Diez escenas para quedarse sin uñas

Hace más de setenta años, Alfred Hitchcock logró que la audiencia perdiera los nervios de la manera más reposada y silenciosa posible. Lo hizo con una única escena en esa voltereta maravillosa que fue La soga (1948), con el plano de una mesa improvisada siendo adecentada por una sirvienta, algo que en cualquier otro contexto hubiera resultado completamente trivial. En esta casa le dedicamos unos párrafos a aquella secuencia por lo poderosa que resultaba a la hora de amasar y colocar en su lugar una serie de elementos mínimos para lograr que todo el patio de butacas se mantuviera en tensión absoluta, al borde del asiento. Hitchcock siempre ha sido un maestro avanzado a la hora de jugar con la angustia más primigenia del ser humano, y el cine lleva desde sus propios orígenes demostrando que es capaz de comportarse como una extraordinaria batidora de emociones. La tensión, la angustia y el suspense son algunas de las reacciones más poderosas que puede provocar una obra. Provocar que el público se quede sin uñas es una meta a la que se puede llegar tomando diferentes caminos, pero que no está al alcance de todos.


El chute de adrenalina de Pulp Fiction (1994)

Pulp fiction. Imagen: Miramax films.

Uma Thurman agonizando por una sobredosis de heroína en la casa de un camello y John Travolta empuñando una jeringuilla de adrenalina, de aguja considerable, instantes antes de clavársela a ella en el corazón. Si diez años antes alguien se hubiese atrevido a insinuar que la Venus de Las aventuras del barón Munchausen y el Tony Manero de Fiebre del sábado noche iban a acabar así, probablemente el resto del universo se hubiera reído en su cara. Pero Quentin Tarantino no solo construyó con Pulp Fiction su mejor película, sino que también colocó en ella una de las mejores escenas que ha rodado: la del chute de adrenalina.

Tras una cita de cortesía, Mia Wallace (Thurman) descubre en la chaqueta de Vincent Vega (Travolta) una bolsita con droga mientras este se entretiene en el baño hablando con el espejo sobre lo bonito de quererse mucho a uno mismo. Creyendo, por culpa del embalaje, que el polvo blanco descubierto entre los enseres del varón es cocaína, la mujer se mete una raya de heroína por donde no debe y sucumbe ante una sobredosis que la deja con bastante mala cara. La tragedia se desplaza hasta la casa de un camello donde Vega se presenta con una Mia catatónica en busca de ayuda a la desesperada. Y la solución inmediata se basa en enchufarle a la mujer, con la ayuda de una jeringuilla de aguja gigantesca, un chute de adrenalina directo al corazón.

La secuencia resultó tan intensa como fabulosa, supo rebañar mucho humor negro durante los segundos previos a la administración de adrenalina («¡Tú me la has traído y tú le pondrás la inyección, cuando yo lleve una zorra moribunda a tu casa entonces se la pondré yo!» o ese «¿Tengo que apuñalarla tres veces?»), y convirtió el momento de clavar el pincho en una escena que invitaba a contener la respiración. Un carrusel de planos que saltaban entre el rostro ensangrentado de la chica con sobredosis, la aguja goteante, las miradas de los presentes, el punto del pecho donde debería hundirse la jeringa y la cara sudorosa de Travolta. Una revisión de los duelos del wéstern clásico donde un corazón ejerciendo de diana sería capaz de parar algún otro entre los miembros del público: al proyectarse la película en el New York Film Festival de 1994, uno de los espectadores se desmayó cuando Vega hincó la aguja en el torso de Mia.

Lo simpático es que la escena esconde truco, porque a la hora de rodar el momento en el que la aguja se clava en el pecho de la señora Wallace se decidió que era más sencillo hacerlo al revés: filmaron a Travolta extrayendo la jeringuilla del cuerpo y mostraron la secuencia rebobinada en la película para que diese la impresión de que aquel aguijón iba a hundirse en el corazón.


La espera en el hotel de No es país para viejos (2007)

No es país para viejos. Imagen: Paramount Pictures.

Un hombre, una habitación de un hotelucho, una maleta llena de dinero, un localizador escondido entre los fajos y una escopeta. Y el silencio. El silencio como herramienta principal, como artefacto mudo capaz de apuntalar tensión a martillazos. Todo lo que ocurre desde que Moss (Josh Brolin) descubre que Anton Chigurh (Javier Bardem) está a punto de darle caza son pequeños movimientos que convierten la espera en desasosiego ante la certeza de que los pasos del pasillo son una condena. La manera que tienen  Joel y Ethan Coen de medir el suspense en No es país para viejos es tan reposada como milimétrica y efectiva, en aquella misma película una moneda lanzada al aire es capaz de poner los pelos de punta, pero lo mejor de todo es que los realizadores no se conforman con quedarse ahí: cuando todo estalla y el cazador impasible aparece, las emociones en lugar de diluirse se intensifican durante una extraordinaria huida desesperada.


El sótano de Zodiac (2007)

Zodiac. Imagen: Warner bros.

David Fincher tiene un don a la hora de acondicionar las historias ante una cámara. Cualquier otro hubiera convertido la novela Perdida de Gillian Flynn en un telefilm de sobremesa en lugar de elaborar un elegante (y muy cabrón) thriller encabezado por Rosamund Pike y Ben Affleck. Y ningún otro hubiese podido trasladar con tanto estilo al cine toda la anarquía y puñetazos que contenían las páginas de El club de la lucha perpetrado por Chuck Palahniuk.

Para Zodiac, un film sobre la investigación de un misterioso asesino en serie real, el realizador tiró también de material previamente publicado y se basó en el libro Zodiac de 1986. O el relato (narrado por su propio protagonista) de cómo un hombre llamado Robert Graysmith se obsesionó tanto con el asesino como para perseguirlo durante trece años intentando descubrir su verdadera identidad. En la pantalla, el tratamiento de los hechos fue meticuloso: Fincher evitó mostrar los asesinatos porque pretendía ser todo lo fiel a la realidad como fuese posible y en su momento aquellos homicidios se saldaron sin supervivientes ni testigos a la vista. Uno de los pasajes más escalofriantes del libro, la visita del protagonista al sótano de un señor especialmente creepy y sospechoso, elevó varias alturas su efectividad al ser trasladado a la gran pantalla. En la butaca uno podía masticar la congoja de Graysmith (Jake Gyllenhaal) cuando Bob (Charles Fleischer) le ofrecía una visita guiada por los bajos de su vivienda. En el mundo real, Gyllenhaal y Fleischer no se tienen tanto miedo: el segundo es amigo del primero desde que aquel contaba solo tres años.


El duelo de El bueno, el feo y el malo (1966)

El bueno, el feo y el malo. Imagen: United Artists.

El manual definitivo sobre cómo rodar un duelo, o cualquier otro tipo de escena de suspense: apilando la tensión constantemente (en este caso concreto durante más de cinco minutos), sin detenerse en ningún momento hasta que todo explota. Sergio Leone no inventó el cine, pero sí filmó algunas de las lecciones más brillantes de su historia.


La tortura de Hard Candy (2005)

Hard Candy. Imagen: Lionsgate.

«Castración», la palabra ya suena bastante angustiosa por sí sola sin necesidad de ponerle imágenes. Pero el realizador David Slade se emperró en hacerlo todo mucho más jodido en Hard Candy al marcarse una escena de tortura que obligaba a todos los espectadores varones a cubrirse la entrepierna aterrorizados durante ocho intensos minutos. O la infame secuencia en la que Hayley (Ellen Page) castraba meticulosamente, y con material quirúrgico, a un hombre llamado Jeff (Patrick Wilson) con el que previamente se había citado por internet.

Lo inteligente de la puesta en escena ideada por Slade fue esquivar deliberadamente lo truculento, por torear el gore pero también por motivos de guion como se revelaría más adelante, y en su lugar optar por no mostrar de manera directa lo que estaba ocurriendo. En vez de eso el director hacía algo mucho peor: permitir que se escuchase lo que estaba ocurriendo. Sonidos nítidos de remiendos charcuteros acompañados de la fugaz visión en segundo plano de un monitor borroso donde se intuía algo horrible, y un pedazo de chicha carnosa en las manos de la torturadora para rematar la intervención. Pero Hard Candy se sabía incluso más retorcida que aquello, y cuando desvelaba su sorpresa final el espectador ya no se sentía tan mal por lo que, supuestamente, había sufrido la entrepierna de Jeff.


El radar de Alien (1979)

Alien. Imagen: 20th Century Fox.

Una nave espacial, siete pasajeros y una criatura, diseñada por H. R. Giger, que tenía la mala costumbre de ir por ahí creyendo que todos los demás eran la merienda-cena. Ridley Scott cuando estaba en forma fue capaz de agarrar un escenario de ciencia ficción y montarse sobre él una casa del terror con su Alien. En otras manos, la muerte del personaje de Dallas (¡spoiler!) hubiera sido un jumpscare del montón, un susto-o-muerte fácil, un truco probablemente muy capaz de provocar el brinco, pero mucho más convencional y menos efectivo que el de la cinta de Scott. Porque en su película el sobresalto resultaba más poderoso al cocinarse con alevosía y temporizador: utilizando los pitidos y la pantalla de un radar para mostrar dos puntos centelleantes a punto de chocar.


La caravana en la frontera de Sicario (2015)

Sicario. Imagen: Lionsgate

El personaje de Benicio Del Toro en Sicario era mucho más locuaz en el libreto original. Pero a la hora de meterse en sus pantalones, el puertorriqueño le propuso al director de la película, Denis Villeneuve (Prisioneros, La llegada, Blade Runner 2049), prescindir de la mayoría de sus líneas con el objetivo de aumentar el misterio en torno al individuo. Las explicaciones más gratuitas, un recurso habitual en el cine para poner al público en contexto, se podaron del guion y entre actor y realizador decidieron recortar las líneas innecesarias del personaje hasta dejar su diálogo en una décima parte de lo que se había planeado inicialmente. El propio realizador justificaba la decisión sentenciando: «Las películas tratan sobre el movimiento, el personaje y la presencia, y Benicio tenía todo eso».

Aquella declaración formal sobre la naturaleza de las historias era extensible a Sicario en general. La película se sustenta sobre el movimiento, los personajes y su presencia. Y cuando decide combinar todas las cartas que ha ido acumulando durante la partida es capaz de hacer una jugada maestra, una de aquellas en la que todos los testigos de repente están conteniendo la respiración: la secuencia con la caravana de coches en el control fronterizo. Un prodigio de edición, planificación y realización en el que incluso el más pequeño detalle (una ventanilla de coche deslizándose, un travelling casi imperceptible, un perro ladrando) está colocado para contar algo y, sobre todo, para conducirnos a algo mientras mascamos la ansiedad del personaje de Emily Blunt. En el canal Cinemafix realizaron un extraordinario despiece de la secuencia ilustrando sobre cómo era posible que trece minutos de metraje, que desembocan en nueve segundos de violencia, estuvieran tan bien armados y resultaran tan eficaces. Un pequeño ensayo que se puede ver aquí mismo.


La cocina de Parque Jurásico (1993)

Parque Jurásico. Imagen: Universal Studios.

Los dinosaurios y los críos son una combinación ganadora, especialmente cuando los primeros intentan comerse a los segundos. Veinticinco años antes de que J. A. Bayona se hiciese con el control del lugar, Steven Spielberg inauguró el parque de atracciones más peligroso del mundo y dejó a la platea con la boca abierta al mostrar en pantalla lo nunca visto combinando animatronics con espectaculares FX por ordenador: dinosaurios que parecían reales. Y en un momento dado, al director se le ocurrió que sería buena idea hacer que un par de personajes infantes jugasen al escondite con unos velociraptores en una cocina llena de trastos potencialmente ruidosos. Y tenía toda la razón.


El parking de It Follows (2014)

It Follows. Imagen: Dimension films.

La secuencia del aparcamiento abandonado y la silla de ruedas, aquella que Tarantino calificó en cierta ocasión como «one of the best expositions scenes I ever seen». It Follows no iba nada escasa de momentos espeluznantes, construidos gracias a una premisa sencilla pero ingeniosa y subrayados por la inusual banda sonora de Disasterpeace, pero con aquella escena demostró que sabía bastante bien qué cuerdas era necesario tocar. Su director, David Robert Mitchell, no solo utilizaba el escenario (un entorno abandonado) y la situación (una chica atada a una silla de ruedas y esperando a que algo llegase) para poner sobre la mesa las reglas del juego (expuestas por el captor de la chavala) sino que además localizaba y se recreaba en ese terror primigenio de saber que algo espantoso está a punto de aparecer, pero no saber el qué.


Radiohead – «No surprises» (1998)

No surprises. Imagen: Capitol.

El nombre del realizador Grant Gee siempre ha orbitado en torno a la música: ha colaborado con U2 durante la gira mundial Zoo TV basada en el álbum Achtung Baby, vestido con imágenes el electrónico Found Sound de la banda Spooky y filmado crónicas sobre iconos como Joy Division, David Bowie, John Cale o Radiohead. Persiguiendo los pasos de estos últimos, en 1998 elaboró el documental Meeting People is Easy rodado durante la gira promocional de OK Computer, y maravilló a los fans de la banda. Un año antes había aterrado a esos mismos fans con un vídeo musical.

El videoclip dirigido por Gee para acompañar al single «No Surprises» solo contaba con un único (y primerísimo) plano. Y con un único figurante: Thom Yorke, la voz cantante de Radiohead sometido a una ocurrencia tan sencilla como cruel. En aquel vídeo, el líder de la banda entonaba la canción desde el interior de lo que parecía ser un casco de astronauta. Un yelmo de cristal que gradualmente se iba llenando de agua hasta sumergir la cabeza del pobre hombre por completo, forzándole a aguantar la respiración durante algo más de un minuto. Cuando el líquido finalmente se drenaba del casco, el espectador se sentía liberado y comprendía que todo aquello era una osadía. Un videoclip desasosegante en extremo capaz de poner muy nervioso a todo el mundo al valerse de un pánico tan primigenio como es el miedo al ahogamiento. Gee, Yoke y Radiohead habían capturado una de las experiencias más angustiosas posibles, y la habían condensado en tan solo cuatro minutos. En un videoclip.


Benditos ochenta

Nightcrawler (2014).

La retromodernidad que enaltece los ochenta y los primeros noventa ha comenzado poco a poco a convertirse en un género propio y la culpa de ello probablemente no sea solo una mera adscripción a la moda, sino un asunto generacional: los que fueron niños durante aquellos años han crecido, se han convertido en adultos y han empezado a ganar el pan a base de colocarse tras una cámara y contar historias. También han decidido proyectar en esas historias los universos que imaginaban, veían o temían de pequeños, mundos que pertenecen a esa idea romántica y pervertida de la década ochentera, recreaciones actuales dominadas por el imaginario pop en lugar de por la realidad de la época. Por eso mismo películas como Drive, videojuegos como Hotline Miami y capítulos como el celebrado «San Junipero» de Black Mirror han encandilado tanto, porque son las portadas en las que unos cuantos querían haber vivido.

Los benditos ochenta dibujaron una era donde no faltaban las explotation descaradas y las segundas partes interesadas. Este artículo es eso mismo: una secuela oportunista del texto «Malditos ochenta».

Weegee fue el apodo con el que se dio a conocer el ucraniano Arthur Felling, un famoso fotógrafo de sucesos que ejerció en la Norteamérica de los años treinta y cuarenta. Un alias de guerra que pretendía ser la versión fonética de la palabra «ouija», debido a la inexplicable habilidad del hombre para aparecer de manera repentina en la escena del crimen (o del accidente) pocos minutos después de que la desgracia hubiese acontecido, en ocasiones adelantándose a la propia policía. Además de veloz, Weegee era muy ducho en lo suyo y sus fotografías publicadas en prensa —unas instantáneas que retrataban en rotundo blanco y negro las vísceras de los callejones neoyorkinos— le encumbraron  como una de las leyendas de la época. Bastantes años después, a finales de los ochenta, un guionista llamado Dan Gilroy, responsable de cosas tan dispares como Freejack, Apostando al límite, The fall o El legado de Bourne, se enamoró del libro Naked City, que recopilaba una parte de la obra de Weegee, y comenzó a escribir un manuscrito para una posible película utilizando el trabajo del fotógrafo como inspiración. Desafortunadamente, el escritor acabó suspendiendo el proyecto tras descubrir que otra cinta de similar temática se encontraba en producción en aquellos momentos: se trataba de El ojo público de Howard Franklin, un estupendo neo-noir del 92 donde Joe Pesci interpretaba a un clon espiritual de Weegeer, una película que homenajeaba al ucraniano directamente a utilizar instantáneas del propio Felling en su metraje.

Un par de décadas después, Gilroy decidió rescatar el proyecto del trastero, sacudirle el polvo y darle un repaso reescribiendo el guion para trasplantar la acción a Los Ángeles y apostar por una idea suicida: otorgar el protagonismo de la historia a una alimaña humana. De ese modo concibió Nightcrawler, una historia donde el guionista (aquí también director) decidía no engañar a nadie al dejar claro desde la primera escena que el personaje principal, Louis Bloom (Jake Gyllenhaal) era un ser despreciable. Nightcrawler era la crónica de un antihéroe extremo que se ganaba la vida como cámara freelance, filmando sucesos escabrosos ocurridos en las madrugadas de la ciudad para vender las imágenes a emisoras de televisión sedientas de material impactante. Una historia ambientada en la actualidad (el protagonista se educaba a través de internet) pero en cuya puesta en escena Gilroy inyectaba una atmósfera especial que era tan heredera de los ochenta como para marcarse un plano con las palmeras de Los Ángeles durante los mismísimos créditos iniciales. En la pantalla el oficio de Weeger mutaba en algo mucho más siniestro, más animal y extraño. Y todas aquellas imágenes de noches con carreteras salpicadas por las luces de farolas, faros de vehículos y neones convertían las rutas de Bloom en cacerías y los planos del relato en un extraño documental noctámbulo y cruel. Un par de pósters fabulosos, este con alma de ilustración y este otro que remezcla la estética actual con la heredada, confirmaban la sensación de que sobre la narración flotaba cierto espíritu de época ochentera.

Beyond the black rainbow (2010).

George Pan Cosmatos es un director de cine medio griego medio italiano que empezó trabajando con Marcello Mastroianni en Muerte en Roma y con Sophia Loren en El puente de Cassandra para acabar dando órdenes a Sylvester Stallone en Rambo: acorralado parte II y Cobra, el brazo fuerte de la ley. Es decir, es una persona que pasó de dirigir a titanes del cine italiano a intentar coordinar el labio colgante de un italoamericano. Mientras todo esto ocurría, Pan Cosmatos sacó tiempo para reproducirse y engendró a un chaval que en la época de los ochenta frecuentó videoclubs flipando con las carátulas más extrañas de las gloriosas cintas VHS. En 2010 aquel crío, llamado Pamos Cosmatos, ya había crecido lo suficiente para ponerse detrás de una cámara y dirigir su ópera prima: Beyond the black rainbow, una película canadiense de ciencia ficción cuyo rasgo más notable era haber sido inspirada por carátulas ochenteras. Porque Beyond the black rainbow no tomaba como referencia las películas de la época sino lo que un niño de los ochenta se imaginaba al ojear aquellas cubiertas videocluberas de producciones que sus padres le prohibían ver. Cosmatos homenajeaba lo que en su infancia creía que contenían esas cintas en BETA y VHS en lugar de lo que contenían realmente, y el resultado era algo que un crítico de cine reseñó con bastante sorna como «sentarse durante dos horas a contemplar una lámpara de lava», una descripción muy certera de la experiencia y algo que a lo mejor no tiene por qué ser malo.

La historia orbitaba en torno a los experimentos de una corporación sobre una niña con poderes, una idea poco novedosa que parecía una mera excusa porque Cosmatos dedicaba todo su esfuerzo a crear un ambiente en lugar de a favorecer una narrativa. Se las daba de Kubrick de baratillo rodando con pocos medios un desfile de cortes de pelo graciosos, neones y humo que el propio director etiquetaba como «mi álbum experimental de música electrónica». El resultado hipnotiza con la misma facilidad que genera odios. Edgar Wrigth, cinéfilo y responsable de Shaun of the dead, Scott Pilgrim contra el mundo o Bienvenidos al fin del mundo, incluyó esta cinta en su titánica lista de mil películas favoritas de toda la historia.

Las últimas supervivientes (2015).

The final girls (por aquí traducida como Las últimas supervivientes) es algo así como la criatura que podría surgir de cruzar El último gran héroe con el slasher ochentero y las metarreferencias que Wes Craven agitaba en su saga Scream. Una película que arranca potente con un accidente de coche como telón a los créditos y se apunta a jugar al cine dentro del cine con una excusa fantástica: la hija de una actriz que protagonizó un slasher de culto durante los ochenta, un sucedáneo de Viernes 13, acaba colándose por accidente dentro de la película que convirtió en famosa scream queen a su madre. Algo así como La rosa púrpura del Cairo pero añadiendo adolescentes trinchados por una marca blanca de Jason Voorhees.

Las últimas supervivientes se divierte mascando los tópicos del cine de psicópatas enmascarados como si fuesen chicle con una actitud desenfadada: en el interior de la película los rótulos de crédito insinúan su presencia física al sobrevolar los escenarios, todo lo que ocurrido se resetea y reinicia cuando se supera la duración del metraje y los flashbacks vienen precedidos de cortinillas ondulantes en forma de estalactitas que irrumpen físicamente en el escenario. Aunque sus mejores ocurrencias se apoyan en el choque generacional producido entre los protagonistas unidimensionales de una ficción ochentera y los millennials actuales, unos contrastes tecnológicos coronados por las descacharrantes conclusiones del macho-alfa de la peli slasher al ser informado de la existencia de parejas de padres homosexuales, gags de sonrisa cómplice que favorecen que la película acabe cayendo bien.

Más sorprendente es la apuesta de incluir una carga emocional más poderosa de lo que se suele esperar de un producto que tiene pinta de condimento para palomitas: infiltrarse en el interior de la película permite a la protagonista reencontrarse con su madre desaparecida (o al menos una versión de su madre interpretando un cliché) y todo desemboca en una escena maravillosa al ritmo del «Bette Davis Eyes» de Kim Carnes que pilló a más de uno desprevenido y jurando que se le había metido algo en el ojo. La única pega del film es que la productora rebajó la casquería del libreto original y como resultado la aventura carece de sangre y gore, algo que chirría cuando lo que se homenajea es ese cine cafre que glorifica el tajo del machete y el sacar la calculadora para el recuento de cadáveres.

Electric boogaloo: the wild, untold story of Cannon films (2014)

Electric boogaloo es el término con el que se etiqueta despectivamente a todas las secuelas de películas exitosas de calidad insalubre. La culpa la tenía Breakin’ 2: Electric boogaloo, una sonrojante segunda parte de un film que ya era malo con codicia: Breakin’.

El caso es que la Breakin’ original, una explotation del fenómeno del break dancing, ya era uno de esos artefactos que no podrían existir sin la intervención de fuerzas superiores al entendimiento humano. Fuerzas que en este caso dibujaban las orondas siluetas de Menahem Golan y Yoram Globus, dos primos israelíes que se hicieron con la productora Cannon en 1979 y desde ella equilibraron el karma de la humanidad al ser responsables directos de cosas como Delta Force, Contacto sangriento, Cobra: el brazo fuerte de la ley, Las minas del rey salomón, El guerrero americano, Masters del universo o El justiciero de la noche. Y por extensión también culpables del nacimiento de talentos interpretativos como Chuck Norris, Dolph Lundgren o Jean-Claude Van Damme o en general de todo lo que fue bueno y puro durante los ochenta. Golan y Globus eran criaturas fascinantes enamoradas del cine que dedicaron su vida a producirlo con espíritu churrero: no importaba tanto la calidad de sus creaciones como la cantidad de ellas; entre el 79 y el 89 la compañía llegaría a parir más de ciento veinte producciones.

Electric boogaloo: the wild, untold story of Cannon films era un documental de Mark Hartley que repasaba la vida de Cannon Films. Uno al uso, compuesto de entrevistas y fragmentos de películas, pero uno absurdamente divertido. Porque la historia de la propia Cannon, sus responsables y sus explotations descaradas es tan delirante que no puedes poner a una serie de personas a hablar de ella y no esperar que hiervan las anécdotas descojonantes: desde un sistema de producción que consistía en dar luz verde a una película a partir de su póster promocional y ya si eso después escribir el guion, hasta estrenar una película y su secuela (Desaparecido en combate) en el orden inverso al darse cuenta de que la inicialmente concebida como segunda parte era mejor película que la primera. Hartley se marca una crónica muy divertida y dinámica de la compañía que camina hasta el disparatado epílogo de la historia, con los dos primos enfrentados al estrenar dos películas distintas basadas en el baile de la lambada porque era lo que estaba de moda. Un documental que acabó convirtiéndose en parte de la historia de Cannon: la ausencia de los propios Golan y Globus en el metraje se debe exclusivamente a que ambos siguen teniendo hoy en día el morro compuesto por minerales sólidos, y cuando el director les propuso participar declinaron la oferta para meses más tarde aparecer en el mercado con su propio documental sobre ellos mismos: The Go-Go boys: the inside story of Cannon Films.

Incluir en un recuento sobre los sabores ochenteros a It follows, la película que Paco Fox retituló convenientemente como Te follo, es hacer un poco de trampa. Porque aquí la propia puesta en escena buscaba no encajar en ningún periodo de tiempo concreto: sus protagonistas ven películas de ciencia ficción en blanco y negro en la televisión pero leen El idiota de Fiódor Dostoyevski en libros electrónicos con forma de concha de mar kitsch. Pero a  pesar de eso la extraordinaria banda sonora de Disasterpeace, el tío detrás de las composiciones que embellecen el videojuego Fez, y el regusto general a cinta hermanada con el resto de las listadas por aquí hacen que no sea descabellado presentarla como una de aquellas a las que les soplaban los vientos ochenteros. Film de horror nacido a partir de una paranoica pesadilla del director donde se imaginaba perseguido de manera infatigable por algo, It follows sorprendió porque nadie se la esperaba, planteó algo original y lo ejerció con virtuosismo: el movimiento de los planos, la planificación de escenas y el mimo puesto en el sonido, donde elementos como el agua destacaban a propósito, demostraban que tenía más de inteligente que de posado para la foto.

Si copulas al ritmo de esto en el mundo de It follows puedes pillar el bicho.

Dude bro party massacre III era la tercera entrega de una saga en la que no existían las dos primeras, una chifladura que hacía mofa del género y presentaba un slasher donde las víctimas era lozanos varones universitarios, algo inaudito si exceptuamos aquella asombrosamente homoerótica Pesadilla en Elm Street 2. Detrás de la película estaban los tarados de 5 second films, un grupo especializado en fabricar desmadrados cortos cómicos de escasos segundos de duración. Y su salto al largometraje, financiado vía Kickstarter, se convirtió en una tormenta de coñas de empaque pretendidamente chusco (lucía como una cinta de vídeo desgastada por el uso), bromeando a costa de la cutrez ochentera y con cameos curiosos: Larry King tiene un papel de tres segundos con muerte incluida porque confesó a sus creadores que siempre quiso interpretar a una víctima en una peli de miedo. También se pasean por ahí el cómico Patton Oswalt, el músico fiestero Andrew W. K. y Nina Hartley, aquella actriz cuya cara resulta bastante reconocible para cualquier adolescente con una conexión a internet y la inquietud de comprobar si el término MILF produce resultados interesantes en Google. Simpática, desenfadada y regada de entrañas con tomate, Dude bro party massacre III también sirvió para cumplir uno de los sueños de sus directores: el de crear la película de terror con el mayor número de muertes en la historia del cine.

The guest (2014).

Adam Wingard se convirtió en la futura promesa del cine indie americano acomodado en la tumbona pop con Tú eres el siguiente, una película que agarraba el slasher y le daba una vuelta de tuerca (estirada durante todo el metraje, eso sí) aunque en el fondo no iba mucho más allá de introducir la batidora eléctrica como salvaje instrumento de defensa. Tras aquello Wingard se dedicó a algo tan ochentero como participar en antologías (V/H/S, V/H/S 2 y The ABCs of death) y reapareció con The guest, la historia de un soldado (Dan Stevens) que se colaba en el hogar de un matrimonio asegurando ser amigo de un hijo fallecido en el campo de batalla. The guest nació reciclando pedazos de una película que nunca llegó a rodarse situada en Corea del Sur entre junglas de neones, pero además se notaba que Wingard había tomado nota de la estética de Drive y de ideas planteadas cintas con tres décadas sobre las espaldas como Re-animator, Halloween, El padrasto o Terminator. En lo sonoro también el realizador también se puso nostálgico: fichó para la banda sonora a Steve Moore, un compositor enamorado de los sintetizadores que reniega de lo moderno y no toca ningún aparato capaz de producir música fabricado más allá de 1990, y remató con una banda sonora meticulosa que combinaba joyas pasadas junto a temas más modernos de cierta aura retro. The guest no era revolucionaria ni innovadora, pero sí entretenida, algo a lo que ayudaba el desmadre del tramo final.

Frío en julio (2014)

Frío en julio es un neon-noir situado en Texas durante los ochenta cuya historia arrancaba con un hombre reventando de un tiro la cabeza de un ladrón que ha invadido en su casa y se volvía más turbia tras la aparición del padre de la víctima con planes de venganza. Un thriller independiente de Jim Mickle tenso y efectivo, cargado con un buen puñado de plot-twists (que sorprendentemente los tráilers oficiales no destriparon) y basado en la novela homónima de Joe R. Lansdale. De cuidada puesta en escena, incluye un bonito montón de planos bañados por luz de colores e incluso una secuencia en la que la sangre tiñe literalmente de rojo la iluminación del lugar, presume de banda sonora dominada por sintetizadores a juego con la era y enfila un reparto muy certero donde Michael C. Hall luce mullet, Sam Shepard gesto encabronado y Don Johnson sombrero vaquero.

Rewind this (2013).

Rewind this y Adjust your tracking son dos documentales diferentes producidos en 2013 sobre un mismo tema: las cintas de vídeo domésticas. Rewind this la dirige Josh Johnson y tiene entre sus productores al Pamos Cosmatos de Beyond the black rainbow, fan de la carátula de videoclub. Adjust your tracking es obra de Dan M. Kinem y Levi Peretic, y se produjo gracias a Kickstarter. La primera estudia el impacto que tuvo el reproductor de vídeo sobre la sociedad y la industria del cine al mismo tiempo que consulta a los coleccionistas de cintas de vídeo. La segunda persigue las desventuras de esos seres maravillosos entregados al coleccionismo actual de obsoletas cintas VHS. Los dos documentales pueden considerarse complementarios y ser devorados uno detrás de otro sin mucho problema: al girar en torno a un tema tan de nicho ambas comparten un buen número de entrevistados.

Sorprendentemente, el tema da para muchos datos curiosos y unas cuantas carcajadas. Rewind this repasaba las sacudidas que produjo en el mundo del cine la aparición del vídeo, pero también proporcionó una tonelada de datos absurdos estupendos, como descubrir que en las cintas de videoclub era posible prever cuando iban a aparecer tetas en pantalla observando el desgaste de la imagen: si estaban demasiado rayadas es que aquel punto había sido víctima de muchos espectadores pulsando el botón de rebobinado. El reportaje también descubría entre las colecciones de los entrevistados algunos productos asombrosos como un tutorial sobre el uso de Windows 95 presentado por los personajes de Chandler y Rachel de Friends o el inenarrable vídeo de ejercicios Bubba hasta que duela donde Bubba Smith (Hightower en Loca academia de policía) capitanea a un grupo de personas en leotardos con ganas de sudar fuerte.

Adjust your tracking se centraba en los coleccionistas de cintas, sus razones para apilar VHS (en muchos casos la portada era una de las principales) y las anécdotas del mundillo. Por la pantalla desfilaba gente hablando de la existencia de una película horrible llamada Tales from the quadead zone con cotizaciones disparatadas en Ebay solo por ser escasa, un tío encantador que había decidido combatir la morriña montándose un simulacro de videoclub ochentero en el sótano de su casa o la gente de la compañía Troma (responsables de El vengador tóxico) asegurando que ellos mismos publicarían en vídeo hasta su propio Bar mitzvá si hubiese fans dispuestos a comprarlo. Y en general muchísima pasión por esos pedazos de plástico que encapsulaban una época.


¿Cuál es la mejor escena de suspense de la historia del cine?

Tal como acostumbraba a explicar Alfred Hitchcock, imaginemos dos situaciones. En la primera un grupo de personas mantiene una conversación intrascendente durante cinco minutos y una bomba explota bajo su mesa. Ahí tendríamos una escena aburrida y diez segundos finales de sorpresa. Ahora repitámosla mostrando al público desde el comienzo que hay una bomba que estallará dentro de cinco minutos y lograremos mantener su atención durante todo ese tiempo. Eso es el suspense. El cine actual ha descubierto además una tercera vía, que consiste en hacer explotar una bomba cada diez segundos y cuyo mayor exponente sería Michael Bay. Pero centrémonos ahora en la vertiente del suspense, más concretamente en aquellas escenas que nos mantuvieron en tensión pegados a la butaca o al sofá, que pueden corresponder a películas de diversos géneros. A continuación les mostramos nuestra selección, abierta por supuesto a cualquier otro ejemplo que deseen añadir.

(La caja de voto se encuentra al final del artículo)

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Bomba en el autobús, de Sabotaje

El ejemplo que puso el cineasta británico no fue casualidad, se trata precisamente de lo que hizo en este film de 1936, con un niño que pasea una bomba bajo el brazo por medio Londres, atravesando multitudes, mientras nos tememos que explote de un momento a otro… y efectivamente lo hace. Al público le disgustó ese desenlace y el propio director reconoció posteriormente que hacer que fuera el muchacho quien llevase el artefacto fue un «serio error», dada su conexión emocional con el espectador. Pero en cualquier caso la escena es estupenda.

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Hundimiento del submarino, de Das Boot   

Con una tasa de mortalidad de en torno al setenta por ciento, los submarinistas alemanes durante la guerra tenían buenos motivos para vivir con una angustia atroz cada situación de peligro, sin lugar alguno al que escapar o donde esconderse, solo cabía esperar. Lothar-Günther Buchheim fue parte de la afortunada minoría superviviente, lo que le permitió más adelante escribir un libro que sería llevado al cine con inmejorable resultado. En esta escena, tras haberse sumergido para evitar un ataque aéreo cuando pasaban por Gibraltar, un fallo mecánico les hace hundirse hasta niveles de presión que el submarino no puede soportar y solo queda invocar a Dios.

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Fuga de Jack, de La habitación

Tras haber permanecido toda su corta vida encerrado junto a su madre en una habitación que era como un gran útero para él, Jack tiene la oportunidad de huir de su captor fingiendo su muerte. Esa alfombra enrollada es el canal de parto que lo arroja a un mundo absolutamente nuevo para él, donde da sus primeros pasos con torpeza mientras lo observamos con la lágrima asomando y el corazón en un puño. Está a punto de ser por fin libre y estamos con él como si nos fuera la vida en ello.

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Velociraptor en la cocina, de Parque Jurásico

Spielberg siempre ha tenido buena mano para rodar esta clase de escenas. En La guerra de los mundos había otra en un sótano que guardaba cierta similitud,  pero nos quedamos con esta que es la original.

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Chica nadando, en Tiburón  

Naturalmente si hablamos de suspense y de este director tampoco podíamos dejar sin mencionar Tiburón. «¿Qué haría Hitchcock en mi lugar?», es la pregunta que se hizo a sí mismo durante el rodaje.

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A oscuras, de El silencio de los corderos

En Sola en la oscuridad Audrey Hepburn era una mujer ciega que para tener ventaja sobre su perseguidor dejaba su casa a oscuras. En el clímax de una de las películas fundamentales de los años noventa veíamos a Jodie Foster justo en la situación opuesta.

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Paso fronterizo, de Sicario

Denis Villeneuve es un magnífico director del que dentro de dos semanas se estrenará en nuestro país La llegada, que promete bastante, y el próximo año nada menos que la continuación de Blade Runner. La más reciente es Sicario, una historia de malos y peores en torno al tráfico de drogas entre México y Estados Unidos, que incluía este momento que es un ejemplo brillante de cómo crear tensión y resolverla en una narración.

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Muerte del capitán Dallas, de Alien

El xenomorfo se movía como pez en el agua por los conductos de ventilación, no fue buena idea ir a buscarle allí. Al menos en la versión original intuimos que Dallas murió rápidamente, porque en una de las escenas eliminadas Ripley se lo encontraba agonizando en un nido alienígena, listo para ser inseminado por un abrazacaras. Pero sobre el complicado ciclo reproductivo de esta especie ya hablamos en su momento.

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La lección de tempo, de Whiplash

Esta película pertenece a un cruce de géneros que podríamos bautizar como «cine de terror musical», que nos muestra cómo para crear desasosiego no es imprescindible incluir marcianos ni gente apuntándose con sus armas, basta un profesor con ganas de atormentar a sus alumnos.

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Restaurante, de Mulholland Drive   

Una de esas escenas tan características de David Lynch en las que ni los protagonistas ni los propios espectadores sabemos si lo que se muestra es real o un sueño.

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El incinerador, de Toy Story 3  

Posiblemente la mejor de las tres (y a la espera de la cuarta en 2019), que culminaba con esta grandiosa secuencia en la que veíamos a nuestros protagonistas afrontar la muerte con una entereza digna de Espartaco.

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El dentista torturador, de Marathon Man

¿Son los dentistas malas personas que disfrutan con nuestro tormento? La eterna pregunta… Podemos ver al protagonista de una película siendo acechado por dinosaurios, alienígenas o espectros e intuimos su miedo, pero cuando es un dentista con ese infernal taladro que usan la angustia es aún mayor si cabe: sabemos a la perfección cómo debe estar sintiéndose. Dustin Hoffman repitió aquí con el director de Midnight Cowboy, en uno de esos casos en los que una escena termina devorando a la película entera, recordada siempre por este momento.

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Michael va al hospital, en El Padrino

Tras el atentado que sufre Don Vito, su hijo acude al hospital para visitarlo y descubre que está desprotegido ante cualquier posible nuevo ataque, lo que le obliga a improvisar una respuesta.

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La anciana, de It Follows

Nunca una anciana andando a ese ritmo infundió tanto miedo, desde entonces cualquiera de ellas que camine por la misma acera es una presencia amenazadora. La premisa de esta película era tan sencilla como eficaz y en su día le dedicamos este artículo.

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Restaurante con sospechosos, de Nightcrawler

El protagonista de Nightcrawler es un reportero de sucesos en Los Ángeles y como buen reportero siente una necesidad creciente de intervenir en la escena o, directamente, de crearla.  

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Final de Los pájaros   

La escena final de esta película será también la que cierre esta selección. Parece ser que en el incidente real que inspiró esta historia el comportamiento anómalo de las aves fue causado por una intoxicación alimenticia. Señalarlo hubiera sido un despropósito semejante a explicar el origen de La Fuerza en los midiclorianos, y Hitchcock tuvo el buen gusto de omitirlo. El misterio de su comportamiento nos provoca así más desasosiego, especialmente si después de haberles visto hacer tantas diabluras ahora mantienen esa aparente calma, dejando marchar a los protagonistas, como si estuvieran siendo condescendientes con ellos.  

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¿Cuál es la mejor película de terror de los últimos años?

Esta reseña no nos animaba precisamente a verla, pero leemos en esta otra aparentemente más benévola que La visita está en sus logros lejos de Señales. Nos quedaremos para siempre con la duda de qué clase de película puede ser mala en comparación con aquella en la que veíamos a Joaquin Phoenix con un gorrito de aluminio, pero es que la vida es corta y hay mucho cine que ver. Por si no tuviéramos bastante con el canon de clásicos de cada género (aquí va uno, pronto acompañado de otros) hay que ir sumándoles las producciones recientes dignas de incluirse en él y que no son pocas en lo que al terror respecta, dado su renovado brío de los últimos años. ¿Pero cómo distinguir el grano de la paja entre estas últimas durante, por concretar, lo que llevamos de siglo? Pues voten en esta encuesta o añadan sus favoritas de entre las muchas que dejamos en el tintero y así tendremos una referencia más.

(La caja de voto se encuentra al final del artículo)

La cabaña en el bosque

Imagen de Mutant Enemy Productions.
Imagen de Mutant Enemy Productions.

Heródoto contaba que los persas cuando querían tomar una decisión importante se emborrachaban. Gente sabia, nos iría mejor si todos hiciéramos eso. Las drogas nos muestran el mundo tal como es realmente y lo que desdeñamos como el desvarío de un fumeta puede ser una inquietante verdad. Esa es la gran enseñanza que nos proporciona esta película, y también que una mano zombi puede ser una inesperada aliada. Lo que encontraremos además es un brillante juego con los clichés del género que la hace caer más del lado del humor que del terror.

It Follows

Imagen de Northern Lights Films.
Imagen de Northern Lights Films.

Una de las razones del éxito de esta película estuvo en la sencillez de su planteamiento. Muestra unas reglas que descubrimos al mismo tiempo que la protagonista y de acuerdo a ellas se desarrolla la narración, provocando una claustrofobia en el espectador como pocas veces hemos visto. Todas las puertas y ventanas nos parecen pocas, todo lo que no sea un espacio abierto genera ansiedad. En este artículo hablamos de ella con más detalle.

La niebla

Imagen de Dimension Films.
Imagen de Dimension Films.

En esta adaptación de la novela corta de Stephen King la amenaza pasa a estar en el exterior con toda clase de monstruos surgidos de una pesadilla lovecraftiana y el único lugar donde estar a salvo es un gran supermercado. Esto, unido a los conflictos entre los protagonistas en torno a la fe y esperanza (o su ausencia) de cada uno de ellos, da lugar a diversas lecturas ideológicas y morales que nos llevan más allá de una simple película de terror. Ideal para un domingo por la tarde de mal rato y depresión.

Déjame entrar

Imagen de EFTI.
Imagen de EFTI.

El cine de vampiros, aunque englobado en el terror, ha tenido desde sus orígenes ciertos devaneos con el género romántico. En casos como la saga Crepúsculo hace añorar una estaca a tiempo y en otros como este film sueco logra alcanzar cotas de un romanticismo desesperado, en una extraña combinación de sensibilidad y crudeza en torno a la relación entre estos dos niños solitarios.

Babadook

Imagen de Causeway Films.
Imagen de Causeway Films.

El vínculo entre los niños y los monstruos que les rodean —y que los adultos ingenuamente creen que existen solo en su imaginación— ha sido una frecuente fuente de inspiración para los cineastas. Un ejemplo reciente lo tenemos en esta aclamada película australiana del año pasado.

Insidious

Imagen de Alliance Films.
Imagen de Alliance Films.

Como vemos, los niños suelen tener un gran protagonismo en el género quizá por su extrema vulnerabilidad, pero no solo ejercen el papel de víctimas acechadas por criaturas malignas. A veces también pueden ser ellos las presencias fantasmales, resultar pequeños psicópatas, provenir de otro planeta o ser poseídos y el efecto resulta escalofriante igualmente, tal vez por inesperado.

Expediente Warren: The conjuring

Imagen de New Line Cinema.
Imagen de New Line Cinema.

Aquí tenemos a Vera Farmiga y Lili Taylor en unas maganíficas intepretaciones, y de nuevo a Patrick Wilson como actor y a James Wan como director en una historia que se anuncia como «basada en hechos reales» y que inevitablemente remite a El exorcista.

Martyrs

Imagen de Canal+ / CinéCinéma.
Imagen de Canal+ / CinéCinéma.

Como ejemplo de lo que se ha dado en llamar nuevo cine de horror francés elegimos esta película. Porque sus secuencias de violencia truculenta y sin límites superan a otras propuestas como Frontiere(s), Alta tensión o À l’intérieur. Donde una sola escena ya sería climática en este sentido en otras películas, en esta es solo una más en una oleada continua. Y con el mérito de convertirlas en atractivas narrativamente a pesar de ser casi insoportables, gracias a la justificación argumental de una historia que pasa de la venganza a una especie de búsqueda metafísica de los límites del dolor y sufrimiento, y de lo que hay más allá.

Stoker

Imagen de Scott Free Productions.
Imagen de Scott Free Productions.

La primera película americana del director de Oldboy estuvo fuertemente inspirada en La sombra de una duda de Hitchcock (es casi un remake) y contó con un a menudo irritante Matthew Goode, no sabemos qué sinsabores trajo su realización pero sí que lo siguiente que hizo su productor, Tony Scott, fue suicidarse. El resultado en cualquier caso fue notable y cuenta con una muy lograda ambientación que nos recuerda a las novelas de fantasmas decimonónicas con una mansión desangelada, una gélida ama de llaves, una joven protagonista algo loca y varios sucesos misteriosos.

Paranormal Activity

Imagen de Blumhouse Productions.
Imagen de Blumhouse Productions.

De esta heredera de The Blair Witch Project puede decirse que fue la película que aterrorizó a Spielberg (y emocionó), pues según la leyenda tras verla en su casa creyó que la copia estaba maldita y la llevó de vuelta al estudio en una bolsa de basura. Su distribución posterior la convirtió en la cinta más rentable de la historia como es conocido y cuenta ya con varias secuelas.

Wolf Creek

Imagen de True Crime Channel.
Imagen de True Crime Channel.

Un grupo de jóvenes excursionistas ve dramáticamente frustradas sus pretensiones de pasarlo bien por culpa de algún paleto psicópata que les hará la vida imposible. Ese planteamiento, mil veces visto ya, tuvo quizá su mejor revisión en Tucker & Dale contra el mal, donde eran por fin los rednecks los únicos personajes normales. Si no la incluimos aquí es porque tenía bastante más de comedia que de terror, así que por ser más fieles al esquema clásico nos quedaremos con esta película australiana de 2005.

Amanecer de los muertos

Imagen de Strike Entertainment.
Imagen de Strike Entertainment.

El remake del original de George A. Romero supuso un salto generacional no solo en la calidad, pues estamos ante un film muy bien rodado y que no provoca bochorno en ningún momento, sino en la propia naturaleza de los muertos vivientes. Acordes a estos tiempos en que las noticias hablan de «jóvenes de cuarenta años» y los abuelos ya no salen a pasear sino a hacer running en chándal, aquellos abúlicos cadáveres que arrastraban las piernas con desgana dieron paso a formidables zombis de gimnasio y parkour capaces de correr y saltar como alma que lleva el diablo, demostrándonos así que la muerte no tiene por qué ser un obstáculo para una envidiable forma física. El modelo tuvo antecedente en 28 días después (que también podría estar en esta lista), pero como diría Enjuto Mojamuto en esta no eran zombis, sino infectados. Aunque si quieren leer una muy completa historia del cine de zombis les recomendamos esta serie de artículos.

Rec

Imagen de Filmax.
Imagen de Filmax.

Y ya que hablamos de infectados no quisiéramos dejar fuera esta muy apreciable versión española. A su director, Jaume Balagueró, lo entrevistamos aquí.

Anticristo

Imagen de Zentropa Entertainments.
Imagen de Zentropa Entertainments.

Poco más cabe añadir a lo dicho en este artículo sobre esta polémica —como de costumbre— película de Lars von Trier.

Funny Games

Imagen de Celluloid Dreams.
Imagen de Celluloid Dreams.

Michael Haneke es capaz de mostrar una brutalidad escalofriante en sus obras y aquí tenemos por ejemplo esta escena de La cinta blanca. Aunque probablemente fue Funny Games la representación más depurada de sadismo que ha llegado a filmar, por partida doble además, dado que en 2007 la rodó de nuevo en Estados Unidos.

Coherence

Imagen de Bellanova Films.
Imagen de Bellanova Films.

Aunque el tema que aborda es de ciencia ficción «dura» sus ropajes nos resultan familiares: un grupo de amigos se reúne para cenar en una casa, la conversación fluye con complicidad, todo son risas, alcohol y móviles sin cobertura. Hasta que algo extraño sucede en el exterior. Asediados por una amenaza indefinible, en lugar de permanecer unidos en todo momento deciden separarse en grupos… ¿Cómo no incluirla en el género de terror para cerrar con ella esta lista?


La película de terror que daba miedo

Imagen: Northern Lights Films / Animal Kingdom / Two Flints.
Imagen: Northern Lights Films / Animal Kingdom / Two Flints.

La nostalgia nunca ha sido buena compañera de viaje. Es agresiva, muerde y las pocas satisfacciones que da vienen dadas más por nuestra tendencia a alterar los recuerdos y amoldarlos a lo que somos en cada momento que a su propia naturaleza. Uno puede ser un nostálgico de los directos de John Lee Hooker, de una chica que le cambió la vida, de los artículos de Christopher Hitchens o de las bravas de un bar que cerró, aun sabiendo que nada de lo citado volverá jamás a cruzarse en su camino (puede que la chica, pero vayan con cuidado). La nostalgia de los cinéfilos siempre mancha su presente: cuando se habla de cine político uno piensa en Pakula o Lumet, cuando se habla de terror te acuerdas de eso que habían hecho Mulligan o Donner (sí, Donner) o Friedkin o Craven. Cuando se habla de comedias piensas en Lubitsch, Harold Lloyd o Mel Brooks, o en el trinomio Zucker-Abrams-Zucker, y —obviamente— en Leslie Nielsen. Se puede echar de menos a Tarkovsky, Cassavetes, Carpenter o —qué coño— a John Woo o a McNaughton. La cinefilia es nostálgica porque obedece a la memoria de las cortinas que se abren o la fanfarria de Alfred Newman para la 20th Century Fox y se nos hace difícil considerar que nuestros hijos piensen en El Señor de los Anillos o en Christopher Nolan del mismo modo que nosotros recordamos La guerra de las galaxias, Terminator o —por qué no— Al final de la escapada.

El cine de género (entiéndase por «género» la ciencia ficción o el terror) es, de por sí, un territorio abonado a la nostalgia. No dejamos de celebrar aniversarios: hoy es El resplandor, mañana es Alien, pasado Metrópolis porque aunque de cuando en cuando surjan películas que nos entusiasman: llámense The kill list, Coherence, Ex Machina, Let me in o —la que nos ocupa— It follows, lo cierto es que muchos/as creemos que —casi— todo está inventado y las variaciones sobre los clásicos son solo eso: variaciones sobre clásicos. Eso y la obsesión por estirar películas aparentemente originales han destruido a muchos futuros fans del cine de género, por una simple cuestión de cansancio. No es que tiempos pasados fueran mejores, es que el presente es una auténtico despropósito: la mayoría de filmes de terror —por ejemplo— se plantean desde su propia génesis como la primera pata de una franquicia, que obviamente incide directamente en el desarrollo y ejecución del proyecto y en su final inevitablemente abierto. Hay tantos ejemplos que es mejor no dar ninguno: cada uno que se busque los que más le apetezcan.

La singularidad de It follows empieza justamente ahí: es una sola película, se pensó como una individualidad en términos cinematográficos y en su conceptualización no hay lugar para secuelas o spin-off(s). No se me ocurre pensar en mejor ejemplo que coger el Dazed and confused de Richard Linklater y añadirle a un asesino implacable. It follows podría ser justamente eso: un filme pensado en los páramos del código teenager al que perviertes hasta convertir en una obra de terror, en una auténtica película de miedo.

Imagen: Northern Lights Films / Animal Kingdom / Two Flints.
Imagen: Northern Lights Films / Animal Kingdom / Two Flints.

David Mitchell, director de la magnífica (y diminuta) The myth of american sleepover, repite todos los latidos de su primer filme y aplica esas constantes a su segunda obra (añadiendo esa hormona sobrenatural), una película que transmite al espectador la sensación de que el mal sin rostro, sin nombre y sin deus ex machina (aquí no aparece nadie para contarle al espectador qué demonios está pasando) es mucho más profundo, más epidérmico y más aterrador que la del clásico demonio que atormenta a una familia porque han ido a la casa encantada que quedaba al fondo a la derecha.

It follows rastrea el mal hasta la raíz sin explicarte jamás dónde está enterrado. El ente que persigue a la protagonista es una criatura lenta, venenosa, cuyo placer parece residir más en el propio proceso de degradación de la víctima, en la persecución, que en cualquier tipo de desenlace fulgurante.

Como la némesis de los zombis que Alex Garland se inventó para 28 días después, el mal de David Mitchell arrastra los pies, como si disfrutara de su parsimonia, encarnado en docenas de desconocidos que asolan a la adolescente cuyo único pecado ha sido un encuentro sexual en un coche, con un desconocido. John Carpenter sonreiría con las referencias a Halloween y Mulligan o Wise estarían orgulloso de ver que el terror, el de verdad, ya no es solo cosa de demonios milenarios, brujas enojadas o del mismísimo Satanás.

It follows es casi disfuncional en su narrativa, pacientemente dilatada, y se refugia en un universo propio donde choca —sobremanera— la ausencia absoluta de los adultos y la exaltación de la amistad, de un modo morboso si se quiere (no vamos a ceder a la tentación de soltar más spoilers) como si en Los Goonies Willy el Tuerto estuviera vivito y coleando y fuera él el que persiguiera a los chavales. Además, la fotografía, desprovista de viveza, atemporal (puede que sean los sesenta, o los ochenta, si uno presta mucha atención quizás identifique algún elemento clarificador, pero Mitchell se ha tomado la molestia de jugar al despiste de forma totalmente consciente) ayuda al espectador a meterse en una suerte de road movie que —por momentos— se adentra en territorios lynchianos, como aquella oscuridad que engullía a la audiencia en Carretera perdida.

Sorprende, y mucho, ver una película tan desacomplejada en su aparente ingenuidad, y en la que resulte tan fácil perderse en el laberinto de las metáforas (que el mal sea de transmisión sexual ayuda a ser vehemente en ese terreno) siendo al mismo tiempo tan sólido en el tono sin necesidad de recurrir a ninguno de los tópicos que han salpicado al género desde los años noventa. En ese sentido, y aún en ámbitos muy distintos, filmes como Martha Marcia May Marlene o The sacrament, son buenos ejemplos de que el terror también se guarda ases en la manga.

It follows, estrenada casi de tapadillo en nuestro país (como ya pasó con Ex machina o Coherence), es un delicado tótem del moderno cine de género y puede presumir de meterse en el organismo del espectador desde el primer minuto. En ese sentido, los compases iniciales del filme de Mitchell son una lección de cómo hundir al espectador en su butaca sin necesidad de esperar a que el monstruo salga del armario y una alegría para todos aquellos que consideran que el género aún tiene mucho que decir. «Quien vive temeroso nunca será libre» decía el poeta Horacio. En It follows el precepto se cumple a rajatabla: el mal acaba siendo esclavitud, aquella de la que no es posible huir.

Imagen: Northern Lights Films / Animal Kingdom / Two Flints.
Imagen: Northern Lights Films / Animal Kingdom / Two Flints.