El Barroquista: «Mi intención es explicar la diferencia, para mí fundamental, entre gusto y calidad o entre gusto e importancia»

El Barroquista

Miguel Ángel Cajigal Vera (La Coruña, 1981), conocido como el Barroquista, es historiador del arte, comisario de exposiciones y divulgador cultural. Dirige el máster de Educación en Museos y Espacios Culturales de la Universidad Miguel de Cervantes y es miembro del Consejo Internacional de Monumentos y Sitios (ICOMOS), y del Consejo Internacional de Museos (ICOM). Ha colaborado con universidades como la Colgate University de Estados Unidos, la Universidad del País Vasco o la Universidad de Málaga, y con instituciones como el Museo Thyssen-Bornemisza o el Comité Español de Historia del Arte (CEHA). 

El Barroquista se dedica a la divulgación artística y cultural en redes sociales como Twitter, Instagram o YouTube. Colabora en el programa Galicia por diante, de Radio Galega, en Julia en la Onda, de Onda Cero, y en El condensador de fluzo, de TVE. La entrevista que van a continuación se hizo en La Rambleta, en Valencia, en una jornada de #FuturoImperfecto.

Miguel Ángel, ¿a ti te pagan por mirar cuadros? 

Pues sería precioso. Hay gente a la que le pagan por mirar cuadros, aunque muy poquita, y hay gente que se cree que la historia del arte consiste en que te paguen por mirar cuadros. Yo no soy de los primeros (de esos que a veces meten la pata con alguna cosita…), sino que a mí me pagan por educar a la gente en un museo de Santiago de Compostela, así que me pagan por ayudar a la gente a mirar cuadros. Es parecido. 

¿Cuántas veces te han preguntado qué es exactamente el arte? 

Todos los días. En redes, aparte del chiste este de que el arte es morirte de frío, la pregunta que todo el mundo quiere que respondas es qué es el arte. Y te retan a dar una definición. Pero yo creo que definir el arte no tiene mucho interés, además, la definición actual es abierta y si preguntáramos a siete u ocho personas del mundo del arte es probable que nos dieran siete u ocho definiciones, lo cual es más interesante. Con esto de qué constituye arte y qué no nos ponemos un poquito estupendos y en guardia buscando respuestas contundentes y sólidas, que es el tipo de respuestas que a mí me aburren. Me gustan más las preguntas. 

¿Cuándo decidiste dedicarte al arte? 

¡Vamos a hablar de mi infancia! De adolescente, cuando tuve que hacer un trabajo sobre un monasterio barroco, me fascinó cómo a partir de un edificio podías conocer muchas más cosas que simplemente disfrutar del impacto estético, como las personas que lo generaron, la sociedad que lo produjo, o lo que provocó que ese edificio existiese. En el último año de instituto, cuando vi que la asignatura de Historia del Arte, además de gustarme, se me daba bien, decidí seguir en la universidad, aunque siendo consciente de que la mayoría de gente con estos estudios no acaba trabajando con nada relacionado con la historia del arte, así que soy un privilegiado. 

¿Y cuándo empiezas en divulgación?

Poco a poco. Empecé con un blog, en un momento en el que parecía que si no tenías un blog no eras absolutamente nadie, al que llamé El Barroquista

Vaya idea. 

Sí, era lo que en un inicio quería. Hablar de un período del que todo el mundo tiene muy mala imagen, del que dicen que todo resulta recargado… Así que entré en redes sociales, incluso sin usarlas mucho, me hice la cuenta de @elbarroquista, y a pesar de que pensaba que algunas redes sociales como Twitter no las iba a usar en mi vida, poco a poco el contenido del blog lo fui pasando a redes. Quería hacer divulgación, y desde el blog me parecía que no lo conseguía, o no hacía lo que para mí es divulgación; por ejemplo, los documentales de animales de La 2, en mi opinión, no son divulgación… Unos animales en la sabana, reproduciéndose, no son divulgación, son información. 

Conozco a gente que hace documentales de naturaleza y no se les pasa por la cabeza la idea de divulgación, sino que su intención es crear un producto que sea estético, bello, que funcione cinematográficamente, pero no divulgativo en la medida en que no ejercen de conexión entre un contenido y personas que no conocen ese contenido. De hecho, la mayoría de gente que ve documentales de naturaleza al mediodía los usa para dormir la siesta… o para disfrutarlos, porque le gustan. El blog para mí no era divulgación, porque yo escribía, alguien leía, pero no tenía ningún tipo de interrelación con esa gente; a veces alguien ponía un comentario, pero muy pocos, y para mí si no hay conexión con otras personas no hay divulgación tal y como yo la entiendo. 

El Barroquista

Cuentas que tu pintura favorita es de Velázquez, Las Meninas, ¿te has encontrado con gente que te dice: «Pues a mí no me gustan Las Meninas»?

Al principio poca, pero desde que saqué el libro, cuyo subtítulo es No pasa nada si no te gustan Las Meninas, ha pasado como con el anuncio de Pringles, que cuando haces pop, ya no hay stop, y ha venido mucha gente a decirme que no le gusta el cuadro. También hay gente que nos ha llamado a la radio para decirnos: «pues a mí no me gusta Goya», y respondo: «pues a mí tampoco». No me gusta, pero entiendo la importancia que tiene, que son cosas distintas. 

Hay que quitarse ese peso de encima. Un día, mi mejor amigo, cenando, me dijo: «no me gusta Velázquez, me parece horrible, y Las Meninas, particularmente, es un cuadro que me aburre, no me interesa nada, me parece feo… todo lo malo que se te ocurra, yo lo asocio con Las Meninas». Me quedé sin saber qué decir, si proponerle romper nuestra amistad, si borrarnos en redes sociales, o llevarlo al Sálvame, o no dirigirle más la palabra… pero eso, pensé, quedaría un poco dramático, y el gusto no deja de ser una cosa personal, tremendamente subjetiva, a pesar de que fingimos un gusto social porque vivimos en sociedad. Fingimos, por ejemplo, que nos gusta una película cuando quizá, por dentro, pensamos: «qué cosa más infumable acabo de ver». Como decía un amigo mío: «¿por qué me castigo viniendo a ver estas películas?». Sin embargo iba a ver ese tipo de cine que no le gustaba. Y mi amigo tiene todo el derecho del mundo a que no le gusten Las Meninas como yo tengo el derecho a que me encanten. A partir de ahí nace la idea central del libro: mi intención es explicar la diferencia, para mí fundamental, entre gusto y calidad o entre gusto e importancia. 

A mí no me gusta Goya, pero Goya es, quizá, el artista más importante de la historia del arte español, quizás es incluso más importante que Velázquez y que Picasso. Estas dos cosas deberían poder coexistir perfectamente en la misma persona, el hecho de saber el valor que algo tiene aunque no te guste o no te interese. 

Seguramente te habrás topado con mucha más gente que critica el arte contemporáneo, por ejemplo los trabajos de Mauricio Cattelan, Piero Manzoni o, por supuesto, Duchamp, si es que se le puede llamar contemporáneo a un artista de vanguardias… ¿Qué podrían tener en común Velázquez y Duchamp? 

¡Esa pregunta es buena! Si se encontraran Velázquez y Duchamp en un bar, ¿qué se contarían? Creo que tienen más cosas en común de lo que parece. Duchamp es un señor que a mí me cae regular. Tanto Duchamp como Kandinsky me caen regular porque han hecho mucho daño: estos dos se pusieron todas las medallas y después llegamos los historiadores del arte a decirles que sí, que eran muy listos, colgándoles más medallas. Duchamp hacía cosas muy interesantes, pero no era el único, y Kandinsky, al que muchos libros serios bautizan como padre de la abstracción, no era el único, ya estaba Hilma af Klint y mucha más gente, pero como Kandinsky tenía mucho marketing, pues se vendía como tal. 

En última instancia, tanto Velázquez como Duchamp tienen en común la capacidad para plantearse dónde están las fronteras y saltar por encima de ellas. Lo que a mí me interesa de Las Meninas es que es una idea muy loca. A mí me gustaría saber quién le dijo a quién, si Velázquez a Felipe IV o Felipe IV a Velázquez, de hacer un cuadro en el que no pasa nada. Imagina el diálogo: «— ¿Y quiénes van a salir en el cuadro? —Pues la gente que anda por aquí. ¡Mira! El perro ese va a salir en el cuadro». 

Es una marcianada tremenda, y más en su momento. Hay gente que dice que el arte de Vermeer se parece… Digamos que Vermeer tiene una intención parecida, pero en el fondo Vermeer se pinta pintando. En Las Meninas no pasa nada, es como una de estas películas ucranianas que, después de una hora de película, te gusta lo que ves, pero no sabes qué está pasando. En el fondo es eso. Es un cuadro que… ¿qué cuenta? No cuenta nada. Está la infanta Margarita en el centro, parece que algo pasa, o parece que no, y esa es precisamente su magia. Es probablemente el cuadro de la historia del arte español del que más se ha escrito, junto con el Guernica, y casi cualquier cosa que la gente escriba sobre Las Meninas encaja, porque ¿qué cuenta el cuadro? Pues todo lo que quieras que cuente puede servir. 

Para hacer ese cuadro en el siglo XVII hay que ser muy atrevido, y ese atrevimiento, que no sé si es de Velázquez o de Felipe IV, que era quien mandaba sobre Velázquez, es el mismo tipo de atrevimiento que tiene un señor en el siglo XX para hacer una ampolla de aire y decir: «esto es aire de París», o coger un urinario y decir: «esto es una fuente», o que se le caiga un cristal, y decir: «la obra ya está terminada». No deja de ser un atrevimiento parecido, evidentemente salvando toda la distancia temporal y estética. 

El arte trabaja con la transmisión de ideas, por tanto no siempre puede ser bonito, ¿desde cuándo hablamos de categorías estéticas en el arte? 

La categorización que admitimos actualmente se genera a partir del siglo XVIII y se consolida en el XIX, fundamentalmente. Es cierto que hay una serie de elementos que se pueden rastrear en cosas anteriores, por ejemplo, una obra que a mí me interesa muchísimo y en la que profundicé para escribir el libro son los grabados de los desastres de la guerra de Jacques Caillot, un grabador barroco que nos muestra cosas terribles, y que hay gente que considera que puede haber servido de inspiración a Goya en los Desastres de la guerra. Son muy fuertes los desastres de Caillot, y en una época en la que teóricamente se hace un arte distinto Caillot es rompedor, tanto que incluso ha servido de inspiración para portadas de discos de heavy metal, porque es muy heavy lo que hace… te puedes encontrar un grabado con gente ahorcada en un árbol. 

Si rastreamos hacia atrás podemos encontrar cosas que luego, en los siglos XVIII y XIX, se consolidan como grandes categorías estéticas. Esto a mí me da un poco de miedo, porque a veces en historia del arte equivocamos la idea de precursor, como por ejemplo cuando se dice que el Greco es un precursor de las vanguardias. Pero el Greco no tenía un bola de cristal para ser precursor de lo que hace Picasso en Las señoritas de Aviñón, en todo caso es Picasso el que se fija en el Greco. También pasa mucho con Zurbarán, que tiene composiciones que no están bien resueltas, que pintaba raro según el punto de vista de su época, pero posteriormente se le pone en valor y hay artistas e historiadores que se fijan en él porque les gusta el trabajo y funciona, y esto es porque hacía las cosas distintas, por no saber hacerlas bien. 

Una vez tenemos claro que no debemos identificar siempre lo bello con el arte, háblanos de dos conceptos muy básicos: la autorreferencialidad y la intertextualidad. 

Las referencias a veces mantienen a la gente alejada, hay que aprenderse o saberse tantas cosas que la gente se queda fuera. Pongo un ejemplo que para gente no próxima al arte puede servir: The Big Bang Theory. Hay gente que no entiende sus bromas, porque hay muchas referencias; cuando en la serie hacen una broma de Star Trek, si no has visto Star Trek puede que no te guste. También pasa con los capítulos de Los Simpson.  

A mí me pasó con Valle Inclán. No entendía las referencias en Luces de Bohemia, y me impedía entender de qué iba el libro. A mucha gente le pasa esto con el arte: se ponen delante de un cuadro de Picasso o de Frida Kahlo, y no comprenden. Esto es algo que yo quiero tratar, es decir, explicar que hay muchos niveles de valoración del arte, y evidentemente la intertextualidad y todas esas citas que el arte se hace a sí mismo, son algo que está muy bien, pero que no llega a mucha gente. 

En gran medida el arte se cuenta como una secuencia de creaciones de vanguardia que un su momento no se comprenden. ¿Para que un artista triunfe tiene que ser rechazado? 

A veces parece que sí, pero hay personajes de los cuales hemos exagerado mucho su rechazo. Recuerdo un libro de la historia de la música que se usaba mucho cuando yo estudiaba música y en este libro se decía que la música de Beethoven era incomprendida en su época. Sin embargo, cuando murió Beethoven fue el funeral más multitudinario de la historia para alguien que no fuese de la realeza, e incluso más multitudinario, pues tenía muchos aficionados en Viena y la gente se daba de tortas por entrar en sus conciertos. 

Hay gente, artistas, que piensan que se deben comportar de una manera muy excéntrica como si eso fuera una cualidad que forma parte de lo que debe tener un artista, como si fuera un requisito ser una persona incomprendida. Ahí debemos reconocer la parte de culpa que tenemos, desde la historia del arte, porque a veces hemos magnificado ese tipo de discursos. Si tú compras un manual sobre un estilo artístico, el manual suele estar articulado como si ese estilo artístico hubiera superado al anterior: si el manual es del románico, el malo es el gótico; si va de los impresionistas, pues lo malo son los academicistas; si los cubistas, pues los malos son los impresionistas. Esa idea de la eterna superación, que ya no tiene sentido hoy, es en la que se ha educado en arte mucha gente. El problema es que esa idea nos deja fuera a muchos artistas que eran muy buenos en su época, que triunfaban, y que acaban saliendo de los libros de arte. Por ejemplo, Gertrude Vanderbilt no estaba en ninguna vanguardia, era una muy buena escultora, que no hizo nada revolucionario, y por eso no interesa. A eso de lo revolucionario e incomprendido hay que quitarle importancia. 

El Barroquista

Cuéntanos sobre Cattelan y Manzoni. 

El plátano es la gamberrada más divertida que se ha hecho en el arte en muchísimas décadas. Luego tuvo que venir Banksy a liarla con lo de la trituración esta del cuadro en la subasta, lo cual le quedó un poco descafeinado, porque es muy difícil superar a Cattelan y su plátano. 

En el fondo, lo del plátano de Cattelan ya se hizo muchas veces, lo interesante es que está utilizando toda una serie de referencias que están ahí en la historia del arte del siglo XX…

Coge un plátano de verdad…

… que es perecedero, y lo pega con cinta americana a la pared. ¡Estos artistas de ahora! Manzoni sigue siendo peor, la idea de: «toma, en el interior de esta lata, tienes noventa gramos de mi mejor producto: lata de mierda de artista». 

Vendía la lata al precio del oro. 

Sí, al precio del peso del oro. Esta obra debería ser portada de cualquier libro de arte posterior a los años 70, porque es la obra que mejor evoca la mayoría de los problemas que se han planteado los artistas después de los 60. No te pones delante de una lata de Manzoni a valorar nada, ni su circularidad, ni sus letras… Lo interesante es la cantidad de cosas serias sobre arte que esa lata te hace plantearte con una gamberrada, porque Manzoni era un gamberro. Manzoni nos dice: «yo soy artista, ¿entonces cualquier cosa que salga de mí es arte? ¿Si tiene mi firma es arte?».  Aguántame el cubata. Manzoni estaba haciendo esto cuando todavía vivía Picasso, ese señor que firmaba en un folio y por eso el folio ya valía dinero. Entonces Manzoni responde con su lata. 

Se hace una foto, ¿no? 

Hay una foto preciosa, en el cuarto de baño, que es una pena que no la incluyan en los manuales de arte porque es la gamberrada al cubo. ¡Fantástico! Él mismo está cuestionando el efecto comercial del arte: esa colisión nunca resuelta entre la persona que hace arte para expresarse, pero que luego tiene que pagar facturas. 

Manzoni se podía permitir esto, venía de familia con posibles. 

Y ahora, hablando de algo totalmente opuesto, háblanos de piezas cuyo objetivo sea la denuncia. 

No sé si conocéis la obra de Teresa Margolles, una artista mexicana muy brutal. Tiene una obra en la Tate que es una bandera sucia, colgada en un asta, con sangre y restos de vísceras, de sesos, porque ella es forense además de artista y ha utilizado esa bandera para limpiar espacios de crímenes del narco en México. Es un lenguaje único que solo a través de ese tipo de creación se puede alcanzar: no puedes transmitir esas ideas de otra manera… puedes hacer dibujos, pintar, como Goya los desastres de la guerra, pero hay una sensación de rechazo profundo que solamente con ese objeto tan visceral puedes conseguir. 

También están los aviones de guerra de Fiona Banner, que son piezas interesantes porque los sitúa en mitad de una galería como si fuese un crucifijo. Es muy interesante cuando tú entras en una habitación y tienes un caza colgando del techo con la intención de convulsionarte. 

Me interesa mucho esa línea. Como no soy especialista en arte contemporáneo tengo la ventaja de poderlo disfrutar como espectador, sin más, y me encuentro constantemente con ese rechazo de «eso que hacen los artistas de ahora es una basura», algo que se dice ahora, se decía en el siglo XVI y desde los griegos. Pero yo creo, sinceramente, que llevamos más de cien años con el arte más variado, rico e interesante que ha generado nuestra especie. Si te lo pierdes, es una pena. 

Hay cosas que si te las pierdes no pasa nada. Por ejemplo las performances quirúrgicas de la señora Orlan. 

Pasa igual en el cine. Hay gente que tiene un nivel de tolerancia viendo cierto tipo de violencia en el cine que otros no tienen. Ahora mismo vivimos en una época que nos lo enseña todo. El cine ahora lo enseña todo, dar las cosas por sobreentendidas parece que ha pasado un poco de moda. 

Respecto a estos artistas que estamos comentando, ¿será necesario escribir sus biografías para recordarlos dentro de quinientos años? 

Ahí vamos a tener un problema. De determinada historia del arte tenemos biografías muy consagradas y coronadas, como Vasari, un señor que a mí me cae muy simpático porque se inventa todo y nos lo creemos. ¡Es genial! La mayoría de las batallitas de Vasari son absurdas pero se han convertido en ley y nadie las pone en duda. 

En música todavía hay mitos más gordos: Mozart, Bach… Nos creemos cosas muy difíciles de creer. Eran todos superhéroes, ¿había un notario al lado de Mozart para dar fe de que componía sus obras en cinco minutos? 

En el futuro nos va a pasar a la inversa con las biografías, porque va a haber mucha información y lo difícil va a ser encontrar una fuente de la que te fíes un poco. En el fondo es mejor fiarse de Vasari porque sabes que te está mintiendo, pero te miente con gracia. Dentro de cien años, cuando la gente quiera conocer a Banksy o Marina Abramović, ¿qué va a caer en sus manos? ¿Estas publicaciones que dicen que Marina es satanista? Generamos tanta información que podría pasar que lo que llegue dentro de doscientos años sea mucho peor que lo que contaba Vasari, que son mentirijillas piadosas. 

El Barroquista

A la historia pasan las obras maestras, las masterpiece, ¿desde cuándo manejamos este concepto? 

Bautizamos obras maestras por encima de nuestras posibilidades. Cada cosa que nos gusta es una obra maestra… La última película que nos ha gustado, por ejemplo. 

De la cantidad de cuadros que hay en el Museo del Prado se pueden descolgar el noventa por ciento y no pasa nada. Hay un montón de cuadros que están ahí porque forman parte del relato. Igual hay que guardar un par de cuadros de Velázquez, que ya hay cuarenta, y algunos son normalitos. Los museos tendrían que ser espacios vivos, más dinámicos. 

Me choca la idea de que todo lo que está en los museos son obras maestras, y no. Cuando he hecho una lista de obras maestras del Prado, me salen doce. Esa lista la chequeé con gente del museo y me dijeron que había sido generoso. No todo lo que hay en los museos son obras maestras, aunque por supuesto todo es digno de respeto y nuestro patrimonio cultural. Estoy convencido de que si Picasso viviera para ver las cosas suyas que hay colgadas en los museos diría: «por favor, por pudor, sacad eso de ahí». Es que de Picasso nos falta colgar los calzoncillos en la pared. Y ese es el punto de la obra maestra que es tóxico. 

Esto nos lleva al canon. 

El canon son los padres. El resultado de todo esto: los artistas son todos maestros. No maestras. 

¿No había mujeres artistas? 

Claro que había. 

¿La calidad en el arte es objetiva? 

Nunca. En casi todos los gremios se trabajaba en familia, y el arte no era una excepción. Hay un caso interesante: si conocéis al escultor Pedro de Mena, este tenía hijas que eran escultoras. Hay detalles que los estudiosos de la obra de Pedro de Mena piensan que solo pudieron hacer sus hijas, porque son detalles que requerían tener las manos pequeñas. Sus hijas se metieron a monjas y se pasaron el resto de su vida haciendo arte religioso. Pero ellas no están en el canon. 

El problema del canon no es que exista, sino saber cómo funciona, conocer los efectos secundarios del canon para poder trabajar con él. Necesitamos un prospecto para empezar a ver el canon como un constructo que puede estar puesto en duda; o al menos eso sería lo ideal: empezar a ver el canon como una estructura de pensamiento que ha dejado fuera a un montón de gente y fijarnos en estos que se han quedado en los márgenes. 

Los constructores del canon, ¿son ellos quienes deciden que el arte contemporáneo sea rupturista? 

Probablemente. Antes de la pandemia hubo una exposición fantástica en la Fundación March en la que exponían el diagrama de Barr. Cuando lo hizo Barr no lo haría con maldad, pero se cargó el arte contemporáneo. 

¿Era el director del MoMa durante las vanguardias? 

Exacto. Consolidó cómo se estudian las vanguardias y así se han estudiado desde entonces. Lo que se quedó fuera de ese diagrama, se quedó fuera del arte. Entonces, esas personas que hacían arte pero no encajaban en ninguna de las categorías del diagrama se han quedado fuera. Al final, la culpa no es de Barr, pero Barr era un señor, e hizo su visión. 

Otro caso es el de la historia del arte que hizo Gombrich. Si te fijas, ahí no hay artistas españoles. Gombrich estuvo actualizando su libro hasta casi el momento de su muerte, y metió un capítulo de arte asiático porque quería que su libro se vendiese en Asia. 

Al final, el que hace el canon es consciente de que está haciendo una selección, como cuando eres seleccionador de fútbol. 

El caso de Maria Sybilla Merian nos enseña que la ilustración científica también se puede considerar arte, porque acaba en un museo. ¿Por qué no pasa esto con otras ilustraciones científicas? 

De este tema no sé mucho. Hay un problema que es que no consideramos la ilustración científica arte y está marginada. El caso de Maria Sybilla Merian es alucinante, una señora que en el siglo XVII se va a América a pintar insectos con su propio dinero. En Alemania era más o menos conocida, porque salía en los billetes antes del euro. Es muy interesante ver que en muchos de los ámbitos de la ilustración científica había mujeres artistas, y las sigue habiendo, por ejemplo en la ilustración botánica en el Reino Unido, que es brutal; pero como se trata de ilustraciones para libros a veces ni aparecían acreditadas, y es una pena porque el arte, desde Galileo que ilustraba sus propios libros, ha servido para ilustrar la ciencia. Galileo, por cierto, era de familia de artistas. 

Es que el arte puede responder a una necesidad científica.

Debería. Si entendemos el arte conectado con otras ramas de conocimiento y siendo auxiliares mutuamente, vemos un panorama mucho más amplio. Es muy injusto que parece que solo hay un arte que merece los altares: un determinado tipo de pintura, de escultura y de arquitectura. A estas alturas deberíamos empezar a superar lo de las bellas artes. 

Y la alta y baja cultura. 

Sí. Eso también. Es que en el siglo XVI había gente a la que un cuadro le daba igual, valía más un tapiz. Se pagan cifras por tapices que no se le pagaban a Rafael por originales suyos. Y ahora vemos un tapiz y como es un tapiz no nos interesa tanto como el cuadro. 

Entramos, por ejemplo, en un museo arqueológico y vemos un trocito de mosaico romano y nos encanta, pero sin pensar que eso era un pavimento para pisar, un alicatado, sin más aspiraciones que eso, pero como tiene dos mil años le damos valor. 

El Barroquista

Estábamos hablando de rupturismo, y hemos mencionado algunas piezas de denuncia, ¿es el arte político? 

Suele ser. Se puede ver incluso el momento en que el arte se vuelve político. En el siglo XV no se podía. A día de hoy es muy difícil que el arte no sea político. 

Vamos a un ejemplo. Cuéntanos sobre el Monte Rushmore.

Es una obra que todo el mundo conoce, pero que no se valora artísticamente ni en su nivel de atrevimiento. El monte Rushmore se esculpe cuando el último de los que está ahí esculpido se acababa de morir. ¿Te imaginas que alguien en la serranía de Ronda esculpiese las cabezas de Aznar, Zapatero y Pedro Sánchez? En el Rushmore está George Washington, que a efectos políticos no computa, porque es el pater patria, apolítico, pero hay tres presidentes de un mismo partido, que era el partido que gobernaba en ese estado cuando se hace el monte Rushmore. Y luego lo consagra Hitchcock sacándolo en una película. 

Me fascina el morro enorme que hay que tener para irse ahí, a una reserva, echar a los habitantes originales, quedarte con su montaña, que para ellos era un lugar sagrado, y ponerles allí las cara de unos presidentes que les han expulsado: uno de ellos les hizo la guerra y los masacró, y encima son todos del mismo partido político. 

¿Del mismo? ¿No se apropian de Jefferson un poco? 

Sí, está a medio camino. Lo gordo es lo de Roosevelt, y sin embargo lo hemos asumido con toda naturalidad, igual que pensamos que estas cosas solo pasan en los países asiáticos, con el retrato de Mao, en Tiananmen. Pero lo de Estados Unidos es un monumento tan partidista, tan político, que es brutal. No es normal cómo se puede manipular de tal manera la historia. 

Esto nos ha pasado también en España con el valle de los Caídos. 

Ahí por lo menos no está la cabeza de Francisco Franco en gigante. 

¿Podríamos decir que el arte abstracto construye todo lo contrario que el arte político porque no crea un relato? La abstracción puede parecer un lenguaje en sí mismo, más que un género. 

Qué interesante. Creo que la abstracción ha aportado cosas que no estaban en el arte, pero sigue siendo un lenguaje en el que mucha gente se resiste a entrar, con el argumento de que no lo entienden. No hemos conseguido que la gente entienda lo que no es necesario entender. 

Para acabar, me gustaría volver a Las Meninas. ¿Por qué te fascinan? 

Esa extrañeza, ese atrevimiento que no está tan lejos del plátano de Cattelan, esa prepotencia, osadía, cómo pudo atreverse con esas categorías tan raras. Es un cuadro interesante por todo lo que pone encima de la mesa y, si a pesar de todo, a alguien no le gusta, pues no pasa nada.

El Barroquista


¿Cuál ha sido el mayor avance de la vida (digital) moderna?

Internet nos ha cambiado la existencia para bien. Aquellos sueños que antes se antojaban lejanos o directamente imposibles, como adquirir una cortina de ducha con la cara de Jeff Goldblum o geolocalizar a compañeros para el cruising sin ni siquiera salir de casa, ahora están al alcance de todos, a solo un clic de distancia gracias a lo portentoso de la tecnología. Por eso mismo, la encuesta de hoy tratará de determinar cuál ha sido el mayor avance (digital) de la vida moderna en una época en la que vivimos rodeados de aplicaciones, medios y plataformas revolucionarias. Se recuerda a los lectores que en la sección de comentarios, ubicada al final del texto, pueden añadir sus sugerencias personales sobre cualquier posible candidato que consideren oportuno pero no figure en esta lista.

(La caja de voto se encuentra al final del artículo)


Facebook

Sabes que has hecho historia cuando David Fincher te dedica una película y no eres un asesino en serie. Facebook, la monstruosa red social comandada por Mark Zuckerberg, el portal que permitió a cualquier humano reencontrarse con personas que la vida muy sabiamente había mantenido alejadas de su existencia. El principio y el fin de todos los males modernos: las etiquetas no deseadas en fotos humillantes, las discusiones políticas con familiares más allá de la cena de Navidad, los memes ridículos compartidos hasta el hastío y la solicitud de amistad de tu madre aguardando pacientemente con mirada aviesa desde la pestaña de notificaciones. Y, sobre todo, el inmenso sosiego que genera el saber que un neoyorquino de treinta y cinco años sabe perfectamente dónde vives, quiénes son tu familia y amigos, qué comes y a qué dedicas el tiempo libre. A día de hoy, quizás el mayor éxito de Facebook es el ser una aplicación tremendamente eficiente a la hora de recordarle tu cumpleaños a un montón de gente a la que realmente le importas dos pitos y medio.


Grindr

O cómo democratizar y poner orden en el aventurero «Aquí te pillo aquí te mato» gay. Otrora los lavabos de las estaciones de autobuses más selectas de la geografía nacional se erigieron como las principales bases de operaciones donde los señores se dedicaban a cubrir con alegría a otros señores que acababan de conocer. Puntos de peregrinación populares durante aquellas paradas del ALSA en las que el conductor aprovechaba para despegar los muslos del asiento. Unas pausas que los viajeros también utilizaban para rozar sus propios muslos con los de otros desconocidos en el marco incomparable del lugar donde obraban diariamente cientos de personas. Entretanto, el cruising que no era amigo de los servicios de caballeros se instaló, con alevosía y nocturnidad, en los parques con los arbustos más numerosos y/o frondosos. Pero desgraciadamente, en ambos casos el aventurarse hacia aquellas diversiones siempre suponía encarar la incertidumbre y no tener muy claro lo que uno se iba a encontrar al llegar al patio de juegos. Hasta que apareció Grindr y organizó todo el asunto este del cruising, convirtiendo el proceso de selección de una pareja para el coito despreocupado en algo muchísimo más ordenado y premeditado. O una dating app en el bolsillo que por fin permitía planificar las quedadas entre extraños para desfogarse mutuamente en cualquier lugar y contexto imaginable. Desde que existe Grindr ya no es necesario equiparse en Coronel Tapiocca para salir a trotar con ilusión en busca de mambo por los alrededores de El Retiro o la Sagrada Familia. Porque ahora la verdadera felicidad puede estar a la vuelta de cualquier esquina. Y en estos casos, la geolocalización ayuda lo suyo.


Twitter

Si algo necesitábamos como civilización era un medio a través del cual poder contemplar qué opinión esgrime sobre algún tema el último mono del planeta. Porque la democratización de internet era esto: convertir la barra de bar en un evento universal y en noticia de actualidad. Twitter es esa herramienta en la que Hermann Tertsch solo sabe utilizar el botón de bloquear, el videojuego de Donald Trump, la cantina de Arturo Pérez-Reverte, el atril de las personas que suplican casito y la plataforma a la que millares de usuarios se conectan para sentirse ofendidos durante las pausas entre sus partidas al Fortnite.


YouTube

Tres empleados de PayPal (Chad Hurley, Steve Chen y Jawed Karim) ensamblaron en 2005 una plataforma que permitía compartir clips de vídeo y desde entonces nada ha vuelto a ser lo mismo. Porque a estas alturas YouTube ya se ha convertido, junto a la Wikipedia, en una de las principales fuentes de información de la sociedad. Un sustituto de la televisión clásica en cuyo interior es posible localizar cualquier tipo de contenido audiovisual: videoclips musicales, retransmisiones en directo y diferido de eventos diversos, tráilers de películas, críticas literarias, canales de música emitiendo non-stop durante las veinticuatro horas del día, ensayos sesudos, documentales, recopilaciones de fails, vídeos de gatitos (la razón principal, junto al porno, por la que existe internet) o tutoriales sobre cualquier tema imaginable, desde clases para aprender a bailar claqué hasta guías sobre cómo sobrevivir en la jungla tirando de un montón de barro y cuatro ramas resecas. Desgraciadamente, esta fabulosa videoteca pública llegó acompañada de uno de los seres más abyectos de la era moderna: el youtuber. Ese espécimen que se define como «creador de contenidos», solo sabe expresarse sobreactuando, tiene una legión de seguidores prepúberes que lo han canonizado a modo de semideidad y vive rodeado de murallas construidas a base de apilar cientos de muñecos funko pop envasados en sus cajas originales.


Google Maps / Google Street View

De las pocas aplicaciones realmente útiles de toda esta lista y también un rarísimo ejemplo de productos que en Google no han tenido que tirar a la basura porque les hayan salido rana. Dos servicios tremendamente eficientes de mapeado, vía satélite y a pie de calle, que sirven tanto para orientarse en las carreteras más recónditas de la España profunda como para encontrar la ruta más apropiada entre las autopistas más transitadas del país. El Street View tiene además la ventaja añadida de ser capaz de oficiar las vacaciones más baratas posibles al permitir a cualquiera callejear por rincones situados en el otro extremo del mundo. En el fondo, una aplicación que permite obtener indicaciones para viajar de un lugar a otro a pie, en coche, en transporte público, en dragón, en carro o a lomos del monstruo del lago Ness no puede sino ser aplaudida.


Instagram

Kevin Systrom y Mike Krieger lanzaron Instagram allá por 2010. Un servicio que proponía sustituir el vetusto álbum de fotos físico, aquel con el que tradicionalmente se daba el coñazo a los familiares cercanos, por un mostrador virtual desde el que sería posible aburrir con nuestras instantáneas privadas al mundo entero. Aquella empresa tenía poco de novedosa, pero sus ideólogos fueron sorprendentemente duchos a la hora de convencer a todo internet de que existía glamur en la gilipollez de hacerse selfis sacando morro y mordiendo carrillos. La jugada les salió redonda hasta el punto de lograr que Fotolog, y otras propuestas similares, pareciesen vestir de chándal a su lado. A día de hoy, los logros de esta aplicación inspirada en las polaroids son tan maravillosos como abundantes: sus contenidos la convierten en un macrodocumental de pies tan exhaustivo como para ser capaz de hacer las delicias tanto de los estudiantes de podología más quisquillosos como de los fetichistas de las pezuñas más pervertidos. Ha creado nuevas profesiones tan estupendas como la de instagramer, favoreciendo así que el mercado laboral del mundo real se libre de tener que lidiar con tanto payaso en potencia. Y en general, es la red social que nos ha descubierto lo ínfimo y vacuo de nuestra existencia al mostrarnos cómo todo el mundo es más guapo que nosotros, come mejor que nosotros, viaja más que nosotros y tiene mejores trabajos de los que nunca tendremos nosotros.


Wikipedia

La principal fuente de saber de la humanidad, la causa por la que se extinguió la raza de vendedores a puerta fría de enciclopedias, la fuente de la que beben todos los periodistas culturales, la barra libre para los estudiantes (y los políticos) que tienen que presentar un trabajo a contrarreloj y el principal medio de consulta para todos aquellos frikis que necesitan saber qué merendaba su personaje favorito en el capítulo 02×23 de la serie de moda. Curiosamente, mientras la versión en inglés luce unos contenidos detallados hasta el absurdo en algunos temas (fruto de la legión de obsesivos de la información que se patrullan el lugar) la información de la edición en español navega entre lo correcto, lo vergonzoso, la fanfiction y los textos copypasteados de mala manera desde el traductor de Google.


LinkedIn

Se rumorea que existe el testimonio de al menos un hombre en el mundo que asegura no haberse topado nunca con spam durante el tiempo en el que estuvo registrado en LinkedIn, aquella plataforma ideada inicialmente para buscar empleo y lucir currículo. Del mismo modo, existe la leyenda (no verificada) de que en cierta ocasión una mujer se dio de alta en dicha página y, durante los meses posteriores, no solo no recibió proposiciones indecentes de otros usuarios sino que además encontró trabajo y todo.


WhatsApp

El Messenger de Windows fue aquella bendición que permitió a las gentes chatear entre sí a través de una línea directa. Algo que resultaba mucho más práctico que enfangarse en los chats públicos y los aquelarres literarios en salas de dudosa moralidad donde los caballeros se engalanaban con nicks tan exóticos como _ruBit4_tet0na19 o CasadaViciosaMAD__. Pero, del mismo modo en el que Messenger se convirtió en el relevo natural del chat, el WhatsApp se estableció como el sucesor del Messenger y el Skype. O la evolución lógica de aquella ventana virtual al patio de vecinos: un programa con el que chatear y poder importunar a cualquiera de tus contactos desde el propio móvil y en cualquier momento del día. Con el bonus añadido de incluir un acuse de recibo en forma de doble check azulado cuyo funcionamiento ha causado más dramas y desgracias que ciertas guerras históricas.


Snapchat

En septiembre del 2011, tres estudiantes de Standford (Evan Spiegel, Bobby Murphy y Reggie Brown) ensamblaron Snapchat como una aplicación de mensajería multimedia cuya mayor virtud era brindar al pueblo llano la posibilidad de remitir misivas efímeras. Mensajes que al estilo de las mejores aventuras de espías se autodestruían en un tiempo determinado establecido por el remitente. Y aquello funcionó estupendamente, porque vivimos en una sociedad donde cualquier cosa ideada para eliminar pruebas comprometidas no puede sino convertirse en un éxito. Snapchat también popularizó la juguetería visual al añadir la realidad aumentada al conjunto y permitir que sus usuarios se vistieran de manera instantánea con orejas de perro, sombreros absurdos o lucieran hermosos vomitando arcoíris pixelados. Sus propios creadores dejaron bien claras que las intenciones de la plataforma iban más allá del postureo de otras apps como Instagram: «Snapchat no se basa en capturar el típico momento Kodak. Porque está más centrado en permitir las comunicaciones a través del espectro completo de emociones humanas, no solo de aquello que aparenta ser perfecto o bonito». En la actualidad, más de doscientos millones de usuarios se comunican entre sí utilizando un inmenso rango de emociones humanas. Y un montón de orejas postizas de animalitos.


Spotify

El negocio de la industria musical se derrumbó cuando la gente descubrió que podía ahorrarse pagar por sus tonadillas favoritas a base de abrazar el MP3 y enrolarse en el mundo de la piratería digital. Con la llegada del streaming, la piratería digital contempló cómo toda su tripulación desertaba para alistarse en las filas de Spotify. Una aplicación que reinventó la emisora de radio ofreciendo un catálogo a la carta (sorprendentemente completo, pero donde todavía existen ciertas ausencias) y logrando que casi la mitad de sus doscientos cuarenta y ocho millones de usuarios pagasen religiosamente al mes para eliminar los ridículos anuncios tocapelotas que mancillaban sus listas de reproducción. El servicio permitía también, gracias a su integración en otras redes sociales, cotillear qué era lo que sonaba en los equipos de nuestros contactos, confirmando así que la mayoría de nuestros seres queridos en el fondo nunca han tenido buen gusto.


eBay

La reimaginación de la sala de subastas en los mundos virtuales, una web que permite a cualquier mindundi sacar a concurso sus más preciados tesoros, y su más selecta basura, para contemplar cómo terceros se pelean pujando por todo ello. O la que, sin ninguna duda, es la tienda definitiva en cuanto a catálogo: en eBay es posible comprar desde cortinas de ducha con la estampa de Jeff Goldblum junto a un monete hasta sándwiches de queso en los que se ha manifestado la jeta de la Virgen María, pasando por fantasmas envasados en un bote, abuelas de alquiler, la frente de una persona para colocar un anuncio, la cabeza momificada de un demonio, fundas de lana para el pito, el secreto de la vida (por la económica cifra de tres dólares con veinte céntimos), una tostada mordida por Justin Timberlake, o hasta un estupendo amigo imaginario.


Tinder

Grindr estableció el concepto de flirteo por geolocalización, pero fueron aplicaciones como Tinder las que lo trasladaron al terreno heterosexual con, en principio, la promesa de favorecer los compromisos románticos más allá del simple acoplamiento. El resultado fue una dating app para móviles que permite a sus usuarios desfilar entre un interminable catálogo de pretendientes aceptándolos o rechazándolos con el simple gesto de deslizar un dedo sobre la pantalla. En la actualidad, las discotecas y similares entornos de parranda nocturna se encuentran en peligro de extinción. Y no es arriesgado aventurar que gran parte de la culpa la tienen herramientas como Tinder, porque nos permiten cometer errores emocionales y conocer a auténticos/as gilipollas desde la comodidad del sofá de casa y durante todo el día, sin necesidad de tener que arrastrase por antros insalubres con música insoportable y garrafón imbebible. El hecho de que el contenido de los perfiles en Tinder haya establecido nuevos tipos de géneros literarios, que van desde la ciencia ficción canallita hasta la comedieta involuntaria, es un valor añadido para quienes se atreven a asomarse a este mundo.


Siri / Alexa

Rocky IV, Los Supersónicos o Salvados por la campana ya nos adelantaron que el futuro implicaba meter el casa asistentes robóticos de un modo u otro. Y hasta el mismísimo Stanley Kubrick nos demostró en 2001: una odisea del espacio las innumerables ventajas que acarreaba tener a una inteligencia artificial tan maja como HAL 9000 a cargo de todo lo gordo. A día de hoy, los robots todavía no son capaces de ejercer de chachas eficientes o propiciar divertidos equívocos. Qué coño, a día de hoy los robots tienen serias dificultades para no escoñarse realizando las actividades más básicas. Pero también es cierto que su alma y su voz ya hace tiempo que se han instalado en nuestras vidas cotidianas gracias a Siri y Alexa, las dos saladas asistentas virtuales facturadas por Apple y Google, respectivamente. Porque no hay nada más útil que tener a una secretaria virtual incansable a la que poder preguntar qué tiempo hará mañana, qué planes ocupan la agenda o cuál es el sentido de la vida. Aunque lo mejor de todo esto sea esa impagable sensación de tranquilidad que proporciona el tener un aparato en casa que está constantemente escuchando todo lo que acontece. Incluso se ha llegado a dar el caso de que la propia Alexa se viese obligada a testificar durante un juicio por asesinato, aprovechando esa manía tan suya de estar con la oreja abierta y la grabadora puesta todo el rato. Con estos antecedentes, lo difícil es no sentirse seguro y arropado por las nuevas tecnologías.



¿Cuál es el pueblo más bello de España?

Jot Down para Holidu.

Instagram ha sustituido al álbum de fotos clásico como testigo de nuestras vacaciones. La inmediatez de compartir una fotografía con el mundo en segundos, lo útil de reunir instantáneas en un archivo digital que no ocupa espacio físico más allá del smartphone que abulta nuestro bolsillo, y lo práctico de ordenar imágenes a golpe de hashtags, son factores que han logrado que sea muchísimo más divertido y práctico enmarcar nuestras escapadas en los mundos de internet. O descubrir los rincones más encantadores del país observando las rutas de otros usuarios.

Justamente con este propósito en mente, el de localizar los rincones más bellos de España, el portal de alquiler vacacional Holidu ha llevado a cabo un estudio sobre las villas que más fascinan a los habitantes de Instagram. Un trabajo que ha supuesto analizar y contabilizar los nombres de pueblos más utilizados en los hashtags, para elaborar con los resultados la que podría ser la lista definitiva de las diez pequeñas poblaciones más hermosas de España. 

La encuesta de hoy se basa en repasar dicha clasificación, votar por la que el lector considere la villa más agraciada y descubrir si los viajeros de Instagram están en lo cierto o no. Como siempre, al tratarse de una enumeración finita y limitada, existen numerosas y sangrantes ausencias. Por eso mismo, se anima a señalar en los comentarios, situados al final de la página, a cualquier otro pueblo que también merezca mención pero no haya entrado en este top ten.

(La caja de voto se encuentra al final del artículo)


Llanes (Asturias)

Foto: AsturZephyra (CC).

Encabezando la lista de pueblos más presentes en Instagram, con 214 842 menciones en los hashtags de dicha red social, se apoltrona cómodamente Llanes, en el oriente de Asturias. El municipio, con más de una treintena de playas a lo largo de su costa, se erige aquí como el lugar predilecto para capturar las postales de aquellos que se atreven a darse un chapuzón entre las aguas del mar Cantábrico. Pero la «Muy noble y muy leal villa» tampoco se queda corta en lo que ofrece un núcleo urbano que alberga un patrimonio histórico bestial: en su puerto pesquero luce orgullosa una placa conmemorativa en honor a los sesenta y cinco marineros que se embarcaron en la Armada Invencible en 1588. Y sus calles dan cobijo a edificaciones como el Torreón y las murallas, la capilla de Santa María Magdalena (siglo XII-XIII), la Iglesia de Santa María del Conceyu (de portada románica e interior gótico, construida entre el siglo XIII y el XV), la capilla de la Virgen de la Guía (siglo XVI), el convento de la Encarnación (siglo XVII), la casa del Cercáu (construida en el siglo XVI pero remodelada en siglos posteriores), el casino de Llanes (inicios del siglo XX) o Los cubos de la memoria pintados por el artista Agustín Ibarrola. Llanes, un pueblo que ha sido testigo de la historia a lo largo de los siglos, convertido en escenario estrella para las mejores stories.


Sóller (Islas Baleares)

Foto: Pixabay (CC).

En segundo lugar, acumulando 209 667 menciones a golpe de hashtag en la red social del «Aquí, sufriendo», se encuentra la población de Sóller, al norte de Mallorca. Una localidad, considerada Patrimonio Mundial por la Unesco, con mucha historia sobre el lomo: en sus alrededores reposan restos de civilizaciones que datan de la prehistoria balear, y el propio Port de Sóller sufrió en el siglo XVI el asalto de más de un millar y medio de piratas que fueron encarados por los propios sollerenses. En la actualidad, la población se ha convertido en un escenario idílico, embellecido con construcciones como la iglesia de Sant Bartomeu o el museo de arte modernista Can Prunera. Un pueblecito que demuestra encanto hasta cuando el visitante tiene que surfear por las vías: un adorable tranvía conecta el centro de Sóller con el puerto, y el ferrocarril que une el pueblo con la plaza España de Palma conserva los mismos vagones y locomotora desde el siglo XX, una época en la que construir estos transportes en madera era lo más.


Mogán (Las Palmas)

Foto: H. Zell (CC).

Mencionado en 122 970 ocasiones en Instagram y ubicada al suroeste de Gran Canaria, Mogán se aferra al tercer lugar en las preferencias de los instagramers más viajeros. Una urbanización jovenzuela que comenzó como enclave pesquero y se convirtió durante los ochenta en villa bucólica y escenario elegante para las fotos vacacionales. En su puerto cohabitan pequeñas embarcaciones pesqueras con yates de recreo, en su paisaje el valle se desliza hasta convertirse en una hermosa playa y en las calles de su pueblecito se asientan edificios de dos alturas con paredes blancas y fachadas invadidas por flores de colores. Un conjunto que dibuja una estampa de postal, rematada con puentes y canales que han propiciado que el lugar sea conocido popularmente como «La Venecia de Canarias».


Sarria (Lugo)

Foto: Archivo Histórico de Sarria (CC).

El cuarto puesto de la clasificación lo ocupa Sarria en Lugo, al ser invocado en 103 117 ocasiones diferentes en los mundos de Instagram. Un pueblo conocido por los amigos del peregrinaje al tratarse de lugar de paso obligado para quienes afrontan los últimos cien kilómetros del Camino de Santiago francés. Y un municipio que abruma con la cantidad de construcciones históricas que acumula por metro cuadrado: la torre de la fortaleza de Sarria, el Ponte da Áspera, el pazo torre do barrio de Louseiro, la casa do Marqués, la iglesia de San Salvador (siglo XIII), el monasterio de la Magdalena (donde se combinan elementos románicos con góticos y barrocos), el antiguo hospital de San Antón (siglo XVI) o la iglesia de Santa Mariña (construida en el siglo XIX sobre una capilla románica del siglo XII) entre más de otra veintena de edificaciones de interés. Y cualquier duda posible sobre lo conveniente de una visita al lugar se despeja prestando atención a esos otros comentarios de viajeros: los gastronómicos. Porque quienes visitan Sarria celebran sin cortarse demasiado su cerdo celta, su pulpo y sus empanadas, asegurando que los platos bien merecen una visita. En el fondo, no hay que olvidar que las fotos a la comida en Instagram son algo casi tan sagrado como las que se hacen a los amaneceres de cuento.


Astorga (León)

Foto: Dietmar Giljohann (CC)

Gracias a 89 068 hashtags mentándola, Astorga se coloca quinta en la lista. Nacida como campamento militar romano, la población leonesa ha ejercido históricamente como una de las más importantes vías de tránsito y comunicaciones: no solo forma parte del itinerario oficial del Camino de Santiago desde los Pirineos, sino que en su momento entre ella y Mérida se extendió la famosa Vía de la Plata romana. Su patrimonio histórico también es notable y alberga tanto edificaciones románicas como góticas, renacentistas, barrocas o modernistas. Farda de museo romano, pero también de una catedral en honor a Santa María, una muralla medieval, el santuario de la Virgen de Fátima, un museo del chocolate o un palacio episcopal de curiosa historia: fue diseñado a distancia por Antoni Gaudí sin que este pusiese un pie en el lugar al tratarse de un favor a su colega el obispo Joan Baptista Grau. En la plaza Mayor, sobre el antiguo foro romano, se erige desde el siglo XVII el edificio del ayuntamiento, una construcción que nació adelantada a su tiempo: el reloj de su fachada da las horas gracias a dos autómatas llamados Juan Zancuda y Colasa. En 2019 aún no tenemos aeropatines de Mattel, pero en Astorga hace siglos que dos robots vestidos de maragatos dan las campanadas. Cuidado con eso.


Palafrugell (Girona)

Foto: Pixabay (CC).

85 947 menciones ha pescado este pequeño pueblecito costero de Girona, colocándose con ellas en el sexto lugar de la competición. La que fuese una antigua aldea pesquera dedicada a exportar corcho por todo el mundo, se antoja ahora como un refugio ideal para aquellos que escapan de los barullos urbanitas. Una población hermosa engalanada con una bahía rocosa, casas de cal, barcas reposando sobre la arena y un horizonte en el que se divisan las Illes formigues. Josep Pla escribió «Confieso que tengo una cierta debilidad por Calella de Palafrugell, es uno de los lugares que tienen más gracia de nuestra costa norte. Es un pueblo prodigiosamente bonito». Es evidente que el lugar algo tiene, porque Joan Manuel Serrat también se inspiró con aquellas vistas para escribir la canción que le hacía sentir orgulloso de pertenecer a esa costa: «Mediterráneo».


Santoña (Cantabria)

Foto: alberto ge punto hache (CC).

Abrazada por el mar Cantábrico, la villa que en la Edad Media fue conocida como Puerto de Santoña se presenta en séptima posición con 84 403 hashtags dedicados a sus virtudes. Famosa por ser la ubicación en donde se construyó la carabela Santa María que partiría a hacer las Américas, Santoña está rodeada de maravillas naturales como la playa de San Martín, la de Berria o el monte de Santoña. Y también ofrece, a todo aquel que se atreva a descender los más de setecientos sesenta empinadísimos escalones que conducen al lugar, unas fabulosas vistas desde su famoso faro del Caballo.


Vejer de la Frontera (Cádiz)

Foto: Diego Delso (CC).

Considerado como uno de los pueblos más bonitos de España, Vejer de la frontera se cuela en este top gracias 81 171 menciones de los viajeros con Instagram. Poblada desde tiempos paleolíticos y con un patrimonio histórico donde destacan la torre del Mayorazgo, el castillo de Vejer de la frontera, la ermita del siglo XVIII de Nuestra Señora de la Oliva, la iglesia del Divino Salvador y el conjunto amurallado. Un laberinto de callejuelas y edificios de paredes encaladas capaces de construir una una panorámica tan bonita que corta el hipo.


Baeza (Jaén)

Foto: Guervos (CC).

Baeza se coloca en noveno lugar tras ser etiquetada en 79 259 publicaciones diferentes. Antonio Machado se refugió en dicha localidad de Jaén en 1912, tras la muerte de su esposa, Leonor Izquierdo. Y no abandonó dichas tierras en siete años, pese a que al escritor le supuso un profundo desencanto el descubrir el escaso afán cultural que evidenciaban los beacienses de la época. Y antes de irse dejó bien claro que le había pillado cariño a los paisajes de la zona al firmar unos versos que rezaban «¡Campo de Baeza / soñaré contigo / cuando no te vea!». El pueblo posee unos orígenes que se remontan a la Edad del Bronce; unas calles sobre las que han caminado íberos, romanos, visigodos y musulmanes; y un legado monumental muy potente: su catedral y las casas consistoriales adyacentes, la torre del reloj (o de los Aliatares), la fuente de Santa María, la antigua carnicería o la audiencia civil y escribanías públicas (actualmente la oficina de turismo) han propiciado que la Unesco declare la ubicación como Patrimonio Mundial.


Cambados (Pontevedra)

Foto: L. Miguel Bugallo Sánchez (CC).

Cierra la lista, con 66 079 hashtags dedicados, una de las paradas obligatorias a la hora de visitar las Rías Baixas: Cambados. Nacida de la fusión de tres villas (Fefiñáns, Cambados y Santo Tomé do Mar), esta localidad pontevedresa está salpicada de ubicaciones con embrujo gallego: la plaza y el pazo de Fefiñáns, la iglesia de San Benito, la torre de San Saturniño, el barrio marinero de Santo Tomé o la ermita de A Pastora. El encanto del lugar es tan potente como para que uno de sus emplazamientos más bellos ni siquiera necesite estar entero, o tan siquiera en pie, para resultar emblemático: la iglesia de Santa Mariña Dozo, una edificación gótico-marinera de los siglos XV-XVI erigida sobre una capilla románica del siglo XII, con elementos renacentistas añadidos y finalmente abandonada en el siglo XIX. Una construcción de la que tan solo sobreviven unas ruinas destechadas que, contra todo pronóstico, convierten el lugar en algo hermoso y único. Y por si fuera poco, las tumbas que rodean el esqueleto de la iglesia, sepulturas que se introducen hasta el interior del edificio, han permitido que el emplazamiento sea reconocido como uno de los cementerios más curiosos del mundo por la Association of Significant Cemeteries in Europe (Asociación de Cementerios Singulares de Europa).



Borra esa sonrisa de tu cara: no tener cuenta en Facebook no te salva de que tengan tu perfil

Mark Zuckerberg testificando en el Senado de EE. UU. Fotografía: Aaron P. Bernstei / Cordon.

Aprendimos varias cosas durante las diez horas que Mark Zuckerberg pasó respondiendo preguntas en el Senado y el Congreso de los Estados Unidos. Pero hay una particularmente indignante: no hace falta ser usuario de Facebook para que Facebook tenga guardado tu perfil. Peor aún: para saber lo que dice, tienes que hacerte usuario de Facebook.

Hasta seiscientas preguntas tuvo que responder Mark Zuckerberg la semana pasada frente a los legisladores del mundo libre. La mayor parte de sus respuestas se pueden resumir en dos: no tengo la respuesta a esa pregunta y los usuarios lo han querido así. El fundador de Facebook repitió una y otra vez que los usuarios eran dueños de sus datos, que ellos mismos elegían compartirlos con quien ellos mismos querían y que tenían herramientas para gestionarlos de la manera que mejor se ajuste a su estándar de privacidad. Esto falta a la verdad de muchas maneras distintas. Las desgranamos, de la más fea a la peor.

La primera, porque la mayor parte de los usuarios no entienden los términos de usuario que firman al entrar. Esto no es una falta de dejadez, incompetencia o desidia. Facebook ha sido denunciado en numerosas ocasiones por tener un contrato farragoso, interminable y premeditadamente ilegible para cualquiera que no sea especialista en derecho digital. Lo que resulta muy conveniente para la rápida expansión de su negocio, que es transformar los datos de millones de personas en perfiles segmentados para industrias como la publicitaria, alimentaria, tecnológica, sanitaria, cosmética o farmacéutica.

El contrato está diseñado para que el aspirante a usuario lo mire, sin entender nada y lo firme convencido de que sus derechos serán respetados por una de las empresas más poderosas del mundo. No lo acepta sabiendo lo que acepta, sino pensando que algo que cientos de millones de personas no puede ser tan peligroso. Que ahora Zuckerberg les haga responsables es fundamentalmente hipócrita, porque todo el proceso está cuidadosamente diseñado para que ocurra exactamente así.

La segunda, porque las opciones que ofrece la plataforma para gestionar los datos de los usuarios son restrictivas para los demás usuarios, pero no para la propia Facebook y sus tres millones de partners. La prueba incontestable es que nadie puede borrar sus datos de la plataforma, solo sacarlos de la interfaz. Beth Gautier, portavoz de Facebook, se lo explicaba no hace mucho tiempo al Times: «Cuando borras algo, nosotros lo sacamos para que no sea visible o accesible en Facebook». Irónicamente, borrar tu cuenta es la manera más directa de perder el poco control que tienes sobre tus datos, porque ya no tienes acceso a ellos.

Tanto si borras una conversación como si eliminas tu cuenta de usuario, lo que borras es el acceso a esos datos por parte de otros usuarios y de ti mismo, que ya no puedes modificar esa información ni aplicarle distintos filtros porque parta ti ya no existe. Pero esa información permanece accesible para Facebook y sigue siendo útil a sus anunciantes en las campañas que ellos quieran, sin pedirte permiso jamás. Esto incluye todo lo que has hecho en Facebook, incluyendo las cosas que has escrito y que has borrado antes de publicar.

¿No lo sabías? Facebook guarda todo lo que tecleas, incluso si nunca llegaste a publicarlo. Lo descubrimos gracias a una investigación sobre la autocensura en la red. Facebook sabe si te ibas a declarar a una chica y no lo hiciste por pudor (con precisión meridiana, incluyendo la hora, el lugar y el contexto de la conversación). Sabe si le ibas a pedir dinero a tu hermana y al final te dio vergüenza. Guarda todos los comentarios envenenados que, por suerte, no te atreviste a publicar. Nada de lo que haces o dices se pierde como lágrimas en la lluvia; todas quedan atrapadas para siempre en una nube de servidores, cables, routers, antenas y bloques de refrigeración. Eso es porque nunca han sido tuyas. Siempre han sido de Facebook, Inc.

La mentira del consentimiento

Si el usuario de Facebook fuera el dueño de los datos que tiene Facebook, sabría exactamente qué datos son esos y tendría el poder de modificarlos o borrarlos para siempre. Ya sabemos que esto no es así. Pero ¿y si nunca has dado tu consentimiento porque nunca has sido usuario de su red social? ¿Cómo puedes consentir o gestionar el uso de tus datos si ni siquiera sabes que existen?

La prueba definitiva de que el único dueño de los datos en Facebook es la propia Facebook es que acumula perfiles de personas que nunca han dado su consentimiento ni han estado de acuerdo con los términos de usuario ni han posteado ni comentado ni pokeado ni aceptado ninguna interacción con la red social porque, simplemente, nunca han tenido cuenta en Facebook. Y lo más sangrante es que, para poder acceder a esos datos, tienen que hacerse usuarios de Facebook, irónicamente otorgando permiso a la empresa de Zuckerberg para tener información que ha estado guardando sin permiso hasta entonces. El demócrata Ben Luján de Nuevo México se lo reprochó claramente durante el interrogatorio.

Efectivamente, Facebook tiene perfiles sobre personas que no son usuarios de Facebook. Esta clase de información se llama «shadow profile» (perfiles oscuros) y significa que, si has sido lo bastante listo como para no hacerte ninguna cuenta en esta red social, ellos siguen teniendo tus datos. Según Zuckerberg, hay dos razones. La primera, porque tienen otra empresa de publicidad fuera de Facebook. La segunda, por seguridad.

¿Cómo consigue los datos de no usuarios?

Primero el negocio. Facebook tiene trackers repartidos por toda la red: las habituales cookies, pero también los botones de «me gusta», o «compartir» y los plugins de sus partners para seguir a sus usuarios. Todos los lugares donde hay un logo de Facebook hay trackers, y estos trackers acumulan datos para los perfiles de Facebook, aunque el visitante no pinche en el logo, no esté logueado en Facebook o ni siquiera tenga cuenta allí. Varias agencias europeas de protección de datos les llamaron al orden por este motivo en 2016 y Facebook dijo que se trataba de un error informático. Curiosamente, al mismo tiempo patentaba un método para «comunicar información sobre las actividades del usuario mientras esta en otro dominio». Ese error informático se llama Facebook Connect. Y el servicio que lo vende se llama Audience Network Ad.

Una vez más, Zuckerberg argumenta que el usuario puede pedir no ser trackeado. «Cualquiera puede elegir quedarse fuera de los mecanismos de captura de datos para publicidad —le dijo a Luján— tanto si usa nuestros servicios como si no». Una vez más, esto es relativamente cierto. Mientras que en 2014, Google accedió a no cruzar los datos de sus cookies publicitarias con los de los usuarios de sus servicios (no sabemos si lo cumplen o no), Facebook requiere que se acojan a las opciones que proporciona la industria. Esto es: la Digital Advertising Alliance en Estados Unidos, en Canada y en Europa respectivamente.

En cuanto a la seguridad, Zuckerberg dijo primero que se rastrea a no usuarios o a usuarios no logueados para proteger el sistema de otros programadores: «Necesitamos saber quién trata de recoger datos públicos y acceder a nuestros servicios para impedir este tipo de rastreo». Y luego que vigilan a sus propios usuarios para que no cometan fechorías: «Tiene que haber detalles en el modo en que usas Facebook, incluso cuando no estás logueado, que tenemos que vigilar para asegurarnos de que no estás abusando del sistema». Es difícil entender lo que dice porque en ningún caso tiene sentido. Primero, porque acceder de manera mecánica a información pública es lo mismo que hace Facebook, y hacerle la competencia a Facebook todavía no es ilegal. Segundo, porque si no estás logueado como usuario entonces no puedes abusar del sistema.

Lo interesante es que Zuckerberg quiere sugerir que los únicos perfiles oscuros de no usuarios de Facebook son de hackers, malandrines y programadores de marketing online. La verdad es que cualquiera que esté en los contactos telefónicos o del Messenger de un usuario de Facebook es susceptible de convertirse en «persona que quizá conozcas» y generar un perfil oscuro sin tener usuario ni cuenta. A partir de aquí, el perfil solo puede crecer. Pero esta es una de las preguntas para las que Mark Zuckerberg no tenía respuesta. Cuando el senador Luján le preguntó si sabía lo que era un perfil oscuro, le respondió: no estoy familiarizado con el término. Qué le vamos a hacer.

Fotografía: Cordon.


La vida pasada que se vuelve presente

Fotografía: keiyac (CC).

Un año y medio antes de morir, María Zambrano publicó un artículo titulado «Amo mi exilio» en el diario ABC (1989). Cuando uno es expulsado de su patria, decía, «hay que juntar toda la vida pasada que se vuelve presente y sostenerla en vilo para que no se arrastre. No hay que arrastrar el pasado, ni el ahora; el día que acaba de pasar hay que llevarlo hacia arriba, juntarlo con todos los demás, sostenerlo. Hay que subir siempre…». El texto que sigue no tiene que ver con el exilio, pero sí con la vida pasada que se vuelve presente, con esa ascensión vital en la que «hay que mirar a todos partes, atender a todo como un centinela en el último confín de la tierra conocida». Si para Zambrano la cuesta era el destierro y el suyo duró cuarenta y cinco años, para nosotros será la existencia digital: un trayecto lastrado por el peso de cada acción, grande o pequeña, que se amplifica y distorsiona en las redes sociales. Una roca de Sísifo que rodará montaña abajo después de fracturarnos la memoria.

La tesis es la siguiente: en internet ya no hay pasado, sino un presente acumulado. Todo está ahí a la vez, en estratos digitales y al alcance de cualquiera. Los sucesos se amontonan como las capas de una imagen en Photoshop: las recientes ocultan las anteriores, pero no las destruyen; las antiguas esperan su turno hasta que alguien las rescata y turba la composición colocándolas en primer término. Propongo la metáfora a Carles Feixa, catedrático de Antropología Social de la Universidad de Lleida, y responde con otra distinta (citando al comunicólogo Jesús Martin-Barbero): «Más que las fotografías retocadas en Photoshop, la metáfora que me parece más apropiada es la del palimpsesto: los pergaminos antiguos reutilizados permanentemente, en los que se reescriben historias sin borrar del todo las anteriores. La red se renueva a cada instante nuestros muros de Facebook deben estar constantemente actualizados para tener likes, pero casi todo lo que ponemos en ella permanece, incluso después de muertos, aunque no seamos conscientes de ello. Eso también sucedía en el pasado con la documentación analógica, la diferencia es que ahora es más visible y accesible, y más difícil de borrar (aunque pagando todo es posible)». 

Los casos de Guillermo Zapata y Sergi Guardiola son dos de los más conocidos. El primero abandonó la concejalía de Cultura y Deportes del Ayuntamiento de Madrid después de que un tuitero desenterrase varios mensajes sobre el Holocausto, las niñas de Alcasser e Irene Villa escritos por Zapata cuando no ocupaba un cargo público. El segundo fue despedido horas después de firmar un contrato con el Barça por haberse zurrado en la madre patria, Cataluña, y haber jaleado al Real Madrid años atrás. Podríamos discutir sobre los límites del humor, el tono y contexto de los tuits y la libertad de expresión, aprovechando que la Audiencia Nacional acaba de absolver a Zapata del delito de «humillación a víctimas del terrorismo» tras considerar que sus «chistes macabros» sobre Irene Villa no tenían «ánimo injurioso». O mejor aún, sobre el interés de quien reflota mensajes antiguos para arremeter contra alguien con un cebo infalible: los residuos de uno mismo.

«Ya se ha condenado a gente por cuatro tuits fuera de contexto», señala Carlos Sánchez Almeida, abogado especialista en internet y nuevas tecnologías. Primero, no se tiene en cuenta el momento histórico: «En los años ochenta, los chistes sobre el “viaje por los cielos” de Carrero Blanco eran algo habitual, ahora si lo pones en Twitter te acusan de [apología del] terrorismo. Se ha criminalizado absolutamente todo, y el hilo conductor es menoscabar la libertad. Los derechos fundamentales que en teoría se iban a expandir con internet, como la libertad de expresión, se están restringiendo por vía legal». Se refiere, por ejemplo, a la intención del Gobierno de reformar la Ley Orgánica 1/1982 (protección civil del derecho al honor, a la intimidad personal y familiar y a la propia imagen) para limitar el uso de los memes. Y segundo, no se tiene en cuenta quién era el usuario en el momento de compartir el mensaje: «Tres o cinco años después no eres la misma persona, no piensas lo mismo, no te comportas de la misma forma, tienes un trabajo distinto…».

«Los errores de juventud que nos persiguen de adultos responden a dos tipos de falta», explica Carles Feixa. «En primer lugar, la falta de netiqueta (etiqueta de la red), es decir, de unas normas de urbanidad en el espacio virtual que todavía están por construir; en segundo lugar, la falta de una legislación de protección de datos efectiva, que por ejemplo puede implicar una penalización con efectos retroactivos, que además se aplica a supuestas faltas cometidas durante la minoría de edad, los que es claramente abusivo y podría atentar contra derechos constitucionales. Cuando un club de fútbol que ha fichado a un futbolista lo despide al encontrar tuits insultante que envió durante su adolescencia, pone de manifiesto la ausencia de educación digital de los jóvenes, pero también la falta de educación de las instituciones, que olvidan que los menores no pueden ser tratados penalmente como los adultos y que los errores a esa edad siempre son reversibles».

En esta realidad híbrida en la que vivimos pueden pasar dos cosas: que el cebo sea digital y el escándalo analógico (como en el caso de Zapata, que ha llegado al tribunal encargado de juzgar delitos de terrorismo, crimen organizado y atentados contra la Corona), o que el gusano sea analógico y se difunda en el entorno digital (como el llamado «porno de la venganza», que añade un plus machista a la vejación: una lapidación de miradas por zorra). También entra en juego el carácter público o privado de las publicaciones (¿es legal difundir una fotografía compartida en Facebook si la cuenta está cerrada?), o si el ciudadano era anónimo cuando hizo algo embarazoso que sale a la luz después de alcanzar la fama. La parte buena quizá sea la rendición de cuentas y la fiscalización de la actividad pública. La mala, que nunca había sido tan fácil joderle la vida a alguien, aunque no sea (o fuese) usted nadie. Los arqueólogos del timeline son como el pescador que escarba en el barro buscando lombrices: los gusanos no son el menú, sino las truchas que pican pensando que las depredadoras son ellas. Piense en ello cada vez que participe en un linchamiento público.

Circula por la red un meme sobre la degradación de Twitter. Está compuesto por dos imágenes: la primera representa la plataforma en 2012 (un simpático recorte de ¿Dónde está Wally?) y la segunda, en 2016 (Cristo en el limbo, obra de un discípulo del Bosco). La primera es una playa de colores; la segunda, un festival de torturas y cuerpos despellejados. ¿Qué ha ocurrido en estos cuatro años? «Twitter y Facebook colaboraron a la explosión de libertad de los años 2010 y 2011: la Primavera Árabe, el 15-M, Occupy Wall Street… El poder tomó conciencia de la fuerza de estos movimientos, de su difusión en tiempo real, y la gente de los partidos políticos empezó a volcarse en las redes sociales. Entonces todo era distinto, éramos jóvenes e inocentes», bromea Almeida, «pero ha derivado en una lucha ideológica, un ambiente guerracivilista que se ha expandido a todo: hay más persecución, más linchamiento. Yo digo que es como un sarampión, pero las redes volverán a mutar».

Intimidad, memoria y arrepentimiento

En un artículo del año 2000, el fundador del bufete Almeida adelantaba que la intimidad era un derecho en crisis: el estreno de Gran Hermano inauguraba el ocaso de la privacidad, su devaluación y conversión en producto de consumo («al devaluar la intimidad es más fácil comprarla»). El abogado alertaba de que los gobiernos, las compañías telefónicas y los hackers del internet temprano se inmiscuirían cada vez más en la vida de los ciudadanos. «La intimidad es el último reducto del ser humano contra el sistema, la última barricada», decía en el artículo. Almeida sostiene que la sociedad se ha convertido en un panóptico, un modelo de cárcel ideado por Jeremy Bentham, cuya estructura permite controlar todas las celdas a la vez. «Somos transparentes para el poder», añade. «Hace unos años dijimos que estábamos regalando nuestra privacidad por un politono, ahora lo hemos asumido como algo cotidiano, la gente la entrega libremente».

Los nativos digitales han reformulado la idea de privacidad hasta hacerla «compatible» con el exhibicionismo. Cómplice incluso. La RAE la define como el «ámbito de la vida privada que se tiene derecho a proteger de cualquier intromisión», pero lo que antes se «ejecutaba a la vista de pocos» es el nuevo producto de moda. La intimidad compartida a destajo, impostada o no, es la gallina de los huevos de oro de Instagram, YouTube y Snapchat. La nueva realidad social es digital; la vida es un soporte publicitario; la apariencia de verdad es la última expresión del arte contemporáneo. Sobre la primera afirmación, un dato: el fracaso de público (físico) de un festival que reunió en Madrid a una decena de youtubers con millones de seguidores (virtuales). Sobre la segunda, esta viñeta del New Yorker: «Puede que no entendamos a los millennials, pero a Dios pongo por testigo que conseguiremos su dinero». Y sobre la tercera, un magnífico artículo de Rebeca Yanke sobre el ocaso del pudor en «la época de la transparencia», en la que «los dos grandes focos de recato son la frustración y la infelicidad».

La elaboración milimétrica de sus biografías entendidas como un mosaico visual, no manuscrito entronca con nuestra preocupación inicial: la presencia constante del pasado, que antes se medía en pasos a la espalda y ahora en teselas de Instagram. La construcción de su memoria es compartida y desde ese instante (share) empieza a ramificarse de forma imprevisible: remixes, copias, memes, fan pages. El fenómeno no es nuevo: se llama apropiacionismo y viene de lejos, pero las redes sociales le han dado un giro al contenido (la vida privada), al formato (inmaterial) y al valor de la «obra» (reputacional, aunque después se traduzca en dinero). «El medio ya no solo es el mensaje, sino que el medio amplifica y reinterpreta el mensaje, además de viralizarlo», señala Feixa. Y en ese entorno, en ese mundo que deviene escenario, como en Shakespeare, unos se adaptan mejor que otros: «En el mundo digital, o más bien en la web social (internet 2.0), el tiempo lineal, progresivo, de la sociedad industrial (el tiempo del reloj) se convierte en un tiempo virtual, pendular, propio de la sociedad informacional (más semejante a los relojes deformes de Dalí). No tengo claro que eso afecte más a los jóvenes: en realidad les afecta menos, pues tienen más defensas, al haber nacido y crecido en esa sociedad. Quienes más errores cometen al confundir espacios públicos, privados y semipúblicos en internet son los adultos». 

En la era de las capturas de pantalla, eliminar un «recuerdo» es imposible (y sacarlo de contexto, extremadamente sencillo). Una conocida consultora de comunicación política reconocía hace poco que lo primero que hace cuando «busca mierda» de algún candidato es revisar sus redes sociales: «Es mejor que cierren la cuenta directamente y se abran una nueva». Cambiar de opinión no es un síntoma de reflexión o madurez, sino de engaño o debilidad. Cualquier arrepentimiento es sospechoso y está sometido al juicio de la multitud: si intenta borrar sus huellas alguien le acusará de no ser coherente, de ocultar algo o de traicionar la confianza de sus seguidores. Además es inútil: es probable que Forocoches, los LET (liberales en Twitter) o los autodenominados «guardianes de la última frontera» tengan una copia de su historial. Un apunte sobre estos últimos: la línea entre civilización y barbarie nunca es demasiado gruesa.

En pintura, un arrepentimiento o pentimento es una «enmienda o corrección que se advierte en la composición de los cuadros». Un cambio de idea del artista que permaneció oculto durante siglos, hasta que el tiempo (por la degradación de la pintura) y la tecnología (rayos X e infrarrojos) desvelaron su pequeño secreto. La vida pasada que se vuelve presente. O mejor, que siempre ha estado presente, pero que ahora se vuelve visible. Los efectos a largo plazo están por ver. Dentro de unos años, cuando ocupe un escaño en el Congreso, o una cátedra universitaria, o un puesto en una cadena de montaje, una piedra lanzada al aire por usted mismo le golpeará con la violencia de mil días, cien troles y una cámara de Telecinco en la puerta de casa. Una roca impulsada desde el pasado por el viento de la envidia, del odio o del mero aburrimiento. Y tendrá que pedir disculpas por la persona que fue, y golpearse el pecho, y negarse a sí mismo tres veces antes de que cante el gallo. Porque cómo se le ocurrió hacer un chiste que no tenía ni puta gracia, o enseñar una teta en Instagram. Porque ya puestos, qué le costaba enseñar las dos.


Tonto el que lo escriba

Imagen: DP.
Imagen: DP.

Ángel L. Fernández (administrador de Jot Down) opina que cada vez se lee más y mejor. Yo opino lo contrario. En realidad es un problema de terminología: vayan ustedes a saber si lo que él entiende por «leer» se parece a lo que entiendo yo.

Ángel también opina que el lector no es tonto. Doy por sentado que se refiere a «tonto» como definición vital. Habría que analizar caso por caso, aunque en principio estaríamos de acuerdo. Pero si lo que está diciendo es que el cliente manda, y que manda no como mandan los clientes sino sobre la información y su formato y en igualdad de condiciones con el periodista, entonces habitamos planetas diferentes. Entiéndanme antes de pedir las sales: el lector es «tonto en periodismo» en el mismo sentido en el que es «tonto en cirugía» el paciente que acaba en una mesa de operaciones para que le sea extraído un tumor cerebral hemisférico o en el sentido en el que es «tonto en arquitectura» el cliente que le encarga a un arquitecto la construcción de su vivienda. Mal iríamos si no fuera así.

Un ejemplo absurdo. Apple, la mayor empresa de la historia por capitalización bursátil, se construyó sobre el fundamento de que al cliente hay que darle lo que necesita y no lo que él cree que necesita. Es despotismo ilustrado, sí, pero del sano. Del que erradica enfermedades gracias a la vacunación obligatoria y en detrimento de los desvaríos alucinados del brujo de la tribu. La alternativa es el «conocimiento horizontal» de los movimientos antivacunas, que no dejan de ser gente muy leída e informada. Solo que mal leída y pésimamente informada. Porque el problema de los movimientos antivacunas no es la falta de información (a fin de cuentas tienen todo internet a su alcance) sino la falta de herramientas intelectuales para interpretar esa información.

Y precisamente eso es el periodismo. Y precisamente por eso el periodismo es más necesario que nunca en 2015.

No puedo hablar por otros, pero yo llevo cerca de veinte mil horas escribiendo profesionalmente y otras tantas leyendo, también profesionalmente, y quiero pensar que algo más debo de saber sobre lo que es esencial y lo que es accesorio que aquellos que no lo hacen a diario. Quizá a ustedes les ocurra lo mismo en su terreno profesional. Es probable incluso que se sintieran insultados si alguien defendiera que su trabajo lo puede hacer cualquiera o que la opinión del primer adolescente que pasa por Facebook vale tanto como la suya. Los periodistas tenemos que oírlo a diario. ¿Les suena aquello del «periodismo ciudadano»? ¿Y lo de «los periodistas hablan de lo que no saben»? Yo no he escrito un artículo sobre Interstellar porque sea astrofísico o director de cine sino porque soy periodista. Si no se entiende esto, apaga y vámonos porque no se ha entendido lo que es el periodismo.

El caso es que Ángel y yo participamos el jueves pasado junto a tres ponentes más en una mesa de debate en Valladolid llamada Tinteros de agitación cultural. El título es lo de menos. De lo que se habló allí es de la viabilidad o inviabilidad del periodismo, y especialmente el cultural, en la era de internet y los medios sociales. Durante el turno de preguntas surgió de entre el público la cuestión inevitable: los despidos, el hundimiento de los salarios, el cierre de revistas y diarios, el uso y abuso de becarios… Quizá me equivoco, pero intuyo que la pregunta llevaba efecto y que su objetivo era atizarnos con saña a los cinco que estábamos sobre la tarima. «¿Acaso vosotros no sois más verdugos que víctimas?» sería la traducción aproximada de la cosa al castellano recto.

Por supuesto que el periodismo es culpable. Pero no por explotador sino por gilipollas. Nadie ha hecho tanto por el desprestigio del periodismo como el propio periodismo. Primero regalando su producto, que equivale a decir que el periodismo no cuesta nada porque no vale nada. Segundo, abriendo de par en par sus puertas a las redes sociales como si estas fueran sujetos noticiosos por el mero hecho de existir (ya saben: «Los mejores memes de la final de la Champions League», «¿De qué color es este vestido?» y demás soplapolleces). Y tercero, apuntándose con entusiasmo a la venta de motos digitales como la del «periodismo abierto» y la del «empoderamiento del lector». El periodismo es ese pasajero cobarde de la película United 93 que pretende apaciguar a los terroristas que se disponen a estrellar el avión en el que viaja. ¿O es que nunca han leído a uno de esos periodistas gazmoños que en vez de informar al lector o darle su opinión le pide permiso para «compartir» algo con él?

—Permítanme que comparta con ustedes…
—A cascarla, hippie.

Sabes que has perdido la batalla de la opinión publica cuando te ves obligado a argumentar una y otra vez, cual Sísifo con su pedrusco a cuestas, las mismas obviedades. Así que al próximo que me hable de «modelos de negocio» lo crujo. Modelo de negocio solo hay uno: que te paguen por tu trabajo. En el mundo analógico y en el digital. Y el canal por el que llegue ese pago puede ser el obvio (el lector, la publicidad) o no tan obvio (las rentas, el mecenazgo, el patrocinio, la limosna o papá y mamá). Pero al final de la cadena siempre va a ser necesario un ciudadano X que saque la cartera del bolsillo para pagar un producto Z. Si te preocupan los menguantes salarios de los periodistas o el cierre constante de medios (el último la edición española de la revista Rolling Stone) intenta recordar cuándo fue la última vez que pagaste por un libro, una revista o un diario.

Ya he dicho que me iba a ver obligado a argumentar una obviedad.

En cualquier caso, yo estaría dispuesto a aceptar el argumento de los «nuevos modelos de negocio» siempre y cuando no saliera de la boca de un jeta. Ya saben, uno de esos que se aferra como un parásito intestinal a dicho argumento en el caso de los productos culturales que pueden ser pirateados pero no en el del tabaco, el alcohol, la gasolina o el wifi. Productos, salta a la vista, con un modelo de negocio vanguardista de la muerte: o los pagas o te los pintas con plastidecores.

—Si yo no te pago es porque tu modelo de negocio está desfasado.
—O sea, que tú decides pagar o no pagar por un producto cualquiera en función de tu valoración de su modelo de negocio. El hecho de que lo consumas es secundario en tu decisión.
—Eso es demagogia.
—¿Pagarías por un producto que no consumieras pero con un modelo de negocio «correcto»?
—Claro que no.
—Tu argumento tiene lagunas, entonces.
—No veo por qué.
—Porque no tienes ningún problema en pagar por aquellos productos que no pueden ser pirateados, independientemente de cuál sea su modelo de negocio. Pero evitas pagar por aquellos a los que tienes acceso gratuito. Y luego llamas «tontos» a sus fabricantes por no dar con el modelo de negocio que te obligue a ti a pagar por ellos ¡cuando ya los tienes en las manos!
—Hay que adaptarse a las nuevas tendencias. Quizá tu producto no es lo suficientemente interesante.
—Pero tú lo consumes. A ti sí que te parece interesante.
—No tanto. Si he de pagar por él no me interesa.
—Quizá lo tuyo es ventajismo.
—Quizá eres un dinosaurio incapaz de adaptarse a los nuevos tiempos. ¡O un conservador!
—Puede ser. Quizá es que algunas cosas merecen ser conservadas. Aunque hablando de dinosaurios. ¿Eres consciente de que cada vez que entras en Facebook o en Twitter estás trabajando gratis para empresas que ganan millones con el tráfico que generáis tú y el resto de sus usuarios?
—¿Conmigo? No creo.
—Estás regalando a manos llenas el producto más valorado en internet.
—¿Y cuál es ese producto?
—Tu atención.
—Es un intercambio. Yo también obtengo algo a cambio.
—¿Ah, sí? ¿Qué?
—Entretenimiento. Información.
—Entretenimiento e información generados en origen por el sector cultural y el periodismo. No por Facebook, Twitter, Pinterest o Instagram. Mucho menos por Google.
—En cualquier caso, lo hago voluntariamente. Nadie me obliga a entrar en esas páginas. Y son gratuitas.
—Son gratuitas por la misma razón por la que los hoteles y los restaurantes de Las Vegas tienen precios ridículos: porque te están desplumando por otro lado. Su negocio es otro.
—Me da igual cuál sea su negocio. Yo obtengo lo que quiero de ellos y no me cuestan nada.
—Claro que te cuestan. Estás trabajando gratis para ellos, es puro lucro cesante. La única diferencia entre un esclavo y tú es que tú te has presentado voluntario para el puesto. Y con una sonrisa en la boca.
—No soy consciente de ello. Y eso no cambia el hecho de que tu modelo de negocio es incorrecto.
—Ya veo. ¿Y cuál es ese nuevo modelo de negocio que lograría que tú pagaras por aquello que lees?
—Yo tampoco lo sé, pero no soy periodista. Ese es tu problema.
—Intuyo que no va a haber modelo de negocio que haga que tú pagues por lo que lees ahora que te has acostumbrado a obtenerlo gratis.
—Es muy probable. Pero aun así deberías seguir buscando.
—Muy bien. Y mientras busco ese nuevo modelo de negocio, ¿tú que vas a hacer?
—Coger gratis lo que me merezco, por supuesto. La cultura debería ser gratuita.
—Porque tú lo vales.
—¡Mientras se pueda!
—Y si algún día no se puede, ¿dejarás de leer libros o de ver películas o de escuchar música porque su modelo de negocio sigue siendo incorrecto o te resignarás a pagar de nuevo por esos productos?
—Es probable que me vea obligado a volver a pagarlos. Pero entonces seré más selectivo. Mi dinero es mío.
—Y el mío también es tuyo, por lo visto. Quizá debería darte las gracias. Por el hecho de que me prestes tu atención, digo. Qué pena no ser Facebook o Twitter o Youtube: a ellos sí que les pagas, aunque no parece que seas muy consciente de ello.

Por cierto: si quieren un ejemplo meridiano de modelo de negocio papá y mamá ahí tienen a Alan Rusbridger, exdirector de The Guardian, que anda defendiendo por esos mundos de dios la idea de que el periodismo «debería incorporarse a las tendencias en vez de combatirlas». Lo dice él, que ha dirigido un diario cuyas pérdidas millonarias eran compensadas cada año por la compañía Scott Trust Limited. Así también me apunto yo a la utopía digital, no te jode.

Voy a explicarlo de otra manera. Imaginen un mundo en el que todo aquello que hacemos y decimos tuviera consecuencias tangibles en la realidad. Consecuencias a gran escala. Ese mundo es internet. Dice el filósofo Matthew Crawford en su libro The World Beyond Your Head que internet, y muy particularmente los medios sociales, nos plantean a diario una elección moral. Porque cada vez que los usuarios decidimos prestarle atención a la polémica absurda de turno en Twitter en detrimento de a un artículo del New Yorker estamos contribuyendo activamente a que cada vez existan más polémicas absurdas en internet y menos artículos al estilo de los que se publican en el New Yorker. Dicho en plata: cada segundo malgastado en las bobadas típicas de una red social cualquiera es un voto a favor de un mundo peor, más superficial y vulgar, más estúpido y mucho más sórdido e infantiloide. Tampoco voy de puta arrepentida: aquí el que esté libre de pecado y no haya perdido miserablemente docenas de horas en los pasatiempos más asnos de internet que tire la primera piedra. Pero como en el chiste, «organización, joder, organización».

Así que ya me van a permitir que comparta con ustedes una humilde reflexión de igual a igual. Quizá habría que empezar a pensar en pagar, aunque sea modestamente, por los productos que consumimos. O al menos por aquellos que consumimos regularmente. La alternativa es un internet de puto asco en manos de youtubers histriónicos, trols de catorce años y amateurs bienintencionados pero intrascendentes. Y no es que tenga nada contra las guarderías, pero cuando toda la oferta cultural a nuestro alcance sea esto, quizá añoremos maravillas como esta.


iPhoneografía

Fotografía de Jordi V. Pou

La inmediatez y el momento ganan terreno a la técnica y al equipo haciéndose un hueco cada vez más grande en Internet

Comenzó siendo una nueva forma de compartir fotografías cotidianas del día a día de los usuarios de teléfonos móviles y se ha convertido en una herramienta de trabajo y una forma de creación de arte utilizada por profesionales y amateurs en todo el mundo.

Con la llegada de la iPhoneografía asistimos al resurgir de movimientos casi olvidados como el Lomo o el Polaroid, volviendo a crear un fenómeno en el que la inmediatez y el momento tienen más peso que el equipo fotográfico. Un iPhone como cámara fotográfica es una herramienta en principio bastante limitada (sobre todo si lo comparamos con una cámara DSLR), pero esta limitación queda en un segundo plano cuando se nos abre un amplio abanico de herramientas de postproducción en forma de app. Desde Camera+, Hipstamatic, Color o Tiltshift Generator a Photoshop Express o redes sociales como Instagram nos permiten realizar fotografías, darles el aspecto que queramos y compartirlas al instante. La iPhoneografía gana adeptos e inunda las diferentes redes de fotografías hechas con el móvil, sin ir más lejos el dispositivo más utilizado en Flickr es el iPhone 4 por encima de cámaras como la Nikon D90 o la Canon 5D Mark II. Es tal el éxito de este movimiento que incluso periodistas, fotógrafos profesionales y diseñadores tienen en el iPhone una cada vez más utilizada herramienta de trabajo.

A todo esto hay que sumarle un catálogo de accesorios que no para de crecer. Desde lentes especialmente diseñadas para iPhone abarcando desde ojos de pez a macros o teleobjetivos a adaptadores para poder utilizar los objetivos DSLR de Canon y Nikon. Aportando todo ello aún más posibilidades al movimiento.

Fotografía de Jordi V. Pou

Del teléfono a portadas y museos

A pesar de que muchos puristas consideran una aberración el utilizar un teléfono como cámara fotográfica (al igual que ocurría y ocurre con las DSLR), la verdad es que cada vez es más común encontrarse con una portada de revista, un reportaje fotográfico o un evento que ha sido cubierto con un iPhone, del mismo modo que ya no es extraño descubrir exposiciones centradas en la iPhoneografía. Desde la exposición Pixels and Exhibition en Berkeley (California) en Enero del 2010, muchas han sido las ciudades que se han unido a la causa y han organizado exposiciones en diferentes museos (Bilbao, Madrid, Tokyo o New York entre muchas otras) y cada vez es mayor el número de personas que salen asombrados de una exposición porque esas imágenes que tanto les han gustado e impactado “están sacadas con un simple teléfono”.

La entrada a los museos de arte contemporáneo vino de la mano del Centre d’Art La Panera de Lleida, el cual abrió sus puertas a la telefonía móvil y la adoptó como herramienta de creación artística en una exposición compuesta por obras de Valerie Ardini, Sion Fullana, Dominique Jost, Alexander Kess, Koichi Mitsui y Jordi V. Pou, el cual también ejercía como comisario.

Un claro ejemplo del uso profesional de la iPhoneografía lo tenemos en el periodista de Associated Press David Guttenfelder que acompañó al Ejercito Estadounidense en Afganistán disparando en todo momento con su iPhone y sin detenerse a realizar retoques ni nada parecido. Este acto tuvo una gran repercusión en la red ofreciendo al público crudísimas instantáneas del conflicto en el que se encontraba casi a la vez que el las tomaba. El poder compartir una imagen nada más tomarla es una ventaja que no ofrecen otros dispositivos.

Fotografía de Jordi V. Pou

El Twitter de las fotos

Instagram llegó y se quedó, convirtiéndose en el equivalente al micro-blogging de Twitter pero con fotos. La idea de la aplicación es muy sencilla: sacamos una foto con la propia aplicación (o bien seleccionamos una de nuestra fototeca móvil), aplicamos alguno de los filtros disponibles (con efectos Lomo, Polaroid, Instamatic, etc) e incluso tenemos la opción del Tiltshift, le damos un nombre a la foto (podemos incluso geolocalizarla) y la compartimos en Instagram y en las redes sociales que seleccionemos (permite compartir con Flickr, Facebook, o Twitter entre otros). Al igual que Twitter sigue el sistema de following/follower y permite el uso de etiquetas al igual que con los hashtag. Se pueden hacer comentarios de las fotos y permite utilizar la opción de “me gusta” con la que las fotografías pueden entrar entre las más valoradas y así aparecer como destacadas en la aplicación.

Instagram crece a muy buen ritmo y en apenas unos meses ha superado los cuatro millones de usuarios y se publican más de diez fotos por segundo, sin duda alguna todo un logro que demuestra que este movimiento no es efímero.

Fotografía de Jordi V. Pou

Con firma Española

No son pocos los nombres famosos o importantes dentro de la iPhoneografía, pero podemos afirmar que España ha dado a algunos mundialmente reconocidos en este fenómeno.

  • Jordi V. Pou: Este fotógrafo de Lleida decidió un buen día dejar de lado sus Leica y Hasselblads y dedicarse a mirar más a través de su teléfono móvil. Esto lo llevo a embarcarse en Kokovoco que además de dar nombre a una mítica isla también se lo da a su proyecto de fotografía móvil. Ya no es solamente una forma de captar imágenes o trabajar, se convierte en una forma de ver el mundo a través de la lente de un teléfono. Fotografías desde un punto de vista íntimo, un blanco y negro trabajado de tal manera que te llega de golpe y no te deja indiferente. Todas las instantáneas están tomadas, postproducidas y compartidas con un iPhone.

Más información sobre la obra de Jordi V. Pou en esta web.

  • Sion Fullana: Afincado en New York, este periodista, fotógrafo y realizador Mallorquín es uno de los artistas más respetados en el movimiento de la iPhoneografía. Como Street Photographer ha sabido capturar la esencia Neoyorquina con un resultado que llega a rozar lo misterioso. Pero no todo queda aquí, en su haber suma exposiciones, menciones en artículos, participación como jurado en prestigiosos eventos y sus fotografías se han publicado en periódicos, blogs fotográficos y magazines (El País, La Vanguardia, Metro UK o Time Out NY entre otros) llegando incluso a ser portada de discos y libros distribuidos internacionalmente o a formar parte de importantes campañas publicitarias.

Más información sobre la obra de Sion Fullana aquí.

 

Fotografía de Jordi V. Pou

 

 

Fotografías cedidas por Jordi V. Pou