Matad a Kennedy 

John F Kennedy
John F Kennedy en 1960. (DP)

No olvidemos

Que una vez existió un lugar

Que durante un breve pero brillante momento 

Fue conocido como Camelot

Fue Jackie quien le contó al periodista de Time, Theodore White, que a su marido le gustaba escuchar música antes de acostarse. La que le dijo que su tema favorito era el final de Camelot, el musical representado en Broadway entre 1960 y 1963 obra de Alan Jay Lerner, compañero de Harvard del propio JFK, y cuyos últimos versos son los que abren este texto. 

«Nunca volverá a haber otro Camelot», le insistió a White la viuda que siete días antes había tenido la sangre de su marido esparcida sobre su modelo de Chanel. Ella, que aquel mismo día habría de ser testigo, con el Chanel todavía ensangrentado, de cómo a rey muerto, rey puesto. Por eso a White, cronista-amigo, le dijo: «Habrá otros grandes presidentes, pero jamás volverá a haber otro Camelot». El universo mítico recreado por el británico T. H. White en el libro The Once and Future King (1958) y en el que se hacía soñar a la gente con una mesa redonda como el mundo en la que las naciones, como caballeros, se sentarían lideradas por Arturo, el rey justo entre los justos.

Jackie Kennedy, antes Bouvier, no se sentó jamás en una mesa redonda que no fuera la de un cóctel benéfico o un acto de partido. Tampoco su marido, que por supuesto nada tenía que ver con Arturo. Pero fue Jackie, la viuda de América, la encargada de cerrar el círculo mítico abierto en torno JFK el 22 de noviembre de 1963 en Dallas, Texas. A las 12:30 hora local, al menos dos impactos de bala segaron la vida de John Fitzgerald Kennedy y de paso la inocencia del país más poderoso de la Tierra. Según la historia oficial el presidente, de cuarenta y seis años, había sido asesinado en directo por Lee Harvey Oswald. Casi sesenta años después, lo único claro de aquel suceso es que ningún presidente norteamericano volvería a circular en un descapotable. También que allí murió el hombre y nació la leyenda.

Para llegar a mito el camino más rápido es morirse. Nadie dice que JFK, un tipo al que perdían las mujeres incluso más que el poder, pensara en la muerte como modo de dejar huella en la historia. Sí que la huella que JFK ha dejado en la historia tiene mucho que ver con aquellas dos balas, el trabajo de su viuda y la televisión. Porque aquel día y los tres siguientes, el que se hizo mayor con el resto de EE. UU. fue el medio: el 93 % de las televisiones mundiales sintonizaría en algún momento con lo que fue la primera gran cobertura masiva de la historia. 

Cuando se cumplieron cincuenta años del asesinato del presidente más mitificado de la historia de EE. UU. junto a George Washington, Abraham Lincoln y Franklin D. Roosevelt, un sondeo de Gallup certificaba que, para el 74 % de los estadounidenses, JFK era el mejor presidente moderno (desde Eisenhower). Por encima del glorificado Ronald Reagan, el hombre del milagro económico y el tipo que a base de palo y zanahoria dejó lista de papeles a la URSS. 

Jackie Kennedy era una profesional y sabía lo que se hacía. Puede que la presidencia de su marido hubiera acabado de forma repentina pero quedaba la tarea de forjar una leyenda. Y allí estaba Jackie pero también Arthur Schlesinger y Ted Sorensen, dos de los asesores de cabecera de JFK que se dedicaron a maximizar su legado en sendos libros. Todo el trabajo del clan Kennedy para poner a uno de los suyos en la Casa Blanca no podía terminar de un plumazo y era hora de sentar las bases para que en cuanto fuera posible, otro Kennedy recuperara el cetro. Hasta el momento no ha habido ocasión, pero la leyenda sigue intacta. 

Frente a la imagen popular, pocos son hoy los que sostienen la luminaria de JFK. La mayoría de los historiadores lo consideran un presidente «del montón». Por debajo de Harry Truman por ejemplo, cuyo logro es ser el único mandatario en haber lanzado dos bombas atómicas sobre población civil. Sin embargo, y pese a todos los problemas, que eran muchos ya antes de su asesinato, JFK era una figura icónica para gran parte de sus compatriotas. El reflejo de la imagen que el país pretendía mostrar al mundo: joven y carismático con un prometedor futuro. Incluso podría decirse que en los dos años y diez meses que duró su presidencia, el reinado mágico «de mil días y mil noches», en palabras de Sorensen, había logrado lo imposible: impedir que el mundo saltara por los aires en la crisis de los misiles cubanos en 1962 y, antes, en el Berlín dividido; además de acabar con la vergüenza de la discriminación racial. Al menos una de las dos cosas es cierta y el apocalipsis atómico todavía no se ha producido. Aunque el agradecimiento debería ser compartido con Nikita Jrushchov. El tortuoso matrimonio que fue la guerra fría era cosa de dos. 

Cuando presentó su candidatura en 1960, JFK dijo que conseguiría los derechos civiles de la minoría negra: «Si soy elegido, acabaré con la discriminación de un plumazo», prometió. En 1963 no había movido un dedo. JFK era un pragmático con una fachada impecable y no quería molestar a los demócratas del sur, casi tan racistas o más que los republicanos y a quienes necesitaba para otros menesteres. Cuando los delegados sureños lo respaldaron como candidato a vicepresidente en la convención demócrata de 1956, Kennedy confesó a los suyos que se pasaría el resto de su vida cantando «Dixie», la canción compuesta en 1859 por Daniel Decatur Emmett y que los estados del viejo y racista sur confederado adoptaron como himno oficioso. 

Pero ahí tenemos a Kennedy. Nacido en el seno de una influyente familia de Boston con una flor en el culo que se convirtió a los cuarenta y tres años en el segundo presidente más joven de EE. UU. después de Theodore Roosevelt. El primero nacido en el siglo XX y el primer católico. Un conservador pragmático que consideraba «repugnante» el aborto y el comunismo la encarnación del mal sobre la faz de la tierra. La propia Eleanor Roosevelt, viuda de Franklin Delano, lo llamaba «el pequeño McCarthy». Sus compañeros durante los catorce años que sirvió en el Congreso y el Senado veían en él a un «engreído incapaz», mientras que los sindicatos eran para JFK «un cáncer a extirpar», como podría dar fe el fantasma de Jimmy Hoffa

John no estaba predestinado a la Casa Blanca. Esos planes los reservaba su padre Joe para el primogénito de la familia, Joseph, pero el destino quiso que la guerra mundial se cruzara en sus planes. Mientras Joseph moría al explotar el bombardero B-24 Liberator en el que volaba el 12 de agosto de 1944 sobre Inglaterra, su hermano se convertiría en héroe en las aguas del Pacífico. Fue el 2 de agosto de 1943 cuando la lancha de Kennedy, una PT-109, fue abordada por el destructor japonés Amagiri cerca de Nueva Georgia, en las islas Salomón. John cayó de la lancha hiriéndose la columna, una lesión que unida a sus otras dolencias harían de él un adicto a los calmantes. La leyenda dice que ayudó a sus otros diez compañeros sobrevivientes, y cargó a uno hasta que fueron rescatados. Por esta acción JFK recibió la Medalla de la Marina y del Cuerpo de Marines. Hollywood convertiría el suceso en película en 1963. Hay que decir que el futuro presidente nunca se sintió cómodo en ese rol. Cuando un reportero le preguntó por ello durante la campaña presidencial, Kennedy contestó: «Fue involuntario. Ellos hundieron mi barco».

El patriarca Kennedy era un irlandés hecho a sí mismo que a principios de siglo había medrado en el seno de la buena sociedad bostoniana, especialmente en los años de la Prohibición. Nadie mejor que un irlandés sabe de la insaciable sed del género humano. La fortuna trajo las relaciones políticas y acabó como embajador en Londres entre 1938 y 1940. La presidencia le quedaba lejos, no a sus hijos, y errada la bala de Joseph llegó el turno de John. Este se dejó llevar pues a nadie amarga un dulce como la Casa Blanca. Lo tenía todo y el resto lo compró el dinero de su padre. 

La leyenda atribuye a su encanto buena parte de su victoria en 1960. Especialmente a su telegenia. Se suele citar el debate del 26 de septiembre de 1960 frente al vicepresidente Nixon. Otro mito. En los tres siguientes encuentros, Nixon pateó el culo de Kennedy, sobre todo en el último centrado en política internacional. En aquel momento, si los debates eran una novedad, también las encuestas de opinión. Pero había. En concreto Gallup dispone de datos que demuestran que el enfrentamiento entre ambos fue parejo. Desde mediados de agosto, los candidatos se mantuvieron empatados y poco o nada influyeron los debates. Cualquier ventaja cosechada por un Kennedy impoluto frente al enfermo y sudoroso Dick del primer cara a cara se había disipado ya antes de la elección del ocho de noviembre. El presidente Dwight Eisenhower hizo campaña por Nixon y la foto final demostró lo apretado de la votación. Kennedy cosechó 49,72 % del voto frente al 49,55 % de su rival. De unos 69 millones de votos emitidos, JFK ganó por 112 827 votos (el menor margen de la historia). En todo caso, su victoria no acabó dependiendo de los votos de los electores muertos que el alcalde de Chicago, Richard J. Daley, al más puro estilo electoral gallego, levantó de sus tumbas para votar por Kennedy. Como haría muchos años después George W. Bush frente a Al Gore, JFK se habría llevado también la elección ya que en el colegio electoral ganó con 303 votos contra los 219 de Nixon (se necesitaban 269 para ganar). La acción del patriarca se notó y bien. La mafia irlandesa puso en marcha su red de influencias. También la italiana, con quien Kennedy mantenía estrechas relaciones, vía amistad (Frank Sinatra le llamaba «Pollito»), vía alcoba: el todavía candidato compartía amante, Judith Campbell, con el boss de Chicago, Sam Giancana.

Campbell fue solo una de las muchas que pasaron por la cama presidencial. Entre ellas destacó Ellen Rometsech, esposa del agregado militar de la embajada de la RFA en Washington y, según J. E. Hoover, espía de la RDA. Rometsech era una celebridad en los círculos de poder masculinos de Washington. JFK estaba enterado y entre 1961 y 1962 tuvo acceso al Despacho Oval. Su especialidad, dicen las crónicas, era el sexo oral y no hay trabajo más estresante que el de presidente de EE. UU. Bill Clinton, que durante su campaña de 1992 blandió una foto de 1963 en la que aparecía estrechando la mano del mito, citó a Kennedy más que ningún otro presidente vivo. En su afán por imitarlo hasta metió a Monica Lewinsky debajo de la mesa y casi le cuesta la presidencia. 

Y por supuesto Marilyn Monroe hasta que la cosa se hizo demasiado evidente y la rubia tuvo que superar el veto presidencial en brazos de su hermano Robert. «En privado, Kennedy vivía consumido por sus relaciones sexuales casi diarias y sus fiestas libertinas en un grado que resultaba chocante para los miembros del grupo de agentes del Servicio Secreto que le protegían», escribe el célebre periodista Seymour Hersh en The Dark Side of Camelot, publicado curiosamente poco ante del escándalo Lewinsky.

Uno de aquellos agentes era Anthony Bouza, un gallego nacido en Seixo en 1928 y emigrado a Nueva York a los nueve años. Califica a JFK de «mal presidente» cuyas acciones tenían muy poco que ver con sus grandes discursos. Porque la leyenda de Kennedy se debe también a sus discursos, obra muchos de ellos de Sorensen y Schlesinger. Desde el célebre «No preguntes lo que tu país puede hacer por ti; pregunta lo que tú puedes hacer por tu país» de su discurso inaugural el 20 de enero de 1960, hasta el «Ich bin ein Berliner» («Yo soy berlinés») pronunciado el 26 de junio de 1963 en Berlín occidental con motivo del decimoquinto aniversario del bloqueo de la ciudad por parte de los soviéticos. Pero como muy bien ha demostrado Obama, los discursos son poco más que palabras bonitas en boca de un magnífico orador. En sus libros de 1965, tanto Sorensen y Schlesinger se ocuparon de moldearlo a gusto para donar una imagen del presidente mucho más acorde a sus propios postulados liberales, muy lejos de los del propio JFK. Por ejemplo, ambos invierten cronológicamente dos discursos sobre las relaciones con los soviéticos para presentar a JFK como un perseguidor de la paz y el entendimiento cuando en realidad era un exacerbado luchador de la guerra fría.

Es curioso que sin embargo ni la viuda hubiera quedado satisfecha con la benévola imagen que de su marido darían sus colaboradores. Jackie ya había dictado en la entrevista que Life publicó el 3 de diciembre de 1963 cómo debería ser recordado JFK. Nada más. En 1973, en el décimo aniversario de su muerte, The New York Times pidió a algunos historiadores una primera evaluación de la figura de JFK. Uno de ellos vaticinó que en cincuenta años «se lo habría tragado» la historia. Richard Neustadt, un politólogo cercano a JFK, dijo: «No creo que la historia tenga demasiado espacio para John Kennedy. La historia es poco amable con las figuras de transición».

Hoy podemos decir que si la historia ha sido poco amable lo ha sido con su sucesor apresurado, Lyndon B. Johnson, convertido en presidente inesperado en la cabina del Air Force One ante la mirada perdida de la viuda. Ella nunca se lo perdonó. 

Él, Lyndon B. es, con sus muchas sombras, el gran presidente de los años sesenta en EE. UU. Pero la cámara adoraba a JFK y poco relato podía ofrecer un hábil político de Texas frente a un joven héroe de guerra al que la mismísima Marilyn había susurrado el «Cumpleaños feliz». Hoy pocos se acuerdan del viejo Lyndon B. Da igual que se lo jugara todo por los derechos de los negros, incluida la Ley de Derecho al Voto de 1965, dejando varios cadáveres por el camino. No importa que fuera LBJ el que pusiera en marcha el plan nacional contra la pobreza que, solo unos días antes de ser asesinado, Kennedy había descartado por ser «demasiado caro». No importa que fuera LBJ el que aprobara el Medicare para los ancianos y el Medicaid para los pobres. En la memoria queda que LBJ la cagó en Vietnam ―pese a que JFK fue el que se enfangó en una guerra que no se podía ganar― para acabar retirado y olvidado en su rancho de Texas. No es de extrañar que un cabrón como Frank Underwood tenga un retrato de LBJ en su despacho. 

Pero claro, pocos pueden resistirse a la imagen de John F. Kennedy Jr., con tres años, haciendo el saludo militar al paso del ataúd de su padre. Una verdadera lástima. La historia precisa de relato y nadie mejor que los yanquis construyéndolo. Aunque sea propio de la mitología artúrica.  


Enano Rojo: vaguear por el espacio toda la eternidad

Imagen: BBC.

Enano Rojo, sí. Y si no sabe de qué le estoy hablando, lo mejor es que dé paso al mensaje con el que se iniciaba cada capítulo de esta serie en sus primeras temporadas: «Esta es una angustiosa llamada de socorro desde la nave espacial Enano Rojo. La tripulación murió a consecuencia de una fuga radiactiva. Los únicos supervivientes fueron David Lister, que estaba en animación suspendida cuando se produjo la catástrofe, y su gata preñada, que quedó encerrada y a salvo, en la bodega. Revivido tres millones de años más tarde, los únicos compañeros de Lister son un ser que evolucionó a partir de la gata y Arnold Rimmer, el holograma de uno de los componentes muertos de la tripulación. Mi nombre es Holly y soy la computadora de a bordo. Mi coeficiente intelectual es de seis mil, equivalente al de seis mil monitores de gimnasia. Fin del mensaje».   

Era una comedia arquetípica, en el sentido de juntar a tres personajes con personalidades completamente diferentes y enfrentadas y ponerlos a convivir en un espacio reducido. De hecho, ese era únicamente el plan cuando comenzó a grabarse en vídeo. Originalmente, Rob Grant y Doug Naylor, guionistas del extraordinario Spitting Image, hicieron un programa de radio titulado Dave Hollins: Space Cadet. Trataba de las conversaciones con su ordenador de un tipo que se había quedado solo a la deriva en el espacio. Se hizo un piloto para televisión, pero la BBC lo descartó porque no veía qué sentido tenía mezclar ciencia ficción con comedia. Tuvo que ser BBC North, tras cancelar una serie prematuramente, la que aceptara este proyecto. Les sobraba dinero y lo intentaron, pero pidieron que no hubiera ciencia ficción, solo interacción entre los personajes. La crítica no le vio mucho recorrido a lo que presentaron. 

En la cabecera aparecía un astronauta pintando las letras de «Enano Rojo» en su nave. Era diminuto. Querían dar a entender así cuál era la situación. Ese hombre estaba solo en una nave de diez kilómetros de largo y era el último humano conocido. Vagaba por el cosmos en sentido literal. Se tocaba los huevos, vaya. 

Aparte de no querer paradojas físicas en el espacio ni ocurrencias semejantes, los productores tampoco querían alienígenas, para que no se confundiera con Dr. Who. En el primer capítulo es en el que moría toda la tripulación y se quedaba Lister. En los siguientes, aunque el argumento fuese su soledad, había numerosos flashbacks de la época en que estaban todos vivos. Poco a poco, la serie se fue sacudiendo esas premisas y empezó a incluir tramas de ciencia ficción. En clave de humor, pero ciencia ficción dura. Y se convirtió en un clásico inmortal. 

Estaba llena de homenajes al género. En un capítulo aparece por ahí la nave de Espacio 1999, también salió aparcada la nave auxiliar de la Nostromo de Alien, en la que escapa Ripley. En una ocasión, el androide-ama de casa del Enano Rojo, Kryten, intentó hacer una llave de artes marciales vulcanianas, como las del señor Spock de Star Trek. Y al igual que en 2001 de Kubrick, donde el nivel de detallismo llega hasta una placa que hay en la pared del WC con las instrucciones sobre cómo debe emplearse en ingravidez, un decálogo, en Enano Rojo también había detallados carteles en la nave, pero con el vacile de estar escritos en esperanto auténtico. 

Al margen de recoger el testigo de Dark Star, Galaxina o Spaceballs, películas del espacio que se descojonaban de los clásicos del género, Enano Rojo también tenía otra particularidad. Los protagonistas vivos eran negros. El ordenador y el holograma eran actores blancos. Cuando se rodó un piloto para Estados Unidos, que no llegó a prosperar, los personajes eran todos blancos. 

El personaje del gato era un caso curioso. En el primer capítulo, vimos que Lister tenía escondida en la nave a una gata preñada. Por eso le meten preso en una celda que le aísla hasta del paso del tiempo. Cuando todos los pasajeros de la nave mueren por un escape de radiactividad, el ordenador le mantiene encerrado hasta que la radiación desaparece. Pasan tres millones de años. En ese tiempo, la gata preñada da a luz, sus criaturas se reproducen y, con el paso de los siglos, evolucionan. Así se llega al Gato —interpretado por Danny John-Jules, que es un actor negro—, mitad felino, mitad Little Richard. Un tipo al que se contrató inmediatamente en el casting cuando, al pedirle que hiciera de felino homínido, le dio por meterle rock and roll a la interpretación. En Estados Unidos nada de esto se tuvo en cuenta. Tiraron por lo básico y pusieron a una tía buena. Terry Farrell, que luego se hizo famosa en Star Trek.

Imagen: BBC.

Ocurrió lo mismo con el ordenador, en Estados Unidos también era una mujer. Jane Leeves, que posteriormente triunfó por todo lo alto en Frasier. En el Enano Rojo británico, el ordenador, Holly, inicialmente era Norman Lovett, pero él mismo se cambió de sexo y pasó a ser interpretado por Hattie Hayridge. 

Sin esta frescura, o nivel de locura, los pilotos americanos no lograron sorprender a las audiencias seleccionadas que los vieron y por eso no se rodaron más. Su protagonista, Craig Bierko, reconoció que si no funcionaron fue, entre otras cosas, porque le eligieron a él para hacer de Lister, el último humano. Craig Charles, el actor de la versión británica en ese mismo papel, lo explicó muy bien en su día. Se quejó de que en la versión americana hubieran elegido a alguien para hacer su papel que tenía el grave defecto de ser guapo. Eso iba contra la filosofía de la serie y del personaje. 

En Inglaterra, sin embargo, arrasó. Entre los fans de la comedia había verdaderos fanáticos y se llegaron a marcar audiencias de nueve millones de personas. La influencia que tuvo sobre Futurama parece evidente. Lister, en Enano Rojo, es su propio padre. Fry, en Futurama, también por un viaje en el tiempo, se convierte en el padre de su padre. Es abuelo de sí mismo. 

Las paradojas temporales han sido un argumento recurrente durante las doce temporadas que se han emitido a lo largo de treinta años. En un capítulo, por ejemplo, se encuentran con Jesucristo. Hitler sale un par de veces. También Stalin. Pero, sin duda, el mejor de todos es el capítulo en el que dan con JFK. Lister inicia un viaje al pasado porque se ha acabado el curry en la galaxia. Durante esa odisea, impiden el asesinato de Kennedy por humanidad. Sin embargo, al seguir vivo, JFK acaba en la cárcel por sus conocidos problemas con las mujeres y el país queda entonces en manos de la mafia. Por responsabilidad, tienen que volver y asesinarlo. Y, para no volver a influir en el pasado, hacen el nuevo viaje con el propio Kennedy presidiario, al que le encargan que haga el favor de matarse a sí mismo. Es el propio JFK llegado del futuro quien dispara a JFK en Dallas. Lo hace por patriotismo. Una hipótesis de los hechos tan plausible como la de Oliver Stone. 

Otro de los capítulos más logrados es uno en el que Lister se contagia de un virus espacial y se convierten en personas, se encarnan, la confianza y la paranoia de su cerebro. Paranoia le dirá, por ejemplo, que las manchas que lleva en el traje probablemente sean de pis, que se ha meado. Y Confianza le dirá que toca la guitarra como un genio, que tiene un talento espectacular. El problema vendrá cuando no esté Paranoia y solo quede Confianza, que le motivará para salir de la nave y quitarse el traje espacial. También hay un capítulo donde, al estilo de Solaris, en una luna se convierten en realidad los miedos de los personajes. 

Un delirio maravilloso es la figura del Inquisidor, un robot que vaga por el espacio que asesina a todos aquellos que no han aprovechado su tiempo en esta vida y los sustituye por gente que sí lo hará. Un problema grave para un vago de solemnidad como es el último humano vivo. 

El juego con otros universos es otra genialidad. Resulta que, en el universo paralelo, existen también sus alter ego, pero son opuestos, allí ellos son mujeres. En el encuentro, Lister no puede evitar acostarse consigo mismo y la particularidad es que hay fecundación, pero también a la inversa. Es decir, el que se queda embarazado, y de gemelos, es él. Se convierte en la madre de sus hijos cuando ya era su propio padre. 

En el último capítulo de la última temporada, emitido el 16 de noviembre de 2017, los guionistas asumen el reto de llevar a la práctica la teoría que dice que cada decisión o cambio que se toma en un universo genera otro en el que hay otro cambio o se toma otra decisión. Los universos son infinitos y en cada uno ocurre una posibilidad. Los tripulantes del Enano Rojo pueden viajar entre ellos con solo apretar un botón. La motivación es que Rimmer, el holograma que ejerce de mando en la nave, busca un universo en el que no sea un perdedor. Un desgraciado. No para de saltar de universo en universo, y siempre lo es. Solo encuentra uno donde es un reputado oficial, pero resulta que en esa realidad Lister es su superior, por lo que prefiere volver al universo inicial en el que le es más apetecible la realidad, una en la que está muerto y es un holograma de sí mismo. Mucho mejor que tener por jefe a un negro con rastas que se dedica a no hacer nada toda la eternidad.

Posiblemente, el mejor capítulo jamás emitido es el primero de la tercera temporada. Es en el que se produce el big crunch, que es el final del big bang. El universo ha llegado al límite de su expansión y comienza a contraerse. La particularidad es que el tiempo va hacia atrás. Los tripulantes del Enano Rojo se meten en un agujero que los lleva hasta la Tierra, pero todo va hacia atrás. La gente habla del revés, en lugar de beber café, lo vomitan dentro de la taza. Los ladrones atracan los bancos y depositan el dinero en su interior después de haber cumplido una condena de cárcel. Rimmer y el robot Kryten, que se quedan colgados en esta dimensión, tienen que ganarse la vida y lo hacen como los Srehtorb Esrever, es decir, los Reverse Brothers. Actúan con normalidad, por ejemplo, bebiendo un vaso de agua. Pero para todo el mundo ahí, sin embargo, lo hacen al revés, y es un éxito de público. El capítulo se emitió el 14 de noviembre de 1989. Unos que pudieron tomar nota de él fueron Faemino y Cansado, su número de Johnny Benítez y su hermano se le parece bastante. Pero lo mejor era un detalle mundano: en un universo en el que todo va hacia atrás, no se hace caca. No se depone, sino que, de repente, los excrementos se te meten por el culo. Lo sufre el gato, que es al que le entran ganas. 

En las últimas temporadas, de 2016 y 2017, no solo incorporan los adelantos tecnológicos actuales, también la crisis del capitalismo. En el primer apartado es notoria la impresora 3D, que no solo puede imprimir objetos, también carne humana. Las personas que salen en su bandeja, si ha habido alguna interferencia, aparecen deformadas. Por ejemplo, con la cara en lo alto del cráneo. Mirando siempre hacia arriba. En la crítica política, la carga de profundidad es con las multinacionales. M-Corp es una compañía que vende paquetes de vida. El más básico te deja decir doscientas palabras diarias. Cuando pasas el límite, nadie te oye. La forma de pago es en tiempo, el bien más preciado del universo. Beber agua para sobrevivir, cuando te llega la factura, te hace envejecer.  

El éxito de la serie se debió en buena parte a la química que había entre los actores. Ninguno era actor profesional. Craig Charles (David Lister) era un poeta punk. Danny John-Hules (Gato) era bailarín. Robert Llewellyn (Kryten) era lo más cercano, hacía espectáculos de humor en teatros. De hecho, se introdujo su personaje, el robot ama de casa, después de que le vieran actuar haciendo, precisamente, de robot. Cuando trabajaban, en realidad, se interpretaban un poco a sí mismos. Craig lo explicó una vez en una entrevista, dijo que Chris Barrie (Rimmer), que interpreta a un aspirante a oficial acomplejado, en la vida real es un coleccionista obsesivo. De Llewellyn reveló que estaba «lleno de culpa de clase media». Y sobre sí mismo, sentenció: «Soy un gran bebedor». Todo encajaba. No es extraño que se vieran muchas veces encorsetados por los guiones y sintieron malestar cuando a finales de los noventa empezaron a encontrarlos repetitivos. 

En el plató ocurría como en el episodio «Ecos del futuro», en el que el Enano Rojo viaja a la velocidad de la luz y se producen ráfagas en las que se ve lo que va a ocurrir al cabo de cinco minutos. Chris Barrie confesó que le ponía nervioso hasta qué punto la serie había llegado a basarse en los personajes. Cuando hacía una broma o decía cualquier cosa, luego aparecía en el guion. Lo llegó a encontrar molesto. A veces incluso parecía que los guionistas se reían de ellos. Consideraba que los guionistas hacían eso porque en realidad eran unos vagos y le daba rabia no poder decir cualquier cosa relajado sin que apareciera luego en un capítulo.

A los doce años, Craig ya había ganado un certamen de poesía. Era hijo de un alcohólico, creció en un barrio difícil en los años Thatcher, cuando, en sus palabras, apareció una nueva clase dentro de la clase trabajadora, la clase no trabajadora. Llegó a ser futbolista profesional en el Tranmere Rovers F.C., pero a los diecisiete años realizaba veladas de poesía en teatros enfundado en un traje de rayas. Poesía punk. «El primer y, hasta ahora, el último poeta de clase trabajadora en transformarse en una estrella de la televisión en horario de máxima audiencia», escribió el Guardian. En un número de 1993 de Red Dwarf Magazine —hasta una revista oficial tenía la serie—, dijo: «Cuando vas al supermercado quieres comprar tomates, no firmar seis autógrafos (…) esto es adulación». 

Imagen: BBC.

A los dieciocho años se casó con Cathy Tyson, también actriz, espectacular en Mona Lisa de Neil Jordan. Tuvo un hijo con ella y se divorció cuando tenía veinticuatro. Ahí, soltero de nuevo, se le empezó a ir la olla. Su primera desgracia llegó en 1995. Ingresó tres meses en prisión preventiva en la cárcel de Wandsworth acusado de violación. Fue absuelto, pero en el juicio salió a la luz que se ponía hasta arriba de cocaína en clubes de striptease, aunque sobre este último extremo declaró que iba solo a jugar al billar porque estaban al lado de su casa. Por detalles como esta excusa se entiende que los guiones se basasen en él.

Volvió a casarse y a tener más hijos. Para seducir a su nueva mujer, Jackie Fleming, con la que sigue casado a día de hoy, le dijo que tenía un Rolls-Royce. Era mentira, pero en un aparte llamó a su asistente personal y le pidió que le comprara corriendo un Rolls. El hombre adquirió para él un modelo Silver Shadow de segunda mano por veinticinco mil libras. Lo tuvo durante años, hasta que 2008 los gastos de mantenimiento le costaban más de lo que valía el propio coche. 

Pero el drama del juicio y la muerte de su padre le llevaron a incrementar sus adicciones. Se pasó al crack. Admitió que se debió dejar un cuarto de millón de libras en esta droga. Siguió triunfando en televisión cuando entró a formar parte del elenco de Coronation Street, uno de los culebrones más vistos en Inglaterra. Trabajó en casi un millar de capítulos. Sin embargo, el crack le dejó a los pies de los caballos hasta que llegó su gran desgracia. Se iba a mudar a Mánchester y eso iba a suponer el despido de su chófer. En el último viaje que hicieron juntos, el conductor aprovechó para fotografiarle y vender las imágenes al Daily Mirror. Le pagaron treinta mil libras. 

En la fotografía, que se publicó en portada, aparecía fumando crack en el asiento de atrás del coche completamente ido rodeado de revistas porno. Iba de gasolinera en gasolinera, fumando a tope de la pipa, ordenándole al chófer que le comprara más revistas porno en cada una. Le echaron de la serie. Explicándolo, dijo que no es que hubiera incumplido el contrato, es que vivía tan enganchado que estaba «incumpliendo con la vida».

Le volvieron a admitir en la serie meses después, pero la prensa le hizo un duro marcaje. También le sacaron borracho un día a las once de la mañana. Lo curioso es que hubo gente de su entorno que declaró a la prensa que esa portada en realidad le salvó la vida porque de otra manera no le hubiera dado por rehabilitarse. Ahora, recuperado, es uno de los DJ de música negra más reputados de su país, tiene un programa de radio que lleva varios años en BBC 6 Music, donde ha entrevistado a músicos de la categoría de James Brown o George Clinton, y limpia la conciencia de sus años locos en Make-A-Wish, una ONG que concede deseos a enfermos terminales. 

Craig nunca quiso volver a grabar Enano Rojo. Se hizo una temporada 9 en 2009, Back to Earth, que se grabó como una película en tres partes, y estaba pensada para cerrar la serie, que llevaba diez años sin emitirse. Pero tras una temporada 10 en 2012, la serie se ha plantado en trece temporadas (esta última se estrena en 2019) firmando capítulos soberbios. En un especial titulado Universe Challenge en el que fans de la serie se enfrentaban a los actores a ver quién sabía más sobre Enano Rojo, los fans contestaron hasta qué hora daban los relojes que salían en la serie. A Craig no le hizo mucha gracia, dijo: «¿Qué mierda habrá sido nuestra actuación si estaban mirando un reloj que estaba en una pared de detrás?». En realidad, miraban como se mira la serie que llegó a ser el paradigma de la comedia ciberespacial: hasta el último detalle.

Imagen: BBC.


Cuando la ficción alteró el mundo real

Sucedió una noche. Imagen: Columbia Pictures.
Sucedió una noche. Imagen: Columbia Pictures.

La película Sucedió una noche (1934) avivó las entrepiernas de la audiencia con una escena arriesgada donde Clark Gable se quitaba el jersey, la corbata y la camisa delante de Claudette Colbert. Evidentemente en la actualidad aquel topless masculino no tiene mucho de atrevido, pero hay que considerar que igual para la decorosa época el gesto era tan osado como si el personaje de Gable se despelotase por completo y le hiciera un lap dance a la zagala con molinete simulado incluido. Revisitar la secuencia en la actualidad permite descubrir que en aquellos años la línea de flotación de los pantalones se situaba por encima del ombligo, adelantándose a las tendencias estéticas recientes de altos cargos marbellís, y también comprobar un detalle del vestuario de Gable que lo convertiría en un auténtico rebelde de la moda: el galán no llevaba camiseta interior debajo de la camisa. Aquello era rompedor y atrevido, tanto como para que cinco meses después del estreno del film el periódico Lowell Sun aventurase de boquilla que la ausencia de camiseta interior en el vestuario de la estrella iba a ser tendencia entre varones y acabaría provocando el descenso de las ventas de algodón y una remesa de nuevos parados. El texto publicado en el Lowel Sun finalizaba con un rotundo: «Clark Gable está destruyendo deliberadamente a su público en aras de mostrar su pecho desnudo».

Aquella opinión exagerada sobre las tetillas de la estrella de Hollywood y su relevancia en la industria textil acabó convirtiéndose en una bola de nieve: en 1949 la Pittsburgh Post Gazette publicaba que la escena había provocado un descenso del 50% en la venta de camisetas interiores, el Cumberland Evening Times aseguraba en 1955 que la demanda de aquellas prendas se había reducido en un 73%, en 1956 el Daytona Beach Morning Journal acotaba la caída en un 40% y días después el Alton Democrat la elevaba al 80%. En 2008 el Time mencionaba el pecho de Gable como supuesto culpable de un hundimiento del 75% en las ventas del sector textil pero aclarando que dicha afirmación navegaba en el mundo de las leyendas y no había sido verificada. En 1995 el documental de la AMC The Hollywood Fashion Machine daba como válido el rumor y aseguraba que la cinta había provocado pérdidas millonarias a la industria textil. Todos los razonamientos se apoyaban en una idea que parecía lógica, la de imaginar a los caballeros de la época diciendo: «Si Clark Gable no necesita llevar algo debajo de la camisa ¿por qué iba a necesitarlo yo?». Lo cierto es que de haber existido pérdidas importantes en el sector textil lo probable es que se hubiesen sido debidas a la Gran Depresión y no a la película.

Pero lo llamativo de aquel chascarrillo sobre la ropa interior era que reflejaba de alguna manera la influencia que el cine podía ejercer sobre la sociedad. A nadie parecía extrañarle que una película tuviese la capacidad de desplomar una industria ya que Hollywood y su influjo se antojaban algo enorme y todopoderoso. Y tampoco era una idea muy alejada de la realidad: años más tarde Marlon Brando provocaría el efecto inverso, pondría de moda la camiseta como prenda de vestir y reavivaría el mercado gracias a llevarla ceñida en Un tranvía llamado deseo (1951) y como complemento de una chupa de cuero en Salvaje (1953).

Moda y milagros

La protagonista de la película Rebeca de Alfred Hitchcock no se llamaba Rebeca. En realidad, la película (al igual que la novela original) nunca llegaba a mencionar el nombre del personaje principal interpretado por Joan Fontaine y aquella «Rebeca» que titulaba la cinta hacía alusión a una mujer desaparecida cuyo legado atormentaba a la auténtica protagonista. Lo curioso es que por estas tierras dicho nombre acabó bautizando a un tipo de prenda solo porque Fontaine lo vestía durante el largometraje: el cárdigan, la rebequita de entretiempo de toda la vida de Dios, se llamaría así por culpa del éxito cinematográfico de un inglés orondo.

Audrey Hepburn instruiría al planeta en la moda beatnik en Una cara con ángel y cuatro años más tarde gracias a un Desayuno con diamantes establecería que el glamur se hallaba en las gafas gigantescas, las perlas, las diademas, los vestidos de cóctel negros y las boquillas eternas. El armario de Diane Keaton en Annie Hall descubrió al público que no era necesario tener pito para que la ropa masculina te quedase estupendamente. El Gordon Gekko de Wall Street puso de moda entre los brokers con ínfulas ese power suit que quedaría atado a la estética ochentera. Ray-Ban sacó la pasta para meter sus gafas en la película Risky Business y aquel movimiento disparó las ventas de manera tan demencial que los cristales acabaron convertidos también en icono de esa década. Flashdance popularizó las sudaderas de hombro descubierto de manera delicada: con una escena que demostraba lo cómodas que resultaban las mismas a la hora de quitarse el sujetador. Madonna en Buscando a Susan desesperadamente convirtió en moda todo aquello que se puso encima.

Zootrópolis , el efecto Tiburón y el efecto Bambi

Buscando a Nemo. Imagen: Walt Disney Pictures
Buscando a Nemo. Imagen: Walt Disney Pictures

Buscando a Nemo dejaba bastante claro que no le hacían mucha gracia los animales en cautividad y se mostraba poco amiga de la idea de encerrar peces en un acuario: en el fondo se trataba de la historia de un pez payaso tratando de rescatar a un hijo secuestrado por un humano. Pero aquel admirable mensaje se estrellaba contra los deseos de un público infante que al salir del cine reclamaba a sus progenitores un pez payaso como mascota. La demanda provocó que los arrecifes donde habitaban dichos animales sufrieran un descenso bastante bestia de la población con aletas. Para rematar el asunto todas las personas que intentaron librarse de ellos más adelante, junto a los concienciados con la película que decidieron liberar a sus pececillos de acuario, la liaron aún más al soltar pescados en el océano equivocado, una acción que podía perjudicar bastante el ecosistema. Ese tipo de reacción de la gente tampoco era exactamente una sorpresa: los 101 dálmatas de Disney impulsaron las ventas de cachorros de dálmata tras su estreno en el 61 y en los posteriores reestrenos en el 80 y en el 91, repitiéndose el incidente con el estreno de la versión de imagen real en el 96. Lo peor es que aquellas ventas a la larga acabaron provocando abandonos en masa de perros cuando estos dejaban de ser peluches encantadores y comenzaban a requerir de más atenciones.

Las Tortugas ninja de 1990 lograron que los más pequeños adoptasen tortugas que abandonaban pasadas unas semanas al descubrir definitivamente que las criaturas verdes no eran lo que se dice especialmente ágiles con las artes marciales. Los fans de Harry Potter comenzaron a abandonar búhos en masa que habían comprado inspirados por películas y libros cuando J. K. Rowling finiquitó la saga. Ratatouille convenció a muchos de que las ratas podían ser animales de compañía, G-Force ayudó a impulsar la compra de unas cobayas que los niños desatendían al comprobar que no tenían reflejos de agentes secretos. Y según el Vegetarian Times de diciembre de 1995 la industria de la carne de cerdo sufrió ese año un varapalo considerable en las ventas por culpa de un montón de gente que había encontrado encantador a Babe, el cerdito valiente. Un caso especial de animal cinematográfico tremendamente influyente había ocurrido mucho antes de todo esto con la película La cadena invisible (Lassie comes home) de 1943, ya que debido al éxito de aquella los perros de idéntica raza a la de la protagonista dejarían de ser llamados collies y comenzarían a ser referidos como lassies.

El Tiburón de Steven Spielberg impactaría en la sociedad en varios sentidos. Sería responsable de inventar el blockbuster como tal: una película estrenada al mismo tiempo en todas las salas del país (algo inaudito en su momento) que acabó convertida en un fenómeno social, un éxito descomunal y en el camino a seguir para todas las productoras cinematográficas. Pero también cultivaría logros mucho más interesantes, como el tener la culpa de que todo el mundo a partir de entonces metiera los pies en el agua con las gónadas un poco más encogidas. Tiburón extendió el temor a que algo desconocido le pegase un bocado a los bañistas bajo las aguas y, supuestamente, tras su estreno las playas sufrieron un descenso brusco de visitantes. Lo peor de su legado es que también se la considera la principal responsable de ofrecer una visión negativa de los tiburones: al film se le culpa de provocar el llamado efecto Tiburón e inspirar a más de uno, y de dos, a salir a cazar escualos y acabar diezmando la especie hasta casi bordear la extinción.

Tiburón. Imagen: Universal pictures
Tiburón. Imagen: Universal Pictures.

El historiador ambiental Ralph H. Lutts firmaba en 1992 en la revista Forest and Conservation History un artículo titulado «El problema con Bambi», donde asignaba un gran poder a la factoría Disney: «Para bien o para mal el Tío Walt fue pionero en el concepto de instaurar una infancia estándar. Los animales que protagonizaban el mundo Disney se convirtieron en parte de nuestro ADN». Bambi según Lutts fue una obra fundamental a la hora de moldear la percepción que tienen los americanos de la vida salvaje del bosque y, sobre todo, del concepto de la caza. El historiador apunta que la famosa muerte de la madre del protagonista en la película resultaba tan potente (incluso las propias hijas de Walt Disney azuzarían a su progenitor para que no se llevase por delante a la madre de Bambi) que a los espectadores la cabeza les falseaba la realidad y les escribía en el recuerdo una muerte muy gráfica en pantalla cuando en realidad el disparo fatal tenía lugar fuera de plano. El auténtico logro, apuntaba Lutts, es la manera en la que el film, sin pronunciar una sola palabra en contra de la caza, transmitía un poderoso mensaje anticaza de manera emocional, gracias a la simpatía por los personajes. Y parte del éxito de ese mensaje se lograba al encontrarse su público en la edad más impresionable, algo que favorecía que las sensaciones que provocaba esa escena permaneciesen en la memoria durante toda la vida. La repercusión de la cinta hizo que la sociedad viese la caza como algo dañino. Los propios cazadores incluso habían intentado boicotear la película días antes del estreno del film al ser alertados de que no dejaba en muy buen lugar al hobby ese de ir por el mundo disparando a seres vivos.

Pero la concienciación venía acompañada de un curioso fenómeno denominado el efecto Bambi, un término que se aludía a la contradicción moral de aquellas personas que rechazaban de inmediato cualquier tipo de matanza de animales bonitos y adorables, pero que no tenían nada en contra de la aniquilación de criaturas menos agraciadas y más asquerosillas, como por ejemplo las arañas.

Antecedentes criminales

Asalto al tren del dinero contenía una escena donde un hombre rociaba con gasolina el interior de la cabina de un trabajador del metro y amenazaba con prenderle fuego. Tras su estreno un hecho similar tuvo lugar en el metro de Brooklyn, cuando dos hombres incendiaron una cabina de venta de billetes causando la muerte del empleado que se encontraba en su interior. Asumiendo que la inspiración para el crimen la había provocado la cinta protagonizada por Wesley Snipes y Woody Harrelson, los trabajadores del transporte subterráneo neoyorkino solicitaron un boicot a la película al que se sumó el senador republicano Bob Dole. La policía llegaría a sentenciar que los hechos no habían sido inspirados por el film aunque el guionista de la película, Doug Richardson, contempló cómo por culpa de aquel incidente se rechazaría su admisión como miembro de la Academia.

En la comedia Project X tres adolescentes organizaban una fiesta que se les iba de las manos hasta convertirse en un evento con centenares de asistentes y consecuencias cuasi apocalípticas. La cinta tenía la ocurrencia de utilizar el género de metraje encontrado en un marco de comedia desmadrada y estaba rodada con cámara en mano y teléfonos móviles, acercando las imágenes al espíritu de cualquier vídeo amateur de YouTube. El éxito del film, sumado al tamaño de la masa cerebral del americano teenager estándar, propició que unos cuantos chavales zumbados planeasen fiestas similares en el mundo real, farras a las que en varias ocasiones añadían la palabra «Project» para que quedase claro que la intención era liarla al estilo de la película. La moda se extendió  a lo largo del país provocando destrozos importantes, caos en los vecindarios, padres ligeramente cabreados, peleas con la policía, numerosos detenidos, montañas de infracciones, y en alguna ocasión incluso muertos.

Project X. Imagen: Warner Bros.
Project X. Imagen: Warner Bros.

El éxito de El club de la lucha acabaría provocando la aparición de clubs de lucha clandestinos donde varios caballeros se citaban para reordenarse los dientes a hostias. Un chaval llamado Luke Helder sería detenido mientras colocaba bombas en buzones con la sana intención de detonarlos y dibujar un smiley en el mapa de Estados Unidos con las explosiones, una idea que había extraído de una escena del film donde varias bombas pintaban una cara sonriente sobre un edificio. Otro fan de Tyler Durden sería detenido tras hacer explotar una bomba en la fachada de un Starbucks. El zumbado en cuestión tenía diecisiete años, había fundado su propio club de lucha y trataba de crear un movimiento similar al «Project Mayhem» de la cinta de David Fincher.

The Town (Ciudad de ladrones), Asesinos natos, El caballero oscuro o Saw son otras de las muchas películas a las que acusaron alegremente de ser culpables de crímenes violentos. Pero en casi todos esos casos la gente, al tratar de encontrar justificación lógica a un hecho ilógico, apuntaba al lugar que no debía a la hora de buscar culpables: Thierry Jaradin, un hombre de veinticuatro años, se calzó la careta del Ghostface que popularizó Scream y apuñaló una treintena de veces a una chica de quince años cuando ella le dio calabazas. Pero la culpa aquí no era de Wes Craven ni de su película, porque si alguien decide matar tras ver Scream está bastante claro que ya era un puto psicópata antes de sentarse frente a la película.

Bautizos

En 2013 se descubrió en tierras tailandesas un nuevo tipo de avispa parásita, una encantadora criatura que inyecta sus huevos en orugas desprevenidas para que sus larvas puedan tener el desayuno a mano cuando decidan venir al mundo. A tan adorable insecto se le denominó Cystomastacoides kiddo en honor a la guerrera Beatrix Kiddo que dejaba un rastro de cadáveres en las dos entregas del Kill Bill de Quentin Tarantino, algo que la nota oficial de prensa dejaba bastante claro: «La naturaleza mortal de la avispa inspiró esta referencia al personaje de Uma Thurman en Kill Bill, donde encarna a una asesina letal maestra de los estilos de kung-fu tigre y grulla». El mismo año un nuevo tipo de araña descubierta en Laos sería nombrada como Ctenus monaghani en honor a Dominic Monaghan, el hobbit Merry en El señor de los anillos, aunque el detalle no estaba tan relacionado con la obra de Peter Jackson como con el hecho de que su descubridor, Peter Jäger, se encontraba trabajando con Monaghan (en la serie Wild Things de la BBC) cuando se tropezó con la arañita. En Venezuela alguien identificaría un nuevo espécimen de rana colorida a la que llamaría Pristimantis jamescameroni en un gesto que en lugar de ser una reverencia al James Cameron que dirigió Terminator 2 lo era al Cameron responsable de Avatar, a «sus esfuerzos para alertar al público sobre los problemas ambientales a través de películas y documentales de calidad» y a la paliza que daba el realizador con el tema de la dieta vegana. En Brasil Andre Nemesio descubrió una abeja a la que denominó Euglossa bazinga en honor a The Big Bang Theory y recibió unas bellas palabras de agradecimiento por parte de uno de los productores ejecutivos del programa: «Sheldon estaría muy honrado de descubrir que el nombre de Euglossa bazinga ha sido inspirado por él. De hecho, tras Mothra y los grifos mitológicos, las abejas son sus tercera criatura voladora favorita». También en Brasil, en la Universidade Federal do Ceará, los investigadores decidirían demostrar que no solo tenían títulos científicos sino también largo recorrido en los mundos fantásticos al denominar a un nuevo tipo de babosa marina como Tritonia khaleesi, honrando a cierta Daenerys Targaryen de la saga Canción de hielo y fuego.

Impacto real

Dan Leach entró en una sala de cine para ver la polémica La pasión de Cristo de Mel Gibson y salió con los remordimientos taladrándole la nuca. Poco después se plantó en una comisaría de policía para confesarse culpable del asesinato de su novia. Leach había planeado y ejecutado el asesinato de la chica dos meses antes logrando hacer pasar el crimen por suicidio, y hasta el momento de sentarse ante la película donde a Jesús le daban por todos lados no había demostrado arrepentimiento alguno. Mel Gibson por fin hacía algo por la policía más allá de meterse con el origen judío de ciertos agentes de la ley.

Lincoln. Imagen: 20th Century Fox
Lincoln. Imagen: 20th Century Fox.

El neurobiólogo Ranjan Batra de la Universidad de Mississippi asistió a uno de los pases del Lincoln dirigido por Spielberg y salió fascinado con la historia de cómo se impulsó la enmienda de la Constitución estadounidense que abolía la esclavitud. Por curiosidad investigó en la historia junto a su colega Ken Sullivan y acabaron descubriendo que oficialmente dicha decimotercera enmienda no se había ratificado en su estado, Mississippi. La enmienda en cuestión se aprobó en el Congreso en 1864, al año siguiente la mayoría de los estados la ratificaron y los que no lo hicieron fueron corrigiendo el error durante los años posteriores, en algunos casos —como el de Kentucky en el 76— de modo simbólico porque lo de tener esclavos había dejado de ser socialmente aceptable. En Mississippi se firmó todo el papeleo en 1995, pero a alguien se le olvidó notificar al archivista de Estados Unidos, hecho por el cual la enmienda no se encontraba ratificada oficialmente. Batra y Sullivan informaron al secretario del Estado y cuando este cerró la boca se arregló todo el asunto para que el siete de febrero de 2013 la decimotercera enmienda de la Constitución fuese ratificada en Mississippi y la esclavitud abolida por ley de esas tierras, con ciento cincuenta años de retraso y gracias a Spielberg.

El JFK de Oliver Stone alimentó en 1992 el interés del público estadounidense por las conspiraciones ocultas hasta tal punto de que el Gobierno acabó encontrándose con el buzón saturado de cartas de ciudadanos que creían que la verdad estaba ahí dentro y reclamaban que algunos hombres de negro con pinta de ser sinceros les ofrecieran una explicación. Las autoridades gubernamentales continuaron asegurando oficialmente que Stone tenía mucha imaginación y era muy fan de las fantasías conspiratorias pero ante la insistencia de Norteamérica finalmente el Gobierno se vio obligado a aprobar la President John F. Kennedy Assassination Records Collection Act of 1992, una ley también conocida como JFK Records Act en alusión a la peli de Stone, que hacía públicos numerosos documentos sobre la investigación y conclusiones del asesinato de Kennedy.

Durante los años ochenta Errol Morris, un exdetective privado, se citó con James Grigson, un psiquiatra forense de Texas que era conocido por el apodo de «Doctor Muerte» por culpa de una curiosa coincidencia: en la mayoría de los ciento sesenta y siete juicios donde fueron requeridos sus servicios para evaluar a la persona juzgada el sospechoso acabaría siendo condenado a muerte. El objetivo de Morris era rodar un documental sobre la figura de Grigson, pero durante las entrevistas con el doctor acabó descubriendo el caso de Randall Adams, un chico juzgado por el asesinato de un policía y condenado a morir mediante inyección letal. Cuando Morris conoció a Adams en persona comenzó a dudar de su culpabilidad, y de repente el documental cambió de objetivo. Dos años después, en 1988 se estrenaría The Thin Blue Line, una película documental que repasaba la historia de Randall Adams, con entrevistas a testigos e implicados y que se atrevía a poner en duda la condena a pena de muerte por falta de evidencias. La crítica y el público encontraron la obra fascinante —acabaría considerada como uno de los mejores documentales de la historia— y su puesta en escena acabaría sentando las bases para futuros trabajos de investigación. Pero lo más importante es que el ruido que generó obligó a reabrir el caso y celebrar un nuevo juicio, uno en el que se llegaría a la conclusión de que Adams era inocente de aquel crimen por el que había cumplido doce años entre rejas.


Outlet de pijamas: Entrevista al Capitán América (I)

Una entrevista a Steve Rogers, a través de citas de casi cincuenta años de cómics del Capitán América

Cuando cruzo las puertas de la Mansión de los Vengadores (aún no me lo creo) un topicazo furtivo me chafa el sense of wonder del momento: desde fuera parece más grande. Pero lo pienso dos veces y lo agradezco. Conociéndome, aún y así, soy capaz de perderme tres o cuatro veces; no quiero ni pensar dónde hubiera acabado en la Mansión Infinita en la que reside la Academia Vengadores. Por suerte, me intercepta primero Victoria Hand, la nueva jarvis del lugar que revisa, analiza y escanea mi grabadora como si fuera el nulificador supremo. Acto seguido, me pasa a mí por media docena de gadgets de detección y telemetría diferentes. Por si los skrulls, supongo.

Impresiona, hay que reconocerlo. El lugar está todavía medio en ruinas desde el último ataque recibido y sabiendo lo que acostumbra a pasar cuando uno se junta con la gente de este gremio, no sería tan extraño que a media entrevista se nos plantara el Doctor Muerte, la Brigada de Demolición o una avanzadilla de cincuenta mil matones de HYDRA a amenizar el encuentro. Todos menos Batroc, por favor.

Una vez la Srta. Hand queda convencida de que soy inofensivo (…) me lleva ante mi entrevistado, que espera en la sala de reuniones de la mansión, la “mesa redonda” superheroica. Y allí está él, recibiéndome con una sonrisa cien por cien americana.

Primera portada de Capitan America Comics (Timely, 1941). Simon y Kirby harían que Hitler recibiera palos desde el número uno

Déjeme agradecerle, antes de empezar, que haya encontrado un momento en su ocupada agenda para concedernos esta entrevista y contestar nuestras preguntas.
Tengo la intención de responderlas con toda la honradez y la franqueza que sea capaz. ¿Puedo preguntaros que enfoque vais a adoptar?(1)

Bien, la idea sería hacer un repaso a su historia como Capitán América deteniéndonos en algunos momentos clave de su biografía. Tocando temas tanto profesionales como personales, si bien es cierto que, a día de hoy, ya no ejerce como tal. El actual presidente parece que le ha seleccionado como su mano derecha en lo que se refiere a cuestiones superhumanas y ha dejado usted la labor de ser el Capitán América a otra persona. ¿Qué fue lo que hablaron usted y el presidente?
El presidente me preguntó qué era lo que el mundo necesitaba ahora. Le dije que lo mismo de siempre: héroes. No agentes de SHIELD ni de HAMMER. Vengadores. Ahora, quizá más que nunca.(2)

Y ahí lo tenemos, dirigiendo a uno de los varios grupos que hay en activo actualmente, los Vengadores Secretos. Es un grupo de un estilo algo más encubierto que los Vengadores clásicos que ha liderado durante muchos años, ¿se encuentra cómodo trabajando así?

En realidad se parece mucho a cómo operaban Los Invasores durante la guerra, pero sí que me gusta. Con todo lo que ha sucedido está bien dejar de ser el centro de atención pública, pero aún así seguir haciendo un buen trabajo.(3)

Precisamente, quizá sea bueno que vayamos remontándonos a los tiempos de Los Invasores, su primer grupo, y la Segunda Guerra Mundial. Tenemos más de medio siglo veinte por delante. Todos conocen bastante bien su origen “secreto” como el Capi, pero ¿cómo era Steve Rogers antes de ese momento y qué le llevó a alistarse?
Antaño fui un chico delgado y enfermizo recién salido del instituto… que nació y creció en Manhattan, así que lo sabía todo sobre el mundo. Iba mucho al cine y nunca me perdía los noticiarios. Supe que los nazis estaban podridos en el momento en que los vi. Estaban suprimiendo… asesinando a los europeos ¿no? Tenían espías aquí ¿no? Sabía donde estaba mi deber. Steve Rogers, con 18 años, tenía que convertirse en soldado.(4)

Sin embargo, lo convirtieron a usted en algo más en el momento en el que alguien del Proyecto Supersoldado apreció su entrega y vocación.
Esa noche me llevaron a una siniestra tienda de curiosidades. Recuerdo que no sentía miedo y que me asombraba a mí mismo por ello. Tal vez porque todo parecía tan irreal… La arrugada vieja que cuidaba plácidamente de la tienda… mientras mantenía un ojo vigilante al más increíble secreto que tenía que seguir lejos de los oídos del Eje. Era una aventura más allá de la imaginación… como en las películas, sólo que Bogart y Flyn no estaban allí. La audiencia… todo oficiales de alto rango… estaban allí, observándome. Me sentía irreal… aventurero… ¡y tan seguro como los impuestos, me sentía maravillado! Ningún acontecimiento en mi vida, ni antes ni después, tiene la importancia de ese momento. ¡Por primera vez me di cuenta plenamente de lo que habían hecho por mí! ¿Luchas por América? ¡Tío, yo era el Capitán América! Desde entonces han pasado tantas cosas…(5)

A usted le dan entonces la identidad, el traje y el escudo del Capitán América. Primero le entregaron el viejo escudo con forma de placa triangular, pero alguien ya usaba un escudo similar y parece que no era correcto. Entonces Roosevelt le entrega el ya legendario escudo circular. Ha habido casi tanto debate sobre su escudo como de las garras de Lobezno. ¿De qué material está hecho? ¿Adamántium? ¿Vibránium? ¿Se puede explicar su estructura?
Es como una galleta gigante, con masa de adamántium y relleno de vibránium.(6)

El Capi recibiendo el mítico escudo circular de manos del Presidente Roosevelt

Lo maneja con una precisión impecable.
Años de práctica constante. Su peso exacto, sus trayectorias… incluso la forma en la que me adapto a sus imperfecciones microscópicas… todo eso ahora es instintivo para mí.(7)

Usted tenía que haber sido el primero de muchos. Pero por culpa de un agente infiltrado en el proyecto, acaba siendo el único supersoldado en aquellos momentos. No obstante, no estuvo solo. Tuvo un joven ayudante para echarle una mano en su lucha. La historia de Bucky está llena de luces y sombras, ¿no es así?
La versión oficial dice que era un símbolo para contrarrestar el alza de las Juventudes Hitlerianas… y algo había de cierto en eso, pero como todo en la guerra, había una verdad más siniestra detrás. Bucky hacía lo que yo no podía. Yo era el icono. Yo llevaba la bandera, pero mientras daba discursos a los soldados en las trincheras… él actuaba según lo que le habían entrenado… y estaba muy bien entrenado. No hubiera estado con nosotros de no ser así.(8)

Aún así, alguien tan joven en medio de semejante enfrentamiento bélico…
Como tantos otros chicos, James Buchanan Barnes mintió sobre su edad para conseguir entrar en el ejército. Conociendo su propensión por la aventura y los problemas lo tomé como compañero. Pensé que así podría cuidar mejor de él. Combatimos junto a lo mejor de lo mejor. Americanos de todas las clases, Namor y el resto de Los Invasores, e incluso Nick Furia y sus Comandos Aulladores. Era nuestro destino sagrado detener a Hitler y los suyos.(9)

El tema de Bucky ha sido tratado con bastante profundidad en sus aventuras en estos últimos años así que dejaremos el resto para que los lectores las descubran por si mismos. En aquella época también aparece quien es su némesis, Cráneo Rojo…
¡Mi más antiguo enemigo!¡La peor amenaza para la libertad y la democracia que el mundo haya conocido jamás!¡Entonces… es por eso lo que el destino me ha preservado todos estos años! ¡Es mi destino combatir con él!¡interponerme entre Cráneo Rojo y los hombres libres de todo el mundo!(10)

Y tan preservado. En el mismo incidente en que desapareció Bucky se le dio a usted por muerto, pero en realidad estuvo congelado durante un par de décadas.
¿Quién habría predicho entonces que un raro accidente me dejaría en animación suspendida al acabar la guerra y pasaría varios decenios congelado en un bloque de hielo, perdido para el mundo? Aún sería una figura congelada adorada por esquimales en el Ártico de no haber sido por un hombre… Si un aterrado esquimal no se hubiera topado con una estación meteorológica estadounidense y no hubiera contado la historia, jamás habría conocido al responsable de mi resurrección. De algún modo parecía adecuado que Namor, aliado mío durante la guerra, fuera quien me liberara… sabiéndolo o no.(11)

Criogenia espontánea natural: te podría pasar a ti

Y ahí empieza también su larga relación con Los Vengadores.
Supongo que la suerte me llevó a flotar en las aguas cálidas del golfo, donde mi prisión de hielo se fue fundiendo… y pasé junto a una nave submarina tripulada por Los Vengadores. Si a Los Vengadores les sorprendió encontrarme, más aún se sorprendieron al descubrir que seguía vivo. Le debo mucho, me dejaron unirme a ellos… Dieron sentido a mi vida… mientras trataba de ajustarme a este nuevo mundo en el que me encontraba.(12)

Ha pasado mucho tiempo desde los días de sus primeras aventuras.

Ya lo creo. ¿250 pavos por unos pantalones? Cuando me alisté no ganaba tanto ni en seis meses.(13)

Una vez en un mundo en el que no existían las circunstancias que propiciaron su creación ¿Cómo encajó el Capi en los “tiempos modernos”?
Sí, hubo un tiempo cuando la nación se enfrentó a un terrible agresor que permanecimos unidos contra él. Pero ahora no es sencillo. Los americanos tienen muchas metas, algunas de ellas contrapuestas. En el país de los libres, cada uno de nosotros puede hacer lo que quiera… pensar en lo que quiere pensar. Cómo debería ser… pero eso supone que hay muchas versiones de lo que es América. Así que cuando la gente del mundo me mira a mí… ¿Qué América se supone que simbolizo?(14)

Es una buena pregunta, ¿cómo cree que le ve la gente? ¿Y como se ve usted mismo?
Es divertido saber cómo la demás gente me ve. Para algunos soy una leyenda viviente. Otros creen que soy una especie de arreglaproblemas con traje intercambiable… o un símbolo arcaico que ha perdido el contacto con las modas actuales. Supongo que yo me veo a mi mismo como un hombre que hace todo lo que puede para hacer del mundo un lugar más seguro y feliz. Un hombre sencillo que intenta marcar la diferencia.(15)

Hay un momento en su carrera, muy pronunciado a mediados de los setenta, en los que usted marca una distancia respecto del sistema político y encara la figura del Capitán América más hacia la defensa de los ideales y las libertades civiles de América que del gobierno americano. Fue en los tiempos en los que el Imperio Secreto elaboró una campaña de difamación contra su persona.
Si hubiera sido más vigilante… menos confiado… pero no podía creer que una campaña de propaganda masiva de descrédito pondría en mi contra a la opinión pública. ¡Me enfurecí pero no actué! Debería haberlo pensado mejor. He sido testigo de la técnica de la gran mentira… Di algo lo bastante a menudo y parecerá verdad. Pero yo consideraba que esto era una herramienta de los gobiernos totalitarios, imposible en los Estados Unidos. ¡Me equivoqué! Ellos coronaron su campaña acusándome… de asesinato. Protesté asegurando mi inocencia. Pero para entonces ya había un montón de gente que había perdido la fe.(16)

Sólo el Capi le vio la cara : ¿Dirigía Nixon el Imperio Secreto?

Aquella historia terminó con el Imperio Secreto desmantelado, pero con la terrible verdad de que detrás del mismo había un alto oficial de los Estados Unidos dirigiéndolo. Pese a que los lectores no llegaron a verle la cara, hay quien cree que se trata de Nixon o que, al menos, hace referencia a él (su dimisión es de agosto del 74). Pero aquello hace mella en usted y durante un tiempo deja de ser el Capitán América para convertirse en un personaje de su invención, Nómada.
Fue hace años, cuando perdí la fe en USA… y en mi mismo… cuando sentí que no podía llamarme Símbolo de la Nación, ni caminar con la cabeza erguida. Dejé de ser un héroe. Un enfrentamiento con el Arquero Dorado, que resultó ser Ojo de Halcón disfrazado, me convenció de que no podía dejar la aventura como no podía dejar de respirar. Entonces, decidí adoptar otra identidad. Así nació Nómada. Forjé una nueva vida, encontré esperanzas… Pero unas circunstancias desgraciadas, entre ellas el asesinato por parte de Cráneo Rojo de un joven que intentaba reemplazar al Capitán América me enseñaron algo muy importante.  Por más terrible que fuese la realidad… ¡el Capitán América debía seguir representando los más altos ideales de este país!(17)

Y volvió a vestirse con el traje. Sin embargo, unos diez años después, a mediados de los ochenta, llegó su segunda renuncia. Topó usted con la comisión de asuntos superhumanos del gobierno en plena época Reagan. ¿Qué pasó entonces?
Se me dijo que debía ser el Capitán América a su manera o dejar de serlo. Fue la decisión más dura que jamás haya tomado y sólo tuve 24 horas para tomarla. Pasé los mejores años de mi vida viviendo mi papel de símbolo de todo lo que es bueno en América… Era inimaginable dejar todo eso. Sí, es lo que decidí hacer al fin. Después de tantos años sirviendo a mi manera a América, no podía empezar a servirla a la manera de algún otro. Debo tener la libertad de representar los ideales de América, no la política oficial del gobierno de América. Así que devolví el escudo y el uniforme que me pertenecían por derecho al gobierno que los diseñó y me fui. Aun dudo que alguien de la comisión comprenda porqué tuve que hacer lo que hice. No parecen aceptar que mi idea llega más lejos que la suya… fui más que el supersoldado antinazi que debía ser…(18)

Sin embargo, actualmente, su cargo parece bastante oficial y comprometido con el gobierno. Aunque claro, ahora el Capitán América es otra persona y usted es solamente Steve Rogers.
He aprendido mis opciones por la vía difícil. Puede que el Capitán América tenga sus limitaciones, pero la política de Steve Rogers es suya y sólo suya.(19)

Hace tiempo le ofrecieron ser candidato a la presidencia y lo rechazó.

La presidencia es una de las tareas más importantes del mundo. El encargado de desempeñarla debe representar los mejores intereses de toda una nación. Debe estar dispuesto a negociar, comprometido 24 horas al día con la preservación de la república a toda costa. Lo comprendo, lo… agradezco. Y sé que hay que trabajar dentro de ese marco. Y, por lo mismo… he trabajado y luchado toda mi vida por el crecimiento y avance del sueño americano. Creo que mi deber para con el sueño limitaría gravemente cualquier capacidad mía de preservar la realidad. Debemos vivir en el mundo real y, a veces, ese mundo puede ser muy gris. Pero es el sueño, la esperanza, lo que hace que vivir la realidad merezca la pena. En los primeros años cuarenta, me comprometí personalmente a defender el sueño. Y, mientras el sueño no se materialice del todo, no puedo abandonarlo. Por eso espero que entiendan… que con toda justicia, no puedo ser su candidato.(20)

Los abanderados de la época Reagan : John Walker y su Bucky, petando las costuras del traje con alegría

Menudo discurso, para no querer ser presidente, sr. Rogers. ¿Está seguro de no querer sentarse en el despacho oval?
No podría hacer lo que sé hacer si me meto en política… Además, en el servicio secreto estarían todo el día enfadados conmigo. (ríe)(21)

Bueno, díganos al menos de donde viene su propensión a los discursos.
Por culpa de mi padre. Era un escritor frustrado. Enamorado de las palabras. Y tenía una afición a los discursos que creo que he heredado.(22)

Hemos hablado de momentos en los que usted no era el Capitán América, porque estaba congelado en el Ártico, porque renuncio al papel un par de veces… Durante esos tiempos y otros, ha habido otros “capitanes” que llevaron su uniforme… con diferentes resultados. ¿Alguno que crea que ha hecho honor al escudo?
William Naslund se llamó en principio “Espíritu del 76”. Era el único americano en un grupo de héroes británicos durante la guerra. Los Invasores y yo nos los encontramos una vez, cuyos detalles será mejor ignorar… pero incluso tras esa debacle, cuando su grupo se había separado, Naslund siguió luchando junto a los aliados. Le respetaba mucho… respeto que se ha ganado.(23)

Cuenta la historia que salvó la vida a JFK cuando sólo era un senador.
William Naslund murió salvándolo… Murió llevando el uniforme. Así fue como Jeff Mace se convirtió en el siguiente Capitán América… Acabó el trabajo que había empezado Naslund y gracias a ellos, Kennedy vivió bastante para llegar a ser presidente. Lo bastante para cambiar este país para mejor…(24)

Díganos ahora uno que no le caiga tan bien. Creo que hay unos cuantos: El Capitán América anticomunista de los 50, el más reciente Anticapi,… o quizás John Walker, el que empezó encarnando al Superpatriota, después al Capitán América y por fin al USAgente.
No conocía bien a John Walker y mucho de lo que sabía me escandalizaba.(25)

(Continúa)

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Apéndice de citas
Todas las citas indican primero la fuente original norteamericana (Marvel Comics) y luego la edición española (Forum o Panini). Acto seguido, indican el contexto de la cita y una explicación breve de la misma. Remarcar al lector que las respuestas asignadas a las preguntas provienen de citas que contienen reflexiones o respuestas a cuestiones planteadas al personaje en otras circunstancias pero con similitudes patentes a las preguntas y que colocadas aquí no perderían coherencia con el personaje actual, tratando de evitar la descontextualización completa (hechas las excepciones con algún que otro giro humorístico para salpimentar el documento). También se ha tratado de ofrecer un amplio muestrario de citas de varios autores, sobretodo de los más significativos.

(1) Civil War : Front Line 11, Jenkins/Bachs (2007) – Civil War : Primera Línea 6 (Infiltrados Parte Once)
En el inicio de una entrevista que el Capi concedió a Ben Urich y Sally Floyd para el Front Line, después de los acontecimientos que dieron final a la Civil War.
(2) Avengers Vol.4, 1, Bendis/Romita Jr. (2010) – Los Vengadores Vol. 4, 1 (Los próximos Vengadores. Parte Uno)
Dirigiéndose a la plantilla completa de los Vengadores que él reunió, tras Asedio.
(3) Secret Avengers 1, Brubaker/Deodato (2010) – Vengadores Secretos 1 (Historias Secretas. Primera Parte)
A Sharon Carter, que le hizo una pregunta similar durante la primera operación de los Vengadores Secretos.
(4) Y (5) Captain America 176, Englehart/Buscema (1974) – Excelsior BM Capitán América 13 (¡El Capitán América debe morir!)
Reflexión-flashback del Capi sobre su origen y su vida en la recapitulación que hizo tras el desenlace de la saga del Imperio Secreto.
(6) Captain America Vol.4, 21, Morales/Bachalo (2004) – MK : Capitán América Vol.5, 21 (Patria. Parte Uno)
A una de sus últimas novietas de Brooklyn, curiosa con el tema del escudo. Conoció a Steve una vez ya hizo pública su identidad secreta.
(7) Captain America Vol. 3, 2, Waid/Garney (1998) – Capitán América Vol.4, 2 (Servir y proteger)
Durante una situación crítica en un submarino tomado por HYDRA, preguntado por un oficial de mando del mismo, respecto de la habilidad del Capi con el escudo.
(8) Captain America Vol. 5, 5, Brubaker/Lark/Epting (2005) – Capitán América Vol.6 (Otro Tiempo. Parte 5)
Recordando con Nick Furia una vieja operación con Bucky en el frente ruso en el 42.
(9) Captain América Vol.3, 48, Jurgens/Jurgens (2001) – Inédito en España (América Perdida. Parte 4)
Palabras del Capi durante el funeral simbólico que se le organizó a Bucky, casi sesenta años después de su desaparición.
(10) Tales of Suspense 79, Lee/Kirby (1966) – CA : La Leyenda Viviente o Excelsior BM : Capitán América 1 (¡Cráneo Rojo vive!)
Tras impedir un complot para difamar a su persona y descubrir que Cráneo Rojo estaba detrás del mismo. Una dramática exclamación al aire al más puro estilo Lee/Kirby.
(11) Y (12) Captain America 251, Stern/Byrne (1980) – Capitán América Vol. 1, 13 (El loco y el mercenario)
Parte de una reflexión del Capi sobre su vida pasada, en un tejado de Brooklyn Heights durante una de sus patrullas nocturnas.
(13) The Ultimates Vol.1, 2, Millar/Hitch (2002) – The Ultimates Vol.1, 2 (Hijo del Siglo XXI)
El Capi volviendo a casa después de ir de compras con La Avispa… normal.
(14) Captain America 176, Englehart/Buscema (1974) – Excelsior BM Capitán América 13 (¡El Capitán América debe morir!)
El Capi ante la insistencia de Peggy para que no dejase el uniforme, también tras los acontecimientos de la saga del Imperio Secreto.
(15) Captain America Vol. 3, 24, De Falco/Frenz (1999) –  Capitán América Vol.4, 24 (¡La diferencia!)
Durante un desplazamiento entre edificios en dirección a desactivar una bomba en la ciudad de Nueva York y escuchando los comentarios de la gente en las calles.
(16) Captain America 174, Englehart/Buscema (1974) – Excelsior BM Capitán América 13 (¡Siempre es más oscuro…!)
Reflexión-resumen del Capi durante la saga del Imperio Secreto, en medio de una infiltración a una base oculta de la organización.
(17) Captain America 261, De Matteis/Zeck (1981) – Capitán América Vol.1, 19 (¡Héroes de celuloide!)
Recuerdos y reflexiones del Capi de cuando era el Nómada, surgidos tras conocer que había alguien llevando ese uniforme e identidad que creó él en su día.
(18) Captain America 336, Gruenwald/Morgan (1987) – Capitán América (y Thor) Vol.2,  73 (La llamada de la naturaleza)
Reflexión del Capi sobre su renuncia, semanas después.
(19) Captain America Vol.3, 13, Waid/Brainwaithe (1999) – Capitán América Vol.4, 13 (Negación plausible)
El Capi a Sharon Carter, ante el dilema de inmiscuirse en temas políticos a riesgo de poner en tela de juicio la neutralidad de la figura del Capitán América. Para poder actuar y no implicar lo que representa, decide reconocerse humano, pero no implicar a su identidad como Capitán América y actuar como Steve Rogers.
(20) Captain America 250, Stern/Byrne (1980) – Capitán América Vol.1, 12 (¡El Capi, presidente!)
Parte del discurso que dio el Capi en un mitin del tercer partido que lo presentó (sin su aprobación) como candidato a la presidencia del mismo y en el que retiraba su fugaz “candidatura”.
(21) Captain America Vol. 4, 25, Morales/Bachalo (2005) – Capitán América Vol.5, 25 (Patria. Parte 5)
Esta vez fue al exsenador Lester Paley, quien pretendía volver a hacer carrera política y presentarse para presidente, ofreciendo al Capitán América el puesto de Vice-presidente.
(22) Captain America 290, DeMatteis/Frenz (1984) – Capitán América Vol.1, 39 (Ecos)
Preguntado por Jack Monroe (Nómada, en aquel momento) sobre sus aptitudes como orador.
(23) Y (24) Captain America Vol.5, 4, Brubaker/Epting (2005) – Capitán América Vol.6, 4 (Otro Tiempo. Parte 4)
Una charla del Capi con un soldado en el Cementerio Nacional de Arlington ante las tumbas de Naslund y Mace. Los dos personajes sirvieron para ajustar la continuidad de la historias del Capi en los años en que se suponía que estaba congelado (como hizo también Englehart con las historias del Capi de los 50)
(25) Captain America 351, Gruenwald/Dwyer (1982) – Capitán América (y Thor) Vol.2, 10 (Cambio de guardia)
Parte de una reflexión del Capi después del atentado contra Walker, justo después de que le devolviera el uniforme y el escudo. No le caía nada bien, pero tampoco deseaba su muerte.


Pablo Mediavilla Costa: Desamor automático

El pasado viernes John Carlin publicó unas notas de viaje sobre Nueva York para contarles a sus lectores de El País que volvió a España “reafirmado”. Un ejercicio intelectual que, dado el ulular del viento en la meseta, sólo puede ser una exhibición gratuita y estival de ignorancia —muy de la casa del Tentaciones— o, en su versión solemne, una erupción de prejuicios añejos y humillaciones privadas camuflada bajo formas pseudoperiodísticas. Es el síndrome del periodismo ciudadano, según el cual, no es que el personal pase ahora los fines de semana cotejando los valores del Nasdaq, sino más bien que algunos periodistas —¡por fin!, ¡por fin!— se han tirado a la arena como espontáneos en la corrida del año.

Carlin quiere matar a Nueva York, pero no puede (entiéndase la hipérbole) porque esta ciudad desde la que escribo es, como ya dijera Camba, automática. Nueva York no tiene corazón para los desamores de los que se pasean nueve días Quinta Avenida arriba y SoHo abajo, sólo tiene electricidad para iluminar el camino de los que quieran invertir sus ahorros en los mejores platos, conciertos, exposiciones y demás zarandajas de esta civilización norteamericana tan decadente, bárbara y antagónica a la nuestra del viva la muerte.

El mito de Carlin es el del humilde patio español lleno de moscas a la fresca en el que la vida es esa cosa viscosa, caliente e invisible que uno, al parecer, está obligado a disfrutar sin camisa ni freno. Siempre he sospechado de los débiles sentimentales que reparten sonrisas en la barriada para luego venir a mentar el sucio dinero en la ciudad donde se fabrica. Ah, el dinero, qué placer, qué gran desenmascarador, esa cosa metafísica de la que hablaba Dalí que deja a Carlin a las puertas de Seseña proclamando: “Nunca seremos tan ricos como ellos, pero somos más felices —y más dignos”.

No hay nada personal en todo esto, tratándose de un Carlin y un Mediavilla Costa no puede haberlo, pero me admira que el buen hombre utilice el asunto de la propina “en el mejor restaurante de la ciudad” —enunciación imposible y pueblerina— para calibrar el grado de civilización de la capital del mundo. No hay nada personal, repito, yo mismo odio esta ciudad de muy diversas maneras, pero trato de sintetizarlo en proposiciones lógicas y contrastables antes de tender mis vergüenzas al sol.

En el fondo, ahora que la noche refresca, da igual que a Carlin le hayan timado 30 veces en el cinco estrellas Hotel Pierre, que en su diatriba todo sea “muy sencillo” o que le parezca que la sociedad-spanish-way-of-life es “más civilizada”. Hasta la familia catalana cargada con bolsas Levi’s y abuelo en un diner infecto de Times Square, junto a la monstruosa tienda de M&M’s, sabe que nada de lo que dice Carlin en su pirueta transatlántica tiene una micra de verdad. Lo sabe —por bajar a la arena carliniana— cuando les sirven un vaso de agua antes de pedir la orden, cuando pagan una tarifa fija de taxi desde el JFK hasta el centro y cuando se paran a preguntar algo en la calle a uno de esos seres autóctonos que “desfilan por las calles frenéticos, la mirada fija, con un único y terrible objetivo: sobrevivir”. Entiendo que para el autor de un artículo como el que me ocupa, la visión de gente de todo el planeta que va o viene de una cosa llamada trabajo pueda parecer una lucha a muerte por la supervivencia estilo sabana africana. “El animal hispano está en una fase de evolución superior al animal neoyorquino. Hemos salido de la jungla y aprendido el valor de saber vivir”. Lo entiendo y ya me rindo.