Cincuenta discos memorables que quizá no has escuchado

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Que nadie me diga que no sabe qué música escuchar o, peor aún, que lo ha escuchado todo; la primera regla que debe seguir a rajatabla todo buen melómano es estar en constante búsqueda, sin cansancio ni temor. Es muy fácil dejarse llevar y caer derrotado ante el panorama musical vigente, pero se engaña quien piensa que no hay música nueva que descubrir; siempre la ha habido, siempre la hay. Partamos, por tanto, de la premisa de que nunca seremos capaces de escuchar toda la música que nos gustaría, y no precisamente por falta de ganas.

Dada la situación, he decidido aportar mi granito de arena con esta serie de discos ninguneados, olvidados, perdidos o, simple y llanamente, infravalorados; discos que, en suma, merecen un mayor reconocimiento, a gran escala a ser posible, al menos desde la humilde opinión del que les escribe. Si usted se muestra indeciso ante la posibilidad de escuchar música nueva, o diferente, quizá le valga (eso espero) alguna de las siguientes recomendaciones. Son cincuenta discos, pero podrían ser otros tantos y muchos más; son estos cincuenta en concreto, pero podrían ser otros cincuenta distintos. Eso, sinceramente, es lo de menos:

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image001LP, de Ambulance LTD (2004)

LP fue el primer y único disco de estos cuatro neoyorquinos, cuya fórmula secreta era en apariencia sencilla: escoger lo mejor de The Velvet Underground, los Beatles, Spiritualized o My Bloody Valentine y meterlo todo en la batidora, sin disimulo pero, eso sí, con sobrado conocimiento de causa. A juzgar por sus canciones, la jugada, a priori inverosímil, les salió perfecta.

Tal y como dijo su guitarrista, Benji Lysaght, «Our niche is not sticking to any particular niche». Y se nota: tan pronto nos avasallan con la impetuosa «Primitive (The Way I Treat You)», como luego nos deleitan con una canción descaradamente popera como «Anecdote». Sus diversas influencias, filtradas por su personal estilo, hacen de este un disco tan variado como redondo.

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image003The Pirate’s Gospel, de Alela Diane (2004)

Asociada en su momento con el ya desfasado New Weird America (básicamente folk con tintes raros y/o psicodélicos), Alela Diane nos ofrece aquí una impecable colección de composiciones con su magnífica voz marca de la casa como sustento.

Su debut, que ella misma editó por su cuenta en 2004 en CD-R, fue rescatado por el sello Holocene Music y publicado de nuevo dos años más tarde: canciones como la evocadora «Can You Blame The Sky?» o «Tired Feet» dejan claras muestras de su gran talento, gracias al que conjura un paisaje musical cómodamente asentado entre lo enigmático y lo bucólico.

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image005Wish You Were Here, de Badfinger (1974)

Por supuesto que el episodio final de Breaking Bad contribuyó a otorgarles cierto reconocimiento tardío con la inclusión de la genial «Baby Blue», pero aún así Badfinger siguen sin tener el lugar que les corresponde.

La biografía del grupo, plagada de suicidios y desafortunadas decisiones (reseñada en este artículo de nuestro querido Emilio de Gorgot), es a todas luces una de las más trágicas de la historia del rock; y este disco quizá el mejor de toda su discografía tampoco es que corriera mejor suerte: siete semanas tras su publicación se retiró de las tiendas debido a un litigio entre el sello discográfico y el manager del grupo.

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image0073 Rounds And A Sound, de Blind Pilot (2008)

3 Rounds And A Sound nos propone un repertorio de viñetas indie folk de la mano del cantante Israel Nebeker y compañía. Su música suena sincera y su sencillez, junto con sus emotivas y trabajadas letras, acaban siendo determinantes. Así, las canciones son engañosamente apacibles: cuando uno menos se lo espera, su efecto emocional nos acaba sobrecogiendo de manera sorpresiva.

Es el disco perfecto para una mañana de domingo, idóneo para acercarse a esa tristeza autoimpuesta que a veces anhelamos, pero sin caer al fondo del todo: con letras sentidas y melodías simples, es una gran pieza de indie folk contemporáneo.

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image009Tender Buttons, de Broadcast (2005)

Apartándose ligeramente de la densidad sonora de sus anteriores discos, con Tender Buttons los británicos Broadcast redujeron su sonido al mínimo indispensable. Tan minimalista resultó su apuesta en estos experimentales collages sonoros, de hecho, que por momentos se asemejan a unos Young Marble Giants modernos, si bien con mucha experimentación electrónica de por medio.

El fin del grupo llegó en el 2011 con la muerte de su cantante, Trish Keenan, que cayó víctima de una pulmonía con tan solo cuarenta y dos años. Sin embargo, todo apunta a que podrían salir nuevas grabaciones en el futuro.

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image011Songs About Leaving, de Carissa’s Wierd (2002)

Songs About Leaving es la banda sonora ideal para un suicidio colectivo, compuesta por doce canciones que hacen las veces de afiladas cuchillas de afeitar. Destila miseria emocional y patetismo, junto con una bella melancolía acerada por una constante sensación de urgencia, como si el final del mundo se acercase inminentemente.

A día de hoy Carissa’s Wierd permanecen como un enigma por conocer del panorama musical americano de la década pasada, y es una lástima porque su música, si bien parece estar minuciosamente confeccionada para suicidas depresivos al borde de la locura, tiene un algo cautivador difícil de describir. Para tomar en pequeñas dosis.

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image013I Am The Cosmos, de Chris Bell (1992)

I Am The Cosmos es el primer y único disco en solitario de una de las mentes creativas de Big Star, grabado tras el nulo éxito comercial del primer disco del grupo (todo menos un#1 Record, por desgracia) y publicado póstumamente en 1992, catorce años después de la temprana muerte de Bell en un accidente de coche.

La canción que da el título al disco es una joya pop, glorioso solo de guitarra incluido, pero no es la única («You And Your Sister», sin ir más lejos, es una enternecedora pieza para llorar a moco tendido). Si acaso llegan a una conclusión al escuchar el disco, espero que estén conmigo: quien piense que Alex Chilton era el único genio indiscutible del grupo de Memphis está del todo equivocado. De nuevo estamos ante un gran talento cuyo tremendo potencial se vio irremediablemente truncado por una muerte temprana.

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image015Heart of The Congos, de The Congos (1977)

Pocas canciones captan la esencia del reggae de mejor manera que «Fisherman», canción con la que comienza el debut de The Congos. y pocas canciones consiguen sumirle a uno en un júbilo tan placentero. Eso en sí es digno de elogio.

Con Heart of The Congos los jamaicanos «Ashanti» Roy Johnson y Cedric Myton grabaron uno de los secretos mejor guardados del reggae, y a su vez uno de los discos más pulidos del género. La excelente producción de Lee «Scratch» Perry (afamado productor con el que también colaboró Bob Marley, entre otros) no es más que la guinda del pastel.

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image017The Complete Guide to Insufficiency, de David Thomas Broughton (2005)

Como si de un one-man band moderno se tratase, el británico David Thomas Broughton crea un increíble pastiche de sonidos gracias al sampling y a multitud de loops, convirtiéndose en sus directos en una mini orquesta acústica unipersonal.

The Complete Guide to Insufficiency es reflejo por tanto de una especie de folk progresivo contemporáneo, introspectivo y de una delicadeza tajante, dirigido por las señas de identidad del cantautor: su peculiar barítono y su certero fingerpicking, con las que invoca toda una suerte de sentimientos.

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image019Hate, de The Delgados (2002)

Para los amantes del pop de verdad, aquí tienen una joya: pop grandioso, filtrado por Cinemascope, con agridulces y perfectas melodías a dos voces, arreglos orquestales y una batería que suena como si hubiese descendido directamente del Olimpo.

Con este disco, The Delgados fueron comparados a unos Flaming Lips deprimidos (es cierto que en ocasiones Hate suena parecido a The Soft Bulletin): grandioso y épico a raudales, no por necesidad sino porque sí. Pop majestuoso.

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image021Some People Are on the Pitch They Think It’s All Over It Is Now, de The Dentists (1985)

Con su singular mezcolanza de sunshine pop y psicodelia sesentera es obvio que The Dentists (hagan el favor y no los confundan con la efímera banda de nazi punk de los setenta) nacieron en la década equivocada. Fueron uno de los grupos clave de la Medway scene inglesa, aunque fuera de su Kent natal el reconocimiento que obtuvieron fue más bien escaso.

Quizá quién sabe― si no fuera por su desafortunado nombre The Dentists habrían acaparado algo más de fama; sea como sea su debut es una maravilla, muy en línea con el jangle pop de The Smiths y de los R.E.M. de la época, si bien, según su guitarrista, «we thought they were getting the sound all wrong», por lo que decidieron pulir y perfeccionar un estilo que ya de por sí era garantía de éxito. Y no se equivocaron.

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image023Ultraglide In Black, de The Dirtbombs (2005)

Bajo la batuta del cantante Mick Collins (ex de The Gories, grupo clave en el renacimiento del garage punk de los ochenta), The Dirtbombs nos obsequian con versiones del funk y soul clásico con un toque moderno; versiones actualizadas (más algún original), renovadas y enérgicas a rabiar.

Ultraglide In Black es equiparable a un chute eléctrico de decibelios y adrenalina en toda regla, en el que aparecen versionados desde Smokey Robinson o Sly Stone hasta Barry White. En un mundo ideal, este disco sonaría en todas las pistas de baile hasta altas horas de la noche; a bailar se ha dicho.

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image025Dopethrone, de Electric Wizard (2000)

Por si acaso tuvieran dudas acerca de lo heavy que es este disco, lo único que necesitan es echarle un vistazo a su portada, en la que podemos ver a un barbudo Satanás fumando una cachimba, acompañado por amenazadoras siluetas de fantasmas/espíritus encapuchados al fondo dispuestos a todo tipo de diabluras.

Considerado uno de los mejores discos del heavy metal de las últimas décadas, Dopethrone es un disco clave del doom metal británico: ominoso y cargante, con alargadas composiciones fundamentadas en esos riffs tan al estilo de Tony Iommi, oscuro y denso como el alquitrán. Heavy shit de la buena, señores.

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image027Folksongs and Instrumentals With Guitar, de Elizabeth Cotten (1958)

Cuenta Elizabeth Cotten que compuso «Freight Train», esa estampa folk que tan versionada fue en los sesenta, durante su adolescencia. Sin embargo, su primer disco lo grabó con sesenta y cinco años.

Cotten era zurda pero tocaba la guitarra corriente; de ahí su particular estilo, conocido como «Cotten picking». Sencillo, honesto y bello, Folksongs and Instrumentals With Guitar es un documento fundamental del folk moderno, de una inocencia casi infantil, con el que podemos contar gracias a la labor de Smithsonian Folkways.

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image029Ash Wednesday, de Elvis Perkins (2007)

Elvis Perkins, hijo de Anthony Perkins, sorprendió al mundo con su primer disco. Las canciones en Ash Wednesday se grabaron cronológicamente, tanto antes (1 a 6) como después (7 a 11) de la muerte de su madre, que falleció en los ataques terroristas del 11 de septiembre de 2001.

Estamos así ante un álbum marcado en parte por la tragedia, y sin embargo Ash Wednesday no resulta tan desesperanzado como su trasfondo podría indicar. Si bien Perkins a veces canta como si estuviese al borde del colapso existencial, sus canciones por lo general suenan extrañamente reconfortantes a pesar de todo, transmitiendo algo de esperanza en medio de todo el caos y la decadencia.

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image031Expensive Shit, de Fela Kuti (1975)

Puestos a escoger un disco de toda la inabarcable discografía de Fela Kuti polivalente y prolífico músico, activista político y defensor de los derechos humanos en su Nigeria natal, entre muchas otras cosas― destacaría este, uno de sus más célebres álbumes junto con Zombie o Gentleman, configurado por dos largas composiciones que incorporan funk y jazz de manera endiablada y juguetona.

Sin renunciar a su componente de protesta, Kuti nos ofrece un conjunto de sonidos a los que es prácticamente imposible no rendirse, combinando estructuras jazzísticas y ritmos afro-beat con gran habilidad e inteligencia. Si no consigue hacerle mover el cuerpo siquiera un segundo, el disco ha fracasado.

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image033Forever Breathes the Lonely Word, de Felt (1986)

La década de los ochenta fue, en términos musicales, una década tan confusa como diversa. Mientras el synth pop y melodías facilonas dominaban el Top 40 día sí día también, algunos músicos, valientes e ingenuos, se dedicaban a hacer lo suyo sin importarles las modas imperantes.

Indiferentes a su entorno, los británicos Felt publicaron diez álbumes y diez singles en sus diez años de existencia (1979-1989), produciendo jangle pop impoluto. Forever Breathes the Lonely Word es su álbum más laureado: ocho canciones perfectas, alocadamente pegadizas y capitaneadas por un organillo omnipresente, con la lírica críptica de Lawrence como elemento añadido.

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image035Shake Some Action, de Flamin’ Groovies (1976)

Al escuchar este disco, nadie diría que los Flamin’ Groovies tienen mucho que ver con su versión de antaño, ese grupo rocanrolero de Teenage Head (1971).

Años después y tras algunos cambios en la formación (se fue Roy Loney y entró Chris Wilson), el grupo emergió con uno de los mejores discos del power pop, que vendría a convertirse en una de las piedras angulares del género por una sencilla razón: canción tras canción, empezando por la magnífica «Shake Some Action», el grupo no baja el listón en ninguna parte, tocando además todos los estilos habidos y por haber.

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image037Mouthfuls, de Fruit Bats (2003)

Mouthfuls es uno de los máximos artífices de la ascensión imparable del indie pop de principios de la década pasada y, sorprendentemente, también uno de los más infravalorados.

En sus mejores momentos, casi sin hacer ruido, Fruit Bats son capaces de alcanzar la grandeza pop de The Shins, con quien comparten evidentes similitudes dado su afán por composiciones acústicas, armonías excelsas y su combinación de melodías primaverales con el folk más nostálgico. A veces, un disco como este viene como anillo al dedo: sencillo y sin mayor pretensión que la de hacernos pasar un rato agradable.

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image039The Sophtware Slump, de Grandaddy (2000)

Acertadas o no, en su día el segundo disco de Grandaddy recibió comparaciones con el OK Computer de Radiohead. Si no a nivel musical, lo que sí compartían era la temática: temor a la tecnología y desidia ante la progresiva deshumanización de la era digital, mediante composiciones que se debaten entre la languidez y el estallido repentino.

El grupo se separó oficialmente en el 2006, pero canciones como «The Crystal Lake» han sido suficientes como para que se hagan un cómodo hueco en el panorama indie moderno, al tiempo que nos avisaban de la preocupante alienación del ser humano.

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image041Ambient 2: The Plateaux of Mirror, de Harold Budd & Brian Eno (1980)

Dos años después de grabar Ambient 1: Music For Aiports, Brian Eno decidió juntarse con el pianista y poeta Harold Budd con el fin de continuar en su incesante exploración de la música ambiental.

El resultado final, como era de esperar, fue de un sonoro lirismo, y juntos así compusieron una piedra fundamental de la ambient music, reconfortante y misteriosa a partes iguales. Escuchar el disco supone verse transportado a un sitio seguro, en el que la tranquilidad y la melancolía conviven en las elusivas notas que quedan sueltas por el aire.

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image043The House of Love, de The House of Love (1990)

The House of Love (Guy Chadwick y Terry Bickers) fueron en su día los niños mimados de los medios ingleses, por parte de la NME entre muchos otros, lo cual hace que el olvido en el que han caído sea aún más desconcertante.

Para su segundo álbum homónimo, que cuenta con verdaderos himnos como «Shine On» o «I Don’t Know Why I Love You», con los que encandilaron a la juventud británica, partieron de la tradición musical de su país (no en vano rinden homenaje a sus ídolos en «Beatles And Stones») con un estilo actualizado que en muchos sentidos presagió lo que vendría poco después: el britpop.

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image045Birds of My Neighborhood, de The Innocence Mission (1999)

A base de minuciosa paciencia y sin apenas hacer ruido, The Innocence Mission (con el matrimonio compuesto por Karen y Don Peris como eje central) es un grupo cuya música recuerda a inviernos interminables en casa delante de la chimenea, a inocencia perdida y a las maravillas de la infancia, gracias a la delicada voz de Karen Peris y a la apacible cadencia acústica de sus canciones.

La pieza más conocida del disco es «Lakes of Canada» (a la que, justificadamente, Sufjan Stevens se refirió como una canción perfecta); al igual que el resto del disco, resulta nostálgica y bella a más no poder.

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image047Jackson C. Frank, de Jackson C. Frank (1965)

Al pobre de Jackson C. Frank nunca le sonrió la vida. Víctima de un incendio a los once años que le dejó con quemaduras en el 50% del cuerpo, padeció depresión durante gran parte de su vida y fue además diagnosticado de esquizofrenia paranoide. Por si fuera poco, perdió el ojo izquierdo estando en Queens, Nueva York; resulta que había niños jugando con pistolas de balines por la zona y uno le impactó de manera fortuita.

En línea con sus constantes infortunios, huelga decir que nunca alcanzó fama alguna mientras vivió. Su primer y único disco, producido por Paul Simon (que después versionaría junto a Garfunkel su canción «Blues Run The Game») es muestra de su sufrida existencia: canciones intimistas e introspectivas basadas en una fragilidad fulminante, un lamento sin fin.

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image049You Got My Mind Messed Up, de James Carr (1967)

Al hablar del soul, ese gran género, siempre se tiende a mencionar casi por decreto a los sospechosos habituales como si de una enumeración numerus clausus se tratara: Otis Redding, Aretha Franklin, Al Green y algunos más. Al cantante de Mississippi James Carr, marcado por su trastorno bipolar y su escasa fortuna a nivel comercial, nunca le acompañó la suerte y, en consecuencia, apenas se le recuerda como uno de los grandes.

Cuando murió en 2001 pocos se acordaron de él, pero ese día murió una de las mejores voces del soul; para algunos, el mejor soulman de todos los tiempos. Escuchen la fabulosa «The Dark End Of The Street» y verán por qué.

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image051Bailamos por miedo, de Joe la Reina (2014)

En lo que a música nacional se refiere, Joe la Reina son una de las grandes promesas de la actualidad. Si aún no han escuchado su debut, ya saben; es de lo mejorcito que ha habido en lo que llevamos de año.

Comandadas por la personalísima voz de Lucas Malcorra, las canciones destacan por su empuje y osadía, ancladas en letras poéticas e instrumentación variada, desde «Tiemblan», que parte de un folk apesadumbrado para guiarnos a un explosivo crescendo, la sombría «Oh, la mía pena» o la magnífica «Tempestad». Nunca está de más descubrir a un grupo como este, fiel a su particular estilo, ajeno a modas pasajeras y que derrocha pasión por todos los poros.

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image053Hoodoo Man Blues, de Junior Wells (1965)

Según los expertos, Hoodoo Man Blues es uno de los mejores álbumes de blues de todos los tiempos. Fue el debut de Junior Wells, cuyos célebres conciertos gustaron tanto a Bob Koesler, propietario de Delmark Records, que le ofreció total libertad para grabar su primer disco junto con The Chicago Blues Band.

Pero no es blues al uso; se trata de blues eléctrico de Chicago, sucio y grasiento y auténtico. Respaldado por el guitarreo de Buddy Guy, Junior Wells canta y toca la armónica como un endemoniado recién salido de una jaula, haciendo que las canciones (todas ellas increíbles) vibren con su contagioso ritmo. Tanto para los fans del género como para los no iniciados, se trata de un álbum fundamental.

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image055Dear, de Keaton Henson (2011)

Keaton Henson es un joven y tímido londinense barbudo cuya especialidad es hacer música para cabrones tristes y desamparados. Su incapacitante miedo escénico («I’ve always struggled with live music…») hace que sus directos sean más bien escasos.

Afortunadamente, eso no le impide grabar sus canciones en la soledad de su cuarto de Richmond, en Londres, y así transmitir todas sus inseguridades a sus contados sufridores. Uno escucha «You Don’t Know How Lucky You Are», escalofriante y honesta plegaria acribillada por el dolor, y el efecto es tan mortífero que irse directo a llorar a la almohada parece ser la única opción lógica. A fin de cuentas, de eso se trata: de hacernos partícipes del descarado sufrimiento que irradia su música.

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image057Midnight Blue, de Kenny Burrell (1963)

Kenny Burrell era el guitarrista preferido de Duke Ellington, y llegó a tocar con grandes figuras de la talla de Dizzy Gillespie, Sonny Rollins, Quincy Jones, John Coltrane, Jimmy Smith o Stan Getz. Midnight Blue, su disco más famoso, es uno de los grandes exponentes de jazz blues. Sus sonidos, elegantes y de una espontánea naturalidad, evocan esa atmósfera decaída y sugerente que se produce nada más caer el alba.

Es música jazz concebida para escuchar de noche y solo de noche; a ser posible en la soledad más absoluta, acompañado por un buen whisky mientras la oscuridad cae y la ciudad sigue, impasible, con su ajetreo y sus luces de neón.

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image059Eli and the Thirteenth Confession, de Laura Nyro (1968)

Laura Nyro grabó su primer disco a los dieciocho años, hito sorprendente que, si bien marcó el inicio de una gran y variada carrera musical, no culminó ni mucho menos en un gran éxito comercial.

Efectivamente, la poca fama que tuvo Laura Nyro en vida es una gran injusticia: sus piruetas y malabarismos vocales, su tremenda habilidad al piano y su dominio total sobre su música no bastaron, tristemente, para que se convirtiera en una estrella. Eli and the Thirteenth Confession es la mejor representación de su estilo, en el que podemos ver trazos de jazz, gospel y soul. Murió de cáncer en 1997, a los cuarenta y nueve años.

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image061Wonderful Rainbow, de Lightning Bolt (2003)

Wonderful Rainbow es una violación sónica en toda regla no apta para cardíacos, embarazadas u oídos sensibles; escuchen «Assassins» o «Dracula Mountain», por ejemplo, y traten de mantenerse impertérritos o, en el peor de los casos, inmunes a jaquecas o ataques epilépticos.

Ténganlo bien claro de antemano: una vez se someta a la brutal e hiperactiva intensidad de este disco, las odiosas obras mañaneras de su vecino le parecerán una suave canción de cuna. Este disco hace del ruido un arte y, aunque agradará a pocos, las emociones viscerales que provoca son difícilmente imitables. Todo ello, además, empleando solamente bajo y batería.

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image063West Side Soul, de Magic Sam (1967)

De Magic Sam dijo Willie Dixon que tenía un sonido de guitarra totalmente distinto, y razón no le faltaba. Magic Sam aprendió a tocar blues escuchando a Muddy Waters y Little Walter, aunque quizá no lo necesitara en absoluto, ya que la toca con una habilidad innata, como si hubiera nacido con ella pegada a los dedos, con esa destreza y precisión requeridas para acariciar a una mujer que ya les gustaría tener a muchos.

Sus constantes alaridos de bluesman no son menos; su voz, con ese vibrato tan característicamente suyo, es perfecta para este set de blues incendiario, que incluye canciones tan memorables como «That’s All I Need» o «All Of Your Love». Llámenlo como quieran; West Side Soul es un clásico con mayúsculas y capaz, además, de alegrarle el día a cualquiera con su contagioso boogie-woogie.

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image065Perils From The Sea, de Mark Kozelek & Jimmy Lavalle (2013)

Entre los muchos proyectos del irrepetible Mark Kozelek (Red House Painters, Sun Kil Moon, Mark Kozelek & Desertshore, etc.) se encuentra este disco, publicado el año pasado, en el que colabora con Jimmy Lavalle (de The Album Leaf), quien le proporciona preciosas texturas electrónicas y ambientales a las que Kozelek presta su voz, y en las que, muy en acorde con su estilo actual, rememora momentos de su vida con su inconfundible visión de la melancolía, sentimiento traicionero que le acompaña allá adonde vaya.

El día que Mark Kozelek deje de estar triste (Dios no lo quiera) el mundo de la música habrá perdido a uno de los grandes.

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image067Clube da Esquina, de Milton Nascimento (1972)

Clube da Esquina toma su nombre de un movimiento musical brasileño que surgió a finales de la década de los sesenta en Minas Gerais. Respaldadas por Lo Borges, Beto Guedes o Alaíde Costa, las canciones, con Milton Nascimento al frente, bullen con incontables influencias estilísticas: desde folk y jazz a rock y psicodelia, pasando por el cancionero popular de Heitor Villa-Lobos o la bossa nova.

Alguien lo describió como el equivalente al Pet Sounds brasileño, pero la descripción se queda corta; el álbum es de tal densidad y riqueza (musical y poética) que las palabras son insuficientes para hacerle justicia. Pronto comenzará el verano, y este disco se postula como uno los candidatos para dotarle de su particular banda sonora.

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image069Morgen, de Morgen (1969)

Imagínense al hipotético hijo bastardo de Black Sabbath y The Doors y tendrán una aproximación certera al sonido de este grupo de Long Island, ya que funde hard rock con psicodelia con pasmosa habilidad.

No es de extrañar que con este solitario álbum (publicado en 1969, para algunos iluminados el mejor año de la historia del rock) Morgen no sea sino un gran incógnita para muchos. Pero uno lo escucha y percibe lo adelantados que estaban: por momentos parece como si estuviéramos escuchando a un grupo noventero de stoner rock.

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image071NEU!, de Neu! (1972)

Junto con Kraftwerk, Faust o Can, Neu!, compuesto por el dúo de Klaus Dinger y Michael Rother, fue uno de los grupos más importantes del denominado krautrock de los setenta.

Su primer disco, innovador, minimalista y rompedor, sigue sonando tan moderno como siempre (escuchen «Hallogaloo», con su incesante ritmo motorik, y notarán su influencia en clásicos más recientes como «Spiders (Kidsmoke)» de Wilco, «Sea Within a Sea» de The Horrors, y un largo etcétera). Todo melómano que se precie debería tenerlo en su colección; es uno de los mejores y más influyentes discos de su época.

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image073The End Is Near, de The New Year (2004)

La separación de Bedhead, pioneros del slowcore de los noventa, hizo que dos de sus cinco miembros (los hermanos Kadane) comenzaran una nueva aventura musical bajo el sugerente nombre de The New Year.

Sus lentas y desesperanzadas melodías, que se arrastran como un boxeador derrotado, logran su objetivo con creces: dejar al oyente abatido y triste con su depresiva cadencia, poco a poco, sin prisa pero sin pausa, contándonos a su vez historias de tiempo perdido y frustración, y culminando con frecuencia en una explosiva catarsis de sentimientos. «I don’t know about God, but I’m sure there’s a devil», cantan en una de las canciones. Con eso todo queda dicho.

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image075A Taste of Pink, de The Prisoners (1982)

Tim Burgess, cantante de The Charlatans, citó a The Prisoners como una gran influencia, y es fácil entender por qué: estos chicos provenientes de Kent rendían con su música pleitesía a los sonidos garage/mod de antaño, al tiempo que le daban una vuelta de tuerca con la inclusión del órgano Hammond en sus composiciones y una actitud honestamente punk.

Las tremendas guitarras y el arrollador ritmo de las canciones (desde la demoledora «Pretend» a la tremenda «Maybe I Was Wrong») convierten al debut de The Prisoners en una máquina imparable; parece mentira, eso sí, que se grabase en los ochenta.

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image077The Real Kids, de The Real Kids (1978)

Liderados por el cantante John Felice (que previamente había tocado con The Modern Lovers a principios de los setenta), The Real Kids fueron expertos en confeccionar canciones que mezclaban los sonidos de Chuck Berry y la British Invasion con su inconfundible talante punk.

El disco abre con «All Kindsa Girls», todo un minihimno generacional, y las canciones que le siguen están a la altura: mientras «Better Be Good» muestra su lado más melódico, también contiene versiones de Buddy Holly («Rave On»), Eddie Cochran («My Way») y Frankie Ford («Roberta»), que no hacen sino confirmar el amor de estos bostonianos por el rock ‘n’ roll.

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image079The Remains, de The Remains (1966)

Si alguna vez le preguntan qué es eso del garage rock, no lo duden ni un instante: muéstrenles este disco. El debut homónimo de The Remains está plagado de brillantes canciones de principio a fin: all killer, no filler. Canciones, en fin, que contienen el espíritu más desinhibido del género, aunque con una especial sensibilidad melódica gracias a la influencia de la British Invasion, en pleno auge por entonces.

Si no fuera por su temprana separación (se formaron en 1964, sacaron su primer disco en 1966 y a finales de año dijeron adiós), hoy en día podríamos estar hablando de uno de los grupos clave del rock. Pero, ¿quién dijo que la historia del rock jamás fuera justa?

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image081Ron Sexmith, de Ron Sexmith (1995)

No se dejen engañar por la cara de bebé con la que Sexmith nos escudriña en la portada de su segundo disco, porque sus canciones se nutren de la experiencia de un hombre roto por la pena y el desamor.

No obstante, Sexmith no baja la cabeza y, lejos de dejarse vencer por sus fantasmas y su pasado, encuentra en la música su particular refugio mediante el que purgar sus demonios y sacar el máximo partido a su tristeza. A caballo entre el pop y el folk agridulce, las canciones de Sexmith destacan por sus inmaculadas melodías (¡qué comienzo el de «Secret Heart»!) y una constancia envidiable.

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image083Didn’t It Rain, de Songs: Ohia (2000)

Folk tremebundo de parte de Jason Molina, cuyas canciones evocan largas autopistas y noches interminables; canciones que, paulatinamente, te rompen en pedazos por dentro, partiéndote el alma en dos. Habiendo pasado parte de la última década en clínicas de rehabilitación, el cantautor de Ohio falleció en marzo del año pasado, en Indianapolis, tras haber ahogado su cuerpo en alcohol durante los últimos años. Tenía treinta y nueve años.

Encontraron su cadáver y en sus bolsillos únicamente tenía un teléfono móvil, donde tan solo guardaba apuntado el número de su abuela. Fue un final tan triste como injusto que no hizo sino cumplir con el colosal tormento de su música, expuesto aquí en toda su plenitud.

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image085¡Demolición!, de Los Saicos (2010)

Algunos dicen que el punk realmente nació en Perú; puede que estén en lo cierto. Quizá valga la pena recordar que mientras Los Saicos comenzaban a dar sus primeros pasos (en 1964, recién salidos del instituto), los Beatles aún se dedicaban a cantar pegadizas y melosas canciones de amor.

Este disco recopilatorio, que recupera casi todas las canciones de la breve discografía del grupo limense, es un documento esencial para vislumbrar la influencia que tuvieron en grupos posteriores. Por supuesto que apenas saben tocar sus instrumentos, pero le sacan todo el partido posible y más; si a eso le añadimos gritos primitivos por parte de su líder Erwin Flores (según el que el punk es «una música de mierda» para bien y para mal) y un toque de insolencia y rebeldía, el resultado es tan efectivo como letal.

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image087(I’m) Stranded, de The Saints (1977)

Mientras los Ramones comenzaban a dominar Nueva York y el mundo entero con su punk efectista y gamberro (tras su exitoso debut un año antes, en 1977 publicaron Leave Home y Rocket To Russia), The Saints hacían lo mismo, salvando las distancias, al otro lado del hemisferio.

Los de Brisbane, aun con poca fortuna al principio, forjaron una de las piezas claves del punk con su debut, puede que con más musicalidad y profesionalidad de lo que se suele esperar del género. La historia ha sido justa con ellos y hoy en día se les considera uno de los grupos más importantes, no ya de Australia, sino del punk en general. La canción que da título al disco, en concreto, es todo un himno del género.

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image089Beat & Torn, de The Spongetones (1994)

Si usted es uno de los muchos que quisiera haber evitado la separación de los Beatles a toda costa, no tema: The Spongetones son una copia perfecta. Tan perfecta, de hecho, que resulta increíble que sus cuatro miembros fueran de Carolina del Norte y no de Liverpool. Que tocasen antes en un grupo dedicado a versiones de the Fab Four no resultará, sin embargo, nada extraño.

Pero si bien su amor por el pop de los sesenta es patente, The Spongetones no son meros imitadores; tal y como demuestra este disco (que aglutina sus primeros LP y EP, de 1982 y 1984 respectivamente), sus canciones cuentan con personalidad propia, manteniendo el gancho y las melodías del grupo al que rinden homenaje de manera, todo sea dicho, inimitable.

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image091Copper Blue, de Sugar (1992)

Tras la separación de Hüsker Dü, Bob Mould dejó las drogas y el alcohol y fue por su propio camino. Lejos de dormirse en los laureles, formó el grupo Sugar, que duró de 1992 a 1996. Tras su separación, Mould volvería de nuevo a una carrera en solitario en la que sigue enfrascado hoy en día.

Canciones como «Changes», «If I Can’t Change Your Mind», «A Good Idea» (con ese bajo que Kim Deal misma podría haber ideado) reflejan a la perfección por qué Copper Blue es uno de los discos del rock alternativo de los noventa, en plena efervescencia por entonces.

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image093The Glowing City, de Sunset (2008)

Sunset es el proyecto unipersonal del músico Bill Baird, aunque no el único: el de Texas, enigmático y prolífico como pocos, tiene al menos otros dos (Sound Team y en solitario) en los que participa. Su principal cometido parece ser el sacar el máximo número de sonidos posibles de su prodigiosa cabeza, que con toda probabilidad se alimenta exclusivamente a base de melodías bañadas en Technicolor.

The Glowing City no deja de ser una anomalía musical cuya encomienda es la búsqueda del eclecticismo, todo ello mientras se arrastra entre lo onírico y la psicodelia pop más pura. Claro que con dieciocho canciones el disco quizá peque de excesivo, pero nunca cae en baratas maniobras indulgentes; antes bien, se asemeja a un intrincado rompecabezas pop en el que, milagrosamente, las piezas acaban por encajar, dando lugar finalmente a un atípico viaje sonoro que merece la pena emprender.

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image095Leaves Turn Inside You, de Unwound (2001)

Leaves Turn Inside You es sin duda un disco de difícil calificación, impenetrable y complicado. También es el momento cumbre de un grupo clave del indie de los noventa que por su actitud evasiva, en todos los sentidos, siempre evitó encasillamientos. Aunque la mayoría está de acuerdo en meterles en el cajón del post-hardcore, el último disco de Unwound va mucho más allá.

Es atrevido como pocos (y largo y exigente, así que paciencia) y la misteriosa fascinación que ejerce uno de sus muchos puntos fuertes; sus audaces indagaciones sónicas bastaron para hacer que los miembros de Unwound se despidieran (fue su último disco) descansando en la cima.

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image097Argus, de Wishbone Ash (1972)

¿Oyen esas guitarras? Escuchen bien, porque son las guitarras de los dioses, un duelo perfecto de doce cuerdas alineadas que se complementan y se desafían a la perfección. En 1972, la revista Melody Maker mantuvo que era el dúo de guitarras más interesantes desde que Page y Beck tocasen en The Yardbirds. Palabras mayores, y a todas luces indiscutibles; demos las gracias a Andy Powell y Ted Turner.

Argus no es ni rock progresivo, ni hard rock, ni blues rock; es todo eso al mismo tiempo y mucho más, de ahí que sea todo un éxito. Es, en todo caso, un discazo como una catedral.

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image099The Meadowlands, de The Wrens (2003)

A nivel personal, The Meadowlands me ha supuesto tantísimo que no aprovechar una ocasión como esta sería un despropósito total. Si solo escuchan un disco de la lista, que al menos sea este.

The Meadowlands, grabado durante cuatro extenuantes años, es en esencia pop atormentado por parte de unos adultos maduros que se enfrentan a las grandes decepciones y desilusiones de la vida. Canciones tan universales como crudas que tan pronto nos hacen llorar como estallar en alegría. Escucharlo por primera vez fue toda una experiencia que jamás olvidaré, y el impacto que provoca tan intenso como duradero.

Fotografía de portada: Guido van Nispen (CC).


¡Fuera del coche, Ochs! Quince folkies de carne y hueso (outside Llewyn Davies)

Una escena de Inside Llewyn Davis. Fotografía: CBS Films.

Qué limpia es Inside Llewyn Davis; casi podrías comer en el suelo, de lo bien fregadita que está. Hollywood vuelve a comportarse como los helvecios de aquel Astérix, lavando y encerando para que todo luzca impoluto, arrancando casi sin frotar la grasa que no puede esperar. Los peligrosos del pop siempre han sido desinfectados fílmicamente para que nadie se escandalizara (o agarrara ideas imprudentes) al ver los biopics. Recuerden Gran bola de fuego (aka Gran Bola de Estiércol), un filme más relamido que La bella y la bestia, pese a que en él Dennis Quaid (¡Dennis Quaid!) interpretaba a Jerry Lee Lewis, el fulano más embrutecido del rocanrol primitivo, un menda canelo que, tras pergeñar la música más devastadora que había escuchado la humanidad desde lo de las trompetas de Jericó, se casó con su prima de trece años, cometiendo así criptoincesto + filopedofilia en un inigualable cóctel de depravación. O agarren a Ray Charles, un hombre fuertemente sujeto a las pasiones, un tipo que conjugó los apetitos sexuales de Georges Simenon y la voracidad narcótica de Oriol Llopis, cuyo biopic (Ray, 2004) era tan fiel a la realidad como Raza, el filme de Francisco Franco.

Y ahora, como decíamos, le ha tocado el turno a la escena de cafés y músicos folk de Greenwich Village (NY) durante los primeros años sesenta, que los hermanos Coen han pintado libre de mugre y ojeras amarillentas en su último filme Inside Llewyn Davis. De acuerdo que se sitúa en 1961, un año razonablemente inocente en la historia de los sixties. De acuerdo que no se trata de un caso tan grave como los dos mencionados más arriba (o la cómica What’s love got to do with it?; o la pestilente The Doors, de Oliver Stone; etc.) pero me da a mí que el Village contaba en su censo con más beatniks insomnes, tuberculosis en ciernes y sótanos reumáticos. Observen también la barba fílmica de Llewyn: está más podada que la de George Michael. Fuera del set de Corrupción en Miami nadie osaría lucir un vello facial así, y menos en el folk. Mucho me temo que esas cerdas simbolizan el tipo de filme que es Inside Llewyn Davis: una versión Ausonia del underground folkero del café Wha? y el Gaslight. Por no decir que la película, por muy bien filmada que esté, es más aburrida que ver pintura secar.

Dicen asimismo que el protagonista de los Coen está basado en el héroe folkie Dave Van Ronk, que —como el ficticio Llewyn—acarreaba sangre irlandesa, sacó un álbum llamado Inside Dave Van Ronk y no se comió un torrao (si medimos el éxito según el sistema dylaniano). Lo cierto es que sí podría tratarse de él, o una versión almidonada del mismo, como por otro lado podría ser cualquiera: si lanzabas una piedra al azar en el Village de 1961 era muy posible que le diese a un músico folk en la jeta. Había cientos de ellos. Y no solo en New York: el país entero sucumbió a la fiebre, y no había artista (por carcamal que fuese) que no buscara llevarse al buche algo de credibilidad callejera realizando una versión de blues vetusto de algún músico cojo, ciego y leproso del Sur. Procedo, así, a listarles a mis folkeros y folkeras sixties favoritos, sin orden de preferencia y sin importarme demasiado si estaban en el Village o al otro lado del charco (algunos son ingleses, en efecto). Y otra cosa: esta lista está confeccionada a partir de discos físicos de mi colección, y se encuentra 100 % libre de MP3, Spotify y Wikipedia.

1) Eric Andersen: Lo tenía todo: belleza newmaniana, tipito, quijada de cartabón y encima se le daba bien lo de componer canciones. Pero la falta de éxito mundial le sentó pésimo, al pobrete. Le tenía tanta inquina a Dylan que le dedicó un tema difamador y rebozado de bilis trapera, «The hustler» («You listen to your silly songs / Disciples pass your bread around»). Su cuarto álbum, More hits from Tin Can Alley (1968) ya llevaba mimos y arlequines en la portada (infalible receta para la catástrofe), pero su segundo y tercer elepé (‘Bout changes and things, y el ‘Bout changes and things #2) son imprescindibles. Oh: años después también la tomaría con Jimmy Webb, esta vez oralmente (le llamó «Mr. Balloons»). Cierto: es posible que fuese un completo gilipollas y un perfecto detrito, ese Andersen, pero lo suyo era puro folk del Village.

2) David Blue: Otro soldado desconocido del Village, amigacho de Dylan y todo apunta a que también impersonator del mismo en sus ratos libres. Échenle un vistazo: judío (se apellidaba Cohen), peinado arbóreo, gafas de sol en la penumbra, chaqueta de ante raída, ambición pop, voz gangosona… Parece un clon dylanita, aunque en realidad quizás se influenciaran el uno al otro, como acostumbraba a suceder en el endogámico ambiente villagesco. Blue, en todo caso, no fue el que al final se llevó el gato al agua. Y no importa. Su David Blue (Elektra, 1966) es puro garage-folk, con vocales arrastradas, pianos honky-tonk, galimatías lírico y ataques al sistema, choni. «It tastes like candy» es mi hit del disco, y suena como los Syndicate of Sound o los Leaves inventando el folk-rock por pura chiripa. Viendo que el triunfo en el folk resultaba ser elusivo, Blue se reinventó como actor dramático (con dramáticos resultados).

3) Tom Rush: La escudería Elektra de 1965-66 es per-fec-ta. No contiene un mal disco, se lo juro. Tom Rush fue un pionero folkie de pro, pero se le recuerda menos que a compañeros de sello como Judy Collins o Tim Buckley. Su The circle game (Elektra 1968) me emociona, canción a canción (casi todos los cortes son de Jackson Browne o Joni Mitchell). «Sunshine sunshine» es tan optimista y hermosa como el «39th Bridge Song (Feeling groovy)» de Simon & Garfunkel, solo que en tumbao. Y se marca un corte girl group en «The glory of love» que no se lo salta una Laura Nyro. Y ese aire hipnótico y épico de «Urge for going»… Años después Rush se dejaría un pedazo de mostachón manillar-de-bicicleta que ni Kublai Khan en sus años de gloria (no es información crucial, pero me apetecía comunicárselo).

4) Linda Perhacs: Es tan desconocida que a su lado David Blue parece Freddy Mercury. Solo sacó un disco, Parallelograms (1970), que parecía grabado en un pajar y era más raro que un proverbial perro verde, y además sobresalía como un forúnculo del catálogo de Kapp Records (Cher, Fred Astaire, Miriam Makeba…). Lo de la Perhacs era psicofolk onírico y antigravitatorio, como Vashti Bunyan tras haber fumado buena mandanga. O más bien tras haberse inyectado novocaína en una encía, pues sepan que la Perhacs se ganaba la vida como dentista. En los últimos años se ha reeditado su disco gracias al interés de americanos raritos como Devendra Banhart. Y Daft Punk (va en serio) incluyeron un tema suyo en su película Electroma (2007).

5) Anne Briggs: Alérgica a la fama como pocos y más enigmática que Moriarty (el archienemigo de Sherlock Holmes), la Briggs no solo tocaba folk: vivía folk. En los discos aparecía fotografiada (a regañadientes) en su granja, acompañada de su perro; tocaba el buzuki sin guarnición (a menudo incluso cantaba a cappella, pasando de instrumental); y se ve que subirla a un escenario era un acto heroico (además, era bastante brutota y le gustaba empinar uno o ambos codos). E incluso con estos dudosos atributos, la asilvestrada Briggs deslumbró a todo el folk británico, de Pentangle a Bert Jansch y Fotheringay. Su disco The time has come (Topic, 1971) es harto difícil de encontrar en edición original, y contiene una de mis canciones folk favoritas de todos los tiempos, «Tangled man». «Soy un hombre enredado en un tiempo enredado». Qué VOZ, dios del cielo.

6) Sibylle Baier: A casa seva la coneixen («en su casa la conocen»), que decía mi difunta abuela cuando alguien en la TV no le sonaba ni a tiros. La Baier era alemana, amiga de Wim Wenders, y en 1971 grabó unas tonadillas que no saldrían a la luz hasta el 2006, en forma del recopilatorio Colour green. La Baier se marcaría una espléndida espantá a lo Bill Withers, abandonando su carrera inmediatamente después de las grabaciones.

7) Karen Dalton: Una auténtica leyenda del Village. Cantaba con voz de pinza-en-nariz, un poco como Billie Holiday en pleno catarro hibernal, y solía tocar el banjo. Su vida fue azarosa (secuestró a su hija tras un divorcio cruento, por ejemplo, y murió en 1993 adicta y enferma de sida), pero sus dos álbumes están llenos de pasión y sentimiento sincero. Versionaba a Tim Hardin (ver más abajo) y Fred Neil (ídem), no le hacía ascos al soul profundo (en su segundo disco se cascaba un «When a man loves a woman» de infarto) y según dicen los tenía bien puestos (por sus venas corría bélica sangre cherokee). Dylan la admiraba, y se les puede ver tocando juntos en alguna foto. Hay algunos filisteos que no soportan su tono (realmente no es para todos los paladares), pero si se acostumbran a ese particular timbre proboscidio se convertirá en favorita eterna. A mí esta mujer me sana más que el Ibuprofeno.

8) Barry Dransfield: Otro guaperas. En la foto de su álbum homónimo de 1972 (reeditado por Guerssen, la discográfica leridana) parece una mezcla de Pedro Marín —sin el esculpido a secador— y el Conde de Greystoke. El disco en cuestión es uno de los más raros del folk inglés, y el original (en buen estado) podría socavar un agujero en su Visa de 500 EUR. Pero Dransfield no nos alucina por oscuro, nada más. Tocaba el fiddle de maravilla, violín al pecho (no al mentón), y su balada «Girl of dances» —con su rollo de Medioevo romántico y épico— me afecta como si me hurgaran el alma misma con un palitroque puntiagudo. Dransfield colaboró con la Albion Band y muchos otros folkies, sigue vivo y me alegra decir que aún conserva un buen felpudo capilar (ahora permanentado y cano, pues los años no pasan en balde; ni siquiera para los héroes folk).

9) Bill Fay: Era difícil de clasificar, aunque los avispados chicos que le reeditaron hace poco enchufaron una pegatina en el LP anunciando que Fay era la mezcla de Bob Dylan y Nick Drake. En realidad no se parece demasiado a ninguno de los dos (a Drake una miaja). Bill Fay era pop barroco, folk progresivo, folk-pop barroco, llámenle como se les antoje. Su primer álbum, de 1970 y homónimo, suena a folk y pop épico, pero con cuatrocientos violines desbocados cargando detrás con ímpetu zulú. Siempre que escucho «We have laid here» me imagino sitiando un castillo, decapitando al vizconde malvado y salvando a la doncella rubicunda. Los plomizos Wilco versionaron su «Be not so fearful», por si a alguien le interesa. En su segundo álbum, Time of the last persecution (1972), influenciado por escrituras bíblicas, Fay se dejó frondosas greñas de patriarca semita. O de Charles Manson.

10) Phil Ochs: El Elvis del folk. Un chicarrón admirable, más politizado que Fermín Muguruza y más incorruptible que la PAH, y encima con buena planta y tupé de titanio contrachapado. Sus dos primeros discos son canción protesta de libro de estilo, pero a mí me pirra cuando empieza a manipular su arte y convida al humor (y a los violines) a la fiesta. Cada uno tiene sus discos de cabecera, pero mis favoritos son Pleasures of the harbor (A&M, 1967), Rehearsals for retirement (A&M, 1969) y el irónicamente bautizado Greatest hits (A&M, 1970, donde Ochs aparece con traje de lamé dorado, emulando al Rey). Le ha versionado todo quisqui, pero creo que mi interpretación predilecta es el «Chords of fame» de Teenage Fanclub (la encontrarán en el 12″ de «Radio»). La mejor y más célebre anécdota de Ochs tiene a Dylan como costarring: andaban los dos en la limusina del segundo, y al insensato Ochs se le ocurrió expresar reservas sobre una de las nuevas canciones del bardo narigón. Según cuenta la leyenda, Dylan le contestó: «Tú no eres un cantautor, eres un periodista» y le echó a puntapiés con la ya mítica frase: «Get out of the car, Ochs!». Qué pronto tenía ese hombre, por Dios.

11) Tim Hardin: Puede producir seria adicción. Muy recientemente le presentamos la obra de Hardin al ilustre Marcos Ordóñez, y fue como si le hubiésemos incrustado una pipa de crack bajo el mostacho. Al crítico teatral le faltó tiempo para salir a la calle (tal vez aún en bata), conseguir toda su obra y, luego, anunciarla al mundo, como un iluminado profeta de los últimos días. Hardin no es exactamente folk de manual, sino su versión más pop. Sus canciones (como «Hang on to a dream» o «If I were a carpenter») son más famosas que él mismo, y las versionó medio planeta. Hardin estuvo en el Village, pero tuvo perra suerte y aciago fin. Para empezar sufría de atroz pánico escénico: en Woodstock 1969 se negó a salir, y tuvo que sustituirle Richie Havens, que lo petó; cuando Hardin se decidió a actuar iba más fumado que Cheech y Chong juntos, y protagonizó un show harto bochornoso; al final los productores acabaron eliminándole del filme (algo injustamente). En unos años se enganchó a la heroína y cayó en el olvido. Pero no en mi casa. Ustedes necesitan Tim Hardin 1 y 2 (de 1966 y 1967, ambos para Verve Forecast) y Suite for Susan Moore and Damion: We Are One, One, All in One (Columbia 1969), un tristísimo y espléndido disco sobre paternidad. El mejor disco sobre paternidad, más bien.

12) Fred Neil: Es como la molécula que yace en todos los demás. Neil es el folkie villagero por antonomasia. Ustedes han cantado sus canciones sin saberlo, como por ejemplo «Everybody’s talkin’», que —interpretado por Harry Nilsson— fue el tema central de Cowboy de medianoche. No hay folkero que no haya tocado «Blues on the ceiling» en algún punto de su carrera (mi versión amada es la de Karen Dalton). El icónico póster de Inside Llewyn Davis está vagamente inspirado en la portada del Freewheelin’ Bob Dylan, es cierto, pero también podría estarlo en el Bleecker & MacDougal (Elektra, 1965) de Neil. ¿Y qué me dicen de «Other side of this life»? ¿O de la sanadora «The dolphins»? Yo había creído siempre, por cierto, que los delfines eran una metáfora de otras cosas, pero luego descubrí que Neil había dedicado el resto de su vida a la protección de la especie. O sea, que es posible que la canción vaya también (o únicamente) de simpáticos cetáceos marinos.

13) Jackson C. Frank: El cantautor maldito, mala suerte andante con guitarra en la casa de empeños. Jackson C. Frank vivió un p**o infierno, es la verdad. A los once años un incendio arrasó su escuela, matando a quince alumnos y dejándole el cuerpo quemado en un 50 %. Sacó un solo álbum homónimo que, pese a ser producido por Paul Simon, casi nadie escuchó. Con los años vio a su hijo morir de fibrosis cística, entró en una grave depresión, fue diagnosticado esquizofrénico paranoide y terminó homeless. Cuando en los ochenta resurgió el interés por su música, un transeúnte majara le pegó un tiro con una pistola de balines y le dejó ciego de un ojo. No sigo. Pese a ello su álbum es uno de los mejores discos de folk sesentas, y lleva el mega-hit «Blues run the game». Otra favorita es «My name is Carnival», origen de cierto personaje de novela.

14) Judee Sill: Un espíritu arponeado, similar al anterior. Antes de empezar su carrera, la Sill ya se había enganchado a la heroína, ejercido de prostituta para financiar el hábito y acabado en chirona por fraude. Lo suyo es un ejemplo claro de autosabotaje, porque durante un tiempo tuvo la suerte de cara: fue el primer fichaje de Asylum Records, la compañía inicial de David Geffen (que era su mayor fan y futuro agente), fue portada del Rolling Stone, Graham Nash produjo su primer single (la espectacular «Jesus was a crossmaker»), fue de gira con Crosby & Nash y Cat Stevens… Nada de ello evitó su tirabuzón hacia el infortunio. Los dos discos oficiales, Judee Sill (1971) y Heart food (1973), ambos para Asylum, son esenciales en toda discoteca digna. Nuestra querida Judee murió en 1979 de sobredosis, como temían. Esas canciones, sin embargo, son inmortales. Le elevan a uno, ¿saben? Hacen que uno trascienda, aunque suene grandilocuente. Algunos días incluso pienso que «Jesus was a crossmaker» es la mejor canción jamás escrita.

15) Gene Clark: Le incluyo aquí un poco por la patilla, pese a ser más folk-rocker que folkie primigenio; porque es uno de mis ídolos, francamente. Empujó a The Byrds e inventó el country-rock casi él solito. Su presencia escénica, al lado de Gafitas McGuinn y el poncho medieval de David Crosby, era imponente: parecía un sargento de hierro apache, con sus hombrotes de halterofilia, mirada acerada, mandíbula invulnerable y flequillo de cemento. Por añadidura, algunas de las mejores canciones de The Byrds eran suyas («Feel a whole lot better», «Eight miles high»…). Cuando le echaron de la banda (no se rían: por tener miedo a volar, ¡un Byrd!), Clark empezó una de las carreras en solitario más sólidas (si breves) del pop. Podría escribir sobre Gene Clark with the Gosdin Brothers (1967), The Fantastic Expedition of Dillard & Clark (1968) o No other (1974) durante cien páginas. Son tres discos sublimes. Era grande, Gene Clark, pero también terminó mal; ¿o qué se creían?

16) Bender: Es el robot dipsómano, manilargo y faltoso de Futurama. Cuando le acercan un imán al coco suele arrancarse a cantar fragmentos de música folk. Con la letra cambiada, por supuesto: «I’ll shoot her with my ray gun when she comes, / When she comes! / I’ll be blastin’ all the humans in the world / In the world!». Esta lista no podía terminar sin él, ni sin el vídeo que les enseñará a componer un clásico folk, Bender-style.