Adidas y Puma: sesenta años de guerra y un día de paz

Foto: (CC)

A nadie le pasaría desapercibido que alguien paseara por la calle con una camiseta del Real Madrid y unos pantalones del Barça. Coleccionaría miradas incrédulas, como también lo haría quien osara vestir, a la vez, una prenda de los Lakers y otra de los Celtics, un maillot de Anquetil y una gorra de Poulidor o una chaqueta de Arnold Palmer sobre un polo de Jack Nicklaus. Sin embargo, nadie alterará el gesto si se cruza con alguien vestido con un chándal con las tres franjas de Adidas y unas zapatillas con la sinuosa banda de Puma. Pero esa combinación no debería pasar inadvertida. Porque la rivalidad más grande de la historia del deporte no la protagonizan dos atletas, ni dos equipos, ni siquiera dos naciones. Sino dos hijos de un zapatero de Herzogenaurach.

En Herzogenaurach, un pequeño pueblo de la Franconia bávara dividido por el río Aurach, residía, a finales del siglo XIX, Christoph Dassler. A su pesar, trabajaba como obrero en una cercana fábrica de zapatos. Había sido el último de una larga estirpe dedicada al textil, pero la industrialización convirtió en inservible su talento como tejedor. Condenado a ser aprendiz de nuevo, Christoph Dassler cosía calzado. Mientras, su mujer Pauline lavaba la ropa de los vecinos en su propia casa. El matrimonio tenía cuatro hijos: Fritz, Rudolf, Adolf y Marie, nacidos en el cambio de siglo, que ayudaban a su madre en la lavandería.

La vida de los Dassler, sin embargo, aún tenía que dar muchos tumbos. La explosión inesperada de la Gran Guerra convocó a los dos hijos mayores a filas ya en 1914: Fritz y Rudolf se fueron al frente belga, con la esperanza de vivir una guerra corta. Pero la guerra duró lo suficiente como para que Adolf, el menor, se les uniera al cumplir los diecisiete años. Por suerte para los Dassler, en 1918 los tres hermanos regresaron a casa. Pero ya nada sería igual desde entonces, ni en Alemania ni en la familia. La posguerra sumió a Herzogenaurach en una crisis que acabó obligando a Pauline a cerrar su lavandería casera. Y allí, en el cobertizo donde su madre y su hermana limpiaban ropa, Adolf montó un taller de zapatería, empleando piezas y herramientas que recuperaba de los campos de batalla.

En el taller contó con el apoyo de su padre y de sus habilidades recién adquiridas. Y aunque el negocio lo hacía vendiendo zapatos resistentes a sus vecinos, su ilusión era crear calzado para practicar deporte, su gran pasión desde niño y fuente de su rivalidad con su hermano mayor, Rudi. Para ello, Adi contaba con la ayuda de su amigo de infancia Fritz Zehlein, el hijo del herrero del pueblo, que le proporcionaba los clavos que usó para crear unas zapatillas que permitieran correr al aire libre. Al cabo de un tiempo, a Adolf se le unió Rudolf. Antes de la guerra, había trabajado con su padre en la fábrica de zapatos, pero al volver del frente trabajó primero para una empresa de porcelana y después para una de curtidos. Su llegada iba a suponer el punto de inflexión para la zapatería: nacía la Gebrüder Dassler Schuhfabrik, la fábrica de zapatos de los hermanos Dassler.

A pesar de sus diferencias de carácter, o quizá gracias a ellas, se entendieron rápidamente e hicieron crecer el negocio. Adi era el artista introvertido, el creativo, y podía pasar horas en el taller diseñando nuevo calzado. Käthe, su mujer, decía de él años después que «hacer zapatos era su hobby, no su trabajo, y lo hacía muy científicamente». Rudi era el charlatán, el hombre de negocios, el relaciones públicas con gran olfato comercial que sabía vender todo lo que producía su hermano. Y la misma industrialización que había acabado con la tradición textil de la familia, también trajo consigo la irrupción del deporte como fenómeno de masas. El deporte dejó de ser una distracción burguesa para convertirse en una vía de escape para la clase obrera ante unas condiciones de trabajo penosas que alteraban los equilibrios sociales de la época. Por todas partes en Alemania nacían nuevos clubes, y los hermanos Dassler no perdieron la oportunidad de conseguir más clientes cada día. En 1926 el taller se había quedado pequeño y tuvieron que mudarse al otro lado del río.

Pese a la placidez de su existencia, la vida en la Alemania de principios de los años treinta era turbulenta. Sin embargo, la llegada de los nazis al poder fue vista por los Dassler como una gran oportunidad de negocio. Intuían que la pasión de los gerifaltes nacionalsocialistas por el deporte comportaría un gran aumento de la demanda, así que no dudaron en aproximarse al partido de Hitler, apenas unas semanas después de su victoria en 1933. Su catálogo, cada vez más amplio, daba fe del vínculo entre los Dassler y el nazismo: en él se podían encontrar botas de fútbol Kampf o Blitz. Su apuesta dio resultado, y las ventas se multiplicaron al calor del régimen. Su crecimiento fue tan rápido que tuvieron que trasladar las fábricas a locales cada vez más grandes para dar abasto con los pedidos.

Nazismo y negocios colisionaron frontalmente por primera vez en 1936. La inexplicable celebración de los Juegos Olímpicos en la Alemania nazi llevó hasta Berlín a los mejores atletas de la época. Era el mejor escaparate para el calzado de los hermanos Dassler y una ocasión que Adi no estaba dispuesto a dejar escapar. Había oído noticias de un fabuloso velocista negro llegado desde Ohio, un tal Jesse Owens, al que se empeñó en conocer. Con la ayuda de su viejo amigo Josef Waiter, entrenador del equipo alemán de atletismo, consiguió colarse en una Villa Olímpica aparentemente inaccesible para intentar seducir a Owens con sus zapatillas de clavos hechas a medida. Con esas zapatillas, Owens escribió una de las páginas más célebres de la historia del deporte, humillando a Hitler y sus teorías de superioridad racial en su propia casa. Un episodio que convirtió a las zapatillas de los Dassler, con sus dos características tiras de cuero, en una leyenda y a Owens en su principal valedor. Y, sin saberlo entonces, la osadía de Adi salvó su fábrica: cuando los aliados que tomaron el pueblo en 1945 se enteraron de que de ahí habían salido las zapatillas que calzó, decidieron dejarla en pie.

Con el crecimiento de la empresa creció también la tensión entre los hermanos. Su convivencia era ya una olla a presión. Mientras uno quería vender más y más deprisa, el otro quería dedicar todavía más atención a sus zapatillas. La vida familiar en La Villa, la mansión que compartían, tampoco era apacible y los conflictos personales y laborales se entremezclaban en un cóctel cada vez más inestable. Rudolf se negó a dar trabajo a los hijos de su hermana Marie, que había hecho más migas con Käthe, la esposa de Adi, que con Friedl, su mujer. Fritz, por su parte, tomó partido por Rudolf, furioso con Adolf porque se interpuso en el despido de una trabajadora de su fábrica de pantalones. En los mentideros del pueblo se especulaba sobre los motivos reales del distanciamiento entre los hermanos: que si Rudolf, reconocido donjuán, era el padre de los hijos de Adolf, que si los dos reclamaban haber inventado los tacos extraíbles, que si las mujeres de ambos se odiaban… Sin embargo, como admitiría años después Ernst Dittrich, el archivero local de Herzogenaurach, las verdaderas razones nunca podrán conocerse con certeza.

La Segunda Guerra Mundial paralizó el crecimiento de la empresa, y ambos hermanos, veteranos de la Primera Guerra Mundial, fueron de nuevo llamados a filas. Pero mientras que a Rudolf se le obligó a quedarse en el ejército como soldado a pesar de tener más de cuarenta años, a los tres meses Adolf fue destinado a su fábrica para proveer de calzado a las tropas. Fue la última grieta antes de la ruptura definitiva de una relación ya deteriorada. Durante un bombardeo aliado en 1943, Adolf y su familia corrieron a protegerse en un refugio antiaéreo. La familia de Rudolf ya estaba allí cuando llegaron. El grito de Adolf al entrar —«Estos sucios bastardos ya vuelven a estar aquí»— no dejaba claro quiénes eran sus destinatarios: ¿los aliados o la familia de su hermano? Rudolf, dolido por el distinto trato que les dispensaron, no dudó de a quién se refería y su relación jamás se recuperó desde entonces.

Rudi estaba dispuesto incluso a cerrar la fábrica a cambio de ver a su hermano en el frente, y se lo confesó por carta: «No dudaré en pedir el cierre (…) y que, como deportista de élite que eres, tengas que llevar un arma». En plena era de la guerra total, Rudolf casi consiguió su propósito: suspendida la actividad deportiva en el país, no había a quién vender zapatillas, y la maquinaria de la Gebrüder Dassler pasó a fabricar piezas para los Panzer. Rudolf quiso aprovechar la ocasión y, estando de permiso, pretendió saquear su propio almacén de cuero para hacer zapatillas, pero se dio cuenta de que su hermano se le había adelantado. Tiró de varios hilos y Adi fue llamado a capítulo por los jerarcas nazis de la región. Él, mientras, tuvo que volver a Polonia, pero ante la inminente llegada de los soviéticos a su posición y el previsible final de la guerra, volvió a Herzogenaurach, donde consiguió un certificado médico falso para justificar su huida.

Su llegada coincidió con la muerte de Cristoph, el patriarca de los Dassler, que unió a la familia por última vez. De vuelta del funeral y en la puerta de la casa familiar, Rudolf fue arrestado por la Gestapo acusado de deserción. Y, después de la liberación, también por los americanos gracias a una denuncia anónima, mientras que Adi revivía la empresa vendiendo botas a los soldados estadounidenses instalados en la cercana Núremberg. Todas las miradas de la facción de Rudi apuntaban a su hermano y a su cuñada, y a una conspiración para apartarle de la dirección de su fábrica. Las pesquisas de los estadounidenses, sin embargo, revelaron el compromiso sincero de Rudolf con el Reich, pero tuvieron que dejarle libre un año después ante la incapacidad de examinar con detalle los casos de todos los prisioneros de guerra.

Adolf, por su parte, también fue sometido a un comité de desnazificación, y se arriesgaba a ser inhabilitado y a perder la fábrica. Intercedieron por él desde el antiguo alcalde hasta sus propios trabajadores, pasando por un proveedor judío. Incluso un miembro del Partido Comunista declaró que «el deporte era la única política que contaba para él. No entendía nada de la política de los políticos». Su hermano Rudolf, en cambio, testificó que la reconversión de la fábrica de zapatillas en una de armamento fue idea de Adolf —y que él se hubiera opuesto a ello de haberlo sabido— y le acusaba de adoctrinar a sus trabajadores. Las mentiras evidentes de Rudi acabaron rebajando la pena de Adi, considerado solo participante, por lo que pudo mantener el control de la Gebrüder Dassler. Ambos se libraron de sus causas pendientes, pero fueron condenados a ser enemigos hasta el fin de sus días.

El retorno de Rudolf, una vez libre, al hogar familiar que todavía compartían los dos matrimonios empeoró la situación, tanto que Adolf y Käthe mandaron a sus hijos a un internado para evitarles ser testigos de las trifulcas con sus tíos. Friedl, la discreta esposa de Rudolf, sospechaba que Adolf había querido robar los derechos de la empresa a su hermano, aprovechando que estaba en el frente. Käthe, la mujer de Adolf, pensaba que no habían recibido el trato que merecían por parte de Rudolf, que era quien dirigía la empresa, pero, a diferencia de su cuñada, lo hacía notar. No había vuelta atrás y, convencidos ambos de que ellos eran la pieza imprescindible para el futuro de la empresa, se repartieron las instalaciones y fueron a vivir uno a cada lado del río, que ejercería desde entonces de frontera y muro de contención a una presión ya insoportable.

La familia, la empresa y Herzogenaurach se partieron por la mitad. Marie se quedó con su hermano Adolf y Pauline se fue con su hijo Rudolf para quedar al cuidado de Friedl. El personal de ventas se fue con Rudolf, el de fábrica, con Adolf. Incluso los vecinos tomaron partido, y se establecieron a un lado u otro del Aurach de acuerdo con su simpatía por cada uno de los hermanos. Después de largos meses de disputas, en abril de 1948 se disolvía la Gebrüder Dassler y nacían Adidas (de la contracción de Adi y Dassler) y Ruda (de la unión de Rudi y Dassler, aunque poco tiempo después pasaría a llamarse Puma), dos de las marcas más icónicas de la historia del deporte. Y a la fuerza debían ser reconocibles a simple vista para diferenciarse entre ellas y marcar territorio. En 1951 Adidas consiguió registrar sus características tres franjas después de comprárselas a la finlandesa Karhu por unos mil seiscientos euros al cambio actual y dos botellas de whisky. Unos años más tarde, en 1957, vería la luz la formstrip de Rudi. Millones de personas las han vestido desde entonces.

Pero la nueva situación no iba a acabar, ni de lejos, con las hostilidades. Trabajar para un hermano significaba no poder hacerlo jamás para el otro. El veto se extendía a toda la familia. Escoger Puma o Adidas era una elección de por vida en Herzogenaurach. Los matrimonios mixtos entre trabajadores de una y otra marca no estaban bien vistos, ni por las direcciones ni siquiera por los vecinos. Un pueblo de menos de cinco mil habitantes contaba con dos clubes de fútbol distintos, rivales acérrimos, que hoy merodean por las últimas divisiones del fútbol alemán: el ASV Herzogenaurach, vinculado a los sindicatos y patrocinado por Adidas y «los pumas» del 1. FC Herzogenaurach, que juegan en el Rudolf-Dassler-Sportfeld. Algunos vecinos supieron sacar partido de la rivalidad entre los hermanos: si tenían que ir a visitar a Rudolf, lo hacían calzados con zapatillas Adidas a sabiendas de que este no quería a nadie vestido de Adidas en su casa. Quien osara hacerlo sería conducido al sótano… para regalarle un par de Puma nuevas con las que evitar la afrenta. Herzogenaurach se convirtió en el pueblo de los cuellos doblados: un sitio donde se miraba a los pies antes que a la cara para decidir si alguien era o no merecedor de confianza. La división, según contaba Klaus-Peter Gäbelein, de la asociación histórica local, tenía incluso una dimensión política y religiosa: «Puma era considerada como católica y conservadora. Adidas, protestante y socialdemócrata».

En poco tiempo, Puma se hizo con buena parte del mercado futbolístico alemán, aunque la selección era terreno vedado, y fue Adi quien calzó a los héroes del «Milagro de Berna» de 1954. Adidas, por su parte, era la marca más famosa de zapatillas de atletismo del mundo. En los Juegos Olímpicos de 1956, los cargamentos de Puma y Adidas estaban retenidos en aduanas. Horst, el hijo mayor de Adi, convenció a sus atletas para que escribieran a la autoridad portuaria de Melbourne reclamando su material. A la vez, se aseguró de que el de su tío no pudiera salir del puerto mientras que, para sorpresa de todos, se puso a regalar pares de zapatillas de clavos Adidas a los atletas, y las tres franjas fueron omnipresentes ese verano en Australia. En los siguientes Juegos, en Roma, Puma devolvió el golpe: Armin, el hijo mayor de Rudi, robó justo antes de la final al velocista alemán Armin Hary a cambio de diez mil marcos. El hasta entonces socio de Adolf se alzó con la medalla de oro para regocijo de Armin y Rudi. Sin embargo, la alegría duró poco: acudió a recibir su medalla calzando unas Adidas. Cuatro años después, en Tokio, volvió a suceder lo mismo, pero esta vez previo pago: Horst primó a Bob Hayes para que llevara unas Puma hasta el instante antes de empezar la carrera, donde usaría unas Adidas.

La carrera por calzar a los mejores deportistas era imparable, y ambas familias querían exhibirlos como trofeos de caza: Fosbury, Clay, Beamon, Tommie Smith y John Carlos, Comaneci… los hermanos Dassler comparten protagonismo en algunas de las mayores hazañas de la historia del deporte. Mientras, en Herzogenaurach, los vecinos se agolpaban en las vallas de las mansiones de los hermanos. Si los nietos de Adi jugaban al fútbol con Franz Beckenbauer, Pelé daba patadas al balón con los de Rudi al otro lado del pueblo. Y Pelé fue la gota que colmó el vaso. Aunque los hermanos Dassler habían pactado que ninguno de los dos pretendería al astro brasileño, Armin, el hijo de Rudi, no pudo evitar acercarse a él durante el Mundial de México de 1970 con una cantidad de dinero que había escondido en unas macetas para poder cruzar la aduana. Pelé fichó por Puma y el odio entre Adi y Rudi se contagió definitivamente a sus hijos Horst y Armin.

El enfrentamiento entre ambas familias estuvo cerca de provocar un motín de los jugadores de la selección alemana, que se negaban a acudir al Mundial del 74 si no recibían su parte del dinero que los Dassler invertían en publicidad. Ese mismo año, Rudolf enfermó. Armin suplicó a su tío que fuera a ver a su padre. Pidió al cura de Herzogenaurach que mediara entre los hermanos y, a pesar de que según el sacerdote ambos mostraban voluntad de reconciliarse en el ocaso de sus vidas, nunca se tuvo constancia de que esa visita tuviera lugar. Pero Helmut Fisher, historiador de Puma, asegura que los hermanos sí pasaron medio día juntos en Núremberg seis meses antes de la muerte de Rudi. Un encuentro del que ni siquiera se enteraron sus mujeres, ni sus trabajadores, que no lo hubieran comprendido, y del que se tiene noticia por los chóferes de ambos hermanos Dassler. Lo que no admite duda ninguna es que Adi no asistió al funeral de Rudi. Adidas emitió una nota de condolencia: «Por razones de piedad humana, la familia Adolf Dassler no hará comentario alguno sobre la muerte de Rudolf Dassler».

Ni siquiera la muerte de Rudi ofreció una tregua: «Sí, todavía siguen con ello», ironizaba sobre esta rivalidad una crónica de los Juegos de Montreal en el Chicago Chronicle en 1976. Cuando Adi murió, en 1978, fue enterrado en el extremo opuesto del cementerio de Herzogenaurach al que ocupaba su hermano. Frank Dassler, nieto de Rudolf, había calificado todos aquellos años como «una guerra verdadera» que dividió al pueblo. Esta situación siempre incomodó a Frank, e intentó resolverla tendiendo puentes entre las facciones enfrentadas. Ello le llevó a aceptar un sillón en el consejo de Adidas, pero la mitad de su familia vivió el gesto como una traición más que como una posibilidad de acercamiento, e incluso supuso una sorpresa para los vecinos, que ya consideraban la división como algo normal. En palabras del periodista Rolf-Herbert Peters, «el enfrentamiento entre los Dassler fue para Herzogenaurach lo que la construcción del Muro sería para Berlín». Si para un vecino de a pie trabajar para uno de los Dassler suponía no poder comprar en determinadas tiendas, ¿por qué un miembro de la estirpe tendría que poder trabajar para la firma rival?

La división estaba tan enquistada que, ya bien entrados los años ochenta, el que sería capitán de la selección alemana de fútbol, Lothar Matthäus, nacido como los hermanos Dassler en Herzogenaurach, tuvo un grave problema al fichar por el Bayern de Múnich. El club estaba patrocinado por Adidas, pero toda su familia trabajaba para Puma, y temía que si cambiaba de marca de botas sus parientes fueran despedidos. El tema era de tal importancia, treinta y seis años después de la división de la Gebrüder Dassler, que Uli Hoeness, director general del club, le permitió que siguiera usando sus botas Puma, previo acuerdo con Adidas.

La pelea entre los hermanos y el entusiasmo de sus herederos por mantenerla viva había hecho saltar por los aires el amateurismo que había caracterizado al movimiento olímpico e hizo entrar al deporte en una nueva era de espectáculo y negocio global. El enfrentamiento entre Puma y Adidas, entre Rudi y Adi, empujó el deporte hasta nuevos límites, contribuyendo a mejorar los registros y a crear ídolos para millones de espectadores. La rivalidad se extendió a todos los ámbitos, por lo civil y lo criminal, con acusaciones de soborno, contrabando, pinchazos telefónicos y espionaje industrial. Con los contratos creciendo de manera desaforada, la pelea entre Adidas y Puma era cada vez más insostenible, llegando a poner en peligro su propia supervivencia, mientras que nuevos competidores, como Nike, amenazaban la posición dominante que habían ostentado durante décadas. A pesar de que, como empresa, Adidas había llegado a ser unas cuatro veces más grande que Puma y que ambas se acabaron convirtiendo en grandes multinacionales no controladas por las familias fundadoras, la competitividad entre ellas consiguió mantenerse intacta, contra todo pronóstico. La final del Mundial de fútbol de 2006, que enfrentó en Berlín a Italia y Francia, fue también el culmen de una rivalidad con casi seis décadas de historia. Puma y Adidas equipaban a las selecciones finalistas. Para los ejecutivos de ambas marcas estaba en juego recuperar la hegemonía en la industria del deporte y siguieron el partido con tanta pasión como franceses e italianos. Al final, para los de Rudi, la Copa Mundial. Para los de Adi, el consuelo de un récord de ventas ese verano.

Aparentemente, en 2009 la rivalidad llegó a su fin. Tras sesenta años de enfrentamientos, trabajadores de Adidas y Puma disputaron un partido amistoso de fútbol en Berlín encabezados por sus directores ejecutivos. German Hacker, el alcalde de Herzogenaurach, no daba crédito: «Esto hubiera sido impensable hace solo treinta años, pero el sentimiento en el pueblo ha cambiado. Las familias ya no dirigen las compañías y hay gente de ochenta y cinco países distintos viviendo aquí». Ni siquiera hubo un equipo de Adidas contra otro de Puma: todos se mezclaron para que, por una vez, no hubiera ganadores ni perdedores. Incluso el balón estaba fabricado por ambas marcas. El partido ponía punto final a una enemistad de la que apenas ninguno de sus millones de consumidores alrededor del mundo es remotamente consciente, pero que ha marcado de manera indeleble a una familia, a un pueblo y la historia del deporte mundial. Era 21 de septiembre, Día Mundial de la No Violencia. Adidas y Puma, después de sesenta años de guerra, quisieron celebrar «un día de paz».


Jesse Owens pasaba por allí

America's great Olympic track star Jesse Owens is showing two boys from the South Side Boys Club the starting position that brought him fame. Rajah Latimore (left) Sherman Davis 1st July 1954
Jesse Owens enseña la posición de salida a dos niños del South Side Boys Club, 1954. Fotografía: Cordon Press.

En realidad, no quería demostrar nada. Jesse Owens no pretendía convertirse en un símbolo contra el racismo, ni en un icono. Eso vendría luego. Owens fue a los Juegos Olímpicos de Berlín en 1936 a competir como lo llevaba haciendo los últimos años en Estados Unidos. Llegó —con su mirada huidiza, su sonrisa sincera y su piel negra—, ganó cuatro medallas de oro delante de Adolf Hitler y regresó a su país a seguir trabajando como botones.

El periodismo se encargó de lo demás. Y eso que Owens seguía sin estar por la labor. Cuando un reportero le preguntó si el Führer le había dado la mano para felicitarle, el atleta respondió: «Cuando pasé, el canciller se levantó, me saludó con la mano y yo le devolví la señal. Creo que los periodistas están teniendo el mal gusto de criticar al hombre del momento en Alemania».

James Cleveland Owens era negro. Y es este el detalle que da sentido a esta historia porque, sin pretenderlo, el conocido como «Antílope de ébano» hizo trizas la teoría de la supremacía genética aria ganando todas sus pruebas en un estadio engalanado con esvásticas y copado por atletas blancos y rubios. Lo de Jesse vino por un problema de pronunciación. En su primer día de colegio en Cleveland, con nueve años, un profesor le preguntó su nombre. James respondió «J. C.» en inglés, que tiene una fonética parecida a Jesse y más si quien lo pronuncia es un chaval recién llegado de una granja de Alabama. El profesor no llegó a entenderle muy bien y le quedó Jesse para el resto de sus días.

Jesse era hijo de granjero y nieto de esclavos. Nació en 1913 en Oakville, Alabama, en séptimo lugar de un total de once hermanos. Nunca volvería a quedar tan rezagado. Como cabe imaginar, los Owens no eran ricos y desde chaval Jesse tuvo que trabajar después de la escuela. Lo suyo eran los zapatos. Los arreglaba con maestría. Tanta como la que tenía en destrozarlos corriendo. En el colegio, tal y como rememora el propio atleta en sus memorias, la mayoría de compañeros no quería jugar con él, de modo que se dedicaba a dar vueltas al campo de béisbol a zancada limpia para no aburrirse. Cuando tenía nueve años, y en plena vorágine migratoria negra desde los estados del sur al norte (que movió a más de 1,5 millones de afroamericanos), los Owens se trasladaron a Cleveland (Ohio) donde aquel profesor no entendió su nombre. No fue hasta el instituto cuando alguien se fijó en cómo corría.

Charles Ripley se llamaba el tipo que opinó que Jesse Owens podía llegar a ser un atleta profesional. En realidad, Ripley se le acercó al verlo correr y le dijo: «Dentro de unos años serás el mejor atleta del mundo». Para conseguirlo, lo primero que tuvo que hacer su nuevo entrenador fue darle de comer. Owens era raquítico, un adolescente enclenque que se alimentaba una vez al día peleando por el mejor trozo de pan con diez hermanos más. A los siete años a punto estuvo de no contarlo: una neumonía lo llevó al límite y afectó a su desarrollo durante parte de su infancia. Ripley le preparó una dieta y comenzó a entrenarle durante los tres cursos en el instituto Fairview Junior High. Pero había otro problema: al terminar las clases, Jesse tenía que ir a arreglar zapatos para llevar su parte de la paga a casa, así que el entrenador aceptó adiestrarle de forma individual a primera hora de la mañana, antes de entrar en clase. Eso suponía levantarse a las cinco de la mañana cada día: sin duda, Ripley creía en las posibilidades del chaval.

El atleta norteamericano Jesse Owens. Jesse Owens lors d'une compétition dans l'Ohio. 1936. TOP-0005314 Vente uniquement en France. Demander autorisation pour toute utilisation publicitaire.
Jesse Owens en una competición en Ohio, 1936. Fotografía Cordon Press.

Tres años después de comenzar a entrenar, y como alumno del East Technical School de Cleveland, a Owens se le ocurrió batir el récord mundial de salto de longitud de su categoría. Tenía veinte años y arrastraba unos dolores de espalda que a punto estuvieron de hacerle desistir. Finalmente decidió participar en aquel campeonato nacional para institutos celebrado en Chicago y saltó 7,55 metros. De paso, igualó el récord mundial de cien metros lisos con una marca de 10,4 segundos. Su nombre también comenzó a correr, en este caso por las universidades estadounidenses, que ya se rifaban a la promesa negra del atletismo. El chaval malnutrido de la granja de Alabama cuya pronunciación no entendían sus profesores en el colegio de Ohio, se convertía en un símbolo estando todavía en el instituto. Nada comparado con lo que llegaría ser.

Owens no se fiaba. Igual que la anciana gallega a quien le preguntan delante de su casa si por esa parada pasa el autobús número 3 y responde «ayer pasó», Owens no se dejó engatusar por los cantos de sirena de las universidades y pidió garantías a cambio de su matriculación. Estas garantías respondían a lo que había sido su vida hasta ese momento: Jesse decidió acudir a la Universidad Estatal de Ohio a cambio de un trabajo fijo para su padre y otro para él. La universidad aceptó y Owens comenzó a trabajar en una gasolinera después de los entrenamientos. Entre depósito y depósito el chaval continuó con su apabullante avance y se dedicó a despedazar récords, contento por haber logrado la estabilidad económica que necesitaba su familia. Cada semana Owens era mejor y pronto sus cronos se elevaron a la altura de plusmarcas mundiales. Siendo universitario, «el Antílope» ya estaba en la élite del atletismo mundial.

Aunque probablemente Owens ni siquiera fue consciente, en uno de esos campeonatos nacionales el atleta logró lo que para muchos es la mayor proeza de la historia del atletismo. Tuvo lugar el 25 de mayo de 1935. Tras pedir un día de permiso en la gasolinera, Owens acudió a la Big Ten Conference en Ann Arbor, el campeonato de atletismo más prestigioso de Michigan. Y entonces sucedió: en cuarenta y cinco minutos batió cuatro récords mundiales absolutos. La primera prueba que corrió fueron las cien yardas lisas (91 metros), que completó para pasmo del respetable en 9,4 segundos. Después descansó nueve minutos y comenzó la prueba de salto de longitud: lo zanjó en un brinco de 8,13 metros que establecía una nueva marca planetaria. Pausa de quince minutos y carrera de 220 yardas: 20,3 segundos, otro récord. La prueba final, tras otros diez minutos de descanso fueron las 220 yardas vallas, que se zampó en 22,6 segundos. Owens —es un buen momento para decirlo— fumaba un paquete de tabaco diario. Y seguiría haciéndolo hasta el día de su muerte. Por cáncer de pulmón, por cierto.

La hazaña de la Big Ten Conference convirtió a Jesse en una celebridad que en junio de 1936 logró batir el récord mundial de cien metros lisos. También en Chicago, Owens bajó el crono a 10,2 segundos por primera vez en la historia. Todos los ojos se clavaron en los Juegos Olímpicos que ya tomaban forma en Berlín, la capital de la Alemania nazi. Hitler estaría en el palco, sus teorías raciales en el ambiente y Owens —negro— en la arena. El periodismo ya tenía historión.

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Jesse Owens winning the broad jump Olympic Games Berlin 1936
El salto de Jesse Owens en los Juegos Olímpicos de Berlín 1936. Fotografía: Cordon Press.

Contaban entonces las radios de Washington y Nueva York que el Führer había solicitado los Juegos para exhibir el poder ario. Escarbando un poco no hay ninguna señal que respalde que la intención de Hitler fuera esa. Al menos nunca lo dijo explícitamente. Es más, en el caso de que lo hubiera sido, Hitler hubiese acabado aquella justa olímpica bien contento, ya que los atletas alemanes fueron los que más medallas se colgaron. En realidad, poco importaba si Berlín 36 era un intento de propaganda aria o no: para el resto del mundo sí lo era y tener a un atleta negro que pulverizase el escenario era un gustazo. La realidad no iba a estropear aquel capítulo que, años después, sigue sirviendo para escribir relatos, algunos épicos y otros como este.

El primer día ya hubo «movida». Según la prensa norteamericana, Adolf Hitler solo estrechó la mano tras la primera jornada a los vencedores alemanes. Incluso, cuentan, rehusó felicitar a Cornelius Johnson, afroamericano que acabó tercero en su prueba. La prensa alemana se apresuró a desmentir el incidente y aseguraron que el bueno de Cornelius se había saltado la entrega de medallas y había regresado a toda prisa a un hotel —donde estaba alojado— que ni en sus mejores sueños podía pisar en Estados Unidos. Algo parecido sucedía con el mito Owens: el Gobierno alemán le permitió alojarse en el mismo hotel que los atletas blancos —el mejor hotel de Berlín— algo que, por ley, tenía prohibido en su país. El país que le enviaba a dar una lección al racismo. Tras el incidente con Cornelius el Comité Olímpico le dijo al Führer que se abstuviese de dar la mano a los ganadores de las pruebas, ya que esto retrasaba todo el horario de la competición. Desde ese día, Hitler no volvió a dar la mano a ningún atleta, al menos en público. Tampoco a Owens cuando machacó a sus atletas arios.

El 3 de agosto salta al estadio el chaval de Alabama y con él el entusiasmo norteamericano a seis mil kilómetros de distancia. La primera prueba que afronta son los cien metros lisos, entonces todavía sobre arena. En la línea de salida también está Ralph Metcalfe, compatriota de Owens también afroamericano y su máximo rival. Ambos son los únicos negros en la parrilla de salida y se despojan del chándal mientras Adolf Hitler hace acto de presencia en el palco. Ciento diez mil personas alzan su brazo para saludar al estilo romano a su canciller. Abajo, en la arena, Owens y Metcalfe a lo suyo. En realidad, el ambiente no era hostil. Es una pena despojar de esa épica al relato, pero la única verdad es que cuando Owens comenzó a tomar ventaja con su zancada corta y sus brazos bajos, el público alemán se vino abajo en vítores. A mitad de recorrido la carrera parecía sentenciada y solo Metcalfe amenazó en el tramo final la victoria de Owens. Al lado de las dos balas negras el resto de atletas arios parecían correr con pesos en los tobillos. Owens hizo 10,3 segundos y Metcalfe 10,4. Nadie tuvo a bien hacer un plano de la cara del Führer en ese momento, y eso que la carrera fue televisada. La expresión de Hitler no debió mejorar mucho cuando las ciento diez mil personas presentes en el graderío rompieron en ovación hacia el ganador. En el podio, saludo nazi del tercer clasificado y sonrisa contenida del ganador.

Al día siguiente, 4 de agosto, Owens participó en salto de longitud. De nuevo la épica se disuelve un poco cuando se le añaden gotas de realidad: el mayor rival de Owens era el alemán Luz Long, orgullo del Reich. Sin embargo, lejos de competir con odio racial, Long charló amistosamente con Owens entre salto y salto aconsejándole algunos movimientos y estrategias. Owens reconocería tras su victoria que la había logrado gracias a las «amables sugerencias» de Luz. No solo eso: Owens y Long comenzarían una estrecha amistad desde aquel día que llevaría al atleta estadounidense a visitarle en Berlín tras la guerra.

El 5 de agosto a Jesse Owens le tocaba correr los 200 metros lisos. Y, por supuesto, volvió a imponerse. A estas alturas la prensa estadounidense esculpía un mito a golpe de reportaje. Un mito antifascista y antirracista. Un mito, sin embargo, que seguía teniendo que usar un baño distinto al de los blancos en los edificios públicos de su país.

Jesse Owens in the 100m event at the 1936 Olympics Games in Berlin.
Jesse Owens corriendo los 100 metros en Berlín. Fotografía: Cordon Press.

La cuarta medalla de Owens llegó el 9 de agosto, en la prueba de 4×100 metros, junto a sus compañeros de selección. Jesse logró su cuarto oro estableciendo un hito del atletismo que no sería igualado hasta 1984, cuando Carl Lewis, el hijo del viento, alcanzó el mismo número de oros en los Juegos de Los Ángeles.

En aquel año, meses antes de partir a Berlín, Jesse había dejado su puesto en la gasolinera y trabajaba como botones en el Hotel Waldorf-Astoria de Nueva York, a donde se había trasladado tras la universidad. Cuando terminaron los Juegos, Owens regresó a su puesto con las cuatro medallas al cuello. Y sin perdonar su paquete diario.

El único homenaje que el látigo americano contra el racismo recibió a su vuelta fue una simbólica parada de la Bolsa de Wall Street. No tuvo el honor de ser invitado a la Casa Blanca, honor que sí tuvieron algunos otros atletas, blancos todos ellos. El entonces presidente Franklin Delano Roosevelt rechazó el encuentro con Owens porque se encontraba en plena campaña de reelección. En aquel contexto y en aquella época, rendir honores a un ciudadano negro podía acarrearle un serio disgusto electoral de los estados del sur. De modo que Owens, como más o menos había hecho toda su vida, terminó de competir, recogió las medallas y volvió a su puesto de trabajo. Solo años después, en sus memorias, recordaría aquel capítulo con su presidente. «Cuando volví a mi país natal, después de todas las historias sobre Hitler, no pude viajar en la parte delantera del autobús. Volví a la puerta de atrás. No podía vivir donde quería. No fui invitado a estrechar la mano de Hitler, pero tampoco fui invitado a la Casa Blanca a dar la mano al presidente».

Owens se convirtió en un símbolo, pero probablemente él fue el que menos disfrutó de su estatus. Hoy, Estados Unidos tiene un premio con su nombre, becas, homenajes y hasta un museo. Pero la vida real de Owens tras su hazaña en Berlín no fue fácil. Tras dejar su puesto de botones se trasladó a Chicago donde se hizo mánager deportivo. En pocos meses se dio cuenta de que el dinero estaba en el espectáculo y arrancó una carrera de autopromoción en la que se ofrecía a correr contra galgos y caballos. Hasta llegó a ser relaciones públicas de varios locales de jazz de la ciudad. En 1976 el Gobierno rindió tributo por primera vez al atleta. El presidente Gerald Ford le concedió la Medalla Presidencial de la Libertad. El 28 de marzo de 1990, a título póstumo, George H. W. Bush le condecoró con la Medalla de Oro del Congreso.

Hay una calle en Berlín que se llama Jesse Owens. También en Berlín, otro afroamericano, el jamaicano Usain Bolt, pulverizó todos los registros setenta y cuatro años después, recorriendo cien metros de suelo llano en 9,58 segundos, casi un segundo menos que Owens. El chaval delgaducho de Alabama que ganó cuatro medallas olímpicas tras pedir unos días de permiso en el hotel donde trabajaba de botones murió el 31 de marzo de 1980 en Tucson, Arizona, por un cáncer pulmonar consecuencia de su adicción al tabaco. Está enterrado en el cementerio de Oak Woods de Chicago. Ahora sí, tantos años después, es un símbolo. Aunque en realidad Jesse Owens no quería demostrar nada. Eso vino luego.

Jesse Owens who runs a dry cleaning business in Chicago seen pushing a truck. 1st July 1954
Jesse Owens empujando un carrito de la lavandería que abrió en Chicago, 1954. Fotografía: Cordon Press.


La historia de la mejor fotografía del mundo del atletismo

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Fotografía: Tony Duffy / Getty.

En fotografía no existe la imprecisión. Todas las fotografías son precisas, pero ninguna es la verdad. (Richard Avedon)

1. Aproximación

«Tienen que dejarme pasar. Soy fotógrafo». Tony Duffy repitió las palabras lentamente, intentando hacerse entender por encima de la barrera idiomática, mientras sonreía y agitaba su cámara delante de los ojos de los dos vigilantes. Los jóvenes, estudiantes universitarios que hacían las veces de guardas de seguridad, le observaban con una mezcla entre la diversión y la laxitud, pero le acababan de pedir la acreditación de prensa, así que puso en práctica  el truco que le había servido para acceder a la villa olímpica. Lo importante era no mostrar la cámara con claridad para que no pudieran fijarse en que su pequeña Nikkormat era mucho más sencilla que las aparatosas máquinas que llevaban los fotógrafos profesionales. Porque Tony Duffy no era un fotógrafo profesional. No obstante, los vigilantes se miraron el uno al otro y, tras deliberar brevemente, le dejaron pasar con una palmada en la espalda. Atravesó el arco bajo el graderío y se apresuró por el novísimo tartán hacia la hierba detrás del foso de saltos. Como la mayoría de los periodistas estaban más interesados en la final de 400 que se disputaría después, encontró sitio en primera fila, a escasos quince metros de la arena y perfectamente enfilado. Se sentó en el césped y respiró con alivio. A las 15:20 de la tarde del 18 de octubre de 1968 el aire era fresco y liviano —especialmente liviano— sobre el Estadio Olímpico de México.

Al otro lado del foso calentaban los diecisiete finalistas de la competición de salto de longitud. El británico Lynn Davies, campeón olímpico en Tokio 64, sonría a los demás participantes y soltaba los brazos y las piernas en gestos bruscos, como queriendo despojarse de un golpe de la tensión previa a la final. Igor Ter-Ovanesyan, soviético de Kiev talonaba con los ojos cerrados a un lado de la pista, repasando mentalmente el salto de 8.35 que le hizo plusmarquista mundial justo un año antes en ese mismo estadio. Compartía el record con el disciplinado Ralph Boston, norteamericano de Mississippi  y dominador de la prueba durante casi una década. Boston había conseguido el récord en 1965, fue subcampeón olímpico en Tokio y medalla de oro en los juegos de Roma 60; además, en sus piernas recaía el honor de haber batido, también en 1960, el legendario récord de 8.13 que Jesse Owens estableciera en 1935. Los tres eran medallistas olímpicos, los tres eran competidores formidables y los tres superaban el metro ochenta de estatura. Y los tres temían a un espigado chaval de veintidós años y 1.91 metros que miraba las nubes arremolinadas en el cielo de la capital azteca. Se llamaba Bob Beamon y era el primero en saltar.

2. Batida

Las cosas pasan delante de ti. Ese es quizás el aspecto más misterioso y más maravilloso de la fotografía. (Annie Leibovitz)

Tony Duffy había escuchado hablar de Beamon tan solo unos días antes. Nacido en Londres en 1939, Duffy estaba en México disfrutando de unas vacaciones que le alejasen de su aburrido trabajo como contable en la capital británica. Hasta un par de años antes ni siquiera podría decirse que fuera fotógrafo amateur; solo usaba la cámara para hacer fotos a los lugares donde se iba de viaje y a sus novias ocasionales. Una de estas novias era la vallista Patricia Nutting, quien había representado a Gran Bretaña en los Juegos de Roma y Tokio. Fue en una competición local cuando Duffy se dio cuenta de que la fotografía deportiva se le daba bien. «Oye, son muy buenas. ¿Por qué no las mandas a alguna revista?» le animó Nutting. Dicho y hecho: una de las fotos de la carrera apareció en Athletics Weekly, le pagaron por ella y Duffy decidió que su nueva afición quizá podía significar algo más.

Nutting volvió a competir en México 68 y, aunque ya había roto con Duffy, seguían manteniendo una amistad cordial. Así que cuando supo que su antiguo novio estaba viendo los Juegos, le invitó a visitarla en la villa olímpica. Le prestó una sudadera del equipo británico y, gracias a la actitud distendida de la seguridad mexicana además del morro sideral que le echaron ambos, el contable inglés pudo colarse en el recinto y alternar con los deportistas haciéndose pasar por fotógrafo.

El ambiente en la villa olímpica era relajado y festivo y Duffy se mezclaba con los atletas y charlaba con ellos como si tal cosa. Una mañana se encontró en medio de una conversación entre la saltadora de longitud británica Mary Rand y los excampeones olímpicos Ralph Boston y Lynn Davies. Hablaron de la disciplina y de los favoritos y, sabiendo que a Davies le gustaba bromear con sus rivales —en parte por su carácter afable y en parte para intentar desestabilizarlos psicológicamente—, Boston contraatacó mencionando al joven Bob Beamon, quien le había derrotado en las últimas competiciones. «No dejes que explote» le advirtió «porque el tipo es capaz de saltar hasta el otro lado del puto foso». En ese momento, Duffy comprendió que tenía que ver a ese tal Beamon.

Bob Beamon llegaba a los Juegos como favorito porque, en efecto, había ganado veintidós de las veintitrés pruebas en las que había participado ese año. Sin embargo, al contrario que el académico Boston, el chaval era un saltador bastante anárquico, quizá porque su vida  también había sido bastante anárquica. Nacido en Queens en 1946, a Beamon le crió la madre de su padrastro porque nunca conoció a su verdadero padre y su madre murió cuando él era un bebé. Antes de cumplir quince años, el pequeño Bob ya había sido miembro de una banda de delincuentes juveniles, había traficado con drogas en su barrio y había pasado varios meses en un reformatorio controlado por la Oficina para la Educación de los Niños Socialmente Inadaptados. Afortunadamente, un año después, el pequeño Bob ya había dejado de ser pequeño. A los dieciséis, Beamon medía casi un metro noventa, aunque apenas llegaba a los ochenta kilos. «Con esos brazos, esas piernas y ese cuello tan largos, parecía un calamar disfrazado de adolescente», diría de él Larry Ellis, el entrenador que le descubrió. Para cuando terminó el instituto en 1964, Bob Beamon era uno de los mejores saltadores de su edad a nivel nacional. Durante la etapa que pasó en la universidad, entre Carolina del Norte y Texas, Beamon fue puliendo la técnica del salto, pero nunca llegaría a ser su fuerte. A cambio, tenía una excepcional velocidad punta. A lo largo de esos cuatro años se dedicaría a explotar esa capacidad ayudado, entre otros, por su vecino John Carlos, velocista de Harlem y amigo personal.

Cuando, el 17 de octubre de 1968, los atletas se disponían a competir en la calificación de salto de longitud, el nombre y la imagen de Carlos estaban en las portadas de todos los periódicos. Justo la noche anterior había ganado la medalla de bronce en los 200 metros. Al subir al podio, tanto él como el campeón Tommie Smith agacharon la cabeza y levantaron un puño enguantado en cuero negro bajo los acordes del himno de los Estados Unidos. Fue un acto trascendental, un momento que se recordaría como el más importante de la historia del olimpismo. Sin embargo, a la mañana siguiente, Beamon solo estaba preocupado por pasar a la final.

La calificación no fue un camino de rosas para el favorito. Tras cometer sendos nulos en sus dos primeras tentativas, ya solo le quedaba un salto para superar los 7.65 que marcaban el corte. Boston, que había pasado holgadamente, le dijo: «No te preocupes por la marca, tú bate lo más lejos posible de la tabla». Beamon saltó unos quince centímetros antes de la tabla y, pese a ello, se fue hasta los 8.18. El día después estaría en la final.

El 18 de octubre, Tony Duffy había llegado con bastante antelación al Estadio Olímpico; esa tarde se disputaba la final de salto de longitud y tenía claro que no iba a perdérsela. También tenía claro que, si era posible, iba a hacer unas cuantas fotos. Como todos los días, había conseguido entradas en el graderío general pero, tal vez por las nubes que amenazaban tormenta o quizá porque el evento que abría la jornada era precisamente el salto, el caso es que la mayor parte de los asientos estaban vacíos, incluso los de las primeras filas junto al foso. Era el momento perfecto. Se colgó la cámara del cuello y bajó apresuradamente hacia los arcos que daban acceso a la pista, dispuesto a colarse como ya había hecho antes en la villa olímpica. Seguramente solo tendría que pasar delante de un par de vigilantes de seguridad.   

3. Vuelo

Lo que me gusta de las fotografías es que capturan un momento que se ha ido para siempre, imposible de reproducir. (Karl Lagerfeld)

Eran las 15:30 y Beamon miró una vez más al cielo. La lluvia había caído de forma intermitente los pasados días y nunca se sabía con seguridad cuanto iban a durar las treguas de sol. Pero ahora se aproximaba algo. Notaba en el olfato como el aire, todavía tenue, cogía más humedad y el viento comenzaba a soplar con cierta fuerza, quizá cerca del límite de los 2 m/s. Se quitó el chándal y se colocó en el principio de la pista de aproximación. Allí vio al mundo alinearse bajo sus pies en una ventana que apenas estaría abierta unos segundos.

Para Duffy, esos segundos se reducían a un único instante. Pese a lo que parecía anunciar en el nombre, la Nikkormat no era automática; era la versión utilitaria de las cámaras que la marca nipona fabricaba para el uso profesional, así que el carrete se avanzaba manualmente en cada disparo. Y Duffy tenía que elegir el disparo casi por instinto porque no podía desperdiciar película pero, sobre todo, porque no podía desperdiciar tiempo. Ni una fracción de tiempo.

Beamon se inclinó levemente hacia atrás justo antes de iniciar la carrera con una zancada feroz. A setenta y dos metros de distancia, desde el otro lado del foso, Duffy escuchaba con claridad las pisadas del saltador entre el silencio del estadio. Casi se diría que podía contarlas: una, dos, tres, cuatro, cinco. Beamon no las contaba porque no necesitaba contarlas. Eran diecinueve porque tenían que ser diecinueve. Ni una más ni una menos. Siete, ocho, nueve, diez. Duffy colocó el ojo derecho detrás de la cámara y giró el zoom al máximo. Beamon se abalanzaba hacia el objetivo con la aceleración de un velocista. Doce, trece, catorce. Su figura desgarbada agrandándose a cada golpe sobre el tartán y cada golpe sobre el tartán sonando más y más fuerte. Quince, dieciséis, diecisiete. El chaval de Queens que siempre había sido huérfano y que fue delincuente juvenil y que era el mejor saltador de su generación acertó a componer un último pensamiento antes de la batida: «Por favor, que no sea nulo». Dieciocho.

A las 15:32 horas del 18 de octubre de 1968, la temperatura en el Estadio Olímpico de México, situado a 2250 metros de altitud sobre el nivel del mar, era de 23 ºC y el viento soplaba a favor del foso de saltos con una fuerza de exactamente 2 m/s.

Entonces Bob Beamon batió sobre la tabla. Diecinueve.

Y el salto se convirtió en una catedral.

«Era como un avión, tío. Despegó mientras corría y, cuando golpeó la tabla, siguió ascendiendo y ascendiendo», describiría John Carlos. «Parece un salto maravilloso», dijo el lacónico comentarista de la ABC. Jesse Owens, que veía la prueba desde la grada a través de unos prismáticos, exclamó estupefacto: «¡Seis pies! ¡Ha subido a más de seis pies!»

En ese preciso instante, en ese único instante en el que Beamon flotaba a más de seis pies, a casi dos metros de altura, Tony Duffy disparó.

4. Medición

Mis fotos cuentan más sobre mí que sobre las personas a las que fotografío. (Richard Avedon)

El salto fue tan largo que el novísimo sistema electrónico implementado especialmente para los Juegos no alcanzaba a medirlo, así que los jueces tuvieron que recurrir a la cinta métrica tradicional. Desde que Beamon comenzó a correr hasta que aterrizó en la arena no transcurrieron más de seis segundos, y el propio vuelo apenas duró quince décimas. En cambio, las mediciones y las comprobaciones se prolongaron por más de veinte minutos hasta que la distancia apareció en el marcador. El público y la mayoría de los deportistas congregados en el estadio gritaron y aplaudieron entre el asombro y la incredulidad más genuina mientras a un lado del foso el saltador neoyorquino daba pequeños saltitos y sonreía a uno y otro lado. Como no estaba familiarizado con el sistema métrico, aún no sabía la dimensión completa de su proeza. Cuando Ralph Boston, su compatriota y rival, le anunció la marca en medidas imperiales, la figura larguirucha y desmadejada de Beamon colapsó contra el suelo. Más de veintinueve pies. Había saltado una distancia incomprensible. Había saltado una galaxia contenida en ocho metros y noventa centímetros.

Beamon realizó un segundo salto de 8.04 y no hizo ningún intento más. Realmente no lo necesitaba porque, como le había dicho Lynn Davies al ayudarle a levantarse del suelo, había destruido la competición. De hecho, había aniquilado la propia disciplina, pulverizando el anterior récord del mundo por cincuenta y cinco centímetros de diferencia  y estableciendo una plusmarca que permanecería intacta durante más de dos décadas.

Tony Duffy estaba igual de maravillado que el resto de los asistentes: acababa de vivir un momento histórico y lo había hecho a ras de suelo. Además, confiaba en haberlo capturado en una buena fotografía aunque tampoco le dio demasiada importancia; del disparo solo recordaba haber visto el blanco de los ojos muy abiertos de Beamon. Las siguientes jornadas continuó tomando fotos hasta que, cuando llenó el carrete dos días después, lo llevó a un estudio fotográfico. No era un laboratorio profesional sino una tienda de revelado rápido para turistas junto a su hotel. Esa misma noche, repasando los negativos contra la lámpara de la habitación, vio la foto. Era la mejor. Los tacos de las zapatillas apuntando hacia el objetivo, las piernas y los brazos extendidos hacia adelante, la musculatura en tensión, la boca abierta y los ojos, el blanco de los ojos flotando contra el marcador electrónico del estadio. Había congelado a Bob Beamon en el punto más alto de su vuelo. Sí, sabía que la foto era formidable; lo que no sabía era que hacer con ella. «Hice la foto» diría tiempo después, «pero no era consciente de lo que significaba».

Lo que significó fue todo. A finales de noviembre, ya en Londres, Duffy envió varias copias de sus fotos de los Juegos a la revista local Amateur Photographer. Le extendieron un cheque de veinticinco libras y publicaron la fotografía en el número del 4 de diciembre de 1968. Era tan buena, tan superior a todas las que se tomaron en el momento, que muchos dudaron de su autenticidad o de que el autor no fuese realmente un profesional. Seis meses después la imagen había aparecido en periódicos, revistas y pósteres por todo el mundo y la vida de Tony Duffy cambió para siempre.

A finales de 1971 dejó su trabajo de contable y, junto al fotógrafo John Starr, que en ese tiempo le había enseñado a dejar de ser amateur, fundó la agencia Allsport. En los años siguientes, Duffy estuvo presente —y acreditado— en todos los eventos importantes, donde tomó algunas de las imágenes más famosas de la historia del deporte, como la victoria de John McEnroe en su primer Wimbledon en 1981  o la medalla de oro del decatlón en Montreal 76, conseguida por Bruce Jenner cuando aún no se llamaba Caitlyn. Durante los 70 y los 80, los fotógrafos de Allsport ganaron numerosos premios y galardones y la agencia se convirtió en la más respetada del mundo de la fotografía  deportiva. Tenían sedes en tres continentes y su prestigio siguió creciendo hasta que en 1998 fue adquirida por Getty Images.

Hoy, Tony Duffy vive retirado en una casa con jardín en California. A sus setenta y siete años sigue haciendo fotos de tanto en vez pero ya no está en primera línea. Cuando habla de sus años de fotógrafo amateur, a menudo le preguntan de dónde surgió su habilidad e incluso su pasión. «Todo se reduce a un momento» contesta. Todo se redujo a un momento. A un disparo. A esa fracción de tiempo en la que capturó el salto perfecto en el instante perfecto.

El atleta Bob Beamon en el podium tras vencer en la prueba de salto de Longitud de los Juegos Olimpicos de Mejico de 1968 seguido de Klaus Beer y de Ralph Boston *** Local Caption *** beer (klaus) beamon (bob) boston (ralph)
Fotografía: Cordon Press.


Historias olímpicas: ya no se hacen runners como los de antes

Fotografía: Library of Congress (DP)
Fotografía: Library of Congress (DP)

Los juegos olímpicos son una cosa maravillosa. En un confluir de voluntades tan efímero como la corola de un diente de león, representantes de todos los pueblos del mundo se reúnen durante dos semanas para dirimir con fraternal nobleza y sana caballerosidad quién corre más rápido, quién salta más alto y quién baila mejor al son de Los Manolos. Mientras tanto, el resto del planeta nos sentamos en gayumbos delante de la tele y nos chupamos horas y horas de gimnasia rítmica, saltos de trampolín, piragüismo en aguas bravas y muchas otras pruebas deportivas de las cuales no tenemos ni pajolera idea y a las que no volveremos a prestar atención hasta dentro de cuatro años.

Sí, los atletas olímpicos son los nuevos héroes. ¿Quién no recuerda proezas tan sobresalientes como las cuatro medallas de oro de Jesse Owens, los dieces de Nadia Comaneci o los 100 metros estilo ahogamiento de Eric Moussambani? Pues seguro que habrá mucha gente que no las recuerde, pero esos nos dan igual. Nosotros somos de los que vibramos con cada pirueta, con cada canasta, con cada lanzamiento y con cada condena por dopaje. Nosotros somos de los que disfrutamos el mayor espectáculo del mundo, que es el circo. Y los juegos olímpicos también nos molan bastante.

Pero hubo una época en la que los juegos no eran el acontecimiento global que ahora conocemos. Una época en la que el deporte era una actividad marginal y una olimpiada se parecía más a un freak show o a una feria de muestras que al monstruo televisivo al que estamos acostumbrados. Lo cual es lógico, porque era una época en la que la televisión no existía y los juegos olímpicos aún no tenían muy claro lo que querían ser de mayores.

Quizá el ejemplo más disparatado de la infancia olímpica fueron los Juegos de San Luis de 1904. En primer lugar porque, efectivamente, no aparecían como evento individual sino que formaban parte casi subordinada a la Exposición Universal que abría sus puertas durante medio año en la capital de Misuri. De hecho, la decisión de celebrarse en San Luis se tomó a última hora, deprisa y corriendo, más que nada porque estaban previstos para Chicago, pero la ciudad sureña dijo que eso les iba a quitar público a su World’s Fair y que ellos verían, pero que si no les daban los juegos, se montarían su propio acontecimiento deportivo. Como el olimpismo tenía un poder similar al de una musaraña desnutrida, el Gobierno de Teddy Roosevelt dijo que vale, que para ellos la perra gorda.

Lo malo es que, pese a las buenas intenciones, las autoridades de San Luis no tenían ni idea de cómo organizar unos juegos olímpicos y la planificación tenía muy poco de planificación y muy mucho de a lo loco. Así, los juegos, que deberían haber durado la semana del 29 de agosto al 3 de septiembre, al final se prolongaron durante cuatro meses y más de noventa pruebas deportivas distintas. Pruebas que incluían el tiro de la soga, el tiro al pichón con pichones de verdad y el pentatlón moderno compuesto por disciplinas como el duelo al amanecer con mosquete o el desplume de abejaruco macho. De estos últimos ejemplos no tenemos completa seguridad porque no estábamos allí, pero lo creemos muy firmemente.

Exhibición de poderío atlético. Fotografía: Library of Congress (DP)
Exhibición de poderío atlético. Fotografía: Library of Congress (DP)

Sea como fuere, y pese a la insensatez general, el evento más absurdo de los juegos fue el más clásico de todos ellos: la maratón.

El pistoletazo de salida de la maratón de San Luis 1904 sonó el 30 de agosto a las 15:03 exactamente. Delante esperaban cuarenta y dos kilómetros y ciento noventa y cinco metros de carreteras polvorientas, un sol de justicia y una humedad relativa bien situada por encima del 90%. Tres horas y trece minutos después, el estadounidense Fred Lorz cruzó la meta entre vítores del público y besos de Alice Roosevelt, la hija veinteañera del presidente, que puso la corona de laurel sobre su cabeza como premio a una justa victoria. El dulce sabor del éxito le duró al atleta poco más de veinte minutos, cuando uno de los espectadores dijo que menudo morro, que Lorz había recorrido más de diecisiete kilómetros en coche. Tras conocerse el fiasco, los jueces le quitaron la corona y se la colocaron al también norteamericano Thomas Hicks, segundo clasificado y vencedor real de la carrera. Tuvieron que hacer un pequeño esfuerzo para levantar a Hicks del suelo porque el corredor había llegado medio muerto. Literalmente, medio envenenado. Y no es que los demás participantes fuesen más chungos que Mesala en una cuadriga con las ruedas tuneadas, es que, cuando Hicks sufrió una pájara a falta de once kilómetros para la meta, sus propios entrenadores decidieron darle un reconstituyente a base de claras de huevo y estricnina. Y luego decimos que el dopaje actual es malo para la salud. Además, el californiano William García tuvo que ser hospitalizado por culpa de un esófago saturado de polvo y el sudafricano Len Taunyane, a la sazón el primer africano negro que participaba en unos juegos olímpicos, fue perseguido por un perro salvaje durante casi dos kilómetros. En sentido contrario a la carrera. Y aun así terminó la prueba en noveno lugar.

Thomas Hicks, «ayudado» por sus entrenadores. Fotografía: Library of Congress (DP)
Thomas Hicks, «ayudado» por sus entrenadores. Fotografía: Library of Congress (DP)

Con todo, la proeza más asombrosa de la maratón de San Luis corrió a cargo de un diminuto atleta con mucha hambre. Para conocerle, tendremos que remontarnos unos meses atrás y navegar hasta el medio del Caribe.

Félix Carvajal era un cartero cubano que tenía veintinueve años y que los había pasado todos —los veintinueve— en una situación económica que podríamos encuadrar entre la extrema pobreza y la pobreza a secas. Sin embargo, las penurias nunca pudieron apartarle de su sueño. Y su sueño era correr. Carvajal corría por las colinas, los bosques, las playas y las selvas de su Cuba natal con un único objetivo en mente: entregar las cartas a tiempo y que no le despidieran. También tenía otro objetivo en mente: participar en la maratón de los juegos olímpicos. Así, Carvajal pidió ayuda a la Federación Cubana de Atletismo para poder entrar en el programa olímpico cubano; pero como resulta que en 1904 no existían ni las federaciones ni los programas ni los comités olímpicos, nuestro cartero runner decidió recaudar fondos mediante exhibiciones populares, carreras benéficas e incluso un recorrido de varios días por todo lo largo de la isla. Esta demostración de poderío atlético le granjeó el sobrenombre de «Pero para ya, tío chalao»… esto, no, el apodo con el que se le conocía en Cuba fue «Andarín» Carvajal.

Una vez conseguido el dinero suficiente, Carvajal compró un par de zapatillas deportivas, una camiseta que pintó con los colores de la bandera cubana y unos calzones cortos, lo empaquetó todo y se embarcó hacia la aventura olímpica. De hecho, donde se embarcó fue en un navío que le condujo hasta el puerto de Nueva Orleans, Luisiana. Tras un día entero de singladura, nuestro humilde héroe llegó a los Estados Unidos con su equipaje y su recién adquirido capital. En cuanto puso el pie en suelo norteamericano, levantó la frente, miró al horizonte y, henchido de espíritu deportivo, hizo lo que cualquier atleta habría hecho en su caso: se pulió toda la pasta en una timba de dados. Incluidas las zapatillas, la camiseta y los calzones. Todos los calzones.

Como supondrán, tras una vida entre alegres carencias, haberse quedado con lo puesto no suponía a Carvajal un inconveniente mayor que un leve catarro veraniego, así que atravesó los mil kilómetros que le separaban de San Luis como mejor sabía. Haciendo autostop. Y corriendo, también corriendo, sí.

Efectivamente, tras más de cuarenta horas sin comer ni dormir, y habiendo agotado los medios de transporte no onerosos, Carvajal recorrió los últimos kilómetros hasta el recinto olímpico al trote. Tal fue así que llegó a la línea de salida con la prueba a punto de comenzar. Sin embargo, el pistoletazo tuvo que retrasarse unos minutos porque los jueces le preguntaron que si se había mirado al espejo, que adónde iba con esos zapatos de vestir, esa camisa de lino y esos pantalones de tergal. A lo que nuestro altivo cartero/deportista/jugador de dados respondió arqueando sus caribeñas cejas, atusándose su caribeño mostacho, y diciendo que él corría como le salía de sus caribeñas pelotas. En realidad, lo que pasó es que les estaban dando las tantas y nadie tenía una equipación deportiva que prestarle, así que un atleta americano sacó unas tijeras —que vayan ustedes a saber para qué las querría— y le cortó los pantalones hasta la altura de las rodillas. Lo justito para que Carvajal tuviese una pinta medio decente y la carrera pudiese, al fin, comenzar.

Atentos al dorsal número 3. Fotografía: Library of Congress (DP)
Atentos al dorsal número 3. Fotografía: Library of Congress (DP)

Tras una odisea como la suya, cualquiera pensaría que correr otros cuarenta y dos y pico kilómetros con unas botorras rígidas como el granito supondría un esfuerzo titánico para el probo cartero, pero lo cierto es que Carvajal se daba por satisfecho con la mera oportunidad de disputar la maratón. El tipo saludaba a los demás corredores, estrechaba las manos de los jueces y hasta se salía del recorrido para charlar amistosamente con los espectadores en un inglés más que dudoso.

Pero como la felicidad no era suficiente para sostener sus cansadas piernas, Carvajal también se salió del recorrido para robarle un par de melocotones a un vendedor ambulante, que debió huir despavorido ante el presumible olor que desprendía ese supuesto atleta con pinta de homeless sudoroso. Lo malo es que los melocotones no solo no le quitaron el hambre, sino que le abrieron decididamente el apetito. Lo bueno es que, en otro de sus desvíos improvisados, encontró un manzano solitario. Lo malo es que, como Carvajal medía poco más de metro y medio, no alcanzaba a coger las suculentas frutas. Lo bueno es que en el suelo habían caído unas cuantas manzanas. Lo malo es que las manzanas del suelo no eran tan suculentas, sino que más bien estaban podridas y llenas de gusanos. Lo bueno es que…mmmm, más proteínas.

Y lo malo ya se lo pueden imaginar. Las crónicas de la época dicen que Félix Carvajal comenzó a sufrir calambres, espasmos y retortijones, los cuales le obligaron a descansar un rato. Supongo que en el acto de «descansar» se incluye también el más que probable alivio intestinal producido por la ingesta de larvas de lepidóptero, pero el caso es que nuestro atleta/autoestopista/catador de gusanos, tras haber recorrido más de treinta kilómetros de la maratón olímpica, se tumbó a la sombra y se echó una siestecita porque ole sus cojonazos envueltos en tergal.

Discúlpenme las referencias genitales, pero es que solo hay una explicación posible al comportamiento del menudo corredor cubano, y es la que se deriva de un imprudente exceso de confianza fruto del proverbial laissez faire caribeño. Porque tras recorrerse Cuba de punta a punta, atravesar el Caribe en un maltrecho barco de vapor, perder los ahorros de toda su vida en una noche de alcohol, tabaco y juego, cruzarse cuatro estados bien a la carrera, bien en burros, carromatos, diligencias o primitivos automóviles, disputar treinta kilómetros de una maratón en ropa de calle con el único sustento de dos melocotones y unas cuantas manzanas que tenían sus propios habitantes, y dormir plácidamente durante casi media hora, Carvajal se levantó y dijo: «Vamos pallá». Y terminó la prueba. Que bastante tendría con haber cruzado la meta, pero a nuestro cartero/atleta/jugador de dados/autoestopista/creador de tendencias en moda deportiva/robamelocotones/catador de gusanos/sesteador ocasional no le valía con algo tan mundano, así que apretó el ritmo, adelantó a la mayoría de sus competidores y consiguió un más que meritorio cuarto puesto. Y aún le sobró tiempo para posar con el orgulloso porte de alguien al que todo se la trae floja.

¿Tengo cara de que me importe? Fotografía: Library of Congress (DP)
¿Tengo cara de que me importe? Fotografía: Library of Congress (DP)

Hay quien dice que las manzanas no estaban podridas sino demasiado verdes. De hecho, hay crónicas que describen la actitud en meta de Carvajal de manera muy distinta a la despreocupada relajación con la que figura en la fotografía. Al parecer, el orgulloso atleta cubano no estaba satisfecho con la mera participación sino que llegó al final de la carrera convertido en un mar de lágrimas, desolado por la fatalidad que le había obligado a parar cuando, hasta el episodio de las manzanas, marchaba cómodamente en el grupo de cabeza. Y quizá estas crónicas tengan razón, porque Carvajal no regresó inmediatamente después de los juegos; se quedó un año más en Estados Unidos participando en varias carreras populares y profesionales. Y ganó unos cuantos premios, copas y medallas, lo cual le permitió recuperar el orgullo herido, la confianza en su capacidad atlética y un puñadito de dólares. Los suficientes como para perder alguna partida de póquer, adquirir ropa deportiva apropiada y comprar un billete de vuelta a su amada Cuba.

El 28 de agosto de 1905, Félix de la Caridad Carvajal y Soto, el «Andarín» Carvajal, fue recibido en el puerto de La Habana con honores de héroe nacional. Posó con sus trofeos y contó su historia a quienquiera que quisiera escucharla. Sin embargo, ni los laureles ni la merecida fama ni su nueva y reluciente equipación deportiva le sirvieron para dejar de repartir el correo: el Gobierno cubano nunca le brindó la ayuda para continuar su sueño. Pero no se rindió. Siguió participando en carreras de fondo por la isla y por todo el mundo costeándose los viajes de su propio bolsillo. En Grecia, España, Francia e Italia consiguió más de cincuenta trofeos, aunque el dinero solo le permitía comprar los pasajes de regreso a Cuba. Llegó a compaginar el trabajo de cartero con ocupaciones diversas como hombre anuncio o reclamo para espectáculos de carnaval y, aun así, nunca pudo salir de las penurias económicas, que le acompañaron hasta el día de su muerte a los setenta y cuatro años de edad.

La vida de Félix Carvajal fue larga y nunca fue fácil, pero a algunos nos gusta creer que él no le dio demasiada importancia. Que a él le bastaba con que su zancada fuese fácil. Y ya lo creo que lo era. Al fin y al cabo, ha pasado a la historia de un deporte que ahora está colonizado por legiones de barritas energéticas, ejércitos de zapatillas ultralivianas y huestes de cortavientos multicolores de fibra técnica cuando lo único que él necesitó para llevar a cabo su hazaña fueron unos zapatones, un par de pantalones cortados malamente y el acuciante hambre de cumplir un sueño.

Y un poco del otro también.


Un imperio y dos orillas

Zapatiila utilizada por Jesse Owens en los Juegos Olímpicos de Berlín 1936. Fotografía: Cordon Press
Zapatiila utilizada por Jesse Owens en los Juegos Olímpicos de Berlín 1936. Fotografía: Cordon Press

Es difícil trabajar con la familia. A veces las cosas se dicen, los sentimientos se hieren y se crean las grietas. Adolf Dassler

Mientras Paulina hace la colada en el cobertizo de casa, sus tres hijos despachan a domicilio la ropa recién lavada. En Herzogenaurach a los hermanos Dassler todos les conocen por «los chicos de la lavandería». Adi, el más pequeño y tozudo de los tres, aún es capaz de arañar tiempo libre, y así talla ramas que le sirvan como jabalinas, o pule piedras para lanzarlas como pesos. A orillas del río Aurach la vida es mansa y ordenada, pero en cuanto se inicia la Gran Guerra todo empieza a desmoronarse. Los hermanos mayores, Fritz y Rudolf, pasarán los cuatro años siguientes enfangados en las trincheras belgas, y Adi, que cuenta con tan solo diecisiete años, también combatirá ya en el epílogo de los enfrentamientos. Y a pesar de que los tres regresaron sanos y salvos, los estragos del frente curtieron para siempre el carácter, hasta entonces afable, de los hermanos Dassler. Las estrecheces de la posguerra recortan los gastos domésticos, ya nadie puede pagar para que le laven la ropa. La lavandería no tenía ya razón de ser, pero donde cunde la miseria Adi ve una oportunidad, y con las herramientas que recolecta de días enteros peinando los abandonados campos de batalla junto a la máquina de coser diseñada a partir del cuadro y los pedales de su vieja bicicleta fabricó, en el cobertizo de casa, la primera de sus revolucionarias invenciones: las zapatillas de clavos para correr.

La firma del tratado de Versalles sometía la gestión de los recursos alemanes a manos de los vencedores; el momento para emprender es adverso. Como alivio a todas aquellas tensiones, el deporte comenzaba a atraer a la gente. Su hermano Rudolf huele el negocio, y se une al proyecto. Sus caracteres son antagónicos, pero se ensamblan a la perfección: cuanto más introvertido es uno tanto más afable es el otro. Así, mientras Adi se afana en el taller, Rudolf desarrolla sus hábiles dotes comerciales. Nace así Gebrüder Dassler Schuhfabrik. Es 1926, la empresa crece, por lo que se han de mudar a una fábrica más grande en la otra orilla del Aurach. Además la industria, al igual que el país, resurgía. Como tantos otros, los tres hermanos se afilian al Partido Nacionalsocialista en mayo de 1933. Los nazis ven en el deporte el galvanizador idóneo para esparcir camaradería y disciplina. Cuando Hitler garabateaba su imperio sobre un mapamundi, los hermanos Dassler levantaban el suyo desde un cobertizo.

En el seno de la familia olímpica rondan dudas más que razonables sobre la celebración de los Juegos Olímpicos en Berlín, nido del emergente nacionalsocialismo. Al mismo tiempo, en Barcelona, en un flagrante intento de boicot político, se contraprogramó con la denominada Olimpiada Popular, donde unos doscientos de aquellos deportistas, después de participar, se quedaron en España para unirse a las milicias republicanas.

El éxito empieza a asomarse cuando Josef Waitzer, seleccionador nacional de atletismo, peregrina hasta Herzogenaurach en busca de esos locos de las zapatillas de clavos. A raíz de aquella visita, y con los años, se tejieron unos profundos vínculos de amistad y colaboración. En Berlín, al socaire de Waitzer, Adi campa a sus anchas por la villa olímpica. Casi todos los atletas nazis llevaban calzado Dassler, pero Adi centra su atención en Jesse Owens. Impresionado con el «Antílope de ébano», Adi le muestra furtivamente sus zapatillas de clavos con gestos, ofreciéndole un par: «toma, pruébatelas». Owens se las calzó, y con ellas ganó todo lo que se podía ganar. Los cuatro oros obtenidos enmudecieron Berlín, aunque el zarpazo definitivo sucedió en la final de salto de longitud. Jesse no solo batió el récord olímpico con un salto de 8,06 metros por delante del ario Lutz Long, sino que el saltador alemán fue el primero en abrazarse y felicitar a Owens. («Se podrían fundir todas las medallas que gané y no valdrían nada frente a la amistad de 24 quilates que hice con Long»).

Jesse Owens y Lutz Long. Fotografía: ©TopFoto / Cordon Press
Jesse Owens y Lutz Long. Fotografía: Cordon Press.

Berlín supone el despegue internacional de los productos Dassler. Se amplían las naves, y al lado se construye «la Villa», la mansión donde vivirá todo el clan. Pero mientras construían una multinacional, a los Dassler se les derrumbaba una familia. Adi se volvió más terco con el trabajo, y Rudolf cada vez más descastado con los suyos. También se torna decisivo el papel desempeñado por ambas esposas. La discreta Friedl, la mujer de Rudolf, balancea el genio descarado de Käthe, la mujer de Adi. Friedl era el dique que contenía la furia de su esposo, entretanto Käthe no hacía otra cosa que enconar la cizaña.

Existen dos clases de conflictos que explicarían una civilización entera: los armados y los de familia. Al tiempo que repunta el auge nazi, Rudolf disputa el liderazgo de la compañía a su hermano Adi. Las malas lenguas, además, apuntan a un affaire entre Rudolf y Käthe. Y a pesar de no existir confirmación alguna de aquello, solo espurias versiones como la de la señora Welker —la primera contable de la empresa, que lo aireó en una comida familiar— los rumores siempre emponzoñan más que las certezas. El odio se redobló, y cada uno de los hermanos ya no pararía hasta arrastrar al otro al infierno.

Mientras Europa se suicida, Herzogenaurach logra mantenerse al margen. Por entonces Adi es llamado a filas, pero a los tres meses fue declarado exento, ya que se le consideró más útil en Gebrüder Dassler que en el frente. Entonces sí que la guerra empezó a anegarlo todo, se raciona el esfuerzo industrial y Adi se ve abocado a improvisar auténticos malabares para evitar el cierre la fábrica, desde solicitar prisioneros rusos para completar la plantilla hasta ampliar la gama con modelos como «Kampf» (Lucha) o «Blitz» (Relámpago).

El ensañamiento se colma en febrero de 1943, con los primeros bombardeos nocturnos sobre Herzogenaurach. Una de aquellas noches fúnebres Rudolf ya se encontraba en el refugio antiaéreo junto a su familia cuando poco después acudió Adi en compañía de la suya, quien, nada más entrar, no pudo por menos que rezongar un «ya están aquí otra vez estos cabrones». Adi, por supuesto, se refería a los aviones. Rudolf, lo tenía claro, asumió que iba por ellos.

Totaler Krieg – Kürzester Krieg. Fotografía:  Bundesarchiv (CC)
Totaler Krieg – Kürzester Krieg. Fotografía: Bundesarchiv (CC)

La puntilla la da Hitler llamando a la movilización de todo el pueblo alemán. Ahora es Rudolf el reclutado por la Wehrmacht, siendo destinado a la lejana aduana de Tuszyn. La paranoia y la distancia redoblaron la aversión cainita de Rudolf, quien no cesaría hasta arrastrar a su hermano al infierno, como se lo hizo saber mediante una carta: «No dudaré en pedir que cierren la fábrica para que tengas que asumir una ocupación que te permita jugar a ser jefe». Goebbels llama a la Totaler Krieg: las tropas entrarían en combate, los liberados trabajarían en las factorías setenta horas semanales, y quedarían suspendidos todos los eventos culturales y deportivos, así como las operaciones comerciales civiles. Quién necesitaba zapatillas. Ahora Gebrüder Dassler fabricaría los Panzerschreck —«el terror de los tanques»—, plagio nazi del bazooka estadounidense. Cuando a principios de 1945 los tanques aliados cruzaron el Rin, y el Ejército Rojo avanzaba hacia posiciones próximas a Tuszyn, Rudolf huyó de su puesto. La Gestapo no tardó en detenerle, aquella deserción le costó dar con sus huesos en la cárcel. La condena consistió, encadenado junto a otros veintiséis reos, en caminar trescientos kilómetros hasta el campo de concentración de Dachau. La orden era nítida: matar a los prisioneros durante la travesía, descerrajándoles un disparo por la espalda. Pero Luwdig Müller, el supervisor de la marcha, obvió la orden, dirigió el grupo hacia el sur, y cerca de Pappenheim fue interceptado por un convoy de americanos, lo que permitió la liberación de todos los prisioneros.

Derrengado y exhausto, fue así como Rudolf logró regresar a Herzogenaurach. De poco o nada le sirvió: es arrestado de nuevo, en esta ocasión por el bando aliado, acusándole de tareas de espionaje y censura. Cuando es internado en el campo de Hammelburg, Rudolf fue informado de que estaba allí porque alguien le había denunciado. Y no tuvo dudas de quién pudo ser. Pero el atasco burocrático y la prioritaria reconstrucción provocan retrasos que torpedeaban la resolución de los casos, lo que provocó que muchos de los acusados prisioneros, los que no fuesen amenaza, quedasen en libertad. Justo un año después Rudolf Dassler vuelve a ser libre.

La lucha siguió en la casa de los Dassler con interminables discusiones para aclarar qué pasó durante la guerra. Rudolf se vuelve furioso contra Käthe, seguro de que fueron ella y su marido quienes interpusieron la «denuncia de mala fe». Si el panorama ya era insostenible justo dos semanas antes de la liberación de su hermano, Adi, catalogado como «colaborador muy activo» del régimen nazi, tuvo que defender su propio caso ante el comité de desnazificación. No pudo ocultar su pasado de afiliación y pertenencia a las Juventudes Hitlerianas, por lo que se vio abocado a recopilar apoyos para su defensa. Valentin Fröhlich, antiguo alcalde de Herzogenaurach, no dudó en afirmar que Adolf era muy apreciado en la comunidad, a diferencia de sus hermanos, y que de los sesenta empleados de la fábrica solo uno estaba afiliado al partido. Decisivo fue también el testimonio de un veterano miembro comunista del KPD: «Por lo que yo vi, el deporte era la única política que contaba para él. No sabía nada de la política de los políticos».

El odio se iba haciendo grande, desplazando a cada hermano a una de las orillas del río. Rudolf recién liberado vuelve a casa con la tozuda intención de horadar más en la culpa de su hermano, desterrarle en la ignominia, fabulando que la idea de fabricar armas fue de Adi, que él no supo nunca de estos manejos. Käthe, despechada y furibunda, no cejó hasta elevar un escrito al mismísimo comité de desnazificación, exculpando a Adi de la emboscada de Rudolf: «Declaro que es incierto. Mi marido hizo todo lo que pudo para exonerar a su hermano». También desmontó que Adi arengara a los empleados con soflamas políticas («Los discursos, tanto dentro como fuera de la fábrica, deben atribuirse a Rudolf Dassler, como podrá confirmar cualquier empleado de la empresa»).

La declaración de Käthe logró que el comité modificase el veredicto, por lo que Adi fue declarado «Mitläufer», uno más de los millones de miembros del partido que, sin embargo, no colaboraron activamente. Así es como pudo volver a reflotar la fábrica.

El retorno al hogar estrangula definitivamente la convivencia. Las continuas tribulaciones desembocan en la ruptura definitiva. Rudolf se instalará a una orilla del Aurach. Las naves, patentes y maquinaria se repartirían a partes iguales. En lo que concernía a la plantilla se improvisó un plebiscito para que los empleados eligiesen con quién quería cada uno quedarse a trabajar. Los comerciales, con Rudolf. Los operarios y técnicos, con Adi. Se crean dos marcas. Adi registra la suya con el acrónimo de su nombre y su primer apellido: Adidas. Tres bandas blancas serán su emblema. Rudolf quiere hacer lo mismo con su empresa, pero «Ruda» suena poco atrayente. Su negocio se llamará «Puma». En 1948 se registra el logo del felino veloz y fiero. La seña de identidad sería al principio una única pieza blanca, terminando en el formstripe que hoy sigue.

El cisma seccionó la ciudad en dos; el río Aurach sería la frontera. Los pumeraner contra los adidassler. Herzogenaurach a partir de entonces será conocida como «la ciudad de las cuellos encorvados»: antes que a los ojos se mira al suelo. No para mostrar respeto, sino para escrutar el calzado del otro. Cada orilla tiene sus propios gremios, hasta distintas escuelas. Incluso los equipos locales se reparten el patrocinio: RSV para Adidas, FC Herzogenaurach para Puma.

Fue Rudolf quien lo tuvo todo para conquistar el mundo del calzado deportivo, pero lo brusco de su carácter le hizo pelearse con el hombre equivocado: Sepp Herberger, seleccionador de fútbol germano. Forjó Rudolf una recia amistad con Sepp, y él mismo la evaporó. Rudolf no se consideraba bien tratado, con la deferencia debida, y no dudó en recriminárselo a Herberger: «No eres más que un reyezuelo. Si no nos convienes, escogeremos a otro». A raíz del encontronazo Herberger entabló relación con Adi, de perfil más parecido al suyo. Aunque escuetos en el hablar, les bastaba un simple gesto para descifrar lo que el uno esperaba del otro. Aquel silencio cómplice terminó convirtiéndose con el tiempo en una estima casi litúrgica. Adi pasó a ser habitual de Herberger y su entorno. Así, el joven zapatero terminó en 1954 en el mismo autobús que llevó a «Die Mannschaft» a la final del Mundial de fútbol de Suiza. Ese 4 de julio, en Berna, Alemania sufría aún un velo de humillación que atenazaba a todo un país en derribo. Tras muchos altibajos se llegó a la final contra Hungría de los Kocsis, Czibor y el mismísimo Pancho Puskas, «los magiares mágicos». Alemania por entonces no jugaba a nada, y a la pésima noticia del sol reluciente se le unió el precedente contra Hungría, equipo combinativo y preciosista que jugaba con el primer falso nueve de la historia, Hidegkuti, y que ya en la ronda preliminar les había endosado un humillante 8-3. Pero empezó a llover, y se oyó a Sepp Herberger gritar: «Adi, atornilla los tacos». Botas de fútbol con tacos intercambiables, la increíble última creación de Adi Dassler: los más largos evitarían resbalarse en el barro, los más cortos se usarían si el césped estaba seco. El 2-0 con el que se adelantó la favorita Hungría fue neutralizado antes del descanso por los alemanes. Lo que hoy se conoce como el milagro de Berna (Das Wunder von Bern) no llegó hasta que quedaban seis minutos para el pitido final, cuando Helmut Rahn marcó el definitivo 3-2. Campeones del mundo. En la foto del equipo alemán, por insistencia de Herberger, asoma la silueta del zapatero, Adi.

Fotografía: imago sportfotodienst / Cordon Press
Fotografía: imago sportfotodienst / Cordon Press

Extraoficialmente era el resurgimiento de Alemania, el fin de una infame devastación. La inopinada victoria desborda la demanda de pedidos en Adidas. Las tres bandas blancas se convirtieron en símbolo mundial. Adi seguiría siendo aquel jefe modesto y sencillo que goza del aprecio de los empleados. Mientras, en la otra orilla del Aurach, Rudolf dirigía más informalmente Puma, tenía tendencia a las charlas informales, casi paternalistas, compartiendo incluso el almuerzo con sus pumeraner. Pero mudaba rápidamente de humor, muy a menudo y de repente, y eso también lo sufrían sus empleados.

Pasaron los años, y ambas compañías empezaron a monopolizar los suministros de calzado y equipaciones deportivas: Puma en los clubs alemanes, Adidas en las selecciones nacionales de Europa y África. Y aunque olía a retiro dorado para los dos fundadores —mientras en una orilla del Aurach los nietos de Adi jugaban con Beckenbauer, sus primos peloteaban al otro lado del río con Pelé— ninguno quiso capitular del todo: sus hijos se encargarían de dirigir los respectivos imperios deportivos con idéntica tenacidad, y mayor repulsa hacia el enemigo, si cabe, que sus propios padres.

Cuando Rudolf falleció, el 6 de septiembre de 1976, desde Adidas se emitió una irónica, casi vengativa, nota de condolencia: «Por razones de humana piedad, la familia de Adolf Dassler no hará comentario alguno sobre la muerte de Rudolf Dassler». Cuatro años después murió Adi. Tan separados en muerte como lo estuvieron en vida, en el cementerio de Herzogenaurach los dos hermanos están enterrados lo más alejado que se pudo el uno del otro. Como si la muerte tuviese también dos orillas.


Boxeando por la democracia

“Joe, necesitamos músculos como los tuyos para vencer a Alemania” (Franklin D. Roosevelt)

1938. Más de setenta millones de personas escuchan con atención la retransmisión radiofónica de un combate de boxeo. Está en juego el título mundial de los pesos pesados, pero eso es casi lo de menos; lo importante es que un norteamericano y un alemán protagonizan la gran jugada propagandística previa a la Segunda Guerra Mundial. El presidente de los Estados Unidos, Franklin D. Roosevelt, ha recibido a un negro en la Casa Blanca, algo insólito, y Adolf Hitler ha alabado a un boxeador cuyo mánager es judío. Los dos púgiles, Joe Louis y Max Schmeling, son actores de un drama surrealista cuyo alcance va mucho más allá de sus respectivas carreras deportivas. El mundo va a entrar en guerra y ellos dos, lo quieran o no, están librando la primera batalla.

El alemán que noqueó al bombardero invencible

Joe Louis
De origen humilde y carácter introvertido, Joe Louis vio cómo pesaba sobre sus hombros el orgullo de toda una raza primero, y de toda una nación después.

La primera de las dos peleas entre Louis y Schmeling no estuvo rodeada, sin embargo, de tantas connotaciones políticas. Tuvo lugar en 1936, cuando las tensiones entre Alemania y Estados Unidos eran todavía inexistentes. De hecho, algunos estadounidenses miraban con cierta simpatía al régimen de Hitler —no en vano el racismo era también endémico en los Estados Unidos—, cuyas primeras atrocidades habían sido consideradas meros “excesos accidentales” de los grupúsculos más radicales del partido nazi. En junio de 1936, Joe Louis era, a sus veintidós años, la mayor estrella ascendente en el mundo del pugilismo; con veinticuatro combates victoriosos y ninguna derrota, estaba a punto de asaltar el título mundial de los pesos pesados. Sólo le restaba un obstáculo en su imparable ascenso hacia la final: el alemán Max Schmeling, que había sido campeón mundial, pero que con treinta años estaba ya en aparente declive. Schmeling era bien conocido entre los aficionados estadounidenses, puesto que había aparecido varias veces en los noticiarios cinematográficos y era apreciado por su carácter campechano y su simpatía ante las cámaras. Joe Louis, aunque más reservado, también tenía buena imagen; era el típico buen chico de origen humilde que, pese a su seriedad, cae bien debido a su carácter afable y su notoria candidez. Aunque apenas había recibido formación escolar, era un chaval bien educado, de muy presentables maneras. Se decía incluso que, siendo adolescente, había ocultado a su madre su afición al boxeo, yendo a entrenar con una funda de violín en la que escondía sus guantes. Para la población negra de los Estados Unidos, Louis era el máximo ídolo y, junto a Jesse Owens, el único afroamericano en posición de defender el orgullo de toda una raza oprimida. Únicamente en el deporte —y en algunas disciplinas deportivas concretas, porque en otras los negros seguían sin poder competir fuera de sus propias ligas— tenían los afroamericanos la oportunidad de reivindicarse ante una sociedad que los discriminaba en todos los demás aspectos.

El primer combate entre el estadounidense y el alemán fue considerado un trámite, un escalón más en el inevitable asalto de Joe Louis, el más prometedor peso pesado del planeta, al campeonato mundial. Al igual que sucedería con la aparición de Mike Tyson en los años ochenta, Joe Louis todavía no era campeón, pero nadie en el mundo creía que pudiese perder un combate antes de alcanzar el título. Resultaba inconcebible. Ningún púgil había conseguido encontrar una debilidad en el estilo del “bombardero pardo”, un prodigio de técnica y determinación.

Max Schmeling, sin embargo, no era cualquier púgil. El alemán ya no estaba en sus mejores años, esto era sabido, y además su imagen estereotipada de sencillo hombre del pueblo hizo que todos —incluido Joe Louis— subestimasen su inteligencia. Schmeling hizo algo que a ningún púgil se le había ocurrido antes, pero que gracias a él se convertiría en un recurso básico para los entrenamientos previos a los grandes combates. El alemán empezó a recolectar todas las filmaciones de combates de Joe Louis que estaban a su alcance, algo que, dados los medios tecnológicos de la época, no era tarea fácil. Contó con la ayuda del régimen nazi, que le facilitó acceso a distintos archivos; se hizo con un proyector y comenzó a ver los combates de su rival una y otra vez, observando con atención en busca de alguna flaqueza en aquella, decían todos, invulnerable forma de boxear.

Max Schmeling
Max Schmeling fue pionero en usar filmaciones para estudiar concienzudamente el estilo de su rival .

Pasar horas y horas ante una pantalla podía parecer una excentricidad y una pérdida de tiempo, al menos según las costumbres pugilísticas de entonces, pero Max Schmeling sabía perfectamente lo que estaba haciendo. Tras un concienzudo análisis encontró, por fin, la única debilidad técnica de Joe Louis: una tendencia a bajar la mano izquierda tras lanzar un golpe rápido, dejando un momentáneo hueco en su guardia. Era un defecto en el que nadie había reparado, ya que no existía el vídeo y la televisión no podía ser grabada. Viendo un combate en directo (o su resumen en los noticiarios cinematográficos), era difícil, por no decir imposible, que aquel fallo técnico fuese perceptible. En veinticuatro combates, de hecho, nadie lo había notado. Por lo tanto, ningún rival lo había podido explotar. Es más, ni el propio Joe Louis era consciente de este defecto. Así, cuando Schmeling desembarcó en territorio americano y fue asaltado por los periodistas, dijo sonriendo que había encontrado un fallo en el estilo de Joe Louis y que estaba seguro de que iba a vencer. Los periodistas se tomaron sus declaraciones a broma, nadie creyó una palabra y la gente casi sintió piedad de la ingenua confianza del alemán en sus propias posibilidades. Eso sí, como era tan simpático, le perdonaron la ocurrencia. Schmeling siguió sonriendo.

El combate, como decíamos, no tenía un título en juego, pero se convirtió en un gran acontecimiento debido la fama de ambos púgiles. Celebrado en el estadio de los New York Yankees, se vendieron todas las entradas.

El público local comenzó animando a su compatriota hasta que la lucha empezó a desarrollarse de modo diferente a lo esperado. El combate no marchaba bien para Joe Louis quien, en contra de todo lo previsto, se veía en serios problemas. Max Schmeling lo estaba dominando con claridad y nadie podía comprender muy bien cómo era posible. En el cuarto asalto, Joe Louis cayó a la lona por primera vez en su carrera. Nadie lo había tumbado, nunca. Pudo recuperarse, pero resultaba evidente que el alemán tenía la sartén por el mango. El panorama para Louis se presentaba muy, muy difícil. Entre el público —casi por completo compuesto por espectadores blancos— comenzaron a oírse gritos de apoyo al alemán. La pelea dejó de ser la lucha entre un púgil local y un extranjero, convirtiéndose en la lucha entre un blanco y un negro. Muchos blancos entre el público parecían querer que ganase el blanco. Sobre el ring, Joe Louis tuvo que oír cosas como “¡Mata al negro!”. Max Schmeling no podía entender por qué el público local parecía tan feliz. Hasta que se dio cuenta, para su asombro, de que los vítores de los norteamericanos iban destinados a él.

Joe Louis aguantó todo lo que pudo, pero la habilidad de Schmeling para explotar su talón de Aquiles fue minando su resistencia. El estadounidense fue noqueado en la decimosegunda ronda. Había sufrido la primera derrota de su carrera. Era algo difícil de creer.

Dos víctimas de la propaganda

Max Schmelling fue recibido en Alemania como un héroe nacional. La maquinaria propagandística nazi ensalzó las virtudes germánicas de aquel boxeador, un hombre del pueblo que, se decía, encarnaba lo mejor de los valores nacionalsocialistas. Schmeling y su mujer eran presentados como ejemplo de la perfecta pareja alemana: trabajadores, sencillos, honestos, amigables… y arios. El púgil aparecía en la prensa y los noticiarios junto a Hitler, ambos sonrientes y en perfecta armonía. Schmeling era el ídolo del momento, el deportista alemán más célebre y un perfecto embajador para el régimen nazi.

Max Schmeling y Adolf Hitler
Schmeling y su mujer junto a Hitler. La propaganda nazi ensalzó al púgil como un héroe, pero de espaldas al público las cosas entre ellos se pusieron bastante más tensas.

Entre bastidores, empero, no todo era tan perfecto. Existía una delicada circunstancia: el manager de Max Schmeling era judío. El régimen, en secreto, comenzó a presionar a Schmeling para que se deshiciese de él. El boxeador se negó con firmeza, sorprendiendo a los nazis. Aunque a primera vista podía parecer dócil y bonachón, no estaba dispuesto a ser un títere. No era nazi, ni simpatizaba con la ideología de Hitler. Él se consideraba un atleta alemán que había obtenido un gran éxito para su país, no un agente nacionalsocialista. Así pues, comenzó a presentar resistencia. De cara al público, Schmeling era el ojito derecho de la dictadura nazi, pero en realidad existía una creciente antipatía mutua entre el campeón y el partido de la cruz gamada. Pese a ello, siendo el deportista más famoso de Alemania y habiendo logrado un gran triunfo, Schmeling continuaba siendo publicitado como icono nacional.

En los Estados Unidos, la derrota de Joe Louis propició una oleada de tristeza entre sus seguidores afroamericanos. Y no era para menos. La prensa blanca describió el suceso con un tono despectivo que con frecuencia caía en el insulto racista. Algunas publicaciones llegaron a decir que Louis sólo sabía pelear como “un salvaje recién salido de la selva”, mientras que los elogios hacia la astucia táctica de Max Schmeling, blanco y europeo, mostraban los mismos tintes supremacistas que en la prensa alemana. Sin embargo, Louis no se vino abajo. Aprendió la lección. La dura derrota sirvió para despertarlo de una nube de excesiva confianza. Muy dolido, entrenó con dureza de cara a los siguientes combates. Durante el año posterior barrió nada menos que a siete rivales distintos. En 1937, aunque un poco más tarde de lo previsto, logró por fin disputar el título mundial, venciendo al vigente campeón James Braddock.

La gente, claro, quería ver una revancha contra Max Schmeling, el único púgil que había podido ganar al ahora nuevo rey del boxeo. En 1938, Louis aceptó poner en juego su recién adquirido título frente al alemán. Para entonces, en apenas dos años, el clima político había cambiado por completo.

La revancha: soplan vientos de guerra

Joe Louis
Los desprecios racistas de la prensa norteamericana no hundieron la determinación de Joe Louis.

El nuevo combate entre Louis y Schmeling hizo que la propaganda nazi redoblase su palabrería supremacista hasta el punto en que el propio Schmeling llegó a mostrarse abiertamente incómodo en público. Cuando se le asimilaba con el “superhombre ario”, él respondía diciendo: “no soy ningún superhombre, sólo soy un deportista”. Seguía negándose a romper su relación con su manager judío. En público, el régimen lo ensalzaba todavía como un héroe. En privado, se les retiró el pasaporte a su mujer y a su madre, para evitar que saliesen de Alemania. Existía una seria preocupación por la posibilidad de que Max Schmeling estuviese pensando en optar por el exilio. El público alemán, por supuesto, no sabía nada del creciente disgusto de Schmeling hacia el régimen nazi. Aunque ya no ostentaba el título mundial, mientras hubiese posibilidades de que volviese a vencer a Joe Louis, la propaganda nacionalsocialista no renunciaba a presentarlo como un icono de la raza aria.

En Estados Unidos, la opinión pública había dado un giro de ciento ochenta grados con respecto a Hitler, que ahora era un enemigo declarado de las democracias occidentales. La misma prensa norteamericana que un par de años había ensalzado a Schmeling con afecto, ahora lo retrataba como un nazi fanático y un esbirro de Hitler, un nazi que seguía las directrices del Führer con ovina obediencia. En la misma medida, Joe Louis empezó a ser ensalzado como un héroe americano, cuando apenas unos meses atrás la prensa lo había menospreciado sin ningún respeto. Debido a las tensiones diplomáticas, era la primera vez en la historia estadounidense que un hombre negro desempeñaba el rol de icono nacional. El presidente Roosevelt apareció en público junto al campeón, como Hitler había hecho con Schmeling, diciendo que Joe Louis iba a boxear en representación de todos los ciudadanos estadounidenses y que toda la nación confiaba en su victoria.

Verse convertido en un héroe, en el centro de la propaganda política, añadió una considerable presión sobre los hombros de Joe Louis. Ahora no solamente iba a pelear por un título y por el orgullo de su propia raza. Iba a pelear, como insistía la prensa, por la mismísima idea de la democracia.

La pelea en la que Louis defendería su título mundial frente al que había sido su único verdugo tendría lugar en el mismo escenario que la anterior, el estadio de los Yankees de New York, que registró otro lleno absoluto. Esta vez, Schmeling fue recibido como el villano, el bárbaro que peleaba en nombre de la esvástica. Nadie en los Estados Unidos, ni siquiera Joe Louis, sabía que en realidad Schmeling se jugaba mucho en aquel combate: si perdía, los nazis dejarían de considerarlo intocable y era muy probable que terminase sufriendo represalias por su rebeldía.

Louis y Schmeling
Dos púgiles a punto de librar una batalla propagandística que no iba realmente con ellos.

El campeón norteamericano, como es lógico, estaba preocupado. Nadie negaba que, en conjunto, Louis era mejor boxeador que Schmeling, pero el alemán había demostrado ya su habilidad táctica y su astucia. En el boxeo, como en otros deportes individuales que enfrentan a dos contendientes (el tenis o el ajedrez, sin ir más lejos), hay deportistas casi invencibles que, sin embargo, sufren mucho frente a rivales concretos. Es el match up, el imprevisible efecto de confrontar dos estilos, un efecto que no siempre favorece al considerado mejor o más en forma. En un combate largo, el alemán podría llegar a vencer otra vez. Agobiado, Louis dijo a su círculo que pensaba salir “a matar”, vaciándose por completo en los tres primeros asaltos, para noquear al alemán y evitar que el combate se alargase. No quería una confrontación estratégica y se iba a jugar el todo por el todo. Si no conseguía tumbar al “nazi” en los tres primeros asaltos, pensaba Louis, el combate estaría perdido.

En todo el mundo, pero especialmente en Estados Unidos y Alemania, los aparatos de radio ardían cuando comenzó la pelea. De manera similar a aquella final del campeonato mundial de ajedrez entre Bobby Fischer y Boris Spassky, todas las tensiones de la política mundial se encarnaron en una competición deportiva. Los medios de comunicación se volcaron con el asunto con un entusiasmo casi histérico y lo que, por lo general, no hubiese pasado de ser un notable acontecimiento deportivo fue seguido como un acto de preguerra.

La pelea solamente duró un asalto. Joe Louis salió como un huracán, tal y como había anunciado, y apabulló a Schmeling con un torrente de golpes, algunos de los cuales eran tan terribles que el público de las primeras filas pudo oír los gemidos de dolor del alemán. El árbitro, de hecho, tuvo que intervenir bien pronto para darle un respiro al teutón. De poco sirvió; al reanudar la pelea, Louis tumbó a Schmeling por primera vez. El alemán se levantó con rapidez en una demostración de orgullo y pundono, dado que el árbitro apenas había contado hasta tres, pero Louis lo volvió a tumbar de manera casi inmediata. De nuevo, Schmeling se levantó como un relámpago, a la cuenta de dos, demostrando que era valiente, pero también que en aquel combate se jugaba mucho más que el propio Joe Louis. Cuando el americano lo tumbó por tercera vez consecutiva, resultó tan patente la desigualdad entre ambos contendientes que el entrenador de Schmeling saltó al ring para detener el combate y evitarle a su pupilo daños físicos mayores.

Mientras era conducido en ambulancia al hospital, Max Schmeling pudo oír las multitudinarias celebraciones que estaban estallando ya por toda la ciudad de Nueva York, al igual que en todo el resto de los Estados Unidos. Era la primera vez que blancos y negros celebraban juntos —aunque no revueltos— el triunfo de un hombre negro.

Héroes y antihéroes

Joe Louis se convirtió en una figura de culto en los Estados Unidos. Además, recuperó el aura de invencibilidad que había perdido en su anterior combate contra el propio Schmelling. Defendió con incontestable superioridad su título diecisiete veces más, hasta 1942, año en que Estados Unidos entró en guerra. Tras el bombardeo japonés de Pearl Harbor, Joe Louis se presentó voluntario al reclutamiento, lo cual significaba que abandonaba el boxeo profesional hasta que terminase la contienda. Un gesto de patriotismo que sin duda impresionó a todo el país. Aunque era poco probable que las autoridades accediesen a enviar a Joe Louis al frente para que lo matasen de un mal disparo, el mero hecho de renunciar a las enormes ganancias económicas que conllevaba ser campeón mundial hicieron que apareciese como un modelo de entrega a la causa bélica. Cuando algunos se sorprendían por el fervor patriótico que demostró Joer Louis al defender un sistema, el de su país, que oprimía a los negros, el campeón respondió con su característica sencillez y una lógica tan aplastante como su estilo pugilístico: “América tiene cosas malas, pero no es Adolf Hitler quien las va a arreglar”.

Joe Louis
Cartel propagandístico en el que Joe Louis animaba a los soldados a cumplir con su deber.

Una vez finalizado el periodo de instrucción, a Louis no se le permitió combatir en el frente, por descontado. Tras su demostración de fidelidad a la nación, Louis resultaba mucho más valioso como recurso propagandístico. Empezó a aparecer en sellos, postales y carteles de propaganda bélica. Visitaba a los soldados en Europa para levantar su moral y siguió boxeando —de manera gratuita— en combates de exhibición cuyas recaudaciones iban destinadas a la caridad militar. Los que pudieron haber sido sus últimos mejores años como boxeador, los pasó vestido de uniforme y alejado de la competición oficial. De esa forma renunció a grandes cantidades de dinero y a unos logros deportivos que pudieron haber sido inalcanzables para otros, pero ganó una gloria difícil de obtener por otros medios y que ayudó mucho a la consideración de su propia raza en los Estados Unidos. Era el primer hombre negro que representaba a todo el país, y además conseguía que todo el país se sintiese representado por él. Sin duda hubo que recorrer un largo camino desde entonces, pero no es una exageración afirmar que nunca hubiese existido un Barack Obama presidente sin que antes hubiese existido un Joe Louis.

Finalizada la guerra, Joe Louis volvió a la competición y obtuvo algunas victorias más, aunque, como es lógico, ya no era el mismo de antaño. Algunos combates, aun cuando fueron victoriosos, pusieron de manifiesto que sus mejores tiempos habían quedado atrás. Seguía siendo un icono nacional, pero esto era un arma de doble filo: en un combate que debería haber perdido por puntos, los jueces le concedieron la victoria solamente en atención a su renombre. Fue un claro robo hacia su rival y la decisión de los jueces fue recibida con abucheos de los espectadores. Joe Louis, cuya honradez era proverbial, poca culpa tenía de la actitud de los jueces, pero se sintió tan avergonzado que decidió retirarse en 1949.

No fue la retirada definitiva. El gobierno, pasado el entusiasmo de la guerra, le reclamó una considerable cantidad de dinero en concepto de impuestos atrasados. En 1950, a su pesar, Joe Louis tuvo que volver al cuadrilátero para disputar varios combates cuya recaudación íntegra terminaría yendo a las arcas de la hacienda pública. Después de varias peleas victoriosas sufrió su tercera derrota en 1951, frente al temible Rocky Marciano, el único campeón mundial de los pesos pesados que se retiró invicto. El poderosísimo Marciano, cuyo estilo era mucho más elemental, pero también demoledor, era más joven, estaba más en forma y noqueó a Louis en el octavo asalto, dejándolo inconsciente, algo que nunca se había visto. El propio Rocky Marciano, tras derribarlo, se preocupó por su estado sin tan siquiera celebrar la victoria, porque Joe Louis había sido el ídolo de su infancia. Esto produjo uno de los episodios más conmovedores en la historia de los campeonatos mundiales: minutos después de la pelea, cuando Louis ya se había recuperado, Rocky Marciano visitó el vestuario de su antiguo ídolo y, llorando como un niño, le pidió perdón por haberle ganado.

Joe Louis consideró tan humillante aquel KO y la imagen de estar tendido sin consciencia sobre la lona, que nunca más volvió a pelear. Abandonó, esta vez sí de manera definitiva, el boxeo. Dejó tras de sí una carrera ejemplar, que pudo haber sido aún más impresionante si no se hubiese alistado en el ejército.

Max Schmeling
Max Schmeling fue reculutado forzosamente y enviado como paracaidista a la batalla de Creta, donde resultó herido.

Volvamos a 1938. En el otro lado del Atlántico, después de haber perdido el combate con Louis, Max Schmeling fue recibido con desprecio por el régimen nazi. Todavía fue capaz de ganar el título europeo venciendo a otro púgil alemán, pero su divorcio con la dictadura de Hitler era ya completo. Durante la “noche de los cristales rotos”, en que la violencia contra los judíos explotó de manera abierta por toda Alemania, Schmeling escondió a dos niños judíos en su propia casa. Su falta de sintonía con el partido nazi se convirtió en asunto de dominio público, aunque seguía siendo un deportista demasiado famoso como para que lo pudiesen llevar a un campo de concentración sin escándalo. Pero las autoridades nazis se la tenían guardada. Tras estallar la Segunda Guerra Mundial, la dictadura de Hitler encontró la manera perfecta para intentar deshacerse de Max Schmeling, que fue reclutado a la fuerza (al contrario que el voluntario Louis) y destinado al cuerpo de paracaidistas. Fue enviado al frente durante la batalla de Creta. Como soldado, luchó con valentía, aunque más por compañerismo hacia sus compañeros del frente que por convencimiento, ya que despreciaba la causa de su gobierno. Fue herido en plena batalla, por lo que el ejército no tuvo más remedio que concederle la licencia. Los nazis no habían conseguido que muriera en el frente como habían pretendido. Es más, durante su estancia en el ejército, Schmeling se hizo notar entre los prisioneros aliados porque usaba su fama para intentar mejorar el trato que ellos recibían. Eso, junto con su abierto inconformismo ante el régimen, ayudó a que, tras la guerra, Max Schmeling pudiese restaurar su imagen ante los aliados.

Vencidos los nazis y muerto Hitler, Max Schmeling no solamente dejó de ser considerado un villano por los estadounidenses, sino que estos reconocieron su admirable actitud durante los años de la dictadura gracias a los testimonios de judíos y antiguos prisioneros americanos a quienes había ayudado siendo soldado. Tras colgar los guantes, se metió en los negocios con muchísimo éxito. Contratado por Coca-Cola paras su filial alemana, se hizo millonario al ser uno de los ejecutivos pioneros de la introducción de dicha bebida en el país europeo. Cuando supo que su antiguo rival Joe Louis tenía problemas económicos, decidió prestarle ayuda. Ambos comenzaron a cultivar una estrecha amistad. Schmeling, como directivo de la multinacional americana, solía visitar los Estados Unidos con frecuencia y siempre encontraba un hueco en la agenda para visitar a Joe Louis.

Louis y Schmeling
Aunque siendo púgiles se saludaban sin mucho entusiasmo antes de loscombates, Louis y Schmeling terminaron cultivando una entrañable amistad de por vida.

La amistad entre los dos viejos rivales no resulta sorprendente. Tenían muchas cosas en común. Ambos eran de origen humilde y de un carácter similar; la diferencia era que Louis era más retraído y Schmelling más extrovertido, pero habían pasado por las mismas vicisitudes. Ambos habían experimentado la fama y también el desprecio de sus propios compatriotas. Ambos habían sido ensalzados y utilizados por la propaganda de sus respectivos países, y también insultados por esa misma propaganda; ambos habían tenido que luchar solos contra el sistema. Sentían una profunda simpatía mutua al saber que sus caminos habían sido tan similares. Su amistad fue una perfecta metáfora de lo que el mundo podría haber sido y no fue, porque todo lo que en aquel momento histórico se suponía que debía haberlos convertido en enemigos acérrimos —la rivalidad profesional, la nacionalidad, la raza, etc.— no tuvo importancia para ellos. De hecho, cuando Joe Louis murió en 1981, fue Max Schmeling quien pagó su funeral, celebrado con honores militares. El alemán fue uno de los encargados de portar el féretro de su antiguo rival convertido en amigo. El propio Max Schmeling continuó viviendo de sus considerables rentas y fue un fan acérrimo del boxeo hasta que falleció, con bendita placidez, en 2004, a los noventa y nueve años de edad.

Una rivalidad deportiva que el mundo se empeñó en convertir en acto de guerra, y un acto de guerra que los dos protagonistas, pese a todo, convirtieron en una amistad que se prolongó hasta la tumba. Así deberían ser siempre las cosas.


Guillermo Ortiz: Ben Johnson gana la carrera del siglo

Después de ganar cuatro medallas de oro en Los Ángeles, Carl Lewis empezó a ser comparado con Jesse Owens. Imagínenlo por un momento: el chico acababa de cumplir 23 años y la comparación ya le remitía al atleta más grande de todos los tiempos. ¿Qué más le quedaba por hacer aparte de reprimir ataques de angustia? Lewis era el más rápido y el que más lejos saltaba. Su única pelea era con la Historia: incapaz de superar el 8,90 de Bob Beamon en longitud o el 9,93 de Calvin Smith en los 100 metros, Lewis entró en una especie de frustración malhumorada con declaraciones algo arrogantes.

Sus rivales le tenían unas ganas enormes. Entre ellos, Ben Johnson; canadiense de adopción, hipermusculado, silencioso y que en la final de Los Ángeles había quedado tercero, es decir, medalla de bronce. Su trabajo de gimnasio frente al talento puro y estilizado de Lewis.

Johnson empezó a mejorar resultados conforme aumentaba su perímetro. Dominó los mítines de 1985 y 1986 mientras Lewis acusaba distintas lesiones y llegó al Mundial de 1987 en Roma como favorito, siempre con el permiso del americano, especialmente preparado para la ocasión. Todo hacía indicar que Lewis estaba convencido de que ganaría. Completamente convencido. Pocas veces se ha visto a dos competidores anticipar tanto su victoria como Johnson y Lewis aquellos días, sin rastro de duda ni de prepotencia, pura convicción.

Los dos llegaron, obviamente, a la final: Johnson ganó el oro y Lewis la plata. Lo que es más humillante: Johnson pulverizó, con 9.83, el record que Lewis llevaba cinco años intentando superar.

El americano no tuvo un buen perder pero nadie lo esperaba: acusó a Johnson veladamente de dopaje y se resarció ganando la longitud y los relevos. Su preparación para los Juegos Olímpicos de Seúl fue casi obsesiva, de competir contra las imágenes en blanco y negro había pasado a competir contra una bala roja que empezaba a hacerle la vida imposible. Los Juegos eran el escenario por excelencia de la magnificencia atlética y, un año después, Lewis volvía a estar convencido de que la victoria sería suya.

Ganó varios mítines de verano y anunció, solemnemente: “Ben Johnson nunca volverá a ganarme”.

Aquello no estaba tan claro: Johnson pasó un 1988 complicado, con operaciones y lesiones, pero llegó a la final de los 100 metros con los músculos intactos, por la calle seis, lejos de los registros de Lewis en las distintas eliminatorias. Aquello era un duelo deportivo y estético. No hay rivalidad sin estética y no me refiero solo al deporte: Johnson era fuerte, explosivo, ganaba metros con facilidad en la salida apurando el tiempo de reacción y se mostraba desafiante con la mirada pero silencioso con las palabras.

Lewis, por el contrario, era alto, esbelto, perfilado, ni un músculo de más ni de menos. Su salida era mejorable pero una vez enderezado el cuerpo, en plena aceleración, podía remontar cualquier desventaja. Su apodo lo decía todo: “El hijo del viento”, una de esas hipérboles tan estadounidenses. Las cámaras y los micrófonos le adoraban.

Llegamos al gran día: 24 de septiembre de 1988, estadio olímpico de Seúl. Las cámaras se fijan solo en estos dos hombres, ambos convencidos de que van a ganar. Aquí no hay estrategias ni juego mental. Esto no es Ali contra Foreman ni Seúl se parece en nada a Zaire. Los dos creen que son los mejores y que lo van a demostrar y que el mundo entero, tanto los partidarios como los detractores, tendrán que asimilarlo.

La tensión se respira ya en las imágenes mientras los ocho velocistas esperan en posición de salida, el peso apoyado en las manos y los pies para impulsarse cuanto antes y tomar la primera ventaja…

La salida de Johnson es buena pero no impresionante. Las calles 1 y 2 se le adelantan en los primeros 20 metros, Lewis se queda atrás, como siempre, pero a una distancia casi inapreciable. Cuando los ocho competidores se yerguen, Johnson tira de torso y adelanta a todos. A media carrera la ventaja es más que considerable. Lewis se da cuenta y acelera, como siempre, desde la calle 3, al lado de Linford Christie. Su tirón es potente y le sirve para ponerse en segunda posición pero Johnson no para, Johnson sigue hacia adelante, la potencia personificada, barrilete cósmico en busca del oro definitivo.

A los 80 metros, el comentarista estadounidense ya sabe quién va a ganar. Sabe que Lewis no va a alcanzar a su némesis y se va a tener que conformar con la plata. Lo que no sabe es que, en un gesto desafiante, Johnson se dejaría llevar en los últimos metros, echaría una miradita condescendiente a su izquierda y entraría en la meta con el dedo levantado consciente de que esa sería la imagen con la que le recordarían las generaciones posteriores.

Pese a tanta parafernalia, el canadiense bate su propio record del mundo: 9.79

Aquella fue la gran carrera de Seúl 88. Un antes y un después, aunque fueran unos excelentes Juegos, los primeros en los que estadounidenses y soviéticos competían a la vez desde Montreal 1976. Lewis masculló la derrota y se dedicó a lo suyo: ganó la longitud y perdió incomprensiblemente en los 200 metros ante su compatriota De Loach. De repente, una mañana, nos despertamos con la noticia de la gran trampa.

Mi recuerdo, con once años, legañas en los ojos para ir al colegio, es el de Johnson rodeado de prensa y agentes de seguridad, como un preso, asegurando que él jamás se había dopado y que estaba dispuesto a llegar donde fuera para demostrar su inocencia. Lo del doping lo teníamos reciente: Perico Delgado las había pasado canutas por el probenecid en el Tour de ese mismo año. Aún nos creíamos las mentiras.

El contraanálisis volvió a dar positivo. Johnson no solo no llegó a ningún lado para probar ninguna inocencia sino que confesó que llevaba años tomando esteroides para ganar potencia y aceptó la renuncia a todos sus títulos y a todas sus marcas a cambio de una sanción más amable.

Esa sanción fue la que le dio el oro a Carl Lewis, un hombre no exento de problemas farmacéuticos. Irónicamente, le regaló también el record del mundo. Lewis había acabado aquella carrera de Seúl en 9.92, una décima menos que Smith.

Nunca quedar segundo en una “carrera del siglo” dio tantos dividendos.