Guinness is good for you

Guinness is good for you
Una taberna en Galway, Irlanda. Foto: Giuseppe Milo. (CC) guinness

Hace casi quince años, el 24 de febrero de 2007, sonó el «God Save the Queen» en Croke Park. Esto, así puesto, no dice nada. Pero fue un momento histórico. Y lo sigue siendo ahora que ha pasado más de una década, porque muchos creen que aquel fue el instante en el que de verdad empezaron a curarse las heridas de las relaciones entre Inglaterra e Irlanda. Croke Park es el estadio icónico de Dublín donde se celebran los encuentros más importantes de los Juegos Gaélicos, unos deportes típicamente irlandeses —el fútbol mezcla de fútbol y rugby, el hurling que parece hockey…— con siglos de historia y de mitos construidos políticamente detrás. Croke Park es también el primer sitio donde Irlanda tuvo un Domingo Sangriento, en 1920, cuando en pleno proceso de independencia el ejército británico irrumpió en el estadio lleno, abrió fuego y mató a catorce irlandeses. Croke Park es además un recinto centenario en el que nunca se había permitido que se jugara a «juegos extranjeros», que es como llaman los irlandeses al fútbol y al rugby inglés. Así que cuando se supo que Irlanda e Inglaterra disputarían un encuentro de rugby en Croke Park, cuando se supo que el himno inglés sonaría en el estadio dublinés, en esa catedral de la religión gaélica, de lo irlandés puro, de la historia, todos se echaron a temblar. Y al final pasó lo que tenía que pasar: nada. Sonó el himno por los altavoces, cantaron los ingleses y muchos irlandeses aplaudieron. Todo normal. Ni se quebró la tierra, ni se cerraron los cielos ni se apareció el fantasma del guerrero mitológico Cú Chulainn

Bien, a mí lo que me gusta de este episodio no es esta parte, sino la que está detrás. Durante décadas estuvieron prohibidos esos juegos extranjeros en Croke Park y en Dublín había otro estadio, Lansdowne Road, para ellos. En realidad, una ciudad como Dublín y un país como Irlanda podrían haberse apañado solo con un estadio para todo, pero, bueno, la historia es así y los símbolos son los símbolos. Pero Lansdowne Road, se decidió, debía ser demolido para levantar un nuevo estadio. Hoy ya existe, se llama Aviva y costó más de cuatrocientos millones de euros. Se construyó ese estadio de nuevo para que allí pudieran disputarse los juegos extranjeros, para que allí se jugara al fútbol y al rugby, para que nos entendamos, porque en Croke Park estaban prohibidos, porque en Croke Park sería una herejía que se jugase al fútbol solo con los pies. Sin embargo, durante los años que duró la construcción del nuevo estadio, de 2007 a 2010 —por eso sonó aquel «God Save the Queen»—, se hizo una excepción y sí se permitieron los juegos extranjeros. Y, una vez hecho ese paréntesis de tres años, con el que ya dinamitaban todo el viejo simbolismo y toda la mitología, ¿por qué no levantar permanentemente el veto? ¿Para qué gastarse cuatrocientos millones de euros en otro estadio? Pues esto es lo que me hace a mí adorar a los irlandeses. Y supongo que es una simple cuestión de familiaridad.

Ellos tienen sus dos estadios. Nosotros, nuestros aeropuertos sin aviones o nuestros museos de arte contemporáneo en cada pueblo o nuestras autopistas. Al final es lo mismo. Me resulta complicado explicarlo, pero son los seres humanos del mundo más parecidos a un español que me he encontrado. Cada vez que los trato, lo pienso. Vale, sí, hablan diferente. Vale, sí, el Mediterráneo equipara mucho a los pueblos de sus orillas. Vale, cualquier diferencia es cierta. Pero me parecen todas anecdóticas. Nuestras historias recientes son parecidas. Somos países de granjeros y catetos, básicamente, que tuvimos nuestra guerra interna. Ellos, contra Inglaterra. Nosotros, contra nosotros mismos. Y nuestra posguerra, claro. Y nuestra emigración, aunque a ellos eso de emigrar se les da mejor que a nosotros. El director de cine Jim Sheridan llama a esto, como me dijo en una ocasión, ser un país exportador. «Aquí, cuando hay problemas, como hemos hecho siempre, no reaccionamos, sino que nos vamos», me lo resumió. Tanto ellos como nosotros hemos sido (o somos) países católicos, en los que la Iglesia ha tenido (o tiene) un inmenso poder y todavía una influencia social y política, más aún en el caso de Irlanda. Incluso nuestra historia inmediata ha sido paralela: la burbuja inmobiliaria, la gestión de la crisis, el rescate, el desempleo, el despilfarro de dinero… Hemos pertenecido juntos y bautizado a ese selecto grupo de los países PIIGS. Aunque también es verdad que, en Irlanda, entre los que se han ido —porque allí, en cuanto se ve venir las nubes, no se lo piensan y se escapan a otro país o a otro continente—, y los que han venido —con todas esas multinacionales extranjeras, como Google, Apple o Facebook, que no pagan impuestos pero crean empleos—, se han recuperado mucho mejor que nosotros. 

Durante los años duros de recesión me contaban los irlandeses que circulaba por los bares una broma repetida. Decía que le iban a devolver las llaves del país a Inglaterra y a pedirle perdón por lo que le habían hecho. Ese sentido del humor, esa ironía, por mucho que se busque, no está en otras partes de Europa fuera de España. Yo, al menos, tampoco la he encontrado. Ni sus contradicciones o sus sinsentidos, y no me refiero solo a que Irlanda sea una isla en la que nadie come pescado.

Recuerdo que hace unos años, en Belfast, haciendo un reportaje sobre la situación en Irlanda del Norte, acabé en un pub en la zona oeste de la ciudad. Un local con las ventanas protegidas por rejas y con cámaras en la puerta justo en la frontera entre el barrio católico irlandés y el protestante inglés, la zona cero de los disturbios durante décadas. Aquel sitio estaba lleno de parroquianos del IRA. Literalmente. La mayoría eran tíos que habían pertenecido al IRA, que habían matado por el IRA y que habían estado en la cárcel por el IRA. La mayoría se dedicaba ya, retirados del terrorismo, a aquello que hacían ese día, que era nada. A beber, a pasar las horas muertas sin trabajo entre los suyos y a hacer apuestas deportivas. Aquel día andaban todos viendo en las pantallas los resúmenes de los partidos de las Premier League inglesa. Como descubrí, se podía ser del IRA y fan del Manchester United o del Liverpool. Y aquello debía resultar muy evidente, porque todos ponían cara de sorpresa cuando les preguntaba si no les parecía raro. 

Cosas así también me hacen adorar a los irlandeses. No resulta sencillo describir o tratar de explicar un sentimiento, porque aquí al final hablamos de eso, de cosquilleos, de intuiciones, de sensaciones. De esa motivación que te hace querer o defender algo, aunque sea malo, porque es tuyo o porque es cercano o porque en el fondo, aunque quizá no seas consciente, te estás viendo frente a un espejo. Cada vez que entro a un pub irlandés noto que lo hago a un lugar familiar. A un espacio en el que te sientes en «casa», como llamábamos de pequeños a ese sitio en el que estabas a salvo de ser pillado. A mí esto no me sucede en ningún otro sitio del mundo. No me pasa, desde luego, en los bares ingleses, donde veo bebedores individuales y sórdidos. Y no es una cuestión de litros ingeridos de cerveza, sino de cómo beber y con quién hacerlo. Con los irlandeses, además, se bebe bien, qué demonios. Esas pintas de Guinness, esa cosa social de beber en grupo, esos bares en los que suena música tradicional, que todos conocen y que todos cantan y que después de cuatro pintas también te suena —aunque parezca raro y aunque no entiendas la letra— un poco tuya. O esas charlas largas hablando del tiempo, porque no hay nada más irlandés que hablar del tiempo. Porque, seguramente, si no fuera por ese clima tan malo que tienen, si no fuera porque, como dice allí mi amigo Paul, sus «dos días favoritos del año son Navidad y verano», serían mucho más parecidos aún a nosotros.

Aunque todo esto que digo, claro, podría refutarlo cualquier antropólogo o cualquier sociólogo y yo no protestaría. No tengo forma científica de demostrarlo. Solo todas esas sensaciones acumuladas. Y eso que sé que quizá me equivoque, y que quizá sea ese precisamente el éxito de Irlanda: haberse convertido en el mejor producto de marketing de la historia. Porque si, como decía la famosa y recurrida frase de Rilke, la verdadera patria del hombre es la infancia, hay una gran parte del mundo que parece haber nacido en Kilkenny, haber crecido en Cork o haber pasado las mejores vacaciones de la niñez en Galway. Solo así se entiende que un país de menos de cinco millones de personas tenga una diáspora de más de setenta que reclaman sus raíces irlandesas, o que una pequeña isla logre que cada marzo se tiñan de verde por San Patricio las fuentes de muchas ciudades del mundo y que a cada nuevo presidente de Estados Unidos se le rastree su árbol genealógico hasta encontrarle un pariente irlandés vivo y se le invite a visitar el pueblo recóndito donde viva.

Decimos que todos somos Francia o que todos somos Bélgica, pero es mentira. En realidad, todos somos un poco Irlanda. Salvo los ingleses. Para todos tiene algo de familiar, y no creo que sea solo el efecto de los bares que abren iguales por todo el planeta. O, quién sabe, quizá sí, tal vez sea simplemente eso: haber creado un refugio secreto universal en el que sentirte en casa estés dónde estés. A fin de cuentas, estamos hablando de la misma gente que en 1929 creó un eslogan para su cerveza —«Guinness is good for you»— y que no lo ha cambiado nunca. Para qué hacerlo, por qué complicarse, si llevaban ya razón entonces.


Solo puede quedar uno: historia y reforma del sistema electoral mayoritario

Foto: The Kheel Center (DP).

«Me gustaría decir que ha sido una foto finish, pero lo cierto es que el resultado es claro. Soy un apasionado defensor de la reforma pero cuando la respuesta es tan contundente no hay nada que hacer que no sea aceptarla». Con estas palabras y cara contrita compareció el  ex vice primer ministro Nick Clegg para valorar los resultados del referéndum. Un punto del acuerdo de coalición entre los conservadores y los liberal-demócratas era realizar un plebiscito sobre la reforma del sistema electoral de la Casa de los Comunes. El 5 de mayo de 2011 la participación alcanzó un 42,2 % del censo y el portazo al cambio fue sonoro: el 67,9 % dijo que no.

La del voto afirmativo era una lucha contra la tradición. Una de las señas de identidad de los países anglosajones, de Inglaterra en particular  —los escoceses tienen otro sistema para sus elecciones a Holyrood—, es el conocido como sistema mayoritario simple o sistema first-past-the-post. Este modelo es relativamente sencillo y ha sido trasplantado tal cual a casi todas las colonias británicas desde la India a Canadá o a Estados Unidos. El territorio se divide en distritos con una población equivalente y en ellos se escoge un solo diputado. Y como en Los inmortales, solo puede quedar uno, así que aquel candidato que consigue la mayoría simple de los votos es el que obtiene el acta. 

En muchos foros anglófilos se escucha alabar este sistema por su cercanía, por su sencillez, por la estabilidad que da a los gobiernos. En otros se lo critica por su poca representatividad y por penalizar a las minorías. En todo caso su origen dista mucho de ser objeto de un diseño premeditado y no es la primera vez que fracasa su reforma.

La mano de la historia

Un elemento crucial para el modelo representativo es el sistema que se emplea para escoger a aquellos que llevan la voz de los ciudadanos a las instituciones. Como sabemos desde Condorcet a Arrow, con las mismas preferencias sociales y diferentes reglas el resultado puede ser bien distinto. Precisamente por su importancia, la técnica de los sistemas electorales se fue depurando con el tiempo. 

En la Europa del XIX los sistemas electorales solían basarse en distritos multipersonales mayoritarios. Es decir, en cada distrito se elegía a varias personas y el elector podía marcar tantas «cruces» como cargos a repartir. Por ejemplo, si en Edimburgo se elegía a cuatro diputados, el elector podía marcar cuatro cruces y se escogía a los que consiguieran el mayor número de votos. Cuando el rentista con derecho a voto iba al colegio electoral —el sufragio era restringido—  no había algo así como una cabina o una papeleta estandarizada. Lo normal era que el votante anotara allí mismo sus candidatos o trajera los nombres escritos de casa.

A medida que las elecciones fueron haciéndose una práctica más regular, y los partidos empezaron a ser más competitivos, el sistema fue evolucionando. Muchos candidatos del mismo distrito tenían intereses comunes o eran colegas en el Parlamento, así que comenzaron a pedir el voto no solo por sí mismos sino también por sus aliados de distrito. Para ello comenzaron a seguir una peculiar estrategia: hacer papeletas impresas con su nombre y el de sus colegas. Habían nacido las listas cerradas y bloqueadas. Todos los diputados de la circunscripción, gracias a que las listas se fueron extendiendo, recaían para el partido que obtenía la mayoría simple —cuyos integrantes coincidían casi a la par en votos—. Mientras, los candidatos independientes fueron desapareciendo ya que las minorías sistemáticamente quedaban sin representación. 

Ante esta situación los sistemas se fueron reformando. La vía inglesa fue la partición de esos distritos en más pequeños —fue un proceso que duró todo el siglo— hasta convertirse tras la II Guerra Mundial en el actual sistema con un solo representante. Este proceso de redistritamiento tuvo consecuencias que harían que el ejecutivo terminara por imponerse al Parlamento. Los distritos cada vez eran más poblados y las viejas redes clientelares ya no servían para ganarse a los electores, que fueron aumentando progresivamente gracias a la expansión del sufragio. Ahora hacía falta mostrarse en los periódicos como el campeón de tus electores. La gestión de la cola de asuntos y mociones en el Parlamento fue lo que hizo que progresivamente, como árbitros, los diputados se fueran plegando al ejecutivo y a los líderes de los partidos.

Así es como tories y whigs se fueron formando hace dos siglos, partidos de notables ligados a este clásico sistema electoral. La cosa comenzó a zozobrar cuando el Partido Laborista empezó a llamar a la puerta. Justo por aquellas fechas, cuando algunos diputados de izquierda empezaban a dejarse ver por Westminster, llegó un nuevo modelo del otro lado del Canal. Muchos países empezaron, arrancando con Bélgica en 1899, a adoptar sistemas electorales proporcionales. El país de Victor D´Hondt inició un contagio que terminaría llegando a casi todos los países europeos para principios de la Segunda Guerra Mundial. Esta reforma en algunos países, como por ejemplo Dinamarca o Italia, llegaría a aprobarse con amplios consensos e incorporando en las mismas leyes paquetes de carácter educativo y social. 

El debate, como es natural, terminó llegando al Reino Unido. Entre 1883 y 1885 el Gobierno liberal de Gladstone se planteó la idea pero no llegó a aprobarse y se optó por una estrategia de cooperación entre los liberales y los laboristas. El candidato más débil de los dos se retiraría para favorecer una alianza electoral que derrotase a los conservadores. El éxito de esta estrategia en 1906 terminó de persuadir a los liberales de que mantener el sistema electoral vigente era buena idea. Aunque entre laboristas la reforma era más popular, su líder y futuro primer ministro Ramsay McDonald insistió en que había que mantenerlo a toda costa. Su tesis se impuso en la conferencia del Labour en 1914: «Un sistema proporcional podría ayudar en el corto plazo, pero el actual terminará ayudando más tan pronto el sufragio sea universal y permita barrer a nuestros competidores por la izquierda».

La historia le dio la razón. En 1917 y 1918 se votaron mociones en el Parlamento para aplicar un sistema proporcional en el Reino Unido. Aunque la primera solo descarriló por siete votos de diferencia, los conservadores se oponían por sistema y los diputados liberales, aunque divididos, también eran reacios. Solo los laboristas estaban en su mayoría a favor. Sin embargo, en 1922 la desastrosa campaña liberal valió a los laboristas ser por primera vez el primer partido de la oposición, con ciento noventa y un diputados frente a los ciento cincuenta y cuatro liberales. Ya no había pacto ni colaboración posible y, de nuevo, solo podía quedar uno. Así que cuando en 1924 se volvió a votar la reforma electoral todos los liberales estuvieron a favor y… los laboristas en contra. 

Uno suele querer una reforma electoral cuando el sistema le perjudica y desde aquel momento el sistema a quien beneficiaba era al nuevo partido de izquierdas. Mientras, los liberales se fueron volviendo irrelevantes y el sistema electoral mayoritario inglés, el first-past-the-post, siguió demostrando su poder a la hora de favorecer una competición a cuatro manos. 

Los efectos del sistema first-past-the-post

Todos los sistemas electorales cumplen por definición el principio del sheriff de Nottingham, robando escaños a los (partidos) pobres para dárselos a los (partidos) ricos. La discusión está en la medida en que se considera tolerable y en sus implicaciones políticas. Si el sistema es proporcional es más probable que exista multipartidismo y Gobiernos en coalición, con todo lo que supone de negociación entre élites, posible inestabilidad o dispersión de responsabilidades políticas. Si el sistema es mayoritario tenderá a haber más gobiernos de un solo partido y menor pluralidad política, pero también mayor facilidad a la hora de identificar al culpable de una mala gestión y echarlo del Gobierno. Se suele plantear que hay que elegir entre ambos modelos y que el first-past-the-post es un extremo. 

En el caso del sistema británico su peaje en proporcionalidad es de los más altos del mundo. Este sistema refuerza las dos opciones más votadas en cada distrito; bien porque los demás votos se pierden, bien porque los votantes hacen voto estratégico para no malgastarlo, bien porque nuevos partidos prefieren no competir al no tener ninguna oportunidad. Esto, que se estudia desde Duverger, no implica necesariamente bipartidismo si las «parejas de baile» son diferentes. Por ejemplo, en Escocia los dos principales partidos son el SNP y los laboristas mientras que en Inglaterra son laboristas y conservadores. El resultado final es un Parlamento plural pero tendiendo a haber dos competidores fuertes por territorio. 

Además, aunque se dice que este sistema favorece la rendición de cuentas —echar a los partidos del poder más fácil— no siempre está claro. Según se calcula casi un 70 % de los distritos tienden a ser «seguros». Es decir, que hay tanta diferencia entre el primer y el segundo partido que el primero puede poner de candidato a un palo de escoba que ganará igual. Las elecciones solo se juegan en esos distritos que pueden cambiar de manos. Un ejemplo clásico es la elección general de 2005. Los laboristas perdieron diez puntos y solo quedaron tres puntos por encima de los conservadores. Sin embargo, como el castigo estuvo mal distribuido territorialmente  —aunque por menos margen, siguió quedando primero en muchos distritos—, Tony Blair pudo disponer de una nueva mayoría absoluta con apenas el 35 % de los votos. 

Los defensores de este sistema alegan que, pese a su desproporcionalidad, favorece la cercanía entre diputado y representado. Es cierto que los diputados muestran un interés por su distrito muy superior al de un sistema de listas cerradas y bloqueadas. Tienen oficinas allí, se reúnen con sus electores y plantean vivas preguntas parlamentarias. Sin embargo, no es del todo cierto que ello se traduzca en un quiebro de la disciplina parlamentaria. En el Reino Unido los diputados terminan votando casi el 99 % de las ocasiones con su partido, lo que es lógico cuando el Gobierno depende de la mayoría parlamentaria para sobrevivir. Ahora bien, eso no significa que los diputados sean meras figuras decorativas; son importantes dentro de los partidos británicos y no pocas veces terminan siendo los que apuñalan a sus propios líderes. 

Algo que se plantea como inconveniente es que el sistema se presta a la manipulación. Es el conocido riesgo de gerrymandering, que permite la modificación de los límites territoriales para obtener mayorías afines, dejando siempre en minoría a grupos sociales adversos —obreros, negros o lo que toque—. Pero por la otra parte el riesgo de clientelismo no es menor ya que los sistemas mayoritarios tienden a favorecer el pork-barrel. Si los diputados dependen solo de sus electores y no tienen que preocuparse por el gasto que se haga en otros distritos, lo normal es que pugnen por satisfacer las necesidades de sus circunscripciones. Como han señalado bastantes autores, los sistemas proporcionales suelen asociarse con más gasto público en servicios sociales mientras que los sistemas mayoritarios lo hacen con gasto en infraestructuras, un gasto que los votantes puedan ver y tocar. Esto puede llevar a inversiones descabelladas para venderse ante los electores y es especialmente frecuente en Estados Unidos. 

Pese a ello, los sistemas mayoritarios first-past-the-post han demostrado una notable resistencia y casi nunca se han reformado. Tiene cierto sentido que un sistema que tiende a arrojar mayorías absolutas no quiera ser modificado por el que se beneficia de ellas. Quizá la única excepción es Nueva Zelanda. En ese caso sus ciudadanos, descontentos con las políticas de los partidos clásicos, con nuevos partidos en emergencia y una crisis económica importante, impulsaron un referéndum por el imprudente compromiso del primer ministro laborista. El resultado final fue la reforma hacia un sistema mixto de corte alemán y, pese a todo, las encuestas señalan que a muchos les gustaría volver al antiguo sistema. Los británicos no se la han querido jugar.

El referéndum de 2011

«Actualmente el Reino Unido emplea un sistema first-past-the-post para elegir a sus miembros de la Cámara de los Comunes. ¿Debería cambiarse por el sistema de voto alternativo?». Esta fue la pregunta que se hizo a los británicos el 5 de mayo de 2011. El sistema de voto alternativo, también conocido como «primera vuelta instantánea», no era la primera vez que se discutía. El Gobierno de Gordon Brown en 2009 planteó esta idea y habló de la posibilidad de someterla a consulta pública. El sistema propuesto es relativamente sencillo. Se continuaría escogiendo un diputado por distrito pero los electores podrían poner un ranking de preferencias a cada uno de los candidatos. Pasarían a ser escogidos automáticamente aquellos con el 50 % de primeras preferencias. ¿Y qué pasaba si no había ninguno que cumpliera el requisito de la mayor? Se anularía el candidato que menos tuviera y se sumarían las segundas preferencias, repitiendo el proceso hasta lograr una mayoría absoluta.

El argumento que manejaron algunos laboristas y recogieron los liberal-demócratas era que este sistema daría más legitimidad a la elección. No bastaría con un voto más para ser elegido, haría falta la mayoría absoluta, luego sería un resultado más justo. Gracias a continuar con un solo candidato por circunscripción se mantendría la cercanía con el diputado propio del sistema pero los electores podrían marcar sus preferencias de manera sincera —no votando por el menos malo con la nariz tapada—. Además, podría favorecer a los candidatos menos extremos, aquellos que generaran menos rechazo, porque podrían acumular más segundas preferencias. Ni que decir tiene que esto era particularmente interesante para los liberales, situados en un punto medio entre el Labour y los conservadores.

Cuando los referéndums se hacen sobre cuestiones complejas los votantes suelen fiarse mucho de lo que les dicen sus partidos y en este caso no fue una excepción. Los conservadores, pese a haber transigido con el referéndum, hicieron campaña a favor del no. Su argumento principal no fue solo tradicional, sino que también alertaban sobre que los Gobiernos de coalición podrían volverse la norma en el Reino Unido. Los liberales, como es normal, hicieron campaña masiva por el sí pese a que el voto alternativo no era su reforma preferida, sino el sistema proporcional de voto transferible de Irlanda. En todo caso, lo consideraban un avance. Por último, los laboristas se dividieron casi por la mitad. El ya dimitido líder de los laboristas Ed Miliband pidió el voto afirmativo, pero casi cien diputados y conocidos exministros como David Blunkett o Lord Prescott pidieron el no. En parte por convicción, en parte para hacer más inestable el Gobierno. 

Como es conocido, finalmente el no se impuso con claridad y la reforma del sistema electoral británico quedó aplazada sine die. El resultado no supuso la quiebra del Gobierno de coalición pero sí un duro golpe para los liberal-demócratas. Porque un sistema electoral es difícil de reformar pero cuando, como en el Reino Unido, está tan ligado a la historia política de un país es un reto complicado como pocos. Veremos si hay quien escarmienta en cabeza ajena.


Masturbación con soga al cuello, coprofagia, pornografía y chutes de heroína: la amena vida privada de los políticos británicos

Mandy Rice-Davies, una de las protagonistas del caso Profumo, a su salida de los tribunales en Old Bailey en julio de 1963. Fotografía: Cordon Press.

Contó Ian Gibson que cuando los victorianos tramitaron en el siglo XIX la legislación contra la homosexualidad no tuvieron en cuenta el lesbianismo porque nadie se atrevía a explicarle a la reina en qué consistía. Es curioso, porque si ha habido un país obsesionado con el sexo en este mundo ese ha sido la España católica, especialmente durante el periodo franquista, pero parece que el pudor británico caló mucho más hondo que nuestra cegadora luz de Trento. Tal vez el tabú se deba a que fue uno de los países civilizados que más tardaron en abolir los castigos corporales en la escuela. Hasta 1986 estuvieron flagelándose las posaderas en los colegios. Culpa y rectitud están en el ADN nacional británico, con todas repercusiones sexuales en el individuo que acarrea semejante cóctel. Y lo prueba el hecho de que si yo, un humilde españolito lector de prensa, tuviera que pensar qué es lo que más me ha impactado a lo largo de toda mi vida de la actualidad llegada del Reino Unido, no fue ni la guerra de las Malvinas, ni los terribles años de Thatcher, los atentados del IRA o la clonada oveja Dolly; para mí el Reino Unido se traduce clara e inequívocamente en el manantial de un fenómeno concreto: los escándalos sexuales de políticos. 

Nuestros eximios representantes no es que se corten un pelo a la hora de romper a follar con quien se tercie, pero por una cuestión de discreción y vergüenza, no pocas veces de la ajena, sus escarceos no se airean. La doble moral está tan asentada en estas tierras latinas que echarle en cara a alguien algo así es hasta contraproducente. Trasquilado salió, por ejemplo, el socialista Miguel Sebastián cuando le sacó una amante a Alberto Ruiz Gallardón en un debate televisado previo a unas elecciones municipales a la alcaldía de Madrid. Aquí estas cosas pertenecen al terreno personal de cada uno y si trascienden es porque los affaires contienen problemas más importantes que el sexual. Como el caso del senador Casimiro Curbelo, por ejemplo, que se llevó a su hijo a un puticlub madrileño donde organizó un altercado con evidentes síntomas de embriaguez y terminó agrediendo a un policía. El problema no era que gustara de irse de putas, sino el abuso de poder. O el de Javier Rodrigo de Santos, ultracatólico concejal de Urbanismo del PP en Palma de Mallorca, que se metía noches toledanas de cocaína y chaperos, de siete en siete, gramos y chavales. Y su afición no hubiera trascendido de no ser porque los servicios los pagaba con la visa del Ayuntamiento y dejó un cargo de 50 804 euros, amén de que también se le acusó de haber metido mano a unos chiquillos de quince años que frecuentaban la parroquia donde su mujer era catequista. Su esposa le perdonó porque entendía según sus creencias que solo se trataba de una enfermedad y la sociedad alucinó un par de telediarios, pero luego siguió a lo suyo. A sus labores, a su paro y a sus deportes. 

Pero en el Reino Unido esto no ha sido así, bastaba una amante para cargarse toda una carrera política. A veces solo la mera condición de homosexual. La excusa inquisitorial era normalmente que sus señorías quedaban expuestos al chantaje del enemigo. Un subterfugio como cualquier otro, pero que sí que hay que admitir que durante la guerra fría podía tener un pase. De hecho, en ese periodo tuvo lugar uno de los escándalos político-sexuales más sonados de la historia británica, el caso Profumo. Aquí nos enteramos los chavales por una canción de Alaska y Dinarama en su época más gótico-siniestra, «Señora Kleenex». Se refería al ministro de Defensa británico, John Profumo, quien tuvo un affaire con Christine Keeler, una bailarina, que a la vez se estaba tirando al capitán soviético Yevgeny Ivanov, reconocido espía en territorio británico. El suceso acabó con su carrera política, pero peor terminó el que organizó la fiesta donde se supone que se conocieron. Un osteópata, Stephen Ward, que se suicidó después, tras ser acusado de proxenetismo por haberles presentado. Tomen nota los que gusten del tan socorrido rol de alcahueta. 

No obstante, la situación de los homosexuales era bastante peor que la de los adúlteros. Hasta 1967, las relaciones entre hombres estaban perseguidas y sujetas a duras sanciones. Jeremy Thorpe, líder de un entonces en auge Partido Liberal, tuvo que ver conforme subían sus votos cómo salía a la luz un romance que mantuvo en los sesenta, cuando estaba prohibido, con Norman Scott, un modelo. Hasta fue denunciado por este de conspiración para asesinarlo contratando a un sicario, Andrew Newton, que a quien sí se cargó de un disparo fue al gran danés del maniquí. Y el de Thorpe fue tan solo el caso más sonado, con la emoción del perro muerto y tal. Porque durante los cincuenta y sesenta muchos políticos cayeron por esta causa. Como William J. Field, brillante diputado laborista que vio hundirse su carrera cuando en 1953 un agente le detuvo mientras hacía cruising en un urinario público del centro de Londres. 

También, en otras ocasiones, los delitos cometidos por el político de turno eran reprobables, nada que ver con lo sexual, pero cobraban importancia precisamente por ese matiz. Un ejemplo fue el caso de John Stonebouse, laborista, condenado por fraude, robo, falsificación y estafa. En el juicio, su mujer alcanzó cierta fama en Gran Bretaña al mantenerse fielmente a su lado, incluso después de que él fingiera haberse ahogado en una playa para escapar de los acreedores. Pero cuando se conoció durante el proceso que había tenido un lío con su secretaria, la cosa cambió. Inglaterra también se sintió engañada y fue mucho más importante la petición de divorcio de su esposa que los veintiún delitos por los que le estaban juzgando. 

El matrimonio es sagrado, ya se sabe. En los setenta, la primera lesbiana reconocida públicamente del Partido Laborista, Maureen Colquhom, no pudo repetir candidatura a su circunscripción por este motivo. Había abandonado la vida matrimonial y se había ido a vivir con la directora de una revista de lesbianas. Demasiado hasta para la izquierda. Aunque en aquellos tiempos la hipocresía en Gran Bretaña era imposible de ocultar. En 1976, el propietario de una cadena de tiendas de pornografía del centro de Londres admitió que pagaba a la policía para que no se inmiscuyera en su negocio, pero también para que los propios agentes vendieran el material más duro. Teníamos a Scotland Yard, por un lado, distribuyendo en las calles el porno extremo y en la Cámara de los Comunes, en 1979, un diputado laborista, Wille Hamilton, descubrió un armario «lleno hasta los topes» de publicaciones clasificadas equis. «Hay al menos sesenta volúmenes de libros pornográficos que se mantienen bajo llave. Diputados de todos los partidos y especialmente conservadores muestran un interés especial en estos temas», se quejó inútilmente. 

Un año antes la policía ya se había encontrado en un autobús un paquete lleno de pornografía infantil, que, investigación mediante, se averiguó que pertenecía a un diplomático, Sir Peter Hayman. Además, rastreando el origen del envío, dieron con un piso en el que el político almacenaba más material pornográfico y cuarenta y cinco diarios en los que describía sus fantasías sexuales con prostitutas y niños. Al menos al final el servicio secreto decretó al concluir la investigación que la seguridad del reino no había estado en peligro por las debilidades de Hayman. Caso contrario que el de Geoffrey Prime, un funcionario de la Royal Air Force acusado de agresiones sexuales a niñas menores de edad. La policía descubrió en su casa un archivo con 2287 fichas con teléfonos recopilados de anuncios en prensa de adolescentes. ¿Era un pervertido más? Sí, pero no. O no solo eso. Hundido al ser descubierto como pederasta agresivo y metódico, le confesó a su mujer un detallito más sobre su pequeño espacio de intimidad tan necesario en la pareja: también era espía soviético. Ella le denunció ipso facto, Scotland Yard volvió a registrar su casa y, efectivamente, encontró todo el kit. Códigos de radio y cámaras en miniatura. Geoffrey trabajaba en el cuartel general del Foreign Office descifrando los mensajes y señales del Pacto de Varsovia. 

Lo gracioso es que mientras en el resto del mundo se iba digiriendo la revolución sexual de los sesenta y setenta, en Reino Unido, con Margaret Thatcher, la cosa no hizo sino empeorar en su nivel de puritanismo en las altas esferas. En 1983, la prensa británica no se preguntaba por cabos sueltos de la guerra de las Malvinas del año anterior. El 7 de octubre los diarios londinenses abrieron con una pregunta: «¿Desde cuándo sabía Margaret Thatcher que su ministro de Industria mantenía relaciones amorosas extramatrimoniales?». Ya ven qué drama. Cecil Parkinson acababa de dejar preñada a su secretaria. El quid de la cuestión era que la Dama de Hierro tenía que conocer sus hazañas sexuales porque durante la guerra contra Argentina se debió estrechar el cerco de vigilancia sobre los políticos, una vez más, susceptibles de ser chantajeados por el enemigo. Delirante. 

En defensa de este ministro llegó a haber hasta una avioneta dando vueltas sobre el edificio donde se celebraba el 100.º Congreso del Partido Conservador con una pancarta que decía «No echéis a Cecil». Pero, antes de la clausura del acto, presentó su dimisión. La jerarquía de la iglesia anglicana había pedido su cabeza. «Si alguien no es capaz de ordenar dignamente su vida privada difícilmente podrá ordenar la pública», sentenciaron los curas y los tories obedecieron. En la prensa hubo después un acalorado debate. El Daily Telegraph se quejaba porque la secretaria no había abortado para evitarle la ruina política al ministro. Y el Times, por el contrario, decía que la política no podía justificar un aborto. Para salvarle la reputación mínimamente, un compañero de filas declaró a este diario que Parkinson le había ofrecido en innumerables ocasiones a su secretaria casarse con ella, pero no sirvió de nada. 

Y en 1984, solo un año después, cayó Keith Hampson, secretario del ministro de Defensa, Michael Heseltine, por haber sido detenido en un club gay de Londres. El diputado hizo un «asalto obsceno» a un policía de paisano que estaba en el garito. El suceso sirvió al menos para poner de manifiesto en pleno 1984 el exceso de celo de la policía británica para perseguir la homosexualidad en los lugares públicos. «Estamos hartos de que policías con aspecto de homosexuales vengan a nuestros locales, esperen a que alguien les haga una señal y, a renglón seguido, lo detengan por indecente», declaró airado el propietario del club donde empapelaron al aludido diputado conservador. Nuestra opinión sobre la causa de ese exceso de celo de Scotland Yard nos la reservamos para no desencadenar un incidente diplomático. 

La situación era más chunga que en nuestro propio país, donde también, incluso con la democracia, había acoso a los homosexuales en sus bares o clubes de reunión, pero en casos aislados, no en campañas metódicas y concienzudas como se denunciaba en el Reino Unido. La prueba fue que, cuando se debatió en la Cámara de los Comunes por estas fechas qué clase de enseñanza se daba en los colegios sobre la homosexualidad, la sesión fue una trifulca de mucho cuidado. Los laboristas pretendían que la homosexualidad fuese enseñada como una relación familiar aceptable —ahí nos llevaban ventaja— pero los de Thatcher lograron tumbar la propuesta entre gritos de «fascistas» y menciones a los campos de concentración de Himmler donde se exterminaba a los que lucían el tristemente célebre triángulo rosa. Ni siquiera los liberales lograron colar que se explicara a los alumnos que la homosexualidad era una opción sexual más, para los conservadores se trataba de un principio bíblico: era intrínsecamente mala e inmoral. Desgraciadamente, años después, Ron Brown, el diputado laborista que más se significó en esta iniciativa, tuvo que responder ante la ley por destrozar los muebles del piso de su amante, Nonna Longden, que le había dejado por otro. Todo encajaba en sus mentes cuadriculadas. 

Tener una amante era el fin de la carrera política de un diputado automáticamente. Le ocurrió, en el mismo año que a Ron Brown, a Sir Anthony Meyer, rival en las filas conservadoras de Thatcher, cuando el Sunday Mirror publicó que durante veintiséis años tuvo una amante, cantante de blues para más señas. Cuando la prensa española dio la información, explicó de paso que para los ingleses la tolerancia que mostramos los mediterráneos con este tipo de escarceos allí era percibida como propia de una sociedad machista. Toma tomate. 

En este sentido, en 1992, un organismo independiente, la Comisión de Reclamaciones de Prensa británica, proclamó que la vida privada de los políticos era de interés público. La sentencia tuvo lugar días después de que los medios denunciaran que en ministro de Patrimonio Nacional, David Mellor, tenía como amante a Antonia de Sancha, actriz británica de padre español. Los tabloides se lo pasaron pipa con este romance. Contaron que Mellor, cuando se acostaba con ella, recitaba a Shakespeare solo vestido con una camiseta del Chelsea. Como premio de consolación tras ver tambalearse su carrera, el diputado fue ovacionado en el estadio del mencionado equipo cuando volvió a ver un partido. El primer ministro entonces, John Major, no aceptó su dimisión, y justo un año después tuvo que querellarse con dos revistas por publicar que tuvo un romance con una de las cocineras de Downing Street, la residencia presidencial. Los cuchillos morales estaban bien afilados. 

Pero se opuso resistencia y para cuando tener una amante o supuesta querida empezaba a resultar irrelevante, los medios se lanzaron a por Steve Norris, viceministro de Transportes, porque en lugar de cuatro amantes, como se había denunciado públicamente que tenía, resultó que eran cinco, tal y como descubrió The Sun. Solo a eso podía jugar ya la prensa, al no va más. El político estaba casado y tenía dos hijos, pero John Major esta vez se puso de lado de su hombre de confianza. En su defensa, además, salieron las diputadas de su partido que reconocieron que tenía «gran popularidad entre ellas» porque las trataba «con mucho más respeto que los demás diputados» y era «amable, afectuoso y divertido». ¿Acaso es delito ser un donjuán? 

Parecía que estaba pasando algo, que por fin cambiaba esa asfixiante sociedad, pero qué va. De eso nada. En 1994, Tim Yeo, ministro de Medio Ambiente, dimitía al conocerse que una de sus hijas era fruto de una relación extramatrimonial con una concejal de su mismo partido, el conservador. Le tocó en gracia que Major en ese momento estuviese llevando una campaña de defensa de los valores tradicionales y propusiera un regreso a los «principios esenciales de la sociedad». El pobre ministro defenestrado declaró: «He sido un loco, es cierto, pero no creo que nada de lo que haya hecho fuera de mis horas de trabajo deba oscurecer mi labor». 

Y en estas andaban, tratando de salvaguardar mínimamente la intimidad de los diputados, cuando apareció muerto en una «compleja sesión de masturbación» el diputado tory Stephen Milligan. Así lo describió Enric González en El País

Al diputado se le paró el corazón mientras se asfixiaba a sí mismo, tendido sobre la mesa de la cocina, con el objetivo de obtener satisfacción sexual. El cable eléctrico ceñido al cuello y la bolsa de plástico sobre la cabeza fueron los instrumentos mortales. La media naranja en la boca, el liguero y las medias, solo compusieron un extraño decorado de una trágica fiesta personal (…) Tratándose de un hombre de solo cuarenta y cinco años, soltero, no mal parecido, popular, diputado y, según sus compañeros de partido, con un formidable futuro político por delante, ¿no tenía un sábado por la noche nada mejor que hacer que travestirse y tumbarse en la cocina para solazarse con unos minutos de masoquismo doméstico? Su familia, sus amigos y sus antiguas novias, que le recuerdan como un hombre sociable y animoso, no consiguen explicárselo. 

Ahí la cruzada por la moralidad de Major hizo aguas. En ese fatídico 1994 también se vio forzado a dimitir el diputado Hartley Booth, casado y con tres hijos, predicador metodista, al que la prensa le descubrió una amante de veintidós años. «Hice lo que tenía que hacer con mi mujer, quererla, durante muchos años», declaró al Sunday Mirror. «Luego llegué al Parlamento y Emily me dejó patidifuso»; la tal Emily era una trabajadora de la Cámara de los Comunes que, oh, ah, antes había posado desnuda. Tras esta lección, pocos meses después, Michael Brown, diputado tory del ala más derechista, vio como News of the World publicó que tenía una relación con Adam Morris, un chico de también veintidós años. Y cinco días después, dimitía además Paul Martin, del Ministerio de Defensa, que también se había tirado al zagal. No se sabe por qué luego dicen que los «diez días que conmovieron al mundo» fueron los de la crisis de los misiles cubanos.

La fiesta no tenía fin. Al año siguiente Rupert Pernnan-Rea, brillante economista, subgobernador del Banco de Inglaterra, también tuvo que dimitir. El hombre había tenido un lío con una periodista económica, Mary Ellen Synon. Se conoce que en un momento dado su mujer, tercera esposa, lo descubrió y le hizo elegir. El banquero se quedó con la familia y la amante montó en cólera. Ya saben cómo es un periodista cabreado. Synon entregó al Sunday Mirror un dosier con todos los datos sobre su romance. Hasta detallaba que follaban en el despacho del gobernador del Banco de Inglaterra y en su baño privado. Pero créanme, a John Major se le quedó peor cara cuando se descubrió un mes después que el doctor Clive Froggatt, asesor médico del Partido Conservador para la reforma del sistema sanitario del Reino Unido, era adicto a la heroína. Le condenaron a doce meses por procurarse la variedad farmacéutica del caballo, la diamorfina, con recetas falsas. Llegados a este punto, la pregunta era por qué los tories nunca habían montado un grupo de rock

Un año más tarde, 1996, le tocó el turno a un diplomático, Robert Coghlan. Le habían destinado a la embajada de Madrid y, en el traslado desde Japón, Coghlan se trajo su colección de ciento nueve cintas VHS pornográficas con menores. Tan seguro se sentía que tenía las casetes perfectamente etiquetadas. Por eso le cogieron en aduanas en una inspección rutinaria. En 1997, a otro diputado conservador, Jerry Hayes, casado y padre de dos hijos, News of the World lo sacó en portada tras descubrir que entre el otoño de 1991 y el invierno de 1993 estuvo liado con Paul Stone, un activista conservador que entonces tenía dieciocho años, cuando por esas fechas las relaciones homosexuales con menores de veintiuno estaban prohibidas en Inglaterra. Su amante lo rajó todo en el tabloide. Cenas caras, estancia en hoteles de lujo y mucho sexo: «Lo que más le gustaba era apretarme contra la puerta de su despacho», confesó a cambio de, suponemos lógicamente, un dinerote. Tres días antes del escándalo, John Major había pronunciado otro encendido discurso en defensa de la familia. Una vez más, en vano. Además, dos meses después, Allan Stewart, diputado conservador escocés, dimitió tras conocerse que tenía relaciones con una mujer casada a la que había conocido, pues nada, en alcohólicos anónimos. Rock and roll a volumen once, kolegas.  

Cambió el Gobierno en los noventa, pero a Tony Blair las cosas en esta materia no le fueron muy distintas. Nada más tomar el poder, tuvo que dejar dimitir a su diputado Ron Davies, asaltado a punta de navaja entre la maleza de un parque frecuentado por aficionados al cruising homosexual. Pero Blair pronto quiso parar esta deriva enfermiza como pocas y cambió la forma de afrontar estos escándalos. A su ministro de Agricultura, Nick Brown, le apoyó sin fisuras tras presentar este su dimisión por la amenaza de un antiguo amante homosexual de contar su romance en la prensa. 

La postura del primer ministro desató una caza del político homosexual en su gabinete. El conservador Lord Tebbit equiparó ser gay a pertenecer a una sociedad secreta, como los masones. Pero Blair no se dejó amedrentar. Y, tal vez por su firmeza, el exministro de Defensa aspirante a la Secretaría General del Partido Conservador, Michael Portillo —hijo de un republicano español, por cierto— confesó abiertamente que tuvo encuentros homosexuales durante sus años de estudiante en Cambridge. La prensa dio a bombo y platillo que uno de sus amantes murió de sida, pero la puerta del armario ya estaba abierta y, en 2002, el diputado tory Alan Duncan fue preguntado en The Times a las claras: «¿Es usted gay?», y contestó: «Bueno, ya que me lo pregunta, pues le diré que la respuesta es sí, por supuesto». Ganar la Segunda Guerra Mundial fue un juego de niños comparado con esta batalla que libraron los gobernantes británicos. 

Mientras todo se normalizaba, el escándalo más grave que tuvo que afrontar el Gobierno presuntamente laborista de Blair fue que el hermano del ministro de Exteriores, Jack Straw, fuese incluido en el registro oficial de delincuentes sexuales por intentar abusar de una menor amiga de la familia. Y también se murió de sida el capellán de la escuela a la que acudían sus hijos, los del propio Tony Blair. Un cura que había abusado de varios alumnos, pero esa pelota caía en el tejado de la Iglesia católica, confesión a la que pertenecía dicho centro educativo. Este solo era uno de los treinta casos de pedofilia que se descubrieron en la segunda mitad de los noventa en la iglesia romana del Reino Unido.

En el siglo XXI, pese a todo, siguió pegando fuerte el moralismo. Boris Johnson, diputado en aquel momento, dimitió cuando se supo que tuvo un idilio extraconyugal con Petronella, hija de otro diputado de su partido, a la que dejó embarazada y obligó a abortar. Era noviembre 2004. En diciembre, David Blunkett, ministro laborista del Interior, dimitió tras conocerse que facilitó un visado a la niñera filipina de su amante, Kimberly Quinn. Y resulta que no era un favor a su amada, pues el político, aparte de esa relación extraconyugal, también tuvo una durante tres años con esa asistenta. Del tremendo culebrón, con varios niños sin reconocer, se perdió el rastro en una sucesión de pruebas de ADN. 

En el partido bisagra, los Liberal Demócratas, no se crean, la cosa era igual o peor. Cuando Charles Kennedy, su líder, tuvo que dimitir por sus problemas de alcoholismo, nada menos, uno de los aspirantes a sucederle, Mark Oaten, casado y padre de dos hijos, fue denunciado como cliente habitual de un prostíbulo donde solía acostarse con un chapero de veintitrés años con el que montaba tríos y, según informó el siempre preciso News of the World, actos de coprofagia. El político liberal se defendió alegando que todo se debió a la crisis de la mediana edad. Igual no mentía. 

El caso es que en otros ámbitos de la vida británica las cosas no eran muy diferentes. Por citar algunos ejemplos, el seleccionador nacional, Sven Goran Erickson, desató una crisis nacional cuando se descubrió que se había acostado con una empleada de la Federación Nacional de Fútbol, que a su vez se estaba tirando también al director general. O el sonado caso de Max Mosley, capo dei capi de la Fórmula 1, del que se publicaron fotos de sus orgías sadomasoquistas con prostitutas vestidas de nazis. Hasta el mayordomo de la reina madre, William Tallon, famoso por los gin-tonics que le servía a la viuda de Jorge VI —«nueve partes de ginebra y una de tónica»—, tenía montado en palacio un templo de dominación sexual homo sobre el resto de sirvientes de la madre de la reina Isabel II, con severos castigos para los que no accedían a sus deseos cuando estaba borracho. Porque el hombre, de paso, era alcohólico. Lo que no se precisaba en las informaciones vertidas era si lo fue por culpa de ponerle semejantes «pelotis» a la reina madre. 

Solo podemos decir que amainó la lluvia de aquelarres, y lo hizo solo un poco, con el cierre de News of the World por el escándalo de las escuchas ilegales hace unos pocos años. Su última tirada fue de cinco millones de ejemplares ni más ni menos. Un final en alto para el diario más vendido de toda historia de la prensa mundial. Rupert Murdoch, mentor internacional de nuestro José María Aznar, cerró el periódico cuando The Guardian destapó cientos de casos de escuchas ilegales por parte de sus periodistas. Pinchaban los teléfonos tanto de los famosos como de los políticos, incluida la realeza, y hasta hubo un pinchazo al móvil de una niña desaparecida y asesinada, el desencadenante final del escándalo. El periódico se cargó a tantos políticos por asuntos de bragueta que, además de vender ejemplares como churros, consiguió que nadie desde el poder se atreviera a poner en cuestión las campañas racistas y antiinmigratorias que Murdoch orquestaba desde sus páginas. Y lo mejor es que la policía conocía de sobra estas prácticas ilegales, pero llevaban muchos años lucrándose vendiendo información al periódico como para ser ellos quienes lo denunciaran. Todo esto ocurrió en el país considerado paradigma de la libertad individual. No es de extrañar, por tanto, que la palabra «libertad» esté tan envenenada hoy día y haya que desconfiar por obligación de todo aquel al que se le llena la boca con ella. En la historia occidental reciente, la Inquisición han sido ellos.


«Ese horrible país llamado extranjero»: los británicos en el continente

Ilustración: Jesús Cisneros.

Enamorado de la politesse a la francesa, Lord Chesterfield describe París como «refugio de las Gracias»; menos impresionado, Horace Walpole simplemente la verá como un amontonamiento de «casas sucias, calles feas, tiendas aún peores e iglesias llenas de cuadros malos». Quizá haya que tener la libertad de espíritu de un Walpole —gran presencia dieciochesca— para deplorar París en tales términos, pero a lo largo del tiempo no fueron pocos los viajeros ingleses que acusaron el desfase entre sus expectativas de belleza entresoñada y una realidad continental mucho más áspera. Así, si «el inglés común» emprendía su voyage en Italie sin más propósito que «arrancar un racimo de la parra con sus propias manos y que una muchacha de ojos negros le sirva el Falerno», Hazlitt, ante las grandezas de Roma, constata con decepción que «el olor del ajo prevalece sobre el olor de la antigüedad». 

Tal vez no fuera el caso de los prohombres citados, pero, ante la imposibilidad de volver del continente con una educación sentimental, muchos británicos iban a regresar con unas bubas sifilíticas. Era, sin duda, la penitencia debida después de cambiar «las arboledas, los ríos y las praderas» de la dulce Inglaterra por «ese horrible país llamado extranjero». Y ya desde el primer aliento del Grand Tour, allá entre los siglos XVII y XVIII, el estamento moralista de las islas no dejaría de arremeter contra el exceso de aquellos milordi que, tras darse a «vinos extranjeros y putas extranjeras», aún podían llegar a la iniquidad de «besar los pies del papa». 

Sería tentador reducir la censura a clérigos tronantes, pero la polémica iba a tener el empaque de un debate nacional: Constable intentó disuadir a sus discípulos de peregrinar en pos de los restos clásicos, e incluso Adam Smith se mostraría contundente: «el típico viajero joven», escribe el escocés, «regresa a casa más presuntuoso, más amoral, más disipado y más incapaz de aplicación» que de haber permanecido en Gran Bretaña. Es el continente como lugar de perdición, y el cliché estaba destinado a conocer tan larga fortuna que, ya avanzado el XIX, el príncipe Bertie cruza el canal y la prensa lo dibuja en el trance de abandonar a la matrona Britannia por una ramera francesa. De la Corona a las gentes del común, Frances Trollope condensa las percepciones con el diálogo de dos londinenses al poner pie en Calais: «¡Qué horrible olor!», se queja el joven; «Es el olor del continente», aclara el preceptor. A saber si no era aquel olor a ajo que sintió Hazlitt en Roma y Victoria Beckham en Madrid. 

A la vista de los precedentes, extraña poco que Sutherland se permita escribir con efectos generales que «el gentleman inglés no va al extranjero», salvo «en tiempos de guerra». En verdad, el gentleman podía moverse a placer dentro de los anchurosos límites del Imperio, llevado siempre del deseo —como postulaba la publicidad tan incorrecta del jabón Pears— de «iluminar los rincones más oscuros de la Tierra». Su noción del continente, sin embargo, quedaría reducida apenas a «Francia y Suiza, pequeñas partes de España y Portugal, partes aún más pequeñas de Bélgica», islas selectas como Corfú, «a pesar de ser griega», y una Italia solo esencial hasta que «tomaron el lado malo» en la última contienda. Para el resto, ahí estaban unos acantilados de Dover que ya la autoridad de Shakespeare consagró como «foso protector» contra esos «países menos venturosos» que, a ojos británicos, han sido, aproximadamente, todos los demás. Sí, guste o no guste, desde aquel «afortunado día» en que un golpe de tierra abrió el Canal de la Mancha, ingleses de ayer y de hoy han pensado que lo mejor que puede haber entre las islas y el continente es el mar. 

*

Alphonse Halimi derribó a Freddie Gilroy, se alzó con el campeonato de Europa de boxeo y, de las mil fórmulas a su disposición para celebrarlo, eligió una de las más sorprendentes: «hoy he vengado a Juana de Arco». Macerada durante siglos, la sobrecarga de rencor entre el continente y las islas ha dado lugar a estas expectoraciones, pero por lo general se ha manifestado en un sentimiento más sofisticado y más oblicuo. Desde la aparición de los primeros tourists por la vieja Europa, en efecto, sus contrapartes continentales no dejaron de alimentar una mezcla compleja de admiración y de rabia —como escribe Huxley— ante «su confianza, su desenvoltura, su manera de dar por hecho su lugar en el mundo, un prestigio que el resto les querrían negar pero no pueden». La riqueza de los británicos era fenomenal: tous riches!, cita Flaubert. Incluso su misma excentricidad parecía revelar, como afirma Morand, su carácter de gran pueblo. Y de Oporto a Nápoles y de Hamburgo a la Riviera, en sus estaciones de recreo, en sus establecimientos mineros o sus vías férreas, la lenidad de costumbres de las colonias británicas —inglese italianato, diavolo incarnato— iba a prender como emulación o como escándalo. De esa crédula fascinación nacería, tan satirizado, el anglómano continental, seducido por una civilización «más atractiva cuanto más de cerca se la viera». 

No pocos, sin embargo, terminarían por recorrer el camino de la subyugación al odio tras comprobar que «el resultado de la anglofilia es un amor rechazado», en tanto que los británicos, según John Lukacs, «suelen alejar de sí a las gentes que los admiran». Esa misma frustración sintió, anglófilo pionero, Voltaire en Gran Bretaña. Y la arrogancia cultural con que los hijos de Albión se acercaban al continente no iba sino a afirmar las distancias: en Francia, Toutain se pregunta cómo soportar que los ingleses consideren que el suyo es «un pueblo de peluqueros y cantores de romanzas»; en cuanto a los españoles, bastante tuvimos con que Richard Ford, allá por los clubes de Londres, trazara similitudes entre la Península y el Níger. Nada nuevo: de las «prácticas españolas», alusivas al fraude laboral, al «valor holandés» que aporta el alcohol, los británicos han tenido una soltura especial para equiparar lo negativo y lo foráneo.

Se ha querido situar el origen de ese excepcionalismo inglés en los tiempos de Cromwell, pero —de ponderar la poesía sobre la historia— también podemos hablar, con Ballard, de la insularidad como «estado del alma». «Una isla es un destino», escribe Llop, que remarca el «peso metafísico» del ser insular, con el mar que otorga «un carácter de frontera, de alejamiento del mundo, de creación de un mundo autárquico». Y si esto es cierto en el Mediterráneo, en el caso británico cobra calidad de paradigma: de la Nueva Atlántida de Bacon a la Utopía de Moro o el Robinson Crusoe, los ingleses han mitificado no poco su propia condición de ínsula extraña. Tal vez esté ahí la proyección de una cultura que —como el personaje de Defoe—  no ha conocido mejores momentos que aquellos de mayor soledad.

Por supuesto, si la lírica no convence, siempre se puede echar mano de la geopolítica y recurrir a la virtud estratégica del «espléndido aislamiento». A esa cláusula se acogió Disraeli, ante los problemas de Europa, para definir a Gran Bretaña como «una potencia asiática». Continente adentro, esa diferencia inglesa permitió al concierto de las naciones mitificar la política británica como «un lago plácido»; en las islas, la conciencia de una separación expresa acompañaría a su vez lo mejor y lo peor del camino nacional. De un lado, ha sido un fertilizante para el jingoísmo y para esas alusiones destempladas a la tierra «que nos dio el Holocausto, la Inquisición y la Revolución francesa», en una retórica de la little England que hoy extiende la peste a la Unión Europea. De otro lado, la asunción de la insularidad ha tenido sus momentos honorables, y cuando Duff Cooper presenta su dimisión tras el Acuerdo de Múnich, se acoge justamente al recuerdo de la política tradicional del país: una lucha contra la tentación de la hegemonía, en todo lo que va de Napoleón a Felipe II y el káiser. Con todo, lo más llamativo tal vez radique en que el celo de la independencia no ha sido mera cuestión de parlamentos y cancillerías, sino que también caló entre los apegos de un pueblo afecto a unas tradiciones vividas como orgullo. Baste considerar que la implantación de los pesos y medidas de origen francés fue vista como «abandonarse a un mar turbulento de revolución y locura». 

«Mártires métricos» iba a haber hasta nuestros días, quizá porque, británicos o no británicos, es difícil separar la idea de Gran Bretaña de aquel país «tradicional, formalista y ocioso» que, con sus guineas y coronas de sabor dickensiano, se afianzó tan hondo en la imaginación continental. No solo en ella: sencillo y llano en sus gustos, el arquetipo de John Bull como representación del inglés medio encarna expresamente una instintividad conservadora frente a las sofisticaciones —y agitaciones— del continente: saludables asados frente a los afeites de la cocina francesa, libertades antiguas frente a declaraciones de derechos, 1688 frente a 1789, tradición —en definitiva— frente a revolución. Y a despecho de los acercamientos, del Jockey Club en París, del rugby en Aquitania o del Stendhal que se esfuerza en aprender inglés, los contactos de orilla a orilla no han sido, con gran frecuencia, sino una añadidura de vejación. 

Tomemos el caso de la actividad —tan gentlemanesca— de la guerra en el continente: es congruente que, tras la derrota de Waterloo, los franceses no guardaran un cariño particular a Wellington; no lo parece tanto que el propio duque confiara en que los ingleses se ganaran a perpetuidad «el odio» del francés. Pero incluso sus aliados peninsulares deplorarían su arrogancia: ha habido pocas complicidades mayores que la de Portugal e Inglaterra, y he ahí que Wellington afirma que la frase más enajenada de su vida se la había oído a un general luso —«¡Acordaos de que sois portugueses!»— arengando a la tropa. Esas son cosas que duelen. 

También son celos que sedimentan. Ya en la Gran Guerra, Orwell constata la convivencia «irrepetible» de «la clase obrera inglesa» con los extranjeros: «el único resultado es que trajeron consigo un odio a todos los europeos, salvo a los alemanes, cuyo coraje admiraban». Las memorias bélicas de Graves abundan en ese mismo anecdotario de «un sentimiento antifrancés» que «llegaba casi a la obsesión», y cita, por ejemplo, a aquel muchacho británico que se conjura para no participar en una sola guerra más, «salvo contra los franceses». En verdad, que los campesinos picardos aguaran la cerveza a la soldadesca distaba de ser un signo cortés, pero tampoco se interpretó como una cortesía aquel manual de seducción acelerada —Cinq minutes de conversation avec des jeunes femmes— que repartieron los británicos a sus hombres. El opúsculo permitía pasar en unas pocas frases del Voulez-vous accepter un apéritif? al Permettez-moi de vous embrasser, en lo que constituye un trámite veloz incluso para los estándares de Francia. You may forget the groans and yells / but you’ll never forget the mademoiselles, cantaría, no sin razón, una canción de guerra inglesa del género pícaro. Los cincuenta y cinco mil casos de venéreas serían no menos inolvidables, pero esa sonrisa de picardía ha sido una constante entre los británicos, maestros en el arte de hacer de menos a los demás. Incluso hoy sigue presente: al inaugurarse el Eurotúnel, el primer tren llegado de Francia tuvo como destino mortificante la estación de Waterloo. Wellington, sin duda, se hubiese sonreído. 

*

John Keats arranca su poema con un «¡Feliz es Inglaterra!», pero antes de terminar el soneto ya se siente «languidecer» por «los cielos de Italia» y clama por no hallarse sentado «en el trono de los Alpes». He ahí el continente como tentación innombrable o, al menos, como muestra de esa otra Inglaterra abierta a Europa, capaz de un encuentro fecundo en tensiones creativas. No en vano, el genio británico ha sido un genio asimilador: sus casas paladianas y georgianas, sus catedrales góticas o su paisajismo dieciochesco —por no hablar de sus curries— dan indicio de una cultura hábil para la recepción, apropiación y elaboración de la influencia foránea hasta arraigarla en tradición propia. Quizá por eso tantas estampas de tipismo inglés comenzaron por ser artículos de importación, de los motivos clasicistas de la porcelana de Wedgwood a la tradición novelesca que prende tras la lectura del Quijote o el eterno jerez de los clubes del Mayfair. Hasta sus dinastías reales desembarcaron de outre-Manche. Ha habido, también en Inglaterra, un prestigio de lo ajeno, y tras la hegemonía del gusto de un Handel o un Van Dyck, apenas choca que Hogarth se quejara de su gran lastre para triunfar como pintor en su país: precisamente, ser inglés. Como sea, ese pasaje Inglaterra/Europa será siempre un billete de ida y vuelta: en los mismos años en que Ruskin descubría «las piedras de Venecia» y Newman prestigiaba la doctrina de Roma, las nannies británicas llegan a Rusia y un casinista de La Regenta finge, sin entender una palabra, leer el Times

En el rapport anglo-continental, los europeos de tierra adentro también copiarán —de las finanzas a la monarquía parlamentaria— no pocas ideaciones británicas. La deuda del continente, sin embargo, se ciñe ante todo a aquella Inglaterra que —como escribió Alcalá Galiano— hizo las veces de «madre de estrangeros (sic) y amparo de afligidos». Sí, Gran Bretaña fue, durante siglos, el mejor país al que huir del propio y, ola tras ola, los británicos acogieron todo lo que el continente rechazaba: hugonotes franceses, aristócratas tras la Revolución y revolucionarios tras 1848, judíos en el XIX y en el XX, resistentes gaullistas y —por supuesto— románticos y republicanos españoles. Todos ellos vieron en Inglaterra, como cifra la vieja emotividad de La pimpinela escarlata, «la tierra de la libertad y la esperanza». Y aun cuando un liberal anglófilo como Mazzini criticara «la indiferencia inmoral» de su política exterior, solo hace falta contemplar el mechón pelirrojo de Robert Boyd en El fusilamiento de Torrijos para saber del patrocinio inglés de «la libertad constitucional como el culmen de la felicidad humana y de la perfección política». Expresada con más o menos candor, esa libertad fue la verdadera diferencia inglesa

De orilla a orilla, el diálogo entre Reino Unido y el continente ha sido tan matizado que Eduardo VII, recibido en París al grito de Vivent les beurs!, terminaría despedido entre aclamaciones de Vive notre roi! Sí, también ha habido «ententes cordiales», vuelos del Concorde, esos mismos trenes que atraviesan el canal, de igual modo que nunca faltarán continentales que vean en las islas «el Japón de Europa», ni británicos dispuestos a creer que «los negros comienzan en Calais». Por algo Nelson y Napoleón, de columna a columna, de la plaza de Trafalgar a la plaza Vendôme, se miran con reproche todavía. Pero al final, siempre podemos pensar qué hubiese sido de todos nosotros si un tal Winston Churchill no llega a ser tan gran ami des grenouilles. Si la enemistad es hija de la vecindad, la misma cercanía —como quiso Lamartine— hace imposible no quererse. Son afectos que solo se comprenden entre «dulces enemigos». 


Gran Bretaña nos hizo así

The Benny Hill Show, 1986. Fotografía: Cordon Press.

Siempre hemos sentido recelo hacia todo lo británico. Quizás la única excepción sea la práctica del fútbol, que acogimos con entusiasmo en los últimos años del siglo XIX, justo cuando los penúltimos restos del Imperio español arrastraban a toda su población a un estado de melancolía, pesimismo e introversión del que aún no hemos salido del todo, y puede que no lo hagamos jamás. Y aunque el ímpetu con el que la marinería y parte de la oficialidad de los cargueros procedentes de Southampton y Plymouth, e incluso hay quien dice que de más allá de las Órcadas y las Shetland, no tuvo muchos escollos que salvar a la hora de montar pachangas en las playas de Guetxo o Punta Umbría, no es difícil imaginar las acusaciones de delitos de lesa patria que en aquel entonces se cruzaron comunidades enteras de vecinos hasta entonces bien avenidos de las márgenes más industrializadas del Nervión y el Río Tinto.

Porque al español le gusta presumir de ser el rey de la festa, pero realmente la vida social en España, la vida social en este país, como al parecer es preceptivo decir ahora, quizás para mantener una ambigüedad respecto a quién debe uno rendir cuentas que puede ser muy útil en alguna situación de la que no estamos plenamente seguros, pero que intuimos que está a la vuelta de la esquina —y este es un ejemplo de esa introversión a la que se hacía referencia y que en principio parece tan poco característica de nuestro élan vital— la expresión de alegría popular que tanto asociamos a lo más característico de sea lo que sea España, no deja de ser un lamento prolongado al que unas veces damos salida en forma de saeta y muchas otras de golpe de Estado. Y en las demás ocasiones, en todas esas situaciones en que tratamos de disimularlo, simplemente refleja una alegría terriblemente triste y hueca.

Para curarnos de nuestros males echamos mano de los británicos. Nuestros amigos los ingleses, pues ya sabemos que la auténtica identidad nacional es tener un equipo de fútbol que te represente, y esa es toda la geografía que necesitamos, son pomposos, engreídos y cargantes. Su humor es negro, mustio y atribulado; beben la cerveza caliente y untan con salsa de menta las chuletas de cordero, cerdo, pato y otros animales, de granja o no, cuya clasificación taxonómica levanta disputas aparentemente irreconciliables, muchas veces de carácter violento, en oscuras publicaciones especializadas a las que nadie confiesa estar suscrito, pero que todos han leído. Los adolescentes que pasan unos meses de verano en las ciudades costeras de East Sussex y Kent regresan con sombrías historias de incursiones nocturnas a la cocina en busca de alimento, y detallan los elaborados planes necesarios para llevarlas a cabo, no siempre a buen fin, y al contarlas les brillan los ojos y se les queda la boca seca. Hablan de restricciones a la hora de usar la ducha y otros servicios imprescindibles para mantener los estándares civilizados de higiene personal; describen, con una precisión técnica que hace temblar al oyente de temperamento más impasible, candados, cerraduras, seguros, pasadores y, en ciertos casos, dispositivos de seguridad electrónica aplicados a cada uno de los electrodomésticos que en cualquier hogar normal serían de uso diario. Buscan los rayos del sol y los absorben siguiendo un proceso fotosintético no del todo explicado, pero que les hace derramar lágrimas de gratitud. Tiemblan al oír la palabra sándwich, aunque sea de lejos.

Todo esto es cierto. En muchos aspectos Gran Bretaña es un lugar terrible, y es difícil no pensar en tasas de suicidio y casos de demencia colectiva cuando se pasea al anochecer por la calle principal de cualquier ciudad de un tamaño respetable, buscando una cena reconfortante y un poco de compañía. Los que gocen de una sensibilidad especial no podrán evitar iniciar una conversación sobre vampirismo y hombres lobo. Pero no todas las acusaciones son justas, especialmente aquellas que tratan sobre la gastronomía británica y sobre su peculiar sentido del humor. La comida británica está muy cerca de constituir una categoría del horror por sí misma, más cercana al splatter y al torture porn que al terror clásico, y no son descabelladas las hipótesis que sostienen, apoyadas en sólidas bases documentales, que el verdadero propósito de la Armada Invencible era evitar mediante la conquista de Inglaterra la expansión por todo el orbe de la costumbre de impregnar cualquier alimento con salsa Perrins; pero esa indigencia culinaria tan querida por los súbditos de su majestad, de la única majestad que queda en el mundo, es fruto de una actitud meditada y tiene sus compensaciones.

Mientras allí no pasaban de desarrollar distintas variaciones del pastel de carne que en 1877 desembocarían en esa oda a la tosquedad que es el shepherd’s pie, que junto al deleznable foater australiano constituye uno de los más auténticos iconos del mal gusto que solo los antigurmetitas convenientemente titulados sabrían apreciar, en España alcanzábamos cotas tan excelsas como la almohada de aceite de oliva con sorbete de agua de tomate o el crujiente andaluz de algas. Un somero ejercicio de gestión de recursos donde el objeto de estudio sea la limitada cantidad de energía intelectual de la que es depositaria cualquier sociedad, y cuya unidad de medida aún está por definir, nos indicaría sin dar lugar a error que el tiempo empleado en inventar o descubrir la máquina de vapor, el radar, la insulina, el protón y el neutrón, la penicilina, el acero inoxidable y otros artilugios más mundanos pero no menos útiles como el retrete, la tostadora, las cerillas, el cepillo de dientes y (postrémonos) el tweed; que el esfuerzo dedicado a desarrollar distintas corrientes filosóficas de no poca importancia como el nominalismo, el empirismo y, si lo podemos considerar así sin traicionar ningún principio fundacional de la idea Juche, el capitalismo; todo el sacrificio necesario para conseguir esos logros y algunos daños colaterales de nefasto efecto como el brit pop, es exactamente el mismo, medido hasta al menos la décima posición decimal, que el invertido para lograr esferificar una aceituna y cocinar un aire de melón.

Hubo un tiempo, a finales de los años setenta, unos años en los que España aún se debatía entre el bien y el mal, en el que pudimos aferrarnos a las series de humor británico para tomar la senda correcta. Eran series de un humor sencillo, inocente, algo ramplón, que aquí enseguida la autoridad competente se encargó de sabotear, ya sea esgrimiendo atentados a unos principios morales que impedían que un hombre, que además se fingía homosexual, compartiera piso con dos mujeres —es difícil olvidar que ese era el único motivo por el que Un hombre en casa estaba calificada con dos rombos—, ya en aras de un curioso concepto del feminismo según el cual el bueno de Benny Hill, de quien quizás lo más patológicamente siniestro que se puede decir es que profesaba un amor enfermizo por su santa madre, atentaba contra la dignidad de la mujer por tener una irrefrenable, divertida y a duras penas salaz querencia por correr detrás de señoras en paños menores. Después llegaron las Mamachicho, Pepelu, el doctor House y el humor inteligente.

En un sketch de El show de Benny Hill aparecen bien alineados una serie de personajes, siete hombres y una mujer, vestidos de uniforme marinero infantil azul celeste, formando un coro estrambótico que, bajo la dirección del mismo Benny, que previamente da la clave golpeando y colocando el diapasón sobre la mítica calva de Jackie Wright, se dispone a representar una particular versión a capela de la «Marcha Turca» de Mozart. Llegado cierto momento de la actuación, tres de los hombres se adelantan, se arrodillan y se descubren la cabeza para que Benny Hill pueda interpretar el famoso rondó golpeando con unas baquetas las calvorotas de sus compañeros, como si fueran una suerte de xilofón alopécico. Cuando llegue el día en que semejante escena nos arranque unas carcajadas con las que cualquier sitcom de producción nacional, presente o pasada, solo sea capaz de soñar, ya estaremos listos para salir de esta miseria moral. Entonces nos compraremos un bulldog, le pondremos un nombre compuesto y lo declararemos nuestro heredero. Fumaremos en pipa, tomaremos el té con pastas de relleno inefable, el pipermín servirá, y discutiremos amigablemente sobre el mejor modo de abonar las petunias. Y por fin desterraremos las bermudas, las chanclas y otros atentados sartoriales para ir adecuadamente vestidos cada amanecer, cuando salgamos del jardín de nuestra minúscula casita adosada después de haber dado cuenta de un desayuno a base de scones y porridge, con el paso firme de quien se sabe capaz de someter al mundo, con seguridad y aplomo, sin reminiscencias de lo peor de nuestro pasado y luciendo en la corbata un nudo Windsor del que hasta la mismísima Inglaterra esté orgullosa.


Trainspotting

Fotografía: Mysi (CC).

Bob Turner trabajó toda la vida para British Railways, tras los pasos de su padre, y recorrió Inglaterra y Gales, de mudanza en mudanza, por las exigencias del guion que esta misión suponía. De Londres a Swansea, de Leeds a Swindon. Viajero apasionado, dedicó sus vacaciones a conocer las islas británicas y Europa en tren, superando el inevitable paréntesis de travesía del Canal de la Mancha en los tiempos en los que el túnel era solo un sueño. No tenía alma marinera y subirse al ferry era un suplicio, pero el traqueteo del primer vagón en el que montaba en Francia le dejaba como nuevo. El ferrocarril corría por sus venas y, a pesar de su anonimato, de ser un británico de a pie, su amor por el tren sintonizaba con una pasión muy extendida en su tierra. Bob Turner, al que no unía ningún lazo familiar con el ilustre pintor de mismo apellido, fue uno de los niños evacuados de Liverpool durante los bombardeos de la Segunda Guerra Mundial  y, como muchos compatriotas de su generación, era capaz de identificar la estación y el recorrido de cualquier tren que apareciera en la pantalla. Quizá con más precisión que otros, cierto, pero, cuando Celia Johnson y Trevor Howard se cruzaban en el andén al inicio de Breve encuentro, en las mentes de buena parte del público, como la de Turner, las ruedecillas giraban con determinación para identificar dónde habría rodado David Lean la escena y qué locomotora era la responsable de la mota de hollín que facilitaba el acercamiento de los dos protagonistas.

Puro trainspotting. Antes de dar título a una novela de Irvine Welsh, convertida en adaptación cinematográfica de éxito de la mano de Danny Boyle, esta afición tan británica y el cine llevaban ya muchas millas recorridas.

El tren siempre ha sido fotogénico. Los hermanos Lumière lo descubrieron con Llegada del tren a la estación de La Ciotat (1896) al alumbrar el cinematógrafo, uno de los primeros éxitos de la historia del cine. Y poco después, en Estados Unidos, Asalto y robo de un tren (1903) de Edwin S. Porter abrió la veda a explorar el potencial visual del ferrocarril para trepidantes películas de acción, una tradición longeva que acabó cediendo a regañadientes el relevo al avión. Icono de la conquista del Oeste en suelo americano, en el cine británico ha conservado un aire nostálgico, una mirada fascinada al medio de transporte que nació en la isla. Una historia de amor con sus giros, sus abandonos, sus momentos de oscuridad y gloria que abrazan dos criaturas del siglo XIX destinadas a cambiar el mundo y su percepción.

A Kiss in the Tunnel  (1899) es el elocuente título de una de las primeras películas de la historia del cine en el Reino Unido. Una pareja viaja sola en un compartimento, leyendo cada uno por su lado. Al entrar el tren en el túnel el marido aprovecha la ocasión para hacerle unas carantoñas a su mujer y se levanta para besarla, todo en la discreción que ofrece la oscuridad, retomando el cigarro y el periódico antes de la salida al exterior y arreglando el sombrero de copa sobre el que se ha sentado después de su casto arrebato romántico. Un eficaz experimento de montaje que firmó George Albert Smith, interesado como tantos otros pioneros del primer cine por el ferrocarril. El placer de sentirse pasajero o —mejor— maquinista de tren no estaba al alcance de todos y el cine, en sus inicios, solía ofrecer la opción del viaje virtual a los espectadores colocando una cámara en la locomotora para rodar y dejando que el paisaje y el movimiento de cámara del travelling natural que ofrecía la vía hicieran el resto. Pero la magia tenía sus limitaciones y A Kiss in the Tunnel se ideó como paréntesis para animar alguna de estas producciones, un inserto que el exhibidor podía usar a discreción cuando decaía el interés por la campiña y la entrada en un túnel proporcionaba la excusa. Algunos señalaron que el atrezo dejaba mucho que desear y que la presunta oscuridad del túnel que propiciaba el beso no era tal en el plano del interior del vagón, perfectamente iluminado. Pero Smith confió en la imaginación de su público, como tantos cineastas. ¿No se trata de eso? Al fin y al cabo la vocación realista también podría poner en jaque el romanticismo de Breve encuentro (1945). Lo sabrán los que han soñado con cruzarse infructuosamente con el alter ego de Trevor Howard (o Celia Johnson) en el cercanías camino del trabajo. Pero nadie se lo va a reprochar a una de las mejores películas de la historia del cine. Un andén no ha sido nunca tan dolorosamente romántico: David Lean en estado de gracia, sacando partido a la oscuridad de una estación de los alrededores de Londres, la imaginaria Milford Junction (rodada en realidad en Carnforth, Lancashire), su cafetería y el tren como espacio de encuentro, cruce de caminos destinados a separarse otra vez. Adaptación de la obra Still Life de Noël Coward, este participó activamente en la producción de Breve encuentro y se reservó un pequeño cameo: la voz que informa sobre la llegada y salida de trenes de la estación, claro.

Más allá del clásico de Lean, imágenes de besos más, o menos, apasionados, desapariciones misteriosas, entradas y salidas de compartimentos, persecuciones, llegadas emotivas, andenes mágicos, humareda, velocidad y despedidas enlazan buena parte del cine británico con el tren, una línea que une grandes nombres, experimentos, felices descubrimientos. Un espacio que ha permitido a los cineastas jugar con todo el valor metafórico del viaje, del cruce de caminos del pasado y un presente fugaz y, en las tramas, borrar las fronteras de clase entre los personajes, algo que consiguió progresivamente el cine. Del tema de la clase y el arte cinematográfico como entretenimiento dio cuenta —sin trenes— la deliciosa Gosford Park (2001), de Robert Altman, una película que contrapone el mundo de amos y criados en una mansión británica en los años treinta donde aparece un actor de cine —Ivor Novello, interpretado por Jeremy Northam— por el que suspiran criadas y damas de la alta burguesía, pero que deja indiferentes a aristócratas de solera —o es directamente menospreciado por ellas— como el personaje de Maggie Smith, preludio de la anciana y ácida duquesa que encarnaría años después en la televisiva Downton Abbey

Fue en los años treinta también cuando el género documental empezó a latir en el Reino Unido de la mano de la unidad capitaneada por John Grierson. Y lo hizo al son de una locomotora de vapor, la narración de W. H. Auden y la música de Benjamin Britten en Night Mail (1936), una poesía compuesta para describir el presuntamente mundano viaje nocturno de un tren de correos a Escocia. Grierson, responsable de acuñar el término de «documental»  para referirse al trabajo de Robert Flaherty, trabajó como responsable en la promoción y producción de reportajes para el Gobierno británico. En 1933, al ser desmantelada la unidad cinematográfica de la Empire Marketing Board, ofreció sus servicios a correos, la General Post Office, una institución pública de la que los británicos se sienten tan orgullosos como del ferrocarril. Con vocación funcional pero sin renunciar a la experimentación nació pues Night Mail, dirigida por Basil Wright y Harry Watt. Una joya. Tradición a la que se uniría, años más tarde, el trabajo de Geoffrey Jones con cortometrajes documentales como Snow (1963) y Rail (1967). Ambos tenían al tren como protagonista, el primero con el efecto de una gran nevada sobre las comunicaciones por vía férrea y las repercusiones de un hecho excepcional sobre sus trabajadores y el segundo se centraba en su cotidianidad. Trabajos de orfebrería en la edición, prueba del talento de Jones que, contrariamente a compañeros de generación como John Schlesinger o Lindsay Anderson, prefirió no probar suerte en el cine de ficción y seguir cultivando el documental. Su vocación experimental, su obsesión por el si breve dos veces bueno a la que apunta ya la naturaleza de los títulos de sus cortos, le convirtieron en un cineasta de referencia pese a los escasos minutos que podrían resumir su filmografía. Lástima que se le recuerde poco más allá del círculo de trainspotters de pro.

Como en Night Mail, tierras de Escocia fueron testigo también de otro hito de experimentación en el cine británico: The Flying Scotsman (1929), uno de los primeros largometrajes que flirteó seriamente con el sonido. La trama de pasión e intriga, aprovechaba el rugido de la locomotora que daba título a la película para incrementar la tensión dramática en la mejor tradición de una innovación que no solo estaba destinada a permitir diálogos en la pantalla grande. Y el resultado fue tan efectivo que el diseñador del tren, Sir Nigel Gresley, impuso la inclusión de una nota aclaratoria al principio para advertir a los espectadores —y eventuales pasajeros— que lo que verían en la pantalla era pura ficción, nada que ver con la segura realidad de la línea y su maquinaria. Todo un cumplido para el equipo de la película.

Quien no quiso quedarse con la copla fue Alfred Hitchcock, que unos años después experimentaría con el montaje de sonido en la misma línea, la que va de la londinense King’s Cross a Edimburgo, en Los 39 escalones, sustituyendo el chillido de una mujer al descubrir un cadáver en una escena con el silbido del tren en el que viaja el protagonista, Robert Donat, en el plano inmediatamente posterior. Fue una de las múltiples ocasiones en las que el director aprovechó el potencial del ferrocarril en sus películas, entre las más sonadas Alarma en el expreso (1938) o producciones que ya rodó en Estados Unidos como La sombra de una duda, Extraños en un tren o Con la muerte en los talones. En Alarma en el expreso situó toda la acción a bordo de un tren del que desaparecía misteriosamente una venerable dama que la pareja protagonista, Margaret Lockwood y Michael Redgrave —héroes por accidente al estilo Hitchcock—, buscaba sin cesar a lo largo del recorrido por un imaginario país de la Europa del Este. Un cóctel de tierras extrañas, ferrocarril y misterio como el que Agatha Christie había empleado en Asesinato en el Orient Express. Una trama que el norteamericano Sidney Lumet acabaría adaptando al cine en 1974,  entregándose a un ejercicio de nostalgia por el tren y por el cine anunciada por la pléyade de estrellas veteranas que incluía el reparto, entre ellas: Lauren Bacall, Ingrid Bergman, Sean Connery, John Gielgud, Albert Finney y Wendy Hiller.

Esta última había protagonizado en su juventud Sé a dónde voy de Michael Powell y Emeric Pressburger, en la que un tren por tierras escocesas —de nuevo— facilitaba el recorrido por las inquietudes y deseos de la protagonista, un viaje puertas adentro y retrato de un amor apasionado rodado, como Breve encuentro, en 1945. Con una imaginación desbordante que forzaba constantemente los márgenes de la narración cinematográfica en trabajos como las más conocidas Las zapatillas rojas o Narciso negro, Powell y Pressburger dieron empuje al cine, y al cine británico en particular. Los recursos experimentales no fueron una excepción en Sé a dónde voy, pero el tren ha tenido siempre una personalidad dual, capaz de evocar la tradición, la modernidad, de las alocadas comedias de los estudios Ealing a la engañosamente dulzona The Railway Children o la reivindicativa La cuadrilla de Ken Loach; un espacio donde han tenido cabida la originalidad formal de Grierson y Jones y una tradición documental más convencional que ha llenado horas de programación televisiva en el Reino Unido y estanterías de DVD con recorridos en ferrocarril a lo largo y ancho de este mundo que harían palidecer de envidia a los entusiastas primeros propietarios de sala cinematográfica de la historia, los mismos que recurrían a A Kiss in the Tunnel para amenizar las proyecciones a su público. 

Aunque interludios como el beso robado no fueron el único recurso de los pioneros en el terreno de la exhibición. A principios del siglo XX, en Estados Unidos tuvieron la idea de incentivar la experiencia sensorial del viaje en tren colocando la pantalla y a los espectadores en el interior de un vagón, cual atracción de feria. Fijado sobre unos resortes, se movía simulando el traqueteo del ferrocarril con la esperanza de que las limitaciones del primer cine las compensara el poco sutil vaivén de la sala de proyecciones. El invento se bautizó como Hale’s Tours y se expandió por Estados Unidos y Europa con la misma velocidad con la que se extinguió. Décadas después, en los bucles que ofrece la historia, algo muy parecido reaparecería en los parques de atracciones. Star Tours, en Disneyland, sin ir más lejos. Traqueteo galáctico. Y en los estudios Universal de Florida se ofrece ahora la opción de embarcar en el Hogwarts Express de Harry Potter en la versión cartón piedra de King’s Cross, aunque sea debatible si esta opción tiene más magia que ver a niños palpando las paredes de ladrillo de la estación en Londres en busca de una ranura que les lleve al ficticio andén 9 y 3/4 y, de allí, a la más taquillera escuela de magia de la historia.

Lo viejo, lo nuevo. Rain, Steam and Speed, de J. M. W. Turner, uno de los cuadros que Mike Leigh decidió recrear en su personal aproximación a la vida y obra del pintor, Mr Turner, resume la fascinación por la nueva tecnología que cambiaría el paisaje y la economía del Reino Unido hermanándolos al encanto intemporal de la bruma, la humareda, el movimiento. Un anticipo de la atracción por la luz que otros artistas explorarían en el cine, lo nuevo que estaba por llegar. El equipo de producción a las órdenes de Leigh buscó la mejor locomotora para el papel en una escena clave que, a modo de brochazo, tenía que trazar el recorrido de la realidad a la pintura, de la pintura al cine. Bob Turner y una legión de trainspotters británicos saben perfectamente dónde la encontraron.


Fish & chips & Tower Bridge

Tower Bridge, Londres, 1962. Foto: Cordon Press.

«El Puente de la Torre es la farsa arquitectónica más monstruosa y absurda que hayamos conocido». Así, con mesura y contemporizando, se posicionaba en 1894 la publicación The Builder el mismo día de la inauguración de esta estructura. No coqueteemos con la equidistancia, debieron pensar. Ni siquiera quisieron publicar una imagen de la estructura por vergüenza y por un incipiente sentido ecologista: no valía la pena malgastar papel. Ante una opinión que hace palidecer las de Carlos Boyero ante una película floja de Almodóvar, en descargo del Puente de la Torre de Londres podemos aportar dos líneas de defensa: 1) Cuando se publicó esa crítica, aún no se imaginaban lo que iba a pasar con la Sagrada Familia de Barcelona. 2) Acotaríamos la afirmación: «El Puente de la Torre es la farsa arquitectónica más monstruosa y absurda de la era a. C. (antes de Calatrava)».

Muchas guerras, genocidios, el Gran Salto Adelante y el Puente de la Torre tienen en común que en un principio parecían (dentro de su contexto sociopolítico) soluciones audaces, pero al final la historia los acabó juzgando como desgracias terribles, episodios negros de la humanidad. Así, en el caso del puente londinense se buscó a la vez un icono urbano, un hito en la celebración del 50.º aniversario del ascenso al trono de la reina Victoria y, también, una solución frente a los problemas para cruzar el Támesis que estaba sufriendo la ciudad ante el aumento de la actividad portuaria y de la población. Ya en aquel tiempo (1872) iban bien de creatividad desbocada, por lo que se presentaron decenas de diseños para el proyecto, algunos delirantes: desde puentes flotantes a ferris, pasando por túneles e incluso un puente con gálibo suficiente para el tráfico fluvial en el que el acceso al tablero se realizaba a través de unos ascensores enormes, capaces de elevar hasta esa cota a carruajes, caballos y peatones. Finalmente, y con buen criterio, la alternativa elegida fue la de un puente que permitiera el paso mediante un sistema de apertura, y con esta premisa se convocó un concurso abierto en el que resultó sospechosamente ganador el arquitecto municipal, sir Horace Jones.

El diseño contemplaba un vano central de unos 61 metros de paso libre que permitían un gálibo de más de 40 metros, suficiente para las arboladuras esperables, cuando unas hojas basculantes se abrían. Se trataba de uno de los primeros puentes del mundo de esta tipología y el más antiguo en funcionamiento hoy en día. El desplazamiento de esas dos hojas hasta casi alcanzar la verticalidad se consigue al girar el conjunto tablero-contrapeso respecto a una rótula ubicada en el centro de gravedad del sistema. Al estar diseñado así, se minimizaban las fuerzas que tenía que transmitir la maquinaria hidráulica movida a vapor (sueño húmedo steampunk) para realizar sus movimientos de apertura y cierre. Este tipo de puente basculante se denomina sistema de rótula simple, porque para qué complicarse buscando otro nombre más críptico. El mecanismo se demostró bien diseñado y ejecutado cuando, en el primer año de puesta en servicio, se accionó más de 6000 veces, completando la apertura o cierre en menos de minuto y medio. Es decir, una solución que funcionaba. Primer defecto: es sacar punta, pero de los 280 metros de ancho que tenía el Támesis en ese punto, se redujo a 61 el canal fluvial para embarcaciones de cierto porte. Tal vez un diseño diferente habría evitado ese embudo, aunque también es cierto que la tecnología del momento no permitía mucho más. Como ejemplo, el puente móvil del Puerto de Barcelona (Arenas&Asociados) fue récord del mundo de luz cuando se inauguró en el año 2000, con unos 109 metros de distancia entre rótulas de giro. Es decir, más de un siglo después, el estado del arte de la tipología basculante seguiría sin dejar más de la mitad del cauce navegable para embarcaciones grandes.

Sobre este vano basculante se diseñaron dos pasarelas peatonales. Por un lado, su propósito era que el tráfico peatonal no se interrumpiera mientras se realizaran las maniobras de apertura y cierre (no tuvo mucho éxito, ya que se tardaba bastante en hacer el recorrido por la altura que debía salvar, que es como si la pasarela estuviera en un décimo piso) y por otro, cumplían una importante función estructural: sin ellas, el puente colapsaría porque compensan los vanos colgantes laterales.

Tower Bridge, Londres, 1944. Foto: Cordon Press.

El Puente de la Torre presenta un alzado simétrico: a cada lado del vano central basculante hay sendas torres de 21 metros de ancho desde las que se llega a las márgenes por dos tramos colgantes de unos 82 metros de luz. Si han hecho las cuentas, habrán comprobado que los extremos de los vanos colgantes recortan anchura al cauce en torno a unos 15 metros, distancia que se adentran en el Támesis las torres laterales. Desde el punto de vista hidráulico y funcional tampoco es lo mejor, obviamente. 

Sí, son tramos colgantes aunque no lo parezcan. El arquetipo de puente colgante lo asociamos a uno o varios cables unidos mediante péndolas al tablero. Los cables se han demostrado como la solución más eficiente porque solo soportan esfuerzos axiles, sin rigidez a flexión. En cambio, en los puentes colgantes rígidos (así se denomina esa tipología), en lugar de cables se utilizan vigas metálicas trianguladas, con forma de arco invertido, con tres articulaciones: una en cada extremo (en la unión a las torres) y otra en el punto de tangencia con el tablero. En el caso del Puente de la Torre los vanos son asimétricos, no forman una «U», y por tanto la articulación en el contacto con el tablero no se encuentra en su centro, sino más alejada de las torres centrales. Volviendo a las pasarelas peatonales, estas unen los extremos más elevados de las vigas metálicas de los vanos colgantes, compensándose así los esfuerzos horizontales (los verticales bajan a la cimentación por la estructura de las torres centrales). Sin las pasarelas, las torres caerían (el otro extremo de las vigas se compensa en cada margen). Si bien es cierto que los colgantes rígidos gozaron en la última mitad del siglo XIX de cierta popularidad, los formidables puentes de John Roebling, con el póstumo Puente de Brooklyn inaugurado en 1883, antes de que comenzaran las obras del Tower Bridge, ya venían avisando de lo que las primeras décadas del siglo siguiente confirmaron: no tiene sentido construir puentes colgantes rígidos de cierta envergadura, a no ser que haya alguien que prefiera gastar más dinero y complicarse la vida durante la ejecución y el mantenimiento. 

La mayor vergüenza de este puente son las torres principales. El puente fue diseñado, como habíamos dicho, por el arquitecto Jones. En la maqueta del proyecto las torres, materializadas mediante una estructura metálica, se revestían con un material pétreo que les daba un aspecto medieval, de dudoso gusto, pero de gran aceptación en aquella época. La construcción comenzó en 1886 y Jones murió un año después, haciéndose cargo de la dirección de las obras su ingeniero jefe hasta ese momento, sir John Wolfe-Barry. Con estos nuevos galones, Barry se envalentonó y se puso a Crear. Y pasó lo que suele pasar en estos casos, que la gente no entendió su Arte. Las torres medievales esperadas se transformaron en torres neogóticas, dignas de cualquier parque de atracciones. Como The Builder, tampoco seremos equidistantes. La componente estética del Tower Bridge es deplorable. Los colores con los que se han pintado los elementos metálicos (azul celeste y blanco) son empalagosos hasta para vestidos de damas de honor. Y el revestimiento pétreo neogótico, como contenido patrocinado de Exin Castillos, bien, eso sí, pero por lo demás, es feo, anacrónico y penaliza las proporciones del conjunto. Las torres parecen más anchas de lo que son, el conjunto pierde en elegancia y composición. Viendo las fotografías que nos han llegado de la construcción, con el esqueleto metálico a la vista, previo al aplacado, habría resultado bastante más aceptable dejándola tal cual y con algún color neutro. Por ejemplo, también estaba previsto que el Puente de George Washington de Nueva York (1931) fuese revestido con granito, pero debido a recortes económicos, se dejó en estructura metálica, pintada con tonos discretos, con gran resultado. O el Puente Vizcaya, en Portugalete (1893), que tiene un acabado mucho más ligero y digno que el londinense. Tal vez el éxito del Puente de Brooklyn, puente con estructura metálica y torres de piedra, influyera, pero en el caso del colgante norteamericano no había artificios, puesto que las torres son de piedra, no metálicas revestidas. 

Cuando las obras acabaron en 1894, la opinión pública y especializada era un clamor: aquello era una horterada. Después, con el tiempo, ya se sabe: el roce hace el cariño. Si se alaba el fish & chips, por qué no también potenciar el Puente de la Torre como un icono y algo de lo que estar orgullosos. La pérfida Albión, otra cosa no, pero vergüenza tampoco.


El mito de la Dama de Hierro

Margaret Thatcher fotografiada por Jane Bown, 1983. Foto: Cordon.

Now is the winter of our discontent
Made glorious summer by this sun of York.

William Shakespeare, Ricardo III.

Prólogo. Crisis, What Crisis?

Los diarios británicos no suelen ser tan eruditos o tan aficionados a citar poesía como sus homólogos franceses, pero el Sun dio con el verso exacto. Era el invierno de 1979, y el Reino Unido estaba atenazado por una huelga de camioneros que había paralizado el país. Con el transporte de gasolina cortado, el Gobierno estaba preparando planes para declarar el estado de emergencia y movilizar el ejército. 

James Callaghan, entonces primer ministro británico, decidió dar una conferencia de prensa improvisada en el gélido aeropuerto de Heathrow de vuelta de una cumbre en Guadalupe, en las Antillas Francesas. Un periodista le preguntó qué iba hacer ante el caos creciente que parecía estar apoderándose del país. Callaghan respondió que no creía que «otra gente en el mundo comparta esa opinión» de que había «un caos creciente». 

Al día siguiente, el Sun tituló así su portada: «Crisis? What Crisis?». El título de su editorial era la primera frase del discurso en Ricardo III: «Now is the winter of our discontent». Ese fue el verso por el que sería conocido el último invierno del Partido Laborista en el poder. 

The winter of our discontent

Todo había empezado seis años antes, cuando la crisis del petróleo sumió al Reino Unido en una dolorosa crisis en la que se mezclaban el estancamiento económico y una inflación fuera de control. El gobierno del conservador Edward Heath, atrapado en una espiral de huelgas, parecía incapaz de solucionar el problema. Los laboristas se presentaron entonces como una alternativa de paz social, un partido con estrechas relaciones con los sindicatos que pondría fin a las huelgas y pararía la subida de los precios. 

Harold Wilson, primero, y James Callaghan, después, establecieron una política de concertación salarial. El Gobierno pactaría cada año con los sindicatos las subidas salariales máximas para toda la economía, pero mantendría los tipos de interés bajos y no recortaría el gasto público, para evitar que aumentara el desempleo. La moderación salarial se mantendría hasta que dejaran de subir los precios. 

La cosa funcionó, al menos al principio. La inflación, que había alcanzado el 27 % en agosto de 1975, cayó por debajo del 10 % a finales de 1978 sin que eso comportara un aumento apreciable de la tasa de paro. Los ingresos de los trabajadores, sin embargo, estaban cayendo en términos reales, y a finales de año los sindicatos no pudieron contener la ira de sus miembros. Cuando el Gobierno les pidió restringir las subidas salariales por debajo del 5 % anual, se levantaron de la mesa para no volver. 

La moderación salarial se había terminado. Todo empezó con una huelga en Ford que acabó con subidas de sueldos muy por encima de lo marcado por el Gobierno. A las pocas semanas, cientos de empresas veían como sus obreros abandonaban sus puestos de trabajo y se sintieron obligadas a negociar. El ala izquierda del partido empezó a protestar ruidosamente, obligando a Callaghan a abandonar las sanciones para las compañías que vulneraran los topes salariales.  

Fue el disparo de salida. Entre septiembre de 1978 y febrero de 1979, el país vivió unos meses de locura. Los transportistas exigieron subidas salariales del 40 % y los sindicatos consiguieron acordar una subida del 15 %, pero sus miembros la rechazaron y fueron a la huelga igualmente. Las gasolineras cerraron y los supermercados quedaron desabastecidos. En Hull, los camioneros se negaron a llevar pienso a las granjas. Ganaderos iracundos lanzaron cerditos y pollos muertos a las sedes sindicales. 

A los camioneros les siguieron las enfermeras, los ferroviarios, las ambulancias, los hospitales y los servicios sociales. En Liverpool y Tameside, los enterradores fueron a la huelga, obligando al ayuntamiento a tener que almacenar cientos de cadáveres en una fábrica mientras negociaban salarios. Los trabajadores de limpieza también pararon; Leicester Square se convirtió en un vertedero improvisado donde se acumulaban toneladas de basura. La inflación volvió a dispararse. En medio de uno de los inviernos más fríos que se recuerdan, el Reino Unido parecía dirigirse a la anarquía. 

El 28 de marzo, su gobierno perdía una moción de confianza después de que los nacionalistas escoceses le retiraran su apoyo, forzando unas elecciones. Los laboristas las perderían por siete puntos apenas un mes después, en medio de terribles peleas internas. 

Fue en este contexto cuando Margaret Thatcher llegó al poder. 

Simpatizantes del Partido Conservador celebran la victoria electoral de Margaret Thatcher, 1987. Foto: Cordon.

La fortuna de tener malos enemigos

Margaret Thatcher es vista como la figura colosal, ciclópea, heroica del conservadurismo occidental. Una mujer de convicciones profundas, talento infinito y voluntad inquebrantable. La Dama de Hierro, alguien capaz de arrastrar al Reino Unido a la modernidad y el futuro tras años de sopor y decadencia imperial, todo a base de liderazgo y perseverancia. Esta historia es, en gran parte, una leyenda. 

Thatcher tuvo la enorme suerte de tener enemigos espantosos: no por malvados o destructivos (aunque, como veremos, los laboristas en 1983 algo de miedo sí que daban), sino por lo malos que eran en eso de ser enemigos de nadie y ganar elecciones.

La cosa empezó con Callaghan, el torpe, desafortunado, ingenuo primer ministro que fue linchado por sus aliados sindicalistas. Callaghan era Pericles comparado con Michael Foot, su sucesor.

Los laboristas y los sindicatos británicos siempre habían tenido una relación muy cercana desde la fundación del partido. Tras la derrota electoral de 1979, os podéis imaginar lo feliz que era este matrimonio. Incluso antes de la dimisión de Callaghan (18 meses después de perder las elecciones; el tipo era tan gafe como testarudo), los sindicatos, militantes y diputados se dedicaron a atizarse entre ellos y dividirse entre un ala militante intransigente bajo Tony Benn y los moderados, que eran mayoría entre cargos electos. Foot, un tipo desaliñado de 67 años que había sido informante del KGB durante su juventud (no, no es broma, aunque esto no se hizo público hasta mucho después), fue elegido gracias a los votos del ala izquierda, y procedió a convertir el partido en un sainete. 

La cuestión es que, cuando Thatcher llega al poder y empieza a aplicar su programa económico, la cosa resultó ser un desastre. Los conservadores cuentan, como parte de la leyenda thatcheriana, que la crisis inicial era inevitable, un duro ajuste para deshacer los excesos de un país que estaba viviendo por encima de sus posibilidades. La realidad, sin embargo, es que los tories empezaron su mandato implementando políticas monetaristas radicales y les salió horriblemente mal. 

El monetarismo es una de esas ideas típicas de los conservadores de los ochenta, que parecen brillantes en su simplicidad pero que tienden a estrellarse al entrar en contacto con la realidad. Thatcher y su equipo económico creían que el principal problema del Reino Unido era la inflación, y que la mejor forma de reducirla era limitando la oferta de dinero, no con acuerdos salariales y hablando con sindicalistas salvajes. Lo que había que hacer era subir los tipos de interés, recortar el gasto y darles a los británicos una ración de austeridad purificadora. 

La historia os sonará familiar: al cabo de dos años, el Reino Unido estaba sumido en una recesión monumental, la tasa de paro se había duplicado, el PIB había caído en picado y la popularidad de Thatcher se había hundido hasta un raquítico 23 % de aprobación. La inflación, mientras tanto, seguía tozudamente por encima del 15 %. Las huelgas no cesaban. El desastre era tal, que los laboristas iban por delante en las encuestas.

Hasta que Michael Foot, Tonny Benn y sus muchachos empezaron a explicar qué querían hacer, claro está. Los sindicatos y el ala izquierda del partido, en medio de alegres batallas internas, impusieron una agenda que incluía el desarme nuclear unilateral (en plena guerra fría, nada menos), abandonar la comunidad europea (¿os suena?) y la nacionalización de la banca y la industria. El ala derecha del laborismo, harta de que los tipos que habían volado a un primer ministro por los aires insistieran en un programa más radical, se escindieron en 1981 para formar un nuevo partido, el SDP (socialdemócratas), dividiendo estúpidamente el voto de la izquierda en un sistema mayoritario. 

Entonces llega 1982, y Argentina decide invadir las islas Malvinas. Thatcher responde militarmente de inmediato: una decisión que, hay que reconocerlo, tuvo agallas. El ala izquierda de los laboristas se opone a la intervención. 

La victoria británica hizo a la primera ministra inmensamente popular. El año siguiente, a pesar de que el paro seguía subiendo (llegó a rozar el 12%, una cifra inaudita desde la gran depresión), la combinación de la gloria militar, las constantes luchas fratricidas laboristas, un programa electoral que fue jocosamente conocido como «la nota de suicidio más larga de la historia» por su radicalidad y la competencia del SDP hicieron que Thatcher derrotara a Foot por casi 15 puntos.

Lo que no se dice casi nunca, sin embargo, es que los conservadores obtuvieron un 42 % del voto. La suma de los laboristas y la coalición liberales-SDP se llevó un 53 % de los sufragios. La izquierda, como de costumbre, se había derrotado ella sola. 

La primer ministro Margaret Thatcher en el 10 de Downing Street. Foto: Cordon

La economía bajo Thatcher

Margaret Thatcher había llegado al poder prometiendo reducir el gasto público, bajar impuestos, sacar a la economía británica de su sopor y destruir el poder de los sindicatos. De las cuatro promesas, solo cumplió la última a rajatabla. 

El gasto público apenas se redujo en la década de Thatcher: solo disminuyó dos años; en 1986, el Gobierno británico tenía más peso en la economía del país que en 1979, cuando los conservadores llegaron al poder. Las políticas de austeridad, paradójicamente, crearon tanto desempleo que los recortes en programas sociales no ahorraron dinero, ya que la economía estaba creando demasiado pobres. No fue hasta 1987, cuando la tasa de paro bajó del 10 %, que el gasto público empezó a moderarse, y en 1989 era casi seis puntos inferior a 1979 en porcentaje del PIB (un 39 %, comparado con el de 45 años antes). No es que fuera duradero; cuando la relativamente modesta recesión de principios de los noventa golpeó a sus sucesores, el gasto público volvió a rozar enseguida el 44 % del PIB. 

En suma, la pequeña caída del gasto se debió por encima de todo a las privatizaciones del enorme sector público industrial británico. Por algún motivo incomprensible, el Reino Unido había nacionalizado cosas como la fabricación de automóviles de lujo (Rolls-Royce) o del azúcar (British Sugar), así que muchas de estas privatizaciones tenían sentido, y Thatcher hizo bien en aguantar la radical hostilidad de los sindicatos para completarlas. 

En materia fiscal, Thatcher, más que bajar impuestos, cambió quién los pagaba: redujo el impuesto de la renta a los ricos y subió el IVA a todo el mundo. Esto, junto con la demolición sistemática de los sindicatos (que, como hemos visto más arriba, no es que fueran del todo razonables), nos dio el legado más importante de la economía thatcheriana: un aumento gigantesco de la desigualdad. La pobreza prácticamente se duplicó durante su mandato, pasando del 13 % en 1979 a más de un 22 % en 1990. Las diferencias de renta entre ricos y pobres se incrementaron drásticamente, al igual que las enormes diferencias regionales, fruto de la colosal desindustrialización. 

Lo más relevante de toda esta historia, sin embargo, es que esas reformas no hicieron gran cosa para aumentar el crecimiento económico, que fue bastante mediocre durante toda la década de los ochenta. La economía nunca creció por encima del 2 % de forma sostenida; Thatcher provocó una recesión monumental al empezar la década y cuando dejó el cargo el país apenas crecía un 1 %. En suma, los gobiernos de Thatcher solo fueron extraordinarios en la distribución de la renta hacia arriba, pero nada más. 

Cuando la fortuna le dio la espalda

El sucesor de Michael Foot fue Neil Kinnock, un galés encantador que resultó ser excelente en perder elecciones. Parte del problema es que los laboristas se dieron cuenta de que el partido estaba sufriendo una campaña organizada de entrismo por parte de organizaciones trotskistas (la Militant Tendency), y Kinnock dedicó gran parte de su tiempo y esfuerzo a purgarlo. La izquierda de Tonny Benn, obviamente, se lo tomó a mal, así que el labour se pasó los siguientes siete u ocho años a tortas entre ellos, que en el fondo es lo que más les gustaba hacer. 

Tras otra victoria cómoda en 1987 (cuando los laboristas seguían a tortas y los sindicatos estaban aún poseídos por un espíritu militante que los llevó a huelgas kamikazes), Thatcher llega al final de la década con dos problemas graves. Primero, su agenda es horrendamente impopular, pero ella siguió insistiendo en reformas fiscales cada vez más regresivas. Incluso con Kinnock, los laboristas estaban catorce puntos por delante en los sondeos. 

Segundo, dentro de su partido empezaban a estar hartos de ella. Para empezar, tenían miedo de que, si seguía de primer ministro, fuesen camino de caer derrotados en las urnas en 1992. Además (y nótese aquí la ironía), el sector moderado del partido no compartía el creciente antieuropeísmo de Thatcher y su negativa a entrar en el sistema monetario europeo. 

No está claro si las divisiones sobre Europa fueron el motivo o la excusa para que su partido la echara. El 14 de noviembre, Michael Heseltine anuncia su candidatura para dirigir el partido conservador. Seis días después, Thatcher gana la votación entre diputados por un margen estrecho, lo que requirió una segunda votación. Anticipando su derrota inminente, la Dama de Hierro presentó su dimisión. Cuando los laboristas dejaron de hacer el ridículo, fue su propio partido quien acabó por deshacerse de ella.

Un legado de imágenes más que de resultados

Thatcher tuvo sus momentos de gloria, indudablemente. Tras las Malvinas, era inmensamente popular. Su política exterior fue, en general, acertada; su demolición de los sindicatos británicos fue tan épica como necesaria. Además, tenía razón al decir que el euro y el sistema monetario europeo estaban fundamentalmente mal diseñados, e hizo más bien que mal con las privatizaciones. 

Thatcher, no obstante, nunca fue la gran política que cuenta su leyenda. Su popularidad fue en buena parte un espejismo fruto de la tremenda incompetencia de sus enemigos. Sus políticas económicas generaron pobreza y desigualdad, no un milagro económico. 

Aun así, viendo la clase política británica en años recientes y la triste serie de primeros ministros antes y después de su mandato, la mediocridad de Thatcher se vuelve relativa. Heath, Wilson, Callaghan, Major, Cameron y May han sido primeros ministros lamentables, absurdamente malos en su trabajo. Tony Blair apenas rozaba la mediocridad. Solo el pobre Gordon Brown, que tuvo la mala suerte de llegar al cargo justo antes de la gran recesión (y que compartía la opinión de Thatcher sobre el euro) ha sido genuinamente bueno en el cargo.

Quizás Thatcher no fuera gran cosa, pero al menos no era un desastre absoluto. Durante el último medio siglo, esto en el Reino Unido te hace un estadista. 


La mano de hierro que azotó la novela

Margaret Thatcher cruza el paso de cebra de Abbey Road, inmortalizado en el álbum homónimo de The Beatles. Fotografía: Cordon Press.

1975, Londres. Los tories celebran una recepción en el Salón Rosebery de la Cámara de los Lores para presentar el libro de un tal Lord Butler. Un joven Christopher Hitchens acude a la cita, alguien le ha soplado que la nueva líder del Partido Conservador se va a dejar caer por allí. Es Margaret Thatcher. Una mujer sobre la que Hitch ha escrito un par de artículos, su favorito es el del New Statesman, donde la calificaba como una mujer «sorprendentemente sexy». Es inevitable que un interlocutor, Sir Peregrine Worsthorne, haga las presentaciones. Thatcher parece complacida, sabe quién es, y Hitch se revuelve y decide buscar la polémica enzarzándose en una discusión sobre la política de Rodesia / Zimbabue. En cuestión de minutos el periodista acaba ofreciéndole las nalgas y la líder tory azotándole en el trasero con unos papeles enrollados en forma de cilindro. Aquel fue el primer manotazo de hierro a la cultura.

Cuatro años después, Margaret Hilda Thatcher ganó las elecciones y se convirtió en la primera mujer elegida primer ministro del Reino Unido. Fría, liberal, autoritaria, siempre con un collar de perlas al cuello, permaneció once años en el cargo y un tsunami liberal asoló al país durante su mandato. «There is no alternative» se convirtió en el lema para justificar sus decisiones en materia económica. Entre sus reformas se incluyó la supresión de la financiación del Consejo de las Artes, un organismo establecido después de la Segunda Guerra Mundial para poner la cultura al alcance de todos. Maggie, como empezaron a llamarla sus detractores, consideraba que los artistas debían arreglárselas por sí mismos, como el resto de la población. La ira del mundo de la cultura creció en paralelo a las políticas que destruyeron empleos en minas e industrias, las que socavaron el estado de bienestar. Su postura con los presos del IRA, su alianza con Estados Unidos contra el comunismo y la participación de Gran Bretaña en la guerra de las Malvinas avivaron la revuelta social. Nunca hubo una sociedad tan polarizada. Lo que veías, lo que escuchabas, lo que leías… te definía. Eras pro- o anti-Thatcher, sin medias tintas.

El descontento social provocado por sus políticas ultraliberales sirvió como caldo de cultivo a la novela, un género que se reinventó ante la adversidad. Bajo (y contra) el thatcherismo floreció una de las mejores generaciones de la narrativa británica. Entre los nombres propios de aquella corriente están Malcolm Bradbury, Martin Amis, Salman Rushdie o Ian McEwan. El propio McEwan explicó, en un artículo publicado en el diario británico The Guardian, la fijación que la líder tory despertó en aquella generación:

«No es habitual que un Gobierno pueda presumir de haber fomentado las artes, pero Thatcher, que siempre tuvo una actitud impaciente ante la reflexión detallada sobre la vida, llevó a los autores a nuevos terrenos». La obsesión por su figura se convirtió en un deporte nacional, no podían hablar de otra cosa. Incluso personajes de ficción se dirigían a ella, como Adrian Mole, creado por la escritora Sue Townsend y que escribió un poema a la primera ministra en el que le preguntaba si era capaz de llorar.

Michael Dobbs fue un personaje de carne y hueso. Jefe de Gabinete del Gobierno conservador de Thatcher hasta 1987, cuando la Dama de Hierro fue reelegida por una amplia mayoría. Dobbs había estado siempre cerca de ella, pero lo que antes habían sido sonrisas y palmaditas en la espalda se transformaron en la frialdad y crueldad por la que era famosa. Una discusión de esas que eleva los decibelios de cualquier edificio acabó con la renuncia de Dobbs, que en lugar de llorar o lamentarse se largó de vacaciones y alumbró una novela sobre intrigas políticas en la que aúna realidad y ficción, y en la que los parlamentarios británicos aparecen como unos hijos de puta divertidísimos. Su título es House of Cards.

La animadversión que provocaba la Dama de Hierro agitó la pluma de autores como Hanif Kureishi, uno de los mayores detractores del thatcherismo y de su legado. Hijo de pakistaní e inglesa, criado en el mismo barrio que David Bowie y Billy Idol, sacudió los cimientos de la literatura británica con El buda de los suburbios. Una historia que se interrumpía con la llegada al poder de Thatcher. En El álbum negro, Kureishi fue un paso más allá, situando la historia en la Inglaterra de 1989, con un país tratando de sobrevivir al legado de los conservadores.

Entre el resquemor, el odio y los gritos de «¡Maggie, fuera, fuera!» que repetía la izquierda como un mantra, el nobel de literatura, Harold Pinter, se arrepintió públicamente de haberla votado. Algunos contemporáneos de Pinter estaban en el bando contrario, en el de los pro-Thatcher. Anthony Burgess, Philip Larkin o Kingsley Amis consideraban su llegada al poder como el restablecimiento de una autoridad perdida. Unos viejos rockeros que no solo admiraban su forma de hacer política, sino que cayeron rendidos a sus encantos y cualidades físicas. Kingsley Amis llegó a afirmar que la primera ministra era una de las mujeres más guapas que había conocido. Años después, su hijo Martin —férreo detractor de la Dama de Hierro— dijo en una entrevista que creía que su padre tenía sueños húmedos con Thatcher. Para Burgess era una «Venus madura». Y Larkin posó complacido con ella durante una visita a Downing Street.

En 1990 Margaret Thatcher abandonó el poder convertida ya en un icono pop. Fuente inagotable de inspiración, algunas de las mejores novelas sobre la época en que gobernó el Reino Unido se escribieron después. En 2004 Alan Hollinghurst se alzó con el Booker, el máximo galardón de las letras británicas, por La línea de la belleza. Una novela en la que describe la sociedad gay inglesa durante el segundo mandato de Thatcher, una etapa marcada por las políticas liberales, pero también por la aparición de la epidemia del sida. A través de los ojos de Nick, un veinteañero que está escribiendo una tesis sobre Henry James, Hollinghurst radiografía la sociedad de la era thatcheriana en una historia por la que desfilan familias conectadas con las altas esferas económicas y políticas. Jonathan Coe realizó una crítica mordaz de esas élites en Menudo reparto, una novela en la que daba un repaso a la polémica política de privatizaciones del thatcherismo. Y entre tanto anti- y tanto pro-Thatcher, Javier Marías, que le concedió un cameo estelar a la Dama de Hierro en Corazón tan blanco, donde aparece conversando con Felipe González.

Margaret Thatcher murió el 8 de abril de 2013, pero sigue siendo un filón, se siguen publicando biografías y ensayos sobre su legado. Hillary Mantel ha ido un paso más allá con El asesinato de Margaret Thatcher, matando a Maggie antes de que Inglaterra se convirtiera en la Inglaterra de Margaret Thatcher. De haber sido real ese argumento, ¿el mundo y la literatura británica habrían sido muy diferentes? ¿Cuántas buenas novelas se habrían perdido sin la mano de hierro que azotó a Hitchens?


Robar a un ladrón por Navidad

Ian Hamilton, 1951. Foto: Cordon.

Más de medio siglo después, Ian Hamilton lo recordaría así: «Cuando fuerzas con una palanqueta la puerta lateral de la abadía de Westminster, empiezas a hacerte a la idea de que ya no hay vuelta atrás». Era el día de Navidad de 1950. Hamilton y sus inexpertos compinches acababan de colarse chapuceramente en el corazón mismo del imperio. Y pensaban desmontar la pieza de mobiliario más antigua de cuantas albergaba. Algunos utilizaron el término robo para describir el suceso. Otros, incluidos ellos mismos, prefirieron hablar de recuperación.

Los escoceses tienen dos nombres para referirse a la piedra. Los ingleses, uno. Según cuenta la leyenda, Jacob reposó la cabeza sobre ella antes de soñar su bíblica escalera y, a través de Egipto, España e Irlanda, llegó a la abadía de Scone, una pequeña localidad cercana a Perth. Cuesta creerlo. No obstante, su indudable importancia histórica reside en que ya desde la Edad Media fue utilizada para la coronación de todos los reyes de Escocia, y hasta fue bendecida por el patrón irlandés, san Patricio. Se dice que dictaba sentencia sobre la valía de un monarca para el puesto. Por eso, a la Piedra de Scone también se la conoce como la Piedra del Destino.

Se trata de una pieza de arenisca con dos argollas. Por sus medidas, casi podría pasar como equipaje de mano en una aerolínea flexible, de no ser porque pesa ciento cincuenta kilos. Aunque eso no fue óbice para que Eduardo I la tomara como botín de guerra tras la batalla de Dunbar, ante la atónita mirada de los monjes que la custodiaban. Fue en 1296, y la transportaron a Westminster. Allí mandó construir el rey una fastuosa silla de madera, donde la piedra encajase y sirviera de base. A partir de entonces, los monarcas ingleses primero, y más tarde los británicos, jurarían su cargo sobre ella. Por eso, en Inglaterra se la conoce como la Piedra de la Coronación.

Era 1328 la primera vez que los ingleses prometieron devolverla. Desde entonces, fue convertida en emblema por la resistencia escocesa, que siempre soñó con su regreso. Nada más lejos de la realidad, porque no se movería de su nueva ubicación durante siglos. Solo abandonaría el Trono de Eduardo durante la Segunda Guerra Mundial, cuando los bombardeos alemanes hicieron temer por la integridad de Westminster. Con tanto mimo resguardaban la piedra que fue enterrada bajo la abadía, y enviaron un mapa con su localización exacta al primer ministro canadiense. Por si acaso.

Con el fin de la guerra, la piedra retornó a su silla. Por esas fechas nació la Scottish Covenant Association, una organización con reminiscencias históricas que anhelaba la independencia. Como tantos otros, Ian Hamilton se afilió mientras estudiaba en la Universidad de Glasgow. Participó en charlas y debates, y se sumergió de lleno en el activismo político. A la luz de la poca repercusión obtenida hasta entonces, llegó a una conclusión: era necesario un gesto que pusiera el foco sobre sus reivindicaciones. Y se le ocurrió el plan perfecto: traer de vuelta, por fin, la Piedra del Destino. El pequeño problema es que no tenía ni idea de cómo. Por no hablar del tremendo riesgo que entrañaba. Si su plan fracasaba, tiraría por la borda la carrera de Derecho que estaba a punto de concluir, esa que le permitía saber cuántos años pasaría en la cárcel si le cogían.

Para preparar el golpe, Hamilton leyó cada libro que cayó en sus manos sobre la abadía de Westminster. Historia, arquitectura, curiosidades. Cualquier detalle podía ser importante. Incluso viajó a Londres para reconocer el terreno, y regresó con el franco convencimiento de que era posible. Eso sí, necesitaba ayuda. Entre sus conocidos no encontró a nadie tan temerario como para aceptar el envite. Pero tras revelar su plan a John MacCormick, político fundador de la asociación nacionalista, este decidió sufragar la misión (cincuenta libras de presupuesto) y poner en contacto a Hamilton con otros miembros de su confianza. Así se uniría a la expedición la joven Kay Matheson, y más tarde Gavin Vernon y Alan Stuart. Hamilton, como mucho, los conocía de vista, de cruzárselos en alguna reunión o en los pasillos de la universidad.

Hamilton tenía prisa; se había convencido de que no existía fecha más propicia que las cercanas fiestas navideñas. Salieron rumbo a Londres en dos Ford Anglia. Veinte horas por carretera con el inclemente invierno de las islas envolviendo el paso de los coches sin calefacción. Llegaron tiritando a la capital inglesa, y entraron en un pub para que la cerveza les calentase el cuerpo y el espíritu. Quizás demasiado, porque se vinieron arriba. Decidieron no pasar en suelo vecino más tiempo del estrictamente necesario, y adelantaron la incursión a esa misma noche. Como niños desobedientes incapaces de esperar para abrir sus regalos bajo el árbol.

El plan era sencillo. Hamilton, tal y como había visualizado en su inspección previa, entraría en la abadía de Westminster poco antes del cierre. Esperaría a que los visitantes se marchasen. Y permanecería allí, oculto detrás de un carrito, hasta que en mitad de la noche sintiera la confianza suficiente como para salir de su escondite y abrirle la puerta al resto de la expedición. Así pasó las horas, envuelto en la inmensa oscuridad de uno de los edificios más famosos del mundo. Eso sí, no contaba con el buen desempeño del vigilante nocturno, que lo sorprendió en posición fetal. Afortunadamente para él, a ojos del guardia parecía un borracho sin sitio para pasar la noche, así que no solo dejó que se marchara, sino que le dio una moneda y hasta lo despidió con un «Merry Christmas». Hamilton reconocería que, de toda aquella aventura londinense, únicamente se arrepiente de haber aceptado el dinero del trabajador, pero tuvo que salir de allí tan rápido como fuera posible para no tentar más a la suerte.

Fue un golpe duro. Vale, el plan no era el más sólido del mundo, pero era el único que tenían. Sin embargo, no se rindieron. Vernon y Stuart y sus aún desconocidos rostros regresaron al día siguiente, la mañana del 24 de diciembre. Allí descubrieron la peculiaridad de una de las puertas laterales del edificio, la de Poet’s Corner. Sus escoceses ojos brillaron con cada palabra. A diferencia del resto, hechas de dura madera de roble, aquella era de pino. ¿El motivo? Las bombas nazis dañaron la original, y la solución temporal (1950, recordemos) fue colocar una puerta de otro material.

Así que el nuevo método de acceso sería aún más rudimentario. Confiaron en el horario reducido del vigilante, que para algo era Christmas Eve. Aparcaron los dos coches en Westminster. Matheson aguardaba en uno de ellos; ella vigilaría y transportaría la piedra. Mientras, los demás forzaban la puerta de pino con una palanca. Hamilton ya conocía el camino mejor que el pasillo de su casa. Tomaron aire ante la Silla de la Coronación, se agacharon y tiraron con fuerza de la argolla.

El problema es que, rebosantes de ímpetu y adrenalina, jalaron más de la cuenta. La parte inferior de la silla se rompió, aunque eso entraba en lo esperable. Lo que les pilló desprevenidos fue que el bloque de arenisca se despedazara. Se cruzaron tres miradas amedrentadas. Habían roto en dos la Piedra del Destino. Hamilton reaccionó, cogió el pequeño trozo resultante y corrió hacia el coche. Mejor un pedazo que nada. La desconcertada Matheson no sabía qué sucedía cuando lo vio llegar. Él, sin demasiado tiempo para preguntas, dejó el fragmento y le dijo que se marchara.

Entrega de la Piedra de Scone en la abadía de Arbroath,. Foto: Cordon.

El joven enfilaba el camino de regreso, pero se percató de que un policía patrullaba la zona. Desanduvo sus pasos y entró en el coche. Cuando el agente se aproximó al vehículo, Ian no tuvo más remedio que tornarse cliché cinematográfico y besar apasionadamente a Kay. Pero la autoridad, ya se sabe, no entiende de morreos en la madrugada. Se libraron del interrogatorio improvisando ser una pareja de tortolitos que no encontraron ningún bed & breakfast libre. Finalmente, el policía les dijo que se marchasen de allí. Arrancaron y lo perdieron de vista. Hamilton volvió a la abadía y Matheson huyó cargando en su maletero un trozo de la historia de Escocia tapado con una manta.

Hamilton encontró el trozo grande, pero no a sus compañeros. Vernon y Stuart atisbaron el intercambio de pareceres con el agente, y súbitamente se escabulleron hasta el otro coche. Al llegar y descubrirse sin llaves, buscaron refugio. Así que allí estaba Hamilton, solo una vez más en la abadía de Westminster. Fuera, el sol amenazaba con salir. Lejos de amilanarse, echó al suelo su abrigo y concentró toda la fuerza de su cuerpo en colocar la piedra encima. Luego tiró y tiró. La cosa funcionaba, pero el coche estaba lejísimos. Deslomado, pero llegó. Tarea aparte fue conseguir introducirla en el vehículo. Pero es que, llegados a ese punto, flaquear no era una opción. Con el coche cargado, arrancó sin mirar atrás. Afortunadamente, sí que miró hacia delante, porque poco tiempo después se cruzaron en su camino Vernon y Stuart. No podían creer que lo hubiera conseguido él solo. Aunque no había tiempo que perder, tuvieron que volver a parar. El Ford Anglia no tiraba con tanto peso. Alguien sobraba, y claramente no eran ni Hamilton ni la piedra. Vernon, el más pesado de la expedición, se ofreció voluntario para regresar a casa en tren.

No fue necesario ningún Sherlock Holmes para descubrir que algo iba mal aquella mañana de Navidad, porque ni siquiera se habían deshecho del arma. Sí, dejaron la palanqueta junto a la puerta forzada. La policía, en cuanto recibió el aviso, organizó controles en todas las salidas de Londres y cerró las fronteras con Gales y Escocia. Matheson contaba con ventaja, tanto por la partida prematura como por su perfil, ya que nadie la imaginaría sospechosa. Llegó a las Midlands, y una amiga escondió su parte. Luego, también cogió un tren a Glasgow. Hamilton y Stuart, por su parte, sabían que se la jugaban. Condujeron en dirección contraria hasta las afueras de Kent, a cincuenta kilómetros de la capital. Allí vieron un lugar propicio y se detuvieron. Dejaron la Piedra del Destino en mitad del campo. Eso sí, dibujaron un mapa para retornar cuando los ánimos se enfriaran. Aunque dos días después, The Guardian ya hablaba de robo por parte de nacionalistas escoceses. El motivo, claro, no era otro que su indisimulable acento.

El revuelo no decayó. Todo lo contrario, y hasta unos tipos tan poco profesionales comprendieron que era inviable dejar la piedra abandonada mucho más tiempo. Eso sí, de regreso a Kent se toparon con una sorpresa. Resulta que en aquel terreno solitario ahora había gente. Mucha. Tanta como cabe en un campamento de gitanos irlandeses que decidieron instalarse allí, sin sospechar, ni lejanamente, la que había formada con una de las piedras de su nuevo hogar. Tocaba negociar, pero fue más sencillo de lo esperado. Pronto entendieron que nada une más a escoceses e irlandeses que su odio a la Corona inglesa, así que los gitanos les permitieron recuperarla. En cuanto pusieron un pie en Escocia, como ceremonia de bienvenida, abrieron una botella de whisky. Con el líquido dorado regaron dos cosas: sus gargantas y el trozo mayor de la Piedra de Scone.

La incesante búsqueda continuaba. No se hablaba de otra cosa en toda la isla. Mientras, Hamilton contactó con un cantero de Glasgow, que en secreto reparó la piedra. Más tarde, las autoridades estrecharon el cerco. Comenzaron los interrogatorios a todos los implicados, especialmente al líder de la banda. El principal indicio fue el registro de la biblioteca Mitchell, donde aparecía el nombre de un estudiante que había consultado todos los libros existentes sobre cierto edificio religioso en Westminster.

En total, la piedra estuvo desaparecida cuatro meses y medio. Cuando los jóvenes se vieron sin escapatoria y con el objetivo más que conseguido (situar su causa en las portadas de los periódicos, incluso extranjeros), decidieron devolverla. La entrega se realizó en las ruinas de la abadía de Arbroath, lugar que acogiera la firma de la apasionada declaración de independencia escocesa en 1320. La policía se encontró la Piedra del Destino de una pieza. En el altar mayor y envuelta en una bandera de Escocia. Simbolismo hasta el final.

Ninguno de los cuatro estudiantes fue juzgado. Las autoridades temían provocar un incremento del sentimiento nacionalista, así que pasaron página. Por eso y porque, de haberse celebrado el juicio, habría sido complicado defender la legítima propiedad inglesa de la piedra. Así, los protagonistas de uno de los episodios más recordados de la historia escocesa reciente siguieron con sus vidas. Tras finalizar sus estudios, Ian Hamilton, Kay Matheson, Gavin Vernon y Alan Stuart no volvieron a verse nunca.

En 1953, la piedra se usó para la coronación de Isabel II, la última hasta la fecha. Aunque eso no significa que el siglo XX no tuviera reservado otro meneo para el pesado bloque de arenisca. En 1996, de forma inesperada, el primer ministro John Major anunció su devolución. Lo hizo preservando ese gusto tan inglés por la parafernalia histórica, ya que justo se cumplían setecientos años desde que Eduardo I se la apropiase como botín de guerra. El motivo, nunca reconocido públicamente, sonaba familiar en los oídos del norte de la isla: acallar las reivindicaciones que desde allí llegaban a Londres.  

La Piedra del Destino fue trasladada por el ejército con grandes honores y una solemne ceremonia en la frontera. Llegó a su nueva casa el 30 de noviembre, St Andrew’s Day, fiesta nacional de Escocia. La reina estaría ocupada, porque envió en su nombre al duque de York. O quizás pretendía alejar el mal fario, ya que, según lo acordado, la piedra volverá (temporalmente) a Westminster para coronar al próximo monarca británico.  

Los escoceses, orgullosos como ellos solos, reavivaron una vieja polémica: que la piedra devuelta, la que durante siglos ocupó el corazón de Inglaterra, era falsa. Que la entregada tras los cuatro meses de búsqueda no era auténtica. O, mejor aún, que ni siquiera lo fue la capturada por el rey inglés, ya que los monjes de Scone lograron esconder la verdadera.

Sea como fuere, ahora descansa en una pequeña habitación de la zona más elevada del castillo de Edimburgo, junto a los honores nacionales: la corona, el cetro y la espada del Estado. Los tres lucen joyas lustrosas. Y a su vera, una piedra remendada. Al otro lado del cristal, los turistas extranjeros fotografían cada rincón en fila india con su teléfono móvil. Desconocen cómo ha llegado hasta allí ese feo bloque grisáceo, e incluso intentan que no aparezca en sus fotos, como si fuera el soporte desnudo de algo importante que están restaurando. Qué pensará el anciano Ian Hamilton que, al tocar la piedra por vez primera aquella Navidad de 1950, sintió que «sostenía en sus manos el alma de Escocia».

La Piedra de Scone bajo custodia en la abadía de Arbroath. Foto: Cordon.