La sexta monomanía

La sexta monomanía, Portrait of a man. Homo melancholicus, de Théodore Géricault.

Hoy, unos días después de que se cumpla un año en el que lo tuve entre mis manos, el misterio por fin se desvela. 

Pero volvamos por un momento a aquel soleado día de un enero frío.

El viaje fue según lo previsto en aquella época prepandémica. Nadie sospechaba que el virus estaba ya transmitiéndose de manera silenciosa y mortal, pero hoy sabemos que en aquel gélido mes de invierno, poco después de la Natividad, el virus ya campaba a sus anchas en la península itálica. Hasta en eso tuve suerte. Unas pocas semanas más tarde habría perdido la oportunidad única que me brindaba la vida, y que se me ofrecía tal vez por mi compulsiva obsesión en la búsqueda de unos cuadros perdidos hacía más de doscientos años, de los que nadie, ni tan siquiera, sabía si habían existido alguna vez.

En los últimos meses mi casa se había convertido en el escenario de una serie policíaca de los años ochenta. Fotografías de los retratos pegados a la pared, con conexiones entre ellos, decenas de artículos científicos en inglés y en francés desparramados por la mesa del comedor, diagramas temporales del periplo de los cuadros conocidos, precios de compraventa, catálogos especializados traídos de alguna librería perdida en los suburbios parisinos, fotocopias de los tratados médicos de los alienistas, mil veces subrayadas, con anotaciones al margen traduciendo algunas de las expresiones francesas que mi memoria se había empeñado en olvidar, solicitudes de fichas a los Archivos Nacionales Franceses, correos electrónicos enviados a diferentes partes del mundo, catálogos de exposiciones lejanas en el tiempo y en la geografía, inventarios de testamentos olvidados, tesis doctorales antiguas…

Durante muchas noches la encendida obsesión me hizo navegar por las profundas y oscuras aguas de la inabarcable red. La tecnología ha puesto a nuestro alcance un océano de información muy difícil de digerir. Al igual que de niños trazamos las líneas entre los puntos sucesivos para dibujar la imagen del tesoro de los piratas, de esa forma yo conectaba pistas en mi particular epopeya artística. Fueron muchos meses de intentos, en los que visité colecciones virtuales, estudié catálogos obsoletos, leí decenas de artículos y libros, y analicé, con la paciencia de un relojero, cada una de las posibles evidencias que la profundidad de la nube me devolvía. No contaré aquí ni las pistas que no me llevaron a ningún sitio, ni aquellas que todavía permanecen prometedoramente abiertas, en una búsqueda vital que necesariamente sigue siendo inconclusa. 

El quid de la cuestión acabó estando en una pequeña exposición sobre arte y locura que se exhibió en el Museo de Arte de Rávena (MAR). En una de esas noches de verano detenidas en el tiempo, donde buscaba incansablemente evidencias imposibles frente al ordenador, reparé en una exposición del año 2013 titulada Borderline. Artisti tra normalità e follia, que inicialmente no me reveló nada especial, convirtiéndose otra vez en la enésima pesquisa esquiva. Pero decidí, ya a altas horas de la madrugada, visionar el vídeo promocional de la exposición antes de irme a dormir a la cama pegajosa por la humedad próxima de la mar oscura, en aquella noche que se convertiría irremediablemente en inolvidable. Lo deduje de allí. Reconocí en los escasos segundos que duraba el frame el cuadro de Le medicin chef de l’asile de Bouffon, uno de los médicos parisinos pintados por Géricault en aquellos años. El retrato, en forma de promesa, estaba a su lado. La imagen parada arrojaba la posibilidad de explorar. Y sus características lo hacían plausible: las dimensiones del retrato, su composición, la ropa que vestía el sujeto, los colores coincidentes, la singularidad de la mirada…

Durante los meses siguientes la investigación se convirtió en una montaña rusa de esperas y augurios. Obviaré los detalles, tanto por confidencialidad como por prudencia, pero he de confesar que siete meses más tarde, en algún lugar perdido de Italia, aquel retrato perdido de Géricault estaba entre mis manos, y yo, por fin, podía mirar a los ojos los indicios del principio de la locura en un insano ingresado en uno de los asilos parisinos de una lejana época posnapoleónica. Aquel hombre que interesó al eminente psiquiatra y que inmortalizó el genio romántico estaba delante de mí, mientras su dueña (o dueño) desgranaba con parsimonia los detalles casi olvidados de su procedencia, mientras las horas pasaban, y el sol glacial del invierno de los presagios confirmados entraba por la ventana reflejándose en el espejo ocre del parqué. 

Aquel individuo anónimo de mirada triste sedujo, hace doscientos años, tanto al científico como al artista. Y ahora se revelaba ante mí, a través de un profundo túnel temporal que conectaba dos épocas lejanas, en un lujoso ático de alguna ciudad italiana, enlazando el tiempo y el espacio, y repitiendo caprichosamente una escena que ocurrió hace más de siglo y medio, cuando el doctor Lachèze le enseñó las primeras cinco monomanías al marchante Louis Viardot, también en un ático, en la lejana ciudad alemana de Baden-Baden, dentro de un viejo baúl agusanado que había acabado allí tras un viaje circular en donde los cuadros recorrieron las exóticas latitudes orientales de Egipto, Palestina, Arabia y Persia. 

Théodore Géricault, por petición del doctor Georget, pintó al hombre melancólico, convencido por el médico de que existían dos clases de monomanías: la que cursaba con agitación y desasosiego, y aquella en la que predominaba la tristeza y el abatimiento, o como ellos la llamaban: la lipemanía, o la melancolía clásica de los textos antiguos. 

El hombre melancólico inclina la cabeza, enfundado en una humilde casulla religiosa, de colores similares a la bufanda de otra de las monomaníacas, la de la envidia, a la que apodaban en el asilo la Hiena, la única de la que ha trascendido su apelativo. Ambos vistiendo ropas de invierno, aquellas prendas con las que los inmortalizó el pincel del maestro. El hombre triste, con la marca de la tonsura en su cabeza, que nos muestra que el germen de su locura proviene del fanatismo religioso, y donde la melancolía que origina la teomanía se hace presente en las marcadas arrugas de su frente, que dibujan la marca del signo omega, un signo distintivo de la tristeza y del desánimo, la impronta de la preocupación extrema, mientras sus cejas caen oblicuas, su cabeza se inclina y su rostro se afila, palidece y amarillea, y en su boca el labio inferior engulle al superior, produciendo un gesto de amargura, de desdicha desmedida, a la vez que la mirada se clava en el suelo, cerca de un infierno de sufrimiento que se nos antoja dantesco.

Y con este retrato, se demuestra por fin, dos siglos y miles de hojas escritas después, que la serie fue concebida por Georget eligiendo a diez de sus más particulares locos, que Géricault los pintó captando los demonios que se agitaban dentro de cada uno de ellos, y que la serie se compone de diez enfermos diferentes, de los cuales cinco se encontraron en un ático de una ciudad alemana hace ciento cincuenta años, y que los otros cinco han dormido el sueño de los justos en colecciones privadas escondidas de los ojos curiosos de los historiadores de arte y de los científicos de los dos últimos siglos. 

Tal vez los otros cuatro cuadros ausentes aparezcan algún día, o tal vez puede que nunca emerjan de las profundidades de las pinacotecas particulares donde sin duda permanecen para disfrute de sus propietarios y allegados. 

O tal vez haya aparecido algún otro cuadro de la serie y yo no lo quiera desvelar todavía.

«La monomanía del hombre melancólico» se publica hoy en The Lancet Neurology bajo el título «A new portrait by Géricault» por el autor de este artículo. Puedes encontrar otras historias como esta en Geografía de la locura del propio autor.


Bulla cum laude

La Real Academia define una burbuja económica como un «proceso de fuerte subida en el precio de un activo, que genera expectativas de subidas futuras no exentas de riesgo». Así pues, se trata de un aumento rápido (y, por ende, poco controlable) de un precio (hay dinero en juego y, por tanto, alguien está ganando o intentando ganar), que se alimenta de esperanzas. Las esperanzas, lo sabemos, suelen ser deseos a menudo irracionales (o, por lo menos, improbables) que peligrosamente descuidan el presente para confiar en un futuro poco factible, un futuro que apuesta por el azar, o sea, que cuenta con la posibilidad de que ocurra lo que no es probable que ocurra. Se llama esperanza precisamente por ser algo que tiene una elevada probabilidad de no suceder. Una esperanza, por definición, no está exenta de riesgos y, precisamente por ser una esperanza, estos riesgos suelen ser bastante inevitables. Lo que pasa con las burbujas es además mucho más curioso, porque su éxito no solamente es improbable, sino que, en muchos casos, es patentemente imposible, y el fracaso es casi cierto. O sea, se sabe de sobra que van a explotar. En muchos casos (las inmobiliarias, los bancos…) no hacía falta un doctorado en economía para entender que alguien estaba chupando de un bote a punto de quebrarse. Tampoco hacían falta superpoderes de videntes o una fina capacidad de cálculo.

En fin, las burbujas suelen acabar con un «se veía venir». De sobra. Pero este es el principio básico de la esperanza: creer en ella aunque las evidencias sugieran patentemente todo lo contrario. Otra característica de la esperanza es la de no depender de uno mismo, sino de los demás. Para resumir, si tienes una esperanza, estás contando con algo que tiene escasa probabilidad de ocurrir y que no depende de ti mismo: a bote pronto, una estrategia incauta, y una apuesta realmente pésima. Mario Monicelli, una piedra angular de la cultura cinematográfica italiana, decía que la esperanza es un engaño inventado por el poder, refiriéndose sobre todo a política, religiones y empresas. Los que tienen mantienen quietos a los que no tienen con una promesa futura para que se agarren a ella y se dejen explotar y manejar día tras día, a la espera de un acontecimiento liberatorio que se pospone continuamente. Muchos prefieren una falsa esperanza a una crónica depresión, olvidando que hay niveles intermedios, como por ejemplo una saludable y coherente planificación, basada en estrategias sinceras y competentes. Yo prefiero las ilusiones a las esperanzas, porque no atañen al futuro sino al presente, y porque no dependen de los demás sino de uno mismo. Pero, bueno, a lo que vamos, las burbujas, espejismos golfos, trucos baratos, que hinchan un producto para sacarle un descarado provecho sabiendo que pronto se vendrá todo abajo y que el coste correrá a cargo de otros.

La construcción y el banco son los casos clásicos, pero está claro que el juego puede funcionar donde sea. Una dinamo para hacer dinero se puede colgar a cualquier sistema que pueda proporcionar clientes, incluso una universidad o un laboratorio de investigación. De hecho, la ciencia hoy en día es un mercado que tira de flujos de dinero entre proyectos e instituciones, y desde hace tiempo los tiburones han olido la sangre de sus heridas. En los currículos de los investigadores ya tiene menos importancia la cantidad de producción científica, y lo que cuenta es cuánto dinero has sido capaz de menear. Y esto es paradójico porque, a paridad de resultados, es más espabilado el que los ha logrado gastando menos recursos. Pero para «la empresa» si no mueves dinero no sirves, y lo de la producción científica es más bien un resultado secundario bueno para cuidarte el ego o para que tu instituto farde en las redes sociales. Y cuando no es empresario, el investigador es cliente de una empresa de servicios tecnológicos, de una agencia o de una revista. Lo importante es que sea un anillo activo de la cadena económica.

Podemos imaginar de sobra los peligros de atar la ciencia al mercado, y lo curioso es que por un lado todas las partes están avisando de los riesgos, pero al mismo tiempo nadie recula. Investigadores e instituciones están alertando a todo el mundo del marketing descarado que se está llevando a cabo en el nombre de la ciencia, pero luego siguen apoyando esta nueva forma de hacer investigación, incluso fardando de que esté estructurada según las reglas del negocio moderno. Todos critican a los mercaderes en el templo, pero pocos se plantean alternativas, tal vez por falta de valentía o de capacidad, o tal vez por el miedo de quedarse fuera del juego. Si criticas a los mercaderes, igual te echan del templo y te quedas sin púlpito.

La misma situación la tenemos también en la educación académica y en todas las universidades del planeta, aunque con ritmos ligeramente diferentes. El estudiante es un cliente que tiene que quedar satisfecho de su estancia, y recomendársela a sus amigos que pagarán las futuras matrículas de aquellos cursos y de aquellas titulaciones. Las grandes universidades invierten en el landscaping, que viene a ser el «dejarlas bonitas», con jardines y cafeterías guais. El docente ya no evalúa a los estudiantes, sino que son ellos los que evalúan el trato recibido, como en un hotel, para que luego la institución decida el futuro de los contratos. Tampoco ayuda que con cierta frecuencia hablemos de estudiantes que priman la juerga, el sexo o el alcohol frente al compromiso, el esfuerzo, o las inquietudes científicas. No es un secreto que muchas instituciones universitarias hoy en día ocupan un nicho cultural que hasta hace pocos años era el de los institutos de secundaria, con la diferencia de que los «chavales» tienen ya edad para poder conducir, comprar botellas y volver a casa después de las doce.

Si consideramos la sinergia entre mundo académico y científico, entramos entonces en una dinámica nefasta: las universidades hinchan los cursos de clientes que luego se enfrentarán a un panorama profesional degradado y, sobre todo, atascado. Las universidades intentan rellenar sus cajas y, si lo logran, se expanden y expanden su metabolismo, sus nóminas, sus exigencias, sus administraciones, ampliándose y ampliando sus necesidades económicas. Y cuando aumentan las bocas a las que hay que dar de comer, no hay vuelta atrás. Las instituciones científicas procuran meter mano en fondos y proyectos y, si lo logran, aumentan sus gastos y sus contratos, ampliando equipos y tecnología en un bucle donde cuanto más ganas, más necesitas. Pero no es un misterio que la ciencia no es precisamente una buena inversión laboral, y entonces hinchar esta fábrica de desamparados para sacar tajada de ellos (las matrículas antes, los proyectos de financiación después) y luego lanzarlos al vacío no parece buena elección. Atención, en particular, a la dinámica formación-empleo. Muchos de los supuestos profesionales de la investigación que salen de la universidad no encuentran una posición como investigadores. Esto, por un lado, se puede achacar a una mala gestión de los Gobiernos, pero hay que reconocer que la cantidad de personas con un título u otro es tan elevada que resulta por lo menos complicado pensar en un sistema donde todos y cada uno de estos profesionales trabajen en su campo especializado. Las plazas de investigación hoy en día son poquísimas, y casi todas a tiempo determinado, generalmente tres o cinco años. Poco tiempo para diseñar una estrategia de investigación seria, y menos para organizarse la vida. Hay muchísimas más plazas como docente universitario, que además a menudo son a tiempo indefinido, aunque con condiciones laborales pobres. Así que el neocientífico que aguanta en las instituciones académicas al final acepta una plaza para enseñar en algún rincón del mundo. Entonces, vuelve a entrar en el sistema de producción de clientes-estudiantes, hinchando el mismo mecanismo que le ha atrapado. Es decir, uno que no ha conseguido trabajar como investigador por falta de oportunidades en el mercado laboral acabará formando más investigadores. Más investigadores que, cuando llegue su turno, no conseguirán investigar, y trabajarán como docentes para formar a más investigadores. Por ejemplo, no hay espacio para un bioquímico, entonces lo metemos a formar más bioquímicos. No necesitamos a este antropólogo, pues lo metemos a formar más antropólogos. Conociendo la relación numérica profesores-estudiantes es fácil calcular el coeficiente exponencial, y ver a Malthus esperando detrás de la esquina. La burbuja. Claro está, a corto plazo todos contentos: la universidad unta los engranajes, el investigador encuentra algo provisional, y el estudiante disfruta del landscaping. Pero no nos engañemos: no va a aguantar para siempre. En nuestros sistemas democráticos hay que seguir manteniendo garantías y derechos a todo el colectivo, incluso —y sobre todo— cuando las cosas se ponen feas, lo cual puede llevar fácilmente al colapso cuando se pasan ciertos umbrales de compatibilidad.

En todo esto, los investigadores quieren ser científicos exitosos, profesores aclamados, gestores productivos, de paso divulgadores de renombre y —por qué no— también padres ejemplares. Se lo exigen las instituciones, es lo que espera de ellos la sociedad y, al fin y al cabo, es lo que reclaman ellos mismos en nombre del derecho a la utopía. Pero el tiempo es el que es, y es el mismo para todos. Y el tiempo no se compra ni se vende, solo se pierde o se aprovecha. Todo el mundo se queja de que entre enseñanza y administración no queda tiempo para investigar, aunque nadie (o pocos) toman la decisión de oponerse al bucle y enfrentarse a las consecuencias de cantar fuera del coro. A menudo se pasa más tiempo pidiendo dinero que ocupándose de la investigación consecuente, y hay muchos más controles para acceder a las financiaciones que luego para averiguar si a la inversión se le ha dedicado un compromiso oportuno. Es un modelo de investigación donde el factor limitante no es el dinero, sino el tiempo. Y mientras el primero hincha la burbuja y seduce a educación y conocimiento, el segundo se agota. Para los que tenemos solo una vida, meterse en este hoyo puede ser una apuesta desde luego poco recomendable.

En resumidas cuentas, la investigación y la universidad se están agrietando entre los mecanismos del mercado, el valor de los investigadores y de los docentes se mide con su potencial de venta, y nadie parece tomar una posición contraria a esta tendencia. El valor se mide en el instante, y nadie lleva la cuenta para previsiones a largo plazo. Cómplice a menudo es el negocio de la información, que con excelentes recursos mediáticos tapa los efectos secundarios y, de paso, monta un ameno circo popular para vender noticias, subiéndose al carro carroñero y aprovechándose del tácito acuerdo entre el sistema académico y el económico. La empresa ha colonizado la ciencia.

A lo mejor es que hay esperanza en que todo se arregle, que una fuerza positiva estabilice esta situación con una solución buena para todos, para seguir fardando en las redes sociales y presentando la vida de un científico con colores agradables y entretenidos, como la historia de un intelectual divertido y majo que cuida y protege los secretos de la vida. Pero, como todas las esperanzas, esta también tiene, estadísticamente hablando, escasa probabilidad de ocurrir. Si no cambia el rumbo, lo más probable es que la burbuja explote y perjudique a quien se encuentre en su entorno. Y, en este caso, no arrasaría solo a los círculos económicos, con sus crisis y sus colapsos que ya conocemos muy bien, sino también a los pilares culturales, cuyas heridas y cicatrices, lo sabemos de sobra, tardan mucho más en recuperarse, a menudo teniendo que pasar por terapias de choque históricamente muy pero que muy dolorosas.

Por supuesto, no todo son pegas. Es indudable que estamos alcanzado un nivel de escolarización y de formación muy elevado, y es razonable pensar que, aunque la calidad esté lejos de lo que sería deseable, la cantidad sigue siendo un factor importante, decisivo. El número de personas que hoy en día tiene acceso a una formación académica es sumamente más alto si lo comparamos con la situación de hace solo medio siglo, y esto es un hecho. Lo mismo pasa con la investigación, y aunque haya graves problemas estructurales, en los últimos años se han hecho inversiones que han permitido a muchos países subirse al carro de la ciencia. Lo que no podemos todavía saber es si estas ventajas compensarán, a largo plazo, los riesgos asociados con una gestión impropia de muchos recursos. Las armas más potentes son también las más peligrosas, y bien sabemos que quien vuela alto se arriesga a caer muy lejos.

Las burbujas son rápidas, no reparten dignamente ganancias y pérdidas, y embaucan a la luz del día protegidas por el manto de un eterno «ya veremos». El libre albedrío otorga la responsabilidad de las propias decisiones, pero también la libertad de elegir, e incluso el legítimo derecho de equivocarse. Pero atañe al individuo, no a las instituciones que, en cambio, tienen el deber moral de evitar una estrategia patentemente nefasta. Es decir, el individuo que elige mal puede que sea sencillamente incapaz, pero, si el fallo es de la institución, las únicas alternativas son incompetencia profesional o corrupción de los objetivos. En el caso de los individuos, puede que haya torpeza, pero en el caso de las instituciones solo puede haber culpabilidad, una culpabilidad que se intenta enmascarar generando algo llamado esperanza: un engaño viejo como el mundo, inventado por el poder.


Luz Rello: «Hay quien se ha subido al barco de la dislexia por aquello de que está de moda ser diferente»

Fotografía: Jorge Quiñoa

Apenas hemos puesto el pie en el piso que Luz Rello (Sigüenza, 1984) habita en la Villa Olímpica de Barcelona y ya nos recibe un abrumador despliegue de actividad frenética y agradable calidez. A pesar de ser una de las mentes investigadoras españolas más brillantes del momento y de haber recibido importantes premios como el Princesa de Girona, Luz muestra una cercanía y una humildad fuera de lo común. A lo largo de toda la entrevista no deja de gesticular, de reírse, de observar y de transmitir una arrolladora pasión por lo que hace mientras tratamos de seguir el hilo de sus reflexiones. Ese entusiasmo contagioso por la investigación sin duda la ha ayudado a colocarse en el importante lugar que ahora ocupa en el campo del abordaje y tratamiento de la dislexia.

Confieso que me ha llevado dos días leerme tu currículum entero, pero hay algo que me ha llamado mucho la atención. ¿Cómo una niña con dislexia acaba sacando una carrera como Lingüística?

Acabo estudiando Lingüística porque yo de pequeña quería dominar el lenguaje. Al principio me puse a aprender de memoria todas las palabras que había haciéndome listas, pero luego me di cuenta de que era imposible; la sensación que tenía era que el lenguaje no tenía un orden, que era aleatorio y arbitrario. Cuando tenía unos once años descubrí un libro editado por la RAE que se llamaba Ortografía, así de sencillo. Recuerdo que estaba en la Casa del Libro con mis padres y les pedí que me lo compraran. Entonces me leí el libro entero e hice un resumen completo. Me hice fichas en papel de colores de todas las reglas y excepciones, y me las aprendí. No tardé tanto en hacerlo, un par de meses, y ahí descubrí —el primer gran descubrimiento que he hecho en mi vida— que el lenguaje tenía sentido y que se podía modelizar entero. Que todo el mundo lo sabe, pero yo me sentí una investigadora en aquel momento. Veía las flexiones verbales, la morfología y todo eso me empezó a fascinar. Y, a pesar de que se me da fatal —y se me sigue dando mal, sigo escribiendo con faltas de ortografía—, ahí me convertí en una amante del lenguaje, cuando descubrí que no era caprichoso, sino que tenía un orden casi matemático.

Cuando estudiaba Lingüística había una asignatura que se llama Procesamiento del Lenguaje Natural. Es un área de la inteligencia artificial que se dedica al lenguaje y que está en casi todo lo que utilizas; en el WhatsApp, cuando te aparece texto predictivo, hay un modelo de procesamiento de lenguaje natural, en traducción automática, reconocimiento de voz, síntesis de voz… En todas estas herramientas del lenguaje que utiliza la informática. En el fondo se trata de elaborar modelos matemáticos detrás del lenguaje para comprenderlo y modelizarlo. Esto me deslumbró, vi el nombre de la asignatura y pensé: «Esto es lo mío». Me encantaba la tecnología, aunque no tenía ni idea. Pero yo sabía que me gustaba, así que empecé a estudiarlo, conseguí una beca de La Caixa para el primer máster que había de Programación del Lenguaje Natural en Inglaterra —en España no existía—, me fui allí y tuve que aprender a programar como pude.

Aprendiste a programar tú sola.

Sí, porque el máster era una mezcla entre programación y lingüística, que fue lo peor. Que para mí fue francamente duro: tuve que aprender a programar y estuve muy sola dos años en los que no hice nada más que trabajar, porque además me daba miedo perder la beca. En resumen, una maratón de dos años de trabajo. En realidad, igual que estos últimos, pero era la primera vez que me enfrentaba a algo así en solitario. En esa época me arrepentí muchas veces de no ser ingeniera, no te puedes ni imaginar. Y además en inglés… Eso fue la muerte negra. Sin embargo, me fascinó hasta tal punto que mi primer trabajo fue como lingüista en una empresa de procesamiento del lenguaje natural. Estuve de becaria en Madrid desarrollando una ontología —estructura semántica del lenguaje— con todo el diccionario de la RAE. Me he leído el diccionario entero y he hecho una estructura semántica de él. Tardé cinco horas al día durante cinco meses. Por cierto, que dicen que tiene cien mil palabras, pero solo son ochenta y cuatro mil; ahora, cuando conozco a algún académico de la RAE, le digo: «Anda, pues, yo me he leído tu libro», y creo que nadie se lo cree. El caso es que me convertí en una amante del lenguaje. Lo que más me fascina son esas estructuras internas que hacen que sea humano y no un lenguaje de máquinas o animal. Todas estas experiencias me han resultado muy útiles para diseñar las herramientas que hemos desarrollado.

Supongo que de ahí viene el doctorado en Ciencias Computacionales que tienes.

Sí, vino después del periodo en Inglaterra. Al acabar ese máster empecé a plantearme que se podían hacer cosas útiles, que realmente lo que haces puede servir para algo. Por entonces no había pensado en estudiar nada sobre dislexia, que durante todo ese tiempo era mi mayor secreto: lo había superado y no se iba a enterar nadie nunca más. Empecé a investigar sobre modelizaciones del lenguaje, sobre cómo sacar patrones generalizables a partir de modelos matemáticos. Desde mi infancia hasta los veintitrés años estuve absorbida por esto, que era mi área de investigación. De hecho, al principio mi doctorado iba sobre este tema. Habrás leído en otros sitios que mi supervisor, Ricardo Baeza-Yates —que ahora está en Estados Unidos y era vicepresidente de Yahoo Investigación—, se dio cuenta de que yo tenía algún problema, así que le dije: «No pasa nada, he llegado hasta aquí y voy a sacar esto adelante». Pero le tuve que confesar mis dificultades: que no era despistada, ni era dejadez, sino que yo tenía dislexia, pero que no supondría una barrera. Y me planteó que, si conocía este problema, lo había superado y había estudiado lingüística e informática, ¿por qué no utilizarlo para ayudar a personas como yo? Así que no fue mi idea, se le ocurrió a otra persona. Queda muy bonito en las entrevistas, porque parece que esté cerrando un círculo o algo así, pero para nada, no hay ninguna magia en esto. Me pareció muy buena idea y cambié el tema del doctorado; apliqué todos los análisis que habíamos hecho —porque estaba todo ya en las herramientas— para ayudar a personas con dislexia. Este giro empezó en 2010.

Y después acabas en Estados Unidos.

Esto fue una historia muy bonita. El doctorado supuso cuatro años de trabajo a tope; Ricardo dio con un tema con el que sabía que yo no iba a descansar, que esto es lo bueno de un director de tesis. No paré en todo ese tiempo, pero fue fascinante porque acabó en aplicaciones que, aunque actualmente no se mantienen, son la base de lo que vino después. Desde un punto de vista de investigación nos fue muy bien, ganamos varios premios y publicamos mucho. Al principio todos pensábamos que no iba a publicarse nada porque, como era un área entre dos disciplinas, publicar es muy complicado. Científicamente hablando, es mejor tener un ámbito muy bien definido, en el que vas avanzando sobre lo que hay hecho. Pero, cuando es muy nuevo, es muy difícil publicar. Y entonces apareció en mi vida mi segundo jefe —he tenido mucha suerte con mis jefes—, que se llama Jeff Bigham y es un genio. No pienses en nadie mayor, solo tiene dos años más que yo, pero es de estos estadounidenses que sobresalen muy jóvenes. El caso es que me invitó a Carnegie Mellon antes de acabar el doctorado para ofrecerme trabajo y hacerme un poco la pelota: «Mira, esto es maravilloso, quédate a trabajar con nosotros». Al principio no sabía qué hacer, si quedarme en España o qué. Había pedido una beca y no me la dieron. Podría haberme ido a trabajar en la industria, porque eso en informática es normal, entrar en las grandes empresas y trabajar por mucho dinero y te olvidas de la dislexia. De hecho, se me pasó por la cabeza tras tanto tiempo de trabajo tan intenso, pero al final veía que no podía mirar para otro lado, ahora que empezábamos a tener resultados que podían ayudar de verdad a los niños. Así que decidí que tenía que llegar hasta el final. No es por cerrar un círculo, en serio, es simplemente por una injusticia social que quiero solucionar. 

Cuando estuve en Carnegie Mellon me enseñaron el laboratorio y era increíble, es el departamento de informática más grande del mundo. Un campus tecnológico entero: una especie de cancha de baloncesto gigante llena de drones volando, un laboratorio de robótica inmenso… Los robots que ahora hay en Marte o la aplicación Duolingo se han desarrollado ahí, es un ambiente alucinante. Así que le pregunté a Jeff qué tenía que hacer a cambio, si publicar veinte papers al año o algo parecido. Y me respondió: «Just keep doing amazing things». Tenía carta blanca para investigar.

Pensé que quizá en ese entorno podía hacer pruebas muy complicadas, como intentar detectar dislexia a través de la informática, aunque no sabía ni cómo hacerlo. Porque cuando estaba aquí, de las evaluaciones que hice… Para que te hagas una idea, las tabletas las pagué yo con mi beca de doctorado. Y cuando llegué a Estados Unidos —bueno, ahora hasta mi abuela tiene tableta—, allí disponen de unos recursos enormes. Así que acepté y hasta hoy, que han pasado otros cuatro años.

Te me vas adelantando, porque te iba a preguntar si los Estados Unidos eran el paraíso del investigador o hay algo de mito. ¿Qué diferencias encuentras con la investigación europea o española?

Es el paraíso del investigador, pero no de la persona. Hay que decir que donde yo he estado, Carnegie Mellon, no es Estados Unidos, sino su élite. Hay muchísimas universidades; si buscas «top computer science department» en Google, te sale el primero al mismo nivel que el MIT, así que es una burbuja dentro del país. Yo he estado en España muy a gusto, aunque creo que fue una excepción; en la Pompeu Fabra tuve un director excelente y la libertad total de hacer lo que quise, pero eso tampoco es lo normal. En mi caso creo que la diferencia ha sido de recursos. En Estados Unidos el límite lo pones tú: lo que quieras sacrificar de tu tiempo y de tu vida. Allí pasas durmiendo en el laboratorio una semana y no pasa nada, al contrario, te van a aplaudir. Y aquí digamos que, si resaltas un poquito, igual no caes tan bien. Allí se fomenta que te vaya bien; es una competición sana. Te picas con tus colegas de laboratorio, pero estáis ahí a ver quién lo hace mejor. El investigador de al lado saca el Duolingo y llevan dos años los primeros en el App Store, y piensas: «Tenemos que conseguir lo mismo con Dytective». Pero es sano, te dices: «Pues muy bien, enséñame cómo lo habéis hecho, porque yo también quiero que mi app esté en el top five». Es otro tipo de competición.

¿Cuáles han sido las principales dificultades que te has encontrado a la hora de desarrollar tu carrera investigadora?

Un montón, muchísimas. Es que no sé ni cómo explicarlas. Por ejemplo, para montar los primeros experimentos aquí, como solamente había una máquina y estaba ocupada, pues iba a partir de las diez de la noche y me tiraba hasta altas horas de la madrugada montando los experimentos. Y luego, como se usaban durante la semana, citaba a las familias los fines de semana para que vinieran a la universidad. Que como en teoría estaba cerrada esos días, necesitaba unos permisos especiales: tenían que venir los de seguridad, la gente con su DNI… un follón. Los participantes en los estudios se preguntaban si estaban entrando en la NASA o qué. Y con los guardas de seguridad, como estaba por allí hasta las mil, pues nos hicimos colegas para siempre. Hablábamos mucho, era gente muy maja. De hecho, participaron en nuestra investigación como grupo control, porque ya que estaban allí todo el tiempo les pregunté si les apetecía participar. 

Qué más dificultades… no sabría por dónde empezar. Los resultados negativos, que son la mayoría. Piensa que tú publicas lo que funciona, pero para llegar hasta ahí tienes que descartar mucho, aprender a ser flexible y muy humilde, porque la mayoría de las veces tu hipótesis no es lo que piensas. Eso es una cualidad de la dislexia, desde pequeño esto de la humildad ya lo tienes bien cuadrado. Sabes que te puedes confundir y desarrollas una tolerancia a los errores que no es habitual. Ahora me doy cuenta. En los laboratorios en los que he trabajado la gente se equivoca y lo pasa mal. A mí ahora me va muy bien, pero como llevo suspendiendo la mitad de mi vida estoy acostumbrada. ¿Que no me ha salido? Pues a otra cosa. Es resiliencia, una tolerancia a los errores que veo que los investigadores que no se corresponden con mi perfil, sino que han sacado siempre muy buenas notas y que siempre han sido muy buenos e inteligentes, no la tienen, no los aceptan bien. Creo que eso es una dificultad, el tener que haber probado mil cosas antes de encontrar algo que funcione.

Por último, está la parte personal, porque mudarse a los Estados Unidos un sitio cuya temperatura en invierno es de -20 ºC, muy lejos de casa… En Inglaterra estuve en la UVI en el hospital. Enfrentarte a una enfermedad grave o a una soledad seria, aunque no esté relacionado directamente con la investigación, me ha resultado muy complicado. Esto también son dificultades, porque la vida de investigador tiene unos sacrificios. 

¿Y lo más satisfactorio que te has encontrado hasta ahora?

Tres momentos distintos. En todos me puse a llorar. Yo no sabía que una podía llorar de felicidad, no creía que eso fuera verdad, cuando lo veía en las películas pensaba que eran unos flojos, pero me ha ocurrido varias veces y solamente con investigación. La primera vez ocurrió cuando probamos el método de DytectiveU —en ese momento se llamaba Piruletras— en una evaluación longitudinal en Barcelona en el colegio L’Estonnac. Pasando los datos para ver los resultados, vimos que los niños habían mejorado significativamente en su ortografía. O sea, que funcionaba, que no era un parche que mejorase un poquito la lectura o la escritura como tecnología asistida. Es que estaban mejorando de verdad, con un método que además nos lo habíamos inventado. Esta fue la primera vez que lloré de felicidad, es un momento que si no se vive no te lo puedes imaginar.

El segundo fue con el método de la detección, que además fue muy emocionante porque, a medida que teníamos más datos, la precisión del algoritmo subía. Al final conseguimos ir a la televisión y a un montón de sitios a pedir participación ciudadana, la conseguimos y cada vez obteníamos mejores resultados. Hasta el día en que Miguel Ballesteros, que es el que diseñó el algoritmo de las redes neuronales de Dytective, anunció: «Hemos llegado a un 80% de efectividad». Estaba nevando en Carnegie Mellon, hacía un frío horrible y estábamos todos los del equipo principal y mi jefe. Fue un momento… como descubrir una vacuna. Me fui corriendo a la oficina de patentes —ya había aprendido la lección con Piruletras, que se quedó sin patentar— y luego ya lo pudimos celebrar.

El último ha sido hace nada, unas tres semanas. Hemos recogido todos los datos de Dytective y DytectiveU, todos los patrones lingüísticos desde mi infancia, todos los análisis de errores, miles de ellos. Esto lo hemos metido en un método para hacer una evaluación longitudinal en cuatro colegios de Madrid —Liceo Cónsul, Nuestra Señora de las Nieves, Sagrado Corazón y Lope de Vega—. Hemos pasado unas pruebas pretest y postest con dos diagnósticos externos hechos: ciento doce niños en seis meses, con dos grupos de control. Ambos grupos tienen sus orientadores del colegio, pero el experimental probaba DytectiveU durante ocho semanas, cuatro sesiones de quince minutos por semana y los niños que jugaron con la aplicación tienen resultados significativos en varias áreas y en el índice de dislexia frente al grupo de control. Es decir, que son de alguna manera «menos» disléxicos.

Son resultados impresionantes. Acabamos de enviar el paper y estoy muy emocionada, porque esto funciona. Además, con pruebas externas, ni siquiera hemos recopilado los datos nosotros, que es lo que suele hacerse. Yo quería hacer una comprobación de verdad. Quiero que funcione. No se trata de publicar por publicar, ya he publicado mucho. Tú has visto mi currículum, me da igual. Bueno, quizá para España no he publicado suficiente [ríe]. Me propuse que este año solo quería publicar uno: este. Con esto estuve llorando una semana.

¿Cuál es la importancia de este estudio respecto a los otros?

Eran resultados tan buenos que estuvimos revisando que no hubiera sesgos, mirando resultados de muestras parciales… Ten en cuenta que en esto yo solo analizo los datos, no he podido intervenir en meter ni quitar un solo participante en los colegios, ni los conozco. Lo mejor de esto es que, cuando tú tienes dislexia, normalmente te machacan en lo que eres malo: en la lectura, escritura, etcétera. Sin embargo, este método se basa en tus errores, pero también en tus fortalezas (un total de veinticuatro habilidades). Este es el quid de la cuestión. Lo que hemos hecho es mapear cada ejercicio con cinco o seis habilidades cognitivas y, si tú lo haces peor que la gente de tu edad en estos ejercicios determinados —memoria de trabajo, procesamiento visual, etcétera—, entonces te apretamos ahí, pero si tú eres excelente en memoria auditiva, por ejemplo, te ponemos unos ejercicios mucho más difíciles para que te conviertas en el rey de esta habilidad. Básicamente, queremos que los niños que mejoran sean superhéroes de algo. Es como superar la dislexia desde lo bueno, no solo desde lo que te hace falta.

¿De dónde sacaste esta idea de centrarte en las fortalezas?

Me inspiré para esto en mi mejor amiga de Pittsburgh, Chieko Asakawa (IBM Fellow), que es ciega. Vi que andando por Pittsburgh yo me perdía y ella no. Me pedía que la llevara a casa, y cuando lo hacía me decía: «Te has pasado de calle». Pero, vamos a ver, con todo el cariño, ¿quién es la vidente aquí? El caso es que tenía razón, así que me preguntaba cómo lo hacía. Me dijo que tenía un mapa en la cabeza y me di cuenta de que auditivamente se había entrenado para discriminar mejor. Un día cenando en un restaurante, al parecer había botellas debajo de la mesa, que alguien las habría dejado allí, pero ninguna de las dos lo sabíamos. Yo le di con el pie a una pero no noté nada, y Chieko me dijo: «Hay botellas debajo de la mesa». Veía más ella ciega que yo vidente. Entonces, inspirándome en Chieko, llegué a la conclusión de que a los niños disléxicos teníamos que entrenarlos en lo que son buenos. Y estos son los resultados. Este es el tercer momento más feliz de mi vida.

Tu nombramiento como mejor investigadora joven de Europa. ¿Te ha supuesto algún cambio en tu carrera?

Yo sé que todo el mundo piensa que los premios son maravillosos. Este fue el primero grande que recibí y para mí fue casi una presión. Porque de repente todo el mundo esperaba mucho más de mí. Antes me invitaban a dar charlas sobre mi investigación, las daba y ya está. Pero no es lo mismo darla como una estudiante de doctorado que «Luz Rello, mejor investigadora europea joven de 2013, te va a dar una charla». Todos están esperando a ver qué les cuento. Eso para mí fue más presión.

También de los colectivos de dislexia, las familias y las asociaciones. Se esperaba que lo que hiciéramos fuera muy bueno y ayudáramos de verdad, así que sin intención acababan ejerciendo más presión. Había unas expectativas brutales. Imagínate, tú estás en tu laboratorio y de pronto un día sales en toda la prensa. Lo viví fatal, las semanas que estuve en prensa no dormí nada. Supongo que hay quien lo lleva bien y le encanta salir en sitios, pero yo no. Es que la dislexia es un problema social, no es algo teórico; cuando una familia con un hijo disléxico lee eso, está esperando que le des una solución para él. Al día siguiente de una noticia en El País tienes cien correos de gente contándote detalladamente los problemas de sus hijos. Para mí fue una presión brutal. Creo que el primer premio que disfruté fue el Princesa de Girona, que vino como cuatro años después, pero los primeros fueron un estrés. Sabemos que estamos por el buen camino, pero las expectativas se disparan. Los premios son un arma de doble filo.

Más allá de los típicos chistes y los mitos populares al respecto, ¿en qué consiste exactamente la dislexia?

Está discutido. La definición estándar es la del DSM-V: una dificultad específica del aprendizaje que afecta a la lectura y la escritura. Pero, en realidad, la dislexia afecta a muchos más ámbitos. Dependiendo de cómo la estudies, se define de una manera u otra. Desde el punto de vista de la neurobiología, te van a explicar las áreas del cerebro que se activan y te van a decir que afecta al funcionamiento cerebral. Si lo estudias desde la genética, te dirán que está en un gen —se están peleando ahora por encontrarlo, aunque parece que son varios genes que están interrelacionados, es más complicado—. Desde el punto de vista de la psicología, es un problema de autoestima, de depresión… Desde la logopedia, que es una manera diferente de aprendizaje. Desde la psicología o la lingüística, es una patología del lenguaje. Pero desde la informática, nosotros cogemos los datos y el origen nos da lo mismo. ¿Que trabajar a partir de los datos que tenemos hace que mejoren? Pues perfecto. Nos da igual de dónde viene, somos un poco zafios porque no vamos al origen —la nuestra no es una investigación de fondo— sino que extraemos patrones a partir del análisis de un montón de errores.

Debe ser bastante angustioso y complicado para un niño comprender que tiene un problema así. ¿Cuándo te das cuenta de que algo no acaba de funcionar como debería?

Cuando eres pequeño y tienes dislexia no te das cuenta. Lo único que asumes, porque has tenido la desgracia de serlo, es que necesitas más tiempo que el resto y tus resultados son peores. Llegas a la conclusión de que eres más tonto que el resto. Y como hayas tenido la mala suerte de dar con gente que no sabe lo que es, que es lo más común, te lo van diciendo. Yo no creo que haya estado más concentrada en mi vida que en el colegio y aun así me decían que era una despistada. Cuando eres niño y te dicen esto, te lo crees. No tienes la capacidad crítica de decirte: «Es el resto el que se equivoca». Yo creo que, de todas formas, la situación es mejor ahora. Que la dislexia se está empezando a normalizar y a ver como una característica de la persona, que, vale, hay que trabajar el doble porque tienes que salir adelante. Ahora bien, te lo tienen que decir, un niño no lo descubre por sí solo. De hecho, es que no ves que es un problema de lectura y escritura; solo que no sacas buenas notas, pero no sabes por qué. 

¿Cómo es el día a día de una niña con dislexia en el colegio?

Te voy a contar una anécdota para que te hagas una idea. El día que yo supe que la vida iba a ser un desastre fue en segundo de preescolar. Estábamos todos en círculo colocados y teníamos una cuartilla en la que había cuatro figuras con una palabra cada una. A cada niño le tocaba leer una. Yo vi que me iba a tocar y decidí que lo iba a practicar para hacerlo bien. Aunque veía las letras perfectamente, no era capaz de cuadrar con lo que quería decir la palabra. Vi que había cuatro, hice la cuenta de la que me iba a tocar y me aprendí lo que decía la chica anterior con la misma palabra que yo; ella dijo «pato», yo dije «pato» y la profesora no se dio ni cuenta. Pero ¿qué piensas tú ahí? Que todo el mundo es superlisto, esto es trivial, pero yo no puedo. Me he tenido que inventar un método para intentar ser como el resto. Y así te pasas toda la infancia, que nadie note que tienes un problema, porque el ser humano se adapta de una manera brutal. Eso es lo que vas haciendo, creando estrategias de compensación. Ese fue el primer día de mi vida que pensé que era tonta, y tuve la impresión de que el resto de mi vida iba a ser horrible. El día a día de una niña en la escuela es ese, despistar. Te dicen que tú estás despistado… pues no, lo que tú haces es despistar al resto, que es la frase que les decía a los niños.

¿Te alivió cuando descubrieron lo que te pasaba?

La verdad es que no lo recuerdo bien, no te puedo decir algo nítido de esto. Yo tenía que ir a clases de apoyo —no estaba tan bien montado como ahora— y me entristecía. Pero al mismo tiempo, como ya no tenía muchos amigos y así no tenía que socializar en el recreo, pues casi mejor. No lo recuerdo ni bien ni mal, no me supuso un cambio. Mi problema era que sacaba malas notas y lo quería superar. Tenía como otras obsesiones, si ahora tenía que ir a clases de apoyo, pues iba. A otros niños les ha cambiado la vida saber que ya no son tontos. Pero como a mí no me lo explicaron bien, solo me comentaron que creían que tenía dislexia y me tocaba ir a refuerzo, y nadie me contó nada más… a ver, sí que cambió porque con aquellas clases empecé a aprobar con mucho trabajo y evité el fracaso escolar, pero no me acuerdo ni de cómo me lo dijeron.

El que sea lo primero que se enseñe a los niños de los colegios de todo el mundo parece que puede dificultar comprender el hecho de que leer y escribir no son procesos sencillos en absoluto. Aparte de que suponga aprender a construir abstracciones con códigos y reglas arbitrarios. ¿Crees que se minusvalora la dificultad del aprendizaje de la lectoescritura?

Totalmente. Se minusvalora, y además esto lo explico desde el punto de vista lingüístico. Ahora mismo, ¿cuántas lenguas crees que hay en el mundo? Pues son unas siete mil. Ten en cuenta que muere una lengua cada quince días, ya que la mayoría se hablan en pequeñas comunidades. De estas siete mil, los humanos llevamos hablando en modalidad oral desde hace cien mil años que se sepa —se discute que el neandertal pudiera hablar, pero nunca lo sabremos—, y la modalidad escrita solo se da desde hace unos seis mil años, desde las tablillas de Uruk. La oral es una modalidad natural: cuando naces el cerebro ya está cableado para adquirir un lenguaje. Y la escrita no, es aprendida. Es artificial y va por otro lado. De estas lenguas, ¿cuántas se escriben? La mayoría son solamente orales, tenemos dos tercios de lenguas solamente orales, aproximadamente. Las que tienen alfabeto son aquellas en las que puede aparecer dislexia. Llevamos unos siglos, desde la Ilustración quizá, en que el medio de transmisión y adquisición de conocimientos es el escrito. En el colegio el medio de demostrar conocimiento es también ese, entonces se le da muchísima importancia. Yo soy optimista y creo que cada vez se le va a dar menos.

¿El hecho de que se incorporen a la escuela nuevos lenguajes audiovisuales puede favorecer la integración escolar de niños con dislexia?

Esto para los niños es lo mejor. Uno de los aspectos importantes para alumnos con dislexia en las escuelas, como pauta, es que por ejemplo no solamente hagan exámenes escritos, sino también orales. Que tengan en cuenta más situaciones visuales y no solo las escritas. Esto ha ido mejorando, yo se lo digo a los niños: «No sabes la suerte que tienes de haber nacido en la era digital». Ahora tienes tu pdf, te puedes poner los textos como quieras, los puedes oír, ponerlos grandes… esto ha revolucionado la dislexia. Cuando has nacido en la era digital tienes mucha ventaja.

Cuando se da el caso de una niña al borde del fracaso escolar, que después tenga tu carrera profesional, toca plantearse si la escuela está fallando en algo esencial.

Es muy serio. Y lo más sorprendente es que mi historia no es nada especial. Yo pensaba que sí, pero cuando llegué a la investigación con dislexia empecé a conocer a un montón de niños que venían al laboratorio y me contaban su experiencia. Es que se repite en todos los colegios a los que iba. Aunque no todos lo hagan, los disléxicos han de trabajar mucho, no te lo dan todo hecho. Una habilidad que te da la dislexia es que, como ya estás acostumbrado a esforzarte tanto, tienes el hábito de trabajo y la cultura del esfuerzo integrados, que al final son un don que te llevas para tu vida, no como sacrificio sino como ventaja.

¿Cuáles son las principales dificultades para detectar una dislexia?

Pues la dificultad principal son los disléxicos en sí. Como desde pequeños somos especialistas en despistar y pasar desapercibidos, nos dedicamos al camuflaje. Para el libro que estoy escribiendo he tenido que entrevistar a personas disléxicas reconocidas y todos me contaban lo mismo sobre esa capacidad de ocultación y adaptación para sobrevivir. Es que nadie te señala que eso no lo tengas que disimular; nadie te dice: «Esto que se note, que parezcas tonto». Vengo de dar una charla en Valencia y se me ha acercado una estudiante de Magisterio al final —estas charlas son geniales, porque estos profesores luego son los que cambian el mundo; si no se cambia la educación, no vamos a ningún lado— y me cuenta que le han diagnosticado dislexia en tercero de carrera, cuando estudiaba sobre la dislexia. A lo mejor si se lo hubieran detectado antes habría sacado mejores notas. Esto pasa mucho.

Entonces, la detección temprana es importante.

Es crucial, por mil motivos. Porque sin conocer el problema no lo puedes solucionar; cuanto antes lo sepas, antes podrás solucionarlo y lo resolverás mejor. Quizá, si me lo hubieran detectado muy pronto, a lo mejor hoy no tendría faltas de ortografía, no lo sé. Pero lo que veo es que cada vez se hace mejor, se detecta antes y creo que hay niños, incluso ahora ya adolescentes, a los que la dislexia ya no les supone nada. Otros a los que sí, por supuesto, pero la detección temprana es crucial.

Se ha popularizado bastante el concepto de plasticidad cerebral, y se sabe que las redes neuronales siguen creciendo y desarrollándose hasta edades bastante avanzadas. En este sentido, ¿qué pronóstico tiene una dislexia? ¿Se puede llegar a eliminar?

Esta es la pregunta del millón, no solo se la hacen los periodistas, sino también las familias. Y la respuesta del millón es la siguiente: depende de cómo definas solución o cura. Si lo defines como que las consecuencias de la dislexia no te van a suponer una barrera, definitivamente tiene solución. Si defines la cura como que el cerebro de repente se estandariza y se «vuelve normal» —que ya ves tú, quién quiere ser normal, la normalidad está muy sobrevalorada—, entonces ahí las últimas investigaciones demuestran que, si tú mejoras tu rendimiento, el cerebro se cambia. Por ejemplo, en los niños disléxicos que reciben terapia se ha visto crecimiento en su materia gris, hay unos pocos estudios al respecto.

Yo estuve muy obsesionada con esto, conocí a un investigador muy importante y famoso, John Gabrieli, director del MIT Brain Research Institute. Creo que es la primera vez en mi vida que he sido groupie de alguien, le contaba mi investigación y estaba temblando. Cuando lo pienso, cualquiera que me viera… pero no todos los días conoces a alguien a quien admiras de verdad. Gabrieli ha investigado el funcionamiento cerebral de la dislexia. Me he leído sus artículos, que están en Nature, en Science, y pensaba: «Esto lo querría haber hecho yo». Por entonces acababa de llegar a Estados Unidos y quería hacer algo: yo tenía un método y quería demostrar que los niños mejoraban con esto… no me interesa saber de dónde viene sino si funcionaba o no, como te dije. Entonces pensaba que la prueba definitiva era si el cerebro cambiaba, ignorante de mí. Así que le comenté que quería hacer un experimento con escáner cerebral y me contestó que, si quería, lo hacíamos, pero que medir todas estas variables con escáner cerebral no es posible. Se ven áreas que se iluminan, pero no se puede profundizar al detalle que puedes conseguir en una prueba psicométrica. Me dijo: «Si los niños cambian en las pruebas psicométricas, te aseguro que el cerebro cambia. Porque todas las manifestaciones que se dan son por consecuencia de un cambio cerebral. Tú tranquila, que esto lo medirás con mucha mejor precisión que si miras zonas iluminadas del cerebro». Me quedé a cuadros, cuatro años esperando a conocerle, me vengo arriba y me pone en mi sitio. Me volví a Carnegie Mellon como vine. Me encantó conocerle, da gusto encontrar un investigador tan puntero y a la vez tan humilde. Y ese fue el resumen.

Ahora, con la moda de las neurociencias, parece que hay una tendencia a etiquetarse como «especial». ¿Crees que la dislexia se puede haber convertido, como el Asperger o el autismo, en un símbolo de inteligencia, de «diferencia» prestigiosa? ¿Qué repercusión podría tener esto en el abordaje de este trastorno?

Aquí hay varios aspectos a comentar. Lo primero es que la dislexia no está relacionada con la inteligencia. Punto. Tú tienes tu campana de Gauss con la distribución de los diferentes CI de la población, y los disléxicos están en todas partes. De hecho, en la propia definición de dislexia está reflejado: lo primero que te pasan para detectar dislexia es un test de inteligencia. Si tienes una normal, puede que seas disléxico. Se trata de un proceso largo en el que hay que pasar un montón de pruebas, pero una de ellas es la independencia del CI. Ya me molesta tener que definir lo del CI, pero la idea es que la distribución es normal en los disléxicos, es independiente. Y está demostradísimo.

Otra cuestión es la de estos disléxicos que en realidad no lo son, o no se sabe a ciencia cierta. ¿Quién sabe si Einstein era disléxico? Imposible comprobarlo. Ya puedes buscarlo, que no lo vas a encontrar —yo lo he buscado—, pero todo el mundo dice que lo era. Seguramente es un mito popular. Y cuando eres pequeño lo último que quieres saber es que genios así eran disléxicos, que además no es verdad. Porque, claro, si Einstein era disléxico y yo estoy aquí suspendiendo, es que entonces ya soy inútil del todo.

Después hay otra moda por ahí. Por ejemplo, desde que Steve Jobs dijo que era disléxico (que igual es verdad), en el mundo empresarial y del marketing, como la creatividad está muy valorada, hay quien se ha subido al barco de la dislexia por aquello de que está de moda ser diferente. Al menos en algunas actividades como las artes o el marketing. En investigación ya te digo yo que no está de moda ser disléxico. No, porque escribes peor y entonces ya has metido la pata. De hecho, sí hay disléxicos maravillosos en áreas como el arte, como Lita Cabellut, Javier Mariscal o Kiko da Silva; parece ser que en eso hay algunas fortalezas.

¿La dislexia aparece en solitario o puede combinarse con otras dificultades de aprendizaje?

No, no suele aparecer sola. De hecho, por esta razón también es difícil de detectar. ¿Qué comorbilidad hay de la dislexia? Mucha, pero las principales son el TDAH y la discalculia. En cuanto a porcentajes, aunque está muy discutido, estaríamos hablamos de un 40% de niños con TDAH que también tienen dislexia, si no recuerdo mal. Con dislexia y discalculia debe haber un 18%. La discalculia es menos frecuente, afecta a un 4% de la población, la dislexia de un 5% a un 10%, no está claro. Hemos hecho un estudio con colegios de la Comunidad de Madrid que aún no se ha publicado y nos ha dado alrededor del 6%. Creo que hay mucho interés en darle relevancia aumentando las cifras, pero en el fondo da igual, porque seis niños de cada cien son un montón y es un problema social. 

Existe una gran controversia con trastornos como el TDAH, se ha llegado a plantear su propia existencia debido a la falta de marcadores neurológicos. ¿Esto con la dislexia puede pasar? ¿Hay pruebas neurológicas concretas o no es necesario?

Las hay, pero no son necesarias. Y yo creo que no son ni recomendadas. Al menos, yo no las haría, porque ponte en la piel de un niño. Lo último que quieres a esa edad es que te hagan un escáner cerebral. Si ya es duro que te diagnostiquen, imagínate meterte dentro de la máquina. Los diagnósticos ya funcionan bien y hacen innecesaria la prueba. Que además es carísima, y hay un negocio montado alrededor que no te puedes ni imaginar. Sé que me arriesgo al decir esto, pero, en paralelo, recibimos muchos mensajes de gente maravillosa que nos lo agradece, así que esto compensa. Si puedo ayudar a estos niños, me da igual tener que comerme estos marrones. Hay mucha gente que estos tratamientos no se los puede pagar.

En cuanto a su existencia, puedes encontrar artículos de neurobiología publicados en las mejores revistas científicas con pruebas realizadas a multitud de personas —con o sin dislexia— y está demostrado que tiene un origen neurológico. Es indiscutible. En ciencia nunca se puede decir, pero tendría que haber algo muy grande para que los hallazgos fueran debidos a otra causa. Pero es verdad que hay gente que no se lo acaba de creer.

¿Crees que hace falta más divulgación sobre este problema?

Es muy difícil que yo pueda valorar esto, porque, al estar tan metida, para mí es el centro del universo. Así que no te lo puedo decir desde un punto de vista objetivo. Partiendo de la base de mi subjetividad, te digo lo que pienso, pero ten en cuenta que estoy totalmente sesgada. Lo primero es que sí creo que hace falta más concienciación. Por ejemplo, en la charla de hoy en Valencia, algunos de los maestros no sabían lo que era la dislexia. Además, maestros maravillosos, que han venido un sábado a formarse, pudiendo pasar una mañana de sábado con un día estupendo en una terraza tomándose una horchata y han preferido estar escuchando a una investigadora. Hablamos de gente comprometida, que tiene vocación y quiere hacer las cosas mejor, y si, de estos, algunos ya no lo sabían… por eso pienso que hace falta. Esta es una de las razones por las que doy entrevistas, a pesar de que me estresa toda esta presión, pero es muy importante hacerlo. Es que cada vez que me sale una entrevista, hay familias que me dan las gracias porque se acaban de enterar de que su hijo tiene dislexia, o que llevan años presionando a su hijo y se dan cuenta de que es disléxico y le quieren pedir perdón… a mí estas historias me dan fuerza para continuar con lo que hago.

De hecho, estoy escribiendo un libro precisamente por eso —porque de un libro uno no vive—, lo que quiero es que haya más concienciación. Hacen falta referentes de dislexia en el mundo hispánico, porque en el mundo anglosajón hay muchos: Steven Spielberg, los actores de Piratas del Caribe, que los tres la tienen, hay ejemplos de personas famosas que la tienen. Spielberg hizo un documental de su dislexia. Y en España esto no ha pasado. Entonces en el libro he entrevistado a quince disléxicos famosos, que no puedo decir quiénes son, pero te sorprenderías. Esto es muy importante, porque en el momento en que empiece a haber gente que no sean investigadores —nadie quiere ser investigador, yo no soy referente de nada, y menos en España, donde, salvo excepciones, no se nos reconoce—, personas que la gente admire, que se sepa que son disléxicos, los niños pueden empezar a pensar que quieren ser como ese actor, este empresario… que tengan referencias admirables cuando eres niño.

Ahora que me hablas de las familias, el hecho de que les digan que su hijo tiene dislexia les debe preocupar. ¿Cómo se lo toman los padres?

Pues depende de los padres, hay de todo. El ser humano es fascinante, realmente es increíble cómo para cada persona resulta muy diferente. Supongo que tiene que ver mucho con la educación que tengan, pero hay padres que se molestan en informarse y no resulta preocupante para ellos; ven rápidamente que no tiene que ver con la inteligencia, que tiene solución si se trabaja y se vuelcan en resolver el problema. Se mueven, buscan métodos, logopedas, y saben que sus hijos no tienen ninguna enfermedad ni deficiencia. Yo a los padres siempre les digo que estén contentos de que su hijo tenga dislexia y no algo más serio. Da gracias, porque se puede solucionar con trabajo.

Luego hay otros padres para los que es más difícil, porque la dislexia está vinculada a un esfuerzo económico muy serio, y tienen la preocupación de no poder atender adecuadamente el tratamiento. Y después hay padres, los menos, que directamente lo niegan. «Mi hijo no tiene ningún problema». Pues lo pasará peor para superarlo, porque tendrá que buscarse las castañas él solo. 

Después hay un aspecto interesante, que es la decisión de los padres sobre si se lo dicen a su hijo o no. Porque yo tampoco soy tan partidaria de decirlo; primero decide si quieres hacerlo. Si se lo dices, se lo vas a tener que explicar muy bien, porque los niños no son tontos, se enteran de todo. Hay que explicarles la verdad: esto es frecuente, es universal, no afecta a la inteligencia, tienes dislexia, vas a tener que trabajar mucho más, pero se puede superar. Siempre con transparencia y con normalidad. O, por el contrario, pues no se lo digas, porque quizá no quieres que tu hijo se sienta etiquetado. «Tienes una peculiaridad y es que te cuesta más la lectoescritura», no hace falta que le pongas el nombre, pero que sepa que va a tener que esforzarse más y fortalecerse en otras cosas. 

Después, entre los niños también hay variedad de respuestas. Los que descubren que son disléxicos y están encantados, pero de verdad, y presumen de ello: hacen presentaciones en clase sobre su dislexia, lo empiezan a dominar y ven que sacan buenas notas… A veces, cuando conozco a niños y saludo a alguno, me responde otro: «Oye, que el disléxico soy yo». Y otros no lo quieren decir, depende mucho de la personalidad de cada uno. Pero, sea como sea, hay que saberlo, porque es la única manera de solucionarlo.

¿Y qué se puede hacer desde las escuelas?

Con las escuelas lo que me estoy encontrando es mucha diferencia de unas a otras. Las hay que están muy interesadas, que nos han pedido las herramientas y las están utilizando pasando el test a todos los alumnos. Por ejemplo, había una en Santiago de Chile muy humilde; dos ordenadores para mil trescientos alumnos, y se la pasaron a todos los niños. Tardaron igual un par de meses y nos mandaron un vídeo precioso. Luego hay escuelas que son muy elitistas y, si los niños no sacan buenas notas, pues se los quieren quitar de encima lo antes posible para después quedar bien en los rankings y poder decir que sus alumnos son excelentes. No, lo que pasa es que has echado a todos los que no eran excelentes. 

Escuelas que estén utilizando Dytective las hay muy variadas. Tanto públicas, que no sé de dónde han sacado el presupuesto —aunque se pueden pedir becas—, como otras como los colegios de la Fundación Colegio Vizcaya, que es muy innovadora y que lo está probando. Pienso que los colegios están cada día más motivados con este problema. Ahora la Consejería de Educación de Madrid va a ofrecer la herramienta a cien colegios a partir del curso que viene. 

¿Cómo funciona el proyecto de Change Dyslexia? ¿Cualquier escuela o institución puede apuntarse?

Change Dyslexia es una empresa social y nuestra misión es cambiar el statu quo a nivel mundial, y lo de nivel mundial va en serio. De hecho, nuestro test ahora mismo lo han utilizado en cincuenta y siete países en cinco continentes más de ciento treinta mil niños. Esto va a ser una revolución, yo como que aún no me lo acabo de creer, pero las personas que lo ven desde fuera se dan cuenta del cambio; antes nadie sabía de dislexia, y ahora parece que más o menos todo el mundo sabe algo. Estamos visibilizando lo que antes era invisible. En septiembre va a salir un vídeo en PlayGround con unos youtubers que va a ser la bomba, vamos a crear el primer mapa mundial de la dislexia.  Esto lo vamos a hacer con la ayuda de Eduardo Graells en la visualización de datos —su tesis, que la dirige Ricardo, va sobre esto—.

¿Cómo estamos cambiando esto? Superando las tres barreras de la dislexia: la primera, que es una dificultad oculta. Lo llaman así en inglés, hidden disorder. La mayoría de las personas que la tienen no lo saben. Para esto creamos el test gratuito, que además me ofrecieron un dineral por la propiedad intelectual y no lo he querido explotar comercialmente porque quiero que sea gratuito para todos siempre. Este es el compromiso social de Change Dyslexia. Que yo con esto me podría haber comprado esta casa y ocho más, este es mi compromiso personal, realmente es serio. Por favor, que no me arrepienta. Cuando lo usen un millón de niños ya me quedaré tranquila, pero cuando tomé esta decisión todavía no era ni un test. La verdad es que te lo llegas a plantear, pero ya está: para siempre y gratuito. Un test de dislexia científicamente validado con un 80% de fiabilidad, que utiliza inteligencia artificial (aprendizaje automático) y juegos. 

La segunda barrera son las dificultades de lectoescritura, relacionadas con el abandono escolar. Para esto hemos creado DytectiveU que son cuarenta mil ejercicios para que se personalicen en función de las debilidades y las fortalezas del niño. Este método es el que acabamos de validar con la evaluación longitudinal y los niños mejoran significativamente con su terapia. Esto además hace que los niños que llegan desde esta vía vayan a un directorio de profesionales que usan este programa, lo que creemos que además dignifica su trabajo. Porque les está aportando clientes y valor, porque es necesario combinarlo con un profesional para la aplicación del método. 

¿Y la tercera barrera?

La tercera barrera es la socioeconómica, que es la más complicada. Superar la dislexia cuesta un montón de dinero. Yo he preguntado los costes a las familias y, entre diagnósticos y terapia, se van a los cuatro mil quinientos euros mínimo. ¿Qué estamos haciendo? Pues de hecho estamos ofreciendo becas de DytectiveU, casi más que clientes tenemos. La misión de Change Dyslexia es que ningún niño se quede sin su detección y sin su apoyo del tratamiento. Si lo puedes pagar, con esto estamos manteniendo el test gratis y el programa de becas. Y si no puedes, si tú nos demuestras que lo necesitas, te ofrecemos la beca. 

Para mantener las becas, a las empresas que tienen responsabilidad social corporativa (RSC) les ofrecemos un paquete de becas si realizan una donación, y becamos a un grupo de niños y les decimos que ha sido gracias a esa empresa. Esto ya lo hemos empezado, y estamos buscando empresas que quieran becar a niños con dislexia. Somos una empresa social y queremos ser sostenibles, porque de esto no hemos hablado, pero en años anteriores hemos desarrollado muchas aplicaciones que se han acabado muriendo por no haber estructura, ni soporte técnico ni material. Cada vez que había una actualización del sistema operativo de Apple o Android, pues te echabas a temblar. Cuando sacaron los teléfonos más alargados de Apple, nos encontramos con que los gráficos no se veían bien. Se necesita un equipo de atención a usuario, de desarrolladores de software, etcétera.

¿Cómo funciona la aplicación Dytective? ¿Qué tipo de errores detecta?

Pues te la voy a enseñar y la ves tú mismo.

[Se va a por una tablet y me enseña la aplicación, creamos un jugador, lo personalizamos y pruebo algunos de los juegos mientras me sigue contando].

Se plantea en una serie de retos progresivos, como pruebas de nivel. Lo que hemos hecho es analizar errores de personas con dislexia desde 2010, extraer patrones lingüísticos y modelizarlos, porque los disléxicos no cometen errores aleatorios. En función de los patrones hay varios subgrupos de personas clasificadas según fortalezas y debilidades en las veinticuatro habilidades cognitivas que trabaja la aplicación. Mapeando todas esas habilidades cognitivas y teniendo en cuenta los patrones encontrados, lo personalizamos para que salgan esos resultados tan buenos que has visto antes. Yo creo que la palabra que define a la aplicación, después de los resultados, es estimulación. Porque antes decía entrenamiento, pero, vistos los resultados, me quedo con esa. 

Esta aplicación os habrá supuesto todo un esfuerzo de desarrollo más allá de la investigación.

Las primeras aplicaciones, como éramos investigadores, no eran demasiado comerciales. Entonces las familias las usaban porque los hijos mejoraban, pero eran bastante poco amigables, por decirlo suavemente. Así que nos planteamos hacerlo bien.  

Nos han ayudado mucho los propios niños, es como una especie de Candy Crush. Es que hicimos pruebas de concepto con ellos y lo han elegido todo. Los primeros personajes que les presentamos no les gustaron nada, y además te lo dicen muy clarito. Fueron ellos los que nos pidieron los avatares, el diseño de personajes, plantearlo como un camino con mapas… les hemos hecho caso en lo que pedían. La app también genera informes detallados por habilidad, que los puede personalizar la escuela o el centro, que intervienen también en diseñar la aplicación.

¿En qué líneas estás trabajando actualmente?

Estamos trabajando en diferentes lenguas, todo publicado en abril de este año. Queremos intentar identificar la dislexia independientemente del lenguaje, para hacer un screener universal. Como esto lo consigamos, va a ser la bomba. Sería con elementos visuales y auditivos, y aún estamos en fase de investigación, nos queda mucho. Pero imagínate. ¿Que eres indio o eres chino? Da igual, haces el test y te lo detectaría. 

Teniendo esto en cuenta, ¿cuál crees que es el futuro del conocimiento y el tratamiento de la dislexia?

Aquí me voy a tirar a la piscina. Con todos los estudios de genética que están avanzando tanto, yo creo que el futuro será que antes de que nazca un niño vamos a saber si tiene dislexia o no. Lo sabremos mucho antes y podremos trabajarlo desde el principio, desde antes de que adquiera la lectoescritura. Esto es un sueño a un poco más largo plazo, no sé si viviré yo para verlo, pero, como todo va tan rápido, quién sabe. Ahora bien, el futuro inmediato es el detector universal, a unos cinco años vista. A ver si para entonces podemos detectar la dislexia por las fortalezas y no las debilidades, que sería otro futuro. Pero no solo la dislexia, sino en general. Por ejemplo, si tienes TDAH, que te lo detecten porque puedas procesar mucha más información al mismo tiempo. Sería como darle la vuelta a la manera de diagnosticar.

Y otra cosa que me gustaría hacer con la investigación es aplicar el aprendizaje automático al genoma, que no es nada original, porque lo está haciendo mucha gente, pero aplicado a la dislexia. Si tenemos un millón de personas que hacen el test y detectamos dislexia, pues pedirles una muestra de sangre, un pelo o lo que haga falta para crear una base de datos del genoma de personas disléxicas para ponerlo a disposición de investigadores en genética.

¿Crees que habrías podido desarrollar este proyecto igual sin tener dislexia? ¿Tu comprensión del fenómeno es más completa desde dentro o te ha podido dificultar la investigación?

Depende. Para el análisis de los errores me ha perjudicado, porque metía más errores de los que había. Era la paradoja vital, tener que hacer ejercicios y hacerlos mal. Después me venían diciendo: «Es que has metido un error más de los que hay que solucionar». Para eso no me ha ayudado mucho, ni para escribir artículos científicos, claro. Pero en otros aspectos sí, en concreto en cinco.

El primero, la dislexia me ha ayudado a tener resiliencia, en el sentido de seguir intentando e intentando. También en el sentido de tener humildad cuando obtienes resultados malos; la tolerancia al error, que quizá también va ligada a la resiliencia, pero esto creo que ha sido crucial en la investigación. No habríamos llegado donde hemos llegado si no hubiéramos sido humildes y no hubiéramos ido pivotando cada vez que veíamos resultados negativos, que ha sido la inmensa mayoría de las veces. 

Por otra parte, cuando tienes dislexia sabes desde muy pronto que no puedes hacer las cosas tú solo. Desde pequeño sabes que tienes que trabajar en equipo, y en investigación hay mucho ego a veces. Si miras nuestras publicaciones, verás que hay mucha gente implicada, pero aquí todo el mundo trabaja un montón y cada uno ha hecho lo suyo. Creo que esto me ha permitido crear equipos sólidos.

Otra cosa más seria en que me ha ayudado es a entender tu objeto de estudio, que parece una tontería, pero no es trivial. Además, aunque tengas dislexia no la entiendes bien, es un asunto muy complejo. También a empatizar con mis pacientes y, finalmente, a que Change Dyslexia sea social. Porque, si yo no tuviera dislexia, ahora estaría forrada [risas]. Pero, como la tengo, tengo un compromiso con convertirlo en social.

Por último, imagino que no solo has investigado en este campo. ¿Qué otras líneas te interesan o te gustaría trabajar?

He investigado ya otras cosas. La dislexia me apasiona, pero también me he dedicado a otros campos. Mis primeras investigaciones fueron de lingüística, las siguientes tenían que ver con procesamiento del lenguaje natural, en concreto detección de elipsis en el discurso (es decir, las partes de la frase que no se dicen) mediante un programa que utiliza aprendizaje automático (inteligencia artificial) para después completarlas. Esa fue mi tesis de máster: me dedicaba a modelizar el lenguaje.

La última investigación que he hecho que no es sobre dislexia es sobre el impacto de las notificaciones del móvil en las personas. Esto lo hice con Martin Pielot, es muy interesante este trabajo. A él se le ocurrió una idea, porque estaba muy enganchado al móvil y planteó un reto que consistía en estar veinticuatro horas sin notificaciones en ningún dispositivo. Como somos investigadores, nos planteamos el pretest y postest, un grupo de control… todo. Al principio no nos lo publicaban; cuando son propuestas muy novedosas no te lo publican. Pero dos años después volvimos a pasar las entrevistas, y no recuerdo bien si era el 40 o el 60% de las personas las que habían cambiado su comportamiento frente a las notificaciones, y todo por haber pasado únicamente un día desconectados. Esto ha salido en Wired hace una semana, en New Scientist… es una de las pocas investigaciones en que he participado que ha trascendido en prensa y no tiene nada que ver con la dislexia. La investigación, el descubrir conocimientos nuevos me fascina. Si tiene que ver con el lenguaje, me fascina más. Y, si ayudan a la gente, mucho más.


Takaaki Kajita: «El lenguaje de la ciencia es universal y con un poco de práctica aprendemos todos a hablarlo»

Es imposible no evocar la imagen de un samurái mientras Takaaki Kajita posa para las fotos, impasible como corresponde a un guerrero cuya única katana ha sido una inteligencia aguda, una curiosidad indomable y la tenacidad férrea de un soldado que se juega la vida en cada batalla. Tiene algo de personaje de Akira Kurosawa, noble, cabal y valeroso. Humilde, cálido, lacónico, no dice una palabra de más pero no escatima sonrisas y silencios cargados de significado.

Usted ganó el Premio Nobel en 2015 por el descubrimiento de las oscilaciones de neutrinos. ¿Cómo explicaría a los lectores qué son las oscilaciones de neutrinos?

Vaya, la primera pregunta es quizá la más difícil de contestar. Tengo que pensar cómo explicarlo.

Piensa un rato, gira la cabeza a un lado y a otro, sonríe. Uno de los entrevistadores lo conoce desde hace muchos años y sabe que tras esa sonrisa Takaaki Kajita se esfuerza por encontrar una explicación sencilla y breve. Kajita es una de esas personas donde lo bueno es siempre dos veces breve.

Sabemos que hay tres tipos de neutrinos. Los neutrinos electrónicos aparecen asociados al electrón. Los neutrinos muónicos asociados al muón, que es un electrón pesado y los neutrinos tauónicos asociados al tau que es un electrón todavía más pesado. Hace más de medio siglo que se predijo que si los neutrinos tienen masa, entonces al propagarse puede cambiar de un tipo a otro. Eso quiere decir que es posible preparar un haz de neutrinos que contenga solo neutrinos electrónicos, por ejemplo, y observar que aparecen neutrinos de otras especies a medida que el haz de propaga. Se trata de un fenómeno cuántico que no tiene un análogo clásico. A este fenómeno en el que los neutrinos cambian de naturaleza a medida que se propagan a través de la materia o el vacío le llamamos oscilaciones de neutrinos.

¿Por qué decidió estudiar física?

A lo largo de la carrera asistí a clases muy interesantes en las que nos hablaban de las ideas básicas de la física. Me gustaron mucho y decidí a dedicarme en serio esta profesión.

¿Te interesaba alguna otra cosa aparte de la física antes de empezar la universidad?

Sí, entrar a física no era fácil, así que consideré otras opciones. Por ejemplo, también me interesaban la biología y las ciencias ambientales.

¿Y cómo acabaste trabajando en la física de neutrinos?

Eso fue casi accidental. Tras la universidad me encontré con mi supervisor que me ofreció la posibilidad de trabajar en el detector Kamiokande. Me gustó porque se trataba de un detector muy novedoso y decidí probar suerte.

Tras la parca explicación se esconden algunos detalles que Kajita da por supuestos. Como el hecho de que su supervisor, Masatoshi Koshiba, Premio Nobel de física en 2002, fue el pionero de la física de neutrinos en Japón. Koshiba-san tuvo la visión de construir el gigantesco detector de agua llamado Kamiokande en los años ochenta (esta foto muestra el de Super-Kamiokande, el sucesor del primer detector). Koshiba quería medir de manera independiente el sorprendente resultado de Ray Davis Jr, que encontraba un déficit en el número de neutrinos procedentes del sol. Davis medía ese flujo de neutrinos con técnicas radioquímicas en un experimento que se desarrolló durante varias décadas en la mina de Homestake, en Dakota del Sur. Koshiba construyó un detector completamente diferente, capaz de registrar directamente los neutrinos solares a partir de los diminutos chispazos de luz de Cherenkov que producían en el gigantesco tanque de agua las interacciones de neutrinos, tal como se muestra en esta figura. Kamiokande se instaló en una antigua mina de zinc, llamada Kamioka. Cuando Kajita empezó a trabajar en el proyecto, apenas llevaba unos años en marcha.

Parece que «suerte» es una palabra clave cuando se trata de investigar. A veces hay que estar en el sitio correcto en el momento apropiado. ¿Estás de acuerdo?

Así es. En mi tesis doctoral buscaba las desintegraciones del protón. No encontré ninguna evidencia de ello. Pero a cambio hicimos un descubrimiento que no nos esperábamos.

La sonrisa que casi se asoma a su rostro habría sido traviesa. Pero el Samurái toma control de la situación a tiempo.

En 1986 te doctoras. ¿Qué pasó entonces?

Pedí una beca a la Sociedad Japonesa de Promoción de la Ciencia, y no me seleccionaron.

Lo dice como sorprendiéndose y uno sospecha que lo que le sorprende no es que no le seleccionaran, sino haber llegado tan lejos a pesar de haber arrancado con cierto mal pie, algo no tan habitual en la muy jerárquica sociedad japonesa.

Entonces, Koshiba-san me ofreció un contrato temporal y decidí seguir trabajando en Kamiokande.

¿Qué ocurre entonces?

Empecé a trabajar en el ICRR. Mi proyecto principal era escribir un programa que identificara electrones y muones en el detector Kamiokande. Invertí unos dos años en ello ya que era bastante difícil y no éramos muchos.

La identificación de partículas en Kamiokande y Super-Kamiokande está basada en el hecho de que la señal que dejan los electrones (producidos en el detector por una interacción de neutrinos electrónicos) y los muones (producidos por una interacción de neutrinos muónicos) es diferente, como se puede apreciar en esta figura. El panel de la izquierda muestra la interacción de un muon, que resulta en un anillo de luz Cherenkov mucho mejor definido que el anillo que se muestra en el panel de la derecha, asociado a la interacción de un electrón. Hoy en día, resulta relativamente fácil separar ambas imágenes usando redes neuronales. Kajita y su reducido equipo no disponían de esa tecnología. Sus programas de identificación de partículas, que (con muchas modificaciones) todavía constituyen el núcleo del software de Super-Kamiokande, supusieron un trabajo monumental. Sin embargo, hicieron falta muchos años para que se apreciara lo sofisticado y preciso de estos programas, en parte debido al carácter lacónico y poco dado al autobombo de los científicos japoneses en general y de Kajita en particular.

La famosa identificación de partículas que condujo a la primera pista de la existencia de oscilaciones.

Sí. Escribí la primera versión de los programas bastante rápido, me tomó unos seis meses después de doctorarme. Para asegurarme de que funcionaban bien, empecé a analizar los datos de Kamiokande y en ese momento encontré algo extraño. Esperábamos encontrar dos muones por cada electrón y en lugar de eso encontrábamos que el número de muones y el de electrones era el mismo.

¿Y cómo lo interpretaste?

En esa época (1986) no teníamos ni idea del origen del fenómeno. Lo primero que pensé es que mi programa no funcionaba y dediqué mucho tiempo a tratar de entender dónde me había equivocado. Como no encontraba errores, me dediqué durante meses a comparar las predicciones de mi código con las imágenes que examinaba con mis propios ojos que ya estaban muy bien entrenados porque llevaba muchos años estudiando los anillos de Kamiokande. Pasamos un año entero estudiando cada detalle del programa, comprobando cada línea de código.

¡Un año!

Sí. Pensamos que el error debía de estar en algún lugar de la reducción de datos, así que decidimos escribir una reducción de datos completamente distinta. Pero no encontramos errores. Entonces Kohsiba-san me preguntó si estaba seguro de lo que hacía y yo le dije que sí, que creía que no me había equivocado. «En ese caso, publicamos», decidió Koshiba y así lo hicimos, aunque no entramos demasiado en la interpretación de los datos. Simplemente describíamos el efecto que pasó a llamarse «el puzle de los neutrinos atmosféricos».

La siguiente figura ilustra el puzle. Los rayos cósmicos que se estrellan contra la atmósfera producen cascadas de partículas en cuyas desintegraciones aparecen dos neutrinos de tipo muónico por cada neutrino de tipo electrón. Sin embargo Kajita y su equipo sólo observaban un neutrino muónico por cada neutrino electrón.

El primer artículo se publica en 1988 (1) y se adelanta, con mucha cautela la posibilidad de que el efecto fuera debido a las oscilaciones de neutrinos (2).

Así es. Fuimos prudentes, pero yo personalmente estaba muy excitado con la posibilidad de que hubiéramos descubierto oscilaciones de neutrinos y además estuviéramos midiendo ángulos de mezcla muy grandes, algo que nadie se esperaba por la época. Así que estaba muy motivado para continuar con el estudio.

¿Cómo sigue la historia?

Durante los dos años siguientes no apareció ningún resultado que confirmara el nuestro, pero en 1991 y 1992 el experimento IMB, que también estaba basado en un gran tanque de agua capaz de detectar partículas por efecto Cherenkov, anunció que observaban un déficit de neutrinos muónicos compatible con el nuestro (3). Tras estas publicaciones escribimos un nuevo artículo en el que ya se incluía el análisis de la oscilación. Desgraciadamente, Kamiokande era demasiado pequeño para establecer la existencia de oscilaciones de manera concluyente, así que tuvimos que construir un detector mucho más grande, Superkamiokande.

La sonrisa casi ingenua no parece apercibirse de la monumental hazaña que fue construir Superkamiokande, un detector que alberga cincuenta mil toneladas de agua, leído por miles de sofisticados (y descomunales) fotomultiplicadores.

¿Cuánto tiempo llevó construir Superkamiokande?

Hicimos una gran parte del trabajo en 1995. Empezamos el experimento en abril de 1996.

El detector se construyó en tiempo récord y supuso además un éxito formidable para Japón en el terreno de la colaboración internacional con Estados Unidos como socio minoritario de la empresa. Japón pasó en dos décadas de ser un país irrelevante en física de neutrinos a ser una potencia mundial.

Y dos años después tenías los resultados.

Sí, en 1998 resumimos nuestros datos y anunciamos el descubrimiento.

Uno de los entrevistadores, que por la época trabajaba en otro experimento de oscilaciones de neutrinos en el CERN, recuerda el silencio de la sala al final de la charla en la que Kajita, veinte años más joven, pero igual de sonriente y de modesto, anunciaba de manera concluyente uno de los resultados científicos más importantes y bellos de las últimas décadas.

¿Cómo es la sensación de que se ha descubierto algo importante? ¿Es algo que se va viendo día a día o hay un momento en el que uno se da cuenta?

Al principio solo tratábamos de entender un problema que se resistía. Yo pensaba que entender ese problema era obligación mía y del experimento Kamiokande. Más adelante nos dimos cuenta de que seguramente habíamos descubierto nueva física y en efecto, la sensación es exhilarante.

Durante todo el tiempo (años) en el que el efecto que usted descubrió parecía más un problema que un descubrimiento tuvo el apoyo de sus superiores.

Recibí mucho apoyo del profesor Koshiba y del profesor Totsuka y tuve mucha suerte con eso, porque si no hubieran creído en lo que yo estaba haciendo, habría sido muy complicado seguir.

El descubrimiento de las oscilaciones fue un proceso muy lento que tardó casi treinta años en confirmarse, a diferencia del descubrimiento del bosón de Higgs o las ondas gravitacionales. ¿Crees que ese es el motivo por lo que pasaron dieciséis años hasta que se te concedió el Premio Nobel mientras que en el caso de Higgs y de las ondas gravitacionales fue casi instantáneo?

No lo sé, le estás preguntando a la persona equivocada. [Risas]

¿Qué pasó tras el descubrimiento?

En 1998 todo el mundo daba por sentado que los neutrinos oscilaban, pero no estábamos seguros de algunos detalles. Así que dedicamos los siguientes años hasta 2008 a convencernos de que los neutrinos oscilan como predice la teoría.

¿Y qué pasó en 2008?

Me nombraron director del ICRR. A partir de ese momento tuve que dedicarme más a cuestiones de política científica y menos a dirigir experimentos. Por ejemplo, una de las razones para venir a España en esta ocasión es ir a La Palma, para visitar el experimento CTA, en el que el ICRR está involucrado.

Esto nos lleva a una interesante cuestión. Cuando se nombra como director de una gran institución a un científico de alto nivel se están cancelando, hasta cierto punto, sus capacidades como científico. Por otra parte, hace falta un científico de gran nivel para dirigir una gran institución. ¿Es un compromiso aceptable?

Creo que sí, que es necesario.

Otra vez el samurái que cumple con su deber sin cuestionar órdenes, porque así debe ser.

Y en 2015, de repente, le dan el Premio Nobel. ¿Se lo esperaba?

No. [risas de los entrevistadores. La casi sonrisa en el rostro del samurai no se altera.)

Pero sí sabía que estaba nominado.

Tampoco, las nominaciones son totalmente secretas.

Entonces, si no se lo esperaba, ¿cómo reaccionó a la llamada en que se lo comunicaban? ¿Qué contestó?

Estaba demasiado sorprendido, creo que solo fui capaz de decir «gracias».

Así es Kajita. Los discursos retóricos no son su fuerte, su fuerte es la tranquila certeza del deber cumplido, la absoluta ausencia de arrogancia, la dedicación a su trabajo.

¿Cómo ha cambiado su vida a causa del premio?

No sé cómo será en el resto del mundo, pero en Japón el tratamiento que se te da cambia mucho cuando tienes un Nobel. De repente recibí muchas invitaciones a dar charlas y llamadas de la prensa.

Es decir, que se ha convertido en un personaje público.

Sí.

Quién fue la primera persona a la que llamó tras saber que le concedían en Nobel?

El que fue mi director, el profesor Koshiba.

¿Qué le dijo?

Simplemente le dije que parecía ser que me habían dado el Nobel, y le di las gracias por su ayuda.

¿Y qué le dijo él?

Felicidades. [otra vez los investigadores no pueden contener la risa ante la lacónica respuesta, el samurai ni se inmuta)

¿Se trabaja igual en investigación científica en Japón que en Estados Unidos o Europa?

No podría decirlo, nunca he trabajado fuera de Japón.

Pero sí tendrás a estudiantes extranjeros.

Sí, pero los estudiantes se incorporan a mi grupo inmediatamente después de acabar sus estudios, así que no conocen bien el sistema científico de sus países. De todas maneras he trabajado muchos años con científicos de todo el mundo, en particular de Estados Unidos y Europa,pero también con españoles, como uno de los entrevistadores [Risas] o Luis Labarga, que es un científico muy activo en Super-Kamiokande. Creo que el lenguaje de la ciencia es universal y con un poco de práctica aprendemos todos a hablarlo.

¿Cómo ve la nueva generación de científicos japoneses? ¿Son tan trabajadores como los de la suya?

No veo ninguna diferencia significativa entre nuestra generación y la siguiente.

¿Y en general las jóvenes generaciones japonesas?

Tengo la impresión de que a los jóvenes se le habla demasiado de las aplicaciones de la investigación. Como ya he dicho, en ocasiones doy charlas, y la típica primera pregunta que me hacen los estudiantes de instituto es para qué nos sirven los neutrinos en nuestra vida. Y entonces intento que entiendan la importancia de la ciencia básica.

¿Hay vida más allá de los neutrinos? En mi experiencia con colegas japoneses, hay poco tiempo para dedicarse a lo que no es trabajo, y supongo que en su caso es aún peor. ¿Tiene tiempo para dedicarse a su familia, amigos y aficiones?

Sí, es un problema que tengo. Mi esposa se queja de que no estoy mucho por casa.

¿Ella es científica?

No, no lo es. Vivo cerca de Kamioka, pero mi oficina está cerca de Tokio, así que mi rutina era trabajar de lunes a viernes cerca de Tokio y pasar el fin de semana en casa. Esto lo hemos hecho durante muchos años y ya estábamos bastante acostumbrados. Pero ahora mis sábados y domingos también están bastante ocupados viajando y dando conferencias o en reuniones científicas. Así que disponemos de muy poco tiempo.

¿Qué le interesa aparte de la física?

No me queda demasiado tiempo libre, pero también me preocupan cosas como el cambio climático.

¿Está Japón planeando ganar un tercer Nobel con Hiperkamiomande?

Para eso necesitamos financiación y colaboración internacional. ¡Se trata de un detector muy caro!

¿Cuándo estará listo?

Si empezamos la construcción en 2019 creo que podremos empezar el experimento en 2027.

Japón ha ganado dos Nobel en menos de veinte años gracias a la misma máquina: el detector Superkamiokande ¿Es esta la manera de conseguir premios Nobel, invertir en una gran máquina? Revélenos la fórmula para que podamos ganar un Nobel en España.

No sé cuál es la fórmula, pero la física de neutrinos es extremadamente importante para comprender la física más allá del modelo estándar de física de partículas. De hecho, la extremadamente pequeña masa de los neutrinos parece tener una gran implicación con el propio universo. Con el inicio de todo, el Big Bang, el universo estaba a una temperatura altísima, y de ahí se producen simultáneamente la materia y la antimateria. Eso quiere decir que el número de partículas de materia y de antimateria debería ser el mismo, pero resulta que solo tenemos materia. Así que eso es un gran misterio para nuestra comprensión del universo, y los neutrinos, con su extremadamente reducida masa, podrían decirnos las razones para esta asimetría de la materia presente en el universo. Es un problema muy importante que todavía no está resuelto y para resolverlo necesitamos la nueva generación de detectores que buscan oscilaciones y también detectores que buscan desintegraciones doble beta sin neutrinos, como el experimento NEXT, en España.

La entrevista concluye con un guiño amistoso a uno de los entrevistadores. La generosidad es otro de los rasgos de un buen samurái.

_______________________________________________________________________

(1) K. Hirata et al, Phys.Lett.B 205 (1988) 416

(2) «We are unable to explain the data as the result of systematic detector effects or uncertainties in the atmospheric neutrino fluxes. Some as-yet-unaccounted-for physics such as neutrino oscillations might explain the data».

(3) D. Casper et al., PRL 66 (1991) 2561. R. Becker-Szendy, PRD 46 (1992) 3720.


¿Cómo saben los científicos qué investigar?

Reproducción de esquemas realizados por Robert Hooke, pertenecientes a su obra Micrographia, 1665. Imagen: Alejandro Porto (DP).

Si está leyendo esto, usted probablemente pertenece a esa minoría de personas convencidas de que la ciencia y la tecnología son el motor que mueven el mundo hacia el futuro. Yo también estoy convencido de que nos hacen la vida más fácil y más larga a millones de personas. Y a un nivel más local, nuestro bienestar social y económico va a depender de ser capaces de mantener un tejido creador, que ciertamente está en peligro. Y en el centro del progreso de la ciencia se encuentran las personas que la hacen: los científicos. Es esta una profesión que ha evolucionado, se ha profesionalizado, pero sigue teniendo algunas características especiales. Requiere de imaginación, tenacidad, y —quizás lo más importante— de instinto para responder a la pregunta del título de este artículo.  

Una pregunta que nos suelen hacer a los científicos es: ¿cómo sabe en lo que tiene que investigar? Si la pregunta la hace alguien bastante joven, a mí me gusta responder con la analogía de los exploradores que se adentran en un terreno desconocido, como una espesa jungla, para tras abundantes penalidades encontrar algo importante, por ejemplo, las fuentes del Nilo. Me imagino que para aquellos que ven desde fuera nuestra profesión existen múltiples estereotipos del científico, bien arraigados por el cine y la cultura popular. Quizás el más predominante es la imagen de alguien despistado, con el pelo revuelto y gafas de pasta. La otra imagen recurrente de científicos es la de aquellos con bata blanca encerrados en un laboratorio de química rodeados de probetas y matraces entre humos de colores.

En la ciencia, la elección del problema que queremos resolver es quizás más importante que decidir los métodos, el equipo necesario y el propio trabajo a realizar en busca del descubrimiento. Mis estudiantes y colaboradores conocen bien una de mis obsesiones: hacernos las preguntas adecuadas antes de empezar una nueva investigación. Encontrar y definir lo que es un buen problema es fundamental para el científico. Pero las preguntas del millón de euros son las siguientes: ¿cómo saber si un problema es bueno? ¿cómo lo elegirlo?

Por supuesto, no existe una respuesta única a estas preguntas y dependerá de cada uno, de sus propios intereses, de sus capacidades, de su entorno y de sus aspiraciones. Una premisa importante, y que quiero resaltar, es que para lograr un avance significativo se debe haber llegado previamente lo suficientemente lejos. Por eso es tan importante en la ciencia la formación y el aprendizaje, que necesariamente debe ser largo y mantenerse siempre. Si me permiten volver al símil del explorador, primero es necesario llegar al corazón de África, puesto que si te encuentras a miles de kilómetros no será posible descubrir dónde nace el Nilo. Insisto en que la ciencia es una actividad de fondo, de largo recorrido. No es posible llegar a obtener importantes resultados de la noche a la mañana, se requiere siempre de un gran esfuerzo.

En la elección de los problemas científicos hay dos parámetros importantes a considerar: su relevancia y su dificultad. Si se aspira a resolver un problema cuya solución signifique un avance que realmente importe a los demás y tenga un gran impacto, normalmente será también de los más difíciles. Un arte, o habilidad, que tienen los mejores científicos es encontrar problemas que a la vez son muy importantes, pero pueden ser resueltos. Si uno se queda en estas dos situaciones extremas el fracaso está casi asegurado. No es recomendable pensar solo en temas tan relevantes que son inalcanzables ni atacar problemas muy simples, pero que carecen de interés.

Es quizás más importante pensar en estos aspectos al principio de la carrera investigadora. Cuando un joven empieza haciendo su tesis doctoral, uno sigue las sugerencias de su director. Será este el que tenga la responsabilidad de que se haya valorado la importancia del problema propuesto al doctorando. Pero mi recomendación es que se debe ser crítico desde el comienzo y los jóvenes deben insistir en hacerse estas preguntas. No hay nada peor para una carrera científica que esté basada en buscar soluciones a problemas que no merecen la pena.

Además, el camino hacia el objetivo no es una línea recta y van surgiendo derivaciones hacia algo que no habíamos pensado inicialmente y que a veces puede ser incluso más importante. En estos caminos de exploración nunca estamos solos, más bien corremos rodeados de otros colegas que en cualquier parte del mundo van en busca de las mismas o similares respuestas. Uno de los mayores placeres en la ciencia, como les debía ocurrir a los exploradores, es llegar el primero a un descubrimiento. Aunque lo más normal en muchas ocasiones es que cuando llegas ya había alguien ahí y uno se siente más como Stanley al llegar al lago Victoria diciendo: «el doctor Livingstone, supongo».

Me viene bien el ejemplo de la carrera hacia el descubrimiento para volver a insistir en las dificultades de ser científico en España. Es normal sentir que hacemos esas carreras a la «pata coja» mientras que otros colegas en otras latitudes van al menos en bicicleta. No es solo una cuestión de dinero, que también, es más de todas las dificultades burocráticas y de funcionamiento que tenemos que superar a diario.    

Si usted ha llegado a leer hasta aquí, estará pensando con toda la razón, que casi todo lo que he dicho para la ciencia se puede aplicar para muchas otras actividades humanas. Es muy importante para cualquier asunto que emprendamos como individuos, o como organizaciones, tener primero bien definido el destino y las razones que nos han llevado a elegirlo. Si este es correcto, tendremos mucho ganado y ya solo nos quedará hacer el camino en sí mismo. Si no lo tenemos claro, podremos estar dando vueltas alrededor de nosotros mismos sin sentido y sin avanzar, perdiendo tiempo y energía.

Como sucede a menudo en la vida, la pregunta suele ser más importante que la respuesta también en la ciencia.


La monja que no espera un milagro

Fotografía cortesía de la Asociación CMM.

Este texto fue finalista del Premio Nuevas Plumas 2017 y formará parte del libro digital que Editorial Planeta publicará este año con las crónicas finalistas.

El día que hablo con Chiara Giorgetti —italiana, treinta y dos años— hace calor en Barcelona y ella tiene el cabello recogido bajo el hábito. Como para muchas religiosas, la enseñanza es una parte de su labor: fue maestra de primaria en Lanzarote, una de las islas españolas en el mapa africano, y hoy imparte clases en un colegio catalán. Pero su sueño, desde muy pequeña, es construir escuelas cristianas en África, en Asia, en América. Dejarlo todo. Viajar como misionera, ser misionera para viajar. Miro de reojo su frente, busco el nacimiento del cabello que asoma debajo del hábito. Hace un año que Chiara no recibe quimioterapia.

Solo los santos, dice la Iglesia católica, pueden interceder ante Dios para que ocurra un milagro en la Tierra. Un milagro es la prueba de su santidad desde el más allá, dicen los creyentes. Pero la Iglesia olvida los milagros del más acá. Sin ir más lejos, en el hospital Vall d’Hebron de Barcelona el milagro de la ciencia ha regalado a Chiara, hasta la fecha, dos años y ocho meses: once meses por encima del promedio que cita la American Cancer Society.

Las pacientes pronto aprenden que existe un interrogante al final de cada certeza. El cáncer te roba los planes del día siguiente, de la semana siguiente, del mes que viene. El cáncer te roba la normalidad. Si las cosas van bien —y bien quiere decir que el cáncer está localizado en la mama, en los ganglios, no más allá— volverán a hacer planes para el verano, la década que sigue, la vejez.

Chiara ha cambiado diez veces de tratamiento. Ahora está en un ensayo clínico. Tiene una mutación genética que le hace resistente a los medicamentos y este ensayo inhibe dicha mutación. Es a ella, y a las demás, a quien debemos agradecer por el avance de la medicina. Quizá Chiara hoy pruebe un fármaco que otra de nosotras necesite mañana.

Pero el diagnóstico fue despiadado desde el principio: cáncer de mama inflamatorio. Un tipo raro y agresivo de cáncer, que en una de cada tres personas se propaga de la mama a otras partes del cuerpo. Desde entonces, cada día, cada semana, cada mes es un regalo, una esperanza, un milagro.

***

Al año se detectan 27.000 nuevos casos de cáncer de mama en España y 150.000 casos en América Latina y Caribe. Si todas aquellas mujeres —y hombres— se juntaran, llenarían casi cuatro estadios del Boca Juniors, La Bombonera, en Buenos Aires. Le tememos tanto al cáncer que desterramos la palabra al silencio: «falleció después de una larga y penosa enfermedad», escriben los medios. Susan Sontag, quien también padeció cáncer de mama (y moriría de leucemia muchos años después, por culpa de la radioterapia de entonces), escribió que el cáncer es «una enfermedad de clase media, que asociamos con la opulencia, con el exceso».

Sin embargo, la detección precoz, el tratamiento más efectivo en la mayoría —pero no todos— los casos, es un privilegio. En América Latina, siete de cada diez mujeres son diagnosticadas en un estadio tardío de la enfermedad, y en Estados Unidos, las afroamericanas y las latinas también descubren demasiado tarde que padecen cáncer de mama. Demasiado tarde quiere decir estadio IV, cáncer de mama con metástasis.

La mecánica del cáncer es, todavía hoy, enigmática. Un trillón de células habitan en el cuerpo humano. Cuando las células viejas mueren, otras crecen y se dividen. En un cuerpo sano, hay una armonía microscópica. El cáncer es el instrumento desafinado de la orquesta, el caos total. Hay células nuevas que se dividen sin ton ni son y hay células viejas que se resisten a morir. Es una insurrección zombi dentro del cuerpo del que fueron parte. A veces, estas células malignas forman un tumor, una masa dura de tejidos. A veces, como sucedió en mi caso, un único tumor es el único mal. Pero las células cancerosas también pueden viajar por la sangre o por la linfa, y colonizar nuevos lugares alejados del tumor original. Los pulmones, los huesos, la piel. Eso es la metástasis.

***

Los padres de Chiara tenían sus dudas. Montecatini Terme es un pueblo de algo más de veinte mil habitantes, a unos cincuenta kilómetros de Florencia y Pisa. La vida de la pequeña localidad toscana gira alrededor del antiguo cráter de donde emanan las aguas termales y, sobre ellas, las villas construidas por los Médici. Los viajeros llegan a Montecatini solo para sumergirse en esas aguas curativas que brotan de la tierra. En medio de tanta tranquilidad, es comprensible que los padres de Chiara tuvieran ciertas reservas sobre la vida, devota y aventurera, que deseaba su hija.

Ante esta primera negativa, Chiara eligió estudiar Psicobiología en la Universidad de Padua, a tres horas de casa. Fue el adiós disimulado, como sin querer, a Montecatini Terme. Un año después, obtuvo una beca Erasmus para continuar el segundo año en el extranjero, confundió el Mediterráneo con el Atlántico y llegó a las islas Canarias. Aterrizó en el archipiélago bendecido por la primavera en septiembre de 2004, sin saber una palabra de ese español de consonantes aspiradas, más parecido al venezolano que al peninsular. Buscó un lugar donde quedarse y encontró la residencia. Así fue como supo de la congregación. Lo pensó mucho, habló con sus padres y solicitó su ingreso como novicia.

En julio de 2014, Chiara ya era una hermana más entre las Misioneras de Nazaret en Lanzarote, otra de las islas Canarias que parecen marcar sus pasos. Pero Chiara mantenía —y mantiene— el propósito de viajar y quedarse lejos de Europa. Fue entonces cuando sus superioras anunciaron una vacante en una misión que partía en enero, una vacante que podía ser para ella. El plan era construir una escuela en la Isla de Flores, en Indonesia, donde luego podría ejercer como maestra. La vocación en boca de Chiara suena distinta a la llamada del Dios estricto que me aterrorizaba en clase de religión. Para Chiara, la vocación era el sueño que quería cumplir cuando fuera grande.

Para mí no es un trabajo dar clase, es mi pasión. Mi trabajo es mi pasión. Le dije a la doctora, mira, o vuelvo a trabajar o me moriré antes de aburrimiento que de cáncer.

A finales de ese año, en diciembre de 2014, un mes antes del viaje de la misión, Chiara encontró una de sus mamas enrojecida y abultada. En el hospital, los médicos creyeron que se trataba de una infección, una mastitis. Le dejaron ingresada, pero la hinchazón no reaccionaba a los antibióticos. Entonces, le hicieron más pruebas y, finalmente, le recomendaron un hospital más grande en Tenerife. Allí le diagnosticaron cáncer de mama inflamatorio, un cáncer que en lugar de formar un bulto se extiende en capas. Por eso es difícil detectarlo en una mamografía. Las pruebas continuaron: había metástasis en los pulmones, en los huesos, en la piel. Los médicos ya no hablaron de curación, sino de cronificación.

***

Fotografía cortesía de la Asociación CMM.

La mayoría de las pacientes nos curamos. Después del cáncer, vivimos con el miedo a una recaída —una recidiva—, pero las estadísticas juegan a nuestro favor: el 80% diremos que fue un mal sueño. Un porcentaje alentador si ignoramos a las 7500 mujeres en América Latina —los pasajeros de quince aviones comerciales— que cada año enfrentan, aceptan, resisten y conviven con el cáncer metastásico desde el primer diagnóstico. Un primer diagnóstico de un cáncer raro o un primer diagnóstico que dice sin decir: demasiado tarde.

Algunas semanas más tarde, Chiara se mudaba a Barcelona. Allí había un hospital mejor, el Vall d’Hebron, y las religiosas disponían de una sede. Al principio, dice Chiara, no entendía nada. Con su familia y con sus hermanas podía hablar de algunas cosas. De otras, no. No podía preguntarles cuándo se cae el pelo, si es normal que las manos se duerman después de la quimioterapia. Comenzó a asistir a reuniones de grupos de apoyo en el hospital. Después de uno, dos, tres meses, una nueva compañera recibía el alta médica y decía adiós a las que se quedaban. Las demás la felicitaban, se alegraban por ella. Era el día de su última quimio, la última radio, las curas de la cirugía. Regresaba a casa, al trabajo, a la rutina. Dejaba una silla vacía. Pero Chiara seguía allí. De hecho, no ha pasado una semana sin visitar el hospital desde que llegó a Barcelona.

***

Ana Isabel González es psicóloga desde hace doce años en la Asociación Española Contra el Cáncer (AECC). No le gusta la palabra terapia para describir su trabajo. Son tan normales, dice, las emociones que experimentan los pacientes y sus familiares que su trabajo es, en realidad, un acompañamiento. «No es una patología mental».

Los grupos de apoyo, afirma, son importantes pero no imprescindibles. Sin embargo, me cuenta que hay pacientes que por nada del mundo se pierden la marcha del 19 de octubre. Es el día del lazo rosa prendido en el blazer, el día de las mil y una carreras de la mujer promovidas, sobre todo, por productos de belleza y bienestar.

Me estoy acordando de una paciente, falleció la semana pasada. La marcha era algo sagrado para ella. A la última ya no pudo venir, pero hizo que una compañera le llevara la camiseta al hospital. Realmente era algo que a ella le llenaba y le daba la satisfacción de decir: «Estoy donde tengo que estar». Tremendo. Otras personas, cada uno tenemos unas necesidades tan particulares, no se sentirán así. Yo creo que depende del momento y del estilo de vida de cada persona.

A Chiara le cuesta trabajo sentirse parte de las campañas del lazo rosa.

Solo hay testimonios de gente que se cura. Nosotras también necesitamos ver que hay otras mujeres que conviven con la enfermedad.

***

Conoció a Francisca en el hospital, una madre de hijos adultos que padecía metástasis desde hacía ocho años. Una coincidencia que —entonces no lo sabían— reuniría los caminos de otras mujeres más adelante. Quedaban en el hospital, se acompañaban a las pruebas que tocaran ese día. Luego, por la tarde, Francisca la llamaba por teléfono. Intercambiaban mensajes: «¿Cómo te encuentras hoy?». Se hicieron buenas amigas dentro y lejos de las salas de espera del Vall d’Hebron. Dice Chiara que cambió su manera de vivir la enfermedad. En agosto de 2016, Francisca falleció. En el funeral, los hijos se acercaron a darle las gracias, a ella, a Chiara. Chiara solo atinaba a responder con otro «gracias», tímido, sorprendido.

Pasó un mes y pensé: no quiero más amigas metastásicas. No es rentable.

Chiara conocía a algunos grupos de cáncer de mama con metástasis por internet. Eran grupos en inglés o en italiano. No sabía de ninguno en español. Cuando el recuerdo se impuso al dolor de la pérdida, pensó que todas las pacientes deberían tener lo que ella había tenido. Una amiga. Una amiga que las comprendiera, una amiga que enfrentara los mismos dolores, las mismas incertidumbres.

Fotografía cortesía de la Asociación CMM.

En octubre envió un mensaje a dos mujeres que sabía que eran metastásicas. Las tres estaban en otro grupo de cáncer de mama de Facebook. Una le contestó que no, que no quería participar en la creación de un grupo específico para las pacientes con metástasis; ya tenía bastante con la enfermedad. La segunda, Olivia, no contestó hasta enero, pero su respuesta fue más entusiasta: «Hagámoslo». Menos de seis meses después, ya eran más de doscientas mujeres de Perú, de México, de España. El primer grupo de apoyo para pacientes de cáncer de mama con metástasis en español.

***

Chiara me presenta a Heidi Heise —mexicana, cuarenta y un años—, otra de las administradoras del grupo. De padre alemán, hoy vive en Múnich con su marido, un español de Guadalajara. Hace ocho años se palpó un bulto en el pecho izquierdo. Y, mientras esperaba los resultados de la biopsia, se hizo un test de embarazo. El test y la biopsia, ambos dieron positivo. Estaba embarazada —¡de mellizos!— y tenía cáncer de mama. En este momento, Heidi pausa sus palabras y busca un pañuelo de papel en la cocina. «Todavía me cuesta mucho trabajo hablar del tema porque casi nadie lo sabe».

Decidió que sería madre por segunda vez. Con treinta y tres años y el tratamiento que estaba por venir, sería complicado concebir más adelante, le dijeron. Pero también le recomendaron abortar, una opción que en países como Nicaragua o El Salvador, donde el aborto es ilegal, no existe. «¿Qué hace aquí una embarazada?», murmuraban las enfermeras alemanas cuando la veían entrar en la sala de quimioterapia, sin cabello y con panza. No quiso regresar a México, «tendría que pagarme todo por privado, endeudar el resto de mi vida y la de mi familia». Después: mastectomía parcial —conservó el pecho—, radioterapia, terapia hormonal con tamoxifeno: el tratamiento usualmente indicado para tumores que se alimentan de estrógenos. Sus hijos han cumplido siete años y están sanos.

El brazo, el otro brazo, el brazo derecho, empezó a dolerle hace menos de un año, en octubre de 2016. A cada médico le repetía: he tenido cáncer. Le dolía tanto que no podía agarrar un vaso de agua, pero el traumatólogo le dio inyecciones para el dolor y no le dio más importancia. Hasta que vio las radiografías. Entonces, le urgió a visitar a su oncólogo. «¿Qué es eso?», preguntaba. «¿Qué es la metastásis?». Como Chiara, Heidi tampoco entendía nada.

Las chicas que tienen, qué sé yo, diez, quince años con esto, imagínate lo que han tenido que aguantar solas. Y ya no digas redes sociales, antes no había internet. ¿Y adónde ibas? ¿A la biblioteca a leerte la enciclopedia del cáncer?

Pero las redes sociales también les traicionan. Cansadas de vivir en el clóset, el grupo de apoyo saltó de una red a otra, de Facebook a WordPress, de WordPress a Twitter. Algunas suben sus fotos a Instagram con la etiqueta #dontignorestageiv: no ignoren el estadio IV. Otras escriben entradas más largas. Un día compartieron el blog en otro grupo de pacientes en Facebook. Y una usuaria anónima comentó: «Sos una psicópata». Le respondieron con paciencia, cinco líneas de argumentos que repetían dos veces la palabra «visibilidad». Pero la usuaria no cedió: «Psicópata», escribió de nuevo. Algunos días más tarde, la publicación había desaparecido.

***

El grupo de apoyo no es —o no solo quiere ser— un grupo de mujeres lamiéndose las heridas en internet. Cuando los tratamientos tradicionales dejan de ser efectivos, y siempre es así o de lo contrario la metástasis no sería una amenaza, las pacientes piden entrar en uno u otro ensayo experimental. La financiación de la investigación contra el cáncer es misteriosa. Por ejemplo, se sabe que las arcas públicas españolas invierten un euro por habitante en la investigación contra el cáncer, mientras que la Iglesia católica en el mismo país, un Estado laico, recibe de la declaración de la renta de los ciudadanos la misma cantidad multiplicada por tres. Así, el milagro de la ciencia depende de las recaudaciones de fundaciones independientes, del lazo rosa que lava la cara de algunas marcas cada 19 de octubre, de la generosidad de quien ha sufrido el mal ajeno en carne propia cuando dona varios ceros a la derecha sin pedir nada a cambio. El altruismo solo rinde cuentas ante sí mismo: es un verdadero milagro que sigamos en pie.

La financiación es dispersa, pero la ciencia es estricta. Mientras que el sentido común, como santo Tomás, solo cree en lo que puede ver y palpar, el criterio científico aplica el llamado doble ciego: a una parte de las pacientes se le administra el tratamiento y a la otra parte se le da placebo, una pastilla vacía con apariencia de verdad. Las pacientes desconocen si están en el grupo con suerte, los médicos también. Así se construye el milagro de la ciencia: sobre muchos interrogantes y pocas certezas. Y, a pesar de la incertidumbre tan grande, Chiara y las demás insisten, a quien tiene el valor de asomarse, en que la investigación es el único milagro en donde merece la pena invertir nuestra fe.

Mucha gente me dice, «sí, vamos a rezar para que te cures con un milagro», y yo digo que el milagro para mí ya está hecho. Si consigues sacar algo bueno de una cosa tan mala como un cáncer, o algo que de bueno no tiene nada, para mí ya está. Es lo que intento hacer. Vale, estoy enferma, pero mi lucha no es para curarme. Mi lucha es para no dejar que este cáncer me quite la vida, pero no días de vida, sino la alegría de vivir, la esperanza de vivir. La vida de ahora.

Fotografía cortesía de la Asociación CMM.


Crónica del primer congreso nacional de loas y agradecimientos científicos innecesarios

Fotografía: Emily Tan (CC).

La celebración del I Congreso Nacional de Loas y Agradecimientos Científicos Innecesarios (LACI) ha respondido, como se esperaba, a las expectativas generalizadas de la comunidad científica que ha asistido a tan esperado simposio. Más de quinientos científicos españoles de las más diversas disciplinas académicas y áreas de conocimiento se han congregado este fin de semana para analizar, explicar y discutir la temática de los agradecimientos y sus implicaciones en las diferentes especialidades científico-técnicas, compartiendo diferentes encuentros en los que han tratado cómo los agradecimientos innecesarios se han popularizado en los últimos tiempos en las comunicaciones y publicaciones científicas de todos los campos del saber. El congreso ha recogido las siguientes sesiones de discusión:

Sesión 1. Agradecimientos a los organizadores

Estimaban los propios organizadores que era una pérdida de tiempo objetiva la excesiva duración dedicada al agradecimiento de los mismos organizadores en las diferentes conferencias especializadas. Es por ello que se inauguró el primer congreso de la LACI con una sesión sobre agradecimientos a los organizadores, donde se discutieron los pros y contras de esta especialidad. A partir de aquí se pretende poner en marcha una iniciativa para que las futuras charlas de los congresos puedan ir directamente al grano, sin necesidad de perder tan preciados minutos en tareas escasamente productivas y puramente cosméticas.

Sesión 2. Agradecimientos al resto de miembros del laboratorio

Muchas quejas existían en el sector de la investigación sobre la obligación de agradecer el trabajo de laboratorio a los propios compañeros del mismo, con especial hincapié en aquellos cuya solidaridad y ayuda huelgan por su ausencia. Es más, hasta se llegaba incluso a agradecer la participación a colegas que ya ni tan siquiera pertenecían al laboratorio de marras (las razones son variadas; algunos han huido a países más razonables, otros han dejado el noble arte de la ciencia), por no mentar a aquellos de los que, por el contrario, no se guardan excesivos buenos recuerdos. Con la celebración de la sesión número dos del I Congreso de la LACI, y las conclusiones en ella alcanzadas, se exime durante todo el año viniente a los conferenciantes de recordar y/o enumerar a los integrantes del laboratorio. Se estima que esta decisión aligerará el devenir de las siempre sufridas presentaciones de PowerPoint, dispensándose, por fin, al investigador de presentar la sempiterna y manida foto de grupo (o aquellas más originales instantáneas que siempre representan un riesgo inherente que podía minar la respetabilidad de algunos). A partir de este momento ya no se verán más fotos de científicos mirando de lado y con los brazos cruzados, al más puro estilo de un partido copero entre representantes de diferentes divisiones del deporte rey.

Sesión 3. Mejores agradecimientos de tesis doctorales

Los mejores agradecimientos de tesis doctorales han sido recogidos en una sesión específica de pósteres, donde los recién doctorados han podido explicar al resto de la comunidad científica española, con especial foco a los investigadores postdoctorales, las diferentes estrategias seguidas para prologar los tediosos volúmenes doctorales. En estas discusiones se ha podido profundizar en la extensión de los agradecimientos de las tesis, comentando a su vez la estructura y organización de los mismos. No se descarta que se elabore en el futuro próximo un libro blanco de estilo sobre la materia. Para ello se creará un comité de expertos que regule el mínimo estrictamente necesario de los agradecimientos doctorales. Hasta el momento ha trascendido la posición de que es conveniente empezar agradeciendo al director/es de tesis, aunque estos ni siquiera tengan ni un conocimiento tangencial de la investigación realizada, o ni tan solo les suene la cara del doctorando. Seguidamente se recomendará agradecer a los compañeros de laboratorio y de departamento, independientemente de si alguno de ellos ha sido más un obstáculo que una ayuda para la realización del trabajo. Inmediatamente después, y por razones de celebraciones festivas periódicas y/o de posibilidades reales del tercio de herencia de libre disposición, se debe agradecer a la familia hasta el segundo grado de consanguinidad o afinidad, excluyendo a los cuñados. Por último, existe el consenso de que se deben cerrar los agradecimientos con mención especial a los amigos más íntimos, intentando, a ser posible, nombrarlos por sus correspondientes motes de juventud, tales como «el Chino», «el Trípode», «el Pelos», o cualquier otro sobrenombre que identifique con claridad al susodicho compañero de parrandas.

Sesión 4. Agradecimientos a las entidades financiadoras

La tendencia de los últimos años a disminuir sin contemplaciones los presupuestos de I+D gubernamentales ha reducido ostensiblemente las estrictas obligaciones adquiridas de realizar las loas correspondientes a las entidades financiadoras. En un ejercicio de concreción, se ha decidido agradecer directamente «a M. Rajoy» su aportación a la ciencia de este país, independientemente de si la escueta financiación viene de fondos privados o de fondos públicos. En caso de que el dinero venga de entidades internacionales, se agradecerá con un concreto «a Europa», aunque la fuente de financiación provenga allende de las fronteras del viejo continente.

Además, respecto a las entidades privadas, se ha llegado al acuerdo de hacer un mocho entre los participantes del I Congreso de la LACI para ir recogiendo las cantidades necesarias para pagar los correspondientes préstamos blandos que asfixian a la investigación privada. Alguno ha emulado a la faraona en sus propuestas; «ponemos cincuenta euritos cada español y así salvamos el tejido de investigación privada de este país». «Hay que financiar esto a pachas», ha indicado otro de nuestros más insignes científicos.

Por último, se ha decidido no agradecer nada a las entidades bancarias. La opinión generalizada es que el rescate del sistema bancario español ya se considera un agradecimiento de facto al papel vertebrador de los bancos en la generación de riqueza en nuestro país y, por extensión, en la promoción de la investigación patria.

Sesión 5. Últimos avances en inauguración de congresos

En esta sesión se ha cuestionado la necesidad de la realización de conferencias inaugurales que solo generan gastos a las correspondientes organizaciones, y donde tan solo se enumeran de soslayo los contenidos del congreso correspondiente. Como contrapartida se ha tomado la decisión de invitar a los asistentes a leer un mínimo de dos abstracts de las reviews de los últimos tres años sobre la especialidad en la que verse el congreso de interés.

Respecto a la presencia de personalidades en las mesas inaugurales, se ha decidido que un alcalde, un presidente de una diputación y un consejero cualquiera realicen un discurso comodín que permita inaugurar tanto un congreso de astrofísica aplicada como uno de microbiología industrial. Dichos discursos se grabarán y colgarán en las webs de todos los simposios nacionales como anexos a los libros digitales de los congresos.

Por último, en esta sesión se ha impartido la conferencia «Los problemas de agenda», para explicar las diferentes estrategias para minimizar la participación de personalidades en congresos. Adicionalmente ha tenido gran acogida la conferencia «Inauguro y me piro» donde se relataron los diferentes razonamientos subyacentes a la marcha imprevista tras las diferentes aperturas de eventos.

Sesión 6. Acknowledgments

Con esta sesión centrada en los escuetos agradecimientos de los papers se ha cerrado el congreso. En ella se han discutido temas candentes como el «pongo aquí a un colaborador aunque realmente tenía que ir en los autores», o el archiconocido «esto me lo ha hecho un amigo que sabía estadística porque yo no doy».

De esta forma y manera ha concluido el primer congreso nacional de loas y agradecimientos científicos innecesarios, cubriendo así una necesidad hasta ahora no cubierta y altamente demandada en el país del que inventen ellos. Los organizadores han valorado muy positivamente la celebración de este simposio, ya que, según los mismos, permitirá ahorrar un tiempo inestimable en el resto de simposios anuales, en los cuales se podrá tratar directamente los temas referentes a cada especialidad, sin los consabidos y aburridos agradecimientos que tanta molestia y aciago causan. Los organizadores, además, han querido dar las gracias a todos los participantes por su asistencia y por lo interesante de sus conferencias. Por su parte, los participantes se han excusado de agradecer a los organizadores su invitación porque, en palabras textuales, «eso ya se trató en la primera sesión».

Tras el éxito de la primera edición de este simposio, se está estudiando la posibilidad de realizar un congreso paralelo que comprenda exclusivamente preguntas a los ponentes, e incluso se ha llegado a barajar la convocatoria de un premio a la mejor autopregunta o reflexión que mimetice una cuestión. Se primará aquella que permita enunciar en su plenitud un currículo normalizado completo para contextualizar la pregunta o comentario.

Entendemos, desde esta nuestra posición, que la promoción y difusión de un evento de tales características ha resultado ser un claro ejemplo de contención y optimización de los escasos y preciados recursos que tanto se necesitan para la investigación española. Y es por ello que, desde estas páginas, queremos agradecer esta extraordinaria iniciativa.


Enrique Fernández: «El problema de la energía oscura (y también el de la materia oscura) es fascinante»

Fotografía: Lourdes Peguero

Sería sencillo y políticamente correcto presentar a Enrique Fernández (Sietes, Villaviciosa, 1948) como uno de los líderes de la física de partículas en España, citando su papel destacado en la fundación y dirección del IFAE (uno de los mejores y más competitivos centros de excelencia del campo), o la miríada de importantes cargos relacionados con la política científica europea que ha ocupado. Sencillo… pero, en cierto modo, tan insatisfactorio como presentar al Che Guevara con el título de presidente del Banco Nacional Cubano.  En ambos casos nos quedaríamos cortos. En ambos casos, la primera palabra que salta a la pluma es «insurgente». Una insurgencia que este asturiano de modales calmosos y talante sereno ha mostrado a lo largo de toda una carrera en la que no ha dudado en llevar la contraria al sistema para perseguir sus ideales.   

Se dice que cambiaste tu intención inicial de estudiar Matemáticas por la Física debido a la lectura de un libro que se llamaba La búsqueda del cero absoluto. ¿Has encontrado ese cero absoluto?

La verdad es que todavía no [risas]. Por otra parte, creo que lo sustancial de la anécdota es que, en efecto, la física te conecta con lo real, el cero absoluto no es solo una abstracción matemática, es la descripción de un estado de la naturaleza. Creo que mi motivación para estudiar Física es el hecho de que ofrece una descripción objetiva de la realidad.

Te marchas de tu pueblo a los once años, cuando muere tu padre que fue maestro y tuvo que sufrir represalias durante la posguerra. ¿Cómo viviste aquella experiencia?

Mi padre se hizo maestro antes de la guerra y pasó gran parte de la misma en la cárcel de Oviedo (que fue una ciudad sublevada). Tras la contienda, salió pronto de la cárcel gracias a la mediación de una persona influyente en aquellos momentos. Como a muchos de su gremio le hicieron la vida difícil, por ejemplo al no permitirle acceder a una escuela en propiedad, lo cual hizo que acabara por abandonar la enseñanza. Es curioso, pero yo mismo desconocía muchos detalles relacionados con esto, hasta que hablé con la persona que contactó a la persona influyente antes mencionada. Esta conversación ocurrió al final de los años noventa, es decir, sesenta años después de los hechos. No obstante, en mi niñez se dieron otras muchas circunstancias, que la convirtieron, creo, en bastante singular. Mi madre venía de una familia acomodada y vivíamos en una casa muy grande, que todavía conservamos. Allí mi padre tenía muchos libros que estuvo leyendo constantemente hasta el final de su vida. Creo que su biblioteca jugó un papel muy importante en mi visión del mundo. De alguna manera ya daba por sentado, desde muy pequeño, que me dedicaría a algo intelectual. Por otra parte, la pérdida del padre a esa edad deja una huella que no se borra con el tiempo, al contrario de lo que dice la frase popular.

El padre y su biblioteca, un pueblo que se nos queda pequeño. ¿Ingredientes de la personalidad de un científico?

Supongo que algo de eso hay. Nuestra profesión requiere un cierto espíritu nómada, independiente de nuestros vínculos con patrias chicas (el pueblo o incluso el país del que uno viene). Pero, al mismo tiempo, para mí al menos, la conexión con esas raíces, los libros de mi padre, la casa de mi niñez, los amigos de la adolescencia, son muy importantes. Es el famoso conflicto, que no tiene por qué ser tal, entre lo local y lo universal.

Estudias en la Complutense.  ¿Tienes profesores que te marcan?

Antes estudié en Oviedo (un año), en Zaragoza (dos) y después en la Complutense. La influencia más notable entre los profesores universitarios fue la de Alberto Galindo. Sus clases de Mecánica Cuántica eran un modelo de claridad. Y también Juan Manuel Rojo, un magnífico profesor, que enseñaba Estado Sólido en la Complutense y luego jugaría un papel esencial en la revolución científica de los ochenta. Pero también me influenciaron de manera decisiva algunos profesores del Instituto Jovellanos de Gijón, donde estudié y viví entre los once años antes mencionados y el comienzo de la universidad. De hecho, tuve mejores profesores en el último año de instituto que en el primer año de universidad. Recuerdo en especial al profesor Caso (padre de la escritora M.ª Ángeles Caso), quien enseñaba Literatura Española y cuya fuerte personalidad era notable. Y también a los profesores de Matemáticas y Física, también me influenciaron mucho.

Al terminar la carrera das clase en la Autónoma de Madrid durante un año.

Durante el último año de carrera, entré en contacto con el entonces incipiente grupo de física de partículas del CIEMAT, que entonces se llamaba la Junta de Energía Nuclear, la JEN. Me ofrecieron una tesina, acepté. Y parte de la manera de pagarnos en aquellos tiempos fue como profesores-ayudantes en la UAM. Yo daba clase de problemas de Física General a un grupo, cuyo profesor era nada menos que Javier Solana.

¿Acabas la tesis doctoral en el CIEMAT?

No, me fui con la tesis casi terminada a Estados Unidos, donde empecé de nuevo como estudiante de posgrado en Purdue University, Indiana. Hice experimentos de neutrinos en los laboratorios nacionales de Argonne y Fermilab. Mi tesis fue en el primer experimento de antineutrinos contra protones, un tema completamente diferente del que había casi acabado en España. Creo que soy la tesis número 98 de las miles de tesis doctorales que se han hecho desde entonces en experimentos de Fermilab.

¿Con una tesis  casi acabada en España das un portazo y empiezas de nuevo?

No fue un portazo, sino una reorientación de la carrera. Tenía motivaciones científicas, le había dado muchas vueltas a la posibilidad de continuar mis estudios en Estados Unidos, tal como habían hecho algunos compañeros de curso en Madrid, pero también se dieron circunstancias personales. Mi compañera de entonces, que era norteamericana, también buscaba un lugar para hacer un doctorado (en literatura hispana) y el encontrar un lugar donde nos pagasen a los dos fue un motivo importante.

¿Te lanzaste a la aventura, sin más?

No fue una aventura sin más. Pero es verdad que en aquella época había muy poca gente española que estuviese en Estados Unidos por libre. Había bastante gente que estaba allí con becas españolas o Fulbright, mientras yo estaba por mi cuenta en el sistema de allí. Pero esto también era una ventaja. Recuerdo que me extrañaba cuando al conocer a gente nueva, a nivel profesional, rara vez me preguntaban de dónde era, a pesar del acento al hablar inglés. Cuando terminé la tesis me ofrecieron un trabajo en Argonne National Lab, para empezar la preparación de un experimento en SLAC (Stanford Linear Accelerator Center, en Stanford, California) y allí me fui. Estuve un total de seis años en SLAC, durante los cuales también trabajé, desde allí, para la Universidad de Colorado, aunque nunca residí en Boulder. Por otra parte, cuando estaba a mitad de mi tesis americana, volví un verano a Madrid y me las compuse para terminar mi tesis española. Así que me doctoré dos veces. Pero, desde luego, la tesis que cuenta para mí a nivel científico es la americana, mi trabajo en el experimento de antineutrinos en Fermilab se publicó en Physical Review Letters, en diciembre de 1979. Es uno de los trabajos de los que más orgulloso estoy, entonces era novedoso.

Después de doctorarte, ¿cómo ves tu futuro y cómo ves España?

Cuando estaba en SLAC pensaba que no volvería. Paco Ynduráin (catedrático de Física Teórica en la Universidad Autónoma y personaje muy influyente en la revolución científica de los ochenta en España) me animaba a hacerlo, en concreto a solicitar la llamada «idoneidad», pero no lo vi claro y no la solicité. De hecho, por esa época también surgió la posibilidad de irme a trabajar a Bell Labs, como hizo la mitad del grupo de Argonne. Me ofrecieron un trabajo que doblaba mi salario, pero finalmente decidí continuar como investigador. Y un par de años más tarde surgió la posibilidad de regresar a España y crear un grupo de física de partículas que contribuyera a los experimentos del CERN (España acababa de entrar en el CERN). Me contactaron desde Barcelona. El propio rector de la UAB me mandó una carta, sin duda a instancias de Ramón Pascual (Ramón Pascual y su hermano Pedro, los dos físicos teóricos, fueron los impulsores de que en Barcelona se crease un grupo experimental y también han tenido un papel muy relevante como promotores de la ciencia en Cataluña y España). Hay siempre un elemento de azar en estas cosas, unas llevan a otras y muy a menudo no sabes qué decisiones son importantes y cuáles no.

Háblanos de tu regreso.

Cuando España entró en el CERN, Juan Antonio [se refiere a Juan Antonio Rubio, que fuera director del CIEMAT y director de división en el CERN] con Carlo Rubbia, Manolo [Manuel Aguilar Benítez, que sería director de la división de física de partículas del CIEMAT y representante español en el CERN] y Paco [Francisco Ynduráin] jugaron un papel esencial en planificar todo el proceso. En particular, Juan Antonio convenció al Secretario de Estado, Juan Rojo, de crear tres cátedras: una en Valencia, otra en Madrid y otra en Barcelona. Esas cátedras las ocupamos tres físicos que nos hallábamos en ese momento en el extranjero. Antonio Ferrer, que estaba en Francia, fue a Valencia, Fernando Barreiro, que estaba en Alemania, fue a Madrid y yo fui a Barcelona (de esto iba la carta del rector de la UAB).

¿Por qué decides volver? ¿Es personal, es profesional, son las dos cosas, es una apuesta?

Ambas cosas, pero en este caso creo que pesó más lo profesional. Se trataba de una apuesta interesante: crear un grupo en España, pero integrándonos en el programa científico del CERN. De hecho, cuando regresé me encontré con que Juan Antonio tenía ya preseleccionado mi equipo y mi proyecto. Juan Antonio fue un gran líder y un visionario, pero a la que te descuidabas te explicaba lo que tenías que hacer [risas]. Así que tuvimos una pequeña confrontación durante una reunión en Santillana del Mar. De hecho, ni Barreiro ni yo aceptamos los planes que nos proponían y tuvimos que sacar un poco de músculo, pero al final Juan Antonio y los demás nos dejaron hacer.    

En mi caso me empeñé en integrarme en el experimento ALEPH del CERN, después de escuchar un seminario en SLAC de Jack Steinberger [director de ALEPH y quien posteriormente, en el 89, recibió el premio Nobel de Física por el descubrimiento del neutrino muónico]. Finalmente todo cuadró, pero no fue un camino de rosas. Para darte una idea: nunca es fácil hablar con Jack, así que imagínate hablar por teléfono a las 2 de la mañana (por la diferencia horaria), sin haberlo hecho nunca antes y sin conocerse directamente. Y como esto muchas otras anécdotas de cómo integrarse en Europa, desde España pero viniendo de EE. UU.

España, en ese momento, está muy por detrás del resto de sus socios del CERN. ¿Cómo te las compones para causar un impacto en ALEPH?

En efecto, España estaba bastante por detrás en física experimental de partículas con respecto a los socios fuertes del CERN. Además, o esa era mi impresión, nos miraban un poco por encima del hombro. Así que nuestra estrategia fue, para ponerlo en palabras llanas, «entrar a saco». En ALEPH encontramos dos nichos, uno relacionado con la instrumentación del detector (un proyecto pequeño, como correspondía a la capacidad de nuestro grupo por la época) y otro de tratamiento de datos, mucho más importante, el proyecto Falcon. Con Falcon introdujimos en el CERN (a través de ALEPH) algunas ideas novedosas de SLAC. Previamente yo había convencido de que viniera a Barcelona a Manuel Delfino (originalmente de Venezuela, pero licenciado y doctor por la Universidad de Wisconsin), a quien conocía de SLAC y quien después lideró Falcon. Manuel pronto entendió que, para nuestro tipo de computación, era mucho más eficiente repartirla en muchos procesadores relativamente pequeños que llevarla a cabo en un gran ordenador main-frame (como se hacía entonces). Nuestros procesadores más pequeños eran de hecho doce «estaciones de trabajo» sin las consolas correspondientes. Hoy gran parte de la computación está distribuida en miles de procesadores, pero entonces no era evidente que el futuro iría en dicha dirección, por lo que Falcon llamó la atención de las personas que se ocupan de esos aspectos. Estamos hablando de mitad de los ochenta.

«La revolución de los ochenta», que se extiende a lo largo de la década de los noventa, transforma la manera de hacer ciencia en España y en particular el campo de la física de partículas da un salto gigantesco hacia delante con la entrada en el CERN. Asociados con esta revolución hay una serie de nombres propios, algunos de los cuales ya han sido mencionados en esta entrevista. Pedro Pascual, Juan Rojo, Juan Antonio Rubio, Paco Ynduráin. ¿Cómo valoras a estos científicos? ¿Cómo los sitúas en ese momento? ¿Eran una consecuencia inevitable del cambio o son ellos los que hacen el cambio inevitable?

Jugaron un papel importantísimo, son insustituibles. Su éxito se debe, creo, a la enorme coherencia que demostraron, a pesar de que sus personalidades e intereses científicos eran muy diversos. Por otra parte, date cuenta de que la diferencia de edad entre ellos no es muy grande, son todos casi de la misma promoción. Creo que puede hablarse de un efecto generacional. Se trata de un grupo de personas profesionalmente competentes y políticamente motivadas, que se encontraron con la capacidad de cambiar las cosas y no dudaron en hacerlo. En ese sentido, quizás la persona que mejor representa a todos ellos fue Juan Rojo, por la época secretario de Estado, cuyo rol fue esencial en la modernización de la ciencia en España.

Fundas el Instituto de Física de Altas Energías (IFAE) en Barcelona y lo conviertes en uno de los centros de referencia en ese campo tanto a nivel nacional como internacional. ¿Cómo se monta el IFAE, un centro de excelencia? Y, una vez más, ¿hay un plan o es todo una gran improvisación que va saliendo bien?

Es difícil delimitar la frontera entre planificación e improvisación. Lo más importante es quizás el mantener el equilibrio entre las dos cosas, si lo planteas de esa manera. En España en particular, el planear demasiado es peligroso, sería una fuente de frustración constante [risas]. Inicialmente el grupo en Barcelona se creó como grupo universitario, con capacidad de trabajo y mucha ilusión, pero recursos muy limitados, sobre todo teniendo en cuenta que yo quería involucrarme en todos los aspectos de los experimentos en física de partículas, incluida la construcción de detectores. Esto requiere recursos materiales (talleres, por ejemplo, que sí teníamos) pero también humanos (personal técnico de alto nivel, casi imposible de reclutar en el marco universitario). El golpe de suerte vino cuando a Juan Antonio Rubio y a Ramón Pascual se les ocurrió invitar a Jordi Pujol al CERN. Pujol es un político nato y se dio cuenta inmediatamente de la escala del CERN, comprendió que se trataba de investigación muy avanzada, nada que ver con lo que se esperaba. Poco tiempo después de esa visita, Ramón (Pascual), Josep Laporte (por la época Consejero de Educación) y yo nos entrevistamos con Pujol. Queríamos proponerle la creación de un Instituto de Física de Partículas, pero no teníamos del todo claro cómo articularlo. Así que Pujol, que ya debía de haber pensado en ello, se volvió hacia Laporte y le dijo: «¿Cuánto nos va a costar?» [risas], y Laporte dijo: «Unos cien millones de pesetas al año». Mi intuición me dice que a Pujol le pareció poco, en todo caso le dijo que adelante. Ese fue el momento en que se creó el IFAE. Esto era febrero de 1991, y en agosto salió el decreto que nos declaraba un instituto con personalidad jurídica propia.

¿Cuál es la diferencia fundamental con lo que había antes?

Teníamos libertad de contratar tanto a científicos como a técnicos. Los puestos científicos titulares son contratos laborales indefinidos (hay varias categorías, similares a las que hay en la universidad). La otra gran diferencia es la flexibilidad del procedimiento. Para contratar a una persona para un nuevo puesto en el IFAE recurrimos a una comisión de expertos internacional y sin conflicto de intereses, que le propone al director el candidato que le parece más apropiado. El director toma la decisión y hace una propuesta al consejo de gobierno, quien formalmente la aprueba. Todo esto es bastante ortogonal al sistema que imperaba y aún impera en la Universidad. Fuimos creciendo muy poco a poco, escogiendo al personal científico y técnico de manera muy cuidadosa y procurando diversificar en todos los aspectos, incluyendo la edad. Para que te hagas una idea, desde 1991 hasta ahora hemos ofrecido unos doce puestos (me refiero a científicos) permanentes, menos de uno al año (a esto tendríamos que añadir a los investigadores del programa ICREA).

Sin duda el IFAE de hoy en día es muy diferente al de hace veinticinco años. En retrospectiva, ¿qué te gusta y qué no? ¿Qué habrías hecho mejor? ¿Qué suscribes?

No creo que haya cambiado tanto en veinticinco años, sí en cantidad y calidad, pero no en los conceptos básicos. Algunos temas: el IFAE sobre el papel es una institución muy top down. El director lo nombra el Consejo de Gobierno sin que en principio tenga que preguntar a nadie, podría incluso ser una persona que viniese de fuera. A nadie se le ocurre aquí que haya elecciones a director. Tampoco tenemos claustros o comisiones de esto y lo otro. El director forma su propio equipo de dirección (es su responsabilidad) y tiene también una comisión de asesoramiento, también nombrada por él mismo. Esto, que es sustancial, no ha cambiado desde el principio. También creo que es muy importante que el ambiente científico y social sea bueno, he visto a grupos enteros fracasar por rencillas internas. En el IFAE no ha habido problemas graves nunca (o, digamos, que se han apagado los fuegos antes de que empezase algún incendio). Además hemos procurado, y aquí el trabajo del director es crucial, consensuar en qué actividades participamos y creo que todo el mundo se siente comprometido con todo el programa del instituto. Sin duda que muchas cosas se podrían haber hecho mejor, y algunas decisiones erróneas también las hemos tomado. Pero globalmente el concepto ha funcionado muy bien.

Háblame del programa ICREA.

ICREA es una idea fantástica, que posiblemente va a contribuir a transformar (para mejor) la ciencia en Cataluña más de lo que nos imaginamos hoy en día. La clave del éxito del programa está en su capacidad de inyectar investigadores excelentes en el sistema, saltándose las reglas del propio sistema. Como bien sabes, atraer a un científico puntero para que trabaje en España es muy difícil si se pretende hacer a través de los conductos normales de la Universidad o el CSIC. Simplemente esas instituciones no son competitivas, ni en salario, ni en incentivos, ni en flexibilidad. Pues bien, el programa ICREA soluciona todos esos peros: ofrece contratos con salarios negociados directamente con los investigadores, libertad para integrarse en los grupos que más les atraigan, flexibilidad, etcétera. En resumen, es un programa subversivo. Y gracias a él se ha atraído mucho talento a Cataluña (una prueba, la cantidad de ERCs obtenidas por miembros de ICREA). En el IFAE tenemos a siete investigadores ICREA, a nosotros nos ha beneficiado mucho.

En el País Vasco, el programa IKERBASKE sigue los pasos del ICREA en Cataluña. Además, hay más inversión de los Gobiernos autonómicos en ciencia que en el resto del país e incluso algo de inversión privada. ¿Han dado Cataluña y el País Vasco con una fórmula para hacer ciencia superior a la del resto del país?

Buena pregunta, a la que no podría responder con precisión pues desconozco las cifras objetivas. Pero la impresión que tengo es que lo que dices es cierto, tanto Cataluña como el País Vasco parecen disponer de fórmulas más competitivas que otras autonomías para hacer ciencia. Pero ten en cuenta que tanto ICREA como IKERBASQUE son programas que se han desarrollado gracias a iniciativas casi, casi personales. El riesgo entonces es que, si las personas que los impulsan desaparecen, los programas se esfumen o se diluyan. Pero parece que, poco a poco, estos programas se están consolidando como parte del sistema, así que hay razones para ser moderadamente optimista.

Hablando de ICREA, podías haber optado por uno de esos puestos, pero has preferido una cátedra universitaria. ¿Por alguna razón en especial?

No, no es correcto lo que dices. El IFAE se creó mucho antes que ICREA y desde el principio el programa ICREA ha estado diseñado para atraer a gente que está fuera del sistema catalán de I+D. Este aspecto, el que los que ya estamos dentro del sistema no podamos optar, ha creado alguna fricción. En parte por esto ICREA creó un programa llamado ICREA Academia, que consiste en liberar parcialmente de las clases a los profesores que tengan dicha distinción (que son muy pocos, globalmente hablando) durante cuatro años, el programa paga ese dinero a la universidad más otra cantidad, nada despreciable, en concepto de premio. Yo sí que he tenido uno de estos cuatrienios de ICREA-Academia. Por otra parte, aunque la mayoría del IFAE no pertenezca a la Universidad, es importante que haya personas como yo que tengan una conexión muy fuerte con ella. Aunque en cierta manera somos subversivos, no podemos darle del todo la espalda al sistema. La Universidad es un recurso importante, por ejemplo en lo que se refiere a reclutar y formar estudiantes de doctorado. Y al edificio que ocupamos en el campus, por ejemplo. Y, naturalmente, el contacto con otros departamentos es enriquecedor.

¿Tú crees que la Universidad española funciona bien? ¿Hay que cambiarla? Si la cambiaras, ¿cómo la cambiarías?

No, no creo que funcione bien. Cambiaría muchas cosas, pero quizás la más importante, y desde hace muchos años, es la selección del personal académico. Creo que la Universidad necesita un programa similar al ICREA para atraer talento que a su vez permita mejorar el rendimiento. En este punto tan importante, la planificación brilla por su ausencia, las dotaciones de personal se dan ad hoc, para resolver problemas individuales en muchos casos. Sin un cambio radical con respecto al sistema actual creo que no vamos a progresar. Y no es solo por falta de dinero, que también es un programa real grave.

¿Qué se necesita para desarrollar la ciencia en España? ¿O para que, al menos, no retroceda?

Cuando se puso en marcha lo que hoy llamamos Programa Nacional de Investigación supuso un cambio radical con respecto a lo que existía anteriormente, tanto a nivel cuantitativo (aumentó mucho la inversión en ciencia) como a nivel logístico. Por primera vez se conceden subvenciones a los investigadores directamente basándose en proyectos concretos (anteriormente, el poco dinero que había se daba a los departamentos y se solía repartir con la política de café para todos) y se les hace responsables de desarrollar dichos proyectos. Creo que ese paradigma básico, similar al de otros países, ha funcionado bastante bien y debería conservarse. ¿Es posible mejorarlo? Sin duda, por ejemplo haciendo un seguimiento serio de los logros de los proyectos, lo cual ahora mismo no se hace. Por cierto, lo que sí está ocurriendo es que nos piden cuentas de cómo hemos gastado el dinero de los proyectos, pero no del contenido, sino de la forma, que si falta una firma por aquí o por allá, que si tenemos justificantes de pernoctar en los hoteles cuando viajamos, etc. Hemos llegado a extremos grotescos, o más bien vergonzosos. En ese sentido hemos ido hacia atrás muchísimo, y parece ser cada vez peor.  

¿Cómo afectaría a la ciencia un catalanexit?

Yo creo que mal, que le vendría muy mal. Y no solo a la ciencia. Aparte del trauma de la ruptura, a largo plazo Cataluña sería un país pequeño con una economía pequeña y España sería también un país más pequeño que ahora con una economía más pequeña. Todo el mundo saldría perdiendo.

Tú has ocupado muchos cargos de influencia en el CERN y en muchas comisiones internacionales y por tanto conoces muy bien tanto la ciencia en Europa en general como en nuestro laboratorio europeo. ¿Cómo valoras el CERN?

El CERN es sin duda una gran empresa. Todos los países de Europa se unen para poder hacer en común unos aceleradores que son grandes aparatos y que cuestan mucho y necesitan muchos recursos, o sea, que la idea funcional está muy bien. Y ciertamente el LHC ha sido un éxito rotundo. Por otra parte, si tuviese que hacer una crítica al CERN, apuntaría a que se trata de un organismo internacional, situado en uno de los sitios más caros de Europa, y cuenta con una élite muy privilegiada de científicos y técnicos que ganan salarios muy altos. En estas circunstancias es imprescindible ser riguroso a la hora de medir la eficiencia, y creo que en el CERN eso no se hace, o al menos no se hace rigurosamente.

¿Consideras que el CERN es un motor de progreso también para ciencia aplicada?

Hombre, el caso de la invención de la WWW es bien conocido. Por otra parte el CERN sufre un poco del síndrome not invented here (si no se ha inventado aquí no nos interesa). Esto ocurre bastante con el software. En física de partículas, y por lo tanto en el CERN, ya no estamos en la frontera de los avances tecnológicos en los que sí están Google o similares. Cuando empecé a trabajar en el experimento ALEPH, allá por 1986, me chocó el hecho de que la división IT (la división informática del CERN) había decidido no utilizar LaTeX y querían seguir con su propio sistema (yo me callé pero… seguí usando LaTeX). Es un ejemplo concreto pero significativo de algo más general. Por otra parte, y esta es una defensa del campo de la física de partículas, del CERN y de otros laboratorios, considero que la gente se forma a muy alto nivel, tanto porque la ciencia misma lo exige como por la tecnología empleada para hacer avanzar esta ciencia básica. Esa formación a alto nivel crea un capital humano de gran valor que en muchos casos se transfiere a la industria. De hecho, las empresas de alta tecnología en EE. UU. lo tienen muy claro y un doctorado en física de partículas es una excelente carta de presentación para ellas. Un problema que tenemos en España no es tanto la formación sino la falta de empresas que realmente la necesiten a muy alto nivel, simplemente esas empresas no existen.

Uno de los problemas de la física de partículas (que empieza a ser común en otras áreas de la ciencia, como la cosmología) es la de asignar crédito a los científicos. La colaboración ATLAS cuenta con unos tres mil físicos, cada uno de los cuales firma todos los artículos que la colaboración produce. Es evidente que es imposible asignar el mismo crédito a uno de esos autores que cuando se trata de un artículo firmado por un equipo pequeño. ¿Hemos encontrado soluciones a este problema?

Es un problema muy complicado y no hay fórmulas mágicas, pero creo que el campo (de la física de partículas) no está intentando solucionarlo seriamente. De hecho hubo un intento, por parte de ECFA, pero no prosperó. Se podrían aplicar diversas fórmulas para tratar de asignar el crédito de una manera más clara. Por ejemplo, en cosmología los primeros autores suelen ser los dos o tres que han liderado el análisis (y a menudo han escrito el artículo), detrás siguen los nombres del grupo de trabajo (a menudo unos diez o veinte científicos) y detrás el resto, por orden alfabético. Por supuesto, algunos artículos fundamentales (como el descubrimiento del Higgs) irían por orden alfabético ya que se trata realmente de un esfuerzo colectivo cuyo crédito específico no se le puede asignar a nadie. Una fórmula como esta no es una solución ideal, pero creo que es mejor que la que se utiliza en partículas. En todo caso tenemos la obligación de hacer algo, so pena de que otros campos no nos tomen en serio.

En los últimos años has liderado varias iniciativas para estudiar energía oscura. ¿Por qué?

El problema de la energía oscura (y también el de la materia oscura) es fascinante. Piénsalo. El 80% de la materia del universo es invisible. ¿Qué es esa materia oscura? ¿Y qué es esa energía oscura que está acelerando la expansión? En cierto sentido creo que es válido decir que no sabemos gran cosa del 95% del universo. Y para saber más hay que hacer experimentos.

Sin embargo, tú estabas confortablemente instalado en la ciencia del LHC. Cambiar a experimentos  tan diferentes como los de energía oscura denota un cierto inconformismo…

¡Cierto! Recuerdo que un excolega de ECFA (la Comisión Europea para Futuros Aceleradores de la que fui presidente durante varios años) me dijo: «¿Para qué te metes en líos con lo bien que podrías vivir de rentas?». Ahora me doy cuenta, un poco a posteriori, de que dentro de la cosmología no voy a poder competir con la gente joven, pero me he lanzado por interés científico, que de hecho siempre he tenido, desde que era estudiante, y en ese sentido no me arrepiento en absoluto. Creo además que es una excelente inversión científica para el IFAE el estar en este campo.

¿La financiación de la ciencia en España te parece suficiente?

Muy insuficiente. En los últimos años ha habido una bajada del 40% en la inversión en ciencia (esto es, en subvenciones directas a la investigación). ¿Te imaginas una empresa que de repente ve sus ingresos reducidos a la mitad? Es casi seguro que quebraría. Pues bien, esa es la situación con la empresa ciencia en España. Los efectos, no te quepa duda, van a ser muy negativos.  Además, llegan en un momento en que la ciencia en España estaba a punto de florecer, no solamente no avanzamos, sino que dilapidamos parte de lo conseguido.

Sin embargo, se diría que en los Estados Unidos de la época Trump también se van a dar recortes en ciencia.

Así parece, ciertamente tienen un problema grave con el nuevo presidente. La diferencia es que en Estados Unidos existe un potente sector privado, capaz de mover la economía incluso si atraviesan una racha de bajas inversiones públicas. El dinero que dedican empresas como Apple, Google o Facebook, por nombrar solo unas pocas, a I+D, superar a todo el programa español de ciencia. En España no tenemos nada que se le parezca y si se corta la inversión en ciencia no lo tendremos jamás.

¿Es eso solo culpa de los políticos? Da la impresión de que a la sociedad española no le importa la ciencia y en consecuencia la voz de los científicos pasa desapercibida.

El ejemplo lo tienes en la Marcha por la Ciencia que se organizó recientemente. Movilizó a una parte muy importante de los científicos españoles y ¿cuál fue la cobertura que le dedicó el Telediario? Quizás treinta segundos. Compara con los debates interminables sobre otros asuntos nimios.

Tu amistad con el Premio Nobel Jack Steinberger es bien conocida. Steinberger es uno de los grandes de la vieja escuela, todavía lúcido y activo a los noventa y cuatro años. Háblanos de él.

Es una persona única a la que admiro intensamente. Ha vivido tiempos muy especiales. Nació en Alemania y es hijo de un cantor de una sinagoga. Su familia escapó de Alemania gracias a una asociación de judíos americanos que los sacaron del país justo a tiempo. Se establecieron en Chicago, donde montaron una tienda de ultramarinos. Jack no tenía antecedentes científicos ni demasiados recursos, pero debió de ser un estudiante excepcional, dado lo bien que le fue. Cursó Ingeniería Química en la Universidad de Chicago, donde conectó con el grupo de Fermi (el gran científico italoamericano, autor de la primera teoría sobre el neutrino y padre de la bomba atómica). Jack  hizo la tesis con Fermi y el resto, como se suele decir, es historia.

Es cierto que yo he establecido con él una relación personal que va más allá del aspecto profesional, conozco muchas anécdotas. Hay una característica muy conocida de Steinberger y es su capacidad para desarmarte. Una reacción típica suya cuando te lo presentan es interrogarte sobre algún tema que le interesa, te lanza preguntas muy agudas que no sabes cómo contestar y te deja descolocado. Esto me pasó a mí, pero luego averigüé que le pasa con todo el mundo. Lo curioso es que en el fondo no pretende examinarte o ponerte en un compromiso, Jack está obsesionado por aprender y te lanza esas preguntas a ver si te sabes la respuestas. Es su manera de aprender, pero sus preguntas siempre van muy por delante. Cuando se retiró del CERN le dio por aprender cosmología. Yo di por supuesto que se había leído los textos de referencia (todos los que hemos querido aprender cosmología hemos tenido que estudiarlos, más o menos), pero en su caso no se limitó a leer, dedujo todas y cada una de las fórmulas de los textos, incluyendo las más difíciles. Y para ello no dudó en pedirle ayuda a Veneciano (un físico muy teórico del CERN de gran reputación). Lo que quiero decir es que Jack es un científico puro y para hacerte amigo suyo tienes que asimilar esa forma de ser, en la que no hay compromisos que valgan. Yo lo he visto con ochenta años cumplidos participando en un grupo de trabajo en física de oscilaciones de quarks y compitiendo con posdocs cincuenta años más jóvenes que él.

Para apreciar a Steinberger tienes que apreciar también esa mezcla de curiosidad intelectual y espíritu pendenciero (es capaz de enzarzarse en una refriega científica con cualquiera, sea otro premio Nobel o un estudiante de doctorado, y en todos los casos lo que le importa son los argumentos, la ciencia, el estatus le trae sin cuidado). Recuerdo que Alain Blonde (un prestigioso físico de partículas, catedrático en Ginebra) lloriqueaba porque Jack lo machacaba siempre que podía. Y yo le dije: «En realidad tendrías que sentirte orgulloso, contigo le gusta jugar y competir». Alain tiene muy buenas ideas y Jack las huele de lejos.

¿Cuáles son tus planes para los próximos años? ¿Qué problemas científicos te llaman más la atención? Y, sobre todo, ¿te ves capaz de una nueva insurgencia de las tuyas?

Eso va a ser difícil, porque dentro de un año me retiro de la Universidad, al menos técnicamente, aunque pienso seguir activo y contribuyendo, pero me parece que las siguientes insurgencias hay que dejárselas a los jóvenes.

Estás casado con Martine Bosman, una de las líderes de la Física del LHC en España. ¿Es una buena idea casarse con alguien del gremio? En el caso de los científicos, ¿es la única buena idea?

En parte hay muchas posibilidades de acabar con otro científico de pareja, ya que a menudo la gente se conoce en el ámbito laboral. Por otra parte, la complicidad, el entender el trabajo del otro y la dedicación que este trabajo exige creo que ayudan mucho a que la pareja funcione. Pero no creo que sea la única fórmula posible. Tú sabes tanto como yo de esto.

Eres miembro de la Real Academia de Ciencias. ¿Crees que este tipo de instituciones siguen jugando un papel?

Soy académico correspondiente, no soy miembro numerario. Creo que una institución así podría jugar un papel mayor del que juega. El problema no está en la propia Academia, sino en el uso (o la falta de uso) que hace de esta el resto de la sociedad. ¿Por qué el Gobierno, por ejemplo, no la usa para asesorarse en materias de política científica, por qué no se le saca partido a la gente tan valiosa que hay en ella? No se hace porque en nuestro país hay una cultura científica muy escasa y la verdad es que es una pena.  

¿No te parece un poco vetusta?

Bueno, pero eso es natural. Es verdad que los miembros de la Academia son bastante mayorcitos, cuando fui a las primeras reuniones me sentí joven [risas].

Sé que tocas muy bien la guitarra, pero siempre te quejabas de que no tenías tiempo. ¿La tocas todavía? ¿Tienes tiempo libre?

He empezado a tocar el piano hace más de diez años y he progresado bastante. Con la guitarra siempre me pasó lo mismo, tocaba siete u ocho meses y luego pasaba otro tanto sin acercarme a ella. Creo que nunca llegué a ninguna parte, la guitarra clásica es demasiado difícil. Con el piano soy más constante, ahora estoy en una buena época y toco una hora cada día. No haber estudiado música seriamente es una de mis grandes frustraciones. Es curioso, en la casa donde yo me crie había un piano, era de mi abuela materna, y yo lo tocaba de vez en cuando, pero no estudié música porque creía que para ser pianista tenías que ser poco más que un genio. Estoy seguro de que es cierto si quieres ser un profesional bien retribuido, pero desde luego cualquiera con un mínimo de talento y ganas puede tocar bien y yo ya me contentaría con eso. Pero yo no lo sabía y nunca me planteé estudiar. Cuando me fui a EE. UU. me llamó la atención que había estudiantes en la universidad que estudiaban música como una profesión, pero ya era muy tarde para mí.

Hubo una época, durante mi estancia en Stanford, en la que mi pareja me regaló unas lecciones particulares de guitarra. Resultó que el profesor era un alemán que había aprendido a tocar la guitarra en un campo de concentración en Inglaterra, durante la Segunda Guerra Mundial. Tenía una tienda que se llamaba Quality Guitars, al lado del Camino Real en Palo Alto. Mi guitarra era buena, la había comprado en Contreras, que estaba en la calle Mayor de Madrid, y a él le llamó la atención que yo tuviera esa guitarra cuya marca conocía, y me preguntó: «¿Y esta guitarra cómo la has conseguido?», y le dije: «La compré en Madrid», y él: «Pues la próxima vez que vayas a España, dímelo, porque te encargo una».

El caso es que el alemán se retiró y traspasó el inventario de la tienda a otra en el Camino, cerca de Kepler’s Books en Menlo Park, llamada Guitars Unlimited. Y también me traspasó a mí, el dealer de guitarras españolas, presentándome a Bill Courtial, que así se llamaba el nuevo dueño. Así que cada vez que venía a España compraba una guitarra para ellos, llegué a comprar una de concierto que me costó entonces casi doscientas mil pesetas, una auténtica fortuna. Bill era un guitarrista de jazz y había entrado en el negocio de la tienda años antes, sustituyendo a un profesor de guitarra amigo suyo que se había hecho famoso. Se trataba nada menos que de Jerry García, el líder de Grateful Dead. La tienda parecía un tugurio, pero tenía una trastienda inmensa con guitarras e instrumentos de todo tipo. Allí compraba guitarras Joan Baez, que vivía bastante cerca, el propio Jerry García, y alguno de los músicos de Janis Joplin, entre otros. Con esto disfruté un montón. Una vez el propio Bill me pidió una guitarra de flamenco y al probarla me dijo: «Esta es para mí, no para la tienda». En fin, quizás debía haber explotado más mi faceta de traficante, pero la cosa se quedó ahí [risas].


Carmen Vela y Marina Villegas: una conversación en el Museo de Ciencias Naturales

Carmen Vela Olmo (Sigüenza, 1955) se licenció en Ciencias Químicas y tras pasar cinco años en el Departamento de Inmunología de la Fundación Jiménez Díaz investigando sobre alergias se incorporó a Ingenasa, una empresa de biotecnología aplicada que acabó comprando junto a dos compañeros y que ha dirigido hasta 2012. Desde enero de 2012 es secretaria de Estado de Investigación, Desarrollo e Innovación. Marina Pilar Villegas Gracia (Madrid, 1965) también es licenciada en Ciencias Químicas. Ha trabajado varios años en el Consejo Superior de Investigaciones Científicas (CSIC), donde fue vicedirectora del Instituto de Cerámica y Vidrio, y directora del Departamento de Postgrado y Especialización del CSIC. En abril de 2012 se incorpora al Ministerio de Economía y Competitividad, en 2014 es nombrada directora general de Investigación Científica y Técnica y en 2016, directora de la Agencia Estatal de Investigación.

Nos reunimos con ambas, al atardecer, en el Museo Nacional de Ciencias Naturales y mientras caminamos entre dinosaurios, elefantes y ballenas les preguntamos sobre el estado de la ciencia en España, qué cosas están cambiando en la gestión científica y cuál será el futuro de los investigadores en nuestro país.

Carmen, ¿cómo llegas a la Secretaría de Estado y, sobre todo, qué razones te mueven?

Recibo una llamada de teléfono unas Navidades, me dicen que llama D. Luis de Guindos. En aquel momento sabía que era ministro, y poco más. Le devuelvo la llamada y esa llamada se convierte en una entrevista. Pensaba que me iba a pedir opinión sobre quién podría ocuparse de la cartera ministerial y resultó ser que me estaba ofreciendo el trabajo. Me llevé una sorpresa enorme. Después pasé por diferentes fases. La primera fue no, imposible, no puedo asumir esa responsabilidad. De hecho había tenido un par de ofrecimientos anteriores para asumir Direcciones Generales y siempre dije que no. ¿Por qué dije que sí en esta ocasión? Quizás porque siempre he sido una persona que tiene una opinión respecto a cómo deben ser las cosas y no me ha asustado trabajar para conseguirlo. Entonces, si en un momento así decía que no, me obligaba a callar para siempre y no era algo que estuviera dispuesta a hacer. A partir de ese momento no he tenido mucho tiempo para pensar en por qué había aceptado el trabajo, he estado demasiado ocupada haciéndolo lo mejor que podía.

¿Y tú, Marina? ¿Cuál es tu motivación para cambiar la cerámica piezoeléctrica por la gestión de la investigación?

Yo también recibí una llamada un lunes por la mañana, proponiéndome la Subdirección de Proyectos. Contesté: «Muchas gracias, voy a pensarlo y a hablarlo en casa», y en casa me dijeron: «No te lo pienses, acepta». Así que decidí «seguir órdenes», sobre todo porque creo que la gestión de proyectos de investigación debe estar en manos de científicos. Llevaba desde 1988 en el CSIC y después de muchos años dedicándome a la investigación ya estaba haciendo un poco de gestión, primero en el instituto y luego en el departamento de posgrado. Tenía por lo tanto experiencia, tanto en investigación como en gestión de la investigación, y me parecía que podía hacerlo bien. En resumen, pensé: «En lugar de quejarnos de nuestros gestores, tenemos la oportunidad de gestionarnos». Fue por esa razón por la que acepté.

¿No fue una decisión un poco arriesgada?

Marina: Quizás, pero ¿cuál era la alternativa? ¿Sentarse a protestar y que lo hicieran otros?

Carmen: El sistema no era ni es perfecto, pero aceptar el trabajo que nos ofrecían nos daba la oportunidad de intentar mejorarlo.

En España llevamos unos años sin MICINN ya que se ha convertido en la Secretaría de Estado de I+D+I (SEIDI). ¿Hace falta o se puede funcionar bien con una SEIDI dependiente del Ministerio de Economía, Industria y Competitividad (MINECO)? Si te encontraras con el genio de la lámpara, ¿qué pedirías?

Carmen: Pediría más recursos, naturalmente, pero quizás lo más importante es hacer las cosas lo mejor posible con lo que se tiene. No sé si en la SEIDI o el Ministerio. Quizás no sea tan crucial la estructura administrativa, pero creo que universidades, política universitaria y enseñanza superior tienen que estar muy asociadas a investigación e innovación. Dadas la coyuntura económica y la política de ajustes de estos últimos años, creo que nuestra Secretaría de Estado está en el mejor sitio posible, ya que nos integramos en un Ministerio potente, con un ministro muy capaz.

¿Y por qué la Secretaría de Estado de Investigación, Desarrollo e Innovación depende del Ministerio de Economía, Industria y Competitividad en lugar del Ministerio de Educación Cultura y Deporte?

Carmen: Hay muchos ejemplos similares en Europa. Muchos de los países nórdicos y Holanda han vinculado la ciencia a la competitividad. En ese esquema, integrarse en el Ministerio de Economía y Competitividad (y ahora Industria también) tiene sentido. Hay otros modelos posibles, por supuesto, desde el clásico Educación y Ciencia hasta Educación Superior, Investigación e Innovación. En Europa hay mucha variedad. Por otra parte, es la primera vez en este cambio de legislatura que no han cambiado Ciencia de donde estaba. A nosotros esa estabilidad nos ha venido particularmente bien en un momento en que estamos haciendo unos cambios internos muy significativos e importantes con motivo de la creación de la Agencia Estatal de Investigación. Tenemos muchísimo trabajo, muchos cambios, mucha alternancia administrativa, y en ese contexto nos ha venido muy bien tener continuidad en el ministerio en el que estamos.

El hecho de estar en el ministerio en el que estáis hace que la desconexión con Universidades sea completa. Da la sensación de que una parte significativa de la Universidad no querría verse en un Ministerio de Economía.

Carmen: Es posible, pero creo que tampoco querían verse en un Ministerio de Ciencia e Innovación. Hemos tenido la estructura perfecta o la que muchos creemos que es perfecta (con Ciencia, Universidades e Innovación en un mismo Ministerio), y nosotros mismos la desmontamos. Por otra parte, la SEIDI no está desconectada de la Universidad, más bien al contrario. Una cosa es que no tenga competencias de responsabilidad sobre un determinado colectivo y otra cosa es que no trabaje con otros ministerios. Nos preciamos de llevarnos muy bien tanto con el Ministerio de Educación en su característica más institucional, como con Universidades, a través de la CRUE. Es bien cierto que hay materias en las que nosotros no somos competentes, pero, por todo lo demás, la relación ha sido, y estoy segura de que seguirá siendo, excelente.

Marina: Yo quería incidir en el tema de la necesidad de estabilidad que ha mencionado Carmen. Este año pasado ha sido muy complicado con el Gobierno en funciones y, sin embargo, teníamos que poner en marcha la Agencia que, de hecho, entró en funcionamiento el 20 de junio de 2016. Cuando estábamos en pleno proceso había gran inquietud con los cambios, la coletilla entre nosotros era que todo podía salir bien, «si no nos cambian de ministerio». Por otra parte, una vez constituida, la Agencia puede funcionar de manera autónoma, incluso con Gobierno en funciones o una estructura ministerial todavía por definir. En ese sentido, la creación de estructuras dedicadas a gestionar la investigación que puedan autogestionarse es esencial para minimizar la dependencia de las supraestructuras ministeriales y garantizar la mayor agilidad posible.

En el organigrama de la Secretaría de Estado hay paridad de género, sin embargo, en las agencias, consorcios, organismos, empresas y otras entidades dependientes, excepto en el caso de Marina, todos los directores son hombres. ¿Por qué?

Carmen: En esta Secretaría de Estado si de algo nos preocupamos, además de por la ciencia, es del equilibrio de género. Hemos llegado a ser el 80% de mujeres en el comité de dirección de la Secretaría de Estado y a día de hoy somos el 70% de mujeres en el comité del ministro de Economía, Industria y Competitividad. Las tres secretarias de Estado del ministerio somos mujeres, la secretaria general de Industria es mujer, la jefa de gabinete del ministro es mujer, la jefa de Comunicación es mujer, la secretaria Ggeneral del Tesoro es mujer… Por otra parte, es absolutamente cierto que no hay mujeres, ni las ha habido nunca, con dos o tres excepciones, entre los directores de OPIs. Pero esa evidencia hay que ponerla en contraste con el hecho de que en la Secretaría de Estado el 60% somos mujeres y en el ministerio, el 70%. Desde luego en la SEIDI sí miramos nuestros comités (por ejemplo, el reciente comité científico-técnico) y todas las estructuras que montamos recogen el principio de paridad. Por otra parte, hay que llevar cuidado en cómo se presentan los números. No es infrecuente leer en la prensa cosas del tipo: «solo el 39% de las investigadoras son mujeres». Parecen números muy bajos, pero 39% está muy cerca de la norma comúnmente aceptada, 60-40. También se lee a menudo que, desde el 2008 hasta ahora, se «ha estancado el crecimiento de las mujeres en ciencia», cuando una lectura igualmente válida sería: «mantenido a pesar de los años difíciles».

En vuestras carreras profesionales os habéis encontrado el famoso techo de cristal.

Marina: Yo diría que no, siempre he trabajado para la Administración Pública y estoy convencida de que el sistema de oposiciones tiende a valorar sobre todo el mérito y capacidad. En retrospectiva no me parece que en ninguna de las oposiciones a las que me presenté hubiera discriminación de género. Por otra parte, durante mis primeros años como investigadora teníamos un grupo donde había muchos hombres y yo creo que en esa época yo era casi la única mujer del grupo. Quizás un poco de paternalismo sí había, nuestros jefes eran muy mayores, o sea, a mí me lo pareció cuando llegué [risas], pero, claro, es como te ven ahora a ti los que se incorporan con veintidós años. Por otra parte, creo que con el techo de cristal ocurre como con las Meigas, que existir no existen, pero haberlas las hay. Otra cosa es que algunas no lo hayamos encontrado.

Carmen: A finales de 1998 me llamaron de Bruselas por si quería participar en un grupo de trabajo sobre mujer y ciencia. Me apunté con mucho desconocimiento y con mucha curiosidad, ya que yo empecé en un hospital donde el grupo estaba constituido por un hombre (el jefe, eso sí) y siete mujeres. De ahí pasé al CBM, donde la proporción hombre-mujer era muy equilibrada y luego a Ingenasa, donde el 80% éramos mujeres y donde además yo era la jefa, con lo cual, como Marina, nunca me había encontrado con una situación de desigualdad de género. El caso es que en aquel grupo de Bruselas pude estudiar los datos estadísticos desagregados por género, pertenecientes a toda Europa, de los que se deducía sin duda alguna que el techo de cristal existe a todos los niveles. Quizás no es tan visible como hace un tiempo, es decir, el cristal se ha vuelto más transparente, pero sigue allí.

Hace poco las Naciones Unidas declararon el 11 de febrero Día Internacional de la Mujer y la Niña en la Ciencia. ¿Qué os parece? ¿Organiza la SEIDI algo al respecto?

Carmen: Bien, nos parece bien y, de hecho, aprovechando esa fecha, presentamos nuestro informe bianual de Científicas en Cifras y el impacto mediático que ha tenido ha sido muy satisfactorio. Los medios, cuando se trata de «el día de», prestan mucha más atención.

Marina: Yo creo que además ese día tiene una diferencia con el Día de la Mujer Trabajadora, que también es una fecha significativa, pero al incluir a la niña se ha movilizado mucho el tema de educación, que es fundamental. El progreso no está garantizado. He visto un artículo muy interesante en El País que se titula «Cansadas de las zapatillas y de los tacones», que habla de eso, de que las nuevas generaciones ahora vuelven otra vez a ponerse taconazos, a pintarse mucho, con mensajes contradictorios: que empiezan a pensar otra vez más hacia atrás que hacia adelante.

Carmen: Se piensa que a veces esto está ya resuelto, que fue más un problema de nuestras madres o de nuestras abuelas y que a nosotras no nos concierne, cuando lo cierto es que nos afecta enormemente.

Cada vez hay menos alumnas en las ingenierías. ¿Hay desinterés femenino con las carreras STEM?

Carmen: Como todos los datos estadísticos, estas series hay que verlas con un poquito de perspectiva. Es verdad que hubo un momento en que la proporción de mujeres empezó a crecer en todas las ingenierías, no a gran velocidad, excepto Arquitectura, que en su momento llegó hasta el 50%. En el resto fue mucho más moderado, entre el 20% y el 30%, y ahora hay pequeñas disminuciones. Quiero pensar que es una cuestión puramente accidental. Por otra parte, parece claro que incluso a nivel mundial estamos teniendo un problema con el STEM, con todas las asignaturas de ciencias, matemáticas, ingeniería, a todos los niveles, en todos los países. Haría falta un programa como el que inició el presidente Obama en su momento para favorecer la presencia en general de todo el mundo en las disciplinas STEM, y particularmente de mujeres, porque es un déficit clarísimo que tenemos y desde luego nuestro país no es una excepción.

Quizás hubo una generación de mujeres que se empeñaba en estudiar ciencias porque no les dejaban y eso ahora ha cambiado.

Carmen: Es verdad que nosotras tuvimos una parte de eso y que nos motivaba. Yo tenía una compañera que era la única de su clase, y cuando el profesor decía: «Usted, señorita», se volvía y decía: «¿Quién, yo?» [risas]. Ahora, como en vez de una hay diez ya se creen un colectivo, lo cual tiene su parte buena, pero quizás se pierde un poco de aquella beligerancia.

Ambas sois químicas, ¿quiénes fueron vuestros referentes a la hora de decidiros por estudiar esta carrera?

Marina: En mi caso tuve una muy buena profesora en 2.º de BUP, y luego es verdad que también tuve suerte en 3.º de BUP y en COU. Me costaban mucho las matemáticas, pero todo el mundo me decía: «No te preocupes, que hay partes de la química que no precisan matemáticas, con la regla de tres es suficiente» [risas]. Más tarde, en 2.º de carrera, tuve un profesor muy bueno, un catedrático de la Universidad Autónoma de Madrid, Vicente Fernández, que era profesor de inorgánica y que me llevó hacia ese campo. En resumen, en mi caso fueron mis profesores los que me marcaron el camino.

Carmen: Yo tuve claro siempre que quería hacer investigación. En COU tuve un profesor de biología muy bueno, Avelino Pérez-Geijo. Era vicepresidente del CSIC y recuerdo que teníamos una especie como de orientación universitaria; mi promoción, y esto es un secreto bien guardado, fue la primera de COU [risas]. El caso es que yo le comenté a Pérez-Geijo mis dudas, le dije algo así: «Me gusta la medicina, pero tengo demasiada empatía con el enfermo, y a ver si esto me va a complicar mucho la vida». Luego me enteré de que a Rita Levi-Montalcini le pasó lo mismo. El caso es que él me aconsejó empezar estudiando Química con la posibilidad de pasarme a Medicina más tarde. Así que estudié Ciencias Químicas y no me he arrepentido nunca de haber seguido su consejo. Además, cuando terminé la licenciatura fui a trabajar a un hospital, con lo cual la vocación sanitaria o de biomedicina la desarrollé. Siempre seguí un poco con ese equilibrio entre las dos, pero la verdad es que me divertí mucho en la carrera, especialmente en la especialidad de Bioquímica. Es algo que me gustó muchísimo.

Las dos habéis dicho que vuestra vocación por la ciencia la despiertan vuestros profesores de bachillerato. Me pregunto si esa motivación es simétrica en el caso de chicos y chicas. ¿Es posible que exista un sesgo inconsciente de los maestros y profesores a la hora de motivar a los chicos y no a las chicas hacia materias de ciencia y tecnología?

Carmen: Hace unos años, en la Universidad Politécnica de Cataluña, Margarita Artal hizo un estudio sobre las niñas que estudiaban ingeniería y encontraron una correlación clara con la formación de sus padres. Las niñas que escogían carreras tecnológicas venían de familias en la que los progenitores tenían formación universitaria y a menudo formación técnica. Eso nos lleva a que no basta el instituto, también hace falta apoyo y motivación en casa.

Marina: Por otra parte, la dificultad de las materias no explica que las chicas no escojan carreras de ciencia e ingeniería. La carrera de Medicina es larga, difícil, dura y trabajosa y, sin embargo, el 80% de los alumnos que la cursan son mujeres.

Carmen, en 1982 te incorporas a Ingenasa, que es absorbida por Ercros, y tras la quiebra de Ercros, junto con dos socios, reflotas la compañía. ¿Te ha servido tu experiencia como empresaria en la dirección de la SEIDI?

Sí, estoy segura. Yo le dediqué mucho esfuerzo e ilusión a Ingenasa y fue una gran decepción cuando sus dueños decidieron entrar en suspensión de pagos a pesar de que nuestra empresa iba hacia arriba, así que no me quedó otro remedio que arremangarme, porque no quería conformarme. Por fortuna, estaba rodeada de un magnífico equipo y eso hizo posible seguir adelante con muchísima ilusión y esfuerzo. Creo que en la SEIDI pasa algo parecido. Ilusión, trabajo y un gran equipo.

En Ingenasa trabajáis en seguridad alimentaria, ¿conoces el esfuerzo divulgativo de Mulet y Scentia? ¿Te has leído Vamos a comprar mentiras?

Carmen: Sí que lo he leído, y también trabajos anteriores como Los genes que comemos. Los divulgadores serios de la ciencia hacen un gran trabajo. Hay que comprender que en muchos frentes estamos perdiendo la guerra contra la charlatanería y la superstición. En concreto, la desinformación en lo que se refiere a los transgénicos es verdaderamente preocupante.

¿No falta un poco de divulgación?

Carmen: Definitivamente, sí. Y si no hay una sociedad cómplice que entienda lo que hacemos, por qué lo hacemos y para qué lo hacemos, va a ser difícil que la situación de la ciencia en España mejore.

Marina: Un aspecto de la ciencia que preocupa mucho a la sociedad es la medicina. Curiosamente, ahí nos encontramos con que se confunde bastante, o más bien no se distingue, entre el médico clínico que solemos ver (y con toda la razón) como un héroe y el investigador que hace posible que le medicina avance, que a menudo pasa desapercibido. Pero, por desgracia, los médicos practicantes, por muy héroes que sean (y, repito, lo son), dependen de tener a su disposición instrumental para diagnosticar y tratar enfermedades, por ejemplo, todos los aparatos de imagen médica, o precisan de drogas, antibióticos, etc., que se desarrollan a base de investigación. El público en general no parece consciente de que sin investigación puntera estamos comprometiendo su propio bienestar a largo plazo.

Carmen: También los investigadores tenemos que entonar un mea culpa, porque durante mucho tiempo se consideraba «impropio» del gremio el dedicarse a la divulgación, algo así como una actividad menor o de segunda categoría. Afortunadamente, creo que esa percepción está cambiando.

¿Por qué en la Agencia no incentiváis que la divulgación cuente como un mérito?

Carmen: Lo estamos haciendo ya en algunos casos y lo haremos más.

Marina: Creo que es importante que la Agencia, en la parte de proyectos, se preocupe de los planes de comunicación y difusión, porque no podemos vivir de espaldas a la comunicación. Hay que contar además con los nuevos medios y redes sociales. Pero en ello estamos, en la Agencia tenemos Twitter y lo usamos activamente.

¿Qué me decís de la figura del científico como asesor directo a los políticos? En otros países esa figura existe desde hace tiempo.

Marina: Ahí hemos dado el paso, tenemos el Comité Científico y Técnico asesor de la Agencia.

Carmen: Queremos que ese comité tenga mucho peso específico. Por otra parte, hay mucho que avanzar para que los científicos puedan interactuar de manera ágil con la sociedad en España. Yo siempre pongo el ejemplo de que si un científico puntero se va cinco años a trabajar a una empresa como director científico, cuando vuelve a su universidad se encuentra con que ha perdido cinco años. El sistema académico no le da esencialmente ningún reconocimiento por el tiempo que ha invertido trabajando para una empresa puntera con alto impacto social. Algo similar ocurre si te vas como asesor de un determinado Gobierno o director de una revista. En consecuencia, hay muy pocos científicos que hacen camino de ida y vuelta entre universidad o el CSIC y la industria-sociedad. Lo cual es grave, porque la innovación pasa precisamente por esos «senderos que se entrecruzan».

En esa línea, hemos firmado un acuerdo con el Ministerio de Asuntos Exteriores, un documento hacia una estrategia de diplomacia científica que incluye la presencia de científicos en los ministerios, en el Parlamento y en otras entidades públicas. Vamos a empezar en los próximos días a moverlo. Queremos, además, que el Comité Científico y Técnico de la Agencia pueda ofrecer sus servicios al Parlamento, incluso a Presidencia de Gobierno. En fin, queremos que este comité, cuando vaya tomando recorrido, aparte de ayudar a la Agencia, cubra algunas de esas necesidades a las que nos estamos refiriendo.

El Dr. Barneo nos decía que: «En Canadá es más fácil hacer investigación en pacientes que en animales de experimentación». ¿Cómo están afectando los requisitos para la experimentación animal a la investigación?

Carmen: Hubo una adaptación hace tres años en la que nosotros participamos, jugando un papel muy activo. Es verdad que la normativa es un poco extrema, porque hay que reportar cualquier experimento que se vaya a hacer, incluso con cefalópodos, que están bastante abajo en el reino animal. Una de las bromas que he oído a ese respecto, relativa al transporte de animales, asegura que el conductor de un camión que transporta cerdos tiene que parar cada ocho horas para descansar, pero los cerdos cada cuatro [risas]. Esto es una exageración, lógicamente, pero captura bien lo estrictos que pueden llegar a ser estos protocolos. Por otra parte, lo importante es que haya procedimientos claros y bien definidos. Una vez que las reglas del juego están claras, los científicos somos buenos para seguirlas y continuar con nuestro trabajo.

Grifols, una de las empresas biotecnológicas más importantes de nuestro país, se ha ido a Irlanda. ¿Por qué?

Carmen: Bueno, es una gran multinacional y planean su modelo de negocio como les conviene. Al igual que hay multinacionales extranjeras que se instalan en España, cabe contar con que suceda lo contrario. No veo problema ninguno.

Carmen, ¿tenemos que cambiar el número de investigadores, manteniendo y mejorando la calidad de los contratos mientras reducimos la cantidad? Mientras, Marina, tú sin embargo eres partícipe de la frase de Severo Ochoa: «La investigación necesita más cabezas que medios».

Carmen: Es que con muchas cabezas se consiguen muchos medios [risas]. Nosotros creemos que en nuestro país necesitamos más investigadores, no estamos enormemente alejados de lo que es la media europea en cuanto al número de investigadores por habitante, pero, aun así, seguimos necesitando más investigadores y que tengan mucho talento, lo que a su vez implica que sea más fácil conseguir recursos.

 

Se diría que España califica decentemente cuando se trata de ciencia, incluso de ciencia puntera. Donde parece que nos quedamos cortos es en la transferencia a la sociedad, el salto de ciencia a innovación, ¿por qué es así?

 

Carmen: Hay elementos muy claros que lo justifican. En primer lugar, nuestro sistema de ciencia y tecnología es muy reciente, tiene treinta años si nos remontamos a la primera ley de la ciencia. A pesar de lo cual en el sistema de investigación ocupamos la décima posición del mundo. En innovación, en cambio, estamos alrededor del puesto dieciséis en Europa, lo que implica un retroceso muy sustancial. El problema, en efecto, está en la manera en que hemos venido intentando efectuar la transferencia. Durante las últimas décadas hemos asumido que podía hacerse una transferencia lineal de investigación a innovación. No es así y, aunque nos ha costado darnos cuenta de ello, ahora creo que lo tenemos claro. Hay que comprender que la investigación y la innovación se comunican de manera circular, o aún mejor multidimensional. No es viable imaginar a los investigadores como ciudadanos de un barrio y a los empresarios e innovadores viviendo en un barrio diferente, de tal manera que ambos barrios solo se comunican por una línea de metro que llamamos transferencia. Hay que imaginar a unos y a otros viviendo y mezclándose en una ciudad y, de hecho, la transferencia hay que verla como los edificios públicos de esa ciudad que permiten que sus habitantes se mezclen e interactúen. Hasta ahora la transferencia se ha basado en relaciones casi bipersonales entre individuos que viven en barrios diferentes y que tienen que tomarse grandes trabajos para verse. Si le pedimos a un profesor de universidad que trabaje en una empresa dos o tres años, pero el sistema no se lo reconoce ni lo valora, es muy difícil convencerlo para que deje su cátedra. Hay que cambiar esa actitud. Otro elemento esencial es olvidarnos de estrategias individuales y subirnos todos al mismo barco, que no es otro que el barco de Europa. Tenemos Horizonte 2020, que es un programa de investigación e innovación a nivel europeo con el que hemos alineado nuestra estrategia.

¿Influye el tamaño moderado del sector industrial español?

Obviamente, es muy difícil que una micropyme con menos de diez trabajadores haga su propia investigación. Por otra parte, para que puedan encargar esa investigación a la universidad o a un OPI, es necesario conectar ambos mundos, por ejemplo, facilitando que haya doctores (con conexiones en el mundo académico) trabajando en las empresas. También es necesario romper con los clichés del científico al que solo le preocupa publicar y el empresario que solo quiere beneficio a corto plazo, y afortunadamente creo que eso también está ya sucediendo. Cada vez está más claro que el hacer investigación en las empresas incide directamente en la cuenta de resultados en positivo. Y cada vez hay menos rechazo en la universidad a los académicos que centran su actividad en colaborar con empresas en lugar de dedicarse a la «investigación pura». Pero aún nos queda un trecho por recorrer.

Marina: Quería incidir en un aspecto que ha planteado Carmen, el de la circulación de las personas, lo cual precisa mecanismos que lo potencien. Si conseguimos que las empresas se interesen por tener doctores formados en centros universitarios y que las universidades se interesen por profesionales con experiencia en el mundo industrial, habremos ganado mucho.

Carmen: Esa es la razón de ser del programa Torres Quevedo, es un programa que facilita la incorporación de doctores a las empresas, consideramos este programa fundamental, ya que nuestras empresas tienen la mitad de doctores que la media de la OCDE. Estamos todavía con un déficit muy importante.

Marina: Cuando un doctor formado en un grupo de investigación universitario o del CSIC se va a una empresa, estás «exportando a la empresa», por decirlo así, también su red de contactos, todos los profesionales a los que ese doctor tiene acceso y que en un momento dado pueden ayudar o iniciar nuevos proyectos.

El contraste con Estados Unidos, donde las empresas tecnológicas reclutan a los estudiantes incluso antes de que acaben la carrera, es notable.

Carmen: En efecto. Y una de las razones por las que el sistema funciona bien allí es porque es reversible, mientras que aquí no lo es. En Estados Unidos un chico puede estudiar Informática o Electrónica, o Química, pasar unos años en una empresa, volver a la universidad y obtener un doctorado, marcharse de nuevo a otra empresa y luego volver como profesor a la universidad. Aquí, o estás en un lado, o estás en el otro, y eso es un error gravísimo.

¿Qué ventajas reporta la Agencia Estatal de Investigación respecto al modelo anterior? ¿Cuáles son las ventajas diferenciales?

Marina: Lo primero es que la Agencia va a tener su propio control financiero, lo cual aporta muchas ventajas, desde flexibilidad a la hora de manejar fondos FEDER hasta la capacidad de manejar ingresos privados, esto es, quien quiera aportar dinero a investigación (una práctica muy común en países avanzados) podrá hacerlo cómodamente. También se podrán manejar con más comodidad presupuestos plurianuales, gestionar mejor los remanentes, etc. La otra gran ventaja es la independencia, la Agencia será, en esencia, independiente de la entidad ministerial y su funcionamiento debería verse menos afectado por vaivenes políticos de lo que ha sido hasta ahora. Además, la Agencia contará con un comité científico y técnico (ya lo hemos elegido) integrado por científicos de primera línea que nos asesorarán y nos permitirán optimizar nuestro rendimiento. En resumen, más flexibilidad, más estabilidad y (esperemos) más ingresos.

Carmen: Déjame darte un ejemplo muy claro. Si comparamos, digamos, seiscientos millones asignados a la Agencia este año con seiscientos millones asignados a la antigua Dirección General de Investigación hace dos o tres años, nos encontramos que la Agencia, solo por su estructura, cuenta con treinta millones de más, que era la cantidad que se perdía debido a problemas estructurales a la hora de ejecutar (proyectos que se devuelven, contratos que no se cubren, etc.). Nuestro cálculo es que la Dirección General perdía un 5% del presupuesto total debido a problemas de ejecución. La Agencia, sin embargo, puede retener en su tesorería esos fondos y reutilizarlos. Algo parecido ocurre con los fondos europeos.

¿Cuántos investigadores españoles solicitan programas europeos ERC y cuál es la tasa de éxito?

Carmen: En general, estamos teniendo unos resultados muy buenos. Cuando preparamos nuestra estrategia para el programa Horizonte 2020 nuestro objetivo era conseguir un retorno del 9,5%, que el 10% de los proyectos estuviera liderado por investigadores españoles y que el 15% de las entidades fueran nuevas. Empezamos a implementar nuestra estrategia en el año 2014 y a día de hoy tenemos un 10% de retorno, un 15% de proyectos liderados por investigadores españoles y el 67% de todas las empresas que se han presentado son nuevas, o sea, supera de largo el 15%. Son resultados que nunca habíamos tenido porque España siempre había aportado más a Europa de lo que nos habíamos traído. Al final del séptimo programa Marco, en el año 2012-2013, ya empezamos a traer un 8%- 9%, pero ahora estos resultados son completamente inesperados, nos han colocado en la cuarta posición de toda Europa.

Y, en cuanto al programa ERC, nuestros resultados van mejorando, no llegamos al 10% de retorno, pero depende de en qué convocatoria. La última de Consolidator Grant ha sido buenísima, Starting Grant está también creciendo. Tenemos un problema que estamos abordando desde hace tiempo y es que muchos investigadores jóvenes pasan la primera línea de corte pero fallan en la entrevista. Para corregir ese problema hay en marcha un programa de simulacro de entrevistas que permite a la gente llegar más preparada a esa parte.

En el caso del programa ERC, los jóvenes investigadores que pasan los filtros y llegan hasta la recta final reciben por parte española una financiación bastante considerable para que sigan probando, ¿correcto?

Carmen: Sí, y además ese es uno de los programas que más éxito tiene. Dedicamos a ese capítulo aproximadamente un millón doscientos mil euros, y suele retornar cerca de seis millones de euros anuales.

Marina: Financiamos más o menos unos catorce, juntando Starting y Consolidator, eso es aproximadamente un millón doscientos mil euros, porque es una media de sesenta mil euros para un año. Se trata de una financiación muy respetable.

Carmen: Lo que todavía no nos va del todo bien son los Advanced Grant, ahí tenemos que seguir trabajando. Por otra parte, la categoría intermedia, el Consolidator Grant nos funciona muy bien, lo cual es muy importante ya que se trata de investigadores todavía jóvenes pero con gran experiencia. Es justamente un sector que queremos potenciar.

¿Qué me decís del fenómeno Alatriste? Se diría que parte de los problemas estructurales del país se compensan a base de que hay un número importante de investigadores, de gestores, de empresarios (los capitanes Alatriste) que cargan de frente contra todos los pronósticos. No sé si son optimistas o insensatos…

Carmen: Es una mezcla, y desde luego yo convivo con ella. Es cierto que como país nos falta apoyo institucional, el deporte es un buen ejemplo. En España tradicionalmente solo importa el fútbol y, sin embargo, ahí están nuestros Alatriste: Nadal en tenis, Mireia Belmonte en natación, la selección española de baloncesto, por citar unos pocos ejemplos. En ciencia y en otros muchos campos también hay un poco de eso, pero creo que poco a poco vamos mejorando, reconociendo nuestro propio potencial. Cuando salió la Iniciativa Pyme trabajamos mucho en Horizonte 2020 para asegurarnos de que en el diseño del programa no nos quedáramos fuera de juego. Fuimos muy activos y con eso facilitamos la carga de nuestros pequeños empresarios Alatriste, que lo han hecho maravillosamente.

La Iniciativa Pyme permite que cualquier pyme con una buena idea presente un proyecto de diez folios y consiga cincuenta mil euros para desarrollarla. Si consigue demostrar en ese tiempo que la idea es viable, puede entonces conseguir financiación de entre quinientos mil y cinco millones de euros. Nosotros apoyamos esa iniciativa a pesar de que teníamos miedo de no ser competitivos, pero sí lo estamos siendo. Hay dos personas en el CDTI responsables de este programa que están ayudando a más de novecientas propuestas españolas. Otro ejemplo es el programa NEOTEC, que concede subvenciones en lugar de créditos a empresas pequeñas para ayudarles a desarrollar su tecnología. Todavía hay otro ejemplo en el programa CIEN, donde tienen que participar una empresa pequeña, una empresa grande y un centro público, facilitando que la empresa pequeña pueda ser subcontratista de la empresa grande o del centro público. Como ves, ideas no nos faltan.

Marina: Por otra parte, tenemos que ser precavidos, porque se trata de ayudas del Estado, que no puede ni debe subvencionar de manera ilimitada a las empresas.

Carmen: Hay que hilar muy fino. Otra de las vías que usamos es dar préstamos y aumentar en lo posible el tramo no reembolsable. Pero no es fácil, hay mucha normativa que complica las cosas muchísimo.

¿Cuál es el mecanismo para asignar fondos entre áreas de investigación y luego entre proyectos?

Marina: Normalmente se abre una convocatoria general a todas las áreas. De entrada contamos con un presupuesto global para la convocatoria de proyectos de investigación, pero no podemos hacer un reparto por calidad con todos los proyectos que se presentan, porque nos llegan proyectos de física de partículas o proyectos de espacio que siempre están muy bien valorados ya que a menudo son proyectos que han pasado por el CERN, o la ESA, etc., y también son proyectos muy caros. Esto nos obliga a parcelar internamente el dinero porque no es lo mismo lo que cuesta, en promedio, un proyecto de física de partículas, de espacio, de astronomía, etc., que lo que cuesta uno de historia. Los proyectos de humanidades pueden situarse en una media de veinte mil euros, mientras que los de espacio suelen estar en torno a los quinientos mil.

Nuestra estrategia es similar a la de los proyectos ERC en Europa, establecemos un histórico de solicitudes, lo que nos permite predecir los montos totales que se van a solicitar y contrastarlos con el dinero del que disponemos. De esta manera ajustamos las partidas. A veces, sin embargo, hay fluctuaciones y tenemos que detectarlas a tiempo. Se trata de un problema complejo, pero no somos los únicos que lo tenemos, los paneles ERC tienen que lidiar con situaciones similares.

Hay un círculo vicioso en el que el investigador piensa: «Necesito cien pero me van a conceder cincuenta, así que pido doscientos», y la Agencia piensa: «Pide doscientos, demasiado dinero, está exagerando, le doy veinticinco». ¿Cómo podemos conseguir establecer un mecanismo en el que se pida y se conceda lo que se necesita, si el proyecto es bueno?

Marina: Yo creo que hay que educar al investigador (si me permitís el término). En este momento se solicita tres veces la cantidad disponible de dinero. Cuando las solicitudes se analizan en las comisiones se suelen detectar sin mayores problemas las exageraciones o las partidas mal justificadas, y eso no ayuda al proyecto. Es verdad que en épocas de crisis nos hemos visto obligados a financiar un proyecto excelente con menos fondos de los que precisa (y en ese caso lo hemos escrito explícitamente), pero en general yo creo que los mejores proyectos se benefician por ser lo más precisos y afinados posibles a la hora de solicitar financiación.

La Agencia tiene un equipo de gestores, que suelen ser científicos en activo y que se ocupan de mediar entre la agencia y los investigadores. En último término, los gestores tienen mucho que decir en la evaluación y financiación de proyectos. No obstante, se da la circunstancia de que son juez y parte. Por contraste, en la National Science Foundation (NSF) de Estados Unidos los cargos equivalentes a gestor los ocupan científicos que, al menos durante el periodo que sirven en el NSF, están fuera del circuito de proyectos. ¿Cómo valoráis nuestro modelo de gestores?

Marina: Hemos debatido mucho ese asunto. No es fácil pedirle a un científico puntero que, además de hacer el esfuerzo de ayudarnos en la Agencia, deje de pedir proyectos durante un periodo de entre tres y cinco años. Muchos de los mejores simplemente no aceptarían y no queremos elegir científicos menos competentes para esos cargos.

Carmen: Ten en cuenta además que el trabajo que hacen para la Agencia no les «puntúa en el currículum», ya que es algo que en España no se reconoce.

Marina: Por nuestra parte procuramos manejar muy bien los conflictos de intereses. Los proyectos que presentan los gestores no se evalúan dentro de la comisión general sino en una comisión aparte, compuesta por antiguos gestores. Y lo que siempre les pedimos a los gestores en activo es: «No cambies tu comportamiento», es decir, presenta proyectos similares, en la misma línea y tamaño que cuando no eras gestor. Generalmente, sin embargo, los gestores y los coordinadores presentan proyectos muy competitivos. Les elegimos precisamente porque son muy buenos.

Carmen: Mucho más delicado, desde mi punto de vista, es evaluar a personas, como en el caso de las comisiones para el programa Ramón y Cajal. Piensa que las decisiones que se toman en esas comisiones influencian de manera dramática la vida de los investigadores que se presentan a estos concursos y ahí sí que intentamos especialmente que no se nos cuele ningún gazapo. No siempre lo conseguimos, claro está, pero prestamos mucha atención a que las comisiones sean lo más objetivas posible.

Marina: Nuestro objetivo es que la Agencia funcione con la máxima transparencia y eso incluye, por supuesto, rotar a los gestores, evaluadores y colaboradores. No siempre es fácil, ya te digo, pero creo que en general el sistema funciona y todo el mundo actúa con mucha responsabilidad.

¿En qué áreas destaca más la investigación básica en España?

Carmen: A lo que más dedicamos es a biomedicina, con mucha diferencia. También invertimos en física, matemáticas, astrofísica, veterinaria… Las publicaciones en esas áreas están muy bien referenciadas. Pero hemos dejado de estructurarnos en disciplinas para hacerlo según los retos de la sociedad, tal y como está organizado Horizonte 2020. Donde más recursos ponemos es en biomedicina en el sector público. Otra área también muy importante para nosotros es la de seguridad alimentaria, y ahí se da una circunstancia muy buena, y es que las aportaciones públicas que se otorgan a través de la Agencia y las privadas, invertidas por las empresas, están muy igualadas. Es un área completamente equilibrada y esa fue la razón de elegirla para la Estrategia de Bioeconomía, que combina el buen conocimiento científico, la existencia de una estructura empresarial y un buen mercado con muchísimas exportaciones.

¿Cómo os sienta que se utilice el nombre del CSIC para promocionar un producto como el Revidox?

Marina: Yo creo que en el CSIC no gusta que se use su nombre, salvo que sea una patente del CSIC. Se ha hecho a veces y en muchas ocasiones el CSIC ha protestado. En todo caso, si tiene el nombre y el sello del CSIC, y es del CSIC, seguro que es bueno [risas].

Nos decía Ricardo Díez del DIPC que los trámites burocráticos en el CSIC o en la propia universidad frenan mucho la investigación. ¿Hay algún plan al respecto?

Carmen: El CSIC es una agencia, y tiene muchísima menos tramitación administrativa que el resto de los OPIs. El resto de los OPIs tiene lo que se llama intervención previa, cualquier cosa, desde ir a comprar un vaso, a contratar un becario o distribuir un dinero europeo, tiene que aprobarla un interventor. Dicho esto, todos sabemos que nos sobra carga administrativa, que el exceso de carga administrativa que tenemos no va en mejora de un mejor control, ni de una mejor utilización de los recursos, que lo que hace es añadir ineficiencias en el sistema, y en eso es en lo que estamos ocupados y bien preocupados de intentar conseguir flexibilidades.

¿Qué ocurre con los organismos públicos de investigación? Todos estamos sujetos en nuestros procedimientos a las Leyes del Sector Público y a la Ley de Subvenciones, y ahora a la nueva Ley de Régimen Jurídico. Son leyes muy definidas con un criterio de control por el tema del déficit, y que tienen un complicado ajuste con la forma de funcionar en ciencia. Constantemente trabajamos para argumentar que necesitamos flexibilidad, no exenta de control, por supuesto, porque se trata de dinero público y los científicos no tienen ningún problema en rendir cuentas y resultados. Pero nos ha pillado un momento malo donde el control del déficit conlleva dificultades que nos encorsetan. Por eso no solamente hablamos de recursos económicos, recursos significa también flexibilidad administrativa, porque eso tiene un impacto directo en cómo se pueden hacer las cosas.

El Instituto Médico Howard Hughes reconoció al investigador José Luis García Pérez como científico biomédico con potencial para convertirse en líder mundial y con seiscientos cincuenta mil euros. Cuando lo entrevistamos, nos dijo que era imposible que el CSIC le proporcionara un iMac para trabajar… ¿Cómo puede ser que a un investigador puntero no se le permita comprar un ordenador?

Marina: Imposible no es, lo tiene que justificar mucho. Si justifica mucho que lo necesita, lo puede comprar.

Carmen: En el CSIC hay un procedimiento de compra centralizada, con el que funciona toda la Administración y en el que es difícil incluir los recursos específicos que necesitan los científicos. Cuando un astrofísico necesita un monitor de 50×50, no es un capricho, es porque su trabajo se lo demanda. Pero… ¿cómo lo explicas en la Administración? Hay un margen para la excepción, pero es verdad que el procedimiento es rígido. Por otra parte, también es cierto que los investigadores tienen que aprender a ser más rigurosos a la hora de justificar sus gastos. Hasta hace poco no teníamos experiencia de cómo se justificaba bien, ni los investigadores en justificar, ni las instituciones en ayudar a justificar, ya que a menudo dejan al investigador toda la tarea, cosa injustificada, pues para eso cobran costes indirectos. En fin, lo cierto es que este asunto ha sido un mal trago pero está mejorando a pasos agigantados. Cuando pedimos justificaciones del año 2007 y 2008, aquello era un lío. En cambio, en los últimos años ha ido mucho mejor.

La percepción generalizada entre los investigadores (y el público) en España es que la investigación no interesa especialmente al actual Gobierno. ¿Está esa percepción justificada? ¿O el problema es que la investigación no le interesa a la sociedad española y los políticos reflejan esa circunstancia? ¿Cómo nos comparamos con el resto de Europa?

Carmen: Como ya hemos hablando, la revolución de los ochenta que impulsa la ciencia en España ocurrió hace treinta años. Eso es muy poco tiempo, y las sociedades no se transforman tan rápido como nos gustaría. Nuestra sociedad valora la ciencia, pero no lo suficiente, y esa actitud se refleja en nuestros políticos, que ven la ciencia como algo importante pero no esencial, al menos comparada con otros aspectos (pensiones, subvención al desempleo, seguridad social) en épocas de crisis. Yo creo que afirmar que la ciencia no importa a nuestros políticos no refleja la realidad de las últimas décadas, en las que se ha avanzado muchísimo, y además durante el Gobierno de los dos partidos mayoritarios. Con Aznar, por ejemplo, se lanzaron las fundaciones, que han dado excelentes resultados, y Zapatero durante su primer mandato subió el presupuesto de ciencia en un 25% cada año. Por otra parte, cuando se produce una situación de crisis económica muy fuerte, tanto en el Gobierno de Zapatero como en el subsiguiente Gobierno de Rajoy ha habido una reducción presupuestaria. Por una parte es fácil afirmar que «este Gobierno no se preocupa por la ciencia», pero por otra hay que tener en cuenta que le ha tocado lidiar con la parte más dura de la peor crisis económica en la España moderna. De hecho, los recortes que tuvo que hacer el anterior Gobierno, y estoy segura de que no les resultó nada grato hacerlo, fueron mayores de los que hemos tenido que hacer nosotros. Te puedo asegurar que a ningún Gobierno le hace feliz introducir recortes en ciencia.

En resumen, la pregunta de si interesa o no la ciencia en España es un poco engañosa cuando se plantea en una situación económica muy difícil. Obviamente, sería muy deseable que se mantuviera una cierta estabilidad independientemente de los ciclos económicos, sobre todo dado que todavía estamos muy por debajo de las medias europeas. Pero, de ahí a asegurar que no interesa… ¿Tampoco interesa la educación? ¿Tampoco interesa la sanidad? ¿Tampoco interesan los puentes? Es que, si miramos uno por uno, ha habido una cuestión presupuestaria que nos ha afectado a todos. Por otra parte, más allá de los presupuestos, creo que hemos avanzado estos años. Hemos trabajado por diseñar una buena estrategia, desarrollar un plan estatal, crear una Agencia y acudir con éxito a los proyectos europeos.

Hemos trabajado en los contratos predoctorales, que se han cuidado y mejorado mucho, a pesar del ruido mediático que parece asegurar lo contrario. En cuanto al programa Ramón y Cajal, es verdad que tuvimos que disminuir el número de contratos, pero a cambio se les asigna a los investigadores mucho más dinero que al principio (cuarenta mil euros de fondos iniciales, antes se les daba quince mil). Otro caso emblemático es el del CERN, teníamos una deuda de cuarenta millones cuando nosotros llegamos y ahora la cuota está al día, lo que nos ha costado no poco esfuerzo. Es cierto que en la mayor parte de los países a los que nos queremos parecer el porcentaje del PIB dedicado a ciencia está más alto. Pero también es cierto que hay mucha inversión privada empresarial. Ese es quizás nuestro problema estructural más serio. De todo el presupuesto que tenemos, el 53% es empresarial y la media de la Unión Europea es el 66%. En otras palabras, dependemos mucho de los fondos públicos, lo cual se traduce en mucha fragilidad en épocas de crisis.

La edad media de los investigadores del CSIC es de cincuenta y tres años

Carmen: En el CSIC, en los dos últimos años hemos podido garantizar una buena oferta de empleo público. Cuando yo llegué nos asignaron cero. Peleamos mucho y conseguimos el 10%, que solo se asignó a las cinco profesiones más importantes: médicos, profesores, fuerzas armadas, inspectores de Hacienda e investigadores. Desde hace ya dos años tenemos una oferta pública de empleo en torno a las doscientas plazas. La del año pasado fue de doscientos cincuenta para todos los OPIs junto con otras doscientas cincuenta de promoción interna. Ahora lo importante es que la oferta pública del 2017 siga en la misma línea, como parece que será,

Se van muchos investigadores fuera…

Carmen: Cierto, aunque hay una parte que se va y que creemos que es bueno que se vaya y siga su formación en el extranjero. La movilidad de investigadores es esencial para la ciencia. Pero, por ponerte un ejemplo, en el programa Ramón y Cajal, el 20% de los investigadores que vienen son extranjeros, el 20% son españoles que están fuera y el resto son personas que están aquí. No parece tan desproporcionado.

¿Y por qué la prensa insiste tanto en la «fuga de cerebros»? ¿Tenemos datos?

Carmen: Es cierto que ha habido investigadores, sobre todo jóvenes, que se han tenido que ir por las bajas tasas de reposición aplicadas desde 2009 hasta 2014. Trabajamos para que el talento, sea español o extranjero, pueda venir a trabajar a España con buenas condiciones. Sobre los datos, hemos lanzado un estudio, pero no es fácil, porque ha coincidido con un periodo donde nos han salido muchos españoles nacidos en España, por ejemplo, de padres latinoamericanos. El caso es que no tenemos datos fiables a nivel global, lo cual nos preocupa mucho. Por ejemplo, cuando estudiamos la movilidad de los investigadores con becas ERC, observamos que hay tantos que vienen como que se van. Nuestro objetivo, en todo caso, es ofrecer convocatorias accesibles a todo el mundo: a los que se han ido, a los que quieren volver y a los que no. Hemos procurado además apoyar las asociaciones de investigadores españoles en el extranjero, de manera que estén muy al tanto de los calendarios de convocatorias y puedan participar como evaluadores. Eso también ayuda para mantener los vínculos y que la gente no se encuentre desarraigada.

Pagamos desde la Secretaría del Estado a través de FECYT a tres personas, una en Estados Unidos, una en el Reino Unido y otra en Alemania. Forman parte de este programa de diplomacia científica que nos sirve también para mantener el contacto con los investigadores que, o bien se han ido a realizar una estancia posdoctoral, o bien no encontraban trabajo, o directamente optaron por trabajar fuera. La idea es tenerlos localizados y estar conectados con ellos. Por otra parte, los científicos tienen que irse al extranjero, es una parte esencial de su formación.

¿Cómo se armoniza la vida familiar con un trabajo full time como el vuestro? ¿Hay algún espacio para aficiones, tiempo libre?

Carmen: Tenemos poco tiempo libre. Siempre he tenido claro que hay espacio para el trabajo, la familia y poco más. Creo que es imprescindible en un trabajo como el nuestro, que exige tanta dedicación, contar con el apoyo de tu pareja, si no la cosa se pone complicada. Yo he tenido suerte, mi familia me ha apoyado mucho. Por supuesto hay una época muy complicada, sobre todo para las mujeres, cuando los hijos son pequeños y requieren mucha atención. Ahora tengo hijos mayores, ya están fuera de casa y puedo permitirme el lujo de quedar a cenar con ellos cualquier día entre semana cuando salgo a las diez de la noche de la oficina. Así que no tengo queja por esa parte. Pero lo cierto es que sí he renunciado a otro tipo de vida social, salir con amigos, clubs, etc., esencialmente me he concentrado en mi trabajo y en mi familia. Además dispongo de muy poco tiempo personal, soy incapaz, por ejemplo, de dedicar tiempo a hacer algo de deporte, como no sea algún paseo rápido el fin de semana por el Retiro.

Marina: Mi situación es como la de Carmen, salvo que no me quejo de no poder ir al gimnasio, yo casi prefiero no poder ir [risas]. En cambio, andar me gusta y procuramos dar paseos largos por Madrid. Pero desde luego está el soporte familiar. Yo también he tenido suerte, cuando las niñas —tengo dos— eran pequeñas, mis padres y los otros abuelos estaban para lo que quisieras, y tengo un marido al que mis hijas le hacen el regalo del Día de la Madre [risas]. La persona que está contigo tiene que entender y respetar muchísimo tu trabajo, aceptar días largos, noches cortas y fines de semana que brillan por su ausencia. Tus hijos también tienen que aceptarlo. Pero todo el mundo se adapta, con buena voluntad. Mis hijas se quejaban mucho de pequeñas cuando viajaba, y se hacía muy duro, pero también se ponían como locas de contento cuando regresaba. Ahora estamos todos acostumbrados a ese ritmo de vida, todo el mundo colabora y nos arreglamos bien.

Carmen: Mi hija se está convirtiendo ahora en una profesional, y cuando le preguntan: «¿Y tú qué quieres hacer con tu vida?», contesta que lo quiere todo, ser una buenísima cirujana, y casarse, y tener hijos, y esto y lo otro… y cuando le dicen: «Pero ¿cómo vas a hacer todo eso?», contesta: «Pues como lo ha hecho mi madre». Para mí eso tiene un valor infinito.

En vuestro tiempo de ocio, que ya hemos visto que es muy escaso, ¿cine, series, libros?

Marina: A mí me encantan las series, y cuanto más culebrón, mejor. Anatomía de Grey me encanta, y esa otra tan divertida, Cómo conocí a vuestra madre. Claro que tengo que confesarte que hay días que podría ver cualquier cosa, porque me pongo delante de la tele y me quedo traspuesta…

Habéis visto Breaking Bad, ¿es fácil para un químico fabricar drogas de diseño?

Marina: Para un químico, sí [risas].

¿Vais al cine?

Marina: No tanto como nos gustaría, el problema es que no piso la casa en todo el fin de semana y, cuando llega el sábado por la tarde y nos planteamos «Vamos al cine», me entra la pereza, «con lo bien que estoy aquí en el sofá con la mantita»… lo peor del caso es que la mitad de las veces estás en el sofá con la mantita… y el ordenador [risas].

Carmen: La verdad que este trabajo también limita mucho otras actividades de ocio, después de una semana en la oficina tenemos verdadera necesidad de estar en casa, de subir al piso de arriba, al que no subes en toda la semana, no sea que se hayan instalado allí unos señores y yo todavía no me haya enterado [risas]. Además, necesitas despejarte y no pensar durante un rato. Por eso yo las series que me hacen pensar las tengo que aplazar. Cuando llego a casa, en torno a las diez de la noche, tengo el tiempo justo para hacer un poco de cena y sentarnos un ratito frente a la tele, y, si entonces te pasan algo sesudo o una de zombis, como que una no está para esas cosas [risas].

Coautor 113


Ricardo Díez: «Queremos contribuir a construir una sociedad científicamente culta, consideramos que así es más libre»

Fotografía: Ángel L. Fernández Recuero

ricardo-diez-para-jd-0

Nos acercamos hasta San Sebastián para conversar con Ricardo Díez Muiño (Irún, 1968), director del Donostia International Physics Center (DIPC) en un día en el que la ciudad se siente generosa regalándonos una buena dosis de grados centígrados y sol. Hablamos con uno de esos pesos pesados de la ciencia española, licenciado en Física por la Universidad Autónoma de Madrid y la Universidad del País Vasco, con experiencia investigadora en Burdeos (Francia) y Berkeley (Estados Unidos), además de autor de numerosos artículos publicados en las revistas de ciencia con más prestigio internacional.

Coautor del libro Quantum Monte-Carlo Programming: For Atoms, Molecules, Clusters, and Solids junto a Wolfgang Shattke, nuestra conversación parte de una fascinación por los últimos avances en las ciencias de los materiales, los recientes descubrimientos en el ámbito de lo nanométrico y lo que ello supone en el desarrollo de nuevos materiales, pero también se nutre de una curiosidad por el estado actual de la ciencia en España y lo que nos pueda comentar un destacado científico que comparte las labores de investigación con las de la administración de esta importante institución científica de este país. Ricardo nos recibe afable y cordial antes de invitarnos a compartir un café, uno de esos muchos que habrán acompañado tantos y tantos días de intenso trabajo en el centro.

En tus palabras «Toda cosa tiene un lado bueno y otro malo: aprende a buscarlos». Has pasado de investigador a director del DIPC. ¿Cuál es el lado bueno y el lado malo de este cambio?

Cuando uno se dedica a la gestión científica, el tiempo que destina a la investigación se reduce muchísimo. A pesar de todo mantengo mi actividad investigadora, aunque sea más reducida. Para los anglosajones estar de director o estar organizando algo es un servicio a la comunidad científica y yo comparto esa visión. En el fondo es el mismo espíritu que considera la política como un servicio público. Creo que todos como investigadores en algún momento lo vemos así y además pienso que tiene que ser un servicio de una forma temporal, tú un tiempo te dedicas a eso y luego vuelves a ser investigador. Aunque luego resulta difícil retomar la actividad investigadora, uno pierde práctica, pierde entrenamiento. Hacer ciencia es como hacer deporte, tienes que estar entrenando porque, si no entrenas, luego para volver a coger forma cuesta un montón. Pero la gestión de la actividad investigadora es también estimulante, por el conocimiento que proporciona de las instituciones y por el desafío que supone crear las condiciones para que los investigadores, los verdaderos protagonistas, puedan desarrollar su trabajo en las mejores condiciones. Desde luego dirigir el DIPC es un reto personal y cuando me lo propusieron me pareció una buena forma de salir de la zona confort, de hacer una cosa distinta. No me arrepiento de haberlo hecho aunque a veces me pregunte «qué hago aquí metido en este lío».

Como investigador te has especializado en dominar la luz para entender las propiedades de la materia a escala atómica, ¿cuándo tuviste claro que esta era el área a la que te querías dedicar?

Esta es una de las áreas a las que me he dedicado, pero no es la única. Resumiéndolo mucho diría que las cosas a las que me he dedicado están relacionadas con la descripción teórica de distintos procesos electrónicos. Lo que me interesa como investigador es describir las propiedades de los materiales a nivel atómico, a escala atómica o escala nanométrica. En física clásica, cuando intentamos entender las propiedades de un material, lo que hacemos es tocar, y al tocarlo notas si está caliente o si está frío, pues en la física de lo muy pequeño haces lo mismo, solo que no tocas directamente, sino que envías sondas, herramientas que sirvan para tocar la materia, la luz es una de ellas, puedes lanzar también átomos, iones, moléculas, electrones… Entonces al final mi trayectoria científica ha ido un poco por ahí, mandar distintas cosas para tocar y ver lo que ocurre. La luz es una de ellas. Yo empecé a trabajar con la luz cuando me fui a Estados Unidos. Hasta entonces había estado en San Sebastián y en Burdeos. En Berkeley tuve la suerte de estar trabajando con Michel van Hove en el Laboratorio Nacional Lawrence Berkeley (para mí es una de la experiencias más maravillosas de mi vida), con la suerte de que al lado tenía un laboratorio sincrotrón, un acelerador de partículas que genera haces de luz de enorme intensidad.

Esta búsqueda de la luz te ha llevado como investigador desde la UPV hasta el CSIC y el DIPC, pasando por Burdeos y Berkeley. ¿Qué te aportaron las estancias posdoctorales en Francia y Estados Unidos?

No voy a decir que fuera imprescindible, pero en la carrera de cualquier científico conocer sitios distintos donde se hace investigación, y a ser posible en sistemas distintos, y en países distintos, es una riqueza enorme, porque si no uno siempre tiene la tendencia a quedarse en su pequeño caminito, en su pequeño entorno. Cambiar de sitio es exponerse a influencias distintas y es genial. En mi caso en particular el hecho de ir a Burdeos y trabajar con un científico de allí, Antoine Salin, que es un grande de la física atómica y molecular, me permitió aprender en dos años mucho más de lo que podría haber aprendido en veinte años con otra persona. Luego estuve en Berkeley, que es un entorno científico e intelectual impresionante, y son unos años que al final marcan, te hacen madurar intelectual y científicamente a pasos acelerados, además de personalmente.

¿Cómo te convenció Pedro Echenique para que dejaras Berkeley y te vinieras al recién creado DIPC?

Cuando él me contó lo que estaba intentando montar aquí le dije que estaba loco. Me parecía imposible, fundamentalmente porque las estructuras administrativas de los centros de investigación son habitualmente muy rígidas. El DIPC se proyectaba como un centro flexible, abierto y con un modo de funcionamiento muy distinto a todos los demás. Pedro es una persona capaz de convencerte de que un proyecto como este va a salir adelante, así que acepté y me convertí en el primer Fellow Gipuzkoa, un programa desarrollado por la Diputación guipuzcoana similar al Ramón y Cajal, pero previo en el tiempo. Además, las instituciones vascas han tenido una actitud encomiable, ha habido siempre un convencimiento, incluso en tiempos de crisis, de que la apuesta por la ciencia y la tecnología era muy importante para el desarrollo del País Vasco y esta visión estratégica es la que permitió que el proyecto cristalizara.

Los trámites burocráticos en el CSIC o en la propia universidad frenan mucho la investigación, ¿no?

Sí. Soy investigador del CSIC y estoy muy orgulloso de ello, sin embargo, tengo claro que muchos problemas de funcionamiento dentro del CSIC tienen relación con que los procedimientos administrativos son iguales a los del resto de Administraciones Públicas, y, claro, nosotros hacemos actividad científica, que no se puede asemejar a lo que uno hace en otros ministerios. Las estructuras no pueden ser las mismas. En ciencia «compites» de forma internacional con otra gente, con otros centros y con otros investigadores que no tienen esas limitaciones, entonces, claro, estás en inferioridad de condiciones. Es como si a un club de fútbol de élite le impusieran procedimientos de contratación de jugadores que llevaran engorrosos meses de tramitación y evaluación. Obviamente no podría competir por los fichajes en un mundo globalizado. Entiendo que todas las instituciones públicas deben garantizar la transparencia de su gestión, pero eso no debe ir en detrimento de la agilidad.

ricardo-diez-para-jd-1

En la revista Investigación y Ciencia publicaron un artículo con los proyectos más relevantes sobre la doble desintegración beta con neutrinos y el autor, Martin Hirsch, investigador del IFIC, no mencionaba el más importante: NEXT,  que se desarrolla en su propio centro. ¿Cómo se permite algo así en el CSIC?

No conozco personalmente el IFIC, pero sí creo que esa cultura fratricida que está implementada en muchos lugares de trabajo en España es una tradición que tiene su explicación histórica, con eso no digo que sea una excusa, y es verdad que en mucho tiempo ha habido muchos grupos y tampoco había muchos recursos, y la gente se pegaba codazos con los que estaban en el despacho de al lado para intentar acceder a unas pocas habas contadas. Por otra parte, por desgracia, en España no está tan extendida la idea de la lealtad a la propia institución y creo que es un error.

¿Crees que España, o al menos el País Vasco, ha mejorado en ese sentido?

Creo que sí ha mejorado mucho, pero no hemos conseguido erradicarlo del todo todavía. En nuestro entorno particular no tengo esa sensación. Aquí en el DIPC, el Centro de Física de Materiales y NanoGUNE estamos trabajando en ocasiones en temas similares y tenemos muy buenas relaciones entre los centros, como es normal, y para muchas cosas accedemos a los mismos recursos del Gobierno vasco. Y con otros centros de investigación que hay aquí en San Sebastián, como biomaGUNE o POLYMAT, tenemos también buenas relaciones.

¿Por qué hay tanto interés en los sistemas de tamaño nanométrico?

Cualquier cosa en ciencia tiene doble interés, por una parte tiene el interés de ser capaces de acceder a un mundo nuevo, porque llevamos veinte o veinticinco años trabajando en ello y, claro, descubrimos fenómenos que uno se da cuenta que aparecen en esa escala. El hecho de reducir los tamaños no hace que las propiedades se reduzcan de forma progresiva, sino que de repente salen propiedades nuevas, por ejemplo el oro. Todos nos hacemos joyas de oro porque es un material que es noble y no se oxida y, sin embargo, cuando vas haciendo oro cada vez más pequeño, llega un momento en que de repente deja de ser así y es muy activo químicamente y se puede utilizar al revés, para hacer como catalizador químico o cambiar de color. Con el oro, si vas haciendo bolitas de oro cada vez  más pequeñas, de repente, ¡cambia de color! En ese sentido me parece preciosa la transición de lo que son las propiedades de un átomo a lo que son las propiedades de un sólido. ¿Cómo se convierte algo de ser una sola cosa, un solo átomo, a ser todo un material? ¿Cómo emergen propiedades nuevas? Y la segunda parte, la parte de la posible importancia tecnológica y económica que tiene que ver con lo nano. Es decir, las aplicaciones que pueden aparecer en medicina, en electrónica, las capacidades de computación, la miniaturización de los componentes, que va a llegar el momento en el que no se puedan hacer más pequeños, entonces hay que pensar en algo si queremos seguir creciendo en potencia de ordenadores. Y la nanociencia puede proporcionar paradigmas nuevos para avanzar en este campo.

Ahora se usa la luz para estudiar el interior de los átomos y variar las propiedades de las nanopartículas. ¿Qué avances tecnológicos nos esperan en este campo?

Como dijo Niels Bohr, es muy difícil predecir el futuro. En todo lo que tiene que ver con luz, lo más interesante ahora mismo es probablemente la combinación de nanos con metamateriales, el hecho de que uno combine distintas estructuras nanométricas y las ordene de forma muy distinta para crear materiales que tienen propiedades muy novedosas y muy sorprendentes. La fotoquímica y sus aplicaciones en nanomedicina es otro campo de enorme potencial. Los láseres pulsados que permiten el estudio de procesos físicos y químicos en la escala del attosegundo. O la puesta en funcionamiento de nuevas instalaciones de láseres de electrones libres. Hay muchas.

¿Se pueden predecir las propiedades de materiales artificiales basándose en cómo se planifica la construcción de moléculas?

Ese es uno de los grandes retos de la nanociencia y de la nanotecnología, y de hecho es lo que la hace especial. Lo que uno querría es diseñar previamente las propiedades, uno quiere propiedades de tal tipo, entonces qué materiales podemos crear para que tenga propiedades de este tipo; eso es lo más bonito de este campo. El típico ejemplo de Harry Potter y la capa de invisibilidad, materiales que uno diseña para conseguir que puedan ser invisibles, que la luz pueda rodearlos sin crear interferencias.

A nivel teórico sí que podéis ya producir nuevos materiales, pero a nivel práctico os encontráis que solamente podéis trabajar con cosas muy pequeñas…

Es una de las grandes dificultades, es decir, cuanto más pequeño es el sistema, cuanto menos átomos tiene, más fácil es describir sus propiedades, conforme se va haciendo más grande la descripción teórica es de menor precisión. La cantidad de investigación y actividad que hay en simulación, en la creación de nuevos métodos matemáticos, algoritmos que puedan implementarse para describir teóricamente con precisión sistemas cada vez más grandes, es enorme.

El método Monte Carlo, aunque se aplica en un montón de cosas, surge en física con la bomba nuclear. ¿En qué consiste?

Hay dos partes, está la parte de Monte Carlo clásica, que se aplica a seguros de coches, son métodos para hacer estadísticas, es decir, intentar crear muestras lo más representativas posible de algo, de un suceso que tú quieres estudiar para poder hacer estadísticas fiables, lo que pasa es que luego ese método se puede aplicar también en el mundo cuántico, entonces en ese mundo cuántico al final lo que haces es aplicar las ideas similares en la física cuántica y al final no deja de ser un método matemático para resolver integrales de muchas variables de forma más eficaz. El gran atractivo del método Monte Carlo es que ofrece una herramienta distinta para resolver numéricamente problemas de muchos cuerpos, una de las dificultades más habituales en la mecánica cuántica.

En tu introducción al método Monte Carlo en cuántica intentas explicarlo con ejemplos sencillos y al final acabas hablando con lenguaje científico, no hay manera, ¿no?

Es verdad, pero de eso no me siento especialmente orgulloso. Yo creo que uno debería ser capaz de explicar las cosas que tienen que ver con ciencia de forma más accesible. Lo que es verdad es que no puedes explicar todo porque en muchos casos la ciencia se expresa a través del lenguaje de la matemática y puede hacer falta un conocimiento mínimo de ese lenguaje, pero creo que por parte de los investigadores falta mucho esfuerzo para intentar explicar las cosas más sencillamente.

¿Qué tiene que ver un casino de juego con la mecánica cuántica?

Los investigadores damos nombres bonitos y llamativos a las cosas para llamar la atención, al final el método Monte Carlo cuántico es un método numérico para resolver integrales, y lo que hacemos es un muestreo optimizado del espacio físico para, por ejemplo, obtener funciones de onda y las propiedades electrónicas de un determinado sistema. ¿Qué tiene que ver eso con un casino? Pues no lo sé [risas]. La conexión última viene, en el fondo, del cálculo de probabilidades: igual que en un casino un jugador puede calcular las probabilidades de que salga una determinada carta o de que aparezca un número y no otro en la ruleta, la función de onda de la mecánica cuántica, que es lo que calculamos con el Monte Carlo cuántico, contiene información sobre la probabilidad de que una partícula esté en un lugar determinado del espacio y no en otro.

ricardo-diez-para-jd-2

Háblanos de la dimensión comunicadora del científico.

En el DIPC damos mucha importancia a la comunicación y las razones para hacer comunicación son muchas: por responsabilidad, ya que nuestra actividad se financia en gran medida con dinero público y debemos por tanto explicar su destino. También porque las personas que disfrutamos haciendo ciencia queremos compartir nuestro trabajo y nuestros descubrimientos. Otra razón adicional es que queremos contribuir a construir una sociedad científicamente culta, consideramos que así es más libre y está mejor preparada para tomar decisiones sobre su futuro. Por otro lado está la comunicación del investigador a su propia comunidad científica: es importante explicar bien tu trabajo. Al final el trabajo que tú haces, lo presentas delante de tus compañeros y lo que quieres es que te lo aprecien, que te lo juzguen, que tenga relevancia, que la gente, si le gusta, lo considere como una referencia; para eso hace falta explicarlo bien, hasta «venderlo».

Hace poco se falló vuestro concurso juvenil de cómics Nanokomik. ¿Cómo ha sido la experiencia?

Fantástica. El mérito fundamental es del departamento de comunicación del DIPC, de Amaia Arregi, de Nora González y de Itziar Otegi, del CIC nanoGUNE, que también participa en el proyecto. Nanokomik ha sido un éxito, los chavales menores de dieciocho años han participado en la creación del proyecto, hicimos talleres, creamos personajes y cada uno de esos personajes tenía que tener un nanopoder. El objetivo era hacer un cómic colaborativo, que ya está a punto de ser publicado y que recomiendo vivamente. Y el proyecto tendrá continuidad en este año entrante.

En la famosa novela de Isaac Asimov Viaje alucinante cinco personas son miniaturizadas e introducidas en el torrente sanguíneo para viajar hasta el cerebro de un científico con el fin de acabar con una trombosis que le puede matar. ¿A cuánto estamos de encargar dicha misión a los nanorrobots?

Yo creo que ya se hace [risas]. Como metáfora es genial y en parte ya se está haciendo. Lo que ahora se utilizan son nanopartículas que se introducen en el cuerpo y que sirven, por una parte, para hacer diagnosis y, por otra, tratamientos. Por ejemplo, meten las nanopartículas en el cuerpo y luego les enchufan un láser que calienta solo esa parte, entonces, si eres capaz de dirigir la nanopartícula funcionalizada a una célula tumoral, la fríes. Esas cosas ya se están haciendo, aunque quedan muchas cosas por entender, porque cuando enchufas el láser tienes que ser capaz de que el láser no queme todos los tejidos que están alrededor, hasta ahora sí se puede hacer con células de piel, pero no si están mucho más en el interior. Los nanorrobots ya están en marcha.

La nanociencia es solo una de las áreas de investigación del DIPC, explícanos un poco más qué cosas se hacen en vuestro centro de investigación.

Nosotros definimos hasta seis líneas de investigación de forma muy general, son como un marco que utilizamos para describir lo que hacemos. Una primera, que tiene que ver con fisicoquímica / químicofísica, que es sobre todo superficies, nanoestructuras de superficies tanto teórica como experimentalmente en colaboración con el CFM. Una segunda, que es polímeros y materia blanda, hay un grupo histórico de donde surgió también el DIPC, dirigido por Juan Colmenero, que es muy fuerte en polímeros. Una tercera es fotónica y plasmónica, que es uno de los campos de investigación más activos ahora mismo. Una cuarta es propiedades electrónicas de nanoestructuras, que es lo que tiene que ver con materiales como grafeno, aislantes topológicos y similares. Ahora está en el DIPC de visitante por ejemplo Paco Guinea, uno de los mejores físicos de materia condensada del mundo. También hay gente trabajando en superconductividad. Una quinta línea de investigación es de química cuántica, son científicos, algunos de la Universidad del País Vasco, que se dedican sobre todo a hacer descripciones muy precisas de sistemas muy pequeños, de moléculas y de agregados de varios átomos. Y una sexta, que es la línea más reciente, en la que hacemos investigación en el ámbito de la óptica cuántica y computación cuántica. El inicio de esto tiene que ver con Ikerbasque, un programa que tiene el Gobierno vasco que es fantástico con el objetivo de atraer talento científico y que nos ha permitido crear una línea de investigación liderada por Geza Giedke, antiguo integrante del grupo de Juan Ignacio Cirac, en colaboración con él.

Hace poco uno de vuestros investigadores, Dimas G. de Oteyza, recibió una ERC Starting Grant. ¿De qué trata su proyecto, Surfink?

Es un proyecto precioso. Dimas estuvo en Berkeley durante bastante tiempo, además de en Japón, allí ha trabajado mucho con microscopios de barrido, como el microscopio túnel o el microscopio de fuerza atómica, y lo que ellos están intentando es utilizar eso para poder ver reacciones químicas en la superficie a tiempo real. Tienen un trabajo muy bonito de hace dos o tres años, que es cómo los átomos están primero en una posición, luego en otra posición y cómo llegan al producto final y lo van viendo. Para estos experimentos se utiliza el microscopio de fuerza atómica. Funciona con una punta atómica, que se va moviendo, barriendo por ejemplo una superficie, y al pasar por encima de los átomos da pequeños saltos que se pueden medir, entonces, el ser capaz de medir ese salto es alucinante y puedes ver al final todo lo que tienes en la superficie.

¿Se ha quedado el grafeno en la eterna promesa? ¿Para cuándo esperamos productos reales y competitivos basados en grafeno?

El grafeno es un material muy bonito, espectacular desde el punto de vista de la investigación fundamental pues hay muchísimas cosas que son muy interesantes. ¿Que se puedan utilizar en aplicaciones tecnológicas? Yo creo que sí y que vamos a ver además bastantes en los próximos diez años. ¿Que esas sean tantas como en algunos momentos parecía? Pues no lo sé, siempre hay un riesgo al generar demasiadas expectativas sobre algo. La investigación científica lleva tiempo y casi siempre es ajena a las prisas del mercado. La transferencia tecnológica es complicada. A pesar de esto, creo que va a haber muchos productos, no solo de grafeno, sino de otros materiales relativamente parecidos al grafeno, como los bidimensionales, tridimensionales o aislantes topológicos.

Con toda esta investigación que hacéis, ¿cómo es posible que haya una empresa —Graphenano— montada por dos personas que no son científicos, que dicen tener una batería «mágica» cuatro veces mayor que la de Tesla? A los investigadores que estáis ahí todos los días, cuando salen esas cosas, ¿no afectan negativamente a vuestro trabajo?

Me resulta muy sorprendente, me gustaría conocer más los detalles para poder hacer una valoración adecuada, pero es verdad que la presentación de resultados muy espectaculares sin la suficiente base científica hace muchísimo daño a la ciencia.

Ion Errea, otro de los investigadores del DIPC, publicó recientemente en Nature sobre el comportamiento cuántico del hidrógeno a presiones altas; ¿por qué es necesario explicar este proceso para entender la superconductividad?

Ion es un magnífico científico que hizo la tesis aquí y luego estuvo en París desarrollando una línea de investigación con Francesco Mauri, en un grupo de investigación muy bueno, y después se ha reincorporado, primero al DIPC y después a la Universidad del País Vasco. Ese expertise que nosotros no teníamos. Este trabajo lo que hace es dar una explicación teórica a unas medidas que son recientes y que son bastante espectaculares, porque la superconductividad es un fenómeno que se conoce hace un montón de tiempo, pero que nunca se ha sido capaz de llevar a término, fundamentalmente por una cuestión práctica. La superconductividad permite la conducción eléctrica sin resistencia, lo que posibilita, entre otras cosas, que no haya pérdidas de energía. Sin embargo, hay un problema y es que esta superconductividad solo se da a temperaturas extremadamente bajas. Entonces hubo unas medidas recientes en las que mostraban superconductividad a temperaturas mucho más altas de las que hasta ahora había habido, y es en el material que estudia Ion (un compuesto de azufre), pero no se entendía por qué. Entonces Ion lo que hizo fue aplicar lo que había aprendido en París para ver que al final tenía que ver con la disposición atómica de los átomos en el material cuando está sometido a altas presiones, en las que la naturaleza cuántica de los átomos de hidrógeno juega un papel importante y las vibraciones del material, origen de la temperatura, presentan efectos exóticos. Es una medida espectacular ser capaz de dar esa explicación rápida en muy poco tiempo, es un trabajo muy bonito.

Ahora lo que pasa es que consigues la superconductividad a temperatura ambiente, pero tienes que meter una presión brutal, ¿no? A nivel teórico, ¿se entiende perfectamente la superconductividad y por eso tenemos estos problemas?

Creo que se entiende bastante. Yo no soy un experto en superconductividad, pero creo que los fundamentos de la superconductividad se entienden bastante desde hace décadas. Lo que no se ha podido encontrar son las condiciones adecuadas para que esa superconductividad transcurra también a temperaturas distintas. Uno de los factores que influye es la distribución espacial de los átomos en el material, y esto abre una nueva puerta porque si le metemos una presión brutal igual sí se puede conseguir, y habrá que ver si es una cosa muy específica o muy particular de ese material o resulta que es extensible a otros materiales. Y de repente abres un campo completamente nuevo y dices «si cogemos otros materiales completamente nuevos y los comprimimos, resulta que sí».

ricardo-diez-para-jd-3

El año pasado la Nasa y Google compraron el D-Wave 2, el famoso ordenador cuántico, sin embargo no está claro que su rendimiento sea superior a un ordenador convencional. ¿Qué es y para qué sirve la computación cuántica?

Lo que está claro es lo que decía antes: los útiles que tenemos ahora mismo en computación están basados en propiedades del estado sólido, es decir que funcionan cuando tú tienes un sólido. Cuando uno va reduciendo el tamaño de un sistema llega un momento en que de repente las propiedades empiezan a ser distintas, entonces, no se sabe cuándo va a llegar ese momento, no está claro, pero llegará un momento en que no podremos hacer más pequeñas las cosas y no podremos hacer ordenadores más potentes basados en la arquitectura actual. Otra discusión es saber si eso es o no necesario, pero bueno, lo que hay que hacer es buscar alternativas tanto a los sistemas de computación convencionales como a las propias formas de computación. Nuestra forma de computar hasta ahora es mediante un sistema binario formado de 0 y 1, y a partir de 0 y 1 lo que hacemos es cualquier operación computacional. La computación cuántica se basa en construir sistemas muy pequeños, en la escala atómica, cuyas propiedades sean puramente cuánticas, y por otra parte también en cambiar el paradigma de computación, es decir, utilizar esas propiedades de la mecánica cuántica para cambiar la forma que tenemos de computar. Una de las propiedades de la física cuántica es que uno puede preparar sistemas en los que no sean 0 o 1, sino que sea una combinación de los dos, entonces preparar una combinación de 0 y 1 te puede permitir con un sistema pequeñito tener muchísimas respuestas que no son solamente 0 y 1, sino que son una combinación de ellas o, dependiendo de lo que tú le des como estímulo, que te dé 0 o que te dé 1. Eso puede incrementar exponencialmente las capacidades de cómputo, con lo cual ya existe el ordenador cuántico, pero hay que desarrollar el software con algoritmos que cambien la complejidad porque si le aplicas algoritmos normales a la computación cuántica al final el resultado no es mejor. La investigación en computación cuántica tiene esa doble faceta, por una parte investigar los sistemas, o sea el hardware, y por otra parte todo lo que tiene que ver con los algoritmos y la forma de computar.

Antes hablabas de que existe un problema a la hora de predecir las propiedades físicas de los materiales con muchos átomos, ¿esta computación cuántica serviría precisamente para eso?

Entre otras cosas, sí. Hay una parte un poco más técnica que tiene que ver con la computación cuántica, que, además de todas las posibilidades que tiene en la computación a la que estamos habituados nosotros normalmente —lo que hacemos nosotros en general como sociedad dentro de lo que es el campo científico—, también hay mucha gente que está muy interesada en computación cuántica precisamente para utilizarla en la simulación de sistemas cuánticos, y eso es un campo también superatractivo y muy bonito.

Cuéntanos de qué se habló en el evento «Nanotechnology meets Quantum Information» que se celebró este verano en San Sebastián organizado entre otros por Cirac.

Todo lo que tiene que ver con Quantum Information ha estado muy basado en física atómica y molecular, en sistemas finitos de ambos, o en algunos casos de dos o tres átomos en moléculas, pero el paso natural siguiente, por muchas razones —y que además hace la transición de esos sistemas a sistemas un poco más grandes de tamaño nano—, es darse cuenta de que el sistema de tamaño nano se puede utilizar como ladrillos para poder construir esa computación cuántica, entonces la idea de esta escuela es precisamente poner en contacto a gente que viene del mundo de la computación cuántica y a gente que viene del mundo nano para hablar y para ver qué tipo de conexiones se pueden encontrar.

Este evento forma parte de las DIPC Schools, háblanos de este proyecto…

En el DIPC tenemos un programa muy fuerte de conferencias y talleres desde hace muchos años, y en ellos lo que hacemos es que científicos importantes en el área presenten los últimos resultados de campos muy distintos, pero hace dos o tres años nos planteamos que, además de eso, queríamos hacer una iniciativa nueva dedicada sobre todo a estudiantes, investigadores jóvenes y a gente que estuviera iniciándose en un campo y que fueran campos muy importantes. Lo que queríamos era proponer un formato con el que atrajéramos a gente que es muy buena en su campo y que sea capaz de dar charlas un poco más pedagógicas, introductorias para ese determinado campo. Empezamos hace tres años y ya hemos hecho cuatro o cinco hasta ahora, y este año hemos tenido tres y las tres han sido muy bonitas. La primera ha sido con Ignacio Cirac como uno de los organizadores. Hemos tenido otra a final de septiembre y uno de los impulsores y participantes fue Martin Karplus, que fue Premio Nobel de Química. Además, lo que se hace es organizar una escuela en la que los que la gestionan son los discípulos de Karplus, que han seguido con gran parte de la investigación que hace él y es otro ejemplo de escuelas de este tipo. Y tenemos una tercera que han organizado Dario Bercioux y Maia G. Vergniory sobre materiales topológicos, precisamente el tema del Premio Nobel de Física de este año, sobre los que también tuvimos una conferencia este verano, coordinada por Vitaly Golovach. Nuestra idea es tener cada año dos o tres escuelas.

En abril, cuando el presidente de Canadá, Justin Trudeau, visitaba un centro avanzado de física, un periodista le preguntó en broma si sabía lo que era la computación cuántica y el presidente dio una respuesta bastante acertada. ¿Qué crees que hubiera pasado si esa pregunta se la hubieran hecho a Rajoy o Sánchez?

No lo vi. Yo creo que, por desgracia, históricamente nuestra tradición científica es menor que la que tienen otros países. En países europeos como Francia, Alemania, Gran Bretaña… o en Estados Unidos, es verdad que nadie se cuestiona en ningún momento cuál es el papel de la ciencia y la tecnología en la sociedad, sin embargo, eso no pasa en España por esa falta de tradición científica que hemos tenido durante muchas décadas. Eso también se traduce en que algunos de nuestros dirigentes políticos, a los que no culpo por ello, tampoco tienen tan presente el papel de la ciencia y la tecnología y en muchos casos no es una de sus primeras prioridades. Creo y espero que, afortunadamente, eso va a ir cambiando progresivamente con el tiempo, como en otras muchas cosas en las que hemos convergido, en parámetros económicos y sociales, con muchos de los países de nuestro entorno.

¿Cuánto se preocupa la política de la ciencia en España?

Yo creo que la preocupación es un poco irregular dependiendo de muchas cosas. Lo que más conozco, porque es donde he desarrollado mi labor de gestión, es la parte que tiene que ver con el País Vasco. En el caso del País Vasco creo que ha habido un convencimiento de lo que es el desarrollo científico y técnico, y es fundamental no solamente desde el punto de vista económico, sino también social. En lo que tiene que ver con el Gobierno español, creo que ha habido altibajos, en muchos casos muy comprensibles por la situación económica. Creo que instituciones que son muy sólidas científicamente y con una gran trayectoria, con muchos de los mejores científicos que hay en España, como puede ser por ejemplo el CSIC, son instituciones por las que se debe apostar, no solamente desde el punto de vista económico, sino además creando las condiciones para que su funcionamiento sea mucho más flexible y mucho más operativo. Y además es fundamental la continuidad en las políticas, el largo plazo.

ricardo-diez-para-jd-4

Se habla mucho de la pérdida que supone que los investigadores españoles se vayan al extranjero, ¿no es necesario precisamente que los postdoc viajen a otros países para mejorar su formación?

Sí, lo tengo claro. Lo de la fuga de cerebros hay que tratarlo con mucho cuidado, me parece muy beneficioso y muy importante que la gente se vaya fuera, y de hecho la ciencia es así. Uno trabaja hoy aquí pero mañana puede trabajar en otro sitio, y eso es muy bueno. Lo que a mí me preocupa es que el flujo de la gente que se vaya y la gente que viene sea negativo, ese es el gran problema. Y sobre todo que haya gente que sea muy buena, y que quiera venir y quiera trabajar aquí, y que no encuentre esas condiciones. Por desgracia, ahora mismo hay una generación, que está ahora en la treintena, muy buena y muy bien formada, a los que les apetece por razones personales y profesionales regresar a España y que no están encontrando las oportunidades adecuadas para eso. Esto me produce mucha tristeza, porque es una generación que podemos perder. Más que la fuga de cerebros lo que importa es que el flujo de cerebros no sea negativo.

De los fondos para investigación que subvenciona el ERC el país que más recibe es el Reino Unido. ¿Cómo crees que afectará el brexit a la investigación?

Esa es una muy buena pregunta. La respuesta directa y sin entrar en muchos matices es que es muy posible que el resto de países se beneficien particularmente, en la parte científica, de esa salida; es decir, que los fondos que estaba recibiendo el Reino Unido se redistribuyan. Aunque no todo, porque también hay una pérdida de contribución por parte del Reino Unido. En cualquier caso me da muchísima pena que un país como el Reino Unido se salga del club, y sobre todo en el ámbito científico, en el que al final la ciencia es internacional y tenemos relaciones entre científicos independientemente de cuál sea su país o el centro de investigación. El brexit no se va a notar mucho desde el punto de vista de la colaboración porque nosotros seguimos manteniendo colaboraciones con Inglaterra y Escocia a nivel internacional y los visitantes que tenemos aquí seguirán viniendo. ¿Igual tenemos menos fondos para hacer eso? Pues no lo sé.

El DIPC es una fundación público-privada, que sin embargo se dedica en gran medida a la ciencia básica. ¿Cómo han conseguido financiación privada en un país cuyo capital privado ni siquiera financia la investigación aplicada?

Es una fundación público-privada en la que participan instituciones públicas (Gobierno Vasco, Diputación de Guipúzcoa, Ayuntamiento de San Sebastián y Universidad del País Vasco) y además participan empresas privadas, como Telefónica, CAF, Kutxa y EDP-Naturgas. Yo creo que la participación de esas empresas privadas es admirable y la verdad es que es una de esas cosas a las que se le ha dado poca visibilidad porque no es que los resultados de nuestra investigación sean directamente aplicables a sus líneas de negocio. Lo que hacen es una forma de mostrar su responsabilidad social y creo que son conscientes de que al final las empresas se desarrollan mejor en una sociedad de excelencia. Es decir, si intentamos hacer las cosas muy bien y los centros de investigación y la universidad que tenemos van muy bien, pues eso es bueno para todos. Por otra parte, yo creo que para su imagen corporativa puede ser beneficioso estar asociados a un centro de investigación en el que intentamos hacer las cosas bien, y por eso yo me siento especialmente orgulloso de que sigan manteniendo su apoyo.

¿Cree que la fórmula público-privada del DIPC podría aplicarse a otros centros de excelencia en España?

Yo creo que sí debería poder aplicarse. No hay una tradición de mecenazgo ni por parte de personas ni por parte de entidades en general y creo que está relacionado con la falta de tradición científica. Por ejemplo, las entidades bancarias pueden hacer un fórum de exposiciones de arte, pero no es tan común que realicen apoyos de ese tipo a instituciones científicas. Una anécdota que tenemos en el DIPC es que hubo una herencia de una antigua profesora de colegio que murió sin descendencia directa y decidió dejar su herencia (un piso) al DIPC. Hace un par de semanas Elena Cattaneo —que ha venido en septiembre para el Passion For Knowledge—, que es una investigadora italiana que a su vez es senadora vitalicia en Italia (en Italia hacen senadores vitalicios a gente relevante en el mundo de la cultura y en particular de la ciencia), también recibió una herencia de una persona que además no conocía. Le dejó varios cientos de miles de euros, simplemente para que los dedicara a la investigación. Son casos muy puntuales en Europa. Además de estos casos de mecenazgo personal, es una pena que no se desarrollen más iniciativas de colaboración público-privada, porque es un esquema fantástico para el desarrollo de proyectos en muchos ámbitos, incluido el científico.

La investigación puntera en España, ¿acabará haciéndose solo en Cataluña, el País Vasco y algunos centros selectos en el resto del país?

Creo que sí se hará en centros selectos, pero no solo en el País Vasco y Cataluña; hay  centros muy buenos en otras ciudades. El problema que tenemos es que hay grupos de investigación excelentes donde se hace investigación al más alto nivel, pero son singularidades. Mientras no cambien las formas administrativas de funcionamiento de las grandes instituciones, serán los organismos flexibles los que se lleven el gato al agua.

¿Qué futuro imagina para el DIPC?

El DIPC es un proyecto precioso, ilusionante. Es un proyecto que ha sido dirigido y diseñado fundamentalmente por Pedro Echenique, que es el que puso su fuerza impulsora durante todos estos años. Creo que cuando empezó en el año 2000 nadie, ni el mismo Pedro, se imaginaba cuál iba a ser el desarrollo del DIPC, y mirando estos quince años hacia atrás yo creo que es para sentirse muy orgulloso y muy contento de lo que se ha hecho. Es verdad que el reto ahora es intentar construir sobre esos cimientos, continuar toda esa trayectoria de excelencia basándonos en los mismos perfiles que tenemos desde el principio, que es contar con buenas personas y buenos investigadores, y cuando digo buenas personas no me refiero solamente a sus capacidades intelectuales, sino además a gente que sea capaz de trabajar en equipo, de tener solidaridad con el grupo, que sea capaz de impulsar y mejorar a los que están a su alrededor, y desde esa base de personas en las que uno pone esa confianza, casi infinita, luego dejarles la necesaria libertad y confianza para que ellos trabajen en las líneas de investigación que a ellos les gustan y que les apasionan, y así funcionan muchísimo mejor. Esa base de filosofía de personas y de hacer las cosas bien es fundamental para el futuro. Es la misma filosofía que desarrolla por ejemplo la Sociedad Max Planck en Alemania. Y estas bases son las que nos permiten ser muy ambiciosos para el futuro. En los próximos años pretendemos dar un salto cualitativo en la concepción y funcionamiento del DIPC.

Para terminar, recomiéndanos un libro sobre ciencia que te guste especialmente.

Hay tres libros que me vienen ahora mismo a la cabeza. A mí me gusta mucho Consilience de Edward Wilson, me gusta también La estructura de las revoluciones científicas de Thomas Kuhn y Las dos culturas de Charles Percy Snow. Pero no puedo evitar citar también a Baroja y El árbol de la ciencia, aunque no sea un libro estrictamente sobre ciencia o no solamente sobre ciencia, porque, como decía un buen amigo mío, siempre hay que volver a Baroja.

ricardo-diez-para-jd-5