Rafa Nadal, Bianca Andreescu y casi todo lo que nos dejó el US Open 2019

Rafa Nadal gana la final masculina del  US Open 2019 frente a Medvedev. Foto: Corinne Dubreuil / Cordon.

Nadie contaba con la longevidad. Cuando veíamos a aquel chaval de diecisiete, dieciocho, diecinueve años dejándose las rodillas en la pista corriendo como si no hubiera un mañana, pensábamos que efectivamente sería así: que no habría un mañana, que esa manera de jugar le condenaría a estrella fugaz y le abocaría a una retirada temprana o al menos a un sensible bajón de sus prestaciones antes incluso que sus contrincantes de mayor edad.

No ha sido así. Por supuesto, Nadal ha tenido muchísimas lesiones. Rara vez ha conseguido completar un año entero sin ausencias en torneos clave. Eso no le ha impedido mantener la competitividad ni la regularidad. El chico que ganó Roland Garros con diecinueve años es el mismo veterano que acaba de ganar con treinta y tres el US Open. Su cuarto título en las últimas diez ediciones del torneo, justo el que le había sido más esquivo en sus primeros años de esplendor.

Ese dato es el ejemplo perfecto de la evolución de Nadal. Un hombre que, sobre todo desde la llegada de Carlos Moyà, sabe dosificar sus fuerzas y mantiene ese instinto salvaje para aprovechar las oportunidades. Con Djokovic, Federer y Medvedev en el otro lado del cuadro, su presencia como finalista nunca estuvo en duda y solo perdió un set en todo el camino, contra Marin Cilic. Una vez en la final, fue mejor y se sobrepuso incluso a la mística de Medvedev, un jugador extraño donde los haya con más vidas que un gato.

Nadal ha aprendido a no fallar y en este circuito con eso basta. Desde su derrota contra Gilles Müller en Wimbledon 2017 no se le recuerda sorpresa alguna en su contra. O victoria o retirada o derrota contra sus homólogos, es decir, Djokovic y Federer. Pasaron los tiempos de Fogninis y Pouilles. Justo en el momento en el que más incómodo se siente en la competencia directa —Djokovic le ha ganado sus nueve últimos partidos fuera de la tierra batida y Federer, los últimos siete— más cerca está de convertirse en el jugador con más torneos de Grand Slam de la historia, algo que muy probablemente se cumplirá el año que viene, a los treinta y cuatro.

Hagamos un repaso a este y otros aspectos que nos ha dejado Flushing Meadows en esta quincena:

1. Hasta cierto punto, hubo dos torneos: uno que duró hasta el domingo y no fue gran cosa y otro que se limitó a la final y fue apasionante. Cuatro horas y media de una calidad bastante razonable… aunque hubo un momento en el que todo apuntaba a tres sets facilillos para Nadal. Ni verse con dos sets y break abajo fue suficiente para que se rindiera Medvedev, un hombre con una capacidad competitiva asombrosa que se dio cuenta de qué iba el partido demasiado tarde. A Nadal no puedes esperarle y devolverle bolas. Tienes que ir a por él, tienes que subirle, atacarle, incomodarle, hacer que se salga de su táctica previa… Aunque en ocasiones arriesgó más de la cuenta, Medvedev logró en el tercer y cuarto set lo que llevamos años pidiendo a su generación: que compita de tú a tú con los grandes mitos. En mi opinión fue peor que Nadal en ambos sets pero, de alguna manera agónica, los ganó y eso es lo que cuenta. Se dio a sí mismo una oportunidad y la aprovechó contra todo pronóstico.

2. Otra cosa fue el quinto set. Ahí, Medvedev llegó muerto. Me cuesta mucho imaginar cómo el ruso podría haberle ganado seis juegos a Nadal hecho un auténtico trapo… pero no estuvo tan lejos. De entrada, tuvo dos bolas de break para ponerse 2-0. Después, cedió sus siguientes servicios pese a adelantarse 40-0 y 30-0 respectivamente. Por último, ya con 5-2 y saque de Nadal, consiguió romper, salvar match point con su servicio y disponer de bola para el cinco iguales. Yo lo veía y no lo creía. Por supuesto, Rafa también estaba cansado, pero Medvedev se caía de agotamiento y no dejaba de pegar palos a las líneas. Esa versión tiene futuro. La otra, no tanto.

3. Y es que siento no compartir el entusiasmo generalizado por el ruso. Soy un viejo gruñón y tengo que vivir con ello. Su verano ha sido descomunal y ya digo que su capacidad de sufrimiento le distingue de la mayoría de sus coetáneos. Ahora bien, si de verdad quiere ser un gran campeón, tiene que mejorar determinadas cosas: de entrada, la lectura del juego. Durante buena parte del torneo y desde luego en la final, dio la sensación de ir improvisando sobre la marcha, de tirar hacia adelante como fuera, en una misión desesperada. Eso le salvó de muchísimos apuros, sobre todo en las primeras rondas, cuando parecía lesionado, pero no es una gran idea cuando quieres destronar a los campeones más laureados de la historia. Aparte, su tenis tiene carencias obvias: pese a medir 1,98 su saque es demasiado irregular, de ahí que le cueste tanto ganarlo con solvencia. Su derecha es mejorable, rara vez definitiva, y tiene mucho margen de mejora en la volea. Me parece que le falta, en general, un golpe que le pueda dar puntos fáciles, por muy bueno que sea ese revés a dos manos. Ahora bien, lo mismo se decía de Agassi y no le fue mal en la vida.

4. En cuanto a sus enfrentamientos con el público… bueno, si le ayudaron a motivarse cuando estaba contra las cuerdas ante Feliciano López o después ante el sorprendente Dominik Koepfer, estupendo. Ahora bien, el gasto mental (y físico, fruto de la adrenalina) que supone meterse en esas batallas cuando ya vienes cascado de jugar tres finales seguidas en un mes es enorme. Dejémoslo en tablas.

5. Primero se habló del «big 4», luego del «big 3» y creo que va siendo hora de llamar a las cosas por su nombre y referirnos al «big 2». Lo competido de la final, lo enloquecido de su desenlace, no puede hacernos olvidar que entre Nadal y Djokovic han ganado veintiocho de los últimos treinta y nueve torneos del Grand Slam. Eso son prácticamente tres de cada cuatro, dejando el cuarto para el Federer, Murray o Wawrinka de turno. Su tiranía es absoluta a cinco sets y este será el noveno de los últimos diez años en el que uno de los dos acaba como número uno del mundo. Si el sorteo del cuadro ya dejaba un camino bastante claro hacia la final para Rafa, la retirada de Djokovic terminó de sentenciar el torneo. Las finales pueden durar tres, cuatro o cinco sets, pero al final los que ganan son siempre los mismos.

6. Nos quedamos en Djokovic. Si en Cincinnati el problema fue con el codo que tanta guerra le dio en 2017, en Nueva York se lesionó el hombro. No sé si hay relación entre ambas molestias. Novak llevaba once semifinales consecutivas en el torneo y se vio obligado a retirarse ante Stan Wawrinka en octavos de final cuando ya perdía por dos sets a cero. Qué difícil es evaluar la carrera del serbio. Probablemente sea el más completo de los tres grandes, tiene el H2H ganado a los otros dos, ha conseguido ganar en Wimbledon a Roger y en Roland Garros a Rafa, se ha hinchado a Masters 1000 y a World Tour Finals… y sin embargo vuelve a estar a tres torneos de Grand Slam de Nadal y sigue a cuatro de Federer. 

7. Otra cosa, insisto una vez más, es que tengamos que evaluar la grandeza solo por los torneos de Grand Slam ganados. Para contar hasta veinte no hace falta ser un gran analista. Puede que haya llegado el momento en el que los tres han acumulado tantos méritos que los aficionados ya no podemos decir convencidos: «El mejor de la historia es este» sino que tenemos que limitarnos a un comedido «a mí el que más me gusta es este». Sé que también es una opinión poco popular pero creo sinceramente que al indudable talento de Novak, Rafa y Roger se ha unido una falta de competitividad escandalosa, lo que les ha permitido no solo dominar a su propia generación sino a las dos siguientes, algo extraordinario en el mundo del tenis. Talento ha habido siempre: Gonzales tenía talento, Hoad tenía talento, Laver tenía talento, y así Connors, Borg, McEnroe, Edberg, Agassi, Sampras… pero todos encontraron un dique que les frenara. Una fricción que detuvo o mitigó la corriente. Aquí, no. Aquí, ya digo, tres de cada cuatro durante diez años. Y antes, tres de cada cuatro solo para Federer durante otros seis.

8. Precisamente el torneo de Federer acabó en cuartos de final y supuestamente debido a otra lesión. Fue una enorme oportunidad perdida, pero no perdamos la perspectiva: a sus treinta y ocho años, Federer no está en la misma competencia de Djokovic y Nadal. Está a las sobras. Está a su Wimbledon y poco más. En diez años solo ha pisado una final en Nueva York y eso es por algo. Su principio de torneo, aún con la mente puesta en ese 8-7 y 40-15 de Wimbledon, fue espantoso. Luego mejoró gracias a un cuadro muy favorable y cuando ya podía soñar con algo grande se la pegó con Dimitrov. Puede, efectivamente, que la espalda fuera clave, pero el año pasado se la pegó con Millman y en el US Open ha perdido hasta con Tommy Robredo, así que me temo que es lo que hay. 

9. Con todo, ¿qué se le puede pedir al suizo a estas alturas? Tiene treinta y ocho años, acaba Wimbledon y se va de vacaciones con su mujer y sus cuatro hijos en una caravana. Cuando vuelve, entrena un poco y ya se pone a competir otra vez. ¿De verdad hay que pedirle que gane? ¿Está su cabeza preparada para afrontar otro reto como el de Londres de este año? Puede que sí y puede que no. Sin relevo, todo es posible. Por otro lado, las temporadas cada vez se le hacen más largas y todo lo que le beneficia la tierra batida de cara a preparar Wimbledon le perjudica a la hora de afrontar con garantías el final de año. Es el número tres del mundo y, en el peor de los casos, acabará el año como número cuatro. Eso ya de por sí es una heroicidad… y una señal de que los tiempos que corren no invitan al optimismo.

10. Pongamos por ejemplo al propio Grigor Dimitrov. Después de toda una carrera comparado con Federer y tras el peor año en muchísimo tiempo, logra colarse en semifinales y jugar contra un rival con problemas físicos como es Medvedev. ¿Resultado? No gana ni un set. Dimitrov ejemplifica para mí la mayoría de los problemas de los nacidos en los noventa: tiene los golpes pero no sabe cómo utilizarlos. Te puede pegar dos reveses maravillosos y una derecha que te echas a temblar pero de repente durante cuatro juegos desaparece, falla cosas imposibles, toma decisiones en la pista que no corresponden… Estas semifinales le van a salvar el año, pero a los veintiocho no se puede esperar progresión alguna.

11. Con todo, hay que reconocer que el hecho de que hubiera cuatro cuartofinalistas menores de treinta años y tres semifinalistas es un avance. Parece que están a punto de derribar el primer muro de contención, el de los Cilic, Monfils, Nishikori, Isner y compañía. Matteo Berrettini, por ejemplo, no solo se cargó al francés en un encuentro apoteósico que superó también las cuatro horas sino que en semifinales llevó a Nadal al tie-break del primer set, donde llegó a estar 6-4 por delante. A partir de ahí, el hundimiento, pero por algún lado hay que empezar.

12. Las decepciones fueron las habituales, empezando una vez más por Alexander Zverev, al que el año se le ha cruzado definitivamente sin posibilidad de remediarlo. Veremos si llega a las World Tour Finals y puede al menos defender su título. Peor aún le fue a Felix Auger-Aliassime, que sí, es un crío aún, pero del que cabe esperar algo más que seis juegos ganados en primera ronda. Kyrgios vio como su parte del cuadro se abría muchísimo tras la debacle de la primera ronda, donde cayeron Roberto Bautista, Dominic Thiem, Stefanos Tsisipas y Karen Khachanov a la vez, pero no supo aprovechar la ocasión. Tal vez esperábamos un poco más de Frances Tiafoe, pero sigue sin dar el estirón. En cuanto a Denis Shapovalov, pequeños progresos, veremos si Youzhny consigue espabilarlo.

13. Por cierto, ¿qué les ha pasado a Khachanov y, sobre todo, a Tsisipas? El ruso ganó París el año pasado y acabó la temporada en plena forma, por encima incluso de su compatriota Medvedev. Sin ser un año horrible —se mantiene en el top ten—, lo cierto es que no ha dado el paso adelante que se esperaba. Más preocupante es Tsisipas porque Tsisipas sí parecía que se iba a comer el mundo, incluso con ese punto arrogante que tanto se echa de menos… pero desde que perdiera con Wawrinka en Roland Garros ha entrado en una depresión de la que ni él mismo encuentra salida.

14. Dos historias bonitas: Álex de Miñaur y Diego Schwartzman. Al australiano le esperábamos desde su prometedor inicio de año y ha completado un excelente torneo, llevándose por delante a Nishikori, poco dado a perder con jugadores por debajo de su ranking. Después de salir del top 25 de la ATP, toca ponerse las pilas y volver a subir cuanto antes. En cuanto al argentino, volvió a colarse en cuartos de final con una gran victoria ante Zverev y disputó un extrañísimo partido ante Nadal en el que remontó un 0-4 y un 1-5 en los dos primeros sets para acabar perdiendo ambos. Enorme mérito el suyo.

15. Y enorme mérito también el de Pablo Andújar, que se coló en cuarta ronda después de tres años horribles de lesiones y operaciones constantes. Andújar tiene treinta y tres años pero al menos puede volver a disfrutar del tenis, como lo está haciendo Feliciano López a sus casi treinta y ocho. Verdasco (treinta y seis) no pasó de segunda ronda mientras Bautista (treinta y uno) perdía contra Kukushkin a las primeras de cambio. En la actualidad, hay nueve tenistas españoles entre los cien primeros de la ATP. Solo dos —Carballes (veintiséis) y Carreño (veintiocho)— tienen menos de treinta años. 

16. Pasamos ya al cuadro femenino y lo hacemos con la ganadora, la gran dominadora de lo que llevamos de año pese a su grave lesión en el hombro. A sus diecinueve años, Bianca Andreescu ha perdido solo cuatro partidos en 2019, incluyendo victorias en Indian Wells, Canadá y por supuesto Nueva York. Desde que volvió a las pistas acumula doce triunfos consecutivos… y eso que a punto estuvo de retirarse en los cuartos de final de Toronto tras molestias en una pierna. Andreescu no tuvo el cuadro más difícil del mundo pero supo llegar a la final y derrotar a la gran favorita delante de su público. No es poca cosa.

17. De hecho, la final se complicó más de lo debido. Con 5-1 en el segundo set, Andreescu dispuso de su primer match point al saque y lo perdió. Nadie le dio demasiada importancia porque su superioridad había sido indiscutible, pero de repente Serena Willimas olió la sangre, llegaron los nervios, la Arthur Ashe se puso en plan caldera… y a los diez minutos el resultado era 5-5. ¿Qué hizo Andreescu entonces? Ganar los dos siguientes juegos y evitarse muchos problemas. Respuesta de campeona. Habrá a quien no le guste que la WTA no tenga una dominadora clara, pero a mí desde luego me encanta esta mezcla de talentos, generaciones y estilos de juego que hacen que Naomi Osaka pueda ganar en Australia, Ashleigh Barty en Roland Garros, Simona Halep en Wimbledon y Bianca Andreescu en Nueva York y que en cada momento parezcan imbatibles… todo para pegársela en el siguiente grande. Supongo que en algún punto medio entre la tiranía del circuito masculino y la volatilidad del femenino estará la virtud, pero de elegir, me quedo con este.

18. La gran historia del torneo, con todo, fue una vez más Serena Williams, que se quedó a un partido de levantar el trofeo… veinte años después de imponerse por primera vez. Baste recordar que su rival en aquella final de 1999 fue Martina Hingis, que venía de perder Roland Garros ante Steffi Graf. Desde su maternidad, Serena apenas se deja ver por el circuito más que en las grandes ocasiones. Ahora bien, una vez ahí, sigue siendo tan peligrosa como siempre: hasta cuatro finales ha disputado en estos dos años… y lo curioso es que no ha conseguido ganar ni un solo set en ninguno de los cuatro encuentros: ni ante Kerber en Wimbledon 2018, ni ante Osaka en el US Open de ese año ni ante Simona Halep o Andreescu esta temporada. 

19. Queda, por tanto, la estadounidense aún a un torneo de Grand Slam de Margaret Court-Smith. No creo que sea algo para obsesionarse. Para empezar, con esta regularidad, tarde o temprano el número veinticuatro debería llegar. En cualquier caso, aunque no llegara, comparar a Court y el tenis de los sesenta y setenta con la hiperprofesionalidad de los tiempos de Serena es absurdo. Por longevidad y por resultados, la menor de las Williams está a otro nivel, peleando por lo más alto del podio con las Graf, Navratilova o Evert.

20. Si antes hablábamos de Martina Hingis, ha llegado el momento de hablar de otra suiza: Belinda Bencic. Ya salía en estos resúmenes cuando perdía, así que imaginen ahora que gana. Es una gozada ver que ya puede jugar al tenis siendo ella misma, sin lesiones ni molestias de por medio. En Nueva York llegó a semifinales y le dio bastante guerra a Andreescu; más de la que le dio Elina Svitolina a Serena Williams, desde luego, aunque también es muy positivo ver que la rusa está al cien por cien y centrada de nuevo.

21. No sé si se puede decir lo mismo de Naomi Osaka. Me sigue pareciendo un caso complicado porque no disfruta jugando, se la ve siempre tensa, preocupada, como si todo la superara. No es propio de una jugadora de veintiún años con dos torneos del Grand Slam ya en el bolsillo y que llegaba a Flushing Meadows como número uno del mundo. Quiero pensar que es un ataque de vértigo que se le irá pasando con el tiempo. Peor parece tenerlo Garbiñe Muguruza, incapaz de levantar cabeza incluso tras haber cambiado de técnico. En un circuito tan igualado y con tanto talento, en cuanto te relajas te vas al hoyo a toda velocidad. Lo bueno es que subir tampoco es tan complicado y el tenis lo tiene, desde luego.

22. La gran sorpresa de Wimbledon, «Coco» Gauff, aprovechó la wild card que le otorgó la USTA para meterse en tercera ronda, donde perdió precisamente con Osaka. Buen trabajo de la estadounidense, a la que espero que nadie empiece a pedirle ahora que se líe a ganar grandes cuando no ha dejado de ser una adolescente. Monica Seles solo hubo una. La «Cenicienta» de esta edición ha sido la de Taylor Townsend, quien, proveniente de la previa, eliminó a Halep en segunda ronda en otro partido espectacular, se plantó en octavos de final y aún le arrebató un set a la futura campeona. Tiene veintitrés años así que no es ninguna cría, pero habrá que seguirla de cerca a partir de ahora.

23. Vamos acabando ya y lo haremos con el reparto de premios en otras categorías. El dobles masculino fue para los colombianos Cabal y Farah, que ya se habían impuesto en Wimbledon. La derrota en la final fue la primera para la pareja Granollers.Zeballos, demostrando lo excelente doblista que son ambos. En el cuadro femenino, las vencedoras fueron Elise Mertens y Aryna Sabalenka, que derrotaron en la final a las grandes favoritas, Ashleigh Barty y Victoria Azarenka. Si la número uno del mundo en individuales quiere seguir siéndolo, a lo mejor tiene que replantearse tanto compromiso con el dobles. No todo el mundo es como las hermanas Williams.

24. En el doble mixto volvieron a ganar Jamie Murray y Betthanie Mattek-Sands y lo hicieron ante los primeros cabezas de serie, Michael Venus y Chan Hao-ching. Por cierto, ya que mencionamos a los Murray, Andy no participó en el US Open aunque la USTA le ofreció una wild card. A cambio, se fue a Mallorca a participar en el Trofeo Rafa Nadal, un challenger en el que cayó en segunda ronda, demostrando que aún le queda bastante para llegar a un nivel mínimamente competitivo aunque esté en el camino.

25. En cuanto a los jóvenes, el checo Jonas Forejtek se impuso en la categoría masculina mientras María Camilia Osorio se convertía en la primera colombiana en ganar un US Open en categoría junior. Ni rastro de los españoles. Ninguno superó la segunda ronda de ninguna de las categorías. Una tendencia preocupante.


La historia de la mejor fotografía del mundo del atletismo

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Fotografía: Tony Duffy / Getty.

En fotografía no existe la imprecisión. Todas las fotografías son precisas, pero ninguna es la verdad. (Richard Avedon)

1. Aproximación

«Tienen que dejarme pasar. Soy fotógrafo». Tony Duffy repitió las palabras lentamente, intentando hacerse entender por encima de la barrera idiomática, mientras sonreía y agitaba su cámara delante de los ojos de los dos vigilantes. Los jóvenes, estudiantes universitarios que hacían las veces de guardas de seguridad, le observaban con una mezcla entre la diversión y la laxitud, pero le acababan de pedir la acreditación de prensa, así que puso en práctica  el truco que le había servido para acceder a la villa olímpica. Lo importante era no mostrar la cámara con claridad para que no pudieran fijarse en que su pequeña Nikkormat era mucho más sencilla que las aparatosas máquinas que llevaban los fotógrafos profesionales. Porque Tony Duffy no era un fotógrafo profesional. No obstante, los vigilantes se miraron el uno al otro y, tras deliberar brevemente, le dejaron pasar con una palmada en la espalda. Atravesó el arco bajo el graderío y se apresuró por el novísimo tartán hacia la hierba detrás del foso de saltos. Como la mayoría de los periodistas estaban más interesados en la final de 400 que se disputaría después, encontró sitio en primera fila, a escasos quince metros de la arena y perfectamente enfilado. Se sentó en el césped y respiró con alivio. A las 15:20 de la tarde del 18 de octubre de 1968 el aire era fresco y liviano —especialmente liviano— sobre el Estadio Olímpico de México.

Al otro lado del foso calentaban los diecisiete finalistas de la competición de salto de longitud. El británico Lynn Davies, campeón olímpico en Tokio 64, sonría a los demás participantes y soltaba los brazos y las piernas en gestos bruscos, como queriendo despojarse de un golpe de la tensión previa a la final. Igor Ter-Ovanesyan, soviético de Kiev talonaba con los ojos cerrados a un lado de la pista, repasando mentalmente el salto de 8.35 que le hizo plusmarquista mundial justo un año antes en ese mismo estadio. Compartía el record con el disciplinado Ralph Boston, norteamericano de Mississippi  y dominador de la prueba durante casi una década. Boston había conseguido el récord en 1965, fue subcampeón olímpico en Tokio y medalla de oro en los juegos de Roma 60; además, en sus piernas recaía el honor de haber batido, también en 1960, el legendario récord de 8.13 que Jesse Owens estableciera en 1935. Los tres eran medallistas olímpicos, los tres eran competidores formidables y los tres superaban el metro ochenta de estatura. Y los tres temían a un espigado chaval de veintidós años y 1.91 metros que miraba las nubes arremolinadas en el cielo de la capital azteca. Se llamaba Bob Beamon y era el primero en saltar.

2. Batida

Las cosas pasan delante de ti. Ese es quizás el aspecto más misterioso y más maravilloso de la fotografía. (Annie Leibovitz)

Tony Duffy había escuchado hablar de Beamon tan solo unos días antes. Nacido en Londres en 1939, Duffy estaba en México disfrutando de unas vacaciones que le alejasen de su aburrido trabajo como contable en la capital británica. Hasta un par de años antes ni siquiera podría decirse que fuera fotógrafo amateur; solo usaba la cámara para hacer fotos a los lugares donde se iba de viaje y a sus novias ocasionales. Una de estas novias era la vallista Patricia Nutting, quien había representado a Gran Bretaña en los Juegos de Roma y Tokio. Fue en una competición local cuando Duffy se dio cuenta de que la fotografía deportiva se le daba bien. «Oye, son muy buenas. ¿Por qué no las mandas a alguna revista?» le animó Nutting. Dicho y hecho: una de las fotos de la carrera apareció en Athletics Weekly, le pagaron por ella y Duffy decidió que su nueva afición quizá podía significar algo más.

Nutting volvió a competir en México 68 y, aunque ya había roto con Duffy, seguían manteniendo una amistad cordial. Así que cuando supo que su antiguo novio estaba viendo los Juegos, le invitó a visitarla en la villa olímpica. Le prestó una sudadera del equipo británico y, gracias a la actitud distendida de la seguridad mexicana además del morro sideral que le echaron ambos, el contable inglés pudo colarse en el recinto y alternar con los deportistas haciéndose pasar por fotógrafo.

El ambiente en la villa olímpica era relajado y festivo y Duffy se mezclaba con los atletas y charlaba con ellos como si tal cosa. Una mañana se encontró en medio de una conversación entre la saltadora de longitud británica Mary Rand y los excampeones olímpicos Ralph Boston y Lynn Davies. Hablaron de la disciplina y de los favoritos y, sabiendo que a Davies le gustaba bromear con sus rivales —en parte por su carácter afable y en parte para intentar desestabilizarlos psicológicamente—, Boston contraatacó mencionando al joven Bob Beamon, quien le había derrotado en las últimas competiciones. «No dejes que explote» le advirtió «porque el tipo es capaz de saltar hasta el otro lado del puto foso». En ese momento, Duffy comprendió que tenía que ver a ese tal Beamon.

Bob Beamon llegaba a los Juegos como favorito porque, en efecto, había ganado veintidós de las veintitrés pruebas en las que había participado ese año. Sin embargo, al contrario que el académico Boston, el chaval era un saltador bastante anárquico, quizá porque su vida  también había sido bastante anárquica. Nacido en Queens en 1946, a Beamon le crió la madre de su padrastro porque nunca conoció a su verdadero padre y su madre murió cuando él era un bebé. Antes de cumplir quince años, el pequeño Bob ya había sido miembro de una banda de delincuentes juveniles, había traficado con drogas en su barrio y había pasado varios meses en un reformatorio controlado por la Oficina para la Educación de los Niños Socialmente Inadaptados. Afortunadamente, un año después, el pequeño Bob ya había dejado de ser pequeño. A los dieciséis, Beamon medía casi un metro noventa, aunque apenas llegaba a los ochenta kilos. «Con esos brazos, esas piernas y ese cuello tan largos, parecía un calamar disfrazado de adolescente», diría de él Larry Ellis, el entrenador que le descubrió. Para cuando terminó el instituto en 1964, Bob Beamon era uno de los mejores saltadores de su edad a nivel nacional. Durante la etapa que pasó en la universidad, entre Carolina del Norte y Texas, Beamon fue puliendo la técnica del salto, pero nunca llegaría a ser su fuerte. A cambio, tenía una excepcional velocidad punta. A lo largo de esos cuatro años se dedicaría a explotar esa capacidad ayudado, entre otros, por su vecino John Carlos, velocista de Harlem y amigo personal.

Cuando, el 17 de octubre de 1968, los atletas se disponían a competir en la calificación de salto de longitud, el nombre y la imagen de Carlos estaban en las portadas de todos los periódicos. Justo la noche anterior había ganado la medalla de bronce en los 200 metros. Al subir al podio, tanto él como el campeón Tommie Smith agacharon la cabeza y levantaron un puño enguantado en cuero negro bajo los acordes del himno de los Estados Unidos. Fue un acto trascendental, un momento que se recordaría como el más importante de la historia del olimpismo. Sin embargo, a la mañana siguiente, Beamon solo estaba preocupado por pasar a la final.

La calificación no fue un camino de rosas para el favorito. Tras cometer sendos nulos en sus dos primeras tentativas, ya solo le quedaba un salto para superar los 7.65 que marcaban el corte. Boston, que había pasado holgadamente, le dijo: «No te preocupes por la marca, tú bate lo más lejos posible de la tabla». Beamon saltó unos quince centímetros antes de la tabla y, pese a ello, se fue hasta los 8.18. El día después estaría en la final.

El 18 de octubre, Tony Duffy había llegado con bastante antelación al Estadio Olímpico; esa tarde se disputaba la final de salto de longitud y tenía claro que no iba a perdérsela. También tenía claro que, si era posible, iba a hacer unas cuantas fotos. Como todos los días, había conseguido entradas en el graderío general pero, tal vez por las nubes que amenazaban tormenta o quizá porque el evento que abría la jornada era precisamente el salto, el caso es que la mayor parte de los asientos estaban vacíos, incluso los de las primeras filas junto al foso. Era el momento perfecto. Se colgó la cámara del cuello y bajó apresuradamente hacia los arcos que daban acceso a la pista, dispuesto a colarse como ya había hecho antes en la villa olímpica. Seguramente solo tendría que pasar delante de un par de vigilantes de seguridad.   

3. Vuelo

Lo que me gusta de las fotografías es que capturan un momento que se ha ido para siempre, imposible de reproducir. (Karl Lagerfeld)

Eran las 15:30 y Beamon miró una vez más al cielo. La lluvia había caído de forma intermitente los pasados días y nunca se sabía con seguridad cuanto iban a durar las treguas de sol. Pero ahora se aproximaba algo. Notaba en el olfato como el aire, todavía tenue, cogía más humedad y el viento comenzaba a soplar con cierta fuerza, quizá cerca del límite de los 2 m/s. Se quitó el chándal y se colocó en el principio de la pista de aproximación. Allí vio al mundo alinearse bajo sus pies en una ventana que apenas estaría abierta unos segundos.

Para Duffy, esos segundos se reducían a un único instante. Pese a lo que parecía anunciar en el nombre, la Nikkormat no era automática; era la versión utilitaria de las cámaras que la marca nipona fabricaba para el uso profesional, así que el carrete se avanzaba manualmente en cada disparo. Y Duffy tenía que elegir el disparo casi por instinto porque no podía desperdiciar película pero, sobre todo, porque no podía desperdiciar tiempo. Ni una fracción de tiempo.

Beamon se inclinó levemente hacia atrás justo antes de iniciar la carrera con una zancada feroz. A setenta y dos metros de distancia, desde el otro lado del foso, Duffy escuchaba con claridad las pisadas del saltador entre el silencio del estadio. Casi se diría que podía contarlas: una, dos, tres, cuatro, cinco. Beamon no las contaba porque no necesitaba contarlas. Eran diecinueve porque tenían que ser diecinueve. Ni una más ni una menos. Siete, ocho, nueve, diez. Duffy colocó el ojo derecho detrás de la cámara y giró el zoom al máximo. Beamon se abalanzaba hacia el objetivo con la aceleración de un velocista. Doce, trece, catorce. Su figura desgarbada agrandándose a cada golpe sobre el tartán y cada golpe sobre el tartán sonando más y más fuerte. Quince, dieciséis, diecisiete. El chaval de Queens que siempre había sido huérfano y que fue delincuente juvenil y que era el mejor saltador de su generación acertó a componer un último pensamiento antes de la batida: «Por favor, que no sea nulo». Dieciocho.

A las 15:32 horas del 18 de octubre de 1968, la temperatura en el Estadio Olímpico de México, situado a 2250 metros de altitud sobre el nivel del mar, era de 23 ºC y el viento soplaba a favor del foso de saltos con una fuerza de exactamente 2 m/s.

Entonces Bob Beamon batió sobre la tabla. Diecinueve.

Y el salto se convirtió en una catedral.

«Era como un avión, tío. Despegó mientras corría y, cuando golpeó la tabla, siguió ascendiendo y ascendiendo», describiría John Carlos. «Parece un salto maravilloso», dijo el lacónico comentarista de la ABC. Jesse Owens, que veía la prueba desde la grada a través de unos prismáticos, exclamó estupefacto: «¡Seis pies! ¡Ha subido a más de seis pies!»

En ese preciso instante, en ese único instante en el que Beamon flotaba a más de seis pies, a casi dos metros de altura, Tony Duffy disparó.

4. Medición

Mis fotos cuentan más sobre mí que sobre las personas a las que fotografío. (Richard Avedon)

El salto fue tan largo que el novísimo sistema electrónico implementado especialmente para los Juegos no alcanzaba a medirlo, así que los jueces tuvieron que recurrir a la cinta métrica tradicional. Desde que Beamon comenzó a correr hasta que aterrizó en la arena no transcurrieron más de seis segundos, y el propio vuelo apenas duró quince décimas. En cambio, las mediciones y las comprobaciones se prolongaron por más de veinte minutos hasta que la distancia apareció en el marcador. El público y la mayoría de los deportistas congregados en el estadio gritaron y aplaudieron entre el asombro y la incredulidad más genuina mientras a un lado del foso el saltador neoyorquino daba pequeños saltitos y sonreía a uno y otro lado. Como no estaba familiarizado con el sistema métrico, aún no sabía la dimensión completa de su proeza. Cuando Ralph Boston, su compatriota y rival, le anunció la marca en medidas imperiales, la figura larguirucha y desmadejada de Beamon colapsó contra el suelo. Más de veintinueve pies. Había saltado una distancia incomprensible. Había saltado una galaxia contenida en ocho metros y noventa centímetros.

Beamon realizó un segundo salto de 8.04 y no hizo ningún intento más. Realmente no lo necesitaba porque, como le había dicho Lynn Davies al ayudarle a levantarse del suelo, había destruido la competición. De hecho, había aniquilado la propia disciplina, pulverizando el anterior récord del mundo por cincuenta y cinco centímetros de diferencia  y estableciendo una plusmarca que permanecería intacta durante más de dos décadas.

Tony Duffy estaba igual de maravillado que el resto de los asistentes: acababa de vivir un momento histórico y lo había hecho a ras de suelo. Además, confiaba en haberlo capturado en una buena fotografía aunque tampoco le dio demasiada importancia; del disparo solo recordaba haber visto el blanco de los ojos muy abiertos de Beamon. Las siguientes jornadas continuó tomando fotos hasta que, cuando llenó el carrete dos días después, lo llevó a un estudio fotográfico. No era un laboratorio profesional sino una tienda de revelado rápido para turistas junto a su hotel. Esa misma noche, repasando los negativos contra la lámpara de la habitación, vio la foto. Era la mejor. Los tacos de las zapatillas apuntando hacia el objetivo, las piernas y los brazos extendidos hacia adelante, la musculatura en tensión, la boca abierta y los ojos, el blanco de los ojos flotando contra el marcador electrónico del estadio. Había congelado a Bob Beamon en el punto más alto de su vuelo. Sí, sabía que la foto era formidable; lo que no sabía era que hacer con ella. «Hice la foto» diría tiempo después, «pero no era consciente de lo que significaba».

Lo que significó fue todo. A finales de noviembre, ya en Londres, Duffy envió varias copias de sus fotos de los Juegos a la revista local Amateur Photographer. Le extendieron un cheque de veinticinco libras y publicaron la fotografía en el número del 4 de diciembre de 1968. Era tan buena, tan superior a todas las que se tomaron en el momento, que muchos dudaron de su autenticidad o de que el autor no fuese realmente un profesional. Seis meses después la imagen había aparecido en periódicos, revistas y pósteres por todo el mundo y la vida de Tony Duffy cambió para siempre.

A finales de 1971 dejó su trabajo de contable y, junto al fotógrafo John Starr, que en ese tiempo le había enseñado a dejar de ser amateur, fundó la agencia Allsport. En los años siguientes, Duffy estuvo presente —y acreditado— en todos los eventos importantes, donde tomó algunas de las imágenes más famosas de la historia del deporte, como la victoria de John McEnroe en su primer Wimbledon en 1981  o la medalla de oro del decatlón en Montreal 76, conseguida por Bruce Jenner cuando aún no se llamaba Caitlyn. Durante los 70 y los 80, los fotógrafos de Allsport ganaron numerosos premios y galardones y la agencia se convirtió en la más respetada del mundo de la fotografía  deportiva. Tenían sedes en tres continentes y su prestigio siguió creciendo hasta que en 1998 fue adquirida por Getty Images.

Hoy, Tony Duffy vive retirado en una casa con jardín en California. A sus setenta y siete años sigue haciendo fotos de tanto en vez pero ya no está en primera línea. Cuando habla de sus años de fotógrafo amateur, a menudo le preguntan de dónde surgió su habilidad e incluso su pasión. «Todo se reduce a un momento» contesta. Todo se redujo a un momento. A un disparo. A esa fracción de tiempo en la que capturó el salto perfecto en el instante perfecto.

El atleta Bob Beamon en el podium tras vencer en la prueba de salto de Longitud de los Juegos Olimpicos de Mejico de 1968 seguido de Klaus Beer y de Ralph Boston *** Local Caption *** beer (klaus) beamon (bob) boston (ralph)
Fotografía: Cordon Press.


Novak Djokovic y el último reto de la generación perdida

Novak Djokovic. Fotografía: Cordon Press.
Novak Djokovic. Fotografía: Cordon Press.

John McEnroe acabó 1984 como número uno del mundo con un registro impecable: ochenta y dos victorias y solo tres derrotas en diez meses de competición. Entre los trece títulos que sumó aquel año se contaban su cuarto US Open y su tercer Wimbledon. En Roland Garros llegó a la final pero cayó en cinco sets ante Ivan Lendl después de haberse apuntado los dos primeros parciales. Si no ganó en Australia fue simplemente porque, como era habitual en la época, decidió no participar.

El estadounidense tenía veinticinco años y una década por delante condenada a llevar su nombre. Sin embargo, no volvió a ganar ni un solo título de Grand Slam en toda su carrera. Estas cosas en tenis pasan más a menudo de lo que creemos. Por ejemplo, Roger Federer ganó su decimosexto «grande» en enero de 2010. Con veintiocho años y después de ocho finales consecutivas, ¿quién iba a suponer que en los siguientes seis años solo ganaría uno más, en Wimbledon 2012? Lo mismo se puede decir del Nadal que arrasó en 2013 a los veintisiete años y que acabó número uno después de ganar su segundo US Open. Desde entonces, dos años ya, solo ha conseguido sumar un Roland Garros.

Nunca hay que dar la victoria por sentada. El año de Novak Djokovic, que acaba de cumplir veintiocho, ha sido tan espectacular —tres Grand Slams, la Masters Cup, seis Masters Series…— que todo el mundo se ha dedicado a proyectar hasta dónde puede llegar el serbio. Efectivamente, no se ve alternativa, como no se le veía a McEnroe ni a Federer ni a Nadal… pero, cuidado, porque la alternativa se abre paso cuando menos te lo esperas.

Lo que sí parece claro es que mientras los rivales sean los mismos, no hay que esperar resultados diferentes. La media de edad de los diez primeros de la ATP está en unos excesivos 29,7 años y no se puede decir que los que vienen detrás sean jóvenes hambrientos de gloria. En el grupo que va del número once al número veinticinco de la clasificación el promedio apenas baja a los 28,8 años. Son edades a las que el jugador de tenis, al contrario que el futbolista o el baloncestista, suele empezar su declive. En los tiempos que corren, sin embargo, parece que es al revés: cuantos más años en el circuito, más posibilidad de mejora.

¿Quién será el encargado entonces de ponerle el cascabel al gato? De los presentes en la pasada Masters Cup solo el japonés Kei Nishikori aún no había cumplido los veintiséis años, cosa que hará en menos de un mes. Nishikori tiene también el «honor» de ser el jugador más joven del circuito con una final de Grand Slam en su palmarés. De entre los nacidos en la década de los noventa, solo Milos Raonic ha conseguido al menos clasificarse para una final de Masters 1000, el siguiente nivel de competición. Del resto, no hay noticias.

Estamos ante un extrañísimo caso de «generación perdida». No está nada claro que ellos vayan a ser capaces de tomar el relevo y desbancar a los Djokovic, Murray, Nadal y Federer pero lo mismo podríamos haber pensado de Stan Wawrinka el año pasado y, cercano al crepúsculo de la treintena, ha conseguido ganar en Australia y en Roland Garros. Por si acaso, vamos a hacer un repaso de quiénes son los nacidos en los noventa que más posibilidades tienen a corto plazo de dar guerra en grandes torneos.

Los últimos bastiones de la generación perdida

Si buscamos entre los treinta primeros de la clasificación ATP solo encontramos seis jugadores nacidos después del 1 de enero de 1990. Entiendo que si rozando los veinticinco años de edad ni siquiera te asomas por estos puestos es complicado que llegues a ser una estrella. Vamos a hacer un repaso de quiénes son y cuáles son sus posibilidades:

Milos Raonic (Canadá, 1990).- La gran decepción de la temporada, culpa sin duda de sus continuas lesiones. Es curioso que en una élite donde abundan los treintañeros las lesiones se ceben con los más jóvenes como Nishikori, Del Potro o el propio Raonic. Durante la temporada 2014 pareció que mejoraba su movilidad en la cancha, pero este 2015 ha dejado la mejora entre paréntesis. Si mantiene su efectividad al saque y esa derecha brutal como acompañamiento puede aspirar a algo, sin duda. Tendrá que mejorar (mucho) el revés y la capacidad de sufrimiento. Pese a todo, rascando aquí y allí y con los cuartos de final de Australia como mejor resultado del año, además de la victoria en un torneo menor como el de San Petersburgo, ha conseguido acabar el 14º de la clasificación.

David Goffin (Bélgica, 1990).– Lleva años amagando sin llegar a dar del todo. Jugador de fondo de pista, con un buen revés a dos manos y gran consistencia, brilló sobre todo en los torneos de verano, cuando las grandes estrellas descansaban antes de empezar la gira americana. Fue finalista en Gstaad y en Hertogenbosch, mostrando su capacidad de brillar en todo tipo de superficie. Por lo demás, en las grandes citas no se ha sabido nada de él: octavos de final en Wimbledon y cuartos de final en Roma, eso es todo. Da la sensación de que su físico le limita demasiado. Aún puede salvar la temporada llevando a Bélgica a ganar la Copa Davis. En la actualidad, ocupa el 16º lugar del ranking ATP.

Bernard Tomic (Australia, 1992).- Desde su irrupción como adolescente en el Open de Australia de 2011 siempre se ha esperado mucho de Tomic, enorme sacador y de una potencia descomunal. Cuando está entonado puede plantarle cara a cualquiera y así lo ha hecho a lo largo del año. Cuando no está entonado, olvídate. Puede ir perdiendo un set 4-0 y ganarlo como ir ganando 5-2 y perderlo. Completamente imprevisible, a su favor hay que decir que este año ha ganado en regularidad y que lo que parecía una bala perdida, un muñeco roto, vuelve a ser un rival de entidad. Ganador en Bogotá, ha acabado 18º en la clasificación.

Dominic Thiem (Austria, 1993).- Nadie daba un duro por Thiem hasta que de repente se fue colando en el top 100, top 50, top 25… No hay nada que haga especialmente bien pero tampoco tiene grandes carencias. Igual que le pasara a Goffin, centró sus esfuerzos en la parte intermedia del calendario, la más asequible, encadenando el título de Umag y el de Gstaad con unas semifinales en Kitzbuhel. Parecía que eso iba a ser el preludio de una brillante gira de cemento pero no se volvió a saber nada de él. Es el más joven del grupo, pero ha de aspirar a algo más que una tercera ronda en un Grand Slam. Ocupa el puesto 20º en la clasificación.

Jack Sock (Estados Unidos, 1992).- La crisis del tenis estadounidense es algo nunca visto en la historia de este deporte. Desde el triunfo de Roddick en el US Open de 2003, ningún compatriota ha vuelto a ganar un torneo del Grand Slam. El último en jugar una final fue Andre Agassi en 2005. Diez años sin saber nada de los americanos es mucho tiempo. El perfil de jugador que sale de su cantera es siempre el mismo: gran sacador, con buena derecha, cierta torpeza en el movimiento lateral y poca capacidad de sufrimiento en la pista. Sock, sin salirse del todo del perfil, parece que al menos intenta no caer en el estereotipo. En Roland Garros le dio mucha guerra a Rafa Nadal y eso no es cualquier cosa. Ganó en Houston y alcanzó semifinales en Basilea y en Newport. No pasó de tercera ronda en ningún otro gran torneo, terminando la temporada como el 26º del mundo.

Grigor Dimitrov (Bulgaria, 1991).- A su favor tenía hasta la magia de los números: Sampras nació en 1971, Federer en 1981 y él en 1991. La comparación con el suizo fue constante desde su triunfal época de junior y en algunos momentos del año pasado vislumbramos la posibilidad de que el búlgaro diera el gran salto. Sin embargo, los años pasan y, sí, la calidad esporádica, el revés a una mano a la línea o la derecha imposible están ahí, pero de la cabeza y el sacrificio seguimos sin saber nada. Ha sido para él un año horrible. Cuando más se esperaba su explosión, se ha hundido hasta el puesto 28º de la clasificación. No hay que descartar que de repente tenga uno o dos años brillantes, con títulos grandes incluidos, pero el tiempo pasa y desde luego nada apunta a que vaya a ser el dominador que todos pensábamos.

La generación sin miedo: abran paso a la adolescencia

Sinceramente, de los arriba mencionados solo veo a Raonic y Dimitrov como posibles ganadores de un torneo de Grand Slam, así que el relevo, que tarde o temprano tendrá que producirse, ha de estar en la siguiente generación. Jugadores entre los diecisiete y los veinte años que ya han ido apuntando maneras. Hacer un repaso de jugadores a estas edades tiene un punto de temerario porque siempre hay deportistas de explosión tardía que pueden romper cualquier molde. Sampras, por ejemplo, ganó el US Open con diecinueve años, pero con dieciocho nadie daba un duro por él, perdido en la competencia con los Agassi, Courier, Chang y compañía.

Por si acaso, vamos a poner aquí algunos nombres para que los vayan siguiendo. A su favor está que no llevan años y años estrellándose contra los veteranos y por lo tanto no deberían tener tanto respeto. En algún caso incluso se han saltado ya el escalafón con todo el morro del mundo.

Nick Kyrgios (Australia, 1995).- El enfant terrible del circuito. Una especie de Bernard Tomic pero aún más macarra. Kyrgios apareció casi de la nada para ganarle a Nadal en Wimbledon 2014 y este año derrotó a Federer en Madrid después de tres tie-breaks. Tiene una pinta estupenda a poco que calme determinados impulsos. Jugador muy agresivo, con gran saque, tiró su temporada a la basura en Canadá, cuando se impuso a Wawrinka después de dedicarse a hacer chistes sexuales sobre su novia. El mundo del tenis se le echó encima y desde entonces solo fue capaz de ganar seis partidos en tres meses. El año que viene será decisivo. Ya ha jugado cuartos de final en Australia y en Wimbledon y durante una semana pisó el top 25 de la ATP. Ahora es el 30º.

Borna Coric (Croacia, 1996).- Tiene los altibajos propios de un adolescente, pero muchos ven en él al próximo Novak Djokovic. Empezó el año al filo del top 100 y ya se ha metido entre los cincuenta mejores del mundo. En Dubai ganó a un Andy Murray en racha para perder contra Federer en semifinales. También llegó a semis en Niza y eliminó a Robredo en segunda ronda de Roland Garros, aguantando cinco sets ante uno de los ironmen del circuito. Es cierto que a partir de ahí bajó un poco el pistón pero aun así le ganó un set a Nadal en el US Open. El año que viene tiene pinta de ser clave. Lo empezará como el 44º mejor jugador del mundo.

Hyeon Chung (Corea del Sur, 1996).- Acaba de recibir el premio al jugador con mayor progresión del año y no es para menos: ha pasado en doce meses del 167º al 52º. Ahora bien, hay algo de truco: casi todos sus puntos los ha ganado en challengers —torneos de segunda división— y jugando en Asia y Australia. Cuando ha pasado por el circuito ATP apenas se le ha visto. Complicado pronunciarse con jugadores así, esperemos que el año que viene se decida a viajar más.

Thomas Kokkinakis (Australia, 1996).- No sé qué pasa con los jóvenes australianos hijos de inmigrantes pero parecen llamados a montarla cada vez que pueden. De Kokkinakis se dice que es el mejor de su generación, mejor incluso que Kyrgios, pero va más despacio y la propia amistad con Kyrgios ya levanta sospechas. En lo que podría haber sido sin problema un año muy bueno para él se ha limitado a quedar el 78º de la clasificación, aunque quizá sea demasiado joven como para pensar ya en un estancamiento. En el pasado Open de Australia ganó en cinco sets a Ernests Gulbis y perdió también en cinco con Sam Groth. Se ve que cuando quiere se agarra a la pista. No siempre quiere.

Alexander Zverev (Alemania, 1997).- Número uno del mundo en categoría junior, el talento y la contundencia de Zverev están fuera de toda duda. Queda, como siempre, la sospecha de su compromiso. Su hermano Mischa también iba a comerse el mundo y las lesiones le han acabado machacando. Para ser casi un niño tiene ya unas cuantas victorias contra rivales de nivel medio, incluyendo una heroica en Wimbledon contra Gabashvili que acabó con 9-7 en el quinto set. A partir de ahí, brillantes semifinales en Bastad y cuartos de final en Washington, ganando a Anderson y Dolgopolov. Después de perder en primera ronda del US Open, también en cinco sets, su temporada se vino abajo hasta acabar el 81º de la clasificación. El año que viene debería rozar el top 25.

Yoshihito Nishioka (Japón, 1995).- De Nishioka hablan verdaderas maravillas, aunque su ámbito de juego sigue siendo Asia y eso, a los veinte años, empieza a ser peligroso. Solo ha jugado nueve partidos a nivel ATP este año, perdiendo seis. Está en esa clase media, junto a Elías Ymer, Jared Donaldson o Kyle Edmund, que no se sabe por dónde van a tirar en el futuro. Sus puntos obtenidos en challengers no le han permitido pasar de la 142ª posición en el ranking.

Andrey Rublev (Rusia, 1997).- Otro niño con una pinta descomunal a poco que consiga centrarse. En principio, lo tiene todo, especialmente una derecha fantástica. El problema es que no ha tenido muchas oportunidades para demostrarlo más allá de la eliminatoria ante España en la Copa Davis, en la que pasó por encima de Pablo Andújar, por entonces número 32 del mundo. Cumplió los dieciocho hace solo un mes, así que es difícil evaluar una temporada en la que en vez de refugiarse en los challengers ha decidido participar en bastantes torneos ATP, fajándose en las previas para entrar en el cuadro principal. Eso ha dañado su ranking (173º) pero puede suponer una gran inversión cara al futuro.

Frances Tiafoe (Estados Unidos, 1998).- El benjamín del grupo. Para hacerse una idea, nació el mismo año que Federer debutaba en el circuito. De él se vienen hablando tales maravillas que cuando uno le ve jugar contra hombres no puede evitar soltar un «no es para tanto». A los quince años ya ganó la prestigiosa Orange Bowl y dos años más tarde se convirtió en el estadounidense más joven desde Michael Chang en participar en Roland Garros. Su experiencia duró un partido. Tres sets, en concreto. A veces, tiende a mostrar cierta apatía en la pista, algo muy adolescente por otro lado. Si se pone las pilas, tendrá su parte del pastel del futuro. Si se sigue dejando llevar, puede acabar como un Donald Young cualquiera.

Estos son solo algunos de los candidatos. Muchos de ellos no llegarán a nada. Otros puede que acaben con el dominio de los treintañeros. En cualquier caso, si se les ocurre alguno que debería estar en la lista y no está, no duden en presentárnoslo en los comentarios.


Michael Chang, Ivan Lendl y el saque de cuchara: historia de un milagro adolescente

Michael Chang en la final de Roland Garros de 1989. Foto: Cordon Press.
Michael Chang en la final de Roland Garros de 1989. Foto: Cordon Press.

En el principio fue Aaron Krickstein. La cinta en el pelo y la melena rockera, salida de alguna película ochentera de Martin Scorsese o de algún concierto de los Scorpions. Krickstein, campeón en Tel-Aviv dos meses después de cumplir los dieciséis años y en octavos de final del US Open 1983 antes de los diecisiete. En 1984, un paso adelante: el Top Ten, los honores compartidos con los grandes ídolos americanos: Jimmy Connors, John McEnroe… Multitud de ofertas publicitarias y la sensación de que todo había quedado viejo al paso de este adolescente.

Krickstein dio el pistoletazo de salida pero se quedó estancado a los pocos metros. Con veinte años, aún en 1987, su progresión se detuvo y los nuevos bólidos, los nuevos clones, empezaron a adelantarlo por la derecha: el primero, por supuesto, Andre Agassi, el chico de Las Vegas apadrinado por Nick Bolletieri y su academia de tenis, la fábrica de talentos donde Agassi competía con Jim Courier, con su odiado Jim Courier, talento frente a fuerza bruta, arte frente a una mentalidad de hierro.

Agassi asomó la patita con diecisiete años y se consagró con dieciocho: en 1988 no solo acabó como número cinco del mundo sino que ganó seis torneos ATP y jugó las semifinales de Roland Garros y del US Open. Era el producto perfecto, el eslabón entre una estética aún ochentera de melena con laca y el gamberrismo noventero, grunge, que se iba fraguando en los garajes de Estados Unidos. El hombre que todo publicista querría tener en su anuncio y que Nike no iba a dejar que pasara de largo.

En los famosos cuartos de final de 1989 contra Jimmy Connors en pleno Flushing Meadows, un espectador lo dejó claro a gritos: «Vamos, Jimmy, él es un punk, tú eres una leyenda».

Y es que a Agassi no le costaba nada ganar partidos pero le costaba más ganarse el respeto del aficionado. No era visceral como McEnroe, no era calculador como Lendl o Wilander, y no era preciosista como Edberg. Ni siquiera tenía la contundencia ni la arrogancia de Becker. Después del éxito de 1988, Andre preparó a fondo la siguiente edición de Roland Garros. Si había algún estadounidense que pudiera ganar el torneo después de treinta y cuatro años era él. El recuerdo de Tony Trabert en 1955 quedaba demasiado lejano. Ashe fracasó, Connors fracasó y McEnroe se topó con Lendl. Nada que hacer.

Con todo, no era ni mucho menos el favorito en una edición que se presentaba sorprendentemente abierta: Lendl empezaba algo parecido al declive, Becker y Edberg no tenían un juego que se adaptara bien a la tierra batida, Muster estaba aún un poco verde y en los torneos preparatorios la gran sorpresa había sido el argentino Alberto Mancini, vencedor en Montecarlo y Roma, en este último, precisamente, ante Andre Agassi. Otros nombres que sonaban eran los de Horst Skoff, finalista en Hamburgo, y el eterno ecuatoriano Andrés Gómez.

Mancini llegaría a los cuartos de final, confirmando su buen momento de forma. Los otros tres no pasaron de tercera ronda. La derrota más dolorosa con diferencia fue la de Agassi ante Courier. Bolletieri eligió ese día el palco equivocado y Jim no se lo perdonó. Consciente de su inmenso potencial pese a no tener ni veinte años, decidió irse con José Higueras, exjugador español que fuera semifinalista un par de veces en Roland Garros y uno de los entrenadores clave para entender la década de los noventa en el tenis mundial.

Antes de eso, Higueras tenía sus propios problemas de los que ocuparse y el principal era convencer a su pupilo, Michael Chang, de que no era peor que Agassi, Courier o Krickstein. Después de trabajar duro con él en la primavera de 1989, le lanzó un reto: «Si sigues así, puedes llegar a ganar Roland Garros el año que viene». «¿El año que viene?», contestó Chang, «¿y por qué no este año?». Higueras sonrió entre satisfecho y sorprendido.

«No hay ninguna manera de que puedas hacerme daño»

Michael Chang no hacía anuncios. Ni siquiera para la inmensa comunidad asiática de Estados Unidos, que podría verlo como un ejemplo de integración y superación. Chang no era Agassi en lo publicitario, no pretendía parecerse a Axl Rose y apenas sonreía en la cancha. Hijo de taiwaneses exiliados, valga la redundancia, Michael ni siquiera se sentía del todo americano. Nunca le habían tratado como a uno más: pequeño, flaco, con cara de niño, su desarrollo personal y profesional había sido una carrera de obstáculos que había conseguido librar a base de perseverancia y empeño.

Y, sin embargo, pese a la ausencia de titulares o portadas de Sports Illustrated, la carrera de Michael Chang era algo más que notable: con quince años, no solo se había conseguido meter en el cuadro de individuales del US Open sino que había ganado su primer partido, el jugador más joven en lograrlo. Justo después de los dieciséis, como hiciera Krickstein, se alzó con el torneo de San Francisco contra el temible Kriek. Ahora, con diecisiete y unos pocos meses, afrontaba Roland Garros entre los veinte mejores jugadores del mundo y como cabeza de serie número quince.

El problema era el de siempre: nadie le tomaba en serio. Le veían en la cancha, tan frágil, tan vulnerable, tan niño, que parecía imposible que llegara a algo. En primera ronda ya cedió un set, ante el belga Masso, pero en segunda pasó por encima de otro adolescente americano, un chico llamado a hacerse a sí mismo fuera de los Bolletieri y los Higueras: Pete Sampras. Sampras, también con diecisiete años para dieciocho, tenía muchas cosas en común con Chang: nadie creía tampoco en su talento. Sacaba bien, tenía una buena derecha, pero su movilidad en el campo y su conocimiento del juego dejaban mucho que desear. Los dos hijos de inmigrantes —como Agassi, por cierto—, se habían hecho amigos en las concentraciones nacionales y a menudo jugaron juntos en dobles en categoría juvenil.

Aquel día, sin embargo, no hubo concesiones: uno era el 19 del mundo y el otro luchaba por aguantar entre los cien primeros. El resultado fue elocuente: 6-1, 6-1 y 6-1 para Chang, un marcador que, obviamente, no se volvería a repetir.

En tercera ronda, Francisco Roig no fue tampoco rival para el estadounidense, que se coló así en la segunda semana del torneo cual cordero a punto de ser degollado, esperando el choque que le aguardaba el lunes 5 de junio de 1989 contra Ivan Lendl, el gran dominador de la tierra batida y sempiterno número uno de la ATP. Apenas un año atrás, ambos se habían enfrentado en una exhibición disputada en Des Moines, Iowa. Chang, como hemos dicho, era entonces ya un jugador pujante y Lendl había dejado momentáneamente su trono en manos de Mats Wilander. Aun así, el partido fue un paseo: 6-1 y 6-2 para el checo.

Aunque Lendl no era el tipo más simpático del vestuario, tuvo el gesto de acercarse a Chang después del partido, cuando aún estaba con su familia. «¿Quieres saber por qué has perdido hoy?», le preguntó. «Para empezar, no tienes saque. Y desde luego no tienes un segundo servicio decente. No hay ninguna manera de que puedas hacerme daño. Puedes correr mucho, pero más te vale desarrollar un arma que te permita sobrevivir en la pista cuando juegues conmigo. Si no, seguiré haciendo contigo lo que me dé la gana».

Chang escuchó pacientemente, asintió y aprendió. Al año siguiente se presentaría con muchas más armas de las que Lendl podría imaginar.

Bolas altas, calambres y un checo fuera de sus casillas

Cuando se recuerda la victoria de Michael Chang en Roland Garros, la gente suele mencionar la final contra Lendl… solo que no fue una final, simplemente un partido de octavos. Probablemente, eso sí, el mejor partido de octavos de la historia. Durante dos sets, Lendl cumplió su profecía e hizo lo que quiso con el estadounidense. Llegó a ponerse break arriba en el tercero y solo la imagen televisiva de los dos ya lo decía todo: uno, cabizbajo, con esos aires desgarbados de niño recién salido del colegio, y el otro, imperial, altivo, musculoso, con la mirada perdida en el objetivo que le acompañaría toda su carrera.

Solo que de repente algo cambió: Chang se convirtió en el muro que sería durante los siguientes catorce años. Obligando a jugar siempre una bola más a Lendl y variando las direcciones de los golpes, Michael consiguió remontar el tercer set y forzar un cuarto. Habían pasado ya dos horas y media y el partido en realidad empezaba: a Chang le gusta decir en las entrevistas que fue todo culpa de Dios y de la motivación tras ver los tanques en Tiananmén justo el día anterior, pero Dios, si juega, juega para todos y la motivación en un Grand Slam va de suyo.

Pasó algo más: Lendl se volvió loco. Lo insólito de la situación es que Lendl nunca se volvía loco, como mucho volvía locos a los demás. Tras perder su primer set en todo el torneo, el checo empezó con su tic de arrancarse pestañas y a discutir con todo el mundo: los jueces de línea, el de silla, los espectadores… No es que el servicio de Chang hubiera mejorado mucho en un año, pero las bolas de break pasaban y no era capaz de aprovechar ninguna.

Quedaba el físico, por supuesto. La superioridad evidente del checo y los calambres que empezaban a cebarse con las piernas del estadounidense. Con 5-3 y saque para cerrar el cuarto set, Chang se dio cuenta de que no podía más y empezó a tirar bolas altas al campo contrario. Nunca se había visto algo así y probablemente nunca se verá: Lendl golpeaba con todas sus fuerzas y el otro se limitaba a tirar un globo tras otro para poder recuperar el aliento en medio. Globos precisos, altos pero largos, que hacían que Lendl tuviera que golpear casi desde la publicidad del BNP.

El público empezó a silbar pero Chang no entendía de silbidos sino de supervivencia: con ese juego desesperante ganó el cuarto set y se puso 2-0 arriba en el quinto. Una de las mayores sorpresas de la historia del tenis estaba a un paso de producirse cuando los calambres subieron un grado, el dolor se hizo insoportable y Chang, directamente, dejó de correr. Lendl ganó su servicio y se acercó 2-1. En el siguiente juego, rompió para poner el 2-2 en el marcador. Un abatido y dolorido Chang se acercó al juez de silla con la intención de dar el partido por acabado. En mitad del camino lo pensó mejor y se dio la vuelta. «Tengo diecisiete años, si la primera vez que me encuentro en una situación así, me retiro, ¿qué haré la cuarta o la quinta? Retirarme también».

Contra todo pronóstico, Chang rompió el saque de Lendl para el 3-2 y, aunque cediera su siguiente saque, consiguió un tercer break en el set para situarse con 4-3. Nos acercamos al juego que quedará para la historia.

El saque de cuchara que no se volvió a repetir

Después de perder su servicio dos veces seguidas, Chang tenía que hacer algo para romper la dinámica. Por juego y por condición física, Lendl era superior, pero el marcador estaba de su lado y la ansiedad seguía consumiendo al checo, completamente desquiciado. Con 15-30 para Lendl, Chang decide recurrir a un truco que Agassi utilizaba mucho cuando era cadete. Un truco de aficionado, de partido de urbanización de vecinos: inicia la rutina del saque, hace el gesto de levantar la bola y la raqueta, pero de repente detiene el movimiento y saca de abajo arriba. Una cuchara, como se llama en el argot.

La bola bota en el cuadro de saque contrario y Lendl se ve obligado a correr para alcanzar lo que acaba siendo una dejada. Queda expuesto en la red y Chang le pasa con una derecha maravillosa. Nadie se lo cree: la gente se lleva las manos a la cabeza mientras ríe y aplaude y Lendl mira al juez de silla con cara de «haz algo, por favor, lo que sea pero haz algo» mientras Chang, por fin, cierra los puños y se anima a sí mismo en el centro de la pista ante el jolgorio general.

No quedaría ahí la cosa: Chang ganó su servicio y consiguió dos bolas de partido contra el servicio de Lendl. Desde tiempo atrás venía adelantándose mucho para restar, algo parecido a lo que hace Federer ahora, de manera que, si se hace bien, el resto le pilla al rival completamente descolocado. Cuando el checo falló su primer servicio, Chang directamente se colocó a un metro del cuadro de saque. Aquello era inaudito y suicida. El público empezó a silbar lo que consideraba directamente una insolencia y Lendl volvió a protestar, no tanto por la posición de Chang, allá se las componga, sino por el griterío que estaba provocando y que le impedía concentrarse en el saque.

Por supuesto, la historia acabó en una doble falta. No podía ser de otra manera.

El resto, ya lo saben: Chang ganó en cuartos a Agenor y en semifinales a Chesnokov, en ambos casos remontando un set en contra. Cuando jugó la final contra Stefan Edberg, tiró de nuevo de épica: con dos sets a uno abajo, salvó hasta once bolas de break en la cuarta manga para acabar llevándosela en la primera que tuvo a favor. No solo eso: Edberg empezó el quinto set con un 2-0 a favor que parecía que iba a poner las cosas en su sitio pero no ganó ni un juego más. A los diecisiete años y tres meses, Michael Chang se proclamaba campeón de Roland Garros justo el día después de que otra adolescente, Arantxa Sánchez-Vicario, se llevara por delante a Steffi Graf.

Los tiempos estaban cambiando y no se sabía hasta qué punto. Tan horrorizado quedó McEnroe cuando vio las tácticas de Chang que dijo: «Como haga lo mismo en Wimbledon y gane, prometo quitarme los calzoncillos en plena pista central». El recibimiento de Ivan Lendl fue mucho más parco: «Buen torneo, Michael. Enhorabuena». La historia de estos adolescentes americanos siguió, pero Chang rara vez fue un elemento protagonista: al año siguiente, 1990, como campeón, cayó en cuartos de final ante Andre Agassi, que iba rumbo a la primera de sus finales perdidas en París después de derrotar por fin a Courier, el mismo que ganaría Roland Garros dos veces y el Open de Australia otras dos antes de verse superado por la tormenta Pete Sampras, sus catorce torneos del Grand Slam y el récord por entonces de semanas en el número uno.

¿Qué fue de Michael? Luchó, que es lo que sabía hacer. Se mantuvo entre los diez primeros del ranking varios años y volvió a jugar tres finales de Grand Slam pero las perdió las tres, una de ellas otra vez en Roland Garros ante el intratable Thomas Muster. Higueras se fue con Courier, montó una academia que superó a la de Bolletieri e incluso Federer recurrió a él en 2008, cuando veía que la lucha contra Nadal se hacía cada vez más imposible. Duraron juntos pocos meses.

Aquel partido contra Lendl quedará para siempre. Dice Chang que con el tiempo se han hecho amigos, que pescan juntos y hablan de muchas cosas, pero que nunca ha sacado el tema de aquel saque de cuchara ni aquel resto suicida al filo del reglamento. Lendl, por su parte, cumple su papel de cascarrabias: «Fue un partido más, no le veo nada especial. Muchas veces perdí contra rivales inferiores que luego no sabían dar continuidad a su éxito. La diferencia es que esta vez Michael sí supo».

No es poca diferencia, desde luego. Ojalá, podría pensar Krickstein, hubiera tenido él una oportunidad así y la hubiera aprovechado de la misma manera. El asunto, después de todo, no era llegar antes, sino llegar a tiempo.


Las siete vidas de Rafa Nadal

Lo que acabamos de contemplar en Roland Garros es Historia. Y no solamente porque se haya roto un récord que —antes de la llegada de Nadal y tras la lesión de Gustavo Kuerten— se antojaba inatacable. A muchos les parecerá lógico que Rafael Nadal haya ganado un nuevo título. Quizá sea lógico, pero algunos no lo teníamos tan claro. Bien podría haber sido de otro modo. Porque la carrera del tenista español estaba en una encrucijada histórica.

En fútbol solemos escuchar a menudo expresiones como “partido del siglo” o “clásico”, con frecuencia aplicadas a competiciones estrictamente nacionales y partidos cuya repercusión en la tradición, en lo que estudiarán los futuros historiadores deportivos, será escasa o más bien nula. Pero el producto que vende mucho y pretende vender todavía más puede permitirse el lujo de la hipérbole falaz. Así, el fútbol puede fingir que cada partido es vital aunque no lo sea, o que es un hito de cambio aquello que no es más que pura rutina, cuando la verdad es que en balompié muy pocas veces se hace Historia, al menos de la universal, de esa con mayúsculas y letras de oro. Siendo justos, podríamos decir que esa Historia se hace en los campeonatos mundiales de fútbol y poco más.

En tenis, sin embargo, se llevan ya unos años esculpiendo hito tras hito en lo que también era una larga tradición, como mínimo desde la fulgurante aparición de Roger Federer, ese fenómeno inexplicable que ha marcado un antes y un después en el deporte de la raqueta. En la última década hemos podido ser testigos de no pocos partidos que, sin necesidad de hipérbole alguna, nos daban la sensación de ser puntos de inflexión que iban a marcar el futuro del tenis. Eran Historia. Muy particularmente algunos de los enfrentamientos entre Federer y el español Rafael Nadal: cruentas batallas en una larga guerra psicológica que a veces fue asombrosamente brillante en lo tenístico y a veces no tanto, pero que casi siempre resultaban apasionantes porque sabíamos lo que había en juego. Esa guerra psicológica, de trincheras y de desgaste, fue en última instancia perdida por Federer. El suizo —como en Astérix y Obélix— tiranizó a toda la nación del tenis excepto una pequeña aldea que decidió resistir al invasor; esa aldea, llamada Rafa Nadal, tardó años en darle la vuelta a las tornas pero finalmente lo hizo porque estaba decidido a conseguirlo a toda costa. Nadal se garantizó un lugar en la posteridad desde el momento en que se convirtió en el único rival que pudo jugarle de tú a tú al Más Grande, e incluso tumbarlo, cuando el Más Grande estaba en lo mejor de su juego. Con el tiempo a su favor y con la ventaja mental completamente de su lado, Nadal terminó por auparse finalmente al número uno, en detrimento de ese otro tenista al que nadie niega otro número uno, el de la Historia.

Pero esa historia, la del tenis, es caprichosa y cambiante. Novak Djokovic estaba ahí para amargarle la fiesta al mallorquín. No es que esto fuese exactamente una sorpresa; algunos consideraban al serbio —que ya había ganado un título grande— una bomba de relojería, un supercampeón en ciernes cuya eclosión definitiva era meramente cuestión de tiempo. Y así fue. Djokovic estalló y se lo llevó todo por delante, incluido un Rafa Nadal a quien “Nole” infligió las mayores humillaciones de su carrera, en forma de una serie ininterrumpida de finales perdidas que hubiese hecho sangrar incluso al endurecido Jimmy Connors. Y esto ponía la carrera triunfal de Nadal en serio peligro. Así, como suena.

Nadal, de hecho, había dado ya alguna muestra del inevitable cansancio de la competición; los tenistas que empiezan a ganar muy jóvenes suelen quemarse también muy jóvenes. Esto es, con pocas excepciones, un hecho probado. Veinticinco años podrían parecer pocos para un deportista de élite, pero por citar un ejemplo que viene muy al caso: a esa misma edad el gran Bjorn Borg estaba hastiado del tenis, a un paso de la retirada definitiva. El nivel competitivo de Borg a esa edad era todavía muy bueno, similar al del Nadal de 2012: de hecho, en 1981 Borg ganó un título grande y jugó otras dos finales. Pero haber perdido tres grandes finales frente a su nueva Némesis, el fenómeno emergente John McEnroe, terminó de minar la determinación del joven astro sueco. Borg entendió que de camino a los veintiséis años su reinado estaba avistando el ocaso, con el casi imbatible norteamericano alzándose frente a él en las superficies rápidas y con un amenazante Ivan Lendl que, si bien todavía no había conseguido arrebatarle la corona en Roland Garros, sí anunciaba que le podría poner las cosas muy, muy difíciles en el futuro. Después de ocho temporadas en lo más alto, a Bjorn Borg sólo le restaba la caída —lenta o rápida, pero caída al fin y al cabo— así que, pensando que de la cumbre sólo cabe descender y harto de haber entregado tanto tiempo y esfuerzo a la competición, decidió tirar la toalla cuando físicamente le quedaban varios años de plenitud. Pero esto es tenis: el físico no lo es todo. La mentalidad juega un papel igualmente importante. Sin la actitud correcta no se puede ganar. Y con los años de triunfos la actitud suele ser la primera en erosionarse.

Fueron ocho años los que transcurrieron desde que un Borg adolescente empezó a acumular títulos hasta que los primeros nubarrones asomaban por el horizonte. También ocho años tardó en llegar el declive de Roger Federer. Y ocho años son precisamente los que lleva Rafael Nadal en la cumbre.

No es una cifra científica, eso sí. Ha habido campeones más longevos. Pero… no muchos.

Y como decimos, la mente competitiva sufre desgaste, a veces más que el propio cuerpo. Tras quebrantar el espíritu de Roger Federer —contra ningún otro jugador se vio al suizo vencido de antemano tantas veces ya al salir del vestuario—, Nadal notó cómo su propio espíritu, ya algo resquebrajado por el hastío de combate, era ahora quebrantado a su vez por Novak Djokovic, el único jugador del mundo que conoce el secreto para anular al español una y otra vez. Tras años de dura pugna por obtener el nº1, lo perdía al poco de conseguirlo, a manos de una bestia negra balcánica que no mostraba signo alguno de piedad por el mallorquín. ¿Saben ustedes cuántas veces en la historia del tenis un jugador se ha recuperado de una situación semejante? Muy, muy pocas. La pérdida de la corona, o aun la mera posibilidad de perderla, hace flaquear al más pintado. Por ejemplo, Federer no volvió a oler la victoria frente a Nadal en una final de Grand Slam desde aquel antológico partido de Roland Garrós, en 2008, cuando Nadal lo barrió literalmente de la arcilla parisina. Aquel partido supuso una humillación tal que marcó el sino de las futuras grandes ocasiones entre ambos: desde entonces Federer ha perdido las otras tres grandes finales que le han enfrentado al español. Así pesó aquel partido, aquella humillación, sobre su confianza en sí mismo. Y es todo, o casi todo, cuestión mental. El tenis es un juego donde la psicología es importantísima, como en cualquier deporte individual que requiera, además de precisión y concentración, unas considerables dosis de fe en uno mismo. Muchos tenistas técnicamente capacitados para ganar han perdido partidos antes incluso de pisar la pista porque no creían lo suficiente en sí mismos. El ciclismo tiene los puertos de montaña y las “pájaras”; el tenis tiene los rivales que se te atraviesan y contra los que no sabes, o crees no saber, cómo vencer. La actitud gana y pierde más partidos que el servicio, la derecha y el revés. Que se lo digan a Guillermo Coria, el argentino que se quedó sin su título de Roland Garros… aún no sabemos por qué.

Lo que trato de decir es que el momento psicológico en que Nadal ha afrontado este torneo debía de ser, por decirlo suavemente, peliagudo. El deporte individual, y el tenis especialmente, es así: una vez sientes que la Historia te ha vencido y que tu momento ya ha pasado, resulta casi imposible volver a creer en ti mismo. A Pete Sampras, con el vértigo de la cuesta abajo, le supo tan a gloria su último y relativamente inesperado título del US Open, que decidió aprovechar la ocasión para retirarse en lo más alto. Porque incluso siendo el campeón vigente resultaba obvio que no se consideraba capacitado para repetir el éxito. Hasta ese punto lo puede todo la falta de confianza.

Todo esto debería servir para conferir un mérito añadido a la victoria de Rafael Nadal en ese útlimo Roland Garros, una victoria que ha llegado remando contra la corriente psicológica frente a un rival que venía montado en canoa y descendiendo unos rápidos. Porque no hubiese sido nada extraño —es más, hubiese resultado incluso comprensible— ver a Nadal sucumbiendo ante la falta de fe y ante un Djokovic en su mejor momento. Un Djokovic que venía a por el único gran trofeo que falta en sus vitrinas, después de haber ganado los otros tres de manera consecutiva… e incontestable. Nadal quería hacer Historia superando los seis títulos en tierra que acumulaba Bjorn Borg. Djokovic quería hacer Historia uniéndose al selecto club de hombres que han ganado el Grand Slam y que (lo siento por Rod Laver) lo han hecho en superficies diversas, como acaba de hacer por cierto Maria Sharapova en la competición femenina. Ambos querían marcar un hito, pero uno venía renqueante y el otro con la pistola cargada. El viento, qué duda cabe, soplaba a favor de Djokovic. Porque el serbio, digámoslo, no le tiene miedo a nadie. No queda ni rastro de aquel tenista inmaduro que flaqueaba a las primeras de cambio en cuanto las cosas no le iban bien durante un partido. El Novak Djokovic de 2011/12 se ha convencido que puede vencer a todos en todas partes, después ha puesto esa hipótesis en práctica, y eso es el arma más peligrosa de la que dispone cualquier tenista: la fe absoluta en sí mismo. Ese arma de la que Nadal ya no gozaba.

Pero esta vez Djokovic no ha podido. Quizá por efecto de la sorpresa, ha flaqueado otra vez cuando ha comprobado que ante él tenía al Nadal de los mejores tiempos, en un partido donde ambos aspiraban a obtener una gloria universal reservada a los elegidos. El séptimo Roland Garros es una meta única y Nadal sabía que no estará ahí siempre para intentar obtenerla. Aún es joven, sí, pero ya no puede quemar demasiadas ocasiones de romper grandes récords. Entre otras cosas porque Djokovic no va a desaparecer del mapa y no va a dejar de ser un portento capaz de barrer de la pista a cualquiera, aunque se llame Rafa Nadal. Así que Rafa ha jugado mirando más allá de su temible rival, y eso era precisamente lo que necesitaba hacer. Ha jugado mirando más allá de Djokovic, al porvenir, a lo que los libros dirán sobre él en el futuro; ha jugado mirando a su fotografía por encima de la de Bjorn Borg. Y claro, haciéndolo así, ha vencido.

Ha sido toda una hazaña. En mi opinión, este ha sido el título de Slam psicológicamente más meritorio de su carrera, después del primero y después de aquella victoria en el inhóspito US Open a cuyo trono no parecía especialmente destinado. Porque este Roland Garros 2012 ha supuesto emerger de debajo del yugo de Djokovic, tarea nada fácil: Federer no consiguió escapar del yugo de Nadal, y el suizo no tiene menos talento y determinación que el español. Si acaso, tiene aún más. Pero el mallorquín lo ha hecho. Y ya vemos con qué despliegue de euforia lo ha celebrado, sabiendo la enormidad no ya de la marca que ha establecido, sino de la magnitud de la misión misma y su dificultad. No sólo ha hecho Historia, esto lo ha ayudado a resucitar. Ahora sabe que puede volver a ganar a Novak Djokovic en una gran final. No será fácil, no sucederá siempre, incluso es posible que suceda las menos veces. Pero vuelve a ser posible. Y eso es todo lo que Rafa necesitaba saber. Francamente, no me extrañaría que en lo más hondo de su espíritu de competición hubiese llegado a olvidarlo. Nadal también es humano, y el Djokovic de 2011 podría haber hecho añicos la autoconfianza de cualquiera.

Así que el récord de Borg no ha sido lo único que se ha roto esta semana sobre la arcilla de París. Se ha roto también un maleficio, un “efecto Djokovic” que empezaba a parecerse muy seriamente a aquel “efecto Federer” que asoló la competición masculina durante años y contra el que nadie, excepto Nadal, parecía tener antídoto.

Eso sí, no podemos olvidar que el territorio del otrora vasto Imperio de Nadal —sobre el que no se ponía el sol en el 2010— ha retrocedido. Como en sus primeros años, Rafa se ha visto confinado a reinar solamente en tierra, abandonando el resto de superficies a su más directo rival. El 2012 se parece al 2007, sólo que hoy el manacorí tiene muchos más kilómetros en las piernas y muchas más horas de esfuerzos a sus espaldas, así como menos metas que alcanzar… y las que tiene son más difíciles. Va a necesitar mucha más determinación para revertir la actual situación de la que necesitó entonces, cuando no tenía tanto que perder y sólo podía ascender. Porque ya no es el caballo que viene de atrás, sino el caballo que intenta no quedar rezagado tras haber ido en cabeza.

Pero lo volvemos a repetir: ahora vuelve a ser posible. Djokovic ha sufrido un toque de corneta, lo cual podría despertarlo —eso sería malo, desde luego— o por el contrario podría hacerlo dudar de sus posibilidades. Lo sabremos a no mucho tardar. Si no ocurre nada extraño, o si Federer no decide reflotar, o si Andy Murray no convierte en realidad lo que hasta ahora es una sorda —pero sólida— amenaza y tumba finalmente a Djokovic, el serbio y el español deberían repetir como finalistas en el próximo Slam, Wimbledon. Es lo más probable y lo más deseable. Es el partido que todos querríamos ver, porque es el que enfrentaría a los dos mejores del momento en otra encrucijada histórica, en otra batalla de esta nueva guerra mental… la segunda gran guerra de la era Nadal. Y ahí comprobaremos qué efecto ha tenido esta victoria en París sobre la historia del tenis. Si Djokovic se deja doblegar también en Inglaterra, que empiece a preocuparse: Nadal tendría un nuevo desafío a la vista, esto es, intentar alcanzar los dieciséis títulos del Divino Federer. Eso, ahora mismo es una meta lejana. Pero con un título en Londres sería un objetivo algo más razonable. Y lo que parece razonable ayuda a estimular la fe y la ambición. Y la fe y la ambición son lo que ganan partidos de tenis.

Tal y como yo lo veo, tenemos tantos motivos para ser optimistas como para ser pesimistas con respecto a Wimbledon. Dicho de otro modo: la cosa está “fifty-fifty”, así que mejor optar por una visión positiva. Nadal puede hacerlo. No será fácil. No será agradable. No será cómodo. Pero hace tan sólo unos meses estaba empezando a parecer sencillamente imposible.

El séptimo Roland Garros de Nadal ha sido como la séptima vida del gato. Ha resucitado y si cae panza arriba podrá hacer daño a cualquiera. Ahora queda saber cuántas vidas le quedan a Novak Djokovic. Es muy simple: en la próxima final que jueguen, la banda sonora debería ponerla Ennio Morricone. Porque será el duelo que decida hasta dónde llega la carrera de cada cual. Y eso, una vez más, será “history on the making”. No puedo esperar.


Guillermo Ortiz: El último baile de John McEnroe

La gloria de John McEnroe siempre irá vinculada a Wimbledon. Por supuesto están los cuatro US Open, las cuatro Copa Davis, los cuatro años seguidos como número uno del mundo… las peleas, los insultos, las bodas con actrices, los coqueteos con las drogas, la fama del niño americano ochentero y todo lo que eso conlleva… pero las imágenes de verdad de McEnroe remiten a Londres: a su descubrimiento en 1977, semifinalista con 18 años, a su mítica final de 1980 contra Borg, ese tie-break que ganaría 16-14 después de salvar cinco bolas de partido… todo para perder en el quinto set contra el sueco.

McEnroe es un pelo encrespado rodeado de una cinta incapaz que grita “You can not be serious” a un juez de silla que solo puede guardar silencio, esperar al interventor, amenazar con un “warning”. McEnroe es la rabieta contra Connors en la final de 1982, el chaval enloquecido bramando contra todo lo que se mueve, el público silbando y el veterano con cara de “¿nos dejamos de tonterías ya y acabamos esto o nos vamos a pasar el día llorando como niñas?”

Jimmy Connors, ese protomourinhista.

Wimbledon fue parte del histórico 1984, cuando McEnroe ganó 82 partidos y solo perdió 3, el mejor balance de la era open, el principio del fin para el iracundo neoyorquino. Después de aquel año inmaculado, las lesiones y los matrimonios rotos: solo una final más de Grand Slam, el US Open de 1985, derrotado ante el impávido Ivan Lendl, el hombre de las nueve finales consecutivas en Flushing Meadows, cosa que probablemente nadie iguale jamás.

Y con 33 años, Wimbledon era de nuevo el escenario mágico para “Big Mac”, el reto de su última temporada, ya fuera del top 20 de la ATP pero aún con ese toque irrepetible, esa facilidad para el golpe imposible, el revés cortado sin bote, la volea desde cualquier posición… McEnroe había empezado su carrera enfrentándose a Borg y a Connors y la estaba terminando luchando contra Courier, Agassi y Sampras, con los que ese mismo año compartiría triunfo en la Copa Davis.

El año empezó bien: cuartos de final en Australia, un torneo que detestaba y en el que solo participó cinco veces en sus dieciséis años de carrera. Después del tradicional fracaso en Roland Garros —correr es de cobardes—, el estadounidense, ya sin la cinta y sin tanto pelo rebelde, aún con el mal genio pero ya sin los silbidos, se presentaba en Londres para su baile final, consciente de que cada partido podía ser el último, que las 54 victorias anteriores sobre la hierba del All England Tennis Club no servían de nada.

Ni siquiera era cabeza de serie. Por mucho que los directivos de Wimbledon hicieran y deshicieran a su antojo no hubo manera de colarle entre los dieciséis favoritos. Su primer set lo jugó ante el brasileño Luiz Mattar y lo perdió. No era un comienzo esperanzador, pero al menos se rehízo para ganar los tres siguientes y enfrentarse a otra leyenda ochentera, el melenudo Pat Cash, australiano de saque y volea, campeón en 1987 y de vuelta al circuito tras años de continuas lesiones.

Cash tenía 27 años en 1992. Parecía que tuviera 38.

Sin embargo, el saque seguía ahí, y la agilidad, y la capacidad para resolver un punto en dos o tres golpes. Ganó el primer set y el tercero. McEnroe estaba a una manga del último adiós pero entonces el cuerpo de Cash volvió a decir “basta” y cedió fácilmente los dos siguientes sets y el partido. Mc Enroe llegaba a tercera ronda, donde David Wheaton no sería rival, como tampoco lo sería el irregular ucraniano Andrei Olhovsky, proveniente de la previa, en octavos.

El sorteo había sido un chollo, de acuerdo, pero para llegar a cuartos de final de un Grand Slam hay que ganar doce sets, sea contra quien sea, y McEnroe se limitó a hacer su trabajo y hacerlo bien. En cuartos de final, esperaba Guy Forget, en la mejor temporada del francés, cabeza de serie número nueve. Forget era un buen jugador, ofensivo y seguro a la vez, el típico tenista de oficio que consigue llevar una carrera larga a base de pequeños triunfos y no fallar demasiado. No era un especialista en hierba y de hecho su camino hasta cuartos había sido una odisea: dos partidos a cinco sets y otros dos a cuatro.

Forget estaba aún más agotado que el treintañero cuando entraron en la Pista Central. Tres sets después, estaba reservando billetes para Francia: 6-2, 7-6, 6-3. Mc Enroe, una vez más estaba en semifinales, la primera vez desde 1989, la tercera en un Grand Slam, ¡en siete años! Connors lo había hecho en el US Open de 1991, ahora le tocaba el turno a él, su momento de prensa, fotos y autógrafos, algo que parecía haber quedar atrás.

Quedaban los dos últimos pasos: las semifinales le enfrentarían al ganador del Agassi-Becker, con claro favoritismo para el alemán. Sería un bonito enfrentamiento entre dos clásicos, acostumbrados a partidos de cinco o seis horas en la Copa Davis, dos de los mejores hombres en la red, la técnica americana contra la potencia germana. No pudo ser. Pese a adelantarse en el primer set, Becker no logró evitar que Agassi ganara los dos siguientes. Le quedaron fuerzas para ganar el cuarto, pero en el quinto no aguantó más y se vino abajo.

El cuadro le quitaba un rival más a McEnroe en su cruzada improbable: Agassi era un jugador de fondo de pista, más preocupado por su aspecto que por su juego, en lucha constante contra las convenciones inglesas y acostumbrado a venirse abajo en los partidos decisivos. En 1988, apenas un adolescente, tumbó al mito Connors en los cuartos de final del US Open. En 1992, tendría que hacer lo propio con el mito McEnroe, los dos ídolos de la afición americana, los hombres que conjugaban carisma con títulos, cosa que Andre no acababa de conseguir.

Decir que McEnroe era favorito en ese partido era mucho decir, pero desde luego no había el desnivel en los pronósticos que ahora podemos imaginar: cinco sets para Agassi en la anterior ronda, estilo de juego sobre hierba, dudas psicológicas, un público volcado… Mc Enroe salió de nuevo a la pista central crecido, confiado, a un paso de despedirse de Londres con una final, su primera en un grande desde 1985.

Aquello fue una masacre. Agassi venía de perder dos finales en Roland Garros y otra en el US Open. No podía esperar más. Le dio igual si la superficie le beneficiaba o no, se limitó a no fallar ni un solo passing shot ante las subidas suicidas a la red de su ídolo de infancia. 6-4 el primer set, 6-2 el segundo, 6-3 el tercero. Mc Enroe recogía las raquetas, saludaba con desdén al juez de silla y se despedía del público londinense. Su público, más allá del calor neoyorquino.

El niño terrible se iba para no volver: tal y como había decidido, 1992 fue su última temporada. Llegó a octavos de final del US Open y acabó el número 20 del mundo. No estaba mal para un tipo de 33 años con las articulaciones destrozadas. Casi de inmediato, pasó a comentar partidos y dirigir equipos de Copa Davis. Fue una estrella allá donde estuvo, incluso en la autobiografía. Hoy sigue rompiendo raquetas e insultando árbitros de manera esporádica en el torneo senior. El tenis actual sigue buscando su carisma sin encontrarlo en ningún lado.


El blues de Donald Young, el niño al que no dejaron ser prodigio

Imagine el lector a un brillante aprendiz de tenista, de diez años de edad, con todo un incógnito pero prometedor futuro por delante. ¿Qué es lo mejor —y al mismo tiempo lo peor— que le puede ocurrir? Sólo hay una cosa lo bastante poderosa y ambivalente, tan beneficiosa y a la vez tan perjudicial, como para cubrir los dos extremos del espectro. Y esa cosa es la fama. Esta es la historia de un tenista al que le han pasado tantas cosas desde que hace más de una década empezó a servir de relleno para páginas y páginas de información deportiva norteamericana, que por el tiempo transcurrido se diría que debe de estar a punto de retirarse. Ha ascendido y ha caído varias veces —aunque no se sabe muy bien desde dónde ni hasta dónde— durante su carrera deportiva. No llegó a lo que se dijo que llegaría, pero tampoco ha caído a donde parecía a punto de caer. Ha tenido tiempo de ser encumbrado, vituperado… y olvidado.

Y eso que a día de hoy, mientras escribo este artículo, el jugador aún no ha cumplido los veintidós años. Sí, tal y como se lo cuento. Este es el blues de Donald Young.

El tenis norteamericano abdica de la corona

Para entender el fenómeno Donald Young, hay que entender primero de dónde venía el tenis norteamericano y en qué punto estaba cuando la prensa decidió volcarse con el prodigio de Chicago, la gran esperanza negra de la raqueta.

En la era ATP, el tenis masculino norteamericano —entendido como un todo: jugadores, asociaciones, escuelas, público, prensa— ha estado muy mal acostumbrado. Y estuvo mal acostumbrado durante bastantes años, hasta prácticamente el cambio de siglo. Ellos mandaban, ellos ganaban, ellos eran los número uno. Muchos de los nombres más importantes que han hecho historia vinieron de los Estados Unidos: siempre había uno de ellos en la cumbre o muy cerca de alcanzarla, reinando o asediando al rey. Los jugadores de aquel país produjeron, además, algunas de las rivalidades más notorias que ha visto esta disciplina. Podría hacerse historia hasta muy atrás, pero vayamos directamente a los años noventa, que es la década que realmente nos interesa porque fue la última década de hegemonía de la —hasta entonces— imparable maquinaria tenística trasatlántica. En 1990, el estadounidense Pete Sampras emergió como un fenómeno casi sin precedentes y en las siguientes doce temporadas se llevó a casa nada menos que catorce grandes trofeos, adelantando en el palmarés a nombres hasta entonces intocables como Rod Laver o Björn Borg, y a leyendas en blanco y negro como Bill Tilden, Roy Emerson o Ken Rosewall. Sampras se convirtió en el tenista con más títulos del Grand Slam de la historia. Si bien Pete Sampras no fue especialmente carismático y quizá no fascinó tanto a los aficionados como otros grandes del pasado, elevó el listón como nunca antes y protagonizó varios hitos y récords históricos impresionantes. Con Sampras, los Estados Unidos estaban dejando, por enésima vez, una huella imborrable en la historia del tenis. Sampras era la expresión de un dominio ancestral.

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Sonrisas forzadas. Agassi y Sampras, rivales —que no amigos— haciendo un perfecto paripé.

Para colmo, el gran rival de Pete Sampras, el hombre que le obligó a batirse en muchas tardes y noches mágicas durante aquel periodo, era también estadounidense: André Agassi. Se enfrentaron nada menos que treinta y cuatro veces en total, en las que su odio mutuo sólo hizo que crecer… la feroz competitividad de los campeones estadounidenses hace que rara vez consigan llevarse bien. Aunque la verdad es que Sampras y Agassi no eran propensos a organizar trifulcas como otros rivales norteamericanos del pasado. Hablo, cómo no, de aquellos atroces (pero divertidos, ¡para qué negarlo!) concursos de barriobajerismo entre John McEnroe y Jimmy Connors. Esto de odiarse sobre la pista era una cosa muy entre americanos, como lo prueba que el trato de McEnroe con su otro gran rival, el sueco Borg, fuese siempre exquisito. Volviendo a Sampras y Agassi, ambos tuvieron la decencia de dejar los numeritos embarazosos de avinagrada animosidad para las exhibiciones posteriores a su retiro o para comentarios extemporáneos y sarcasmos varios en los medios.  Pero en competición se supieron comportar. ¿El resultado final de su rivalidad? Bastante igualado. Fue un notable choque de titanes, con unos EEUU asentados como primera potencia mundial del tenis, sin un competidor directo por el que inquietarse, y dos yankees peleando por robarle la gloria al otro. En aquellos años, la épica venía vestida de barras y estrellas.

Pero Pete Sampras no podía durar siempre. En el 2002 se retiró en lo más alto, tras ganar su último US Open en su trigésimo cuarto choque con su odiado André Agassi. Sampras, para quien siempre contaban los Slams mucho más que el resto de torneos, fue listo al retirarse justo entonces: sabía perfectamente que ya no era el mejor (había abandonado el nº1 del ranking años atrás, tras haberlo ocupado durante seis temporadas consecutivas), que su carrera estaba decayendo y que aquel título grande sería muy probablemente el último. Decidió pues dar un sonoro adiós con aquel postrer momento de gloria, jubilándose como campeón vigente del prestigioso US Open.

¿Qué le esperaba al tenis norteamericano tras la retirada de Sampras? Su coetáneo Agassi tardó algo más en retirarse y de hecho, tras unos años muy dubitativos, vivió una segunda juventud a sus treinta y dos años. Pero tampoco Agassi podía dominar ya, aunque ganó su último grande en pleno 2003. Providencialmente, apareció otro talento norteamericano llamado Andy Roddick en el que algunos quisieron —quizá demasiado pronto—ver a un Sampras en ciernes. Roddick tenía un servicio que era como un misil, una derecha agresiva, una actitud muy atlética sobre la pista. Era como una versión 2.0 de Sampras, no tan perfecta como la primera, pero lo bastante prometedora para depositar algunas esperanzas en él. Como queriendo demostrar que esas esperanzas tenían fundamento, en ese mismo 2003, el “año uno después de Sampras”, Andy Roddick se estrenaba con su primer y único título del Grand Slam en Flushing Meadows, venciendo en la final del US Open a un exhausto Juan Carlos Ferrero (que estaba en su gran año: campeón de Roland Garrós y nº1 mundial, temporada mágica del valenciano que desgraciadamente nunca se repitió). Así, Roddick sucedía en el título del US Open a Sampras y ya de paso le paraba los pies a Ferrero: los norteamericanos respiraban tranquilos… había recambio.

Pero Roddick no dominó como se esperaba, o mejor dicho, como esperaban sobre todo en su país. Cuando con la súbita e inesperada decadencia de Ferrero, Roddick ya estaba frotándose las manos pensando en los títulos que estaban por venir, un suizo del que se venía hablando maravillas por su inspiración extravagante, pero que no había terminado de centrarse, un tal Roger Federer, despertó de su letargo juvenil y se convirtió básicamente en la versión raqueta en mano de Superman. Aunque Roddick siguió siendo un jugador sólido durante años (jugó tres finales en Wimbledon y una más en el US Open… en todas esas finales cayó víctima del suizo, convertido en su pesadilla particular), el gigante Roger Federer le condenó a una existencia sin más títulos grandes. En otras palabras: los Estados Unidos habían dejado de dominar el palmarés. Para colmo, Federer daba muestras de que sería capaz de superar a Sampras en el ranking histórico, cosa que al final, como hoy ya sabemos, terminaría consiguiendo. El reinado norteamericano había terminado y su orgullo tenístico no parecía capaz de asimilarlo. Su mejor hombre, Roddick, se convirtió de la noche a la mañana en un juguete en manos del genio suizo. Los propios aficionados norteamericanos —que lo perdonan todo menos la derrota— empezaron a mirar a Roddick con cinismo, como si el pobre tipo tuviese culpa de haber coincidido en el tiempo con El Despertar de La Bestia.

Para colmo, Estados Unidos dejó de ser una potencia hegemónica no sólo en títulos del Grand Slam sino también en el porcentaje de jugadores de élite que colaban en el Top 100. Otros países comenzaron a soplarles la nuca: Rusia, Argentina, Francia, y sobre todo España. El sistema español de academias de tenis terminó igualando o incluso superando en potencia al hasta entonces todopoderoso sistema norteamericano. Antes, el sueño de las grandes promesas de todo el mundo era ser admitidos en una escuela estadounidense. Ahora, España se estaba llevando una respetable cuota de esas grandes promesas, algunas de las cuales llegaron a situarse entre la flor y nata del tenis internacional habiéndose entrenado no en Florida, sino en Barcelona o Valencia. Tendencia que ha continuado hasta hoy.

Los aficionados norteamericanos no fueron ajenos a todo esto, y no pudieron dejar de notar que su país había perdido la posición de privilegio. Ahora tenían que compartir o incluso ceder la hegemonía tenística a esa exótica España, país perdido en algún rincón del globo y que estaba empezando a acumular títulos a una velocidad inaudita. Y como suele suceder en un país cuando sus deportistas dejan de dominar cierta disciplina, el tenis perdió popularidad en los Estados Unidos. La prensa que antes hablaba de las andanzas de Agassi y de sus amoríos con Brooke Shields ahora se centraba en las ozorianas aventuras de Tiger Woods.

Pronto estuvo claro que se necesitaba algo para volver a despertar el interés de la nación por el tenis: se necesitaba un niño prodigio. Y los niños prodigio nacen, no se hacen. ¿O sí?

Es como otro zurdo que conocemos

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John McEnroe, descubridor —más para mal que para bien— de Donald Young. Aunque McEnroe lo hizo con buena intención, el tiro salió por la culata.

Quien desató la tormenta fue John McEnroe, ayer exquisito genio de la volea y bocazas profesional en la pista; hoy comentarista simpático y en cierto modo todavía bocazas profesional tras los micrófonos. McEnroe, por decirlo de manera llana, no se calla ni debajo del agua. Literalmente. Y no me refiero sólo a que no deja de parlotear cuando comenta los partidos, sino que es incapaz de no meter baza hasta en el precio de la gasolina, si se tercia. Aunque he de decir que me cae bastante bien… hoy, porque en sus años de jugador a veces daban ganas de sacarlo de las pistas a collejas, aunque su juego era una verdadera belleza, uno de los pocos que resiste una comparación estética con el de Federer. Y además —cedamos un instante al más bajo chauvinismo— McEnroe ha sido uno de los mayores fans y apologistas de Rafa Nadal desde el principio, cuando al español aún se le discutían (fuera de España sobre todo) muchas de las virtudes que con el tiempo terminó demostrando. Pero a lo que íbamos, decíamos que la charla de McEnroe es como el cosmos: no tiene fin. Y claro, cuando alguien dice muchas cosas todo el tiempo, siempre se le escapará alguna que, incluso dicha con la mejor voluntad del mundo, tiene consecuencias imprevistas.

En 1999, durante un torneo al que McEnroe —como de costumbre— acudió como comentarista (y a veces como jugador del circuito senior) el zurdo cogió una raqueta y de manera informal intercambió unos cuantos golpes con un recogepelotas, un niño de diez años llamado Donald Young. Que resultó ser un muy prometedor embrión de tenista, aunque hay muchos niños prometedores que después no llegan a nada y diez años de edad es demasiado pronto como para realizar juicios aventurados. Young aún estaba por echar los dientes de leche, tenísticamente hablando, y un cómodo anonimato —con la tranquilidad que conlleva— hubiese sido el mejor entorno en que desarrollar sus cualidades. Como sucedió con Rafa Nadal, del cual poca gente había oído hablar en España antes de su explosión en la Copa Davis, pese a su precocidad, pese a sus tremebundas condiciones y pese al hecho de ser sobrino directo de un famoso futbolista del Barça y de la selección nacional. Con todo eso, Nadal no tuvo que sufrir el acoso ni la presión de una exposición temprana a la fama. Pero en Estados Unidos se toman estas cosas más a la tremenda, especialmente cuando su tenis estaba siendo superado sobre las pistas y fuera de ellas, necesitaba desesperadamente un revulsivo y la aparición de un niño prodigio era como agua caída del cielo. Además hablamos de John McEnroe… quien, como ya hemos comentado, no podía sencillamente callarse. Tenía que salir y decirlo, con una frase que cambió la carrera del pequeño Young para los restos:

“Tiene las manos de otro zurdo que yo conozco”

El otro zurdo que McEnroe conocía era, evidentemente, él mismo… el propio John McEnroe. Porque, para quien no esté especialmente familiarizado con el tenis, cuando se dice que alguien tiene las manos de McEnroe es como decir que tiene las manos de Andrés Segovia o que maneja los pinceles como Rembrandt. Fue un comentario hecho a vuelapluma, con buena intención, aunque McEnroe no es tonto y sabe la enorme repercusión que adquiere cuando él opina sobre una nueva promesa. John McEnroe, uno de los artistas y estetas por excelencia no ya del tenis, sino probablemente de todos los deportes, acababa de decir públicamente que había reconocido a otro artista, con ese sexto sentido que suponemos tienen los genios para detectar a otros genios. La prensa norteamericana, enternecida por el pequeño Young o sencillamente alborotada ante la posibilidad de terminar recobrando el trono, se volcó en la historia. Donald Young, a los diez años de edad, había sido oficialmente investido en los medios como nueva gran promesa del tenis americano.

…a los diez años.

Naturalmente se puso en marcha una de las más eficaces y demoledoras maquinarias de la sociedad estadounidense: el “hype”. Cuando allí elevan a alguien a los altares, sus altares son más altos, más luminosos y más espectaculares que los de ningún otro país. El “hype” norteamericano implica que cualquier individuo, objeto, suceso o concepto adquiere una resonancia nacional inmediata (y “nacional” en Estados Unidos, ¡es algo muy grande!) y salta a las revistas y a los programas de televisión. Se habla de él, ella o ello en todas partes, sencillamente porque es el tema del momento y está de moda. Nada ni nadie puede seguir siendo anónimo cuando la maquinaria del “hype” se apodera de él. Y si los padres de Young hubiesen sido algo más prudentes, quizá hubiesen corrido a esconderse en algún rincón perdido del mundo —España hubiese sido un buen destino— pero no podemos culparles por querer aprovechar la oportunidad de recibir patrocinios y ayudas con los que financiar la evolución deportiva de su hijo. Y además, al principio, tanta expectativa no pareció descentrar al chaval. Donald Young no dejó de ser un buen jugador infantil de la noche a la mañana. Mientras fue junior obtuvo resultados más que satisfactorios a nivel internacional. Olía a estrella en ciernes.

Más dura será la caída

Donald Newsweek
El joven Donald posando para Newsweek.

Pero la avaricia de sus padres, o su excesiva ambición, o quizá sencillamente su falta de sensatez, les hicieron lanzar a Donald como profesional a una edad muy temprana. Demasiado temprana. Con sólo quince años estaba jugando sus primeros torneos profesionales, algo poco común en el tenis masculino. Eran torneos de bajo nivel, pero jugados por tenistas adultos ya formados. Debutar tan pronto es algo que también hizo, por ejemplo, Rafael Nadal. Pero había una diferencia fundamental entre ambos tenistas: a los quince años Nadal era un jugador precoz y su tenis estaba ya a un considerable nivel, tras haberlo cultivado durante varios intensos años en la calmada sombra del anonimato. Nadal podía ganar o perder más o menos partidos cuando debutó, pero también era capaz de jugarle de tú a tú a tenistas adultos.  Estaba preparado para saltar a la arena y aprender. Ha habido algunos casos así: Borg, Chang, Becker… pero no es habitual que un tenista esté preparado para dar el salto definitivo tan pronto.

Y Donald Young no lo estaba.

Los resultados de Young durante sus primeros años de evolución en el tenis profesional fueron pobrísimos, incluso teniendo en cuenta su juventud e inexperiencia. No era un profesional precoz como Nadal, sino sencillamente un junior al que se había empujado a la piscina demasiado pronto y que estaba empezando a ahogarse. Su potencial era evidente, pero era como una naranja arrancada demasiado pronto del árbol y a la que, por tanto, le costará mucho más madurar adecuadamente… si es que lo consigue alguna vez. Aún no se le podía sacar jugo. Recuerdo cuando vi jugar por primera vez a Donald Young en uno de estos partidos profesionales: la sensación como espectador fue una especie de dolor punzante. Una mezcla entre piedad y cierta vergüenza ajena. Aquel no era su sitio. No estaba preparado. Era, obviamente, un jugador con buenas maneras… para ser un junior. Todavía jugaba como un junior. Y él mismo se daba cuenta: resultaba patente por su actitud, su expresión y el modo en que parecía casi avergonzado por lo poco que aportaba sobre la pista. Aunque, como no podía ser menos en un adolescente envuelto en semejante oleada de publicidad, el chaval se dejaba a veces llevar por el ego y se daba ciertas ínfulas. Pero hasta él mismo parecía entender que las cosas no estaban funcionando. Ni resultaba cómodo para él jugar en el ámbito profesional, ni resultaba cómodo para nosotros verlo tan lastimosamente fuera de lugar.

Algunas voces, no muchas,  se alzaron ya al principio señalando lo evidente: Donald Young todavía no pertenecía al mundillo profesional. Por mucho que doliese, tenía que dar un paso atrás, tragarse el orgullo de estrella inminente y volver a objetivos más modestos y naturales para su edad. Pero sus padres no quisieron darse por vencidos tan pronto. No funcionó. Y no es que a Young no se le concediesen oportunidades para ponerse al nivel de las expectativas creadas. Por ejemplo, a menudo se le concedían “Wild Cards”, esto es, unas invitaciones que los organizadores o bien la USTA (Asociación Estadounidense de Tenis) tiene reservadas para que  accedan a un torneo ciertos jugadores que normalmente no estarían clasificados para esa competición. Se suelen usar estas Wild Cards, estas invitaciones, para que jóvenes talentos puedan ir adquiriendo experiencia y se vayan familiarizando con la alta competición sin necesidad de haberse clasificado por la vía ordinaria, la cual es bastante exigente y difícil.

Donald Young acudía a dichos torneos gracias a esas Wild Cards… y perdía prácticamente siempre en la primera ronda,  y de manera desangelada y triste además. No sólo era derrotado —algo más o menos previsible dada su juventud— sino que no mostraba indicio alguno de estar capacitado para desenvolverse y crecer en el tenis profesional. Invitación tras invitación y derrota tras derrota, las apariciones de Young en los torneos comenzaban a resultar dolorosamente embarazosas. Sus padres, que habían fomentado el revuelo mediático y desde luego habían sacado provecho monetario, empezaron a ser objeto de duras críticas. Que si habían condenado a Donald a pasar vergüenza sobre las pistas para poder cobrar esponsorizaciones y contratos publicitarios varios, que si habían arruinado el potencial de su hijo, que si estaban dando un mal ejemplo a otros padres de deportistas jóvenes y prometedores. Los padres de Young se defendían citando ejemplos como el de Nadal, aprovechando el momento en que el mallorquín explotó finalmente en el circuito: si el español lo había hecho, ¿por qué su hijo no? Pero ya decíamos, hay comparaciones odiosas. En los inicios de Nadal como profesional quinceañero, no sólo obtuvo alguna que otra victoria sino que incluso en sus derrotas despertaba comentarios de admiración por su nivel de juego. Pero Young aparecía cada vez más a disgusto sobre la pista, sabiendo —como sabíamos todos— que era un niño jugando a un juego de hombres. Aun así, se lo siguió viendoasiduamente  en prensa deportiva con dieciséis, diecisiete años… la expectación crecía y crecía, de manera cada vez más irrealista. Y él no se veía capaz de responder. Era, empleando palabras exactas, un espectáculo patético. Patético e innecesario.

Con el paso de los años, las voces en contra del modo en que había sido gestionado su talento se convirtieron en un clamor. Los aficionados norteamericanos se sintieron engañados por la maquinaria publicitaria sobre la posible nueva gran estrella de su tenis: ¿de verdad es éste el nuevo McEnroe? ¿En qué se parecen sus manos a las del otro zurdo? ¿Qué clase de broma es ésta? Donald Young no iba a llegar a ninguna parte, pensaron. Reapareció el cinismo típicamente estadounidense hacia los perdedores, que a veces resulta francamente cruel. El tenista vio cómo se le echaba de los altares de una sonora patada, con la misma facilidad con que antes se le había elevado a ellos. Incluso se comenzó a criticar el hecho de que se le concediesen Wild Cards en torneos celebrados en EEUU por el mero hecho de ser americano, mientras que había otros talentos de la misma edad que merecían más esa plaza… aunque fuesen extranjeros. Y esta crítica la hacían los propios aficionados estadounidenses. Los americanos se habían cansado de ver a Young perder.

Es fácil entender el efecto que todo esto tuvo en el ánimo del jugador. Empezó a mostrarse disgustado, errante y desganado. Por momentos nos temimos que colgara la raqueta, como para darle la razón al mundo. Lo cual hubiese sido un final bastante triste para un jugador que tuvo y tiene talento, no obstante el fracaso estrepitoso de su temprano salto al mundillo profesional. Cumplió 18, 19, 20 años… sin lograr resultados ni mostrar grandes avances. Uno no tenía nunca claro si todavía seguiría jugando a los veintiuno, edad que cumpliría en este 2011, o si habría tirado la toalla antes. La prensa se olvidó de él y su figura se diluyó en la sombra. A principios de este mismo año, ya prácticamente nadie hablaba de Donald Young en Estados Unidos. A punto de cumplir veintiún años, ya no era una estrella. Los pocos que todavía le mencionaban, usaban ese término tan terrible: Donald Ypung era un “juguete roto”.

Con Twitter llegó el escándalo

En su primera mitad, este año 2011 se desarrolló de la peor forma posible. No en lo tenístico, porque Donald Young empezó a dar (¡por fin!) alguna muestra de que su evolución se estaba desatrancando. Empezaban a llegar algunos resultados dignos de mención: nada espectacular, pero todo un acontecimiento en comparación con los años anteriores de constante bochorno. Pero el año sí empezó mal en lo mediático. Muy mal.

Donald
Una simple frase de Twitter hizo zozobrar la carrera tenística de Donald Young.

El pasado verano, la USTA tenía derecho a algunas Wild Cards para el torneo francés de Roland Garros con las que invitar a tan importante evento a varios jugadores y jugadoras de su elección. Y Donald Young acababa de ganar por primera vez un torneo profesional de categoría menor: un “challenger ”, que no es lo mismo que ganar un torneo ATP, pero que es un buen comienzo sin duda. Acostumbrado como estaba a recibir Wild Cards año tras año con resultados deportivos mucho peores, pensó que ahora que por una vez presentaba ciertos resultados la invitación a París estaba asegurada. De hecho su padre envió un e-mail a la USTA para solicitar esa Wild Card. Pero en la USTA estaban probablemente cansados de desperdiciar invitaciones en un antiguo niño prodigio que, sí, había mejorado, pero parecía haber perdido definitivamente el impulso necesario para convertirse en estrella. Además la solicitud llegó muy a última hora. En todo caso el joven tenista ya no era una excitante novedad, tras haber pasado toda su adolescencia arrastrándose penosamente por el circuito profesional. La prensa ya hacía tiempo que lo ignoraba, el público apenas recordaba su existencia y los más aficionados al tenis en EEUU preferían hacer como que no existía. Con veintiún años y un lustro de fracasos profesionales a sus espaldas, la fama y prestigio de Donald Young habían sido triturados por las, a veces útiles, pero con frecuencia temibles ruedas dentadas del “hype”.

Así pues, la USTA decidió no concederle esa invitación a Young, que se quedaría fuera de Roland Garros. Y el jugador volvió a saltar a las secciones de deportes de los periódicos y noticiarios norteamericanos, no ya por su potencial tenístico sino sencillamente porque al conocer que no acudiría a Roland Garros, se le calentó la boca —o más bien se le calentó el teclado— y soltó en Twitter una perla cuya tremenda repercusión probablemente no esperaba:

“Fuck USTA! Their full of shit! They have fucked me for the last time!”

O sea, en castellano: “¡Que le jodan a la USTA! ¡Están llenos de mierda! ¡Me han jodido por última vez!”. Los mismos periódicos y cadenas de televisión que hacía ya tiempo habían dejado de nombrarlo se hicieron eco —mucho eco— de su salida de tono. Sólo hay algo que atrae tanto a los medios norteamericanos como los ganadores, y ese algo son los juguetes rotos. Con una dureza por momentos excesiva, la prensa aprovechó el explosivo “tweet” malsonante para cebarse en la figura de Young: que si era un niño mimado, que si se creía más que otros jóvenes talentos que habían demostrado más que el, que si era un bocazas y un inmaduro… También para, una vez más, recrearse en lo inadecuado de la política con que sus padres habían conducido su carrera. Algunos medios daban por enterrada la carrera del jugador hablaron incluso de “suicidio profesional”. Patrick McEnroe, uno de los mandamases del tenis americano y antiguo capitán del equipo de Copa Davis, tuvo palabras para Young no tan amables como las de su famoso hermano John: “Francamente, estoy ofendido. Me siento ofendido por la gente de nuestro equipo que han trabajado muy duro para intentar ayudar a Donald. Porque cuando dijo eso, creo que muchos miembros del equipo se lo han tomado como algo personal. Creo que Donald debería pedir disculpas por lo que ha dicho”. 

Y Donald Young terminó pidiendo disculpas, claro. Pero no sin que su comentario hubiese provocado una onda expansiva de dimensiones inesperadas —cuando crees que los periodistas se han olvidado de ti, basta un tropezón para que encuentren un filón en la nueva historia y te vuelvan a dedicar titulares— y tampoco sin que su imagen pública hubiese sufrido un más que considerable revés. Muchos pensaron que no se recobraría de esta. Justo cuando estaba empezando a mejorar…

¿Redención?

Pero Young ha podido con todo ello. Ha sobrevivido al escándalo sin venirse abajo. Los años de presión mediática perjudicaron muchísimo el desarrollo de Donald Young como tenista, pero al menos dejaron una secuela positiva: le endurecieron frente a las críticas. O eso podemos deducir del hecho de que, durante el resto de 2011, cuando se preveía que todo el revuelto organizado con su desafortunado exabrupto en Twitter le descentraría hasta el punto de hacerle caer en un pozo, haya seguido mejorando. Además de su victoria en un modesto “challenger”, ha empezado a asomar tímidamente cabeza en torneos importantes. En el torneo ATP de Washington (con categoría 500, la misma que Dubai, Barcelona, Hamburgo o Valencia) Donald Young llegó a jugar las semifinales tras vencer en cuartos a Marcos Bagdhatis, aunque luego no pudo superar a Radek Stepanek. Un resultado, por fin, más que decente. También llegó a una final en el torneo ATP de Bangkok (categoría 250) donde fue previsiblemente barrido por Andy Murray, lo cual no es ningún deshonor para Ypung, siendo el escocés de veinticuatro años el actual número 4 del mundo. En el camino, Young había vencido en un disputado partido al francés Gael Monfils y también se había desecho del español Guillermo García-López. Estos son, finalmente, algunos resultados muy dignos de consideración. Tardíos quizá para un tenista que debutó a los quince años con vitola de prodigio (por seguir con el paralelismo, Nadal a sus veintiún años ya tenía no simples finales, sino más de un Slam en su haber y era un jugador puntero en el mundo) pero como mínimo son una demostración de que el crecimiento de Young ha salido de su estancamiento.

Nuevamente, la prensa norteamericana vuelve a preguntarse —ahora con más prudencia y discreción, y sin tanta campanada— cuáles son las verdaderas posibilidades de Donald Young en el futuro. Ya nadie espera que sea un nuevo Nadal ni se confía en que devuelva a los Estados Unidos a la posición de privilegio, pero tampoco tiene ya mucho sentido seguir descartándole sólo porque sus primeros años fueron una embarazosa travesía en el desierto. Lo cual no es poco, teniendo en cuenta que en muchos momentos llegó a parecer que Young nunca podría evolucionar, que su potencial había sido totalmente abortado por las circunstancias anómalas, que sus padres se habían cargado su carrera y que nunca iba a llegar a ninguna parte.

Una cosa sí podemos asegurar: dado lo atropellado de su biografía y los ríos de tinta que ha hecho correr en el mundillo tenístico desde hace prácticamente una década, estos primeros síntomas de florecimiento, aunque modestos, son más que bienvenidos. Conociendo su pasado como lo conocemos, Donald Young se va a convertir en un jugador al que seguir con un renovado interés. Cada pequeño logro que pueda conseguir va a ser como un rayo de luz que quizá le esté conduciendo al final del túnel, un túnel que el pobre chaval —sí, pobre, pese a sus salidas de tono— lleva atravesando desde que tenía quince años… aunque el pobre adolescente cegado por los flashes y los acuerdos publicitarios, todavía no entendía el Via Crucis que tenía por delante. La historia de Donald Young nos enseña sobre todo una cosa: aunque finalmente consiga convertirse en un sólido jugador de élite, la insensatez y la avaricia de sus padres le han hecho vivir unos años de vacío deportivo —y probablemente también vital— que se hubieran podido evitar fácilmente pensando menos en el dinero y más en las verdaderas necesidades del chaval. Estuvieron cerca, muy cerca de echarlo completamente a perder. Por fortuna, sigue teniendo talento y ha decidido no rendirse. No sabemos a dónde llegará tras éste su tardío despegue, pero los primeros indicios de que finalmente “habemus tenista” están ahí. Eso sí, nos preguntamos dónde podría estar ya de haberse hecho las cosas de otra manera. Pero esa es la triste tonada de unos años desaprovechados con la que este jugador tendrá que convivir siempre.

Nosotros, por nuestro lado, le seguiremos prestando atención. Ha sido muchos, mucho tiempo de escuchar hablar sobre él en los más extremos términos —buenos y malos— como para que ahora no nos importe lo que le ocurra. Así que cuando oigan nombrar a Donald Young entre la retahíla de resultados de la ronda de algún torneo, no piensen que es un nuevo jugador salido de la nada. Al contrario, tiene toda una historia detrás, una larga historia: subió, cayó, fue olvidado, volvió a subir, volvió a caer… así suena el blues de Donald Young. Pero algunos todavía queremos saber cómo es el desenlace de la película. Aún podría terminar bien. Y como decía Shakespeare; bien está lo que bien acaba. Ahora sólo falta que no vuelva a meter la pata.


¡Alarma, es Novak Djokovic!

La explosión de Novak Djokovic no es, o no debería ser, una sorpresa para nadie. No estoy queriendo decir que alguien hubiese podido adivinar cómo de espectaculares serían sus números en el 2011, porque esa clase de rachas victoriosas resultan imposibles de prever. Pero el hecho de verle convertido en un número uno y en un jugador dominante era algo que sabíamos perfectamente que podría ocurrir. De los ases de su generación, entre los que incluimos a Juan Martín del Potro o Andy Murray, fue Djokovic quien antes y más dio que hablar, y en términos más prometedores. Desde hace bastantes años, la pregunta no era “si” el tenista serbio se iba a convertir en un enorme jugador, sino “cuándo”. Es el máximo representante del inesperado “boom” del tenis serbio, que empezó dando sonoras campanadas en el tenis femenino con Ana Ivanovic o Jelena Jankovic pero que está alcanzando su culminación en el tenis masculino.

Durante esos pasados años, los avisos de que Djokovic podría explotar fueron sonados. Ya tan temprano como en el 2007, el serbio tuvo una breve racha de juego en la que se mostró casi intratable —y en varios partidos, sin el “casi”— y que le llevó a ganar tres torneos en el cemento de Norteamérica, arrasando en gira previa al US Open. Ya en aquella racha del 2007, jugadores como Roger Federer o Rafael Nadal no pudieron encontrar soluciones para detenerle. Djokovic llegó incluso a disputar su primera final de Grand Slam en el mencionado US Open, pero en una gran final el Federer de 2007 era demasiado para el joven aspirante. Aquel 2007 fue como la primera brisa del huracán Djokovic. Un segundo y más serio aviso vino con su victoria en el Open de Australia del año pasado: su primer trofeo grande rompía una gran barrera psicológica. Volvamos al presente: en 2011 y mientras escribo estas líneas, “Nole” Djokovic ha ganado ya la friolera de ocho torneos, ha tenido una racha de cuarenta y tres victorias consecutivas, y únicamente ha sufrido una derrota, a manos de Roger Federer en Roland Garros. Una temporada que da miedo: ha nacido un monstruo.

¿Por qué ahora, de repente, es tan bueno Novak Djokovic?

Djokovic es el epítome del estilo moderno de jugar al tenis. Buen saque, tiros potentes y precisos enmarcados en un juego de fondo de pista pero agresivo, y una preferencia por la inteligencia táctica sobre una imprevisible espontaneidad artística. Allí donde Federer es un artista y un improvisador, Djokovic es una máquina de fabricar tenis agresivo: previsible, pero imparable. De hecho Djokovic siempre ha mostrado ese patrón de juego y realmente su estilo no ha evolucionado demasiado desde sus inicios, pero había varios factores que le impedían explotar.

Ana Ivanovic y Novak Djokovic: la Bella y la Bestia del tenis serbio. Ella parece haberse perdido en el camino a la grandeza, él no.

El primer factor era la inmadurez. El serbio solía ser un tenista de carácter inestable sobre la pista, pronto al desánimo y la frustración. Había un abismo entre la idea que él tenía de sí mismo como jugador y los resultados reales, que se empeñaban en desmentir esa idea. Un buen ejemplo fue aquella rueda de prensa en la que, tras ser vencido con facilidad por Nadal, el serbio insistía en que “él“ había tenido el partido “bajo control”. O cuando se retiraba en algún que otro partido alegando lesión, pero dejando en el público la impresión de que abandonaba cobardemente porque no era capaz de seguir afrontando la derrota. Djokovic no sabía perder, pero tampoco sabía aprender a ganar. Cuando juega bien, despliega su maquinaria con una naturalidad insultante, pero parecía tener la creencia equivocada de que eso debía bastar para derrotar a cualquiera. Sin embargo, todos estos condicionantes mentales han desaparecido o han perdido importancia: Djokovic ha estado acudiendo a un psicólogo, que le ha ayudado a afrontar la competición con una actitud correcta. Ahora, en cierto modo, recuerda a Pete Sampras: él tiene una forma de jugar, que cuando funciona bien no puede ser respondida por casi nadie, y todo lo que tiene que hacer es seguir jugando de esa manera sin preocuparse de quién tiene enfrente. Djokovic, como Sampras, se aferra a sus sistema: que sean los demás quienes se preocupen por averiguar cómo se desmonta dicho sistema.

Otro de sus problemas era la condición física: la imagen de Djokovic boqueando en busca de aire tras un punto muy disputado o cuando el partido empezaba a alargarse, era una imagen habitual. Sus problemas respiratorios, de naturaleza similar al asma, resultaban muy evidentes y le hicieron perder la competitividad en no pocos partidos. Ahora, sin embargo, parece haberse curado milagrosamente. Lo atribuye a la ayuda de un nutricionista, que ha eliminado de su dieta los alimentos susceptibles de causarle alergia. Además, Djokovic ha aprendido a moverse mejor sobre la pista, sin tener que correr de un lado a otro y anticipándose a los tiros del contrario, un talento utilísimo que comparte con Roger Federer. Gracias a todo ello, hemos asistido a espectáculos tan chocantes como el de Rafael Nadal —uno de los reyes de la resistencia física en el tenis— cansándose frente a Novak Djokovic, algo que hace unos años resultaba sencillamente impensable.

¿Qué puede hacer Rafael Nadal frente a él?

Buena pregunta. Eso me lleva a preguntarme a mi vez, ¿cómo puedo responderla mejor? Porque la primera respuesta, la más obvia, es: por ahora, no hay mucho que Nadal pueda hacer. Este 2011 ha traído muchas cosas nuevas y sorprendentes, pero la más importante para la inmediata historia del tenis es que Rafael Nadal, el competidor por antonomasia, el hombre que tantas jaquecas le causó al todopoderoso Federer, ha jugado cinco finales contra un mismo tipo y las ha perdido todas. En cemento, en hierba y dos veces (¡dos veces!) sobre tierra batida. ¿Cómo se explica esto?

El cénit de Djokovic le plantea a Nadal problemas difíciles de resolver.

Se explica fácilmente: el juego de Djokovic, como ya hemos dicho varias veces, es letal. Si Djokovic está en plena forma mental y física, existen pocas respuestas. Además cuando se enfrenta a Rafael Nadal no muestra las famosas flaquezas de Federer (como la dificultad para golpear de revés el infernal efecto topspin del mallorquín). Nadal tenía un sistema para dañar a Federer pero no tiene ninguno, por ahora, para dañar a Djokovic. Nos tememos que, o algo cambia, o el español tendrá que esperar a que el serbio baje el pistón. La diferencia de forma entre ambos jugadores no es muy grande —si Nadal ha disputado cinco finales es porque también ha conseguido llegar a ellas— y la diferencia de nivel juego, incluso ahora mismo, es sensible pero no es aplastante. Nadal aún puede vencer a Djokovic, el problema es que no depende sólo de sí mismo. También va a necesitar cierta ayuda: que “Nole” se descentre, se desanime o se ponga nervioso durante la competición. Rafael Nadal tiene esa cualidad que los norteamericanos llaman “clutch”, la capacidad para dar lo mejor de sí mismo precisamente en los momentos más difíciles, cuando toda la apuesta está sobre la mesa y otros jugadores suelen fallar a causa de la presión. Es la cualidad que mostraban Pete Sampras, Michael Jordan o Diego Armando Maradona. El mejor Nadal aparece cuando la tensión sobre la cancha es insoportable, cuando el público contiene la respiración primero y grita después, cuando los puntos son definitivos: Nadal necesita de la épica como Federer necesita de la inspiración. Es, como dice Ramón Besa, la lucha entre el irreductible y el artista. El problema es que la forma de jugar de Djokovic no favorece la épica de Nadal, porque el serbio no se basa en la inspiración como Federer. El tenis del serbio es un tenis industrial, mecánico, asentado en una temible eficiencia. No es un artista y no se le puede desequilibrar como a un artista. Nadal ya había tenido dificultades con el estilo de otros jugadores antes (con Davidenko o Blake; también aunque más puntualmente con Tsonga y Soderling) pero eran jugadores de una magnitud inferior a la suya, y a la postre el mallorquín siempre ha terminado desentrañando las soluciones o simplemente imponiendo su vasta superioridad. Pero Djokovic en su mejor versión es como un muro de acero de una magnitud no inferior a la de Nadal. No sabemos cuántas veces más aparecerá esa mejor versión del serbio, pero no podemos olvidar que acaba de comenzar su explosión y que, si toda le va bien, aún tiene para varios años de máxima forma.

Tampoco podemos olvidar que Nadal sigue en estado óptimo: ha ganado su sexto Roland Garros, y sí, ha perdido cinco finales con Djokovic, pero también las ha jugado. Sin embargo, habría que estar ciego para no haber notado que un pequeño porcentaje de su legendaria combatividad ha dejado de estar ahí. Sólo un pequeño porcentaje, algo apenas perceptible,  pero son esas pequeñas diferencias las que marcan el sino de muchos partidos importantes. Y aunque no fuésemos capaces de verlo, el propio Nadal ha hablado de cierta sensación de rutina y cansancio producto de tantos años de competición. No es algo sorprendente ni es algo nuevo: Bjorn Borg, un jugador similar a Nadal que también empezó a ganar títulos muy joven, tiraba la toalla precisamente a estas alturas de su carrera (se retiró oficialmente a los veintiséis pero ya había perdido la motivación bastante antes) agobiado por la presión de tener que ganar siempre y dándose cuenta de que John McEnroe había hecho con él lo que Djokovic ha hecho con Nadal. O sea, bajarle del trono de una patada. Es difícil imaginar a Nadal retirándose dentro de un par de años, pero hay que reconocer que es humano y sería absurdo no entender las secuelas que produce el llevar años y años entregado al máximo nivel. Nadal aún tiene, si él quiere, un importante y difícil reto para motivarse: intentar alcanzar el número de slams de Federer, pero admitamos que la presencia de un Djokovic en plan Terminator desanimaría a cualquiera.

Así que, como ya hemos dicho, lo mejor que puede hacer Nadal es no desmotivarse y esperar a que Djokovic empiece a flaquear, algo que sucederá tarde o temprano. Pero sí, ese flaquear podría suceder dentro de cinco años y eso sería, con perdón, una putada. No podemos pedirle a Nadal que siga otros cinco años ejerciendo de número dos y partiéndose el alma sobre las pistas. Si Djokovic empieza a flaquear en el 2013 o incluso en este US Open, gran noticia. Si no, mala suerte… y habrá que hacerse a la idea de que el indiscutible nº1 ya no es español.

¿Y los demás rivales?

Hasta que explote otro joven talento dispuesto a romper el status quo, sólo hay dos nombres a tener en cuenta: Del Potro y Murray.

Por distintos motivos, Murray y Del Potro aún no logran amenazar el reinado de Djokovic.

El argentino explotó con su merecida victoria en el US Open del 2009, derrotando a Federer en una intensa final. También, como Djokovic, es un buen exponente del estilo de tenis más moderno. Su juego es igualmente polivalente —si no versátil— y puede defenderse también en todas las superficies. Comparte varias de las virtudes del serbio aunque tiene algunas cosas en su contra. En primer lugar, las lesiones le martirizan continuamente y están condicionando muy seriamente su carrera. En segundo lugar, incluso en su mejor versión —cuando la hemos podido ver— su juego no es ni tan aplastante ni tan determinante como el de Djokovic. En tercer lugar, ambos jugadores se han enfrentado sólo cuatro veces, pero Del Potro ha perdido siempre: lo cual, como estadística, no necesariamente tiene por qué significar algo (las tendencias cambian) pero desde luego es una barrera psicológica a romper y más con el serbio en estado de ebullición. Es una verdadera lástima que el frágil físico del grandullón argentino le impida convertirse en el factor que debería ser, pero en mi opinión, y aun siendo el gran jugador que es, necesitaría algo más que salud para dominar al monstruo Djokovic.

El escocés Andy Murray es el avión que nunca termina de despegar. Al igual que Djokovic y Del Potro, lleva creando expectativas desde hace bastantes años, pero en su caso aún no se han concretado. Tiene un juego menos espectacular que el del serbio o el del argentino, pero su eficacia defensiva debería llevarle un poco más lejos de donde está ahora, porque ha demostrado que puede crearle problemas a cualquiera. El mismo Djokovic dice que a Murray “sólo le falta un 2%” para alcanzar el punto de inflexión y ganar un título grande, pero ¿cuándo llegará ese 2%? Curiosamente, y aunque no ha alcanzado los logros de Del Potro, en las peculiaridades de su juego sí se adivinan ciertas características que podrían plantearle algún escollo a Novak Djokovic. No para dominarle, pero sí para crearle dolores de cabeza cuanto menos. Pero una cosa es que esas características parezcan estar ahí, y otra cosa bien distinta es que se pongan en práctica. Murray es todavía una incógnita, pero el tiempo pasa y si se descuida su incógnita podría pasar a engrosar la larga lista de tenistas que “parecían tenerlo” y que quedaron en agua de borrajas.

En cuanto al resto de jugadores jóvenes, de algunos ya sabemos que no parecen destinados a la gloria (¿alguien habla todavía de Richard Gasquet?) y otros aún están en formación, como el australiano Bernard Tomic, que lleva dando que hablar desde que era un niño y que ha empezado a asomar el hocico en competiciones importantes apuntando muy buenas maneras, pero todavía es muy pronto para emitir un juicio sobre él. No podemos decir hasta dónde llega su auténtico potencial y habrá que esperar algunas temporadas.

Así que las cosas están de esta manera: salvo que algo extraño suceda o regresen sus antiguas inseguridades, nos queda Novak Djokovic para rato. Es el nuevo —y merecido— número uno, y tiene todas las armas para seguir siéndolo durante bastante tiempo. Por más que a los aficionados españoles les pueda entristecer que hayan aparecido nubarrones en el carrerón de Nadal, o por mucho que a Federer (a quien nunca le ha gustado Djokovic y aún menos su peculiar y por momentos irritante familia) le fastidie la idea de ver al serbio en el trono. En estos casos lo que tenemos que hacer es disfrutar del tenis de Djokovic mientras dure. Quizá no es tan bello como el de Federer, y quizá no es tan épico como el de Nadal, pero no deja de ser un gran tenis y supone la recapitulación técnica y estilística de toda una época. No podría decir cuántos grandes títulos va a ganar Novak Djokovic, pero lo que sí puede decirse ya que representa a la perfección el paradigma teórico de tenista de principios del siglo XXI y como tal será muy probablemente recordado. Novak Djokovic ha llegado;  no sabemos cuándo se irá, pero que va a dejar huella es ya un hecho.


La importancia de llamarse Federer

Roger Federer. Fotografía: Cordon Press.

¿Cómo de grande es Roger Federer? Eso es casi como preguntar cómo de grande es el Universo. Los aficionados al tenis que hemos tenido la suerte de ser sus contemporáneos sabemos que hemos sido testigos de una aparición prácticamente sobrenatural. Ha sido, en muchos aspectos, un campeón de ciencia ficción.

Hace una década, en el año 2001, un suizo de diecinueve años eliminaba al todopoderoso Pete Sampras en Wimbledon: el estadounidense era el vigente e insultantemente indiscutible campeón de la Meca del tenis: había ganado siete ediciones en los ocho años anteriores. Aquel fue el primer y único partido que enfrentaba a Sampras con Federer y terminó con una victoria simbólica del jovencísimo Roger, que fue eliminado más tarde del torneo a su vez, pero que con los años terminaría derribando el casi intocable record de catorce títulos del Grand Slam de Sampras. Naturalmente, todo el mundo se dio cuenta de que Roger Federer era un campeón en ciernes, pero nadie sabía exactamente cuán lejos podría llegar. En los vestuarios y pasillos de los torneos sus colegas de profesión ya hablaban abiertamente de él como “un genio”. En la prensa, en cambio, se solía señalar su inestabilidad emocional como un posible freno a su evolución tenística. Pero Federer maduró y cuando lo hizo dejó en ridículo incluso las previsiones más osadas sobre su prometedor futuro. Durante los mágicos cuatro años de la Era Federer —entre 2004 y 2007— ganó ¡once títulos del Grand Slam! (los mismos que Björn Borg en toda su carrera). Tuvo una racha de diez grandes finales consecutivas, de las que sólo perdió un par contra Rafael Nadal en París. En esos cuatro años se apuntó otros tantos torneos de Wimbledon seguidos… y también cuatro consecutivos del U.S. Open. Digámoslo de este modo: durante el cenit de su reinado, podía decirse que, en lo que al tenis respecta, Roger Federer era como Dios.

Pero es que, además, estaba su juego: es su manera de jugar, y no sólo sus números, la que le va a convertir en un referente universal y definitivo del tenis. Desde que se inauguró la era ATP en 1972 ha habido unos cuantos colosos del tenis, pero por un motivo u otro, ninguno consiguió convertirse en la piedra angular de lo que el tenis debería ser. Veamos por qué: repasando a los gigantes del pasado nos haremos una mejor idea de qué hace de Federer un campeón único.

Los gigantes de la era ATP: ellos no eran Federer

¿Por qué ninguno de los antiguos campeones se convirtió en un referente universal? Pues por tan diversos motivos como diferentes eran ellos entre sí: Rod Laver podría quizá haber sido un gran referente, pero hay poco material audiovisual de sus mejores años (en los que, para colmo, jugó en un tenis de élite dividido en dos mundos: el profesional y el amateur) y era difícil que nuevas generaciones pudiesen moldear su tenis en torno a Laver… no hablemos ya de campeones anteriores de quienes no existen ni filmaciones. De alguien como Björn Borg, en cambio, sí hay abundante material y además tuvo las cualidades necesarias para ser una gran estrella en su época (en Wimbledon aún recuerdan la histeria que despertaban sus greñas de rockero), pero el tenis de Borg era demasiado heterodoxo como para crear una amplia escuela en torno a él. De hecho, han pasado muchos años hasta que ha surgido otro campeón cuyo estilo puede calificarse de borgiano: Rafa Nadal.

Otros grandes campeones sufren el problema de haber perfeccionado un estilo de tenis, el saque-volea, que hoy en día es apenas practicado por un menguante puñado de tenistas. El estilo de John McEnroe o Boris Becker podía resultar espectacular, pero actualmente se considera “pasado de moda” y muy raramente es el estilo fundamental de juego de los jugadores de de élite. Además, alguien como McEnroe se apoyaba de tal manera en su genial inspiración y en su capacidad de improvisación que difícilmente se le podría intentar imitar: al igual que Borg, es el tipo de jugador que no puede crear una verdadera escuela debido a su heterodoxia. La mencionada obsolescencia del saque-volea ha afectado también al legado del gran Pete Sampras, con el añadido de que su manera de jugar —a menudo intentando ganar por la mínima y apoyándose considerablemente en su indestructible saque— unida a su falta de carisma le impidieron conectar con una amplia base de fans entregados, entre los que (no lo olvidemos) siempre hay futuros tenistas que están eligiendo a sus ídolos para moldear su juego en torno a ellos.

Jugadores como Jimmy Connors o Ivan Lendl, en cambio, sí fueron claros precursores del tipo de tenis que se juega en la actualidad. Ambos ganaron una buena cantidad de títulos y la influencia de su juego es visible aún hoy, pero tenían un serio problema: sus personalidades no gustaban al público ni a la prensa. Connors, especialmente, era un ejemplo de combatividad y capacidad de lucha pero su actitud sobre la pista podía llegar a tener bastante más mala sangre que incluso la de su odiado John McEnroe. Buena parte del público, incluso en los Estados Unidos, detestaba a Connors y no sin razón. La actitud de Ivan Lendl no era tan mala, de hecho era un tenista correcto y nadie le podía reprochar malos comportamientos, pero su frialdad y su forma robótica de jugar le privaban también del afecto de los aficionados. Tal era así, que la importante revista Sports Illustrated llegó a dedicarle una portada con el malévolo titular “El campeón que no le importa a nadie”. Incluso hoy sigue siendo uno de los grandes del tenis más injustamente infravalorados.

…y entonces llegó Él

Federer quizá no tenga la imagen de Borg o el carisma de McEnroe, pero tiene prácticamente todo lo demás que un tenista podría aspirar a tener. En toda la era ATP no ha habido ningún otro jugador que domine tantos y tan variados golpes y técnicas como el suizo. Combina la eficacia de Pete Sampras con la solidez de Lendl, la creatividad inagotable de McEnroe y la elegancia de Stefan Edberg. Puede jugar saque-volea, puede jugar un tenis plano y agresivo de pista rápida y puede jugar un tenis con topspin de tierra batida, todo ello con idéntica naturalidad.

Ahora que está empezando lentamente a declinar es cuando la gente se da cuenta de lo mucho que vamos a echar de menos al mejor Roger Federer. Nadal es grande, pero ha tenido la suerte o la desgracia de que varios de sus mejores años coincidiesen con los del suizo y sin esa rivalidad directa ya no parece el mismo Nadal. No lo decimos como crítica, al contrario: los grandes se necesitan unos a otros, como Borg necesitaba a un McEnroe o Sampras necesitaba a un Agassi. Y sí, Novak Djokovic es muy bueno, por momentos avasallador, pero difícilmente puede alcanzar con su tenis siquiera una fracción de la magnificencia mayestática de Federer. Hay grandes jugadores que en un buen día hacen que uno salte de su asiento dos o tres veces durante un set, pero Federer podía lograrlo seis, siete, ocho veces durante un set. En sus mejores años el suizo dejó tantos golpes geniales dignos de la videoteca como varios de los otros grandes campeones combinados. Parecía que no había nada que Roger Federer no pudiese hacer.

No es extraño que en la prensa especializada la explosión de Federer causara una conmoción sin precedentes. El suizo no tuvo la inmediata repercusión popular de Borg o Becker, pero en el mundillo del tenis se contemplaban sus hazañas con infinito asombro. ¿Cómo era posible que alguien pudiera jugar al tenis así? Muchos recordamos aún la divertida reacción de Andy Roddick tras ver cómo Federer le ganaba un punto gracias a una derecha acrobática, ejecutada en pleno salto —desde prácticamente las gradas—, para devolver una bola alta que parecía inalcanzable. Tras el alucinógeno golpe, el norteamericano lanzó su raqueta a la pista del suizo y pasó al otro lado de la red como diciendo: “esto es absurdo, me niego a seguir jugando contra este tipo”. Incluso de sus rivales lograba constantes gestos de pasmo. Y, cómo no, hemos podido escuchar a locutores de televisión lanzando toda clase de exclamaciones exaltadas a voz en grito —en español, en francés, en inglés, en alemán, en árabe, en japonés— o riendo incrédulos a pleno pulmón cuando Federer hacía una de aquellas cosas imposibles.

Roger y Rafa: una rivalidad para la historia

Nadie es perfecto y Federer no es una excepción, aparte del ominoso bolso dorado que lució en Wimbledon o del hilarante anuncio de su perfume RF, queremos decir. Rafael Nadal fue quien se encargó de explotar las pocas imperfecciones del suizo y de recordarnos que también Federer es humano, lo cual sólo ayuda a engrandecer más su figura. Aunque con los años han terminado siendo amigos y mostrando un profundo respeto mutuo (respeto que por ejemplo Federer no siente por Djokovic o que Nadal tampoco siente por Robin Soderling), lo cierto es que a Roger le costó bastante digerir el surgimiento de Nadal como rival. El suizo llegó a dejarse llevar por algunas de las críticas —infundadas— que cierta prensa vertía sobre el juego del español y dijo del tenis de Nadal que era “unidimensional”. La antipatía inicial de Federer por Nadal era más que patente, pero el mallorquín respondía adoptando una actitud humilde y hablando maravillas de Federer siempre que podía. Así, mientras Rafa le torturaba sobre las pistas lanzando pesadísimas pelotas con topspin infernal al revés del suizo, se ganaba su corazoncito fuera de ellas. Hoy, Federer y Nadal se gustan y se admiran mutuamente, algo que nunca pudo decirse de McEnroe y Connors (o de cualquier jugador y Connors) o de la emponzoñada rivalidad entre Sampras y Agassi.

Federer fue tan dominante durante su propia era que sin sus partidos contra Nadal —y muy especialmente las sobrecogedoras finales de Wimbledon 2007 y 2008— su carrera hubiese carecido de grandes clímax emocionales. Cuando siempre gana el mismo, la tensión de la competición se desvanece, pero el público pudo gozar el cosquilleo de la incertidumbre cuando ambos tenistas se enfrentaban. No era lo mismo ver a Federer perder un partido contra su máximo rival que verle perder dos veces seguidas con el argentino Guillermo Cañas. Lo de Cañas era anecdótico y lo de Nadal, sin embargo, suponía jugarse cada vez el balance psicológico de la rivalidad para determinar el futuro inmediato del tenis y el lugar de cada uno de ellos en la historia. Cuando en el futuro se hable del tenista más grande de todos los tiempos se tendrá que unir su nombre al de nuestro Nadal, que fue el único capaz de sacarle los colores durante su imperio. Del mismo modo, claro, Nadal ha necesitado a Federer para probar hasta dónde llegaba su talento. No sólo en las famosas finales de Wimbledon, sino demostrando cuán abrumador era su dominio sobre la arcilla con aquella humillante paliza al suizo (un increíble 6-1, 6-0, 6-3) en la final de Roland Garros de 2008. Ambos jugadores han evitado que el otro ganase aún más títulos, pero para bien: cada uno ha contribuido a construir la leyenda del otro.

Crónica de una desesperación anunciada

Roger Federer, como cualquier otro jugador, terminará retirándose del tenis. Sucederá tarde o temprano. Pero incluso aunque ya no estemos viendo su mejor versión, será un momento duro para el sibarita tenístico. Nos sentiremos como un niño que acaba de comerse su postre preferido pero sabe que no va a poder repetir. Será como la Gran Depresión del tenis, que sólo podrá empeorar el día que también se retire Rafael Nadal.

El miedo a estar huérfanos de Federer ha hecho que, durante años, no hayan sido pocos quienes han intentando encontrar a su sucesor en cualquier parte, a veces bordeando la ridiculez. Recordamos aún los inicios del francés Richard Gasquet, un buen jugador del que algunos incautos se empeñaron en decir que sería un digno heredero del suizo (y aún estábamos gozando del Rogerde los mejores años). Como el tiempo ha demostrado, no basta con tener un estético revés a una mano para que le puedan comparar a uno con el más grande. Son los excesos de la desesperación anticipada, el deseo de cerrar la herida antes de que sea abierta. La moraleja: cualquier cosa, por absurda que resulte, antes que afrontar la idea de que tarde o temprano no habrá más partidos de Federer.

Cuando eso suceda, tendremos al menos su legado: a partir de él sí puede crearse una escuela de juego. Obviamente su talento le pertenece únicamente a él, pero muchos de sus golpes y tácticas pueden ser usados como modelo. Hay infinitos detalles que aprender e imitar de un jugador así, porque es tan versátil y completo que puede inspirar a cualquier tipo de tenista. A partir del mismo día en que se retire, Roger Federer será —si no lo es ya— la piedra de toque para cualquier profesional del tenis. Ha establecido el listón, el estilo y el repertorio de recursos. Es el nuevo molde para forjar el tenis del futuro, el nuevo temario de toda escuela y el nuevo manual de referencia para todo aquel que aspire a perfeccionar el difícil arte de la raqueta, además de una inagotable fuente de inspiración estética. A partir de ese día, Roger Federer será sinónimo de “tenis”. Esa es, más que ninguna otra, la importancia de llamarse Federer.