El dilema de Superman

All-Stars Superman.

Para cualquier guionista, el gran problema a la hora de trabajar con un personaje como Superman es el mismo que tienen los villanos de sus aventuras: enfrentarse a sus superpoderes. Porque la propia naturaleza del hombre de acero es un desmadre, sus habilidades son tan numerosas y tan pasadas de rosca que resulta especialmente difícil tanto idear retos a su altura como mantener cierta cordura con ellas dentro del universo ficticio. Y por eso mismo, la existencia de Superman ha provocado una interesante colección de cuestiones de los más variado, desde cómo puede el kryptoniano afeitarse un vello facial que se supone indestructible hasta cómo es capaz de mantener relaciones sexuales sin fusilar a la pareja durante la eyaculación, y pasando por los pormenores del vestuario de trabajo o todas las dudas morales que asaltarían a alguien con un estatus de deidad todopoderosa.

Elevado a once

Algunos superhéroes tienen un superpoder característico que los define, otros tienen un par en torno a los que crean su figura justiciera, y otros tantos tienen más de dos características sobrehumanas. Pero ocurre que Superman (también conocido como Kal-El en Krypton y como Clark Kent en la Tierra) tiene una cantidad demencial de poderes elevados a once. Y eso complica las cosas.

En realidad el repertorio de superhabilidades no siempre ha sido el mismo. El personaje nació en los años treinta con supervelocidad, oído envidiable, superfuerza y una vista asombrosa, pero ni era completamente invulnerable (la artillería pesada podía acabar con él), ni podía volar, en lugar de eso lo que hacía era saltar muy alto. A partir de los años cuarenta, los guionistas se fueron emocionando cada vez más a la hora de añadir nuevos poderes y potenciar los anteriores: Kal-El adquirió la capacidad de volar por culpa de los dibujos animados de Fleischer Studios porque era más sencillo dibujarlo volando que pegando botes de un lado a otro; su fuerza se incrementó hasta permitirle cargar con planetas enteros; a su vista telescópica se le sumó la visión de rayos X, pero también una visión térmica y otra microscópica; su aceleración se incrementó hasta alcanzar la velocidad de la luz; su cerebro se potenció para procesar información rápidamente, devorar libros como lo hacía Número 5, e hipnotizar a la gente; sus pulmones fueron capaces de producir un aliento helado que congelaba cualquier cosa y también de crear huracanes o permitirle contener la respiración durante eones, y su cuerpo adquirió el don de regenerarse a voluntad. A la altura de los años setenta, el personaje era prácticamente invulnerable a casi todo, con la excepción de la kryptonia, que podía matarlo, o la radiación del sol rojo, que lo debilitaba, llegando a sobrevivir a explosiones nucleares y siendo capaz de atravesar el núcleo de una estrella sin rasguños que lamentar. Sus superpoderes se convirtieron en una barra libre tan descarada que en muchas ocasiones los guionistas se sacaban de la manga cualquier tontería imaginable: Superman ha llegado a borrar la memoria de Lois mediante un beso y a demostrar que entre sus habilidades figuraba la superventriloquía.

En 1986, se le encomendó a John Byrne hacerse cargo del personaje para encarrilarlo y el hombre optó por aguar sus poderes porque con aquel desmadre de virtudes tan excesivas los escritores encontraban cada vez más complicado el idear hazañas a la altura del héroe. La época Byrne enfatizó el uso del sol amarillo de la Tierra como origen y potenciador de los poderes de Kal-El (a diferencia del sol rojo de Kyrpton que los anulaba), pero también decidió limitar dichas habilidades. El superhombre ya no era tan fuerte (aunque se estableció que poseía «telequinesis táctil» para justificar el transporte de grandes objetos por el aire), ni tan listo, ni veía tan bien, ni era tan invulnerable. Y, sorprendentemente, nadie mencionó nunca de nuevo el tema de la superventriloquia. Cuando Byrne se fue de la serie, los poderes se volvieron a potenciar, aunque sin llegar los niveles disparatados de otrora.

Inevitablemente, un repertorio tan amplio de superpoderes generaba entre los lectores un torrente inagotable de cuestiones: ¿por qué en Metrópolis los delincuentes seguían molestándose en disparar a un héroe invulnerable? (algo que el documental Superman 50th Anniversary resumía con un «Esa S tiene algo que hace que quieras disparar contra ella»). ¿A qué velocidad envejece Kal-El? ¿Cómo puede profesar la religión cristiana cuando conoce la existencia de otros dioses (Zeus)? o ¿Cómo se las apañan sus adversarios para conseguir pedrolos de kryptonita de un planeta que explotó tres décadas atrás en la otra punta de la galaxia?

Pero, curiosamente, las preguntas que afloran con más frecuencia son aquellas que se refieren a la pelambrera de Superman. Porque sus seguidores más puntillosos se preguntan a menudo cómo es posible que alguien con un organismo invulnerable se cortarse un pelo (tanto el vello facial como el de la cabeza) que se presupone indestructible. Uno de los cómics sorteó el asunto sentenciando que a Superman no le crecía el pelo en el planeta Tierra, una idea que no convenció a nadie. Por otra parte, decenas de guionistas se han tomado la molestia de aclarar que el superhombre afeita su férrea barba con su propia supervisión calorífica reflejada en un pedazo de la nave en la que llegó a la tierra, o en su defecto en un simple espejo. En ocasiones incluso otros kryptonianos son los encargados de pulirle el mentón tirando de superpoderes.

Una pequeña selección de la interminable cantidad de veces en las que Superman se ha segado los morros en las viñetas.

Lo cierto es que Superman ha sido visto más veces afeitándose con sus propios rayos que entrando en una cabina de teléfonos para cambiarse el traje. Porque esto último, a pesar de lo que suele pensar, era algo muy poco frecuente.

Afeitado en televisión.

El armario de Superman

Durante el clímax de Kill Bill: Volumen 2, el Bill interpretado por David Carradine a quien perseguía la heroína se marcaba un monólogo de villano inusual al alabar la mitología que rodeaba a Superman calificándola de no solo genial, sino única. Lo que más fascinaba a Bill era cómo el personaje se diferenciaba el resto de héroes de tebeo por la esencia que tenía su alter ego: «Batman no es otro que es Bruce Wayne, Spider-Man se llama Peter Parker. Cuando el personaje se despierta por las mañanas solo es Peter Parker. Tiene que ponerse un traje para convertirse en Spider-Man. Y esa es la característica que hace de Superman algo único. Superman no se convirtió en Superman sino que nació como Superman. Cuando se despierta cada mañana, es Superman. Su alter ego es Clark Kent. Y su traje, el que lleva esa enorme S, es la prenda en la que estaba envuelto cuando lo encontraron los Kent siendo un bebé, esa es su ropa. Y lo demás, las gafas, el traje azul, es su disfraz. Es un disfraz que Superman se pone para ser uno más de nosotros. Clark Kent es su visión de nosotros. ¿Y cuáles son las características de Clark Kent? Es débil, no confía en sí mismo, es un cobarde. Clark Kent, Superman, critica así a toda la raza humana».

Kill Bill. Imagen: Miramax.

El discurso era una excusa curiosa del guion de Quentin Tarantino para establecer paralelismos pop con la naturaleza asesina de Beatrix Kiddo (Uma Thurman), pero apuntaba a la interesante idea de señalar al hombre de acero como un superhéroe diferente a los demás, uno que necesitaba invertir el habitual truco del disfraz. Lo llamativo es que tanto el cambio de ropa como el propio outfit que lucía Clark Kent también han provocado preguntas entre el público. La primera gran duda es insultantemente obvia: ¿por qué nadie era consciente de que Kent y Superman eran la misma persona si la única diferencia entre ambos era el vestuario? Pero aquí tanto los cómics, series y películas utilizaban una treta popularmente aceptada por el espectador, la de recurrir a ese fabuloso artefacto conocido como las Gafas de la Fealdad. Un par de cristales totalmente comunes (ni siquiera de culo de vaso) que en la pantalla tienen el poder de transformar a tíos buenorros y tías buenorras en orcos de Moria a ojos del resto del mundo. Superman optaba por usar gafas como camuflaje principal porque, según la lógica del guionista, dichos cristales mutan en pardillo poco agraciado a su portador por muy tremendo que esté, una idea reciclada por posteriores comedias tontorronas para adolescentes. Alguien como tú y Princesa por sorpresa quisieron hacernos creer que Rachael Leigh Cook y Anne Hathaway eran feas por llevar gafas, e incluyeron secuencias donde para embellecer a las zagalas el primer paso siempre era deshacerse de las lentes. No es otra estúpida película americana parodió todo el asunto con gracia: allí Chyler Leigh dejaba de ser un patito feo y se transformaba a cisne gracias a un proceso de tunning limitado a quitarle las gafas y la coleta del pelo. En la película Superman IV una mujer le sugería al protagonista dejarse de monturas y probar suerte con las lentillas, pero para conservar su tapadera Kent se excusaba explicando que las lentes de contacto le irritaban los ojillos.

El resto de cuestiones sobre el ropero casual de Kal-El solían centrarse en el cambio de vestuario sobre la marcha cuando la situación lo requería, y sobre todo en qué coño hacía Superman con la ropa de Kent tras enfundarse el uniforme de superhéroe. Curiosamente, existe la creencia popular de que Clark Kent acostumbra a utilizar las cabinas de teléfono para cambiarse de ropa, lugares que no parecían el mejor sitio para ocultar la ropa de persona normal, pero esto es una suerte de leyenda urbana. En realidad, el héroe rara vez acudía a dichas cabinas para ponerse el traje de faena, y la primera vez que lo hizo fue en el cortometraje The Mechanical Monsters de 1941, una de las diecisiete peliculillas de dibujos animados paridas por los Fleischer Studios. De algún modo, quizás por culpa de un show radiofónico de aquella misma década llamado The Adventures of Superman, al público se le quedó grabada la idea de la cabina telefónica como útil cambiador superhéroico. Pero las posteriores aventuras del personaje no recurrieron tanto a ellas, y las escasas veces en las que lo hicieron también aprovecharon para comentar lo incómodo e inapropiado del lugar. Entretanto, en DC decidieron durante los años cincuenta y sesenta que a lo mejor era necesario aclarar qué hacía realmente Superman con los enseres de Clark Kent. Para ello, idearon una explicación tontuna al sentenciar que Kal-El acostumbraba a doblar con mucha maña todo el vestuario (camisa, pantalones, sombrero, zapatos, corbata y gafas) a la velocidad de la luz para introducirlo en versión ultracompactada dentro un bolsillo oculto de su capa.

En 1978, cuando las cabinas telefónicas ya habían comenzado a perder sus paredes, el Superman de cine protagonizado por Christopher Reeves se permitió un guiño simpático al hacer que Kent lanzase una mirada a un teléfono público justo antes de decidir que era mejor cambiarse de atuendo en una puerta giratoria. Jon Bogdanove, dibujante de Superman: The Man of Steel durante los años noventa, calificaba de mito el temita de las cabinas y aclaraba que los guionistas preferían que Superman se vistiera en algún almacén o habitación poco transitada para ahorrarse quebraderos de cabeza. En varias de las historias dibujadas por Bogdanove se acordó utilizar como cambiador la azotea del edificio del Daily Planet donde curraba Kent, al ser una ubicación mucho más vistosa, que daba más juego y que permitía que el kryptoniano dejase los trapos por ahí tirados sin temor de que alguien se los afanara. Y las versiones más modernas de Superman llegaron a idear trajes kriptonianos nanotecnológicos que aparecían de la nada.

Al margen de teléfonos y bolsillos secretos existe otra duda sin respuesta aparente que también asalta de tanto en tanto a los lectores más tiquismiquis. Si Superman viste el traje de héroe bajo las prendas de Kent, ¿cómo se las arregla para embutir la capa debajo de la camisa sin que la joroba sea evidente?

El esperma de Superman

Inevitablemente, las preguntas alrededor de la lógica del mundo de Superman tienden a acabar apuntando hacia la entrepierna e ideando escenarios que dan mucho juego para hacer bromas sobre cosas duras como el acero. Porque es natural que tarde o temprano el público acabe preguntándose cómo alguien con unos poderes tan ciclados puede apañárselas para no convertir en papilla a sus compañeros de cama. En una popular escena de la serie animada Justice League Unlimited (2004-2006) un Superman bastante encabronado le explicaba al supervillano Darkseid las virtudes de la autocontención, justo antes de proceder a dejarle el morro fino a sopapos a su antagonista. Durante dicha secuencia, Kal-El revelaba cómo habitar el planeta Tierra suponía en su caso algo similar a vivir en un «mundo de cartón», en un lugar frágil que podría romper si él no se andaba con cuidado. Sabiendo que sus pasos eran capaces de provocar terremotos, y que un bufido podía transformarse en un huracán, Superman confesaba que se veía forzado a vivir conteniéndose en todo momento, porque de lo contrario podría, sin querer, arrasar con todo lo que le rodeaba.

Trasladar toda esta información hasta el terreno de los arrumacos entre sábanas resulta aterrador, porque significa que echar un polvete con Superman sería el equivalente a acostarse con una escopeta cargada. Si tenemos en cuenta que estamos hablando de una persona que con un estornudo podría reubicar de golpe a toda la población de su Metrópolis natal, no es raro deducir que, a la hora de eyacular durante el clímax, los espermatozoides que salgan de su supercolita lo harán disparados a la velocidad de las balas. Y eso significa que Lois Lane lo tendría complicado para encamarse con Kal-El sin acabar en algún momento partida  en dos o con un butrón a la altura de la nuca. En Mallrats, Brodie (Jason Lee), un personaje tan obsesionado con los penes de los superhéroes como para desesperar al mismísimo Stan Lee, divagaba sobre todo lo anterior para acabar llegando a la conclusión de que el único modo que tendría Superman de echar un quiqui con chicas normales pasaba por enfundársela en un condón de kriptonita, una solución que lo mataría. Brodie también apuntaba que Lois no podría sobrevivir a la gestación en su vientre del hijo de Superman: «Es un extraterrestre, no lo olvides. Su anatomía kryptoniana se fortalece con el sol de la Tierra. Si Lois tomase el sol el niño podría romperle la barriga. Solo el útero de Wonder Woman es lo bastante fuerte como para llevar a su hijo».

Lo cierto es que la ficción ha decidido ignorar todo lo anterior de manera casi directa y, aunque algún medio (como la serie Lois & Clark: The New Adventures of Superman) sentenció inicialmente que el ADN de Krypton no es compatible con el terrestre, el superhombre ha logrado tener descendencia en tantas líneas temporales de sus correrías como para que sea difícil echar cuentas sin tener una lista a mano. Lois anunció su embarazo en Superman Dailies (1946), un superbebé destrozó la casa familiar en la portada del número nueve del Superman’s Girlfriend Lois Lane de 1957, existieron diferentes parejas de gemelos (Lyle y Lili, Larry y Carole, Kal y Jor) nacidos de la semillita de Kal-El la a lo largo de numerosas series (Superman, Superman’s Girlfriend Lois Lane, Adventures of Superman) y en general la camada de descendientes del héroe es de lo más variada: niños y niñas con Lois Lane (Lola Kent, Larry, Clark Jr, Kal-El Jr, Lisa, Laney, Krys, Laura Kent, Richard, M’R’R, K’R’K, Joel Kent, Kara Kent, Martha o Cir-El entre muchos otros), superzagales con Wonder Woman (Zod, Jonathan Kent, Bruce, Superboy, Supergirl), un puñado de vástagos adoptados (Christopher Kent, Gregor Nagy, Supergirl, Johnny Kirk, Jimmy Olsen, Tommy, Baby Bliss) y otros tantos fruto de sus relaciones con Lana Lang, Larissa Lenox, Lyla Lerrol e incluso con una sirena llamada Mooky con la que se insinuaba que podría haber concebido a un chaval medio niño y medio pescado. Un caso especial es el del personaje de Maxima por poseer un plan malvado de buscona intergaláctica: se trata de una «villana» cuyo objetivo es tirarse a Superman para tener un hijo suyo.

Parte de la camada alumbrada por Superman a lo largo de la historia.

Entretanto, los fans han sacado sus conclusiones propias sobre la viabilidad del coito seguro con kryptonianos y el consenso habitual es que el hombre de acero es capaz de controlarse lo suficiente durante el bombeo como para no convertir a la amada en pulpa. Y en lo que respecta al embarazo posterior, las trama del Superman & Batman: Generations de John Byrne ideó un colgante para Lois que, al imitar la radiación del sol rojo de Krypton, anulaba durante el embarazo los poderes alienígenas del feto y permitía a la mujer gestarlo con tranquilidad sin que una patadita de la criatura le provocase un boquete en la panza (algo que ocurría en una línea temporal alternativa del cómic Armageddon 2001).

En 1971, el escritor de ciencia ficción Larry Niven publicó un ensayo titulado Hombre de acero, mujer de kleenex basado exclusivamente en analizar, desde un punto de vista más cómico que científico, la vida sexual del superhéroe. Se trataba de la misma pieza que inspiró a Kevin Smith a la hora de escribir aquel descacharrante diálogo de Brodie en Mallrats sobre los condones de kriptonita y las cavidades interiores de Wonder Woman. A lo largo del texto, Niven divagaba sobre la posibilidad de que Superman fuese virgen, aunque «tiene visión de rayos X, sabe exactamente qué es lo que se está perdiendo» matizaba, porque sus superpoderes le impedían acostarse con seres humanos sin hacerles daño: «Los electroencefalogramas tomados a hombres y mujeres durante las relaciones sexuales muestran que el orgasmo se parece a “una especie de ataque epiléptico placentero”. Uno pierde el control sobre sus músculos. Se sabe que Superman ha dejado accidentalmente sus huellas dactilares marcadas en el acero y sobre cemento endurecido. ¿Qué podría hacerle a la mujer que tuviera entre sus brazos durante ese ataque epiléptico?».

Lo mejor del ensayo es que en el mismo se llegaba a una solución para que Lois y Superman tuviesen descendencia sin que la primera acabase convertida en un cromo. Niven proponía que Superman atrapase tirando de supervelocidad su propio esperma tras masturbarse en la luna (por aquello de la intimidad), para después guardarlo en un recipiente con la idea de inseminar artificialmente a la mujer. El escritor también imaginaba que soltar a tantos soldaditos del kriptoniano en el útero de Lois podría provocar que los superespermatozoides que no alcanzasen el óvulo se buscasen la vida por otro lado, y acabasen aterrorizando Metrópolis en busca de féminas. Y por eso mismo sugería que el propio Superman aislase, con su visión microscópica, a uno solo de ellos para evitar jaleos mayores. A la hora de lidiar con los nueve meses de gestación, y tras concluir que el cuerpo de Lois no estaba hecho para aguantar los embistes de un hijo de Krypton, el escritor opinaba que lo mejor era que el bebé los gestase en su interior el propio Superman y se tirase de cesárea en el momento de alumbrar a la criatura. «La mente se tambalea ante la imagen de un Superman embarazado patrullando los cielos de Metrópolis. Batman rechazaría ser visto con él, nuevos chistes circularían en las prisiones… y la raza de Krypton estaría segura al fin».

El dilema de Superman

Los cómics de la serie All-Star Superman se publicaron con frecuencia bimensual entre finales del 2005 y octubre de 2008. Guionizados por Grant Morrison, dibujados por Frank Quitely y entintandos por Jamie Grant, aquellos muy celebrados doce números (galardonados con los prestigiosos premios Eisner) jugaron a redibujar y reajustar el perfil del superhéroe. Algo que hicieron desde su propia portada con bastante éxito: la cubierta del primer número mostraba al caballero de Krypton contemplando la ciudad desde las alturas, pero no posando teatralmente con los puños apuntalando la cadera, sino de manera relajada y casual, dirigiendo una mirada cómplice al propio lector.

La trama de All-Star Superman presentaba a un héroe con fecha de caducidad, por culpa de una exposición excesiva a la radiación solar que chamuscaba lentamente sus células, reduciendo su esperanza de vida a doce meses. A lo largo de la serie, aquel superhéroe consciente de su condena se esforzaba por dejar su universo en orden para que la humanidad pueda apañárselas sin él. Y al mismo tiempo se esmeraba en cumplir doce tareas antes de palmarla, retos que elevaban su figura a alturas mitológicas al emparentarla con leyendas como la de aquel Hércules que también lidiaba con doce pruebas. El número diez de All-Star Superman contenía un par de ocurrencias especialmente interesantes, la primera de ellas era el concepto de la Tierra-Q, un miniuniverso que Kal-El construía donde existía una versión idéntica del planeta Tierra en la que no existía Superman. El experimento servía al héroe para indagar sobre cómo sería el devenir de los humanos en un mundo sin un superhéroe velando por ellos. Y lo bonito del asunto era que al cotillear cómo se las apañaba dicha Tierra-Q (que según Morrison vendría a ser nuestro mundo real), Kal-El descubría que la humanidad se fabricaba su propia versión del superhombre, a través de mitos y leyendas que acababan desembocando en la creación de un Superman que tan solo existía como protagonista de una serie de cómics.

El otro detalle a destacar de la décima entrega de All-Star Superman era la escena con el personaje suicida, esta página de cinco viñetas:

Los antecedentes del argumento: Superman escucha una conversación telefónica entre un terapeuta y su paciente, donde el segundo informa de que está a punto de quitarse la vida, y decide abandonar a Lois para evitar un suicidio. La puesta en escena de la página es perfecta, se presenta con una viñeta vertical donde el lector acompaña en las alturas a la persona suicida (Regan, un personaje deliberadamente andrógino), mientras esta arroja su teléfono al vacío tras hablar con el médico. Y continúa a lo largo de cuatro paneles más donde la aparición de Superman transforma la desesperación en sosiego evitando el salto fatal. Con el tiempo, esta secuencia se convertiría en la página más famosa de All-Star Superman, su estructura y mensaje sería analizado decenas de veces en medios sobre el cómic, sufriría tanto parodias como homenajes de la mano del mismísimo Batman, y en internet se haría especialmente famosa gracias a las declaraciones de lectores de tebeo ahogados por la depresión que aseguraban que aquella página les habían salvado la vida: «Lloré durante horas tras leer esto. Me identifiqué con aquella chica tanto que casi podía escuchar a Superman diciéndome que soy más fuerte de lo que yo creo. Ahora, cada vez que mi depresión comienza a asomar su fea cabeza, yo repito sus palabras y le imagino abrazándome cuando estoy al borde del precipicio. Me funciona mejor que cualquier terapia o medicación que yo haya probado. […] Y ni siquiera me importa que sea un personaje ficticio de tebeo, él me ha salvado». Dejando aparte lo quizás demasiado melodramático del asunto en la vida real (a esa persona que clamaba haber sido salvada por un personaje de tebeo probablemente no le salvó la vida tanto Superman como el hecho de haber encontrado el mensaje necesario en el momento oportuno), lo interesante es que aquí Morrison se molestaba en demostrar que el héroe no solo era capaz de enfrentarse a peligros a gran escala sino también de lidiar con conflictos más íntimos y personales. Que la figura del superhombre también podía prestar atención a los hombres y mujeres de manera individual. Porque con su superoído podía saber en todo momento lo que estaba pasando.

Homenaje a la secuencia de All-Star Superman por parte de DC Universe Rebirth: Batman #4. Aquí la cosa acaba peor.

Y es aquí donde aparece la lógica del frigorífico para sentenciar que el verdadero dilema de Superman viene provocado por su naturaleza de deidad: teniendo en cuenta que ocurren desgracias en todo momento, no es difícil aventurar que la oreja del hombre de acero captará continuamente llamadas de auxilio de cientos de personas a punto de espicharla. Peticiones que el héroe no será capaz de atender en su totalidad por pura logística, al suponerse necesario el tener que anteponer unas catástrofes a otras en el momento de prestar socorro. O, simplemente, porque en determinados momentos el personaje estará hasta las superpelotas de salvar a la raza humana e intentará relajarse llevando una vida anodina como Clark Kent, acurrucándose junto a Lois Lane o echando la siesta delante de la tele. Por eso mismo sus dones resultan aterradores, porque Superman es una criatura que evoca la naturaleza espeluznante de lo que significa ser un dios con la antena siempre puesta: alguien que está constantemente escuchando las oraciones de sus fieles y que tiene el poder de decidir a quién salvar y a quién no. Algunas historias han tocado de manera más o menos directa el tema, confirmando que el personaje selecciona las desgracias a auxiliar según determinados factores, como la existencia de otro tipo de ayuda en camino. Pero aun así, es obvio que siempre existirá alguna tragedia a gran escala en curso, o que algún adolescente estará a punto de suicidarse en algún lugar del planeta. La explicación más sencilla sobre cómo puede lidiar el personaje con todo esto es asumir que, en ciertos momentos, decida activar el Modo Avión y apagar por completo la cobertura.

Niven, en el texto Hombre de acero, mujer de kleenex, también divagaba sobre la posibilidad de que el joven Superman tuviese tantos agujeros en la cabeza como en el techo de su cuarto de adolescente amigo de autoexplorarse. El literato insinuaba que el personaje bien podría ser un esquizofrénico por culpa de la carencia de una figura paterna que fuese capaz de imponerse durante la edad del pavo, y también como consecuencia de muchos otros factores derivados de ser un alienígena en un planeta ajeno. Y quizás ese es el auténtico dilema de Superman: cómo mantener la cabeza en orden de un personaje que se ve obligado a desconectar sus sentidos, aun sabiendo que morirá gente que tan solo él puede salvar, y a contener sus poderes si no quiere reventar la pared vaginal de su querida con una ráfaga de espermatozoides.


Librerías con encanto: Akira Cómics

akira comics para jd

Aquí, Dios es Stan Lee. Desde las nubes, alarga su dedo hacia su creación, que le extiende el índice arácnido vestido de licra azul y roja, esperando ser dotado de la chispa de la vida. No llegan a tocarse, como tampoco lo hacen Dios y Adán en la pintura de Miguel Ángel que aboveda la Capilla Sixtina. Aquí no hay ignudi, ni querubines. En esta constelación están Thor, Hulk, el Capitán América y también Superman —siempre supimos que Dios era marvelita, pero no un fanático— recibiendo desde el techo al visitante de Akira Cómics (Avenida de Betanzos, 74, Madrid). Los quince metros de Capilla Sixtina superheróica pintados por uno de los propietarios, Jesús Marugán, ofician de antesala y santuario de este local de dos plantas y trescientos setenta metros cuadrados. Porque vender cómics no es el único motor que movió a la familia Marugán Escobar a montar, hace veintitrés años, una tienda especializada. Cuentacuentos, museo, actividades, aplicaciones móviles, presentaciones, charlas… Hasta donde alcanza la vista, todo es viñeta.

En 2012 les nombraron mejor tienda de cómics del mundo con el Premio Eisner, el Óscar del cómic que reconoció su habilidad para hacer lo que mejor saben: ni ser los más grandes, ni los más céntricos, ni los que tienen las camisetas más frikis. Sencillamente, descubrirte cuál es el cómic perfecto para ti (que no te has acercado a ellos jamás y crees que «tebeo» es algo despectivo), o para ti (que sigues en Twitter a Garth Ennis).

Charlamos con Jesús Marugán, copropietario de la tienda y Miguel Ángel con chaleco rojo de Akira Cómics.

Estamos hablando con uno de los personajes del Fanhunter de Cels Piñol, nada menos. En la serie tú eras uno de los jefes de la resistencia contracultural, y tu némesis era Alejo Cuervo. ¿Viene esto de alguna rivalidad real, él era el bueno y tú el malo?

No, no, qué va. Si es que en realidad es a él al que le gusta ser el villano. En el 94, cuando empezó la serie, le decía: ¿te gusta ser el malo? Y él me decía que claro, que le gustaba mucho más que cualquier otra cosa. Y tiene razón, es algo que he entendido con los años: mejor un villano que un héroe. Tienen un encanto que no tienen los buenos.

¿Había algo de metafórico en ser jefe de la zona libre?

Lo que pasa es que Cels, por lo menos en los años noventa, dividió España entre los lugares donde lo tratábamos bien y entre los que le ignoraban. Por eso nos convirtió en núcleos de resistencia, como había hecho en Barcelona con Antifaz Cómics. Ellos son más protagonistas porque son quienes le dieron la oportunidad de vender su fanzine cuando era un don nadie. Por eso él los pone en los agradecimientos desde siempre hasta el fin de los tiempos. Reconoce que ser un don nadie y que alguien te diga: «Sí, sí, te lo vendo en la tienda» es lo que le permitió llegar a ser famoso. Y en el caso de Alejo, es el malo porque cuando Celso entró en Gigamesh la primera vez, y Alejo le empezó a hablar de títulos y tal, como hacemos aquí, se fue con un taco así de grande. De cosas imprescindibles. Y entonces dijo: «¡Este es un fenicio!». Como le gusta tanto Philip K. Dick le imbuyó en eso. Es algo muy frecuente cuando conoces a Alejo. Cuando le conocí confesé que no me había leído ninguna obra de K. Dick. «¿Es mucho pecado?», le dije. Y ya te imaginas lo que me respondió. Hoy en día, después de haber leído todo, pienso como él, que es el autor referencial, y eso que yo he sido siempre de Asimov. Cuando me llega algún cliente cojo el relevo y le evangelizo.

Acabáis de reabrir el Museo Akira Cómics, la joya de la corona de la librería, con originales de Watchmen, de Kirby… ¿Cómo surge el proyecto?

Sí, lo hemos recomenzado tras las Navidades. Iván es el comisario de la exposición, el que se encarga de contar el anecdotario de las obras que tenemos, porque todo está enfocado al visitante que desconoce el mundo del original, al que le llama la atención ver marcas de típex en un original, o ese tipo de cosas. Hemos renovado los originales, porque la iniciativa trajo un aluvión de gente, así que seguimos reinvirtiendo dinero en ellos. Esto es una cosa de la que no sacamos un duro porque no cobramos las visitas, y aun así vamos por la segunda fase: ahora tenemos un Will Eisner, tenemos un Superlópez de Jan, un John Byrne, un Lee de WildCats… Hay muchos compañeros y distribuidores del sector que piensan que estamos chalados. Porque claro, te preguntan qué sacas con esto, y dices la verdad: que la gente venga a la tienda. Y que lo disfruten, porque al final el arte original es una cosa muy chula donde se puede unir el mundo del cómic y el mundo del museo, pero no tiene una monetización más allá de eso realmente. Somos bichos muy raros en ese sentido.

Parece que en España empiezan a abrirse los museos al arte del cómic, ahora mismo la Fundación Telefónica ha abierto una exposición, y también el Museo ABC está programando cada vez más actividades.

Sí, parece que empezamos a abrir las fronteras, porque ya hacía falta y tocaba. Al fin y al cabo en países como en Francia tienen mucho terreno ganado con esto, no es raro encontrar piezas de cómic en museo.

El Louvre hizo su primera exposición incluyendo cómics en 2005, que no es hace tanto.

Sí, es cierto. Pero para ellos el cómic es más cultura que aquí, que el museo no lo tengan tan atendido si en global lo ven distinto. Aquí el cómic es algo que se ha entendido toda la vida como una cosa para niños, luego ya como para adolescentes que les gustan los superhéroes, y ahora se está empezando a ver que es un elemento narrativo y artístico adicional a la música, al teatro…

La categoría oficiosa del «noveno arte».

Estoy encantado con esa denominación. Una pregunta que nos hacen habitualmente es que cómo vemos el tema de las descargas y la piratería, con las nuevas tecnologías, si nos afectan. La verdad es que no le afectan mucho, porque el cómic es como la evolución de las especies. Es una hibridación de dos elementos, la narrativa y la pintura, y eso lo que le permite es resistir a problemas que tienen esos dos elementos por separado. En el caso de la pintura, que tenga reproducciones y no tengas que ir a un museo para ver un cuadro; y en el caso del libro, el libro electrónico. Y lo cierto es que el cómic aguanta muy bien y muy sano todo eso. Cuando voy a Estados Unidos y visito allí tiendas, secciones como la de cómic atrasado que nosotros tenemos abajo, ellos lo tienen multiplicado por diez. Y eso significa que goza de muy buena salud el cómic tangible. El día que yo deje de ver eso allí será cuando aquí nos empezaremos a preocupar. A lo mejor el cómic es el que es capaz de aguantar este devenir de nuevas tecnologías, de cambio de modas.

¿Y no es eso también por el propio perfil del aficionado, de cierto fetichismo por el cómic?

Claro, y por el coleccionismo también. De hecho, las editoriales y las industrias y los países que cuidan eso hacen vida, porque también es cuidar al propio público. El cómic es un producto que se publica muy bien por eso, porque el público no solo lo quiere para leer, lo quiere para cuidarlo, que tenga un aspecto chulo… Hasta el punto de que internacionalmente se considera al cómic español, en cuanto a impresión y edición, de los mejores del mundo en calidad.

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Has abierto el melón: como en tantas cosas, está mejor considerado fuera que dentro. Hasta que llega un bombazo como Blacksad, que triunfa fuera y entonces todo el mundo lo abraza como éxito propio.

Es tal cual. Es un camino que aún hay que recorrer. Justo el año en que estuvimos en la Comic Con de San Diego — en 2013, que fui jurado por el premio que habíamos ganado el año anterior— le dieron a Juanjo Guarnido el Premio Eisner por Blacksad. Y da gusto ver allí una sala de americanos, aplaudiendo todos, gente que son profesionales del sector, reconociendo la valía de ese cómic… ¡Cuando en tu propio país no había tenido eco! Te da una envidia sana. Y eso que no es un cómic americano, pero lo está reconociendo allí la industria más poderosa del planeta, reconociendo lo que vale, y es un orgullo. Pero fuera, claro.

¿Ha marcado un punto de inflexión Blacksad para la consideración del cómic español? Tanto dentro como fuera.

Sí. Porque por ejemplo ahora con Paco Roca ya lo veis, todo el fenómeno en torno a él está moviendo mucha prensa variada, mucha reseña cultural. El año pasado a la exposición que hizo fue mogollón de gente, y ahí es donde notas que algo está cambiando. A lo mejor un poco más lento de lo que debiera, pero sí que está habiendo un cambio. Y en eso el primer culpable es Blacksad. Y a partir de ahí genera un efecto ola que hace que el no conocedor del mundo del cómic entienda que es un elemento narrativo de comunicación cultural fundamental, que no es una cosa para que el niño se entretenga y nada más.

En ese efecto ola, ¿no ha influido mucho también el cine? Porque habrá mucha gente que se ha acercado a Roca después de ver Arrugas, sin tener idea de que eso venía de un cómic previo. Lo mismo que las adaptaciones de Hollywood.

Ni os lo imagináis. Bueno, igual sí. El año pasado yo entrevisté en San Diego a Joe Ferrara, porque estoy haciendo una especie de documental de eso, de un español en la Comic Con. Le pregunté cómo veía él que en Big Bang Theory se haga humor de sus gustos, en contraste con la gente que no es así. Y me respondió: «Es un chiste viejo, que ya no hace gracia. Porque ahora mismo en este país el raro, el friki, es al que no le gusta algo de todo esto». Por la impregnación cultural que tiene, entre otros factores por el cine. El éxito de Juego de Tronos, el no se qué… Está por todas partes. Eso allí, y creo que aquí acabará pasando lo mismo. Es una cuestión de tiempo, como el tabaco: en Estados Unidos los quince días que estoy me olvido de que existe el tabaco, no fuma ni Dios, pero es que ni por la calle. Aquí todavía no, pero en unos años pasará lo mismo. En esta cuestión, lo mismo.

¿Y crees que en España las editoriales aprovechan suficientemente el tirón?

Lo que a veces decimos a las editoriales y a las distribuidoras es que deberían aprovechar todavía más esa popularización que propicia la multimedia hoy en día, porque algunos no lo aprovechan del todo, algunos no se dan cuenta de que eso es un tesoro, parece que les da casi hasta como complejo. Es que no es una cosa mala, es positiva. Lo malo era cuando empezamos hace veinte años, éramos cuatro pringados, encima las películas eran cutres y te daba pudor que hubiera una adaptación. Ahora es una edad dorada que no sabes si algún día va a acabar, pero hay que aprovecharla. Si a partir de algo que sale en cine o el cine te la amplifica puedes hacer que una persona de cada cien conozca el mundo del cómic, cojonudo. Hay editoriales que no lo acaban de entender, parece que están más a gusto  en el gueto. Ahora mismo la gente de hasta veinte años, los millenials, como ya se han educado con todo el manga y el anime que está por todas partes, y los salones del manga y tal, no lo ve de esa forma. Una persona de esa edad lo ve mucho más pancultural, incluso una cosa tan japonesa como son esos fenómenos. Quizás de aquí a veinte años…

Es interesante lo de los jóvenes que mencionas. Porque nuestras generaciones hemos consumido siempre cómics sabiendo que era algo que estaba fuera del circuito cultural mayoritario, pero ahora para ellos no es así.

Y hasta la llegada de la democracia, directamente estaba considerado como un subproducto en este país. Encima, siendo vecinos de los franceses o de los italianos con el fumetti, aquí era un subproducto, era una vergüenza. Por eso pasó el boom de los ochenta con el Víbora, Cairo, y todas estas revistas, porque fue una forma de decir: oye, es que el cómic puede contar más cosas y puede contar cosas de adulto, cosas violentas, eróticas. Como el destape en el cine. Y todavía estamos recuperando ese tiempo perdido.

Ahora ya hay una generación que se está educando con el cómic como algo completamente integrado en la cultura. No hay más que ver la oferta que tienen las grandes superficies en cómic, que se ha ido engrosando en los últimos años.

El estado en el que estamos ahora no nos lo habríamos imaginado en los noventa. Entonces pensábamos que nos íbamos al paro todos, que acabaríamos cerrando, de hecho los americanos lo llaman «los oscuros años noventa». Porque era una década en la que en España, además de la crisis que sufríamos, el panorama editorial estaba muy mal. En el caso del mercado americano habían tenido el boom de especulación que se había ido todo a tomar por culo, Marvel y DC estaban hechas una porra, sus historias eran muy malas, cuando Marvel entró en bancarrota… Cada día decíamos eso, hablábamos así en casa: en dos años, tenemos que cerrar. Piensa que abrimos en el peor año que hemos tenido en este país, aparte del año 2008-2009, con la diferencia de que en esta segunda crisis ya sabíamos que había una crisis. Nosotros cuando abrimos la tienda no éramos conscientes de que sufríamos una crisis, veníamos del Barcelona 92, todo muy bien, y claro, pones un negocio y  la gente no entra a comprar ni a tiros. No sabes qué está pasando: si es que eres feo tú, si es fea la tienda, si el barrio no es el adecuado, si están todos en contra de ti… No lo sabes hasta que no empiezan a pasar los años y ves lo que ocurría. En esa época cerraron muchos puntos de venta por esa razón, porque venían de malacostrumbrarse al boom que hubo, brevemente, a finales de los ochenta, principios de los noventa cuando surge Image Comics, y cuando aquí en España se vivía de cómics de importación. Allí en Estados Unidos se llegaron a publicar millones de ejemplares de tirada de un solo número. Cuando ha llegado esta segunda crisis al menos pensamos que saber que tienes una enfermedad es el primer paso a la curación.

Así que: muchas gracias, Hollywood.

Sí, muchas gracias.

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Decís que hacéis las cosas al contrario, porque en lugar de expandiros, hacer franquicia, o mudaros al centro de la ciudad, habéis decidido abrir un museo. ¿Por qué?

Pues porque somos una familia rara y especial, en todos los sentidos. Y como libreros más todavía. Por eso somos como somos. Hay gente que no entiende nuestra localización, por ejemplo.

Sí, que no esté en un sitio céntrico donde aprovechar más afluencia de gente. Llama la atención.

Eso es. Es que nosotros no queríamos poner una tienda junto a todas las demás, como se suele hacer en esta ciudad, porque no era nuestra visión. Y no hemos querido montar una cadena de franquicias porque no es lo nuestro, porque además se pierde el know how que tienes como empresa. Y tampoco nos gusta que sea todo monetizado. El año pasado sacamos una aplicación para móvil, somos la primera librería que la tiene, precisamente por eso. Antes que gastar nuestros esfuerzos en montar cosas por ahí es mejor que la gente a través de un dispositivo que lleva encima pueda conocernos por cualquier lado. En el año 95 fuimos, junto con otra tienda de Barcelona, los primeros que desembarcamos en internet por la misma razón. Y se reían de nosotros. Nos ha gustado siempre mucho la informática, mi padre viene de ese sector, yo me he destetado leyendo manuales de informática desde pequeño, la llevamos muy integrada en el día a día. En cuanto conocimos internet supimos que algún día eso sería importante. Loa aplicación para móviles es igual, habrá un momento en el que será lo más habitual del mundo, y recordaremos cómo en 2015 nos lanzamos a ello. El móvil permite utilizar la tecnología iBeacon: entras en un establecimiento y el móvil te avisa de que tienes ahí un producto que te puede interesar. Pero también para el museo es muy interesante, porque te evita la audioguía.

Hablamos del móvil, de nuevas tecnologías, de cómo alguien desde Cuenca puede comprar un cómic aquí… Pero precisamente el Premio Eisner que os dieron en 2012 como mejor tienda de cómics del mundo no fue por vuestro fondo, ni por la innovación, sino por fidelizar a la gente a venir a la tienda.

El problema es que tú no puedes ir en contra de los tiempos. Si la tecnología consigue facilitar las compras desde donde sea no puedes evitarlo porque es un tsunami que te arrasa. Ya que eso ocurre y es una realidad, lo mejor es tener una buena infraestructura. Eso no quita para que luego paralelamente hagas otras cosas. Porque aparte de esa inversión en la venta a distancia, a nosotros nos gusta que la gente disfrute con la experiencia de venir aquí físicamente. Pintar esta burrada [señala la Capilla Sixtina Superheroica, N. d. R.], que me llevó un montón de meses, o el museo, o la cafetería donde estamos, estar siempre tratando de diseñar de la forma más amigable el tránsito por la tienda… Y a la vez no debes olvidar tu salida al exterior porque eso permite que nos visite gente de fuera de Madrid, que viene porque te conoce. Pero lo importante es que no puedes dar un buen servicio a distancia si no das un buen servicio offline. Lo principal es que a la gente le guste la tienda y esté cómoda, porque eso es el objetivo original y siempre será la base de operaciones. Lo que más nos ilusiona es que esté bien provista bonita.

Es un poco esa definición de «mi librero de confianza» que también usaba Cels en Fanhunter. ¿Cómo tratáis de orientar, además de verbalmente, al que desembarca aquí sin tener ni idea?

Mira, en esos muebles europeos de arriba tenemos montada una cosa que importó Iván de las librerías de cómic belga. Allí tienen la costumbre de poner una especie de afiche en los cómics donde escriben una sinopsis y por qué a la librería le parece interesante. Yo cotilleo americanos y él cotillea belgas, y me dijo que eso es interesante para incluirlo. Porque hay mucho cómic americano y europeo muy bueno, y la gente recurre a ti para que asesores. Es una parte extra, además del boca a boca de «llévate este o este otro», añadir eso. En la planta de abajo, la de superhéroes, una buena orientación es no decir jamás que todo es maravilloso. Si me preguntan qué me parece algo que no me gusta, lo digo. Lo tengo que vender, pero si es una mierda, es una mierda. Que no te pueda el afán de vender.

¿Nos ha hecho internet más selectivos con los cómics o menos? Porque ahora cuando vamos a comprar un ejempla, venimos con mucha más información previa sobre él de la que teníamos antes.

La pregunta que yo creo que habría que hacerse es si no hay mucha más oferta que antes, y por eso necesitamos  organización. A vuestro alrededor tenéis cuarenta y cinco mil productos distintos.

¿Solo libros o contando merchandising?

Merchandising no hay casi nada. De esos cuarenta y cinco mil a lo mejor mil son merchandising, que no es casi nada. Aparenta mucho pero la mayoría son cómic y libros, que es lo que dice la base de datos. Darle una organización a eso en la tienda es muy complicado, en la web es más sencillo, y si además trabajas con sus cookies… Pero físicamente es más complicado si manejas un catálogo muy grande. Hace veintirés años la oferta era mucho más pequeña, Marvel publicaba muchos menos títulos, Norma tenía menos también, y ahora hay además muchas más editoriales. Entonces era muy sencillo, pero también más aburrido, porque ibas a un sitio a comprar y tenías sota, caballo y rey. Lo bueno es que ahora cualquier perfil de gustos va a tener un cómic a su medida. Tienes un espectro tan grande que no vale decir que no.

En cuanto al merchandising, en el año 2008, cuando llegó la crisis, hubo sitios que como tenían media tienda de merchan, y el merchan literalmente se desplomó, algunos cerraron y otros se quedaron a punto. Y nos contaban cosas terribles, porque tú mismo te has acostumbrado a depender de unos pies de barro muy grandes. En vez de que sea una cosa complementaria, que sirva de reclamo, metían más y descuidaban el cómic. Y te lo decían: esto cunde más porque vale cincuenta y lo vendo por el triple. Llega una crisis y cataplúm. Son vicios malos, una cosa que controlándola te es beneficiosa. También nosotros en eso somos raros, eh. Porque lo controlamos mucho, con papel y lápiz, sabemos que por ahí es por dónde cierras, o te vas a la ruina o te hipotecas. Y porque además somos libreros, y la tienda la pusimos por eso. Si eres librero eres librero, no es que quieras vender merchan. Hablábamos antes de Alejo, y cuando le conocí y me enseñó la tienda me sirvió también mucho en este sentido. Además de darme una serie de consejos supersabios me sirvió ver cómo él tiene la tienda, donde hay muchos libros. Y luego tiene el merchan, que lo trae por el previews, pero lo tiene muy controlado, y lo sigue teniendo así. Tiene claro que la venta principal es de libros. Para mí eso fue palabra de Dios.

No podemos obviar que has conocido a Stan Lee en la Comic Con. Cuéntanos algo.

Es un tipo majísimo, majísimo de verdad, más de lo que te esperas de alguien como él. Tuvimos mucha suerte, porque era un sorteo que hacía Marvel, y solo cincuenta personas pudimos conocerle en la Comic Con. Y me tocó. Ha dicho este año que ya no va a ir a la convención. Pero el mayor rendimiento que saco de la Comic-Con son las reuniones de libreros profesionales, el intercambio de ideas. A mí eso ya me paga el viaje, siempre vuelvo de allí con ideas chulas. Porque al final todos trabajamos el mismo producto, pero no es igual.

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De hecho Akira Cómics no reniega de tener una inspiración como tienda claramente americana.

Claro. Me las estudio y escruto todas. Mi opinión personal es que ellos son una sociedad que sabe muy bien cómo vender las cosas y cómo hacerlas atractivas. Al final, lo que me aportan es eso, gratuitamente me dan herramientas para poder embellecer la tienda. Nos inspiramos en un modelo de librería que en cuanto a exposición y cómo venderlo para mí son los mejores. Eso cuando lo hacen bien, porque a veces te encuentras un sitio que de guarro es el más guarro del mundo. En Nueva York está Midtown Comics, que te puedo hacer el plano sin mirar el papel. Me la tengo empollada de arriba a abajo. Aunque hay cosas que no, que aquí parecerían horteras o incómodas, en la mayoría son ejemplos para copiar.

¿Por ejemplo?

Cosas tan simples como la cartelería. Los españoles pensamos que la información la sabemos no se por qué, por ciencia infusa. Una cosa que nos dice la gente cuando pasea por la tienda es que tenemos una gran profusión de indicadores y carteles, y claro, pues sí. En este sector se comete mucho ese error, pensar que quien entra en la tienda ya sabe dónde está todo

¿Y eso no es porque sigue siendo endogámico, que se da por sentado que el que entra a la tienda es el friki más grande del mundo? ¿El que conoce desde lejos las portadas de Vértigo?

Exactamente. Por eso es un problema. Porque el público que más deseas captar es el casual, no el habitual, porque es el que más hay. Alguien que compre en la tienda no se cuál es difícil que me venga a comprarme a mí, podrá venir alguna vez porque le interese alguna cosa, pero cada uno tiene su parroquia. Por eso quieres captar a alguien que pase por la puerta y le resulte atractivo. Eso es lo que nos destacaron los americanos con el premio que nos dieron, no asustar al que pase por la puerta, sino todo lo contrario, que diga «coño, qué interesante» y que dentro se pueda desenvolver.

Es decir: no abrumar. Algo de lo que se quejan mucho los que no son aficionados cuando entran a una tienda especializada.

Sí. Un feedback muy chulo es ese: «He encontrado muy fácilmente las cosas, me he sentido muy acogido». Ves que lo que hacemos funciona. Que alguien que venía a comprarle algo a alguien no se ha sentido ni abrumado ni asustado, ni ajeno ni mareado. Que eso lo he conocido mucho por amigos que se habían ido de sitios porque se acojonaron. Sobre todo con mujeres, porque encima hasta hace no mucho esto eran sitios habitualmente de hombres, y todavía eso produce un choque más. Tuve una conversación en San Diego con Jennifer Haines, que ganó el premio con nosotros, ella es de Canadá. Esa librería de cómics la lleva una mujer y todas son trabajadoras. Hablando con ella de estas cosas me dijo que el enfoque que le daba a su librería es que la experiencia de compra sea lo chulo, porque nosotros normalmente como hombres no valoramos tanto la experiencia de la compra en sí como el producto. Por eso nos da igual que haya mierda en el suelo o lo que sea, vas a por lo que vas, te lo compras y te lo llevas. Pero a vosotras os gusta disfrutar, y entonces la tienda la tiene montada para eso. Eso me dio mucho que pensar.

No sé si estoy muy de acuerdo en eso de que la experiencia de compra es algo peculiarmente femenino, eso del «el hombre va a comprar algo y la mujer va de compras». He ido a comprar cómics con hombres toda mi vida y la experiencia es la misma…

Es una generalización, claro. Pero ya te digo que cuando voy a comprar algo para mi es una tortura y no quiero enrollarme nada.

Pero seguro que con los cómic no, con eso te puedes pasar horas comprando y mirando. Quizá dependa más de si te gusta lo que vas a comprar, o no.

Claro, puede ser. Pero ya que vas a comprar, lo que sea, buscas es que la experiencia sea lo mejor posible.

Y cuál es el balance desde entonces. ¿Han venido más mujeres a comprar?

No es presuntuoso, pero nosotros desde el momento en que abrimos no nos hemos podido quejar en ese sentido. Hemos tenido siempre muchas chicas, nuestro porcentaje está alrededor de un cuarenta por ciento de la clientela, es casi la mitad.

Ya solo falta que se equilibren más las autoras de cómic y estupendo.

Sí, eso va a costar más trabajo, como bien sabréis. Pero sí, en cuanto a fans, como desde el principio estamos muy implicados con el manga supongo que algo tiene que ver, porque ese es el canal que más mujeres ha aportado tradicionalmente. Ahí tienes todo el Shōjo, un género que los chicos no suele leer, y hay un montón de títulos. Hay una editorial como Ivrea que prácticamente ha construido su imperio alrededor de esos títulos. Abajo tenemos una selección específica, y si empiezas a ver todas las colecciones que hay no acabas, y solo lo compran chicas. Además chicas de unas edades que son perfectas para engancharse, que son adolescentes, jóvenes, para que luego a partir de eso puedan irse al europeo, al americano… y eso lleva pasando casi desde el principio.

Y en los títulos no específicamente femeninos, ¿ahí se nota?

Sí, con el auge de Hollywood además se nota mucho. Y luego las nuevas generaciones que al fin ya no tienen ese estigma de decir que esto es un hobby de hombres.

Tenemos muy claros cuáles son los referentes del cómic en nuestra generación, pero en estas que vienen, ¿son los mismos? ¿Persiste la lucha de Marvel y DC?

Claro, ellos también son permeables a la cultura popular y ahora Marvel y DC son cultura popular como tal. Como Star Wars.

Hemos visto también que acogéis presentaciones de libros que escriben youtubers, lo que imagino que os proporciona un contacto con el público que les sigue y viene aquí, y algo sabréis sobre sus gustos. ¿Leen algo de cómic español?

Creo que lo consideran aún un producto un tanto viejuno, pero por ejemplo Laura Gallego García para ellos es el alfa y el omega. Si hay un cómic de Memorias de Idhun lo compran. Pero tampoco hay muchos. Es una cosa que les decimos a las editoriales, que necesitan publicar y generar títulos que sean atractivos para ese tipo de público. Gente que se mueve ya en el entorno de YouTube, que no ve la televisión, que si la ve es porque están apuntados a series tipo Netflix. Hay un cambio generacional muy grande, más de lo que parece. Por eso en este tipo de gente que sean influencers es tan gordo, porque ellos una noticia en la televisión ellos no lo van a ver, pero si uno de los youtubers habla en su canal de ello lo van a seguir muchísimo. Y ahí lo tienes, y lo verás mil veces, porque vamos a seguir insistiendo en esa dinámica. Lo que pasa que se mueven también mucho en novelas de fantasía y tal, este chico, Javier Ruescas por ejemplo, escribe sobre ello. Tendrían que ser cómics que se entremezclaran con esos géneros, y no hay tantos. Es una cosa de la que adolece el mercado español y que todavía ganaría más lectores en el sector en el que las editoriales españolas más se quejan de que no lo tienen, en esas edades. Porque a partir de los veinte años ya, te enganchas y ya tienes dinero, y es otra cosa.

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Has colaborado, o colaboras, en medios generalistas, pero también en medios de cultura geek, digamos. ¿Cómo ves el tratamiento del mundo del cómic desde los generalistas? ¿Parte de la responsabilidad de haber extendido su consideración como arte menor la tienen ellos?

Sí, hay medios como el programa de radio de Laura que hacen mucho a favor, pero lo que se echa en falta es que esté en todas emisoras. Parece casi que sales medio llorando, cuando es algo que tiene su audiencia y tiene su público. Existe tanto producto que el público lo que quiere es que le informes y le dirijas. Hay periodistas capacitados perfectamente para ello, la cuestión final es la cabeza dirigente, el problema es que quien dirige es el que menos conoce el asunto. Todos los periodistas que han pasado por aquí me han dicho lo mismo, que son consumidores y les encanta; pero que les dicen «hay que enfocar esto desde la perspectiva de que son unos frikis». No son los profesionales de a pie los culpables del tratamiento, sino los jefes, los que aún lo ven desde un punto de vista displicente. O no le hace caso, o no le interesa la noticia. Pero creo que con tiempo se va cambiando. Las personas que van teniendo cierta edad conseguirán puestos de mando en medios, llegará un momento en que será una parte tan integrada en la cultura que surgirá la necesidad de darle más espacio. Quizá es que aún estamos un poco en pañales en ese sentido, llevamos escasamente treinta años desde que el cómic en España pasa de ser un subproducto para niños a ser una cosa con más entidad, y esto requiere un camino adicional. Quizá necesitamos unos veinte años más para que acabe, porque sí que es cierto que poco a poco va viéndose más. Antes era más complicado ver alguna reseña, pero ahora entre autores y público va introduciéndose, aunque lentamente.

Y vosotros, personalmente, me imagino que habréis notado mucho la repercusión del Premio Eisner.

Sí, Ferrara me lo avisó en su momento, que el premio es un antes y un después para el país que lo gana y para el sitio que lo gana. Es un amplificador. Y sí, lo hemos vivido tanto por parte del público como por parte de los medios, ahora nos atienden más porque al fin y al cabo estás representando un referendo internacional.

Al final, el mismo ejemplo de Blacksad que hablábamos antes.

Sí, exacto. Y eso es algo que les sorprende mucho allí, porque no conocen la idiosincrasia nuestra y hay que avisarles de que somos un país un poco peculiar para algunas cosas. Todas las comidas que hacemos allí me preguntan por esto. Porque eres el exótico, y siempre surgen estas cuestiones. De cómo se ve el fenómeno del cómic en España y cómo ha crecido. Para ellos es distinto. Cuando pones allí la tele porque va a empezar la Comic-Con aparece la reseña en todas las televisiones a escala nacional, lo llaman the number one american pop culture event, y lo tratan muy chulo. No es como aquí, que se ve ahí un tío mirando de forma desganada... La cobertura de ellos es superchula, y ahí es donde te das cuenta de que el propio medio sabe que es una cosa muy importante y que hay que tratarla con respeto. El gran acierto que se tuvo en la Comic-Con y en este tipo de eventos fue unir Hollywood y el mundo del cómic, que hasta ese momento era una cosa más reducida. ¿Por qué no se hace lo mismo en España? Porque al final es dinero. Y si quieres hacer negocio, pues joder, imita al que mejor lo sabe hacer haciendo un show bussines. O por lo menos coge su forma de enfocarlo. Y no se hace. A mí me han dicho: «Es que eso son los americanos, que son como son», y tú te respondes: «Y así nos va». Que te vas a un salón y el suelo es una guarrería, y allí está enmoquetado.

Bueno, aquí tenemos el Salón del cómic de Barcelona que…

Y aún así es feo. Porque no se cuidan ciertos detalles de estética, es lo que decíamos antes. Parece que pones un sitio y la gente tiene que entrar porque está obligada. Tendrás que ofrecerle estética, atractivo, glamur… Y esto se aplica a todo, a los salones de cómic pero también a las panaderías. Y los salones de cómic aquí en España podrían mejorarse mucho. Y no es cuestión solo de que haya o no haya dinero. Hay que buscar alternativas. 

Pero estás metido en el sector, también habrá gente intentando subsanar estos errores.

Los que más son los del Salón del Cómic de Gijón, que llevan dos años. Y el resultado es bastante mejor, porque lo primero es que traer autores, autores americanos. Editan también un cómic para vender allí con una portada especial. Tienen iniciativas que están inspiradas en sitios de fuera y tratan de seguir una guía que les separe de lo habitual, para que la gente no diga «otro salón más». El año pasado tuvieron bastante éxito con eso. Por el momento son los raros, pero bueno, se ve a alguien que tiene cierta intención de hacer las cosas de otra manera. Al final lo que mola es que este tipo de salones te oferten esta especie de glamur que no tienes habitualmente, ni en tu tienda, ni en tu barrio, ni en tu salón de aquí.

Otra cosa, fuiste muchos años el Darth Vader de la Legión 501, pero has colgado los hábitos.

Sí, en el 2008 fue la última vez que lo hice, y colgué el traje en ese maniquí y ahí sigue. En esos diez años participé como en cincuenta acciones, y se suda mucho dentro de ese traje.

Algo sabemos de lo mal que se pasa ahí dentro, sí.

De hecho en esa época estaba superdelgado, porque sudas un montón dentro de ese traje. Hay un corto rodado en Valencia con unos chicos, donde hacía de Vader y casi me caigo redondo. Me subieron a la peña de un cerro, encima en julio, tres horas para una toma en un secarral, y no tenían nada para que fuera bebiendo. Y en cierto momento digo: «Me parece que me voy a desmayar»; cuando vi al año siguiente en Baréin a Fernando Alonso que se le estropeó el agua y le pasaba eso pensé: «Efectivamente, puede pasar». Que en el podio ni se podía poner de pie. Desde entonces en verano ya no me lo volví a poner. Luego te quitas el traje y vas como el monstruo de la Laguna Negra, dejando huellitas de sudor.

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¿No te han entrado ganas de volver con el episodio VII? Imagino que en la tienda estaréis encantados con el repunte de interés en torno al universo con la nueva película.

Sí, un poco, la verdad. En el público se ha notado mucho el repunte de interés con Star Wars. Además de porque sea una película que está bien, porque como las preculeas eran flojas por mucho que tuvieran efecto amplificador enseguida se deshinchaban. Y además estaba Peter Jackson con El señor de los anillos metiéndole zascas continuamente, porque era una película que salía después y era mucho mejor. Y el regusto que quedaba era un tanto malo. Pero con esta, joder. Es una película de un director bueno, que le ha salido bastante redonda, una recaudación de la leche, en Navidades… Se nota mucho. Siempre es una cosa que te da la oportunidad en meter en la lectura a gente nueva.

Aunque se cargue el universo expandido y muchos títulos ya no sirvan para nada.

Ah, a míeso me parece buenísimo. El universo expandido no lo he aguantado nunca. En la 501 este era un tema habitual de debate y siempre estábamos en contra. Somos fans de edades parecidas y además de criticar la trilogía nueva, se critica el universo expandido, que en general quita más que pone. Son productos más comerciales que otra cosa. Porque a George Lucas el día que conoció a Rick McCallum se le fue la chola. Porque este tío, que no era su productor original, debió de decirle: «Tú no seas tonto, que de esto se puede sacar mucho dinero. Más». Y empezaron a hacer cosas raras: la edición especial…

Qué afán con descargar de culpas a Lucas…

¡Porque él no era así hasta entonces! Si lo único que había hecho es hacer una película con ewoks, porque ya quería terminar el asunto porque se estaba divorciando… En el fondo esas películas estaban seriamente enfocadas. Pero a partir de los noventa, se le empieza a ir y aparece un productor nuevo con quien se hace uña y carne, está claro que es el otro el que le llena de esas ideas comerciales. Que le dice que si quiere meter un personaje de compañía sea un bicho gracioso, que a la gente le va a gustar. Y toma, Jar Jar Binks, Y acabando ya con lo que casi se carga todo, las Clone Wars. Eso fue terrible. Y eso es lo que más daño hizo.

Por aquí tienes alguien que no está de acuerdo. Que la película era mala, pero defiende la serie.

Pero la peli es terrible, la del huttito, esa. La del hijo de Jabba. No te hablo de la serie, la película, cuando la vimos, nos cagamos como fans y como libreros, porque pensábamos que a la gente le iba a dejar de gustar Star Wars. Por eso cuando llegó la noticia de que se cargaban el universo expandido casi saco el champán, me pareció que era lo mejor que podían hacer. Venderle esto a unos que saben cómo trabajar estas cosas como nadie desde hace cien años, y encima su productora va a ser la mejor, la de Spielberg, la mejor productora que ha tenido Hollywood. Porque hacen una cosa que no se suele hacer, y es dejarle tranquilo al director que haga las cosas, ahí tienes Tropic Thunder: lo que hacen los productores es lo que hace el personaje de Les Grossman, meter el pescuezo, y así salen las películas. Y la productora que tienen ahora no hace eso. Cuando salía el tema del universo expandido en charlas y recordabas las novelas que empezó a licenciar, videjuegos y cómic…

También hay cosas buenas. En cómic había muy cosas malas, en novela el nivel (con terribles excepciones) era mínimamente potable, y con alguna cosa muy potente.

En general hay más malo que bueno. Pero el problema de esto es que tú hipotecas una línea temporal de productos, que ya no van a ser películas, tanto para adelante como para atrás. Y encima con cosas raras por muy bien que salgan. Como que Boba Fett resucite, que el otro se case con tal… A mí hay novelas de Timothy Zahn que sí me han gustado mínimamente, porque no mantiene un statu quo, sino que hace giros argumentales radicales.

Un poco lo mismo que J. J. Abrams, que tampoco ha tenido miedo de cargarse a personajes míticos.

Y si después hubieran puesto a Joss Whedon me habría parecido perfecto.

Necesitamos, definitivamente, unos episodios X, XI y XII dirigidos por Joss Whedon.

Me sumo. Porque el universo expandido anterior al episodio I es todavía es peor. En el origen de las películas partes de una situación un tanto sosa, los pesados de los jedi con sus rollos, y además con las Guerras Clon, que es una farsa. O sea, con el universo expandido estás leyendo algo que ya sabes que no va a ninguna parte, pero es que encima contar cosas anterioresde  cuando la galaxia está en paz pero de vez en cuando hay un chaval con sus discípulos dando la brasa, tampoco va a ningún lado. Hay que ser sinceros: este tío situó las películas originales en el punto más interesante de todos, un imperio malvado, una revolución en su contra… Por eso Abrams repite la estructura que funciona, de guerra civil. Y es acertado, porque fuera de eso es muy difícil encontrar nada válido.

Por último, hace poco publicamos una lista sobre lo mejor del cómic del pasado año, ¿Cuáles son tus títulos favoritos de 2015?

Los míos son: Jupiter’s Legacy (Panini Comics); La Casa —de Paco Roca— (Astiberri); Sally Heathcote, sufragista (La Cupula); Secret Wars (Panini Comics); Darth Vader (Planeta Comic); Tokyo Ghoul (Norma Editorial); La Casa —de Daniel Torres— (Norma Editorial); Corto Maltes: Bajo el sol de medianoche (Norma Editorial); Asterix y el papiro del César (Salvat); y Mortadelo y Filemón: El Tesorero (Ediciones B).

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Fotografía: Javier Nadales