Luna de mano y miel con Amarna

Fotografía: Alberto Gamazo.
Fotografía: Alberto Gamazo.

Han sido meses de un amor bellísimo, platónico, audiovisual. Un amor perfecto y pornográfico, plenamente cumplido mediante la contemplación y la masturbación. Conocí a Amarna Miller en diciembre y he vivido una auténtica luna de miel. Sin ella. Con ella. No la he necesitado en persona. La he tenido entera, en imagen. Toda para mí, y para todos.

Ahora Amarna ha debutado con un artículo delicioso en Jot Down y fue aquí donde la conocí, en la entrevista que le hizo Kiko Amat. En este tiempo se ha puesto de moda: la ha entrevistado Risto Mejide, la ha entrevistado Javier Gallego, ha publicado el libro Psiconáutica (con prólogo de Nacho Vigalondo y epílogo de Luna Miguel, que ya había escrito sobre uno de sus rodajes porno) y ha terminado saliendo hasta en el Tentaciones. Pero cuando apareció en Jot Down yo no sabía nada de ella, ni había oído nunca su nombre, ni la había visto. Me gustó su cara, me gustó lo que decía. Me gustó que estuviera vestida, me gustó conocer a una actriz porno vestida. Mejor dicho: me gustó ella y me gustó que fuera actriz porno. Porque enseguida podría verla desnuda. Y follando. Podría verla haciendo de todo. Y podría ver su cuerpo al detalle: sus tetas, su coño, su culo. Pero quise esperar. No mucho: unos minutos. Quise imaginarla sin ropa, a partir de las fotos de Alberto Gamazo.

No surgió del vacío: en mis imaginaciones había un dato sensible, como llama Eugenio Trías en su Tratado de la pasión a lo que despierta la pasión. Un dato de resonancias íntimas, sensuales. Yo había estado saliendo hasta unos meses antes con una chica nacida en 1990, como Amarna, y con la piel muy clara, como la de Amarna; y listilla, como Amarna, pero más intelectualizada. Recuerdo la sensación de rejuvenecimiento al principio: haber saltado de mi década, la de 1960, para alunizar tres décadas después, soslayando las de 1970 y 1980. Veinticuatro años era nuestra diferencia. No soy particularmente devoto de la juventud por la juventud, ni siquiera en materia erótica, pero el año 1990 de pronto se me aparecía virgen, como la década que inauguraba. Experimenté una suerte de euforia bautismal.

Así que me demoré un poco antes de buscar vídeos de Amarna por internet. Cuando lo hice, vi desnudo y en acción un cuerpo que yo ya había deseado; según la secuencia —aunque no los plazos— de la vida real. Por eso, y por lo del párrafo anterior, y porque Amarna es un ángel (¡un ángel pornográfico!) me enamoré. Todo me hizo gracia en ella (mejor dicho: todo lo de ella me cayó en gracia) y todos sus gestos me encantaron. Me pasó lo que dice Borges del amor: que «nos deja ver a los otros como los ve la divinidad». Y recordé lo de Italo Calvino sobre la esquiadora de un cuento de Los amores difíciles: «Este era el milagro de ella: el escoger en cada instante, en el caos de los mil movimientos posibles, aquel y solo aquel que era justo y límpido y leve y necesario, aquel y solo aquel que, entre los mil gestos perdidos, contaba».

Percibir de esa manera filmaciones pornográficas fue un regalo inesperado, que recibí con fruición. Era el famoso sexo con amor, al cabo: sexo masturbatorio con amor. La carne (la «carne de píxel», como acuñó Fernández Mallo) potenciada. Mirar con embeleso (¡activo!) películas guarras me instaló en la felicidad: era tener a la mano (literalmente) el objeto del deseo y su satisfacción. Yo era uno de los solteros de Duchamp pero sin tortura: realizado. La novia estaba «puesta al desnudo» en mil vídeos. Y en los que empezaba vestida iba pronto a desnudarse. De pronto me pareció una delicia su costumbre de bajarle los pantalones a aquel con el que estuviese y se pusiera a chuparle la polla. Que se metiera en un taxi y supiéramos cómo iba a acabar la cosa. Que fuese a alquilar un apartamento y terminase copulando con el casero en el parqué. Que se viese a solas con otra chica en una sala con sofá y al rato se hallase comiéndole el coño… Había como una recurrencia jocosa de cine cómico: sea como sea, esta va a acabar en pelotas y follando. Era una musa sexual, que iba a lo que iba. Y eso le daba chispa al mundo.

El sexo de Amarna no es sórdido, sino luminoso. En las actrices y en los actores porno suele haber un fondo de sordidez, que tiene que ver sobre todo con una actitud mecánica en la se trasluce el frío, la seriedad, la obligación. Se incurre en el sexo como algo pomposo: un entramado automático al que se le superponen contorsiones y caritas que, por muchas muecas que hagan, no dejan de resultar hieráticas. Funciona, por supuesto, pero ahí se queda. Con Amarna, por el contrario, se produce el prodigio de la naturalidad: hay falta de gravedad, ligereza, alegría. Representa un disfrute paradisiaco de la carne, que se mantiene —y aquí el prodigio es aún mayor hasta en las escenas de masoquismo (ella misma lo ha explicado). Una carne que se manifiesta en su condición de materia, de materia viva, con sus granitos y sus rugosidades, que hacen que ese cuerpo resulte adorable y encantador; veraz. Seguir a Amarna por Twitter es un festín: aparte de por ver por dónde anda, qué lee, qué come o qué dice, por la espontaneidad con que se muestra desnuda, en sus trabajos o ella sola en casa o en la calle, o con amigos y amigas. Todo ello destila una ética lúdica, de niña que juega, de mujer que no ha dejado de ser niña; siempre con la sonrisa y esa mirada curiosa, abierta a las travesuras. En su libro y en algunos posts de su blog, Amarna ha hablado de un mundo interior oscuro y de complejos adolescentes; por eso su luz es una conquista de ella. Quizá de aquí venga el regocijo que transmite. Podría ser la victoriosa de la canción de Ivan Lins. Sus vídeos y sus fotos son un canto al nietzscheano «sentido de la tierra»; componen un friso del placer.

Lo comparé con la experiencia amorosa habitual y sus penalidades; la frustración de muchas horas; los roces, las peleas, el carrusel melodramático. Frente a ello, qué limpio amar a Amarna. Sin el amor de ella, sin comprometerme. Y qué limpio vivir esta situación con plenitud, como en el soneto de Borges a Spinoza: «El más pródigo amor le fue otorgado, / el amor que no espera ser amado». Un amor incesante, sin desamor posible. San Juan de la Cruz dice de «la dolencia de amor» que «no se cura / sino con la presencia y la figura». Pero en el amor a Amarna no puede darse la dolencia, porque su figura está siempre, y es una figura con poder de presencia. Por su naturaleza audiovisual, se consuma en sí. Recoge evocaciones, como he dicho arriba, y mueve la imaginación: pero es una figura completa.

En relación con otras actrices de las que me he enamoriscado en películas que no eran pornográficas —en películas de Eric Rohmer, por ejemplo, o en clásicos de Hollywood—, la diferencia es la misma que la de haberse acostado o no con una chica. Las actrices «normales» son como esas novias o amigas con las que no te has acostado: queda un secreto con ellas, una insatisfacción; un conocimiento imperfecto. Con una actriz porno, en cambio, la sensación es la de haber llegado hasta el final. Mi percepción con Amarna era la de haber tenido con ella una intimidad absoluta. No echaba de menos nada, mis recuerdos eran calientes. Mi memoria, mi representación mental, estaba satisfecha.

Pensé en lo que sería disponer de un repertorio audiovisual así de otras amadas ausentes. Un archivo de presencias, para atenuar nostalgias.

Precisamente, a esas otras amadas habría sido terrible verlas en su momento en escenas pornográficas que me excluyeran. Los celos habrían sido dolorosos (con el inevitable componente mórbido, quizá de acicate). Pero con Amarna esta amenaza, esta sombra, estaba resuelta desde el principio: mi amor se había formado a partir de la visión de ella con otros hombres, y con mujeres. Las pollas ajenas estaban presentes de pronto como elemento sentimental. Ella con otros, y yo sin celos, feliz. Me había acostumbrado a su vida sexual múltiple. La mía consistía en asomarme de vez en cuando, y proceder por mi cuenta. Un amor maduro con plasmación adolescente.

Un tiempo después de que yo empezara a seguirla en Twitter, y por las exaltaciones mías que otros le rebotaban, no sin coña (¡yo también les ponía un poco de coña!), Amarna empezó a seguirme a mí. Nos hemos cruzado algunos favoritos y algunas frases. En la Feria del Libro de Madrid una amiga fue a que me dedicara su libro, y me lo dedicó muy cariñosamente. Pero estos contactos iban por otro carril. Me daban alegría, pero mi amor era el de la pantalla. Como persona me caía —me cae— muy bien, pero nunca he tenido realmente interés por conocerla. No lo he necesitado. Sí he pensado en lo que sería tener una novia como ella. Al principio, cuando leí la entrevista de Jot Down, me dije que tendría que ser engorroso para los padres. Pero yo mismo, con la costumbre, he ido aceptando su trabajo. Creo que no me importaría. En ella se da, por otra parte, lo que yo más admiro, lo que más celebro: el espectáculo de una mujer libre.

Si se me presentara la ocasión de acostarme con ella, lo haría, claro, porque me gusta mucho. Pero no sé muy bien cómo se daría. Hace ya varias generaciones que, en la vida de los individuos, los primeros encuentros sexuales con cuerpos de verdad se producen bajo una montaña de experiencias pornográficas previas; eso hace que tales encuentros sean torpes, sepan a poco y resulten decepcionantes. ¿Cómo sería un encuentro con el mismo cuerpo que se ha conocido por la pornografía? ¿Habría distorsión, un eco, un efecto estereoscópico? ¿Se presentaría el cuerpo real como una sombra del audiovisual? ¿Se produciría una potenciación o una merma? A falta de haberlo vivido, yo creo que, a estas alturas, sería un encuentro más: placentero pero sin que la magia estuviese garantizada.

Por otra parte, mi pasión se ha aplacado. Por eso he preferido utilizar el pasado en esta recreación. En mi cabeza, eso sí, resuena la alegría. Guardo un álbum intenso y algo cursi de mi luna de miel con Amarna: de mi luna de mano y miel.


Deseos humanos

El invento este español del día de Reyes tiene como único propósito acabar con los propósitos. Con los de año nuevo, naturalmente, que son los que uno se formula con mayor empuje. Como si fuera nuevo. El sabotaje de estos primeros días tontos hace que lleguemos al 6 de enero con el 2015 ya desperdiciado. Se acabó la Navidad y se acabó todo. Desde mañana, otro año viejo.

De niños no nos hacíamos propósitos: simplemente esperábamos los regalos. De adultos la cosa se complica. Georges Brassens dice en una de sus canciones más bonitas que la primera novia es «el último regalo de papa Noel». En efecto, con el amor (y el sexo) se abandona la infancia y los otros regalos pasan a un segundo plano: el que más deseamos es ese, con sus venenos. Me acuerdo del epitafio de un artista que hay en el cementerio inglés de Málaga: «El arte y las mujeres le hicieron la vida más hermosa, pero también más difícil».

En estos días de espera (desilusionada ya) de los Reyes Magos, me entregó un papelito un africano, que podría ser Baltasar vestido de calle. Era uno de esos anuncios de brujo, cuyas prestaciones se enumeraban. Lo cogí solo por cortesía (por hacerle ese regalo al hombre), e iba a tirarlo a la papelera unos pasos más allá cuando me di cuenta de que en que en él se resumían los deseos humanos esenciales. (Los deseos del humano adulto, claro está, porque el niño lo que quiere son sus juguetes). Así que me lo guardé. Lo tengo ahora delante.

africano

«No hay problema sin solución», reza el encabezamiento. Y a continuación el maestro Amadou, «gran vidente especialista en todo tipo de problemas y dificultades», enumera esos problemas, en tres bloques: «Problemas matrimoniales – sentimentales»; «Suerte en los negocios, en el trabajo y exámenes…»; y «Protección de vida de familiares». El amor, el dinero y los seres queridos. El más pormenorizado es el primero. La parte del león de la felicidad, como quien dice. Para quien ya goza de ella, resulta conmovedor lo de «amarres»: siempre está el miedo de que se pueda perder. Y si además de amor se tiene financiación (cosa que ofrece el segundo bloque), la cosa va que chuta. Al final se asegura que el «profesor» Amadou (ha pasado de maestro a profesor en once líneas) «arregla casos muy desesperados con rapidez y resultados positivos y garantizados».

Me imagino a esos desesperados acudiendo al brujo, y el alivio que sentirán solo por pensar, durante la consulta al menos, que lo suyo puede arreglarse. Pero hay que bregar con lo que no tiene arreglo. El psicoanalista André Green dice que la salud mental está en lo que él llama «posición depresiva»: no prescindir de la conciencia de lo que va mal, pero sin paralizarse por ello. Tenerlo como un trasfondo de (ligera) melancolía permanente.

Me he acordado del mejor párrafo de las Memorias de Adriano, de Marguerite Yourcenar, que no se engañaba sobre lo que no puede ser, aunque lo reincorporaba al encanto acre de la vida: «Cuando hayamos aliviado lo mejor posible las servidumbres inútiles y evitado las desgracias innecesarias, siempre tendremos, para mantener tensas las virtudes heroicas del hombre, la larga serie de males verdaderos, la muerte, la vejez, las enfermedades incurables, el amor no correspondido, la amistad rechazada o vendida, la mediocridad de una vida menos vasta que nuestros proyectos y más opaca que nuestros sueños: todas las desdichas causadas por la naturaleza divina de las cosas».  

Hay, pues, en contra de lo que promete el maestro o profesor Amadou, problemas sin solución. Aunque se le podría dar la vuelta, de un modo más profundo, casi zen, como hizo Duchamp: «No hay solución, porque no hay problema». No se trataría de frivolidad, sino de seriedad despreocupada. Para que el adulto vuelva al niño, según Nietzsche: «Madurez del adulto: significa haber reencontrado la seriedad que teníamos de niños al jugar».


Thomas Bernhard se ha quedado solo

20141027144055-365xXx80Me he convertido, a efectos de Jot Down, en un personaje de Thomas Bernhard. De mis cinco últimos artículos, tres son sobre Thomas Bernhard o tienen que ver con Thomas Bernhard. Y después viene un socavón (el último lo publiqué hace nueve meses, un embarazo: un embarazo de esterilidad) que es estrictamente bernhardiano. Al igual que el protagonista de Hormigón no hace más que preparativos y preparativos para escribir la obra definitiva sobre Mendelssohn Bartholdy, sin llegar a escribir nunca nada sobre Mendelssohn Bartholdy, yo no he hecho más que preparativos y preparativos para escribir artículos (¡definitivos también!) para Jot Down sobre diversos temas, sin llegar llegar a escribirlos nunca. Tengo libretas atiborradas de notas y la cabeza como un bombo. Pero pasaban los días, las semanas, ¡los meses! sin que me saliese nada. En realidad, he escrito columnas políticas para otro medio y he perdido horas y horas (¡y horas!) en Twitter. Pero para Jot Down, nada. De lo que yo más quería, que era escribir artículos para Jot Down, nada de nada.

Desde luego, lo que no iba a hacer más era escribir sobre Bernhard (¡eso lo tenía clarísimo!). No podía seguir siendo, para los lectores de Jot Down, «el pesado de Bernhard», o «ese que solo escribe sobre Bernhard». En junio estuve en una cena de editores en Madrid, y el editor de La Uña Rota, Carlos Rod, me dijo que cuando publicó Así en la tierra como en el infierno y otros dos libros de poemas de Bernhard en un tomo, estuvo esperando a ver qué escribía yo sobre el tomo, y le decepcionó que al final yo no escribiese nada. Tener a Bernhard ya como una chepa, ser ya «el de Thomas Bernhard», como Fernando Trueba es «el de Carlinhos Brown»; haber llegado a fernandotruebizarme hasta ese punto, y haber consentido por lo tanto que Bernhard se me carlinhosbrownice… Desde luego, iba a escribir sobre cualquier cosa menos sobre Bernhard. Así que aquí me tienen: escribiendo otra vez sobre Bernhard. (¡Y repitiendo las repeticiones como cualquier vulgar imitador de la voz de Bernhard, o de la traducción de Miguel Sáenz!).

Pero es que ha ocurrido algo que me ha desconcertado: Bernhard se ha quedado solo. Tras los últimos abusos editoriales de Alianza con los libros de Bernhard, que Alianza se ha podido permitir porque Bernhard es una droga dura y queda poco género, al fin nos ha dado este año un libro sustancioso a un precio razonable: En busca de la verdad, un auténtico festín para los bernhardianos. Me esperaba que se hablase mucho de él, y una sucesión de estimulantes artículos en la línea del que escribió Antonio Lucas en El Mundo como abriendo boca. Pero yo no he visto más, al menos no en los grandes periódicos. De pronto, por esta sugestión del silencio, he olido el fracaso: el fracaso de Bernhard. Al final, hemos proliferado los bernharditos, abaratando (¡como aquí se ve!) sus recursos, y convirtiendo el exabrupto y el enfado en galletas de todos los días, y por lo tanto en merienda fácil. Al mismo tiempo, la sociedad (o sea, Twitter) ha desarrollado armas de neutralización: al que discute por juego le llama troll; al que se ejercita en el canon negativo le llama hater. El gran autor Bernhard, pontífice negro, se ha quedado sin un público con paciencia para él: se le ve como a una hormiga de tantas.

En busca de la verdad puede leerse, en cierto modo, como el último escaparate del escritor con pedestal. Yo lo he leído entregado, que para eso Bernhard es mi ídolo; pero al no ver a nadie a mi alrededor, he sentido que mi pasión era caduca. Por el sumidero se van los despotricantes, los grandes autores hoscos de los siglos XIX y XX; autores sustentados, sin orquesta, por sus propios solos de saxofón. Se les ponía a hablar por el gusto de oírles hablar. Soltaban su numerito y les aplaudíamos: eran nuestros consentidos. Hoy se pide otra cosa: un tono más suave, más empático, mayor laboriosidad en las deducciones y un poco de documentación. El autor es uno más de nosotros, que no puede perder los modales y que tiene que currarse nuestro interés a cada momento. Debe ser más un periodista (o un profesor) y menos un poeta.

Así que yo fui a comprarme En busca de la verdad el primer día y me lo leí del tirón, disfrutando como un enano con las gansadas de mi gigante; y ahora lo evoco con espíritu elegíaco. Su modernidad de la segunda mitad el siglo XX parece ya la de un empelucado dieciochesco. El libro recoge intervenciones públicas de Bernhard ordenadas cronológicamente, entre 1954 y 1989, en setenta y dos textos de distintos formatos, Discursos, cartas de lector, entrevistas, artículos, como reza el subtítulo con admirable profesionalidad. Lo mejor son las entrevistas (quince, exactamente), que vienen a completar los libros de entrevistas con Bernhard ya editados. Como lector, pocas veces me lo he pasado mejor que leyendo los libros de entrevistas o conversaciones con Borges, Billy Wilder y Bernhard.

Llaman la atención los primeros textos, que están bien pero son más o menos culturales al uso, y por los que podemos calibrar lo lejos que llegó desde esos orígenes. Se ocupan, sin embargo, de autores de su familia (desestructurada) espiritual, como Georg Trakl o Rimbaud (el de este último, una conferencia, ya se recogía en el tomo de La Uña Rota). En lo que va diciendo esos primeros años está la semilla de todo el Bernhard posterior. De Trakl dice en 1957: «Sabía despreciar y ser despreciado… sobre todo por los burgueses y burreros de su ciudad natal Salzburgo, que todavía hoy no han cambiado». Y de un pintor sobre cuya exposición hace una croniquilla en 1955: «Posee eso que se ha hecho tan raro: ¡personalidad!». «Una carta para jóvenes escritores» (1957) empieza: «Lo que necesitáis, jóvenes escritores, no es más que la vida misma, nada más que la belleza y la depravación de la tierra». Y termina: «Las subvenciones en chelines que aguardáis os aniquilarán».

Pronto se asienta el Bernhard conocido y a partir de ahí se va por las páginas como por una pista de patinaje sobre hielo (las cuchillas de los patines son, naturalmente, las andanadas de Bernhard). Es muy divertido seguirlo en sus polémicas, en sus declaraciones, en sus apostillas y en sus travesuras: en estas parrafadas en que aparece Bernhard sin ficción disfrutamos al comprobar que Bernhard era también un personaje de Bernhard. Aunque con un secreto: a diferencia de ellos, él no era un inútil. Él sí trabajaba, escribía. Y tenía una voluntad o determinación por vivir que lo mantenía a flote. En parte gracias a la que él llamaba «el ser de mi vida», o «mi tía», Hedwig Stavianicek, treinta y siete años mayor, con la que estuvo desde que él tenía diecinueve años y ella cincuenta y seis. En la entrevista titulada «De catástrofe en catástrofe» (1987), que aquí ya había publicado la revista Quimera, habla por primera y última vez, de un modo emocionante, de algo parecido al amor. Y lo hace a la muerte de ella, en su ausencia:

Cuando murió esa persona desapareció otra vez todo. Entonces se queda uno solo. Al principio a uno le gustaría morirse también. […] En cualquier lugar del mundo que estuviera, ella era mi punto central, del que lo extraía todo. Sabía siempre que esa persona estaba allí para mí por completo si las cosas eran difíciles. Solo tenía que pensar en ella, ni siquiera buscarla, y todo se arreglaba.

Reproduzco también cómo cuenta Bernhard el final de su tía, porque es una espléndida síntesis bernhardiana:

Lo más extraordinario que he vivido nunca ha sido tener la mano de ese ser en mi mano, sentir su pulso, y luego un latido más lento, otro lento latido y luego se acabó. Es algo tan inmenso. Se tiene en la mano todavía su mano, y entra el enfermero con la etiqueta numerada para el cadáver. La monja lo echa y le dice: »Vuelva más tarde». Entonces uno se enfrenta otra vez con la vida. Se levanta muy tranquilo, recoge las cosas, y entre tanto vuelve el enfermero y cuelga el número del dedo gordo del cadáver. Se limpia la mesilla y la monja dice: »Tiene que llevarse también el yogur». Fuera graznan arriba los cuervos… realmente como en una obra de teatro.

La teatralización, pues, para sobrevivir. Para sacarle chispas teatrales a este mundo que suele oscilar entre lo atroz y lo aburrido. Antes le ha dicho Bernhard a su entrevistadora: «Me ha preguntado qué imagen tengo de mí. A eso solo puedo decir: la de un bufón. Entonces la cosa funciona». Y En busca de la verdad, aunque esté pasando más inadvertido de lo esperado, vaya si funciona.

* * *
P.D.: Después de escribir este artículo he sabido que sí han aparecido reseñas en algunos medios importantes, como los suplementos culturales de El Mundo y La Vanguardia, y la revista Qué Leer. Se me han debido de escapar en parte porque son tardías, de finales de noviembre o principios de diciembre; y en parte porque mi percepción de la soledad de Bernhard se ha proyectado más de la cuenta. Me alegra que resista.


El malogrado

La noticia de la muerte de Paco de Lucía me trajo de manera automática, como a muchos, el recuerdo de Félix Grande. La muerte de Paco de Lucía solo veintiocho días después de la muerte de Félix Grande es un dato importantísimo de la biografía de Félix Grande que Félix Grande (qué impotencia saberlo, porque le hubiera emocionado) se fue sin conocer. Entre las necrológicas de Paco de Lucía, espléndidas algunas, falta en la prensa la mejor: la de Félix Grande. Pero el necrólogo se murió antes esta vez. Ahora, mientras escribo estas líneas, hay un cadáver que aún debe atravesar el Atlántico. La imagen de un féretro nocturno sobre el océano. Y el sonido del motor del avión.

No hablé nunca con Félix Grande, pero lo veía con frecuencia en Madrid. Su trabajo estaba en el camino de mi colegio mayor. Era símbolo de algo: de tomarse la literatura en serio. Tan abrumadoramente, que a la vez de animarme me avergonzaba. Se habló en sus necrológicas (algunas también espléndidas) de su ausencia de ironía. Y la ironía es mi salsa; el aflojarse en lo frívolo. Me asfixiaba su seriedad. Y al mismo tiempo la admiraba, e intentaba que se me pegara algo. Este noviembre participó en el ciclo Poética y Poesía de la Fundación Juan March. Escuché los audios con sentimientos encontrados. Me impresionaron, pero los sentí excesivos. Resultaban emocionantes, pero hasta incurrir en lo embarazoso. Dos meses después se murió. Se estaba muriendo y lo sabía. Eran palabras testamentarias.

Su lectura poética empieza con «Una gotera», el poema en el que dialoga con Paco de Lucía. Pero antes hay unos minutos soberbios. ¿Tuvo alguna intervención pública posterior en los dos meses que le quedaban? Que yo sepa, no. Por eso es un documento ahora escalofriante. En la March es costumbre que, en los ciclos de un mismo orador, se le presente únicamente el primer día. En los demás comparece solo. Por eso, en la que debió de ser su última aparición en público, la del 28 de noviembre de 2013, compareció solo. Sus primeras palabras suenan en el audio como las de un personaje de tragedia que acaba de ser arrojado en el escenario, y rompe a hablar justo sobre eso. Un desvalimiento que se caldea al ser nombrado. Sigue un cobijo fabricado —que se va fabricando con la voz.

Y confiesa con qué encabezaría un hipotético curriculum vitae de derrotas: «Me puedo jactar de ser un guitarrista flamenco absolutamente fracasado». De joven tocaba la guitarra, pero «llegó Paco de Lucía, dio una patada, y dos o tres mil aficionados nos fuimos a la cuneta». Antonio Lucas ha citado en El Mundo otras frases de Félix Grande sobre esto: «No tenía sentido para mí seguir esforzándome cuando tenía delante al artista de guitarra más lujuriosa, más temible, más hermosa. […] Paco está diez mundos por encima del mundo. Las horas que le ha echado a la guitarra no pueden sumarse ya. Desde niño, con una disciplina y una inteligencia privilegiadas. Paco nos ha jodido a todos los demás».

Es imposible no asociarlo con El malogrado, de Thomas Bernhard: la historia de los dos pianistas, el narrador sin nombre y Wertheimer, que abandonan el piano tras haber coincidido con Glenn Gould en un curso de perfeccionamiento. «La fatalidad de Wertheimer fue haber pasado precisamente ante el aula treinta y tres del Mozarteum, en el momento en que Glenn Gould tocaba, en ese aula, la llamada Aria. […] Wertheimer, si no hubiera existido Glenn escribe el narrador habría llegado a ser un excelente virtuoso del piano, célebre a lo mejor en todo el mundo». Pero, después de aquello, «yo regalé el Steinway, él subastó su Bösendorfer».

Guillermo Cotroneo, en Si una mañana de verano un niño, relaciona la historia de El malogrado con la de Mozart y Salieri, según la recrea Pushkin. En Salieri y en Wertheimer, y en Félix Grande, «el problema es rozar la genialidad. No es mirarla desde la distancia. Desde lejos, es algo que se soporta; rozarla trastorna». La condición de Wertheimer, para ser un malogrado, es ser «él mismo un extraordinario pianista. Solo en ese caso representa para él un privilegio (y también una especie de maldición) poder atisbar el abismo que lo separa de Gould».

A mí me interesa esa posición de privilegio, dolorosa. Dolorosa en cuanto a la propia creación, en cuanto a la percepción de la impotencia y la inalcanzabilidad. Pero en ese sitio trágico hay otro elemento, que es el privilegiado: el de la contemplación. Al margen de la valoración que nos merezcan las propias obras de Salieri y Félix Grande (y al margen de que en este último la frustración no derivó en resentimiento, sino en generosidad), pienso ahora en ellos solo como espectadores; en el caso e Wertheimer, que guardó silencio, como espectador absoluto. Espectadores de la obra de otro, desde el lugar exacto en que la contemplación quema.

En su Diario de un pintor (1952-1953), Ramón Gaya tiene dos reflexiones profundas que enriquecen el planteamiento. Una es sobre la contemplación liberada del impulso de crear (se refiere a otra persona): «Ese poder de atención extrema, de concentración extrema, se debe, en parte, a su muy decidida abstinencia creadora; porque, por extraño que pueda parecernos, en cuanto alguien cede a la tentación de… hacer, su facultad de ver, de comprender, de percibir, de recibir y de adentrarse en la realidad, se debilita: el… quehacer se apodera de todo, lo vacía todo». La otra es sobre lo que encierra la impotencia: «Así como la creación, el poder de creación es siempre una humildad, la impotencia desemboca siempre en una soberbia, en una soberbia satánica: no tiene, apenas, otra salida».

Pero quizá desde este envés de la impotencia sea desde donde mejor se pueda contemplar, a contraluz, como completamente ajena, la creación. Traigo la última cita, la de un poema de Emily Dickinson (el que empieza en inglés «Success is counted sweetest»), en la traducción de la Antología bilingüe de Alianza:

El éxito resulta más dulce
Para quienes nunca lo alcanzan.
Asimilar un néctar
Requiere muy penosa necesidad.

¡Ni una siquiera de las Huestes púrpura
Que hoy portan la Bandera
Puede dar definición
Tan clara de qué es la Victoria

Como el que es vencido —moribundo
Y en su oído agotado
Estallan mortecinos y claros
Los acordes lejanos del triunfo!

Pienso ahora en el Tour de Francia, en aquella fascinación vencida de Bugno por Indurain. Y en que Bugno fue, después de todo, el mejor espectador de aquellos triunfos. Nadie asistió tan de cerca, tan por dentro, a aquellas victorias en las que él fue el derrotado. Ni siquiera, quizá, Indurain: enturbiado por la necesidad de asimilar el néctar.

Escucho la guitarra de Paco de Lucía. Me gusta, me emociona, incluso la admiro. Pero no sé admirarla lo suficiente. Es un arte que no sé cómo va. Ignoro la dimensión radical de su mérito. Me asomo solo un poco, demasiado poco. Muy lejos de esa cumbre desde la que Félix Grande podía escuchar. Félix Grande, el malogrado como guitarrista y el privilegiado como espectador. Es aquí abajo, desde donde ni siquiera se ve el tamaño de lo que falta, donde quizá esté el verdadero malogrado.

* * *
PD. Después de haber escrito lo anterior leo esto, que relaciona aún más las dos muertes:
Paco había dejado de fumar hace veinte días, después de años fumándose dos paquetes diarios. Tomó la decisión tras la muerte de su amigo Félix Grande. Y decidió hacer deporte. Por eso estaba jugando al fútbol con su hijo cuando el frío de esa garganta que siempre quiso cantar y no pudo le heló para siempre el corazón.


José Antonio Montano: El columnista automático

julio camba
Julio Camba. (PD)

Me lo he pasado muy bien leyendo Maneras de ser periodista, la exquisita antología de columnas de Julio Camba sobre su oficio, que ha editado bellamente Libros del K. O, con póster y todo. El antólogo y prologuista, Francisco Fuster, ha distribuido las seleccionadas proporcionadamente en tres apartados: «En primera persona» (doce), «Sobre el proceso de escritura» (seis) y «Gajes del oficio» (doce). Pero las treinta se leen seguidas, porque las columnas de Camba vienen a ser todas lo mismo. En el buen sentido, y en el malo.

El éxito del librito está en que uno va después a leer más columnas de Camba. Últimamente se ha editado bastante, pero yo lo he hecho en los libros que tenía a mano de Austral: Páginas escogidas, Alemania, Sobre casi nada y Sobre casi todo. (Estos dos últimos los ha reeditado ahora Renacimiento, con prólogos de Juan Bonilla y de Felipe Benítez Reyes, respectivamente). También he picoteado en otra antología que vi en la biblioteca: Maneras de ser español (Ediciones Luca de Tena), que toma su título de una columna del propio Camba y que, extrañamente, no se menciona en esta de Libros del K. O. (quizá para hacer friendly al columnista; y al antólogo y al editor).

El caso es que he terminado cansándome de Camba. Cansancio que ha sido fecundo, porque me ha hecho volver a las columnas de Maneras de ser periodista desde otra perspectiva: tomándomelas en serio. En la que quizá sea la más celebrada —y que abre esta antología, «Mi nombre es Camba», el autor termina pidiendo que no se le tome nunca completamente en serio. Y añade: «Ni completamente en serio ni completamente en broma». Yo me he permitido desobedecerle en lo primero en mi lectura posterior. Y el libro ha adquirido tintes kafkianos.

Camba vivía el columnismo como una condena que lo hacía profundamente infeliz. Su desgracia se incrementaba por el disfrute que producía en los lectores el resultado de su sufrimiento. Como el payaso triste, sus quejas movían a risa. Se pensaba que formaban parte del espectáculo, cuando estaban diciendo la verdad. Hay tanto talento en Camba, un talento que no se manifiesta en peñazos de gran autor sino en piezas alígeras como burbujas de refresco, que lo que produce es envidia y no pena. Del lector puro a los lectores que son también escritores (y no digamos columnistas), se tiende a querer ser Camba o a escribir como él. Craso error.

Sus columnas son unidades de formato idéntico, por más variedad que contengan, y su sucesión termina generando monotonía. Y digo bien termina: es algo que, como me ha pasado a mí, ocurre después. Al principio uno se engancha, y quiere más, y se pasa de rosca. Estaban hechas, en realidad, para que el tiempo las fuese dosificando. El goteo en el periódico era lo que más les convenía. Hubiera sido bonito acompañarlas, y que nos acompañaran. Pero ya se ofrecen todas simultáneamente, como el almanaque quieto de los tiempos que pasaron. Esta simultaneidad les perjudica.

Una minirrepresentación del efecto la encontramos en las ya citadas recopilaciones Sobre casi todo y Sobre casi nada. Un breve muestrario de los temas de sus columnas nos hace pensar en aquella «mezcla adúltera de todo» de que hablaba, puritanamente, T. S. Eliot: hay columnas sobre la antropofagia, el arte rupestre, las mujeres gordas, la justicia, la pornografía, los peinados, las epidemias, el donjuanismo, los mausoleos, la pereza, los académicos, los lateros, los exploradores del Polo, la sintaxis y la sinceridad, el emperador de China, los perros, los verdugos, el calamar, los muertos, los trasnochadores, los billetes de ferrocarril, la linotipia, los estupefacientes, la lotería, los pájaros fritos, etc., etc., etc.

Como expresan honradamente los títulos: se habla de todo y no se habla de nada; o se habla, también, de nada. En el fondo, es una igualación nihilista. A cada cosa se le saca su juguito, y que pase la siguiente. Se trata de una atención a todos los temas que es una indiferencia hacia todos los temas: se equiparan nada y todo. Aunque matizados por esa partícula en que se cifra el estilo de Camba: casi. Presenta el mundo entero, incluidas las cosas del espíritu, alumbrado por una luz laboral, una luz uniforme y cruda, sin estridencias. En el que quizá sea el mejor artículo de esta antología de buenos artículos, «Cómo escribo los artículos», Camba lo dice clarísimamente: «el articulista lo reduce todo a un artículo de periódico». Y sigue:

Yo lo mismo hago un artículo con una noticia de tres líneas que leo en el Daily Telegraph, que con las obras completas de Voltaire. Yo me voy al mar, por ejemplo. No cabe duda de que el mar es una cosa grande y hermosa. Pues para mí como si fuese un sombrero de paja. Toda su hermosura y toda su grandeza yo la reduzco rápidamente a una columna escasa de periódico; mando las cuartillas a su destino, y ya se han acabado para mí los encantos del mar, y, como los encantos del mar, las mujeres bonitas, y como las mujeres bonitas las obras maestras, y como las obras maestras las catedrales góticas, y los buques de guerra, y los campos sonrientes, y la primavera, y las fiestas movibles y todo. El articulista no puede gozar de nada, porque todo, en su organismo, se vuelve literatura, así como esos enfermos que no gozan de ninguna comida porque todas ellas se les convierten en azúcar. Esos enfermos son fábricas de azúcar, y nosotros somos fábricas de artículos.

Es una autodescripción memorable. Y precisa. Por mucho que quisiéramos escribir como Camba, flaco favor le haríamos si nos la tomásemos completamente en broma. César González-Ruano se refirió a «la total falta de amor que hubo en Julio Camba por los seres y por las cosas». Y afirmó: «Fuera de comer bien, yo estoy seguro de que a Camba no le interesaba nada». La gastronomía ha sido siempre, lo sigue siendo, un síntoma nihilista: de engolfamiento entre oral y anal. (De la que no se libra, por otra parte, esa variedad sucia de la gastronomía que es la de la comida basura). Es coherente con esta actitud el que Camba pasara los últimos años de su vida alojado en un no lugar: una habitación de hotel, por más del Palace que fuera. (No puedo dejar de decir aquí que lo único realmente malo que hay en Camba es un cierto pancismo, que se acopla luego con el franquismo).

Fuster sintetiza muy bien en el prólogo la incomodidad de Camba con su oficio: el hastío por su mecánica, por la obligación y los plazos; el anhelo de poder abandonarlo algún día; y su «cruzada desmitificadora contra esa aura celestial que rodea a la figura del escritor y a todo lo relacionado con su labor». Todo ello (incomodidad, hastío, anhelo y cruzada) sin énfasis: con esa suavidad, como desapegada, propia de Camba. Queda claro que no le gustaba escribir, y ni siquiera nos consta que le gustase «haber escrito». Pero, al cabo, cumplía con su trabajo. Y este cumplimiento lo convierte, de manera inesperada, en un personaje moderno. En vez del abismo del folio en blanco, el abismo del folio que va a estar lleno, indefectiblemente, a la hora fijada.

Supongo que algún crítico lo habrá dicho ya, pero Camba parece la encarnación, más aún que los poetas y novelistas de las primeras décadas del siglo XX, de aquella deshumanización del arte que propugnaba Ortega y Gasset. Al fin y al cabo, los poetas y los novelistas, como los pintores, por muy vanguardistas que fuesen, estaban uncidos a artes viejas. Solo los periodistas y los cineastas se hallaban en relación directa con el patrón del momento: el mundo industrial. Camba es también un operario de artículos en serie, un columnista automático. Me falta por leer su libro sobre Nueva York, La ciudad automática, sobre su estancia de 1933; pero no me sorprendería que su efecto fuese más moderno, en un sentido profundo, que el Poeta en Nueva York de Lorca (de 1929).

Aunque «más moderno» no significa superior. El escalafón hay que respetarlo, y Lorca es superior a Camba. Impepinablemente. Como es superior a Camba su paisano Valle-Inclán. La boutade de que Camba es «el mejor escritor de Villanueva de Arosa» es tan ingeniosa como falsa. Y además va contra Camba, y sitúa al lector en una posición en la que es más difícil recibir a Camba. Ponerle en un pedestal muy alto, o echarle encima los reflectores, estropea su escritura. Camba es un excelente escritor: pero un excelente escritor menor. En el sentido positivo en que Eliot (de nuevo) habló del minor poet. Habrá muchas tardes, quizá la mayoría de las tardes, en que prefiramos leer a Camba en vez de a Lorca, Valle-Inclán o al propio Eliot. Pero ignorar sus límites, esos límites de los que él era consciente y desde los que escribió, es predisponerse para estomagarse.

En cuanto a lo que importa, yo siempre he celebrado mucho la frase con la que Valle-Inclán rechazaba los consejos de que escribiese en los periódicos para salir del hambre: «La prensa avillana el estilo y empequeñece todo ideal estético». Es una frase de dinosaurio maravilloso a la que Camba respondió, sin decir nada, con el ejemplo de su estilo nada villano y absolutamente para «la prensa»; la cual, junto con sus servidumbres, tuvo también la virtud de liberarle de ese corsé, el «ideal estético». Esto le ha permitido seguir fresco, en contra de lo que pronosticaba en «El periodismo y la pesca».

Al final, paradójicamente, se parecía a los artistas: con la delicadeza de su spleen y su lucidez perezosa, con su humor perdurable (¡no puedo despedirme sin mencionar también «Los admiradores son un peligro» y «Las prosas imaginarias»!), se estaba trabajando la posteridad, que le llega como una paga extra por haber cumplido los contratos. En su producción en serie pero de calidad artesanal iba él mismo, y hoy Camba está repartido en cientos de artículos que son como cientos de espermatozoides, culebreando para el lector (aunque cambianamente: sin prisa). En cada uno de ellos está al completo. Su escritura para el día ha resultado ser para muchos días. Una posteridad la suya que, por alquimia de periodista, conserva los atributos de la actualidad.

Solo hay que descansar un poco de Camba para querer volver a Camba.

 

 


Escuchando a Bernhard

Bernhard

Qué espectáculo lamentable damos los adictos a Thomas Bernhard, cada vez que nos ofrecen unas nuevas migajitas póstumas. Nuestro autor murió en 1989 y hace tiempo que solo quedan retales. Los editores saben de qué somos capaces, hasta dónde estamos dispuestos a rebajarnos, a transigir, y abusan. Lo que viene haciendo Alianza es tensar la cuerda, consciente de que los bernhardianos no la vamos a romper. En los últimos años ha editado en España tres libros delgados, en letra grande, con interlineado generoso, tapas duras y un precio de en torno a dieciséis euros: Mis premios, Goethe se muere y el de ahora, ¿Le gusta ser malvado? Con este culmina la extorsión: oficialmente el volumen (exagerado término para el librito) tiene ciento cuatro páginas, pero sin paja se queda en setenta y nueve. Aun así, hemos ido peregrinando por las librerías hasta encontrarlo. Y luego nos hemos metido en cualquier cubículo para inyectarnos esta hora más de Thomas Bernhard.

¿Merece la pena? Sí, porque es Bernhard. Pero, además de más corto, es inferior a los otros dos libros de conversaciones con el autor: el de Krista Fleischmann, Thomas Bernhard. Un encuentro; y el de Kurt Hofmann, Conversaciones con Thomas Bernhard. Ambos son la mejor introducción posible a Bernhard, sobre todo el primero. ¿Le gusta ser malvado?, en cambio, es solo para los que no tienen ya otra cosa de Bernhard que meterse. Está bien, y ofrece algún matiz nuevo, un atisbo de tono que no conocíamos; pero resulta flojito. A mí me ha servido, en realidad, para releerme los otros dos. De manera que he terminado pasando una semana bernhardiana estupenda.

Lo gracioso es que en el libro de Hofmann hay una referencia a la conversación nocturna de 1977 que ha terminado siendo ¿Le gusta ser malvado?, y que completa, con malevolencia, la advertencia preliminar del entrevistador Peter Hamm. Dice Bernhard:

Se dan los casos más grotescos. Una vez, hace doce o quince años, con Peter Hamm, que era entonces un tipo muy simpático, en aquella época estaba precisamente con la [actriz Marianne] Koch, en lo más intenso de… Y entonces apareció un día con la Koch, con abrigo de piel, gran estrella, borrachera, grabadora, muchas horas. Y entonces hizo que lo pasaran todo a máquina, creo que incluso intervino alguna editorial, y de esa noche resultaba algo así de gordo, y yo dije, naturalmente, que ni hablar del asunto, que era imposible, que de aquella borrachera no se podía hacer un libro. Y él se enfadó. Y desde entonces no ha vuelto. Sin duda tuvo gastos, y el asunto le ocupó semanas, pero a esas cosas hay que decir que no.

La alusión a la borrachera, que también hace Hamm, me resulta llamativa, porque el discurso de este Bernhard supuestamente bebido no es distinto, en lo sustancial, del de las otras conversaciones, en que está supuestamente sobrio. Mi explicación es que lo que se impone es la embriaguez misma de sus palabras: el de Bernhard en estos libros es un discurso suelto y entonado, que se despliega monologuísticamente, con el interlocutor como mero incitador de este despliegue. En cierto modo, da igual lo que dice Bernhard; y justo con esto termina el libro: «porque me da exactamente igual lo que digo, ¿no? Tampoco lo controlo. No tiene ningún sentido. Más no puedo decir». Pero la emanación de su palabra no es indiferente. Va horadando y liberando. Es como una improvisación musical libre, con una voz parecida a la de sus novelas pero más desembarazada, más juguetona.

El Bernhard oral (aunque esto se aprecia más en las conversaciones con Fleischmann y Hofmann) es un guasón. Como dice el traductor Miguel Sáenz en Thomas Bernhard. Una biografía: «Los que lo conocieron son unánimes: era un hombre alegre, divertido, un maestro en el arte —tan austríaco del blödeln («decir bobadas», «hacer el ganso”»)». Lo cual no lo convierte en uno de nuestros andaluces profesionales, ni en uno de nuestros prestigiados caricatos con contenido: porque su humor no nos lo echa encima como una carga, como hacen estos, que nos aplastan literalmente con sus graciosidades; sino que es a un tiempo arrasador y aligerador. No se trata de endilgarnos doctrina bajo la capa guay, ni de venderse, como ellos, en tanto graciosines. El humor de Bernhard es absolutamente gratuito y nace de la pura desesperación. Y en este último sintagma el énfasis lo pongo en pura. Tiene algo que ver con el humor de Cioran, destructor de equívocos y adherencias. Como sacudirse el polvo del espíritu. Un centrifugado del que uno sale como nuevo.

En estos libros, además de las gansadas, escuchamos hablar a Bernhard de su vida y de la vida, del mundo, de la existencia, del cuerpo y las enfermedades, de la muerte, de las relaciones humanas, del Estado, la Iglesia, los editores, los artistas, algunos filósofos, algunos escritores, de sí mismo como escritor, de sus novelas y sus obras de teatro, de la música, del mar, de algunas ciudades. Pero escuchando a Bernhard de pronto uno se da cuenta de lo que no está escuchando; y de pronto esa conciencia lo llena de regocijo, y comprende por qué sus palabras son aire fresco. En todas las tiradas verbales de Bernhard no hay ni una sola frase pomposa, ni una sola frase pretenciosa, ni una sola frase abstracta, ni cultural, ni artística. Nada de fárrago culturizante ni artistizante ni literaturizante ni programatizante. Su discurso es inmediato, un cara a cara con todo, un cuerpo a cuerpo. Es salvaje y es vital. Esto último lo explica en ¿Le gusta ser malvado?: «La manera en que alguien es capaz de volcar limpiamente sobre el papel lo que es un hombre y su entorno como vida, es decir, precisamente como vitalidad. Y sin diluirla en absoluto. La mayor parte de la gente no escribe lo que es vital o está vivo».

Hay entre nosotros mucho bernhardiano polvoriento, envarado y tristón; y mucho escritor (aproximadamente joven) esforzándose por su puesto en la literatura, sin ahorrarnos el numerito de sus ínfulas. Thomas Bernhard (¡como yo!) se aparta de ellos; proclamando (en el libro de Fleischmann) la clave de su poder: «Yo no pertenezco a los escritores. Siempre he sido, en el fondo, un hombre real».

* * *

PD. Los bernhardianos ya tendrán más que explorado YouTube, donde hay abundantes vídeos de Thomas Bernhard. Casi todos en alemán y por ahora sin subtítulos, pero valen para verlo y escucharlo. Destaco dos ambientados en España, ambos de Krista Fleischmann y cuyo texto está recogido en Thomas Bernhard. Un encuentro: Monologe auf Mallorca (1981) y Die Ursache bin ich selbst [El origen soy yo mismo] (Madrid y alrededores, 1986). Y Drei Tage [Tres días] (Hamburgo, 1970), cuyo texto podemos leerlo en Tinieblas. Por último, y para volver a la lectura, está online la espléndida entrevista de 1987 que publicó Quimera; con poco humor esta, pero con todo.


José Antonio Montano: Una oda de Ricardo Reis

1. Las correcciones

He hecho un descubrimiento pessoano, que me deja tres impresiones. La primera, la emoción personal de haberlo hecho. La segunda, la extrañeza (el estupor) ante el descuido que implicaría por parte de los editores de Pessoa hasta hoy. La tercera, la inseguridad acerca de que el descubrimiento haya sido solo mío, e incluso de que sea en realidad un descubrimiento. Quisiera evitarme el ridículo de alzar los brazos como el ciclista que, llegando segundo, cree haber llegado primero; por ignorancia de lo que ocurrió antes en la meta. Yo no sé qué ocurrió antes en esta meta: solo sé que, cuando yo he llegado, no he visto a nadie. Aunque también guardo la reserva de que esto sea en verdad una meta. No he podido acceder a todas las ediciones, ni sé si los estudiosos estaban ya al tanto y simplemente lo habían descartado por alguna razón. Considérese este artículo un esbozo recreativo y no riguroso de filología casera.

Esto de la filología casera es posible ahora por los archivos digitalizados. Los aficionados disponemos ahora en casa de un material impresionante. El de Fernando Pessoa es una maravilla. Esta semana se ha cumplido el 125 aniversario de su nacimiento, que fue el 13 de junio de 1888. Se han añadido cosas preciosas, como este álbum de recortes de prensa relativos al autor. Pero los enlaces importantes son los de la Casa Fernando Pessoa; los del Espólio Fernando Pessoa, de la Biblioteca Nacional de Portugal; y los del Arquivo Pessoa, en el que se encuentran disponibles todos los textos pessoanos editados hasta 1997. Fue curioseando por estos sitios como hice el descubrimiento.

Una de las joyitas de la Casa Fernando Pessoa es que tiene la biblioteca particular del poeta digitalizada. Uno puede consultar las obras que Pessoa poseía, tanto por los autores como por los títulos. Además de mirar las listas, puede pinchar y bajarse una copia del ejemplar en cuestión. No avanzaré ninguno, para permitirle al lector sus propias sorpresas (la más inmediata: ver qué autores españoles tenía). Mi hallazgo lo hice en su ejemplar de la revista Athena. Se trata de un tomo con los cinco números que salieron de la revista encuadernados. Fue una publicación mensual, dirigida por Fernando Pessoa y Ruy Vaz, que se publicó en Lisboa entre octubre de 1924 y febrero de 1925. Por el índice (en las páginas 313 y 314 del volumen), podemos ver las numerosas colaboraciones de Pessoa, tanto del ortónimo como de los heterónimos Ricardo Reis, Álvaro de Campos y Alberto Caeiro; además, el propio Pessoa traduce del inglés los textos publicados de Poe (entre ellos El cuervo), Walter Pater y O. Henry.

Pues bien, bastantes de los poemas de los que es autor Pessoa (los firmados con su nombre y los de Reis y Caeiro; de Campos solo se publican aquí prosas) llevan correcciones manuscritas que no están incorporadas a las ediciones que he podido consultar. Estas ediciones son las de las Odas de Ricardo Reis (versión de Ángel Campos Pámpano, Pre-Textos, Valencia, 1995); la antología poética Un corazón de nadie (traducción, selección y prólogo de Ángel Campos Pámpano, Galaxia Gutenberg-Círculo de Lectores, Barcelona, 2001); y Poesía I. Los poemas de Alberto Caeiro 1 (edición de Juan Barja y Juana Inarejos, Abada, Madrid, 2011). Las tres son bilingües y están tomadas de las siguientes ediciones portuguesas: Texto Crítico das Odes de Fernando Pessoa-Ricardo Reis (Tradição impressa revista e inéditos) (edición de Silvia Bélkior, Imprensa Nacional-Casa da Moeda, Lisboa, 1988); Poemas de Ricardo Reis. Edição Crítica de Fernando Pessoa, Volume III (edición de Luiz Fagundes Duarte, Imprensa Nacional-Casa da Moeda, Lisboa, 1994), Poemas Completos de Alberto Caeiro (edición de Teresa Sobral Cunha, Presença/Casa Fernando Pessoa, Lisboa, 1994); Poesia de Ricardo Reis (edición de Manuela Parreira da Silva, Assírio & Alvim, Lisboa, 2000), Obras de Fernando Pessoa I (edición de António Quadros y Dalila Pereira da Costa, Lello & Irmão, Oporto, 1986); Ficções do Interlúdio (edición de Fernando Cabral Martins, Assírio & Alvim, Lisboa, 1998); Poesia de Alberto Caeiro (edición de Fernando Cabral Martins y Richard Zenith, Assírio & Alvim, Lisboa, 1998); así como las Obras Completas de Fernando Pessoa, de sus primeros editores, João Gaspar Simões y Luís de Montalvor, en Ática.

En ninguna de estas ediciones, ni tampoco en la del mencionado Archivo Pessoa, figuran las correcciones que hizo de su mano el autor en su ejemplar de Athena. ¿Las desconocían? ¿O las conocían y las descartaron? Parece más probable lo primero, aunque resulte un descuido llamativo. Según tengo entendido, la editorial Ática está editando de nuevo las obras completas de Pessoa. En el equipo figura el colombiano Jerónimo Pizarro, que ha sido también uno de los responsables de la digitalización de la biblioteca particular del autor. Me imagino que, si un ciclista ha cruzado antes la meta, habrá sido él. Y que en las nuevas ediciones de los poemas de Reis, Caeiro y el Pessoa ortónimo se incorporarán (o se indicarán) esas correcciones.

2. La oda

De entre todas, la que a mí más me interesa es la de la oda VII de Ricardo Reis. Copio en primer lugar la traducción de Ángel Campos Pámpano (que figura en las referidas ediciones de las Odas de Ricardo Reis y Un corazón de nadie):

Pongo en la altiva mente el fijo esfuerzo

de la altura, y a la suerte dejo,

y a sus leyes, el verso;

que, cuando es alto y regio el pensamiento,

súbdita la frase lo busca

y el esclavo ritmo lo sirve.

En segundo lugar, la traducción de Ángel Crespo, tomada de su biografía La vida plural de Fernando Pessoa (Seix Barral, Barcelona, 1988):

Pongo en la altiva mente el fijo esfuerzo

De la altura, y el verso

Dejo a la suerte y a sus leyes;

Que, cuando es alto y regio el pensamiento,

Lo busca súbdita la frase

Y el esclavo ritmo le sirve.

En tercer lugar, la que viene en la edición española de la biografía escrita por el francés Robert Bréchon, Extraño extranjero (Alianza Editorial, Madrid, 2000). Me imagino que el traductor, Blas Matamoro, la habrá vertido del francés, y el resultado es este espanto:

Impongo a mi altivo espíritu la exigencia asidua

de la altura, y al azar y sus leyes

dejo el verso;

porque, cuanto más soberano y alto sea el pensamiento,

sumisa lo busca la frase

y esclavo lo sirve el ritmo.

Las tres traducciones se corresponden con el original que figura, por ejemplo, en el Archivo Pessoa. Pero resulta que, en su ejemplar de Athena, Pessoa corrigió “altiva” por “activa”:

OdaVII_RReis

No sé si en algún sitio está corregido, pero yo no lo he visto en ninguno. En Google, por ejemplo, en el momento en que escribo estas líneas (16 de junio de 2013) aparecen 880 resultados de Ponho na altiva mente, por ninguno de “Ponho na activa mente”.

De entre todas las correcciones de Pessoa, esta resulta especialmente significativa, porque Álvaro de Campos, en su respuesta a Ricardo Reis sobre esta oda, parafrasea sus versos, y en su paráfrasis escribe “activa” y no “altiva”. Exactamente dice: “Que ele ponha na mente activa […]”. Llama la atención que suela citarse ese pasaje de Campos sin más, sin que se señale ni se comente la diferencia de adjetivos. Ángel Campos Pámpano sí se da cuenta, pero lo que hace es añadir sin explicaciones un paréntesis que no aparece en el original portugués:

Que él ponga en la mente activa (altiva) el esfuerzo sólo de la “altura” (sea esto lo que sea), lo admito, aunque me parezca rigurosa una poesía limitada al escaso espacio propio de las cumbres […].

Esto me hace deducir que, en efecto, los editores de Pessoa no han conocido estas correcciones. Las otras quizá no sean tan importantes, pero la de esta oda deja un agujerito en el drama em gente, en el diálogo entre los heterónimos. ¿Cómo supo Álvaro de Campos que era “activa”, si salió publicado “altiva”? Aunque cabrían dos opciones. La primera, que Campos hubiera leído una versión manuscrita de Ricardo Reis, o que hubiera sabido de la corrección por este. La segunda, rebuscada pero hermosa, que Álvaro de Campos se equivocara al citar, y que Ricardo Reis, al verlo, corrigiera su propia oda: porque le gustara más, o por homenaje (estoico) a quien le criticaba… Pero surgiría entonces otro problema: ¿cómo corrigió Ricardo Reis, que se encontraba en Río de Janeiro desde 1919, un ejemplar que Pessoa tenía en Lisboa?

En cuanto a mí, la oda VII me llamó la atención en su día porque encontraba un eco en ella del dibujo de Marcel Duchamp del ciclista ético, Avoir l’apprenti dans le soleil, del que tomé el título para mi blog. Esos versos de Reis establecían una conexión entre el ascenso del ciclista y la escritura. Y en este sentido casi resulta más saludable la idea de actividad que la de altivez.

 


José Antonio Montano: El último mar de Thomas Bernhard

Málaga es una ciudad absolutamente bernhardiana. Ante todo, porque podría pasarse uno horas (¡páginas!) despotricando contra ella, como hace Bernhard con Viena o Salzburgo. No tengo ganas de explayarme hoy. Baste decir, por el momento, que aquí todo es un desastre y un horror… menos el mar (¡el azul del mar, la brisa del mar!) y la luz. La única tarea malagueña digna sería, por tanto, la de abrirse al mar y a la luz. Solo eso: abrirse al mar y a la luz. Los urbanistas, abrir sus espacios al mar y a la luz; los escritores, abrir sus páginas al mar y a la luz. Pero sucede justo lo contrario: todos, urbanistas y escritores, se dedican a taponar sus espacios y sus páginas con inicua mampostería. Algún día el mar tendría que vengarse y montar un buen tsunami azul que extirpara ese tapón, en plan operación de cataratas. Un buen latigazo de azul que arramblase con todo.

Y Málaga es también bernhardiana porque su mar fue el último que vio Bernhard. Aquí se vino el 18 de diciembre de 1988, al hotel La Barracuda de Torremolinos, y 13 días después se lo llevaron ya a Viena a morir (cosa que sucedió el 12 de febrero de 1989). El bernhardiano malagueño tiene, así, un lugar de peregrinación bernhardiano en Málaga: el hotel La Barracuda. Yo de vez en cuando me doy un paseo por allí. Suelo ir por la tarde. Tomo en Málaga el trenecito hasta Torremolinos, me detengo un rato en el mirador que hay junto al hotel Stella Polaris y que da a toda la bahía, bajo al Bajondillo por la escalera del cementerio y sigo caminando por el paseo marítimo hasta Puerto Marina: bullicioso cuando es verano; y, cuando no, todo vacío y con una hermosísima desolación de fuera de temporada. Un poco antes de Puerto Marina, al final de La Carihuela, se encuentra el hotel. Bernhard, según indica el traductor Miguel Sáenz en su biografía de Bernhard, estuvo alojado en la habitación 912. Al pie del hotel hay un banquito. Es perfecto para sentarse a contemplar el mar, por un milagroso espacio libre que queda, razonablemente amplio, entre un chiringuito y una palmerita. A veces llego a última hora. Lo esencial, para mirar el mar, es que, aunque esté oscurecido, pueda divisarse todavía la línea que lo separa del cielo. Cuando desaparece y ya todo, cielo y mar, es negro, no tiene sentido mirar. La contemplación del mar se apoya en esa línea: esa horizontalidad absoluta del mar, que otorga un gran descanso.

Nunca me había atrevido a entrar yo solo en el hotel. Pero en agosto de 2009 quedé con otro amigo bernhardiano, Paco Torres, editor y poeta, para hacerlo. Nuestro homenaje iba a consistir solo en estar allí, en tomar algo. Pero al final nos enfrascamos en una intensa conversación (¡con brindis!) sobre Bernhard. De vez en cuando lo imaginábamos en aquel diciembre de 1988, contemplando su atardecer de invierno, tan distinto del nuestro de verano. Estábamos casi solos en el bar, pero pusieron la música y nos pasamos a una mesa de fuera, cerca de la piscina. Fue oscureciendo. Había luna llena. Además de Bernhard, Paco Torres habló de sus últimas lecturas: Schwob, Roussel, Vonnegut; y de asuntos relativos a su editorial. Yo de que andaba enfrascado en Poe para escribir un ensayito sobre Poe, La muerte en Poe. El bar se fue llenando tras la cena (por la puerta llegaba el pestazo del bufet) y entonces comenzó el espectáculo: unos payasos ruidosos, que nos hicieron ver que era el momento de largarse. El hotel parece en franca decadencia, y está concebido para alojar a turistas vulgares; pero, de algún modo, resulta bernhardiano. En su web tiene gracia el foro, entre cuyas entradas puede leerse: “Lo veo más abandonado”, “Comida fatal”, “Si aún no has pagado, ¡corre y no vengas!”… ¡Ah, qué íbamos a hacer si todo estuviese bien! Bernhardiano es el que sabe sacarle al mundo un zumo de felicidad, con el despotrique. Y bernhardiano es el hotel que aguanta y no lo borra.

Pero volvamos al mar. En España, Bernhard tuvo primero el de Mallorca; el de Palma, según le especificaba a Krista Fleischmann en una de sus conversaciones: “Pero la verdad es que el aire del mar es maravilloso. Y usted misma puede ver lo hermoso que es, y que solo puede favorecer el trabajo. Los barcos son siempre agradables, y el mar es impagable. Mejor que la montaña. Que en realidad, más bien embrutece. Y el agua y el mar dilatan las venas, y quizá también las arterias. No sé. […] Lo que más sentido tiene aquí es el calor en noviembre, ¿no?, por eso vienen todos esos viejos. Yo también me siento viejísimo. Soy un escritor clásico, viejísimo, y por eso vengo aquí…, a la cálida estufa del Mediterráneo”. Pero allí cambiaron un día la decoración de su café favorito, el Miami, y Bernhard dijo: “Palma se ha acabado para mí”. Y no volvió más. Terminó acudiendo a la Costa del Sol.

De su estancia en Málaga solo conozco dos fotos, publicadas en Thomas Bernhard et ses compagnons de vie. Les archives (L’Arche Editeur, París, 2002). En una aparece postrado en la cama de su habitación del hotel, vestido, con un pañuelo al cuello y con una mano en el pecho, como un poeta romántico, aunque sin queja. En la otra parece que hace frío; está en un malecón, ante el Mediterráneo revuelto, con un abrigo tipo gabardina, gafas oscuras y una mueca enfermiza. En Mis premios dice Bernhard, refiriéndose a otra ocasión, a otra costa: “Siempre había sido el mar lo que me había salvado, solo necesitaba ir al mar y estaba salvado”. El de Málaga no le valió para eso. A mí tampoco.


José Antonio Montano: Ronda de librerías

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A mi ciudad de la costa vino la semana pasada una amiga editora de la capital, junto con su encargada de prensa. Estaban en una ciudad cercana para presentar un libro y aprovecharon para visitar librerías de la región. “Venimos a vigilar el negocio”, dijo la editora con gracia. Todos saben cuál es mi ciudad, y cuál es la capital, y los de aquí averiguarán cuáles son las librerías que recorrimos. Pero me he inclinado por no decir nombres esta vez, no tanto por discreción (no cuento nada indiscreto) como para que se produzca un efecto abstracto. Es una croniquilla flotante en el espacio, pero anclada en el tiempo: el de nuestra crisis y todo lo demás. Al juntar las impresiones de la ronda sale una especie de diagnóstico.

Para mí el paseo tuvo su cosa, porque la relación que mantengo con los libreros es esquiva. Nunca les pregunto nada y me molesta cuando se dirigen a mí. Me gusta entrar en las librerías furtivamente: solo a mirar libros, y a pagar los que me llevo; la transacción de la caja es la única que mantengo con el personal. Todo lo que se salga de ahí me disgusta, como me disgustan los chefs que te interrumpen la comida: esas odiosas comidas con aparato teórico. Yo voy al restaurante a comer, no a hablar; y a la librería solo a hojear y a comprar libros. No tengo, por tanto, relación con ningún librero de mi ciudad. Ir en una comitiva que se proponía abordarlos era para mí novedoso. Tenía curiosidad. Aunque también me preocupaba que se “quedasen con mi cara” y me hablasen en el futuro. Para evitarlo me he autorrecetado estar un tiempo prudencial sin visitar esas librerías: mi cara, por fortuna, es la del hombre de la multitud, y en unas semanas se disolverá en su memoria como un azucarillo.

Me quedarán al menos las librerías de viejo; y las librerías de las franquicias de la ciudad, que son tres. Estas no las visitamos. Fuimos a las otras cuatro, que se encuentran por la zona del centro. El primer dato es que el año pasado eran cinco: la más exclusiva, la que tenía más libros de editoriales pequeñas, cerró. Puede que no se la mereciera la ciudad. Aquí, por ejemplo, abrieron un Vips hace 15 años y en pocos meses tuvieron que cerrar la parte de los libros. El cierre fue ostensible, para complacer sin duda al lugareño: tapiaron la dependencia como para asegurar que no iba a colarse ningún efluvio libresco en el comedor. Aunque el negocio terminó fracasando entero, como si el hecho de que alguna vez contuviera libros fuese una falta imperdonable (hoy, por lo demás, en todos los Vips del país están reduciendo la sección de librería de manera drástica).

La ronda fue a media tarde, de un miércoles nublado pero primaveral. En tres de las cuatro librerías no había ningún cliente. En la cuarta había una larga cola en la puerta, pero porque iba a firmar ejemplares un autor de best sellers sensibleros. Ya llegaremos ahí. Empecemos por la primera librería. Fue la más grande de la ciudad durante mucho tiempo. Hace diez años la ampliaron aún más. Hoy la han vuelto a reducir. Se han desprendido de la mitad de uno de sus locales, que se ha convertido en una copistería. “Las cosas van mal”, dice la librera de la caja de abajo, “pero no paramos de hacer cosas, presentaciones, talleres, para que haya movimiento, para que la gente entre y sepa que estamos”. Los empleados están haciendo un esfuerzo (reduciéndose los sueldos, creo entender), “para ver si aguantamos todos”. Nos cuenta que los propios libros están bajando de precio. Una edicioncita medio lujosa de uno, que empezó vendiéndose a 16 euros, “ya va por 5,90”. Hay un plus sentimental en la conversación, tanto por parte de la librera como de la editora y la encargada de prensa. La pena no es solo que el negocio vaya mal: es también que los libros vayan mal. Detecto una melancolía añadida: más allá de lo comercial, de lo que viven, sus puestos les permiten atisbar un elemento de la sociedad averiado.

La segunda librería me parece que es a la que peor le va. Al menos, es la que yo ahora menos visito y la que siempre veo más vacía. Pero hay una librera guapa, delgadita, que le gustaba mucho a un amigo mío y a la que por primera vez escucho hablar largamente. Es la que está más nerviosa. Y la que trata de apuntalar de un modo más visible su establecimiento: “Esta librería ha sido siempre una de las referencias de la ciudad”. Cierto. Fue la primera en la que yo entré, con 15 o 16 años. La vi mientras paseaba por una calle (entonces estaba en otra) y con un movimiento súbito pasé a preguntar por la novela de un autor sudamericano cuyos cuentos estaba leyendo entonces. Al salir me di cuenta de que la librería se llamaba igual que la novela, y me dio tanta vergüenza que quizá sea ese el motivo por el que rehúyo hablar con los libreros. Cuando nos despedimos observo que a la librera le ha gustado la visita. Como si fuese un certificado de existencia. Ocurrió también con la de hace un rato. Y por parte de la editorial hay satisfacción al encontrar los libros en las estanterías y en los escaparates. Se produce un anudamiento de los dos extremos del circuito. Falta el lector.

Con la tercera librería tengo otra historia. La lleva hoy un chico joven, con aspecto indie; pero en mis tiempos universitarios los libreros eran unos ancianos que debían de ser sus abuelos. Un día a un amigo y a mí nos registraron a la salida, acusándonos de haber robado. No teníamos nada. Los abuelos se excusaron, pero mi amigo y yo nos juramos no volver a entrar nunca más en ese sitio. Pasado el tiempo, desde que se hizo cargo el joven, el escaparate se convirtió en el más primoroso de la ciudad. Hasta el punto de que no parece de la ciudad. Mi amigo y yo nos hemos parado mucho a mirarlo, sobre todo de noche, con la librería ya cerrada y cuando volvíamos de tomar unas copas. Hemos mirado, remirado y fotografiado ese escaparate. A todo el mundo le hemos ensalzado el nivel inaudito de ese escaparate, y cuando ha venido un visitante a la ciudad le hemos llevado a que lo vea. Pero hemos seguido sin entrar, porque los juramentos provincianos son indelebles. O lo eran: porque, llevado por los aires sueltos de la capital, entro tantos años después. Pillamos al librero amontonando cajas en el suelo. Pensamos que es por la feria del libro, porque en las anteriores librerías (se me ha olvidado mencionarlo) han dicho que empezaba el viernes: este año la adelantan y además la ponen en un sitio mejor, el remodelado puerto. Pero el chico no tiene caseta, porque son muy caras. Las cajas son de devoluciones a la distribuidora: 1000 libros. “Cada vez es más difícil mantener el concepto que yo quiero, que es el de librería de fondo”, dice, “que haya libros que estén bien, que me gusten, y que el que venga aquí lo sepa”. Aprovecho para echar un vistazo por las estanterías, mientras oigo de fondo la conversación. Hablan del libro electrónico, de la piratería. De que se vende y se lee poco también en ese formato, en realidad. Tiene buenos libros el muchacho, el interior es digno del escaparate. Veo un libro que me interesa, lo pago, y luego me doy cuenta de que es del tiempo en que sus abuelos me registraron.

La cuarta librería es la de más éxito ahora. La abrieron en la década de 1990 en una zona muy transitada de la ciudad, que jamás había tenido una librería, y funcionó. La editora me dice que el mayor porcentaje de ventas de la ciudad le llega de ahí. Aunque en la ciudad se vende poco en general. Y en la región (deprimición por mi parte, como diría —según le traducen mi novelista favorito). En la puerta, como dije, hay una enorme cola que le da la vuelta a la esquina. Nunca había visto nada igual. Dentro de la librería hay una mesita donde se anuncia para más tarde la firma del aludido autor de best sellers sensibleros. No cabe duda de que su mensaje llega. Un mensaje superoptimista, que a mí me deprime; aunque al público no. El primero de la cola es un joven con barba pelirroja. La segunda una mujer en silla de ruedas. Soy elitista pero no es para presumir: el elitismo es un exilio. Aparte de la cola, en esta librería hay algo más de movimiento que en las otras tres, aunque tampoco mucho. El librero se queja de la situación, pero habla de aguantar: “Como me dice otro amigo mío librero, es que si cierro, ¿adónde voy?”. Está en tensión, y pendiente. Lamenta los tiempos en que “nos gastábamos 30 euros en una botella de vino”. Y nos confiesa, bajando la voz, que a veces, para tranquilizarse, se va a la caja, porque lo que más le relaja es cobrar. Para ver al hombre en acción, la editora le compra un libro. En realidad, ha hecho compras en todas las paradas. “Es que no puedo entrar en una librería y no comprar un libro”, se excusa más tarde, mientras nos tomamos un café en el puerto, justo donde están montando las casetas. Ha venido a vigilar el negocio, y también a dinamizarlo.

Varios días después, ya solo, y como por completar la ronda por mi cuenta, me acerco a la feria. Está este año, en efecto, en un sitio precioso: en el muelle nuevo, junto al mar. Pero hay la mitad de casetas que el pasado, y veo escaso público. Acudo a la presentación de un libro, editado por un amigo de la ciudad, y el autor, como para redondear esta crónica, recuerda la frase de mi filósofo favorito, cuyo nombre tampoco voy a mencionar, aunque todos lo conocen: “El desierto crece…”.


José Antonio Montano: La gran novela de Arcadi Espada

En nombre de FrancoArcadi Espada es desde hace tiempo nuestro mejor columnista, el maestro del columnismo más difícil de todos: el de ideas. Mientras que los demás columnistas (¡ahora tengo que incluirme!) tomamos con mucha suerte una idea y la mareamos hasta llenar el espacio requerido, Espada suele dispensar unas cuantas en cada columna. Por lo general, originales. Y encarnadas en lo que importa en último término, porque es su materia: la escritura. No se oponen, porque a esta la beneficia la idea: le quita grasa. La escritura de Espada es una escritura con tics, pero sin grasa. Suavemente amanerada, ágil y punzante. Para mí es también hoy nuestro mejor escritor. (Estas pontificaciones, naturalmente, las determina el gusto; así que pueden cambiar “mejor” por “el que más me gusta”).

El lector que no lea solo El País, que lo ignora (pobre destino el del periódico que, en menos de diez años, ha prescindido de Félix Bayón, Enric González o el propio Espada, y ha dejado escapar a Jabois), sabe que nuestro autor ha publicado un buen libro: En nombre de Franco. Para los arcadianos es un festín, y para mí, que soy un arcadiano con ciertas ganas, es un festín doble. Luego se verá. Se trata, por resumir, de un libro magnífico; ejemplar en varios aspectos, el primero de los cuales es la conciencia del carácter marginal de su asunto. Esto le resta melodrama y le otorga tragedia. Espada advierte desde el principio de que, aunque el diplomático Ángel Sanz Briz y sus colaboradores de la legación española en Budapest en 1944 salvaron a unos 3000 judíos, los exterminados en aquellos años fueron seis millones: “El periodismo trabaja siempre en la cruz que forman lo importante y lo interesante. La historia de Sanz Briz, como la de otros héroes del invierno de Europa, es interesante. Pero mucho menos importante que la de las masas enormes y mudas de cadáveres que nadie pudo salvar”. Solo en Hungría las cifras abruman: medio millón de judíos asesinados en tres semanas; 700.000 en total durante los pocos meses en que dominaron los nazis, hasta la llegada de los bolcheviques. Espada no permite que se evapore este trasfondo y sobre él va elaborando su relato.

Este está compuesto por un viaje, una investigación, una reconstrucción de los hechos y una corrección de falsedades. La elección del título que lo empaqueta, En nombre de Franco, es un caramelo para el aficionado a Espada: porque supone una consignación ajustada del contenido y al mismo tiempo un desafío, un ponerse deliberadamente en la picota, dado nuestro panorama sectario y bobo. Epatar con la verdad: he aquí la especialidad de la casa. A mí me fascina el modo en que Espada logra ser artista y dandi por medio de una renuncia explícita al arte y al dandismo. Como contaba Luis Antonio de Villena en Corsarios de guante amarillo, que es nuestro manual de esto último, el dandi se viste no para atraer sino para repeler. Crea así un vacío en torno, entre ascético y aristocrático, que le reafirma en su singularidad. El título de este libro repele, y Espada ha venido soplándolo como un matasuegras en todas las entrevistas, como cuando Oscar Wilde exhibía su traje estético. El juego de Espada está en hacerse fuerte en las limitaciones del periodismo: en escandalizar no con la imaginación sino con la realidad. En este caso, fue una realidad que los héroes de Budapest actuaron en nombre de Franco. El espíritu dandi de Espada se manifiesta, pues, en escoger la realidad adecuada en el armario de las realidades.

Aquí se trataba de deshacer dos engaños: el de que Sanz Briz y sus ayudantes actuasen por su cuenta y no de acuerdo con el gobierno franquista; y el de que el italiano Giorgio Perlasca, que continuó con la labor de Sanz Briz una vez que este se hubo marchado de Budapest, fuese el gran protagonista de la historia. Espada aporta documentación que desmiente lo primero; y señala que no existe documentación que suscriba lo segundo. El efecto de ambas desvelaciones resulta irritante. La primera porque nos obliga a admitir huecos de bondad (aunque fuese, como recalca Espada, por interés) en la maldad del franquismo; la segunda porque desmonta una historia brillante en favor de otra más gris. Es este eje enjundioso el que le da potencia al libro. El que lo convierte en una obra arriesgada, valerosa y compleja: con la hermosura seca y contradictoria, incómoda y en el fondo impasible, de la verdad.

Sobre la temática concreta del libro, en cualquier caso, ya se está hablando mucho. Yo quiero darle una vuelta insidiosa, porque mi admiración por Espada también lleva su pique. A mí me interesa menos el periodismo que la literatura. Y si Espada me gusta tanto es por su literatura. Yo acepto la moral periodística que se autoimpone, pero como si fuese (desde mi percepción) un requisito estético. Acepto igualmente como un valor la renuncia a la ficción: pero por los efectos literarios de tal renuncia. Como lector de literatura aprecio que lo que haya en la página sea un reflejo, una manifestación en palabras, de lo que ha ocurrido fuera. Pero lo aprecio porque refuerza la página: porque le da, por así decir, una sombra de vida. Volvemos al principio: la verdad, como la idea, le quita grasa a la escritura. La renuncia a la ficción es una excelente medida higiénica. Siempre que se sea consciente, como lo es Espada, de la primera realidad de la página, que es la escritura misma.

El juego que mantengo por mi cuenta, aunque parece que se trata ya de un juego andaluz, es el de alabar las cualidades novelísticas de En nombre de Franco. Una subtrama, o una trama latente, de este libro es el combate de Espada con la novela, a la que llama “la Deplorable”. Aunque es un combate que tiene su lado de cortejo. Su fijación no puede ser gratuita: tiene todas las trazas de constituir la defensa contra una tentación. Defensa justificada, porque los momentos en que Espada roza el género, cuando incurre en debilidades como la de usar la segunda persona para dirigirse a Perlasca, son los menos logrados (en realidad, los únicos menos logrados) del libro. Más allá de que en realidad no sea un combate contra la novela sino contra un tipo muy específico de novelas (por más que Espada use el término para referirse a todas: del mismo modo que usa equivocadamente la palabra faction, que significa en inglés justo la mezcla de fact y fiction), se trata de un combate precioso. El objetivo es restituir al personaje menos novelesco, Sanz Briz, el “héroe diplomático”, y desinflar al novelesco, Perlasca. Para lo cual Arcadi Espada se convierte pasajeramente en Arcadi Perlasca. Pero hay una suerte de venganza, no menos preciosa. La única cualidad novelesca de Sanz Briz, la de su supuesto adulterio (de hecho, la cualidad más novelesca posible: en ella se funda casi toda la novelística del siglo XIX), es la que más problemas ha terminado acarreándole a Espada. Sobre el final del libro además, como quien no quiere la cosa, Espada anota una confesión que lo asimila a El malogrado de Thomas Bernhard. A propósito del novelista Stephen Vizinczey escribe: “mi gran húngaro , el hombre que me enseñó tanto sobre la literatura que no tuve más remedio que dejarla”.

En nombre de Franco puede leerse, pues, como una novela: es también una gran novela. Una novela que parte de un gesto de raigambre vanguardista: la negación de la novela. Con un personaje principal, que es el que habla en primera persona, el que anota sus impresiones y sus pensamientos, e investiga; y otros personajes, deliberadamente no inventados (incluido “el inverosímil Campos”, ese Watson que, al mencionar sus calcetines, se convierte en el Pilar Urbano de sí mismo), a los que solo podemos acceder por medio de su rastro objetivo, los documentos y los recuerdos de otros a los que sí se accede. La intimidad, higiénicamente, permanece velada. No hay fantaseo ni imaginación (más allá de la minuciosa imaginación de cada construcción verbal), sino un acople a la vida. Esta decide, en último extremo, el argumento: fragmentario y confuso, inconveniente en ocasiones, frustrante, insatisfactorio. En comparación con estas premisas, qué blandos me parecen casi todos nuestros novelistas declarados, con sus historias flojas y sus aburridos mundos propios. Mi convicción es que no habrá una novela fuerte que no se tome en serio los reparos de Arcadi Espada. La realidad es el gran ariete contra la retórica.