El mito de Robin Hood: ¿qué fue de los bandidos sociales?

Robin de los bosques, 1938. Imagen: Warner Bros.

I fought the law
And the law won

(Sonny Curtis and The Crickets)

«El robo es la restitución, la recuperación de la posesión. En vez de encerrarme en una fábrica, como en un presidio; en vez de mendigar aquello a lo que tenía derecho, preferí sublevarme y combatir cara a cara a mis enemigos haciendo la guerra a los ricos atacando sus bienes…». Marius Jacob, el célebre ladrón anarquista francés, mira a los magistrados de la audiencia de Amiens que le juzgan y lee su alegato —Por qué he robado—, donde se autodefine como «un rebelde que vive del producto de sus robos». Es el mes de marzo de 1905 y Jacob se libra de la pena de muerte, pero a cambio pasará los siguientes veintidós años de su vida en un presidio de la Guayana Francesa. La justicia le acusa de haber perpetrado más de ciento cincuenta robos a iglesias, mansiones y hoteles, entre otros delitos, junto a los Trabajadores de la Noche, la banda de asaltantes libertarios que, con su audacia, ha traído de cabeza a la policía francesa desde 1897. Los hombres de Jacob se disfrazan de curas, oficiales del ejército o señores de alta alcurnia, tratan de no pegar un solo tiro y, después de cada golpe, dejan siempre un mensaje mordaz bajo la firma de Atila, el seudónimo de Jacob: «A Dios Todopoderoso, aquí están tus ladrones».

El mito de Robin Hood, el ladrón noble que roba a los ricos en beneficio de los pobres, se esparció por el mundo a partir del siglo XIV gracias a los poemas, baladas y relatos orales que mencionaban ya algunas hazañas del príncipe de los ladrones. Desde entonces, la imagen de los «bandidos buenos» ha llegado a gozar de atributos casi divinos. La cultura popular les dedicó canciones y relatos, poemas y proverbios, altares paganos y reinados simbólicos. Las leyendas de esos forajidos generosos nutrieron durante varios siglos el imaginario de los más desfavorecidos. Algunos abrazaron la revolución, otros impartieron su propia interpretación de la justicia social y hubo quienes se dejaron llevar por el gatillo fácil. ¿Qué tienen en común Pancho Villa y Diego Corriente? ¿Malverde y Lampião? ¿Gaspard de Besse y Phoolan Devi? ¿Jesse James y Jules Bonnot? ¿El Gauchito Gil y Marius Jacob? ¿Salvatore Giuliano y Juraj Jánošík? Para Eric Hobsbawm, el historiador marxista que abordó el fenómeno en sus libros Rebeldes primitivos (1959) y Bandidos (1969), esos personajes y una legión más de almas rebeldes encarnan de una u otra manera el prototipo del «bandido social», como bautizó el ensayista británico a esos justicieros a los que el pueblo llano dotó de una aureola de misticismo e invulnerabilidad, las mismas cualidades que en su día se cantaron sobre el prodigioso arquero de los bosques de Sherwood.

Hobsbawm observó que las historias de esos bandoleros que robaban a los ricos y redistribuían la riqueza entre los pobres (o al menos lo pregonaban) se sucedían con características muy similares en diferentes rincones del mundo. Ese fenómeno universal se presentaba principalmente en las sociedades campesinas que se hallaban en la etapa de evolución entre la organización tribal y familiar y la sociedad capitalista industrial. «En las montañas y los bosques bandas de hombres fuera del alcance de la ley y la autoridad, violentos y armados, imponen su voluntad mediante la extorsión, el robo y otros procedimientos a sus víctimas. De esta manera, al desafiar a los que tienen o reivindican el poder, la ley y el control de los recursos, el bandolerismo desafía simultáneamente al orden económico, social y político. Este es el significado histórico del bandolerismo en las sociedades con divisiones de clase y estados (…) La esencia de los bandoleros sociales es que son campesinos fuera de la ley, a los que el señor y el Estado consideran criminales, pero que permanecen dentro de la sociedad campesina y son considerados por su gente como héroes, paladines, vengadores, luchadores por la justicia, a veces incluso líderes de la liberación, y en cualquier caso como personas a las que admirar, ayudar y apoyar», sostiene Hobsbawm en la cuarta edición de Bandidos (1999). Pese a circunscribir el bandolerismo social al ámbito rural, el pensador marxista, cuya primera edición de ese ensayo recibió algunas críticas de otros historiadores por no haber definido con más nitidez el marco político en el que se desarrolla el fenómeno, dedica varias páginas de su obra a otros proscritos que no actuaron estrictamente en el mundo rural, como los expropiadores anarquistas del siglo XX.

Ese forajido que levanta su espada o empuña el mosquetón contra los abusos y en nombre de la justicia social posee ciertos rasgos que lo hacen fácilmente identificable, bien se trate de un cosaco de las estepas rusas, un dacoit de la India o un bandolero andaluz. Hobsbawm detectó varios  atributos a la hora de perfilar la imagen de un bandido social. En el ADN de todo ladrón noble que se precie debe ser visible, como un tatuaje en la piel, el apotegma que da sentido al mito de Robin Hood: «robar al rico para dar al pobre». El bandido bueno suele traspasar los márgenes de la ley al ser víctima de una injusticia. Esa afrenta le otorgará el salvoconducto para no ser considerado un criminal por el pueblo. El ladrón generoso no mata si no es en defensa propia (una máxima que no todos cumplirán a rajatabla), se siente invulnerable y cuando cae suele deberse a una traición.

¿Era esa la imagen del arquero de Sherwood? Alejandro Dumas le hizo hablar así en Robin Hood el proscrito: «Soy lo que la gente llama un bandido, un ladrón, ¡de acuerdo! Pero, aunque desvalijo a los ricos, no tomo nada de los pobres. Detesto la violencia, no derramo nunca sangre; amo a mi patria, y la tiranía me resulta odiosa». Los trovadores del siglo XIV ya cantaban las hazañas de ese Robin Hood real o imaginario. William Langland, autor del poema alegórico Piers Plowman (1377), cita al príncipe de los bandidos por boca del sacerdote Sloth: «Conozco rimas de Robin Hood». Es la primera mención en un manuscrito al proscrito del condado de Nottingham que se enfrenta a los caballeros normandos y al clero. Las proezas del ladrón generoso se siguen leyendo y cantando en el siglo XV. Muchos años después, en 1795, el anticuario inglés Joseph Ritson dio a conocer una recopilación de baladas sobre Robin Hood que despertarían con el paso del tiempo el interés de historiadores, literatos, poetas y cineastas.

Pero todo ese fervor historiográfico y literario sobre el forajido de los bosques de Sherwood no ha logrado revelar si hubo un Robin Hood de carne y hueso. Su leyenda se nutrió sin duda de otros personajes, como Hereward the Wake (el Proscrito), el hijo de un noble sajón asesinado por los normandos que se alzó en armas contra el rey Guillermo el Conquistador en el siglo XI. Fue el historiador Joseph Hunter quien a mediados del siglo XIX investigó más a fondo sobre la figura del héroe sajón en los archivos de York, y llegó a la conclusión de que existió un tal Robert Hood nacido en 1290 que acabaría sublevándose contra Eduardo II de Inglaterra y asaltando a los comerciantes que transitaban por el bosque de Sherwood. Las correrías de Hood terminarían con una promesa de fidelidad al rey. No obstante, durante los siglos XIII y XIV y hasta la aparición de las primeras baladas en el siglo XV fueron varios los proscritos identificados como Robin Hood, todos ellos insurrectos contra los normandos. Ese Robin Hood individual o colectivo, enfrentado a los poderosos y defensor de los humildes, fue sublimado por el folclore medieval. Su leyenda ha pervivido a lo largo de los siglos como una corriente de agua subterránea, aflorando aquí y allá. Hombres que nunca oyeron hablar del príncipe de los ladrones retomaron su legado cada vez que se alzaron en armas contra la injusticia social.

Un hombre toca el busto de San Jesús Malverde, Culiacán, 2011. Fotografía: Cordon.

Algunos de los sucesores de Robin Hood se convirtieron en verdaderos santos laicos a los que todavía hoy siguen venerando miles de fieles. Y, al igual que ocurre con el primer ladrón noble, en sus biografías conviven hechos reales con otros surgidos de la imaginación popular. Es el caso de Jesús Malverde (Jesús Juárez Mazo), el bandido de Sinaloa, al que han rendido tributo todos los narcotraficantes de ese estado mexicano en el que aún se cantan corridos sobre sus supuestas hazañas. Considerado un ladrón generoso y ajusticiado en 1909, a Malverde le adoraban esas clases populares de las que más tarde surgirían los grandes capos de los cárteles sinoalenses. A su capilla, erigida en la ciudad de Culiacán, solían acudir campesinos de las sierras, pescadores y obreros. Hasta que llegaron los narcos y empezaron a ofrendar sus AK-47 mientras rezaban una plegaria para que sus cargamentos de droga llegaran sin problemas a su destino, al norte del río Bravo. En el otro extremo de América Latina, el culto piadoso le corresponde a otro salteador de caminos de agrandado corazón, el Gauchito Gil (Antonio Mamerto Gil Núñez), jefe de una banda de bandoleros de la provincia de Corrientes. Cada 8 de enero, decenas de miles de fieles acuden a la localidad correntina de Mercedes para pedirle que interceda por ellos. Hay cientos de versiones sobre las aventuras del más célebre de los «gauchos milagrosos». La mayoría, apócrifas. Cuentan que el Gauchito Gil, devoto de San La Muerte, tenía poderes sobrehumanos para desviar las balas enemigas, ahí es nada. Pero tuvo el final trágico de casi todos los malevos. Le colgaron de un algarrobo boca abajo y le degollaron. Su primer «milagro» fue ayudar a su verdugo, a quien antes de morir solo le reclamó que rezara por él. La leyenda cuenta que el verdugo le hizo caso y su hijo, aquejado de una grave enfermedad, se curó. Desde entonces el Gauchito Gil no ha parado de recibir peticiones. Lleva ciento cuarenta años en el asunto.

A Doroteo Arango, más conocido como Pancho Villa, no se le atribuye más milagro que el de haber sido capaz de invadir los Estados Unidos de América. La providencia, y su pasión por el gatillo, le salvaron la vida más de una vez («como lluvia en el sombrero le rebotan las balas», escribe Eduardo Galeano en Memoria del Fuego). Pancho Villa se situó al margen de la ley después de haber tiroteado a un hacendado que había violado a su hermana mayor. Junto a una partida de bandoleros se dedicó a asaltar villorrios del estado de Chihuahua y a tomarse la justicia por su mano. El estallido de la Revolución mexicana cambia su destino. Como apunta Hobsbawm, fue tal vez el caso más emblemático de la conversión de un bandido sin bagaje político en un revolucionario. El presidente Madero le reclutó para su causa en 1910 y Villa se colgó pronto las charreteras y las insignias de general. Los ejércitos del norte bajo su mando contaban sus batallas por victorias hasta su declive en 1915. Curiosamente, el bandido revolucionario acabó sus días como hacendado. Cuando quiso volver a la política, una ráfaga de balas se interpuso en sus deseos en la ciudad de Parral el 20 de julio de 1923. Murió a hierro cuando ya no era bandido.

Al frente de una milicia poderosa también estuvo Virgulino Ferreira da Silva, alias Lampião (Farol), el cangaceiro (bandido rural) más temido del nordeste brasileño, idolatrado por su pueblo pese a haber hecho gala de una crueldad que incumple el evangelio del buen bandido. En la empobrecida tierra del sertão brasileño a principios del siglo XX manda el látigo del fazendeiro, que se vale del poder de fuego de las bandas armadas para mantener su autoridad y desafiar a las denominadas «fuerzas volantes» del Gobierno. El asesinato del padre del joven Virgulino a manos de una de esas partidas gubernamentales le empuja a tomar las armas. «Nos vengaremos hasta la muerte», jura ante la tumba de su padre. Se enfunda el fusil y se une a una banda de cangaceiros de la que pronto será su guía. Lampião es un bandido atípico. Con sus gafas de pasta y su cuerpo esmirriado, provoca al mismo tiempo temor y risa. Le llaman «el capitán de opereta» pero no le tiembla el pulso cuando tiene que ajustar cuentas con un enemigo o un traidor. Las fotografías de la época lo muestran con un sombrero de cuero adornado con monedas de oro, chaqueta militar, cartucheras, mosquetón y un gran puñal ajustado a la ingle. A su lado está la inseparable Maria Bonita, la mujer que le acompañará en su vida de maleante desde 1930 hasta la muerte conjunta de ambos ocho años después. Atrás queda una época de saqueos en ciudades y ataques feroces contra las fuerzas volantes. Sus aventuras se podían leer gracias a la literatura de cordel que florece en Pernambuco. Cuando muere Lampião, lo que cuelga de la cuerda de la plaza es su cabeza y la de su compañera. Para los pobladores del sertão quien ha muerto es un héroe, no un villano. Un valiente que se levanta en armas contra la injusticia social aunque en el torbellino de sus batallas ese reclamo se haya difuminado. Esa contradicción que rodea la figura de Lampião llevó a Hobsbawm a incluirlo dentro de una subcategoría del bandolerismo social, la de los «vengadores», cuyo comportamiento es ora noble, ora criminal. Para el historiador marxista, se trataba de un «héroe ambiguo». El cancionero popular ya recogió en su día esa antinomia:

Mataba como distracción
No por pura perversidad
Y daba comida al hambriento
Con amor y caridad

Rubem Braga, el gran cronista brasileño, lo retrató así en O conde e o passarinho: «Lampião, que expresa el cangaço (‘bandolerismo’), es un héroe popular del Nordeste. No creo que el pueblo lo ame solo por ser cruel y valiente. El pueblo no ama sin motivos. Lo que hizo se corresponde con cierto instinto de pueblo (…) Las atrocidades de los cangaceiros no fueron inventadas por ellos ni constituyen su monopolio. Las aprendieron sobre la marcha y, en muchas ocasiones, a su propia costa».

A los dacoits (salteadores de caminos) de la India también les cabe el dudoso honor de ser al mismo tiempo ángeles y demonios. Para los británicos —cuenta Hobsbawm— eran tan solo «tribus criminales». Sin embargo, muchas de las bandas que operaron en el país dedicaban una parte de su botín a la caridad. Así lo hacían en el siglo XIX los badhaks en el norte y los minas en el centro, grupos formados en parte por campesinos que habían sido desposeídos de sus tierras y se habían transformado en bandoleros profesionales. A menudo estos salteadores llegaban a establecer pactos con autoridades locales para recibir tierras y otros derechos a cambio de la vigilancia de los pueblos y caminos. Fue el caso de Gajraj, un jefe badhak conocido como el Robin de los Bosques de Gwalior. A Phoolan Devi (1963-2001), una de las pocas mujeres bandoleras de renombrada fama, la acusaron de ser una dacoit. Perteneciente a una subcasta de parias, los mallah, fue obligada a casarse a los once años y violada y maltratada después por su esposo y por otros miembros de su comunidad. La persecución y las vejaciones constantes la convierten en una intocable, una marginada. Secuestrada por una banda de dacoits, acabará asumiendo que su única forma de venganza es llegar a ser algún día la reina de los bandidos: «Como vivían en el miedo, la única opción era darles miedo. Como utilizaban la violencia, era necesario que yo fuera más violenta que ellos». A los diecisiete años ya es adorada por los campesinos de su casta. La traición, fenómeno inseparable de la idiosincrasia del bandolerismo, también será la perdición de Phoolan Devi, como lo fue de Lampião y otros célebres proscritos. Cuando un gurú de otra casta mata a su esposo Vikram, comienza el declive de Phoolan Devi. Le dará tiempo a vengarlo pero, cansada de huir, pacta su rendición con el Estado. Como Pancho Villa, quiere cambiar las armas por la política. Al Centauro del Norte ese deseo le costó la vida. A Phoolan Devi también. Entra en el Parlamento en 1994 de la mano de un partido socialista, pero siete años más tarde, un thaktur (la misma secta a la que pertenecía el gurú que mató a su esposo) la cose a balazos a la puerta de su casa en Nueva Delhi. Para la reina de los bandidos de Uttar Pradesh, ser dacoit no era un estigma:

«He repartido dinero entre los pobres (…) he castigado a los violadores y a los saqueadores de tierras, solo he devuelto a los hombres lo que ellos me hicieron sufrir a mí. Ser dacoit es hacer justicia», escribirá en su autobiografía.

Aunque vivió más años que la mayoría de los bandidos justicieros, el final de Phoolan Devi fue tan trágico como el de tantos otros Robin de los Bosques. Diego Corriente, el bandolero andaluz, murió a los veinticuatro años sin haber matado a nadie, al igual que Gaspard de Besse, el forajido de la Provenza francesa (ambos proscritos nacieron en 1757 y murieron en 1781). Y Juraj Jánošík, el más célebre de los bandidos de los Cárpatos de finales del siglo XVII y principios del XVIII, cayó a los veinticinco años.

Corriente, De Besse y Jánošík tuvieron un final atroz. El malevo andaluz fue ahorcado un Viernes Santo. A De Besse le crucificaron hasta la muerte. Y a Jánošík le colgaron de un gancho clavado en sus costillas. Los tres son fieles sucesores del arquero de Sherwood. «Diego Corriente yo soy / aquel que a nadie temía / aquel que en Andalucía / por los caminos andaba / el que a los ricos robaba / y a los pobres socorría», reza la popular copla sobre el bandido de Utrera. «Solo robaremos a los ricos, los nobles, los usureros, los grandes beneficiarios del clero (…) Nunca los campesinos ni los pobres serán molestados ni desvalijados (…) Asustad pero nunca matéis», instruye a los suyos Gaspard De Besse. La guerrilla rebelde de Jánošík robaba a mercaderes ricos y distribuía parte de su trofeo entre los campesinos pobres. Hoy es uno de los héroes populares de Eslovaquia y uno de los proscritos al que más baladas se le han dedicado a lo largo de los siglos. La tradición oral en la que se ensalza a los ladrones nobles ha sido siempre fuente de controversias para los historiadores. Al propio Hobsbawm se le reprochó en su momento que basara parte de sus tesis sobre el bandolerismo social en esas fuentes orales y en las baladas anónimas.

Billy the Kid, Doc Holliday, Jesse James y Charlie Bowdre, Las Vegas, 1879.

Tan pronto como se echaban al monte, los bandoleros eran conscientes de que, con su cabeza a buen precio, sus vidas serían más cortas que las del común de los mortales. Antes que a las fuerzas del orden, temían a un enemigo más dañino para su supervivencia: la traición. A lo largo de la historia del bandolerismo se repiten los casos de forajidos legendarios entregados a la ley o asesinados por alguien de su círculo más íntimo. Su invulnerabilidad, esa cualidad simbólica que les arropa y que se sustenta en la protección y admiración popular, se desmorona muchas veces en su propia trinchera. Según la leyenda, a Corriente le pierden los celos de una mujer. A Jesse James, el forajido del lejano Oeste americano que se consideraba a sí mismo un ladrón noble pese a su fascinación por el revólver, le mató Robert Ford, uno de sus hombres de confianza. Salvatore Giuliano, el apuesto bandido siciliano de la primera mitad del siglo XX a quien tanto le gustaba que le entrevistaran, fue traicionado y asesinado en julio de 1950 por su lugarteniente Gaspare Pisciotta. La breve vida de este casanova del bandolerismo siciliano estuvo marcada por el auge del independentismo que vivía Sicilia y al que se adhirió Giuliano, un Robin sanguinario y contradictorio, aliado de la mafia y víctima a la postre de las ponzoñosas relaciones entre el Estado y la Cosa Nostra.  

En el totum revolutum del bandolerismo social, Hobsbawm incluye también a los expropiadores anarquistas españoles que asaltaban bancos, joyerías y meublés para financiar la causa libertaria y propagar «la idea». La leyenda de Francisco «Quico» Sabaté, a quien Hobsbawm elige como paradigma de los expropiadores, se fue propagando por toda Cataluña en los años cincuenta del siglo pasado, cuando su destreza para escapar de las emboscadas policiales le había conferido esa aura de inmortalidad de los antiguos bandoleros. Fue el resistente antifranquista que más dolores de cabeza provocó a la Brigada Político Social. Ni él ni José Luis Facerías, otro destacado miembro del maquis anarquista, eran bandidos. Robaban, como lo hicieron unas décadas antes sus predecesores Durruti, Ascaso y Jover, para recaudar fondos destinados a la lucha revolucionaria. La prensa franquista, sin embargo, les definía siempre como crueles pistoleros por sus enfrentamientos armados con la policía. En cierta ocasión, Sabaté le robó cuatro mil pesetas a un comerciante de tejidos en Barcelona para financiar un golpe de más enjundia. Consumado el atraco en una sucursal del Banco de Vizcaya, donde su grupo se hizo con un botín de setecientas mil pesetas sin pegar un solo tiro, El Quico le envió un giro al comerciante con la cantidad «prestada» para el atraco, según relata el historiador ácrata Antonio Téllez en Sabaté, guerrilla urbana en España, la biografía que escribió sobre su amigo y compañero de lucha. Algunos años más tarde, herido y perseguido por cientos de guardias civiles, Sabaté malgastó su séptima y última vida en Sant Celoni al caer acribillado por las balas de un somatén. El 5 de enero de 1960 concluía la Guerra Civil para uno de los últimos guerrilleros libertarios.

Sin la determinación ideológica de los expropiadores anarquistas, otros célebres bandidos sociales levantaron también la bandera de la revolución. Jules Bonnot y su banda, atracadores profesionales franceses, llevaban la rebeldía social en el corazón y la pistola bien amarrada al cinto. En su libro Fuera de la ley, Laurent Maréchaux se refiere a la banda de Bonnot como «los excluidos de la Belle Époque». Mecánico de día y maleante de noche, Jules Bonnot (1876-1912) se decanta pronto por el más provechoso mundo del hampa: «Si quieres ser libre, cómprate un fusil. Si no tienes dinero, róbalo». Una máxima que llevará hasta sus últimas consecuencias junto a un grupo de kamikazes libertarios. La burguesía francesa está aterrorizada por la violencia de sus atracos. La persecución policial será implacable. Uno a uno van cayendo todos los miembros de la banda. Acorralado por quinientos policías, el 27 de abril de 1912 Jules Bonnot se pega un tiro en la cabeza. Pero antes se sienta a una mesa y escribe: «Soy un incomprendido de la sociedad, tengo derecho a sobrevivir y, ya que vuestra sociedad imbécil y criminal pretende impedírmelo, ¡peor para ella, peor para vosotros!».

El fin de la etapa preindustrial en el siglo XX fue relegando la aparición de nuevos bandidos sociales. Aunque el fenómeno siguió vivo con otras características (Hobsbwam menciona los casos del estrafalario Ejército Simbiótico de Liberación en Estados Unidos o la guerrilla tupamara en Uruguay), es difícil encontrar un Robin de los Bosques en los tiempos modernos. En un artículo publicado en 2012, el periodista e historiador Jon Lee Anderson reflexionaba acerca de si a algunos capos del narcotráfico les encajaría la etiqueta de bandido social. Pablo Escobar era una suerte de patriarca de los humildes de Medellín, a quienes atendió con los enormes ingresos que le proporcionaba el negocio de la cocaína. Pero su crueldad contra todo aquel que se interpusiera en su camino le aleja de la figura del ladrón noble. ¿Y qué decir de los hombres del hampa que imponen su ley en las favelas brasileñas? El Comando Vermelho, responsable del tráfico de drogas en Río de Janeiro, fue fundado por un grupo de presos comunes que se empaparon de política al mezclarse en el presidio de Isla Grande con los guerrilleros del Movimento Revolucionário 8 de Outubro (MR-8) y de Ação Libertadora Nacional (ALN) que fueron recluidos allí a partir de 1969. Recelosos en un primer momento, los presos comunes se fueron sintiendo atraídos poco a poco por el grado de organización y disciplina de los militantes izquierdistas, muy escrupulosos a la hora de perpetrar sus propios atracos. Los criminales leyeron las obras del Che Guevara y de Régis Debray y en 1971 fundaron el Grupo União, embrión del Comando Vermelho. Ese primer impulso social se iría perdiendo a medida que el grupo fue ganando territorio, poder y dinero. No obstante, algunos jefes del Comando Vermelho, como Marcinho VP (asesinado en prisión en 2003), se consideraban a sí mismos herederos de la tradición de Robin Hood. Como a los bandoleros de antaño, a los dueños de los morros cariocas también acuden a pedirles favores los vecinos más desventurados de su comunidad. Uno de ellos, Antônio Bonfim Lopes, subió un día a lo alto del morro de la Rocinha para explicarle al capo de turno que necesitaba dinero para curar a su hija. Bonfim volvió a casa con el préstamo en el bolsillo y la promesa de convertirse en bandido. En poco tiempo era ya conocido como Nem da Rocinha, el rey de la favela más populosa de Río. Antes de entregarse a la policía en 2011, ideó un sistema de reparto de bolsas de alimentos para los pobladores más pobres, según narra Misha Glenny en O Dono do Morro, la biografía de Nem, a quien Glenny entrevistó en diez ocasiones en el penal de máxima seguridad de Campo Grande.

¿Dónde se esconde Robin Hood en este siglo XXI de tantas injusticias y desigualdades? Hay quien ha creído verlo en el algoritmo de un hacker capaz de desfalcar un banco o en las pequeñas insurrecciones sociales que a cada tanto provocan las crisis recurrentes del capitalismo. «Por mucho que sea posible que Robin Hood no haya existido nunca, su vida heroica era un modelo y su personaje despertaba vocaciones. En la actualidad, ni siquiera de su leyenda surgen imitadores», se lamenta Maréchaux en Fuera de la ley. Esos bandidos de gran corazón que añora el escritor francés son parte del pasado. Vidas marcadas a sangre y fuego que no cambiaron el mundo pero aliviaron ciertas carencias de su entorno y alimentaron el folclore y la literatura popular. Para compensar tanto dramatismo, hubo entre ese ejército de las sombras quien decidió despedirse de este despiadado mundo con salvas de humor negro. Antes de clavarse una jeringuilla de morfina en el brazo, Marius Jacob, el cabecilla de los Trabajadores de la Noche, deja un escrito para quien lo encuentre. Es la noche del 28 de agosto de 1954 y el espíritu de Robin Hood vaga ya en franca retirada. Se impone la ironía, la burla socarrona de los proscritos: «Colada lavada, aclarada, secada pero no planchada. Me da pereza, lo siento. Encontraréis dos litros de rosado al lado del cesto del pan. ¡A vuestra salud!».


John Dillinger, el excepcional enemigo público número uno

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John Dillinger custodiado mientras es conducido a Indiana, 1934. Fotografía: Cordon Press.

22 de julio de 1934. Blackie es inculpado en un juicio por su propio hermano y es condenado a la silla eléctrica. Motivos no faltan: Blackie es un malhechor con un largo historial a sus espaldas y es considerado el «enemigo público número uno» de Estados Unidos. Aquella escena la ven decenas de ojos, entre los que pasan desapercibidos los del criminal más notorio de los últimos tiempos, que ve inquieto el final más esperado para los gánsteres en aquella época. Minutos más tarde, la muchedumbre sale del 2433 de la avenida Lincoln de Chicago. Entre la multitud, la tensión se abre paso y apaga el ambiente distendido de aquel domingo hasta silenciarlo con varios disparos. El primero atraviesa la cabeza de aquel hombre intranquilo que miraba el final de Blackie. El segundo, choca contra su pecho. El pánico se apodera del momento mientras el cuerpo de la víctima cae inerte en la acera. A medida que la sangre baña el suelo de Chicago, la ficción de Blackie, protagonista de Manhattan Melodrama, película que se acababa de proyectar en el Biograph Theatre de la avenida Lincoln, se desvanece y da paso a la realidad: en el suelo yace el verdadero enemigo público número uno de Estados Unidos, John Dillinger.

La vida no es más que una serie de circunstancias y en los años veinte se dieron dos: los años sin ley y John Dillinger. Ambas llevaban de cabeza a la FBI. La Oficina Federal de Investigación tenía serios problemas para erradicar los robos, el crimen organizado, a los gánsteres y la mafia italiana durante la ley seca. Dillinger, en cambio, tenía una facilidad innata para robar bancos: su estilo, asaltando varias entidades que se quedaron con los ahorros de miles de personas para superar la Gran Depresión, y su chulería le auparon a las portadas de los periódicos nacionales. Sus atracos y sus sucesivas fugas, a ser el enemigo público número uno de Estados Unidos. Dillinger fue para el FBI una amenaza a la moral nacional. Y también fue su obsesión.

La controvertida vida de John Dillinger ha traspasado las páginas de los periódicos y los libros biográficos para ser contada varias veces en la pantalla grande. Sin embargo, para entender la trascendencia del ladrón más mediático y polémico de las primeras décadas del siglo pasado hay que huir de las escenas de acción de las películas. Hay que ir más allá de los atracos de los bancos y las huidas de prisiones de alta seguridad y adentrarse en su presuntuosa vida y su temeraria personalidad. Más allá de la cinta de balas que descargaban enfurecidas las ametralladoras de la época y adentrarse en una mente astuta y pícara que quería ser diferente y que lo fue: Dillinger fue un mirlo blanco, algo excepcional entre los criminales.

Joven aprendiz de ladrón

Nacido en 1903, con una infancia ajetreada y sin figura materna, Dillinger comenzó sus fechorías en la adolescencia. Se convirtió en el líder de la banda Dirty Dozen y comenzó a robar carbón de los vagones del ferrocarril procedentes de Pensilvania que pasaban cerca de su barriada de Indianápolis. Como no podía ser de otra manera, la policía le paró los pies. Pero no por ello dejó de gamberrear: abandonó la escuela a los dieciséis años y entró a trabajar en una fábrica de chapa. Se cansó rápido y se puso a trabajar de mecánico. Tampoco duró. Descubrió la vida nocturna. Y las mujeres. Muchas mujeres. Por todo ello, su padre decidió mudarse con la familia a Mooresville, un pueblecillo de mil ochocientos habitantes cercano a la ciudad y que silenciaba el bullicio creado por las más de doscientas mil personas que por entonces levantaban Indianápolis. Volvió a la escuela y por segunda vez tiró la toalla. Pese a ser un mal estudiante, al joven Johnny le entusiasmaba el salvaje Oeste y leía todo lo que encontraba sobre ello. Le llamó la atención, ni más ni menos, el forajido Jesse James. Y quiso ser él. Los vicios siguieron y acabaron con un alistamiento en la Marina de los Estados Unidos tras robar un coche, ser perseguido por la policía y no poder volver a casa, donde le esperaba su padre desquiciado por su comportamiento.

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Cartel de «Se busca», 1934. Imagen: FBI (DP).

Obviamente, la vida de la Armada no fue del gusto de Dillinger: no esperó a que el barco atracara en Boston para salir corriendo y volver a Mooresville tras cinco meses de servicio militar. Desertor del ejército, con apenas veintiún años se casó y, lejos de formar una familia y sentar la cabeza, comenzó a firmar el principio del fin. Se convirtió en ladrón, malhechor y preso fugado. La historia da fe de que estas dos últimas aficiones jamás le abandonaron. Además, puso un punto de comedia en la tragedia y durante unos meses fue una estrella del béisbol local. Como todos los inicios, el suyo también fue difícil: entre sus primeros delitos se incluye el robo de cuarenta  y un pollos.

Como Jesse James

En septiembre de 1924 dejó atrás sus hazañas amateurs y pasó a pulir su trayectoria como delincuente profesional. Atracó a un tendero local con una pistola y un perno, pero, ante su sorpresa, el vendedor se resistió. Dillinger le golpeó, le disparó y echó a correr hasta donde debía esperarle su socio, que nunca apareció. Fue condenado a más de diez años en el reformatorio de Pendleton. Lejos de achantarse, no tardó ni un mes en intentar fugarse. Y su condena aumentó seis meses por ello. No por ello dejó de intentarlo una semana después en un traslado eventual. Sin éxito. Por última vez, cogió fuerzas durante cinco semanas y lo volvió a intentar. No cumplió con el dicho y a la tercera no fue la vencida y sumó seis meses más de cárcel. No le quedó otra que asumir la condena. Pero a su manera: organizaba partidas de cartas entre los presos, destruía el material de la prisión, hacía contrabando de alimentos y, de vez en cuando, se liaba con los puños. En 1929, solo y con el divorcio firmado por el mismo juez que le condenó, pidió el traslado a la cárcel de Michigan para reunirse con Harry Pierpont y John Red Hamilton, presos que conoció en el reformatorio. Fue allí cuando aprendió de los maestros de lo ajeno y lo ilegal, y se adentró en la técnica de robar bancos. Aprendió el diseño que tenían los bancos norteamericanos y ensayó los pasos a seguir para completar los atracos con la máxima rapidez. Además, el grupo puso a prueba su aprendizaje adquiriendo un coche rápido y definiendo una buena ruta de escape de la prisión. Solo faltaba poner el plan en práctica.

Toda la banda de la prisión, formada por Dillinger, Pierpont, Hamilton, Van Meter, Makley, Russell y Clark, tenía algo en común: estaban desesperados por salir de los barrotes de Michigan, así que idearon una huida en la que el soborno era la pieza central. Untaron a unos cuantos guardias, se hicieron con algunas armas, encontraron un lugar para esconderse después de la fuga y esperaron hasta el instante adecuado. Pero ese momento se adelantó para Dillinger: en mayo de 1933 le notificaron que su madrastra, a la que apreciaba, se estaba muriendo. Le concedieron la libertad condicional, pero no le dio tiempo a despedirse de ella. Se le removió la conciencia y prometió a su padre que se convertiría en un hombre respetuoso con la ley. ¿Adivinan cuánto duró la promesa? Dos semanas, catorce días de pura bondad en la vida del delincuente más buscado.

De cuarenta y un pollos a miles de dólares

ca.1933, Indiana, USA --- Original caption: IN-John Dillinger, notorius criminal in Indiana court, manacled to Sheriff Holley. At right is attorney Joseph Ryan. Photograph. --- Image by © Corbis
John Dillinger, esposado al Sheriff Holley (izq.) y custodiado por Joseph Ryan (dcha.) en la Corte de Indiana . Fotografía: Corbis.

Dillinger se juntó con dos amigos de Pierpont para comenzar a delinquir. Con el primer robo consiguió cien dólares. Bastante para entonces; miseria para él. Quería ser como Jesse James y probó su osadía ideando el primer atraco a un banco. Sin saberlo, en ese momento pasó de ser un ladrón del montón a forjarse como el enemigo público número uno de Estados Unidos. El primer saqueo fue en el New Carlisle National Bank de Ohio y el botín ascendió de diez mil dólares. La suerte del principiante, quizás. Pero cuando salen dados ganadores hay que seguir jugando y ese robo solo fue el primero de una larga lista: días después robaron un almacén de droga y un supermercado obteniendo tres mil seiscientos dólares. Ese robo sirvió para que Dillinger dejase atrás a sus socios y buscase a hombres más hábiles y astutos para cometer sus ansiados atracos. A un robo cada dos semanas, se hizo con tres mil quinientos dólares del Commercial Bank de Daleville, seis mil setecientos del Montpelier National Bank de la ciudad homónima y la friolera de veintiún mil dólares del Massachusetts Avenue State Bank de Indianápolis. «Esto es un atraco a mano armada», le dijo Dillinger al gerente del banco de Indianápolis mientras esperaba tranquilamente con la piernas cruzadas sobre la barrera de dos metros de altura y su sombrero de paja a que sus chicos llenaran las bolsas con fajos de billetes. Los tres atracos cometidos a grandes bancos del estado de Indiana, con un breve paso por el Bluffton Bank de Ohio para hacerse con seis mil dólares, lo pusieron en la diana del capitán Matt Leach de la Policía Estatal de Indiana.

Sus fechorías tampoco tardaron en llegar al FBI. La Oficina Federal vivía una renovación al mando del histórico director J. Edgar Hoover tras unos años salpicada por escándalos de corrupción. La Gran Depresión trajo consigo un aumento de la criminalidad y Hoover vio en esa lacra una oportunidad: se centró en atrapar a los enemigos del país consiguiendo un incremento del interés del público hacia los organismos de jurisdicción federal, cuyos resultados podían verse a menudo en los periódicos. Por eso, los gánsteres se convirtieron en el enemigo a batir. Y fueron cayendo, a excepción de Dillinger, que consiguió huir reiteradamente de la telaraña policial.

Con el botín de todos los atracos, Dillinger tenía un objetivo pendiente: perpetrar la fuga de Pierpont y compañía de la prisión de Michigan que habían planeado antes de salir con la condicional. Pero la policía se le adelantó: en lugar de conseguir la libertad de los suyos, consiguió su propia detención. Dillinger volvió a la cárcel, en esta ocasión a la de Lima, en Ohio. Para su suerte, la huida de sus compañeros ya estaba en marcha y el 26 de septiembre de 1933 se hizo realidad: se produjo la evasión más grande de la historia de Indiana. Consumado su plan, tocaba devolver el favor a Dillinger, por lo que Pierpont no tardó en idear su fuga junto con Makley y Clark.

La fuga de Dillinger fue rápida, pero no sin sangre: Pierport y Makley mataron a un carcelero. Apodados como The Terror Gang por su audacia y su descaro, la banda de Dillinger por fin estaba junta y no tardó en actuar. A lo grande. Haciendo gala del ego de Dillinger. En plena Depresión, del Central National Bank de Greencastle de Indiana se llevaron setenta y cuatro mil ochocientos dos dólares, del American Bank and Trust Co de Rice, en Wisconsin, veintiocho mil, y del First National Bank de East Chicago, en Indiana, veinte mil dólares. Los atracos incluyeron disparos y rehenes. El último, además, la muerte de un agente. Tras el reguero de sangre, tuvieron que darse un respiro. Después de un mes de paz en Chicago, su coche no pasó desapercibido y Red Hamilton mató a otro policía que se había acercado a detenerlos. Sin quererlo, en ese momento la banda de Dillinger sumó al agente Mel Purvis tras sus pasos. Nombrado por Hoover y respaldado por su brillante trayectoria, Purvis llegó a las oficinas de Chicago en 1932 con la misión de acabar con los criminales más buscados.

25 Jul 1934, Washington, DC, USA --- Original caption: July 1934 Washington, DC: J. Edgar Hoover, Chief of the Department of Justice, extends his hand in congratulation to his Chicago Bureau Chief, Melvin Purvis, when the latter arrived in Washington, 7/25, to give his report on the trapping and slaying of John Dillinger. It was annouced shortly afterward that Purvis and Samuel Crowly were rewarded with promotions and salary incresases for their excellent work on America's Public Enemy #1. --- Image by © Bettmann/CORBIS
Edgar Hoover extiende la mano para felicitar a Melvin Purvis tras la «captura» de John Dillinger. Fotografía: Corbis.

Tras la muerte del policía, Dillinger y sus hombres fueron a pasar la Navidad a Florida, pero su hacer ya había traspasado fronteras y diferentes estados se peleaban por atraparlos. Los carteles con el famoso «se busca» se apilaban en las comisarías y las recompensas por atrapar a los bandidos, vivos o muertos, se comían el papel. Para esconderse, la banda huyó a Arizona. Aun así, la policía les persiguió a la otra punta del país. Cosas del destino, el 22 de enero de 1934 se inició un incendio en el sótano del hotel Congress de Tucson y se extendió hasta el tercer piso, donde se alojaba la banda. No tuvieron escapatoria y Dillinger fue directo a la prisión de Crown Point en Indiana por el asesinato del policía de Chicago. Lejos de acabar con su trayectoria delictiva, su tercer paso por prisión supuso una de las fugas más célebres.

Un criminal audaz

3 de marzo de 1934. Nueve en punto de la mañana en Crown Point, prisión de alta seguridad de Indiana. John Dillinger rompe la calma imperturbable apuntando a un carcelero con una supuesta pistola. Consigue que le abra la celda, toma dos rehenes, encierra al resto de guardias y sale por la puerta principal de la prisión. La hazaña, perpetrada con una pistola de madera untada con betún, aunque este hecho nunca la confirmó el FBI, le aupó al podio de los más buscados.

Sin embargo, Dillinger cometió el error de robar el coche del sheriff, un flamante Ford V8, y conducir desde Indiana a Illinois en busca de su chica, Billie Frechette, a la que también consideraba un mirlo blanco entre lo común. Cruzar una frontera estatal supuso infringir una ley federal que daba pie al FBI a unirse a la cacería. Además, estaba solo: el resto de la banda había sido juzgada en otros estados por asesinato con fortuna dispar: Pierpont y Makley habían sido condenados a la pena capital y Clark a cadena perpetua.

No tardó en crear una nueva banda en Chicago con el objetivo de hacer dinero rápido y volver a llenar las páginas de los periódicos. Los elegidos fueron John Hamilton, Baby Face Nelson, un psicópata de gatillo fácil que había formado parte de la banda de Capone, Homer Van Meter, amigo de Dillinger en el reformatorio de Pendleton y la cárcel de Michigan, Eddie Green y Tommy Carroll. El resultado fue estremecedor: cuarenta y nueve mil quinientos dólares del Securities National Bank de Sioux Falls en Dakota del Sur, cincuenta y dos mil más en el First National de Mason City en Iowa y diecisiete mil en el de Fostoria de Ohio. Su último atraco fue en Indiana, donde comenzó todo: robó veintinueve mil ochocientos noventa dólares del Merchants National de South Bend el 30 de junio de 1934.

Acorralado y traicionado

Dillinger llevaba toda la vida robando, pero también huyendo. En abril de 1934 se dio cuenta de que estaba acorralado y más cerca de seguir el mismo destino de Pierpont y Makley que de salir impune del mazo de la ley. En Chicago, Purvis seguía todos sus movimientos gracias a contactos vendidos, chivatazos y vigilancias exhaustivas, e intentó detenerlo. Pero a esas alturas, el enemigo público solo temía por una cosa: por su mirlo blanco, Billie. El FBI conocía su punto débil y no dudó en usarlo. Idearon otra captura. Dillinger consiguió huir, pero Frechette fue detenida y condenada a dos años de prisión. Jamás volvería a ver a su amor.

El final se precipitaba. Lo que no intuía Dillinger es que sus más allegados empujarían la bala que le atravesó la cabeza. Una serie de chivatazos destaparon su escondite en el hostal Little Bohemia, aislado en Wisconsin y convertido ahora en un hotel y restaurante que rinde tributo al gánster para ganar dinero fácil. Esa noche volvió a acabar con disparos y otra huida épica. En la oscuridad también fracasó el FBI, ya que no planificó bien la operación. Dillinger volvió a huir, pero lo pagó caro. Atrapado y herido, recurrió a su gente de confianza, concretamente a Anna Sage, a quien la historia ha rebautizado como «la dama de rojo» y la mujer que le traicionó. El FBI, por su parte, ante el enésimo fracaso recurrió al agente especial Samuel A. Cowley para capturarlo.

Sage delató a Dillinger con un fin, el de evitar la deportación a su natal Rumania, país que dejó con su primer marido en busca de una vida mejor en el país de las oportunidades. Su oportunidad se limitó a cambiar de nombre, de Ana Cumpanas a Anna Sage, a ser una afamada prostituta de Chicago y a regentar un popular burdel de la ciudad. Su chivatazo fue clave. Cantó al FBI que estaba dando cobijo al malhechor y la policía ideó la captura final después de saber que al día siguiente acudirían al cine junto a una examante del criminal. De esa conversación también nació el detalle del vestido rojo. Sage dijo que iría vestida de ese color para que la identificaran fácilmente. La biografía Public Enemies: America’s Greatest Crime Wave and the Birth of the FBI, 1933-1934, publicada por Bryan Burrough, explica que se trataba de una falda naranja.

22 Jul 1934, Chicago, Illinois, USA --- Original caption: John Dillinger Killed in Chicago. Chicago, Illinois: Federal agents caught up with the elusive John Dillinger and killed him as he was leaving the Biograph movie theater in Chicago on July 22. This photo shows the front of the small theater after the shooting. The picture the arch desperado was seeing was Manhattan Melodrama, a crook picture. --- Image by © Bettmann/CORBIS
Curiosos en el lugar del asesinato de John Dillinger el 22 julio de 1934. Fotografía: Corbis.

Poco antes de las ocho de la tarde, Dillinger entró acompañado de las dos mujeres al Biograph Theatre para ver Manhattan Melodrama. Dos horas y media después, salió despreocupado, en mangas de camisa y con su inseparable sombrero de paja. Custodiado por una dama a cada lado, rápidamente palpó la tensión que se vivía en el ambiente. Purvis encendió un cigarrillo, señal para que comenzara la acción. Ante los movimientos, Dillinger entendió lo que pasaba. Sacó su pistola y corrió hacia un callejón anexo al teatro. Cinco disparos de tres agentes del FBI trataron de detenerlo, dos de ellos le alcanzaron. Cuando cayó fulminado en el suelo, aún tenía en la mano su Colt del calibre 38. No tuvo tiempo de disparar ningún tiro.

De aquel primer atraco al banco New Carlisle National Bank a esa cálida noche de julio donde acabó todo habían pasado siete meses. Tiempo suficiente para salir del anonimato, vivir una vida demasiado rápido, ser el criminal más buscado del país y morir a tiros en un callejón de la Windy City. Esos frenéticos siete meses fueron la historia del inicio del FBI. La muerte del enemigo público número uno supuso el éxito tras años de fracasos de la Oficina Federal. Hoover pasó del anonimato a la escena pública y ni siete presidentes de los EE. UU. consiguieron arrebatarle el poder en el FBI. Purvis no supo encajar la vida lejos de la acción y acabó suicidándose con la pistola que le regalaron sus colegas cuando se jubiló. Frechette cumplió su condena de dos años y comenzó una nueva vida. Anna Sage no se libró de la deportación.

Después de llenar páginas con los atracos de Dillinger y sus burlas al FBI, y de analizar su vida y su personalidad, el New York Times publicó que murió como comenzó: pobre, con siete dólares en su bolsillo, pese a que en los últimos catorce meses sus asaltos sumaron trescientos mil dólares y dieciséis muertos. Así, terminaba la historia del enemigo público número uno más mediático, de quien marcó un precedente en el FBI y popularizó la lista de los enemigos de Estados Unidos. Adiós al mirlo blanco.


El wéstern: notas sobre un género difunto

Escena de Centauros del desierto. Imagen Warner Bros. Pictures.
Escena de Centauros del desierto. Imagen: Warner Bros. Pictures.

Aunque periódicamente algunos cineastas vuelven la mirada hacia el género norteamericano por excelencia, sin lugar a dudas el wéstern murió tiroteado por el siglo XX. Se agradecen, no obstante, briosos intentos de reanimación tales como los de Joel y Ethan Coen en su personal y respetuoso remake de Valor de Ley (2010) o el emotivo tributo al género de Tommy Lee Jones, en funciones de actor y director, en Deuda de honor (2014). Más controvertida es la exhumación reciente de Quentin Tarantino del wéstern. Si en Django desencadenado (2012) logró pergeñar un delirante, hilarante, violento y abigarrado alegato antirracista, en la interminable Los odiosos ocho (2015) confirma su capacidad para la verborrea incesante y la demencia visual más plúmbeas e insufribles.

En cualquier caso, este retorno a los añejos paisajes naturales, los revólveres raudos, el fantasmagórico acecho de los indios, el tintineo de espuelas, las cantinas y sus tragos contundentes y ásperos, el rítmico y majestuoso cabalgar de los caballos y un lejano etcétera polvoriento nos recuerda que una vez existió un universo (geográfico/temporal/iconográfico) creado justo cuando la realidad se convertía en leyenda mitológica. Así lo certificó el crítico André Bazin: «El wéstern es el encuentro de una mitología con un medio de expresión».

Por su parte, el historiador George-Albert Astre, en su canónico Universo del wéstern, escribe: «El wéstern es una de las pasiones contemporáneas más universales. Los innumerables amantes del cine del Oeste en todo el mundo encuentran en él la materialización de una sorprendente mitología, el desarrollo más o menos suntuoso, más o menos esotérico, de un cierto ceremonial: la celebración de una fiesta ritual en la que se consume, en el reencuentro con la libertad de los grandes espacios, una visión irrisoria de las civilizaciones occidentales».

Y el crítico y guionista Ángel Fernández Santos, en el memorable ensayo Más Allá del Oeste, señala el componente ritual del género:

El cine del Oeste expulsa hacia sus contempladores una impresión de equivalencia con algunas ceremonias sociales muy arraigadas. Esto quiere decir que, desde hace casi un siglo, forma parte de la memoria cotidiana de multitudes humanas, como cualquier ritual de convivencia. Al igual que en estos rituales, en el wéstern, la repetición de un patrón ceremonial preexistente no solo excluye la sensación de variedad, sino que la presupone, ya que la identidad reiterada de cada filme es una parte esencial de su originalidad, una singularidad tanto más difícil de alcanzar cuanto más vulnerables son las leyes a que ha de sujetarse.

Leyenda, mito y ceremonia. El wéstern es a una nación bisoña como la estadounidense lo mismo que La Iliada La Eneida a la cultura grecolatina; los poemas épicos medievales, el ciclo artúrico y las novelas de caballería a la sociedad europea: la necesidad de construir un territorio imaginario y fantástico que, de alguna manera, respete una señas de identidad históricas y comunes.

De esta manera, al marco físico reconocible (a pesar de que en ocasiones se presente de manera abstracta) se une una galería de personajes aferrada al imaginario colectivo y con trasunto real: Wyatt Earp, Doc Holliday, Pat Garrett, Billy the Kid, Buffalo Bill, Wild Bill Hickok, Calamity Jane, Jesse y Frank James, Butch Cassidy, Sundance Kid, los jefes indios Gerónimo, Toro Sentado y Cochise… Asimismo, las coordenadas del género definen unos arquetipos y delimitan el desarrollo recurrente de las narraciones: los duelos entre pistoleros justicieros y su némesis encarnada por bandidos despiadados, la lucha de los colonos por establecerse en el salvaje Far West, la aventura de pioneros y buscadores de oro y prosperidad, las refriegas con las tribus indias o los conflictos entre ganaderos y agricultores. Así pues, a partir de la simplicidad de una literatura de quiosco avant la lettre (Zane Grey o James Fenimore Cooper) por una parte, y de todo un arsenal de relatos legendarios por otra, las películas del Oeste se convirtieron en uno de los géneros más populares de un arte eminentemente popular.

scena de Sin perdón. Imagen: Warner Bros. Pictures.
Escena de Sin perdón. Imagen: Warner Bros. Pictures.

Prueba de ello es que algunos de los estudios apostaron por la producción en cadena de wésterns y, desde los inicios de la industria, un buen número de cineastas se apuntó al pelotón de los especialistas en el género. De los pioneros más audaces, influyentes y brillantes cabe mencionar a John FordRaoul WalshWilliam WellmanCecil B. De MilleAllan Dwan, King Vidor y Howard Hawks.

De igual manera, encontramos a unos actores que supieron encarnar el espíritu del género gracias a unas características físicas y a cierto rictus fatalista acordes con la estética del Far WestJohn WayneJames StewartHenry FondaGary CooperGregory PeckRobert MitchumRichard Widmark y Randolph Scott, principalmente.

Pese a su aparente encorsetamiento, la permeabilidad temática y genérica del wéstern es notable. Amoldado a sus anchuras advertimos la presencia del (melo)drama, la comedia, el thriller, la aventura o el relato gótico. También resulta significativa su capacidad de transmutarse, influir e incluso retroalimentarse. Por ejemplo, Easy Rider (1969) y el subgénero de las buddy movies no dejan de ser wésterns contemporáneo a la manera de Dos cabalgan juntos (1961); Taxi Driver (1976) está concebido como un wéstern urbano con reconocido homenaje a Ford; la saga Mad Max debe al género tanto su iconografía del pistolero errante y abismal como la vibrante planificación de las persecuciones.

Por otra parte, la fascinación por los filmes del Oeste marcó el ciclo samurái de Akira Kurosawa, quien a su vez fue fuente de inspiración para Hollywood. De esta manera, John Sturges versionó Los siete samuráis (1954) con Los Siete Magníficos (1960), mientras que Martin Ritt adaptó Rashomon (1950) en Cuatro confesiones (1964). También la aparición del spaghetti western supuso un revulsivo para la iconografía del género, que se tornó, más si cabe, descarnada, árida, lacónica y letal. A este respecto, la composición de los pistoleros fantasmagóricos de Clint Eastwood debe mucho al «hombre sin nombre» de la trilogía del dólar de Sergio Leone. Personalmente, considero que la única contribución de Leone al wéstern fue esa deuda que Eastwood contrajo con él.

Nacimiento de la épica

El wéstern, en sus primeros balbuceos fílmicos, aparece como documento descriptivo de la vida en el Oeste. Desde 1894 y 1903, las casas de filmación Edison y Biograph realizan una sesentena de filminas documentales que servirán de base al posterior desarrollo y consolidación del género. En cualquier caso, Asalto y robo de un tren (1903), dirigida por el periodista Edwin S. Porter, se considera el primer wéstern de la historia del cine. Porter narra el asalto a un tren, la persecución de los atracadores y la refriega armada entre bandidos y representantes de la ley. Con este simple esquema argumental, las bases genéricas están asentadas. Sin embargo, el crítico Quim Casas, en el ensayo descriptivo El wéstern, subraya la aportación trascendental de Thomas H. Ince:

Incansable e intratable durante el período comprendido entre 1910 y 1925, Ince supervisó o dirigió personalmente cerca de ochocientas películas de distintos formatos, un buen porcentaje de ellas dedicadas al wéstern y ambientadas, por lo general, en la época de los pioneros, colonos y buscadores de oro (…) La capacidad de trabajo de Ince y sus rapidísimos métodos de rodaje le llevarían a construir en solitario uno de los mosaicos wésternianos más complejos de la era silente, apoyado en una poética del paisaje que crearía escuela. Hacia 1913 concibió, con el actor William S. Hart, el personaje de Río Jim, un cowboy de rostro y maneras monolíticos que hizo frente a los otros dos actores emblemáticos del género en esa época de aprendizaje, Gilbert M. Anderson (…) y Tom Mix (un auténtico ranger de Texas que antes de aparecer en una pantalla capturando bandidos ya los había detenido en su trabajo cotidiano).

Escena de El caballo de hierro. Imagen: Fox.
Escena de El caballo de hierro. Imagen: Fox.

A esta producción pertinaz de wésterns en serie hay que añadirle los cánones narrativos establecidos por David W. Griffith en El nacimiento de una nación (1914). En esta gran producción, que contó con la presencia de John Ford como figurante y de Raoul Walsh como asesino de Lincoln, Griffith marca las pautas sintácticas características del lenguaje cinematográfico clásico y abre las vías para la solidificación del género.

De esta manera, en las décadas de los veinte y treinta del pasado siglo, la industria se afana en la realización de wésterns épicos, epopeyas enmarcadas en paisajes naturales y con el punto de mira argumental centrado en las vicisitudes de pioneros y colonos. La caravana de Oregón (1923), de James Cruze, El caballo de hierro (1924), de Ford, La gran jornada (1930), de Walsh, Cimarron (1931), de Wesley Ruggles, o Unión Pacífico (1939), de De Mille, son ejemplos de la construcción afanosa de la sociedad moderna. Al mismo tiempo, la figura prototípica del pistolero se iba moldeando en espacios fronterizos, silvestres y propicios a la violencia. Gary Cooper en El virginiano (1929), de Victor Fleming, y Fred MacMurray en The Texas Rangers (1936), de King Vidor, demuestran el auge de jinetes justicieros de gatillo precoz. Sin embargo, será el maestro Ford quien, mediante la encarnadura aportada por John Wayne, cree al primer pistolero inolvidable con el Ringo Kidd de La diligencia (1939), además de revolucionar el género con este film, inspirando e influenciando a infinidad de cineastas.

Escena de La diligencia. Imagen: United Artists.
Escena de La diligencia. Imagen: United Artists.

La consciencia del wéstern

Salvo en el apartado de la serie B, la Segunda Guerra Mundial conllevó un cierto relajamiento de la producción de films del Oeste. Entre los principales motivos no es el menor el hecho de que la industria se pusiera en pie de guerra propagandística priorizando historias que sirvieran de acicate a la moral de la población estadounidense. Como excepción, William A. Wellman rodó The Ox-Box Incident (1943), sobresaliente crítica a la infame masa cobarde y, como también había hecho Fritz Lang en Furia (1939), alegato en contra de la ley de Lynch.

Después de la guerra, el wéstern se vuelve más reflexivo, dúctil y consciente de sus patrones y posibilidades expresivas. En cierta manera, la contienda bélica oscureció la visión de la violencia y sus trágicas consecuencias. Esta nueva perspectiva sombría y con unas coordenadas morales mucho más ambiguas se aprecia en la mayor parte de los wésterns de Anthony Mann —Winchester’73 (1950), La puerta del diablo (1950), Colorado Jim (1953), El hombre de Laramie (1955), Cazador de forajidos (1957) o El hombre del oeste (1958), de Ford Pasión de los fuertes (1946), Fort Apache (1948), La legión invencible (1949), Centauros del desierto (1956) y El hombre que mató a Liberty Valance (1962) o en Río Rojo (1948), de Hawks.

Escena de El hombre que mató a Liberty Valance. Imagen: Paramount Pictures.
Escena de El hombre que mató a Liberty Valance. Imagen: Paramount Pictures.

Al mismo tiempo, la llamada generación de la violencia aportó un reflejo virulento de la misma a través de relatos heterogéneos que además insuflaron aires renovadores y enérgicos. En este punto cabe mencionar algunas de las aportaciones al género de Sam Fuller —I shoot Jesse James (1949), Yuma (1957), Forty Guns (1957)Richard Fleischer Arena (1953), Bandido (1956), Duelo en el barro (1959)Don Siegel Duelo en Silver Creek (1952), Estrella de fuego (1960), Dos mulas y una mujer (1969), El último pistolero (1976)Richard Brooks La última caza (1956), Los profesionales (1966) y Muerde la bala (1975)Robert Aldrich Apache (1954), Veracruz (1954), El último atardecer (1961), La venganza de Ulzana (1972).

El género, pues, experimentó una transformación que paulatinamente lo alejaba del primitivismo original. Es así como el wéstern reviste análisis psicológicos, tórridos romances y velada crítica social. Para esta nueva fase del género, los franceses (¡cómo no!) acuñaron el término superwésternSolo ante el peligro (1952), de Fred ZinnemannRaíces profundas (1953), de George StevensJohnny Guitar (1954), de Nicholas RayHorizontes de grandeza (1958), de William Wyler, entre otras.

Por otra parte, acorde con la realidad social norteamericana, el wéstern aborda la revisión sobre la colonización y sus efectos sobre la población indígena. La comprensión del otro marca filmes como las citadas Flecha rota y Apache, El último combate (1964)de Ford, o el panfleto progre Pequeño gran hombre (1970), de Arthur Penn. La mala conciencia no es ajena a la consciencia.

Escena de Pequeño Gran Hombre. Imagen: 20th Century Fox.
Escena de Pequeño Gran Hombre. Imagen: 20th Century Fox.

La belleza sanguínea del atardecer

En los sesenta, los grandes pioneros del género sufrían la (pre)jubilación forzosa. Los tiempos estaban cambiando y el wéstern empezó a adoptar un rictus nostálgico, cuando no anacrónico. Los directores Andrew Victor McLaglen (hijo del actor fordiano Victor McLaglen) y Burt Kennedy (guionista de Bud Boetticher) intentaron con buena voluntad volver a galvanizar el ajado lejano Oeste. Pero las intenciones honestas no iban acompañadas del talento necesario. Sin embargo, ahí estaba un tipo para iniciar la tarea de demolición del mito: Sam Peckinpah, quien junto al David Miller de Los valientes andan solos (1962), inaugura el crepúsculo irremisible del wéstern con Duelo en la alta sierra (1962). Tiroteará implacablemente al género en Grupo salvaje (1969), La balada de Cable Hogue (1970) y Pat Garrett y Billy The Kid (1973). Y pese a que el wéstern todavía atraía a cineastas (muchas veces alejados de su lenguaje e iconografía) tales como Sydney Pollack en Las aventuras de Jeremiah Johnson (1972), Michael Cimino en La puerta del cielo (1980), Lawrence Kasdan en Silverado (1985) y Wyatt Earp (1993) o Kevin Costner en Bailando con lobos (1990), fue el heredero de los viejos y curtidos clásicos quien disparó la última bala. Clint Eastwood en Sin perdón (1992).

A veces, sin embargo, el espectro del wéstern (re)aparece y nos devuelve aquel nimbado universo legendario. La última vez lo hizo en pantalla pequeña. Con las tres temporadas de la monumental Deadwood (2004-06).

Escena de Deadwood. Imagen: HBO.
Escena de Deadwood. Imagen: HBO.

Veinticinco wésterns para quitarse el stetson

Advertencia: como suele suceder en este tipo de cribas, no están todos los que son pero son todos los que están. La lista, además, y pese a pretender una panorámica amplia y razonable, es personal e intransferible. Manda la entraña.

La diligencia (1939), de John Ford

Con La diligencia, el wéstern llega a su mayoría de edad. Partiendo del relato Bola de Sebo de Guy de Maupassant, Ford inaugura la madurez del género y deja su rúbrica indeleble. La cámara abalanzándose sobre John Wayne para encuadrar al mítico pistolero o la frenética persecución de la tribu india marcan un antes y un después en el wéstern, la filmografía de Ford y la carrera de Wayne.

Dodge, ciudad sin ley (1939), de Michael Curtiz

Pura artesanía del aplicado Curtiz. Este film sobresale en la producción seriada de wésterns por armonizar buena parte de los elementos iconográficos y temáticos del lejano Oeste. La llegada del ferrocarril a tierras inhóspitas, las grandes esperanzas, la construcción de núcleos urbanos como base de la civilización moderna, los nobles pistoleros y los malvados outlaw.

El forastero (1940), de William Wyler

Wyler aportó sentido y sensibilidad, una mirada reposada y reflexiva que le vino bien al wéstern. En este caso, el cowboy Gary Cooper encarna la ecuanimidad enfrentada a la arbitrariedad atrabiliaria y prevaricadora del legendario juez Roy Bean.

Murieron con las botas puestas (1941), de Raoul Walsh

Errol Flynn moldea a un Custer campechano, simpático y extravagante. A su medida. Según parece, en realidad el general fue un botarate inconsciente en toda regla. Walsh exhibe su maestría en las escenas de acción a campo abierto. Aunque los hechos no ocurrieron tal y como los narra el film, para un servidor la batalla de Little Bighorn siempre será la de Murieron con las botas puestas.

Duelo al sol (1946), de King Vidor

El productor David O. Selznick y el director consiguieron fraguar la historia de un triángulo amoroso fatal con trasfondo bíblico. Entre el pasmarote Joseph Cotten y un turbio y retorcido Gregory Peck, la ígnea morenaza Jennifer Jones lo tiene clarísimo, vamos. Ardores de bajo vientre, humedades caliginosas y amor fou entre rocas impávidas. Junto a Pradera sin ley (1955), el mejor wéstern de Vidor.

Cielo amarillo (1948), de William A. Wellman

Espectral, oscuro y desasosegante, Cielo amarillo parte de una historia del escritor W. R. Burnett que narra la escapada a través del desierto de unos forajidos hasta llegar a un pueblo fantasma. Tintes góticos y siniestros para uno de los wésterns más insólitos, misteriosos y magnéticos.

Winchester 73 (1950), de Anthony Mann

Casi como MacGuffin, el robo de un rifle (bien pudiera ser la caza de una ballena blanca) sirve para trenzar una historia errante y aventurera. Stewart compone un personaje que se repetirá en sus siguientes trabajos con Mann: un tipo obcecado, persistente en sus fijaciones y con un contorno moral difuso.

Flecha rota (1950), de Delmer Daves

Primerizo film de la tendencia pacificadora. El jefe Cochise y su tribu dejan de ser una masa amenazante y presta siempre a la batalla. Toman la palabra y tienen sus razones. También su corazón.

Encubridora (1952), de Fritz Lang

El rancho Chuck-a-Luck bien pudiera estar ubicado en Shangai, habida cuenta de que su propietaria es Marlene Dietrich. Un joven llega al tugurio repleto de delincuentes en busca de venganza. Entonces Dietrich, seductora y malévola, se marca el «Get away, young men», y el pipiolo vengativo queda hecho un flan. Una obra maestra heterodoxa.

Raíces profundas, (1953), de George Stevens

El superwéstern por excelencia. A lomos de un inmaculado corcel (tan blanco como el del Cid) llega de la nada un pistolero misterioso (tal es la potencia visual del film que la suspensión de la incredulidad incluso es capaz de pasar por alto el protagonismo del bajo Alan Ladd) que, cual ángel guardián, socorrerá a la población atemorizada y chantajeada por los matones locales. Stevens demuestra su prestante pericia en la plasmación hiperrealista de la violencia. Memorables peleas a puñetazo limpio sin los amaneramientos coreográficos tan en boga en el cine de acción actual.

Johnny Guitar (1954), de Nicholas Ray

Lírica, tórrida, sublime. El romanticismo de Ray en todo su fulgor. Faltan líneas para enumerar sus virtudes y transcribir sus diálogos sin desperdicio. Valga, por lo menos, la mención a la célebre escena de «miénteme»:

Johnny: ¿A cuántos hombres has olvidado?
Vienna: A tantos como mujeres tú has amado.

Ya le gustaría a Tarantino.

Centauros del desierto (1956), de John Ford

Para muchos, entre los que me incluyo, Centauros del desierto no es únicamente el mejor wéstern, sino que es la película (léase en mayúsculas enfáticas). La odisea de un hombre en busca de su sobrina (en verdad, su hija) esconde un abismo obsesivo de odio y venganza. Solo John Wayne podía arrastrar los pies y contonearse lentamente hacia el yermo olvido final. Solo Ford podía filmarlo con tanta dignidad, emoción y belleza.

Seven men from Now (1956), de Bud Boetticher

Otra de las sobresalientes historias de venganzas del wéstern. Seven men from Now pertenece al ciclo Ranown Cycle, en referencia a la productora Ranown, que fundó el actor Randolph Scott. Scott y Boetticher colaboraron en siete filmes de bajo presupuesto pero altísima calidad. El perspicaz Bazin era un enamorado de esta película.

El tren de las 3.10 (1957), de Delmer Daves

Howard Hawks consideraba que el sheriff de Solo ante el peligro (1952) era un llorica y carecía de ética profesional. Siguiendo las reservas del maestro, me inclino por El tren de las 3.10 como representación de la corriente psicológica. Angustiosa espera y congoja general ante la inminente llegada de los bandidos.

Forty Guns (1957), de Sam Fuller

Escrita, producida y dirigida por Fuller, Forty Guns supone uno de los filmes más personales y sugestivos de la filmografía del cineasta. Enérgica, expeditiva, original y con algún toque barroco en su planificación marca de la casa.

Río Bravo (1959), de Howard Hawks

El maestro de la profesionalidad y la camaradería trasladó su concepción del trabajo bien hecho en equipo al wéstern. Después de este film (que versionaría con variantes en 1966 con El Dorado y en 1970 con Río Lobo), mil veces hemos visto en pantalla a un grupo atrincherado y defendiéndose de todo tipo de ataques. Asalto a la comisaría del distrito 13 (1976) de John Carpenter tal vez sea el homenaje más rendido a Río Bravo.

El hombre de las pistolas de oro (1959), de Edward Dmytryk

La ciudad de Warlock sirve de escenario a una historia de amistad, viejos rencores, antagonismo y redención. Violencia contenida, verbalizada y finalmente resuelta a balazos. En la tensión confrontada de primeros planos se masca la tragedia, que diría un radiofonista futbolero.

El hombre que mató a Liberty Valance (1962), de John Ford

Enésima y última lección insuperable de Ford. Tanto es así que algunos la consideran su mejor obra. Por encima de Centauros… En todo caso, el ocaso del género se inicia con el asesinato de Liberty Valance. Y un apotegma a manera de epítome: «Cuando la realidad se convierte en leyenda, imprimimos la leyenda».

Los profesionales (1966), de Richard Brooks

Desencantados, cínicos, achacosos y con la melancolía corroyéndoles las miradas. Así son estos profesionales que no por ello dejan de hacer bien su trabajo. Brooks firma un wéstern de supervivientes incapaces de tomarse en serio ni a sí mismos. Saben demasiado sobre las derrotas de la vida.

El póker de la muerte (1968), de Henry Hathaway

Como en La noche del cazador, Mitchum interpreta a un predicador atípico en este no menos atípico film del eficaz artesano Hathaway. Mezcla de thriller, suspense, policiaco, El póker de la muerte gira en torno a una mesa de juego y el asesinato de los jugadores. Agatha Christie con sombrero stetson y revólver al cinto.

La balada de Cable Hogue (1970), de Sam Peckinpah

Un año después de Grupo Salvaje, Peckinpah rodó este canto triste a un pasado perdido. El público esperaba tiroteos a mansalva y se encontró con esta lúcida balada sobre el desarraigo de un hombre que se refugia en el amor de una prostituta (¡cuántas putas en la vida y en el cine de Peckinpah!). Nada acompaña a la épica, sino más bien a una aceptación resignada de su pérdida y a la añoranza de tiempos míticos (y mitificados) en los que esta era posible.

El día de los tramposos (1970), de Joseph L. Mankiewicz

Trampantojo, farsa de pícaros, comedia dramática, charada. Mankiewicz finge filmar/firmar un wéstern, pero en realidad está rodando otra cosa. El día de los tramposos no es un wéstern. ¡Qué más da! Es un Mankiewicz, y por lo tanto, merece la inclusión en cualquier lista de los mejores.

El juez de la horca (1972), de John Huston

Tal vez no sea un wéstern tan bien construido como Los que no perdonan (1960). Tal vez adolezca de arritmias y caídas de interés, digresiones deshilachadas y cierta desidia formal. Sin embargo le tengo mucho cariño a este excéntrico Roy Bean escu(l)pido por Newman. Como el propio Huston, el juez hace lo que le da la real gana.

La venganza de Ulzana (1972), de Robert Aldrich

Tras Apache y Veracruz, el dúo Lancaster/Aldrich se despide del wéstern con un film que es más mirada al pasado que recreación del presente. La última misión antes de la jubilación merecida está filmada con sabiduría provecta y un escepticismo acumulado con los años al galope persiguiendo indios. Reflexiva y crepuscular.

Sin perdón (1992), de Clint Eastwood.

El último clavo del ataúd. La obra maestra solitaria y final. Otra vuelta de tuerca al discurso fordiano de El hombre que mató a Liberty Valance. La realidad que esconde la leyenda es profundamente sucia, desagradable y soez. El mejor tirador no es el más rápido y audaz, sino el que tiene sangre ofidia e instintos criminales. Eso sí, paciente lector: si ha pensado en decorar su pocilga con el cadáver del amigo de William Munny, le recomiendo que consiga un revólver y olvide los escrúpulos a la hora de apretar el gatillo.

Escena de Johnny guitar. Imagen: Republic Pictures.
Escena de Johnny guitar. Imagen: Republic Pictures.


La leyenda de Billy el Niño (y IV): Cacería, fuga y muerte

Anuncio en prensa con el que el gobernador Wallace puso precio a la cabeza de Billy el Niño, vivo o muerto.(Foto: DP)
Anuncio en prensa con el que el gobernador Wallace puso precio a la cabeza de Billy el Niño.(Foto: DP)

(Viene de la tercera parte)

No os culpo por escribir las cosas que habéis escrito. Os tuvisteis que creer esas historias, aunque de todas maneras ya no sé si alguien se lo creería si decís algo bueno sobre mí. (Billy el Niño, a un reportero tras su captura).

A Patrick Floyd Garrett se lo podría describir como un tipo duro. Tenía treinta años cuando fue elegido nuevo sheriff del condado de Lincoln. No era ajeno a las duras condiciones de la vida en la frontera, cuyas vicisitudes había experimentado en primera persona. Se había ganado la vida como cowboy, como cazador de búfalos y también como jugador de cartas. Fueron su carácter rocoso y su buena fama como tirador las características que le ayudaron a hacerse con ese delicado puesto justo cuando el condado estaba sumido en el caos. Pero era un hombre que inspiraba respeto. Las varias fotografías suyas que se conservan nos lo muestran como un individuo de gesto severo; además medía un metro y noventa centímetros, lo que le hacía ser mucho más alto que la media de la época. Pero por encima de todo se sabía que había matado en defensa propia, así que no era un hombre con el que se pudiese bromear. Eso sí, nunca hubiésemos oído hablar de él si no fuese porque ocupó el puesto de sheriff en el momento indicado. Su fama, como resume una placa conmemorativa erigida en su lugar de nacimiento, consiste en haber sido «el hombre que mató a Billy el Niño».

Pat Garrett (foto: DP)
Pat Garrett (foto: DP)

Se sabe que antes de ser nombrado sheriff conocía personalmente a Billy. Ambos habían coincidido en Fort Sumner cuando Garrett se dedicaba al póquer, ocupación que junto a su estatura le ganó el sobrenombre de Big Casino. El que ambos coincidiesen está bien documentado; de hecho no había sido inhabitual verlos jugando en la misma mesa. En algunas novelas y películas se los cita por los respectivos apodos de Big Casino y Little Casino, que suenan demasiado bien para no parecer parte de la mitología, pero que sí pudieron ser apodos reales. No resulta inverosímil que en Fort Sumner bautizasen así a tan peculiar pareja de juego. Eso sí, el tipo de relación que hubo entre ambos cuando jugaban juntos resulta difícil de determinar. Para empezar, como ya comentamos en algún episodio anterior de esta serie, las memorias de Garrett son cualquier cosa excepto fiables. Algunos historiadores creen que ambos pudieron ser amigos, incluso cómplices en algún robo de ganado, porque siendo ya sheriff, Garrett demostraría conocer bien los hábitos de Billy. Sin embargo, los testimonios coinciden en que cuando Billy supo que Pat Garrett se presentaba al cargo de sheriff, recibió la noticia con poco entusiasmo. Por lo que sabemos, no da la impresión de que fuesen enemigos enconados a priori, pero tampoco de que hubiese una gran simpatía mutua. Billy quería un sheriff que se mostrase comprensivo hacia su caso y su actitud ante el nombramiento de Garrett parece indicar que pensaba que no iba a ser así. Además hay otro hecho indudable: desde que recibió su estrella, Pat Garrett se mostró implacable en la cacería.

Pat Garrett a la caza de Billy el Niño

Cuando decimos que no necesariamente eran enemigos, eso no significa que Garrett no tuviese buenos motivos para convertir al joven Billy en el principal objetivo de su agenda. No porque fuese el peor forajido del territorio, sino porque por entonces su fama se había desbocado. La prensaba hablaba de Billy como si fuese el responsable de los males de Nuevo México. Los periodistas recurrían a toda clase de exageraciones sensacionalistas para adornar sus textos. Le atribuían una veintena de asesinatos, cuando en realidad había estado involucrado en muchos menos y judicialmente se le acusaba únicamente de dos. Se podría objetar que un criminal es un criminal con independencia del número de personas a las que ha matado, y esto es cierto, pero esta idea no funciona así a nivel periodístico. El peculiar personaje de Billy, pintado con los trazos de un demonio de la frontera que tenía cara de escolar, había captado la atención de muchos lectores. Los periódicos, claro, respondían ofreciendo más y más titulares sobre su persona. Por entonces la prensa ya le había adjudicado el apodo de «Billy el Niño», cuyo uso se extendió de inmediato frente al apodo de «el niño Antrim» con el que se lo había conocido siempre en Lincoln. En todo caso, la sola mención de Billy el Niño excitaba la imaginación del público. Su fama rivalizaba con la de Victorio, un importante jefe guerrero apache —aliado de Jerónimo y Cochise, nada menos— que había sembrado el terror en el estado. Victorio, capturado aquel mismo verano, era una figura legendaria de la que se había oído hablar incluso en Europa, pero Billy estaba a punto de superarlo en renombre.

La primera consecuencia de aquella fama fue que se convirtió en el primer objetivo de la ley. El gobernador Lew Wallace volvió a poner precio a su cabeza, pero esta vez no lo buscaba vivo como testigo. Eso sí, lo hizo mediante un anuncio en prensa: pese a lo que dicen las leyendas, nunca hubo un cartel de «Wanted Dead or Alive» colgado en las paredes y si alguna vez ven ustedes alguno, se trata sin duda de una falsificación. El anuncio decía así:

BILLY EL NIÑO
Recompensa de $500
Pagaré $500 a cualquier persona o grupo de personas que capture a William Bonny (sic), alias el Niño, y lo lleve ante cualquier sheriff de Nuevo México.
Se requerirán pruebas satisfactorias de su identidad.

El mensaje estaba claro: «Se requerirán pruebas satisfactorias de su identidad» implicaba que el precio sería pagado por Billy vivo, o por Billy muerto. Las cosas, pues, se le ponían más y más difíciles. Era un objetivo cada vez más débil. La banda con la que cabalgaba estaba reducida a cinco miembros, incluyéndolo a él. Estaba cansado de huir. Pese a que el gobernador Wallace hubiese incumplido la promesa de aplicarle la amnistía general que había proclamado tras la Guerra de Lincoln, Billy continuaba evitando verse involucrado en más actos violentos, confiando todavía en llegar a algún tipo de acuerdo con las autoridades. Se lo comunicó mediante carta a un abogado, Ira Leonard, con quien se citó en White Oaks, el típico poblado del Oeste tendido en hilera sobre una calle principal, como tantos que hemos visto en las películas. Sin embargo, por motivos que no se conocen bien pero que probablemente tuvieron que ver con su condición de fugitivo, Billy no se presentó a la cita. Leonard esperó durante días en vano.

Pat Garrett, entre tanto, reunió a un grupo de ayudantes y pasó varias semanas enfrascado en una trabajosa persecución. Ya era invierno, estaba nevando y las condiciones del terreno no eran las idóneas para una búsqueda como aquella. Además Billy todavía tenía muchos amigos en el condado que estaban dispuestos a esconderle. Pero Garrett era listo y estaba bien informado sobre los patrones de movimiento del Niño. Además, da la sensación de que también sabía leer el carácter de Billy. Fue a Fort Sumner esperando encontrarlo allí, y no estaba en el pueblo, pero Garrett también tenía sus contactos y no tardó en averiguar que Billy se ocultaba en un rancho cercano. Según se cuenta, le envió una nota, supuestamente escrita por algún compinche, en la que le daba el falso soplo de que el sheriff había partido hacia Roswell, la misma localidad que hoy es famosa por el supuesto accidente de un platillo volante (no puede decirse que en Nuevo México no tengan historias que contar). La nota, como es obvio, pretendía conseguir que Billy se confiase y abandonase el rancho. Esperando esta reacción, el grupo de Garrett tendió una trampa en mitad del camino que unía el rancho y Fort Sumner. Apostándose tras la vegetación, esperaron a que apareciesen Billy y los suyos. La emboscada funcionó. En plena noche, tras una larga espera, vieron aparecer a varios hombres a caballo. Era la menguada banda de Billy. Aunque no se podía distinguir bien cuál de ellos era realmente, Garrett debía de tener prisa, ya que dio la señal para que sus hombres abriesen fuego de inmediato. El primero de los jinetes, Tom O’Folliard, fue alcanzado por un disparo en pleno pecho, mientras los demás salían huyendo. Garrett y sus ayudantes se acercaron a O’Folliard, que estaba muy malherido. Comprobaron que no se trataba de Billy. Lo llevaron al interior de una cabaña cercana y lo pusieron cerca del fuego. Allí, tendido sobre el suelo, O’Folliard agonizó y murió mientras el sheriff y sus hombres jugaban a los naipes.

El primer intento de Garrett había fallado por muy poco. Pero no era un hombre que perdiese demasiado el tiempo. Aquella noche apenas dejó dormir a sus ayudantes; todavía estaba oscuro cuando reanudó la persecución pese a la nieve y pese a la escasa visibilidad. Pensó que Billy lo supondría a él descansando durante la noche para reemprender la persecución al amanecer, y que por tanto se permitiría el lujo de dormir toda la noche. Garrett acertó y su empeño tuvo recompensa. Salió cuando las huellas de los fugitivos estaban frescas y pese a la oscuridad consiguió seguir su rastro hasta un paraje de funesto nombre, Stinking Springs, «manantiales hediondos». Allí, en el exterior de una pequeña y primitiva caseta de piedra abandonada, estaban atados los caballos de los fugitivos, que sin duda dormían en el interior. El sheriff y sus hombres se apostaron en el exterior, a cierta distancia para no hacer ruido, y esperaron a que amaneciese. Tarde o temprano, su objetivo terminaría saliendo.

La primitica casa de piedra donde Pat Garrett capturó a Billy el Niño (foto: DP)
La primitica casa de piedra donde Pat Garrett capturó a Billy el Niño (foto: DP)

Al despuntar el día, en efecto, vieron salir a un hombre. El impetuoso Garrett pensó que era Billy cuando creyó reconocer el sombrero ancho que este siempre llevaba puesto, así que ordenó abrir fuego. Una vez más, se equivocó. El hombre era Charlie Bowde, que fue alcanzado por varios disparos. Aunque consiguió volver a meterse en la caseta, estaba muy malherido y entendió que necesitaba ayuda médica. Desde el interior de la casa pidieron a Garrett que permitiese salir a Bowde. Garrett dio su permiso. Bowde apareció de nuevo, tambaleándose, y caminó lentamente hacia donde estaba el sheriff, aunque solo consiguió desplomarse sobre la nieve antes de llegar. No sobrevivió. Hoy, sus restos permanecen enterrados junto a los de Billy.

Transcurrieron las horas. Dentro y fuera de la casa, la tensión acumulada empezaba a pasar factura. Pero Billy, que se crecía en las situaciones de emergencia, ideó un osado plan de fuga consistente en aprovechar alguna distracción de sus perseguidores para meter los caballos en la caseta y después salir al galope desde dentro. Como ya había hecho en el asedio de la casa de Alexander McSween, su espíritu resultó contagioso. A punto estuvieron de conseguir meter un caballo, pero Pat Garrett se percató de la maniobra y disparó al pobre animal, cuyo cuerpo quedó tendido en el umbral de la puerta, bloqueándola y haciendo imposible un intento de huida. Billy y sus compañeros supieron que estaban atrapados. Al principio se negaron a rendirse. Garrett dejó que los suyos encendiesen un fuego para preparar la comida, sabiendo que el olor llegaría a los hambrientos prófugos. Después, en voz alta, los invitó a salir y unirse al festín. Una voz llegó desde dentro; era la respuesta de Billy: «¡Vete al infierno!».

Pero no pudo más que terminar entendiendo lo desesperado de su situación. Su captura, o su muerte, era cuestión de horas. Garrett no se iba a marchar. Garrett tenía comida y ellos no. Dedujeron que lo mejor era entregarse cuando la comida que ofrecía el sheriff estaba todavía caliente. Finalmente, se rindieron y salieron de la caseta. Garrett confiscó las posesiones más preciadas de Billy, su rifle Winchester y su yegua, que después daría a sus ayudantes como pago por participar en la misión. Aun así, cumplió con su palabra y compartió sus víveres con los fugitivos. Billy el Niño, pues, comió junto a Pat Garrett antes de ser conducido a Las Vegas en condición de prisionero. En Las Vegas, por cierto, se formó una multitud de curiosos para contemplar la llegada del que ya se estaba convirtiendo en el criminal más famoso del planeta.

Un juicio amañado

En Las Vegas tomaron el tren a Santa Fe, donde Billy pasaría sus primeros días detenido. El 27 de diciembre de 1880, encarcelado, concedió su primera entrevista. Habló con un reportero de Las Vegas Gazette, explicándole los motivos por los que se había entregado: «Podríamos habernos quedado dentro de la casa pero no había nada que ganar y nos hubiésemos muerto de hambre. Pensé que era mejor salir y comer bien, ¿no crees?». También negó que hubiese seguido dedicándose al robo de ganado: «Me he ganado la vida jugando pero porque era la única manera en que podía vivir. No me han permitido establecerme. Si me hubiesen dejado establecerme, hoy no estaría aquí». Así, con las muñecas esposadas, con grilletes en los tobillos y con cierto tono de resignación, se expresaba Billy en su primer contacto con la prensa. A sus diecinueve (o quizá dieciocho) años, parecía que le costaba hacerse a la idea de que el mundo lo estuviese conociendo como el peor criminal del momento. Por momentos hasta se lo tomaba con humor. Así fue como lo describió el reportero:

Tiene un rostro desvergonzado, pero agradable. Cuando lo entrevisté entre rejas esta mañana, estaba de ánimo conversador, aunque afirmó que nada de lo que él dijese sería creído por el público. Se rio de buena gana cuando se le informó de que los periódicos del estado le han construido una reputación solamente superada por la de Victorio. El Niño afirma no haber tenido nunca un gran número de hombres junto a él y que los pocos que estaban con él cuando fue capturado eran empleados de un rancho. Esta es su declaración y la ofrecemos en lo que vale.

James Dolan (sentado) Y Bob Olinger (en pie), dos de los peores enemigos de Billy el Niño (foto: DP)
James Dolan (sentado) Y Bob Olinger (en pie), dos de los peores enemigos de Billy el Niño (foto: DP)

Como se ve, Billy recibió con carcajadas la noticia de que su fama igualaba a la de uno de los grandes jefes indios del país, y además desmentía haber sido el jefe de ninguna banda, exculpando a sus acompañantes de cualquier crimen. A su vez, sus acompañantes trataron de desmentir, con poco efecto, muchas de las exageraciones que la prensa había publicado sobre Billy. Dijeron también que Billy nunca había sido el jefe de ninguna banda, cosa que era cierta incluso si tenemos en cuenta los breves momentos de liderazgo natural que había mostrado en situaciones desesperadas.

Billy podía reírse pero no debió de alegrarle tanto comprobar que ya no tenía salida. Se estaba preparando el juicio por los asesinatos de Buckshot Rogers y el sheriff William Brady, los dos cargos de los que se le acusaba formalmente. La pena, de ser declarado culpable, podía ser la muerte por ahorcamiento. Billy tuvo serias dificultades a la hora de encontrar un abogado. Intentó contratar al defensor de uno de sus compañeros, pero como no tenía dinero, su yegua era lo único que podía ofrecer como pago. Sin embargo, el animal estaba ahora en manos de uno de los ayudantes de Pat Garrett. Aquella confiscación era ilegal y Billy presentó una demanda judicial contra el sheriff para que le fuese devuelta la yegua. La demanda no tuvo el efecto deseado y de todas maneras el abogado terminó desentendiéndose. Aunque lo peor fue, una vez más, el significativo silencio del gobernador Wallace, el mismo que le había prometido la amnistía. Billy volvió a intentar ponerse en contacto con el gobernador mediante cartas escritas desde su celda. Primero una breve nota: «Estimado señor, me gustaría verle unos momentos si dispone usted de algo de tiempo». No hubo respuesta. Meses después, ya en primavera, poco antes del juicio, volvió a escribir ofreciendo un trato. Tampoco hubo respuesta. Exasperado, envió una tercera carta:

Al Gobernador Lew Wallace.
Estimado señor:
Le escribí una breve nota antes de ayer pero no he recibido respuesta. Supongo que usted ha olvidado lo que me prometió ahora hace dos años, pero yo no, y creo que debería usted haber venido a verme como le pedí. He hecho todo lo que le prometí y usted no ha hecho nada de lo que me prometió. Creo que cuando usted reflexione sobre el asunto vendrá a verme y podré explicárselo todo.
El juez Leonard pasó por aquí de camino al este, y prometió venir a verme a su regreso, pero no ha cumplido con su promesa. Parece que me están dejando desamparado. No estoy siendo bien tratado por [mi carcelero] Sherman, que permite pasar a cualquier extraño que venga a verme por curiosidad, pero no permite entrar a ninguno de mis amigos, ni siquiera a un abogado.

(…) Confío en poder verlo a usted en algún momento hoy.
Esperando pacientemente, sinceramente suyo,
Wm. H. Bonney

Es la carta de un joven recluso al que se le estaban terminando las opciones. Llevaba varios meses encarcelado sin que las autoridades hubiesen hecho honor a los pactos previos. Además debía de sentirse como un monstruo de feria, expuesto tras unos barrotes para que los curiosos lo contemplasen. Aún faltaban ocho años para que Jack el Destripador cometiese sus crímenes en Londres, y Billy el Niño era el personaje predilecto de los periódicos. El gobernador, ni que decir tiene, continuó ignorando sus reclamos.

El juicio iba a celebrarse en el tribunal de Mesilla. En circunstancias normales hubiese debido tener lugar en Lincoln, pero había poderes interesados en que no fuese así. Billy, de hablar ante un tribunal favorable o al menos neutral, era uno de los individuos que mejor podía construir la narración de todo lo sucedido en el condado de Lincoln durante aquellos años. Una narración que pondría en evidencia al «Círculo» de autoridades corruptas que todavía dominaba el estado. En Lincoln hubiese habido muchos testigos dispuestos a corroborar esa versióny hablar en favor de Billy. Muy interesados en eliminar al que ya era símbolo del bando perdedor en la Guerra de Lincoln, desde el Círculo presionaron para que el juez de Mesilla se ocupase del caso. Y el juez de Mesilla, claro, estaba bajo el control de los enemigos de Billy.

El juicio fue rápido, expeditivo y muy irregular. Billy no solamente era el único acusado en dos asesinatos cometidos en grupo, sino que el juez demostró ser un perfecto servidor de los intereses del bando ganador en la Guerra de Lincoln. Durante la primera jornada, sin embargbo, Billy fue brillantemente defendido por el abogado Ira Leonard, que hizo un buen trabajo al conseguir que el primero de los cargos contra el acusado (el asesinato de Buckshot Rogers) quedase desestimado por cuestiones de jurisdicción territorial. El abogado lo hizo tan bien que al día siguiente el juez —que no podía permitir la más mínima posibilidad de que Billy quedase también exento del segundo cargo— decretó la sustitución de Leonard. Aparecieron en la sala un par de abogados más cercanos a los intereses del Círculo, y desde luego menos dispuestos a salvar a su defendido. Las arbitrariedades del juez no terminaron ahí. Por ejemplo, no se permitió la escucha de testimonios favorables a Billy. En su contra, en cambio, sí declararon algunos hombres que habían estado implicados en asesinatos pero que ahora gozaban de la amnistía gubernamental. La guinda de la prevaricación del juez fue su alegato final, que parecía más propio del fiscal. Aunque siendo juez debía mantenerse neutral y limitarse a dictar sentencia según resultase el dictamen del jurado, condicionó a este diciendo cosas como «una vaga conjetura o la mera posibilidad de que el defendido sea inocente no es suficiente para provocar una duda razonable sobre su culpabilidad», o «para justificar un veredicto de culpabilidad no es necesario que estén ustedes [los miembros del jurado] tan seguros de que el defendido es culpable como lo están de que dos y dos son cuatro». El juez, pues, le estaba diciendo al jurado que Billy era culpable por defecto. Incluso asumiendo que Billy fue con mucha probabilidad el responsable directo de la muerte del sheriff Brady (como mínimo fue cómplice activo), la actitud del juez de Mesilla pone de manifiesto que ante el tribunal no estaban consiguiendo probar su culpabilidad con total certeza, ni siquiera impidiendo testimonios a su favor o boicoteando a su abogado. Se había necesitado condicionar al jurado. Aunque Billy no fuese inocente, el juicio sí constituyó una farsa con el fin único de condenarlo a la horca. El jurado lo declaró culpable. Era un 13 de abril. Billy el Niño quedó sentenciado a la horca. La fecha de su ejecución quedó establecida para el 13 de mayo, justo un mes después. El lugar sería el condado de Lincoln, a donde debía ser trasladado a continuación.

Juzgado de Lincoln, escenario de la espectacular fuga final de Billy el Niño (foto: DP)
Juzgado de Lincoln, escenario de la espectacular fuga final de Billy el Niño (foto: DP)

La fuga

Tras el juicio, Billy empezó a sentirse molesto con algunos periodistas, que a sus ojos estaban tratando de «provocar a la multitud para que me linchen». Estaba dándose cuenta de que lo retrataban como a un monstruo. El viaje a Lincoln puso a prueba su compostura. Se le adjudicó una escolta de siete hombres que le dejaron las cosas bien claras desde un inicio: no iban a dejar el más mínimo resquicio para una posibilidad de escape. Le hicieron saber que, de producirse un ataque externo ya fuese de sus partidarios queriendo rescatarlo o de sus detractores queriendo lincharlo, el asunto sería solucionado de manera preventiva metiéndole una bala en la cabeza. Para colmo, entre sus guardianes figuraban tres pistoleros que habían peleado contra él en la Guerra de Lincoln, incluyendo a uno de sus enemigos más acérrimos, Bob Olinger, que había matado a uno de sus mejores amigos.

Imaginen sus pensamientos durante los cinco días que duró el traslado, sabiendo que ante cualquier incidente la primera medida sería la de volarle la cabeza. Y si no, tenía la horca esperando en cuestión de semanas. Aun así, parece que conservó el buen ánimo, según recuerdan los testigos. Uno de sus guardianes diría después que «nunca, ni de palabra ni en acto, mostró sus prejuicios, si es que los había». Esto, sin embargo, no evitó que su odiado Olinger se divirtiese maltratándolo. Cuando llegaron a Lincoln, Billy fue encerrado en una celda del juzgado. En el turno de guardia diario solían estar Bob Olinger y un individuo más amable llamado James Bell. Olinger llegó a someter a Billy a torturas y palizas. Parece que fue el único y que los demás guardias se abstuvieron de actuar con violencia, comportándose con corrección, incluso con respeto y simpatía. Pero nadie tuvo el valor o la entereza de pararle los pies al sádico Olinger. Billy, por su parte, no iba a olvidar ni perdonar esos maltratos.

Lo que nadie esperaba era que Billy volviese a fugarse. Parecía imposible. Llevaba esposas y grilletes. Estaba desarmado. No era un individuo particularmente fuerte. Pero durante su agitada vida, todas las veces que había sido detenido o capturado había conseguido escapar. Este es uno de los aspectos más llamativos de su leyenda, que por una vez sí responde a la realidad. Y esta, su última captura, la que desembocó en su juicio y condena a muerte, no fue una excepción. Su fuga iba a dejar atónito a todo el país.

Cada día, Olinger y los ayudantes del sheriff Pat Garrett iban a comer a una cantina que había justo enfrente del juzgado. Por turnos, uno de ellos se quedaba de guardia vigilando a Billy, que estaba en su celda, esposado y con las piernas encadenadas entre sí. Todo parecía en orden y nadie podía imaginar que el Niño intentaría una huida. Sin embargo, había un pequeño detalle en el que no habían reparado: el modelo de esposas que Billy llevaba puestas. Aunque por entonces ya se habían inventado las esposas regulables, eran una novedad tecnológica de la que solamente disponía la policía de grandes ciudades. En Lincoln, al menos, continuaban con el sistema antiguo de esposas rígidas que se vendían por tallas. Resultó que Billy, gracias al pequeño tamaño de sus muñecas, descubrió una manera de zafarse de las que llevaba puestas. El 28 de abril, Billy acababa de perfeccionar la técnica para desembarazarse de sus esposas. Durante la hora de la comida, decidió que había llegado el momento de intentarlo, porque además Pat Garrett no estaba en el pueblo. Su vigilante de guardia era James Bell, a quien consideraba menos duro que Olinger. Pidió ir al retrete. Bell lo sacó de la celda. Billy, esposado y encadenado, caminaba delante. Su guardián iba detrás, con la pistola enfundada. De repente, cuando estaban junto a las escaleras que conducían a la planta baja, Billy se dio la vuelta con la velocidad del rayo. Estaba libre de las esposas. Con un felino movimiento golpeó a Bell en la cabeza y le arrebató el revólver del cinto. Luego le apuntó, pidiéndole que se quedase quieto para no tener que dispararle (como decíamos, Bell era el guardia que mejor lo había tratado). Pero Bell comenzó a correr escaleras abajo. Billy, que llevaba grilletes y no podía alcanzarlo, se limitó a dispararle. El disparo fue mortal. El cuerpo de Bell quedó tendido al pie de la escalera. Aquel fue el único asesinato del que Billy verdaderamente se arrepintió porque no tenía nada en contra de su víctima.

Pero todavía no tenía tiempo de lamentar su acción. Sabiendo que el disparo haría regresar a Olinger, pensó que necesitaba algo más certero que un revólver, arma que resultaba eficaz a muy corta distancia pero no cuando el objetivo estaba algo más alejado. A toda prisa, corriendo —es un decir— con sus grilletes, fue al despacho de Olinger, donde sabía que este guardaba un rifle Winchester que en ocasiones había usado para golpearle y torturarle. El rifle Winchester, además, era el arma predilecta de Bily. Armado con él, se asomó a la ventana para localizar a Olinger. Esta vez sí estaba dispuesto a matar a sangre fría al hombre que lo había torturado. Vio a Olinger cruzando apresuradamente la calle en dirección al juzgado. Billy gritó desde la ventana: «¡Hola, Bob!». Este, sorprendido, miró hacia arriba y vio a Billy con su Winchester. Según cuenta la leyenda, en aquel momento salió un empleado del juzgado gritando «¡Billy ha matado a Bell!», a lo que Olinger, a descubierto en mitad de la calle bajo la mira de un tirador con puntería infalible, respondió proféticamente: «Sí, ¡y me ha matado a mí también!». Fuesen o no pronunciadas esas palabras de película, lo que sí es un hecho es que la célebre puntería de Billy el Niño continuaba intacta. Disparó desde la ventana y Olinger cayó muerto a la primera.

Billy bajó y salió al exterior del juzgado, acompañado por algunos amigos que habían acudido corriendo al escuchar los disparos (uno de ellos le oyó murmurar una disculpa cuando pasaba junto al cadáver de Bell). Usaron un pico para intentar quitarle los grilletes. Nadie intentó detenerlo. Según contaría después Garrett, la gente le tenía demasiado miedo a Billy, aunque parece más verosímil y consistente con otras fuentes la versión de que la población local simpatizaba con él. Billy, de hecho, llegó a hablar con los presentes, diciéndoles que no había sido su intención matar a Bell. Eso sí, Billy permanecía con un arma en la mano, impidiendo que se le acercase nadie excepto sus amigos más cercanos. Cuando finalmente consiguió montar a caballo para salir de Lincoln, todavía llevaba un grillete en uno de los tobillos. Una vez más, estaba en libertad. Esta última hazaña de su carrera iba a convertirlo, ya definitivamente, en el criminal más famoso del mundo.

En la esquina superior izquierda, la única fotografía certificada que existe de Billy el Niño. El resto son fotos de la misma época que se han pretendido hacer pasar por suyas, pero sin que exista una constancia clara de que lo son.
En la esquina superior izquierda, la única fotografía certificada que existe de Billy el Niño. El resto son fotos de varios individuos que datan de la misma época y que se han pretendido hacer pasar por suyas, pero sin que exista una constancia clara de que lo son.

 Epílogo

Billy era muy querido en Fort Sumner y tenía muchos buenos amigos, que estaban muy indignados con Pat Garrett. Si hubiese estado presente algún líder local, Garrett y sus dos oficiales hubiesen recibido el mismo destino que ellos le dieron a Billy (Frank Lobato, residente de Fort Sumner).

Garrett tenía miedo de volver a la habitación para asegurarse de comprobar a quién había matado. Yo entré y fui la primera en descubrir que habían matado a mi chiquillo. Odié a aquellos hombres y soy feliz por haber vivido lo suficiente como para verlos a todos muertos y enterrados (Deluvina Maxwell, sirvienta y amiga de la novia de Billy).

La opción más sensata para cualquiera en la situación de Billy era la de dirigirse al sur, hacia México. Si lograba cruzar la frontera estaría fuera del alcance de la justicia estadounidense. Pero Billy era joven e incauto. Es muy probable que cuestiones sentimentales le hiciesen permanecer en Nuevo México, donde tenía una novia, amigos y un entorno que era lo más parecido a una familia. También es posible que pensara que allí tenía gente que lo protegía mientras que en México estaría a merced de los cazadores de recompensas. Quién sabe lo que pasaba por su cabeza. Lo único seguro es que no se marchó. Aquel fue su último error.

Pat Garrett, huelga decirlo, se había lanzado de nuevo en su busca. Esta vez tenía un abanico mucho más restringido de posibles escondites. Con una condena de horca pendiente, Billy no confiaría su suerte a cualquiera. De hecho, como ya contamos en la primera parte de esta serie, se refugió en casa de la familia mexicana Maxwell, con una de cuyas hijas, Paulita, estaba manteniendo una relación. Al astuto Garrett no le costó encontrar su pista. Recordarán que contamos cómo el sheriff entró en la casa, interrogando en la penumbra al hermano de Paulita, Pete Maxwell. Y cómo Billy, casualmente, salió al exterior para buscar algo de comer y vio a un par de hombres merodeando; eran los dos ayudantes de Garrett, aunque él no lo sabía. Cuando volvió a entrar en la casa para avisar a su amigo Pete, distinguió dos siluetas en vez de una en la oscuridad de la habitación. Sin sospechar quién era el misterioso visitante, preguntó en español:

¿Quién es? ¿Quién es?

Al oír aquella voz, Garret disparó dos veces. Una de las balas alcanzó a Billy, que cayó al suelo. En la oscuridad, Garrett y Pete Maxwell escucharon una especie de gruñido en el que podían percibir el borboteo de la sangre. Pocos instantes después, el silencio. Billy el Niño había muerto. Garrett salió de la habitación sin comprobar que aquel era cadáver de Billy. Parecía trastornado por la situación. Fueron los amigos de Billy quienes comprobaron su identidad mientras Garrett permanecía en el exterior. Los disparos alertaron al vecindario, cuyos habitantes empezaron a acercarse a la casa para encontrarse con un singular espectáculo: Paulita Maxwell gritando y llorando mientras daba puñetazos en el pecho de Pat Garrett.

La investigación posterior determinó que la muerte de Billy el Niño se había producido en legítima defensa, porque Billy llevaba en la mano el cuchillo con el que había pretendido cortarse un filete de la despensa, motivo por el que había salido de la casa. En realidad Billy no había atacado a Garrett. La versión oficial de los hechos era falsa, pero nadie la iba a contradecir. Entre tanto, la noticia saltó a los periódicos de ambos lados del Atlántico. En la prensa británica se escribieron informes biográficos sobre sus correrías. Los diarios estadounidenses llenaron sus páginas de exageraciones que hoy pueden parecernos incluso cómicas. Un periódico neoyorquino decía que Billy dirigía un imperio criminal comparable al de las mafias de algunas ciudades europeas, cuando sus únicas posesiones habían sido un rifle y un caballo. Más delirante era la crónica de un diario de Santa Fe, que describía con tintes fáusticos el momento de la muerte de Billy. Según aquel periódico, la habitación se había llenado de olor a azufre y por unos instantes se había visto revolotear sobre el cadáver de Billy una «oscura figura con alas de dragón, garras de tigre, ojos como bolas de fuego y cuernos de bisonte».

Esas absurdas imágenes más propias de una película de terror no aparecían en la versión de los hechos que Pat Garret publicó dos años después con el título de La auténtica vida de Billy el Niño. No obstante, el libro tampoco tenía mucho de auténtico. Garrett se había convertido en un héroe, pero en Nuevo México había muchos que cuestionaban su relato de los hechos. En el libro los manipuló a su conveniencia, contradiciendo un buen número testimonios contemporáneos. Pintaba a Billy casi como un psicópata sediento de sangre y en general justificaba su propia actuación en el momento de matarlo. Pero como ya decíamos en la primera parte, la versión de Garrett, pese a no vender bien en su momento, se impuso durante mucho tiempo. La popularización de la única fotografía de Billy el Niño ayudó a trazar el retrato de un joven embrutecido, algo que se correspondía bien poco con la realidad, pero que encajaba bien con la versión oficial y sobre todo con la versión de Pat Garrett.

El recuerdo de Billy el Niño, tal y como puede reconstruirse por los testimonios de quienes lo conocieron, quedó pues sepultado bajo los mitos y exageraciones de multitud de novelas y películas. Es, por ejemplo, uno de los personajes que ha aparecido en un mayor número de largometrajes, si acaso el que más. Hoy es el nombre más célebre en la historia del salvaje Oeste. El original de su única fotografía fue vendido por una fortuna —más de dos millones de dólares— y actualmente es la séptima fotografía más cara de todos los tiempos. De hecho, ha habido quienes han intentado hacer el agosto «descubriendo» fotografías alternativas de diverso pelaje. Cada vez que se descubría una foto de la época mostrando a un joven cuyas características físicas pudiesen recordar vagamente a Billy, se pretendía haber encontrado su segunda imagen auténtica. En mi opinión no hay razones para pensar que alguna de ellas sea verdadera, excepto la que ya conocemos. Entre otros motivos porque Billy era mundialmente famoso antes de su muerte y dejó atrás muchísimos testimonios de amigos cercanos, antiguos compañeros de colegio, o personas que lo conocieron circunstancialmente. Es muy probable que ni siquiera hubiese cumplido los veinte cuando murió, así que imaginen la cantidad de gente que lo sobrevivió y que pudo haber sabido de la existencia de otras fotografías suyas. Pero ninguno de sus conocidos mencionó jamás ninguna otra. En aquellos tiempos la gente no se hacía demasiados retratos y una cámara fotográfica era una rareza, manejada casi exclusivamente por profesionales del ramo. Basta pensar que ni siquiera los reporteros de los periódicos llevaban consigo una, u hoy tendríamos más imágenes certificadas de Billy.

La vida de Billy el Niño fue una epopeya tan breve e intensa que parece nacida de la imaginación de un novelista. En cualquier caso es la perfecta metáfora de la violenta vida en aquella Norteamérica fronteriza donde muchas cosas se resolvían a base de balazos. Billy, hijo de inmigrantes y después huérfano, fue delincuente, cowboy, aventurero y, al final, la inesperada cabeza de turco de un sistema corrupto. También el espectáculo favorito de los lectores de periódicos. Todo ello en el mismo tiempo que tardaba cualquier chaval normal en terminar sus estudios. Aunque quizá nada sea tan ilustrativo para resumir la naturaleza trágica de su existencia como echar un vistazo a las últimas palabras de la última carta que Billy escribió desde su celda a una edad en que otros chavales estaban estudiando. Una carta con la que trataba de conseguir la ayuda de un abogado para conmutar su sentencia de muerte.

Disculpe por la mala escritura; estoy con las esposas puestas.
Respetuosamente suyo,
W.H. Bonney


La leyenda de Billy el Niño (III): la traición

Un grupo de Rangers tejanos, mostrando las armas y vestimentas características de la época de Billy el Niño (foto: DP)
Un grupo de Rangers tejanos, mostrando las armas y vestimentas características de la época de Billy el Niño (foto: DP)

(Viene de la segunda parte)

Billy no era una mala persona. Es decir, no asesinaba gratuitamente. La mayoría de quienes mató se lo merecían. Por descontado, no puedo defender sus robos de caballos y ganado, pero cuando consideras que le obligaron a llevar esa vida de forajido mediante los esfuerzos para asegurar su arresto y procesamiento, es difícil culpar al pobre chico por lo que hizo. Una cosa es cierta: Billy era tan valiente como lo pintan, y sabía defenderse. Le cargaron prácticamente todos los asesinatos que se produjeron en Lincoln County durante aquellos días, pero fue simplemente porque su nombre se había convertido en sinónimo de atrevimiento e intrepidez. Cuando el sheriff William Brady fue asesinado, todos condenamos el hecho. No porque a muchos de nosotros nos gustase el sheriff, sino por la manera en que sucedió. Como es natural, el asesinato de un representante de la justicia volvió a muchos de nuestros amigos en nuestra contra e hizo mucho daño a nuestro bando de cara a la opinión pública. (Susan McSweeen, viuda de Alexander McSween).

Debió de haber tenido buena madera dentro de él, ya que siempre se convertía en un experto de cualquier cosa que intentase hacer. Cuando era duro, era tan duro como cualquier hombre lo pueda llegar a ser. Demasiado duro en ocasiones, pero por entonces todo era duro en este condado. (John Meadows, amigo de Billy).

En 1878, el prestigio de Nuevo México ante el resto de la nación estaba por los suelos. El estado se había ganado justa fama de constituir el feudo de unas instituciones políticas y judiciales sumidas en un cenagal de corrupción. Y como ya narramos en episodios anteriores, la más extensa de sus comarcas había terminado inmersa en una completa anarquía, para preocupación de las altas instancias. Los sangrientos enfrentamientos entre pistoleros del condado de Lincoln habían estado ocupando las portadas de los periódicos, produciendo la sensación generalizada de que las autoridades estatales habían perdido el control de aquel territorio. Es interesante comprobar cuán lejos resonaban los escándalos que se producían en Nuevo México, porque eso ayuda a entender la enorme relevancia internacional que terminaría adquiriendo una figura como la de Billy el Niño. Aunque Nuevo México era un estado fronterizo en el que abundaban los parajes con baja densidad de población organizados como un simulacro de civilización, lo que allí sucedía tenía mucha repercusión en el exterior. Por ejemplo, para los habitantes de la costa este del país, las noticias sobre lejanos tiroteos en el Far West constituían un morboso entretenimiento. Habían transcurrido más de dos décadas desde el final de la guerra civil americana, pero en la frontera parecía no disiparse nunca el olor a pólvora. Incluso en Europa se extendía la fascinación por aquella frontera donde merodeaban los forajidos, donde la ley era poco más que un molesto ruido de fondo al que rara vez se prestaba atención. Podríamos casi decir que Nuevo México representaba en 1878 algo similar a lo que Chicago sería en 1930: un violento anfiteatro en donde ganaban fama criminales y justicieros y, por ende, un inagotable crisol de grandes historias.

El general Lew Wallace, gobernador de New Mexico y autor de la novela "Ben-Hur: A Tale of the Christ"
El general Lew Wallace, gobernador de New Mexico y autor de la novela “Ben-Hur: A Tale of the Christ” (foto: DP)

Los propios habitantes de Nuevo México no eran demasiado felices contemplando el caos en Lincoln. La capìtal del estado —Santa Fe, que era una de las ciudades más antiguas del país— contaba con un sector periodístico muy activo, cuyas informaciones sobre corrupción y un constante silbido de balas estaban atrayendo la atención nacional. Bien pudo comprobarlo Samuel B. Axtell, gobernador y protector de los caciques de Lincoln, que había hartado a diversos sectores de la sociedad por culpa de su personalidad obtusa y dictatorial, de sus contactos mafiosos y, cómo no, de su total incapacidad para pacificar el avispero en que se había convertido el condado de Lincoln. Los periódicos de Santa Fe hicieron del gobernador Axtell el blanco de sus iras, destapando muchas de las corruptelas en las que andaba mezclado, y la onda expansiva del escándalo no tardó en llegar incluso a la Casa Blanca. El presidente estadounidense Rutherford B. Hayes —aunque pertenecía también al Partido Republicano, como Axtell— difícilmente podía tolerar un foco semejante de inestabilidad y barahúnda en el país, así que ordenó a su secretario de Interior que dirigiese una investigación sobre el gobernador de Nuevo México. El secretario Carl Schurz se aplicó a ello con determinación germánica: era un inmigrante alemán, de pasado revolucionario, que tras haberse naturalizado estadounidense ocupó importantes puestos en el Senado o incluso fue embajador estadounidense en España (se dice que convenció a nuestro Gobierno para que no apoyase la causa confederada durante la guerra civil). La investigación de Schurz fue rápida y eficaz. Tanto, que Samuel B. Axtell se vio forzado a abandonar su puesto. Se designó a un nuevo gobernador, el general Lew Wallace, sobre quien recayó la difícil tarea de intentar pacificar Lincoln, aunque hoy es internacionalmente famoso por haber sido el autor de la novela Ben-Hur: A Tale of the Christ, que estaba escribiendo justo durante aquellos días y cuya adaptación cinematográfica fue una de las películas más laureadas de todos los tiempos.

Wallace entendió al instante que el hecho de que la guerra entre bandas en Lincoln se considerase finalizada no significaba que la paz estuviese garantizada. Los Reguladores habían perdido el conflicto, sí, y sus escasos miembros supervivientes, aislados, deambulaban por el territorio escondiéndose donde podían y sabiéndose perseguidos por agentes de la ley, pistoleros a sueldo de sus enemigos e incluso militares. Pero el gobernador suponía, y con razón, que aquella situación desesperada hacía de los Reguladores hombres peligrosos y que en cuanto se sintiesen acorralados responderían con violencia. Lo último que deseaba el nuevo gobernador era ver más noticias de muertes en las páginas de los periódicos, así que tomó una medida atrevida, para muchos discutible, pero que en la teoría prometía ser eficaz: proclamó una amnistía para los involucrados en la guerra de Lincoln. Quienes abandonasen definitivamente la violencia no serían perseguidos por actos que hubiesen podido cometer durante el conflicto, excepto en aquellos casos donde se hubiese iniciado ya una causa penal antes de promulgarse dicha amnistía. Lo cual, en esencia, significaba que el perdón resultaba inaplicable para Billy el Niño, que ya tenía una acusación judicial en marcha por el asesinato del sheriff William Brady.

La tregua que duró unas horas

Billy llevaba varios meses deambulando junto a lo poco que quedaba de los Reguladores, tratando de que sus perseguidores no le diesen caza. Era aquella una existencia agotadora y angustiosa. Habían huido de Lincoln a pie, en pleno julio, durante lo peor de verano de Nuevo México. Después consiguieron hacerse con varios caballos con los que seguir su camino, pero aunque recibían la ocasional ayuda de los habitantes de la región, se vieron obligados a continuar robando caballos para venderlos y poder así sobrevivir. Billy, a su pesar, estaba de nuevo viviendo como un forajido.

Ejerciendo como cuatrero no podía esperar una existencia sin incidentes. Volvieron a verse envueltos en un tiroteo cuando tuvieron la mala idea de intentar robar caballos en la agencia india de la región. Las agencias indias eran oficinas gubernamentales que, al menos sobre el papel, se encargaban de resolver los problemas de abastecimiento de las poblaciones indígenas confinadas en reservas. En realidad eran como almacenes de suministros frecuentemente utilizados por funcionarios corruptos para hacer negocio con los víveres y herramientas supuestamente destinadas a los indios, y se convertían en objetivo habitual de los ladrones y cuatreros. Billy y sus compañeros, pues, intentaron llevarse monturas a hurtadillas de la agencia, pero fueron sorprendidos por sus empleados, que empezaron a disparar sobre ellos. Anastasio Martínez, uno de los Reguladores, disparó en represalia, matando a un empleado llamado Morris Bernstein. A continuación emprendieron la huida.

Aquel incidente constituyó la muestra perfecta de un fenómeno imparable: la creciente fama, o infamia, de Billy el Niño. Las habladurías empezaron a señalarlo como autor de la muerte de Bernstein, pese a que Martínez se reconocía autor material del asesinato y siempre aseguró que Billy ni siquiera había desenfundado sus armas durante el robo frustrado a la agencia india. Pero eso poco importaba a quienes preferían hacer circular la noticia de que el Billy, por entonces todavía conocido como Kid Antrim, se había cobrado una nueva víctima. La resonancia que estaba adquiriendo su nombre podía explicarse en parte porque era considerado autor directo de la muerte de todo un sheriff. Además, su excelente puntería era conocida en la región desde tiempo atrás y se había convertido en un tema habitual de conversación durante la guerra de bandas. Eso proyectaba hacia el exterior la imagen de que Billy, el virtuoso de las armas, era uno de los más sanguinarios forajidos de Nuevo México pese a haber sido un segundón durante casi toda la guerra de Lincoln, con menos asesinatos a sus espaldas que otros criminales de la región. Billy tenía motivos para sentirse preocupado por aquella creciente fama, que para él significaba una mayor probabilidad de ser capturado, juzgado y ejecutado. El cansancio mental producido por la presión de una huida constante le hizo considerar idea de regresar a Lincoln y firmar una tregua con sus perseguidores, propuesta que algunos defendían como la mejor manera de conseguir que el condado volviese a la normalidad.

Lo cierto es que eran muchos los que anhelaban la paz. La guerra entre la Casa y los Reguladores había terminado, pero eso no había supuesto la pacificación del territorio. El asesinato del sheriff Brady, especialmente, produjo la impresión de que la ley —por muy imperfecta o corrupta que hubiese sido bajo su jefatura— ya no imperaba en Lincoln, lo cual atrajo a criminales oportunistas de territorios colindantes que si bien no participaron directamente en la guerra de bandas, sí aprovecharon el revuelo para campar a sus anchas en busca de botín. Los peores de entre estos oportunistas fueron unos bandidos que se hacían llamar The Rustlers. Si ustedes han visto la película Hasta que llegó su hora de Sergio Leone, recordarán sin duda aquella siniestra banda de asesinos ataviados con abrigos que comandaba un terrible personaje encarnado por Henry Fonda. Pues bien, los Rustlers eran algo muy parecido. Iban de granja de granja robando cuanto encontraban y acallando toda oposición a base de balazos. No tenían escrúpulos, no sentían piedad. Les gustaba ejercer la crueldad sin motivo y cometieron varias violaciones, además del asesinato innecesario y gratuito de un par de muchachos indefensos que eran apenas unos niños. Según cuenta la leyenda, ellos mismos se presentaban ante sus víctimas diciendo que eran «demonios venidos del infierno», y desde luego llevaron el infierno a las pobres familias campesinas que tuvieron la mala fortuna de estar en mitad de su camino.

Cabe imaginar el terror que imperaba en el territorio y el agudo interés de casi todos por terminar cuanto antes con toda aquella violencia. Esto explica lo receptivos que se mostraron los enemigos de Billy cuando supieron que el chico, después de más de medio año huyendo sin cesar, efectivamente se había propuesto regresar voluntariamente para firmar una tregua con el cacique local John Dolan y la banda del temible Jesse Evans. La reunión entre los Reguladores y sus antiguos enemigos se produjo la tarde del 18 de febrero de 1879. Llegaron al acuerdo de que no volverían a atacarse, quedando aparcadas las venganzas y represalias. Quedó estipulado que si algún miembro de las respectivas bandas rompía el trato, los demás lo perseguirían hasta matarlo. Al terminar la reunión todos los implicados parecían dispuestos a continuar con sus vidas con normalidad, excepto Billy, quien, visiblemente serio, le daba vueltas a su negro porvenir. El acuerdo le evitaba ser objeto de una vendetta, pero no solucionaba sus problemas con la ley.

En un lugar como Lincoln, sin embargo, la paz no podía alcanzarse tan fácilmente. Apenas trascurrieron unas horas hasta producirse el siguiente asesinato. Aquella misma noche, los miembros de las distintas bandas se dedicaban a celebrar el acuerdo emborrachándose, pero había una persona que no estaba dispuesta a olvidar lo sucedido y para la que una tregua entre pistoleros no significaba nada: Susan McSween, la viuda del comerciante que varios meses antes había sido abatido a tiros por los hombres de Jesse Evans. La mujer intentaba llevar ante un tribunal a los responsables del asesinato de su esposo, y estaba preparando el caso con ayuda del abogado Huston Chapman. Lo cual, como resulta fácil suponer, no era muy bien recibido por la banda de Evans. Cuando, ya ebrios, los hombres de Evans vieron pasar caminando a la viuda acompañada del abogado, empezaron a acosarlos con insultos y amenazas. Billy, según testimonios de los presentes, contemplaba la escena desde el otro lado de la calle con visible expresión de disgusto. De repente, para asombro de muchos, alguno de los pistoleros sacó su arma y abatió a tiros a Huston Chapman, que murió al instante. La jornada en que se había firmado una la paz terminaba con la sangrienta certeza de que las cosas en Lincoln no iban a ir a mejor.

Engañado por el poder

Porque el poder, ya  lo sabes, es inquieto, y siempre tiene las alas despegadas para poder levantar el vuelo. (Ben-Hur. A Tale of the Christ, Lew Wallace, 1880).

Aquel nuevo asesinato era más de lo que el nuevo gobernador de Nuevo México estaba dispuesto a tolerar. Primero un sheriff, después un comerciante inocente, luego un abogado igualmente inocente… a sumar a los granjeros que habían sido aniquilados por los Rustler y los pistoleros que habían muerto en tiroteos varios. Lew Wallace, con ímpetu propio de militar, abandonó su despacho y se desplazó al condado de Lincoln para investigar de primera mano el asesinato de Chapman. Él, personalmente, se encargó de efectuar los interrogatorios. Fue así como supo que Billy había sido testigo del crimen. Dado que el chaval estaba bajo acusación de asesinato y era un fuera de la ley, Wallace decretó una recompensa de mil dólares para quien lo capturase con vida.

Al saber que Wallace estaba en la región y lo buscaba como testigo, Billy entendió que quizá podía testificar a cambio de que se le hiciese extensiva la amnistía gubernamental. Aun sabiendo que una declaración como testigo lo volvería a poner en la diana de Dolan y Evans, también podía liberarlo de una muy probable condena a muerte. Decidió ponerse en contacto con Wallace, con una carta que le envió por medio de terceros. Esta misiva, que fue escrita de su puño y letra, desmiente la imagen de bruto iletrado que muchas leyendas posteriores se empeñaron en componer:

A Su Excelencia el Gobernador, General Lew Wallace:

Estimado Señor, he sabido que usted ofrece mil dólares por mi captura, lo cual según entiendo significa que me busca vivo como testigo en contra de aquellos que asesinaron al Sr. Chapman. Si fuera así, yo podría aparecer en el tribunal y ofrecer la información deseada, pero existen acusaciones contra mí por cosas que ocurrieron en la reciente guerra de Lincoln y temo entregarme, dado que mis enemigos me matarían. El día en que el Sr. Chapman fue asesinado yo había ido a Lincoln, por petición de algunos buenos ciudadanos, donde me encontré con J. J. Dolan. Como amigos, para poder así dejar de lado las armas y regresar al trabajo. Yo estaba presente cuando el Sr. Chapman fue asesinado y si no fuese por las acusaciones en mi contra, lo hubiese dejado en claro antes. Si está en poder de usted la anulación de esas acusaciones, espero que lo haga para darme la ocasión de explicarme. Por favor, envíeme una respuesta diciendo que está en su mano hacerlo. Puede enviarla mediante un portador. No tengo más ganas de luchar, en absoluto, y no he levantado un arma desde su proclamación [como nuevo Gobernador]. En cuanto a mi carácter, le refiero a cualquiera de los ciudadanos [de Lincoln], ya que la mayoría de ellos son mis amigos y me han ayudado todo lo que han podido. Me llaman Kid Antrim, pero Antrim es el apellido de mi padrastro.

Esperando una respuesta, quedo como su obediente servidor,

W.H. Bonney.

 

Una de las cartas que Billy envió al gobernador Wallace (foto: DP)
Una de las cartas que Billy envió al gobernador Wallace (foto: DP)

Es la carta, correcta y algo cándida, de un joven de unos dieciocho o diecinueve años que sabe que después de una detención le espera una posible pena de muerte. Con todo, describía la realidad. Casi toda la población del condado de Lincoln tenía una buena imagen de Billy, algo que como ya dijimos en partes anteriores está bien documentado. Ciertamente había asesinado al sheriff, y este era un crimen muy grave, pero era solamente la estrella que había lucido su víctima la que había mantenido a Billy fuera de la amnistía, porque otros hombres habían derramado tanta o más sangre que él y habían quedado sin cargo alguno. Además, también era cierto que Billy era uno de los más dispuestos a abandonar la violencia y que llevaba varios meses resistiéndose a desenfundar fácilmente.

Wallace respondió afirmativamente a la oferta con otra carta, en la que decía: «Poseo autoridad para eximirte de tus cargos si das testimonio de lo que afirmas saber». Un trato estaba en marcha. Ambos se citaron en una tienda de Lincoln. En una conversación cara a cara, Wallace reiteró la promesa de perdonar los cargos de Billy si este le daba información. Y Billy le contó todo cuanto sabía no solamente sobre el asesinato de Chapman sino también sobre la actividad y las casas francas de algunas bandas criminales locales, como los mencionados Rustlers. Con ese gesto convertía en sus enemigos a casi todos los delincuentes del condado, pero lo que Billy deseaba era comenzar de nuevo.

Se escenificó una falsa detención —en realidad, claro, se estaba entregando— y Billy fue llevado a Santa Fe, donde testificó ante un juez señalando a los culpables de la muerte de Chapman. Después lo volvieron a llevar a Lincoln, donde permaneció recluso a la espera de la finalización del juicio y el prometido perdón. Estaba en un almacén vigilado por guardias que debían evitar que escapase, pero también que otros entrasen a matarlo en represalia por su reciente declaración. Sin embargo, el juicio pronto puso de manifiesto que la justicia en Nuevo México continuaba plagada por la corrupción. El juez y el fiscal del caso pertenecían al Círculo, la trama político-judicial que protegía a los caciques de Lincoln. Para asombro de Billy (y de casi todos en el territorio), se absolvió a varios de los acusados del asesinato de Chapman, pese a los testimonios de testigos oculares. A otros se les aplicó la amnistía de Wallace pese a que ahora se los estaba juzgando por hechos acaecidos con posterioridad a la proclamación de la misma. Billy el Niño, como se puede bien suponer, estaba escandalizado.

Pero todavía hubo más. El fiscal, ignorando la promesa hecha por el gobernador, arrancó el proceso penal contra Billy, bajo la acusación de haber matado al sheriff William Brady. El fiscal llegó a mover hilos para que Billy no fuese juzgado en Lincoln, donde residía, donde habían tenido lugar los hechos de los que era acusado y donde todos le conocían y tenían buena opinión de él. Se consiguió que el caso fuese trasladado al tribunal del condado de Doña Ana, controlado por el corrupto Círculo. Desde su encierro en un almacén de Lincoln, Billy vio atónito y desesperanzado cómo Wallace ignoraba todo el asunto, olvidando la promesa y abandonándole a su suerte, más interesado al parecer en retornar a la redacción de su novela Ben-Hur.

Poca gente en el condado de Lincoln entendió aquello. Todos sabían que Billy había matado, pero no era ni de lejos el único o el peor homicida del lugar. Primero había quedado fuera de la amnistía general. Ahora había testificado a cambio de nada, sabiendo que se convertía en objetivo de los peores criminales de la región, mientras el gobernador Wallace se lavaba las manos. La secuencia de acontecimientos debió de parecerles escandalosa incluso a los guardias que mantenían a Billy cautivo, ya que abrieron las puertas del almacén donde llevaba semanas preso y sencillamente le dejaron que escapase. Una vez más, Billy el Niño se daba a la fuga.

Forajido una vez más

Se dirigió a Fort Sumner, donde todavía tenía un círculo de amigos que incluía a dos de los antiguos Reguladores y también a John Chisum. El nombre de Billy ya corría de boca en boca, pero excepto sus amigos casi nadie conocía su aspecto físico, así que le resultaba fácil pasar desapercibido. Sin un empleo formal, retornó a la vida que había llevado antes de trabajar para el difunto John Tunstall. Se integró en una banda que practicaba el robo de ganado; eso y el juego volvieron a convertirse en su medio de vida.

Pero su celebridad, por más que pocos estuviesen familiarizados con su rostro, estaba convirtiéndose en un serio problema. En enero de 1880, mientras estaba tomando algo en el saloon de Fort Sumner junto a sus amigos, un individuo llamado Joe Grant comenzó a bravuconear en voz alta, diciendo que dispararía a Billy el Niño en cuanto se encontrase con él. Lo decía, claro, sin saber que estaba en el mismo local, a pocos pasos de él. Billy entendió que en cualquier momento alguien podría revelarle su identidad a Grant, pero no reaccionó con precipitación, sino con frialdad. Pese a su juventud, estaba ya muy fogueado. Se lo podía considerar un veterano en cuanto a tiroteos y situaciones extremas. Así que, sin perder la calma, se interesó por el revólver de Grant y le pidió echarle un vistazo. Grant se lo prestó. Por entonces era costumbre dejar un hueco vacío en el cargador, lo cual funcionaba como seguro en caso de que el gatillo se accionase por accidente (los tiradores accionaban el percutor una vez para dejar pasar el hueco vacío del cargador, y a continuación efectuaban el disparo propiamente dicho). Sabiendo esto, Billy giró disimuladamente el tambor para asegurarse de que si Grant accionaba el percutor y después intentaba disparar, no hubiese bala. Le devolvió el arma y se dispuso a salir del local. En aquel momento alguien le dijo a Grant que acababa de hablar con el mismísimo Billy el Niño. Grant trató de disparar al muchacho —según algunos testimonios, por la espalda— pero la treta de Billy funcionó. Al activar el percutor, Grant dejó pasar una bala. Cuando apretó el gatillo, no hubo disparo. En cuanto Billy escuchó el característico clic del gatillo, se dio la vuelta y disparó antes de que Grant se recuperase del asombro y volviese a probar suerte. Con su característica precisión, acertó a la primera. Joe Grant cayó muerto al instante, con una bala en el rostro.

Así supo Billy el Niño que su existencia iba a ser incluso más difícil que antes. Acababa de comprobar que individuos que no le conocían personalmente y con los que no había tenido nada que ver parecían tener ganas de darle caza. Para colmo, la muerte de Grant —aunque fuese en defensa propia— era la gota que colmaba el vaso de su infamia. La prensa empezó a retratar a Billy el Niño con colores cada vez más sórdidos, achacándole casi cualquier acto delictivo grave que se cometiese en el condado de Lincoln. Sus numerosos enemigos ayudaron a exagerar todo lo negativo que se decía de él. Casi no había robo o acto violento en la región que los periodistas no asociasen con su nombre, pese a que por aquellos lares no escaseaban los criminales. Billy se sentía sobrepasado por la situación. Ahora ya ni siquiera se lo consideraba un forajido cualquiera. Ahora era el villano de Nuevo México por antonomasia. Ni siquiera el gobernador Lew Wallace, que tenía plena constancia de la buena disposición de Billy para una reinserción, iba a mover un dedo por disipar la creciente leyenda negra del Niño.

Lo más razonable hubiese sido marcharse a otro estado donde, pese a que su nombre fuese cada vez más célebre a nivel nacional, no hubiese gente que pudiera delatarle. Pero Billy, que todavía no había cumplido los veinte años, se sentía atado al territorio y decidió permanecer en el condado, donde tenía a sus amigos, a las chicas con las que salía, y el único entorno estable que había conocido desde que había perdido a su familia. Aunque ya dijimos que los testimonios de gente cercana lo pintaban como un muchacho inteligente, por no decir brillante, resulta fácil suponer que carecía de la madurez necesaria como para entender la necesidad de iniciar una nueva vida en otra parte. Un nuevo comienzo que hubiese sido muy posible: los periódicos de entonces apenas imprimían imágenes y la única fotografía suya cuya existencia nos consta no era de dominio público, así que Billy no hubiese tenido grandes problemas para fabricarse otra identidad, como demuestra el hecho de que justo durante su estancia en Fort Sumner engañase a un agente del censo, inventándose datos biográficos sin despertar sospecha alguna.

Pero Billy no se marchó. Y a sus cada vez más numerosos problemas iba a sumarse otro aún peor. Por aquel entonces llegaba al condado un hombre que acababa de recibir el nombramiento como nuevo sheriff de Lincoln y que no se parecía a ninguno de los agentes de la ley que hubiese podido conocer en su corta vida. Iba a ser la encarnación de la némesis definitiva de Billy el Niño. ¿Su nombre? Patrick Floyd Garrett.

(Continúa aquí)


La leyenda de Billy el Niño (II): la guerra de Lincoln

Blazer's Mills, escenario de uno de los tiroteos más insólitos del Salvaje Oeste: un solo hombre contra una docena de pistoleros (Foto: DP)
Blazer’s Mills, escenario de uno de los tiroteos más insólitos del Salvaje Oeste: un solo hombre contra una docena de pistoleros (Foto: DP)

Viene de la primera parte.

La muerte de John Tunstall fue un punto de inflexión en el destino del joven Billy Bonney. Trabajando en su rancho había encontrado un hogar. Sus compañeros cowboys eran lo más parecido a una familia que había podido encontrar desde la muerte de su madre. Pero como ya narramos en la primera parte, Tunstall pagó con su vida la osadía de intentar establecer sus negocios en un territorio, el condado de Lincoln, donde imperaba la ley del más fuerte. Los dueños de «La Casa», que hasta entonces había sido el único comercio de la zona, controlaban el territorio en complicidad con el sheriff y la mayor parte de las autoridades locales, y no podían tolerar esa competencia.

La muerte de Tunstall colocó a Billy ante una difícil encrucijada. Podía marcharse para intentar encontrar empleo en otro territorio, empezando otra vez de cero. A fin de cuentas era joven, sociable, con una formación aceptable y un manejo virtuoso de las armas, habilidad muy valorada para los puestos de cowboy y vigilante de ganado. La otra opción era quedarse en el condado para enfrentarse a los caciques locales, vengando el asesinato de Tunstall y tratando de mantener vivos sus negocios. Este segundo camino, el de la revancha, era el que muchos de sus compañeros querían tomar. Y Billy, que por entonces tenía unos dieciocho años, tomó la determinación de permanecer junto a ellos, bien por ansias de venganza, bien por su fuerte sentimiento de pertenencia. De no quedarse en Lincoln hubiese llegado a cumplir los veintidós años, pero nunca hubiésemos escuchado hablar de él, ni hubiese protagonizado películas y novelas. En Lincoln habría de encontrar la muerte física y la inmortalidad histórica y literaria.

Los empleados de Tunstall que decidieron quedarse en Lincoln sabían que esa era la opción más temeraria, que la situación iba a  degenerar en una guerra de bandas, pero no se condujeron de manera irreflexiva. Al contrario, calcularon muy bien los pasos a seguir en su ajuste de cuentas. Entre ellos se contaban algunos hombres experimentados que sopesaron muy bien las consecuencias negativas de una venganza en caliente. Entendieron que si salían a cabalgar por las buenas para abatir a tiros a sus enemigos se convertirían ipso facto en criminales perseguidos por la ley, por lo que pronto tendrían encima a medio New Mexico. Además, recibieron la influencia ponderadora de Alexander McSween, el otro comerciante que intentaba abrirse camino frente al sistema local de poderes y que, escandalizado por la muerte de Tunstall, estaba de acuerdo en que había que castigar a los culpables. Sin embargo, McSween era un hombre civilizado que abominaba la violencia y declaró que únicamente ofrecería su colaboración si se trataba de hacer justicia conforme a lo estipulado por la ley. Ese fue el acuerdo por el que McSween y sus cowboys se convirtieron en un importante apoyo para los antiguos empleados de Tunstall.

Alexander McSween era un comerciante que detestaba la violencia; entendió demasiado tarde que un lugar como Lincoln no era para alguien como él.
Alexander McSween era un comerciante que detestaba la violencia; entendió demasiado tarde que un lugar como Lincoln no era para alguien como él. (Foto: DP)

Así se conformó un grupo compuesto por hombres de Tunstall y de McSween, cuyo objetivo era capturar a los culpables de la muerte del comerciante inglés. Acudieron al juez de paz de Lincoln, uno de los pocos funcionarios locales que no estaban comprados por La Casa, y expusieron su caso. Solicitaban un permiso especial para detener a su lista de acusados. Aquella era una petición delicada, ya que entre los nombres de la lista se contaban algunos ayudantes del sheriff, pero no podía considerarse extraña. De hecho, dado que la escasez de agentes de la ley en los territorios fronterizos era crónica, conceder una licencia temporal a ciudadanos comunes para que actuasen como alguaciles en la resolución de determinados asuntos era una práctica no solamente habitual sino perfectamente ajustada al código de derecho estadounidense. Muchos criminales eran detenidos no por agentes de la ley profesionales, sino por partidas de ciudadanos autorizadas para ello. El juez de paz de Lincoln, después de escuchar la narración de los hechos —hechos que sin duda ya conocía por otras fuentes— eligió a dos de los hombres más sensatos del grupo de peticionarios, Dick Brewer y Atanasio Martínez, y los nombró alguaciles jefe, responsables de conducir las detenciones. De manera espontánea eligieron al primero como cabeza del grupo y después adoptaron una denominación para la ocasión; desde ese momento se harían llamar los Reguladores. Ese sería el nombre con el que pasarían a la historia.

Como es lógico, la licencia temporal concedida por el juez implicaba ciertas condiciones que los recién bautizados Reguladores debían cumplir a rajatabla. Convertidos en una improvisada policía ciudadana, se comprometían a hacer todo lo posible para que las detenciones se produjeran sin derramamiento de sangre. Si los acusados eran atrapados, debían retornar vivos a Lincoln para ser juzgados con garantías (aunque, todo sea dicho, el que hubiese o no verdaderas garantías judiciales en aquel territorio era asunto dudoso). Es posible que el juez de paz no fuese completamente consciente por entonces, pero incluso con toda aquella parafernalia legal, el asunto tenía pinta de llevar dentro de sí el germen de una guerra de bandas. También parece poco probable que alguien como McSween no entendiera que un brote de violencia resultaba inminente, pero sin duda el asesinato de Tunstall lo había convencido de que trataba con enemigos muy peligrosos y que debía poner de su parte para defenderse. Decidió confiar en que los Reguladores actuarían con una mesura acorde a la responsabilidad legal que ahora asumían como alguaciles. Se equivocó.

De justicieros a forajidos

El nombramiento de aquella partida cuasi policial tomó por sorpresa a los propietarios de La Casa, los caciques locales Lawrence Murphy y James Dolan, quienes, por descontado, no recibieron la noticia con particular alegría. Varios de sus empleados estaban en la lista de sospechosos de los Reguladores y eso resultaba muy inquietante, sobre todo porque suponía una amenaza para la preponderancia de sus negocios. ¿Acaso no utilizarían los Reguladores su licencia legal para intentar desembarazarse de La Casa? Tampoco el sheriff Brady se sintió muy feliz sabiendo que algunos de sus propios ayudantes figuraban en aquella lista. Pero, ¿qué podían hacer al respecto? Si aquella panda de cowboys tenía el beneplácito del juez para ir por ahí deteniendo gente, el asunto sobrepasaba la competencia de la Casa y sus ad latere. Aun así, Brady probó suerte y lanzó su dado. Antes de que los Reguladores abandonasen Lincoln para cumplir su misión, detuvo a Atanasio Martínez, metiéndolo en una celda sin motivo alguno. La carencia de un pretexto legal medianamente verosímil era tan palmaria —y recordemos, el juez de paz estaba supervisando el asunto— que finalmente accedió a dejarlo en libertad transcurridas unas pocas horas. Brady se dio cuenta de que iba a necesitar la intervención de instancias superiores. El juez de paz se había convertido en un obstáculo que ni él, ni Murphy, ni Dolan podrían sortear por sí mismos. Iban a necesitar la ayuda de sus contactos políticos en Santa Fe.

Entretanto, los Reguladores montaron en sus caballos y cabalgaron por el territorio buscando a los cinco primero nombres de su lista, los considerados autores materiales del asesinato de Tunstall. No tuvieron que cabalgar mucho. Localizaron a tres de ellos acampados cerca de un río; en cuanto reconocieron a los jinetes que iban en su busca huyeron, lo que dio lugar a una secuencia propia del mejor largometraje del Oeste, pues durante varios kilómetros fueron perseguidos a tiros hasta ser finalmente acorralados en un recodo sin escape. Dick Brewer, líder de los Reguladores, les habló desde la distancia, haciéndoles notar que no tenían escapatoria y consiguiendo que se entregasen sin oponer resistencia bajo la promesa de llevarlos vivos hasta Lincoln. Promesa que no llegaría a cumplirse. Aunque existen varias versiones de lo que sucedió durante el camino de regreso, a grandes rasgos todas coinciden en su desenlace. Se sabe que pese a la intención inicial de los quienes comandaban el grupo, que querían honrar la palabra dada y cumplir el mandato del juez, se produjo un conflicto interno entre los partidarios de respetar la ley y los partidarios de ejecutar una venganza.inmediata. Se impuso la voluntad de los segundos, al parecer con violencia de por medio cuando uno de los Reguladores —William McCloskey, que mantenía amistad con los detenidos y trató de defenderlos— fue tiroteado por uno de sus propios compañeros. Después, los tres detenidos fueron acribillados a balazos. Varios días después los Reguladores volvieron a presentarse ante el juez de paz no con tres prisioneros, sino con tres cadáveres agujereados de forma macabra; se dice que cada prisionero había recibido once balas, una por cada uno de los Reguladores presentes, lo cual era la manera de asegurar que todos ellos se responsabilizarían por igual de los homicidios.

Huelga decid que necesitaban intentar justificar aquellas muertes ante el juez, así que afirmaron haber disparado en defensa propia al resistirse con violencia los detenidos, resistencia de la que presentaron como prueba el cadáver de McCloskey. El relato podía parecer inverosímil, pero fue dado como bueno. A fin de cuentas era exactamente la misma mentira que tanto el sheriff como los pistoleros de La Casa habían argüido para justificar la muerte de Tunstall. Tal vez el juez de paz creyó el relato de los Reguladores. O quizá estaba harto de la corrupción imperante en el condado, por lo que tampoco cabe descartar la posibilidad de que en su ánimo pesara la idea de que un poco de manga ancha era lo que se necesitaba para contrarrestar el poder de la estructura mafiosa de La Casa. En cuanto a los dos siguientes nombres de su lista, los Reguladores no tuvieron que molestarse en capturarlos. Ambos hombres sufrieron un casual giro del karma aquel mismo día: sorprendidos intentando robar ganado en una reserva india, fueron tiroteados por los vigilantes. Uno de los dos ladrones murió y el otro, herido de gravedad, fue encarcelado y puesto bajo cuidado médico con vistas a llevarlo ante un juez si conseguía sobrevivir.

El sheriff Bill Brady, brazo armado de los caciques locales de Lincoln. (foto: DP)
El sheriff Bill Brady, brazo armado de los caciques locales de Lincoln. (foto: DP)

La campaña de vendettas había empezado bien para los Reguladores. Tras cometer tres homicidios (o cuatro, si les atribuimos también el de McCloskey) y habían salido indemnes. Otros dos de sus objetivos habían caído en la reserva india, lo cual ayudaría a completar su lista con mayor rapidez. Pero era cuestión de tiempo que los enemigos de los Reguladores recurriesen a su artillería. Las noticias sobre aquella actividad alguacilesca no tardaron en llegar hasta Santa Fe, y las autoridades estatales, que siempre habían protegido a La Casa, también se dieron cuenta de que el poder de sus socios Dolan y Murphy podría derrumbarse rápidamente si no hacían algo al respecto. El gobernador del estado, Samuel B. Axtell, era bien conocido por sus corruptos manejos y sus oscuras amistades, entre las que se encontraban los caciques de Lincoln, e hizo honor a esa fama con una jugada digna de Maquiavelo. Como buen tahúr político que era, se sacó de la manga un as, anunciando que el nombramiento del juez de paz de Lincoln se había producido de manera irregular (con justificaciones tan peregrinas como podamos imaginar), por lo cual quedaba inhabilitado de inmediato por orden gubernativa. Y ya de paso, cualquier potestad que hubiese concedido a los Reguladores para actuar en nombre de la ley quedaba revocada de manera automática. Esto era una muy mala noticia para Billy el Niño y sus compañeros. De continuar con sus acciones, que ya no contaban con el paraguas de una licencia judicial, se convertirían en criminales perseguidos por la ley. Aquello volvía a situarlos en una difícil disyuntiva. Si bajaban la cabeza y renunciaban a continuar buscando los nombres que había anotados en su lista, nunca podrían vengarse y mucho menos reactivar los negocios del difunto Tunstall. Tendrían que emigrar. Pero si decidían continuar, todo el aparato policial y legal del condado, e incluso del estado, se echaría sobre ellos. Una vez más, optaron por la venganza. Era demasiado tarde para echarse atrás. No iban a detenerse ahora. Si tenían que enfrentarse a la ley, lo harían. Si tenían que pelear, pelearían. Teniendo enfrente incluso al propio gobernador, aquello tenía visos de convertirse en una misión suicida, pero los Reguladores habían tomado, por segunda vez, una decisión irrevocable.

Estalla la guerra de Lincoln

Bien sabían que estaban a punto de convertirse en forajidos, así que se dijeron que ya no tenía mucho sentido andarse con remilgos. Ahora ejecutarían su venganza por las buenas, sin necesidad de ningún simulacro de protocolo legal. De todos modos iban a ser perseguidos en cuanto hiciesen el siguiente movimiento. Así pues, decidieron apuntar alto e ir a por quien de verdad era uno de sus principales objetivos, al que probablemente no hubiesen podido detener con respaldo legal, pero al que sí podían matar: el sheriff Brady.

Bill Brady era fácil de localizar, desde luego. Era el sheriff, así que, salvo emergencia, estaba siempre en la localidad de Lincoln. Lo único que los Reguladores necesitaban era apostarse y esperar a verlo pasar por la calle. Seis de ellos, incluido Billy el Niño, se ocultaron en la antigua tienda de Tunstall, que ahora permanecía cerrada al público. En la parte trasera había una especie de corral que daba al exterior, y allí unos vigilaban la calle ocultándose tras el muro del patio mientras otros hacían tiempo dándole de comer al perro del difunto comerciante británico. Transcurrió el tiempo. Finalmente lo vieron acercándose al almacén acompañado por algunos de sus ayudantes. Por sorpresa, desde detrás del muro y casi al modo de francotiradores, los Reguladores abrieron fuego sobre Brady, que fue abatido con más de una docena de disparos en el cuerpo, muriendo al instante. Uno de sus ayudantes quedaba tendido en el suelo —malherido, tampoco lograría sobrevivir, falleciendo a las pocas horas— mientras los demás corrían a esconderse. Los testigos afirmaron después que la mayor parte de los aciertos fueron obra de Billy el Niño, que demostró tener la misma puntería en mitad de la acción que cuando practicaba disparándole a latas y botellas. Pese a no ejercer todavía una posición de liderazgo, el nombre de Billy empezó a adquirir resonancia en la región, ya que se lo acusaría formalmente del asesinato de Brady, lo cual lo convertía en un buscado fugitivo. Por cierto, también hubo heridos entre los Reguladores cuando dos de ellos corrieron hacia el cadáver del sheriff para recuperar su arma, poniéndose así en la línea de tiro de uno de los ayudantes, quien, asomándose desde su improvisado escondite, los sorprendió con un único disparo de rifle que atravesó el cuerpo de un Regulador, entrando la bala por un lado del abdomen, saliendo por el otro e impactando también en su compañero.

Cumplida la tarea de eliminar a Brady, los Reguladores recogieron a sus dos heridos y se marcharon de Lincoln para evitar una represalia. Ahora que también estaban en alerta las autoridades de Santa Fe, nunca podían estar seguros de cuántos hombres iban a dedicarse a perseguirlos. En todo caso, el asesinato de Brady enseñó a todos los poderes del condado —y del estado— que los Reguladores no estaban dispuestos a parar hasta conseguir tachar todos los nombres que tenían en su lista, ni siquiera cuando eso significaba que ahora serían unos proscritos. La actitud de los Reguladores, en su contexto, tenía cierto sentido. Si pretendían continuar con los negocios del difunto Tunstall tenían que inhabilitar el poder de La Casa y sus secuaces. Y la violencia era la única forma de abrirse camino en un territorio tan salvaje como aquel, donde el futuro de un nuevo negocio dependía de cuánto y cómo de bien se era capaz de disparar, no de lo hábilmente que se manejase una empresa. Esto era frecuente en territorios de la frontera, donde unos trataban de desplazar a otros por la fuerza. Así pues, decididos a hacerse con el control del condado, los Reguladores cabalgaron hacia el sur durante tres días, hasta estacionar en Blazer’s Mills, un aserradero en torno al cual había emergido una pequeña aldea formada por un puñado de viviendas y almacenes construidos con adobe, al estilo mexicano. Es decir, un paisaje no muy distinto al que usted podrá imaginar si trata de situar la acción de un tiroteo propio del cine western. Se detuvieron allí para descansar y coordinar sus acciones venideras, pero una jugarreta del destino propició que aquella dispersa conjunción de casas se convirtiese en escenario de un insólito enfrentamiento que iba a parecer más propio de las novelas baratas de aquellos mismos años que de la propia realidad. Los Reguladores estaban a punto de sufrir un inconcebible revés, derrotados por un único hombre.

Otro de los nombres que figuraba en la lista de los Reguladores era el de Buckshot Rogers, un empleado de La Casa, experimentado ranchero y cazador, que era además un magnífico tirador. Sabiendo el golpe que Rogers estaba a punto de asestar a los Reguladores, resulta paradójico pensar que había sido uno de los menos dispuestos a enfrentarse a ellos. De hecho, días antes, en cuanto supo que los empleados de Tunstall se habían convertido en una especie de policía y entendió que irían a por él, pensó que la mejor decisión que podía adoptar era la de hacer el equipaje. Puso en venta su granja con urgencia, y aunque encontró un comprador, este necesitaba algunos días para tener preparado un cheque bancario, trámite que un territorio como aquel no podía ejecutarse al momento. Así pues, Rogers se vio obligado a esperar por su cheque, suponemos que con muy pocas ganas de cruzarse con alguno de los hombres de Tunstall. Pero el destino no estaba de su lado y quiso que se citase con su comprador… en Blazer’s Mills. Desconociendo que los Reguladores habían elegido precisamente ese lugar para reponerse, el mundo debió de caérsele a los pies cuando llegó con la idea de recoger su dinero y en cambio se encontró a una docena de sus enemigos sentados en torno a una mesa de la cantina local. Ni siquiera habían tenido que ir a buscarle; él se había tomado la amable molestia de aparecer ante ellos. Desalentado, sabiendo que no tenía escapatoria —y que le habían visto— Buckshot Rogers se sentó en los escalones delanteros de una casa, con su rifle en las manos y sabe Dios qué cosas pasando por su mente.

Entretanto, en la cantina, los Reguladores discutieron cómo actuar. Rogers estaba solo. A alguno de ellos debió de parecerle excesivo atacarlo por las buenas sin darle ocasión a rendirse. Al menos eso debió de pensar Frank Coe, uno de los empleados de Alexander McSween, que se ofreció para intentar convencerlo de que se entregase sin resistencia. Los demás decidieron esperar para comprobar si tenía éxito. Coe salió de la cantina, fue hacia Rogers y se sentó junto a él en el escalón, iniciando una tranquila pero siniestra conversación cuyas palabras exactas no conocemos pero que suponemos hubiese encajado bien en una película de Sam Peckimpah. Sí sabemos que Coe trató de razonar señalando lo obvio: Rogers estaba completamente solo ante una docena de pistoleros y la opción más sensata era la de entregarse. Pero Rogers, silencioso y taciturno, se comportaba como si estuviese ya mentalizándose para lo peor. Pensaba que era el objetivo de una venganza y que si se rendía sin luchar lo matarían igualmente. Coe insistió hasta entender que no tenía nada que hacer. Rogers no quería rendirse. La conversación terminó justo cuando el resto de Reguladores, considerando que ya habían esperado lo suficiente, empezaron a salir de la cantina con paso rápido y armas en ristre. Si la presa no se doblegaba, ellos la cazarían.

En cuanto Buckshot Rogers los vio aparecer, alzó su propio rifle y empezó a disparar. Los Reguladores respondieron. Rogers había hecho las maletas, pero no era un cobarde, y cuando se vio obligado a luchar demostró que tenía los nervios de acero. Incluso en apabullante inferioridad numérica y con las balas de varios tiradores silbando a su alrededor, fue capaz de defenderse con frialdad, demostrando que su puntería de avezado cazador era aterradoramente precisa. Uno tras otro, cuatro Reguladores fueron cayendo al suelo heridos, hasta que el resto entendió que lo mejor era protegerse de la endiablada precisión de Rogers detrás de algún objeto o esquina. Debieron de sentirse muy confusos. Habían sido apenas unos instantes —al contrario de lo que muestran las películas, aquellos legendarios intercambios de disparos al descubierto nunca duraban mucho— pero habían bastado para que todos hubiesen tenido que detener su avance por causa de un único hombre. Cuatro de ellos permanecían en tierra heridos. Rogers había frenado a los Reguladores, aunque no pudo evitar ser diana a su vez. Pese a la numantina determinación que demostró durante aquella apoteósica exhibición de resistencia en solitario, estaba en el blanco de demasiados tiradores y con demasiadas balas volando en su dirección como para que la mera lógica no impusiera su sentencia. Fue herido de gravedad y, como pudo, retrocedió hacia la puerta de la casa, entrando en ella. Ni sabiéndose malherido evidenciaba intención alguna de rendirse.

La casa donde Buckshot Rogers resistió hasta el final. (foto: DP)
La casa donde Buckshot Rogers resistió hasta el final. (foto: DP)

Los Reguladores estaban estupefactos. Buckshot Rogers se había defendido como una fiera y aun retrocediendo con balas en su cuerpo había sido capaz de abatir a varios de ellos. Aquel individuo era el más fiero luchador con el que se habían encontrado desde que comenzasen su campaña de represalias. Tan impresionados estaban que el ánimo vengador resultó ahogado por el instinto de supervivencia. Empezaron a ocuparse de rescatar a sus compañeros heridos, sin saber muy bien qué más hacer. Podían rodear la casa, sí, pero, ¿quién en su sano juicio iba a acercarse hasta el escondite de Rogers, que parecía capaz de acertar a una mosca en pleno vuelo? El líder de los Reguladores, Dick Brewer, estaba exasperado. Pero no le parecía buena idea pedir a sus compañeros que se jugasen el pellejo acercándose al edificio y, como capitán ejemplar, decidió hacerlo él mismo. A hurtadillas fue aproximándose a la casa, hasta llegar a una pila de troncos que había cerca de la entrada. Se parapetó tras ella. Rogers no había disparado. Eso demostraba que no estaba vigilando desde dentro, y que quizá no estaba en condiciones de defenderse. Con precaución, Brewer asomó la cabeza y echó un breve vistazo. Vio a Rogers tumbado boca abajo sobre un colchón, sangrando abundantemente. Aquella era la ocasión perfecta para acabar con él. Pero Brewer no quiso exponerse demasiado y cuando disparó varias veces hacia el interior de la casa lo hizo a bocajarro, sin apuntar con demasiada precisión. Debió de creer, grueso error, que la cantidad de tiros bastaría por sí sola para hacer blanco. Cuando asomó la cabeza por tercera vez para comprobar si había dado en la diana, sonó un disparo. Uno de sus ojos fue reventado por una bala. Dick Brewer, líder de los Reguladores, ya era cadáver cuando cayó al suelo. Rogers, tendido en el colchón, aún había tenido fuerzas para defenderse. Había visto volutas de humo revoloteando sobre la pila de troncos y así supo dónde se ocultaba el tirador. Había alzado su rifle, esperando astutamente a que Brewer volviese a asomar la cabeza.

El resto de los Reguladores se sintieron todavía más conmocionados. Un único hombre les había plantado cara con la terrible eficacia de todo un pelotón, y como desgraciado desenlace acababan de perder a su cabecilla. Desmoralizados, decidieron que Rogers era un objetivo inatacable. Subieron a sus monturas y se marcharon para lamerse las heridas en otra parte. El destino de Buckshot Rogers, empero, no tenía mejor color. El hombre que había ido a Blazer’s Mills para recoger un cheque y que a cambio había protagonizado la proeza de hacer retroceder a toda una banda de pistoleros, continuó desangrándose sin que nadie pudiese hacer nada por ayudarlo. Murió al día siguiente.

La esperanza después de la derrota

Los Reguladores ya no sabían si estaban huyendo o si todavía eran ellos quienes perseguían a otros. En la realidad, ambas cosas eran ciertas. Ahora eran fugitivos, pero la guerra no se iba a detener por sí sola, así que estaban obligados a continuar luchando. Cabalgando de nuevo hacia el norte, llegaron a Fort Sumner, una antigua instalación militar que los soldados estadounidenses habían abandonado tiempo atrás y que ahora estaba habitada por familias mexicanas. Allí decidieron que Frank McNab sería su nuevo jefe. Era la opción más natural, porque McNab había estado ejerciendo de primer lugarteniente para el difunto Dick Brewer. Por lo demás, Fort Sumner era el sitio perfecto donde descansar, reponerse de las heridas e incluso divertirse, ya que entre los atractivos del lugar estaba el ambiente festivo de los mexicanos y la presencia de chicas jóvenes. Allí permanecieron durante dos meses. Billy el Niño estaba como en su casa. Gracias a su carácter amigable, su facilidad para relacionarse con los mexicanos y su dominio del español, se integró a la perfección. Pero, al igual que sus compañeros, sabía que no podía quedarse allí para siempre. Con el paso del tiempo, los Reguladores fueron abandonando el fuerte —para visitar a sus familias, para resolver sus asuntos económicos, etc.—, dividiéndose en grupos según el destino que tomase cada cual.

El gobernador Axtell, corrupto, autoritario y participante de una estructura mafiosa estatal. (foto: DP)
El gobernador Axtell, corrupto, autoritario y participante de una estructura mafiosa estatal. (foto: DP)

Las cosas no estaban menos agitadas en el otro bando. Se había nombrado un sustituto del difunto Brady, John Copeland, que como nuevo sheriff tendría la difícil papeleta de intentar pacificar un condado sumido en el más completo caos. Nombró su segundo a George W. Peppin, que también había sido ayudante de Brady y había presenciado su muerte. Pero Copeland cometió el error de mostrarse comprensivo con la causa de los Reguladores. Debió de pensar que tenían su parte de razón o que no eran menos implacables que sus competidores, pero como fuese, su posición salomónica resultaba inaceptable para La Casa. El jefe de la policía local debía trabajar para ellos, o de lo contrario debía renunciar al puesto. Copeland vio cómo conspiraba contra él incluso Peppin, su ayudante, que se sumó a la presión de La Casa para forzarlo a dimitir casi sin haber tenido tiempo de ocupar su silla. Finalmente fue apartado del puesto. Peppin tomó su lugar. Era el tercer sheriff que Lincoln tuvo durante aquel turbulento periodo, pero como veremos no sería el último (ni el penúltimo). Peppin no se molestó en disimular a quién entregaba su lealtad, ya que desde el principio actuó como comandante de campo de la facción de La Casa e incluso nombró como ayudante a uno de los sospechosos del asesinato de Tunstall. George Peppin era como una nueva versión de Brady y su política era exactamente la misma que la de aquel: cazar a los Reguladores a cualquier precio.

Organizó rápidamente un grupo de pistoleros recurriendo tanto a empleados de La Casa como a bandas aliadas, los «Guerreros de Seven Riders» o la banda de Jesse Evans. Este último era quizá el personaje más temido de todo el territorio y la sola mención de su nombre bastaba para hacer palidecer a muchos. Cumplida la treintena, Evans era mestizo y su ascendencia cherokee se dejaba notar de manera evidente en su aspecto físico. Había trabajado de cowboy y también acumulaba un amplio historial delictivo como ladrón y cuatrero. Tenía varios homicidios a sus espaldas e incluso había sido procesado por asesinato, aunque había quedado absuelto de manera poco comprensible, ya que casi nadie dudaba de su culpabilidad. Es muy probable que aquella absolución se debiese, como tantas otras decisiones judiciales extrañas de New Mexico, a la influencia de la corrupta cúpula del estado, con la que Evans tenía contacto.

La cacería no tardó en empezar. Una partida conjunta formada por los hombres de Jesse Evans y los Guerreros de Seven Rivers localizó a tres Reguladores en un rancho. Allí estaban el nuevo líder de los Reguladores, Frank McNab, Frank Coe y un tercero llamado Ab Saunders. No tuvieron demasiadas oportunidades. Aunque trataban de esconderse, fueron acorralados y sobre ellos cayó una lluvia de balas. McNab murió en el acto —los Reguladores volvían a quedarse sin líder— y Saunders fue herido de gravedad. Frank Coe salió ileso, pero fue hecho prisionero y encerrado en una celda, aunque pocos días después escapó, al parecer con la colaboración directa de un ayudante del sheriff (no está claro si con ayuda de sobornos o sencillamente por amistad). Esto supuso otro duro golpe para los Reguladores, aunque no quedó sin represalia, porque al día siguiente cuatro miembros de los Guerreros de Seven Rivers fueron tiroteados hasta la muerte, suponemos que después de haber sido tomados por sorpresa. Aunque nunca se llegó a saber quién lo había hecho, algunos lo atribuyeron a Billy el Niño, cuyo papel en la muerte de Brady era ya un hecho bien conocido.

Las tornas habían cambiado. Los Reguladores habían pasado de perseguidores a perseguidos. Tiroteo tras tiroteo su número había ido decreciendo. Varios de los que todavía quedaban con vida, entre ellos Billy el Niño, acudieron al único aliado que todavía tenían: el comerciante Alexander McSween. Se refugiaron en su casa, pero aquello pronto probó ser una mala idea. Los pistoleros del cacique James Dolan rodearon con rapidez la vivienda, en la que quedaron atrapados McSween, su mujer y los Reguladores supervivientes. La guerra entre bandas había tomado un cariz alarmante, como prueba el que hiciese acto de aparición nada menos que un escuadrón de la caballería con el encargo de procurar que los Reguladores que se ocultaban en casa de Mcsween fuesen detenidos sin derramamientos de sangre innecesarios. Aquello era la señal de que en Santa Fe empezaban a encontrar intolerable la situación de desorden en Lincoln, entre otras cosas porque la prensa de la ciudad estaba dándole una enorme repercusión y el público de la capital del estado, claro, se preguntaba para qué demonios servían unos gobernantes que no eran capaces de detener aquella sangría.

El asedio a la casa de McSween duró cinco días. Cabe imaginar la desesperación de quienes estaban dentro. Los sitiadores únicamente dejaron salir a la esposa del comerciante, la única mujer presente, pero los demás no parecían tener escapatoria. El propio McSween se mostraba completamente hundido; no era un hombre de acción, no sabía cómo asimilar la situación. Su angustia empezó a resultar contagiosa y varios de los Reguladores terminaron también con los nervios a flor de piel al cabo de varios interminables días de encierro en aquella ratonera. Pero fue en aquellas circunstancias tan adversas, ya sin la presencia de algún jefe natural, cuando Billy el Niño empezó a demostrar, pese a su juventud, una enorme fuerza de carácter. Mientras los demás flaqueaban, aquel chaval casi imberbe empezó a trazar un plan de huida que, si bien difícil, captó la atención de sus compañeros. Se agarraron a la idea de Billy como a un clavo ardiendo. Y la idea no era mala, o al menos era la única que en aquella situación ofrecía la posibilidad de que algunos de ellos, por lo menos, sobreviviesen. Billy planeó que durante la noche se dividiesen en dos grupos. Uno, liderado por él, saldría por una ventana y a base de abrir fuego sobre el cerco trataría de correr hasta el almacén de Tunstall, que estaba bastante cerca, para atravesarlo y escapar hacia el exterior del pueblo. El otro grupo —donde estarían McSween y los menos combativos— aprovecharía la confusión reinante en el lado opuesto de la casa para salir en dirección a un río próximo, y desde ahí aprovechar las horas nocturnas para alejarse de Lincoln. El entusiasmo de Billy empezó a contrarrestar el pesimismo reinante. El chaval era inteligente. Quizá su plan funcionase.

Fuese buena idea o no, tampoco tuvieron demasiado tiempo para discutirla. Durante la quinta noche de asedio no les quedó más remedio que ponerla en práctica cuando sus acosadores prendieron fuego a la casa para obligarlos a salir. Y salieron. Precipitadamente, pero siguiendo el plan de Billy. Con una temeridad que sorprendió incluso a sus enemigos, Billy y algunos de sus compañeros salieron por una ventana disparando a bocajarro y haciendo a su vez frente a un aluvión de balas. El pequeño grupo corrió hacia el almacén de Tunstall, pero cuando estaban a punto de llegar se dieron cuenta de que también allí había tiradores esperando. Se dieron vuelta y corrieron hacia el río, donde se encontraron con el otro grupo de fugitivos, que también había abandonado la casa bajo un chaparrón de disparos (el elemento de distracción no funcionó porque no había parte de la casa que no estuviese vigilada). Allí pudieron hacer recuento de las bajas. Habían perdido a cuatro hombres (en el bando opuesto se había producido una única baja) y el propio Alexander McSween había muerto, con lo que se habían quedado sin su único aliado.

Los escasos Reguladores que consiguieron escapar aquella noche ya no podían ser considerados una facción capaz de continuar plantando cara a unos enemigos más numerosos que además contaban con apoyo de la ley y el propio ejército. La guerra de Lincoln había terminado. Los Reguladores habían perdido. Y Billy el Niño era ahora un fugitivo bajo el que pesaba una acusación por el asesinato de un sheriff. Vagando a pie por aquel duro territorio, en mitad del inclemente verano de New Mexico, veía cómo su vida terminaba de desmoronarse, mientras, por el contrario, su nombre empezaba a resonar más allá de los límites del condado. Ya no tendría descanso en los meses que le quedaban de vida. Pudo comprobarlo cuando desde Santa Fe llegó la gran noticia: con tal de pacificar el territorio, se concedía una aministía penal a todos los involucrados en la guerra de bandas que abandonasen de inmediato la violencia. El joven William Bonney debió de sentir un duro golpe cuando supo que la amnistía se aplicaba a todos… excepto a él. Matar a un sheriff era algo ante lo que el estado no estaba dispuesto a hacer la vista gorda. Y veremos que, pese a todo, estuvo a punto de conseguir un perdón. O eso creyó él. Porque, entretanto, la leyenda estaba atrayéndolo hacía sí como un remolino en el agua atrae al náufrago, y Billy el Niño se ahogaría en ella.

(Continua aquí)


La leyenda de Billy el Niño (I)

La única imagen real de Billy el NIño es este ferrotipo realizado en 1879-8, uno o dos años antes de su muerte. Por aquella época tenía unos dieciocho años, trabajaba como cowboy en un rancho de Nuevo México y estaba a punto de convertirse en el forajido más famoso del mundo. Vendida en 2011 por más de 2 millones de dólares, es la cuarta fotografía más cara de la Historia. (foto: DP)
La única imagen auténtica de Billy el NIño que se conoce y que esté 100% comprobada es este ferrotipo realizado en 1879-8, uno o dos años antes de su muerte. Por aquella época BIlly tenía unos dieciocho años, trabajaba como cowboy en un rancho de Nuevo México y estaba a punto de convertirse en el forajido más famoso del mundo. Vendida en 2011 por más de dos millones de dólares, es la cuarta fotografía más cara de la historia. (foto: DP)

No me asusta morir luchando como un hombre, pero no me gustaría que me ejecuten desarmado, como a un perro. (Billy el Niño, en una carta).

Las últimas cuatro palabras que pronunció en su vida las dijo en español, como las ven ustedes escritas: «¿Quién es? ¿Quién es?». Murió cuando tenía solamente veintiún años, pero ya era el forajido más célebre de su tiempo. Por entonces la leyenda había llegado incluso a la vieja Europa. La prensa hablaba sobre él como un personaje novelesco y le achacaba toda clase de crímenes, incluso varios que no había cometido. Todo lo relacionado con él se había engrandecido; por algún motivo, su figura poseía la capacidad de incendiar la fantasía popular. Aún hoy su nombre, o mejor dicho su universal apodo, es el sinónimo por antonomasia de aventura en el salvaje Oeste.

Su último día de vida, el 14 de julio de 1881, William Bonney, en todo el mundo conocido como Billy el Niño, estaba solamente a unas decenas de kilómetros de la frontera mexicana. Fugitivo de la justicia y con una condena a muerte pendiendo sobre él, no le hubiese resultado difícil escapar hacia el sur para alcanzar la libertad, cabalgando por un territorio que conocía bien y donde tenía muchos amigos. Sin embargo, algo se interpuso en su camino: el amor. Aun sabiendo que tenía a todas las autoridades de Nuevo Mexico persiguiéndole, Billy decidió no partir en dirección a México. Su fogosidad e inconsciencia juveniles lo arrastraron hacia el lugar donde más fácilmente podrían terminar encontrándole: la casa familiar de los Maxwell, la familia mexicana a la que pertenecía su novia de entonces, Paulita Maxwell.

Pero Billy no sería el único visitante de los Maxwell durante aquella noche de verano. Al sheriff encargado de su captura, Patrick F. Garrett, le había llegado información jugosa. Sabiendo que el famoso forajido se cobijaba allí, Garrett se presentó silenciosamente sobre la medianoche, acompañado por un par de ayudantes a quienes dejó vigilando en el exterior de la casa mientras él se colaba por la ventana en la habitación de Pete Maxwell, amigo de Billy. Garrett sorprendió a Maxwell en la penumbra y empezó a interrogarle sobre el paradero del fugitivo más famoso de América. La casualidad quiso que Billy saliera de la habitación de Paulita Maxwell. Hambriento, se dirigió hasta la caseta del exterior en la que la familia conservaba el ciervo que acababan de cazar, para cortarse un filete. Cuando estaba con el cuchillo en la mano, detectó la presencia de dos hombres en torno a la casa. Regresó dentro, caminando con sigilo hacia el dormitorio de Pete Maxwell para avisarle de la presencia de aquellos extraños. Tras abrir la puerta, comprobó con sorpresa que su amigo Pete no estaba solo en la habitación, pero como la oscuridad no le permitía distinguir el rostro del acompañante, Billy preguntó en español, lengua que dominaba: «¿Quién es? ¿Quién es?».

Por toda respuesta, sonaron dos disparos. Billy cayó al suelo, quedando tendido sobre su espalda. En la oscuridad se escuchó su agónica y burbujeante lucha por respirar. Después se hizo el silencio. Una de las balas le había alcanzado cerca del corazón. Billy el Niño era historia.

Su prematura muerte no hizo sino disparar su fama todavía más, hasta convertirlo en la mayor leyenda del salvaje Oeste. Algo en torno suyo excitaba la imaginación del público. Se han rodado decenas de películas sobre su vida, y el número de libros publicados, ya sean novelas o biografías, es incontable en la práctica. Pero el recuerdo de la persona quedó con frecuencia sepultado bajo una montaña de mitos, imprecisiones y malas interpretaciones. Durante mucho tiempo las creencias populares sobre Billy el Niño contradecían lo que recordaban los conocidos más cercanos. La literatura de todo pelaje, el cine y sobre todo la tradición oral fabricaron un molde acorde a los estereotipos del Oeste. Por ejemplo, muchos pensaban que Billy el Niño había sido un tosco bandido sin apenas educación, como parecía deducirse de la única fotografía suya que existe y de las muchas fábulas que ha inspirado esa imagen, un primitivo ferrotipo que le hicieron cuando trabajaba como cowboy y que debió de costarle unos veinticinco centavos de la época (el equivalente de cinco euros, más o menos). Muchos pensaban también que Billy había sido un asesino frío y despiadado, idea nacida de la prensa de su época y también de los manipulados recuerdos que el sheriff Pat Garrett plasmó más tarde en un libro. En sentido contrario, las revisiones del material biográfico hicieron que otros terminasen pintando a Billy el Niño casi como a un héroe. Lo cierto es que fue un delincuente que mató por lo menos a cuatro personas (dos en defensa propia y otras dos durante una fuga carcelaria) y que participó en otros cinco asesinatos durante una guerra entre bandas rivales. Pero es improbable que como dice la leyenda matase a veintiún hombres, uno por cada año de su vida (las cuentas tradicionales bailaban entre quince y veintiséis víctimas). Ahora sabemos que Billy tenía un sistema de valores y que, aunque solamente se arrepintió de uno de sus asesinatos, según la mentalidad de la época casi nunca mató en vano. No era un ángel, pero tampoco el demonio que pintaba la prensa; un periódico inglés llegó a contar que los testigos de su muerte hablaban de un intenso olor a azufre y la breve aparición sobre su cadáver de una figura con cuernos de bisonte y patas de carnero.

Lo cierto es que, exceptuando las flagrantemente falaces memorias de Pat Garrett, casi ningún testimonio de quienes conocieron en persona a Billy el Niño lo describía como un individuo desagradable, innoble o malvado siquiera. ¿Arrogante? Quizá. Pero fuese héroe o villano, se convirtió en el paradigma de pistolero del Oeste, viviendo siempre al límite, movido a veces por la venganza, a veces por el honor y otras veces por el mero instinto de supervivencia. Hay algo que no admite discusión: su breve vida fue tan intensa que ni siquiera las películas o las novelas han conseguido exagerarla. Pero vayamos al principio.

El niño de Nueva York

Era siempre cortés, especialmente con las damas. Como su madre, era un entusiasta cantante y bailarín. Tenía una mente alerta y podía salir con un rápido proverbio para cada ocasión. Era buen lector y escribía mejor que la mayoría de los adultos.

Carta manuscrita de BIlly el Niño: su caligrafía indica que, pese a la tradicional idea popular, BIlly poseía un nivel cultural superior a la media de su entorno. (Foto: DP)
Carta manuscrita de BIlly el Niño: su caligrafía indica que, pese a la imagen tradicional que se ha tenido sobre él, Billy poseía una aceptable formación cultural. (Foto: DP)

La vida de Billy el Niño está bien documentada, excepto los primeros años de su infancia, que son un misterio. Sabemos que fue un niño normal, pero no existe registro sobre su fecha de nacimiento, así que su verdadera edad será siempre motivo de disputa. La versión oficialista, defendida por ejemplo en las memorias de Pat Garrett, dice que Billy nació en 1859 y por tanto tenía veintiún años cuando murió. Lo cual lo convertía en mayor de edad, según la ley de Nuevo México, en el momento en que fue tiroteado por el propio Garrett. Sin embargo, los testimonios más cercanos a Billy indican más bien que nació en 1860 o 1861, así que debió de tener diecinueve o veinte años cuando abandonó este mundo.

Tampoco existe documento alguno que nos ilustre acerca del lugar donde nació y vivió sus primeros años, aunque la prensa de su época siempre apuntaba a que Billy provenía de un barrio irlandés de Manhattan, por lo que se suele considerar esta opción como la más verosímil. En todo caso, le da un toque inusual a su biografía. Nueva York era lugar habitual de llegada a América de los inmigrantes irlandeses como su madre, Catherine McCarty. No conocemos la identidad de su padre biológico. La confusión continúa cuando se intenta dictaminar cuál era el verdadero apellido de Billy. Su madre lo bautizó como William Henry McCarty, pero más tarde el propio Bill se haría llamar William Bonney, seguramente adoptando el apellido de quien pensaba era su padre biológico. Una confusión más: Billy tenía un hermano menor llamado Joseph —al parecer eran solamente hermanos de madre— aunque durante mucho tiempo se pensó que Joseph era el mayor, porque su certificado de nacimiento, que sí se conservó, tenía su fecha de nacimiento erróneamente apuntada. Estas confusiones, que aquí resumo en un breve párrafo, han requerido a los historiadores décadas y más décadas de estudios para introducir correcciones o matices. Todo dato sobre el origen de Billy el Niño parece material de una investigación de Agatha Christie.

Por fortuna para el relato su biografía empieza a aclararse a partir de 1868, cuando Catherine y sus hijos se mudaron a Indiana. Allí, la mujer conoció a un aventurero llamado William Antrim, con quien terminaría casándose. De hecho, Billy llevó también el apellido Antrim, de ahí que durante cierta época en sus círculos lo conociesen como «Kid Antrim». La nueva familia se desplazó a menudo hasta establecerse finalmente en Silver City, Nuevo México. Allí, William Antrim se dedicaba a la prospección de mineral y los juegos de azar, mientras Catherine trabajaba entre otras cosas como lavandera. Por aquel entonces, como decíamos, Billy era un niño perfectamente normal. Los testimonios más tempranos, procedentes de antiguos compañeros de colegio lo describen como un chiquillo «flaco y algo pequeño para su edad», un niño bien educado que «nunca hacía nada malo, como mucho alguna travesura». Uno de sus profesores recordaría que Billy «no era más problemático que cualquier niño de su edad». Tenía un carácter alegre y bromista que había heredado de su madre. Como a ella, le gustaba cantar y bailar. Buen alumno en la escuela, colaboraba en diversas tareas extraescolares y era un ávido lector, especialmente de ficción. En alguna de las cartas que escribió más tarde podemos ver que poseía una caligrafía muy refinada, lo cual se contradice bastante con la idea que circuló durante tanto tiempo describiéndolo como un tosco y asilvestrado muchacho de campo.

En 1874, cuando Billy tenía unos trece o catorce años, se produjo un hecho que cambiaría su tranquila vida para siempre: Catherine McCarty murió a causa de la tuberculosis y William Antrin se desentendió completamente de los dos hermanos ahora huérfanos, que fueron enviados a distintas casas de acogida. Billy fue recibido por una familia que regentaba un hotel, y allí empezó a trabajar como pago por su manutención. En principio su comportamiento fue bueno, y el dueño de aquel hotel diría más tarde que Billy era el único de sus jóvenes empleados que «nunca había intentado robar».

El embrión del forajido

La vida tenía poco valor y matar no estaba considerado como un crimen particularmente nefasto. Los hombres endurecidos por el derramamiento de sangre de la guerra civil encontraron difícil romper con el hábito de luchar, así que matar se convirtió en un medio aceptable para resolver disputas. (Warren Beck, New Mexico: A History of Four Centuries, 1962).

Aconseje a sus lectores que nunca se involucren en un homicidio. (Billy el Niño hablándole a un reportero tras una de sus detenciones).

El adolescente Billy era adicto a las dime novels, unas novelas baratas que narraban las aventuras de forajidos del Oeste, reales o imaginarios, y que eran el antecedente de las revistas de pulp fiction. Difícilmente podía imaginar que en apenas cinco o seis años iba a convertirse en protagonista de muchas de aquellas novelas, pero tras quedarse huérfano y desprovisto de supervisión adulta su comportamiento empezó a cambiar. Se mezcló con pandillas juveniles. Cuando terminaba su trabajo en el hotel era solamente un adolescente que ya no tenía grandes ataduras y que, ansioso de libertad, no tardó en tener conflictos con su familia de acogida, hasta que se marchó para alojarse en una pensión cuyas facturas pagaba ejerciendo toda clase de recados y trabajos. Apenas había pasado un año desde la muerte de su madre cuando, empobrecido y tratando de sobrevivir en una ciudad de aventureros, Billy empezó a delinquir. Su primer encontronazo con la ley no tardó en llegar: fue detenido por robar un queso, pero el sheriff local simpatizó con aquel quinceañero que parecía un niño y lo dejó ir después de soltarle una reprimenda. Pero poco después fue detenido de nuevo por algo bastante más serio, el robo de una pistola. De físico enclenque, Billy pensaba que necesitaba un arma para sobrevivir en aquella ciudad de buscavidas. Aquella vez no bastaba una reprimenda, así que dio con sus huesos en un calabozo. Sin embargo, ya entonces empezó a demostrar su habilidad como escapista, trepando por el interior de una chimenea para huir de la oficina del sheriff. Ahora era un fugitivo, si bien uno de poca monta por el que nadie iba a preocuparse demasiado. De momento.

Su carrera delictiva iba a más. Se inició como cuatrero, robando los caballos de los soldados acuartelados en diversas partes de Nuevo México. Aquel era un crimen grave. No desde el punto de vista judicial, ya que la pena por el robo de un caballo podía suponer un par de años de cárcel. Pero más allá de los tribunales, a los cuatreros sorprendidos in fraganti no se los perdonaba y no era raro que fuesen ejecutados mediante un ahorcamiento improvisado, sin esperar la presencia de autoridad alguna. En el salvaje Oeste, donde había que viajar enormes distancias a través de unos territorios con frecuencia inhóspitos que podían poner a prueba la resistencia de cualquiera, un caballo constituía un seguro de vida. Sin montura, un hombre no podía pretender atravesar aquellas tierras con buenas posibilidades de sobrevivir. Así que el robo de caballos implicaba que Billy era ahora un delincuente de mayor entidad. Pero su currículum delictivo aún tenía que crecer. Tenía unos dieciséis años cuando se convirtió también en un criminal de sangre, porque fue entonces cuando cometió su primer homicidio.

Ocurrió en Fort Grant, Arizona, donde tras su breve etapa como cuatrero finalmente encontró trabajo como conductor de ganado. Aquel empleo, sin embargo, no hizo que su existencia se tornase más relajada. BIlly no era propenso a los vicios. Rechazaba abiertamente el tabaco. Casi nunca bebía y cuando probaba el alcohol era en muy poca cantidad. Aquello no era lo suyo. Pero sí le gustaban los juegos de azar y acostumbraba a frecuentar el típico saloon que tantas veces hemos visto en las películas, para apostar. En aquellos círculos la presencia de aquel quinceañero era generalmente bien recibida. Era un individuo popular. Bien educado y simpático, con un expansivo sentido del humor, difícilmente caía mal a nadie. Especialmente a las chicas; su aspecto aniñado era más refinado de lo acostumbrado en aquellos círculos y su única fotografía, como decimos, fue contestada por quienes lo conocieron en persona y aseguraban que no le hacía justicia. Billy tenía fama de ser bien parecido, cortés y de trato agradable. Pero eso no lo libró de roces. Como aparentaba muy poca edad y además era bastante enclenque, podía convertirse en objetivo de las burlas de algún que otro individuo con ganas de abusar de alguien más débil. Fue en el saloon de Fort Grant donde un herrero irlandés llamado Frank Cahill se acostumbró a insultarlo cada vez que lo veía. Un buen día, el habitualmente apacible Billy se cansó y terminó devolviendo los insultos. El rudo Frank Cahill se abalanzó sobre él para pegarle. Craso error. Billy era un endeble chiquillo rubito, pero no iba a dejarse avasallar. Cahill impuso su superioridad física y lo tiró al suelo, pero tras caer Billy sacó su revólver y sin pensárselo dos veces disparó a su agresor. Cahill, herido de gravedad, murió al día siguiente, convirtiéndose en la primera víctima de Billy el Niño. Los testigos del incidente calificaron el homicidio como «defensa propia», pero las autoridades locales no pensaron lo mismo, así que Billy supo que debía marcharse de Arizona.

En la imagen, Jesse James. Pese a lo que decía la leyenda, Billy el Niño nunca perteneció a su banda. Sí es muy posible que James le ofreciese la ocasión de unirse a él y que Billy la rechazara.(Forto: DP).
En la imagen, Jesse James. Pese a lo que decía la leyenda, Billy el Niño nunca perteneció a su banda. Sí es muy posible que James le ofreciese la ocasión de unirse a él y que Billy la rechazara.(Forto: DP).

La puntería que Billy demostró en aquel lance no era producto de la casualidad. Llevaba tiempo practicando con armas. Le gustaba disparar a objetos y, según contaban sus conocidos, «gastaba diez veces más balas que cualquier otro». Durante mucho tiempo se pensó que era zurdo, porque en su única fotografía aparecía con el revólver colgado en la parte izquierda de la cintura. Hasta que finalmente alguien se fijó en el mecanismo del Winchester que aparecía en la imagen, que estaba al revés. La fotografía estaba invertida. Billy el Niño era diestro, algo que se descubrió muchas décadas después de su muerte, cuando ya se habían escrito novelas y estrenado películas con el título de El pistolero zurdo. Otra confusión más. En todo caso, se ganó fama de ser un excelente tirador. Era bueno con el revólver, aunque su arma favorita era el rifle Winchester. Lo manejaba tan bien que al parecer era capaz de disparar con un rifle en cada mano, manteniendo un buen índice de puntería tanto con la derecha como con la izquierda.

Tras abandonar Arizona a toda prisa se dirigió a Nuevo México, retornando a Silver City. Allí volvió a las andadas uniéndose a una banda de ladrones de ganado. La mitología posterior insistía en que durante aquel periodo Billy habría pertenecido temporalmente a la banda de otro forajido legendario, Jesse James. En la realidad, sin embargo, esto nunca sucedió. Algunos historiadores aceptan que ambos llegaran a conocerse en Nuevo México, donde es verdad que estuvieron al mismo tiempo. Parece muy verosímil que Jesse James le hubiese ofrecido unirse a su banda al conocer su prestigio como tirador. Pero Billy declinó la oferta, probablemente considerando que el robo de ganado le daba para vivir y que no necesitaba involucrarse en las peligrosas actividades de Jesse James, que incluían atracos a bancos y asaltos a trenes. No resulta extraño que BIlly rechazase convertirse en atracador, porque no le concedía demasiada importancia al dinero y se conformaba con tener lo suficiente para salir adelante. Su única preocupación material obsesiva era la compra de munición para practicar con sus armas. Por lo demás, las lucrativas ganancias de un atracador de bancos no le atraían.

El fútil intento de llevar una vida honrada

Por aquel entonces Billy experimentó de primera mano el daño que podía causar un cuatrero. Mientras cabalgaba por el árido Nuevo México, su caballo fue robado por un grupo de apaches, nación india que llevaba décadas en guerra contra los invasores blancos. Sin caballo, abandonado a su suerte, Billy tuvo que recorrer varias decenas de kilómetros a pie, atravesando un inclemente territorio semidesértico. Cuando finalmente llegó a una casa habitada, cerca de Fort Stanton, estaba agotado y deshidratado, casi al borde de la muerte. Tuvo que ser cuidado por la familia que habitaba aquella casa durante algún tiempo antes de que se recuperase y pudiese volver a valerse por sí mismo.

Tras reponerse, BIlly se trasladó al condado de Lincoln, el más extenso de Nuevo México, con una superficie algo menor a la de Galicia (Nuevo México tiene 315.000 km², en comparación España tiene 500.000 km²). Sin embargo, la población del condado era escasa y dispersa. Allí parecía que pretendía abandonar sus escarceos delictivos. Primero obtuvo un empleo en una fábrica de quesos. Después se convirtió en cowboy, conduciendo y cuidando vacas o caballos.

Se puso al servicio de uno de los principales ganaderos del condado, John Tunstall, un joven emprendedor británico que había llegado a América decidido a hacer fortuna. Era financiero y comerciante, dueño de un almacén donde vendía utensilios, municiones y repuestos a los colonos del condado. En cuanto Tunstall supo por algunos vaqueros de la habilidad de Billy con las armas lo contrató como guarda para vigilar el ganado. La leyenda dice que Tunstall fue algo así como su única figura paterna, pero esto es poco probable, ya que apenas le sacaba seis o siete años de edad. Aunque sí es cierto que Billy le debió tener en bastante consideración, dado que Tunstall se portó muy bien con él. Por ejemplo le regaló un caballo y un flamante rifle Winchester. Billy empezó a sentirse como en casa en el condado de Lincoln y desarrolló un fuerte sentimiento de camaradería y hermandad con los otros cowboys que trabajaban para el inglés. Unidos como una piña, aquellos vaqueros se convirtieron en su nueva familia.

Billy también creó fuertes lazos de amistad con los mexicanos de la región. Esto era algo inusual para un anglosajón, incluso teniendo en cuenta que los matrimonios mixtos no constituían una rareza. La mentalidad racista imperante en la zona no cambiaba por ello. Los colonos anglosajones miraban con incomprensión y abierto desprecio a los mexicanos. Amén de los conflictos territoriales que se habían producido entre Estados Unidos y México, que seguían estando latentes en el recuerdo de todos, eran dos culturas que en aquella región fronteriza no terminaban de encajar. Pero Billy no era como la mayoría de los anglosajones. Con su carácter extrovertido —y en muchos aspectos naif— hacía caso omiso de estos prejuicios y se llevaba tan bien con los mexicanos que él mismo terminó hablando el español con bastante fluidez, amén de que le gustaba relacionarse con chicas hispanas. Esto lo convirtió en un visitante bien recibido en las casas de las familias mexicanas de la zona, que a menudo le servirían como refugio y escondite en los turbulentos tiempos que estaban por venir. De aquella época, por cierto, data su única fotografía, en la que lo vemos vestido con las ropas de trabajo de un típico cowboy.

Billy abandonó el apellido Antrim para adoptar el de Bonney. Estaba muy cerca de llevar una vida feliz. Pero los acontecimientos en Lincoln estaban destinados a impedírselo. Por aquel entonces, aquellas regiones a medio civilizar eran caldo de cultivo para la corrupción a todos los niveles, con facciones similares a la mafia que trataban de hacerse con el monopolio de las actividades más lucrativas, frecuentemente en connivencia con las autoridades locales.

El condado de Lincoln no era una excepción. Hasta la llegada de Tunstall, el único almacén comercial de la zona había sido «La Casa», controlada por James Dolan y Lawrence Murphy, dos irlandeses que habían combatido en la guerra civil y que no estaban dispuestos a permitir que otros hombres de negocios intentasen romper su monopolio. En aquellas tierras, el «sueño americano» estaba solamente al alcance de quienes pudiesen respaldar su iniciativa empresarial con la fuerza. Los tentáculos de la corrupción llegaban lejos: Dolan y Murphy dominaban la región compinchados con el sheriff local, William Brady, quien a su vez pertenecía a una corrupta red conocida como «el Círculo de Santa Fe», un grupo de funcionarios que hacían y deshacían a su antojo sin el menor respeto por la ley que supuestamente defendían. A esa red pertenecían individuos como el fiscal de distrito William Rynerson, que asesinó de un disparo al Jefe de Justicia de Nuevo México y que, sorprendentemente, salió de rositas cuando un tribunal tan corrupto como él dictaminó que el homicidio se había producido en defensa propia, pese a que los testigos afirmaban lo contrario. En el Círculo de Santa Fe había también jueces e incluso estaba pringado el propio gobernador de Nuevo México, Samuel B. Axtell, que combinaba sin problemas delincuencia y política.

Como se ve, en Nuevo México —y todavía menos en un territorio tan asilvestrado como el condado de Lincoln— existían pocas garantías legales para un emprendedor. Cuando John Tunstall construyó su propio almacén y empezó a atraer a la clientela que hasta entonces había acudido invariablemente a comprar a La Casa, los caciques locales Dolan y Murphy empezaron a tener pérdidas y decidieron que Tunstall no podía seguir con vida. Con la dudosa excusa de una disputa sobre ganado y con la ayuda del corrupto sheriff, organizaron una expedición para capturarle.

El 18 de febrero de 1878, John Tunstall y varios de sus empleados, incluido Billy, atravesaban un camino para trasladar varios caballos de un rancho a otro. Iban formando una dispersa fila en la que Billy era el drag rider, esto es, el jinete que va en último lugar y se encarga de vigilar que ningún otro sufra algún otro tipo de problema. Fue precisamente Billy quien avisó de la presencia de una banda de jinetes formada por el sheriff, sus ayudantes y varios pistoleros al servicio de La Casa. Tunstall y sus hombres se dispersaron, huyendo en varias direcciones. Billy no volvió a ver a su jefe con vida. Tres ayudantes del sheriff alcanzaron al inglés y, según su versión, tuvieron que disparar cuando Tunstall se resistió violentamente al arresto. Nadie se creyó la historia. Como era habitual por entonces, manipularon la escena del crimen y dispararon la pistola de Tunstall después de que este hubiese muerto para simular que se había resistido. Lógicamente contaron con todo el respaldo de su sheriff y otras autoridades.

La Casa había eliminado a su principal competidor, pero varios de los cowboys empleados por Tunstall se negaron a que Dolan y Murphy se salieran con la suya. Como en una película de Clint Eastwood, Billy y varios de sus compañeros juraron venganza, decididos a eliminar a quienes habían asesinado a su querido jefe. Era la «guerra del condado de Lincoln», en la que Billy el Niño iba a cimentar su impresionante leyenda.

(Continua aquí)

Rifle Winchester modelo 1873, el arma favorita de Billy el Niño, hasta el punto de que podía manejarlo con ambas manos (Foto: DP)
Rifle Winchester modelo 1873. Era el favorito de Billy el Niño, hasta el punto de que podía manejarlo con ambas manos (Foto: DP)


Alberto Rojas: Jesse James vive junto al Nilo

Tenía 22 años, dos esposas, nueve hijos y un orificio de bala mal cicatrizado en el muslo izquierdo. Como yo, era zurdo. Solo lo vi escribir una vez y fue su nombre: William Deng. Siempre vestía uniforme de camuflaje y zapatos de domingo. Por la noche abría los botellines de cerveza Red Lion con el gatillo del Kalashnikov y le encantaba reírse con el resto de los chicos de las infidelidades que coleccionaban. Tenía varios cómics arrugados y descoloridos de forajidos del oeste junto a su camastro. Su preferido era uno de Jesse James. Nunca quiso decirme a cuanta gente había matado y no sabía lo que era una foto. Me dijo que iba a misa todos los domingos, aunque eso no pude comprobarlo. 

Lo de las esposas tiene su explicación. Su hermano acababa de morir en un tiroteo en la frontera con el enemigo musulmán del norte y su mujer, sus hijos y sus vacas pasaban bajo su protección. Una costumbre entre las tribus nuer que ni los sacerdotes católicos de la zona osaban contradecir. 
 
— ¿Tú cuántas esposas tienes? 

Me costó explicarle que en España eso no funcionaba así. 

— Tengo novia. Una novia. Tener más no está bien. 

— Pues quédate aquí. Hay una chica de las que van a recoger agua que se ha fijado en ti. Si no te gusta escoges a otra de sus nueve hermanas. Es la más guapa de la aldea y solo te costará 30 vacas.

— Sabes que no tengo vacas, William. 

— Eso da igual. Le das 1.000 dólares a su padre y solucionado. Y nosotros te ayudamos a levantar la casa. Aquí hay tierra de sobra.

Conocí a William en los días calientes del referéndum por la independencia de Sudán del Sur y me cayó bien desde el principio. El alcalde de la aldea de Ayod, en el estado de Jonglei, me lo ‘encalomó’ nada más llegar en la avioneta de la ONU. ‘For protection’, dijo, aunque en realidad lo que pretendía era tenerme controlado. William, adornado con esas cicatrices tribales que les hacen a los niños cuando dejan de serlo, chapurreaba algo de inglés, aunque con un acento del Nilo azul que en nada se parecía al acento de inglés manchego que recibía por respuesta. Con dificultades, conseguimos entendernos en lo importante: dónde conseguir cerveza en un sitio que me recordaba a Mordor, el triángulo del hambre, el reino del escorpión. Trozos de aviones derribados, tanques herrumbrosos y chicas con pulseras elaboradas con balas. Uno de esos lugares de los que nunca se vuelve.

Yo había hecho 4.000 kilómetros para buscar al protagonista infantil de una foto famosa tomada allí 18 años antes, lo que me convertía, automáticamente, en la atracción de los vecinos. Blanco, con una cámara y unas 240 fotos impresas realizadas allí por un tipo que se suicidó después de fotografiar a una criatura junto a un buitre.

En aquellos días, un general se había rebelado junto a su tropa contra el Gobierno del sur a unos 20 kilómetros y la aldea rebosaba de soldados en chanclas o montados en vehículos que parecían sacados de Mad Max, toyotas robados a las ONG y cortados con radiales para alojar ametralladoras pesadas. Cada día había decenas de muertos civiles en los alrededores, así que andaba uno algo inquieto. El primer viaje a África. Bang bang y a casa en una caja de pino. Mi traductor, un sudanés guasón llamado Mario Marach, me dio una palmadita en la espalda: “Tranquilo, tío, tú tienes a William Deng. Nadie puede hacerte nada”. Y era verdad, nadie me hizo absolutamente nada.