Las alas perdidas de Shirley Slade

No necesitas leyes para convertir tus deseos en realidad… tú puedes ser cualquier cosa que tu corazón te dicte que seas, y no debes dejar que nadie te diga que no puedes, porque mil setenta y ocho mujeres se convirtieron en pilotos femeninas de caza durante la Segunda Guerra Mundial. (Anelle Henderson Bulechek, una de ellas). 

Qué va. Las mujeres no pilotaban aviones de guerra. Desde luego no en ese cine épico, dirigido por Hollywood, donde héroes americanos decidían desde el aire el rumbo de la historia. Figuraban en los libros, entonces. Tampoco. Ahí se cuenta que ellas estaban en las fábricas, haciendo piezas, o que eran enfermeras. Lo más próximo a una mujer aviadora en la Segunda Guerra Mundial eran las pin-ups, dibujos de tías tetonas y culonas, ligeras de ropa, pintadas en los morros de los cazas. La cultura lo sabía, esto de pilotar es cosa de tíos, y así lo reflejó en Top Gun, 1986. Cuatro años después la película histórica Memphis Belle perdió la oportunidad de mencionar que en la contienda hubo mujeres piloto. Lástima, porque trataba sobre la última misión del bombardero B-17, un cacharro que sobrevivió a veinticinco misiones —la mayoría no alcanzaba la decena sin ser derribado o quedar inservible—, y que disparó la venta de bonos de guerra estadounidenses. El americano medio se rascó el bolsillo para financiar la guerra seducido por las hazañas de los aviones patrios pilotados por hombres. Y supo que había hecho muy bien cuando vio publicada la foto de Richard Pete.

Es una imagen que ha circulado miles de veces por internet, tomada desde el ayuntamiento de Dresde después de ser bombardeada hasta los cimientos. Una estatua extiende una mano y mira las ruinas con gesto de desaliento. En algún lugar allí abajo había sobrevivido Kurt Vonnegut, el escritor que sí estaba mientras caían las bombas, autor de Matadero cinco, donde el histórico huracán de fuego y la ciencia ficción se mezclan en una sátira inclasificable. 

El Memphis Belle fue uno más de los que arrojaron bombas sobre Dresde, y era como sale en la peli, con la pin-up vestida de rojo en su morro, las ocho cruces gamadas correspondientes a enemigos nazis abatidos, y las veinticinco bombas por sus veinticinco misiones. Pero ni en aquel metraje, ni en sitio alguno, se mencionaba que fueron mujeres quienes testaron aquel B-17, perdieron la vida probando prototipos, se aseguraron de que los reparados volvían a funcionar correctamente, y trasladaban los aparatos a las bases de despegue, listos para partir hacia el frente. Claro que este pequeño detalle era información clasificada desde 1944, y no dejó de serlo hasta 1977. 

El gobierno estadounidense no permitió que apareciese en prensa una sola foto, entrevista o testimonio de las mujeres piloto. En 1943 rompieron su propia norma, y permitieron que la revista LIFE dedicara un reportaje de veintidós páginas a las WASPS, Woman Airforce Service Pilots. Una de ellas, Shirley Slade, sentada sobre el ala de un caza, ocupó la portada. 

Shirley Sade era una niña pija de los años treinta, que fue enviada a un internado de señoritas llamado Hacienda del Sol en Tucson, Arizona. Cuarenta mil dólares al año en precios actuales costaba que una hija de la élite política o económica se educara en aquel rancho escuela, que se preciaba de ser una de las opciones educativas no universitarias más caras de Norteamérica. No admitían a cualquiera. En su declaración de intenciones pedían chicas a las que les gustara ponerse sombreros de cowboy, botas vaqueras y cabalgar sin miedo a romperse las uñas. Normal, iban a vivir en el escenario de Duelo al sol, de King Vidor, 1946, en pleno desierto de Sonora. 

No se sabe si el recio carácter de Slade se forjó en la Hacienda del Sol o le venía de serie, pero lo que sí tenía muy claro, ya desde su estancia en el internado, es que no deseaba ser ama de casa. Había decidido ser jockey, y ganar campeonatos nacionales compitiendo contra hombres. Solo abandonó esa intención cuando el ejército estadounidense convocó mil doscientas plazas para crear la WASPS. Un trabajo atractivo, muy bien pagado, que las convertiría en veteranas de guerra, con todos sus beneficios, al acabar el servicio. No es que los militares se hubieran vuelto feministas o creyeran en la igualdad, sino que tras el ataque a Pearl Harbour necesitaban pilotos desesperadamente. 

Shirley Slade fue una de las elegidas entre las veinticinco aspirantes que se presentaron, y tras superar su entrenamiento consiguió sus alas de plata, convirtiéndose en piloto militar. Destacó como encargada de probar el prototipo del Bell P-38 Airacobra, nuevo modelo dee caza que en sus manos se demostró excelente en ataques a baja altura, rapidísimo en giros para el combate, y más rápido en el despegue gracias al tren de aterrizaje en triciclo. Al menos hasta que los modelos de fábrica llegaron al ejército inglés. En el mal tiempo del canal de la Mancha los motores se desempeñaron pobremente, y las pistas de aterrizaje irregulares destrozaron los trenes de aterrizaje. El avión funcionaba de forma excelente en el clima seco de Texas, sobre bien trazadas pistas de asfalto y con Slade a los mandos. En el primer combate de los Airacobra los nazis derribaron seis de los doce del escuadrón de ataque. Pero desde luego a los oficiales no se les ocurrió que si enviaban a las WASPS las cosas irían mejor. 

De hecho las Fuerzas Aéreas Estadounidenses nunca reconocieron a las mujeres como pilotos de pleno derecho. Aunque integradas en el ejército, estaban destinadas a labores de aviación civil, sin derecho a participar en misiones de guerra. Igualmente cumplieron un papel fundamental para ganar la contienda. Eran las primeras en volar un avión recién fabricado, testarlo, asegurarse de su correcto funcionamiento y plenas capacidades. Los modelos que habían sido reparados —casi todos después de uno o dos vuelos, si no eran derribados— volaban de nuevo en sus manos para corroborar que podían volver al combate. Y, naturalmente, se encargaban de transportarlos desde las bases de reparación hasta las de despegue para las misiones. Dicho así parece sencillo, pero de su diagnóstico dependía decidir si un avión de guerra servía o no para ganar a la Lufwaffe. Si las pruebas del Airacobra hechas por Slade no hubieran sido tan exhaustivas, el desastroso diseño de los ingenieros de Boeing hubiera propiciado un desastre aún mayor.

Pero en la sociedad norteamericana de los años cuarenta no era admisible que las mujeres se encargaran de un trabajo tan importante. Menos aún lo era para los pilotos masculinos, que organizados en un lobby apoyado por veteranos y personal de apoyo en tierra reunió fondos para financiar una campaña de propaganda en contra de las pilotos femeninas. Su argumentación era simple: no lo podían hacer igual de bien porque eran mujeres. El ejército, la administración y el gobierno coincidían con ellos, y si sacaron adelante las WASPS fue por pura necesidad. 

Y es que la decisión de sacar el reportaje en LIFE, una revista leída por el 63% de los combatientes masculinos, no iba dirigido a ellos sino a las mujeres. El gobierno necesitaba más fondos para seguir la lucha contra Hitler y en el Pacífico, y estaban convencidos de que amas de casa y jóvenes trabajadoras comprarían más bonos, como así fue. Desde 1941 la publicación había dedicado muchos artículos a alabar el trabajo de las mujeres en las fábricas, y hasta dedicaban páginas a los militares negros, en un momento en que la segregación seguía activa, y la lucha por los derechos civiles estaba muy lejos de producirse. 

Nadie cuestionaba que los negros pudieran trabajar o servir en el ejército, pero que las mujeres desplazaran a los hombres de ese trabajo era otra cosa. Por eso el tono del reportaje estuvo muy lejos de defender la igualdad o tener visos revolucionarios. De hecho la pose escogida para la portada, con Slade en ella, es muy semejante a la de las pin-ups pintadas por los pilotos en el fuselaje. Pero no la escogieron por su belleza, y ni siquiera tomaron la decisión los periodistas. Fue el general Hap Harnold, general de las Fuerza Aérea de Estados Unidos, quien pidió que fuera ella porque tenía la rudeza que se esperaba de una señorita dedicada al oficio militar. Lo que en su antigua escuela, la Hacienda del Sol, hubieran definido como «atracción por calzar botas de cowboy». Una badass woman, y como se observa en la foto, sin maquillar.

Pero ni las poses de modelo ni las caras sonrientes de las páginas interiores gustaron a los hombres. La dirección recibió miles de cartas de combatientes que se quejaban. Una muy significativa la firmaba el soldado raso James D. McGilvaray, exponiendo que, por muy comprensible que fuera utilizar mujeres en tiempo de necesidad, estaba seguro de que los cadetes recién entrenados también servían para probar y trasladar los aviones. Así que no tenía sentido robarles esa oportunidad para dársela a ellas. El militar usaba un argumentario casi idéntico al que manejó el Congreso de los Estados Unidos, al finalizar la guerra, para disolver las WASPS. Detrás de aquella decisión estuvo también la enorme influencia que ejerció sobre los políticos el lobby organizado por la asociación de pilotos civiles. Terminado el conflicto, temían que el bien retribuido puesto de piloto de líneas aéreas tuviera espacio para mujeres. Los pilotos militares, por su parte, con mayor experiencia en vuelo y combate, querían quedarse en el ejército, aspiración complicada, dado su número, si buena parte de ellos no eran destinados a las academias de entrenamiento y a los campos de prueba. Ocupados por las WASPS. El ejército prohibió a todas las mujeres piloto comunicarse con la prensa mientras el Congreso decidía sobre su futuro. 

No lo hubo. El comité consideró a esta rama de la fuerza aérea innecesaria, e injustificablemente cara, y recomendó que se dejara de reclutar a mujeres piloto. El general Hap Arnold, acatando la orden, recordó en su discurso de despedida el alto sacrificio que se las había exigido. No solo por la muerte de treinta y ocho de ellas, sino por el coste que ahora iban a asumir, ser licenciadas con honores. A novecientas quince pilotos, incluida Shirley Slead, les fueron retiradas sus alas de plata. La insignia concedida por la USS Air Force cuando completaron su entrenamiento. Tampoco se les reconoció la condición de veteranas del ejército, y por tanto no pudieron optar a las ventajas económicas que aparejaba. Toda una generación de jóvenes humildes pudieron, gracias a las becas de veteranos, convertirse en estudiantes universitarios y ascender en la escala social. Y si así lo deseaban, ser enterrados con honores a su muerte en el cementerio de Arlington. Ellas no. Incluso se ordenó calificar de material clasificado todo el expediente relativo a la WASP, a fin de que ni los historiadores ni la prensa supieran de estas mujeres pilotos, ni ellas reclamaran sus derechos como veteranas. 

Las subestimaron. Una vez fuera del ejército se organizaron en un grupo denominado Orden de Fifinela, destinada en origen a ayudarse a encontrar trabajo. Pero pronto se transformaron en una asociación que luchaba para que las mujeres tuvieran el mismo papel que los hombres en la aviación militar y civil. Y a la que se unieron muchas personas que no habían sido WASPS. Su primera victoria la obtuvieron en 1977, cuando el Congreso de los Estados Unidos desclasificó sus expedientes, reconociendo que no se las había tratado como personas. 

La victoria no solo fue legal. Aquellas mujeres obtuvieron por primera vez el reconocimiento que merecían por su labor en la guerra, y por la decisiva contribución a la derrota del nazismo. Shirley Slead comenzó a recorrer universidades y colegios para transmitir el mensaje de que cualquier mujer podía ser lo que se propusiera, como cualquier hombre. Y la lucha continuó.

Hasta 2009, cuando Barack Obama concedió la Medalla de Oro del Congreso a las WASPS, y permitió que se las enterrara en el cementerio de Arlington. En ese momento, conseguidos todos sus objetivos, la Orden de Fifinella decidió disolverse. Pero en aquella gran ocasión Shirley Slead ya no estaba, y ninguna lápida blanca la recordará en Arlington. Sus alas habían volado, años antes, hasta el cielo de la eternidad.


Taráns, los kamikazes de Stalin

Pyotr Nesterov, 1915 (DP).

Las generaciones que habitamos el planeta en estos momentos podemos sortear tuits agresivos, soportar favs a otra persona e incluso guarecernos ante una lluvia de memes, pero lo de sobrevivir en el bosque a menos quince grados alimentándose de las raíces de los árboles lo tendríamos más complicado. Son muchas las heroicidades inalcanzables y los sacrificios que realizaron miles de personas en la II Guerra Mundial para acabar con el fascismo y, también, para imponerlo. La inmensa mayoría de ellos obligados por las circunstancias, pero en no pocas ocasiones con extraordinaria voluntad.

De todas estas historietas, hay una que merece un lugar aparte. La de los aviadores soviéticos que, a falta de otros recursos, derribaron aviones enemigos estampándose contra ellos. Un lance que, como la tauromaquia, tenía múltiples matices, estilos de efectuarlo y hasta una reglamentación estricta de orden moral.

Hirohito llegó después. Tres años antes de la aparición de los kamikazes japoneses, en la invasión de la URSS a cargo de los alemanes ya se vieron escenas semejantes. Antes de que los nazis llegasen a Moscú, los pilotos soviéticos tenían órdenes de estrellar sus aviones contra los de la Luftwaffe. Así venía relatado en el libro Kamikazes (La esfera de los libros, 2005), de Albert Axell y Hideaki Kase. En la prensa moscovita aparecieron numerosas referencias a estas acciones de guerra y, suponen los autores, la embajada japonesa en la capital soviética pudo tomar nota e informar a Tokio.

La idea no era un ataque suicida propiamente dicho, tan solo arriesgado o al límite. Se ordenaba a los pilotos estrellarse contra las alas o el fuselaje de los aviones enemigos para que entrasen en barrena. En el libro viene citado algún parte de guerra emitido en la prensa con esas características: «A las 5:15 horas del 22 de junio de 1941, a unos 300 kilómetros de la frontera, el jefe de vuelo Leonid Butelin ha embestido a un bombardero alemán Junkers-88 cortándole la cola con la hélice. Esta es la primera embestida de la guerra».

El capitán general de las Fuerzas Aéreas Soviéticas, Alexander Alexandrovich Novikov, llegó a teorizar sobre esta práctica: «Toda técnica de combate aéreo requiere arrojo, valentía y habilidad por parte del piloto. La embestida supone, ante todo, estar dispuesto al autosacrificio; es una prueba de lealtad al pueblo, a los ideales de la patria». De hecho, siguiendo con las ideas de Novikov, la embestida era para él «una de las formas más elevadas de expresar que la moral de la nación está alta». Cientos de pilotos soviéticos murieron al estrellar sus pequeños aviones contra los bombarderos alemanes.

La técnica había comenzado en Rusia en la I Guerra Mundial. El piloto ruso Pyotr Nikolayevich Nesterov fue el primero de la historia que embistió a un avión enemigo, un biplaza austriaco de reconocimiento. Impactó contra la cola y murieron todos, incluido él. El zar Nicolas II le otorgó la Orden de San Jorge. Se convirtió en un ejemplo para todas las fuerzas armadas.

De esta manera, no es complicado encontrarse referencias a estas embestidas en el frente oriental de la II Guerra Mundial. En el artículo «The P-40 in Soviet Aviation», de Valeriy Romanenko, se cuenta que los combates aéreos en el cerco de Leningrado fueron extraordinariamente duros. La primera embestida data del 20 de enero de 1942, cuando el capitán A. V. Chirkov se estrelló contra un Heninkel He 111. Mientras duró el puente aéreo, los aviones llevaban alimentos a la ciudad y traían mujeres, niños, ancianos y heridos. Los vuelos debían defenderse hasta las últimas consecuencias y eso incluía embestir contra los aparatos enemigos.

Ilustración del tarán de Nesterov. DP.

Hubo verdaderos maestros en el arte de la colisión. El 8 de abril de 1942, el teniente Aleksey Khlobystov se las arregló para embestir a dos Messerschmitt. En la primera maniobra le cortó un trozo de la cola a uno y en la segunda, el ala al otro. Ambos cayeron. Khlobystov fue propuesto para héroe de la Unión Soviética y le cayeron dos mil rublos de paga extra correspondiente a dos enemigos abatidos. El 14 de abril, otra vez un Messerschmitt le atacó de frente. El teniente mantuvo el pulso y chocó con el aparato alemán con la fortuna de que, en el lance, salió despedido de su P-40, avión de fabricación estadounidense. Cuando se recuperó de sus heridas, el 13 de diciembre de 1943, persiguiendo a un avión de reconocimiento alemán, fue derribado por el artillero de cola de su objetivo y falleció.

El fervor que causó esta habilidad aérea, cita Romanenko, llevó a las autoridades militares a emitir una orden especial del comandante en jefe que recomendaba no embestir a los enemigos nada más que en casos o circunstancias excepcionales. La palabra en ruso era taran. Se ha contabilizado que pudo haber entre doscientos setenta y seiscientos casos de embestidas aéreas protagonizadas por pilotos soviéticos. Las muertes suicidas pudieron ser de hasta cuatrocientas cincuenta.

Uno de los héroes del aire soviéticos, Alexander Pokryshkin, que derribó cincuenta y nueve aviones alemanes, veía la práctica, lógicamente, con buenos ojos:

No hay nada censurable, era así. El impacto de embestida era el arma de los aviadores con nervios de acero. En la defensa de Moscú este método se volvió necesario (…) A corta distancia, detrás de la cola del bombardero enemigo, nuestro caza era invulnerable. Entraba en el ángulo muerto del fuego enemigo, se acercaba poco a poco y le cortaba un trozo de cola, o un ala. Un aviador nazi que se salvó de una embestida en paracaídas contó en el interrogatorio: «Circulaban rumores sobre embestidas en el frente del este. Pero al principio no nos los creíamos. ¡Es algo terrorífico!

Hasta hubo envidias. J. T. Quinlivan, en un artículo en la revista Air Power History, dice que la suerte de embestir a los enemigos apareció en muchas películas bélicas estadounidenses como último recurso heroico de los americanos, pero en realidad los casos en sus filas fueron «extremadamente raros». De todos modos, aunque los soviéticos utilizasen este recurso, tampoco fue significativo realmente para el curso de una guerra en la que derribaron cincuenta y siete mil aviones (hay cifras que dicen que setenta y cinco mil). Además, cuando sus aviones fueron sustituidos por modelos más modernos, la brillante idea quedó obsoleta.

Fue propia de la desesperación de los primeros meses de guerra, pero lo cierto es que la embestida se convirtió en un suceso recurrente en la literatura de guerra soviética. Quinlivan también sostiene que hubo casos en los que se ordenó esa táctica a causa de la destreza limitada de muchos de los primeros aviadores soviéticos. En las primeras horas de la invasión, miles de aviones soviéticos fueron barridos y muchos pilotos no tenían experiencia alguna en combate.

Eso no quita que no hubiera orden y concierto. Inicialmente, las órdenes recomendaban tocar la cola o las alas para forzar que la nave enemiga perdiera el control. Una tercera opción era empotrarse contra el cuerpo del avión. En los dos primeros casos, la idea era salir de ahí con el suficiente control de la aeronave como para realizar un aterrizaje de emergencia o saltar en paracaídas. A una situación de este tipo se llegaba cuando ya no había munición para intentar algo menos arriesgado.

La mayor parte de las veces que esta locura tuvo lugar fue entre cazas soviéticos y bombarderos alemanes. No hay cifras que indiquen cuántos hubo en total porque, de hecho, la existencia de este recurso se eliminó del discurso público pocos años después, posiblemente por el célebre y negativo ejemplo de fanatismo japonés.

Sello ruso de 2014 que representa al piloto Boris Kovzan y uno de sus ataques.

Como se ha señalado, el declive de estas operaciones se fue produciendo a medida que dejaron de ser necesarias o no se presentaban tantas situaciones de impotencia y desesperación. El primer verano que se pasó la Luftwaffe en la URSS no volvió a repetirse. Del mismo modo, conforme el Ejército Rojo iba reconquistando terreno, también fue reduciéndose el número de incursiones aéreas alemanas. Sin embargo, el impacto de estas hazañas quedó grabado a fuego. En This is Russia, de Hubert Griggith, publicado en 1943, apareció una hazaña confirmada por dos pilotos británicos que Axell y Kase la bautizaron como el caso del «Rambo Soviético». Era tan solo era una embestida más, pero con presentación, nudo y desenlace.

En una ocasión, volando en cielos septentrionales, se enzarzó en un duro combate con dos aviones alemanes. Derribó a uno de ellos y al comprobar que se le había acabado la munición embistió al otro, que se estrelló. Tuvo que saltar en paracaídas y, casualmente, cayó justo al lado de donde se encontraban los dos pilotos del biplaza que acababa de abatir. Los tres aviadores se encontraron, así, juntos en medio de un yermo helado tan despoblado que se podía andar durante días sin ver a un solo ser humano. Rápidamente el ruso despachó a uno de sus adversarios con el revólver. Inmediatamente un perro bóxer que, no se sabe por qué razón, llevaba a bordo la tripulación alemana, se abalanzó sobre él y se vio obligado a dispararle. Después, en la lucha cuerpo a cuerpo con el otro piloto, perdió varios dientes y recibió un navajazo que le cruzó la cara de arriba abajo. El enfrentamiento terminó cuando disparó a quemarropa en la cabeza de su enemigo una bengala de su pistola Very. El superviviente caminó por la nieve durante cuatro días y cuatro noches con los pies congelados y la tremenda herida de la cara hasta que encontró un hospital.

En esta misma revista, A. D. Harvey firmaba en 2018 el artículo «The Russian Air Force Versus the Luftwaffe: A Western European View». Su información actualizaba datos sobre el fenómeno. Señalaba que no se podía entender el fenómeno sin tener en cuenta las purgas en el arma de aire del Ejército Rojo que hubo tras el pacto Ribbentrop-Mólotov. El oficial Jakov Alksnis, un experto en bombardeos estratégicos a larga distancia, fue uno de los primeros ejecutados. Dos de sus hombres más valiosos, Vladimir Petljakov y Andrei Tupolev, fueron detenidos por el NKVD.

Una de las primeras consecuencias de ese pacto fue la invasión de Finlandia, pero la aviación soviética no tuvo un gran papel. La guerra aérea fue limitada por el mal tiempo y, aunque hubo bombardeos en ciudades finesas que se cobraron la vida de cientos de personas, no se hicieron con ningún objetivo claro. No hubo muchos enfrentamientos entre ambas y desiguales escuadras. La experiencia soviética, el aprendizaje, fue muy limitado. Tan solo hubo un enfrentamiento en el aeródromo de Ruokolahti en el que el comandante Jacob Mihin derribó el Fokker del teniente Tatu Guganantti embistiéndole. Así se llegó a la Gran Guerra Patria.

Numerosos pilotos obtuvieron gloria y fama por sus embestidas. Entre los memorables, está la acción del teniente Sergei Goshko, que le arrancó con un Yak-1 un ala a un Heinkel en el que iba un coronel del Estado Mayor alemán con documentos sobre futuras operaciones. El teniente Yevgeni Yeremeyev también saltó a la fama por sus embestidas en combates nocturnos sobre Moscú. También se nombró héroe de la Unión Soviética y se imprimieron sellos con su hazaña a Nikolai Gastello. Atacó a una columna de carros de combate y fue alcanzado. En lugar de intentar un aterrizaje de emergencia, estrelló su avión contra los tanques envolviéndolos en una gran bola de fuego. Eso, al menos, dijo la versión oficial, un informe que se leyó por la radio en toda la URSS. Después de 1991 se han puesto en dudas los detalles del incidente, aunque todos los historiadores coinciden en que se estrelló contra los Panzer.

Notorio fue también el caso de mujeres, como Ekaterina Zelenko. Murió a los veinticuatro años embistiendo un Me-109 cuando se había quedado sin munición para atacarlo por medios convencionales. Le fue concedida la Orden de Lenin, aunque no se la nombró heroína de la Unión Soviética hasta 1990. Al parecer, le escribió a su hermana al inicio de la guerra que estaba dedicando «toda su vida» a la lucha «contra las viles criaturas nazis» y que si estaba destinada a morir, su muerte le iba a costar cara al enemigo porque su vida estaba unida a la de su Yak: «si surge la necesidad, ambos moriremos como héroes». Así fue.

No obstante, Quinlivan señala que las embestidas de los aviadores soviéticos no se acabaron con la II Guerra Mundial. En los setenta, un F-4 turco penetró en el espacio aéreo soviético y un MIG-23 recibió órdenes de embestirlo. El piloto soviético cumplió su misión y murió. En 1981, ocurrió lo mismo pero con una aeronave que llegaba desde el espacio aéreo iraní. Ocurrió lo mismo, solo que esta vez el avión estaba pilotado por unos argentinos. El piloto, el camarada capitán Valentin Kulyapin, tras no recibir ninguna respuesta a sus mensajes de advertencia, no tenía la distancia necesaria para utilizar sus misiles aire-aire y recordando las lecciones que le dio su instructor sobre la Gran Guerra Patriótica, embistió el avión y se lanzó en paracaídas. Fue condecorado. Incluso en las revistas de divulgación y propaganda del Ejército Rojo, como Soviet Military Review, en su número de agosto de 1983, se apuntaba que era una muestra de elevada moral embestir contra los aviones enemigos cuando se estaba en inferioridad. Lo había hecho la aviación soviética frente a los nazis y también la vietnamita ante los estadounidenses.

¿Sirvieron estos actos de inspiración para los kamikazes japoneses? Axell y Kase no aportan respuesta. Creen que los japoneses empezaron a embestir cuando los B-29 volaban tan alto para bombardear las ciudades japonesas que sus cazas no podían alcanzarlos. Era noviembre de 1944 y la decisión que se tomó fue quitarles las ametralladoras y el blindaje para poder llegar a su altura y estamparse contra ellos. En Europa, los que también tomaron nota fueron los nazis. Goebbels escribió del plan en su diario. El 4 de abril de 1945 dice así:

Ayer (…) nuestros cazas llevaron a cabo choques contra bombarderos enemigos. El balance está aún sin confirmar pero parece que el ataque no ha salido como se esperaba. Sin embargo (…)  no debemos cejar en nuestro empeño.


Cañones o pykrete y hormigón

Ataque al USS Franklin, 19 de marzo de 1945. Foto: NARA (DP).

Mirad entre las naciones, ved y asombraos, porque haré una obra en vuestros días, que, aun cuando se os contara, no la creeríais. (Habacuc 1:5)

El concepto de teoría económica denominado «Frontera de posibilidades de producción» se puede resumir con la frase: queréis cañones y mantequilla, y todo no puede ser. Viene a colación porque, en un momento dado de un conflicto bélico, alguien tiene que decidir en qué emplear los recursos: si en suministrar armamento a sus tropas o en dar de comer a la población; o, dicho de otro modo, en fines militares o civiles. Por suerte, este dilema encierra una amplia gama de grises porque no nos consta que en mitad de una guerra un contendiente renunciara a fabricar cañones y se centrara en aumentar el colesterol de su población con grasa animal. 

En esta situación y con el fin de ahorrar tiempo y materias primas (en concreto, acero), en Estados Unidos durante la Primera Guerra Mundial se puso sobre la mesa la aparentemente demencial idea de construir buques de hormigón armado. No se extrañen tanto, los primeros usos de este material cuando se descubrió a mediados del siglo XIX fueron depósitos de agua, jardineras y ¡barcas! El hormigón pesa, pero recordemos que la flotabilidad es función del volumen desalojado; ya saben, Arquímedes en cueros en su bañera rebosante de agua y gritando ¡Eureka! Pero no solo eso es importante: nadie ha pasado a la historia como el audaz diseñador de un portaaviones fabricado íntegramente en corchopán. La resistencia estructural, el comportamiento hidrodinámico, el confort, la estanqueidad, la inflamabilidad y, desde luego, la economía, son otros aspectos a tener muy en cuenta a la hora de diseñar un artefacto que navegue. Y en mitad de la Gran Guerra, con escasez de acero, el hormigón empezó a ser mirado con esperanza: la misma esperanza que se tiene de encontrar pareja para toda la vida en un bar a las cinco de la mañana. Tirando del mismo símil, se aceptó que para dar una vuelta cualquier bici es buena, hasta una de hormigón armado.

En cierta bibliografía se denomina ferrocemento a la mezcla que se emplea para la fabricación de barcos, pero es un término que lleva a confusión puesto que ese material no es hierro y cemento, sino acero y hormigón (lo que llamamos hormigón armado). No lo llamen cemento, por favor: es hormigón armado. Por si hay aún algún despistado, aclaremos que el hormigón armado es un bocadillo de jamón de jabugo. El hormigón es el pan; el acero, el jamón; y el cemento, la harina con la que se hace el pan. Así que recuerden siempre la diferencia que existe entre llevarse a la boca un buen emparedado de pata de cerdo ibérico bien curada frente a paladear un puñado de cereal molido. 

En el caso que nos ocupa, el hormigón armado para barcos se diferencia del que habitualmente conforma las estructuras de edificios, puentes, etc., en que el árido (las piedras que se mezclan con el cemento y el agua para crear hormigón) es muy fino, de tamaño arena. Y el acero del armado se dispone con barras de diámetros pequeños y una o varias capas de mallas de alambre, obteniéndose espesores totales de entre centímetro y medio y quince centímetros. ¿Habíamos dicho que es muy pesado? Hagamos números: un metro cuadrado del casco de quince centímetros de espesor de un buque de hormigón armado pesa unos trescientos setenta y cinco kilos. Por su parte, un metro cuadrado de chapa de acero debería tener un espesor de algo más de cuatro centímetros y medio para llegar al mismo peso. Esta diferencia se debe, como sospecharán, a la densidad de ambos materiales. Imaginen un tetrabrik de un litro; si estuviera lleno de acero pesaría casi ocho kilos (7,85 kg), mientras que si fuera de hormigón armado llegaría a unos dos kilos y medio (por comparación, un litro de agua líquida pesa un kilo).

Así, embarcarse (nunca mejor dicho) en la aventura de construir una flota con hormigón armado parecía un buen negocio ya que se reducía la necesidad de acero (aunque el armado era de acero, la cantidad era ínfima con relación al peso total de un buque construido íntegramente en esa aleación), la construcción no exigía herramientas ni personal altamente especializado y, una vez botadas, las naves no requerían mucho mantenimiento. Por tanto, el proyecto fue adelante, aunque hubo algún error de cálculo: o construir los barcos llevó demasiado tiempo o la guerra duró menos de lo esperado. En efecto, para cuando la primera docena de buques se finalizó, se había firmado la paz. Solo uno de ellos, el SS Atlantus, tuvo un uso remotamente bélico, ya que trajo de vuelta a casa a soldados americanos. 

Casco de hormigón de un barco de guerra fabricado por Great Northern Concrete Shipbuilding Company, ca. 1918. Foto: NARA (DP).

Para la Segunda Guerra Mundial ya estaban sobre aviso y no les pilló el toro. Ambos bandos de la contienda fletaron numerosas embarcaciones de hormigón armado, e incluso participaron en el desembarco de Normandía en labores de intendencia. La gran mayoría eran barcazas y en muchas ocasiones no tenían ni propulsión, siendo remolcadas por otras naves. La razón la pueden adivinar: eran muy pesadas y necesitaban mucho más combustible para navegar que un buque metálico convencional. A grandes rasgos, que el forro exterior, la envoltura, fuera de hormigón armado no incrementaba en exceso el peso total del barco en comparación con uno de acero. El problema residía en el casco, el conjunto total: el acero tiene mayor resistencia a flexión que el hormigón armado y por tanto el barco, entendido como una estructura, resulta, en estas dimensiones1, más ligero. Por si fuera poco, los buques de hormigón armado tenían una fase crítica durante la construcción: el curado; es decir, el fraguado del hormigón debe hacerse en unas condiciones de humedad y temperatura adecuadas para que no se generen fisuras, el gran enemigo de un recinto que se espera estanco. Además, el áspero y rugoso acabado de su superficie lastraba su comportamiento hidrodinámico al ofrecer más resistencia. También tenía peor comportamiento frente al impacto que el acero o la madera, era mal aislante térmico… Un desastre, en definitiva.

Hoy en día es posible ver barcos de hormigón armado, si bien de poca eslora, aunque es más probable contemplarlos en espigones de algunos puertos puesto que, al finalizar su vida útil o comprobar el armador que aquello era inviable económicamente, se hundían voluntariamente en lugares determinados para formar parte de rompeolas, como se puede ver sin ir más lejos en el puerto de Candás (Asturias).

Aún más difícil todavía

Si construir buques de hormigón armado para ahorrar acero les parecía una locura, siéntense antes de seguir leyendo: durante la Segunda Guerra Mundial, el Proyecto Habbakuk desarrolló en secreto la posibilidad de fabricar portaaviones ¡de hielo! El visionario fue Geoffrey Pyke quien, contra todo pronóstico, convenció a Winston Churchill de que aquello era una genialidad. En un primer momento se barajó la posibilidad de coger un pedazo enorme de iceberg natural, pero se comprobó que era mejor construirlo con una mezcla congelada compuesta de agua al 86 % y serrín al 14 %, creando así el material denominado pykrete (contracción de Pyke y concrete —hormigón en inglés—). Resulta que la densidad de este material es inferior a la del agua marina (el tetrabrik que comentábamos antes pesaría 980 gramos lleno de pykrete, frente a los 1027 gramos del agua de mar y a los 910 del agua dulce congelada) y tiene mejores propiedades que el hielo común: es más resistente, se derrite más lentamente y no es tan frágil frente al impacto; además, se podía laminar y trabajar como la madera. Así que se lanzaron al diseño y no se anduvieron con tonterías en los bocetos: unos 600 metros de longitud y 90 de ancho para permitir holgadamente las maniobras de aterrizaje y despegue, y un casco de 12 metros de espesor para soportar el impacto de torpedos. Puede que se les fuera un poco la mano con las medidas. 

Por suerte para ellos, ensayaron un modelo a una escala más modesta y, como imaginarán, pronto se dieron cuenta de que aquello no tenía mucho futuro. La mayor dificultad radicaba en mantener el barco en estado sólido. Para ello, contaban con unas láminas que cubrían su superficie tratando de minimizar el efecto de la radiación solar y, además, necesitaban un sistema de refrigeración descomunal para intentar mantener el casco a dieciséis grados bajo cero, la temperatura a la cual mejor se comportaba navegando. Si se han acercado a la parte trasera de un frigorífico en funcionamiento habrán constatado dos hechos: que es muy feo y que desprende mucho calor. Pues imaginen su frigorífico instalado en una cocina de hielo. En efecto, el gasto energético del sistema de refrigeración era desorbitado. Este hecho, unido a otras circunstancias del desarrollo de la guerra (por ejemplo, acuerdos con Portugal para aterrizar en las Azores) o avances aeronáuticos (aviones con más kilómetros de autonomía) acabaron haciendo que se descartara el proyecto. Una lástima; la verdad es que era una idea que tenía todos los mimbres de funcionar como fortaleza flotante de un supervillano que aspira a la hegemonía mundial.


1. Hoy en día hay muchos barcos de pequeño tamaño, pesqueros o de recreo, de hormigón armado. De hecho, hasta se pueden descargar planos de construcción en internet. Y es que, para pequeñas esloras, el hormigón armado es competitivo en determinadas circunstancias: el gran especialista en estructuras Pier Luigi Nervi, del que hablamos en el Jot Down Magazine Especial Italia, desarrolló un yate de hormigón armado, de unas 160 toneladas, con un casco de 1,25 cm de espesor. La construcción se concluyó en tres meses, con un coste en torno a un 40 % menor y, atención, con un 5 % menos de peso que un barco de similares características en madera. 


La dimisión en 1938 del general alemán Ludwig Beck

Ludwig Beck, 1930. Foto: German Federal Archives (CC-BY-SA 3.0)

El 18 de agosto de 1938, Ludwig Beck, jefe del Alto Mando Alemán, presentó su dimisión a Hitler. Llevaba tiempo advirtiendo de que las ansias expansionistas del Führer podían conducir a Alemania a una guerra contra todo el mundo y suponer el fin de su gloriosa nación. Tanto en la política como en la vida, todo está en los tiempos y Beck, por lo que fuera, no los midió bien.

Cuando con más fuerza se opuso a los planes de Hitler, más grandes fueron los aciertos de Adolf. Sin embargo, en términos generales, llevaba razón, como quedó patente con una Alemania arrasada como la palma de la mano en 1945. Beck, como no logró pararle por las buenas, luego lo intentó por las malas en la famosa Operación Valkiria. Tampoco acertó. Por no acertar no acertó ni a volarse la cabeza cuando le detuvieron. Dos tiros se intentó meter en el cráneo y ninguno fue letal. Tuvieron que rematarlo sus captores por compasión.

Nacido en la ciudad prusiana de Biebrich el 29 de junio de 1880, Ludwig pertenecía a una familia ilustrada. Su padre había escrito una obra de cuatro volúmenes titulada Historia del acero por la que consiguió un doctorado honoris causa en Ingeniería. El hombre también tocaba el violín junto a su mujer, la madre del futuro general, que acompañaba al piano. El ambiente familiar era de amor a la música, el arte y la literatura. Sin embargo, a Ludwig le tiró más que en su pueblo las gentes habían luchado contra Austria en 1866 y Francia en 1871 y 1872 y preso de ese ambiente guerrero se enroló en los cadetes del ejército prusiano pese a su elevada formación.

Con diecinueve años se enrola en el 15 Regimiento de artillería prusiana y un año después ya era teniente. Enviado a la Escuela Unificada de Artillería e Ingenieros de Berlín, por sus excelentes calificaciones es seleccionado para asistir a la Escuela de Guerra de donde los mejores serían elegidos para el Alto Estado Mayor. En clase, fueron amigos suyos de su misma promoción Fedor von Bock, al que le encomendaron años después la toma de Moscú en la Operación Barbarroja, y Werner von Fritsch, que murió desangrado en el frente en la invasión de Polonia supuestamente negándose a recibir ayuda médica. Una muerte tal vez buscada tras haber sido acusado por Himmler de ser homosexual en una purga contra los oficiales del ejército no del todo convencidos de la infalibilidad del nazismo y su profeta.

En 1913, finalmente, Beck entró en el Estado Mayor General. Contrajo matrimonio durante la Gran Guerra, en 1917, pero su mujer murió al año. Se quedó viudo al cuidado de su hija Gertrud y nunca más volvió a casarse. Desde el Estado Mayor trabajó en el envío de tropas a Verdún, batalla en la que murieron cien mil alemanes. Puede que esa experiencia marcase su carácter. Años después dijo que las guerras eran una tragedia nacional «aunque se ganasen».

Al término de este conflicto, con la traumática derrota alemana, todavía se definía como monárquico. En noviembre del 18 había escrito que los militares no estaban para socavar el poder político, sino para encarnar el Estado. Era del ideal prusiano. Beck entendía que los generales tenían que trabajar conjuntamente con los políticos, y lo creyó toda su vida. Ni por encima ni subordinados, al mismo nivel.

Ascendido a teniente coronel, el 1 de octubre del 22 fue nombrado jefe de Estado Mayor de la 4ª División en Dresden. En su staff estuvieron Erwin von Witzleben, que participó activamente en la Operación Valquiria y en el juicio no le dejaron llevar ni cinturón ni su dentadura postiza para luego ahorcarle con una fina cuerda de cáñamo; Erich Fellgiebel, sentenciado a la horca por su colaboración con el citado complot, y Friedrich Olbricht, fusilado por el mismo motivo.

En 1929 es ascendido a coronel y puesto al mando del 5º Regimiento de Artilleria en Stuttgart. Durante su mando intercedió en favor de tres oficiales que mantenían contactos con el partido nazi. Desde el año 21, estaba prohibido que el ejército participase en los partidos. El entonces coronel condenó la indisciplina de sus hombres, pero él estaba con ellos. Quería un resurgir nacional de la Alemania humillada en Versalles. Capitulaciones que había que revisar seriamente, porque el espacio vital, porque el Lebensraum, etcétera, etcétera.

Wilhelm Groener, ministro de Defensa de consenso entre Hindenburg y los socialdemócratas, pensaba que Beck también era un nazi y maniobró para expulsarlo del ejército. Al entonces coronel le tuvo que proteger el general Kurt von Hammerstein-Equord, que, paradójicamente, fue destituido a los cuatro días de la llegada de Hitler al poder, lo que le llevó a conspirar contra él y que toda su familia acabase en Buchewald y Dachau. También recibió apoyo Beck de Kurt von Schleicher, asesinado junto a su mujer en 1934 en la noche de los cuchillos largos.

Los militares al inicio de la década de los treinta estaban divididos entre los que creían que debía salvarse el país con un gobierno de unidad nacional y los que pensaban básicamente lo mismo, pero creían que esa misión correspondía al pujante nacionalsocialismo. En esta época, 1931, Ludwig Beck fue ascendido a general de división y en 1932 a teniente general. En 1933, era jefe del Estado Mayor General. Su ideal prusiano, militares y políticos trabajando a la par por el destino glorioso de la nación, era compatible con el ascenso de Hitler.

Aunque él en aquellos días estuvo inmerso en la tarea de modernizar las fuerzas armadas y construir un ejército moderno. En su gabinete estaba el genio militar de Erich von Manstein, quien sí que llegó a escribir un memorándum criticando la obligada supremacía de la raza aria en el ejército y la expulsión de todos los oficiales con algún antepasado judío. Algo que no le impidió luego ser uno de los estrategas de Hitler durante toda la Segunda Guerra Mundial, ni esto a su vez le impidió convertirse también en uno de los padres de las fuerzas armadas de la República Federal de Alemania en la posguerra.

En 1933, Hitler llegó al poder por medios democráticos, como se repite habitualmente. Aunque no lo eran del todo, porque para ello tuvo que llevar la violencia a las calles con sus matones de las SA, del mismo modo que, una vez canciller, se aferró al cargo inconstitucionalidad tras inconstitucionalidad tras la Ley Habilitante de 1933 que relegaba la Constitución de Weimar y que aprobó ante los escaños vacíos de los socialdemócratas. Y nada de esto, en principio, inquietó a Beck.

El general consideraba que Alemania tenía que mandar en, por lo menos, Europa Central, para lo que Checoslovaquia constituía un obstáculo intolerable, y veía que Hitler tenía la determinación suficiente para trabajar en este sentido. En un principio, de hecho, no le fue mal en el trato con los camisas pardas. Beck se negó a que las SA se convirtieran en una policía militar y logró convencer a Hitler el 28 de febrero de 1934 para que primase el ejército sobre ellas. Se supone que ese día el líder de estos grupos, Ernst Röhm, exclamó quejándose que Hitler era un «cabo ridículo», palabras que llegaron a oídos del Führer y el día 30 se asesinó a ochenta y cinco gerifaltes de las SA, Röhm incluido.

Ludwig Beck, jefe del Estado Mayor con el coronel Speidel (izquierda) y el teniente general Kühlenthal, agregado militar de la embajada alemana en París, al abandonar el departamento de guerra francés después de la entrevista con el general Gemelin. Foto: German Federal Archives (CC BY-SA 3.0)

Ahí Beck ya dudó. Esos métodos expeditivos para resolver problemas le hicieron arquear la ceja. El gran estudioso de la resistencia alemana al nazismo, Peter Hoffman, señala que aunque Beck saliera fortalecido de este pulso con las SA, ese día empezó a desconfiar e incluso aborrecer el régimen.

Sobre todo porque después de las SA tuvo que lidiar con las SS de Himmler y Heydrich y en agosto de ese mismo año tragarse el juramento de fidelidad al Führer. Hay fuentes que dicen que quiso dimitir en ese momento, pero que su viejo amigo, el general Freiherr von Fritsch, le convenció de que no lo hiciera. No obstante, Beck anticipó las graves consecuencias que podría acarrear ese juramento en un país con unos oficiales con un elevado sentido de la disciplina.

En cuanto a las SS, se negó a que fuesen consideradas en plano de igualdad con el ejército y dijo que si iban a ir armadas tendrían que estar bajo su control y se limitasen sus efectivos de artillería; asimismo, rechazó que hicieran maniobras conjuntas con la tropa. En 1935, a propósito de las persecuciones raciales y la arbitrariedad legal que empezaron a ser diarias en Alemania y desprestigiaron su imagen internacional, se sabe que le dijo al coronel Karl-Heinrich von Stulpnagel: «No es lo que hacemos, sino cómo lo hacemos».

Por estos problemas, Beck le puso la proa al NSDAP que, entre otras cosas, ya se había hecho con el poder absoluto ilegalizando todos los partidos. Sin embargo, su mayor quebradero de cabeza era el ritmo de rearme. Él estaba completamente a favor de resucitar a las fuerzas armadas, había propuesto tiempo atrás el servicio militar obligatorio, pero tenía miedo de que el rearme pudiese llevar a Alemania a una guerra que no pudiese ganar. En los primeros memorándums que escribió, su escenario favorito era un conflicto en Europa que pudiese involucrar a Francia, Checoslovaquia, Polonia y Bélgica en el que Reino Unido y la URSS no tomasen parte.

A finales de 1935, Beck pidió más tropas ante el aumento de la inestabilidad en Europa. Kenneth J. Campbell, en un artículo en American Intelligence Journal, sostiene que Beck era una cachondo, porque el aumento de la inestabilidad en Europa se debía al rearme alemán. De su gabinete, con Von Manstein a la cabeza, salió el diseño de un ejército de tierra basado en vanguardias de carros de combate, tropas mecanizadas y artillería. Guderian luego trató de atribuirse el mérito, pero en realidad fue algo que, según Campbell, se hizo a su pesar.

El hombre llevó un doble juego, digamos que consciente del miedo a lo que deseas por si se cumple. La incorporación del Sarre y de Renania le trajeron por el camino de la amargura, aunque las considerase fundamentales para la defensa de Alemania, por provocar a las potencias y que fulminasen a Alemania. Hoffman consultó una carta que le escribió a su sobrino Rudolf Beck en enero de 1936 desaconsejándole la carrera militar con el argumento de lo difícil que es para un oficial volver a la vida civil después de perder una guerra. Se supone que su sobrino debía haber destruido la carta después de leerla, pero ahora sabemos que ya vislumbraba por dónde iban a ir los tiros.

El doble juego siguió con la posible invasión de Checoslovaquia. Consideraba un peligro su existencia porque estaba solo a trescientos kilómetros de Berlín, en su oficina se trabajó en planes para adaptar la industria a las necesidades que llevaría un conflicto con Praga, pero en 1937 era totalmente contrario a la ofensiva. Entendía que un contraataque desde Francia les derrotaría. En estos días empezó a temer con más nitidez que el anexionismo de Hitler llevase a una coalición de Reino Unido, Francia, la URSS y «quizá también» Estados Unidos. El 21 de diciembre de 1937 calificó los planes de Hitler de «wishful thinking».

El 10 de marzo de 1938 llegó la hora de la verdad. Hitler ordenó que había que incorporar Austria al III Reich. Beck creía que no podían asumir los riesgos de una guerra europea, pero el Führer sabía que no habría resistencia. Además, la invasión del país vecino se iba a llevar a cabo sin el más mínimo plan, no habían pensado en nada. Beck estaba desesperado. En palabras de Ian Kershaw:

Goebbels, cuando llegó, se encontró a Hitler profundamente concentrado en sus pensamientos, inclinado sobre unos mapas. Se analizaron planes para transportar a cuatro mil nazis austríacos que habían estado exiliados en Baviera, junto con siete mil reservistas paramilitares más. Al alto mando de la Wehrmacht le cogió completamente por sorpresa la petición de planes para una intervención militar de Hitler. Keitel, que recibió de pronto orden de presentarse en la Cancillería del Reich la mañana del 10 de marzo, sugirió débilmente que se llamase a Brauchitsch y a Beck, sabiendo muy bien que no existía ningún plan, pero deseoso de evitar el tener que decírselo a Hitler. Brauchitsch no estaba en Berlín. Beck le explicó con desesperación a Keitel: «No hemos preparado nada, no ha pasado nada, nada». Pero Hitler desechó sus objeciones. Se le ordenó marchar y regresar en unas horas para informar de qué unidades del ejército estarían listas para iniciar la marcha la mañana del día siguiente.

El 12 de marzo entraron seis divisiones alemanas en Austria. El 14, las tropas de ambos países marchaban juntas dando a entender que toda resistencia civil era inútil. Hitler había tenido razón.

El segundo plato fue, en abril de 1938, los Sudetes, región de habla alemana en Checoslovaquia. En estas fechas las que se estaban rearmando eran Francia y Reino Unido, lo que se correspondía con los temores de Beck. Semejante medida debía justificarse por su éxito, entendía, pero para entonces Hitler preparaba en persona los detalles de la invasión, lo que para el general era una injerencia en el ejército. El Führer, cita Campbell, consideraba que las discrepancias con los militares eran «estériles» porque estaban «encerrados en sus conocimientos técnicos». A los militares preocupados por las consecuencias de nimiedades como invadir otro país, les envió a oficiales fanatizados y obedientes a convencerles de que no iba a pasar nada, que no era para tanto, que no se rayasen.

Estaba a punto de desatarse la Segunda Guerra Mundial y no cabe duda de que de todo lo narrado hasta este punto dieron buena cuenta nuestros servicios diplomáticos al presidente del gobierno de la República española, Juan Negrín. Hay una enfoque muy interesante que han reflejado aficionados a la historia. Si la guerra hubiese estallado en ese momento, la República tal vez podría haberse visto asistida por las democracias y haber ganado la guerra civil. Podría haber pasado por esa vía o por otra, la de Beck, que tenía un plan.

Hoffner sostiene que el general le encargó al general Ewald von Kleist, que luego cumplió muy bien las órdenes de Hitler en los Balcanes y la URSS, una misión en Londres. Le dijo:

Apórteme el testimonio cierto de que Inglaterra luchará si Checoslovaquia es atacada, y yo consigo entonces que este régimen llegue inmediatamente a su fin.

Con el riesgo de una amenaza de guerra contra Alemania, Beck tendría los argumentos necesarios para reunir fuerzas en un golpe de Estado contra Hitler. El problema fue que los militares conservadores alemanes como él tenían peor reputación en Inglaterra en ese momento que los nazis. Tiene mérito que prefieran a Hitler porque tú eres demasiado facha.

Beck hacia 1936. Foto: German Federal Archives (CC BY-SA 3.0)

El recuerdo de la Gran Guerra estaba tan caliente todavía que en buena parte motivaba las políticas «apaciguadoras» de las democracias que, ante todo, no querían que se repitiese un conflicto de esa magnitud otra vez. No en vano, Hoffman subraya que el interés nacional que movía a estos militares no era otra cosa que preservar sus viejos privilegios, que, lógicamente, veían en peligro si su país era borrado del mapa por una política exterior temeraria. Pese a todo, había algo más. Hitler le estaba dando candela al comunismo. Así explica Joachin Fest cómo reaccionaron las democracias:

Los conservadores alemanes así como los círculos militares, por los cuales hablaban casi todos los emisarios, eran entre los occidentales sospechosos por sus simpatías tradicionales hacia los países del Este; a todos ellos se les tenía por faltos de escrúpulos, y el shock de Rapallo no había sido todavía olvidado, como tampoco la colaboración durante muchos años entre la Reichswehr y el Ejército Rojo, a la cual solo Hitler le había puesto fin. Por tal motivo, a algunos de los interlocutores extranjeros podía parecerles que este movimiento de resistencia estaba integrado por las fuerzas monárquico-reaccionarias de la vieja Alemania, los terratenientes y los militaristas, de forma que la alternativa era de «Hitler o Prusia», por lo que no todo el mundo se hallaba dispuesto a ofrecer su apoyo a los espíritus fantasmales de ayer en contra del dictador algo tosco, pero orientado indiscutiblemente hacia Occidente. «¿Quién nos garantiza que Alemania no será después bolchevique?», fue la tajante contestación que recibió el jefe del Alto Estado Mayor francés Gamelin cuando, en un 26 de septiembre dramático, habló a Chamberlain de las intenciones del movimiento resistente alemán; Chamberlain opinaba que las garantías de Hitler eran mucho más seguras que las de los conservadores alemanes.

Como todo el mundo sabe, Chamberlain accedió al «derecho de autodeterminación» sobre los Sudetes que demandaba Hitler si así se garantizaba la paz en Europa. Checoslovaquia fue sacrificada, como ya lo había sido España con la «no intervención» que solo cumplían las democracias. La conferencia de Múnich en la que se ratificó este acuerdo ha sido calificada como una gran traición. De hecho, los militares alemanes que iban a dar el golpe de Estado adujeron que fue Chamberlain quien lo paró con su presencia en Múnich para negociar la paz.

De todos modos, en perspectiva, conviene tener presente este razonamiento de AJP Taylor en Los orígenes de la Segunda Guerra Mundial que explica el porqué de los sacrificios:

En 1938, Checoslovaquia fue traicionada. En 1939, Polonia fue salvada. Menos de cien mil checos murieron durante la guerra. Seis millones y medio de polacos fueron asesinados. ¿Qué fue mejor, ser un checo traicionado, o un polaco salvado? (…) reconozco la sinceridad de los que pensaron que el precio era demasiado alto. 

Todos tenían claro que algo había que hacer con Alemania dado su creciente poder después de la derrota en la Gran Guerra, pero por un lado trataban de que no se desatase otra guerra mundial ni de debilitarla los suficiente como para que al final acabase la URSS conquistando Europa. Era un rompecabezas. Hitler tuvo suerte, por así decirlo, sentencia Taylor, pues pudo aprovecharse de que, en realidad, «nadie sabía qué hacer con él».

Ante la buena estrella de Adolf, la peor papeleta fue la de Beck. Ese verano sus memorándums criticando los planes de Hitler fueron sonados. Escribió que Alemania no sobreviviría «bajo ningún concepto» a «una lucha a vida o muerte» si se obstinaba en desafiar al resto del mundo. Instó a sus compañeros de armas a dar un paso el frente y oponerse al Führer. El 18 de julio, sin embargo, cuando Hitler había anunciado que resolvería el problema de los Sudetes por la fuerza, Ludwig Beck presentó su dimisión. Volviendo a Fest:

La solicitud de dimisión de Beck se produjo, y no en último término, por la impresión deprimente que había obtenido ante los esfuerzos infructuosos por conseguir de las potencias occidentales un lenguaje mucho más enérgico respecto a Hitler. La voluntad de resistencia de la oposición alemana no podía ser menos decisiva que la de los primeros ministros británico o francés.

No obstante, la dimisión de Beck cayó como una gota de agua en el mar. Otra vez, no pasó nada. No hubo guerra. Tras el verano del 38, lo que vieron los demás militares era que el general díscolo se había vuelto a equivocar, como con Austria. Otra vez Hitler había tenido razón. Beck había perdido el crédito a sus cincuenta y ocho años en un ejército lleno de trepas y al que ya se habían incorporado oficiales que habían militado en las Juventudes Hitlerianas.

Aislado, Beck siguió conspirando contra Hitler, pero esta vez en la clandestinidad. En 1943, junto al general Henning von Tresckow, trabajaron en lo que se ha conocido como la Operación Valquiria. Fue justo después de no ser capaces de tomar Moscú y antes de la hecatombe de Stalingrado. Beck, enfermo de cáncer intestinal, urdió el plan pese a que en ese periodo de tiempo fue operado quince veces. La derrota en la batalla del Kurk y el desembarco de Sicilia fueron su «ahora o nunca».

En abril del 44 envió a dos emisarios, Hans Gisevius, ex de la Gestapo, y a Eduard Watjen, un abogado, a Berna a entregar un mensaje para Roosevelt. Ahí cometió un error en el que reiteraron todos los oficiales alemanes que plantearon rendiciones un año después. Beck ofrecía una entrada «sin oposición» de las tropas británicas y americanas en el Reich, a condición de que les dejasen seguir luchando en la URSS. Los estadounidenses nunca estuvieron por la labor de traicionar a los soviéticos. La situación era como la de 1938, pero al revés, y en ambas Occidente no acudió a la llamada del general. El 22 de junio, la URSS puso en marcha la Operación Bagration, que se llevó por delante cuatrocientos mil soldados alemanes.

La respuesta inmediata de Beck fue la orden de cargarse a Hitler a la menor oportunidad, aunque ya había habido varios intentos fallidos por diferentes motivos. El llamado complot del 20 de julio. El coronel Claus von Stauffenberg introdujo una bomba en una sala de reuniones que, esta vez sí, lograron que explotase, pero el Führer, milagrosamente, salió ileso.

Corriendo y deprisa, el general Friedrich Fromm, que estaba en el ajo, fusiló en una noche a todos los miembros de conspiración que pudo atrapar. Así no podían delatarle bajo las torturas que les esperaban. En el momento de abrir fuego el pelotón de fusilamiento contra Von Stauffenberg, su colaborador, el teniente Werner von Haeften, se puso en medio y paró las balas con su pecho.

Fromm en persona fue a buscar a casa a Beck y se produjo la hilarante escena de suicidio relatada al principio de este texto. El 22 de julio detuvieron también a Fromm y le fusilaron casi un año después, el 12 de marzo del 45. A otro implicado, el general Carl-Heinrich von Stülpnagel, le detuvo el mariscal Günther von Kluge, quien le dio la oportunidad honrosa de suicidarse. Von Stülpnagel fue en coche hasta la orilla de río Mosa en Verdún, sagrado campo de batalla de la Gran Guerra, y se voló la cabeza, pero solo logró quedarse ciego. Desfigurado y detenido de nuevo, en agosto fue colgado de un gancho de carnicero con una cuerda de piano.

Entra dentro de lo lógico que tanto militar se exasperase con el Führer. La conclusión de AJP Taylor es que Hitler nunca tuvo realmente un plan para el dichoso Lebensraum. Le estaba pidiendo a prusianos de la vieja escuela que fueran a por lo más sagrado de manera prácticamente improvisada. Con españoles hubiera ido bien, pero esas gentes cortocircuitaron. Según el historiador británico:

No hubo estudio de los recursos de los territorios que habían de ser conquistados; ni se definió lo que estos territorios iban a ser. No se constituyó ningún Estado Mayor General para llevar a cabo estos planes, ni se investigó sobre los alemanes que podían ser movilizados. Cuando grandes partes de la Rusia soviética fueron conquistadas, los administradores de los territorios conquistados se encontraron sin saber qué hacer, sin poder conseguir ninguna directiva sobre si debían exterminar a las poblaciones existentes o explotarlas, o sobre si debían tratarlas amistosamente o no.

Campbell concluye en su análisis de Inteligencia, destinado al estudio de perfiles de militares susceptible de volverse contra el poder político, que Beck era «fiel a Alemania», de hecho, geopolíticamente, coincidía con Hitler en muchos puntos, sin embargo, lo que no pudo fue «soportar la estupidez».


Abba Kovner: poemas de muerte

Abba Kovner  da su testimonio en el juicio del criminal de guerra nazi Adolf Eichmann, Jerusalén, 1961. Fotografía: DP.

«Fuimos asesinados. Vengadnos y recordadnos». (Pintada encontrada en las ruinas de diferentes sinagogas tras la liberación por parte de los ejércitos aliados de los territorios invadidos por las tropas alemanas)

Mayo de 1945, la Segunda Guerra Mundial ha terminado. El mundo comienza a confirmar lo que se llevaba tiempo intuyendo: el exterminio sistemático, brutal y despiadado que los nazis y sus aliados han llevado a cabo contra el pueblo judío. Dachau, Auschtwitz o Ravensbrück son nombres que quedarán grabados para siempre en la memoria colectiva como símbolo del horror más absoluto. Porque en Europa intentos de exterminios de pueblos habían ocurrido siempre, pero por primera vez se había realizado de forma sistemática, meticulosa y conforme a una estrategia que podría llegar a denominarse como «industrial». Nunca se habían construido instalaciones específicamente diseñadas para tal fin, como fueron las cámaras de gas. Era el mal en su versión más pura. Y muchos supervivientes no podían, ni querían, pasar página. «Fractura por fractura, ojo por ojo, diente por diente; la misma clase de defecto que le cause al hombre, eso es lo que se le debe causar a él» decía la vieja ley mosaica. Así surgieron los llamados «cazadores de nazis» como Simon Wiesenthal o Tuvia Friedman, que dedicarían su vida a llevar ante la justicia a la mayor cantidad de responsables del genocidio judío. Pero después de tantos años de oscuridad y horror no todos los supervivientes podían creer en una justicia que había permitido la persecución más cruel que se recordaba en la ya de por sí sangrienta historia europea, y determinados grupos de judíos comienzan a debatir la posibilidad de organizarse para llevar a cabo su propia justicia. 

Así miembros de la «Jewish Brigada Group», la brigada judía del ejército británico estacionada en Treviso, con la ayuda de elementos de la inteligencia militar estadounidense, comienzan a recopilar nombres de miembros de las SS que han logrado escapar a las detenciones por parte de las tropas aliadas. Su objetivo es capturar y ejecutar por su cuenta a responsables directos del exterminio judío, como guardianes de los campos de concentración, responsables políticos, etc. A este grupo se les uniría un judío del este, Abba Kovner, que venía acompañado de un aura de héroe lograda en la resistencia contra los nazis en el frente ruso, formando el embrión de la organización que se conocería como Nakam («Venganza»). Nunca un nombre estuvo mejor elegido.

Kovner, originario de Lituania, había vivido como tras la invasión nazi en 1941 los judíos de Vilnius y alrededores (cerca de sesenta mil) habían sido recluidos a las afueras de la ciudad. Tras varias matanzas organizó uno de los primeros grupos de resistencia armada en un gueto contra los nazis, pero los propios líderes judíos de la ciudad le delataron, teniendo que huir. A partir de ahí lucharía como partisano con una extraordinaria ferocidad contra las tropas alemanas liderando a los Nokmim (Vengadores), que se dedicaron a hostigar a las tropas alemanas en los bosques lituanos. 

Abba Kovner (fila de atrás, centro) con miembros del Fareynikte Partizaner Organizatsye en Vilna, Polonia. Fotografía: DP.

Una vez terminada la guerra, al grupo de Kovner se le encarga desde las organizaciones sionistas el facilitar el tránsito de los supervivientes judíos que quieran huir de Europa con destino a Palestina. Pero el Nakam al poco tiempo renuncia esa tarea. Sus planes son otros. No están dispuesto a olvidar, ni a perdonar. Porque la creación de Nakam tenía una sola finalidad: vengarse. Y así comienzan a manejar diferentes planes a gran escala. Por un lado está la posibilidad de matar de una manera indiscriminada al mayor número de alemanes posibles, cuantos más mejor («una nación por una nación»), como represalia y venganza por el Holocausto llevado a cabo por los nazis contra su pueblo; («Los alemanes tienen que saber que después de Auschtwitz no podrán jamás regresar a la normalidad»). Seis millones de muertos, seis millones de venganzas.

Comienzan a tejer un plan para envenenar el agua de diferentes ciudades alemanas (Berlín, Hamburgo, Núremberg, Múnich y Weimar), cuya suma de habitantes rondan los seis millones de personas. Kovner busca ayuda y contacta con Chaim Weizmann, un bioquímico que posteriormente será el primer presidente de Israel, al que le pide un veneno lo suficientemente potente como poder llevar a cabo esa matanza a gran escala. Weizmann le remitió a Ephraim Katzir, quien le ayudó presuntamente a fabricar la sustancia (curiosamente, este médico se convirtió a la postre en el cuarto presidente de Israel en 1973).

Dada la magnitud del plan, Abba Kovner viaja a Palestina en busca de apoyos y recursos, reuniéndose con tres de los máximos responsables del Haganah (embrión del futuro ejército de Israel), pero estos no solo le negarán el apoyo, sino que alertarán a las autoridades británicas en Palestina. Los propios judíos evitaron una venganza tan brutal, y así la policía militar británica interceptó a Kovner, que antes de ser capturado logró deshacerse del veneno obtenido arrojándolo al mar, siendo encarcelado durante cuatro meses primero en la prisión de Toluene (Francia) y posteriormente en Alejandría (Egipto). Abba Kovner ha sido traicionado por sus compatriotas por segunda vez.

Pero Kovner y sus hombres no cejaran en su empeño de vengarse. Así deciden pasar a un plan B. Será una acción más dirigida. Ejecutarán a cerca de quince mil antiguos miembros de las SS que permanecen recluidos en la prisión de Langwasser (Núremberg) y en otra cerca de Dachau, envenenando su comida. Comienzan a inspeccionar el terreno y trabajar en las diversas posibilidades, y comprueban que todos los suministros para los prisioneros provienen directamente de la intendencia del ejército norteamericano, lo que hacía muy complicado y peligroso intentar acceder a esa comida. Pero han encontrado una rendija. El pan se hace diariamente en un centro de producción local. El objetivo estaba claro: se envenenaría el pan. Por un lado tres miembros de Nakam, haciéndose pasar por panaderos, se infiltran en la fábrica de pan, mientras en París un químico judío comienza a tratar el veneno necesario para el atentado, unos dos kilos de arsénico sin refinar.

Guerra árabe-israelí de 1948. En la foto, Abba Kovner presentando a los miembros de Haganah en el kibutz Yad Mordechai. Fotografía: Frank Scherschel / National Photo Collection of Israel  (DP).

El día elegido para el atentado será el Domingo de Pascua de 1946. Durante toda la noche anterior miembros de Nakam se dedican a untar con brochas el arsénico en los bollos de pan que recibirán los prisioneros alemanes. Al amanecer, el pan se entrega en el campo de prisioneros. El plan marcha según lo previsto. El efecto del veneno comienza a extenderse por todo el campo. Los equipos de médicos estadounidenses hacen todo lo posible para salvar la vida a los oficiales de las SS. Miles de ellos enferman, y el número de muertos se desconoce. Los aliados jamás hicieron público el número de muertos, pero se calcula que entre trescientos y cuatrocientos. Desde numerosos sectores judíos se condenó rotundamente la acción y se instó a vengar el Holocausto pero de una manera pacífica y a través de la vía de la justicia.

Tras un puñado de atentados y acciones violentas, Kovner poco a poco irá abandonando su obsesión por la venganza, comenzando a enfocar sus esfuerzos en fortalecer el recién creado Estado de Israel e incorporándose como capitán a la Brigada Givati, que lucharía contra árabes y palestinos. En la conocida como Guerra de Independencia de Israel fue una figura controvertida debido a sus famosas Páginas de guerra, escritos redactados con el fin de mantener alta la moral de sus tropas (y que se hicieron sumamente populares), donde hacía continuamente referencia a la necesidad de revancha por el Holocausto, refiriéndose a los soldados egipcios como perros o víboras, y llegando a acusar de cobardía a la guarnición judía de Nitzanim por rendirse a las tropas árabes.

Pero Abba Kovner fue algo más que un combatiente con todas sus luces y sus sombras. Personaje realmente polifacético, fue un excelso literato cuyos poemas giran fundamentalmente alrededor del horror del Holocausto y de la creación del Estado judío. Porque Kovner escribía como vivía, con violencia y a borbotones. No existía el temor al «qué dirán» ni nunca le importaron las (en su opinión) falsas convenciones políticas. Se enfrentó a soviéticos, a nazis, a árabes e incluso a sus compatriotas, todo en defensa de su dignidad como persona y como judío. Considerado un héroe en su país, fue galardonado con en 1970 con el Premio Israel de Literatura, además de participar activamente en la creación del Instituto Moreshet del Holocausto y del Museo de la Diáspora en Tel Aviv. Kovner moriría de cáncer en Israel (como no podía ser de otra manera) en 1987, a la edad de sesenta y nueve años. Entre el arsénico y la tinta, fue una figura irrepetible, testigo y protagonista de una terrible época que esperamos que tampoco se pueda volver a repetir.


La ciudad que nació en un bombardeo

(CC0)

Rem Koolhaas nació el 17 de noviembre de 1944 en Róterdam; y cuesta imaginar dónde lo hizo, porque en el 44 Róterdam era una ciudad que esencialmente había dejado de existir. 

A las 13:20 horas del 14 de mayo de 1940, el chillido de las alarmas antiaéreas se desparramó a ambas orillas del Neuwe Maas. A los pocos minutos, cincuenta y cuatro bombarderos Heinkel He 111 de la Luftwaffe lanzaron un total de noventa y siete toneladas de explosivos sobre el núcleo urbano. Un bombardeo por saturación que, sumado a la alfombra de incendios que desencadenó, redujo la práctica totalidad de Róterdam a cascote, virutas y ceniza. Aunque solo murieron unas ochocientas personas, más de ochenta y cinco mil se quedaron sin hogar. Habían desaparecido casi veinticinco mil viviendas, más de dos mil trescientos comercios, ochocientos almacenes, sesenta y dos escuelas y veinticuatro iglesias. Y digo «desaparecido» porque, como se ve en las fotografías de la época, la ciudad que albergaba el puerto más importante de Europa quedó convertida en un páramo.

Y sin embargo, tan solo cuatro días después del bombardeo, la autoridad portuaria de Róterdam comenzó un plan de reconstrucción que, ante la precariedad estructural en la que habían quedado los pocos edificios que aún permanecían en pie, incluía la demolición de todas las construcciones del centro urbano salvo la iglesia de Laurenskerk, la oficina de correos, la bolsa y el edificio del Ayuntamiento. Pese a lo colosal de la empresa, el plan se terminó de redactar en apenas un mes. 

Si Baltasar Gracián decía que «una mediana novedad suele vencer a la mayor eminencia envejecida», Róterdam decidió usar la frase de Gracián pero puesta hasta arriba de esteroides, porque se convirtió en estandarte de la novedad. La historia construida había desaparecido, así que la ciudad decidió construir una nueva historia a través de una nueva narrativa. Y esa narrativa sería, precisamente, la narrativa de lo nuevo.

Aprovecharían la catástrofe para resolver los problemas del antiguo trazado urbanístico industrial, abriendo nuevas calles, avenidas más anchas y canales mejor acondicionados. Pero también apostarían por la vanguardia arquitectónica como elemento definidor de la imagen urbana. Como símbolo. Todo sería nuevo porque todo tenía que ser nuevo. Porque no había nada que conservar. Así, Róterdam comenzó un camino que la distinguiría de la vecina y engolada Ámsterdam y que acabaría por convertirla en el motor y el corazón de la arquitectura contemporánea mundial. Desde los mercados hasta los recorridos, desde la investigación espacial y formal de los edificios hasta los mismos árboles.

El bosque cúbico

Caminando unos trescientos metros al sureste de la iglesia de Laurenskerk, entre las bicicletas aparcadas junto a la Biblioteca Central y la fachada curva del novísimo Markthal, se abre el muelle de Oudehaven, el Puerto Viejo. Allí, las pequeñas embarcaciones particulares y los taxis-lancha atracan bajo un bosque de viviendas. La metáfora es menos poética que literal, porque el propio Piet Blom consideraba a cada una de sus casas cubo como un árbol, árboles que en conjunto formaban un bosque. «Vivir entre las copas de los árboles, vivir en un tejado urbano», era la idea generadora que el arquitecto de cuarenta y tres años propuso para las Kubuswoningen.

En efecto, en las casas cubo se vive lejos del suelo. Flotan en una nube de aristas sólidas a cinco metros de las calles y el canal, sujetas por un sistema de soportes huecos que, como los troncos de una casa árbol, sirven de acceso, escalera y estructura a cada vivienda unifamiliar. Pensar en este concepto construido ya sería suficiente para justificar esa particular sensibilidad que respiraba la arquitectura de Róterdam en 1978, fecha en la que se presentó el proyecto; pero claro, no hay más que mirar desde el otro extremo de la plaza Blaak para entender por qué las Kubuswoningen son un símbolo de la ciudad. 

Están inclinadas. 

Las casas cubo están insólitamente giradas a cuarenta y cinco grados respecto al eje vertical. Cada cubo se apoya en uno de sus vértices sobre el tronco hexagonal de hormigón, desafiando la gravedad en un equilibrio que volatiliza cualquier noción de suelo, paredes o techo. La decisión es sencillísima pero revienta la imagen tradicional de la vivienda. Al caminar por sus calles peatonales nos descubrimos bajo una geometría desconocida. Incluso de difícil lectura, porque no estamos preparados para ver ventanas en lugares que no deberían estar ahí ni fachadas en ángulos que no deberían ser así. Pero lo son.

El conjunto se inauguró en 1984 y en su mayor parte sigue albergando viviendas privadas, pero puede visitarse si nos alojamos en un hostal que comprende varios de sus módulos, o accediendo a la casa museo que conserva la decoración original y el mobiliario adaptado que el arquitecto concibió expresamente. En su interior, entre planos girados y ventanas trapezoidales, quizá podamos entender que la comodidad es sacrificable frente a la libertad creativa y que la apuesta de Róterdam por la narrativa de la novedad sobrepasa cualquier otra condición. Hasta la de la misma novedad, porque el propio Blom ya había levantado un proyecto similar —aunque de menor tamaño— en la localidad de Helmond, al sur del país. 

Aunque son un emblema del estructuralismo arquitectónico y aparecen en todas las guías de la ciudad, la repercusión que las Kubuswoningen tuvieron en su momento fue relativamente limitada. Para descubrir el edificio que puso a Róterdam en el foco de la arquitectura mundial, les voy a pedir que me acompañen a dar un paseo. Un paseo en camello.

Un beduino y su camello

Naquib Hossain (CC BY-SA 2.0)

En Róterdam hay un beduino y un camello. Son de bronce y están en la cubierta de un edificio, al final de un camino. Podemos seguir sus pisadas hacia el oeste, a través de los barrios de Linjbaan y Berustraverse, entre las tiendas del Koopgoot. Quizá lleguemos desde el sur, desde el muelle de Parkhaven y el parque de Nieuwe Werk, a la sombra de la sesentera torre Euromast, con su restaurante a cien metros de altura. Tal vez hayamos comenzado nuestra ruta al norte y hemos acabado en el Museumpark, al lado del Museo de Historia Natural y del Boymans van Beuningen, que además de Rothkos, Kandinskys y Monets, cuelga en sus paredes una de las mejores colecciones de pintura flamenca del mundo. 

Donde se cruzan todos estos recorridos habremos terminado nuestro paseo. Lo curioso es que, en realidad, no lo habremos terminado, porque el Kunsthal es un edificio que, a la vez, es un paseo. 

Cuando la Fundación Hyatt entregó el Premio Pritzker del año 2000 a Rem Koolhaas, el jurado le calificó como «[Una] rara combinación de visionario y ejecutor, filósofo y pragmático, teórico y profeta. Un arquitecto [que] ha demostrado en numerosas ocasiones su capacidad y talento creativo para hacer frente a problemas aparentemente irresolubles con respuestas brillantes y originales». En 1987, el Ayuntamiento encargó a Koolhaas la construcción de un nuevo museo de arte contemporáneo, pero lo que se encontró el arquitecto fueron un montón de problemas. Aparentemente irresolubles.

El edificio debía albergar conferencias, exposiciones temporales de arte, ferias de muestras e incluso mercados del automóvil. Además, debía cubrir un desnivel de seis metros entre el tranquilo parque y el atiborrado tráfico de la Westzeedijk, a la que abría fachada. Además, habría de servir de reclamo y tercer vértice artístico del Museumpark. Y además, como todo en Róterdam, tenía que ser fresco. Ser distinto. Ser nuevo.

Así que Koolhaas cogió todos los problemas, los metió en una batidora de precisión quirúrgica y, tras cinco años de trabajo, creó una obra maestra. Una pieza sarcástica y juguetona, un edificio serio y eficaz, una construcción múltiple y unitaria, un espacio cerrado y una macla compleja. Porque el Kunsthal es todo.

El edificio se inauguró en 1992, el mismo año del estreno de Reservoir Dogs. Quizá el genio creativo de Koolhaas se alimentó de algún tipo de conciencia cultural colectiva, pero no creo que exista mejor analogía. Y es que el Kunsthal es como una película de Tarantino. Es una mezcla perfecta de referencias y conceptos de todos lados, desde el paseo arquitectónico de Le Corbusier hasta la cachonda simbología del pop. El Kunsthal es un prisma rectangular pero lo penetran lanzas de aire fresco iluminado con la luz plana del mar del Norte. Y por esas lanzas que son rampas se circula en coche y se camina sin saber cuándo estamos dentro y cuándo estamos fuera. Es un camino en el que exterior e interior se confunden. Un camino vestido con fachadas de mármol y paramentos de chapa corrugada y ventanas de malla metálica y techos de policarbonato y árboles confundidos con los pilares que sujetan el suelo inclinado del auditorio que es el techo comprimido del restaurante.  

Si en una sinécdoque tomamos el todo por la parte o la parte por el todo, Koolhaas construyó una hipersinécdoque. El Kunsthal es un lugar en el que todo es todo. Los materiales industriales son nobles, el edificio es un camino y la calle se mete dentro del museo. Bajamos la pendiente que atraviesa el frontal y, sin darnos cuenta, estamos avanzando por el restaurante entre pilares inclinados y luminarias dibujadas como círculos a mano alzada. Después giramos en espiral y volvemos a subir por el auditorio, un artefacto travieso de sillas multicolores que se cruza sin otra separación que una cortina. Luego llegamos a la gran sala de exposiciones bajo un techo de plástico continuo que a la vez es quebrado y a la vez es traslúcido y a la vez retroiluminado. Y al final nos volvemos a encontrar al aire libre y frente a la carretera. En una terraza justo al lado de la entrada.

El lugar es el mismo pero la óptica ha cambiado porque todo ha cambiado. Nada es igual, ni la carretera ni Róterdam y ni siquiera el mundo, tras recorrer el Kunsthal. Si tienen suerte, quizá puedan visitar una retrospectiva de Andy Warhol o de Sol Lewitt. Pero si tienen todavía más suerte —como la tuve yo—, a lo mejor se encuentran con una feria de gastronomía y asisten a una de las experiencias más extrañas y más divertidas que les pueden ocurrir en un museo: ver un cerdo asándose bajo el Kameel en Reiziger, el beduino de bronce y su camello de bronce, en la terraza de un edificio que cambió la arquitectura del siglo XX

Porque, efectivamente, el Kunsthal no se separa de la calle y, para Róterdam, un cuadro tiene tanta importancia como un cesto de frutas.

Frutas en el cielo

Frans Berkelaar (CC BY-SA 2.0)

Aunque deshacer un camino pueda parecer una tarea estéril, pues ya conocemos el recorrido y el paisaje, todo es nuevo cuando entiendes por qué es nuevo. Volviendo al centro entendemos que Róterdam trate casi como monumento histórico al puente de Erasmo, un cisne construido por Ben van Berkel y Caroline Bos en 1989. Que en la otra orilla dialoguen dos Pritzkers cara a cara: la torre high-tech de Renzo Piano y el Tetris vibrante que es el rascacielos De Rotterdam de Koolhaas. Que para ellos el patrimonio industrial es exactamente eso, patrimonio, y las naves portuarias se convierten en locales de ocio y los parques acuáticos abandonados, como el Tropicana, reviven transformados en restaurantes con las mesas colocadas en toboganes vacíos. Que el espacio nuevo siempre es susceptible de ser aún más nuevo. 

Comprendemos que una ciudad fundada en 1340, en realidad tiene solo seis décadas y, creada de la nada, regala a sus habitantes todo lo que imagina. Por eso, al regresar a la plaza Blaak y encontrarnos frente al Markthal, nos damos cuenta de que el mejor regalo es el espacio y que el mejor mercado es el que tiene el cielo lleno de frutas.

Proyectado en 2009 por el estudio MVRDV y abierto en 2014, el Markthal tiene un programa muy sencillo. Son viviendas en torno a un gran patio que sirve de mercado. Curiosamente, lo que hicieron Winy Maas, Jacob van Rijs y Nathalie de Vries fue aún más sencillo. Le dieron la vuelta al programa. Literalmente. Cogieron todo y lo tumbaron. Así, el patio se convirtió en un cilindro de espacio horizontal y las viviendas se desplegaron a lo largo de una bóveda de herradura de cuarenta metros de alto. 

La propuesta es radical y el edificio es uno de los más libres y más atrevidos de lo que va de siglo XXI. Pero hay algo más. Siempre hay algo más. Un riguroso ejercicio de jolgorio que domina toda la obra y toda la plaza en cuanto levantamos la vista: la cara interior de la bóveda está serigrafiada al completo con un formidable mural. Cada centímetro de cada panel de fachada. Cada ángulo y cada radián de una superficie que se vuelve curvatura celeste. Hasta dibujar once mil metros cuadrados con pescados, frutas y hortalizas del tamaño de planetas y constelaciones. Un firmamento hortofrutícola.

El Markthal es un edificio revolucionario en una Róterdam que existe en un proceso continuo de revolución. Un lugar para pasear en taxi, en lancha y hasta en camello. Una ciudad que sigue naciendo cada día desde la tarde en la que desapareció bajo las bombas de la Luftwaffe.


Wolfgang Borchert: el mal soldado, el buen hombre

Wolfgang Borchert. Imagen: Wolfgang-Borchert-Archiv.

Y cada vez que veían a un hombre, le disparaban. Y siempre era un hombre que no conocían de nada. Y que no les había hecho nada. Pero le disparaban. Para eso alguien había inventado su ametralladora. Y por eso había sido recompensado. Y alguien —alguien— lo había ordenado.

Cualquiera disfruta, de vez en cuando, de un buen relato de soldados.

Muchos escritores —yo también lo he hecho— gustan de tomar de vez en cuando como punto de vista, o de mira, al joven entusiasmado, o resignado, a tomar un arma en las manos, enviado por su país a matar a sus semejantes de otra bandera.

Lo cierto es que la mayor parte de estos literatos no ha pisado —no hemos pisado— una zona de guerra en su vida y se nota, pero entre que los vieron de pequeños Los cañones de Navarone, los que han leído biografías de oferta de Hitler, los que han aprendido estrategia militar de Tom Clancy, los que han visto La Segunda Guerra Mundial en color y los se han pasado algún que otro Call of Duty, no faltan relatores de guerra de salón.

Se les reconoce por mencionar con frecuencia a héroes de guerra descubiertos en películas de Hollywood (Vasili Záitsev o von Stauffenberg salen con frecuencia), hablar de armas que no han empuñado jamás (dicen mucho «MP42» y «Mosin-Nagant») y de tanques que como mucho han visto en un museo (los Panzer y Tiger II suelen ser celebrados) como si los hubieran conocido, disparado y conducido.

¡Y a la mínima te dicen quién habría ganado la guerra si Stalingrado no hubiese caído, lo que habría durado el conflicto si los V1 y V2 hubiesen estado listos antes y enmiendan la plana (mayor) a las estrategias de invasión de Roosevelt y cía!

Bueno, el tono de tales relatos suele quedarles —quedarnos— entre cipotudo y tabernario, como de bravata cuñadesca, de batallita de la mili de uno que no ha ido a la mili o de veterano de foro de la 2GM. Como el antiguo miles gloriosus que tanto divertía a los grecolatinos (el tropo es antiguo) o Il Capitano de la commedia dell’arte, si están inspirados, no negaremos que al menos entretienen, pero es difícil creer que en sus guerras de papel pueden llegar a hablar de lo que de verdad siente un soldado en campaña, en asalto o en retirada.

Hay otro tipo de relatos, más sobrios y solventes, contados por otra raza de trinchera: periodistas. Nombres pesados como, por qué no, Tucídides, Hemingway, Francisco de Goya, Kapuściński, y otros menos conocidos como Richard Tregaskis, Willem van de Velde, Henry Crabb Robinson o Floyd Philip Gibbons. Testigos oculares y directos de movimientos de tropas, desembarcos anfibios, batallas navales, asaltos en helicóptero y masacres encarnizadas, con ojo, mano, talento y medios para narrar, lo que les ha hecho poder ganarse un título superior de autenticidad en aquello de contarnos la guerra.

Sin embargo, no olvidemos que como observadores no estaban obligados a ir, ni siquiera a quedarse, y no digamos ya matar a nadie, por lo que sus relatos tampoco podrían hablar de la experiencia real de la desdichada grey militar.

Es por ello que cuando habla, cuando escribe un soldado, todos a callar.

Ciertamente, algunos de los mejores relatos de guerra de la historia nos los han dado los uniformados: de forma testimonial, sin salir de Alemania, citaremos desde el clásico antibelicista Sin novedad en el Frente de Remarque, hasta su completo opuesto Tempestades de acero de Jünger, entre una plétora de otros que mejor dejamos, si eso, para otro momento.

En resumen, pocos periodistas, historiadores o aficionados pueden —podemos— llegar a escribir como ellos, esos a los que tantos suelen referirse de forma reverencial, zalamera, y tiralevitas inevitablemente como «grandes guerreros», «buenos soldados» u «hombres valientes».

Hasta que uno escucha a un mal soldado, como Wolfgang Borchert.

Y ahí sí que se hace el silencio.

Pasar a la historia con trescientas páginas

Cállate la boca, Jesús. Rápido, fuera del hoyo. Tenemos cinco tumbas más que cavar. El vapor de la boca del cabo ondeó hacia Jesús. No, dijo, y dos finas mechas de vapor salieron de su boca, no. Hablaba muy suavemente y tenía los ojos cerrados. Además, las tumbas son demasiado poco profundas. En la primavera se saldrán los huesos por todas partes. Cuando deshiele. Huesos por todas partes. No, no lo haré más. No, no. Y siempre yo. Soy siempre yo quien tiene que tumbarse en el hoyo para ver el tamaño.

Conocí la obra de Borchert allá por el 98, en mi primera visita a Alemania. Una chica de Weimar nos dijo lo mucho que significaba este autor para la juventud germana, especialmente si habías vivido tras el telón de acero, te habían obligado a aprender ruso en tu niñez y lo que fue durante siete años el campo de concentración nazi del pueblo se convirtió durante los cinco siguientes en campo de concentración soviético. Ellos podían entender lo que era ser joven y que no te dejaran vivir tu vida, no pudieras llevar a cabo tus ilusiones y gente armada de uniforme decidiera lo que tenías que hacer con tu destino.

El caso es que Wolfgang Borchert apenas escribió un puñado de poesías, una obra de teatro y unas decenas de relatos breves. Todo ello en apenas un par de años. Bien editadas casi ni suman trescientas páginas.

Puede, por ello, parecer extraño que Borchert tenga categoría de clásico absoluto de las letras germanas. Que su prosa sea ampliamente leída en Alemania, especialmente entre estudiantes y escolares. Que sea admirado por alemanes de varias generaciones.

Y quizá sea porque solo vivió veintiséis años, porque escribió esas páginas a vuelapluma mientras moría, y porque solo podía improvisar párrafo tras párrafo sin reparar en lo dicho, sin reescribir, tachar o reflexionar, solo repetir lo vivido, sentido y sufrido mientras agonizaba al pasar de los contados días que le quedaban para su labor.

No, Borchert nunca fue un buen soldado. Quizá tampoco fue un buen alemán, en tiempos en que había que ser valiente para no serlo.

Bailar en torno a la bestia dormida

Representación de Fuera, delante de la puerta, de Wolfgang Borchert, dirigida por Rudolf Noelte, Berlín, 1948. Foto: Cordon.

A cincuenta y siete enterraron en Voronesh. Solo quedo yo. Soy el segundo teniente Fischer. Tengo veinticinco años. Pero quiero coger el tranvía. Quiero cogerlo. Llevo tanto, tanto tiempo caminando. Solo yo tengo hambre. Pero debo seguir. Cincuenta y siete preguntan: ¿por qué? Y quedo yo. Y llevo tanto tanto tiempo caminando por la larga, larga carretera.

Borchert nace el 20 de mayo de 1921 en Hamburgo, ciudad fluvial, nocturna y canalla en una familia en que las letras y la cultura eran auspiciosas: el padre era un profesor llamado Fritz, dadaísta local que trabajaba para la revista Die Rote Erde; la madre era escritora y poeta: Hertha. Como eran los años veinte, la familia se podía mover en círculos progresistas y se codeaban con una intelectualidad que marcaría al futuro poeta.

Como es habitual en un artista, el niño y el joven Borchert no se encontraron a gusto en la escuela; se dice que no fue buen colegial y lo cierto es que ni llegó a la universidad, por lo que tiempo después y un tanto a su pesar le hicieron aprendiz de librero, cuando lo que él quería, con lo que soñaba, lo que le apasionaba, era ser era actor de teatro.

Escribía ya numerosos poemas, se dice que unos diez al día, que eran revisados por su padre. No dejaría de producir poesía hasta el temprano final de sus días, pero por desgracia y como veremos esta parte de su obra resultaría tan malograda como su propia vida; gustaba de los referentes habituales de un adolescente, el equivalente a la estrella de rock de la época: Baudelaire, Rimbaud, Hölderlin o, por supuesto, Rilke.

Borchert pasó los años treinta creciendo, escribiendo y soñando con ser actor de teatro; no era ajeno a las sombras nacionalistas que crecían a su alrededor, pero tampoco iba a dejar que le fastidiasen la fiesta de la juventud: se dice que cuando le tocó hacer servir en las Juventudes Hitlerianas (obligatorio tras el 36) se fumaba tantas reuniones que terminaron por echarle. Por esta vez, se escapó del zarpazo. Pero era solo el primero de sus muchos encuentros con la bestia nazi.

Entre tanto, Borchert escribía y se enamoraba. Primero de todo, de Hamburgo, ciudad que retrataría en diversos poemas y cuyos muy brechtianos pobres, pillos, proletarios y marinos conformaron un imaginario romántico y a la vez tunante de noches húmedas, noctámbulas, golfas, de Alexanderplatz del Elba. Y es que Borchert solo quiere ser un adolescente, llegar a casa tarde, irse de fiesta con sus amigos bohemios, soñar con las tablas, declamar en las calles nocturnas, sentir el frío de los canales y enamorarse de chicas que no conoce para sentir que es joven, que es libre y que está vivo.

Hasta que en abril 1940 la Gestapo lo detiene, acusado de escribir poemas subversivos.

Lo dejan ir. Segundo aviso.

Borchert, el ya aprendiz de librero, toma clases de arte dramático a escondidas de sus padres, sigue escribiendo poesía, se saca un título de actuación, quiere ser un adolescente, cometer errores y tener vida propia; no quiere que los tiempos marquen sus tiempos, se echa a la carretera con una compañía de teatro ambulante, recorre los lander queriendo ser Hamlet, Macbeth o Puck, sin saber que la vida le ha de deparar el destino del bufón Yorick.

Como tantos otros, Borchert es llamado a alistarse a la Wehrmacht en Junio de 1941. Hitler ha lanzado la fatídica Operación Barbarroja, el avance contra la Unión Soviética.

Quizá por sus roces anteriores con la bestia, quizá por maldita mala suerte, es enviado al frente ruso.

Se le oye decir: «Se acabaron los mejores años de mi vida».

Y tiene veinte años. Le quedan seis.

Historia de un soldado

Los hombres caminaban por la carretera de noche. Canturreaban. Tras ellos había un punto rojo en la noche. Era un punto rojo espantoso. Porque el punto era un pueblo. Y el pueblo estaba ardiendo. Los hombres le habían pegado fuego. Porque los hombres eran soldados. Porque era la guerra.

Bien es sabido que Hitler se las prometía felices en su rápido avance hacia el este. Sin esperar acontecimientos, con urgencia, furor y premura lanza sus tropas hacia un benigno verano ruso, decidido a cubrir la mayor cantidad de terreno posible, confundiendo kilómetros con victorias, huyendo hacia adelante hacia Moscú, cuya periferia, se dice, llegó a estar a la vista de las tropas alemanas.

Sin embargo, el mismo General Invierno que como se recuerda habitualmente aplastó las esperanzas napoleónicas de degollar al dormido gigante ruso cae sobre unos soldados que carecían de suministros suficientes, que aún iban vestidos con ropa de verano y que eran blancos fáciles con sus uniformes verdigrís en la mortal blancura de la estepa, a cuarenta grados bajo cero.

Borchert está entre ellos. Pasa el mismo frío, sufre el mismo miedo, se sabe igual de abandonado que el resto de sus camaradas, atrincherado y temeroso, centinela de puesto avanzado, ametralladora congelada en mano, orejas al descubierto por reglamentación, vista clara asediada por el fulgor nevado, adolescente doblegado por la escarcha y joven paralizado por el terror de la noche opaca, acechado en el silencio por los sigilosos lobos rojos de Stalin.

Es esta la guerra de Borchert y de miles de otros: una guerra sin hazañas bélicas, sin actos gloriosos, sin escaramuzas o ataques a pecho descubierto. Una guerra sin gloria, sin asaltos honrosos, sin cargas heroicas. Una guerra de nervios, de aburrimiento, de silencio blanco, de disparos escasos y en ocasiones contra uno mismo, que siegan vidas, esperanzas, ilusiones y el sueño de volver a ver a la primera novia. Es la guerra de un soldado de verdad, la guerra del llanto a escondidas, del absurdo vital, de la duda patriótica y de la falacia del heroísmo.

No es la guerra, no, de los que la imaginan, la fantasean o la escriben sin haber estado allí.

El infierno, no obstante, solo acaba de empezar: quedan aún meses para que siquiera comience el asedio a Stalingrado. Un día, un 23 de febrero del 42 (Borchert tiene veintiún años, le quedan cinco), vuelve de su ronda sin el dedo medio de su mano izquierda. Explica a su oficial que lo perdió en una peligrosa pelea cuerpo a cuerpo con un ruso que le sorprendió, y que en el forcejeo el arma se disparó sola, volándole un dedo.

Su superior huele a camelo. Y acusa a Borchert de mutilarse a propósito para pirarse del frente. Le arrestan y le aíslan en condiciones lamentables. Enferma. En el hospital militar pronto muestra síntomas de hepatitis y difteria. No importa. Es juzgado y el fiscal militar pide la pena de muerte. Entre tanto, en junio le llevan a la prisión de Nuremberg y durante seis semanas empeora, sin saber qué será de su suerte. De milagro, quizá por la evidente necesidad de tropas, es declarado «no culpable».

Al salir, mala suerte, es arrestado de nuevo y acusado bajo la Heimtückegesetz de 1934, la «Ley contra los ataques felones contra el Estado y el partido y para la protección de los uniformes del partido»: en sus cartas a casa, Borchert se había desahogado hablando del régimen y sus cartas fueron interceptadas. Se le acusó de hacer «declaraciones que ponían en peligro el país» y se le condenó a seis semanas de «detención estricta», tras lo que sus dolencias se agudizaron. Sus sufrimientos, su soledad, su frío, empezaban a ser humanamente insoportables. Y lo que le quedaba.

Cumplida la condena, se le manda de nuevo al frente oriental, con recochineo, a demostrar sus lealtades, a enseñar de qué está hecho, a hacerle pasar por el aro. Le mandan enfermo. Sin derecho a portar armas.

Vuelven el frío, la soledad, las rondas a medianoche, el crujir de la nieve que tanto se llega a parecer al cerrojazo de un rifle, a los compañeros de trinchera que amanecen solidificados por la escarcha y a la piel adherida a las botas por el hielo y la gangrena y los jodidos cuarenta grados bajo cero. Borchert también sufre congelaciones y, como los demás, acumula penitencias, dolores y nostalgias que verterá en sus futuros relatos. Pero aún no, porque aún no le ha llegado el momento de morir. Aunque a estas alturas quizá lo desease.

Tras sufrir nuevos episodios de hepatitis, y pese a ello recibida el alta médica, puede volver brevemente de permiso a casa, a Hamburgo. Se encuentra su amada ciudad, su primer amor, reducida a escombros, aplanada por las bombas, quemada por proyectiles incendiarios, y a sus ciudadanos pulverizados entre las ruinas. Pero Borchert lleva el verso en la sangre: el poco tiempo que está lo aprovecha para actuar en un cabaré local.

Vuelve a las trincheras, optimista quizá porque parecía estar a punto de obtener la invalidez. Pide su traslado a un grupo de teatro del ejército, un destino benigno. Se lo conceden. Le trasladan a un campamento de tránsito en Koblenz. Pero la noche del 30 de noviembre del 43 (tiene veintidós años, le quedan cuatro) se arranca en una barraca a parodiar a Goebbels. Un chivato le denuncia. Le arrestan de nuevo. A prisión. Al frío, al eterno frío que ya se le había quedado en las tripas, a la mala comida que le inflamaba el hígado, a la soledad que alarga las horas y a los muros húmedos de la prisión.

El 21 de agosto del 44 (tiene veintitrés años, le quedan tres) le condenan a nueve meses de presidio en Moabit. Allí, la ahora sí decadente Alemania es bombardeada, se convierte en refugiada, pasa hambre, se congela y Borchert pierde lo poco que le quedaba de salud, certidumbre o esperanza. Qué invierno puede ser peor que el invierno de la prisión.

Dada, de nuevo, la necesidad de soldadesca, le hacen volver a filas, a Jena y después, ya en marzo de 1945, al área cercana a Frankfurt am Main, para la absurda e imposible misión de defender el río del imparable avance aliado. Sus oficiales les abandonan y las tropas se entregan mansas a los franceses.

Mientras les transportan a un campo de prisioneros, Borchert y otros saltan del camión y se internan en la foresta. De allí solo puede caminar a casa. Seiscientos kilómetros. Por el camino le intercepta una patrulla americana. Sin saber si van a matarlo allí mismo, vuelve el actor, el dramaturgo, el bufón: se hace literalmente el loco y, convencidos o divertidos, los yanquis le dejan ir.

Llega a Hamburgo, rendida a los británicos sin oponer resistencia, el 10 de mayo.

Cumple veinticuatro años. Le quedan dos.

Agonizar y escribir

Representación de Fuera, delante de la puerta, de Wolfgang Borchert, dirigida por Krikor Melikyan, 1963. Foto: Cordon.

Cuatro soldados. Y estaban hechos de madera y de hambre y de tierra. De morriña, barbas y tempestades de nieve. Cuatro soldados. Y sobre ellos rugían las balas y mordía el veneno negro ladrador, hacia la nieve. La madera de sus cuatro caras perdidas se destacaba afilada en el mecer de la candela. Solo cuando el hierro gritaba por encima y estallaba en terribles ladridos, entonces una de las cabezas de madera se reía. Y después, los otros sonreían grises. Y la candela se doblegaba de desesperación.

Sus padres, por fortuna, habían sobrevivido, y dedican su tiempo y escasos recursos a cuidar a un hijo que apenas podía tenerse en pie, caminar solo o valerse por sí mismo. Un médico le da un año de vida. Aun así, Borchert trata de reemprender su carrera teatral e intenta subirse de nuevo a un escenario.

No puede. El cuerpo no le da. Tiene que guardar cama y ya casi no se levantará de allí hasta el final de sus días. Pero aún le queda una agonía de unos dos años.

Es entones cuando empieza a escribir.

Sabe que tiene poco tiempo, por lo que dice todo lo que debe decir. Quema la mayor parte de sus poemas juveniles, que considera poco valiosos. Ya piensa en la posteridad. La posteridad es lo que hay después de morir, claro. Escribe poemas nuevos. Un editor le publica un volumen llamado Farol, noche y estrellas en diciembre del 46. Ocupados por buscarse la vida entre las ruinas, pocos la leen.

Sigue escribiendo, sigue muriendo, en verdad febril y entre terribles dolores: una colección de relatos cortos, los primeros de su vida, comenzando por una obra maestra de la desesperanza carcelaria, a la altura del sufrimiento de Wilde: «El diente de león». Escribe en cartones y papeles desechados. Escribe muchos cuentos, sobre los lejanos tiempos en que Hamburgo y él se sentían jóvenes, pero también escribe sobre las nevadas noches rusas, sobre la prisión y el soñar con lo que hay fuera, con muchachas sin nombre que anhela conocer, sobre cuerpos semienterrados en la nieve y sobre letanías y cantinelas de desesperación, ansiedad y juventud perdida con un rifle pesado pegado a las manos escarchadas. Nadie los lee.

Escribe, por fin, su primera y última obra teatral: Fuera, delante de la puerta, la historia de un soldado que vuelve a casa y al que nadie quiere porque ya no le esperaban. La protagoniza Beckmann, «uno entre muchos». Su mujer, «que le olvidó». Su amigo, «que la ama». Una mujer, «cuyo marido volvió a casa con solo una pierna». Su marido «quien mil noches soñó con ella». Y, entre otros como Dios, la Muerte o el Otro, el río Elba, que escupe al soldado a tierra cuando este intenta suicidarse: nadie le quiere, ni siquiera la muerte. La obra se subtitula: «Una obra que ningún teatro quiere representar y ningún público quiere ver».

Sin embargo, por primera vez, se equivoca. La obra se representa en forma radiada en febrero de 1947, con gran éxito de público. Su leyenda nace. Borchert no puede escucharla: han cortado la luz en su barrio.

Deseosos de dar a conocer una obra maestra que habla del sentir de una nación traumatizada, se pone en marcha una obra de teatro a contrarreloj. Pero Borchert, muy mal ya, y gracias a una colecta realizada entre amigos, ha sido llevado a un hospital para enfermos hepáticos en Suiza. Su madre debe dejarlo en la frontera: no tiene pasaporte. Sigue solo. La obra se estrena el 21 de noviembre de 1947.

Demasiado tarde. Borchert había muerto el día antes.

Tenía veintiséis años.

El trauma del soldado, el poeta entre las ruinas

Entonces cantó. Cantó muy alto, para no escuchar más el miedo. Ni los suspiros. Y para que el sudor no se le congelase más. Cantó. Y ya no oía el miedo. Cantó villancicos, y ya no oyó los suspiros. Cantó villancicos en el bosque puro. Porque la nieve colgaba de las ramas azul negras en el bosque ruso. Tanta nieve.

Casi en solitario, y de forma póstuma, Borchert inaugura en Alemania la llamada Trümmerliteratur, un juego de palabras entre «literatura de las ruinas» y «literatura del trauma».

Otros autores siguen su ejemplo y escriben, para desahogo y aceptación de un pueblo que aún habría de pasar varios años padeciendo hambre, frío y enfermedades, sobre el regreso de soldados y prisioneros de guerra que solo encuentran escombros al llegar a casa. Son habitualmente historias breves, directas y crudas, de autores poco traducidos como Günter Eich, Wolfdietrich Schnurre, Wolfgang Weyrauch o el más célebre Heinrich Böll.

Algunas fueron incluso llevadas al cine, al llamado Trümmerfilm, y la obra teatral de Borchert fue más o menos adaptada por Wolfgang Liebeneiner en Liebe ’47. El género dio para una veintena de películas memorables difíciles de ver en la actualidad y fue importado por los ganadores en cintas más famosas, como A Foreign Affair de Wilder, The Search de Fred Zinnemann y The Third Man de Carol Reed.

En fin.

Aún creo que cualquiera puede disfrutar de vez en cuando de una historia de soldados. Pero también que no podemos olvidar que algunas, la mayoría, las más realistas, las más verdaderas y las que vivieron la mayor parte de los soldados de verdad, son como las de Borchert. Y de esas se leen, se escriben, se representan, se filman menos.

Así que sí, claro que se puede disfrutar de Salvar al soldado Ryan, de Das Boot, de El día más largo, de Doce del patíbulo, de Enemigo a las puertas, de Black Hawk derribado, de Top Gun, de Tempestades de acero, de El desafío de las águilas, de Band of Brothers, de Megaestructuras nazis, y de todas y cada una de las partes de Medal of Honor.

Pero por cada una de esas, por favor vean, lean, rueden o escriban otras historias de malos soldados, supervivientes, víctimas, deportados, exterminados o verdugos, como Senderos de gloria, La tumba de las luciérnagas, Germania anno zero, La ciociara, Hiroshima mon amour, Johnny Got His Gun, Masacre, ven y mira, La condición humana, Winter Soldier (el documental), El círculo perfecto, No Man’s Land o Grbavica.

Lean After the Reich de MacDonogh, Life After the Third Reich de Roland, Savage Continent de Lowe. Lean sobre lo que ocurrió en Auschwitz, Buchenwald, Mauthausen. Lean, claro, y den a leer a sus hijos a Anne Frank.

Lean, ya que estamos, las Obras completas de Wolfgang Borchert traducidas al español nada menos que por Fernando Aramburu. Ya ven, son apenas trescientas páginas.

Lean, o quizá, poco a poco y como ha ocurrido tantas veces en el pasado, nos creeremos que la guerra es el yunque de la hombría, que merece la pena mandar a morir a los hijos por una bandera y que la razón pertenece a los poderosos, que usted siempre estará del lado de los buenos y que nunca vendrán otros que piensan lo mismo a a violar su familia, a llevarles a un campo de concentración y a pasarles a todos a cuchillo o algo peor.

En resumen, es deseable que muchos soldados no sean tan buenos soldados, muchos hombres no sean tan valientes y muchos guerreros no sean tan gloriosos.

Mucho mejor que sean como Wolfgang Borchert.

Un mal soldado. Un buen hombre.

¡Qué pena, pobre Yorick! (…) ¿Dónde están tus mofas ahora? ¿Tus brincos? ¿Tus canciones? ¿Tus destellos de júbilo, que acostumbraban a hacer rugir de risa a la concurrencia? (Hamlet, V.i)


Bibliografía:

Prólogo de Javier Aramburu a: Wolfgang Borchert. Obras Completas. Laetoli, 2007

Prólogo de Kay Boyle a: The Man outside, Fiction by Wolfgang Borchert, New Directions, 1952

Prólogo de Stephen Spender a: Wolfgang Borchert: The Man Outside, Jupiter books, 1966

Web de la Internationale Wolfgang-Borchert-Gesellschaft

Traducciones del autor.


U-boote, los lobos de acero (III)

Sala de máquinas de un submarino alemán de la Primera Guerra Mundial. Foto: Cordon.

(Viene de la segunda parte)

El almirantazgo imperial nos promete que mediante el uso implacable de un número mayor de submarinos obtendremos una rápida victoria, la cual obligará a nuestro principal enemigo, Inglaterra, a pensar en la paz en un plazo de pocos meses. (Paul von Hindenburg, mariscal de campo alemán, Memorias de mi vida, 1934)

Espantaremos a la bandera británica de la faz de las aguas y haremos que el pueblo británico pase hambre hasta que todos ellos, que han rechazado la paz, se arrodillen e imploren por ella. (Mensaje del káiser Guillermo II a los comandantes de los submarinos alemanes, 1917)

El hundimiento del RMS Lusitania y la consiguiente muerte de ciento veintiocho ciudadanos estadounidenses produjo, como era de prever, desastrosas consecuencias dimplomáticas, así que el gobierno alemán decidió abandonar la guerra submarina ilimitada para evitar una declaración de guerra de Washington. La medida, en efecto, sirvió para que el presidente Woodrow Wilson pudiese seguir defendiendo el no intervencionismo desde la Casa Blanca, aunque su propia opinión pública estuviese cada vez más inclinada a pensar que quizá había llegado la hora de poner freno al Imperio alemán.

Berlín parecía haber evitado la temida entrada del gigante norteamericano en la guerra, pero el retorno de las restricciones a la campaña de los U-boote hizo que el impacto sobre el comercio británico tocase techo justo cuando la guerra de trincheras parecía ya muy difícil, si no imposible de ganar. Aunque a finales de 1916 los submarinos alemanes eran más numerosos y hundían mucho más tonelaje que durante los más exitosos periodos de 1915, no lo hacían en cantidad suficiente para acercarse al objetivo final de inmovilizar la maquinaria bélica británica. Había que hundir más mercantes. Y eso, defendían cada vez más voces en la cúpula militar alemana, no podía conseguirse respetando las convenciones navales por miedo a los estadounidenses.

El retorno de la guerra submarina ilimitada

Una nueva provocación a Washington parecía una mala idea a primera vista y desde luego era moralmente cuestionable, pero, desde un punto de vista estratégico, los números la apoyaban. A finales de 1916, el almirante Henning von Holtzendorff presentó al káiser Guillermo II un informe donde aseguraba que, con el centenar de submarinos disponibles sumados a los que estaban a punto de entrar en servicio, Alemania podía desbaratar el suministro marítimo británico hasta tal extremo que Londres se vería forzada a retirarse de la guerra en un plazo de seis meses. Para conseguirlo, había que volver a declarar una guerra submarina ilimitada.

El factor más importante era el tiempo. Según decía von Holtzendorff, incluso en el caso de que Washington reaccionase con una inmediata declaración de guerra, la U.S. Army nunca enviaría soldados al frente sin haberlos sometido antes a un exhaustivo periodo de entrenamiento. Washington necesitaría tiempo para organizar una importante fuerza expedicionaria, transportarla hasta Europa y ponerla en condiciones de entrar en acción. La demora entre una hipotética declaración de guerra de los Estados Unidos y su intervención efectiva podría conceder a los alemanes un margen de más de medio año. Como se demostraría después, el alimirante alemán no especulaba en vano y demostraría estar en lo cierto, por lo menos en cuanto a los plazos. Si se conseguía que los británicos firmasen la paz antes de que los estadounidenses tuviesen al grueso de sus tropas en las trincheras, Washington se echaría atrás y evitaría seguir inmiscuyéndose de lleno en una guerra que, de todos modos, no consideraba suya. Durante una conversación cara a cara con el Káiser, el almirante von Holtzendorff le dijo que, en el caso de autorizar la nueva campaña total contra el comercio, «os doy mi palabra de oficial de que ningún estadounidense pondrá pie en nuestro continente».

El plan de von Holtzendorff era una apuesta final, un all-in como dicen en el póquer. Guillermo II se mostraba dubitativo porque era sabido que los Estados Unidos estaban en condiciones de desembarcar un millón de soldados, o más, en Europa. La guerra de trincheras estaba en una situación complicada para Alemania y la llegada de los americanos le pondría la puntilla. Sin embargo, sucesivas reuniones con los mandos militares fueron convenciendo al monarca de que no quedaba otro remedio. El famoso mariscal de campo Paul von Hindenburg advirtió al Káiser de la desesperada situación en tierra, insistiendo en que la guerra empezaba a parecer imposible de ganar siguiendo cauces convencionales y que «debe ser llevada a su fin por cualquier medio disponible». El ejército alemán estaba atascado en las trincheras, cansado, desmoralizado y en inferioridad numérica. La marina de superficie sufría una inferioridad crónica. La única salida parecía estar bajo la superficie del agua. Cabía recurrir a los submarinos sin restricciones morales y sin escrúpulos diplomáticos; de no hacerlo, la otra opción consistía en desgastarse hasta la derrota. El káiser accedió por fin a que el plan de von Holtzendorff fuese puesto en marcha.

El 1 de febrero de 1917, Berlín anunció el restablecimiento de la guerra submarina ilimitada, incluyendo una vez más el hundimiento de buques de naciones neutrales que atravesaran las zonas de guerra designadas, ante la sospecha de que pudieran ser barcos británicos tratando de camuflarse bajo falsa bandera. A nadie se le escapaba que el anuncio del káiser equivalía a una inminente declaración de guerra por parte de Washington. Más pronto o más tarde, pero era algo que iba a suceder. El hundimiento del Lusitania había generado en la opinión pública estadounidense un caldo de cultivo propicio a la entrada en la guerra. El canciller del Imperio alemán, Theobald von Bethmann-Hollweg, era uno de los pocos opositores a la medida que aún quedaban en las altas esferas y recibió con espanto la noticia; en su círculo privado, pronunció un sombrío lamento: «Alemania está acabada».

Con todo, el contumaz presidente estadounidense Woodrow Wilson hizo un último e inútil intento de mantener la neutralidad de su país. Ordenó armar los mercantes estadounidenses con cañones para que pudieran defenderse en caso de ataque, pero sin escolta militar, como ya habían comprobado los británicos, esta medida no iba a servir de mucho. Los cañones no podían atacar a un submarino que estaba debajo del agua, solo a uno que se acercase navegando sobre la superficie y que fuese bien visible en pleno día, o en noches de luna llena. Además, un mercante carecía de la agilidad de un destructor y era demasiado lento para ponerse a perseguir a un submarino y lanzarle cargas de profundidad. Incluso con un cañón en cubierta, los mercantes estadounidenses estaban indefensos. Durante los dos meses siguientes, siete de ellos fueron hundidos y el pueblo estadounidense bullía de indignación. Al presidente Wilson no le quedó otra salida que reconocer lo obvio: que su país era neutral solo en la teoría, pues estaba siendo atacado y esta vez no por errores de los comandantes de los U-boote. Los mercantes estadounidenses estaban ya de facto enfrascados en la guerra. El 6 de abril de 1917, el inquilino de la Casa Blanca se presentó ante el poder legislativo, portando una muy anticipada propuesta de declaración de guerra. El senado, por 82 votos a 6, hizo pasar la propuesta al congreso, donde fue aprobada por 373 votos a 50. Como se desprende de los números, una amplia mayoría de representantes había pasado aquellos dos meses esperando a que Wilson decidiera por fin afrontar lo inevitable (y, de hecho, los más belicosos llevaban esperando mucho más tiempo). Ya era oficial: los Estados Unidos estaban en guerra con Alemania.

En Alemania, esto produjo un estremecimiento generalizado. Muchos alemanes encontraban difícil confiar en los cálculos de los militares. Los ciudadanos más pesimistas, o cabría decir los más realistas, interpretaron la noticia como el augurio de una derrota segura. En verano, tres meses después de la declaración de guerra, una reducida cantidad de tropas americanas estaba ya realizando entrenamientos en Francia. Aunque era una presencia todavía testimonial, el mero hecho de que hubiesen desembarcado ponía nerviosa a la sociedad alemana. La escena política de Berlín, cada vez más convulsa, se contagió de aquella inquietud, aunque en las altas esferas todavía imperaba la opinión de quienes consideraban antipatriótica la falta de fe en las posibilidades de victoria. Al deprimido canciller Bethmann no le importó parecer «antipatriótico». El 9 de julio habló ante el tumultuoso Reichstag, el parlamento alemán, para defender el armisticio, aun consciente de que estaba casi en solitario: «Sé que mi posición no importa. Yo mismo soy consciente de mis propias limitaciones y de que se me considera débil porque quiero poner fin a esta guerra. Soy un líder que no puede conseguir apoyo ni desde la izquierda ni desde la derecha alemanas». El canciller presentó su dimisión al día siguiente.

El futuro de Alemania en la I Guerra Mundial, o eso querían pensar los partidarios de prolongar la guerra, dependía ahora de que los submarinos, que cuatro años antes habían sido menospreciados como una exótica y poco decisiva rama de la marina, consiguieran ahogar el comercio británico antes del final de 1917 o, como mucho, del inicio de 1918. No sería la falta de tiempo lo que iba a impedirlo, puesto que los plazos previstos por von Holtzendorff terminarían cumpliéndose: en octubre de 1917 ya habría soldados americanos combatiendo en las trincheras, pero eran pocos. No sería hasta la primavera de 1918 cuando hubiese medio millón de estadounidenses luchando en el frente y otro medio millón preparándose en la retaguardia. Los metódicos preliminares de los estadounidenses les iban a conceder a los alemanes los seis o siete meses que von Holtzendorff había pedido al káiser para sofocar a los británicos.

El alto mando alemán, pese al pesimismo que imperaba en el país, llegó a pensar que la hazaña era factible. Los números parecían darle la razón al informe de von Holtzendorff. Como materializando las peores pesadillas de Londres, los alemanes empezaron a acercarse a su objetivo de que flota mercante británica perdiese más tonelaje de lo que el Reino Unido podía reponer. Medio millón de toneladas hundidas en un mes podía considerarse un desastre para los británicos; si los alemanes conseguían alcanzar las 600 000 toneladas, se entraba en terreno de lo apocalíptico. Pues bien, los alemanes terminaron alcanzando y, durante un tiempo, incluso superando esas cifras. En febrero de 1917, el total de mercantes hundidos por los Unterseeboote subió de 370 000 toneladas a 540 000. En marzo fueron 600 000. En abril, casi 900 000. Semejantes números, prolongados en el tiempo, podían conducir al Reino Unido hacia el desastre económico. Para expresar la magnitud de ese éxito, basta con mencionar el tonelaje hundido por los comandantes más exitosos: Lothar von Arnaud de la Perière hundió ciento noventa y cuatro barcos aliados en las quince patrullas que realizó durante la guerra. Otto Steinbrick hundió más de doscientos (aunque con un tonelaje total menor que el de la Perière, y era el tonelaje, no el número de barcos, lo que medía el éxito de cada comandante). Walther Frosman hundió ciento cuarenta y seis barcos. Max Valentiner hundió ciento cincuenta. Hans Rose, setenta y nueve. Esto supone ochocientos barcos hundidos solo por los cinco comandantes más certeros. Otros comandantes no hundieron tantos —entre otras cosas, porque tres de cada cuatro morirían de forma temprana—, pero durante todo el conflicto los Unterseboote enviaron al fondo marino más de cinco mil mercantes aliados. También hundieron un centenar de buques de guerra (otros cuarenta y dos no fueron hundidos, pero sí sufrieron daños importantes), así como sesenta y un «barcos Q». Con todo, la Royal Navy apenas acusó sus propias bajas porque seguía teniendo barcos de guerra más que suficientes. Lo que de verdad hacía daño a Londres era la pérdida de los mercantes.

La contrapartida de este éxito era que también Alemania continuaba sufriendo un bloqueo naval. Como consecuencia de la confusa batalla de Jutlandia, que ya no podía ser interpretada de otro modo que como una victoria estratégica de la Royal Navy, esta se sentía más superior que nunca. La Kaiserliche Marine, arruinada su principal arma —el elemento sorpresa— ya no tenía bazas que jugar. Es verdad que Alemania no dependía por completo del comercio marítimo, ya que podía recibir ciertas mercancías por tierra, pero el bloqueo naval también le causaba mucho perjuicio. Alemania importaba un tercio de sus alimentos (el grano que compraba a Rusia, por ejemplo, llegaba por mar) y la productividad de su industria agripecuaria, que era responsable de producir los otros dos tercios de la alimentación, dependía de la importación de forrajes para engordar el ganado y de nitratos para elaborar fertilizantes. Además, materias primas básicas para la industria como el cobre, el caucho y el algodón, eran también descargadas en los puertos. El descalabro comercial total de Alemania tardaría más en llegar que el británico, pero su maquinaria bélica podía derrumbarse si empezaban a faltar ciertos suministros clave. Así, la guerra naval entre los dos países consistía en un estrangulamiento comercial mutuo.

La inesperada eficacia de los convoyes

Ataque a un convoy, fotografía tomada en 1915 a bordo del HMS Louis (DP).

Los barcos mercantes de los británicos y sus aliados habían viajado en solitario durante la guerra porque, como decíamos en partes anteriores, no había escoltas suficientes para todos ellos. Viajar en grupo y sin escoltas era una mala idea; cuando un submarino encontrase un grupo desprotegido, podría hundir no uno, sino varios barcos en un solo ataque (ya vimos que incluso buques militares habían sido víctimas de esto). Lo más sensato para un mercante desprotegido era, o eso se había pensado, navegar en solitario. Para los vigías de un submarino era más difícil localizar en el horizonte las siluetas o rastros de humo de varios barcos que de uno solo. Parecía pura cuestión de lógica. En teoría. Porque la práctica estaba demostrando que los mercantes solitarios también eran presas extremadamente fáciles de localizar. Siguiendo con su pavorosa campaña, los Unterseeboote hundieron 600 000 toneladas de mercantes en mayo y 690 000 en junio, cifras que no se acercaban a las casi 900 000 de abril, pero que parecían anunciar el colapso industrial del Reino Unido. Parecía avecinarse un verano infernal.

El gobierno de Londres tenía un serio problema. En el verano la situación había empeorado tanto que recurría a campañas publicitarias para advertir a la población británica sobre la necesidad de conservar recursos y, sobre todo, de no malgastar alimentos. Uno de los carteles más significativos de la campaña decía que, al tirar la corteza del pan —costumbre que, entonces como ahora, era frecuente—, se facilitaba que los alemanes pusieran más submarinos en el agua. En otras palabras: la amenaza del hambre empezaba a planear sobre las islas británicas. Londres entendió que había que intentar lo que fuese para detener la sangría de la marina mercante. Y se recurrió a un plan que el almirante Alexander Duff, comandante de la división antisubmarina británica, había defendido, aunque sin éxito, durante la primavera: la creación de convoyes, grupos de mercantes que viajasen juntos y protegidos por barcos escoltas procedentes de la Royal Navy. La propuesta de Duff no había carecido de partidarios en el alto mando, pero había quedado en un cajón por la reticencia a dejar los grandes buques de guerra sin sus escoltas. En verano, sin embargo, era más importante proteger el comercio, así que las reticencias fueron olvidadas. La táctica del convoy no había sido probada en condiciones como las de aquella guerra y no existían garantías de hasta qué punto podría funcionar en la práctica, pero, buena o mala, parecía ser la única disponible. Era una medida desesperada.

Los cargueros aliados empezaron a viajar en grupos de varias decenas, acompañados por buques de guerra de la Royal Navy. Entre los acompañantes había escoltas propiamente dichos como destructores, corbetas y cruceros ligeros, aunque también algunos cruceros de mayor calibre (y hasta algún viejo acorazado) que habían quedado demasiado anticuados para la batalla naval convencional. Aquellos buques de guerra grandes no eran efectivos como escoltas, pero desde luego servían como elemento disuasorio ante posibles ataques desde la superficie, porque los alemanes quizá podrían recurrir a usar sus propios barcos contra los escoltas mientras los submarinos hacían su trabajo. Además, algunos mercantes de los convoyes llevaban un cañón o dos en la cubierta, a imitación de los «barcos Q», así que, además de transportar carga útil, podían colaborar en la disuasión. En cualquier caso, lo más efectivo seguían siendo los destructores.

Como había previsto Hull, el sistema de convoyes obtuvo un éxito progresivo, pero irreversible. Los submarinos resultaron presa fácil para los escoltas porque, para atacar un convoy, necesitaban acercarse y asumir riesgos. Torpedear con precisión no solo requería cercanía, sino también navegar a la «profundidad de periscopio» que, además de hacer que la silueta sumergida fuese (a veces) visible en pleno día, volvía al submarino muy vulnerable ante las embestidas directas. Atacar un convoy durante el día, aunque fuese desde debajo del agua, empezó a ser cada vez más complicado. De hecho, en ocasiones resultaba más fácil torpedear desde la superficie durante una noche sin luna, cuando la oscuridad dificultaba la vigilancia de los escoltas (eso sí, en el caso de que el submarino emergido fuese localizado e iluminado por un foco, los cañonazos enemigos podían aniquilarlo en minutos). Otro factor para el éxito de los convoyes fue la presencia de aeroplanos en aguas no muy alejadas de tierra firme, justo donde los submarinos localizaban a sus presas con mayor facilidad. Aunque los aviones seguían sin poder atacar a los submarinos de manera efectiva, sí señalaban su posición a los barcos de escolta. Recordemos que la vigilancia aérea había sido inútil al principio de la guerra, cuando los escoltas habían navegado alejados de los mercantes. Con el sistema de convoyes, sin embargo, los escoltas estaban allí mismo en el momento en que el avión localizaba un submarino y la velocidad de respuesta de los escoltas in situ era, muchas veces, letal para los Unterseeboote, hasta el punto de que ningún convoy perdió un solo barco mientras había aeroplanos vigilando.

Los submarinos alemanes no disponían ya de otra contratáctica que la de agruparse para intentar atacar los convoyes de manera coordinada; siendo varios, se pensó, quizá podrían distraer y confundir a los escoltas. Pero tampoco esto funcionó, aunque en realidad solo se hizo un intento serio a principios de 1918, cuando seis submarinos emprendieron una patrulla conjunta y atacaron varios convoyes: solo consiguieron hundir tres buques al precio de perder dos de los propios, lo que parecía un sacrificio injustificable. Las comunicaciones de la época no permitían ejecutar con eficacia ese tipo de asalto grupal, así que el concepto fue abandonado por completo y no funcionaría hasta la II Guerra Mundial, cuando las mejoras en la radio permitiesen una coordinación efectiva.

El sistema de convoyes hizo que pérdidas de la marina mercante aliada empezasen a descender: de las 690 000 toneladas de junio se pasó a 560 000 en julio, 500 000 en agosto y 350 000 en septiembre. En octubre subieron de nuevo a 460 000, pero después de eso ya no volverían a acercarse al medio millón. Esto significaba que el comercio británico podía abandonar la sala de cuidados intensivos. Para colmo, los hundimientos se producían a un precio mucho mayor que antes: en 1916, Alemania había perdido solamente siete submarinos durante los cuatro meses transcurridos entre junio y septiembre. En el mismo periodo de 1917, perdió veinticuatro. Pese a que las armas antisubmarinas de la época no eran muy eficientes, la presencia de varios escoltas demostró ser demasiado para los Unterseebote, que sobre el agua eran presa fácil, y bajo el agua eran lentos, poco maniobrables y tenían una percepción muy limitada, a veces incluso nula, de lo que sucedía en el exterior.

En el verano de 1918 estaba claro que Alemania tenía perdida la guerra de trincheras. Los submarinos hundían entre 250 000 y 300 000 toneladas al mes, que era una media muy apreciable (mayor que la conseguida durante 1915 y buena parte de 1916), pero muy por debajo de la necesaria. El último impulso de los Unterseboote durante la I Guerra Mundial, más llamativo que determinante, fue dirigido contra las costas norteamericanas. Washington disponía de muchos (y buenos) escoltas con los que contribuir a la protección del comercio, pero no de una flota mercante tan numerosa como la del Imperio británico. De hecho, no le era tarea fácil encontrar, y conservar, transportes con los que llevar sus propias tropas y suministros hasta Francia. Los estadounidenses habían previsto que sus convoyes sufriesen ataques cerca de Europa, pero no esperaban ser atacados en su propio litoral y fueron tomados por sorpresa. Un sumergible alemán, el U-151, se paseó con total impunidad por la costa oriental de los Estados Unidos, hundiendo veintitrés barcos, seis de ellos en un solo día (para colmo, muy cerca de Nueva York). El U-151, además, dejó plantadas minas acuáticas que destruyeron otros cuatro. El enorme éxito de aquella patrulla era un gran golpe propagandístico, pero no iba a repetirse. La vigilancia costera norteamericana se puso en alerta y en subsiguientes ataques se consiguió reducir mucho la tasa de hundimientos.

La Kaiserliche Marine seguía encerrada en sus bases navales, descartada cualquier posibilidad de éxito en una batalla contra la Royal Navy. La flota submarina estaba siendo diezmada. Berlín había ordenado la fabricación de más submarinos, ralentizando para ello la producción de los barcos de superficie (lo cual hubiese sido impensable en 1914; de hecho, un proceso parecido tendría lugar durante la II Guerra Mundial). Sin embargo, ya era tarde. El bloqueo naval impuesto por los británicos estaba agudizando la carencia de materias primas en Alemania, dificultando, y a veces paralizando, los trabajos de construcción de submarinos en los astilleros. Al final, había sido el esfuerzo bélico de Alemania y no el del Reino Unido el que había empezado a agonizar debido a la asfixia marítima. La escasez también afectaba a la población civil alemana. Que estaba incubando, de hecho, una inminente revolución.

Terminado el verano, empezaron a desmoronarse las «potencias centrales» que habían combatido como aliadas del Imperio alemán. Bulgaria firmó su armisticio el 29 de septiembre; otros países lo harían poco después. Con el pueblo alemán sumido en la incertidumbre, las órdenes de Berlín empezaron a ser discutidas, cuando no desobedecidas, ante lo evidente de la derrota. Los buques de la Kaiserliche Marine permanecían anclados en varios puertos, sobre todo en las dos principales bases navales alemanas, Kiel y Wilhelmshaven, y ya no esperaban tener que combatir. El 24 de octubre, sin embargo, el alto mando ordenó que la flota ejecutase un ataque total contra el bloqueo de la Royal Navy. Las tripulaciones de varios buques, considerando la misión un suicidio inútil, se negaron a zarpar y en algunos casos llegaron a sabotear sus propios barcos para que no pudieran ser puestos en servicio. El arresto de varios grupos de amotinados empeoró la situación, provocando la furia de otros muchos marineros y oficiales. La moral terminó de venirse abajo con las noticias de la capitulación del Imperio otomano y la petición de armisticio del Imperio Austro-Húngaro. Dos semanas después del primer motín en la Kaiserliche Marine, la rebelión ya se había extendido no solo por el resto de puertos, sino también por las ciudades industriales del interior de Alemania. El 9 de noviembre, consternado ante lo que era ya una revolución generalizada, el káiser Guillermo II abdicó. Dos días después, Alemania firmó el armisticio.

Cuando las trincheras quedaron en silencio, todavía había submarinos alemanes cruzando el Atlántico para continuar con los pírricos ataques a los convoyes y con la campaña, ya sin futuro, en las costas estadounidenses. La rendición final sorprendió en alta mar a aquellas tripulaciones que habían continuado con sus operaciones sin esperar una recompensa, porque eran hombres demasiado acostumbrados a esperar más bien una probable muerte.

El desenlace de la «primera batalla del Atlántico», casi un lustro de torpedeos y cañonazos, favoreció la deducción de que el sistema de convoyes parecía haber convertido la campaña submarina contra el comercio en una estrategia obsoleta. Nadie sabía cuándo o cómo se produciría la siguiente guerra europea, pero el Reino Unido consideró que su comercio ya no era vulnerable y en Alemania se volvió a pensar en los submarinos como buques de importancia secundaria diseñados para misiones muy específicas y puntuales. Durante el periodo de entreguerras, casi nadie en el alto mando alemán pensaba de otra manera, como demostró la soledad con la que un antiguo comandante de submarino de la I Guerra Mundial, Karl Dönitz, defendió la vigencia de la guerra contra el comercio y, lo más extravagante para no pocos de sus contemporáneos, la posibilidad de atacar con éxito el infalible sistema de convoyes mediante una idea que había fracasado en 1918: la Rudeltaktik, la «táctica de la manada».

(Continuará)

Vista del submarino alemán U-14. Foto: DP.


Sujétame el cubata: el mito de la máquina militar nazi

Foto: Berliner Verlag / Cordon.

A casi ochenta años del inicio de la guerra más mortífera que el mundo ha conocido, sigue siendo el conflicto de referencia en el ámbito político, social, militar o cultural: la Segunda Guerra Mundial cambió el mundo para siempre, no solo tecnológicamente sino incluso la mentalidad de los humanos. No es casual que el interés por analizar este periodo siga gozando de una salud inmejorable, con miles de ensayos, novelas o películas a cuestas.

Parecería por tanto que está ya todo dicho y estamos ante un camino trillado, asumiendo que existe un relato bastante consensuado sobre el desarrollo de la guerra. Sin embargo, aún estamos lejos de una buena comprensión de su verdadera dimensión, debido por descontado al enorme peso de la propaganda vertida sobre ella. No solo por parte de Alemania y sus justificaciones postconflicto, sino de los países aliados —especialmente los ocupados por los nazis— necesitados de recuperar el orgullo nacional perdido y a la vez ocultar algunos asuntillos oscuros, y las distorsiones añadidas a causa de la posterior guerra fría, donde ambas superpotencias se lanzaron a crear sus propias versiones interesadas para consumo de sus esferas de influencia respectivas.

Los que hemos crecido inmersos en la explicación anglosajona de la Segunda Guerra Mundial, además de tragarnos la grosera relativización de la contribución soviética a la derrota nazi y su correspondiente sobrevaloración de la importancia angloestadounidense, o de leer mucho sobre la Resistencia y muy poco del colaboracionismo —la primera en mayúsculas y lo segundo en minúsculas y para de contar—, hemos comulgado con un mito muy poderoso: la supuesta superioridad de la terrorífica máquina de guerra nazi. ¿Quién podría discutirlo viendo las fotografías de los pavorosos Panzer-VI Tiger y sus elegantes líneas rectas? ¿O los impactantes uniformes de las unidades de asalto de las SS? Los feroces paracaidistas Fallschirmjäger, los experimentados pilotos de la Luftwaffe y sus montones de victorias en los cielos de la URSS o las tripulaciones panzer y los incontables carros soviéticos destruidos parecen incontestables pruebas de la magnitud de la amenaza nazi.

Sin embargo, todo esto es un mito interesado. Una imagen inflada que por una parte recicla la propaganda nacionalsocialista sobre la efectividad de sus fuerzas armadas, tan arias y eficientes ellas, y por otra le añade varias capas posteriores. No solo los occidentales hemos aceptado la versión alemana del frente ruso en aras del anticomunismo; sin un enemigo convenientemente magnificado, la victoria final luce mucho menos. Parece un contrasentido sostener este punto de vista, sobre todo teniendo en cuenta que la Blitzkrieg existió y arrolló a casi toda Europa occidental, pero parece que hoy en día va abriéndose espacio a interpretaciones menos partidistas o anecdóticas y más analíticas sobre la guerra. La apertura de archivos soviéticos, la aparición de investigadores menos influidos por la guerra fría y más interesados en aspectos dejados de lado hasta ahora, como pueda ser la logística de recursos, eficiencia y eficacia más allá de la estrategia, contribuyen a matizar este mito.

Fotograma de la película de propaganda nazi Sieg im Westen, 1941.

¿Por qué luchamos?

Prácticamente todos los países aliados tenían muy claro el objetivo estratégico de la guerra: destruir a la Alemania nazi. Por el contrario, el de estos nunca estuvo demasiado claro, y este es un factor esencial que va a lastrar todo lo demás. Aparte del deseo de venganza contra Reino Unido y Francia, o los dementes planes de rapiña y exterminio en el este, generalidades de tipo «ideológico-emocional», los nazis carecían de un plan estratégico meditado. Si bien las acciones militares comienzan como una serie de operaciones rápidas con costes relativamente modestos para las fuerzas alemanas, tampoco es cierto que se planificara un escenario de guerra rápida. La disponibilidad de recursos de todo tipo por parte de los anglofranceses —con Estados Unidos como proveedor— superaba a la germana, y tras el sorprendente derrumbe de Francia se hicieron planes económicos orientados a preparar una guerra defensiva de desgaste en el frente occidental (Scherner, 2010). La necesidad de al menos igualar la capacidad bélica de los aliados occidentales puede estar en la base de la campaña oriental, justificaciones ideológicas aparte. Parece por tanto que la estrategia alemana consistió en un continuo venirse arriba según iban desarrollándose los acontecimientos bélicos, a subir la apuesta más que en una preparación minuciosa para una guerra a escala mundial. Y aquí no fue Hitler el único megalómano, pues la clase militar alemana estaba encantada de ver correr tantos Reichsmarks hacia la industria bélica, además de las oportunidades de carrera, prestigio y saneadas cuentas corrientes.

La cuestionable eficacia de la industria alemana

No es de extrañar que, con semejante guía estratégica, la industria nazi fuera dando bandazos. La preparación de la agresión alemana se gestionó siguiendo el principio tan querido por Hitler de la duplicidad de organismos y funciones para evitar concentraciones de poder. Así, la economía en tiempos de preguerra fue dirigida por Hermann Göring al frente del plan cuatrienal en competición con el ministro del ramo Funk —en la práctica, uno de los pocos economistas nazis—. Las empresas privadas iban por libre, especialmente en industrias no militares, las SS se procuraron suministros por su cuenta y un largo etcétera de «centralización descentralizada redundante». Que en realidad sigue siendo una simplificación, porque es todo mucho más complicado, hasta la unificación de poderes en el Ministerio de Armamentos de Albert Speer en 1942.  

El análisis de la economía nazi de guerra ha estado dominado por un mito según el cual Alemania no alcanzó su cénit productivo hasta 1943-44. Por tanto, si hubiera puesto su industria al servicio del esfuerzo bélico antes, habría ganado en la URSS y estaríamos viviendo en El hombre en el castillo. Esto es completamente falso, y se basa en la abundante propaganda que Speer y sus pelotaris hicieron de su gestión, y en los números incorrectos que extrapoló Wagenführ, el estadístico jefe del ministro nazi. Estos datos absurdos, que sostienen incoherencias como que en 1940-41 Alemania redujo su producción bélica, han dado pie a interpretaciones incorrectas, como la que atribuye a los jerarcas nazis una especie de «Blitzkrieg económica» para ahorrar en campañas limitadas, o una ineficiencia productiva a gran escala. Las investigaciones modernas desmontan estos mitos (Scherner 2010, Tooze 2016) y apuntan hacia un esfuerzo sostenido durante toda la guerra. Aparte del daño de los bombardeos a la industria, factores como la dispersión de objetivos industriales —el plan Z de 1938 comenzó la construcción de una poderosa flota, que se quedó en nada al estallar las operaciones terrestres un año después, con los barcos a medias y preciosos recursos invertidos en nada—, provocaron que los nazis empezaran la guerra a medio camino de ninguna parte. Es más, parece que el éxito productivo de Speer se debió a que infraestructuras construidas antes comenzaron a funcionar a pleno rendimiento en cuanto se incorporó masivamente la mano de obra esclava.

La falta de recursos y la inadecuada orientación de la planificación, tendente al derroche, fue lo que lastró la capacidad industrial nazi, que no podía aspirar a una guerra total a escala mundial porque no daba más de sí. Sus oponentes gestionaron mucho mejor este factor esencial; los anglosajones optaron por el ahorro y aprovechamiento de materiales, con una dirección más parecida a un comunismo de guerra y objetivos más claros. Los soviéticos salvaron su industria a pesar de la invasión y centraron sus esfuerzos en eficacia y eficiencia. La funcionalidad y la simplificación de la logística pasaron por encima de otras consideraciones; sus armas eran fáciles de fabricar, mantener, reparar y utilizar. La actuación tanto de las élites políticas como de las iniciativas populares soviéticas dio excelentes resultados (Harrison, 1988).

Propaganda nazi, 1942. Foto: Berliner Verlag / Cordon.

Por lo que respecta a la eficacia de la industria nazi, los historiadores modernos (Holland, 2018) prestan atención a la calidad e idoneidad del material bélico alemán, hinchada por la propaganda nazi y los espectaculares resultados de la Blitzkrieg, en su mayoría contra países manifiestamente más débiles. Realidades como que, de casi cincuenta mil carros de combate fabricados por Alemania, el 80 % eran modelos ya obsoletos en 1941, los más de cien modelos diferentes de camiones disponibles en 1939, el inadecuado diseño operativo de los uniformes alemanes —eso sí, estéticamente impactantes—, con más tela de la precisa y botas de caña alta. Podríamos seguir con los excesivos consumos de combustible, falta de repuestos, mecánica complicada —había que apartar totalmente la oruga de los Tiger para reparar el chasis, los primeros Panzer tendían a incendiarse solos— y por tanto inasequible para personal poco experimentado, pero baste indicar que la capacidad del armamento alemán para cumplir su cometido con un mínimo coste está hoy en entredicho. Sin duda el Tiger hacía sentir muy seguras a sus tripulaciones y era terrorífico en condiciones muy favorables, pero hechos puntuales como la hazaña de Michael Wittmann desvirtúan el cuadro completo.

La campaña de Rusia y el «General Prepotencia»

Parece un contrasentido afirmar que la Wehrmacht partía con escasas probabilidades de ganar una guerra a escala no ya mundial, sino europea, cuando cruzaron la frontera de Polonia, en vista del fulgurante éxito de los dos primeros años de combates. Pero las bases del desastre estaban sembradas ya. Dos tercios de los Panzer de la campaña polaca eran modelos ligeros obsoletos, y la infantería alemana usaba seiscientos mil caballos para compensar su falta de mecanización. Para las operaciones contra Francia, Bélgica y Holanda se requisaron tanques checos, y a menos de dos semanas del ataque la disponibilidad de armas y municiones era un 40 % menor que en octubre de 1939 (Frieser, 2013). Es más, el gobierno alemán había decretado una desmovilización parcial tras la victoria en Polonia.

La estrepitosa caída de Francia se atribuyó totalmente a la brillantez de la táctica germana, restándole el correspondiente mérito a la inoperancia gala y al efecto sorpresa —pues no era en absoluto predecible el ataque—. Cuando a finales de 1940 se empieza a perfilar la Operación Barbarroja, las armas alemanas se han creído su propia propaganda y están eufóricas. Prever una campaña de seis a ocho semanas para ocupar la URSS europea es una estupidez de un tamaño tan inmenso que no es de extrañar que pillara a los soviéticos desprevenidos; lo más probable es que Stalin esperase cierta competición sobre tamaño de miembros viriles alrededor de la frontera y poco más. La realidad es que, en enero de 1941, el general Halder escribía que el propósito de la operación aún no estaba claro. Ni se fijaron objetivos económicos; para qué, si en seis semanas estaría todo hecho. Los alemanes se inspiraban en los acontecimientos de la Gran Guerra, donde el estallido de la revolución dejó a Rusia fuera de la contienda. El alto mando alemán compartía la idea hitleriana de la «patada en la puerta» que derrumbara el edificio comunista, señal de que no se habían enterado de lo que había ocurrido por allí en veinticinco años.

El optimismo nazi, basado en sus ideas de superioridad racial, las victorias que enmascaraban graves problemas de base y una interpretación interesada del pasado, era injustificable. El ejército que atacó la URSS en junio de 1941 era en su mayor parte infantería de a pie auxiliada por tracción equina. Las unidades acorazadas y mecanizadas apenas suponían el 10 %; su uso excesivo provocó un rápido desgaste de material y personal experimentado. Las líneas de abastecimiento se estiraron, los rusos se empeñaron en resistir a ultranza, y aquí aparece otro mito recalcitrante, el General Invierno.

Propaganda nazi: un miembro de la Wehrmacht en el Frente Oriental, 1942. Foto: Berliner Verlag / Cordon.

Los oficiales nazis corrieron a echarle la culpa al frío de su derrota. ¿De verdad no sabían que en Rusia las temperaturas bajan mucho en invierno? Pues esta tontería se sigue sosteniendo en la actualidad, cuando el esfuerzo bélico alemán ya había sido detenido en julio-agosto de 1941 en Smolensk y Viazma. La superioridad del armamento soviético y cierta madurez táctica, una vez pasado el efecto sorpresa, frenaron el impulso invasor. La Blitzkrieg falleció a las puertas de Moscú antes de que cayera el primer copo de nieve y originó un vacío estratégico en el mando alemán, que no supo por dónde continuar. Para cuando se intentó el asalto a Moscú, los rusos habían dispuesto de dos meses para prepararse. Era cuestión de tiempo que ocurriesen cosas como Stalingrado o Kursk.

El supuesto elitismo de las SS

Uno de los ejemplos palmarios de sobrerrepresentación propagandística lo constituyen las supuestas tropas de élite de las SS. En su estreno en Polonia y Francia, esta pandilla de asesinos sufrió casi el doble de bajas que las unidades de la Wehrmacht, debido a su costumbre de ignorar el peligro y lanzarse al asalto todos juntos hombro con hombro. Tras las quejas de los militares y su pobre desempeño en los inicios de la campaña oriental, las SS se entrenaron para mejorar sus habilidades castrenses —copiando algunas de los rusos— y Himmler y sus comandantes intrigaron para proveerlas del más moderno material bélico. La intensa propaganda con que el SS-Reichsführer dio la brasa a Hitler, magnificando cualquier pequeño éxito tuvo sus frutos. Su intento de crear un Estado nazi dentro del Estado pasaba por atraer a lo mejor de los reclutas disponibles, por lo que este despliegue no solo estaba destinado a maravillar al Führer. Hasta la batalla de Jarkov en 1943 no se desplegó un cuerpo blindado de las SS, de las que la mayoría de unidades eran morralla criminal reclutada entre ultraderechistas de toda Europa. Eso sí, el miedo que inspiraban estaba más que justificado, aunque fuera solo por disponer de lo mejor del esfuerzo bélico alemán y la despiadada crueldad con la que actuaban, pero su efectividad es más que dudosa.

La guerra secreta

Por último, muchas de las películas de espías nos pintan a los servicios secretos alemanes como una red de implacables agentes cuya habilidad ponía en jaque a sus pares aliados. Las innumerables teorías de la conspiración alrededor de los nazis se nutren de este mito, al que se une el de los científicos nazis y las Wunderwaffen como la V-2. A pesar de su brutalidad, la hoja de servicios real de la Gestapo o la SD es bastante decepcionante: la famosa máquina de cifrado Enigma ya había sido descodificada por criptógrafos polacos en 1938. El espionaje alemán se tragó algunas bolas bochornosas como las del espía Joan Pujol, alias Garbo. La Orquesta Roja soviética engañó a los nazis en la batalla de Stalingrado, pero quizá una de las acciones más decisivas fue la semidesconocida operación Bagration, donde confundieron completamente al enemigo cruzando los pantanos del Pripyat por sorpresa. Es especialmente sangrante si se tiene en cuenta que el movimiento es similar al que los alemanes hicieron en las Ardenas en 1940. En cuanto a las armas milagrosas alemanas, lo único que consiguieron es dilapidar recursos inapreciables con escasos resultados a los que solo sacaron partido rusos y estadounidenses después de la guerra.

Lamentablemente, donde sí se destinó presupuesto, infraestructuras, investigación y capital fue en la aplicación del Generalplan Ost, la operación de asesinato o deportación de más de treinta millones de personas en Europa oriental pertenecientes a «razas inferiores» que solo el cambio de rumbo de la guerra en Rusia logró detener. Esta es una realidad que no deberíamos perder de vista, ni tampoco a quienes colaboraron en su realización.

Fotograma de la película de propaganda nazi Sieg im Westen, 1941.


Música y muerte de Anton Webern

Anton Webern, 1883-1945. Fotografía: Cordon Press

A principios de 1959, el musicólogo Hans Moldenhauer escribió una carta al servicio de archivos del Ejército de los Estados Unidos de América. Solicitaba una copia del informe oficial de los sucesos acontecidos el 15 de septiembre de 1945 en la casa sita en el 101 de Am Markt, en la pequeña localidad alpina de Mittersill, perteneciente al estado federal austriaco de Salzburgo. La petición fue denegada aduciendo que dichos informes no eran de acceso público y que tan solo se mostrarían a aquellas personas participantes en los hechos o a familiares de las mismas. En realidad, los archivos sí eran de acceso público para investigaciones periodísticas, siempre que se especificase el objeto de la pesquisa, por lo que Moldenhauer respondió con una segunda carta:

Muy señor mío,

Si bien ni yo ni ninguno de mis familiares se encontraba presente el día 15 de septiembre de 1945 en el 101 de Am Markt ni en ninguna otra parte de la comarca de Mittersill, considero necesario se me conceda acceso a los documentos solicitados, pues mi investigación trata de aclarar las circunstancias precisas que envolvieron la muerte de uno de los compositores más importantes del siglo XX: Anton Webern.

Atentamente:

Hans Moldenhauer.

Punk

Anton Webern fue un compositor punk sesenta años antes de que existiese el punk. A priori, parecería costoso emparentar a tipos gritones armados de guitarras sucias y furibundas baterías con un señor tranquilo cuya herramienta de trabajo era esencialmente el papel pautado, pero tanto unos como el otro supusieron una revuelta única en sus respectivos territorios musicales, empleando además los mismos mecanismos generadores: precisión y sencillez. Si Dead Kennedys o Ramones respondieron al pomposo rock sinfónico de los setenta disparando descargas de dos minutos y cuatro acordes, Webern construyó una ruptura radical frente a la ambiciosa magnificencia del posromanticismo germánico. A base de piezas pequeñas, mínimas, pero delicadas y precisas como un teorema matemático, el compositor austriaco concentraba todo su esfuerzo en un estricto proceso de destilación. Algo que parecía aplicar a todos los estratos de su vida; hasta a su propio nombre.

Nacido en Viena el 3 de diciembre de 1883 con el nombre de Anton Friedrich Wilhelm von Webern, desde que tuvo capacidad y uso de razón decidió prescindir de sus dos nombres intermedios. Así, cuando en 1902 se matriculó en la Universidad de Viena, solo se llamaba Anton von Webern. El ambiente cultural de la Viena del cambio de siglo era especialmente efervescente; los textos de Sigmund Freud, los proyectos de Adolf Loos o los cuadros de Egon Schiele convirtieron a la ciudad centroeuropea en la capital del continente. También en música, claro. Webern tuvo como compañero de clase a Alban Berg y su profesor de composición, y a la postre mentor, fue Arnold Schönberg. Los tres se llevaban menos de once años. Los tres cambiarían el mundo.

Cuando terminó la carrera en 1908, Webern presentó como pieza de graduación el Passacaglia para gran orquesta, op. 1. Su primera obra. Se trataba de una composición perfectamente tonal y perfectamente adscrita al posromanticismo, lo cual es lógico porque la música de 1908 es aún perfectamente tonal y posromántica. Mahler acaba de estrenar su séptima sinfonía —y todavía le quedan otras tres por componer—, Puccini está haciéndose rico con Madama Butterfly y el propio Schönberg anda dándole vueltas a Pelleas y Melisande. Escuchando el Passacaglia de Webern, la armonía delicadamente simétrica sostenida por una orquestación robusta y voluptuosa recuerda un poco a toda esa música de su momento. Sin embargo, los primeros compases parecen adivinar algo distinto; apenas unas notas libres, casi autárquicas, pellizcadas como gotas que se espacian antes de la tormenta.

Durante la década de los diez, las cosas no le fueron mal a Anton Webern. Trabajó con éxito como director en Danzig o Praga antes de regresar a Viena en 1918 para ayudar a Schönberg en la recién fundada Sociedad para las Interpretaciones Musicales Privadas. En ese periodo, la música de Webern, al igual que la de su mentor o la de Berg, se va volviendo progresivamente atonal. Ya no hay distinciones ni jerarquías armónicas y los modos mayor y menor dejan de tener significado. Pero hay una diferencia respecto a sus compatriotas coetáneos; mientras que Berg y Schönberg siguen apostando por composiciones suntuosas —el ya mencionado Pelleas o la ópera Wozzeck de Berg serían buenos ejemplos—, Webern es cada vez más destilado, más mínimo. Literalmente. Sus Tres pequeñas piezas para cello y piano, op.11, escritas en 1914, son verdaderamente pequeñas: un minuto y medio entre las tres.

Pero no necesita más. Solo dos instrumentos, apenas cuatro timbres en grupos de un puñado de notas concisas, aisladas. El silencio se convierte en catalizador relacional de cada sonido concebido y contemplado como un elemento autónomo. Frente a la monumentalidad orquestal, Webern elabora miniaturas de precisión.

El fin de la música tal y como la conocíamos

Tras la I Guerra Mundial, Webern sigue depurando sus composiciones y también su nombre: la abolición de la nobleza por parte de la Primera República Austriaca en 1919 le obliga a quitarse el «von», cosa que el compositor acepta de buen grado. Para siempre sería solo Anton Webern.

En 1922, pasó a dirigir la Orquesta Sinfónica de los Trabajadores de Viena; misión que fue compaginando con la dirección de la Coral Masculina de Mödling y con su propia labor como compositor, convirtiéndose así en una de las cabezas visibles de la denominada Segunda Escuela de Viena, junto a Berg y Schönberg. Fue este último quien puso patas arriba el mundo de la música cuando, paseando una noche de septiembre, le dijo a su amigo Josef Rufer: «He hecho un descubrimiento que asegurará la supremacía de la música alemana durante los próximos cien años».  

El descubrimiento era el dodecafonismo. Llevaba desde 1921 desarrollándolo, pero hasta 1923, una vez completamente definido, no se lo comunicó a sus discípulos. El sistema terminaba definitivamente con la tonalidad: los modos y las claves desaparecían y las armaduras ya no tenían sentido porque ninguna nota era más importante que otra. En una suerte de hiperdemocracia musical, el dodecafonismo postula que las doce notas de la escala cromática, todos los tonos y todos los semitonos, deben sonar el mismo número de veces dentro de cada serie. En palabras del propio Schönberg: «[Un] método de composición con doce tonos relacionados únicamente entre ellos». Es decir, sin ninguna estructura superior.

El dodecafonismo era revolucionario no solo por su sonido, sino también porque, al romper desde la raíz con las formas clásicas, suponía un verdadero esfuerzo para los compositores, acostumbrados a siglos de tradición musical. En ese sentido, era un ejercicio de emancipación. Como los escritores del OuLiPo en los sesenta o los cineastas del Dogma en el 95, la Segunda Escuela de Viena se autoimponía restricciones para ser libre.

Quién sabe si fue por lo de la libertad o por una sensibilidad poco acostumbrada, el caso es que la música dodecafónica no fue especialmente bien recibida. Claro que seguramente ya existían otras razones mucho más peligrosas. En 1926, Webern dimitió de su puesto en Mödling tras el pequeño escándalo que se formó cuando decidió contratar a la cantante Greta Wilheim. Wilheim era una soprano desconocida pero que enseguida demostró la solvencia necesaria para el puesto. El problema es que era judía. No obstante, el compositor consiguió mantener el puesto en la Orquesta de los Trabajadores, lo que, unido a una serie de encargos y trabajos esporádicos como profesor e intérprete particular, le permitió vivir con cierta dignidad.

Con la llegada de los treinta, la atmósfera cultural estaba cada vez más enrarecida. En 1933, pocas semanas después de la llegada al poder de Hitler, Webern fue acusado de judaísmo; acusación falsa pero que contribuyó a que su situación económica fuese cada vez más precaria, lo cual se agravó definitivamente tras la anexión de Austria en 1938. El Partido Nazi incluyó la música de Webern, así como la de Berg y Schönberg, dentro del «arte degenerado», prohibiendo de facto su edición y publicación, así como todas sus posibles interpretaciones y conciertos.

Ni a Berg ni a Schönberg les afectó su condena al ostracismo: el primero había muerto de una septicemia en 1935 y el segundo llevaba viviendo y trabajando en Estados Unidos desde 1933. Webern decidió no abandonar Austria. Hay quien, a posteriori, le achacó una cierta tibieza frente al régimen nazi, pero, posiblemente, el compositor amaba más a su tierra que a su futuro, por incierto que pareciese. Según sus documentos, para 1940 Webern no tenía ningún ingreso regular y vivía con ciertas penurias manteniéndose gracias a los ahorros y al patrimonio familiar.

Pero seguía componiendo. En 1941 comenzó a escribir su opus 31: Cantata n.º 2 para soprano, bajo, coro y orquesta. Si sus compañeros de Viena habían regresado puntualmente a la música tonal en obras panorámicas como Moises y Aarón o Lulú, la música de Webern se mantuvo fiel, minuciosa y exacta. Poco más de quince minutos en seis movimientos, ninguno de los cuales supera los tres minutos y medio. Cada nota, un timbre; cada timbre, un territorio independiente.

El 7 de diciembre de 1941 Webern trabajaba en la cantata, que sería su última composición. Mientras tanto, al otro lado del mundo, el almirante Isoroku Yamamoto lanzaba trescientas cincuenta y tres aeronaves japonesas sobre el puerto hawaiano de Pearl Harbor. Al día siguiente, los Estados Unidos entraban en la II Guerra Mundial.

La guerra

La guerra estaba tratando bien al soldado de primera Raymond Norwood Bell. Ya era cocinero en su pueblo natal de Wayne, Carolina del Norte, así que durante la contienda se ofreció para el puesto y consiguió pasar mucho más tiempo entre fogones y cazuelas que con el fusil M1 en las manos. Tampoco es que el trabajo de cocinero militar fuese especialmente agradecido; apenas tenía ratos libres y, a menudo, vivía sus jornadas encerrado en dependencias no demasiado salubres haciendo todo lo posible para que sus compañeros no le tirasen el restringido menú del ejército a la cara. Eso sí, al menos permaneció lo máximo posible alejado de la primera línea de fuego y, cuando se lo podía permitir, combatía la tensión o el tedio con unos cuantos tragos de bourbon que conseguía escamotear de las provisiones de los oficiales. Un tipo inquieto y risueño, Bell se había alistado en el 43, cumplidos ya los veintisiete, y había llegado a Italia como parte del Séptimo Ejército de Infantería durante la segunda oleada de la campaña. Junto al VI Corps, participó en la toma de Roma en junio del 44 y en la subsiguiente invasión aliada del sur de Francia en verano de ese mismo año.

Para finales de 1944 Anton Webern ya había dejado de componer. Las tropas aliadas avanzaban hacia Alemania desde ambos frentes y la correspondencia que escribía está salpicada de referencias a bombas, privaciones, destrucción y la total descomposición del orden civil. Los vieneses comienzan a abandonar la ciudad y los saqueos están a la orden del día: «Se llevaron todos nuestros objetos de plata», dice en una carta. Pero ni el robo ni los horrores de la guerra le pesan tanto como la muerte de su hijo Peter, caído en la retirada del frente ruso en febrero de ese año. Webern no puede componer y casi no puede pensar. La culpa y la desesperación se amontonan sobre los bombardeos que, para marzo del 45, caen a diario sobre la capital de Austria. Explosiones, chillidos partiendo el aire en sirenas y fuego de artillería antiaérea. A finales de mes, las autoridades alemanas comienzan la evacuación civil de la ciudad y, el día 30, Viernes Santo, Anton y su esposa Minna empacan sus pertenencias en dos maletas y se marchan de Viena. Tres días después llegan a la casa de campo que la familia posee en la localidad alpina de Mittersill, en el estado de Salzburgo.

Tras la capitulación alemana el 8 de mayo de 1945, las fuerzas aliadas se repartieron las zonas de ocupación y a la división de Raymond Bell le fue asignada la provincia austriaca de Salzburgo. A Bell le parecía un lugar idílico para pasar el verano hasta que se licenciase: en el Tirol austriaco, rodeada de bosques y lagos y con las cumbres de los Alpes en el horizonte. A finales de agosto llegó como reemplazo al pequeño pueblo de Mittersill, junto al río Salzach. Allí las cosas se desarrollaban plácidamente, los paisanos les trataban con respeto y, con frecuencia, les hacían partícipes de las celebraciones locales. Tan solo había un cierto problema con el contrabando que los propios americanos vendían a los habitantes del pueblo y que el ejército estaba decidido a resolver. La mañana del 15 de septiembre, los mandos de contrainteligencia acuartelados en Zell am See ordenaron al sargento Murray el arresto del contrabandista local Benno Mattel. Esa misma noche, un grupo de seis soldados acudió a la casa de Mattel en el 101 de Am Markt, junto al mercado de la localidad. Bell se quedó haciendo guardia en el jardín delantero. Estaba algo nervioso y, al haberse olvidado la petaca, deambulaba de un lado a otro de la verja con su M1 Garand entre las manos.

El verano de 1945 había sido revitalizante para Anton Webern. En Mittersill se había reunido con diecisiete miembros de su familia, incluidas sus tres nietas pequeñas, sus dos hijas mayores y sus respectivos maridos, que habían regresado sanos y salvos del frente. Paseaba a menudo por el bosque y por la orilla del Salzach y sentía que su ánimo regresaba. Tenía sesenta y un años y se notaba con ánimo para volver a componer. Sí, en cuanto afinase el piano, estaba decidido a volver a escribir música. El 15 de septiembre, su hija Christine les invitó a cenar en su casa junto al mercado, en el 101 de Am Markt.

La cena fue todo lo jovial que debía ser. Anton y Minna contaron sus penurias en la ciudad mientras que el marido de Christine, Benno, relataba sus días en el frente. Al final de la cena deslizó sobre la mesa una pequeña caja de puros como regalo a su suegro. Eran de contrabando y, gracias a sus contactos, sabía que, esa misma noche, soldados americanos iban a arrestarle. Precisamente por eso, la familia acostó a las tres niñas en el otro extremo de la casa. Después se sentaron en la mesa de la cocina, abrieron una botella de Schnapps y esperaron el arresto. Cuando llegaron los soldados americanos y desenfundaron sus pistolas, Webern decidió apartarse del alboroto, cogió su encendedor, uno de los pocos objetos de plata que aún conservaba, y salió a fumar un puro al jardín delantero.

El soldado de primera Raymond Norwood Bell vio la silueta de un hombre aparecer por la puerta principal. «Oiga, no puede usted salir», le dijo en inglés mientras le apuntaba con el M1. El hombre era menudo y algo mayor, pero llevaba un objeto metálico en la mano. ¿Qué era? ¿Era una pistola? Bell vio un fogonazo salir del extremo del objeto. Apretó el gatillo.

Se escucharon tres disparos, únicos, aislados. Cada disparo, un timbre; cada timbre, un agujero en el abdomen de Anton Webern.

Lo que pasó después

En 1961, el musicólogo estadounidense de origen alemán Hans Moldenhauer publicó La muerte de Anton Webern: un drama en documentos. En el ensayo relata los hechos y circunstancias que rodearon la muerte del compositor austriaco. Algunos precisos, otros borrosos. En 1978, escrito junto a su mujer Rosaleen, publicó un nuevo libro: Anton von Webern: una crónica de su vida y su obra. Como su nombre señala, este segundo volumen habla de la vida y, sobre todo, de la música de Webern. Y esta siempre fue precisa.

Anton Webern tan solo escribió treinta y una composiciones en vida; un corpus completo que comprende poco más de tres horas y media. Sin embargo, su influencia fue capital en la música de la segunda mitad del siglo XX. Desde John Cage hasta Karlheinz Stockhausen, György Ligeti e incluso Ígor Stravinski, quien había abominado del dodecafonismo, lo recuperó en sus últimas obras. Tras leer el segundo volumen de los Moldenhauer, Pierre Boulez grabó la obra completa de Webern. Ocupa seis discos. La música y la muerte del creador austriaco siguen siendo uno de los campos base de compositores y musicólogos de todo el mundo, hasta el punto de que, en 2014, se estrenó en Nueva York la ópera La muerte de Webern, escrita por Michael Dellaira con libreto del poeta J. D. McClatchy y basada en el primer libro de Moldenhauer.

Ninguna de estas publicaciones, grabaciones o conciertos afectó a la vida del soldado de primera Raymond Bell, porque había muerto en 1955 en su pueblo natal de Wayne, Carolina del Norte, a consecuencia de una peritonitis aguda producida por el alcoholismo. Tenía treinta y nueve años. Según palabras de su esposa, cada vez que Bell se emborrachaba caía en un estado de depresión, ansiedad y arrepentimiento por lo que sucedió en Mittersill una noche de septiembre de 1945. Es difícil saber si Bell llegó a escuchar alguna vez la música de Anton Webern, pero es seguro que, en esos días borrosos de bourbon, recordaba el sonido de tres disparos y el timbre de las tres últimas palabras que pronunció el compositor. Únicas, precisas, exactas: «Es ist aus». Se acabó.

Serie de las Variaciones para piano, OP. 27. Clic en la imagen para ampliar.