincuenta mil!», vacilándome. Y yo: «Cabrones, que se va a enterar todo dios. A jugar, joder, que os alegráis más de ganar que por los dos puntos».

Wembley, 20 de mayo de 1992.

Es el inicio de la historia del Barça. Fue un año muy duro porque íbamos mal clasificados en la liga, a un montón de puntos del Madrid. En la Copa del Rey estábamos eliminados en enero y todo era un desastre. El míster nos veía tan mal que nos dijo que estábamos todos renovados si ganábamos un título. Lo hicimos en Wembley, y eso nos dio alas para coger con fuerza la liga. Nos dio una moral impresionante. Sobre todo, después de haber perdido aquella Copa de Europa en Sevilla, que fue un palo. Una oportunidad única como esa, porque antes tenías que ganar la liga para poder jugar la competición, no es como ahora. Y todo eran eliminatorias, sin liguillas, te podía ganar cualquiera. Con tres extranjeros por equipo estaba más igualado. Por eso para nosotros fue como una cita con la historia, habíamos ganado la Copa y la Liga, también la Recopa, el título que nos faltaba.

Fuiste titular, contra pronóstico.

Creo que me puso porque soy un ganador. Él sabía que yo no me acojonaba. En los partidos importantes y las finales que había jugado había marcado goles siempre. Cruyff sabía que yo daba la cara en esas citas. Y en un partido de ese calibre lo que te hace falta es gente que no se arrugue. Me llamó el viernes y me pidió que no saliera de chufla el fin de semana. Pensé que se le había ido la olla, pero él sabía que yo iba a dar la cara.

Campeones de Europa y, meses después, Tenerife.

Lo que fue impensable en Tenerife era que hubiésemos dejado escapar esa liga. Éramos un equipazo. Antes del partido estábamos tristes por esto, puesto que considerábamos que el Real Madrid no dejaría pasar una ocasión como esa contra un equipo que no se jugaba nada. Perdió, fue una sorpresa y una alegría inmensa.

La segunda vez, al año siguiente, sabíamos que teníamos pocas opciones, pero ya lo vimos un poco más abierto. Lo impensable era que algo así le pudiera ocurrir dos veces a un equipo como el Real Madrid. Claro que, si ha pasado una, ¿por qué no iba a pasar dos veces? Fue impresionante, como te imaginarás.

Y ya la que fue la hostia fue la tercera, la del Deportivo. Un equipo en casa, que se juega la vida, que era una oportunidad única para ellos, por muy primado que esté el rival no te puedes imaginar que no ganen y… Yo ese año no jugué casi nada, estaba hablando con Txiki y me dice: «Penalti». En el último minuto. Te quedas: «No, por favor». Y va y lo falla. En la vida hay que tener suerte, y Johan tenía flor. Hay gente que la tiene. Mira Zidane. Es muy importante tener flor.

Te fuiste quedando relegado del equipo, sobre todo tras la llegada de Romario, pero, por ejemplo, en esa 93-94, que acabó con empate a puntos y resuelta por la diferencia de goles, hubo un partido contra el Albacete que ganaste tú solito que resultó crucial.

Jugaba poco sin Romario, imagínate cuando llegó. Mi declive de azulgrana se ve en mis goles por temporada, que van: veinte, quince, once, siete, cinco y dos. Bajando cada año. Mi problema con Cruyff fue que dio su palabra de que si ganábamos un título renovábamos todos. Esto lo dijo en noviembre, cuando no había posibilidades de ganar. Luego falló Djukic, le dimos la vuelta a la tortilla y yo me quería quedar, pero Johan incumplió el trato. Ganamos la liga, pero al perder la Champions contra el Milan de Capello se pilló un mosqueo impresionante y me dijo que me tenía que marchar. Y yo no había jugado esa final. Le dije: «No, yo me quedo, me lo has prometido».

Me acababa de echar novia en Barcelona, tenía treinta y dos años y me veía fenomenal. Confiaba en mis posibilidades. Le insistí en que teníamos un trato y al final lo resolvió así: «Pues sí, yo cumplo mis promesas: te puedes quedar, pero con la ficha de Escaich». Dije que me quedaba, como mínimo, con la ficha que ya tenía, y ahí me la hizo para que me marchara.

El Dream Team no duró mucho más, al menos estuviste y participaste en un equipo histórico.

Fíjate Amor, que venía del fútbol base, con un carácter diferente, tenía el sentimiento de la gente de la casa. Bakero, que fue un jugador discutido, siempre jugaba al ras, tenía alternativas, carácter, gol y ponía un pundonor imprescindible para el equipo. Guardiola, que era un chavalín, que fue yendo a más y a más. Begiristain, que como Bakero marcaba la diferencia sobre todo por la inteligencia. Nadal, la familia Nadal podría hacer lo que quisiera con esa genética; este salió futbolista, pero podría haber sido lo que quisiera. Goiko, un artista, con esa velocidad, regate y buen centro. Sergi y Ferrer, que eran dos moscas cojoneras y además muy rápidos…

Fuiste al Mundial de Estados Unidos en el 94 habiendo jugado poco ese año, pero la clasificación en parte se debía a tus goles.

Los de Irlanda. Teníamos que ganar, estábamos prácticamente fuera. Veíamos el Mundial muy lejos, había que ganar a Dinamarca, campeona de Europa, en Sevilla, y a Irlanda allí. Era muy complicado. Recuerdo las charlas de Clemente diciendo que confiaba y estaba a muerte con nosotros, que lo que dijeran le daba igual. Ganamos con el gol de Hierro, con Cañizares parando un penalti y Zubi expulsado. ¡Cómo sufrimos!

Y ese Mundial fue el mejor en el que he estado. Estados Unidos es un país maravilloso. Teníamos días libres para irnos a Chicago, por ejemplo. Había un cocinero, el ambiente era de piña. Fue nuestro Mundial, con un Caminero que se salió, que estaba en racha. Yo marqué contra Corea en el primer partido. He marcado en tres mundiales, creo que Villa también tiene ese récord. Luego arrasamos a Suiza, a Italia le metimos un meneo, pero salió la famosa Italia de siempre.

Y tu famosa ocasión.

Mi ocasión en USA´94 la he visto un montón de veces, me la sigo poniendo en YouTube, donde he visto que hay un vídeo que pone «Pícala Julio, pícala». [risas] Fue una jugada complicada, en el pase la pelota venía botando. En primera instancia sí la quise picar, pero iba en carrera, botando el balón y el portero se me quedó a media salida, con lo que ya no podía regatearle, con la pelota apenas controlada, no tuve otra alternativa que tirar. No le pegué muy bien, porque le di con el interior, pero sí que engañé a Pagliuca, él se tiró para un lado y la pelota iba para el otro, con tan mala fortuna que le pegó en una pierna; tan mala suerte, además, de que en la siguiente jugada nos metieron gol, joder… Es que se dieron todas las circunstancias para decir: «Hostia, no puede ser, no puede ser». Fuimos al vestuario y nos encontramos a las infantas allí, nosotros con unas caras… y ellas diciendo: «Lo sentimos mucho, ánimo». A mí me llegó Javi, que tenía que estar destrozado el que más, y vino a darme ánimos, diciéndome que por lo menos había tenido una ocasión. Y yo: «Joder, pues mejor no haberla tenido» [risas]. Fíjate ese gol lo que hubiera supuesto… En fin, es lo que hay.

Imagino que solo puedes tener buenas palabras para Javi.

Sí, yo ya pensaba que mi ciclo se había acabado, me fui a Coruña, jugué muy bien y me dijo que para seguir en la selección tenía que demostrar que era el mejor delantero de España, y para eso tenía que marcar goles y jugar. Por eso me fui al Sporting, donde rendí a un altísimo nivel y volví a la selección en la Eurocopa de Inglaterra en el 96. Otra vez, con tan mala suerte que nos robaron el partido contra el anfitrión, en el que marqué un gol que era legal y me lo anularon. Y de esto no se habla, ¿eh? La gente se acuerda solo de lo de Italia.

En A Coruña debiste llegar a un vestuario marcado por ese penalti fallado de Djukic.

Sí, estaban muy jodidos. Con lo que cuesta ganar una liga a cualquiera, imagina lo que le suponía al Dépor. Encima lo tenían todo montado, una mariscada, una celebración por todo lo alto, y… todo se echó a perder. Pero tenía mucho mérito hasta dónde llegaron, porque ese equipo no tenía nada. Eso era otro mundo. El Deportivo era un piso de cien metros en mitad de Coruña, esa era la oficina con dos ancianos y Lendoiro, y ya. Te ibas a entrenar y te recogía un autobús en Riazor para llevarte a la Torre de Hércules. No tenía nada que ver con nada.

Nos contó Paco Jémez en su entrevista que compartió vestuario contigo ese año, que te cuidabas mucho el pelo para no quedarte calvo.

[Risas] Yo en aquella época tenía un negocio, que era Svenson, con el que se suponía que no te quedabas calvo y luego no hacía nada. Me birlaron un montón de pasta, fue ruinoso. La gente me decía «Tú tienes bien el pelo por Svenson», y yo: «No, no te equivoques, tengo un buen pelo por naturaleza, no por Svenson». Paco recuerdo que tenía una melena de la hostia y luego se quedó calvo. Pero mira, le pasa como a Guardiola que, sin pelo, como entrenador parece que tiene más carisma y es más interesante [risas].

La plantilla del Dépor era top.

A mí me parecía que los extranjeros estaban al nivel de los del Barça. Bebeto, Mauro Silva y Djukic, uno por posición y todos cojonudos. Bebeto era el mejor delantero centro junto con Romario. Y Mauro Silva era un fiera. Lo de fichar exjugadores de Madrid, Atlético y Barcelona, Aldana, Donato, Alfredo, Nando, Rekarte, Elduayen… fue muy buena estrategia. Eran tíos de treinta años, que es la mejor edad, pero con la que en los grandes ya te enseñaban la puerta. Encima estaba Fran, que era un monstruo. El ambiente en el vestuario era como el de un equipo de barrio. No tenía nada que ver con la filosofía de Barça o Madrid. Además, Arsenio era como un padre. Te decía: «Chavalines, una copita de vino solo». Y cuando llegaba a la mesa de los vascos, decía: «Bueno, a vosotros os dejo la botella». Luego iba por las habitaciones para que nos acostáramos pronto: «Hay que dormir, ¿eh?, hay que dormir».

¿Por qué te fuiste después de haber marcado doce goles? Solo metió más que tú Bebeto, dieciséis.

Por Toshack. Yo renovaba por una cláusula que decía que si marcaba más de diez goles renovaba automáticamente. Pero al volver en el mes de julio, Toshack me hacía el vacío. A los suplentes nos hacía entrenar aparte, vi que conmigo no contaba para nada. Ganamos la Supercopa al Madrid, pero no jugué nada, no me dio ni bola. Javi me había dicho que solo sería internacional si marcaba goles, como te he dicho antes, vi que me quería el Sporting, pregunté y me dijo «Te puedes marchar mañana mismo, pero hay que pagar». Cuarenta kilos tuvo que poner el Sporting.

Ahí hiciste dupla con Eloy, otra delantera de «casi jubilados».

Creo que jugué más con Lediakhov que con Eloy. Ese Sporting también era un buen equipillo, con Ablanedo de portero. Sinceramente, creo que ha sido donde mejor he jugado. Me salía todo, macho. Y eso que cuando llegué pasé vergüenza. Vino a buscarme Quini, que era mi ídolo de pequeño, llegué a Mareo y en la presentación estaba todo lleno. Tiene cojones, pensé, ni que fuera yo Romario. Un tío de treinta y dos años, que van a pensar que vengo a robar, pero empezaron a cantar: «Bota de oro, Salinas, Bota de oro». Yo me decía: «Esto no puede estar pasando. ¿Se estarán riendo de mí, se estarán descojonando?». Eso sí, cuando fuimos a otros campos me coreaban «Bota de mierda, Salinas, bota de mierda». Pero empezó esa temporada y lo metí todo. Unos golazos, que decía «Madre mía, me sale todo, macho». Fueron dieciocho goles y sin tirar los penaltis. Mi mejor año y el club donde mejor me han tratado con diferencia.

Y al año siguiente, lo mismo que en A Coruña, no te quiere el nuevo entrenador, en este caso Floro.

Me llegó una oferta de Japón y se la trasladé a Floro, pensando que iba a decir que no. Pero cuando se lo comuniqué me dijo: «Sí, te puedes marchar; vete a la directiva a anunciarlo». Me llevé una sorpresa… Luego averigüé que quería a Luna, por la razón que fuese. El Sporting pagó doscientos cincuenta kilos, lo que supuso la ruina del club, y encima bajaron a segunda.

En Japón fueron dos años en el Yokohama Marinos.

Fue una experiencia acojonante, aunque al principio fui con miedo. Me casé allí, por cierto, en la embajada española y tuve allí un hijo. Me fui forzado, yo no quería. Tuve problemas con un catalán, Antonio de la Cruz, sustituto de Xabier Azkargorta, el que me trajo. De la Cruz quiso implantar el sistema del Barça de Cruyff en Japón y empezó a no contar conmigo ni con Goiko, que también se vino a Japón.

La primera vez que me cambió —yo era el máximo goleador—, me dijo: «Te quito para dar más velocidad en ataque». La jornada siguiente jugamos contra el equipo de Floro, que ya no estaba en el Sporting [risas], y me volvió a quitar. Le dije: «Joder, si me cambias a mí perdiendo 2-0, al delantero estrella, la gente se va a preguntar qué pasa conmigo». Luego me lesioné y ya no quiso sacarme más. Un día que perdimos 0-4 y no nos puso en el campo nos cabreamos que no veas. Fui a por él, nos dijimos de todo y casi llegamos a las manos. No nos dimos por un pelo. Los japoneses estaban acojonados, flipando, no entendía nada. Y como allí es todo jerarquía, nos apartaron del equipo a Goiko y a mí.

Y en el Alavés, otra resurrección.

Tenía treinta y seis años y ya había dejado el fútbol, pero me llamó Mané para ir al Alavés, que iba último. Le dije: «Venga, Mané, ¿para bajar a segunda? Me va a quedar una mancha de la hostia en el currículum». Hasta mi madre me dijo que era una locura. Pero el míster no paraba de insistir y le dije, para quitármelo de encima, que iría un día a entrenar a ver qué tal. Y mira, me lo pasé muy bien y me animé. En el último partido le metí un gol con la mano a la Real y nos salvamos. Tenía treinta y siete años, me encontraba de puta madre, y quise jugar un año más, pero ¡entonces ya no me querían!

Decían que iban a rejuvenecer el equipo, que venía Kodro. Amenacé al presidente, le dije que o me renovaba o le decía a la prensa que yo habría seguido un año más por cero euros solo a cambio de dos millones en el caso de ser el máximo goleador del equipo. Se puso nervioso y me renovó. Pues fui el máximo goleador del equipo [risas] Entramos en la UEFA y si no perdemos el último día en San Mamés, 2-1, gol mío, quedamos segundos. En Vitoria me hice muy amigo de Javi Moreno. Éramos uña y carne. Me alegré mucho cuando le fichó el Milan. Le enseñé que en cada penalti cogiera el balón y se lo tirase él, que no se la quitase nadie. Un día estando yo en el banquillo vi que se lo hizo a Kodro y me dije: «Así me gusta chaval, así me gusta, tira todo que son goles» [risas].

Después del fútbol, destacó tu etapa de locutor con Andrés Montes.

Cuando cuelgas las botas hay tres maneras de seguir en esto: secretario técnico, entrenador o comentarista. Estuve seis años de comentarista en Radio Nacional y en Televisión Española comentando Champions con José Ángel de la Casa, Juan Carlos Rivero y Paco Grande. Muy bien. Entonces me llamó La Sexta en 2006 y era un palo, porque solo me proponían hacer el Mundial y, de aceptar, perdía lo de TVE, que estaba muy bien pagado, todo lo contrario que La Sexta. Pero por el gusanillo de hacer un Mundial, egoístamente, acepté. Nada más llegar me dijo Montes: «Chaval, esto es diferente, olvídate de José Ángel de la Casa, hay que seguir el juego».

Dije que era como un camaleón, que me adaptaba a todo, como a los sistemas de juego. Hicimos ese Mundial con mucha desventaja. Canal Plus tenía de todo, mientras que nosotros estábamos, por llamarlo de algún modo, en una barraca con gente muy joven. Ellos tenían a Maradona. Pero creo que salimos ganadores porque al final todo el mundo se quedó con lo de «jugón», «tiquitaca», «tiburón Puyol», «¿Dónde están las llaves?»…

Andrés era diferente a todo, era único. Tenía sus rarezas y creo que le caía mal a mucha gente porque era muy exigente. Su forma de dirigirse a los demás a veces sonaba mal y siempre pidiendo, en plan: «¡Tenemos los mejores comentaristas y hay que darles el mejor catering, me cago en la hostia!». Yo era como su pareja, iba de la mano de él. Tuvimos la suerte de que la liga se quedó en La Sexta y tuve suerte con la apuesta que había hecho. Estuvimos dos o tres años y al final nos despidieron a los dos.

¿Por qué?

No le encuentro explicación, porque Andrés era único. Servía para fútbol, para basket, para cualquier cosa. El problema es que era independiente. No se dejaba manipular por nadie. Y en este mundo… Te cuento un caso. Una vez, había un vídeo en el que criticaban a Ramón Calderón, expresidente del Real Madrid, y le dijeron que antes de darle paso criticara a Calderón. Y él decía: «¿Por qué tengo que criticarlo si no veo motivo para hacerlo? Meto el vídeo, pero yo no critico a nadie». Fui testigo de un par de sucesos como este y él iba muy fuerte. No era un cualquiera, era muy inteligente y muy culto, leía mucho, sabía de política, de filosofía, de música… era un tío muy, muy preparado.

¿Y ahora qué haces?

Sigo en el periodismo deportivo, pero lo que más hago, mi pasión, es coleccionar placas de botellas de cava, sobre todo. Tengo veintitrés mil. Hace ocho años más o menos que me metí en esto. Hay una web donde puedes hacer intercambios, pero necesitas moneda de cambio y las que encuentras en los bares son todas las típicas. Al principio no sabía bien qué hacer, hasta que se me ocurrió diseñar mis propias chapas para los coleccionistas. Encontré una bodega buena, bonita y barata y hacen cavas con mis chapas, dedicadas, por ejemplo, a los equipos donde he jugado o a la final de Wembley.

Mi hermano, por ejemplo, colecciona camisetas. Tiene setecientas. Pero solo las auténticas, no le valen las que se venden en la tienda. A mí me las ha quitado todas. Creo que solo tengo seis mías, una por cada equipo en el que he estado. Tiene de Maradona, de Ronaldo, de Messi… Yo le conseguí de Sergi en el Atlético, de Aimar en el Valencia…

Está con las camisetas igual que yo con las placas. Es una frikada porque te obsesionas, vives con ellas, piensas en ellas, duermes con ellas. Es como cuando va un tío a cazar y cobra una buena pieza.

Como ser un goleador.

No, no, como meterle un gol al Madrid no hay nada.


Pero qué hizo Luis Enrique en el Real Madrid

Luis Enrique en el Real Madrid, temporada 1991-92. Foto: Cordon Press.
Luis Enrique en el Real Madrid, temporada 1991-92. Foto: Cordon Press.

Verano de 1993. Se extienden por España los establecimientos de serigrafía, donde, ¡oh, el milagro del progreso!, uno puede hacerse la camiseta que le dé la gana. Una revolución. El mundo a nuestros pies. Voy con un amigo. Él se hace una con el rostro del flamante último fichaje del Real Madrid, Claudemir Vitor. Yo, una de Luis Enrique en cuerpo entero, saltando majestuoso con mueca de apóstol en la batalla de Clavijo sobre una entrada de alguien del Español, creo que Francisco. 1994, crezco un poco y considero que esa camiseta, con el nombre del jugador en un tipo de letra propio de un puticlub de carretera comarcal, es mejor llevarla en la intimidad. Parezco cuando me la pongo, digámoslo a las claras, tonto de los cojones. Decido usarla de pijama. Era una época extraña que los más peques de la casa no entenderéis, la ropa tenía cierto valor y no se tiraba nueva a la basura así como así. Con el chaval de Vitor pierdo el contacto hasta finales de la década. Cuando me encuentro con él comenta que se ha enrolado en las Fuerzas Armadas. Noto que me mira fijamente, silencioso, cuando doy un trago a mi copa. Creo que sospecha que recuerdo lo de su camiseta perfectamente. Yo lo entiendo, lo respeto y no digo nada. Otoño de 1996. Luis Enrique Martínez García ficha por el FC Barcelona. Le echo valor y sigo durmiendo con mi camiseta. Mi vida no experimenta cambios sustanciales, ni erupciones subcutáneas ni nada, solo que cada noche parezco delante del espejo, cuando me lavo los dientes, sin paliativos, completamente gilipollas. Todo gracias a Luis Enrique. Gracias, Luis, de corazón.

Este sainete biográfico viene a cuento porque hace unos días, comentando con un amigo las viscerales celebraciones que hacía Luis Enrique cuando le marcaba al Madrid, nos preguntamos qué hizo antes en nuestro club. Qué nos dio. Cuándo resultó decisivo. Si es que acaso tuvo algún valor. Y la respuesta fue que ni pajolera idea. Yo solo recuerdo superficialmente que corría mucho, que era impreciso en el regate y que en el Bernabéu le terminaron pitando con inquina. ¿Y por qué? ¿Se rompió el amor de tanto usarlo? ¿No dio pie con bolo? Investiguémoslo. Aunque antes del desglose de datos, vayan por delante unas valiosas palabras del brillante excentrocampista del Real Madrid y solista del dúo de música folk Simon & Garfunkel, Ricardo Gallego. Tribuna en El País, abril de 1995:

Él no tiene problemas para desenvolverse como lateral derecho o izquierdo, como delantero o centrocampista. Es un ejemplo a seguir como profesional, pues en todas las situaciones intenta sacarse a sí mismo el máximo provecho en beneficio de su equipo. Esta polivalencia es un seguro para su entrenador en casos de emergencia. También es poco valorada por el aficionado en general.

Nacido en Gijón en 1970, Luis Enrique vino al fútbol en la escuela de Mareo, cantera de la que fue expulsado por ser «pequeño y delgado». En una tierra, la asturiana, donde los filetes cuelgan a ambos lados del plato, se conoce que eso no estaba bien visto. No obstante, después de hincharse a meter goles en el Club Deportivo La Braña, lo trajeron de vuelta al Sporting. Y poco faltó para que se fuera ya al Barcelona. Tal y como contó hace poco Javier Giraldo en el diario Sport, el Barça le hizo un seguimiento y el ojeador de los catalanes en el norte de España, Isidoro Sánchez, se lo terminó llevando a hacerle una prueba en Barcelona.

Eso sí, la cosa salió mal. Al llegar a Barcelona perdió el billete de vuelta —entonces las gentes no podían llevar el localizador en el walkman— y en los entrenamientos le molestaron los abductores. Dijeron que ambas cosas se debían a los nervios. Luego jugó un partidillo con el juvenil, donde estaba Tito Vilanova por cierto, y decidieron rechazarlo sin muchos miramientos. El máximo responsable de la cantera, Luis Romero, le dijo un lacónico: «Has hecho poco». Y dieron orden a Isidoro Sánchez de dejar de seguirlo. El protagonista de esta historia se volvió a casa desolado. La vida suele ser así para la mayoría de la gente.

Pero este chaval o su entorno dieron muestras ya en ese momento tan temprano de su carrera de que nada se iba a interponer entre el futbolista y el triunfo. Luis Enrique firmó un precontrato con el Oviedo, el máximo rival. Algo que los forofos verán como un gesto herético y despreciable, pero que cualquier persona en plena posesión de sus facultades mentales entenderá más bien como que tonto no era. Al final, con mucha «épica conversacional», Carlos García Cuervo logró retenerlo en Gijón y el jugador contribuyó a forjar la leyenda del Sporting B de Abelardo, Manjarín y el susodicho. Era 1988, el año que había comenzado con la teta de Sabrina Salerno.

En la 89-90 debutó en Primera División. Derrota en casa contra el Málaga, pero en la que envió una chilena al larguero. No hizo mucho más, pero en la siguiente temporada explotó. Enchufó goles de todos los colores y la mayoría de una ejecución impecable. Se pueden ver en un YouTube de Fiebre Maldini donde rescatan un programa de El día después en el que se daba fe del pedazo de jugador en que se había convertido. Con música de un VHS de prevención de riesgos laborales o, si se quiere, una película porno escandinava, Jorge Alberto Francisco Valdano Castellanos comentó los goles que llevaba Luis Enrique ese año junto a un señor que había debajo de unos relojes y que se llamaba Nacho Lewin. Uno de los tantos destacados era a Zubizarreta en el Nou Camp, nada menos, y era sencillamente espectacular. El argentino concluyó la locución con una de esas frases de las que le granjearon fama de brillante orador en los locales de ocio del mundo entero. Sentenció: «apto para la lucha y finalmente para la sutileza final» (sic). Demostrando que con eso de «la sutileza final» también podría haber sido un magnífico letrista de Sangre Azul, pero sigamos con el fútbol.

Luis Enrique se convirtió en el futbolista revelación de Primera División. Y por si alguien todavía no se había dado cuenta, marcó a Abel, portero del Atlético de Madrid, acabando con su legendario récord imbatido. Tuvo tanta visibilidad que al asturiano solo le salieron novias. Hasta Rafael Martín Vázquez dijo de él que podría ser un buen jugador para el fútbol italiano, pero por lo que fuera prefirió quedarse en la piel de toro. El Real Madrid corrió raudo a pagar su cláusula de doscientos cincuenta millones de pesetas, que le parecía desorbitada al Barcelona —«es como un melón sin abrir», adujeron—, y la capital se llevó el caramelito.

En su primera temporada en el Real Madrid, Luis Enrique pudo sumergirse enteramente en la filosofía del único club español que conserva en su escudo la franja morada de la bandera tricolor de la II República y justo encima una corona borbónica; dicho de otro modo, la filosofía de películas como la saga de Porky’s o la también muy jocosa Desmadre a la americana. Fue el año de Mendoza, Radomir Antic, Leo Beenhakker y otras chicas del montón. Una temporada que glosamos jugosamente en el perfil de Ricardo Rocha que publicamos este verano.

Johan Cruyff, sin pelos en la lengua habitualmente, dijo sobre él: «En ningún momento entramos en la puja por su fichaje, se trata de un buen jugador, pero no es la gran estrella que se dice». Lo clavó inicialmente. Pero como siempre, sobre el papel, no parecía mala idea. Mil trescientos millones se gastó Mendoza en Prosinecki, Rocha, Lasa y el asturiano, llamado a sustituir, él o el emergente Alfonso, la figura de Hugo Sánchez, en franco declive y que además estaba lesionado. Después de lo visto en la 90-91, el plan sonaba a Wagner.

Fue uno de los tremendos dilemas del año, el acompañante de Butragueño. Aunque curiosamente, como mejor rindió el pequeño de cara angelical fue sin nadie. Respaldado atrás por Míchel, Hierro, Luis Enrique y don Gica Hagi haciendo la guerra por su cuenta. El asturiano se estrenó con un gol de cabeza contra el Logroñés en la séptima jornada y repitió en la décima contra el Burgos con un tanto interesante que no recuerdo haber visto, pero que las crónicas destacaron:

El Madrid salió en tromba y a los dos minutos se adelantaba en el marcador merced a un contrataque bien llevado por Luis Enrique, que pilló a la defensa burgalesa mal colocada, enfiló desde medio campo la portería rival y batió a Elduayen de tiro cruzado en su salida. El gol madridista desmoronó la hasta entonces bien organizada defensa burgalesa. (La Vanguardia, 18 de noviembre de 1991).

Sin embargo, ahí se quedó la cosa más o menos. Metió dos más y ese fue su saldo en todo el año. Cuatro goles. Paralelamente, la selección española no se clasificó para la Eurocopa de Suecia, pero, pese al desastre nacional, se hablaba mucho del combinado olímpico que tenía que dar la cara en Barcelona 92. Ahí Luis Enrique y Alfonso se compenetraban perfectamente y se hablaba de un equipo muy serio en el que llamaban la atención nuevos valores como Solozabal, Ferrer y Abelardo.

Debió ser lo único estimulante que tuvo Luis Enrique ese año, porque en el Madrid en enero se desató una crisis-charlotada-lupanar de las que hicieron época. Ramón Mendoza medió ante Radomir Antic para que sacase a jugar a Hugo Sánchez, que estaba enfadadito. Esto obligaba al serbio a cambiar todo el dibujo de su equipo. Luis Enrique había sido titular hasta el momento en casi todos los partidos, pero tampoco había demostrado que era un supercrack como lo había sido el ganador de cinco pichichis. Antic obedeció, Hugo no marcó, y en un partido en casa contra el maldito Tenerife en el que se terminó pidiendo la hora con José Miguel González Martín del Campo de portero por expulsión de Buyo, se tomó la decisión de despedir al entrenador con el equipo líder. Se entendía que Radomir no sabía lograr que sus jugadores dieran espectáculo.

Pero Beenhakker, que le sustituyó para traer el fútbol-samba, lo hizo incluso peor y el affaire con Hugo le estalló en la cara. El mexicano se negó a viajar con el equipo si no iba a ser titular y declaró «si el equipo pierde la primera plaza y sigo sin jugar, entonces diré unas cuantas cosas». El órdago acabó con Hugo en el Rayo Vallecano previo paso por el CF América y con el club haciendo la que sería recordada como la histórica segunda vuelta de la muerte, de la mierda, del infierno, de satanás, del Gólgota… de lo que quieran ustedes. Un recordado «masaje» con «final feliz» en Tenerife.

En todo caso, en el verano se le tuvo que olvidar esta tragedia a Luis Enrique porque logró la medalla de oro en Barcelona 92. Un extraordinario campeonato, una gran generación y unos partidazos de mucho cuidado. Jugó todo lo jugable y marcó un golito en dura competencia con unos Kiko y Alfonso en plena forma. No obstante, aunque resulte difícil de creer, la selección no es el Real Madrid, así que pasemos página y volvamos al meollo de la cuestión.

En la siguiente etapa, Benito Floro Sanz, paisano de Luis Enrique, el nuevo Sacchi, se hizo cargo del equipo. Temporada 92-93. El club incorporó a Iván Zamorano, indiscutible en la punta, y a Rafael Martín Vázquez. Alfonso y Luis Enrique pasaron a ser suplentes. El equipo empezó la temporada perdiendo en el Nou Camp y mostrando un juego muy poco atractivo. La penúltima oportunidad de la Quinta para volver a ser la que era se estaba esfumando. Para colmo, Robert Prosinecki, la estrella esperada y deseada, volvió a jugar después de su complicada lesión, pero resultó que ahora estaba deprimido. Fue el año de que si fumaba mucho, de que si las noticias que llegaban de Yugoslavia le amargaban, o los yugoslavos que frecuentaba en Madrid no le subían el ánimo precisamente con sus relatos vitales y, fuera como fuese, sobre el césped parecía un exjugador.

Con todo, la arqueología en YouTube nos ha legado un vídeo de un buen gol de Luis Enrique en otoño al Timisoara. Una elegante definición que hacía honor a la cosa esa de «finalmente la sutileza final» que había dicho Valdano. El chico, caray, prometía.

Así las cosas, en diciembre Mendoza ya empezó a mandar mensajitos de que con la garra de Luis Enrique el equipo parecía otra cosa. No sé, pues por ejemplo se asemejaban más a un grupo de once veinteañeros que practican deporte en un país soleado, no a una fila de obreros siderúrgicos polacos yendo a trabajar a las cinco de la mañana en los años duros de Gomulka, que es lo que parecía la Quinta con Prosinecki de director de orquesta. Al menos el Bernabéu es lo que hizo notar empezando a pitar a Butragueño con inequívoca hartura.

Lo gracioso es que en enero el equipo ganó al Barcelona en un polémico encuentro en el Bernabéu, 2-1 de penalti, y empezó a remontar hasta ponerse segundo en febrero por detrás del Superdepor que se lo estaba pasando pipa con Bebeto y Mauro Silva. En estas fechas, Luis Enrique llegó a ser considerado un jugador indispensable. Martín Vázquez se fastidió el quinto metatarsiano y nadie le echó mucho de menos.

De esos inicios de año de resurrección también hay un gol del asturiano en YouTube. Es del 1-5 a la Real en Atocha. Butragueño abrió el marcador con una vaselina un tanto heterodoxa, pero vaselina al fin y al cabo. Y Zamorano hizo lo que le dio la gana en la segunda parte. Como dato curioso, en el segundo gol del chileno, de una brillante ejecución, se ve con toda claridad una pancarta en la grada, detrás de la portería, con un mensaje claro, sencillo, escueto y directo: «ETA». Y ahora la gente gime si le pitan el himno nacional… ay, ay. Luis Enrique, por su parte, marcó el quinto en esa portería, la de los aficionados donostiarras más desacomplejados, y también con estilazo, con unos amagos bastante guapos.

No se puede decir que Luis Enrique fuese la estrella de ese equipo, pero provocaba penaltis, ocasionaba autogoles o sus fallos de cara a puerta terminaban en gol de otro, como el que marcó Esnaider al Logroñés, que solo sirvió para empatar porque el Tato Abadía igualó a dos ese partido en el quinto minuto del descuento. Posiblemente la imagen más bella de la historia del fútbol español antes del advenimiento de los tatuados musculados y engominados.

El caso es que este equipo, al final, también doblegó al Dépor en el Bernabéu, que jugó con poca fe en sus posibilidades, y en mayo alcanzó el liderato. Entonces, ¿qué premio le tenía reservado Mendoza a Luis Enrique? En efecto, largarlo. Lo quiso colocar en un canje por Fernando Redondo, el deseado. Mal rollo. El Tenerife lo pedía a él, a Alfonso y novecientos millones —tal vez en billetes sin contar—. El asturiano se negó. Pero ya de paso, cuando Lasa se lesionaba, empezaron a ponerle de lateral para que lo tuviera aún más complicado. Fichas a un chico porque demuestra ser un killer del área y lo pones de defensa. Se ha hablado mucho de este tema, de que podía con eso y más. Pero ahí queda el dato. Sobre todo porque así se llegó a Tenerife y, una vez más, se volvió a palmar la liga en el último partido. Ni Tricicle.

Días después, el Madrid levantó la Copa del Rey tras vencer al Zaragoza 2-0. Fue el único título serio en tres años, amén de una Copa Fioruci, durante aquella travesía por el desierto de dominio del Dream Team. Pero Luis Enrique no estuvo. Qué le vamos a hacer. Así que pasemos a la siguiente temporada.

Los números 93-94 en la memoria de los aficionados madridistas suenan como las cifras de identificación tatuadas en la piel de un prisionero de un campo de exterminio. Qué año. Qué cosas nos pasaron. Qué aventuras. En la primera jornada de liga se metió un 1-4 al Osasuna que parecía prometer un año de grandes éxitos. Se había fichado a Dubovski, pichichi de la liga eslovaca, por más dinero de lo que el Barça gastó ese mismo año en Romario. Sería por algo, ¿no? Pues no.

Un 1-3 en casa en la jornada siguiente frente al Valladolid puso las cosas en su sitio. Lo que le gritó la grada a Vitor aquel día no se puede reproducir y fue poco comparado con lo que todavía quedaba por expelerle en las siguientes jornadas. Martín Vázquez pasaba por el organizador del equipo, pero la cosa estaba muy anquilosada. Lejos quedaban los años de pases vertiginosos de Butragueño, Míchel y Rafa, que este año vivió un auténtico viacrucis. Cuando el Tenerife eliminó al Madrid de la Copa en el Bernabéu por 0-3, le tuvieron que sacar escoltado por la policía. Ese día del estadio y días después también de los entrenamientos. Martín Vázquez dejó de hablarse con Floro y llegó incluso a filosofar de forma lastimera. Miren qué belleza de declaración recogió la prensa con el título «No soy feliz»:

La vida era antes más bonita, la sociedad nos ha hecho cambiar, cada uno va a lo suyo… En un sitio o en otro… puedo demostrar mis cosas. (El País, 22 de febrero de 1994).

En cuanto a Luis Enrique, en este segundo año de Floro se le situó en el lateral con todavía más frecuencia. Y ahí daría de sí lo que diese, pero hay que subrayar que la prensa lo destacó en Navidad como el jugador «más en forma de la plantilla». Al menos se logró ganar al Barcelona en la Supercopa, aunque en el póster de la celebración Luis Enrique saliera mirando para otro lado, casi como avergonzado. O igual solo estaba vislumbrando en el horizonte lo que le venía encima al equipo, una cosa que se conoce popularmente como «la puta realidad».

Ocurrió un 8 de enero de 1994. Barcelona. Estadio Nou Camp. Romario da Souza Faria hizo lo que le salió de las mismísimas narices con la defensa blanca. Resultado: cinco a cero. El público estaba tan fuera de sí que parecían los españolitos de Bienvenido Mr. Marshall. Y eso que los benditos no sabían que en el futuro crujirían así al Madrid muchas veces más. Aquella fue la primera película porno —por delante, por detrás, por la boca, de espaldas, de tijereta y vuelta a empezar— de la era moderna que protagonizó involuntariamente el Madrid con su eterno rival. Luis Enrique tuvo una colaboración destacada en el cuarto gol de la noche. Nadal lanzó un melón sin peligro a la banda, el asturiano no pudo controlarla, se la robó Laudrup, toquecito a Romario y gol. En ese momento la cámara enfocó a Hristo Stoichkov. Reía como si le hubiese tocado la lotería. Y tú pensabas: ¿Vitor y Dubovski?, ¿pero por qué? Los directivos, encima, barajaron la posibilidad de multar a los jugadores por bajo rendimiento.

Justo en el siguiente encuentro, de Copa frente al Atlético, el equipo pudo desquitarse un poco gracias a la legendaria amabilidad de su vecino. En la ida Luis Enrique tuvo una participación destacada provocando el penalti del empate del Madrid, y aquí, en la vuelta, clavó un gol de cabeza por la escuadra a pase de Paco Llorente bastante decente y que resultó decisivo. Aunque el charro de la noche fue de Lasa tras una galopada y pasar muy mucho de dársela a Butragueño. «¡Prefiere el disparo a jugar con Butragueño!», dijo asombrado José Ángel de la Casa en la retransmisión, pero de ese disparo salió un golazo de padre y muy señor mío. Iban aprendiendo hasta los nuevos de qué iba el asunto con la Quinta a esas alturas de la vida.

Ese año en Europa, de nuevo contra el PSG, no hubo suerte en la ida en casa, 0-1, y en el partido de liga de esa semana ocurrió el Lleida-Gate famoso de «Con el pito nos los follamos», la última charla de Floro que en esta casa contamos detalladamente.

El técnico fue destituido y se acabó la dictadura del 4-4-2. Un régimen autoritario tan grave que uno de los escándalos del año se produjo cuando Toni Grande cambió a un 3-4-3 con el filial durante unos minutos y se montó la de dios es cristo por desobedecer y no mantener el 4-4-2 zonal de Floro, quien advirtió que iniciaría una investigación para depurar responsabilidades.

¿Estaba como una regadera? Pues probablemente. Aunque el infantil A ganó un día por 30 a 0 al La Flor gracias, según dijo la prensa, a su sistema. Casi como para haberse ido a Cibeles tal y como estaban las cosas. Era el famoso y temido equipo filial de Rabadán, que deslumbró en el torneo de Brunete. El Madrid terminó descartando a este chico, no sin darle tratamientos con un endocrino para que creciera. En una reciente entrevista en As, comentó que en esa consulta coincidía con un tal Raúl González Blanco. Sorpresa. Mientras, en la misma generación, el Barça tenía entonces formándose a un tal Xavi Hernández. No hay más que añadir.

Con Del Bosque, subalterno que cogió el equipo, Luis Enrique volvió al ataque y fue quizá el mejor jugador en la vuelta contra el PSG. Sin ser decisivo, digamos que sí que estuvo en las jugadas decisivas. Insistía con algo de vehemencia, recurso caro a aquel Madrid, y en un córner que propició marcó Hierro el único gol de los blancos. Pero la cosa no daba más de sí. Luego nos empataron y nos fuimos para casa. Ese año se iba a volver a dar asquete.

Los registros goleadores de Luis Enrique tampoco fueron muy allá esa temporada: dos goles en liga. Aunque hay que entender que jugó atrás todo el año. Uno fue al Racing en el Sardinero, haciendo de nuevo buena la frase de «finalmente la sutileza final» y un tiro cruzado al Albacete en las últimas jornadas. La posterior vergüenza de perder en casa contra el Barça, con aquel gol de Amor decisivo para luego arrebatar el título al Dépor en el último suspiro, Luis Enrique se la ahorró. No estuvo presente y salió en verano directo para el Mundial. En la Roja Clemente le adoraba por su polivalencia.

No profundizaremos en sus andanzas sin la camiseta blanca. Tan solo reseñar que la Copa del Mundo fue la de Estados Unidos y que Luis Enrique pasó a la historia tras agredir brutalmente a Tassotti golpeándole con el tabique nasal por la espalda y a traición en la zona más dura de su cuerpo, el codo, que estaba completamente descubierto, sin protección. El jugador italiano no resultó herido. Sin embargo, el mundo entero pudo comprobar cómo Luis Enrique se había hecho sangre de la fuerza con la que atacó al rival. Unas escenas vergonzosas que esperamos que no vuelvan a repetirse en un campo de fútbol.

En la 94-95, Jorge Valdano recaló por fin en el Real Madrid. Aunque es un dato menor. Lo relevante es que ese mismo año vio la luz Valdano, sueños de fútbol con la editorial El País/Aguilar, dirigida por Juan Cruz. Cien mil ejemplares vendió y hasta la magna obra se tradujo al japonés. No obstante, en lo deportivo, lo mundano, el equipo no tardó en funcionar decentemente a las órdenes de su nuevo técnico. Fue el año de, por este orden, Zamorano, Laudrup. Amavisca, Buyo, Quique Sánchez Flores y habría sido también el de Redondo de no ser porque Jokanovic, del Oviedo, le partió la rodilla. El excelente delantero Carlos explicó el porqué sin contemplaciones: «Ha sido una desgracia, pero también hay que ver lo que ha tenido que soportar Jokanovic. Yo he visto cómo ha intentado humillarle y he oído las cosas que le dijo. Hasta le tuve que decir que quién se creía que era. No todos tenemos la suerte de tener un amigo en el Madrid para llevarte».

¿Y Luis Enrique? Los titulares decían que cuando iba a la selección, ultradefensiva, era delantero, y en el Madrid, ofensivo, defensa. Le preguntaron si no se estaba volviendo esquizofrénico y contestó que ya estaba acostumbrado a «encontrar criterios distintos». Aquel año, al final jugó de todas las posiciones posibles. En el Madrid empezó de lateral, pero cuando Míchel se rompió en Anoeta pasó al centro del campo y, ocasionalmente, Valdano también lo puso de delantero. Lo relevante es que casi siempre fue titular. En el recuerdo esta ha quedado como su mejor temporada en el Madrid y, también, una imagen inmortal: su cuarto gol en la manita al Barcelona.

Justo un año y un día después del repaso en el Nou Camp, el Madrid le devolvió al Barcelona la manita en el Bernabéu. Luis Enrique fue comedido antes del partido y declaró que respetaba al Barça y que lo temería el resto del año aunque saliera derrotado de Madrid. Elegante y señorial, sí, pero cuando clavó el cuarto, casualmente el que regaló el año anterior, echó a correr hacia la grada abriendo los brazos como un yihadista invocando al Profeta, a continuación se agarró su camiseta del Real Madrid Club de Fútbol agitándola para detenerse y exclamar por dos veces «¡Toma!» moviendo el puño en plan «ou, yeah» de Marty McFly, instante en el que fue abrazado por sus compañeros. Zamorano hizo tres aquella noche, pero yo siempre he recordado el de Luis Enrique —que por cierto fue un poco de la escuela de Salinas y el guardameta era Busquets— porque esa rabia contenida y amor por los colores me llegó «jondo». Después de sufrir tanto tres años cenagosos, regresaba la bestia. Éramos jóvenes, 1995, y si no tenías mononucleosis aquella noche la vida era bella.

Ese año también se produjo el debut de Raúl González y Valdano tuvo arrestos para despachar a Butragueño, lo que anunciaba un cambio de era, que tardó dos años, una ley Bosman y unos cuantos millones en producirse, pero se produjo. El asturiano hizo su segundo mejor registro de goles con el Madrid, cuatro, pero en la grada estaba pasando algo. Con el equipo campeón de liga, con Buyo buscando el Zamora y Zamorano igualar a Romario como Pichichi, en uno de los últimos partidos contra el Betis en el Bernabéu, el público pitó a Luis Enrique. ¿Por qué? Porque jugaría mal. ¿Pero era justo? Pues ese fue su mejor año, qué más podemos decir. Ante la polémica, desde Barcelona ya se especuló con su fichaje, pero Núñez lo desmintió. Siguió una temporada más y ahora sí, él y todo el Madrid en su conjunto, digámoslo sin vergüenza, se comieron la mierda.

Luis Enrique en un partido contra en Ajax, en la Champions League 1995-96. Foto: Cordon Press.
Luis Enrique en un partido contra en Ajax, en la Champions League 1995-96. Foto: Cordon Press.

Verano del año 1995 después de Cristo. Ramón Mendoza, que acababa de ganar las elecciones a Florentino Pérez y de declarar como perjudicado por las escuchas del CESID, le comunicó a Valdano que no había un duro para fichar. Llegaron Esnaider y Freddy Rincón, que fue recibido cariñosamente en la capital de España con pintadas en las paredes del estadio que decían «Vuelve a la selva», «Te vamos a matar», «Eres un blanco fácil» entre otras como «Valdano solo ficha sudacas». De hecho, cuando él y Cappa firmaron por el Madrid ya se había pintarrajeado en Concha Espina «No queremos ni rojos ni sudacas». De propina, en esa temporada se empezó cayendo estrepitosamente en la Supercopa ante el Deportivo y Luis Enrique fue titular en ambos partidos.

En octubre saltaron las primeras alarmas y, cómo no, en plan charlotada. Luis Enrique se cayó de una convocatoria y aprovechó para rajar: «No juego y no juego. Y ya está. ¿Descanso? A este paso con lo descansado que estoy podré jugar hasta los sesenta o setenta años». A las pocas horas, Fernando Carlos Redondo acudió al dentista, se le infectó una muela y Valdano llamó a Luis Enrique convocado. Tuvo que estar en el banquillo con cara de sota delante del míster después de haberla liado por nada.

Todo siguió mal. Se palmó contra Oviedo y Valencia y se empató con el Albacete. El que rajó entonces fue Valdano: «Da hasta vergüenza hablar en la situación en que estamos. Me siento con autoridad para pedirle mucho a mis jugadores, pero no estamos ni para pedirle un ruego a los aficionados. El asunto se ha puesto para hombres. Espero un cambio de actitud, desde ya, en los futbolistas».

Hubo una oportunidad contra un Barça también en horas bajas ante el que se empató a uno. Luis Enrique y Laudrup protagonizaron una jugada que le pudo dar la victoria al Madrid, pero el danés falló con todo para enchufarla. Los dos se fueron después directos al banquillo. Ya se hablaba de que Luis Enrique no renovaría y de que le querían el Atlético y el Sporting. Para más inri, Mendoza dimitió como presidente. Le sucedió Lorenzo Sanz, el «emprendedor» de Los Simpson.

Pero todavía, en diciembre, Luis Enrique fue de los pocos del equipo que intentó algo que pareciera jugar al fútbol, aunque fuese sin dios ni amo, y eso curiosamente le enfrentó a Valdano. En un partido contra el Español le sustituyó en el descanso y al final del encuentro, en que palmó el Madrid, Luis Enrique se descojonó en la cara de su entrenador delante de los medios con «sonoras carcajadas». Después, en La Coruña, Bebeto le metió tres al Madrid y el técnico argentino, ya desbordado, declaró: «Hoy empieza el futuro». No iba desencaminado, Sanz había empezado a fichar a Šuker. Y Luis Enrique no iba a volver a jugar con el argentino y prácticamente estaba con un pie fuera.

Llegó enero y Laudrup y el asturiano se reunieron en privado para tomar la decisión de no volver a hacer declaraciones mientras siguieran sin jugar. Tremendo chantaje. Valdano se quejó al salir la noticia de que no se respetaba su apuesta por la cantera. Pero en Copa del Rey, con su apuesta, se cayó de nuevo ante el Español en un Bernabeu con un tercio de entrada. Sanz dijo: “La paciencia del público raya en la Santidad”. Para enfrentarse al Rayo, Valdano fue más lejos y sentó a Sanchís. No habrá nadie sobre el césped de la Quinta por primera vez en más de diez años. El vestuario estaba dividido entre un bando liderado por Raúl y Redondo, fieles al entrenador, y otro por Michel y Laudrup, desafectos. Los vallecanos ganaron por 1-2 y a la calle se fue directito Valdano. Luis Enrique vio todas estas cosas desde la grada.

Fue con la llegada de Arsenio Iglesias que volvió a rascar un poco de bola y él lo celebró con una expulsión. Agredió a Christiansen, entonces en el Oviedo, que le había dado dos patadas por detrás. Lo último reseñable de su etapa como jugador del Madrid, Luis Enrique lo hizo marcando entre pitos escandalosos un gol al Deportivo en el Bernabeu con la estrecha colaboración de Donato. En su última aparición con la camiseta blanca, en Valladolid, fue sustituido en el descanso por Lasa, que abrió lo que luego fue un 0-3, pero las victorias de final de temporada del equipo no fueron suficientes ni para entrar en la UEFA. Ramón Mendoza, por su parte, desde su retiro, presentó su obra maestra «Dos pelotas y un balón».

Tres días después del último partido de liga en la Romareda, el 28 de mayo, Luis Enrique anunció su fichaje por el FC Barcelona. Un «secreto a voces», se dijo. Parecía que el único valor que podía tener este fichaje para los catalanes era el de fastidiar al Madrid, pero dieron con un futbolista clave que les duró ocho temporadas. Si con el Madrid nunca marco más de cinco goles en las tres competiciones, con los azulgrana, el primer año enchufó dieciocho y el segundo veinticuatro. Todo esto sin mencionar los goles que le metió al Madrid. Lo cierto es que cualquier persona que se chupase la primera mitad de los noventa en el club blanco se merece todo en este mundo ¿pero era necesario llegar a esto, Luis?

Después de todos los pases horizontales en corto que sufrimos juntos ¿Por qué, por qué tanta crueldad? Muy mal.


Hristo Stoichkov: “No sé si el Barça entonces tenía complejos, sé que llegué yo y no tuvo más”

Hristo Stoichkov para Jot Down 1

Está presente en las calles de Bulgaria. Por las carreteras se pueden ver carteles en los que anuncia un rifle. Y también está en los cines. Acaba de estrenar un documental sobre su vida. Los búlgaros, cuando van a verlo, cantan los goles dentro de la sala como si fueran en directo. También lloran; la película repasa los momentos más duros en la vida de Hristo Stoichkov (Bulgaria, 1966), las dificultades que tuvo que atravesar para ser futbolista, que muchos no conocían. Ahora entrena al Litex Lovech. Los seguidores de este equipo todavía se pellizcan, no pueden creer que haya aceptado tomar las riendas de su modesto club.

Para la estación de autobuses de esta ciudad de 50.000 habitantes no ha pasado el tiempo. Es pequeña, pero el mural socialista que tiene dentro es enorme. Llama la atención que las mesas tienen todas un mantel y un jarrón con flores. Viene a recogerme Orlando, secretario técnico del Litex Lovech, un exoficial del Ejército cubano que llegó a Bulgaria en los ochenta a estudiar pedagogía militar, se enamoró y aquí sigue. Me lleva al campo de entrenamiento del equipo. Es un tapete, pero está pegado a un polideportivo en ruinas. Por el suelo hay trozos de estatuas. Al lado de la entrada al campo hay tirada una mano enorme empuñando una antorcha. Stoyan, representante de Hristo Stoichkov, me cuenta en portugués que antes había piscinas, gimnasios, pero que desde la llegada de la democracia nadie ha metido un duro ahí. Veo el final del entrenamiento del Litex. El equipo al que entrena Hristo va tercero. Son la revelación del campeonato búlgaro, un plantel que no supera los 23 años de media en el que destaca el mejor jugador joven de Bulgaria, Georgi Milanov.

A continuación vamos al estadio. Para poder jugar en Europa, tuvieron que construir una grada nueva. Tardaron cuarenta y ocho días. Cuando le enviaron las fotos al comisario de la UEFA no se lo creía. Les dijo que era PhotoShop y tuvo que venir él mismo a comprobarlo.

A Hristo le define perfectamente el ‘gen balcánico’. Sabes que es peligroso cabrearle, ves que es contradictorio, pero en la que es su casa su hospitalidad no conoce límites y te das cuenta de que si logras que sea tu amigo, algo que por estas latitudes se cocina a fuego lento, lo será para siempre. Le digo que el objetivo de esta entrevista es recordar su carrera, sus vivencias, no meternos en polémicas, pero me interrumpe: “Me importa un carajo lo que puedan decir”. Y no se corta un pelo. Pone de manifiesto los múltiples chanchullos que ha habido en las altas jerarquías de este deporte o en ligas profesionales importantes, que los controles antidopaje son una filfa. Tampoco se arrepiente de ninguno de los incidentes por los que se labró fama de polémico en España. Le toca la fibra recordar las gestas de su selección. No hay tema que no aborde hasta el final.

Durante la entrevista tiene un ojo puesto en el televisor. Los búlgaros han tomado las calles de Sofía, la capital, y se han cargado al Gobierno. Las noticias lo están dando en directo.

Hristo, ¿qué está pasando?

Ha dimitido todo el Gobierno. Aunque en realidad están pagando los platos rotos de todo lo que firmaron los comunistas. Son acuerdos con compañías eléctricas extranjeras que vienen de fuera y venden la electricidad más cara a los búlgaros. Encima ahora, que la gente está cobrando muy poco. Y como este primer ministro tiene un par de cojones y en mayo hay elecciones, ha dimitido y tiene tres meses para prepararse y ganar. La situación política es difícil de explicar porque es muy rara. Tenemos un tripartito formado por los comunistas, la minoría turca y el partido del rey de Bulgaria. Ese que vive en Madrid y no hace más que pedir dinero. Estuvo cuatro años de primer ministro robando a Bulgaria, como sus padres y sus abuelos robaban… Solo ha vuelto para recuperar sus tierras, sus montañas y sus árboles. Es un matao, pero como es familia de rey… El pueblo no quiere saber de él. Le recibieron con flores y le echaron tirándole huevos.

Yo no soy de ninguna ideología política. Si alguien me cae bien, le voto. Así mañana le puedo decir que le voté y que me ha engañado. Ayudo a Bulgaria, apoyo a quienes creo que van a hacer lo mejor para la gente y, si no, a la puta calle. El problema es que aquí los comunistas lo destrozaron todo. Y siguen siendo los mismos, solo se han cambiado la chaqueta y la corbata. Durante todo este tiempo no han hecho nada para el deporte, ni colegios para la educación. En los últimos 23 años no se ha hecho nada. Vivimos de recuerdos. Dicen “¡Hristo Stoichkov! ¡Nuestro Balón de Oro!” Y yo digo: No, eso es el pasado. Haz ahora una academia o unas instalaciones deportivas para que salga otro Balón de Oro en Bulgaria.

¿Cómo le va a Bulgaria desde que entró en la Unión Europea?

Tanto nosotros como Rumanía tenemos que estar en la familia grande. Pero no voy a tolerar que los holandeses o los finlandeses no permitan que los búlgaros y los rumanos puedan ir libremente a trabajar a sus países. Esto es discriminación. Me importa un carajo que se llame Fulanito quien lo diga. ¿Por qué somos diferentes? ¿Qué tienen ellos que les haga especiales? ¿Los holandeses? La mitad son extranjeros que vienen de fuera. ¿Finlandia? Tienen un géiser y nada más, piedras y agua. Si estamos dentro es porque cumplimos lo que dice la UE. La frontera la cumplo, la seguridad la cumplo, todo lo que me piden lo cumplo. Y está todo firmado. Barroso, quien por cierto es un gran amigo de Bulgaria, lo ha firmado. Y Olli Rehn. No puedo permitir que me digan que soy de segunda. Europa tiene que estar unida. Así se puede ayudar a los países que están atravesando dificultades. Grecia tiene dificultades y la Unión Europea le ayuda.

Hay quien esto lo ve al revés.

Si les jode Grecia, que la echen. Si no cumples, pues fuera. No puedes entrar. ¿Hay veinte mejor y todos sufriendo por uno? Fuera; si no vales, no vales.

¿Por qué eres independentista catalán?

No es así. Lo que ocurrió fue una cosa espontánea. Cuando ganamos la Copa de Europa, me acerqué a la valla, había gente con banderas y cogí una, que todavía está en mi casa. Tenía una estrella y yo dije, ¿bandera catalana, no? La cojo, voy al medio del campo, toreo y me graban. Al día siguiente, lo primero: “Hristo quiere la independencia de Cataluña”. En fin, qué le vamos a hacer. Porque yo nunca he dicho que tengamos que ser independientes. Es imposible que España se pueda romper. Es muy difícil que el País Vasco se separe, o los andaluces. Es imposible. En primer lugar, porque la Unión Europea no lo va a permitir. Bruselas firmó un documento con España, no con los navarros o los vascos. En el papel de la Unión Europea pone “España como país”. Por eso creo que no se va a conseguir. Que todo el mundo quiere la independencia, sí, claro.

¿Te gustaría?

Es muy difícil cambiar una política que existe desde hace tantos años. Los catalanes son como son, eso no se va a cambiar. Yo me siento catalán, me siento uno más. Vivo allí, tengo mi casa. Voy a morir allí. Me van a enterrar en Cataluña. Solo tengo una casa en Bulgaria y otra en Cataluña. También considero Chicago mi casa, pero donde más cómodo he estado es en Cataluña. Me he sentido verdaderamente bien.  Le estoy agradecido a Cataluña y a los catalanes, y a los aficionados barcelonistas. Me siento así, no lo puedo cambiar. Fui capitán de la selección de Bulgaria y mi brazalete era la bandera de Cataluña. Me importa un carajo lo que digan. Hay imágenes. Hasta en mi último partido, un Bulgaria-Inglaterra del 99, llevaba mi senyera en el brazo.

Naciste en Plovdiv.

Es la segunda ciudad de Bulgaria. Es muy importante y tiene mucha historia detrás. Ha cambiado el nombre dos veces, por política, por la guerra, por el comunismo. Es una ciudad bien organizada, han salido buenos deportistas, como la atleta más importante de Bulgaria, Stefka Kostadinova. También muchos futbolistas, atletas. Estoy orgulloso de este pueblo.

Empecé a jugar al fútbol en la calle. Hoy en día ya no se hace, y es un problema. Yo pasé mi infancia en la calle. Jugábamos poniendo dos piedras para hacer la portería, o las mochilas del colegio. Era duro, pero disfrutábamos de verdad. Nos enfrentábamos barrio contra barrio, colegio contra colegio, bloque contra bloque, clase contra clase. Lo pasamos bien, aunque los recuerdos que guardo de todo aquello son las cicatrices que tengo en la cabeza. Recibía hostias por todos los sitios. Pero es que todos queríamos ganar. Barrio contra barrio era más duro, a veces eran más grandes que nosotros.

En realidad, yo era atleta. Comencé a hacer deporte en el atletismo. Corría 60 metros, 100 metros. Entonces era muy rápido. Y aún lo soy, ¿eh? Un día apareció el entrenador, se acercó y me dijo: “¿Quieres jugar al fútbol?”. Así empecé en el Maritza Plovdiv. La Maritza era una fábrica textil. También trabajaba en ella. Iba al colegio y luego a la fábrica cuatro o cinco horas. Desgraciadamente, con 13 o 14 años tuve que irme de Plovdiv para poder jugar. Con el comunismo existía el problema de que no me dejaban mejorar. Yo era muy pequeñito, pesaba 30 kilos mojado, y muy bajo de altura, no contaban conmigo. Los grandes no me cogían porque era pequeño y los pequeños porque era grande. Me tuve que buscar otra ciudad para poder seguir. Nos marchamos al lado de la frontera con Turquía, a una ciudad muy pequeñita, Kharmanli, de 30.000 habitantes. Ahí jugué en tercera división durante dos años y me fichó el CSKA. Directamente desde tercera. Con 17 o 18 años, estar en el CSKA fue como un sueño.

Otros jugadores del Este han elogiado la educación que recibieron durante el comunismo.

La educación con el comunismo era dura. No nos dejaban aprender inglés, ni alemán, ni francés, ni español, ni italiano, nada. Solo ruso. Nos obligaban a aprender ruso, que era fácil porque se parece al búlgaro, pero luego teníamos dificultades si salíamos del país. A los deportistas, cada vez que viajábamos, nos mandaban seguridad para que no nos escapáramos. Iban más agentes que jugadores. Salíamos a representar a un club y a Bulgaria y nos trataban como delincuentes. Si te intentabas escapar te metían en la cárcel. Pero no me quejo, estoy contento con la educación que recibí. De lo que sí me quejo es del comunismo, porque son gente que verdaderamente ha hecho mucho daño en el mundo. Hay que acabar con ellos.

Ognyan Atanasov fue tu primer entrenador.

Fue un amigo, un padre, un entrenador… y hasta hoy, que muchas veces le llamo y le hago consultas. Le respeto mucho porque me abrió la puerta para jugar al fútbol. Cada vez que estoy en mi pueblo o cuando estoy en Sofía viene a mi casa, que está abierta para él siempre. Entrenaba de forma espectacular. Había disciplina, pero era normal. Sin disciplina, sin organización, sin que esté claro a qué tienes que jugar, entrenar es muy difícil. Su método partía de que todo el mundo tiene que respetar a su compañero. Antes que nada, prefería amistad dentro del vestuario y amistad en el campo. Porque todos perdemos el balón, todos fallamos, nunca lo harás todo perfecto y otro compañero tendrá que ayudarle. También intentaba sacar lo mejor de todos, buscaba equilibrio en todas las líneas y esto me ayudó muchísimo.

Empezaste de central.

Sí, como Alexanco, pero me di cuenta de que los que valen dinero son los de medio campo para arriba. Como defensa, era duro, y al ser rápido nadie conseguía desbordarme. Pero un día Ognyan decidió que podía jugar en ataque y luego volver a defender. La velocidad que tenía se podía aprovechar más en ataque. Siempre he jugado con el 8, casi toda la vida. Empecé con el 5 de niño, de defensa. Me cambiaban un día al 4, otro día al 6, pero el 8 es muy particular en Bulgaria. Luego me lo dieron en la selección. Y una vez me puse el 4 porque le metí al Levski cuatro goles en el derbi y en el siguiente partido salí con el 4 para joderlos (risas).

Tus ídolos eran Cruyff y Platini.

El primer mundial que recuerdo fue el del 74, con diez u once años. Lo vimos por televisión, en blanco y negro. Pero mi primer gran ídolo fue Kevin Keegan. Cuando recibió el Balón de Oro, me dije: yo también voy a coger este trofeo. Soñar es gratis, pero si sueñas con lo que puedes conseguir lo haces posible. De Maradona no hablamos porque somos íntimos amigos, hermanos, compañeros, de todo. Diego es el ídolo de muchísima gente. De Platini recuerdo su primera época en el St. Étienne y luego en la Juventus con Boniek, que fue espectacular. Después Johan fue mi entrenador…

Así que Maradona y tú sois amigos.

Diego y yo somos amigos, como familiares, íntimos amigos. En el 86 u 87 nos conocimos, y a partir de ahí la amistad no ha dejado de crecer. Nos hemos demostrado que el uno vale para el otro. Todos los cumpleaños hablamos. En 2010 estuvimos en el Mundial de Sudáfrica. Estamos juntos cuanto podemos, porque la distancia es larga. En el 94 también estuvimos juntos, con la familia. Esto no se compra, es la amistad. Puede que él esté en Argentina y yo en Bulgaria, él en Inglaterra y yo en España, pero siempre tenemos tiempo para tomar un café y hablar de todo.

Tu primera suspensión fue en el 85.

Fue por unos incidentes con el Levski. Pero fue una tontería, un tumulto que se formó al final del partido. Como en cualquier partido que puedas ver en el mundo. Uno empujó a uno, otro a otro. Y a mí, como era el más joven, me suspendieron, y no tenía ni tarjeta. Pero se lió muy gorda. Le cambiaron el nombre a los equipos, que pasaron a ser el Sredets y el Vitosha. Fue todo porque uno era el equipo de la Policía y el otro el del Ejército, y los del Gobierno eran subnormales. Al cabo de unos meses todo volvió a la normalidad, pero yo, por un empujón, fui al calabozo. Me arrestaron y me enviaron al cuartel seis meses a hacer instrucción militar. Ahí, con dos mil tíos levantándonos a las cinco de la mañana, corriendo por la montaña con el fusil, limpiando por todos los lados. Fue duro de verdad. Durísimo.

Se decía que en el CSKA Penev metía los goles, pero tú eras el ídolo.

Con Lubo me llevo muy bien, soy padrino de su hijo. Lo que ocurría es que en Bulgaria buscan las polémicas con cualquier cosa. Yo soy un chico de pueblo y él es de la capital. Su tío era entrenador y mucha gente decía que jugaba por eso. Mil tonterías para meter mierda entre nosotros. Él es uno de los mejores delanteros de la historia del fútbol mundial junto con Hugo Sánchez o Van Basten. Lubo era, verdaderamente, un chico trabajador, lo demostró haciendo historia en el Valencia y en el Atlético de Madrid.

La selección de Bulgaria en los 80 atravesó una mala etapa.

En el último partido en casa contra Escocia teníamos que empatar o ganar, y nos metieron el 0-1 en el minuto 89; nos quedamos sin Eurocopa 1988. Y para el Mundial del 90, nos dejó fuera Rumanía, que eran espectaculares. Con Popescu, Gica Hagi, Lacatus, Balint

Se inició la gran época de los equipos del Este.

Yugoslavia, ¡buf! 22 millones de habitantes y hoy día son Croacia, Macedonia, Eslovenia, Serbia, Montenegro, Bosnia. ¡Todo lo que salió de allí! En aquella época, quién podía pensar que el Steaua de Bucarest iba a jugar una final contra el Barcelona en Sevilla y la iba a ganar. Luego el Estrella Roja se la ganó al Marsella. Y después el Steaua volvió para jugar otra final contra el Milan de Gullit, Rijkaard y todos esos, lo que quiere decir que seguían peleando en lo alto. El Dinamo de Kiev o el CSKA de Moscú también eran fortísimos. Con el comunismo, con la disciplina y todo eso, para los jugadores era durísimo, pero también aprendimos.

Nosotros, el CSKA de Sofía, llegamos a jugar las semifinales de la Recopa contra el Barcelona. Cuando vi al equipo que teníamos enfrente… Con Johan Cruyff de entrenador y Bakero, Alexanco, Amor, Lineker, Eusebio, Txiki Beguiristain, Serna, Aloisio, Zubizarreta… ¡hostia! Era un equipo… me cago en diez, dije: ¡dónde vamos! Y luego, fíjate, perdimos por mala suerte. Para empezar, si en el primer partido llega a jugar Lubo Penev, que se lesionó, hubiese sido difícil que nos hubieran podido ganar. Pero en la vuelta fue peor, porque nosotros pedimos jugar en nuestro campo, que era más pequeño, más incómodo, pero el Gobierno se empeñó en que fuéramos a un estadio más grande, y Johan dijo: “Venga, vale, baile”. Los subnormales del Gobierno no se enteraban de nada. Nos dieron un baile total. Se puso el Barça a tocar el balón y nosotros mirando. No estábamos acostumbrados a ver tantos pases, uno detrás de otro. Los comunistas es que no se enteran, solo sabían pensar en el comunismo.

En la eliminatoria anterior jugasteis contra el Roda de Michel Boerebach.

Aquí les ganamos 2 a 1. Íbamos 2-0 y nos metió Boerebach una falta desde muy lejos. Me cabreé con el portero que no veas, ¡eran cuarenta metros, joder! Chutaba muy bien este tío. Pero en la vuelta le salió todo mal. Iban ganando ellos 2-0, nos habían remontado la eliminatoria, y de repente Boerebach se la fue a ceder al portero, lo vi, me fui al área y me la terminó dando a mí, que marqué y fuimos a penaltis. Yo tiré el penúltimo. Lo metí. Al volver, me crucé con él, le miré a los ojos y le dije: “Hijo de puta, vas a fallar”. Pum. Y falló, fíjate la rabia que tenía el tío. Tuvo muy mala suerte aquel día.

El nuevo Koeman le llamaban.

Le llamaban, como mucho, rubito, no Koeman. No confundamos, no, no, no. Koeman es único, ¿de acuerdo? Pero Boerebach no era mal jugador, de verdad. Ese Roda tenía un gran equipo, con jugadores muy jóvenes que luego fueron al Ajax, al Feyenoord, a equipos grandes. Tenía mérito porque Kerkrade es una ciudad muy pequeñita. Y Boerebach luego fue al Burgos.

Hristo Stoichkov para Jot Down 2

Los periodistas extranjeros se quejaban de que no tenían acceso a los jugadores en Bulgaria.

Pero si dormían en mi casa. Recuerdo a Paco Aguilar, sobre todo, que fue el primero que se acercó a hablar conmigo de mi posible fichaje por el FC Barcelona. A Xavi Díaz, de RTVE. A Cubero, a Alfredo Martínez, Manolo Oliveros. Lo que ocurría es que nosotros estábamos en una zona privada a la que no podía entrar nadie, ni siquiera los periodistas búlgaros. Solo accedían para ver los últimos cinco minutos del entrenamiento y grabar algo. No eran entrenamientos abiertos, y esto fue lo más determinante que pudimos hacer, porque así logramos evitar que ocurrieran las cosas que se hacen hoy en día. Vas al lavabo y sacan que si estás con un calcetín blanco o un calcetín rojo, ¿qué cojones es eso?

¿Por eso cuando fuiste seleccionador te llevabas a los jugadores a la residencia de Todor Zhivkov, presidente de la República Socialista de Bulgaria?

Sí. Es que es una residencia muy, muy privada. Lo hacía para proteger al equipo. Ahí no puede entrar nadie, tiene todas las cosas que necesita un jugador. Aquí el comunismo echó mucho cemento e hizo muchas cosas sin pensar, como el Palacio del Pueblo de Rumanía. Esta residencia es enorme, gigante. Cuando yo jugaba íbamos mucho. Hay habitaciones grandes, comida perfecta en el restaurante, sala de juegos, piscina, jardines, sauna, masajes. Hasta políticos españoles han estado ahí, como Felipe González. Hay muchos animales, hay ciervos. Lo importante es que es un sitio muy seguro.

Cuando Penev fue a España un año antes que tú, ¿qué te contaba?

En la 87-88 vino a por mí el Panathinaikos, que era fuerte, espectacular y tenían mucho dinero. Los comunistas me prometieron que me iban a dejar fichar, pero una cosa es prometer y otra cumplir. Un general dijo que no, que yo me quedaba en Bulgaria. Que en el futuro no sabían, pero que en ese momento no podía irme. Igual al final fue mejor, imagina qué podría haber pasado si me llego a ir a Grecia. Y Lubo logró salir de Bulgaria en la temporada 89-90, noviembre o diciembre. Hasta junio que acabamos la liga hablamos muy poco, porque los teléfonos no eran como ahora; había esos móviles con antenas enormes y una maleta. Fue en la selección donde más cosas nos contaba del fútbol español. Todo muy favorable, muy positivo. Decía que todo era muy profesional, muy bien preparado en el vestuario. Entrabas y todo el mundo sabía dónde estaban sus cosas, tenías las botas limpias, si querías un café estaba el restaurante. Me daba mucha rabia que él hubiera podido salir y yo no.

Afortunadamente, tuve la suerte de poder jugar contra el Barcelona. Antes habíamos jugado un torneo en Mallorca, donde me expulsaron, por cierto, uno de los peores árbitros de la época. Roca se llamaba, un tipo alto, un banquero. Una cosa es juntar dinero, y otra pitar. Sin saber ni una palabra de español, le hablé en búlgaro y no sé qué entendió, pero me expulsó. Cuando me fui al vestuario, me acerqué al banquillo del Barça a insultarles (risas) y festival total. Así fueron mis primeros contactos. Después vino José María Minguella al hotel y comenzó el seguimiento del Barcelona. Un año entero me siguieron. Fue el primer paso, y luego ya la semifinal de la Recopa, que fue determinante para Johan. En ese partido en el Camp Nou, la vaselina que le metí a Zubi es un gol espectacular, uno de los mejores que he metido.

¿Y Kostadinov qué contaba de cómo le fue en Portugal?

No contaba nada. Es muy cerrado, muy tímido. Habla a veces. ¿Cómo estás? “Bien”. ¿En el entrenamiento? “Más o menos”. ¿Dormiste bien? “Sí”. Cortito en palabras, pero un gran jugador. Después de jugar en Oporto y ganar allí, era difícil que en España, en A Coruña, triunfase también. Aunque con el Bayern metió gol en la final de la UEFA. Es un ejemplo más que sirve para constatar que de los países del Este han salido muchos jugadores importantes. Lo que demuestra que tenemos carácter, tenemos la capacidad y, sobre todo, no nos vendemos. Yo, por lo menos, puedo hablar de mí: en mi vida, jamás, he hecho una cosa como esa; ahora lo estamos viviendo todos los días, con partidos amañados. Eso será lo último que haga en mi vida.

Ese año fuiste Bota de Oro con Hugo Sánchez.

Hugo juega 38 partidos y mete 38 goles, yo juego 24 y meto 38. No le gané porque me pararon. Si no me paran, en un partido meto dos, cinco, los goles que quiero. Pero el pensamiento aquí en Bulgaria es así. Pensaban que si lograba pasar a Hugo iban a decir que este era un país corrupto, con el fútbol amañado, una cosa de propaganda ridícula, pero los comunistas eran así, con la cabeza cuadrada. En el último partido yo tenía 37 goles, me faltaban 90 minutos para meter dos, era fácil. En 23 partidos había metido 37, en uno más, si juego como tengo que jugar y el equipo me ayuda, meto dos o tres fácil. Pero metí uno y me pararon. Les dieron órdenes de que no me pasaran el balón. Y así acabé con 38 goles, como Hugo. Pero, sinceramente, me quedé contento de que otra persona pudiera tener la Bota de Oro. Y Hugo lo sabe, hablamos muchas veces.

Iba a irme a España y todo el mundo podía pensar que los búlgaros éramos unos corruptos, que habíamos matado a Hugo Sánchez con partidos amañados. Y pensé, qué más da. Además, ¿por qué otro compañero no puede ser Bota de Oro, qué coño me importa a mí el Real Madrid, qué más me dan los otros equipos? Hugo y yo éramos compañeros, porque esto queda para toda la vida, Bota de Oro los dos el mismo año. Igual que en el Mundial del 94 con Salenko. Aquel día, si marcaba en el último partido también le pasaba, pero fallé tres. Estaba lesionado.

Pero dijiste que si Hugo fichaba por el Barça no habría sitio para los dos.

Nunca lo he dicho. Eso son cosas que alguien se inventa. Hugo es y será el delantero extranjero que más goles ha metido en el Real Madrid. Cinco años máximo goleador en España. Hablamos de una institución, del jugador mexicano más famoso del mundo. Como yo jugaba en el Barcelona y él en el Madrid han buscado polémicas, pero con él me llevo perfectamente. Con Butragueño me llevo muy bien también, y con Míchel. Ahora, en el campo, todos a tomar por saco. Mira, con Iván Zamorano, he estado a punto de romperle la cara en la entrada del vestuario, a puntito, y somos íntimos amigos, pero íntimos. En el campo no hay amigos. Después, cuando termina el partido, donde quieras. ¿Vamos de vacaciones? De vacaciones. ¿A beber? A beber.

¿Qué tal la llegada a Barcelona?

En el aeropuerto me recibió Zubizarreta. Yo venía de fichar y él se iba de vacaciones. Fue al primero que vi, un recibimiento muy rápido. Se me acercó, me saludó, me dio la bienvenida. Fue todo pura coincidencia. Y esa noche fui a cenar con Julio Salinas sin saber que era Julio Salinas. Julio ha jugado tres mundiales: 86, 90 y 94. Nos saludamos, y al día siguiente estábamos en el vestuario.

Luego siempre recuerdas los primeros partidos. Contra el PSV en pretemporada, que estaba Romario, y terminamos 2-2 en Eindhoven. Metimos Romario y yo todos los goles. El primer partido de Liga, contra el Espanyol, ganamos 0-1 y yo metí el gol. Al día siguiente, otro al Valencia. Otro al Betis. Y le dije a Koeman que ese año íbamos a ser campeones. Y él: la Liga es muy larga, es muy jodida… Pero yo estaba convencido de que ese año íbamos a ganar el campeonato. Conociendo a los compañeros, me daban tanta tranquilidad. Me preguntaba quién nos iba a parar. Con Julio Salinas ahí delante, Goicoetxea, Bakero, Laudrup, Txiki, Eusebio, Amor, Koeman, Alexanco, Ferrer, Nando.

No sé si el Barcelona tenía entonces complejos o no, lo que sé es que llegué yo y no tuvo más. Fuimos mejores. Día a día fuimos de menos a más, y ahí empezó la tumba del Madrid. Hasta hoy. En el año 90 comenzó su sufrimiento, ¡que sufra!

Y otra suspensión, por la patada al árbitro.

No me arrepiento. Estoy orgulloso, joder. Lo peor fue con los compañeros. Llevaba pocos meses en Barcelona y les mentí. Me preguntó Bakero si había pisado al árbitro, y le dije que no. “José Mari, te lo juro que no le he pisado”. Y fue a defenderme a la televisión: “Me juró que no le pisó…” ¡Qué vergüenza! (risas) Al día siguiente, en el vestuario, me coge: “¡Hijo de puta, dime la verdad!”. Me dio vergüenza y tuve que pedirles perdón a todos. Pides perdón y es fácil reconocer tu fallo, pero mentí en el primer momento.

Bakero era tu compañero de habitación.

¡Un búlgaro y un vasco entendiéndonos en catalán! Fue duro, durísimo (risas). Él fue uno de mis mejores amigos. Me abrió las puertas de su casa y yo no lo olvido. Hace poco le mandé un vídeo hablando. Tengo 50 tacos y son cosas a las que muy pocas veces les damos importancia, pero yo le doy mucha a cómo te reciben en el vestuario, en su casa, sobre el campo. Yo no me caso con cualquiera. Éramos un gran grupo, grandes amigos. No había clanes, por eso fuimos ganadores. No existían esos grupos, estábamos todos unidos. Pero unidos de verdad. Si fallas te mete una bronca el compañero, si metes gol el primero que te saluda es el que te ha echado la bronca. Espectacular fue, no puedo usar otra palabra.

Casi te vas al Nápoles en el 92, en pleno despegue del Dream Team.

Estuve a punto de fichar, pero Diego Maradona me dijo que no dejara el Barcelona nunca por el error que había cometido él. Y cuando te habla un amigo de verdad le crees, porque el fútbol italiano en aquella época era fino. Todo el mundo sabía quién ganaba el campeonato, cuántos goles ibas a marcar… como para dejar el Barcelona e irme al Nápoles. Aunque casi, casi estaba hecho. Todo listo para mi transfer y di marcha atrás. Ya me sentía muy catalán y barcelonista; sentía los colores, la gente, la camiseta, y dije: no.

Cambié de opinión cuando fui a Nápoles. Entonces pensé: ¿por qué tengo que irme de una ciudad tan importante como es Barcelona a una más pequeña? Y de repente me dije: me quedo. Fue así, de repente. Vi que el Barcelona era mi equipo. Y me prometí una cosa: no iba a jugar nunca en un equipo español para enfrentarme contra el Barça. Podría ir a uno extranjero, pero dentro de España, imposible. No podía. No me dejaba mi corazón.

Julio Salinas dijo que antes de la final contra la Sampdoria se os comían los nervios.

Fuimos dos horas antes del partido, pero a las nueve de la mañana habíamos estado jugando al golf con Johan. Casi todo el equipo, todos muy tranquilos. En realidad fuimos a Londres sabiendo que éramos mejores y que íbamos a ganar. Primero, porque cuando quieres ganar algo, lo buscas, no esperas.

Dificultades tuvimos contra el Kaiserslautern antes del gol de Bakero. En el primer partido ganamos 2-0, pero pudimos marcar 14. Fuimos allí sabiendo que éramos mil veces mejores y comenzó el partido y gol, y luego otro, y en el medio tiempo tres y estábamos fuera. Pero ahí va, cuando quieres algo y lo buscas, lo encuentras: el más pequeño del campo metió gol de cabeza. Después de este partido vino el Benfica, y le dimos un repaso de arriba abajo. Sabíamos que éramos mejores e íbamos a ganar. ¿Qué tenía la Sampdoria? Gran equipo, pero ¿Mancini contra Laudrup? Me quedo con Laudrup. ¿Vialli y Stoichkov? me quedo con Stoichkov (risas). ¡Soy más rápido, joder!

Tiró una vaselina que estuvo a punto de entrar.

Tuvo la suya, pero yo también. De cabeza, Bakero también la tuvo. Con 0-0 tiré una al palo… Mira, sigo: ¿Bakero contra Katanec, el esloveno aquel? ¿Berthold contra Koeman? Compáralos. ¿Pagliuca y Zubizarreta? ¿Goico y Lombardo? ¿Con Cerezo donde estaba Guardiola?

Salimos de España convencidos, de verdad. Pero claro, fuimos dos horas antes al vestuario y esto te come los nervios. Luego entrando al partido ya tienes las cosas claras, te han dado el masaje, estás más concentrado y tranquilo. Ahí sembramos el fútbol del Barcelona de hoy.

Pero el CSKA de Moscú al año siguiente…

Ahí pagamos. De tan seguro que íbamos a ganar, perdimos. Íbamos dos cero, a los diez minutos de partido, y perdimos 2-3. Cosas del fútbol. En el vestuario hablamos de poner más concentración, yo había perdido un balón en el medio del campo que… Teníamos que ser conscientes de que el partido iba en serio, pero te meten uno, dos, ay, ay, ay y tres. Fue un fallo… si llegábamos a la final del 93 también podíamos ganarla. Y cuando pierdes una oportunidad también la pagas, ahí tienes lo que pasó luego contra el Milan. Estábamos convencidos de que éramos los dominadores, sin importar ni quién ni a qué hora, si llovía o caían piedras. Entonces fuimos a Atenas y acabaron con nosotros.

He tenido que sacar de centro para tocar el balón”, dijiste tras esa final.

Es verdad. No tuvimos opciones. El mes que quedó ahí antes de la final fue clave. El Milan cambió el calendario del campeonato y nosotros también se lo pedimos a la federación para descansar una semana, no tres días. Pero como siempre, Villar no se moja los pantalones porque en Baracaldo no hay agua. Jugamos el sábado, el domingo fiesta por todo el mundo, porque éramos campeones, cojones, y el miércoles, catacrac: cuatro a cero. Hay que recordarlo, es bueno para sacar conclusiones. Cuando estás tan seguro no es tan bueno, siempre hay que estar alerta.

¿Qué admirabas de ese Madrid que dices que mandasteis a la tumba?

Nada. Siempre hemos hablado bien de Butragueño. Muy educado, un señor en el campo, un amigo de verdad. Muchas veces hablamos por teléfono. Cada año por Navidad le mando una postal y las recibo personalmente de él. Pero con quien más amistad tengo es con Hugo. Hablo también con Míchel, con Fernando Hierro, con Buyo, con Chendo. Pero con quien más amistad tengo es con Hugo y Emilio, que siempre se pone al teléfono, siempre te contesta bien. Esto hoy falta en el fútbol, por el rollo comercial, que acabará con este deporte. Tantos intereses, comisiones…

De verdad que no le tenía miedo a nada de aquel Madrid. Hierro defendía su interés y yo el mío. Cuando me veía me tenía miedo y me tenía que pegar, hacerme entradas duras para asustarme, pero muy pocas veces me podía alcanzar. Hubo piques en el campo del Madrid, o cuando me expulsaron porque Quique Sánchez Flores se cayó como un tronco. ¡Cuando eres hombre tienes que serlo de día, de noche y mediodía, en el campo no puede haber niñatos! Si te doy, aguantas y tiras para delante. A mí me han dado muchas veces, ¿me quejo? Aprieto los dientes y sigo.

¿Recuerdas aquella portada del Marca con Hierro dándote un puñetazo?

No, no, no, queriéndome dar un puñetazo, no dándome. Si me da, sabe que le doy yo y cae más rápido. Pero no tiene importancia, queda ahí. Hoy llamas a Hierro y seguro que te cuenta cosas diferentes a lo que pasó en el campo.

Tuviste mal rollo con Koeman.

Fue un malentendido, de verdad, una mala interpretación. Cuando dije aquello de que el que no llora, no mama, no era por él. Se sintió ofendido, le pedí perdón con Bakero delante. Jamás puedo hablar mal de un compañero. En el campo sí, meto broncas, pero así como se entendió, no. Se les metió en el cabeza que era por Ronald, también podían decir que era por Laudrup, pero me entiendo perfectamente con ellos.

Hristo Stoichkov para Jot Down 3

¿Tus mejores años fueron con Romario?

Romario como persona era pa amb tomàquet. Bailando, descansado, cansado… siempre, el cabrón. Mejor jugador en el área no va a nacer en muchos años. Era el mejor del mundo, dos puntos, firmado Hristo Stoichkov.

Con Romario explotamos, éramos dos delanteros, pero la gente no debe confundirse: ninguno era mejor que el otro. También Laudrup para mí era, es y será, el mejor centrocampista con el que he jugado. Junto con dos búlgaros de la selección, Letckov y Balakov. En Barcelona, cuando más disfruté jugando, fue con Laudrup y con Gica Hagi. Jugadores espectaculares.

Hay una frase en mi vocabulario: “nunca digas ‘yo’ antes de nombrar a tus compañeros y a tu entrenador”. Sin ellos, es imposible. Ahora hay muchos personajes que cuando meten gol, dicen: “¡yo, yo, yo!” ¿Qué cojones tú? ¿Quién te ha dado el pase? ¡Vete a tu pueblo a ver si metes ese gol! Con Romario fuimos la dupla más terrible del fútbol español y mundial, pero sin el entrenador, compañeros, masajistas, fisios, doctores, público, presidente, hubiera sido imposible. Lo pienso así y voy a morir así. En la vida me oirás decir “yo”. Me preguntan si soy el mejor, ¿y si no me la pasa Laudrup? ¿Si no me centra Goico? También jugué con Rivaldo y Ronaldo, con los tres “R”.

De Ronaldo dijiste que era demasiado individualista.

Nunca me han gustado los individualistas. Nunca me han gustado los egoístas que siempre piensan en ellos.

¿Qué te parece Cristiano Ronaldo?

Una o dos veces he hablado con él y se ha portado fantásticamente bien. Le pedí dos camisetas para mis hijos, tres días tardó en mandármelas. Estando en Manchester, claro. Ahora en Madrid… no es justo compararlo con Messi. El fútbol se juega, se disfruta; si comparas, vienen los roces. ¿Crees que Messi tiene algo contra Ronaldo, o Ronaldo contra Messi? No creo. Pero la prensa está todo el día que si Messi mete, Cristiano no mete. Messi tal, Cristiano tal. Hasta que en el último Balón de Oro están sin hablarse. ¿Por qué? Por la provocación de cada día, cada semana, cada mes y cada año.

La prensa no es que haga mucho daño, es que no se escriben las cosas correctamente. Hoy hay dos jugadores que marcan la diferencia en el fútbol mundial: Messi y Cristiano Ronaldo. Otros que marcan la gran diferencia son Xavi e Iniesta, o un Pirlo con treinta y tantos que es el mejor jugador de Italia. Puyol o Piqué marcan las diferencias, como Terry en el Chelsea o Lampard. Por eso creo que cada vez que comparamos metemos la pata. No lo voy a comprender en mi vida. En el Sport y en El Mundo Deportivo hay setenta páginas que hablan del Barça, una del Espanyol, otra del waterpolo y, detrás, una tía bonita. En la prensa de Madrid, lo mismo.

Hagi era muy individualista también.

Gica es espectacular, en Rumanía le quieren muchísimo. Ha montado una academia de fútbol. Soy su padrino de boda. Es el futbolista más grande de la historia en Rumanía. Pero es muy difícil jugar en el Madrid y luego venirse al Barcelona. Mira también Prosinecki. Solo Luis Enrique, que era más duro, fue al Barcelona y disfrutó, jugó más. Aunque Gica sufrió lesiones importantes en el Barça. No pudo explotar, tan grande como era.

Tenía una zurda que no veas. Individualmente, claro que le gustaba tocar el balón, jugar con el balón, hacer la jugada y terminarla, porque era un carácter ¡peor que yo! Es que él era la hostia. Me acuerdo de una vez que fuimos a Rumanía y éramos VIP. Teníamos una puerta para nosotros en el aeropuerto. Y él no quería. Le decía, vamos, que nos está esperando gente importante. Y al cabrón le daba vergüenza: “No, no, yo respeto a los rumanos, me pongo el último en la fila”. Se hizo la cola con… tenía una maleta de aluminio antigua. Siempre iba con ella, nunca la soltaba. Un día compramos un acordeón, tiramos sus cosas y se lo metimos dentro. Le dimos el cambiazo, y al abrirla en el hotel de la concentración, nada de cremas de afeitar: ¡un acordeón!

Con Johan terminaste mal, y a tu regreso al Barça le echaste de menos.

Mal con Cruyff no he estado nunca; malentendidos, sí. A ningún jugador le gusta que le cambien; él lo hacía para joderme, para que estuviese más motivado al día siguiente. Eso no lo entiende la gente. Pero ¿sabes cuántas veces he ido a comer a su casa para que me explicase cosas en la pizarra? Me ponía la comida más barata del mundo. Una ensalada y, en mitad, un huevo. Y yo: Joder, míster…. Y él me contestaba: “típico holandés”.

Johan hoy sigue teniendo el mismo toque que cuando jugaba, en cada entrenamiento iba y chutaba a tocar los palos. Siempre que lo hacíamos, él ganaba. Siempre, y apostando dinero. Una vez en Tenerife me ganó cien mil pesetas, el cabrón. Me dijo: si marcas un gol te doy cien mil, si no, me pagas tú. En el primer tiempo íbamos 2-0. Laudrup un gol y Goico otro. Y en el medio tiempo, me cambia. Le digo: “¡Por qué me cambias!”. Y dice: “Paga las cien mil pesetas”. Qué hijo de puta, siempre jodiendo.

Pero allá donde voy ha estado él. Con la fiesta del Balón de Oro, en la Bota de Oro del Mundial. ¿Por qué? Porque es mi entrenador, mi padre, joder. Cambió algunos conceptos de mi juego, me movió, pero la gente no entiende cuál es el verdadero trabajo de Johan. No puedo pedir más de él. Le estaré siempre agradecido.

De Robson dijiste que no entendía de fútbol.

Eso fue por un partido en el que nos dejó a Pizzi y a mí en el banquillo. En la eliminatoria de Copa en el Camp Nou nos metieron nada más empezar 0-3 contra el Atlético de Madrid. Me enfadé tanto que miré a Mourinho y me puse a calentar sin pedir permiso. En cuanto entramos, marcamos. 1-3. Vimos que íbamos a ganarlo. Por el movimiento de los jugadores del Barcelona y porque el Atlético se iba cada vez más atrás. Aunque en el segundo tiempo falló Bahía, 1-4, y se puso muy cuesta arriba. Pero pudimos remontar. Cuando quieres, puedes. Dudo que yo dijera que Robson no entiende de fútbol.

Del que dije de todo fue de Van Gaal. Sin duda, el peor de todos. No quiero ni perder el tiempo nombrándole. Era cuadrado como el tabique de una casa. Tenía un gran problema y sigue teniéndolo: Johan Cruyff. Cada vez que oye su nombre le sale espuma por la boca, empieza a sudar, le pica el cuerpo, sufre una presión terrible. ¡Pero dónde está él y dónde estás tú! El tío sigue enfadado porque Johan le echó del vestuario del Ajax. Con lo tozudo que eres, cómo te van a dejar ahí, ¿para limpiar las botas? Era, de verdad, muy cuadrado.

¿Tu experiencia con Mourinho?

Era un tipo absolutamente calmado. Miraba las cosas cada día. Entrenamiento, personajes, cómo es un jugador, cómo se mueve, todos los detalles del entrenamiento los escribía. Era muy correcto. Quizá a alguien le cae mal, pero es imposible caerle bien a toda España. Mou es un tipo muy bien preparado para hacer cosas grandes, bien hechas. Cuando dicen que es maleducado, digo: “Quien siembra, recoge. Si no preguntas, no te contesta”. ¡Es que es verdad! Si te provoco y te digo: “Hijo de puta, ¿qué tal?”, tú contestas igual. Tiene un carácter duro, no pises la línea. Con lo preparado que está, llamarle traductor… ¿Estabas ahí para ver si solo era traductor? ¿Por qué hablas?

¿Alguna vez has visto a algún jugador del Barça hablar mal de él? ¿En Portugal? ¿En el Chelsea? ¿En el Inter? Nadie habla mal de él. En Madrid, sí. Bueno, cuidado: dicen que alguien habla. Es muy fácil hacerlo desde detrás. ¡Sal! Si tienes cojones, da la cara y sal. Pero no creo que estén hablando mal de él. Dicen que es Iker, que no se entienden, que la novia, que el Twitter, que no sé qué… Todo mentira. Y si es verdad, que salga y diga: José, hablo mal de ti. No creo que vaya a suceder. Iker no es tonto. Los que escriben eso son… mira, si dejas un balón y un melón, cogen el melón.

Imagino que estarás orgulloso de Pep.

Ay, cuando entró la primera vez al vestuario, sin barba, asustado. Como diciendo, ¿dónde estoy, dónde estoy? ¡En Barcelona! (risas). Era un chico muy bien plantado. El FC Barcelona planta bien, tiene una buena academia y sabe cómo sacar jugadores. Era un líder del Barça B y lo tuvo más fácil para entender nuestro juego, en su posición de 4 tan famosa, y que el equipo siguiera explotando. No dudé ni un minuto cuando Laporta le puso de entrenador. No había motivos para dudar de él. Entiende perfectamente el juego del equipo, la calidad de cada jugador y los resultados no tardaron en llegar. Empezó a ganar muy rápido.

¿Qué te pareció lo que hizo Figo?

Fue un grandísimo jugador, sin duda, un compañero de vestuario. Uno de los mejores extranjeros que han pasado por Barcelona. Te lo explico: Figo no sabía lo que iba a pasar en este fichaje. ¿Puedes imaginar que alguien pague 10.000 millones de pesetas de transfer? Mmm… algo raro, ¿no? Cuando tienes ganas de ganar elecciones, puedes. Pero, sobre todo, cuando uno tiene que recoger comisiones, también mueve montañas. Cuando Florentino Pérez ganó las elecciones, depositó los 10.000 millones. Y Figo se quedó, cómo decirlo, entre el martillo y la piedra, no sabía si poner la cabeza o la mano. Creo, sinceramente, que si pudiera dar marcha atrás, la hubiese dado. El que llevaba los fichajes tenía algo firmado: si no le traía, pagaba; si le llevaba, cobraba. Fácil.

Sinceramente, con la mano en el corazón te lo digo, no le comprenderé en mi vida. Cuando un futbolista besa el escudo del Barça y veinticuatro horas después se marcha al Madrid… Siempre lo hablamos en Barcelona entre los amigos: cuánto daño hizo al Barça. A mí me importa un carajo Figo, pero hizo mucho daño al FC Barcelona. Hubo una época muy mala después. Con Figo en el Barcelona el Madrid sufría, y él cambió la dinámica con el fichaje.

Tengo que decirte que el recuerdo de la Bulgaria que alcanzó las semifinales en el Mundial del 94, jugando como el ejército de Pancho Villa, me pone piel de gallina.

Johan nos bautizó como una “banda no organizada” (risas), pero teníamos un grupo bastante fuerte. Te lo cuento desde el principio. Fallamos en un partido fundamental contra Israel en Sofía. Si ganábamos, el último partido de la liguilla clasificatoria no valía para nada, pero empatamos a dos, cosas de la vida. A Francia, que también le valía la victoria contra Israel, pues había perdido 2-3. De modo que solo les quedaba ganarnos o empatar con nosotros. Y nosotros solo podíamos ganar. Después del partido de Israel, les dije a los jugadores, a los masajistas, a todos los que estábamos: “Quedan tres semanas para ir a París y vamos a ser ídolos de este país, vamos a ir a ganar a Francia”.

En aquel momento todo el mundo alucinaba. ¡Francia! Que tienen a Cantoná, Papin, Blanc, Le Guen, Lamá, Ginolá, Desailly, Deschamps. Eran un equipazo. Pero claro, Bulgaria tenía a Letckov, Balakov, Ivanov, Mihailov… ¿Cantoná es mejor que yo? ¿Ginolá es mejor que Kostadinov? ¿Papin es mejor que Penev? En nombres, puede. Uno está en el Manchester, otro en el Marsella. Vale, pero oye, que yo juego en el Barcelona, que no es cualquier equipo. Que Emil está en el Oporto, coño, Letchkov en el Hamburgo, Balakov en el Sporting de Lisboa, que tampoco es cualquier equipo. Vamos a ir a ganar. Y lo hicimos, 1-2.

Hristo Stoichkov para Jot Down

El vestuario del Parque de los Príncipes tuvo que ser una fiesta…

Pregúntale a Romario, que te cuente él, que estaba allí. Vino el cabrón para ver el partido, sin pedir permiso al Barça. Tuve que llamar yo a Johan Cruyff para decirle que estaba conmigo y que no pasaba nada. ¿El vestuario? Locos perdidos. Es que era nuestra última oportunidad. En ese equipo teníamos ya 26, 27 y 28 años, era la recta final de nuestras carreras.

Bulgaria había estado cinco veces en mundiales y nunca había ganado ningún partido, como mucho empates. Nuestro objetivo era ir para al menos ganar un partido, ser los primeros búlgaros en ganar un partido en un Mundial. Éramos tontos de cojones.

Pero el primer partido, contra Nigeria, fue un desastre. Nos metieron 3-0. Fue duro. Qué le vamos a hacer. Luego vino Grecia, en cuatro días. Los griegos están aquí, a cien kilómetros. Ellos habían perdido 4-0 contra Argentina. Llamé a Diego y me dijo: “Vais a ganar también 4-0”. El equipo era malísimo, pero lo peor es que después de perder el primer partido, el entrenador hizo siete cambios. Nosotros no hicimos ninguno. Y sí, le metimos 4-0 a Grecia. Dije: “Ahhh, de puta madre, primera victoria en nuestra historia”. Como que ya estaba hecho lo principal. Ya solo quedaba Argentina, que fue sin Diego por eso que le pasó…

Efedrina.

¡¡Mentirosos!! Para mí es injusto. Diego lo que tenía fue una enfermedad. Estaba mal, teníamos que ayudarlo a salir. Para eso estamos, no solo para comer, beber y sacarnos fotos. Y la FIFA le prometió a Diego, sabiendo que tenía un problema, que no le iba a sacar el dopaje. ¡Y se lo sacan por un jarabe! ¿Tú te crees que es justo? Todo para hacerse publicidad.

Independientemente de los usos de la efedrina, ¿crees que fue una traición?

Le cogieron a él para dar ejemplo. Junto con dos más. Fue una operación de promoción.

¿Estás diciendo que le habían prometido que no daría positivo en los controles?

Seguro, segurísimo. ¿Alguien había hablado antes del Mundial de que se dopaba? No, y luego ya se pusieron todos a decir que si era narcotraficante. Estos, que comen caviar, toman champán y no saben de fútbol nada, que viven de puta madre. Yo no perdono esto a la FIFA. Cada uno puede caer y cada uno puede levantarse, pero no de esta manera.

¿Quién era el presidente? Havelange. ¿Qué podemos decir de él? No hay palabras. Ahora va saliendo, poco a poco, dónde se compran los mundiales, cómo, a quién, por cuánto. Cuando tú, cinco meses antes, para hacer publicidad, anuncias que viene Diego Armando Maradona, nadie hablaba de esto. Y luego, cuando solo faltan seis partidos del campeonato, ¿qué le importa a la FIFA, si ya ha hecho su publicidad y las comisiones estaban repartidas? Es muy duro, no perdono. Hay que ser justo, no puedes jugar con las personas. No les importa hacer daño, ni qué va a pensar el país, la familia o los padres, no les importa. Y no lo entenderán en su puta vida, así de claro.

Os enfrentasteis a Argentina sin él.

Argentina era muy competitiva, pero sin Diego…

Estaba Redondo.

¡Redondo no pasó del medio campo! Estaban él y Simeone, recuerdo. Nosotros jugamos al contraataque. Primer gol, mío. Y segundo, de Sirakov. Estuve contento de que Bulgaria pasase a segunda ronda, pero me quedé muy triste por que a un amigo le tratasen así, tanto a su mujer, como a sus hijas, como a sus padres. Diego es mi íntimo amigo, le voy a defender a muerte, ahí donde vaya. No se compra la amistad, se demuestra… Luego eliminamos a México

¿Teníais presente el gol que os metieron de tijereta en el 86, el de Negrete?

No. Porque yo metí uno mejor (risas).

Esa tanda de penaltis de ese partido fue de risa.

La de ellos.

Horrorosa, esos penaltis sin carrerilla.

Porque eran defensas. Se habló mucho de esos penaltis, pero lo que pasó es que su entrenador se equivocó profundamente al no sacar a Hugo Sánchez.

Y Alemania.

Después de haber ganado a Argentina y a México ya nos daba igual todo, pero el partido más duro era contra Alemania. Nosotros estábamos en la piscina, jugando a las cartas. Cervecitas, salchichas, patatas fritas, dando el festival, como siempre. Salieron las imágenes y ahí fue cuando Johan Cruyff dijo que éramos el mejor equipo, pero una “banda no organizada”.

Cuenta cómo le enseñaste español a tu masajista.

Eso no se puede poner.

Sí, no te preocupes.

Le dije al masajista de Bulgaria que el saludo más habitual en español era “Hola, chúpame la polla, gilipollas”. Entonces se iba a los periodistas españoles y les decía: “¡Hola! Chúpame la polla, gilipollas”. Y luego venía extrañado: “Joder, Hristo, cómo se han puesto”. Y yo: “Es un saludo, qué quieres” (risas). Todavía me preguntan los periodistas que estuvieron allí por el masajista de Bulgaria.

Un caos de concentración.

No. Hay mucho mito. Después de los partidos sí que salíamos, hasta las tres o cuatro de la mañana. Pero 48 horas antes del siguiente partido, todos sabíamos lo que teníamos que hacer. A mediodía qué querías que hiciéramos, con cuarenta grados de calor en Nueva York. O jugar a las cartas, o al parchís. Porque, además, todo esto te permite no pensar en el partido, estar libres. Pero 48 horas antes cada uno sabía qué tenía que hacer. Sabíamos qué era obligatorio para nosotros. Es fundamental, no puedes llegar tan lejos si no.

Cuando Letchkov marcó a Alemania los locutores germanos se quedaron en silencio casi un minuto sin saber qué decir.

Sí. No estaban acostumbrados. De aquel día, vuelvo a ver las imágenes en Bulgaria y alucino. Tanta, tanta gente en la calle. Espectacular.

Os roban contra Italia.

Esto sí que quiero que lo pongas: es un hijo de la gran puta. Así de claro. Que no le vea nunca solo. Robando a mi país. Subnormal. Me importa un carajo lo que digan. El peor árbitro de la historia. Si le veo por ahí le rompo la cara. Le voy a escupir. Robar a un futbolista puede ser, que no te pite un penalti… ¿Pero robar a mi país? ¡Mi país! Este maricón de mierda. ¿Sabes qué es escuchar que en veinticuatro años no han jugado Italia y Brasil la final? Es duro entenderlo. Yo juego al fútbol, no hago negocios como estos que beben champán y toman caviar. Estos sí son ladrones. Robando a mi país, que tiene cinco millones de habitantes. La gente llorando, los niños, que ven a un tío como este robando, que se ha visto en todo el mundo.

Pero el regreso, un lujo…

Fue increíble. Ver a la gente emocionada, alegre. Ver que este equipo trae la medalla del Mundial y un jugador la Bota de Oro. Solo con cinco millones de habitantes, ¡qué más podíamos pedir!

Te retiraste en Estados Unidos, pero hiciste cuatro temporadas, cuando los otros futbolistas que van allí no suelen hacer tantas.

Es que fue espectacular, de verdad. Chicago Fire fue mi última etapa como profesional, en Washington luego ya fui más entrenador y jugador, otra cosa. A Chicago fui por petición de la MLS, Don Garber, comisionado de la Liga, y Bob Bradley, el entrenador. Además de por petición de los 150.000 habitantes búlgaros que viven en Chicago. Fue una etapa espectacular, ver a jugadores jóvenes con tres europeos del Este. Éramos Piotr Nowak, capitán de Polonia, Luboš Kubík, de la República Checa y Hristo Stoichkov, los tres zurdos. Y teníamos a Zach Thornton, el mejor portero de la liga, Chris Armas, el mejor centrocampista. Dema Kovalenko, un ucraniano, y Diego Gutiérrez, otro zurdo. Fue increíble. Bradley era un entrenador, un amigo, era muy educado. La organización era de diez. Vivía en la misma calle que vivía el 23, Michael Jordan. Una zona muy bonita. En la liga también jugaba Carlos Valderrama

Te pilló el 11S de lleno.

El 10 de septiembre estaba en Buenos Aires en el homenaje a Diego. Fue un miércoles, y como tenía que jugar el sábado en la liga con Chicago, le pedí a la organización que me cambiara el vuelo para ir directo, sin pasar por Miami. Me cambiaron los billetes, sin problema. Me despedí de Diego y a las 10:30 estaba en Chicago. Me levanto, los chicos van al colegio, mi mujer hace el desayuno, tomamos un café, voy a salir al entrenamiento y antes pongo la televisión española; allí era mediodía, para ver el deporte y todo eso. Entonces RTVE deja la imagen, sin voz ni nada, de las dos torres, y zas, un avión. Mi primera reacción fue pensar que alguien había chocado sin querer, una avioneta pequeñita, sin importancia. Seguimos con el café y otro, ¡¡fus!! Y quince minutos después, ¡otro en Washington! Y yo: “Hostia puta, aquí empieza la guerra, pasa algo raro”. No sabía qué hacer. Llamé a mi mujer para que trajera a los niños a casa. Me fui al entrenamiento y el entrenador llorando, los jugadores llorando. Muchas de sus familias trabajaban en Nueva York. Todos estaban mudos, con el estómago encogido. Lo pasamos mal de verdad. Las torres cayendo, la gente tirándose de las ventanas. Muy duro, muy desagradable. Y esto ha devuelto a Estados Unidos muchos, muchos años atrás.

En la MSL le partiste la pierna a un chico.

Fue sin querer. Se me ha quedado grabado para toda la vida. Lloré. Fue un partido en Washington. Cuando pasa algo raro, es que es raro. Un balón en medio, bota, pongo la pierna hacia delante, toco el balón, fue muy rápido, venía de un saque del área, y con la fuerza con la que toqué la bola, me caí en la pierna de un jugador, con toda la fuerza y la velocidad. La pierna pffff… el hueso fuera… hueso por aquí, por allá… la primera vez que lesioné a un jugador, tantos años jugando al fútbol, y esa fue la primera vez en mi vida. Pero fue sin querer. Lo quiero repetir y no sale. Quiero hacerlo y no puedo. Era un mexicano.

Me dicen por aquí que en las pachangas con tus amigos sigues siendo igual que competitivo que siempre.

No me gusta perder. Ahí sigo.

¿Cómo quieres que te recuerden?

Como alguien que siempre quiere ganar. Como un luchador, un ganador, alguien que nunca perdonó nada. Visca Catalunya!

Hristo Stoichkov para Jot Down 4

Fotografía: Tsvetomir Petrov