Y Hacienda se hizo forofa

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Este artículo se ecuentra disponible en papel en nuestra revista Jot Down Smart número 9

2 de junio de 2013. A Coruña. El campo del Dépor se embarra y engulle a los blanquiazules de camino a la segunda división en cuestión de seis minutos: los que transcurren desde el gol en Balaídos de Natxo Insa (entonces en el Celta), que salvará a los vigueses de los puestos de descenso, hasta el gol en Riazor de Griezmann (hoy en el Atlético de Madrid, entonces en la Real Sociedad), que envía al Dépor a los infiernos y enfila a la Real hacia la Champions. Crujen las cuentas del Deportivo mientras sus hinchas despiden del modo más duro al mítico Valerón. «Volveremos», dice el entonces entrenador Fernando Vázquez. Y volverán (un año después), pero en ese momento la Agencia Tributaria no sabe a qué carta quedarse. Se lleva las manos a la cabeza por el Dépor, respira por el Celta mientras la Hacienda Foral de Gipuzkoa hace la ola en honor de la Real. Fútbol español. Demasiados equipos al filo de la navaja pendientes de una clasificación, de un ascenso o lo contrario para asegurar su subsistencia y el pago de sus deudas. Si uno gana, el otro pierde.

20 de agosto de ese mismo año. Estadio de Gerland (Francia). Minuto cincuenta. Haris Seferovic dispara un trallazo desde fuera del área que se cuela por la escuadra de la portería del Olympique de Lyon. 0-2. La Real, en concurso de acreedores, acaba de comprar medio billete para pasar, por segunda vez en su historia, a la fase de grupos de la Champions, hito que confirmará en Anoeta una semana después. Más de cuatro mil seguidores del conjunto donostiarra, que han viajado al campo galo a animar a su equipo, estallan de alegría. Las cuentas del club se ponen en pie. Aunque no pasará de esa fase y solo logrará un punto de empate en Anoeta, la clasificación se traducirá en un aumento de los ingresos del equipo txuri urdin de 22,3 millones de euros, según las cifras presentadas ante el registro mercantil consultadas a través de Infoempresa. Una cifra nada desdeñable que permite que los ingresos totales pasen de los 39,2 millones de la temporada 2012/2013 a 62,7 millones. Bueno para el club, bueno para las arcas públicas. La Real gana margen para seguir devolviendo el préstamo participativo de la Diputación Foral de Gipuzkoa (gracias al que se sostuvo tras el concurso de acreedores) y adelantar incluso aplazamientos de pagos de IRPF y Seguridad Social.

Inicio de la temporada 2014/2015. Con solo dos competiciones que disputar y por las que lograr ingresos (la Liga y la Copa del Rey), el Valencia, en causa de disolución y sin terminar de amarrar la entrada del nuevo accionista, cambia al entrenador (ficha a Nuno Espíritu Santo) y a doce jugadores. Entran Yoel, Orban, Otamendi, Mustafi, Cancelo, André Gomes, Rodrigo, Negredo, Felipe Augusto, Zuculini, De Paul y Enzo Pérez. El conjunto che sale a jugar esa temporada con la plantilla más joven de la Liga y de Europa. No está para otras alegrías. Las cuentas, desbocadas en los tiempos de bonanza, mandan cuando ya no queda otra. El equipo ingresa por su participación en competiciones la escuálida cifra de 5,7 millones de euros ese año, aunque los derechos de retransmisión (principal ingreso de todos los clubes) permiten amortiguar la caída de los ingresos, que aún así descienden un 10% hasta 77 millones de euros. El Valencia consigue esa temporada la puntuación más alta en los noventa y séis años de historia del club, que le vale el cuarto puesto en la Liga y un duelo de infarto contra el Mónaco que clasifica al Valencia para la Champions tras dos años de ausencia. En el que iba a ser uno de sus peores ejercicios, el club valenciano, merced a los ajustes, logra zanjar sus deudas con el fisco y encara una temporada de ingresos holgados reforzados por los créditos participativos del nuevo accionista, la hongkonesa Meriton Holdings Limited, que se ha hecho con el 70% del equipo, y por la renegociación de la deuda con la constructora del nuevo estadio. El balance che está de fiesta.

Los resultados deportivos permitirán que «los ingresos por la comercialización de los derechos de televisión y los acuerdos comerciales crezcan de manera considerable», pudiendo ser de más si el anterior consejo de administración no se hubiese descontado cinco millones de euros de derechos televisivos de las siguientes temporadas cuando firmó el actual contrato. Aun así, para que los números cuadren tal y como se han planteado, el Valencia recoge en sus cuentas del pasado ejercicio que será necesario «disputar competición europea todas las temporadas». Ups.

Fútbol. Contabilidad. Impuestos. Cuentas ante el registro que huelen a economía, saben a economía, pero llevan césped entre las cifras. No hay sector comparable. Los activos del balance incluyen (como si fuese un edificio o maquinaria) piernas para correr, brazos bajo los palos, derechos sobre unos jugadores que valen lo que se dice hasta que se lesionan o simplemente no dan lo que se esperaba y hay que abonarlos al banquillo. Si el jugador es un fichaje, lo que se pagó por él se va amortizando anualmente como se hace con el coste de un ordenador. Si se engendra una estrella desde la cantera, su venta será dinero en vena para la entidad el día que se produzca, como vender un edificio surgido de la nada en suelo gratuito.

El fútbol español tiene una historia en las crónicas deportivas y otra paralela en las cuentas. No hay campo firme en el modo en que se han gestionado la mayoría de los equipos de este país durante años. Cuando los derechos televisivos inflaron las cuentas, el fútbol (o para ser precisos, buena parte de él) se olvidó de sus deberes con el fisco, acumuló deudas hasta niveles inabarcables, mucho más inabarcables cuanto más caros eran los fichajes y los impuestos impagados ligados a los mismos, hasta demostrar que aquella burbuja no era de reglamento sino un balón de playa que se los podía llevar volando al más mínimo pinchazo.

«Se hizo mal», reconoce Javier Gómez, director general corporativo de la Liga de Fútbol Profesional (LFP). «Primero los administradores de los clubes, luego los órganos de supervisión, la Liga de Fútbol incluida. Entre todos se provocó que, en un sector con cuarenta y dos entidades, más de la mitad acabase en concurso de acreedores».

La situación ha cambiado drásticamente en los últimos años, de eso no hay duda. Aunque paseando por el registro mercantil se hace evidente que los auditores de los clubes siguen acostumbrados a dar por buena la continuidad de empresas cuyas cifras dicen que están en causa de disolución. Persiste la sensación de que a los clubes no se les dejará caer, a pesar de los que han caído. «Esta es una situación natural en el sector futbolístico al que pertenece la entidad», decía Ernst & Young de las cuentas del Valencia 2014/2015 para explicar que se considerase en continuidad a una empresa con un fondo de maniobra negativo de 86,6 millones de euros. El fondo de maniobra viene a ser la capacidad de hacer frente a los pagos previstos del siguiente ejercicio con los ingresos de la actividad habitual de la empresa.

Debido a las pérdidas acumuladas, el auditor plantea «dudas sobre la capacidad del Getafe para continuar su actividad», aunque considera un factor mitigante «el fuerte y constante apoyo de los accionistas», dicen las cuentas del club madrileño. El Espanyol también presenta fondo de maniobra negativo, pero el auditor admite la continuidad como empresa en funcionamiento dando por buenos los 47 millones de euros que se anota el club como revalorización de la plantilla del primer equipo, los 14 millones de revalorización que se apunta sobre los terrenos de la Ciutat Esportiva y algo, esta vez sí, mucho más tangible: el contrato de 38,5 millones por siete años correspondiente al naming right del estadio, que ha pasado a llamarse Power8 Stadium.

El Atlético de Madrid cerró las cuentas 2014/2015 con un fondo de maniobra negativo de 174 millones de euros, derivado básicamente de «inversiones en jugadores en las últimas temporadas destinadas a la mejora de los resultados deportivos con el objetivo de participar en competiciones europeas». Pero esto, dicen las cuentas, es «común a la inmensa mayoría de los clubes». Es fútbol. Como factores mitigantes, las cuentas señalan: la participación en competiciones europeas, la construcción del nuevo estadio en La Peineta, que permitirá aumentar los ingresos, y que los accionistas mayoritarios están comprometidos con la continuidad del club.

Al club madrileño le dan motivos para reafirmarse en su tranquilidad los resultados deportivos, que han permitido darle la vuelta a las cuentas. Otros siguen bordeando el riesgo. A cierre de junio de 2015, el Deportivo de la Coruña «incurre en una de las causas de disolución contempladas en el artículo 363 de la Ley de Sociedades de Capital», explica el auditor. El caso del club gallego merece especial atención. No solo entró en concurso de acreedores desde enero de 2013 y tuvo que pactar un convenio para la devolución de sus deudas (que incluía una quita del 33% y un pago a diecisiete años sin intereses con una carencia de dos años), fue el proceso concursal el que descubrió los defectos y omisiones contables utilizados por el antiguo consejo de administración, con Augusto César Lendoiro al frente, en las cuentas de 2011 y 2012, tal y como consta en las cuentas del registro. Lo que figuraba como equilibrio financiero era en realidad patrimonio negativo.

El saldo de su deuda a finales de la temporada 2014-2015 una vez descontada la quita asciende a 140 millones de euros. La Administración Pública y las entidades financieras renegociaron deudas pero exigiendo garantías a cambio. Según las citadas cuentas, el Dépor tenía comprometidos a comienzos de la presente temporada los ingresos por derechos de imagen; los derechos audiovisuales, televisivos, radiofónicos y digitales; los derechos de la plantilla, así como un embargo preventivo de los ingresos por las competiciones UEFA, los de cesión de jugadores a selecciones nacionales, los ingresos por descenso, los de competiciones oficiales, los inmuebles de la sociedad y tiene en prenda pignoraticia los abonos de la temporada. En las cuentas de 2014/2015 el fondo de maniobra sigue siendo negativo, aunque se ha reducido a 5,4 millones. Esos números rojos se dan «al final de cada temporada» y «se equilibran al principio de la siguiente con los ingresos de las ventas de abonos y los derechos de televisión», explica la información entregada al registro mercantil.

Las condiciones para mantener cierta tranquilidad están claras, «fundamentalmente la permanencia del primer equipo en las categorías profesionales de la Liga». Teniendo esto en cuenta, el equipo reconoce que camina por un campo de minas. Tiene incluso calculado cuánto puede resistir si la cosa se tuerce y desciende de Primera. «La capacidad del Deportivo para atender sus deudas (…) está sujeta al no descenso» y en todo caso a evitar «la permanencia del primer equipo más de tres temporadas en la categoría de Segunda División». La Agencia Tributaria no debe perderse un partido.

Por si acaso, el 7 de marzo de 2014, se firmaba un acuerdo singular de refinanciación de la deuda tributaria con el Dépor que permite «el pago de los créditos privilegiados en un plazo máximo de diez años, con reducción de las cuotas en caso de descenso de categoría y pagos anticipados en caso de ingresos extraordinarios». Las arcas públicas, a ritmo de la competición.

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La deuda con Hacienda

¿Cómo se ha llegado a esta situación? Hacienda, las diferentes Haciendas de España, dejaron que creciese una inmensa bola de deuda de los clubes de fútbol con las arcas públicas. Cuando vino el boom de los derechos televisivos, cuando los clubes se pusieron a ingresar dinero a espuertas, de lo último que se acordaron muchos fue de pagar a Hacienda. No abonaban las retenciones por IRPF de la plantilla, no pagaban el IVA. Euro que entraba cuando las cosas iban bien se iba a comprar jugadores, a planes para nuevos estadios. Cuando pintaban bastos, el equipo caía de categoría o no lograba la clasificación para Europa, aún menos se atendían los deberes con el fisco.

«Digamos que, durante años, el pago de impuestos no se reclamó con intensidad», comenta José María Mollinedo, secretario general del sindicato de técnicos de Hacienda (Gestha). «Se suponía que los clubes iban a estar permanentemente ahí porque siempre habría una entidad pública, una diputación, un ayuntamiento o una comunidad autónoma detrás para favorecerlos. Cuando se empieza a restringir esa manga ancha para que las entidades públicas no subvencionen a los clubes, no se recalifiquen los terrenos de los antiguos estadios etc., se genera una falta de acomodo de las corriente de ingresos y pagos a los que se enfrentaban estos clubes».

Durante años, «se les dio un trato favorable que no se daba a ningún otro ciudadano. A cualquiera con una deuda pendiente de pago con Hacienda se le exige una garantía para el aplazamiento. Una garantía tangible, una hipoteca o un aval bancario. A los clubes se les otorgaban los aplazamientos con los derechos audiovisuales como garantía o ingresos que dependían de los resultados deportivos. Si el club era uno de los grandes y quedaba descabalgado de los primeros puestos, los ingresos caían a plomo. Por no hablar de aquellos a los que la situación deportiva les llevaba a descender de categoría. Se arruinaba la garantía», añade Mollinedo.

Y llega la crisis. «Las empresas dejan de anunciarse, de hacer publicidad en los estadios, los acuerdos que se hacen para el reparto de los derechos audiovisuales benefician a los grandes clubes en detrimento de los clubes más modestos», recuerda el portavoz de los técnicos de Hacienda, y entonces esa realidad siempre en el filo entre la gloria y el desastre se encuentra, a finales de 2011, con el paro desbocado en España y el Gobierno subiendo los impuestos del ciudadano de a pie a todo trapo. Como las cifras bailan dependiendo de quién las presente y los parámetros que utilice, Jot Down ha realizado una petición de información a la Agencia Tributaria a través del Portal de Transparencia del Gobierno según la cual, a cierre de 2011, «el importe de la deuda pendiente de los clubes de fútbol que participaban en las ligas de Primera y Segunda división A ascendía a 613 millones de euros».

Teniendo en cuenta, como recuerda la Agencia Tributaria en su respuesta, «que cada año suben y bajan tres o cuatro clubes de cada categoría de acuerdo con su clasificación en la liga, por lo que los datos se refieren a distintos contribuyentes», a 30 de septiembre de 2015 la deuda de Primera y Segunda división A ascendía a 349,7 millones de euros, un 43% menos.

Con la crisis, la deuda del fútbol se volvió socialmente inadmisible y eso explica el cerco a las cuentas de los últimos años, pero hay que reconocer que parte de lo que ha cambiado en el fútbol español, para enhorabuena de Hacienda, ha venido desde fuera. En 2011, con Joseph Blatter aún como presidente, la UEFA puso en marcha el llamado juego limpio financiero (Financial Fair Play Regulations). Los clubes clasificados para disputar competiciones UEFA deben demostrar desde entonces que no tienen deudas: ni con sus jugadores, ni con otros clubes ni con las autoridades tributarias. O diseñar un plan para reducirlas. Sus gastos e ingresos deben buscar el equilibrio o se corre el riesgo de ser excluido de la competición.

Al hilo de esa iniciativa, a finales de enero de 2013 el presidente del Consejo Superior de Deportes, Miguel Cardenal, y el entonces presidente de la Liga de Fútbol Profesional, José Luis Astiazarán, presentaban un nuevo reglamento de control económico de los clubes españoles aplicable ya en la temporada 2013/2014. Objetivo: «La sostenibilidad económico-financiera del fútbol profesional». Arma: la fijación de un límite en el coste de la plantilla deportiva en busca del equilibrio presupuestario.   

«Lo que hicimos fue implantar un control económico que iba más allá del implantado por la UEFA, que no daba los resultados que necesitábamos», explica Javier Gómez, director general corporativo de la Liga de Fútbol Profesional (LFP). «Mientras el suyo era a posteriori, nosotros decidimos controlar a priori a cada sociedad anónima, determinando qué importe podía destinar a plantilla. Eso se calcula teniendo en cuenta las deudas que tienen que pagar. No solo a la Agencia Tributaria. Todas las deudas. El efecto ha sido que, si en la temporada 2011/2012, excluyendo al Real Madrid y al Barcelona, los clubes de primera y segunda perdieron en conjunto 212 millones de euros, en la temporada 2014/2015 han ganado más de 100 millones de euros».

Hacienda también tomó sus medidas, que le costaron unos cuantos rifirrafes más que dialécticos con algunos clubes e incluso la LFP. Para la historia ha quedado la entrevista de El Mundo en agosto de 2014 al presidente del Atlético de Madrid, Enrique Cerezo, en la que este dijo aquello de «me hace gracia cuando hablan de la deuda de 500 millones a Hacienda (refiriéndose a cuanto ascendía en ese momento el pasivo de la totalidad de los clubes) […] Entiendo que Hacienda quiera cobrar y tal y cual, pero que tenga en cuenta también que el fútbol genera un factor social magnífico, que desde septiembre a mayo tenemos entretenida a gran parte del país». Fueron meses de tensión que incluyeron la interposición de una querella por parte de la directora del Departamento de Recaudación de la Agencia Tributaria, Soledad García López, contra el actual presidente de la Liga de Fútbol Profesional, Javier Tebas, por un delito de injurias tras las declaraciones de Tebas al diario As en las que este dijo que el sistema de control económico ya estaba reduciendo la deuda pero que a pesar de ello desde Recaudación se estaban dando «interpretaciones torticeras, arbitrarias y contrarias al derecho» porque «alguien en Hacienda quería liquidar los clubes». Desde la Agencia Tributaria explicarían públicamente las reuniones que estaban manteniendo con los clubes para lograr soluciones a la delicada situación financiera de muchas entidades financieras, agravada tras las Medidas Fiscales y Administrativas para 2013 aprobadas por el Gobierno del Partido Popular que prohibían el aplazamiento de deudas tributarias correspondientes a las retenciones del IRPF.

«Hubo una decisión de la Agencia Tributaria», explica José María Mollinedo, «que afectaba a todos los contribuyentes pero significativamente a los clubes de fútbol. Consistió en no permitir el aplazamiento de las nuevas retenciones por IRPF y esto fue decisivo. Además, como había un compromiso de reducir las deudas de los clubes, fue la Liga la que se empezó a ocupar de retener parte de los derechos audiovisuales o los ingresos procedentes de las quinielas para asignarlos al pago de esas deudas y así se han logrado reducir de esa forma tan significativa en estos años».

Según el último informe al respecto de la Liga de Fútbol Profesional, «para la temporada 2019-2020 se esperan cancelados todos los aplazamientos concedidos, salvo una cantidad residual derivada de la deuda subordinada que se ha visto afectada por concursos de acreedores».

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Objetivo, cobrar

Una de las claves fue apretar al fútbol pero sin ahogar. El objetivo era cobrar. En muchos casos ha funcionado. La Agencia Tributaria concedía al Getafe un aplazamiento en marzo de 2013 de las deudas que el club madrileño terminó de pagar en julio de 2015. El Granada, en concurso de acreedores desde 2011, tuvo que llegar a un acuerdo con las administraciones públicas por sus créditos privilegiados que hoy están totalmente pagados, mientras que aquellos créditos tanto de la Agencia Tributaria como de la Seguridad Social que sí se vieron afectados por la quita del 50% pactada en el convenio de acreedores, se terminan de pagar en la presente temporada. En julio de 2013, la Real Sociedad pagaba de forma anticipada las cuotas pendientes del aplazamiento concedido por la tesorería de la Seguridad Social en junio de 2012 y el 21 de julio de 2014 se declaraba concluso el procedimiento concursal, devolviendo a sus administradores sus facultades de gestión del club, tras cuatro años y medio desde que se firmase el convenio de acreedores.

A pesar de aquellas palabras de Cerezo, si hay un equipo que ha reducido su deuda con Hacienda de forma drástica y ha mejorado su situación financiera, es el Atlético de Madrid. La entrada de Wanda en el capital, con la adquisición del 20% del club, no es ajena a la  mejoría en la estabilidad. Pero la clave de nuevo es la evolución del equipo colchonero en las diferentes competiciones y su participación de forma regular en las ligas europeas. Esa evolución lleva el nombre del entrenador: Diego Pablo Simeone, el Cholo. Lo ocurrido con el Atlético en las últimas temporadas ha permitido reducir el gigantesco lastre que el club llevaba colgado en su balance, buena parte procedente del siglo pasado, de la época de Jesús Gil y de las actas de inspección levantadas en la temporada 2002/2003 correspondientes al IVA, el IRPF y el Impuesto de Sociedades de 1995 a 1999. El club llegó a deber a Hacienda más de 200 millones de euros, cantidad que a cierre del pasado ejercicio había quedado reducida a 60 millones.

Sigue siendo la cantidad más abultada de todos los clubes, pero mientras el equipo vaya bien el dinero traerá más dinero, como ha ocurrido en la pasada temporada con la firma del patrocinio con Plus500 (42,5 millones en cuatro temporadas); Nike (92 millones mínimos hasta la temporada 2025/2026); Coca-Cola y La Caixa, así como la china Huawei. A ello se ha unido la venta centralizada de los derechos de televisión que para el Atleti ha supuesto doblar casi sus ingresos por este concepto en Liga y Copa del Rey.

En el caso del Espanyol, las cosas siguen complicadas, reconocen sus cuentas. Se hizo de todo sin atender correctamente los impuestos y, cuando llegó la crisis, no había dinero al fondo. Al fisco, llegada esta situación, le quedaba pactar si quería recuperar los más de 43 millones que le debía el equipo. «La sociedad obtuvo, con fecha 11 de febrero de 2013, de la Administración Tributaria un nuevo acuerdo de amortización de la deuda con ella mantenida en aquel momento que permite adecuar el cumplimiento de las obligaciones en él contenidas con la generación de excedentes de tesorería». No fue a cambio de nada. El club ha tenido que poner como garantía las fincas de Cornellá de Llobregat y El Prat de Llobregat donde está el Estadio Power8 y la finca de Sant Adrià de Besòs.

El roto a la luz

La Agencia Tributaria publicaba a finales de 2015 el primer listado de deudores con la Hacienda pública. Las condiciones para salir en él eran tener deudas con el fisco superiores al millón de euros y en fase ejecutiva, es decir, no se incluyen las que han sido objeto de pacto con la Agencia Tributaria siempre que se estén cumpliendo los plazos de pago oportunos. De ahí que clubes que mantienen deudas millonarias con las arcas públicas no apareciesen en el listado.

Los que lo hicieron fueron en realidad peor noticia para Hacienda que para los propios deudores. Con la actitud negociadora mostrada por la Agencia Tributaria para cobrar todo lo que fuese posible después de los años de manga ancha y el riesgo de descenso de quien no atendiese los pagos, aparecer en la lista solo podía significar dos cosas: o que la deuda se puede dar por perdida para el fisco o que prácticamente se puede dar por perdida.

Un buen número de los nombres que allí aparecieron se corresponde con clubes que ya ni existen, como es el caso del equipo que mayor deuda en fase ejecutiva presenta: la Unión Deportiva de Salamanca, con 13 millones de euros después de tener ya subastados sus bienes. Igual de irreversibles son los rotos de la Unió Esportiva Lleida (11,4 millones), el Ciudad de Murcia (3,9 millones) y el Alicante Club de Fútbol (1,9 millones). Equipos desaparecidos.

El Xerez, a julio de 2015 (fecha a la que hacía referencia la lista), mantenía una deuda con Hacienda de 10,3 millones de euros difícilmente atendible si se tiene en cuenta que su hundimiento financiero procede del año 2009, cuando cerró un presupuesto de 11 millones de euros para afrontar con alegría su ascenso a Primera División, en la que solo se mantuvo una temporada. De ahí la caída fue en picado, al principio por los resultados y después por los impagos, hasta llegar a Primera Andaluza. A ver quién consigue atender semejante deuda desde allí. El Racing de Santander tampoco va a tener fácil desde Segunda B afrontar los 8,99 millones ya reclamados en fase ejecutiva por la Agencia Tributaria que figuran en el listado de morosos, máxime cuando los problemas de liquidez han vuelto a dejar a los jugadores varios meses sin cobrar.

La tentación de los clubes

¿Existe riesgo de que el fútbol vuelva a las andadas? «El control que hemos implantado está teniendo un éxito rotundo y no vamos a permitir desde la Liga que un club gaste más de lo que genera para sus gastos y para devolver su deuda», asegura Javier Gómez, de la LFP. «Ahora puede haber unos cuantos clubes con problemas todavía pero a 30 de junio de 2019 la Liga de Primera División no solo estará completamente saneada, estará en cabeza a nivel de ratios económico financieros del panorama europeo. No vamos a permitir que los clubes gasten más de lo que pueden generar».

Aun así, con deuda pendiente y la situación financiera muy inestable en algunos clubes, hay señales a las que merece la pena prestar atención. Una de ellas es la reinversión de los beneficios de los traspasos de jugadores en nuevos jugadores, una acción que permite eximirse del pago de impuestos. Un caso a modo de ejemplo: la Real Sociedad pactó con la Diputación Foral de Gipuzkoa que solo está obligada a entregar un 5% de sus ingresos extraordinarios para amortizar el préstamo participativo que le dio la administración pública y que aún asciende a 17 millones de euros. Cuando en julio de 2013 la Real vendió a Asier Illarramendi al Real Madrid por 32,2 millones de euros, la Diputación no dudó en aprobar el plan de reinversión presentado por la Real para acogerse a la exención del pago de impuestos, incluso a pesar de reconocerse que no se iba a cumplir el plazo de tres años máximo que fija la norma para la citada reinversión.

¿A qué iba a destinar el dinero el club? Parte a remodelar el estadio de Anoeta, pero sobre todo a lo que lo destina todo equipo de fútbol cada vez que un euro cae en sus manos: a comprar jugadores. La jugada fue perfecta para el equipo de San Sebastián, porque no hay nada mejor para las cuentas de un club que vender a buen precio un jugador de cantera como era Illarramendi, un activo no adquirido sino creado por el club. La Real no pagó un euro a las arcas públicas por ese ingreso. Al menos sí lo hizo el Real Madrid, que abonó a la Hacienda nacional 6,8 millones en concepto de IVA por la compra del jugador.


«Fantacrónica» de Mariano

Juan Manuel Moreno Bonilla y Mariano Rajoy. Foto: Cordon Press.
Juan Manuel Moreno Bonilla y Mariano Rajoy. Foto: Cordon Press.

Tengo la costumbre de cobrar por lo que hago. Esta vez haré una excepción. No con Jot Down, pero sí con el potencial beneficiario de esta fantacrónica: Mariano Rajoy.

«Mariano saltó sobre un AVE a Sevilla esa misma tarde, en cuanto recibió la llamada de Soraya anunciándole el Waterloo electoral. Estamos de acuerdo en que, en la antigua política, una foto con el perdedor siempre era un mal negocio. Pero el perro de Pavlov electoral ya no funciona solo con campanillas. Ahora come cuando le viene en gana. Nadie en los medios esperaba al presidente. El primer golpe de efecto fue verle salir al estrado, en directo. Primero habló Moreno Bonilla, que agradeció su trabajo a los militantes y puso su cargo a disposición del partido. En público y a micrófono abierto, asumiendo que si encajas diecisiete goles en tu primer partido, tu continuidad no depende de lo que opine tu espejo. Con A de Asumir, Juanma. Tomó el testigo Rajoy: “Hoy hemos perdido. Quizás no hemos entendido lo que Andalucía esperaba de nosotros en esta campaña, pero sí lo que la nueva política espera del Partido Popular. Ser una formación que da la cara cuando las cosas van bien y, sobre todo, cuando se tuercen. Ser un partido valiente. Por eso no acepto la dimisión de Juanma. Cuando uno establece un proyecto, cree en los suyos. Y yo creo en ti y en el trabajo del partido en esta campaña. Es evidente que la ciudadanía todavía espera una confirmación de nuestro discurso, y la va a tener. Necesitáis sentir los beneficios de nuestras reformas. Somos un país que se ha puesto en marcha. Nos falta coger velocidad. Y no tengan dudas de que, hoy, el PP tiene diecisiete escaños menos en Andalucía pero es diecisiete veces más fuerte. Porque hemos recibido y entendido esos diecisiete mensajes sobre nuestra capacidad para mejorar. Por eso estoy aquí esta noche, mientras otros líderes nos ven por televisión desde Madrid. Porque un líder está con los suyos cuando ganan, pero sobre todo cuando pierden”. Mariano Rajoy bajó de la tarima y fue agradeciendo uno por uno su entrega a los militantes presentes».
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Esto no ocurrió. Ni ocurrirá. No creo en lo que acabo de escribir, pero supongo que sí lo harán quienes cobren por encargarse de la comunicación del Partido Popular. O eso, o su vida debe de ser realmente complicada. Algunos intuíamos hace semanas que, solo con las estadísticas, podría no bastarle al PP, porque la nueva política exige unas gotas de autenticidad catódica, por alma, sinceridad o puro interés, eso ya que elija el interesado. Los que siempre aplauden antes de tiempo, sin una cucharada de argumentario que llevarse a la boca, clamaron enseguida por un proyecto más de derechas. Como si dificultar el aborto a las chiquillas fuera a suponer cinco escaños más en Andalucía. Les aviso y tampoco les cobro: no, no se trata tampoco de girar a la derecha.
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Les recomiendo una escena. Nanni Moretti, en Aprile, se desgañitaba viendo al candidato de la izquierda, Massimo D’Alema, debatir con Silvio Berlusconi. «Di algo de izquierdas, D’Alema, di algo de izquierdas, ti prego». Desolado ante la inacción de D’Alema y su desmochado bigote, terminaba implorando ante la TV: «Di algo, aunque no sea de izquierdas. Di algo, D’Alema». De eso se trata ahora. De decir algo.
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Madina y Sánchez, descuelguen el «Do not disturb»

Eduardo Madina con Paloma Rodríguez, Rubalcaba y Soraya Rodríguez. Foto: Cordon Press.
Eduardo Madina con Paloma Rodríguez, Rubalcaba y Soraya Rodríguez. Foto: Cordon Press.

Nos miramos al espejo abrazados a nuestra bullanga y nuestra barra de bar. Nos admiramos divertidos en nuestra improvisación permanente. Y, a lo mejor, hasta tenemos nuestro rollo, pero políticamente, España es el país con la política más aburrida de Europa. Llevamos años siendo un soberano coñazo. Discursos huecos, inexistente pelea interna en los partidos, teocracia en los grupos parlamentarios, dirigentes inanimados, debate público reducido al alma y arma de tertuliano. Y, de repente, llegó la fiesta. 

El nuevo escenario político igual no es tan complejo; solo más divertido. Los líderes de los partidos mayoritarios se afanan en encontrar la pócima mágica de su conexión con la gente porque no han entendido que la política, simplemente, vuelve a apasionar. Y que el mensaje tiene que ser radical, emocional, fundamental… o se evapora.

El electorado ha pasado a ser también espectador. Y, como todo público, exige participar y que no le aburran. Algunos se mesarán esos cabellos que nunca se despeinan en público: «¡Oh no, la noble política convertida en un espectáculo público!». Sí. Y no tiene nada de malo. La gente tiene sed de argumentos, novedades y, claro, también caras. La consecuencia es que, por fin, la política genera expectación, interés y, claro, también audiencia.

Ya no vale el veraneo ideológico del centro y colgar el cartel de «Do not disturb» en los mensajes políticos. Ahora toca ser auténtico en las formas y en el contenido. Creerse lo que dicen. Ahí está el futuro de la política. Podemos y UPyD son quienes mejor lo han entendido. Consiguen hacer pasar sus mensajes, bien a través de la simplificación de los símbolos o del refinamiento de sus eslóganes. Pero siempre tienen claro cuál es el titular de sus intervenciones. Si no te gustan, al menos les coges tirria. Pero no te dejan indiferente y han sabido generarse una imagen de cambio y una credibilidad. Han obligado a los otros a reaccionar y contrarrestarlos. A los partidos tradicionales les falta gritar: «no vale el gol, ha disparado a trallón», y les critican por tirar de demagogia, como si la demagogia no valiera para vender coches, entradas de cine o justificar guerras.

Por eso el PSOE tiene ahora no una oportunidad, sino su último billete para cruzar la laguna Estigia. Es un partido desmigajado, que, al igual que el centroizquierda europeo, carece de paradigma, de un tronco al que agarrarse, de dos o tres ideas base a las que volver en tiempos de tormenta. Además, en España navegan sin líder y con una base menguante. Eduardo Madina y Pedro Sánchez tienen un reto: conseguir lo que no han hecho en sus primeras intervenciones: desterrar esa imagen de cuñado y/o yerno perfecto.

No hace falta salir con camisas arremangadas para acercarse a la gente, como parece haberles aconsejado pavlovianamente (o pablovianamente, visto el atuendo habitual de Pablo Iglesias) algún spin doctor. No se trata de llevar chaqueta o no, sino de emocionar, algo que ambos olvidaron en su estreno. Parecen atenazados por el miedo a generar rechazo, cuando el motor de cualquier político (siempre que no sea democristiano) debería ser decir cosas que generen enfado, envés inevitable de despertar emoción y sumar admiración. Obama gasta camisas arremangadas y sonrisa de prime time y lleva cinco años y medio engorilando a la base republicana, ya sea con Medicare o la reforma migratoria. Hollande no ha molestado a casi nadie.

Con las horas, y demasiado poco a poco, vamos percibiendo que Edu Madina apuesta por un partido a la izquierda que tenga a IU como socio preferente, y Pedro Sánchez por un partido más centrado. Madina no pone reparos, sino límites, a una consulta en Cataluña, y Sánchez opone una visión más restringida de la Constitución (aunque ambos se desdijeron de sus primeras respuestas, Madina para no parecer radical y Sánchez para no perder votos en el PSC). Madina quiere conquistar al nuevo público de izquierdas surgido desde el 15M, que ahora sí acude a las urnas, y a los desencantados del PSOE, mientras Sánchez quiere horadar el terreno de UPyD e incluso del PP. ¿Y por qué no lo dicen todo un poco más claro? 

Matteo Renzi (treinta y nueve años), nuevo primer ministro italiano, entendió esta nueva política antes que nadie. Generó curiosidad en la base, desdén en los apoltronados, se hizo con el partido sin pactar con el ala vieja, clarificó su discurso y cambió las formas de hacer política. De un plumazo, el resto de candidatos parecieron anticuados. Desde que ha llegado al Gobierno, lleva un decreto ley votado cada diez días. Algunos lo llaman caricatura. En realidad es solo cambio. Fue el único líder del centroizquierda europeo que arrasó en las elecciones europeas. 

Por el bien del PSOE, los hasta ahora chicos obedientes Madina y Sánchez deben subrayar sus diferencias, no limarlas. Deben demostrar si son políticos de esta nueva fase o de la antigua. Ese cambio, imprimir pasión a su discurso político, es más importante para el PSOE que los matices ideológicos que imprima cada uno de ellos si se hace con la secretaría general del partido. Eso sí que parece una cuestión primaria.


Javier Gómez: “Yo no tengo la culpa”

J. M. Barrie lo llamó El País de Nunca Jamás y colocó allí a Peter Pan y Campanilla. Esa tierra de la diversión y la irresponsabilidad hoy existe y nos rodea: la sociedad del “yo no tengo la culpa”. El secreto consiste en buscarse un enemigo exterior. Invéntese un pelele, póngale pelo de estropajo y rellénelo de material blando para zurrarle la badana. La más vieja y efectiva estrategia de comunicación pública para resistir cuando el mar comienza a cabecear contra la quilla y la tormenta se encabrita.

Mariano Rajoy se ha dado cuenta tarde hasta de eso, y donde no colaba “la herencia socialista”, porque esto viene de un poco más atrás, ni la crisis mundial, porque otros salen del charco, ya se empieza a responsabilizar a Merkel por lo bajini en los corrillos de Gobierno. Y nos resucitan las postales de posguerra y los niños desnutridos, pero la política es “la correcta”, que sí, que sí, que me lo ha dicho un dato desestacionalizado de afiliación a la Seguridad Social.

Tendría que aprender de Aznar, capaz de encontrar culpables en montañas lejanas o desiertos remotos antes de asumir que él empujó a España por el abismo de la especulación urbanística y puso la primera piedra de un sistema que hizo de las Cajas de Ahorros el chorro inagotable de la corrupción autonómica, como la fuente de Pepsi que se montó Elvis en Graceland. Con lo que odiará Aznar a Chávez, virrey de guayabera, matando moscas imperialistas hasta el último día, y cuánto se parecen, abrazados al realismo mágico, uno el de Gabo, el otro de Vargas Llosa, tejiendo un fantasmagórico mundo de amenazas al que ellos derrotarán con flamígera espada.

En la sociedad del “yo no tengo la culpa”, dan igual izquierda que derecha, como en los ERE’s de Andalucía, que la culpa es del Whatsapp. O la supuesta financiación ilegal del PP, que otro gallo habría cantado si la chica de la limpieza hubiera vaciado las papeleras de fotocopias. Y cuando se trata de adelgazar al monstruo, como en la Asamblea de Madrid, PSOE e IU votan en contra de reducir los diputados de 129 a 65. Eso sí, no porque toca a menos, sino para luchar “contra el populismo”. Con un par.

Cataluña es otro ejemplo perfecto. La Generalitat acaba de organizar un simposio titulado “España contra Cataluña”, y para qué perder tiempo en matices. Se estudiarán la “represión”, la “opresión” y todas las palabras que suenen a trombón.

Pero no va esta columna sólo de política. Mourinho ha usado el libreto del enemigo externo hasta en los días de sol. El árbitro, la prensa, el entorno, Casillas, Cristiano, el público, Unicef, Guardiola, la Fifa, la Uefa, Del Bosque, y sin exprimir la memoria. Lo curioso es que en muchas de sus pataletas llevaba razón, pero a costa de repetir la estrategia, acabó cansando al personal y prestándose a que otros le dieran esa misma medicina: elegirlo como encarnación infantiloide de todos los males.

Y si no tenemos un enemigo a mano, le echamos la culpa a los padres. Como ahora, que cuando los hijos se pillen una buena curda, la multa le va a caer al currela y cabeza de familia. Eso ha propuesto el delegado del Gobierno para el Plan Nacional sobre Drogas. “Tolerar o favorecer por inacción el consumo excesivo y reiterado de alcohol es una forma de maltrato”, perora este cargo público, pagado con el dinero de todos y también con el margen que dejan los impuestos de las botellas de ginebra.

Tiene hasta una ecuación mortuoria: “El alcohol mata neuronas”. Ya, que se lo digan al cementerio que he ido cultivando desde mi adolescencia, y al que de vez en cuando voy a poner flores. Pero si he terminado vomitando miserablemente en una acera, que también, puedo asegurar que la inacción de mi padre ha tenido poco que ver, así que déjenle tranquilo, que bastante tiene con los ayuntamientos que no le pagan lo que le deben. Los impagos también aniquilan neuronas. Y hasta familias enteras.

Habría tenido su sentido aplicar esto de los padres a la política: castigar a Bruselas por haber dejado que la pipiola España se emborrachara de cemento, especulación y sobreendeudamiento. En esta sociedad donde la culpa siempre es de otro, todo aquel grano incómodo que nos recuerda nuestros errores, como la Plataforma de Afectados por las Hipotecas, es ETA. Y si podemos impedir que el Parlamento Europeo les conceda un premio, mandamos a Iturgaiz, plusmarquista de espantapájaros, para que agite a Otegi, el antiguo enemigo oficial. Pero quizá la PaH no molesta solo por recordar que el problema somos nosotros: sino que también tenemos en mano la solución.


Talant Dujshebaev: “El fútbol es más política y nacionalismo que deporte”

Talant Djushebaev para Jot Down 1

Talant Dujshebaev (Biskek, Kirguistan, 1968) no es un tipo de esos que intenta caerle bien al entrevistador de primeras. Estamos todavía sentándonos en El Doblete, ese bar de los bajos del Calderón que condensa un barrio y un orgullo en tres mesas y siete sillas, pisando de puntillas por las primeras conversaciones de cortesía, cuando Talant lanza el primer balón a la escuadra. Con la mano, por supuesto: “Mira, yo intento no leer nada de prensa. Solo libros de historia o de entrenadores. A lo largo de los años te llevas decepciones, porque tus propias entrevistas salen con un titular totalmente diferente a lo que has intentado expresar. Intentáis sacar las cosas a vuestra manera para poder vender”. Empieza bien esto. Como tampoco es cuestión de ponerse el chándal e intentar pararle una al mejor jugador de balonmano que mis ojos hayan visto, le dejo marcar y seguimos por ahí. Al fin y al cabo, lo de Talant Dujshebaev, hoy entrenador del Atlético de Madrid, siempre fue marcar el ritmo. “Es que en las noticias todo es negativo: ha pasado esto, han matado a este, terremoto aquí… Hay demasiada carga emocional negativa. A lo mejor, como en España estaba prohibido decir cosas negativas durante la dictadura, ahora ocurre lo contrario. Yo crecí en la URSS y no tenías tanta información negativa. Aquí todo es politiqueo, todos cargando contra todos. Y cansa”.

¿Crees que el deber del periodismo no es contar la verdad sino ser más positivo?

Decir la verdad está bien, pero con menos critiqueo. Todo es negativo, todo es politiqueo. ¿No se puede hacer lo mismo positivamente? ¿Intentando ayudar al país para salir de esta situación? Aquí siempre es los del PP contra los del PSOE, o al revés. El mundo del deporte es parecido: el Madrid, contra el Barcelona; los del Barcelona, contra los del Madrid. Una guerra que supera el deporte. Es también política.

¿Y en balonmano no existen esas guerras? Tú mismo las has tenido, y cruentas, con el Barça.

Sí, pero en balonmano somos más nobles. Por una sencilla razón: somos mucho más humildes. El fútbol, en cierto modo, ya es más política, sentimiento y nacionalismo que deporte. No es bueno.

¿Se ha prostituido el fútbol como deporte con tanto “politiqueo”, como dices?

Sí, sin duda. Es así. Todo es una guerra. En balonmano podemos pelearnos, pero luego nos damos un abrazo y tomamos una cerveza. Como mucho, el cabreo nos dura un par de días.

¿De quién es la responsabilidad de esta politización del fútbol?

En todos los deportes que no son fútbol lo más grandioso son los Juegos Olímpicos. Como jugador, intentas que España llegue lo más alto posible en el medallero, pero si no lo consigues no puedes evitar las críticas: “Qué malos son estos de balonmano o del atletismo. Paquetes. No llegan ni a la final”. No sabemos que en España no invertimos nada y exigimos que haya éxitos. España invirtió en el 86 con el plan ADO para Barcelona 92 y, en un ciclo de seis años, se vio el boom. En los del 96, un poco menos. En Sidney 2000 bajamos. En Atenas, aún más. Pero luego, en cambio, al fútbol le pagamos lo que sea. ¿Por qué? Porque el fútbol es política: la bandera de su país, de su comunidad, de su ciudad. Si lo hemos politizado, la culpa es nuestra. Pero entonces no nos quejemos del resto de deportes. ¿Se sabe en qué condiciones entrenan los de halterofilia, las chicas de balonmano o los de judo? Da pena.

Acaba de jugarse la Copa del Rey y las entradas eran las más caras de Europa.

No tiene ningún sentido. Ponen entradas a 270 euros y se pagan. Mientras la gente las compre, seguirán teniendo esos precios. En Alemania, el nivel de vida es muy superior y esas entradas son más baratas. Pero la sociedad genera ese desequilibrio: es normal que luego le toque pagarlo. No lo digo en contra del fútbol: sino pensando en el deporte en general.

¿Ha servido de algo económicamente ganar el Mundial de balonmano?

Para nada. Ha paralizado todo lo negativo durante un mes y, como se ganó, todo el mundo contento. Diez días después, hemos vuelto a la realidad.

Talant Djushebaev para Jot Down 2

Solo dos equipos de la liga ASOBAL, Barça y Atlético de Madrid, no tenían ayudas públicas. ¿Hemos estado viviendo en una mentira?

Antes te nombraba la Unión Soviética. Todos los deportes tenían posibilidad de existir porque el Gobierno invertía en ellos. El deporte es de las mejores salidas para los jóvenes, y más aún los deportes colectivos. En atletismo, o corres o no corres. En natación, o nadas o no nadas. Pero la convivencia de deportes colectivos, como rugby, baloncesto, balonmano… te hace otro. Te dan otros valores en la vida. No se trata solo de ser campeones: son de criar chavales disciplinados, bien educados, bien relacionados en sociedad, capaces de esforzarse.

En todas tus entrevistas hablas de disciplina. ¿Crees que falta una cultura de disciplina en este país? No hablo solo del deporte, sino del país.

Sí. Los culpables somos los padres. No hay que ir muy lejos: en España, hace 40 años, el honor y el respeto eran valores por encima de otros en la sociedad. Ahora mismo, no hay respeto en España, ni en el resto de países modernos democráticos. ¿Cuántas veces he ido al colegio y he visto a los padres abroncando a los profesores porque le decían algo a su hijo? Luego le pregunto a mi hijo y me cuenta que el chaval ni estudia ni hace nada.

En la URSS, supongo, algo así sería impensable.

[Arquea sus ojos rasgados al máximo]. El profesor lo era todo allí. El jefe, el rey. Porque le dejas a tus hijos para que los eduque. Me parece bien que no se puedan dar collejas, pero jolín, un poco de disciplina. Salgo del colegio hace poco y recojo a mi hijo. Hay un kiosko con chucherías. Un chaval tira un papel al suelo. Cuando veo estas cosas, me duele, me machaca. Le digo: “¿A que en tu casa no lo haces? Recoge eso”. Llega la abuela: “¿Quién cojones te has creído que eres?”. La sobreprotección de los padres y familiares malcría a nuestros hijos. O los educamos desde pequeños o estamos perdidos. Y el deporte es fundamental. En nuestra escuela de balonmano de Ciudad Real cambiamos a muchos chavales. No solo como jugadores, sino como personas.

De tus dos últimas respuestas se desprende una cierta añoranza de ciertos aspectos de orden, respeto y disciplina de las dictaduras, la franquista y la soviética. Te pueden caer dobladas. No digas luego que es por culpa de la prensa.

Yo me enfadé con un periodista de El País porque en el titular puso: “Odio al Barcelona”. Yo dije eso, sí, pero explicando que era el mejor equipo de todos los tiempos y que ese odio deportivo era mi mayor halago. Mi mejor contrincante. Son los que más dolores me han producido.

¿Y sobre las dictaduras?

Yo no alabo a las dictaduras. Adoro la democracia, pero creo que en nuestra cultura se han perdido valores del pasado, no de las dictaduras: respeto a los mayores, disciplina… Ayer veía un reportaje de fútbol. Los aficionados del Zaragoza [tras perder en casa 1-2 frente a Athletic] insultaron a los jugadores a los que aclamaban hace un año. Gritos de mono a algunos de color. Racismo total, que es lo que más me jode. Sale el rumano Sapunaru: “Eh, tú, ¿vas a robar los cobres?”. Le están diciendo a su jugador que es un ladrón porque es un rumano. Sale otro: “Catalán de mierda”. Enseguida, el locutor: “No representan a la afición del Zaragoza”. Vale, pero sí que son de allí. Yo he visto a David Davis, negro y español, llorando en un vestuario en Zaragoza después de que le lanzaran gritos racistas.

¿España es un país de maleducados?

Totalmente. Un país de maleducados donde es gratis insultar. ¿Dónde estaban los de seguridad protegiendo a los jugadores del Zaragoza? En España, todo el mundo puede decir lo que quiera. A mí me insultaron a la salida de un pabellón rival, los de seguridad lo oyeron, y cuando contesté, los guardias fueron a por mí. En vez de decir: “Descerebrada, tú, a la cárcel 15 días a hacer trabajos sociales. A barrer las calles”. Verás como la próxima vez no insulta. En el reportaje de fútbol que te decía, igual. Están los vídeos. Los tienes ahí todos. Cógelos y 15 días de trabajos sociales en la cárcel. Ser digno en este mundo no está bien visto. Hay que ser hipócrita y mentir. La gente me criticará, pero es así. Un día voy en coche. Hago una maniobra equivocada por la lluvia. Bajo la ventanilla y pido perdón al chaval… ¡y me manda a tomar por culo! Claro, salí y me fui a por él. Luego tú eres la persona pública y eres el culpable.

¿Veías más desesperación en la crisis de la URSS, a mediados de los 80, o en la crisis actual de España?

En la URSS todos éramos más o menos iguales. Teníamos derecho de medicinas, comida, estudios… Había una capa de poderosos, como en todas las sociedades, pero no había tantas diferencias. La gente, dentro de los límites, vivía bien. No tenías esta preocupación de comer o de luz, o de agua. El Gobierno se encargaba. Luego, con la crisis del estallido de la URSS, entonces hubo un caos en el país y la crisis fue furibunda. No había nada en los mercados. Todo era de contrabando. Nosotros éramos felices en una sociedad protegida. De repente llegó un agujero negro. Los niños, en lugar de hacer deporte, estaban en la calle vendiendo periódicos o limpiando coches. Duele. Esa generación de niños se ha perdido en el deporte. Ahora, con la nueva riqueza, también está cambiando la mentalidad y me dicen mis amigos que Rusia empieza a perder ciertos valores.

Talant Djushebaev para Jot Down 3

Rusia siempre ha sido un país especial, con sus propios códigos. Recuerdo una discusión con un antiguo jefe de Internacional sobre Vladimir Putin. A mis quejas, él replicaba que no se dirige un país de 170 millones de kilómetros cuadrados y el carácter de los rusos como una democracia occidental. ¿Miramos Rusia con ojos demasiado occidentales?

En cierto modo, sí. No entendemos que los rusos siempre han necesitado alguien con mano dura. Aunque Putin no es el mismo que cuando empezó. Llegó con energía, con ganas, y ahora ha sido el primero que ha cambiado la ley para poder volver a presentarse tras unos años en que puso a Medvedev. Huele más a dictadura que a democracia. Ser el zar de Rusia es muy goloso. Yo siempre fui de Putin. Estaba enamorado de él como político, pero me arrepiento de haberle defendido tanto porque ha incumplido lo que dijo. Es como Mourinho.

¿…?

Yo siempre le defendía, pero después de perder la Copa del Rey tengo que criticarlo porque ha cambiado. No se puede no ir a recoger una medalla. No se puede hablar solo sobre uno mismo en las ruedas de prensa. Que si “mi currículum”, que si “cualquier otro siendo subcampeón estaría orgulloso”… Hombre, claro, vete a la Real Sociedad y métela en la Champions. No se puede ser tan egocéntrico. Siempre le he defendido, pero al final ha habido comportamientos indefendibles. Sobre todo en contraste con Cholo Simeone. Cuando le felicitan, no deja de hablar del equipo. Mourinho es egocéntrico y Simeone piensa en el colectivo porque ha sido jugador. Sabe reforzar mentalmente al grupo. Ha dado las gracias a los utilleros, a todos. Y esa gente irá con él a muerte. Ha unido al Atlético de una manera bestial. Habla bien de todos sus rivales y no con rencor, sino con respeto.

¿Tienes contacto con gente de Biskerk, en Kirguistán, donde naciste?

Sí.

Porque uno de los hermanos Tamerlan, que atentó en Boston, pasó por Kirguistán en uno de sus viajes. Me preguntaba si tienes noticias de una creciente islamización de la República, donde, cuando tú vivías allí, la religión estaba relativamente proscrita.

Este tema me preocupaba mucho tras la desaparición de la Unión Soviética. Mi país está en el centro de Asia, alrededor de Estados poderosos y muy religiosos, y es perfecto para hacer de puente. Me inquietaba que el islamismo pudiera introducirse. Nosotros siempre fuimos nómadas. Los kirguís son un pueblo de pastores, no existía el sedentarismo hasta la llegada de la URSS. Hubo muchos intentos de introducir la religión, pero nunca calaron. Los nómadas son como cabras locas. Viven a su manera y yo estoy orgulloso de ese pasado.

¿Nunca te tentó el Islam?

Yo, por donde nací, debería de ser musulmán. Mi mujer, rusa, debería de ser ortodoxa. Y mis hijos son católicos, bautizados en Santander. Eso es la vida. Yo sí creo que existe Dios, pero me da igual que se llame Alá, God, Yaveh o como quieran. Viví mi infancia en un país de 280 millones, como era la URSS, en Kirguistán había unos cinco millones y medio y, de ellos, verdaderamente kirguís éramos tres millones. Dos y medio eran rusos, ucranianos, alemanes… y nunca vi un problema étnico. Éramos hermanos. A mi alrededor, de crío, solo había un kirguí. El resto de amigos eran uzbekos, kazajos, judíos, alemanes, rusos, ucranianos… Nunca supuso un problema. Al romperse la URSS tuve miedo de que el radicalismo entrara, como en Chechenia. Allí siempre han sido diferentes. Son una nación guerrera. Nosotros somos más pacíficos y no ha calado.

Fuiste designado segundo mejor jugador del siglo XX tras Wislander. ¿Es un orgullo o jode?

Siempre he dicho que nunca me han importado los premios individuales en un deporte colectivo. Es mucho más bonito ser campeón del mundo que mejor jugador del mundo.

¿Tu hijo, Alex Djusebaiev, jugará el año que viene en el Atlético de Madrid?

En un principio, sí.

Me han dicho que el bueno es el siguiente, Dani.

Va a hacer 16. Todavía es muy pequeño. Juega en nuestro filial, el Safa, de lateral o central. Es muy grande, ha salido a su madre, 1,96, y crecerá más. Poco a poco.

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¿Qué opinas de la aparición de Qatar como paraíso del deporte, también en balonmano? A vosotros se os fue allí Nikolas Markussen en medio de la temporada. ¿Es solo dinero o hay algo más?

Ojalá Qatar hubiera querido de verdad meterse y estructurar el mundo del balonmano. Sin ánimo de críticas, tengo buena relación con ellos desde hace años y he intentado ayudarles, pero creo que no han entendido. Me encantan los sistemas para desarrollar, como hizo Cruyff en el Barcelona. Todo lo que hoy es ese club se lo debe a Johan. Hay que tener paciencia. Yo he hecho varios proyectos para Qatar con el fin de que, en el área del Golfo, el balonmano fuera un deporte en las escuelas, que se instalara junto al fútbol. Pero no han querido.

¿Lo has comentado con Valero Rivera?

Valero va allí de seleccionador. Sabe que Mundial 2015 es allí y puede hacer algo grande deportivamente. Lo mío no era un objetivo deportivo, sino social, estructural. Pero en Qatar tienen mucha prisa.

¿Te sorprendió el anuncio de que Urdangarin se podía ir allí?

La verdad es que sí. Ni por asomo pensé que iba a ir, y no ha ido de momento. Si va para organizar el Mundial 2015, lo veo bien para dar renombre a nuestro deporte. Todos critican a Iñaki, pero es mi amigo y yo lo voy a defender. Me da igual todo. Tendrá o no tendrá razón. Para criticar están otros, yo lo voy a defender. Iñaki fue un gran deportista y un gran amigo. Conmigo nunca se portó mal.

¿Y si se confirma lo que se está investigando?

Demasiadas personas te critican en la vida como para que también lo hagan tus amigos. ¿Ha cometido errores? Todos en la vida lo hacemos. Si aprende de ello, me alegraré por él. Está pagando ya mucho por ello.

¿Hombrados era la solución para la Federación de Balonmano?

Era una buena posibilidad. Cuando nosotros éramos jugadores, siempre soñamos con tener a uno de los nuestros ahí arriba. Alguien que entienda las dificultades del balonmano. Siempre pensé que Lorenzo Rico sería ese hombre. Una persona que lo ha vivido, siempre tendrá más posibilidades de entender. Pero respeto mucho al nuevo presidente. Ojalá lo haga bien por el balonmano.

¿Prefieres tenerlo en la portería o en la Federación?

Si le quitas diez años, en la portería. Pero ahora que está a punto de retirarse, no sé, no sé… en la portería también [risas].

Con la de ofertas millonarias que has tenido, ¿por qué nunca te has ido?

Mis más cercanos me lo han preguntado también. Pero desde que estoy en Ciudad Real, y ahora en el Atlético de Madrid, no tengo contrato. No lo necesito. Es un pacto de palabra con Domingo Díaz de Mera. No hablo de lo que voy a ganar, ni de plazos. Mientras él quiera y me necesite, seguiré. Y tengo un compromiso con algunos jugadores para que ellos se quedaran, como Jonas Kallman, Hombrados, Julen Aguinagalde, Cañellas

¿Podéis seguir manteniendo a flote al equipo a pesar de la crisis?

Creo que tendemos un equipo competitivo la próxima temporada, aunque otra vez bajando el presupuesto.

¿Un 10 o un 15%?

No. Alrededor de 35% o 37%.

¿Se puede pelear así con el Barça? ¿No te sientes un poco Sísifo?

Es difícil. Sigo teniendo posibilidad de ir a sitios donde me dan todo el presupuesto. Es una posibilidad y la he pensado. Pero también es bonito para mí quedarme, porque siento que si me voy puede que el Atlético de Madrid desaparezca. Ya estamos retrocediendo a la situación de los años 90 por la crisis. Si el Atleti desaparece, el balonmano español retrocederá a los 80. El deporte sería más amateur. Y nos ha costado mucho ser profesionales, nadie quiere volver atrás, aunque algunos lo propongan. Que nadie me entienda mal, pero me siento responsable.

Talant Djushebaev para Jot Down 6

Fotografía: Begoña Rivas


Javier Gómez: El “poder blando” de Pablo Laso

Siempre me pareció que la mejor primera frase de un libro la escribió Ernesto Sábato en El túnel: “Bastará decir que soy Juan Pablo Castel, el pintor que mató a María Iribarne”. Sin rodeos ni misterios. Lo interesante es el porqué. Copiémosle el arrojo para sacar conclusiones de la Final Four, que ya toca: “Bastará decir que Pablo Laso es el mejor entrenador posible para el Real Madrid”. Ahora toca el porqué.

Algo me llamó la atención de este equipo técnico. Fue en una charla veraniega, recién perdida la ACB ante el Barça. Iba yo pontificando, como suelo, sobre las causas del descalabro, cuando mi interlocutor me cortó con un in your face dialéctico que ni Lebron: “Y nosotros. Te estás olvidando de que hemos fallado nosotros, los técnicos. También era nuestra primera final y lo hemos pagado”. ¿Es más fuerte un líder que reconoce sus errores o el que los enmascara?

Pablo Laso ha perdido una Copa del Rey de dos, una Liga ACB y su única final europea en dos años. A algunos les parece mucho. “No es un entrenador de finales”, “le falta reaccionar”, “sus rotaciones son mecánicas”, “tiene miedo a sentar a ciertos jugadores”… ¿Qué ha conseguido? Una Copa del Rey. Pero eso no es tan importante, creedme. Ha logrado algo de lo que se habla poco en baloncesto: “Identificación”. Volemos a Londres.

Aeropuerto de Stansted. Avión de vuelta a Madrid, la derrota escociendo como un tatuaje reciente. Dos de la mañana. Penetran todos los jugadores en un avión mudo. Se sientan. Miradas atadas a los cordones. Olor a queroseno del Pireo. Pasan unos minutos y aparece Pablo. Las primeras palmadas empiezan en el fondo, donde se sientan las viejas glorias, los que ganaron ocho de las grandes, Emiliano, Sevillano, Rullán, Itu, Beirán… el avión entero prorrumpe en un repentino aplauso, el único que se oye en dos horas y media. Las mejillas de Laso se ponen del color de sus gafas de diseño rojas. Juzguen ustedes. Todo queda resumido en el palabrejo de antes: identificación.

Lo consiguieron antes Ferrándiz, Lolo Sainz y Clifford Luyk, como también Obradovic en el Panathinaikos, Blatt en el Maccabi, Messina en el CSKA, Pepu en Estudiantes, Pitino en Louisville y antes en Kentucky, Phil Jackson en L.A., Bobby Knight en Indiana… o, en fútbol, Benítez en Liverpool, Wenger en el Arsenal, Mourinho en el Chelsea y Ferguson en el United. Encajar en una horma, manejar un extraño hilo invisible que representa un club y un estilo por encima de las victorias, que pueden o no llegar. No se trata sólo del vistoso juego del Madrid, eso ya está muy escrito, sino de algo que se prolonga fuera de la cancha: una forma de ser, un temperamento, los únicos valores que resisten en el baloncesto a la cárcel de las estadísticas. Un orgullo indefinible. Exactamente aquello que, extrañamente, no ha conseguido Xavi Pascual en el Barça a pesar de las muchas victorias en su haber. En mi opinión, por error y capricho del barcelonismo, pero eso es ya otro artículo.

Los responsables madridistas deberían tenerlo en cuenta en sus próximas decisiones. Esa identificación ha calado entre las grietas del madridismo. Entre los cronistas, que ya es difícil, aunque algunos le esperarán a la salida del bar, como acostumbran. Y también entre el público tras muchos años de vanos esfuerzos. Para los que hemos nacido en el Palacio de los Deportes y crecido con Corbalán, Fernando Martín, Petrovic, Sabonis… ver a menudo el estadio lleno o a 2000 madridistas desplazados a Londres silenciando la grada del Olympiakos por momentos es casi una aparición mariana. De hecho, alguien en la sección debería plantar un sauce en el O2 e ir a rendirle culto con ofrendas, que lo de los panes y los peces merengues no ocurre cada día.

Hay tipos a los que aprecias por una sola conversación. Fernando Torres es uno de ellos. Teníamos 15 minutos en una sala de la ciudad deportiva del Liverpool. Allá por el 45, y sin gin tonics, teorizaba sobre por qué la afición de Anfield es la mejor del mundo: “La gente suele estar orgullosa de su coche y su equipo; o de su mujer y su equipo; o de su casa y su equipo; pero durante mucho tiempo, en esta ciudad sólo se estaba orgulloso de los colores. El sentimiento de pertenencia es distinto”. No se trata de que los hinchas sean más fieles cuanto más feas son sus mujeres, o al menos no sólo. La explicación de Torres iba más allá: identificación, un concepto especialmente valioso en estos tiempos faltos de símbolos.

¿Por qué sigue Laso sin convencer a algunos? Porque, quizás sin saberlo, se ha convertido en el mayor exponente en el basket del “poder blando” que teorizó Joseph Nye en las relaciones internacionales. Una forma de dirección que privilegia la comunicación y la persuasión por encima de la autoridad y la coacción. No castiga a los jugadores durante los partidos, al menos visiblemente. No suele quejarse de los árbitros en ruedas de prensa. Como decía Nye, “el poder, como el amor, es más fácil experimentarlo que definirlo”. Laso prefiere un perfil bajo y un poder menos visible, que algunos interpretan como endeblez, aunque caigan gritos y hostias a las pizarras. “Le tiene miedo a Llull”, escribía el habitualmente bien informado @elcapitaenciam. Las taquillas de un vestuario turco todavía retumban y podrían testificar sobre si Laso es capaz de cantarle las 40 al a veces acelerado base madridista.

Si algo se asemeja al poder en un vestuario es la capacidad de involucrar a todos los jugadores en un camino colectivo, lo que nunca consiguió Messina a pesar de su valía. Pregunten quién quiere irse del Madrid. Errores, Laso ha cometido muchos. En Londres también, nos ha jodido. Es evidente que al equipo le falta un punto de madurez competitiva y toca tomar decisiones. Pero yo hoy no quería hablar de baloncesto, sino de algo mucho más importante.


Javier Gómez: La Final Four y el póster de Mickey Rourke

Un directivo madridista, semanas después del batacazo en Copa del Rey frente al Barcelona, reconocía en privado cierto estupor por aquella derrota: “No nos esperábamos que algunos de nuestros jugadores fueran tan débiles mentalmente. Seguro que habrá otra oportunidad esta temporada: pero ahí tendrán que demostrar si valen o no valen; si son fuertes o no”. La oportunidad está delante de sus narices. Se disputa el viernes en el O2 de Londres. Semifinal de la Final Four: Madrid-Barça.

Los azulgrana llegan como un batallón de fusileros franceses tras la batalla de Verdún: Ingles y Sada, tocados; Jawai, casi baja; CJ Wallace y Todorovic, con graves molestias; Mickeal, retirado por una tromboembolia pulmonar… por eso sorprenden las declaraciones del entrenador Xavi Pascual: “No puedo permitirme el lujo de llorar”. Igualito que en fútbol o en política, donde todavía no se han inventado los antirretrovirales para el virus FIFA, la “herencia recibida” o la “crisis de los mercados”.

Ignoro si, como se dice, los perros se parecen a sus dueños, pero los buenos equipos siempre se parecen a sus entrenadores. Este Barça es Xavi Pascual. Un tipo de poco brillo y mucho método. Un boxeador que no persigue la mascletá pomposa del K.O., sino castigar el estómago y las costillas. Una y otra vez. Hasta que, pasados los asaltos, el aire ya no sube por las vías respiratorias y, solo entonces, conecta el golpe ganador. Un Guardiola del basket al que el barcelonismo no hace todo el caso que se merece, por cierto. Será que sus vaqueros y sus jerseys molan menos. “Lo más positivo es que la gente de la calle confía en mí”, afirmó ayer en su rueda de prensa. Del club no dijo nada.

Ese es el reto del Madrid, que se presenta  un peldaño de talento y dos de físico por encima del Barça, pero dos escalones más abajo en la cuestión psicológica. Quizás porque lo que todavía no ha logrado el equipo blanco, que ha enamorado por su juego, (pero por ahora sólo ha logrado una Copa del Rey, y conviene que se lo repitan cada día para conjurar el efecto adormecedor de los halagos), es parecerse más a su entrenador: Pablo Laso.

Mickey Rourke contaba que emplea un viejo truco del Actor’s Studio para entrar en sus personajes. Se cuelga una foto gigantesca de ellos, tamaño pared, delante de su cama. Cada vez que se levanta o acuesta, ahí los tiene, de frente, mirándole, con la expresión que mejor caracterice el rol que pretende encarnar. Ahora, en la cama de Rourke, hay un póster tamaño sábana de Gareth Thomas, el excapitán de la selección galesa de rugby, que contó con el apoyo de su entonces esposa para, recién retirado, reconocerle al mundo que siempre fue gay. Su próxima película: The Welshman.

Los jugadores del Madrid, no sé si con o sin póster frente a sus camas, han calcado al Pablo Laso que, de naranja Taugrés, cruzaba la llanura vitoriana en un santiamén a base de contraataques. Un base que Montes habría definido como “aseado”. Elegante, rápido, caballeroso y calmado en la cancha. Les falta algo fundamental: parecerse al Pablo Laso entrenador, capaz de dar dos voces y una hostia en la pizarra, exigente y peleón, afónico y vehemente. Tarea pendiente de ellos y del coach.

Laso no se ha alejado ni un centímetro de su propuesta inicial. Correr, anotar, ritmos altos… pero parece haberse dado cuenta, tras las derrotas en la ACB y Copa del Rey (un naufragio sobre todo mental de algunos jugadores, como reconocía su directivo), de que el equipo está menos armado de lo que pensaba para la batalla psicológica. Y si pierde el duelo  de cabezas, perderá también el físico y, sobre todo, el de talentos. Si se llevan esta Final Four, será gracias a Rudy, Llull o Mirotic. Pero solo porque antes el equipo habrá logrado impregnarse de la determinación de Slaughter, la voluntad de Reyes o la calma de Sergio Rodríguez, que parece haber leído a Rourke sobre boxeo: “En cualquier deporte de combate lo más importante es relajarse y respirar”.

Quizás consciente de ello, Laso ha apretado las tuercas a algunos jugadores en los últimos meses. Para recordarles que el espejito mágico de la prensa no es como el del cuento, que siempre decía la verdad. Puso firme a Mirotic frente al Maccabi. Se enfrentó al desaire de Llull en el reciente partido de ACB contra el Barça. Habló seriamente con Rudy tras una Copa del Rey en que naufragó mentalmente ante el Barça. Ha subido el nivel de exigencia mental y disciplinario para que nadie dé por tomada Omaha Beach cuando aún no ha comenzado el desembarco.

Sobre todo porque, si vencen al Barça, en la final espera previsiblemente otra horma tridimensional de un entrenador: el CSKA de Ettor Messina. El otro día, el entrenador aseguraba a Jot Down: “Podremos jugar bien o no esta Final Four, pero hemos alcanzado un nivel de solidez que me gusta. Los jugadores han entendido el mensaje”. Solidez. Ausencia de fisuras. Resucitar cuando estás jodido y agazapado en la trinchera. Rematar al rival cuanto está contra las cuerdas. Y todo, en la última batalla. Exactamente el póster al que debe parecerse el Madrid.

 


Francisco Polo: “Me preocupa que haya juicios públicos, pero no me siento responsable”

Francisco Polo para Jot Down 1

Será el muñeco “bubble-head” de Obama, o el de Michelle; será la revista de tendencia Monocle, bien planchada encima de la mesa; será la tarta casera de frutas y las cookies; será la vitrina esquinada succionando sol y vida de la Gran Vía; serán las paredes inmaculadas pero la oficina de Change.org parece un mundo aparte. Un mundo perfecto en el que da resquemor pisar con fuerza, hacer un chiste verde o no comer cookies.

Su director, Francisco Polo, se siente “un líder sin complejos”. O sea, un líder con tres botones desabrochados y deportivas blancas; que se define como gay en su bio de twitter; con su periplo estadounidense y sus premios como emprendedor social. Antes de hablar con Jot Down, acaba de atender a una cadena norteamericana que emite “para toda América y Asia”. Su discurso es como su oficina: un mundo perfecto y sin aristas. Pero ahí sí toca pasar sin llamar.

Change es una plataforma desde la que la gente puede lanzar peticiones por los temas más variopìntos: que no se repita el drama del Madrid Arena, que se mantenga abierta la unidad de cardiopatía infantil de un hospital de Las Palmas o “que paren las violaciones en la India”. Acaba de saltar a las portadas por lograr un millón de firmas por la dimisión de la cúpula del PP y de Mariano Rajoy como presidente del Gobierno. Basta incluir nombre, un apellido, un mail y el código postal, y ha hecho más daño que cualquier manifestación en la calle Génova. ¿El click desde el sillón es el nuevo activismo del siglo XXI?

Las cifras son apabullantes.

Ha sido la petición con más crecimiento en menos tiempo en toda la historia de Change a nivel mundial. Nunca habíamos visto una petición pasar de cero a 300.0000 firmas en menos de 12 horas. Ya es la que más firmas tiene en la historia de change.org en España. Pasar el millón no deja de ser un número simbólico, pero significativo. Es mucha presión, que después se traducirá o no en decisiones concretas, pero que haya tanta gente pidiendo la dimisión del presidente del Gobierno y toda la cúpula del Partido Popular por el escándalo que publicó El País sobre los pagos secretos es significativo.

Pero hay que hablar de los controles [hoy, 11 de febrero, la petición para la “dimisión de la cúpula del PP y de a dimisión del presidente del Gobierno” cuenta con 1.121.553 firmas]. Yo quise probar vuestra seguridad. Con el mismo nombre, apellido y código postal, y cambiando sólo el servidor del mail, he firmado por duplicado y no lo habéis detectado.

Tenemos dos tipos de controles. Los automáticos, para ataques de bots o de spam. Desde San Francisco, nuestros técnicos, cuando ven un envío masivo, lo corrigen. Y luego hay un control manual. Cada cierto tiempo revisamos peticiones para ver si alguna sobra. Además, si la dirección es falsa, ese correo rebota y también lo detectamos.

Siento insistir. Yo he firmado dos veces con mi mismo nombre. Y nadie ha anulado al menos una de las firmas.

No podemos evitar que una persona entre una segunda vez con un segundo correo electrónico. O incluso con el mismo correo pero desde una IP diferente. Lo reconozco, del mismo modo que en Facebook no se puede evitar que se creen dos perfiles.

Ya, pero Facebook no sirve para pedir dimisiones de un Gobierno, por ejemplo. Vosotros tenéis una responsabilidad social mucho mayor.

Lo que nos interesa es que la representación general de las firmas sea representativa. Nadie podría hinchar una petición con 10.000 firmas, porque eso sí lo detectaríamos.

Pero una a una, sí. Como sólo pedís nombre, apellido, código postal y mail, basta con saber el correo de alguien para hacerle firmar. Ayer le comenté a un compañero de LaSexta que tenía esta entrevista. Y me dijo: “pregúntales por qué me mandan correos como si hubiera firmado cosas que no he firmado”.

Ahí lo relevante es que hay una adulteración de una petición. Puedes suplantar una identidad, como puedes hacerlo en Twitter o en Facebook. Pero eso no quiere decir que la gente lo haga. Nosotros apenas hemos recibido quejas de los usuarios diciendo “alguien ha firmado por mí”.

Si esos agujeros existen, puede hacerlo quien quiera y cuantas veces quiera. Y al no detectarlo, ni siquiera vosotros sabéis cómo de grande es el agujero.

Tú me estás proponiendo que tengamos sistemas de detección automática. Nosotros, por una cuestión de equilibrio entre la usabilidad del sitio y la fiabilidad de las firmas, hemos decidido optar por este sistema, que nosotros creemos que es más sofisticado y hace la plataforma más usable. La mayor parte de la gente solo viene a firmar, sin intenciones aviesas.

Pero si la usabilidad permite que alguien firme por mi compañero poniendo su mail, algo falla.

Entonces esa persona debe ir a nuestro panel de ayuda y decir que no ha firmado.

Francisco Polo para Jot Down p

¿La responsabilidad de detectar el fraude no debería recaer en vosotros? Ni siquiera pedís un click en el mail para validar vuestra petición. ¿Cómo decir públicamente que hay 800.000 o 900.000 firmas que piden algo si no podéis asegurar que realmente existen?

El 99% que firma en change.org lo hace para provocar cambios sociales y dan su identidad.

¿Y cómo sabes que es el 99% y no el 83%? ¿O el 42%? Si no comprobáis que sean firmas reales…

Porque no recibimos quejas de personas diciendo que las han suplantado. Y cuando eso ocurre, inmediatamente ayudamos a quitar esa firma. Mucha gente tiene la costumbre de no desloguearse de un sitio, luego en ese ordenador entra su pareja, va a firmar algo y no siempre la suplantación es con mala intención. Y si hay suplantación, la responsabilidad es del usuario. Eso puede ser hasta un delito y es responsabilidad del que lo hace.

Bastaría con pedir un DNI.

Entiendo que la gente quiera mayores precauciones. Pero nosotros hemos decidido tener un control suave y funciona. La gente firma con un solo correo electrónico de forma honesta. No somos un proceso legislativo y no pedimos el DNI. No aspiramos a ser una plataforma que proponga iniciativas populares, somos una plataforma de movilización donde la gente firma con su correo electrónico. Ya existen plataformas de peticiones con DNI. ¿Cuánta gente firma? ¿Qué cambios consiguen?

La cuestión es si todo vale para conseguir cambios. ¿No te parece anacrónico que una empresa que critica la falta de controles en los procesos democráticos peque de lo mismo?

Nosotros no tenemos agenda en ese sentido ni pedimos nada concreto. Nuestra plataforma está abierta para todos. No decidimos las peticiones.

En el momento en que asumís las “campañas de comunicación” de algunas peticiones, y luego hablaremos de ello, no podéis decir que no tenéis relación con las peticiones. No os mantenéis al margen.

Nosotros intentamos tener una plataforma que refleje de la mejor manera posible una petición de cambio. Y sí, una misma persona puede firmar con un segundo correo esa petición. No lo puedo negar. Pero lo que no quiero es que la gente crea que las peticiones están desvirtuadas. Es nuestra preocupación que no nos utilicen.

Visto desde otro punto de vista, ¿no le da miedo convertirse en juez de un tema que no ha sido juzgado? No se sabe si hay culpables o no, solo indicios. Tanto en el tema del PP como en muchos otros.

Por supuesto. Pero no es change.org quien pide esa dimisión, sino una persona concreta.

Bueno, pero en el momento en que aportas la estructura, la publicitas y te haces eco de su crecimiento, te haces en cierto modo responsable del contenido de la petición.

Yo creo que esa gente no pide que Rajoy dimita, sino que sea responsable y consecuente.

La petición dice “dimisión inmediata del presidente del Gobierno”. No deja lugar a muchas dudas.

Yo no me considero juez de ese juicio, pero sí, me preocupa que haya juicios públicos y que se ponga en duda la presunción de inocencia de la gente.

¿Entonces?

Como digo, me preocupa que haya juicios públicos, pero no me siento responsable. No soy paternalista, es la gente la que tiene que decidir qué peticiones tienen que tener eco mediático y qué consecuencias. Yo no me hago cargo.

¿No crees que este tipo de “cibermovilización”, donde basta con poner tu nombre y tu mail, suponiendo que sean ciertos, es una especie de sedante social?

No. Una persona que se moviliza a través de Internet no deja de hacerlo en la calle. Frente a los que nos llaman “activismo de salón”, la universidad de Washington sacó un estudio a finales de 2011 sobre comportamiento de gente que firmaba peticiones online. Es gente dos veces más influyente que una persona normal, con más capacidad de transformar su entorno y más implicada en otro tipo de participación, en sus barrios, en organizaciones. Al contrario, todo esto es algo que utiliza la gente más movilizada. Y para mucha gente es la única forma que tienen de participar. Uno que está con su hijo, su trabajo, tiene sólo un ratito y firma.

Change significar cambiar. ¿Cambiar el qué?

Nosotros, a diferencia de otras organizaciones clásicas, como Greenpeace o Amnistía Internacional, no tenemos una visión concreta de qué queremos cambiar. Para nosotros, el valor supremo es el empoderamiento. Dar a la gente una herramienta que les ofrezca poder para cambiar las cosas. Y que, con esas acciones, acaben mejorando el mundo, con cambios a nivel local o global.

Como un intermediario de la indignación.

Una herramienta para que la gente pueda provocar cambios. Somos la mayor plataforma de peticiones online del mundo con más de 25 millones de usuarios en todo el mundo, de los cuales tres están en España. Se crean más de 10.000 peticiones nuevas cada mes en todo el mundo (1.000 en España). Y, lo más interesante, la gente siempre se pregunta si esto sirve para algo. Sí, sirve para algo. En el mundo cada día vemos cambios concretos, historias de todo tipo, peticiones relacionadas con animales, con derechos de las personas LGTB [Lesbianas, gays, transexuales y bisexuales], con la política…

Y todo, con una firma.

No solamente es una firma.

¿Qué más hay?

En primer lugar, el hecho de que haya una persona que decida dar un paso adelante para cambiar una realidad a través de change.org. Luego, el resto de personas no es solo que firmen, es que apoyan la petición. Y, después, necesitas que los medios de comunicación locales, nacionales o estatales se hagan eco de esta petición para aumentar la presión. Hay quien contrapone lo online y lo offline, y no hay ninguna contraposición.

Francisco Polo para Jot Down 3

Vosotros no trabajáis directamente en la realidad.

Sí que lo hacemos. Somos una plataforma online, donde empiezan las peticiones. Después, el creador, sí está inmerso en esa realidad.

Pero ese creador no sois vosotros.

Nosotros no tenemos una agenda, con lo cual el equipo de campañas no crea nuevas peticiones. Pero cuando de repente vemos que una petición está cogiendo mucha fuerza, o va a beneficiar no solamente al que lo pide sino a una comunidad mayor, nuestro equipo de campañas se pone en contacto con el creador de la petición. Y ponemos a su servicio a la mejor gente de campañas de España. Les orientamos acerca de la propia petición y solemos trabajar con él y asesorarlo.

O sea, que sois una especie de estructura itinerante comunicativa para todas aquellas personas que quieren luchar por algo pero no saben cómo.

Exactamente, somos una estructura líquida y cada semana vamos trabajando con diferentes creadores de peticiones para ayudarles. Nuestro departamento de comunicación dedica un 5% de su tiempo a promover la marca change.org y, el resto de tiempo, trabajan con los creadores de peticiones para ver qué nota de prensa pueden sacar, en qué medios tendrá más difusión su petición…. Utilizamos todos los resortes que sabemos que funcionan.

¿Cómo hacéis para decidir qué petición requiere vuestra atención? Porque hay un fenómeno que es peligroso: luchar por todo, por todos y en todo momento.

Nosotros creemos que todo el mundo debe tener la capacidad de luchar por el tema que quiera en cualquier momento. No es que yo luche por todo, sino que cada uno luche por aquello en lo que cree. Nadie mejor que la gente que está en diferentes sitios para conocer las raíces de los grandes problemas. Por ejemplo, en Estados Unidos no existe el matrimonio entre personas del mismo sexo. Y Change está permitiendo miles de victorias en este campo. El último gran éxito es que los Boy Scouts permitan que sean sus agrupaciones locales quienes decidan si admiten gays. Lo que hemos hecho es dar a la gente la posibilidad de utilizar esas herramientas que estaban limitadas sólo a unas pocas organizaciones.

Una especie de “ponga un Greenpeace en su vida”.

Más o menos. Nosotros decimos: conviértete en Greenpeace. Te vamos a dar a ti, persona que crees que no puedes cambiar las cosas, todas las herramientas que tiene Greenpeace para cambiar a realidad. La comunicación es muy importante en el cambio social.

Hay una palabra que me parece clave para entender los problemas de España hoy: la transparencia. Del Gobierno, de los bancos, de las comunidades autónomas, de la Fundación Ideas, de Bárcenas, del dopaje, de la Corona… parece como si en España las instituciones hubieran llevado una vida paralela sin control.

En cierto modo ha pasado eso. El 15M logró un despertar de la ciudadanía. Introducir en la mente de la gente una idea: la política no está respondiendo a nuestras necesidades, el sistema económico no está funcionando al servicio de las personas, sino que estas le servían a él, y, en tercer lugar, en lo social no somos un país tan justo y con un reparto equitativo de la riqueza. Ahora, gracias a Internet, la gente tiene herramientas para pedir cambios. Lo que falta son las herramientas democráticas para conseguirlos. El sistema democrático español no tiene vías suficientes para que los ciudadanos hagan escuchar su voz y entonces se están utilizando herramientas alternativas, como change.org.

¿Puede cambiar algo la ley de transparencia?

Es básica. España es el único país de la Unión Europea con más de un millón de habitantes que todavía no tiene una ley de Transparencia. Se está tramitando en el Congreso y, de forma totalmente alucinante, los partidos políticos, las fundaciones, los sindicatos y la Corona no estarán englobados por esa Ley de Transparencia. En Change.org ya hay una plataforma que pide exactamente lo contrario. ¿Cómo puedes votar si no tienes información? Cuando tú sabes lo que está pasando, podrás saber si la imagen que te vende un partido es real. Entonces podrás tomar decisiones informado.

¿Qué información le falta al ciudadano?

Yo quiero saber, por ejemplo, cuánto cobra todo el mundo en los partidos políticos. Pero voy más allá, como en los países nórdicos. Estoy a favor de una ley para que todo el mundo sepa cuánto cobra todo el mundo en este país.

Tiene que haber límites de privacidad. Yo no tengo por qué decir cuánto me pagan por hacer esta entrevista.

Si no hay nada que ocultar, ¿dónde está el inconveniente? Eso existe en los países nórdicos y acaba con la corrupción porque todo es transparente. Todo el mundo sabe quién ha ingresado qué, y de quién.

Vale. ¿Qué beneficios tuvo Change el año pasado?

No te lo puedo decir. No hablamos de nuestros beneficios.

¿?

Es una política de la empresa.

¿Y la transparencia?

Si tuviera sede en España, se podría saber. Pero al estar en Estados Unidos, no tiene por qué publicarse. Es una cuestión de competencia. Somos una empresa. Para que te hagas una idea, tenemos unas 150 personas trabajando para la organización en todo el mundo, en más de 18 países. Eso sí, somos una empresa social. Todo lo que ganamos lo reinvertimos. No trabajamos para ganar dinero, sino para contribuir a una misión social. A principios de 2012 sólo estábamos en Estados Unidos, el Reino Unido, España, en la India y en Australia. Como fue un año muy bueno, se reinvirtió en la expansión y ahora estamos en 18 países, en varios idiomas y ayudamos a la gente en cada uno de esos países a hacer sus peticiones.

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Ya que no podemos saber la cifra, ¿cómo gana dinero change.org?

Somos una plataforma como Youtube o Twitter. Tú puedes colgar peticiones gratuitamente, pero si eres una ONG igual quieres promocionar un vídeo o una petición. Si nos contratan, pueden promocionar su petición. Y les damos un servicio muy concreto y de mucho valor para ellos, ayudarles a conectar con la persona que firma una petición. Cuando se ve una petición que aparece como patrocinada, se ofrece la posibilidad al internauta de que la ONG se ponga en contacto con ellos. Además de la visibilidad y el número de firmas de su petición, puedes conectar con un posible voluntario o un posible donante.

Y tal cómo está la situación de las ONG, ¿os da para ganar dinero?

Lo que hacemos es mejorar los servicios que hacen otras empresas. La gente ve a todos esos chicos que están por la calle con carpetas. Generalmente son empresas que ofrecen servicios de captación de socios y son muy caras. Nuestro servicio es mucho más barato y eficiente.

Da la sensación de que en otros países, con un 25% de paro y las instituciones del país desangrándose por su corrupción interna, las protestas serían mucho mayores en nuestra situación. Hay menos tejido asociativo que en otros países… ¿La sociedad española está dormida?

No. Yo creo lo contrario. Cada vez más gente se da cuenta de que tiene que participar en la vida pública y asociativa. La diferencia con otros países es que nuestra democracia es mucho más joven y la gente no está acostumbrada a ejercer el poder que tiene y no existen las herramientas para ejercerlo. En España no hay todavía una cultura de organización de la ciudadanía. Hay gente que quiere cambiar cosas y no sabe cómo hacerlo. Pero yo mismo he visto la progresión de la ciudadanía. Cuando creé Actuable, la gente apenas sabía hacer las peticiones. Ahora sí.

¿Y los políticos? Porque parecen haberse quedado todavía más atrás.

Totalmente. Hace falta una reforma del sistema electoral de nuestro país que haga que los partidos y los políticos sean más responsables. Hacen falta listas listas abiertas y circunscripciones pequeñas donde el político responda ante sus ciudadanos. En España no hay política fuera de los partidos.

Da la sensación de que los líderes de España no están preparados para el mundo de hoy. Viven en una política antigua, mandan balones fuera, no entienden que hay que dar respuestas rápidas y transparentes. ¿Hay un problema de liderazgo?

En España hay muy malos ejemplos de liderazgo. El único líder que se entiende es un dictador, alguien que oprime y dice lo que tienes que hacer. Yo entiendo que un líder es una persona que trabaja al servicio de la gente de diferentes maneras. Cuando toca liderar y ponerte delante de la gente para empujar, porque tienes más energía, porque tienes una visión que sabes a dónde quieres llegar o porque sabes sacar lo mejor de un grupo.

Con lo cual tú te sientes un líder.

Sin ningún tipo de complejo. Lo que creo es que en España la gente no debería tener miedo a liderar. No tenemos ejemplos positivos de liderazgo. Los gobernantes no tienen dónde mirarse. Y lo más grave de todo eso es que como el sistema político es tan cerrado y está tan denostado, que es en parte también responsabilidad de los ciudadanos, los mejores de nuestra sociedad jamás deciden dedicarse a la política.

Te defines como emprendedor social. A mucha gente en la izquierda le cuesta juntar empresario y social en la misma frase. Hay una especie de alergia a la idea de lo privado y del beneficio.

Uno de los grandes dramas de la izquierda y la derecha es que son fundamentalistas. Yo me planteo qué es lo que va a cumplir la mejor función. Yo intenté crear una ONG y no funcionó porque el trabajo voluntario no era suficiente. Me di cuenta de que debíamos hacerlo como empresa. Yo podía ofrecer un servicio muy bueno y generar beneficios.

En la biografía de tu blog mencionas que trabajaste en política y con partidos pero no dices en cuál.

Trabajé en una consultora para grandes partidos políticos y eso me permitió ver la política desde fuera. Luego estuve en la carrera diplomática y me atraía mucho el proyecto del partido socialista. Soy gay y el matrimonio igualitario me pareció un avance capital y me tocó. Llamé a Elena Valenciano y pedí trabajar en el PSOE. Entonces me llamó para incorporarme al equipo. Estuve casi un año en la secretaría de política internacional. Luego me propusieron dirigir la campaña online de 2009. Para un chico de 28 años era mucha responsabilidad, pero quería asumirla. Me succionaron hacia arriba sin preguntarme y ahí pude ver cómo funcionaba el partido. Estuve en la secretaría de organización, el gobierno dentro del partido. En ese momento el partido empezó a cambiar, traicionando un proyecto que era muy bonito. Me di cuenta por la ley Sinde. Esa ley se conoció dentro del partido el día en que sale en el BOE y era un recorte de libertades que me daba vergüenza. Muchos de los que no estaban de acuerdo o no tenían mi vocación de independencia, cambiaron su postura. Pero yo no. Me marché en noviembre de 2010. Fue enriquecedor.

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Dontaye Draper: “Con seis años había visto todo tipo de pistolas y drogas”

“Puedes salir de Baltimore pero Baltimore no saldrá nunca de ti”. El dorso de sus muñecas habla un idioma parecido: en la derecha, un trazo grueso de tinta incrusta “B-More” bajo la dermis; en la izquierda, tres dígitos: 410. Un prefijo telefónico, ya imaginarán de qué ciudad de la costa atlántica de los Estados Unidos. Un gorro negro de lana Dolce & Gabbana calado hasta las cejas y, dentro, un rostro aniñado, Dontaye “baby faceDraper, base del Real Madrid, un tipo que es al baloncesto lo que los trabajadores del puerto a su añorado Baltimore: jornal, honestidad, dolor de riñones y, según qué días, algo de buena mano apilando containers.

En Baltimore, alguien amontonó unos mamotretos de viviendas sociales en unos descampados del oeste de la ciudad. Eran los Lexington Terrace Projects. Colmenas de apartamentuchos separadas del centro por un cordón sanitario de autopistas. Algún despacho municipal lo llamaría proyecto de desarrollo urbano. Habrían bastado cinco letras: gueto. Allí nació Dontaye Dominic Draper hace 28 años. En el decorado real de la primera temporada de The Wire.

—En Europa, nadie ponía Baltimore en un mapa hasta que lo hizo The Wire, lo reconozco.

No te preocupes, tío, en Estados Unidos tampoco.

—¿Te molesta?

¿Por qué debería molestarme? The Wire cuenta la verdad.

—¿No exagera ni un poco?

—Es una serie. Claro que exageran una pizca. Esa es la cuestión: “solo una pizca”. En verano siempre jugábamos en la calle al fútbol americano. Cada noche había disparos. Y repito: c-a-d-a n-o-c-h-e. Entrábamos corriendo en casa. Esperábamos a que acabara el tiroteo. Salíamos y volvíamos a pasarnos la pelota. Hoy entiendo que es una locura tener que escapar con siete años de un drive-by [tiroteo en movimiento desde un coche], pero así es West Baltimore. Entonces tampoco nos preocupaba mucho. Era lo normal.

Su look de boy in the hood contrasta con una amabilidad casi embarazosa, un hablar pausado, un acento exquisito. Harvard y West Baltimore se cruzan en un punto llamado Dontaye Draper. O “Di”, como lo llama todo el mundo en el Real Madrid, donde se ha hecho un hueco como escudero de Llull y Sergio Rodríguez. Sabe que ellos son las estrellas y él, mecánico de urgencia cuando se te queda tirado el coche en un pabellón turco. Un base para misiones especiales.

Antes de la entrevista, dudaba de si Draper, al que todos definen como tímido, le apetecería hablar de una serie de televisión que podría ni siquiera haber visto. Al contrario, además de verla, la ha vivido. Y no hay quien le frene hablando de aquellas calles.

“The Wire es una serie hecha por gente de Baltimore. Todos los personajes están inspirados en tipos reales de allí. El verdadero Avon Barksdale [capo de la droga en West Baltimore en las tres primeras temporadas de la serie] se llamaba Nathan Barksdale y lo apodaban Bodie. Mi madre lo conoció en persona. Luego acabó en la cárcel”.

Dontaye nació en una casa con sus abuelos, sus tías y su madre, empleada postal, a la que no veía mucho por la cantidad de horas de trabajo que hacía para alimentar al resto. Lo educó su abuela. Pero al final, explica Draper, no hay determinismo posible, ni siquiera en las calles de Baltimore. Siempre queda el resquicio de tu voluntad.

“Mira, robar robábamos todos. Joder, éramos de los Projects. Llegábamos a una tienda y cogíamos bebidas o cromos de fútbol americano. Un día, alguien propuso robar algo más grande, equipos de sonido y tal. Ese día dije: yo me bajo. Si tienes personalidad, puedes. Pero hay que hacerlo pronto”.

Dos de sus íntimos amigos se saltaron la parada y hoy cumplen cadena perpetua por asesinato. Otros cinco están encerrados por delitos relacionados con las drogas.

“Con seis años, había visto toda clase de pistolas y todos los tipos de drogas que existen. Eso en West Baltimore es una infancia normal. Convives con ello. En la esquina de mi casa, como todas las esquinas, se vendía droga. La casa junto a la mía era un almacén de los camellos. Y así todo”.

—The Wire lanza un mensaje a favor la legalización de las drogas. ¿Qué opinas?

Ooooh no. No way. Jamás. No sabes lo que estás diciendo. Eso no es bueno, tío. Todos quieren dinero. Yo también quería. Pero supe que para ello tenía que trabajar duro y el baloncesto podía dármelo.

—Hablando de baloncesto, la polémica entre el este y el oeste de Baltimore, también muy centrada en este deporte, ¿es real?

Ooooooh claro. Todo allí es este contra oeste. Todo. Es incluso difícil de explicar para los que son de fuera. Mira, yo no tengo ni un solo familiar de Baltimore este. Ni uno [se sacude las manos, con las palmas, como diciendo “estoy limpio”].

Hace unos años, los de los barrios del este de Baltimore tenían más fácil sacar pecho:

“De pequeño, siempre se mofaban de nosotros porque todos los jugadores en la NBA eran de East Baltimore: Sam Cassell, Reggie Williams, Reggie Lewis, Tyrone Bogues o, ahora, Rudy Gay. Pero nos hemos vengado: todo Baltimore es hincha de los Knicks por Melo Anthony [Baltimore es la ciudad de Estados Unidos con más jugadores NBA sin tener equipo profesional].

Carmelo Anthony es el mejor amigo de Dontaye Draper y también uno de los cuatro mejores jugadores de la NBA: un poker que se juega con Kobe Bryant, Lebron James y Kevin Durant. Melo es el más en forma está de los cuatro. El primer jugador que hace ganar así a los Knicks desde Pat Ewing. Nació en Brooklyn, pero con ocho años se mudó a los Housing Projects de Baltimore y, nada más pisarlo, conoció a Draper jugando al fútbol americano. Vivían a unas manzanas de distancia. Desde entonces son inseparables. Cada verano se juntan en Baltimore con Rudy Gay [“es del Este, ok, pero de la periferia, así que le dejamos”] y Chris Paul a echar unas canastas y realizar obras benéficas.

En una de esas visitas, Melo fue grabado con unos colegas en los bajos de unas torres conocidas por ser un avispero de narcotraficantes. Terminó en un vídeoclip titulado Stop snitching (Basta de chivatos), producido por los narcotraficantes, y que circuló por las calles de B-More como aviso a navegantes. Fue en 2004.

“Cuando Melo va a Baltimore no es el jugador de la NBA, camina por West Baltimore como uno más. Con sus colegas. Se la jugaron. Pero ese día entendió que cuando eres estrella de la NBA no eres nunca uno más”.

El alero de los Knicks aprendió la lección, pero en las intersecciones de West Baltimore, cada señal de stop suele ir acompañada de un graffiti que completa el eslogan para que los don nadie no olviden la suya.

Melo y Di siguen siendo declarados fans de los Baltimore Ravens de fútbol americano. “Mira, esto es Estados Unidos. Primero se habla de fútbol. Luego, de fútbol. Y luego, quizá, de algún otro deporte”, dice Draper que, de pequeño, soñaba junto a Melo con jugar en la NFL, no en la NBA. Ahora se está haciendo a nuestro fútbol: “Empiezo a entenderlo y ya llevo tres partidos en el Bernabéu. Es menos aburrido que el baseball”.

Con el corazón en Baltimore, Di es un veterano de la emigración. Jugó en Australia, Italia, Francia, Bélgica, Croacia y ahora España. Tras intentar hacerse un hueco en la NBA con los Nuggets y obtener un pequeño contrato de un mes, acabó en los Sidney Kings, una liga donde ya jugaban David Barlow (UCAM Murcia) y Nathan Jawai (FC Barcelona). El problema llegó con el salto a Europa. Draper podría escribir un libro de viajes delineando la sociología europea, al modo de las antiguas expediciones periodísticas. Su primer destino: Nápoles.

“No había pisado Europa. Aterricé allí y dije ‘maaaaaaaaaaaaaan…. [hace una pausa, la de quien estuvo en el infierno y volvió para contarlo]… maaaaaaaaaaan, esto es peor que Baltimore’”.

El primer sueldo no llegó. Las victorias sí, en pretemporada, de la mano de las promesas incumplidas. Un día apareció el presidente para decirles que por problemas de dinero no jugarían la ProA.

“No se podía empezar peor en Europa. Hablé con mis agentes y enseguida me buscaron otro equipo. El Toulon, en Francia. Buen clima, playa… En mi primer entrenamiento, cojo un balón y hago un tiro. Mi entrenador, Alain Weisz, me suelta: ‘¿Por qué tiras sin mi permiso? Fuera’. Y me expulsa. Joder, ¡un tiro en un entrenamiento! Yo soy un tío tranquilo, obediente. Me había equivocado: la vida podía ser mucho peor que en Nápoles”.

Draper entendió la diferencia entre anarquía y cartesianismo en un par de clases prácticas. B-More siempre fue más de lo primero que de lo segundo.

“Fue mi peor periodo. Estaba triste cada día, hundido. El entrenador apenas me dejaba jugar. Hasta que se lesionó el otro base. Entonces no tuvo más elección que dejar de tocarme los huevos. Empecé a hacer partidos de 25 puntos, ganábamos en Eurochallenge. Pero no estaba bien. Pactamos mi salida, pero cuando vio que seguíamos ganando se negó a traspasarme. Al final, lo conseguí. Rumbo a Ostende. Los belgas están cerca, pero son muy diferentes”.

En Ostende encontró algo de calma, gente menos psicorrígida que en Francia, un club pequeño pero profesional, mucho protagonismo y de la mano, previo paso de nuevo por Italia, pero ya cobrando un sueldo, nuevo destino: Croacia.

“Adoro ese país. Todos hablan inglés. Y si les das motivos para estar orgullosos de ti, responden. En mi primer partido en la cancha del Cedevita había 15 espectadores. Los conté. Allí todo era Cibona y Zadar. Al poco tiempo ya habíamos llenado el Drazen Petrovic Arena. Eso sí, sobre el tema de la guerra no hablamos mucho. Se veía que era mejor leer algo que preguntarles a ellos”.

Cosas que se aprenden de pequeño en Baltimore: mejor no hacer demasiadas preguntas.

En España, le han dicho que hay crisis. Él no termina de percibirla. “Yo miro a mi alrededor”, dice en la cafetería de un gimnasio de Pozuelo, el pueblo con la renta per cápita más alta de España, “y no veo esa crisis. Por la calle, en la ciudad, tampoco. Las casas están bien. No voy a compararlo con Baltimore, tío, pero yo sé lo que es la pobreza y la pobreza se ve”.

Cada vez que viaja a Estados Unidos vuelve a Baltimore. Su madre, sus tías, todas siguen viviendo allí. “Les he comprado una casa en otro barrio, en el extrarradio, más tranquilo, pero siempre en West Baltimore, ¿eh?” Nada del este, persiste, como un Borbón ofendido exhibe su pedigrí. En verano colabora en alguna actividad benéfica de la fundación de Melo Anthony y luego, a la hora de cenar, se sientan todos a la mesa. “Solemos ser unos siete en la mesa. Y tantas veces hemos hablado de aquellos años en los Projects, de lo que vimos y lo que vivimos y…. ” … y baby face Draper lanza un suspiro, se cala su gorro y pone rumbo a la puerta, a seguir su aventura en el único equipo de Europa en el que al baloncesto se juega como en un playground de Baltimore.

Fotografía: Guadalupe de la Vallina


Javier Gómez: Monica, sin tilde, o lo que queda de la política

Entre las grandes ideologías y una camarera de provincias, tengo claro con quién me quedo como líder político. Mide lo justo para despuntar tras la barra del bar Gio, con su pañuelo y su jersey a juego. Tiene el pelo corto y marcado, modelo Playmobil, de esos que llaman modernos en las peluquerías de provincias. Y se tropezó con la crisis en los posos del café, mucho antes que cualquier economista. Pero lo importante de mi nueva héroe política es que los tiene cuadrados.

La mayoría dejaréis de leer aquí. Porque Monica Pavesi, sin tilde, podría ser de Cáceres o de Huelva, pero no, es “barista’”en Cremona, en el Nebraska lombardo, como dice Severgnini. Y su gran heroísmo fue dar la vuelta a la barra y desenchufar las máquinas tragaperras de su local, como quien apaga el árbol de Navidad, que ya es 10 de enero: “No soportaba ver a personas que se arruinaban de ese modo. Italianos y extranjeros. Más mujeres que hombres, enganchadas al videopoker gastando lo poco que les queda”. Sus dos máquinas ingresaban 50.000 euros al mes, de los que ella recibía 3.000, la diferencia entre cerrar o no el mes en rojo. Ha preferido perder dinero, una rareza que el Vaticano podría certificar como milagro en la Italia post berlusconiana y ha encontrado hueco en todos los diarios, lo que dice mucho sobre lo sobrados que vamos de referentes.

Italia se ha quedado sin líderes políticos. Y sus dos últimos líderes morales, Falcone y Borsellino, saltaron por los aires por demostrarle a la gente que la mafia existía y que no estaba muy lejos de las urnas y los bancos. España también se ha quedado sin líderes políticos. Y no me pongan en el brete de recordar si alguna vez hubo líderes morales.

Sí recuerdo un fulano que quería ser Marx. Caminábamos por el barrio madrileño de Aluche con 18 y, manos en los bolsillos, se me escapó un cinismo, mira tú qué extraño. Me respondió con arruga de líder en la frente: “Yo he venido aquí para hacer la revolución social, con o sin ti”. Perdió el metro de su heroísmo. Me lo encontré, diez años después, metido a político de pasillo, mendigando a sus colegas de los periódicos derechones que le pusiéramos una flecha para abajo en la sección de Opinión “para crecer en el partido”.

Con las tragaperras, el Estado italiano se embolsa 12.500 millones de euros. El juego legal es la tercera industria italiana. Una más de tantas plagas sociales que hemos aceptado para que alguien se lo lleve crudo, llámese Eurovegas, el tabaco, las preferentes, las comisiones bancarias, el tarifazo eléctrico o los precios medios más altos de la UE en tarifas planas.

Que no se me exalten los liberales, que no pido yo volver a la Ley seca, ni prohibir lo no prohibido, dándole la vuelta al calcetín del 68. Me da exactamente igual. Que saquen ellos el libreto de la ideología, a ver qué les dice. Que mi antiguo colega desenfunde el suyo, con su pegata del Ché, y recite sus salmos. Igual quedan dos cajones libres en Hyde Park, que todavía es pronto. Yo paso. Se me han quedado los bolsillos vacíos de discursos.

A mí lo que me alucina es que, en este mundo de cabrones, todavía quede gente como Monica, sin tilde, que se niega a que la vida se le vaya por la ranura del euro a los viejos de su pueblo mientras ella va secando vasos.