El deporte entendido como una de las bellas artes

Londres, 1967. Fotografía: Larry Ellis / Getty.

En 1986, el escritor estadounidense Richard Ford publicaba la magnífica novela The Sportswriter en torno a la atormentada figura del periodista Frank Bascombe, cuya vida va rompiéndose a jirones a lo largo de la narración sin dramas ni tragedias, con un estoicismo propio de la tradición del realismo sucio. Probablemente, eso explique que el propio Raymond Carver considerara a Ford el mejor escritor de su generación.

El primer problema que debieron de tener los editores españoles cuando compraron los derechos del libro fue, sin duda, el título. ¿Cómo se traduce en español the sportswriter? Lo más literal sería algo parecido a ‘el escritor deportivo’, pero, ¿qué demonios era un escritor deportivo en la tradición española, mucho más a finales de los ochenta y principios de los noventa? Lo más lógico, lo más claro, era dejarlo en El periodista deportivo y que cada uno pensara lo que quisiera.

Sin embargo, había algo peligroso en esa traducción, algo que se ha mantenido durante los años. El que se acercara al libro podría pensar que trataba de alguien que iba vestido con un anorak color butano a los campos de fútbol o que se pasaba doscientas páginas repitiendo como loco «¡Ay, mi madre, el bicho!». El periodismo deportivo en nuestro país no tiene nada de estético, nada de glamuroso, nada de Norman Mailer viajando a Zaire para narrar los combates de Muhammad Ali, ni de Frank Deford contándonos la vida de Bill Tilden, ni de David Halberstam —premio Pulitzer por sus crónicas de la guerra de Vietnam— hablándonos de los oscuros Portland Trail Blazers de la temporada 1980/81. Ni siquiera de un Gay Talese viajando a China para entrevistarse con la jugadora que falló el penalti decisivo en el Mundial de 1999. Siempre que esa parte Talese no se la haya inventado también, claro.

En España, el deporte siempre ha sido carne de barra de bar, de exabrupto, de almohadilla arrojada al campo, de insultos al árbitro. De hecho, su mayor hito poético consiste en rimar la palabra «millones» con «cojones», un prodigio de originalidad. En Estados Unidos, sin embargo, la conciencia de que había algo más allá de la competición ha estado presente desde los orígenes de las grandes ligas y los combates de los años treinta con Joe Louis de protagonista. Es normal que su apogeo coincidiera con el del llamado «nuevo periodismo», porque las bases eran similares: la historia detrás de la historia. ¿Qué queda detrás del quarterback de éxito, hasta qué punto una bola mal lanzada puede cambiar una vida, cómo vive un boxeador las horas de angustia anteriores a la pelea que marcará su carrera?

El sportswriter se dedica a eso, con mayor o menor éxito. En ocasiones, cae en el pecado del exceso, de intentar contar incluso lo que no sabe, pero eso también lo hacía Truman Capote. Como ejemplo de esa búsqueda de lo, en principio, marginal, Frank Bascombe se marcha a mitad del libro a hacer un reportaje sobre Herb Wallagher, una imponente figura retirada del fútbol americano cuyo futuro pasa por una silla de ruedas. Por supuesto, la elección del personaje es una elección de Richard Ford, en su intento de captar la Norteamérica tras los neones, es decir, de hacer lo mismo que lleva haciendo la mayoría de escritores estadounidenses desde los tiempos de El gran Gatsby… pero también es consecuente con la figura de Bascombe, con la figura de cualquier escritor deportivo.

El escritor deportivo es, en esencia, el que se queda cuando los demás han mandado ya sus crónicas. El solitario, el enigmático, el que no busca llegar el primero, sino que prefiere tomarse una copa con el desahuciado para completar el relato.

En ningún sitio mejor que en Estados Unidos se ha entendido la máxima de Albert Camus: «Todo lo que sé sobre la moralidad y las obligaciones del hombre, lo aprendí del fútbol», y quien dice «fútbol» bien podría decir «deporte», en general. La frase se repite mucho en Europa porque es ingeniosa y porque de alguna manera dignifica una pasión, pero se lleva muy poco a la práctica. Para el escritor deportivo, efectivamente, en cada partido, en cada enfrentamiento, en cada combate, lo que se juega no son tres puntos ni un título, sino dos maneras de entender el mundo, la moral y las obligaciones del ser humano. Puede equivocarse, puede caer en el exceso de la narrativa, pero sus ojos no van a estar en el marcador, desde luego, sino en las causas y las consecuencias de ese resultado.

El deporte como género literario

Frank Bascombe es un escritor. O más bien un aspirante a escritor cuyas novelas encuentran difícil publicación. Puede que casi todos los periodistas deportivos en la tradición anglosajona sean eso: aspirantes a otra cosa que han acabado ahí, hablando de Joe DiMaggio. En cualquier caso, comparten el gusto por las palabras, por la historia bien contada, por la narrativa. En España, lo más parecido a una narrativa deportiva surgió a raíz de las entrevistas a Valdano o a Juanma Lillo en los años ochenta y noventa y ha culminado con la figura de Pep Guardiola en la última década… con una diferencia: Guardiola es, con todo, algo parecido a un arcano, alguien inaccesible salvo para unos cuantos amigos y cuyos discursos son carne de hermenéutica más que de literatura propiamente dicha.

En Estados Unidos siempre ha sido así, quizá porque en Estados Unidos siempre se permitió que el deportista fuera algo más que un patán con talento para la pelota. La relación abierta con la prensa también ha sido decisiva en ese sentido… y algo habrá hecho bien la prensa para ganarse esa relación. Casi desde principios de siglo, el deporte ha sido un género literario de éxito y calidad en las librerías americanas, un motivo de colección y de comprensión del mundo. La gran novela americana estaba tanto en Holden Caulfield huyendo de su internado y perdiéndose en Central Park como en las luchas entre Jim Bouton y Mickey Mantle a lo largo del año 1969 reflejadas en Ball Four, uno de los libros más vendidos de la historia de la literatura deportiva.

Lo mismo se pueden entender las envidias y la competitividad insana de principios de los noventa leyendo a Bret Easton Ellis que devorando el sensacional The Jordan Rules de Sam Smith, el retrato sin piedad del gran icono del deporte y la publicidad estadounidense de la época, la cara B del famoso anuncio de Spike Lee en el que todos los niños querían «ser como Mike».

Junto al escritor deportivo ha convivido siempre la tradición del deportista metido a escritor. Por supuesto, sería demasiado inocente pensar que los grandes deportistas han escrito sus autobiografías ellos mismos. Normalmente, estas cosas se hacen con periodistas armados con grabadoras que se dedican a dar forma al relato. Aun así, tiene que haber primero esa voluntad de que alguien convierta tu vida en una historia con sentido, tiene que haber un deseo de mantener el diario de tal o cual temporada y la tentación de que ese diario se haga público. Que los demás entiendan, que tú mismo entiendas quién eres más allá de los focos y los publicistas.

La autobiografía —o la biografía a secas, sin vaselina— sigue siendo el género más atractivo, un género que a menudo cruza fronteras. En el Reino Unido, por ejemplo, donde el periodismo deportivo se mueve en un término medio entre el tabloide y la intelectualidad, siempre ha habido fascinación por los personajes extremos que nos cuentan sus vivencias. Los libros de Gary Neville, de Rio Ferdinand o de Alex Ferguson han batido récords de ventas en los últimos años, aunque no haya en ellos demasiada voluntad literaria. Las andanzas entre factuales y ficticias de Brian Clough en Leeds dieron pie a uno de los más famosos libros de los últimos treinta años: The Damned United, novela escrita por David Peace. Y no hay que dudar de que, si Mourinho se decidiera en serio a contar sus verdades, los derechos del libro se venderían por millones de libras.

Aun así, el libro deportivo británico por excelencia sigue siendo Fiebre en las gradas. Eso tiene sus ventajas y sus inconvenientes. La propia figura de Nick Hornby como autor consagrado en otros campos le da al fútbol esa pátina de aceptabilidad que tantas veces busca. Por otro lado, lo atractivo de la historia para el aficionado, el recurso a la primera persona para contar los altibajos de una vida según los altibajos del Arsenal han convertido a este libro en un paradigma que quizá ha ensombrecido a otros libros mejores. La literatura deportiva es mucho más que Fiebre en las gradas, pero rara vez cruza el océano Atlántico. Cuando lo hace, puede llegar a convertirse en un éxito tan inesperado como el de Open, la autobiografía del tenista Andre Agassi que arrasó por toda Europa precisamente por su estilo descarnado, su honestidad brutal, su voluntad de desnudarse por encima de los Grand Slams y las actrices y modelos que se cruzaron en su vida.

Los escasos intentos españoles

Precisamente el éxito de Open en España puede que abra por fin la puerta a la literatura deportiva de calidad, más allá de la biografía exprés del último fichaje del Madrid o del Barcelona. Desde luego, y coincidiendo precisamente con el apogeo de la figura de Guardiola, el gusanillo de querer contar las cosas bien, con sentido, yendo más allá de lo obvio, ha empezado a calar al menos entre muchos periodistas deportivos que a menudo ni siquiera son periodistas y no está nada claro que quieran dedicarse al deporte, o al menos no en exclusiva. Los nombres los conocemos todos: Manuel Jabois, Juan Tallón, Enrique Ballester… todos beben de maestros anteriores como Manuel Alcántara, lo más parecido a un sportswriter que hemos tenido en España durante décadas, aunque centrado casi siempre en el mundo del boxeo.

Se ha puesto de moda que al escritor con talento se le adjudique la columna de deporte como en su momento se le adjudicaba la de televisión. Es un avance, desde luego. La aparición de editoriales como Libros del KO, con sus «Hooligans Ilustrados», el compromiso de la Editorial Contra o de la Editorial Debate de publicar libros deportivos de calidad, o el éxito que ha tenido Córner con los libros de Martí Perarnau en los últimos años nos hacen ser optimistas con respecto al futuro del libro deportivo en España. Salvaje, de Iván Castelló, la narración de los excesos de Jesús Gil, es un ejemplo de lo mucho que hemos estado perdiendo el tiempo en nuestro país durante estos años: teníamos ahí a Gil, delante de las narices, y nadie se atrevía a escribir un buen libro al respecto, todo porque al fin y al cabo no era más que el presidente del «Atleti».

Hay toda una nueva generación de periodistas, de escritores, que han bebido el periodismo americano de primera mano gracias a internet. Periodistas acostumbrados a los perfiles de Sports Illustrated, a comprar por Amazon los libros que jamás llegarán a las librerías españolas y que ninguna editorial traducirá nunca. En ese sentido, es inevitable destacar el trabajo del que, para mí, es el sportswriter español por excelencia: Gonzalo Vázquez. Vázquez no es un periodista, o, al menos, no es más periodista que escritor, y eso se nota. De entre sus muchísimos libros, cabe destacar 101 historias de la NBA, publicado por la editorial JC, otro ejemplo de entrega al deporte, en este caso al baloncesto. El libro es una recopilación de artículos publicados en medios más o menos underground que retratan lo que ha sido Estados Unidos durante los setenta años de existencia de la NBA. La gran novela americana, pero escrita por un chico de las afueras de Bilbao.

Gonzalo es un apasionado de la escritura y de la lectura, y eso se nota en sus crónicas, en su cuidado por los detalles, por los personajes y por los contextos. Pocos como él pueden pasar sin excederse de la anécdota más o menos divertida al drama más sombrío. Mostrar sin explicar, como exige el minimalismo. Detrás de cada una de esas ciento una historias no solo hay una voluntad de estilo, sino un universo por abrir: el conservadurismo de los años cuarenta y cincuenta, las luchas sociales de los años sesenta, los estragos de la heroína y la cocaína en los setenta y ochenta, el culto desmedido al ego en los noventa, y así sucesivamente…

Porque, al fin y al cabo, esa es la tarea del sportswriter y lo que le diferencia de «los Manolos»: buscar más allá y, de alguna manera, trascender. Lo que separa al reportero del periodista y, sobre todo, del escritor. Algo más que el minuto y resultado, porque eso puede hacerlo cualquiera. Lo de siempre, de acuerdo, pero contado de otra manera, de manera que parezca otra cosa. Con sus riesgos, siempre quedó claro, con su trabajo a menudo poco reconocido y en ocasiones con sus injustificadas pajas mentales… pero con la conciencia de que ese es el camino y no otro. Su camino, al menos, más largo y tortuoso, pero el único transitable.


La dulce ciencia: un exquisito viaje al pasado

Detalle de la cubierta de La dulce ciencia.

—Tampoco nos perdemos nada —intervino Graham—. No he visto nunca una buena pelea en el cine, excepto en las noticias del principio. Siempre lo suavizan todo.
—¡Yo vi una película en la que un tipo se estaba entrenando en un gimnasio el día del combate! —exclamó Cohen con los ojos abiertos como platos por la incredulidad—. ¿Qué clase de manáger tenía?
(…)
—Yo vi una —dijo Graham— en la que a los dos tipos les estaban vendando las manos antes de ponerse los guantes, ¿y quién se encargaba? ¡El médico de la comisión!
—¡Y la de veces que tienen que caer al suelo al principio los protagonistas! —siguió Cohen—. Tienen que reventarlos vivos o no pueden ganar. El mejor consejo para saber a quién apostar en una película de boxeo es hacerlo al que pierde los primeros catorce asaltos.
—Se recupera milagrosamente —siguió Graham—. Se le renuevan las fuerzas. Pero lo mejor que he visto en la televisión fue el invierno pasado: el hombre va a defender el título mundial la noche siguiente y le dice a su mujer que está harto de todo.
—¿Está con su mujer la noche anterior al campeonato? ¡¿Con su mujer?!

En el reino de lo físico es imposible viajar al pasado. Nuestro único deambular por el tiempo sigue el camino inverso, pues el mero acto de vivir nos arrastra con lentitud hacia un futuro siempre inminente. Del pasado reciente, el que nosotros mismos protagonizamos, nos quedan los propios, pero de los tiempos en que no todavía no existíamos quedan los recuerdos y las obras de extraños. De la capacidad de esos extraños para condensar en palabras lo que vivieron depende el vigor y la ilusión de autenticidad de la visita imaginaria que, como lectores, hacemos a lugares y momentos que nunca pudimos conocer. Los datos, los nombres y los números de épocas antiguas podemos consultarlos en los manuales; las grandes crónicas cumplen otra función, la de persuadir a nuestro cerebro de que, cuando nos sumergimos en sus páginas, viajamos de verdad a esos otros lugares y otras eras.

Un viaje, vívido y envolvente, es lo que ofrece La dulce ciencia. Por economía de lenguaje podría decirse que es un «libro sobre boxeo», porque lo es, pero tal calificación no le haría justicia del todo. Es un gran libro para cualquier lector que ame la letra impresa, y un gran libro cuyo tema central resulta ser el boxeo. Para que nos hagamos una idea, la revista Time lo incluyó en su selección de los mejores libros de no ficción de todos los tiempos; hace unos quince años, Sports Illustrated lo designó como el mejor libro de temática deportiva.

El particular prestigio de esta obra dentro del mundillo periodístico es comprensible. La dulce ciencia es una recopilación de artículos que A. J. Liebling, publicó en la revista The New Yorker, a la que estuvo vinculado desde los años treinta hasta su muerte acaecida por una bronquitis en 1963, cuando tenía cincuenta y nueve años. Mucho antes de que alguien acuñara la expresión «nuevo periodismo», Liebling ya narraba las cosas desde un punto de vista personal, con un impresionismo alegre y desenfadado que inspira en el lector un poderoso sentimiento de inmersión en sus historias. El escritor David Remnick, ganador del permio Pulitzer y devoto admirador, resumió su obra con una certera sentencia: «Era incapaz de caer en el cliché».

Liebling tenía un amplio historial periodístico y era capaz de escribir con idéntica soltura sobre cualquier cosa y en cualquier circunstancia. Redactó crónicas desde varios escenarios de la Segunda Guerra Mundial. También escribió sobre política y periodismo; escribió sobre ciudades; escribió sobre carreras de caballos; escribió sobre comida. Y escribió sobre su gran pasión, el boxeo, del que era ávido espectador, buen entendido y un antiguo practicante. En todos esos asuntos, incluso en la narración bélica, huyó de la solemnidad y el melodrama innecesarios, pero sin deslizarse en el pantanoso terreno de la parodia. Era siempre sarcástico, pero hacía lo que se supone que un reportero debe hacer: contar las cosas como las había visto. Cuando surgió el mencionado nuevo periodismo como corriente visible, Liebling ya había muerto y sus trabajos circunvolaban el olvido, injusticia reparada por una nueva generación de reporteros que lo consideraron un modelo a seguir y un listón con el que medirse. Quizá su nombre resuena menos en la memoria colectiva que los de Truman Capote o Hunter S. Thompson porque no cultivaba la novela. Supongo que a él mismo, carente de pretenciosidad y desdeñoso de todo lo solemne, le hubiese importado poco. Bon vivant, amante de la buena mesa y retratista de lo pedestre, escribía como vivía: al día. Narraba tan bien que se permitía el lujo de insuflar una traviesa ligereza en su estilo, lo cual era quizá un reflejo de su actitud ante la vida. Incluso le hubiese divertido saber que la fecha de su muerte, un 28 de diciembre, es el mismo día en el que los españoles celebramos el día de las inocentadas. Esta clase de casualidades y datos triviales despertaban su entusiasmo como solo lo pueden despertar en un historiador. Que es lo que, en el fondo, era.

Las crónicas pugilísticas de Liebling iban mucho más allá de la mera disección del combate en cuestión. Que la hacía, y la hacía muy bien, porque era un gran entendido. Como tal era respetado en los círculos de ese deporte; se lo recibía en gimnasios, entrenamientos, oficinas y vestuarios de campeones mundiales, como a alguien ante quien se abría la puerta por derecho. De esta cercanía con campeones hoy legendarios nos llegan pinceladas inesperadas y sorprendentes. Pero Liebling no limitaba ese detallismo a los deportistas, ni siquiera al entorno pugilístico como tal. Sus artículos son como pequeñas películas costumbristas que contienen anécdotas, descripciones pintorescas de personajes y lugares, alusiones históricas imprevistas, comentarios irónicos sobre las minucias más inesperadas. Nos ofrece una galería de individuos representantes, entrenadores, pululantes varios y ciudadanos anónimos— que parecen extraídos de un guion hollywoodiense. Describe los gimnasios y los bares donde se reúnen los profesionales del boxeo con pocas palabras y, aun así, nos hace sentir que estamos allí mismo. Reproduce las conversaciones, describe las mentalidades y manierismos. A veces, cómo no, deja buena nota incluso del menú del día. Y de otros pormenores que no suelen llegarnos en las crónicas deportivas estadounidenses, quizá porque otros periodistas de aquel país lo daban por hecho o lo consideraban un asunto menor, como el feroz (y en ocasiones hilarante) localismo de muchos aficionados, defensores templarios de los púgiles de sus respectivos barrios, ciudades o estados, frente a los «extranjeros» de otros barrios, ciudades o estados.

Uno de los elementos más fascinantes es la facilidad con la que construye secuencias casi cinematográficas ambientadas en la Nueva York de los años cuarenta y cincuenta. Sorprende, porque apenas dedica tiempo a las descripciones físicas de los lugares, dando por hecho que sus lectores neoyorquinos no las necesitan. Y aun así, su poder de sugestión es enorme. Cada noche de combate es una excusa para captar el espíritu de una ciudad y de una época: propenso a conversar con cualquiera que se le cruce, comenta divertido sus intercambios con taxistas, con taquilleros, con espectadores que tiene sentados cerca y que suelen saber mucho menos de boxeo que él, pero cuyas opiniones registra como un elemento más de la vivaz escenografía. Habla de los jovenzuelos sin entrada que fingen buscar su asiento y se acurrucan en las escaleras para poder ver a sus ídolos de cerca, o de los fotógrafos caraduras que tapan con su chaqueta las etiquetas de las sillas de la zona de prensa, robándole el sitio de privilegio a algún periodista (a veces, según deducimos, al propio Liebling). Incluso cuando recomienda una parada de metro o una rutina para esquivar las multitudes a la salida del Madison Square Garden, evoca imágenes y sonidos que casi creemos percibir con claridad; ese autoengaño del lector es el homenaje más elogioso que se le puede dedicar a alguien que escribe. Todo esto es un efecto, me parece, de la manera en que Liebling huye de lo grandilocuente; escribía para sus contemporáneos, para una revista y sin aparente preocupación por la posteridad. Pero sabiendo que, cuanto más cercana está su mirada a lo inmediato, más cercana le resultará esa visión incluso a los lectores del futuro. Esto hay que saber hacerlo, y no es fácil. Era lo bastante astuto como para entender que la pomposidad convertiría sus escritos en antiguallas con rapidez. En cambio, su atención a lo minúsculo y a lo intrascendente, así como su lenguaje desenfadado, es lo que hace que en pleno siglo XXI podamos disfrutar con él más que con otros muchos cronistas de su época.

Liebling tenía buena idea de cómo se termina leyendo la crónica periodística y deportiva al cabo del tiempo, cuando el autor ya ha desaparecido. Su ídolo particular era Pierce Egan, periodista británico que escribió numerosas crónicas pugilísticas en la primera mitad del siglo XIX. Recopiló unas cuantas en la serie de libros titulada Boxiana, publicada entre 1813 y 1824. Egan, cómo no, fue quien acuñó el término sweet science para referirse al boxeo (en español se impuso la traducción literal «dulce ciencia»; aunque quizá hubiese sido más propio traducirlo como «bella ciencia», la primera ya es la tradicional). Liebling menciona a Egan en todos los artículos, comparándolo cada vez con un distinto literato medieval (había estudiado historia de la Edad Media como una excusa para irse a tomar por asalto los restaurantes franceses) y nunca se molesta en ocultar que sus propias estaban inspiradas por las del inglés. El libro La dulce ciencia, en cuanto a formato, es un moderno Boxiana, y el propio Liebling lo deja claro en su prólogo, calificándolo como «Extensión de la Obra Maestra del GRAN HISTORIADOR». Las mayúsculas son suyas; como experto en historia y como antiguo reportero de guerra, se toma la molestia de recordarnos que la crónica deportiva no es menos noble o menos digna de admiración que cualquier otra; eso sí, siempre que contenga verdades y no fantasías manipulativas destinadas a los forofos.

La seriedad del libro, eso sí, está en el contenido, que no en el tono. El agudo sentido del humor y la alegría de vivir de Liebling hombre obeso, de aspecto afable y muy sociable— maquillan la asombrosa erudición de su trabajo. Ironiza con todo; en uno de los capítulos, por ejemplo, finge haberse creído las teorías que unos psicólogos publican en prensa para predecir el resultado de un combate en base a las características psicológicas de los púgiles en liza. En el capítulo, Liebling repite ante quienes lo rodean y ante el lector las susodichas teorías, como si fuesen un pasmoso descubrimiento, solo para poder dejarlas en evidencia después, cuando la lógica de la técnica boxística se impone. Ese mismo juicio burlón se extiende a muchas otras cosas, aunque nunca de manera gratuita. Su concepto del mundo y de la vida es claro y directo; esa mentalidad que en inglés etiquetan con tanto acierto como no nonsense, «sin tonterías». Y, claro, se muestra despectivo aunque nunca displicente— con quienes tratan de barnizar la realidad con romanticismos innecesarios y trascendencia premeditada. Ese desparpajo irónico lo convierte en un narrador divertido y cercano; escribe como si te estuviese hablando en la barra de un bar. Quizá porque muchos personajes le hablan a él en la barra de un bar.

Esta recopilación de artículos fue publicada por primera vez en vida de Liebling, a mediados de los cincuenta. Aparecen nombres familiares para el aficionado al boxeo incluso más casual; hablo de inmortales como Joe Louis, Rocky Marciano, Floyd Patterson, Archie Moore, etc. Los conoció y trató de cerca a todos. También habla de púgiles que gozaron de fama en su día y que después fueron olvidados, y de unos cuantos que nunca sobrepasaron la segunda o tercera categoría, pero a quienes incluye en sus relatos cuando los considera dignos de recuerdo por algún motivo. Después de la muerte de Liebling, fueron añadidos algunos artículos más en los que hablaba de un boxeador en ascenso, un tal Cassius Clay, a quien por desgracia nunca llegó a ver coronado: Clay (que aún no se hacía llamar Muhammad Ali) se proclamó campeón mundial un año y tres meses después de la muerte del escritor. Con una ausencia de ironía desacostumbrada en él, Liebling se refería a Cassius Clay como «el poeta». Nos recuerda que Clay se había descrito como una «primavera» que iba a terminar con el «invierno» del boxeo; Liebling simpatizaba con aquel jovenzuelo virtuoso y todavía invicto a quien el público desdeñosamente calificado por Liebling como «antiintelectual»— abucheaba por ser demasiado carismático y demasiado excelente en su disciplina: meses antes de su propia muerte, el autor de este libro nos dejaba melancólicas reflexiones como esta:

Del vestuario del perdedor, que tenía la atmósfera del de un ganador, me dirigí al de Clay, que transmitía el estado de ánimo de la oficina de una editorial cuando el novelista de la casa ha perdido el Premio Nacional del Libro. Apolo [Clay], sin heridas y tan fresco como una flor recién brotada de un salto, estaba desconsolado; hasta aquella misma noche había pensado que era uno de los artistas más populares de Estados Unidos. Su hermano, Rudolph Valentino Clay, también boxeador y casi gemelo de Cassius, no podía entender nada tampoco.

—Ganó unánime —decía—. Por decisión unánime.
—Lo noquearé la próxima vez —intervino el poeta—. Ya sé cuál es su estilo.
Pero sus ojos estaban tristes. Se sentía agraviado.
—¿Por qué esa gente me abuchea cuando le doy una paliza? —me preguntó—. ¿Por qué no abuchean a mi favor?

Parecía sentir que las hojas no estaban en los árboles, que la hierba y las flores estaban muertas. ¿Será campeón de los pesos pesados? El tiempo lo dirá. ¿Aprenderá a golpear más fuerte? Es una cuestión de tiempo también. ¿Aprenderá a boxear en el cuerpo a cuerpo? El tiempo lo es todo. El mejor amigo de un hombre joven es el tiempo.

En resumen, si se suele citar La dulce ciencia como uno de los mejores libros deportivos es porque no es solo un libro deportivo; es un retablo en el que A. J. Liebling pinta sitios y momentos para sus lectores en The New Yorker y, muy a sabiendas, para los lectores que pudiesen venir en el futuro. Es como una colección de pequeñas novelas, salvo que no son ficción. Por descontado, imprescindible para cualquier aficionado al boxeo, pero también una absorbente lectura para cualquiera que desee desconectar y plantarse en mitad de las calles lluviosas de una Nueva York que ya no existe. Lo suyo es leerlo en inglés, pero si no lo tienen disponible, la editorial Capitán Swing lo ha publicado en español con lo que, he de decir, es una muy buena traducción de Enrique Maldonado, muy respetuosa con el tono del original.

Y, por si fuera poco, podrán encontrar, dispersas por el texto, perlas de agudeza típicas de Liebling, que uno ya no puede olvidar una vez las ha leído. Como cuando justifica su interés por los perdedores: «¿Qué sería Moby Dick si Ahab hubiera tenido éxito? Solo otra historia de pesca».


Floyd Patterson: el boxeador tumbado, el hombre que quería levantarse

26 SEPTEMBER 1962 SONNY LISTON KNOCKS OUT WORLD HEAVYWEIGHT TITLE HOLDER FLOYD PATTERSON IN 2 MINUTES AND 6 SECONDS TO BECOME THE NEW CHAMPION. COMISKEY PARK, CHICAGO, ILLINOIS, USA.
Sonny Liston vs. Floyd Patterson, 1962. Fotografía: Cordon Press.

Es jueves, 27 de septiembre de 1962, y la portada en blanco y negro del diario ABC anuncia la «Catástrofe en Barcelona», las lluvias salvajes que la víspera han provocado el desbordamiento de ríos y arroyos  y la muerte de más de cuatrocientas personas en la provincia. En la misma edición, página 65, el rotativo publica la crónica de un combate de boxeo. «Curiosidades y detalles de la fulminante victoria de Liston», titula. El periódico cuenta cómo el público acogió con silencio la llegada del contendiente, Sonny Liston, «el hombre malo del boxeo», al ring. Y cómo su victoria, la del «hombre abominable», se celebró en la prisión de Misuri como el triunfo de uno de los suyos, de un excolega de galerías que había pasado allí casi tres años por robo a mano armada. La noticia explica que el ganador, Liston el terrible, se llevará casi quince mil dólares por cada segundo de combate que ha disputado. Y también que entre el público esa noche estaban las leyendas Rocky Marciano y Joe Louis. Lo que no dice el periódico es que, mientras sus lectores se enteran de lo que ha sucedido el día antes en Cataluña y la noche del martes en Chicago en aquella velada, Floyd Patterson, el otro púgil, el del batín azul y oro, el vencido campeón del mundo de los pesos pesados, está aterrizando en el aeropuerto de Barajas en Madrid.

Patterson ha nacido veinsisiete años antes en Waco, Carolina del Norte. El tercero de los once hijos de Thomas y Annabelle, una familia sin recursos que pronto se mudó a Brooklyn, donde pronto también Floyd, el niño, calle, calle y pobreza, se convierte en un ratero. A los diez años, sin saber leer ni escribir, es enviado al correccional de Wiltwyck. Dos años después, de nuevo en la calle, calle, descubre el boxeo. «Si no hubiera sido por eso», contaría al final de su vida, «probablemente hubiera acabado en la cárcel o muerto». En 1952 gana el oro olímpico en Helsinki. Patterson, el hombre incipiente, está a punto de convertirse en profesional. Floyd, el niño de la calle, calle, ha encontrado lo que nunca hubiera imaginado que tendría: futuro.

Es noche cerrada ya. Madrugada del 26 de septiembre de 1962. Patterson se ha puesto la barba y el bigote postizos que le han fabricado a medida, una gorra y gafas de sol. Conduce Clem, su ayudante. Él viaja en el asiento trasero. Les quedan por delante treinta horas de viaje. La distancia entre Chicago y Nueva York. Entre la nada y casa. Patterson logra finalmente quedarse dormido y Clem decide hacer una pausa para comer algo en un restaurante de carretera. Una patrulla de policía llega al aparcamiento y ve al hombre estirado en el asiento. Golpea la ventanilla.

—Disculpe, señor, ¿puede bajar del coche?

Dentro despierta Patterson, levanta el pulgar asintiendo y desbloquea la puerta para salir. Al mismo tiempo Clem abandona también el local.

—Buenas noches, señor. Hemos pensado que su vehículo parecía sospechoso, su amigo estaba durmiendo en la parte trasera —le dicen.

Clem está irritado.

—¿Saben quién es?
—No, no lo sabemos…
—Es Floyd Patterson.
—¿Es usted Floyd Patterson?

Patterson se quita la gorra y las gafas y las coloca sobre el techo del coche. Después se retira la barba y el bigote falsos.

—Maldita sea… —dice el policía.
—Buenas noches, agente. ¿Podemos mi socio o yo ayudarles de alguna manera?
—Hemos escuchado la noticia en la radio. Es una vergüenza. ¿Vas a volver a luchar contra él, Floyd?
—Eso espero.
—¿No has terminado demasiado reventado esta noche, verdad?
—No, no pasa nada, estoy bien.
—¿Te importa si nos hacemos una foto contigo? Tenemos una cámara en el maletero.
—Claro.

De nuevo en la carretera Clem conduce hasta Nueva York. Pero Patterson no regresa a su casa, donde le esperan Sandra, su esposa, y sus tres hijos. En su lugar va al aeropuerto. Ha vuelto a ponerse su barba y su bigote. Viste de nuevo su gorra y sus gafas de sol. Ahora finge además una cojera. Está solo. Mira el letrero que anuncia los próximos destinos y compra un billete para el vuelo que está a punto de despegar hacia Madrid.

Patterson ha mentido al policía. No, no está bien. Y sí, sí pasa algo. En Chicago, en Comiskey Park, casi diecinueve mil espectadores abarrotan el estadio. Más de seiscientos periodistas aguardan impacientes con sus lápices afilados y sus libretas. Las entradas a pie de ring cuestan más de cien dólares. Es el combate esperado. En juego está el título de campeón del mundo de los pesados. Floyd Patterson, el campeón, calzón negro, treinta y ocho victorias en cuarenta peleas, veintinueve por KO, contra Charles «Sonny» Liston, el aspirante, calzón blanco, treinta y tres victorias en treinta y cuatro combates, veintitrés por KO.

Patterson conoce su estrategia. Liston es una roca. Un bicho feo y compacto con brazos como vigas. Debe esquivar sus jabs y trabajarle el cuerpo. Cuando suena la campana así lo intenta. Se dobla por debajo de la cintura de Liston y sus golpes le peinan el tupé. Pero a mitad de asalto recibe un uppercut y varios punchs. Patterson está perdido. Pocos segundos después, contra las cuerdas, Liston le asesta un gancho y lo manda al suelo. Han pasado solo dos minutos y seis segundos. Ha pasado una vida. Ha perdido el título. En el primer asalto. Mientras los rezagados aún se sentaban en sus asientos. En el vestuario busca entre su equipaje su barba y su bigote postizos. Se pone su gorra y sus gafas. Cuando abandona el estadio nadie lo reconoce. Floyd Patterson no existe.

Aaron Watson. Con unos dólares extras uno podía apuntarse en un hotel con un nombre distinto al que figura en el pasaporte. Patterson es el señor Watson. Así se lo contó el boxeador al escritor Gay Talese. Hoy resulta casi imposible reconstruir los días del boxeador en Madrid. Ni su familia sabe tampoco qué hizo ni dónde estuvo. En la España gris de comienzos de los sesenta, en la España que entierra a los muertos de Barcelona, Patterson, el excampeón, pasa cuatro días alojado como Aaron Watson en un hotel. Vaga por las calles. Camuflado tras su barba y su bigote, escondido bajo su gorra y sus gafas, perfeccionando la cojera que le mueve lento por la ciudad mientras los madrileños lo miran desconfiados y lo esquivan. Come y cena en el hotel. Salvo un día que decide hacerlo en un restaurante barato. Pide sopa. Odia la sopa. Pero una sopa es lo que un viejo de verdad habría pedido. Patterson se imagina que es otra persona. Que ya no es Floyd Patterson, el boxeador noqueado, el hombre humillado, sino Watson, el desconocido quejumbroso. Le gusta ser otro. Quiere ser otro. Cualquiera menos él.

Cassius Clay with arms raised, is waived to the neutral corner as Floyd Patterson (kneeling) takes a mandatory count of eight in the 6th round of their title fight in Las Vegas. Clay won on a technical knock-out in the 12th round to retain his title. The referee, Mr Krause, had to warn Clay for talking to Patterson early in the fight. "Clay tried from the first round to humiliate Patterson", Mr Krause said. "He tortured him with remarks like, 'Come on American, come on white American'". After the fight, Clay showered Patterson with unstinting praise and then typically demanded plenty of credit for himself from the "American Public". Clay spent nearly 15 minutes in the ring after the fight delivering a long impassioned oration, before finally heading for his dressing room. 22nd November 1965.
Cassius Clay vs. Floyd Patterson, 1965. Fotografía: Cordon Press.

Patterson, el campeón, el defensor, ponía en juego su título contra Liston. En caso de derrota, tenía derecho a un combate de revancha. Así figuraba en el contrato. Diez meses después de la noche de Chicago, el 22 de julio de 1963, ambos vuelven al ring en Las Vegas. Patterson, como lo anuncia el locutor, es el primer boxeador que intentará conquistar el campeonato por tercera vez. A los dos minutos y diez segundos del primer asalto, cae al suelo. Ya ha caído en dos ocasiones los segundos previos. Las dos primeras se ha levantado. El árbitro le ha mirado a los ojos y le ha dejado seguir. En esta ocasión el árbitro ha contado ya hasta diez. Liston sigue siendo el campeón del mundo. Lo será hasta que Muhammad Ali, Cassius Clay todavía, le tumbe siete meses después. Floyd Patterson ha durado cuatro segundos más sobre el ring que en su primer combate.

En el primer round no sabes bien qué pasa. Estás ahí fuera con toda esa gente a tu alrededor, con esas cámaras, con el mundo entero mirando dentro del ring, y todo ese movimiento, esa excitación, y el país esperando que ganes, incluido el presidente… ¿Y sabes lo que eso provoca? Te ciega. Simplemente, te ciega. Y entonces suena la campana y tú vas hacia Sonny Liston y él viene hacia ti y ni siquiera te das cuenta de que hay un árbitro en el ring.

Se lo contaba Patterson, el boxeador, a Talese, el escritor, semanas después, en su retiro de Nueva York, en el club social abandonado en el que se recluía para entrenar. Donde se lamía las heridas, lejos de su familia, lejos del mundo, cerca de sí mismo, lo más cerca que uno puede estar de uno mismo, que es estando solo.

Después no puedes recordar demasiado el resto, porque no quieres hacerlo. Todo de lo que te acuerdas es que de pronto te estás levantando y el árbitro te está preguntando: «¿Estás bien?». Y tú le respondes: «Por supuesto que estoy bien». Y él te pregunta: «¿Cómo te llamas?». Y tú respondes: «Patterson». Y entonces, de repente, con todos esos chillidos alrededor tuyo, estás debajo de nuevo y sabes que te tienes que levantar pero estás demasiado mareado y el árbitro te empuja y tu entrenador está ahí contigo con una toalla y la gente está levantada y tus ojos son incapaces de enfocar nada.

No es una mala sensación ser noqueado. De hecho es buena. No duele. Es solo un mareo profundo. Flotas en una nube placentera. Cuando Liston me noqueó en Nevada sentí durante cuatro o cinco segundos que todo el mundo del estadio estaba en el ring conmigo, que nos rodeaban a mí y a mi familia, y sientes la calidez de esa gente. Sientes amor por todos. Y quieres llegar a ellos y besarlos, a hombres y mujeres. Alguien me dijo que después de esa pelea lancé un beso desde el ring. No lo recuerdo, pero no me sorprende haberlo hecho.

Se lo contaba Floyd, el hombre de la mirada caída, el hombre triste, el hombre herido, a Talese.

Pero entonces esa sensación buena te abandona. Te percatas de dónde estás y de qué estás haciendo y de lo que te acaba de suceder. Y lo siguiente que sientes es dolor; confusión y dolor. No un dolor físico. Es dolor combinado con rabia. Es un dolor por lo que la gente piensa de ti. Es un dolor que te avergüenza de ti mismo.

Cuando Floyd Patterson falleció, el 11 de mayo de 2006, por un cáncer de próstata, todas las crónicas le recordaban como un «caballero». No hubo otro boxeador como él. Nadie que buscara en el dolor y que quisiera explicarlo. Nadie que se atreviera a exhibir en público sus fantasmas, su debilidad. Nadie que hubiera evitado siempre la confrontación más allá del ring. Que creyese en el boxeo como un duelo entre hombres, de igual a igual. Como la búsqueda de uno mismo entre hermanos. Pero le tocó vivir una época extraña.

En 1956 disputó su primera pelea por el título frente a Archie Moore. En la presentación del combate, Moore, de quien Ali aprendería aquella estrategia de desestabilizar también con el verbo, con la palabra, le acribilla. Le menosprecia. Dice a Patterson que le noqueará. Él calla. Cree en la dignidad y en el respeto. No responde. Agotado del ataque de Moore, nervioso, deja la sala del hotel en Chicago donde se encuentra. Sale a la calle y respira hondo. Busca un teléfono y llama a Sandra, su mujer, que lo calma. Ella es su báculo. Su espejo. Su mejor psicóloga. Está embarazada de su primera hija. El bebé nacerá al mismo tiempo que la pelea. Regresa de nuevo a la sala, más calmado, y termina de responder a los periodistas. Moore tendrá muchos años de experiencia, les dice, pero él ha aprendido rápido. Porque Moore es ya un perro viejo de cuarenta años, que lleva dos décadas como profesional, que ha engordado para subir de categoría a los pesados y que ha peleado y perdido contra el gran campeón de los blancos, Rocky Marciano, que se ha retirado ese abril invicto, dejando el trono de los pesos pesados vacante. Moore y Patterson son los dos aspirantes. Pero es Patterson, con veintiún años, en cinco asaltos, quien se convierte entonces en el campeón más joven de la historia. Floyd, el niño de la calle, calle, el del correccional, descubría entonces que el futuro que no tenía y que encontró en el boxeo se había convertido en presente.

Su historia, sin embargo, solo se entiende si se amplía el plano de la fotografía. Si se mira quién está su lado. Si se descubre en la escena a su entrenador y mánager, Cus D’Amato. Un personaje célebre de aquella época dorada del boxeo en blanco y negro. Y célebre por haber lanzado también años después a Mike Tyson. Pero un tipo obsesivo, excéntrico, paranoico. Antes de la pelea con Moore, D’Amato ha instalado su cuartel general en un hipódromo cerrado. Patterson corre por la pista de los caballos y su entrenador duerme tirado en un colchón al otro lado de la puerta de su dormitorio. Teme que alguien quiera envenenar a su púgil. Quien lo intente tendrá primero que sobrepasarlo a él.

By knocking out world heavyweight boxing champion, Swedish Ingemar Johansson, in the fifth round of their title fight in New York, 25-year-old Floyd Patterson, made history as the only heavyweight champion of the world to regain his lost title. The fight was a complete reversal of the contest last June when Johansson, then the challenger, finished the fight and claimed the title in three rounds. Picture shows Johansson, forced against the ropes by Patterson's pushes, uses weird, unorthodox footwork, as he tries in vain to move away. 23rd June 1960
Ingemar Johansson vs. Floyd Patterson, 1960. Fotografía: Cordon Press.

Los años siguientes al título Patterson apenas tiene rivales. D’Amato rechaza peleas y peleas. Se queja del nivel de los rivales. O del reparto de las ganancias. O de que la mafia quiere dominar el boxeo. Todo son excusas. Pero un boxeador solo es un boxeador si boxea. Y un campeón solo es un campeón si lo demuestra. Y a Patterson y a D’Amato les dicen entonces que lo suyo es una farsa, que tienen miedo, que qué clase de campeón del mundo de los pesos pesados es Patterson. El boxeo echa de menos a Rocky Marciano. Los blancos añoran a su mito. A los negros no les gusta su campeón. Quieren también un héroe y Patterson no lo es. En 1959 D’Amato acepta que el sueco Ingemar Johansson le dispute el título y Patterson lo pierde. Cae en el tercer asalto. Ahí descubre la humillación y el dolor. Ahí ve que el presente puede ser pasado. Y ahí empieza a aprender, como contaba, que un hombre solo se encuentra a sí mismo, solo aprende, en la derrota, que la victoria es un terreno yermo del que no brota nada. Patterson se encierra en su club social a un centenar de kilómetros de Manhattan. Rumia y entrena. Piensa y entrena. Se lamenta y entrena. Meses después vuelve a enfrentarse a Johansson, lo tumba con un gancho de izquierdas demoledor y recupera su título mundial.

Nunca dejó de intentarlo. Después de Liston, y el dolor y la vergüenza, llegó Muhammad Ali, el héroe con el que soñaban los negros. Ali llamaba a Patterson el «conejo». Le decía que estaba asustado como un conejo y para molestarlo se presentó un día en los aledaños de su refugio en Nueva York con un manojo de lechugas y zanahorias. Patterson llamaba a Ali «Cassius Clay». Se negaba a utilizar el nombre que este había adoptado. En noviembre de 1965 Ali aceptó defender su título ante el excampeón. Patterson intentaba de nuevo ser el primer hombre que conquistaba el título tres veces. Pero perdió por KO técnico en el duodécimo asalto de un combate a quince en el que sufrió y sufrió castigado por la velocidad y la fuerza de Ali. Aún volvería a intentarlo una vez más, frente a Jimmy Ellis, cuando Ali se había negado ya a combatir en Vietnam y le habían quitado su título de campeón. Cuando el trono, como sucedió con Marciano, se quedó vacío. Pero volvió a perder. En 1972, por fin, se retiró. Fue tras su última pelea, de nuevo con Muhammad Ali, aunque sin nada en juego. Esta vez cayó en el séptimo asalto. «Yo era solo un boxeador; Ali era historia», confesaría años después, antes de que llegaran el crepúsculo del alzhéimer, del olvido y del cáncer.

Patterson fue un paréntesis. Una sombra. El rey asustado de una época incierta. El boxeador que rellenó ese vacío, esa nada, ese tiempo entre Marciano y Ali, que hoy apenas se recuerda. Una nota a pie de página. Un actor secundario de las historias protagonistas de otros. Un hombre con gesto perpetuo de resignación. Un espectro, sí. Pero un espectro maravilloso. «Dicen que soy el boxeador al que noquearon más veces; también soy el que más veces se levantó».

Una década antes del retiro habían pasado Liston y los dos KO en el primer asalto. Había pasado Madrid. Habían pasado el bigote y la barba y las gafas y la gorra y la cojera. Habían pasado los brazos de su mujer, Sandra, de quien se divorciaría porque quería que se retirara y no lo hizo, que sobrevive hoy en las fotografías como ese rostro en el que Patterson se refugia buscando el consuelo en la derrota que no existe. Como ese cuerpo que acepta pero que rehúye como si no mereciera el calor, la comprensión; como si la vergüenza, como hacía, le apartara de los suyos. Como si no fuera capaz de mirar a sus hijos a la cara porque descubrirían la humillación, porque se percatarían de que su padre no era el héroe que imaginaban. Entonces, una década antes del retiro, se lo decía Patterson a Talese. Probablemente, las declaraciones más sinceras y valientes que ha hecho nunca un deportista. Probablemente, la mejor confesión de un perdedor.

Debe preguntarse qué lleva a un hombre a hacer cosas como la de España… Bueno, yo también me lo pregunto. Y la respuesta es que no lo sé. Pero creo que es algo que está dentro de mí mismo, dentro de todos los seres humanos, cierta debilidad. Una debilidad que se manifiesta aún más cuando estás solo. Y yo he pensado que en parte hago las cosas que hago porque… porque… soy un cobarde.

Sonny Liston vs. Floyd Patterson. Fotografía cortesía de The Stacks.


El combate de boxeo entre un púgil franquista y otro republicano que nunca se celebró

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Déjese de policías, horarios de cierre de los bares o prohibición de sacar los vasos a la calle, lo que más ha hecho por evitar reyertas de borrachos de madrugada en este país han sido los smartphones. Ya no se puede sostener en una discusión algo que uno escuchó de oídas y quiere convertir en auto de fe. Ahora, en pocos segundos, cualquier barrabasada queda aclarada en un santiamén con una consulta al teléfono. Quién sabe, igual los borrachos del futuro bracearán en plan Minority Report ordenando sus recuerdos colectivamente: este gol del Eibar fue con la cara interior del muslo, es inexacto referirse al culo; 9000 rebotes pilló Divac en la NBA, no 10.000 y etc., etc.

Esto viene a cuento porque recientemente en una de estas me juraron y perjuraron que durante la Guerra Civil hubo un combate entre un púgil republicano y otro franquista. Me extrañaba mucho que no hubiera fotos de eso, que sería una imagen que superaría al célebre cuadro de Goya Duelo a garrotazos, pero en el smartphone en ese momento solo fui capaz de encontrar apuestas para próximos combates de boxeo internacionales y poco más. Me quedé con cara de sota. Asintiendo impotente.

Luego en casa me puse a buscar más en serio. Eché mano del libro El deporte en la Guerra Civil de Julián García Candau, miré en su capítulo «El boxeo se llenó de dramas», y no había ni rastro. Historias buenas a las que seguir la pista, muchas, a rabiar, pero de ese supuesto combate, nada. Cuando iba a dar por hecho que se lo habían inventado, encontré en Google una referencia. En El Correo, en un artículo titulado «Peleas con metáfora», decía:

Durante la Guerra Civil española, el gobierno rebelde de Burgos y el leal de Madrid acariciaron la idea de celebrar un combate entre dos campeones que representasen a cada bando, que eran los vascos Uzcudun y Gastañaga, ambos guipuzcoanos, uno el Toro de Régil y el otro el Martillo Pilón de Ibarra.

Esto ya era más interesante. De Paulino Uzcudun (Errezil, Guipuzcoa, 1899), los no iniciados en el boxeo pero sí modestamente en el cine sí que sabíamos por la película de Manuel Summers Juguetes rotos. Es un documental maravilloso de 1966 sobre personajes célebres y entonces completamente olvidados y en no muy buena situación. Una pena que cayera en el olvido. Ponerse solo con un intento de búsqueda de referencias de un combate que nunca se celebró es un baile de personajes propios de los años treinta y un aflorar de situaciones históricas pintorescas como para filmar varias películas.

En el rincón derecho, el púgil de Franco

Las declaraciones de Uzcudun en ese documental describen muy bien la España rural de principios de siglo, decía: «Eso de comer hasta hartarse resulta sensacional. Y más cuando uno recuerda haber pasado hambre. Porque yo la he pasado, amigo». Sobre estas declaraciones Summers puso unas imágenes de niños jugando en un vertedero. Uzcudun había sido un célebre aizcolari, un cortador de troncos, pero «pronto demostró tener más de árbol que de hombre», en palabras de un cronista del difunto Pegamín, y sorprendió al mundo del boxeo con una capacidad inusitada para aguantar golpes. Fue uno de los más importantes de su tiempo en todo el mundo.

El documental rescata también filmaciones de sus combates; en uno de ellos hacía sus clásicos ejercicios de gimnasia sobre el ring, una superstición —ríase usted de aquella «Cucaracha» del Real Madrid—, pero lo que deja estupefacto es que, igual tendría un don para recibir palizas sin inmutarse, pero en su victoria sobre Harry Wills las imágenes muestran cómo le metió una somanta de palos antológica. Por lo que se ve, las palabras que se publicaron en su día no son ni de lejos la típica crónica hiperbólica de la época:

Venció en un combate memorable a la Pantera Negra, Harry Wills —con quien Dempsey había hecho todo lo posible para evitar el encuentro— y sobre este hecho tan importante en la historia del boxeo me limito a transcribir unas líneas publicadas en una revista americana de septiembre de 1927, que tengo ante mí: «… en el match espeluznante que hemos tenido anoche, el español Paulino Uzcudun suministró la trompada más grande del siglo, la que fue prácticamente a parar a la barbilla de Harry Wills, derribando al gigante de color chocolate como podía haber derribado una columna de las que mandó al suelo el mismo Sansón, en presencia de unos veinte mil testigos, que se quedaron estupefactos ante la hazaña incluyendo al de color chocolate, que estamos seguros recibió, no solamente la trompada más grande del siglo, sino también la sorpresa más grande de su vida. (Revista Aviación y deporte, n.º 2, febrero de 1936).

Y después el documental sigue con otras imágenes muy importantes para el tema que nos ocupa, cuando el vasco peleó con el alemán Schmeling en Montjuic. La historia de esta cita es muy interesante. No porque Schmeling fuera alemán y por aquel entonces máximo emblema de la futura marca III Reich, sino porque todos los participantes en el espectáculo estaban conchabados con Daniel Strauss, un aspirante a Sheldon Adelson que vino a montar una especie de Eurovegas a nuestro país en los tiempos de la República.

Este Strauss quería colocar en España un invento, ruletas de casino eléctricas, que se llamaban Straperlo, y se diferenciaban de las normales en que supuestamente se podía calcular con destreza mental dónde iba a caer la bola. Por lo visto, en realidad estaban trucadas.

A este empresario le asesoró en Cataluña Jack Bilbo, un judío alemán que presumía de haber sido guardaespaldas de Al Capone. En Europa había colaborado con los Comités de Combate contra el Fascismo, organizaciones clandestinas para luchar contra los estragos que los nazis empezaban a causar en las filas de los sindicatos y la izquierda en Alemania, y de esta manera, cuando luego recaló en nuestro país, pudo relacionarse con los antifascistas locales.

Lo contó Guillermo Soler en el Diario de Mallorca. A principios de los años treinta, en Cala Rajada, se estableció una colonia de alemanes. Muchos de ellos eran judíos que huían del nazismo, pero otros tantos eran admiradores de Hitler. No en vano, en Palma desde 1932 hubo una delegación del Partido Nazi alemán. Pero en Cala Rajada, Jack Bilbo abrió un bar que frecuentaron antifascistas, el Waikiki, cuyo diseño recordaba a un bungalow hawaiano.

Paulino Uzcudun.
Paulino Uzcudun.

Tras unos meses, Bibo se echó novia, vendió el bar, cogió un barco en dirección a Cataluña y se estableció en Sitges definitivamente. Allí abrió otro garito, ahora con barra americana, al que llamó SOS y se construyó una casita, Fort-Bill, donde vivía con su novia, cinco perros y un cachorro de león, ni más ni menos. Un día, Daniel Strauss fue a verle. Dada su reputación de izquierdista confiaba en que le ayudase a abrirse paso entre los gerifaltes de la Generalitat, que eran de Esquerra Republicana.

Los políticos catalanes tenían un problema muy actual. No sabían qué hacer con las instalaciones de la Exposición Universal de 1929. Barajaban la socorrida idea de crear una ciudad del deporte o algo semejante. Y ahí aparecieron Strauss y Bilbo para ofrecer su ayuda. Podían montar un combate entre el mejor boxeador español del momento y el púgil más temido de Alemania: Uzcudun contra Max Schmeling.

La promoción del combate contó con copiosas cenas para políticos y periodistas. Además, el alemán vino con su esposa, la actriz checa Anny Ondra, lo que atrajo a los fotógrafos. Entre tanto glamour y entre tanto ágape, Strauss quería camelarse a los mandamases catalanes para introducir su invento. Sin embargo, parece que alguien informó a Companys y en el último momento el president no acudió a una cita concertada en el Hotel Terramar en la que ya iban a venderle definitivamente la moderna y fastuosa ruleta de casino eléctrica.

El combate entre Paulino y Max se había celebrado pocos días antes de la espantada de Companys y fue declarado nulo. No obstante, la gala fue provechosa porque en los vestuarios Strauss y el púgil vasco llegaron a un acuerdo para explotar juntos el negocio de la ruleta Straperlo. Uzcudun se convirtió en su chófer y hombre de confianza y Strauss le prometió un 5% de todo el chollo a cambio de que le abriera puertas en Madrid. Estos deportistas de élite, siempre tan bien relacionados…

El problema era que en España las casas de juego estaban cerradas desde la dictadura de Primo de Rivera, pero el Gobierno republicano disimuló cuando tímidamente volvieron a funcionar. Dice el historiador Ramos Oliveira que «entreabrían sigilosamente sus puertas» con la connivencia de las autoridades y que esa relajación moral del Partido Radical fue lo que atrajo a Strauss, esa «privativa reputación del partido político que estaba en el poder», subrayaba.

El plan, pues, era sobornar al Gobierno de la República del momento de arriba abajo hasta lograr que se legalizase el juego y que se jugase con sus dichosas ruletas. Pese al revés en Cataluña, el plan siguió adelante y destacados funcionarios del Gobierno central sí que les escucharon, o pusieron el cazo, como se demostró después.

La primera tentativa fue en el Gran Casino de San Sebastián. José Carlos García Rodríguez, en su libro El caso Strauss, el escándalo que precipitó el final de la II República, rescata una noticia del momento.

En el transcurso de este acto preinaugural, Daniel Strauss presenta la novedad de un juego mecánico con apariencia de ruleta. Sobre este artilugio, al que llama Straperlo y que está destinado a ser el principal atractivo del casino, ofrece Strauss todo tipo de detalles técnicos y dice de él que es un juego de sociedad y habilidad, en el que no intervenía para nada el azar, sino la vista y la rapidez en el cálculo.

Paulino Uzcudun en la playa de la Concha.
Paulino Uzcudun en la playa de la Concha.

El 12 de septiembre del 34 abrieron las puertas del Gran Casino donostiarra para más de un millar de invitados. Actuaron Conchita Chileno y los ballets de Suzy Florrer, además de la Orquesta Aramburu en el salón de baile. La ruleta, la verdadera sensación, estaba instalada en dos mesas de juego traídas de Alemania que gestionaban quince crupiers llegados de Bélgica. El éxito de la ruleta Straperlo fue instantáneo y pronto empezó a fluir el dinero, pero la juerga duró solo unas pocas horas. De repente apareció la policía e interrumpió las apuestas a punta de pistola.

«El juego en el Gran Casino de San Sebastián solo duró unas horas», dijo El Sol en un breve al día siguiente. La Voz informó de que los asistentes «desfilaron ordenadamente» tras la acción policial. Y El Siglo explicó: «se trata de un aparato que es una ruleta disfrazada». Quedó claro que querían eludir la legislación española presentando el invento como un juego de inteligencia y no de azar, pero no coló, a pesar de los sobornos.

Hubo un segundo intento un mes después en el Hotel Formentor, en Mallorca. Este era un local de nivel. Allí había estado de stripper Claretta Petacci, posteriormente amante de Mussolini, y en unos locales se hacía intercambio de pareja según lo ordenasen los naipes. Un ambientazo, pero diez días duró la fiesta. Al décimo se personó el sargento de la Guardia Civil Antonio Escandell y clausuró el hotel. Un injusto disgusto para los swingers que se acabara la fiesta por culpa de los ludópatas.

A Strauss le llevaron los demonios. Después de repartir tanto sobre en Madrid no le dejaban ni montar el chiringuito en Baleares. Así que se puso a pedir a los políticos que le devolvieran los sobornos y, vaya, en este punto le hicieron caso omiso. Si la República ya tenía sus instalaciones fantasma tras una Expo, si luego apareció un Eurovegas y un Sheldon Adelson, ahora solo faltaba que alguien se marcara un Bárcenas. Y así sucedió. Strauss filtró la lista de todos los políticos untados y debido a ese escándalo, entre otros, cayó el Gobierno. Alcalá Zamora convocó elecciones para febrero del 36 y ganó el Frente Popular. A la oligarquía, a la Iglesia, a parte del Ejército y al fascismo internacional, esta victoria electoral no le hizo ninguna gracia y todos sabemos lo que pasó en verano. La trama de corrupción en la que estaba metido el boxeador Paulino Uzcudun no fue causa de la Guerra Civil, pero sí se puede decir que, técnicamente, aceleró los acontecimientos.

Aunque, en el momento en que el escándalo salió a la luz, Uzcudun estaba en Nueva York. Peleó con Joe Louis, quien le infligió una dura derrota. Cuando el boxeador volvió a España declaró a la prensa que «categóricamente» se retiraba. Explicó que no había combatido por dinero con el campeón, sino porque las fuerzas le engañaron, y que del caso del Straperlo no hacía declaraciones, solo al juez con mucho gusto. El 9 de marzo, sin embargo, se vio forzado a declarar, fue procesado por el magistrado del Tribunal Supremo, Sr. Ildefonso Bellón Gómez. Además de Strauss, en el sumario figuraban el promotor de boxeo Joaquín Gassa y el hijo de Lerroux, entre otros, acusado de haber recibido el famoso reloj de oro. Qué risa si hubiesen sido trajes.

Entonces Uzcudun entonó el no me quieren. En mayo del 36 la revista Estampa le visitó durante unas vacaciones en San Sebastián. Estaba con él Muñoz Seca, el abuelo de Alfonso Ussía, que a los pocos meses moría en Madrid en la masacre de Paracuellos del Jarama. El caso es que el boxeador estaba indignado:

Silbarme, abuchearme, solo en España me ha ocurrido, ¡y cuidado que conmigo se han cometido ya injusticias en este mundo!

Todo acabó en dos meses. O empezó. El estallido de la Guerra Civil le sorprendió en Guipuzcoa. En el libro Los crímenes de Franco en Euskal Herria de Iñaki Egaña, viene que cuando se produjo la sublevación militar del 18 de julio, como las simpatías de Uzcudun por la reacción eran bien conocidas —según González Ruano, cita el ABC, el boxeador profesaba tres devociones, el hacha, el frontón y la iglesia católica—, un grupo de anarquistas intentó detenerlo. Tuvieron que ser unos militantes del PNV quienes le ocultaran en un piso en Zarautz. «Evitando, probablemente, su muerte», escribe Egaña.

«Figuras populares» del diario Frente popular.
«Figuras conocidas» del diario Frente popular.

No sabemos si después de eso Uzcudun fue hecho preso por las fuerzas leales, pero en su diario Frente Popular, el 18 de agosto de 1936 aparecía una columna dedicada a celebrities —«Figuras conocidas» lo denominaba el periódico— y la guerra. Dos noticias de las que venían eran falsas, como suele ser habitual en las informaciones bajo el aludido epígrafe, el fusilamiento en Madrid del guardameta Ricardo Zamora, por fascista, y la muerte en combate del torero Domingo Ortega. También venía un ascenso de nuestro Litri II, de la Brigada de los Toreros, y finalmente de Paulino Uzcudun decía que había llegado a Pamplona tras una «accidentada huida de San Sebastián».

Allí, inmediatamente se alistó y comenzó su leyenda negra, más negra todavía. Más negra que la noche menos negra que su alma, escribió el poeta Miguel Hernández sobre estas gentes. Según el libro de Egaña, Uzcudun se puso al mando de un pelotón de fusilamiento:

Cuando los rebeldes tomaron Guipuzcoa y comenzaron las ejecuciones, Uzcudun se dejó ver del lado de los insurrectos. El nuevo sistema franquista necesitaba iconos y el boxeador fue uno de ellos. El mismo PNV se lamentaría de su decisión anterior. De Uzcudun diría la revista Gudari en su número de noviembre de 1936: «El miserable tahúr, traidor y fracasado boxeador Uzcudun, es el encargado de los fusilamientos en Donostia. Este orangutanado personaje trabaja en la retaguardia su siniestra misión. ¡Cobarde!».

En el libro acaba ahí la mención, pero si le seguimos el rastro por la prensa nos lo encontramos en 1937 causando el terror en varios pueblos la costa vasca. Pero para citar la noticia en la que aparece mencionado, antes hay que hacer un alto en el camino y asombrarse ante otra curiosidad. En lo mejor del antifascismo, la homofobia campaba por sus respetos. Vaya un ejemplo por delante, este texto de Max Aub en La Vanguardia el 10 de mayo de 1938, en plena guerra y tras publicar Negrín sus famosos trece puntos.

Tristes los que creen que el fascismo puede perdonar la inteligencia. Podría, quizá, perdonarlo todo, menos eso. Se odia lo que no se tiene, y ellos aborrecen ante todo la luz y la vida. El fascismo lucha contra lo existente, contra lo natural, contra la naturaleza, por eso se cuentan tantos homosexuales entre los fascistas.

Impertérrito se queda uno. Igual que con la noticia en la que se mencionan las «hazañas» de Uzcudun durante la contienda. El texto del diario La Voz se titulaba «Los lirios del fascismo» y hacía referencia al falangista Giménez Caballero, carné número cinco de Falange, que se encontraba en ese momento escribiendo en un «diario provinciano», escribía el redactor, quejándose de los «actos de piratería de Uzcudun» por localidades del litoral vasco. El periodista republicano se preguntaba si Giménez Caballero no tendría envidia de su camarada Eugenio Montes, colocado de secretario de Relaciones Exteriores de Franco, al que también tachaban de locaza:

… logró una cátedra de sustituto. Luego colaboró en El Sol, donde alguien, a cuenta de sus uñas tintadas de rosa, le llamaba no Eugenio Montes, como dice —cualquiera sabe por qué— su cédula personal, sino Eugenia de Montijo. Después de eso se hizo comunista. En el 31 quiso ser diputado a Cortes por Orense bajo las tres iniciales de la UGT. De ahí saltó al fascio. Saltó, en fin, hasta decirle a Primo de Rivera a los postres de cierto banquete: «Tú, José Antonio, que eres bello física y metafísicamente».

No sé si los fundadores de Falange en otra época hubieran preferido subirse a una carroza en un desfile del Orgullo Gay, pero en los años ochenta del siglo pasado un anciano Giménez Caballero dio una entrevista a Pilar Eyre en Interviú donde su obsesión por la virilidad llamaría la atención de cualquier psicólogo. «El divorcio es para afeminados», «cada mañana hago media hora de gimnasia desnudo en la terraza», «en Falange yo era el elemento macho y José Antonio el elemento hembra», declaró sin contención ninguna. Aunque yo, personalmente, me quedo con esta otra perlita de ese encuentro: «los etarras son los únicos hombres de verdad que quedan en España». Se conoce que era de esos entrevistados que no necesitan preguntas.

El caso es que estos ataques antifascistas y homófobos nos habían puesto tras la pista de las andanzas de Uzcudun en la guerra. Y lo relevante es que cuesta imaginarse las barbaridades que pudo cometer si llegaron a escandalizar a un falangista de los de 1937, pero las informaciones no iban desencaminadas. Más adelante, el mismo diario ya recogía testimonios de refugiados, familias enteras, que habían sido expulsados de sus caseríos por los soldados de Uzcudun por tener familiares en las tropas republicanas. Igual que en las limpiezas étnicas de Bosnia.

Aunque el famoso púgil sí que boxeó durante la guerra. Al menos en Salamanca, en una gala benéfica a favor de los requetés. La prensa republicana recibió con asco y sorna su regreso al cuadrilátero.

¿No viven los requetés en el honesto y santo temor de Dios? ¿Y no hay una vieja máxima cristiana que dice, más o menos: cuando te abofeteen en una mejilla, presenta la otra? Pues eso y nada más que eso es lo que ha venido haciendo Uzcudun en toda su ilustre vida de boxeador. Y si no que se lo pregunten a Joe Louis.

Además, varios libros también citan que en Sevilla se llegaron a concentrar medio centenar de falangistas para formar un comando que iba a asaltar la prisión provincial en la que se encontraba preso José Antonio Primo de Rivera. Uzcudun habría estado entre ellos, pero la operación se suspendió misteriosamente.

El boxeador estuvo enrolado en comandos, pelotones de fusilamiento y dando paseíllos en la retaguardia. Toda una hoja de servicios, y eso que su madre, en una entrevista que le hizo muchos años atrás la revista Estampa, en 1929 —un encuentro en euskera porque la mujer no conocía el castellano—, confesó que le escribía cartas en las que le decía que rezaba para que ganase los combates, pero le pedía siempre que no hiciera daño a nadie, que no estaría bien «estropearles de un puñetazo». El auténtico sentimiento cristiano no pasó de padres a hijos en este caso.

En el rincón izquierdo, el boxeador supuestamente republicano

Del rival de ese combate no celebrado, Isidoro Gaztañaga (Ibarra, Guipuzcoa, 1905) el Martillo Pilón de Ibarra, sería muy osado decir que era republicano. Se sabe por las crónicas que en la temporada que estuvo repartiendo yoyah en Chicago boxeó ataviado con los tres colores del régimen democrático, pero en ese momento era la bandera de su país y él estaba en el extranjero. Lo que hizo fue lo más normal. En la impagable ficha de la web Boxeo1930s, Fernando Conde cuenta así un episodio de aquellos días:

El cronista lo describió: «Isidoro estaba tranquilo y calmado, y llevaba una túnica con la extensión rojo, amarillo y morado de la bandera española. Al llegar al ring, Gaztañaga sentado en su esquina, esperando el momento, su rostro mostraba la garantía de la victoria, que más tarde había de ser suya».

Mucho tiempo atrás, Isidoro y Paulino Uzcudun habían sido amigos. Si el Toro de Régil se había forjado cortando troncos, Gaztañaga se fortaleció trabajando en una cantera desde los diecisiete años. Su Ibarra natal estaba solo a quince kilómetros del pueblo de Uzcudun, por lo que las noticias de las gestas de su paisano le llegaron desde muy temprana edad, de modo que, fascinado, como es natural, quiso seguir sus pasos.

1929 Mayo 218 revist boxeo con toro
Isidoro Gaztañaga en la revista Boxeo.

Hizo las maletas y se fue a París, al gimnasio Anastasie, donde también se encontraba el púgil aragonés Ignacio Ara. Los tres entrenaban juntos y a Gaztañaga, que fue el que empezó a destacar, le llegaron a llamar «Paolino II» en honor a la leyenda de Uzcudun.

Lo que pasa es que durante su carrera profesional Gaztañaga destacó por su pegada demoledora, sí, pero más aún por su informalidad. Sus desplantes fueron legendarios. Y tampoco le dolían prendas en reconocerlo. Según la información recopilada por Fernando Conde, en una ocasión manifestó:

Cada uno sabe lo suyo y yo sé muy bien que las cosas a la fuerza no resultan nunca buenas. Lo que más me carga en esta vida es tener que hacer por fuerza lo que no tengo ganas. El otro día, no tenía apetito de pelear y así se lo dije al manager, pero él se empeñó en que boxeara, viniéndome con el cuento de que estaba el contrato firmado y tuve que subir al ring quieras o no. ¿Hay derecho a esto? Y como no lo hay, pues no quise pelear, ¿lo quieres más claro?

No le importaba romper contratos millonarios o dejar tirados a miles de espectadores ya sentados en su butaca en el pabellón. Mujeriego, bebedor, amante de la noche, tenía todas las características propias del crapulismo, pero lo suyo fue algo todavía más profundo. No solo sentía pasión por alternar, a veces podía llegar a tirar todo por la borda por una mísera siesta. De la Revista Boxeo:

Aquel día tenía una pelea un poco difícil y por la mañana salió solo hacia el campo para cargar aire limpio. A las seis de la tarde era la pelea. Su manager se volvía loco buscándole por todas las partes. Nadie sabía darle razón de su paradero. La hora de subir al ring se acercaba, el promotor se tiraba de los pelos, porque la entrada era estupenda. ¿Qué hacer? porque Isidoro no aparecía. Después de comunicar con todos los centros médicos y delegaciones de policía con resultados negativos, su manager se enteró de que había salido a pasear por el campo, cogió un coche y fue carretera adelante en busca del desaparecido. Tumbado a la bartola debajo de un corpulento árbol cerca de la carretera, estaba roncando como un bendito el fantástico boxeador, bien ajeno a la desesperación que su tranquilidad había llegado al ánimo del promotor y manager. Lo metieron en el coche y llegó al estadio con el tiempo justo de tomar una ducha y cambiar de ropa. Subió al ring como si subiera al patíbulo, maldiciendo por lo bajo a quienes le truncaron tan reparadora siestecita para encerrarle entre las cuerdas del ring a liarse a puñetazos.

Claro que esta actitud suya tuvo su réplica en que los rivales no se querían enfrentar a él. Uzcudun mismamente no aceptó una oferta económica para disputarle el título de campeón de España. En Estados Unidos, más duro todavía fue que no pudiera medirse con Joe Louis, el que destrozó a Uzcudun, que no se atrevió poco tiempo antes de ese combate a ponerse delante de Gaztañaga. El diario La Voz reveló que no valían las excusas. La realidad era que Isidoro era un boxeador «de segunda, pero muy fuerte». No en vano, en Cuba consiguió que un rival se cagase con sus golpes. Y cagarse de cagarse, no de cagarse de miedo.

La pelea era a las 4 de la tarde y el cubano, no se sabe por qué, almorzó cerca de las dos. Sonó la campana y luego de unas fintas, Gastañaga le mandó al cubano un derechazo al «plexus» y lo «enroscó» en la lona. Y cuando sus ayudantes lo fueron a levantar les pegó el olor. ¿Qué olor? El olor del caso que fue una comidilla en Cartagena. Pero hombre de Dios, ¿qué clase de olor se está preguntando y usted se hace el pendejo? Bueno, sin faltas de respeto. Se lo vamos a decir: ¡olor a materias fecales! Y no salga con otra pregunta, que no le vamos a contestar. El cubano pagó caro su torpeza de haber almorzado tarde.

Los combates más importantes de Gaztañaga fueron en Estados Unidos, donde le bautizaron con el mote de «Izzy» y fue del gusto del público porque su pegada recordaba a la del héroe nacional Jack Dempsey; también del de las señoras, por otra parte, cuentan las crónicas que era tan sumamente guapo que pudo aspirar a actor de Hollywood.

Recorte de la revista Boxeo.
Recorte de la revista Boxeo.

Otro de sus combates memorables fue en Alemania, pocos meses después de la Noche de los Cuchillos Largos, en el que ganó por KO a Hans Schoenrath. Entre el público se encontraba Max Schmeling y fue él quien convenció después a Joe Louis de que no combatiera con él en el citado encuentro de Cuba. Si le daba una paliza, y Max había sido testigo en primera fila de que era muy capaz de metérsela a cualquiera, el caché de un combate posterior entre ambos que estaba planificado podía bajar. El artículo anteriormente aludido de La Voz concluía a este respecto: «Max no lo quiere ni para enemigo de su enemigo».

Políticamente, según el escritor navarro Juan Osés, que ha escrito una biografía de Izzy autoeditada que no hay forma humana de comprar, como Gaztañaga no dio su apoyo al levantamiento fue condenado al olvido por los franquistas. Vicente Gil, médico de Franco y presidente de la Federación de Boxeo, se habría encargado de ello. Del pensado combate entre las dos Españas en guerra solo quedó la intención, que es lo que se ha reseñado y algunos se lo han imaginado tanto hasta darle rango de leyenda urbana. Según Martín Olmos Medina, autor del artículo de El Correo:

Un promotor alemán propuso enfrentar a los dos boxeadores en un combate que concediese una tarde de tregua a la guerra, Gastañaga representaría a la República y Uzcudun al bando nacional. Se habló con ambos y les llegaron a coser sendos calzones, a uno con los tres colores leales y al otro con los dos de la bandera nacional. El Bello Izzy declinó el frente y prefirió quedarse en los burdeles de Buenos Aires y Uzcudun, dijeron, durmió tranquilo porque temía la derecha demoledora de su paisano.

Olvidado tal vez, Gaztañaga murió en la frontera entre Bolivia y Argentina, en una localidad llamada La Quiaca. Tuvo una muerte como de coña, pero como él, al fin y al cabo, siempre había vivido. Volvemos a Conde:

El diario Informaciones de Buenos Aires lo narraba así; «En una pulquería (taberna) de La Quiaca, le desafiaron a una pelea y como se creía que era a puños, que era como el zanjaba las peleas, mientras se quitaba la americana le mataron de tres tiros. Como vasco que era, y era a puños, aún le dio tiempo a soltar un par de puñetazos mientras se caía redondo ante el hombre que le disparó».

Luego, durante el juicio, su asesino Raúl Carreta confesó su arrepentimiento. Se lo había cepillado en un arrebato estúpido.

[dijo que fue] …por una tontería y que se arrepentía de haberle matado porque era un hombre muy divertido y salir a la noche por el pueblo con los amigos ya no sería lo mismo sin él.

Ahí se quedó, con treinta y siete años. El célebre combate entre el púgil franquista y el republicano nunca llegó a celebrarse. Si se quiere una dosis de las dos Españas merced a estos dos hombres, dos grandes boxeadores, de cuando España tenía mucho que decir en el deporte de las cuatro cuerdas, lo mejor fueron los epítetos que ha encontrado Fernando Conde que se dedicaron en los años treinta, cuando estuvieron a punto de enfrentarse en España:

Uzcudun: «Isidoro es un macaco o pirulí».

Isidoro: «cara de perro».

Y así, hasta hoy.

Fotografías del archivo de la Hemeroteca Nacional, archivo de la biblioteca de la Diputación Foral de Gipuzkoa y el fondo José Luis Sánchez Ayerza.

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Apoyos:

Película Juguetes rotos

BOXEO 1930s


Boxeando por la democracia

“Joe, necesitamos músculos como los tuyos para vencer a Alemania” (Franklin D. Roosevelt)

1938. Más de setenta millones de personas escuchan con atención la retransmisión radiofónica de un combate de boxeo. Está en juego el título mundial de los pesos pesados, pero eso es casi lo de menos; lo importante es que un norteamericano y un alemán protagonizan la gran jugada propagandística previa a la Segunda Guerra Mundial. El presidente de los Estados Unidos, Franklin D. Roosevelt, ha recibido a un negro en la Casa Blanca, algo insólito, y Adolf Hitler ha alabado a un boxeador cuyo mánager es judío. Los dos púgiles, Joe Louis y Max Schmeling, son actores de un drama surrealista cuyo alcance va mucho más allá de sus respectivas carreras deportivas. El mundo va a entrar en guerra y ellos dos, lo quieran o no, están librando la primera batalla.

El alemán que noqueó al bombardero invencible

Joe Louis
De origen humilde y carácter introvertido, Joe Louis vio cómo pesaba sobre sus hombros el orgullo de toda una raza primero, y de toda una nación después.

La primera de las dos peleas entre Louis y Schmeling no estuvo rodeada, sin embargo, de tantas connotaciones políticas. Tuvo lugar en 1936, cuando las tensiones entre Alemania y Estados Unidos eran todavía inexistentes. De hecho, algunos estadounidenses miraban con cierta simpatía al régimen de Hitler —no en vano el racismo era también endémico en los Estados Unidos—, cuyas primeras atrocidades habían sido consideradas meros “excesos accidentales” de los grupúsculos más radicales del partido nazi. En junio de 1936, Joe Louis era, a sus veintidós años, la mayor estrella ascendente en el mundo del pugilismo; con veinticuatro combates victoriosos y ninguna derrota, estaba a punto de asaltar el título mundial de los pesos pesados. Sólo le restaba un obstáculo en su imparable ascenso hacia la final: el alemán Max Schmeling, que había sido campeón mundial, pero que con treinta años estaba ya en aparente declive. Schmeling era bien conocido entre los aficionados estadounidenses, puesto que había aparecido varias veces en los noticiarios cinematográficos y era apreciado por su carácter campechano y su simpatía ante las cámaras. Joe Louis, aunque más reservado, también tenía buena imagen; era el típico buen chico de origen humilde que, pese a su seriedad, cae bien debido a su carácter afable y su notoria candidez. Aunque apenas había recibido formación escolar, era un chaval bien educado, de muy presentables maneras. Se decía incluso que, siendo adolescente, había ocultado a su madre su afición al boxeo, yendo a entrenar con una funda de violín en la que escondía sus guantes. Para la población negra de los Estados Unidos, Louis era el máximo ídolo y, junto a Jesse Owens, el único afroamericano en posición de defender el orgullo de toda una raza oprimida. Únicamente en el deporte —y en algunas disciplinas deportivas concretas, porque en otras los negros seguían sin poder competir fuera de sus propias ligas— tenían los afroamericanos la oportunidad de reivindicarse ante una sociedad que los discriminaba en todos los demás aspectos.

El primer combate entre el estadounidense y el alemán fue considerado un trámite, un escalón más en el inevitable asalto de Joe Louis, el más prometedor peso pesado del planeta, al campeonato mundial. Al igual que sucedería con la aparición de Mike Tyson en los años ochenta, Joe Louis todavía no era campeón, pero nadie en el mundo creía que pudiese perder un combate antes de alcanzar el título. Resultaba inconcebible. Ningún púgil había conseguido encontrar una debilidad en el estilo del “bombardero pardo”, un prodigio de técnica y determinación.

Max Schmeling, sin embargo, no era cualquier púgil. El alemán ya no estaba en sus mejores años, esto era sabido, y además su imagen estereotipada de sencillo hombre del pueblo hizo que todos —incluido Joe Louis— subestimasen su inteligencia. Schmeling hizo algo que a ningún púgil se le había ocurrido antes, pero que gracias a él se convertiría en un recurso básico para los entrenamientos previos a los grandes combates. El alemán empezó a recolectar todas las filmaciones de combates de Joe Louis que estaban a su alcance, algo que, dados los medios tecnológicos de la época, no era tarea fácil. Contó con la ayuda del régimen nazi, que le facilitó acceso a distintos archivos; se hizo con un proyector y comenzó a ver los combates de su rival una y otra vez, observando con atención en busca de alguna flaqueza en aquella, decían todos, invulnerable forma de boxear.

Max Schmeling
Max Schmeling fue pionero en usar filmaciones para estudiar concienzudamente el estilo de su rival .

Pasar horas y horas ante una pantalla podía parecer una excentricidad y una pérdida de tiempo, al menos según las costumbres pugilísticas de entonces, pero Max Schmeling sabía perfectamente lo que estaba haciendo. Tras un concienzudo análisis encontró, por fin, la única debilidad técnica de Joe Louis: una tendencia a bajar la mano izquierda tras lanzar un golpe rápido, dejando un momentáneo hueco en su guardia. Era un defecto en el que nadie había reparado, ya que no existía el vídeo y la televisión no podía ser grabada. Viendo un combate en directo (o su resumen en los noticiarios cinematográficos), era difícil, por no decir imposible, que aquel fallo técnico fuese perceptible. En veinticuatro combates, de hecho, nadie lo había notado. Por lo tanto, ningún rival lo había podido explotar. Es más, ni el propio Joe Louis era consciente de este defecto. Así, cuando Schmeling desembarcó en territorio americano y fue asaltado por los periodistas, dijo sonriendo que había encontrado un fallo en el estilo de Joe Louis y que estaba seguro de que iba a vencer. Los periodistas se tomaron sus declaraciones a broma, nadie creyó una palabra y la gente casi sintió piedad de la ingenua confianza del alemán en sus propias posibilidades. Eso sí, como era tan simpático, le perdonaron la ocurrencia. Schmeling siguió sonriendo.

El combate, como decíamos, no tenía un título en juego, pero se convirtió en un gran acontecimiento debido la fama de ambos púgiles. Celebrado en el estadio de los New York Yankees, se vendieron todas las entradas.

El público local comenzó animando a su compatriota hasta que la lucha empezó a desarrollarse de modo diferente a lo esperado. El combate no marchaba bien para Joe Louis quien, en contra de todo lo previsto, se veía en serios problemas. Max Schmeling lo estaba dominando con claridad y nadie podía comprender muy bien cómo era posible. En el cuarto asalto, Joe Louis cayó a la lona por primera vez en su carrera. Nadie lo había tumbado, nunca. Pudo recuperarse, pero resultaba evidente que el alemán tenía la sartén por el mango. El panorama para Louis se presentaba muy, muy difícil. Entre el público —casi por completo compuesto por espectadores blancos— comenzaron a oírse gritos de apoyo al alemán. La pelea dejó de ser la lucha entre un púgil local y un extranjero, convirtiéndose en la lucha entre un blanco y un negro. Muchos blancos entre el público parecían querer que ganase el blanco. Sobre el ring, Joe Louis tuvo que oír cosas como “¡Mata al negro!”. Max Schmeling no podía entender por qué el público local parecía tan feliz. Hasta que se dio cuenta, para su asombro, de que los vítores de los norteamericanos iban destinados a él.

Joe Louis aguantó todo lo que pudo, pero la habilidad de Schmeling para explotar su talón de Aquiles fue minando su resistencia. El estadounidense fue noqueado en la decimosegunda ronda. Había sufrido la primera derrota de su carrera. Era algo difícil de creer.

Dos víctimas de la propaganda

Max Schmelling fue recibido en Alemania como un héroe nacional. La maquinaria propagandística nazi ensalzó las virtudes germánicas de aquel boxeador, un hombre del pueblo que, se decía, encarnaba lo mejor de los valores nacionalsocialistas. Schmeling y su mujer eran presentados como ejemplo de la perfecta pareja alemana: trabajadores, sencillos, honestos, amigables… y arios. El púgil aparecía en la prensa y los noticiarios junto a Hitler, ambos sonrientes y en perfecta armonía. Schmeling era el ídolo del momento, el deportista alemán más célebre y un perfecto embajador para el régimen nazi.

Max Schmeling y Adolf Hitler
Schmeling y su mujer junto a Hitler. La propaganda nazi ensalzó al púgil como un héroe, pero de espaldas al público las cosas entre ellos se pusieron bastante más tensas.

Entre bastidores, empero, no todo era tan perfecto. Existía una delicada circunstancia: el manager de Max Schmeling era judío. El régimen, en secreto, comenzó a presionar a Schmeling para que se deshiciese de él. El boxeador se negó con firmeza, sorprendiendo a los nazis. Aunque a primera vista podía parecer dócil y bonachón, no estaba dispuesto a ser un títere. No era nazi, ni simpatizaba con la ideología de Hitler. Él se consideraba un atleta alemán que había obtenido un gran éxito para su país, no un agente nacionalsocialista. Así pues, comenzó a presentar resistencia. De cara al público, Schmeling era el ojito derecho de la dictadura nazi, pero en realidad existía una creciente antipatía mutua entre el campeón y el partido de la cruz gamada. Pese a ello, siendo el deportista más famoso de Alemania y habiendo logrado un gran triunfo, Schmeling continuaba siendo publicitado como icono nacional.

En los Estados Unidos, la derrota de Joe Louis propició una oleada de tristeza entre sus seguidores afroamericanos. Y no era para menos. La prensa blanca describió el suceso con un tono despectivo que con frecuencia caía en el insulto racista. Algunas publicaciones llegaron a decir que Louis sólo sabía pelear como “un salvaje recién salido de la selva”, mientras que los elogios hacia la astucia táctica de Max Schmeling, blanco y europeo, mostraban los mismos tintes supremacistas que en la prensa alemana. Sin embargo, Louis no se vino abajo. Aprendió la lección. La dura derrota sirvió para despertarlo de una nube de excesiva confianza. Muy dolido, entrenó con dureza de cara a los siguientes combates. Durante el año posterior barrió nada menos que a siete rivales distintos. En 1937, aunque un poco más tarde de lo previsto, logró por fin disputar el título mundial, venciendo al vigente campeón James Braddock.

La gente, claro, quería ver una revancha contra Max Schmeling, el único púgil que había podido ganar al ahora nuevo rey del boxeo. En 1938, Louis aceptó poner en juego su recién adquirido título frente al alemán. Para entonces, en apenas dos años, el clima político había cambiado por completo.

La revancha: soplan vientos de guerra

Joe Louis
Los desprecios racistas de la prensa norteamericana no hundieron la determinación de Joe Louis.

El nuevo combate entre Louis y Schmeling hizo que la propaganda nazi redoblase su palabrería supremacista hasta el punto en que el propio Schmeling llegó a mostrarse abiertamente incómodo en público. Cuando se le asimilaba con el “superhombre ario”, él respondía diciendo: “no soy ningún superhombre, sólo soy un deportista”. Seguía negándose a romper su relación con su manager judío. En público, el régimen lo ensalzaba todavía como un héroe. En privado, se les retiró el pasaporte a su mujer y a su madre, para evitar que saliesen de Alemania. Existía una seria preocupación por la posibilidad de que Max Schmeling estuviese pensando en optar por el exilio. El público alemán, por supuesto, no sabía nada del creciente disgusto de Schmeling hacia el régimen nazi. Aunque ya no ostentaba el título mundial, mientras hubiese posibilidades de que volviese a vencer a Joe Louis, la propaganda nacionalsocialista no renunciaba a presentarlo como un icono de la raza aria.

En Estados Unidos, la opinión pública había dado un giro de ciento ochenta grados con respecto a Hitler, que ahora era un enemigo declarado de las democracias occidentales. La misma prensa norteamericana que un par de años había ensalzado a Schmeling con afecto, ahora lo retrataba como un nazi fanático y un esbirro de Hitler, un nazi que seguía las directrices del Führer con ovina obediencia. En la misma medida, Joe Louis empezó a ser ensalzado como un héroe americano, cuando apenas unos meses atrás la prensa lo había menospreciado sin ningún respeto. Debido a las tensiones diplomáticas, era la primera vez en la historia estadounidense que un hombre negro desempeñaba el rol de icono nacional. El presidente Roosevelt apareció en público junto al campeón, como Hitler había hecho con Schmeling, diciendo que Joe Louis iba a boxear en representación de todos los ciudadanos estadounidenses y que toda la nación confiaba en su victoria.

Verse convertido en un héroe, en el centro de la propaganda política, añadió una considerable presión sobre los hombros de Joe Louis. Ahora no solamente iba a pelear por un título y por el orgullo de su propia raza. Iba a pelear, como insistía la prensa, por la mismísima idea de la democracia.

La pelea en la que Louis defendería su título mundial frente al que había sido su único verdugo tendría lugar en el mismo escenario que la anterior, el estadio de los Yankees de New York, que registró otro lleno absoluto. Esta vez, Schmeling fue recibido como el villano, el bárbaro que peleaba en nombre de la esvástica. Nadie en los Estados Unidos, ni siquiera Joe Louis, sabía que en realidad Schmeling se jugaba mucho en aquel combate: si perdía, los nazis dejarían de considerarlo intocable y era muy probable que terminase sufriendo represalias por su rebeldía.

Louis y Schmeling
Dos púgiles a punto de librar una batalla propagandística que no iba realmente con ellos.

El campeón norteamericano, como es lógico, estaba preocupado. Nadie negaba que, en conjunto, Louis era mejor boxeador que Schmeling, pero el alemán había demostrado ya su habilidad táctica y su astucia. En el boxeo, como en otros deportes individuales que enfrentan a dos contendientes (el tenis o el ajedrez, sin ir más lejos), hay deportistas casi invencibles que, sin embargo, sufren mucho frente a rivales concretos. Es el match up, el imprevisible efecto de confrontar dos estilos, un efecto que no siempre favorece al considerado mejor o más en forma. En un combate largo, el alemán podría llegar a vencer otra vez. Agobiado, Louis dijo a su círculo que pensaba salir “a matar”, vaciándose por completo en los tres primeros asaltos, para noquear al alemán y evitar que el combate se alargase. No quería una confrontación estratégica y se iba a jugar el todo por el todo. Si no conseguía tumbar al “nazi” en los tres primeros asaltos, pensaba Louis, el combate estaría perdido.

En todo el mundo, pero especialmente en Estados Unidos y Alemania, los aparatos de radio ardían cuando comenzó la pelea. De manera similar a aquella final del campeonato mundial de ajedrez entre Bobby Fischer y Boris Spassky, todas las tensiones de la política mundial se encarnaron en una competición deportiva. Los medios de comunicación se volcaron con el asunto con un entusiasmo casi histérico y lo que, por lo general, no hubiese pasado de ser un notable acontecimiento deportivo fue seguido como un acto de preguerra.

La pelea solamente duró un asalto. Joe Louis salió como un huracán, tal y como había anunciado, y apabulló a Schmeling con un torrente de golpes, algunos de los cuales eran tan terribles que el público de las primeras filas pudo oír los gemidos de dolor del alemán. El árbitro, de hecho, tuvo que intervenir bien pronto para darle un respiro al teutón. De poco sirvió; al reanudar la pelea, Louis tumbó a Schmeling por primera vez. El alemán se levantó con rapidez en una demostración de orgullo y pundono, dado que el árbitro apenas había contado hasta tres, pero Louis lo volvió a tumbar de manera casi inmediata. De nuevo, Schmeling se levantó como un relámpago, a la cuenta de dos, demostrando que era valiente, pero también que en aquel combate se jugaba mucho más que el propio Joe Louis. Cuando el americano lo tumbó por tercera vez consecutiva, resultó tan patente la desigualdad entre ambos contendientes que el entrenador de Schmeling saltó al ring para detener el combate y evitarle a su pupilo daños físicos mayores.

Mientras era conducido en ambulancia al hospital, Max Schmeling pudo oír las multitudinarias celebraciones que estaban estallando ya por toda la ciudad de Nueva York, al igual que en todo el resto de los Estados Unidos. Era la primera vez que blancos y negros celebraban juntos —aunque no revueltos— el triunfo de un hombre negro.

Héroes y antihéroes

Joe Louis se convirtió en una figura de culto en los Estados Unidos. Además, recuperó el aura de invencibilidad que había perdido en su anterior combate contra el propio Schmelling. Defendió con incontestable superioridad su título diecisiete veces más, hasta 1942, año en que Estados Unidos entró en guerra. Tras el bombardeo japonés de Pearl Harbor, Joe Louis se presentó voluntario al reclutamiento, lo cual significaba que abandonaba el boxeo profesional hasta que terminase la contienda. Un gesto de patriotismo que sin duda impresionó a todo el país. Aunque era poco probable que las autoridades accediesen a enviar a Joe Louis al frente para que lo matasen de un mal disparo, el mero hecho de renunciar a las enormes ganancias económicas que conllevaba ser campeón mundial hicieron que apareciese como un modelo de entrega a la causa bélica. Cuando algunos se sorprendían por el fervor patriótico que demostró Joer Louis al defender un sistema, el de su país, que oprimía a los negros, el campeón respondió con su característica sencillez y una lógica tan aplastante como su estilo pugilístico: “América tiene cosas malas, pero no es Adolf Hitler quien las va a arreglar”.

Joe Louis
Cartel propagandístico en el que Joe Louis animaba a los soldados a cumplir con su deber.

Una vez finalizado el periodo de instrucción, a Louis no se le permitió combatir en el frente, por descontado. Tras su demostración de fidelidad a la nación, Louis resultaba mucho más valioso como recurso propagandístico. Empezó a aparecer en sellos, postales y carteles de propaganda bélica. Visitaba a los soldados en Europa para levantar su moral y siguió boxeando —de manera gratuita— en combates de exhibición cuyas recaudaciones iban destinadas a la caridad militar. Los que pudieron haber sido sus últimos mejores años como boxeador, los pasó vestido de uniforme y alejado de la competición oficial. De esa forma renunció a grandes cantidades de dinero y a unos logros deportivos que pudieron haber sido inalcanzables para otros, pero ganó una gloria difícil de obtener por otros medios y que ayudó mucho a la consideración de su propia raza en los Estados Unidos. Era el primer hombre negro que representaba a todo el país, y además conseguía que todo el país se sintiese representado por él. Sin duda hubo que recorrer un largo camino desde entonces, pero no es una exageración afirmar que nunca hubiese existido un Barack Obama presidente sin que antes hubiese existido un Joe Louis.

Finalizada la guerra, Joe Louis volvió a la competición y obtuvo algunas victorias más, aunque, como es lógico, ya no era el mismo de antaño. Algunos combates, aun cuando fueron victoriosos, pusieron de manifiesto que sus mejores tiempos habían quedado atrás. Seguía siendo un icono nacional, pero esto era un arma de doble filo: en un combate que debería haber perdido por puntos, los jueces le concedieron la victoria solamente en atención a su renombre. Fue un claro robo hacia su rival y la decisión de los jueces fue recibida con abucheos de los espectadores. Joe Louis, cuya honradez era proverbial, poca culpa tenía de la actitud de los jueces, pero se sintió tan avergonzado que decidió retirarse en 1949.

No fue la retirada definitiva. El gobierno, pasado el entusiasmo de la guerra, le reclamó una considerable cantidad de dinero en concepto de impuestos atrasados. En 1950, a su pesar, Joe Louis tuvo que volver al cuadrilátero para disputar varios combates cuya recaudación íntegra terminaría yendo a las arcas de la hacienda pública. Después de varias peleas victoriosas sufrió su tercera derrota en 1951, frente al temible Rocky Marciano, el único campeón mundial de los pesos pesados que se retiró invicto. El poderosísimo Marciano, cuyo estilo era mucho más elemental, pero también demoledor, era más joven, estaba más en forma y noqueó a Louis en el octavo asalto, dejándolo inconsciente, algo que nunca se había visto. El propio Rocky Marciano, tras derribarlo, se preocupó por su estado sin tan siquiera celebrar la victoria, porque Joe Louis había sido el ídolo de su infancia. Esto produjo uno de los episodios más conmovedores en la historia de los campeonatos mundiales: minutos después de la pelea, cuando Louis ya se había recuperado, Rocky Marciano visitó el vestuario de su antiguo ídolo y, llorando como un niño, le pidió perdón por haberle ganado.

Joe Louis consideró tan humillante aquel KO y la imagen de estar tendido sin consciencia sobre la lona, que nunca más volvió a pelear. Abandonó, esta vez sí de manera definitiva, el boxeo. Dejó tras de sí una carrera ejemplar, que pudo haber sido aún más impresionante si no se hubiese alistado en el ejército.

Max Schmeling
Max Schmeling fue reculutado forzosamente y enviado como paracaidista a la batalla de Creta, donde resultó herido.

Volvamos a 1938. En el otro lado del Atlántico, después de haber perdido el combate con Louis, Max Schmeling fue recibido con desprecio por el régimen nazi. Todavía fue capaz de ganar el título europeo venciendo a otro púgil alemán, pero su divorcio con la dictadura de Hitler era ya completo. Durante la “noche de los cristales rotos”, en que la violencia contra los judíos explotó de manera abierta por toda Alemania, Schmeling escondió a dos niños judíos en su propia casa. Su falta de sintonía con el partido nazi se convirtió en asunto de dominio público, aunque seguía siendo un deportista demasiado famoso como para que lo pudiesen llevar a un campo de concentración sin escándalo. Pero las autoridades nazis se la tenían guardada. Tras estallar la Segunda Guerra Mundial, la dictadura de Hitler encontró la manera perfecta para intentar deshacerse de Max Schmeling, que fue reclutado a la fuerza (al contrario que el voluntario Louis) y destinado al cuerpo de paracaidistas. Fue enviado al frente durante la batalla de Creta. Como soldado, luchó con valentía, aunque más por compañerismo hacia sus compañeros del frente que por convencimiento, ya que despreciaba la causa de su gobierno. Fue herido en plena batalla, por lo que el ejército no tuvo más remedio que concederle la licencia. Los nazis no habían conseguido que muriera en el frente como habían pretendido. Es más, durante su estancia en el ejército, Schmeling se hizo notar entre los prisioneros aliados porque usaba su fama para intentar mejorar el trato que ellos recibían. Eso, junto con su abierto inconformismo ante el régimen, ayudó a que, tras la guerra, Max Schmeling pudiese restaurar su imagen ante los aliados.

Vencidos los nazis y muerto Hitler, Max Schmeling no solamente dejó de ser considerado un villano por los estadounidenses, sino que estos reconocieron su admirable actitud durante los años de la dictadura gracias a los testimonios de judíos y antiguos prisioneros americanos a quienes había ayudado siendo soldado. Tras colgar los guantes, se metió en los negocios con muchísimo éxito. Contratado por Coca-Cola paras su filial alemana, se hizo millonario al ser uno de los ejecutivos pioneros de la introducción de dicha bebida en el país europeo. Cuando supo que su antiguo rival Joe Louis tenía problemas económicos, decidió prestarle ayuda. Ambos comenzaron a cultivar una estrecha amistad. Schmeling, como directivo de la multinacional americana, solía visitar los Estados Unidos con frecuencia y siempre encontraba un hueco en la agenda para visitar a Joe Louis.

Louis y Schmeling
Aunque siendo púgiles se saludaban sin mucho entusiasmo antes de loscombates, Louis y Schmeling terminaron cultivando una entrañable amistad de por vida.

La amistad entre los dos viejos rivales no resulta sorprendente. Tenían muchas cosas en común. Ambos eran de origen humilde y de un carácter similar; la diferencia era que Louis era más retraído y Schmelling más extrovertido, pero habían pasado por las mismas vicisitudes. Ambos habían experimentado la fama y también el desprecio de sus propios compatriotas. Ambos habían sido ensalzados y utilizados por la propaganda de sus respectivos países, y también insultados por esa misma propaganda; ambos habían tenido que luchar solos contra el sistema. Sentían una profunda simpatía mutua al saber que sus caminos habían sido tan similares. Su amistad fue una perfecta metáfora de lo que el mundo podría haber sido y no fue, porque todo lo que en aquel momento histórico se suponía que debía haberlos convertido en enemigos acérrimos —la rivalidad profesional, la nacionalidad, la raza, etc.— no tuvo importancia para ellos. De hecho, cuando Joe Louis murió en 1981, fue Max Schmeling quien pagó su funeral, celebrado con honores militares. El alemán fue uno de los encargados de portar el féretro de su antiguo rival convertido en amigo. El propio Max Schmeling continuó viviendo de sus considerables rentas y fue un fan acérrimo del boxeo hasta que falleció, con bendita placidez, en 2004, a los noventa y nueve años de edad.

Una rivalidad deportiva que el mundo se empeñó en convertir en acto de guerra, y un acto de guerra que los dos protagonistas, pese a todo, convirtieron en una amistad que se prolongó hasta la tumba. Así deberían ser siempre las cosas.