Mantis: vida, muerte y sexo caníbal del alien de los arbustos

Fotografía: Josef Wells (CC BY 2.0)

El poeta confuciano Cai Yong, alto funcionario en la China del siglo II, se dirigía a una fiesta palaciega repleta de personajes importantes. Estando ya cerca de la puerta, escuchó el sonido de un laúd; un músico interpretaba una canción cuya letra hablaba del ímpetu guerrero y de la venganza.

Temiendo que la fiesta fuese una emboscada de sus enemigos políticos y que la canción fuese una señal convenida para atacarlo a su llegada, Cai Yong se dio la vuelta, dispuesto a huir. Algunos de los presentes lo vieron y salieron en su busca, explicándole que la fiesta no era una trampa y que la canción sonaba en honor de una mantis que, en un árbol del jardín interior, había fracasado tres veces en el intento de atrapar a una cigarra. La cacería había despertado tal interés entre los invitados que la fiesta había quedado interrumpida y todos se habían congregado en torno al árbol, lamentando al unísono cada uno de los fallidos asaltos de la mantis. Tales eran la simpatía y el respeto que el «caballo divino» despertaba en ellos.

En otra ocasión, el filósofo taoísta Chuang Tzu vio también a una mantis pretendía atrapar una cigarra. Inmóvil, concentrada en su presa e indiferente a otros peligros, la cazadora descuidó sus espaldas y terminó siendo cazada a su vez por una gran ave rapaz. Chuang Tzu se lamentó, pero no solo por el fracaso de la mantis, sino el efecto paradójico de su ansia predadora: «¡Pobres de nosotros! ¡Cómo las criaturas se hacen daño la una a la otra! La pérdida sigue a la persecución de la ganancia». En la antigua cultura china, la mantis era un animal reverenciado cuyo carácter guerrero la convertía en una metáfora de virtudes tanto como de males. Inspiró movimientos en diversas escuelas de artes marciales, cuyos practicantes admiraban su rapidez y precisión. Encarnaba los atributos mejores de un guerrero, pero también la insensatez de una belicosidad excesiva.

En Japón, de manera análoga, la mantis podía simbolizar el valor y la nobleza tanto como la crueldad y la venganza. En algunos cuentos folclóricos, la mantis era capaz de generar tornados que podían defender a pueblos de un ataque exterior, pero también, si se descontrolaba, destruirlos. Su aparición repentina podía ser un muy mal augurio, indicando la cercana presencia de la muerte. En la ciudad de Ojiya hay una colina donde, según la tradición, una mantis gigante fue sorprendida por una repentina ventisca invernal; la nieve se acumuló sobre ella hasta aplastarla. Tras morir la mantis, su espíritu, ansioso de revancha, quedó atrapado en la colina. Quien tuviese la mala suerte de tropezar y caer en aquella colina sufriría heridas de las cuales brotaría sangre negra y por las cuales, pareciesen heridas grandes o pequeñas, terminaría muriendo. O eso decía la leyenda.

Para los antiguos egipcios, de hecho, la mantis era un pequeño ente divino. Estaba dotada de poderes sobrenaturales como la necromancia; en el Libro de los muertos es apodada «el pájaro mosca», capaz de guiar las almas humanas hacia el más allá para presentarlas ante Osiris y otros dioses importantes. Tal era la reverencia que inspiraba este insecto que se ha encontrado algún ejemplar momificado entre vendas de lino. Los hotentotes, nómadas de África del sur, pensaban también que la mantis era una manifestación divina, creencia que compartían con los San, los bosquimanos, para quienes este insecto es la forma favorita que elige para encarnarse Cagn, el dios que creó el universo. Ambos pueblos veneraban a la mantis, aunque, como los antiguos chinos y japoneses, lo hacían con cierto recelo, pues la mantis podía convertirse en vehículo de algunos espíritus engañosos.

En la Europa cristiana, la pose de este insecto era interpretada como rezo y recogimiento; una de las especies autóctonas, la más famosa especie de mantis, fue bautizada como mantis religiosa (tanto en latín como en castellano) y a veces se la refiere con nombre de alguna santidad («santateresa» en España, por ejemplo). Aparecen mantis en monedas de muchas épocas, desde algunas acuñadas en la Magna Grecia durante el siglo V a. C. hasta monedas actuales de Canadá, Australia o Kazajistán. El carácter solitario de la mantis, la majestad de su complexión, la desdeñosa y orgullosa tendencia a no huir ante la presencia de un humano, así como el llamativo hecho de que, al contrario que los demás insectos, parece capaz de girar sus ojos en sus cuencas para seguir nuestra mirada a quien la contempla, la han hecho protagonista de numerosas supersticiones y le han conferido roles de todo tipo en varias mitologías.

Es su actitud, y no sus secretos, la que la convirtió en un animal emblemático. A primera vista, la mantis no es un animal misterioso, en el sentido de que no es difícil observarla. Suele pasar mucho tiempo inmóvil y rara vez huye cuando nos acercamos. Es diurna y, excepto la ocasional caza, no muy activa. Sin embargo, para quienes trataban de estudiarla, emergían detalles de su conducta que los mantuvieron perplejos durante siglos. Incluyendo, por descontado, el hecho bien sabido de que algunas hembras devoran a los machos durante la cópula, lo que quizá sea el hecho biológico más conocido sobre estos insectos: el acto sexual de la mantis puede derivar en canibalismo.

Existen unas dos mil variedades de mantis que viven en todos los continentes salvo la Antártida. Es un insecto autóctono de regiones cálidas o templadas, evitando las que son demasiado gélidas o demasiado secas. No es capaz de sobrevivir al frío intenso. Además necesita cierto grado de humedad porque, cuando no obtiene bastante agua de su comida, ha de beberla directamente de gotas inmóviles que encuentra sobre alguna superficie, en especial las hojas de las plantas. Las mantis han evolucionado adaptándose a regiones con vegetación y, dado que su principal mecanismo de defensa es el camuflaje, la mayoría de las especies son de color verde o marrón. Hay algunas de otros colores, como el blanco o el rosa, que imitan determinadas variedades de flores. También las hay multicolores.

No generan poblaciones muy numerosas, pero, siempre que un entorno presente las características básicas antes mencionadas —temperatura, humedad y presas abundantes—, pueden adaptarse con facilidad a casi cualquier entorno cálido o templado. La navegación humana ha hecho que algunas especies se hayan propagado a regiones donde no eran nativas. Es el caso, por ejemplo, de la Mantis religiosa que llegó a América en barcos provenientes de Europa a principios del siglo XX, o de la Tenodera sinensis, la «cuello esbelto de China» o sencillamente «mantis china», que hizo lo propio en buques asiáticos.

Las zonas con vegetación son ideales para las mantis porque allí viven muchos otros pequeños animales. Las mantis son depredadoras, totalmente carnívoras y jamás consumen carroña, así que necesitan abundancia de presas vivas. Son bastante voraces y necesitan cazar cada día o, como mucho, cada dos o tres días, dependiendo de la especie y las circunstancias. Suelen cazar durante las horas diurnas, ya que sus ojos son la herramienta principal para localizar a sus presas; poseen una buena visión tridimensional, de la que dependen para lanzar con precisión sus vertiginosos ataques. Son capaces de girar su cabeza ciento ochenta grados para observar lo que hay a sus espaldas sin mover el resto del cuerpo. También se ayudan del olfato gracias a sus antenas, pero su oído, situado entre las patas, no es tan útil porque es único y no puede ofrecer audición tridimensional. La mantis puede oír a una presa, pero no puede saber de dónde procede el sonido sin ayuda de la visión.

Pese a lo que su aspecto pueda dar a entender, la mantis no es un pariente cercano de los insectos palo ni de los insectos hoja. Tampoco de las langostas o los saltamontes. Ni siquiera son familia directa de los mantíspidos, insectos así llamados por lo mucho que se llegan a parecer a las verdaderas mantis. Los parentescos entre insectos siempre pueden sorprender a quien juzga la cercanía biológica basándose en el aspecto o la conducta: los parientes más cercanos de las mantis son las termitas y las cucarachas. Estos tres insectos forman un curioso superorden, los dictiópteros, al que también perteneció una variedad bautizada con el sonoro nombre de Alienoptera. Los «insectos extraños» o «alienígenas», que estaban a medio camino entre la cucaracha y la mantis y poseían algunas desconcertantes características propias de otros órdenes, están hoy extintos. Unos cuantos ejemplares de Alienoptera han sido encontrados intactos dentro de fragmentos de ámbar que tienen decenas de millones de años de antigüedad. De todos modos, las mantis actuales son también lo bastante alienígenas como para protagonizar su propia ciencia ficción.

Foto: Mike (CC BY 2.0)

El ciclo vital de una mantis suele extenderse unos seis meses. En algunos casos, pueden llegar a vivir hasta un año. Suelen nacer en primavera en forma de ninfas, esto es, crías que, al contrario que las larvas, ya tienen un gran parecido visual con los ejemplares adultos y sufrirán solo una metamorfosis parcial. Las ninfas tienen como primeras presas a sus propias congéneres. Las que sobreviven a esta primera criba en forma de canibalismo fratricida crecen durante el resto de la primavera y del verano. Durante su crecimiento se ven forzadas a mudar su exoesqueleto una media de diez veces (cinco o seis mudas en la «infancia», otras cinco o seis en la «adolescencia»). En el momento de la muda son especialmente vulnerables a los depredadores, ya que se ven forzadas a quedar inmóviles en un lugar durante las varias horas que dura el proceso de deshacerse de su vieja armadura. Al llegar a la edad adulta, mudan su exoesqueleto por última vez, quedando libres sus alas, en el caso de especies que las tengan. Mueren en cuanto llega el frío.

Suelen medir entre diez y doce centímetros de longitud —aunque hay especies mucho más pequeñas—, lo cual las convierte en formidables depredadores de otros insectos. El gran arma de la mantis es la rapidez; cuando ven cerca una presa son capaces de lanzar sus pinzas delanteras con gran velocidad para atraparla. Si resulta necesario, pueden saltar con la misma rapidez hacia su presa. Aunque algunas son capaces de volar, no lo hacen para cazar, dado que prefieren usar la inmovilidad y el sigilo. Son muy buenas cazadoras y no hacen distinciones: atacan a cualquier presa que tenga un tamaño asequible. Lo cual, como veremos, incluye a otros miembros de su propia especie. Cuando han atrapado a una presa, la sujetan con sus pinzas repletas de espinas y la devoran de inmediato. Es más, su dieta incluye algunos animales cuyo tamaño, peso o fuerza podría sugerirnos equivocadamente que nunca se contarían entre sus víctimas. En ocasiones, una mantis puede llegar a cazar pequeños anfibios, lagartos, serpientes y hasta pájaros diminutos como los colibrís (vean una escena de una mantis atacando a un colibrí, que queda libre porque la persona que lo está observando interviene). Incluso pequeños mamíferos pueden caer bajo sus pinzas. La agresividad innata de las mantis hace que algunas personas usen ejemplares en cautividad como juguete bélico en pueriles experimentos, enfrentándolas con criaturas a las que quizá no se enfrentarían en libertad salvo para defenderse.

La mantis es, a su vez, alimento para un amplio rango de posibles depredadores. Eso hace que hayan desarrollado diversas estrategias de defensa. La principal desventaja de un insecto grande es que es fácil de ver, así que el camuflaje es su principal táctica. Por ejemplo, las ninfas de ciertas mantis se parecen a las hormigas porque algunos de sus depredadores naturales sienten aversión hacia las hormigas. Las mantis, sin embargo, no pueden cambiar de color a voluntad. Para cambiar su tono han de cambiar de piel, proceso que se prolonga varios días y que, de todos modos, produce un cambio cromático leve. Cuando una mantis está en una superficie inusual para ella —pavimentos, aceras y otros elementos de urbanización humana— es muy fácil distinguirla a simple vista; no está ahí porque quiera, ya que su camuflaje solo funciona entre la vegetación y la presencia de urbanizaciones humanas es algo para lo que la evolución no la ha preparado. No buscan la cercanía de los habitáculos humanos porque no producimos nada que les resulte de provecho. Solo si hay vegetación abundante es fácil verlas en poblaciones rurales, en los jardines de las casas y, con menor frecuencia, incluso en grandes ciudades, sobre todo si se trata de barrios periféricos o en los que haya amplias zonas verdes. En cualquier caso, cuando se acercan a lugares habitados por humanos o entran en las casas lo hacen de manera involuntaria y accidental, buscando cazar a otros insectos. O, a veces, bajo la atracción de las luces eléctricas, sobre todo en el caso de los machos en celo de algunas especies, casi la única circunstancia en que las mantis echan a volar (cuando son capaces, porque muchas especies tienen alas demasiado pequeñas o carecen de ellas por completo).

Otro mecanismo de defensa habitual es la amenaza. Una mantis es capaz de emitir siseos y, como muchos otros animales, puede intentar desanimar a un depredador por el sencillo procedimiento de abrir las alas y estirar las patas para parecer más grande. Este baile prebélico suele atraer a los fotógrafos y, una vez más, a quienes se divierten provocando a sus ejemplares cautivos. Ciertamente, la postura de amenaza de una mantis es un espectáculo visual fascinante, pero quizá cabe recordar que estos insectos no disfrutan siendo provocados. Cuando amenazan, lo hacen por miedo.

Las mantis son totalmente inofensivas para los humanos y nunca nos atacarán salvo que insistamos en molestarlas más de la cuenta, haciendo que se sientan en inmediato peligro. Si un humano no las molesta, se limitarán a hacer como que el humano no está ahí. Sin embargo, incluso en el raro caso de que las importunemos hasta el punto de que intenten atacarnos, ni sus pinzas ni sus fauces tienen suficiente fuerza para atravesar nuestra piel. Y, si lo consiguen, no nos harán mucho daño. Además, están desprovistas de cualquier tipo de veneno y tampoco transmiten enfermedades. Pese a ciertas creencias populares, las mantis no son capaces de expulsar líquidos ni de rociar con ácidos. Los mosquitos matan a más de setecientas mil personas al año; las mantis, a ninguna. Si ve una mantis, no la mate; déjela libre para que siga cazando otros animalillos que sí nos resultan más molestos.

Su carácter inofensivo para los humanos y su voracidad a la hora de cazar a otros insectos hizo pensar, sobre todo en los siglos XVIII y XIX, que podrían ser efectivas como control de plagas agrícolas. Pero las mantis, como buenas anacoretas, se negaron a colaborar. Aunque sin duda cazan muchos animalillos perjudiciales para la agricultura, la población de mantis crece ante un aumento de la cantidad de presas disponibles, pero no lo suficiente como para ser efectiva en el control de plagas. El trabajo de las mantis solo es efectivo en cultivos pequeños como los jardines domésticos. De hecho, es recomendable permitir que las mantis campen a sus anchas por un jardín y dejar que pongan sus bolsas de huevos en alguna planta. La puesta de una hembra acumula varias decenas de huevos, pero no hay peligro de que las mantis infesten el jardín, puesto que ellas mismas ejercen como control de su propia población. Las ninfas, al poco de nacer, se devoran entre ellas. Las pocas que sobrevivan se dispersarán, alejándose unas de otras para no ser devoradas por sus «hermanas». Las pocas que puedan quedarse en el jardín se dedicarán a comerse a los pulgones, sus presas más fáciles. De hecho, muchos jardineros las han introducido a propósito como medida de mantenimiento de ciertas plantas florales, reduciendo o eliminando el uso de pesticidas.

El carácter asocial y caníbal de las mantis dice mucho sobre el tipo de animal que es: un depredador en estado puro, una pequeña máquina de matar que no perdona ni a sus congéneres. De hecho, es posible que ni siquiera sean capaces de reconocer a sus congéneres como tales. Nunca parecen relacionarse entre sí. Cuando gesticulan y emiten sonidos, lo hacen para asustar a potenciales depredadores y enemigos. Más allá de la amenaza o la lucha territorial, nadie ha conseguido detectar indicio alguno de comunicación social entre dos ejemplares de mantis. En épocas pasadas, los entomólogos se preguntaban cómo era posible que dos mantis se pusieran de acuerdo para copular. La respuesta resultó ser sencilla: no se ponen de acuerdo. No existe ningún ritual de cortejo. El único acto comunicativo que se produce entre ellas es la liberación de feromonas por parte de una hembra fértil; esas feromonas ejercen un irresistible poder de atracción sobre el macho, que no puede evitar acudir a la llamada, aunque esa llamada sea tan peligrosa como el acercarse voluntariamente a un depredador. Porque la hembra, de hecho, no dejará de ser una depredadora durante la cópula. Nunca dejará de ver al macho como una presa más. El macho, en cambio, estará tan obnubilado por el efecto de las feromonas que olvidará no solo que la hembra es comestible, sino que él también es comestible para ella. Y que, de hecho, tiene buenas probabilidades de ser comido.

Esto explica que el macho acostumbre a ser de menor tamaño que la hembra. Si los machos fuesen más grandes, serían capaces de comerse a las hembras después de haberlas fecundado y ya no habría hembras fertilizadas que garantizasen la supervivencia de la especie. Lo que sucede es lo contrario: es la hembra la más grande y la que, en ocasiones, se come al macho. Cuando un macho detecta feromonas y entra en celo, su suerte dependerá de si se acerca a la hembra por delante o por detrás. Si la fecunda desde detrás, situándose a espaldas de ella y quedando fuera del alcance de sus patas delanteras y de sus fauces, el macho tiene muchas más posibilidades de huir una vez terminada la fecundación. Por el contrario, si se acerca por delante, cara a cara, y sucede que la hembra tiene hambre, el macho está condenado. Ella empezará a devorarlo mientras copulan.

Las mantis tienen la costumbre de empezar a comerse a sus presas por la cabeza y eso es lo que una hembra hará con su «amante» cuando lo tiene justo delante. Este acto caníbal, aunque parezca increíble, no impide la fecundación. Los biólogos descubrieron con sorpresa que los machos sin cabeza no solo son capaces de sobrevivir lo suficiente como para completar el coito, sino que, para colmo, su reflejo de la cópula se ve acentuado cuando son decapitados. Dicho en otras palabras: un macho sin cabeza ya no es capaz de ver u olfatear, pero estará aún bajo el poderoso efecto de las feromonas e intentará copular con cualquier objeto de tamaño similar a la hembra con un ímpetu extrañamente redoblado por efecto de la decapitación (amigas lectoras, no imiten la idea: ¡los varones humanos sí necesitamos la cabeza para copular!). Después, como es lógico, su cuerpo sin cabeza termina muriendo, pero da tiempo a que la fecundación se produzca. Parece un proceso cruel, pero tiene sentido desde el punto de vista biológico. En términos evolutivos, lo importante en de todo este proceso es que la hembra quede embarazada y sobreviva. Por eso los machos son más débiles; una vez han ejercido su función de copular, ya no son necesarios y a la hembra fecundada le vendrán mejor como comida. Entre un quince y un treinta por ciento de los machos mueren durante la cópula.

La mantis, pues, no siente vínculo con nada ni con nadie. Es fácil caer en la tentación de antropomorfizarla, como ha sucedido en muchas tradiciones culturales del mundo. Hay quien tiene una mantis como mascota y cree haber entablado una «amistad» con ella, pero no es así. Es una amistad unilateral: si una mantis midiese dos metros, nos devoraría sin sentir el menor remordimiento. No nos reconocería como algo distinto a un trozo de comida, ni sería capaz de reconocernos. Cuando se acerca de manera voluntaria a un humano, lo que sucede en realidad es que no percibe un posible depredador, sino una parte móvil y no amenazante del entorno, como si el humano fuese una planta agitada por el viento. En ese caso, una mantis puede subir a un cuerpo humano por su propia voluntad; de hecho, es la manera más fácil de trasladarla sin que se sienta molestada: poniendo una mano ante sus patas para que ella sola camine por decisión propia hasta estar sobre la mano. En cambio, tratará de huir o defenderse si se la intenta forzar o, aún peor, si se la intenta agarrar. Tampoco responderá positivamente si se la intenta retener. Si depende de ella, irá y vendrá cuando quiera, pero no porque quiera estar cerca de nosotros. Una mantis no es un animal social como un periquito que reconoce a su amigo humano y puede posarse en su cuerpo o interactuar con él como signo de confianza y afecto. Las mantis son animales solitarios que, recordemos, llegan a devorar a ejemplares de su propia especie. No tienen el gregarismo evolutivo que pueda hacerlas establecer un vínculo con otro animal, como las hormigas o las abejas sí hacen entre ellas. Menos aún con un ser humano.

Esto no significa que algunas personas, provistas con la debida información, no puedan tener una mantis como mascota y ofrecerles una existencia cómoda. Si se la alimenta bien (esto es, si hay insectos sueltos a su alcance o si le son proporcionados vivos), si tiene agua para beber y si la temperatura ambiental es correcta, una mantis vivirá dentro de una casa incluso durante más tiempo que fuera de ella, dado que en libertad no sobreviven al invierno. Pero esto no tiene más sentido que la satisfacción del humano propietario. La mantis, en realidad, no necesita vivir más tiempo; recordemos que las mantis nunca se multiplican demasiado y que sus poblaciones tienen un techo biológico, así que aparearse es la acción más importante que realizan. Una vez el macho ha fecundado a la hembra ya puede morir; lo mismo sucede con la hembra tras la puesta. Nunca vivirán lo suficiente para reproducirse de nuevo.

Foto: Nicolas Winspeare (CC BY 2.0)


El baile de las pequeñas moscas            

Una mosca doméstica. Fotografía: Getty.

Inevitables golosas,
que ni labráis como abejas,
ni brilláis cual mariposas;
pequeñitas, revoltosas,
vosotras, amigas viejas,
me evocáis todas las cosas.

«Las moscas», Antonio Machado.

Hoy hace un buen día. Levanto la mirada un momento, mientras escribo este texto, y observo un rayo de luz en el centro de la habitación. Las nubes se han despejado y el sol, deslumbrante, me permite ver ese baile de partículas de polvo que, levantadas por el aire caliente, parecen ocupar todo ese espacio que nosotros ignoramos.

Entre el aparente caos flotante se encuentra algo que todos conocemos; una mosca pequeña. Se podría decir que vuela en círculos, pero realmente parece volar trazando algún tipo de forma poligonal, con ángulos muy pronunciados, cercanos a los noventa grados.

Observo mejor, y no es solo una, son tres moscas. Vuelan todas formando la misma estructura, pero a distintos niveles, como si del trazado de una torre imaginaria se tratase. Cada una de ellas ocupa una altura determinada y parece permanecer en ella. Cuando una trata de pasar al espacio de la que está más arriba, ambas se enzarzan en un enfrentamiento fugaz. Después todas continúan en sus puestos dibujando esas figuras angulosas en el aire.

Debajo de la lámpara, en el rayo de luz, cada mosca está a su altura y todas en el centro de la habitación. ¿Por qué?

Si el lector nunca ha observado este evento, quizás tenga la fortuna de levantar la mirada ahora mismo y encontrarse con el baile de las pequeñas moscas. Es un comportamiento al que los biólogos llamamos lek, de la palabra sueca para ‘jugar’. Los leks son relativamente comunes entre las aves, también los podemos observar en los gamos, por ejemplo. Los machos se exhiben de forma ordenada, en un ritual donde las hembras los observan y eligen. Es algo que —¿por qué no decirlo?— recuerda a ciertas costumbres humanas.

Las moscas macho están compitiendo por la mirada de las hembras; buscan un patrón, un objeto que sirva como referencia (una lámpara en el centro de la habitación es perfecta), y allí inician su competición en una perfecta demostración de vuelo para ellas. Los machos se aproximan siempre por debajo de la estructura imaginaria, ellas siempre por los laterales, desde donde observan.

Este drama de baile, lucha y competición ocurre delante de nuestras narices constantemente, pero somos completamente ajenos a él. Pasamos, literalmente, andando a su través. Quizás una mente curiosa no tardará en preguntarse cuántas otras cosas nos estamos perdiendo, por ser demasiado insignificantes, por ocurrir demasiado cerca, o por ser simplemente impensables.

Si observamos con detenimiento y dejamos a un lado los prejuicios que otrora tuvimos con aves, mamíferos e incluso con otros seres humanos, quizás descubramos en los insectos características que jamás hubiésemos imaginado. Por chocantes que puedan resultar estas palabras, quizás descubramos seres inteligentes con emociones y personalidad.   

En 2015 unos investigadores del California Institute of Technology desvelaron que es muy posible que las moscas puedan sentir emociones, y más concretamente algo parecido al miedo.  

En la naturaleza existen respuestas defensivas automáticas en muchos organismos, todos nos hemos quemado la mano alguna vez y hemos apartado el brazo de forma totalmente instantánea. Incluso las formas de vida en su nivel más basal, el unicelular, responden de forma defensiva ante un posible daño. Pero en organismos de los llamados «superiores» existen respuestas más complejas, que se han desarrollado posteriormente en la historia de la evolución. Si nos pinchan con una aguja por sorpresa, nuestra respuesta inicial será completamente automática, pero después responderemos cambiando nuestro comportamiento. Si vuelven a pincharnos una y otra vez, veremos cambiar nuestro estado emocional en función de la situación (y, probablemente, también queramos cambiar el estado emocional del responsable).  

En algún momento de molestia todos hemos tratado de espantar, casi siempre con impotencia, a una mosca demasiado pesada. A no ser que tengamos una buena técnica desarrollada (yo la tengo), seremos incapaces de atraparla. Esto no se debe solo al hecho de que las moscas perciban la realidad a una velocidad mayor que nosotros (para ellas nos movemos probablemente «a cámara lenta», como unos investigadores de Dublín revelaron en 2013), sino al hecho de que la más mínima sombra las espanta.

En el California Institute of Technology diseñaron un dispositivo en el que una pequeña pala motorizada rotaba por encima de las moscas de la fruta que estaban estudiando. Con cada rotación, la sombra de la pala pasaba por encima de los pobres insectos. Como era esperado, el pase de la sombra parecía asustarlas, hacía que se apartasen, pero ¿qué ocurría si volvía a pasar una y otra vez?

Ante la sorpresa de los investigadores, la reacción de las moscas era lo que bien podría definirse como miedo. La respuesta era variada (unas huían, otras quedaban paralizadas) y también era duradera; incluso cuando se les facilitaba alimento, tardaban en acercarse a él; no se recuperaban. Quizás lo más sorprendente fue descubrir que la respuesta de las moscas dependía de cuántas sombras y con qué frecuencia pasaban, tardaban tanto más en recuperarse cuanto más las hubieran asustado. Todo indica que su estado interno se había alterado: aquellas moscas estaban realmente asustadas, incluso aterradas.

Hace apenas unos años, nadie en su sano juicio se habría atrevido a sugerir que las moscas de la fruta pudieran experimentar emociones. Pero nuestros prejuicios importan muy poco a la ciencia. A lo largo de la historia, el mundo parece no haber dado tregua a la humanidad, siempre ha resultado ser más raro, más profundo y más extraño que nuestras expectativas. Hemos tenido que abandonar, una y otra vez, lo que siempre resultaba ser una cosmovisión infantil, local y antropocentrista.

¿Dejaremos algún día de poner patas arriba nuestra concepción del mundo? Es una pregunta para los filósofos, aquellos que se encargan de las preguntas para las que no tenemos respuesta. Volvamos, por tanto, a la experimentación científica.

Quizá muchos biólogos estén de acuerdo en que el miedo es una de las emociones que debieron surgir primero en la historia de la evolución. Después de todo, responder de forma automática y robótica a los estímulos no es eficaz muchas veces para salvar la vida a un organismo. El miedo nos permite evitar peligros antes de que el daño ocurra, y nos adapta para enfrentarnos al peligro en función de su intensidad. El miedo, como otras emociones, cambia nuestro comportamiento de forma compleja afectando a la toma de decisiones. Pero ¿toman decisiones las moscas? Y, de ser así, ¿toman decisiones influenciadas por sus emociones?

La toma de decisiones es muy, muy antigua en la naturaleza. Tanto en vertebrados como en insectos, elegir entre una acción u otra parece estar relacionado con la actividad de regiones muy antiguas del cerebro. Parece ser tan ancestral que algunos autores han sugerido que incluso podría tratarse de estructuras homólogas entre insectos y vertebrados; las habríamos heredado de nuestro antepasado común hace unos ochocientos millones de años.

Desde 2017 sabemos no solamente que las moscas son capaces de tomar decisiones, sino que estas decisiones pueden ser racionales.

Investigadores de Washington pusieron a prueba el modo en el que los machos de la mosca de la fruta eligen a sus parejas. Tradicionalmente se pensaba que son ellas las únicas que eligen, pero, como suele ocurrir, pronto descubrieron que todo era más complicado de lo previsto; el interés de ambos sexos tenía importancia. Además, las elecciones de los machos cumplen con un requerimiento clave para ser consideradas racionales, concretamente con la llamada «transitividad» (ej. Si A es mayor que B y este mayor que C, entonces A es también mayor a C). Aquellas moscas establecieron un orden lineal de preferencia con diferentes categorías de hembras.

En muy poco tiempo hemos pasado de vivir en un mundo donde el ser humano era el único animal racional, a vivir en un lugar donde «hasta las moscas» lo son. El batacazo que se ha dado nuestro orgullo debe de haberse oído desde la galaxia de al lado (Andrómeda, por cierto). Si hay evidencias de que estos pequeños insectos son capaces de experimentar emociones, y de que toman decisiones racionales, lo esperable sería que dichas emociones afectasen a su toma de decisiones, ¿verdad?

Un grupo de investigadores de Bristol se propuso ponerlo a prueba, y desde principios de 2018 tenemos la respuesta. Entrenaron a unas moscas de la fruta (sí, ¡también se pueden entrenar!) para asociar dos olores a dos estímulos diferentes. Aprendieron a asociar un olor positivo (P) con un premio de azúcar, y un olor negativo (N) con una vibración desagradable. Durante el entrenamiento se las exponía a uno de estos olores (negativo o positivo) y también a un chorro de aire limpio, de ellas dependía elegir entre uno u otro.

Una vez las moscas aprendieron esta asociación, las separaron en dos grupos. A las moscas del grupo A las agitaron durante un minuto (algo aparentemente muy desagradable para ellas) y a las del grupo B no les hicieron nada. Tras ello, expusieron a estos dos grupos a los olores N y P, pero esta vez incluyeron uno nuevo, el olor P:N (una mezcla entre el positivo y el negativo). Las moscas no sabrían si el olor P:N tenía como resultado azúcar o vibración, al fin y al cabo era la mezcla de los dos olores del entrenamiento, así que tendrían que arriesgarse si lo elegían.

Los resultados fueron muy claros, las moscas agitadas no querían arriesgarse y mostraban un sesgo negativo hacia la incertidumbre del olor P:N, además, también parecían valorar menos positivamente el premio de azúcar del olor P. Estaban comportándose de forma pesimista. Todo esto, aunque sorprendente, no hacía más que sumarse a las evidencias que, poco a poco, se iban acumulando; los insectos parecen no ser tan distintos a nosotros, o no tanto como creíamos.

Cuando observamos un comportamiento animal, hay ocasiones en las que no podemos evitar sonreír. Es el motivo por el que ha tenido tanto éxito el infame uso de primates en el cine o la publicidad, vemos características nuestras en ellos, nos vemos representados (tristemente, el uso de primates en estos medios es una desgracia que contribuye a su sufrimiento y extinción).

En 2012, investigadores de la Universidad de California descubrieron algo en las moscas de la fruta que suele hacer sonreír a los humanos: los machos que han sido rechazados por las hembras tienden a darse a la bebida. Usaron dos grupos, durante cuatro días a uno lo mezclaban con hembras receptivas durante sesiones de seis horas, el otro grupo pasaba esos días con hembras que ya se habían apareado (y que, por tanto, los rechazaban). Después les dejaron elegir entre dos alimentos, uno de los cuales contenía alcohol (un 15 % de etanol). Los autores descubrieron que las moscas que habían sido rechazadas constantemente desarrollaban un interés fuerte por el alcohol (bebían cuatro veces más que el resto), y pudieron comprobar que esto se debía a la privación sexual. Ya sabíamos desde hacía algunos años que el alcohol activa los circuitos de recompensa de las moscas, pero que experiencias previas pudiesen aumentar esa necesidad fue una auténtica sorpresa.

El alcohol no solo parece ser la elección de aquellas pequeñas moscas que no encuentran pareja, como les ocurre a los humanos, también puede ser un medio para encontrarla. Como es bien sabido por muchos humanos, el alcohol aumenta la excitación sexual, aunque reduce el rendimiento. A las moscas también les sucede, de hecho, desde 2008 sabemos que la desinhibición es tal que los machos borrachos tratan de aparearse con otros machos. Parece ser que esto no se debe a un problema de percepción (el alcohol podría alterarla), sino a una exagerada excitación y desinhibición. Prepararon moscas transgénicas con las que los investigadores podían controlar las acciones mediadas por dopamina; cuando la dopamina no entraba en juego, las moscas borrachas abandonaban su vida de sexo y perversión miniaturizada.

Observando estos comportamientos, sería esperable que el sexo fuese placentero para las moscas. Recientemente, investigadores de Israel han utilizado una tecnología muy avanzada para poner esto a prueba, han modificado genéticamente moscas de la fruta (machos) para mediante optogenética poder manipular su circuito sexual del placer. Aunque suene a fantasía, la optogenética permite controlar la actividad de las células mediante la luz. Desarrollaron moscas transgénicas con una proteína sensible a la luz en sus neuronas, de forma que, al pasar por debajo de una luz roja, dichas neuronas se activaban. De este modo pudieron comprobar cómo las moscas preferían quedarse debajo de la luz «orgasmatrónica».

Como parece que no podía ser de otro modo, en esta ocasión los autores también permitieron a las moscas tomar alcohol. Como el lector anda ya avanzado en este curso rápido y extraño de cognición de moscas, seguramente podrá predecir el resultado: aquellas moscas que llevaban días sin pasar por debajo de aquella luz roja tenían preferencia por emborracharse.

Todo esto es sorprendente a muchos niveles. Por un lado, rompe con nuestras ideas preconcebidas de que los insectos son autómatas sin experiencias, emociones o motivación. Por otro, nos recuerda que muchas de las características que durante mucho tiempo pensábamos que nos distinguían y nos hacían especiales están extendidísimas en la naturaleza, y son más antiguas de lo que la imaginación pueda abarcar. A medida que aprendemos más y más del comportamiento de otras formas de vida, parece que, por distintos que seamos, nuestro parecido siempre es mayor del que solemos esperar.

Pero no nos llevemos a engaño, el mundo que nos ha tocado habitar sigue siendo un lugar raro y extraño. Cuanto más sabemos de él, más conscientes somos de nuestro desconocimiento. En los insectos que hemos estudiado, hemos observado comportamientos que se parecen a los nuestros, y hasta cierto punto podemos llegar a imaginar lo que siente un pequeño insecto. Pero esto no es nada comparado con la inmensidad de lo que desconocemos. Es ahora cuando algunos autores comienzan a estudiar las estructuras cerebrales que podrían dar lugar a la consciencia de los insectos. Pero aún estamos lejos de alcanzar respuestas y, aunque lo hagamos, seguiremos inmensamente separados de dichas experiencias. Nuestro antepasado más cercano fue un ser que probablemente parecía un gusano, antepasado de protóstomos y deuteróstomos; antepasado de la ballena y el caracol, del albatros y de la hormiga, del lector de este artículo y de la pequeña mosca. Un animal que vivió hace cientos de millones de años, mucho antes de que los continentes se separasen, de hecho, mucho antes de Pangea (el último gran supercontinente), y muy probablemente antes de Gondwana (el supercontinente anterior). Debió de vivir muy cerca del momento en el que Rodinia (otro supercontinente, aún más antiguo) comenzaba a fracturarse. Esa es la escala de un tiempo absolutamente inimaginable para nosotros.

Esas pequeñas moscas de las que hemos tratado, que muestran emociones muy parecidas a las nuestras, que se emborrachan para minimizar su frustración y que pueden sentir miedo, son moscas de la fruta, Drosophila melanogaster. Las que bailan en el centro de las habitaciones pertenecen a otra especie, Fannia canicularis. Hay más de cuatro mil especies de moscas (más de ciento sesenta mil especies, si consideramos a todos los dípteros). Las diferencias podrían ser inmensas entre ellas (los mamíferos, desde un elefante hasta un topo, somos cerca de cinco mil quinientas especies). Solo hemos comenzado a rozar la superficie del conocimiento.

A medida que aprendemos a observar y observamos la naturaleza, nos hacemos más sensibles a los detalles sutiles. Es en esos detalles donde se esconden algunas de las respuestas que llevamos toda la vida buscando, desde de dónde venimos, hasta quiénes somos.

Es posible que, en los próximos años, la ciencia siga descubriendo que los insectos se parecen más a nosotros de lo que pensábamos. Si esto ocurre, es probable que muchas personas sientan la necesidad de preocuparse por ellos. Al fin y al cabo, parafraseando a Protágoras, nosotros somos la medida de todas las cosas. Esta visión antropocentrista del mundo es tan racional como pueda ser la elección de pareja en las moscas de la fruta, pero creo que podemos aspirar a algo más. Tenemos el conocimiento para comenzar a apreciar la naturaleza, no por lo útil que nos pueda resultar, o por lo mucho que nos recuerde a nosotros, sino por su belleza intrínseca. Esa belleza que podemos encontrar incluso en una pequeña mosca.

Quizás la próxima vez que el lector levante la cabeza para descansar los ojos de la lectura, tenga la suerte de descubrir en el centro de la habitación a esos extraños organismos voladores, tan diferentes a nosotros y, a la vez, tan sorprendentemente parecidos. Puede que tenga la suerte de encontrarse con el baile de las pequeñas moscas.


Referencias:

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—Barron AB, Klein C. «What insects can tell us about the origins of consciousness». (2016) PNAS 113 (18) 4900-4908; DOI: 10.1073/pnas.1520084113.

—Deakin A, Mendl M, Browne WJ, Paul ES, Hodge JJL. «State-dependent judgement bias in Drosophila: evidence for evolutionarily primitive affective processes». (2018) Biology Letters. 14(2).

—Gibson WT, Gonzalez CR, Fernandez C, Ramasamy L, Tabachnik T, Du RR, Felsen PD, Maire MR, Perona P, Anderson DJ. «Behavioral responses to a repetitive visual threat stimulus express a persistent state of defensive arousal in Drosophila». (2015) Current Biology 25(11):1401-15.

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—Shohat-Ophir G, Kaun KR, Azanchi R, Mohammed H, Heberlein U. «Sexual deprivation increases ethanol intake in Drosophila». (2012) Science. 16;335(6074):1351-5.

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—Zer-Krispil S, Zak H, Shao L, Ben-Shaanan S, Tordjman L, Bentzur A, Shmueli A, Shohat-Ophir G. «Ejaculation induced by the activation of Crz neurons is rewarding to Drosophila males». (2018) Current Biology 28(9):1445-1452.e3. doi: 10.1016/j.cub.2018.03.039.


Guerra mundial H: Las hormigas del Paraná que invaden el planeta en silencio

Fotografía: Neil D. Tsutsui (CC).

El ser humano no es el único dueño del mundo. Somos la especie animal que reina sobre la cuarta parte de la superficie, esa que está cubierta por tierra firme. Y sin embargo, bajo nuestros pies, son las hormigas quienes podrían decir que el planeta les pertenece. Existen hormigueros en prácticamente cada rincón del mapa, incluyendo casi todos los archipiélagos. Los únicos lugares que las hormigas no han hecho suyos son aquellos donde el hielo perenne impide su avance, como Groenlandia y la Antártida, o algunas islas aisladas del Pacífico. Con más de quince mil especies distintas —reconocidas, aunque se cree que hay muchas más— esta familia de insectos puede presumir de contener los organismos pluricelulares más exitosos del planeta Tierra, en dura competencia con nosotros, los humanos. Se desconoce el número total de individuos, que solamente puede ser estimado mediante fórmulas y con toda seguridad está más allá de lo que se puede contar en trillones. Las hormigas son tan antiguas como los dinosaurios. Parientes más cercanos de las avispas y las abejas, no es necesario ser un experto entomólogo para observar a simple vista el notable parecido que guardan unas con otras. La mayor diferencia, eso sí, es que algunos himenópteros, como las abejas, viven bajo amenaza de despoblación mientras que las hormigas no dejan de florecer.

El hecho más fascinante es que las hormigas tienen su propia historia, repleta de naciones, imperios y guerras. Y solamente en los últimos años nos hemos percatado de la asombrosa magnitud de sus hechos históricos. Siempre hemos sabido que son sociales, que necesitan del trabajo solidario para sobrevivir, y que pelean ferozmente contra sus enemigos. Pero hasta el siglo XXI no hemos empezado a entender hasta qué punto son capaces de crear sociedades más extensas que cualquier nación humana contemporánea; de hecho, tanto o más extensas que los mayores imperios que jamás hayan creado los humanos. La historia de las hormigas, esa que ellas no registran pero de la que nosotros somos estupefactos escribientes, se encuentra en plena ebullición, ahora mismo, mientras escribo. Las hormigas llevan muchos millones de años sobre nuestro planeta, pero están viviendo uno de los momentos más decisivos en, por lo menos, los últimos cientos de miles de años. Hace menos de una década descubrimos que una especie de hormiga procedente de Sudamérica está apoderándose del mundo. Es una invasión que a los humanos nos pasa inadvertida, porque no escuchamos cañonazos ni vemos el agitar de banderas. Y aun así, dentro del reino animal, es la invasión más generalizada de la que tenemos noticia. La despiadada pugna de estas hormigas sudamericanas por la dominación mundial ha llegado a desafiar teorías bien asentadas que sobre esta clase de insectos albergaban los especialistas.

En 1990 se descubrió en Hungría una colonia de hormigas que pertenecían a una especie asiática, Lasius neglectus. A ojos vista, muy similar a la Lasius niger, que es la pequeña hormiga negra de jardín con la que muchos europeos estábamos familiarizados. Resulta difícil distinguir ambas especies si no se es un experto, ya que sus obreras, que son los individuos que generalmente vemos corretear por ahí, miden menos de medio centímetro y no muestran grandes rasgos diferenciales. Sin embargo, pese al parecido superficial, la Lasius neglectus descubierta en Hungría mostraba unas peculiares características reproductivas que parecían amenazar el futuro de la que para los europeos era la «hormiga común». De hecho, algunos países llegaron a calificarla oficialmente como plaga.

Las Lasius niger se caracterizan —como la mayoría de especies de hormiga— por la «monoginia», esto es, por la presencia de una única hembra reproductora en cada hormiguero: la reina, capaz de poner huevos, a la que el resto de hormigas deben mantener y proteger a toda costa. Las Lasius neglectus, en cambio, se caracterizaban por la poliginia, ya que cada hormiguero contenía varias reinas, lo cual multiplicaba su capacidad de reproducción. Un hormiguero de neglectus puede engendrar hasta diez veces más individuos que uno de niger, por lo que apenas sorprende que en muchos jardines se observase a las pobres hormigas europeas arrinconadas, cuando no exterminadas por completo. Otra característica peculiar de las neglectus era la manera en que se producía la fecundación de las futuras reinas. En casi todas las especies de hormigas, incluida la niger europea, hembras y machos fértiles disponen de alas y abandonan los hormigueros para realizar un cortejo nupcial que tiene lugar en el aire. Quienes hemos pasado muchas temporadas en el campo hemos asistido con fascinación a esa temporada de las hormigas voladoras, que dura varios días, y durante la que parecen invadirlo todo. Pero esta inveterada costumbre, quizá heredada de alguna avispa ancestral de la que pudieron evolucionar las hormigas, provoca que las hembras fértiles resulten un blanco demasiado fácil para los depredadores. Pájaros, murciélagos, reptiles y otros insectos pueden darse un festín de hormigas que vuelan desprotegidas. Como sea, al finalizar la temporada de cortejo, los machos que todavía no han sido devorados mueren de forma natural una vez han cumplido su función fecundadora, y las pocas hembras fecundadas que han conseguido sobrevivir a las amenazas exteriores regresan bajo tierra para intentar poner en marcha un nuevo hormiguero, donde ejercerán como reinas y pasarán el resto de su vida inmóviles, siendo alimentadas y poniendo huevos. Pues bien, entre las neglectus invasoras, el cortejo nupcial se produce bajo tierra, dentro del propio hormiguero. Bien defendidas, inaccesibles a los depredadores, las hembras fecundadas se benefician de una altísima tasa de supervivencia y pueden inaugurar nuevos hormigueros andando con tranquilidad, acompañadas de un puñado de obreras, sin necesidad de volar jamás. Ante tales demostraciones de fuerza reproductiva, la prensa rebautizó a las Lasius neglectus como «superhormigas».

No iban a mantener este título durante mucho tiempo. Con el cambio de siglo, sobre el año 2000, el impacto causado por la Lasius neglectus casi iba a parecer una broma y su imperio centroeuropeo una nadería en comparación con lo que estaba por venir. Se descubrió que otra especie de hormiga estaba invadiendo Europa —esta vez desde el sur, presumiblemente desde España—, y que avanzaba con mucha mayor rapidez y aterradora eficacia que la neglectus. Esta hormiga había habitado la costa ibérica desde hacía décadas, y había sido ya localizada como especie invasora, pero de repente estaba expandiéndose a un ritmo creciente. Lo mismo estaba sucediendo en el centro y el sur de África, en Japón, en el golfo pérsico, en el sur de Australia, en las costas atlántica y pacífica de los Estados Unidos, en México y otros puntos de Centroamérica, y en casi todo el litoral sudamericano. Estas hormigas, que —ahora sí, con justicia— podían ser calificadas como superhormigas, son las Linepithema humile. La prensa les daría el sobrenombre de «hormigas argentinas» debido a la creencia de que empezaron a llegar a Europa a principios del siglo XX, como polizonas en buques mercantes procedentes de aquel país, que por entonces mantenía una febril actividad comercial en el Viejo Continente. Aunque en realidad estas hormigas no son únicamente argentinas; de hecho, quizá se las hubiera debido apodar «hormigas del Paraná», pues su hábitat originario es la selvática cuenca de ese río sudamericano, cuenca que Argentina comparte con varios países más: Brasil, Paraguay, Uruguay y Bolivia. En cualquier caso, hormigas argentinas es ya su nombre más famoso, aunque como pueden imaginar, las hormigas no conocen de más fronteras que las que ellas mismas definen.

Fotografía: Liji Jinaraj (CC).

Las Linepithema humile se han extendido por el mundo gracias a los seres humanos, que las han llevado de un sitio a otro mientras viajaban y comerciaban; esto es algo que no se pone en duda. Ha sucedido con muchos insectos y otro tipo de animales. En las ciudades españolas y en tiempos bastante recientes hemos sido testigos de la extinción de la cucaracha autóctona —negra y pequeña— a manos de las cucarachas americanas, rojizas y de mayor tamaño. También célebre es el caso de los conejos en regiones de Australia, donde se convirtieron en plaga. Pero las hormigas no son tan fáciles de observar, y mucho menos de diferenciar entre especies, así que no nos hemos percatado de su particular guerra mundial hasta que los biólogos no empezaron a advertir sobre ella. Al igual que las Lasius neglectus que invadieron Hungría, las Linepithema humile son poligínicas y disponen de varias reinas ponedoras en cada hormiguero. Sus hembras aladas tampoco arriesgan sus vidas en peligrosos vuelos nupciales y son fecundadas bajo tierra. Todo esto las ayuda a expandirse con velocidad cuando llegan a nuevas costas, aunque cuando las Linepithema humile se han hecho notar en Europa por su afición a invadir las casas, cosa que hacen con facilidad por su pequeño tamaño, casi nadie habrá pensado que pertenecían a una especie muy diferente de las aburguesadas hormigas autóctonas a las que estábamos acostumbrados. Un hormiguero de la especie sudamericana tiene una densidad de población mucho mayor que la de los hormigueros europeos tradicionales y sus habitantes se mueven más, y a mayor distancia, en busca de comida. Pero las Linepithema humile aún tienen una característica adicional que las hace, por ahora, imbatibles: rara vez compiten entre sí por el territorio. Sabemos que las hormigas tienen sus propias ciudades, los hormigueros, que a veces se agrupan en colonias, los equivalentes de sus naciones. El que dos hormigas peleen entre sí depende de que se reconozcan como pertenecientes a una misma colonia o no. Sin embargo, el mismo concepto de «colonia» se les ha quedado corto a los biólogos, que desde hace algunos años han de emplear el término «supercolonias» para referirse a las comunidades de Linepithema humile que se extienden a lo largo de cientos e incluso miles de kilómetros. Es más, ya se habla incluso de una supercolonia global de estas hormigas sudamericanas, ¡a nivel mundial! No, no es una paranoia de libro de ciencia ficción; la ciencia está demostrando que existe. Pero ¿cómo lo sabemos?

Las hormigas no tienen banderas ni trazan mapas, pero no los necesitan. Se reconocen entre sí gracias al olor. La cutícula de su exoesqueleto contiene una combinación particular de carbohidratos que cambia de una colonia a otra; este parece ser el factor clave que les confiere su identidad. Este olor distintivo depende de la genética, por supuesto, pero también se piensa que está relacionado con la alimentación concreta de cada comunidad. Pues bien, para saber hasta dónde llegan las fronteras de una «nación», basta con realizar un sencillo experimento: se extrae a dos individuos de hormigueros distintos y se comprueba cómo reaccionan al conocerse. Cuando el olor de su cutícula es similar, se consideran miembros de una misma colonia —aunque ninguna de las dos haya pisado jamás el hormiguero de la otra— y entonces se tocan las antenas y parecen actuar de manera colaborativa. En cambio, cuando el olor es distinto, las dos hormigas se evitan o, con mayor frecuencia, se atacan. Esto, por descontado, es un mecanismo de defensa automático, pero también una manera de que las poblaciones de hormigas se contengan. Cuando una hembra abandona un hormiguero para formar otro, es posible que el olor corporal de sus nuevas hijas sea idéntico al del primer hormiguero, y entonces ambos hormigueros formarán una colonia. Pero en otros casos esto no sucede y el olor cambia, incluso dos hormigueros de la misma especie pueden convertirse en enemigos y cuando sus miembros se encuentren, se atacarán. Y claro, cualquier otra especie de hormiga será atacada también. Se dan muchos tipos de enemistad entre hormigas, desde escarceos puntuales hasta largas guerras con frentes de batalla enquistados; desde invasiones de hormigueros ajenos hasta la esclavización de sus habitantes para que se ocupen del trabajo pesado.

En su hábitat originario, húmedo y selvático, las Linepithema humile parecen guerrear entre ellas con cierta frecuencia, al menos con la frecuencia que puede esperarse de cualquier otra especie. Se producen divisiones que las mantiene contenidas. Es en otros territorios donde han empezado a comportarse como una sociedad increíblemente homogénea. Veamos por ejemplo lo sucedido en Europa. En 2002 se hablaba de que habían invadido toda la costa ibérica, llegando al sur de Francia y el norte de Italia. Este 2016 ya están bien establecidas en toda Europa, incluso en Escandinavia. ¿Lo más sorprendente? Individuos de hormigueros situados a centenares de kilómetros de distancia se abstienen de atacarse entre sí, lo cual mantiene atónitos a los biólogos. Es más, todas las Linepithema humile parecen formar una única supercolonia europea excepto en el noreste de España, donde la llamada «supercolonia catalana» muestra ciertos rasgos genéticos propios, lo cual las tiene enfrascadas en una furibunda guerra fronteriza contra la otra supercolonia de su propia especie. Las Linepithema humile están protagonizando guerras similares en diversos lugares del mundo, ya sea contra facciones rebeldes de su misma especie, como sucede en California, pero sobre todo contra especies nativas; dado que ocupan extensos territorios con tanta rapidez, los conflictos con otras hormigas están resultando inevitables. En Estados Unidos se ha localizado un frente bélico más o menos estable, una guerra de trincheras que parece ocupar decenas de kilómetros y donde cada año mueren millones y millones de individuos. En el mundo se han localizado unas cuantas supercolonias de esta especie, algunas de enorme extensión, como la principal de Europa (más de 6000 km), la principal de California (900 km) y la mayor del Japón.

Vamos con la sorpresa. En 2010, Ellen Van Wilgemburg, Candice W. Torres y Neil D. Tsutsui realizaron un estudio comportamental y genético de las mayores supercolonias de esta especie en Europa, Norteamérica, Asia, Australia, Nueva Zelanda y Hawái, así como de algunas supercolonias secundarias en África.

Sus descubrimientos dejaron en mantillas lo que ya se conocía de la supercolonia europea. Primero emparejaron a individuos de estas supercolonias para observar cómo reaccionaban. Y observaron, por ejemplo, que las Linepithema humile californianas nunca entraban en conflicto con las europeas, ni con las japonesas, ni con las neozelandesas. Solamente en algunos casos raros se peleaban con ejemplares australianos, pero en un porcentaje bajo. Sin embargo, ante la presencia de sus vecinas de la otra supercolonia californiana sí tenían reacciones agresivas, casi en el 90 % de los casos. De hecho, se mostraban más agresivas hacia sus vecinas que hacia algunas «extranjeras» como las australianas o las sudafricanas. Estos comportamientos concordaban con el análisis químico de sus respectivos exoesqueletos. La conclusión era la de que la distancia geográfica no parecía ser un factor determinante en sus relaciones sociales y que las mayores supercolonias conocidas eran, en realidad, parte de una única supercolonia mundial. Los autores no sabían cómo explicarlo. Sugerían que cuando ya se han establecido en un territorio, las Linepithema humile usan su dominio para prevenir que otras especies recién llegadas (o nuevas cepas genéticamente distintas) puedan establecerse a su vez. Pero esto seguiría sin explicar por qué una especie con semejante tasa de reproducción y extensión geográfica no ha evolucionado hasta producir, como sería de esperar, una gran diversidad. De hecho, entre las poblaciones de insectos que pueblan nuevos territorios se espera justo el efecto contrario: una rápida diferenciación genética, como se ha observado en ciertas moscas de Norteamérica cuyas alas cambiaron de longitud cuando apenas habían transcurrido veinte años desde el momento de su introducción. Las supercolonias de Linepithema humile, que se establecieron en diversas partes del mundo hace décadas —un siglo, incluso— no muestran esta esperable adaptación al medio. Los propios autores del estudio reconocían que la cuestión del origen y mantenimiento de esa cooperación internacional era «un misterio».

Hoy seguimos sin entenderlo. La existencia de una supercolonia mundial de hormigas es un concepto que parece salido de alguna película de serie B, pero es algo muy sólido y real, por más que desafíe lo que pensábamos saber sobre la evolución y comportamiento de los insectos. Las Linepithema humile son ya la primera nación sobre la faz de la Tierra. Unos insectos que parecen insignificantes hasta que nos fijamos en sus hechos y sus obras. Quién sabe; podríamos terminar descubriendo que estas hormigas sudamericanas son el auténtico Pueblo Elegido. Evite importunarlas. Nunca se sabe.

Fotografía: Photochem (CC).


De la vida de las cucarachas. Un tratado entomológico-apocalíptico sobre los bichos negros que heredarán el mundo

Fotografía: Matt Reinbold (CC).

Son las cucarachas, y no los humanos, la cima de la evolución. (Mohinder Suresh)

El escritor, filósofo e historiador alemán Ernst Jünger, afirma en su ensayo Sobre el dolor (1934) que «nos parece amenazado en proporciones inimaginables el insecto que va serpenteando a nuestros pies por entre las hierbas como si fuera atravesando los árboles de una selva virgen. Su pequeño camino se asemeja a una ruta de espantos; un enorme arsenal de fauces y pinzas se halla expuesto a ambos lados de ella». Pero si trascendiéramos el punto de vista humano y expandiéramos nuestra mirada al nivel cósmico de los dioses, comprenderíamos que la vida humana es infinitamente más frágil e insignificante que la de cualquier insecto. Y si ese insecto es una cucaracha, apaga y vámonos.

El objetivo del presente texto es demostrar, salvando los tamaños, que la cucaracha ocupa en la naturaleza y en el orden terrestre un rango superior al del ser humano, que le permitirá tomar las riendas del mundo en un futuro próximo. Poco importa que el descomunal ego colectivo de la humanidad proyecte un espejismo omnipotente. Las cucarachas se ocultan en la oscuridad, esperando que el Apocalipsis traiga un nuevo amanecer. Carecen de prisa porque tienen el tiempo en sus patas. Al fin y al cabo, ¿qué significa un puñado de siglos para una especie destinada a reinar durante eones?

Millones de dictiópteros no pueden equivocarse

Existen casi cinco mil especies diferentes de cucarachas. De entre ellas, cuarenta habitan en casas y solo tres soportan climas no tropicales, es decir, templados. Las especies que más abundan en esta cloaca llamada España son la «cucaracha del café» (o Blattella germanica), la «supercucaracha» (o Periplaneta americana) y, sobre todo, la «cucaracha negra» (o Blatta orientalis). Quien más y quien menos se ha tropezado alguna vez con uno de esos bichos negros, brillantes, aplanados, de unos tres centímetros de largo. Dos gruesos pares de alas son su principal escudo y la parte fundamental de su cuerpo: no en vano, el superorden al que pertenecen, los dictiópteros, viene a significar «alas en red». Pese a esas alas, que en el caso de las hembras son mucho más pequeñas, la mayor parte de las cucarachas prefiere moverse por el suelo.

Dice un estudio de la Universidad Complutense de Madrid, que en cada vivienda española habitan unas cuatro mil cucarachas. Y que por cada espécimen que se deja ver, hay unos cien más escondidos. Más que por miedo, se esconden porque no les gusta la luz; y la inmensa minoría que decide salir, lo hace de noche, en busca de algo que llevarse a la boca. Cualquier migaja del peor comistrajo, por ínfima que sea, es un suculento y generoso manjar para estos insectos. Por eso los exterminadores aconsejan aspirar bien los domicilios, puesto que el barrido y el fregado siempre deja restos de comida invisibles al ojo humano.

En estado salvaje, la materia animal muerta es el alimento principal de los blatodeos, estando los pájaros, los murciélagos y los humanos entre sus carroñas predilectas. Aunque en la película Creepshow (George A. Romero, 1982), cientos de cucarachas devoraban a un viejo misófobo, es difícil que esto ocurra en la realidad, pues es poco habitual que estos cautos insectos se lancen a cazar criaturas vivas. Como bien dice Michael Chinery en su Guía de campo de los insectos de España y Europa (1977), «en cautividad, los blatodeos devorarán de buen grado a sus hermanos y hermanas muertos aunque unos a otros no se atacan y matan para conseguir alimento». Pero a falta de chicha comen de todo, masticándolo gracias a sus fuertemente dentadas mandíbulas. Cables, pegamento, heces, pelo, cuero, desechos radiactivos, piedras, plástico… Las cucarachas no le hacen ascos a nada y, si nada encuentran, son capaces de pasar una eternidad en ayunas, reduciendo sus constantes vitales a la mínima expresión.

Matando blatodeos a cañonazos

Las cucarachas estaban ahí antes de que el hombre fuera hombre y seguirán estando ahí cuando el hombre sea polvo. Los primeros fósiles de blatodeos datan del período Carbonífero, hace más de trescientos millones de años. Al parecer, en la prehistoria las cucarachas llegaron a medir hasta medio metro de largo. Se alimentaban de dinosaurios muertos y estaban por todas partes, hasta el punto de que algunos historiadores califican este período como «la Edad de las Cucarachas». Sin embargo, no empezaron a vivir con los humanos hasta que estos se instalaron en cuevas; las cucarachas encontraron ahí un hábitat tan acogedor, cálido y bien surtido como un hormiguero o un nido. Aunque oliera a humanidad.

A lo largo de los siglos esta incombustible especie ha aguantado hambrunas, glaciaciones y tormentas mil. Lo que no la mató, la hizo más fuerte. Y así ha llegado a la actualidad: menguada en tamaño, pero casi indestructible. Un espécimen común vive entre uno y cuatro años, una eternidad en cronología insectil.

La estructura de su cuerpo convierte a la cucaracha en un pequeño tanque dotado de un potente radar. En su libro The Cockroach Papers (1999), Richard Scheweid explica que estos seres poseen unos pelillos en el abdomen conectados al cerebro que les permiten detectar hasta la más mínima brizna de aire que suponga un peligro. Así, cuando un cerebro humano aún está procesando la luz de la bombilla que acaba de encender, la cucaracha ya ha tenido tiempo de esconderse. Porque esa es otra: las cucarachas corren a metro y medio por segundo, recorriendo en ese tiempo cincuenta veces la longitud de su cuerpo; vamos, como si un ser humano corriera a 320 kilómetros por hora. Una marca que no está al alcance ni de Usain Bolt, un jamaicano color Blatta orientalis que está considerado «el hombre más rápido del mundo».

Fotografía: USGS Bee Inventory and Monitoring Lab (CC).

Pero aunque logres cazarla y la pisotees con todas tus fuerzas, es posible que la cucaracha siga viva y esté haciéndose la muerta, tumbándose inmóvil boca arriba y soltando una sustancia que huele a carne putrefacta. Y ahí se quedará, toda tiesa, hasta que la dejes en paz o la tires a la basura, que para ella es como el paraíso terrenal.

Para asimilar la fortaleza de un blatodeo, nada mejor que decapitarlo y comprobar cómo su cuerpo aguanta varias semanas sin cabeza, vivito y coleando, pataleando y correteando a la deriva hasta morir de inanición. Por su parte, también la cabeza es capaz de vivir sin cuerpo, moviendo ojuelos y antenas durante días hasta quedarse sin fuerzas. Menos grave es para ellas perder una pata, puesto que le volverá a salir más pronto que tarde; por eso resulta tan poco creíble El maleficio de la mariposa (1920), la obra de teatro de Lorca protagonizada por una cucaracha a la que le falta una pata.

Fumigar a las cucarachas con organoclorados, organosfosforados, piretroides y otras sustancias es perder el tiempo, pues ellas son capaces de neutralizar casi cualquier sustancia microbiana o química que se les arroje. Al cabo de un tiempo desarrollan una respuesta protectora a la toxina que las hace inmunes a futuros ataques. Al final, el veneno acaba siendo más perjudicial para el organismo humano que para el de los bichos, por más que la industria insecticida cambie de tóxico con frecuencia.

Por si fuera poco, las cucarachas pueden soportar dosis de radiación quince veces superiores a las toleradas por los seres humanos. Si estallara una bomba nuclear, la mayoría sobrevivirían y reinarían en el subsuelo, mientras que el aire libre se lo repartirían la Drosophila (bestia alada de color marrón amarillento, popularmente conocida como «mosca del vinagre») y la Habrobracon, avispa de hábitos parásitos y larguísimas antenas, que inyecta huevos en el cuerpo de otros bichos para que eclosionen allí y devoren a su huésped.

No resulta difícil, pues, imaginar un mundo futuro plagado de cucarachones, moscones y avispones mutantes pululando por ciudades en ruinas, picoteando nuestros cadáveres y los de otras malas bestias aniquiladas por la radiactividad, reproduciéndose como conejos y defecando a diestro y siniestro.

El excremento como arma de destrucción masiva

Si tomamos una lupa y examinamos una muestra de las numerosas heces de cucaracha que hay en cualquier hogar español, veremos unos ínfimos excrementos negruzcos que recuerdan al café molido o a la pimienta negra, si se trata de cucarachas pequeñas. Si son gordas, encontraremos una especie de cilindritos oscuros. Y si se trata de cucarachas americanas, las deposiciones serán grises, alargadas y poliédricas.

Pero que las cagarrutas de las cucarachas sean insignificantes no significa que resulten inofensivas; entre otros males, provocan alergias, ataques de asma, poliomelitis o salmonelosis.

Al vivir en alcantarillas, desagües, conductos de ventilación, zócalos o vertederos, las cucarachas son también capaces de esparcir con sus patitas al menos treinta y tres tipos de bacterias, seis tipos de gusanos parásitos y siete clases de patógenos humanos.

La gran paradoja es que las terribles enfermedades que transmiten los blatodeos que habitan en ciudades se deben, sobre todo, a la porquería generada por el progreso humano. Una cucaracha de campo (Blaptica dubia) o criada en cautividad no es insalubre, sino todo lo contrario: en muchas culturas antiguas se usaban sus cenizas como antiparasitario, analgésico y digestivo. Y aún en la actualidad se comercializa en algunos países el llamado Pulvis Tarakanae (polvo de cucaracha) como remedio para hematomas e hinchazones.

Fotografía: USGS Bee Inventory and Monitoring Lab (CC).

Además, las cucarachas sanas pueden comerse sin problema. Hasta la ONU ha recomendado, con no poco cinismo, el uso de blatodeos como alimento para luchar contra el hambre en el mundo. En este sentido, el encargado del museo de entomología de la Universidad Nacional Autónoma de Honduras, Bery Almendares, asegura que «estos insectos tienen entre un 40 y un 60 % más proteínas que la carne de res, son más fáciles de digerir y bastante más saludables que una hamburguesa». El experto aconseja, no obstante, ingerir los bichos cuando están en estado inmaduro porque tienen más carne y carecen de alas. Cabría también aconsejar olvidarse de cierta leyenda urbana que asegura que un señor se comió una cucaracha hembra, esta puso huevos en su interior y las crías le devoraron las entrañas.

Unas mentes maravillosas

El cerebro de las cucarachas posee un millón de neuronas y una memoria a largo plazo que les permite orientarse en un laberinto y distinguir la derecha de la izquierda, cosa que no todos los humanos son capaces de hacer. Tocan las cosas y esquivan las trampas gracias a sus antenas finas, largas, flexibles, dotadas de pelillos sensoriales y receptores químicos. Y miran con unos ojos compuestos por miles de lentes, que les permiten ver más de una cosa al mismo tiempo, si bien son incapaces de captar la luz roja. La artista japonesa Yoko Ono intentó (que no logró) plasmar la inabarcable mirada blatodea en su obra Odisea de una cucaracha (2007), que presentaba imágenes de la vida moderna desde el punto de vista de uno de estos insectos.

Sin ser tan asamblearias como las abejas o las hormigas, las cucarachas tienen gran facilidad para ponerse de acuerdo entre ellas y tomar decisiones de grupo, cosa que les será muy útil cuando les toque gobernar el planeta. Tal vez en ese momento, comiencen a agruparse en bandos y enfrentarse por el poder, como ya imaginó el historietista underground Gilbert Shelton en su cómic La guerra de las cucarachas (1987). Armas no les van a faltar. La Eurycotis floridiana, por ejemplo, te dispara a los ojos un dolorosísimo chorro formado por cuarenta sustancias apestosas e hipertóxicas si te acercas a menos de quince centímetros de ella. Y las que no tengan armas químicas, quizás empleen carros de combate. De momento, ya existe un pequeño robot experimental de tres ruedas, desarrollado por el artista e investigador Garnet Hertz, que ha sido pilotado por una cucaracha silbadora de Madagascar.

Cuando la guerra de las cucarachas llegue a su fin, los blatodeos desarrollarán una civilización que, sin duda, será más justa y armoniosa que la occidental. Florecerá una suerte de renacimiento cucarachil, que producirá numerosas obras de arte. Steven R. Kutcher, biólogo que pinta cuadros utilizando insectos vivos, ya ha demostrado que la pulsión creativa de la cucaracha puede ser muy superior a la humana, especialmente en el desarrollo de obras abstractas.

Total, que las cucarachas son listas como el hambre. Solo les falta hablar. Y aunque por ahora solo las de ficción han conseguido el don de la palabra (pienso en las blatodeas parlanchinas de películas como El almuerzo desnudo o El cuchitril de Joe) en realidad ya hay algunas especies que chillan y sisean. Démosles un poco de tiempo y montarán tertulias literarias.

Lubricidad y mutación

Como las personas, las cucarachas tienen complejas danzas y ritos de apareamiento para intercambiar feromonas y tirarse los tejos. Eso sí, a la hora de consumar, el macho cucaracha tiene más estilo y aguante que el varón humano. Su coito puede durar hasta una hora, durante la cual el macho extiende sus alas y la hembra se sube a su espalda para ser fecundada. Al cabo de un mes escaso, la hembra expulsará por su abdomen unos cincuenta huevecillos, de los que brotarán un puñado de ninfas blanquecinas que, tras mudar su membrana por un pequeño caparazón, ya estarán listas para la vida moderna.

Si alguien está interesado en contemplar actos sexuales protagonizados por cucarachas, no tiene más que teclear cockroach sex en YouTube y podrá echar un ojo a unos cuantos. En ellos puede verse con meridiana claridad a dos especímenes pegados por sus genitales, crujiendo de placer, cosa que no les impide seguir correteando a gran velocidad para driblar peligros.

Pero hay que escarbar en webs de dudosa reputación para encontrar grabaciones de «cruces» entre seres humanos y cucarachas. www.heavy-r.com, por ejemplo, alberga vídeos pornográficos hechos por y para regocijo de insectófilos, bajo etiquetas como bug porn. Uno de los más extremos es «Cockroachs Attack Penis», protagonizado por un señor que mete su pene en una botella llena de cucarachas. En descarnados primeros planos, vemos a los bichos pasearse lascivamente sobre el erecto miembro viril del individuo, succionándolo y acariciándolo hasta que este eyacula. ¿Qué lodos nos traerán estos polvos degenerados? En el mejor de los casos, la aparición de una nueva subespecie, un híbrido entre hombre y cucaracha que, a diferencia de los malogrados Gregorio Samsa y Seth Brundle, aprovecharía su mutación para trascender la condición humana. Quizá sea este aberrante pero necesario mestizaje el único futuro posible para nuestra especie. Descender al subsuelo. Tener muchas patas. Ser duro y frío. Cubrir el mundo con negros caparazones, pronunciando entre siseos el viejo mantra nietzscheano: «¡Yo os conjuro, hermanos míos, permaneced fieles a la tierra y no creáis a quienes os hablan de esperanzas sobreterrenales! Son envenenadores, lo sepan o no. Son despreciadores de la vid, son moribundos y están, ellos también, envenenados, la tierra está cansada de ellos: ¡ojalá desaparezcan!».

Fotografía: Geoff Gallice (CC).