Librerías con encanto: Antígona (Zaragoza)

Antígona no es, aun cuando pudiera parecerlo al ver todo el todo que contiene, una librería de viejo. La Antígona de Julia y Pepe es un espacio por donde campan  miles de ejemplares, estanterías repletas de libros que apenas dejan  ver —de tanto como tienen— la magnífica colección de cedés de música —“empezamos a tenerlos un poco de manera egoísta, porque nos gustaba mucho a nosotros”, nos dicen—  a la que han querido reservar un espacio propio, igual que a películas como la rara  Le planète sauvage  y otras.

Pepe recuerda sus inicios. Era cliente habitual de la ya desaparecida librería Múriel cuando uno de los chavales que trabajaban allí tuvo que marcharse, tal vez a hacer la mili, “ya no me acuerdo”. Le propusieron, “de un día para otro, yo era buen cliente, sabían lo que me gustaba”, sustituirle, y no se lo pensó dos veces: “había acabado hacía nada Literatura aquí en la Facultad y el que había montado la librería sabía que yo no quería dedicarme a la enseñanza, no me iba a poner a hacer oposiciones, no me gustaba nada”. Se hizo en seguida con la dinámica y acabó siendo socio en unos meses. “Era el único partícipe que vivía de la librería. Tenía mi sueldo y me descontaba una parte y la ponía… También es cierto que a mí lo que de verdad me interesaba eran los libros, y allí tenía de todo”.

Julia vino a Zaragoza desde Úbeda, tan andaluza ella, a casa de unos familiares para estudiar filología francesa. Se encontraron −no podía ser de otro modo− en la librería: “me la presentó una prima suya, que era amiga mía, compañera de la Facultad”. Se acuerdan ambos perfectamente de aquella conversación; nos la cuentan por separado (y nosotros vamos a contarla como si se pisaran el uno al otro, a ver cómo queda): “me pidió las Cartas Abisinias de Rimbaud, tan maja, con aquellos 18 años recién cumplidos, un melenón negro, guapísima… —se le llena la boca a Pepe cuando dice esto—. “Y él me dijo que no, tú tienes que leer a Sade, a Bataille, a Cioran….” “Y, claro, yo ya me quedé loco, una niña como era, ya pidiendo un libro así. Nos pusimos a hablar de Rimbaud y yo me quedé ya fascinado… Y a partir de entonces, bueno… Julia venía casi todos los días a buscarme”. “Fue para mí un aprendizaje, me enseñó muchísimo. Me quedé un poco… bueno, aparte de que tenía una personalidad muy divertida, y la sigue teniendo, me conquistó por los libros, por su pasión por los libros (…) Él de pequeño vivía en París. Cuando volvió a Zaragoza no entendía bien a sus compañeros, era muy retraído, y eso le llevó a la lectura, creo. Cuando yo le conocí él tenía 25 y ya se lo había leído todo. Era un estudioso del tema, de cualquier tema…” Al contar todo aquello aparece ese sincero y limpio brillo de los ojos de quien ha encontrado a quien amar y lo sabe y lo disfruta y aprecia y cuida y mima. “Es un melómano empedernido, además. Y no toca un ordenador. El otro día leíamos lo que contabas sobre Hydria  y él es que es igual, tiene todo el fondo radiografiado en su cabeza. No tenemos página web, ni una base de datos en ningún sitio, salvo en su cabeza”.

Fue cuando cerró la vieja Múriel —en la que acabaron trabajando ambos— cuando por fin se deciden y abren la suya propia. Vio Julia el local que ocupan aún hoy y dio una señal de inmediato. “Estaba totalmente en bruto, no había nada”. Construyeron Antígona, literalmente, con sus propias manos, ayudados por el padre de Pepe, albañil jubilado, mano a mano. Inauguraron un 11 de Junio, un sábado de hará ya 25 años el que viene. Como se habían quedado “sin un duro” lo que hizo Pepe fue llevarse 500 libros de su casa y ponerlos en las flamantes estanterías, en lugar de de canto, con la portada al frente, para ocupar más espacio; que no se viera tan desangelado como estaba el local. “Pero en seguida se nos quedó pequeño, Julia empezó a dedicarse al infantil y juvenil…” Y los libros invadieron la trastienda al cabo de poco tiempo: “ya ves cómo está ahora, todo atestado de libros. Es La Antilibrería, lo contrario de lo que se lleva ahora en plan todo colocadito y bien expuesto en estantes monísimos… Mi sueño era tener una librería de fondo. Y se ha creado, claro. Al cabo de los años, si te preocupas, si lo cuidas, acabas teniendo un buen fondo”.

Lo de llamarse Antígona se le ocurriría probablemente a Pepe, “a mí siempre me ha gustado mucho la mitología griega y en concreto Antígona, como es un personaje con ese carácter, ese valor. Y Julia tiene esa energía, es tan poderosa y tan inconsciente. Fue su fuerza lo que hizo esto posible. Yo soy más cauto, más sensato; menos poderoso, por tanto”.

Lo diferentes que son les enriquece, sin duda. Ella es más expansiva, más de organizar cosas, ir a ferias, conocer de puertas afuera; él, por el contrario, prefiere atraer a la librería, recoger a la gente, hablar allí con ellos, de puertas adentro. Así, Julia se ha embarcado recientemente, por ejemplo, en un proyecto “una minieditorial, un miniproyecto de ediciones Sin Pretensiones, con gente de aquí, Daniel Nesquens, Elisa Arguilé, Ana  Lóbez, Alberto Gamón…”

Es, cuanto menos, curiosa la forma en que están ordenados los libros. “En la librería no hay ni un solo cartel que indique la sección de que se trata. Aparte de que tenemos clientes que se saben la librería de memoria —Julia señala a una de las personas que hay por allí curioseando entre los libros, sin que nadie le importune o se le vaya a ocurrir hacerlo—, sí que es también verdad que nuestras secciones están muy interrelacionadas. Por ejemplo, Roland Barthes está aquí, pero también podría estar en semiótica…“ El caso es que cuando empezaron a caerse algunos rótulos lo dejaron estar, y es así como la librería Antígona se presenta como un amplio territorio concebido para explorar y encontrar dependerá qué de según quién lo esté buscando. “La sección de poesía es una de las más completas de España”. Pero no lleva rótulo. Para qué.

Cuando empezamos a hablar de libros Julia se confiesa: “yo estoy enamorada de Fernando del Paso, así como Pepe lo está de José Lezama Lima”, el autor de Paradiso, “es hiperbarroco, caribe total… con la primera página te salen sarpullidos; cuenta su nacimento y te entra un calor… Es alucinante”. Entonces es cuando  se nota que hemos por fin entrado en materia y Pepe se embala: “Este verano me leí, y ahora es que ya no lo tengo, se ha vendido todo, lo he recomendado muchísimo, La liebre con ojos de ámbar. El autor es un ceramista inglés, nacido en el 62, 63… y sólo tiene este libro, una historia más o menos personal: se va a Japón a estudiar japonés y a aprender sobre arte y cerámica japonesa; allí se encuentra con un tio suyo que tiene una colección de netsuke. La trama gira en torno al origen de esa colección, cuenta la historia de su familia a través de esa colección. Es una delicia. Se lee como ensayo, como novela, como historia de Europa… Y el tío, ya digo, es ceramista, se gana la vida así, no es escritor”.

También nos trae Pepe Los diarios de Robert Mussil, de cuyo autor ya había leído El hombre sin atributos,  “una novela alucinante, de dos o tres mil páginas, que viene a contar un poco la crisis de la cultura europea… Es después cuando salen los diarios, y ahora los han reeditado en edición de bolsillo, y ahí está —dice señalando los dos tomos, cada uno de unas mil páginas— el saber universal. Tiene unas anotaciones alucinantes; por un lado te está hablando de lo último que ha leído de Kant o de un físico al que ha conocido, o de un intelectual de su época, o la novela en la que está trabajando; y, por otro, te cuenta cuestiones sexuales, pero de una forma hiperfría, esta noche he tenido una erección, me levantado con ganas de sexo… Y es que no te lo esperas, de un intelectual de esa talla. En fin, delicioso; merece mucho la pena”. De este verano es también “Inventario de la casa de campo, que edita Trotta, que es una editorial que publica sobre todo filosofía, cuestiones jurídicas, y también mucho de teoría de la evolución (son, digamos, cristianos progresistas). Este hombre, el autor, es un jurista italiano, especialista en derecho procesal, pero éste es un libro de memorias de la infancia. Creció en la Toscana. Te cuenta cómo descubrió los carros de heno, los campos de árboles, las abejas… Es el paraíso perdido”.

Así se entiende también que Julia esté convencida de que el papel no va a desaparecer; están tan metidos en el mundo del libro, lo viven tanto. Se muestra muy segura, optimista, categórica: “se reducirán tal vez tiradas, habrá cierto tipo de libros que sólo tendrán difusión a través de los libros electrónicos, pero es que hay cosas que sólo se pueden hacer en papel. Van a convivir ambos formatos, estoy convencida. Luego, aparte, yo también creo que la vida del papel es mucho más sostenible y más larga de lo que pensamos; el microfilme, por ejemplo, es un soporte que ya no se usa porque es mucho más efímero de lo que se pensaba”.

Y es lo cierto —y así nos vamos— que cuando se sale de Antígona se lleva uno puestas unas ganas enormes de leer mil cosas diferentes, de hacerlo incluso rápido para poder volver pronto a verles, a contarles lo que se ha estado disfrutado leyendo. Y a que te den más, muchos libros más.

Fotografía: Jesús Llaría.


Librerías con encanto: Gil (Santander)

“Esta es una foto de mi madre, embarazada de mi hermano Jesús, el pequeño. Dos años después abrió la librería”

Florentina Soto fundó la Librería Gil en el año 1967, con el apoyo de su marido. “Era  una sociedad machista, claro, imagínate; las cuentas, las propiedades, todo estaba a nombre de mi padre”. “Una de las cualidades que tenía mamá es que sabía hacerlo bien, sin que se notara que era ella, sin tener que destacar”

Nos reciben en el local de La Plaza Pombo(1) Paz y Maleni, que son quienes se ocupan ahora, junto a sus hermanos Jesús y Ángel, de mantener vivo el legado de Florentina, de continuar con lo que ella empezara en aquel primer local de poco menos de 30 metros. “Le encantaba leer… El éxito de mi madre, su acierto —o así lo vemos nosotros— fue apostar por los libros; se resistió a tener revistas, nunca fue un quiosco” Además, les enseñó con el ejemplo la importancia de relacionarse con otros libreros. “Es para nosotros fundamental la relación con otras librerías”(2)

Nos cuentan también, sobre Florentina, que sigue leyendo muchísimo, a sus 87 años, que son un grado en esto del qué se ha leído; cómo aún hoy acuden a ella: “los libros que nos envía, por ejemplo, Periférica, u otras, es ella quien los lee primero, y nos dice qué le parecen; le enviamos de todo, y confiamos en lo que nos dice, tiene muy buen criterio”. Según nos lo van contando, haciendo el esbozo, dejando las dos hermanas entrever cómo fue propiciando su madre lo que ahora es GIL SOTO, S.L, —más que un negocio familiar, una forma de ver la vida, de entender la cultura, apuntamos aquí—, es fácil imaginar qué personalidad fue la que hizo todo esto posible, lo amena e instructiva que puede resultar una charla con ella, toda una institución, librera cultísima, conciliadora, expansiva; madre también de cinco hijos, cada uno de los cuales fue encontrando su propio camino, su propio espacio en este universo: “Empieza Ángel, que es el mayor, y luego van entrando todos. Él es el optimista; cuando nos ve preocupados por la situación actual nos dice tenemos para pagar a los trabajadores y a los proveedores, que es lo importante, ¿no? Pues ya está, salimos adelante”. Ése es el espíritu, sin duda.

No podemos dejar de detenernos en lo ideal del emplazamiento del magnífico local en el que hoy hemos tenido la suerte de que nos atiendan. Recuerda Paz que cuando volvió a Santander, ya después de haber estado en Madrid estudiando periodismo, haber también vivido unos años en San Sebastián, solía pasear por allí con su compañero (saldrá a continuación en negrita, permanezcan atentos), y soñar: “una librería aquí… No, imposible, muy difícil. Y diez o quince años después salió este local, lo conseguimos. El sitio es fundamental, es muy muy literario: la Plaza Pombo, el ver el mar desde aquí, los soportales”. La reforma corrió a cargo de Pedro Fernández Lastra. “El edificio fue en tiempos una garbancería, el agua llegaba hasta aquí mismo, imagínate, y no se había apenas tocado la estructura, no te haces una idea de lo que nos encontramos”, nos hace notar Maleni; quiere que apreciemos como se merece  el trabajo que se ha hecho para conseguir, respetando los pilares y elementos claves del edificio, un espacio moderno y acogedor, muy cálido. “Es el único local de todos los de alrededor que conserva aún los elementos originales”, concluye.

Qué no tendrá este lugar, aparte de lo ya dicho, cuando tantos y tan ilustres personajes les visitan. Veíamos este verano posar a un ufano Mr. Higgins  con un ejemplar de  Un poco perdido —iniciativade Pepa Montano, la editorial de la casa— de su compatriota Chris Haughton, quien atesora, tal parece, todos los premios habidos y por haber, y que a nosotros, por qué no decirlo aquí, nos ha gustado tanto como Yo quiero mi gorro, otra de sus publicaciones, una de esas historias que al final nos hacen disfrutar a los adultos casi tanto o más que a los niños. Si un cuento te hace sonreír es que es un gran cuento.

Estuvieron también con Leonardo Padura, durante su estancia en Santander, con motivo de la invitación que le hizo la UIMP para que protagonizara uno de  los martes literarios. Paz nos lo presenta y cuenta la anécdota que hemos elegido de entre otras tantas:”Tiene cuatro primeras novelas sobre un comisario en La Habana que se llama Mario Conde, curiosamente. Está muy bien por cómo relata la vida en la ciudad. Luego hizo más, pero esos cuatro, a mí es que me encantan.  Y fue ya hace unos dos años, cuando sacó un libro que se llama El hombre que amaba a los perros, muy recomendable también, la historia del asesinato de Trosky a manos de Mercader, que a mí me pareció buenísimo, cuando nos enteramos de que venía. Entonces, claro, yo llamé a Tusquets, y les dije que quería conocerlo, tomarme un café con él, lo que fuera. Porque no iba a venir a hacer una presentación, no tenía sentido pudiendo verle la gente que quisiera en la universidad. Así, que le invitamos a comer en la librería, con más gente, nos juntamos unos doce o trece… y el hombre encantado, claro, hicimos algo completamente distinto. Pedro hizo gazpacho y bonito, improvisamos una mesa, y ahí comimos”

“…el logo que usamos con los animales lo diseñó en 1998, cuando abrimos la librería de San Fernando, Isidro Ferrer, premio nacional de diseño en el 2002”

“Nuestra gran baza, de todas formas, es la gente con la que contamos”. Será Gisela (hace siete años que está con ellos, en narrativa y ensayo, los que tiene la librería de la Plaza Pombo) la que nos recomiende, como ya lo hiciera Rafa en Hydria, a Erri de Luca. A ella le gustó especialmente El peso de la mariposa, “es un poco diferente a los otros, no se desarrolla en Nápoles, como Montedidio o Los peces no cierran los ojos; este es la historia de un cazador, como una fábula; se lee de un tirón. Sale a cuento también un autor chileno, como ella, Hernán Rivera Letelier: “sus libros transcurren en el norte de Chile, las antiguas salitreras, en La Pampa, y el de La contadora de películas es una historia muy dulce, nos gustó mucho. Mariola, por su parte, es quien se ocupa de la literatura infantil y el libro ilustrado. Y nos vamos a quedar sin conocer a Nikolina, hoy de vacaciones, que se encarga de toda la cartelería, de actualizar la web; sin poder hablar en detalle con el resto. Es lo que tiene el tiempo: que se acaba.

No obstante todo lo anterior, creemos que el mejor final para esta modesta crónica, por lo bien que ilustra qué significa Librería Gil, en qué se ha ido convirtiendo a lo largo de todos estos años, el cómo han sido capaces de aglutinar en torno a todos ellos a una gran cantidad de lectores y de libreros que les tienen como punto de referencia y encuentro, es la colección de fotografías Librerías del Mundo, que no son sino todas las instantáneas que les han ido enviando clientes y amigos a lo largo y ancho de sus viajes cuando, al ver una librería o un puesto con libros en el Congo o Sebastopol, se han acordado de ellos. “La historia de esta exposición empezó con una postal que nos enviaron desde París —Queridas hermanas Gil…, nos la muestran, la tienen guardada con gran cariño— en la que aparecía una librería, y nos contaban que nos la enviaban para enseñárnosla, que les había recordado a la nuestra. La pusimos entonces a la vista, y la gente se fijó, y empezaron a llegarnos de todas partes… Mira, por ejemplo, de Estrómboli, que ya es difícil viajar allí, y este chico se acuerda, hace la foto, y nos la envía.”

Lo que a nosotros nos parece es que cuando estás por ahí viajando por placer, o por un trabajo que te gusta y que te ha llevado lejos, de quien te acuerdas es de quien te ha hecho en algún momento feliz, de con quien te ha gustado  estar, de precisamente alguien con quien te apetece compartir todo eso, y que el envío de todas esas fotos no es sino el cumplido testimonio de lo que se ha intentado, con mejor o peor oficio, contar hoy aquí.


NOTAS:

(1)   Son tres las librerías que ahora tienen abiertas: La que visitamos en la Plaza Pombo, la de General Dávila y la de San Fernando.

(2)   Junto a  Oletvm en Valladolid, Librería Luces en Málaga y Librería Cervantes en Oviedo, Librería Gil forma parte de Librerías con Huella, por ejemplo, una iniciativa que les sirve tanto para poder ampliar el catálogo, prestándose con rapidez libros entre sí, como para financiar proyectos como la construcción de una bibliotea en el Sáhara, o simplemente intercambiar información o viajar juntos a las ferias.

Fotografía: Gema González

 


Librerías con encanto: Hydria (Salamanca)

Hydria se llama como se llama por el más peregrino de los motivos: era el nombre de la tienda de cerámica que había ocupado el primer local en el que se establecieron, y se quedaron con el rótulo; “sonaba además muy bien; años más tarde, cuando estuve en Túnez, es cuando vería qué era exactamente Hydria”. Estamos con Juan JoséSesé— y Rafa, que lleva con ellos ya unos cuatro años, encantado de la vida, por los libros, muy contento de poder dedicarse a esto, “una persona superdinámica, que no para, te habrás dado cuenta”, en la Plaza de la Fuente de Salamanca. Al lado está Carletes, la librería infantil, la niña bonita de la casa. Jesús Andrés, Suso, hermano y socio de Sesé, hoy anda de viaje. “¿Por qué se nos ocurrió una librería y no otra cosa? Pues ni idea, se nos podía haber ocurrido montar qué sé yo en lugar de esto; fue una librería, ya ves”

Abrieron con 250.000 pesetas, “no se me olvida”, año 1980. “Tuvimos mucha ayuda de la gente, hay que decirlo. Me acuerdo, por ejemplo, de Andrés García, un proveedor  de aquí de la ciudad, iba con el carrito vendiendo. Es que estamos hablando de hace 32 años, pero parece… Lo que ha llovido desde entonces“. Ese primer establecimiento de Suso y Sesé y los libros fue también durante aquellos  primeros inicios su vivienda, “vivíamos un montón de gente, era una pequeña comuna”. Cuando se trasladaron al sitio donde están ahora, ya con un sótano, la percepción era la de haber prosperado de verdad: “aquello ya era un lujo, imagínate, ya no teníamos que recoger las camas por la mañana antes de abrir”

Rafa llegaría mucho después; “es un lector empedernido, no te haces una idea”. Se nota lo que le gusta lo que hace, y contagia: “estuve trabajando en Madrid también en Librerías, y en la primera Shogun“. Cuando volvió de su periplo por la capital de España se dio la feliz circunstancia de que en Hydria estuvieran buscando a alguien que les echara una mano. Le encanta leer, hablar de libros, trasegar con ellos, compartir. “Mira, hay un libro que he leído este verano y que estoy recomendando mucho, es de Erri de Luca, se llama Los peces no cierran los ojos, un libro precioso, italiano, que tiene un regusto a lo Cinema Paradiso, un libro pequeño; muy tierno, sin ser nada cursi” (Gracias, qué buen rato leyendo: “Si tú vieras lo que veo yo no podrías cerrarlos”). “Otro que suelo recomendar, ya con un registro totalmente diferente es Irse a Madrid, de Manuel Jabois, editorial Pepitas de Calabaza, con un humor ácido… es muy divertido; creo que con la crisis ahora la gente busca un poco eso, divertirse, algo de evasión con la lectura. Tal vez de ahí el éxito de El abuelo que saltó por la ventana…

“Nosotros tenemos mucha suerte porque la clientela fija −continua Rafa− son muy buenos lectores en general; se dejan recomendar, muy agradecidos, y luego hay también un intercambio… y eso intento llevarlo a nuestro perfil en Facebook, que sea un espacio parecido a lo que aquí hacemos, aprovechar la oportunidad de ese espacio para compartir y comunicar lo que nos gusta y también aprender o empaparnos de lo que les gusta a los que nos visitan”

Sesé recuerda cómo cuando era pequeño a su casa los Reyes Magos solo llevaban libros, “despotricaba no te puedes hacer una idea de cuánto…” Ahora se alegra, es evidente, y lo cuenta con cierta satisfacción; “aquello indujo un hábito”. Lo que sí le cuesta es ponerse delante de un ordenador, “es que me aburre mortalmente mirar una pantalla, pero cualquiera, me pasa también con la televisión, no puedo con ello”. Así, que será Rafa quien se ocupe, porque “Suso es todavía peor, lo lleva todo de cabeza”, dice, con mucho cariño (como no es habitual encontrarse con alguien hablando así de sus jefes, vamos a dejar aquí esta nota), “es la personalidad de la librería, la idea que puedas tener de librero así chapado a la antigua. No sabe utilizar un ordenador, por ejemplo, con todo lo bueno y lo malo que eso conlleva; es una pena que no esté hoy aquí, te hubiera gustado conocerlo”. Sesé nos cuenta que acaban en Salamanca por él, por Suso: quería estudiar en Salamanca, y se fue para allá a estudiar el COU, para poder acceder a la Universidad. “Su formación es humanista, y la mía técnica, y ahí vamos”.

Hablamos también con ellos de cómo las librerías tradicionales están cambiando, o cómo tendrán que hacerlo para adaptarse a estos tiempos líquidos, de cómo es ahora más interesante el ofrecer algo más que un libro: proporcionar un espacio, un lugar de encuentro, un añadido que aporte aún más valor a la librería tradicional. Planean, en este sentido, una reforma ya para finales de año, adaptar el local para dar cabida a todo lo bueno que está aún por llegar. Nosotros sugerimos un cóctel de inauguración. Y que nos inviten.

Fotografía: Cristina Urruzola


Librerías con encanto: Shogun (Salamanca)

Estamos en pleno centro de Salamanca, en el número 11 de  la calle Padilleros, medio metro bajo el nivel de la calle; hay luz, no andamos a tientas entre las tinieblas… “Aunque nuestro fuerte son los cómics también nos dedicamos al ocio alternativo”, nos cuentan  Sole y Raúl mientras nos enseñan, nada más llegar, la cantidad de miniaturas y figuras y curiosidades varias que tienen perfectamente expuestas en diferentes estantes a lo largo y ancho del local y su trastienda. Son ya siete años de Shogun tal cual la conocemos hoy, ahora ya los dos solos,  abriendo los sábados hasta las nueve de la noche.“Vivimos prácticamente aquí”.  “Y luego me voy yo a la radio”, donde lleva Raúl ya un tiempo colaborando con La rosa de los vientos de Onda Cero; “el café es fundamental en esta casa”.

Se le ocurriría la idea también a él durante los años que pasó viviendo en Barcelona; abrir un establecimiento que no fuera “la típica tienda de cómic que tiene todo el mundo en la cabeza; ese zulo, todo amontonado… romper con todo eso y cambiarlo”. Así, el anejo al fondo de Shogun es en realidad un espacio versátil, con aforo para 92 personas, donde se organizan presentaciones (veremos luego que vino Paco Roca, por ejemplo; pero también gente no tan conocida, “nos gusta mucho prestar nuestro espacio, y lo hacemos con frecuencia”), juegos de miniatura, torneos, charlas. “Es como en la tienda: está  pensado para poder echarlo todo abajo cuando te canses y poder trasformarlo así en un espacio completamente diferente”, nos dice Raúl, orgulloso, “yo es que claro que vivo esto; soy lector  de cómic desde los cuatro años, me lo paso muy bien con lo que hago” “¿Y ves el Gremlin que está en el escaparate? Pues vas a ver sólo ese y el de la Warner. No hay más”.

Sole es más de novela gráfica; le gustó mucho“Transmetropolitan, que va sobre un periodista en un futuro en el que la sociedad ha perdido todos sus valores; él es el primero que los ha perdido”, se ríe. Nos enseñará también con cierta satisfacción el expositor de novelas autoeditadas, “Música para tus ojos , de Francisco Javier Panera, por ejemplo, un melómano redomado que se dio el capricho de sacar este libro, que es una gozada”, apunta Raúl. Son publicaciones “más lentas”, pero que sí están funcionando.

Disfrutaron ambos, volviendo ahora al cómic para adultos, con Blacksad, “sus autores —Juan Díaz Canales y Juanjo Guarnido— podemos decir que son de ida y vuelta: en España no gustó nada, tuvieron que editarlo en Francia, donde fue un éxito, y luego ya fue cuando volvieron aquí (…) Este año el Salón del Cómic de Angoulêm, que es el más grande de Europa, el segundo del mundo, y que suele sacar anuncios animados de series, etc… la escogió, junto con otras afortunadas, para abrir esta edición”. También son asiduos de Paco Roca, decíamos, que ganó el premio nacional de cómic en el 2008 y que a ellos les conquistó —de verdad— cuando fue a Shogun. Allí les contaría cómo para hacer Arrugas  fue a documentarse a residencias de ancianos donde conoció a los personajes en los que luego se basaría la historia que cuenta. Hablamos también de Memorias de un hombre en pijama, que hace a quien esto escribe especial gracia, no sólo por la parte que nos toca,  “cómo es tu vida cuando trabajas desde casa, ese día a día, divertidísimo cómo lo cuenta, toda esa serie de anécdotas cotidianas”.

No se cansan de enseñarnos cómics, ediciones originales, cuidadas, de contar anécdotas de los autores más conocidos que han ido por allí a presentar su obra, de cómo han ido creciendo con ellos los chavales que ya no son tan chavales, “casi una generación”; de un señor ya de cierta edad —sin circunloquios: en torno a los 80— y experto en Cómics como el que más, uno de sus mejores clientes, sin duda; de los chiquillos que empiezan con el Spiderman, cómo corren a por la abuela para que les de el euro que les falta; de la gente que asiste a las charlas que dan en la Facultad, de los grillos; de lo bien que se pasa haciendo esto juntos, del  día a día; de todas esas cosas que les pasan y de todas las que pueden llegar a pasar.

Casi que de pronto tenemos entonces que acabar la charla: Sole tiene que ir a comprar unos peces. “Es que nos vamos a una boda”, dice, como si eso fuera a explicar… Pero no, no vamos a hacer esa pregunta. Lo vamos hoy a dejar aquí y de esta manera.

 

Fotografía: Cristina Urruzola.

 


Librerías con encanto: Hojablanca (Toledo)

En el Alcaná de Toledo —por donde Cervantes escribió que había encontrado los “cartapacios y  papeles” que contenían “la Historia de Don Quijote de la Mancha, escrita por Cide Hamete Benengeli, historiador arábigo”—  se encuentra la Librería Hojablanca, a la que hay que llegar a pie, forzosamente, andando las intrincadas calles del casco antiguo de la capital que acabarán conduciendo al paseante  hasta este número 8 de Martín Gamero, un precioso edificio árabe de cuatro plantas, cada una de ellas repleta de libros, con su aljibe y su cueva, y aún con el característico patio central de aquellas típicas edificaciones.

La que en tiempos fuera la taberna “Ambos mundos” —el rótulo original puede todavía verse desde dentro— y  vivienda de los mesoneros que la regentaban es reformada ya en el año 2.000 por los dueños actuales, los libreros, Demetrio y las hermanas Petri, Mila y Pilar, para convertirla en este lugar único, sin el que sería harto difícil contar la historia reciente de la vida literaria y cultural de Toledo.

Son ya 23 años de Hojablanca como tal, primero en la calle Santa Fé, desde donde se mudaron, según leemos en las crónicas de aquellos días, haciendo una cadena humana para trasladar los libros, acompañados por música de violines, todos a una. “Parte de las chicas trabajaban en una librería antes de crear ésta, Fuenteovejuna, que se gestó en un colectivo cultural de la época”, nos cuenta Demetrio. Abren los siete días de la semana, “por la prensa”, dirá Petri, “le da vida a esto estar abiertos también los domingos, así que nos turnamos” Nos dirá luego también Demetrio que tienen repartidos los quehaceres; su compañera Pilar, que no ha venido hoy, se ocupa más de la contabilidad, de la parte administrativa.

Es  Mila quien se encarga de coordinar todas las actividades culturales que promueven desde aquí, “el próximo jueves tenemos un taller de poesía, abajo donde el aljibe tenemos una exposición de artesanía, en la escalera una muestra de la pintura de Luis Ramirez…” El taller de cine durante el verano no se hace, “es infantil; hay un profesor, y cada fin de semana se dedica a un tema, a la fotografía, o al sonido… se lo explica a los niños; los críos la verdad es que se están volviendo adictos al cine porque después les proyecta una película y ven en qué se traduce lo que les ha explicado… se lo pasan muy bien” “Somos obreros de la cultura, nos encanta, hacemos militancia pura y dura”, concluye Demetrio, satisfecho, orgulloso de lo que hacen, de lo que aportan a la ciudad.

Cuando le preguntamos a Petri qué piensa acerca del futuro de librerías como ésta se muestra pesimista, “yo  creo que habría ahora que cambiar el planteamiento de las librerías, ya no son viables las librerías de este tipo. (…) Gente de nuestra edad que ya no compra libros, que antes compraba, y se han pasado al digital los primeros, fíjate” Ahora bien, cuando hablamos de los libros, de literatura, de las historias que se publican, todo cambia, a Petri se le ilumina la cara, “Hay un autor, Arto Passilinna, finlandés, del que yo te recomiendo El año de la liebre; sus personajes son siempre gente que cambia, que sufre una transformación; caracteres un poco disparatados, pero que al final resulta que te lo pasas bien, que es muy entretenido, esa vuelta a la naturaleza donde suelen acabar” Ahora anda leyendo una novela por recomendación de una clienta; el autor es escritor canadiense, Andrew Davidson, y la novela es La Gárgola . “Me lo estoy pasando muy bien”

Mila es la experta en novela negra; “Chandler, Hammett… es que son los Sócrates del género” nos dice cuando salen a cuento de lo que hablamos El sueño eterno y La llave de Cristal. Su puesto está abajo, en la planta a pie de calle, atendiendo a gente de lo más variopinta —hoy llega un joven preguntando por Juego de Tronos y a ver si tienen Desmontando al progresismo; ya no les queda, van a pedir más— y que hoy sábado abarrota este espacio, el dedicado a prensa y revistas y a los libros que más tirón comercial tienen, por donde hoy también aparece un señor que trae unos tomates con una pinta estupenda, de La puebla de Montalbán, “sin abonos ni cosas químicas, cómete uno, ya verás qué rico”, nos ofrece. Qué difícil es decir que no, qué tomates, y qué agusto. Qué pena el tener que marcharnos, tan acogedor resulta el lugar…

 Fotografía: Andrea Cudeiro


Librerías con encanto: Tipos Infames (Madrid)

En el número tres de la madrileña calle de San Joaquín, al ladito de Tribunal, se encuentra Tipos Infames, una suerte de librería “que es algo más que una librería”, a la que llegamos para ver quiénes son sus dueños, qué hacen, por qué tienen tanto éxito justo ahora, en plena crisis, cuando el común de los mortales anda lamentándose de su mala suerte. “Se nos ocurrió la idea en un viaje iniciático a Valladolid,  jugando al billar”, explica Gonzalo y asiente Curro. Alfonso es el tipo que falta; se lo va a perder todo.

 

Lo de llamarse Tipos Infames “es más literario de lo que parece”. Según cuentan, estaban buscando un nombre cuando vieron en una exposición sobre Rimbaud en La Casa Encendida  el cuadro Les Affreux  Bonshommes,  “un retrato del grupo de poetas que se juntaban en el París de entonces”, y que allí aparecía con el título traducido de Tipos Infames. “Quién lo traduciría así, por cierto, que no hemos vuelto a ver el cuadro con ese nombre en ningún otro sitio”. Lo vieron ambos por separado y ambos pensaron también por separado que era justo así como querían llamarse. Se lo contaron el uno al otro pisándose la historia y luego a Alfonso, al que entusiasmó la idea (no podía ser de otro modo; están en perfecta sintonía). Y así fue como empezaron —a lo Luther Blisset— a escribir reseñas sobre lo que leían y les gustaba en la ya desaparecida soitu.  Aquellas entradas —“un poco nos parecemos a Jot Down en esto; primero fuimos en digital, luego en papel”— acabarían dando en donde estamos ahora (arduas negociaciones con bancos mediante, léase, que no son una película española), en la genial Tipos Infames; libros y vinos.

Nos damos cuenta casi desde el principio en lo bien que se llevan, y atribuimos ya en parte a esto lo bien que les va, en la importancia que para el éxito tiene el ser gente maja, con esa cierta inquietud; tener tantas cosas que contar —“yo también fui ayer a ver a Hopper; bueno, me gustó, salvo cinco cuadros que no sé qué hacían allí”— y tener tantas ganas de contarlas, de compartir, de encontrarte un libro que vas a querer leer siquiera sea por todo el interés que van a poner al recomendártelo; o una botella de vino que te va a encantar mirar, que aquí el vino sobre todo es por eso, por mirarlo, no vaya nadie a llamarse a engaño; si está luego rico y es un acierto, mejor que mejor, pero que la botella “es muy chula: Mira, en Braille ”.

Ahora bien, lo que más hay en el local, con diferencia, son libros. De eso es de lo que se trata.

 

Uno de los que eligen hoy es “El mundo en el que vivo, de Hellen Keller; uno de los últimos libros de Atalanta, fascinante, donde se cuenta el caso excepcional de una niña, la propia autora, que con apenas unos meses de vida pierde la vista, pierde la capacidad de oír, el habla… salvo el tacto y el olfato, lo pierde todo, toda forma de contacto. La novela trata de cómo percibe ella el mundo, cómo se relaciona, cómo nota los cambios de tiempo, por ejemplo… Pero, sobre todo, lo que es, es un elogio a la capacidad imaginativa, a cómo trabaja con su imaginación… es desbordante, una maravilla”. “Este es Thomas Wolfe, que no es ninguno de los otros Wolfe; el norte de América está lleno de ellos… Es un autor que nació en 1900 y que murió con 37 años, que publicó antes El ángel que nos mira, una gran novela que sí conoce más gente, pero al que nosotros conocimos realmente a raíz de este otro libro, El niño perdido, que me parece maravilloso; un texto en parte biográfico, sobre un hermano suyo que no llegó a conocer en vida —murió con 14 ó 15 años de tifus, cuando él era poco más que un bebé—. Así, la novela es una especie de búsqueda poética del hermano desaparecido…”

 

Y así, nos damos cuenta mientras hablan sobre Mata a tus ídolos y algún otro de los que tienen de esa magnífica colección, es también por la pasión que sienten por la literatura que pueden presumir de  toda esta parroquia de gente tan heterogénea y  tan fiel, que vienen una y otra y otra vez más por más libros, que se los llevan y luego vuelven y vuelven y recomiendan a su vez más cosas que leer y compartir, haciendo así que ellos —verdaderas esponjas de la cosa, que diría Pumares— lean más y traigan más novedades a este lugar tan bien pensado y tan mimado por los tres, lectores entusiastas antes que libreros. Un sitio donde cuando preguntas te enseñan con cariño y con mucho cuidado —eso se nota sobre todo por cómo sostienen los libros— Del Enebro, por ejemplo, extraído del libro Kinder und Hausmärchen (Cuentos para la infancia y el hogar) , escrito por Jacob y Wilhelm Grimm, una edición bilingüe, cuidadísima, con detalles que han tenido que ser colocados a mano en cada ejemplar ; o la deliciosa edición de Cabaret Voltaire de Poesía. Obra Completa, de Agustín Gómez Arcos; “Aún conservo en mi boca / la huella de aquel beso / que yo busqué en tus labios / tratando de olvidar”, también de coleccionista.

Un sitio donde encontrar, en fin, aparte, vinos curiosos —decíamos, no sólo para tomártelos— expuestos en un espacio que para tal fin se encuentra al fondo del local, justo al lado de la escalera que da acceso a la pequeña sala donde suele haber alguna exposición   —“estos dibujos son de un amigo diseñador nuestro”, nos contaban durante aquella visita; ahora es otra muestra diferente la expuesta, y mañana otra, y así— y donde se hacen también tanto presentaciones de libros como maridajes, “la idea básica es que cuanto mejor sea el libro más te gusta el vino”; donde incluso se han celebrado un par de bodas. “Ya, bueno”, carraspea Curro…

Fotografía: Jorge Quiñoa