Santiago Lorenzo: «La España llena sí que me parece un problema»

Llegamos al diminuto pueblo en el que vive y nos recibe con los brazos abiertos. Literalmente. También con una tortilla de patata que nos ha preparado. Santiago Lorenzo (Portugalete, 1964) no es un misántropo. Aunque ha escrito Los asquerosos, una de las novelas más misántropas de las últimas décadas, la historia de alguien que tiene que huir de la policía y se refugia en una aldea abandonada hasta que aparecen unos molestos vecinos que quieren hacer turismo. Un inesperado éxito editorial por su sentido del humor, seguro, y quizá por su crítica a la Mochufa, palabra inventada por Lorenzo para referirse a esas personas que aúnan desconsideración, mal gusto, inconsciencia y amor por la estridencia todas sus formas. Después de enseñarnos la obra de la que más orgulloso se siente, una maqueta de una estación de tren en mitad de la Segunda Guerra Mundial, nos sentamos a hablar de su forma de entender la literatura, su pasado como director de cine, algunos de sus amigos, la austeridad que tanto le gusta y su vida actual, muy parecida a la de su último protagonista, lejos de la ciudad y de casi todo el mundo.

Leyéndote da la impresión de que te diviertes mucho escribiendo.

Pues sí, qué coño (risas). Por eso nunca escribo nada. O escribo muy poco. Sería insoportable (risas). Si solo escribes cuando te diviertes, pasan dos cosas: escribes muy pocos ratos al año, pero es una gozada.

Empezaste a publicar en 2010 y llevas cuatro novelas y un libro de cuentos. No es tan poco.

Pero porque tenía un montón de guiones de cuando me dedicaba al cine.

¿No tienes una disciplina ni eres de escribir todos los días?

Ni pa´Dios. El año pasado ensayé con Jan [Jan Martí, su editor de Blackie Books] lo de quedar en un fecha para ver cómo era, y salió Los asquerosos. Esa está escrita con fecha de entrega pero de no haber llegado, no habría pasado nada.

¿Cómo fue el proceso?, ¿tenías ya empezada la novela y te pusieron la fecha?

Yo no sé cuándo empieza una novela, sé cuándo acaba, y eso es cuando llega el libro a casa. Mi disciplina es no tener ninguna disciplina.

La otra cosa que llama la atención leyéndote es tu perfeccionismo, tu cuidado absoluto del detalle y del estilo.

Es que soy maquetista. En el piso de arriba hay un montón de maquetas que no va a ver nadie, ni siquiera yo, pero si un día dejo el eje de un coche mal pegado por debajo, no puedo dormir. Tengo que levantarme y ponerlo bien. Las esculturas que hay en las cresterías de las iglesias tienen las venas y los tendones de los pies bien hechos. En el siglo XVI no tenían ni idea de que se iban a inventar los drones. Tendrían que subirse a la balaustrada para ver la uña del pie. Pero las hacían porque creían que Dios las veía. Aquí es igual.

Hubo una época en la que te ganabas la vida haciendo maquetas.

Mi socia Mer García Navas y yo cogimos un local en la calle Nao, en pleno centro de Madrid, como un antojo, para ir a dibujar, hacer maquetitas y nuestras tonterías, y de pronto se convirtió en una especie de empresa y nos empezaron a llamar para hacer decorados de teatro y publicidad, y todo tipo de cosas. Hicimos hasta ebanistería. Fueron años apasionantes.

¿Sigues haciendo ese tipo de trabajos?

No, pasaron varias cosas a partir de 2010. Primero vino la crisis. Segundo, la crisis fue muy dura en el cine y los medios audiovisuales. Y lo tercero y más importante es que aparecieron las impresoras 3D y esas cosas ya no se hacen a mano.

No quisiste pasar a lo digital. Tampoco tienes Twitter ni redes sociales. ¿Es una cuestión ludita o antitecnológica? 

Yo sigo haciendo mis cosas a mano, pero no soy ludita en absoluto. El que está contra la historia es medio bobo. Hay tanta creatividad ahora con los ordenadores como la hubo en su día con el cúter. Y el cúter no va a desaparecer jamás. Como no va a desaparecer el libro en papel o la pasión de las personas por manipular las cosas, en el mejor sentido de la palabra: por usar las herramientas, oler las pinturas… Tampoco va a desaparecer el coleccionismo y comprar un libro es una forma de coleccionismo. E insisto: en mi caso no hay ningún tipo de pena, no es que alguien nos quitara de en medio, nos quitó de en medio la historia. Si te quita el alcalde de Madrid, es una canallada, pero si es la historia, bienvenido sea.

En Los asquerosos queda muy claro que no quieres hacer un discurso ecologista, al menos de la forma más explícita o convencional. «La lírica agreste no le interesaba nada», dices en el libro.

Era muy importante que no lo hubiera porque ese discurso ya está hecho y mucho mejor que yo. No hay un apego a la Pachamama, que es adorable, pero no es el sitio. Yo el protagonista de Los asquerosos no sé si ama la naturaleza. Ama mucho el trocito de naturaleza que le ha caído, como en su día amó el trocito de ciudad que le cayó.

En eso tu vida sí se parece a la suya. Hasta tienes un huerto sin el menor alarde y bastante utilitario.

Bueno, la novela la he escrito yo, y el huerto es una ocasión de meter patas, que es una cosa muy educativa, y de hacerlo mal, y de ir fijándose en cómo hacerlo mejor en periodos muy largos, porque muchas veces te toca esperar todo un año para ver si has acertado.   

¿Hay también algo de ajuste de cuentas en tus novelas? Pienso en Los asquerosos, pero también en cierta crueldad de Los huerfanitos hacia el mundo del teatro.

Tú seleccionas qué vas a meter en una novela y qué no, y los lugares en los que has encontrado cierto resentimiento suelen entrar. Porque para contar que todo funciona fenomenal ya están los libros de autoayuda. A mí no me dio tiempo a coger manía al mundo del teatro. Tengo el título de director de teatro por la RESAD pero nunca ejercí. Hice unas obras muy kamikazes en Valladolid en los ochenta. Para bien o para mal, no quedó registro de ellas. Sí he visto en el teatro, la pintura o el cine, las actitudes más gloriosamente heroicas y las más miserables. Las dos valen para contar y denunciar una serie de prácticas, considerar luego su redención y dejar que tu amor por el teatro transida un texto después de que lo transida el odio. Piensas si escribirlo o no, pero cuando quieres darte cuenta ya lo has escrito. A mí me gusta leer esas cosas, libros donde ocurran movidas, y el origen de esas movidas puede ser perfectamente el resentimiento. Para contar que me lo paso bien dando un paseo, ahí no hay nada fértil.

En Los asquerosos aparece más de un paseo y está muy bien retratado.

En la medida en que el paseo me satisface mucho a mí, ya estamos en ese otro bastión narrativo que es el panteísmo y también es muy bueno contarlo. Alguien que está en suspensión mirando una nube o alguien que está en carne viva mirando esa misma nube. Ambas cosas van bien para meterlas dentro de una novela.

En Los asquerosos sacaste mucha mala leche.

Es que han pasado cosas en nuestra historia como país muy reseñables, en este caso para mal. No puedes dejar de pensar en esa gente que está haciendo las cosas objetivamente mal, y actitudes que recuerdan a sujetos como Narvaez o Lerroux. Si nosotros tenemos motivos para avergonzarnos de Lerroux, también los tenemos para avergonzarnos de sujetos como Fernández Díaz, el ministro Soria o Rafael Catalá.

¿La Mochufa es eso?

Sería una parte. Pero la Mochufa nunca es política, siempre es social.

Dicen que Los asquerosos es tu libro más político, yo no lo sé.

Yo tampoco. A mí me hace gracia porque política viene de polis, de la ciudad, y esto es un tío que vive en una aldea él solo. Pero cuando estás metido en una editorial como Blackie Books todo lo que ellos digan es mucho más verdad que lo que diga yo, así que bienvenido sea.

En el arranque sí hay una denuncia de la precariedad laboral, la vivienda, etc. Pero eso ya estaba en Los millones, ¿no?

Es que ya puestos, te pones a contar las cosas que te mosquean y en Los millones lo había, aunque aquí lo hay más y la situación política de los ochenta nos parece ahora una arcadia feliz. O a mí me lo parece. Fue la década en la que España parecía un Estado. En Los asquerosos sí hay una dimensión diacrónica. Además, soltar mala leche escribiendo es muy divertido. 

Hay un momento muy gracioso cuando hablas de la foto de uno de los personajes en la que parece que está sujetando la torre de Pisa. Dices que eso es la mochufa pura y asumes que es muy probable que el lector la tenga igual. Parece incluso que vas a disculparte pero inmediatamente reculas y dices: «a mí no me toques». ¿Te preocupaba ofender al lector?

Todo el tiempo. Ayer pasó una cosa acojonante que ilustra esto perfectamente. Estoy en el piso de arriba y veo que alguien para el coche y tira algo en mi patio. Me cago en todo y salgo para decirle al tío que qué está haciendo. Pero cuando me quiero dar cuenta, el coche ya se ha ido. Era rojo y llevaba una escalera encima. Yo pienso que le ha sobrado un paquete de azulejos y me lo ha tirado a mí por tirarlo en algún sitio. No le pillo y le hago unos cortes de manga. Voy a recoger lo que ha tirado y me encuentro una bolsa con un libro de regalo y una nota diciéndome que es el antenista, que ha leído Los asquerosos y le ha encantado. Esto fue ayer y me emociono ahora recordándolo. Parece una historia inventada, pero es que a mí me pasan cosas que parece que me las invento. La mala hostia a veces es contar hasta diez. Esto tira todos los mitos sobre cómo es la gente, la falta de lectura en el entorno rural… Quiero decir que tú coges y escribes una barbaridad, pero piénsatela luego porque si no, acabas siendo un tuitero de esos que se meten en fregaos. La mala leche está muy bien pero tienes que pensártela y hacer un ejercicio maravilloso no ya para la literatura, sino para la vida: mirar desde el punto de vista del otro. Ponerte en sus bragas.

Tú no te has puesto mucho en las bragas de la Mochufa…

No te creas. Hay un momento en el que el narrador, que es el tío del protagonista, hace de abogado del diablo, y es un ejercicio que a mí me encanta: estar todo el día pensando hasta qué punto puedes justificar actitudes deplorables. Hay veces que puedes y veces que no.

Eso también te puede llevar dejar de escribir.

Hacer de abogado del diablo no significa acabar con el sistema judicial. Al revés. Está bien que existan los juicios y que acaben con una sentencia. Lo que me da igual es el miedo a ofender a unos y a otros. Cuando dirigí Mamá es boba me llamaron de todo y esto me pilla con los pelos de los huevos blancos. Lo único importante es que no seas tú quien te pongas verde a ti mismo.

¿Por? ¿No crees que ahí hay muchas posibilidades literarias?

Quiero decir que en un momento dado estés haciendo algo que no te creas o que te pongas a escribir algo para quedar bien, que por la noche en sueños vengas tú mismo a decirte que eres un tramposo. Pero si haces las cosas como crees que tienes que hacerlas, tiene que darte igual si luego llega alguien a decirte que eres un imbécil y mucho más si estás aquí en el pueblo metido que es como si estuvieras en el limbo.

¿Crees que esa crítica a la Mochufa explica en parte el éxito de la novela?

A mí me gustan las películas y las novelas con esa dosis de mala leche. Mientras no sea vituperar por vituperar. Eso me parece inane. Pero yo no sé qué ha contribuido a que la novela se venda. No entiendo lo que está pasando.

¿No?

Qué va. Yo calculaba dos mil quinientas copias porque no hay decorados ni personajes en la novela, es faltona… Qué le voy a hacer.

A mí lo que me sorprende es que una novela tan misántropa haya funcionado tan bien.

Es sobre un misántropo.

Y es misántropa, sin que eso implique algo negativo. Todo lo contrario.

La verdad es que sí, es misántropa (risas). Qué hostias. Los millones era poco misántropa. Era sobre un tío que se muere por relacionarse con las personas.

Manuel, el protagonista de Los asquerosos, al principio también se muere por tener amigos .

Sí, pero el mensaje es el contrario, y lo que importa es cómo acaba. Al principio, Manuel se muere por follar y por irse de cañas, y acaba por darse cuenta de que él como está bien es solo en su casa. Yo no sé si soy un misántropo. Espero que no, pero miras alrededor y da la impresión de que sí lo soy. A mí me está creando problemas la novela. Hay gente que prefiere no llamarme por lo que he escrito, piensan que igual me molestan (risas).

Pero luego eres un tío que cae muy bien. Lo pensaba viendo la entrevista que te hicieron en La resistencia.

Es que si estás aquí todo el día solo y viene alguien, eres adorable. A vosotros os he hecho una tortilla de patata (risas). Me apetece. No tengo ni idea. Porque tampoco pienso nunca quién soy yo. Y hay gente a la que le caigo del culo cuando leen la novela.

¿Te ha llegado esa reacción?

Sí, pero es muy minoritaria. Había una tía en Twitter que decía: por mí puede quedarse en su pueblo haciendo casitas. Llamaba así a mis maquetas (risas). Eso me ofendió.

¿Y qué respuesta te salió?

Ninguna, no tengo Twitter.

¿Pero qué pensaste?

Por mí puedes leer mis novelas, pero no te dejo ver mis maquetas porque son mucho mejores (risas).

Otro tema que marca todas tus novelas y tu vida es la austeridad. No hablo de precariedad, que sería algo forzado, sino de una sobriedad o una renuncia voluntaria. ¿Hay una épica ahí?

Claro, yo hacía cortos y ahí todo estaba basado en una austeridad que era muy fértil. Me acuerdo un día que junté bastante pasta para hacer un corto y me quedó el peor con diferencia. Con el mejor equipo y los mejores actores. Hay una épica en la austeridad, como la hay en Charles Foster Kane, el de Ciudadano Kane. Hay épica en hacer las cosas de forma radical. He conocido a gente extraordinaria que se dedicaba a tirar el dinero y lo hacían bien, les quedaba muy bien, y he conocido a gente que se dedicaba a la austeridad y les quedaba muy mal. También he conocido a gente que tiraba el dinero y parecían gilipollas. Los que a mí interesan son los que optan por la austeridad o el derroche, pero lo hacen con elegancia.

Estudiaste en un colegio del Opus.

El próximo fin de semana vienen cuatro niños del colegio. O sea, cuatro compañeros de mi clase. A dos hace treinta años que no les veo. Algunos han tenido evoluciones muy distintas a la mía y estoy muy ilusionado con la visita.

¿Te marcó mucho esa educación?

Yo fardo de ser buen ateo y posiblemente sea por conocer bien la liturgia y la materia de deceso. No soy ateo porque me metieran mano sino después de conocer el paño, y no tengo ningún interés en que la gente se haga atea o creyente.

Y en cuestión de valores: puritanismo, entrega al trabajo y esas cosas, ¿te queda algo del Opus?

He conocido a varias mujeres que me han dicho que lo llevo marcadísimo, lo cual es una putada, supongo (risas). El catecismo dice que tienes que ir a misa todos los domingos y solo un 15% de los españoles lo hace. Eso de que este es un país católico es una mentira. Un 15% es una birria.

Eso es lo que criticas a la Mochufa desde el punto de vista religioso: que presume de fe pero no va a misa.

Es que es una contradicción insostenible. Por cierto, toda mi admiración a ese 15% que va a misa y mi mayor desprecio a quienes les pregunta el CIS, se declaran católicos y solo han ido a la comunión de un sobrino en toda su puta vida. Me parece absurdo. Además, si tú crees en Dios, todo está a favor para que vayas. Tiene que ser una gozada creer en Dios e ir. Las misas no son en un piso, son en unas monumentales obras de arte, con una liturgia superpreparada, la casulla cambia de color cada semana, se cantan canciones de Simon and Garfunkel… Por lo menos antes se cantaban, no sé ahora (risas).

Háblame de esa gente extraordinaria que se dedica a derrochar el dinero.

Fue muy divertido en 2004 irte a la calle a tirar la pasta, fue muy entretenido, y hay que escribir algún día una novela sobre esa gente que se dedica a tirar la pasta y hacen lo contrario que el protagonista de Los asquerosos. Yo recuerdo a Luis Ciges. Tuve la inmensa suerte de conocerle, y aquí me emociono también. Fuimos a un festival y yo entonces estaba todo el día bebiendo. Entré al tren, me fui al bar y allí estaba él. No olvidaré en la vida los tres días que nos pasamos juntos. Eran maravillosas las propinazas que dejaba. Era muy emocionante, mientras toda la recua del Cine de barrio se dedicaban a gorronear. Yo soy no sé qué Ozores y todo es gratis para mí, debían pensar, como si fueran la Collares. Luis Ciges, que era el que más futuro tenía de todo ese plantel, actuaba al contrario: fumaba los cigarros hasta el final, me ganaba a mí bebiendo y dejaba unas propinazas escandalosas. Se quedaban temblando. Bien, bien. Eso es. Y había otra gente menos famosa que lo hacía también y era fantástico verles meterse la mano en el bolsillo. Les quedaba fenomenal. Y luego hay gente a la que le queda fatal.

La Mochufa.

(risas).

Lo que está claro es que a ti la España vacía, o vaciada, o como quieras llamarla, no te parece ningún problema. Al revés: te molesta que no haya más.

Déjame contarte una cosa antes de contestar: yo me negué a leer a Sergio del Molino hasta no acabar la novela. Este año le conocí, compré su libro y él me pilló por la calle con el libro recién comprado. Quedé como Dios (risas). Es un libro fascinante. Me quedan veinte páginas porque no quiero acabarlo. Qué libro tan gracioso, tan divertido y tan bonito. Volviendo a la pregunta, yo no sé si es un problema la España vacía porque junto a ese problema hay otro: la España llena sí me parece un problema. Un problemazo: la España saturada. A mí vivir aquí no me ha creado ningún problema. Todo lo contrario. No tengo que aguantar la revocación del Madrid Central (risas).

¿Cuándo te viniste a vivir al pueblo?

Cogimos esta casa el 1 de mayo de 2010. Yo pasé aquí seis meses por una avería en mi casa. Antes vivía en pleno centro de Madrid y el 1 de agosto de 2012 me vine a vivir del todo. Hasta hoy.

¿Cómo es tu vida aquí?

Un coñazo. No, no (risas). No sé. Yo aquí estoy muy bien. Me lo paso de puta madre.

¿Qué haces? ¿Escribes, montas maquetas, cuidas el huerto?

El huerto lleva poco tiempo. He plantado cosas que no dan nada de curro.

Das paseos, recoges leña…

Sí, doy paseos, pero también los daba en Madrid. Y la leña es muy entretenida. No sé muy bien a qué me dedico. A leer libros y a ocuparme del mantenimiento de la casa. Algo así.

Tienes tele.

Estaba aquí cuando vine, pero no funciona, no tiene TDT.

Tienes internet, tienes teléfono…

Teléfono fijo porque el móvil aquí va muy mal. Internet es fantástico para estar acompañado y para estar solo. Hay un montón de clásicos sin derechos. Te los bajas y no estás haciendo mal a nadie. No sé muy bien lo que hago.

Tu mujer viene cada quince días y el resto del tiempo estás solo.

Sí, estoy solo, pensando la novela que voy a escribir. Antes decía que no escribo nada pero porque a lo mejor estoy pensando todo el rato qué voy a poner para que no se me caiga luego la cara de vergüenza.

¿Y qué piensas cuando vuelves a la ciudad?

Es como con los sobrinos. Notas los cambios porque los ves cada dos meses. Con Madrid pasa igual. Cuando yo vivía allí, no me daba cuenta cuándo cerraban las tiendas y ahora sí. Pero no son unas visitas lo suficientemente largas como para hacer una sociología. Veo solo los cambios de crestería, los superficiales. De los cambios profundos igual te enteras mejor desde aquí leyendo los periódicos.

Cuando vas, ¿refuerza tu necesidad de estar aquí aislado?

Es una gozada ir a Madrid si estás aquí y es una gozada volver aquí después de ir a Madrid. La idea es que las variaciones sean variaciones y que sean fuertes.

¿Echas algo de menos de la ciudad?

A muchas personas.

¿No echas de menos, por ejemplo, la posibilidad de irte a un bar?

Dejé el alcohol y pensaba que iba a echar de menos los bares, pero qué va.

Me refería al bar como punto de encuentro, sin necesidad de beber.

Si vas a un bar es porque tienes que quedar en algún sitio y quedar en la calle es de muy loser (risas). Yo además los bares ya no sé usarlos. No conozco la mecánica. Por ejemplo, ya no sé si hay que reservar para comer. Porque oigo que todo el mundo reserva y yo nunca he reservado. Cuando yo tenía una vida urbana, no me cabía en la cabeza vivir en un sitio que no fuera Madrid, no quería vivir en un sitio más pequeño, y yo nunca reservé. Ahora no sé si me quedo en la barra o tengo que sentarme, si te viene el camarero o no te viene. La gente además paga con tarjeta y yo no tengo tarjeta. Pagas con dinero y te miran raro. Es como si me hubiera convertido en un verdadero paleto y no está nada mal. Me acuerdo una vez que estuve en Londres y fui a un club donde tenían una sala en la que no podías estar de pie. Una norma absurda. Estaba Jim Jarmusch, que es un gilipollas, rodeado de tías y tomando zumo de tomate. Hace falta ser pringado (risas). Pues el rollo es que eso ha llegado aquí y yo ya no sé cómo se hace. O el otro día me enteré de que cuando coges un autobús en Madrid ya no puedes pagar con dinero al conductor. Esa secuencia tan normal de pagar agarrado a la barra. Se acabó. Es un despelote.

Tus anteriores novelas eran muy madrileñas, ¿no te asustó perder tu territorio narrativo al venirte aquí?

Es que a mí me gusta mucho acojonarme. Yo me acuerdo la primera vez que vine a ver la casa esta. Venía vestido de ciudad y me daba un poco vergüenza ir con un abrigo italiano. Además, no sabes cómo tapar un abrigo. Es muy difícil (risas). Cuando yo iba al colegio, había que llevar corbata y me daba muchísima vergüenza. Pero te podías tapar la corbata y el escudo del colegio con la carpeta. Aquí no. Tapar un abrigo es imposible. Pero yo enseguida me di cuanta de que la sociedad del pueblo es muy elegante.

¿En qué sentido?

No sé, nadie va a gritar, ni nadie va a robar nada. Me gusta que aquí esté muy mal visto alguien que se lleve algo que no es suyo. Nadie va a meterse tampoco en tu casa si no es después de conocerte mucho. Es una sociedad fríamente acogedora, como tiene que ser.

¿Cuántos sois?

Dieciséis.

¿Cambia mucho los fines de semana?

Mucho. A mí me han escrito Los asquerosos. O creo yo que cambia porque me encierro aquí y no salgo.

¿Tu relación con esa Mochufa es tan visceral como en la novela?

Espero que no. Pero a mí no me gusta salir cuando vienen ellos y me pasaba igual cuando vivía en la calle Fuencarral. Se llenaba de gente que venía a hacer turismo. Para mí Madrid era un lunes.

¿Y el no tener coche aquí te produce claustrofobia o agorafobia, o lo que sea?

Qué va. Habría que tener los huevos muy gordos para sentir agorafobia en un sitio en el que no hay nadie.

Me refiero a la incapacidad de salir si de pronto necesitas algo o de escapar si te apetece.

Un día me faltaron dos patatas. En siete años no es mala media, y lo arreglé. Y otro día perdí el autobús. Tenía que estar en Zaragoza a las siete de la tarde y el autobús no pasó, algo no tan raro. Lo arreglé también. Problemas hay en todos sitios. Pero hay problemas en grandes ciudades que no vas a tener aquí. Ayer me estaba acordando de un día en 2004 que un tío me quiso atracar en la calle San Onofre. Quiso porque no lo consiguió. Aquí eso no me va a pasar.

¿Estás aislado también respecto a la vida literaria?

No sé si existe ese aislamiento. Yo en estos diez años he hecho excelentes amigos entre la gente que escribe. He conocido a gente tan cojonuda… Lo del petardeo, las entregas de premios y tal, no. Cuando yo empezaba en el cine, lo único que conseguí por ir a estrenos fue cogerme unos pedos gratis horrorosos. Nunca vendí una puta escoba. Siempre pensaba que los business se hacen por la mañana y pisando moqueta. Y el cine era muy distinto porque ahí sí necesitabas grandes cantidades de dinero para hacer cosas. Aquí, no. Nunca he hecho networking de ese y solo he conocido una editorial y media. No sé. Me hace pensar. El otro día un amigo me contó que se sacó el Twitter para promocionar sus cosas. Y me decía: es que tú no has hecho eso, hijoputa. Yo qué sé. No tengo ni idea ni me explico lo que está pasando. Pero sí sé que no hay que ir a un sitio que no te apetece. Eso está clarísimo.

¿Quieres hablar de esos amigos escritores?

Todo eso que se da por hecho de que el mundo literario es una selva… Yo no he visto nada. Me he encontrado todo lo contrario. Una gozada. No me he encontrado con nadie que digas… Bueno, sí. Sí. Pero bah… Tengo que hacer un gran esfuerzo para pensar en alguien que me haya caído mal en el mundo de la literatura.

¿No hay un Jim Jarmusch o un Ozores? ¿Todos son Luis Ciges?

Yo no he conocido nunca al Ozores este, pero por sus obras les conoceréis, y conozco ozoradas en literatura, pero con no arrimarte a ellos… En cambio, cuando quieres darte cuenta, eres amigo de gente cuyos libros te han gustado mucho. Cuando a mí se me ocurrió pasarme a los libros, recibí una gran ayuda. Mira, este te lo voy a mencionar. Es que nunca menciono para no dejar a nadie en el tintero. Fue gracias a un tío cuyos libros me parecen fascinantes: Miqui Otero. Yo no tenía ni idea de cómo se hacía esto de publicar y le llamé a él porque le había conocido en Oviedo, en unas jornadas de no sé qué historias. Fue todo lo contrario a los navajazos. Él me puso en contacto con Blackie Books. Esa fue toda mi experiencia de cócteles y petardeo.

Antes habías publicado Los millones con Mondo Brutto, ¿colaborabas con el fanzine?

Mondo Brutto es el proyecto de prensa más maravilloso del último cuarto de siglo en España y yo noto su influencia en todos los medios, en todos. Lo sepan los articulistas o no. Igual que nosotros estamos influidos por pintores que ni conocemos. Toda la prensa española esta transida de mondobruttismo desde 2000 o 2010. Yo tuve el honor de escribir alguna vez allí y cuando se lanzaron a los libros, publicaron dos: Los millones y un libro fantástico de Grace Morales que se llama Otra dimensión

Hablemos entonces de escritores muertos, siempre mencionas a Galdós como uno de tus referentes.

Me gusta un huevo leer a ese. Me parece una gozada.

También mencionas siempre a otro mucho más sorprendente: Otto Skorzeny, que fue jefe de operaciones especiales de Hitler y luego se exilió en España, trabajó para Perón y hasta para el Mossad…

Ese era un gilipollas de puta madre (risas). Por eso está bien leerlo. Es un soplagaitas de cojones. En mi casa, de pequeño, había muchos libros y había uno suyo. Pronto te das cuenta de que cae en contradicciones evidentes. Se lo inventaba todo. Era una especie de Münchaussen, un jeta. Pero sabiendo esto, lo lees y te encuentras a un tipo que está metido en unos problemas increíbles y tiene títulos maravillosos…

Luchamos y perdimos.

Ahí está (risas). Todos los títulos que nos inventemos son una mierda comparados con ese. Y el otro que tiene se llama Vive peligrosamente.

Pero no llegaste a conocerle, ¿no?

Conocí a un tío que sí me contó que de niño Skorzeny le había tenido en sus rodillas.

¿Sigues regalando soldaditos de plástico en las firmas de libros?  

Sí, esto queda cretino contarlo pero este año tuve que sacarlos del Risk porque no había soldaditos para tanta gente. ¿Tú te acuerdas de los sobres de los Montaplex? Pues los que regalo son  parecidos, pero mucho mejor hechos. Viene en cajas de cuarenta figuras. Al principio, comprabas tres o cuatro cajas para las firmas y los regalaba. Lo podía asumir y en la anterior novela, en plan bilbaíno, los empecé a regalar de metal para tirarme el pisto. Pero aquí en Los asquerosos ya fue un descojone y los cogí del Risk, que vienen cientos y cientos. Hay infantería, artillería y caballería. Los bonitos son los de caballería. Empecé regalando esos y se acabaron. Seguí con la artillería y también. Se acabó hasta la infantería, así que los dibujaba en las dedicatorias. Se acabaron todos. Lo que no quise fue tocar mi colección.

¿Qué otras cosas coleccionas?

Antigüedades recientes. O sea, cositas que se han quedado antiguas el otro día. Y todo lo que tenga que ver con la miniatura. Tengo una colección de trenes muy maja. 

Cuando se estrenó tu primera película, Mamá es boba, dijiste «todo lo que está ahí escrito, me ha pasado a mí. No es autobiográfico. Es ultra, híper, superautobiográfico».

¡Eso fue hace más de veinte años! (risas). Pero lo suscribo. ¡Claro! Es una forma compleja de decir que si las cosas las haces mediante la fe, todo lo que hagas será ultra, híper y metaautobiográfico. Yo estaba perplejo cuando la estrené. La mayor parte de cosas no sabía porque las había hecho, pero algo me decía que tenía que rodarla así o que tenía que hablar de eso, o meter escenas con diálogos que no hacen avanzar la historia. Me apetecían mogollón todas esas cosas y si quieres rodar algo, tienes que hacerlo. Aunque mucha gente no la entendió.

Antes hablabas de la cantidad de palos que te cayeron.

Hubo críticos a los que les sentó muy mal. Dijeron que yo era imbécil, pero ya se han muerto todos porque eran muy mayores.

¿Te llamaron imbécil?

Lo que dijeron fue «intelectualmente deficiente». Eso se publicó. Pero ese periódico ya ni existe. Quizá después de publicar eso se dieron cuanta de que el periódico era una birria (risas).

Y al mismo tiempo, la película consiguió una legión de fans.

Una compañía más que una legión. A mí me encanta esa película. La otra película que rodé ni siquiera la considero mía. Pero todo lo que está en Mamá es boba lo suscribo. Aunque me hubiera gustado mejor sonido. Y perdón por la cretinada que voy a soltar: la película es del año 97 y desde entonces me he encontrado muchas cosas en la audiovisualidad posterior que salen de la misma inspiración. Y como ya no estoy en el cine puedo permitirme el lujo de decirlo: esa película estaba adelantando algunas formas de hacer. Cretinada de la hostia venir aquí a decir eso. Pero así es.    

Como Eduardo Antuña, que fue su primera película.

Pues ya ves. Una de las cosas que se estaba avanzando era descubrir a gente como Eduardo Antuña o Faustina Camacho.

Faustina Camacho murió y no puedo rodar más.

Murió el 18 de diciembre de 1997. No llegó ni a verla estrenada.

Y el niño, José Luis Lago, ¿qué fue de él?

Hace unos años, Andrea G. Bermejo, de Cinemanía, lo buscó y ahora es un barista, se dedica a hacer cócteles. Tenía doce años cuando rodó la película y no sabía muy bien lo que estaba pasando. Salió de un casting al que no se presentó. Íbamos a escuelas Gabriel Velázquez y yo, nos metíamos en el aula con no sé que excusa y nos fijábamos en las miradas.

Por lo menos no le convertiste en una estrella infantil y le jodiste la vida.

Me acuerdo de un colegio al que fuimos. Íbamos con el director. Todos los niños estaban en clase y vimos a uno perfecto para el papel en el pasillo en hora lectiva. Era perfecto. Le pregunta el director qué hace allí y él responde que se ha cagado. Era perfecto de aspecto y de biografía, porque la película va de eso: de un niño que se caga en el colegio. Pero no eres tan hijo de puta como para decirle que haga una película autobiográfica. Qué habrá sido de él… Espero que le haya ido bien. Aunque la película hubiera quedado mejor (risas). No, nunca lo sabremos. Pero al desarrollo humano del niño no le habría ayudado nada y eso es mucho más importante que cualquier puta película.

Me imagino que te costaría muchísimo sacar adelante Mamá es boba, ¿cómo conseguiste esa libertad absoluta?

Porque yo produje la película. Empecé a juntar dinero y hubo momentos maravillosos. No olvidaré jamás en mi vida el 12 de septiembre de 1997, cuando muera será como mi Rosebud. Había un agujero económico y apareció un pedazo de tío de Bilbao que lo arregló. Surgían problemas horrorosos y se iban solucionando. Yo era muy bueno produciendo cortos, vivía de eso. A veces salían mejor y a veces, peor. Pero me gustaba mucho porque era un constante pasarlo mal y a mí eso siempre me ha gustado. Con la película no podía ocuparme al tiempo del guion, la dirección y la producción. Lo puse en manos de otros y fue un desastre absoluto. Pero todo se fue arreglando.

Fue un momento muy activo en el cine, de mucha intensidad.

En los noventa había muchísima gente de mi quinta que hacía cortos maravillosos, gente con un gran talento. De las productoras que se montaron entonces, no queda ninguna. Solo la de Santiago Segura, que siempre fue brillante, el mejor productor de todos, y el mejor tantas otras cosas. Pero no es posible que solo quede él con el movimiento de baby boomers que hubo.

¿Qué paso?

Que estaba todo pensado para que las productoras nuevas no salieran. No nos podía quedar ni ese cachito del pastel. Luego apareció el asunto de la venta de entradas bajo cuerda, todo eso empezó a publicarse en prensa a partir de 2002. Yo lo sufrí en mis carnes.

Te refieres a la venta de entradas falsas para llegar a un número mínimo de espectadores y cobrar la subvención.

Exactamente. La gente entraba a ver Mamá es boba. Todos los días íbamos a la taquilla de un determinado cine multisalas y veíamos en qué puesto habíamos quedado entre ocho salas. No importaba tanto el dinero como no quedar entre los últimos. Nuestro peor día fuimos los sextos y fue solo un día. Solíamos quedar los terceros. Nos habían dicho, y nos habíamos creído en nuestra ingenuidad, que los viernes quitaban de la cartelera la séptima y la octava película. Nos habíamos creído el libre mercado. Nos parecía racional y era bola. Siempre estuvimos los terceros y un día nos la quitaron porque el negocio no estaba en llevar gente al cine. Estaba en cualquier otra parte menos ahí, y cada vez pasa más eso. El negocio cada vez está menos en lo que debería estar. Yo nunca he querido saber, por ejemplo, dónde está el negocio en que se publiquen cada año cincuenta mil libros. Ni me interesa. Pero sé que no es posible. Mi editorial en cambio funciona con esa lógica de pueblo: si llevamos algo que la gente compra, seguimos, y si no, pues no.

Acabas de decir que te gustaba mucho la producción porque suponía pasarlo mal, ¿lo dejaste por esos chanchullo?

También disfrutaba mucho con el alcohol y lo dejé (risas).

¿Es lo mismo? Supongo que el alcohol habría empezado a hacerte daño.

El alcohol ya era un coñazo y producir en España no tenía ningún sentido después de lo que te he contado. Todo el heroísmo que yo veía en colegas míos que hacían cortos y un día rodaban un largo, no valía para nada si todo estaba montado de otra forma. Y todos quedaban contentos: las salas se forraban aunque no fuera la gente, las distribuidoras igual, las productoras… Los datos de consumo de cine eran cojonudos. Solo había una pega: la gente que estaba haciendo cosas de verdad porque se las creían quedaban arrinconados. Es más, tenías que sufrir la vergüenza de que te dijeran que tu película no había gustado y por eso la quitaban del cine. Nadie se iba a creer que era por otros motivos y encima tenías que sufrir ese escarnio. No, si la quitaban no era por eso, sino por un complejo sistema que luego salió a la luz y que no tenía nada que ver con que la gente fuera al cine o no. Un despelote.

Después de Mamá en boba, tardaste diez años en volver a rodar.

Y no sé para qué, la verdad.

Rechazas totalmente tu segunda película, Un buen día lo tiene cualquiera, ni siquiera la reconoces como tuya.

Es que ni siquiera el título es mío. Fíjate hasta dónde llega. Estábamos rodando y un buen día aparecen con camisetas para todo el equipo con ese título, sin consultarme ni nada. A mí me llaman y me preguntan qué me parece ese título. Les digo que mal y me mandan a la mierda, me dicen que siempre estoy quejándome. Y al cabo de una hora, aparecen con las camisetas ya impresas. Yo tengo una. La guardo. Es como un fetiche de cómo no hay que ir por la vida y todos los días pienso que si yo hago una cosa, el título lo tengo que poner yo.

¿El título de tus libros es siempre tuyo?

Eso es muy distinto. Suelen ocurrírsele a gente a la que admiro mucho. Los millones tenía un título espantoso, 936 millones, que es el peor título que te puedes echar a la cara, y un día me llama Luis Prieto desde Italia y me pregunta cómo voy con la novela esa de los millones. Los huerfanitos igual. Me lo sugirió Mer García Navas. Ni me acuerdo cómo se iba a llamar antes. Y el título de Mamá es boba era Payaso. Hasta que un día, Ana de Diego, una amiga de Valladolid, me preguntó cómo iba con la película de la mamá boba. Cosa que no pasó con Un buen día lo tiene cualquiera. Ni me consultaron. En qué cabeza cabe semejante imbecilidad de título.

Al margen de eso, ¿hubo muchos otros cambios?

Sí, todo el tiempo. La voz en off no es mía. Es más: pedí el nombre de quién la había escrito y no me lo dieron. Es una tomadura de pelo tan grande…

Ni te planteas volver al cine.

No, y creo que lo tendría más fácil ahora. Pero no quiero. Nunca he entendido esa historia de que debes algo a quien te produce una película. El favor es mutuo.

¿Te han comprado los derechos de alguna novela para adaptarla al cine?

Sí, de Los asquerosos.

¿Vas a participar de alguna forma en la película?

Ni pa´Dios. Va a haber una obra de teatro y una película, y ellos tienen que hacer lo que les dé la gana.

¿Te quejarás luego si la película o la obra no te gustan?

No, además esas cosas yo creo que se contratan. El enfrentamiento entre Gala y Vicente Aranda, por ejemplo. Hacen como que se enfadan y tal (risas). Estoy seguro. Solo diré algo si me ofenden. Si por ejemplo convierten Los asquerosos en un alegato a favor de Pablo Casado o de Almeida. Pablo Casado huye de la ciudad y estudia por fin cuarto y quinto de Derecho (risas). Pero no diría nada si fuera a dirigirla Mariano Ozores, por decir alguien. Me da igual. Yo tengo que portarme con la productora como los de Un buen día lo tiene cualquiera no se portaron conmigo. Que hagan lo que quieran. No se debe torpedear nunca el trabajo ajeno. Con Los huerfanitos hicieron también una obra de teatro un grupo de Vitoria, Traspasos Kultur, unos tío más majos… E hicieron un montaje tan chulo… Fenomenal.

Antes de Mamá es boba, rodaste varios cortos. Uno de ellos, Manualidades, era un auténtico disparate, un falso documental graciosísimo que nominaron a los Goya como mejor corto documental. Ni siquiera lo habían visto, claro…

Yo creo que no ven nada… Me dijeron que lo habían nominado al Goya y me pegué un alegrón de cuidado. Pero en aquellos años en algunos sitios se llamaba documentales a los cortometrajes. Nosotros no lo entendíamos y pensamos que igual era por eso. El corto además deja muy claro que es un falso documental. Uno de los niños, por cierto, es Héctor Llanos Martínez, que ahora escribe en El País. Me siento muy orgulloso de eso (risas). Nos juntamos varios de los que hicimos el corto en una casa de Embajadores y pensamos como el libro ese Lenin: ¿Qué hacer? ¿Qué hacemos con esto cuando lo están nominando como un documental y no lo es? ¿Qué hacer? Había un error y teníamos dos vías: retirarlo o la inacción y que todo siguiera fluyendo. Lo dejamos estar. Lo importante es que nos estaban echando un piropo. Si colaba como un documental, habíamos hecho lo que se pretendía, y nos parecía muy gracioso reírse de la sacra Academia (risas).  

¿Ni siquiera te planteas volver al cine con una cosa muy amateur y muy pequeña como esos cortos del principio?

El gran motor del cine no es el dinero, son las ganas de tratar con gente, de tirarte a tías o tíos, lo que sea, de tirarte el pisto, de ir por ahí, de enfadarte, de que te pasen ese tipo de cosas que pasan cuando te juntas con pandillas… Para contar algo, lo cuentas dibujando a plumilla o escribiendo. El motor de hacer cine son las ganas de rock and roll, y yo ya estoy en otra fase. Hay un par de cosas que me encantaría rodar, cosillas sueltas, pero me faltan las ganas de estar con unos y con otros, de conocer a alguien que tiene una cámara que te puede valer. Guardo un recuerdo fabuloso de cuando apareció el tío que me dejó la cámara de Manualidades en el sitio menos pensado, una cámara mucho mejor de lo que hubiera esperado. Guardo recuerdos maravillosos pero no me apetece rodearme de gente ni discutir cosas. Ya me volverán las ganas.

¿Ves series?

A mí es que es muy difícil que me mole una película o una serie, enseguida les ves las costuras y lo que va a a pasar.

¿No te pasa también con los libros?

Algunos sí y otros no. Tengo una amiga, Raquel Peláez, que me regaló HBO, mira qué maja, y he visto cosas fenomenales. El otro día vi una película que me parece muy grande, Entre dos helechos. La gente dice que es una nadería o muy superficial. ¿Pero tú eres tonto? Es una gozada, una puta maravilla, un prodigio de desfachatez. Normal que luego empieces a ver una serie y muchas veces pienses que no arranca o que ya sabes lo que va a pasar: un tío y una tía hacen como que se enfadan y ves clarísimo que van a acabar follando… Y las películas igual. Esas de gente en el instituto. O la comedia romántica, que me da un asco que te mueres (risas). ¿Series que están bien? Olive Kitteridge, Larry David, Chernobyl… O Muerte en León. Me regalaron HBO para que la viera.

¿Te gustó?

Ese tema me apasiona: que te maten y en tu pueblo haya mucha gente que se alegre. Me parece como de Shakespeare, y de verdad que lo siento. Supongo que estoy cometiendo un delito por decir esto pero mucha gente se alegró. ¿Eso es un delito? Con todas mis condolencias y aclarando que la violencia nunca es la solución… No matéis (risas), pero había una alegría en el ambiente extraña, una alegría que no la proporciona una verbena o la contemplación del río Bernesga… Uno ha vivido mucho la vida provinciana y eso me parece una gozada a efectos dramatúrgicos.

Has comentado antes que en tu casa había muchos libros.

Es que mis padres eran del gremio de la enseñanza.

¿Profesores?

Sí, y les molaba eso de los libros.

¿Te dieron clase alguna vez?

No, bueno, sí. No tenían con quién dejarte y me llevaban, me metían ahí y era muy chungo. Notabas que tenías un trato de privilegio muy repugnante. Iba a clase de mi madre, como con cuatro años, y ella tenía solo niñas. Cuando llegaba yo era como si llegara Rod Stewart (risas). Un día mi madre tenía que echarme unas gotas en los ojos, algo que siempre me ha dado muy mal rollo. Me puso las gotas delante de las niñas y todas se descojonaron. No lo olvidaré jamás, fue una humillación horrorosa (risas).

Lo que comparten todos tus personajes desde Mamá es boba es que son perdedores e inadaptados, pero no por ningún malditismo ni por ninguna transgresión. Al revés: se quedan fuera de puro buenos.

A mí las historias que siempre me han interesado son las de alguien al que nunca le pasa nada y de repente le empiezan a pasar cosas. Pero puede que tengas razón y el conflicto en mis historias sea el de una persona que no se mete con nadie y de pronto empiezan a meterse con él. Romper la bondad de alguien es un buen comienzo, o que el medio quiera romper la bondad de un tío y que él se resista, o que a partir de ahí su bondad vaya en progreso y aumente.

¿Estás escribiendo algo ahora?

Tengo cuatro cosicas empezadas pero ninguna llega a nada por ahora. Es todo basura. Lo cojonudo es que no hay prisa y como no hay prisa, puede que no tarde demasiado en salir. Me da vértigo pensar en la siguiente. No me creo que vaya a escribir otra.

¿Te pesa el éxito de Los asquerosos?

Nada en absoluto.

¿Entonces el vértigo ante qué es?

Ante que me guste a mí.

¿Te desconcierta la falta de control sobre lo que escribes? Quiero decir que una novela que pensabas que no iba a tener mucha repercusión ha llegado a muchísimos lectores.

Para mí, el gran éxito es Las ganas, una novela que vendió solo cuatro mil ejemplares. Ese libro me parece que está muy bien y me siento muy orgulloso. Prefiero eso a que Los asquerosos hayan vendido no sé cuántos miles. Yo siempre he sido un outsider, vengo muy curtidito, nadie me ha hecho nunca caso, y tampoco me ha sabido a nada todo esto del vamos a llamarlo éxito.

Pero te has emocionado comentando lo del antenista que te había regalado el libro con una nota de agradecimiento.

Cosas así también me pasaban con las otras novelas, pero menos, y eso no es un éxito comercial. Ahora también me ponen más a caldo.

Comentabas antes que esa reacción era muy minoritaria.

Poco, sí. Pero hubo una cosa que me dolió. Hasta que empezó a hacerme gracia. Los asquerosos salió con una faja en la que una serie de personas a las que no conozco decían cosas bonitas de la novela. Solo conocía a Laura Fernández y a Jabois le había visto una vez. También a Mercedes Cebrián, porque me pidió que le escribiera una cosa y no lo hice. O sea, mi trato con ella era haber quedado fatal. Y un día alguien dijo con todo el retintín que yo tenía muy buenos amigos. Me jodió porque eso afecta a mi vida personal. Pero todas las críticas que le hagan a una novela mía, yo ya me las he hecho antes y he tirado por ahí. Cuando decía que a mí no me ha sabido a nada, me refiero a que claro que es una gozada que lean tu libro, pero no me creo mejor autor ahora ni sé qué hacer con el dinero, y no acepto propuestas de inversión (risas). No me voy a cambiar de casa ni me he ido de putas, no me he traído un saco de coca, no me he comprado un coche porque no sé conducir. Tampoco he mandado a mis hijos a Princeton, porque no tengo, ni me he ido de vacaciones a Puerto Vallarta. A mí no me gusta salir de aquí, aunque un montón de gente se ha empeñado amabilísimamente en que fuera a su festival. Lo que me da vergüenza es ir ahora por la calle.

¿Te reconocen?

Alguna vez. Lo triste es que cuando te pasa algo así te pones a escribir con más ganas. Pero yo no. No tengo más incentivos de los que tenía hace un año. Por cierto, mañana justo hace un año que salió Los asquerosos.


¿A qué otros santos y vírgenes debería condecorar el Gobierno?

En septiembre de 2012, según un Real Decreto aprobado por el Gobierno, la Virgen del Pilar fue condecorada con la Gran Cruz de la Guardia Civil. No nos consta que hiciera declaraciones al respecto, pero suponemos que le haría mucha ilusión. Lejos de ser una excepción, hace unos días Nuestra Señora María Santísima del Amor fue la que tuvo el honor de recibir la Medalla de Oro al Mérito Policial, por orden del ministro de Interior Jorge Fernández Díaz. Dado que este Gobierno parece decidido a convertir las instituciones públicas en su particular relicario… ¿por qué no podríamos entonces participar los ciudadanos en la elección de la próxima virgen, santo, ángel o profeta a quien nuestras autoridades pretendan distinguir? Con el fin de democratizar dicho proceso, ofrecemos a continuación una selección de las personalidades más relevantes en el ámbito de lo sobrenatural. Pueden añadir al santo, advocación de la Virgen o figura beata que estimen conveniente, claro. La encuesta permanecerá abierta siete días y, una vez cerrada, nos comprometemos a enviar los resultados a la oficina de comunicación del Ministerio de Interior, confiando en que les pueda servir de referencia para la próxima condecoración. ¡Así que voten, voten!

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San José de Cupertino

cupertinoFraile italiano del siglo XVII, tenía la capacidad de volar y es por lo tanto el patrón de los aviadores. También lo es de los estudiantes, debido a las grandes dificultades que tuvo en su juventud con los estudios. No acabamos de entender esa lógica, pero así es. Tras varios fracasos escolares intentó ingresar en el sacerdocio y se presentó al examen en disposición de de explicar únicamente la frase del Evangelio: «Bendito el fruto de tu vientre Jesús». Pues esa es la que entró. De manera que todos aquellos que hemos tenido una experiencia similar en un examen… no fue cuestión de suerte, ya sabemos a quién darle las gracias.

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Santa Brígida

brigidaVivió en el siglo V y es muy venerada en Irlanda. Ya podrán disculparnos la falta de ecuanimidad pero esta es, sin duda, nuestra candidata favorita: podía convertir el agua sucia en cerveza. ¿Cabe imaginar mayor superpoder que ese? Ya desde niña era muy piadosa, cuando sus padres pretendieron casarla ella rezó pidiendo alguna deformidad física para que se suspendiera la boda y pudiera seguir siendo virgen. Como Dios es muy generoso y bueno escuchó sus plegarias y le reventó un ojo. Así ella pudo conservar su flor.

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San Pedro de Verona

veronaNacido en la ciudad de Verona a comienzos del siglo XIII, fue un fraile e inquisidor que con su gran elocuencia logró convertir a mucha gente en diversas ciudades italianas. Hasta que un día un grupo de herejes le tendió una emboscada y lo mataron de un machetazo en la cabeza. Y ahí se le quedó desde entonces en todas las representaciones que se han hecho de él, aunque le hagan parecer un zombi. Encima tiene que aguantar el recochineo de ser invocado tradicionalmente contra los dolores de cabeza. Denle una medalla, pobre hombre.

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San Isidro Labrador

isidroEl santo patrón de Madrid y de los agricultores vivió a finales del siglo XI y su cuerpo se conserva incorrupto en la Colegiata de San Isidro. Se caracterizaba por ser un campesino muy devoto, de hecho dedicaba su tiempo a rezar mientras los ángeles araban el campo por él. No sabía nada…

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San Cucufato

cucufatoPara evitar las acusaciones de centralismo que conllevaría condecorar al anterior, hay otro buen candidato que además serviría como elemento conciliador dadas las circunstancias políticas actuales: San Cugat. También conocido como San Cucufato. Predicó allá por el siglo III. No sin ciertas dificultades, ya que le abrieron el vientre y le sacaron las tripas y tuvo que volvérselas a meter dentro y coser la herida. Luego intentaron quemarlo, pero milagrosamente se apagaron las llamas. Finalmente lograron cortarle la cabeza. Sin embargo, lo peor estaba aún por llegar. Pasaría a ser invocado popularmente cada vez que se pierde un objeto, con el estribillo (que Javier Krahe llegaría a usar en una canción) «San Cucufato, San Cucufato, los cojones te ato, si no me lo devuelves no te los desato». Hacerse santo para esto.

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Josemaría Escrivá de Balaguer

Escriva_relicEl santo más cercano a la era de la información de nuestra lista no parece tener documentado ningún milagro aparatoso, pero destaca en su obra la creación del primer sistema piramidal sustentable. Una numerosa base de personas trabaja sin parar y transmite buenas nuevas mientras sostiene a otras pocas que no se sabe muy bien qué hacen, pero ocupan puestos de poder en todos los estamentos mientras se reproducen en un volumen similar al de los gremlins. Esto y su tesón en revindicar la santidad del trabajo lo convierten en el epítome del emprendedor, figura casi mitológica que tanto necesitamos en España en estos momentos.

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Simeón el Loco

locoNació a comienzos del siglo VI, vivió hasta los treinta años con su madre y entonces se fue cerca del Mar Muerto para vivir entregado al ascetismo y la meditación los siguientes veintinueve años. Fue en ese momento cuando se sintió llamado para su gran misión: viajar a la ciudad de Homs arrastrando un perro muerto. Una vez allí paseaba desnudo por las calles lanzando flatulencias sin ningún decoro, provocaba a las mujeres en el templo y no se le ocurrió mejor forma de ayudar a un ciego a curarse que echándole mostaza en los ojos. Por algún motivo fue declarado posteriormente santo. No se nos ocurre uno mejor al que encomendarnos y si echamos un vistazo a la prensa sospechamos que en realidad es él y no Santa Teresa quien está intercediendo por España en estos tiempos recios. No debería quedarse entonces sin su medalla.

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San Canuto

canutoHijo del rey Sven II, heredó el trono en el año 1080 y se mostró decidido a otorgar un mayor poder político a la iglesia. Por desgracia entre sus súbditos debía de haber muchos comunistas y perroflautas que no vieron con buenos ojos que se les obligara a pagar un diezmo a la iglesia y acabaron rebelándose contra él y asesinándolo. Pero, por el lado positivo, cabe señalar que hoy en día parece que muchos jóvenes universitarios están dispuestos a honrar su memoria en unas fiestas que, según tenemos entendido, son llamadas precisamente «San Canuto» y tienen lugar en enero. Esa es la clase de juventud sana y con valores que este país necesita.

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El gran Cthulhu

kutuluDotado de un aura de obscena santidad para quienes le rinden culto, es una terrible criatura primigenia de otra era y dimensión provisto de una cabeza viscosa y cubierta de tentáculos sobre un ciclópeo cuerpo grotesco y escamoso con unas alas rudimentarias. Para la ceremonia de entrega recomendamos a Fernández Díaz que lo invoque con la fórmula «Ph‘nglui mglw’nafh Cthulhu R’lyeh wgah’nagl fhtagn» pronunciándola sin saltarse una sola letra, para evitar despertar su ira. Si no podría hacer enloquecer al señor ministro llevándolo a saltar por la ventana tras proferir un grito espantoso. Y no queremos que eso pase.

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Cristian Campos: Tenebrismo y tinieblas

Ya habrán leído la noticia en los periódicos. Savita Halappanavar, una dentista irlandesa de origen indio de 31 años, murió el pasado 28 de octubre en el University Hospital de Galway (Irlanda) después de que el equipo que la atendía se negara a practicarle un aborto. Savita, embarazada de cuatro meses y una semana, había ingresado ocho días antes en urgencias acompañada por su marido, Praveen Halappanavar. Tras examinarla, los médicos le informaron de que “el cuello del útero estaba completamente dilatado y perdía líquido amniótico”. Como el feto no tenía ninguna posibilidad de sobrevivir, Savita pidió que se le practicara un aborto. Los doctores se negaron alegando que Irlanda “es un país católico y la ley prohíbe el aborto”. A pesar de que la salud de Savita se deterioraba de forma acelerada y de que los escalofríos, los temblores, los vómitos e incluso las perdidas de consciencia eran constantes, los doctores rechazaron llevar a cabo el aborto mientras el corazón del feto siguiera latiendo. Tras cuatro días de agonía, el corazón dejó de latir y el equipo médico accedió al fin a extirparle el cadáver que portaba en su placenta. Savita murió al cabo de unas pocas horas a causa de una septicemia fulminante.

La paradoja es que Savita era lo suficientemente europea como para pagar su parte alícuota de impuestos destinados al mantenimiento del nivel de vida de los burócratas y funcionarios europeos pero no para que esos mismos burócratas y funcionarios europeos le garantizaran la más mínima protección frente a las supersticiones tribales del equipo médico de turno.

Esta carnicería feroz y despiadada, más propia del medioevo que del siglo 21, encuentra su justificación en la misma filosofía que subyace bajo la reforma de la ley del aborto que el ministro de Justicia Alberto Ruiz-Gallardón pretende aprobar durante esta legislatura. Una reforma que por coherencia estética no debería ser comunicada a la plebe a través del BOE, sino por medio de juglares con cascabeles de colores en las botas y en forma de cantar de gesta.

Por supuesto, el ministro Gallardón se cuidará mucho de poner en un mismo plano la vida de la madre y la de un feto inviable. Su equipo legislativo se limitará a prohibir el aborto en caso de malformación del feto, con Irlanda y la fundamentalista Malta en el horizonte. Pero una anomalía fetal no es un bit en el que un 0 corresponde a la inviabilidad radical y un 1 a la viabilidad total. Que una malformación en apariencia leve del feto evolucione a grave e incluso hacia la inviabilidad durante el embarazo es una posibilidad no precisamente remota. No es raro tampoco que dichas anomalías se detecten más allá de las 22 semanas que la ley actual marca como límite para el aborto por malformación grave. Según El País, “un estudio del Hospital 12 de Octubre de Madrid expone que el 50% de todas las malformaciones detectadas entre 1990 y 2006 a través del diagnóstico prenatal se produjeron por encima de la semana 22”. En la actualidad, las españolas que se encuentran en esta situación deben buscarse la vida o viajar a Francia o Reino Unido para poder abortar. Con la nueva ley serán los comités médicos los que ejerzan de banda de la porra del PP y se encarguen en cada caso de determinar dónde se traza la línea que separa la anomalía grave de la inviabilidad o de la posible muerte del feto durante el embarazo. Es decir de determinar si la paciente será madre de un niño discapacitado o con muy serios problemas médicos. Serán ellos los que decidan cuál es el límite aceptable de discapacidad que un bebé puede soportar sin dejar de pertenecer a la categoría de ser humano. Las enfermedades graves pero no mortales existen. Niños recién nacidos que sufren dolores atroces y a los que se opera para alargarles una vida que no irá más allá de unos pocos meses. Anomalías en los surcos cerebrales que se detectan sólo a partir de la semana 28 de gestación. Todo eso dependerá ahora del vaporoso criterio del médico que le caiga en suerte a la futura madre. Ni siquiera los verdugos de la Inquisición disfrutaron de tal poder en el siglo XIII. Un fascinante retorno a la época de los abortos clandestinos en las viviendas particulares de parturientas ilegales.

Pongamos un ejemplo de los que no suelen aparecer en los panfletos de las asociaciones pro vida. ¿Una anencefalia será considerada a partir de la promulgación de la nueva ley como prueba de inviabilidad o como una malformación grave? El margen de maniobra es amplio: un bebé anencefálico puede sobrevivir al parto y vegetar durante unos pocos años inconsciente, sordo, ciego e insensible al dolor, pero también puede morir durante el embarazo. Observen de lo que estamos hablando cuando hablamos de anencefalia y díganme con total e irreprochable sinceridad que ustedes, futuros padres de la criatura, serían partidarios de dejar la decisión de llevar o no adelante el embarazo en manos de un comité médico anónimo de la Seguridad Social formado por afiliados al PP.

Un ejemplo menos extremo. Un desprendimiento prematuro de placenta cuando el bebé está sano. En casos leves el reposo absoluto permite llevar a buen término el embarazo, aunque los bebés que padecen sufrimiento fetal por un desprendimiento de placenta tienen entre un 40 y un 50% más de posibilidades de presentar complicaciones graves tras el nacimiento. En casos extremos un desprendimiento de placenta puede comportar la muerte de la madre. Con la futura reforma de la ley del aborto no será la madre la que decida cuál es el nivel de riesgo asumible, sino su médico.

Así que cuando Gallardón pone como ejemplo el síndrome de Down sabe lo que se hace. Un feto con síndrome de Down no comporta riesgo para la madre y un adulto con un síndrome de Down de grado leve puede llevar una vida si no 100% autónoma sí competente. Pero los grados severos existen. Son los que no aparecen en los anuncios por la integración. Y el síndrome de Down es apenas una de las posibles deficiencias, discapacidades y minusvalías que puede padecer un feto.

Es probable que piensen que en España no llegaremos a los extremos de Irlanda. No lo tengan tan claro. La legislación irlandesa permite el aborto en el contexto de una intervención quirúrgica destinada a salvar la vida de la madre, como lo hace la española. Una garantía que no le sirvió de nada a Savita cuando tuvo la mala suerte de coincidir con un equipo médico de poderosas convicciones religiosas y fiel a la literalidad de la ley. En la práctica, cuánto tiempo espere el doctor antes de llevar a cabo el aborto de un feto inviable va a depender en última instancia de su criterio y, sobre todo, de la potencia de su fe. A más fe en las posibilidades de supervivencia del bienaventurado feto menos poder de decisión para la madre. ¿Qué es la vida de una mujer o el sufrimiento de un bebé inviable al lado de la certeza de haber obedecido la voluntad de dios?

Según Ramón Carreras, presidente de la Sociedad Catalana de Ginecología y Obstetricia, “interrumpir la gestación de un feto en el que se detectan malformaciones graves es una práctica de sentido común, tanto desde el punto de vista médico como humanitario. Suspender ese derecho dejaría sin sentido todos los avances científicos aplicados al diagnóstico prenatal”.

Y esa es una buena pregunta para los filósofos del cristianismo: un niño anencefálico y por lo tanto sin la capacidad de aceptar conscientemente a dios, ¿es un ser humano completo desde el punto de vista católico? ¿Tiene alma?

En Irlanda, ni siquiera la amenaza de suicidio de la madre justifica la práctica del aborto. Una mujer que amenace con suicidarse porque se ve obligada a dar a luz al hijo concebido en una violación no tiene derecho a abortar, aunque sí a viajar al extranjero para que le practiquen allí el aborto. Los irlandeses, civilizados en su barbarie, aprobaron dicha posibilidad en un referéndum celebrado en 1992. Observen lo hipócrita y lo absurdo del puritanismo irlandés. “Aborta, pero lejos”. Si la postura antiabortista irlandesa fuera coherente lo lógico sería confiscarle el pasaporte a todas las embarazadas para que se vieran obligadas a parir en Irlanda. Pero al parecer el dios irlandés hace la vista gorda con las paisanas cuando estas vuelan 464 kilómetros al este.

Y hablando de coherencia: si se prohíbe el aborto por malformación grave del feto, ¿para qué realizar las pruebas de diagnóstico prenatal destinadas a detectar dichas anomalías? Prepárense para una avalancha de reclamaciones por la negativa de los doctores católicos a realizar algunas de esas pruebas.

Y todo esto sin entrar en la mayor inmoralidad de la reforma prevista por Gallardón: el hecho de que el gobierno se arrogue la potestad, comités médicos mediante, de decidir en lugar de la madre si esta debe o no dar a luz un hijo no deseado. No estamos hablando de un capricho adolescente o de la falta de un dedo del pie, sino de malformaciones o minusvalías graves. De espinas bífidas. De hidrocefalias. Y ya me perdonarán la demagogia, pero no veo yo a los ministros del PP adoptando en tromba a niños con serias malformaciones. Porque la posibilidad de hacerlo existe. En mi caso, el respeto a quienes deciden llevar adelante un embarazo de estas características es compatible con la convicción de que esa decisión le corresponde sólo a los futuros padres de la criatura.

Pero por supuesto el PP de Gallardón no ha hecho jamás el ejercicio de descender desde las alturas de su prístina fe hasta las simas más profundas del gore de la realidad. Se limita a pasear sus creencias por las calles de España y las salas del Vaticano como quien levanta el puño izquierdo sin ser consciente de la sangre que esconde ese gesto.

Creo que ya la he explicado en estas mismas páginas pero la vuelvo a repetir porque la anécdota merece mármol: el mismísimo ministro de Interior Jorge Fernández Díaz sostiene que la caída del comunismo se debió a la intervención de la Virgen de Fátima, tal y como explica Arcadi Espada en su artículo El ministro de Fátima. Atentos que vienen curvas: todo un ministro de Interior de un partido de derechas de un país occidental, laico y perteneciente, al menos sobre el papel, al primer mundo, cree que el comunismo fracasó no por tratarse de una ideología intrínsecamente criminal, liberticida, económicamente errónea y totalitaria, sino por capricho divino. Así de profundas son sus convicciones políticas. Si a Fernández Díaz se le aparece un querubín y le dice que en realidad lo del comunismo estaba fetén y que lo de la caída del Muro era broma el tío se afilia al partido trotkista en menos de lo que tarda en rezar una novena.

El fundamentalismo religioso no ha desaparecido. Es cierto que hay que ser un soberano zote para no percibir la mastodóntica diferencia existente entre una religión medieval criminal que almacena en sus genes la idea de la sumisión de la mujer y religiones como la cristiana o la judía. Religiones que han acabado aceptando aunque sea a regañadientes y con algunas excepciones su papel marginal y perfectamente privado en las sociedades democráticas modernas. Pero el fundamentalismo, la superstición y el odio al racionalismo científico y la libertad personal existen. Quizá la Iglesia Católica ha acabado aceptando su papel en las sociedades modernas, pero muchos de sus fieles no. Y han aprendido a moverse de forma sibilina. Si no pueden caer sobre los españoles como una lluvia torrencial les calarán los huesos con una lluvia fina que apenas parezca requerir paraguas. El ministro Fernández Díaz jamás hablará en público de las visiones marianas. El ministro Gallardón no mencionará ni una sola vez durante la tramitación de la reforma del aborto la palabra “religión”. Su defensa de la reforma se basará en conceptos asumibles por todos como el de la dignidad o el de la igualdad de todas las vidas humanas. Como si alguien con dos dedos de frente defendiera la idea de que existen vidas humanas de primera y de segunda.

Durante la tramitación de la ley quizá lean ustedes en la prensa perfiles de políticos destacados del PP en los que se les califique  de “agnósticos”.

Agnósticos mis cojones. Pura España eterna, atrasada y negra. Refractaria a toda razón, a toda inteligencia, a toda modernidad. Crédula y marcial.

Tenebrismo y tinieblas.


Tsevan Rabtan: El proceso

Hay muy buenas razones para que los expedientes judiciales sean secretos. Son “obras en construcción”, por decirlo de alguna manera, tremendamente susceptibles de manipulación. Si usted va a un juzgado y pide las diligencias previas 2356/12 el señor funcionario le preguntará —se supone que siempre— si es parte personada antes de dejárselo examinar. Los juicios y las sentencias, sin embargo, son públicos, y es lógico que lo sean ya que la justicia tiene, si pretende evitar el privilegio, que poder resistir el análisis directo por el ciudadano.

Como los ciudadanos deben tener derecho a ser defendidos por un abogado, alguien que solo atienda a sus intereses, el expediente judicial está a disposición del juez instructor, de los acusadores y, lógicamente, de la defensa, pero esto no implica que puedan, ni ellos ni los funcionarios judiciales, hacer público su contenido. No solo no pueden, sino que está prohibido expresamente (y es delictivo en el caso de los funcionarios públicos). Estamos tan acostumbrados a conocer del contenido de los expedientes judiciales que parece que todo el mundo se ha olvidado de que el acceso a ellos por quien no está autorizado es ilegal.

Hasta ahora he hablado solo de la regla general. Hay, sin embargo, una situación en la que se restringe el acceso al sumario incluso a las partes personadas: cuando el sumario se declara, total o parcialmente, secreto. En este caso, no solo usted, amigo lector, no debe tener acceso a un expediente judicial, sino que el propio abogado personado trabaja absolutamente a oscuras.

Se supone que es una situación excepcional, que no debe durar más allá de un mes, pero que puede ir prorrogándose. Esta medida, que se controla por los jueces y contra la que la defensa se encuentra inerme de hecho (no puedes argumentar contra lo que no conoces), se justifica por las necesidades de la investigación. Se supone que se adopta para que nadie —y se piensa sobre todo en el imputado— pueda interferir en aquélla.

Si es escandaloso que en la práctica se acceda a lo que se contiene en un sumario, que es secreto, imaginen hasta qué punto es grave que se pueda acceder por terceros —ajenos al proceso— a la investigación criminal declarada secreta incluso para las partes.

Sin embargo, pese a esta gravedad, las filtraciones son constantes y la persecución de estas conductas inexistente. Hasta el punto de que más de un imputado pueda preguntarse, legítimamente, si el secreto del sumario que termina conociendo todo el mundo no es sino una manera de impedirle que se defienda, en vez de asegurar un buen resultado de la investigación.

Entre los acusadores, se supone que el fiscal tiene una posición especial, ya que le incumbe defender la legalidad y le pagamos entre todos. Esta es la razón de que el fiscal sí tenga acceso al sumario secreto. También tienen acceso —siquiera parcialmente— los que auxilian al juez, sobre todo en tareas de investigación, como sucede con la policía o con un perito, por ejemplo. Todos ellos deben o conocer sus obligaciones o ser instruidos en ellas antes de intervenir en diligencias declaradas secretas.

Como habrán podido comprender, todo lo anterior es un preámbulo en relación con lo sucedido hoy en el asunto de los niños desaparecidos en Córdoba. Como lo conozco por lo que he leído en la prensa y por lo que he podido escuchar de boca del señor ministro del Interior, D. Jorge Fernández Díaz, me excuso por lo que sea inexacto.

Sobre la situación del sumario, veo que el secreto se prorrogó (aunque parcialmente) en cinco ocasiones y que se levantó totalmente en abril. Leo que, con posterioridad, se han vuelto a declarar secretas determinadas diligencias.

Leo también que, mientras era secreto se efectuó un informe pericial, de unos huesos, que conocimos —¡naturalmente!— a pesar de que el sumario era secreto entonces. Esa filtración es la primera irregularidad.

Escucho al ministro del Interior decir que la acusación particular solicitó que se efectuase un segundo informe por un perito propuesto por ella, y que el juez accedió. Lo primero que hay que decir es que al perito se le aplican las mismas restricciones que a las partes en lo relativo a su obligación de guardar secreto. Recordemos que el perito, para efectuar su informe, ha tenido que acceder a los restos. Si en ese momento la diligencia no era secreta —no sé si lo era o no, aunque imagino que no, ya que era diligencia de parte— es lógico que el perito al entregar su informe comunicase también sus resultados a quien le pagaba: la acusación. Si era secreta no debió comunicarlos ni siquiera a ellos.

Sin embargo, nos dice el ministro en la rueda de prensa que cuando se entregó el informe por el perito contratado por la familia, el juez adoptó la decisión de que se contrastase y que la policía acudió al señor Bermúdez de Castro, eminente paleoantropólogo. Y expresamente ha dicho el señor ministro que estas diligencias se declararon secretas por el juez y que por eso no se había comentado nada sobre el resultado de las mismas. Esto de por sí ya es pasmoso: en una investigación controlada por un juez de instrucción, la policía no debería contar nunca nada sobre sus pesquisas o informes, con independencia de que se haya decretado o no secreto de sumario.

Y, en cualquier caso, lo que resulta indiscutible es que esos informes, al recibirse en el juzgado, se han declarado secretos por el juez, ya que el abogado del imputado no los tiene.

Pese a ello, el señor ministro da una rueda de prensa e informa sobre su contenido. El señor ministro, que es autoridad y al que se le aplican los mismos límites que a los demás autoridades y funcionarios, nos explica —aunque sea superficialmente— el contenido y conclusiones de unos informes secretos y que le constan por razón de su cargo. Y, cosa aún más sorprendente, nos cuenta que esa rueda de prensa la da tras haberla pactado con el juez instructor, por las filtraciones a la prensa.

Es decir, el abogado del señor Bretón no conoce unos informes que aseguran que entre los restos hallados se encuentran los de niños y, en concreto, los de un niño de alrededor de seis años. No están a su disposición porque son secretos para que no se vea afectado el buen fin de la investigación. No los tiene el procesado, ni su abogado, pero todo el mundo conoce sus conclusiones antes que ellos por boca del jefe de la policía.

Más aún, el juez expresamente ha acordado nuevas diligencias secretas (que ya sabemos todos en qué consisten) sobre la base de unos informes secretos que todos estamos comentando alegremente.

En un país serio, el señor ministro, al que parecía solo preocupar la imagen de los escribientes que hacen borrones, todo lo más habría comparecido para decir que no puede hablar de informes que se encuentran bajo secreto de sumario. Y si hay filtraciones o hay intranquilidad entre la población, que se joda la población, que se supone que este es un Estado de Derecho. Y en un país serio, desde luego, los primeros que sabrían el contenido de esos informes serían las partes y no unos periodistas.

Por cierto, el señor ministro ha hablado de que no habían gustado las filtraciones desde el entorno de la familia de la madre de los niños desaparecidos. Esto es llamativo porque cierto periodista le ha preguntado al señor Fernández Díaz si la familia, que ha pagado el informe, no podía darlo a conocer. Lo curioso es que la filtración que publicaban los periódicos esta mañana explicaba algo que no se ha mencionado y que iba más lejos: la policía —nos decían— había confirmado a la familia que los informes de la propia policía ratificaban las conclusiones del informe pericial encargado por aquélla.

Es decir, el señor ministro protestaba porque lo que ellos habían filtrado a la familia de forma indebida había acabado en la prensa. El filtrador filtrado.

Triste el día de hoy. Por muchos motivos.