Zona de rescate: La voz dormida, de Dulce Chacón

Detalle de la cubierta de La voz dormida, de Dulce Chacón.

Dulce Chacón siempre me recordó a Roberto Bolaño. De hecho, ambos fallecieron el mismo año y los dos fueron conscientes del aprecio y la admiración de sus lectores en circunstancias muy trágicas, pues disfrutaron en vida de un efímero éxito literario que la muerte les impidió saborear mejor. En el caso de Dulce Chacón, gracias a su novela La voz dormida (2002), uno de los grandes títulos que —junto a Soldados de Salamina (2001) y Los girasoles ciegos (2004)— contribuyó a la configuración de la guerra civil como el más fecundo de los territorios literarios de la narrativa española contemporánea.

La obra más conocida de Dulce Chacón antes de La voz dormida (Alfaguara) fue Cielos de barro (Planeta) —ganadora del Premio Azorín de Novela del año 2000—, aunque tras su fallecimiento fueron reeditados sus poemarios, novelas y obras de teatro. Así, cuando Benito Zambrano llevó La voz dormida al cine en 2011, la memoria de Dulce Chacón permanecía vigente y vigorosa, pero algo había cambiado ya en la «lectura» de las ficciones sobre la guerra civil. De hecho, si La voz dormida hubiera aparecido por primera vez en nuestros días, quizá su fortuna editorial habría sido muy diferente.

Hasta que Javier Cercas, Dulce Chacón y Alberto Méndez no publicaron sus respectivas obras sobre la guerra civil a comienzos de los años dos mil, el tema no había sido abordado de manera frontal por los narradores españoles contemporáneos, a pesar del buen suceso de Luna de lobos (1985) de Julio Llamazares, Las máscaras del héroe (1996) de Juan Manuel de Prada o El lápiz del carpintero (1998) de Manuel Rivas, en cuyas obras la guerra civil era una atmósfera antes que una trama. No obstante, sin esos títulos y sobre todo sin Las armas y las letras (1994) de Andrés Trapiello, quizá los libros de Cercas, Chacón y Méndez no habrían sido los mismos. El caso es que Soldados de Salamina, La voz dormida y Los girasoles ciegos se convirtieron en fenómenos editoriales, crearon escuela y estoy persuadido de que allanaron el camino de la Ley de Memoria Histórica de 2007. Hasta ahí todo muy razonable, pero años más tarde se les reprochó su éxito, les echaron la culpa de las docenas de pésimas imitaciones y hasta les aplicaron una versión sui generis de la Ley de Memoria Histórica porque fueron acusados de contemporizar, relativizar e incluso de buscar la equidistancia entre víctimas y verdugos. En el caso de La voz dormida he leído acusaciones absurdas contra su presunto «final feliz», dizque expresado en un indulto franquista y en la boda religiosa de Jaime y Pepita.

Mi idea es que Dulce Chacón escribió una novela extraordinaria, para lo cual se documentó y luego arriesgó, porque en 2002 escribir sobre la guerra civil todavía no era una apuesta segura ni garantía de ningún éxito. Todo lo contrario, pues gobernaba el Partido Popular y Dulce Chacón fue una decidida activista contra la guerra de Irak. Por otro lado, cuando la novela apareció nada hacía presagiar que el signo del gobierno español cambiaría en 2004 y por eso creo que La voz dormida triunfó en las librerías y en el boca a boca de los lectores a pesar de las circunstancias políticas. Por otro lado, una novela como La voz dormida tuvo que haberse cocido durante varios años de investigación, entrevistas y corrección de borradores, lo que significa que tampoco fue una obra escrita al socaire del éxito de Soldados de Salamina, cuyas ventas tampoco fueron especialmente sobresalientes hasta el otoño de 2001, cuando Dulce Chacón ya había entregado el manuscrito a sus editores.

Lectora de teatro y ella misma autora dramática, Dulce Chacón aplicó en La voz dormida todos sus conocimientos de la escena y el discurso teatral, desde los diálogos hasta los monólogos, pasando por la construcción de espacios, la lectura de dramaturgos de posguerra como Sanchis Sinisterra o Buero Vallejo y sobre todo la redacción del fastuoso dramatis personæ de la primera parte de la novela, donde presentó una por una a todas las mujeres que convivían en aquella lóbrega cárcel de Las Ventas. La plasticidad teatral de La voz dormida tuvo que ser muy útil para su posterior adaptación al cine, aunque solo Benito Zambrano podría corroborar esta intuición.

Dulce Chacón falleció cuando había llegado a su plenitud como narradora. No le escatimo ningún mérito porque pienso que ya he demostrado que La voz dormida no fue el resultado de ninguna estrategia comercial. Tal vez hasta su páncreas sufrió mientras la escribía, porque Dulce Chacón siempre quiso darle voz al dolor de las mujeres y así sus criaturas hablaban a través de sus cuerpos maltratados, heridos, torturados, gestantes, enfermos, violados o febriles, pero siempre dolientes. Y ahora la voz dormida es la suya.

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Algunos libros nunca disfrutaron de la atención que merecían y ciertos autores fallecidos en su plenitud corren el riego de ser olvidados. En Zona de Rescate compartiré mis lecturas de ambas regiones —la Zona Fantasma y la Zona Negativa— porque la memoria literaria es tan importante como la otra. Distancia de rescate (¡gracias, Samanta!): 1985, año de mi venida a España.


Un tal Bolaño

Xosé Luis Fortes cuenta que a finales de 1979 coincidió con un tal Bolaño en Ourense. Tuvieron trato durante un mes, aproximadamente. Según él, casi seguro que era Roberto Bolaño Ávalos (1953-2003), el escritor chileno. Acentúa la palabra «casi», para dejar claro que pudo ser Roberto Bolaño pero también no serlo. Es cauto a propósito de sus recuerdos. A veces «también la memoria recrea ficciones», admite. Fortes (1961) trabaja como celador de carreteras en la Xunta de Galicia, pero en su otra vida, la de las tardes, se entrega a la literatura. Yo nunca había leído ni oído que Bolaño hubiese estado alguna vez en Galicia, pero me empecé a interesar vagamente por esa historia cuando Fortes me la contó por tercera vez en diciembre de 2017.

A mediados de ese mes quedamos en el café Bohemio de Ourense, en una mesa al lado de la puerta, por la que entraba un frío atroz. Nos levantamos media docena de veces a cerrarla. Encendí la grabadora y le pedí todos los detalles que consiguiese recordar del tal Bolaño. El relato comenzaba en 2008, y después iba hacia atrás. «Ese año yo sufrí un infarto, y en mitad de mi recuperación mi amigo Pepe Bouzas apareció en el hospital con un ejemplar de Los detectives salvajes (1998). Me empezaron a sonar demasiadas cosas, y aparecieron algunos datos ante los que me dije que allí había algo nuestro, generacional, común». Días después su amigo le envió un enlace a una entrevista en una radio de Girona. «Aquella voz me sonaba. Era Roberto Bolaño, y en ese momento es cuando pienso por primera vez que es perfectamente posible que Bolaño fuese el mismo Bolaño que yo había visto y tratado treinta años antes en Ourense».

En su teoría, había algunos fragmentos sobre Galicia en Los detectives salvajes que despertaron los recuerdos en los que Bolaño se le apareció en Ourense. «¿Qué fragmentos son esos?», pregunté. Dos noches después me envió una fotografía de la página 427 de la novela, en la edición Narrativas hispánicas de Anagrama. Se trataba del comienzo del capítulo 20, donde Xosé Lendoiro, poeta y abogado, relata cómo y cuándo conoció a Arturo Belano, trasunto de Roberto Bolaño y protagonista de la novela junto a Ulises Lima, a su vez trasunto del poeta mexicano Mario Santiago (1953-1998). Lendoiro lo conoció durante un viaje por Galicia, en un camping de Castroverde (Lugo) al que el abogado fue a parar en su roulotte, con la que se dedicaba a recorrer España por placer. Un día, durante su estancia en Castroverde, un niño se precipitó a la sima de una montaña llamada la Boca del Diablo. El vigilante del camping se ofreció a descender con una cuerda y rescatarlo. Cuando al fin lo subieron, se organizó «una fiesta de gallegos en la montaña, pues los campistas eran funcionarios y oficinistas gallegos y yo era hijo también de aquellas tierras y el vigilante, al que llamaban El Chileno pues esa era su nacionalidad, también descendía de esforzados gallegos y su apellido, Belano, así lo indicaba». Al menos en la ficción, pensé, Bolaño sí había estado en Galicia, como una etapa más del interminable viaje que Belano y Lima emprenden en 1976, cuando salen de México D. F. en busca de la poeta realvisceralista Cesárea Tinajero, y que, a menudo por separado, los llevará a lo largo de veinte años por Nicaragua, Estados Unidos, Francia, Austria, Israel, Egipto, Liberia, Angola, otra vez México y también España.

A raíz de la lectura de la novela, merecedora del Premio Herralde, Fortes ya no pudo sacarse de la cabeza que a lo mejor había conocido a Roberto Bolaño. Pero ¿dónde, cómo, cuándo? «Todo comenzó en el pub Yopo, propiedad de Orlando Saavedra, un chileno que había llegado a España huyendo de la dictadura de Pinochet. El local estaba en la calle Ervedelo y fue el segundo pub que se abrió en Ourense». El local sigue en el mismo sitio, ahora con otros dueños y un nombre distinto. Antes de ser un pub había sido un club de alterne, y cuando dejó de ser el Yopo volvió a convertirse en club. Fortes y su amigo Bouzas lo frecuentaron a finales de los setenta. Fue ahí donde contactaron con el tal Bolaño. Yo vivo a cincuenta metros del local. Nunca se me ocurrió entrar hasta hace unas semanas, solo para fantasear con que en una esquina pudo apoyarse el escritor chileno, tal vez. Está en un sótano. Hay que bajar dos plantas. Si te quedas en la primera te encuentras el pub Kinley. Si desciendes una más está el antiguo Yopo, ahora club Hawai.

«Recuerdo que el tipo tenía el pelo largo, rizo y barbita. Era chileno y contaba que había estado en México», exactamente como Roberto Bolaño, que en 1968 dejó Chile para trasladarse con su familia a Ciudad de México, que en 1977 dejó para viajar a Barcelona. Fortes, por entonces, tenía dieciocho años y acababa de plantar los estudios. Ganaba algo de dinero como árbitro de fútbol y trabajando en la construcción. En el pub Yopo se mezclaba la música con la efervescencia política, propia de aquel momento. «Nosotros éramos anarcoides, desafectos, y allí había mucha gente del Movimiento Comunista, de la Unión do Pobo Galego, de la Liga Comunista y también de Movimiento de Izquierda Revolucionaria».

Un día entabló conversación con el tal Bolaño. «Era una persona muy peculiar, retraída. Me contó que venía en busca de sus ancestros». Esa búsqueda encajaba con la biografía de Roberto Bolaño, cuyo abuelo paterno, Ricardo Bolaño Morán, había nacido en Galicia. En una carta dirigida a la filóloga chilena Soledad Bianchi, el escritor le confesaba: «Mi familia paterna es de origen gallego y catalán. Mi abuelo paterno nació en Galicia, tuvo nueve hijos y murió de una conmoción cerebral tras caerse de un caballo. Mi familia materna es chilena, descendientes de una burguesía venida a menos (incluso a espantoso). Mi abuelo materno fue coronel de ejército y murió de un ataque al corazón en el año 62, en su cama y jubilado, con dos solas aficiones: jugar al ajedrez y decorar jarrones con trocitos de papel recortados de revistas de colores».

Me dije que había que intentar un paso importante, y por dos vías procuré la forma de contactar con Carolina López, viuda del escritor, que en su momento «aportó a Bolaño estabilidad económica y anímica, un marco familiar, un fundamento sólido, y lo alentó en los días de ayuno en el desierto, cuando los editores y los agentes literarios rechazaban sus manuscritos», según la editora Valerie Miles. Fui a su encuentro y su testimonio resultó categórico: «Roberto nunca visitó Galicia, ni para buscar sus orígenes, ni para hacer turismo y tampoco para promocionar sus libros». Sí es cierto que «en sus fantasías estaba viajar a Galicia, reencontrar la tierra de sus abuelos y cerrar el círculo». En todo caso, «nunca insistió demasiado, ni hubo ningún intento de hacer realidad el viaje». Se preocupó «por encontrar el origen de su apellido, que encontró en Lugo, de donde era su abuelo».

Ya sabía qué pensaba Carolina López, que conocería a Bolaño en 1981, en Girona, pero ¿qué decían sus amigos? Hice una lista y me puse en contacto con Javier Cercas, que lo vio por primera vez a comienzos de los ochenta. En alguna ocasión, el autor de Soldados de Salamina contó que cuando cultivaban su amistad a diario, ya en los noventa, «parecíamos novios». Sin embargo, Cercas no recordaba que «me hablase jamás de sus ancestros españoles ni nada que tuviese que ver con Galicia. En realidad, no recuerdo que hablásemos de otros familiares que no fuesen su mujer y sus hijos, salvo de su madre y su hermana, que vivían cerca, y de su padre exboxeador [León Bolaño Carné], a quien, que yo recuerde, en todo el tiempo que fuimos amigos solo vio una vez, en Madrid».

León Bolaño Carné, que tras abandonar el boxeo se dedicó al transporte de mercancías en México, estuvo más de dos décadas sin hablarse con su hijo. Murió en 2010. En el relato «Últimos atardeceres en la Tierra», Roberto Bolaño narra, en una mezcla de ficción y memoria, las tristes vacaciones de un fin de semana entre padre e hijo, después de las cuales la infancia parece quedar atrás. En una entrevista concedida al periódico chileno La Tercera, León Bolaño confesó un día que «no me enteré de sus libros hasta que unos parientes me lo dijeron y mi hijo León Enrique comenzó a sacar datos de internet». León Enrique Bolaño Mendoza es hermanastro de Roberto, fruto del segundo matrimonio de León Bolaño tras separarse de Victoria Ávalos. En el año 2000, el hermanastro envió un telegrama a Roberto: «Comunícate urgente», y al fin hijo y padre hablaron por teléfono tras muchos años alejados. En 2001 se vieron en Madrid. Ese fue el encuentro al que se refería Javier Cercas.

Me llevó su tiempo hablar con León Enrique Bolaño Mendoza, que se dedica a la política. Milita en el PAN (Partido Acción Nacional) y actualmente es el presidente del municipio mexicano de Cadereyta de Montes, en Querétaro. Me pareció buena idea preguntarle por su abuelo. Se mostró honesto al anticiparme que no tenía «la plena certeza de la objetividad, veracidad y realidad en tiempos y formas» del relato que sobre su abuelo le trasladó su padre. Me aseguró que Ricardo Bolaño Morán nació en Becerreá (Lugo), un municipio con una superficie de ciento setenta y tres kilómetros cuadrados y unos tres mil habitantes. Está a solo treinta kilómetros del Castroverde que se menciona en Los detectives salvajes. Curiosamente, el propio Roberto, en una carta que dirige al poeta Carlos Edmundo de Ory (y que custodia la propia Fundación Ory), le manifestaba en noviembre de 1993 que «la aldea de mis antepasados, llamada Bolaño, está en las montañas de Lugo, el último sitio habido antes de entrar en Asturias. Mis tías me solían contar historias acerca de ese pueblo, de donde veníamos todo los Bolaño esparcidos por América —naturalmente, todos parientes—. Está cerca de Castroverde, en tiempos lejanos el señor feudal de la zona». En esta misma carta, una parte de ella recogida en la biografía sobre De Ory escrita por José Manuel García Gil, Roberto Bolaño le anunciaba al poeta gaditano que «dentro de poco viajaré a Galicia» para reencontrase con la aldea familiar.

Pero volvamos a su padre. Bolaño Morán emigró muy joven con su hermano Vicente «destino a Panamá para emplearse en la construcción del canal». Más tarde aceptaron una oferta de trabajo en un buque que se dirigía a Chile. Vicente prefirió quedarse en Buenos Aires durante una escala, y Ricardo continuó hasta su destino, en la ciudad de Concepción.

Con el tiempo, conoció a Eugenia Carné Visa, catalana, con la que se casó y se establecieron en Los Ángeles. Allí tuvieron ocho hijos, uno de ellos León, el padre de Roberto Bolaño. Ricardo vivió del comercio, la agricultura y la cría de animales. «Su semblante era duro, seco y rígido, poco o nada expresivo, y tenía una conversación muy corta», me precisó su nieto, que me hizo llegar una fotografía en la que se ve a un señor sentado, con un bigote cuyos extremos terminan en curva, en traje, veterano de la elegancia, con unos prismáticos en la mano.

En marzo de 1940 viajó a Concepción por negocios, llevándose a dos de sus hijos, entre ellos León. Aprovecharon para «comprar dos guajolotes [pavos], que colgaron del cuello del caballo». Cuando Ricardo lo montó, «en un movimiento torpe asustó a los guajolotes, que papalotearon [movieron las alas], y el caballo levantó ciento sesenta grados las patas». Bolaño Durán cayó al suelo. «Su cabeza rebotó sobre la piedra seca», pero aun así se incorporó y volvió a subir al animal. Cuando llegó a casa le dijo a su mujer: «Estoy cansado, me duele la cabeza… iré a dormir». Y nunca se despertó.

El encuentro entre Fortes y el tal Bolaño tuvo lugar a finales de 1979. Al año siguiente Roberto abandonó Barcelona y se mudó a Girona, para entonces con una primera versión de su novela Amberes ya escrita, y los primeros poemas que forman parte de La universidad desconocida, que compuso a lo largo de toda su vida. En el 79 Fortes había cumplido la mayoría de edad y obtenido el carné de conducir. Su padre le compró un Seat 600 D de segunda mano. «Era de color blanco marfil. Recuerdo perfectamente la matrícula: OR-31562. Era un modelo con aquellas puertas que abrían al revés, puertas suicidas, se llamaban. Lo deshice un día al volcar, regresando de arbitrar un partido». Esa tarde, en el café Bohemio, me contó que una vez el tal Bolaño y él se subieron al coche y se dirigieron a Parada do Sil, un municipio que linda con Lugo, en busca de otros Bolaños que pudiesen conducirlo hasta sus antepasados. «Mi padre conocía a varios en aquella zona».

No fue el único viaje que hicieron juntos en el Seat 600. Hubo uno más, y después el chileno desapareció para siempre, hasta que años después Fortes creyó reconocerlo en el autor de Los detectives salvajes. Un día se dirigieron a la calle Padre Sarmiento, sin salir de la ciudad. «Nos bajamos del coche y mientras yo vigilaba él se subió a un muro que había al lado de las torres, desde el que manipuló los cables de un teléfono para hablar con el extranjero. Me pareció que lo hizo con mucha naturalidad».

Fortes tiene dificultades para evocar las conversaciones que mantenía con el chileno. Cuando hace mucho tiempo de algo a veces solo resisten en pie algunos rayos de luz y unas pocas imágenes arrugadas en la memoria. «Creo que estaban relacionadas con la política y las ideologías, y también con el arte. Cuando la conversación se volvía más intelectual, Bouzas intervenía más que yo».

Una semana después de verme con Fortes quedé con José Manuel Bouzas. Bouzas es escultor, además de ensayista y comisario de arte. También quedamos en el café Bohemio, pero como había demasiado ruido, y la puerta otra vez se abría y cerraba sin parar, nos fuimos a la cervecería Áncora. Encendí la grabadora y le expliqué que, según lo recordaba Fortes, él y Bolaño habían mantenido algunas conversaciones en el pub Yopo sobre surrealismo y dadaísmo. «Ah, ¿sí? No recuerdo nada de esas conversaciones ni de ningún Bolaño». La memoria nunca nos afecta por igual, pensé, y apagué la grabadora. Bouzas recordaba la época, el pub, pero nada de alguien que se apellidase Bolaño y fuese chileno. Cuando semanas después releí Los detectives salvajes me consolaba cada vez que algún personaje mencionaba el surrealismo o el dadaísmo.

Esa misma tarde, al llegar a casa, le escribí un mail a Enrique Vila-Matas, que había conocido a Roberto en 1996, en el Bar Novo, en Blanes, localidad en la que el chileno se había asentado en 1985. Ese día Vila-Matas entró con Paula de Parma, profesora de literatura y su pareja, que acababa de leer Estrella distante, y al poco apareció Bolaño. Ella le preguntó si era Bolaño, y este dijo que sí, y al reconocer a Vila-Matas a su lado, exclamó: «¡Hostia!».

Lamentablemente, Vila-Matas tampoco pudo aportar datos prácticos a mi investigación, «por desconocer incluso el origen gallego de Roberto, es decir, que o no le oí hablar nunca de esto o no le presté nunca atención». En cambio, me contó que en su día escribió un texto para la editorial L’Herne sobre George Perec, titulado «Perec y Bolaño en Galicia», aunque «en ningún momento pensé que Roberto tenía alguna relación con Galicia». Eso resulta perfectamente vilamatiano. El autor de Mac y su contratiempo me hizo llegar el texto, en el que cuenta que durante una estancia en A Coruña soñó que Roberto Bolaño y Perec estaban en Galicia.

En la busca desesperada de más testimonios que sirviesen para apoyar los recuerdos de Fortes, me preguntaba si podría dar con el propietario del Yopo. Solo tardé tres días y medio. Encontré a Orlando Saavedra, médico jubilado, a cien kilómetros de Ourense, ejerciendo de concejal de Servicios Sociales en la localidad de O Barco. «El Yopo —me dijo con nostalgia— lo monté yo mientras hacía la residencia en el hospital de Ourense, para contribuir a la economía familiar». Los Saavedra eran cuatro hermanos que el golpe militar de Pinochet empujó al exilio. Cada uno tomó una dirección: Estados Unidos, Francia, Suecia y, en el caso de Orlando, España. Abrió el Yopo en 1978. «¿Bolaño, Roberto Bolaño, el escritor, en el Yopo? Mmm. No sé. Quienes sí estuvieron fueron Eduardo Galeano, Eduardo Blanco Amor, Jaime Quesada o Amancio Prada». Se hacían exposiciones, conciertos en directo, pero con el tiempo el ambiente se deterioró y en 1981 el pub cerró al convertirse en un lugar de referencia para los consumidores de heroína. Orlando Saavedra me dio un nombre antes de despedirnos: Manuel Araujo Fiz. Tal vez pudiese ayudarme. También era chileno, asiduo al Yopo, comercial y profesor de pintura. Me costó dos semanas conseguir que me devolviese las llamadas. Entonces me habló del pub, del ambiente, de la efervescencia. «La clientela tenía un perfil intelectual. Todavía me encuentro a gente que me dice “Yo te conozco del Yopo”». Por esa época «tuve contacto con varios Bolaños en Ourense», me aseguró. Me excité casi sin razón, y cuando me confirmó que ninguno de ellos era chileno, ni acabó escribiendo libros, me derrumbé.

Entre tanto, una serie de gratas casualidades me condujo a Lola Paniagua, a quien Bolaño había conocido al poco de llegar a España. Ella era una recién licenciada en Química que un día de 1977 recaló en Barcelona desde Hospitalet. Leyó en un periódico que se alquilaba una habitación en un piso de la Gran Vía de Les Corts, y fue de ese modo como conoció a Roberto, a su hermana Salomé y a la madre de ambos, Victoria Ávalos. Ella y Roberto se hicieron novios y en 1978 se fueron a vivir juntos a un pequeño apartamento en Carrer dels Tallers, en el Raval. La relación se acabó antes de que Bolaño abandonase Barcelona por Girona, en 1980. En 1978 la pareja estuvo cerca de pisar Galicia, cuando hicieron juntos un viaje a Portugal. Pero, según Lola, él nunca «expresó intención ninguna ni en el viaje ni en otro momento sobre buscar sus raíces gallegas».

No me rindo fácilmente. Tenía pendiente escribirme con Eva Valcárcel, profesora de Literatura Hispanoamericana en la Universidad de A Coruña, quien en su día casi logra convencer a Bolaño para visitar Galicia. Lo conoció a través del también escritor chileno Jorge Edwards. «A fines de 2002 organicé un congreso internacional de latinoamericanistas en la Universidad de A Coruña y pensé en él», me contó. «Durante dos semanas hablamos por teléfono casi a diario […]. Le atraía mucho Galicia y la vinculación de su apellido con ella». El plan era que «viniese para ser el invitado del Congreso, pero se vio interrumpido». Alguien le exigió cumplir con un compromiso anterior en Madrid. «Me habló de los orígenes míticos, como suelen hacer los latinoamericanos, de su apellido gallego, pero sin ninguna precisión, porque no los conocía. Eso sí, se interesó mucho por Galicia, por la Universidad y por algunos aspectos de la cultura gallega contemporánea y por la literatura; todo aparece novelado en unas páginas gallegas de 2666».

Esas páginas se recogen en la segunda de las cinco partes que componen el libro, titulada «La parte de Amalfitano». Óscar Amalfitano es un profesor chileno que se traslada de Barcelona a Santa Teresa, en México, para dar clases en su universidad. Un día, al abrir una caja de libros, encuentra Testamento geométrico, del gallego Rafael Dieste, que no recordaba haber comprado jamás. En la primera página había una etiqueta de la librería Follas Novas de Santiago de Compostela en la que se supone que se adquirió, aunque «nunca, ni en sueños, había estado en Santiago de Compostela». Una tarde Amalfitano tomó el libro, tres pinzas de la ropa y lo colgó de un tendedero para comprobar cómo resistía la intemperie y para que aprendiese «cuatro cosas sobre la vida real».

Aquel volumen era una edición que habían hecho posible algunos amigos del autor, cuyos nombres se recogen en mayúscula en la página cuatro, donde explican que la presente edición es su homenaje a Dieste. Amalfitano, tal vez sin querer, repara en un detalle que retrata Galicia como un país de favores y servidumbres. Casi hay que ser gallego para que un personaje chileno afirme que le parece «una costumbre extraña el poner los apellidos de los amigos en mayúscula, mientras el apellido del homenajeado estaba en minúscula». Ya en Los detectives salvajes, donde Xosé Lendoiro se refería a Belano como «neogallego», se vislumbraba un conocimiento instintivo de la gente de este país, cuando el narrador se permite contar un chiste de gallegos: «Va una persona y se pone a caminar por un bosque. Yo mismo, por ejemplo, estoy caminando por un bosque, como el Parco di Traiano o como las Terme di Traiano, pero a lo bestia y sin tanta deforestación. Y va esa persona, voy yo caminando por el bosque y me encuentro a quinientos mil gallegos que van caminando y llorando. Y entonces yo me detengo (gigante gentil, gigante curioso por última vez) y les pregunto por qué lloran. Y uno de los gallegos se detiene y me dice porque estamos solos y nos hemos perdido».

Me quedaban cada vez menos opciones. Recurrí a Ignacio Echeverría, amigo y conocedor en profundidad de su obra, parte de la cual contribuyó a editar. Lamentó mucho no serme de utilidad. «Nunca hablé con Roberto de eso que mencionas, o al menos no lo recuerdo». Antoni García Porta, que pasó a formar parte del círculo más cercano de Bolaño al comienzo de los ochenta, era el siguiente en mi lista. Habían escrito a cuatro manos la novela Consejos de un discípulo de Morrison a un fanático de Joyce. Roberto relató en el Diari de Girona que «nos conocimos en 1978, en las oficinas de una editorial marginal de Barcelona que solo publicaba poesía y que resignadamente se llamaba La Cloaca [dirigida por Xavier Sabater]. No era un buen principio, pero para nosotros, que entonces escribíamos poesía y que éramos los campeones de los futbolines del distrito quinto de Barcelona, era un principio al menos prometedor». Cuando le trasladé a Porta la historia de Fortes, reaccionó diciendo «curiosa historia la que me cuenta, de esas que se non è vero, è ben trovato. Lo cierto es que no recuerdo nada de un viaje de Bolaño a Galicia. Le deseo suerte en sus pesquisas».

En la vorágine precisamente de mis pesquisas, se me presentó la ocasión de hablar al fin con el poeta chileno Bruno Montané, y seguramente mejor amigo de Bolaño. Precisamente en la casa de Montané en México D. F., en la avenida Argentina n.º17, él, Bolaño, Mario Santiago y otros poetas fundaron el infrarrealismo. Montané es Felipe Müller en Los detectives salvajes. Esperaba su aportación con expectación. La posibilidad de que el tal Bolaño fuese Roberto Bolaño, Bruno Montané la encontró «entrañable, y también respetablemente peregrina». Que Roberto «se pegase una escapada, y lo hiciese sin contar a nadie nada, a mí me parece improbable». Por otra parte, nunca le pareció alguien interesado en indagar en la parte física de la memoria familiar. «No lo imagino yendo a Galicia, en aquel momento, si no es para encontrarse con un poeta o una chica», afirma. «Una vez me aseguró que había vuelto a México en un viaje clandestino, pero yo creo que era una trola, como si necesitase ensayar un episodio antes de escribirlo».

La conversación con Bruno Montané me dejaba, pues, en el mismo punto en que ya estaba: nada de nada del viaje a Galicia. Podía estar buscando siempre, así que decidí que me restaba un último movimiento antes de cerrar mi indagación. Un amigo escritor me puso en contacto con Carmen Pérez de Vega, pareja sentimental de Roberto durante sus últimos años de vida. Era mi última esperanza. No sabía a qué iba a enfrentarme. Cuando le referí el relato, se quedó un instante en silencio, y al fin dijo: «No me parece imposible. No diría yo que Roberto no estuvo en Ourense». Bolaño nunca le había mencionado nada al respecto, pero que no contase algunas cosas que hacía o pensaba, añadió, no significaba que no las hubiese hecho o no las pensase. «Pudo resultar un viaje infructuoso, del que no obtuvo nada en limpio sobre sus orígenes, y en ese caso, conociéndolo, sería muy normal que no contase nada, o que le provocase mucha melancolía, y en esa circunstancia tendía a cerrarse en sí mismo. Recuerdo que cuando viajamos a Londres, y la recepcionista del hotel resultó ser gallega, él le contó que sus orígenes estaban allí, y que en Galicia había muchos Bolaños. Mi impresión es que no era alguien que quisiese saber demasiado sobre sus orígenes».

A estas alturas me pareció que todo estaba dicho, salvo establecer diálogo con Roberto Bolaño. Habían pasado veinte años desde mi primera lectura de Los detectives salvajes. Me pareció buena idea releerlo como despedida. Al acercarme a la mitad del capítulo 19, cuando narra Edith Oster, recordé que tras este personaje el autor había situado a Edna Lieberman, con quien mantuvo una relación sentimental, después de romper con Paniagua, que duró hasta mediados de 1979. Si Fortes había visto al mismo Bolaño, tenía que ser en las fechas posteriores a esa ruptura. Estaba fuera de mi historia, y la novela volvía a meterme sin querer. Me vi pidiendo a Bruno Montané que me condujese hasta Lieberman, que unos días después me aseguraba que «yo abandoné a Bolaño en Barcelona hacia el verano y no quise volver a tener contacto con él». Al punto de que «no inicié la lectura de su obra hasta tres años después de su fallecimiento, con la tremenda sorpresa de ser personaje bajo seudónimo en novelas varias y descubrir poemas dedicados a una servidora con nombres y apellidos». De su época juntos «jamás escuché hablar a Roberto de sus orígenes gallegos», me aseguró Lieberman.

Cuando releí el testimonio de Edith Oster en Los detectives salvajes se me aceleró el pulso. Fue pura emoción: «Una noche, mientras Arturo [Belano] me hacía el amor, se lo dije. Le dije que creía que estaba volviéndome loca […] Dijo que si yo enloquecía él también enloquecería, que no le importaba volverse loco a mi lado […] A la mañana siguiente sabía que tenía que dejarlo, cuanto antes mejor, y al mediodía llamé a mi madre desde la Telefónica. Por aquellos años ni Arturo ni sus amigos pagaban las llamadas internacionales que solían hacer. Nunca supe qué método utilizaban, solo supe que era más de uno y que la estafa a Telefónica seguramente fue de miles de millones de pesetas. Llegaban a un teléfono y metían un par de cables y ya estaba, tenían línea, los argentinos eran los mejores, sin ninguna duda, y luego venían los chilenos».

De un modo primario, torpe, me fue imposible no pensar en el relato de Fortes, cuando llevaba al chileno en su 600 a llamar por teléfono desde las torres de la calle Padre Sarmiento. Me apresuré a escribir a Carmen Pérez, llevado por un optimismo inesperado, quizá irreflexivo. Su respuesta me devolvió a la tierra y dejó el reportaje tal y como estaba. «Arturo no es el que manipulaba los cables. Y Roberto menos. Me pedía a mí que le cambiara hasta las bombillas, y se iba a Pedralbes para buscar una cabina tarada por la que se llamaba sin pagar. El resto es literatura». Montané lo confirmó: «Trucar unos cables telefónicos no estaba al alcance de Bolaño», me dijo, mientras recordaba a su amigo jactándose de no tener habilidades prácticas. «De vez en cuando tenía que cambiarle la resistencia de su estufita. “Yo soy poeta, no me obligues a electrocutarme”, me miraba y me daba a entender».

Habría acabado aquí si no fuese porque en el último instante recibí un mensaje de Carmen Pérez hablándome de Ricardo House, un cineasta chileno, autor de varios documentales sobre Bolaño, que había estado en contacto con la familia que todavía tenía en Chile. Fue imposible resistirme. House me contó que en ese momento estaba explorando la relación de Bolaño con un poeta llamado Waldo Rojas, residente en París. «Se escribieron durante quince años, y nunca se conocieron en persona». Bolaño era capaz de cosas así. «Entiendo tu obsesión», me dijo cuando le hablé de mis esfuerzos en hacer creíble el relato Fortes. Él llevaba diez años trabajando sobre el escritor chileno, en todo caso. «Si te sirve de algo, me inclino de una manera un poco mística a creer que esa historia que me cuentas pudo haber ocurrido. Me parece que Bolaño era a veces un espíritu investigador. Tenía esa vertiente. Creo que acometió algunas aventuras de las que no se sabe mucho». Me reconfortó, aunque la historia de Fortes seguía siendo el hermoso y solitario relato de un hombre sin testigos. Pero ante él se sentía la necesidad de creer, aunque fuese a ciegas, que el autor chileno había estado buscando sus orígenes gallegos en un Seat 600 D. Roberto Bolaño, después de todo, era un detective salvaje.


Vidas en conflicto

Al final de este pasillo de la mayor prisión de América Latina, el penal de Lurigancho en Lima (Perú), un preso sin nombre echa su mano a la cabeza, donde otros muros y prisiones atrapan su desesperación. Fotografía: © Juan José Arévalo Varela.

Una nicaragüense a bordo de «la Bestia» —el tren que arrastra migrantes en pena hacia los Estados Unidos— regala su cuerpo para evitar que la maten. «Sexo a cambio de protección». Unos padres somalíes rumbo a Yemen a bordo de una barca ven como su bebé se hunde para siempre en el fondo del mar. En esas pérfidas aguas, es el castigo que imponen los traficantes por llorar a destiempo. Cuando el padre intenta zambullirse en mitad de la nada para rescatarlo, recibe una puñalada en el abdomen. En un rincón del Congo, los humanitarios más valientes del mundo se juegan el pellejo en una «lucha frenética, al milímetro, contra vómitos, sudores, orines [y] sangrías». Se desviven por poner coto al virus del ébola. Mientras, en Oriente Próximo, un larguísimo muro de hormigón, tan sólido como vergonzoso, «el Segavidas», separa a miles de palestinos de sus familias y les impide el acceso a sus medios de subsistencia. En Mogadiscio, un hombre juega con sus dos hijos en el salón, bendita inocencia, hasta que un mortero irrumpe en la habitación y convierte sus cuerpos en carne picada. La sangre y los vestigios viscerales se esparcen por uno de los pocos muros que ha quedado en pie tras la explosión. Una madre iraquí refugiada en Siria se prostituye para alimentar a sus cuatro hijos, que Alá la perdone. Un guatemalteco muere de sida e indiferencia estatal. Y podríamos seguir, ay, porque esto no es más que una muestra de la miríada de historias que componen Vidas en conflicto, el jarro de agua fría con el que Alfonso Verdú (Ibi, 1975) espolea la conciencia de sus lectores.

Se trata de uno de esos libros que hacen que tu propia existencia parezca aburrida y nimia, aun cuando hayas viajado algo más que la media o trabajado en algún que otro país en guerra. No en vano, su autor acumula quince años de labor humanitaria en una veintena de países, y ha sido coordinador de Médicos Sin Fronteras, quizás la organización no gubernamental más noble y encomiable sobre la faz de esta triste Tierra nuestra. Son galones de los que no todo el mundo puede jactarse. Galones que, dicho sea de paso, Verdú luce no solo en el hombro, sino también en las mismísimas entrañas. Por las atribuladas páginas de su recién publicado ensayo pulula un narrador que se aflige junto a las víctimas, que sufre «cuchilladas» en su propio estómago al presenciar injusticias y que a menudo se siente «sacudido» por las limitaciones de su quehacer humanitario. Un narrador que blasfema a causa de la frustración. Un narrador que llora. Esta empatía constituye, sin lugar a dudas, una de las grandísimas virtudes del libro. Agudeza y pasión se dan la mano a lo largo de los quince capítulos que lo componen (uno por cada año que Verdú ha pasado dando tumbos por países que se desangran), tornando sus páginas en crónicas lacerantes, necesarias y estremecedoras.

Esta mujer, que está siendo ingresada como paciente sospechosa de Ébola, tiene muy pocas posibilidades de sobrevivir. Será víctima del virus, sí, pero también de una epidemia igualmente mortífera que se extiende por la República Democrática del Congo: la del miedo. Fotografía: © Sylvain Cherkaoui.

La obra de Verdú es también un fascinante retrato del mundo de la ayuda humanitaria. La premisa de esta «industria» (si me puedo tomar la licencia de llamarla de este modo) es bien sencilla: asistir a las personas más vulnerables del planeta, como las víctimas de la guerra, la violencia, las epidemias o los desastres naturales. «Un enfoque de mínimos… salvar vidas y aliviar el sufrimiento». Sin embargo, pese a la aparente simplicidad de los objetivos, se trata de un ámbito cada vez más especializado, en el que —como reconoce el autor— «cualquier organización medianamente seria pedirá un máster en la materia, un mínimo de dos idiomas aparte del nativo y, lo más difícil, una experiencia previa que permita afrontar los retos de escenarios complicados». En ocasiones, estas exigencias, junto a las muchas otras fallas del sistema, dan pie a la proliferación de una cohorte de neohumanitarios que jamás han puesto un pie en el terreno. Mujeres y hombres vestidos con elegantes trajes de chaqueta que redactan sus informes desde pomposas oficinas en Ginebra o Nueva York. Neohumanitarios que nos hablan de la neutralidad, la imparcialidad y la independencia, pero que, contrariamente a Verdú, jamás entrarían en la prisión de Lurigancho en el Perú, o se patearían la selva colombiana, o estrecharían la mano de presuntos criminales de guerra en Darfur, o recorrerían el corazón de África en moto o avioneta. El autor de este libro no solo ha hecho todo lo anterior —y mucho más—, sino que mantiene siempre presente, recordándonoslo, el más primordial de los dogmas humanitarios, el que debería cimentar y regir cualquier acción, el que sustenta la propia etimología del sector: el principio de humanidad. Así, Verdú se adentra con nosotros en «las maquinarias del horror», en sus ponzoñosas tinieblas, y nos hace emerger de ellas siendo mejores seres humanos, hombres y mujeres menos ciegos a la realidad que nos rodea, incluso si puede que para algunos esta lucidez no sea más que el obscuro regusto de la buena literatura.

Literatura, sí. Porque este ensayo, este conjunto de parches humanitarios para mitigar las consecuencias de asesinatos, violaciones, masacres, pillajes, desplazamientos forzados, bombas, hambrunas y enfermedades, está escrito por alguien que sabe valerse de la realidad para construir un relato sobrecogedor, absorbente y eminentemente literario, plagado de personajes densos y dilemas morales. Las miserias son muchas, y leerlas produce esa curiosidad amarga (y a veces morbosa) que se siente al descubrir los crímenes de Santa Teresa narrados por Bolaño en 2666. El capítulo que Verdú dedica a México, titulado «Las bestias», es un excelente ejemplo de lo que se ha dado en llamar «facción» («facto»/«hecho» + «ficción»), un género que en España se asocia de inmediato al genial Javier Cercas.

La mirada de este transmigrante centroamericano se pierde en un entorno aparentemente inocuo —una estación de tren en México—, pero lleno de peligros: traficantes, secuestros, extorsión… en el mayor eje de migración del mundo: el que lleva al Mc-paraíso de los Estados Unidos. Fotografía: © José Luis Mitxelena / MSF.

Siempre me ha sorprendido (y no me cansaré de repetirlo) que los escritores de mi generación sigan empeñados en escribir novelas sobre la Guerra Civil Española o la Segunda Guerra Mundial, postergando al olvido las decenas de conflictos que asolan el planeta en este siglo XXI que nos ha caído en suerte. En esas injusticias, las de ahora, es en las que deberíamos centrar nuestra atención. Verdú lo hace. Y lo hace, además, con pleno conocimiento de causa.

Lo último que uno piensa al cerrar las tapas de este libro es, quizás, lo más importante, a saber, que las historias que cuenta Verdú deberían ser lectura obligada para los ciudadanos del mal llamado Occidente. El epílogo interno de quien suscribe fue inequívoco, y ya lo esbozó Gonzalo Fanjul en las páginas de El País: deberíamos poner nuestras miserias (incluidas nuestras miserias políticas) en su justa perspectiva. Sí: en vez de empecinarnos en banalizar la realidad, o regodearnos en nuestros problemas primermundistas, en vez de salir a la calle con banderas de tal o cual ideología decimonónica, mi frontera, la tuya, deberíamos organizar manifestaciones para pedir que no haya más mujeres vendiendo su cuerpo con objeto de esquivar una muerte violenta o dar de comer a sus hijos, ni más enfermos ninguneados por la industria farmacéutica, ni más muros que separen a familias, ni más bombas que sesguen la vida de padres e hijos, ni más indigentes muriéndose de hambre, o de cólera, en un campo de refugiados, ni más presos en cárceles insalubres. Estas son las cosas que deberían preocuparnos, y cuyo conocimiento debería ayudarnos a construir un mundo mejor, a convertirnos en ciudadanos que luchan por proyectos colectivos que suman, en lugar de esperpentos andantes que se desgañitan en pos de individualismos ególatras que restan. Por suerte, aun cuando es un magro consuelo, muchos de los retos que nos aguardan han sido ya identificados por gente como Verdú. Están ahí, en la desgarradora aventura de Vidas en conflicto.

Panorama habitual en ciudades como Mogadiscio o Galkayo (Somalia). Junto al omnipresente fusil AK-47 o kalashnikov, un technical al fondo: vehículo civil equipado de forma «artesanal» con una ametralladora de gran calibre. Los intentos por dialogar en estos entornos alcanzan otra dimensión. Fotografía: © Juan Carlos Tomasi.


El fantasma del Open

Fotografía: Markus Spiske (DP).

En una cita desgastada por el uso, Rudyard Kipling recomendaba que tratásemos con la misma indiferencia a dos impostores: el éxito y el fracaso. Lo cierto es que, en algún momento de nuestras vidas, quizá azuzados por un Pepito Grillo excesivamente diligente, todos hemos sufrido el síndrome del impostor. Nos da miedo no estar a la altura, pensamos que no nos corresponde estar en el lugar que ocupamos y la inseguridad nos hace dudar de nuestros logros. En cierto modo, a diario todos somos pequeños impostores y poblamos nuestras vidas de leves hipocresías que imponen las normas de convivencia y urbanidad, por no mencionar la mejor versión de nosotros mismos que intentamos ofrecer al mundo a través de ese espejo deformante que son las redes sociales.

Pero también existe la figura, bien documentada, del impostor vocacional. Los hay de todos los colores: desde jetas que parecen salir de una novela picaresca del Siglo de Oro, a embusteros profesionales (¿se acuerdan de Milli Vanilli?) o incluso mentirosos patológicos que acaban arrasados por la avalancha de acontecimientos que desatan con sus falacias, como Enric Marco, retratado por Javier Cercas en su libro El impostor, o Jean-Claude Romand, protagonista de la biografía novelada El adversario, de Emmanuel Carrère.

En el ámbito deportivo tenemos unos cuantos ejemplos llamativos, y no me refiero al típico lateral pufo que le cuelan al equipo de nuestros amores temporada sí, temporada también. Como en Misión imposible, no basta con cambiarse la cara para adquirir las capacidades del imitado, algo que descubrieron a su pesar Éric Moussambani, que pretendió hacerse pasar por nadador en los Juegos Olímpicos de Sydney en 2000, o el más reciente Adrián Solano, que no conocía la nieve pero no tuvo empacho en inscribirse y participar en el Mundial de esquí de fondo celebrado en Lahti, Finlandia.

Maurice Flitcroft, el impostor más célebre que jamás haya dado el golf, era un individuo de ojos saltones, nariz tremebunda, rostro enjuto y barbilla prominente, una especie de Marty Feldman sin estrabismo. De talante voluble en cuanto a gustos y aficiones, este operario de grúa había intentado ser muchas cosas: había probado suerte como pintor, imitando pasablemente a Picasso o a Pollock, durante una época le dio por componer canciones, e incluso ejerció de acróbata en una especie de troupe circense en la que se lanzaba de cabeza a una piscinita portátil desde una altura poco recomendable. Así era Flitcroft: encontraba un foco de interés y se apasionaba por su nueva afición hasta perder el sueño.

El golf se cruzó en su vida en 1974 en forma de retransmisión televisiva del World Match Play Championship. Flitcroft notó un nuevo flechazo, pese a que ya tenía cuarenta y cuatro años y en su vida había empuñado un palo de golf. Después de quedar deslumbrado tras aquella epifanía, se puso a leer un libro de instrucción de Peter Alliss y algunos artículos de Al Geiberger, autor del primer 59 en la historia del PGA Tour, encargó por correo medio juego de palos y empezó a practicar de manera improvisada donde podía. Como el precio del abono en el campo de golf más cercano era prohibitivo para él, pegaba bolas en una playa cercana —hasta que subía la marea—, practicaba los golpes de búnker en el foso de salto de longitud de una pista de atletismo, pateaba a latas de café enterradas en su patio y en invierno se colaba en campos de rugby o de fútbol, siempre a hurtadillas, para poder dar bolas sobre hierba. A Flitcroft le encantaba el golf y, pese a que no tenía con quién compararse, pensaba que se le daba bien aquello.

Aunque nunca había disputado ninguna vuelta completa de golf, inspirado por la hazaña de Walter Danecki, un empleado de correos de Milwaukee que en 1965 había jugado dos vueltas de la previa del Open Championship —en las que sumó 221 golpes, nada menos—, en invierno de 1975 se apuntó a este torneo. Tenía cuarenta y seis años y vivía de una pensión, con lo que tuvo que pedirle prestadas a su mujer, Jean, las setenta y cinco libras de la inscripción. Al tramitar esta, cuando llegó a la casilla de hándicap no la rellenó e indicó que era profesional sin campo, dato que nadie se encargó de verificar.

Por lo tanto, Flitcroft estaba oficialmente inscrito en las previas del Open Championship de 1976, torneo que se jugaría del 7 al 10 de julio en Royal Birkdale y que serviría de presentación en sociedad a un jovencísimo Severiano Ballesteros, segundo en aquella edición solo por detrás de Johnny Miller después de haber encabezado la prueba hasta la tercera jornada. Una semana antes, el día 2 de julio, Flitcroft ya no pensaba en clasificarse y tenía un objetivo más mundano: llegar a su previa en el Formby Golf Club, cerca de Liverpool. El inglés se perdió por el camino, tuvo que salir a la carrera —con lo que se dejó en el maletero su palo talismán, la madera 4 que le daba confianza—, y llegó al tee de salida apenas un minuto antes de su turno.

Uno de sus compañeros de juego, Jim Howard, no tardó en descubrir que había algo raro en aquel jugador, más allá de su vestimenta y su extraña bolsa de cuero. Según declaró después, Flitcroft agarró el driver como si quisiera asesinar a alguien y subió el palo en un extraño movimiento vertical que desafiaba las leyes de la física y del buen gusto. En su primer swing la bola recorrió apenas metro y medio, un claro augurio de lo que iba a suceder a continuación. El osado operario de grúa necesitó 121 golpes para finalizar su recorrido, con bronca incluida con uno de los árbitros por juego lento. Era la peor vuelta en la historia del Open, previas incluidas.

Aunque el Royal & Ancient, la entidad que organiza el major más antiguo de la historia del golf, intentó neutralizar el escándalo, se corrió rápidamente la voz y Flitcroft se convirtió en una celebridad al instante. Tal fue el impacto de la noticia que un periodista llegó a presentarse en casa de su madre para entrevistarla. «¿Es que ha ganado?», preguntó su inocente progenitora. Su hijo, mientras tanto, se justificaba. «Tengo lumbago y fibromialgia, pero no quiero excusas. Saqué el hierro 3 para ir sobre seguro, pero no soy muy bueno con el hierro 3. Debí haber usado la madera 4, pero me la había dejado en el maletero. Con la madera 4 soy todo un experto, tremendamente preciso».

Después de acaparar titulares, el Royal & Ancient decidió actuar con contundencia. Para empezar, devolvió el dinero de la inscripción a sus sufridos compañeros de partido y su secretario, Keith Mackenzie, dejó claro que Flitcroft era persona non grata en su competición. «No queremos que nadie se burle del Open Championship. No volverá a participar. Si intenta jugar el año que viene, le estaremos esperando», declaró el enojado secretario, que no se limitó a aguardar un nuevo intento de intrusión. Días después escribió a la federación inglesa indicando que Flitcroft se había declarado profesional, con lo que ya no podía incorporarse a ningún club como amateur y se le debía vetar si lo intentaba. De este modo, si no podía unirse a ningún club jamás tendría el hándicap necesario para pasarse a profesional. La pescadilla que se muerde la cola, debió pensar el ocurrente Mackenzie.

Sin embargo, Flitcroft no cejó en su empeño y se inscribió otras cinco veces en el Open Championship, cuatro de ellas con seudónimo. La primera, al año siguiente, bajo el nombre de James Vangene, aunque la fibromialgia le llevó a retirarse antes de llegar a jugar. En 1978 decidió rebautizarse como Gene Pacecki (en homenaje a su ídolo, Danecki), pero fue interceptado después de jugar solo dos hoyos. En 1983 se convertía en el excéntrico profesional suizo Gerald Hoppy, tocado con una gorra de cazador y exhibiendo un tremendo mostacho falso, si bien fue expulsado después de nueve hoyos cuando ya había hecho 63 golpes. La abultada tarjeta de Hoppy llevó a pensar a los responsables del Royal & Ancient que se les había colado otro Flitcroft… hasta que descubrieron que se trataba del propio Flitcroft. El conde Manfred von Hofmannstal o James Beau Jolly fueron otros dos de los nombres de guerra utilizados por el que ya muchos llamaban «el fantasma del Open».

Su fama cruzó el Atlántico y llegó a Grand Rapids, donde en 1988 los hermanos Moore decidieron homenajearle bautizando con su nombre el torneo anual de socios e invitados del Blythefield Country Club de Michigan. Un emocionado Flitcroft viajó con su mujer, «la primera vez que habían salido juntos de la casa desde que les explotó el horno» y disfrutó de la hospitalidad de los estadounidenses. Además, les sorprendió jugando por debajo de los 100 golpes, una circunstancia que casi echa a perder su fama de golfista calamitoso.

Entre tanto, sus hijos, unos gemelos que habían heredado el sentido del espectáculo y la extraña versatilidad de su padre, demostraron también que querían ocupar un lugar en la historia extraña de Inglaterra al convertirse en los primeros en recibir una amonestación por comportamiento antisocial al batirse en un duelo a espada. Estos émulos de Zipi y Zape, o de los Gallagher de la serie Shameless, respondían a los maravillosos nombres de Gene van Flitcroft y James Harlequin Flitcroft, pero ambos recurrieron, como su padre, a imaginativos seudónimos para, supuestamente, ocultar su rastro. Gene, el primero, hizo de caddie a Lee Trevino haciéndose llamar Troy Atlantis, mientras que James se impuso en el campeonato del mundo de baile de discoteca de 1984 recurriendo a un nombre de guerra latino, Paris Ventura. De tal palo, tal astilla.

Mientras tanto, su padre, vetado en los campos de golf de todo el país, tuvo que volver a practicar a salto de mata, nunca mejor dicho, dondequiera que encontrara una finca susceptible de acoger sus golpes homicidas. Años después de su salto a la fama, hasta su fallecimiento el 24 de marzo de 2007, aún recibía en su casa cartas de seguidores de todo el mundo en las que a modo de señas habían escrito un escueto «Maurice Flitcroft, golfista, Inglaterra».


Ocho días encerrado en Venezuela

Carretera que lleva a Caracas desde el aeropuerto Simón Bolívar. Foto:Jorge Silva / Cordon.

17 de octubre, lunes

El vuelo UX071 a Caracas va casi lleno. A mi lado, en la fila 15, se sienta Beto. Es portugués y vive en Euskadi. Nos presentamos. Le pregunto si ha ido muchas veces a Venezuela. Hace un gesto con los dedos de la mano derecha, uniendo y separando las puntas, y dice que «un montón». Cuando admito que en mi caso es la primera, considera que me será de provecho saber que la corrupción empieza en el aeropuerto, con la policía. «En mi primer viaje, me pusieron la maleta patas arriba. Tomaban la ropa, o los enseres, y meneaban la cabeza, o chasqueaban la lengua, como si aquí las camisas a cuadros o el desodorante estuviesen prohibidos. Me dejé treinta dólares en mordidas». Se quedó un rato pensando, colgado de la última frase, hasta que me tocó un brazo y añadió con gravedad: «No salgas mucho del hotel».

Me pregunta qué voy «a pintar» yo a Venezuela. «A trabajar», digo, por decir algo. «¿A qué te dedicas?». Lo pienso un poco, y al final confieso que soy escritor, y que me han invitado a la Feria del Libro de la Universidad de Carabobo (FILUC). «¿Escritor? ¿Escribes libros?». Asiento con escasa convicción. «¿Y qué clase de libros?». No lo sé. No escribo una clase de libros. Explicarlo me llevaría tiempo, así que prefiero mentir y suelto que escribo novela de terror; qué más da. Cuando estoy a punto de precisar —lanzando otra mentira— que también cultivo la poesía, se vuelve hacia mí, no muy serio, pero tampoco muy en broma, y afirma: «Yo no soy mucho de leer, ¿sabes?». Asiento otra vez.

Para no enredar la conversación, después le pregunto a qué se dedica él. «Al petróleo», dice engordando la voz. Me quedo en silencio, adivinando si será un magnate, un químico, un geólogo, un sismólogo, un ingeniero, un economista o tal vez uno de esos trabajadores de las plataformas petrolíferas, destinados al área de servicios, como un panadero o un lavandero. Lo miro de reojo, por si pudiese obtener alguna pista a partir de su aspecto.

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Después de una hora de vuelo, se queja amargamente de que no haya pantallas en el avión para ver alguna película. «Si las quitan, se ahorran muchos kilos de cable, y al ahorrar peso, en aviación se ahorra mucho combustible. Esto es un negocio», explica. Su razonamiento recibe un espaldarazo cuando la tripulación empieza a ofrecer iPad a diez euros, cargados con una amplia videoteca. «¿Ves lo que te decía? Un asqueroso negocio». A los dos minutos, cuando el carrito con la tablet pasa a nuestro lado, Beto le toca un codo a una azafata: «¿Me da una, por favor?». Se pone los auriculares y se aísla. Yo aprovecho para empezar a leer Las chicas, de Emma Cline.

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Un par de filas más adelante se sienta un joven con un ordenador encima de las piernas. Trabaja con un programa musical. De regreso del baño, un señor gordo, de bigote, con la cremallera del pantalón abierta, siente curiosidad, y se detiene ante él. Le pregunta qué hace. «Edito música». «Oh, excelente. Yo soy trompetista en una pequeña orquesta. En mis tiempos no existía nada de esto», asegura, como si estos ya no fuesen sus tiempos. El joven le explica que el programa que emplea dispone de herramientas para editar trabajos ya terminados y mezclados en una sola pista de audio, así como también recortar sonidos, limpiar grabaciones, hacer la masterización final de las producciones… El trompetista lo mira con cara de pena. Me fijo en que tiene algo de caspa, y me cae simpático. La caspa es uno de esos vagos defectos en franca decadencia, lo que los vuelve casi una virtud.

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Aterrizamos en Caracas sin apenas retraso. Tardo una hora y cuarto en recuperar mi maleta. Ya intuyo que los acontecimientos en Venezuela están empujados por la parsimonia. Al traspasar la aduana me abordan varios hombres, que me ofrecen taxis, teléfonos, bolívares… Cuando localizo al conductor de la Embajada de España, que sostiene un cartel con el escudo nacional, nos dirigimos al aparcamiento. Son las ocho de la tarde y el calor desprende un olor salvaje. Apenas hay alumbrado. Me acomodo en el asiento trasero. La noche es hostil y, desde el interior del coche, gélida. Me sorprende la cantidad de coches que circulan sin luces, y cómo los motoristas hablan entre sí, de moto a moto. En los arcenes de la autopista se acumulan los vehículos averiados, que aparecen de repente, de la nada, sin señalización.

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Al llegar al hotel pregunto por Manuel Vilas, que también está alojado en el Pestana. Quedamos para cenar. Él regresa a Estados Unidos a la mañana siguiente, temprano; no podrá trasnochar. Manuel, Gabi Martínez y yo somos los tres autores españoles invitados a la FILUC. Me parece entender que Gabi se fue ya hace un par de días. Después de participar en la feria, se adentró en el corazón del país en busca de un mamífero llamado danta. Dice Vilas que no lo avistó. Es la primera vez que oigo hablar de una danta. Cuando la busco en Google, su aspecto me recuerda al jabalí, pero también al oso hormiguero. Leo que la danta andina, propia de Venezuela, es un mamífero «posiblemente extinto», lo que convierte el empeño de Gabi en más titánico todavía.

Vilas siempre transmite calma y felicidad, y es afilado en sus juicios. Me da tres consejos: báñate en la piscina que hay en la azotea, prueba el postre Tres leches, bebe zumos, son buenísimos. Hablamos de Venezuela, de su inseguridad, de los problemas de abastecimiento, de la inflación, pero también de su poesía. Este es un país de poetas, fundamentalmente. Primero los poetas, después los cuentistas y a continuación los novelistas. Comentamos la decisión de la Academia sueca de premiar con el Nobel de Literatura a Bob Dylan. Está encantado. Aunque es sabido que Vilas es de Lou Reed. Su nuevo libro tratará su figura. Recién llegado a Venezuela, se subió a un taxi que puso la radio y escuchó que Dylan era el nuevo premio Nobel. «Me alegra todo lo que sea quitar solemnidad a la literatura». Cree que, en el fondo, «Dylan es el autor de la gran novela americana», pero sin necesidad de llenar mil páginas.

Después de cenar nos despedimos. No tomamos ni una copa. Estamos fuera de forma. Al día siguiente, él se levanta a las cuatro de la mañana, rumbo a Iowa (EE. UU.), donde pasa varias temporadas al año, y la vida es tan tranquila que casi se pueden escuchar las palpitaciones del tiempo.

18 de octubre, martes

Me despierto a las dos de la madrugada y no vuelvo a pegar ojo. Al principio, cuando consulto el teléfono, creo que he dormido hasta las ocho de la mañana, y me siento feliz. Pero simplemente me olvidé de atrasarlo seis horas, según el huso horario de Venezuela. Mi felicidad y la mañana se esfuman de golpe, sin un chasquido. El jet lag me va a durar varios días. Hago tiempo escuchando podcasts, leyendo, e imitando a alguien que intenta dormir, aunque sabe que es imposible. A las siete bajo a desayunar. Lo hago a lo bestia, por si acaso. No sé cuál es el «acaso». Digamos que por si acaso el acaso. Subo a la azotea, en el piso 18, a cumplir con el consejo de Vilas. Las vistas son espectaculares. Se ve el cerro Ávila. Días atrás busqué información sobre el Pestana, y leí que en mayo los trabajadores del hotel localizaron el cadáver de un hombre de cuarenta y tres años que trabajaba para la filial gasística de Petróleos de Venezuela S. A. «Estaba amordazado y tenía una herida punzocortante», decía el diario El Nacional. Al leerlo, pensé que las recomendaciones de no salir del hotel que me hacía todo el mundo se quedaban cortas.

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Permanezco toda la mañana en la habitación, escribiendo una columna con un ladrillo en la cabeza, y espiando cada poco por la ventana. Justo enfrente hay un centro comercial. A primera hora se forman largas colas para entrar.  

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A media tarde me recogen para conducirme al Centro Cultural Chacao. Llama la atención que haya tantos coches con los cristales oscuros. Cada moto pasando a toda velocidad entre los coches es un grito en la oscuridad que solo oigo yo. El tráfico de Caracas es lento y anárquico. No entiendo por qué no se registran colisiones a todas horas, con decenas de heridos. «Aquí vamos temiéndonos todo el tiempo lo peor de los otros conductores, por eso hay pocos accidentes; estamos siempre alerta», dice mi conductor, que me mira con una gran sonrisa a través del retrovisor, mientras se salta un semáforo en rojo y, en efecto, no sucede absolutamente nada.

Me presentan a Óscar Marcano. Vamos a dialogar sobre las dificultades de un escritor para ser simplemente un escritor, y de cómo a veces su trabajo consiste en no escribir en absoluto, y observar el mundo con las manos en los bolsillos. Marcano es autor de dos libros que en Venezuela son dos instituciones. Uno es Solo quiero que amanezca, conjunto de relatos que recibieron en su día el Premio Jorge Luis Borges, y otro la novela Puntos de sutura. De ambos me regala un ejemplar dedicado.

En un momento de su intervención confiesa que de niño, y sin referentes, «mi verdadera vocación era ser un homeless». Algo inexplicable lo atraía a esa vida. «Quería convertirme, de mayor, en uno de esos menesterosos, sin nada a cuestas, que veía deambular por las calles. Cuando nos reuníamos de chicos y alguno decía que quería ser astronauta, médico, aviador o lo que fuese, pocas veces tuve la valentía de revelar mi verdadera vocación». El fin de esta historia se lo dio Borges en El libro de los seres imaginarios (1967): «Hay en la tierra, y hubo siempre, treinta y seis hombres rectos cuya misión es justificar el mundo ante Dios. Son los Lamed Wufniks. No se conocen entre sí y son muy pobres. Si un hombre llega al conocimiento de que es un Lamed Wufnik muere inmediatamente y hay otro, acaso en otra región del planeta, que toma su lugar. Constituyen, sin sospecharlo, los secretos pilares del universo. Si no fuera por ellos, Dios aniquilaría al género humano. Son nuestros salvadores y no lo saben».

Marcano es también un destacado periodista. Nos cuenta que en una de las últimas reuniones de la Fundación Gabriel García Márquez para el Nuevo Periodismo a la que acudió, en Colombia, Jon Lee Anderson le relató que en uno de sus viajes por África, para documentar un reportaje para The New Yorker, había sido testigo de algunas experiencias que finalmente no pudo incluir en el texto. Eran experiencias muy ilustrativas, que hacían el reportaje más revelador y terrible. Pero no pasaban el fact checking de la revista. «No era posible contrastarlas por alguien ajeno al propio Lee Anderson». 

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Esta noche ceno con el consejero cultural de la embajada española, Bernabé Aguilar, y dos de sus colaboradoras, Melba y Patricia. Me hablan de la carestía que sufre Venezuela. Hay escasez de ciertos alimentos, que el país tiene que importar, y que resultan demasiado caros. En su caso, hacen grandes pedidos a El Corte Inglés que llegan por barco cada dos o tres meses.

Los relatos sobre la vida en Caracas remiten siempre a una modalidad de violencia, física o moral. Los tres han pasado por la experiencia de ser atracados en la calle. En un momento de la cena me refieren una historia estremecedora. Se trata de una leyenda urbana referida en varias crónicas, cuentos y alguna novela. Lo cual no quiere decir que no tenga un sustrato verídico o altamente verosímil. Arranca con una mujer de mediana edad subiéndose a un mototaxi. En una ciudad con tantos atascos la moto es una buena alternativa para sortearlos. A mitad de trayecto, se detienen ante un semáforo, y el taxista saca una pistola de la cintura, y con la punta golpea en la ventanilla del coche que tienen a su derecha. El conductor, que tal vez ya ha pasado por esto en otras ocasiones, baja el cristal y le entrega el teléfono móvil. Entonces, el semáforo se pone verde y el mototaxi reanuda la marcha. La pasajera saltaría de la moto, pero el miedo la paraliza. Está completamente aterrada. Se pregunta en qué momento el taxista la desvalijará a ella. Tal vez la mate. Y sin embargo la lleva a su destino. Cuando llega, y se baja, le tiemblan las piernas. El taxista se da cuenta, y la tranquiliza. «No se preocupe, señora. Son negocios diferentes».

Hace algunas semanas, el propio consejero cultural iba en un taxi, en el asiento trasero, cuando dos malandros detuvieron su moto a la par que el coche. «A uno de ellos le asomaba una tremenda pistola de la cintura del pantalón. Creo que quería que la viésemos». Le tocaron la ventanilla. Mantuvo la calma y bajó lentamente el cristal. Por dentro, se moría de miedo. Iba a entregarle su teléfono, y la cartera si era necesario, cuando el conductor de la moto le advirtió: «Señor, lleva la puerta mal cerrada».

Foto: Jorge Silva / Cordon.

19 de octubre, miércoles 

A las cuatro de la madrugada estoy en pie. La simple idea de intentar dormir me desespera. Leo Solo quiero que amanezca, de Óscar Marcano, de una sentada. Hay que tener cuidado por dónde sostienes los relatos porque cortan: sus personajes habitan en el fondo, y el lenguaje carece del mínimo aderezo, comparece desnudo. Por debajo, se adivinan Venezuela y sus males periódicos, cuando no hay nada en lo que creer. A las seis de la mañana, amanece.

Bajo a desayunar fuerte, otra vez por si acaso. El ascensor se detiene en todas las plantas, y se van incorporando más y más huéspedes. Algunos portan una acreditación al cuello. Hablan entre ellos, con camaradería. Uno joven calvo, con traje azul brillante, presume de que se acostó a las cinco y media de la mañana. Estas conversaciones siempre resultan familiares. Deduzco que hay un congreso en el hotel. Al salir al lobby, se confirma: hay un gran bullicio. Los participantes están recogiendo la documentación. Me fijo en un gran cartel, en el que se lee «I Congreso de Ventilación, Aire Acondicionado y Refrigeración». Husmeo en el dosier a disposición de los congresistas. El programa incluye dos días de trabajo con dieciséis ponencias técnicas, del tipo Análisis de Sistema Primario-Secundario para Aire Acondicionado por Agua Helada. Nuevas Tendencias; Eficiencia Energética en Supermercados con Controles Inteligentes; Situación Actual y Tendencias en Refrigerantes de Uso Habitual en Refrigeración Industrial y Comercial. Enfoque global; Fabricación de Hielo: Tipos de Equipos, Máquinas Industriales, Máquinas Autónomas, Tipos de Hielo, Refrigerantes; Presente y Futuro de los Refrigerantes. Momento para la Toma de Decisiones. Me abruma el uso de las mayúsculas. Es como mirar al sol directamente. Tienes que retirar la vista, o te quedas ciego.

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A las diez de la mañana me recoge un conductor de la Universidad de Carabobo que debe llevarme a Valencia, a la Feria del Libro. En el asiento del acompañante viaja un misterioso anciano de pelo blanco, con un largo mechón recogido en una trenza. Parece un sabio con chaqueta y bigote que ha tenido la suerte de no quedarse calvo. Intuyo que le gusta viajar a lo grande porque lleva el asiento atrás del todo. Apenas tengo espacio para mis piernas. No abre la boca en todo el trayecto. Mejor, me digo. «¿No funcionan los cinturones de seguridad?», pregunto algo nervioso, después de probar el de un lado y el de otro. El conductor se vuelve fugazmente. «Ah, no», responde con indolencia, y antes de que yo tenga tiempo a preocuparme, añade: «Pero no creo que sean necesarios». El trayecto dura dos horas y media.

La experiencia de una autopista venezolana no se olvida. Resulta altamente recomendable si eres intrépido y crees que después de la muerte hay más vidas. Entre carriles, sobre la pintura, se sitúan los buhoneros, esperando a que se produzca un atasco y poder venderte algunos de sus dulces típicos. «¿Pero esta gente no muere atropellada de vez en cuando?», pregunto. El conductor hace un gesto con la mano, como indicando que son fantasmas, y que en realidad ya están muertos. No tardamos en caer en el primer atasco, y en el segundo, y así sucesivamente. Mi conductor saca un viejo Nokia y se entretiene jugando al Snake. Cuando reemprendemos la marcha, aprovecha para escribir un SMS. De vez en cuando, mira a la carretera. Yo espío el cuentakilómetros cada poco. Por si no estuviese ya bastante torturado, pone una música horrible. «Mejor así, ¿verdad?». Asiento. No hay color.

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Parte de la autopista transcurre paralela a la línea de ferrocarril que iba a cruzar el país, y que nunca se terminó de construir. Se levantaron viaductos y gruesos pilares para los puentes, pero todo está abandonado. No hay vías, solo hormigón, y en las grietas del hormigón crecen los hierbajos.

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Al llegar a Valencia me dejan directamente en las instalaciones de la feria con maleta y todo. Como es hora del almuerzo, me acompañan al comedor de invitados, y me sientan junto a Carlos Sandoval y Jonathan Bustamante. Sandoval es cronista, ensayista, profesor de Literatura en la Universidad Central de Venezuela, crítico literario, editor y onettiano. Bustamante es administrador en la editorial Madera Fina, en la que publican a Gonçalo M. Tavares, Santiago Gamboa o Rodrigo Blanco Calderón, entre otros autores.

«¿Qué tal el viaje?», pregunta Sandoval. «Emocionante». Deduce que eso equivale a «bien», y para que me haga una idea de qué sería mal, me cuenta que hace unos días se estrelló un camión en la autopista Francisco Fajardo, la arteria principal de Caracas. «Iba cargado con carne, y los conductores y pasajeros empezaron a pararse y a cargar la mercancía en sus carros, para aprovisionar sus neveras. Nadie se asomó a ver cómo se encontraba el camionero. Murió a las pocas horas dentro de la cabina. Este hecho sirve para hacerse una idea de cómo está hoy Venezuela».

La comida es frugal. Hablamos de literatura, de política, e incluso de un asunto absolutamente mundano, que mantiene a la organización de la feria en vilo, preocupada por uno de los poetas invitados, que desde que llegó el sábado todavía no ha visitado al cuarto de baño. «Son muchos días». Los cuento con los dedos de la mano, para asegurar, y coincido. «Muchos, sí». Se entiende la preocupación. Hacemos algunas bromas, no obstante.

Me presentan a Rosa María Tovar, la directora de la feria. Su afabilidad es proverbial. Casi la totalidad de los responsables de la feria son mujeres. Se desviven por los autores, que a su vez nos desvivimos por nosotros mismos.

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Hago mi primer recorrido por el recinto de la feria, donde puedes ojear libros, pero también asistir a un programa de radio en directo, o comer algún plato típico de la zona. La gente es afable, muy cariñosa. No paramos de darnos besos. Es una buena pedagogía contra la violencia que se agolpa en el exterior, en las calles, fuera de la burbuja en la que vivo.

Apenas hay títulos extranjeros, salvo algunos enviados por Planeta o Alfaguara, y aquellos que consigas encontrar en los stands de libros usados. Un editor me explica que hace tiempo que la situación económica de Venezuela, y la debilidad de la moneda nacional, hacen casi imposible la entrada de literatura española. «El año pasado acudió Javier Cercas, que promocionaba El impostor, y el libro se vendía aquí a veinte mil bolívares, que es más del sueldo medio de los venezolanos. Naturalmente, el propio Cercas, con mucha sensatez, recomendaba que no comprásemos su libro».

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Puesto que hoy no participo en ningún acto, pregunto si hay alguien que me lleve al hotel. Me instalan en la habitación 326. La wifi funciona estupendamente. Fuera de eso, en la habitación se registra toda una sinfonía de ruidos desesperantes, como el de la cisterna, que pierde agua continuamente, o el de la nevera, que ronronea sin fin. Cierro la llave de paso y desconecto el electrodoméstico, que solo contiene dos botellas de agua. Un escritor no necesita más. En parte, me alegro. Me acuerdo de Los autonautas de la cosmopista, de Julio Cortázar, donde cuenta que él y Carol Dunlop se detienen en uno de los hoteles de la autopista entre París y Marsella, y deciden darse un homenaje sacando dos botellitas de whisky del minibar. Cuando Julio bebe la suya, sabe que ha caído en una vieja trampa: un huésped anterior bebió el alcohol y rellenó la botella con orina.

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A la hora de la cena me reencuentro con Sandoval y Bustamante. Me presentan a un veterano profesor de literatura francesa y a su mujer, poeta, que poco después sabré que es una antigua alumna. Cuando se van, Sandoval me explica que el profesor, especialista en Proust, después de jubilarse, escribió una novela titulada El viaje inefable. «Lo inefable es la propia novela». Sandoval es probablemente la persona que más sabe de literatura venezolana, y un crítico que no compadrea con nadie. Él también fue alumno del viejo profesor. Después de negarle su voto en el Premio de la Crítica a la mejor novela por Memorias de la esperanza, el autor estuvo dos años sin dirigirle la palabra. «Era una novela, claro, también inefable».

Sandoval y Bustamante cultivan el deprimente hábito de tomarse un café con leche después de cenar, muy despacio. Yo no puedo. Por la noche el café con leche me pone triste. Coincidimos en lo mal iluminado que está el hotel. No hay apenas luces que cuelguen del techo. En las habitaciones solo hay lámparas de pie o de mesa.

Hablamos de libros. No hay nada que se me ocurra mencionar que no haya leído Sandoval. Conversar con él es una delicia. Su sentido del humor —y esto es todavía más placentero— se encuentra a la altura de su cultura.

20 de octubre, jueves

Foto: Cordon.

Venezuela tiene la inflación más alta del mundo, la violencia campa por todas partes, y se registran grandes dificultades para adquirir bienes esenciales para la dieta. ¿Cómo lo sé, si vivo encerrado en una burbuja, y mis horas transcurren lentamente en el hotel, o en el recinto de la feria, o en el coche con los cristales tintados que me traslada? Lo sé porque todos los venezolanos con los que trato me cuentan lo mismo, y porque en el Guaparo Inn, en el que me alojo, el buffet del desayuno no oferta leche ni azúcar: hay que reclamárselos al personal, que tarda lo suficiente en traerlos como para quitarte las ganas de repetir. La mermelada está caducada desde hace dos meses. Me alerta un huésped cuando ve que la extiendo con entusiasmo en una tostada. «Señor, está vencida». Maldición. Me había hecho a la idea de darme otro homenaje. Por si acaso solo estuviese caducada la suya, espío el anverso. Sí, está caducada. Si el huésped no me estuviese observando, creo que la comería, pese a todo. ¿Quién se muere por tomar una mermelada caducada? Pero no me quita ojo. Me da vergüenza despreciar su advertencia. 

Enseguida aparecen Sanvodal y Bustamante, que comparten habitación para reducir gastos. Lo primero que hago es interesarme por el poeta. «¿Sabemos si ha ido ya al baño?». El profesor niega con la cabeza. Todo sigue igual. Lo peor es que su situación es vox populi. En la feria se habla de poesía, de cuentos, y de las dificultades del poeta. Para quitar dramatismo al caso, bromeo con un episodio de Los Soprano en el que uno de los capitanes fallece en el váter del Satriale’s, mientras hace esfuerzos ímprobos por cagar, después de una semana en el dique seco. S y J coinciden en que la anécdota es vagamente tranquilizadora.

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Después del desayuno me siento a leer cerca de la piscina, pero no demasiado cerca. Cuando me doy cuenta me están devorando los mosquitos. Regreso precipitadamente a la habitación, donde dedico dos horas a reescribir la novela. A continuación, resumo en algunas notas lo que pretendo exponer en mi primera charla, dedicada a los lectores como protagonistas de las bibliotecas. Hablaré de un usuario de la biblioteca pública de Ourense que todos los días llega a la misma hora, atraviesa la sala de lectura, y extrae de una estantería el primer volumen de La riqueza de las naciones, de Adam Smith, en edición facsimilar. Toma asiento donde haya un hueco libre, y lee como un pervertido, oscuramente, durante tres minutos. Tres minutos. Solo tres minutos. Ni uno más ni uno menos. Tres minutos, digamos, de los breves. Y después se va. Así todos los días, las semanas, los meses.

El foro empieza a las tres. Son las tres y veinte y no hay nadie en el salón Yves Bonnefoy. Ni siquiera los ponentes. Gustavo Fernández, dicen, está tirado en la autopista, con el coche averiado. Hasta cierto punto, me parece normal: el parque móvil de Venezuela es una ruina. Hablaremos Virginia Riquelme, editora y profesora de la Universidad Central, donde en su día fue alumna de Sandoval, y yo. Antes de empezar, hablamos de literatura, pero enseguida de luz eléctrica y de cortes de agua. Virginia vive en una zona de Caracas especialmente antichavista, donde se suceden las interrupciones de la corriente eléctrica y los cortes en el suministro agua. Casi no sabe qué es ducharse bajo una alcachofa. La escasez la obliga a almacenar el agua en barriles. «El almacenamiento de agua, durante días o semanas, está detrás de enfermedades que ya creíamos erradicadas en Venezuela», cuenta Jonathan, que recuerda que también hay problemas serios para acceder a los medicamentos, por escasos y caros. «Yo tengo un niño de tres años y a veces no consigo pañales».

Al final se reúnen quince asistentes y damos comienzo a la charla. Riquelme relata que en 2008 visitó la casa del poeta José Emilio Pacheco en Ciudad de México. «Conocer su departamento cuenta como conocer su biblioteca, pues esta se desplegaba a lo alto y ancho de todas sus paredes; cada uno de los rincones de aquella morada amplia había sido adecuado para los libros de la biblioteca personal más imponente que he visto. A los lados de las escaleras y en cada pasillo había libros; el salón de estar era una gran biblioteca, una de sus habitaciones también (con libros en estanterías que cubrían sus paredes que atravesaban el espacio de punta a punta como si de una sala de biblioteca pública se tratara) y la promesa creíble y confesa de que en el propio cuarto donde dormían el poeta y su esposa había mucho más».

Revela que la biblioteca de su padre la componen dos estanterías que hacen esquina y forman una fortaleza. Con el tiempo aprendió que su padre tenía los libros organizados por países, es decir, según el origen del autor de cada volumen. «Entonces la fortaleza era también un mapamundi, coordenadas explícitas para saltar de una frontera a la otra con tan solo deslizar mi dedo por los lomos». La biblioteca dejó de ser, desde ese momento y para siempre, un lugar donde colocar libros. «La biblioteca es lugar de afectos, de memoria, pero sobre todo de orden, un orden arbitrario pero personal, sobre todo personal».

En el turno de preguntas y reflexiones ocurre algo verdaderamente pintoresco, cuando se levanta una señora de edad avanzada, cargada de collares, y dice que después de escucharme —justo acaba de decidirlo, anuncia— va a empezar a escribir un libro. Le aplaudo. Sandoval, que está presente, y la oye, me comenta al salir que la gente, por lo que se ve, ya no necesita leer libros para escribirlos. Eso exige mucho tiempo. «Tal vez un día, cuando sea una escritora de éxito, o una escritora a secas, le pregunten “¿Y usted qué ha leído, cuáles son sus referencias?”, y esa sonreirá y responderá: “Yo no leo. Yo escuché una vez una conferencia de Tallón y me bastó”».

Como empezamos con retraso, acabamos tarde, lo que me hace llegar impuntual a mi siguiente acto, una mesa redonda, en el salón Teresa de la Parra, sobre autores españoles. Formamos parte de ella José Napoleón Oropeza, Orlando Chirinos y yo. Cuando entro, advierto con alegría y preocupación, porque no he preparado nada, que la sala está llena. También advierto que Orlando Chirinos no se ha presentado. Nadie precisa la razón, así que adivino que su coche está destartalado y también se ha averiado. «¿Quién empieza?», pregunto. La moderadora, Jenifer Monsalvo, señala con el dedo hacia mí. «El señor Napoleón desea cerrar el acto», explica. Me parece bien, pues como no tengo gran cosa que decir, da igual en qué momento la diga.

Estudio a Napoleón, que acaricia un montón de folios grapados que bien podrían ser su intervención. Me pregunto si su apellido lo ha ayudado o lo ha perjudicado a lo largo de su vida. En las antípodas de su exhaustividad, saco una hojita que había rellenado con nombres de algunos escritores españoles, y me pongo a hablar de ellos. Son Josep Pla, Juan Marsé, Quim Monzó, Vila-Matas, Belén Gopegui, Lolita Bosch, Gabriel Tizón, Manuel Longares y Martín Gaite. Cuando me doy cuenta, han pasado veinte minutos y se me caen los mocos de lo alto que está el aire acondicionado.

Me muero de ganas por escuchar a Napoleón Oropesa, que además de poeta, novelista, ensayista, gestor cultural y profesor universitario, es «individuo de número de la Academia Venezolana de la Lengua, correspondiente de la Real Academia de la Lengua Española», según el programa de mano de la FILUC. Lamentablemente, mi temor a que aquellos folios (¿quince, veinte?) fuesen su intervención, se confirman. Los recita con gran pasión. Su discurso, alrededor de san Juan de la Cruz y Federico García Lorca, se nos hace corto, y la vida larguísima. Habla de sí mismo en tercera persona. «José Napoleón Oropesa», dice cada poco, en referencia a alguien que conoce de saludarlo. No me da pena que acabe, sin embargo. Al finalizar, me reclama algún ejemplar de mis libros, pero no he traído. «¿Sabe dónde puedo comprar yo algún libro de José Napoleón Oropesa?», estoy a punto de preguntar, dejándome llevar también por la tercera persona.

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Nadie me pregunta por España. Supongo que carecer de Gobierno no es preocupante al lado de carecer de democracia.

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Las dificultades por las que atraviesa el país no impiden que en los recintos cerrados, como el de la feria, o en los hoteles, hagan ostentación de aire acondicionado. En las salas donde se celebran los coloquios es habitual ver a la gente con chaqueta. Fuera, la temperatura ronda los treinta grados, según el momento del día. A la que puedo, busco quien me lleve al hotel. De camino, Lorena me confiesa que unos meses se irá de Venezuela. Aquí da clases de educación en la Universidad de Carabobo, y en Denver (Estados Unidos), donde ya residen su madre y sus dos hermanos, tiene una oferta de trabajo en una escuela pública. Pasará de ganar cuarenta euros al mes, a ganar unos sesenta y siete mil al año. «No quiero irme; me gusta mi país, aquí están mis dos hijos, que estudian Medicina, mi marido, mis amigos. Pero tengo que irme. Podré enviarles dinero todos los meses, que les permitirá vivir con desahogo, y más tarde también ellos podrán venir conmigo», me cuenta. «La vida aquí es terrible». Hace algunos meses secuestraron a su hijo mayor, de veinte años. «Estaba acompañado por un amigo, sacando una bebida de una máquina. No era en una zona peligrosa, aunque aquí ya todas la son, y tampoco era de noche. Pero apareció un carro con tres hombres y los metieron dentro a punta de pistola. Les preguntaron dónde vivían, y qué medidas de seguridad había en su comunidad. Les pareció más fácil asaltar la casa del amigo de mi hijo, y allí se presentaron, amordazaron a su mamá y a sus hermanos, y saquearon todo lo que tenían de valor». A su hijo y a su amigo también se los llevaron, y los dejaron abandonados en un suburbio.

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En el hotel leo, reescribo y tengo un poco de hambre. Descubro que el servicio de limpieza ha conectado de nuevo la nevera. La desenchufo, y el silencio se pone en vertical, qué placer.

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A la hora de la cena, me reencuentro con Sandoval y Jonathan, y algunos autores. Ya se sabe que esta tarde el poder judicial ha paralizado el revocatorio contra Maduro. «Esto empieza a parecerse demasiado a una dictadura». El país está roto en dos partes, que ahora mismo parecen irreconciliables. Se odian. La grieta ha provocado enemistades entre familiares, amigos de toda la vida, compañeros de trabajo… El chavismo, minoría ya según todas las encuestas, abusa del control de las instituciones para atrasar la consulta que podría echar a Maduro del poder. Si consiguen frenarla varias semanas más, ya no tendrá como consecuencia, si triunfa, la convocatoria inmediata de nuevas elecciones.

Hablamos de libros y escritores.

21 de octubre, viernes

He soñado que morían todos los poetas y narradores hospedados en el hotel menos yo, que el día anterior tuve la precaución de no comer la mermelada caducada. Esta mañana, sin embargo, no sé privarme de ella. Estoy despierto desde las cinco, leyendo y reescribiendo, y bajo hambriento a desayunar.

En lo que es ya una enraizada tradición de varios días, me beso con autoras y organizadoras y estrecho manos con profesores, editores y poetas. Alguien dice que el día anterior el recital de Gabriela Rosas, que se sabe toda su poesía de memoria, dejó boquiabierto a todo el mundo. Yo la conocí en el ascensor del hotel, cuando nos retirábamos a dormir, o a jugar a dormir.

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El wifi no funciona desde la noche anterior. En recepción lo atribuyen a un fallo del servidor. Un poeta proporciona una interpretación más sutil. «El Gobierno no quiere que las redes sociales se incendien después de que los jueces afines al régimen suspendiesen el revocatorio a Maduro», dice.

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Sandoval me cuenta que hace algunos años vivió en Madrid, en la calle Doctor Esquerdo 71, mientras desarrollaba una investigación becado por la Universidad Central de Venezuela. En realidad, se mantenían con el sueldo de su mujer. La beca no daba para nada. «Me encantaba bajar al metro de Madrid a leer. Ahora lo hago en el de Caracas los días que viene la chica a limpiar el apartamento». Elige un libro de relatos que pueda leer durante dos horas, el tiempo que a ella le lleva arreglar la casa, y se va en dirección al metro. Toma una línea y la sigue hasta el final. Cuando regresa han transcurrido dos horas. Después vuelve a casa, y como la asistenta ya se ha ido, sigue leyendo. No tiene hijos y su mujer también es profesora en la universidad, lo que favorece mucho la lectura.

Todos los poetas y narradores de Venezuela conocen a Sandoval. En su faceta de crítico los ha reseñado a todos. Algunos dejan de hablarle durante un par de años, cuando la crítica es negativa, pero después vuelven a ser amigos. «Un novelista me ofreció una vez unos golpes. Fue una situación muy incómoda. Durante una época me tenía que esconder de él. Sin embargo, un día que yo iba caminando por Caracas, él detuvo su coche a mi altura, bajó la ventanilla, y me gritó: Sandoval. Y nos pusimos a hablar de libros, como si nada».

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Ana Teresa Torres diserta sobre su biblioteca personal. Proyecta y comenta fotos de sus rincones. Aquí, va diciendo, están los escritores norteamericanos, aquí los venezolanos, aquí la poesía, en aquella otra estantería los libros de lenguas extranjeras, en el otro lado los diccionarios… La casa es preciosa. En el turno de intervenciones levanto la mano y pregunto si hay un lugar específico para los libros que todavía no ha leído, y que tal vez nunca lea, y de los que no se deshace, por si acaso. «Por supuesto. Están en el pasillo de la muerte».

Al finalizar su charla, comienza la mía. Hoy me toca hablar de Libros peligrosos. Se supone que presenta el acto la periodista Aymara Lorenzo, pero no aparece. La organización elige a Sandoval para sustituirla. Al acabar me doy otra vuelta por la feria. En conversación con algunos editores, me entero de que en Caracas hay una cadena de farmacias que vende libros. Se llama Locatel. «Es la única que lo hace, vender libros en medio de pomadas, aparatos ortopédicos, botiquines de emergencia…». Este es un país fascinante. Por muchas razones. Esta es una.

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Me acerco al stand de Madera Fina y le pregunto a Jonathan si nuestro poeta ha ido al váter. Se ríe, y afirma con la cabeza. Todo el mundo en la feria está muy contento por él. «En realidad, ha sido toda una aventura». Después de siete días de espera, a media mañana lo atacaron unos horribles retortijones. Era una buena señal, y a la vez alarmante. Pero estaba en la feria, y con solo imaginar el estado lamentable en el que se encontraría los baños, usados por centenares de personas, sintió escalofríos. Decidió tomar un taxi y acercarse al hotel, a solo cinco minutos. «Al Guaparo, por favor», le indicó al taxista. Pasados quince minutos, el poeta sospechó que tardaban demasiado en llegar. Y necesitaba ir al lavabo urgentemente. Ur-gen-te-men-te. «¿Acaso vamos por el camino largo?», preguntó, irritado. No conocía muy bien la ciudad de Valencia, pero… «No, señor, aquí está el Guaparo», y señaló el hotel. El poeta miró por la ventanilla. No sabía cuánto más podría aguantar antes de cagarse. «Pero este no es el Guaparo», dijo contrariado. «Sí lo es, señor. Fíjese: Guaparo Suites», y señaló al cartel. «¡Yo estoy alojado en el Guaparo Inn!». Aquello era el fin. «Ah, ¿al Guaparo Inn quería ir usted? No me especificó», le reprochó el conductor, mientras arrancaba de nuevo. Sería un milagro si el poeta llegaba entero al hotel. Transcurrieron otros quince minutos. Cuando al fin el poeta se bajó del coche, y corrió a su habitación, comprobó con horror que la puerta no abría. La tarjeta se había desconfigurado, y tuvo que bajar a recepción. En esos minutos agónicos, experimentó la sensación de estar bordeando las fronteras del ser humano.

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Me presentan a la rectora de la Universidad de Carabobo y al embajador de Líbano, que será el país invitado de la FILUC el año próximo. 

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Un profesor de literatura invitado a la feria me cuenta que hace años, mientras documentaba El general en su laberinto, Gabriel García Márquez visitó Venezuela de incógnito en varias ocasiones. Quería pasar desapercibido y se alojaba con un nombre falso en un hotel de Caracas. La primera vez telefoneó al historiador Vinicio Romero, gran especialista en Simón Bolívar. Gabo necesitaba conocer algunos pormenores de la vida del libertador, expresiones de la época, personas a las que conoció, incluso qué frutas se comían en aquellos tiempos, y si entonces había mangos en Venezuela. El autor colombiano era escrupuloso hasta esos extremos. «Cuando Vinicio descolgó el teléfono, y su interlocutor se presentó como García Márquez, supuso que se trataba de una broma y colgó». A partir de ese día hablaron a menudo. Romero era una autoridad sobre el personaje que protagonizaba la novela de Gabo. Finalizada la novela, este le preguntó cuáles eran sus honorarios. Había hecho contribuciones fundamentales a su libro, y eso debía pagarse. «Dime qué necesitas». Pero el historiador no quiso oírlo; haberle ayudado a documentar El general en su laberinto era bastante recompensa. García Márquez insistió durante meses hasta que se salió con la suya. «Cuando supo que Vinicio y su mujer se hallaban en medio de una negociación para adquirir la quinta Sinfonía, en el barrio La California, de Caracas, y que les faltaba plata, mucha plata (algo así como diez mil dólares de la época), Gabo terminó comprándoles la vivienda».

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En Venezuela dicen «visión de conjunto» continuamente. En su amabilidad extrema, también responden a menudo con un «a la orden». 

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Hablamos de libros y autores y editores.

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Veo las primeras imágenes de las hordas chavistas asaltando la Asamblea Nacional. Empiezan a convocarse manifestaciones contra el Gobierno después de que se haya suspendido el revocatorio. En seis días, no he tenido contacto con ningún chavista. No cayeron del lado de la cultura, supongo.

22 de octubre, sábado

Foto: Henry Romero / Cordon.

Me paso toda la mañana y parte de la tarde encerrado en la habitación del hotel. A veces enciendo la tele y conecto el Canal 8, que resulta delirante. La propaganda chavista es tan grosera que te hace reír. El canal está fuera de la realidad, va a la deriva, como esa chatarra cósmica que vaga por el sistema solar. Entro en internet y leo que el viernes, la tripulación de un Boeing 787 de Avianca que cubría la ruta Madrid-Bogotá alertó a la torre de control en la capital colombiana de la presencia de un avión militar venezolano que se interponía en su ruta cuando sobrevolaba el espacio aéreo de ese país.

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En el hotel se inaugura una exposición sobre artículos para bodas, que incluye una exhibición de coches de época, en el exterior. Me llama la atención —otra vez— el lindo abuso de las mayúsculas en el cartel que han puesto junto a los vehículos: «Alquiler de Automóviles Clásicos Para Eventos Especiales». Justo encima, aparece el nombre del propietario del negocio: «Carlos Sandoval». Le hago una foto para después enseñársela al otro Carlos Sandoval.

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A media tarde participo en un diálogo sobre columnismo con Alonso Moleiro, un joven periodista venezolano. La conversación es divertida, casi aburrida, hasta que entran dos operarios en la sala empujando una mesa con ruedas, sobre la que transportan un ordenador y un proyector, que se ponen a conectar. Supongo que no nos ven. Moleiro y yo nos miramos y nos encogemos de hombros. Yo empiezo a hablar bajito para no molestarlos con lo que sea que estén haciendo.

Veinte minutos después, cuando todo acaba, y abandonamos la sala, se me acerca un señor de unos sesenta años. Lo reconozco, pues se encontraba entre los asistentes al diálogo. Se presenta como César Peña, ingeniero y experto en programación de sistemas. Al principio hablamos de columnismo, pero enseguida saltamos a un tema mucho más apasionante, como son los «insuficientes incompletos». Me cuesta seguirlo. Se refiere a la importancia «de tener siempre presente que nunca podremos completar un modelo, pero sí nos veremos obligados a usar dicho modelo como suficiente ante la realidad siempre definitoria». Al parecer, según él, no hemos dejado de hablar en ningún momento de columnismo. Los «insuficientes incompletos son muy útiles para escribir columnas», asegura. Me recomienda que lea Antifrágil, de Nassim Nicholas Taleb. Tomo nota y esa tarde le escribo un e-mail a mi librero para que me lo consiga.

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Sigo sin saber quién es el pasajero de pelo blanco que no abrió la boca en todo el viaje entre Caracas y Valencia. Empiezo a dudar que ese señor exista. «A ver si te lo inventaste», me dice un novelista.

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Camino del hotel, un crítico literario cuenta que en Maracaibo les gusta poner nombres estrafalarios a los niños recién nacidos. Lorena, que conduce, asiente: «Ah, es verdad». «Nombres estrafalarios de qué tipo, para que me haga una idea», pregunto. Y el crítico me dicta de carrerilla: «Hermócrates, Esdras, Pragedes, Betulio, Radegunda; ¿te llegan?». 

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Me entero, después de cuatro días, que no estamos en Valencia, sino en un sitio llamado Naguanagua. Me quedo de piedra. Estoy completamente fuera de la realidad, demasiado encerrado.

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En la cena, vuelve a salir el tema de la mala iluminación del hotel. Al poco, alguien menciona el «Caracazo» de 1989, que la narrativa venezolana recoge ampliamente. Para ponerme en antecedentes, me cuentan que, después de ganar las elecciones, el Gobierno de Carlos Andrés Pérez subió el precio de los combustibles, y como consecuencia inmediata se incrementó en un 50 % el billete del autobús. Las protestas empezaron en las afueras de Caracas, en Guarenas, una ciudad dormitorio a veinte minutos en coche de la capital. De pronto, alguien propuso quemar un autobús. Enseguida ardió otro, y otro y otro, y al instante comenzaron los saqueos de tiendas. Al día siguiente el caos saltó al centro de la ciudad. Salió el ejército a la calle. Se saqueó sin descanso, se disparó contra la población. «Yo vi como un militar mataba a un niño de siete años que cruzaba la calle», dice Sandoval. En las semanas siguientes, con centenares de muertos, «ningún negocio quedó indemne. Todos sin excepción fueron saqueados, salvo uno. ¿Sabes cuál?». Me encojo de hombros. «Las librerías; ni las tocaron». 

En la habitación, mientras tomo notas para el diario, me acuerdo del «Bogotazo» del 9 de abril de 1948, cuando unos jóvenes Álvaro Mutis y Carlos Patiño escribieron el poemario La balanza, y la edición, de doscientos ejemplares, se agotó en veinticinco minutos. Fueron a recoger la tirada a la imprenta y la repartieron por todas las librerías de Bogotá. Entonces, estalló el «Bogotazo», revuelta popular en contra del asesinato del líder político Jorge Eliécer Gaitán. Los disturbios se extendieron a lo largo de toda la ciudad, en la que se prendieron multitud de hogueras. Casi todas las librerías ardieron, y con ellas La balanza.

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Ya en la madrugada escribo una columna sobre fútbol, que cuando acabo, y la envío al periódico, descubro que no trata demasiado de fútbol.

23 de octubre, domingo 

Foto: Kathleen (CC).

Me despierto a las cinco de la mañana, como siempre. Acabo de leer Rey de picas, de Joyce Carol Oates. La luz se va y se viene todos los días. Algunos no estoy en el hotel para ser testigo, pero cuando regreso el reloj de la radio-despertador parpadea.  

Bajo a desayunar como un animal desbocado, pensando en la mermelada. Le regalo a Sandoval Las chicas, de Emma Cline, y Rey de picas, de Carol Oates. Me intereso por cómo es posible que haya leído tanta literatura extranjera, si esta no llega a Venezuela. Confiesa que el único modo de hacerlo es acudir a internet y leerla en formato electrónico, en ediciones pirateadas. «Ni hay donde comprar esos libros, ni tenemos dinero para hacerlo, ¿qué vamos hacer? ¿Resignarnos a la ignorancia y no leer?». Me convence.

Le enseño la fotografía con el cartel de los Autos Clásicos, en el que aparece su nombre. Nos reímos, pero ni la mitad de lo que lo hacemos con la revista mexicana Merca 2.0. Al parecer, el mundo está lleno de personas con ese nombre, Carlos Sandoval, y hace algún tiempo Merca 2.0 hizo una entrevista a una de ellas. En esa ocasión se trató del director ejecutivo de Blim, una plataforma de vídeo bajo demanda por suscripción, impulsada por Televisa para competir contra Netflix. Algún genio, necesitado de una fotografía de Sandoval, buscó en internet y robó la primera que encontró. Pero robó mal, y Merca 2.0 salió a los quioscos con una entrevista al director ejecutivo de Blim, ilustrada con una fotografía de un profesor de literatura de la Universidad Central de Venezuela.

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Finalizada mi participación en la feria, me acerco con ánimo aventurero, dispuesto a comprar libros de escritores venezolanos que llevarme a España. Pero enseguida me sale al paso César Peña. Ha estado preguntando por mí, dice. Hablamos de su oficio, que no consigo comprender en su totalidad, y desaparece. A los cinco minutos regresa. «Esto es para ti», y me regala un libro de Isabel Allende titulado La isla bajo el mar. «Es magnífico», asevera. En ese instante yo sé que posiblemente no lo voy a leer nunca. Lo colocaré en el pasillo de la muerte. Me mortifica un poco cargar con él sabiendo eso, hacerle cruzar el océano, vivir en una casa nueva, con otros libros…

Cuando Peña se va a dar una vuelta por los stands, Sandoval acude a mi rescate. «¿Quieres que me haga cargo del libro?». Se lo entrego sin dilaciones. Sabrá qué hacer con él mejor que yo. En su pregón, el día inaugural, había contado que a dos cuadras de su apartamento, en Caracas, un indigente sobrevivía con las limosnas que los conductores ponían en su mano luego de que el hombre limpiase los parabrisas de sus coches con agua turbia. Combinaba el servicio de limpieza con el de dalero, que consiste «en dirigir las maniobras de los choferes que se arriman al lugar diciendo “dale, dale, dale”». El caso era que cuando no estaba haciendo una cosa o la otra, el indigente se pasaba el tiempo leyendo. «La otra tarde utilizaba una lupa para recorrer los mínimos párrafos de la Odisea en la legendaria colección crisol de Aguilar». Sandoval me propone que regalemos la novela de Allende al indigente. En una página de cortesía del ejemplar escribimos: «Este libro se lo regaló César Peña a Juan Tallón en la FILUC 2016. Tallón se lo pasó a Sandoval para que lo dejara al hombre de la calle, lector compulsivo del barrio La Candelaria en Caracas».

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En el salón Yves Bonnefoy, Rafael Arráiz Lucca presenta El petróleo en Venezuela. Una historia global. No sé por qué, acabo en ese preciso salón, escuchando al autor, que dice que a Venezuela le estaba faltando un libro así, que ofrezca «una visión de conjunto» sobre el impacto del petróleo en su sociedad. «Lo escribí porque me gusta prestar servicios a mi país», afirma. «Los franceses tienen que saber de quesos y vinos; los escoceses tienen que saber de whisky. Nosotros tenemos que saber de petróleo», añade, y el público, que abarrota la sala, deja escapar los primeros aplausos. Arráiz defiende que a medida que el petróleo pierda peso frente a otras energías, y Venezuela dependa menos de él, ese cambio de paradigma beneficiará a los venezolanos porque significará que sin petróleo el Estado tendrá menos recursos de los que aprovecharse, y deberá contar más con la gente para desarrollar la economía.

El petróleo, me explica un editor presente en la sala, ha forjado uno de los grandes mitos contemporáneos de Venezuela. «¿Cuál?», pregunto. «El de que gracias a él somos un país rico. Nos lo creímos. Todo mentira».

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Me llevo libros de poesía, relatos y novelas de Cecilia Ortiz, Harry Almela, Elisa Lerner, Eugenio Montejo, Rodrigo Blanco, Rubi Guerra, Fedosy Santaella, Juan Carlos Méndez Guédez, Daniel Centeno, Lucas García y Camilo Pino.

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A las cinco de la tarde, concluye la FILUC.

24 de octubre, lunes

Al dejar la habitación, para hacer el check out, coincido con Bustamante, que sale de la suya arrastrando la maleta y un pesado extintor. «¿Y eso?», digo señalando el utensilio. Me explica que la organización de la feria obligaba a cada stand a disponer de uno, para caso de incendio. Pero como comprarlo no estaba a su alcance, Sandoval se ofreció a sacar uno de la universidad en la que trabaja por la puerta de atrás, y que ahora devolverán.  

La organización nos citó a las nueve de la mañana para trasladarnos a Caracas. Pero no aparece nadie. A las diez nos anuncian que el conductor de la camioneta ha ido a lavarla, con tan mala suerte que ha mojado el motor y ahora no arranca. «Pero ya viene otro carro en camino», avisan. Viene, pero todavía no. Hay un atasco monumental en Naguanagua. A las once, marcha por delante del hotel una gran manifestación de estudiantes universitarios, que reclaman al Gobierno comida y medicamentos, y puestos a pedir, un poco de democracia. Me acuerdo de que en mi maleta guardo un arsenal de medicinas, que saco y reparto entre Sandoval y Bustamante.

Volvemos a hablar de libros y de violencia, para matar el tiempo en el hall del hotel, mientras no aparece un conductor. Un editor cuenta que hace unos meses su mujer iba por la calle con un bolso del que sobresalía una novela. De la nada, aparecieron dos malandros armados que gritaban: «Dame la tablet, dame la tablet». La mujer no entendía nada. «Pero ¿qué tablet?», preguntó. «Esta», dijo un asaltante, que echó mano al bolso y tiró de la novela. Al advertir que solo era un libro, y no una tablet, lo arrojó al suelo y se fueron.

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Al fin averiguo que el pasajero misterioso, que casi me había inventado, es el poeta, pintor y crítico de arte Juan Calzadilla. «Está afiliado al Gobierno, pero se trata de un buen poeta, sea el caso decirlo. Y agudo en muchas notas de arte. Parece que, además, está sordo. Acaso por eso no te habló durante el viaje», me dice un narrador.

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Nos presentamos en el aeropuerto de Maiquetía con seis horas de antelación. Las compañías aéreas recomiendan hacerlo con cuatro, por lo menos. Y sin embargo ya hay cola. Cuento nueve perros en nuestro vuelo. Sandoval se ofrece a acompañarme hasta que pase la aduana. Nos despedimos. Cruzo la aduana. Escucho a un alemán decir «policía corrupta». Me reconcilia con Venezuela que en este aeropuerto los pasajeros no corran a formar cola en la puerta de embarque una hora antes de que llamen a embarcar. La civilización también se revela en estos detalles.


Marta Rossich: «Los lectores jóvenes son la gran esperanza de la literatura de género»

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Marta Rossich (Barcelona, 1979) nos recibe en la sede barcelonesa de Ediciones B, en una sala que ha abarrotado de libros de ciencia ficción y fantasía. Como buena guerrillera editorial, la trayectoria de Marta incluye un poco de todo, desde trato con la prensa hasta coordinación de colecciones y sellos editoriales. Tras una estancia de dos años y medio en China se hizo cargo en 2014 de Nova, histórico sello de literatura de género. Charlamos sobre ciencia ficción, libros electrónicos, novelas landscape (¡que no románticas!), la interacción entre literatura y videojuegos, la energía del mundo editorial chino, la fantasía de Brandon Sanderson… Abundan las metáforas bélicas y la gesticulación enérgica subrayada por carcajadas repentinas. 

¿De verdad se sigue leyendo en España? Cada vez más alternativas de ocio le quitan tiempo a la lectura, desde las series hasta el Candy Crush.

Ya lo veis [señala a los libros esparcidos por la mesa], yo estoy convencida de que sí se lee. Claro que sí. Me he acabado dedicando a la edición de literatura de género en un momento clave, en plena renovación de contenidos. De golpe, títulos de ciencia ficción y fantasía han ido subiendo en Estados Unidos a las listas de los más vendidos… Abanderados por estos títulos, hemos renovado la colección Nova y duplicado las ventas. Claro que se lee hoy en día.

¿Leías ciencia ficción antes de entrar en Nova?

Debo confesar que no era nada aficionada. Eso me ha permitido iniciarme como una lectora más, empapándome sin ideas preconcebidas sobre la obra editorial previa de Nova. Al descubrir treinta años publicando a los mejores autores globales de ciencia ficción he ido apreciando su variedad de estilos… Y estoy rastreando a los autores que siguen vivos, estudiando cómo se mueven en mercados internacionales mucho más maduros en género que el nuestro. Intento ser joven de espíritu: al fin y al cabo, mi gran esperanza son los nuevos lectores que han crecido leyendo Harry Potter y se convierten en lectores de género. Intento iniciarme con ellos, aconsejada por mi gurú Miquel Barceló y la gente brillante que me asesora. Y a cambio, lo que pongo a su disposición es mi capacidad de lucha editorial.

El mundillo de la ciencia ficción tiene fama de ser algo endogámico. ¿Te ha costado adaptarte?

Mi integración está siendo una lección de vida. Tenía miedo de que se me rechazara por no ser una especialista en ciencia ficción, pero he encontrado gente muy generosa que me ha aceptado y aconsejado sobre lo que hago bien y lo que debería corregir. Tanto nivel de implicación y trabajo en equipo no lo había visto nunca en otro tipo de literatura. La literatura de género es una lucha conjunta: editores, autores, blogueros, traductores, correctores, coleccionistas, libreros, ilustradores…  Me parece gente acostumbrada a colaborar entre sí y con ganas de normalizar el género, rompiendo las barreras que intentan reducirlo a un nicho de mercado. Uno de mis objetivos es comprender y conocer a los prescriptores de fantasía y ciencia ficción, para abrir el género al máximo de público posible.

Empezaste en el mundo editorial coordinando a traductores y colaboradores autónomos en Planeta, y más adelante en Tusquets. ¿Cómo ves las condiciones de trabajo de este colectivo?

Mal, y lo sé de primera mano. Al principio de mi vida laboral entré como becaria en Planeta, después hice de freelance un tiempo, mientras estudiaba. Las condiciones son malas. En este sector prima la pasión que le pongas al trabajo, que te gusta lo que haces… El enganche del sector editorial. La gente que conozco quiere seguir luchando y trabajando con la literatura, cada uno en su propia trayectoria.

En Edhasa llevaste durante un año las relaciones públicas, contacto con periodistas… ¿Qué imagen te llevaste del periodismo cultural en España?

En Edhasa el tipo de literatura que llevaba era más tradicional, autores como Wiesenthal y algo de  novela histórica. Y en Tusquets, donde edité Tokio Blues de Murakami, la importancia de la prensa era brutal. Ahora en mi lucha por el género empleo armas que aprendí en esas etapas… En cualquier caso, volviendo a la pregunta: a menudo el periodismo español tiende a olvidar la literatura de género.

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Ya en Ediciones B, allá por el 2008, tomaste la iniciativa de recuperar parte del legado de Bruguera reeditando las colecciones de Joyas Literarias Juveniles e Historia Selección; libros de Julio Verne, Emilio Salgari…

En Ediciones B empecé renovando toda la línea de bolsillo, con lo que aprendí a trabajar en bloques, hacer campañas… Una línea de bolsillo es un territorio muy libre, de experimentación. Y dándole vueltas a qué podríamos sacar, recordé que Ediciones B había comprado hacía tiempo el fondo de Bruguera. Fui a dar una vuelta por el archivo de Parets, quedé impresionada con las Joyas Literarias Juveniles y me propuse rescatarlas… Una prueba que salió bastante bien y llamó el interés de la prensa.  

¿Un guiño nostálgico? Porque fue una reedición calcada, ¿no?

Fue facsímil, sí, tal cual. Bueno, hicimos algunos cambios en la cubierta, actualizaciones sutiles para que no pareciera tan vintage, pero la idea era que fuera lo más parecido al original posible. Los tengo en mi casa… No los originales, que están en el archivo a buen recaudo, sino la que edité en 2008.

En Ediciones B contactaste, se dice que a través de Twitter, con John Locke, el autor independiente que se autopublicó en Amazon KDP (Kindle Direct Publishing), vendiendo millones de thrillers a noventa y nueve centavos.

Twitter no pudo ser porque no tenía en ese momento, pero contacté con John Locke a través de email, de forma espontánea… Como si fuera una fan.

¿Qué te hizo pensar que lo que funcionó en digital vendería también en papel?  

Bueno, en España no funcionó demasiado bien. Era el inicio del boom de los escritores autoeditados, cuando se pensaba que los contenidos del KDP de Amazon EE. UU. podrían viajar a otros mercados. En aquellos años creíamos que muchos más autoeditados podrían funcionar en papel, pero el tiempo ha demostrado, sobre todo a partir de 2009, que la criba es muy estricta y algunos autores no despegan en papel. Otros sí; a Juan Gómez-Jurado lo publicamos en noviembre: sigue vendiendo muy bien. Y eso ocurre tanto en thriller como en otros géneros, como prueba Andy Weir con El marciano.

Que también empezó autopublicando en Amazon.

Fue difundiendo su novela por entregas para los fans, con muchísimo éxito… Los lectores le pedían que las ensamblase en un libro, así que acabó colgándolas en Amazon y poniendo un PVP al conjunto. Cuando publicó El marciano de esta forma se dispararon meteóricamente las ventas, y  lo compró Crown, una editorial de Estados Unidos. Luego se empezaron a vender las traducciones a otros países, los derechos cinematográficos… ¡De una primera novela!

Tenéis dos versiones editadas, la de antes de la película y la de después, con Matt Damon en portada.

Sí, en Nova jugamos con todo lo que podemos, y las películas son importantes. Me di cuenta de que El marciano y Ready Player One son dos títulos clave cuando volví de China y me encargaron Nova, hace dos años. Antes de irme ya había publicado Ready Player One en una colección de ficción comercial. Pero desde China me di cuenta de que un libro que habíamos lanzado sin promoción y en un silencio absoluto, iba entrando y saliendo en las listas Top 100 de los más vendidos de España en Amazon, FNAC… Cuando volví forcé su reimpresión, y ahora lleva diez ediciones y es un libro de culto. Al encargarme del sello Nova, pensé que con Ready Player One y El marciano iba a renovar la colección, que estaba un poco dormida después de la gran obra de Barceló, y lancé los dos libros de golpe y dentro de Nova. ¡Ahí tendrían que haber estado desde el principio! A partir de estos dos empecé a jugar con el resto de la colección, reeditando, poniendo fajas más grandes, luchando para que salgan entrevistas en los medios, buscando la oportunidad de reimprimir algunos títulos… Peleo con la misma intensidad por libros de 2011 que por los actuales. De ahí la sobrecubierta de El marciano con la imagen de la película.

¿Iréis aprovechando las películas para hacer más dobles cubiertas?

Depende. En la literatura de género, los lectores, blogueros y libreros están muy informados de las cubiertas e ilustradores de la edición original, así que los cambios son delicados. Pero claro, la película es una excusa para revitalizar el libro, aunque El marciano ya funcionara bien y no fuera imprescindible; los libros de culto funcionan en realidad solos. Pero puedo aprovechar la película para volver a anunciar la novela en un boletín de novedades, hacer marketing interno, hablar con la prensa…

Editasteis Armada, la siguiente novela del autor de Ready Player One, ¿no?

La lanzamos en marzo… Nova tiene líneas muy distintas, y una de ellas son los contenidos comerciales con capacidad de llegar a lectores jóvenes. La película de Spielberg basada en Ready Player One llegará en 2018, y de Armada también se han vendido los derechos cinematográficos. También hemos publicado Luna, de Ian McDonald, uno de los autores de ciencia ficción más importantes de Gran Bretaña… Se vendieron los derechos a la productora CBS y habrá una serie. En esta línea son importantísimos los contenidos audiovisuales, sean películas o series de televisión. Son una excusa para llegar en particular a los lectores jóvenes, que son la gran esperanza de la literatura de género.

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¿Dirías que autores y editores tienen una cierta responsabilidad política? Otros editores se consideran activistas.

Yo soy una guerrillera de la literatura de género. En su último ensayo, Javier Cercas habla de El Quijote subrayando que la gran virtud del buen género es su carácter plebeyo, perteneciente al pueblo. Mi única responsabilidad es asegurarme de que los contenidos importantes de fantasía y ciencia ficción estén disponibles para lectores en lengua española, y luchar sin cuartel por ellos.

Resulta muy curiosa tu forma tan bélica de hablar. Como si lucharas en una guerra en la que eres a la vez editora, prensa, quien busca los derechos y los gestiona.

Y quien encarga a Simonetti las portadas de la nueva edición de Mistborn, quien convence a Manuel de los Reyes para que sea el nuevo traductor oficial para los libros del Cosmere de Brandon Sanderson; quien busca equipos de traducción con gente como David Tejera y Manu Viciano, Silvia Schettin y Alexander Páez… Busco siempre el feedback de libreros imprescindibles como Antonio Torrubia, hago equipo indispensable con Ilu Vílchez, nuestra responsable de marketing online, y Belén Feduchi, nuestra jefa de prensa… Y tengo la gran suerte de que me dejan espacio y recursos aun estando en una editorial mainstream. Mi lucha es aprovechar que estoy dentro de una editorial grande y generalista para poner su maquinaria comercial detrás del género. Quiero que Nova sea el Tor español… Hasta el punto de que me expreso como Tor y me fijo muchísimo en lo que hacen. Pelear en la guerrilla implica aprovechar cualquier ventanita y oportunidad de promoción. Si en un boletín comercial de Ediciones B en que aparecen todas las colecciones me dejan la contra, me lanzo con toda la maquinaria comercial de frente.

¿Quién es tu competencia en España?

Mi competencia, que está muy bien que la haya, está formada en parte por Planeta con Minotauro, Random House con Fantascy… Por otro lado los editores de género altamente profesionales como Ediciones Gigamesh o Valdemar. Otros que lo están haciendo muy bien son Alianza Runas. Que haya competencia hace que no nos durmamos. Además, en ciencia ficción y fantasía los lectores tienen un nivel altísimo de exigencia. Eso me daba un poco de miedo, ya que sin ser especialista en el tema heredo una colección mítica. No quiero meter la pata en ningún título. Me voy a equivocar seguro, pero…

Un gran éxito te permite fallar otras veces.

Lo que importa no es solo el éxito en las ventas, sino en el contenido. La mítica frase de José Manuel Lara de no confundir tu biblioteca con tu catálogo no se aplica en mi caso porque no soy especialista en género, pero sí me he rodeado de asesores brillantes. Un editor es un artesano: los artistas son los escritores. Yo lo que tengo que hacer es editar en buenas condiciones para llegar al máximo de lectores posibles… Tanto a los aficionados de siempre como a los lectores que se han cansado de la novela negra después de la explosión mainstream. Y, por supuesto, la literatura de género está en sintonía con los lectores jóvenes.

Jóvenes de cuarenta, como nosotros.

[Ríe] ¡Muy bien llevados! Aunque yo aún soy treintañera.

Tor edita cada año cuatro autores noveles junto a autores consagrados. ¿Tenéis planeado hacer algo así?

En realidad ya lo estamos haciendo, pero estoy metida en un río que me fuerza a navegar por ciertos cauces. Primero tengo en cuenta a Brandon Sanderson, la revitalización de nuestro propio fondo, la ciencia ficción hard como Seveneves… Luego quiero potenciar los materiales de no ficción de cultura popular, como por ejemplo sobre videojuegos. Busco que los libros dialoguen entre ellos, y editar por el momento manteniéndome en el espíritu de Miquel Barceló, que es cien por cien…

¿Anglosajón?

¡No! Internacional.

Traéis pocos autores de visita, ¿no? ¿Por qué no viene Neal Stephenson, por ejemplo?

No es fácil, pero sí que hemos traído a nuestros autores. Stephenson y McMaster Bujold estuvieron en la antigua librería Gigamesh; Andy Weir dio una charla en streaming con prensa desde su casa; Sanderson estuvo en Barcelona hace años, y luego en el Celsius de 2015. Este año Ian McDonald ha estado en el Celsius de Avilés y Cixin Liu y Brandon Sanderson vendrán ahora a Barcelona… Pensad que hemos pasado de publicar seis o siete títulos en 2014 a más de veinte. Mi primer objetivo en Nova era que los números me acompañaran, para tener libertad en mi guerra por el género. Los libros que venden más me ayudan a realizar actividades complementarias de promoción y mejora. Los lectores aprecian las ediciones en tapa dura con buenas cubiertas e ilustraciones, guardas, marcapáginas… Todo eso es caro. Y para asegurar que se venden en buenas condiciones, voy a menudo a librerías especializadas como Gigamesh o a generalistas como FNAC para comprobar que mis libros estén bien colocados en las mesas de novedades. Cada paso es una batalla de esta guerra. Hace meses vi a un veinteañero que cogía un ejemplar de El camino de los reyes de Brandon Sanderson, se lo enseñaba a su novia, y decía: «Nunca un autor me ha hecho leer tantas páginas». Como la lucha por el género es tan dura, necesito momentos místicos que me animen a seguir luchando.

¡Munición para la guerra!

Momentos como que en la feria del libro de Londres me digan los editores de Gollancz que les encanta mi catálogo… O enterarme de que Seveneves está en el Nielsen y Bill Gates lo recomienda… O conocer al editor de Heyne y ver que lleva pajarita con topos… O que Cline conceda una entrevista para El Periódico o El Mundo… O que de golpe Brandon Sanderson decida plantarse en la Eurocon de Barcelona, la primera semana de noviembre. Cualquier detalle me ayuda a seguir. ¿Sabéis? La energía y sensación de aventura que aprendí viviendo en China ahora las tengo luchando por el género.   

En la feria del libro de Frankfurt conseguiste los derechos de El problema de los tres cuerpos de Cixin Liu, la primera novela no anglosajona en ganar el premio Hugo.

Conseguir este libro me costó muchísimo. Me enteré de su existencia cuando estaba viviendo en Shanghái. Ahí me di cuenta de que Cixin Liu es una superestrella en China continental, donde ha vendido más de un millón de ejemplares. En su momento ya vi que este libro había que publicarlo. Al volver a Barcelona empecé a buscar a sus agentes, y me di cuenta de que era una agencia nueva. Fue bastante complejo, estuve detrás del libro un año y medio y por fin saldrá el 28 de septiembre.

¿Antes de que ganara el Hugo?

Sí. Es una novela brutal, el primer volumen de una trilogía. Obama se lo leyó estas Navidades, Mark Zuckerberg lo convirtió en el primer libro de ficción de su club de lectura… China es un mercado editorial muy especial, porque todas las editoriales son estatales, y las únicas empresas privadas en el sector son las agencias literarias que operan desde Hong Kong, Shanghái… Hace poco apareció la primera agencia literaria estatal, y el primer autor que representó fue Cixin Liu. Vamos a coincidir con la publicación en Alemania, Francia y Gran Bretaña. Es mi título más personal ahora mismo, porque conjuga mi lucha por el género con mi experiencia personal en China.

¿Qué te llevó de vivir en Barcelona a establecerte en Shanghái en 2012?

Mi marido, que es sinólogo, tenía que pasar al menos un par de años en China por motivos profesionales. Llevaba años yendo y viniendo, realizando una investigación sobre historia de la economía de China. Yo en esa época estaba muy focalizada en la edición, viviendo el boom de mi máximo best seller: Sarah Lark. Pero pensé que solo se vive una vez, y que cuando te llega una oportunidad de ese tipo hay que aferrarse a ella… Así que cogí una excedencia y me marché con mi marido a China dos años y medio. Allí tuve que buscarme la vida para encontrar trabajo en el sector editorial chino. Una occidental difícilmente puede ser editora en China, hay cupos hasta sobre cuántos taiwaneses pueden trabajar como editores dentro de las editoriales chinas. Para trabajar solo podía hacerlo a través de las agencias, así que me puse a rastrear. Aprendí de todo, empezando por hablar un poco de chino. Me vi en un lugar donde cada día es una aventura. Incluso la alimentación china te cambia el cuerpo…

¿En qué sentido?

No tiene nada que ver con la comida china de aquí. Comen muy poca carne y mucha verdura deliciosa. Tienen muchísima imaginación cocinando las verduras, es un espectáculo. En China descubrí también el yoga: creía que las jóvenes chinas hacían taichí, pero no, allí también está de moda el yoga. La combinación de comida china y yoga me cambió el metabolismo. Echo mucho de menos esa energía. En China la gente no tiene prejuicios: gritan mucho, les da igual todo, son capaces de salir en pijama por la noche a dar un paseo romántico por el barrio…

Esa no es la imagen hermética que se tiene de China.

Eso es más bien japonés. Los chinos son muy expresivos, muy diferentes al aire regio asiático que imaginamos. Gritan, se tocan mucho para los estándares orientales… A veces se pasan, como si no controlaran los espacios interpersonales. En China te ocurren cosas muy raras: por ejemplo, si no cierras bien la puerta de tu casa, igual te entra alguien dentro.

¿En tu casa? ¿A hacer qué?

¡Quién sabe! Muchas veces no llegas a entenderlo. Desde entregar un sobre a saludar. Son muchos y tienen una idea diferente del espacio privado. En China cenan muy pronto, y después aprovechan la vida de las calles saliendo a pasear con chanclas Crocs y en pijama de ositos o corazones. Allí es lo más normal del mundo, hay mucha gente en pijama por la calle. No se extrañan por nada.

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Estuviste en el Instituto Cervantes de Shanghái.

Sí, colaboré con ellos en la programación de actividades culturales. En Shanghái hay mucho interés por España, ya que los chinos creen tener muchos puntos en común con los españoles: la centralidad de la familia, la importancia de comer bien y usar ingredientes de calidad… Dicen que los chinos viven para comer, y uno lo confirma al ver sus festines y la enorme variedad de platos. Les encanta la comida española.

¿Cómo fue tu integración en China?

Mi marido habla muy bien el chino: eso ayudó a que nuestra integración en China fuera sencilla. Yo me convertí en una entusiasta de la energía de China. Shanghái es como el Nueva York de los años veinte: todo está por suceder, es su momento.

Del Cervantes saltaste a Peony, una agencia literaria china. El mundo literario chino es poco conocido en España. ¿Qué recomendarías leer de su catálogo de autores?  

Peony empezó representando a Mo Yan. De sus autores actuales destacaría Han Han, el enfant terrible de las letras chinas: un chico muy joven que también es piloto de fórmula uno. Su novela Triple Door ha vendido dos millones de ejemplares.

¿Hasta qué punto se puede ser rebelde en un país con censura? ¿Te topaste allí con ella en algún momento?

La he vivido, sí. Una de mis tareas en Peony era ver qué contenidos en lengua española podían ser vendidos a China, donde hay dos mercados: China continental, donde las editoriales son estatales y existe la censura… Y Taiwán, el reverso de la moneda, un negocio privado y sin tanto control del estado. El contenido en lengua española más fácil de vender en China continental es la no ficción de parenting: el primer libro que vendí a China es Todos los niños pueden ser Einstein. Hay mucha competitividad en el mundo de los hijos únicos. Luego el sector infantil crece muchísimo, no reparan en gastos. Cuesta más mover las novelas, aunque María Dueñas o Intemperie, de Jesús Carrasco, se han vendido muy bien en China. Mi otra tarea para Peony era buscar autores asiáticos, sobre todo chinos, que pudieran introducirse en España y Francia, un mercado mucho más maduro en cuanto a publicación de autores asiáticos. La publicación de autores chinos y asiáticos en español es compleja. Si en una colección mainstream de novela negra pones El don, de Mai Jia, te queda como un «libro champiñón», es decir, fuera de su contexto; es muy difícil que «dialogue» con autores como Larsson o Dolores Redondo. En cambio, precisamente porque China es un mercado tan maduro en fantasía y ciencia ficción, me encanta la posibilidad de publicar un autor chino de género. Tengo la teoría de que los lectores de ciencia ficción y fantasía tienen más interés por la cultura popular asiática, lo que nos puede ayudar a que autores chinos lleguen a más gente aquí.

Apareces en los agradecimientos de Confesiones de un gánster de Barcelona, «por creer desde el principio en el proyecto». ¿Cómo te involucraste en esta biografía novelada de uno de los más famosos atracadores del país?

Es un libro buenísimo, mítico… Lo edité, sí. Dani Rojo trabajaba en ese momento muy pegado a Loquillo, de quien habíamos publicado un libro. Dani lo acompañaba en los Sant Jordi y encuentros literarios. Nos contó su historia, y vimos ahí claramente un libro en potencia. Nos dijo que había estado trabajando mucho tiempo con Lluc Oliveras a base de entrevistas con grabadora. Nos encantó el proyecto y vi claro que sería un libro único. Trabajamos el texto a fondo, con un editing que hice yo misma.

¿Haces copy-editing?

Un editor debe ser una figura caleidoscópica, así que he intentado formarme en todo: editings, prensa, trabajar para una scout en Londres, en bolsillo, en trade, como agente en China, ahora en Nova…

En Ediciones B tenéis el catálogo B de Books, que contiene casi todos los libros de Sanderson, uno de los autores que más estáis promocionando. ¿Compensa poner tanto fondo en digital? Otras editoriales solo ponen el quince por ciento de su catálogo.

Pensamos muy fuerte en digital, lo vemos indispensable. No los vendemos directamente a través de una plataforma propia, pero tenemos una política de precios agresiva. Ni nos planteamos no tener todos los libros disponibles. Palabras radiantes de Sanderson cuesta treinta y tres euros en papel y menos de diez euros en digital. En Amazon montamos Kindle Unlimiteds, Kindle Flash… Para El marciano hicimos un Kindle Flash el día de Sant Jordi que logró ponerlo en el número uno en ventas.

Hablando con gente de Lektu sobre libros electrónicos comentaron que el aficionado a la ciencia ficción es más dado a reconocer el trabajo del autor y a comprar libros físicos junto a los digitales, quizá por coleccionismo. ¿Compartes esa percepción?

Sí, los lectores de género compaginan digital y papel. Los fans quieren ediciones muy cuidadas en papel, y son muy exigentes en todo. Por ejemplo, para relanzar a Sanderson he intentado compaginar precios ajustados en digital con nuevas ediciones de tapa dura, con el texto corregido… Y al ver que funcionaba la colección conseguí argumentos para añadir más recursos.

Con motivo de su segundo centenario has escrito sobre Flora Tristán, precursora del feminismo. ¿Cuáles son tus preocupaciones al respecto en el mundillo editorial?

Como editora no me he encontrado con ningún problema. Por otro lado, el número de autoras de género que publican es uno de los temas candentes ahora mismo y quiero trabajarlo. Creo que surgirán muchas autoras, igual que cada vez hay más lectoras de género. Por ejemplo, estoy muy contenta de tener Justicia auxiliar de Ann Leckie en mi catálogo, pero no puede ser que de nuestros últimos treinta títulos publicados solo haya uno escrito por una mujer. Eso tiene que cambiar.

¿Tenéis estadísticas de lectoras, específicamente mujeres?

En el género hay aún más lectores que lectoras, pero con Brandon Sanderson probablemente el número de lectoras haya aumentado. Me encantaría tener forma de medirlo, claro. Cuando venga Sanderson a Barcelona podremos hacer un estudio de campo.

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Fuera de Nova has editado landscape novels, que supongo podríamos traducir como novela de paisajes… ¿Serían un tipo de novela romántica?

No, no es novela romántica al estilo de Lisa Kleypas o Johanna Lindsey. El landscape es un género diferente, con las premisas muy acotadas. Fue creado en Alemania por un editor, Lübbe, y su cabeza de cartel es Sarah Lark, pseudónimo de una autora alemana llamada Christiane Gohl. Escribió hace unos diez años En el país de la nube blanca, que ha vendido ocho millones de ejemplares en todo el mundo, de los cuales un millón y medio son en castellano… Su éxito creó un nuevo género, con muchas autoras siguiendo su estela. Las novelas landscape tienen protagonistas femeninas, normalmente británicas o europeas, y suelen ambientarse a mediados del siglo XIX o principios del XX. Las protagonistas deben empezar una nueva vida en un paraje completamente desconocido y alejado. En el caso de Sarah Lark es Nueva Zelanda, pero Kabus habla de Escandinavia, Haran de Australia, Vosseler de India y Singapur… Siempre lugares lejanos y exóticos. Estas historias suelen ser sagas familiares que empiezan con este traslado y describen cómo las mujeres se adaptan, empiezan una nueva vida, se casan (no siempre con el marido ideal), crean una familia, buscan amigas… En el caso de Sarah Lark, siempre son trilogías extensas que siguen esta historia familiar; otras autoras escriben volúmenes autoconclusivos. Tiene tanto éxito porque te permite viajar con la mente sin moverte del sofá.

¿Qué tipo de lectores o lectoras van a firmas de Sarah Lark?

Mujeres, de una franja de edad entre treinta y cinco y sesenta y cicno años, aunque se están incorporando lectoras más jóvenes y alguna veinteañera.

¿Mujeres con ganas de cambiar de vida?

Mujeres con ganas de soñar que cambian de vida. Planteárselo al menos. Sarah Lark hizo una tesis doctoral sobre qué imaginan las mujeres cuando sueñan despiertas. Esa es la clave de su éxito, porque lo aplica en su literatura. Tiene una manera de trabajar muy particular: es una autora muy prolífica, escribe treinta páginas al día. Vive en su finca propia cerca de Mojácar, donde recoge caballos enfermos que la gente no quiere.

La mujer que susurra a los caballos…

Por la mañana cuida de los caballos y va pensando en sus novelas mientras cabalga. Y por la tarde escribe. A un muy buen ritmo, por cierto.

Si dejamos de lado las responsabilidades de editora, ¿qué tipo de libros y autores prefieres leer por simple gusto?

En el fondo soy muy clásica, una proustiana convencida. Y enfermizamente ecléctica, me viene de familia leer cosas muy distintas. Me gustan Murakami, Foster Wallace, Kafka, Javier Cercas… Por mi vinculación con Asia, me encantaría ayudar a que la cultura asiática se difundiera mejor en lengua española. La literatura china es muy desconocida: los editores occidentales buscan el Murakami chino, pero no existe. China es otra cosa.

¿Tras tanto leer y editar textos ajenos, nunca has querido escribir tú misma?

Ya dicen que muchos editores son escritores frustrados. Me apetecería, pero no me atrevo. A veces sueño que estoy escribiendo una novela y la explico oralmente a otra persona… Incluso me he grabado contándole a otra persona historias de observación cotidiana, de lo que me rodea. Algo que me haya ocurrido, que me haya hecho pensar. Pero cuando lo escucho pienso que no, todavía no.

¿Os habéis planteado publicar audiolibros?

Lo estamos pensando, sí. Estaría muy bien, no solo para Nova sino en otros sellos de la casa. En todo caso yo no lo llevo, sino Ilu Vílchez.

La posición hacia la fantasía desde el ámbito de la ciencia ficción es algo ambivalente. Por ejemplo en la Nueva guía de lectura Barceló recomienda Elantris, pero dice que el lector de fantasía suele ser más acomodaticio que el de ciencia ficción. ¿Te has encontrado con este recelo hacia la fantasía?

Quizá por un tema histórico. Aunque en mi caso es al revés: quiero profundizar en esa «mancha» de fantasía que Sanderson está dejando en Nova; quiero buscar otros autores de fantasía que puedan dialogar con sus libros.

¿Qué habéis visto en la fantasía de Brandon Sanderson para promocionarla tanto?

La naturalidad con que entras en su mundo hace que tenga capacidad para atraer a lectores de todas las edades y que no leen fantasía tradicionalmente. Nuestro anterior jefe comercial nos sirvió de conejillo de indias: fue el primer libro de fantasía que leyó. Además, la fantasía de Sanderson tiene un punto muy femenino. Elantris se llevó el premio Romantic Times, El aliento de los dioses quedó finalista, y alguno de Mistborn también. Tiene algo muy humano.  

La trilogía de los Reckoners de Sanderson podría considerarse young adult: acción, superhéroes, primer amor… Sin embargo, Barceló se niega a que se considere la saga «juvenil» por interesar a lectores de todas las edades y por no meterla en el mismo saco de calidad literaria que Crepúsculo, Los juegos del Hambre, etc. ¿No es un poco injusta esta valoración?

Yo personalmente considero los Reckoners como novela juvenil, pero no tengo ningún problema con que esté en una colección adulta. Y es que el propio Sanderson no tiene prejuicio en pasar de una cosa a otra, de los complejos libros del Cosmere al más infantil Alcatraz o a novelas orientadas a jóvenes que pueden atrapar a lectores de cualquier edad. Sanderson ha hecho incluso cómic: ahora ha publicado White Sand en EEUU, con Dynamite, que nosotros lanzaremos el año que viene.

Sanderson está escribiendo los diálogos del videojuego basado en su serie Mistborn. ¿Ves en el futuro a los autores convertidos en híbrido de escritor, guionista y, yo qué sé, youtuber?  

Sí. No sé muy bien cómo y me gustará verlo. El mundillo de los videojuegos forma parte del contenido de muchos libros: El problema de los tres cuerpos, Ready Player One, Armada… El propio Sanderson bascula entre una cosa y otra: no solo de novela juvenil a adulta, sino con otros formatos, el juego de rol de su Mistborn, cómic… El género es muy experimental, y sus autores son muy creativos y modernos.

En el prólogo de Firefight, Barceló te atribuye directamente el hecho de poder contar con el cuento «Mitosis» como extra de la edición española. ¿Cuál fue tu papel?

Insistir una y otra vez a sus agentes. Intento dar el máximo a nuestros lectores. Para Mistborn compré las tres portadas brasileñas de Simonetti, un artista francés de primera fila… Aprovechando la publicación del quinto libro de la saga, relanzaremos los cuatro primeros con las nuevas portadas. Todo eso luego los lectores y el propio autor te lo valoran.  

Sanderson parece muy prolífico.

En un año y medio hemos relanzado nueve libros suyos. ¿Habéis visto su web? ¿Lo que llega a escribir? Escenas eliminadas, comentarios, easter eggs… Plantea sus libros del Cosmere como un solo universo de al menos treinta y seis volúmenes. Antes he mencionado que la maquinaria del género es una lucha conjunta de libreros, editores… La obra de Sanderson tiene un solo autor pero un «Sanderson Team» detrás: agentes, editores, prescriptores, diseñadores… Sanderson tiene gran control sobre cómo lo editamos y sabe que también nosotros hemos montado un «Sanderson Team» con los grandes especialistas de su obra en castellano, como Marina Vidal y Dídac de Prades. ¡Se entera de todo! Y debe de estar contento, porque vendrá en noviembre a la Eurocon de Barcelona.

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Javier Cercas y Enric González o la literatura, el periodismo y viceversa

Fotografía: Alberto Gamazo


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Javier Cercas (Ibahernando, Cáceres, 1962) es filólogo y uno de los novelistas españoles de mayor prestigio. Cuando le llamé para pedirle una entrevista, respondió que ya le habían entrevistado muchas veces y que no creía poder decir nada nuevo. Se optó por una simple conversación sin pautas, desarrollada una mañana veraniega en un restaurante ampurdanés.

Una de las cosas que me jode es no saber más sobre economía. He empezado a leer cosas ahora, con la crisis. Ni siquiera con la crisis de los noventa me interesé. Nunca me imaginé a mí mismo abriendo el periódico por las páginas de economía. Esto te parecerá bastante común, ¿no?

Hay dos secciones en los periódicos que son para iniciados, economía y deportes.

Curiosamente, en deportes está iniciado todo el mundo.

Sí. Cualquiera puede disertar un buen rato sobre el fuera de juego posicional. En cambio, la jerga económica suena a chino. Y hay que conocerla para entender la información.

¿Qué es la prima de riesgo? No lo supimos hasta que pareció convertirse en una cuestión de vida o muerte.

La mayoría de la gente se salta esas páginas.

Me jode, porque a los chavales como mi hijo les interesa; son más listos que nosotros.

¿Ha empezado ESADE?

Este año empieza. Y yo me digo: fantástico, porque me va a enseñar cosas de las que no tengo ni idea. Y sin las cuales no se entiende la realidad. Sin la economía no entendemos la política, por ejemplo. La realidad es el dinero. Los chicos de ahora, en secundaria, hacen cosas de economía. En mi época no se hacían, que yo recuerde. ¿Verdad?

No, qué va.

No recuerdo que me explicaran ni una sola palabra de economía. Y ahora parece que la economía sea algo que funciona solo y que no haya alternativas.

Por supuesto que las hay. Pero el precio de algunas alternativas es altísimo. ¿Abandonamos el euro? ¿Dejamos que quiebren los bancos?

¿Por qué no dejamos que quiebre la banca? El papa lo dijo el otro día.

Sí, pero no refiriéndose a su banco, el Instituto para las Obras de Religión.

Si quiebran los bancos, quebramos también los que tenemos dinero en los bancos. Ese es el problema, ¿no? ¿Se puede dejar que quiebren los bancos?

Ahora no. Han conseguido ser imprescindibles. Porque son demasiado grandes, porque nos arrastrarían a la quiebra con ellos y, además, porque, cuando dan crédito, son ellos los que fabrican dinero. Los billetes los imprime el Banco Central Europeo. Pero los billetes son una pequeña parte del dinero. Tú pones cien euros en el banco. El banco solo tiene que conservar cinco, los otros noventa y cinco puede prestarlos. Tú tienes los cien, recuperables cuando quieras, y otro tiene noventa y cinco. En total, ciento noventa y cinco.

Estoy empezando a enterarme de estas cosas. Hay un corresponsal en Bruselas que me gusta mucho, Claudi Pérez, de El País.

Claudi es un corresponsal espléndido.

¡Cómo ha contado la crisis este tío! Además, lo hace ameno. Bueno, los grandes periodistas justamente hacéis eso. Leyendo una crónica tuya, no solo te enterabas de lo que había pasado ese día si no que te colocaba en el contexto. ¿De qué te sirve que te cuenten que los bonos han bajado, y tal y cual, si no te dan las razones, el contexto, las consecuencias reales? Y eso es muy difícil.

Javier Cercas para Jot down (9)

Hay que entender de qué va y estar al corriente de lo que pasa, porque eso es hacer periodismo. Y utilizar con prudencia las herramientas del novelista.

¿En qué sentido?

En el sentido de que tienes que generalizar y sintetizar, tienes que crear un pequeño relato, tienes que mantener el interés del lector

Lo vuestro tiene una dificultad añadida para mí. A ti te parecerá una anécdota, porque eres periodista, pero para mí ese oficio tiene una dificultad monstruosa: la velocidad. Mira, yo solo he escrito una crónica realmente periodística en mi vida. Fue de un partido de tenis. Yo adoro el tenis. Se enteró Lluís Bassets y me dijo que fuera a la Copa Davis. Ese día lo pasé horriblemente mal, porque además fui con Manel Serras [periodista deportivo], que después me llevó a comer un arroz con sus colegas. Se hicieron las cinco de la tarde y yo pensaba: Dios santo, ¿cómo voy a escribir esto? Porque yo para escribir un folio necesito un día, ¿comprendes? Necesito pensarlo. Y estos tíos llegan allí y «pata pata pata pan», en cinco minutos te hacen una crónica que además es perfecta. La de Manel Serras le dio veinte vueltas a la mía. Qué vergüenza.

Eso es práctica.

Eso no es solo la práctica, en mi opinión. Cuando te enfrentas a un problema complejo… En fin, mi mente no está habituada a eso. Yo necesito que pase el tiempo por las cosas y verlas con perspectiva y darles una vuelta y otra vuelta y otra vuelta…

Porque tu estilo es otro. Tú sabes ver lo que hay por debajo de las cosas, contar algo más real que la realidad.

¿Lo que hay por debajo de las cosas? El buen periodista te da muchas veces eso también.

Lo que tiene que contarte el periodista es lo que pasa. Y un poco del porqué de las cosas. Pero no tiene que explicarte el alma humana.

Yo vengo de la universidad, que tiene otros ritmos mucho más lentos. Por eso cuando me llaman de un periódico y me dicen: oye, se ha muerto tal persona, ¿podrías escribir un artículo?, respondo que no. Porque tengo que pensarlo, qué significó esa persona, qué hizo, por qué. Y necesito tiempo. Vosotros, no.

Los periodistas redactamos a veces en una especie de trance.

¿Trance?

Sí, porque si lo piensas no te sale. El papa Karol Wojtyla murió a las 9:37 de la noche. El Vaticano lo anunció unos diez minutos más tarde. Había que cerrar la primera edición a las 10:30. Yo, que era corresponsal en Roma, tenía poco más de media hora y había que escribir como ocho o nueve folios. Eso era imposible, porque lo normal es tardar unos veinte minutos por folio. Pero salió. Por supuesto, no tenía ni idea de lo que había escrito.

Me parece que la palabra trance es exacta. Anagrama acaba de publicar un libro de un neurólogo (Incógnito, de David Eagleman) en el que se dice una cosa que está muy bien y sobre la que siempre pensé escribir. Dice que, cuando Rafa Nadal golpea la bola, no piensa, está en trance. No se dice «ahora pongo la raqueta así y mando la bola allí». No. Lo tiene automatizado. Entonces, quienes dicen que la inspiración no existe, no saben lo que es la inspiración. La inspiración es un trance. Una especie de compenetración total con lo que estás haciendo. Lo que tú has contado de la crónica de Wojtyla es la inspiración, algo que solo se obtiene a través de un trabajo enorme, de una práctica enorme…

Y de la descarga de adrenalina. Cansa. En una hora puedes fumar un paquete de cigarrillos, quedas reventado y no sabes siquiera qué has escrito.

¿Eso no es demoledor?

Uno se acostumbra.

Porque te pone. Por lo mismo que yo corro. En Berlín, donde acabo de pasar unos meses, volví a descubrir el correr por las mañanas. Tengo la rodilla jodida, pero ya no puedo dejarlo porque, si por la mañana no voy a correr, no me encuentro bien. A veces lo pasas mal cuando corres, no digo que no; y además estoy gordo. Pero ese sufrimiento del correr, sudar y tal te genera algo que se te vuelve indispensable. Yo imagino que escribir de esa manera es algo parecido.

Estoy convencido de que el mejor periodismo se hace en los libros. Porque no sufres ni la prisa ni las limitaciones de espacio y no serializas, sino que tienes la historia completa.

Son cosas muy distintas, ¿no? Para mí, el periodismo es lo que hace ese señor que se va a Egipto cuando se arma la revolución y cuenta cada día lo que pasa.

Javier Cercas para Jot down (13)

¿Aprende algo la literatura del periodismo?

Puede hacerlo, o quizá debe. Para mí, las crónicas en la edición catalana de El País, que escribí a finales de los noventa, fueron muy importantes, aprendí mucho escribiéndolas. Porque no eran artículos especulativos, digamos, sino historias de calle, y eso yo nunca lo había hecho. Un día me decían: oye, hay un limpiabotas en la Rambla que tiene una historia estupenda. Iba a por el limpiabotas y me pasaba una tarde con él, o lo que hiciera falta, y con eso escribía mi historia. Esas crónicas luego se publicaron en un libro titulado Relatos reales. Y, de hecho, Soldados de Salamina sale en cierto modo de la experiencia de esas crónicas. La novela se puede aprovechar del periodismo, del contraste directo de la escritura con la realidad y de otros rasgos propios del periodismo. No estoy hablando de Truman Capote, sino de otras cosas. Por otra parte es evidente, aunque algunos no quieran aceptarlo, que gran parte de la mejor prosa que se ha escrito en España en los tres últimos siglos se ha publicado en los periódicos.

¿Tres siglos?

Y porque antes no había periódicos. En el siglo XVII la mejor prosa, o de las mejores (junto con la de Moratín), es la que escribe Luis Cañuelo en El Censor. Larra es para mí el mayor prosista del XIX. Ortega y Gasset publicó La rebelión de las masas en el diario El Sol, y quizá era básicamente, ya que no un periodista, sí por lo menos un escritor de periódicos. Unamuno o Azorín publicaron en periódicos gran parte de su obra… Mira, antes de escribir en la prensa yo era un tío que estaba en su casa y en la universidad, un escritor básicamente libresco; y en cierto modo lo sigo siendo, porque la literatura siempre es, en lo esencial, un diálogo con la literatura (y por eso la palabra metaliteratura es redundante: toda literatura es metaliteratura, igual que toda ficción es autoficción). Pero la literatura, o al menos la gran literatura, es también un diálogo con la vida, con la realidad, y lo cierto es que eso de salir a la calle y preguntarle a la gente tal cosa y tal otra, ir con tu libretita y tomar notas para poder escribir luego de lo real e inmediato, me pareció extraordinario. Del periodismo la novela puede aprender muchas cosas. ¿En qué sentido lo digo? Mira, yo veo la novela como una especie de monstruo omnívoro, una bestia que se lo come todo. Así la concibió Cervantes. Esa es la gran virtud de la novela. Que en ella entra todo, que vale todo, que lo devora todo. Y que, por eso, es un género infinitamente versátil, infinitamente maleable, permanentemente cambiante.

Bueno, en realidad ni siquiera era un género serio cuando Cervantes lo crea. De hecho, él ni siquiera llama novela al Quijote —las novelas eran otra cosa: eran, digamos, las Novelas ejemplares, lo que hoy llamamos nouvelle— Cervantes, en el Quijote, no tiene ni puta idea de lo que está haciendo. Ni puta idea. Él lo llama «Estoria», o «épica en prosa», pero no sabe lo que está haciendo, y en parte quizá por eso el Quijote es un milagro: la primera parte es genial, pero la segunda parece escrita por Dios, está escrita en estado de trance permanente. En fin: lo que hace Cervantes en el Quijote es meter dentro del libro todo lo que encuentra a su alrededor, cocinar un gran cocido con todas las formas literarias de su tiempo. Y esa es la primera característica del género: que en él cabe todo, que encarna la libertad total. El problema es que los españoles no le hicimos ni puñetero caso a Cervantes, al menos en ningún sentido importante. Quienes aprendieron la lección del Quijote fueron los ingleses y los franceses, sobre todo los ingleses. Y así la novela moderna se convirtió, a imitación del Quijote, en un monstruo que devoraba los géneros que había a su alrededor. La historia con Balzac, la poesía con Flaubert, el ensayo y la filosofía con los alemanes de principios del XX… Y, por supuesto, también asimila el periodismo, la realidad inmediata que el periodismo está en principio encargado de narrar. Por ejemplo, Anatomía de un instante se ha entendido como un libro de periodismo, como una crónica de un hecho ocurrido no hace tres días sino hace treinta años, para la cual he leído todos los libros disponibles, he hablado con mucha gente y he construido un relato ceñido a la realidad.

La mecánica de Anatomía es muy periodística.

En parte sí. No hay invención, no hay fantasía, entre otras razones porque llegué a la conclusión de que ya ha habido bastante fantasía y bastante invención en el 23 de febrero, que viene a ser nuestro asesinato de Kennedy, como para añadirle un poco más. Debía contar la realidad, ¿no? Pero la forma y la estructura pertenecen a la novela. Cuando se publicó Anatomía de un instante no quise que se mencionase la palabra «novela». Ahora sí la reivindico como novela. En aquel momento, si se hubiera hablado de novela, la gente habría entendido que en el libro había ficción.

No hay tampoco un personaje central en torno al cual ocurren las cosas.

Hay un personaje central, que es Adolfo Suárez, pero es un personaje real, no un personaje ficticio, como ocurre en muchas novelas históricas. No, ahí todos los personajes y los hechos son absolutamente reales. Los elementos formales —o muchos de los elementos formales— son de novela, pero Anatomía no deja de ser por ello periodismo, no deja de ser historia, no deja de ser crónica y ensayo, no deja de ser otras cosas. ¿El resultado? Pues probablemente hay que llamarlo novela —una novela muy poco convencional, una novela que no quiere saber nada con las normas de la novella del XIX y del XX, con las de la novela decimonónica y antidecimonónica—, porque la novela es precisamente el género que más y mejor ha mezclado los géneros. Además, hay otra razón por la que quizá hay que llamar novela a Anatomía. No sé si estarás de acuerdo conmigo, pero yo creo que lo que define a los géneros literarios son las preguntas que se hacen y las respuestas que se dan. Entiendo que un historiador, o un periodista, o un ensayista, no se harían la pregunta que está en el corazón de Anatomía. Se habrían preguntado, por ejemplo, quién era Adolfo Suarez, y entonces habrían hecho una biografía de Suárez; o qué fueron la Transición o el 23 de febrero, y entonces habrían hecho una crónica o un ensayo sobre el 23 de febrero o sobre la Transición. En cambio, la pregunta central de Anatomía es totalmente novelesca. La pregunta es: ¿por qué Adolfo Suarez se quedó sentado en su escaño de presidente el 23 de febrero de 1981, cuando los golpistas entraron disparando en el Congreso, en vez de arrojarse al suelo como todo el mundo? Esa no es la pregunta de un historiador, ni de un periodista, ni de un ensayista. Es una pregunta novelesca, porque es una pregunta moral.

Las novelas (o las novelas que a mí me gustan) siempre contienen en su corazón una pregunta. En el Quijote, la pregunta es: don Quijote, ¿está loco o no está loco? En Moby Dick: ¿por qué carajo Ahab está tan obsesionado con la ballena blanca, qué significa ese animal? En El proceso: ¿de qué carajo acusan a K? Las novelas funcionan así. Y bueno, ¿cuál es la respuesta a esas preguntas? ¿Cuál es la respuesta a la pregunta de Anatomía? La respuesta es que no hay respuesta. O sea, la respuesta es la propia búsqueda de una respuesta, es decir, la propia pregunta, es decir, el propio libro. No hay una respuesta clara, nítida, taxativa, inequívoca. Hay, en todo caso, una respuesta ambigua, contradictoria, esencialmente irónica, que por lo demás solo el lector puede dar. Quiero decir: al final de Anatomía no tenemos una respuesta clara a la pregunta de por qué no se tiró al suelo Suárez (o, lo que es lo mismo, hay tantas respuestas que ninguna es la definitiva), igual que al final del Quijote no sabemos si don Quijote está loco o no, y al final de Moby Dick no sabemos el porqué de la obsesion de Ahab, y al final de El proceso no sabemos de qué acusan a K. La respuesta es la propia novela, está disuelta en su propio discurrir. Así es como funcionan las grandes novelas, o las novelas que me gustan, y así es como, me parece a mí, funcionan todas o casi todas mis novelas, desde El móvil hasta Las leyes de la frontera, pasando por Soldados, donde esto no puede ser más evidente: ¿por qué el soldado republicano salva a Sánchez Mazas?, se pregunta al principio la novela; y al final se responde: no lo sabemos, ni siquiera sabemos del todo si Miralles es el soldado que buscamos; la respuesta a la pregunta, de nuevo, es la propia búsqueda de una respuesta, el propio libro. En fin, todo esto es algo que solo he descubierto al terminar Las leyes de la frontera, donde todo esto, que siempre estaba ahí, ha cristalizado de golpe, pero creo que es así.

Javier Cercas para Jot down (12)

Tus personajes suelen enfrentarse a una serie de opciones morales y se ven obligados a elegir.

Es verdad. Y eligen, pero casi nunca estamos totalmente seguros de si lo que eligen es lo correcto o no. ¿Por qué? Vuelvo a lo mismo. El otro día, en un programa televisivo francés, le oí a Umberto Eco una cosa interesante. Le preguntaron por qué escribía novelas. Se quedó pensativo y dijo: para no concluir. Porque, si yo escribo un ensayo, al final tengo que llegar a una conclusión; pero no si escribo una novela. Y ese no concluir, añado yo ahora, es la conclusión de la novela. Yo lo llamo el punto ciego. De hecho, quiero escribir un libro con ese título, una especie de ensayo, o de ensayo raro, narrativo y teórico y tal… En fin, no sé si lo escribiré, porque ahora estoy metido en otras cosas que me urgen más. En todo caso, sí, quiero hacer un ensayo sobre eso. Como digo, tiene que ver con lo que antes hablábamos. La idea es que todas las novelas tienen un punto ciego, un punto a través del cual no se ve nada, pero ese no ver es la forma en que la novela ve; ese silencio es la forma de elocuencia que tiene la novela; esa oscuridad es la forma en que la novela ilumina. ¿Don Quijote está loco o no está loco? No lo sabemos. Eso es un punto ciego, y todo lo que tiene que decir la novela de Cervantes lo dice a través de ese no saber, de esa incógnita central, de ese punto oscuro. Lo mismo con Melville o Kafka, para volver a los ejemplos de antes: no sabemos qué es la ballena blanca y por qué Ahab la persigue y no sabemos de qué acusan a K en El proceso o por qué no puede entrar al castillo en El Castillo, pero esas novelas giran en torno a esos puntos ciegos, todo lo que tienen que decir lo dicen a través de esa oscuridad central, toda su sabiduría y su sentido están concentrados en esos silencios nucleares.

¿O por qué Gregorio Samsa se convierte en insecto?

La novela es el género de las preguntas, no el género de las respuestas. Pero estábamos con el periodismo y con que la no ficción tiene unas posibilidades extraordinarias. Hay gente que está trabajando en una línea parecida. Hay un tipo que tiene que ver con lo que yo he hecho, Laurent Binet. ¿Has leído HHhH? Es sobre el asesinato de Heydrich. Te lo recomiendo. Él dice haberse inspirado en Anatomía de un instante, pero de todos modos está muy bien. O lo que está haciendo Jean Echenoz, sus relatos sobre Ravel o Zatopek o Tesla (aunque él los llame «ficciones sin escrúpulos biográficos»). O lo que está haciendo Emmanuel Carrère, desde El adversario hasta Limonov, dos libros admirables. O la serie biográfica de Patrick Deville. Es curioso, estoy citando solo escritores franceses, cuando ya es casi un cliché, sobre todo en Francia, decir que la narrativa francesa está acabada, y cuando por lo demás yo soy más lector de narrativa inglesa y norteamericana que de narrativa francesa. En fin, yo no diría que lo que hace esta gente, o lo que he hecho yo en algunos libros, tenga que ver con el periodismo stricto sensu —de hecho, yo no soy un periodista, sería abusivo considerarme uno de vosotros porque escriba mis dos articulitos cada mes—, pero tiene que ver con la no ficción, o con la tensión entre la ficción y la no ficción, que es, me parece evidente, uno de los vectores más fecundos de la narrativa en lo que va de siglo.

¿Has leído La liebre con ojos de ámbar? El autor, un ceramista inglés llamado Edmund de Waal, cuenta la historia de unas figuritas japonesas que heredó de su tío abuelo. No hay ficción. Conozco a personas que han quedado fascinadas con el relato. También hay quien no consigue pasar de la página veinte.

Y a ti, ¿qué te ha parecido?

Soy de los que piensan que es una historia maravillosa.

Volviendo a la literatura y la prensa, el hecho es que en España no hay casi ningún escritor un poco conocido que no tenga una columna en un periódico o colabore regularmente en uno. Eso resulta insólito en otras culturas. En Estados Unidos es impensable. Tampoco ocurre en el Reino Unido ni en Francia. En Italia, un poco: Claudio Magris y alguno más. En Latinoamérica se dan casos, quizá por influencia española. ¿No te parece curioso?

Quizá tenga que ver con la escualidez del mercado. La verdad es que muy pocos pueden vivir de los libros en España, y las colaboraciones en periódicos deben ayudar a cuadrar las cuentas domésticas.

Es verdad.

En Estados Unidos, en cuanto tienes un cierto éxito literario ya puedes vivir de eso.

Sí. Pero, ¿y el caso de Francia? ¿O el de Italia? Mi impresión es que, aunque parezca extraño, hay menos escritores profesionales que en España, y que quizá eso tiene que ver, al menos en parte, con que en Francia o Italia los agentes literarios pintan poco, hay muchos menos que aquí. Cuando Jonathan Littell llegó a Francia con un agente literario, en Gallimard se asustaron. El agente es un invento anglosajón. En España surgieron a remolque de santa Carmen Balcells. Esto es así. Sin duda lo de escribir en prensa es, o ha sido, una fuente suplementaria de ingresos para los escritores, pero tiene que haber también lectores que lo quieren, digo yo.

Otro factor puede ser el histórico. La prensa en España, Francia e Italia, y en Latinoamérica, tiene un origen distinto al de la prensa anglosajona.

¿En qué sentido?

La prensa latina nació con vocación de influir ideológicamente en los lectores. Los diarios surgieron para defender ideas políticas o intereses económicos muy determinados. La prensa anglosajona, en cambio, tuvo en general un origen más vinculado con los servicios comerciales: llegan al puerto tales barcos, los precios de las materias primas son estos, etcétera.

Eso es interesante. En cualquier caso, me extraña oír tan a menudo que en España los intelectuales no existen; de hecho, cuando oigo eso a veces me da la risa. José Luis Corcuera, aquel ministro del Interior de la patada en la puerta, dijo una vez que en España hay más intelectuales por metro cuadrado que en ningún otro país del mundo; o algo así. Creo que, por una vez, tenía razón. Te gustarán o no te gustarán, a ver, no todo el mundo va a ser George Orwell, quien, por otra parte —a ver si dejamos ya de hacer el ridículo con el pobre Orwell—, tampoco era san Francisco de Asís, ni falta que le hacía. Pero el hecho es que, haberlos, haylos, que aquí los escritores, periodistas y compañeros mártires no paramos de opinar, no paramos de intervenir en el debate público, hasta el punto de que quizá hay un exceso de opiniones y, en medio del ruido atronador, se neutralizan unas a otras. ¿Que algunos nadan y guardan la ropa, hablando sobre lo irrelevante y callando sobre lo relevante, que opinan sobre seguro y para su parroquia y sin tocar asuntos peligrosos? Ya digo que no todo el mundo es Orwell. ¿Que nadie nos hace caso? ¿Que no servimos para nada? ¿Que no hemos impedido la crisis y la corrupción y todos los desastres que se han abatido sobre nosotros? Pues es verdad, pero, vamos a ver, ¿cuándo han impedido los intelectuales algo de eso, o cosas mucho peores? Insisto: no hagamos el ridículo. No digo que lo que decimos los que escribimos en la prensa no tenga ninguna influencia, porque la tiene —para bien y para mal, a veces sobre todo para mal—, pero no me parece decente pasarse la vida dando lecciones, recriminando defectos ajenos (a veces reales) y alardeando de virtudes propias (casi siempre ilusorias). Mejor seguimos aprendiendo.

Javier Cercas para Jot down (3)


Fernando Iwasaki: «A nuestros alumnos universitarios les tomaría el B2 de español el primer día de clases»

Fernando Iwasaki para Jot Down

Fernando Iwasaki Cauti (Lima, Perú, 5 de junio de 1961) es narrador, ensayista, crítico e historiador. Aunque nació en Perú los orígenes de Fernando abarcan, al menos, cuatro países de tres continentes: su bisabuelo materno era italiano; su abuelo paterno un japonés que se afincó en Lima en la década de 1920; y la abuela materna, ecuatoriana. Durante los años que ejerció como historiador fue profesor universitario en Perú, investigador en el Archivo de Indias de Sevilla, investigador en el Archivo Secreto del Vaticano y profesor invitado en diversas universidades de Europa y América. Entre otros es autor de diversos estudios acerca de los procesos de inquisición y de santidad en Lima colonial, gracias a los cuales obtuvo en Nueva York el Conference on Latin American History Grant Award (1996). Su obra abarca novelas, cuentos, ensayos y antologías.

Desde 1989 reside en Sevilla. Actualmente es columnista del diario ABC, El País, suplemento de La Razón (de México) y colaborador en la sección «El gabinete» del programa Julia en la onda. También es director de la Fundación Cristina Heeren de Arte Flamenco y Bético. Nos citamos con él en la Fundación y mientras observamos tocar el cajón a un rubio de dos metros que viste camiseta de tirantes, pantalones cortos estampados y unas chanclas playeras le preguntamos sobre lo humano y sobre Borges.

¿Sevilla tiene un color especial?

¡Sobre todo tiene un calor especial!, que no es lo mismo… He estado en la Amazonia, el Sáhara, el Ecuador y el Caribe… y nunca he pasado más calor que aquí en Sevilla. Por lo tanto, cambiaría una vocal para añadir que Sevilla tiene un calor especial.

¿Cómo te hiciste del Betis? ¿Qué tiene el Betis que no tenga el Sevilla?

Vine a Sevilla en 1985, un año en el que el Sevilla no andaba precisamente muy fino. Todos los domingos, un historiador escocés y yo íbamos a ambos estadios, dispuestos a dejarnos seducir por el juego de los dos equipos de la ciudad. Teníamos clarísimo que no queríamos ser ni del Madrid ni del Barcelona, pues nos parecía de mal gusto ser hinchas de unos clubes nacidos para ganarlo todo. Si fuera brasileño o argentino tendría sentido, pero los peruanos no hemos ganado nunca nada y la sobredosis de triunfos nos sienta fatal. Sin embargo, aquel año descubrí al Betis de Cardeñosa, Gordillo, Rincón, Parra, Calderón, Esnaola, Ortega, Hadžibegić… El Betis tenía un gran equipo y el Sevilla un gran jugador, Francisco, que a mí me gustaba mucho más que Schuster. Ambas aficiones eran divertidas, hospitalarias y no existía una rivalidad agresiva, pero la filosofía del manque pierda es una filosofía fascinante para los hinchas que venimos de países sin un gran palmarés futbolístico. De hecho, el Sevilla —como el Madrid o el Barcelona— compite para aspirar a lo máximo, como todos los equipos apolíneos, pero el Betis es dionisíaco y por eso no necesitamos terapias de autoayuda, porque ser del Betis ya es terapéutico.

Reconocerás al menos que el himno del Arrebato es el mejor himno futbolero…

El himno del Arrebato es un himno extraordinario, pero totalmente apolíneo. Es como el «We are the Champions», un himno solo para los momentos de gloria. Lo bueno del himno del Betis es que puedes cantarlo volviendo en el autobús, incluso después de haber perdido, como aquel novio abandonado que cantaba «Eva María se fue».

En 1967 Eduardo Llosent  dijo: «Todo ámbito literario de Sevilla lo satura una atmósfera de ranciedad». ¿Ha cambiado algo en el panorama literario de esta ciudad?

La ranciedad sigue existiendo, pero ya no satura porque se ha convertido en una suerte de adorno y hasta en una seña de identidad. Eduardo Llosent escribió aquella sentencia pocos años antes de morir, ya en la década de los sesenta, y muchos años después de haber fundado la revista Mediodía y después de haber constatado que la Generación del 27 había pasado por Sevilla sin conmover sus cimientos culturales. Sin duda, para Eduardo Llosent aquella ranciedad era un veneno. Sin embargo, con el paso de los años la ranciedad española en general y la sevillana en particular se han convertido en otra cosa. Sin esa ranciedad no existiría el cine de Berlanga y Almodóvar, Amanece que no es poco de José Luis Cuerda o la última película de Álex de la Iglesia protagonizada por Raphael. La ranciedad española se ha convertido en un colesterol bueno.

Estudiaste Historia y te interesaste por los procesos de Inquisición…

Como los países hispánicos no tuvimos una Reforma religiosa ni nada que se le pareciera —Erasmo encarnó esa única posibilidad—, en lugar de tribunales teológicos tuvimos consultorios sexuales. Nuestros heterodoxos fueron extraordinarios, aunque aquellas «vidas mágicas» que estudió Caro Baroja lo fueron casi siempre en el dominio sexual. Así, a falta de alguien que desafiara el dogma, la doctrina o la ortodoxia con alguna elaboración intelectual, abundaron quienes se convirtieron en peligrosos por culpa de sus incontinencias. Siempre me ha atraído esa suerte de disidencia pecaminosa que perfuma los expedientes de la Inquisición. Hubo místicos, por supuesto, que fueron procesados, como Teresa de Ávila, fray Luis de León y Juan de la Cruz, pero la jerarquía eclesiástica los asimiló y reescribió sus hagiografías. Sin embargo, también existieron otros heterodoxos que fueron represaliados y acusados de iluminismo y falsa santidad. Este grupo me interesa de manera especial.

Fernando Iwasaki para Jot Down 5

Llegaste por primera vez a Sevilla en 1985 como investigador en el Archivo de Indias. ¿Qué ciudad era aquella para un joven latinoamericano?

Recuerdo que viajé en el vagón litera de un Talgo nocturno, cuyo billete me salió más barato porque viajaba con los reclutas que hacían la mili. Aquellos chicos vestían uniformes militares, acarreaban unas bolsas inmensas y fumaban Bisonte. Nos pasamos la noche conversando e intercambiando cigarrillos, porque yo tenía tabaco rubio peruano que ellos encontraron mejor que los Fortuna. Llegué a Sevilla a las seis y pico de la mañana, y como era demasiado temprano para ir al piso que había alquilado crucé Marqués de Paradas y entré a un bar para tomarme un café. El camarero que me atendió quiso saber de dónde era y cuando supo que era peruano me animó a ser del Betis. Aquella fue mi primera impresión de Sevilla.

Muchas cosas me chocaron de entrada. Por ejemplo, la manera de hablar, pues estaba persuadido de que todos los españoles vivían cabreados, molestos y rebotados. Si pedía cualquier cosa «por favor», me respondían que «¡Nada de por favor! Es mi trabajo». No entendía por qué me hablaban con tanta agresividad. Muchos años después yo mismo practico esta manera de hablar que se me antoja muy correcta y más eficaz, porque no deja lugar a dudas. Los latinoamericanos a veces damos muchas vueltas para decir una cosa que se puede expresar con más llaneza. Esa fue la Sevilla que me recibió con un café muy fuerte una madrugada muy fría. Siempre he tomado café expreso, pero el café en España resultó mucho más fuerte que el que tomamos en América y que ahora encuentro horrible, asqueroso y aguachento. Y por último el Archivo de Indias, que era mi sueño como historiador. Así llegué a Sevilla sobre las seis de la mañana, con una enorme maleta sin ruedas, un maletín de mano, una cámara de fotos, una mochila y una guitarra. Así viajaba yo.

Y lograste el éxito literario gracias a tus fracasos amorosos…

Éxito es una palabra muy resbaladiza, pero acepto que a la novela de mis calabazas completas [Libro del mal amor, RBA, N. de R.] no le ha ido del todo mal, quizá porque todo el mundo acumula más fracasos que éxitos.

Te definiste en una ocasión como «un lector que escribe». A escribir literatura solo se llega leyendo mucho.

Es cierto, y deberíamos repetir esto muchas veces, porque ahora abundan quienes piensan que basta con matricularse en un taller literario para aprender a escribir sin necesidad de leer. No me considero apto para impartir talleres porque pienso que sería un mal profesor de escritura literaria. Más bien, pondría al personal a leer y casi nunca a escribir. Algunos amigos me cuentan que a ciertos alumnos suyos no les interesa la lectura porque no quieren contaminar su estilo; pero sin ánimo de ser aguafiestas pienso que solo un buen lector puede llegar a ser escritor.

Eres columnista de El País Semanal, ABC y otros medios hispanos. En La Razón de México escribes que «los zombis de las series distópicas podrían ser “burgueses proletarios” europeos huyendo como escapan ahora los sirios».

Creo que es una imagen muy persuasiva. Recuerdo un libro que fue finalista del Premio Anagrama de Ensayo —Filosofía zombi— donde el autor hacía un análisis de los mensajes que subyacen detrás de todas las ficciones de zombis. Y el caso es que halló alegatos muy sugerentes contra el capitalismo postmoderno, porque el zombi le parecía un feroz consumidor privado de voluntad. Sin embargo, desde otra perspectiva también podríamos decir que los zombis conforman una multitud adocenada que no necesita trabajar porque vive de subsidios. ¿Cuánta gente elegiría una vida subvencionada sin obligaciones laborales, rancho diario, sexo seguro, wifi gratis, ocio infinito y renta universal? Esa vida me parece aterradora y creo que sería otra forma verosímil de convertirse en zombi.

Tienes ascendientes italianos, japoneses, ecuatorianos y peruanos, ¿qué opinas de En defensa de la intolerancia de Žižek?

Se puede ser crítico con el multiculturalismo y no estar de acuerdo con Žižek. Sobre el mismo tema valoro más los libros de Peter Slöterdijk, quien en lugar de hablar de postpolítica prefiere hablar de posthumanismo. En cualquier caso, me siento más extraterritorial que multicultural, pues mi cultura siempre ha sido la occidental y vivir en Europa no ha supuesto para mí ningún conflicto como el que experimenta cierta descendencia europea de inmigrantes musulmanes, seducida por el yihadismo radical.

¿Sumisión levantó tantas ampollas porque podría ser profética, como lo fue en su momento Plataforma?

Houellebecq no es un autor que me disloque especialmente, aunque ahora le doy prioridad a la literatura escrita en español. Para mí, leer a Martin Amis, Paul Auster o Houellebecq se me hace igual de complicado. Si Coetzee sacara un nuevo libro sí lo leería, porque Coetzee me encanta. Pero a los otros autores no puedo seguirlos a la velocidad que publican. Sé de qué trata Sumisión y comparto su propuesta de que Europa sufre una crisis de identidad porque los jóvenes no tienen conocimientos cabales ni de sus propios países. En realidad, los jóvenes franceses —cristianos, musulmanes o descreídos— lo ignoran casi todo acerca de su país, y lo mismo podría estar ocurriendo con los jóvenes españoles. La antigua mili te podía mandar a Jaca, Ceuta o El Ferrol y la hacías con el hijo del notario y el hijo del pastor, con jóvenes vascos o catalanes.

No estoy a favor de restaurar el servicio militar, mas sí soy partidario de un servicio solidario. Puedo imaginarme a sus objetores de conciencia alegando «por qué tengo que limpiarle los pañales a un anciano si no se lo hago ni a mi abuelo» o «por qué debo ir al Estrecho a ayudar a los inmigrantes que naufragan». No obstante, si hubiera un servicio solidario obligatorio habría jóvenes movilizándose por todos lados para cubrir las deficiencias de un estado de bienestar arteriosclerótico. Tenemos ley de dependencia pero no tenemos recursos ni humanos ni económicos. Imaginemos por un momento que ese servicio solidario obligatorio paliara los déficits de la ley de dependencia.

Al servicio solidario obligatorio habría que cambiarle el nombre…

[Risas] He dicho obligatorio porque la mili lo era; pero si hubiera un servicio solidario —a secas—, sin duda tendría objetores de izquierdas y de derechas. Europa vive una situación inédita y muchos ciudadanos exigen opciones alternativas a los bombardeos. Por supuesto que hay que buscarlas, aunque una de esas opciones consistiría en recordarle a los ciudadanos que los derechos suponen deberes y que estos deberes tendrían que ser obligatorios. Por ejemplo, votar en las elecciones. La democracia no es gratis y una de las razones por las cuales tenemos que votar es para que no desertemos de nuestras responsabilidades. Si las responsabilidades se cumplieran nuestra sociedad civil sería más robusta, pero como la deserción ciudadana es enorme nuestra sociedad civil ni siquiera está articulada. Vivimos gracias a los abuelos pensionistas, que son quienes le solucionan la vida a los hijos que se quedaron sin trabajo y a los nietos que no tienen casa.

Fernando Iwasaki para Jot Down 6

Una vez dijiste que «hay dos Españas, una con buen humor y otra sin humor». ¿Cómo las ponemos de acuerdo?

No pueden ponerse de acuerdo, pues quien carece de sentido del humor no se reirá jamás. Ahora bien, debo añadir que el sentido del humor no hace mejores a los individuos. Lo tienes o no lo tienes y ya está, pero nadie es mejor que otro por tenerlo o no. Lo que pasa es que si lo tienes encuentras complicidades que te enriquecen y que otros se las pierden. Me figuro que tener profundidad, solemnidad, sobriedad y capacidad para sentirse estupefacto debe de ser maravilloso, pero yo ya es estoy curado de espantos y estupores. Nada de lo que no me pueda reír pasado mañana me merece la pena.

Participas como tertuliano en Julia en la Onda, pero rara vez hablas de literatura. ¿Qué opinión te merece la figura del tertuliano? ¿No se merece Borges un «Gabinete»?

Borges uno y María Kodama otro. En general, cada vez hay menos cultura en los medios de comunicación, pero Juan Adriansens —un colaborador muy querido en la casa— es quien lleva la voz cantante en los gabinetes culturales de Julia en la Onda. Y los «gabineteros» varían según los temas. Es cierto que a mí no siempre me toca hablar de literatura, aunque, si puedo, procuro llevarme los temas de conversación a mi molino.

Borges decía que en la literatura hay esencialmente cinco temas: la infancia, la memoria, el exilio, la muerte y el amor. ¿Estás de acuerdo?

Sí, absolutamente. Además es muy complicado que existan muchos más temas. El amor, la infancia, el exilio, la muerte y la memoria. Ahí está todo y todos están en la Odisea, pues la Odisea es un libro de amor, un libro de viajes, un libro sobre la infancia y una memoria hecha libro. La maravilla en la literatura es que los viejos temas son tan incandescentes que no se apagan nunca.

Hoy que está tan de moda el coaching, «salir de la zona de confort» y utilizar el palabrerío de red social barata. ¿Es poco cool decir que la felicidad está en Borges o en Ortega Spottorno?

A mí lo cool me da por cool. ¿Por qué huimos de nuestra lengua? Comprendo que el inglés es muy transversal, pero el coaching es la tutoría de toda la vida. Todos hemos conocido a alguien que ha sido un mentor, alguien que nos ha ayudado, supervisado e introducido en temas novedosos. Todos tenemos en la cabeza a alguien así, y que nunca fue un coach. El coaching sería —vamos a parafrasear a Lenin— la fase superior del capitalismo en la tutoría, porque solamente se entiende la figura del coach cuando has perdido la confianza en las personas de tu entorno, cuando ya no existen amigos que te ayuden y no tienes más remedio que pagar para ser aconsejado. En las genuinas relaciones entre discípulo-maestro, alumno-profesor y pupilo-tutor siempre ha existido algo más que un salario mensual. Y así como la sensibilidad no es el conocimiento, la ideología no es la ciencia y el coaching no es lo mismo que la educación. Y ya de la felicidad ni hablemos, pues si no la has disfrutado en tu casa antes de los diez años, ya puedes pasarte toda la vida buscándola con un coach.

¿Qué opinas de la literatura potencial que desarrollan los oulipianos?

¿La literatura potencial? Si se puede escribir se convierte en acto y deja de ser potencial. Aristóteles ahí se lució. Como juego, como birlibirloque, la literatura potencial tiene un pase; pero ni Bartleby ni Joe Gould tienen una novela potencial porque ellos son la novela hecha acto. No me vale lo potencial.

El grupo se fundó en el sesenta, y sin embargo mucho antes Benjamín Jarnés escribió un texto, «Partituras de hielo», que no contiene un solo «que»Y Georges Perec uno sin la letra e, en francés.

Pero eso no es potencial, eso es acto puro y además juego, adorno, patafísica. Me parece un clavel en el ojal del estilo y una manera muy exigente de trabajar. El texto de Jarnés donde no hay ni un solo «que» es un texto fastuoso. En una asignatura universitaria de redacción podría ser un examen brutal: «Escriba un texto de trescientas palabras sin estampar un solo “que”». Una escabechina, sin duda.

Georges Perec fue, según Roberto Bolaño, el escritor más importante de la segunda mitad del siglo XX… supongo que no estarás de acuerdo.

No, pero no porque Perec no lo fuera, sino porque Roberto era tan entusiasta y generoso que le dedicó el mismo elogio a Philip Dick, a Borges, a Saer y a Levrero. Roberto era excesivo en su admiración. Sin ánimo de negociar, para mí los cinco grandes autores del siglo XX fueron Kafka, Borges, Proust, Faulkner y Joyce. Nadie más se les acerca.

En La literatura nazi en América de Bolaño o en Academia Zaratustra de Juan Bonilla, fantasía y realidad se engarzan en la narración de tal manera que es imposible distinguir si son o no textos de ficción. ¿Qué es más importante, la verdad o la verosimilitud?

La verosimilitud. Así como en el periodismo lo más importante es la veracidad —que no es lo mismo que la verdad— en la literatura lo esencial es la verosimilitud, que tampoco es la verdad. En realidad, la verdad es para los filósofos. Ni siquiera para los curas. Mientras que la veracidad pertenece al ámbito de la prensa, la verosimilitud pertenece a la esfera de la ficción.

Arcadi Espada lanzó un bulo sexual sobre Cercas como colofón a la polémica entre ambos relativa a la legitimidad de mezclar realidad y ficción. ¿Por qué este tipo de narrativa se considera obra maestra en las plumas de Capote, Coetzee o Philip Roth y en España se desprestigia?

Probablemente por los malos rollos que hay entre la gente en España. Siento aprecio por ambos, pero soy amigo de Javier Cercas y con Arcadi Espada no pasamos de un trato muy cordial. A mí me parece que toda aquella polémica fue muy absurda. De hecho, Francisco Rico la zanjó de forma magistral abrochando un artículo en El País sentenciando: «En mi vida he fumado un solo cigarrillo». Claro, porque había fumado miles y en ningún caso uno solo. Todos los que se apresuraron a reprocharle su «mentira» quedaron en ridículo, porque en el lenguaje hay infinitas posibilidades de crear trampas retóricas o de hacer juegos de espejos. Por eso a mí sí me parece que Javier Cercas hizo lo mismo que Truman Capote en A sangre fría. Y a su manera, también Chaves Nogales.

Y en esa línea, ¿qué te pareció la teatralización que hizo Jordi Évole del 23F?

El mundo audiovisual es otra realidad con sus propias reglas. Lo que hizo Orson Welles con la invasión alienígena no tiene nada que ver con las novelas de Cercas. Para empezar, porque a través de un medio de comunicación audiovisual llegas a una audiencia cuyo número crece de manera exponencial, mientras que los libros —ni siquiera los digitales— jamás podrían llegar con la misma velocidad a un número semejante de lectores. La recepción de una novela —ahí está la diferencia— nunca tendrá consecuencias inmediatas como en el caso de la recepción de la radio o la televisión. Ni siquiera el cine, porque incluso la recepción de las películas se aprecia a posteriori. Pero en la radio, la televisión y las redes sociales, lo que ocurre, ocurre online, en el momento. Creo que eso es completamente distinto.

Fernando Iwasaki para Jot Down 7

Hay institutos de secundaria con programas exitosos de fomento de la lectura. ¿Se trata de una guerra perdida? ¿No conseguiremos nunca que los jóvenes se interesen más por leer que por lo audiovisual?

En la época presente va a ser muy difícil que los jóvenes renuncien a lo audiovisual. Por el contrario, quienes deseamos que los jóvenes lean, tenemos que adaptarnos a la realidad audiovisual. Esperaremos a que se haga una buena película de Moby Dick para recomendar la lectura de Moby Dick. ¿Cuántos adolescentes se enteraron de la existencia de la guerra de Troya gracias a Brad Pitt? Más bien, espero que pronto llegue a las aulas la primera generación de profesores que vio Bola de Dragón y que fantaseó con las primeras películas basadas en cómics, para que le hablen a los chavales de todo lo que vieron. Como soy un friki contumaz, me he chutado todas esas series y disfruto manejando aquel universo de referencias.

Pero debo añadir que si no le perdemos el miedo a lo «obligatorio» jamás conseguiremos que los jóvenes se vuelvan lectores, porque quienes somos de letras estamos a priori contra todo lo que sea obligatorio. Sin embargo, mis profesores de matemáticas me obligaron a sumar exponentes, simplificar radicales, despejar ecuaciones de tercer grado y calcular senos sobre cosenos. ¡Jamás senos sobre senos! Todavía recuerdo que menos B más menos raíz de B cuadrado menos cuatro AC sobre dos A, debe ser igual a cero. ¿Por qué carajo me acuerdo de esa huevada a mis cincuenta y cuatro años? Porque fui obligado a memorizar esa fórmula, tal como no tuve más remedio que aprender a sacar máximos comunes divisores, mínimos común múltiples y otras obscenidades. Los profesores de ciencias jamás dudan ni tienen los pruritos morales que nos acogotan a los de letras. Si el profesor de química te decía que tenías que aprenderte la tabla periódica con sus pesos atómicos, te los aprendías. Si el profesor de física te decía que debías saber que el tiempo de la caída libre de un cuerpo era igual a la velocidad final menos la velocidad inicial sobre la aceleración, te lo sabías. Yo me tuve que envainar todas esas fórmulas porque los profesores de matemáticas no dudan y por eso los profesores de letras hemos perdido la batalla del fomento de la lectura.

Pero en Estados Unidos no es así, ¿no?

En todo el mundo, los profesores de letras y humanidades siempre dudamos.

Y los coreanos…

Los coreanos no pertenecen a Occidente y la tradición occidental es la única que duda de sí misma. Solo un occidental es capaz de dudar de su condición de occidental. Por eso un francés duda de ser francés, un español duda de ser español, un gringo duda de ser gringo y un peruano duda de ser peruano. Los coreanos saben que son coreanos y que por ese caminito solo podrían ir a Seúl o Pionyang. Tan claro lo tienen, que todos los de Pionyang querrían irse a Seúl. En cambio, la duda está entronizada en la tradición occidental. Si el problema es el verbo «obligar», entonces habrá que usar «exigir», «impeler» o «instar» para que los alumnos lean, porque tienen que leer. El problema es qué deberían leer. Si tienen doce años, tendrán problemas para comprender el Lazarillo de Tormes o Rinconete y Cortadillo, pues para ellos sería más fácil leer Harry Potter, El Señor de los Anillos o los cómics de Iron Man. Si los maestros les explicaran la relación que existe entre la armadura de Aquiles y la armadura de Iron Man o entre la espada Excálibur y las espadas láser de La guerra de las galaxias, los alumnos lo agradecerían.

Con este panorama, qué es mejor: ¿Abuelita es mi tronca o La abuela solidaria?

Entre La abuelita solidaria y Abuelita es mi tronca no hay escapatoria. Habría que quitar el sustantivo «abuelita» y quedarte con La tronca solidaria, porque con la «abuelita» no vamos a ningún lado.

Te gusta jugar con el doble sentido de las palabras en los títulos de tus libros, algo que no parece muy común y por tanto ortodoxo… ¿Te ha creado algún problema?

No, pero me gustaría añadir que en América Latina esos juegos son normales, pues nosotros nos entrenamos en el humorismo desde niños, a través de las conversaciones con nuestros padres, amigos y profesores del colegio. Y encima hemos tenido grandes maestros como  Cortázar y Cabrera Infante. En realidad, siempre se ha jugado con el doble sentido, pero yo he querido darle protagonismo en mi obra y por eso lo llevo como bandera. Sé que en España los juegos de palabras no provocan un gran entusiasmo, pero no me he sentido perjudicado por recurrir a ellos.

¿Cuales son los factores extraliterarios que impiden que no se valore en su justa medida al escritor cubano Cabrera Infante?

Sin duda los políticos. Sus discrepancias con la Revolución, Fidel Castro, los comisarios culturales y el comunismo, en general. Y es una pena, porque en Cuba lo leen y sus libros gustan muchísimo, pero nadie lo proclama abiertamente todavía. Ojalá que las cosas también cambien en Cuba con respecto a Cabrera Infante. En 2014 me publicaron una antología de cuentos en Cuba y debo reconocer que me permitieron dedicar mi libro a la memoria de Guillermo.

Ni hispanoamericana ni española: literatura en español.

Sí. A mí me parece que Muñoz Molina no sería quien es sin Onetti, Borges, García Márquez o Vargas Llosa. Luis Landero y Almudena Grandes, tres cuartos de lo mismo. Eduardo Mendicutti no se entendería sin Manuel Puig, y sin Eduardo Mendicutti no existirían las novelas del chileno Pablo Simonetti, del peruano Jaime Bayly o del venezolano Boris Izaguirre. Es decir, que ningún autor contemporáneo en español lee solamente a los escritores de su tradición nacional. Vila-Matas, por ejemplo siempre ha reconocido sus deudas con Borges, Cortázar, Pitol y Monterroso. No fue el caso de Umbral, porque Umbral fue un escritor que se formó durante la posguerra y siempre presumió de no deberle nada a la literatura latinoamericana. Pero todos los escritores españoles que fueron adolescentes con el Boom, leyeron a los autores del Boom. ¿Cuánto de aquellas lecturas crepita en sus obras? Muchísimo. Si tú amputas lo borgeano de la literatura española contemporánea sería como quitarle la papa a la gastronomía española, porque no quedaría ni la tortilla.

En La Mancha Extraterritorial reivindicas el papel de los escritores que escriben en español siendo nativos de otra lengua. Son garantía del futuro del español, así como los alumnos que lo estudian como lengua extranjera. ¿Hay señales de buena salud en el español actual?

La salud del español en los países hispanohablantes es muy mala. A nuestros alumnos universitarios les tomaría el B2 de español el primer día de clases [Risas]. Es decir, el mismo examen que tienen que dar los coreanos y los noruegos que vienen a estudiar en España, porque lo primero que hay que demostrarles es que no hablan correctamente su propia lengua materna. Los alumnos universitarios se quejan de que les mandamos leer textos muy difíciles, mas no porque estén leyendo epistemología o estructuralismo. No, para ellos algo es «muy difícil» cuando tropiezan con un adjetivo que no entienden. Y como es más fácil buscar un adjetivo en el ordenador, ya nadie tiene diccionarios en casa. Antes había al menos un Pequeño Larousse, un Everest, un Sopena, pero ahora es que han desaparecido. Soy de los que piensan que todos deberíamos pagar un canon para que en la barra de cualquier navegador haya un enlace a la web de la RAE, de modo que sea más sencillo hallar la definición de cualquier voz en nuestra lengua.

Fernando Iwasaki para Jot Down 2

Valerie Miles, editora española de Granta, se apasionó por la lengua española hace veinte años y desde entonces su dedicación es «servir de puente» entre la literatura anglosajona y en español. ¿Cómo se encuentran esos puentes?

Esos puentes son un poco asimétricos, ahora mismo. Recuerdo que el ABC Cultural número mil le hizo una entrevista a veinticinco escritores de habla hispana y les pidió que citaran los cinco mejores títulos del sigo XXI. Solo dos de veinticinco mencionaron a dos autores hispanohablantes —Bolaño y Vargas Llosa—, mientras que el resto se limitó a citar autores anglosajones leídos en traducciones. Nadie nombró a Murakami, ni a Houellebecq, ni a Grossman, porque todos eran ingleses o norteamericanos. Paul Auster, por ejemplo, fue el más repetido. A mí me alarmó que Vila-Matas y el colombiano Juan Gabriel Vásquez fueran los únicos que admitieron haber leído un buen libro en español durante los once primeros años del siglo XXI. ¿Es que no existen más? Claro que existen. Por lo tanto, los puentes por los que preguntas son totalmente asimétricos, pues nosotros tenemos más curiosidad por la literatura anglosajona que los anglosajones por la literatura en español.

De hecho, en Estados Unidos, traducidos —pero bien traducidos— casi no encontramos a nadie. Un par de títulos de Muñoz Molina y Javier Marías, alguno de Cercas, otro de Vila-Matas… pero nosotros sí que traducimos del inglés a escritores malísimos. Y no le concedemos la misma importancia a la literatura italiana y francesa contemporáneas, donde hay estupendos autores que no siempre llegan a los escaparates. ¿Por qué? Porque las editoriales se han integrado a grandes holdings que acaparan la distribución, la publicidad y la crítica. Un escritor que publique en editoriales pequeñas, independientes y bellas como Pre-Textos, Acantilado, Periférica, Impedimenta, Libros del Asteroide, Páginas de Espuma o Renacimiento, lo tiene mucho más complicado para ser reseñado e influyente.

¿Eres suscriptor de alguna revista literaria o de ensayo? ¿Qué te parecen proyectos nuevos como La Maleta de Portbou o El estado mental?

Bueno, El estado mental la recibo, porque ahí está mi paisano Toño Angulo. También recibo algunas revistas chilenas, colombianas y peruanas. Durante unos años fui suscriptor de Claves y todavía lo soy de la asturiana Clarín. Creo que el ensayo recibe muy poca atención. Antes leías en la prensa unos artículos de fondo maravillosos que eran genuinos ensayos, pero el género está desapareciendo de los diarios para refugiarse en la red. Pienso en Tercera Cultura, que es un portal donde la divulgación científica se mezcla con antropología y humanidades.

Con la muerte de Carmen Balcells, Vallcorba, Toni López Lamadrid y el retiro de Herralde, ¿se ha quedado huérfano el sector editorial español?

Sí, porque ellos sabían cómo dirigir una editorial, crear un catálogo y buscar autores. En realidad, lo mismo está ocurriendo con los periódicos y por eso las revistas y los medios digitales se han convertido en el refugio del nuevo periodismo. ¿Por qué? Porque una revista como Jot Down es lo más parecido a lo que yo llamo el periodismo del Far West. En los wésterns más memorables siempre encontramos periodistas que denuncian a los corruptos, que se enfrentan a los mafiosos y que ayudan al sheriff a derrotar a los malos. Repasa El hombre que mató a Liberty Valance, The Texican, Sin perdón y en todas ellas encontrarás a un periodista. Ahora, en medio de la balacera de la actualidad, el periodista descubre que la caballería no va a llegar porque le han hecho un ERE y que los indios son sus patrocinadores [Risas]. El periodismo independiente ha desaparecido.

En Somos libros, seámoslo siempre haces una analogía entre leer un libro en tableta y beber vino en tetrabrik. ¿Estamos cerca del fin del libro impreso?

No, porque a pesar de que las modernas aspiradoras son cada vez más chulas, la humilde escoba continúa en la brecha. Con los libros sucederá lo mismo: seguirán existiendo para una exquisita minoría, tal como han vuelto los vinilos. Es más, estoy persuadido de que sin papel no hay prestigio literario. Por eso hasta los talibanes del blog quieren que una editorial de campanillas encuaderne sus posts.

¿Quién tiene la culpa del cierre de las pequeñas librerías: las grandes cadenas o la educación escolar y universitaria?

No descartes a los periódicos, porque cuando empezaron a regalar libros los quioscos se llenaron de clásicos y aquello fue la puntilla sobre las pequeñas librerías. En honor a la verdad, espero que las pequeñas librerías se conviertan todas en librerías de viejo, pues la librería de viejo no ha sido destruida por el famoso cambio de paradigma. Han cerrado un montón, sin duda, pero el librero de viejo es un misántropo, una criatura huraña que no quiere ver al cliente y que rodeado de sus libros viejos se siente más seguro que en un refugio antinuclear [Risas].

¿A qué librerías acudes tú en Sevilla?

Debo reconocer que me están dejando sin librerías. La Casa del Libro me parecía un lugar estupendo cuando la dirigía el poeta Antonio Rivero Taravillo, pero mis favoritas han cerrado ya: La Roldana, Antonio Machado, Montparnasse… En Los Remedios resiste Palas, en el centro Céfiro, en Viapol Yerma y en la Alameda La Extravagante. Soy de todas ellas.

Nos decía Koro Castellano, directora de Kindle en español, que según un estudio que han realizado más de la mitad de españoles ha comenzado a escribir un libro. ¿Qué piensas de este dato?

Esa estadística me recuerda las encuestas electorales. No me la creo. ¿Y es una encuesta hecha en España? De ser cierto, en Alemania o en Francia el ochenta por ciento de la población ya debería haber escrito un libro. No me lo creo. Será una encuesta realizada dentro del universo de poseedores de una tableta Kindle o de clientes de Amazon, porque vivo rodeado de personas que ignoran lo más mínimo de la actualidad política, internacional, económica y cultural. Por lo tanto, de la literaria ni hablemos.

¿Llegaremos a ver algún día un Premio Nobel de literatura que empezara autopublicándose en Amazon?

Mientras la dinamita continúe explotando… [Risas]

Amazon almacena las posiciones donde los lectores abandonan sus libros, ¿nos llevaríamos una sorpresa si publicasen datos sobre la lectura del Quijote, que además puede descargarse gratis?

Sí, nos llevaríamos una sorpresa, pues me consta que el Quijote traducido al chicano tiene más descargas que el Quijote original.

Los lectores leen ya más prensa digital que en papel, aunque en muchas ocasiones no pasan del titular o la noticia breve. ¿Hay que preocuparse, pues, más por la calidad que por la cantidad de lo que se escribe?

Difícil. Por ejemplo, yo tengo un problema con la lectura digital, pues de lunes a viernes leo la prensa en iPad, mientras que los fines de semana sí recibo la prensa en papel. Así, cuando hojeo El País o el ABC me entero de más cosas que cuando los leo en tableta. ¿Por qué? Porque ya tengo entrenada la vista para leer en diagonal y por lo tanto soy capaz de recordar nombres, títulos y datos sin haber leído la noticia completa. Eso no me ocurre con las pantallas y entonces soy más ignorante que antes, porque de lunes a viernes estoy condenado al «papiro digital». Por eso el formato de la plataforma Kiosko y más es más agradecido, porque muestra la página tal como es en papel.

Fernando Iwasaki para Jot Down 1

En España, aparta de mí estos premios, a través de relatos de ficción, haces una ácida e hilarante crítica a todo lo que se mueve alrededor de los concursos literarios. ¿Qué te impulsó a escribir este libro? ¿Cómo ves el mundo de los premios? ¿Ya están completamente desenmascarados?

Nunca quise escribir un libro contra los premios. Más bien, siempre sostuve —y creo que lo he podido defender con cierto garbo— que España, aparta de mí estos premios era un libro contra la frivolización, la banalización y lo que Debord llamó la sociedad del espectáculo. Mi libro ridiculizaba todo aquello, pero el mundo de los premios era ideal para cumplir ese cometido, porque en los premios es donde se refugia lo identitario y porque Bolaño había escrito un cuento maravilloso titulado «Sensimi», donde el protagonista era un escritor piel roja que salía a la pradera para cazar los premios búfalo, premios alimenticios que te servían para comer y abrigarte hasta el próximo invierno. Escribí España, aparta de mí estos premios para hacer la caricatura de las identidades y de la sociedad del espectáculo. Dicho lo cual, los premios provincianos son los únicos premios que da gusto ganar, pues son unos premios químicamente puros que han ayudado a numerosos escritores a llegar a fin de mes. Desde Félix Palma hasta Juan Manuel de Prada, pasando por Bolaño y Luis Sepúlveda.

¿Se merece Murakami el Premio Nobel?

A mí me da igual, pues no tengo una especial predilección por Murakami. Leí Crónica del pájaro que da cuerda al mundo, Kafka en la orilla y Tokio Blues —porque me encantan los Beatles— pero no me pareció tan bueno como Coetzee. Coetzee es extraordinario. El libro de la correspondencia entre Coetzee y Paul Auster deja a Paul Auster en situación desairada, porque Paul Auster comenta banalidades y lo que responde Coetzee son maravillas.

Comentaste una vez que escribir el libro de microrrelatos Ajuar funerario te tomó varios años. ¿Los microrrelatos se cocinan a fuego lento?

Bueno, además de tardar muchos años en escribirlo no tenía ninguna prisa por publicarlo. A lo largo de ocho años los fui escribiendo, leyendo en público y regalándolos en folios sueltos que después aparecían colgados en internet. Mi amigo Andrés Neuman habló con Juan Casamayor —editor de Páginas de Espuma— y ambos me propusieron publicar aquel libro que ya existía, porque en 1998 la editorial Lengua de Trapo eligió diez micros de Ajuar funerario para una antología que se tituló Líneas aéreas. Por lo tanto, no es que tardara ocho años en escribirlo, sino que no me hubiera importado seguir escribiendo ocho años más. No tengo prisa ninguna. En vida me quedan por publicar dos novelas y luego todo lo que salga será póstumo.

¿El microrrelato hay que dejarlo reposar?

Sí, porque de lo contrario te sale el mismo microrrelato varias veces. Lo primero que escribía era la idea del micro en una libreta. Entonces dejaba pasar una semana y si entendía mis anotaciones, significaba que la idea era potable. Muchos apuntes fueron descartados. Luego escribía una primera versión y a los tantos meses la volvía a revisar para darle un retoque más, y ahí quedaba. Así escribí los microrrelatos de Ajuar funerario.

Te gusta poner en relieve la importancia de los autores contemporáneos, aunque creo que nunca has llegado a mencionar a los que integran la Generación Nocilla. ¿No te interesan?

No es verdad, pues he presentado hasta tres libros de Agustín Fernández Mallo en Sevilla. Y la semana pasada presenté a Manuel Vilas, aunque ahora Vilas juraría por sus muertos que jamás perteneció a la Generación Nocilla. En realidad, pienso que la Generación Nocilla —como tal generación— nunca existió. Agustín Fernández tiene un mundo detrás que no todos conocen y ha sido capaz de darle forma en una serie de libros que han funcionado muy bien. Como suele suceder en estos casos, la prensa metió en el mismo carro de la Nocilla a varios escritores y al final todos resultaron muy distintos, pues Manuel Vilas no tiene nada que ver con Javier Calvo y Javier Calvo no tiene nada que ver con Agustín Fernández Mallo. Ninguno de los tres aceptaría pertenecer a ninguna otra generación que no fuera musical, porque el rock los une más que cualquier otra cosa.

Tus libros, como los de Juan Bonilla, parecen hipertextuales, cada texto te lleva inexorablemente a descubrir un nuevo autor.

Juan Bonilla, Felipe Benítez Reyes y Andrés Trapiello son tres autores con quienes me identifico, pues nos une la búsqueda de los raros, la curiosidad por el rescate o la posibilidad de dar a conocer alguien que no sea suficientemente conocido. Y todo eso lo aprendimos del poeta, editor y librero de viejo, Abelardo Linares.

¿Y quién fue Rafael Bolívar Coronado?

Un monstruo. Un fenómeno venezolano que escribía simultáneamente con cientos de seudónimos y que se reía de los editores porque falsificó crónicas de indias y se inventó a docenas de poetas apócrifos de Bolivia y Costa Rica que compiló en dos antologías delirantes que le coló a la editorial Maucci. En Venezuela mucha gente tampoco lo conoce porque fue un maldito que estuvo a punto de ser borrado de la memoria literaria, de no ser por la letra de la canción «Alma llanera», que es el segundo himno nacional de Venezuela. Bolívar Coronado fue el autor de aquella canción y sin duda se merece una novela.

¿Cómo surgió tu afición al flamenco?

No me corresponde ponerme medallas que no merezco. A mí me ha caído en suerte el privilegio de dirigir la Fundación Cristina Heeren, que es como dirigir el Sevilla o el Betis. Sé que son legión las personas que darían la vida por gestionar lo que estoy gestionando, pero cuando salgo del trabajo y me voy a mi casa escucho otras músicas. No puedo decir que soy un gran aficionado, porque un verdadero aficionado dedicaría todo su tiempo libre —como decía Perales— a escuchar flamenco, ir a actuaciones o acudir a festivales. No es mi caso. Por eso no sería justo que presumiera de ser un gran aficionado, porque no estaría diciendo la verdad. Dicho lo cual, a mí quien me introdujo en el flamenco fue el guitarrista Eduardo Rebollar en 1985. Diez años después, cuando Cristina Heeren me ofreció dirigir su fundación, en la primera persona que pensé fue en Eduardo Rebollar y así lo fiché como profesor, donde continúa hasta ahora.

Tus viajes con los flamencos por Nueva York y otras ciudades dan para un anecdotario. ¿No piensas recogerlo por escrito?

A mí lo que me encantaría publicar sería un libro titulado Flamencos de película, que no sería una obra de ficción, sino la crónica gráfica de las incursiones de muchos artistas flamencos famosos como extras de películas célebres. ¿Cuánta gente sabe que el gran bailaor Farruco apareció en Lawrence de Arabia como jeque del desierto aliado de los ingleses? Cada vez que se rodaba una película el mánager Pulpón reclutaba de los tablaos a docenas de artistas flamencos que luego salían de indios, piratas, beduinos u odaliscas. Ese es el libro que me gustaría escribir.

Fernando Iwasaki para Jot Down 3

Más del ochenta por ciento del público que asiste a los estrenos de la Bienal de Sevilla proviene del extranjero, pero en todo el programa de la Bienal apenas hay artistas extranjeros. ¿Va a dejar el flamenco de ser una expresión artística cerrada para los intérpretes de otros países en los festivales y escenarios andaluces?

A corto plazo no lo creo, pero a largo plazo sí. Pienso que a largo plazo el futuro del flamenco estará fuera de España y que habrá muchos más artistas no andaluces, porque los estudios profesionales de flamenco serán oficiales en el extranjero antes que en Andalucía. Por eso habrá más intérpretes de flamenco nacidos fuera de territorio español, como ya ocurre con el tango argentino y el jazz. Por otro lado, tampoco sería nada nuevo, ya que después de la guerra civil los principales bailaores flamencos fueron mexicanos, argentinos, italianos y guatemaltecos. Pienso en Roberto Ximénez, Paco de Ronda, José Greco y Manolo Vargas.

¿Cuánto le debe Andalucía a los bailaores Shoji Kojima y Yoko Komatsubara?

Muchísimo, pues gracias a su fascinación por el arte jondo empezaron a llevar artistas flamencos hacia Japón. Estoy seguro de que el patrimonio de numerosos artistas flamencos se formó gracias a las galas, tablaos y clases impartidas en Japón. Todavía existe una afición flamenca increíble en Japón, aunque no tan multitudinaria como la que mueve la salsa. En Japón lo que más gusta es la salsa, luego el tango argentino y finalmente el flamenco.

¿Qué necesita el flamenco para ser reconocido mundialmente como el tango o el jazz?

Necesita planes de estudios reglados y titulaciones oficiales. Sería estupendo que tales cosas existieran en Andalucía, pero a estas alturas ya da igual que los promuevan en Francia, Japón, Estados Unidos o México. En uno de esos cuatro países se creará el primer grado universitario en flamenco del mundo, y la pena es que los mejores artistas andaluces no  podrían enseñar en esas escuelas, por carecer de titulaciones universitarias.

Esa carencia es la que intentáis solventar con la fundación…

Nos gustaría que una universidad andaluza considerara la posibilidad de crear un grado en arte flamenco patrocinado por nosotros. Cuando hablo con las autoridades académicas me objetan que no hay doctores en flamenco, pero entonces replico que tampoco hay doctores en cocina y sin embargo existen grados en gastronomía. Lo que pasa es que la gastronomía da mucho dinero, tiene marketing, están los concursos de televisión y Chicote en todos los canales. ¿Por qué el flamenco no puede ser igual? En Valencia incluso hay grados universitarios en heladería artesanal. Doctores congelados tiene que haber, pero doctores en Heladería… lo dudo.

De momento habéis conseguido que haya un instituto que el año que viene empieza.

Sí, comenzamos en enero a impartir clases de cante, baile, guitarra y compás en el bachillerato de Artes Escénicas del IES Carmen Laffón de San José de la Rinconada.

Nos decía Carmen Linares que al flamenco le hacen falta apoyos institucionales y visibilidad, mucho más que las subvenciones. ¿Compartes esa afirmación?

Sí, del todo. Además, bastaría con que ese apoyo institucional se limitara al reconocimiento que proponemos, pues la ausencia de reconocimiento provoca situaciones ingratas, como el malestar del Conservatorio de Sevilla, que se opone a que nuestros profesores impartan clases de flamenco en un instituto público, aunque el cien por cien de la financiación sea privada.

¿Qué te parece que Poveda se lance a cantar flamenco en catalán?

Me parece muy bien. Soy partidario de que los japoneses canten por soleá, los franceses por alegrías y los alemanes por seguiriya, cada quien en su propia lengua. Después de todo, la música sería siempre la misma. Ni un madrileño ni un argentino —hispanohablantes ambos— podría cantar flamenco con la dicción andaluza sin impostarla. Y ya de los rusos ni hablemos. Los forasteros que quieran cantar flamenco no deberían imitar el rajo andaluz, porque no pasarían de ser andaluces postizos. Conozco cantaores extranjeros muy talentosos, cuyas voces no traicionarían el flamenco si se animaran a romper los moldes.

¿Hay una impronta africana en el flamenco?

Sin duda. Santiago Auserón acaba de defender una tesis doctoral sobre el asunto, además de haber publicado La huella sonora, un importante estudio al respecto. El habla andaluza está llena de africanismos. ¿De dónde viene «mojiganga»? ¿De dónde viene «perendengue»? Todo eso viene de voces africanas transformadas por el español. La España del Siglo de Oro estuvo poblada por negros que todavía habitan en las comedias de Lope y en las Novelas ejemplares de Cervantes. Esos negros andaluces llegaron hasta el siglo XIX, cuando combatieron contra los franceses en las guerras de independencia. Los negros españoles desaparecieron con aquellos batallones de pardos y morenos masacrados por la artillería napoleónica, o se mezclaron hasta difuminarse por los arrabales de Sevilla y Cádiz. La sevillana Hermandad de los Negritos sería otra «huella», como diría Santiago Auserón. ¿Qué ha quedado de la música de los antiguos negros andaluces? Estoy convencido de que en el flamenco encontraríamos la respuesta.

Para finalizar, recomiéndanos un autor o autora novel hispanoamericano imprescindible y la mejor novela de todos los tiempos según tu criterio.

Para mí, la mejor novela de todos los tiempos sería La cartuja de Parma. Comprendo que es muy antigua y que nos coge bastante a trasmano, pero me continúa fascinando como la primera vez y me sigue pareciendo la mejor novela de amor de la historia. Qué arranque más poderoso, con aquel Fabrizio del Dongo que busca la batalla de Waterloo, sin darse cuenta de que está en medio de la batalla de Waterloo. Y un autor hispanoamericano ¿desconocido aquí?,¿de qué edad?, ¿jovencito él?, ¿jovencita ella?

Sin edad. Alguien para descubrir.

Me gustaría recomendar a un escritor de Costa Rica llamado Carlos Cortés. Es un escritor de mi edad que ha publicado siempre en Costa Rica. En América Central tiene un gran prestigio, pero al sur de Panamá ya es menos conocido y me da una pena enorme, porque es un escritor extraordinario que merecería tener más lectores. Jacinta Escudos es otra escritora así, salvadoreña en este caso. El Salvador y Costa Rica, dos países que casi no existen para los lectores españoles.

Fernando Iwasaki para Jot Down 4

Fotografía: Manuel Gutiérrez

Documentación: Loreto Igrexas


¿Deben leer los historiadores novela histórica?

Imagen de portada de El impostor de Javier Cercas. Editorial: Literatura Random House
Imagen de portada de El impostor de Javier Cercas. Editorial: Literatura Random House

El buen lector sabe que no tiene sentido buscar la vida real, la gente real y demás, cuando se trata de novelas (Vladimir Nabokov, Curso de literatura europea, Ed. RBA, Barcelona 2012).

Estaba desayunado tranquilamente y me ha asaltado esta pregunta. Y cuando digo que me ha asaltado me refiero a que ha aparecido sin llamar, entrando a trompicones, con muy mala educación, que se ha plantado delante de mí con una chulería insultante y me ha gritado: «¡Eh, tú, contesta, a ti te pregunto!».

¿Qué se puede hacer con ese tipo de preguntas? Nada. Uno ya no puede ni acabar su desayuno. Son preguntas muy irritantes y muy impacientes. Pero no se manifiestan por las buenas, como los fantasmas furiosos, si se aparecen en un lugar y en un momento es siempre porque tienen un buen motivo para hacerlo.

En este caso el culpable he sido yo, como suele pasar, que los he invocado sin saberlo.

Hace muy pocos días ese médico inhumano que va destapando las miserias humanas llamado Javier Cercas, volvió a meter el dedo donde más duele mientras risueñamente comentaba, con su sarcasmo y mala leche acostumbrada: «¿Nota usted un pequeño malestar? Bueno, eso es bueno. Eso es que usted aún está vivo».

«Como sigas así, Cercas, te van a meter en la lista de fusilables», pensé en un primer momento, llevado por un arrebato de odio irracional. Pero luego me calmé y recordé que ya no meten a nadie en la lista de fusilables, que eso eran cosas del pasado. «¿Para qué enviar tropas si se puede mandar a la troika cada mes?», se preguntaba recientemente Varufakis. Pues bien, aquí es lo mismo, para qué fusilar o meter en la cárcel a un intelectual molesto, con no leerlo basta. El buen censor sabe que la mejor censura es siempre la invisible. El poder siempre ha sabido dos cosas: cuándo abrir la mano y tenderla a modo de saludo y cuándo cerrarla y utilizarla como puño. Pero además, el poder, y los censores del poder, saben también otra cosa, lo han sabido siempre, del mismo modo que el perro del vecino y el matón del colegio huelen tu miedo, saben que a la gente no le gusta la verdad, que a la gente le gusta engañarse, que la gente, con su debilidad humana, son sus mejores aliados.

«Prefiero una libertad peligrosa que una esclavitud tranquila», decía Rousseau. «La mayoría de los hombres, a pesar de que la naturaleza los ha librado desde tiempo atrás de conducción ajena, permanecen con gusto bajo ella a lo largo de su vida, debido a su pereza y cobardía. Por eso les es muy fácil a los otros erigirse en tutores. ¡Es tan cómodo ser menor de edad!», añadía Kant. ¿Y quién les discute? ¿Quién discute a Rousseau, a Kant y a toda la panda de ilustrados? Nadie. No les discute nadie. Son unos aguafiestas y lo mejor es ignorarlos, no leerlos, dejarlos encerrados en los libros de las bibliotecas, que cojan polvo y moho y expíen sus pecados por los siglos de los siglos. ¿Cómo se puede permitir semejante atrevimiento? A Ridruejo lo pusieron en la lista negra sus antiguos camaradas por mucho menos. Pero no, ahora ya no hay listas de fusilables. Hay listas de libros descatalogados. Con eso basta. Y en eso viene Cercas, ese médico inhumano con un ojo clínico brutal, y nos suelta, así por las buenas, cualquier domingo que uno coge el periódico por la mañana:

Lo que digo es que, cuando el pasado no nos gusta, tendemos a esconderlo o ignorarlo o maquillarlo; lo que digo es que la verdad no nos gusta: nos gustan las mentiras. Nos gusta pensar que Hitler era un monstruo inhumano, casi diabólico, que nada tenía que ver con nosotros ni con nuestros líderes, y que, si lo conociéramos, nos repelería; nos disgusta pensar que era como nosotros, que sedujo a gente como nosotros y que, por tanto, podría seducirnos. Esta ceguera —ese rechazo a afrontar la realidad— nos deja inermes, del todo vulnerables a la fascinación épica y el idealismo sentimental y embustero de los periódicos e infatigables vendedores de paraísos que, como en cualquier época, viven en la nuestra Hitler, Isabel II y la nueva política», Javier Cercas, El País Semanal,  n.º 2031).

Y uno piensa: «Cercas, Cercas, como sigas así vas a acabar muy mal. Te darán un premio y te meterán en una vitrina. Ya verás. Que tienes que aprender de los que cayeron antes de ti». Pero Cercas no aprende, por suerte para algunos masoquistas como yo, y él sigue a lo suyo, a meter el dedo en la llaga. Y entonces es cuando uno corre a releer ese libro que cualquier vicioso sin remedio de la literatura, cualquier enfermo crónico de lucidez, debe tener siempre en su mesita de noche: El impostor. ¡Por supuesto! ¡A la hora de autoflagelarse no hay látigo mejor!

He oído muchas historias de cómo un yonqui va a una ciudad extranjera y su instinto le lleva inmediatamente a reconocer y a encontrar a otros yonquis. Algunos nos drogamos con tinta negra y cuando leemos unas líneas de El impostor sabemos que estamos ante mercancía de la buena. Si el talento sirve para flagelarse, como decía Capote, si el buen lector es el que siente el estremecimiento en la médula espinal, que decía Nabokov, entonces ese libro es una perfecta máquina de matar. Muerte por sobredosis. Muerte por ataque al corazón. Muerte por síndrome de Stendhal. Muerte por intoxicación severa de realidad.

Yo, Claudio (1976). Imagen: BBC / London Film Productions
Yo, Claudio (1976). Imagen: BBC / London Film Productions

Pero volvamos a la pregunta de partida, esa pregunta cabrona que me ha venido hoy a atracar por la espalda, cuando no esperaba ninguna visita. ¿Se puede enseñar historia con las novelas históricas? ¿Y con las series históricas de televisión? ¿Y con cualquier novela de cualquier tiempo ya pasado?

Jane Austen, hija de un pastor protestante que vivía en un páramo perdido, «no sabía nada de la aristocracia inglesa de la que habla en sus novelas». Así de tajante se muestra Nabokov cuando analiza Mansfield Park. Pero el puñetero no se queda ahí. No. Su ataque es directo y a plena luz del día: «Calificar un relato de historia verídica es un insulto al arte y a la verdad». Y en el caso de los escritores buenos, de los escritores con talento (sea lo que sea eso de buen escritor o escritor con talento, que ya sabemos que es algo que resulta fácil de reconocer pero difícil de describir), la situación es aún peor. Porque: «No existe la vida real para un escritor de genio: debe crearla él mismo, y luego crear las consecuencias (…). Un autor original siempre inventa un mundo original». Siguiendo este argumento, al final uno entiende que Nabokov acabe calificando los grandes clásicos a los que dedica sus clases de «cuentos de hadas». Pero Nabokov, que en el fondo tiene su corazoncito (como seguro que Cercas también lo tiene, aunque sea muy en el fondo), nos deja hundirnos pero no ahogarnos. Y en el momento final nos saca del agua con un estirón de su brazo robusto: «Todo escritor es un gran embaucador, pero también lo es la architramposa Naturaleza. La Naturaleza engaña siempre».

Pues sí, pero pese a todo Cercas nos cuenta la vida real de un hombre real. Aunque «calificar un relato de historia verídica es un insulto al arte y a la verdad». Pero por eso mismo, o porque ha leído a Nabokov o como escritor de raza lo sabe por puro instinto, también nos advierte que: «Un solo dato ficticio convierte un relato real en ficción». Y Cercas sabe que lo suyo es un cuento de hadas para mayores. Y Cercas sabe que la verdad se esconde muy bien en la mentira. Y sabe mucho más. Sabe que «quien domina el pasado domina el presente y domina el futuro» y que «el pasado no pasa nunca». Y por eso advierte una y otra vez contra los manipuladores del pasado, pese a saber que lo suyo es nadar a contracorriente porque a la gente no le gusta la verdad y porque «cuanto más monstruosa es la mentira, más creíble resulta». ¡¡Ah, el problema, Cercas, el problema es la lucidez!! No se puede ser tan lúcido, lo mejor es engañarse, pensar, como decía Bossuet al defender el absolutismo, que «no hay mejor que dejar todo el poder del Estado a aquel que tiene más interés en la conservación del propio Estado». Es decir, que si somos perezosos y cobardes, y además nos repele la verdad y nos tranquiliza la mentira, pues por qué no dejar que nos manden otros, ya que parecen dispuestos a cargar con tan pesado fardo por el bien de la humanidad. No. No. Hitler era un ser diabólico. Todos los vimos al momento. Nadie le hizo caso. Nadie quiso que llegara al poder. «El individuo que desempeña un papel en el acontecer histórico nunca entiende su significado». No lo dice Cercas. Lo dice Tolstoi pero Cercas lo recoge en su libro. Y ataca a los guardianes de la verdad, los salvadores del pasado ignominioso:

En un tiempo saturado de memoria, esta amenaza con sustituir a la historia. Mal asunto. La razón del testigo es su memoria y la memoria es frágil y, a menudo, interesada: no siempre se recuerda bien. El testigo solo responde ante sus recuerdos, el historiador responde ante la verdad.

No sé vosotros, pero yo me quedo con la última frase. El historiador se debe a la verdad, y esa verdad a veces le lleva a ir contra los propios testigos de esa supuesta verdad. Eso es un trabajo muy incómodo. Y tal como están las cosas, cualquier día se considerará totalmente innecesario. Porque… ¿Quién quiere la verdad si está la tele? ¿Quieres saber quién era o qué hizo tal o cual rey o reina? Pues no leas una biografía seria, que tienen notas a pie de página y con letra pequeña. Mira un capítulo de una serie. O como mucho, si aún eres un nostálgico del pasado, lee una novela histórica. Con eso es suficiente. No se te ocurra leer un libro como El impostor, a no ser, ya lo he dicho, que tu vicio sea tan profundo que ningún grupo de autoayuda, ninguna terapia alternativa, ningún tratamiento médico te pueda curar. Entonces sí, entonces puedes zambullirte en el cieno de la ignominia y reconocer con la mirada turbia a los otros pecadores como tú con los que te cruzas fugazmente en la calle. «El cerebro no es más que una prolongación de la médula. Si no somos capaces de experimentar ese estremecimiento, si no podemos gozar de la literatura, entonces dejemos todo eso y limitémonos a los tebeos y a la televisión. Pero creo que Dickens demostrará ser más fuerte». Esto se escribió y se leyó o comentó en una clase universitaria en los años cuarenta del pasado siglo. Hoy podemos quitar tebeos, que han subido uno o dos puestos, y podemos poner «redes sociales» o cualquier otro pasatiempo distraído e intrascendente. La tele la dejamos como está. ¿Y Dickens? Mira tú por dónde, al final va a resultar que Nabokov era un gran optimista…

Y en eso llegó Bermejo y nos jodió el cuento.

Fotografía: Sw Swann (CC)
Fotografía: Sw Swann (CC)


Milena Busquets y Jenn Díaz: «La maternidad se ha convertido en la nueva religión»

Milena Busquets y Jenn Díaz para Jot Down 0

Conversamos con las escritoras Milena Busquets (Barcelona, 1972) y Jenn Díaz (Barcelona, 1988). Milena estudió en el Liceo Francés y se licenció en Arqueología en el University College de Londres. Trabajó durante muchos años en el mundo editorial antes de escribir su primera novela. Jenn comenzó a estudiar Filología hasta que su vida la quiso como escritora y desde entonces escribe. Nos citamos con ambas en la librería + Bernat para intentar desdramatizar la infancia, el sexo y especialmente el proceso creativo del escritor. 

Milena, en una entrevista que le realizaste a Ana María Matute la describes como una mujer fuerte, guapa, determinada, brillante y fuera de lo común. ¿Qué influencia ha tenido sobre ti como persona y/o como escritora?

La conocí desde que era niña. Es de las mujeres que estaban en mi casa desde que nací, o sea que la conocí muchísimo antes de leerla. Desde muy pequeña me di cuenta de que era excepcional. No hacía falta leerla para ver a la Matute. Era muy evidente. Realmente era una persona muy divertida. Y sí me marca, como me marcó Ana María Moix o como me marcó mi madre. Es una suerte tener cinco años a su lado, pero no te das cuenta hasta mucho más tarde.

Jenn, tú, sin haberla conocido, hablas de Ana María Matute como tu madre literaria. 

Ahora estaba pensando que realmente Milena ha estado al lado de las mujeres que yo he querido tener cerca. A la Matute estuve a punto de conocerla. Teníamos que hacer una entrevista juntas, un poco antes de fallecer, pero justo se había caído contra la máquina de escribir y tenía toda la cara morada. Perdí mi oportunidad. Y sí, yo siento realmente que es mi madre literaria pero no la he tocado, no la estrujé, y esa es mi espinita.

Milena: ¿Sí? Pues no es lo más importante. Lo más importante es haber leído a esta gente.

Jenn: No sé, esa sensación familiar que tengo no pude transmitírsela a ella. Después de que falleciera hicimos una charla sobre sus obras y todo el mundo la había conocido menos yo. Y yo estaba del lado de los que hablaban de ella. Una amiga y estudiosa suya, Mari Paz Ortuño, me contó que cuando ya estaba muy malita en la cama —que como era muy pequeña la llamaba «el barco»— tenía mi libro ahí. Me lo dijo y hubo un silencio. Yo casi me pongo a llorar. Porque claro, yo la cito tanto y hay tantas veces que la he sentido muy mía… Fue como reconciliarme un poco con esa espina que tenía clavada por no haberla conocido.

Milena: En el caso de los escritores yo me siento muy cercana a Proust y si pudiera estaría encantada de conocerlo y llevármelo a comer pero en el fondo me da exactamente igual. Aunque claro, tú estabas en la misma ciudad e igual por diez años no has podido conocerla mucho.

Jenn: Claro. Además dio un premio en la universidad y fui pero no me pude acercar porque ya estaba muy mal, ahí arrugadita en la silla. No sé, supongo que de todas las escritoras que yo he admirado era la única que estaba viva y la única a la que yo podía darle las gracias, por decirlo de alguna manera…

Cuando se murió le escribiste varias cartas.

Jenn: Sí, pero demasiado tarde.

Milena, ¿cómo fue tu infancia? ¿Por qué te sentías una outsider?

Una infancia feliz, muy protegida, bastante fácil. Una outsider… Creo que lo somos todos un poco. Son preguntas muy íntimas y máxime viniendo de personas que no conozco de nada. [Risas] El porqué de sentirme una outsider, si es que lo soy, está en mi libro. Me parece que para escribir no estás metido absolutamente ni en tu vida ni en la sociedad ni en nada. Para escribir tienes que estar un poco lejos. Si te pones a escribir es porque algo no funciona y porque no estás perfectamente cómodo en el mundo. Si no, te casas con el chico del club de tenis que conoces a los quince años, tienes tres niños, todo organizado y vives una vida muy fácil. No creo que se elija ser un outsider. Aunque igual para mucha gente no lo soy.

Dices que ya de pequeña te sentías así.

En mi infancia en el Liceo Francés, que era un colegio muy burgués y tal, pues sí. Yo era la única niña con padres separados, de izquierdas, que no estaba bautizada, que no había hecho la primera comunión y era muy pecosa, zurda. Era una persona rara. Pero claro, comparada con otros raros que he conocido después, no es nada. [Risas]. Sí, para escribir hay que estar un poco fuera. La gente que está cómoda en su ámbito no es la que dice lo que más me interesa.

Jenn, dices que tu infancia no fue idílica. ¿En qué sentido?

Mis abuelos lo fueron con cuarenta y pico años y yo era la reina de la casa. Además tardé diez años en tener un primo, y mis hermanos me llevan ocho y diez años así que siempre he tenido la sensación de tener una infancia feliz. ¿Pero qué pasa? Llega un momento en el que empiezas a analizar las decisiones de tus padres y, por ejemplo, algo que a mí me hacía tener una infancia feliz eran mis abuelos pero eso significaba que mis padres siempre me mandaban con ellos. Quiero decir que mis padres en su tiempo de ocio me expulsaban. Por lo tanto, mi yo adulto no lo acaba de entender como una infancia feliz.

Milena: Pero esto nos lo hacían a todos.

Jenn: A mis hermanos no. En mi familia las madres han sido esas madres sacrificadas que no hacían nada más, en cambio, mis padres me llevaban con mis abuelos. Mi madre venía de un matrimonio anterior y tenía dos hijos y creo que les faltó ese rato de ser novios y por eso me mandaban con ellos. Ahora que yo tengo una niña que no es mía, no la expulso de mi casa cuando a mí me apetece ser novia de Dani. Siento que no me gusta cómo lo hicieron. Mi padre tampoco era el padre de mis hermanos. El fin de semana los mandaban con su padre y yo me iba con mis abuelos. Vivían ellos dos. Y en vacaciones igual. Creo que si ahora yo tuviera una hija me la tendría que comer un poco con patatas porque he decidido tenerla. Mis padres, si querían ser novios, que no me hubieran tenido. Ya tenían unos hijos que iban y venían y ya está, como estoy yo ahora. Entonces, eso no me acaba de reconciliar ni con mi infancia ni con mis padres porque tengo la sensación de que me desatendieron. Todos mis recuerdos de ir en bicicleta, ir a la feria y las monerías me las han hecho mis abuelos.

Milena: Por lo menos te las han hecho.

Jenn: Sí. De hecho, mi hermana, al llevarse diez años conmigo, también ejerció ese papel maternal. ¿Que podría ser peor? Por supuesto. Me podría haber muerto de hambre. Pero aún así no me gusta, no es lo que yo querría para mi yo pequeño.

Milena Busquets y Jenn Díaz para Jot Down 1

Milena, dices que tu madre no era como las demás porque era editora, escritora y tenía muchos amigos intelectuales.

No era como las madres del Liceo Francés ni del mundo burgués de la calle donde vivíamos pero era muy normal para el medio en el que nací yo, donde todo el mundo escribía. He contado mil veces que llegaba Terenci Moix con unas bragas de satén, con el novio que tenía entonces, el actor Enric Majó. No era la madre convencional.

No viviste el movimiento de la Gauche Divine pero te fascina.

Me fascinaba y me fascina. El otro día una amigo me decía: «Perteneces mucho más a la generación de la que hablas, a la generación de tus padres, que a la tuya, a la que no perteneces en absoluto».

¿Te sientes identificada con ese comentario?

Yo no sé lo que significa mi generación. No sé quién se integra en este grupo y no sé lo que están haciendo. Y sí, me fascinaba mucho aquello pero también es lo que dice Jenn, el hecho de ser niñas un poco «dejadas de la mano de Dios», de alguna forma. El hecho de que yo estuviese con los mayores pero en un rincón sin que nos hicieran ningún caso. Les interesábamos muy poco porque éramos muy poco interesantes. Esto te permite observar y te permite crear tu mundo con mucha calma. Ahora los niños tienen clases de piano, de chino, de música y de no sé qué a todas horas. Yo no. Yo me aburría todo el día desde que llegaba del colegio hasta que me iba a dormir. Y sobre todo, podía hacer lo que me diera la gana dentro de la casa, y una de las cosas que me gustaba hacer era mirar a los mayores.

Aunque no eran exactamente la Gauche Divine. Mi madre perteneció al movimiento pero no completamente y mi padre en absoluto. Era una gente muy divertida, mucho más de lo que es ahora alguna gente del mundo editorial, creo yo, porque tampoco es que los trate mucho. Sí me gusta, era un grupo que se pasó de moda y yo lo reivindico absolutamente. Me parece una gente muy interesante porque no todos eran burgueses, pero los que lo eran se podían haber dedicado a hacer otras cosas e invirtieron el dinero en montar editoriales, hacer películas y crear cosas. Tienen mucho mérito y me gustaban mucho.

¿Qué es importante en la infancia?

Milena: Creo que lo fundamental es tener acceso fácil a los libros, y que después tus padres lean más o menos es secundario. El tener acceso a los libros, a viajar —al mundo— y que te quieran, con esas tres cosas ya eres indestructible.

Jenn: De hecho, yo no he tenido nada de lo demás, ni libros, ni viajar…

Milena: En cambio lo has tenido todo, el que te quieran es una herencia básica.

Jenn: Bueno, yo como no he tenido acceso a todo eso, lo único que he podido hacer ha sido empaparme de ello.

Milena: Igual no has tenido acceso a los doce años pero ahora cualquiera puede ir a París, no me digas que no has ido al Louvre.

Jenn: No, no me refiero a ese tipo de acceso, sino a toda esa gente. A mí no me queda más remedio que acceder a ellos por los libros y no me parece que me haya perdido nada… aunque tenga ciertas espinitas. Además, a lo mejor la Matute no me habría caído bien.

Milena: Tú le hubieses encantado, pero quizás a ti ella te hubiese parecido una mujer cansada y mayor.

Jenn: Excéntrica.

Por ejemplo, recuerdo haber leído toda la bibliografía de Martín Gaite y un día decir: «Bueno, a ver quién era esta mujer» y descubrir que llevaba diez años muerta. Aun así, creo que la he conocido muchísimo mejor. De hecho, a mí la gente que me ha leído me conoce muchísimo mejor que mi familia o mis amigos del colegio, por poner un ejemplo.

¿Tu familia te lee, Jenn?

No mucho. Mi hermana un poco. Mi padre se sienta, se lo lee y no me hace ningún comentario. A mi madre la tengo que convencer de que tiene que leer lo que he escrito porque hay muchas cosas que vienen de historietas que ella ha contado. El otro día estábamos comiendo y le dije: «Mamá, es que esto sale un poco en mi libro». La familia de mi madre es un poco novelística, tienen una historia dramática y horrible detrás. Cuando yo era pequeña nadie me la contaba: «Cuando seas mayor», me decían. Mi abuelo estuvo en la cárcel porque había matado a alguien y luego se suicidó.

Milena: ¡¿En serio?!

Jenn: De hecho, estoy escribiendo una serie para El Periódico que trata sobre la familia de mi madre.

Milena: ¿Y a quién mató?

Jenn: Mató a su cuñado, al marido de su hermana. La hermana de mi abuelo tenía cierta discapacidad intelectual, era como una niña pequeña. Tenía un toque, como se suele decir. Entonces, cuando tuvo un pretendiente, todos los hermanos le alertaron sobre ese hecho, en plan: «Si te la llevas, te la llevas». Pero luego, por lo visto, la maltrataba y le hacía la vida imposible. La hermana de mi abuelo aparecía en casa, en la casa de mi madre, meada, muerta de miedo, contándoselo todo. Y hubo un día en que el cuñado le dijo que quería hablar con él y que se fueran al terrado. Se tenían ganas. Mi abuelo fue con una navaja o no sé qué y le metió treinta y siete cuchilladas. Yo creo que le mató con la primera y siguió. Cuando haces una cosa así te debe hacer un clic la cabeza, y luego te vuelves completamente loco por lo que acabas de hacer. Es una historia que no hay que adornarla.

Milena: La verdad es que no, solo hay que escribirla bien. Es preciosa.

Jenn: Pues esa navaja él la metió en la lavadora, y mi madre durante muchos años cuando pasaba por la lavadora estaba acojonada. En Es un decir matan al padre y con la pistola pasa algo parecido, por eso le decía a mi madre que eso que ella me contaba sale un poco en mi novela. Entonces me dijo: «Ah, pues intento leerla y ya te diré».

Es curioso que ella no te lea para analizarlo.

Jenn: ¿Sabes qué pasa? Mi madre leyó mi primera novela, que no está publicada, y dijo: «Se mueren muchas madres». Era un pueblo cementerio tipo Pedro Páramo y sí se morían madres, pero también padres y niños, aunque ella solo veía a las madres. Como es un poco susceptible me parece que ha dicho: «Mira, por salud mental no me leo a esta niña», y no me lee.

Sin embargo a ti, Milena, tu madre sí que te animaba.

Milena: A mi madre le gustaba el blog y sí, siempre me animaba a escribir y a hacer cosas pero no sé qué hubiese opinado de También esto pasará. Yo a mi madre no la he leído, la he leído poquísimo, lo menos posible. Lo veo tan cercano que me resulta muy difícil, aunque sé que necesitaré leerla en algún momento.

Jenn: Pues igual ese es el punto que tiene mi madre.

Milena Busquets y Jenn Díaz para Jot Down 2

¿Te resulta difícil porque te hace daño o porque eres incapaz de entenderlo como un libro?

Milena: Porque es demasiado cercano. Algunas cosas las he leído por encima.

Y además no tiene tapujos.

Milena: Claro. Es muy valiente y es muy distinta a mí.

Pero parece que tú también has sido muy valiente y muy fiel a todo lo que sucedió.

Milena: Creo que sí o lo he intentado. Pero, cuando eres niña, leer historias que a lo mejor incluyen mujeres… Date cuenta de que cuando mi madre empezó a publicar yo era adolescente, me parece que todavía estaba en el Liceo. Después empecé a leerla pero era una sensación rarísima de casi estar viéndote a ti misma.

Jenn: Es lo mismo que les va a pasar a tus hijos con tu libros.

Milena: Sí. El mayor decía que iba a leer También esto pasará pero no lo ha hecho.

Jenn. ¿Cuántos años tiene?

Milena: Quince, casi dieciséis. Pero claro, un niño de dieciséis años está en otras cosas, no le interesa. Sé que algún día lo leerá, como yo sé que algún día leeré a mi madre en serio, pero tienen que pasar más años.

Con las lecturas tienes que ser un yo concreto en un momento concreto.

Milena: Es como con los hombres, tienen que llegar en el momento adecuado. Es una cuestión de timing absolutamente.

Decías, Jenn, que te resulta muy difícil hablar de ti en primera persona.

Sí. Tiendo a camuflarme mucho y creo que en parte es por esa sensación de que a mi alrededor hay gente susceptible.

Milena defiende la primera persona y tú, Jenn, la tercera.

Jenn: Yo también defiendo la primera persona, pero de un yo de ficción. Por ejemplo, en Mujer sin hijo hay muchas escenas que son imitaciones de mi madre. Como cuando entra en el baño mientras Rita se está duchando y se sienta a hablar, esa escena es muy de mi madre. Hay otras que no son tan bonitas, como por ejemplo esas amiguitas de la señora Albero. Pues mi madre también tiene amiguitas de estas. Y hay muchas escenas en las que muchos comportamientos del señor Albero son mi padre.

Y Rita Albero eres tú.

Jenn: Un poco.

¿La tercera persona es una excusa?

Jenn: Totalmente. La tercera persona no tiene necesariamente menos de mí que la primera y, de hecho, me da más libertad para colarme porque me aporta una distancia, es como un muro.

También te puede liberar el hecho de saber que tu madre no te va a leer.

Jenn: Mi hermana lo iba leyendo y me iba mandando escenas de «Esto, como lo lea mamá…».

Milena: Pero no puedes pensar en esto cuando escribes porque si no no escribes nada.

Jenn: Al estar camuflados los episodios personales tengo mi coartada porque puedo decir que Rita Albero no es nadie. Pero hablar de mí de una forma muy concreta… por ejemplo, para hacer esta historia de mi abuelo en El Periódico le he pedido permiso a mi madre, porque luego ya me estoy viendo que se publica y no me habla en un año.

La familia de mi padre es extremeña y la de mi madre es sevillana, entonces en mi casa se utilizan palabras que conforman un vocabulario un poco extraño. Yo llegaba al colegio diciendo: «¡Qué chinchorrero que eres!». Y me decían: «¿Qué es chinchorrero?» (Cotilla). Para mí es muy normal pero nadie me entendía.

Milena: Qué bonito.

Jenn: Ayer le dije a mi madre que en el artículo había puesto que esa tía de mi madre estaba «zoronga» y mi madre se enfadó: «¡Que yo no he dicho que está zoronga! ¡Que está viva! ¿Y si lo lee?». Y pensé: «¡Dios, para qué le pedí permiso!». Lo busqué y el zorongo es un baile típico andaluz.

Milena, en tu novela dices que «no hay amor más impúdico que el amor maternal contemporáneo». Creo que este concepto casa muy bien con el trabajo de Jenn. Es algo que realmente os interesa y que os cuestionáis.

A mí esto me molesta mucho. Pienso que la relación de la cual es más difícil hablar sin caer en clichés y sin ser cursis es la maternidad. Me parece que la maternidad se ha convertido en la nueva religión del momento.

Jenn: Sí, es como una vocación.

Milena: Los hijos ajenos no interesan a nadie, esa es la verdad.

Jenn, sin haber sido madre, en Mujer sin hijo describes el parto y el momento en el que el niño toca la piel de la madre de una forma en la que hasta al lector le duele.

Supongo que esto viene de haberme imaginado tantas veces ese momento y del hecho de estar reflexionando constantemente sobre la maternidad: como hija, como madrastra, sobre las ganas de ser madre… Desde la adolescencia tengo un instinto maternal enorme. Cuando lo escribí, pensé: «Cuando alguna madre lea esto, dirá “¿esta tía qué se inventa?”». Me imagino que será así pero no lo sé. Nuestra no maternidad nos hace inventarnos la posibilidad de recibir.

Fui tía con dieciséis años —mi hermana tenía veintiséis— y viví ese parto un poco como si fuera el mío, de una forma muy personal, porque siempre hemos dormido en la misma habitación y tenemos ese vínculo entre hermanas que es maternal y también de amigas. Es una relación que te sirve para todo.

Muy Rita Albero [el personaje protagonista de Mujer sin hijo].

Claro. En mis libros siempre sale alguna mujer que está cuidando de un niño que no es suyo porque eso es lo que me está pasando a mí y me tiene que salir por alguna parte. La maternidad, independientemente de la obra, acaba saliendo con más protagonismo o menos. En la siguiente, Mare i filla, que sale con Izaskun Arretxe en Ara Llibres, hay otra vez una mujer que lo hace.

Milena Busquets y Jenn Díaz para Jot Down 4

En Mujer sin hijo abordas la transformación que sufren tres mujeres debido a la maternidad. Una de ellas cuida a la hija de otra mujer. ¿Pensaste en algún momento que pasarías por esa experiencia?

No, pero tengo que decir que estoy haciendo exactamente lo que hizo mi padre: estar con una persona mayor que yo y que tiene hijos. En este caso mi madre tenía dos hijos y mi pareja tiene una hija, pero creo que mi actitud con esta hija es diferente a la que mi padre tuvo con mis hermanos. Mi padre no ejerció de padre suyo, y además creo que no lo necesitaron. Mi hermana puso mucha barrera: «Tú no eres mi padre y por lo tanto no tienes que hacerme de padre». Para mí mi hermana era mi referente, lo era todo, y ella odiaba a mi padre y hasta que tuve personalidad propia consideraba a mi padre el malo porque para mi hermana lo era. Cuando discutíamos me decía: «Eres como tu padre» y yo lloraba. Probablemente Mujer sin hijo es donde yo me he soltado un poco más.

¿Existe un paralelismo entre Tres mujeres de Sylvia Plath y Mujer sin hijo?

No, de hecho, Tres mujeres lo leí después. Son tres mujeres parturientas en diferentes situaciones de la maternidad. Aunque bueno, sobre Sylvia Plath escribí en Jot Down. ¿Sabes qué pasa? Hay una librera en Gijón que tuvo un niño que con cinco años murió de cáncer infantil, se llamaba Ariel. El nombre del niño de Mujer sin hijo es un pequeño homenaje a Ariel.

Milena, ¿te fue difícil crecer literariamente al lado de tu madre?

Fue difícil crecer, en todos los sentidos.

No es casualidad entonces que hayas escrito después de haber fallecido ella.

No, yo creo que no. Por un lado, mi madre es una fuente de felicidad, de inspiración, de alegría, de gracia y de momentos increíbles; por otro lado, es muy difícil porque era una tía dura, era una tía difícil. En el libro cuento solo una parte de la historia. Mucha gente que la conocía me ha dicho que he sido muy benévola y muy generosa. Seguro que en alguna novela futura habrá otro personaje materno, evidentemente no de esta manera, e igual sacaré otra parte de la historia. Y sí, fue muy difícil escribir al lado de una persona que escribe y en un mundo en el que no podías decir que tú también escribías porque  todo dios se hubiese echado a reír.

Jenn: No solo es que escribiera sino que además era editora, era juzgadora de textos. Porque no es lo mismo escribir y leer, que además trabajar con manuscritos. Yo en esas circunstancias creo que no hubiera escrito en mi vida.

Milena: Exacto. Y rodeada de aquella gente para los que siempre seré la niña pequeña. Aún hoy con cuarenta y tres años, con algunas personas, me sigo sintiendo la niña pequeña del rincón que no tiene ningún interés ni nada que decir.

Jenn: Tiene que cohibir muchísimo.

Milena: Es difícil, pero también es bueno porque quiere decir que si lo consigues es porque realmente quieres hacerlo.

Milena, has dicho que a veces te entraban ganas de llorar porque no salía lo que tú querías.

Sí. Muchas veces no consigues decir lo que quieres decir.

¿Qué es lo más difícil de escribir?

Todo es difícil, no hay ninguna parte fácil. Es un trabajo muy jodido, yo no sé cómo la gente lo hace tan alegremente.

Jenn: Yo sufro, no lo paso bien. Una vez fui a una charla con escritores y fue la primera vez que se habló del sufrimiento. Alejandro Palomas dijo que para escribir se pone la prótesis que le recetó el médico para jugar al tenis porque rechina los dientes. Fue terapéutico saber que esa gente sufre como yo, porque en general el discurso es benévolo.

Milena: Lo que dicen de la inspiración…

Jenn: Sí, toda esa mierda. A mí me horroriza escribir, solo me parece fabuloso cuando ya he acabado.

Milena: Y al mismo tiempo es aterrador.

Pero elegís escribir, ¿o no podéis evitarlo?

Jenn: Supongo que lo eliges cuando te parece que eres muy lista y que has escrito un novelón.

Milena: No, es que no tienes opción. Hace unos días se me ocurrió lo que creo que es la idea buena para el próximo libro. Y por un lado te da mucha alegría y «¡qué bien, qué contenta estoy!», pero por otro piensas en todo lo que tienes que trabajar y ni en broma. Ni de coña vuelvo a pasar ese calvario de construir un mundo entero para contar tres tontadas.

Jenn: A mí lo que me pasa es que escribo del tirón y luego empiezo a corregir. Con la corrección no puedo, es una cosa superior a mí. Pienso: «Que me lo corrija otro».

¿Las correcciones os las tomáis bien o no os gusta que se metan en vuestro trabajo?

Jenn: Yo sí.

Milena: Yo se lo pedí a Jorge Herralde y me dijo: «Esto es muy Milena, no podemos hacerlo». Por suerte había muy poca cosa.

Jenn: Mi escritura es un torrente. Me paso tres meses en los que no hago otra cosa y después quiero quitar esta frasecita, esta palabra que no sé qué…

¿Necesitáis que la novela esté un tiempo en el cajón antes de publicarla?

Milena: No.

Jenn: Yo creía que no, pero Es un decir la dejé tres años, no la iba a publicar, y creo que le hice un bien porque quité muchísimas cosas. No tengo dinero, entonces tengo que escribir una novela al año, así que no puedo permitírmelo.

Milena Busquets y Jenn Díaz para Jot Down 3

Milena debe estar en el lado contrario, ahora le ofrecerán mucho dinero para que, por favor, escriba. Tiene que ser una presión enorme tener que estar a la altura de También esto pasará.

[Ríe] La tercera será un poco peor y la cuarta igual será un poco mejor, no lo sé. En todo caso, nuestro trabajo es escribir el mejor libro que podamos al margen de lo que haya pasado o vaya a pasar porque eso nunca lo sabes. Que los libros se vendan a un país, a ninguno, que se haga la película… no es asunto mío.

Te han ofrecido hacer una adaptación cinematográfica. ¿Te involucrarías en la película si se hace, eligiendo a los actores, etc.?

Milena: Bueno, hay ofertas de productores aunque yo creo que es una película muy difícil de hacer. Si me dejasen sí, pero en principio no te dejan mucho.

Jenn: ¿Y en el guion?

Milena: En principio también, pero yo no sé escribir guiones, es un trabajo distinto al nuestro.

Jenn: Yo lo reviso y puedo opinar pero creo que sería incapaz de hacer un guion de algo que es mío.

Ana María Matute dijo: «Si en algún momento tropiezan con una historia, o con alguna de las criaturas que transmiten mis libros, por favor créanselas. Créanselas porque me las he inventado». ¿Es difícil tratar hechos reales y que parezcan inventados o es más difícil que un hecho inventado parezca real?

Milena: Yo creo que ambas cosas son muy difíciles. En mi libro hay partes inventadas pero también hay cosas totalmente biográficas. Me costó tanto lo que inventé porque no me encajaba bien en la historia como lo que he vivido.

Jenn: Para mí también es muy difícil. Mujer sin hijo es la única en la que yo he ficcionado una realidad ambientándola en una distopía y me volvía loca porque me centraba en las mujeres y se me olvidaba recrear el ambiente. «Uy, que aquí están obligando a tener hijos, voy a crear un poco ese ambiente». A mí me resulta más fácil si hay una pequeña mezcla entre realidad y ficción.

Milena: Claro, tu corazón tiene que estar siempre ahí de la forma que sea.

¿Cuál es vuestra relación con los personajes?

Jenn: Yo mientras escribo estoy muy bien pero luego empiezan a darme vergüenza todos.

Milena: Sí, a mí me pasa lo mismo. No me releo las novelas ni me leo las entrevistas porque luego digo: «¡Serás estúpida!»  [Ríe]

Jenn, para ti hay escritoras clave en tu proceso de crecimiento literario como Clarice Lispector. ¿Qué significó para ti descubrir a esta autora? ¿Cuál fue el primer libro suyo que leíste?

Yo venía de una tradición muy española de «sota, caballo y rey». Leía a Ana María Matute, Martín Gaite, Delibes, etc. y Clarice Lispector me hizo salir de toda esa dimensión y meterme en medio del mar sin saber nadar. El primero que leí fue Un soplo de vida. Es una conversación entre autor y creación, y a mí, que en ese momento estaba escribiendo mi primera novela, me pareció que todo era muy relevante para mi aprendizaje. Estaba muy impresionada por cualquier cosa.

Normalmente, yo leía novelas en las que pasaba algo y había un desarrollo del personaje, de la situación y de lo que fuera, pero con Clarice Lispector me explotó un poco la cabeza porque no pasaba nada, no ibas hacia ninguna parte, no se acababa, no empezaba… Estabas flotando sobre reflexiones. Me impresionó muchísimo, es una de esas escritoras a las que por más que quieras imitar y hacer un intento por reflexionar de esa manera entre poética y filosófica, no te sale. Eso lo tienes o no lo tienes. Pero me ha ido muy bien leerla porque rompió completamente con el tipo de lectura que yo hacía y que sigo haciendo. Es otra cosa. Yo utilizo mucho una cita suya con la que me siento muy identificada: «Mi vida me quiere escritor y entonces escribo. No es una elección: es una íntima orden de batalla». Es de Un soplo de vida.

Milena: ¿Y es verdad, tan claro lo tienes?, porque es una suerte.

Jenn: Sí. Me he criado en una casa cero intelectual, en la que no había libros, y sigue sin haberlos, y he acabado escribiendo porque todo me conducía a eso. Yo había nadado toda la vida, hacía campeonatos e iba para profesora de educación física y he acabado escribiendo. Empecé Filología y me aburrí muchísimo en primero de carrera, pero para uno de los exámenes leí a Martín Gaite y entonces dejé Filología porque yo ya había abstraído mi piedra de ahí. A raíz de leerla a ella empecé a escribir. Tengo la sensación de que fue un poco como una llamada: escribes o nada. Ahora mismo tengo la sensación de que no podría dedicarme a otra cosa.

Milena, según tus palabras: «La frivolidad es un instrumento para manejar la vida». ¿Te sirves de la frivolidad también para escribir?

Por desgracia no, para las cosas importantes no sirve. La frivolidad sirve para manejarte ante los pequeños problemas de la vida cotidiana. Si a una amiga la ha dejado un novio pues yo creo que es mejor quedar con ella y hacerla reír que decirle que es una tragedia terrible. Sirve para sacar hierro a cosas que en el fondo no son muy graves pero para escribir no vale, escribir nunca es un juego.

Jenn: Más bien todo lo contrario.

Milena: Exacto.

Milena, has dicho que la frivolidad te viene de casa y que «hasta en un funeral puede haber algo muy cómico». ¿Esto es así?

En el caso del libro, Blanca está intentando huir de la muerte y del dolor, y la forma más evidente de huir de la muerte y sentirse vivo es no solo el sexo, sino la seducción. Pero también las relaciones, que pueden ser tanto la que se tiene con una amiga, con los hijos, con una misma mediante un baño en el mar Mediterráneo o incluso una copa de vino blanco. Lo que intenta durante toda la novela es no convertirse en un fantasma.

Jenn: En la última novela que he escrito la niña acude al funeral de su madre y escupe cuando pasa la monja con el cestillo. Lo hice precisamente porque en esas circunstancias lo que más rompe el ambiente son este tipo de cosas.

¿Y tú qué opinas de la frivolidad, Jenn?

Yo me lo tomo todo muy a pecho.

Milena: ¿En la vida real también?

Jenn: Sí y no. Creo que para mí el sentido del humor, no tanto la frivolidad, me sirve de barrera de protección. Cuando estoy nerviosa me río, o cuando estoy en una situación un poco tensa hago una broma, pero no creo que con frivolidad sino una broma casi con inocencia. Soy muy de darle vueltas a las cosas, de tomármelo todo muy en serio y de pasarlo fatal y así me salen los libros.

Jenn, dices que has vivido menos que la gente de tu edad pero que te has roto por dentro muchas más veces. ¿Escribes desde el dolor?

Sí. Lo que pasa es que no es «el dolor» que le duele a los demás. A mí me afectan cosas que parecen muy absurdas y por eso sufro mucho todo el tiempo. Yo salí de casa de mis padres a los dieciocho años, me fui a Bilbao y me di la hostia de mi vida. La hostia de mi vida significa que me fui a vivir con un loco y que volví con el rabo entre las piernas.

Milena: Pero a los dieciocho años nada es la hostia de tu vida, eres tan fuerte con esa edad…

Jenn: Salí un poco huyendo de mi casa y me encontré con un bipolar con trastorno de personalidad, violento y muy inteligente, además es que cuando estás dentro ni siquiera te das cuenta. Esto me ha partido en dos, y hace que sea la hostia de mi vida porque yo voy a procurar que no me suceda nada parecido otra vez.

Milena: Ojalá esta sea la hostia de tu vida, te lo deseo. Me extrañaría muchísimo.

Milena Busquets y Jenn Díaz para Jot Down 55

¿Cuál ha sido la tuya, Milena?

La muerte de mi madre, con diferencia. Siempre lo piensas y te preparas, pero no me lo imaginaba así. Pero la hostia de tu vida por un tío… por un tío no hay que llorar nunca.

Jenn: Es que no era un tío, era un enfermo.

Y respecto a tu primer libro, Hoy he conocido a alguien: ¿qué es el sexo para ti y qué papel desempeña en tu vida?

Es como yo qué sé… ¿Qué significa para ti dormir o comer? Yo creo que es muy importante, aunque depende de las personas. Tengo amigos que son más asexuales que otros pero creo que si no es lo más importante, es de lo más importante. No concibo el enamoramiento sin un deseo absoluto del otro, ni siquiera el amor. Pienso que el deseo físico es una cosa tan delicada que está latente permanentemente. Para mí el sexo, el físico, y el apreciar lo que hay en el mundo y la gente, que es lo que más me interesa, están muy cerca. Yo en esto soy muy infantil, no concibo ver algo que me gusta sin querer tocarlo.

Jenn: Pues yo prefiero dormir antes que el sexo. Tengo veintisiete años y no he tenido relaciones muy largas y aun así a mí el sexo me aburre un poco, me parece que solo lo disfrutaré cuando me quiera quedar embarazada, porque tendrá para mí una finalidad.

Milena: ¡Qué loca! Me encanta. Esto no lo dice nadie y que lo reivindiques está muy bien.

Jenn: Yo, si no lo tengo, no lo echo de menos. En mi caso el deseo y el placer nunca se traducen en sexo. Incluso pienso mucho más en la sensualidad, en un coqueteo… Por eso en mis novelas nunca hay sexo, y eso no significa que yo no disfrute o que no sienta placer, simplemente no es mi prioridad. En lo que para mí sería el día perfecto, puedo prescindir perfectamente.

Jenn, hay una frase en Mujer sin hijo en la que dices: «porque se ha dado cuenta de que en realidad lo que necesita no es un hombre, lo que necesita es un hijo». ¿Esto qué encierra?

Creo que la inmensa mayoría de las mujeres acaban con un hombre porque en realidad lo que quieren es un hijo. Inconscientemente, hay muchas mujeres que pasan el trámite de la vida en pareja porque en realidad lo que quieren es un hijo y por eso cuando nace, el hombre pasa a un nivel completamente secundario. De todas formas, eso para mí era una manera de dar un vuelco a Mujer sin hijo, que es un canto a la no maternidad y a la propia elección. Me pasa muchas veces el hecho de utilizar un mismo discurso todo el rato y cargármelo con la última frase en la que digo todo lo contrario.

Milena: Yo creo que es básico tener hijos, pero no sé si hasta el punto de que estemos con los hombres porque queremos tener hijos…

Jenn: No, no todo el mundo, pero creo que hay una generación muy amplia.

Milena, También esto pasará aporta luz sobre la crisis de la mediana edad, o al menos me la aporta a mí. ¿Eras consciente de ello cuando escribías o ni se te pasaba por la cabeza?

No. Odio tener cuarenta y tres años, preferiría tener veintisiete. [Risas]. A mí me parece horrible la mediana edad, la detesto. Estoy permanentemente horrorizada y creo que es una putada envejecer, una tragedia. Lo toleramos porque eso quiere decir que estamos vivos y porque la alternativa, que es estar muertos, es peor. O no, no lo sé.

Pero no te cambiarías por tu yo de los veinte años.

Sí, ahora mismo. [Risas]. Pero sin dudarlo ni un segundo, feliz de la vida.

¿No eras consciente de que estabas haciendo un relato que iba a servirles a los demás?

No. Creo que a alguna gente igual le sirve ver que a los cuarenta y tres puedes estar igual de perdido que a los veinte y tener una vida igual de caótica e inútil. Seguro que hay mucha gente de nuestra generación que se encuentra así porque somos mayores pero al mismo tiempo…

Tu novela también llega a la gente de veintitantos y treinta y tantos.

Y chicas más jóvenes se me han acercado. Pues me alegro de que sirva para esto porque es verdad que hay mucha gente que no tenemos resuelta la vida aunque tengamos cuarenta y tres años o los que sean. Seguramente sabe mucho más a dónde va Jenn que yo.

Y ahora, a cierta distancia del boom editorial que ha supuesto este libro, ¿podrías decirnos dónde intuyes tú que está la razón del éxito?

No tengo ni idea, me parece increíble. La verdad es que yo no entiendo el éxito pero lo mejor es no cuestionarlo mucho.

¿Cómo te afecta en tu vida privada y a la hora de enfrentarte a un nuevo proyecto?

Milena: En mi vida privada este éxito está basado en un fracaso estrepitoso, que es que el libro está escrito para una persona que no lo leerá nunca. Y sí, lo pueden leer miles de personas, pero bueno, no lo leerá quien yo quiero, por lo cual el éxito es muy relativo.

¿El compromiso limita la libertad?

Milena: El compromiso es lo opuesto a la libertad porque significa elegir, y elegir es siempre reducir la libertad.

Jenn: Descartar posibilidades.

Milena: De hecho, ser adulto es descartar posibilidades, que es lo que a mí más me cuesta, tal vez, de ser adulta. Me gusta que el horizonte esté abierto completamente.

Se suele decir que los periodos de crisis y recorte de libertades son más fructíferos a nivel creativo que los de bonanza económica y libertad política. ¿Es cierto?

Jenn: A mí me afectan las interiores. Por ejemplo, leyendo el libro de La maternitat d’Elna te das cuenta de que esas mujeres estaban pariendo mientras había una crisis brutal fuera. Lo que quiero decir es que a pesar de que haya una crisis externa si lo interior está sosegado, gana siempre.

Jenn, tú has hablado de Milena en varios artículos que conectan con tu interés por la figura de la madre. ¿También esto pasará es una novela donde se trasluzca el duelo?

Hombre, yo creo que la novela es totalmente un canto al duelo, pero además no es el duelo que yo probablemente escribiría. Mi duelo sería como revolcarme en la mierda y en el libro de Milena creo que hay un punto de luz que yo no tengo en mis novelas. Mi manera de enfocarlo sería mucho más dramática, dentro de que me parece que esa luz que ella introduce es dramática en sí porque procede de un conflicto interior.

Hay un equilibrio entre densidad y ligereza.

Jenn: Creo que ese es el acierto, te deja respirar un poco. A mí me resultó muy crudo cuando habla de la madre enferma y de lo complicada que es la relación con una madre enferma. De hecho, yo acabé mi novela al mismo tiempo, y en la mía, la hija, que también cuida a la madre, se pregunta si es una injusticia que de repente ese rol haya cambiado. La madre de Blanca está molesta porque Blanca no quiere dejar a sus hijos solos y esa lucha para mí es dramática, pero luego, al mezclarlo con esa cosa más o menos festiva de la seducción, te da un respiro y creo que eso es lo que hace que llegue a mucha más gente. Yo ya solo con el duelo me cargo a la mitad de la gente que no soporta la tristeza.

Milena: Pues no fue nada calculado.

Jenn: Es un canto a la vida y un duelo a la vez, y esa dualidad hace que nos guste a las personas a las que nos va el dramatismo [risas] y a la gente a la que le gusta que un libro no le deprima. Me creo que esa mezcla no sea premeditada, seguramente tiene más que ver con tu estado de ánimo al escribirla y ese es el acierto.

Milena Busquets y Jenn Díaz para Jot Down 5

¿Empezáis a escribir la novela con una estructura ya cerrada?

Jenn: Yo no.

Milena: Yo tenía el libro capítulo a capítulo, lo tenía clarísimo y muy estructurado.

Jenn: Pero dentro de que tenías un guion seguramente te fueron apareciendo cosas.

Milena: Bueno, aparecen cosas y desaparecen otras, pero fui bastante leal al guion. Tenía muy claro que estaba escribiendo un libro que tenía que funcionar como novela y como entretenimiento, no podía ser simplemente una terapia para hacerme bien a mí sino que también tenía que servir para entretener a los demás.

Querías entretener a pesar de que fuera tu duelo, tenías al público presente.

Milena: Sí, a pesar de que fuese una carta a mi madre. No sabía quién lo iba a leer pero sé muy bien lo que es una novela y su estructura, y también sabía que no quería escribir un diario. Tengo años y años de diarios y no se me ocurriría nunca publicarlos, son otra cosa.

Jenn: Yo lo diferencio mucho, mientras lo tengo es una novela y luego ya es un libro.

Milena: La literatura como terapia no sirve, supongo. ¿Estás de acuerdo?

Jenn: Sí, pero mi terapia es vendible.

Milena: A mí es que no me ha servido ni como terapia. Tengo la misma pena.

Dice Jenn, hablando de tu novela, que en la muerte de estas madres hay una rotura de la vida de los hijos. ¿Tú te has quedado rota?

Milena: Totalmente. Irremediablemente.

Jenn, en Es un decir Mariela quiere respuestas a la muerte de su padre. ¿Las respuestas tienen poder curativo?

Diría que no. Las respuestas son lo contrario al poder curativo. En el caso de Mariela, ella no iba a descansar hasta tener todas esas respuestas pero probablemente tampoco se quedará muy tranquila cuando las obtenga. Todo tiene sus pros y sus contras. Lo bueno es que ya tienes la respuesta pero después tienes que gestionarla porque es más que probable que no te guste lo que escuches.

Decía Sylvia Plath que su gran tragedia es haber nacido mujer. ¿Eso ya lo hemos superado en cuanto a las escritoras?

Milena: A mí me encanta ser mujer.

Jenn: A mí también, pero creo que es una putada serlo.

Milena: Yo en esto no soy tan política como tú. ¿De verdad sientes que es una putada? ¿Por qué?

Jenn: El hombre no ha tenido que saltar varios obstáculos para escribir.

¿Y tú sí, Jenn?

No hablo de mí, hablo de las generaciones anteriores a la mía. Antes, la mujer, para empezar, no tenía ni siquiera acceso a la alfabetización.

Milena: Pero una de las cosas que han podido hacer siempre las mujeres era escribir.

Jenn: Sí, pero publicando con un seudónimo de hombre.

Milena: Yo creo que en la escritura no es una desventaja ser una mujer, pero no lo sé.

Jenn: Hay muchísimas escritoras pero tú mírate un suplemento cultural, en las portadas hay hombres, los críticos son hombres, se reseña a hombres… Y no es que lo crea yo, es que Laura Freixas lleva la cuenta al día y es cierto que la mayoría son hombres.

¿Por qué yo he tenido éxito con el último libro? Primero porque es Lumen, y eso te da una categoría, y segundo porque yo soy la chica joven y mona que escribe sobre ruralidad. Me beneficio de eso, no tengo ningún problema en que me abra puertas. Si eso consigue que me vayan a leer pues mira aquí tengo mi cara, pero es una mierda que luego tengas que defenderte. El hombre no tiene esa necesidad, y por supuesto que mi generación está en una igualdad casi total, pero aun así creo que tenemos que saltar una serie de obstáculos.

Por ejemplo, yo al escribir sobre temas «femeninos», digamos, como pueden ser el ambiente doméstico, que siempre es como muy tradicional, muy familiar, muy de la casa… he tenido que responder mil veces a la pregunta de si escribo para mujeres.

¿Cuál es la respuesta?

Jenn: La próxima vez diré: claro que escribo para mujeres, porque los hombres están haciendo cosas más importantes que leerme a mí.

Milena: Me encanta, es buenísima.

Jenn: ¿Si tú escribes una novela de guerra es solo para soldados? Es absurdo.

Milena: Pues a mí esto no me lo han preguntado nunca, en cambio.

Jenn: Y en Yo Dona me adelgazaron en una foto, me cambiaron las piernas, las rodillas…

Milena: Es indignante esto.

Milena Busquets y Jenn Díaz para Jot Down 6

Milena, tú has dicho sobre «los hombres feos que se permiten juzgar el físico de las mujeres» que «solo puedes convertir a los demás en objeto si estás dispuesto a pasar la misma prueba tú mismo. En eso consiste (también) la igualdad».

Sí, claro.

Jenn: Recuerdo que un fotógrafo en una sesión de fotos me dijo: «Mírate las fotos, ¿te gustas? Es que este pelo no te queda muy bien, cuando crezcas ya te darás cuenta».

Milena: Me parece una grosería que además aún te genera más inseguridad.

Jenn: Y él era calvo.

¿Crees que a un hombre le habría dicho lo mismo?

Jenn: Por supuesto que no, a nadie le importa que un escritor sea feo ni que pose mal.

¿Cuál es el secreto para mantener una fuerte amistad con un hombre, Milena?

Yo de mis amigos me enamoro y de mis amigas también, después no sé cómo se mantiene esto. Es complicado, porque si te enamoras, hay un momento en el que te desenamoras.

¿Mantienes los amigos o se van perdiendo?

Milena: Tengo un par de amigas que hacen el favor de soportarme, pero es difícil, a la mayoría los pierdo.

Jenn: Yo es que soy muy irregular en mis relaciones amistosas porque no soy muy social, no estoy muy acostumbrada a tener grupos de amigos y a hacer cosas en comunidad, entonces los amigos no te perdonan ese tipo de aislamiento. Tengo una amiga que vive en Badajoz, que es del pueblo de mis abuelos, y es la única que yo puedo considerar amiga porque no importa el tiempo que pase sin vernos. Por lo general voy haciendo nuevas, las voy perdiendo, voy haciendo otras… No tengo esa fidelidad.

¿Un escritor tiene que ser un exhibicionista?

Milena: Una persona que piensa que una historia inventada por ella misma va a interesar a alguien externo a él y a sus familiares próximos, pues es un exhibicionista o es alguien que va bastante sobrado de alguna forma, porque si no, te callas.

Jenn: O simplemente la metes en un cajón y ya está.

Milena: Un escritor es alguien que piensa que su voz es lo bastante potente como para llegar a más personas de las que se sientan con él en la mesa, pero por otro lado, claro, es un gran inseguro.

¿Es el feedback del público es necesario?

Milena: No sé si es necesario pero es flipante en todo caso, porque escribes desde una soledad absoluta, yo al menos.

Pero para ti tiene interés lo que escribes, si no, no lo escribirías.

Jenn: Bueno, pero tiene interés y luego lo pierde. Mientras lo estoy escribiendo me parece que es algo que el mundo debe saber, y al momento creo que su interés es solo un producto de mi imaginación y luego me resulta algo muy personal como para mostrarlo.

Milena: Pero es algo que sabes, una intuición interior.

Jenn: Sí, porque sigues adelante y sabes que esa crisis se pasará y que después vas a volver a ser consciente de que tiene valor, entonces llega el momento en que un editor o un agente te da una respuesta positiva y luego los lectores . No es necesario pero ayuda muchísimo.

Milena: Yo publico para sentirme un poco menos sola, porque la sensación que tengo escribiendo es de soledad permanente.

¿Necesitáis el punto turbio que se asocia al creador?

Jenn: No, yo vivo muy tranquila, mi vida es muy pacífica y muy normal, sobre todo porque mi familia me devuelve a esa realidad.

¿Tienes un contexto que refuerce esa intelectualidad?

Jenn: No, y no lo necesito. Yo estoy en mi casa escribiendo en pijama y mientras lo hago no sé qué respuesta va a generar ese libro.

Pero sí sabes cómo han respondido los lectores anteriormente.

Jenn: Sí, pero tú estás teniendo dudas sobre ese libro concreto, no sobre todo lo demás que ya sabes que gusta, tu inseguridad es tuya. A ti te pueden decir lo maravillosa y guapísima que eres, que si tú no te sientes así… Yo hay días que me miro y me siento espectacular y días en que no sé por dónde cogerme. Pues con la novela es igual, hay días que te parece maravillosa y hay días que cuando un periodista te cita una parte te parece horrible.

¿Cuándo nos encontramos vuestra próxima novela y de qué va a ir?

Milena: No te lo puedo decir porque la idea la tengo desde la semana pasada. Tengo una imagen y sé quiénes son los dos personajes principales, pero me tengo que poner a trabajar todavía y es lo que decía antes, me da una pereza y un palo tremendos, es un sufrimiento volver a meterse en esto.

Jenn: Yo ahora en septiembre salgo con Mare i filla que trata sobre la convivencia entre cuatro mujeres que han perdido al único hombre que había —son la esposa, con las dos hijas y la hermana de él, que es soltera y vivía con la familia— y cómo cuando él se muere todo eso tiene que volver a encajar. Me fui a Chile el año pasado a ver a una amiga y cuando llegué, viví en casa de una chica que tenía una historia como la de mi abuelo, que no necesita adornos, así que esta es un poco la historia de esa mujer. Y es la primera vez que escribo en catalán, luego lo traduciré yo misma al castellano y estoy muy contenta, la verdad. Si fuera al revés me daría más respeto pero traducirla al castellano me apetece.

Recomendadnos un libro.

Milena: Yo recomendaría Anatomía de un instante, de Javier Cercas.

Jenn: Yo recomendará Lila, de Marylinne Robinson. Es muy tierno, me ha tocado.

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Fotografía: Jorge Quiñoa

Documentación: Loreto Igrexas