Laurence Debray: «Incluso los americanos estaban en contra de Juan Carlos I, porque querían tener un régimen tipo Franco en suave»

Laurence Debray (París, 1976) es risueña y habla un español suave, su acento francés se mezcla con un deje andaluz, huella de los años que pasó en Sevilla durante su adolescencia. Tiempo en el que se gestó su fascinación por la Transición española y la figura de Juan Carlos I. Años después escribiría una biografía sobre el rey emérito e incluso tendría la oportunidad de entrevistarle meses antes de su abdicación para un documental. La admiración de Laurence por el monarca supone uno de los muchos desencuentros con su padre, porque esta escritora que en otra vida fue banquera en Nueva York es hija del filósofo Régis Debray y la antropóloga venezolana Elizabeth Burgos. Ambos descendientes de familias acomodadas, ambos figuras destacadas de la causa revolucionaria que lideraron Fidel Castro y el Che Guevara. Laurence Debray tenía casi cuarenta años cuando se puso a investigar sus propias raíces, su pasado, qué significaba el apellido Debray. Trabajo que volcó en las páginas de Hija de revolucionarios (Editorial Anagrama), un libro poco complaciente con su padre y del que habla largo y tendido en el marco de las Converses Literàries de Formentor.  

Asegura que el detonante de todo, lo que la llevó a investigar el pasado de sus progenitores, fue una entrevista. Cuando le preguntaron si era cierta la teoría de que su padre, Régis Debray, había sido el hombre que delató al Che Guevara. Tenía treinta y muchos años. ¿De verdad nadie le había dicho nada hasta ese momento?

Te prometo que nadie me había hablado del tema y tenía casi cuarenta años. Es que es algo muy duro, tú crees que un amigo iba a venir a decirme «oye, ¿tú sabes que tu padre delató al Che?». Ahí me di cuenta de que yo vivía en una burbuja.

Y ahí toma la determinación de investigar qué había pasado. ¿Se lo cuenta a sus padres?

Sí, pero no me toman muy en serio, en realidad nunca me han tomado muy en serio. Al principio yo no esperaba escribir un libro. Empecé a investigar para mí, para saber qué pasó, luego pensé que sería útil para mis hijos. La idea de hacer un libro fue después

¿Buscaba su propia identidad?

Sí, buscaba conocer mis orígenes, saber de dónde venía. Llevaba un apellido famoso pero en realidad no sabía lo que había detrás. 

Pero sí era muy consciente de quién era su padre en Francia, de la relevancia de la que goza su figura.

Sí, lo que no tenía era el capítulo latinoamericano. Conocía el aspecto de mi padre como consejero de Mitterrand, conocía al gran teórico filosófico, al escritor que gana premios y es muy mediático… Lo que no conocía era la parte de la lucha armada, los años que pasó mi padre en América Latina. Tú imagínate que yo tenía como seis años cuando un compañero en la escuela me dijo que mi padre había sido un prisionero y yo aluciné porque él era consejero de Mitterrand y eso era como ser consejero del rey. Pero en aquel momento no ahondé en ello.

Hay un desfase entre la vida oficial, la vida burguesa que teníamos… Cómo explicarlo, el mundo en el que vivíamos no correspondía con su vida anterior. Con su mundo antes de mi nacimiento.

Dice que no sabía nada, pero a los diez años sus padres la envían a pasar la mitad del verano a Cuba y la otra mitad a Estados Unidos, quieren que decida de qué lado de la historia está.

Sí, pero porque en casa siempre fue todo muy político. No hay contradicción entre que mis padres no me hablaran de su vida antes de que yo naciera con que en casa todo fuera política. Nunca se habló de nada más. No comíamos cornflakes o bebíamos Coca-Cola en casa porque era americano. No nos íbamos de vacaciones a disfrutar de la vida, eso no existía.

Y entonces llega ese verano por el que le preguntaba. La portada del libro, de Hija de revolucionarios, está ilustrada con una foto de ese periodo. Aparece usted en Cuba con un rifle en la mano.

Fue un verano que me marcó mucho, y esa foto es muy ilustrativa porque si te fijas yo llevo mi faldita de parisina. Eso demuestra que jamás esperé lo que viví, si me lo hubieran contado antes no me lo habría creído. Vivía en el Barrio Latino de París, me habían educado mis abuelos, que eran unos grandes burgueses, y me dicen: «vas a ir a un campo de pioneros en Cuba, vas a hacer entrenamiento militar por la mañana y te van a contar un poco lo que es de verdad la ideología marxista». Yo ni siquiera hablaba español en esa época. Allí había una gran solidaridad entre los pequeños pioneros, yo era la única extranjera, pero me acuerdo con emoción del apoyo que me dieron.

Después viajé a California, imagina el contraste, con hijos de gente famosa del cine. Con esa abundancia de comida. 

Y puse esa foto en la portada porque yo sí puedo decir que he vivido el comunismo desde el interior, aunque fuera pequeña. Yo tengo el derecho a hablar de eso. Mucha gente de la generación de mis padres tomó mal mi libro, pero ellos se quedaron siempre en París.

¿Cuándo regresó qué le dijo a sus padres?

Les dije que entre Estados Unidos y Cuba yo escogía Europa. Y creo que decepcionó a mis padres que no me gustara el comunismo, mi padre aún tenía mucho cariño por Cuba y los cubanos, a pesar de que estábamos en el 86 y él ya había tomado sus distancias. Pero no cortó con el régimen hasta el 89 y creo que él pensaba que me iba a seducir el encanto de esa isla. 

En Cuba sí le habían contado que su padre era un héroe de la revolución. ¿No le preguntó nada al respecto? 

Sí, pero siempre eran muy elusivos. No respondían. Solo me decían que eran viejos cuentos. Nunca me contestaron con hechos o qué habían sentido. Ni siquiera mis abuelos querían hablar de eso. 

Creo que me querían proteger de ello, pero también hay un pacto del silencio. Mis padres vivieron en la clandestinidad y siguen teniendo muchos rasgos de esa vida clandestina, esa cosa de no querer contarlo todo. De no contar ni a tus propios hijos o tu propia pareja lo que haces. También creo que había algo que ellos pensaban que yo no iba a entender, mi vida estaba lejísimos de todo aquello.

Piensa que cuando los prisioneros salen de los campos de concentración tras la SEgunda Guerra Mundial no hablan enseguida, creo que esto es similar, como una reacción postraumática. Sufrieron tanto, perdieron tantos amigos, sufrieron tantas desilusiones… Perder cuatro años en la cárcel cuando tienes veintisiete años no es hacerlo cuando tienes setenta. Mi padre perdió su juventud.

Decía antes que cuando la mandaron a Cuba a pasar el verano no hablaba español. Su madre es venezolana, ¿no le hablaba en español?

No, mi madre me educó en francés. Mi padre impuso el francés. Incluso tenía una niñera española que me tenía que hablar en francés porque mi padre sostenía que si te hablaban en varias lenguas no dominabas ninguna. Eso y que mi padre es muy francés, muy nacionalista.

Cuando comenzó a escribir el libro, ¿consiguió romper esa barrera de silencio impuesta por sus progenitores? ¿Se sentó su padre a hablar con usted?

No, no accedió a que lo entrevistara, jamás contestó. Mi madre fue un poquito más comprensiva, cuando le hacía preguntas muy precisas me contestaba. Pero fue después, cuando le di el manuscrito del libro, cuando empezamos a hablar. Cuando mi madre me contó algunas cosas o intentó justificarse.

¿Cuando les entregó el manuscrito del libro sus padres le pidieron que quitara algo?

Mi padre sí, y lo hice. Yo no quería enfrentarme a ellos y obedecí.

Pero no es un libro precisamente complaciente con su padre…

No quería ser complaciente con él, pero tampoco quería ser mala. Yo quería entenderlos, pero también quería desmitificarlos.

¿Y cómo le sentó a su padre que fuera su propia hija la encargada de desmitificarle?

Yo quise tener un padre, no un héroe en casa. Si no lo hacía yo, ¿quién lo iba a hacer?

Pero también quería hacer un homenaje a esa gente que en los sesenta no se movía por interés personal, la suya fue una entrega total y desinteresada. Del Che se pueden decir muchas cosas, pero no era corrupto y no lo hizo por dinero ni privilegios. Mis padres tampoco. Quería desmitificarlos, pero también quería subrayar que era una época en la que la política era limpia.

¿El idealismo que movió a muchos en los sesenta ha muerto?

No sé, la política en Venezuela me desespera. Pero la política en Europa, cuando hay mucho de ideología y de utopía como en los casos de Podemos en España o de Melenchon en Francia… Creo que no están conectados con la realidad. Además no viven las consecuencias de esas utopías. Mis padres sí lo hicieron.

Durante la investigación y la posterior escritura del libro, ¿descubrió cosas de sus padres que no le gustaron?

Muchas cosas [largo silencio]. La tortura durante el cautiverio de mi padre me dolió mucho, pero me molestó el hecho de que mi padre al salir de la cárcel no fuera directamente a París. Cómo no vas a darle las gracias a tus padres, al Estado francés, a De Gaulle, que te ha salvado la vida… Eso me dolió. 

Asegura que su padre es muy francés, muy nacionalista, ¿cómo casa con esa actitud?

No sé, pero en ese momento se va a Chile y no va a Francia, y le cuesta regresar a París. Hay muchas cosas que todavía no entiendo, muchas preguntas que me sigo haciendo [silencio]. También pienso en mi madre, casándose con un hombre que está en la cárcel, condenado a treinta años de prisión… Yo eso no lo hago ni loca. Y siempre me pregunto qué es esta historia.

¿Le sorprende esa relación entre sus padres?

Sí, sigo sin entenderlo. Todavía hoy que están divorciados siguen siendo muy cómplices. Han vivido tantas cosas juntos que eso es indestructible.

Son una familia, pero tengo la sensación de que cuando habla de sus padres lo hace como algo completamente ajeno a usted.

Totalmente. Yo estoy totalmente excluida. 

¿Le duele esa exclusión?

[Silencio] Creo que he hecho el libro por eso, para intentar entenderlos, para ver cómo podía añadirme yo a la historia familiar.

¿Y lo consiguió?

No. Pensaba que con el libro iba a haber diálogo con ellos, pero no lo hubo. Aunque ahora los entiendo más, soy más tolerante con el hecho de tener padres especiales. 

Escribiendo Hija de revolucionarios también quería rendir homenaje a mis abuelos porque me educaron y los quería mucho, pero también porque mi padre nunca habló de eso y nunca fue agradecido. Quería resarcirlos, ponerlos a ellos también en esa historia, darles su lugar.

¿De no ser por sus abuelos su padre habría salido de la cárcel? 

No, y creo que él lo sabe. Mis padres se movieron mucho, viajaron, y al final es De Gaulle quien lo saca.

Hablaba antes del papel desempeñado por De Gaulle en la liberación de su padre, pero la verdadera heroína de la historia es su abuela, que no se cansa de viajar una y otra vez a Latinoamérica y de emplear sus contactos para lograr la libertad de su hijo.

Mi abuela estaba metida en política, era la única mujer con puestos importantes, pero lo máximo donde había ido era a Italia. Y de repente un día tú crees que tu hijo es profesor de Filosofía en La Habana, llegas allí y te anuncian que tu hijo estaba en Bolivia con el Che y ha muerto. Imagina el shock. Se queja mi padre de tener una hija como yo, pero yo nunca le hice eso.

Su padre es un hombre tremendamente contradictorio. 

Absolutamente. Es muy francés pero está en América Latina, está en rebeldía contra la alta burguesía pero es quien lo salva, está contra De Gaulle pero es De Gaulle quien lo saca de la cárcel. Es el héroe de la revolución y luego el padre en casa que no tiene nada que ver… Intenté encontrar una coherencia, pero no la encontré. Somos muy complejos.

El tipo es un héroe de la revolución, es un gran intelectual, ha hecho muchas cosas en su vida, no fue buen padre pero hay una justicia porque no se puede ser bueno en todo.

¿No fue buen padre?

No, fue un padre un poco… ausente. Hizo lo que pudo, pero creo que la infancia no le interesaba mucho.

¿No fue buen padre porque la política siempre estuvo por delante?

Sí, la política y sus libros.

¿Y a día de hoy sigue siendo así?

Sí, en eso sí hay una coherencia [Risas].

¿Cómo es su relación ahora con su padre?

Hablamos por teléfono, no de Venezuela porque si no lo mato. Nos vemos como tres veces al año.

¿Y con sus hijos?

Nada, la infancia no le interesa. Mis hijos tienen nueve y once años. Tendrán que hacer una maestría de Filosofía y dos de Ciencia Política para poder hablarle [Risas]

Leía una entrevista en la que usted afirmaba que en realidad con este libro lo que ha hecho es escribir una carta de disculpa de sus padres para usted. Después de leer el libro, ¿se han disculpado?

No. Creo que el plan de tener una familia era algo demasiado burgués para ellos. Es que si lo piensas puede ser muy aburrido, tú estas salvando el mundo y tienes que volver a las ocho para hacerle la comida a tu hija y meterla en la cama.

Hace poco el hijo de un izquierdista francés famoso (que ya murió) me contó que sus padres se autorizaron a tener un hijo cuando vieron que mis padres tuvieron un hijo. Y yo le dije «pero mis padres eran muy malos padres, ¿cómo no se dieron cuenta de que eso era una locura?» [risas].

Ahí emerge la figura de sus abuelos.

En realidad hablando contigo me estoy dando cuenta de que mis abuelos salvaron a mi padre y me salvaron a mí.

Leyendo Hija de revolucionarios tuve la sensación de que era también una carta a todos los intelectuales que hacen la revolución desde los cafés parisinos. 

Por lo menos mi padre fue, hizo y pagó por ello. Él sí me puede hablar de revolución y de ideales, otros que se van solo de vacaciones a Saint Tropez que no me hablen de revolución porque no viven las consecuencias. Eso no vale. Eso para mí es una impostura total. Que se vayan a vivir a Cuba sin internet, ni libertad de prensa, y con el carnet ese para poder comer.

Su padre es el autor de Revolución en la revolución, ¿la ha leído?

Sí.

¿Y qué le parece?

Muy aburrido. No lo puedo entender. El lenguaje ha envejecido muy mal. Es un libro histórico, pero no accesible para mí. Además yo no he leído al marxismo, todo ese rollo teórico.

¿No ha leído a Marx?

No, no he leído a Marx, ni El Capital, creo que tengo un resumen en casa. Y seguro que con eso he decepcionado también a mi padre.

Su madre es la antropóloga Elizabeth Burgos. Ella también dedicó su vida a la revolución, es la mujer que edita el libro de Rigoberta Menchú, que la hace famosa… ¿La historia ha sido injusta con ella?

La historia siempre es injusta con las mujeres. Además la sociedad francesa es muy cerrada y mi madre es una extranjera de Venezuela y hay cierta arrogancia francesa… Esto lo puedo reconocer yo que soy francesa. Imagínate una mujer venezolana que quiere hacerse un hueco sola diciendo «no quiero ser la esposa de un hombre famoso». Escogió la vía difícil.

En una entrevista en El País usted decía: «Mi padre tiene su personaje mediático. Necesita la fama. Va mucho a los medios. Mi madre es más discreta; la consejera a la sombra. No quiere estar en el show de los egos».

A mi madre no le gusta, no quiere. Siempre rechaza todo. Muchos editores le han pedido que escriba su biografía y ella no es egocéntrica para nada. Mi madre, por ejemplo, fue a entrevistar a los militares que la perseguían. Enterró sus propios sueños pero los quiso entender.

¿Quién tuvo una ruptura más traumática con el comunismo, su padre o su madre?

No lo sé… Mi padre rompió con el régimen castrista. Pero le gustan los sueños, es utópico.

Usted está trabajando en un documental sobre la historia de Venezuela.

Sí, estoy tratando de entender por qué un país tan rico llegó a ese nivel de pobreza, quiero entender en qué consiste la revolución chavista. Tengo mucha familia allí.

La situación de Venezuela es utilizada a menudo en Europa como arma arrojadiza entre partidos, especialmente en España. ¿Le duele esa utilización?

Yo soy muy simplista, quiero democracia y libertad en mi país y que la gente pueda comer. Soy muy práctica. Que empiecen a decir que la oposición es de derechas, que Chávez o Maduro son el ídolo o el demonio… Todo eso no me interesa demasiado. En Venezuela cristaliza el ejemplo típico de la aplicación de la ideología hasta el final y lo que me duele más es lo que yo llamo el sadismo de Estado. El 80 % de los venezolanos están pasando hambre y a la cúpula del régimen les da igual. Eso es muy doloroso, ver a un país destruirse así es muy doloroso. 

Lo que me da pena es que no veo una solución rápida al problema. Yo estoy en contra de una invasión, de algo militar, sobre todo porque no sería bueno para el futuro de Venezuela. Me gustaría que otros países sancionaran a Venezuela, que no sean siempre los americanos, que son los únicos que los hacen de manera metódica. 

En Hija de revolucionarios escribe: «Venezuela no es un lugar de experiencia política para entretener a la izquierda francesa cómodamente sentada a las mesas de los mejores restaurantes parisinos mientras que allí no se encuentra lo necesario para sobrevivir».

Es justo eso. Y es verdad que cuando van allí lo hacen como invitados oficiales y ven lo que quieren ver o lo que les quieren mostrar.

Dice que no puede hablar con su padre de la situación de Venezuela, ¿por qué?

Porque él sigue con el sueño de que la culpa es de los americanos. No puede decir que es la culpa de la corrupción y de un gobierno inepto que no respeta la democracia, siempre es culpa de los americanos. Estoy un poco harta de esa cosa de propaganda de los años sesenta. Hay que evolucionar.

¿Su madre sufre?

Sí, mucho. Además ella no puede ir a Venezuela. Los venezolanos que han nacido en Venezuela tienen que tener un pasaporte venezolano para poder entrar en el país y a ella la embajada venezolana en París no le ha renovado el suyo, pero no puede entrar en el país con su pasaporte francés. Tampoco puede votar.

 

A lo largo de esta charla ha mencionado en varias ocasiones que ha decepcionado a sus padres… Entiendo que también cuando puso en su habitación una foto del rey Juan Carlos I.

¡Pero mi padre me la quitó enseguida! [risas].

¿Cómo surge esa fascinación por el rey de España? 

Viví en Sevilla a finales de los ochenta, ahí aprendí español. Llegamos de París y esa ciudad fue nuestra salvación. En Francia yo tenía riesgo de ser secuestrada y para mí fue la libertad.  Allí nos recibió Alfonso Guerra, que había viajado mucho a París para hacer militancia antifranquista. También viajó mucho a Francia con Felipe González para negociar la entrada de España en la Comunidad Económica Europea y para hablar de ETA, y digamos que mi padre hizo un poco de enlace.

En Sevilla Alfonso Guerra me contó la Transición. Y en ese momento, estamos hablando del año 88, el rey era una figura muy seductora, todo el mundo estaba bajo su encanto. En el extranjero Juan Carlos I personificaba la nueva España. 

¿Sabe que esa imagen no casa exactamente con la que tenemos en España del rey emérito? 

Porque tenéis la imagen del rey viejo, enfermo, corrupto, con sus elefantes… Pero en los ochenta no te puedes imaginar el papel que hizo políticamente. El tipo era el jefe de Estado más joven de Europa, democratizó a España cuando nadie pensaba que lo iba a poder hacer.

Sabe que sobre eso también hay versiones contradictorias y que no todo el mundo lo ve como un héroe… 

Lo sé, pero la gente tiene que meterse en los archivos. Incluso los americanos estaban en contra de él, porque querían tener un régimen tipo Franco suave. Y el rey paró el golpe de Estado del 23F.

También existen otras teorías al respecto. Pilar Urbano, autora de La gran desmemoria, sostiene que «para Suárez estaba claro que el alma del 23F era el rey». Los papeles del intento del golpe de Estado siguen sin desclasificarse. 

Yo no tuve acceso a esos famosos archivos, y seguro que hubo un juego con Armada, pero al final si él hubiera querido apoyar el golpe de Estado podía haberlo hecho y no lo hizo. El que salió a mandar un mensaje a través de la televisión fue él, y esa noche ningún español salió a la calle.

Usted le entrevistó para hacer un documental sobre su figura, ese es un privilegio del que la prensa española tampoco suele gozar… 

Le entrevisté un poco antes de su abdicación. Era la primera vez que estaba con él cara a cara y me daba mucho miedo el control de la Casa Real, pero no se metieron en nada. Estuve dos días hablando con el rey, me fui con mis cintas y no me dijeron nada.

Me hubiera gustado que fuera más rey, decía mucho que no le gustaba el poder y tenía mucho sentido del humor. Estaba dolido por todo lo que había pasado pero es una persona que no transmite amargura. Lo más difícil para mí fue interrumpirle para recordarle que el documental era sobre él, siempre hablaba en tercera persona: «nosotros hicimos…».

Le pregunté incluso si no creía que la monarquía era una institución un poco anacrónica. Restablecer una monarquía en el 75 es raro, piensa que yo soy francesa y vivo en una república, me contestó que dependiendo de cómo se hiciera esa monarquía. Diría que no es una persona cerrada al diálogo.

¿Le sorprendió su abdicación?

Me sorprendió, sí, porque hizo tanto para llegar al poder y no para dejarlo.

Entre otras cosas pasó por encima de su padre… ¿Está arrepentido?

Lloró mucho cuando habló de su padre, diciendo que no lo había tratado como hubiera debido hacer, incluso en su funeral. Me explicó que el padre llevaba muchos años viviendo fuera de España y que Franco no lo habría aceptado, tampoco lo habrían aceptado las fuerzas armadas, ni los franquistas ni la oposición. El padre no habría podido hacer lo que hizo el hijo.

¿Cree que la historia colocará en su lugar a Juan Carlos I?

No puedes juzgar un reinado tan largo que dio tanta prosperidad a España por los últimos cinco o diez años. Reconocerán su obra política, no olvidarán que acabó mal. Si hubiera abdicado antes del elefante lo habría hecho como un héroe.

Tal vez la familia real había gozado siempre de cierta inmunidad, la prensa había respetado siempre su privacidad, no había entrado a contar ciertas cosas. Y ese cordón sanitario, por llamarlo de alguna manera, se rompió con el episodio de Botsuana.

Por eso si hubiera abdicado antes lo habría hecho como héroe. También los tiempos han cambiado, en los ochenta era más importante hablar conseguir la Expo o los Juegos Olímpicos, eso era la prioridad y no si el rey estaba con tal amante o con tal elefante. 

¿Al rey no se le debe tratar igual que al resto?

En Francia cuando nos preocupamos es cuando los jefes de Estado no tienen amantes… [Risas].

No hablo de tener amantes. Hablo, por ejemplo, de sus relaciones con la monarquía saudí.

Seguro que hubo negocios. No quiero que esto suene como una excusa, pero él durante muchos años no tuvo ni un duro. Tenía que pedir dinero a Franco para comprarse un traje. Tal vez haya cierta fragilidad, todos somos humanos. Y hay mucha corrupción en España, entonces él no resistió.

Pero era el jefe del Estado.

Pero en España el ambiente siempre fue muy corrupto.

Igual el problema está en justificar ciertos comportamientos por el mero hecho de que ostentaba la jefatura de Estado…

Sí, pero desde Franco, desde siempre, España ha sido un país corrupto.

Cuando habla del rey desprende cierto aroma de hagiografía.

No es verdad, porque si fuera una hagiografía no hablaría de estos temas. Y lo hago tanto en el documental como en el libro que escribí sobre Juan Carlos I. A mí me gusta su obra política pero también el destino casi literario de un hombre que nació en el exilio. Podría ser una novela. Su padre lo manda diez años a estudiar con su enemigo en un momento en el que por decir «¡viva el rey!» podías acabar en la cárcel. Cada vez que se pelean tiene que volver a Portugal. Está bajo vigilancia y no sabe si va a ser rey o qué. Estaba en Suiza, Italia, Portugal, España… Habría podido casarse, estar en Saint Tropez y no hacer nada con su vida. A mí me gusta eso de él, Felipe VI tiene algo muy liso que no me interesa. 

Yo conocía el poder, el impacto que tiene el poder sobre la gente, y con él fue diferente. Pero no es una hagiografía porque yo cuento que él hizo cosas que no habría tenido que hacer, pero no quiero que eso anule su figura política. Es un animal político.

En Hija de revolucionarios rememora un fragmento de Félicien Marceu citado por Alain Finkielkraut en su discurso de ingreso en la academia, la idea general es que el piso más arriba de la felicidad es la libertad. ¿Es esa la mejor herencia que ha recibido de sus padres?

Sí, la libertad intelectual, la libertad de poder escribir este libro, de poder irme de banquera a Estados Unidos, la libertad de ser educada por otros… A mí me molestaría que otros educaran a mis hijos, pero ellos me dieron esa libertad de elegir a mis padres.

Usted se construyó por oposición a sus padres.

Me construí por oposición, a lo que eran y a lo que no eran. Hubiera sido más fácil decir que me ponía a luchar en el Partido Comunista. 

Todos tendemos a rebelarnos contra nuestros padres, también existe el peligro de terminar pareciéndonos a ellos.

Yo encantada de ser una gran intelectual como mi padre [risas]. De guerrillera con el Che eso no, no me gustan los mosquitos, la lucha armada, lo de no comer en dos semanas… Ese rollo no me va.

Dice Annie Ernaux que todo se aglutina en torno a la yo y la autoficción, que estamos asistiendo a una mutación de los géneros literarios. ¿Dónde enmarca su libro?

Es un testimonio. A lo mejor cuando se lea dentro de un siglo se preguntarán si es ficción o pasó de verdad. Yo no sé etiquetar el libro, las editoriales lo han hecho por mí. 

Ernaux también sostiene que no hay que hablar de literatura femenina.

A mí me encantaría poder decir que no hay literatura femenina, pero tenemos problemas y sensibilidades que los hombres no tienen. Y creo que estamos todavía en la lucha, me encantaría que se hablara de una literatura general ya, pero no. 

Abre Hija de revolucionarios con una cita de El misántropo, de Molière: «Cuanto más se ama a alguien menos debe adulársele; el verdadero amor es el que nada perdona». ¿Es eso lo que ha hecho con su padre?

Sí.

¿Y lo haría con sus hijos?

Soy muy dura con ellos, soy muy exigente. Cuando uno ama tiene que ser exigente. El amor es muy exigente porque te lleva a un ideal.


Ocho días encerrado en Venezuela

Carretera que lleva a Caracas desde el aeropuerto Simón Bolívar. Foto:Jorge Silva / Cordon.

17 de octubre, lunes

El vuelo UX071 a Caracas va casi lleno. A mi lado, en la fila 15, se sienta Beto. Es portugués y vive en Euskadi. Nos presentamos. Le pregunto si ha ido muchas veces a Venezuela. Hace un gesto con los dedos de la mano derecha, uniendo y separando las puntas, y dice que «un montón». Cuando admito que en mi caso es la primera, considera que me será de provecho saber que la corrupción empieza en el aeropuerto, con la policía. «En mi primer viaje, me pusieron la maleta patas arriba. Tomaban la ropa, o los enseres, y meneaban la cabeza, o chasqueaban la lengua, como si aquí las camisas a cuadros o el desodorante estuviesen prohibidos. Me dejé treinta dólares en mordidas». Se quedó un rato pensando, colgado de la última frase, hasta que me tocó un brazo y añadió con gravedad: «No salgas mucho del hotel».

Me pregunta qué voy «a pintar» yo a Venezuela. «A trabajar», digo, por decir algo. «¿A qué te dedicas?». Lo pienso un poco, y al final confieso que soy escritor, y que me han invitado a la Feria del Libro de la Universidad de Carabobo (FILUC). «¿Escritor? ¿Escribes libros?». Asiento con escasa convicción. «¿Y qué clase de libros?». No lo sé. No escribo una clase de libros. Explicarlo me llevaría tiempo, así que prefiero mentir y suelto que escribo novela de terror; qué más da. Cuando estoy a punto de precisar —lanzando otra mentira— que también cultivo la poesía, se vuelve hacia mí, no muy serio, pero tampoco muy en broma, y afirma: «Yo no soy mucho de leer, ¿sabes?». Asiento otra vez.

Para no enredar la conversación, después le pregunto a qué se dedica él. «Al petróleo», dice engordando la voz. Me quedo en silencio, adivinando si será un magnate, un químico, un geólogo, un sismólogo, un ingeniero, un economista o tal vez uno de esos trabajadores de las plataformas petrolíferas, destinados al área de servicios, como un panadero o un lavandero. Lo miro de reojo, por si pudiese obtener alguna pista a partir de su aspecto.

***

Después de una hora de vuelo, se queja amargamente de que no haya pantallas en el avión para ver alguna película. «Si las quitan, se ahorran muchos kilos de cable, y al ahorrar peso, en aviación se ahorra mucho combustible. Esto es un negocio», explica. Su razonamiento recibe un espaldarazo cuando la tripulación empieza a ofrecer iPad a diez euros, cargados con una amplia videoteca. «¿Ves lo que te decía? Un asqueroso negocio». A los dos minutos, cuando el carrito con la tablet pasa a nuestro lado, Beto le toca un codo a una azafata: «¿Me da una, por favor?». Se pone los auriculares y se aísla. Yo aprovecho para empezar a leer Las chicas, de Emma Cline.

***

Un par de filas más adelante se sienta un joven con un ordenador encima de las piernas. Trabaja con un programa musical. De regreso del baño, un señor gordo, de bigote, con la cremallera del pantalón abierta, siente curiosidad, y se detiene ante él. Le pregunta qué hace. «Edito música». «Oh, excelente. Yo soy trompetista en una pequeña orquesta. En mis tiempos no existía nada de esto», asegura, como si estos ya no fuesen sus tiempos. El joven le explica que el programa que emplea dispone de herramientas para editar trabajos ya terminados y mezclados en una sola pista de audio, así como también recortar sonidos, limpiar grabaciones, hacer la masterización final de las producciones… El trompetista lo mira con cara de pena. Me fijo en que tiene algo de caspa, y me cae simpático. La caspa es uno de esos vagos defectos en franca decadencia, lo que los vuelve casi una virtud.

***

Aterrizamos en Caracas sin apenas retraso. Tardo una hora y cuarto en recuperar mi maleta. Ya intuyo que los acontecimientos en Venezuela están empujados por la parsimonia. Al traspasar la aduana me abordan varios hombres, que me ofrecen taxis, teléfonos, bolívares… Cuando localizo al conductor de la Embajada de España, que sostiene un cartel con el escudo nacional, nos dirigimos al aparcamiento. Son las ocho de la tarde y el calor desprende un olor salvaje. Apenas hay alumbrado. Me acomodo en el asiento trasero. La noche es hostil y, desde el interior del coche, gélida. Me sorprende la cantidad de coches que circulan sin luces, y cómo los motoristas hablan entre sí, de moto a moto. En los arcenes de la autopista se acumulan los vehículos averiados, que aparecen de repente, de la nada, sin señalización.

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Al llegar al hotel pregunto por Manuel Vilas, que también está alojado en el Pestana. Quedamos para cenar. Él regresa a Estados Unidos a la mañana siguiente, temprano; no podrá trasnochar. Manuel, Gabi Martínez y yo somos los tres autores españoles invitados a la FILUC. Me parece entender que Gabi se fue ya hace un par de días. Después de participar en la feria, se adentró en el corazón del país en busca de un mamífero llamado danta. Dice Vilas que no lo avistó. Es la primera vez que oigo hablar de una danta. Cuando la busco en Google, su aspecto me recuerda al jabalí, pero también al oso hormiguero. Leo que la danta andina, propia de Venezuela, es un mamífero «posiblemente extinto», lo que convierte el empeño de Gabi en más titánico todavía.

Vilas siempre transmite calma y felicidad, y es afilado en sus juicios. Me da tres consejos: báñate en la piscina que hay en la azotea, prueba el postre Tres leches, bebe zumos, son buenísimos. Hablamos de Venezuela, de su inseguridad, de los problemas de abastecimiento, de la inflación, pero también de su poesía. Este es un país de poetas, fundamentalmente. Primero los poetas, después los cuentistas y a continuación los novelistas. Comentamos la decisión de la Academia sueca de premiar con el Nobel de Literatura a Bob Dylan. Está encantado. Aunque es sabido que Vilas es de Lou Reed. Su nuevo libro tratará su figura. Recién llegado a Venezuela, se subió a un taxi que puso la radio y escuchó que Dylan era el nuevo premio Nobel. «Me alegra todo lo que sea quitar solemnidad a la literatura». Cree que, en el fondo, «Dylan es el autor de la gran novela americana», pero sin necesidad de llenar mil páginas.

Después de cenar nos despedimos. No tomamos ni una copa. Estamos fuera de forma. Al día siguiente, él se levanta a las cuatro de la mañana, rumbo a Iowa (EE. UU.), donde pasa varias temporadas al año, y la vida es tan tranquila que casi se pueden escuchar las palpitaciones del tiempo.

18 de octubre, martes

Me despierto a las dos de la madrugada y no vuelvo a pegar ojo. Al principio, cuando consulto el teléfono, creo que he dormido hasta las ocho de la mañana, y me siento feliz. Pero simplemente me olvidé de atrasarlo seis horas, según el huso horario de Venezuela. Mi felicidad y la mañana se esfuman de golpe, sin un chasquido. El jet lag me va a durar varios días. Hago tiempo escuchando podcasts, leyendo, e imitando a alguien que intenta dormir, aunque sabe que es imposible. A las siete bajo a desayunar. Lo hago a lo bestia, por si acaso. No sé cuál es el «acaso». Digamos que por si acaso el acaso. Subo a la azotea, en el piso 18, a cumplir con el consejo de Vilas. Las vistas son espectaculares. Se ve el cerro Ávila. Días atrás busqué información sobre el Pestana, y leí que en mayo los trabajadores del hotel localizaron el cadáver de un hombre de cuarenta y tres años que trabajaba para la filial gasística de Petróleos de Venezuela S. A. «Estaba amordazado y tenía una herida punzocortante», decía el diario El Nacional. Al leerlo, pensé que las recomendaciones de no salir del hotel que me hacía todo el mundo se quedaban cortas.

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Permanezco toda la mañana en la habitación, escribiendo una columna con un ladrillo en la cabeza, y espiando cada poco por la ventana. Justo enfrente hay un centro comercial. A primera hora se forman largas colas para entrar.  

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A media tarde me recogen para conducirme al Centro Cultural Chacao. Llama la atención que haya tantos coches con los cristales oscuros. Cada moto pasando a toda velocidad entre los coches es un grito en la oscuridad que solo oigo yo. El tráfico de Caracas es lento y anárquico. No entiendo por qué no se registran colisiones a todas horas, con decenas de heridos. «Aquí vamos temiéndonos todo el tiempo lo peor de los otros conductores, por eso hay pocos accidentes; estamos siempre alerta», dice mi conductor, que me mira con una gran sonrisa a través del retrovisor, mientras se salta un semáforo en rojo y, en efecto, no sucede absolutamente nada.

Me presentan a Óscar Marcano. Vamos a dialogar sobre las dificultades de un escritor para ser simplemente un escritor, y de cómo a veces su trabajo consiste en no escribir en absoluto, y observar el mundo con las manos en los bolsillos. Marcano es autor de dos libros que en Venezuela son dos instituciones. Uno es Solo quiero que amanezca, conjunto de relatos que recibieron en su día el Premio Jorge Luis Borges, y otro la novela Puntos de sutura. De ambos me regala un ejemplar dedicado.

En un momento de su intervención confiesa que de niño, y sin referentes, «mi verdadera vocación era ser un homeless». Algo inexplicable lo atraía a esa vida. «Quería convertirme, de mayor, en uno de esos menesterosos, sin nada a cuestas, que veía deambular por las calles. Cuando nos reuníamos de chicos y alguno decía que quería ser astronauta, médico, aviador o lo que fuese, pocas veces tuve la valentía de revelar mi verdadera vocación». El fin de esta historia se lo dio Borges en El libro de los seres imaginarios (1967): «Hay en la tierra, y hubo siempre, treinta y seis hombres rectos cuya misión es justificar el mundo ante Dios. Son los Lamed Wufniks. No se conocen entre sí y son muy pobres. Si un hombre llega al conocimiento de que es un Lamed Wufnik muere inmediatamente y hay otro, acaso en otra región del planeta, que toma su lugar. Constituyen, sin sospecharlo, los secretos pilares del universo. Si no fuera por ellos, Dios aniquilaría al género humano. Son nuestros salvadores y no lo saben».

Marcano es también un destacado periodista. Nos cuenta que en una de las últimas reuniones de la Fundación Gabriel García Márquez para el Nuevo Periodismo a la que acudió, en Colombia, Jon Lee Anderson le relató que en uno de sus viajes por África, para documentar un reportaje para The New Yorker, había sido testigo de algunas experiencias que finalmente no pudo incluir en el texto. Eran experiencias muy ilustrativas, que hacían el reportaje más revelador y terrible. Pero no pasaban el fact checking de la revista. «No era posible contrastarlas por alguien ajeno al propio Lee Anderson». 

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Esta noche ceno con el consejero cultural de la embajada española, Bernabé Aguilar, y dos de sus colaboradoras, Melba y Patricia. Me hablan de la carestía que sufre Venezuela. Hay escasez de ciertos alimentos, que el país tiene que importar, y que resultan demasiado caros. En su caso, hacen grandes pedidos a El Corte Inglés que llegan por barco cada dos o tres meses.

Los relatos sobre la vida en Caracas remiten siempre a una modalidad de violencia, física o moral. Los tres han pasado por la experiencia de ser atracados en la calle. En un momento de la cena me refieren una historia estremecedora. Se trata de una leyenda urbana referida en varias crónicas, cuentos y alguna novela. Lo cual no quiere decir que no tenga un sustrato verídico o altamente verosímil. Arranca con una mujer de mediana edad subiéndose a un mototaxi. En una ciudad con tantos atascos la moto es una buena alternativa para sortearlos. A mitad de trayecto, se detienen ante un semáforo, y el taxista saca una pistola de la cintura, y con la punta golpea en la ventanilla del coche que tienen a su derecha. El conductor, que tal vez ya ha pasado por esto en otras ocasiones, baja el cristal y le entrega el teléfono móvil. Entonces, el semáforo se pone verde y el mototaxi reanuda la marcha. La pasajera saltaría de la moto, pero el miedo la paraliza. Está completamente aterrada. Se pregunta en qué momento el taxista la desvalijará a ella. Tal vez la mate. Y sin embargo la lleva a su destino. Cuando llega, y se baja, le tiemblan las piernas. El taxista se da cuenta, y la tranquiliza. «No se preocupe, señora. Son negocios diferentes».

Hace algunas semanas, el propio consejero cultural iba en un taxi, en el asiento trasero, cuando dos malandros detuvieron su moto a la par que el coche. «A uno de ellos le asomaba una tremenda pistola de la cintura del pantalón. Creo que quería que la viésemos». Le tocaron la ventanilla. Mantuvo la calma y bajó lentamente el cristal. Por dentro, se moría de miedo. Iba a entregarle su teléfono, y la cartera si era necesario, cuando el conductor de la moto le advirtió: «Señor, lleva la puerta mal cerrada».

Foto: Jorge Silva / Cordon.

19 de octubre, miércoles 

A las cuatro de la madrugada estoy en pie. La simple idea de intentar dormir me desespera. Leo Solo quiero que amanezca, de Óscar Marcano, de una sentada. Hay que tener cuidado por dónde sostienes los relatos porque cortan: sus personajes habitan en el fondo, y el lenguaje carece del mínimo aderezo, comparece desnudo. Por debajo, se adivinan Venezuela y sus males periódicos, cuando no hay nada en lo que creer. A las seis de la mañana, amanece.

Bajo a desayunar fuerte, otra vez por si acaso. El ascensor se detiene en todas las plantas, y se van incorporando más y más huéspedes. Algunos portan una acreditación al cuello. Hablan entre ellos, con camaradería. Uno joven calvo, con traje azul brillante, presume de que se acostó a las cinco y media de la mañana. Estas conversaciones siempre resultan familiares. Deduzco que hay un congreso en el hotel. Al salir al lobby, se confirma: hay un gran bullicio. Los participantes están recogiendo la documentación. Me fijo en un gran cartel, en el que se lee «I Congreso de Ventilación, Aire Acondicionado y Refrigeración». Husmeo en el dosier a disposición de los congresistas. El programa incluye dos días de trabajo con dieciséis ponencias técnicas, del tipo Análisis de Sistema Primario-Secundario para Aire Acondicionado por Agua Helada. Nuevas Tendencias; Eficiencia Energética en Supermercados con Controles Inteligentes; Situación Actual y Tendencias en Refrigerantes de Uso Habitual en Refrigeración Industrial y Comercial. Enfoque global; Fabricación de Hielo: Tipos de Equipos, Máquinas Industriales, Máquinas Autónomas, Tipos de Hielo, Refrigerantes; Presente y Futuro de los Refrigerantes. Momento para la Toma de Decisiones. Me abruma el uso de las mayúsculas. Es como mirar al sol directamente. Tienes que retirar la vista, o te quedas ciego.

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A las diez de la mañana me recoge un conductor de la Universidad de Carabobo que debe llevarme a Valencia, a la Feria del Libro. En el asiento del acompañante viaja un misterioso anciano de pelo blanco, con un largo mechón recogido en una trenza. Parece un sabio con chaqueta y bigote que ha tenido la suerte de no quedarse calvo. Intuyo que le gusta viajar a lo grande porque lleva el asiento atrás del todo. Apenas tengo espacio para mis piernas. No abre la boca en todo el trayecto. Mejor, me digo. «¿No funcionan los cinturones de seguridad?», pregunto algo nervioso, después de probar el de un lado y el de otro. El conductor se vuelve fugazmente. «Ah, no», responde con indolencia, y antes de que yo tenga tiempo a preocuparme, añade: «Pero no creo que sean necesarios». El trayecto dura dos horas y media.

La experiencia de una autopista venezolana no se olvida. Resulta altamente recomendable si eres intrépido y crees que después de la muerte hay más vidas. Entre carriles, sobre la pintura, se sitúan los buhoneros, esperando a que se produzca un atasco y poder venderte algunos de sus dulces típicos. «¿Pero esta gente no muere atropellada de vez en cuando?», pregunto. El conductor hace un gesto con la mano, como indicando que son fantasmas, y que en realidad ya están muertos. No tardamos en caer en el primer atasco, y en el segundo, y así sucesivamente. Mi conductor saca un viejo Nokia y se entretiene jugando al Snake. Cuando reemprendemos la marcha, aprovecha para escribir un SMS. De vez en cuando, mira a la carretera. Yo espío el cuentakilómetros cada poco. Por si no estuviese ya bastante torturado, pone una música horrible. «Mejor así, ¿verdad?». Asiento. No hay color.

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Parte de la autopista transcurre paralela a la línea de ferrocarril que iba a cruzar el país, y que nunca se terminó de construir. Se levantaron viaductos y gruesos pilares para los puentes, pero todo está abandonado. No hay vías, solo hormigón, y en las grietas del hormigón crecen los hierbajos.

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Al llegar a Valencia me dejan directamente en las instalaciones de la feria con maleta y todo. Como es hora del almuerzo, me acompañan al comedor de invitados, y me sientan junto a Carlos Sandoval y Jonathan Bustamante. Sandoval es cronista, ensayista, profesor de Literatura en la Universidad Central de Venezuela, crítico literario, editor y onettiano. Bustamante es administrador en la editorial Madera Fina, en la que publican a Gonçalo M. Tavares, Santiago Gamboa o Rodrigo Blanco Calderón, entre otros autores.

«¿Qué tal el viaje?», pregunta Sandoval. «Emocionante». Deduce que eso equivale a «bien», y para que me haga una idea de qué sería mal, me cuenta que hace unos días se estrelló un camión en la autopista Francisco Fajardo, la arteria principal de Caracas. «Iba cargado con carne, y los conductores y pasajeros empezaron a pararse y a cargar la mercancía en sus carros, para aprovisionar sus neveras. Nadie se asomó a ver cómo se encontraba el camionero. Murió a las pocas horas dentro de la cabina. Este hecho sirve para hacerse una idea de cómo está hoy Venezuela».

La comida es frugal. Hablamos de literatura, de política, e incluso de un asunto absolutamente mundano, que mantiene a la organización de la feria en vilo, preocupada por uno de los poetas invitados, que desde que llegó el sábado todavía no ha visitado al cuarto de baño. «Son muchos días». Los cuento con los dedos de la mano, para asegurar, y coincido. «Muchos, sí». Se entiende la preocupación. Hacemos algunas bromas, no obstante.

Me presentan a Rosa María Tovar, la directora de la feria. Su afabilidad es proverbial. Casi la totalidad de los responsables de la feria son mujeres. Se desviven por los autores, que a su vez nos desvivimos por nosotros mismos.

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Hago mi primer recorrido por el recinto de la feria, donde puedes ojear libros, pero también asistir a un programa de radio en directo, o comer algún plato típico de la zona. La gente es afable, muy cariñosa. No paramos de darnos besos. Es una buena pedagogía contra la violencia que se agolpa en el exterior, en las calles, fuera de la burbuja en la que vivo.

Apenas hay títulos extranjeros, salvo algunos enviados por Planeta o Alfaguara, y aquellos que consigas encontrar en los stands de libros usados. Un editor me explica que hace tiempo que la situación económica de Venezuela, y la debilidad de la moneda nacional, hacen casi imposible la entrada de literatura española. «El año pasado acudió Javier Cercas, que promocionaba El impostor, y el libro se vendía aquí a veinte mil bolívares, que es más del sueldo medio de los venezolanos. Naturalmente, el propio Cercas, con mucha sensatez, recomendaba que no comprásemos su libro».

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Puesto que hoy no participo en ningún acto, pregunto si hay alguien que me lleve al hotel. Me instalan en la habitación 326. La wifi funciona estupendamente. Fuera de eso, en la habitación se registra toda una sinfonía de ruidos desesperantes, como el de la cisterna, que pierde agua continuamente, o el de la nevera, que ronronea sin fin. Cierro la llave de paso y desconecto el electrodoméstico, que solo contiene dos botellas de agua. Un escritor no necesita más. En parte, me alegro. Me acuerdo de Los autonautas de la cosmopista, de Julio Cortázar, donde cuenta que él y Carol Dunlop se detienen en uno de los hoteles de la autopista entre París y Marsella, y deciden darse un homenaje sacando dos botellitas de whisky del minibar. Cuando Julio bebe la suya, sabe que ha caído en una vieja trampa: un huésped anterior bebió el alcohol y rellenó la botella con orina.

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A la hora de la cena me reencuentro con Sandoval y Bustamante. Me presentan a un veterano profesor de literatura francesa y a su mujer, poeta, que poco después sabré que es una antigua alumna. Cuando se van, Sandoval me explica que el profesor, especialista en Proust, después de jubilarse, escribió una novela titulada El viaje inefable. «Lo inefable es la propia novela». Sandoval es probablemente la persona que más sabe de literatura venezolana, y un crítico que no compadrea con nadie. Él también fue alumno del viejo profesor. Después de negarle su voto en el Premio de la Crítica a la mejor novela por Memorias de la esperanza, el autor estuvo dos años sin dirigirle la palabra. «Era una novela, claro, también inefable».

Sandoval y Bustamante cultivan el deprimente hábito de tomarse un café con leche después de cenar, muy despacio. Yo no puedo. Por la noche el café con leche me pone triste. Coincidimos en lo mal iluminado que está el hotel. No hay apenas luces que cuelguen del techo. En las habitaciones solo hay lámparas de pie o de mesa.

Hablamos de libros. No hay nada que se me ocurra mencionar que no haya leído Sandoval. Conversar con él es una delicia. Su sentido del humor —y esto es todavía más placentero— se encuentra a la altura de su cultura.

20 de octubre, jueves

Foto: Cordon.

Venezuela tiene la inflación más alta del mundo, la violencia campa por todas partes, y se registran grandes dificultades para adquirir bienes esenciales para la dieta. ¿Cómo lo sé, si vivo encerrado en una burbuja, y mis horas transcurren lentamente en el hotel, o en el recinto de la feria, o en el coche con los cristales tintados que me traslada? Lo sé porque todos los venezolanos con los que trato me cuentan lo mismo, y porque en el Guaparo Inn, en el que me alojo, el buffet del desayuno no oferta leche ni azúcar: hay que reclamárselos al personal, que tarda lo suficiente en traerlos como para quitarte las ganas de repetir. La mermelada está caducada desde hace dos meses. Me alerta un huésped cuando ve que la extiendo con entusiasmo en una tostada. «Señor, está vencida». Maldición. Me había hecho a la idea de darme otro homenaje. Por si acaso solo estuviese caducada la suya, espío el anverso. Sí, está caducada. Si el huésped no me estuviese observando, creo que la comería, pese a todo. ¿Quién se muere por tomar una mermelada caducada? Pero no me quita ojo. Me da vergüenza despreciar su advertencia. 

Enseguida aparecen Sanvodal y Bustamante, que comparten habitación para reducir gastos. Lo primero que hago es interesarme por el poeta. «¿Sabemos si ha ido ya al baño?». El profesor niega con la cabeza. Todo sigue igual. Lo peor es que su situación es vox populi. En la feria se habla de poesía, de cuentos, y de las dificultades del poeta. Para quitar dramatismo al caso, bromeo con un episodio de Los Soprano en el que uno de los capitanes fallece en el váter del Satriale’s, mientras hace esfuerzos ímprobos por cagar, después de una semana en el dique seco. S y J coinciden en que la anécdota es vagamente tranquilizadora.

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Después del desayuno me siento a leer cerca de la piscina, pero no demasiado cerca. Cuando me doy cuenta me están devorando los mosquitos. Regreso precipitadamente a la habitación, donde dedico dos horas a reescribir la novela. A continuación, resumo en algunas notas lo que pretendo exponer en mi primera charla, dedicada a los lectores como protagonistas de las bibliotecas. Hablaré de un usuario de la biblioteca pública de Ourense que todos los días llega a la misma hora, atraviesa la sala de lectura, y extrae de una estantería el primer volumen de La riqueza de las naciones, de Adam Smith, en edición facsimilar. Toma asiento donde haya un hueco libre, y lee como un pervertido, oscuramente, durante tres minutos. Tres minutos. Solo tres minutos. Ni uno más ni uno menos. Tres minutos, digamos, de los breves. Y después se va. Así todos los días, las semanas, los meses.

El foro empieza a las tres. Son las tres y veinte y no hay nadie en el salón Yves Bonnefoy. Ni siquiera los ponentes. Gustavo Fernández, dicen, está tirado en la autopista, con el coche averiado. Hasta cierto punto, me parece normal: el parque móvil de Venezuela es una ruina. Hablaremos Virginia Riquelme, editora y profesora de la Universidad Central, donde en su día fue alumna de Sandoval, y yo. Antes de empezar, hablamos de literatura, pero enseguida de luz eléctrica y de cortes de agua. Virginia vive en una zona de Caracas especialmente antichavista, donde se suceden las interrupciones de la corriente eléctrica y los cortes en el suministro agua. Casi no sabe qué es ducharse bajo una alcachofa. La escasez la obliga a almacenar el agua en barriles. «El almacenamiento de agua, durante días o semanas, está detrás de enfermedades que ya creíamos erradicadas en Venezuela», cuenta Jonathan, que recuerda que también hay problemas serios para acceder a los medicamentos, por escasos y caros. «Yo tengo un niño de tres años y a veces no consigo pañales».

Al final se reúnen quince asistentes y damos comienzo a la charla. Riquelme relata que en 2008 visitó la casa del poeta José Emilio Pacheco en Ciudad de México. «Conocer su departamento cuenta como conocer su biblioteca, pues esta se desplegaba a lo alto y ancho de todas sus paredes; cada uno de los rincones de aquella morada amplia había sido adecuado para los libros de la biblioteca personal más imponente que he visto. A los lados de las escaleras y en cada pasillo había libros; el salón de estar era una gran biblioteca, una de sus habitaciones también (con libros en estanterías que cubrían sus paredes que atravesaban el espacio de punta a punta como si de una sala de biblioteca pública se tratara) y la promesa creíble y confesa de que en el propio cuarto donde dormían el poeta y su esposa había mucho más».

Revela que la biblioteca de su padre la componen dos estanterías que hacen esquina y forman una fortaleza. Con el tiempo aprendió que su padre tenía los libros organizados por países, es decir, según el origen del autor de cada volumen. «Entonces la fortaleza era también un mapamundi, coordenadas explícitas para saltar de una frontera a la otra con tan solo deslizar mi dedo por los lomos». La biblioteca dejó de ser, desde ese momento y para siempre, un lugar donde colocar libros. «La biblioteca es lugar de afectos, de memoria, pero sobre todo de orden, un orden arbitrario pero personal, sobre todo personal».

En el turno de preguntas y reflexiones ocurre algo verdaderamente pintoresco, cuando se levanta una señora de edad avanzada, cargada de collares, y dice que después de escucharme —justo acaba de decidirlo, anuncia— va a empezar a escribir un libro. Le aplaudo. Sandoval, que está presente, y la oye, me comenta al salir que la gente, por lo que se ve, ya no necesita leer libros para escribirlos. Eso exige mucho tiempo. «Tal vez un día, cuando sea una escritora de éxito, o una escritora a secas, le pregunten “¿Y usted qué ha leído, cuáles son sus referencias?”, y esa sonreirá y responderá: “Yo no leo. Yo escuché una vez una conferencia de Tallón y me bastó”».

Como empezamos con retraso, acabamos tarde, lo que me hace llegar impuntual a mi siguiente acto, una mesa redonda, en el salón Teresa de la Parra, sobre autores españoles. Formamos parte de ella José Napoleón Oropeza, Orlando Chirinos y yo. Cuando entro, advierto con alegría y preocupación, porque no he preparado nada, que la sala está llena. También advierto que Orlando Chirinos no se ha presentado. Nadie precisa la razón, así que adivino que su coche está destartalado y también se ha averiado. «¿Quién empieza?», pregunto. La moderadora, Jenifer Monsalvo, señala con el dedo hacia mí. «El señor Napoleón desea cerrar el acto», explica. Me parece bien, pues como no tengo gran cosa que decir, da igual en qué momento la diga.

Estudio a Napoleón, que acaricia un montón de folios grapados que bien podrían ser su intervención. Me pregunto si su apellido lo ha ayudado o lo ha perjudicado a lo largo de su vida. En las antípodas de su exhaustividad, saco una hojita que había rellenado con nombres de algunos escritores españoles, y me pongo a hablar de ellos. Son Josep Pla, Juan Marsé, Quim Monzó, Vila-Matas, Belén Gopegui, Lolita Bosch, Gabriel Tizón, Manuel Longares y Martín Gaite. Cuando me doy cuenta, han pasado veinte minutos y se me caen los mocos de lo alto que está el aire acondicionado.

Me muero de ganas por escuchar a Napoleón Oropesa, que además de poeta, novelista, ensayista, gestor cultural y profesor universitario, es «individuo de número de la Academia Venezolana de la Lengua, correspondiente de la Real Academia de la Lengua Española», según el programa de mano de la FILUC. Lamentablemente, mi temor a que aquellos folios (¿quince, veinte?) fuesen su intervención, se confirman. Los recita con gran pasión. Su discurso, alrededor de san Juan de la Cruz y Federico García Lorca, se nos hace corto, y la vida larguísima. Habla de sí mismo en tercera persona. «José Napoleón Oropesa», dice cada poco, en referencia a alguien que conoce de saludarlo. No me da pena que acabe, sin embargo. Al finalizar, me reclama algún ejemplar de mis libros, pero no he traído. «¿Sabe dónde puedo comprar yo algún libro de José Napoleón Oropesa?», estoy a punto de preguntar, dejándome llevar también por la tercera persona.

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Nadie me pregunta por España. Supongo que carecer de Gobierno no es preocupante al lado de carecer de democracia.

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Las dificultades por las que atraviesa el país no impiden que en los recintos cerrados, como el de la feria, o en los hoteles, hagan ostentación de aire acondicionado. En las salas donde se celebran los coloquios es habitual ver a la gente con chaqueta. Fuera, la temperatura ronda los treinta grados, según el momento del día. A la que puedo, busco quien me lleve al hotel. De camino, Lorena me confiesa que unos meses se irá de Venezuela. Aquí da clases de educación en la Universidad de Carabobo, y en Denver (Estados Unidos), donde ya residen su madre y sus dos hermanos, tiene una oferta de trabajo en una escuela pública. Pasará de ganar cuarenta euros al mes, a ganar unos sesenta y siete mil al año. «No quiero irme; me gusta mi país, aquí están mis dos hijos, que estudian Medicina, mi marido, mis amigos. Pero tengo que irme. Podré enviarles dinero todos los meses, que les permitirá vivir con desahogo, y más tarde también ellos podrán venir conmigo», me cuenta. «La vida aquí es terrible». Hace algunos meses secuestraron a su hijo mayor, de veinte años. «Estaba acompañado por un amigo, sacando una bebida de una máquina. No era en una zona peligrosa, aunque aquí ya todas la son, y tampoco era de noche. Pero apareció un carro con tres hombres y los metieron dentro a punta de pistola. Les preguntaron dónde vivían, y qué medidas de seguridad había en su comunidad. Les pareció más fácil asaltar la casa del amigo de mi hijo, y allí se presentaron, amordazaron a su mamá y a sus hermanos, y saquearon todo lo que tenían de valor». A su hijo y a su amigo también se los llevaron, y los dejaron abandonados en un suburbio.

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En el hotel leo, reescribo y tengo un poco de hambre. Descubro que el servicio de limpieza ha conectado de nuevo la nevera. La desenchufo, y el silencio se pone en vertical, qué placer.

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A la hora de la cena, me reencuentro con Sandoval y Jonathan, y algunos autores. Ya se sabe que esta tarde el poder judicial ha paralizado el revocatorio contra Maduro. «Esto empieza a parecerse demasiado a una dictadura». El país está roto en dos partes, que ahora mismo parecen irreconciliables. Se odian. La grieta ha provocado enemistades entre familiares, amigos de toda la vida, compañeros de trabajo… El chavismo, minoría ya según todas las encuestas, abusa del control de las instituciones para atrasar la consulta que podría echar a Maduro del poder. Si consiguen frenarla varias semanas más, ya no tendrá como consecuencia, si triunfa, la convocatoria inmediata de nuevas elecciones.

Hablamos de libros y escritores.

21 de octubre, viernes

He soñado que morían todos los poetas y narradores hospedados en el hotel menos yo, que el día anterior tuve la precaución de no comer la mermelada caducada. Esta mañana, sin embargo, no sé privarme de ella. Estoy despierto desde las cinco, leyendo y reescribiendo, y bajo hambriento a desayunar.

En lo que es ya una enraizada tradición de varios días, me beso con autoras y organizadoras y estrecho manos con profesores, editores y poetas. Alguien dice que el día anterior el recital de Gabriela Rosas, que se sabe toda su poesía de memoria, dejó boquiabierto a todo el mundo. Yo la conocí en el ascensor del hotel, cuando nos retirábamos a dormir, o a jugar a dormir.

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El wifi no funciona desde la noche anterior. En recepción lo atribuyen a un fallo del servidor. Un poeta proporciona una interpretación más sutil. «El Gobierno no quiere que las redes sociales se incendien después de que los jueces afines al régimen suspendiesen el revocatorio a Maduro», dice.

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Sandoval me cuenta que hace algunos años vivió en Madrid, en la calle Doctor Esquerdo 71, mientras desarrollaba una investigación becado por la Universidad Central de Venezuela. En realidad, se mantenían con el sueldo de su mujer. La beca no daba para nada. «Me encantaba bajar al metro de Madrid a leer. Ahora lo hago en el de Caracas los días que viene la chica a limpiar el apartamento». Elige un libro de relatos que pueda leer durante dos horas, el tiempo que a ella le lleva arreglar la casa, y se va en dirección al metro. Toma una línea y la sigue hasta el final. Cuando regresa han transcurrido dos horas. Después vuelve a casa, y como la asistenta ya se ha ido, sigue leyendo. No tiene hijos y su mujer también es profesora en la universidad, lo que favorece mucho la lectura.

Todos los poetas y narradores de Venezuela conocen a Sandoval. En su faceta de crítico los ha reseñado a todos. Algunos dejan de hablarle durante un par de años, cuando la crítica es negativa, pero después vuelven a ser amigos. «Un novelista me ofreció una vez unos golpes. Fue una situación muy incómoda. Durante una época me tenía que esconder de él. Sin embargo, un día que yo iba caminando por Caracas, él detuvo su coche a mi altura, bajó la ventanilla, y me gritó: Sandoval. Y nos pusimos a hablar de libros, como si nada».

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Ana Teresa Torres diserta sobre su biblioteca personal. Proyecta y comenta fotos de sus rincones. Aquí, va diciendo, están los escritores norteamericanos, aquí los venezolanos, aquí la poesía, en aquella otra estantería los libros de lenguas extranjeras, en el otro lado los diccionarios… La casa es preciosa. En el turno de intervenciones levanto la mano y pregunto si hay un lugar específico para los libros que todavía no ha leído, y que tal vez nunca lea, y de los que no se deshace, por si acaso. «Por supuesto. Están en el pasillo de la muerte».

Al finalizar su charla, comienza la mía. Hoy me toca hablar de Libros peligrosos. Se supone que presenta el acto la periodista Aymara Lorenzo, pero no aparece. La organización elige a Sandoval para sustituirla. Al acabar me doy otra vuelta por la feria. En conversación con algunos editores, me entero de que en Caracas hay una cadena de farmacias que vende libros. Se llama Locatel. «Es la única que lo hace, vender libros en medio de pomadas, aparatos ortopédicos, botiquines de emergencia…». Este es un país fascinante. Por muchas razones. Esta es una.

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Me acerco al stand de Madera Fina y le pregunto a Jonathan si nuestro poeta ha ido al váter. Se ríe, y afirma con la cabeza. Todo el mundo en la feria está muy contento por él. «En realidad, ha sido toda una aventura». Después de siete días de espera, a media mañana lo atacaron unos horribles retortijones. Era una buena señal, y a la vez alarmante. Pero estaba en la feria, y con solo imaginar el estado lamentable en el que se encontraría los baños, usados por centenares de personas, sintió escalofríos. Decidió tomar un taxi y acercarse al hotel, a solo cinco minutos. «Al Guaparo, por favor», le indicó al taxista. Pasados quince minutos, el poeta sospechó que tardaban demasiado en llegar. Y necesitaba ir al lavabo urgentemente. Ur-gen-te-men-te. «¿Acaso vamos por el camino largo?», preguntó, irritado. No conocía muy bien la ciudad de Valencia, pero… «No, señor, aquí está el Guaparo», y señaló el hotel. El poeta miró por la ventanilla. No sabía cuánto más podría aguantar antes de cagarse. «Pero este no es el Guaparo», dijo contrariado. «Sí lo es, señor. Fíjese: Guaparo Suites», y señaló al cartel. «¡Yo estoy alojado en el Guaparo Inn!». Aquello era el fin. «Ah, ¿al Guaparo Inn quería ir usted? No me especificó», le reprochó el conductor, mientras arrancaba de nuevo. Sería un milagro si el poeta llegaba entero al hotel. Transcurrieron otros quince minutos. Cuando al fin el poeta se bajó del coche, y corrió a su habitación, comprobó con horror que la puerta no abría. La tarjeta se había desconfigurado, y tuvo que bajar a recepción. En esos minutos agónicos, experimentó la sensación de estar bordeando las fronteras del ser humano.

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Me presentan a la rectora de la Universidad de Carabobo y al embajador de Líbano, que será el país invitado de la FILUC el año próximo. 

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Un profesor de literatura invitado a la feria me cuenta que hace años, mientras documentaba El general en su laberinto, Gabriel García Márquez visitó Venezuela de incógnito en varias ocasiones. Quería pasar desapercibido y se alojaba con un nombre falso en un hotel de Caracas. La primera vez telefoneó al historiador Vinicio Romero, gran especialista en Simón Bolívar. Gabo necesitaba conocer algunos pormenores de la vida del libertador, expresiones de la época, personas a las que conoció, incluso qué frutas se comían en aquellos tiempos, y si entonces había mangos en Venezuela. El autor colombiano era escrupuloso hasta esos extremos. «Cuando Vinicio descolgó el teléfono, y su interlocutor se presentó como García Márquez, supuso que se trataba de una broma y colgó». A partir de ese día hablaron a menudo. Romero era una autoridad sobre el personaje que protagonizaba la novela de Gabo. Finalizada la novela, este le preguntó cuáles eran sus honorarios. Había hecho contribuciones fundamentales a su libro, y eso debía pagarse. «Dime qué necesitas». Pero el historiador no quiso oírlo; haberle ayudado a documentar El general en su laberinto era bastante recompensa. García Márquez insistió durante meses hasta que se salió con la suya. «Cuando supo que Vinicio y su mujer se hallaban en medio de una negociación para adquirir la quinta Sinfonía, en el barrio La California, de Caracas, y que les faltaba plata, mucha plata (algo así como diez mil dólares de la época), Gabo terminó comprándoles la vivienda».

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En Venezuela dicen «visión de conjunto» continuamente. En su amabilidad extrema, también responden a menudo con un «a la orden». 

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Hablamos de libros y autores y editores.

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Veo las primeras imágenes de las hordas chavistas asaltando la Asamblea Nacional. Empiezan a convocarse manifestaciones contra el Gobierno después de que se haya suspendido el revocatorio. En seis días, no he tenido contacto con ningún chavista. No cayeron del lado de la cultura, supongo.

22 de octubre, sábado

Foto: Henry Romero / Cordon.

Me paso toda la mañana y parte de la tarde encerrado en la habitación del hotel. A veces enciendo la tele y conecto el Canal 8, que resulta delirante. La propaganda chavista es tan grosera que te hace reír. El canal está fuera de la realidad, va a la deriva, como esa chatarra cósmica que vaga por el sistema solar. Entro en internet y leo que el viernes, la tripulación de un Boeing 787 de Avianca que cubría la ruta Madrid-Bogotá alertó a la torre de control en la capital colombiana de la presencia de un avión militar venezolano que se interponía en su ruta cuando sobrevolaba el espacio aéreo de ese país.

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En el hotel se inaugura una exposición sobre artículos para bodas, que incluye una exhibición de coches de época, en el exterior. Me llama la atención —otra vez— el lindo abuso de las mayúsculas en el cartel que han puesto junto a los vehículos: «Alquiler de Automóviles Clásicos Para Eventos Especiales». Justo encima, aparece el nombre del propietario del negocio: «Carlos Sandoval». Le hago una foto para después enseñársela al otro Carlos Sandoval.

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A media tarde participo en un diálogo sobre columnismo con Alonso Moleiro, un joven periodista venezolano. La conversación es divertida, casi aburrida, hasta que entran dos operarios en la sala empujando una mesa con ruedas, sobre la que transportan un ordenador y un proyector, que se ponen a conectar. Supongo que no nos ven. Moleiro y yo nos miramos y nos encogemos de hombros. Yo empiezo a hablar bajito para no molestarlos con lo que sea que estén haciendo.

Veinte minutos después, cuando todo acaba, y abandonamos la sala, se me acerca un señor de unos sesenta años. Lo reconozco, pues se encontraba entre los asistentes al diálogo. Se presenta como César Peña, ingeniero y experto en programación de sistemas. Al principio hablamos de columnismo, pero enseguida saltamos a un tema mucho más apasionante, como son los «insuficientes incompletos». Me cuesta seguirlo. Se refiere a la importancia «de tener siempre presente que nunca podremos completar un modelo, pero sí nos veremos obligados a usar dicho modelo como suficiente ante la realidad siempre definitoria». Al parecer, según él, no hemos dejado de hablar en ningún momento de columnismo. Los «insuficientes incompletos son muy útiles para escribir columnas», asegura. Me recomienda que lea Antifrágil, de Nassim Nicholas Taleb. Tomo nota y esa tarde le escribo un e-mail a mi librero para que me lo consiga.

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Sigo sin saber quién es el pasajero de pelo blanco que no abrió la boca en todo el viaje entre Caracas y Valencia. Empiezo a dudar que ese señor exista. «A ver si te lo inventaste», me dice un novelista.

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Camino del hotel, un crítico literario cuenta que en Maracaibo les gusta poner nombres estrafalarios a los niños recién nacidos. Lorena, que conduce, asiente: «Ah, es verdad». «Nombres estrafalarios de qué tipo, para que me haga una idea», pregunto. Y el crítico me dicta de carrerilla: «Hermócrates, Esdras, Pragedes, Betulio, Radegunda; ¿te llegan?». 

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Me entero, después de cuatro días, que no estamos en Valencia, sino en un sitio llamado Naguanagua. Me quedo de piedra. Estoy completamente fuera de la realidad, demasiado encerrado.

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En la cena, vuelve a salir el tema de la mala iluminación del hotel. Al poco, alguien menciona el «Caracazo» de 1989, que la narrativa venezolana recoge ampliamente. Para ponerme en antecedentes, me cuentan que, después de ganar las elecciones, el Gobierno de Carlos Andrés Pérez subió el precio de los combustibles, y como consecuencia inmediata se incrementó en un 50 % el billete del autobús. Las protestas empezaron en las afueras de Caracas, en Guarenas, una ciudad dormitorio a veinte minutos en coche de la capital. De pronto, alguien propuso quemar un autobús. Enseguida ardió otro, y otro y otro, y al instante comenzaron los saqueos de tiendas. Al día siguiente el caos saltó al centro de la ciudad. Salió el ejército a la calle. Se saqueó sin descanso, se disparó contra la población. «Yo vi como un militar mataba a un niño de siete años que cruzaba la calle», dice Sandoval. En las semanas siguientes, con centenares de muertos, «ningún negocio quedó indemne. Todos sin excepción fueron saqueados, salvo uno. ¿Sabes cuál?». Me encojo de hombros. «Las librerías; ni las tocaron». 

En la habitación, mientras tomo notas para el diario, me acuerdo del «Bogotazo» del 9 de abril de 1948, cuando unos jóvenes Álvaro Mutis y Carlos Patiño escribieron el poemario La balanza, y la edición, de doscientos ejemplares, se agotó en veinticinco minutos. Fueron a recoger la tirada a la imprenta y la repartieron por todas las librerías de Bogotá. Entonces, estalló el «Bogotazo», revuelta popular en contra del asesinato del líder político Jorge Eliécer Gaitán. Los disturbios se extendieron a lo largo de toda la ciudad, en la que se prendieron multitud de hogueras. Casi todas las librerías ardieron, y con ellas La balanza.

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Ya en la madrugada escribo una columna sobre fútbol, que cuando acabo, y la envío al periódico, descubro que no trata demasiado de fútbol.

23 de octubre, domingo 

Foto: Kathleen (CC).

Me despierto a las cinco de la mañana, como siempre. Acabo de leer Rey de picas, de Joyce Carol Oates. La luz se va y se viene todos los días. Algunos no estoy en el hotel para ser testigo, pero cuando regreso el reloj de la radio-despertador parpadea.  

Bajo a desayunar como un animal desbocado, pensando en la mermelada. Le regalo a Sandoval Las chicas, de Emma Cline, y Rey de picas, de Carol Oates. Me intereso por cómo es posible que haya leído tanta literatura extranjera, si esta no llega a Venezuela. Confiesa que el único modo de hacerlo es acudir a internet y leerla en formato electrónico, en ediciones pirateadas. «Ni hay donde comprar esos libros, ni tenemos dinero para hacerlo, ¿qué vamos hacer? ¿Resignarnos a la ignorancia y no leer?». Me convence.

Le enseño la fotografía con el cartel de los Autos Clásicos, en el que aparece su nombre. Nos reímos, pero ni la mitad de lo que lo hacemos con la revista mexicana Merca 2.0. Al parecer, el mundo está lleno de personas con ese nombre, Carlos Sandoval, y hace algún tiempo Merca 2.0 hizo una entrevista a una de ellas. En esa ocasión se trató del director ejecutivo de Blim, una plataforma de vídeo bajo demanda por suscripción, impulsada por Televisa para competir contra Netflix. Algún genio, necesitado de una fotografía de Sandoval, buscó en internet y robó la primera que encontró. Pero robó mal, y Merca 2.0 salió a los quioscos con una entrevista al director ejecutivo de Blim, ilustrada con una fotografía de un profesor de literatura de la Universidad Central de Venezuela.

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Finalizada mi participación en la feria, me acerco con ánimo aventurero, dispuesto a comprar libros de escritores venezolanos que llevarme a España. Pero enseguida me sale al paso César Peña. Ha estado preguntando por mí, dice. Hablamos de su oficio, que no consigo comprender en su totalidad, y desaparece. A los cinco minutos regresa. «Esto es para ti», y me regala un libro de Isabel Allende titulado La isla bajo el mar. «Es magnífico», asevera. En ese instante yo sé que posiblemente no lo voy a leer nunca. Lo colocaré en el pasillo de la muerte. Me mortifica un poco cargar con él sabiendo eso, hacerle cruzar el océano, vivir en una casa nueva, con otros libros…

Cuando Peña se va a dar una vuelta por los stands, Sandoval acude a mi rescate. «¿Quieres que me haga cargo del libro?». Se lo entrego sin dilaciones. Sabrá qué hacer con él mejor que yo. En su pregón, el día inaugural, había contado que a dos cuadras de su apartamento, en Caracas, un indigente sobrevivía con las limosnas que los conductores ponían en su mano luego de que el hombre limpiase los parabrisas de sus coches con agua turbia. Combinaba el servicio de limpieza con el de dalero, que consiste «en dirigir las maniobras de los choferes que se arriman al lugar diciendo “dale, dale, dale”». El caso era que cuando no estaba haciendo una cosa o la otra, el indigente se pasaba el tiempo leyendo. «La otra tarde utilizaba una lupa para recorrer los mínimos párrafos de la Odisea en la legendaria colección crisol de Aguilar». Sandoval me propone que regalemos la novela de Allende al indigente. En una página de cortesía del ejemplar escribimos: «Este libro se lo regaló César Peña a Juan Tallón en la FILUC 2016. Tallón se lo pasó a Sandoval para que lo dejara al hombre de la calle, lector compulsivo del barrio La Candelaria en Caracas».

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En el salón Yves Bonnefoy, Rafael Arráiz Lucca presenta El petróleo en Venezuela. Una historia global. No sé por qué, acabo en ese preciso salón, escuchando al autor, que dice que a Venezuela le estaba faltando un libro así, que ofrezca «una visión de conjunto» sobre el impacto del petróleo en su sociedad. «Lo escribí porque me gusta prestar servicios a mi país», afirma. «Los franceses tienen que saber de quesos y vinos; los escoceses tienen que saber de whisky. Nosotros tenemos que saber de petróleo», añade, y el público, que abarrota la sala, deja escapar los primeros aplausos. Arráiz defiende que a medida que el petróleo pierda peso frente a otras energías, y Venezuela dependa menos de él, ese cambio de paradigma beneficiará a los venezolanos porque significará que sin petróleo el Estado tendrá menos recursos de los que aprovecharse, y deberá contar más con la gente para desarrollar la economía.

El petróleo, me explica un editor presente en la sala, ha forjado uno de los grandes mitos contemporáneos de Venezuela. «¿Cuál?», pregunto. «El de que gracias a él somos un país rico. Nos lo creímos. Todo mentira».

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Me llevo libros de poesía, relatos y novelas de Cecilia Ortiz, Harry Almela, Elisa Lerner, Eugenio Montejo, Rodrigo Blanco, Rubi Guerra, Fedosy Santaella, Juan Carlos Méndez Guédez, Daniel Centeno, Lucas García y Camilo Pino.

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A las cinco de la tarde, concluye la FILUC.

24 de octubre, lunes

Al dejar la habitación, para hacer el check out, coincido con Bustamante, que sale de la suya arrastrando la maleta y un pesado extintor. «¿Y eso?», digo señalando el utensilio. Me explica que la organización de la feria obligaba a cada stand a disponer de uno, para caso de incendio. Pero como comprarlo no estaba a su alcance, Sandoval se ofreció a sacar uno de la universidad en la que trabaja por la puerta de atrás, y que ahora devolverán.  

La organización nos citó a las nueve de la mañana para trasladarnos a Caracas. Pero no aparece nadie. A las diez nos anuncian que el conductor de la camioneta ha ido a lavarla, con tan mala suerte que ha mojado el motor y ahora no arranca. «Pero ya viene otro carro en camino», avisan. Viene, pero todavía no. Hay un atasco monumental en Naguanagua. A las once, marcha por delante del hotel una gran manifestación de estudiantes universitarios, que reclaman al Gobierno comida y medicamentos, y puestos a pedir, un poco de democracia. Me acuerdo de que en mi maleta guardo un arsenal de medicinas, que saco y reparto entre Sandoval y Bustamante.

Volvemos a hablar de libros y de violencia, para matar el tiempo en el hall del hotel, mientras no aparece un conductor. Un editor cuenta que hace unos meses su mujer iba por la calle con un bolso del que sobresalía una novela. De la nada, aparecieron dos malandros armados que gritaban: «Dame la tablet, dame la tablet». La mujer no entendía nada. «Pero ¿qué tablet?», preguntó. «Esta», dijo un asaltante, que echó mano al bolso y tiró de la novela. Al advertir que solo era un libro, y no una tablet, lo arrojó al suelo y se fueron.

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Al fin averiguo que el pasajero misterioso, que casi me había inventado, es el poeta, pintor y crítico de arte Juan Calzadilla. «Está afiliado al Gobierno, pero se trata de un buen poeta, sea el caso decirlo. Y agudo en muchas notas de arte. Parece que, además, está sordo. Acaso por eso no te habló durante el viaje», me dice un narrador.

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Nos presentamos en el aeropuerto de Maiquetía con seis horas de antelación. Las compañías aéreas recomiendan hacerlo con cuatro, por lo menos. Y sin embargo ya hay cola. Cuento nueve perros en nuestro vuelo. Sandoval se ofrece a acompañarme hasta que pase la aduana. Nos despedimos. Cruzo la aduana. Escucho a un alemán decir «policía corrupta». Me reconcilia con Venezuela que en este aeropuerto los pasajeros no corran a formar cola en la puerta de embarque una hora antes de que llamen a embarcar. La civilización también se revela en estos detalles.


Historia de dos partidos: El colapso del sistema venezolano

Junta Revolucionaria de Gobierno de Venezuela, 1945. Fotografía: Fundación Rómulo Betancourt.

A tenor del crecimiento de Podemos en todas las encuestas, es habitual que una de las principales armas de ataque contra Pablo Iglesias sea su (supuesta o no, no voy meterme en eso) admiración por el modelo venezolano. Aprovecho esta circunstancia para volver a Venezuela por un motivo más académico (pero igual de interesante): la curiosa historia de su sistema de partidos desde su nacimiento hasta su explosivo final en los noventa, y en qué medida podemos aprender algo de esa época.

Mientras que la caída y auge de determinados partidos políticos ha recibido bastante atención en la ciencia política, el colapso de sistemas de partidos enteros y su causa es algo que no se trata tan a menudo. Un libro reciente que ha publicado la politóloga Jana Morgan (y que ya ha mencionado Pablo Simón con anterioridad), investiga este fenómeno, con un énfasis especial en el caso de Venezuela.

La historia del sistema venezolano empieza con el retorno de la democracia en 1958 tras una década de dictadura militar y de la mano de un pacto entre tres partidos políticos, el democristiano COPEI (Comité de Organización Política Electoral Independiente), el socialdemócrata Acción Democrática (AD) y la Unión Republicana Democrática (que habría de perder importancia en los años siguientes). Estos partidos habían dominado el breve trienio democrático entre 1945 y 1948 y tenían todas las intenciones del mundo de evitar la conflictividad y la falta de estabilidad que habían caracterizado a la anterior experiencia de democracia. El resultado fue una democracia pactada en el Pacto de Punto Fijo, mediante el cual los tres partidos se comprometían a respetar los resultados de unas elecciones democráticas, a formar un Gobierno de unidad nacional durante una legislatura, y a un programa mínimo de gobierno. Este puntofijismo también excluyó del sistema a varios partidos de izquierda como el Partido Comunista de Venezuela o el Movimiento Izquierda Revolucionaria, que de hecho se opusieron al nuevo régimen durante más de una década.

El pacto consiguió sus objetivos. Con el paso del tiempo (y la progresiva pérdida de importancia de la URD, que dejó a AD y COPEI como partidos dominantes), como explica Morgan en su libro, Venezuela se convirtió en un ejemplo paradigmático de estabilidad en cuanto a sistemas de partidos se refiere. Los altos niveles de crecimiento de los años sesenta y setenta, liderados por la industria petrolífera y la industrialización por sustitución de importaciones de Singer, Prebisch y Furtado, contribuyeron a alcanzar un nivel de estabilidad política elevado. Los votantes veían a los dos grandes partidos como símbolos de visiones ideológicas claramente distintas, una de izquierda socialdemócrata y otra de derecha democristiana (aunque ambos tuvieran posiciones similares en cuanto al nivel de intervencionismo estatal, aunque volveremos a ello). En las encuestas de la época los votantes situaban siempre a los adecos de AD más a la izquierda que a los copeyanos del COPEI en la escala ideológica. Aunque esto siempre es difícil de medir, en las encuestas de 1973 y 1983, un 46% y un 38% afirmaban que los políticos no respondían a los problemas del país, lo cual sugiere una cierta respuesta a las preferencias de los votantes. Además, los niveles de militancia eran muy altos, y los organismos que representaban intereses de clase (como las federaciones de empresarios, los sindicatos o las asociaciones de agricultores) estaban integrados tanto en los cuadros organizativos del partido (a menudo como secretarios en ejecutivas) como en las instituciones del país (a través del reparto de cargos). La riqueza del petróleo además permitió la creación de redes clientelares que llegaran a grupos sociales que no estaban representados por los canales oficiales de representación (grupos en los que los partidos a menudo no estaban interesados por ser demasiado poco numerosos).

No obstante, durante la década de los ochenta los años de bonanza se acabaron, y llegaron las crisis, como en muchos otros países de América Latina. Tras las subidas de la década de los setenta, entre el 83 y el 86 el precio del barril de petróleo bajó de USD 29 a USD 13,5, minando la capacidad presupuestaria del estado venezolano. A pesar de algunos periodos de crecimiento, los déficits y el aumento de la deuda pública disminuyeron la capacidad del Gobierno para reaccionar.

Rómulo Betancourt, líder de Acción Democrática y dos veces presidente de Venezuela, 1946. Fotografía: Fundación Rómulo Betancourt.

Pero, ¿por qué cayó el sistema de partidos? Morgan apunta a tres factores que provocan la caída de los sistemas de partidos: el declive programático, fallos en la incorporación de grupos sociales y la ruptura de las redes clientelares.

El declive de un programa de gobierno ocurre cuando los principales partidos no son capaces de responder a las necesidades de la población a través de políticas concretas o de un paquete ideológico. Este declive se ve exacerbado por varios factores, entre ellos una crisis doméstica (sea política o económica), una limitación de las respuestas políticas a dicha crisis por parte de actores internacionales, y una serie de acuerdos entre los grandes partidos que difuminan las diferencias entre ambos y por tanto refuerzan la desintegración de la oferta ideológica para los votantes. Venezuela, y en cierta medida muchos otros países de la región, sufrieron esta serie de problemas en bloque.

El sistema nacido del puntofijismo de 1958 se había centrado alrededor de la estabilidad política y un alto nivel de intervención y liderazgo estatal en la economía, a caballo de las teorías de sustitución de importaciones de la época. Todo ello solo había sido posible gracias a la buena situación económica y a los ingresos del petróleo. El desplome del precio del crudo le quitó a los dos grandes partidos la principal estrategia que habían seguido en las últimas décadas. Durante la segunda mitad de los ochenta, los gobiernos de centro-izquierda adecos persiguieron capear el temporal a la espera de brotes verdes y nuevos ingresos del petróleo, pero la situación empeoró.

Por si ello fuera poco, una serie de acuerdos con el Fondo Monetario Internacional, fruto de las dificultades causadas por la elevada deuda pública, limitaron aún más el margen político de los gobiernos. La segunda presidencia de Carlos Andrés Pérez (también adeco) vio la firma de un acuerdo para un préstamo de emergencia con contrapartidas en términos de, entre otras cosas, la liberalización de sectores y precios anteriormente regulados, de los cuales el más relevante era el del petróleo. La inmediata escalada del precio de la gasolina y el transporte que siguió a la eliminación de subsidios causó movilizaciones, que derivaron en disturbios, violencia, represión del Gobierno y muertes, en lo que hoy conocemos como el Caracazo. Las protestas por el cambio radical de la política gubernamental (Carlos Andrés Pérez se había presentado a las elecciones con un programa contrario a la liberalización de precios) aumentaron su impopularidad entre los votantes, y entre la propia bancada del partido en el Congreso, que se convirtió en cuasi-oposición del presidente. En poco tiempo, las expectativas de voto a la AD se habían desplomado. Las elecciones presidenciales del 93 dejaron a la AD con un resultado desastroso, perdiendo casi treinta puntos y pasando de un 53% a un 23% de los votos.

La pregunta natural es, ¿por qué el COPEI no constituyó una alternativa de gobierno entonces, como lo había hecho en otras ocasiones? Y la respuesta, en parte, es que los votantes habían pasado a identificar a ambos partidos con el mismo paquete ideológico y de políticas. Mientras que en los setenta y ochenta la AD siempre puntuaba más a la izquierda que COPEI, en los noventa los votantes situaban a ambos partidos en torno al 6,5 en una escala del 1 al 10. La deriva liberal de Carlos Andrés Pérez acercó a AD hacia la derecha del eje político, mientras que las divisiones internas dentro de COPEI entre democristianos y liberales (y otros feudos personales que ocasionaron que hubiera dos candidatos conservadores en las elecciones del 93) terminaron de minar la situación. Los acuerdos entre los grandes partidos, una clave del sistema puntofijista para garantizar la estabilidad del sistema acabaron por identificar a todos los partidos con la incapacidad de articular e implementar una respuesta efectiva a los problemas de Venezuela.

Rafael Caldera, fundador de COPEI, impulsor del Pacto de Punto Fijo y dos veces presidente de Venezuela, 1972. Fotografía: Dilia Diaz de Ramos (CC).

Para una segunda causa de este colapso del sistema de partidos hay que mirar a la transformación económica y social del país. Las crisis de los ochenta y noventa afectaron de forma desproporcionada a las clases bajas y a grupos tradicionalmente excluidos de los mecanismos de participación política formales, como los trabajadores del sector informal o los afrovenezolanos. El sistema nacido del 58 estaba basado en clivajes de clase, y había incorporado con éxito a representantes de los trabajadores, de los empresarios, de los campesinos y de los profesionales liberales. Las crisis aumentaron el tamaño de otros grupos sin representación, como las clases pobres urbanas o los parados. Las fuerzas relativas cambiaron, y los anteriores integrantes del sistema perdieron peso. Los trabajadores afiliados a algún sindicato pasaron del 40% de la población en la primera mitad de los ochenta a apenas un 15% en la segunda mitad de los noventa. Mientras tanto, la proporción de trabajadores informales aumentaba de un 34% a un 49%. Las estrategias de incorporación de intereses de los dos grandes partidos, que habían funcionado durante décadas, dejaron de servir.

Finalmente, la caída de los ingresos del petróleo minó la capacidad de los partidos para mantener cualquier red clientelista, o de crear nuevas para intentar cooptar a los grupos sociales emergentes que no habían sido incorporados al sistema político. El proceso de descentralización, que tuvo como virtud un aumento de rendición de cuentas de los líderes locales y regionales, también destruyó el monopolio que los grandes partidos tenían sobre los recursos públicos, aumentando la competencia y disminuyendo las rentas.

El desenlace del colapso es una historia que todos conocemos. Para 1998, los grandes partidos están en caída libre. Ni COPEI ni AD presentan candidatos a la presidencia. La crisis económica continúa, y el PIB per cápita venezolano está a niveles de los años sesenta. A pesar del apoyo de ambos partidos al candidato opositor, Hugo Chávez gana de forma abrumadora las elecciones cosechando un 56% de los votos. Desde entonces, ni adecos ni copeyanos se han recuperado.


Yo, el Pueblo

Cristina Fernández de Kirchner. Foto: Cordon Press.
Cristina Fernández de Kirchner. Foto: Cordon Press.

Cuando Hugo Chávez llegó al poder en 1999 trajo consigo el fin de todo el sistema político de Venezuela, un país con una larga tradición democrática. La influencia que todavía tiene en América Latina de su idea del «socialismo del siglo XXI» como manera de hacer política es incontestable. Mientras, en Italia, Berlusconi ya había saboreado las mieles de ser el presidente del Consejo y apenas dos años después, en 2001, había de inaugurar una larga hegemonía en aquel país. Tras el huracán de Tangentópoli solo quedaban las ruinas de unos partidos moribundos. Todavía Il cavaliere sigue marcando un país que le reconoce por ser como el bolero de Ravel, que nunca parece acabar sino que siempre reaparece con más instrumentos. Ambos casos son distantes en el espacio pero cercanos en el tiempo y se refieren a líderes de ideologías diferentes. Quizá ejemplos distintos podrían enriquecer el mosaico, pero me valen para subrayar cómo ambos conjugan el mismo cóctel; el colapso de un sistema político y el auge de un movimiento populista que ocupa su espacio. Populismo, quiero aclarar, como un tipo de relación con la política y no como un adjetivo peyorativo. Populismo como la doctrina que apela a los «intereses» o sentimientos del pueblo, o de la mayoría, generalmente como contraposición a los de las consideradas élites.

Ninguno de los dos países, por seguir con la ilustración, eran precisamente democracias jóvenes. Con sus problemas, con sus más y sus menos, ambos países llevaban su medio siglo con sistemas políticos estables. Sin embargo, en un momento dado, la vieja partitocracia se quebró y llegaron los líderes providenciales. ¿Fue su advenimiento una causa o una consecuencia del fin de sistema? ¿Qué condiciones hicieron que el populismo cuajara mejor? Antes de discutir lo que ofrece el populismo y cómo se relaciona con la democracia, veamos qué facilita su surgimiento.

Por qué el populismo

Tradicionalmente se argumenta que tener unos partidos (relativamente) estables es positivo para el funcionamiento de la democracia. La idea no implica que los votantes y los partidos deban ser siempre los mismos o comportarse igual, sino que el comportamiento de ambos se mueva dentro de los parámetros de incertidumbre más o menos previsibles. Si no, se vuelve complicado participar y controlar a los gobernantes en las urnas. Por ejemplo, en las primeras elecciones en Europa del Este los partidos podían pasar de estar en el Gobierno con mayoría absoluta a desaparecer de una elección a la siguiente. Mientras, había continuas escisiones, con secretarios de Estado o destacados dirigentes que, si no se aceptaba pulpo como animal de compañía, concurrían por su cuenta y conseguían representación. ¿Quién es la oposición aquí? ¿Qué ideas hay más allá del candidato? Nos podemos ver con los mismos políticos de siempre en diferentes partidos, con coaliciones y escisiones incoherentes, es imposible saber si con tu voto castigas o premias al Gobierno y los contornos ideológicos desaparecen. Cosas que parecen poco sanas en democracia.

Cuando se intenta rastrear por qué los sistemas de partidos se sacuden en este sentido, es raro no mirar al impacto que tienen las crisis económicas y sociales como disolvente. Cualquier análisis apuntaría que el crecimiento económico, la inflación y el paro predicen relativamente bien el éxito electoral del partido en el poder. Por lo tanto, uno podría esperar que los partidos pierdan las elecciones cuando las cosas van mal y sean reemplazados por otros partidos. Por ejemplo, así fue durante muchas décadas en Venezuela entre Acción Democrática (AD) y Comité de Organización Política Electoral Independiente (COPEI). Un bipartidismo de turno tranquilo. Sin embargo, para que el resultado sea un colapso del conjunto del sistema hay que considerar que el impacto de la economía tiene que ir más allá de una crisis ordinaria. Por ejemplo, las crisis económicas en América Latina durante los ochenta y los noventa, las cuales muchas veces implicaron la intervención del FMI y que fueron de una dureza importante.

Puede ser que la alternancia en el poder, si la economía sufre un bache profundo, no levante un cortafuegos para evitar que se deteriore la percepción de los agentes políticos. Una parte del apoyo a nuestras instituciones no está ligada a los valores que representan sino a los resultados que nos dan, de modo que cuando dejan de dar rendimientos positivos los ciudadanos pueden darles la espalda. Pero no necesariamente hay que pensar que la economía lo explica todo, ya que con frecuencia se liga y permea una crisis política de mayor entidad, la cual puede reforzarla. Los casos de la corrupción casi sistémica de Italia o Japón de los noventa prueban que cómo reaccionan los sistemas políticos a sus crisis es relevante. Es decir, que no basta con pensar en la economía sino también ver qué hacen los propios agentes políticos dentro del sistema político, si son más o menos corresponsables de ella.

Un elemento importante en este sentido es la percepción de alternativa política, donde la ideología se apunta como algo clave. Para el caso de América Latina, por ejemplo, diferentes autores han señalado que durante el periodo de 1973 a 1993 hubo un proceso de convergencia ideológica entre los grandes partidos. En Perú antes de Fujimori con la sensación de indiferencia entre el Partido Aprista, que salía de la presidencia de Alan García, y Acción Popular, que iría en el Frente Democrático de Vargas Llosa. Por su parte, en Venezuela COPEI y AD fueron percibidos como muy similares en sus políticas económicas y sociales, lo que daba a entender que representaban a los mismos intereses. Es decir, que la rigidez organizativa e ideológica de ambos partidos bloqueó su capacidad de adaptación programática, lo que hizo que importantes segmentos de electores de izquierda y centro-izquierda se sintieran huérfanos de un partido que representara sus intereses. Si uno vuelve la mirada a Europa y repasa las políticas de coalición en la I República Italiana, con la Democracia Cristiana como factótum del poder, no tardará en apreciar dinámicas semejantes. Es decir, que la convergencia no es patrimonio de sistemas bipartidistas.

Eso sí, lo que se abre es el debate sobre en qué medida el contexto económico o el rol de instituciones internacionales impidieron aplicar políticas más populares, un hecho que favoreció la percepción entre los votantes de que sus programas eran iguales. Sea por la razón que sea, este fallo en la oferta electoral favorecería el surgimiento de una alternativa populista que, para el caso del chavismo en Venezuela, bebió de la izquierda pero que en Italia lo haría entre sectores ideológicos de signo contrario. Pero insisto, no olvidemos el aderezo de la corrupción. En Italia la identificación partidista había quedado por los suelos desde Mani Pulite; nadie declaraba siquiera haber votado a los partidos que estaban saltando por los aires en los noventa. Los escándalos de corrupción a izquierda y derecha habían erosionado la identificación partidista de los votantes y los convirtió en más volátiles, más prestos a confiar en nuevas alternativas.

Hay otra derivada, además, que no debería perderse de vista. Las transformaciones estructurales de la economía en América Latina durante los ochenta favorecieron la eclosión de mucha economía paralela y sumergida, lo que minó la capacidad de los actores clásicos (sindicatos y partidos) para representar intereses. Es decir, que los intermediarios sociales no eran capaces de llegar a unos trabajadores desprotegidos, prácticamente en la absoluta miseria. Esto en cierta medida tuvo de positivo que erosionó las redes clientelares preexistentes, que se deterioraron con el empeoramiento de la crisis económica, y que favoreció que los votantes abandonaran a los partidos tradicionales. Pero también la cruz fue la desarticulación de amplias capas sociales que solo podían confiar en un revulsivo al sistema político. La organización en movimientos y la protesta violenta muchas veces eran el recurso frente a unos modelos políticos que parecían no dar de sí.

Así, parece que la emergencia de un movimiento populista puede ser más probable cuando se combina una crisis económica y social severa con una clara disfuncionalidad política, con escándalos transversales de corrupción, se aprecia convergencia ideológica entre los partidos tradicionales y/o una falta de oferta política, una baja identificación partidista, capas sociales desarticuladas y, por supuesto, un conjunto de situaciones azarosas que nos llevan a los brazos del hombre providencial. Pero ahora hablemos sobre el sustrato de su mensaje.

Silvio Berlusconi. Foto: Cordon Press.
Silvio Berlusconi. Foto: Cordon Press.

Populismo y democracia

Hasta ahora me he centrado en entender la emergencia del populismo como contrapunto casi siempre al desmoronamiento de un sistema político anterior. Es decir, como su subproducto. Al principio he ofrecido una definición provisional para poder ver cómo puede emerger, pero quizá sea interesante centrarse en las derivadas de su discurso y su relación con la democracia. Descomponer y discutir sus aderezos.

El populismo se basa en dos pilares esenciales. El primero es la distinción dual entre un «ellos» y un «nosotros», generalmente asociado a que mientras que nosotros somos la gente normal, el Pueblo o similares, ellos son unas élites corruptas, una clase política cerrada, una oligarquía. Planteado así, el enemigo político se presenta con una etiqueta indefinida para captar las máximas adhesiones posibles y el objetivo solo puede ser expulsarlo del poder para, se sobreentiende, ser reemplazado por servidores del Pueblo más virtuosos, por nosotros. Su segundo pilar es la idea de defender la soberanía popular a toda costa. Es decir, sabemos que en una democracia moderna coexiste la tensión entre la voluntad de la mayoría expresada periódicamente en elecciones o referéndums y mecanismos de checks and balances contramayoritarios como, por ejemplo, tribunales de justicia independientes. Mecanismos que no siempre coexisten armónicamente y en los que el populismo tiene claro que se posiciona a favor de los primeros, del plebiscito.

La pregunta a responder son las implicaciones que este tipo de mensaje puede tener para la democracia. Algunos autores han defendido que, pese a que a priori todos los expertos lo rechazan de manera estridente, el populismo puede tener aspectos positivos. Por ejemplo, puede dar voz dentro del sistema a grupos que no se sienten representados por las élites gobernantes, gente que no ha tenido portavoces de sus intereses hasta ahora. Es más, pueden servir como acicate de políticas para sectores que antes estaban marginados. Muchos, cuando hablan de los procesos de América Latina, ponen en valor el esfuerzo que algunos de los países gobernados por movimientos calificados como populistas han hecho por integrar a sectores marginados. Además, no olvidemos que el populismo también puede servir como un mecanismo que permite integrar a más gente en el proceso político, donde personas que se sentían ajenas ahora participan de la vida institucional, véase Bolivia y el indigenismo.

Pero aún hay más. El populismo también podría incrementar la rendición de cuentas, obligando a los partidos tradicionales a tener un comportamiento más «virtuoso». Es decir, que puede servir para aumentar los estándares éticos en política haciendo que determinadas prácticas sean censuradas. Prácticas, por ejemplo, de austeridad voluntaria en el ejercicio de un cargo público. Finalmente, el populismo supone una amenaza electoral a los partidos tradicionales, lo que puede obligarles a cambiar su posición sobre diferentes temas o incluso impulsar cambios legales para recoger las demandas del electorado detrás del partido populista. Permite, pues, actuar como un partido «nicho» o monotema que obliga a los demás a reaccionar, por ejemplo, copiando algunas de sus propuestas en el programa electoral.

Pero el populismo tiene importantes puntos oscuros.

El populismo, que insiste únicamente en el polo de la soberanía, ha tendido a erosionar los contrapesos independientes de las democracias liberales. En todos los lugares donde ha gobernado los sistemas judiciales, las cortes supremas o cualquier mecanismo constitucional ha sido yugulado frente al plebiscito como única manera de entender la política democrática. Ello además ha tendido a erosionar los derechos de minorías, a veces ligadas al régimen anterior, en favor de las mayorías políticas donde el poder del Estado pasa a ser total en amplias esferas sociales. Otro aspecto crítico es que el populismo puede erosionar el establecimiento de coaliciones clásicas de diferentes sectores sociales, algo que normalmente se hace bajo el paraguas de izquierda y derecha. Ante el nuevo punto de corte, el de los de abajo contra las élites, toda propuesta al margen de a quién beneficie queda camuflada en la lucha contra la oligarquía. Además, el populismo no ha podido escapar de la idea del caudillismo, a veces mesiánico, lo que hace que bajo cierta apariencia de inclusión se escondan muchas veces liderazgos muy verticales.

Finalmente, la moralización de la política e incrementar los estándares éticos también es un arma de doble filo. Igual que aumenta la rendición de cuentas puede hacer imposible otro principio fundamental de la democracia; el acuerdo. Cuando la argumentación gira en torno a la «pureza» o virtud de nuestros planteamientos, es imposible que se pueda transigir. Por lo tanto, el movimiento populista suele ser reacio a la participación en los mecanismos institucionales clásicos, por ejemplo, entrando en Gobiernos de coalición con otras fuerzas tradicionales o implicándose más allá del bloqueo a toda iniciativa.

Por lo tanto, el populismo puede ofrecer un juicio contradictorio porque emerge de un sistema político disfuncional, ya como amenaza o como correctivo, y a la vez atrae nuevos intereses y temas a la esfera pública con un mensaje de gran tracción. Es lo que se llaman marcos ganadores, donde todos somos el Pueblo frente a la oligarquía, que son siempre los otros. Sin embargo, este discurso en su fundamento también peca en la idea de que hay que buscar el reemplazo del corrupto por el puro, del cleptócrata por el representante del Pueblo. Esto supone pensar que el que no sea «puro» no puede ser artífice ni promotor de acciones virtuosas, que el líder es total. Esto implica que moral y política vuelven a fusionarse casi cinco siglos después de que Maquiavelo explicara lo que es el poder.

Este mensaje es, en cierto modo, lo contrario a la idea institucionalista. Es decir, a la idea de que los individuos son secundarios, y que lo importante son las instituciones y los incentivos sobre los que estas personas actúan. No existen pruebas del algodón para nuestros representantes, lo que existen son buenas o malas instituciones, buenas o malas reglas. Por lo tanto, si un político es corrupto, el tema no es (solo) reemplazarle por otro virtuoso sino cambiar unas instituciones que han hecho que el equilibrio ganador sea ser corrupto. Que hayan hecho que el tonto sea el que no mete la mano en la caja y no al revés. Es una idea que no prejuzga la moral de los individuos pero que entiende que hasta la persona más noble podría sucumbir ante el chalaneo corrupto cuando, por ejemplo, tiene amplio poder para contratar, despedir o no justificar sus decisiones en cualquier administración. Del mismo modo que si hay sectores sociales que están excluidos, las políticas sencillas no bastan sin pagar un precio, que al final siempre hay que redistribuir riqueza y poder también entre aquellos que somos parte del Pueblo.

Este es justamente el punto en el que el populismo genera un movimiento político encontrado. Los partidos tradicionales, véase Venezuela o Italia, se negaron sistemáticamente a dar el paso para la reforma y terminaron colapsando. Sin embargo, en otros contextos, la amenaza del populismo puede ser una palanca para el cambio. Cuando ven que pueden perder, los partidos se mueven. Por ejemplo, cuando tantos hablan del reformismo de Renzi ,¿acaso no tiene que ver que siente en su nuca el aliento de Beppe Grillo? Y como antes se ha señalado que la disfuncionalidad del sistema político tiene mucho que ver con la emergencia de estos movimientos, puede ser un acicate positivo. Ahora bien, el populismo tiene como objetivo barrer a la clase política, pero el paso siguiente suele ofrecer un reemplazo poco mejor, con frecuencia perjudicial para tener una democracia plena. Porque es justo en el punto en el que hay que renunciar a la pureza para empezar a hacer política.

Por eso quiero cerrar dejando en el aire una cita de Weber, más para suspender el debate que para considerarlo cerrado, pero que merece la pena revisitar con frecuencia:

Cuando están surgiendo súbita y rápidamente políticos que actúan según una ética de las convicciones con los lemas de «el mundo es estúpido y bruto, no yo; a mí no me afecta el tener que ser responsable de las consecuencias, sino a los otros al servicio de los cuales yo trabajo y cuya estupidez o brutalidad yo voy a extirpar», yo les digo abiertamente que me pregunto, antes que nada, por el peso interior que pueda haber tras esta ética de las convicciones, y tengo la impresión de que, en nueve de cada diez casos, estoy ante fanfarrones que no sienten realmente lo que hacen sino que se emborrachan con sentimientos románticos. Esto no me interesa desde un punto de vista humano y no me conmueve en absoluto.

Por el contrario, es infinitamente conmovedor que una persona madura —lo mismo da que sea joven o vieja en años— que, actuando según la ética de la responsabilidad y sintiendo realmente y con toda su alma esa responsabilidad por las consecuencias, diga en algún momento: «no puedo hacerlo de otra manera; aquí estoy yo». Esto es algo auténtico desde un punto de vista humano y que conmueve.

Hugo Chávez. Foto: Cordon Press.
Hugo Chávez. Foto: Cordon Press.


Nicaragua, the ruined utopia

Photography: Cristina Durán.

(Versión en español)

There are twenty of them, mostly girls. There are some boys in the group, but they are fewer in number and younger. All of them are painting on some big cardboards while their instructor, a young lad, cuts small pieces of tape he will use to stick children’s paintings on the school walls. When we ask why it is a man, so not a woman, who lead crafts workshops, the obvious answer comes naturally:

-They need to get used to male presence.

We are on the Caribbean coast, in the city of Bilwi, but almost all Nicaraguans know it by its Spanish name, Puerto Cabezas. As we can read in three languages, – Spanish, Miskito and Creole- , we are entering a shelter for women who are victims of violence, owned by the Nidia White Women’s Movement. That includes all kinds of violence, as the people in charge of it specify, but above all sexual violence and rapes. They tell us that among the 186 victims they have helped in 2013, only two dozen are adult women and 40 are teenagers. The other 122 are girls under 14. For those who haven’t yet connected the syllogism, we witness a revealing scene just in the same room where the girls are painting. One of them stands up, and goes into the main building to come back carrying a baby. Then, she breast-feeds him. Roughly estimating, she is no older than 13.

Nobody would say it, but she is a lucky girl. Nicaragua is one of the world’s five countries with a total ban on abortion, so many women die from non viable pregnancies, particularly if they are very young. Although we have no access to official data, we can reconstruct the information by our own means. Regarding to the number violations registered between 1998 and 2008, when the prohibition came into force, more than two-thirds of the victims were under 17 and half of them under 14. Until 2008, when the latest official information about this subject was provided, near 820 women per year asked Nicaraguan sanitary system for help suffering from dangerous embryonic and fetal malformations incompatible with life, and almost 630 suffered from ectopic and molar pregnancy, the two of them potentially fatal for the mother. Since them, all of them must continue the pregnancy and hope an spontaneous abortion save their lives. Any different conduct is penalized with prison. 

That should not happen anywhere, but even less here. According to the last gender equality report of the World Economic Forum, Nicaragua is the tenth country in better promoting equality between men and women. It shares its top position with Nordic countries, Switzerland and New Zealand. Indeed, Nicaragua has developed an astonishing normative framework for gender equality, in which is included Law 779 against violence towards women, considered one of the most completes of the hole world. The country has also achieved great rates of women working in High Institutions, where they are over 50 percent of the workforce. With such a successful trajectory, Nicaragua’s Foreign Policy Minister, Samuel Santos, announced last September before the UN that his country had accomplished the third of Millennium Development Goals, which focuses on promoting gender equality and women’s empowerment. 

Miskito’s Eden and some other statistical lies

He is not lying. He simply speaks using the large numbers language, which are not the best tool to accurately measure some kind of things. For example: On a map, Bilwi is 140 kilometers from the Miskito community of Wis Wis. That is not a great distance for us, because in Spain it would take us over two hours to cover it. Here, in Nicaragua, to make the same distance, people needs traveling six hours in an all-terrain vehicle through a ruinous trail, and two more hours in a “bató” all along the Coco River, the biggest in Central America. During the journey, that last two days because it is better to avoid traveling during the night, we have to promptly pay to the illegal squads who guard the crossing area, and almost invoke the NGO before other’s questions, because narcos don’t like tourists and foreign people.

We could easily locate it on a map, but that would not show the real and devastating isolation of Wis Wis, much more severe than anyone could describe. As a matter of fact, the way Miskito children looked at us at our arrival, with such expressions of curiosity, is a much more reliable unit than any number of kilometers. For many of them, it was the first time they meet white people.

Children are the first to arrive to the church, which is irremediably the first stop for anyone who visits the community. Women arrive too, little by little. Finally, some young and old men, including some of those who speak a little Spanish. The rest of the men are at the so-called Triángulo minero. They are absent because they work some days away from here, in a large mountainous jungle area located between the cities of Siuna, Bonanza and Rosita. There, they work during the gold season some months per year. It is also there, at the Triángulo, one of the most depressed and armed places in Nicaragua, where many of these men turn into drug addicts, get indebted to local mafia who force them to participate in the next gold seasons, and where they catch some infectious diseases they pass on in places like Wis Wis.

HIV, hepatitis and tuberculosis are among the most common diseases in Miskito families”, tells us the man who will be our guide during our visit to Coco’s riverside. For security reasons, we will not reveal his name. In order to prevent diseases, his NGO, Acción Médica Cristiana, teaches sexual and reproductive education to Miskitos, and works hard to promote condom use, which has motivated critic reactions among some of his partners in faith. When asking him for his personal opinion, he tells us the nearest city, Waspam, is five, ten and fifteen days far from the majority of Miskito communities, spread all along the river. Too many days to go every three months to pick up retrovirals delivered by his NGO. Some of them choose not to continue with the treatment, and some others cannot afford wasting so much time to reach the city, because here time is much more valuable than money itself. He shrugs his shoulders and smiles at the children, now crowded together in front of the door. “If they could only see what we witness here, a great quantity of Christians could not be against the use of condoms”, he states.

Resistance is mostly ideological, but it is far from being abstract. According to our guide, it is usual, after having convinced Miskito men to be more careful in their sexual relations, to discover they have been threatened with going to hell by their faith ministries. This is why “women’s empowerment is crucial in containing the epidemic”. In this viscerally patriarchal culture, men decide what, where and when in sexual-related issues. However, thanks to the NGO’s and to development cooperation, a change has come to places like Wis Wis. “Now, when men come from the mine, some of their wives refuse to have sex with them if they have had relations with other women. Some of them even force men to use condoms”, he says. Some others begin to be aware of the importance of family planning services. “This has only been achieved through years of hard field work”.

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Photography: María Cimadevilla.

In 1641, an African slave ship wrecked on the shores of North Nicaragua, so part of the survivors mixed with the locals. The group of people resulting from this singular contact is what we call know the “Miskitos”, the largest indigenous population in the country, which along with the “Mayangna” and some other communities, represent 10 percent of the country’s population and occupy more than 56 percent of Nicaragua’s land area. Since the arrival of Morava missions, by the middle of the nineteenth century, Miskitos are deeply Christian, but they still preserve a rich Animistic mythology that we can easily trace by hearing their explanations about weird phenomenon, such as children disappearances. Miskitos believe they are taken away by river mermaids, the Liuamairi. They alson believe in Sisimiki, an errant giant who crosses the jungle going backwards because his feet are upside down. But the truth is that what really crosses the jungle of Central American Isthmus is the drug corridor, which sows the land with illegal runways. It is known that what crosses the border with Honduras -only a few kilometers from here, on the riverside- has few possibilities of coming back. Indeed, Nicaragua is a hotspot for human trafficking in contexts of sexual and labor exploitation.

Nonetheless, what prevails here is the supernatural explanation, like the one given to the Grisi Siknis, or “jungle madness”, a quite revealing term. They are episodes of mass hysteria induced by an assumed demonic possession that affect entire groups of people, frequently young women. Sometimes a whole community can develop the symptoms. Although scientific investigations have not found an explanation for these facts yet, it is proved that outbreaks often appear after famines resulting from natural disasters. The last documented biggest episodes happened after hurricane Felix, in 2007, and continued until 2009 especially in some areas of the East and at the shores of the country. Prior to that, there have been registered this kind of episodes in 2005 after hurricane Beta, and especially in 1998, due to the devastating hurricane Mitch.

Cristian, socialist and in solidarity

Famine is not unfamiliar for Nicaraguans, even if their government ignores it while exhibiting the achievements of the country in the international marble meeting-rooms. The UN itself has recognized that Nicaragua has accomplished the first of the Millennium Goals, which is to halve the number of people suffering from hunger. Indeed, after having cleaned-up the macroeconomic indicators, Nicaragua shows an impeccable look, that is only believed by those who don’t know the real situation. In 2010, Nicaragua officially entered the group of “middle-income countries”, backed by the World Bank and, in September 2013 Przemek Gajdeczka, the emissary of the International Monetary Fund (IMF) sent to check the country’s economical situation, confirmed Nicaragua did not need any more permanent financial assistance, so special programs carried out by the IMF were ended. The estimated growth in 2013 is near 5%, the country has doubled the 2006 exports, and has nearly tripled foreign direct investment, which is expected to be around 10 million dollars in the next five years. Gajdeczka also congratulated the government on their fiscal discipline and the financial stabilization of the country. In his words, Nicaragua has “graduated” from IMF programs in terms of economic development. And he was serious while stating it.

Despite of these words, Managuan children still beg for Cordobas (Nicaraguan money) at the traffic lights, juggling before drivers, and shanty towns pour like magma, like huge heavy black oceans moving forward between Xolotlán lake and volcanic craters that peck at the city. Nicaraguan’s great financial figures disappear at ground level, in the same way that relativity applied to subatomic magnitudes does. Persuaded by these figures, some of those who only understand the “big language” have already withdrawn their support programs from country; among others: the IMF, some NGOs and embassies well-known for their interest in cooperation like Sweden, Finland, Austria or United Kingdom. Those who stand denounce that the small print of Nicaraguan progress hasn’t changed. The population of the Republic is about six million people, and almost half of it lives in poverty. It is the second poorest country of Latin America, and the one with the lowest per capita income of the entire continent, according to United Nations Development Program. The average wage is two and a half dollars per day, but it is estimated than over half a million of Nicaraguans survives with less than a dollar per day. That is 0, 73 euro a day. 

Venezuelan money, which got torrentially into Nicaragua during Chávez government, has also stopped flowing despite the symbolic efforts from Nicaraguan government. The most important of them is a huge bust of Hugo Chávez placed at Bolívar Avenue, in the very center of the capital city. Near it, we find a monument dedicated to the “Próceres del Alba”, consisting in some enormous concrete columns lifted at with the same height as Chavez’s and crowned with the effigies of revolutionary heroes like Simón Bolívar, José Martí, Ernesto Che Guevara, Camilo Cienfuegos and Fidel Castro. Salvador Allende has been also lifted to the heights at the end of the same avenue, this time represented in a huge banner placed in the harbor with his name written on it. But that has nothing to do with a real harbor. In fact, it is an indoor space – “the only safe place for tourists in all Nicaragua”, in words of our taxi driver- conceived to let cheles relaxed, the word used to design white people. To get into this Sandinista ideological resort and enjoy the lake views, one must pay a ritual price: to pass below both the Republican and the Sandinista National Liberation Front’s (SNLF) flags. They have equal size and both are hung at the same height.

Photography: Pablo San José.

In today’s Nicaragua, Parliament means Government, Government means President and President means Daniel Ortega. The Comandante Presidente was part of the Front during the revolution that overthrown Somoza family – a family of dictators controlling the government since 1934 under the guardianship of the United States-, and became the President of the nation in the early years of democracy, from 1985 to 1990. After a long interlude, marked by liberal governments, the SNLF regained political power with Ortega in 2006 and 2011 general elections, even if a third presidential term was not allowed by the Constitution. This action was nevertheless backed up by the Nation’s Supreme Court of Justice, and in order to put an end to the controversial about its constitutionality, the president has recently passed a brand-new -and highly-debated constitutional reform. Among the new measures, the indefinite reelection of the President is now allowed, militaries can now integrate the highest positions of the government, and Nicaragua is defined as a Republic officially “Christian, socialist and in solidarity”.

María Teresa Blandón, from the feminist organization “La Corriente”, does not clear up the question about how to define “Orteguism” because, she says, there is not much to clarify. “Plundering ideologies is his way of political survival”, she explains. Today’s Front is very different from the one that once drove the Revolution and introduced Democracy in Nicaragua. During the 16 years of liberal governments, headed by Violeta Chamorro, Arnoldo Alemán and Enrique Bolaños, Ortega sunk the party into an ideological purification, partly responsible of weakening the party. Many revolutionaries that had accompanied the President in his first mandate, including the then vice-president Sergio Ramírez Mercado and other illustrious members of the party such as the songwriter Carlos Mejía Godoy or the writer Gioconda Belli, have joined the Sandinista Renovation Movement, a split within the Front. This Movement, however, hasn’t yet reached the democratic support the Front has obtained since its’ ultra christian reconversion. And it never will because in words of Blandón “Nicaragua is not a country with lay vocation”. She adds, “the Front has naturalized its sui generis way of doing politics”. 

As an example of these new ways, we find the purísimas, an endless succession of virgins spread out all along the Bolívar Avenue between 28 November and 8 December. “ENATREL and the Virgin Mary, together electrifying Nicaragua”, says the one set up by the Empresa Nacional de Transmisión Eléctrica (in charge of electricity transmission networks). A Virgin’s icon dominates a huge model representing a village criss-crossed with posts, wires and generators. Each Purísima has been set up by a State Institution and represents a different scene. In addition, at each one of them a little food bag is given to those who manage to withstand the long lines, what seen from the distance could appear as a result of devotion.

Another example are virtual stadiums, consisting in open-air projections of European football matches. Free buses to Managua are chartered by the government. One more: the declaration of “perpetual Christmas” in the capital city between 2008 and 2012, a period when Christmas trees were not removed from the streets in order to relieve spiritually the inhabitants of the city. To finish with the examples, the so-called “Trees of life”, 22 meters tall metallic sculptures that have substituted some months ago the Christmas trees located in the biggest roundabouts of Managua. According to the First Lady -compañera Rosario Murillo– they “promote and protect our lives in Nicaragua”. It does not escape to anyone that these trees, clearly inspired by those painted by Klimt, were placed during the Front’s anti-abortion offensive prior to the constitutional reform. And nobody doubts that the idea came from the First Lady, butthis remains kind of a legend. 

Everything surrounding “la Chayo”, as she is known, is becoming a legend. Like the one that tells the President deals with Foreign Policy while she deals with Internal Policy, even if her only known official position is Coordinator of the Council of Communication and Citizenship. Another legend tells that she did not help her daughter Zoila América Narváez when she reported her step-father, President Ortega, for sexual abuse. With such an atypical attitude, she resolved a political crisis that threatened Government’s continuity, while getting a great part of her actual absolute powers in the Front. What is indisputable is that she has an ubiquitous presence in the media. As a matter of fact, Managua is papered by posters showing the presidential couple even if we are not in campaign period. Furthermore, most of the Nicaraguans do not question the legitimacy of her power. In our way to the free zone, located in the suburbs of Managua, our Sandinista driver let us understand why. When we subtly expound nobody has voted for her, he explains it could be possible, but anyways “she is quite revolutionary”.

The women’s country

At our arrival, we are kindly received by the spokeswoman of the National Corporation of the Free Zone -a public enterprise-, who says she is glad to see us because she has nothing to hide. She will be also our guide during our visit of one of the factories, where some 1500 people sew sportswear for a Taiwan intermediary enterprise. They benefit from the rights guaranteed by the Nicaraguan labor regulation, she says, but we know that is not true. Before coming, we have talked with some women who work in the polygon. To see us, they have had to pretend a ineludible visit to the doctor. With them, we have learned about their wages, under 500 dollars per month, about lack of respect for working hours, and about metas – goals-, a minimum number of manufactured items established by their boss for each of them. The quantity is often raised up to discipline women. Exemplary dismissal and black lists are also usual too; that is the reason why we will not publish their names.

Photography: Oxfam / Mathieu Gagnon.

Free Zones are industrial areas profiting from an special labor regulation that turns them into paradises of cheap labor force, something very interesting to foreign investors. They were an idea of the first liberal government, whose President was Violeta Chamorro, who aimed to attract international investment and make Nicaragua’s war economy become productive and export-focused. Indeed, all the products manufactured in these kinds of areas are dedicated to exportation. In this moment, 100 000 people work there, 65 percent of them in textile industries. With the empowerment of the Front, worker’s conditions have not improved, changing only the dominant discourse. What once was seen by liberals as “a source of wealth”, is now understood by the Front as source of employment for the people.

When asked about syndical protection, these women begin to laugh and answer that Nicaraguan syndicates are “white”, that is to say, they are branches of government, including the National Workers’ Front, the biggest one in the country. Previsionist clinics – medical insurances- and managers of the National Corporation of the Free Zone- the factory we are visiting- are Sandinistas too. Our guide does not want to talk about politics, but she confirms our suspicious about government’s interests by showing us a sky jacket ready to be sold in the United States, 150. Her fingernails are painted in black and red, the emblematic colors of the Sandinista National Liberation Front.

Thanks to the investigation of María Elena Cuadra Feminist Movement, we discover that in some tobacco factories women are subjected to forced pregnancy tests. Following a feminist approach, the Movement supervises education and training processes for women who need them. In words of Martha Sandino, the director of the Movement in the city of Estelí: “In one hand, we inform women about their rights as workers of these factories, because many of them ignore them. On the other hand, we organized workshops on topics like gender and self esteem”. After years of work, many women have become promoters of the Movement in their workplaces, so somehow they are some sort of syndical supervisors. In Nicaragua, Syndicates are associated with feminism. It must be like that, she says, in a country where gender determines people’s professional future. And women always lose, of course. “If this were not so, what point there would be in such a division?” ask Sandino. 

Her words are not merely rhetoric. In Pueblo Nuevo, a rural area close to Estelí, coffee and farming belong to men but, unfortunately, they are no other things to do. So women must fight against these established conventions cross the limits of house working and informal farm work, -what we could call mere survival-. 

That is why Isabel sees feminism as a way to execute concrete material realities, and not just a group of abstract values. Ten years ago, she could not read, and “with you in my house, I would have let a man speak”. Now, she uses a rigorously equalitarian rhetoric to act as the spokeswoman of a women’s cooperative, Las Diosas (the Goddesses). They produce organic coffee, beans and Jamaica flowers they sell then to Fair Trade with a gourmet label. This cooperative pays workers’ salaries and hers daughter’s universities courses, but its most important achievement is these women have encouraged the rural population of Pueblo Nuevo, where many other initiatives of the same kind are flourishing. 

When we congratulate her on her work, Isabel prefers sharing her success with the rest of the organizations that have backed the project: Fundación Entre Mujeres, Veterinarians Without Borders, Paz con Dignidad ans the Basque Government. For her, “everything happening here is a consequence of women’s empowerment; I only did my little part”.

The ruined utopia

In Nicaragua, feminism is an urgent cause. Sofía Montenegro, director of the Communications Research Center, explains the political importance the movement has in the Republic. “Feminists are one of the most attacked collectives since 2007”, she declares.

The other, she says, are the journalists, a job she performs atConfidencial, one of the rare non-aligned media in Nicaragua. President Ortega has many sons, and some of them, like Rafael, Juan Carlos, Daniel Edmundo and Maurice are already the directors of most ofthe television channels and radio stations of the country. The rest of the media are owned by the Mexican magnate Ángel González, or have disappeared because of the high advertising prices, artificially raised thanks to González’s oligopoly. Only few media have managed to survive “the organized dismantling of the critical press”, in Montenegro’s words, and fewer have access to the only available financial relief: public advertising contracting. This one usually ends in Front’s newspapers, televisions and radio stations, contributing to the official jingoistic message, strikingly summarized by Montenegro as: “They aim to talk about a country that does not really exist”.

With her, we talk about our impressions before leaving the country. We finally get the courage to make the question we haven’t dared to ask during our stay in this country, which is suffering from an obvious and accelerated setback in the democratization process: who is going to bell the cat? Sofía is not afraid of answering it, and tells us that it is impossible. For her, the solution can only be democratic, and she rather prefers to see the Sandinista dream fade -the “true Sandinista dream” she points out- than taking up arms again. She already fought for the utopia, and with her, a whole Nicaraguan generation that is now walking through its ruins. “I do not want my children to do what I did, the revolution was already carried out and it ended like this”, she said. “I would rather grab my bags and leave”. 

Photography: Mathieu Gagnon.

The article was translated by Carolina Camarmo.

Full gallery of pictures here.


Nicaragua, la utopía en ruinas

1b
Fotografía: Cristina Durán.

(English version)

Son cerca de veinte y la mayoría son niñas. También hay niños, pero menos y más pequeños. Pintan sobre unas grandes cartulinas mientras el monitor, un muchacho joven, recorta pedacitos de cinta adhesiva para pegarlas más tarde en las paredes del centro. Cuando nos interesamos por la razón de que sea un hombre y no una mujer quien dirige las manualidades, la respuesta es casi tan obvia como la pregunta:

—Tienen que acostumbrarse a la presencia del varón.

Estamos en la costa del Caribe, en Bilwi, aunque en el resto de Nicaragua se suele denominar a esta ciudad por su nombre en castellano, Puerto Cabezas. El cartel del centro también anuncia en tres lenguas —español, misquito y creole— que acabamos de ingresar en un refugio para mujeres víctimas de violencia, el albergue del Movimiento de Mujeres Nidia White. Violencia de todo tipo, especifican sus responsables, pero sobre todo sexual y violaciones. También aclaran que de las ciento ochenta y seis víctimas que el centro ha atendido en 2013 solo un par de docenas son adultas y apenas cuarenta son adolescentes. El resto, ciento veintidós, son niñas de menos de catorce años. Para quien no hile el silogismo, una escena reveladora tiene lugar en la mesa donde pintan las pequeñas. Una se levanta, entra al edificio del albergue y regresa con un bebé en brazos, que empieza a amamantar. A ojo, no se le calculan más de trece años.

No lo parece, pero es una afortunada. Nicaragua es uno de los únicos cinco países del mundo donde el aborto está prohibido en cualquier supuesto y muchas mujeres mueren en embarazos inviables, particularmente las niñas. No hay datos oficiales pero se pueden reconstruir. De todas las violaciones denunciadas entre 1998 y 2008, cuando la prohibición entró en vigor, más de dos tercios se perpetraron contra menores de diecisiete años y la mitad, contra niñas de menos de catorce. Hasta esa fecha, la última en la que se aportaron cifras fiables, cerca de ochocientas veinte mujeres acudían cada año al sistema de salud nicaragüense con malformaciones embrionarias y fetales incompatibles con la vida y casi seiscientas treinta lo hacían con embarazos ectópicos y molares, entre otros potencialmente mortales para la madre. Desde entonces todas deben continuar con la gestación y confiar en que un aborto espontáneo les salve la vida. Lo contrario está penado con la cárcel.

Esto no debería ocurrir en ningún lugar, pero mucho menos aquí. Según el último informe anual sobre igualdad de género del Foro Económico Mundial, Nicaragua es la décima nación del planeta que más y mejor promueve la equidad entre el hombre y la mujer, compartiendo posición en tan noble top ten con los países nórdicos, Suiza o Nueva Zelanda. El país cuenta con un marco normativo sobre igualdad como pocos tienen —empezando por la Ley 779 contra la violencia hacia las mujeres, aplaudida como una de las más completas del mundo— y unas envidiables tasas de representación femenina en las altas instituciones del Estado, donde las mujeres han llegado a superar el cincuenta por ciento de los cargos. Con estos galones en la pechera, el ministro nicaragüense de Relaciones Exteriores, Samuel Santos, declaró el pasado septiembre ante la ONU que su país ha cumplido ya el tercero de los Objetivos de Desarrollo del Milenio para 2015, el de promover efectivamente la igualdad de género y el empoderamiento de la mujer.

El Edén misquito y otras mentiras estadísticas

Y no miente, no. Simplemente habla el lenguaje de los números grandes, que no constituyen la mejor unidad para medir según qué cosas, especialmente en según qué lugares. Un ejemplo: sobre el mapa, Bilwi no dista de la comunidad misquita de Wis Wis más de ciento cuarenta kilómetros, pero eso aquí no son dos horas. En Nicaragua son seis de todoterreno por una pista forestal ruinosa y dos más en bató por el río Coco, el más grande de Centroamérica. Hay que acometer el viaje en dos jornadas para evitar que la noche se te eche encima, pagar puntualmente en los retenes ilegales que custodian el paso e invocar al nombre de las ONG ante cualquiera que pregunte, porque el narco no quiere aquí ni turistas ni extranjeros. Podríamos situarlo en los mapas, pero ninguno haría justicia al aislamiento desolador de Wis Wis, cuya magnitud trasciende cualquier escala que nos propusiésemos asignarle. Del mismo modo, la curiosidad con la que nos miran los niños misquitos al llegar es una unidad de medida más fiable que cualquier cantidad de kilómetros. Para muchos, somos los primeros blancos que ven en su vida.

Son ellos los que llegan antes a la iglesia del pueblo, primera parada para cualquiera que visita la comunidad. Poco a poco también lo hacen las mujeres y por último algunos varones jóvenes y ancianos, entre ellos los pocos que saben algo de castellano. Los demás hombres están a varias jornadas de aquí, en el llamado Triángulo Minero. Es un vasto territorio de selva montañosa entre las ciudades de Siuna, Bonanza y Rosita donde trabajan en la campaña del oro durante varios meses al año. Es también en el Triángulo, una de las zonas más deprimidas y armadas de Nicaragua, donde muchos caen en la drogodependencia, donde contraen deudas con las mafias que les obligan a regresar en la siguiente campaña y donde se contagian con las enfermedades infecciosas que luego llevan a lugares como Wis Wis.

«El VIH, la hepatitis y la tuberculosis son auténticas plagas entre las familias misquitas», explica sobre el terreno el miembro de Acción Médica Cristiana que ejerce como guía en nuestra visita a la ribera del río Coco, cuyo nombre no revelamos por razones de seguridad. También que, por ese motivo, su ONG imparte educación sexual y reproductiva entre los misquitos y trabaja para concienciar sobre el uso del preservativo, lo que le granjea la crítica de muchos de los que comparten su fe. Cuando le preguntamos por su opinión personal, el hombre nos explica que la ciudad más cercana, Waspán, queda a cinco, diez y quince días de viaje fluvial de la mayoría de estas comunidades indígenas, que se reparten por toda la extensión del río. Demasiados para ir a recoger cada tres meses los retrovirales que reparte la ONG. Muchos optan por no seguir un tratamiento y otros tantos no se pueden permitir el tiempo que exige, mucho más valioso aquí que el dinero. El cooperante se encoge de hombros y le dedica una sonrisa fugaz a los niños que se amontonan en la puerta. «Si vieran lo que nosotros vemos aquí, muchos cristianos no se opondrían al uso del preservativo», sentencia.

La resistencia es ideológica, pero tiene poco de abstracta. Según este hombre, no es excepcional convencer a los varones de un pueblo misquito sobre la necesidad de protegerse en sus relaciones para regresar y descubrir que el pastor de la iglesia les ha amenazado con el infierno. Por esa razón, explica, «el empoderamiento de la mujer es clave para frenar la epidemia». En esta cultura visceralmente patriarcal es el hombre quien decide qué, cómo y cuándo en todo lo que concierne al sexo, pero en lugares como Wis Wis eso va cambiando gracias al trabajo de las ONG y de la cooperación al desarrollo. «Ahora, cuando el marido vuelve de la mina, algunas esposas se niegan a tener relaciones si ha estado con otras mujeres y hasta le obligan a que sea con preservativo», cuenta. Otras, nos dice, empiezan concienciarse incluso con la planificación familiar. «Solo conseguir eso ha supuesto años de trabajo».

Fotografía: María Cimadevilla.

En 1641 un barco negrero procedente de África naufragó en la costa norte nicaragüense y parte de los supervivientes se mezclaron con los habitantes locales. El grupo resultante de esta singular eclosión, los misquitos, es hoy el más grande de las comunidades indígenas del país, que junto a los mayangna y otras menores suman el diez por ciento de la población nicaragüense y abarcan más del cincuenta y seis por ciento de su territorio. Desde que llegaron las misiones moravas a mediados del XIX los misquitos son también profundamente cristianos, aunque conservan una rica mitología de origen animista en la que no cuesta rastrear sus explicaciones para fenómenos como la desaparición de niños, por ejemplo. Los misquitos creen que se los llevan unas sirenas del río, las liuamairi, o en el sisimiki, un gigante que va y viene por la jungla caminando hacia atrás porque tiene los pies del revés. Lo cierto es que el corredor de la droga atraviesa estas mismas selvas del Istmo de Centroamérica, sembradas de pistas de aterrizaje ilegales, y todo lo que atraviesa la frontera con Honduras —a solo unos metros de donde nos encontramos, en la otra orilla del río— tiene pocas posibilidades de volver. Nicaragua es un importante punto de origen y tránsito de la trata de personas con fines en la explotación sexual y laboral.

La explicación sobrenatural es la que prevalece, sin embargo, incluso cuando se trata del grisi siknis o «locura de la selva», que nadie puede decir que no es un nombre revelador. Son episodios de histeria colectiva contagiosa inducida por una supuesta posesión demoníaca que afecta a grupos enteros de personas, con frecuencia mujeres jóvenes, aunque a veces a comunidades enteras. Ningún estudio científico ha sabido aún darle una explicación concluyente, aunque todos apuntan que los brotes suelen coincidir las hambrunas que siguen a los desastres naturales. Los últimos grandes episodios documentados tuvieron lugar después del paso del huracán Félix en 2007 y arreciaron hasta 2009 en diversos puntos de la costa y el norte del país. Los anteriores fueron en 2005 tras el paso del huracán Beta y sobre todo en 1998, a raíz del devastador huracán Mitch.

Cristiana, socialista y solidaria

Hambrunas, en efecto, aunque las medallas que el Gobierno de Nicaragua se granjea con tanto esfuerzo en los salones marmóreos internacionales no digan lo mismo. La misma ONU ha avalado que esta república ha satisfecho el primero de los Objetivos del Milenio —el de reducir a la mitad la cantidad de personas que padecen hambre— gracias al saneamiento de sus indicadores macroeconómicos, que de cara a la galería presentan un aspecto inmaculado. Tanto que, desde 2010, Nicaragua también recibe oficialmente la etiqueta de «país de renta media» del Banco Mundial y el pasado septiembre el jefe de la misión en el país del Fondo Monetario Internacional, Przemek Gajdeczka, confirmó que este ya no necesita asistencia financiera permanente, por lo que no firmará con el Fondo ningún programa especial más. En 2013 se espera un crecimiento económico cercano al cinco por ciento, Nicaragua exporta el doble que en 2006 y recibe el triple de inversión extranjera, que en los próximos cinco años rebasará el umbral de los diez mil millones de dólares. Gajdeczka también felicitó al Gobierno por su disciplina fiscal y por la estabilización financiera. Nicaragua, dijo, se ha «graduado» en desarrollo económico. Y lo dijo completamente en serio.

En los semáforos de Managua, sin embargo, los niños mendigan córdobas haciendo malabares ante los coches detenidos y los mares de chabolas se vierten inmensos, negros y espesos como lenguas de magma entre el lago Xolotlán y los cráteres volcánicos que picotean la urbe. También aquí las cifras integrales que luce Nicaragua se derrumban a ras de suelo como la relatividad cuando se aplica a las magnitudes subatómicas. Convencidos por estas cifras, los que solo hablan el idioma de lo grande ya han retirado sus programas de ayuda del país, entre ellos el FMI, ciertas ONG y embajadas tan involucradas en la cooperación como Suecia, Finlandia, Austria o Reino Unido. Los que se quedan denuncian que la letra pequeña del aparente progreso nicaragüense sigue diciendo lo mismo. En esta república viven seis millones de personas y casi la mitad lo hacen sumidas en la pobreza. Es el segundo país más pobre de América Latina y el último del continente en renta per cápita, según el Programa de las Naciones Unidas para el Desarrollo. La media de ingresos es de dos dólares y medio al día por persona, pero hasta medio millón de nicaragüenses sobrevive diariamente con menos de uno. Eso son setenta y tres céntimos de euro por jornada.

El dinero venezolano, que hasta la muerte de Hugo Chávez entraba torrencialmente en Nicaragua, también está dejando de fluir pese los esfuerzos simbolistas del Gobierno. El más grande de ellos es el gigantesco busto de Chávez que se alza desde hace unos meses en la Avenida Bolívar, en pleno centro de la capital. A su lado también lo hace el Monumento a los Próceres del Alba, unas enormes columnas de hormigón elevadas a su misma altura y coronadas con las efigies de Simón Bolívar, José Martí, Ernesto Che Guevara, Camilo Cienfuegos o Fidel Castro, entre otros héroes revolucionarios. Al final de esta misma avenida Salvador Allende ha sido elevado igualmente a las alturas desde una gran pancarta en el puerto que lleva su nombre, que de puerto no tiene nada. Es un recinto cerrado —«el único seguro para los turistas de todo Managua», ilustra el taxista que nos acerca hasta allí— concebido para que el visitante chele, como aquí se denomina a los blancos, se pueda relajar fuera de la zona de hoteles. Para ingresar en este resort ideológico del sandinismo y disfrutar de las vistas al lago tiene que pagar un precio ritual: pasar bajo las banderas de la república y del Frente Sandinista de Liberación Nacional, el partido que domina el Parlamento. Son del mismo tamaño y están izadas a la misma altura.

Fotografía: Pablo San José.

En la Nicaragua de hoy decir Parlamento es decir Gobierno, decir Gobierno es decir presidente y decir presidente es decir Daniel Ortega. El comandante presidente formó parte del Frente desde la revolución que destronó a los Somoza —la familia de dictadores que gobernaba desde 1934 con la tutela de Estados Unidos— y fue presidente de la nación en los primeros años de democracia, de 1985 a 1990. Tras un largo interludio de gobiernos liberales, el FSLN volvió al poder con Ortega en las elecciones de 2006 y repitió en 2011 pese a que la Constitución no permitía, en principio, un tercer mandato presidencial. La Corte Suprema avaló entonces su constitucionalidad y el mandatario acaba de neutralizar definitivamente el escollo con su reciente y contestadísima reforma constitucional. Entre otras medidas, permite su reelección indefinida, faculta a los militares para integrarse en los cuadros de mando del Estado y consagra Nicaragua como una república oficialmente «cristiana, socialista y solidaria».

María Teresa Blandón, del Programa Feminista La Corriente, no nos aclara cuál es la verdadera identidad ideológica del orteguismo porque en realidad, dice, no hay mucho que aclarar. «El saqueo de las ideologías forma parte de su proyecto de supervivencia política», explica. Estamos ante un Frente muy distinto de aquel que hizo la revolución y trajo la democracia a Nicaragua, empezando por la pureza orteguista en la que se sumió durante los dieciséis años de oposición a los gobiernos liberales de Violeta Chamorro, Arnoldo Alemán y Enrique Bolaños. Muchos de los revolucionarios que acompañaron al presidente en su primer mandato —incluyendo su vicepresidente Sergio Ramírez Mercado y otros ilustres como el cantautor Carlos Mejía Godoy o la escritora Gioconda Belli— integran hoy las filas del Movimiento Renovador Sandinista, una escisión del Frente que nunca ha pasado del estatus parlamentario. No tiene el apoyo en las urnas del que goza el Frente desde su reconversión ultracristiana ni lo tendrá, explica Blandón, «en una nación que no es de vocación laica». Además, sostiene, «el Frente ha naturalizado sus formas sui generis de hacer política».

Una expresión de estas formas son las purísimas, una interminable sucesión de vírgenes que se despliega por la Avenida Bolívar entre el 28 de noviembre y el 8 de diciembre desde la llegada del Frente al poder. «ENATREL con María electrificando Nicaragua», anuncia a nuestro paso la que ha instalado la Empresa Nacional de Transmisión Eléctrica, en la que una imagen de la Virgen preside la maqueta enorme de un pueblo surcado de postes, cables y generadores. Cada purísima ha sido instalada por una institución del Estado, cada una incorpora una escena temática y en cada una se reparte un pequeño saquito de alimentos a quien aguante unas colas que, vistas desde lejos, parecen solo fruto de la devoción.

Otra muestra son los estadios virtuales, proyecciones al aire libre de encuentros de fútbol europeo para los que el Gobierno fleta regularmente autobuses gratuitos hasta Managua. Otra, la navidad perpetua que se declaró en la capital entre 2008 y 2012, cuando se conservaron indefinidamente los árboles de navidad instalados para el alivio espiritual de sus habitantes. Otra, los llamados Árboles de la vida, esculturas metálicas de veintidós metros de altura que sustituyen a los de navidad en todas las grandes rotondas de Managua desde hace unos meses «protegiendo y promoviendo la vida en nuestra Nicaragua», según la primera dama, la compañera Rosario Murillo. A nadie se le escapa que estos árboles, inspirados en los que pintaba Klimt, aparecieron durante la ofensiva antiabortista del Frente de cara a su reforma de la constitución. Y casi nadie duda que son cosa de la primera dama, aunque esto es materia de leyenda.

De hecho, todo en torno a la Chayo, como se la conoce, es materia de leyenda. Ella es el segundo término de lo que aquí denominan «pareja presidencial», un epíteto casi más presente en las conversaciones sobre política que la alusión única al presidente. Una leyenda dice que él hace la política exterior y ella la interior, aunque su único cargo oficial sea el de Coordinadora del Consejo de Comunicación y Ciudadanía. Otra que no prestó apoyo a su hija Zoila América Narváez cuando esta denunció a su padrastro, el presidente Daniel Ortega, por abusos sexuales, zanjando una crisis que amenazó la continuidad del Gobierno mismo y granjeándose desde entonces sus poderes omnímodos en el Frente. La única certeza de la que disponemos es que su presencia es ubicua en los medios de comunicación y que acompaña a su marido en los carteles que empapelan Managua aunque no estemos en campaña electoral. Esa y la de que buena parte de los nicaragüenses no cuestiona la legitimidad de su poder. Rumbo a la Zona Franca, en las afueras de Managua, nos toca en suerte un conductor sandinista y entendemos el porqué. Cuando exponemos sutilmente que nadie ha votado a la Chayo, nos replica que quizá, pero que ella «es bien revolucionaria».

El país de las mujeres

En las oficinas de este gran polígono industrial nos recibe con amabilidad una portavoz de la Corporación Nacional de Zona Franca, una empresa pública, y nos explica con otras palabras que lo hace encantada porque no tiene nada que ocultar. Es ella quien ejerce como guía en la fábrica que visitamos, donde mil quinientas personas cosen prendas de ropa deportiva para una intermediaria taiwanesa. Aquí disfrutan de todos los derechos que garantiza la regulación laboral nicaragüense, nos dice, pero sabemos que no es así. Antes de venir nos hemos entrevistado con operarias de este mismo polígono managüense, que solo para hacerlo han tenido que alegar una visita médica inexcusable. Nos han hablado de salarios de menos de quinientos dólares al mes, del incumplimiento de horarios y de las metas, un número mínimo de piezas manufacturadas por hora que un supervisor asigna a cada operaria y que sube para disciplinarla. También de despidos ejemplares y de listas negras, razón por la que nos han pedido que no publiquemos sus nombres.

Fotografía: Mathieu Gagnon.

Las zonas francas son áreas industriales con un régimen laboral especial que las convierte, a todos los efectos, en limbos de mano de obra barata para inversionistas extranjeros. Fueron un proyecto del primer gobierno liberal de Violeta Chamorro para atraer la inversión internacional hacia la industria de las maquilas y transformar la economía de guerra nicaragüense en una productiva y exportadora, único destino por ley de los productos procesados en las zonas francas. Hoy trabajan en ellas más de cien mil personas, el sesenta por ciento en la industria textil, y las condiciones no han mejorado desde la llegada al poder del Frente, que solo ha cambiado el discurso que las naturaliza. Ahora esta gran fuente de riqueza que mentaban los liberales se vende como una fuente de trabajo para el pueblo.

Cuando preguntamos a estas obreras por la protección sindical, ríen y responden que acá los sindicatos —empezando por el mayor, el Frente Nacional de Trabajadores— son blancos, es decir, órganos del Frente. También son sandinistas las clínicas previsionistas —las aseguradoras médicas— y los cargos de la Corporación Nacional de Zona Franca, la empresa estatal que nos ha abierto las puertas de su fábrica modelo. La funcionaria que nos guía por ella no habla de política pero lo confirma al enseñarnos una chaqueta de esquí acabada y lista para su venta en Estados Unidos por ciento cincuenta dólares. Lleva las uñas esmaltadas en rojo y negro. Son los emblemáticos colores del Frente Sandinista de Liberación Nacional.

Algunas tabacaleras incluso realizan tests de embarazo a las mujeres que buscan trabajo. Así lo evidencia un estudio acometido por el Movimiento María Elena Cuadra, que tutela procesos de formación y capacitación laboral para mujeres desde una perspectiva feminista. «Hablamos a las trabajadoras de los derechos que tienen por ley, que muchas desconocen, y celebramos talleres sobre género y de autoestima», nos explica su directora en la ciudad de Estelí, Martha Sandino, cuando nuestro recorrido nos lleva al centro del país. Con el tiempo, algunas de estas trabajadoras se convierten también en promotoras del Movimiento en sus lugares de trabajo y acometen en cierto modo esa vigilancia sindical ausente en Nicaragua, siempre conjugada con el mensaje feminista. No debe ser de otra forma, nos dice, en una nación donde impera una poderosa división del trabajo en función del sexo que juega, por supuesto, en contra de la mujer. «Si no fuera así, ¿qué sentido tendría que existiese esa división?», se pregunta Sandino.

No es un ardid retórico. En Pueblo Nuevo, una vasta zona rural cerca de Estelí, la ganadería y el café son trabajo de hombres, pero a la postre son el único trabajo que hay. Desafiar esa convención es la única posibilidad que las mujeres de aquí tienen para prosperar más allá del entorno familiar y del trabajo agrícola informal, manera políticamente correcta de denominar la mera supervivencia.

Por eso para Isabel, que ha puesto en práctica sus principios, el feminismo no es una colección de valores abstractos sino una vía para la ejecución de realidades materiales concretas. Hace diez años esta mujer no sabía leer, confiesa, y si hubiésemos estado en su casa «habría preferido que hablase en público un varón». Ahora practica una retórica rigurosamente igualitaria y ejerce como portavoz de una cooperativa de mujeres, Las Diosas, que produce café, alubia y flor de Jamaica orgánicos para el mercado del comercio justo, en el que se venden con la etiqueta de gourmet. La cooperativa mantiene a sus integrantes y paga los estudios de sus hijas en la universidad, aunque su mayor logro es el ejemplo que sirve en el entorno rural de Pueblo Nuevo, donde cunde ya en la forma de experiencias similares.

Cuando la felicitamos, Isabel descarga sus méritos y se acuerda de la Fundación Entre Mujeres, Veterinarios sin Fronteras, Paz con Dignidad y el Gobierno Vasco, las instituciones que apoyan el proyecto. Cuando la felicitamos de nuevo y le pedimos que nos acepte el cumplido personalmente, Isabel sonríe y de nuevo delega el merecimiento. «Todo lo que ve aquí es producto del empoderamiento de la mujer», nos dice. «Yo solo hice mi pequeña parte».

La utopía en ruinas

Puede que en Nicaragua el feminismo sea una causa urgente, pero la enorme magnitud política que adquiere en esta república también se debe a un factor que nos resume Sofía Montenegro, directora del Centro de Investigaciones de la Comunicación: «Las feministas son uno de los colectivos más atacados desde 2007», sentencia.

El otro, dice, son los periodistas, un oficio que consigue practicar en el diario Confidencial, de los pocos medios de comunicación desalineados que quedan en Nicaragua. El presidente Ortega tiene muchos hijos y varios de ellos —Rafael, Juan Carlos, Daniel Edmundo y Maurice, entre otros— dirigen ya la mayoría de grandes televisiones y radios del país. Las demás obran en poder de Ángel González, un magnate mexicano afín, o han caído presa de los precios publicitarios, sostenidos artificialmente por el oligopolio de González. Los pocos medios independientes que resisten «el desmantelamiento ordenado de la prensa crítica», como lo califica Montenegro, nunca reciben el único alivio financiero posible, la contratación de publicidad pública. Esta acaba inexorablemente en diarios, televisiones y radios del Frente y contribuye al mensaje triunfalista de estos medios, que Montenegro resume con una afirmación lapidaria: «Su objetivo es hablar de un país que no existe».

Recurrimos a ella para hacer un balance de nuestras impresiones al marchar y hacerle la gran pregunta que no nos hemos atrevido a formular desde que llegamos a este país en evidente y acelerado retroceso democrático: la de si cree que alguien aquí se va a atrever a ponerle el cascabel al gato. A Sofía no le escandaliza nuestra pregunta pero replica que no, que la única solución ha de ser democrática y que prefiere ver marchitarse el sueño sandinista —el «verdadero» sueño sandinista, matiza— antes de tener que volver a empuñar un arma. Ella ya persiguió la utopía y con ella la generación entera de nicaragüenses que hoy camina entre sus ruinas. «Yo no querría que mis hijos hiciesen lo que hice yo, porque la revolución ya se hizo y la revolución acabó en esto», sentencia. «Antes que eso agarro las maletas y me voy».

Fotografía: Mathieu Gagnon.

Este artículo ha sido traducido al inglés por Carolina Camarmo.

Galería completa del reportaje aquí.


Borja Ventura: Nuestra demagogia, nuestro populismo

Beppe Grillo en Nápoles

En esta sociedad las cosas suceden a una velocidad vertiginosa. Costó siglos descubrir y controlar la electricidad, pero apenas décadas instaurar la energía nuclear como una fuente energética segura. Tardamos 20 siglos en inventar y universalizar el coche y los botes a presión, pero apenas unas décadas en abrir un descomunal agujero en la capa de ozono. Siguiendo con el esquema, ha costado muchos siglos tener una democracia representativa, universal e igualitaria y apenas unas décadas cansarnos de ella.

Si había algo más que se podía sumar a la ecuación para hacer que todo fuera aún más vertiginoso es exactamente una crisis económica de proporciones épicas. Tanto que ha trascendido la épica y se ha metido de lleno en el terreno de la ética, ahondando brechas sociales y diferencias entre grupos de gente que costó muchos siglos igualar. Aquellas instituciones que el Estado garantizaba y sostenía con nuestro dinero para garantizar determinados servicios mínimos a la gente están en cuestión: ya no hay dinero para una sanidad gratuita y de calidad, ni para una educación de garantías.

Nuestro dinero va a pagar intereses por deudas, para evitar rescates bancarios y, visto lo visto, para llenar los bolsillos de algunos políticos corruptos. El efecto es devastador: mete en un cesto de brillantes y jugosas manzanas una sola fruta podrida. En pocas horas todas se habrán echado a perder.

Pero no siempre fue así, o no siempre fuimos conscientes. Hubo un tiempo en el que los políticos nos ilusionaban, nos esperanzaban con futuros mejores. Incluso aquellos que eran herederos del régimen franquista. Adolfo Suárez y el rey se convirtieron en mitos incuestionables, pilares y garantes de un sistema democrático que nos metía en el mundo moderno. El primero duró pocos años en el Gobierno, acosado hasta la persecución por una oposición que le acorraló y le hizo caer. El segundo ha sufrido en una década el profundo desprestigio en el que todos caemos cuando te mantienes demasiado tiempo en un cargo, especialmente cuando manejas ingentes cantidades de dinero sin un trabajo que lo merezca y tus errores están expuestos a la vista de todos.

Vivimos intensamente cada parte de nuestra existencia, exprimiendo vivencias y reaccionando airadamente. Es un problema social, quién sabe si causa o consecuencia de lo que pasa en nuestro día a día: siempre corriendo, siempre atrincherándonos en posiciones ideológicas, siempre siendo “mouriñistas” o “guardiolistas”. Parece que no hay punto medio posible en un mundo tan extremo, rápido y letal. Devoramos horas, comemos emociones, escupimos enfados y frustraciones.

Así llegó aquel “Isidoro” de chaqueta de pana y carrera en el exilio, el mismo que nos metió en los lugares en los que debíamos estar —OTAN y UE— aun a cuenta de sus promesas electorales, la desindustrialización del país y la flagrante corrupción económica y antiterrorista que acabó condenando su legado.

Llegó tras él el hombre que no tenía carisma y acabó ahogando a su partido con la herencia de sus políticas, el que metió al país en guerras que no deseaba, ocultó muertes de militares y chapapotes en las costas. El que a diario nos reñía desde la televisión por pensar diferente. El que empezó pactando con nacionalistas y acabó demonizándoles y, en algunos casos, ilegalizándoles. El que liberó a decenas de etarras mientras ha pasado el resto de su vida acusando a todos los demás de ser etarras. Y el que, en un último arrebato de funambulismo político, intentó ocultar el rastro de sangre del atentado más sangriento de la historia de Europa.

A estas alturas de la política ya habíamos tocado techo. Tres partidos nos habían dirigido desde la Transición desde las tres ideologías que vemos aceptables. Uno de los líderes consiguió no manchar su nombre y tener el reconocimiento de prócer de la patria, reconocimiento tardío desde que la enfermedad lo alejó del foco público. Los otros dos, cuyos partidos se han visto salpicados por escándalos de corrupción, han acabado retirados y amasando fortuna compatibilizando la dorada jubilación del cargo público (no necesariamente económica, dado el régimen de incompatibilidades) con puestazos concedidos por empresas privadas, en muchos casos empresas sobre cuyos intereses legislaron mientras gobernaban.

Y ahí siguió la alternancia. Llegó otro del partido del primero, y luego otro del partido del segundo. Pero estos ya no ilusionaron de la misma forma que sus predecesores. España empezó a votar más por oposición que por convicción, es decir, para que no salga el otro más que para que salga uno. El voto en blanco empezó a dispararse, convirtiéndose en la segunda masa de votos, en ocasiones en la primera fuerza política. La gente dejó de creer primero en sus representantes y, después, en la democracia.

Pero más bien en lo que ha dejado de creer la gente es en el Estado. Este nació, también hace unos siglos, como una forma de defensa: humildes ciudadanos decidían privarse de su capacidad de autodefensa para delegar esa capacidad de coacción en una construcción comunitaria a la que, además, contribuirían con su dinero y edificarían con unas reglas aceptadas de común acuerdo. El problema vino cuando esas normas, en lugar de ser la consecuencia de la voluntad de la gente, se convirtieron en la causa de sus frustraciones.

Manifestaciones en la calle, índices insoportables de abstención, desafección política desbocada, incomprensión de para qué sirven 350 diputados y 265 senadores si solo replican las preguntas que les marca el partido y votan lo que les marcan bajo pena de multa económica. Sentimiento de impotencia cuando la Justicia deja de ser igual para algunos a los que el Gobierno de turno puede indultar por su propia voluntad, al margen de las leyes.

Y es aquí donde las instituciones reaccionan. Quienes pretenden cambiar el sistema son “antisistema”. Quienes intentan preguntar acerca del modelo sobre el que edificar sus sociedades trazan un “desafío independentista”. Aquellos que defienden una determinada postura ideológica carecen de “legitimidad democrática” para decir nada. Los que gobiernan no comparecen ante los medios, o cuando comparecen lo hacen para no responder preguntas, o cuando responden se limitan a dar rodeos y a acusar a los de enfrente de algo que no venga al caso.

El uso del lenguaje es perverso en este punto, y se desprestigian las alternativas. Los líderes de otros países que se convierten de pronto en enemigos dejan de ser “presidentes” para convertirse en “dictadores”, y sus “gobiernos” pasan a ser “regímenes”. Le pasó a Gadafi, al que antes todos recibían entusiasmados por su riqueza petrolífera, como antes a Sadam y después a Mubarak o Al Assad.

Es la lógica perversa de las guerras. Los opositores se convierten en “terroristas” y las zonas que conquistan los aliados pasan a llamarse “zona liberada”.

El sistema es incuestionable para quienes lo manejan. Por eso un fiscal no puede abrir la puerta a determinadas concesiones en Cataluña. O no se puede hablar con ninguna fuerza soberanista vasca si no hace explícita su condena al terrorismo de ETA. Por eso, aunque la Constitución diga que uno de los roles del Ejército es salvaguardar la unidad del país, cuando un militar hace referencia a eso se dice que es un golpista.

El uso del lenguaje en política para luchar contra las alternativas políticas al sistema se intensifica en los últimos tiempos. El agotamiento del modelo bipartidista es lento, pero constante. La suma de las dos grandes fuerzas ha perdido gran parte de los apoyos que tenían en las urnas y, aunque no hay tercera fuerza que constituya una alternativa de Gobierno, el esquema político podría encaminarse a que un futuro Ejecutivo necesitara pactar para poder establecerse.

Eso en España, pero en otros países la evolución ha sido similar, incluso más rápida. Lo que pasa aquí desde hace unos años pasa fuera desde hace décadas. Hay manifestaciones diversas, como la de los ultras colándose en Suiza o llegando a la segunda vuelta de las elecciones francesas hace años. O la de los liberales, coaligándose con los conservadores en el Gobierno británico. O los separatistas conservadores aupando a Berlusconi. O los ultras ganando plazas como Hungría o Polonia. O los verdes copando asientos en los parlamentos centroeuropeos. O los regionalistas, partiendo Bélgica en dos.

Pese a todo esto la lógica política mundial —allí donde hay una democracia establecida— ha sido bipartidista. Demócratas y republicanos en EE. UU. Peronistas y radicales. Populares y socialistas. Progresistas y conservadores. Y así siempre. Salirse del esquema solo conduce, nos han dicho siempre, a la inestabilidad. Algo nada recomendable, dicen, en un contexto de crisis. El problema es que la crisis ha acelerado el proceso de desgaste de las alternativas tradicionales de Gobierno.

Y en estas que surgen otras alternativas. Otras visiones, otras formas de hacer política, algunas más acertadas que otras, todas con sus luces y sombras. Salirse de la línea se castiga, y si no que se lo pregunten al exprimer ministro portugués, que dimitió por no poder aplicar los recortes impuestos por Europa a causa del rescate porque el opositor Passos Coelho lo impidió… y acabó aplicándolos al hacerse con el poder.

Syriza en Grecia es peligrosa porque se niega a aplicar lo que impone Bruselas. Posiblemente es tan falso como que Islandia sea un modelo a seguir por haber conseguido, dicen, salir de la crisis sin plegarse a los deseos de los poderes fácticos que nos gobiernan. Ambas cosas son perversamente falsas.

Pero los dictadores son malos, en eso posiblemente todos coincidamos. Ahora bien, ¿qué es un dictador? Por definición, quien encabeza una dictadura, es decir, un régimen que impide a la gente elegir a sus representantes y les impone sus leyes y medidas. Hay quien se desgañita defendiendo que Cuba no es una dictadura y hay quien dice que Chávez era un caudillo de trazas dictatoriales. Sin embargo las elecciones en Cuba sirven solo para confirmar los cargos ya elegidos por el Partido Comunista, mientras en Venezuela hasta la propia oposición reconoció en su mejor momento que no había detectado rastro alguno de manipulación electoral.

Chávez era histriónico, excesivo, pero no un dictador. Era un populista, un demagogo, pero no un caudillo. Atacó la libertad de prensa, reprimió a quienes opinaban diferente, pero también contribuyó a combatir la pobreza y el analfabetismo en el país. Aumentó la inseguridad ciudadana y crecieron los problemas de suministro energético, pero también hizo de Venezuela un país influyente y respetado en Latinoamérica.

Ahora es el momento de comparar. ¿Es populista quien, por ejemplo, aprovecha el debate sobre el estado de la nación para sacarse de la chistera medidas de apoyo económico a diestro y siniestro disparando el déficit público? Porque el “cheque-bebé” o el Plan E de Zapatero lo fueron tanto como el pago que prometió Berlusconi si era elegido para contrarrestar las subidas de impuestos promovidas por el Gobierno de Monti.

¿Es una dictadura el país que prohíbe a partidos políticos que sustentan modelos de Estado diferentes al mío? Porque el Partido Comunista será el partido único en China y Cuba, pero España ilegalizó a la izquierda abertzale durante una década diciendo que era el brazo político de ETA.

¿Es una dictadura China por censurar contenidos en los medios de comunicación? Porque en la Comunidad Valenciana de Camps poco se supo por la televisión pública del accidente de metro en el que murieron 43 personas, o del caso Gürtel que acabó con su dimisión.

¿Es perseguir la democracia promover el cierre de la opositora venezolana Globovisión? Porque en España la lógica de “todo es ETA” que bendijeron los dos grandes partidos provocó el cierre del diario Egunkaria y el encarcelamiento de sus gestores por el único crimen de escribir en euskera, tal como se ha reconocido años después. Efectivamente, en la España democrática se ha encarcelado a periodistas por su ideología.

¿Es ser populista querer intervenir el Grupo Clarín en Argentina? Porque en España Aznar promovió la creación de un gran grupo conservador de medios con la privatización de Telefónica y el acercamiento a Planeta y Zapatero favoreció la creación de Mediapro a la izquierda de El País, que acabó quemando su último cartucho apoyando a Carme Chacón en lugar de a Rubalcaba. Y eso por no hablar de la concesión de licencias de medios que se ha hecho en según qué regiones.

¿Es demagogo alguien que llega a ser la tercera fuerza de Italia con mítines exaltados, sin programa electoral y sin más empuje que su crítica a todo como Beppe Grillo en Italia? Porque en España ahora mismo gobierna un presidente que ha reconocido abiertamente haber incumplido todas sus promesas electorales y estar a la vez satisfecho porque su deber era hacerlo.

¿Es un caudillo alguien que nacionaliza recursos y los expropia a empresas extranjeras? Porque en España hubo una intensísima guerra política para evitar que algunas empresas extranjeras (y otras de comunidades como Cataluña) tomaran el control de un sector tan sensible como el energético.

¿Es antidemocrático imponer puntos de vista y cargos? Porque en España las listas son cerradas, los partidos premian a los fieles acríticos y castigan a los disidentes ¿Es propio de gente poco amiga de la democracia violar la división de poderes? Porque en España los jueces se agrupan en signos ideológicos y se cesa a fiscales que se salen de lo ordenado.

¿Es populista Cristina Fernández de Kirchner por remover la guerra de las Malvinas para distraer la atención de los problemas de Argentina? Porque aquí mandamos a las fuerzas de seguridad a desalojar a siete personas que llegaron en lancha a un islote deshabitado. ¿Y el postureo de ir siempre de luto recordando a su difunto marido? Como los diputados que llevan al Congreso pegatinas, camisetas, insignias u objetos diversos para enseñar.

¿Son antisistema los que quieren manifestarse dentro del Congreso? ¿Es antipolítica lo que hace Beppe Grillo? ¿Era Chávez un demonio socialista? Las formas, en los tres casos, pueden no ser las mejores, y las formas en política son casi tan importantes como los contenidos. Por eso molestan las imágenes del hemiciclo vacío, aunque los diputados estén trabajando en sus despachos.

Posiblemente el principal problema de la democracia es que se ha convertido en un sistema que, por querer blindarlo de reforma alguna, se ha convertido en poco democrático. Lo diferente y ajeno es criticado y a lo reformista se le da la etiqueta de anticonstitucional o antidemocrático. La realidad, no obstante, está llena de matices cuando se sale de la trinchera. El problema es que los matices se interpretan como críticas, las alternativas como demagogia y las propuestas como populismo.

Los otros, los caudillos, dictadores, terroristas y antisistema, son los malos.


Jaime Bayly: “La política es una forma inferior de religión”

Es difícil no pensar en Lord Henry, el corruptor de Dorian Gray, “con su voz grave y musical y con el peculiar movimiento de la mano” al entrevistar al escritor y periodista Jaime Bayly (Lima, 1965). Eterno coqueto de sí mismo, observándose en ese espejo que son los otros, se atusa el cabello y marca los ritmos de manera cadenciosa con sus manos. He ahí un seductor, un dandy, que ha engatusado a todos los géneros con el hechizo de su palabra; coronando cada una de ellas con su inconfundible sonrisa de niño volteriano en un colegio de la obra. Pero también existen otros Bayly, poco conocidos aquí, como el periodista liberal, el creyente borgiano y, sobre todo, el superviviente de una fantasmagoría familiar que le condenó a su único bálsamo infalible: la escritura.

Un contexto: el joven Bayly, de la mano de su madre, frente al edificio de La Prensa, en Lima. ¿Podríamos datar ahí el inicio de tu biografía pública?

Sí, eso fue en enero de 1981. No había cumplido 16 años. Mi madre me llevó al periódico, el periódico me llevó a tener una columna diaria —Banderillas—, la columna me llevó a la televisión, a un canal de Lima, cuyo dueño leía la columna y me dijoquiero que hagas en la televisión lo que haces en el periódico“. Y dos años después, noviembre de 1983, estaba condenadoa la vida pública porque salía en la televisión de Perú.

Tal como lo cuentas fue una pequeña bola de nieve que fue haciéndose grande poco a poco.

Exactamente. Más aún, peor aún, llegué a la vida pública de la mano de mi madre. Mi madre, intentando salvarme o reformarme, me llevó al periódico. Su intención no era introducirme en la vida pública, era adecentarme, corregirme moralmente. No sabía ella que al conseguirme un trabajo allí me estaba metiendo en un manicomio y posteriormente en el burdel de la televisión. Si mi madre ahora, con 72 años, fuese consciente de las devastadoras consecuencias, no lo habría hecho.

¿Cómo era el mundo de la prensa en la Lima de los 80? ¿Existía tanto enconamiento político como presentas en tu novela (Los últimos días de la Prensa)?

Sí, sí. El enconamiento político ha existido desde que existe la política, desde que existe el poder, pero era distinto. No era mejor, como erróneamente dice Vargas Llosa. Él cree que los jóvenes de ahora son tontos comparados con los de hace 40 años, cuando él no tenía 75, sino 25. Yo no comparto esa observación: creo que los jóvenes de ahora son más inteligentes, lo que no es su mérito… es algo genético, algo que tiene que ocurrir: los hijos, por lo general —con raras excepciones—, mejoran a los padres. Por eso la teoría se llama de la evolución, y por eso Internet existe ahora, y no lo hizo en la Alemania nazi, ni existía cuando yo llegué a La Prensa en el año 1981. Lo que tal vez no advierte Vargas Llosa es que los jóvenes de ahora, siendo más inteligentes, tienen otros intereses. No es que sean más frívolos, no es que sean más estúpidos, tienen otros intereses. No pierden el tiempo como lo hacía él, cuando era joven, que había que hacer la revolución. Los jóvenes ya saben que esas grandes ambiciones terminan como el culo. Tienen ambiciones más modestas, pero más tranquilas y, a la postre, más viables.

Recuerdo un personaje en esa novela, tu superior en la sección de relaciones internacionales, que te pregunta “¿Qué es Francia? Una República; ¿Qué es el Reino Unido?, una Monarquía; ¿Qué es el Perú? Una puta mierda ” y que luego es todo un paradigma de la paranoia anticomunista del tiempo.

(Risas) Sí. Y es un personaje anticomunista visceral, paranoico, que he ido encontrando en otros lugares. En España, incluso. Un personaje por quien siento una estima natural. Desde luego, creo que están locos… pero los veo ahí, metidos en su trinchera, peleando contra enemigos imaginarios, y encuentro un punto quijotesco en ellos. Ese hombre, Arnaldo Zamorano, está inspirado en un hombre que murió y que fue, como cuentas, mi primer jefe en La Prensa. Era un hombre muy decrépito, muy estragado por el tiempo, encorvado, solitario, amargado, que veía comunistas en todos los reporteros de la redacción. A uno de ellos lo terminó arrojando por el balcón. ¡Y no eran comunistas! ¡Tenía desplegado sobre su escritorio un mapa, y en éste tenía cruces con los puntos donde iban a caer los misiles intercontinentales!

Todo un personaje de Teléfono Rojo, de Stanley Kubrick

Claro. Y era un jodido viejo perdido en el centro de Lima. Pero él sabía, en el Kremlin, cuándo iban a disparar los misiles. Y además, ¿cómo coño un misil lanzado desde Moscú iba a caer en Lima? En fin, estaba convencido y me lo contagiaba. Uno no se da cuenta, siendo como su padre, como su primer jefe… como esos personajes chiflados. Me decía “yo no voy a ser así“… y he terminado siéndolo: he pensando que me quieren matar; llego al hotel y pido una habitación sin vistas a la plaza, que Chávez me quiere matar, algo más protegido.

Hay una imagen muy poderosa en esa novela, muy desconocida para el gran público, y es la hacienda en ruinas de tu abuelo después de la ocupación y repartición agraria del general Velasco —el chino Velasco—. ¿Cuál sería la solución, entonces, para el problema de la tierra en estos países?

Bueno, es que eso a mí me marcó mucho porque mi abuelo había sido un hacendado y llegó un militar, tomó el poder con el aplauso de la mayoría —como suele ocurrir—, y decidió que había que confiscar las haciendas y entregárselas a los campesinos. El lema que usó fue “El patrón no comerá más de tu pobreza“. Y entonces, los campesinos se convirtieron en dueños: a mi abuelo le quitaron la hacienda, el patrimonio de toda su vida, sus tractores, sus campos de manzanos…

Sus amantes, también en la novela.

Sus amantes… todas las cholas que montaba a las orillas de cualquier río. De mi abuelo tengo infinitos parientes en ese valle de Perú, una vasta descendencia. Ahora, lo más cómico fue esto: uno de los hijos de mi abuelo, mi tío, era comunista y agitaba la reforma agraria. Él azuzaba a los trabajadores de la hacienda para que odiasen a mi abuelo. Cuando le quitan la hacienda… el que capitanea la toma es su hijo, que ni siquiera se convierte en propietario sino en mero agitador. El resultado fue triste porque por un lado tenías a mi abuelo —comprensiblemente desolado— y por otro lado lo que era una hacienda próspera se convirtió en una mierda. Los peones, que antes odiaban ordenadamente a mi abuelo pero que todas las semanas cobraban, ahora se odiaban todos entre ellos. Ya no había quien pagase. Lo anterior no era justo, pero lo que vino fue todavía más injusto. El remedio fue peor que la enfermedad.

Esto recuerda esa frase de Chateaubriand sobre la revolución francesa: “… el pueblo soberano, cuando se convierte en tirano (…) es la presencia universal de un universal Tiberio”.

Claro, exactamente. El poder es una cosa perversa siempre, pero mira, este hotel pertenece a unos e imagínate que todos los trabajadores dicen “ahora no habrá un jefe“, “ahora todos seremos sus dueños“. ¿Sería eso posible? No. En las relaciones humanas, de toda índole, siempre existen los que mandan y los subordinados. No es posible, ni es deseable, un mundo igualitario.

Siempre hay un sujeto y un maestro, parece.

Exacto. Dado que en todo grupo humano hay una relación de poder, alrededor de qué debería estar organizado. Cuando una sociedad, el hotel o la hacienda de mi abuelo, se organiza con criterios religiosos, estamos jodidos. Esa es la peor forma política existente, la tentación finalista. Si mi madre o el Opus Dei controlan este hotel estamos jodidos.

Félix de Azúa citaba a Camus diciendo que el “el comunismo no deja de ser un cristianismo en putrefacción”.

Bueno, es una religión: tiene sus dogmas, además está reñida con la felicidad, es una religión que jode a la gente. Tienes que creer en ciertas cosas que no funcionan, que te alejan de la felicidad y que te vuelven más pobre y menos libre. Entonces, si este hotel estuviera regentado por el partido comunista también estaríamos jodidos. El Opus Dei mal, el partido comunista mal… La religión no funciona, ¿y la política? Es una forma inferior de religión, el Partido Popular es una iglesia, el PSOE es una iglesia. Tienen sus predicadores, charlatanes: son iglesias laicas. Pero son pequeñas iglesias, congregaciones; eso que llaman mítines políticos son como oficios religiosos. En un mundo ideal, que no existe, el poder debería estar organizado alrededor de la inteligencia, de la sabiduría. Los que saben más son los que deberían tener el poder porque lo van a administrar de un modo noble, recto, virtuoso. Si un intelectual fuera el dueño de este hotel, sería el mejor de los mundos, pero eso no va a ocurrir. Principalmente porque un intelectual, como la gente más sabia, no quiere salir de su casa, son genéticamente haraganes. Cuando encuentras a gente muy inteligente solo quiere, por lo general, que no la jodan. A lo que llegamos es que a las organizaciones donde menos campea la infelicidad son las que están regidas en el comercio, en el dinero. El poder lo tienen no los individuos que están poseídos con una verdad, religiosa o política, sino por una apetencia que parece mala, o eso es lo que nos han contado de niños los curas, que es la apetencia egoísta del dinero y que realmente no lo es. Los dueños del hotel, sigo con el ejemplo, tienen el poder, ¿y por qué son los dueños? Porque tienen algo que nosotros no tenemos: una ambición salvaje por el dinero, y saben cómo llegar a este. Creo, y con esto respondo tu pregunta de la hacienda, que las cosas funcionan menos mal cuando un grupo de gente está organizada aunque jerarquizada en torno a esa idea primitiva: el comercio, el intercambio, el afán de lucro, el dinero…

La amoralidad del comercio está magníficamente tratada en un libro de Juan Velarde que me recuerda a ti desde el título El libertino y el nacimiento del capitalismo. Allí unía el ascenso del librecambio en el siglo XVIII a la figura del libertino, Casanova, John Law…

Exactamente. La riqueza la crean los innovadores, y éstos son los que se atreven a romper las verdades, a empujar los límites. Los libertinos no solo desde un sentido sexual, sino moral e intelectual. Los otros, los que se portan bien u obedecen, no son capaces de reinventar el mundo. Los grandes inventos de nuestro tiempo, el propio ordenador, el teléfono móvil, ¿quiénes los inventaron? No fue una religión, no fue un político, no fue un intelectual… ¡No! Fueron espíritus o mentes transgresoras. Gente que pensó que las cosas no tienen que ser como son ahora y es necesario subvertirlas. En todo libertino anida un revolucionario, un amotinado, un jacobino, un revolucionario. Gente que piensa “yo puedo tumbar esta Monarquía“. A mí por eso me cae bien aquí la gente que dice “¿Por qué tenemos que tener un Rey?” Antes funcionaba… y los súbditos teníamos que pagar al Rey sus viajes, sus amantes y sus elefantes muertos, pero ¿por qué ahora? Cabe cuestionarlo, sin ninguna animosidad. Se deben cuestionar las cosas, no aceptarlas con un espíritu bovino.

¿Crees que ese pensamiento nacionalista y autárquico (que acabó con la finca de tu abuelo) sigue vivo todavía en la expropiación de YPF? Toda esa ideología que estaba en una de las biblias del alter mundialismo, Las venas abiertas de América Latina de Galeano.

Galeano vive muy bien. No ha llegado a abrirse las venas, es un burgués muy bien acomodado que vive en Montevideo. ¿Y sabes por qué? Porque sus libros se venden (risas). Se venden globalmente, además. El libro, mal que le pese al señor Galeano, es una mercancía. El señor Galeano tiene un buen pasar, merecido, por el capitalismo y el libre mercado y porque hay muchas personas que compran sus libros en muchas lenguas. La cosa tribal no funciona: lo que ha hecho Cristina en la Argentina es algo muy bárbaro, muy primitivo. Es como construirle un mausoleo a su marido muerto y llevarle la camiseta del Racing. Ella cree que porque es conmovedor es verdadero, y es todo lo contrario: es tan conmovedor como falso. Todo es mentira. Ahora, los argentinos pobres van a estar más jodidos. Y Cristina, y sus hijos Máximo y Florencia junto a sus apandillados, van a estar mejor. No han confiscado toda la empresa, además: Eskenazis tiene un 25 % y el Fondo de inversión un 17 %. Han jodido a los españoles, y es algo demagógico y antiguo. Es triste, porque nos hace pensar que un país como Argentina, que parece europeo, actúe como una tribu demente y antigua. El 64% de los argentinos han aplaudido lo que ha hecho Cristina. Por eso los argentinos, cuando yo trabajaba en La Prensa, fueron a invadir las Malvinas, porque un porcentaje importante aplaudieron a la junta militar. Y después estos mismos niegan el pasado, su fervor.

Hace poco se publicó en España un fanzine llamado Viernes Peronistas, que a los que tenemos un conocimiento menor del mundo de las dictaduras del Cono Sur nos parecía sorprendente: Perón y su régimen superaban con mucho todo lo que fue el franquismo.

(Risas) Te preguntas ¿Cómo coño es posible? ¿Cómo es posible que en Argentina, que es un país virtualmente inteligente, todo el mundo se declare peronista? Perón fue un auténtico rufián. Ningún político español dice “milité en el movimiento franquista”. Todo el mundo, todos los intelectuales, dan por hecho que Franco fue un cabrón, un tipo de mala entraña. Pero bueno, la ignorancia de los argentinos en ese punto es dramática: no saben quién fue Perón, no saben quién fue Evita. Pero tienen necesidad de endiosar, y lo mismo que hacen con Charlie García o Calamaro lo hacen con Perón. Es como Operación Triunfo aquí.

Cuéntanos tu implicación en la fallida elección de Vargas Llosa a inicios de los 90.

Apoyé mucho su candidatura: tenía un programa político en la televisión peruana. Es muy probable que mi contribución haya ayudado a que él perdiera. (Risas) Esto uno no lo advierte en el momento, y 22 años después creo que si me hubiera quedado callado lo hubiera ayudado más. Creo que algún daño lo hice. Por otro lado, creo que él se equivocó. Muchos se lo dijeron: Carlos Fuentes, Octavio Paz. Éste le dijo: “No, no, no. Esto acaba mal, ganes o pierdas, tú eres un escritor“. Por fortuna, creo yo, perdió por ser un escritor y no un político; habría que aprender de esa lección. Pero la vanidad es una cosa muy jodida, que siempre tira siempre…

Se suele citar muy poco en España tu faceta televisiva. Cuéntanos, aunque lo has hecho muchas veces, cómo llegaste a la televisión peruana.

Tenía 18 años, y me gustaba mucho ver la televisión, y el dueño de un canal de televisión leía mi columna en La Prensa. Por lo visto le hacía gracia y me llamó: “Por lo visto hay unas elecciones, y vamos a estar transmitiendo todo el día, desde las 8, que la gente va a votar“. Tenía muchos tertulianos, panelistas, opinólogos en Argentina. Los opinólogos son gente que opina y opina y no sabe lo que está diciendo: como yo. El dueño del canal llamaba a bustos parlantes, y uno de ellos se jodió, se enfermó, y me llamaron: “Tienes que remplazarle” Y me encontré sentado hablando, y probablemente todo lo que dije era equivocado, pero lo dije con convicción, creyendo que era momento capital… y probablemente era una mierda. Seguramente mis amigos del colegio se estaban riendo de mí, pero creo que estaba movido por un oscuro rencor hacia mi padre. Eso me dio el fuego esa mañana para hablar en televisión y lo que me sostiene en pie todavía, tristemente, es tratar de demostrarle a mi padre —muerto ya— que sus vaticinios no se cumplirían: yo no sería el perdedor o fracasado que pretendía.

¿Cuáles fueron tus influencias televisivas al pasar del noticiero al magazine? Se te ha llamado el Letterman hispano.

Que Letterman no se entere de eso, que me pone una demanda (risas)

Tienes también un cierto tono a Stephen Fry.

Oh, ¿lo viste en Wilde? ¿En la película de Wilde?

Me refiero más a un personaje como el de Los amigos de Peter.

Es una observación que te agradezco mucho. Uno va cambiando de maestros y yo nunca quise ser como mi padre, y esto me marcó mucho. Y me imagino que un niño medianamente feliz debería tener como modelo a su padre. Mi primer modelo era “no quiero ser como mi padre” Tampoco como mi madre. Luego vas buscando arquetipos, role models que dicen los americanos, y en algún momento fue Vargas Llosas, también. Quería ser como él: era el padre que había escogido. Pero en todo escritor, o en mí, se esconde un parricida. Así como maté a mi padre biológico, acabé enemistándome con Vargas Llosa, lo cual es una pena. Ahora tengo otros modelos, pero Letterman siempre ha sido, y pervive, desde los primeros años 80, con ese toque provocador…

La célebre entrevista con Madonna.

Claro. Ahora tú puedes ver todo, en tu ordenador, pero en ese mundo, con apenas 20 años, yo ya salía en televisión en Perú y yo ya viajaba. Viajaba todos los meses…esto sonará a “este es un viejo en el parque hablando…Y yo llegaba a Miami, a la televisión, que no se podía ver en Perú de ninguna manera y vi a Letterman y antes a Johnny Carson, que estaba en la programación una hora antes. Eso para mí fue un auténtico deslumbramiento…

Pasar de Sábado Gigante a Letterman.

¡Exactamente! O de Kiko Ledgard, para la España de una sola televisión. Cuando vi el show de Letterman sentí como se sienten esos personajes en la novela de García Márquezllega el circo al pueblo y ven el hielo. Es algo que te cambia la vida, tocar ese hielo. Esto en el 85, ha pasado más de 20 años, y sigo haciendo televisión, tocando el hielo, y sigo queriendo ser como Carson o Letterman. Seguramente no lo voy a conseguir nunca, pero lo que te mueve es perseguir esos modelos. Esto no lo he visto todavía en español; he visto muchas tentativas fallidas y aquí, el que mejor lo hace, es Buenafuente. Pero en América, en Miami… Mi modelo de escritor, ahora, es Javier Marías. Lo saludé la otra tarde en Barcelona y me gustaría tratar todo lo posible de acercarme a él. Ya en la trilogía, pero ahora en Los enamoramientos, nadie escribe el español con esa musicalidad y sonoridad.

¿Llegaste a recibir alguna amenaza por tus discursos anticastristas y antichavistas? Solías decir en tu programa que te perseguían matones de Chávez.

No, hombre, Chávez no es tan inteligente, pero sí me he sentido amenazado con correos, quizá escritos por mi ex-suegra o mi ex-mujer, pero uno se siente importante denunciando esas amenazas. Siempre está ese peligro germinal, no mandado por Chávez; simplemente un chavista loco que se siente humillado porque me meto con Chávez me mate, y así mataron a Isaac Rabin. Os voy a contar una historia divertida de estos tipos: yo conocí a un espía. No creo que quisiera matarme, pero quiso seducirme: venía todos los lunes a mi programa de televisión en Miami. Era llamativamente guapo, y como yo soy un gilipollas no pensé que fuera un espía. Él decía que era dentista, hablaba de mis libros con familiaridad y venía todos los lunes. Me miraba con intención, y soy muy vulnerable, no suelo oponer resistencia (risas). Le facilité mi señas, mi correo, mis teléfonos…Y un día, esto parece un pequeño cuento, no viene el invitado, y es una hora en directo. Digo “puta madre” y pienso ¿qué hago? Voy a pasar el micrófono y que el público me haga preguntas, mi pequeño ego, ya saben. Y entonces, se encienden las luces sobre el público y el dentista guapo sale en la televisión, lo que no está en sus planes. Hace una pregunta, algo que recuerdo muy amable, y llego a mi casa, abro mi correo; había ocho o diez mails de sus hermanos, cubanos en EEUU, que lo habían visto en televisión y sabían que era un espía. “Bayly, este es espía, es mi hermano, es espía castrista, trabaja en el G2” ¿Qué hago? Pensé, me voy a quedar callado, y ver si viene el próximo lunes, porque a lo mejor sus jefes lo vieron y abortaron la operación. Le dije —con mucho cariño, porque antes de espía era un hombre guapo (risas)—: “sé que eres un espía, pero te ruego sigas viniendo y sigamos siendo amigos“. Nunca más lo vi.

Se ha discutido mucho en España de la posibilidad de un humor de derecha, y curiosamente tú has llegado a la fórmula gracias a la parodia del comunismo latinoamericano. ¿Crees que gran parte de la izquierda carece de sentido del humor? Quiero decir, hay cientos de chistes de Bush… luego sale Castro en chándal y se quejan por esos chistes.

Sí. Pero mi crítica no es moral, es libertaria o libertina. Si en este momento estuviéramos en un hotel en la Habana tú y yo no podríamos estar teniendo esta conversación, o simplemente conectarnos a Internet. No hablemos de política; hablemos de la libertad que asiste a un individuo de conectarse libremente a Internet. Eso, si tú vives allá, está prohibido, y no es justo. En eso no soy de derechas o izquierdas; simplemente me jode que los que tienen el poder lo usen de manera tan abusiva. Cada uno, a ciertas edades, puede administrar el ámbito de su libertad. Tengo muchos amigos cubanos que cuando estás en Cuba, en su casa, no se pueden conectar a Internet. No digo un periódico de oposición, o una televisión fuera del gobierno. No es una crítica moralista, es de principios y sobre todo práctica y utilitarista, incluso hedonista. Creo que la gente tiene todo el derecho, y ahí discrepo con Vargas Llosa, de perder todo el tiempo en Internet y ser todo lo narcisistas que quieran. Es mucho mejor que ir a la guerra.

Pasando a la familia, existe siempre en tu obra literaria el recuerdo constante, enquistado, del rechazo familiar por tus dudas sexuales. ¿Habría sido tu vida diferente con una mentalidad más abierta, más Europea?

Sí, pero no hubiera conocido al espía (risas). No, eso está en cada espíritu humano: uno es lo que es, pero principalmente lo que hubiera querido ser. Uno nunca está contento con lo es, y está cotejando lo que pudo ser. Siempre estamos mirando atrás: Y si hubiera nacido en otro tiempo; y si mi padre me hubiera querido“.

¿Has enterrado todos esos fantasmas del pasado? En El canalla sentimental parece que dejas la cuestión en suspenso.

No, no los he enterrado todos. Mi padre esta enterrado en un cementerio de Lima, y sin embargo sigue siendo una presencia muy viva en mí. No creo que consiga nunca enterrarle. Creo que la literatura, como bálsamo, y las pastillas… se lo decía anoche a mi mujer, Silvia. Yo me conforto en las pastillas, como mi madre se conforta con la religión. No puedo vivir sin ese bálsamo, sin esa paz de los hipnóticos y ansiolíticos. A mi madre Escrivá de Balaguer le da paz; yo cuando lo veo pienso “qué marica“. Es mucho más marica que Raphael o Camilo Sesto. E incluso que yo.

Cuéntanos qué suponía la educación del Opus en el Perú de los 70.

Bueno, yo prefiero mandar a mi hija a educarse a una cárcel, en serio (risas). A Carabanchel. Creo que va a salir mejor educada de un presidio que de un colegio del Opus. A ver, yo fui a la Universidad Católica, ¿cómo puede ser una universidad religiosa? La enseñanza, si uno aspira a conocer la realidad, tendría que ser abierta, libre, plural, porque lo otro es manipulación. Y te pone de espaldas a la realidad. No creo que las personas salgan mejor educadas de un colegio del Opus, mormón o judío. Son cosas incompatibles. La Universidad Católica en su tiempo, cuando yo estudié, no era de confesión religiosa total, pero ahora, en abril de 2012, el Vaticano quiere que sea controlada académicamente por la iglesia católica. Por suerte, hay un debate contrario, pero la iglesia católica quiere hacer honor a su nombre, y que se someta intelectualmente al Papa.

¿Es tan grande el poder político de la Iglesia en Latinoamérica? Un personaje como Cipriani, que cobra del Estado, es difícil de ver en Europa.

Me voy a meter en problemas familiares, porque Cipriani es amigo de mi madre. Y mi madre es una mujer muy rica porque su hermano era gay, y era dueño de una mina e hizo mucho dinero pero no tenía, claro, descendencia. Era un hombre muy inteligente, y quiero escribir una novela sobre él… era muy libertino. Y le gustaba pagar por el sexo, esto es algo que admiro, además de que le gustaban los negros. Este hombre poco antes de morir tuvo miedo, y la que estaba a su lado era mi madre y entonces le dejó muchísimo dinero. Pero ¿qué es la Iglesia católica? Es un partido político, una multinacional, una corporación con oficinas en todo el mundo, gigantesca. Cipriani es el jefe de la oficina del Perú, como Telefónica. Entiende instintivamente Cipriani, como todos los de su empresa, la forma de amigarse con el poder: siempre encuentran la manera. Cuando Vargas Llosa era candidato uno de los jefes se metía en el maletero del coche a riesgo de sofocarse para que no le vieran los periodistas. Mira como se humillaba ese cura cabrón para tratar de mamársela, figuradamente, a Vargas Llosa. ¿Por qué? Porque así juega la Iglesia. Pero ganó Fujimori. La célebre toma de la embajada de Japón de unos terroristas en Lima, con 150 rehenes que celebraban el día de Japón, vio aparecer a Cipriani. Era el cura que entraba a la embajada con una Biblia y una guitarra para acompañarles. Dentro de la guitarra, por orden de la inteligencia de Fujimori, tenía un micrófono escondido. Ese es Cipriani: entra en calidad de cura, con los terroristas y los rehenes, y era el espía del chino. Esa es la historia de la Iglesia Católica: siempre está con el poder. Incluso con los nazis. Encuentran siempre la manera camaleónica de meter el micrófono en la guitarra. Gracias a ese micrófono un militar habló con el jefe de la inteligencia de Fujimori y planearon el rescate. Luego ha estado con todos: Toledo, García y con los Humala, a los que encuentra encantadores. Por eso estaba aterrado con mi candidatura a presidente. Le decía “Mamá, tienes que pagarme la candidatura.” Presidente o primera dama, pudiendo cumplir los dos papeles dignamente (risas). Era totalmente ridículo, como la mayoría de cosas en mi vida, porque mi madre me veía con estupor. Ella luego hablaba con Cipriani, y claro, no me consta, pero puedo oír el eco de su voz diciéndole “En nombre de Dios, no. Este candidato es nuestro enemigo natural.” Hablaba del estado laico, de los derechos de los gay, del aborto, y de que Perú no le pague dinero a la Iglesia. Y mi madre se replegó: interesante momento, ella tuvo que elegir entre ser madre de su hijo o ser hija de Cipriani. Y eligió Cipriani.

Acabamos la entrevista con la literatura. No se lo digas a nadie es un hito en la literatura queer hispana, y supuso tu consagración como escritor. ¿Te cogió desprevenido el éxito? ¿Te gustó que mucha gente se sintiera identificada con tu historia?

Claro que me cogió desprevenido el éxito; aún ahora lo estoy. Como dice una amiga peruana “no merezco“. Al mismo tiempo, conversando el otro día con Silvia, Estoy jodido, y todo lo que escribo en la memoria de algunos lectores es menor a ese libro“. En general, se asocia a un escritor con una novela: García Márquez: Cien años de soledad. Y no La mala hora, que fracasó. Todo el mundo me asocia ya “Ah claro, el peruano ese que es gay” (risas), pero creo que he escrito novelas que son mejores y siguen con esa obra.

Nunca has pontificado como homosexual militante, tiendes más a este libertinaje que defiendes aquí. ¿Crees que todo ese frentismo, esas asociaciones, perjudican a la causa? Conseguidos los derechos, casi se convierten en un grupo de presión más.

Yo he querido ser homosexual militante, pero no he podido conseguirlo. ¿Sabes lo que me ocurrió con muchos amigos gais? Al decir que no soy completamente gay, el gay militante se eriza un poco al oír “puedo ser bisexual“; es esa marea de nadie, dejadme oscilar en ese terreno intermedio. Cada día es distinto del anterior: hoy puede ser un día bueno y mañana un día de mierda. Hoy puedes sentirte algo y luego lo otro. No es verdadero y falso: las cosas evolucionan. He amado algunos hombres y mujeres, pero la militancia, cuando hablamos del deseo o el amor, es una cosa peligrosa y la vida siempre te sorprende.

¿Cuáles fueron los autores clave en tu evolución como escritor? Conocemos que eres un borgiano incorregible. ¿A qué literatura te sientes más vinculado, a la peruana o a la argentina?

La mente más asombrosa y prodigiosa que conocí en el Perú es la de Vargas Llosa, pero tuve la inmensa fortuna de conocer a Borges… y no cabe la comparación. Lo siento por Vargas Llosa, pero toda la suma de la obra de este autor no es comparable a la maestría de Borges. Borges fue argentino por accidente; era un inglés, varado en Buenos Aires muy a su pesar, pero por algo murió en Ginebra y quisieron que le enterraran en Ginebra. Te mentiría si te digo que me identifico más con la argentina que con la peruana, porque la literatura de Borges no era argentina, era universal. Luego hay una literatura argentina, pero para mí Borges es el escritor más prodigioso, más admirable que he leído. Lo conocí dos años antes de que muriera. Borges se reía de todo, pero sobre todo de él. Del peronismo, del fútbol, de los militares, de lo argentino, esa cosa tan inflamada. Creo que fue un visionario y un hombre muy adelantado a su tiempo, muy moderno. Y veía la cultura como una cosa global, en movimiento, que viene de atrás y no se interrumpe.

Has pasado de los libros autobiográficos, de tan honda autodestrucción, a la ficción, a la creación de novelas cercanas a la serie negra, como Morirás mañana. ¿Ha sido difícil? ¿Cómo llegas a esta serie negra con el sello Bayly? ¿Qué autores del noir han sido influyentes?

Todo es difícil: vivir o sobrevivir. Escribir me resulta un esfuerzo. Pero hay una sola razón que me anima a escribir: me acuerdo de que me voy a morir muy pronto. Y elijo, entonces, este día que me queda como un día descontado. Somos un respiro, nada, en miles de años. Cuando uno recuerda que se va a morir y nadie le va a recordar, tus hijos con suerte apenas tres meses, y luego polvo y olvido. Por eso elijo escribir: encuentro en las palabras y ficciones un refugio desesperado. Encuentro en ese territorio una manera de aferrarme a la vida. Me preguntas por la literatura negra, y no tengo ni puñetera idea. Todos los autores del noir influyeron, pero influyó también estar más viejo, estar mal de salud y que un médico me dijera su hígado está muy jodido y debe hacerse un trasplante“. Este médico fue una influencia mayor que cualquier escritor: envejeces, ves la muerte más próxima y terminas impregnado de todo eso.

¿Qué quedó de esa polémica con Marsé en el Premio Planeta 2005? ¿Te llegó a reconocer como escritor?

No tengo ni idea. Fue un buen momento, él estuvo muy bien. Nadie merece ganar un premio. Me lo entregó y luego me dijo que no lo merecía. Y me dijo “tu obra es una mierda y tú eres un mierda”. Y estoy completamente de acuerdo, sin duda. Marsé inspira un personaje en Morirás Mañana y es un viejo escritor retirado, amargado, llamado Aristóbulo Pérez.

Contaste con una amistad muy codiciada, la de Roberto Bolaño. Este afirmó algo agudísimo sobre ti :”Hay que tener huevos para publicar No se lo digas a nadie en Perú”. ¿Cómo era este Bolaño? ¿Cuáles son tus novelas favoritas del autor?

Gracias por recordar a Bolaño, y esa frase… pero yo no tengo huevos: huevos tenía Bolaño. Él tenía cojones. Él, siendo chileno, fue escritor y pobre como una rata en México, y luego pobre y escritor que trabajaba en los camping catalanes para ganarse la vida, aquí en España. Fue un gran escritor porque vivía auténticamente como escritor; yo no, no tengo sus huevos, yo hago televisión. No tendría sus huevos para pasar un invierno en Blanes, sin calefacción, ganándome la vida cuidando campings y follando suecas. Pero él era un grande. Todo lo que escribió me deslumbró: yo lo leí y él me leyó antes de conocernos, así que éramos amigos de esa manera. Esa es una manera muy feliz de comenzar una amistad. Por supuesto que Los detectives salvajes era una novela maravillosa, pero era el mejor en sus cuentos oscuros: Putas Asesina o Llamadas telefónicas, que son los que perduran.

Morirás mañana ha sido publicado en tres volúmenes allí, pero entera en España. ¿Alguna causa? ¿Como Bolaño con 2666?

Cuando la escribí, la sentí como mi última novela. Quería publicar cada novela separadamente, pero para mi fortuna Pilar Reyes me dijo No, no, no te vas a morir y vamos a publicar la trilogía en un solo volumen“. Y tenía toda la razón.

En Morirás Mañana defiendes la venganza como motor narrativo de la novela. ¿Estás ajustando cuentas como supuesta novela póstuma?

Escribir es tal vez abrir una jaula, soltar la fiera y desatar todas las bestias dentro de ti. Que se maten entre ellas como lo que ocurre en mi novela. He tratado de postular la idea de que el rencor y la venganza no son necesariamente innobles; puede haber una justificación moral, un acto redentor, odiar a alguien. Uno es los amigos que elige y los enemigos que elige. Y hay algunos enemigos que uno no debe perdonar; los moralistas te dirán que debo hacerlo.

Estás ya cercano a un personaje de la Huysmans, de esos amorales de finales de siglo.

He matado literariamente con mi imaginación afiebrada a las personas que, si no fuera un pusilánime, mataría con mucho gusto. Y sublevándome a la idea de morir antes que ellos.

Vargas Llosa ha sido constante en esta charla. ¿Conservas tu relación con la familia, padre e hijo? Tuviste una polémica reciente referente a la elección de Humala.

No, públicamente estamos enemistados, pero sin embargo admiro a Vargas Llosa, tengo una deuda de gratitud impagable con él y soy un lector fiel.

¿Cómo van tus problemas de salud? Sueles citarlos de manera apocalíptica en tus columnas, dándote dos o tres meses de vida.

Alguna gente me dice, “acaba de morirte, cumple tu promesa“. No voy al médico: todo médico es mi enemigo. Pienso que me quieren sacar el dinero, matarme a destiempo. En eso soy como Bolaño, y no quiero trasplantes, que me dejen el hígado. Me dicen que deje las pastillas, pero no puedo, me muero antes, como podría morirme en cualquier caso. Quiero morir sedado.

Casi como la muerte de Huxley, con una sobredosis de LSD en sus últimas horas.

¡Es lo mejor! Quiero morir en una clínica suiza, donde pagas 10.000 euros y puedes hacerlo sin molestar a nadie, sin joderlo, sin dolor, sin nada. Y de una manera muy civilizada, pero mi madre sufriría mucho.

¿Te veremos alguna vez en la prensa española o en un programa de televisión?

No, no creo, no tengo salud para ello. Me ha costado mucho venir esta vez. Muchas veces, en los aeropuertos, me he sentido muy mal, que me iba a desmayar. No tengo fuerzas para venir y prefiero estar allá, que están mis hijas, donde supongo moriré.

Te vamos a dar unos nombres y nos gustaría que los definieras con una línea: Hugo Chávez.

 El verdadero e incomprendido sucesor del Chavo del Ocho

Cortázar.

Un gato, una gata.

Zapatero.

Me encantaría darle un beso. Comerle la boca. Creo que le gustaría.

Gabriel García Márquez.

Un mago.

Ana Botella.

Con ese apellido tienes que ser alcohólica o estás jodida.

Cristina Fernández de Kirchner.

Es una viuda, ante todo.

Federico Jiménez Losantos.

Es mi amigo, y le tengo auténtico aprecio, aunque pierda muchos lectores por esto. Tiende a ser paranoico, creo que incluso más que yo, pero le encuentro un punto de ternura.

Ollanta Humala.

Es un militar, sólo militar que fue dado de baja.

Boris Izaguirre

Es difícil definirlo. Es un hombre muy inteligente, pero le importa demasiado la ropa. La otra noche estábamos con él, Silvia y yo, y le dije Ahora va analizar la ropa que llevamos“. ¡Y lo hizo! Cuando dice he tenido un conflicto con los zapatos es auténticamente él. Yo a veces le digo No, Boris, no jodas, la ropa no es tan importante ¡defínete! ¡Da una opinión sobre Chávez!“. Mi único consejo: durante un mes viste ropa vieja y fea, mala ¡libérate de la moda!

Juan Rulfo.

La senda del perdedor, la tentación del fracaso, el destino trágico y el escritor triste.

Fujimori.

Ante todo, un japonés. Nunca subestimes a un japonés.

Pablo Escobar.

Un gran empresario. Un capitalista incomprendido: sólo quería hacer dinero. ¿No dicen los defensores del capitalismo que creen en el libre comercio? Bueno, Pablo Escobar y todos los narcotraficantes de nuestro tiempo son defensores del libre comercio. ¿Nos quieren vender cocaína? Bueno, yo quiero comprarle cocaína a Pablo Escobar (risas) ¡Ahí está la oferta y la demanda!

Isabel Allende.

Aquí tengo un problema: fui amigo de Bolaño, pero no quiero subestimar los libros de la Allende: tiene muchos lectores y traductores… algo habrá hecho bien. Siento respeto por ella pero sus libros, excepto Paula, no me conmueven. Vive en un lugar muy bello, se llama Sausalito, y siempre está encontrando una manera de comprarse una casa más grande en la colina. Bueno, mis respetos: que me perdone Bolaño, pero no me uniré al club de los que la tratan de cursi.

Fotografía: Carlos García Martínez