Shyamalanazo (2)

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Estas caras representan las cinco reacciones más habituales entre los espectadores de El incidente. Imagen: 20th Century Fox.

(Viene de la primera parte)

De jóvenes acuáticas, plantas de exterior, superproducciones y una visita

Tras El bosque, que fue recibida con esputos por la audiencia pero aun así recaudó más de doscientos cincuenta millones de dólares, M. Night Shyamalan había apalabrado encargarse de la dirección de La vida de Pi. La adaptación de un libro de Yann Martel al que el realizador le tenía cariño por estar protagonizado por un chico de Puducherry, paisano suyo, vamos. Pero tras meditarlo, Shyamalan se bajó del bote renunciando al proyecto por culpa de los shyamalazos previos que lucía en su currículo: «Tenía mis reservas sobre dirigirla, porque el libro tiene una especie de twist ending. Y me preocupaba que el poner mi nombre en la película estropease la experiencia para todos», aseguraría el hombre. La vida de Pi acabó cayendo en manos de Ang Lee mientras Shyamalan encarrilaba todos sus esfuerzos e ilusiones en su nueva ocurrencia: La joven del agua.

La preproducción de La joven del agua (2006) supuso un drama para Shyamalan. Los ejecutivos de Disney, que financiaron sus anteriores películas, recibieron el guion y aseguraron «no entender nada». Ante dicha afirmación, y a pesar de que Disney estaba dispuesta a poner pasta en el asunto, Shyamalan se pilló un rebote importante y decidió llevar a su criatura hasta la competencia, Warner Bros, mientras se cagaba en la casa de Mickey Mouse. Poco después, en el libro The Man Who Heard Voices: Or, How M. Night Shyamalan Risked His Career on a Fairy Tale de Michael Bamberger, Shyamalan aprovechó para cebarse públicamente con Disney: «Esa empresa ya no valoraba el individualismo, ni a los luchadores». Y también arremetió desde aquellas mismas páginas contra una de las mandamases de la multinacional, Nina Jacobson, que había cuestionado su libreto: «Fui testigo de la decadencia de su visión creativa con mis propios y sorprendidos ojos. Ella no quería directores iconoclastas, solo directores que ganasen dinero». Lo gracioso de todo esto es que en Disney no andaban nada, pero nada, desencaminados.

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La joven del agua. Imagen: Warner Bros.

En La joven del agua, el encargado de unos apartamentos (Paul Giamatti) se topaba con una ninfa (Bryce Dallas Howard) en la piscina de la urbanización y, junto a ella, decidía salvar el futuro de la humanidad, reclutando a una serie de personajes predestinados para dicha tarea y lidiando con criaturas sobrenaturales. No sonaba mal, hasta que se descubría que en la pantalla nada funcionaba: la trama se inventaba sus propias normas pero aquellas no tenían gracia, el escenario y los protagonistas eran aburridos, la película se hacía spoilers a sí misma y en general todo carecía del espíritu de cuento fantástico que se pretendía.

Para rematar, la película contenía un par de decisiones cuestionables que demostraban que el creador lo que tenía era el ego en buena forma. Porque Shyamalan se reservó para sí mismo el papel de un secundario importante, un escritor cuya obra estaba destinada a cambiar el mundo, ahí es nada. Pero también porque al indio-americano se le ocurrió burlarse por adelantado de los juicios ajenos del modo más torpe posible: ideando el personaje de un insoportable crítico de cine que la palmaba de manera lamentable, narrando en voz alta lo tópico de su propia escena de muerte. Es bonito destacar que tanto el papel de Shyamalan como el rol del crítico de cine fueron cuestionados, y etiquetados como tontorrones, por aquellos ejecutivos de Disney de cuyo consejo había huido el cineasta.

La joven del agua no contenía un twist ending, rompiendo la fórmula autoimpuesta de su creador, y estaba basada en un cuento que el director se había inventado para entretener a sus hijas por la noche. Este último detalle era significativo, porque planteaba dudas sobre la capacidad del hombre para juzgar si sus ocurrencias merecían trasladarse a la gran pantalla. Y también porque hace temer que cualquier día al tío le dará por adaptar hasta sus stories del Instagram. La joven del agua pinchó a lo bestia, la gente pasó de largo, los críticos la apedrearon y no recaudó ni lo que había costado rodarla.

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Un lobo seto de La joven del agua. En su cabeza era espectacular. Imagen: Warner Bros.

Dos años más tarde, Shyamalan reapareció con un inquietante tráiler bajo el brazo, el avance de su nueva ocurrencia: la historia de cómo la humanidad se enfrentaba a extraña epidemia que provocaba que la gente se suicidase sin motivo aparente. El concepto era tan jugoso y la promoción tan eficaz como para que el pueblo recuperase la fe en el realizador y algunos comenzasen a anunciar aquello como su verdadero regreso triunfal.

Pero fue justamente lo contrario, porque aquella película era El incidente. Y cualquiera que haya visto El incidente sabe que es algo difícil de digerir sin tomársela a guasa. La historia tenía un arranque brillante y con mucho potencial, hitchcockiano e inquietante, y carecía de final sorpresa made in Shyamalan. Pero cuando la trama decidía revelar su premisa principal, una ecovenganza botánica, aquello resultaba tan tremendamente chorras como para que a la propia cinta le fuese imposible no caer en el ridículo.

El pitorreo fue universal, porque eso es lo que ocurre cuando un relato se cree solemne siendo tonto de base. En el fondo, hasta a los directores más competentes les resultaría difícil crear tensión con un prado maligno, lo mires como lo mires. Zooey Deschanel y Mark Wahlberg protagonizaban el film. La primera es lo único bonito que tiene la película, y el segundo tuvo muchas preguntas durante el rodaje: en las imágenes tras las cámaras se le puede ver cuestionando la lógica del guion: «¿Por qué tenemos que llamar a la puerta de una casa deshabitada? ¿Qué nos hace pensar que hay comida ahí?», le espeta a Shyamalan antes de rodar una escena. Años más tarde, Walhberg descalificaría el film con saña sin cortarse demasiado: « […] una película mala en la que yo había participado […] No quiero decir de qué película se trataba… vale, era El incidente. A la mierda. Esa era. Los putos árboles, tío. Las plantas. A tomar por culo. No puedes echarme la culpa de no querer intentar interpretar a un profesor de ciencias».

El incidente no tardó en adquirir mala fama, tanto como para que su director reconociese que no había pillado el tono correcto, y para que los ejecutivos de la Fox, sabedores del cachondeo que existía con la película, modificasen la estrategia de ventas del DVD, centrando la promoción en las muertes del film y regateando el tema de las plantitas de las que todo el mundo se burlaba.

Este tráiler es mejor y más dinámico que toda la película. Y te ahorra la vergüenza ajena.

Tras El incidente, Shyamalan optó por dejar de lado las ideas propias y subirse al carro de Hollywood. Aceptó escribir y dirigir Airbender: el último guerrero, una cinta de acción real que supondría el inicio de una trilogía basada en la serie de dibujos de Nickelodeon titulada Avatar: la leyenda de Aang. Los productores del film decidieron dejar fuera la palabra «Avatar» para evitar confusiones con la tontería aquella de James Cameron. Shyamalan se declaró un gran admirador del programa original. Los creadores de La leyenda de Aang (Michael Dante DiMartino y Bryan Konietzko) explicaron que estaban encantados con lo de tener al indio escribiendo y comandando la adaptación. Y los numerosos fans del programa se echaron a temblar.

Resultó que, por una vez, los fanboys hooligans no estaban demasiado equivocados y cuando la cinta llegó a los cines la cosa salió regular tirando a muy mal: los críticos la apalearon con saña (luce un 5 sobre 100 de nota media en Rotten Tomatoes, algo que es todo un logro), la opinión popular la acusó de whitewashing,  DiMartino y Konietzko confesaron que en realidad ellos habían deseado muy fuerte que aquello no saliese adelante, y algunos actores como Dev Patel renegaron de la cinta. Rogert Ebert escribió sobre ella: «Airbender: el último guerrero es una experiencia agonizante en todas las categorías que se me ocurren y en otras que aún esperan ser inventadas». Que la superproducción condensara veinte capítulos, la primera temporada entera de la serie, en una hora y media de metraje a lo mejor también tenía algo que ver en todo lo anterior, pero es que el realizador aseguraba ser incapaz de dirigir historias que durasen más de noventa minutos.

Airbender recaudó trescientos millones, pero ni aun así resultó rentable por culpa de haber costado un gritón de dólares entre su presupuesto inflado y su marketing loco. Ante tanta tormenta de mierda, las secuelas se cancelaron y Shyamalan se excusó diciendo que aquel no era su rollo. Curiosamente, Netflix anunciaría en 2018 que andaba cocinando una serie de acción real basada en Avatar: la leyenda de Aang, sin whitewashing y con los creadores del show al volante. Dos años más tarde, y para sorpresa de absolutamente nadie, DiMartino y Konietzko se bajaron en marcha de dicha producción alegando que madre mía aquello apuntaba a tragedia y tampoco querían tener nada que ver con la catástrofe.

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Veinte capítulos en noventa minutos. Airbender, la película winzip. Imagen: Paramount Pictures.

Unos pocos meses después del batacazo de Airbender, Shyamalan volvió a colarse en las carteleras, pero de manera encubierta, desde la barrera y a modo de productor e ideólogo. Ocurría que el hombre tenía firmado un contrato con cierta compañía, Media Rights Capital, para producir, pero no dirigir, una película al año durante tres años. Y como las tres cintas estarían basadas en las movidas que rondasen por la inquieta cabecita de Shyamalan, alguien decidió llamar a esa franquicia The Night Chronicles.

La primera de dichas películas sería La trampa del mal, la historia de un grupo de cinco personas atrapadas en un ascensor donde crece la sospecha de que uno de ellos sea el mismísimo diablo, disfrazado y divirtiéndose un rato, cuando empiezan a sucederse muertes horribles e inexplicables. La trampa del mal fue dirigida por John Erick Dowdle y se basaba en una historia concebida por Shyamalan, un relato que en el fondo era una fotocopia de los Diez negritos de Agatha Christie en versión sobrenatural. El film se promocionó inicialmente anunciando la implicación del creador con un «De la mente de M. Night Shyamalan» a modo de subtítulo en el cartel oficial. Pero los publicistas no tardaron en descubrir que aquel nombre era un repelente del público mayoritario, que ya andaba hastiado con las últimas ocurrencias del indio-americano, y decidieron reencauzar las campañas publicitarias sin darle bombo a la participación del papá de El incidente.

No salió mal, La trampa del mal costó solo diez millones y recaudó seis veces más, pero la pretendida serie The Night Chronicles no alumbraría más entregas. Supuestamente, la segunda película nunca filmada de aquellas Night Chronicles versaría sobre los miembros de un jurado deliberando durante un juicio en torno a un hecho sobrenatural. Y la tercera Night Chronicles hubiese sido una nueva versión de cierto guion que el realizador había escrito como secuela de El protegido. Uno que años más tarde volvería a reciclar para otra película con personalidad múltiple.

A continuación, Shyamalan decidió embarcarse en un proyecto familiar. Concretamente, en el de la familia de otro. Algunos padres cuando quieren pasar más tiempo con sus hijos se los llevan al parque durante los fines de semana, o echan unas pachangas al FIFA en la consola. Will Smith, en cambio, se monta una superproducción de ciencia ficción postapocalíptica de ciento treinta millones de dólares junto a su hijo, Jade Smith, y contrata a Shyamalan como director de toda esa fanfarria nepotista.

Así nació la décima película del realizador indio: After Earth, una aventura ideada por Smith Padre para que Smith Hijo se luciera y afianzara senda como estrella de cine. Spoiler: no funcionó, porque el retoño del príncipe de Bel-Air era un desagüe de carisma, y porque la aventura en general tampoco era gran cosa. Shyamalan en esta ocasión no tenía tanto la culpa, aquella historia había sido ideada por el actor y el director se limitó a adecentar un poco el libreto sin meterle mucha mano. El detalle llamativo es que el tráiler promocional de After Earth ya evitaba a propósito mencionar que había sido dirigida por Shyamalan, algo que no había ocurrido desde el bombazo de El sexto sentido, porque la propia distribuidora temía que, dada la mala fama del hombre, aquello volviese a espantar al público.

Un detalle curioso de After Earth es que a Will Smith no le sentó nada bien el costalazo en la taquilla porque escondía unos planes megalomanícos tras la cinta: su idea era construir a partir de ella un gigantesco universo propio al estilo del Marvel Cinematic Universe. Y ya había planeado desarrollar en aquel mundo postapocalíptico varias secuelas, series de televisión, dibujos animados, webisodios, videojuegos, tebeos, parques de atracciones, documentales, proyectos educativos junto a la NASA e incluso una línea de perfumes. Todo eso se perdió, lágrimas en la lluvia, pero en el fondo sabemos que salimos ganando con menos Jaden Smith con cara de intensito en nuestras vidas.

Hastiado y desencantado con las superproducciones, Shyamalan anunció que haría piña de nuevo con Bruce Willis para filmar un drama titulado Labor of Love. Una historia que el realizador había vendido a la Fox en el 93, protagonizada por un librero viudo que recorría a patita todo Estados Unidos para honrar a su fenecida mujer. Sonaba a tostón con mucho trekking, aunque al guion se le puede echar un ojo por internet y no parece terrible, pero aquello no llegó a solidificarse y Willis pudo seguir rodando las horribles películas baratas con espíritu direct-to-video, bodrios donde cobra un pastón por salir cinco minutos, que va filmando a granel en los últimos años.

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Nepotismo: The Movie. After Earth. Imagen: Sony Pictures.

En 2015, un desencantado Shyamalan ejecutó su plan B: pidió un préstamo de cinco millones de dólares, poniendo su casoplón como garantía, y filmó en secreto una cinta titulada La visita, con la esperanza de venderla a posteriori. Shyamalan editó lo rodado y lo paseó por Hollywood en busca de comprador, pero aquel primer montaje se pasaba de indie y tenía un tono de cine de autor tan marcado como para ser rechazado por todos los grandes estudios. Un segundo montaje fue descartado por el propio director cuando se dio cuenta de que con él había parido una comedia.

Finalmente, don Night decidió equilibrar el asunto y ensambló de nuevo el filme como un relato de horror con toques de comedia. Aquello llamó la atención de los chavales de Universal Pictures, quienes se hicieron con los derechos de distribución. Y también convenció a un Jason Blum a inyectar pasta en el asunto, permitiendo que su famosa compañía Blumhouse (responsables de Paranormal Activity, The Purge o Insidious) figurase en los créditos. Esto último era una jugarreta cuestionable de cara a la promoción, porque los tráilers hacían creer que La visita había sido facturada bajo el techo Blum, cuando en realidad el pobre Shyamalan se había arriesgado a filmar sin ayudas, hipotecando su chabola y despidiéndose de sus uñas en el proceso. Una treta similar a lo que ocurre hoy en el mundo del streaming: un buen puñado de las películas que la gente cree producidas por Netflix realmente son obras que la plataforma ha comprado, cuando ya estaban finiquitadas, para distribuirlas y engordar así el catálogo.

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La visita. Imagen: Universal Pictures.

La visita se estrenó en ese 2015 y relataba la estancia de una chica adolescente y su hermano pequeño, Olivia DeJonge y Ed Oxenbould, en la casa de unos abuelos maternos a quienes acababan de conocer. La historia se presentó tirando del recurso narrativo del metraje encontrado (found footage), y utilizaba como excusa para ello el rodaje de un documental casero, grabado por la pareja de hermanos, sobre sus tiernos abuelitos.

Ocurría que, por supuesto, aquellos ancianos tenían poco de tiernos y mucho de maracas psicópatas. La visita salió maja, sabía saltear el terror y los sustos con puntuales momentos cómicos, era competente y demostraba que su creador funcionaba mejor en modo low-cost, alejado de las demandas de superproducciones. La cinta devolvió al público algo de confianza en el director y, lo más importante para lo que nos toca, también trajo de vuelta el twist ending porque la cabra siempre ha gustado de trotar hacia los montes.

Entretanto, en una pared de la oficina de Shyamalan está colgada una lista con los nombres de todos los ejecutivos que rechazaron comprar La visita cuando él intentaba venderla desesperadamente. Según el realizador, la mayoría de las personas listadas ahí han acabado perdiendo el puesto. Y todo esto suena a resquemor y desquite, pero cuando algún entrevistador le pregunta por ello, Shyamalan trata de darle la vuelta al asunto y pretender que se ha sacudido todo la inquina de encima: «Esa lista significó muchas cosas para mí. En principio fue lo obvio, un “Te lo dije”. Luego se transformó en otra cosa y después, cuando los nombres de la lista comenzaron a desaparecer del negocio uno detrás de otro, dejé de aferrarme a ese sentimiento de “Te lo dije”. Observar esto como si estuvieras tratando de obtener aprobación no es saludable. No hay nada de malo en las personas de esa lista. Mi trabajo es inspirarlos». Listas del rencor aparte, La visita también generó noventa y ocho millones, casi veinte veces más de lo que había costado, y Shyamalan parecía de nuevo un negocio rentable.

(Continúa aquí)


The Get Down: la serie que pudo haber sido (y no es)

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Imagen: Netflix.

(Este artículo NO contiene SPOILERS)

Los orígenes del hip hop constituyen uno de los asuntos más fascinantes en las últimas cinco décadas de historia musical. Es una historia diferente. Es uno de los pocos estilos relativamente recientes que de verdad se originaron al margen de la industria. Y no hablo solo de la industria discográfica, sino también de esa otra industria que es el circuito de discotecas y salas de baile. El hip hop nació y creció sin que nadie más allá del ámbito de ciertas fiestas callejeras tuviese noción de su existencia. Este asunto llevaba muchos años pidiendo a gritos una película o serie de ficción (documentales ya hay varios, unos más fiables que otros, pero casi siempre interesantes). Yo, por lo menos, ansiaba ver un programa ambientado en aquella época y en aquellas circunstancias. En Netflix se han lanzado a por ello de cabeza. Una primera temporada de seis episodios, que será seguida por otra tanda en 2017. Lo han hecho sin reparar en gastos y apostando una vez más por la temporada estival, algo que les ha funcionado muy bien con Stranger Things, por ejemplo. Buscan crear revuelo en plena temporada baja (entre la crítica y en las redes sociales, sobre todo), tocando la tecla nostálgica de determinados sectores de público. Me parece bien. Pero en el caso de The Get Down algo no ha terminado de encajar.

¿El problema? Que el principal impulsor de la serie, su creador, es quizá uno de los hombres menos indicados para tratar un asunto como el origen del hip hop. El australiano Baz Luhrmann, por si no les suena, fue el director de cosas como Romeo + Juliet, Moulin Rouge! y esa versión moderna tan suya del El gran Gatsby. Si han visto esas películas, entenderán al instante por qué digo que Luhrmann está en las antípodas de lo que requería una serie como la que él mismo ha creado. Su omnipresencia creativa ha tenido enormes efectos sobre la producción, y no me refiero solamente a unos excesos presupuestarios (¡ciento veinte millones de dólares por seis episodios!) con los que Netflix ya debía de contar, sabiendo, como sabían, con quién estaban trabajando. Luhrmann no es ahorrativo ni prudente, esto apenas constituye una novedad y en todo caso es un problema de Netflix, con el que sus contables tendrán que lidiar. Pero es que su presencia también tiene un efecto demoledor sobre lo que vemos los espectadores. A nivel artístico, el inconveniente insalvable es que Luhrmann tiene un estilo pomposo y exagerado, y una manera tan horriblemente tópica de concebir el melodrama, que sus ideas encajan mal, pero muy mal, con la temática aquí tratada. Aun así, diría que esta es una serie casi fallida que —milagrosamente— contiene algunos elementos salvables. Pocos, pero los hay. En realidad, el que los haya es casi lo peor, porque hay momentos en los que llegamos a atisbar lo que este programa podría haber llegado a ser si se hubiese enfocado de la manera adecuada, con otro «talento» creativo al frente. Podría haber sido épica. Pero.

The Get Down gira en torno a tres ejes argumentales que, por desgracia, funcionan de manera muy desigual. En primer lugar se nos cuenta la historia de cinco chavales del Bronx que sueñan con crear un grupo de rap; sus ansias musicales son más bien abstractas y ni siquiera son conscientes de que forman parte de la emergencia de un nuevo estilo, no sospechan que están contribuyendo a crear una forma artística que años después se convertirá en algo grande (es más, el estilo todavía no tiene nombre unificado y definitivo; ellos lo llaman simplemente the get down). Una segunda línea argumental habla de una chica que aspira a convertirse en cantante de música disco. Y una tercera línea, o más bien un batiburrillo de líneas secundarias, describe de manera superficial algunos asuntos políticos y sociales de su tiempo, como el crimen o la corrupción, pero lo hace con cierta desgana, como si ese elemento formase parte obligada de la escenografía y se haya introducido porque no quedaba más remedio. Pues bien, la primera línea, la del grupo de raperos, es la que fluye con mayor facilidad y la que contiene casi todos los mejores momentos de la serie. Esto tiene una sencilla explicación: en su creación han colaborado personajes que estuvieron allí, en el nacimiento del hip hop, y que han aportado sus recuerdos al guion. Hablo, por ejemplo, de alguien tan importante como Grandmaster Flash —que aparece como personaje en la serie, aunque lógicamente interpretado por un actor más joven—, que ha participado como asesor. Eso se nota mucho, y para bien, en aquellas secuencias que se refieren a aspectos exclusivamente técnicos del origen de esta música. En cambio, la trama de la joven cantante es demasiado tópica. No digo que sea irreal, sino que está repleta de clichés propios de melodrama palomitero de los ochenta. En esta segunda trama se nota mucho más la mano de Luhrmann, y eso no es bueno. Esto lo resume todo: allá donde toca Luhrmann, la serie (que es su serie) no funciona. Cuando la cosa se aleja de su estilo, mejora bastante, por lo menos en lo cinematográfico y puramente visual.

El episodio piloto, de hecho, está dirigido por el propio Baz Luhrmann, y bueno… qué puedo decir. Hora y media de hipérbole visual, con escenas tan exageradas que demasiado a menudo traspasan la línea de lo sonrojante. ¿Cómo describir esos noventa minutos? Imaginen una West Side Story ambientada a finales de los setenta, repleta de referencias metidas con calzador, con variaciones de estilo: de un estilo exagerado a otro más exagerado todavía, hasta el punto de que por momentos todo parece un cómic en movimiento, ¡algo nada recomendable para tratar un tena como este! Como director, Luhrmann se demuestra tan desorbitado y fuera de control que, pueden creerme, el visionado de ese episodio piloto se hace difícil (y eso que ¡de verdad me interesa el tema!). Es más, si no hubiese sido porque quería escribir sobre la serie, dudo mucho que me hubiese molestado en pasar jamás al segundo episodio. Supongo que Luhrmann tendrá sus seguidores (¡no es mi caso!), pero dudo que incluso sus más acérrimos defensores puedan decir con expresión seria que el piloto de The Get Down no nos muestra a un cineasta borracho de sí mismo que jamás encuentra, y ni siquiera intenta encontrar, el tono adecuado para narrar una historia sobre hip hop.

No es que yo piense que la serie debía tener un tono oscuro solo porque tiene lugar en aquel problemático Bronx; nunca esperé que esto fuese The Wire. Pero tanto artificio cabaretero es difícil de soportar. Ese piloto es un caos, un tour de force de la horterada. Ni siquiera en la banda sonora hay sorpresas. Solamente suenan típicos éxitos de la época. No es que me parezcan mal; ¡para nada! Al contrario de lo que sucede hoy, aquellas listas de éxitos estaban repletas de maravillas que uno nunca se cansa de escuchar, y de hecho todas las canciones que suenan siguen resultando irresistibles en pleno 2016. Pero esa banda sonora es una recopilación que de tan obvia, resulta innecesaria. Supongo que, al igual que sucedía con Forrest Gump, los creadores de la serie han pensado que el público joven no conocía lo que sonaba en aquella época y han decidido que lo mejor era ir sobre seguro, al estilo radiofórmula nostálgica, haciendo sonar lo más previsible. En cambio, si usted está familiarizado con el funk o la música disco, solamente oirá temas con los que disfruta, sí, pero cuya presencia seguro podía haber adivinado de antemano y que le darán la impresión de estar escuchando un recopilatorio de estos que anuncian en la teletienda. En cualquier caso, esta falta de originalidad musical es un problema menor. Repito: las canciones son las típicas, pero son fantásticas. Lo más lamentable del piloto, insisto, es la total carencia de coherencia entre continente y contenido. Y la intensidad de la vergüenza ajena que producen determinados desvaríos del autor.

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Imagen: Netflix.

En los siguientes episodios Luhrmann ya no ejerce como director, solamente como supervisor, y eso se nota mucho. Para bien. Sin llegar a ser una gran serie, que no lo es, el ritmo y el tono se hacen más tolerables. En el segundo y tercer capítulos la sensación más acentuada es la de alivio, porque casi llega a parecer una serie normal. Todavía hay secuencias ridículas aquí y allá; por ejemplo, esos dos siguientes episodios terminan con sendas secuencias made in Luhrmann que, como era de esperar, resultan cursis hasta la médula, más propias de un malhadado musical. Pero como el Rey de la Cursilada australiano ya no es el director, los pocos mimbres buenos que tiene la serie empiezan a hacerse más visibles. En la segunda mitad de la temporada, durante los últimos tres episodios, la cosa mejora incluso un poco más. Tengo que admitir que The Get Down nunca deja de ser entretenida, y que cuanto menos aparece el «toque Luhrmann» en un capítulo, más creíble parece todo. Eso sí, continúa sin haber sorpresas. Casi toda la acción, con algunas raras excepciones, es estereotipada y previsible. Las escenas relacionadas con los cinco chavales aspirantes a raperos llegan a alcanzar otro nivel, dejando entrever las posibilidades —no aprovechadas— que tenía el material de base. El resto… bueno, ya no es tan sonrojante como en el piloto pero sigue sin resultar convincente. Se genera interés cuando el sujeto es el propio hip hop, pero cuando no lo es, sigue dominando el melodrama facilón y penosamente convencional. En cuanto la serie se aleja de los platos de DJ, deja de haber aportaciones dignas de mención; hay quizá alguna secuencia destacable (pienso en el discurso del último episodio, por ejemplo), pero en ningún caso las suficientes para compensar el carácter manido de casi todo el resto de la serie. Insisto: esto no implica que la serie sea aburrida. No lo es. Quitando el piloto, se deja ver y por momentos hasta consigue generar algo más que una vaga sensación de pasiva conformidad. Pero es el momento en el que uno piensa en lo que podría haber sido cuando se empieza a no tolerar la sobrecarga de azúcar en el guion, o las letales ocurrencias de Luhrmann para «enriquecer» lo que él considera momentos «álgidos» en los demás cinco capítulos.

En el reparto hay pocas caras conocidas. Por ejemplo, Giancarlo Esposito, el famoso Gus de Breaking Bad, interpreta al padre de la chica que sueña con cantar, un predicador ultraconservador y fanático. Poco puede hacer Esposito por mejorar un papel que parece calcado del más manoseado ejemplar de padre autoritario que puedan ustedes imaginar. El sempiterno Jimmy Smits, que ya pasa de los sesenta años pero que envejece a ritmo de baobab (joder, este tipo ya salía en series cuando yo era pequeño, ¿qué demonios comerá?) interpreta a un empresario barra mafioso portorriqueño, y lo hace bien, sobre todo gracias a su carisma, pese a que su personaje tampoco tiene grandes matices ni cuenta con un material demasiado inspirado con el que trabajar. En cualquier caso, lo mejor del reparto está entre los actores jóvenes. Destaca sobre todo el protagonista de la serie, Justice Smith, que interpreta a Ezekiel, un adolescente con vocación de poeta, sensiblero aunque extremadamente inteligente, que terminará cumpliendo un papel importante en el desarrollo del hip hop (al menos dentro de la ficción, claro). Justice Smith se las arregla para elevarse por sobre el conjunto con algunas secuencias en las que se desempeña de forma magistral; es un actor muy joven, solamente tiene veintiún años, pero no me sorprendería verlo hacer grandes cosas en el futuro. El resto del plantel de jóvenes es bastante compacto, exceptuando quizá a Jaden Smith, el hijo de Will Smith, que de momento no da muestras de tener una fracción ni del talento (notable) ni del carisma (indiscutible) de su famoso padre. Otros de sus compañeros sí cumplen, como Shameik Moore, quien ya había destacado en alguna serie. O sobre todo el jovencísimo Skylan Brooks, que a sus diecisiete años ya acumula un considerable currículum y que en mi opinión también debería tener aquí el trampolín para una prometedora carrera; tiene un papel secundario, pero el chaval es bueno. En cuanto a Herizen Guardiola, que interpreta a la protagonista femenina —la aspirante a cantante Mylene Cruz—, la verdad es que ha de enfrentarse a un papel mucho menos interesante, con muchos menos matices que el de Ezekiel. Creo que Baz Luhrmann está obsesionado con las heroínas en plan Julieta o María de West Side Story, pero no sabe darles profundidad, y eso hace que Mylene Cruz, al igual que los personajes adultos, tampoco pase de ser un personaje típico de los melodramas adolescentes de toda la vida.

Al final, la sensación que le queda a uno es la de que esta serie, en otras manos, podría haber sido algo grande. Los orígenes del hip hop se merecían algo mejor que un melodrama para todos los públicos. Mejor dicho, se merecían algo mejor que Baz Luhrmann. Es cierto que, hasta donde llega mi conocimiento, los detalles técnicos e históricos de la serie son correctos. Por ejemplo, cuando aparece como personaje el fundador del estilo, DJ Kool Herc —interpretado por el actor Eric Hill—, el retrato es perfecto, desprendiendo la misma aureola que el verdadero y consiguiendo reproducir su particular carisma. También se describe con acierto el carácter underground, casi mistérico, del hip hop primitivo. La asesoría de Grandmaster Flash no ha sido una mera jugada comercial para darle una falsa pátina de autenticidad al guion, y esta es una de las cosas que sí hay que agradecerle a Luhrmann: quitando su tendencia de inflarlo todo innecesariamente, se ha preocupado al menos de que la crónica del mundillo hip hop haya sido, en esencia, muy fiable. Desde luego puedo decir que se corresponde punto por punto a lo que todos conocíamos de antemano, que básicamente es lo que contaron después quienes habían estado allí, porque el mainstream no supo de su existencia hasta que el estilo ya estaba totalmente conformado (dicho de otro modo: antes de 1979 no hubo hipsters en el hip hop, porque el hip hop no era una moda, ¡ni siquiera los músicos profesionales neoyorquinos sabían que existía!).

Así pues, The Get Down es históricamente acertada. Es una pena. Porque el envoltorio tiene demasiados defectos estilísticos y es demasiado previsible en su conjunto como para que pueda decir con sinceridad que esta era la serie sobre hip hop que muchos esperábamos. Podría haberlo sido, pero no lo es. Aun así, más allá de ese espeluznante episodio piloto, es llevadera. Y sí, sé que veré la próxima tanda de episodios cuando Netflix tenga a bien ofrecerla. No porque espere nada en especial, sino porque creo que, si consiguen pulir algunas cosas y conseguir que Luhrmann renuncie a algunos de sus sonrojantes impulsos creativos, es posible que The Get Down llegue a convertirse en una buena serie. Por ahora no lo es. Si no la ven, no se van a perder gran cosa. Si la ven, aprenderán algunas cosas interesantes sobre hip hop, pero también aguantarán sus buenas dosis de pasteleo y detestarán un poco más a Baz Luhrmann, si es que no le detestaban ya. No descarto que los próximos seis episodios, los del 2017, puedan mejorar lo conseguido hasta ahora —misma materia prima, pero con otro enfoque— y entonces sí podríamos empezar a hablar de que la cosa merece la pena. Y eso, supongo, depende de lo mucho o poco que les interese el tema de base. Si usted nunca ha sentido la menor atracción o curiosidad sobre el origen del hip hop, manténgase alejado. Si siente alguna curiosidad, sepa que va a tener que superar un terrible episodio piloto y después rebuscar entre lo malo para encontrar lo bueno, pero cosas buenas las hay. Algunas secuencias le recompensarán. ¿En conjunto, hasta qué punto le recompensará la serie? Depende: ¿hasta qué punto está usted de vacaciones?

Todas las imágenes pertenecen a Netflix.
Imagen: Netflix.