La leyenda del hombre mono, su triunfo y su maldición

Fotografía: Emiliano Bruner.

Aunque somos la especie más tecnológica que nunca ha pisado este planeta, hoy en día otorgamos devotas garantías y ciega confianza a todo lo que pretende ser «natural». Pero si descartamos aportaciones de dioses y alienígenas, hay que reconocer que sería muy de sobrados y egocéntricos pensar o afirmar que nuestra especie no es el resultado de la naturaleza, así que por ende nuestra tecnología también lo es, cosa que delata una falsa separación entre lo «natural» y lo «artificial». En esto hay un sesgo temporal importante, y a menudo llamamos natural a lo que hace unos siglos o unos milenios era artificial, como cuando distinguimos una panoja modificada en laboratorio de una seleccionada por fertilización controlada en el campo. También adulamos comidas y remedios de antaño, olvidando las enfermedades y muertes que han causado. La sabiduría rural funciona muy bien a corto plazo, pero, a falta de criterios y métodos de control a largo plazo, fracasa dramáticamente al enlazar causas y consecuencias lejanas en el tiempo (de aquí el uso de plantas cancerígenas o de aguas radiactivas, sin contar unos cuantos rituales anatómicos absurdos y lerdos).

En muchos casos halagamos nuestros instintos, exaltando sus raíces naturales. Por ejemplo, uno de nuestros tabús más sensibles y respetables es la reproducción, un derecho intocable y una necesidad sagrada. La pulsión por reproducirse es el motor más fuerte de la evolución, y no escapa a sus hechizos ni siquiera el sesudo y cuerdo ser humano. Aun sabiendo que hay miles y miles de niños abandonados en el mundo, la adopción es, en general, solo un último remedio a la infertilidad, en lugar de ser la primera de las opciones, aparentemente la más sensata, práctica y moral. Pero el instinto te dice que la cría tiene que tener tus genes, así que prima este deseo profundo e hipnótico de autoclonación, un intento (evidentemente inútil) de inmortalidad, que manda callar a cualquier tipo de razonamiento o de evidencia lógica. Además, para una adopción se requieren garantías impecables y un largo camino administrativo, pero nadie pone pegas a la paternidad de un niño generado entre los vómitos de una borrachera, en un ambiente degradado por violencia y abusos, o en un contexto económico desastroso e inviable. Tiene que «pasar algo» para que la sociedad, a veces, reaccione. Pero a la espera de que aquel «algo» pase, la generación y entrega de una vida a una condición de fracaso más que probable se acepta, porque el proceso ha sido «natural» y, por ende, legítimo.

Evidentemente, el afán reproductivo no afecta solo la individualidad familiar, sino que se extiende a escala mundial. El programa de la Agenda 2030 de las Naciones Unidas se propone acabar con los problemas del planeta, y ha localizado diecisiete «Objetivos de Desarrollo Sostenible» que hay que resolver imprescindiblemente. Y es interesante notar que casi todos los que se enumeran se solucionarían en buena parte con un control de la natalidad. Pero claro, es un tema caliente, que huele a eugenesia, castración y represión, y ni gobiernos ni expertos se atreverían a mencionar ni siquiera el asunto. Todos conocen y entienden perfectamente el problema y la solución, a grande y pequeña escala, pero no se puede mencionar, no se puede nombrar, ni siquiera insinuar entre líneas, como cualquier tabú que se precie. Porque la reproducción es sagrada, es un instinto natural. Y nos olvidamos de que también matar o violar son instintos naturales. En evolución el único parámetro que cuenta es cuánto te reproduces, tú y tu linaje. No hay otro valor que este a ojos de la selección natural. Cueste lo que cueste alcanzarlo. Cuanto más te reproduces, más se difundirán tus genes en las generaciones siguientes. Es la ley de las medusas, de los jabalíes, y de los piojos. Y la naturaleza, en su constante ambición de satisfacer este criterio, nunca es moral o justa. Al revés, es cruel y muy despiadada, según nuestros criterios occidentales. Entonces, en el momento en que queremos defender la reproducción y no el asesinato o la violación, tenemos que encontrar otra razón, porque la de «es un instinto natural» no conviene utilizarla, a no ser que queramos también defender otros comportamientos igual de naturales, que pero tachamos (en mi opinión, más que oportunamente) de inhumanos y aberrantes. Tampoco cuela la de la «supervivencia de la especie», porque está visto que tenemos el problema opuesto. Y la de «porque quiero y punto» aguanta lo que aguanta, porque no ofrece muchas perspectivas de discusión, porque arroja dudas sobre nuestras ostentosas capacidades mentales, y porque también en este caso se puede aplicar a muchas otras cosas a las que es mejor no aplicarla.

Una de las características más interesantes de nuestra cognición humana es la capacidad de inhibición. Muchas especies animales pueden experimentar una cierta inhibición a la hora de expresar un comportamiento determinado, aunque hay dos diferencias importantes con respecto a nosotros. La primera es una diferencia de grado: nuestra capacidad de inhibir un instinto o una respuesta emocional está increíblemente más desarrollada, a nivel individual y de grupo. La segunda es una diferencia de calidad: la inhibición en un animal suele estar asociada a miedo o a algún tipo de coerción, generalmente a corto plazo, mientras que los humanos tenemos también una inhibición asociada a un razonamiento, incluso a una moral, también (y sobre todo) a largo plazo. Nuestra inhibición es, muchas veces, una decisión. Esta capacidad de inhibición es una de esas características que «nos hace humanos», que nos permite alcanzar grupos sociales muy grandes sin matarnos, sociedades complejas y diversificadas, almacenar recursos sin gastarlos todos de golpe, o planear estrategias de larga duración. Es muy interesante notar que, muchas veces, el proceso de inhibición a nivel cerebral no se basa en elegir una opción, sino en ¡descartar las otras! Es decir, en muchas ocasiones nuestro cerebro no nos aconseja la elección mejor, sino que se limita a suprimir, según la información disponible, las que parecen peores.

Aquí no viene mal recordar que instintos y emociones no son las mismas cosas, así que hay que tener cuidado en no confundir el mensaje. Es cierto que tienen una relación muy íntima (a nivel evolutivo y psicológico se alimentan los unos de las otras y viceversa), pero desde luego no son lo mismo. Los instintos son programas comportamentales que conllevan la ejecución de un acto para alcanzar un objetivo, y su realización afecta las relaciones con otros individuos. Las emociones son descargas bioquímicas que generan un cambio en la condición interna de un organismo, en su forma de ver, sentir y pensar el mundo, y afectan más la relación con uno mismo. Es decir, en los instintos algo interno (el programa) afecta algo externo (el ambiente y la sociedad), mientras que en las emociones es al revés, y algo externo (el ambiente y la sociedad) afecta algo interno (el individuo). Evidentemente hay más que esto, y la separación entre estos dos flujos no es tan lineal, porque se sustentan el uno con el otro, pero es importante entender esta diferencia de polaridad. Como consecuencia reprimir instintos es necesario para desarrollar una sociedad compleja, mientras que reprimir emociones a menudo solo desarrolla penas, conflictos internos, e incluso trastornos. Para estar bien con los demás muchas veces es necesario inhibir los instintos, pero para estar bien consigo mismo hay que evitar inhibir las emociones. La tarea no es sencilla y alcanzar un equilibrio entre estos dos factores no es nada fácil, pero es recomendable, por lo menos, intentarlo. Y, más allá de esta diferencia funcional, hay una diferencia de color muy intensa: los instintos nos hacen más primates, mientras que las emociones nos hacen más humanos. Que cada uno elija su propia combinación.

Fotografía: Emiliano Bruner.

Pero así es, la capacidad de inhibición es una de las claves de nuestra supuesta humanidad. Una capacidad increíblemente potente, aunque no absoluta. Intentamos no matar y no violar, y para muchos de nosotros son tareas tan asumidas que las llevamos a cabo sin ningún esfuerzo. Al revés, sería más difícil renunciar a esta inhibición, dejando rienda suelta a nuestros instintos jabalíes. Pero sabemos que esto no vale para todos y hay unos cuantos que no han alcanzado este control espontáneo, ya sea por límites biológicos o culturales. Hay otros instintos que es más difícil controlar e inhibir, como los relacionados por ejemplo con la comida (nos pasamos, las cosas como son) o las dinámicas de las jerarquías sociales (que en los humanos son las mismísimas que en los babuinos o en los macacos). Y, finalmente, hay otros para los que estamos todavía muy lejos de tener un control eficiente, como la reproducción. Y esto a pesar de ser la única especie en la historia de este planeta que es capaz de distinguir entre reproducción y sexo, y que por ende puede permitirse el lujo de disfrutar del cebo (el placer) sin tener que tragar necesariamente el anzuelo (la fecundación). Aun así, el instinto es imparable, y la pulsión de autoclonación, arrasadora.

Somos como renacuajos a la mitad de un camino, hemos evolucionado las patas (la capacidad de razonar) pero todavía no hemos perdido la cola (la capacidad de controlar los instintos), y estos elementos se chocan y se obstaculizan, generando una pisada confusa y poco funcional. Duele decir que, en los anfibios, es este el momento de mayor mortalidad: el renacuajo con patas no domina ni el agua ni la tierra, y los depredadores se ceban con miles de incapaces, perdidos en un cuerpo quimérico y torpe, seres híbridos que no saben adónde huir, ni cómo hacerlo. La solución que han encontrado muchas especies es la más obvia: reducir lo más posible este período de transición, prometedor para el futuro pero nefasto para los que se quedan atrapados en él.

Ahora bien, hemos empezado a percibir esta sensación de metamorfosis desde hace poco tiempo, y en particular desde cuando las teorías evolutivas nos han hecho notar cierta continuidad con los otros animales. La ciencia nos ha ofrecido, en el último siglo, mucha información acerca de nuestra posición en la historia natural de la vida en este planeta. Los humanos somos primates sociales, necesitamos un grupo, y un fin. Esto de ser parte de un gran proceso divino hoy en día, en nuestras sociedades, ya no cuela, y entonces nos ha empezado a gustar la idea de ser parte de un gran proceso natural. De ahí el conflicto con la religión, que ha visto peligrar su rol unificador y soberano, garantía de poder y de control. De ahí también los excesos de una entrega demasiado pasiva de la sociedad a los dictados de muchos académicos evolucionistas, que a menudo han transformado la ciencia en dogma, traicionando sus mismos principios con mantras y sentencias copia-y-pega sustentadas por la fe en lugar de ser fruto del conocimiento.

Sea como fuere, los humanos de las sociedades industriales hemos empezado poco a poco a agradecer ser hijos de la madre naturaleza (algo que otras culturas nunca han separado de sus religiones, matando dos pájaros de un tiro), buscando y anhelando esta maternidad, y halagando más o menos tímidamente sus evidencias. Pero claro, ha sido una reconciliación conflictiva, entre el deseo de ser parte de la naturaleza y una mezcla de soberbia y asco hacia esa excesiva proximidad con las bestias. Simios sí, pero con distancia, por favor. Tarzán ha sido uno de nuestros primeros iconos en esta fase de reconciliación, y aún hoy en día delata este conflicto: es un puente entre la metrópoli y la selva, un hombre mono, pero es guapo, peinado y aseado, bruto pero con sanos principios honorables, salvaje pero con un pasado aristócrata. Su Jane sale fresca de la peluquería, y su Chita es un chimpancé joven, dócil y juguetón, no como los de verdad, que arrancan brazos y matan crías desgarrándoles el pecho. El hombre mono tiene una maldición que funciona al revés: en lugar de transformar al humano en bestia, afeita y perfuma al animal, le corta las garras y le blanquea los dientes, le depila el sobaco y le distorsiona la mirada tosca en una seductora sonrisa. El simio humano, iluminado por la luz encantada de la evolución, se transforma en una aberración primatológica que huele a jazmín, lleva tanga, y predica una moral.

Pero no es más que una leyenda. No existe el hombre mono. Solo existen primates, de diferentes especies, con sus límites filogenéticos y zoológicos, sus necesidades y sus instintos, sus emociones y sus afanes. Mejor reconocer y aceptar los límites de la evolución y tenerlos en cuenta que ignorarlos y luego llorar sus consecuencias. Ser primates quiere decir tener potencialidades y limitaciones, ventajas y vínculos, y es preciso saber dónde acaban las unas y empiezan los otros. No se trata de ser perfectos, sino solo, sapientemente, coherentes.

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Halagamos el raciocinio pero le tenemos miedo, porque puede delatar nuestras incoherencias. Fardamos de que el raciocinio nos hace humanos, pero también afirmamos que un exceso de raciocinio deshumaniza. Os invito a leer este artículo sobre nuestra conflictiva relación con la inteligencia: Vitruvianos, talosianos y otros monos cabezudos

Quiero dedicar este artículo a la memoria de Irenäus Eibl-Eibesfeldt (1928-2018), que nos ha guiado entre los increíbles caminos que enredan filogenia y psicogenia, para descubrir los aspectos más hermosos y más oscuros de la bestia humana.


Ricardo Cantalapiedra: La rebelión del instinto

El instinto es un sentido psicosomático casi atrofiado. Participa de la vista, el oído, el gusto, el tacto y el olfato. Marca la vida de los animales, pero en la raza humana está en vías de extinción. Una pérdida fundamental: muchos de los grandes hallazgos de la humanidad han sido propiciados por el instinto; y muchos grandes fracasos, por la falta de instinto. Incluso todos nosotros somos frutos de un instinto, a veces desafortunado.

Se nos ha definido a los hombres y mujeres como seres racionales. Los demás animales, al parecer, son irracionales. La racionalización inmoderada nos está volviendo máquinas más o menos sofisticadas, pero sin algo precioso que nos es común con toda la fauna. La educación y la razón difuminan e incluso borran el instinto, aunque todavía siga muy presente en el lenguaje. Pero la razón, patrimonio inmaterial de las personas, es también base de la locura y la infelicidad si se ve privada de lo instintivo.

Hay diversas interpretaciones del Capricho El sueño de la razón produce monstruos, número 43 de la serie de 80 láminas de Francisco de Goya. En el autógrafo del Museo del Prado se dice: “La fantasía abandonada de la razón produce monstruos imposibles; unida con ella es madre de las artes y origen de las maravillas”. La portada del manuscrito de la Biblioteca Nacional reza: “Cuando los hombres no oyen el grito de la razón, todo se vuelve visiones”. Es más completa la leyenda de El Prado. ¿Qué pasa cuando los hombres no oyen el grito del instinto? Pues, sencillamente, que todo se vuelve inhumano, extraño a la persona; se esfuma “la madre de las artes y el origen de las maravillas”.

Ese hombre que parece dormido, cansado o abatido en el aguafuerte, no está rodeado de monstruos. Son animales los que revolotean a su alrededor: gatos, murciélagos, búhos. En la mesa hay papeles y dos lapiceros o plumas. Quizá estemos ante un escritor, un pintor, un artista, una persona que ha perdido el hilo de su obra al enfrascarse en razonamientos superfluos. Se le ha escapado el instinto. Esos bichos están ahí para despertarle y recordar que, si se deja llevar únicamente por la razón, solo le van a salir sombras, noche, monstruos. La lámina de Goya es un alegato contra la educación excesivamente racionalista que padecemos desde hace siglos y que nos hace desdeñar progresivamente la parte animal de la personalidad.

Este tipo de educación angelical no ha hecho más que pervertirnos y hacernos perder el norte de la vida. No sé qué mente dislocada le dictó a Fidel Castro estos angelicales axiomas que contienen metralla celestial y coinciden con el pensamiento del Vaticano: “La educación es una lucha contra el instinto. Todos los instintos conducen al egoísmo”. ¿Qué entiende Fidel por instinto? ¿Lo que no está de acuerdo con sus intereses? Eso es una barbaridad en la que Castro comulga con la pedagogía tradicional e inhumana. Los animales no tienen inteligencia (todo depende de lo que se entienda con esa palabra), pero tienen instinto y están llenos de razones instintivas que nunca les fallan. De hecho, tienen organizada su existencia con mucha más perfección que nosotros. El mundo animal es una referencia inexcusable para el universo de las personas. Es admirable la forma en que las bestias se rigen en sus actividades sociales, económicas y políticas: todos ellos saben cuál su papel en el grupo, todos trabajan en las economías de la manada, todos siguen al jefe natural y todo funciona con una lógica que jamás ha conseguido llevar a la práctica la Humanidad. Los animales tienen mucho más que ver con la Naturaleza que la inteligencia humana, ensoberbecida estúpidamente por las elucubraciones de unos cuantos sabios que en el fondo son voceros de la ignorancia.

Dice Voltaire (Diccionario Filosófico) que el instinto “es la conformidad secreta de nuestros órganos con los objetos… El instinto gobierna a los hombres como gobierna a los gatos y a las cabras; y es una semejanza más que tenemos con los animales”. Ahí está la cuestión, en la “conformidad secreta”. Porque las personas tenemos que mantener el instinto prácticamente en clandestinidad. La razón se ha hecho dueña y señora de los hombres, con el hándicap de que en demasiadas ocasiones es una clamorosa sinrazón. La razón es manipulada soezmente. El instinto no puede ser manipulado, solo perfeccionado.

Con todos los respetos hacia la diosa Razón, hay que decir también que ella todo lo complica y que son muy pocos los que la utilizan de forma razonable, cuando no malintencionada. Los artistas deben tener mucho más respeto al instinto que a la razón. Y los demás, también. Alguien dirá que hay instintos asesinos, pero esos no son instintos, eso es una rama de la patología. La solución de los problemas económicos, políticos y sociales en que estamos enfangados debe llegar por una vuelta al instinto, por una contemplación meticulosa de la vida animal. Ya está bien de corazonadas, intuiciones, presentimientos, presagios, impulsos,  propensiones o inclinaciones que no son otra cosa que disfraces de la intolerancia y sucedáneos baratos del instinto perdido.

Esto no es un panfleto. Esto es simplemente una rebelión más que justificada del instinto que nos intentan arrebatar neciamente para acabar con nosotros. El instinto y la razón, unidos, jamás serán vencidos. Pero, a pesar de que pueda parecer lo contrario, no es fácil volver a los instintos. Nos los han raptado.