Javier Aizpurua: «La ciencia vale la pena sin necesidad de sentarnos a calcular el crédito personal que ganamos con ella»

Por la estatura, podría haber sido jugador de baloncesto (y de hecho lo fue). Las pintas (itxura en su amada lengua vasca) recuerdan algo las de un galán cinematográfico. Desenvuelto como un ejecutivo de Google, reflexivo como los profesores jesuitas de su niñez y apasionadamente Donostiarra, Javier Aizpurua (Donostia, 1971), uno de los científicos más destacados de Euskadi, se aleja mucho del cliché encarnado por Sheldon Cooper excepto en lo que se refiera a su absoluta devoción por la física. 

¿Quién es Javier Aizpurua? 

Pues para empezar un donostiarra hasta la médula. Mi madre es de Hondarribia, mi padre era también donostiarra, se casaron en Hondarribia, aquí al lado y se asentaron en Donosti. 

Decía Max Aub que uno es de donde estudia el bachillerato. 

Pues yo estudié en el colegio con los jesuitas de San Sebastián, donde cursé toda mi educación preuniversitaria.  

Eso también lo define a uno, ¿no? Estudiar con los jesuitas… 

Sí, la verdad es que marcó muchísimo mi educación. 

¿Y al acabar el bachillerato?

Decido hacer física y me voy a Zaragoza, donde me licencio en Ciencias Físicas. Con la carrera recién acabada consigo una beca del gobierno vasco y me integro como estudiante de doctorado en el grupo de Pedro Echenique y Alberto Rivacoba.

¿De vuelta a casa?

Sí, en 1994, cuando regreso a San Sebastián, el grupo de Pedro Echenique estaba en el departamento de Física de Materiales en una esquina de la Facultad de Químicas. En su grupo desarrollé mi tesis doctoral bajo la supervisión de Alberto Rivacoba, un experto en interacción de electrones con nanoestructuras y el propio Pedro. Después de cuatro años de trabajo, empalmé con mi primera estancia postdoctoral que comencé, de hecho, tres meses antes de acabar el doctorado. Estuve en Suecia, en la Universidad Tecnológica de Chalmers con Peter Appel, quien más tarde sería decano de la Facultad de Física. Mi proyecto consistía en el análisis de las interacciones electromagnéticas en configuraciones de cavidades túnel. Es precisamente en esa etapa cuando coincido con el profesor Mikael Käll, en el mismo departamento, y de una manera natural comenzamos a colaborar en el estudio de la espectroscopía Raman de una única molécula, asistida por nanoantenas, que luego, años después, nos dio mucho reconocimiento internacional. 

La dulce bohemia del postdoc… Aprender, formarse y no preocuparse de nada que no sea trabajar… ¿No lo sentías así?

Ya lo creo. Fue una época magnífica, que en mi caso acabó prematuramente, ya que cuando llevaba un año y medio allí surgió la posibilidad de ocupar un puesto de profesor asociado en la Universidad de País Vasco y decidí aceptarlo. Se trataba una plaza de sustitución, que en principio se extendía por cuatro años, ya que cubría la vacante que dejaba un vicerrector del equipo rectoral recién elegido en ese momento. Fue una elección precipitada por mi parte, contando con que el puesto duraría al menos los cuatro años de mandato del vicerrector y eso me daría tiempo a consolidarme en la universidad. Pero al cabo de un año más o menos sucedió la primera crisis rectoral en la Universidad de País Vaco, en la que cesaron cuatro vicerrectores, entre ellos al que yo sustituía y que, lógicamente, se incorporó de vuelta a su plaza. Así que de repente me quedé sin trabajo.  

Un jarro de agua fría, ¿no? Y una lección para los jóvenes postdocs con prisa por volver a casa…

Exactamente. Mi decisión fue prematura, influenciado por la manera de pensar un poco conservadora del ambiente universitario del que venía. Recuerdo que la frase que definía ese punto de vista era muy gráfica. Se trataba de «meter el morro». Metes el morro en un departamento y con el sistema, más o menos endogámico, uno espera y aspira a quedarse en ese departamento. Pues ya ves, me salió el tiro por la culata. 

A lo mejor te hicieron un favor poniéndote de patitas en la calle. 

¡El favor de mi vida! Claro que cuando me lo comunicaron no lo veía tan claro, con veintiocho años y una plaza que tenía que abandonar en tres meses. Pero la verdad es que tampoco fue el fin del mundo. Contacté a Pedro Echenique y a Peter Appel y los dos me dicen «no te preocupes, ya buscaremos solución». Y en efecto, al poco, Peter me informó de la existencia de un puesto de postdoc en el Nacional Institute of Science and Technology  (NIST) de Maryland, en Estados Unidos. La convocatoria era un poco aséptica, decía que tenían un puesto en temas de fotónica, y nanofotónica y a mí hasta el momento no me había atraído mucho la idea de ir a Estados Unidos, pero era mi mejor opción, así que escribí interesándome y el que sería mi supervisor allí, Garnett Bryant, contestó a vuelta de correo invitándome a una entrevista.

Seguro que la experiencia tuvo su enjundia. 

¡Y tanto! Para empezar me perdieron el equipaje en el que venía el traje que me pensaba poner y no me quedó otra que comprarme una camisa verde horrorosa con un pantalón verde igual de horrible a juego, que me agencié en el primer Walmart que encontré. Al día siguiente había quedado con Garnett en que vendría a buscarme a mi hotel, yo me esperaba a un académico dignificado, con traje y todo… y apareció un tipo con pantalones cortos y sandalias, que me obsequió con el típico maratón de las entrevistas de postdoc en las universidades americanas. Quedamos a las ocho de la mañana, me lleva al departamento, me presenta a todo el mundo, me cuenta lo que hace, le cuento yo lo que hago, doy un seminario, después me pasea por diez personas distintas, entrevistas de media hora y nadie pareció reparar en mi traje verde césped. Regresé ese mismo día a España, todavía sin mi maleta, y al poco Garnett me ofreció el puesto, así que la camisa, después de todo, les daba igual [risas]. Me fui a Estados Unidos tres semanas después del 11 de septiembre, así que imagínate el ambiente allí, no tuve problemas en la aduana porque aún no les había dado tiempo de poner en marcha los controles que luego fueron una locura, pero ya había un ambiente en el país de preguerra, televisada por CNN y demás. 

Pero desde el puto de vista científico, mi estancia de casi tres años fue muy productiva, fue un salto cualitativo en mi formación. Y así resultó que el quedarme en el paro en España supuso lo mejor que podía ocurrirle a mi carrera.

Hay una tensión entre los jóvenes investigadores, entre la necesidad de salir fuera para formarse y el desbarajuste que esos años de formación, que a menudo se extienden a un lustro y más, supone en las vidas personales. Y sin embargo es posible que sin esos años de «bohemia postdoctoral» la formación de un científico no sea completa. 

Sí, y como ya hemos visto, en mi caso ese desbarajuste fue lo mejor que podía pasarme. En este aspecto de la formación internacional, en todo caso, los que formábamos parte del grupo de Pedro Echenique teníamos la ventaja de que dábamos por supuesto que había que salir, era algo que no se cuestionaba, parte del ideario del propio Pedro, que se formó en Cambridge y veía esa etapa internacional como algo innegociable. Lo interesante es que la formación internacional no es tan solo técnica, de hecho ya por la época de mi postdoc, el nivel científico del grupo de Pedro no tenía mucho que envidiarle a nadie. Pero salir también implica aprender a hacer las cosas de otra manera, a relacionarte con otras culturas, con otros modos de funcionar. Y también conoces a mucha gente que más tarde vas a integrar en tu red de contactos, algo también muy importante para un científico.  

Resumiendo: necesitamos salir para ampliar nuestro horizonte. 

Efectivamente. Yo estoy convencido de que mis dos períodos postdoctorales han sido lo mejor que he hecho en mi carrera científica, y creo que en eso coinciden casi todos los científicos punteros que conozco. También es verdad que no quiero dogmatizar, no hay una solución única de excelencia y no todo el mundo tiene las mismas condiciones personales. Desde luego, no seré yo quien juzgue a la persona que por unas necesidades familiares opta por no salir y estoy convencido de que esa circunstancia no tiene por qué impedirle hacer buena ciencia. Pero la formación internacional es una gran oportunidad por la que yo estoy muy agradecido. Por cierto, en mi caso no faltaron las complicaciones personales. Con veintinueve años, entre mi primer y mi segundo postdoc, muere repentinamente mi padre, lo que me supuso una tragedia familiar y personal que trastocó mi vida. Y aun así continué con mi estancia postdoctoral. 

Es curioso, ¿no? Cuando se cuenta la historia de un científico siempre parece que no nos pase nada fuera del trabajo y sin embargo somos tan vulnerables a la tragedia como cualquiera.  

Sí, y respondes como cualquier otro ser humano, sufriendo, derrumbándote a menudo.  No sé, es verdad que nuestro trabajo es privilegiado y eso ayuda, pero por otra parte me pesaba mucho estar lejos de casa, lejos de mi madre, mi hermana… fue muy duro. A cambio, mi madre pasó una temporada conmigo en Suecia al poco de fallecer mi padre, compartíamos un piso de quince metros cuadrados, yo dormía en una colchoneta en el suelo para que ella pudiera dormir en mi cama, y aunque eran tiempos muy difíciles también nos unieron mucho. Nos íbamos a  Copenhague y a Oslo los fines de semana, ella pudo conocer mi entorno de trabajo, mis amigos, en resumen mi vida de postdoc bohemio de la que hablábamos antes. Estoy muy agradecido por aquel tiempo juntos. 

Y en ese contexto, una pregunta provocadora.  ¿Tú crees que, en media, las gestión de las emociones entre los científicos es distinta a la gestión de las emociones de la gente «normal»?

Pues me atrevería a decirte que por lo general los científicos somos más obsesivos que la gente «normal» [pone comillas con los dedos, exagerando mucho el gesto], pero también tenemos tendencia a racionalizarlo todo. Quizás esa capacidad de racionalizar nos ayude un poco, pero no estoy seguro. Fíjate que tenemos una cierta reputación de «fríos», supongo que porque de alguna manera se asocia la racionalidad del oficio con nuestra personalidad, pero yo creo que somos todo menos fríos. Al contrario yo creo que la personalidad de muchos entre nosotros es samba, Caribe, bachata y merengue, todo junto. Nuestra metodología puede ser todo lo desapasionada y objetiva que quieras, pero nosotros somos apasionados, obsesivos, envidiosos, bipolares, inseguros, maniáticos, ¡humanos! Tan humanos como cualquiera. 

Ángel con grandes alas de cadenas, por citar a Blas de Otero. 

Sí, creo que nos define bien. Ángel fieramente humano, ¿no? Fíjate que nuestra profesión sesga a tipos así, apasionados e insensatos. Tipos a los que les encanta la vida. Es mi caso, desde luego. 

Pedro Echenique se quejaba el otro día de que lo malo de morirse es precisamente eso, perderse lo que viene. «Con la curiosidad que yo tengo», me decía…

El hecho de que sepas que esto se acaba produce una frustración existencial intrínseca de la que no puedes evadirte. Y a pesar de todo, somos entusiastas. 

Bueno, quizás la ciencia te regala buenos mecanismos de defensa para mitigar esa frustración existencial. En lugar de lamentarnos nos divertimos y nos maravillamos con nuestro oficio.  

Yo me atrevería a afirmar que el entusiasmo es el mejor mecanismo de defensa frente a la frustración existencial. 

¿Cuánto estás dispuesto a sacrificar por la ciencia y el éxito científico?  

Pues lamentablemente bastante, lamentablemente porque me doy cuenta de que es prioritario sobre muchísimas cosas, pero no es prioritario sobre lo fundamental que es, por ejemplo, la familia, la pareja… y sin embargo en mi entorno familiar y emocional me recalcan que el trabajo es demasiado prioritario para mí. Y tienen razón. Pero creo que si vislumbrara que mi trabajo pone en peligro una relación familiar o sentimental no tendría inconveniente en dejar la ciencia. 

¿Para siempre?

Si fuera necesario. Pero con gran dolor, eso sí. Por otra parte, también te digo que no creo que me vea en ese trance. Cuando tú ves que la persona a la que quieres disfruta tanto haciendo algo ¿le vas a poner en una situación en la que le vas a obligar a renunciar eso? A mí no me ha ocurrido ni vislumbro que me vaya a ocurrir. Pero lo cierto es que la ciencia es una parte tan importante de nuestras vidas que puedo imaginarme que a otra gente sí le ocurra. ¿Hay rupturas sentimentales más frecuentes entre los científicos que en otros estamentos de la sociedad? No lo sé. 

Hay una parte importante del gremio que opta por que sus parejas sean otros científicos… 

Yo lo último que querría es estar con otra persona que sea como yo. Sería insoportable. Lo digo en serio. Creo que basta con una persona obsesiva, perfeccionista y maniática por familia… si metes dos igual te estalla… [risas]  

Los científicos no trabajamos horas de oficina. Va con el oficio. Eso complica las cosas con la pareja, los hijos… La famosa conciliación no es nada fácil en nuestro caso. 

Yo he tenido la suerte que al no tener una familia ortodoxa y no tener hijos he sido más libre y he podido meter muchísimas más horas que otros. No es el único motivo de que las cosas hayan ido bien, pero seguro que ha influido también. 

¿Inspiración os perspiración?

En la ciencia no faltan genios ni ideas eureka, desde luego. Yo estoy seguro de no ser un genio, ni siquiera me considero una persona especialmente inteligente, pero lo que hago es, con una cierta visión de contexto, aplicar mucho trabajo sistemático y yo creo que eso es parte de secreto. Con mucho perfeccionismo, con mucho rigor y siendo muy consciente de hacia dónde quiero llegar.

¿Qué me dices del trabajo en equipo? ¿Hay que hacer encaje de bolillos para dirigir un grupo de investigación y a la vez dar libertad a sus miembros?

Cuando me refería antes a ese trabajo dirigido, estratégico y coordinado, puede dar la impresión de que un grupo científico es una cadena de producción, lo que no es nuestro caso, desde luego. Hay mucho espacio para la creatividad, aunque a veces tengo la sensación de que en lo que somos buenos en mi grupo es en las microideas geniales. No nos inventamos la relatividad de Einstein, ¿eh? Pero vamos avanzando una buena idea detrás de la otra.  

Por otra parte la nanofotónica hoy en día no la haces avanzar solo con genios a lo Einstein. 

Es verdad, la manera de hacer ciencia ha evolucionado en las últimas décadas. Hoy en día la ciencia, en lugar de avanzar a golpe de ideas geniales, se basa en todo un trabajo de equipo que no excluye esas ideas pero requiere mucho más. Coordinación, inversiones… y también se nos piden publicaciones novedosas y de gran impacto, necesitamos captar recursos, estudiantes, postdocs, fondos… Al final los grupos de investigación empiezan a parecerse a una empresa. Una empresa que produce conocimiento, sí, pero también tiene que «venderlo…», de ahí las evaluaciones, índices de impacto y todo eso. 

¿Y no hay un poco de riesgo en esta mercantilización?

Sí lo hay, porque el modelo de empresa dificulta el golpe de genio y también el golpe de suerte, que a menudo ocurre donde menos te lo esperas porque te has podido permitir indagar en esquinas donde otros no estaban buscando. La necesidad de ser productivos a corto plazo puede ser muy dañina para la ciencia en este aspecto.  

¿Cuál es tu receta para no convertirte en una máquina de producir indicadores?

Intentar salirme continuamente de mi zona de confort. Y te aseguro que no es fácil… 

¿Proyectos arriesgados?

También, pero no solo eso. Intento atreverme con proyectos simplemente porque me gustan, porque me parecen interesantes, sean arriesgados o no, produzcan indicadores o no. Al menos de vez en cuando. 

¿Hay una ciencia ultraliberal, entonces?

Sí, sí. En Estados Unidos se diría que la gente joven ya no sabe moverse si no es en términos de compra-venta, de indicadores, premios, reconocimiento más o menos inmediato… Incluso en los seminarios, te das cuenta que muchas veces las preguntas, sobre todo de los jóvenes en edad de merecer, son una manera de llamar la atención… Lo que me preocupa es que los jóvenes científicos se obsesionen tanto con el éxito que pierdan el norte completamente. Yo, por mi parte, lo que intento es que eso no nos ocurra aquí, intento inculcar a los jóvenes la noción de que la ciencia vale la pena sin necesidad de sentarnos a calcular el crédito personal que ganamos con ella a cada instante. Por ejemplo, nunca le menciono a ningún estudiante o postdoc en qué revista va ser publicado lo que está haciendo hasta el último momento, cuando ya tenemos todos los resultados listos. Pero en muchos grupos hoy en día se empieza por decidir a qué revista mandar un trabajo cuando aún no se sabe la historia que ese trabajo quiere contar. Es como empezar la casa por el tejado. 

Decía Loquillo que es difícil ser humilde cuando uno es tan grande.

Pero eso lo decía Loquillo, que por cierto, se ha asentado en el País Vasco…

¿Qué haces al acabar tu postdoc?

Surge la posibilidad de volver a casa con una beca de un proyecto que la diputación de Gipuzkoa acababa de estrenar, una especie de programa Ramón y Cajal en su versión vasca, muy pionero para la época. La idea era recuperar talento, que ha sido y sigue siendo una de las constantes del programa de ciencia en Euskadi. Intentar atraer de vuelta a casa científicos punteros una vez que se ha completado su formación internacional. El caso es que en Estados Unidos tenía una oferta muy tentadora en Berkeley y yo me había adaptado muy bien a aquel país, así que podría haberme quedado tranquilamente allí. Tuve muchas dudas, te lo confieso. Sin haberme decidido todavía, me vine de vacaciones en agosto con mi cuadrilla de toda la vida, amigos desde los catorce años. Nos fuimos a una casa rural, toda la tribu, mis amigos, familias, niños, y allí me pasé una semana dándole vueltas al asunto. Al final concluí que mis referencias, o mis raíces o como quieras llamarlo, estaban aquí y decidí volver. 

Una de esas encrucijadas claves en la vida, ¿no?

Sí, de esas tres o cuatro fundamentales que te marcan. Yo llevaba seis años fuera y sabía que era entonces o nunca. Nada es irreversible, desde luego, pero creo que volver más tarde habría sido mucho más difícil.  

¿Fue una buena decisión? 

Sí, creo que sí. La verdad es que yo siento un arraigo muy profundo por mi país, Euskal Herria, el País Vasco, es una referencia a la que pertenezco por nacimiento y por cultura y con la que me identifico. Por esta razón creo que a la larga habría sido infeliz en Estados Unidos. Pero además me ha ido bien científicamente aquí, y siento que he aportado y estoy aportando mi granito de arena al desarrollo de mi sociedad. No quiero pontificar, en el sentido de que es muy difícil juzgar algo que no has vivido. Quizás si me hubiera quedado en Estados Unidos no habría sentido la necesidad de aportar a mi comunidad, no me habría arrepentido.  Y por supuesto no me considero imprescindible en absoluto para Euskadi. Pero la verdad, me siento orgulloso de haber tomado esa decisión y habar arrimado el hombro, como uno más. 

¿Vuelves a casa en plan superstar?

Qué va. Vuelvo como un investigador decente que ha hecho un trabajo razonable y al que se le ofrece una gran oportunidad de regresar a casa. Y no solo eso, regreso a un entorno de gran libertad y confianza científica el DIPC (Donostia International Physics Center). Me traen de vuelta y me dan confianza. Lo que sí hice yo fue aprovechar esa gran oportunidad, aprovecharla como si me fuera la vida en ello. Y a partir de ese momento mi productividad científica empezó a subir de verdad, es a mi regreso y gracias al entorno privilegiado que se me ofrece y eso sí, con mucho trabajo, muy buenos compañeros y mucha suerte.  

¿Y después de tu Fellow Giupuzkoa?

Pues a los cinco años gano un puesto en el CSIC. Y continuo trabajando. Son años muy, muy productivos. Conseguimos varios proyectos europeos, lo que me permite montar el grupo de teoría nanofotónica allá por 2008, en el centro hermano del DIPC, el CFM (Centro de Física de Materiales), que más tarde paso a dirigir. Estos diez últimos años han sido toda una erupción, en productividad científica y también en reconocimiento, no me puedo quejar, las promociones han venido bastante rápidamente. Y así seguimos, on fire [risas]. 

El programa Fellow Gipuzkoa parece el antecedente del programa Ikerbasque, una de las claves más claras del éxito de la ciencia en Euskadi. 

Sí, creo que así fue. Pero lo que hacía falta y afortunadamente se dio fue un cambio de escala, que se da en varios sentidos. Una, la de presupuesto y toma de decisiones, es decir, en vez de radicarse en un gobierno provincial foral, pasas a un gobierno de un País Vasco con una cantidad de recursos moderadamente alta y con una capacidad de tomar decisiones estratégicas de mucho más calado, incluyendo la capacidad de traer al País Vasco científicos punteros con cátedras de investigación, los puestos de profesor Ikerbasque de los que seguro que has oído hablar.  

Algo me suena. Esa claridad de ideas a la hora de apoyar la ciencia en Euskadi coincide con la década de travesía del desierto, donde a nivel nacional la ciencia se hunde, totalmente abandonada por los dirigentes del país. ¿Por qué?

No somos los únicos, ahí tienes el programa ICREA de Cataluña. Pero lo cierto es que tuvimos la suerte de contar con un Pedro Echenique capaz de convencer a las autoridades científicas de la necesidad de una agencia vasca y con un Fernando Cossío capaz de concretar el programa. Se combina la labor de individuos excepcionales con una sociedad receptiva, moderna, dispuesta a escucharles.   

Si no te conociera, diría que eres de Bilbao. Por la chulería…

Pues no, san Ignacio de Loyola era azpeitarra, el elitismo jesuita marca mucho y ya te he contado que yo estudié en los jesuitas, así que para bien o para mal, ahí me tienes. No me cabe duda de que en otros muchos se harán muy buenas cosas, pero aquí también. Se han hecho unas series de cosas bien, entre ellas la estrategia científico tecnológica de país. Hay en Euskal Herria un fondo cultural que permite y apoya este desarrollo, quizás se debe a un ideal colectivo, a un sentido de comunidad, a cierta voluntad de progresar juntos… y esta especie de intangibles que permiten establecer pactos y estrategias comunitarias es lo que yo aúno en la noción de lo vasco. 

¿Qué me dices de la Universidad Vasca? ¿Mejor, peor, comparable a resto de las grande universidades españolas?

Hombre, es una de las pocas que está en el ranking de Shangái. Yo estoy orgulloso de pertenecer a ella, piensa que en el País Vasco no ha habido entorno académico hasta hace cuarenta años, excepto por algunas ingenierías, no teníamos la tradición académica de Salamanca, Zaragoza, Navarra, Barcelona o Madrid. Partíamos de cero y en unas pocas décadas hemos conseguido ponernos al nivel de cualquiera de los buenos. 

La Universidad Autónoma de Madrid tiene más o menos la misma edad y mejores indicadores.

De acuerdo, y también alguna en Cataluña, pero tampoco están a años luz de nosotros. 

¿Cómo valoras los centros de excelencia?

Muy positivamente, y además, como ya hemos hablado, yo me desarrollo en uno de ellos, el DIPC. Pero fíjate, creo que un sistema de ciencia no puede funcionar solo con este tipo de centros. Necesitas también las grandes estructuras, como la Universidad y el CSIC, en eso no somos únicos, los franceses tienen el CNRS, los italianos el INFN y los alemanes el Max Planck. Y esas grandes estructuras tienen sus limitaciones, les falta agilidad y adaptabilidad, pero a la vez te dan un punto de robustez, son, en cierto modo, los cimientos del sistema. ¿Se podría hacer de otra manera? Es posible, pero creo que la universidad y el CSIC es lo que tenemos y que nuestra obligación es mejorarlos todo lo que podamos, y a la vez complementarlos con estos centros alternativos de los que estamos hablando.  

Volviendo a lo personal, ¿qué tipo de vasco te consideras? ¿Nacionalista, indiferente, universal?

Yo esta pregunta quiero enfocarla desde lo emocional, que es el único punto de vista que me vale. Los motivos históricos, políticos, económicos y no te digo ya étnicos, me tienen sin cuidado. Para mí la pregunta es: ¿tú qué sientes para definirte como vasco? Y para mí ese sentimiento es el de pertenecer a una comunidad, no necesito llamarlo nación, prefiero hablar de comunidad, o de pueblo, si quieres. Y en ese contexto mi referente emocional, o si quieres mi referente socio-político-cultural-emocional, es el pueblo vasco. 

Vale, ese es tu referente. ¿Y con eso qué haces?

Pues con ese referente te relacionas con otros, te relacionas con tu pareja, votas, quieres que las cosas ocurran de una manera o de otra en un contexto inmediato, en un contexto estatal, en un contexto europeo, en un contexto global y surfeas sobre la situación actual. 

¿Y cuál es esa situación?

Pues una en la que el pueblo vasco no tiene una entidad de nación-Estado pero en la práctica sí cuenta con bastante independencia. Por otra parte también creo que cualquier pueblo debería tener derecho a decidir cómo quiere articularse y en qué contexto y cómo establecer las relaciones con los demás. Y por tanto pienso que sería sano y deseable y democrático y valiente pulsar a ese pueblo vasco, que es bastante indefinido ahora mismo, incluso geográficamente, a ver qué es lo que quiere. Sencillamente para hacer ese ejercicio de autoconciencia en este momento histórico. 

¿Cómo se formula la pregunta? Porque esa formulación nunca es inocente y puede influir en la respuesta. Y por otra parte, ¿cuáles son sus consecuencias? Por ejemplo: ¿había reflexionado la sociedad civil en el Reino Unido lo bastante como para tomar la decisión de votar Brexit, que como vemos está resultando muy complicada? 

Para mí la pregunta está muy clara: ¿Quiere usted que el País Vasco sea independiente?

¿Y a quién se la harías? 

A todas las personas empadronadas en el País Vasco.  

¿Incluyendo Navarra e Iparralde (País Vasco Francés)? 

En mi opinión sí, aunque reconozco que el tema de las competencias geográficas es muy complejo. Pero si me dejas ser utópico, sí que me gustaría que esa consulta se hiciera en el País Vasco, Navarra e Iparralde, de hecho yo no propondría una consulta sino tantas como se quieran para definir cómo esa comunidad, o comunidades quiere relacionarse con sus vecinos y con el resto del mundo. Ese derecho se lo reconoces a los países establecidos y reconocidos por la ONU, en el Reino Unido se ha votado si quieren seguir su relación actual con Europa y ha salido que no, y eso puede molestar a muchos y puede que sea un error, pero ha salido porque a los ciudadanos del Reino Unido se les ha reconocido el derecho a decidir cómo quieren relacionarse con Europa. En cambio la comunidad vasca ahora mismo no tiene un reconocimiento de país independiente y no puede aspirar a esa consulta. Por otra parte también te reconozco que esa aspiración es un poco romántica y puede que inviable en este momento histórico, pero me atengo a mi romanticismo. 

¿Por qué monoidentidad? ¿No puedes ser multidentitario? 

Yo me siento guipuzcoano, vasco, europeo y ciudadano del mundo. 

¿Y español?

Sí, español también. No niego ni reniego de la influencia española y de cultura española en lo vasco. 

¿Y qué me dices de los que piensan distinto? ¿Son también vascos?

Naturalmente. De hecho, el otro día un amigo mío se quedó patidifuso al oírme afirmar que «Euskal Herria no existe». «¿Cómo no va existir hombre?», me preguntaba medio horrorizado, «¿Y me lo dices tú?». Y mi respuesta fue que Euskal Herria como ente abstracto cultural no existe, porque se atomiza en un sinfín de identidades, están los que como yo pertenecemos a un entorno guipuzcoano, euskaldún, y tenemos la persona de Barakaldo, que no habla euskera, y en mi Euskal Herria romántica y puede que imaginaria ambos son igualmente vascos. De lo que sí estoy seguro es de que la Euskal Herria real la tenemos que articular entre todos. 

Cambiando de tema, estudiaste con los Jesuitas. ¿Qué aprendiste de ellos?

Sobre todo espíritu crítico. Tuve la suerte de estudiar con ellos desde los seis años hasta los dieciocho, y mis jesuitas eran muy pero que muy jesuitas, muy combativos, valientes. Tenía profesores que habían estado en barriadas de Bogotá ayudando a los marginados, gente muy afín a la teología de liberación, y yo bebo de ahí, bebo de la pasión contra el Estado coercitivo, contra las injusticias sociales y globales, contra las dictaduras sudamericanas, contra la tortura. Los jesuitas modelan mi carácter y me enseñan libertad, independencia, tolerancia, espíritu crítico. 

Tu apreciación de tu educación jesuita es inmejorable.

Es muy buena y es precisamente ese espíritu crítico jesuita el que me permite llegar a la conclusión de que el catolicismo y el cristianismo no tienen sentido. O para ser más precisos, el cristianismo sí, como filosofía humanista, pero no como religión. Suscribo la noción del ser humano como bien, la noción del prójimo como valor absoluto, el mensaje revolucionario de que hay que amar al enemigo. Lo que no creo es que Jesús resucitara al tercer día. Ni Jesús, ni nadie.  

Fuiste un as del baloncesto en tu juventud y sin embargo ahora el deporte no te interesa en absoluto…

Jugué al baloncesto de los doce a los diecinueve, llegué a la selección de Euskadi, a costa de dos horas y media del entrenamiento al día, cinco días a la semana. La mía era una dedicación absoluta, muy arropada además por mi familia. Y la verdad teníamos un buen equipo, llegamos a competiciones de fase sector con Real Madrid. Estábamos muy compenetrados y éramos muy competitivos.

¿Y qué ocurrió para que lo dejaras?

Pues a los diecinueve me rompí los ligamentos cruzados jugando con los Elios de Zaragoza, me tuvieron que operar y hube de dejar el baloncesto. Después, no sé por qué, le tomé aversión al baloncesto y en general a los deportes de equipo, no quise volver a saber nunca nada de eso. Curioso. Es un mecanismo emocional que no te sé explicar muy bien. 

Un mecanismo de defensa, quizás. 

Seguramente. Podría haber retomado porque empecé a esquiar y la rodilla la tengo muy bien. Pero no, quizás simplemente superé una etapa de mi vida… ¡O no la superé del todo, vaya usted a saber! Pero fue una parte muy importante de mi adolescencia, que me marcó mucho, y creo que para bien. 

Deportista que reniega del deporte, ateo con formación de jesuita, nacionalista euskaldún que quiere una Euskal Herria para todos… Me recuerdas un verso de Walt Whitman: «Do I contradict myself? Very well, then I contradict myself, I am large, I contain multitudes».

Hombre, ya ves que pequeño no soy. Y en cuanto a las multitudes puede que tengas razón, pero ¿no te parece que nos pasa a todos? A lo mejor si tuviéramos más conciencia de nuestras propias contradicciones seríamos más tolerantes con los que piensan distinto a nosotros, ¿no?  

¿Incluso con los de Bilbao?

¡Bai! ¡Incluso con los de Bilbao!


¡Me ha tocado un proyecto!

Foto: DP.

Sí, ya sé que la lotería es una manera de que paguen impuestos los que no saben estadística, pero yo me he comprado un decimito estas Navidades por lo que pueda pasar, que ha sido lo que tenía más probabilidades de pasar. Pero puede que en el futuro nos «toque» hacer muchas cosas, como por ejemplo ser miembro de un consejo de dirección, ser concejal, o incluso diputado, porque en el futuro es muy probable que los concejales y diputados y muchos otros cargos públicos se elijan al azar. Existe una teoría, controvertida pero sólida, que sostiene que el azar es uno de las mejores mecanismos para optimizar los procesos de selección. Los científicos ya han empezado a probar esta idea, y de hecho ya les puede tocar un proyecto si lo presentan a un interesante programa de la Fundación Volkswagen (1) llamado EXPERIMENT!

El programa EXPERIMENT! In search of bold research ideas (2) tiene como objetivo financiar ideas científicas radicalmente novedosas, ideas que van en contra del pensamiento dominante en una disciplina científica, ideas locas o de dudosa viabilidad que no tendrían ninguna o muy poca probabilidad de ser seleccionadas en los programas clásicos de financiación de la ciencia. Los proyectos no pueden durar formalmente más de dieciocho meses, y tienen una financiación máxima de ciento veintemil euros. El programa comenzó en 2013 y es un absoluto éxito de convocatoria. La fundación recibe cada año alrededor de seiscientas solicitudes, prescriptivamente alemanas. Este año en concreto se han recibido seiscientas cuarenta.

El equipo de evaluación interno de la Fundación Volkswagen selecciona ciento cincuenta de las propuestas más osadas científicamente, las que mejor se adaptan a los objetivos del programa. Posteriormente, esas ciento cincuenta propuestas son evaluadas por un panel de diez científicas y científicos de distintos países del mundo, exceptuando Alemania. Este panel de expertos desecha algunas pocas de esas ciento cincuenta solicitudes que por alguna razón de peso no debieran ser financiadas por este programa, fundamentalmente porque no son radicalmente novedosas o porque son obviamente viables.

Finalmente, de entre todas las restantes el panel selecciona a las quince que considera mejores, y que serán financiadas por EXPERIMENT! Es fácil hacerse cargo de que seleccionar quince propuestas, de unas ciento cincuenta que a su vez han sido seleccionadas entre más de seiscientas solicitudes, es muy complicado para un experto, no digamos ponerse de acuerdo en ellas con los otros nueve colegas del panel. Para evitar discusiones interminables cada miembro del panel tiene un «joker», un comodín —que puede usar solo una vez— para aprobar un proyecto concreto, poniendo así fin a la discusión sobre ese proyecto.

La Fundación Volkswagen trata de asegurar que la selección sea lo más imparcial posible. Por ejemplo, el sistema es doble ciego: ni los candidatos conocen a los miembros del panel ni los miembros del panel saben quiénes son los candidatos. No hay nombres ni de personas ni de instituciones en los formularios, y la propia fundación se ocupa de borrar cualquier posible dato de la propuesta que pueda servir para identificar los nombres de los candidatos, su edad, o la universidad de procedencia. Pero aun así se ha detectado la existencia de un problema de ecuanimidad derivado de la enorme competitividad del programa.

Cuando los expertos evalúan y comparan esas ciento treinta o ciento cuarenta propuestas de investigación que ellos mismos ya consideran, en principio, financiables por el programa, siempre encuentran algunas de ellas claramente sobresalientes, que habrían de financiarse sí o sí. Pongamos que sean cinco. Pero a la hora de seleccionar los otras diez que aun se pueden financiar, encuentran que hay muchas más de diez tan buenas que resulta técnicamente imposible decidir cual de ellas es mejor que las demás. Y es entonces cuando surgen los problemas. Cuando las diferencias entre los proyectos son pequeñas, cuando es difícil para un experto valorar objetivamente la superioridad de un proyecto sobre otro, entran en escena aspectos que son subjetivos del evaluador y que hacen fracasar el sistema racional de evaluación. Entre esos factores está el instinto tribal de los científicos, es decir la irresistible tendencia a apoyar aquellos proyectos que están más cercanos a su disciplina y a su forma de pensar, lo que podríamos llamar nepotismo intelectual. Además de introducir la injusticia en la evaluación, este sesgo favorece a las disciplinas mas comunes frente a las raras, reduciendo la diversidad temática de las propuestas seleccionadas.

Para enfrentarse a ese problema EXPERIMENT! ha puesto en marcha desde hace dos años un experimento que a algunos podrá parecerle demasiado osado. Pero al fin y al cabo ¡de eso va este programa! El experimento consiste en que, además de seleccionar los quince proyectos por el panel de expertos, se seleccionen también un idéntico número de proyectos por lotería. No entre todos los proyectos presentados, sino entre los del conjunto de los proyectos considerados financiables por el panel, incluyendo los quince aprobados por su calidad técnica a juicio de los evaluadores. Es decir, se seleccionan quince proyectos por evaluación técnica de los expertos y quince proyectos por puro azar, por lotería. Este año se han seleccionado en total veinticinco, porque durante la lotería pueden salir premiados proyectos ya aprobados por el panel. Solamente se hace pública una lista de los veinticinco proyectos sin revelar cuáles fueron seleccionados por el panel y cuáles por lotería, y el seguimiento y tratamiento que la fundación hará de todos ellos será idéntico. El estudio comparativo de los beneficios de los dos sistemas de selección será realizado por una empresa evaluadora externa. Veremos qué sale de este ensayo, el primero que se realiza con un número de proyectos significativo.

La idea de rifar la financiación de proyectos repele en el mundo académico. Acostumbrados a la evaluación por pares, es decir, a que las decisiones sobre la calidad de un trabajo (para ser publicado) o de un proyecto (para ser financiado) o de un investigador o profesor (para ocupar un puesto de trabajo) son tomadas por expertos del mismo rango que los candidatos, la propuesta de que todo un sesudo esfuerzo sea finalmente pasto de un juicio por lotería, abandonado al azar, parece injusta, irracional, incluso obscena. Pero precisamente uno de los fuertes apoyos del sorteo es la razón coste/beneficio para el investigador y para el avance de la ciencia.

Se ha publicado hace poco un estudio (3) que concluye que cuando las convocatorias de financiación de proyectos de investigación son muy competitivas, el esfuerzo que los investigadores desperdician en escribir sus propuestas puede ser comparable al valor científico total de la investigación que se pretende apoyar. Los propios autores del estudio sugieren que sería más eficaz sustituir la evaluación por pares por un sistema parcial de loterías —como el de EXPERIMENT!— o, alternativamente, financiar basándose en los ​éxitos científicos pasados de los investigadores ​​en lugar de en sus propuestas de investigaciones para el futuro.

Por supuesto que pueden hacerse numerosas consideraciones sobre la bondad de un sistema de financiación por lotería. Depende del marco externo en que se desenvuelve el investigador, del tipo de programa de investigación, de la longitud y dificultad de las formularios, del número de convocatorias a las que un investigador o investigadora puede acudir, de los motivos por los que se presenta, ya sean meramente científicos o más bien promocionales, etc… Pero, en mi opinión, el sistema de sorteo no es desdeñable y merece la pena que se investigue de qué contexto depende su eficacia y qué modificaciones lo optimizarían. Convendría explorarlo como lo que es, como un sistema complejo, y analizar su comportamiento con simulaciones numéricas y con el análisis de casos reales como el programa EXPERIMENT!. Y, desde luego, deberían olvidarse las ecuaciones del tipo «selección por pares = justa y racional» y «selección por lotería = injusta y caprichosa»: la lotería entra en juego cuando el sistema de evaluación técnica por pares deja de ser justo y eficaz, y no para sustituirlo  sino para mejorarlo.

Hoy en día el uso del azar en la gestión de asuntos públicos está reducido —y de forma parcial— a los jurados populares en algunos países. Pero el mecanismo de selección por lotería ha sido usado en muchos momentos de la historia por sistemas políticos que han funcionado bien, desde la Grecia clásica a las exitosas y estables repúblicas de Venecia o de Florencia. En la Grecia del insólito siglo VI antes de nuestra era se elegían por lotería prácticamente todos los cargos, magistrados, miembros de los jurados, incluso los cargos del ejército, excluyendo, por razones de eficacia, los de rango más alto. El sistema de lotería se usó ampliamente en la selección de cargos públicos de la Florencia del siglo XIV y XV, y hasta el dogo de Venecia, así como muchos de los cargos públicos y electivos de la Señoría, se elegían por un complicado sistema que incluía en buena parte la selección aleatoria.

Las ventajas del sistema aleatorio de selección son muchas, ya que, por ejemplo, complica la corrupción y el cohecho, hace inútiles las facciones, imposibilita los acuerdos contra natura, descalifica las promesas a largo plazo, y reduce casi a cero el gasto electoral. Imagínese un congreso en el que los diputados fueran elegidos al azar. Imagínese a una señora navarra, agricultora, lesbiana elegida por puro azar. No podría decir «nosotras las lesbianas pensamos», ni «nosotras las agricultoras creemos», ni «los navarros y navarras queremos», porque se daría cuenta, o le harían caer en la cuenta, de que ella no está allí en representación de nadie excepto de ella misma, y que la fuerza del sistema está en que cada uno de los puestos del congreso rifados vote y decida en conciencia propia, por sus propios intereses. Esa suma de intereses no prostituidos es lo que da la fuerza al mecanismo de elección por lotería. Pero en fin, dejemos para otra ocasión la gestión de los asuntos públicos, y volvamos, para terminar, a la academia, que es lo que me interesa ahora.  

Para mí, lo más preocupante de la evaluación de EXPERIMENT! es cómo hacer una comparación objetiva y relevante entre los dos grupos de proyectos financiados, los seleccionados por el panel de expertos y los seleccionados por sorteo. Como hemos aclarado al principio, este programa busca proyectos audaces, osados, dudosamente viables, basados en ideas que se mueven en la difusa y cambiante frontera del conocimiento. ¿Cómo evaluar los resultados de unos proyectos que por su propia naturaleza deberían fracasar en la mayoría de los casos? ¿Qué criterios se han de utilizar para calificar la productividad de un proyecto que va a explorar un nicho aún no hollado por la ciencia? Este problema es totalmente nuevo en evaluación y su solución no es nada trivial.

Por otro lado, el resultado de la comparación será muy dependiente de la composición del panel, de los criterios de selección de sus componentes. Cuando tuvimos que diseñar el sistema de evaluación del Programa EXPLORA —atrévete a descubrir, atrévete a equivocarte—, un programa español pionero en la financiación de ideas audaces, resultó evidente que no debía usarse la base de datos de la Agencia Nacional de Evaluación. La razón es que para este cometido se necesitan colegas que tengan una mentalidad abierta, poco egocéntricos, intelectualmente generosos, con una gran cultura científica, y si es posible con un cierto olfato para detectar el potencial semioculto en una propuesta a caballo entre lo genial y lo ingenuo. Se han de buscar evaluadores que hubieran apostado por Colón, por Marconi, por Wegener. Y eso no es fácil. Hace tan solo nueve años se rechazó en un programa para proyectos osados, un proyecto avanzado de reconocimiento facial y otro sobre criptomoneda, porque eran inútiles (¿quien va a estar interesado en eso?). El papel del panel de expertos es crucial porque el listado final de proyectos seleccionados por estos programas donde se valora el riesgo intelectual, es el único, o más exactamente, el mejor mensaje que se le puede enviar a los futuros candidatos para convencerles de que, afortunadamente, hay programas a los que no les importa financiar también el fracaso cuando se explora con osadía la frontera del conocimiento.

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(1) La Fundación Volkswagen es la mayor fuente de financiación privada de la investigación en Europa. A pesar de su nombre, no guarda ninguna relación especial con el fabricante de automóviles.

(2) EXPERIMENTA! En busca de ideas de investigación audaces. https://www.volkswagenstiftung.de/en/funding/our-funding-portfolio-at-a-glance/experiment

(3) Gross K, Bergstrom CT (2019) «Contest models highlight inherent inefficiencies of scientific funding competitions». PLoS Biol 17(1): e3000065. https://doi.org/10.1371/journal.pbio.3000065


Biología y orientación sexual, ¿es lo mismo para mujeres y hombres?

Pride March 2018, New York. Foto: Anna Sergeeva / Cordon.

Es poco frecuente que los científicos decidan intervenir activamente en la vida pública. No suele ir con nosotros salir a dar nuestro punto de vista, aun cuando el debate arroje luz sobre cosas que claramente nos conciernen (como las vacunas o el terraplanismo). Sin embargo, hace un año y medio un grupo internacional de científicos, los más importantes entre los que investigan los vínculos entre biología y orientación sexual, decidieron escribir un artículo conjunto. El motivo fue explicar al presidente de Uganda, Yoweri Museveni, que desde el punto de vista científico la homosexualidad no es algo que se «decida».

El artículo viene motivado por una cuestión que planteó el presidente antes de firmar la ley antihomosexualidad. Dudaba si era justificable castigar la homosexualidad si esta es parte de la naturaleza de las personas, si no es un modo de ser libremente elegido. Este grupo internacional de científicos preparó el mencionado artículo para que sirviese de base a los encargados de formular políticas en Uganda (y de otras partes del mundo). Pero no transcurrió mucho tiempo desde la consulta hasta que se tomó la decisión (mucho menos de lo que tarda en salir un artículo científico publicado, que viene a ser lo mismo que lo que tarda en gestarse un bebé humano). La ley fue aprobada en febrero de 2014, tras un informe de un comité de expertos ugandeses no especialmente antihomosexual (se puede consultar). Y aunque la corte constitucional de Uganda derogó la ley, los derechos de los homosexuales en el país no han mejorado mucho (el código penal aún castiga con cadena perpetua los actos carnales «contra natura»).

El artículo, en cualquier caso, es una magnífica oportunidad para cualquiera interesado en ponerse al día sobre toda la información referente al estudio de la orientación sexual desde el punto de vista científico. Y aunque es bastante cierto que el secreto de la originalidad consiste en ocultar las fuentes, en este caso lo apropiado es dejar claro que buena parte de la información que he barajado para escribir este artículo proviene de ese esfuerzo conjunto por articular toda la información disponible al respecto hasta la fecha. Si tienen oportunidad de echarle un ojo, anímense (son casi cincuenta páginas donde se recogen diversos aspectos sobre el abordaje científico de la orientación sexual). A mí lo que me interesa destacar en este artículo son los vínculos con la biología.

Antes de que nos pongamos nerviosos sobre si la orientación sexual es o no elegida o depende en parte o no de nuestra biología, primero quiero afrontar la duda de si estas cuestiones hay que investigarlas o no. La respuesta a esta duda empieza con una pequeña reflexión sobre lo que proponía el presidente Museveni. El presidente postulaba que, si la homosexualidad no es algo elegido, no es lícito castigarla con pena de muerte. Podría parecer, entonces, que demostrar que hay factores biológicos que hacen que uno tienda a no ser heterosexual podría contribuir a su aceptación social, a normalizar la condición de no heterosexual. Pero, por otro lado, cuando se publica que hay factores biológicos relacionados con la homosexualidad aparecen grupos de opinadores que sugieren que, en tal caso, la homosexualidad es «curable». Y que, si no se «curan», es su responsabilidad (o de sus padres, o del sistema de salud). De modo que, al final, es una condición elegida y, por tanto, los no heterosexuales son responsables de su condición. Con esto lo que quiero decir es que siempre vamos a encontrar gente que, o bien bajo una premisa (tiene causas biológicas) o bien bajo la otra (no las tiene), utilizará argumentos para intentar «reconducirlos» a la supuestamente correcta senda de la heterosexualidad. En mi opinión, no hay que tener miedo a saber la verdad. Y, por tanto (oh, sorpresa), creo que cuanto más entendamos las causas de nuestra orientación sexual, mejor para todos. Independientemente de lo que los resultados nos indiquen. Ningún argumento sobre si un comportamiento tiene un componente biológico de mayor o menor peso debería utilizarse para definir si es correcto o lo contrario. Esa es una decisión de la sociedad, que tomamos entre todos (de una manera no necesariamente explícita). Incorrecto y natural no son los polos opuestos de una misma dimensión. Es un error vincular los derechos de las personas a cuán «natural» es su comportamiento.

Vamos, entonces, al meollo de la cuestión: ¿qué sabe la ciencia sobre las causas de la orientación sexual humana? Para afrontar la respuesta, es importante primero responder a una pregunta: ¿A qué se refieren los investigadores cuando hablan de homosexualidad? Esto es muy interesante entenderlo a la hora de interpretar los diferentes estudios. Una de las posibilidades, la más frecuentemente utilizada, es cómo las personas se consideran a sí mismas (la identidad sexual, tomando el sentido de la sexual identity anglosajona). Generalmente esto se hace preguntando, mediante algún tipo de escala, de tal manera que hay posibilidades de definirse en cualquier punto intermedio entre completamente heterosexual y completamente homosexual.

A parte de lo que uno se considere, que es la dimensión relevante desde el punto de vista social y legislativo, el estudio científico de la orientación sexual puede también afrontarse en función del comportamiento que los sujetos desarrollan. Seguro que no les es difícil imaginar a una persona que en algún momento de su vida ha participado en actividades sexuales homosexuales, incluso frecuentemente, pero no se identifica como tal (ni siquiera parcialmente). Y aunque desde el punto social esto es irrelevante, porque lo importante es lo que uno se considera, sí es relevante para estudiar las causas de nuestra orientación sexual. Una tercera posibilidad es enfocarnos en hacia qué personas se siente atracción sexual. De nuevo, no les será difícil imaginar personas que a veces sienten atracción homosexual pero nunca han llevado a cabo un comportamiento acorde a esa atracción ni se ven a sí mismos como homosexuales. Sin embargo, para entender las causas que definen nuestra orientación sexual, la atracción es la dimensión más relevante que hay que comprender.

Como es esperable, la proporción de personas que quedan ubicadas en el ámbito de la no heterosexualidad difiere según la pregunta. Los estudios más completos tratan de abarcar estas tres dimensiones. Aunque hacer esto exige mucho tiempo por parte de los participantes, y lo más frecuente es encontrarse estudios que inciden exclusivamente en la cuestión de la identidad sexual. El problema radica en que la relación entre estas tres dimensiones, identidad, comportamiento y atracción, es más o menos estrecha en función de la sociedad donde se lleve a cabo el estudio. Por eso siempre hay que tener muy presente sobre qué cuestión se indaga en cada caso.

Finalmente, además de los estudios en que la orientación sexual se define en función de las respuestas que dan las personas sobre sí mismas, hay otra serie de estudios particularmente interesantes. En ellos lo que se mide es la excitación física ante estímulos de distinto carácter sexual, en hombres y mujeres. La excitación se mide a través de diferentes parámetros, como la dilatación pupilar, la frecuencia cardiaca y respiratoria, la irrigación sanguínea a los órganos sexuales, etc. Estos estudios son mucho más laboriosos y largos de hacer, y lógicamente los tamaños de la muestra son más reducidos. Pero sus resultados son muy sorprendentes y relevantes para entender la orientación sexual humana, pues están libres de todos los problemas asociados con los autoinformes (que las personas se engañan a sí mismas, que de manera más o menos intencionada mienten a los investigadores, que las personas olvidan, etc.). No queremos decir que las opiniones de las personas sobre sí mismas no sean interesantes, pero estos estudios añaden una dimensión muy relevante y ajena a la subjetividad personal.

Es el momento de abordar una segunda cuestión que dejamos pendiente. Es el espurio contraste entre «biológico» y «elegido» que se suele emplear cuando estas cuestiones se debaten. Desde el punto de vista científico no son términos que se puedan contraponer, pertenecen a diferentes dimensiones. Para un científico empírico del comportamiento todo comportamiento tiene causas, y si un rasgo no se debe a causas biológicas, entonces sus causas son ambientales (pero no el «libre albedrío»). En este sentido es muy importante incidir en que cuando se habla de elegir, normalmente nos referimos a elegir llevar a cabo alguna acción, pero no a elegir las causas que podrían motivar esa acción. Es decir, uno puede elegir tener relaciones sexuales con personas de su mismo sexo, pero no puede elegir querer tener relaciones sexuales con personas de su mismo sexo. La orientación sexual tiene que ver tanto con «apetecer» como con «hacer». Las causas de lo que nos apetece pueden ser biológicas o ambientales, pero el libre albedrío no interviene en esa dimensión (y los intentos conscientes por modificarla son contrastados fracasos). Lo que se hace se puede decidir (y ahí sí que uno puede hablar de libre albedrío, en relación con si se quieren asumir los costes ambientales de actuar conforme a los propios deseos).

Bien, una vez aclaradas las diferentes dimensiones desde las que se puede afrontar el estudio de la orientación sexual, vayamos con las preguntas (y sus respuestas). Para empezar, ¿cuántas personas no heterosexuales hay? Hay centenares de estudios que agrupan los datos recabados de cientos de miles de individuos en todo el mundo, que nos permiten estimar con razonable precisión cuán frecuentemente las personas se consideran no heterosexuales (utilizamos esta denominación pues la mayor parte de las personas se suele considerar heterosexual). Recuerden que en este caso la identidad sexual se mide con una escala, de tal manera que hay personas que se consideran a sí mismas completamente homosexuales o heterosexuales, y una proporción de población que queda entre ambos extremos cuya orientación sexual quedaría definida por un valor entre 0 y 1. Esta escala a la hora de presentar gráficamente los resultados se suele organizar en 5 categorías: homosexuales, mayoritariamente homosexuales, bisexuales, mayoritariamente heterosexuales y heterosexuales (siendo las tres primeras categorías las que se suelen denominar «no heterosexuales» y las dos últimas serían «no homosexuales»). Estudios llevados a cabo mayoritariamente en Occidente, pero también en otras culturas, ofrecen resultados similares: casi todo el mundo se considera no homosexual. Los datos varían entre estudios, pero las personas que se consideran no heterosexuales nunca superan el 10% y los exclusivamente heterosexuales nunca son menos del 80%. Estos estudios siempre son motivo de debate, con acusaciones de «hinchar» las cifras por parte de unos u otros colectivos. Aunque, en realidad, poco importa si las personas que se consideran exclusivamente heterosexuales son el 96% o el 83%, porque todos los resultados dejan claro que una proporción pequeña pero no desdeñable de las personas queda fuera de esta categoría. Y no parece que ningún estudio, por amplio o pormenorizado que sea, vaya a ofrecer resultados cualitativamente diferentes.

Pride March 2018, New York. Foto: Anna Sergeeva / Cordon.

Estos estudios «cuantitativos» muestran una diferencia interesante entre la homosexualidad masculina y femenina. La proporción de personas que se consideran no homosexuales (solo heteros y principalmente heteros) no es diferente entre hombres y mujeres y viene a rondar el 97%. Sin embargo, cuando atendemos a todas las categorías, la distribución de las personas en cada una de estas categorías en función del sexo es diferente. La distribución para los hombres se dice que tiene forma de «J», con hombres definiéndose más bien en las categorías extremas (completamente homosexuales o heterosexuales) y pocos en las categorías intermedias. En las mujeres se dice que la distribución tiene forma de barra inclinada, «/», pues hay pocas mujeres que se consideren completamente homosexuales, algunas más que se consideran bisexuales, más que se consideran principalmente heterosexuales y más aún que se consideran exclusivamente heterosexuales. Comparando ambas distribuciones se pueden sacar muchas lecturas. Una, muy interesante, es que las mujeres adoptan más frecuentemente orientaciones sexuales que contemplan la atracción y el comportamiento sexual hacia ambos sexos, polarizándose menos en los extremos que los hombres.

Este hecho, junto con algunas cuestiones que comentaremos a continuación, indujo a los investigadores a pensar que hay diferencias relevantes entre hombres y mujeres respecto a la denominada fluidez sexual. La fluidez sexual es la flexibilidad en la capacidad de respuesta sexual de una persona en función de la situación, lo que hace posible que algunas personas experimenten deseo sexual hacia hombres o mujeres bajo ciertas circunstancias, independientemente de su orientación sexual general. La fluidez sexual tiene, entre otras consecuencias, una mayor tendencia a cambiar de orientación sexual a lo largo de la vida, cosa que decenas de estudios confirman que ocurre más frecuentemente en mujeres. Esto se puede observar, entre otros muchos ejemplos, en un estudio llevado a cabo con una población de adultos jóvenes bastante grande (seis mil hombres y siete mil mujeres) en el que se analizó con qué orientación sexual se identificaban entre los años 2000 y 2007. La proporción de hombres heterosexuales en el 2000 que seguían considerándose así en el 2007 era el 98%, mientras que era el 94% de las mujeres las que mantenían la orientación exclusivamente heterosexual. Es decir, trescientas veinte mujeres frente a cien hombres dejaron de considerarse completamente heterosexuales. En el otro extremo de la distribución, el 54% de los hombres exclusivamente homosexuales mantenían esta orientación, mientras que solo el 36% de las mujeres lo hizo. Además los cambios de orientación sexual lo son a categorías aledañas en los hombres, mientras que en mujeres las variaciones a veces se producen hacia categorías más lejanas. Y también las mujeres declaran más frecuentemente haber sentido atracción hacia personas de ambos sexos (en torno al 10%) que los hombres (en torno al 3%).

Esta mayor fluidez sexual femenina se ve corroborada en los estudios que miden excitación física. En estos estudios los participantes se ven expuestos a estímulos generalmente visuales homosexuales o heterosexuales para su sexo, y durante la exposición se analizan las antes mencionadas variables fisiológicas relacionadas con la excitación. En estos estudios se observa que la mayor parte de los hombres que se consideran homosexuales apenas se excitan con estímulos heterosexuales y viceversa. Sin embargo, la respuesta genital en mujeres heterosexuales no es demasiado distinta si el estímulo es homosexual o heterosexual. Y lo mismo ocurre con las mujeres homosexuales, que se excitan de manera similar ante estímulos homo y hetero. Y, aun siendo esto relevante, no es lo más interesante de estos estudios. Lo realmente fascinante es que, además de medir la excitación, se pide a los participantes que cuantifiquen cuán excitados se han sentido en las diferentes situaciones. La excitación declarada y medida coincide mucho en los hombres, de tal manera que, por ejemplo, un hombre homosexual que se excita ante determinado estímulo reconoce sentirse excitado. Pero en las mujeres lo que se observa es que estas solo dicen sentirse excitadas con estímulos que corresponden con su orientación sexual declarada, independientemente de la respuesta genital. Es decir, que la excitación fisiológica y la declarada no coinciden demasiado bien en las mujeres. Estos resultados invitan a profundizar más en esta falta de consonancia en la excitación femenina. Podría ser que las mujeres participantes simplemente no declaran abiertamente sentirse excitadas pese a ser conscientes de ello. Aunque esta posibilidad parece a priori la más plausible, a las personas que se animan a participar en este tipo de experimentos difícilmente se las puede tildar de tímidas o autorreprimidas. Esto invita a análisis más profundos, como por ejemplo si lo que ocurre es que las mujeres no se autoperciben como sexualmente excitadas del mismo modo que los hombres. O si es diferente la idea que se tiene en ambos sexos de lo que es la excitación. Por otro lado, habría que tener en cuenta algunas cuestiones a controlar que pueden afectar a lo observado, como que la pornografía que incluye sexo entre dos mujeres ha estado presente desde siempre en el porno «hetero», al contrario que las escenas de sexo entre dos hombres. Además de considerar que los estímulos visuales son más eficaces para provocar excitación en hombres que en mujeres.  

Curiosamente, respecto a factores biológicos relacionados con la homosexualidad, en la mujeres parecen tener cierto efecto los niveles de andrógenos durante el desarrollo embrionario. El principal indicio se basa en estudios con mujeres con hiperplasia adrenal congénita, es decir, que por diferentes razones tienen un exceso congénito de testosterona. En este grupo, la frecuencia de mujeres que se consideran homosexuales o que declaran haber practicado sexo con otra mujer es entre dos y tres veces mayor que en personas que no presentan esta condición. Como generalmente se las trata para reducir estos niveles al nacer, es la exposición intrauterina a andrógenos la que podría explicar esta tendencia. Lo que lleva a tratar de analizar si los niveles de andrógenos intrauterinos se asocian a la homosexualidad en mujeres que no sufren este trastorno endocrino. Hacerlo correctamente implicaría hacer amniocentesis a un montón de mujeres embarazadas y luego hacer un seguimiento a sus hijas hasta que sean adultas para confirmarlo. Lo cual, además de difícil, es una insensatez porque las amniocentesis son intervenciones que implican cierto riesgo de aborto. Otras posibilidades, como medir los niveles de andrógenos en sangre materna o en el cordón umbilical al nacer, aunque a veces se emplean, no reflejan bien los niveles de andrógenos a lo largo del embarazo.

Sin embargo, y aunque parezca extraño, multitud de pruebas directas e indirectas indican que la longitud de los dedos de la mano varía en función de los niveles de estrógenos y testosterona durante el desarrollo fetal. Las pruebas más convincentes de esta asociación incluyen medidas efectivas de andrógenos en amniocentesis (que se realizaron por causas clínicas, no específicamente para estos estudios), pruebas con animales de laboratorio y longitud de los dedos en personas con diferentes patologías relacionadas con las hormonas sexuales (por exceso y por defecto). Metaanálisis que incluyeron un número bastante grande de personas homosexuales (mas de mil mujeres y de mil quinientos hombres) indican que las mujeres homosexuales tienden a presentar longitudes de dedos de la mano que se corresponden con niveles más altos de testosterona durante el desarrollo embrionario. Contrariamente a la creencia popular, no hay diferencias en la longitud de los dedos de la mano entre hombres homosexuales y heterosexuales en los metaanálisis, aunque muchos estudios particulares sí encuentran una asociación. El conjunto de estos dos tipos de estudios parece indicar que los niveles de andrógenos prenatales contribuyen a desarrollar una orientación homosexual en algunas mujeres. Se postula que su efecto se debe al grado de diferenciación sexual que adquieren los diferentes tejidos, incluido el nervioso, según el nivel de exposición a andrógenos en diferentes momentos del embarazo. Es la explicación más plausible, aunque difícilmente va a poder ser testada experimentalmente.

También hay estudios que, de alguna manera, parecen relacionar el desarrollo embrionario de los hombres con la orientación homosexual. Son los estudios sobre el denominado efecto del hermano mayor. Esta línea de investigación parte de la observación estadística de que los hombres homosexuales tienen más hermanos varones mayores en comparación con los que tienen los hombres heterosexuales, las mujeres heterosexuales y las mujeres homosexuales. Y el efecto se mantiene cuando se tienen en cuenta factores como la edad de los padres, el número total de partos de la madre, las hermanas o los hermanos posteriores, la genealogía familiar, etc. El efecto, estudiado en diferentes culturas, se observa solo entre hermanos de madre (no importa si hay hermanos mayores adoptados ni hijos previos de sus padres con otras mujeres). Las probabilidades de que un hombre de adulto se considere homosexual aumentan mucho en función del número de hermanos varones que le preceden. Por ejemplo, la probabilidad de que un cuarto hermano varón se considere homosexual es el triple de que lo haga un hijo único (eso quiere decir que un 2% de los hijos únicos son homosexuales, mientras que un 6% de los cuartos hijos lo son). No se conocen las razones de este efecto, pues los análisis adecuados no son fáciles de llevar a cabo. Las pruebas indirectas atribuyen el efecto a alguna clase de reacción inmunológica materna durante el intercambio placentario contra las proteínas que se sintetizan sobre la base de los genes del cromosoma. Y del embrión. Estas proteínas son importantes para activar el proceso de diferenciación sexual en el embrión. Y, aunque en general la mayor parte de este proceso depende de la testosterona, estudios recientes indican que en algunos tejidos hay vías de diferenciación que se activan independientemente de esta hormona. Sobre estas vías podría estar actuando la inmunidad materna. Seguramente en los próximos años el análisis de las disfunciones en el intercambio placentario se desarrolle más extensamente, porque ya hay varios estudios que relacionan el mal funcionamiento placentario con la aparición de diferentes condiciones más frecuentes en varones, como el autismo.

Además de estos efectos del desarrollo embrionario sobre la probabilidad de desarrollar una orientación sexual homosexual, hace mucho tiempo que sabemos que hay factores genéticos implicados. Tanto los estudios de genealogías familiares, la tendencia a que aparezcan personas homosexuales dentro de la misma familia, como las investigaciones que se hacen comparando gemelos homocigóticos y heterocigóticos indican una cierta contribución de los genes en la tendencia a reconocerse como homosexual en la edad adulta. Más o menos un tercio de la variabilidad encontrada en el carácter se debe a efectos genéticos, siendo el efecto genético algo más importante en la homosexualidad masculina que en la femenina. Esto quiere decir que aunque los factores ambientales tienen mayor peso, la importancia de los genéticos no es desdeñable. Estos estudios no son independientes del todo de los presentados previamente, pues parte de los efectos durante el desarrollo podrían estar influidos por los genes (tanto tener más o menos andrógenos fetales como la mayor o menor facilidad de desarrollar anticuerpos contra proteínas fetales).

Además de estudios para detectar efectos genéticos llevados a cabo de la manera tradicional (análisis genealógicos y de gemelos), se han llevado a cabo estudios de secuenciación de genomas completos en busca de la localización precisa de las variantes genéticas que contribuyen a la homosexualidad humana. Esta, como casi cualquier carácter complejo, no parece ser dependiente del efecto de uno o dos genes, sino de la pequeña contribución al carácter de centenares o miles de genes. El análisis del genoma de más de 10.000 personas indica que hay dos regiones cromosómicas que se vinculan más fuertemente a la probabilidad de considerarse homosexual. De nuevo, y considerando ambos conjuntos de experimentos, parece claro que la genética del individuo contribuye, en parte, al desarrollo en el individuo de una orientación homosexual.

Nos parece importante enmarcar estos estudios dentro de la inmensidad de trabajo científico que se lleva a cabo para entender la diversidad que existe entre las personas. Estudios que se hacen para entender por qué somos inteligentes o altos (o tendemos a desarrollar cáncer u obesidad). La altura y la inteligencia son dos buenos ejemplos porque parece claro que los factores biológicos no son los únicos determinantes de estos caracteres, aunque importan mucho en el desarrollo final del carácter. En cualquier caso, entender por qué hay personas más altas que otras o más inteligentes, intentar averiguar dónde residen las causas de nuestra heterogeneidad, no afecta en ningún sentido a las personas altas o inteligentes. No tiene por qué hacernos sentir mejor o peor saber que medimos uno sesenta en parte por nuestros genes. Poco importa si el desarrollo de un carácter se debe a unos factores u otros, porque ambos están mayoritariamente fuera de nuestro control. En este sentido, creemos que saber que la homosexualidad en sus diferentes dimensiones —atracción, comportamiento e identidad— se ve influida por la biología no debiera afectar a cómo se sienten las personas respecto a su sexualidad.

Por último, déjenme insistir en que, en este debate sobre las causas de la homosexualidad, lo que no es biología no quiere decir que sea libre albedrío. En la homosexualidad, como en cualquier otro rasgo humano, influyen factores biológicos del individuo, factores ambientales (que incluyen toda clase de cosas, no solo la educación, sino todo el medio ambiente en que se desarrolla el individuo en un sentido material y social) y la interacción de ambas cosas. Estos factores afectarán a que sea mayor o menor la propensión de cada individuo a sentirse atraído por personas de uno u otro sexo. El hecho de definirse de uno u otro modo y comportarse de una u otra manera siempre está en manos del sujeto. Ahí está el libre albedrío. Salvo para saciar nuestra curiosidad (y algunas cuestiones clínicas en que esto pudiera ser relevante), no debería importarnos por qué uno es como es, sino que cada uno pueda ser lo que a cada uno le dé la gana.

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Diamond, Lisa M. «Female bisexuality from adolescence to adulthood: results from a 10-year longitudinal study». Developmental Psychology 44.1 (2008): 5.


Bulla cum laude

La Real Academia define una burbuja económica como un «proceso de fuerte subida en el precio de un activo, que genera expectativas de subidas futuras no exentas de riesgo». Así pues, se trata de un aumento rápido (y, por ende, poco controlable) de un precio (hay dinero en juego y, por tanto, alguien está ganando o intentando ganar), que se alimenta de esperanzas. Las esperanzas, lo sabemos, suelen ser deseos a menudo irracionales (o, por lo menos, improbables) que peligrosamente descuidan el presente para confiar en un futuro poco factible, un futuro que apuesta por el azar, o sea, que cuenta con la posibilidad de que ocurra lo que no es probable que ocurra. Se llama esperanza precisamente por ser algo que tiene una elevada probabilidad de no suceder. Una esperanza, por definición, no está exenta de riesgos y, precisamente por ser una esperanza, estos riesgos suelen ser bastante inevitables. Lo que pasa con las burbujas es además mucho más curioso, porque su éxito no solamente es improbable, sino que, en muchos casos, es patentemente imposible, y el fracaso es casi cierto. O sea, se sabe de sobra que van a explotar. En muchos casos (las inmobiliarias, los bancos…) no hacía falta un doctorado en economía para entender que alguien estaba chupando de un bote a punto de quebrarse. Tampoco hacían falta superpoderes de videntes o una fina capacidad de cálculo.

En fin, las burbujas suelen acabar con un «se veía venir». De sobra. Pero este es el principio básico de la esperanza: creer en ella aunque las evidencias sugieran patentemente todo lo contrario. Otra característica de la esperanza es la de no depender de uno mismo, sino de los demás. Para resumir, si tienes una esperanza, estás contando con algo que tiene escasa probabilidad de ocurrir y que no depende de ti mismo: a bote pronto, una estrategia incauta, y una apuesta realmente pésima. Mario Monicelli, una piedra angular de la cultura cinematográfica italiana, decía que la esperanza es un engaño inventado por el poder, refiriéndose sobre todo a política, religiones y empresas. Los que tienen mantienen quietos a los que no tienen con una promesa futura para que se agarren a ella y se dejen explotar y manejar día tras día, a la espera de un acontecimiento liberatorio que se pospone continuamente. Muchos prefieren una falsa esperanza a una crónica depresión, olvidando que hay niveles intermedios, como por ejemplo una saludable y coherente planificación, basada en estrategias sinceras y competentes. Yo prefiero las ilusiones a las esperanzas, porque no atañen al futuro sino al presente, y porque no dependen de los demás sino de uno mismo. Pero, bueno, a lo que vamos, las burbujas, espejismos golfos, trucos baratos, que hinchan un producto para sacarle un descarado provecho sabiendo que pronto se vendrá todo abajo y que el coste correrá a cargo de otros.

La construcción y el banco son los casos clásicos, pero está claro que el juego puede funcionar donde sea. Una dinamo para hacer dinero se puede colgar a cualquier sistema que pueda proporcionar clientes, incluso una universidad o un laboratorio de investigación. De hecho, la ciencia hoy en día es un mercado que tira de flujos de dinero entre proyectos e instituciones, y desde hace tiempo los tiburones han olido la sangre de sus heridas. En los currículos de los investigadores ya tiene menos importancia la cantidad de producción científica, y lo que cuenta es cuánto dinero has sido capaz de menear. Y esto es paradójico porque, a paridad de resultados, es más espabilado el que los ha logrado gastando menos recursos. Pero para «la empresa» si no mueves dinero no sirves, y lo de la producción científica es más bien un resultado secundario bueno para cuidarte el ego o para que tu instituto farde en las redes sociales. Y cuando no es empresario, el investigador es cliente de una empresa de servicios tecnológicos, de una agencia o de una revista. Lo importante es que sea un anillo activo de la cadena económica.

Podemos imaginar de sobra los peligros de atar la ciencia al mercado, y lo curioso es que por un lado todas las partes están avisando de los riesgos, pero al mismo tiempo nadie recula. Investigadores e instituciones están alertando a todo el mundo del marketing descarado que se está llevando a cabo en el nombre de la ciencia, pero luego siguen apoyando esta nueva forma de hacer investigación, incluso fardando de que esté estructurada según las reglas del negocio moderno. Todos critican a los mercaderes en el templo, pero pocos se plantean alternativas, tal vez por falta de valentía o de capacidad, o tal vez por el miedo de quedarse fuera del juego. Si criticas a los mercaderes, igual te echan del templo y te quedas sin púlpito.

La misma situación la tenemos también en la educación académica y en todas las universidades del planeta, aunque con ritmos ligeramente diferentes. El estudiante es un cliente que tiene que quedar satisfecho de su estancia, y recomendársela a sus amigos que pagarán las futuras matrículas de aquellos cursos y de aquellas titulaciones. Las grandes universidades invierten en el landscaping, que viene a ser el «dejarlas bonitas», con jardines y cafeterías guais. El docente ya no evalúa a los estudiantes, sino que son ellos los que evalúan el trato recibido, como en un hotel, para que luego la institución decida el futuro de los contratos. Tampoco ayuda que con cierta frecuencia hablemos de estudiantes que priman la juerga, el sexo o el alcohol frente al compromiso, el esfuerzo, o las inquietudes científicas. No es un secreto que muchas instituciones universitarias hoy en día ocupan un nicho cultural que hasta hace pocos años era el de los institutos de secundaria, con la diferencia de que los «chavales» tienen ya edad para poder conducir, comprar botellas y volver a casa después de las doce.

Si consideramos la sinergia entre mundo académico y científico, entramos entonces en una dinámica nefasta: las universidades hinchan los cursos de clientes que luego se enfrentarán a un panorama profesional degradado y, sobre todo, atascado. Las universidades intentan rellenar sus cajas y, si lo logran, se expanden y expanden su metabolismo, sus nóminas, sus exigencias, sus administraciones, ampliándose y ampliando sus necesidades económicas. Y cuando aumentan las bocas a las que hay que dar de comer, no hay vuelta atrás. Las instituciones científicas procuran meter mano en fondos y proyectos y, si lo logran, aumentan sus gastos y sus contratos, ampliando equipos y tecnología en un bucle donde cuanto más ganas, más necesitas. Pero no es un misterio que la ciencia no es precisamente una buena inversión laboral, y entonces hinchar esta fábrica de desamparados para sacar tajada de ellos (las matrículas antes, los proyectos de financiación después) y luego lanzarlos al vacío no parece buena elección. Atención, en particular, a la dinámica formación-empleo. Muchos de los supuestos profesionales de la investigación que salen de la universidad no encuentran una posición como investigadores. Esto, por un lado, se puede achacar a una mala gestión de los Gobiernos, pero hay que reconocer que la cantidad de personas con un título u otro es tan elevada que resulta por lo menos complicado pensar en un sistema donde todos y cada uno de estos profesionales trabajen en su campo especializado. Las plazas de investigación hoy en día son poquísimas, y casi todas a tiempo determinado, generalmente tres o cinco años. Poco tiempo para diseñar una estrategia de investigación seria, y menos para organizarse la vida. Hay muchísimas más plazas como docente universitario, que además a menudo son a tiempo indefinido, aunque con condiciones laborales pobres. Así que el neocientífico que aguanta en las instituciones académicas al final acepta una plaza para enseñar en algún rincón del mundo. Entonces, vuelve a entrar en el sistema de producción de clientes-estudiantes, hinchando el mismo mecanismo que le ha atrapado. Es decir, uno que no ha conseguido trabajar como investigador por falta de oportunidades en el mercado laboral acabará formando más investigadores. Más investigadores que, cuando llegue su turno, no conseguirán investigar, y trabajarán como docentes para formar a más investigadores. Por ejemplo, no hay espacio para un bioquímico, entonces lo metemos a formar más bioquímicos. No necesitamos a este antropólogo, pues lo metemos a formar más antropólogos. Conociendo la relación numérica profesores-estudiantes es fácil calcular el coeficiente exponencial, y ver a Malthus esperando detrás de la esquina. La burbuja. Claro está, a corto plazo todos contentos: la universidad unta los engranajes, el investigador encuentra algo provisional, y el estudiante disfruta del landscaping. Pero no nos engañemos: no va a aguantar para siempre. En nuestros sistemas democráticos hay que seguir manteniendo garantías y derechos a todo el colectivo, incluso —y sobre todo— cuando las cosas se ponen feas, lo cual puede llevar fácilmente al colapso cuando se pasan ciertos umbrales de compatibilidad.

En todo esto, los investigadores quieren ser científicos exitosos, profesores aclamados, gestores productivos, de paso divulgadores de renombre y —por qué no— también padres ejemplares. Se lo exigen las instituciones, es lo que espera de ellos la sociedad y, al fin y al cabo, es lo que reclaman ellos mismos en nombre del derecho a la utopía. Pero el tiempo es el que es, y es el mismo para todos. Y el tiempo no se compra ni se vende, solo se pierde o se aprovecha. Todo el mundo se queja de que entre enseñanza y administración no queda tiempo para investigar, aunque nadie (o pocos) toman la decisión de oponerse al bucle y enfrentarse a las consecuencias de cantar fuera del coro. A menudo se pasa más tiempo pidiendo dinero que ocupándose de la investigación consecuente, y hay muchos más controles para acceder a las financiaciones que luego para averiguar si a la inversión se le ha dedicado un compromiso oportuno. Es un modelo de investigación donde el factor limitante no es el dinero, sino el tiempo. Y mientras el primero hincha la burbuja y seduce a educación y conocimiento, el segundo se agota. Para los que tenemos solo una vida, meterse en este hoyo puede ser una apuesta desde luego poco recomendable.

En resumidas cuentas, la investigación y la universidad se están agrietando entre los mecanismos del mercado, el valor de los investigadores y de los docentes se mide con su potencial de venta, y nadie parece tomar una posición contraria a esta tendencia. El valor se mide en el instante, y nadie lleva la cuenta para previsiones a largo plazo. Cómplice a menudo es el negocio de la información, que con excelentes recursos mediáticos tapa los efectos secundarios y, de paso, monta un ameno circo popular para vender noticias, subiéndose al carro carroñero y aprovechándose del tácito acuerdo entre el sistema académico y el económico. La empresa ha colonizado la ciencia.

A lo mejor es que hay esperanza en que todo se arregle, que una fuerza positiva estabilice esta situación con una solución buena para todos, para seguir fardando en las redes sociales y presentando la vida de un científico con colores agradables y entretenidos, como la historia de un intelectual divertido y majo que cuida y protege los secretos de la vida. Pero, como todas las esperanzas, esta también tiene, estadísticamente hablando, escasa probabilidad de ocurrir. Si no cambia el rumbo, lo más probable es que la burbuja explote y perjudique a quien se encuentre en su entorno. Y, en este caso, no arrasaría solo a los círculos económicos, con sus crisis y sus colapsos que ya conocemos muy bien, sino también a los pilares culturales, cuyas heridas y cicatrices, lo sabemos de sobra, tardan mucho más en recuperarse, a menudo teniendo que pasar por terapias de choque históricamente muy pero que muy dolorosas.

Por supuesto, no todo son pegas. Es indudable que estamos alcanzado un nivel de escolarización y de formación muy elevado, y es razonable pensar que, aunque la calidad esté lejos de lo que sería deseable, la cantidad sigue siendo un factor importante, decisivo. El número de personas que hoy en día tiene acceso a una formación académica es sumamente más alto si lo comparamos con la situación de hace solo medio siglo, y esto es un hecho. Lo mismo pasa con la investigación, y aunque haya graves problemas estructurales, en los últimos años se han hecho inversiones que han permitido a muchos países subirse al carro de la ciencia. Lo que no podemos todavía saber es si estas ventajas compensarán, a largo plazo, los riesgos asociados con una gestión impropia de muchos recursos. Las armas más potentes son también las más peligrosas, y bien sabemos que quien vuela alto se arriesga a caer muy lejos.

Las burbujas son rápidas, no reparten dignamente ganancias y pérdidas, y embaucan a la luz del día protegidas por el manto de un eterno «ya veremos». El libre albedrío otorga la responsabilidad de las propias decisiones, pero también la libertad de elegir, e incluso el legítimo derecho de equivocarse. Pero atañe al individuo, no a las instituciones que, en cambio, tienen el deber moral de evitar una estrategia patentemente nefasta. Es decir, el individuo que elige mal puede que sea sencillamente incapaz, pero, si el fallo es de la institución, las únicas alternativas son incompetencia profesional o corrupción de los objetivos. En el caso de los individuos, puede que haya torpeza, pero en el caso de las instituciones solo puede haber culpabilidad, una culpabilidad que se intenta enmascarar generando algo llamado esperanza: un engaño viejo como el mundo, inventado por el poder.


Luz Rello: «Hay quien se ha subido al barco de la dislexia por aquello de que está de moda ser diferente»

Fotografía: Jorge Quiñoa

Apenas hemos puesto el pie en el piso que Luz Rello (Sigüenza, 1984) habita en la Villa Olímpica de Barcelona y ya nos recibe un abrumador despliegue de actividad frenética y agradable calidez. A pesar de ser una de las mentes investigadoras españolas más brillantes del momento y de haber recibido importantes premios como el Princesa de Girona, Luz muestra una cercanía y una humildad fuera de lo común. A lo largo de toda la entrevista no deja de gesticular, de reírse, de observar y de transmitir una arrolladora pasión por lo que hace mientras tratamos de seguir el hilo de sus reflexiones. Ese entusiasmo contagioso por la investigación sin duda la ha ayudado a colocarse en el importante lugar que ahora ocupa en el campo del abordaje y tratamiento de la dislexia.

Confieso que me ha llevado dos días leerme tu currículum entero, pero hay algo que me ha llamado mucho la atención. ¿Cómo una niña con dislexia acaba sacando una carrera como Lingüística?

Acabo estudiando Lingüística porque yo de pequeña quería dominar el lenguaje. Al principio me puse a aprender de memoria todas las palabras que había haciéndome listas, pero luego me di cuenta de que era imposible; la sensación que tenía era que el lenguaje no tenía un orden, que era aleatorio y arbitrario. Cuando tenía unos once años descubrí un libro editado por la RAE que se llamaba Ortografía, así de sencillo. Recuerdo que estaba en la Casa del Libro con mis padres y les pedí que me lo compraran. Entonces me leí el libro entero e hice un resumen completo. Me hice fichas en papel de colores de todas las reglas y excepciones, y me las aprendí. No tardé tanto en hacerlo, un par de meses, y ahí descubrí —el primer gran descubrimiento que he hecho en mi vida— que el lenguaje tenía sentido y que se podía modelizar entero. Que todo el mundo lo sabe, pero yo me sentí una investigadora en aquel momento. Veía las flexiones verbales, la morfología y todo eso me empezó a fascinar. Y, a pesar de que se me da fatal —y se me sigue dando mal, sigo escribiendo con faltas de ortografía—, ahí me convertí en una amante del lenguaje, cuando descubrí que no era caprichoso, sino que tenía un orden casi matemático.

Cuando estudiaba Lingüística había una asignatura que se llama Procesamiento del Lenguaje Natural. Es un área de la inteligencia artificial que se dedica al lenguaje y que está en casi todo lo que utilizas; en el WhatsApp, cuando te aparece texto predictivo, hay un modelo de procesamiento de lenguaje natural, en traducción automática, reconocimiento de voz, síntesis de voz… En todas estas herramientas del lenguaje que utiliza la informática. En el fondo se trata de elaborar modelos matemáticos detrás del lenguaje para comprenderlo y modelizarlo. Esto me deslumbró, vi el nombre de la asignatura y pensé: «Esto es lo mío». Me encantaba la tecnología, aunque no tenía ni idea. Pero yo sabía que me gustaba, así que empecé a estudiarlo, conseguí una beca de La Caixa para el primer máster que había de Programación del Lenguaje Natural en Inglaterra —en España no existía—, me fui allí y tuve que aprender a programar como pude.

Aprendiste a programar tú sola.

Sí, porque el máster era una mezcla entre programación y lingüística, que fue lo peor. Que para mí fue francamente duro: tuve que aprender a programar y estuve muy sola dos años en los que no hice nada más que trabajar, porque además me daba miedo perder la beca. En resumen, una maratón de dos años de trabajo. En realidad, igual que estos últimos, pero era la primera vez que me enfrentaba a algo así en solitario. En esa época me arrepentí muchas veces de no ser ingeniera, no te puedes ni imaginar. Y además en inglés… Eso fue la muerte negra. Sin embargo, me fascinó hasta tal punto que mi primer trabajo fue como lingüista en una empresa de procesamiento del lenguaje natural. Estuve de becaria en Madrid desarrollando una ontología —estructura semántica del lenguaje— con todo el diccionario de la RAE. Me he leído el diccionario entero y he hecho una estructura semántica de él. Tardé cinco horas al día durante cinco meses. Por cierto, que dicen que tiene cien mil palabras, pero solo son ochenta y cuatro mil; ahora, cuando conozco a algún académico de la RAE, le digo: «Anda, pues, yo me he leído tu libro», y creo que nadie se lo cree. El caso es que me convertí en una amante del lenguaje. Lo que más me fascina son esas estructuras internas que hacen que sea humano y no un lenguaje de máquinas o animal. Todas estas experiencias me han resultado muy útiles para diseñar las herramientas que hemos desarrollado.

Supongo que de ahí viene el doctorado en Ciencias Computacionales que tienes.

Sí, vino después del periodo en Inglaterra. Al acabar ese máster empecé a plantearme que se podían hacer cosas útiles, que realmente lo que haces puede servir para algo. Por entonces no había pensado en estudiar nada sobre dislexia, que durante todo ese tiempo era mi mayor secreto: lo había superado y no se iba a enterar nadie nunca más. Empecé a investigar sobre modelizaciones del lenguaje, sobre cómo sacar patrones generalizables a partir de modelos matemáticos. Desde mi infancia hasta los veintitrés años estuve absorbida por esto, que era mi área de investigación. De hecho, al principio mi doctorado iba sobre este tema. Habrás leído en otros sitios que mi supervisor, Ricardo Baeza-Yates —que ahora está en Estados Unidos y era vicepresidente de Yahoo Investigación—, se dio cuenta de que yo tenía algún problema, así que le dije: «No pasa nada, he llegado hasta aquí y voy a sacar esto adelante». Pero le tuve que confesar mis dificultades: que no era despistada, ni era dejadez, sino que yo tenía dislexia, pero que no supondría una barrera. Y me planteó que, si conocía este problema, lo había superado y había estudiado lingüística e informática, ¿por qué no utilizarlo para ayudar a personas como yo? Así que no fue mi idea, se le ocurrió a otra persona. Queda muy bonito en las entrevistas, porque parece que esté cerrando un círculo o algo así, pero para nada, no hay ninguna magia en esto. Me pareció muy buena idea y cambié el tema del doctorado; apliqué todos los análisis que habíamos hecho —porque estaba todo ya en las herramientas— para ayudar a personas con dislexia. Este giro empezó en 2010.

Y después acabas en Estados Unidos.

Esto fue una historia muy bonita. El doctorado supuso cuatro años de trabajo a tope; Ricardo dio con un tema con el que sabía que yo no iba a descansar, que esto es lo bueno de un director de tesis. No paré en todo ese tiempo, pero fue fascinante porque acabó en aplicaciones que, aunque actualmente no se mantienen, son la base de lo que vino después. Desde un punto de vista de investigación nos fue muy bien, ganamos varios premios y publicamos mucho. Al principio todos pensábamos que no iba a publicarse nada porque, como era un área entre dos disciplinas, publicar es muy complicado. Científicamente hablando, es mejor tener un ámbito muy bien definido, en el que vas avanzando sobre lo que hay hecho. Pero, cuando es muy nuevo, es muy difícil publicar. Y entonces apareció en mi vida mi segundo jefe —he tenido mucha suerte con mis jefes—, que se llama Jeff Bigham y es un genio. No pienses en nadie mayor, solo tiene dos años más que yo, pero es de estos estadounidenses que sobresalen muy jóvenes. El caso es que me invitó a Carnegie Mellon antes de acabar el doctorado para ofrecerme trabajo y hacerme un poco la pelota: «Mira, esto es maravilloso, quédate a trabajar con nosotros». Al principio no sabía qué hacer, si quedarme en España o qué. Había pedido una beca y no me la dieron. Podría haberme ido a trabajar en la industria, porque eso en informática es normal, entrar en las grandes empresas y trabajar por mucho dinero y te olvidas de la dislexia. De hecho, se me pasó por la cabeza tras tanto tiempo de trabajo tan intenso, pero al final veía que no podía mirar para otro lado, ahora que empezábamos a tener resultados que podían ayudar de verdad a los niños. Así que decidí que tenía que llegar hasta el final. No es por cerrar un círculo, en serio, es simplemente por una injusticia social que quiero solucionar. 

Cuando estuve en Carnegie Mellon me enseñaron el laboratorio y era increíble, es el departamento de informática más grande del mundo. Un campus tecnológico entero: una especie de cancha de baloncesto gigante llena de drones volando, un laboratorio de robótica inmenso… Los robots que ahora hay en Marte o la aplicación Duolingo se han desarrollado ahí, es un ambiente alucinante. Así que le pregunté a Jeff qué tenía que hacer a cambio, si publicar veinte papers al año o algo parecido. Y me respondió: «Just keep doing amazing things». Tenía carta blanca para investigar.

Pensé que quizá en ese entorno podía hacer pruebas muy complicadas, como intentar detectar dislexia a través de la informática, aunque no sabía ni cómo hacerlo. Porque cuando estaba aquí, de las evaluaciones que hice… Para que te hagas una idea, las tabletas las pagué yo con mi beca de doctorado. Y cuando llegué a Estados Unidos —bueno, ahora hasta mi abuela tiene tableta—, allí disponen de unos recursos enormes. Así que acepté y hasta hoy, que han pasado otros cuatro años.

Te me vas adelantando, porque te iba a preguntar si los Estados Unidos eran el paraíso del investigador o hay algo de mito. ¿Qué diferencias encuentras con la investigación europea o española?

Es el paraíso del investigador, pero no de la persona. Hay que decir que donde yo he estado, Carnegie Mellon, no es Estados Unidos, sino su élite. Hay muchísimas universidades; si buscas «top computer science department» en Google, te sale el primero al mismo nivel que el MIT, así que es una burbuja dentro del país. Yo he estado en España muy a gusto, aunque creo que fue una excepción; en la Pompeu Fabra tuve un director excelente y la libertad total de hacer lo que quise, pero eso tampoco es lo normal. En mi caso creo que la diferencia ha sido de recursos. En Estados Unidos el límite lo pones tú: lo que quieras sacrificar de tu tiempo y de tu vida. Allí pasas durmiendo en el laboratorio una semana y no pasa nada, al contrario, te van a aplaudir. Y aquí digamos que, si resaltas un poquito, igual no caes tan bien. Allí se fomenta que te vaya bien; es una competición sana. Te picas con tus colegas de laboratorio, pero estáis ahí a ver quién lo hace mejor. El investigador de al lado saca el Duolingo y llevan dos años los primeros en el App Store, y piensas: «Tenemos que conseguir lo mismo con Dytective». Pero es sano, te dices: «Pues muy bien, enséñame cómo lo habéis hecho, porque yo también quiero que mi app esté en el top five». Es otro tipo de competición.

¿Cuáles han sido las principales dificultades que te has encontrado a la hora de desarrollar tu carrera investigadora?

Un montón, muchísimas. Es que no sé ni cómo explicarlas. Por ejemplo, para montar los primeros experimentos aquí, como solamente había una máquina y estaba ocupada, pues iba a partir de las diez de la noche y me tiraba hasta altas horas de la madrugada montando los experimentos. Y luego, como se usaban durante la semana, citaba a las familias los fines de semana para que vinieran a la universidad. Que como en teoría estaba cerrada esos días, necesitaba unos permisos especiales: tenían que venir los de seguridad, la gente con su DNI… un follón. Los participantes en los estudios se preguntaban si estaban entrando en la NASA o qué. Y con los guardas de seguridad, como estaba por allí hasta las mil, pues nos hicimos colegas para siempre. Hablábamos mucho, era gente muy maja. De hecho, participaron en nuestra investigación como grupo control, porque ya que estaban allí todo el tiempo les pregunté si les apetecía participar. 

Qué más dificultades… no sabría por dónde empezar. Los resultados negativos, que son la mayoría. Piensa que tú publicas lo que funciona, pero para llegar hasta ahí tienes que descartar mucho, aprender a ser flexible y muy humilde, porque la mayoría de las veces tu hipótesis no es lo que piensas. Eso es una cualidad de la dislexia, desde pequeño esto de la humildad ya lo tienes bien cuadrado. Sabes que te puedes confundir y desarrollas una tolerancia a los errores que no es habitual. Ahora me doy cuenta. En los laboratorios en los que he trabajado la gente se equivoca y lo pasa mal. A mí ahora me va muy bien, pero como llevo suspendiendo la mitad de mi vida estoy acostumbrada. ¿Que no me ha salido? Pues a otra cosa. Es resiliencia, una tolerancia a los errores que veo que los investigadores que no se corresponden con mi perfil, sino que han sacado siempre muy buenas notas y que siempre han sido muy buenos e inteligentes, no la tienen, no los aceptan bien. Creo que eso es una dificultad, el tener que haber probado mil cosas antes de encontrar algo que funcione.

Por último, está la parte personal, porque mudarse a los Estados Unidos un sitio cuya temperatura en invierno es de -20 ºC, muy lejos de casa… En Inglaterra estuve en la UVI en el hospital. Enfrentarte a una enfermedad grave o a una soledad seria, aunque no esté relacionado directamente con la investigación, me ha resultado muy complicado. Esto también son dificultades, porque la vida de investigador tiene unos sacrificios. 

¿Y lo más satisfactorio que te has encontrado hasta ahora?

Tres momentos distintos. En todos me puse a llorar. Yo no sabía que una podía llorar de felicidad, no creía que eso fuera verdad, cuando lo veía en las películas pensaba que eran unos flojos, pero me ha ocurrido varias veces y solamente con investigación. La primera vez ocurrió cuando probamos el método de DytectiveU —en ese momento se llamaba Piruletras— en una evaluación longitudinal en Barcelona en el colegio L’Estonnac. Pasando los datos para ver los resultados, vimos que los niños habían mejorado significativamente en su ortografía. O sea, que funcionaba, que no era un parche que mejorase un poquito la lectura o la escritura como tecnología asistida. Es que estaban mejorando de verdad, con un método que además nos lo habíamos inventado. Esta fue la primera vez que lloré de felicidad, es un momento que si no se vive no te lo puedes imaginar.

El segundo fue con el método de la detección, que además fue muy emocionante porque, a medida que teníamos más datos, la precisión del algoritmo subía. Al final conseguimos ir a la televisión y a un montón de sitios a pedir participación ciudadana, la conseguimos y cada vez obteníamos mejores resultados. Hasta el día en que Miguel Ballesteros, que es el que diseñó el algoritmo de las redes neuronales de Dytective, anunció: «Hemos llegado a un 80% de efectividad». Estaba nevando en Carnegie Mellon, hacía un frío horrible y estábamos todos los del equipo principal y mi jefe. Fue un momento… como descubrir una vacuna. Me fui corriendo a la oficina de patentes —ya había aprendido la lección con Piruletras, que se quedó sin patentar— y luego ya lo pudimos celebrar.

El último ha sido hace nada, unas tres semanas. Hemos recogido todos los datos de Dytective y DytectiveU, todos los patrones lingüísticos desde mi infancia, todos los análisis de errores, miles de ellos. Esto lo hemos metido en un método para hacer una evaluación longitudinal en cuatro colegios de Madrid —Liceo Cónsul, Nuestra Señora de las Nieves, Sagrado Corazón y Lope de Vega—. Hemos pasado unas pruebas pretest y postest con dos diagnósticos externos hechos: ciento doce niños en seis meses, con dos grupos de control. Ambos grupos tienen sus orientadores del colegio, pero el experimental probaba DytectiveU durante ocho semanas, cuatro sesiones de quince minutos por semana y los niños que jugaron con la aplicación tienen resultados significativos en varias áreas y en el índice de dislexia frente al grupo de control. Es decir, que son de alguna manera «menos» disléxicos.

Son resultados impresionantes. Acabamos de enviar el paper y estoy muy emocionada, porque esto funciona. Además, con pruebas externas, ni siquiera hemos recopilado los datos nosotros, que es lo que suele hacerse. Yo quería hacer una comprobación de verdad. Quiero que funcione. No se trata de publicar por publicar, ya he publicado mucho. Tú has visto mi currículum, me da igual. Bueno, quizá para España no he publicado suficiente [ríe]. Me propuse que este año solo quería publicar uno: este. Con esto estuve llorando una semana.

¿Cuál es la importancia de este estudio respecto a los otros?

Eran resultados tan buenos que estuvimos revisando que no hubiera sesgos, mirando resultados de muestras parciales… Ten en cuenta que en esto yo solo analizo los datos, no he podido intervenir en meter ni quitar un solo participante en los colegios, ni los conozco. Lo mejor de esto es que, cuando tú tienes dislexia, normalmente te machacan en lo que eres malo: en la lectura, escritura, etcétera. Sin embargo, este método se basa en tus errores, pero también en tus fortalezas (un total de veinticuatro habilidades). Este es el quid de la cuestión. Lo que hemos hecho es mapear cada ejercicio con cinco o seis habilidades cognitivas y, si tú lo haces peor que la gente de tu edad en estos ejercicios determinados —memoria de trabajo, procesamiento visual, etcétera—, entonces te apretamos ahí, pero si tú eres excelente en memoria auditiva, por ejemplo, te ponemos unos ejercicios mucho más difíciles para que te conviertas en el rey de esta habilidad. Básicamente, queremos que los niños que mejoran sean superhéroes de algo. Es como superar la dislexia desde lo bueno, no solo desde lo que te hace falta.

¿De dónde sacaste esta idea de centrarte en las fortalezas?

Me inspiré para esto en mi mejor amiga de Pittsburgh, Chieko Asakawa (IBM Fellow), que es ciega. Vi que andando por Pittsburgh yo me perdía y ella no. Me pedía que la llevara a casa, y cuando lo hacía me decía: «Te has pasado de calle». Pero, vamos a ver, con todo el cariño, ¿quién es la vidente aquí? El caso es que tenía razón, así que me preguntaba cómo lo hacía. Me dijo que tenía un mapa en la cabeza y me di cuenta de que auditivamente se había entrenado para discriminar mejor. Un día cenando en un restaurante, al parecer había botellas debajo de la mesa, que alguien las habría dejado allí, pero ninguna de las dos lo sabíamos. Yo le di con el pie a una pero no noté nada, y Chieko me dijo: «Hay botellas debajo de la mesa». Veía más ella ciega que yo vidente. Entonces, inspirándome en Chieko, llegué a la conclusión de que a los niños disléxicos teníamos que entrenarlos en lo que son buenos. Y estos son los resultados. Este es el tercer momento más feliz de mi vida.

Tu nombramiento como mejor investigadora joven de Europa. ¿Te ha supuesto algún cambio en tu carrera?

Yo sé que todo el mundo piensa que los premios son maravillosos. Este fue el primero grande que recibí y para mí fue casi una presión. Porque de repente todo el mundo esperaba mucho más de mí. Antes me invitaban a dar charlas sobre mi investigación, las daba y ya está. Pero no es lo mismo darla como una estudiante de doctorado que «Luz Rello, mejor investigadora europea joven de 2013, te va a dar una charla». Todos están esperando a ver qué les cuento. Eso para mí fue más presión.

También de los colectivos de dislexia, las familias y las asociaciones. Se esperaba que lo que hiciéramos fuera muy bueno y ayudáramos de verdad, así que sin intención acababan ejerciendo más presión. Había unas expectativas brutales. Imagínate, tú estás en tu laboratorio y de pronto un día sales en toda la prensa. Lo viví fatal, las semanas que estuve en prensa no dormí nada. Supongo que hay quien lo lleva bien y le encanta salir en sitios, pero yo no. Es que la dislexia es un problema social, no es algo teórico; cuando una familia con un hijo disléxico lee eso, está esperando que le des una solución para él. Al día siguiente de una noticia en El País tienes cien correos de gente contándote detalladamente los problemas de sus hijos. Para mí fue una presión brutal. Creo que el primer premio que disfruté fue el Princesa de Girona, que vino como cuatro años después, pero los primeros fueron un estrés. Sabemos que estamos por el buen camino, pero las expectativas se disparan. Los premios son un arma de doble filo.

Más allá de los típicos chistes y los mitos populares al respecto, ¿en qué consiste exactamente la dislexia?

Está discutido. La definición estándar es la del DSM-V: una dificultad específica del aprendizaje que afecta a la lectura y la escritura. Pero, en realidad, la dislexia afecta a muchos más ámbitos. Dependiendo de cómo la estudies, se define de una manera u otra. Desde el punto de vista de la neurobiología, te van a explicar las áreas del cerebro que se activan y te van a decir que afecta al funcionamiento cerebral. Si lo estudias desde la genética, te dirán que está en un gen —se están peleando ahora por encontrarlo, aunque parece que son varios genes que están interrelacionados, es más complicado—. Desde el punto de vista de la psicología, es un problema de autoestima, de depresión… Desde la logopedia, que es una manera diferente de aprendizaje. Desde la psicología o la lingüística, es una patología del lenguaje. Pero desde la informática, nosotros cogemos los datos y el origen nos da lo mismo. ¿Que trabajar a partir de los datos que tenemos hace que mejoren? Pues perfecto. Nos da igual de dónde viene, somos un poco zafios porque no vamos al origen —la nuestra no es una investigación de fondo— sino que extraemos patrones a partir del análisis de un montón de errores.

Debe ser bastante angustioso y complicado para un niño comprender que tiene un problema así. ¿Cuándo te das cuenta de que algo no acaba de funcionar como debería?

Cuando eres pequeño y tienes dislexia no te das cuenta. Lo único que asumes, porque has tenido la desgracia de serlo, es que necesitas más tiempo que el resto y tus resultados son peores. Llegas a la conclusión de que eres más tonto que el resto. Y como hayas tenido la mala suerte de dar con gente que no sabe lo que es, que es lo más común, te lo van diciendo. Yo no creo que haya estado más concentrada en mi vida que en el colegio y aun así me decían que era una despistada. Cuando eres niño y te dicen esto, te lo crees. No tienes la capacidad crítica de decirte: «Es el resto el que se equivoca». Yo creo que, de todas formas, la situación es mejor ahora. Que la dislexia se está empezando a normalizar y a ver como una característica de la persona, que, vale, hay que trabajar el doble porque tienes que salir adelante. Ahora bien, te lo tienen que decir, un niño no lo descubre por sí solo. De hecho, es que no ves que es un problema de lectura y escritura; solo que no sacas buenas notas, pero no sabes por qué. 

¿Cómo es el día a día de una niña con dislexia en el colegio?

Te voy a contar una anécdota para que te hagas una idea. El día que yo supe que la vida iba a ser un desastre fue en segundo de preescolar. Estábamos todos en círculo colocados y teníamos una cuartilla en la que había cuatro figuras con una palabra cada una. A cada niño le tocaba leer una. Yo vi que me iba a tocar y decidí que lo iba a practicar para hacerlo bien. Aunque veía las letras perfectamente, no era capaz de cuadrar con lo que quería decir la palabra. Vi que había cuatro, hice la cuenta de la que me iba a tocar y me aprendí lo que decía la chica anterior con la misma palabra que yo; ella dijo «pato», yo dije «pato» y la profesora no se dio ni cuenta. Pero ¿qué piensas tú ahí? Que todo el mundo es superlisto, esto es trivial, pero yo no puedo. Me he tenido que inventar un método para intentar ser como el resto. Y así te pasas toda la infancia, que nadie note que tienes un problema, porque el ser humano se adapta de una manera brutal. Eso es lo que vas haciendo, creando estrategias de compensación. Ese fue el primer día de mi vida que pensé que era tonta, y tuve la impresión de que el resto de mi vida iba a ser horrible. El día a día de una niña en la escuela es ese, despistar. Te dicen que tú estás despistado… pues no, lo que tú haces es despistar al resto, que es la frase que les decía a los niños.

¿Te alivió cuando descubrieron lo que te pasaba?

La verdad es que no lo recuerdo bien, no te puedo decir algo nítido de esto. Yo tenía que ir a clases de apoyo —no estaba tan bien montado como ahora— y me entristecía. Pero al mismo tiempo, como ya no tenía muchos amigos y así no tenía que socializar en el recreo, pues casi mejor. No lo recuerdo ni bien ni mal, no me supuso un cambio. Mi problema era que sacaba malas notas y lo quería superar. Tenía como otras obsesiones, si ahora tenía que ir a clases de apoyo, pues iba. A otros niños les ha cambiado la vida saber que ya no son tontos. Pero como a mí no me lo explicaron bien, solo me comentaron que creían que tenía dislexia y me tocaba ir a refuerzo, y nadie me contó nada más… a ver, sí que cambió porque con aquellas clases empecé a aprobar con mucho trabajo y evité el fracaso escolar, pero no me acuerdo ni de cómo me lo dijeron.

El que sea lo primero que se enseñe a los niños de los colegios de todo el mundo parece que puede dificultar comprender el hecho de que leer y escribir no son procesos sencillos en absoluto. Aparte de que suponga aprender a construir abstracciones con códigos y reglas arbitrarios. ¿Crees que se minusvalora la dificultad del aprendizaje de la lectoescritura?

Totalmente. Se minusvalora, y además esto lo explico desde el punto de vista lingüístico. Ahora mismo, ¿cuántas lenguas crees que hay en el mundo? Pues son unas siete mil. Ten en cuenta que muere una lengua cada quince días, ya que la mayoría se hablan en pequeñas comunidades. De estas siete mil, los humanos llevamos hablando en modalidad oral desde hace cien mil años que se sepa —se discute que el neandertal pudiera hablar, pero nunca lo sabremos—, y la modalidad escrita solo se da desde hace unos seis mil años, desde las tablillas de Uruk. La oral es una modalidad natural: cuando naces el cerebro ya está cableado para adquirir un lenguaje. Y la escrita no, es aprendida. Es artificial y va por otro lado. De estas lenguas, ¿cuántas se escriben? La mayoría son solamente orales, tenemos dos tercios de lenguas solamente orales, aproximadamente. Las que tienen alfabeto son aquellas en las que puede aparecer dislexia. Llevamos unos siglos, desde la Ilustración quizá, en que el medio de transmisión y adquisición de conocimientos es el escrito. En el colegio el medio de demostrar conocimiento es también ese, entonces se le da muchísima importancia. Yo soy optimista y creo que cada vez se le va a dar menos.

¿El hecho de que se incorporen a la escuela nuevos lenguajes audiovisuales puede favorecer la integración escolar de niños con dislexia?

Esto para los niños es lo mejor. Uno de los aspectos importantes para alumnos con dislexia en las escuelas, como pauta, es que por ejemplo no solamente hagan exámenes escritos, sino también orales. Que tengan en cuenta más situaciones visuales y no solo las escritas. Esto ha ido mejorando, yo se lo digo a los niños: «No sabes la suerte que tienes de haber nacido en la era digital». Ahora tienes tu pdf, te puedes poner los textos como quieras, los puedes oír, ponerlos grandes… esto ha revolucionado la dislexia. Cuando has nacido en la era digital tienes mucha ventaja.

Cuando se da el caso de una niña al borde del fracaso escolar, que después tenga tu carrera profesional, toca plantearse si la escuela está fallando en algo esencial.

Es muy serio. Y lo más sorprendente es que mi historia no es nada especial. Yo pensaba que sí, pero cuando llegué a la investigación con dislexia empecé a conocer a un montón de niños que venían al laboratorio y me contaban su experiencia. Es que se repite en todos los colegios a los que iba. Aunque no todos lo hagan, los disléxicos han de trabajar mucho, no te lo dan todo hecho. Una habilidad que te da la dislexia es que, como ya estás acostumbrado a esforzarte tanto, tienes el hábito de trabajo y la cultura del esfuerzo integrados, que al final son un don que te llevas para tu vida, no como sacrificio sino como ventaja.

¿Cuáles son las principales dificultades para detectar una dislexia?

Pues la dificultad principal son los disléxicos en sí. Como desde pequeños somos especialistas en despistar y pasar desapercibidos, nos dedicamos al camuflaje. Para el libro que estoy escribiendo he tenido que entrevistar a personas disléxicas reconocidas y todos me contaban lo mismo sobre esa capacidad de ocultación y adaptación para sobrevivir. Es que nadie te señala que eso no lo tengas que disimular; nadie te dice: «Esto que se note, que parezcas tonto». Vengo de dar una charla en Valencia y se me ha acercado una estudiante de Magisterio al final —estas charlas son geniales, porque estos profesores luego son los que cambian el mundo; si no se cambia la educación, no vamos a ningún lado— y me cuenta que le han diagnosticado dislexia en tercero de carrera, cuando estudiaba sobre la dislexia. A lo mejor si se lo hubieran detectado antes habría sacado mejores notas. Esto pasa mucho.

Entonces, la detección temprana es importante.

Es crucial, por mil motivos. Porque sin conocer el problema no lo puedes solucionar; cuanto antes lo sepas, antes podrás solucionarlo y lo resolverás mejor. Quizá, si me lo hubieran detectado muy pronto, a lo mejor hoy no tendría faltas de ortografía, no lo sé. Pero lo que veo es que cada vez se hace mejor, se detecta antes y creo que hay niños, incluso ahora ya adolescentes, a los que la dislexia ya no les supone nada. Otros a los que sí, por supuesto, pero la detección temprana es crucial.

Se ha popularizado bastante el concepto de plasticidad cerebral, y se sabe que las redes neuronales siguen creciendo y desarrollándose hasta edades bastante avanzadas. En este sentido, ¿qué pronóstico tiene una dislexia? ¿Se puede llegar a eliminar?

Esta es la pregunta del millón, no solo se la hacen los periodistas, sino también las familias. Y la respuesta del millón es la siguiente: depende de cómo definas solución o cura. Si lo defines como que las consecuencias de la dislexia no te van a suponer una barrera, definitivamente tiene solución. Si defines la cura como que el cerebro de repente se estandariza y se «vuelve normal» —que ya ves tú, quién quiere ser normal, la normalidad está muy sobrevalorada—, entonces ahí las últimas investigaciones demuestran que, si tú mejoras tu rendimiento, el cerebro se cambia. Por ejemplo, en los niños disléxicos que reciben terapia se ha visto crecimiento en su materia gris, hay unos pocos estudios al respecto.

Yo estuve muy obsesionada con esto, conocí a un investigador muy importante y famoso, John Gabrieli, director del MIT Brain Research Institute. Creo que es la primera vez en mi vida que he sido groupie de alguien, le contaba mi investigación y estaba temblando. Cuando lo pienso, cualquiera que me viera… pero no todos los días conoces a alguien a quien admiras de verdad. Gabrieli ha investigado el funcionamiento cerebral de la dislexia. Me he leído sus artículos, que están en Nature, en Science, y pensaba: «Esto lo querría haber hecho yo». Por entonces acababa de llegar a Estados Unidos y quería hacer algo: yo tenía un método y quería demostrar que los niños mejoraban con esto… no me interesa saber de dónde viene sino si funcionaba o no, como te dije. Entonces pensaba que la prueba definitiva era si el cerebro cambiaba, ignorante de mí. Así que le comenté que quería hacer un experimento con escáner cerebral y me contestó que, si quería, lo hacíamos, pero que medir todas estas variables con escáner cerebral no es posible. Se ven áreas que se iluminan, pero no se puede profundizar al detalle que puedes conseguir en una prueba psicométrica. Me dijo: «Si los niños cambian en las pruebas psicométricas, te aseguro que el cerebro cambia. Porque todas las manifestaciones que se dan son por consecuencia de un cambio cerebral. Tú tranquila, que esto lo medirás con mucha mejor precisión que si miras zonas iluminadas del cerebro». Me quedé a cuadros, cuatro años esperando a conocerle, me vengo arriba y me pone en mi sitio. Me volví a Carnegie Mellon como vine. Me encantó conocerle, da gusto encontrar un investigador tan puntero y a la vez tan humilde. Y ese fue el resumen.

Ahora, con la moda de las neurociencias, parece que hay una tendencia a etiquetarse como «especial». ¿Crees que la dislexia se puede haber convertido, como el Asperger o el autismo, en un símbolo de inteligencia, de «diferencia» prestigiosa? ¿Qué repercusión podría tener esto en el abordaje de este trastorno?

Aquí hay varios aspectos a comentar. Lo primero es que la dislexia no está relacionada con la inteligencia. Punto. Tú tienes tu campana de Gauss con la distribución de los diferentes CI de la población, y los disléxicos están en todas partes. De hecho, en la propia definición de dislexia está reflejado: lo primero que te pasan para detectar dislexia es un test de inteligencia. Si tienes una normal, puede que seas disléxico. Se trata de un proceso largo en el que hay que pasar un montón de pruebas, pero una de ellas es la independencia del CI. Ya me molesta tener que definir lo del CI, pero la idea es que la distribución es normal en los disléxicos, es independiente. Y está demostradísimo.

Otra cuestión es la de estos disléxicos que en realidad no lo son, o no se sabe a ciencia cierta. ¿Quién sabe si Einstein era disléxico? Imposible comprobarlo. Ya puedes buscarlo, que no lo vas a encontrar —yo lo he buscado—, pero todo el mundo dice que lo era. Seguramente es un mito popular. Y cuando eres pequeño lo último que quieres saber es que genios así eran disléxicos, que además no es verdad. Porque, claro, si Einstein era disléxico y yo estoy aquí suspendiendo, es que entonces ya soy inútil del todo.

Después hay otra moda por ahí. Por ejemplo, desde que Steve Jobs dijo que era disléxico (que igual es verdad), en el mundo empresarial y del marketing, como la creatividad está muy valorada, hay quien se ha subido al barco de la dislexia por aquello de que está de moda ser diferente. Al menos en algunas actividades como las artes o el marketing. En investigación ya te digo yo que no está de moda ser disléxico. No, porque escribes peor y entonces ya has metido la pata. De hecho, sí hay disléxicos maravillosos en áreas como el arte, como Lita Cabellut, Javier Mariscal o Kiko da Silva; parece ser que en eso hay algunas fortalezas.

¿La dislexia aparece en solitario o puede combinarse con otras dificultades de aprendizaje?

No, no suele aparecer sola. De hecho, por esta razón también es difícil de detectar. ¿Qué comorbilidad hay de la dislexia? Mucha, pero las principales son el TDAH y la discalculia. En cuanto a porcentajes, aunque está muy discutido, estaríamos hablamos de un 40% de niños con TDAH que también tienen dislexia, si no recuerdo mal. Con dislexia y discalculia debe haber un 18%. La discalculia es menos frecuente, afecta a un 4% de la población, la dislexia de un 5% a un 10%, no está claro. Hemos hecho un estudio con colegios de la Comunidad de Madrid que aún no se ha publicado y nos ha dado alrededor del 6%. Creo que hay mucho interés en darle relevancia aumentando las cifras, pero en el fondo da igual, porque seis niños de cada cien son un montón y es un problema social. 

Existe una gran controversia con trastornos como el TDAH, se ha llegado a plantear su propia existencia debido a la falta de marcadores neurológicos. ¿Esto con la dislexia puede pasar? ¿Hay pruebas neurológicas concretas o no es necesario?

Las hay, pero no son necesarias. Y yo creo que no son ni recomendadas. Al menos, yo no las haría, porque ponte en la piel de un niño. Lo último que quieres a esa edad es que te hagan un escáner cerebral. Si ya es duro que te diagnostiquen, imagínate meterte dentro de la máquina. Los diagnósticos ya funcionan bien y hacen innecesaria la prueba. Que además es carísima, y hay un negocio montado alrededor que no te puedes ni imaginar. Sé que me arriesgo al decir esto, pero, en paralelo, recibimos muchos mensajes de gente maravillosa que nos lo agradece, así que esto compensa. Si puedo ayudar a estos niños, me da igual tener que comerme estos marrones. Hay mucha gente que estos tratamientos no se los puede pagar.

En cuanto a su existencia, puedes encontrar artículos de neurobiología publicados en las mejores revistas científicas con pruebas realizadas a multitud de personas —con o sin dislexia— y está demostrado que tiene un origen neurológico. Es indiscutible. En ciencia nunca se puede decir, pero tendría que haber algo muy grande para que los hallazgos fueran debidos a otra causa. Pero es verdad que hay gente que no se lo acaba de creer.

¿Crees que hace falta más divulgación sobre este problema?

Es muy difícil que yo pueda valorar esto, porque, al estar tan metida, para mí es el centro del universo. Así que no te lo puedo decir desde un punto de vista objetivo. Partiendo de la base de mi subjetividad, te digo lo que pienso, pero ten en cuenta que estoy totalmente sesgada. Lo primero es que sí creo que hace falta más concienciación. Por ejemplo, en la charla de hoy en Valencia, algunos de los maestros no sabían lo que era la dislexia. Además, maestros maravillosos, que han venido un sábado a formarse, pudiendo pasar una mañana de sábado con un día estupendo en una terraza tomándose una horchata y han preferido estar escuchando a una investigadora. Hablamos de gente comprometida, que tiene vocación y quiere hacer las cosas mejor, y si, de estos, algunos ya no lo sabían… por eso pienso que hace falta. Esta es una de las razones por las que doy entrevistas, a pesar de que me estresa toda esta presión, pero es muy importante hacerlo. Es que cada vez que me sale una entrevista, hay familias que me dan las gracias porque se acaban de enterar de que su hijo tiene dislexia, o que llevan años presionando a su hijo y se dan cuenta de que es disléxico y le quieren pedir perdón… a mí estas historias me dan fuerza para continuar con lo que hago.

De hecho, estoy escribiendo un libro precisamente por eso —porque de un libro uno no vive—, lo que quiero es que haya más concienciación. Hacen falta referentes de dislexia en el mundo hispánico, porque en el mundo anglosajón hay muchos: Steven Spielberg, los actores de Piratas del Caribe, que los tres la tienen, hay ejemplos de personas famosas que la tienen. Spielberg hizo un documental de su dislexia. Y en España esto no ha pasado. Entonces en el libro he entrevistado a quince disléxicos famosos, que no puedo decir quiénes son, pero te sorprenderías. Esto es muy importante, porque en el momento en que empiece a haber gente que no sean investigadores —nadie quiere ser investigador, yo no soy referente de nada, y menos en España, donde, salvo excepciones, no se nos reconoce—, personas que la gente admire, que se sepa que son disléxicos, los niños pueden empezar a pensar que quieren ser como ese actor, este empresario… que tengan referencias admirables cuando eres niño.

Ahora que me hablas de las familias, el hecho de que les digan que su hijo tiene dislexia les debe preocupar. ¿Cómo se lo toman los padres?

Pues depende de los padres, hay de todo. El ser humano es fascinante, realmente es increíble cómo para cada persona resulta muy diferente. Supongo que tiene que ver mucho con la educación que tengan, pero hay padres que se molestan en informarse y no resulta preocupante para ellos; ven rápidamente que no tiene que ver con la inteligencia, que tiene solución si se trabaja y se vuelcan en resolver el problema. Se mueven, buscan métodos, logopedas, y saben que sus hijos no tienen ninguna enfermedad ni deficiencia. Yo a los padres siempre les digo que estén contentos de que su hijo tenga dislexia y no algo más serio. Da gracias, porque se puede solucionar con trabajo.

Luego hay otros padres para los que es más difícil, porque la dislexia está vinculada a un esfuerzo económico muy serio, y tienen la preocupación de no poder atender adecuadamente el tratamiento. Y después hay padres, los menos, que directamente lo niegan. «Mi hijo no tiene ningún problema». Pues lo pasará peor para superarlo, porque tendrá que buscarse las castañas él solo. 

Después hay un aspecto interesante, que es la decisión de los padres sobre si se lo dicen a su hijo o no. Porque yo tampoco soy tan partidaria de decirlo; primero decide si quieres hacerlo. Si se lo dices, se lo vas a tener que explicar muy bien, porque los niños no son tontos, se enteran de todo. Hay que explicarles la verdad: esto es frecuente, es universal, no afecta a la inteligencia, tienes dislexia, vas a tener que trabajar mucho más, pero se puede superar. Siempre con transparencia y con normalidad. O, por el contrario, pues no se lo digas, porque quizá no quieres que tu hijo se sienta etiquetado. «Tienes una peculiaridad y es que te cuesta más la lectoescritura», no hace falta que le pongas el nombre, pero que sepa que va a tener que esforzarse más y fortalecerse en otras cosas. 

Después, entre los niños también hay variedad de respuestas. Los que descubren que son disléxicos y están encantados, pero de verdad, y presumen de ello: hacen presentaciones en clase sobre su dislexia, lo empiezan a dominar y ven que sacan buenas notas… A veces, cuando conozco a niños y saludo a alguno, me responde otro: «Oye, que el disléxico soy yo». Y otros no lo quieren decir, depende mucho de la personalidad de cada uno. Pero, sea como sea, hay que saberlo, porque es la única manera de solucionarlo.

¿Y qué se puede hacer desde las escuelas?

Con las escuelas lo que me estoy encontrando es mucha diferencia de unas a otras. Las hay que están muy interesadas, que nos han pedido las herramientas y las están utilizando pasando el test a todos los alumnos. Por ejemplo, había una en Santiago de Chile muy humilde; dos ordenadores para mil trescientos alumnos, y se la pasaron a todos los niños. Tardaron igual un par de meses y nos mandaron un vídeo precioso. Luego hay escuelas que son muy elitistas y, si los niños no sacan buenas notas, pues se los quieren quitar de encima lo antes posible para después quedar bien en los rankings y poder decir que sus alumnos son excelentes. No, lo que pasa es que has echado a todos los que no eran excelentes. 

Escuelas que estén utilizando Dytective las hay muy variadas. Tanto públicas, que no sé de dónde han sacado el presupuesto —aunque se pueden pedir becas—, como otras como los colegios de la Fundación Colegio Vizcaya, que es muy innovadora y que lo está probando. Pienso que los colegios están cada día más motivados con este problema. Ahora la Consejería de Educación de Madrid va a ofrecer la herramienta a cien colegios a partir del curso que viene. 

¿Cómo funciona el proyecto de Change Dyslexia? ¿Cualquier escuela o institución puede apuntarse?

Change Dyslexia es una empresa social y nuestra misión es cambiar el statu quo a nivel mundial, y lo de nivel mundial va en serio. De hecho, nuestro test ahora mismo lo han utilizado en cincuenta y siete países en cinco continentes más de ciento treinta mil niños. Esto va a ser una revolución, yo como que aún no me lo acabo de creer, pero las personas que lo ven desde fuera se dan cuenta del cambio; antes nadie sabía de dislexia, y ahora parece que más o menos todo el mundo sabe algo. Estamos visibilizando lo que antes era invisible. En septiembre va a salir un vídeo en PlayGround con unos youtubers que va a ser la bomba, vamos a crear el primer mapa mundial de la dislexia.  Esto lo vamos a hacer con la ayuda de Eduardo Graells en la visualización de datos —su tesis, que la dirige Ricardo, va sobre esto—.

¿Cómo estamos cambiando esto? Superando las tres barreras de la dislexia: la primera, que es una dificultad oculta. Lo llaman así en inglés, hidden disorder. La mayoría de las personas que la tienen no lo saben. Para esto creamos el test gratuito, que además me ofrecieron un dineral por la propiedad intelectual y no lo he querido explotar comercialmente porque quiero que sea gratuito para todos siempre. Este es el compromiso social de Change Dyslexia. Que yo con esto me podría haber comprado esta casa y ocho más, este es mi compromiso personal, realmente es serio. Por favor, que no me arrepienta. Cuando lo usen un millón de niños ya me quedaré tranquila, pero cuando tomé esta decisión todavía no era ni un test. La verdad es que te lo llegas a plantear, pero ya está: para siempre y gratuito. Un test de dislexia científicamente validado con un 80% de fiabilidad, que utiliza inteligencia artificial (aprendizaje automático) y juegos. 

La segunda barrera son las dificultades de lectoescritura, relacionadas con el abandono escolar. Para esto hemos creado DytectiveU que son cuarenta mil ejercicios para que se personalicen en función de las debilidades y las fortalezas del niño. Este método es el que acabamos de validar con la evaluación longitudinal y los niños mejoran significativamente con su terapia. Esto además hace que los niños que llegan desde esta vía vayan a un directorio de profesionales que usan este programa, lo que creemos que además dignifica su trabajo. Porque les está aportando clientes y valor, porque es necesario combinarlo con un profesional para la aplicación del método. 

¿Y la tercera barrera?

La tercera barrera es la socioeconómica, que es la más complicada. Superar la dislexia cuesta un montón de dinero. Yo he preguntado los costes a las familias y, entre diagnósticos y terapia, se van a los cuatro mil quinientos euros mínimo. ¿Qué estamos haciendo? Pues de hecho estamos ofreciendo becas de DytectiveU, casi más que clientes tenemos. La misión de Change Dyslexia es que ningún niño se quede sin su detección y sin su apoyo del tratamiento. Si lo puedes pagar, con esto estamos manteniendo el test gratis y el programa de becas. Y si no puedes, si tú nos demuestras que lo necesitas, te ofrecemos la beca. 

Para mantener las becas, a las empresas que tienen responsabilidad social corporativa (RSC) les ofrecemos un paquete de becas si realizan una donación, y becamos a un grupo de niños y les decimos que ha sido gracias a esa empresa. Esto ya lo hemos empezado, y estamos buscando empresas que quieran becar a niños con dislexia. Somos una empresa social y queremos ser sostenibles, porque de esto no hemos hablado, pero en años anteriores hemos desarrollado muchas aplicaciones que se han acabado muriendo por no haber estructura, ni soporte técnico ni material. Cada vez que había una actualización del sistema operativo de Apple o Android, pues te echabas a temblar. Cuando sacaron los teléfonos más alargados de Apple, nos encontramos con que los gráficos no se veían bien. Se necesita un equipo de atención a usuario, de desarrolladores de software, etcétera.

¿Cómo funciona la aplicación Dytective? ¿Qué tipo de errores detecta?

Pues te la voy a enseñar y la ves tú mismo.

[Se va a por una tablet y me enseña la aplicación, creamos un jugador, lo personalizamos y pruebo algunos de los juegos mientras me sigue contando].

Se plantea en una serie de retos progresivos, como pruebas de nivel. Lo que hemos hecho es analizar errores de personas con dislexia desde 2010, extraer patrones lingüísticos y modelizarlos, porque los disléxicos no cometen errores aleatorios. En función de los patrones hay varios subgrupos de personas clasificadas según fortalezas y debilidades en las veinticuatro habilidades cognitivas que trabaja la aplicación. Mapeando todas esas habilidades cognitivas y teniendo en cuenta los patrones encontrados, lo personalizamos para que salgan esos resultados tan buenos que has visto antes. Yo creo que la palabra que define a la aplicación, después de los resultados, es estimulación. Porque antes decía entrenamiento, pero, vistos los resultados, me quedo con esa. 

Esta aplicación os habrá supuesto todo un esfuerzo de desarrollo más allá de la investigación.

Las primeras aplicaciones, como éramos investigadores, no eran demasiado comerciales. Entonces las familias las usaban porque los hijos mejoraban, pero eran bastante poco amigables, por decirlo suavemente. Así que nos planteamos hacerlo bien.  

Nos han ayudado mucho los propios niños, es como una especie de Candy Crush. Es que hicimos pruebas de concepto con ellos y lo han elegido todo. Los primeros personajes que les presentamos no les gustaron nada, y además te lo dicen muy clarito. Fueron ellos los que nos pidieron los avatares, el diseño de personajes, plantearlo como un camino con mapas… les hemos hecho caso en lo que pedían. La app también genera informes detallados por habilidad, que los puede personalizar la escuela o el centro, que intervienen también en diseñar la aplicación.

¿En qué líneas estás trabajando actualmente?

Estamos trabajando en diferentes lenguas, todo publicado en abril de este año. Queremos intentar identificar la dislexia independientemente del lenguaje, para hacer un screener universal. Como esto lo consigamos, va a ser la bomba. Sería con elementos visuales y auditivos, y aún estamos en fase de investigación, nos queda mucho. Pero imagínate. ¿Que eres indio o eres chino? Da igual, haces el test y te lo detectaría. 

Teniendo esto en cuenta, ¿cuál crees que es el futuro del conocimiento y el tratamiento de la dislexia?

Aquí me voy a tirar a la piscina. Con todos los estudios de genética que están avanzando tanto, yo creo que el futuro será que antes de que nazca un niño vamos a saber si tiene dislexia o no. Lo sabremos mucho antes y podremos trabajarlo desde el principio, desde antes de que adquiera la lectoescritura. Esto es un sueño a un poco más largo plazo, no sé si viviré yo para verlo, pero, como todo va tan rápido, quién sabe. Ahora bien, el futuro inmediato es el detector universal, a unos cinco años vista. A ver si para entonces podemos detectar la dislexia por las fortalezas y no las debilidades, que sería otro futuro. Pero no solo la dislexia, sino en general. Por ejemplo, si tienes TDAH, que te lo detecten porque puedas procesar mucha más información al mismo tiempo. Sería como darle la vuelta a la manera de diagnosticar.

Y otra cosa que me gustaría hacer con la investigación es aplicar el aprendizaje automático al genoma, que no es nada original, porque lo está haciendo mucha gente, pero aplicado a la dislexia. Si tenemos un millón de personas que hacen el test y detectamos dislexia, pues pedirles una muestra de sangre, un pelo o lo que haga falta para crear una base de datos del genoma de personas disléxicas para ponerlo a disposición de investigadores en genética.

¿Crees que habrías podido desarrollar este proyecto igual sin tener dislexia? ¿Tu comprensión del fenómeno es más completa desde dentro o te ha podido dificultar la investigación?

Depende. Para el análisis de los errores me ha perjudicado, porque metía más errores de los que había. Era la paradoja vital, tener que hacer ejercicios y hacerlos mal. Después me venían diciendo: «Es que has metido un error más de los que hay que solucionar». Para eso no me ha ayudado mucho, ni para escribir artículos científicos, claro. Pero en otros aspectos sí, en concreto en cinco.

El primero, la dislexia me ha ayudado a tener resiliencia, en el sentido de seguir intentando e intentando. También en el sentido de tener humildad cuando obtienes resultados malos; la tolerancia al error, que quizá también va ligada a la resiliencia, pero esto creo que ha sido crucial en la investigación. No habríamos llegado donde hemos llegado si no hubiéramos sido humildes y no hubiéramos ido pivotando cada vez que veíamos resultados negativos, que ha sido la inmensa mayoría de las veces. 

Por otra parte, cuando tienes dislexia sabes desde muy pronto que no puedes hacer las cosas tú solo. Desde pequeño sabes que tienes que trabajar en equipo, y en investigación hay mucho ego a veces. Si miras nuestras publicaciones, verás que hay mucha gente implicada, pero aquí todo el mundo trabaja un montón y cada uno ha hecho lo suyo. Creo que esto me ha permitido crear equipos sólidos.

Otra cosa más seria en que me ha ayudado es a entender tu objeto de estudio, que parece una tontería, pero no es trivial. Además, aunque tengas dislexia no la entiendes bien, es un asunto muy complejo. También a empatizar con mis pacientes y, finalmente, a que Change Dyslexia sea social. Porque, si yo no tuviera dislexia, ahora estaría forrada [risas]. Pero, como la tengo, tengo un compromiso con convertirlo en social.

Por último, imagino que no solo has investigado en este campo. ¿Qué otras líneas te interesan o te gustaría trabajar?

He investigado ya otras cosas. La dislexia me apasiona, pero también me he dedicado a otros campos. Mis primeras investigaciones fueron de lingüística, las siguientes tenían que ver con procesamiento del lenguaje natural, en concreto detección de elipsis en el discurso (es decir, las partes de la frase que no se dicen) mediante un programa que utiliza aprendizaje automático (inteligencia artificial) para después completarlas. Esa fue mi tesis de máster: me dedicaba a modelizar el lenguaje.

La última investigación que he hecho que no es sobre dislexia es sobre el impacto de las notificaciones del móvil en las personas. Esto lo hice con Martin Pielot, es muy interesante este trabajo. A él se le ocurrió una idea, porque estaba muy enganchado al móvil y planteó un reto que consistía en estar veinticuatro horas sin notificaciones en ningún dispositivo. Como somos investigadores, nos planteamos el pretest y postest, un grupo de control… todo. Al principio no nos lo publicaban; cuando son propuestas muy novedosas no te lo publican. Pero dos años después volvimos a pasar las entrevistas, y no recuerdo bien si era el 40 o el 60% de las personas las que habían cambiado su comportamiento frente a las notificaciones, y todo por haber pasado únicamente un día desconectados. Esto ha salido en Wired hace una semana, en New Scientist… es una de las pocas investigaciones en que he participado que ha trascendido en prensa y no tiene nada que ver con la dislexia. La investigación, el descubrir conocimientos nuevos me fascina. Si tiene que ver con el lenguaje, me fascina más. Y, si ayudan a la gente, mucho más.


Antonio Damasio: «Cuanto más educados estemos más tolerantes seremos respecto a la gente que no está en nuestro grupo»

(English version here)

Del joven Antonio Damasio (Lisboa, 1944) interesado en ser director de cine al actual neurólogo e investigador experto en emociones hay menos distancia de lo que parece a simple vista. Este científico y escritor siempre ha estado interesado en las humanidades y el estudio de los sentimientos. Cada uno de sus libros refleja este interés que se escapa de disciplinas y que aborda uno de los aspectos más centrales de nuestra humanidad. El error de Descartes, En busca de Spinoza o El cerebro creó al hombre son obras que reflejan una gran pasión por entender de dónde nacen los afectos, emociones y sentimientos que configuran nuestra existencia y nos hacen ser quienes somos.

Aprovechamos la visita de Damasio a España con motivo de la presentación de su último libro, El extraño orden de las cosas, para citarnos con él en La Pedrera y conversar sobre sus múltiples y variados intereses. Cine, literatura, memoria, filosofía y —cómo no— emociones pueblan el relato de un Damasio aficionado a la obra de Shakespeare, Proust, Hitchcock y Welles. Sobre todo Welles. Porque las respuestas a muchas de sus preguntas no solo se encuentran en los laboratorios. El cine, como la literatura o la música, a menudo ofrece un retrato de la emoción humana mucho más certero que cualquier estudio científico.

Las emociones y los sentimientos están en el centro de todo lo humano. Es curiosa la frecuencia con la que lo olvidamos.

No es solo curioso, también es sorprendente que lo olvidemos tan fácilmente por no prestar atención a algo tan central. Creo que tiene mucho que ver con la cultura. Nuestra cultura ha enfatizado tanto el conocimiento de los objetos y las acciones y el conocimiento derivado de la ciencia que acabas olvidando esta realidad, en la que estamos tú y yo ahora mismo. Es algo relacionado con los cimientos de nuestra vida, con las normas, con cómo nos sentimos. Y sobre ello está este gran edificio de la cultura, en el sentido de tradición, y nos ofusca. Es una mezcla de olvidar y tapar. Estamos enterrados en el conocimiento, nos ahogamos en él. Y desde el punto de vista de la humanidad no es algo bueno.

¿Qué motivó a Antonio Damasio para estudiar los sentimientos?

Es una buena pregunta, porque creo que siempre me he interesado por ello, debido a mi atracción por las humanidades. Crecí muy fascinado por la mente humana en general. No sabía que iba a convertirme en un neurocientífico, porque cuando tienes diez o doce años no sabes estas cosas, pero sí sabía que me interesaba la literatura, el cine… De hecho, durante muchos años pensé que quizá sería director de cine o escritor. Entonces descubrí que existía una cosa llamada neurología —en aquella época ni siquiera se llamaba neurociencia—, y lo que la gente intentaba entender con la neurología era la mente. Y entonces es cuando ingresé en la Facultad de Medicina y me convertí en neurólogo. Durante muchos años estudié el lenguaje y la memoria. Se podría decir que el primer proyecto de mi carrera fuimos mi mujer y yo. Fundamentalmente, estudiábamos la percepción, el lenguaje y la memoria. Y entonces, en cierto momento, me volvió el interés por la emoción debido a los pacientes a los que estaba estudiando. Di un volantazo, y no es que dejara de estudiar todo lo otro, pero centré mi laboratorio en el estudio de la emoción. Y se convirtió en uno de los laboratorios más importantes que trabaja con la emoción, el sentimiento y la toma de decisiones. Es un antiguo interés en el que me centré en ese momento. Fue curioso, porque hasta entonces nuestro trabajo sobre el lenguaje y la percepción había sido muy bien recibido, y nos dijeron que no estudiáramos las emociones, que no eran interesantes. La gente tenía este sesgo cognitivo, y me decía que iba a destrozarme la carrera. Y, naturalmente, ha pasado lo contrario, fue la decisión correcta. Debería haberlo hecho antes.

¿Tuviste miedo de tomar esa decisión cuando oíste lo que te decían los expertos?

La verdad es que no. Era arriesgado, porque cuando tomamos esa decisión ni siquiera se estudiaba la emoción. Recuerdo que el primer simposio de neurociencia y emoción en la Sociedad de Neurociencia fue en 1995. No hace tanto. Nunca se había hecho un simposio sobre la emoción. Así que era un riesgo. Pero entonces la gente cambió, sobre todo después de la publicación de unos artículos científicos que fueron bien recibidos y, sobre todo, tras el libro El error de Descartes, que es lo que realmente cambió las cosas.

Frecuentemente se dice que eres más un neurofilósofo que un neurocientífico. ¿No deberían ir ambos ligados?

Sí, claro. Uno trata de hacer una investigación objetiva, estudiar diferentes sistemas y realizar experimentos. Tenemos un gran laboratorio y bastante gente realizando experimentos que tienen que ver con distintos aspectos del sentimiento: investigamos sobre opioides y sobre transmisión sináptica y no sináptica; así que, desde luego, eso es neurociencia. Por otro lado, lo que más me interesa es la neurobiología teórica, y me parece bien que lo quieras llamar filosofía, pero técnicamente es una mezcla de neurociencia básica y neurociencia teórica. Por ejemplo, los comentarios en El extraño orden de las cosas sobre el hecho de que no construimos mentes solo con el sistema nervioso, sino con el sistema nervioso en colaboración con el cuerpo. Eso no tiene nada que ver con la filosofía. Eso es biología teórica relacionada con lo que sabemos del cuerpo y el sistema nervioso. Y esa es una idea central del libro. Por otro lado, la extensión de la idea de la homeostasis en conexión con el sentimiento y su extensión a la cultura tiene parte de biología teórica y parte de algo que podrías llamar filosófico.

¿Hay alguna diferencia entre el Damasio investigador y el Damasio escritor?

No creo. Es exactamente la misma persona. Me gusta escribir, es bonito tener ideas y ser capaz de ponerlas de tal manera que la gente pueda entenderlas y responder a ellas. Me gusta escribir porque me gusta leer. Me interesa cómo escribe la gente. Cuando escribo un libro, lo que no es frecuente, siempre tengo a alguien de fondo. En el último era Scott Fitzgerald, e incluí un par de referencias a él porque estaba pensando en el estado de nuestra cultura y qué está mal en ella. Es interesante meterte en la mente de esa persona e imaginar cómo podría haber observado el mundo. Y pensaba sobre todo en El gran Gatsby, una novela increíble de una época de gran éxito y, al mismo tiempo, fatal.

También mencionaste a Proust.

Es muy difícil escribir sobre memoria y no mencionar a Proust.

También eres un admirador de Shakespeare. ¿Crees que las novelas o la poesía podrían ayudar a los científicos en su búsqueda de un mejor entendimiento de los sentimientos humanos?

Totalmente. Si sonríes o te ríes con lo que digo es una emoción. Es algo que puedo observar en ti, es algo público. Pero los sentimientos son algo que yo tengo en mi mente y tú en la tuya, y yo no puedo ver u observar los tuyos; y esa es exactamente la clase de proceso mental que es el material de los escritores. Un novelista o un gran dramaturgo, como Shakespeare, trabaja con la mente. Tu pregunta era: «¿Puede su obra ser útil para la neurociencia?». ¡Pues claro! Pero solo si le quieren prestar atención. En estos momentos uno de los grandes problemas de la neurociencia es que la gente se preocupa demasiado del exterior, de lo de fuera, porque están totalmente obsesionados con la objetividad. Y el motivo, volviendo a tu primera pregunta, sobre por qué la gente no se preocupa más de los sentimientos, es porque están obsesionados con la objetividad. Es como si por estar en tu mente y por ser tu experiencia fuera menos objetivo. A ver, es menos objetivo en el sentido de que se trata solo de tu visión. Pero tu visión puede ser muy rica. Aún no he visto muchas cosas que, en términos de análisis, puedan ser mejores que lo que Proust hizo con la mente. O Shakespeare. Son capaces, con su mente, de conseguir una gran calidad y finura de observación. Es cierto que no puedo penetrar en tu mente, pero puedo preguntarte qué estás pensando, así que puedo juzgar qué pasa y, por lo tanto, agrupar esas observaciones. Naturalmente, puedes mentirme, pero eso es distinto: tenemos que asumir que se puede vivir en un mundo normal donde la gente dice la verdad.  

¿Qué papel juegan las artes en nuestra cultura?

Como digo en el libro, los sentimientos motivaron las artes. No concibo que las artes, así como otros instrumentos o prácticas culturales, puedan haber emergido si no es por el hecho de que sufrimos, sentimos dolor, nos ponemos tristes, nos deprimimos… o queremos sentir placer. Esa dinámica del placer y el sufrimiento guía la vida humana. También guía otras vidas no humanas, pero con nosotros, debido a que tenemos intelecto, es una influencia que nos puede llevar a generar otras cosas. Puedes crear poesía, artes visuales, pueden inspirar a Gaudí a que construya este edificio… este tipo de cosas. Así que el papel que juegan las artes es responder a los estados de ánimo y producir un aumento del optimismo o, como mínimo, una mengua de la negatividad; y haciendo eso te permiten seguir con tu vida y hacer otras cosas que quizá sean prácticas. Así que básicamente el papel de las artes es producir homeostasis, un retorno al equilibrio y a la posibilidad de supervivencia. La homeostasis es la clave, y ya existía en criaturas que no tenían conciencia. Una vez tienes conciencia ya puedes saber que tienes sentimientos, así que alcanzas un nuevo nivel de control sobre tu vida. Esa es su gran belleza. Cuando una criatura se convierte en más compleja tiene la posibilidad de desarrollar un nuevo nivel operativo que le puede llevar en la buena dirección. Si eres una pequeña criatura sin conciencia estás a merced de la homeostasis, de un sistema automático generado por tu genoma. En nuestro caso tenemos un sentimiento, y ese sentimiento nos permite elegir. Nos da una oportunidad. A veces no prestamos atención y no tomamos la decisión correcta, pero tenemos la posibilidad.

Volviendo a las artes, ¿estás de acuerdo con Nuccio Ordine, que habla de la utilidad de lo inútil? Defiende la idea de que vivimos en una sociedad utilitarista, donde todo debe ser útil.

No lo conozco, pero la respuesta es sí. Hay muchas cosas que aparentemente son inútiles, pero que no lo son. Claramente, las artes no son inútiles. Pueden usarse mal, como cualquier otra cosa, pero son útiles precisamente por la genealogía que creamos para ellas y por el hecho de que pueden hacerte recuperar el equilibrio. Las artes son útiles, pero incluso si no lo fueran en ese sentido amplio estoy muy en contra de la idea utilitaria. Por eso estoy en contra de ideas del tipo «Si hoy muere menos gente que hace veinte años es que el mundo es un lugar mejor». Espera un momento, eso depende, porque si menos gente muere pero un grupo menor de gente está sufriendo más no creo que sea un mundo mejor. Esa es la postura utilitarista, que creo que es incorrecta. Realmente es muy cruel. La da por buena la gente que trabaja con máquinas, pero resulta que no somos máquinas. El hecho de que sufrimos y somos vulnerables demuestra que no somos máquinas. La máquina no va a desaparecer y morir a menos que la destroces con un hacha, pero nosotros sí.

Hablando del sufrimiento, algo muy curioso de los libros o las películas es que queremos sentir cosas negativas, como tristeza, pena… ¿Cómo se explica eso?

El año pasado se publicó un artículo científico sobre por qué nos gusta escuchar música triste. Es muy interesante; a grandes rasgos, es la misma explicación que la de por qué nos gustan las películas de Alfred Hitchcock. Primero, nos sirve de preparación para lo peor. Es como un entrenamiento. Puedes entrenar tus músculos, pero también puedes entrenar tu mente en vivir cosas que realmente no quieres experimentar. Nadie quiere encontrarse en una situación en la que puede acabar muerto. Eso te da una especie de placer extraño, porque estás aprendiendo qué podría pasarte, y eso podría reducir las probabilidades de que te veas en esa mismo situación. La música es un buen ejemplo, porque nos gusta la música triste. Nací en Portugal, y el fado es un ejercicio de tristeza. Y a la gente le encanta sin necesidad de tener que ser portugueses. Y eso es porque crea un espacio protegido. Cuando escuchas música triste te relajas y reduce tu nivel de estrés. Entonces, sobre todo debido a la tranquilidad, te permite concentrarte más y te da espacio para que reflexiones sobre tus problemas, pero también te da belleza y te permite sentir cierto placer. Hay muchos ejemplos de música triste: la chanson francesa, el blues, los espirituales… Estos dos últimos son un ejercicio de recobrar la alegría mientras se vive el sufrimiento. Hay diferencias muy sutiles, porque los espirituales lo hacen a través del sufrimiento, y es porque fueron escritos por esclavos.

Las cosas han cambiado mucho desde que anunciaste tus primeras teorías. ¿Cuánto le deben a Phineas Gage las ciencias cognitivas?

Le debemos un poco. Phineas Gage es un caso emblemático. Mi mujer está muy interesada por el tema porque con las nuevas técnicas de creación de imágenes por fin fue posible tener una idea aproximada de qué sucedió. Pensamos que era una historia muy misteriosa, porque cuando te fijas en la historia de la neurología ves que todos nuestros estudios de comportamiento y mente empezaron con la neurología. La neurociencia se inventó en el siglo XX. Era neurología y psiquiatría. Si nos vamos al siglo XIX, eran personas que estaban estudiando a pacientes con daños cerebrales. Y es muy interesante porque con Phineas Gage se realizó el gran descubrimiento de que cierta lesión en el lóbulo frontal puede alterar nuestro comportamiento social. Pero fue un caso nunca resuelto porque no se le realizó autopsia, así que con todos los otros casos se sabía dónde había sido el daño, pero con Phineas Gage todo lo que tenemos era esa maldita barra que le atravesó el cráneo. Y no es menos importante tener una lesión en el lóbulo frontal que en el área del lenguaje, porque alguien que pierde la habilidad de hablar bien sigue siendo una persona. Con dificultades que se pueden superar, pero alguien que ha perdido la habilidad de vivir en sociedad tiene una gran discapacidad. Por eso nos interesamos. Hubo un momento en el que teníamos unos treinta Phineas Gages, porque había mucha gente con esa lesión, pero aún hoy todo el mundo siempre me pide que hable de Phineas Gage. Por eso lo recuerda la gente, por la barra.

¿Se parece lo que le pasó a Phineas a lo que dices en tu último libro de que la ausencia de sentimientos se traduce en una suspensión del ser?  

No perdió todos los sentimientos. Lo que Phineas Gage pierde es la capacidad de exteriorizar sus sentimientos y sentir en las situaciones sociales. Los pacientes que tienen la misma lesión que Phineas pueden sentir dolor, placer, pueden sufrir…

Afirmas que las emociones y los sentimientos vienen de la homeostasis.

Las emociones son la primera expresión de la guía homeostática, y el sentimiento es lo que surge tras experimentar esas emociones.

Siempre he imaginado nuestro cuerpo como una colección de sensores para el cerebro. Dices que el sistema neurológico nació como un asistente para el cuerpo. ¿Son esas ideas opuestas?

No, son perfectamente compatibles, porque la manera de convertirse en un asistente para el cuerpo es sentirlo. Así que estás en lo cierto. Sentir y responder son cosas que puedes ver en bacterias. Sienten lo que pasa a su alrededor y responden a ello. No lo saben porque no tienen sistema nervioso, pero pueden sentir y responder. Lo que pasó es que el sistema nervioso gradualmente se convirtió en una mejor manera de sentir que la que tienen las bacterias. En lugar de hacerlo solo con soporte molecular empezaron a hacerlo con fibras nerviosas y eventualmente llegaron a poder representar algunas cosas. Eso es la gran pirueta, porque cuando una pequeña criatura como una bacteria siente que algo no está bien actúa de otra manera, pero nosotros hacemos algo que está varios niveles por encima, y eso es que cuando sentimos (con unos sentidos más complejos, como el tacto, el oído o la vista) podemos crear una representación. Así, no solo respondemos, sino que tenemos esa imagen o sonido internos, y podemos relacionar ese sonido con la visión. Por cierto, en nuestros laboratorios tenemos muchos estudios de integración de los sentidos, que muestran cómo el cerebro integra lo que le llega a través del oído, lo que le llega a través del tacto y lo que lo hace a través de la vista. Pero aún estamos intentando averiguar para qué lo hacemos. En estos momentos lo podemos usar en el arte de diseñar objetos, pero en todas esas funciones el origen está en la homeostasis, que está al servicio del cuerpo; y el sentir es lo que le permite estar a su servicio. Esa función sensorial es la que te permite estar al servicio de las funciones generales del cuerpo, que son existir y sobrevivir.

¿Está el concepto de homeostasis en conflicto con nuestra sensación de libre albedrío?

No, no creo que lo esté. Lo importante es saber que nuestra libertad de elección es limitada. No tenemos libertad para hacer todo lo que queramos, y hacemos muchas cosas por obligación, psicológica o social; así que la libertad está limitada. Tenemos libertad de acción, pero eso no quiere decir que tengamos toda la libertad del mundo. Por ejemplo, si ahora me pides que haga el pino, te diré que no. Y tengo la libertad de hacerlo. Y si me pides que consiga que impugnen a Trump, pues no puedo, no soy capaz.

Daniel Dennett nos dijo que «uno de los errores que comete la gente es creer que no podemos controlar nuestro destino porque estamos condicionados».

Sí, se trata de lo mismo. No es que no haya libre albedrío, pero es limitado, está condicionado por nuestras circunstancias.

¿Cómo concebimos el suicidio, según las reglas de la homeostasis?

Eso se debe a un error. Es lo mismo que pasa con el cáncer. El cáncer es un error de un sistema que normalmente funciona de una manera determinada y de repente un tipo de célula que no debería multiplicarse empieza a hacerlo. Hay una anormalidad en el sistema. Es lo mismo que pasa en un suicidio o, para ir al origen, en la depresión que conduce al suicidio. Así que el sistema falla y no puede corregirse a sí mismo. Normalmente tienes maneras de compensar cuando estás triste: estar con gente alegre, intentar encontrar el motivo por el que estás triste y buscarle una explicación, medicarse, beber alcohol, drogarse… Todo eso son compensaciones a algo que está fallando. Y el suicidio sucede cuando todas esas compensaciones fallan. Va contra la homeostasis, es un fallo suyo.

¿Qué crees que es mayor, la distancia entre la homeostasis unicelular y la organización de nuestro mundo cultural o la distancia entre nuestra actividad neuronal y la construcción de mente y conciencia?

En el primer caso es donde está la gran diferencia. Cuando tienes actividad neuronal ya estás encaminado a crear algo que te podría dar la conciencia necesaria para tener sentimientos y, finalmente, crear una actividad cultural en sentido estricto. Aunque me gusta tu pregunta porque, como recordarás, en el primer capítulo de El extraño orden de las cosas hablo de bacterias con actitudes culturales. En el laboratorio de uno de mis colegas, en Los Ángeles, hay unas bacterias que pueden agruparse y defenderse. Y normalmente, si están relacionadas por moléculas, porque tienen los mismos genomas, las bacterias trabajan juntas y se defienden como grupo. Y naturalmente todo esto lo hacen automáticamente, porque no tienen conocimiento, no tienen mente. Esas criaturas increíblemente microscópicas ya tienen una organización social. Es casi precultural, en el sentido de que si cooperas estás conmigo, pero si no quieres cooperar estoy con tu enemigo. Son esos fundamentos los que definen nuestro mundo. Fíjate en nuestra política: si estás conmigo me gustas, si no estás conmigo me pelearé contigo. Todo eso que puedes ver en la macroorganización ya está presente a muy pequeña escala, lo que quiere decir que viene de las condiciones de vida, es más profundo que nosotros, y por eso digo en cierto punto del libro que nuestro inconsciente es así, es mucho más profundo que lo que Freud o Jung imaginaban. El inconsciente de Freud está algo más abajo que este inconsciente, está relacionado con el sexo o cosas así. Pero esto es muchísimo más profundo, está en las condiciones de la vida mismas.

Pero la homeostasis pierde su eficacia en los grupos grandes. ¿Crees que la globalización nos podría llevar a olvidar completamente nuestros sentimientos?

Cuanto mayor sea un grupo más probable es que haya un conflicto. La homeostasis empezó como algo para grupos reducidos y está mucho más centrada en el individuo. Mantenemos la homeostasis por nuestro propio interés. La extendemos a la familia y amigos. Si tenemos una identidad cultural, la extendemos también a la gente en nuestro círculo cultural. Y cuanto más educados estemos más tolerantes seremos respecto a la gente que no está en nuestro grupo. Ese es uno de los grandes efectos de la civilización: aceptamos a gente distinta a nosotros. Pero eso requiere un esfuerzo, y no cuesta mucho romper esas condiciones. Lo estamos viendo ahora con los muchos populismos que aparecen por todo el mundo. Si lo que a ti te interesa no se contempla, tiendes a buscarle una razón, y acabas buscando un cabeza de turco. Y normalmente el cabeza de turco es la persona o el grupo menos parecido a ti. Ellos van a ser los culpables, porque es lo fácil. Eso es lo que la gente ha hecho cuando las cosas no han ido bien: buscar un enemigo, buscar al responsable. Eso es un problema. El otro problema viene del pensamiento utilitarista: como tenemos un mundo tecnológicamente muy capaz y mucha de la utilidad está ligada al dinero y el beneficio, estas cosas tienden a mandar en las decisiones, y cuando aceptas el hecho de que no somos todos una gran familia feliz y que tenemos poderosos intereses económicos que muy frecuentemente están unidos con el lado más utilitarista de la vida tenemos la receta perfecta para el desastre. Obviamente eso es algo que está sucediendo ahora en muchos lugares del mundo. Y naturalmente se agrava por la enorme rapidez de la diseminación de la información, así que no tienes tiempo para reflexionar. Por lo tanto, puedes precipitarte en tus acciones.

¿Nos dirigimos a un mundo feliz, como dijo Aldous Huxley?

Hace unas semanas un coche autónomo, con un conductor dentro, mató a una pobre mujer que estaba cruzando la calle. Es una situación muy extraña. Si esto sucediera en una película de hace veinte años la gente habría dicho que era ridículo, que claramente era ciencia ficción. Bueno, pues no lo es, había un coche conduciéndose a sí mismo que llevaba dentro a una persona que se suponía que tenía que evitar el desastre, pero incluso así el desastre sucedió. Cosas como esta están pasando, y van a pasar aún más, porque ni Uber ni la industria automovilística van a dejar de hacer lo que están haciendo, no hay manera de pararlos. Igual que es imposible frenar el uso de Facebook y que Facebook venda información para trucar elecciones. Ya estamos en un mundo infeliz, pero la cuestión es cómo de malo va a ser antes de que algo horrible suceda y si hay una corrección que pueda redirigir a la humanidad hacia un mejor lugar. Ese es el gran problema de nuestros tiempos. Si hay algo que será importante en nuestra época es tener algo de respeto por los sentimientos, porque si no lo hacemos y solo nos fijamos en las estadísticas seremos totalmente libres para hacer lo que nos plazca, y eso quizá haga que no duremos demasiado.

¿Debemos buscar la felicidad?

No es que debamos, pero está bien hacerlo porque es lo natural. La felicidad es homeostática, mientras que el estrés es una situación muy antihomeostática. Cuando estás estresado consumes más energía de la que deberías, haces que muchas células y sistemas trabajen más de la cuenta y eso las daña, así que lo que estás haciendo es matarte, estás yendo contra tu salud. Cuanto más estrés tengas en tu vida menos probabilidades tienes de tener una vida larga y saludable. Cuando estás feliz liberas una mezcla de dopamina y opioides endógenos en dosis muy pequeñas para no provocarte una adicción, y son los que eliminarán el estrés del sistema, equilibrarán la energía. Es un efecto muy interesante, y cuando sucede tu mente trabaja mejor, creas mejores imágenes y estás más calmado para resolver problemas. Así que en respuesta a tu pregunta, sí, deberíamos buscar la felicidad. Y si puedes buscarla sin causar infelicidad al resto, aún mejor.  

Has dicho que cuando eras joven pensabas que serías director de cine. ¿Qué directores retrataron mejor la mente humana?

Muchos. Puedo mencionar a los que he admirado. Cuando tenía quince años, Orson Welles, Alfred Hitchcock, Ingmar Bergman. Y aprecio mucho a los directores franceses de la nouvelle vague, porque eran de mi época. O post-nouvelle vague. En cuanto a cinematografía, Hitchcock es uno de mis preferidos. Y Orson Welles. Welles es uno de los grandes directores de todos los tiempos, y dirigió muy pocas películas. Cuando vivió en Madrid fui una vez a visitarle. Le había entrevistado cuando estudiaba en la Facultad de Medicina. Welles vino a Lisboa y yo escribía críticas de películas para el periódico universitario. Le mandé un telegrama diciéndole que escribía reseñas, que pensaba que era el mejor y que quería entrevistarle. Me sorprendí mucho cuando me contestó con otro telegrama citándome en su hotel para el día siguiente. Y me pasé todo el día con él. Más tarde me invitó a ir a Madrid a encontrarnos de nuevo. Y así fue el tiempo que pasé con Orson Welles. Algún día escribiré un artículo titulado «Un día con Orson Welles».


¿Cómo saben los científicos qué investigar?

Reproducción de esquemas realizados por Robert Hooke, pertenecientes a su obra Micrographia, 1665. Imagen: Alejandro Porto (DP).

Si está leyendo esto, usted probablemente pertenece a esa minoría de personas convencidas de que la ciencia y la tecnología son el motor que mueven el mundo hacia el futuro. Yo también estoy convencido de que nos hacen la vida más fácil y más larga a millones de personas. Y a un nivel más local, nuestro bienestar social y económico va a depender de ser capaces de mantener un tejido creador, que ciertamente está en peligro. Y en el centro del progreso de la ciencia se encuentran las personas que la hacen: los científicos. Es esta una profesión que ha evolucionado, se ha profesionalizado, pero sigue teniendo algunas características especiales. Requiere de imaginación, tenacidad, y —quizás lo más importante— de instinto para responder a la pregunta del título de este artículo.  

Una pregunta que nos suelen hacer a los científicos es: ¿cómo sabe en lo que tiene que investigar? Si la pregunta la hace alguien bastante joven, a mí me gusta responder con la analogía de los exploradores que se adentran en un terreno desconocido, como una espesa jungla, para tras abundantes penalidades encontrar algo importante, por ejemplo, las fuentes del Nilo. Me imagino que para aquellos que ven desde fuera nuestra profesión existen múltiples estereotipos del científico, bien arraigados por el cine y la cultura popular. Quizás el más predominante es la imagen de alguien despistado, con el pelo revuelto y gafas de pasta. La otra imagen recurrente de científicos es la de aquellos con bata blanca encerrados en un laboratorio de química rodeados de probetas y matraces entre humos de colores.

En la ciencia, la elección del problema que queremos resolver es quizás más importante que decidir los métodos, el equipo necesario y el propio trabajo a realizar en busca del descubrimiento. Mis estudiantes y colaboradores conocen bien una de mis obsesiones: hacernos las preguntas adecuadas antes de empezar una nueva investigación. Encontrar y definir lo que es un buen problema es fundamental para el científico. Pero las preguntas del millón de euros son las siguientes: ¿cómo saber si un problema es bueno? ¿cómo lo elegirlo?

Por supuesto, no existe una respuesta única a estas preguntas y dependerá de cada uno, de sus propios intereses, de sus capacidades, de su entorno y de sus aspiraciones. Una premisa importante, y que quiero resaltar, es que para lograr un avance significativo se debe haber llegado previamente lo suficientemente lejos. Por eso es tan importante en la ciencia la formación y el aprendizaje, que necesariamente debe ser largo y mantenerse siempre. Si me permiten volver al símil del explorador, primero es necesario llegar al corazón de África, puesto que si te encuentras a miles de kilómetros no será posible descubrir dónde nace el Nilo. Insisto en que la ciencia es una actividad de fondo, de largo recorrido. No es posible llegar a obtener importantes resultados de la noche a la mañana, se requiere siempre de un gran esfuerzo.

En la elección de los problemas científicos hay dos parámetros importantes a considerar: su relevancia y su dificultad. Si se aspira a resolver un problema cuya solución signifique un avance que realmente importe a los demás y tenga un gran impacto, normalmente será también de los más difíciles. Un arte, o habilidad, que tienen los mejores científicos es encontrar problemas que a la vez son muy importantes, pero pueden ser resueltos. Si uno se queda en estas dos situaciones extremas el fracaso está casi asegurado. No es recomendable pensar solo en temas tan relevantes que son inalcanzables ni atacar problemas muy simples, pero que carecen de interés.

Es quizás más importante pensar en estos aspectos al principio de la carrera investigadora. Cuando un joven empieza haciendo su tesis doctoral, uno sigue las sugerencias de su director. Será este el que tenga la responsabilidad de que se haya valorado la importancia del problema propuesto al doctorando. Pero mi recomendación es que se debe ser crítico desde el comienzo y los jóvenes deben insistir en hacerse estas preguntas. No hay nada peor para una carrera científica que esté basada en buscar soluciones a problemas que no merecen la pena.

Además, el camino hacia el objetivo no es una línea recta y van surgiendo derivaciones hacia algo que no habíamos pensado inicialmente y que a veces puede ser incluso más importante. En estos caminos de exploración nunca estamos solos, más bien corremos rodeados de otros colegas que en cualquier parte del mundo van en busca de las mismas o similares respuestas. Uno de los mayores placeres en la ciencia, como les debía ocurrir a los exploradores, es llegar el primero a un descubrimiento. Aunque lo más normal en muchas ocasiones es que cuando llegas ya había alguien ahí y uno se siente más como Stanley al llegar al lago Victoria diciendo: «el doctor Livingstone, supongo».

Me viene bien el ejemplo de la carrera hacia el descubrimiento para volver a insistir en las dificultades de ser científico en España. Es normal sentir que hacemos esas carreras a la «pata coja» mientras que otros colegas en otras latitudes van al menos en bicicleta. No es solo una cuestión de dinero, que también, es más de todas las dificultades burocráticas y de funcionamiento que tenemos que superar a diario.    

Si usted ha llegado a leer hasta aquí, estará pensando con toda la razón, que casi todo lo que he dicho para la ciencia se puede aplicar para muchas otras actividades humanas. Es muy importante para cualquier asunto que emprendamos como individuos, o como organizaciones, tener primero bien definido el destino y las razones que nos han llevado a elegirlo. Si este es correcto, tendremos mucho ganado y ya solo nos quedará hacer el camino en sí mismo. Si no lo tenemos claro, podremos estar dando vueltas alrededor de nosotros mismos sin sentido y sin avanzar, perdiendo tiempo y energía.

Como sucede a menudo en la vida, la pregunta suele ser más importante que la respuesta también en la ciencia.


La monja que no espera un milagro

Fotografía cortesía de la Asociación CMM.

Este texto fue finalista del Premio Nuevas Plumas 2017 y formará parte del libro digital que Editorial Planeta publicará este año con las crónicas finalistas.

El día que hablo con Chiara Giorgetti —italiana, treinta y dos años— hace calor en Barcelona y ella tiene el cabello recogido bajo el hábito. Como para muchas religiosas, la enseñanza es una parte de su labor: fue maestra de primaria en Lanzarote, una de las islas españolas en el mapa africano, y hoy imparte clases en un colegio catalán. Pero su sueño, desde muy pequeña, es construir escuelas cristianas en África, en Asia, en América. Dejarlo todo. Viajar como misionera, ser misionera para viajar. Miro de reojo su frente, busco el nacimiento del cabello que asoma debajo del hábito. Hace un año que Chiara no recibe quimioterapia.

Solo los santos, dice la Iglesia católica, pueden interceder ante Dios para que ocurra un milagro en la Tierra. Un milagro es la prueba de su santidad desde el más allá, dicen los creyentes. Pero la Iglesia olvida los milagros del más acá. Sin ir más lejos, en el hospital Vall d’Hebron de Barcelona el milagro de la ciencia ha regalado a Chiara, hasta la fecha, dos años y ocho meses: once meses por encima del promedio que cita la American Cancer Society.

Las pacientes pronto aprenden que existe un interrogante al final de cada certeza. El cáncer te roba los planes del día siguiente, de la semana siguiente, del mes que viene. El cáncer te roba la normalidad. Si las cosas van bien —y bien quiere decir que el cáncer está localizado en la mama, en los ganglios, no más allá— volverán a hacer planes para el verano, la década que sigue, la vejez.

Chiara ha cambiado diez veces de tratamiento. Ahora está en un ensayo clínico. Tiene una mutación genética que le hace resistente a los medicamentos y este ensayo inhibe dicha mutación. Es a ella, y a las demás, a quien debemos agradecer por el avance de la medicina. Quizá Chiara hoy pruebe un fármaco que otra de nosotras necesite mañana.

Pero el diagnóstico fue despiadado desde el principio: cáncer de mama inflamatorio. Un tipo raro y agresivo de cáncer, que en una de cada tres personas se propaga de la mama a otras partes del cuerpo. Desde entonces, cada día, cada semana, cada mes es un regalo, una esperanza, un milagro.

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Al año se detectan 27.000 nuevos casos de cáncer de mama en España y 150.000 casos en América Latina y Caribe. Si todas aquellas mujeres —y hombres— se juntaran, llenarían casi cuatro estadios del Boca Juniors, La Bombonera, en Buenos Aires. Le tememos tanto al cáncer que desterramos la palabra al silencio: «falleció después de una larga y penosa enfermedad», escriben los medios. Susan Sontag, quien también padeció cáncer de mama (y moriría de leucemia muchos años después, por culpa de la radioterapia de entonces), escribió que el cáncer es «una enfermedad de clase media, que asociamos con la opulencia, con el exceso».

Sin embargo, la detección precoz, el tratamiento más efectivo en la mayoría —pero no todos— los casos, es un privilegio. En América Latina, siete de cada diez mujeres son diagnosticadas en un estadio tardío de la enfermedad, y en Estados Unidos, las afroamericanas y las latinas también descubren demasiado tarde que padecen cáncer de mama. Demasiado tarde quiere decir estadio IV, cáncer de mama con metástasis.

La mecánica del cáncer es, todavía hoy, enigmática. Un trillón de células habitan en el cuerpo humano. Cuando las células viejas mueren, otras crecen y se dividen. En un cuerpo sano, hay una armonía microscópica. El cáncer es el instrumento desafinado de la orquesta, el caos total. Hay células nuevas que se dividen sin ton ni son y hay células viejas que se resisten a morir. Es una insurrección zombi dentro del cuerpo del que fueron parte. A veces, estas células malignas forman un tumor, una masa dura de tejidos. A veces, como sucedió en mi caso, un único tumor es el único mal. Pero las células cancerosas también pueden viajar por la sangre o por la linfa, y colonizar nuevos lugares alejados del tumor original. Los pulmones, los huesos, la piel. Eso es la metástasis.

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Los padres de Chiara tenían sus dudas. Montecatini Terme es un pueblo de algo más de veinte mil habitantes, a unos cincuenta kilómetros de Florencia y Pisa. La vida de la pequeña localidad toscana gira alrededor del antiguo cráter de donde emanan las aguas termales y, sobre ellas, las villas construidas por los Médici. Los viajeros llegan a Montecatini solo para sumergirse en esas aguas curativas que brotan de la tierra. En medio de tanta tranquilidad, es comprensible que los padres de Chiara tuvieran ciertas reservas sobre la vida, devota y aventurera, que deseaba su hija.

Ante esta primera negativa, Chiara eligió estudiar Psicobiología en la Universidad de Padua, a tres horas de casa. Fue el adiós disimulado, como sin querer, a Montecatini Terme. Un año después, obtuvo una beca Erasmus para continuar el segundo año en el extranjero, confundió el Mediterráneo con el Atlántico y llegó a las islas Canarias. Aterrizó en el archipiélago bendecido por la primavera en septiembre de 2004, sin saber una palabra de ese español de consonantes aspiradas, más parecido al venezolano que al peninsular. Buscó un lugar donde quedarse y encontró la residencia. Así fue como supo de la congregación. Lo pensó mucho, habló con sus padres y solicitó su ingreso como novicia.

En julio de 2014, Chiara ya era una hermana más entre las Misioneras de Nazaret en Lanzarote, otra de las islas Canarias que parecen marcar sus pasos. Pero Chiara mantenía —y mantiene— el propósito de viajar y quedarse lejos de Europa. Fue entonces cuando sus superioras anunciaron una vacante en una misión que partía en enero, una vacante que podía ser para ella. El plan era construir una escuela en la Isla de Flores, en Indonesia, donde luego podría ejercer como maestra. La vocación en boca de Chiara suena distinta a la llamada del Dios estricto que me aterrorizaba en clase de religión. Para Chiara, la vocación era el sueño que quería cumplir cuando fuera grande.

Para mí no es un trabajo dar clase, es mi pasión. Mi trabajo es mi pasión. Le dije a la doctora, mira, o vuelvo a trabajar o me moriré antes de aburrimiento que de cáncer.

A finales de ese año, en diciembre de 2014, un mes antes del viaje de la misión, Chiara encontró una de sus mamas enrojecida y abultada. En el hospital, los médicos creyeron que se trataba de una infección, una mastitis. Le dejaron ingresada, pero la hinchazón no reaccionaba a los antibióticos. Entonces, le hicieron más pruebas y, finalmente, le recomendaron un hospital más grande en Tenerife. Allí le diagnosticaron cáncer de mama inflamatorio, un cáncer que en lugar de formar un bulto se extiende en capas. Por eso es difícil detectarlo en una mamografía. Las pruebas continuaron: había metástasis en los pulmones, en los huesos, en la piel. Los médicos ya no hablaron de curación, sino de cronificación.

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Fotografía cortesía de la Asociación CMM.

La mayoría de las pacientes nos curamos. Después del cáncer, vivimos con el miedo a una recaída —una recidiva—, pero las estadísticas juegan a nuestro favor: el 80% diremos que fue un mal sueño. Un porcentaje alentador si ignoramos a las 7500 mujeres en América Latina —los pasajeros de quince aviones comerciales— que cada año enfrentan, aceptan, resisten y conviven con el cáncer metastásico desde el primer diagnóstico. Un primer diagnóstico de un cáncer raro o un primer diagnóstico que dice sin decir: demasiado tarde.

Algunas semanas más tarde, Chiara se mudaba a Barcelona. Allí había un hospital mejor, el Vall d’Hebron, y las religiosas disponían de una sede. Al principio, dice Chiara, no entendía nada. Con su familia y con sus hermanas podía hablar de algunas cosas. De otras, no. No podía preguntarles cuándo se cae el pelo, si es normal que las manos se duerman después de la quimioterapia. Comenzó a asistir a reuniones de grupos de apoyo en el hospital. Después de uno, dos, tres meses, una nueva compañera recibía el alta médica y decía adiós a las que se quedaban. Las demás la felicitaban, se alegraban por ella. Era el día de su última quimio, la última radio, las curas de la cirugía. Regresaba a casa, al trabajo, a la rutina. Dejaba una silla vacía. Pero Chiara seguía allí. De hecho, no ha pasado una semana sin visitar el hospital desde que llegó a Barcelona.

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Ana Isabel González es psicóloga desde hace doce años en la Asociación Española Contra el Cáncer (AECC). No le gusta la palabra terapia para describir su trabajo. Son tan normales, dice, las emociones que experimentan los pacientes y sus familiares que su trabajo es, en realidad, un acompañamiento. «No es una patología mental».

Los grupos de apoyo, afirma, son importantes pero no imprescindibles. Sin embargo, me cuenta que hay pacientes que por nada del mundo se pierden la marcha del 19 de octubre. Es el día del lazo rosa prendido en el blazer, el día de las mil y una carreras de la mujer promovidas, sobre todo, por productos de belleza y bienestar.

Me estoy acordando de una paciente, falleció la semana pasada. La marcha era algo sagrado para ella. A la última ya no pudo venir, pero hizo que una compañera le llevara la camiseta al hospital. Realmente era algo que a ella le llenaba y le daba la satisfacción de decir: «Estoy donde tengo que estar». Tremendo. Otras personas, cada uno tenemos unas necesidades tan particulares, no se sentirán así. Yo creo que depende del momento y del estilo de vida de cada persona.

A Chiara le cuesta trabajo sentirse parte de las campañas del lazo rosa.

Solo hay testimonios de gente que se cura. Nosotras también necesitamos ver que hay otras mujeres que conviven con la enfermedad.

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Conoció a Francisca en el hospital, una madre de hijos adultos que padecía metástasis desde hacía ocho años. Una coincidencia que —entonces no lo sabían— reuniría los caminos de otras mujeres más adelante. Quedaban en el hospital, se acompañaban a las pruebas que tocaran ese día. Luego, por la tarde, Francisca la llamaba por teléfono. Intercambiaban mensajes: «¿Cómo te encuentras hoy?». Se hicieron buenas amigas dentro y lejos de las salas de espera del Vall d’Hebron. Dice Chiara que cambió su manera de vivir la enfermedad. En agosto de 2016, Francisca falleció. En el funeral, los hijos se acercaron a darle las gracias, a ella, a Chiara. Chiara solo atinaba a responder con otro «gracias», tímido, sorprendido.

Pasó un mes y pensé: no quiero más amigas metastásicas. No es rentable.

Chiara conocía a algunos grupos de cáncer de mama con metástasis por internet. Eran grupos en inglés o en italiano. No sabía de ninguno en español. Cuando el recuerdo se impuso al dolor de la pérdida, pensó que todas las pacientes deberían tener lo que ella había tenido. Una amiga. Una amiga que las comprendiera, una amiga que enfrentara los mismos dolores, las mismas incertidumbres.

Fotografía cortesía de la Asociación CMM.

En octubre envió un mensaje a dos mujeres que sabía que eran metastásicas. Las tres estaban en otro grupo de cáncer de mama de Facebook. Una le contestó que no, que no quería participar en la creación de un grupo específico para las pacientes con metástasis; ya tenía bastante con la enfermedad. La segunda, Olivia, no contestó hasta enero, pero su respuesta fue más entusiasta: «Hagámoslo». Menos de seis meses después, ya eran más de doscientas mujeres de Perú, de México, de España. El primer grupo de apoyo para pacientes de cáncer de mama con metástasis en español.

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Chiara me presenta a Heidi Heise —mexicana, cuarenta y un años—, otra de las administradoras del grupo. De padre alemán, hoy vive en Múnich con su marido, un español de Guadalajara. Hace ocho años se palpó un bulto en el pecho izquierdo. Y, mientras esperaba los resultados de la biopsia, se hizo un test de embarazo. El test y la biopsia, ambos dieron positivo. Estaba embarazada —¡de mellizos!— y tenía cáncer de mama. En este momento, Heidi pausa sus palabras y busca un pañuelo de papel en la cocina. «Todavía me cuesta mucho trabajo hablar del tema porque casi nadie lo sabe».

Decidió que sería madre por segunda vez. Con treinta y tres años y el tratamiento que estaba por venir, sería complicado concebir más adelante, le dijeron. Pero también le recomendaron abortar, una opción que en países como Nicaragua o El Salvador, donde el aborto es ilegal, no existe. «¿Qué hace aquí una embarazada?», murmuraban las enfermeras alemanas cuando la veían entrar en la sala de quimioterapia, sin cabello y con panza. No quiso regresar a México, «tendría que pagarme todo por privado, endeudar el resto de mi vida y la de mi familia». Después: mastectomía parcial —conservó el pecho—, radioterapia, terapia hormonal con tamoxifeno: el tratamiento usualmente indicado para tumores que se alimentan de estrógenos. Sus hijos han cumplido siete años y están sanos.

El brazo, el otro brazo, el brazo derecho, empezó a dolerle hace menos de un año, en octubre de 2016. A cada médico le repetía: he tenido cáncer. Le dolía tanto que no podía agarrar un vaso de agua, pero el traumatólogo le dio inyecciones para el dolor y no le dio más importancia. Hasta que vio las radiografías. Entonces, le urgió a visitar a su oncólogo. «¿Qué es eso?», preguntaba. «¿Qué es la metastásis?». Como Chiara, Heidi tampoco entendía nada.

Las chicas que tienen, qué sé yo, diez, quince años con esto, imagínate lo que han tenido que aguantar solas. Y ya no digas redes sociales, antes no había internet. ¿Y adónde ibas? ¿A la biblioteca a leerte la enciclopedia del cáncer?

Pero las redes sociales también les traicionan. Cansadas de vivir en el clóset, el grupo de apoyo saltó de una red a otra, de Facebook a WordPress, de WordPress a Twitter. Algunas suben sus fotos a Instagram con la etiqueta #dontignorestageiv: no ignoren el estadio IV. Otras escriben entradas más largas. Un día compartieron el blog en otro grupo de pacientes en Facebook. Y una usuaria anónima comentó: «Sos una psicópata». Le respondieron con paciencia, cinco líneas de argumentos que repetían dos veces la palabra «visibilidad». Pero la usuaria no cedió: «Psicópata», escribió de nuevo. Algunos días más tarde, la publicación había desaparecido.

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El grupo de apoyo no es —o no solo quiere ser— un grupo de mujeres lamiéndose las heridas en internet. Cuando los tratamientos tradicionales dejan de ser efectivos, y siempre es así o de lo contrario la metástasis no sería una amenaza, las pacientes piden entrar en uno u otro ensayo experimental. La financiación de la investigación contra el cáncer es misteriosa. Por ejemplo, se sabe que las arcas públicas españolas invierten un euro por habitante en la investigación contra el cáncer, mientras que la Iglesia católica en el mismo país, un Estado laico, recibe de la declaración de la renta de los ciudadanos la misma cantidad multiplicada por tres. Así, el milagro de la ciencia depende de las recaudaciones de fundaciones independientes, del lazo rosa que lava la cara de algunas marcas cada 19 de octubre, de la generosidad de quien ha sufrido el mal ajeno en carne propia cuando dona varios ceros a la derecha sin pedir nada a cambio. El altruismo solo rinde cuentas ante sí mismo: es un verdadero milagro que sigamos en pie.

La financiación es dispersa, pero la ciencia es estricta. Mientras que el sentido común, como santo Tomás, solo cree en lo que puede ver y palpar, el criterio científico aplica el llamado doble ciego: a una parte de las pacientes se le administra el tratamiento y a la otra parte se le da placebo, una pastilla vacía con apariencia de verdad. Las pacientes desconocen si están en el grupo con suerte, los médicos también. Así se construye el milagro de la ciencia: sobre muchos interrogantes y pocas certezas. Y, a pesar de la incertidumbre tan grande, Chiara y las demás insisten, a quien tiene el valor de asomarse, en que la investigación es el único milagro en donde merece la pena invertir nuestra fe.

Mucha gente me dice, «sí, vamos a rezar para que te cures con un milagro», y yo digo que el milagro para mí ya está hecho. Si consigues sacar algo bueno de una cosa tan mala como un cáncer, o algo que de bueno no tiene nada, para mí ya está. Es lo que intento hacer. Vale, estoy enferma, pero mi lucha no es para curarme. Mi lucha es para no dejar que este cáncer me quite la vida, pero no días de vida, sino la alegría de vivir, la esperanza de vivir. La vida de ahora.

Fotografía cortesía de la Asociación CMM.


Crónica del primer congreso nacional de loas y agradecimientos científicos innecesarios

Fotografía: Emily Tan (CC).

La celebración del I Congreso Nacional de Loas y Agradecimientos Científicos Innecesarios (LACI) ha respondido, como se esperaba, a las expectativas generalizadas de la comunidad científica que ha asistido a tan esperado simposio. Más de quinientos científicos españoles de las más diversas disciplinas académicas y áreas de conocimiento se han congregado este fin de semana para analizar, explicar y discutir la temática de los agradecimientos y sus implicaciones en las diferentes especialidades científico-técnicas, compartiendo diferentes encuentros en los que han tratado cómo los agradecimientos innecesarios se han popularizado en los últimos tiempos en las comunicaciones y publicaciones científicas de todos los campos del saber. El congreso ha recogido las siguientes sesiones de discusión:

Sesión 1. Agradecimientos a los organizadores

Estimaban los propios organizadores que era una pérdida de tiempo objetiva la excesiva duración dedicada al agradecimiento de los mismos organizadores en las diferentes conferencias especializadas. Es por ello que se inauguró el primer congreso de la LACI con una sesión sobre agradecimientos a los organizadores, donde se discutieron los pros y contras de esta especialidad. A partir de aquí se pretende poner en marcha una iniciativa para que las futuras charlas de los congresos puedan ir directamente al grano, sin necesidad de perder tan preciados minutos en tareas escasamente productivas y puramente cosméticas.

Sesión 2. Agradecimientos al resto de miembros del laboratorio

Muchas quejas existían en el sector de la investigación sobre la obligación de agradecer el trabajo de laboratorio a los propios compañeros del mismo, con especial hincapié en aquellos cuya solidaridad y ayuda huelgan por su ausencia. Es más, hasta se llegaba incluso a agradecer la participación a colegas que ya ni tan siquiera pertenecían al laboratorio de marras (las razones son variadas; algunos han huido a países más razonables, otros han dejado el noble arte de la ciencia), por no mentar a aquellos de los que, por el contrario, no se guardan excesivos buenos recuerdos. Con la celebración de la sesión número dos del I Congreso de la LACI, y las conclusiones en ella alcanzadas, se exime durante todo el año viniente a los conferenciantes de recordar y/o enumerar a los integrantes del laboratorio. Se estima que esta decisión aligerará el devenir de las siempre sufridas presentaciones de PowerPoint, dispensándose, por fin, al investigador de presentar la sempiterna y manida foto de grupo (o aquellas más originales instantáneas que siempre representan un riesgo inherente que podía minar la respetabilidad de algunos). A partir de este momento ya no se verán más fotos de científicos mirando de lado y con los brazos cruzados, al más puro estilo de un partido copero entre representantes de diferentes divisiones del deporte rey.

Sesión 3. Mejores agradecimientos de tesis doctorales

Los mejores agradecimientos de tesis doctorales han sido recogidos en una sesión específica de pósteres, donde los recién doctorados han podido explicar al resto de la comunidad científica española, con especial foco a los investigadores postdoctorales, las diferentes estrategias seguidas para prologar los tediosos volúmenes doctorales. En estas discusiones se ha podido profundizar en la extensión de los agradecimientos de las tesis, comentando a su vez la estructura y organización de los mismos. No se descarta que se elabore en el futuro próximo un libro blanco de estilo sobre la materia. Para ello se creará un comité de expertos que regule el mínimo estrictamente necesario de los agradecimientos doctorales. Hasta el momento ha trascendido la posición de que es conveniente empezar agradeciendo al director/es de tesis, aunque estos ni siquiera tengan ni un conocimiento tangencial de la investigación realizada, o ni tan solo les suene la cara del doctorando. Seguidamente se recomendará agradecer a los compañeros de laboratorio y de departamento, independientemente de si alguno de ellos ha sido más un obstáculo que una ayuda para la realización del trabajo. Inmediatamente después, y por razones de celebraciones festivas periódicas y/o de posibilidades reales del tercio de herencia de libre disposición, se debe agradecer a la familia hasta el segundo grado de consanguinidad o afinidad, excluyendo a los cuñados. Por último, existe el consenso de que se deben cerrar los agradecimientos con mención especial a los amigos más íntimos, intentando, a ser posible, nombrarlos por sus correspondientes motes de juventud, tales como «el Chino», «el Trípode», «el Pelos», o cualquier otro sobrenombre que identifique con claridad al susodicho compañero de parrandas.

Sesión 4. Agradecimientos a las entidades financiadoras

La tendencia de los últimos años a disminuir sin contemplaciones los presupuestos de I+D gubernamentales ha reducido ostensiblemente las estrictas obligaciones adquiridas de realizar las loas correspondientes a las entidades financiadoras. En un ejercicio de concreción, se ha decidido agradecer directamente «a M. Rajoy» su aportación a la ciencia de este país, independientemente de si la escueta financiación viene de fondos privados o de fondos públicos. En caso de que el dinero venga de entidades internacionales, se agradecerá con un concreto «a Europa», aunque la fuente de financiación provenga allende de las fronteras del viejo continente.

Además, respecto a las entidades privadas, se ha llegado al acuerdo de hacer un mocho entre los participantes del I Congreso de la LACI para ir recogiendo las cantidades necesarias para pagar los correspondientes préstamos blandos que asfixian a la investigación privada. Alguno ha emulado a la faraona en sus propuestas; «ponemos cincuenta euritos cada español y así salvamos el tejido de investigación privada de este país». «Hay que financiar esto a pachas», ha indicado otro de nuestros más insignes científicos.

Por último, se ha decidido no agradecer nada a las entidades bancarias. La opinión generalizada es que el rescate del sistema bancario español ya se considera un agradecimiento de facto al papel vertebrador de los bancos en la generación de riqueza en nuestro país y, por extensión, en la promoción de la investigación patria.

Sesión 5. Últimos avances en inauguración de congresos

En esta sesión se ha cuestionado la necesidad de la realización de conferencias inaugurales que solo generan gastos a las correspondientes organizaciones, y donde tan solo se enumeran de soslayo los contenidos del congreso correspondiente. Como contrapartida se ha tomado la decisión de invitar a los asistentes a leer un mínimo de dos abstracts de las reviews de los últimos tres años sobre la especialidad en la que verse el congreso de interés.

Respecto a la presencia de personalidades en las mesas inaugurales, se ha decidido que un alcalde, un presidente de una diputación y un consejero cualquiera realicen un discurso comodín que permita inaugurar tanto un congreso de astrofísica aplicada como uno de microbiología industrial. Dichos discursos se grabarán y colgarán en las webs de todos los simposios nacionales como anexos a los libros digitales de los congresos.

Por último, en esta sesión se ha impartido la conferencia «Los problemas de agenda», para explicar las diferentes estrategias para minimizar la participación de personalidades en congresos. Adicionalmente ha tenido gran acogida la conferencia «Inauguro y me piro» donde se relataron los diferentes razonamientos subyacentes a la marcha imprevista tras las diferentes aperturas de eventos.

Sesión 6. Acknowledgments

Con esta sesión centrada en los escuetos agradecimientos de los papers se ha cerrado el congreso. En ella se han discutido temas candentes como el «pongo aquí a un colaborador aunque realmente tenía que ir en los autores», o el archiconocido «esto me lo ha hecho un amigo que sabía estadística porque yo no doy».

De esta forma y manera ha concluido el primer congreso nacional de loas y agradecimientos científicos innecesarios, cubriendo así una necesidad hasta ahora no cubierta y altamente demandada en el país del que inventen ellos. Los organizadores han valorado muy positivamente la celebración de este simposio, ya que, según los mismos, permitirá ahorrar un tiempo inestimable en el resto de simposios anuales, en los cuales se podrá tratar directamente los temas referentes a cada especialidad, sin los consabidos y aburridos agradecimientos que tanta molestia y aciago causan. Los organizadores, además, han querido dar las gracias a todos los participantes por su asistencia y por lo interesante de sus conferencias. Por su parte, los participantes se han excusado de agradecer a los organizadores su invitación porque, en palabras textuales, «eso ya se trató en la primera sesión».

Tras el éxito de la primera edición de este simposio, se está estudiando la posibilidad de realizar un congreso paralelo que comprenda exclusivamente preguntas a los ponentes, e incluso se ha llegado a barajar la convocatoria de un premio a la mejor autopregunta o reflexión que mimetice una cuestión. Se primará aquella que permita enunciar en su plenitud un currículo normalizado completo para contextualizar la pregunta o comentario.

Entendemos, desde esta nuestra posición, que la promoción y difusión de un evento de tales características ha resultado ser un claro ejemplo de contención y optimización de los escasos y preciados recursos que tanto se necesitan para la investigación española. Y es por ello que, desde estas páginas, queremos agradecer esta extraordinaria iniciativa.


Enrique Fernández: «El problema de la energía oscura (y también el de la materia oscura) es fascinante»

Fotografía: Lourdes Peguero

Sería sencillo y políticamente correcto presentar a Enrique Fernández (Sietes, Villaviciosa, 1948) como uno de los líderes de la física de partículas en España, citando su papel destacado en la fundación y dirección del IFAE (uno de los mejores y más competitivos centros de excelencia del campo), o la miríada de importantes cargos relacionados con la política científica europea que ha ocupado. Sencillo… pero, en cierto modo, tan insatisfactorio como presentar al Che Guevara con el título de presidente del Banco Nacional Cubano.  En ambos casos nos quedaríamos cortos. En ambos casos, la primera palabra que salta a la pluma es «insurgente». Una insurgencia que este asturiano de modales calmosos y talante sereno ha mostrado a lo largo de toda una carrera en la que no ha dudado en llevar la contraria al sistema para perseguir sus ideales.   

Se dice que cambiaste tu intención inicial de estudiar Matemáticas por la Física debido a la lectura de un libro que se llamaba La búsqueda del cero absoluto. ¿Has encontrado ese cero absoluto?

La verdad es que todavía no [risas]. Por otra parte, creo que lo sustancial de la anécdota es que, en efecto, la física te conecta con lo real, el cero absoluto no es solo una abstracción matemática, es la descripción de un estado de la naturaleza. Creo que mi motivación para estudiar Física es el hecho de que ofrece una descripción objetiva de la realidad.

Te marchas de tu pueblo a los once años, cuando muere tu padre que fue maestro y tuvo que sufrir represalias durante la posguerra. ¿Cómo viviste aquella experiencia?

Mi padre se hizo maestro antes de la guerra y pasó gran parte de la misma en la cárcel de Oviedo (que fue una ciudad sublevada). Tras la contienda, salió pronto de la cárcel gracias a la mediación de una persona influyente en aquellos momentos. Como a muchos de su gremio le hicieron la vida difícil, por ejemplo al no permitirle acceder a una escuela en propiedad, lo cual hizo que acabara por abandonar la enseñanza. Es curioso, pero yo mismo desconocía muchos detalles relacionados con esto, hasta que hablé con la persona que contactó a la persona influyente antes mencionada. Esta conversación ocurrió al final de los años noventa, es decir, sesenta años después de los hechos. No obstante, en mi niñez se dieron otras muchas circunstancias, que la convirtieron, creo, en bastante singular. Mi madre venía de una familia acomodada y vivíamos en una casa muy grande, que todavía conservamos. Allí mi padre tenía muchos libros que estuvo leyendo constantemente hasta el final de su vida. Creo que su biblioteca jugó un papel muy importante en mi visión del mundo. De alguna manera ya daba por sentado, desde muy pequeño, que me dedicaría a algo intelectual. Por otra parte, la pérdida del padre a esa edad deja una huella que no se borra con el tiempo, al contrario de lo que dice la frase popular.

El padre y su biblioteca, un pueblo que se nos queda pequeño. ¿Ingredientes de la personalidad de un científico?

Supongo que algo de eso hay. Nuestra profesión requiere un cierto espíritu nómada, independiente de nuestros vínculos con patrias chicas (el pueblo o incluso el país del que uno viene). Pero, al mismo tiempo, para mí al menos, la conexión con esas raíces, los libros de mi padre, la casa de mi niñez, los amigos de la adolescencia, son muy importantes. Es el famoso conflicto, que no tiene por qué ser tal, entre lo local y lo universal.

Estudias en la Complutense.  ¿Tienes profesores que te marcan?

Antes estudié en Oviedo (un año), en Zaragoza (dos) y después en la Complutense. La influencia más notable entre los profesores universitarios fue la de Alberto Galindo. Sus clases de Mecánica Cuántica eran un modelo de claridad. Y también Juan Manuel Rojo, un magnífico profesor, que enseñaba Estado Sólido en la Complutense y luego jugaría un papel esencial en la revolución científica de los ochenta. Pero también me influenciaron de manera decisiva algunos profesores del Instituto Jovellanos de Gijón, donde estudié y viví entre los once años antes mencionados y el comienzo de la universidad. De hecho, tuve mejores profesores en el último año de instituto que en el primer año de universidad. Recuerdo en especial al profesor Caso (padre de la escritora M.ª Ángeles Caso), quien enseñaba Literatura Española y cuya fuerte personalidad era notable. Y también a los profesores de Matemáticas y Física, también me influenciaron mucho.

Al terminar la carrera das clase en la Autónoma de Madrid durante un año.

Durante el último año de carrera, entré en contacto con el entonces incipiente grupo de física de partículas del CIEMAT, que entonces se llamaba la Junta de Energía Nuclear, la JEN. Me ofrecieron una tesina, acepté. Y parte de la manera de pagarnos en aquellos tiempos fue como profesores-ayudantes en la UAM. Yo daba clase de problemas de Física General a un grupo, cuyo profesor era nada menos que Javier Solana.

¿Acabas la tesis doctoral en el CIEMAT?

No, me fui con la tesis casi terminada a Estados Unidos, donde empecé de nuevo como estudiante de posgrado en Purdue University, Indiana. Hice experimentos de neutrinos en los laboratorios nacionales de Argonne y Fermilab. Mi tesis fue en el primer experimento de antineutrinos contra protones, un tema completamente diferente del que había casi acabado en España. Creo que soy la tesis número 98 de las miles de tesis doctorales que se han hecho desde entonces en experimentos de Fermilab.

¿Con una tesis  casi acabada en España das un portazo y empiezas de nuevo?

No fue un portazo, sino una reorientación de la carrera. Tenía motivaciones científicas, le había dado muchas vueltas a la posibilidad de continuar mis estudios en Estados Unidos, tal como habían hecho algunos compañeros de curso en Madrid, pero también se dieron circunstancias personales. Mi compañera de entonces, que era norteamericana, también buscaba un lugar para hacer un doctorado (en literatura hispana) y el encontrar un lugar donde nos pagasen a los dos fue un motivo importante.

¿Te lanzaste a la aventura, sin más?

No fue una aventura sin más. Pero es verdad que en aquella época había muy poca gente española que estuviese en Estados Unidos por libre. Había bastante gente que estaba allí con becas españolas o Fulbright, mientras yo estaba por mi cuenta en el sistema de allí. Pero esto también era una ventaja. Recuerdo que me extrañaba cuando al conocer a gente nueva, a nivel profesional, rara vez me preguntaban de dónde era, a pesar del acento al hablar inglés. Cuando terminé la tesis me ofrecieron un trabajo en Argonne National Lab, para empezar la preparación de un experimento en SLAC (Stanford Linear Accelerator Center, en Stanford, California) y allí me fui. Estuve un total de seis años en SLAC, durante los cuales también trabajé, desde allí, para la Universidad de Colorado, aunque nunca residí en Boulder. Por otra parte, cuando estaba a mitad de mi tesis americana, volví un verano a Madrid y me las compuse para terminar mi tesis española. Así que me doctoré dos veces. Pero, desde luego, la tesis que cuenta para mí a nivel científico es la americana, mi trabajo en el experimento de antineutrinos en Fermilab se publicó en Physical Review Letters, en diciembre de 1979. Es uno de los trabajos de los que más orgulloso estoy, entonces era novedoso.

Después de doctorarte, ¿cómo ves tu futuro y cómo ves España?

Cuando estaba en SLAC pensaba que no volvería. Paco Ynduráin (catedrático de Física Teórica en la Universidad Autónoma y personaje muy influyente en la revolución científica de los ochenta en España) me animaba a hacerlo, en concreto a solicitar la llamada «idoneidad», pero no lo vi claro y no la solicité. De hecho, por esa época también surgió la posibilidad de irme a trabajar a Bell Labs, como hizo la mitad del grupo de Argonne. Me ofrecieron un trabajo que doblaba mi salario, pero finalmente decidí continuar como investigador. Y un par de años más tarde surgió la posibilidad de regresar a España y crear un grupo de física de partículas que contribuyera a los experimentos del CERN (España acababa de entrar en el CERN). Me contactaron desde Barcelona. El propio rector de la UAB me mandó una carta, sin duda a instancias de Ramón Pascual (Ramón Pascual y su hermano Pedro, los dos físicos teóricos, fueron los impulsores de que en Barcelona se crease un grupo experimental y también han tenido un papel muy relevante como promotores de la ciencia en Cataluña y España). Hay siempre un elemento de azar en estas cosas, unas llevan a otras y muy a menudo no sabes qué decisiones son importantes y cuáles no.

Háblanos de tu regreso.

Cuando España entró en el CERN, Juan Antonio [se refiere a Juan Antonio Rubio, que fuera director del CIEMAT y director de división en el CERN] con Carlo Rubbia, Manolo [Manuel Aguilar Benítez, que sería director de la división de física de partículas del CIEMAT y representante español en el CERN] y Paco [Francisco Ynduráin] jugaron un papel esencial en planificar todo el proceso. En particular, Juan Antonio convenció al Secretario de Estado, Juan Rojo, de crear tres cátedras: una en Valencia, otra en Madrid y otra en Barcelona. Esas cátedras las ocupamos tres físicos que nos hallábamos en ese momento en el extranjero. Antonio Ferrer, que estaba en Francia, fue a Valencia, Fernando Barreiro, que estaba en Alemania, fue a Madrid y yo fui a Barcelona (de esto iba la carta del rector de la UAB).

¿Por qué decides volver? ¿Es personal, es profesional, son las dos cosas, es una apuesta?

Ambas cosas, pero en este caso creo que pesó más lo profesional. Se trataba de una apuesta interesante: crear un grupo en España, pero integrándonos en el programa científico del CERN. De hecho, cuando regresé me encontré con que Juan Antonio tenía ya preseleccionado mi equipo y mi proyecto. Juan Antonio fue un gran líder y un visionario, pero a la que te descuidabas te explicaba lo que tenías que hacer [risas]. Así que tuvimos una pequeña confrontación durante una reunión en Santillana del Mar. De hecho, ni Barreiro ni yo aceptamos los planes que nos proponían y tuvimos que sacar un poco de músculo, pero al final Juan Antonio y los demás nos dejaron hacer.    

En mi caso me empeñé en integrarme en el experimento ALEPH del CERN, después de escuchar un seminario en SLAC de Jack Steinberger [director de ALEPH y quien posteriormente, en el 89, recibió el premio Nobel de Física por el descubrimiento del neutrino muónico]. Finalmente todo cuadró, pero no fue un camino de rosas. Para darte una idea: nunca es fácil hablar con Jack, así que imagínate hablar por teléfono a las 2 de la mañana (por la diferencia horaria), sin haberlo hecho nunca antes y sin conocerse directamente. Y como esto muchas otras anécdotas de cómo integrarse en Europa, desde España pero viniendo de EE. UU.

España, en ese momento, está muy por detrás del resto de sus socios del CERN. ¿Cómo te las compones para causar un impacto en ALEPH?

En efecto, España estaba bastante por detrás en física experimental de partículas con respecto a los socios fuertes del CERN. Además, o esa era mi impresión, nos miraban un poco por encima del hombro. Así que nuestra estrategia fue, para ponerlo en palabras llanas, «entrar a saco». En ALEPH encontramos dos nichos, uno relacionado con la instrumentación del detector (un proyecto pequeño, como correspondía a la capacidad de nuestro grupo por la época) y otro de tratamiento de datos, mucho más importante, el proyecto Falcon. Con Falcon introdujimos en el CERN (a través de ALEPH) algunas ideas novedosas de SLAC. Previamente yo había convencido de que viniera a Barcelona a Manuel Delfino (originalmente de Venezuela, pero licenciado y doctor por la Universidad de Wisconsin), a quien conocía de SLAC y quien después lideró Falcon. Manuel pronto entendió que, para nuestro tipo de computación, era mucho más eficiente repartirla en muchos procesadores relativamente pequeños que llevarla a cabo en un gran ordenador main-frame (como se hacía entonces). Nuestros procesadores más pequeños eran de hecho doce «estaciones de trabajo» sin las consolas correspondientes. Hoy gran parte de la computación está distribuida en miles de procesadores, pero entonces no era evidente que el futuro iría en dicha dirección, por lo que Falcon llamó la atención de las personas que se ocupan de esos aspectos. Estamos hablando de mitad de los ochenta.

«La revolución de los ochenta», que se extiende a lo largo de la década de los noventa, transforma la manera de hacer ciencia en España y en particular el campo de la física de partículas da un salto gigantesco hacia delante con la entrada en el CERN. Asociados con esta revolución hay una serie de nombres propios, algunos de los cuales ya han sido mencionados en esta entrevista. Pedro Pascual, Juan Rojo, Juan Antonio Rubio, Paco Ynduráin. ¿Cómo valoras a estos científicos? ¿Cómo los sitúas en ese momento? ¿Eran una consecuencia inevitable del cambio o son ellos los que hacen el cambio inevitable?

Jugaron un papel importantísimo, son insustituibles. Su éxito se debe, creo, a la enorme coherencia que demostraron, a pesar de que sus personalidades e intereses científicos eran muy diversos. Por otra parte, date cuenta de que la diferencia de edad entre ellos no es muy grande, son todos casi de la misma promoción. Creo que puede hablarse de un efecto generacional. Se trata de un grupo de personas profesionalmente competentes y políticamente motivadas, que se encontraron con la capacidad de cambiar las cosas y no dudaron en hacerlo. En ese sentido, quizás la persona que mejor representa a todos ellos fue Juan Rojo, por la época secretario de Estado, cuyo rol fue esencial en la modernización de la ciencia en España.

Fundas el Instituto de Física de Altas Energías (IFAE) en Barcelona y lo conviertes en uno de los centros de referencia en ese campo tanto a nivel nacional como internacional. ¿Cómo se monta el IFAE, un centro de excelencia? Y, una vez más, ¿hay un plan o es todo una gran improvisación que va saliendo bien?

Es difícil delimitar la frontera entre planificación e improvisación. Lo más importante es quizás el mantener el equilibrio entre las dos cosas, si lo planteas de esa manera. En España en particular, el planear demasiado es peligroso, sería una fuente de frustración constante [risas]. Inicialmente el grupo en Barcelona se creó como grupo universitario, con capacidad de trabajo y mucha ilusión, pero recursos muy limitados, sobre todo teniendo en cuenta que yo quería involucrarme en todos los aspectos de los experimentos en física de partículas, incluida la construcción de detectores. Esto requiere recursos materiales (talleres, por ejemplo, que sí teníamos) pero también humanos (personal técnico de alto nivel, casi imposible de reclutar en el marco universitario). El golpe de suerte vino cuando a Juan Antonio Rubio y a Ramón Pascual se les ocurrió invitar a Jordi Pujol al CERN. Pujol es un político nato y se dio cuenta inmediatamente de la escala del CERN, comprendió que se trataba de investigación muy avanzada, nada que ver con lo que se esperaba. Poco tiempo después de esa visita, Ramón (Pascual), Josep Laporte (por la época Consejero de Educación) y yo nos entrevistamos con Pujol. Queríamos proponerle la creación de un Instituto de Física de Partículas, pero no teníamos del todo claro cómo articularlo. Así que Pujol, que ya debía de haber pensado en ello, se volvió hacia Laporte y le dijo: «¿Cuánto nos va a costar?» [risas], y Laporte dijo: «Unos cien millones de pesetas al año». Mi intuición me dice que a Pujol le pareció poco, en todo caso le dijo que adelante. Ese fue el momento en que se creó el IFAE. Esto era febrero de 1991, y en agosto salió el decreto que nos declaraba un instituto con personalidad jurídica propia.

¿Cuál es la diferencia fundamental con lo que había antes?

Teníamos libertad de contratar tanto a científicos como a técnicos. Los puestos científicos titulares son contratos laborales indefinidos (hay varias categorías, similares a las que hay en la universidad). La otra gran diferencia es la flexibilidad del procedimiento. Para contratar a una persona para un nuevo puesto en el IFAE recurrimos a una comisión de expertos internacional y sin conflicto de intereses, que le propone al director el candidato que le parece más apropiado. El director toma la decisión y hace una propuesta al consejo de gobierno, quien formalmente la aprueba. Todo esto es bastante ortogonal al sistema que imperaba y aún impera en la Universidad. Fuimos creciendo muy poco a poco, escogiendo al personal científico y técnico de manera muy cuidadosa y procurando diversificar en todos los aspectos, incluyendo la edad. Para que te hagas una idea, desde 1991 hasta ahora hemos ofrecido unos doce puestos (me refiero a científicos) permanentes, menos de uno al año (a esto tendríamos que añadir a los investigadores del programa ICREA).

Sin duda el IFAE de hoy en día es muy diferente al de hace veinticinco años. En retrospectiva, ¿qué te gusta y qué no? ¿Qué habrías hecho mejor? ¿Qué suscribes?

No creo que haya cambiado tanto en veinticinco años, sí en cantidad y calidad, pero no en los conceptos básicos. Algunos temas: el IFAE sobre el papel es una institución muy top down. El director lo nombra el Consejo de Gobierno sin que en principio tenga que preguntar a nadie, podría incluso ser una persona que viniese de fuera. A nadie se le ocurre aquí que haya elecciones a director. Tampoco tenemos claustros o comisiones de esto y lo otro. El director forma su propio equipo de dirección (es su responsabilidad) y tiene también una comisión de asesoramiento, también nombrada por él mismo. Esto, que es sustancial, no ha cambiado desde el principio. También creo que es muy importante que el ambiente científico y social sea bueno, he visto a grupos enteros fracasar por rencillas internas. En el IFAE no ha habido problemas graves nunca (o, digamos, que se han apagado los fuegos antes de que empezase algún incendio). Además hemos procurado, y aquí el trabajo del director es crucial, consensuar en qué actividades participamos y creo que todo el mundo se siente comprometido con todo el programa del instituto. Sin duda que muchas cosas se podrían haber hecho mejor, y algunas decisiones erróneas también las hemos tomado. Pero globalmente el concepto ha funcionado muy bien.

Háblame del programa ICREA.

ICREA es una idea fantástica, que posiblemente va a contribuir a transformar (para mejor) la ciencia en Cataluña más de lo que nos imaginamos hoy en día. La clave del éxito del programa está en su capacidad de inyectar investigadores excelentes en el sistema, saltándose las reglas del propio sistema. Como bien sabes, atraer a un científico puntero para que trabaje en España es muy difícil si se pretende hacer a través de los conductos normales de la Universidad o el CSIC. Simplemente esas instituciones no son competitivas, ni en salario, ni en incentivos, ni en flexibilidad. Pues bien, el programa ICREA soluciona todos esos peros: ofrece contratos con salarios negociados directamente con los investigadores, libertad para integrarse en los grupos que más les atraigan, flexibilidad, etcétera. En resumen, es un programa subversivo. Y gracias a él se ha atraído mucho talento a Cataluña (una prueba, la cantidad de ERCs obtenidas por miembros de ICREA). En el IFAE tenemos a siete investigadores ICREA, a nosotros nos ha beneficiado mucho.

En el País Vasco, el programa IKERBASKE sigue los pasos del ICREA en Cataluña. Además, hay más inversión de los Gobiernos autonómicos en ciencia que en el resto del país e incluso algo de inversión privada. ¿Han dado Cataluña y el País Vasco con una fórmula para hacer ciencia superior a la del resto del país?

Buena pregunta, a la que no podría responder con precisión pues desconozco las cifras objetivas. Pero la impresión que tengo es que lo que dices es cierto, tanto Cataluña como el País Vasco parecen disponer de fórmulas más competitivas que otras autonomías para hacer ciencia. Pero ten en cuenta que tanto ICREA como IKERBASQUE son programas que se han desarrollado gracias a iniciativas casi, casi personales. El riesgo entonces es que, si las personas que los impulsan desaparecen, los programas se esfumen o se diluyan. Pero parece que, poco a poco, estos programas se están consolidando como parte del sistema, así que hay razones para ser moderadamente optimista.

Hablando de ICREA, podías haber optado por uno de esos puestos, pero has preferido una cátedra universitaria. ¿Por alguna razón en especial?

No, no es correcto lo que dices. El IFAE se creó mucho antes que ICREA y desde el principio el programa ICREA ha estado diseñado para atraer a gente que está fuera del sistema catalán de I+D. Este aspecto, el que los que ya estamos dentro del sistema no podamos optar, ha creado alguna fricción. En parte por esto ICREA creó un programa llamado ICREA Academia, que consiste en liberar parcialmente de las clases a los profesores que tengan dicha distinción (que son muy pocos, globalmente hablando) durante cuatro años, el programa paga ese dinero a la universidad más otra cantidad, nada despreciable, en concepto de premio. Yo sí que he tenido uno de estos cuatrienios de ICREA-Academia. Por otra parte, aunque la mayoría del IFAE no pertenezca a la Universidad, es importante que haya personas como yo que tengan una conexión muy fuerte con ella. Aunque en cierta manera somos subversivos, no podemos darle del todo la espalda al sistema. La Universidad es un recurso importante, por ejemplo en lo que se refiere a reclutar y formar estudiantes de doctorado. Y al edificio que ocupamos en el campus, por ejemplo. Y, naturalmente, el contacto con otros departamentos es enriquecedor.

¿Tú crees que la Universidad española funciona bien? ¿Hay que cambiarla? Si la cambiaras, ¿cómo la cambiarías?

No, no creo que funcione bien. Cambiaría muchas cosas, pero quizás la más importante, y desde hace muchos años, es la selección del personal académico. Creo que la Universidad necesita un programa similar al ICREA para atraer talento que a su vez permita mejorar el rendimiento. En este punto tan importante, la planificación brilla por su ausencia, las dotaciones de personal se dan ad hoc, para resolver problemas individuales en muchos casos. Sin un cambio radical con respecto al sistema actual creo que no vamos a progresar. Y no es solo por falta de dinero, que también es un programa real grave.

¿Qué se necesita para desarrollar la ciencia en España? ¿O para que, al menos, no retroceda?

Cuando se puso en marcha lo que hoy llamamos Programa Nacional de Investigación supuso un cambio radical con respecto a lo que existía anteriormente, tanto a nivel cuantitativo (aumentó mucho la inversión en ciencia) como a nivel logístico. Por primera vez se conceden subvenciones a los investigadores directamente basándose en proyectos concretos (anteriormente, el poco dinero que había se daba a los departamentos y se solía repartir con la política de café para todos) y se les hace responsables de desarrollar dichos proyectos. Creo que ese paradigma básico, similar al de otros países, ha funcionado bastante bien y debería conservarse. ¿Es posible mejorarlo? Sin duda, por ejemplo haciendo un seguimiento serio de los logros de los proyectos, lo cual ahora mismo no se hace. Por cierto, lo que sí está ocurriendo es que nos piden cuentas de cómo hemos gastado el dinero de los proyectos, pero no del contenido, sino de la forma, que si falta una firma por aquí o por allá, que si tenemos justificantes de pernoctar en los hoteles cuando viajamos, etc. Hemos llegado a extremos grotescos, o más bien vergonzosos. En ese sentido hemos ido hacia atrás muchísimo, y parece ser cada vez peor.  

¿Cómo afectaría a la ciencia un catalanexit?

Yo creo que mal, que le vendría muy mal. Y no solo a la ciencia. Aparte del trauma de la ruptura, a largo plazo Cataluña sería un país pequeño con una economía pequeña y España sería también un país más pequeño que ahora con una economía más pequeña. Todo el mundo saldría perdiendo.

Tú has ocupado muchos cargos de influencia en el CERN y en muchas comisiones internacionales y por tanto conoces muy bien tanto la ciencia en Europa en general como en nuestro laboratorio europeo. ¿Cómo valoras el CERN?

El CERN es sin duda una gran empresa. Todos los países de Europa se unen para poder hacer en común unos aceleradores que son grandes aparatos y que cuestan mucho y necesitan muchos recursos, o sea, que la idea funcional está muy bien. Y ciertamente el LHC ha sido un éxito rotundo. Por otra parte, si tuviese que hacer una crítica al CERN, apuntaría a que se trata de un organismo internacional, situado en uno de los sitios más caros de Europa, y cuenta con una élite muy privilegiada de científicos y técnicos que ganan salarios muy altos. En estas circunstancias es imprescindible ser riguroso a la hora de medir la eficiencia, y creo que en el CERN eso no se hace, o al menos no se hace rigurosamente.

¿Consideras que el CERN es un motor de progreso también para ciencia aplicada?

Hombre, el caso de la invención de la WWW es bien conocido. Por otra parte el CERN sufre un poco del síndrome not invented here (si no se ha inventado aquí no nos interesa). Esto ocurre bastante con el software. En física de partículas, y por lo tanto en el CERN, ya no estamos en la frontera de los avances tecnológicos en los que sí están Google o similares. Cuando empecé a trabajar en el experimento ALEPH, allá por 1986, me chocó el hecho de que la división IT (la división informática del CERN) había decidido no utilizar LaTeX y querían seguir con su propio sistema (yo me callé pero… seguí usando LaTeX). Es un ejemplo concreto pero significativo de algo más general. Por otra parte, y esta es una defensa del campo de la física de partículas, del CERN y de otros laboratorios, considero que la gente se forma a muy alto nivel, tanto porque la ciencia misma lo exige como por la tecnología empleada para hacer avanzar esta ciencia básica. Esa formación a alto nivel crea un capital humano de gran valor que en muchos casos se transfiere a la industria. De hecho, las empresas de alta tecnología en EE. UU. lo tienen muy claro y un doctorado en física de partículas es una excelente carta de presentación para ellas. Un problema que tenemos en España no es tanto la formación sino la falta de empresas que realmente la necesiten a muy alto nivel, simplemente esas empresas no existen.

Uno de los problemas de la física de partículas (que empieza a ser común en otras áreas de la ciencia, como la cosmología) es la de asignar crédito a los científicos. La colaboración ATLAS cuenta con unos tres mil físicos, cada uno de los cuales firma todos los artículos que la colaboración produce. Es evidente que es imposible asignar el mismo crédito a uno de esos autores que cuando se trata de un artículo firmado por un equipo pequeño. ¿Hemos encontrado soluciones a este problema?

Es un problema muy complicado y no hay fórmulas mágicas, pero creo que el campo (de la física de partículas) no está intentando solucionarlo seriamente. De hecho hubo un intento, por parte de ECFA, pero no prosperó. Se podrían aplicar diversas fórmulas para tratar de asignar el crédito de una manera más clara. Por ejemplo, en cosmología los primeros autores suelen ser los dos o tres que han liderado el análisis (y a menudo han escrito el artículo), detrás siguen los nombres del grupo de trabajo (a menudo unos diez o veinte científicos) y detrás el resto, por orden alfabético. Por supuesto, algunos artículos fundamentales (como el descubrimiento del Higgs) irían por orden alfabético ya que se trata realmente de un esfuerzo colectivo cuyo crédito específico no se le puede asignar a nadie. Una fórmula como esta no es una solución ideal, pero creo que es mejor que la que se utiliza en partículas. En todo caso tenemos la obligación de hacer algo, so pena de que otros campos no nos tomen en serio.

En los últimos años has liderado varias iniciativas para estudiar energía oscura. ¿Por qué?

El problema de la energía oscura (y también el de la materia oscura) es fascinante. Piénsalo. El 80% de la materia del universo es invisible. ¿Qué es esa materia oscura? ¿Y qué es esa energía oscura que está acelerando la expansión? En cierto sentido creo que es válido decir que no sabemos gran cosa del 95% del universo. Y para saber más hay que hacer experimentos.

Sin embargo, tú estabas confortablemente instalado en la ciencia del LHC. Cambiar a experimentos  tan diferentes como los de energía oscura denota un cierto inconformismo…

¡Cierto! Recuerdo que un excolega de ECFA (la Comisión Europea para Futuros Aceleradores de la que fui presidente durante varios años) me dijo: «¿Para qué te metes en líos con lo bien que podrías vivir de rentas?». Ahora me doy cuenta, un poco a posteriori, de que dentro de la cosmología no voy a poder competir con la gente joven, pero me he lanzado por interés científico, que de hecho siempre he tenido, desde que era estudiante, y en ese sentido no me arrepiento en absoluto. Creo además que es una excelente inversión científica para el IFAE el estar en este campo.

¿La financiación de la ciencia en España te parece suficiente?

Muy insuficiente. En los últimos años ha habido una bajada del 40% en la inversión en ciencia (esto es, en subvenciones directas a la investigación). ¿Te imaginas una empresa que de repente ve sus ingresos reducidos a la mitad? Es casi seguro que quebraría. Pues bien, esa es la situación con la empresa ciencia en España. Los efectos, no te quepa duda, van a ser muy negativos.  Además, llegan en un momento en que la ciencia en España estaba a punto de florecer, no solamente no avanzamos, sino que dilapidamos parte de lo conseguido.

Sin embargo, se diría que en los Estados Unidos de la época Trump también se van a dar recortes en ciencia.

Así parece, ciertamente tienen un problema grave con el nuevo presidente. La diferencia es que en Estados Unidos existe un potente sector privado, capaz de mover la economía incluso si atraviesan una racha de bajas inversiones públicas. El dinero que dedican empresas como Apple, Google o Facebook, por nombrar solo unas pocas, a I+D, superar a todo el programa español de ciencia. En España no tenemos nada que se le parezca y si se corta la inversión en ciencia no lo tendremos jamás.

¿Es eso solo culpa de los políticos? Da la impresión de que a la sociedad española no le importa la ciencia y en consecuencia la voz de los científicos pasa desapercibida.

El ejemplo lo tienes en la Marcha por la Ciencia que se organizó recientemente. Movilizó a una parte muy importante de los científicos españoles y ¿cuál fue la cobertura que le dedicó el Telediario? Quizás treinta segundos. Compara con los debates interminables sobre otros asuntos nimios.

Tu amistad con el Premio Nobel Jack Steinberger es bien conocida. Steinberger es uno de los grandes de la vieja escuela, todavía lúcido y activo a los noventa y cuatro años. Háblanos de él.

Es una persona única a la que admiro intensamente. Ha vivido tiempos muy especiales. Nació en Alemania y es hijo de un cantor de una sinagoga. Su familia escapó de Alemania gracias a una asociación de judíos americanos que los sacaron del país justo a tiempo. Se establecieron en Chicago, donde montaron una tienda de ultramarinos. Jack no tenía antecedentes científicos ni demasiados recursos, pero debió de ser un estudiante excepcional, dado lo bien que le fue. Cursó Ingeniería Química en la Universidad de Chicago, donde conectó con el grupo de Fermi (el gran científico italoamericano, autor de la primera teoría sobre el neutrino y padre de la bomba atómica). Jack  hizo la tesis con Fermi y el resto, como se suele decir, es historia.

Es cierto que yo he establecido con él una relación personal que va más allá del aspecto profesional, conozco muchas anécdotas. Hay una característica muy conocida de Steinberger y es su capacidad para desarmarte. Una reacción típica suya cuando te lo presentan es interrogarte sobre algún tema que le interesa, te lanza preguntas muy agudas que no sabes cómo contestar y te deja descolocado. Esto me pasó a mí, pero luego averigüé que le pasa con todo el mundo. Lo curioso es que en el fondo no pretende examinarte o ponerte en un compromiso, Jack está obsesionado por aprender y te lanza esas preguntas a ver si te sabes la respuestas. Es su manera de aprender, pero sus preguntas siempre van muy por delante. Cuando se retiró del CERN le dio por aprender cosmología. Yo di por supuesto que se había leído los textos de referencia (todos los que hemos querido aprender cosmología hemos tenido que estudiarlos, más o menos), pero en su caso no se limitó a leer, dedujo todas y cada una de las fórmulas de los textos, incluyendo las más difíciles. Y para ello no dudó en pedirle ayuda a Veneciano (un físico muy teórico del CERN de gran reputación). Lo que quiero decir es que Jack es un científico puro y para hacerte amigo suyo tienes que asimilar esa forma de ser, en la que no hay compromisos que valgan. Yo lo he visto con ochenta años cumplidos participando en un grupo de trabajo en física de oscilaciones de quarks y compitiendo con posdocs cincuenta años más jóvenes que él.

Para apreciar a Steinberger tienes que apreciar también esa mezcla de curiosidad intelectual y espíritu pendenciero (es capaz de enzarzarse en una refriega científica con cualquiera, sea otro premio Nobel o un estudiante de doctorado, y en todos los casos lo que le importa son los argumentos, la ciencia, el estatus le trae sin cuidado). Recuerdo que Alain Blonde (un prestigioso físico de partículas, catedrático en Ginebra) lloriqueaba porque Jack lo machacaba siempre que podía. Y yo le dije: «En realidad tendrías que sentirte orgulloso, contigo le gusta jugar y competir». Alain tiene muy buenas ideas y Jack las huele de lejos.

¿Cuáles son tus planes para los próximos años? ¿Qué problemas científicos te llaman más la atención? Y, sobre todo, ¿te ves capaz de una nueva insurgencia de las tuyas?

Eso va a ser difícil, porque dentro de un año me retiro de la Universidad, al menos técnicamente, aunque pienso seguir activo y contribuyendo, pero me parece que las siguientes insurgencias hay que dejárselas a los jóvenes.

Estás casado con Martine Bosman, una de las líderes de la Física del LHC en España. ¿Es una buena idea casarse con alguien del gremio? En el caso de los científicos, ¿es la única buena idea?

En parte hay muchas posibilidades de acabar con otro científico de pareja, ya que a menudo la gente se conoce en el ámbito laboral. Por otra parte, la complicidad, el entender el trabajo del otro y la dedicación que este trabajo exige creo que ayudan mucho a que la pareja funcione. Pero no creo que sea la única fórmula posible. Tú sabes tanto como yo de esto.

Eres miembro de la Real Academia de Ciencias. ¿Crees que este tipo de instituciones siguen jugando un papel?

Soy académico correspondiente, no soy miembro numerario. Creo que una institución así podría jugar un papel mayor del que juega. El problema no está en la propia Academia, sino en el uso (o la falta de uso) que hace de esta el resto de la sociedad. ¿Por qué el Gobierno, por ejemplo, no la usa para asesorarse en materias de política científica, por qué no se le saca partido a la gente tan valiosa que hay en ella? No se hace porque en nuestro país hay una cultura científica muy escasa y la verdad es que es una pena.  

¿No te parece un poco vetusta?

Bueno, pero eso es natural. Es verdad que los miembros de la Academia son bastante mayorcitos, cuando fui a las primeras reuniones me sentí joven [risas].

Sé que tocas muy bien la guitarra, pero siempre te quejabas de que no tenías tiempo. ¿La tocas todavía? ¿Tienes tiempo libre?

He empezado a tocar el piano hace más de diez años y he progresado bastante. Con la guitarra siempre me pasó lo mismo, tocaba siete u ocho meses y luego pasaba otro tanto sin acercarme a ella. Creo que nunca llegué a ninguna parte, la guitarra clásica es demasiado difícil. Con el piano soy más constante, ahora estoy en una buena época y toco una hora cada día. No haber estudiado música seriamente es una de mis grandes frustraciones. Es curioso, en la casa donde yo me crie había un piano, era de mi abuela materna, y yo lo tocaba de vez en cuando, pero no estudié música porque creía que para ser pianista tenías que ser poco más que un genio. Estoy seguro de que es cierto si quieres ser un profesional bien retribuido, pero desde luego cualquiera con un mínimo de talento y ganas puede tocar bien y yo ya me contentaría con eso. Pero yo no lo sabía y nunca me planteé estudiar. Cuando me fui a EE. UU. me llamó la atención que había estudiantes en la universidad que estudiaban música como una profesión, pero ya era muy tarde para mí.

Hubo una época, durante mi estancia en Stanford, en la que mi pareja me regaló unas lecciones particulares de guitarra. Resultó que el profesor era un alemán que había aprendido a tocar la guitarra en un campo de concentración en Inglaterra, durante la Segunda Guerra Mundial. Tenía una tienda que se llamaba Quality Guitars, al lado del Camino Real en Palo Alto. Mi guitarra era buena, la había comprado en Contreras, que estaba en la calle Mayor de Madrid, y a él le llamó la atención que yo tuviera esa guitarra cuya marca conocía, y me preguntó: «¿Y esta guitarra cómo la has conseguido?», y le dije: «La compré en Madrid», y él: «Pues la próxima vez que vayas a España, dímelo, porque te encargo una».

El caso es que el alemán se retiró y traspasó el inventario de la tienda a otra en el Camino, cerca de Kepler’s Books en Menlo Park, llamada Guitars Unlimited. Y también me traspasó a mí, el dealer de guitarras españolas, presentándome a Bill Courtial, que así se llamaba el nuevo dueño. Así que cada vez que venía a España compraba una guitarra para ellos, llegué a comprar una de concierto que me costó entonces casi doscientas mil pesetas, una auténtica fortuna. Bill era un guitarrista de jazz y había entrado en el negocio de la tienda años antes, sustituyendo a un profesor de guitarra amigo suyo que se había hecho famoso. Se trataba nada menos que de Jerry García, el líder de Grateful Dead. La tienda parecía un tugurio, pero tenía una trastienda inmensa con guitarras e instrumentos de todo tipo. Allí compraba guitarras Joan Baez, que vivía bastante cerca, el propio Jerry García, y alguno de los músicos de Janis Joplin, entre otros. Con esto disfruté un montón. Una vez el propio Bill me pidió una guitarra de flamenco y al probarla me dijo: «Esta es para mí, no para la tienda». En fin, quizás debía haber explotado más mi faceta de traficante, pero la cosa se quedó ahí [risas].