Heridas que son espinas

Georg y Grete Trakl (DP).

Si Milena Jesenská fue el cuchillo con el que Kafka hurgó en su alma, para el poeta Georg Trakl, el cuchillo fue su hermana. Al igual que Kafka y Milena, Georg y Gretl se amaron por correspondencia; a diferencia de ellos, las palabras no les bastaron. Según se dice, sus primeros contactos físicos fueron tan intensos que ninguna relación posterior con otras personas consiguió estar a la altura. 

Precisamente sobre las cartas que se enviaron durante años, y que misteriosamente desaparecieron tras la muerte del poeta, se asienta buena parte de Hiere, negra espina, de Claude Louis-Combet, magnífica novela que recrea la relación incestuosa de los dos hermanos. No obstante, el libro no tiene ninguna pretensión biográfica y el escritor se ha permitido algunas licencias. Por otro lado, tampoco se sabe a ciencia cierta cuál fue el verdadero alcance de la relación entre Georg y Gretl. Los testimonios de los allegados son contradictorios (1) y aunque algunos expertos en el poeta, como Eric Williams, dan por hecho que el incesto se produjo, otros, como su traductora Margitt Lehbert, dudan de que llegara a consumarse. 

Curiosamente, más que una novela sobre el poeta, Louis-Combet la considera una inmersión en los bajos fondos del deseo. Hay, no obstante, algo de verdad en ella, no tanto por lo que desvela sobre los Trakl, sino por lo que dice del propio autor. Al fantasear sobre el amor entre Gretl y Georg, el escritor francés se estaba asomando a sus propias fantasías. Como él mismo escribió en un artículo (2), la historia de los dos hermanos le confrontó con sus propios deseos incestuosos: los que había sentido hacia su madre. 

Dice Louis-Combet que en este libro intentó transformar su vergüenza en belleza, y no cabe duda de que lo consiguió. Se trata, eso sí, de una belleza rilkeana, en la intersección entre lo bello y lo terrible, asentada en la nostalgia de la infancia. La escena que abre la novela describe un viejo desván lleno de juguetes y objetos que en otro tiempo fueron útiles. Entre ellos destaca un espejo: «Sin él quizá nada hubiera sido posible». El espejo en el que los dos hermanos se vieron abrió un nuevo espacio, a medio camino entre lo real y lo imaginario, y en él quedarían tan atrapados como Narciso a su reflejo. 

No obstante, en la reconstrucción de los hechos que hace el francés, infancia no es sinónimo de inocencia. Lejos de ser presentados como dos ángeles, se nos dice que para desafiar a Dios Georg y Gretl no rezan en misa, conformando los dos «una misma blasfemia». La palabra «pecado» es una de las más repetidas en la novela, tal vez porque durante una época ese fue uno de los quebraderos de cabeza del propio Louis-Combet, que durante varios años fue novicio. Pero para el protagonista de Hiere, negra espina, más que una preocupación, el pecado es una seña de identidad, casi un motivo de orgullo. También es la base de su amor por Gretl: «Tú serás mi amor eterno porque serás mi pecado eterno». 

Pero Georg y Gretl no le estaban echando el pulso solo a Dios. En misa los hermanos desafiaban igualmente al resto de feligreses, hacían «alarde de su diferencia, de lo lejos que estaban del rebaño de los fieles». En este sentido, Thomas Bernhard decía que el principal talento del poeta era su capacidad de despreciar y ser despreciado por sus compatriotas, especialmente por los habitantes de la muy conservadora Salzburgo. A pesar de vivir en un entorno tan asfixiante, o tal vez precisamente debido a ello, llama la atención que otros grandes escritores austriacos como Musil o el propio Bernhard abordaran también el incesto en sus obras. Tampoco podemos olvidar que no muy lejos de allí, en la vecina Viena, nació el psicoanálisis. 

Louis-Combet recela de los críticos que recurren a interpretaciones psicoanalíticas para desvelar los secretos «ocultos» en sus obras (3), por eso prefiere ahorrarles el trabajo y exponer a las claras sus fantasías, su material de trabajo. No obstante, el psicoanálisis está presente en sus novelas (no en vano, ha traducido a Otto Rank, discípulo de Freud que escribió sobre el incesto y el doble, ambos elementos clave en Hiere, negra espina). Así, se dice que Gretl «era la conciencia de su conciencia [de Georg] pues era como su inconsciente» o describe su amor como una relación especular en la que uno es reflejo del otro y viceversa.

Por suerte, Louis-Combet no hace de Gretl un mero eco del poeta. Lejos de dejar que este la eclipse, el francés le atribuye un papel protagonista: «Ella era su creación. La había erigido poema a poema. (…) Pero al mismo tiempo, ella lo había creado a él». Y es aquí donde reside para mí uno de los grandes atractivos de la novela (el otro es que está magníficamente bien escrita). En la novela los dos hermanos forman un verdadero tándem, en la blasfemia, sí, pero también en la creación literaria: «La elaboración de todo poema se desarrollaba en el transcurso de un auténtico diálogo interior que él mantenía con ella (…) como si fuera ella misma quien tuviera que darle forma». ¿Quién fue el primero en escribir aquello de «hiere, negra espina»?, se pregunta en un momento Georg sin saber ya qué era de él y qué de ella.

Al margen de la coautoría de los versos, esta pregunta invita a una reflexión sobre el amor —al menos sobre cierto tipo de amor—. ¿Quién pidió primero al otro que lo hiriera? ¿Quién es herida y quién espina? Estas preguntas no tienen una respuesta sencilla. Desde Kafka sabemos que las personas que amamos pueden empuñarse como si fueran cuchillos con los que atravesarse el alma, pero, como muestra la historia de los Trakl contada por Louis-Combet, no siempre es fácil determinar quién empuña a quién. 


(1) Ludwig von Ficker, editor y amigo del poeta, afirmó que Gretl le había confesado que había mantenido una relación con su hermano; por el contrario, Erhard Buschbeck, amigo íntimo de Georg, y en una época más que amigo de Gretl, negaba categóricamente esta posibilidad. En: Charles S. Chiu, Women in the shadows. Mileva Einstein-Maric, Margarete Jeanne Trakl, Lise Meitner, Milena Jesenská, and Margarete Schütte-Lihotzky, Peter Lang Publishing Inc., 2008.

(2) Claude Louis-Combet, «De Georg Trakl à Georg Trakl. La genèse de Blesse, ronce noire», Semen, Revue de sémio-linguistique des textes et discours, 11, 1999.

(3) Eric Loret. Louis-Combet, alma matière. Libération. 17 abril 2003.


Todo queda en familia

Mark Hamill, Carrie Fisher y Harrison Ford durante el rodaje de Star Wars: Episodio V – El Imperio contraataca, 1980. Imagen: 20th Century Fox.

Va siendo hora de reconocer que el incesto no es necesariamente una perversión o una forma de enfermedad mental, y que a veces puede resultar benéfico.

(Wardell Pomeroy, coautor del informe Kinsey).

A mediados del siglo XVII el dramaturgo John Ford escribió una obra de teatro de nombre sonoro: ‘Tis Pity She’s a Whore, es decir, Lástima que sea una puta. Sus dos protagonistas, Giovanni y Anabella, son hermanos de sangre que desarrollan una enorme atracción mutua y, animados por su tutora Putana (!), deciden consumarla en secreto. Desgraciadamente, lo que sigue es una serie de catastróficas desdichas que acaban con Putana cegada y quemada en la hoguera, Anabella con el corazón literalmente ensartado en una daga y Giovanni apuñalado por un asesino a sueldo. Y sin embargo, muchos críticos consideraron que la obra era demasiado permisiva con el incesto.

Los tabúes en contra del incesto tienen una base biológica clara: la descendencia endogámica tiene una variabilidad genética reducida, y por tanto una mayor probabilidad de desarrollar problemas físicos hereditarios, desde hemofilia (como pueden acreditar las casas reales europeas) hasta cretinismo o deformaciones físicas (como acreditan Deliverance y La matanza de Texas). Tradicionalmente, sobre los hijos nacidos de un incesto pesan abundantes prejuicios y prevenciones, y no es infrecuente que se les considere malvados, frutos de «la mala sangre». En la leyenda artúrica Mordred, el antagonista de Arturo, es el hijo bastardo del rey y su media hermana Morgause. En Juego de tronos la psicopatía de Joffrey Lannister se explica por su origen incestuoso, y si la mitad de los Targaryen están como una regadera es por demasiadas generaciones de bodas entre hermanos de sangre. Pero si eliminamos la endogamia de la ecuación, algo no tan difícil desde la popularización de los métodos anticonceptivos, la pregunta es inevitable: ¿por qué debería molestarnos el incesto siempre que no exista un abuso y se realice entre mayores de edad?

Me ha parecido interesante dar un breve repaso por alguno de los incestos más sonados de la historia, la literatura o el cine. Los he agrupado por cercanía familiar en secciones encabezadas por el delicioso circunloquio con el que se condena en varios versículos del Levítico el sexo con la parentela…

No descubrirás la desnudez de tu hermana

El incesto fraternal es un poderosísimo elemento literario que aparece prominentemente en novelas tan dispares como Ada o el Ardor de Nabokov o La caída de la Casa de Usher de Poe. A veces se enfoca con lirismo y delicadeza, como en Cooper o las soledades elementales, de Patrick Lapeyre, en la que el amor platónico del protagonista por su hermana coloca en pausa su vida sentimental durante décadas… Y a veces se trata con la delicadeza de un martillo neumático, como en Justine, Los 120 días de Sodoma o La filosofía del tocador del Marqués de Sade.

Es inevitable pensar que en el incesto fraternal, especialmente entre gemelos o mellizos, hay un punto de narcisismo: ¿qué mejor persona para amar que quien más se parece a uno mismo? Una famosa viñeta de Milo Manara muestra a la bella Lucrecia Borgia besando apasionadamente a su propia imagen en un espejo, como Narciso hipnotizado por la belleza de su cara reflejada en el agua de una fuente.

En la ópera de Wagner La valquiria vemos desarrollada una idea similar. Sigmundo y Siglinda son hermanos mellizos, hijos de Wotan, el Odín germánico. Fueron separados al nacer, y cuando se ven por primera vez, años más tarde, caen rendidamente enamorados. Siglinda canta que fue amor a primera vista, sí, pero claramente narcisista: «Vi mi cara reflejada en un río, y ahora se me devuelve de nuevo / Como si hubiera salido del agua, / tú me ofreces mi propia imagen!».

Desde ese flechazo inicial hasta llegar a ponerse físico no hay en realidad un gran paso. En el mundillo de la pornografía hay todo un subgénero incestuoso, aunque sea ilegal en muchos países… Incluso fantasear con el incesto queda fuera de límites en muchas ocasiones: en la red social Fetlife, el Facebook fetichista, están prohibidas las referencias al incesto a riesgo de perder la posibilidad de usar tarjetas de crédito en la web (¿PayPal como guardián de la moral?). George R. R. Martin se choteaba de Game of Bones, la parodia porno de Juego de tronos, porque había eliminado la potencialmente jugosa subtrama de incesto entre Cersei y Jaime para no herir sensibilidades y huir de problemas legales. «¡Mis libros son más guarros que su propia parodia porno!», se regocija Martin… La literatura fantástica adelantando a la erótica.

Una fantasía recurrente en el imaginario popular y presente por tanto en la pornografía es la del sexo entre gemelos (twincest). Si dos actrices se parecen mucho, es más que probable que acaben rodando alguna escena lésbica juntas. Y a veces, dos gemelos o gemelas de verdad ruedan escenas porno, como Brooke y Taylor Young en los setenta o Elijah y Milo Peters recientemente. Este último caso resulta especialmente interesante… Los gemelos Peters son dos chicarrones jóvenes de veintipocos años oriundos de la República Checa, la segunda meca del porno gay después de California. Son populares no solo por la previsible polémica incestuosa que rodearía a cualquier par de gemelos que follen entre sí ante una cámara, sino por la ternura y delicadeza que se muestran. En una entrevista dijo Elijah: «mi hermano es mi novio y yo su novio; es la sangre de mi sangre y mi único amor».

No todas las parejas de hermanos incestuosos llevan bien su relación. Una de las historias más hermosas y tristes del Silmarillion de Tolkien es la de Turin Turambar y Níenor Níniel, hermanos cuyo parentesco les es ocultado hasta que es demasiado tarde. Un hechizo de olvido lanzado por el dragón Glaurung fue retirado en el momento más inoportuno, e incapaz de enfrentarse a la idea de que su amado y amante era también su hermano de sangre, la bella Níenor se suicidó arrojándose a un caudaloso río. En esta línea, es inevitable preguntarse qué hubiera pasado si Han Solo hubiera resultado no ser tan sexy como para enamorar a Leia. ¿Se hubiera arrojado la princesa a un río de Endor si hubiera descubierto demasiado tarde que Luke Skywalker era su hermano?

Y ya que ponemos un pie en la ciencia ficción, podemos aprovechar para hacernos una pregunta con sorprendentes ramificaciones: ¿se consideraría incesto follarse a un clon de uno mismo (con el género cambiado o no) creado mediante ingeniería genética? Sé que aún estamos en la época rudimentaria de la oveja Dolly, pero no tardará tanto en ser posible algo similar y ya lo han anticipado muchos escritores de sci-fi. A mitad de una conferencia sobre clonación en la Universidad de California, el gran Isaac Asimov improvisó una canción que es apropiado reproducir aquí:

Clone, clone of my own,
With its Y chromosome changed to X.

And when I’m alone
With my own little clone
We will both think of nothing but sex.

Es decir: «Clon, clon, mi propio clon / con su cromosoma Y cambiado a X. / Cuando esté solo / con mi propio pequeño clon / solamente pensaremos en follar». A Robert A. Heinlein parecía gustarle especialmente el tema del sexo clónico: en Time enough for love el protagonista embaraza a dos clones femeninos de sí mismo. Una variación de esta desconcertante imagen (o fantasía) implica viajes temporales en los que en vez de matar al propio abuelo, como es tradición, decide uno acostarse con uno mismo en puntos diferentes de la corriente temporal. En Todos vosotros zombis, del mismo Heinlein, un par de cambios de sexo y viajes en el tiempo permiten todas las variaciones posibles del incesto definitivo…

Pero en fin, ¿hay algún obstáculo moral o práctico al incesto entre hermanos que tengan el cuidado necesario como para no concebir? No resulta sencillo de encontrar. Ramón Chao recoge en un hilarante artículo de 1982 en El País la objeción más espectacular al incesto fraternal… Se la espetó a Margaret Mead un anciano de la tribu arapech de Nueva Guinea: «¿Que me case con mi hermana? ¿Está usted loca? No tendría cuñado. ¿No comprende que si me caso con la hermana de otro hombre, y si otro hombre se casa con la mía, tendré, al menos, dos cuñados? Y si no, ¿con quién labraría el campo, con quién iría de caza, con quién hablaría?». El cuñadismo como forma de vida, algo que creía yo tan típicamente español como la fabada, luciendo en todo su esplendor.

No descubrirás la desnudez de tus padres

Según la teoría freudiana, durante el desarrollo infantil aparecen una serie de emociones bautizadas como «el complejo de Edipo»: el deseo inconsciente de mantener relaciones sexuales con la madre y matar al padre (o viceversa en el equivalente femenino propuesto por Jung, el complejo de Electra). Este complejo edípico tiene una riqueza simbólica enorme y acepta una lectura muy animalesca: «matar al padre» es superarlo, convertirse en el macho alfa de la manada y obtener su hembra como recompensa. Pírrica recompensa en el caso del pobre Edipo de la mitología griega, a quien no le sentó demasiado bien enterarse de que sin pretenderlo había asesinado a su padre Layo y contraído matrimonio con su madre Yocasta. Su primera reacción al enterarse, tal vez desmesurada, fue arrancarse los ojos con un broche propiedad de su madre y salir huyendo.

La Biblia ofrece un inesperado ejemplo de este tipo de incesto de atracción paterna: la historia de las hijas de Lot. En realidad Lot no parecía tener a sus hijas en gran estima. Poco antes de la destrucción de Sodoma, el hospitalario Lot acogió en su casa a dos atractivos viajeros recién llegados al pueblo. Al correr el rumor, una multitud se juntó frente a su puerta exigiéndole que entregase a sus huéspedes para darles una cálida y sodomítica bienvenida… La respuesta de Lot, recogida en Génesis 19:7-8, no tiene precio: «Os ruego, amigos, que no cometáis esta maldad. Yo tengo dos hijas que no han conocido aún varón; os las entregaré para que hagáis con ellas lo que os parezca, pero a estos dos hombres no hagáis nada». Entregar a tus dos hijas vírgenes a una turba de violadores sodomitas para proteger a dos desconocidos puntuará muy alto en la escala de hospitalidad, pero no le permitiría a Lot ganar el premio al padre del año. La cosa quedó en tentativa, ya que los visitantes resultaron ser ángeles del Señor enviados para destruir la ciudad, pero es improbable que las hijas olvidasen la poca sensibilidad paterna.

Quién sabe qué se les pasó por la cabeza poco después, huérfanas de madre (convertida en una estatua de sal) y viviendo en una cueva tras haber ardido su casa, pero el caso es que esto fue lo que ocurrió (Gen 19:31-33): «La mayor dijo a la menor: nuestro padre es viejo, y no queda varón que entre en nosotras conforme a la costumbre. Ven, demos a beber vino a nuestro padre, y durmamos con él, y conservaremos de nuestro padre descendencia. Y dieron a beber vino a su padre aquella noche, y entró la mayor, y durmió con su padre; mas él no sintió cuándo se acostó ella, ni cuándo se levantó». La noche siguiente repite el show la hermana menor, también sin que Lot se entere de nada por culpa del alcohol. Eso sí, donde Lot pone el ojo pone la bala: ambas se quedan embarazadas. Esta borrachera incestuosa es una escena tan involutariamente cómica que no es de extrañar que haya sido representada a menudo en el arte, en cuadros de Rubens, Courbet o Jan Matsys.

No descubrirás la desnudez de tus hijos

El caso inverso, progenitores atraídos sexualmente por su descendencia, es ya marcadamente incómodo y sale a menudo del terreno de lo políticamente incorrecto para entrar en el criminal, especialmente si hay menores de edad de por medio.

En El beso, novela autobiográfica de Kathryn Harrison, no hay sospecha de pederastia y sin embargo resulta una lectura difícil e incómoda. Kathryn se reencuentra a los veinte años con su padre ausente, con el que no ha tenido demasiado contacto, y empieza una relación sexual y sentimental con él. En realidad, esta relación sería ya agobiante y enfermiza de por sí aunque no hubiera parentesco alguno de por medio, ya que el padre de Kathryn resulta sencillamente insoportable: absorbente, egocéntrico, celoso y acaparador. En cierto momento, por consejo de un psicólogo, ambos dibujan dos círculos cuya intersección representa su vida en común ideal. Los círculos de Kathryn se solapan en aproximadamente un tercio; los dibujados por el padre están prácticamente superpuestos. El padre no ama a su hija, la canibaliza. Quizá ve en ella una versión más joven y manejable de su exesposa…

Este tipo de incesto deja a menudo heridas psicológicas, especialmente si el receptor es menor de edad y se produce por tanto un abuso de confianza. En El corazón es mentiroso, de JT LeRoy (seudónimo y alter ego de la escritora Laura Albert) tenemos una madre que lanza sobre su hijo todo tipo de maltrato imaginable, entre ellos el sexual. La película Old boy es otro buen ejemplo de complejo de Edipo inverso, pero es difícil explicar por qué sin destripar detalles de la trama.

En cualquier caso, la vida real nos ofrece un ejemplo de incesto entre hermanos, padres e hijos en un totum revolutum: el caso de Eric Gill, uno de los mejores y más extraños escultores, diseñadores y tipógrafos del siglo xx. Es el padre de varios tipos de letra muy usados, en particular la sobria Gill Sans, en portada de los clásicos Penguin o en los horarios de los ferrocarriles de Londres. Como escultor era magnífico, y muchos de sus bajorrelieves decoran lugares prominentes de varios edificios británicos.

Pero Gill tenía dos peculiaridades: una vida sexual de una frecuencia e intensidad inusitadas, y el convencimiento más o menos explícito de que la familia que fornica unida permanece unida. Gill murió en 1940, pero hasta 1989 su vida sexual permaneció en las sombras; fue su biógrafa Fiona MacCarthy quien sacó a la luz los secretos familiares de Gill dejando ojiplático a todo el mundo. Por ejemplo: como modelos para la talla Éxtasis, su propia versión de los dioses hindúes copulando, reclutó a su hermana Gladys y su esposo. Debió gustarle lo que vio, ya que poco después empezó una relación incestuosa con Gladys que duraría gran parte de su vida. Más tarde le tocó el turno a su otra hermana, Ángela, y cruzó una línea roja cuando incluyó en sus avances sexuales a sus hijas de quince y dieciséis años, Petra y Betty. En sus diarios personales Gill fue dejando un minucioso recuento de sus abundantes experimentos sexuales, de los que no se libra ni la mascota de la familia («hoy he descubierto que un perro puede unirse con un hombre»). Gill no tenía la sensación de estar haciendo nada malo: hay algo extrañamente científico y desapasionado en sus textos. Esto no lo digo para justificarlo (lejos de mi voluntad meterme en tal jardín), aunque la naturalidad extrema que adoptó tal vez explique por qué sus hijas guardan aún hoy un buen recuerdo de su padre, para sorpresa de su biógrafa MacCarthy. Según ella, «el impulso de probarlo absolutamente todo, de empujar hasta el límite las experiencias, era parte de su naturaleza y parte de su importancia como artista y comentarista social y religioso». Otras visiones no tan benévolas sobre su legado llaman a boicotear su obra, especialmente la religiosa (¡Gill era un católico devoto!) por pederasta, abusador y pervertido. Por su parte, la comunidad de tipógrafos reaccionó con cierto sutil sarcasmo: por ejemplo Barry Deck diseñó una variante de la letra Gill Sans que bautizó como Canicopulous.

No descubrirás la desnudez de tu prima

Si no fuera una traición de confianza como la copa de un pino, podría contar aquí cuatro o cinco historias de amigos y amigas que «despertaron a la sexualidad», por usar un eufemismo, con los primos durante las vacaciones veraniegas, en lo que podría ser un cruce de Verano azul con Garganta profunda. Tardes tórridas en la playa, aburrimiento, arrímate aquí que te enseño esto que tengo…

Así como el incesto con familiares de primer grado es más o menos tabú en la mayor parte del mundo, el juicio moral y legal sobre el sexo con primos o primas varía enormemente según el país y la época. No parece haber un problema religioso: más de un patriarca hebreo se casó con una prima (por ejemplo Isaac y Rebeca), la ley islámica tampoco pone ninguna objeción y la Iglesia católica lo permite previa dispensa eclesiástica. Ya hemos hablado antes de los riesgos genéticos del incesto con familiares cercanos (hemofilia, albinismo, etc), pero el riesgo no parece extenderse en demasía a la descendencia de los primos. Un estudio de la australiana Universidad de Murdoch ha mostrado que la probabilidad de defectos genéticos serios en hijos de primos en primer grado es más o menos un 4 %, la misma a la que se enfrentan las mujeres que dan a luz después de los treinta y cinco años. Esta información hubiera tranquilizado sin duda a los varios personajes de Jane Austen que se acuestan o casan con sus primos en varias novelas.

Ampliando un poco más el árbol genealógico, las posibilidades de conocer bíblicamente a algún pariente sin ser consciente de ello aumentan. Eso me hace pensar en una reflexión que hace tiempo que me da vueltas por la cabeza… Durante mis años universitarios fui donante de esperma: no solo colaboraba así con parejas infértiles, sino que tampoco me venían mal los treinta euros con que se compensaba cada donación. Cuando se me dijo que el límite legal de hijos que podían concebirse a partir de mi esperma era de seis, en un primer momento no entendí el motivo… pero tiene que ver con el incesto involuntario: evitar o al menos limitar la posibilidad de que un hijo mío y una hija mía, desconociendo que comparten padre biológico, acaben follando y engendrando descendencia endogámica… Solo espero que si algún día ocurre algo así, mis descendientes incestuosos por sorpresa se lo tomen menos a la tremenda que Níenor, Sigmundo o el pobre Edipo Rey.


Sexo aberrante y familias disfuncionales en la mitología griega

Las tres Gracias representadas en El juicio de París, de Rubens
El juicio de París, de Rubens.

Infidelidades, relaciones incestuosas, zoofilia… los dioses griegos eran inmortales pero aprovechaban cada día como si fuera el último. Y esto, claro, tenía consecuencias en forma de celos y venganzas tan atroces que los humanos apenas logramos imaginar. Eran seres inmensamente poderosos pero esclavos de sus pasiones, y sus relaciones familiares no eran muy armónicas precisamente. En cualquier caso durante el eterno tiempo libre del que disponían lo cierto es que no se aburrían, tal como veremos.

El conjunto de narraciones míticas permitió no solo cohesionar —a falta de estructuras políticas más sólidas— a las diversas ciudades griegas frente a los bárbaros, les sirvió además de inspiración para su arte, su filosofía, para comprender mejor eso tan enrevesado que son las relaciones personales y, desde luego, como entretenimiento. Se trataba de una serie de historias en las que a menudo hay discrepancias en la descripción de las las acciones, aspecto e incluso genealogía de cada divinidad, pero al fin y al cabo… ¿por qué un dios no podría nacer de varias madres si así lo desea?

En el comienzo fue el Caos. De ahí surgieron la Madre Tierra o Gea, el abismo del Tártaro y Eros, que es la personificación del amor y la fuerza procreadora. Gea tuvo dos hijos, Urano (Cielo) y Ponto (Mar), quienes fecundaron a su propia madre (ya empezamos…). Con Ponto tuvo a diversas criaturas marinas y de su unión con Urano nacieron tres monstruos de 100 manos y 50 cabezas llamados Hecatonquires y otros tres llamados Cíclopes, por tener un solo ojo. Cosas de la endogamia. Urano aborreció a tales hijos debido a su espantoso aspecto, desterrándolos al Tártaro y a continuación tuvo con su esposa-madre a los Titanes. Gea estaba resentida con él por ser tan mal padre y además, según algunas versiones, este impedía que nacieran otros al bloquearles la salida con su colosal pene, por lo que inventó un metal de extraordinaria dureza llamado Adamantio (sí, el material que posteriormente recubriría el esqueleto de Lobezno), y con él construyó una hoz y se la ofreció a los Titanes. Uno de ellos, llamado Crono, la aceptó, y sujetando los genitales de su padre con la mano izquierda los cortó y tiró al mar. Pero algunas gotas de sangre cayeron sobre Gea fecundándola (lo que daría lugar, entre otros, a los Gigantes). Mientras que de la espuma creada al caer el pene al agua nació Afrodita. El pobre Urano, ahora castrado, tuvo que retirarse: el nuevo amo del universo pasó a ser su ingrato hijo Crono.

Saturno devorando a un hijo, de Goya
Saturno devorando a un hijo, de Goya.

Crono inició su mandato casándose con su hermana Rea, pero su madre-abuela Gea le profetizó que un hijo suyo lo destronaría. Así que no se le ocurrió mejor cosa que comérselos según iban naciendo. Dado que según la mitología romana Crono era llamado Saturno, de ahí proviene la célebre pintura de Goya Saturno devorando a un hijo. Harta de ese comportamiento tan bruto, Rea planeó un astuto ardid contra su hermano-esposo con la ayuda de su madre-suegra Gea. Rea parió a un niño y lo escondió, entregando en su lugar a Crono una piedra envuelta en pañales, quien rutinariamente se la comió pensando que era un hijo y sin notar nada extraño en su sabor. Zeus, que así se llamaba, creció en el anonimato y cuando se hizo un hombre Rea lo convirtió en copero de la casa, lo que le permitió escanciar en la copa de su padre un veneno que le hizo vomitar a todos los hijos que se había comido. De tal manera Zeus, con la ayuda de sus hermanos y con la de los Cíclopes y Hecatonquires a los que liberó del Tártaro en el que Urano en su día encerró, se enfrentó a Crono y su ejército de Titanes. Esa fue la mayor batalla que jamás se haya visto en el universo: la Titanomaquia. Diez años duró este combate de increíble violencia, en el que no es difícil ver elementos comunes con la posterior narración cristiana de la insurrección celestial de Lucifer contra Dios. Finalmente Crono y los Titanes fueron derrotados y encerrados en el Tártaro. Salvo uno llamado Atlas, que recibió por castigo aguantar el cielo sobre sus hombros por toda la eternidad. Tras la victoria los tres hermanos varones —Posidón, Plutón y Zeus— echaron a suertes qué parte del universo les tocaría reinar, quedando los mares para el primero (que además recibió de regalo de los Cíclopes un tridente) el Hades para el segundo (con un casco de oscuridad como premio) y los cielos para Zeus, que además recibió como obsequio por parte de dichos seres de un solo ojo el poder del rayo.

Pero Zeus, como supremo dios de los cielos, no iba a ser un gobernante más piadoso que sus antecesores. Como suele decirse, el poder tiende a corromper y el poder absoluto corrompe absolutamente. Su madre Rea le prohibió casarse y él se rebeló violándola bajo el aspecto de una serpiente, unión de la que nació una hija llamada Perséfone, con la que también mantuvo relaciones dando así como hijo a Dioniso. Poco tiempo después de llegar al poder, el Rey del Olimpo tomó por esposa a Metis, pero Gea —a la que a estas alturas está quedando claro que le gustaba mucho malmeter— le auguró que le daría un hijo que le arrebataría el trono, así que Zeus opta por comerse a su mujer cuando queda embarazada. No obstante, el embarazo sigue su desarrollo y la niña, Atenea, nacerá aunque para ello tiene que atravesar el cráneo de su padre, con la ayuda en tan peculiar parto de un hachazo de Hefesto (quedémonos con este nombre). Zeus pese a todo se sale con la suya porque Metis ya no concebirá más. Además afirma ufano que ella sigue dándole consejos desde el vientre.

Desde entonces Zeus mantendrá una turbulenta vida sexual y sentimental ya sea con diosas o con mortales, con mujeres u hombres, dedicando a ello su inmenso poder —lo de emplearlo en hacer el bien e impartir justicia es para superhéroes moñas— bien ejerciendo la fuerza bruta o transformándose en toda clase de animales para acercarse a sus víctimas. Para guardar las apariencias en el Olimpo tomará matrimonio, eso sí, y qué candidata podría haber más apropiada como esposa que su hermana gemela. Aunque según algunas tradiciones también se casó entre otras con Eurínome, que le dio por hijas a las Gracias, y Themis, que le dio a las Horas, generalmente se considera que la única esposa que tuvo de por vida fue a dicha hermana,  Hera. Un día la vio pasear sola y se le antojó poseerla, así que tomó la forma de un inocente cuco con las alas mojadas y embarradas para despertar su compasión. Ella lo metió dentro de sus ropas para secarlo y… zasca, allí mismo adquirió su forma original desvirgándola antes de que ella pudiera hacer nada. Por vergüenza Hera tuvo entonces que casarse con Zeus y la noche de bodas duró nada menos que 300 años. Su esposo siguió deseándola desde entonces con gran intensidad, aunque no fuera en exclusiva. En el canto XIV de La Iliada, por ejemplo, le dice:

¡Hera! Allá se puede ir más tarde. Ea, acostémonos y gocemos del amor. Jamás la pasión por una diosa o por una mujer se difundió por mi pecho, ni me avasalló como ahora: nunca he amado así, ni a la esposa de Ixión, que parió a Pintoo consejero igual a los dioses; ni a Dánae Acrisiona, la de bellos talones, que dio a luz a Perseo, el más ilustre de los hombres; ni a la celebrada hija de Fénix, que fue madre de Minos y de Radamantis igual a un dios; ni a Sémele, ni a Alcmena en Teba, de la que tuve a Heracles, de ánimo valeroso, y de Sémele a Dioniso, alegría de los mortales; ni a Deméter, la soberana de hermosas trenzas; ni a la gloriosa Leto; ni a ti misma: con tal ansia te amo en este momento y tan dulce es el deseo que de mí se apodera.

No sé yo hasta qué punto puede resultar romántico o sensual decirle a la esposa que la deseas más que a todas aquellas amantes con las que le has puesto los cuernos. El caso es que parecía funcionarle, e incluso despertar sus celos le servía como forma de reconciliación. En cierta ocasión en la que ella se marchó de casa enfadada después de una monumental bronca marital, Zeus difundió el rumor de que iba a casarse con Platea y vistió a una figura de madera con un traje de boda. Hera montó en cólera y al acudir a arrancarle el traje a su rival sintió tal alivio al descubrir la broma que se reconcilió con su marido.

Atenea naciendo del cráneo de Zeus
Atenea naciendo del cráneo de Zeus.

Pero no vaya a pensar el lector que la conducta tan libertina que llevaba Zeus se la permitía a su esposa, a la manera que reclaman esas columnas de las revistas modernas y gafapastas. Tremendamente posesivo, en cierta ocasión en la que invitó a su mesa a Ixión y este tuvo la osadía de intentar seducir a Hera, creó una nube con la apariencia de ella con la que el incauto satisfizo sus ansias. De ahí nació un niño inútil llamado Centauro e Ixión no solo sufrió el ridículo sino que además fue castigado por Zeus a ser atado a una rueda de fuego, que desde entonces recorre eternamente los cielos.

Por cierto, dicha nube con aspecto de Hera pasó luego a llamarse Néfele y se casó con el hermano de Sísifo (el de la piedra), que le dio tres hijos. Uno de ellos, Frixo, era tan atractivo que su tía se enamoró de él, pero al sentirse rechazada lo acusó de violación. Estuvo a punto de morir sacrificado a manos de la masa enfurecida debido a esa falsa acusación, pero un carnero de oro que bajó providencialmente del Olimpo lo salvó. Tiempo después, el vellón de ese carnero sería buscado por la expedición de Jasón y los Argonautas… Pero eso ya es otra historia.

Volvamos entonces a Hera y sus celos. El episodio que narrábamos anteriormente de Atenea naciendo de la cabeza de Zeus le hirió en su autoestima, puesto que entonces su marido podía tener hijos sin intervención suya. En justa venganza decidió tener un hijo por partenogénesis, es decir, sin semilla masculina. El resultado fue Hefesto, un niño tan deforme que tras parirlo su madre lo aborreció arrojándolo del Olimpo. Si eso no fuera bastante, Zeus creyó que ese hijo fue fruto de una infidelidad y la torturó en una silla mecánica hasta asegurarse de que no estaba mintiendo. Llegados a este punto y si hemos estado atentos, recordaremos que Atenea se abrió paso a través del cráneo de Zeus gracias a un hachazo que le propinó… Hefesto. ¿Cómo pudo estar presente en tan singular parto si él mismo aún no había nacido? Pues mire, el poder de un dios no se supedita a nada, ni siquiera a la lógica más elemental. De todas formas, también hay narraciones en las que fue Zeus el que se sintió herido en su orgullo por el nacimiento de Hefesto y entonces tuvo a Atenea. Para que no nos tachen de impíos  daremos ambas explicaciones por simultáneamente ciertas.

La cuestión es que pese a haber sido arrojado del Olimpo por su propia madre, el recién nacido Hefesto sobrevivió, al haber caído al mar. Bajo la protección de dos diosas vivió en una gruta, donde se convirtió en un hábil herrero hasta que pudo ser readmitido en el Olimpo. Allí se casó con su hermanastra Afrodita, con la que tuvo tres hijos que en realidad no fueron suyos dado que ella le engañaba con Ares, el Dios de la guerra. Advertido de la infidelidad, Hefesto tejió una red de bronce y tras decir a su mujer que se iba de viaje se quedó acechando. El amante no tardó en llegar y Hefesto los atrapó en su cama con la red. Acto seguido convocó a todos los dioses en su dormitorio para que contemplaran la infidelidad y exigir entonces la devolución de los regalos de boda. Tras esa relación Afrodita tuvo un hijo con Hermes que nació con ambos sexos y fue llamado Hermafrodito. Hefesto por su parte quiso rehacer su vida, y para ello intentó violar a su otra hermanastra Atenea, pero solo alcanzó a eyacular en su muslo. Ella, asqueada, se limpió con un trapo que tiró al suelo, con lo que la simiente de él fecundó a Gea, la Madre Tierra. Esta, como ya veíamos anteriormente, era de carácter difícil, y se negó a proseguir con el embarazo. Ante lo cual Atenea decidió que ya se encargaría ella del niño en gestación, que se llamaría Erictonio y llegaría a hacer grandes cosas en la vida, como desarrollar el cultivo del trigo.

Con semejante ejemplo, los héroes (hijos de un dios y una mortal) y los mortales llevaban a menudo también una vida muelle y desordenada, lo que tarde o temprano les traía consecuencias.  Como por ejemplo el herrero Dédalo, que acabó matando a uno de sus aprendices por envidia de su talento y por sospechar que cometía incesto con su madre. Exiliado de Atenas por su crimen, acabó encontrando refugio en Creta, al servicio del Rey Minos. Allí en cierta ocasión el monarca se negó a sacrificar a un hermoso toro, un desaire para Posidón que castigó haciendo que su esposa, Pasífae, se enamorara del toro. A petición de ella, Dédalo construyó una vaca de madera para que la reina pudiera esconderse dentro y gozar así del toro. De tan aberrante relación nacería el Minotauro, que sería encerrado por Minos en un laberinto. Dédalo, cómplice de Pasífae en la infidelidad, huiría de la cólera del rey fabricando unas alas de cera con las que escapó de la isla junto a su hijo Ícaro. Mientras tanto, una de las hijas de Pasífae, Ariadna, ayudó a matar a su hermanastro el Minotauro a Teseo, del que estaba enamorada. Pero él la abandonó por su hermana Fedra, quien a su vez se enamoró de su hijastro Hipólito (nacido de una relación previa de Teseo con la reina de las Amazonas), que rechazó sus insinuaciones. Fedra, herida en su orgullo, lo acusó entonces ante su padre de haberla violado y se suicidó. Teseo creyó su versión de los hechos, clamando entonces a los dioses que mataran a su hijo. Y estos cumplieron, haciendo que pareciera un accidente de carro. Triste historia.

Clitemnestra y Egisto a punto de matar a Agamenón, de Pierre Narcisse Guérin
Clitemnestra y Egisto a punto de matar a Agamenón, de Pierre Narcisse Guérin.

No menos dramático fue otro episodio de parricidio. La doncella Leda fue violada por Zeus, convertido para la ocasión en un cisne, y de esa relación puso dos huevos, de los que nacieron dos hijos y dos hijas. Una de ellas fue Clitemnestra, que al hacerse mayor contrajo matrimonio con el Rey de Pisa, hasta que Agamenón lo mató y obligó a su viuda a casarse con él.  Clitemnestra dio a su nuevo marido cuatro hijos —entre ellos Orestes y Electra— hasta que se echó un amante llamado Egisto. Este hombre tuvo la peculiaridad de haber nacido de una relación entre Tiestes y su hija Pelopia. Es decir, su padre era al mismo tiempo su abuelo, y su madre también era su hermana. Pues bien, Clitemnestra y Egisto conspiraron para matar a Agamenón y que este ocupara su puesto. Para poder planear bien cada paso de su felonía, la reina pidió a su marido que cuando terminara el sitio a Troya en el que andaba guerreando encendiera una hoguera en el Monte Ida, que sería vista por un vigía que a su vez encendería otra, formando así una larga cadena para transmitir la noticia a Clitemnestra. Un sistema de comunicación que habrá recordado al lector a la película de El Señor de los Anillos, concretamente el aviso  desde Minas Tirith a Rohan, para pedir ayuda ante el ataque de Sauron.

Pues así lo hizo nuestro protagonista, inconsciente del peligro que le esperaba pese a llegar de vuelta a su hogar acompañado de Casandra, quien se merece un breve inciso. Esta amante suya tiempo atrás prometió sexo al dios Apolo a cambio de que este le otorgara el don de la profecía. Estaba tan enamorado que le concedió ese don, aunque ella una vez lo obtuvo incumplió su parte y lo dejó con las ganas.  A esto se le llama ser un pagafantas. Apolo, resentido, la castigó entonces haciendo que nadie creyera nunca sus profecías. Y así le ocurrió al llegar junto a Agamenón al palacio. Casandra tuvo una visión de sangre y muerte y advirtió del peligro de entrar, pero el rey no le hizo el menor caso. Esa noche, el complot de Clitemnestra y Egisto culminó con el asesinato de Agamenón mientras se bañaba. Pero habían dejado un cabo suelto. Electra nunca olvidaría el crimen cometido contra su padre. Años después, estando ambos en el exilio, instigó a su hermano Orestes para que ejecutase la venganza. Este, haciéndose pasar por mensajero, entró en palacio y mató a Egisto. Clitemnestra entonces reconoció a su hijo y le enseñó una teta como forma de recuperar ese vínculo entre madre e hijo, pero su intento resultó inútil y murió decapitada. Esto serviría luego al psiquiatra Jung para definir el llamado “Complejo de Electra”, por el que las niñas rivalizan con sus madres por la atención del padre. Pero si hablamos de complejos no podemos concluir sin mencionar el más célebre de todos ellos. Este artículo quedaría tan incompleto como el pobre Urano a manos de Crono si no lo mencionáramos.

Edipo y la Esfinge
Edipo y la Esfinge.

Layo, rey de Tebas, estaba disgustado porque no podía tener hijos con su esposa Yocasta. Cierto día acudió al Oráculo de Delfos, y este le advirtió de que mejor siguiera así puesto que si tenía un hijo acabaría muriendo a sus manos. Asustado por el augurio, repudió a su mujer, pero con este gesto hirió de tal forma su ego que ella una noche lo emborrachó para poder acostarse con él. De tal coyunda nació nueve meses después un niño al que Layo abandonó en el monte. Un pastor lo encontró y quiso ponerle por nombre Edipo antes de entregárselo al Rey de Corinto, que como no tenía hijos lo adoptó encantado. Edipo creció y ante las dudas sobre su auténtico origen consultó con el Oráculo de Delfos, que le respondió “¡Aléjate desgraciado! ¡Matarás a tu padre y te acostarás con tu madre!”. Una predicción digna del mismísimo Juán Dámaso. Creyendo que esta predicción se refería a sus padres adoptivos huyó a Tebas, pero en el camino se cruzó con Layo montado en su carro y por el orgullo de no querer apartarse al final lo acabó matando a él y a sus sirvientes. Naturalmente sin saber que en realidad era su padre, caminó de nuevo del oráculo esta vez para preguntarle cómo deshacerse de un monstruo llamado la Esfinge que estaba asolando Tebas. Dado que esa era la ciudad a la que Edipo se dirigía acabó cruzándose con la bestia, que le propuso un acertijo: cuál es el ser que tiene cuatro, dos y tres pies a lo largo de su vida. Nuestro protagonista respondió correctamente que el hombre, pues camina a gatas de niño, de pie en la edad adulta y ayudado con un bastón en la vejez. La Esfinge reconoció que la respuesta era correcta y entonces se autodestruyó. Edipo fue entonces recibido en Tebas como un héroe y proclamado rey, casándose con Yocasta. Cuando finalmente la verdad se supo, ella se suicidó y él se sacó los ojos y se exilió. Así cumplió su inevitable destino.

_____________________________________________________________________

Bibliografía:

Biblioteca mitológica, Apolodoro (Alianza Editorial)
Los mitos griegos, Robert Graves (Ed. Ariel)
El gran libro de la mitología griega, Robin Hard (Ed. La esfera de los libros)
Diccionario de mitología clásica, Jenny March (Ed. Referencia Crítica)


Kay Parker, la madre que no nos parió

Eme Cu Eme Efe. Eme Cu Eme Efe. Eme Cu Eme Efe. A finalísimos del siglo pasado, esas cuatro letras eran coreadas en la comedia adolescente picante American Pie —ay, si Porky’s levantara la cabeza— por varios imberbes zagales durante una fiesta casera frente al retrato de la pechugona y ausente madre del anfitrión. Poco se podría sospechar quizás que semejante chiste fácil fuera a popularizar un término que soezmente etiquetaba una fantasía no extraña a la mente masculina pese a los tópicos sobre las preferencias en cuestiones de edad: la de la mujer madura considerablemente atractiva, “la Madre Que Me Follaría”. El chiste, el término, la etiqueta adoptada devino en moda en los siguientes años. Varias series de televisión se crearon alrededor de personajes principales con características que buscaban explotar la redescubierta veta sexual de la que, además, surgirían variedades específicas, como la del “puma” —cougar— que definía a la mujer madura con una actitud de depredadora sexual. Mujeres Desesperadas  y Cougar Town son dos casos populares al asunto. Por otra parte, en otras series —de cualquier género— las milfs aparecían como champiñones dentro del elenco de personajes, destacando por su tremendo sex-appeal. Como relucientes ejemplos me quedaría con Elizabeth Mitchell (Juliet Burke) en Perdidos y Sofia Vergara (Gloria Delgado-Prichett) en Modern Family. Por la parte que le toca —y con más tradición, si cabe— la cinematografía también ha usado la capacidad seductora de actrices veteranas como Michelle Pfeiffer, Diane Lane, Sharon Stone o Monica Bellucci. Catherine Deneuve y Susan Sarandon ya se habían marcado a principios de los ochenta un rollo lésbico-vampírico-existencial en El ansia. E incluso una Sofia Loren ya con sesenta tacos se atrevía a lucir palmito y lencería en una erotico-cómica escena de cama con Marcello Mastroianni en Pret-a-porter.

Foto Sofia Loren
Marcello, tú me has enseñado a ser una leona

¿Y el porno? El porno celebró la segunda venida de toda una serie de actrices que habían triunfado tiempo atrás y que demostraron no haber perdido su toque. Pese a que las vueltas al negocio del coito cinematografiado no eran algo completamente novedoso —casos como el de Nina Hartley o Ginger Lynn por citar un par— ahora los regresos venían arropados por el popularizado nuevo nicho que, al reconocer el atractivo y potenciar de la veteranía, permitía felizmente ampliar la edad media de la carrera —por lo general corta, sobre todo en comparación con sus contrapartidas masculinas— de muchas felatrices de culto.

Sin embargo, la presencia de la mujer de edad avanzada —que en términos de pornografía lo situaremos entre los treinta y cuarenta años— en el cine para adultos no siempre ha necesitado de la popularización de su fantasía. Cuando la escena sexual estaba incluida en el argumento como parte del mismo —y no era la totalidad del argumento—, cuando el sexo en pantalla buscaba como referente la cinematografía convencional en pos del reconocimiento y la categoría de arte, los directores buscaban actrices con las virtudes necesarias para representar los papeles de los guiones, combinando en lo posible tanto aptitudes físicas y sexuales como interpretativas. Georgina Spelvin, con 37 años de edad, algunos estudios de interpretación y unas pocas escenas de sexo a sus espaldas, se convertía en la protagonista esencial de una de las mejores películas pornográficas de todos los tiempos,The devil in Miss Jones. Otro caso célebre es el de Juliet Anderson. Con 42 años, se la inmortalizaba con el alias de Aunt Peg a raíz de la película de mismo título, en su papel de rubia arpía insaciable.

Pero la cumbre del mito erótico de la mujer madura —la mujer que mejor representó el ideal erótico-maternal para el espectador— no lo alcanzó ninguna como Kay Parker en Taboo, con su papel protagonista de Barbara Scott y el relato de una relación incestuosa madre-hijo. Una interpretación que, a efectos prácticos, perfectamente le valdría el título de Madre de todas las Milfs.

Una inglesa en los Estados Unidos del Porno

Kay Parker llega a la costa este americana desde su Birmingham natal en el 1965, con 21 años. Es criada en una Inglaterra triste y gris de postguerra profundamente represiva y cuenta en algunas entrevistas que si se hubiera quedado en las islas durante más tiempo, sencillamente no hubiera podido salir viva de su juventud. Su viaje a los Estados Unidos fue tanto una huida como una forma de descubrirse a sí misma. Y su entrada al mundo del cine para adultos no fue inmediata ni impulsiva, amén de que al cine porno por aquel entonces aún le quedaría unos años para ser legal.

Más de una década después de su llegada a América, conoció al actor John Leslie, que sería su contacto de entrada. Inicialmente, ella desconocía que se dedicaba al cine pornográfico, si bien algo se imaginaba; en aquella época, en aquel lugar, era casi más fácil estar metido en el mundillo que no estarlo. La inmersión de Kay en el mismo fue progresiva y sopesada, lo que nos da mucha información sobre su forma de ser. Era todo lo contrario del estereotipo de sureña inocente que buscando los focos de Hollywood acababa rodando porno casi desde el minuto cero y que la propia industria ha representado, parodiado y, de nuevo, fetichizado. Inteligente y reflexiva, además de ponderar cada paso que daba, la actriz reconoce que era —y durante mucho tiempo fue— bastante pudorosa. Incluso ya instalada en su carrera como pornostar, se consideraba a sí misma en medio de la escena del cine para adultos como “la mojigata del porno”. Por norma general, evitaba escenas extremas o papeles a los que no pudiera aportar algo más allá de la propia escena sexual. Y entendía que la práctica del coito ante la cámara, cuanto más natural y sincera fuera, mejor resultado daba.

En aquellos tiempos previos al inicio de su carrera no es menos cierto que también sentía una cierta necesidad de “desmelenarse”, quizás como forma de liberación de su restrictivo pasado al otro lado del charco. Esto, junto con la atracción que afirma sentía hacia el mundo del cine en general, hace más sencillo entender su proceso paulatino de entrada y, por otra parte, pone de relieve los paralelismos esenciales con el personaje de Barbara Scott que la hicieron única para el papel y explican el enorme éxito que le siguió.

En 1977, aceptaría su primer papel en V, the hot one de Robert McCallum, uno sin escenas sexuales, pero que supondría introducir un primer pie en la escena. La inmersión completa y su debut como actriz pornográfica se daría ese mismo año en Sex World de Anthony Spinelli. Kay Parker tenía 33 años y los productores del momento empezaron a tomar nota de todas sus virtudes y de cómo destacaba frente a la actriz porno media de aquellos años. Además de manejarse bien con los guiones y la interpretación, aquella mujer de melena castaña, ojos azules y exótico acento inglés, poseía un físico de infarto. Si a la Parker, en su juventud, le había picado algún bicho radiactivo del que obtener unas dotes proporcionalmente superiores a lo humano… bueno, solo digamos que el bicho en cuestión no era una araña. Para el anecdotario, Ron Jeremy afirmó en su día que Kay Parker es una de las tres actrices con las que lamenta no haber podido compartir escena nunca —aunque estuvo a punto, en Taboo 2— junto con Annette Haven y Jessie St. James.

Tres años después, en 1980, llegaba la oferta para rodar Taboo. El tema de la incesto tratado a través del cine para adultos era y no era nuevo. Existían antecedentes en producciones de bajo coste en ambas costas americanas. Y en Europa, los alemanes ya habían iniciado la serie de películas pornográficas con toques de comedia de Josefine Mutzchenbacher —otro porno de culto, menos conocido popularmente— basada en las escandalosa novela erótica Historia de una prostituta vienesa de autor anónimo, pero atribuida a Félix Salten, autor de Bambi: una vida en el bosque, el relato del que surgiría luego la famosa producción de la Walt Disney. En cualquier caso, en América, aquel era el primer guión sobre el asunto con algo más de profundidad y seriedad, pero tampoco exenta de puntos de comedia, como veremos.

Foto Jessie St James
Barbara Scott pudo haber sido rubia y algo menos madura

Kirdy Stevens, director de la obra que nos ocupa —fallecido este pasado mes de Octubre— tuvo en mente inicialmente a Jessie St. James, una de las mujeres más guapas del porno de finales de los setenta para el papel principal; pero por lo que fuera la oportunidad para interpretar a Barbara Scott acabó en manos de Kay. La verdad es que las dos mujeres se parecían la una a la otra en el proverbial blanco de los ojos. La primera era una esbelta y rubia californiana con rasgos atléticos. Kay Parker, todo lo contrario: le sacaba diez años de edad, le ganaba en voluptuosidad y en tallas de busto —lo que parecería más apropiado para una representación maternal— y poseía el punto del acento británico que podía dar matices ya no solamente maternales, sino también matronales. En cualquier caso, el papel y la decisión de interpretarlo acabó recayendo sobre ella.

Y en la encrucijada de aceptar la que sería la interpretación de su vida tuvo sus reparos. El tema del incesto la echaba para atrás, pero el guión era bueno, el personaje importante y había muchas posibilidades para la interpretación dramática. En el imaginario artístico del momento quizás corría también la película de Bertolucci estrenada el año anterior, La luna, sobre la relación incestuosa entre una viuda cantante de ópera y su hijo adicto a la heroína. Al final, la británica reflexionó que si no era ella quien asumía el rol, lo asumirían otras y que aquel era un tren que debía tomar. Si ella era Barbara Scott por lo menos podría ponerle corazón —y no solo cuerpo— al personaje. Y dio el sí.

Taboo : Crónica de un incesto anunciado

(Van avisados de que voy a hacerles el spoiler de la trama entera.)

Así como de un porno argumental nos esperaríamos un inicio narrativo que nos llevase algo más tarde a alguna escena sexual, Taboo empieza directa al tajo, pero de una forma que ya nos habla de la personalidad de sus personajes a través de la práctica coyuntal. La película abre la historia con Bárbara Scott sobre el lecho matrimonial practicándole una felación a su amado esposo, Chris, a oscuras. El afortunado varón extiende una mano para encender la lamparita y así poder disfrutar visualmente de los favores que está recibiendo; sin embargo, no tardará ella en lanzarse sobre el interruptor para volver a apagarla. Poco después, su marido la volvería a encender, contrario al quizás inverosímil pudor de su mujer. Hay quejas, algo de refriega, pero la pareja acaba rematando la faena. Sin embargo, a la conclusión de la misma  Chris anuncia a Bárbara —aún más inverosímilmente— que la deja por su secretaria a causa de su constante mojigatería en la cama.

Tras semejante desencadenante de la acción, no se nos tarda en presentar a otros personajes principales de la historia. El primero es Paul, hijo de Barbara, un rubio Apolo americano de ojos azules interpretado por un Mike Ranger de veintiocho años, que en la historia pretende tener bastantes menos (se afeitó un prominente mostacho a lo John Holmes, moda varonil del momento), acorde con la edad de un universitario de primeros años; Kay Parker en aquel momento tenía treinta y seis años y, a la inversa, su personaje pretendía aparentar alguno más. Paul no parece excesivamente sobresaltado por la idea de que su padre abandone a su madre y en la escena del desayuno en el que lo conocemos por primera vez ya gasta miradas furtivas al generoso escote maternal bajo una bastante suelta bata de dormitorio. Pronto veremos que Paul tiene una vida sexual bastante rica: queda para estudiar con su novia —interpretada por Dorothy LeMay— y una amiga y nos demuestra que es capaz de contestar preguntas de historia general a lo Trivial mientras usa la boca para otros menesteres. Después de la tercera respuesta correcta, su pareja deja de hacerle preguntas para pasar a temas más elevados, probablemente asombrada por la increíble cultura de su novio. No tardará tampoco en sumarse la amiga a todo el asunto. Vamos, lo normal de quedar a estudiar historia.

Foto Kay Bata
Cosas que te pondrías para desayunar en familia

El otro personaje importante a presentar es Gina, interpretada por Juliet Anderson, que hace las veces de amiga íntima de Barbara. Su personaje no puede ser más diferente al de Kay, una mujer madura sexualmente liberada que a las doce del mediodía está montándose tríos con su pareja y una amiga asiática. Su personaje, opuesto natural y contrapunto dialéctico al de la protagonista, también dará respiros de humor al guión. Ella tratará de animar a su buena amiga después de su ruptura matrimonial. Y su propuesta para que lo supere todo, inevitablemente, pasará por encamarla lo más rápido posible con algún conocido, pese a que Barbara no esté mucho por la labor. Mucho más formal, su primer paso para reiniciar su vida consiste en conseguir un trabajo en la oficina que dirige un viejo amigo, Jerry. Pero allí también estará presente el furor sexual del que pretende escapar: Jerry, ya en el primer día de trabajo, muestra unos avances hacia ella que no le gustan nada y que están más cercanos al acoso sexual que al cortejo romántico que ella quizás preferiría. Pero tras hablarlo y varias disculpas, pactan una relación estrictamente profesional.

A la vuelta del trabajo, Paul llega también a casa con su novia y no pierde la oportunidad de espiar a su escultural madre en la ducha y arreglándose para salir. Además de las miradas furtivas matinales, el joven ya había tratado —con éxito— de colarle un nada sutil beso con lengua tras la coartada de un inocente ósculo familiar durante una charla madre-hijo. Así, la irresistible atracción que siente hacia ella se va haciendo cada vez más patente. Este enfoque, también, ayuda a aliviar ligeramente la dura carga del tema del incesto en la película: Barbara no es una depredadora sexual —no es una cougar— sino todo lo contrario; es su hijo el que trata de hacer avances hacia ella y quien desarrolla la obsesión inicial hacia el otro. En una nueva escena de sexo con su novia —una vez su madre ya ha salido con su cita— se nos intercala alguna escena recordando a su madre desnuda para insistirnos en esa idea.

Mientras tanto, Barbara ha salido con un amigo de Gina para asistir a una fiesta. Una fiesta en la que, a los pocos minutos de llegar, empieza a circular gente sin ropa porque, sin ella saberlo, la han llevado a la clásica swinger party de la costa oeste setentera. Su acompañante insiste en que participe, pero ella se niega. Pero que ella se mantenga al margen no impide que el evento devenga en orgía desenfrenada. Kirdy Stevens nos regalará la breve instantánea de un daisy chain, una ourobórica cadena de sexo oral perfectamente heterosexual, elaborada ante los ojos de la atónita Barbara —que, por otra parte, está también ocupada sacándose de encima a un hippie de la edad de su hijo—. Tras el intercambio lúbrico masivo, la fiesta termina —ella es la única que no ha participado sexualmente del encuentro— y su acompañante la deja en casa.

Pero algo más tarde, ya acostada, no consigue pegar ojo. Todo el mundo menos ella parece tener una vida sexual plenamente satisfecha. Allá por donde circule, sea su entorno familiar, profesional o social, no encuentra más que sexo, sexo y sexo que por su forma de ser rechaza por sistema. Pero toda esa presión —suponemos que por desgaste— acaba haciendo mella y se encuentra a sí misma, de madrugada, excitada y acariciándose con el recuerdo de lo que ha visto durante su cita, fantaseando con su participación de la multitudinaria orgía y colocándose imaginariamente en el centro de aquel círculo de gente desnuda que ahora trata de alcanzarla con sus manos mientras se deja llevar —por fin— por el éxtasis. Pero así como hace unas horas disponía de múltiples opciones para elegir con quien saciar su repentino deseo, en esos momentos se encuentra sola en casa.

O no exactamente sola.

Foto Swinger Party
Mucha gente desnuda y sábanas con estampado de flores: un solo fotograma para saber que estamos en la California de finales de los setenta

Un polvo para la historia del cine porno

Bárbara se levanta y tal y como avanza por el pasillo se nos enchufa la tonadilla funky característica de la película como preludio a lo que va a venir a continuación. Pasa frente a la habitación de Paul y se detiene cuando lo escucha gemir. Si bien, si paramos la oreja, más que gemido la gesticulación verbal de su hijo suena más como el graznido de un pato que como un gemido.

Entra al cuarto y allí se lo encuentra. Durmiendo en su cama como ella lo trajo al mundo. Hace un amago de resistencia, pero las lujuriosas imágenes mentales vuelven a asaltarla. Duda, se aleja, vuelve a dudar y acaba por sentarse en la cama junto a él. Stevens intercala esta secuencia con imágenes, esta vez, de ella practicándole una felación a un desconocido. Porque ahora sí, el director ya ha soltado todos los pathos. Y finalmente, Bárbara termina por derribar toda barrera mental y moral, dándose a la catarsis. En toda la boca.

Lo que sigue es una de las escenas de sexo más ardientes de la era dorada del porno americano. Kay Parker ha comentado en varias entrevistas algunas de las claves que probablemente hicieron que la escena clave de la película, la encarnación de su título, fuera tan tremendamente exitosa. Por un lado, Mike Ranger era un actor con el que, antes de esa película no había “trabajado” nunca. Y confiesa que había una patente atracción mutua del uno hacia el otro incluso fuera de cámara, lo que hacía fácil darle credibilidad al encuentro amoroso y al deseo contenido y posteriormente desatado entre ambos. El otro aspecto clave es el trabajo de interiorización del personaje por parte de la actriz, en todos sus aspectos. Kay se había puesto perfectamente en la piel de Barbara y llegado el momento, trató de infundir tanto amor como pasión a la escena. Con una perspectiva no libre de un cierto misticismo, la británica explica que en ese lugar, en esos instantes, la unión de energías entre todos los que trabajaban en el rodaje —y en particular de Mike y ella— hizo de la escena algo irrepetible, que explica su posterior gloria. Al margen de explicaciones cercanas al new age de las que no necesariamente tenemos que ser partícipes, la actriz reconoce que esa interpretación marcó una techo en su carrera y que en ninguna otra película llegó a ejecutar nada de tan alto nivel.

Floja conclusión

kay parkerPara aquellos de los presentes que vean porno esperando a la mejor escena —leen ustedes Jot Down, revista supuestamente para gente con criterio, por lo que presumo que serán de esos— les adelanto que si se sientan a ver Taboo esa escena no solo es el gran clímax de la película sino que también deberá ser la de todos ustedes.

Porque desafortunadamente el momento cumbre de la película también marca el momento en el que se va rápidamente cuesta abajo. Al día siguiente del acto, inexplicablemente, Barbara acepta una casta y pastelosa cita con su jefe en localizaciones reconocibles de San Francisco. Todo lo funky se vuelve balada romántica. Posteriormente, incluso, hay un nuevo encuentro sexual entre Paul y Bárbara  donde ella sucumbe de nuevo a la tentación y su desliz de la noche anterior deja de ser un mero “accidente”, tratando fallidamente de inyectarle dramatismo y más pasión al asunto.

Prueban también con algo de humor, incluso —lo que desinfla más la historia—, porque, sobrecogida con lo que ha pasado, nuestra protagonista acude a su mejor amiga para recibir consejo. Y Gina, cuando oye la historia hace lo más lógico —para ella, claro— en esas circunstancias, que es masturbarse. También hay que ponerse en su lugar: de golpe y porrazo, su amiga ha pasado de ser una mosquita muerta a salir con el jefe que la acosaba y a acostarse con su propio hijo. ¡Y ella se creía liberal!

Así que, tras haber desarrollado un buen argumento, cargado las pulsiones sexuales y poner en juego un tema tan delicado como el del incesto, Taboo finiquita la cuestión con una conclusión sin chicha ni limoná. Paul y el gran dilema de la historia prácticamente desaparecen del panorama por arte de magia y Barbara confirma su relación con Jerry —bastante menos atractivo que Ranger y poseedor de una capa de pelo en la espalda a lo Ron Jeremy (bueno, exagero; realmente no existe nadie en la industria y quizás en el planeta con tanto pelo en la espalda como Ron Jeremy) en una última escena sexual finalizada con charla entre ambos en la que ella afirma que va a tomar las riendas de su vida, y constata que siempre habrá una parte que será solo suya, algo que no se puede contar, un tabú. Deja así al espectador con la puerta abierta a imaginar si pese a haber elegido a Jerry, aún pudiera continuar secretamente su relación con Paul. Final abierto en toda regla.

Después de Taboo

La obra magna de Stevens, pese a su ligero final, conserva una factura notable para una producción de la época. Más de treinta años después —y algunos retoques posteriores— se deja ver bastante bien pese a los cortes defectuosos y un exceso de acentuación de los rojos y naranjas; una maniobra técnica del director para tratar de dotar de más “ardor” a las escenas sexuales y todo lo contrario a lo que, según explicamos en otro artículo, empleaba Mario Salieri en sus producciones. Taboo, además, tiene unos insertos de audio para las escenas de sexo oral que sonrojarían a medio Desembarco del Rey.

La película generó su dosis de escándalo en el público, pero quizás no tanta como se hubiera podido esperar. Kay Parker se vio tanto increpada por detractores como apoyada por defensores de su trabajo; en cualquier caso, su fama se disparó. La historia se convirtió también en objeto para el cachondeo: el cómico Adam Carolla incluiría en algunos de sus shows chistes sobre las secuelas que siguieron a cuenta de las inverosímiles situaciones familiares que en ella se daban. Porque el éxito de la producción hizo que surgieran segundas y terceras y cuartas partes con apariciones de su ya popular protagonista —aunque de forma algo más secundaria— hasta la tercera entrega. Hay opiniones que incluso llegan a afirmar que alguna de estos trabajos posteriores superó al que lo empezó todo. Taboo 2 retomaba el tema del incesto pero con un rondo familiar completo de padre, madre, hermano y hermana, donde a lo largo de la trama se iban ejecutando todas las permutas heterosexuales posibles  entre ellos. También los hay que opinan que la mejor es la cuarta, probablemente por la aparición destacada de una jovencísima y reluciente Ginger Lynn con apenas un año de carrera a sus espaldas.

No se iba a quedar ahí la cosa. El título de Taboo aparecería en las carátulas de hasta veintitrés películas durante veintisiete años, convirtiéndose en una de las series de porno argumental más largas de la historia del género y duraderas hasta el momento actual (la última es del año 2007). En su recorrido —si bien con diferentes calidades y el tema del incesto apareciendo con diferentes caudales— la serie ha vivido diferentes épocas del porno americano, viendo su caída y resurrección, viviendo la llegada del minimalismo argumental, y todas las modas estéticas posibles, desde la proliferación de la silicona y las melenas rubias de bote cardadas hasta los tatuajes y el anillado corporal. También, como es lógico, tuvo en su reparto a actores y actrices de diferentes quintas. De entre ellas podríamos destacar a Nina Hartley, Sunny McKay, Misty Rain, Draghixa, Inari Vachs o Aurora Snow entre tantísimas; y de entre ellos a Ron Jeremy, Randy West, Joey Silvera, Hershel Savage, Mike Horner, Randy West o Vince Voyeur. En el mundillo, para los actores, seguramente hacer “una de Taboo” debía de ser como el equivalente a salir en “una de Bond”. Por otra parte, en cuanto a la dirección, Kirdy Stevens se ocuparía de las siete primeras entregas, pasando luego el relevo a nombres como Henri Pachard, Alex DeRenzy, F. J. Lincoln o Michael Zen. El propio Pachard en el 1985 recogería el polémico pero llamativo tema del incesto para rodar Taboo American Style, una obra en cuatro partes con una trama más de culebrón de clase media-alta americana, menos puntos de comedia y más de drama. Fue una de las obras de referencia del cine para adultos de ese año, pero su buen trabajo no dejaba de ser deudor del paso arriesgado que dio la película de Stevens, cinco años atrás.

Foto Cartel Taboo 2Por lo que se refiere a la saga de Taboo, sus argumentos verían también tramas de culebrón y teleserie, aderezados con secuestros y chantajes, el uso de familiares gemelos, visitas a turbios clubs de cuero, látigo y lencería de cadenas, algún que otro fenómeno paranormal —Randy West cantando en unos minutos de metraje al estilo musical al principio de la séptima entrega— y la aparición del ocasional tipo desnudo con máscara de gorila. También circularían por allí todas las profesiones tópicas de la novela romántica popular americana de las que el porno de esa misma nacionalidad de finales de los ochenta y noventa tiraba en busca de obtener algo parecido a una caracterización de personajes y el desarrollo de un guión: escritores frustrados, psicólogos pasmados, cowboys urbanos y ladronas de guante blanco enfundadas en negras mallas. No dejará de tocar tampoco en alguna entrega el manido tema de la muchacha inocente que vive su despertar sexual de la mano del ya no tan misterioso tutor desapegado emocionalmente del resto del mundo, mostrándonos el aburrido proceso de despendoleo académico que ya todos los seguidores de este género nos sabemos. A ver qué día alguien nos ofrece la vuelta de tuerca de este clásico tema y se atreve a enseñarnos el mismo proceso pero en un joven frikikomori despertado a la vida y al sexo por la cruel, pero en el fondo sensible, jefa del departamento de teleoperadores en el que trabaja. Por ejemplo.

Por otra parte —y precisamente quizás buscando algo de esa necesaria innovación— algunos directores de las últimas entregas ignoraron la temática sobre el incesto, cambiando este tabú por otro de su elección, dándole a la serie algo de variedad, pese a salirse de la línea que le dio la fama. El mejor quizás de estos aventurados experimentos fue el que propuso Red Ezra con la vigésimo primera entrega: Ezra no prescindía completamente del componente familiar, pero ambientaba su historia en el Mississippi de los años 20, donde el tabú que escondía el título de la serie resultaba ser el sexo interracial. Una trama simple con un punto de noir, algo de atrezzo vintage, buenas localizaciones y veraniegas escenas de sexo campestre en la América sureña daban como resultado una producción interesante, original y caliente. Quizás sirvió también para quitar el extraño sabor de boca que dejó la entrega anterior de James Avalon, en mi opinión, el más fallido de esos experimentos, titulado Taboo 2001: A sex odyssey. Avalon rodó un pastiche variado de ciencia-ficción sobre un futuro en el que el tabú era la mera práctica del sexo —incluso su mero pensamiento— sobre el que aglutinaba elementos e ideas sacadas de Blade Runner, Matrix, Minority Report y 2001, buscando un patente efectismo visual. Aunque —acorde con las limitaciones presupuestarias de una producción pornográfica— las localizaciones futurísticas que nos enseñaba no distaban mucho de cualquier discoteca con iluminaciones con láser y focos de colores. Al final, todo aquello terminaba por dejar escenas para el pasmo general, como el “homenaje” al monolito de Kubrick a inferior tamaño y con forma, sí, de falo.

No podríamos concluir este artículo sin desvelar el destino siguiente de su estrella protagonista. Tras Taboo, como decíamos, Kay Parker participó en la segunda y tercera películas aunque con un papel algo menos destacado, si bien su nombre como actriz alcanzó el estatus de estrella a raíz de la película original, generándole gran fama y dándole numerosos papeles protagonistas en producciones posteriores. No solo las películas en las que participó “después de” se vendían como churros por su presencia en ella, sino que obras anteriores como Sex World se revendían con su nombre destacado en la carátula. Después de diez años de carrera y unas setenta películas —entre pornográficas y eróticas— a sus espaldas, a mediados de los ochenta abandonó la industria del cine para adultos: la llegada del vídeo, los bajos presupuestos y el empobrecimiento de los guiones mataron los aspectos que más le gratificaban de su profesión como actriz porno. La irrupción del SIDA en la industria y su subsiguiente alarma mediática también le influyó como a otros actores y actrices que se retiraron en esas fechas. Tuvo, sin embargo, un par de regresos eventuales. Participó en la novena entrega de la película recuperando brevemente el papel de Barbara Scott sin escenas sexuales de por medio. También, a mediados de los noventa, ejerció como directora de la película Tantric guide to sexual potency, dando salida a la que sí resultó ser su vocación y ocupación posterior, la de consultora espiritual, que aun ejerce desde su propia página web. En ningún momento, afirma, se ha arrepentido de su pasado como actriz porno, si bien constataba incluso en los años en los que se dedicaba a ello, que “sexo es lo que hago, no lo que soy”. Amante de las conversaciones largas y profundas, parece haber conseguido llevar el antiguo fetiche, ahora rol, con el que alimentó fantasías en Taboo a un plano más elevado, muchísimo menos físico, pero con ambición universal. Porque, irónicamente, Kay Parker jamás llegó a casarse ni a tener hijos. Cuán bien interpretaría su papel en aquel entonces que devino madre de culto sin jamás llegar a serlo. Hecho que probablemente no deja de alimentar, de nuevo, épicas, mitos y fantasías, ya que, de alguna forma, se convirtió en madre de nadie y al mismo tiempo, dentro de un universo eidético muy específico, en la madre de todos.

Kay Taylor Parker