Latinoamérica redonda: vírgenes, cábalas y macumba

Kaká, 2007. Foto: Cordon.

La iconografía del descubrimiento de América retrata el desembarco de españoles (y más tarde, portugueses) hincando la rodilla en una playa, espada en mano, pendón en la cara y la cruz sobre sus cabezas: a Dios rogando y con el mazo dando. La llegada a terra incognita comportaba la conquista espiritual, como quedó fijado por real instrucción a Colón, y también por eso lo primero que hicieron los portugueses al llegar a Brasil fue celebrar una misa, aunque no supieran ni dónde estaban. Más allá del estereotipo y sus interpretaciones, el vínculo inextricable entre religión y poder explica bastantes cosas del modelo político y la organización social que se fue formando en lo que hoy conocemos como América Latina.

Se da la circunstancia de que el continente ya lo poblaban millones de personas, con sus creencias autóctonas, y que más tarde el hombre blanco llevó como esclavos a otros millones de africanos, que también tenían las suyas, a pesar de que a unos y otros se les pasó el rodillo adoctrinador católico. La llegada posterior de otros inmigrantes europeos y de Oriente Próximo añadió hielo y limón a la coctelera. Entre todos impregnaron Latinoamérica de una religiosidad distintiva y vertebradora pese a las diferencias nacionales. En esa articulación regional ningún actor social ha mezclado tan bien con la religión como el fútbol. Si este es la puerta de entrada a la cultura latinoamericana, aquella es el pilar central de la casa. No hay un pueblo, de Tijuana a la Patagonia, donde falte la cancha y la iglesia, cada cosa en su sitio y, a veces, todo junto, hasta llegar a tener un papa futbolero. Y es esa espiritualidad la que ha abonado el inagotable folclore futbolístico latinoamericano hasta dotarlo de un relato que ilustra a fogonazos la propia historia del continente.

1. El fútbol es un estado confesional

A mitad de camino entre Río de Janeiro y Sao Paulo se levanta un Maracaná de la fe: la Basílica de Nuestra Señora de Aparecida, patrona de Brasil, tiene capacidad para cuarenta mil personas en su interior y más de doscientas mil en la explanada externa. Su lugar más visitado, después del altar mayor, es la Sala de las Promesas (o Sala de los Milagros) un recinto lleno de figuras de piernas, brazos, corazones, pulmones y un sinfín de vísceras hechas de cera, yeso o madera. Son exvotos, ofrendas que los romeros dejan en pago de una promesa hecha a la Virgen, una retribución por los favores recibidos. Entre el bazar de objetos resaltan los relacionados con el fútbol: pósteres de todo tipo de equipos, réplicas de copas y camisetas oficiales, también de futbolistas profesionales. Es el caso de Ronaldo. Con la rodilla derecha machacada, operada y remendada, el Fenómeno apostó a la Virgen de Aparecida para que le fuese bien en el Mundial de Japón 2002. Poco antes de viajar fue a Aparecida, encendió unas velas, rezó y prometió volver si su rodilla aguantaba. Vaya si lo hizo: Brasil ganó el Mundial y Ronaldo fue Bota de Oro con ocho goles, dos de ellos en la final. A continuación fue traspasado al Real Madrid y ganó el Balón de Oro, todo ese mismo año. A la vuelta de Yokohama regresó al santuario y dejó un balón y una camiseta autografiada como si fuera a un fan («En agradecimiento a la gracia recibida por Nuestra Señora de Aparecida»). Y también dejó, claro, una rodilla de cera. Aún hoy se expone todo el ajuar en una vitrina de este particular museo futbolístico.  

Pero Ronaldo no fue el primero. Cuenta  Alex Bellos en su monumental Brasil: futebol em campo, la célebre historia de Didí, el astro de los años cincuenta, el inventor de la folha seca, ídolo de Botafogo y con breve paso por el Real Madrid. Didí prometió al Señor de Bonfim que si su club ganaba el campeonato carioca caminaría vestido de corto los ocho kilómetros que separan Maracaná de la sede de Botafogo. Didí cumplió, pero no lo hizo solo: en su romería le acompañaron cinco mil hinchas.

Del otro lado de Río de Janeiro está el Vasco da Gama, el club de los emigrantes portugueses, que en 1955 decidió erigir una capilla —convenientemente llamada Nuestra Señora de las Victorias— tras una de las porterías de su estadio. Sao Januario solo tiene tres gradas y siempre las tendrá: varios planes de ampliación se han tumbado antes de presentarlos por obra y gracia de la Virgen de las Victorias. Con el contraste habitual en la mixtura religiosa brasileña, en el Vasco las ruedas de prensa se siguen dando frente a una imagen de Nuestra Señora de Aparecida, aunque con el paso de los años un creciente número de futbolistas haya cambiado de acera para abrazar la fe evangélica. En 1940 la práctica totalidad de los brasileños se declaraba católico. Hoy no llegan a un sesenta por ciento. Los evangélicos, mientras, no paran de aumentar, especialmente entre las clases más humildes y suburbanas, de donde proceden la mayoría de futbolistas. Cualquiera recordará, por ejemplo, a Kaká y sus camisetas con la leyenda «I belong to Jesus», por ejemplo, una imagen que en pantalla aporta más a la causa que mil misioneros.

En la profesión de fe evangélica también hubo pioneros. Hace treinta y cinco años un grupo de futbolistas se reunió bajo el nombre de Atletas de Cristo, un movimiento que parecía exótico en países como España, donde jugaba uno de sus líderes, Baltazar. Extrañaban aquellas celebraciones mirando al cielo o las camisetas con leyendas religiosas. Hoy hay siete mil Atletas de Cristo en Brasil y tienen un programa de televisión, radio y periódico, y la estrategia proselitista ya tiene amplia historia en Europa —recordemos a Donato y su Fuerza para vivir—. La sobreexposición de la fe amplifica a las iglesias emergentes aun a riesgo de saltarse los reglamentos: en 2009 la CBF multó a la selección brasileña por arrodillarse y rezar formando un círculo tras ganar la Copa Confederaciones de Sudáfrica. En junio de 2015, en Berlín, Neymar marcó un gol en el último segundo de la final de Champions y acto seguido se colocó en la frente una cinta que luce desde niño cada vez que gana un título: «100% Jesús», rezaba el pañuelo. Cuando la prensa española indagó, le dedicó fotos y titulares al Neymar evangélico. No sorprendió en Brasil, donde en cambio criticaron duramente al COI cuando presentó una queja contra el futbolista en Río 2016, al colocarse la famosa cinta tras ganar la medalla de oro, en la enésima muestra de que para muchos brasileños y latinoamericanos, el fútbol es un estado —con mayúscula o sin ella—confesional.

Neymar, 2015. Foto: Joel Marklund / Cordon Press.

2. Los dioses personales

El fútbol conforma un universo sensorial común: adoramos el olor de la hierba cortada y regada, admiramos la grada llena y colorida, esperamos el saludo del portero, ansiamos la celebración del gol, y al salir del campo rumiamos juntos el pesar de la derrota y disfrutamos la euforia del triunfo. Todo comporta un estado de ánimo, una sensación alejada de la razón, por más cartesiano que sea el hincha el resto de la semana. En el reino de la irracionalidad comunitaria, muchos aficionados se comportan como fieles de un credo secreto, y son capaces de meterse en una espiral de tics supersticiosos con tal de que su equipo gane. A eso en el Río de la Plata le llaman cábala. En Argentina, también en Uruguay, se juega un partido paralelo al del campo. Todos —hincha, jugador, entrenador— encuentran una razón para darle a lo sobrenatural un papel preponderante, da igual que su camiseta la defienda Messi o Maradona. El hincha necesita su colección de demonios y santos, dioses de las pequeñas cosas que no se pueden dejar de atender ni un segundo. Cualquier futbolero del mundo puede verse representado en aquel aficionado que va al fútbol  con el mismo abrigo todo el año, aunque sea pleno verano, que bebe una caña a la misma hora en el mismo bar antes del partido, que va por el mismo camino al estadio, entra por la misma puerta y mea en el mismo baño antes del pitido inicial. En Argentina esos hábitos se llevan al extremo e incluso se hace literatura de ello. Roberto Fontanarrosa llegó a la cumbre de la narrativa futbolística con un cuento sobre la cábala. En 19 de diciembre de 1971 un grupo hinchas de Rosario Central secuestran al Viejo Casale, un señor famoso en el barrio porque nunca había visto perder a su equipo frente a Newell’s Old Boys, el clásico de Rosario. En aquel partido fundamental (que existió de verdad en la fecha que titula el cuento), los hinchas se lo llevan a la cancha y allí, cuando Aldo Pedro Poy marca el gol de la victoria, (spoiler), el viejo Casale muere en la misma celebración. El cuento se cierra con la alegría de los hinchas-secuestradores: no solo habían ganado gracias a la cábala de Casale; al viejo también le proporcionaron la muerte soñada.

Más allá del hincha y del propio jugador —un saco de cábalas en sí mismo— cabe detenerse en la figura del entrenador, el pastor del rebaño, que en los banquillos argentinos, además, es el rey de la superstición. De una cábala casi infantil, —echar los cuernitos con la mano izquierda cada vez que atacaba el rival—, salió una estatua: la de Reinaldo «Mostaza» Merlo, el entrenador que sacó campeón a Racing de Avellaneda después de treinta y cinco años. A Mostaza le levantaron un monumento en su habitual postura cuernil, pero podía haber sido por cualquier otra de sus muchas supersticiones. En un momento dado, y porque frente a una cábala siempre hay una contracábala, alguien descubrió el antídoto contra Mostaza y sus tretas: arrojarle flores. Y así empezaron a lloverle ramos en cada cancha para contrarrestar sus poderes.

Un amigo suyo, supersticioso como él, es Alfio «el Coco» Basile, siempre escoltado por su escudero, Rubén «Panadero» Díaz. Durante su ciclo en Boca Juniors, la espalda del Coco aparecía, partido tras partido, llena de polvo blanco. Le preguntaron qué era: «Pregúntenle a Panadero», dijo. No hizo falta: las cámaras descubrieron un vivero de talco en el bolsillo izquierdo del asistente. De vez en cuando, cuando el partido lo requería, Basile metía la mano en el pantalón de Panadero, como en un caldero de agua bendita, y amasaba el polvo, se tocaba la cara, la manga. El otro, por si acaso, también le tocaba la espalda con la mano blanca. Boca ganó cinco títulos en dos años.

Ahora bien, como Carlos Salvador Bilardo no hay ni habrá ninguno. De la exageración hizo un arte. Del histrionismo, una marca registrada. Aquellas locuras de echar sal en el banquillo o en el suelo de vestuario («No se podía andar de tanta sal que había», dijo una vez Ruggeri) o de mandar a su equipo a cruzarse con el rival cuando este salía al campo, como una manada de gatos negros, se quedan pálidas al lado de las que desarrolló en la selección. Él las llama «costumbres» y llegaron al límite en el Mundial de 1986, que precisamente ganó. En México Bilardo comandó una selección que era una «cábala ambulante», como escribió Andrés Burgo en su brillante obra sobre el Argentina-Inglaterra titulada El partido.

En el libro Burgo cuenta el carrusel de supersticiones que seguía la selección los días de partido, «en el que se evita hasta la psicosis cualquier vínculo con el infortunio». Por ejemplo, erradicando la habitación número 13. O haciendo que un jugador, el Chino Tapia, se afeitase aunque no lo necesitara. El día del choque contra Inglaterra el lugar de concentración de Argentina parecía, directamente, un frenopático: «Todo está sincronizado en la mañana del 22 de junio de 1986: Tapia debe esperar la llegada de Pumpido y el arquero pedirle la crema, mientras en simultáneo Bilardo visita a Brown y le toma prestada la pasta para cepillarse los dientes. Como hasta Maradona necesita el poder sobrenatural de esa liturgia —o se presta a ese juego—, camina hasta el vestuario principal del América, se baña primero, se afeita después y recién entonces —un plan meticuloso— se encuentra con Valdano. En verdad, la clonación de dichos y hechos había afectado a todos los jugadores durante toda la semana.», cuenta Burgo.

El camino al estadio también era un rosario de rituales. Bilardo obligaba a escuchar en el  autocar (donde por supuesto todos se sentaban en el mismo sitio) un tema del músico argentino Sergio Denis y, a continuación, «Eye of the Tiger». Solo cuando terminaba la canción de Rocky III podían salir. Si iba muy rápido el bus, mandaba rebajar la velocidad. Delante del vehículo iba la escolta, formada habitualmente por dos motocicletas. Cuando en la final le pusieron una tropa de motos camino del Azteca los mandó parar: solo quería por delante a los dos de siempre, que ya conocía por su nombre, Tobías y Jesús, y el resto detrás. «Costumbres», insistía Bilardo.

Ya en el estadio el mundo oculto se complicaba. Según cuentan los protagonistas, en el vestuario Maradona tenía que dibujar su silueta en el suelo formada por su propia ropa, y nadie la podía pisar. Sucedió que en el primer partido sonó un teléfono en el vestuario y contestó el Tata Brown. Como no se escuchaba nada del otro lado, colgó soltando una frase: «Andá a la puta que te parió». Como Argentina ganó, Bilardo hizo repetir la misma liturgia: mandaba llamar a alguien desde la AFA y Brown tenía que contestar y volver a mandar a la puta que lo parió al viento. Además, antes de los partidos solo se podía comer carne de vaca traída por pilotos argentinos la noche anterior. Bilardo no dejaba comer pollo antes de jugar, pero en cambio esa era la comida oficial del postpartido. Lo curioso es que en ese juego también se incluye la negación de las creencias sobrenaturales, una suerte de metacábala. A las preguntas de los periodistas si tal o cual cosa se debe a una superstición, los entrenadores dan evasivas o ríen. Por favor, no me pregunten si esto forma parte de nuestra preparación científica profesional. Pero tampoco descuidemos esos detalles que, a todas luces, ayudan, parecen decir.

Foto: Cordon.

3. La mano negra

«Si la macumba ganase partidos, el campeonato bahiano acabaría siempre en empate», reza un dicho brasileño. Bahía es el estado de mayor herencia africana del país, el lugar donde está más presente el sincretismo religioso, donde hay más terreiros de candomblé, la religión de matriz africana que se funde con el catolicismo. La macumba es el rito, la expresión más visible del candomblé y de la umbanda, otra rama religiosa, aunque también se ha equiparado, equivocadamente para los seguidores de las religiones afrobrasileiras, a la hechicería: magia negra. Y en el fútbol brasileño ha estado siempre presente, de ahí el dicho. En los despachos, rituales de macumba, se hacen ofrendas a Exu, una de las divinidades de la naturaleza, los llamados orixás. En la reveladora obra de los años cincuenta Negro, macumba e futebol, del ensayista Anatol Rosenfeld, se repasan los refugios  místicos de los futbolistas para buscar una «estimulación benévola». Cuenta Rosenfeld que los jugadores combinan la señal de la cruz con actos como empapar las botas en agua —«para calmar la sed de su santo»—, lavarse los pies con baños de hierbas y tirar agua sucia al campo de los rivales.

No es para tanto, dirán algunos. En los campos gallegos, por ejemplo, hemos visto cómo los balones hacían los extraños más extraños al rebotar en las decenas de cabezas de ajo que se tiraban desde la grada, por poner un ejemplo básico y cercano. Pero en Brasil la cosa se complica porque entran en acción los propios clubes. Cuenta Rosenfeld que una vez el América de Río fue, con jugadores y directivos incluidos, a hacer un despacho para ofrecer a los orixás en una encrucijada cerca de la sede de Vasco Da Gama, contra quien jugaban un partido definitorio: en él colocaron un plato de yuca frita, aceite de palma, tres cigarros puros, tres monedas, un gallo negro, un puñadito de sal y tres velas. En otra historia llegada de Bahía, el preparador físico de Brasil en los mundiales del 58 y el 62, Paulo Amaral, recordó que en una final del campeonato bahiano los jugadores se colocaron en las cuatro esquinas del campo con agua en la boca y, a la señal de ahora, escupieron el líquido y con él un trozo de comida que llevaban en las manos.

Algunos clubs encargaban la tarea a profesionales: los pais de santo o babalorixá. El Pai Edu, de Pernambuco, trabajó durante décadas para el Náutico de Recife. Era una eminencia y le hacían entrevistas previas a los mundiales. La revista Placar dedicó un reportaje el 2 de julio de 1982 a los babalorixás que debían pronosticar (o no) una victoria de Brasil en España 82. Pai Edu no se atrevió a hacerlo campeón, pero sí habló sobre ciertos influjos. «Habrá mucha macumba internacional», decía Pai Edu. Con él coincidía otro pai de santo famoso, Eduardo Santana: «Si se enfrentan Alemania y Brasil hay que tener ojo con Hansi Muller, muy fuerte espiritualmente. Pero nosotros tenemos a Toninho Cerezo, que es un médium imbatible». Brasil no llegó a enfrentarse a Alemania pero sí a Italia, tres días después de publicarse la revista. No contaban con Paolo Rossi y la tragedia de Sarrià.

Cabe detenerse en el pai Eduardo Santana: era masajista (lo fue de la selección en 1962 y 66) y paralelamente trabajaba para mantener contentos a los orixás. En realidad, no era el único: la figura del masajista muchas veces estaba asociada a la de encargado espiritual del club. Cuenta Alex Bellos en su libro que Santana fue fichado como masajista de la selección de Kuwait y que allí se convirtió, sin reparos, al Islam. Después regresó a su club de siempre, a la institución a la que prestó servicios durante cincuenta años. Durante décadas repitió el ritual de entrar al campo vestido de frac blanco y besar una bandera del club sobre el césped, hasta su fallecimiento, en 2011. Ese campo en cuestión se llama Sao Januario y el club era el Vasco da Gama. Sí, el mismo club católico devoto de la virgen, el de la capilla católica en pleno estadio. Pese a la doble protección, aunque ganó una Libertadores y cuatro ligas, en la última década descendió tres veces.

4. Un dios en el santoral pagano

Quien va a Argentina y se topa con un altar con cintas rojas junto a un árbol, en una carretera o en una esquina de ciudad, puede pensar que se trata de una expresión católica. No lo es. Se elevan en honor al Gauchito Gil, un personaje popular devenido santo pagano que es venerado de manera creciente, como lo es Malverde en México, conocido como el santo de los narcos, y cuyo origen lo ubica como un Robin Hood a la mexicana. Como el Gauchito, en él reside el espíritu del rebelde y aquellos que viven al margen de la ley se ven representados. Ahí está el gaucho con su pañuelo, ahí está Malverde con su traje y su bigotón y su parecido al cantante y actor Pedro Infante. En su inagotable mundo espiritual, los mexicanos van más allá con la veneración de la Santa Muerte, un esqueleto vestido con manto y corona que atiende a los descarriados y que según sus fieles obra milagros, devuelve trabajos, cura enfermedades, reúne familias. Cumple. Y lo que es más importante, como ocurre con el resto de santos paganos, el devoto se reconoce en ella.

En ese plano de idolatría terrenal y devoción religiosa se ubica también un futbolista. A Diego Armando Maradona lo veneran como un santo católico en Nápoles, idealizado con una mirada celestial dentro de su hornacina, pero en Argentina va más allá.  Ocurrió que en 1998 en Rosario —tierra fértil en todo lo referido al balón— un grupo de hinchas erigió la Iglesia Maradoniana, un invento estrambótico que parecía una parodia sin más, pero que fue ganando notoriedad —mediática sobre todo— cuando hizo varias reuniones de fanáticos del Diego y llegó a celebrar bodas, discurrir oraciones y redactar mandamientos en honor a Maradona. Quítame allá esos pecadillos personales, a Maradona le atribuyen milagros (un Mundial) e incluso martirios (a manos de la Fifa de Havelange). Será un chiste, pero cuando llega el momento en que marca con la mano el gol a Inglaterra y él declara a la prensa que fue «la mano de Dios», al resto no le queda más que recurrir a lo que tienen interiorizado desde hace generaciones, lo que condiciona la existencia y la manera de pensar y las fórmulas sociales, y entonces la ecuación se resuelve sola. Por lógica aplastante, si fue la mano de Dios, entonces él es Dios.

Gauchito Gil. Foto: Enrique Marcarian / Cordon.


Latinoamérica redonda: el poder del balón

Soldado custodiando a los presos políticos retenidos en el Estadio Nacional de Chile, 1973. Foto: Cordon.

El caso Zozulya —el jugador ucraniano rechazado por la grada del Rayo Vallecano por sus presuntas vinculaciones con la ultraderecha de su país— ha reavivado el debate sobre fútbol y política. Para algunos es un cóctel innecesario. Para otros, son harina del mismo costal. Echando un ojo a la historia del último siglo y medio, desde que se inventó este deporte, no parece haber lugar a disputa. Desde su mismo nacimiento el fútbol se convirtió en fenómeno de masas, y por lo tanto en arma política. Un gráfico ejemplo es Latinoamérica, una entidad más o menos algodonosa que comparte el amor por el fútbol —salvo en el Caribe, adscrito al béisbol, y aun así— y también una historia inestable, con una sucesión infernal de gobiernos militares en el siglo XX, a la par que se desarrollaba el llamado deporte rey. A veces herramienta contestataria, casi siempre instrumento interesado del poder, el fútbol siempre ha sido un actor a tener en cuenta.

Tan redituable es para la política que su nombre llegó a invocarse para bautizar una guerra. Fue Ryszard Kapuściński quien tituló «La guerra del fútbol» a una crónica sobre el conflicto entre Honduras y El Salvador en 1969. En realidad él mismo explica en el texto que la causa real no fue el fútbol, sino problemas de otro calibre: una disputa demográfica y económica. Pero una eliminatoria premundialista sirvió para tensar más los ánimos y empujarse al enfrentamiento. Debía haberse llamado guerra de las Cien Horas, que es lo que duró; sin embargo, para la posteridad quedó como la guerra del Fútbol, señal de que hay algo más en ese deporte que humanos corriendo tras una pelota en un prado. Quizás un solteros contra casados, y ni siquiera. El fútbol sin contexto es como un partido sin balón, y su frontera con la política termina siendo más borrosa que el pasado de Zozulya. Estos otros cuatro episodios latinoamericanos así lo atestiguan.

1. De negros y anarquistas

Cuando los ingleses, después de dejar la pelota y el reglamento, subieron al barco y se fueron de vuelta a sus frías tierras, no sabían que con su invento deportivo acababan de aportar un elemento importante al activo laboratorio social que era la América de aquella época. En cada país, la construcción de su fútbol retrata a su sociedad. En Brasil, por ejemplo, a la élite blanca se le ocurrió aplicar sus patrones habituales y le quiso poner puertas al campo: prohibieron alinear negros. Aunque parezca increíble, hasta la década de 1920. Arthur Friedenreich fue el mayor goleador de la historia. Era nieto de alemán y brasileña, mulato de ojos verdes y pelo rizado, y para jugar escondía, a duras penas, su mezcla natural. Se cuenta que tardaba un mundo en salir al campo porque se alisaba el pelo y se ponía una redecilla en la cabeza. Su negritud disfrazada le permitió jugar en la selección de Brasil, y en 1919 un gol suyo le dio el primer título a la verde-amarela, el Sudamericano.

En aquella época, el club Fluminense empezó a ser apodado Pó de Arroz por el talco que otro crack mulato, Carlos Alberto, usaba para blanquearse la cara (el club sostiene que en realidad lo usaba como after shave). Aún hoy la hinchada de Flu saluda la entrada de su equipo en el campo con una nube gigante de pó de arroz. Unos años después, otro club de Río, Vasco Da Gama, revolucionó el fútbol brasileño al aceptar oficialmente a negros en sus filas. Fue el primer gran club que lo hacía y obligó a que poco más de un año después se eliminaran las restricciones raciales en Brasil. Era 1925 y todo estaba, en el país y en el campo, por hacer.

En Argentina el fútbol se instaló con fuerza en la década de 1880 de la mano de los ingleses, con sus navieras, ferrocarriles y talleres (no hay más que echar mano del nomenclátor de clubs argentinos para comprobarlo). En un principio coto exclusivo de escuelas británicas y recoletos reductos poscoloniales, enseguida el deporte sirvió para agitar las estructuras de un país tan floreciente como desigual. Osvaldo Bayer, escritor e historiador, glosa en Fútbol argentino el poder del anarquismo (y el socialismo) en los orígenes del fútbol austral. A inicios del siglo XX se popularizó una frase con sello ácrata: «Misa y pelota: la peor droga para los pueblos». Frente al opio redondo, intelectuales de izquierda y asociaciones obreras resolvieron fundar sus propios clubs y cambiar la cultura de un deporte que había sido hasta entonces cosa de señoritos.

Así nació en Buenos Aires Mártires de Chicago, fundado por socialistas y anarquistas como tributo a los obreros cuya muerte se conmemora hoy cada primero de mayo. Poco duró el nombre, pues enseguida se impuso otro, hoy conocido por todos: Argentinos Juniors. Chacarita, otro club de la capital, fue fundado en una sede socialista del barrio. Un primero de mayo, claro. Independiente de Avellaneda, uno de los clubs más laureados del continente, también fue fundado por obreros de una fábrica —independientes del patrón—. Otros ejemplos como Libertarios Unidos —gráfico nombre, hoy llamado Colegiales—, El Porvenir o el Progreso de Montevideo dejaron patente un origen político explícito en la efervescente Sudamérica futbolística.

En los años treinta llegó el profesionalismo, en parte una solución a las huelgas de los futbolistas que denunciaban ser tratados como mercancía humana, y después el deporte, ya negocio, se precipitó hacia lo que todos sabemos. Hoy aquellos clubs argentinos, instituciones sin ánimo de lucro que aglutinan barrios o ciudades en torno a la actividad deportiva, pueden convertirse en sociedades anónimas deportivas, en una iniciativa alentada por aquel que fue presidente de Boca Juniors y hoy lo es del país, Mauricio Macri. Algunos clubs y una coordinadora de hinchas tratan de frenar al llamado Fútbol S. A., tan lejos de aquellos pioneros.

2. Paripé a puerta vacía

21 de noviembre de 1973. Comienza el partido en Santiago. Chile saca de centro y sus jugadores empiezan a pasarse la bola mientras avanzan en cohorte hacia el área de la URSS. Hasta cuatro jugadores la tocan en un tuya-mía dentro del área rival, hasta que Chamaco Valdés, capitán, remacha a gol sin oposición, a puerta vacía. 1-0 y Chile logra la clasificación para el Mundial de Alemania 1974. Fin del encuentro, si es que se puede llamar así, porque el rival no se ha presentado al partido y el equipo local ha jugado sin oponente durante quince segundos, en una pantomima que parece sacada de los Monty Python, si no fuera por lo trágico del trasfondo.

Para entender el paripé hay que ir un par de meses hacia atrás. El 11 de septiembre los internacionales chilenos debían ir a la ciudad deportiva de la selección para probarse ropa, pues se iban al día siguiente a Moscú a jugar la ida de la repesca para alcanzar el Mundial. Al llegar, les avisaron de que acababa de producirse un golpe de Estado. Les sorprendió, pero no les sonó a chino: Chile vivía una tensión política insoportable y algunos de ellos, por su filiación política, lo sabían de primera mano. Ese 1973 fue el año del Colo-Colo. Su base era la de la selección, y en ella jugaba un delantero, llamado Carlos Caszely, que atraía la atención de todos, un fuera de serie de cuerpo rechoncho, desgreñado, mofletudo y bigotón, con regate de pellizco y remate de dinamita. Caszely marcaba chicharros a puñados a la vez que mostraba sin tapujos su ideario, próximo al del Gobierno de Allende. Él y sus amigos jugaban como los ángeles y estuvieron a punto de ganar la Copa Libertadores, lo que mantenía de algún modo pendiente, si no unido, a un país fracturado. Pero perdieron en la prórroga del partido de desempate contra Independiente de Avellaneda. Según algunas tesis —la de Luis Urrutia y su libro Colo-Colo 73, el equipo que retrasó el golpe—, una vez tumbado el club que daba alegría al pueblo, no había razones para demorar lo que se barruntaba hacía meses: un pronunciamiento contra el Gobierno.

Con Allende muerto, la eliminatoria contra la URSS cobraba otra dimensión: levantó un telón de acero particular y puso en duda incluso el concurso de Chile, como sopesó el propio Augusto Pinochet. Finalmente viajaron a Moscú. La recepción fue fría, amarga, tiesa como el cemento del Estadio Lenin. Por unos días la política cambió radicalmente el contexto del partido, que se disputó el 26 de septiembre. Las pocas fotos disponibles descubren gradas atestadas. No se puede comprobar en vídeo porque nunca se divulgó. Parece, eso sí, que Figueroa, central rocoso, anuló a Blojín y Chile se llevó un valioso 0-0 a casa. Un empate con sabor a victoria en plena guerra fría.

Cuando regresaron a Santiago se encontraron un país en pedazos. El ejército en el Gobierno, la represión en la calle y el horror en el Estadio Nacional, convertido en uno de los mayores centros de detención de la dictadura, por donde entraron miles de obreros, activistas y estudiantes en las semanas siguientes al golpe militar. De día, sentados en las gradas. De noche, bajo los tablones, en las escotillas, donde eran torturados. Y allí era, justamente, donde debía disputarse la vuelta dos meses después. En repudio a la nueva situación, la URSS se negó a jugar en Santiago. La FIFA de Stanley Rous anunció un viaje para «inspeccionar» el campo. El 24 de octubre una delegación de encorbatados entraron al césped junto a gerifaltes del ejército, esto es, del Gobierno. Diez minutos y un par de posados después, se fueron a los vestuarios. Había agua en las duchas y estaban limpios. Nada que objetar. Ni el ahogo de las voces ni las cadenas ni las picanas eléctricas se escucharon en aquella visita, pese a que hay constancia de que hubo detenidos hasta noviembre, y se dio por buena la celebración del partido. Pese a todo, los soviéticos se negaron a viajar. Eso le daba la clasificación inmediata a Chile, pero los ideólogos del régimen tuvieron la idea de montar una tramoya en el estadio, en el que la selección le pisaría la cabeza al comunismo.

Diecisiete mil personas vitorearon la jugada, quince segundos ridículos que aún hoy hacen taparse la cara a jugadores que declararon sentirse como marionetas. Caszely siguió su carrera en España —jugó en el Levante y el Espanyol—, pero en Chile fue marcado por el Gobierno y él respondió con audacia: en el besamanos tras la clasificación se negó a darle la mano a Pinochet. Más tarde sería vetado para la clasificación al mundial 78 por el presidente de la federación chilena, a la postre general y subdirector de los carabineros, una evidencia de que el fútbol es un arma más efectiva que las balas o los camiones de agua. Como pasaría poco después con Argentina, la mejor muestra de normalidad era ofrecer al mundo un partido de fútbol y ganarlo. Aun sin oponente.

3. Al otro lado de la barbarie

El dictador Jorge Videla celebrando un gol de la selección Argentina a Alemania en el Mundial de 1978. Foto: Cordon.

Cambiaba la FIFA de manos pero las costumbres continuaban. En la inauguración del mundial del 78, João Havelange, presidente del ente mundial, era condecorado por Jorge Rafael Videla en el Estadio Monumental de Buenos Aires, vecino de la siniestra Escuela de Mecánica de la Armada, donde funcionaba un centro clandestino de detención, agujero de la muerte. En los últimos años saltaron a las imprentas y las pantallas relatos de futbolistas que sufrieron la represión en sus carnes, como Claudio Tamburrini, el portero del club Almagro al que chuparon y encerraron en otro centro de detención, la Mansión Seré, de la que escapó y huyó. Pero existen otras historias, las del otro lado de la barbarie, consumadas en nombre del Estado por hombres de fútbol.

Edgardo «el Gato» Andrada pasó a la historia como uno de los grandes porteros del fútbol argentino. Internacional e ídolo de Rosario Central de los años sesenta, jugó también en el Vasco da Gama brasileño. Él estaba bajo palos en el penalti que supuso el gol número mil de Pelé. En 1976, año en que se inició la dictadura, regresó a Argentina. A finales de los noventa se recibió en un juzgado una denuncia anónima sobre Andrada. Años más tarde se desclasificaron los archivos del llamado Personal Civil de Inteligencia de la dictadura. Entre los más de cuatro mil agentes aparece su nombre. Andrada se dedicaba a recabar información y la soplaba al ejército, según las investigaciones que detalla el periodista Gustavo Veiga en Deporte, desaparecidos y dictadura. Las cosas se complicaron más cuando un exmilitar y la propia fiscalía lo acusaron de formar parte del grupo que había secuestrado y asesinado a dos militantes peronistas en 1983. Andrada lo negó siempre y fue absuelto por falta de pruebas en 2012. Pese a ello y a la presunción de inocencia, fue expulsado de Rosario Central, donde trabajaba con las categorías inferiores.

A Juan de la Cruz Kairuz no lo llevaron a juicio, pero él sí a un abogado por calumnias, después de que este lo acusara de haber encabezado un secuestro junto a otros miembros de la policía. Él, Kairuz, reconoció formar parte de esa fuerza, pero dijo que no iba a trabajar, porque él era entrenador de fútbol. Kairuz jugó en Primera (Newell’s Old Boys) y a esas alturas era técnico en Jujuy. Treinta años después, mientras entrenaba al Gimnasia y Tiro de Salta, dimitió por la acusación presentada ante el club. El juicio por calumnias lo perdió.

Hay casos más cinematográficos recogidos por Veiga: un árbitro, Francisco Bujedo, y su juez de línea, Ángel Racedo, dirigían los partidos en fin de semana y por la semana participaban en operativos clandestinos en Mar del Plata, ciudad donde desaparecieron trescientas personas en los dos primeros años de la dictadura. Ocurría que en las sombras de la noche la jerarquía se invertía y el linier pasaba a ser jefe del árbitro. En cierta ocasión ni les hizo falta quitarse el traje de árbitros: descubrieron a un militante en uno de los equipos y se lo llevaron desde el propio campo. Ambos fueron condenados en 2013. Racedo murió dos años después. Bucedo fue condenado en 2016 a ocho años. En el juicio se le vio con los ojos cerrados y la cara tapada.

Y no podía faltar la figura del directivo vinculado estrechamente a la dictadura. Guillermo Suárez Mason fue jefe del I Cuerpo del Ejército y jefe del Estado Mayor. Además, era el hombre fuerte de Argentinos Juniors. Con el traje de represor cometió todo tipo de tropelías, según quedó determinado por la justicia. De civil, dominó el club y llegó a negociar el traspaso a Boca Juniors de aquel chico llamado Diego Armando Maradona. Suárez Mason murió en 2005, pero futbolísticamente se le acabó la peseta seis años antes, cuando lo expulsaron como socio de Argentinos. El mismo club que había sido fundado, recordemos, en honor a los Mártires de Chicago. El círculo cerrado.

4. Socráticos y democráticos

Igual que Argentina, Brasil ganó un Mundial durante su propia dictadura, y lo hizo con el mejor fútbol que se recuerda. Fue en México 1970, en lo más crudo del régimen, mientras en los sótanos se agolpaban los militantes de izquierdas que —aun así— festejaban los goles de la selección. Después de esa cita Brasil bajó el nivel futbolístico, coincidiendo con el ocaso de Pelé. Y solo lo elevó con la nueva década con un grupo de jugadores que más parecían hacer ballet que jugar con una pelota. Era el Brasil del 82 y estaba comandado por un capitán que era un joven veterano, de planta inopinada y visión periscópica del juego. Medía 1,91 m, pero calzaba un 37 y jugaba, siempre que podía, de tacón. Era médico de formación. Se llamaba Sócrates Brasileiro Sampaio de Souza Vieira de Oliveira.

Difícilmente haya habido personaje en el fútbol más identificado con la izquierda que Sócrates, o en todo caso que lo haya expresado con más determinación: cada gol lo celebraba puño derecho en alto, mirando a la grada. 1982 era el año de su Mundial —que no lo fue por la «tragedia de Sarrià»—, pero también el de Corinthians. Allí, en el club más popular de São Paulo, Sócrates triunfó. Pero no solo en el campo. Como en una alineación de astros, un plantel liderado por tres futbolistas —Wladimir, el obrero del balón, Casagrande, el joven rebelde, y por supuesto Sócrates, el líder natural— consiguió hacer una revolución pacífica desde donde más les dolía a los militares. Como suele ocurrir, una cadena de circunstancias y casualidades se aliaron, entre ellas la de fichar a un director deportivo —el sociólogo Adílson Monteiro— que no sabía nada de fútbol, pero que dio una libertad nunca vista en un club brasileño. Sócrates y compañía comenzaron a votar todas las decisiones del plantel, desde un fichaje a la concentración previa a los partidos, pasando por los esquemas tácticos. «Un sistema de democracia perfecta», según dijo el propio Sócrates. «Votábamos hasta para decidir si el bus tenía que parar para que alguien bajara a mear». Y todos votaban, de la estrella del equipo a la encargada de la lavandería.

Porque, antes de nada, se trataba de mejorar las condiciones de trabajo en un medio en el que el futbolista era tratado como un cacho de carne. Paralelamente a la autogestión, el grupo de barbudos y melenudos empezó a hacer propaganda antidictadura, sin ambages. De algún modo predicaban con el ejemplo. La democracia era posible, solo había que mirar al Corinthians, que, casualidad o no, ganó así un bicampeonato por primera vez en treinta años. Con el impulso se vinieron arriba. Monteiro contrató a Washington Olivetto, publicitario top de São Paulo, que creó la frase «Democracia Corinthiana» y la estampó sobre el dorsal 9 de Casagrande en la camiseta blanca del Timão, en una foto icónica del fútbol mundial. El poder del símbolo —se parecía sospechosamente al logo de Coca-Cola— traspasó cualquier límite esperado. No había redes ni internet, pero el Corinthians era el fenómeno que podía minar los cimientos de la dictadura.

No se detuvieron en su apuesta. Al no tener patrocinador en la espalda, arriesgaron y serigrafiaron su causa: «Día 15 Vote», porque la dictadura había permitido elecciones regionales. Aquello fue un disparador, el antídoto contra la alienación del supuesto hincha adormecido. «Lo más importante fue discutir política con lenguaje del fútbol en un país de gente sin educación. El fútbol es lo universal en este país, lo que nos unifica porque todos lo entienden», dijo Sócrates. Dio en la clave mucho antes de sesudos análisis sobre política y deporte. La camiseta fue vetada por la censura. Pero ellos siguieron, mientras se proclamaban campeones del campeonato paulista. Llegó 1983 y también llegaron a la final a doble partido. En el partido definitivo aquel día el eslogan cambió. Y la puesta en escena significó el culmen del movimiento. Al Estadio Morumbi salieron con una pancarta larguísima con la que posaron frente a los fotógrafos y las cámaras de televisión: «Ganar o perder, pero siempre con democracia». Ganaron.

En abril del 84 se vivió el epílogo del movimiento. En el centro de São Paulo se celebró un mitin que pedía elecciones directas, en el que hablaron las cabezas visibles de Corinthians frente a un millón y medio de personas. Sócrates tiró el órdago futbolístico, hoy dirían populista: «Si finalmente se aprueban las elecciones directas, no me voy del país». Se refería a que no ficharía por el fútbol italiano, que lo cortejaba desde hacía meses. En el colmo del anticlímax, no se aprobaron las elecciones y Sócrates se fue a la Fiorentina, donde duró un año, lo mismo que la dictadura tardó en darse por vencida. Por cierto, en la Fiore fue hostigado por la directiva del club, presidida por un aristócrata y senador democristiano que no toleraba bien las ideas izquierdistas del brasileño, hasta que se fue. No suena tan desconocida esa historia.

Sócrates y su camiseta del Corinthians, 1983. Foto: Jorge Araújo (CC).


Fútbol, paranoia y dolor: Argentina 1978

Videla y parte de la Junta Militar en el Mundial de Argentina 78. Foto cortesía de AFP.
Videla y parte de la Junta Militar en el Mundial de Argentina 78. Foto cortesía de AFP.

Cada Mundial, cada gesta deportiva de universal trascendencia, deja en el imaginario colectivo una imagen, un fotograma que pervive, generación tras generación, y acaba por sustituir a nuestros propios recuerdos.

En el caso del Mundial de 1978, el de Argentina, la imagen que pervive en la historia del fútbol es la de Mario Alberto Kempes, «el matador», corriendo exultante con los brazos abiertos mientras, desde el suelo, lo contemplan, humillados y derrotados, los jugadores holandeses de «la naranja mecánica», huérfanos de Cruyff, bajo una lluvia albiceleste de confeti.

Con el paso del tiempo esa imagen se ha ido emborronando y oscureciendo, la vergüenza nacional y la llegada del dios del fútbol, Maradona, acabó por eclipsar la primera victoria mundial del combinado argentino que hoy, tras tantos años, suscita más sombras que nunca.

El 25 de junio de 1978 se celebró en el estadio Monumental de Buenos Aires, la cancha recién remodelada de River Plate, la esperada final del Mundial de Argentina 1978, entre las selecciones de Argentina y Holanda.

Los holandeses se enfrentaban al recuerdo de la derrota contra Alemania en la final de 1974 y los argentinos buscaban, tras tantas décadas, resarcirse del fracaso de 1930. En el minuto 37 el héroe, Kempes, remató casi desde el suelo un balón que superaría al veterano arquero holandés, Jan Jongbloed. El 1-0.

Durante el segundo tiempo los tulipanes empatarían a solo unos minutos del final, de la mano de Dick Naninga, que remataría un centro preciso desde la derecha de Van der Kerkhof. Las gradas enmudecieron.

Apenas a un minuto del final del tiempo reglamentario un disparo a la madera del holandés Rensenbrink hizo recordar a muchos el drama del Maracanazo, dejando a la selección holandesa a solo unos centímetros de la gloria.

La prórroga arrojó una titánica lucha física que acabó con un nuevo gol de Kempes y otro, ya con una Holanda derrotada, de Daniel Bertoni, sellando el definitivo 3-1 del final.

Daniel Alberto Passarella, capitán de la albiceleste, recogía la Copa del Mundo de la mano del presidente de la Junta Militar, el general Jorge Rafael Videla, mientras los gritos de la enfervorizada multitud tapaban los gritos de los torturados en la tristemente famosa Escuela de Mecánica de la Armada (ESMA), a solo diez cuadras del estadio, menos de un kilómetro. «Mientras se gritan los goles, se apagan los gritos de los torturados y de los asesinados», diría Estela de Carlotto, de las Abuelas de la Plaza de Mayo, en el documental La historia paralela.

Dos años antes una junta militar presidida por Videla, junto con el almirante Emilio Massera y el brigadier Orlando Agosti, había alcanzado el poder derrocando a la presidenta María Estela Martínez de Perón, iniciando un llamado «Proceso de Reorganización Nacional».

La misión de la junta era la de acabar «con el desgobierno, la corrupción y el flagelo subversivo», como recuerda Carlos Toro en La aventura de la historia. Esta misión se materializó en la organización de un terrorismo de Estado que se entregó a la eliminación sistemática de todo disidente, o cualquiera que pareciese que pudiese serlo en un futuro.

Miles de ciudadanos, incluyendo niños, fueron víctimas de asesinatos, torturas y secuestros, muchos de los cuales aún no han podido resolverse, ante la impávida mirada del resto del mundo y la complicidad de muchos países.

Una de las primeras medidas del régimen fue ratificar la organización del Mundial del 78, con el apoyo de la FIFA. «Argentina está ahora más apta que nunca para ser la sede del torneo», afirmó el presidente del organismo, Joao Havelange. Videla designaría al vicealmirante Carlos Lacoste, mano derecha del jefe de la Armada, Emilio Massera, como responsable del deporte argentino y como encargado de mostrar al exterior un país moderno, alejado de la represión y la violencia que denunciaban algunos medios internacionales.

Solo Amnistía Internacional llamó a boicotear el evento, que obtuvo la respuesta del Parlamento de Holanda, que conminó a sus jugadores a no participar en actos oficiales. Las figuras futbolísticas más destacadas ausentes del mundial fueron el holandés Johan Cruyff y el alemán Paul Breitner, pero también sorprendió una en la propia albiceleste. Jorge Carrascosa, capitán histórico de la selección de Menotti, abandonó el equipo por «cuestiones de conciencia».

Varios jugadores de la selección sueca apoyaron abiertamente a las víctimas y acompañaron en una marcha a las Madres de la Plaza de Mayo, como se reflejó en el diario francés Le Monde, pero el balón siguió rodando sin importarle a casi nadie las más de treinta mil víctimas de la dictadura.

Dentro de la misma selección nacional argentina también se desvió la mirada hacia otro lado. Osvaldo Ardiles comentaría treinta años después: «Duele saber que fuimos un elemento de distracción para el pueblo mientras se cometían atrocidades». Menotti declararía en varias entrevistas: «Fui usado. Lo del poder que se aprovecha del deporte es tan viejo como la humanidad».

Videla entrega el trofeo al capitán argentino. Foto cortesía de AFP.
Videla entrega el trofeo al capitán argentino. Foto cortesía de AFP.

El caso del seleccionador argentino fue sin duda el más paradigmático del cinismo que mostraron muchos argentinos. Hombre de izquierdas reconocido, no quiso renunciar a la oportunidad de ganar un título que la calidad del combinado y los tejemanejes del régimen hacían probable.

Mientras apretaba la mano ejecutora de miles de compatriotas, la de Videla, Menotti arengaba a sus jugadores de la siguiente manera: «Cuando salgan al pasto, no miren al palco. Miren a la grada: ahí está el pueblo».

Menotti se convirtió, sin duda sin quererlo, en un aliado de la dictadura, que prohibió criticarle desde meses antes del comienzo del campeonato. El torneo estaba en la agenda del nuevo régimen desde su instauración: todo debía salir perfecto.

Para ello, además de contar con un equipo excelente, Videla se preocupó de que el evento lavara la imagen exterior de Argentina y, de puertas adentro, uniera y exacerbara el nacionalismo de la sociedad argentina. Para ello contrató a una empresa de comunicación y no dejó ningún detalle al azar, con un presupuesto de más de setecientos millones de dólares.

Momento especialmente sospechoso fue el tránsito de la albiceleste hacia la final del mundial. Tras pasar la primera fase, los argentinos vencieron a Polonia (2-0) y empataron con Brasil, en un partido de dureza extrema de los anfitriones que fue consentida por los árbitros.

Los encuentros Polonia-Brasil y Argentina-Perú, del grupo B, decidirían quién se enfrentaría en la final frente al primero del grupo A.

La diferencia de goles podría ser decisiva, así que la FIFA se puso del lado de los argentinos adelantando, por primera vez en el campeonato, el partido de los brasileños.

Brasil vencería a Polonia con un 3 a 1 y Argentina le endosaría nada más y nada menos que seis goles a un portero peruano, Quiroga, que, para más sospechas, era natural de Rosario (Argentina). Quiroga siempre defendería su inocencia, pero veinte años después señalaría a muchos de sus compañeros, acusándolos directamente de recibir sobornos. Por el vestuario argentino pasaría el mismísimo Videla, acompañado por Henry Kissinger, secretario de Estado norteamericano y cómplice de la represión en muchos países latinoamericanos, para arengar al combinado argentino.

Más de treinta años después surgen nuevos datos que llevan a sospechar del resultado de este mundial, el único realizado bajo una dictadura junto al de Mussolini en 1934.

La vergüenza de todos, libro del periodista y abogado argentino Pablo Llonto o el documental antes mencionado, La historia paralela, apunta nuevos datos escalofriantes, como la presencia de detenidos llevados a la fuerza a festejar el triunfo albiceleste, periodistas obligados a hacer preguntas favorables a la situación del país en las ruedas de prensa o la del torturador Jorge «Tigre» Acosta, gritándole «¡Ganamos!» a los prisioneros de la Escuela de Mecánica de la Armada, desde dónde muchos partirían hacia los «vuelos de la muerte».

«Nos usaron para tapar las treinta mil desapariciones. Me siento engañado y asumo mi responsabilidad individual: yo era un boludo que no veía más allá de la pelota», declaró no hace mucho el jugador Ricardo Villa, resumiendo el sentir de muchos argentinos respecto al Mundial de 1978, una victoria que dejaría un sabor amargo en toda una generación de argentinos, la trágica paranoia de una nación que se asesinaba a sí misma mientras gritaba de júbilo.

Me parece que soy de la quinta que vio el Mundial del 78,
me tocó crecer viendo a mi alrededor paranoia y dolor.

Crímenes perfectos», de Andrés Calamaro)


La FIFA, el monopolio sin control

Joseph Blatter. Foto: Marcello Casal Jr. (CC)
Joseph Blatter. Foto: Marcello Casal Jr. (CC)

El fútbol internacional está en manos de un organismo donde la corrupción parece ser la norma y no la excepción. La FIFA está cada vez más definida por escándalos, sobornos, comisiones, tejemanejes y una monumental oposición a la evolución, al cambio, a la mejora tanto del deporte y sus normas como de la organización interna. La entidad se constituye como un supuesto organismo sin ánimo de lucro que agrupa a las federaciones de los distintos países y regiones del mundo, pero en realidad es el administrador único de un negocio multimillonario. Este organismo toma además decisiones que tienen un impacto potencial incalculable para países enteros, tanto para bien como para mal. Particularmente una: la sede de cada Mundial de fútbol, el evento global por excelencia. La FIFA tiene un monopolio natural sobre tal decisión: no puede haber, por definición, dos Mundiales. Ni dos organizadores del proceso de selección. El problema es que los clientes del fútbol mundial (al fin y al cabo, quienes generamos todo ese volumen de negocio) hemos otorgado el monopolio a un ente opaco que hace de su capa un sayo a la hora de decidir. El resultado lo vamos a estar pagando durante la próxima década, cuando menos. La pregunta es por qué, y si podemos hacer algo para cambiar las cosas, si no en el futuro cercano, sí más allá de la oscura frontera de 2022.

Las calles de muchas ciudades brasileñas llevan en pie de guerra desde hace meses. Las protestas tienen un origen complejo y múltiple; las causas abarcan desde la desigualdad más cruda (y en Brasil la desigualdad más cruda lo es mucho) hasta los fallos en los servicios públicos básicos. Pero no hay duda de que el gasto que está ocasionando la preparación del Mundial está entre ellas. A una parte importante de la población no le parece que tal estipendio valga la pena, como tampoco se lo pareció a muchos sudafricanos antes de 2010. Puede que no les falte razón. Por un lado, la comunidad académica no se acaba de poner de acuerdo con respecto a si el balance de este tipo de eventos tiende a ser positivo o negativo; la respuesta final se queda normalmente en una versión sofisticada del encogimiento de hombros sumado al «pues depende de cuánto tengas y de cómo lo hagas». Por otra parte, en un país tan sumamente desigual resulta cuando menos legítimo plantear la cuestión de si los beneficios van a llegar a toda la población, cuándo y cómo van a hacerlo. Más aún cuando el país ha decidido distribuir al máximo a lo largo y ancho de su territorio la localización de las sedes, de manera que ciudades medianas o pequeñas pueden encontrarse dentro de unos meses con un estadio desproporcionadamente grande con el que no sabrán demasiado bien qué hacer. Lo que en la jerga de la política económica se conoce como un «elefante blanco»: un proyecto megalómano con el que se consigue un gran impacto (real o ficticio) a corto plazo, pero cuya sostenibilidad y utilidad a largo es dudosa (¿les suena de algo?). El Mundial de 2014 corre el riesgo de ser un gigantesco elefante blanco en un país cuya prioridad máxima debería ser crear y fortalecer las capas medias del tejido social. Por si fuera poco, como bien explica Arturo Lezcano en su artículo, Brasil ha modificado aspectos de su ordenamiento legal para «beneficiar» la Copa del Mundo y a quienes con ella vienen. De nuevo, supongo que les suena de algo.

A pesar de todo ello, de las tres próximas sedes del Mundial, Brasil es la más razonable, o la menos absurda. Probablemente, en cuatro años estaremos discutiendo a qué clase de genio se le ocurrió ofrecer la organización del mayor escaparate mediático del mundo a Vladimir Putin y al grupo de oligarcas que le mantiene en el poder junto a un aparato estatal de, digamos, dudosa transparencia y legitimidad. Autoritarismo, homofobia, violación de derechos fundamentales, Segunda Guerra Fría y fútbol parece una combinación irresistible para que medios de todo el mundo se ensañen, no sin razón, con la FIFA en particular y con el fútbol mundial en general. De hecho, si no lo están haciendo ya es porque se encuentran demasiado ocupados informando sobre las mentadas protestas en Brasil y sobre todo cubriendo el escándalo mayúsculo que ha supuesto elegir Catar como sede para el Mundial de 2022.

Como decía Jonathan Mahler en Bloomberg hace falta una manera muy peculiar de incompetencia para convertir en un evento que no sucederá hasta dentro de casi una década en un desastre de relaciones públicas hoy mismo. La FIFA lo ha conseguido al elegir un Estado obviamente autocrático y en mitad del desierto, de manera que los países participantes podrán escoger si jugar en un infierno de los Derechos Humanos a 40 grados a la sombra (el gobierno del país prometió estadios acondicionados y ecológicos, algo que en cualquier caso no parece ser demasiado factible) o hacer lo mismo en invierno, con temperaturas más aceptables pero a cambio de trastocar seriamente todo el calendario del fútbol europeo. Los estadios y demás infraestructuras de Catar, ecológicos o no, están siendo construidos por trabajadores que en muchos casos se encuentran en condiciones, digamos, dudosas. La normativa laboral del país otorga amplios poderes a los empleadores, llegando al punto de que los trabajadores pueden encontrarse en una situación de semiesclavitud, sin poder renunciar a su puesto. Hay incluso un caso de un futbolista europeo que se encuentra atrapado en Catar contra su voluntad, perdido en un agobiante laberinto legal. Y allá, justo allá es donde la FIFA decidió que iba a tener lugar el Mundial de 2022. Lo hizo como siempre: de una manera casi totalmente opaca, sin rendir cuentas ante nadie. Esta vez, además, con comisiones de por medio: el Sunday Times inglés destapó toda una trama de sobornos destinada a poner al petroestado al frente de la carrera.

No es la primera vez que la FIFA se ve envuelta en un escándalo del estilo. El anterior presidente, Joao Havelange, y buena parte de su equipo ya se vieron inmersos en un escándalo, incluyendo empresa-pantalla y todo: ocho años de comisiones ininterrumpidas a la plana mayor de la organización para manejar los derechos audiovisuales ligados a la misma. Escándalo ante el que no reaccionó hasta diez años después. La «clase de genio» que ha supervisado todas estas y otras decisiones es Joseph «Sepp» Blatter. El presidente de la FIFA lo es desde que Havelange renunció a finales de los noventa, y su presencia no solo no ha mejorado la imagen y la calidad (digámoslo así) del organismo, sino que probablemente ha conseguido que ambas empeoren seriamente.

Es por ello que la presión sobre la FIFA se ha venido incrementando año tras año desde que se destapó el escándalo de las comisiones. Los dos grandes periódicos europeos de origen británico, The Economist y Financial Times, llevan una buena tira de artículos, columnas y editoriales denunciando la corrupción y clamando por un cambio en la FIFA. A ello se han sumado muchos otros medios. Blatter y sus acólitos prometen reformas «internas», piden que les «dejen trabajar», montan comités éticos, de gobernanza, etcétera. Pretenden así vender una imagen de mejora. Pero a estas alturas pocos se la creen. Es fácil ver la trampa: la FIFA no tiene incentivo alguno para cambiar si nadie le obliga desde fuera, e intentan aplazar al máximo ese momento prometiendo al resto del mundo que de verdad, que lo prometen, que esta vez sí que sí que sí, van a ponerse a estudiar y a sacarse todas para no ir a septiembre.

Michel Platini. Foto: Елена Рыбакова (CC)
Michel Platini. Foto: Елена Рыбакова (CC)

Lógicamente, quienes no tragan con tal argumento piden la cabeza de Blatter, de Michel Platini (al frente de la UEFA, y votando a favor de Catar como sede mundialista en contra de los intereses de los países a los que se supone que representa) y de toda la cúpula de la burocracia del fútbol mundial. Esta condición es probablemente necesaria, mas no suficiente, para lograr un cambio. Pensar lo contrario es lo que yo llamaría la «ilusión de la casta»: igual que Podemos parece pensar que basta con cambiar las caras para que «los de abajo» (sea lo que sea eso) puedan vencer a «los de arriba», ocupar su puesto y de alguna manera convertirse en los buenos. El error está en pensar que hay personas que son y se comportan de una manera determinada u otra independientemente de los incentivos existentes. Al contrario: las personas, todos nosotros, respondemos a las estructuras institucionales que nos rodean, a las oportunidades que tenemos a nuestro alcance y las estrategias que podemos seguir. Si a muchos de nosotros, a la mayoría incluso, nos dejasen al mando de un monopolio descontrolado nos resultaría difícil no aprovecharnos de la situación. Más aún: si sabemos de antemano que estar al frente de la FIFA significa entrar dentro de un sistema podrido, ya existiría un sesgo claro de qué clase de personas y con qué intenciones intentan llegar a tal puesto. En cuatro palabras: la FIFA necesita supervisión.

¿Quién se encarga, pues, de controlar a la FIFA? Un principio básico de los monopolios naturales como este es que deben rendir cuentas de alguna manera ante sus clientes porque si no pueden disponer de la organización del mercado a placer. No solo marcando precios, sino, como es el caso, decidiendo de manera casi absoluta las condiciones en las que se desarrolla una determinada actividad y repartiéndose las rentas devengadas. La FIFA está radicada en Zúrich, y no es por casualidad. La ley suiza ha venido siendo considerablemente laxa con la corrupción en agencias privadas, particularmente en aquellas sin ánimo de lucro (así figura registrada la FIFA). De hecho, los cambios legales recientes que el país ha venido haciendo para incrementar el control público sobre los sobornos en el ámbito privado son, en gran medida, producto de la presión interna y externa sobre el Gobierno para atar en corto a la FIFA.

Pero Suiza es un país soberano, y como tal tiene pocos motivos de peso para atender las demandas de mayor control sobre un organismo cuyo rol es, de hecho, internacional. En ese sentido, descargar en Suiza toda la responsabilidad de poner en orden la casa del fútbol parece excesivo. O, mejor dicho, un camino no totalmente esperanzador. Resulta necesario reformar de arriba abajo el modo de funcionamiento de la FIFA, de manera que su buen funcionamiento no dependa completamente de la legislación del país en que se encuentra. El aspecto en que se suelen centrar la mayoría de las propuestas que llevan circulando desde hace un tiempo es el de cómo elegir la sede de cada Mundial, habida cuenta de que el proceso actual consiste en el tráfico opaco de influencias (Lezcano, en su texto, destaca que nadie nunca vio el dosier de la «candidatura» de Brasil, y del caso de Catar mejor ni hablamos). Hacer transparente la selección eliminaría una buena parte de los incentivos para la corrupción de la dirección de la FIFA. Las opciones no son pocas. Desde un concurso con jueces independientes y requerimientos de sostenibilidad económica (que, como vemos en el caso de los Juegos Olímpicos, está lejos de ser ideal) hasta un mecanismo en el cual el ganador de un año hospeda el Mundial al año siguiente, con opción a renuncia. Cualquier alternativa supondrá una mejora a lo que parece ser de facto una subasta de sobornos.

Pero esta reforma dista de ser suficiente, a pesar de que resulte necesaria. Hace falta modificar radicalmente la gestión de derechos audiovisuales, así como cambiar la manera de elegir a la cúpula. ¿Cómo forzar a la FIFA a cambiar? Esa es la última pregunta del razonamiento, donde todo empieza y acaba. La verdad es que la única manera de conseguirlo es mediante la presión directa e indirecta, constante y decidida, de sus clientes y de aquellos a quienes representa. Sí, cada vez se alzan más voces que piden reforma, pero no basta. Debemos continuar. Y debemos también aceptar la triste contradicción en la que todos los que disfrutamos de los Mundiales nos encontramos: no podemos dejar de seguir, disfrutar y sufrir con el fútbol, pero al hacerlo no debemos dejar de criticar la actitud de un organismo que, entre otras lindezas, hasta hace poco ni siquiera permitía a las mujeres ser parte de sus órganos directivos.

Es la tragedia de los monopolios. Que uno, si se sale, no sabe a dónde mirar.

Foto: Agência Brasil (CC)
Foto: Agência Brasil (CC)


Antimundial en el país del fútbol

Fotografía: Cordon Press.

El pagode es un subgénero de samba convertido en fenómeno comercial desde hace dos décadas en Brasil. Mucho más instrumentada y percusiva que la versión original, es la música más popular en el gigante sudamericano y sus compositores e intérpretes, dioses. Por eso bastaron solo un par de horas para que el país montase en cólera al leer la noticia que se desparramó por medios y redes: la FIFA había registrado esa palabra, «pagode», en el Instituto de la Propiedad Intelectual para el año 2014. O sea, que lo hacía suyo. En realidad fue una falsa alarma. Contra lo que se dijo al principio, no se prohibía la reproducción de la palabra, sino que la Fifa bautizó con ese nombre la fuente tipográfica del Mundial y la protegieron patentándola. Pero el daño ya estaba hecho. La prensa diaria, poco sospechosa de posicionarse contra lo que rodea la Copa del Mundo, publicó columnas incendiarias contra la apropiación de un concepto intangible y querido como el pagode. Ya la indignación en contra había desbordado incluso a sectores de la gigante sociedad brasileña que jamás lo hubieran pensado en 2007, cuando se supo que su país acogería el Mundial. Por aquella época el evento era motivo de orgullo e hinchazón pectoral generalizados. Siete años después, la sonrisa no es la misma. La catarata de noticias sobre el papel de la FIFA, sumada al enfriamiento económico y, lo más importante por inusitado, el arrojo con el que la gente salió a la calle a protestar por primera vez en décadas, tiraron a la lona el sueño del Mundial feliz en el autodenominado país del fútbol. Contra lo que se viene gritando en las calles de las grandes ciudades brasileñas el último año como un mantra, sí, vai ter Copa, va a haber Mundial, pero está por ver cómo resulta y a qué precio —no solo financiero—: obras inacabadas o sin empezar, estadios que se quedarán sin uso tras el evento y desatención a los problemas reales de un país con mucho que trabajar antes que celebrar. En eso se basan los contrarios a la FIFA para manifestarse contra el Mundial, que no el fútbol como deporte. Veamos entonces las causas y consecuencias.

1-¿Por qué un Mundial en Brasil?

En la ciudad suiza de Zurich se yergue la sede principal de un ente, porque no se le puede llamar empresa, mucho menos ONG, que rige los destinos del fútbol. Se llama Federación Internacional de Fútbol Asociación y es la dueña de la pelota, porque domina hasta la última micra de lo que se mueve en el fútbol, que en su versión moderna, más bien contemporánea, se refiere única y exclusivamente a dinero. Money. No es de ahora: precisamente fue un brasileño, João Havelange, el que empezó a cambiar los destinos de la FIFA —ergo el fútbol— al globalizar el negocio del deporte más universal, valga la redundancia. Su última gran jugada antes de retirarse, de hecho, fue llevar el Mundial a Asia, el mercado más achicharrado, en 2002. Después asumió el poder su lugarteniente europeo, Joseph Blatter, que mantuvo la política de rotación de mundiales por continentes. Allá por 2007 se decidió —así, en impersonal— que el Mundial de 2014 se jugaría en Brasil. El proceso, pese a todo, tuvo su protocolo: como después de Asia fue Europa (Alemania 2006) y más tarde África (Sudáfrica 2010) lo lógico era volar a América, específicamente a la del sur, pues la federación del norte, Concacaf, ya había tenido su torneo relativamente hacía poco (EE. UU. 1994). Así que se pusieron en manos de la Conmebol, asociación sudamericana, que a su vez pasaron el regalo al entonces todopoderoso presidente de la todopoderosa Confederación Brasileña de Fútbol (CBF), Ricardo Teixeira, a la postre yerno de João Havelange, y le dijeron que tenían un Mundial esperándolos. No había interés en los otros nueve países de la Conmebol —salvo la Colombia de Uribe, que terminó apartándose del camino muy a su pesar— en meterse en un fregado como el que afrontaría Brasil, encantando de haberse conocido, por aquella época, con crecimiento económico a tasas chinas y un presidente que iba de cumbre en cumbre sin tocar el suelo. Lula da Silva aceptó el soplido de Teixeira y tachán, Brasil se convirtió en único candidato a albergar el Mundial 2014. Se oficializó el 30 de octubre de 2007 en Zurich. La comitiva de la Confederación Brasileña de Fútbol era variopinta: el presidente, el director de comunicación, dos excampeones del mundo (Romário y Dunga) y Paulo Coelho. Sí, Paulo Coelho. Debió de ser algo ridícula la historia porque no hubo ni presentaciones ni carpetas: era Brasil o Brasil. «No conozco a nadie que haya visto el dossier brasileño de 2014. Porque no existe». Quien habla se llama Christopher Gaffney, elemento fundamental en la crítica de lo que ocurre en las bambalinas de los grandes eventos. Estadounidense, exfutbolista profesional, geógrafo y profesor visitante de la Universidad Federal Fluminense de Río de Janeiro, es el académico de referencia en torno a Mundiales y Juegos Olímpicos. De hecho, la Universidad de Zurich —justamente— lo acaba de contratar para que investigue en el próximo lustro la transición entre Brasil 2014 y Rusia 2018. Gaffney abre bien los ojos en su casa del barrio carioca de Flamengo y añade: «Desde 2002 Brasil sabía que sería sede. Luego, formalmente, se supo en 2007, y en 2009 se firmaron los contratos de las sedes con la FIFA, con una matriz de responsabilidad que incluía proyectos de todo tipo y que se han cumplido en muy pocos casos». Estaba todo listo, pues, hace nada menos que doce años. Curiosamente, ese año en que según Gaffney se puso la primera piedra del Brasil mundialista, en 2002, un grupo de muchachos también sembraron la semilla de lo que se convertiría en núcleo de la lucha anti-Mundial, al crear los comités contra los Juegos Panamericanos de 2007, que se celebraron en Río. Sin saberlo, la contestación al Mundial acababa de comenzar. Y la rotación de continentes para organizar mundiales acababa de terminar.

2-¿Quién lucha contra el Mundial?

El 24 de agosto de 2002 Río de Janeiro le ganó la partida de los Juegos Panamericanos (PAN) a la ciudad estadounidense de San Antonio y Cali, tres meses antes de que Lula da Silva subiese al poder con su Partido de los Trabajadores y se hiciera cargo del Gobierno de Brasil. Que había cambios profundos en el país se vislumbraba, aunque no era patente. La oportunidad de albergar unos Juegos Panamericanos, una especie de olimpiadas continentales con larga tradición, fue tomada por la opinión pública como una muestra de que Brasil estaba en la agenda del poder. Sin embargo, para los jóvenes militantes que crearon el comité social de los PAN, un «movimiento apartidista», esos Juegos infundían temores que se repetirían hasta la saciedad con el Mundial. En su «Manifiesto por la ciudad», firmado por «mil ciudadanos preocupados con la ciudad que se heredará», se expresa la preocupación por las intenciones del poder público en «privatizar el espacio público, con amenazas de remoción de comunidades pobres sin política habitacional digna y compensatoria, el desmantelamiento del Estadio de Remo para transformarlo en un lugar explotado comercialmente, el carácter elitista de la Villa de los Atletas y la construcción onerosa de un estadio en un barrio habitado y sin infraestructuras. Queremos que el legado del PAN proporcione un necesario desarrollo sostenible y justo para Río». Detalles: el estadio, bautizado con el nombre de Joao Havelange, aunque popularmente se le llame Engenhão, se inauguró para los PAN y en 2013 se clausuró por «problemas estructurales». Además, y en línea con aquel evento, el estadio costó casi seis veces más de lo inicialmente presupuestado. Resumen: si uno transporta el contenido de las comillas a las críticas mundialistas solo tendría que cambiar los nombres de los lugares citados. Verbos y adjetivos permanecen.

Fotografía: Cordon Press.

Desde 2009, los ya denominados Comités Populares actuaban con fuerza en universidades, entornos de partidos políticos y colectivos sociales. Por entonces, a cinco años del Mundial, se habían desatado acciones destinadas a la lucha contra los desplazamientos por las evacuaciones de favelas derivadas de las obras. Y más adelante, hasta 2012, se multiplicaban los intentos de bloqueo de las concesiones que por esa época comenzaban a oficializarse en audiencias públicas, como marca la ley. Sonadas fueron las audiencias para la concesión de Maracaná, por ejemplo, con una conjunción de colectivos gritando en la cara de las autoridades contra la «privatización» del estadio. Se movilizaban los sectores tradicionalmente militantes pero había poca calle. La habitual, en definitiva, en un período de amodorramiento político de la sociedad brasileña, con el viento de cola económico y un período de redistribución social —temporal al menos— nunca visto hasta el momento. En realidad el país nunca ha tenido grandes revueltas populares ni una contestación clara a los sucesivos poderes establecidos. Hasta que llegó junio de 2013 y la Copa Confederaciones, la chispa y la explosión en tres días, según asume Tadeu Lemos, activista universitario y perteneciente a los Comités Populares de Río. «Desde la salida del presidente Collor de Mello hasta 2013 pasaron veinte años en los que no hubo salida a la calle. Estaba todo el mundo dormido y ahora, por primera vez salimos; somos una generación que descubrió que la calle no es solo para cruzar. Y eso vale más que un millón de discursos».

Hay muchos análisis sobre lo ocurrido hace un año. En rebobinado rápido, a finales de mayo entró en vigor en Sao Paulo la subida de veinte centavos de real para la tarifa del autobús decretada por el alcalde. Varias convocatorias repudiaron el aumento, no solo en Sao Paulo sino en otras muchas ciudades. Y como un virus, las protestas empezaron a propagarse hasta que a mediados de junio la presión subió hasta vivirse una semana inédita en Brasil: entre el 14 y el 20 de junio, pero especialmente los últimos tres días, riadas de gente —gente: en su mayoría no-militantes y manifiestamente de varias clases sociales— marcharon por las calles brasileñas. Protestaban, claro, por algo más que los veinte centavos del autobús. La mayoría de pancartas ya tenían destinatario muy diferente a alcaldes o empresas de transporte: el Mundial y los Juegos Olímpicos se llevaban, en gran parte, la ira de los manifestantes. Los «FIFA, paga mi tarifa», «Transporte estándar FIFA» y «No va a haber Mundial» empezaron a verse y escucharse.

A todo esto, el 15 de junio comenzó la Copa Confederaciones, el evento creado como test para el Mundial que se celebra al año siguiente. Esta vez a la FIFA le explotó el experimento en las manos. Destacaban, entre los muchos movimientos que afloraron en semanas, unos jóvenes veteranos que levantaban la bandera contra los eventos. Eran los comités. «Nadie podía adivinar lo que iba a pasar el día 20, con más de un millón de personas, quince días antes, cuando éramos dos mil, o un mes antes, cuando éramos doscientos». Habla Caio Martins, portavoz del Comité Popular da Copa de Río, ataviado con una camiseta de Vasco da Gama y con una confesión por delante: «Soy un loco del fútbol, y no estoy contra el Mundial como juego, sino por cómo está concebido».

3-¿Contra qué se protesta?

«Estamos preocupados por la exclusión de millones de ciudadanos respecto al derecho de la información y su participación en las decisiones sobre las obras del Mundial, por el desalojo de familias y la profundización de la desigualdad, la apropiación del deporte por entidades privadas y grandes corporaciones a las que los gobiernos están delegando responsabilidades públicas; o la inversión de prioridades en el uso del dinero público que debería servir, prioritariamente, para salud, educación, transporte y seguridad pública». Semejante declaración no la firma el Comité Popular de la Copa ni un sindicato de izquierda: es un documento publicado hace unos días por la Conferencia Episcopal de Brasil, el máximo órgano del país con más católicos del planeta, encabezada bajo el título de «Los errores del Mundial» y que se ha distribuido en aeropuertos, hoteles y restaurantes en varias lenguas. La indignación ha llegado al lugar con más penetración en la sociedad brasileña, la Iglesia, mientras los activistas anti-Mundial siguen pensando iniciativas para que la gente se vuelque en la calle como el año pasado.

Una noche de martes de mayo de 2014, el Comité Popular se reúne en algún espacio cedido por alguna institución o sindicato de la ciudad. Hoy toca en un espacioso auditorio en un edificio a escasos cincuenta metros del epicentro de todas las manifestaciones: la plaza de Cinelándia. Después de tres horas de asamblea, treinta y cinco personas debaten acaloradamente sobre el penúltimo punto del orden del día. Hay tensión lógica por la cercanía del Mundial y cierto escepticismo después de la manifestación del 15 de mayo, denominada elocuentemente 15M, que no tuvo excesivo seguimiento. Pero la convocatoria no la realizaron ellos, sino otros colectivos. Por eso en esta asamblea se debate qué papel hacer en las siguientes manifestaciones, o sea, durante el Mundial. Y se llega a la conclusión de que hay que cambiar la estrategia para ganarse a la población: manifestaciones lúdico festivas con música y atracciones que atraigan a la sociedad. La primera, el día del partido inaugural. De fondo, el mismo mensaje, las mismas razones: «Hace siete años nos dijeron a todos que los eventos serían vehículos para la transformación del país. Transcurrido el tiempo toda la sociedad vio que no era así, sino todo lo contrario, y se revolvieron contra ello saliendo a la calle», asegura Martins. Para los anti-FIFA no hay mejor ejemplo que sus buques insignia: los estadios. «Maracaná ha tenido en los últimos quince años tres grandes reformas. La última, la del Mundial, ha costado mil doscientos millones de reales (cuatrocientos millones de euros) y fue inmediatamente privatizado para amigos de quienes mandan. Ahí llega la contradicción: hay dinero para los estadios pero no para la salud o la educación, que son una exigencia mínima para el Estado. ¿Cómo no va a salir la gente a la calle?», completa el activista.

Los estadios son especialmente llamativos en lo que los críticos entienden como una privatización poco encubierta. Es el modelo llamado PPP (Parcería Público Particular), vigente en nueve de los doce estadios del mundial. Chris Gaffney lo resume así: «Los estadios se pagan con dinero público, pero van a manos privadas. Es decir, se hace una concesión por concurso y el Estado le cobra un alquiler anual durante treinta y cinco años, normalmente. El problema es que Maracaná, por ejemplo, costó cuatrocientos millones de euros, el doble de lo previsto, y el alquiler es de poco más de cuatro por año». No hace falta calcular cuánto tardaría en amortizarse y no hace falta ni decir que para entonces haría falta una nueva reforma. También es cierto que la manutención, muy costosa, corre a cargo de los socios privados del estadio, en un juego conocido: quien ostenta el 90% de la sociedad concesionaria es precisamente la constructora que reforma el estadio. Las críticas, aun así, no van tanto a las propias empresas sino a los poderes públicos que viabilizan modelos inaceptables para los críticos, no solo por el reparto de dinero sino porque ha implicado el desplazamiento de miles de familias residentes en favelas próximas a estadios, en una secuencia repetida y que vuelve ahora otra vez con las obras de los Juegos Olímpicos.

Una pintada de protesta en la Favela da Paz, una de las más cercana al Estadio Maracaná. Fotografía: Cordon Press.

Pero lo que más enerva a los críticos con el mundial y la FIFA es la llamada Ley General de la Copa, el armazón jurídico para la realización del Mundial y todo lo que rodea al evento a lo largo del año (incluido el affaire Pagode). La ley es sancionada por el jefe del Estado, en este caso la presidenta, y contiene una serie de artículos que en Brasil han levantado ampollas por lo que entienden una intromisión feroz en la soberanía. Que se permita el alcohol en los estadios no deja de ser una anécdota, pese a las páginas que llenó el asunto durante semanas. Que, sin embargo, la FIFA disponga de exención fiscal total durante el Mundial, y no solo ella sino sus empresas asociadas, no sentó bien a todo el mundo y dio pie a sesudos análisis jurídicos, al igual que las nuevas responsabilidades penales impuestas por la ley y también las civiles. Para los críticos, son imposiciones arbitrarias de una entidad privada y extranjera. En la calle se escucha estos días que la FIFA es dueña de Brasil por unos meses. Gaffney lo dice de otra manera: «Según la ley, si hay un terremoto los beneficios de la FIFA tienen que estar garantizados. En Brasil no hay terremotos, pero hay protestas». El asunto es por qué se acepta todo eso. Según Gaffney hay dos posibilidades: «O Brasil no ha sabido negociar con ellos o no ha querido. Porque ¿para qué negociar, si quien lo hace son las élites que dominan las empresas que se benefician de los modelos privatizadores de los bienes del Mundial?».

Y así, según él, se cierra el círculo del Mundial, evento para unos pocos en un país gigante, también en las gradas. «Cualquiera de las personas que viven en favelas está preocupada de trabajar cada día para llegar a fin de mes, ni pueden soñar en entrar a un partido». Un chiste serio dice que el cambio más significativo de Maracaná no es ni la forma ni la tecnología ni la modernidad rampante, sino su color, en sentido figurado: se ha blanqueado. O sea, que de ser el estadio donde se apretujaron doscientos mil enfermos de la pelota en 1950 sin casi distinción de clases ahora es un coto cerrado para la mayoría del pueblo, el menos blanco de la vertical sociedad brasileña. Y eso que la FIFA ha reservado la categoría más económica de entradas para brasileños, que a la vez llegan a pagar, en algunos casos, solo la mitad del importe. A quien le toquen en gracia todos esos supuestos pagará una media de ochenta reales (unos veinticinco euros), que supone algo más del diez por ciento del salario mínimo. A partir de ahí, la escalada de precios se hace más empinada que el morro de Corcovado, hasta llegar a los mil novecientos ochenta reales de la final (seiscientos cincuenta euros) para la entrada más cara. Y todo eso sin contar los palcos, entradas preferenciales y vip variados que poblarán los doce estadios del Mundial al estilo de como ya lo hacen en las finales de Champions o Europa League (donde se vieron fondos llenos de hinchas, pero tribunas centrales medio vacías por las entradas no utilizadas por patrocinadores y demás compromisos, y por el precio, claro). O sea, que no es una cuestión brasileña, pero aquí se han encontrado una masa contraria, precisamente en el país del fútbol, pero que en un 95% ni se imagina lo que es verlo en directo. Con este detalle quizás resulte más fácil entender que las quejas nada tienen que ver con el fútbol: se trata de salud, transporte, educación, seguridad. Porque quien paga por entrar al Mundial paga su seguro privado de salud, tiene coche y educación privada. Y el fútbol tiene también y cada vez más el acceso restringido.

4-El legado del Mundial: ¿verdad o estafa?

Si el Mundial fueran unas elecciones, la FIFA debería preocuparse. Según el instituto de encuestas más importante de Brasil, Datafolha, para el 55% de los brasileños el Mundial «traerá más perjuicios que beneficios» para Brasil. O, también, hay un 48% de brasileños abiertamente «favorables» a la realización del Mundial, muchos menos que antes de las protestas de 2013 (65%) o que en 2008, un año después de saberse que serían sede (un 79%). Según otro sondeo, este de Pew Research, de principios de junio, el 60% de la población cree que el Mundial será «malo» para Brasil. Y al mismo tiempo, se dice que el 72% está insatisfecho con las políticas del país. O sea, las de los gobiernos de los estados y el federal de Dilma Rousseff, donde terminan las críticas en el callejón de todos los descontentos. Y es Dilma la que ha dicho de todas las maneras, incluido Twitter, que será «el Mundial de los mundiales». Y que su «legado», que es una palabra de a diario, será gigante.

El caso es que en el lote del Mundial venían promesas de infraestructura que, decían los brasileños, se cumplirían porque si no la FIFA pondría pegas o algo peor. Llegado junio de 2014, hay aún varios estadios con estructuras provisionales para el Mundial. Pero muchas de las obras prometidas, además, están en algún limbo desconocido, como se encarga de recordar diariamente una web satírica pero con la base demoledora de la hemeroteca. Pero también, según datos oficiales, la mitad de las obras de transportes y movilidad urbana no estarán listas a tiempo. Algunas ni han salido del papel. Y otras presentan costes imposibles de asumir a día de hoy. Las inversiones derivadas de la Copa del Mundo son ya un embrollo imposible de cuantificar, aunque hay estimaciones de unos diez mil millones de euros, mientras los estadios han alcanzado los dos mil quinientos millones de euros, casi un 70% más de lo previsto y superando lo gastado en los dos mundiales precedentes. Para algunos lo más grave es que finalmente saldrá de las arcas públicas casi un 90%. Para otros será el uso que le será dado a estadios gigantes en ciudades sin tradición futbolística. Los casos más conocidos, el de Cuiabá y Brasilia, sin equipos de élite y ni tan siquiera tradición de alto nivel, o el de Recife, a treinta kilómetros del centro de la ciudad. Gaffney sentencia: «El Mundial ayudará a acelerar las tendencias que ya tenemos: más armas en la calle, más fragmentación de las ciudades y estadios para el consumo de unos pocos».

Faltan por saberse datos palpables sobre la otra herencia prometida: el impacto de los eventos en el PIB del país. Después de los datos que se ofrecían hace cuatro y cinco años por autoridades varias, sobre los cientos de millones que lloverían sobre la economía del país, varios estudios (entre otros uno de la agencia Moody’s) han ido volcando en los últimos días la impresión de que el impacto será más modesto de lo esperado, con un techo del 0,5%, y que mucho, como todo en este Brasil, tiene que ver con el clima tibio, cuando no exaltado, contra la Copa del Mundo. Con razón se ha empezado a extender la preocupación con los Juegos Olímpicos de 2016, incluido el Comité Olímpico, que ya ha enseñado la patita. Queda por ver qué dirá la calle.

Fotografía: Cordon Press.