Alfredo Evangelista y la sombra de Dios

Combate entre Mohammed Ali y Alfredo Evangelista, 1977. Foto: Cordon.

En un juego en el que no le pintaban más que bastos, el lince de Montevideo ganó. El hijo del distrito 24 ascendió a los cielos de Europa y a los altares de escay de la noche madrileña, y se consiguió sacar a golpes el hambre voraz que le iba detrás desde la cuna. Subió tan alto tan pronto que perdió la cuenta de lo que tardó en caer. Los puños le abrieron unos horizontes que su origen le vedaba. Y sin embargo, el mito de Alfredo Evangelista Chamorro se forjó en una derrota, la que hace cuarenta años le infligió el deportista más influyente de todos los tiempos. Aunque mañana curara el cáncer, o matara al papa, Evangelista seguiría siendo, para la memoria colectiva, el púgil ignoto con trazas de guerrero apache que una noche de mayo le metió el miedo en el cuerpo a Muhammad Ali.

***

Siempre poniendo el carro antes que los bueyes, Alfredo Evangelista se asomó al mundo del año 54 en Villa Española, la barriada montevideana aposento de contrabandistas y proletarios que olas tenaces de inmigrantes europeos habían ido haciendo suya y a la inversa. Allá había ido a dar con sus huesos el abuelo Evangelista, un laburante italiano que prosperó lo que le dejaron, o sea poco. En La Isla, el mísero ranchito de ladrillo y chapa que dejó en herencia a la turba católica de vástagos de rigor, se amontonaban tíos, primos y chinches sin filiación, y la comida era un término difuso que a veces significaba pan de anteayer y a veces un café negro como una tele apagada y un andá a buscar changas y dejate de joder. Bichuchi (el alias le cayó de rebote, por mirar) pudo ir unos años a la escuela de la calle Algarrobo, que por las mañanas era la 89 y por las tardes la 118, hasta que (sabe Dios cómo, en vista del plan nutricional) pegó tal estirón que le empezaron a llamar, con sorna, el Maestro. A la espalda, claro, porque, aunque tranquilote y distraído, cuando Bichuchi se enciende arrima unos sopapos de los que quitan las manías. Con eso y con todo, el boxeo no le vino de vocación. Es papá Evangelista, de nombre Vicente Roque, el que idolatra la dulce ciencia. El viejo frecuenta gimnasios y clubes, departe con los preparadores y no perdona una velada. El problema es que Roque es rengo. Un accidente le dejó una pierna más corta que la otra, y en una historia más vieja que el fuego se le mete entre ceja y ceja calzarle al pibe los guantes que él nunca podrá lucir. Pero el pibe quiere seguir siendo pibe, la disciplina del saco no va con él, prefiere jugar en la calle a ser Pedro Virgilio Rocha llevando a Peñarol a ganar otra Libertadores. Un mal día, harto de doblar la grupa por migajas, Roque hace el petate y se va, a dedo, rumbo a la tierra de Mickey Mouse. «Elsa, si no hago plata no vuelvo». María Adelcia Chamorro llora. El pibe le promete medio forzado al padre que se subirá al ring al menos una vez, para dedicarle la victoria. Las cartas desde la carretera, frecuentes y optimistas al principio, se vuelven exiguas con los años. En la nochebuena de 1972, un terremoto de 6,2 asola Managua, su última dirección conocida. No se vuelve a saber.

Siendo el mayor en talla y primaveras, Alfredito se echa la familia al lomo y pasa sus primeros años de adolescencia ejerciendo cualquier oficio no cualificado que le deje unos chavos en la repisa. Mira de cuando en cuando la bolsa de deporte con toallas enrolladas que tiene bajo la cama, hasta que un día esta le devuelve la mirada con ojos de Roque. Bichuchi se plantifica en la entrada del Club Social y Deportivo Villa Española, donde empieza a tirar manos bajo la tutela de Adrián Rivero, y ya no mira atrás. El bigardo candoroso que se distrae con el vuelo de una mosca resulta tener maneras de boxeador, un instinto de los que no se entrena y una movilidad de piernas que, sin ser la de Nijinsky, es difícil de ver en un peso pesado. Alfredo avanza en su instrucción al doble de velocidad que el resto de la recua del Villa Española, y en tres años de amateur presenta una hoja prácticamente inmaculada, con veintitantas victorias, muchas antes del límite, y tan solo una derrota. Son los primeros y duros años de la dictadura uruguaya, y Alfredo busca pastos más verdes en Brasil y Argentina, donde estiba en los muelles y le hace de sparring al malogrado campeón argentino Víctor Galíndez, que le zurra como si le hubiera matado un hijo. A la chita callando, Alfredo se sube a lo alto del cajón en el campeonato amateur de Sudamérica. El nombre Evangelista comienza a resonar por las parcas estructuras del pugilismo uruguayo y, durante una visita a casa para acercar cuartos, Alfredo recibe la llamada del ojeador Hortencio Gularte. Él la había recibido a su vez de Evelio Mustelier, Kid Tunero, un legendario púgil cubano afincado en España y reconvertido en preparador. Mustelier y Gularte se habían hecho amigos casi cuarenta años atrás, cuando el primero puso fin a la carrera del segundo mandándolo a la lona del Gran Parque Central de Montevideo. Tunero busca un joven con aptitudes para nutrir la maltrecha categoría pesada en Europa, y Gularte solo tiene un nombre en la cabeza. Alfredo hace que se lo piensa, pero le falta tiempo para subirse al avión. A la pobre Elsa por poco le tienen que hacer una tortilla de Valiums mientras ve salir tarifando a otro cabeza de familia con una fantasía en la cabeza y cero en la buchaca.

II.

Alfredo Evangelista aterriza en Madrid un domingo yermo de 1975. Al dictador de aquí ya le están haciendo la cuenta de diez, pero el franquismo goza aún de una lozanía envidiable. Tunero lo instala en una pensión detrás de la Cibeles, y Alfredo descubre a sus veinte años la comida diaria y la cama caliente. La gazuza acumulada es tal que en pocas semanas coge diez kilos de los buenos, de los de acero pa’ los barcos. Tiene una idea fija en la cabeza: amasar la plata que su padre no pudo y traerse al resto de la familia a España sin saltarse un cumpleaños. Los amaneceres le sorprenden corriendo por el Retiro y las tardes se le hacen noche hostigando al saco en el aledaño Palacio de los Deportes. Si el Museo del Prado se asentara sobre setenta y dos escalones como el de Philadelphia, no es difícil imaginarle haciendo cima, puños en alto, bajo la funkfarria de Bill Conti. Alfredo ni se imagina hasta qué punto su futuro discurrirá en paralelo al del guion que Sylvester Stallone está escribiendo en esos mismos momentos, aunque la idea le surgiera tras presenciar la pelea de Ali con Chuck Wepner. El cubano Mustelier le invita los domingos a su casa, y le habla de la bohemia parisina, de su amistad con Hemingway, le da consejos zen. Alfredo de eso no sabe y solo quiere que lleguen los mamporros. Su desvirgue profesional no se hará esperar. El primer rival de la carrera de un boxeador suele buscarse asequible, un picapedrero con cierta experiencia y consciente de su labor de fogueador. Tunero le pone delante a Angelo Visini, un trozo de carne con ojos que a esas alturas presenta un grotesco historial de una victoria y quince derrotas. Alfredo le cambia el eje Y por el X a los noventa segundos del primer asalto. En los siguientes cuatro meses, despachará sin melindres a media docena de bultos sospechosos (italianos mayormente) de los que vagan por los cuadriláteros europeos como orquesta por romería, y al jamaicano Neville Meade. El runrún sobre la presencia de un joven pesado sudamericano con posibles se intensifica en los albores de 1976, y flota como una mariposa por los mentideros de una España con una pobre tradición boxística pero que ha pasado los últimos años viendo a sus púgiles brillar en el escenario internacional

El boxeo español había vivido efectivamente una edad dorada en los diez años anteriores, con la pragmática sanción de un régimen al que le venía de perlas un nuevo single que añadir a los greatest hits de fútbol y toros, y con los que tener bien apamplinado al personal. En los dos lustros que van del 66 al 76, una treintena de campeonatos europeos y ocho cinturones mundiales pasarán a engrosar las raquíticas vitrinas rojigualdas. Pero a ojos profanos todo lo que hay por debajo de los noventa y un kilos es caza menor, y España solo parecía capaz de producir plumas y ligeros, así que los mecanismos federativos patrios, presididos por Vicente Gil, a la sazón médico personal de Franco, se habían lanzado a finales de los sesenta a la búsqueda de un peso pesado de relumbrón. La tarea se adivinaba complicada en un país que en toda su historia solo había dado un Maciste de talla mundial, en la figura del guipuzcoano Paulino Uzcudun, y tal fue el páramo que encontraron los enviados del Dr. Gil que no les quedaría más remedio que fabricar un campeón de la nada. La fábula del auge y caída de José Manuel Ibar Urtain es demasiado improbable y jugosa como para glosarla aquí en la extensión que merece, pero para cuando Alfredo entra en escena, a finales de 1975, el Tigre de Cestona ha arramblado con dos campeonatos de Europa, llenado polideportivos y plazas de toros hasta dejar gente fuera, y protagonizado una lisérgica película sobre su vida, impregnando el subconsciente colectivo a un nivel que es difícil de concebir hoy en día. Urtain es un icono pop en las postrimerías del régimen, y aunque para entonces ya ha comenzado a mostrar unas hechuras de juguete roto más que evidentes, un latigazo de su estruendosa derecha de harrijasotzaile aún es capaz de arruinar una familia. El Morrosko es el hombre a batir en la desangelada categoría de plomo en España, y Alfredo fija sus miras en él para su octavo combate, con un triple objetivo: una bolsa suculenta, la promesa del promotor de traer a su familia de Uruguay si vence, y la posibilidad de ganar el favor de un país que ya ha demostrado que no tiene remilgos en asimilar por la vía rápida a púgiles foráneos cuando vienen con los panes del triunfo bajo el brazo: El soberbio pluma cubano Pepe Legrá, la otra gran importación excolonial de Kid Tunero, puede dar testimonio de ello.

La escenificación de este choque atávico entre el pasado y el futuro, que tan periódicamente se da en el boxeo, se produce una vez más el 15 de mayo de 1976 en el Palacio de los Deportes de Madrid. El combate en sí no tuvo mucha historia: la diferencia de trayectorias, de peso y de edad (Urtain cumple treinta y tres años sobre la lona, una edad geriátrica para la época; Evangelista ha soplado veintiuna velas hace unos meses) decanta desde el principio la pelea para el aspirante. No hay título oficial en juego, pero todo el mundo sabe que lo que se dirime es el trono de la categoría máxima, y que el Rey lleva demasiadas batallas encima. El contraste de estilos es total: Evangelista mantiene en la distancia con piernas de ligero a un Urtain que le busca como un miura por el cuadrado, y castiga al de Zestoa cuando se acerca más de la cuenta, con una izquierda que no mata pero marca. Con más pundonor que juicio, Urtain carga una y otra vez para encontrarse con que su dinamita no conecta en la zona de puntos y que Evangelista no desaprovecha ninguna de sus sempiternas aperturas de guardia para reconfigurarle los rasgos faciales. A la salida del quinto asalto, el histórico preparador Manolo del Río arroja la toalla desde la esquina de un Urtain bañado en sangre que ya ha conocido lona dos veces y que solo puede aspirar a salir vivo de esta. El público madrileño, que no pocas veces en los últimos años había abandonado el Palacio molesto con la apatía de Urtain, pero que nunca le ha dado realmente la espalda, despide al ídolo caído con la nostalgia instantánea de las últimas ocasiones, y acoge con calor al forastero, que cae de rodillas en medio del ring asumiendo la coronación. La nacionalidad tardará casi un año aún en llegar, pero Alfredo se hace español aquella noche ante diez mil testigos.

El remanente del año transcurre con cierta placidez, haciendo pleno de victorias en siete peleas de limitada relevancia mientras llega la ansiada ciudadanía española que otorga el derecho a optar a títulos en el continente. Esta segunda parte de 1976, sin embargo, quedará marcada por un suceso extradeportivo de aquellos en los que la realidad se adentra peligrosamente en el terreno del folletín más inverosímil. La cosa es tal que así: en el furor periodístico que sigue a la pelea con Urtain, Alfredo concede unas declaraciones a la Agencia Efe en las que, rememorando su vida antes de España, relata la desaparición de su padre en Nicaragua y cómo su ausencia le ha marcado la vida adulta. Sus palabras encuentran eco mundial gracias a las filiales de la agencia, y al cabo de unas semanas recibe un anónimo dirigido a él y remitido al Palacio de los Deportes. En él, una señora le cuenta que su señor padre no solo está vivo y coleando, sino que ella les puede poner en contacto. Remata la carta una dirección de la ciudad de Panamá. Alfredo aterriza a los pocos días en el país centroamericano y se echa a la búsqueda con el corazón en un puño y un papel arrugado en el otro. Da vueltas durante horas por un barrio deprimido de la capital panameña buscando el número de una casa que parece no existir. Cuando está a punto de darse por vencido, una mujer se le acerca y le pregunta si es Evangelista, el boxeador. Le lleva hasta un ranchito cercano, más mísero aún que el que Alfredo dejara en Montevideo. Es entonces cuando la mujer se identifica como la esposa de su padre, y a tres mocosos que corretean por la propiedad como sus hermanos pequeños (la rumba de Peret la tenemos todos en la cabeza, pero no dejemos que nos coloree el momento conmovedor que sigue). Ajeno a este improbable cónclave familiar, el pobre Roque Evangelista regresa después de otro día de escamotearle cuartos a la miseria. Al doblar la esquina de la chabola escucha algo que identifica al instante pero no comprende: es un silbido particular que él mismo enseñó a su primogénito muchos años atrás, y solo a él. No puede ser, y sin embargo es. Hijo y padre se abrazan y lloran. Alfredo le cuenta que no solo se ha subido una vez al ring, sino cuarenta, y que casi todas las ha ganado y se las ha dedicado todas. También llega a un acuerdo insólito con la familia sobrevenida: se lleva al padre para España, que ya está bien de zascandilear y la mamá estará preocupada, y a cambio Alfredo girará unos cuantos billetes al mes al sarmiento panameño de este particular viñedo genealógico. Y aquí paz y después gloria. Tracatrá.

III.

Combate entre Mohammed Ali y Alfredo Evangelista, 1977. Foto: Cordon.

Muhammad Ali, el peso pesado más grande de todos los tiempos, el icono del siglo XX, se retira de facto en septiembre de 1976. Acaba de vengar por segunda vez su derrota de 1973 con Ken Norton. Ya lo había hecho (dos veces también) con la otra L de su casillero, la que le infligiera Joe Frazier en 1971. Ha sido tres veces campeón lineal. Ha sobrevivido al Rumble in the jungle, al Thrilla in Manila. No hace ni tres meses que el combate publicitario con el wrestler Antonio Inoki en Japón le ha salido rana, con una infección en una pierna que le ha llevado a la cornisa de la amputación. Bordea los treinta y cinco años y el cuerpo le pide clemencia. Ya no le queda nada por hacer en el boxeo. Pero hay un pequeño problema: The Greatest ha venido acumulando durante los últimos quince años una corte ambulante de allegados, gorrones y saltimbanquis (un entourage, que se dice) que sus contables estiman en unos ciento cincuenta jetas y que, claro, quieren lo suyo. Además, está en proceso de divorciarse por segunda vez en unos términos que no presagian nada bueno para sus arcas. El artista anteriormente conocido como Cassius Clay ya no es ni de lejos el de antes del parón obligado por negarse a combatir en Vietnam. Ni siquiera es el de después del parón, pero sigue siendo un imán publicitario, y a una bolsa de tres millones por poner en juego el cinturón mundial es muy difícil decirle que no. Al infame promotor Don King le queda la labor de extraer un nombre asequible de la proverbial chistera. El pito pito gorgorito que le lleva hasta ese nombre se ha escurrido por los sumideros de la historia, pero cuando King levanta el teléfono para asignar contrincante en febrero del 77, la voz que contesta del otro lado es la de Kid Tunero. El cubano no lo ve nada claro: Ali ya no es el que era, pero Alfredo tampoco es aún el que puede ser, y catorce peleas (incluida su reciente y primera derrota, en la que Lorenzo Zanon, otro italiano de segunda fila, consigue desquiciarlo y le arrebata la decisión final) no son bagaje suficiente para subirse a un ring con el tipo que ha mandado a dormir a las últimas dos generaciones de pesos pesados. Le pide seis combates más antes de considerarlo. Evangelista se rebela. Si el ser casi mitológico que él se escabullía para ver en el maltrecho televisor de un vecino en Villa Española le ha elegido a él, por algo es. Y si viene con una bolsa millonaria (aunque estos millones sean en pesetas), ¿quién es él para rechazarla? Dentro de seis combates quizás el tren haya pasado de largo para siempre. Cierto es que él aún no es nadie, pero, pase lo que pase con Ali, lo será. Es la apuesta de Pascal hecha pelea: no perder nada contra ganar la eternidad.

La discrepancia lleva a Alfredo a distanciarse de Tunero, que ha ejercido de padre desde que llegara a España, pero ahora Alfredo ha recuperado a su padre de verdad y nadie le marca los tiempos. La voz que se encuentra Don King la siguiente vez al otro lado de la línea será la del ganadero y promotor José Luis Martín Berrocal, lo más parecido a un homólogo que el exconvicto de Cleveland tiene en España. Berrocal se lo lleva a Nueva York a firmar la pelea (por si acaso, le dice que van a firmar el europeo a París; si le entra el temblor de piernas que sea cuando ya está el bacalao repartido), y lo concentra cuatro meses en el complejo que otro santo varón, Jesús Gil y Gil, tiene en Los Ángeles de San Rafael. El combate se fija para el 16 de mayo de 1977 en el Capitol Centre de Landover, un deslavazado suburbio de Washington D. C. que cae ya en la vecina Maryland, y se pacta a quince asaltos. Alfredo nunca ha peleado más de ocho (en realidad, pocas veces ha necesitado pasar del tercero), así que la preparación aeróbica ha de ser concienzuda. Puede que Ali lo despache a las primeras de cambio, pero si cabe la posibilidad de recorrer la distancia con él, las piernas y los pulmones tienen que aguantar. De eso se encarga José María Martín Búfalo, el preparador físico abulense que más tarde habitará las esquinas de colosos como Azumah Nelson y Julio César Chávez. Las palabras con las que Búfalo arengaría años más tarde al mexicano en la esquina de su Ragnarök particular contra Meldrick Taylor («¡Hágalo por su familia, Julio! ¿Quiere que su madre vuelva a fregar escaleras?») ya retumban en la cabeza de Alfredo, porque son las mismas que retumban en las cabezas de todos los boxeadores, porque el boxeo es un caramelo envenenado que pone millones en las manos de infelices que solo saben prenderles fuego. En la rueda de prensa aledaña al pesaje, los periodistas no se molestan en reprimir sonoras carcajadas cuando Evangelista afirma venir a destronar al campeón. La policía del condado de Prince George remata la faena al detenerle, junto con miembros de su equipo, tras sorprenderlos corriendo por la carretera a las cuatro de la mañana y carecer del mínimo dominio del inglés con que explicarse. Parece claro que se va a tener que ganar el respeto a guantazos. A ser posible, dándolos.

«Cuando podía, no quiso. Y ahora que quiere, no puede». Con este sobrio retruécano clava el maestro Manuel Alcántara, de cuerpo presente en Landover, la papeleta en la que se encuentra Ali en los minutos finales del combate ante Evangelista. Se ha tirado los primeros siete asaltos haciendo el payaso, dejándose perseguir por el ring y llevar a las cuerdas, fingiendo que los golpes le llegan y, básicamente, siguiendo al pie de la letra la liturgia del Ali crepuscular que sus seguidores conocen y temen. El modus operandi sirve a dos propósitos: exasperar al oponente, madurándolo para rematarlo en los rounds finales, y asegurarse de que el combate llega al número de asaltos que hacen la retransmisión publicitariamente rentable para la cadena ABC (en este caso siete). Lo interesante llega a partir del octavo asalto: Ali siente que necesita subir una marcha más. Ha ido acumulando puntos con su jab y sabe que si se llega a las cartulinas la decisión le va a favorecer. Pero no se fía. El don nadie que tiene enfrente, al que literalmente pretendió torear con una camiseta durante la rueda de prensa, se ha preparado el examen y aún está en pie. Alfredo no es precisamente un pegador temible, pero un cross mal encajado en los asaltos de fondo y estaríamos ante la mayor sorpresa en la historia de las doce cuerdas. El problema es que no solo la marcha que Ali necesita no está ahí, sino que la palanca de cambios es un uruguayo de cien kilos que acaba de abrir la cortina de Oz y ha visto que el mago es un mero mortal. Evangelista se había mostrado cohibido los primeros asaltos. Una mezcla lógica de cautela, reverencia y no acabar de creérselo le han tenido atenazado. Pero el temido cambio de tercio del campeón no acaba de llegar, y el aspirante le empieza a salir respondón al Elvis de Las Vegas en calzón corto que tiene ante sí. En el minuto final del duodécimo asalto, Evangelista cierra el paso contra su propia esquina al de Louisville. Con Ali nunca se sabe, pero por momentos se muestra realmente vulnerable. Alfredo le tira todo lo que tiene, entrando desde abajo con uppers de ambos brazos que conectan como no lo habían hecho hasta ahora, mientras esquiva los esporádicos zarpazos de Ali con una agilidad casi presciente. El público parece despertar también de un letargo que solo han venido interrumpiendo intermitentes pitos al campeón. Alfredo aprieta y Ali se resiste como puede. Lo imposible parece, por un instante, inevitable. Pero el epílogo del asalto doce se lleva por delante la inercia, y el milagro se aleja sin remedio. En los tres últimos rounds un extenuado Ali tira de oficio para conseguir llegar sin más sobresaltos a la campana final. Con ella, a Evangelista se le cierra la improbable puerta del mundial, mientras se le abre la ventana infinita de la historia.

IV.

«El boxeo me lo ha dado todo». Este revelador mantra fluye sin excepción de la boca de todo boxeador cuando se ve abocado a echar la vista atrás, que suele ser más pronto que tarde en un oficio que prejubila a treintañeros desprovistos de otro renglón con el que surtir sus anémicos currículos. Y cuando el boxeo lo es todo, tras él solo está el abismo. Salvo notables excepciones que supieron ver desde la cresta de la ola las rocas que esperaban abajo, la hermandad de los expúgiles relata, con distintos timbres de voz, una historia unívoca: una de amigos que se desvanecen, llamadas que no se devuelven, de favores sin retribución, de catastróficas decisiones empresariales, humillantes reapariciones alimenticias y combates contra la adicción y la enfermedad donde son meros comparsas para mayor gloria del oponente. No es difícil imaginar a Alfredo Evangelista, en julio de 1995, haciendo inventario vital desde la celda de Carabanchel que será su casa durante los próximos años. Luego vendrán Navalcarnero, Alhaurín de la Torre. La sentencia de ocho años por delito contra la salud pública, que escuchó como en un sueño, se vuelve de repente tan real como la coz de Urtain que le dejó medio brazo negro una eternidad atrás.

Y, sin embargo, oteados desde la cama de esta suite de la séptima galería, los veinte años que han pasado desde aquella noche de Landover que le situó en el planisferio celeste parece haberlos vivido otro. Otro, que ese mismo septiembre del 77 le arrebató el cinturón europeo de los pesados a Lucien Rodriguez, y lo defendió con solvencia durante dos años contra lo mejor que el Viejo Continente podía ofrecer: Jean-Pierre Coopman, Billy Aird, Dante Cané… dos años en los que reinó sin apenas oposición en el continente, mientras esperaba la oportunidad de cruzar el charco de nuevo. Pero la distancia entre Europa y América era entonces mucho mayor que los 5577 kilómetros que separan el York Hall londinense y el Madison Square Garden. Las bisoñas promesas europeas se estrellaban una y otra vez contra el muro americano (y se llevaban las mayores bolsas de su vida por sus esfuerzos) y Alfredo no fue una excepción: en su segundo y último asalto al título mundial, Larry Holmes lo tira en el séptimo round; Leon Spinks hará lo propio en el quinto; Greg Page, en el segundo. Las sufridas victorias ante Pedro Soto y Renaldo Snipes hacen poco por desterrar la noción de un Evangelista reducido en Estados Unidos a uno de los papeles más desagradecidos del boxeo: el del journeyman, el púgil domesticado al que llamar cuando hay que cubrir un expediente o inflar un récord, y que sabe que la siguiente llamada depende en buena medida de no dar demasiados problemas. Así, Alfredo vive el cambio de ciclo post-Ali a medio camino entre una América que le ve como un sparring venido a más (la prensa lo llega a bautizar jocosamente the Spanish Scallion, en una cruel referencia a Rocky) y una España que certifica el final de su época de opulencia boxística a ritmo de movida madrileña y socialismo cool. La recién inaugurada democracia no se puede permitir mantener dos espectáculos sangrientos, y el apoyo mediático e institucional decae dramáticamente, mandando al pugilismo patrio a una edad oscura de la que ya no se recuperará, ni con el chispazo de popularidad de Poli Díaz ni con la irrupción de Javier Castillejo, el boxeador español más laureado de la historia.

Los años ochenta se convierten para Evangelista en un trayecto sisífeo, persiguiendo un nuevo aspirantazgo a la corona europea (su bestia negra, Lorenzo Zanon, se la había apropiado en 1979) que nunca acaba de llegar, mediante grises victorias frente a rivales de escasa entidad (y en más de una ocasión rodeados de escándalo) y que con frecuencia desatan la indignación de un público desencantado y menguante. La noche era otra cosa bien distinta. En los discobares de Capitán Haya nunca había dejado de ser el campeón, y las invitaciones a saraos, palcos e inauguraciones siguieron fluyendo. Era un fijo en los jurados de concursos de belleza, incluso de las revistas del corazón. Empezó a ser más habitual verlo descendiendo la escalera de una sala de fiestas, cual Henry Hill cañí, que la del gimnasio. Dice mucho sobre el nivel del boxeo europeo del momento que, cuando finalmente se vuelve a proclamar campeón en 1987, su coaspirante sea Andre van den Oetelaar, un estrafalario exjudoka y piloto de motocross holandés que se había inaugurado como profesional a la tierna edad de veintisiete años. Es igualmente elocuente sobre su propia motivación que pierda el título dos meses más tarde, en su primera defensa. Lento y pasado de peso, con la ilusión cercenada por años de frustraciones, bolsas nimias y tejemanejes de promotores cicateros, sumando derrotas innecesarias a un casillero otrora muy respetable, los focos de la carrera de Alfredo Evangelista se apagan sin ruido en abril de 1988, tras una deshonrosa victoria ante Arthur Wright, un esperpéntico contrincante (llamarlo boxeador sería un acto de caridad tal que debería desgravar en el IRPF) cuyo mayor logro en toda su carrera fue acabar un combate en pie.

Y entonces, el abismo. A la clásica sucesión de negocios de hostelería fallidos y trabajos de relaciones públicas y seguridad para locales nocturnos que parecen ser las únicas salidas laborales para púgiles recién jubilados, se suman dos escarceos con la justicia que marcarán su década más aciaga: en marzo de 1989 es detenido junto a su hermana por uso fraudulento de la tarjeta de crédito de una vecina: medio millón de pesetas de entonces en billetes de Iberia, productos de Galerías Preciados y viandas de Mantequerías Leonesas. (Si se les ocurre un botín más tardoochentero, el área de comentarios es suya). En noviembre de ese mismo año, un control rutinario de la policía municipal le sorprende en compañía de su señora, una amiga y treinta gramos de cocaína. Al multazo y sentencia suspendida le siguen tres años oscuros que culminan con su detención por tráfico de cocaína en julio de 1994 en un pub de Vallecas. La policía llevaba meses vigilándolo. Esta vez la sentencia de la sección XVI de la Audiencia de Madrid es tajante. En Carabanchel Alfredo ejerce de pintor, intercambia con los guardias fotos firmadas por pequeños privilegios y departe con Jesús Quintero, que le entrevista para su programa Cuerda de presos. Medita aprovechar los permisos carcelarios para una posible reaparición que nunca se llegará a producir, y llega a remitir una carta a su viejo conocido Jesús Gil en 1998 pidiéndole un cable con algún trabajo, «de boxeador o de lo que sea».

V.

Desde la casa de Alfredo Evangelista en el barrio zaragozano de Jesús, se intuye el chapitel con el que Giovanni Battista Contini remató la torre del campanario de la catedral de La Seo en los albores del siglo XVIII. A medida que uno se acerca al balcón de San Lázaro, el espectáculo barroco de la basílica del Pilar sobre un Ebro en horas bajas se va revelando en toda su magnitud. Alfredo se instaló en la capital aragonesa, después de varios tumbos, a finales de la pasada década. Su salida de prisión prometía dejar atrás su etapa más negra, pero la vida aún le tenía reservado un marrullero 1-2 en forma de cáncer de vejiga y trombosis en una pierna que le tuvo ingresado varios meses con un pronóstico muy poco optimista. Cuando finalmente consiguió salir por el otro lado, reunió una vez más a su familia y todos juntos se transplantaron a orillas del Ebro, lejos de la noche, de las palmadas alevosas. Allí se unió a otro excombatiente arriba y abajo de la escalerilla, el campeón del mundo José Antonio López Bueno, en la misión de hacer de una nave del polígono de la Cogullada un lugar donde dar refugio boxístico a chavales con poco y nada, como ellos fueron, y, quién sabe, incluso sacar un campeón.

«La experiencia es un peine que te dan cuando estás calvo», solía decir el bonaerense Ringo Bonavena, otro de los rivales de Ali, que acabó sus días tiroteado a la puerta de un burdel de Reno. Alfredo portó el plomizo féretro de Urtain cuando este, paranoico y destrozado por años de castigo, se tiró por la ventana de un décimo piso. También el de su gran amigo Perico Fernández, un genio indisciplinado que terminó viviendo en la calle, intentando malvender por las tascas sus cuadros de pincelada infantil. Y a lo mejor la enseñanza es esa, que en este oficio gana quien llega a viejo. Viéndolo por el paseo de la Ribera con una nieta en cada mano desde luego parece difícil discutir que al final ganó. Y a veces, cuando la casa duerme, saca del estuche una cinta de VHS que ha vivido días mejores y vuelve a escudriñar el último minuto de aquel duodécimo asalto. Sabe que no es posible, pero algo le dice desde el fondo del cráneo que, cualquier día de estos, la campana no llega y Ali caerá.

Combate entre Mohammed Ali y Alfredo Evangelista, 1977. Foto: Cordon.


In memoriam: Muhammad Ali

Foto: Cordon.
Foto: Cordon.

Muchos de nosotros todavía éramos niños cuando descubrimos ese maravilloso espectáculo llamado boxeo de competición, pero la disciplina vivía un momento extraño. Había perdido buena parte de su relumbrón. Excepto en el cine, donde las películas de boxeadores habían protagonizado una fugaz pero intensa moda. A veces, de hecho, me pregunto si aquella fiebre por el pugilismo cinematográfico no fue de alguna manera un arrebato de nostalgia hacia los aún recientes estertores del pugilismo clásico, una nostalgia provocada por la decadencia y retirada del último grande de la era del blanco y negro, que fue además el más grande. Era casi como si el público echase de menos las viejas gestas del cuadrilátero y se lanzase en tropel a recuperarlas en versión de celuloide. Más que ningún otro escenario deportivo, ese cuadrilátero producía epopeyas y héroes dignas de las más nobles páginas. No porque es un deporte duro, pues otros los hay también muy duros, sino porque es algo más que un deporte. El boxeo es cine, y sería cine aunque nadie lo hubiese filmado. El boxeo es literatura, aunque nadie hubiese escrito sobre ello. El boxeo es la vida, aunque quienes ignoran o desprecian la disciplina no consigan entenderlo.

En mi generación abrimos los ojos al mundo sin tener un gran campeón de los pesos pesados; a finales de los setenta la competición se había dividido en dos. No era la primera vez, pero sí la definitiva y también la más dañina; la corona mundial de los pesos pesados, diluida en una sopa de siglas, dejó de ser vista como la Excalibur de los deportes, la más alta distinción deportiva del planeta, que lo había sido durante todo el siglo. Esto cambió durante algunos años, desde el mismo momento en que un huracán llamado Mike Tyson se ciñó el cinturón de campeón. Pero no duró. El reinado de Tyson fue el canto del cisne de esa preponderancia. Para entonces ya habíamos aprendido que Tyson, la última leyenda universal de los pesos pesados, se había limitado a recuperar parte de la atención perdida tras la retirada del más grande de los colosos emergidos de la antaño inagotable mitología pugilística: Muhammad Ali, o Cassius Clay, como por costumbre lo llamaban todavía quienes lo habían visto emerger durante los años sesenta. Cuando los niños de aquella generación veíamos pelear a Tyson, terminamos comprobando que todas las comparaciones, favorables o desfavorables, incluían a Muhammad Ali como primer término. De repente, para toda una generación de aficionados novatos, un Ali al que apenas habíamos visto en fugaces secuencias de televisión se reveló como la medida de todas las cosas. Supimos que su ausencia de los cuadriláteros había ensombrecido el boxeo con el sordo pesar de la orfandad; que no importase cómo de grandes pudiesen llegar a ser las hazañas de sus herederos, su figura sería siempre incomparable. Muhammad Ali, como Bobby Fischer en el ajedrez o Michel Jordan en el baloncesto, ya no podría ser eclipsado. No se trata de que pueda surgir alguien igual o mejor en lo deportivo; eso es lo de menos. No puede haber otro Ali como no puede haber otros Beatles ni otra Marilyn Monroe. Ali había sido mucho más que un campeón. Trascendió su profesión y las glorias condensadas en el metal de unas vitrinas. No era solamente un púgil, como Einstein no era solamente un científico y Elvis Presley no era solamente un cantante. Muhammad Ali fue mucho más que un deportista. Fue un icono universal, una referencia cultural de primer orden, la clase de material sobre el que los demás escriben ensayos y novelas, ruedan películas o componen canciones. Y él creció con una extraña e inexplicable predisposición a la inmortalidad. Como cuando decía que había odiado hasta el último minuto de sus entrenamientos, pero se había motivado diciéndose «¡No lo dejes! Si sufres ahora, vivirás como campeón el resto de tu existencia». La inmortalidad, pues, fue su verdadera vocación. Desde aquella vez en que sin tener todavía un título mundial ceñido a la cintura osó proclamarse como «el más grande», el mundo debió haber entendido que sus hazañas no iban a pertenecer a los titulares de los periódicos, sino a los libros de historia.

Foto: Cordon.
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Su inmensa fama, sus títulos, sus gestas deportivas, eran solamente una parte de su inmensidad. Es verdad que fue el rey de los pesos pesados más célebre desde Joe Louis. Es verdad que su técnica y su estilo lo situaban entre los mejores púgiles de todos los tiempos. Es verdad que volvió de un retiro impuesto, cuando técnicamente era ya una sombra del virtuoso innovador que había sido durante sus primeros años, y todavía fue capaz de ganarle el pulso a aquel Joe Frazier con el que parecía disputar los rencores de alguna vida pasada. Es verdad que cuando era ya una sombra de su sombra, pudo vencer a aquel gigante joven y poderoso llamado George Foreman. Es verdad que recuperó la corona tres veces, algo por entonces nunca visto entre los pesos pesados. Todo esto y muchas más cosas son verdad. La carrera deportiva de Muhammad Ali fue una ejemplar combinación de talento, coraje, determinación y espíritu ganador. Pero no fue solamente esto lo que le convirtió en lo que ahora es. Hubo más. Pero, ¿con qué palabras podríamos expresarlo?

En las listas clásicas de mejores boxeadores, Ali solía aparecer por detrás de Sugar Ray Robinson, el hombre sobre quien había modelado su estilo y al que muchos consideraban el púgil de mayor talento técnico que había existido nunca. Es decir, no por necesidad hemos de considerarlo el mejor. Tampoco se retiró invicto como Rocky Marciano. Pero eso no impidió que en otra clase de listas, las que enumeraban a los deportistas más importantes del siglo XX, apareciese siempre como el número uno. Esto no lo explican sus triunfos. Es que Muhammad Ali era una fuerza de la naturaleza en todos los sentidos. Siempre admitió que nunca había sido «el niño más brillante de la clase», pero sus genialidades verbales conseguían quedarse marcadas a fuego en la memoria de los aficionados. Era el Bob Dylan del trash-talk, el Sergio Leone de las provocaciones previas a cada combate. Su verborrea inagotable era casi siempre pueril, pero también brillante; una de las tantas facetas que lo convirtieron en el Napoleón de la explosión mediática de finales de los sesenta y principios de los setenta. Llegó, vio, habló y venció. No se trata ya de aquella su más famosa frase, «flota como una mariposa, pica como una abeja, y sus manos no podrán golpear lo que sus ojos no ven», que pronunció, irónicamente, cuando la edad ya no le permitía volar sobre la lona (fue antes de su combate con Foreman, que ganó, sí, pero no cual mariposa, sino cual Maquiavelo de la estrategia pugilística). Antes de cada combate siempre tenía una declaración sensacionalista preparada. Sus poemas, casi siempre nefastos pero hilarantes, se convertían a veces en fragmentos líricos de un homérico infantilismo: «Me he peleado con un cocodrilo», dijo una vez, «he forcejeado con una ballena. Le he puesto esposas a un relámpago y he metido al trueno en la cárcel. La semana pasada asesiné a una roca, herí a una piedra, metí a un ladrillo en el hospital. Soy tan duro que hago enfermar a la medicina». Como pueden comprobar, Herman MelvilleJoseph Conrad y un bocazas fanfarrón, todos ellos combinados en una misma cita. Con él, imagino, había que tener siempre el cuaderno bien a mano, sobre todo cuando se acercaba una pelea. A veces caía en el insulto pueril, pero otras veces dejaba tras de sí perlas que resonaban con el nervioso roce de docenas de lápices apuntando con afán lo que iba a convertirse en el penúltimo titular y, con suerte, en una futura referencia enciclopédica. Muhammad Ali no quería ser un campeón, quería ser un gigante, y leyendo su propia época con la clarividencia de quienes nacen con el gen de la grandeza, entendió que los medios de comunicación eran la manera de conseguirlo. Modeló su personaje con tanto cuidado que se metió al mundo entero en el bolsillo, incluso a quienes le habían odiado. Muchos, en sus inicios, se habían burlado de las payasadas constantes de aquel excéntrico aspirante al título al que, no sin razón, apodaban «el loco de Lousville». El único personaje con el que se me ocurre establecer un paralelismo justo es Salvador Dalí. Qué más da que te conozcan por pintar cuadros o por posar junto a la cabeza de un rinoceronte; lo importante es que te conozcan.

Cuando no estaba inventando ripios para humillar a sus contrincantes, estaba batallando por tener el derecho de defender sus ideales. Se convirtió al islam, se cambió el nombre y escandalizó a casi todo el país, incluida su propia madre. Empezó a dejarse ver como el gran trofeo del más hábil proselitista de la Nación del Islam, el carismático Malcolm X. Parecía evidente que la inteligente e inatacable retórica de Malcolm X había deslumbrado al nuevo campeón. Pero Ali era algo más que una marioneta. Respondía con coherencia y una afilada eficacia cuando le preguntaban por sus ideas. Es cierto que repetía muchas ideas del brillante Malcolm X, pero no menos de las que Malcolm X tomaba de su líder sectario, Elijah Muhammad. Por lo demás, Ali sabía construir su propio discurso, algo en lo que pocos habían confiado. Era más fácil burlarse de él o calificarlo de radical peligroso que atacar algunos de sus argumentos, sobre todo en lo referente a la cuestión racial. Contra todo pronóstico, la marioneta se reveló como un ideólogo. Cuando decía que no tenía nada en contra de los vietnamitas porque «ninguno de ellos me ha llamado negrata» estaba poniendo el dedo en la llaga, una herida nacional cuyo reguero de sangre muchos de sus compatriotas se empeñaban en ignorar. Mientras estaba en lo más alto de su carrera aceptó con entereza la posibilidad de acabar en la cárcel («hemos estado en la cárcel durante cuatrocientos años; podría afrontar tener que ir cuatro o cinco años más»). Se vio despojado de sus títulos, apartado de la profesión para la que se había preparado con tanto esfuerzo desde que era un adolescente. A nosotros, los espectadores, se nos arrebataron varios grandes combates del más exquisito peso pesado defensivo que viera el siglo, pero a él le partieron la carrera deportiva en dos y le privaron de su principal fuente de ingresos. Todo por no querer alistarse, aunque no le hubiesen hecho pelear fuera del cuadrilátero. Todo para no «matar gente pobre mientras los negros en Louisville no disfrutan ni de derechos humanos básicos». Muhammad Ali, el deportista más famoso del mundo, estaba paseando las vergüenzas de su propio país. Un país racista donde la guerra era un requerimiento estándar de la política exterior, una guerra a la que iban quienes no tenían dinero para comprar la posibilidad de no morir casi imberbes, o de no pasar años en una celda de cañas en mitad de alguna selva.

Foto: Cordon.
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Ali no era perfecto. Cuando denigraba a Joe Frazier llamándolo «Tío Tom», estaba siendo cruel, injusto y además desagradecido, pues Frazier, pese a tener ideas políticas muy distintas, le había defendido y ayudado. Cuando ante los congoleños presentó a George Foreman como un esbirro de los malvados blancos —en el Congo, claro, no habían olvidado la sanguinaria frialdad del imperialismo belga— estaba siendo incluso más injusto. Pero sus acusaciones no dejaban de tener un tinte de referencia a la realidad. En sus hirientes ataques expresaba una rabia nueva, la de querer, pretender, necesitar romper con la vieja dinámica de agradar al hombre blanco pareciéndose lo más posible a él. Antes de Ali, la mayoría de los campeones negros habían peleado por la dignidad de su pueblo presentándose como individuos de imagen intachable. Joe Louis o Floyd Patterson. Y los que no, como Sonny Liston, habían cuando menos evitado meterse en jardines. Lejos quedaba ya el recuerdo del primer campeón de los pesos pesados, Jack Johnson, cuyo sistema de reivindicación era tan valiente que podía calificarse como suicida; Johnson se acostaba con mujeres blancas y sonreía mientras decenas de miles de espectadores blancos le deseaban la horca y él no tenía manera de saber si no acabarían invadiendo el cuadrilátero para, en efecto, lincharlo. Muhammad Ali era más Johnson que Louis, pero aportaba algo revolucionario. Su imagen era más poderosa que intachable, quizá, pero sus reivindicaciones estaban expresadas de forma política y con un enorme poder de convicción. Él ya no pensaba que hubiese que agradar a los blancos. Por ello, fue el campeón idóneo para su generación. El primer peso pesado que lo era también cuando salía de entre las doce cuerdas.

Cuando pudo volver a pelear ya no era el mismo y, sin embargo, en ese retorno produjo sus más memorables noches de boxeo. Impulsado más por el hambre de eternidad que por una condición de favorito a la que por cuestiones físicas ya no podía optar, recuperó la corona, la perdió, y la obtuvo por una tercera vez, excitando la pluma de escritores, periodistas, historiadores del deporte. Muhammad Ali era el sueño de todo narrador. Por ejemplo, la película que se rodó en torno a su combate con George Foreman, Cuando éramos reyes, es probablemente el mejor documental deportivo de todos los tiempos. Ahí vemos al Muhammad Ali de los años de retorno en todo su esplendor. Ni siquiera esa película puede resumirlo, porque Ali es imposible de resumir, pero sí demuestra que sus combates de boxeo no eran eventos deportivos, sino sucesos que por motivos intangibles estaban destinados a adornar las estanterías de todo buen amante de la epopeya. ¿Cómo lo hacía? Siempre pensé que cuando Ali olfateaba la gloria se dejaba el alma para superar sus limitaciones. En África se dejó acorralar por un Foreman que a usted y a mí podría habernos matado de un único golpe, pero al que Ali consiguió agotar con una táctica que dejó boquiabiertos incluso a los más expertos analistas. En Filipinas, frente a Frazier, fue él quien se dejó agotar hasta poner en peligro su vida, pero no sin que antes se hubiese desplomado Frazier. No fueron sus mejores combates, ni mucho menos, pero sí los más importantes. Y él lo sabía. Es lo único que puede explicar la manera en que se condujo en ellos. Los bautizó, claro, con ripios sencillos y sin esplendor (Rumble in the JungleThrilla in Manilla) que ahora sin embargo nos suenan a gesta, a títulos de romance medieval, a grandeza. Muhammad Ali tenía el instinto de un novelista para entender qué episodios de su carrera eran los que iban a cimentar su leyenda, y entendía que la elegancia del nombre que les puso es lo de menos. Pero debían tener un nombre. Lo habitual es que los deportistas hagan cosas y los buenos cronistas las conviertan en fascinantes historias. En el siglo XIX, un cronista británico bautizó el boxeo como the sweet science of bruising («la bella ciencia de hacer moratones»), una feliz expresión que revivió después de la Segunda Guerra Mundial. Pero Muhammad Ali lo convirtió en la bella ciencia de hacerse inmortal. Siempre daba sus historias ya hechas.

Desde que nos ha dejado, los periódicos de medio mundo están repletos, más que de ninguna otra cosa, de las declaraciones del propio Ali. Como en un Evangelio, es en sus palabras, y no en las nuestras, donde está el auténtico mensaje. Él sin duda sabía que el día en que muriese todos nosotros terminaríamos ejerciendo como simple caja de resonancia de su genio. Porque Ali fue un genio como boxeador, pero también como artista. Su propia vida fue su principal obra de arte. Nos dejó las citas, los hechos, las gestas, los fracasos, como quien hace regalos de Navidad: en un montón de cajas que quienes alguna vez hemos escrito sobre boxeo abrimos con el entusiasmo de un niño. Todo lo que Ali tocaba lo convertía en historia. Todo cuanto le sucedía, bueno o malo, lo terminaba acuñando en una moneda con su propio rostro. La suya fue una biografía increíble, un tesoro que dentro de mil años alguien encontrará, para descubrir con pasmo el argumento inigualable del ascenso al Olimpo cultural de este nuestro gladiador moderno. Parafraseando a Gandhi: primero se rieron de Ali, después trataron de acabar con él, después quedaron asombrados por sus hazañas, después empezaron a respetar sus ideas y finalmente le terminaron venerando como a un héroe. Díganlo sin miedo, porque los siglos les darán la razón: fue el más grande de todos los iconos del deporte. Hay figuras que nunca desaparecerán de la memoria colectiva, y Muhammad Ali es una de ellas. Ya no puede haber otro Ali, como no puede haber otro Ulises, como no puede haber otro Quijote.

Foto: Cordon.
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Fermín de la Calle: Eddie Futch o la némesis de Ali

“No podía permitir que Joe acabara como un vegetal”. Pocos saben lo que habría pasado si Eddie Futch no hubiese tirado la toalla. Seguramente habría cambiado la historia del boxeo, además de la de Frazier y la de Ali. Joe tenía los ojos completamente cerrados por los golpes recibidos de Ali. Pero el Bocazas de Louisville no andaba mejor. Frazier había perdido la visión parcial en uno de sus ojos tras una pelea en 1960 y, temiéndose lo peor, Eddie tiró la toalla. Frazier no le volvió a hablar durante años. Le culpó de no lograr su sueño: derrotar a Ali. Otro de los protagonistas de aquella histórica noche en Manila, Ferdie Pacheco, el médico, lo tiene claro: “Si Ali y Frazier hubieran disputado el 15º asalto, habríamos tenido un campeón y una fatalidad”. Smoking Joe sólo veía sombras, pero habría aguantado de pie ante un Ali exhausto que pidió a Angelo Dundee, su preparador, que le cortase los guantes al caer en el taburete al final del 14º asalto. Dundee no le hizo caso y segundos después Futch tomó la decisión que no se atrevió a tomar su colega. Ali levantó su brazo en señal de triunfo y cayó fulimnado. “Ha sido la vez que más cerca he estado de la muerte”, confesó Muhammad tras el combate.

Futch se crió en los suburbios de Detroit e iba para baloncestista, pero la necesidad le obligó a trabajar. Y para ganar unos pavos comenzó a hacer puños en el Gimnasio Brewster, junto a su amigo Joe Louis. “Joe podía parar un tren con su derecha”, solía decir Eddie. El corazón le jugó una mala pasada y pasó de boxear a entrenar a chicos. Uno de los primeros fue Berry Gordy, quien harto de comerse mamporros hizo carrera fundando una discográfica, la Motown. Por aquel tiempo el boxeo estaba controlado por la Mafia y a Eddie no le hacía gracia aquello: “No acataré órdenes de nadie. Llevo en el negocio el tiempo suficiente como para no hacerlo. Desafío a cualquier hombre que tenga un problema conmigo a decírmelo a la cara”. Futch se ha ganado su fama. Cuando entrenaba a Riddick Bowe, acudieron a Johannesburgo a pelear y fueron recibidos por Nelson Mandela, quién nada más recibir al púgil le preguntó: “¿Y Eddie Futch?”

Para Eddie, que falleció en 2001, “el boxeo es una ciencia. No basta con entrar en un gimnasio y empezar a golpear. Se nace con el físico, pero se trabaja la técnica”. Pero si Futch pasó a la historia por algo, fue por ser la némesis de Ali. Entrenó a cuatro de los cinco hombres que le derrotaron en su carrera: Joe Frazier, Ken Norton, Larry Holmes y Trevor Berbick. “Era sencillo. Creé una estrategia para evitar sus puntos fuertes y atacar sus debilidades. Ali no lanzaba el gancho de derecha correctamente. Se ponía de puntillas para tirarlo y no doblaba las rodillas para lanzarlo. El truco era que cuando vieras su mano derecha bajar, debías sacar el gancho de izquierda porque descuidaba su guardia”. En cierta ocasión, el Ayuntamiento de Nueva York reunió a Muhammad Ali, Joe Frazier, George Foreman y Larry Holmes. Ali ingresó el último en el despacho del alcalde, donde le esperaban los demás, y se fue directamente a por Futch: “Eddie, tú has sido mi verdadero rival, siempre me has dado problemas. Nunca has sido un entrenador, eres un maestro”. Y aquel viejo, al que muchos consideran el mejor entrenador de la historia, sonrió socarronamente. Eddie salvó la vida a Frazier y probablemente a Ali. Pero sólo él sabe si cambió la historia del boxeo.


In memoriam: Joe Frazier que estás en los cielos

Joe Frazier tenía seis años de edad cuando comenzó a trabajar. Su familia, como la de Diego Armando Maradona, vivía en un barrio privado. Privado de luz y de agua. Su padre había perdido el brazo en un accidente de coche, su madre apenas podía alimentar las bocas de sus hijos y su sueldo no llegaba para pagar el alquiler de una de las chabolas más pobres del extrarradio de Fildadelfia. Así que el pequeño Joe, el menor de trece hermanos y el séptimo varón, se convirtió en el brazo izquierdo que su progenitor había perdido. “Fueron días muy duros en aquella plantación. Había que llevar dinero a casa y ambos nos unimos. Mi padre cogía el martillo y yo sujetaba el clavo”. Aquellos días en la plantación, con jornadas maratonianas de doce horas, forjaron y templaron el carácter de un niño que, en vez de infancia, tuvo por compañero a un saco de arena que colgaba de un árbol. Cuando acababa de trabajar junto a su padre y después de pelear con sus hermanos mayores, Joe se empleaba a fondo con el saco. Con doce años, después de haberse curtido en varias peleas callejeras en los descampados de Filadelfia, Joe orientó su motivación personal a tratar de imitar al que sería, para siempre, su gran ídolo. Se trataba de otro Joe, también de color y también de origen más que humilde. Joe Frazier soñaba ser tan grande como Joe Louis, el bombardero de Detroit. Ni siquiera su amor de toda la vida, Florence, con la que se casó con apenas 16 años recién cumplidos, fue capaz de sacarle a Joe de la cabeza ese sueño de querer ser tan grande como Louis. Tampoco cambió de opinión cuando tuvo que pasar una temporada ayudando a sus hermanos en Nueva York. Un año más tarde, entró a trabajar en un matadero, el sitio ideal para esculpir su cuerpo, moldear su corpulencia y hacer granítico su espíritu. Cuando descubrió el gimnasio de la Liga Atlética de la Policía, en la calle 23, su vida cambió.

El veterano entrenador Jack Durham acogió a Joe, le puso delante de un saco y le dijo: “Vamos chico, demuéstrame lo que sabes hacer. A ver cómo sacas humo al saco, Joe”. Frazier, después de toda una vida dedicada a golpear el saco, dejó con la boca abierta a los allí presentes. Ese mismo día, le regalaron una toalla, le abrieron una taquilla a su nombre y le colocaron el apodo que le acompañaría durante el resto de sus días. Después de su particular exhibición, pasó a ser conocido como “Smokin’ Joe”, el humeante Frazier [Del inglés, smoke, humo] El jefe de la Policía de Filadelfia profetizó: “Este chico es una bestia, algún día será campeón”. Joe Frazier, en los Juegos Olímpicos de Tokyo, en 1964, hacía realidad la profecía. Tras ganar la medalla de oro frente al alemán Huber. “Pensé que, a mi regreso, habría una banda de música, una fiesta en mi honor y todas esas cosas, pero cuando llegué, nadie me estaba esperando y nadie había escrito ni una sola línea sobre mis combates”. Frazier, un héroe nacional que recibió el trato de indigente por muchos medios de comunicación, tuvo que volver a instalarse en su conflictivo barrio natal de Fildaelfia. Los tiempos seguían siendo muy duros y no había trabajo así que, forzado por las deudas familiares, buscó un promotor que metiera algo de pasta en sus fornidos músculos.

En el verano de 1965, Joe se hizo profesional. Saltó al ring y en los dos primeros minutos logró mandar a la habitación del sueño a Woody Goos. Después se duchó, se cambió y cobró: 500 dólares. Suficientes para que su familia se mudase de aquel estercolero urbano donde se alojaba. La vida de los Frazier fue mucho más fácil cuando la empresa Cloverlay Inc. decidió ocuparse de Joe. Le pagaban 100 dólares y un 25% de las bolsas de cada combate, siendo el 15% para su entrenador y el resto, para los promotores. El dueño de Cloverlay Inc. desafió a Joe al cabo de un mes de contrato: “Si eres capaz de ganar varios combates, nunca pasarás hambre”. Frazier contestó: “Si vosotros sois capaces de pagarme, vuestros hijos jamás pasarán hambre”. Dicho y hecho. En un sólo año, doce meses, doce KO’s, Joe Frazier subió al ring en once ocasiones, destrozando a sus once rivales. Su gancho de izquierda era un trueno. Smokin’ liquidó sucesivamente a toda la división de los pesos pesados: primero noqueó a George Chuvalo, un tipo duro; luego derrotó a Oscar Bonavena, un argentino de raza; y después, fulminó a Jerry Quarry, un bisonte con fama de cortarse demasiado. Joe Frazier era una apisonadora y entonces, sin motivo aparente, sucedió lo impensable. Muhammad Ali, El Más Grande, el hombre capaz de flotar como mariposa y picar como una abeja, era desposeído del título de Campeón del Mundo de los pesos pesados. Ali protagonizó un escándalo mundial sin precedentes por su negativa a alistarse para luchar en Vietnam (“Nada tengo contra el Vietcong. Ningún mal me ha hecho el hombre amarillo. Aquí tratan peor a los negros y nadie dice nada”), perdió su licencia y la WBA decidió montar un campeonato alternativo para nombrar aspirantes que lucharan por la corona de Ali, ex Cassius Clay (“Mi nombre es Muhammad Ali, no Cassius Clay, ése es un nombre de esclavo que no usaré jamás”). Estados Unidos, en estado de shock tras la ausencia de Ali, necesitaba un campeón.

Tras varias eliminatorias, el peso pesado se unificó en 1970. Jimmy Ellis, que apenas habría opuesto resistencia a Ali, estaba en una esquina. En la otra estaba el mejor sureño de toda Filadelfia, Joe Frazier. La pelea duró cuatro asaltos. Los que tardó Smokin’ en convertir a Ellis en un saco humeante, hasta que Angelo Dundee tiró la toalla. Joe Frazier era el nuevo campeón del mundo. Él era un tipo feliz. Su familia había pasado de no tener para la ambulancia a nadar en la abundancia, pero la sombra de Ali era demasiado alargada. Lo era para los periodistas, los expertos del mundo del boxeo y para los aficionados. Para Joe, no: “Voy a dedicarme al rock and roll durante tres años, hasta que ese Ali, Clay o como quiera él llamarse, pueda luchar conmigo”. Frazier cumplió su promesa, fundó y lideró su propia banda de rock, Smokin’ Frazier and The Konockouts, y dos de sus hits, donde él hacía las veces de vocalista, llegaron a número uno de las listas de discos vendidos en Filadelfia y diferentes puntos del país. Ali, olvidado por la WBC, con serios problemas económicos y con la amenaza de poder ingresar en prisión, asistía, desde el salón de su casa, a la primera defensa de Frazier, ante Bob Foster. La pelea fue en Detroit y Joe se impuso en dos cómodos asaltos. Ali, furioso, llamó por teléfono a la televisión y dejó un recado para Frazier: “Mientras yo siga vivo, todo el mundo sabe que aquí el único campeón soy yo. ¿Me oyes Joe? Aquí el único y verdadero campeón soy yo. Serás campeón cuando pelees conmigo”. Cuatro meses después, Ali y Frazier, ambos invictos, peleaban por la corona.

El duelo más esperado de la historia del boxeo se publicitó de una manera tan simple como explícita: “The fight” (La pelea). Liberado de su compromiso con el Ejército, Ali preparó el combate a conciencia, dentro y fuera del ring. Su primer puñetazo lo dio en la opinión pública americana. Ali aprovechó su carisma, su extravagancia y su particular sentido del “show” para arrogarse el papel de campeón del pueblo, mientras acusaba a Frazier de ser un robot sin personalidad, un simple lacayo de un sistema donde mandaban los blancos y él sólo era un afable “Tío Tom”. Ali trató de provocar y de herir, en lo más hondo, a Joe Frazier. Lo consiguió. Por tierra, mar y aire, Ali promocionó la pelea destrozando dialécticamente a su rival, un tipo introvertido, de escasa formación y que de cara a los medios de comunicación tenía menos palabra que un telegrama. Ali escupió todo el veneno que le fue posible. Primero se mofó de su aspecto físico [“Joe Frazier parece un gorila, se mueve como un mono y todo el mundo sabe que es demasiado feo como para ser el campeón”], luego se metió con su estilo de boxear [“Joe es tan lento y triste que parece un camión de pompas fúnebres”] y se jactó de ganar el combate antes de subir al ring [“Si sueñas con ganarme, será mejor que despiertes y pidas perdón”]. Frazier, herido en su orgullo, guardaba silencio. Prefería hablar en el ring.

El 8 de marzo de 1971, Muhammad Ali y Joe Frazier enardecían a una muchedumbre que reventaba La Meca del boxeo mundial, el mítico Madison Square Garden de Nueva York. Ali se sabía más alto, más eléctrico, más rápido y más talentoso que su rival, vestía calzón rojo, mostraba un gesto relajado y jamás había sido derribado en toda su carrera por ningún hombre. En la otra esquina aparecía Frazier, que se sabía más bajo, más lento, menos atlético y menos talentoso que su rival, pero que tampoco conocía al amigo más popular de los boxeadores, “Frankie Miedo”, y aún no había besado la lona. Joe, calzón verde con ribetes amarillos, era la viva imagen de la concentración. Su rostro, impenetrable, buscaba el rostro de Ali como un depredador busca a su presa. El árbitro les pidió que se acercaran, les explicó las reglas del combate y les pidió que se saludaran. Ali gesticuló, evitó la mirada fija de Frazier y le envió otro dardo: “Joe, eres un zoquete”. El de Filadelfia contestó: “Te voy a matar”.

Tras el tañido inicial de la campana, Ali mantiene a distancia a un impetuoso Frazier, que se traga sin pestañear varios jabs demoledores de “El Más Grande”. Ali conecta varias combinaciones explosivas, pero Frazier le acorrala en las cuerdas y descarga un gancho capaz de haber mandado al otro barrio a un mamut. El público se enciende y Ali retrocede. Cuando finaliza el primer envite, Ali hace aspavientos y mueve la cabeza, indicando que Joe no le ha hecho daño. En los siguientes asaltos, del segundo al quinto, Frazier paga el fielato con gusto, como un depredador al acecho de su presa, mientras Ali se gusta en las cuerdas, alternando su famoso “rope-a-dope” con su vistoso uno-dos a la cabeza. Ali domina el combate según las cartulinas de los jueces, pero Frazier sigue de pie, inasequible al desaliento, persiguiendo a su oponente por todo el cuadrilátero, conectando ganchos cortos al cuerpo. Frank Sinatra, la voz, entonces ya relacionado con La Mafia, ocupa una privilegiada silla de ring y confiesa a su círculo más íntimo: “Frazier está más entero de lo que parece”.

Ali, incapaz de noquear a Frazier a pesar de haber vaticinado que Joe caería como un saco de patatas en el sexto asalto, vuelve a la carga y apabulla a su rival con lo más granado de su repertorio. La cara de Joe se transforma en una masa tumefacta y deforme, pero al final del sexto, sigue en pie. Norman Mailer, la pluma más afilada de la historia del boxeo, se encarga de recordarle a los presentes que la profecía de Ali no se ha cumplido. La esquina de Joe también: “Él dijo que te tumbaría en este asalto y tu sigues aquí, más fuerte y más orgulloso que él”. Esa vitamina B12 contagia a Frazier, que sabe que va por debajo en las cartulinas de los jueces, pero que mantiene intacta su moral. Del séptimo al décimo asalto, Frazier endurece la contienda. Su gancho de carnicero, su arma más letal, amenaza a Ali, que contraataca con golpes curvos y rectos que, como si fueran rayos, truenos y centellas, impactan una y otra vez en el ojo de Frazier, cada vez más hinchado. Ali, confiado, baja la guardia y trata de ridiculizar los movimientos, más torpes, de su contrincante. Frazier no mueve ni un músculo de la cara.

En el undécimo asalto, el odio entre ambos alcanza su punto más álgido. El Madison Square Garden se pone de pie cuando Frazier martillea la cabeza de Ali, que necesita agarrarse para llegar al final del asalto. Muhammad, por primera vez en toda su carrera deportiva, se siente en inferioridad. Durante los siguientes asaltos, ante el acoso indesmayable de Joe, finta, esquiva y amaga hacia un lado del ring para salir hacia el otro. Joe empieza a dar síntomas de fatiga, está herido y no consigue conectar sus martillazos con nitidez. En el último y definitivo asalto, el campeón sale decidido a aniquilar a Ali. Espoleado por su esquina, ignorando el cansancio y el estado deplorable de sus ojos, casi cerrados, Frazier se lanza a un ataque suicida. Joe se imagina que Ali es uno de esos sacos a los que él sacaba humo en el gimnasio de la policía de Filadelfia y tira todo lo que tiene. Su gancho de izquierda, el mejor de la historia del deporte de las doce cuerdas, pura dinamita, estalla en la mandíbula de Ali. Las piernas de Muhammad se doblan, como un junco al viento, y Ali cae, por primera vez en toda su carrera. Los flashes de las cámaras inmortalizan la caída, el mundo se estremece, las radios de todo el país no dan crédito, el Madison enloquece y Arthur Mercante, el árbitro, comienza la cuenta de protección. Ali, que llegaría a confesar que había visto llegar el golpe pero no había podido evitarlo, estaba groggy. Hasta ese día, muchos estudiosos del boxeo habían diagnosticado que era un prodigio de técnica, pero que carecía del suficiente corazón como para salir airoso de grandes batallas. Esa noche, en ese asalto, Ali demostró que su corazón no era del tamaño de un guisante. Después de haber recibido un gancho capaz de hacer descarrilar un tren de mercancías, se incorporó, pura casta, para volver a levantarse cuando el árbitro no había acabado de contar hasta cinco. Caprichos del destino, la primera gran derrota de Ali fue su primera gran victoria. Frazier, entero y exultante, levantaba los brazos, seguía siendo el campeón, por decisión unánime de los jueces. Ali no era un extraterrestre. Frazier había demostrado que era de carne y hueso.

Cuando acabó el combate, Smokin’ Joe atendió a los periodistas, ansiosos por saber qué tenía que decir de Ali: “Él intentó luchar con la boca, yo peleé con los puños”. Después del combate, Ali se recluyó en un lujoso hotel de la ciudad, tratando de curarse de la inflamación de su mandíbula. Entonces tocó su puerta el servicio de habitaciones, que pidió permiso para llevarle el desayuno a Muhammad. Una vez dentro, el empleado del hotel se dirigió a Ali: “¿Donde le dejo el desayuno, campeón?”. Ali, muy serio, le corrigió: “No me llames campeón, ahora Joe es el campeón”. Una vez repuesto de sus heridas, más morales que físicas, Ali recibió a un periodista que le recordó que, antes de su combate ante Sonny Liston, el hampón que fue una marioneta de La Mafia en los sesenta, él había llegado a decir que, si un hombre le derribaba una vez, jamás podría hacerlo dos. Ali hizo examen de conciencia, trató de hacer memoria y le quitó el micrófono al periodista: “Contra Liston dije que si me derribaba una vez, volvería a pelear contra él porque nadie me había derrotado dos veces ¿y sabes qué digo ahora? Que me traigan a Joe Frazier. Nadie me ha derrotado dos veces ¿lo oyes Joe? Si me derrotas otra vez, serás verdaderamente grande. Que me traigan otra vez a Frazier”. Y a Ali, hasta en dos ocasiones, le volvieron a traer a Frazier.

La revancha, fue el 28 de enero de 1974, donde Ali se impuso a los puntos en una decisión discutible, ya que las cartulinas de los jueces fueron muy rigurosas con Joe. La trilogía entre Ali y Frazier, el tercer y definitivo combate, fue en Manila, el 1 de octubre de 1975. Aquella fue la pelea más brutal, descarnada y salvaje que haya existido en la historia del boxeo. Joe Frazier y Muhammad Ali, en 14 homéricos asaltos, exploraron los límites del cuerpo humano y descubrieron, puñetazo a puñetazo, que su rivalidad estaba mucho más allá de lo que ellos mismos jamás llegaron a poder imaginar. Ali pensó en abandonar en el décimo, undécimo y penúltimo asalto. Pero cuando la esquina de Ali estaba empezando a cortar las cuerdas de sus guantes, la toalla de Frazier apareció en el suelo. “It’s over, it’s over” gritaron los periodistas. Se había acabado. Joe Frazier, a pesar de que iba dominando la pelea y de que estaba a un solo paso de la victoria, no podía más. Herido, cortado, magullado, con un ojo cerrado por completo y el otro sin apenas visión, además de tener la oreja como una piltrafa, le había dicho a su entrenador : “Eddie, si tu me lo pides, salgo ahí y sigo pegándole”. El venerable Eddie Futch miró a Frazier, revisó sus heridas, le acarició la cabeza y cuando vio que su pupilo iba a volver a lo que estaba siendo la Tercera Guerra Mundial, se dirigió a él: “Siéntate hijo, nadie olvidará jamás lo que habéis hecho hoy aquí”. Tenía razón. Nadie en su sano juicio podría olvidar, jamás, la furia y la épica de aquellos dos titanes en Manila. Ali trató de festejar su triunfo, pero cayó redondo al suelo, exhausto, sin aire, teniendo que recibir oxígeno, porque apenas podía respirar. Cuando alcanzó los vestuarios, balbuceó: “Joe Frazier es un grandísimo campeón, un gran boxeador. Esta pelea ha sido lo más parecido a la muerte que he visto”.

Treinta y seis años después de aquella “Thrilla in Manila”, la madre de todas las batallas en Filipinas, Ali y Frazier tenían enemigos diferentes. Mientras Muhammad emocionaba a Norteamérica portando la antorcha olímpica de Atlanta y persistía en su lucha contra la enfermedad de Parkinson, Frazier veía como su cuenta bancaria se desinflaba de manera progresiva, y cómo los que decían ser sus amigos certificaban su condición de sanguijuelas (Don King), lo que le obligó a regentar un gimnasio en las afueras de Filadelfia, vendiendo sus valiosos consejos a los más jóvenes por un puñado de dólares, para no caer en un estado de semimendicidad. Su hijo Marvis, que no llegó a campeón del mundo —cayó KO ante Mike ‘Ironman’ Tyson—, siempre recordó que su padre, después de más de 30 años, no había perdonado las ofensas verbales de Ali, que siempre trató de ridiculizarle [Marvis le dijo a su padre: “¿Papá, que sientes cuando ves ahí a Ali?”. Frazier contestó: “Creo que alguien debería empujarle a las llamas”. Marvis volvió a la carga: “¿No lo dirás en serio, verdad papá?”. Joe remató: “Por supuesto que sí”]

Cuando Ali, ya enfermo, reconoció a The New York Times que se había excedido con Frazier y que “pedía sinceras disculpas” por haber dicho cosas de las que se arrepentía, con el único fin de promocionar la pelea, todo cambió. Joe, todavía lúcido, después de tres décadas de odio hacia su rival, enterró el hacha de guerra en presencia del periodista Alejandro Delmás, que acudió a visitarle a Filadelfia: “Hablamos y quedamos en llamarnos y vernos cuando fuera posible. Pero no he vuelto a tener noticias. Espero que su vida y su salud vayan bien”. Pero Ali nunca llegaría a poder visitar a su enemigo íntimo, su némesis. Joe, tras liberar un rencor que parecía eterno (su teléfono llegó a tener un buzón de voz que decía “Soy Joe, astuto como un zorro, vuelo como mariposa y pico como abeja, ya sabes, soy el que le hizo eso a él. Llámame.”), se volcó en recuperar algunos temas de su antigua banda de rock, trató de promocionar su imagen y siguió siendo una celebridad en las calles de Filadelfia. Hasta que, hace un mes, los médicos le diagnosticaron cáncer de hígado. Joe, que empezó a trabajar a los seis años y que soportó sin pestañear golpes de Ali “que habrían removido los cimientos de una ciudad”, no se derrumbó. Transmitió a su familia que estaba ante su último combate e ingresó en la unidad de cuidados paliativos. Los médicos le dijeron que era su última pelea pero que, esta vez, no podría ganar. Joe se subió al ring y lanzó su último gancho. Con su muerte, murió gran parte de la historia del boxeo. Floyd Mayweather, una de las estrellas del momento, se ofreció a pagar todos los gastos de su funeral; Óscar De la Hoya, El Golden Boy, rezó una oración por el alma de Joe; y Mike Tyson, el terror del Garden, dejó una loa a su figura “siempre fue un orgullo que me comparasen con Frazier”. George Foreman, el boxeador-predicador, el gigante que mandó seis veces a la lona al propio Joe Frazier en Jamaica, fue el más explícito: “Buenas noches Joe Frazier. Tu amigo, George Foreman”.

En la oscarizada Million Dollar Baby, Eddie, un ex boxeador ciego de un ojo —interpretado por Morgan Freeman—, hace una definición quirúrgica sobre qué significa el noble arte del boxeo: “A la gente le encanta la violencia. Cuando ven un accidente, reducen la velocidad para ver si hay muertos. Son así. Esos son los que dicen ser amantes del boxeo. No tienen ni puñetera idea de lo que es el boxeo. El boxeo es cuestión de respeto, de ganarte el tuyo y quitárselo al contrario”. Joe Frazier se pasó la vida ganándose el respeto de los demás.


Muhammad Ali: una vida en diez asaltos

Casi ningún analista deportivo lo discute: Muhammad Ali es la mayor figura en la historia del deporte. Desde el inicio de su carrera se empeñó en decirlo a los cuatro vientos (“soy el más grande”) y la gente lo tomaba a broma, como una más de sus constantes payasadas… pero él realizó hazaña tras hazaña hasta convencer al mundo de que realmente lo era. Primero se convirtió en el más técnico e imaginativo de los pesos pesados. También en el primer icono deportivo capaz de atraer constantemente la atención de los nuevos medios de comunicación sobre sí mismo, con toda clase de diabluras y geniales trucos publicitarios basados en su arrollador carisma. Después fue capaz de sobreponerse a cuatro años de retiro forzoso —en los que su gobierno le quitó el título de campeón y le prohibió boxear— para regresar a lo más alto. Realizó un milagro en Zaire, cuando venció contra todo pronóstico a un todopoderoso George Foreman. Y protagonizó la más intensa rivalidad deportiva de todos los tiempos, en tres antológicos combates, contra su archienemigo Joe Frazier. Combates que fueron subiendo de intensidad hasta que ambos púgiles estuvieron a punto de matarse mutuamente. Esta es su historia contada en diez asaltos. Es la pelea de Ali contra la eternidad: una pelea que por descontado vencerá Muhammad Ali… “volando como una mariposa y picando como una avispa”.

Primer asalto, contra los matones del barrio:

 

cassius clay

1954. En un humilde barrio de Louisville, la principal ciudad del pintoresco estado de Kentucky, un oficial de policía es abordado por un lloroso chaval negro de doce años, quien le cuenta entre lágrimas cómo los matones del barrio le han robado la bicicleta. El policía le dice al muchacho “mira, chaval, será muy difícil que consigamos recuperar tu bicicleta” pero a cambio le da un buen consejo: podría prevenir futuros atracos practicando alguna técnica de defensa personal, como el boxeo. El niño —quien, por si no lo hemos dicho todavía, se llamaba Cassius Clayaplicó el consejo al pie de la letra y comenzó a tomar clases de boxeo, entrenando obsesivamente no sólo hasta conseguir hacerse respetar en el barrio sino tambiñen convertirse en el mejor púgil amateur del país. Durante los siguientes seis años, un adolescente Cassius Clay barrerá en el mundo del boxeo juvenil: ganará seis veces la competición anual del Guante de Oro de Kentucky, destinada a decidir quién era el mejor púgil aficionado del estado. También ganará dos veces el Guante de Oro de los Estados Unidos y culminará esta brillantísima etapa con una medalla de oro en las Olimpiadas de 1960. Sin saberlo, aquellos matones que le robaron la bicicleta y aquel policía que le aconsejó boxear habían desatado una de las mayores fuerzas de la naturaleza en el deporte del siglo XX.

 

 

Segundo asalto, contra la ortodoxia:

Aunque en el tercer asalto de esta biografía hablaremos del modo en que el joven Cassius Clay usó su carisma y su histriónica personalidad para romper moldes en el mundo del pugilismo, no sería justo olvidar su aportación técnica, que sencillamente revolucionó la categoría de los pesos pesados. Cassius Clay modeló su estilo de boxeo en torno al de su ídolo Sugar Ray Robinson; un estilo basado en un constante y agotador juego de pies —esquivando los golpes en vez de protegerse con los puños en alto, como era costumbre hasta entonces— y contraatacando continuamente con veloces combinaciones de golpes en vez de buscar el K.O. por la vía rápida. El propio Clay definió esta forma de pelear con la ya legendaria frase “vuelo como una mariposa, pico como una avispa”. Pero el gran mérito de Cassius Clay radicaba en que, mientras Sugar Ray Robinson había sido un peso medio de menos de 72 kilos, Clay pesaba más de noventa. Aun así, el público le podía ver recorriendo el ring como un bailarín, gesticulando con increíble rapidez de reflejos y moviéndose con una agilidad inaudita en alguien de su tamaño. Durante sus primeros años como profesional, Cassius Clay cimentó su prestigio como prodigio técnico gracias a la insóluta proeza de pelear como el mejor de los pesos medios, pero siendo un peso pesado. De hecho, en la listas de mejores púgiles de la historia suele aparecer en segundo lugar, sólo por detrás del propio Sugar Ray Robinson.

Tercer asalto, contra el anonimato:

 

Los Beatles experimentan la pegada del campeón.

Cassius Clay lo tuvo claro desde el principio, desde mucho antes de llegar a ser campeón. Quería ser diferente. Quería ser universalmente famoso y labrarse un lugar privilegiado en la historia. Cuando todavía no era nadie ya hablaba de sí mismo en términos hiperbólicos («soy el más grande») y su actitud arrogante parecía preparar el camino para las grandes gestas del futuro, aunque en sus inicios parecía pura fanfarronería barata. Usaba cualquier recurso a su alcance para publicitarse: uno de los trucos más célebres durante sus primeros tiempos era el de anunciar el número exacto de asaltos en los que iba a tumbar a sus rivales, predicción que además solía cumplir. También recurría a su imparable y divertida verborrea, generalmente para burlarse de sus rivales, ridiculizándolos o incluso insultándolos abiertamente. Cassius Clay era consciente de la enormidad de su carisma y lo usaba sin escrúpulos, no preocupándole el hecho de resultar simpático o antipático. A algunos les caía bien, otros no soportaban sus continuas payasadas, pero eso a él le daba igual. Quería que se hablase siempre de él, para bien o para mal.

Cuarto asalto, contra Sonny Liston:

Durante su rápida ascensión, Cassius Clay dominó a todos sus rivales con aquel imparable cóctel de rapidez, técnica e inventiva. Pero en 1965 había seerias dudas de que pudiese destronar al campeón mundial, el temible Sonny Liston, cuya agresividad y potencia causaban tanto espanto que muchos púgiles se negaban a enfrentarse a él. Liston tenía una oscura biografía a sus espaldas. Procedía de un entorno marginal y de hecho no se conocía su verdadera edad, puesto que ni siquiera había sido censado al nacer. Tras campar a sus anchas como delincuente juvenil, atracando tiendas y gasolineras, pasó unos años en la cárcel… de lo cual, por cierto, no se avergonzaba demasiado: “Al menos me daban tres comidas al día”. Entre rejas comenzó a boxear y pronto quedó claro que ningún preso podía medirse con él sobre el ring de la prisión, a riesgo de sufrir severas lesiones. Dado que no podía pelear con otros reclusos se invitó a la cárcel a un antiguo boxeador profesional para medir el potencial de Liston, y tras unos intercambios de golpes el púgil invitado se negó a seguir peleando (“¡Este tipo va a matarme!”). Tras ser puesto en libertad, Sonny Liston dejó las riendas de su carrera en manos de la mafia —lo cual era un secreto a voces que no contribuyó a mejorar su imagen pública precisamente— y llegó a coronarse campeón destronando a Floyd Patterson, uno de los deportistas más queridos del país y cuya carrera prácticamente hizo pedazos.

Antes del combate por el título, Cassius Clay se dedicó a perseguir a Sonny Liston en apariciones públicas, riéndose de él y gritándole estupideces desde la distancia, o recitando divertidísimos poemas destinados a ridiculizar al campeón. Liston, conteniéndose ante las cámaras y los testigos, se limitaba a lanzarle su característica mirada torva, que parecía querer decir “si me hubieses hecho esto en la cárcel ya estarías muerto”. El campeón incluso llegó a sacar una pistola de fogueo para asustar a Clay, cansado de su constante acoso. No obstante, pese a la palabrería mediática del aspirante, no eran muchos quienes confiaban en sus posibilidades. Y contra todo pronóstico, en el combate Clay demostró hasta qué punto llegaba su superioridad técnica: dominó sin problemas a Liston, venciéndole pese al juego sucio que casi arruina la velada (Liston puso una sustancia irritante en sus guantes para dificultarle la visión a Clay, lo que le tuvo perdido sobre el ring durante un par de asaltos). Como el propio Clay dijo eufórico al terminar el combate: estaba en la cima del mundo. Entre 1965 y 1967 defendió su título nueve veces —incluyendo una revancha contra Sonny Liston en la que lo fulminó— y estableció un listón técnico incomparable, cambiando para siempre la percepción del peso pesado en el boxeo. Se sigue esperando ver uno igual al Clay de aquellos primeros años.

Quinto asalto, contra el sistema:

Malcolm X (izquierda), el carismático portavoz de la Nación del Islam, captó al joven Cassius Clay para su causa.

Al poco tiempo de proclamarse campeón, Cassius Clay sorprendió al mundo anunciando su afiliación al grupo radical Nación del Islam, una organización extremista liderada por el excéntrico visionario Elijah Muhammad. El grupo predicaba la necesidad de que Estados Unidos se separase en dos naciones, una cristiana para los blancos y otra islámica para los negros. Clay entró en la organización gracias a su amistad con Malcolm X, el elocuente y carismático portavoz de la organización. Clay renunció a su “nombre de esclavo” y se presentó públicamente como Cassius X, aunque no tardaría en cambiarlo por el nombre definitivo de Muhammad Ali. La noticia causó perplejidad en muchos e indignación en tantos otros. Incluso la propia madre de Ali salió en televisión expresando su disgusto al ver que su hijo renunciaba a la tradición cristiana de la familia. También respetadísimos ex-campeones negros estaban perplejos o decepcionados: el legendario Joe Louis dijo que era una lástima que el nuevo campeón se hubiese unido a aquella secta extremista en vez de representar a toda la América negra. Floyd Patterson dijo que Ali era demasiado joven y había sido guiado por gente inadecuada: «lo mismo podría haberse unido al Ku Klux Klan», dijo con ironía. De todos modos, la opinión general era la de que todo formaba parte de un capricho pasajero: Cassius Clay nunca había dado la impresión de ser capaz de tomarse las cosas muy en serio.

Esa percepción cambió cuando el ahora llamado Muhammad Ali se negó a acudir a la citación de reclutamiento que le envió el ejército estadounidense, cuando la guerra del Vietnam estaba en pleno apogeo. Se declaró objetor de conciencia por motivos religiosos: “la guerra está en contra de los preceptos del sagrado Corán”, dijo, aunque lo resumió mucho mejor con una de sus características frases ocurrentes: “ningún Vietcong me ha llamado nunca negrata“. La cosa era ahora mucho más trascendente que el simple escándalo mediático causado por su conversión. Muhammad Ali se enfrentaba a una posible pena de cárcel. El juicio fue espectacular: cada vez que el juez llamaba al boxeador por su nombre legal de Cassius Clay, él respondía con total seriedad “mi nombre es Muhammad Ali, señor”. El púgil se transformó repentinamente en una controvertida figura política, dando conferencias en las que abandonaba sus típicas bufonadas y se mostraba con una actitud mucho más seria y reflexiva. Aunque finalmente no fue encarcelado, la sentencia judicial le despojó del título mundial de boxeo (cuando Ali ¡nunca había perdido un combate! Su registro era inmaculado: 29 peleas, 29 victorias, 23 de ellas por K.O.) y se le retiró la licencia para pelear profesionalmente. Muhammad Ali se veía forzado a retirarse de los cuadriláteros justo en el mejor momento de su carrera, cuando tenía veinticinco años. Aquello terminaba con los que, técnicamente, fueron sus mejores años como boxeador. No pudo volver a subir a un ring hasta 1970 y nunca recuperó completamente la agilidad de sus primeros años. Sin embargo, paradójicamente, sus más grandes gestas deportivas aún estaban por llegar. Había desaparecido Cassius Clay, el boxeador técnicamente perfecto, pero estaba por venir Muhammad Ali, la leyenda del cuadrilátero.

Sexto asalto, contra Joe Frazier:

Ali ejerciendo su afición favorita: ir al gimnasio de Joe Frazier para importunarle con sus continuas payasadas y provocaciones.

Cuatro años de retiro forzoso son más que suficientes para destruir la carrera de un deportista, pero Ali retornó dispuesto a recuperar sobre el ring los títulos que los tribunales le habían arrebatado por causas políticas. En 1971, cuando ali pudo aspirar de nuevo al título, el hombre a batir era Joe Frazier, un boxeador duro y de estilo agresivo. Frazier tampoco había perdido nunca un combate; de hecho su registro era tan impresionante como el del propio Ali. Pese a que las ideologías políticas de ambos púgiles eran completamente opuestas, Frazier no tuvo inconveniente en apoyar el retorno de Ali a los cuadriláteros. Joe Frazier era de ideología conservadora y aprobaba plenamente la intervención americana en Vietnam. Admitió públicamente que no le gustaba nada el extremismo político de Ali, pero eso no le impidió defender el derecho de su futuro rival a recuperar la licencia de boxeo e incluso llegó a ayudarle económicamente cuando Ali se vio metido en problemas monetarios. La relación entre ambos era buena… o fue buena hasta que los dos boxeadores tuvieron que enfrentarse por el título en lo que se anunció como “Combate del Siglo”, una pelea que pondría sobre la lona a dos púgiles dominantes que no conocían la derrota. Muhammad Ali volvió a sus antiguas tácticas de humillación mediática del contrario, olvidando la gentileza y caballerosidad con que Frazier le había tratado hasta entonces. Aparte de sus características chanzas insultantes (empezó a referirse a Frazier como “Magilla el gorila” y soltaba perlas tales que “Joe Frazier es tan feo que debería donar su cara a la Oficina Nacional de la Fauna Salvaje”), Ali fue todavía más lejos, acusando a su rival de ser un perrito faldero de los blancos y un indigno representante de la raza negra. Calentar un combate de ese modo era algo desconocido en 1971 y Joe Frazier, lógicamente, se lo tomó como algo personal. De hecho, ambos púgiles estuvieron a punto de llegar a las manos en un programa de televisión, cuando el habitualmente correcto y educado Frazier no pudo soportar más las provocaciones de Ali y se levantó de su silla ante la expresión de pánico absoluto del presentador, que por poco no se vio metido en una pelea entre dos pesos pesados… pero sin guante sni reglas. al final no se pegaron en el plató (y no, no era una táctica publicitaria). No sólo estaba agriándose la relación entre los dos boxeadores hasta el punto de llegar al odio personal, sino que estaba naciendo una de las rivalidades deportivas más célebres e intensas de todos los tiempos.

Eso sí, de poco le sirvieron a Ali sus tácticas psicológicas. Tras los quince durísimos asaltos del espectacular combate, cuya alternancia de poderes superó incluso las expectativas más optimistas de los aficionados, los jueces otorgaron la victoria a Joe Frazier. Fue un momento devastador para Muhammad Ali: era la primera vez en toda su carrera que experimentaba la derrota. Ganó sus siguientes combates contra diversos rivales de menor entidad pero la gente daba por hecho que no podría volver a dominar el pugilismo. De hecho, pasaron tres años hasta que pudo volver a enfrentarse a Frazier, en 1974. Ali obtuvo su venganza al vencer también a los puntos en otro intensa pelea, pero no todo el mundo estuvo de acuerdo con la decisión de los jueces. Para algunos, Frazier debió haber salido vencedor. De todas formas, la intensidad de ambas peleas y la tensión que existía entre ambos púgiles bastaron para sentar una enemistad mítica. La rivalidad había quedado en empate, y la gente tenía ganas de más.

Séptimo asalto, contra George Foreman:

Muhammad Ali consigue lo imposible: noquear a George Foreman.
Muhammad Ali consigue lo imposible: noquear a George Foreman.

El combate por el que Muhammad Ali será recordado eternamente, y no porque mostrase su mejor boxeo sino porque tuvo un aura de epopeya trágica pocas veces vista en una competición deportiva. Ali logró lo imposible y lo hizo además de un modo que se consideraba también imposible. Su voluntad de hierro y sus ansias de grandeza pudieron más que la lógica competitiva. A sus treinta y dos años, más lento y menos resistente que en sus mejores tiempos, nadie le concedía posibilidades frente al nuevo campeón mundial, el todopoderoso George Foreman. El invicto Foreman había ganado la friolera de cuarenta combates consecutivos —la inmensa mayoría de ellos por K.O.— y su pegada era tan tremenda que se le consideraba capaz de noquear a cualquiera casi a voluntad. El esperadísimo combate entre Foreman y Ali se organizó en Zaire, el antiguo Congo, rodeado de una parafernalia espectacular. Muhammad Ali hizo lo acostumbrado en estos casos: calentar el combate increpando a Foreman, acusándole como a Joe Frazier de ser un servil instrumento del poder blanco, etc. Muhammad Ali se ganó al público local elogiando las virtudes de África y apabullando a todo el mundo con su carisma, mientras el pobre George Foreman —quien, pese a su aspecto temible, era en realidad un tipo tímido y bastante sensible— no podía hacer nada por contrarrestar la avalancha mediática y populista de su rival. Ali llegó al punto de popularizar entre los lugareños el grito “Ali, bomaye!” (que significaba literalmente “Ali, mátalo”), un grito que el desdichado Foreman tuvo que escuchar incesantemente antes y durante el combate.

La pelea, celebrada en un ambiente multitudinario, enrarecido y tenso, marcó uno de los hitos deportivos más impactantes del siglo XX. Muhammad Ali estaba literalmente vendido ante la fuerza de su rival y nadie daba un céntimo por él, pero cambió sus estrategias pugilísticas habituales e hizo lo que a priori parecía una insensatez suicida: dejó que Foreman le arrinconase contra las cuerdas, donde el campeón necesitaba sólo un puñetazo bien dado, uno, para noquearle. Aquella estrategia kamikaze pudo haberle costado caro pero lo cierto es que durante siete asaltos Foreman intentó aprovechar la circunstancia para noquearle y no lo consiguió. Ali hizo uso de toda su experiencia, sabiduría y talento para evitar lo aparentemente inevitable, dejando que George Foreman se desgastase intentando una y otra vez ataques infructuosos. En el octavo asalto, Foreman estaba literalmente agotado de tanto lanzar golpes y Ali —que había parecido estar varias veces al borde del desastre— resurgió cual ave Fénix y noqueó a Foreman con una de sus legendarias combinaciones, dejándole caer mientras le contemplaba con expresión de triunfo (¿la imagen deportiva del siglo? ¡sin duda!). El estadio de Kinshasa estalló de júbilo, mientras Muhammad Ali recuperaba por tercera vez el título mundial de los pesos pesados y se establecía definitivamente como el deportista más grande que había pisado la faz de la Tierra. Hasta entonces lo había tenido todo: técnica, títulos, fama. Pero se necesita un milagro para ascender a los altares y un milagro es lo que Muhammad Ali consiguió aquella noche en el corazón de África.

Octavo asalto, de nuevo contra Joe Frazier:

El aguerrido Joe Frazier, antes y después del combate contra Ali. Pese a haber quedado totalmente ciego durante la pelea, Frazier se negó a rendirse y protestó cuando su entrenador tiró la toalla por él.

En 1975, tras vencer a Foreman, Muhammad Ali había conseguido ya cualquier meta que hubiese podido proponerse como boxeador. Pero aún le quedaba una deuda pendiente: poner su título en juego frente a su máximo enemigo, Joe Frazier, y así romper el empate que definía por entonces su rivalidad. Todo el mundo quería ver un nuevo combate Ali-Frazier y nadie iba a quedar decepcionado: la tercera de sus peleas pasaría a la historia como una de las más espectaculares del siglo. Lo que ocurrió iba más allá del más alocado guión de las películas de Rocky Balboa. El combate se celebró en Manila, capital de Filipinas, y el lugar elegido era un enorme recinto abarrotado de gente, con mala ventilación, donde el calor y los altísimos índices de humedad contribuirían a hacer de la noche un suplicio para ambos contendientes. La lucha estaba programada a quince asaltos y el público pudo ver a dos boxeadores que se odiaban mutuamente dejándose la piel sobre la lona pese al insoportable calor. Entre asalto y asalto había que aplicarles hielo para bajar la temperatura corporal e intentar que recuperasen algo del mucho líquido que estaban perdiendo. Los entrenadores estaban cada vez más preocupados por el castigo mutuo que Ali y Frazier se estaban infligiendo: un boxeador exhausto no tiene la capacidad de encajar bien los golpes y eso puede producirle muy serias lesiones, incluyendo la muerte. Conforme pasaban los asaltos y los púgiles parecían cada vez más agotados —aunque seguían completamente entregados a la lucha—,  periodistas especializados y los espectadores más expertos empezaron a preguntarse por qué el árbitro no ponía fin al combate. Durante del decimocuarto asalto Joe Frazier tenía sus dos ojos tan hinchados que, literalmente, estaba boxeando a ciegas. Muhammad Ali se dio cuenta de ello, pero herido de consideración y muy cansado tenía que buscar fuerzas donde no las había para seguir castigando al cegado Frazier. El espectáculo empezaba a parecer una carnicería y ambos púgiles —sobre todo Joe Frazier— se mantenían en pie únicamente gracias al orgullo. Ambos se negaban airadamente a retirarse, parecían preferir arriesgarse a morir antes que tirar la toalla ante su Némesis. Algunos espectadores y comentaristas comenzaron a horrorizarse por lo que estaban viendo. Ali apenas podía continuar, pero es que Frazier estaba literalmente indefenso, con ambos ojos completamente cerrados. Al final de ese sangriento decimocuarto asalto el entrenador de Frazier decidió que era inhumano dejarle seguir peleando y anunció al árbitro que su pupilo se retiraba. Joe Frazier, ciego, agotado y con el rostro deformado por los golpes, protestaba a voces insistiendo en que quería seguir peleando: “¡Quiero ir a por él, jefe!”. Su entrenador tuvo que convencerle de la necesidad de retirarse, diciéndole “Nadie olvidará jamás lo que has hecho aquí hoy”. Ali ganó la pelea,  pero su estado no esra mucho mejor que el de Frazier: en cuanto supo que el combate había terminado, se desplomó, incapaz de mantenerse en pie durante un segundo más. Aquel fue el combate más cruento en las respectivas carreras de Ali y Frazier, pero también el que cerró de forma épica una trilogía legendaria de enfrentamientos. De hecho, tras la pelea, Muhammad Ali habló con sumo respeto de Joe Frazier y elogió su valentía y combatividad, para sorpresa de muchos.

Noveno asalto, contra el Parkinson:

Aunque ya visiblemente mermado por su enfermedad, Muhammad Ali se convirtió en el gran protagonista de las Olimpiadas de 1996.

Ali comenzó a recibir tratamiento por la enfermedad de Parkinson en 1984, tres años después de su retirada: en 1981 ya mostraba síntomas evidentes de la enfermedad. Hay quien afirma que esos síntomas se manifestaban ya en los años en que Ali compitió en sus últimos y más bien innecesarios combates (de hecho, en 1976 se trababa  ocasionalmente hablando en las ruedas de prensa, algo extraño en alguien famoso precisamente por hacer gala de una inigualable labia). El hombre que había sido emblema de la agilidad y el virtuosismo técnico sobre el ring empezaba a sufrir una considerable merma en su movilidad. Pero eso no le impidió seguir actuando como prominente figura pública, llegando incluso a intermediar para la liberación de rehenes norteamericanos en Oriente Medio. El respeto hacia el otrora controvertido Muhammad Ali fue creciendo de manera imparable, hasta manifestarse claramente en la ceremonia de inauguración de los Juegos Olímpicos de Atlanta en 1996, donde un Ali ya muy mermado por el Parkinson encendió la antorcha mientras era adorado como ningún otro deportista en el olimpismo moderno. Evidentemente, la gravedad de su trastorno y la merma en su capacidad del habla hizo que su forma de presentarse en público diese un giro de ciento ochenta grados. El bufón carismático y charlatán desapareció para siempre, y la dignidad y espíritu de lucha con que sobrelleva su enfermedad le han convertido en un venerable ídolo a nivel deportivo y también humano.

Décimo asalto, contra el olvido:

Ningún otro deportista, en ninguna otra disciplina, ha alcanzado una importancia social semejante a la de Muhammad Ali. Es probablemente el único individuo que es universalmente conocido con dos nombres distintos, eso resume bien la magnitud de su fama. No siempre fue un personaje querido por todos, y no siempre fue un personaje completamente admirable (como decía el título de un artículo británico: “no pretendamos que Muhammad Ali era Gandhi“) pero supo hacer de su carrera una obra de arte, como Groucho Marx o Salvador Dalí. Sí, fue un genio de la técnica, un artista del pugilato, pero del mismo modo que Groucho trasciende sus películas o que Dalí trasciende sus cuadros, Muhammad Ali trasciende el boxeo y el deporte. Es el hombre que personificó la búsqueda de la fama primero, la búsqueda de la gloria después, y la búsqueda de la inmortalidad más adelante. Desde sus inicios —aunque resultaba inevitable tomarlo a broma por entonces— repetía incesantemente su intención de convertirse en “el más grande”. Usó toda clase de métodos para conseguirlo, algunos asociados a su talento, otros asociados a su carisma, y aun otros más discutibles y polémicos; pero siempre con un objetivo en mente. Vista con la perspectiva del tiempo, su carrera es la fascinante epopeya de un hombre que rompió barreras y materializó imposibles, más allá de lo que nadie podía confiar que consiguiera. Su fuerza de voluntad pudo más que sus duros rivales, pudo más que los gobiernos y pudo más que la inevitable decadencia de todo campéon deportivo. Cuando se habla de la historia del deporte en el siglo XX, hay un nombre (bueno, dos: Muhammad Ali y Cassius Clay) y después, por debajo, están todos los demás.

«Es sólo un trabajo. La hierba crece, los pájaros vuelan, las olas golpean la arena… y yo pego a la gente»