Jacobo Siruela: «Las editoriales pequeñas son un fenómeno totalmente de esta década y, sobre todo, un fenómeno español»

jacobo-siruela-para-jd-0

Jacobo Siruela (Madrid, 1954) nació con los apellidos Martínez de Irujo Fitz-James Stuart, que luego cambiaron de orden, para que no se perdiera el apellido familiar. Finalmente decidió llamarse Siruela, el nombre de su título nobiliario. En 1982 fundó la Editorial Siruela, que llegó a facturar más de mil millones de pesetas y que en 2000 vendió al Grupo Anaya. Cinco años después fundó con su actual mujer, la periodista y escritora catalana Inka Martí, la Editorial Atalanta, cuya sede se encuentra en Mas Pou, una bellísima masía del Ampurdán donde reside la pareja. En esta entrevista no se menciona a su madre, la duquesa de Alba, ni al resto de su familia. Lo que se aborda son los libros, objetos de culto para un editor artesano y exquisito, la literatura y los sueños.

¿Recuerdas el momento en que pensaste por primera vez: «Qué bonito es un libro»?

No recuerdo ese momento en concreto, pero durante toda mi vida he sentido atracción por los libros. Para mí siempre han sido un objeto de culto. En realidad empecé a editar por pura casualidad, nunca pensé que fuera a ser editor.

¿No?

Siempre me han rodeado los libros, no entiendo la vida sin ellos, pero me hice editor por pura casualidad. Empecé junto a unos amigos con un libro con el que todo el mundo auguraba que iba a estrellarme. Era la primera traducción de La muerte del rey Arturo, una novela medieval del siglo XIII, que ayudé a traducir con una medievalista francesa. Hice la maqueta del libro con un amigo pintor abstracto. Y era un proyecto disparatado, carísimo, pero me decidí a hacerlo con esa inocencia de cuando tienes veintiséis años. La ignorancia siempre es osada. Además, en esa época tampoco es que contara con dinero como para hacerlo holgadamente. Pero tuve la suerte de ganar el premio al libro mejor editado del año. Gracias a eso vendimos toda la edición. Las cosas funcionan así.

¿De cuánto era la edición?

Quinientos ejemplares, y cada uno costaba dieciocho pesetas. Era un libro carísimo, de esos que llaman de bibliofilia, pero salió bien la operación y superamos un bache notable. Luego pensé en hacer libros normales. En realidad, los libros caros de este tipo no me interesan. Pensé: ya que estoy tan apasionado con la Edad Media y hay tan pocos libros al respecto en España, porque casi todos eran extranjeros, por qué no dar a conocer esta literatura.

¿La pasión por la Edad Media surgió a raíz de la preparación de ese primer libro?

Sí, a través de unos amigos que me iniciaron en ese tipo de literatura. Pasé alrededor de año y medio leyendo novelas medievales, que eran muy desconocidas, y pensé que quizá habría otra gente que también podía sentir cierta pasión por el tema. Ese pensamiento, que en principio parece anticomercial, puede ser un comienzo. Estos libros tuvieron un éxito fulminante y se agotaron las ediciones en tres meses.

Hablamos de Editorial Siruela.

De Siruela, sí. Con el tiempo me di cuenta de que el medievo era algo que flotaba en el aire: había una película de John Boorman, se publicaron novelas ambientadas en el medievo… había una especie de moda medieval y yo era absolutamente ajeno a ello. Quizá hechizaba a la gente porque la Edad Media es el opuesto, lo contrario a la Edad Moderna. Pero también es una literatura de primer orden. En ese momento era el mundo joven y sano, y se escribieron unas novelas de una frescura maravillosa. Son las primeras novelas que se escriben en las lenguas europeas y son novelas muy sencillas, pero con una gran calidad simbólica, o si se prefiere, psicológica. Son muy potentes, no las olvidas. Y bueno, así empecé.

¿Te interesaba la parte más técnica, como la encuadernación?

Antes de ser editor era artista, pintor, y a eso pensaba dedicarme. Incluso hice alguna exposición, pero hubo un momento, uno de esos periodos en los que estás algo perdido, sin saber bien qué hacer, en el que surgió la idea de hacer ese libro para bibliófilos.

También te dedicabas al grafismo.

Bueno, yo he sido diseñador, y sigo siéndolo. Toda mi vida he hecho diseño gráfico. El trabajo editorial es muy anónimo. Una serie de personas realizan un trabajo totalmente anónimo: gente que arregla traducciones o corrige textos, de los que no se sabe nada. O gente que hace diseños e innova cosas, pero no se percibe. La edición y el diseño gráfico son oficios artesanales. Y yo defiendo lo artesano. Pienso que es, como su misma palabra indica, el arte más sano. Fabuloso en una época tan egoista como la nuestra. Evidentemente el arte es más interesante y complejo y tiene una dimensión superior, pero el trabajo artesanal es más feliz, porque trabajas sin pretensiones, por cierto amor loco a tu trabajo, pues está fuera del reconocimiento social.

Como los artistas hasta prácticamente el siglo XIX, o algo antes.

Bueno, empezaron en el Renacimiento, pero Velázquez tenía unos cargos con Felipe IV que no eran solamente de pintor de la corte. Creo que en el siglo XXI va a surgir otra vez la artesanía: que la gente vuelva a hacer muebles únicos, por ejemplo, me parece interesante. Yo tengo algún ejemplar de este tipo. En la editorial somos amanuenses electrónicos. Ahora todo el mundo en Internet y Facebook hace sus pinitos artísticos. En ningún momento de la historia el arte ha estado más unido al ego. Y quizá necesitamos un poco de lo contrario.

jacobo-siruela-para-jd-1

Siruela tuvo éxito desde su nacimiento.

Sí, la verdad es que me ha ido bien, a pesar de haber hecho siempre lo que quería. Siruela fue muy bien desde el principio, aunque también tuvimos problemas, porque son más de veinte años de mi vida publicando, pero en general fue bien. Incluso aún se continúan en Siruela mis colecciones y se siguen reeditando bastantes títulos de mi época. La revista El paseante también fue bien, pero esta se acabó en 1998 con el número dedicado a la cultura digital.

Era un producto bastante especial.

Sí. Incluso ahora estuve pensando un poco en hacer una revista, pero no, ya tengo mucho trabajo con publicar diez libros al año, así que no voy a caer en la debilidad de hacer una revista. También estamos en otra época, habría que hacer una revista muy unida a Internet. La haría en tres niveles: impreso, Internet y conferencias y debates en algún sitio en torno a los contenidos. Pero es demasiado trabajo y yo estoy pseudoretirado, y no quiero comenzar a complicarme la vida otra vez…

Bueno, pero de alguna manera con Atalanta te la has complicado.

Desde luego. Mira, ahora estamos haciendo un libro, Imagen de mito, de Joseph Campbell, un gran mitólogo americano de la segunda mitad del siglo XX, que tiene cuatrocientas veinte ilustraciones. Los originales que nos han facilitado no son buenos, y hemos tenido que restaurar la edición original todo este verano. Inka, yo y otra persona más hemos estado buscando nuevos originales, pidiendo permisos, arreglando las fotos en blanco y negro… No es un libro que pueden hacer muchos editores, solamente los que hacen libros de arte, porque la producción es muy compleja. Otras veces publicamos un libro con traducción del chino y notas con ideogramas chinos… Todos nuestros libros tienen su miga.

Uno sospecha que se te puede reconocer en los libros que editas, incluso en Siruela, que publicaba más: la cuestión medieval, la mística…

La gente se equivoca cuando piensa que uno descubre un autor y que eso es lo importante de una editorial, no es así. Todo eso es azaroso. Los descubrimientos no tienen ningún misterio, dependen de informaciones que te dan y de muchas variables, todas previsibles. Lo importante de una editorial es que tenga rostro y se identifique, es decir, que haya una dirección en lo que se publica y no sea un cajón de sastre en el que cabe todo.

Los grandes grupos editoriales tienden a funcionar como un cajón de sastre, salvo alguna colección.

Sí, son monstruos sin rostro y apetito insaciable. Si uno no tiene una idea de lo que quiere, su destino será naufragar en el mercado. El mercado está lleno de tentaciones y peligros. Es un negocio raro.

Explícame esto de las tentaciones.

El objetivo implícito del mercado es liarte con un libro que parece que puede vender mucho y luego es un bluf tremendo. Yo he optado por retirarme del ruido. Mantenerme a distancia del barullo. Creo que lo que hay que hacer es buscar un público. Las editoriales que van bien son las que tienen su público, y ese público es fiel porque la editorial trabaja seriamente y no defrauda. Con las librerías sucede lo mismo, los libreros también tienen que crear su público. Eso es lo importante. Y eso lleva unos años.

¿Tienes idea de quién es tu público? ¿Se parece el de ahora al que dejaste en Siruela?

Curiosamente, ahora que soy más viejo creo que tengo un público más joven. En general nuestra editorial es bastante joven. Cubre una línea de ensayo heterodoxa que nadie ocupa. También publica obras muy importantes, pero tanto en cuentos como en ensayos mantiene una línea totalmente de hoy. Lo ves en la feria del libro de Madrid, cuando ves a la gente que se acerca a comprar; o en Facebook, una cosa que lleva muy bien mi socia y mujer, Inka. El perfil es amplio, de los veintitantos en adelante. Gente muy joven, muy poca. Quizá los libros son algo caros, y eso es un problema.

Bueno, más que problema es una elección.

No sé por qué digo problema, en realidad no creo que ese sea el problema, porque solo son un poquito más caros. Son caros en comparación con los libros de bolsillo a siete euros, y nosotros no entramos ahí. El libro que hacemos, creo, es el libro que va a pervivir en el siglo XXI. Recientemente se puso en contacto con nosotros una persona de Nueva York que quería publicar nuestros libros en e-book, y hacía los de Bloomsbury y otras editoriales anglosajonas. Inka y yo lo hemos pensado y dado vueltas, y al final hemos decidido no aceptar, porque el libro que hacemos es el libro de este siglo. Los libros irán cada vez más en la línea de Atalanta. Quiero decir, que los libros cada vez serán más cuidados y hermosos. Hace poco vi en Inglaterra los nuevos libros de Penguin de bolsillo de toda la vida, con un diseño buenísimo, guardas a cuatro colores. El libro tiene que presentarse como un objeto sólido y bello, para que a la persona le guste meterlo en su biblioteca. Los libros de consumo, de consulta, de estudio, se canalizarán en los e-book. Pero la literatura, la filosofía, la poesía, etc., tendrán su vía regia en los libros, que representan la permanencia del objeto consistente y real frente al mundo virtual. En contra de lo que piensa mucha gente, yo creo que va a perdurar más el libro que el e-book. Este último será efímero, porque la tecnología cambia sin cesar. Pero tampoco pienses que estoy en contra del e-book.

¿Lo utilizas?

Es una cosa muy práctica. Si te vas de viaje y te quieres llevar varios libros, te llevas el e-book. Si necesitas tener un libro mañana lo puedes comprar al instante sin tener que salir de casa. Pero una biblioteca no se puede tener en e-book, es la mejor manera de olvidarte de que tienes una biblioteca. El e-book es simplemente funcional, y el ser humano no se mueve solo por cuestiones funcionales. Es una moto que nos están vendiendo las multinacionales. Ponen una música y mucha gente baila su compás sin reflexionar sobre ello. Y esa música nos quiere hacer creer que lo moderno es eso y el papel lo antiguo. A muchos jóvenes les trae sin cuidado esta cuestión, el tic está más instaurado en la gente de cierta edad, que no quiere ser tomada por antigualla, y entonces defienden el e-book mostrándose despectivos con el libro. Para mí el libro es un arquetipo, y en eso soy platónico: los arquetipos son eternos. Lo otro ya veremos.

Ahora que hablamos de platonismo, ¿cómo te decidiste a escribir y editar un libro tuyo, El mundo bajo los párpados?

Habría escrito antes, pero no tenía tiempo. Al retirarme al campo y disponer de más tiempo, decidí escribir este libro heterodoxo que ha tenido una aceptación de crítica y público de la que soy el primer sorprendido. En 2001 tuve la idea de escribir una historia de los sueños, porque siempre me han interesado y pensé que sería un tema hermoso para investigar y hacer un libro. Si yo hubiera querido hacer este libro en otra época me habría sido imposible. Pero ahora a través de Internet puedes pedir los libros que quieras, y me he hecho una biblioteca muy buena sobre los sueños. Fui leyendo, investigando y tomando notas durante varios años, hasta que me di cuenta de que lo que yo quería contar era inviable en un libro académico. Entonces, hice este libro, entre literario y ensayístico. Aunque sea literario, no me he inventado nada, todo está apoyado, porque el tema de los sueños es muy delicado: puede ser lo más profundo o lo más tonto. Siempre te mueves entre esos dos extremos. Y lo que quise hacer con este libro es demostrar que los sueños tienen su propia cultura. Han participado en la historia, en las religiones, incluso en la filosofía, como es el caso de los sueños de Descartes, que le orientaron en su camino filosófico… Pero también quise estudiarlos desde un punto de vista fenomenológico: ¿dónde estamos cuando soñamos?, ¿cuál es el tiempo que rige cuando estamos soñando? Y también las diferentes metáforas del sueño, que voy a desarrollar en el segundo volumen, que empieza en el último capítulo del primero, cuando hablo de la relación entre el sueño y la muerte. La conclusión a la que he llegado es que el sueño es una metáfora esencial para nosotros, nos pasamos la mitad de la vida dormidos, soñando. Y luego, la primera experiencia psíquica que tenemos es el sueño, curiosamente, cuando estamos en la matriz materna. Entonces, si el sueño es una metáfora de la vida y experiencia de nuestro ser interior, como lo han percibido en todas las culturas y épocas, entonces hay algo esencial y significativo en ello que no podemos dejar en un segundo término. Y si vas estudiando, cotejando y cruzando todas esas informaciones, obtienes un mapa fascinante con resultados sorprendentes.

Pero no existe mucho acuerdo sobre el significado concreto de cada sueño.

No, su simbolismo está unido a las asociaciones de cada uno, como dijeron el psicoanálisis y la psicología analítica, pero también a las diferentes formas que cada cultura tiene de entender el mundo. La interpretación de los sueños nos revela cómo interpreta el mundo cada cultura.

A ti ya te interesaba de antes.

Sí, me interesaba de antes, tenía libros sobre sueños, estudié mucho a Jung… no es que surgiera de pronto, sino que ya era un interés personal.

jacobo-siruela-para-jd-2

¿Recuerdas los sueños habitualmente?

No recuerdo muchos, como es lo habitual, quien recuerda perfectamente casi todos sus sueños, e incluso tiene una técnica para hacerlo, es Inka, mi mujer. Su libro Cuaderno de noche me parece muy interesante. Aparte de estar muy bien escrito y de poder leerse como una poética de hecho los sueños son nuestra poética , los sueños de este libro tienen un contenido transpersonal y una poesía extraña, poco frecuente. Lo publiqué y escribí el prólogo. Y bueno, finalmente esta extravagancia de los dos publicando libros de sueños en un país tan realista nos ha salido bien.

¿Te has sometido a algún tipo de tratamiento?

No, nunca. En España está mal visto. Y yo, como todo el mundo, he pasado momentos difíciles en mi vida, de depresión, en los que hubiera sido bueno hacerlo, pero no.

Tratándose del sueño…

Ese es uno de los problemas que arrastra el sueño. A partir de Freud, empieza a ser un síntoma, y la gente lo mira con reparos. Pero hay que entender que la interpretación de los sueños es difícil. Como decía Oscar Wilde, «el arte es fácil o imposible». Muy fácilmente puedes errar, porque su significado es muy abierto. Es fácil tropezar. Si utilizáramos el método freudiano para los sueños de Inka, todos serían sexuales y eso sería erróneo y gratuito… Por eso, en el prólogo de su libro, dejé bien claro que había que leerlo sin contaminarlo con interpretaciones, como se lee un libro de poesía o se entra en un mundo paralelo. Freud fue un genio, pero su teoría interpretativa es muy cuestionable y restrictiva. Jung profundiza y amplia mucho la cuestión, pero el margen de error puede ser grande si actuamos mecánicamente. Hay sueños que has tenido hace veinte años y que ahora los comprendes, igual que hay sueños premonitorios. Hay una parte de la psique que está fuera de nuestros parámetros temporales y no sabemos por qué. Lo he podido verificar en nuestra experiencia onírica y en mi libro dedico un capítulo a esto. En el fenómeno onírico se juntan tantas cosas…

Es una información de un valor no muy determinable, porque como decías, un sueño puedes entenderlo veinte años después, pero ese mismo sueño será interpretado de otra manera por otra persona en el siglo próximo, como todo lo simbólico.

Hay quien dice que el simbolismo es una ciencia. No lo tomemos en un sentido estricto, pero tiene sus reglas y su metodología. Así que puedes servirte de unas pautas generales para interpretar un mito, un fenómeno religioso, o una pintura alegórica, porque más o menos se ajustan a unos códigos simbólicos culturales. Pero esos códigos no los puedes aplicar al sueño. Queremos llevar las estructuras de nuestra parte consciente a lo inconsciente, pero el inconsciente es otra cosa y funciona de otra manera. Siempre sorprende y permanece opaco y en misterio. Es un poco como la física cuántica: nadie la entiende realmente, ni los propios científicos, pero sin embargo la aplican. Con el inconsciente pasa lo mismo, pero al revés. Es una parcela de la realidad psíquica de tal complejidad que aparte de tu conocimiento demanda intuición y apertura.

En El mundo bajo los párpados y, en general, en los libros que has elegido para editar aparece la tensión entre apariencia y realidad, y ahí volvemos a Platón. ¿Hasta qué punto es tu forma de vida el desconfiar de lo aparente y dar por supuesto que la realidad no es lo que se muestra en la apariencia?

No es que no sea la realidad, sino que es una imagen de la realidad. La realidad tiene muchas facetas, el universo es un multiverso. Incluso la ciencia habla de universos paralelos. Creo que la realidad que empezó a ver la ciencia en el siglo XX es de una enorme complejidad y está llena de paradojas que atentan contra nuestro parco sentido común. Los ensayos que publicamos en El paseante buscan una apertura de visión, y contra el materialismo decimonónico que aún rige está la ideología de muchas personas, incluso de muchos científicos. Desde mi punto de vista, después de la física cuántica, la psicología analítica o la moderna historia de las religiones, hemos entrado en un panorama de la realidad muy diferente. Ni la ciencia, ni las religiones, ni la psique, son lo que eran. La idea materialista de que el mundo físico que perciben nuestros sentidos es la única realidad existente y que el mundo psíquico es un mero epifenómeno de ello, es una visión muy restrictiva. La imagen de la realidad está incompleta. No puedes suprimir una parte de la realidad para poner todo el acento en la otra. Esta continua tensión entre estos contrarios ya se da en el origen de la modernidad: aparece la Ilustración e inmediatamente después surge su contrario: el Romanticismo, que intenta compensar lo que falta y restituir la parte que han arrebatado a la realidad. Esa tensión siempre existe, es la tensión dialéctica que alumbra toda la modernidad. Y cuando empiezas a leer y profundizar en otras ideas, y no solo en las modernas, relativizas bastante el pensamiento moderno. Descubres sus agujeros. En general, la gente de hoy solo lee libros actuales y piensa que todo lo que pasó antes es algo superado. Mantienen con esfuerzo la fe en el progreso, que es una pura fábula, como ahora ya hemos entendido. Porque la tecnología sigue progresando, pero todo lo humano y espiritual se deteriora y empezamos a intuir que nuestro progreso nos lleva a la destrucción.

Pero el dentista hace ahora menos daño que hace diez siglos.

Eso no lo pongo en duda, aunque te puedo decir que la acupuntura también anestesia y que ya en China hace muchos años te ponían unas agujas y te quitaban el dolor. Nunca se ha tenido tanto conocimiento como hoy, de eso no hay duda, pero a la vez nunca se ha tenido menos sabiduría. En el pasado ocurría lo contrario.

¿A qué pasado te refieres?

A todo el pasado de todas las civilizaciones.

¿Pero al siglo XIX o al siglo V a. C.?

No, en el siglo XIX la medicina era muy precaria, y si no que se lo digan al pobre Keats. Te estoy hablando del siglo V antes de nuestra era, de la sabiduría de Buda, de Cristo, de Platón, de las Upanishads… de esa enorme sabiduría. Es muy curioso constatar que muchos modelos científicos de ahora están en sintonía con algunas ideas neoplatónicas, budistas o taoístas. Este discurso enerva a los viejos dogmáticos modernos, porque se sienten amenazados, pero creo que se está tejiendo bajo la alfombra una nueva visión del mundo más abierta. Y en este sentido se dirige nuestra línea de ensayo, que incorpora elementos que la modernidad clásica había dado por obsoletos y que contemplados bajo otra perspectiva no lo son en absoluto.

¿Cuando hablas de la superación de la modernidad te refieres a la posmodernidad o a la post-posmodernidad?

Cuando tocas estos temas mucha gente cree que quieres cargarte la modernidad y volver atrás, y no es así. El sentido crítico de la modernidad es fundamental, pero también la Ilustración dio una solución muy superficial a una serie de cosas. Y todo eso hay que repensarlo de nuevo. Ahora tenemos suficiente madurez para poder conciliar los opuestos y no seguir en las dicotomías clásicas de ilustrado-romántico o religión-ciencia.

¿Es posible conciliarlo o lo que hacemos es una especie de patchwork?

Yo creo que sí es posible. La ciencia se refiere a unas cosas y el pensamiento espiritual a otras. No puedes decir que una cara de la realidad es la única porque siempre experimentas las dos, lo exterior y lo interior. Entonces, hagamos caso de las dos. El mundo tiene cantidades pero también tiene cualidades. El hombre sin cualidades está perdido. Nuestra parte consciente y racional es la importante, de acuerdo, pero también la anímica, que llamamos inconsciente. ¿Y qué pasa si el setenta por ciento de nuestros actos los impulsa lo inconsciente? La política, por ejemplo, la gente pretende disfrazarla con argumentos racionales, pero en el fondo todas las pulsiones ideológicas son puramente sentimentales y eso se ve en las discusiones políticas, que siempre son pura emocionalidad, sentimentalidad.

Hablando de esto, al principio de tu libro citas los sueños en la Alemania nazi, algo fascinante.

Fíjate, en esa época, aunque mucha gente no era consciente de lo que estaba pasando en Alemania, su inconsciente le estaba diciendo mediante sueños lo que realmente sentían, un sentimiento de temor y peligro ante el nazismo del que no querían hacerse conscientes. Ahí tenemos una prueba. Eso siempre está ahí.

¿Cómo saltas de emocional a inconsciente?

El inconsciente es el mundo de las emociones. Los sueños solamente te están hablando de tus emociones y de lo que realmente sientes y eres, lo que pasa es que tú no quieres ser consciente de eso.

¿Te mientes en sueños?

No, ahí las cosas son como son. Los sueños son como la naturaleza. Con el ego y el consciente nos contamos historias y nos engañamos a nosotros mismos.

jacobo-siruela-para-jd-3

¿Cómo se le puede dar sentido al inconsciente? Porque a la parte consciente, a través de una serie de mecanismos y relatos, le damos algo que hacemos pasar por sentido. En el mundo inconsciente, ¿qué sentido pueden tener las cosas?

Es la forma de conocernos realmente a nosotros mismos. Date cuenta de que tú no te conoces a ti mismo, ni siquiera sabes cómo los demás te ven… pero el inconsciente sí lo sabe, es curioso. El inconsciente sabe mucho más que tú. No sé por qué, pero es así.

Pero me llama la atención que no te hayas visto empujado a autoexplorarte.

Claro que sí, tenemos que estar explorándonos continuamente.

¿Y eso lo puede hacer uno mismo o necesita ayuda externa?

Necesitas aprender. Freud y Jung aprendieron muchísimo simbolismo y mitología, y luego estuvieron con pacientes interpretando sueños. Sobre todo Jung, que interpretó cerca de ochenta mil sueños a lo largo de su vida.

De todas maneras, en mi libro no he tratado la interpretación, me he ocupado de la historia, la cultura y la fenomenología de los sueños; he ido por otro camino.

¿Y en la continuación seguirás manteniéndote al margen de la cuestión interpretativa?

No, al revés. Voy a hablar de todas las interpretaciones, desde Gilgamesh hasta Freud pasando por los antiguos griegos, los cabalistas, las visiones del budismo, de los románticos, Freud, Jung, etc. En realidad, no es un libro sobre la interpretación onírica, sino sobre las diferentes metáforas que presenta el sueño a la interpretación.

Cuando tocas los símbolos, los sueños y el inconsciente se supone que estás en la antesala de la idea que la gente se hace de la divinidad.

Si alguien me pregunta si creo en Dios tengo que preguntarle inmediatamente qué es Dios para él, y entonces podré responderle si creo o no creo. Hay religiones que no tienen Dios, no es algo absolutamente necesario.

Distingo entre espiritualidad y divinidad, pero la idea de la divinidad es muy potente en nuestra cultura.

Digamos que para mí es muy difícil creer, como me dicen, que el universo ha surgido de la nada y se ha desarrollado a partir de chispazos azarosos. Hay que tener mucha fe para creer eso.

Crees que la vida tiene algún sentido.

Pienso que es más natural que todas las maravillas del cosmos y de la naturaleza respondan a modelos fijados por una inteligencia cósmica inconcebible que creer que el universo surge de la nada de forma azarosa. En todo el universo hay logos y psique, tanto en los planetas como en el comportamiento de las flores y árboles. Me resulta admirable que tanta gente crea en eso, cuando es un mero supuesto, una mera teoría consensuada, pero no demostrada.

Y la otra opción, el creer que hay algo que también ha surgido de la nada que ha hecho que surgiera todo…

No tiene por qué, a lo mejor siempre estuvo ahí… puedes decir que es baladí, pero las explicaciones materialistas a este problema, acaso insoluble, son muy taxativas. Ahora, por ejemplo, he publicado un libro que creo que puede ser un best seller, por cómo se está comportando. Se titula Conciencia más allá de la vida. Su autor, Pim van Lommel, es un cardiólogo que investigó los casos de personas que estuvieron clínicamente muertas durante varios minutos. Estas personas luego contaban sus experiencias. Una de ellas, impresionante, es sobre una mujer que le dice a la enfermera que le devuelva la dentadura que le quitó el día anterior, y la enfermera le pregunta: cómo lo sabe, si estaba en coma. La mujer contesta que vio cómo lo hacía desde tres metros de altura. Este autor logró publicar, pese a las resistencias ideológicas del mundo científico, un adelanto de su libro en The Lancet, una de las revistas médicas más importantes del mundo anglosajón. Generalmente mucha gente dice que son tonterías, pero este hombre, junto a su equipo de cuarenta médicos, se dedicó a estudiarlo científicamente, de forma metodológica. La conclusión a la que ha llegado es muy paradójica. La gente quiere que la realidad sea lógica y que coincida con sus presupuestos, pero no es así.

Como la quiere ver el humano contemporáneo, porque en otra época era diferente.

La paradoja es la siguiente: lo mismo que una lesión en el cerebro puede cambiarte toda tu percepción del mundo, si el cerebro clínicamente está muerto, la consciencia no se interrumpe, continúa. Pero esto no se refiere exactamente a la inmortalidad, lo único que demuestra es que la consciencia no es solamente el cerebro, es algo más complejo y amplio que no se sabe dónde empieza ni dónde acaba. Supuestamente, toda causalidad de la vida mental se encuentra en el cerebro, pero eso sería como decir que las imágenes que vemos en una pantalla salen del televisor. Naturalmente, está esa gente que dice que son sensaciones subjetivas, porque lo psíquico no es mesurable. Pero dile a la señora que ha tenido esa experiencia que es mentira. Te dirá que eso lo vio, como está viendo ahora el mundo. Evidentemente, todo esto son signos de que estamos entrando en otro paradigma, pero ese paso va a durar. Estoy convencido de que Atalanta participa de este cambio y que los libros que publicamos expanden la consciencia hacia una manera nueva de mirar que integra los opuestos y admite las paradojas.

jacobo-siruela-para-jd-4

Volviendo al pasado, y teniendo en cuenta tu origen y entorno, has tenido la oportunidad de conocer a gente…

Sí, una de las cosas buenas de esta profesión es que conoces a gente interesante.

Pero ya antes de editar te habías movido bastante.

Sí, Paul Bowles y todo eso. Pero casi todas mis relaciones se deben a la editorial. Si yo fabricara, por ejemplo, productos cárnicos, no habría conocido a Borges, Calvino, a Susan Sontag, Lobo Antunes

¿Es satisfactorio?

Mucho, es muy interesante.

Lo pregunto porque hay quien dice que es mejor conocer la obra y desconocer al autor.

Vivimos en una época muy horizontal en la que se quiere destruir a todas las personas relevantes que destacan. Un escritor es un ser humano: tiene debilidades y sombras, como todo el mundo. Pero lo primero que se percibe en las personas importantes es la sencillez, la humildad, como Borges o Calvino. Y conforme vas descendiendo en el escalafón, la gente se va dando más y más importancia y se creen divinos. Eso es lo que he aprendido.

Borges tenía aspecto de ser una persona bastante difícil.

Muy difícil, pero absolutamente natural, nada impostado. Tuve una relación más cercana con Calvino. Dirigí un curso de literatura fantástica en Sevilla, e invité a Borges y fue, invité a Calvino y también dijo que sí, luego invité a Bioy Casares, pero no fue. Con él comí en dos ocasiones más tarde. También invité al curso a Torrente Ballester, Juan Antonio Ramírez, Luis Alberto de Cuenca, Carlos García Gual… En ese curso conocí a Calvino y tuvimos muy buena relación. Con Borges tuve menos porque al ser director de curso debía ocuparme de muchas cosas y le vi menos. De su mujer, María Kodama, sí soy muy amigo. Es una persona que sufre su singularidad.

¿María Kodama o Borges?

Los dos. Por supuesto, si hubo alguien singular y extraordinario fue Borges. Aparte de ser un gran escritor, significaba toda la literatura. La llevaba a cuestas.

¿Hay alguien que te haya marcado?

Paul Bowles era bastante curioso. Voy a publicar un cuento suyo en una antología de literatura fantástica que estoy preparando con cincuenta autores del siglo XIX y XX. Bowles era un personaje a quien me habría gustado frecuentar más. Yo era muy joven. Era único, y la gente que veías en su casa de Tánger era muy poco común. Solía poner una música un poco chinesca que había compuesto él y venía gente del mundo árabe de Damasco, Túnez, bastante curiosa. En su casa él no dejaba fumar hachís, sino kifi.

¿Por qué kifi sí?

Le pregunté esto mismo a alguien de los que estaban allí y, con mucha sabiduría, me dijo que con el hachís conviene empezar a partir de los treinta años porque produce «demasiada música en la cabeza»; en cambio fumar kifi es como tomar vino. Algo así como beber un vino o emborracharse.

De la pipa de kifi se extrae una cierta embriaguez.

Claro, pero no era un mundo de tirados del kifi, era un mundo donde la gente iba a hablar y comunicar cosas. Y era fascinante: una persona venía de Siria y te hablaba de un mundo del que no tenías ni idea, porque el mundo islámico no es lo que pensamos. Son países muy refinados. Ahora se han deteriorado mucho con el fundamentalismo, pero en esa época no existía ese fenómeno. Tú vas a una reunión de abogados en Marruecos y las conversaciones tienen cierta altura. Aquí tenemos una idea bastante despectiva sobre el islam y solo vemos el lado negativo de un fanatismo religioso incompatible con el siglo XX.

¿Esta casa la compraste después de Siruela?

Sí, la compré cuando vendí Siruela a Anaya y estaba forrado. No quería comprar una casa tan grande, fue cosa de mi anterior pareja. Mis dos mujeres anteriores me animaron a comprar casas grandes, que no quieres, a muy buenos precios. Tener una casa grande es un lío, pero yo nací en una casa muy grande y es un poco como volver a mis orígenes.

¿Dónde naciste?

En Madrid.

Me refiero a la casa.

No fue en el palacio de Liria, nací en Mártires de Alcalá porque en esa época Liria se estaba aún reconstruyendo, en una casa que construyó mi abuelo después de la guerra, al lado del palacio.

Aparte de Atalanta, y dejemos de lado Siruela, ¿hay alguna editorial española que te parezca interesante?

Por supuesto. Acantilado la respeto mucho. Y luego han surgido nuevas bastante interesantes, pero son bastantes y quedará mal si cito solo una o dos… Las editoriales pequeñas son un fenómeno totalmente de esta década y sobre todo, un fenómeno español. Ocurre justo lo contrario a lo que me decían en los años ochenta: que ya no había espacio para los editores independientes y que todo esto iba a desaparecer y solo iban a quedar las multinacionales… Se equivocaron por completo, hay muchas nuevas editoriales con propuestas interesantes.

Y la tecnología ayuda, si no necesitarías tener aquí a un montón de gente trabajando.

La tecnología es básica. Nosotros somos Inka, yo y dos secretarias a media jornada, una por la mañana y otra por la tarde, y también una chica muy valiosa que lleva la producción y hace la maqueta de los textos. Me gustaría contratar a otra persona para disponer de más tiempo. El tiempo es el máximo lujo de hoy en día, incluso, mira qué ironía, para los que vivimos en el campo.

jacobo-siruela-para-jd-5


Ernest Hemingway: ramificaciones culturales de una nevada primaveral en Madrid

Ernest Hemingway, 1959. Fotografía: Corbis.
Ernest Hemingway, 1959. Fotografía: Corbis.

Hablemos del destino, esa variable caprichosa que la juventud identifica con el futuro y la madurez con las oportunidades perdidas. Ese motor de la toma de decisiones, esa variable de causa que prevé un efecto, y cuyos resultados a toro pasado descubren a una pléyade de listillos: «ya te lo dije», «si es que ya lo decía yo» y demás. «Sea el maestro de su destino» y otros mantras de autoayuda pueden ser un reclamo eficaz para la venta de libros en periodos carenciales, pero conviven bastante mal con esa lógica matemática que asegura que el aleteo de una mariposa en Argentina, o Australia, o Sevilla provoca maremotos en China. Lógica que olvidamos a diario, bajando al banco a firmar un préstamo o un plan de pensiones así, como quien no quiere la cosa, planificando los próximos veinte o treinta años de nuestra vida con la debida suficiencia e ignorando que nuestro destino, el del barrio, el del país y el de la humanidad puede depender de que uno le eche dos hielos al gin-tonic, o tres.

De la misma manera, entregarse a elucubraciones sobre «qué habría pasado si» tiene algo de ejercicio inútil. Tanto como el de «si no hubiera sido por». Ya saben: «es que Luis Aragonés dejó a Raúl en casa, y de ahí todo»; «la edad de oro de las series si no llegan a hacer Twin Peaks ya me dirás tú»; «es que sin Los Beatles y su “Helter Skelter“, el heavy metal como que no», etcétera. Pasatiempos estos tan amenos como estériles, pero oiga, de entretenimientos inútiles está nuestro ocio lleno. Proponemos aquí una de esas deducciones hipotéticas de causa y efecto que espero le justifique al menos el tiempo de lectura: consiste en inferir, dentro del inmenso conglomerado de hechos, posibilidades, alternativas, detonantes y resultados que conforman el devenir humano, las consecuencias de que Ernest Hemingway no pudiera ir a los toros el 16 de mayo de 1926 debido a una nevada caída en Madrid.

Hablamos de un fenómeno atmosférico madrileño nada típico en primavera, y lo hacemos con bastante optimismo y un punto de presunción, porque bien es sabido que el autor de Fiesta gustaba de decorar su biografía con algún que otro ligero aderezo novelesco. Vaya por tanto usted a saber si una nevada obligó realmente a suspender los toros en la capital. Pero poco importa: la leyenda ya está impresa en esta mítica entrevista de 1959 en la que el maestro cuenta cómo ese 16 de mayo de 1926 estaba alojado en una pensión de la Carrera de San Jerónimo (que por cierto sigue ahí, agazapada entre tiendas de souvenirs) en la que, combatiendo el frío a base de mantas, brandys y Valdepeñas, le sobrevino un ataque creativo que recordaría hasta el fin de sus días. Antes de acostarse había puesto por escrito tres de sus más célebres (y mejores) relatos breves: Los asesinos, Hoy es viernes y Diez indios.

Los dos últimos son, como el primero, magistrales, pero vamos a dejarlos de lado para centrarnos en las apenas diez páginas de Los asesinos, en las que caben: un bar de carretera al atardecer en un pueblo perdido, un palpable ambiente nocturno de amenaza latente, dos tipos que Hemingway presenta con una precisa descripción minimalista (abrigo negro ajustado, sombrero hongo, tono chulesco e intimidatorio) que basta para fijar en nuestra corteza cerebral la imagen de dos gánsteres de manual; también un barman asustadizo, un fiel cocinero negro, un joven testigo de la inquietante escena que acontece ante sus ojos, un improvisado secuestro y un protagonista final: el Sueco, un hombre que se sabe tan perdido que se permite dejar de luchar, bajar los brazos y asumir su inminente asesinato. Negrura, suspense y fatalismo conviven en uno de los más brillantes relatos de su autor, una pequeña pieza maestra concebida durante una nevada primaveral en Madrid a la que se le pueden buscar tantos descendientes y ramificaciones a lo largo del siglo XX como nos apetezca:

Forajidos (1946). Imagen: Mark Hellinger Productions, Universal Pictures
Forajidos (1946). Imagen: Mark Hellinger Productions, Universal Pictures.

El cine negro

El ambiente nocturno de Los asesinos, vaporoso, viciado, de violencia latente a manos de sujetos que jamás se quitan el sombrero y que siempre esconden una pistola en el abrigo, anuncia con varios años de antelación el cine negro, ese género al que el expresionismo alemán, la ley seca, las guerras de bandas y el descomunal talento de la fábrica de sueños convirtieron a partir de los años treinta en el pan preferido del pueblo americano, ávido de ver en la pantalla lo que hasta entonces solo leía en los titulares más sensacionalistas. Con el género ya bien asentado en la cartelera hollywoodiense llegaría en 1946 el reconocimiento a Los asesinos como referencia primigenia: los diez minutos iniciales de Forajidos (Ernest Hemingway’s The Killers, dirigida por Robert Siodmak) trasladaban a la pantalla esas diez páginas maestras escritas en una pensión madrileña, e imaginaban durante los noventa minutos siguientes la historia previa del Sueco.

Cuentan que Hemingway proyectaba varias veces al año en su casa de La Habana el arranque de Forajidos, enamorado de la perfecta evocación visual que Siodmak hizo de su relato. Son esos minutos iniciales lo mejor sin duda de la película, que luego desvela el misterio de la actitud resignada del Sueco contando la historia de su vida por derroteros algo previsibles. Pero la herencia de Forajidos no se reduce a su excelente prólogo: el enorme éxito de la película lanzó al estrellato a una actriz desconocida, una tal Ava Gardner. Ya me dirán. El personaje de la Gardner, una fiera deslumbrante, felina, venenosa y fatal, era el irrenunciable objeto de deseo del Sueco y la causa única de su desgracia. Para interpretar al torturado sueco los productores contrataron a un artista de circo que acababa de licenciarse del ejército americano tras la Segunda Guerra Mundial, y que buscaba su primer papel en el cine. Un joven apuesto, de sonrisa luminosa, físico imponente tras años subido al trapecio y sin ninguna experiencia actoral, pero que con Forajidos abría el camino de una de las más variadas y asombrosas carreras del séptimo arte: un tal Burt Lancaster, cuya filmografía nos ha dejado desenfadadas películas de aventuras y acrobacias herederas de su experiencia circense, varios clásicos de Hollywood, un beso mil veces rememorado, wésterns excelentes, dramas bélicos, tours de force interpretativos en películas que se echó enteramente a sus espaldas y una gloriosa etapa final en la que varios directores europeos (Visconti, Bertolucci, Malle) exploraron con esmero los límites de su mirada azul de fatalidad, resignación y terciopelo.

En cuanto a Ava Gardner, el estrellato obtenido con Forajidos le brindaría una filmografía pareja en grandes clásicos, un legendario y literario matrimonio con Frank Sinatra y una larga amistad con el propio Hemingway, con quien compartía gustos: entre ellos, el de buscar cualquier excusa para venirse a España a tomar algo. Andando el tiempo la Gardner se convertiría poco menos que en un personaje salido de Fiesta, corriendo detrás de la vida, de la botella y de los toreros como si una manada de miuras le pisara los talones, y pasearía su elegancia, su belleza y su mirada de pantera por otras adaptaciones cinematográficas de obras del autor: Las nieves del Kilimanjaro (1952) y la propia Fiesta (1957). Cuentan que la Gardner acostumbraba a bañarse desnuda en la piscina de la finca cubana de Hemingway, tras lo cual el escritor daba órdenes precisas de no cambiar el agua por nada del mundo.

Mad Men

Resulta imposible hablar de Burt Lancaster y de piscinas en un artículo sin mentar El nadador (1968), extraña y excelente película en la que el actor brilló como nunca poniéndose en la piel de Neddy Merrill, un hombre roto por dentro que un día de verano decide recorrer los kilómetros que le separan de su casa atravesando, una por una, las piscinas de sus ricos y acomodados vecinos. El nadador adapta el más famoso relato de John Cheever, ese escritor al que Mad Men debe la mitad de su alma, y por supuesto la serie no desaprovechó la oportunidad de mostrarnos a Don Draper vestido ocasionalmente de Lancaster, de pie junto a una piscina o nadando en algunos de sus múltiples momentos de introspección desesperada. Sin embargo, no solo de Cheever vive Mad Men: a lo largo de sus temporadas se encuentran ecos narrativos de otras grandes figuras literarias americanas del siglo. Como Hemingway.

El escritor se sentía particularmente orgulloso de Los asesinos, y unos años después de aquella jornada madrileña de creatividad desbordada volvería a dibujar un bar muy parecido en otro de sus más célebres relatos: Un lugar limpio y bien iluminado (1933), en el que no hay asesinos ni amenaza latente, pero sí un escenario calcado: las ventanas de un bar melancólico que brillan en una calle desierta, con una reducida concurrencia que rumia su soledad bebiéndose la noche. Un personaje de Mad Men hace referencia directa al relato al final de uno de los mejores capítulos de la última temporada, que concluye con una imagen extrañamente familiar:

Mad Men. Imagen: AMC, Canal+.
Mad Men. Imagen: AMC, Canal+.

Porque el bar que Hemingway concibió en aquella pensión de la Carrera de San Jerónimo, y al que volvió en Un lugar limpio y bien iluminado, ha trascendido la creación literaria para convertirse en icono visual, en una imagen mil veces referenciada: la del lugar solitario poblado de noctámbulos cuyas ventanas iluminan una noche desolada y nostálgica: el escenario de Nighthawks (1942), el celebérrimo cuadro de Edward Hopper.

Edward Hopper

Y es que el pintor americano era un admirador tan entusiasta del relato Los asesinos que, cuando este fue publicado por primera vez en el número de marzo de 1927 de Scribner’s Magazine, envió una carta al director en estos términos: «Resulta refrescante encontrar un trabajo tan honesto en una revista americana tras vagar por el vasto mar de papilla empalagosa que conforma la mayor parte de la ficción contemporánea». Probablemente Hopper halló en el relato el tono, la vibración, que él estaba imprimiendo a trabajos suyos del periodo como Drug Store (1927), Automat (1927) o Night Windows (1928) hasta llegar en 1942 a Nighthawks, un cuadro homenajeado por primera vez en el cine en, cómo no, el arranque de Forajidos (1946):

Llegan los asesinos. Forajidos (1946). Imagen: Mark Hellinger Productions, Universal Pictures.
Llegan los asesinos. Forajidos (1946). Imagen: Mark Hellinger Productions, Universal Pictures.

Nighthawks da cuerpo a una cierta estética de la soledad pura y elocuente, de tanta fuerza expresiva y tan perdurable que ha servido de inspiración, referencia y parodia a decenas de artistas: lo encontramos, por ejemplo, en la portada de Nighthawks at the Diner, el álbum de Tom Waits; Wim Wenders lo recreó en El fin de la violencia y Gordon Willis lo fotografió para Pennies from Heaven. También lo vemos en esta brillante parodia a cargo de Banksy e incluso en el inolvidable capítulo de Los Simpson de «El Barón de la Birra».

Dicen que Ridley Scott echaba mano cada mañana de una copia del cuadro para explicar al departamento artístico de Blade Runner el tono que quería para su neo-noir futurista, pero hay quien fue más allá: de todos los directores que han usado Nighthawks como piedra de Rosetta para filmar noches solitarias nadie como el gran Dario Argento, que en esa cumbre del giallo sangriento que es Profondo Rosso (1975) llegaría a reconstruir físicamente el bar en una plaza del centro de Turín para una escena de apenas cinco minutos, y no queda sino abrazarle indefinidamente por lo que puede parecer un simple caprichito, pero que en realidad va mucho más allá: Argento incorporó el tono del cuadro a la materia narrativa de su película, que en esa escena (la principal del film, de hecho) pedía el necesario ambiente solitario y silencioso previo al suceso central de la historia.

Profondo Rosso (1975). Imagen: Rizzoli Film, Seda Spettacoli.
Profondo Rosso (1975). Imagen: Rizzoli Film, Seda Spettacoli.

El bar fue desmontado después del rodaje porque el mundo es un lugar imperfecto.

Andrei Tarkovski, Don Siegel

Forajidos aparte, Los asesinos tiene otras dos adaptaciones oficiosas: una, literal, fue este trabajo escolar en el Instituto Pansoviético de Cinematografía que supuso el debut tras la cámara del mismísimo Andrei Tarkovski. La última adaptación no es tal: Don Siegel fue uno de los candidatos para dirigir Forajidos antes de que el estudio optara por Siodmak, y se quitó la espina al rodar su remake en 1964: Código del hampa (The Killers), que sigue la estructura de la película original pero ya solo toma del relato de Hemingway el título, por cuanto cambia incluso el escenario de la visita inicial de los pistoleros.

Código del hampa es un falso noir potente, visceral, violento y bastante irregular, con una fotografía borracha de colorines y una trama algo previsible, pero nos trajo otro icono: Lee Marvin como asesino implacable, resuelto, misógino y duro como una piedra. El propio Marvin explotaría esa figura en la, esta vez sí, soberbia A quemarropa, que dirigió John Boorman en 1967. Pero la imagen de Marvin pistola en mano, rumiando su desprecio a la sociedad en un entorno urbano, es demasiado poderosa como para no intuir que algo tuvo que ver en la concepción, pocos años después, del inolvidable inspector Harry Callahan de Harry, el sucio, que el propio Don Siegel dirigió en 1971 con Clint Eastwood como un nuevo Lee Marvin.

oie_22133353giRxCYBG
Lee Marvin en Código del hampa. Imagen: Revue Studios.

Hablábamos al principio del devenir de las cosas. Con el destino, como con Harry, el sucio, poca coña, porque ya ven: nieva un día de primavera en Madrid y las consecuencias son imprevisibles. Los ecos del efecto mariposa crecen como una bola de nieve y al destino ya no hay quien lo pare. Un último ejemplo: cuando los asesinos del relato de Hemingway entran al bar y miran el menú, se distraen comentando los platos en plan malote chuleta. Ya saben: con tonito. Con ello dejan entrever al camarero el caos inminente, hablando sobre huevos con bacon como si lo hicieran sobre revólveres bien cargados. La charla a los cafés, la discusión gastronómica como calentamiento previo a la escabechina. Es un recurso este mil veces explotado en películas, algunas muy posteriores: nada como discutir sobre la propina que se merece una camarera antes de liarse a tiros en un robo de diamantes. Y nada como presentar a los asesinos charlando sobre Royales con queso o hamburguesas Big Kahuna antes de mostrarnos cómo se las gastan ante sus víctimas.

«Es que sin Los asesinos, Tarantino como que no». ¿Una tontería? Pues sí, y al mismo tiempo una suposición difícilmente refutable: ¿puede alguien acaso rebatirla desde un mundo donde Los asesinos jamás hubiera sido escrito?

En fin: ya les dije que sería este un ejercicio algo inútil, aunque espero entretenido. ¡Que el ciclo de consecuencias derivadas del tiempo dedicado a su lectura solo les traiga efectos provechosos!

Pulp Fiction, 1994. Imagen: Laurenfilm.
Pulp Fiction, 1994. Imagen: Laurenfilm.