Y Bilbao se oscureció

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Las calles de Bilbao en las inundaciones de 1983. Foto: Archivo Histórico BBVA.

Las tragedias no tienen medida. No distinguen entre mucho o poco. Simplemente suceden, rompen la estabilidad del ser burlando esa línea de seguridad que creemos permanente a nuestro alrededor. Son de hecho las experiencias que con mayor intensidad nos hacen cuestionar el mundo y toda esa presunta dimensión trascendente de la vida.

Hay una sorda distancia entre ellas y nosotros cuando no nos afectan directamente. Y para ese muro no hay edad. La percepción es unánime de por vida. Una tragedia ajena, no nuestra, es como un silencio. En cambio una tragedia vivida, padecida en carne propia, figura un alarido que solo el tiempo es capaz de atenuar pero nunca de desaparecer. 

Tiende nuestra semántica a identificar los excesos con la ebriedad, como banquetes que proponer a la existencia, como paréntesis a la anodina tibieza que también es vivir. Y sin embargo nada más excesivo que una tragedia y su repentina agresión a la vida. 

Hay sin embargo en la tragedia la posibilidad de ocupar una extraña provincia. Un lugar intermedio entre la distancia remota de la tragedia ajena y la carnal de la propia. Un tramo a medio camino que permite, al superviviente, haber pasado por allí sin daño físico, lo que dota a la experiencia de un valor no menos absurdo pero a la memoria de una huella imborrable.  

Por eso el viernes 26 de agosto de 1983 es una fecha que nunca podré olvidar. Aquel fatídico día viví junto a mi familia una situación que para un chiquillo a dos semanas de los diez años queda grabada para siempre. Mis padres, mi hermana y yo regresábamos de unas vacaciones por Galicia y lo hacíamos en el Talbot Horizon que un año antes relevó al viejo Simca 1000 rojo que cada verano, así como en El Puente (1976), tomaba el pulso a la geografía de la transición. Para evitar los habituales mareos de los hijos mi padre había eludido volver por la costa tomando, como llamaba, la carretera de Castilla. A medio camino paramos a comer unos bocadillos, tras lo cual retomamos la marcha. Hasta que a eso de las cuatro de la tarde, cerca de Vitoria, el cielo se hizo noche y la lluvia, una lluvia persistente y cerrada, se nos echó encima apoderándose de la carretera. 

Poco después los coches se detenían en todos los carriles, parecía imposible avanzar y la lluvia arreciaba cada vez con más fuerza. «Vaya, hay tormenta», lamentaba mi padre, a quien antes de partir mi abuela había informado desde Barakaldo de que llevaba toda la semana cayendo un tozudo sirimiri que parecía aprontar el final del verano. Pero aquello, qué pronto lo supimos, no era una tormenta normal. 

Recuerdo con cruda nitidez cómo me pegué a los asientos delanteros y hasta donde se divisaba en la dirección que seguíamos el cielo era negro, completamente negro, como si nos aguardase el infierno. Dentro del coche los nervios de mi madre no ayudaban y hubo un momento en que pareció que cogíamos algo de velocidad, como para poder meter tercera. Pero fue un espejismo. Enseguida nos detuvimos otra vez en colas interminables bajo una lluvia sin medida. El cielo más tenebroso imaginable descargaba agua a chorros que rompían en las lunas del coche amenazando con aplastarnos y el miedo, un miedo contagioso, nos invadió de veras. Por Altube el agua caía por las laderas con tal virulencia que formaba cataratas que en algunos tramos caían directamente a la autopista, por una de cuyas orillas pudimos ver cómo la fachada de un caserío corría a la deriva por la riada. Recuerdo que mi padre encendió la radio, que nos devolvía chirridos por el enjambre de relámpagos que nos asolaban como a nuestra misma altura. Temiendo que las aguas fueran a tragarnos a todos poco podíamos hacer salvo apretarnos contra los asientos, avanzando apenas unos metros cada quince o veinte minutos. Cada vez que tronaba mi madre perdía los nervios y, no sé si obra del miedo, yo me orinaba sin poder aguantar hasta tener que hacerlo dentro de un pequeño termo de café. 

Lo que menos puedo olvidar es ver a gente fuera de los coches, hombres histéricos llegando a suplicar gasolina. «Los túneles de Malmasín están anegados. ¡Repetimos! ¡La carretera está cortada!», informaba la radio. Supimos que las autoridades, el Gobierno Civil o quien fuese decidieron abrir el peaje de Amorebieta y dejar paso a los  vehículos que en la A-8 sufrían serio riesgo de ser arrastrados. En uno de aquellos coches viajábamos nosotros.

Con motivo del veinticinco aniversario de lo ocurrido, el diario El Correo habilitó un blog abierto a los ciudadanos que tuvieron la desgracia de sufrir aquel infierno. De entre los cientos de comentarios el más próximo a mi experiencia lo firmaba alguien bajo el nombre de Unai. «Había cumplido cinco años, venía de vacaciones con mis padres de Burgos, y nos tuvimos que quedar toda la noche y parte del día siguiente en el peaje de Llodio de la A-68. Yo estaba muerto de miedo porque la gente que estaba en el peaje estaba loca. Abandonaban los coches y se iban corriendo hasta Llodio entre gritos y sollozos». El lehendakari Garaikotxea, de vacaciones en Zarauz, expresaba algo parecido de regreso urgente en un todoterreno: «Durante el trayecto fui testigo de escenas desesperadas, con gente perdida que no sabía dónde ir». 

Se me agolpan las imágenes, algunas ya muy frágiles, pero recuerdo las siguientes horas cerrando los ojos y rogando al destino que nos liberase de aquel abismo hasta que, por fin, cerca de las once de la noche, conseguimos llegar a Barakaldo. Seguía lloviendo con fuerza, como si nunca fuese a parar. Pero cuando abrimos la puerta de casa un alivio sin medida nos invadió a todos. Mi abuela (q.e.p.d), que vivía en la calle Zaballa, había llamado a la familia de mi padre en Lugo, de donde veníamos, más de veinte veces. Y ellos trataban de calmarla por lo que repetían los boletines de radio, que aún no hablaban de víctimas. No pude dormir. Y a eso de las cuatro de la madrugada, tras un atronador relámpago, sentí que el cielo descargaba con más fuerza que nunca, como si algo muy grande se hubiera conjurado contra el rincón que ocupábamos en el mundo. 

No todos tuvieron nuestra suerte. Por eso yo no soy el protagonista de esto. Lo son los miles de personas que de verdad padecieron un infierno aquella madrugada, las decenas de ellas que perdieron la vida y las decenas de miles que ayudaron a reconstruir una ciudad ahogada por el diluvio

Entre las tardes del 26 y 27 de agosto de 1983 Euskadi sufrió la ruina y la desolación a un extremo sin paralelo en tiempos modernos. Se tardarían años en levantar lo que las aguas destrozaron en unas pocas horas, durante las cuales la ría de Bilbao no pudo soportar los más de tres mil metros cúbicos de agua por segundo que recibió. En menos de un día cayeron más de quinientos litros por metro cuadrado. En el triángulo formado por Bilbao, Durango y Llodio, el área más castigada, tres tormentas consecutivas descargaron con increíble virulencia mil quinientos millones de toneladas de agua. En unas horas cayó sobre Euskadi cien veces más volumen de agua que el que contiene toda la bahía de la Concha. Sobre Bilbao se abatió en veinticuatro horas más agua que toda la que se precipita sobre Vizcaya en un año de lluvias. El fenómeno meteorológico conocido como «gota fría» debió de adquirir entonces un alcance insólito. «Llegó una corriente de aire cálido mediterráneo y entró desde Francia al golfo de Vizcaya, que es una fuente de calor y humedad —explicaba en la prensa un especialista—. Se topó con una masa de aire subpolar en altura especialmente fría, de unos 61 grados bajo cero. El aire frío es más denso y pesa más, por lo que cae empujando hacia arriba a la masa cálida de la superficie —ese día hubo entre 18 y 25 grados—, que se enfría al ascender. Entonces se produce la condensación, se forma la nube, que crece y alimenta otras cargándolas de agua. (…) Porque aquí se mezcla la temperatura alta del aire y del agua con la humedad que aporta el mar y una orografía que retiene la tormenta». Paradójicamente hasta aquel mes de agosto el año 1983 había sido en Vizcaya el más seco de los últimos cuarenta años.

Aquel mes de agosto la Aste Nagusia, en su tierna sexta edición, se había iniciado con lluvia, una fina lluvia que como sirimiri regó la ciudad hasta la violenta irrupción de aquel viernes maldito. Por entonces las txosnas se montaban como de costumbre en la plaza del Arenal y el entorno del Arriaga. Hay algo profundamente macabro, algo que las imágenes ratifican, en que el epicentro de lo ocurrido tuviera lugar allí, en el corazón mismo de la fiesta. 

A eso de las cuatro la lluvia dejó de tener gracia comenzando a inquietar en El Arenal a los comparseros que como cada jornada se habían dado cita alrededor del Arriaga. «Era viernes de disfraces; íbamos de punkis con la cara pintada, las crestas y demás; de repente vimos cómo se nos emborronaba la cara. Y seguía lloviendo. Nos dimos cuenta de que a lo mejor nos teníamos que empezar a preocupar», recordaba Juan Carlos de Rojo, de Radio Bilbao. «El primer aviso llegó cuando estábamos comiendo. Fue la Policía Municipal la que alertó de la gravedad de la situación. Salimos del restaurante Mandoya donde comíamos y vimos cómo se desbordaba la ría a la altura del mercado de La Ribera. El agüilla no tardó en llegar hasta donde estábamos nosotros. Nos aseguraron que la cosa iba a ser gorda y empezamos a desalojar el recinto ferial» (Andoni Olivares, programador festivo Ayto. Bilbao). Pero de fiesta es difícil tomar algo en serio. Por eso en las txosnas, aquellas embrionarias y flacas de mecanotubo, la fiesta, aunque empapada, seguía a lo suyo. «Seguíamos con la fanfarria haciendo risas de cómo llovía. Nos reíamos de que el agua nos llegase a los tobillos. Pero cuando comprobamos que seguía subiendo y que nos cubría por la rodilla…» (Leonero Bilbao, miembro de Txomin Barullo).

«Nos comunicaron que el desbordamiento de la ría era inminente y que teníamos que evacuar cuanto antes a la gente de las txosnas. Claro, vestidos de comparseros te puedes imaginar el caso que nos hicieron» (Txema Amantes, Moskotarrak). Como a las cinco y media el nivel de la ría era tal que el agua bajaba amenazadora golpeando las orillas de La Naja y el Arenal. Y la música y el júbilo se apagaron. La gente comenzó a acudir al puente y aledaños, elevados a prudente altura, seducidos por un espectáculo que pronto presentaría su rostro más aterrador. 

Cuando la oscuridad lo cubrió todo el cielo seguía descargando sin piedad. En La Peña las aguas llegaron a alcanzar los doce metros de altura, el mayor nivel de todo Bilbao. En Galdakao el agua alcanzó los casi diez metros, destruyó edificios y puentes, y durante días la Policía rastreó la zona con un cañón de luz y un megáfono en busca de vecinos aislados. En Basauri el agua alcanzó los nueve metros; en Etxebarri, los once. Sondika, Bakio, la parte baja de Barakaldo y así hasta más de cien localidades quedaron a merced de las aguas. 

Una de las imágenes arquetípicas de aquella tragedia tuvo lugar la misma tarde: las aguas rompieron las amarras del buque Consulado. Durante unos minutos interminables el buque quedó a la deriva y se temió lo peor: que impactara contra el puente de Deusto y lo derribara. Antes de llegar al puente de La Salve, a la altura del Edificio Albia, el buque se hundió. El mercado de la Ribera quedó bajo las aguas. En la plaza de Santiago, junto a la catedral, tuvo lugar uno de los fenómenos más increíbles de aquella tragedia. El agua alcanzó en este punto, el más bajo del Casco Viejo, los seis metros de altura. Allí confluían todas las calles de alrededor y se formó un espectacular remolino que a modo de vórtice lo absorbía todo. 

La carretera de San Ignacio sufría multitud de cortes. El puente de Rontegi, erigido aquel año para unir las dos márgenes de la ría, no pudo padecer peor estreno. En Llodio, apurando las fiestas de San Roque, las aguas llegaron hasta el segundo piso. A media tarde se habían cortado las comunicaciones telefónicas y cinco horas después ya no se podía salir ni entrar del pueblo. Pero ninguna área sufrió más que El Peñascal. Sobre el barrio dormitaba una vieja cantera en desuso que vomitó ladera abajo miles de toneladas de peñascos, rocas, escombros y lodo. 

Muchos de los jóvenes que horas antes habían entrado en el Casco Viejo ya no pudieron salir. Quedaron totalmente aislados y la gran mayoría fue alojada por los vecinos antes de que el Casco se convirtiera en un foso que en lugar de siete calles era de siete ríos. A su paso por Erandio la enfurecida ría destrozó el puente. Además de árboles y bidones los recodos que las aguas habían abierto en la carretera estaban atestados de caballos y vacas muertas. La noche iba a ser un infierno.

En la calle Tendería tuvieron que formar cadenas humanas para poder salvar a la gente. En la calle Jardines un bloque entero se vino abajo. Al fondo de la calle Somera, que finaliza en una curva, ocurrió algo que pudo terminar en una desgracia mucho peor. Allí se formó un tapón con ramas, troncos, basuras, enseres y mobiliario. A ello se sumó una gigantesca bombona de gas propano que primero chocó contra la iglesia de San Antón y luego fue navegando hasta detenerse en los escombros. Los vecinos asustados daban el aviso con linternas. Y pasó una eternidad hasta que, coordinándose a gritos desde las ventanas, consiguieron deshacer a golpes el tapón por uno de los lados de la calle. Cabe imaginar el terror de aquella operación improvisada que despidió a la bombona entre la oscuridad. Aquel gigante de propano no era el único. Había miles de bidones de cianuro, carburo y ácidos, la mayoría rotos, navegando libres corriente abajo. Durante la riada innumerables pequeñas y medianas industrias fueron arrasadas y muchos de sus productos tóxicos quedaron a la deriva. 

Radio Bilbao fue la única emisora que pudo emitir noticias y llamadas de auxilio aquella fatídica jornada. Hasta que a las cuatro de la madrugada estalló una tormenta aún mayor que parecía concentrarse en el bajo Bilbao, desde la parte alta del muelle de Urazurrutia hasta Zorroza, con brutal intensidad sobre el Casco Viejo. Y la radio quedó muda. 

Horas después, sin luz, agua ni teléfono, no había noticias de Bermeo, Bakio o Mundaka, y en los alrededores de Bilbao sobrevolaban rumores inquietantes. Uno de ellos afectaba directamente a la ciudad. Al parecer había expresa orden de dinamitar el puente del Arenal si las aguas hacían tapón allí, lo que habría sido definitivo para el Casco Viejo. Otro hablaba de evacuar Barakaldo, la localidad más poblada del Gran Bilbao, por el riesgo que entrañaba la ruptura de una presa. Pero el rumor más delirante de aquellas trágicas horas sugería que la localidad pesquera de Bermeo podía haber desaparecido bajo las aguas. A la mañana siguiente dos navíos de la Armada consiguieron llegar a su bahía. La dimensión de la catástrofe en Bermeo era indescriptible. La emisora de la Cruz Roja marítima había lanzado un SOS que recogieron en el puesto de voluntarios de la Cruz Roja en Zumaia. Cuando llegaron por mar una gigantesca masa de coches se apilaba en el puerto. Para evitar infecciones las autoridades decretaron que tan solo en Bermeo se enterraran en cal viva ciento cincuenta mil toneladas de bonito. Los miles de voluntarios que participaron en el desescombro fueron vacunados contra el tifus y el tétanos.

Eran los años del plomo, cuando el terrorismo apretaba con mayor intensidad. Y sin embargo la respuesta nacional fue conmovedora. El Gobierno de Felipe González delegó en Carlos Garaikotxea y su Lehendakaritza la organización de las labores de auxilio en todo el territorio vasco. En multitud de puntos los alimentos básicos no llegaron hasta el tercer día. Camiones y helicópteros llevaron a numerosas localidades los víveres: una barra de pan y un litro de agua por persona era el racionamiento establecido. Uno de los símbolos de aquellos fatídicos días, obra del alcalde de Miravalles, aparecía escrito en una pizarra que presidía el pueblo. «A quien se sorprenda saqueando o aprovechándose de la lamentable situación que padecemos será objeto del más enérgico castigo que la ley permita». Porque como en una de esas pesadillas apocalípticas los actos de pillaje en los días siguientes se sucedieron y patrullas vecinales, fuertemente armadas, se vieron obligadas a proteger sus bienes en numerosos puntos de Bilbao y alrededores. «Cuando llegamos a La Peña una patrulla de vecinos nos recibió con escopetas en mano. Nos informaron de que allí no había llegado ninguna ayuda» (Juan Carlos de Rojo, Radio Bilbao).

La Armada trasladó por mar alimentos y antibióticos. Dos destructores llegaron desde Santander para trasladar provisiones hasta el muelle de Abando. Aunque se cifraron entre doscientos mil y quinientos mil millones de pesetas, las pérdidas fueron con seguridad mucho mayores. Incluso las treinta y nueve pérdidas humanas se antojaban una cifra corta ante la magnitud del desastre. Los miles de voluntarios que se sumaron a la reconstrucción volvieron a demostrar que tal vez lo más valioso del ser humano despierta en las catástrofes.

En agosto de 2008 Bilbao conmemoraba los veinticinco años del desastre. Una serie de gigantescas fotografías fueron colocadas en diversos puntos de las Siete Calles, varios programas de radio y la emisión de dos documentales en ETB, especiales en El Correo, Deia y El Diario Vasco, vinieron a recordar el espanto de aquellos días. El Ayuntamiento de Bilbao se sumó a la iniciativa con una recogida de fotografías y testimonios sin precedentes desde la tragedia. Sin embargo fue la exposición en la planta baja del Edificio del Ensanche, convertida en improvisado museo, la que con mayor hondura y precisión inmortalizaba los hechos: fotografías, crónicas, testimonios escritos por los ciudadanos, documentos sonoros y un sinfín de archivos hacían de la visita una experiencia estremecedora. Nada como escuchar a los veteranos visitantes con los que uno tenía la suerte de coincidir allí, abuelos con txapela y alma de hierro, bilbaínas arrugadas que suspiraban cuando aquellos hombres evocaban la desventura que encerraba cada imagen, a cual más siniestra. Fue hora y media de profunda emoción. 

Es probable que muchos nativos rescataran entonces el recuerdo a través de estos actos y, sobre todo, del doble documental emitido por ETB. Pero de seguro otros muchos lectores ni sabrán de aquellos días en los que Bilbao estuvo al borde de la muerte. Basta subir al monte de Artxanda para echar un vistazo desde allá arriba y comprobar que Bilbao, nuestro adorado Bilbao, es tal y como reza su apodo de Botxo, un agujero.  

Han pasado casi cuarenta años. En algún momento del día siguiente la lluvia cesó. El recuerdo nunca lo hará. 


La tragedia que fue un milagro

Florencia, 1966. Fotografía: Getty.

El 12 de junio había sido la fecha escogida para las elecciones municipales. No obstante, el proceso electoral requería de algunas semanas más para que una junta liderada por Piero Bargellini, notabilísimo divulgador de la cultura toscana y mano derecha de Giorgio La Pira, ascendiese hasta la alcaldía de Florencia un 29 de julio de 1966. Bargellini se echaba a los hombros el reto de la modernización y asumía la responsabilidad de regenerar la ciudad en términos democráticos. Fue de todo menos fácil. Tres meses después del nombramiento, el Comune (Ayuntamiento) se resentía de una crisis institucional que amenazaba con destituir de manera prematura al nuevo alcalde. Mientras, el Cinema Arlequino proyectaba Le piacevoli notti, una película verduzca de Gassman, Tognazzi y la Lollobrigida. El Capitol daba Il sipario strappato (Cortina rasgada), lo último de Hitchcock con Paul Newman y Julie Andrews. En las radios sonaba «Paperback Writer», «Eleanor Rigby» y «Yellow Submarine»; o el «Paint It, Black» de los Stones. Raphael cantaba «Yo soy aquel» en Eurovisión, The Animals grababa Animalism con Frank Zappa, B. B. King o Ray Charles, y Adriano Celentano denunciaba el desequilibrio urbanístico en Italia con Il Ragazzo della Via Gluck. Parecía que la vida seguía.

Entre tanto, Bargellini había puesto en marcha una campaña de mantenimiento a la que llamó lacónicamente «Firenze pulita» (Florencia limpia), y la noche del 3 de noviembre, saliendo del Hotel Minerva, bajo una lluvia de justicia que no daba tregua —tres días y el cielo seguía orinando—, este levantó la vista y, mientras se sacudía las solapas de la gabardina, susurró: «Florencia limpia está muy bien, pero me parece que estamos exagerando». Ahí acabó el humor.

A medianoche comenzaron a saltar las alarmas: Montevarchi, Incisa, Pontassieve, Signa, Montelupo, todo el Casentino. Algo debía estar sucediendo en la campiña, pues el extrarradio de Florencia comenzaba a parecerse a un archipiélago de islas diseminadas. Las vías de comunicación estaban cortadas, no había luz, tampoco agua, y solo eran las doce de la noche. Una hora más tarde se confirmó la imposibilidad de llegar hasta Empoli. Se barajaron entonces dos alternativas. Una, dar la alarma y hacer sonar todas las campanas de la ciudad; la otra, evitar el pánico a toda costa y esperar a que el río firmase un armisticio. Optaron por la segunda. No tuvieron memoria, esos florentinos. Varios afluentes como el Sieve, que anegó todo el Mugello, o el Mugnone, que se derrumbó literalmente contra las Cascine, fueron el símbolo parlante de lo que estaba por llegar. Las primeras víctimas materiales fueron el hipódromo y el zoológico, cuya destrucción dejó tras de sí una lengua de légamo y muerte de setenta caballos de pura raza y a Canapone, el famoso dromedario al que todos los niños adoraban.

Eran las tres de la madrugada. Un cronista de La Nazione, Franco Nencini, comenzó a hacer llamadas: Scandicci, Signa, Montelupo. Finalmente consiguió hablar con Carlo Maggiorelli, un empleado de cincuenta y dos años que cubría el turno de noche en el acueducto de Anconella con el único sustento de un poco de café, una pizca de pan y diez cigarrillos. En virtud de mantener su puesto, el hombre fue devorado por un torrente de limo como la saliva se desliza por un desagüe. Fulminante. Murió al teléfono, atendiendo esa llamada. Lo encontraron dos días después sumergido en el fango. Hoy pervive en una calle que lleva su nombre.

Media hora más tarde un suboficial de bomberos daba otra alarma y entonces, ya sin demora, la Prefectura y el Palazzo Vecchio movieron ficha. En Roma no aparecía nadie, nadie sabía lo que estaba sucediendo y nadie pudo anticiparse a la dimensión trágica de una de las mayores conmociones de la historia de Italia. Minutos después aparece el primer teletipo de ANSA, la primera agencia de comunicación italiana. Cae la siguiente víctima: la orilla opuesta del río, Oltrarno, que se anega por completo en cuestión de veinte minutos. Allí vivían unas cincuenta mil personas. Y lo peor aún estaba por llegar. Por temor a que el agua los quebrase, los diques de Levane y La Penna abrieron sus compuertas. El Arno se precipitaba y nada podía frenarlo.

El esqueleto de la ciudad, aun así, ofrecía alguna esperanza de poder resistir la embestida del temporal. Pero no aguantó. A las siete de la mañana las expectativas se derramaron cuando la espalda de piedra de Piazza Cavalleggeri cedió y ya la furia avanzó como una pesadilla traumática, primero encarando la Biblioteca Nazionale, y después serpenteando hasta morder el corazón de Santa Croce. El pánico se propagaba, el agua se extendía por toda la piel de la ciudad. Su sinuosa orografía tampoco pudo salvarla, dado que la ley hidrostática de vasos comunicantes la volvía aún más indefensa. No es caprichoso pensar que Santa Croce debió de convertirse en la imagen bíblica del diluvio universal. Una imagen que algunos no se han quitado aún de la cabeza. Es lógico. Sobre todo si se vive una experiencia tan quijotesca como la de ver a una comitiva de borrachos renqueando y chocando unos con otros y percatarse de repente, como de un hostiazo, de que no se trata de personas sino de coches. No es poca cosa. Mientras tanto, a las nueve el agua trepaba hasta el Duomo, y a las diez un jubilado moría en la calle Scipione Ammirato a causa de la explosión de un depósito de carburo. No hay que perder de vista, y no es un dato cualquiera, que no era agua como tal, sino un engrudo de gasóleo, fango y desechos que empujaba con la fuerza de una excavadora.

Hay que recurrir ahora a un periódico, La Nazione. Aunque podríamos llamarlo leyenda. Porque para tener una idea precisa de lo que significó esta calamidad no hay que buscar en la RAI, ANSA o en medios internacionales, sino en su hemeroteca. Quién lo diría en el siglo XXI, ¿eh?: ¡una hemeroteca! Volvamos. No muy lejos de aquella explosión se encuentra su sede. Pero el periódico, primero de tirada nacional en Italia y voz soberana de Florencia desde 1859, debido sobre todo a una creciente demanda informativa que entonces bullía como burbujas de gaseosa, necesitaba una renovación. En vistas de que el nuevo edificio disponía de un mayor espacio, daba trabajo a más personas, ofrecía una cobertura editorial más amplia, y además contaba con las mejores rotativas de Europa (monstruos mecánicos de ochenta y cuatro metros de largo importados de Alemania), la antigua sede de la calle Ricasoli pasó a convertirse en un documento histórico. Tanto y tan poco. Cuarenta días llevaban instaladas esas rotativas en la nueva imprenta cuando el Arno entró por uno de los vértices de la calle Paolieri y las sepultó. Como una hormiga bajo un zapato. Chak. Florencia era ya un inmenso colador donde regurgitaban los sedimentos y el gasóleo, de color amarillo, macilento, conducidos por el aroma pútrido de la fatalidad.

Lo cuenta Maurizio Naldini en «L’Arno straripa a Firenze. Quaranta anni dopo» (La Nazione, 2006). El día 3 unos ladrones atracaron un banco y se llevaron un botín de dos millones de liras. Todo hacía sospechar que esa sería la portada del viernes, pero la naturaleza a menudo juega sus cartas por debajo de la mesa. La misma noche del jueves, en paralelo a los primeros avisos, otro periodista echó un vistazo por la campiña para ver cómo estaban las cosas. Confirmó las primeras sacudidas en el Girone y la Anchetta. La devastación era Compiobbi. Ya tenían el titular: «El Arno se desborda en Compiobbi». Bueno, creían que. Porque se lo enviaron al redactor jefe para que lo revisara y este volvió a llamar al tipógrafo. Y no se sabe muy bien con qué intuición, pero en el último momento Elvio Bertuccelli lo cambió por Florencia. Mítica y a la vez dolorosa, la frase «L’Arno straripa a Firenze» («El Arno se desborda en Florencia») lo resumía todo. Por un lado, el presente de un pueblo que veía cómo sobre sus costillas se rompía el río que lo había amamantado durante veinte siglos de civilización; por otro lado el pasado, que les obligaba a rememorar el historial de calamidades (hay contabilizadas cincuenta y dos inundaciones, precisamente desde otro 4 de noviembre, este de 1177, la primera de todas ellas) que habían terminado relegadas a archivos notariales; y por último, de algún modo, el futuro, puesto que ante una desgracia de dimensiones apocalípticas como esta la gente se veía impelida de nuevo, taxativamente, a construir un mañana sobre tierra baldía. No es baladí recordar que de las entrañas de la ciudad más bella del mundo salieron más de medio millón de toneladas de detritus.

Interior de la iglesia de Santa Croce tras la inundación. Fotografía: Getty.

Pero Florencia no renació sola. De pronto, salidas de no se sabe dónde, comenzaron a llegar personas de todo el mundo: niños, periodistas, estudiantes, académicos, turistas, personalidades… todos querían reflotar la dignidad de la ciudad del mismo modo en que se socorre a una madre en brazos. La basílica de Santa Croce necesitaba ayuda. El patrimonio estaba en peligro, pero no solo allí, en todas partes: la Magdalena en madera de Donatello, la Última Cena de Giorgio Vasari, el Entierro de Cristo de Francesco Salviati, la Incoronación de la Virgen de Botticelli (a salvo acostada sobre una pila de tablas improvisada), la Piedad de Ghirlandaio en Ognissanti… eran incontables. Pero si había algo que pudiera convertirse en un hito, un memorial o un emblema del dolor, eso fue el Crucifijo de Cimabue. Narra un periodista, Giorgio Batini, que cuando Pablo VI vino a Florencia a oficiar la misa de Navidad, el pontífice pasó por Santa Croce para verlo y se inclinó sobre él «como si estuviera asistiendo a la segunda muerte de Cristo». Se perdió el 30 % de la capa pictórica. Irrecuperable ya.

También la Biblioteca Nazionale recibió un buen varapalo. Bajo el fango había enterrados —ahora se sabe con precisión— cerca de un millón de libros, de los cuales un 85 % pudo recuperarse; dieciocho mil ejemplares siguen restaurándose hoy día. A todos esos jóvenes, turistas, transeúntes y espontáneos que formaron interminables cadenas humanas, se les denominó «ángeles del fango» (angeli del fango). Jamás en la historia se había visto un acto de hermanamiento tan sólido, tan profundo, tan solidario. El entonces párroco de San Niccolò Oltrarno, Giampietro Gamucci, afirma hoy con noventa y dos años que «antes del 4 de noviembre éramos dos pueblos: creyentes y ateos, comunistas y democristianos, fieles e infieles. En aquel momento la universalidad del problema anuló todas nuestras diferencias». Fue tal la repercusión internacional que incluso Ted Kennedy, senador de Massachusetts y hermano del presidente asesinado, vino a la ciudad para anunciar la creación del C.R.I.A. [Comitee for the Rescue of Italian Art], una comisión de rescate de patrimonio histórico-artístico que reunía a especialistas de todo el mundo y aportó una suma nada desdeñable de dos millones y medio de dólares. La cita del humanista florentino Leonardo Bruni se hizo carne: «Todo hombre tiene dos patrias. Aquella en la que nace y Florencia».

Aun así, por fortuna, hay que decirlo, ese viernes fatídico estaba previsto el desfile de las Fuerzas Armadas y esto concedió a los italianos un día más de descanso. Los que habían planeado alguna excursión de tres días y salieron el jueves antes de que las carreteras quedaran bloqueadas, se ahorraron la zozobra; pero el resto, la mayoría, dormía. Era fiesta nacional. Y tal vez por eso, aunque no se sepa con exactitud, se registró la escuálida cifra de treinta y cinco muertos. No es una frivolidad. Digo escuálida porque tan solo en Venecia, donde el fenómeno en vez de alluvione se llamó l’acqua granda, esta dejó tras de sí cien muertos, a treinta mil personas sin casa y a más de tres mil evacuadas. Los motivos allí: cuatro ríos desbordados, treinta horas de acqua alta —1,94 de altura en San Marco, algo nunca superado desde entonces— y vientos de siroco de 80 km/h. Hay que hacerse cargo de los números para saber que las consecuencias fueron terribles, pero pudieron ser implacablemente devastadoras. «Dos gemas de la vida cultural italiana fueron presas de una estrella adversa, de una amenaza de destrucción total», como recordó después Vittore Branca.

Héroes hubo muchos: Ugo Procacci, Umberto Baldini, Luisa Becherucci, Enrico Mattei, el propio Bargellini, todos hicieron lo indecible para hacer reverdecer esta ciudad que de pronto dejó de ser un mero centro urbano y se convirtió en una persona. Sufría, y por eso se humanizó. Sin embargo, lo más sorprendente no fue que Florencia reformulase su antigua virtud cívica de cohesión social, reforzara su solidaridad o apuntalara los valores que hacen de una ciudad algo más que un territorio habitado por personas. Lo más sorprendente fue que toda Italia desoyó por completo la voz de socorro de su hija predilecta. Los primeros efectivos del Gobierno tardaron una semana en llegar, los periódicos relegaron la noticia hasta a la séptima u octava página, y los telediarios, no sin infamia, se atrevieron a decir que estaba saliendo el sol. «Una beffa. Una beffa!», dice la voz en off de un documental. Es cierto: fue una mentira del tamaño de Burj Khalifa. Florencia entera estaba desapareciendo y las noticias eran un anecdotario de folletín. La lección universal que dio entonces Enrico Mattei (director de La Nazione) al mundo fue que la información no solo tenía que ser el pilar central de un Estado democrático, sino el método más infalible e irreprochable de mantener la vida y la memoria de un pueblo. Y así fue. Por eso, cuando el periodista Umberto Cecchi recuerda las visitas de Aldo Moro y Pablo VI, señala que los florentinos no fueron muy amables con ellos: «La gente necesitaba personas que viniesen a retirar el fango, no personas que vinieran a ver cómo otros lo retiraban».

Al problema le siguió otro problema: la seguridad. Todos lo sabemos. A la naturaleza no se la puede sentar en un banquillo de acusados, las pólizas de seguros quizás sirven para avivar el fuego de la chimenea, pero poco más: la tierra, sencillamente, es inapelable. Pero sí se puede aminorar el riesgo o contrarrestar el ímpetu de los elementos. En el caso de Venecia, fue la condesa Teresa Foscari Foscolo, fundadora de Italia Nostra y persona que propició la visita del senador Kennedy a la ciudad del Arno, la primera en alertar de esta situación con severidad: «¿Quién puede decir hoy que esto no sucederá de nuevo? ¿Quién?», y lanzaba un aviso: «Hay una frase en latín que dice “Incertus quando certus am” [Se sabe que llegará, pero no cuándo llegará]. Que los administradores no la olviden nunca». Cuando Matteo Renzi ocupaba la alcaldía de Florencia antes de ser nombrado primer ministro, el historiador Pier Francesco Listri dijo en un artículo: «¿Por qué Florencia, en la memoria del “agua furiosa” que la zarandea, no se hace promotora, quizás en un noviembre próximo, de un gran encuentro mundial de expertos y especialistas para dar respuesta a un problema que hiere la vida de las personas? Un diluvio puede servir para algo». Y hoy Enio Paris, profesor de Ingeniería Hidráulica en la Universidad de Florencia, insiste en subrayar que el riesgo no se ha reducido de manera significativa. Conclusión: no existe seguridad ante un nuevo derrame natural.

No obstante, algo en mi imaginación desea regresar a 1364, en concreto a la batalla de Cascina. Y les explico. Para ilustrar esa noche de verano me sirve otro hijo predilecto, Miguel Ángel Buonarroti, que tuvo que leer la Crónica de Filippo Villani para dibujar el cartón que decoraría el Salón de los Quinientos, la sala de gobierno del Palazzo Vecchio. La obra es sencilla. Entre disputa y disputa, un breve descanso permite a los florentinos darse un baño en el Arno. Pero de pronto suena la corneta: los pisanos se aproximan ferozmente. Automáticamente los soldados vuelven a sus puestos como pueden, tienen que coger el yelmo, trincar las calzas, colocarse la armadura, arrear a los caballos… todo parece más lejos de lo que está y los nervios embotan los músculos, pero la angustia no inmoviliza a los florentinos. Era suficiente una escena aislada como esa para que la elocuencia de Miguel Ángel brillara del mismo modo en que otro hubiera tenido que optar por un lance bélico para lucirse.

No importa si Florencia venció esa batalla, como así fue. No importa si el temperamento resolutivo de aquellos antepasados refleja la tenacidad de los florentinos de 1966, como así sostengo. Lo único que importa es que Miguel Ángel la recordó en un cartón. La hizo viva. Y aunque la obra no fue presa de ninguna inundación, también desapareció. Se perdió, dejó de existir. Hasta que Aristotile da Sangallo la copió, la recordó; una montaña a la que yo, en otro orden de cosas y con modestia infinita, aspiro por escrito ante ustedes. Porque copiar no solo es imitar, es salvaguardar la memoria. Insuflarle la vida. Ahora piensen en una calamidad y apliquen la fórmula. Después de todo, voy a confesarles algo. A veces me da por creer que estoy loco. A veces pienso que todo es cuestión de recordar milagros.

Batalla de Cascina, copia de Miguel Ángel por Bastiano da Sangallo, 1505.