¿Cuál es el mejor héroe o heroína de acción que nos ha dado la ficción?

Rambo ha vuelto, más viejo, más inflado y más pro-Trump que nunca. Tampoco es que se hubiese ido muy lejos porque ese Sylvester Stallone, que otrora poseía una encantadora mirada adormilada y un labio tonto, se ha tirado los últimos años haciendo el mercenario y paseando por la gran pantalla su nueva cara horneada por el botox. Pero Rambo: Last Blood parece andar más cerca del Kevin McCallister de Solo en casa que del molde de héroe de acción fantasioso donde se fraguó al personaje. Porque existe un arquetipo de guerrero popular de la ficción, esas estrellas de un cine de sudor, cervezas, one-liners ridículos, músculos en aceite de oliva, armas desproporcionadas y cadáveres de enemigos extranjeros apilándose en montañitas. El ejército de un solo hombre, un guerrero sobrehumano sin remordimientos y con una capacidad para autoregenerarse envidiable, el justiciero que entre las balaceras siempre tienen un hueco para los chascarrillos y la guasa. Alguien que ha nacido con la granada en la boca, la pistola bajo el sobaco y el cuchillo escondido entre los dedos del pie.

Existe la impresión de que ese tipo de personaje vivió su momento de gloria durante aquellos ochenta y noventa donde los cómics todavía no ejercían su dictadura en las taquillas. Pero los héroes de acción nacieron mucho antes y nunca han dejado de acompañarnos en los terrenos del cine y la televisión, reventando dientes, ametrallando vietnamitas, lanzando gritos de guerra, absorbiendo balas, ajusticiando punkis, conduciendo a través del postapocalipsis y, en general, molando mucho mientras convierten el genocidio en una carrera laboral. La encuesta de hoy es directa como un puñetazo en el morro: ¿cuál es el mejor héroe de acción que nos ha dado la ficción? El número de candidatos es enorme y sería eterno listar a todos los badasses de la historia, por eso mismo invitamos a los lectores a aprovechar la sección de comentarios para mencionar a los aspirantes ausentes que crean convenientes.

(La caja de voto se encuentra al final del artículo)


Rambo

John James Rambo nació en el mundo literario con la novela Primera sangre de David Morrell, pero sus guerras cinematográficas acabaron arrastrándole por terrenos alejados de los que tanteaba su aventura original. La que fuera sobre el papel una historia antibelicista se trasladó a la gran pantalla con bastante estilo de mano del mismísimo Stallone. Pero cuando el cine le perdonó la vida al protagonista (en el libro, Rambo la palmaba al final) y le envió hacia las secuelas con la bandana en la cabeza, la cosa degeneró hasta transformar al héroe traumatizado por la guerra de Vietman en una máquina de matar. A la larga, la fama de los films acabaron convirtiendo el nombre del personaje en sinónimo de übersoldado en el mundo real. Y en las últimas películas de la saga todas las sutilezas se quedaban en la puerta y el reparto al completo podía dividirse en dos equipos: «Rambo» por un lado, y aquellos que eran «Carne para Rambo» por otro.


Imperator Furiosa

El anuncio de una nueva entrega de la saga Mad Max pilló a la gente un poco desganada, el director George Miller ya sumaba setenta tacos, Mel Gibson no repetiría el papel a pesar de que parecía estar bastante mad y bastante max en la vida real, y en el fondo nadie se esperaba que una acción postapocalíptica llegase demasiado lejos hoy en día. Y al final, Mad Max: furia en la carretera no solo fue la hostia sino que además nos presentó a uno de los personajes más molones del cine de acción reciente, uno bautizado con uno de los mejores nombres de toda la historia: Imperator Furiosa, o Charlize Theron manca, cargada de mala hostia, con el melón engrasado y pisando el acelerador hasta hacerle sombra al propio protagonista de la franquicia.


Terminator

Tienes a Arnold Schwarzenegger, un actor austriaco que en esencia es una montaña de músculos que hablan como un robot, se mueven como un robot y actúan como un robot. Teniendo esto en cuenta, ¿qué es lo mejor que puedes hacer con él a la hora de ponerlo ante una cámara? Exacto, convertirlo en un bárbaro cimmerio o en su defecto en un androide T-800 enviado desde el futuro para aniquilar a gente, salvar a otra gente y conquistar nuestros corazones con su culo metálico. O cómo ensamblar una máquina asesina cinematográfica de la mejor manera, logrando que se encarame al estatus de leyenda al invertir su rol de villano a héroe entre las dos primeras (e indispensables) entregas y funcionando con la inercia de su carisma en el resto de (menos indispensables) secuelas. Por el camino, Terminator nos dejó una bonita colección de cadáveres, explosiones, hostias finas, frases lapidarias y réplicas que se han convertido en auténticos clásicos. «Sayonara, baby», «Necesito tu ropa, tus botas y tu motocicleta», «Díselo a la mano» o ese «Volveré» que iba completamente en serio: volvió durante el Día del juicio final pero también envuelto en un nuevo embalaje de T-850 durante La rebelión de las máquinas, en Génesis reapareció de nuevo (algo más ajado, eso sí) e incluso se presentó en la única película de la saga en la que Schwarzenegger no participaba (Terminator: Salvation) gracias a un doble de cuerpo con la cara tuneada a base de efectos digitales. Y en cuestión de semanas volverá de nuevo, porque Terminator: destino oscuro está asomando la patita a la vuelta de la esquina.


Harry el sucio

Prueba A: «Sé lo que estás pensando, si disparé las seis balas o solo cinco. La verdad es que con todo este ajetreo también yo he perdido la cuenta…»

Prueba B: «Anda, alégrame el día».


Ellen Ripley

Se encaró en bragas con un xenomorfo cabrón en Alien, el octavo pasajero. Se puso a los mandos de un robot para darse de hostias con una reina extraterrestre en Aliens: el regreso. Se sacrificó por todos nosotros en Alien 3 tras olerle el aliento al bichejo y hacer una parrillada con sus huevos. Y como no podía ser de otra manera, al cuarto día resucitó en forma de clon en Alien: resurrección. En el espacio nadie puede oír tus gritos, pero Ripley es la única heroína que nos merecemos.


Coronel James Braddock

Lo cierto es que en el caso de Chuck Norris (Carlos Ray Norris según su partida de nacimiento) la persona ha adquirido un aura más legendaria que sus propios personajes. El barbudo de Oklahoma sirvió en la Fuerza Aérea de los Estados Unidos, coleccionó trofeos en diversas competiciones de artes marciales y fundó su propia escuela de repartir galletas basándose en un estilo propio: el chun kuk do. Y después de todo eso se fue a guerrear al cine, Desaparecido en combate (una fotocopia ramplona de Acorralado) asentó esa imagen que tiene de hombre-ejército protagonizando películas chufa, xenófobas y tontorronas que proporcionaban una taquilla importante. Después llegarían Delta Force, Invasión USA, Hitman y Walker, Texas Ranger con la total certeza de que su público ya sabía a lo que venía. Pero lo icónico de la silueta de Norris se confirmaría durante la era digital, porque el soldado cinematográfico forjó el mito, pero internet supo pulirlo al convertirlo en la unidad de medida estándar con la que evaluar al héroe de acción, y lo hizo a base de toneladas de chistes: Chuck Norris no hace el pino, empuja la tierra para abajo. Chuck Norris es la razón por la que Wally se esconde. Chuck Norris pidió un Big Mac en el Burger King, y le dieron uno. Chuck Norris puede ganarte al cuatro en raya en tres movimientos. Porque no todo aquel que se enfrenta a Chuck Norris muere, algunos se alejan; esos son aquellos a los que llamamos astronautas.


John McClane

Jungla de cristal elaboró el modelo para el gran héroe de acción americano: un hombre que siempre está en el lugar equivocado en el momento equivocado, una ametralladora de one-liners ocurrentes, alguien que se arrastra muy jodido y muy magullado, pero que acaba saliendo adelante a las bravas, acribillando a un montón de terroristas mientras se queja de su exmujer. La clase de persona que te invita a una fiesta lanzándote un cadáver desde un rascacielos sobre el coche. El protagonista de la mejor película de Navidad posible, con permiso de Gremlins y Solo en casa. El puto John McClane. Yippee ki-yay, hijo de puta.


Snake Pliskeen

Snake Pliskeen (Kurt Russell) tiene el pack completo: chulería, un pasado en las Fuerzas de Operaciones Especiales de los Estados Unidos, chupa de cuero, parche en el ojo, voz de fumar duro y un nombre tan molón que lo mismo se lo toman prestado en Los Simpson que en la saga de videojuegos Metal Gear. Snake era alguien que no solo logró escapar de Nueva York y Los Ángeles (en esos futuros lejanos de 1997 y 2013, respectivamente) sino que además lo hizo surfeando un tsunami y acabó rematando sus aventuras estando tan de vuelta de todo como para que no le temblase el pulso en el momento de mandar al carajo todos los avances tecnológicos de la humanidad en los últimos quinientos años. «Bienvenidos a la raza humana».


Paul Kersey

A Charles Bronson le ocurre lo mismo que a Chuck Norris: el público ha acabado asimilando que en sus roles siempre interpreta al mismo personaje por mucho que las historias lo bauticen de manera diferente. La franquicia Death Wish (cuyos títulos en castellano nos dieron dolores de cabeza al presentarse, en orden, como El justiciero de la ciudad, Yo soy la justicia, El justiciero de la noche, Yo soy la justicia II y El rostro de la muerte) convirtió a Paul Kersey en icono de la venganza y al actor en estrella cuando ya acumulaba más de cincuenta primaveras, estableciendo en el imaginario popular su figura como la del pistolero que reparte justicia por sus santos cojones. Cara de banquero con mala hostia que votaría a Vox, pistolón en el pantalón y habitando un mundo de delincuencia hiperbólica. Lo mejor de todo es que su pasión por la vendetta es capaz de superar los límites de sus propias películas: en El justiciero de la ciudad, un desconocido Jeff Goldblum asesinó a su mujer y violó a su hija. Dos años después, en otra cinta no relacionada llamada El temerario Ives, a Bronson le tocó partirle los morros a un Godlblum que interpretaba a otro sicario random diferente.


Xena

En los noventa televisivos, a la hora de hablar de aventuras fantásticas, o eras hooligan de Hércules/Kevin Sorbo o lo eras de Xena/Lucy Lawless, los dos aventureros que trotaban por los mismos mundos fantásticos hostiando a todo el reparto de criaturas mitológicas griegas, revolcándose en anacronismos y enfrentándose a un CGI prehistórico que resultaba doloroso para las córneas. A la hora de elegir cuál de los dos irradiaba más carisma, la cosa estaba clara: uno era un chulillo pecho lobo y la otra tenía grito de guerra molón y un disco volador (el chakram) a modo de arma. El futuro acabaría dándole la razón a los Xenabelievers: Kevin Sorbo ha participado en Casi 300, dirige películas cristianas infumables y vota a Donald Trump porque según dice «Jesucristo hubiera votado a Trump». Entretanto, Lucy Lawless se ha aliado con Ash para patear culos demoniacos en Ash vs Evil Dead. No hay color.


Bryan Mills

A Liam Neeson le salió bien lo de reinventarse como héroe de acción gracias la ocurrencia de Luc Besson de convertirlo en un exagente de la CIA que agujereaba secuestradores albaneses. El problema fue que después de tres venganzas a los malos les quedaban pocos familiares del personaje que raptar o asesinar para tocarle las narices. Pero el hombre pudo superarlo aliándose con el catalán Jaume Collet-Serra y protagonizando una nueva sartenada de pelis (Sin identidad, Non-Stop, Run All Night, El pasajero) donde poner de nuevo cara de cagar duro y liarse a tiros. Y si existiese alguna duda sobre el material en el que está moldeado Neeson, basta con preguntar a Keegan-Michael Key y a Jordan Peele qué opinan de todo esto, porque esos dos lo tienen muy clarito.


John Wick

Keanu Reeves se convirtió en estrella de acción hace ya bastante tiempo, a base de domar un autobús explosivo y de esquivar plomo en universos para frikis informáticos amigos de engullir pastillas. Pero ha sido su reciente encarnación en John Wick la que realmente lo ha definido como una superestrella de los tiroteos y la acción chiflada. La película llegó de puntillas (en España ni siquiera se estrenó en cines) para enseñarnos que el amor entre un hombre y su perrito puede medirse en la cantidad de cadáveres que acumula el primero a la hora de vengar al segundo. A setenta y siete tíos se cargó en pantalla el bueno de Wick en su primera peli, a ciento veintiocho en la secuela y a noventa y cuatro más en el tercer capítulo. No está nada mal para el Ted de Las alucinantes aventuras de Bill y Ted.


Foxy Brown

A la blaxplotation setentera en el diccionario por «sutileza» no le venía nada. Y por eso mismo, no se cortó ni un pelo en explotar el físico de Pam Grier para demostrar que la mujer, además de los ovarios, también tenía las curvas bien puestas. En Foxy Brown la heroína se hacía pasar por prostituta para vengar el asesinato de su novio, y los modos y la saña que se gastaba contra los malosos logra que a su vera, los arquetipos clásicos de Rambos y Terminators parezcan monjitas de clausura.


Frank Martin

Jason Statham se estrenó en el mundillo audiovisual de la peor manera, bailando con un slip de leopardo en un videoclip ridículo. Después llegó un francés, Luc Besson de nuevo, y lo sentó en la saga The Transporter, desde donde se abrió camino repartiendo guantazos hasta convertirse en una gran estrella del cine de acción Hollywodiense (algo que logró repitiendo siempre el mismo papel). Destacó también por ser capaz de seguir la senda de Bruce Willis a la hora de convertirse en un estandarte de la dignidad alopécica masculina, porque los calvos también pueden ser tíos buenos. Y como además de porte, el tío tiene carisma, en sagas como Fast & Furious ha pasado de ejercer de villano a protagonista, de manera inexplicable para el guion si tenemos en cuenta que se coló en dicha franquicia asesinando a un miembro de la tropa principal.


Shaft

Otra blaxpotation, quizás la madre de todas y curiosamente nacida a partir de un personaje de novelas pulp escrito por un blanco, Ernest Tidyman. Una película que se anunciaba con una frase promocional impagable: «Está más bueno que Bond, mola más que Bullit». Shaft era tan negro que su nombre solo podía ser entonado en la banda sonora por Isaac Hayes, tan negro como para que una de sus secuelas fuese Shaft en África, tan negro como para mear alquitrán y que su descendencia directa fuese otro inquieto badass: Samuel L. Jackson, el hombre que mejor pronuncia la palaba «motherfucker» en una pantalla grande.


Rama

Si The Raid fue El padrino de las hostias, el Ciudadano Kane de los sopapos y la cima de años de indonesios dejándose los dientes delante de una pantalla, entonces no es demasiado arriesgado asegurar que The Raid 2 fue algo así como todo lo anterior en patinete y elevado a once. Y en el centro del huracán, Rama (Iko Uwais) deslomándose frente a la cámara para que nos doliese cada torta como nos la hubiésemos merendado nosotros.


Jason Bourne

Bourne se gestó en los ochenta, en un libro que dio pie a una saga con catorce secuelas. En la pantalla Matt Damon se vistió con su pellejo en cinco de las seis películas de la franquicia (Jeremy Renner protagonizó una El legado de Bourne en donde Bourne ni siquiera asomaba la cabeza) y demostró que a la hora de repartir hostias en las distancias cortas nadie era más práctico que él: lo mismo te daba una paliza con una revista, o te dejaba hecho un Cristo con un boli Bic, que te noqueaba con un libro de tapa dura y una toalla de baño.



La teoría del libre albedrío o el sueño de la morsa

Fotografía: Bill Hickey (DP)
Fotografía: Bill Hickey (DP)

El 7 de febrero de 2007, Dennis Overbye publicó un artículo en El País titulado «La ilusión del libre albedrío». Aunque el artículo en general defiende la tesis del neurólogo Mark Hallett, que viene a decir que el libre albedrío no existe, sino que es una percepción y no un poder o una fuerza impulsora, también menciona el voto a favor de algunos físicos, quienes afirman que es un requisito previo para inventar teorías y planificar experimentos, especialmente referidos a la mecánica cuántica, la extraña y paradójica teoría que atribuye una aleatoriedad microscópica a los cimientos de la realidad. Así, Anton Zeilinger, un físico cuántico de la Universidad de Viena, asegura que la aleatoriedad cuántica no es una prueba, pero sí un indicio de que tenemos voluntad propia. Existen varias fábulas que respaldarían a Zeilinger, como es el caso de la que se narra a continuación.

Érase una vez una morsa. La morsa, según explica National Geographic, es un animal bigotudo y de largos colmillos, que se encuentra principalmente cerca del círculo polar ártico, donde se tumba en el hielo en compañía de cientos de congéneres. Pero esta era una morsa especial. En primer lugar por la gran cantidad de grasa que acumulaba entre sus huesos, lo que la convertía en un espécimen gigantesco; y en segundo lugar, porque era la única morsa conocida que quería viajar a la luna para saber si sabía a queso.

La morsa lo había intentado todo, que era más bien poco, es decir, había saltado (lo que con su volumen era más bien un movimiento ridículo parecido al baile de la lambada) y probado con la teletransportación (tecnología que en el Polo Norte está escasamente desarrollada aún). Nada dio resultado. La morsa sabía que la única forma de llegar a la luna era ir a la NASA y secuestrar uno de sus cohetes. Pero ¿cómo diablos iba a llegar allí? La morsa pensó en su abuela, famosa viajera de leyenda entre su manada, que un centenar de años atrás salió a ver mundo sobre un sólido iceberg hasta que una gigantesca nave lo golpeó en 1912. Entonces la abuela morsa, enfadada, saltó al barco, que venía de Belfast, y comenzó una matanza que no terminó hasta que lo hundió. Pero eso es otra historia, aunque cada 15 de abril las morsas de todo el mundo celebran su día nacional, que consiste básicamente en quedarse quietas sobre el hielo disfrutando de un agradable descanso.

Nuestra morsa optó por hacer dedo y, afortunadamente llegó Jason Statham y la trasladó a la NASA (corría el año 2002 y estaba preparándose para rodar Transporter, la película francesa de Corel Yuen, así que le vino bien). La morsa dio las gracias a Jason y le preguntó a la recepcionista de la NASA que dónde estaban los cohetes. La mujer se levantó lentamente detrás del mostrador y salió corriendo mientras daba unos gritos audibles a kilómetros de distancia. Aunque la morsa intentaba calmar a la gente diciéndoles que no tenía mala intención (bueno, un poco sí porque quería robar un cohete, pero sin comerse a nadie) lo único que los científicos oían era un rugir feroz. En ese momento la morsa sintió el dolor agudo de un dardo tranquilizante en el culo y cayó al suelo en un profundo sueño. Cuando despertó, miró a su alrededor, y se dio cuenta de que la habían llevado al zoológico de San Diego, conocido por su escasez de morsas. La morsa sacó el dedo de nuevo con la esperanza de que Jason Statham estuviera por allí, pero esperó, esperó y esperó, y Jason no se presentó. 

Un día la morsa levantó la vista para ver la multitud congregada expectante y reconoció a Tim Allen, que como es el tipo que hace siempre de Santa Claus en las pelis y sabe del Polo Norte, salvó a la morsa y le buscó trabajo en Zasavica, famosa reserva natural serbia, en compañía de un centenar de burras de los Balcanes. Allí fue catadora especializada en queso pule, hecho de leche de burra y considerado el más famoso y caro del mundo, con un valor de alrededor de mil cuatrocientos dólares por un kilogramo. De todos es conocido que las pollinas serbias producen muy poca leche y dado que se requieren veinticinco litros para producir un kilo de queso, pues no sale a cuenta. Las morsas usan sus muy sensibles bigotes, llamados vibrisas, como detectores de sabor, de ahí que pudiera catar el queso sin acabar con tan escaso manjar.

Y este podría ser el final feliz de la historia, pero lo cierto es que no fue así. Dos años más tarde la morsa era una adicta al queso, tuvo que ir a rehabilitación donde se hizo amiga del Monstruo de las Galletas, que estaba quitándose de las Oreo. Cuando fue dada de alta se mantuvo limpia durante tres años hasta que un día se confió y probó una tarta de queso y frambuesa. Después de eso volvió a ser una yonqui. Le compraba el género a un traficante de cheddar de los contenedores de Carrefour. La morsa se comió todo el queso que pudo, luego lo inhaló, se lo inyectó e incluso se lo fumó. Murió de sobredosis de gorgonzola. Pero la moraleja es que esa morsa fue una inspiración para todos los mamíferos pinnípedos acuáticos, demostró que nuestra inmersión en la causalidad y el mundo material es precisamente lo que nos libera; que la evolución, la historia y la cultura nos han dotado de sistemas de reacción que nos otorgan la capacidad única de reflexionar y pensar las cosas, pero sobre todo de imaginar el futuro; que el libre albedrío y el determinismo pueden coexistir y por tanto, que debemos luchar por nuestros sueños. Después de su muerte la convirtieron en una alfombra y aún se encuentra en el despacho del presidente de la Asamblea de la República de Serbia. Es la razón por la que al entrar en la en la plaza Nikola Pašić de la ciudad de Belgrado se siente un fuerte olor a camembert. O eso dicen.


Lucy, Siri, Her, Scarlett

Escena de Lucy. Imagen: EuropaCorp / TF1 Films Production / Universal Pictures.
Escena de Lucy. Imagen: EuropaCorp / TF1 Films Production / Universal Pictures.

Luc Besson es probablemente el empresario cinematográfico europeo con el colmillo más afilado. En la última década ha engrasado una máquina de parir taquillazos estilo Hollywood con un aroma a perfume francés: además de darse hostias como panes, los personajes se pasean por localizaciones de ensueño y visten comme il faut. Besson consiguió, por ejemplo, que un tipo nacido en la Inglaterra profunda del condado de Derby como Jason Statham diese el pego vestido de traje en The Transporter.

Atrincherado en su Cité du Cinéma en el suburbio parisino de Saint Denis, Besson ha dirigido ocasionalmente, pero mayoritariamente se ha dedicado a escribir y producir películas de una hornada de directores de acción franceses clónicos como Louis Leterrier (las dos primeras Transporter, El Increíble Hulk, Duelo de Titanes), Pierre Morel (From Paris with love, Taken) u Olivier Megaton (la tercera Transporter, Colombiana, Taken 2).

Solo en 2014, Besson ha producido a Tommy Lee Jones, ha escrito y producido la última película de Paul Walker y ha creado un Taken versión Kevin Costner (fallido, por si se lo preguntan) llamado Tres días para matar. Pero Besson se reservaba lo mejor para él: este mes se estrena en todo el mundo Lucy, un guión escrito, producido y dirigido por el parrain del cine francés que se pregunta qué pasaría si la capacidad cerebral del ser humano pasase del 10% (esto es ficción, no ciencia) que utilizamos hoy.

Lucy es el nombre del primer homínido del que se tiene noticia y debe su nombre a la canción de los Beatles «Lucy in the sky with diamonds», que escuchaban en bucle los arqueólogos que desenterraron los restos en Etiopía. Lucy es aquí Scarlett Johansson, que lleva el peso de la película sin esfuerzo alguno, pasando de interpretar a una inocente turista norteamericana torturada por la mafia taiwanesa a una superheroína que se merendaría a la Viuda Negra de Los Vengadores sin hiperventilar. Los poderes de Lucy vienen de una sobredosis de droga, un planteamiento que recuerda un poco a Sin límites, la única película decente con Robert de Niro desde Ronin.

Lucy empieza como un actioner made in Hollywood donde la historia de Scarlett repartiendo hostias a tope de drogas entretiene a cualquiera. Mientras tanto, Morgan Freeman expone las teorías evolutivas que soportan el guión de la película con la ayuda de unas diapositivas de Power Point. Genialidad de Besson lo de elegir al tipo que mejor ha encarnado a Dios en el cine para hablar de darwinismo. La primera parte de la película, ya de por sí no muy larga (merci monsieur Besson) se pasa en un suspiro.

Es en el acto final, cuando Scarlett y la acción se trasladan a París, cuando las cosas se le van de las manos a Besson. Parece que habla en nombre del director de la cinta cuando Morgan Freeman, al ser preguntado sobre las consecuencias de un ser humano con el 100% del cerebro activo, responde un sincero «no tengo ni idea». Besson se queda corto de gasolina y de imaginación en el tercio final.

Sin ánimo de spoilear a nadie, (pero ahí va, SPOILER):

la cosa acaba en que Scarlett funde a bits y uno de los personajes recibe un SMS —por alguna razón lleva un Samsung de 2006— que dice I AM EVERYWHERE. Es decir, que al desarrollar su cerebro al máximo Scarlett Johansson abandona su (estupendo) cuerpo y se convierte en una inteligencia virtual que se manifiesta a través de dispositivos móviles. Se convierte en Siri. Y por eso es que cuando Lucy funde a negro empieza su secuela, estrenada a principios de año. La llamaron Her.