Blues, banjos y libélulas: relato de un viaje por el sur de Estados Unidos

Lafayette Cemetery No 1. Nueva Orleans.

Nos debatimos entre la nostalgia por lo familiar y un impulso hacia lo extranjero y lo extraño. La mayor parte de las veces sentimos añoranza por lugares que nunca hemos conocido. (Carson McCullers).

Antes de ir al sur de Estados Unidos, yo ya sabía que allí la luna corre por el cielo amarilla y orgullosa, altiva y despreocupada del aullido de los perros, en esas noches en las que se camina y se suda bajo el aliento de la naturaleza viva mientras los reflejos en los pantanos tintinean al ritmo del canto de los grillos. Yo sabía todo esto porque las noches del sur están resumidas en la portada de Southern Nights, el disco de Allen Toussaint, o al menos eso me parece a mí. Y sabía esto porque yo con el sur siento la nostalgia de los lugares más conocidos, que son esos en los que uno nunca ha puesto pie. El Sur (con mayúscula) siempre había ofrecido a mi memoria decenas de experiencias, un inagotable carcaj de recuerdos, un desfile de momentos jamás vividos: tardes de calor y mecedora en el porche o junto al Misisipi, tumbado en la hierba con el tallo de una planta en los labios. Noches de vudú escuchando a los insectos del pantano. Antros de vasos de bourbon, gotas de sudor, banjos y paredes desconchadas. Las libélulas. Los espíritus. Negros cantando a los espíritus. Bailes interminables en barcos de vapor que descienden el curso del río y templos improvisados en las márgenes de la corriente que son refugio de predicadores devorados por la fe y por los mosquitos.

El sur es misterio, es liberación, es tenebrismo; es el fértil suelo literario, gótico, criminal, áspero y vital de las páginas de William Faulkner, Flannery O’Connor, Carson McCullers o el primer Truman Capote. Es el latido de la tierra verde, pantanosa, viva, acechante, movediza que explota y se manifiesta por medio de varios géneros musicales: si el blues dio forma al aliento vibrante y trágico de esa tierra indescifrable, el jazz fue su manifestación urbana, canalla, festiva; si el country fue la voz austera y cerril de las zonas rurales, el rock and roll fue la reverberación planetaria y liberadora de una verdadera explosión de vísceras.

Yo había estado antes en Nueva Orleans, y conté algunas cosas al respecto en una serie de artículos en estas mismas páginas. Pero en el sur, lo que se dice El Sur, nunca había puesto pie hasta el pasado verano, cuando mi mujer y yo fuimos allá a romper el hechizo de la nostalgia por los lugares desconocidos, porque mejor que ponerse romántico con lo que uno no conoce es ir y conocerlo, creo yo. Por eso echamos tres semanas de agosto a lo largo de Tennessee, Misisipi, Louisiana, Alabama, Georgia y las dos Carolinas, con fin de recorrido en Chicago. La idea era seguir los pasos de varios escritores célebres locales, empaparse de los géneros musicales paridos en esos lares y emular de alguna manera el viaje hacia el norte de ese blues cavernoso de delta y pantano que se encontró en Chicago con su explosión urbana. Fueron tres semanas y no se pudo hacer todo, porque el tiempo falta incluso donde no pasa el tiempo, qué se le va a hacer. Varias cosas salieron bien sin embargo, y no está de más contarlas.

Nashville, Tennessee.

Me parece que el country moderno no es más que un conjunto de símbolos, un modo de vestir, un colectivo al que pertenecer. En la Arkansas de mi infancia un modo de vida producía un cierto tipo de música, pero en la actualidad es un tipo de música el que produce un modo de vida. Las personas que integran el nuevo orden establecido de la música country parecen haber decidido que ya no pertenezco a él, pero yo a veces me pregunto cuántas de esas personas han cargado un saco de algodón en su vida. (Johnny Cash, 1997).

Un saco de algodón da coherentemente la bienvenida a la primera de las salas del Johnny Cash Museum de Nashville, Tennessee, un espacio erigido con toneladas de cariño y respeto por el intérprete que repasa su vida y obra con veneración casi catedralicia. El museo prepara al visitante para la verdadera catedral de la ciudad, el Ryman Auditorium, sede entre 1943 y 1974 del legendario Grand Ole Opry, el programa de radio que llenó millones de oídos del país con el country más festivo y su reverso en forma de varias baladas de desgarro. Entra uno al Ryman y parece que le están contando la historia de la Scala de Milán o del teatro The Globe de Shakespeare, pero las reservas iniciales se desintegran a los pocos segundos gracias a ese buen hacer tan americano para contar lo propio de la manera más amena posible: en este caso la historia de cómo un comerciante fluvial de los años posteriores a la guerra civil, algo tarambana y un poquito crápula (pues permitía que en sus barcos se jugara y se bebiera, habrase visto) tuvo una revelación, abrazó la buena fe puritana y lo celebró construyendo el edificio para cederlo a una comunidad evangélica sureña. Tras la Gran Depresión el lugar conservó algo de esa función devota, pues se convirtió en la «Madre Iglesia de la música country», nada menos.

Ryman Auditorium.

Y es que el country es tema y monotema en Nashville. Bien está. La ciudad alberga de hecho el Country Music Hall of Fame y su espléndido museo, dedicado a narrar la historia de un género que es un relato intergeneracional en sí mismo, con su tradición, su solera, su glosa y su leyenda: una exposición temporal del museo, sin ir más lejos, cuenta la estancia de un tal Bob Dylan en la ciudad en los meses anteriores y posteriores a su mítico accidente de motocicleta en 1966. El flamante premio Nobel abrió la senda para que parte de la vanguardia musical del país se dejara caer por esta estupenda ciudad dada ya entonces por anticuada, en una tendencia que tiene en Jack White, que vive y es propietario de una tienda de discos aquí, a su último baluarte. Por lo demás, el downtown de Nashville ofrece en Broadway una trampa para turistas en forma de varias tiendas de botas de cowboy y locales de música en directo, pero ya quisieran todas las trampas para turistas ser así. Pese a que en Broadway puede uno encontrarse con conciertos excelentes sin demasiado esfuerzo, el Bluebird Café, a las afueras de la ciudad, es bastante más infalible. Por eso hay que hacer colas de hasta dos horas para entrar. Valen la pena. Con creces.

La tierra era perfectamente llana y nivelada, pero centelleaba como el ala de una libélula bajo la luz. Parecía rasgada, como una guitarra que alguien acabara de tocar. (Eudora Welty, Boda en el Delta).

La tierra del estado de Misisipi vive, literalmente. Al abrir la puerta del coche los ruidos de los insectos y el vuelo de las libélulas (las hay, a decenas) le recuerdan a uno que conviene comprobar si se pisa suelo duro o tierra pantanosa, cosa frecuente. Rowan Oak, la magnífica residencia de William Faulkner erigida en medio de un bosque de árboles vivientes, recuerda a aquella casa de Otras voces, otros ámbitos (deslumbrante novela juvenil de Truman Capote) que era absorbida por la tierra hambrienta.

El propio Faulkner escribió en Mientras agonizo: «la única razón para vivir es prepararse para estar muerto durante mucho tiempo». Misisipi es una tierra en la que lo muerto parece estar furiosamente vivo desde tiempos inmemoriales. Quizá por eso se presta a vistazos al otro lado, a encuentros con aquellos a los que la parca cortó el hilo de la vida hace siglos. Ello explica que muchos creyeran a Robert Johnson cuando vino de Clarksdale contando que el diablo en persona le había explicado cómo extraer de su guitarra el aliento del blues a cambio de su alma. En Estados Unidos no se pierde una oportunidad de aprovechar un relato, y por ese y otros motivos Clarksdale se reivindica hoy como cuna del blues y exhibe en el lugar del célebre encuentro (el cruce de las highways 61 y 49) un estrafalario monumento de guitarras cruzadas.

El blues nació como mito, dio voz al llanto interior de una comunidad rural, la negra, excluida y estalló en una onda expansiva que rompió cristales hasta en Chicago, cuna del blues urbano. Más allá de Clarksdale, la mejor manera de comprender el origen, carácter geográfico y herencia cultural del género es acercarse al estupendo museo que Indianola dedica a la historia del blues del Delta del Yazoo y del Misisipi, con atención especial a B. B. King, que está enterrado en el jardín del edificio. Pero para interiorizar el lamento inherente al blues, nada como poner la radio del coche y bajar por la legendaria highway 61, la blues highway, hasta Natchez, ciudad que alberga toda la belleza solemne y culpable de las impresionantes mansiones del siglo XIX de los esclavistas propietarios de plantaciones.

Una corona de flores recuerda a Martin Luther King en el Lorraine Motel (Memphis).

Yo creo que solo hay una clase de personas: personas. (Harper Lee, Matar a un ruiseñor).

Volviendo a Tennessee, en Memphis un museo se erige literalmente sobre una de las grandes heridas abiertas de este país: el Lorraine Motel, donde fue asesinado Martin Luther King en 1968, se ha conservado tal y como era en los días del magnicidio, y un ala recientemente construida abraza el edificio original a lo largo de un recorrido expositivo que explica al visitante varias cosas inexplicables sobre la historia de la población afroamericana en la primera potencia del mundo. El National Civil Rights Museum da para varias reflexiones sobre la desigualdad en Estados Unidos, y la histórica división racial americana es un discurso inevitable en este país, pues impregna todos los aspectos de la vida. También el musical que nos ocupa: si bien Johnny Cash cantó en los cincuenta la receta del rock and rollGet rhythm when you get the blues»), los historiadores recuerdan que varios músicos negros ya conocían la receta, ese alegrar el blues del delta con ritmos del country blanco, y la tradición asegura que Ike Turner y Jackie Brenston, afroamericanos ambos nacidos en Clarksdale, inauguraron el género en 1951 con «Rocket 88». Y sin embargo Sun Records, el legendario estudio de Sam Phillips de Memphis, ejerció de big bang planetario del rock and roll por medio de una nómina de artistas mayoritariamente blancos, como el propio Johnny Cash, Carl Perkins, Roy Orbison, Jerry Lee Lewis y, por encima de todos ellos, un chaval de Tupelo, Misisipi, que se presentó en el estudio para grabar por primera vez en su carrera y cuando la secretaria de Phillips le preguntó «¿A qué artista te pareces, hijo?», respondió lacónico: «Yo no me parezco a nadie, señora». Tenía razón, porque se llamaba Elvis Presley.

Sun Records se puede visitar, y los voluntariosos y amabilísimos guías te explican que eso es Tierra Santa, como si fuera necesario. Donde no hace falta que te lo recuerden es en la gran atracción turística de Memphis, situada a las afueras del downtown: hablamos, claro, de Graceland, la encantadora y delirante mansión-mausoleo de Elvis. Cuatro palabras bastan: moqueta en el techo. También hay una impresionante colección de coches del rey, varios niveles de mitomanía y hasta su avión privado, el Lisa Marie, aparcado al otro lado de la calle y que también se puede visitar.

Graceland.

Memphis es una de esas ciudades americanas más bien feas que no encandilan por sus activos materiales (Graceland aparte) pero agotan adjetivos para los inmateriales: es la tierra de Sun Records y de Elvis, pero también del sello Stax, del inmenso Al Green, que sigue ejerciendo de predicador en una iglesia de por aquí, o de la Beale Street de B. B King y compañía. También la ciudad natal de Aretha Franklin. Quizás por eso el centro urbano tiene algo de páramo inhóspito, agotado y consumido tras haber vomitado tanto bien al mundo.

Hay tres ciudades en Estados Unidos: Nueva York, San Francisco y Nueva Orleans. Todo lo demás es Cleveland. (Tennessee Williams).

Ya habíamos estado hace unos años en Nueva Orleans, pero con ciudades así pasa como con las grandes películas: siempre hay que volver a ellas. Por eso vinimos dos días para recordar que aquí (y en todo el sur, de hecho) se come estupendamente bien, que en el Maple Leaf hay barra libre de gambas, pues se sirve la pesca del día antes del concierto, que la avenida St Charles ofrece un inagotable catálogo de porches sureños con jardín y que la vida es esa cosa que te cabe hasta en una procesión funeraria.

Nueva Orleans es la ciudad musical por antonomasia del país, pero ya hablamos de su escena local en tres artículos por aquí. Además, no solo de Nueva Orleans vive el inmenso edificio de la música americana, y de hecho esta sigue omnipresente desde los propios carteles de bienvenida de los dos siguientes estados de nuestra ruta: «Welcome to Sweet Home Alabama»; «We’re glad Georgia’s on your mind». En un país donde lo privado, es decir casi todo, lo es de modo implacable, casi furioso, uno pasaría horas repartiendo abrazos a los héroes ciudadanos dedicados a preservar con su propio dinero lugares de interés cultural y otros destinos de peregrinaje del aficionado medio. Por ejemplo, en Montgomery (Alabama) nos explican cómo un matrimonio salvó de la demolición la casa en la que vivieron Francis Scott y Zelda Fitzgerald en 1931 y 1932, convertida hoy en un excelente museo dedicado a la pareja, y financiado exclusivamente con donaciones y capital privado. Gracias a héroes parecidos puede uno ir a la casa de Savannah (Georgia) donde pasó sus primeros años de vida Flannery O’Connor, contemplar el inquietante retrato infantil de su tía que presidía la sala de estar y comprender varias cosas sobre el carácter de sus relatos.

Visto lo visto, se queda uno con la conclusión de que en Europa el interés cultural es público, se preserva, se financia y se explica a las nuevas generaciones por medio de recursos de la Administración, al menos en parte. En Estados Unidos suele suceder al contrario: la preservación nace directamente del entusiasmo del público, del que depende las más de las veces. Es el público el que loa, homenajea y conserva la memoria. También el que va a la Administración a pedir ayuda para su misión preservadora y suele darse allí con un canto en los dientes. Otro ejemplo: el pequeño y simpático museo que Montgomery dedica a Hank Williams, el gran trovador del country, que en apenas cuatro salas exhibe toneladas de memorabilia del genio en torno a la joya de la corona: el Cadillac azul en cuyo asiento trasero se paró el corazón del músico el día de año nuevo de 1953. Tenía veintinueve años.

Savannah es Lo que el viento se llevó con mescalina. (John Cusack en Medianoche en el jardín del bien y del mal, 1997)

Clint Eastwood vino en 1997 a Savannah a adaptar la novela de non-fiction en la que John Berendt narraba sus vivencias con lo más estrafalario de la vida social de esta perla sureña. Y supongo que desde entonces es imposible visitar esta ciudad sin pretender buscar atajos a lo oculto, reversos verosímiles, pliegues de la realidad que le lleven a uno un ratito a ambientes de jazz y bourbon, diversión y asesinato, borrachos y fantasmas, fantasmas borrachos, bailes de gala y cementerios de ultratumba. Al menos eso nos pasó a nosotros: dimos largos paseos por el deslumbrante centro ciudadano (de lejos uno de los cascos históricos más encantadores de Estados Unidos), por sus muchas plazas (más de veinte, en una distribución urbana que mantiene la disposición original de los primeros colonos del siglo XVIII) y por sus templos culinarios de southern food buscando las dobleces de lo real. Subyugados, totalmente condicionados. En las plazas de Savannah, con sus misteriosos árboles llorones de los que cuelga lo que aquí llaman «musgo español», es fácil ver a tipos gigantes con pinta de santones criollos llevando hojas de palma al hombro. La finalidad no nos pareció muy clara al principio, pero no nos entraron ganas de averiguarlo en su momento. Preferimos pensar que formaba parte de algún rito vudú caribeño de origen arcano. Por eso juzgamos mejor no preguntar, dejarnos llevar, vivir en la fantasiosa ignorancia, no fuera a ser que las horas que esos tipos echan en las plazas no escondieran sino una vulgar caza de pokémones. La realidad fue, como suele, menos frívola y más implacable, y tiene que ver con gente del sector más excluido de la sociedad que se gana la vida para comer como buenamente puede vendiendo hojas de palma secas a las que dan forma de rosa.

Biltmore Estate (Carolina del Norte).

Sea como fuere, uno echa de menos Savannah nada más salir de la ciudad, aunque el esplendor sureño de Charleston, en Carolina del Sur, devuelva parte de la magia. Pero también ahí llega el momento de irse, y en estas cavilaciones andamos cuando llegamos a Asheville, Carolina del Norte, donde nos encontramos con la mayor y más voluminosa prueba material de que nadie, ni siquiera el hombre más rico, puede tenerlo todo en la vida. Biltmore Estate es desde 1895 la casa más grande de Estados Unidos. George Vanderbilt se la hizo construir siguiendo el modelo de los castillos franceses del Loira, y la llenó de doscientas cincuenta habitaciones dotadas de las mejores maderas, mármoles, una impresionante biblioteca y paredes en las que cuelgan algunos originales y muchas reproducciones de varios maestros europeos. Paseando por el impresionante interior del edificio y sus gigantescos jardines acaba uno intuyendo que nada de tan apabullante despliegue terminó de saciar el apetito de Vanderbilt, pues seguramente lo que este ansiaba de verdad era otra cosa: haber nacido europeo. Vaya putada, George.

Chicago.

—¿Qué piensa hacer?
—Nada.
—Lo matarán.
—Supongo que sí.
—Debió andar metido en algo en Chicago.
—Imagino —dijo Nick.
—Mal asunto.

(Ernest Hemingway, Los asesinos).

Terminamos en Chicago, la ciudad de Ernest Hemingway, que nació a las afueras, aunque su mirada y su vida, como es sabido, abarcaran el mundo entero a lo largo de tantos mares y tantos bares. También es la ciudad de Michael Jordan, claro, ¡y de los Blues Brothers!, y de Al Capone. Y de Nighthawks, el icono de Edward Hopper del que ya hablamos por aquí, que está custodiado en un museo, el Art Institute of Chicago, que agota bastantes adjetivos.

Chicago es también un fin de parada bastante lógico de nuestro viaje, pues el último día visitamos Chess Records, hogar de tantos bluesmen del delta del Misisipi que dieron forma eléctrica y urbana a latido musical de su tierra.

Porque la tierra del sur late, literalmente. Durante el avión de vuelta a casa guardo como impresión más vívida del viaje un adormilado anochecer de domingo en el Garden District de Nueva Orleans en el que, tras una feroz tormenta, la calle desierta fue tomada poco a poco por varias lagartijas. Salían de enormes grietas que las aceras han visto abrirse tras sus décadas de lucha perdida con las raíces de los imponentes árboles frondosos del barrio. El mismo barrio que preside uno de esos cementerios de Nueva Orleans en el que las tumbas se erigen sobre el nivel del suelo dada la imposibilidad de descansar en paz bajo tierra, pues ahí todo es tumulto animal, aliento húmedo, corrimiento de tierra empapada, río de savia, fluido vivo.

La tierra del sur exhala el hálito de la vida eterna, y todos los escritores allí nacidos sabían esto ya antes de venir al mundo. Como Flannery O’Connor, esa autora que dijo una vez: «Yo escribo para descubrir qué es lo que sé».

Nueva Orleans.

Fotografías: Iker Zabala


Stand by Me: el otoño de la inocencia, o cuando Stephen King escapó de Castle Rock

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Stand by Me, 1986. Imagen: Columbia Pictures.

Stephen King era un autor consagrado en 1982. Sus primeras novelas estaban en las listas de los más vendidos (Carrie, La zona muerta, El resplandor, El misterio de Salem’s Lot…). Intrigado por si este éxito era producto de la publicidad asociada a su nombre, ya había publicado con el seudónimo de Richard Bachman varios libros donde tocaba la ciencia ficción y el posapocalíptico (entre ellos, su primer libro de adolescencia, Rabia, y otros como La larga marcha o El fugitivo). Su agente, Kirby McCauley, le animó a que dejase por un momento el terror y se decidiese por algo menos de género, por si su «encasillamiento» era lo que impedía a la crítica reconocer en él a un autor digno, y no una máquina de hacer libros para grandes audiencias. Esto no lo conseguiría hasta 2003, cuando The National Book Foundation le entregó por fin la medalla en honor a su obra, aunque no sin la indignación de muchas voces autorizadas, que siguen y seguirán creyendo que King, si no es una franquicia de becarios (quien dice becarios, dice simios o inteligencias artificiales) tecleando constantemente para mantener semejante volumen de producción, solo es un escritor que no merece estar entre los grandes nombres de la literatura. Ni siquiera entre los que han logrado que esas voces autorizadas los consideren grandes nombres del género de terror.

Tan interesante discusión se la dejamos a los expertos. El caso es que Viking Press, la editorial de Stephen King, publicó en 1982 una colección de cuatro novelas cortas, escritas en diferentes momentos de su vida, en las cuales había abandonado el fantástico y se internaba en el drama. Un drama, todo hay que decirlo, lleno de elementos inquietantes: lo único que tienen en común Different Seasons (Las cuatro estaciones, Ed. Mondadori, 1992), es que cada relato estaba situado de forma simbólica en una estación del año. El libro, de nuevo, tuvo mucho éxito, y todavía más cuando tres de los textos fueron llevados al cine. Salvo excepciones, las numerosas adaptaciones de King no han sido especialmente felices; sin embargo, las tres películas que salieron de esta antología son de lo mejorcito que se ha hecho con su literatura. Frank Darabont, uno de los directores que más veces y más apropiadamente ha llevado a King al cine, estrenó en 1994 Cadena perpetua, la aclamada versión de Rita Hayworth y la redención de Shawshank, historia de la cárcel de pesadilla y la resistencia de su protagonista principal, incluso, como dice la Biblia, contra cualquier esperanza («Esperanza, eterna primavera» fue la traducción del subtítulo. En 1998, Bryan Singer presentaba su adaptación de la novela corta Alumno aventajado en Verano de corrupción, sobre la insana relación entre un adolescente y su vecino, anciano de pasado inconfesable. El cuento de invierno, que se titula El método de respiración, todavía no se ha visto en cine, aunque dispone de guion y los derechos están comprados para 2017. Quizá porque es el que tiene más de King como autor de lo extraño y porque en él aparece por primera vez el imaginario Club de Nueva York donde los socios se reúnen para contar historias perversas.

En estos días se cumplen treinta años del estreno de Stand By Me, la versión de Rob Reiner de El cuerpo. El otoño de la inocencia (The Body. Fall from Innocence). La historia de King situaba la acción en los últimos días del verano y jugaba en el título con el doble significado de «fall» en inglés: «otoño» y «caída en el pecado, pérdida de la gracia divina». Los protagonistas, cuatro preadolescentes del comienzo de la década de los sesenta en Castle Rock, pasarán en un par de días de ser unos niños a darse de bruces con la madurez, en lo que parece una simple excursión desde el pueblo hasta un bosque cercano. Pero el viaje tiene un objetivo siniestro: descubrir el cadáver de un niño que ha sido arrollado por el tren y al que las autoridades buscan por los alrededores. Los niños no son unos personajes «normales» o modelo, del tipo de protagonista de la publicidad de 1960 en USA. No, son cuatro desarraigados, chicos pobres con familias rotas a los que les une la desgracia. La excursión pronto se convertirá en una odisea llena de peligros, donde serán puestos a prueba constantemente.

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Stand by Me, 1986. Imagen: Columbia Pictures.

Stephen King utilizó una anécdota de su infancia para esta novela, el accidente de un niño en idénticas circunstancias. Cuando leyó en el periódico la muerte de un compañero de escuela, comenzó a escribir el relato, contado en primera persona por uno de los personajes, que no es otro que el propio King, reconocible en el niño Geordie Lachance, convertido a sus treinta y tantos años en un escritor de éxito y que recuerda y fabula historias dentro de otras historias su duro pasado en Maine como niño pobre, dando tumbos de un sitio a otro con su madre y su hermano mayor. Castle Rock, la ciudad inventada por King, se revela como un pueblo pequeño y triste de Nueva Inglaterra entre dos décadas, los cincuenta y los sesenta, donde se esconden todos los horrores del universo de su autor, tal y como él los vivió en su peripecia vital. El viaje en busca del niño muerto se hace mucho más largo y duro de lo que ellos han calculado mientras siguen caminado sobre las vías del tren, y está a punto de transformarlos en otros niños perdidos. Los chicos descubren en un par de días que el miedo a la oscuridad y los aullidos de los animales en un lugar agreste y solitario no es el mismo que se padece en la habitación de una casa, por muy pobre que esta sea. Sufren, como en un rito de iniciación, hambre, calor, las picaduras de insectos y otros animales mucho más desagradables. Tendrán que sortear a cara o cruz la entrada a un infierno (un desguace) custodiado por un perro de leyenda negra. Tendrán peleas, amenazas de otros chicos, la incertidumbre del futuro y la traición.

Hasta por fin, el descubrimiento del niño muerto, en una escena de pánico durante una brutal granizada. La amistad de los protagonistas, en especial entre el futuro escritor y Chris Chambers, el líder de la banda, esos lazos que parecen inquebrantables en la infancia y sin embargo pueden romperse con la misma facilidad que un niño es arrollado por un tren, la finitud, y dentro de ese corto periodo que es la vida, el término de la infancia cuando se desvela la cruda verdad, son las ideas centrales de un relato que, despojado de los elementos típicos de Stephen King (el universo Castle Rock, los detalles macabros y violentos, etc.) tiene muchos elementos en común con la historia que en 1973 escribieron George Lucas, Gloria Katz y su marido, Willard Huyck, para la película American Graffiti. Aquí se retrataba el desencanto de una generación, de un país entero, en el año 1962, pero igualmente dentro de un pueblo pequeño aprovechando la excusa del final de curso de un grupo de adolescentes. Entre ellos había un personaje, el solitario Kurt, que vertebra la narración y se pasa la película buscando la pista de una chica misteriosa, el chico que abandonará el pueblo y se convertirá en escritor. El actor que daba vida al personaje, Richard Dreyfuss, terminó por interpretar también al Geordie Lachance adulto en la versión para el cine del relato de King.

Stand By Me es una interesante película sobre niños dentro de la década de los ochenta y sus interminables comedias con adolescentes alocados. Aquí no hay bailes de fin de curso, es demasiado pronto, no salen niñas o adolescentes ideales, lo pueblan únicamente las fantasías infantiles y la amargura de la pobreza, el alcoholismo, los padres ausentes y críos que fuman. Quizá demasiado sentimental, en eso se aleja de la novela, y un poco forzada en los diálogos (los chicos hablan como si fuesen adultos, aunque en una de estas conversaciones se plantea la pregunta definitiva que nos hemos hecho todos en algún momento: «Si Donald es un pato y Pluto un perro, ¿qué es Goofy?»), pero muy convincente como propuesta de relato iniciático. Lectores aparte, poca gente creía que la historia hubiese sido escrita por un autor como Stephen King, quien, muy escarmentado con Kubrick y su adaptación de The Shining (1980) no veía una película buena inspirada en sus novelas. En este caso, un autor muy conmovido felicitó personalmente a Reiner por el resultado, afirmando que era la mejor adaptación que se había hecho de un texto suyo. El guion (Raynold Gideon y Bruce A. Evans, también productores) había profundizado en los retratos de los protagonistas y añadido algunos elementos, tales como plasmar en la pantalla cómo sería alguno de los cuentos que Gordie narraba a sus amigos. Para eso inventaron la historia del concurso de tartas, además de cambiar sustancialmente un hecho del final.

El verdadero éxito de la película reside en el reparto y la elección de los cuatro actores protagonistas. Will Wheaton era un actor infantil con experiencia que se vio convertido en estrella a los doce años, gracias a su papel de Geordie Lachance, el niño del que se han olvidado sus padres tras la muerte del hermano mayor (breve aparición de John Cusack). A su lado, River Phoenix, de catorce años, estaba a punto de dar el estirón y ser el mito que ha pasado a la historia, caracterizado como Chris Chambers. Corey Feldman, habitual del cine y la televisión, y reciente protagonista del taquillazo Los Goonies (Richard Donner, 1985), con trece años era Teddy Duchamp, el crío inestable con heridas externas e internas del maltrato paterno. Jerry O’Connell, de once, debutaba en el cine con este papel de Vern Tessio, el niño torpe que desencadena la trama. La clave de las buenas actuaciones recaía en las similitudes entre actores y sus respectivos personajes: Wheaton era un niño sin habilidades sociales, que prefería pasar el tiempo entre toma y toma en una galería de videojuegos, alejado de los demás. Phoenix se identificaba con el desarraigado Chris, un chico torturado por sus fantasmas personales, que compartía con sus compañeros revistas porno y alcohol y perdió la virginidad durante el rodaje. Feldman tenía los mismos trastornos psíquicos que Duchamp, había sufrido abusos de su padre, padecía ataques de ira y atacaba al resto de compañeros. O’Connell, el más pequeño, además de las peleas con Feldman, rodaba las escenas aterrorizado, porque casi siempre estaba detrás de las cámaras Kiefer Sutherland, quien interpretaba con muchísimo acierto al siniestro jefe de la banda de pandilleros, Ace Merrill, que permanecía allí para meterse en el papel y amedrentar a los pequeños. La película brilla especialmente cuando se dedica a la historia del grupo de delincuentes, los hermanos mayores de Chris y Vern y el resto de sus amigos, que también van en busca del niño muerto, y nos muestra a través de ellos el negro futuro de los niños. Lo más probable es que terminen en una banda de criminales de medio pelo, destrozando con un bate los buzones de correo a bordo de un coche. O si no, arrollados por un tren.

El actor y director Rob Reiner también se identificaba con la historia, por edad y trayectoria vital. Tras dirigir la sátira This is Spinal Tap (1984), se empeñó en llevar adelante el guion sobre el relato de King, después de que Adrian Lynne lo rechazase. Hubo diversos tropiezos en ese camino. Embassy, la productora original, fue vendida a Coca-Cola y anunció que no financiaría la película solo dos días antes de comenzar el rodaje. Continuaron gracias a la generosidad de Norman Lear, productor de televisión que puso de su bolsillo los millones necesarios. Gracias al éxito de taquilla, Reiner bautizó a su propia productora como Castle Rock Entertainment. El título de la película iba ser como en el relato, pero «El cuerpo, inspirada en un relato de Stephen King» podría confundir al público, que lo mismo esperaba una historia de terror, así que Reiner eligió una de las frases claves del texto, ese «Quédate conmigo» («Stay with me») del enfrentamiento final. De esta forma podía conectar la película con la balada «Stand by Me» interpretada por Ben E. King, que abre y cierra la cinta. Era una unión mágica, por la coincidencia del apellido de los dos artistas, escritor y cantante, aunque la canción se editara un año después del momento en el que se desarrollan novela (1960) y película (1959), pero sobre todo, por el contenido del tema, nº 1 en el momento de su publicación en un subsello de Atlantic, y otro Nº 1 en 1986, cuando se estrenó la película.

«Stand by Me» fue escrita por Ben E. King, el primer cantante de los Drifters, junto a la pareja Jerry Leiber y Mike Stoller. King, una de las leyendas del RnB, nos dejó en abril de este año, y entre las grandes canciones que compuso, destaca por encima de todas este góspel moderno, una emotiva plegaria de ayuda, envuelta en un ritmo marcado por el bajo que va ascendiendo en progresión con los coros y los elegantes arreglos de cuerda, bajo la inspección de Phil Spector y Stanley Applebaum. Ha sido versionada en innumerables ocasiones y es mundialmente conocida. El espíritu de Chris Chambers (malogrado River Phoenix) pidiendo apoyo a su amigo, siempre quedará fijado gracias a esta película.

Pero no es la única música. En los ochenta, con Stand by Me hubo un pequeño revival del doo wop y el rock and roll de finales de los cincuenta, exactamente lo mismo que sucedió tras el estreno de American Graffiti, y un poco también, aunque de aquella manera, con Grease (1978) y The Wanderers (1979, Las pandillas del Bronx). La banda sonora está llena de grandes éxitos del género, que suenan en la radio que acompaña a los niños en su viaje o en la de los coches del grupo de los chicos malos. Números inolvidables de The Coasters, The Silhouettes, Jerry Lee Lewis, Buddy Holly o The Chordettes refuerzan más si cabe el sentimiento de nostalgia por la infancia perdida:

El compositor Jack Nitzsche, veterano músico de la época dorada junto a Rolling Stones o Buffalo Springfield, escribió la banda sonora, un arreglo romántico de la original «Stand by Me». El pueblo de Castle Rock esta vez no se localizó en Nueva Inglaterra, sino en el extremo opuesto del país, en diversas ciudades de Oregón y sus alrededores, que todavía se conservan igual:

He vuelto a releer el libro y he visto de nuevo la película para celebrar el cumpleaños de Stephen King y los treinta años de Cuenta conmigo. La película es un producto que se hace difícil de tragar en algún momento, sobre todo cuando la figura de River Phoenix se difumina en la carretera, saludando. La música tiene el mismo poder de hace no treinta, sino cincuenta años, y algunos momentos siguen siendo desternillantes, como el festival de vomitonas. El relato, por su parte, permanece como un recuerdo conciso y seco, igual que un septiembre en Madrid, incluso tiene ese récord cíclico y eterno que gusta tanto en televisión, «tras el verano más caluroso desde comienzos de siglo». Es Stephen King hablando de sí mismo, del niño que quería salir corriendo de Portland para contar sus experiencias y mirar en donde otros no se atrevían. Crear y refugiarse en un mundo paralelo en el que dictaban las leyes imposibles del misterio y el horror, nada que no fuera superado por la realidad de la violencia social y las penurias personales. Asomarse sobre el cadáver de un niño muerto y atravesado de insectos, cubiertos los ojos con bolas de granizo como pasaporte al otro mundo. Es Stephen King cuando dice que lo más difícil no es contar eso, una aventura macabra y con personajes paranormales, sino aquello que no te atreves a confesar a nadie: que estás solo, que tienes miedo y que tú y los días se hacen cada vez más cortos cuando llega septiembre.


¿Qué actor o actriz ha puesto más empeño en sabotear su carrera?

Hay intérpretes que jamás ganarán un Óscar, pero no es algo que les preocupe lo más mínimo: han sabido encontrar un nicho y lo han explotado, ganando mucho dinero y unos cuantos fans. Es el caso de Steven Seagal, que ha logrado ganarse la admiración del mismísimo Putin —que no es alguien que vaya por la vida regalando cumplidos—, o del columnista de política internacional y anteriormente actor Chuck Norris. Nunca han caído en la frivolidad de tomarse en serio y su carrera artística no da bandazos, nadie puede asomarse a sus películas esperando otra cosa que lo que son. Nuestro respeto. Otros, en cambio, en algún momento han dado muestras de un gran talento para la actuación, han sabido escoger proyectos que se convertirían en obras maestras del cine… y luego se han echado a perder con auténtica saña, hacia sí mismos y hacia los incautos espectadores que acuden confiados a la taquilla pensando «si sale este, debe ser buena». ¿Por qué lo hacen? Es una de las grandes incógnitas de la ciencia, así que mientras esperamos la respuesta al menos distingamos cuáles son, para minimizar el daño. Así que voten y añadan si lo desean algún otro más a la lista.

(La caja de voto se encuentra al final del artículo)

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John Travolta

Imagen de Getty.
Imagen de Getty.

Mirando alguna foto de los últimos años de Travolta uno piensa en la escasa pericia con el Photoshop de quien le haya añadido eso en la cabeza, hasta que lo ves en otras imágenes y caes en la cuenta de que realmente lo lleva puesto, hay playmobils con el pelo más sedoso. Aunque probablemente cuando se mire en el espejo estará orgulloso del resultado, como lo está de su firme creencia en Xenu —el dictador de la Confederación Galáctica al que los terrícolas debemos nuestra existencia, de poseer un discreto Boeing 707 y, tal como sospechamos, también se sentirá satisfecho de su filmografía. En sus inicios la necesidad le obligó a interpretar papeles en películas buenas o al menos simpáticas, como Carrie o Grease, pero luego ya pudo hacer lo que realmente le gustaba: Austin Powers III, Campo de batalla: la Tierra, Phenomenon o Dos canguros muy maduros. ¿Cómo puede elegir tan rematadamente mal? ¿Es nuestro tormento alguna clase de ofrenda a su dios? Claro que hasta los más grandes maestros del despropósito tienen un desliz, que en su caso fue Pulp Fiction.

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Robert De Niro

Imagen de Universal Pictures.
Imagen de Universal Pictures.

El padrino II, Taxi Driver, Novecento, Érase una vez América, El cazador, Toro Salvaje, La misión, Uno de los nuestros, Casino, Heat… No hay otro actor en la historia del cine que pueda presentar un currículo con un nivel medio tan alto. Pero la buena estrella que le guió a la hora de escoger proyectos durante los setenta, ochenta y noventa dio paso a otra cosa cuando se le metió en la cabeza que tenía que hacer comedia y poner una y otra vez esa mueca que por algún motivo considera desternillante. Entonces llegaron Los padres de ella, Ahora los padres son ellos y, aún pendiente de su estreno, Dirty Grandpa.

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Eddie Murphy

Imagen de Paramount Pictures.
Imagen de Paramount Pictures.

Comenzó a principios de los ochenta siendo un monologuista malhablado e incorrecto en los temas que abordaba, de una manera que hoy día ya no sería posible bajo la vigilancia de unos medios de comunicación y redes sociales más susceptibles de escandalizarse que una señora victoriana de misa diaria. Pero el caso es que resultaba muy divertido, aquí un ejemplo. Por entonces se estrenó en la gran pantalla con Límite: 48 horas, todo un clásico del cine policíaco de los ochenta en la que tenía una fantástica química con Nick Nolte. Le siguieron otras cintas entretenidas y de cierta calidad y luego ya, entrados los noventa, esa clase de comedias que provocan al inicio cierta incomodidad en los espectadores, que termina derivando en abierta angustia y mirada extraviada en busca de la salida.

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Chris Rock

Imagen de Getty.
Imagen de Getty.

Aquí tenemos un caso similar, aunque aún más sangrante si cabe. Steven Pinker ha definido al biólogo Robert Trivers como «uno de los autores más destacados en la historia del pensamiento occidental» y este es, a su vez, un devoto admirador de Chris Rock, al que cita con frecuencia en su obra. Es un monologuista muy agudo, realmente brillante, y en YouTube hay múltiples ejemplos de ello: en este vídeo lo vemos por ejemplo hablando de la diferencia entre tener un trabajo y tener una carrera profesional. ¿Qué hizo cuando dio el salto al cine? Pues si dejamos a un lado Dogma, nos encontramos con La salchicha peleona, Zohan: licencia para peinar y De incompetente a presidente. De nuevo un misterioso desdoblamiento de alguien que tampoco parece forzado por la necesidad económica, dado su éxito previo. En la próxima entrega de los Óscar lo veremos como presentador, esperemos que encarnado en la primera versión.

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Christopher Lambert

Imagen de Columbia Pictures.
Imagen de Columbia Pictures.

Comenzó con Greystoke, la leyenda de Tarzán y Los Inmortales y a esta última le añadió cuatro continuaciones, cada cual peor que la anterior, en lo que probablemente es la peor saga de la historia. Tenemos por ahí a tanto artista posmoderno buscando con su obra la fealdad deliberada como forma de transgresión y este con menos alarde los barre a todos. Debía de ser curioso el mecanismo mental que permitió llevarlas a cabo: «eEsta nos ha salido mala de cojones… ¡Hagamos otra!». En fin, ahora parece que aún habrá una sexta que será un remake del original. También participó en Druidas, Mortal Kombat y Fortaleza infernal, así como Fortaleza infernal 2, que la primera no le salió suficientemente mala y hubo que repetirla. Está claro que su trayectoria es una cuestión de gustos, concretamente de carecer de ellos. Si bien ha estado casado con Diane Lane y Sophie Marceau, así que criterio y buen tino sí que tiene. Simplemente prefiere no aplicarlo en su vida profesional.

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Geena Davis

Imagen de 20th Century Fox.
Imagen de 20th Century Fox.

Su trayectoria tuvo un magnífico inicio que le llevó a ganar un Óscar por su papel en El turista accidental, pero del monumental desastre de La isla de las cabezas cortadas parece que ya no pudo recuperarse. Así que apareció en Stuart Little, en sus dos continuaciones, y en alguna otra producción que ha pasado desapercibida.

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Nicolas Cage

Imagen de Touchstone Pictures.
Imagen de Touchstone Pictures.

Sabíamos que este no podía faltar. En China hace poco más de dos años le concedieron un premio al Mejor Actor Global, podemos decir en consecuencia que encaja en los estándares chinos de calidad. No obstante prestigiosos críticos de otros lugares del mundo comparten ese diagnóstico, así que no seremos nosotros quienes lo cuestionemos ahora. Aunque tan bueno no debe ser si aparece junto a John Cusack (Con Air) y Travolta (Cara a cara).

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Renée Zellweger

Imagen de TriStar Pictures.
Imagen de TriStar Pictures.

Y hablando de Cara a cara, hay actores que sabotean sus carreras, otros además su cabellera, implantándose un pelo de no se sabe qué material, pero lo que ha hecho esta actriz es ir un paso más allá. La anterior cara ya no le valía y se ha puesto una que no es mejor ni peor, simplemente otra. Veremos si le sirve para prolongar una trayectoria en la que ya ha ganado un Óscar y dos Globos de Oro o no consigue que el público supere la sensación de extrañeza al contemplarla.

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John Cusack

Imagen de Warner Bros.
Imagen de Warner Bros.

Este actor se ganó cierta fama de intelectual gracias a películas como Medianoche en el jardín del bien y del mal, Cómo ser John Malkovich y Alta fidelidad, siendo además guionista de esta última. En Identidad ya aparecía junto a Ray Liotta —mala señal— y mientras tanto ya se ha encargado de dinamitar ese prestigio en Con Air y 2012.

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Sandra Bullock

Imagen de Warner Bros.
Imagen de Warner Bros.

Tiene el indudable mérito de haber ganado en un mismo año un Razzie y un Óscar, así que no podíamos dejarla fuera. Su filmografía ha tenido tal nivel que quienes en su momento recomendaban Gravity decían «pero Bullock está bien aquí», conscientes del efecto disuasorio de ese apellido.

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Ray Liotta

Imagen de Warner Bros.
Imagen de Warner Bros.

En Uno de los nuestros consiguió fijar en nuestras retinas su risueño personaje, pero desde entonces y con altibajos su brillo ha ido declinando. No hay proyecto al que le haga ascos por malo que a priori pueda ser, es que no se niega ni ante Uwe Boll, mientras que en Cerdos Salvajes aparecía acompañado precisamente de… John Travolta y Nicolas Cage. ¿Qué posibilidades con semejante trío tenía esa película de salir buena? Aquí un servidor no se ha atrevido a verla, pero si ha logrado ponerlos juntos entonces cabe deducir que estamos ante la tormenta perfecta del bodrio.

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Mi película era una mierda

El incidente. Imagen: 20th Century Fox.
El incidente. Imagen: 20th Century Fox.

Durante una rueda de prensa de la película The fighter a Mark Wahlberg, Marky Mark en los corazones de medio planeta, le hizo cortocircuito el fusible del rencor y enlazó la explicación de una anécdota junto a su compañera de reparto Amy Adams con una puñalada a un director indio: «... nos dimos el lujo de almorzar antes de hablar de otra película, que en este caso se trataba de una película mala en la que yo había participado. Ella esquivó el tema. Yo aún era capaz de… No quiero decir de qué película se tra… vale, era El incidente. A la mierda. Esa era. Los putos árboles, tío. Las plantas. A tomar por culo. No puedes echarme la culpa de no querer intentar interpretar a un profesor de ciencias. Por lo menos no estaba haciendo de policía o ladrón». Un odio puro que emanaba de Wahlberg y en el fondo tenía cierta justificación para quien haya visto El incidente, una película que solo ofrece un arranque cojonudo y un ocurrente plano secuencia con una pistola a ras de suelo antes de ponerse un embudo por sombrero y dar a entender que M. Night Shyamalan ha pasado demasiado tiempo solo en su huerto.

Hasta 1968 la Directors Guild of America (DGA) no permitía a los directores de cine firmar sus producciones con seudónimos. Pero los problemas de autoría con una película que llegó a tener dos realizadores diferentes tras las cámaras (La ciudad sin ley) acabaron desembocando en la utilización de un alias para sustituir el nombre del director en ciertos casos: Alan Smithee. Un seudónimo bendecido por la propia DGA que en años posteriores sería utilizado como comodín oficial por todos aquellos directores que prefirieran no estampar su nombre en sus películas, bien por culpa de la escasa calidad de las mismas o bien porque terceros metieron demasiada mano en el resultado final. La familia de Smithees fue creciendo —Imdb lista unos ochenta títulos en los que el realizador ficticio figura como director—, hasta que en 1997 una película titulada ¡Arde Hollywood! de reparto extraño (Eric Idle, Coolio, Jackie Chan, Ryan O’Neal, Sylvester Stallone o Whoopi Goldberg) convirtió ese apodo en la trama principal. La obra narraba las desavenencias con la industria del cine de un personaje llamado Alan Smithee, e irónicamente resultó ser tan mala que en el mundo real su propio director, Arthur Hiller, decidió firmar también con tan solicitado seudónimo. El fracaso a nivel artístico y económico de ¡Arde Hollywood! acabó llamando tanto la atención que el alias dejó de ser un secreto para el gran público y la DGA decidió renunciar a utilizarlo a partir de entonces.

En el séptimo arte los directores siempre han contado con esa ventaja para regatear la vergüenza ajena: de no estar contentos con su trabajo bastaba con firmar en el libro de invitados con el nombre falso. Los actores lo han tenido más difícil en esos casos porque, por mucho que intentasen esconderse, su cara en la pantalla era una huella inequívoca de su paso por la producción. Ellos tendrían que contentarse con renegar de la película propia siguiendo el protocolo clásico: echar pestes por la boca.

Primera fase: negación

Al gran Bob Hoskins lo entrevistaron en The Guardian y tres de las preguntas de aquella conversación permitían intuir de qué parte de su carrera el hombre no estaba especialmente orgulloso:

—¿Cuál es el peor trabajo que has tenido?
Super Mario Brothers.

—¿Cuál ha sido tu mayor decepción?
Super Mario Brothers.

—Si pudieses volver al pasado, ¿qué cambiarías?
Super Mario Brothers.

La guerra de las galaxias. Imagen: Disney
La guerra de las galaxias. Imagen: Disney.

Alec Guinness no andaba demasiado contento con lo que veía durante el rodaje de La guerra de las galaxias y en plena faena soltó una declaración desapasionada: «Si obviamos el dinero, la verdad es que me arrepiento de haberme embarcado en la película. Ellos me caen bien, pero esto no es un trabajo de actuación, el diálogo —que es lamentable— se cambia continuamente pero mejora muy poco, y yo me siento viejo y fuera de lugar con los jóvenes». Daniel Craig y Rachel Weisz, tras rodar Dream house y bastante cabreados con el resultado, acordaron hacer como si la película no existiera y no participar en la promoción de la misma ni mencionarla nunca más en público, una decisión a la que el director del film, Jim Sheridan, no pudo hacer reproches por encontrarse muy ocupado haciendo exactamente lo mismo. John Cusack se levantó de la butaca y se fue de la sala durante la première de la película Más vale muerto, que él mismo protagonizaba, alegando que aquello era lo peor que había visto nunca. Burt Reynolds visionó un primer montaje de Boogie Nights, decidió que la película apestaba y despidió a su agente por haberle recomendado el papel, un detalle que a la larga resultaba muy curioso porque no todo el mundo tiene el criterio tan clarividente como para darle la patada a quien te abastece el currículo de premios: Reynolds acabaría ganando un Globo de Oro y una nominación al Óscar por aquella actuación. Dos sabuesos en la isla del edén provocó unas reacciones de rechazo curiosas entre su reparto: Dan Aykroyd dijo que era la única película de su carrera que prefería olvidar que había hecho, y Rosie O’Donnell empezó a llevar a su perro a las alfombras rojas para evitar que le preguntasen por la película. Cuando la MTV le inquirió a George Clooney sobre su peor pesadilla, este contestó recordando el desliz de Batman & Robin: «Mi peor pesadilla es llevar el bat-traje. Le pusieron pezones a esa cosa, ni siquiera me di cuenta hasta que salió la película». Aunque no era ningún secreto que le tenía manía a su paso por el armario del hombre murciélago: tiempo atrás había reflexionado en voz alta sobre las virtudes de aquella película: «Era una mierda bien grande, y yo estaba horrible».

Kate Winslet ha reconocido que no puede ver Titanic porque su acento americano le parece espantoso, aunque las auténticas puñaladas las reserva para otro daño colateral de la misma película: el tema «My Heart Will Go On» de Celine Dion que ejercía de banda sonora oficial, una canción sobre la que Winslet sería bastante clara: «Me dan ganas de vomitar al escucharla. No debería decir eso. Nah, en realidad es verdad, me dan ganas de vomitar».

El personaje de Jim Carrey en Kick Ass 2 entrenaba a un perro en el arte de masticar testículos enemigos. Y, justo antes de arrancar la campaña publicitaria el actor decidió retirarse de las apariciones promocionales del film tras la noticia de un sangriento tiroteo en una escuela de Estados Unidos. «Hice Kick-Ass un mes antes de que ocurriera lo de Sandy Hook y ahora, plenamente consciente, no puedo ni debo apoyar ese nivel de violencia. Mis disculpas a los demás implicados en la película. No me avergüenzo de ella, pero los hechos recientes le han dado la vuelta a mi corazón». Carrey fue elegante por educado y Mark Millar, autor del cómic original, lamentó también cortésmente el asunto, aunque aprovechó para señalar que el guion era igual de violento cuando el actor firmó para participar en él que después de la noticia del tiroteo.

Segunda fase: ira

Caza al terrorista (Dying of the Light), un thriller protagonizado por Nicolas Cage, enfrentó a su director, Paul Schrader, con sus productores hasta que estos decidieron darle la patada y encargarse de todo lo que implicaba el proceso de posproducción, desde el montaje hasta la mezcla de sonido, modificando notablemente todo hasta convertir la película en algo muy lejano a la idea original de Schrader. El director junto a Cage, Anton Yelchin y uno de los productores ejecutivos protestaron de una manera muy especial para evitar demandas: haciendo circular una foto en la que cada uno de ellos llevaba puesta una camiseta donde se podía leer la cláusula del contrato que les impedía hablar mal de la película. Schrader acompañaba la imagen de un comentario maravilloso: «Aquí estamos, Nick Cage, Anton Yelchin , Nic Refn y yo, vistiendo nuestras camisetas de No Menosprecio. La cláusula de No Menosprecio en el contrato del artista otorga a los propietarios de la película el derecho de demandar al propio artista si este dice cualquier cosa considerada despectiva sobre la película. No tengo ningún comentario que hacer sobre la película o relacionado con la imagen».

Imagen: Paul Schrader.
Imagen: Paul Schrader.

David Cross se despachó a gusto con una película que acababa de estrenar cuando fue entrevistado en el programa de Conan O’Brien. La obra en cuestión era la tercera parte de una serie de películas para niños con voces de pitufo en modo karaoke: Alvin y las ardillas 3. Cross animó a la audiencia a no ir a ver una película que era «un anuncio gigante de los cruceros de la licencia Carnival Cruise», mientras aseguraba que el rodaje se había convertido en la «experiencia más miserable de mi vida» al tener que embarcarse en un crucero durante una semana y verse «forzado a filmarla a punta de pistola legal». Y es que está muy mal eso de obligar a la gente a ir de crucero y compensarlo con un maletín repleto de pasta: años atrás Cross había reconocido que se había apuntado a la franquicia de películas infantiles solamente porque el dinero del cheque ofrecido superaba al montante ganado por todos sus otros trabajos en conjunto. En el plató las palabras comenzaron a inflarse cuando el actor apuntó a personas concretas: «En todo esto está implicada una productora, no voy a decir quién es, que es la personificación de lo que la gente piensa cuando se piensa negativamente sobre los judíos», y en ese momento Conan decidió que iba siendo hora de cambiar discretamente de tema.

Katherine Heigl en plena promoción de Lío embarazoso declaró a Vanity fair: «… es un poco sexista. Retrata a las mujeres como arpías, como personas tensas sin sentido del humor. Y a los hombres los muestra como chicos encantadores, torpes y amantes de la diversión… Algunos días tuve bastantes problemas con todo eso. Interpreto a una zorra descomunal. ¿Por qué mi personaje se comporta como una aguafiestas?».

Megan Fox, a raíz de Transformers, puso a parir a un Michael Bay que le contestó con el clásico «Si no la llego a poner en la película nadie sabría hoy quién es», pero tras rodar la secuela con robots decidió cebarse con más saña: «Salgo en la peli, he leído el guion, he visto la película entera y todavía no me he enterado de qué va. Si tú no te has leído el guion y vas a verla y la entiendes a lo mejor eres un genio […] Michael Bay es como Napoleón, quiere crear esa infame reputación de hombre loco. Quiere ser Hitler durante el rodaje. Y lo es». El realizador, después de oírle mentar al alemán, decidió enviarla a casita y olvidarse de ella para Transformers 3. Shia Labeouf, una persona que tiene la boca como para permitir un tráfico fluido de trenes de mercancías, también tenía una opinión formada sobre la secuela de Transformers y lo dejaría claro al soltar un «Era espectacular pero había perdido el alma de la primera… solo consistía en un grupo de robots peleándose», unas declaraciones que definían inconscientemente lo que alguien capaz de pagar la entrada para Transformers esperaba ver en la pantalla. Pero el chaval también dispararía contra otras franquicias al comentar de manera pública que Indiana Jones y la calavera de cristal había sido un error importante. Una afirmación gracias a la que acabaría obteniendo un par de consejos por parte de Harrisond Ford: «Creo que le dije que era un puto idiota. Como actor creo que es mi obligación apoyar la película sin comportarme como un gilipollas. Shia es ambicioso, atento, tiene talento, pero está aprendiendo cómo enfrentarse a una situación que es bastante especial y compleja».

Michelle Pfeiffer se fustiga a sí misma por Grease 2: «Odio esa película con todo mi ser y no puedo creer lo mala que es. En aquel momento yo era joven y no sabía hacer nada mejor». Jordi Vilches dijo sobre Propios y extraños: «El guion era muy bueno y ha salido una mierda de película. Solo me dio dolores de cabeza, ni siquiera he cobrado». Channing Tatum reconoció que, a pesar de ser fan en la infancia de los G.I. Joe, la película basada en ellos en la que participaría era infumable: «Siendo honesto, odio esa puta película. Me obligaron a hacerla». Jaime Lee Curtis diría de Virus: «Esa película es una mierda, es increíblemente mala, de lo peor». Lo de Sean Connery con uno de sus personajes icónicos se acabaría convirtiendo en una aversión conocida públicamente y muy personal: «Siempre he odiado al maldito James Bond. Lo mataría».

La tirria descomunal que le tiene Christopher Plummer a aquella Sonrisas y lágrimas que protagonizaba junto a Julie Andrews en los sesenta tiene origen incierto pero es bastante conocida. Lo gracioso es que su círculo de colegas cercanos aseguran que es ese odio visceral el que hace que el actor siempre se refiera a la película, titulada The Sound of Music en su versión original, como The Sound of Mucus.

Tercera fase: negociación

Arnold Schwarzenegger, hablando sobre El guerrero rojo, ese spin-off de Conan con su actor protagonista pero sin Conan, aseguró que la cinta a la larga le había ayudado mucho en sus responsabilidades educativas como padre: «Es la peor película que he hecho. Cuando mis hijos se portan mal los envío a su habitación y les obligo a ver Red Sonja (El guerrero rojo) diez veces seguidas. Nunca me han dado muchos problemas». Sylvester Stallone, la otra gran mole del cine de acción de los ochenta y noventa, también proponía las ventajas de utilizar como arma ofensiva uno de sus trabajos: «He hecho un montón de películas horribles. ¡Alto! O mi madre dispara era la peor de todas. Si en algún momento necesitas que alguien confiese un asesinato, siéntalo delante de ella y oblígalo a verla entera. Estará cantando lo que sea a los quince minutos».

Manhattan. Imagen: United artists.
Manhattan. Imagen: United artists.

El caso más asombroso de una posible negociación lo protagonizó Woody Allen cuando, tras completar la película Manhattan, el neoyorquino se sintió tan avergonzado de ella («Si esto es lo mejor que puedo hacer siento que no deberían darme dinero para dirigir películas») que propuso a la distribuidora, United Artists, rodar otra película gratis a cambio de que nunca sacaran aquella a la luz. En la compañía no le harían ni caso, estrenarían Manhattan en cines y la obra acabaría convertida en uno de los mayores éxitos de la carrera de su director, con nominación al mejor guion incluida.

Cuarta fase: resignación

El guionista hollywoodiense Mitch Glazer se tiró veinte años intentando llevar un guion a la gran pantalla hasta que finalmente dirigió él mismo la cinta Passion Play, un drama protagonizado por Megan Fox, Mickey Rourke y Bill Murray, y también un tostón insoportable. Tras el paso del film por Toronto, donde espantó a la gente de las butacas, los distribuidores decidieron enviarla directamente al mercado del videoclub y estrenar un par de copias en cines. En una fiesta, un periodista de Vulture se acercó a Rourke para hacerle unas preguntas sobre dicha película y el hombre contestaría con sinceridad: «Es horrible, otra película horrible. Pero bueno, todos tenemos en nuestras carreras montones de películas malas. ¿Se va a estrenar en pocos cines? Eso es porque no es muy buena». A Jessica Alba el director de Los 4 Fantásticos y Silver Surfer le comentó que sus lágrimas no eran lo suficientemente fotogénicas y que habían decidido tirar de efectos especiales y añadirlas por ordenador, una explicación que provocó un cortocircuito en la chavala y su manera de percibir la industria: «En ese momento dije “¡A la mierda! No me pienso preocupar nunca más por este negocio”».

A Jamie Foxx, durante la gira promocional de La sombra del reino, se le escapó un «Menos mal que con esta no tengo que mentir y decir que es buena, como me pasó con Stealth». Robert Pattinson nunca ocultaría su total aversión por el personaje de Crepúsculo que le estaba haciendo famoso: «Es la persona más ridícula que conozco… cuanto más leo el guion más odio a este tipo. Además, es un chaval de ciento ocho años y virgen, así que obviamente tiene algunos problemas». Bruce Willis directamente no menciona las películas que considera un error en su carrera, pero da pistas numéricas: según sus cálculos hay una docena de films que preferiría borrar de su currículum. La creencia popular apuesta por que El gran halcón, Vaya par de polis y La jungla: un buen día para morir apuntan a las primeras posiciones en esa lista de Willis.

Quinta fase: aceptación

Alguien tuiteó a Lindsay Lohan para decirle «Anoche vi Sé quién me mató dos veces seguidas» y obtener como respuesta de la propia estrella un «Dos veces más de las necesarias». James Franco no se andaría con mareos para definir la abominable Caballeros, princesas y otras bestias: «Esa película apesta. Es que no se puede decir otra cosa». Matthew Goode reconoció que aceptó el papel en Tenías que ser tú porque le quedaba cerca: «Así podía volver a casa los fines de semana. No fue por el guion, créeme. ¿Me sentí peor por ello? No. ¿Era un trabajo malo? Sí, pero me pagaron y me lo pasé bien». Sam Worthington, hablando de su papel en Furia de titanes, soltó un sincero «Creo que yo puedo actuar la hostia de mejor», y luego rodó Ira de titanes para no demostrarlo en absoluto; en el fondo Worthington se estaba haciendo el interesante porque meses atrás, tras estrenar Terminator Salvation, se le había escapado un «debería esforzarme más al revisar los guiones que recibo». Charlize Theron definiría Operación Reno con un «Es una película mala, mala, mala», y su coprotagonista, Ben Affleck, bromearía con la calidad de la película en esa tontorrona broma de colegas llamada Jay y Bob el silencioso contraatacan. Affleck era alguien que no solía cortarse al hablar de sus trabajos: en más de una ocasión mencionaría que su Daredevil no le gustaba nada. Leonor Watling sería muy directa con su trabajo a las órdenes de Vicente Aranda: «¿Qué pasa si un rodaje ha sido horrible y lo digo? Solo me ha pasado una vez, con Vicente Aranda en Tirante el blanco. Me habría ahorrado ese rodaje. Si no dices la verdad, que ha sido un infierno y que me habría pegado un tiro en la boca, no puedes valorar luego que un rodaje sea maravilloso».

Thomas F. Wilson es el chico que interpretó a Biff Tannen en la serie de películas de Regreso al futuro. Siendo una cara conocida de una trilogía del culto el pobre chaval tuvo que sobrellevar el éxito de las películas de Robert Zemeckis con bastante resignación, aceptando que oleadas de fans invadiesen su zona de confort constantemente agitando dudas concretas sobre la película y generales sobre los viajes en el tiempo, y olvidando que en lugar de estar hablando con uno de los guionistas se estaban dirigiendo al hombre cuyo papel consistía en poner cara de abusón y acabar rebozado en montañas de mierda. El bueno de Tom Wilson nunca llegó a ciscarse públicamente sobre las películas que lo hicieron famoso, sino que prefirió optar por una vía muchísimo más elegante: la de crear en un papelito una F. A. Q. de la que poder llevar encima varias copias para entregar a quienquiera que se le acercase con ganas de hablar de DeLoreans.

La Frequently Asked Questions de Biff Tannen.
La Frequently Asked Questions de Biff Tannen.

Puede que Halle Berry sea la trabajadora de Hollywood que mejor ha asumido las críticas. La actriz cometió el error de enfundarse en 2004 en un disfraz de Catwoman que estaba más cerca de una bailarina de pole dance de moral oscilante que del mundo del cómic. Dirigía Pitof y, como siempre ocurre cuando el encargado de todo es alguien que cree que mola no tener apellidos, el resultado fue un espanto de película. En los Razzie Awards, esos anti-Óscar que premian las peores películas de la temporada, Catwoman recibiría siete nominaciones y acabaría llevándose el galardón en cuatro de ellas, incluyendo peor película y el peor actriz protagonista. Lo sorprendente es que Berry se presentó para recoger el premio en la gala y, para mayor recochineo, lo hizo con su Óscar, el que la Academia le había concedido por Monster’s Ball unos años antes, en la mano. Y con un delicioso discurso: «Gracias. Muchísimas gracias, en mi vida me hubiera imaginado que acabaría estando aquí algún día. ¡Un Razzie! […] Antes de nada quiero agradecer a Warner Brothers. Gracias por ponerme en este horrible pedazo de mierda de película… era justo lo que mi carrera necesitaba. Estaba en todo lo alto y me habéis arrojado al fondo. Está bien, es duro estar en lo alto».


¿Es Nicolas Cage el mejor actor de la historia?

Con Air. Imagen: Touchstone Pictures.
Con Air. Imagen: Touchstone Pictures.

Hay preguntas, como la que sirve de título a este texto, que escapan al sentido común en la medida en que su respuesta es imposible. Y lo es porque depende del paladar de cada cual, impidiendo el fallo ecuánime.

Sin embargo, el sentido común, como la prudencia o la razón, es una de esas camisas de fuerza aburridísimas que encorsetan la lógica y desdeñan la estupidez, que no siempre es un filtro insensato. Hace poco, por ejemplo, un amigo quiso cancelar la cena en la que íbamos a celebrar la publicación de su novela por la sencilla razón de que él no podía asistir. Como si fuese necesaria su presencia para celebrar la publicación de su novela. Como si fuese necesario que le publicasen una novela para celebrar que le habían publicado una novela. El sentido común es a menudo un obstáculo inútil, similar a las recomendaciones de tu padre en la adolescencia, que te ancla a lo previsible y solo sirve para tomar decisiones adultas y equivocadas como cancelar cenas injustificadas o evitar las cuestiones sin respuesta. Permítanme que prescinda de él en este artículo y, aun careciendo de sentido, mantenga la pregunta: ¿es Nicolas Cage el mejor actor de la historia?

En realidad, para poder determinar con certeza quién es el mejor actor de la historia sería necesario que la capacidad de interpretación de los posibles candidatos fuese una magnitud susceptible de ser comparada con una unidad de medida prestablecida, de tal modo que pudiésemos hallar cuántas de estas unidades hay en aquella. Una distancia, por ejemplo, puede ser señalada en metros, el estándar de longitud del sistema métrico decimal; una masa en kilogramos —preferiblemente sin ropa y antes de desayunar—; y un trabajo en julios, tal vez porque es el mes en que la contratación estacional se traduce en las tasas más bajas de desempleo.

Pero las dotes interpretativas, por desgracia, no pueden ser calculadas de forma objetiva porque no se pueden medir. O lo que es lo mismo, son inconmesurables. Se podría decir, por tanto, que la habilidad de Nicolas Cage para la actuación es inconmensurable. Y convendrán conmigo en que si algo es inconmensurable significa que es enorme, por lo que cabe deducir que Nicolas Cage tiene un talento descomunal para la interpretación. Primer argumento a su favor.

En segundo lugar, si repasamos la filmografía de algunos de los considerados por crítica y público como los mejores actores de nuestro tiempo, como Al Pacino, Jack Nicholson, Daniel Day-Lewis o Will Smith, comprobamos atónitos que Nicolas Cage, con setenta y ocho títulos según la Wikipedia, ha actuado en muchas más películas que cualquiera de ellos. Es más, ha integrado el reparto de más cintas que Al Pacino y Daniel Day-Lewis juntos. Incluso más del triple que todas en las que ha participado Will Smith a lo largo de su carrera. Si aceptamos que Messi y Cristiano son los mejores futbolistas del mundo porque nadie marca más goles que ellos, a la fuerza Nicolas Cage ha de ser también el mejor actor.

Alguien podría objetar, no obstante, que Messi es el mejor jugador no solo porque marca muchos goles, sino porque además aporta un componente indiscutible de calidad. No sería exagerado afirmar, a fin de cuentas, que ha sido él quien ha convertido al Barça en el mejor equipo del mundo después de Real Madrid, AC Milan, Manchester United, etc. Sin embargo, si hablamos de calidad, no es menos cierto que fue la inapelable interpretación de Cage la que ha hecho de Con Air el mejor film de la historia del cine. Algunos defienden que es El Padrino. Otros, Casablanca. Muerte en Venecia, El club de la lucha, Cinema Paradiso, Taxi Driver, El Padrino III, La lista de Schindler. Las elegidas son muchas, pero solo Con Air reúne la dosis exacta de acción, intriga, tensión narrativa, profundidad argumental, credibilidad e inteligencia emocional. Y todo en una sola cinta. Probablemente estemos, sin exagerar, ante la Psicosis del siglo XX.

Con Air es un canto al instinto de supervivencia del ser humano. En el desarrollo de su trama se aprecia con nitidez una defensa sincera de los postulados del libertarismo metafísico, en una línea muy similar a la reinterpretación de los mismos que ha llevado a cabo el profesor Peter van Inwagen a lo largo de su obra. Cameron Poe, magistralmente encarnado por Nicolas Cage, impone su fuerza de voluntad al nexo causal que une su pasado con su futuro, y lo hace en un escenario claustrofóbico: un avión lleno de reclusos dispuestos a fugarse por las bravas.

Con Air. Imagen: Touchstone Pictures.
Con Air. Imagen: Touchstone Pictures.

El reparto es el sueño de cualquier director. Está repleto de figuras de la interpretación que no necesitan presentación. Steve Buscemi (ese que hace de bandido en Fargo y también sale en El gran Lebowski), que cuaja una actuación sublime cuando juega con una niña en el aeródromo y canta aquello de «tiene todo el mundo, en sus manos tiene el mundo entero». John Cusack (salía en Alta Fidelidad y se parece al de Dos hombres y medio), que interpreta al policía que jamás pierde la fe en Poe. John Malkovich (el de Cómo ser John Malkovich), quien da vida a un villano eterno cuyo nombre asusta con solo mencionarlo: Cyrus el virus. Y luego también sale Danny Trejo. Todos los matices del guion, todos los pequeños detalles que conforman la trama quedan perfectamente resumidos en el que quizá sea el título más redondo de todos cuantos existen. Con Air. Donde Con es convicto y Air es aire. Ahí queda eso.

Pero la carrera de Nicolas Cage no se reduce a las grandes producciones de Hollywood. Sería muy fácil resaltar su papel en esa película en la que interpreta a un motorista que tiene una calavera en llamas por cabeza. O su trabajo en La mandolina del capitán Corelli (de esta película cabe destacar que hace de un capitán que toca la mandolina) o en Hombre de familia (en esta interpreta a un hombre de familia). Pero ser el mejor te obliga a elegir a veces el camino difícil, y todo el mundo sabe que, en el mundo del cine, la gloria no está en Hollywood sino en las producciones de presupuesto pequeño, con mucha menos repercusión mediática, a las que el gran público apenas presta atención, pero tienen la etiqueta de «no comercial«. Ese sí es buen cine y no el de Spielberg.

Y en ese ámbito, el bueno de Nicolas se mueve como nadie. Sin ir más lejos, en Adaptation (El ladrón de orquídeas), Cage tuvo que interpretar a dos hermanos gemelos en el mismo largometraje. Es decir, ¡hizo de dos personas distintas a la vez! Y por si eso no lo convierte automáticamente en el mejor actor del mundo, he aquí una dificultad añadida: una de ellas es Charlie Kaufman, que es también el guionista de la película. Y para colmo, el guionista de la película, durante la misma, escribe sobre cómo él mismo está escribiendo la película, de forma que el argumento va adoptando forma en la pantalla a medida que también se va escribiendo. Y todo ello basándose en un libro de Susan Orlean del mismo nombre que a su vez se basa en un artículo suyo para The New Yorker. Bueno, pues en medio de todo este caos metacinematográfico, el actor que da vida a Charlie Kaufman es Nicolas Cage. Y además, a su hermano gemelo, que ni siquiera existe. Dos personas al mismo tiempo. El doble de trabajo que un actor normal. Increíble.

Pero donde Cage se corona es en Arizona Baby, que es de los hermanos Coen y por lo tanto es buenísima. Yo no la he visto, pero sí he visto Barton Fink y me encantó, la verdad. Siempre he pensado que se basa en el testimonio de William Faulkner sobre su experiencia como guionista en Hollywood, recogido por la editorial Fundamentos en el volumen Los escritores frente al cine: «Cuando apenas había entrado en mi habitación, sonó el teléfono. Era Browning (el director Tod Browning). Me dijo que fuera a su habitación al instante. Eso hice. Me enseña un telegrama. Decía: “Faulkner queda despedido. MGM Studio”. “No se preocupe”, dijo Browning. “Ahora llamo a este no-sé-cuántos y no solo hago que vuelvan a ponerle en nómina, sino que le envíen una satisfacción por escrito”. Llamaron a la puerta. Era un botones con otro telegrama. Este decía: “Browning queda despedido. MGM Studio”. Así que volví a casa». Pues eso, que las interpretaciones de John Turturro y John Goodman en Barton Fink son sencillamente magníficas. También sale Steve Buscemi, el de Con Air. Nicolas Cage no sale.

Es evidente que todo lo mencionado hasta ahora sería suficiente para que cualquier persona en su sano juicio se convenciese de que no es descabellado considerar a Nicolas Cage como el mejor actor de la historia. No obstante, todavía resta aducir el último y definitivo argumento, que no es otro que su actuación en Cara a cara. La vida es un lugar engañoso, un salón de espejos circenses en el que a veces somos incapaces de distinguir qué formas son falsas y cuáles integran la realidad. Pero sobre aquello que es único, sobre aquello que se eleva sobre todo lo demás como un prodigio extraordinario, jamás existe discusión. La interpretación de Cage en esa película es una de esas maravillas inconfundibles.

Cara a cara. Imagen: Paramount Pictures.
Cara a cara. Imagen: Paramount Pictures.

Hay un momento del metraje en el que Nicolas se hace la cirugía estética para ser igual que John Travolta. Cualquier otra persona, en manos del mejor cirujano, habría terminado pareciéndose muchísimo a él. Pero Cage, además de la similitud facial resultante de la operación, comienza además a caminar como Travolta. A hablar como Travolta. Incluso gana volumen corporal y adopta los mismos tics nerviosos en la que probablemente se pueda considerar como la interpretación perfecta. Tal es así que a partir de ese instante uno cree realmente estar viendo a John Travolta cuando en realidad es Nicolas Cage. No quiero ni imaginar todo el trabajo que hay detrás de semejante ejemplo de virtud. Semanas modulando la voz para que sea exactamente la misma. Meses de trabajo frente al espejo hasta lograr desarrollar la misma expresión, los mismos gestos, las mismas reacciones. Resulta francamente motivador.

Es verdad que a partir de entonces, quizá por el esfuerzo realizado en un alarde interpretativo de tal magnitud, las representaciones de Cage en la gran pantalla se resintieron un poco. El brillo al que nos tenía acostumbrados se apaga un poco en Operación Swordfish, por ejemplo, donde interpreta a un terrorista que se vale de Hugh Jackman para descifrar un código secreto mientras Halle Berry se pasea por allí de vez en cuando con los pezones al viento. En Cerdos salvajes comparte cartel con Tim Allen, Martin Lawrence y William H. Macey, un grupo de moteros cincuentones dispuestos a dejar atrás sus rutinarias vidas y vivir aventuras sorprendentes, pero Cage vuelve a mostrarse sobreactuado y poco creíble. Más o menos en la línea de John Travolta en Phenomenon. Y poco más. Dos canguros muy maduros tampoco está al nivel de sus mejores trabajos y en Desde París con amor su personaje pasa desapercibido.

Sin embargo, contradiciendo a Baudelaire, no se puede ser sublime siempre. Que Nicolas Cage se haya relajado tras la cirugía es hasta cierto punto comprensible. Al fin y al cabo, para poder dar lo mejor de uno mismo es muy importante seguir siendo ese mismo, y ser John Travolta no ayuda. Pero Cage ya ha pisado arenas movedizas en otras ocasiones y ha sabido salir airoso. De hecho, a pesar de que su verdadero nombre es Nicolas Kim Coppola y sería lógico que, como cualquiera, hubiese preferido comenzar su carrera con un poco de viento a favor en las velas, decidió no usar el apellido familiar para que nadie pudiese acusarlo de haberse beneficiado de la fama de su tío, Francis Ford Coppola, jugada que se volvió en su contra cuando se presentó a su primera audición para Rebeldes y su tío eligió a Matt Dillon en vez de a él. Pero lejos de desanimarse siguió adelante y terminó convirtiéndose en el mejor actor de la historia, como ha quedado demostrado.

Cómo superará el bache que actualmente atraviesa es un misterio, pero estoy convencido de que en realidad ni siquiera le importa. Ya lo cantaba Amaral: como Nicolas Cage en Leaving Las Vegas, Nicolas Cage no tiene planes más allá de esta cena; es un misterio hacia dónde la noche lo lleva.