Taráns, los kamikazes de Stalin

Pyotr Nesterov, 1915 (DP).

Las generaciones que habitamos el planeta en estos momentos podemos sortear tuits agresivos, soportar favs a otra persona e incluso guarecernos ante una lluvia de memes, pero lo de sobrevivir en el bosque a menos quince grados alimentándose de las raíces de los árboles lo tendríamos más complicado. Son muchas las heroicidades inalcanzables y los sacrificios que realizaron miles de personas en la II Guerra Mundial para acabar con el fascismo y, también, para imponerlo. La inmensa mayoría de ellos obligados por las circunstancias, pero en no pocas ocasiones con extraordinaria voluntad.

De todas estas historietas, hay una que merece un lugar aparte. La de los aviadores soviéticos que, a falta de otros recursos, derribaron aviones enemigos estampándose contra ellos. Un lance que, como la tauromaquia, tenía múltiples matices, estilos de efectuarlo y hasta una reglamentación estricta de orden moral.

Hirohito llegó después. Tres años antes de la aparición de los kamikazes japoneses, en la invasión de la URSS a cargo de los alemanes ya se vieron escenas semejantes. Antes de que los nazis llegasen a Moscú, los pilotos soviéticos tenían órdenes de estrellar sus aviones contra los de la Luftwaffe. Así venía relatado en el libro Kamikazes (La esfera de los libros, 2005), de Albert Axell y Hideaki Kase. En la prensa moscovita aparecieron numerosas referencias a estas acciones de guerra y, suponen los autores, la embajada japonesa en la capital soviética pudo tomar nota e informar a Tokio.

La idea no era un ataque suicida propiamente dicho, tan solo arriesgado o al límite. Se ordenaba a los pilotos estrellarse contra las alas o el fuselaje de los aviones enemigos para que entrasen en barrena. En el libro viene citado algún parte de guerra emitido en la prensa con esas características: «A las 5:15 horas del 22 de junio de 1941, a unos 300 kilómetros de la frontera, el jefe de vuelo Leonid Butelin ha embestido a un bombardero alemán Junkers-88 cortándole la cola con la hélice. Esta es la primera embestida de la guerra».

El capitán general de las Fuerzas Aéreas Soviéticas, Alexander Alexandrovich Novikov, llegó a teorizar sobre esta práctica: «Toda técnica de combate aéreo requiere arrojo, valentía y habilidad por parte del piloto. La embestida supone, ante todo, estar dispuesto al autosacrificio; es una prueba de lealtad al pueblo, a los ideales de la patria». De hecho, siguiendo con las ideas de Novikov, la embestida era para él «una de las formas más elevadas de expresar que la moral de la nación está alta». Cientos de pilotos soviéticos murieron al estrellar sus pequeños aviones contra los bombarderos alemanes.

La técnica había comenzado en Rusia en la I Guerra Mundial. El piloto ruso Pyotr Nikolayevich Nesterov fue el primero de la historia que embistió a un avión enemigo, un biplaza austriaco de reconocimiento. Impactó contra la cola y murieron todos, incluido él. El zar Nicolas II le otorgó la Orden de San Jorge. Se convirtió en un ejemplo para todas las fuerzas armadas.

De esta manera, no es complicado encontrarse referencias a estas embestidas en el frente oriental de la II Guerra Mundial. En el artículo «The P-40 in Soviet Aviation», de Valeriy Romanenko, se cuenta que los combates aéreos en el cerco de Leningrado fueron extraordinariamente duros. La primera embestida data del 20 de enero de 1942, cuando el capitán A. V. Chirkov se estrelló contra un Heninkel He 111. Mientras duró el puente aéreo, los aviones llevaban alimentos a la ciudad y traían mujeres, niños, ancianos y heridos. Los vuelos debían defenderse hasta las últimas consecuencias y eso incluía embestir contra los aparatos enemigos.

Ilustración del tarán de Nesterov. DP.

Hubo verdaderos maestros en el arte de la colisión. El 8 de abril de 1942, el teniente Aleksey Khlobystov se las arregló para embestir a dos Messerschmitt. En la primera maniobra le cortó un trozo de la cola a uno y en la segunda, el ala al otro. Ambos cayeron. Khlobystov fue propuesto para héroe de la Unión Soviética y le cayeron dos mil rublos de paga extra correspondiente a dos enemigos abatidos. El 14 de abril, otra vez un Messerschmitt le atacó de frente. El teniente mantuvo el pulso y chocó con el aparato alemán con la fortuna de que, en el lance, salió despedido de su P-40, avión de fabricación estadounidense. Cuando se recuperó de sus heridas, el 13 de diciembre de 1943, persiguiendo a un avión de reconocimiento alemán, fue derribado por el artillero de cola de su objetivo y falleció.

El fervor que causó esta habilidad aérea, cita Romanenko, llevó a las autoridades militares a emitir una orden especial del comandante en jefe que recomendaba no embestir a los enemigos nada más que en casos o circunstancias excepcionales. La palabra en ruso era taran. Se ha contabilizado que pudo haber entre doscientos setenta y seiscientos casos de embestidas aéreas protagonizadas por pilotos soviéticos. Las muertes suicidas pudieron ser de hasta cuatrocientas cincuenta.

Uno de los héroes del aire soviéticos, Alexander Pokryshkin, que derribó cincuenta y nueve aviones alemanes, veía la práctica, lógicamente, con buenos ojos:

No hay nada censurable, era así. El impacto de embestida era el arma de los aviadores con nervios de acero. En la defensa de Moscú este método se volvió necesario (…) A corta distancia, detrás de la cola del bombardero enemigo, nuestro caza era invulnerable. Entraba en el ángulo muerto del fuego enemigo, se acercaba poco a poco y le cortaba un trozo de cola, o un ala. Un aviador nazi que se salvó de una embestida en paracaídas contó en el interrogatorio: «Circulaban rumores sobre embestidas en el frente del este. Pero al principio no nos los creíamos. ¡Es algo terrorífico!

Hasta hubo envidias. J. T. Quinlivan, en un artículo en la revista Air Power History, dice que la suerte de embestir a los enemigos apareció en muchas películas bélicas estadounidenses como último recurso heroico de los americanos, pero en realidad los casos en sus filas fueron «extremadamente raros». De todos modos, aunque los soviéticos utilizasen este recurso, tampoco fue significativo realmente para el curso de una guerra en la que derribaron cincuenta y siete mil aviones (hay cifras que dicen que setenta y cinco mil). Además, cuando sus aviones fueron sustituidos por modelos más modernos, la brillante idea quedó obsoleta.

Fue propia de la desesperación de los primeros meses de guerra, pero lo cierto es que la embestida se convirtió en un suceso recurrente en la literatura de guerra soviética. Quinlivan también sostiene que hubo casos en los que se ordenó esa táctica a causa de la destreza limitada de muchos de los primeros aviadores soviéticos. En las primeras horas de la invasión, miles de aviones soviéticos fueron barridos y muchos pilotos no tenían experiencia alguna en combate.

Eso no quita que no hubiera orden y concierto. Inicialmente, las órdenes recomendaban tocar la cola o las alas para forzar que la nave enemiga perdiera el control. Una tercera opción era empotrarse contra el cuerpo del avión. En los dos primeros casos, la idea era salir de ahí con el suficiente control de la aeronave como para realizar un aterrizaje de emergencia o saltar en paracaídas. A una situación de este tipo se llegaba cuando ya no había munición para intentar algo menos arriesgado.

La mayor parte de las veces que esta locura tuvo lugar fue entre cazas soviéticos y bombarderos alemanes. No hay cifras que indiquen cuántos hubo en total porque, de hecho, la existencia de este recurso se eliminó del discurso público pocos años después, posiblemente por el célebre y negativo ejemplo de fanatismo japonés.

Sello ruso de 2014 que representa al piloto Boris Kovzan y uno de sus ataques.

Como se ha señalado, el declive de estas operaciones se fue produciendo a medida que dejaron de ser necesarias o no se presentaban tantas situaciones de impotencia y desesperación. El primer verano que se pasó la Luftwaffe en la URSS no volvió a repetirse. Del mismo modo, conforme el Ejército Rojo iba reconquistando terreno, también fue reduciéndose el número de incursiones aéreas alemanas. Sin embargo, el impacto de estas hazañas quedó grabado a fuego. En This is Russia, de Hubert Griggith, publicado en 1943, apareció una hazaña confirmada por dos pilotos británicos que Axell y Kase la bautizaron como el caso del «Rambo Soviético». Era tan solo era una embestida más, pero con presentación, nudo y desenlace.

En una ocasión, volando en cielos septentrionales, se enzarzó en un duro combate con dos aviones alemanes. Derribó a uno de ellos y al comprobar que se le había acabado la munición embistió al otro, que se estrelló. Tuvo que saltar en paracaídas y, casualmente, cayó justo al lado de donde se encontraban los dos pilotos del biplaza que acababa de abatir. Los tres aviadores se encontraron, así, juntos en medio de un yermo helado tan despoblado que se podía andar durante días sin ver a un solo ser humano. Rápidamente el ruso despachó a uno de sus adversarios con el revólver. Inmediatamente un perro bóxer que, no se sabe por qué razón, llevaba a bordo la tripulación alemana, se abalanzó sobre él y se vio obligado a dispararle. Después, en la lucha cuerpo a cuerpo con el otro piloto, perdió varios dientes y recibió un navajazo que le cruzó la cara de arriba abajo. El enfrentamiento terminó cuando disparó a quemarropa en la cabeza de su enemigo una bengala de su pistola Very. El superviviente caminó por la nieve durante cuatro días y cuatro noches con los pies congelados y la tremenda herida de la cara hasta que encontró un hospital.

En esta misma revista, A. D. Harvey firmaba en 2018 el artículo «The Russian Air Force Versus the Luftwaffe: A Western European View». Su información actualizaba datos sobre el fenómeno. Señalaba que no se podía entender el fenómeno sin tener en cuenta las purgas en el arma de aire del Ejército Rojo que hubo tras el pacto Ribbentrop-Mólotov. El oficial Jakov Alksnis, un experto en bombardeos estratégicos a larga distancia, fue uno de los primeros ejecutados. Dos de sus hombres más valiosos, Vladimir Petljakov y Andrei Tupolev, fueron detenidos por el NKVD.

Una de las primeras consecuencias de ese pacto fue la invasión de Finlandia, pero la aviación soviética no tuvo un gran papel. La guerra aérea fue limitada por el mal tiempo y, aunque hubo bombardeos en ciudades finesas que se cobraron la vida de cientos de personas, no se hicieron con ningún objetivo claro. No hubo muchos enfrentamientos entre ambas y desiguales escuadras. La experiencia soviética, el aprendizaje, fue muy limitado. Tan solo hubo un enfrentamiento en el aeródromo de Ruokolahti en el que el comandante Jacob Mihin derribó el Fokker del teniente Tatu Guganantti embistiéndole. Así se llegó a la Gran Guerra Patria.

Numerosos pilotos obtuvieron gloria y fama por sus embestidas. Entre los memorables, está la acción del teniente Sergei Goshko, que le arrancó con un Yak-1 un ala a un Heinkel en el que iba un coronel del Estado Mayor alemán con documentos sobre futuras operaciones. El teniente Yevgeni Yeremeyev también saltó a la fama por sus embestidas en combates nocturnos sobre Moscú. También se nombró héroe de la Unión Soviética y se imprimieron sellos con su hazaña a Nikolai Gastello. Atacó a una columna de carros de combate y fue alcanzado. En lugar de intentar un aterrizaje de emergencia, estrelló su avión contra los tanques envolviéndolos en una gran bola de fuego. Eso, al menos, dijo la versión oficial, un informe que se leyó por la radio en toda la URSS. Después de 1991 se han puesto en dudas los detalles del incidente, aunque todos los historiadores coinciden en que se estrelló contra los Panzer.

Notorio fue también el caso de mujeres, como Ekaterina Zelenko. Murió a los veinticuatro años embistiendo un Me-109 cuando se había quedado sin munición para atacarlo por medios convencionales. Le fue concedida la Orden de Lenin, aunque no se la nombró heroína de la Unión Soviética hasta 1990. Al parecer, le escribió a su hermana al inicio de la guerra que estaba dedicando «toda su vida» a la lucha «contra las viles criaturas nazis» y que si estaba destinada a morir, su muerte le iba a costar cara al enemigo porque su vida estaba unida a la de su Yak: «si surge la necesidad, ambos moriremos como héroes». Así fue.

No obstante, Quinlivan señala que las embestidas de los aviadores soviéticos no se acabaron con la II Guerra Mundial. En los setenta, un F-4 turco penetró en el espacio aéreo soviético y un MIG-23 recibió órdenes de embestirlo. El piloto soviético cumplió su misión y murió. En 1981, ocurrió lo mismo pero con una aeronave que llegaba desde el espacio aéreo iraní. Ocurrió lo mismo, solo que esta vez el avión estaba pilotado por unos argentinos. El piloto, el camarada capitán Valentin Kulyapin, tras no recibir ninguna respuesta a sus mensajes de advertencia, no tenía la distancia necesaria para utilizar sus misiles aire-aire y recordando las lecciones que le dio su instructor sobre la Gran Guerra Patriótica, embistió el avión y se lanzó en paracaídas. Fue condecorado. Incluso en las revistas de divulgación y propaganda del Ejército Rojo, como Soviet Military Review, en su número de agosto de 1983, se apuntaba que era una muestra de elevada moral embestir contra los aviones enemigos cuando se estaba en inferioridad. Lo había hecho la aviación soviética frente a los nazis y también la vietnamita ante los estadounidenses.

¿Sirvieron estos actos de inspiración para los kamikazes japoneses? Axell y Kase no aportan respuesta. Creen que los japoneses empezaron a embestir cuando los B-29 volaban tan alto para bombardear las ciudades japonesas que sus cazas no podían alcanzarlos. Era noviembre de 1944 y la decisión que se tomó fue quitarles las ametralladoras y el blindaje para poder llegar a su altura y estamparse contra ellos. En Europa, los que también tomaron nota fueron los nazis. Goebbels escribió del plan en su diario. El 4 de abril de 1945 dice así:

Ayer (…) nuestros cazas llevaron a cabo choques contra bombarderos enemigos. El balance está aún sin confirmar pero parece que el ataque no ha salido como se esperaba. Sin embargo (…)  no debemos cejar en nuestro empeño.


Un himno para la URSS

Plano de detalle para construir una bandera de la Unión Soviética.

Ya estamos en la primavera de 1943; han pasado los peores momentos del asedio nazi, los días y después las semanas que pasé encerrado en una dacha de las afueras de Moscú, sin apenas dormir, sin apenas comer, esperando que en cualquier momento mis camaradas —ese perro de presa, ese tonto útil, esa alimaña sin escrúpulos; Jruschev, Voroshílov, Molotov— hicieran acto de presencia para relevarme del cargo, de mi misión como padrecito de los pueblos. Ya hemos dejado atrás los lentos meses transcurridos entre el momento en que esas ratas bubónicas, esos taimados hijos de puta, cruzaron todos y cada uno de los puestos fronterizos entre el mar Báltico y el mar Negro; arrasando ciudades, cercando ejércitos, aniquilando poblaciones enteras y enterrándolas en el fondo de un barranco, a veces ahorrándose el tiro de gracia. Y ahora que no ha caído Stalingrado, ahora que hemos capturado a un mariscal alemán que terminará sus días como funcionario en algún ministerio gris de la futura RDA —contabilizando tonelajes de cosechas que nunca existieron, clasificando datos que nadie necesitará jamás, recordando ese momento en el que se dio cuenta de que el movimiento de pinza se había cerrado y tenía que decidir entre entregarse o pegarse un tiro en la boca, quizás en la sien, quizás en su pútrido corazón nacionalsocialista—, es sin duda el momento apropiado, digo yo, Stalin, mariscal de la URSS y muchas cosas más que me iré inventando sobre la marcha, de darle al pueblo un himno acorde a los tiempos que corren.

Ay, ay, Iósif Vissariónovich; ay, ay, camarada Stalin; calle, calle y déjeme seguir a mí. Total, mire, está usted muerto. Lleva muerto y embalsamado más de sesenta años; así que calma, silencio y déjeme explicarles por qué la Internacional, con su verso anunciando el fin de la opresión, con su aire de esperanza y de unión de la clase trabajadora, con sus melindrosas evocaciones típicas de todo poema que haya salido de Francia, esa cuna de la pequeña burguesía, ya no es el himno apropiado para esta superpotencia que todos adivinamos; para esta acción política que pasará por encima de todas las convenciones y reescribirá el marxismo, el leninismo y lo que se nos ponga por delante. Necesitamos un nuevo himno.

Así que convocamos un concurso. Somos democráticos. Somos justos. Llegan poemas de todas partes de la Unión. Los mejores poetas soviéticos, cientos —¡miles!—, envían sus propuestas. Demian Bedny. Mikhail Isakovsky. Nikolai Tikhonov. Mikhail Svetlov, Yevgueni Dolmatovsky. Falta Pasternak; aún tiene miedo aunque, en cierta ocasión, cuando te propusieron detenerlo, arrestarlo en mitad de una noche de febrero, de abril, de octubre, no importa cuándo exactamente, contestaste despectivo: «Ah, Pasternak… dejadlo. Total, está en las nubes». Lees atentamente todas las propuestas, anotas y subrayas con tu lápiz rojo y azul. Finalmente seleccionas la letra compuesta por dos jóvenes poetas, el ruso Sergei Mikhalkov y el armenio Gabriel Ureklyan, quien, siguiendo una tendencia que todo buen bolchevique y todo aprendiz de literato no duda en adoptar, firma sus trabajos con un seudónimo; es ese poetastro que se hace llamar El-Registan. Es una buena canción; un «acorazado» —son tus palabras— que hace mención a la gran Rusia, a Lenin, a ti mismo, Stalin, y a la elección del pueblo. Tachas esto último con tu temido lápiz bicolor. A ver, qué coño, si ni siquiera has sido candidato en una sola elección. Nunca, jamás, en la vida o en la muerte que la siga. Y, ya puestos, suprimamos también esta palabreja, griadushchee (futuro), pues es poco probable que los campesinos la entiendan. Así sea. Tachada. Ahora que le pongan música.

Lo mejor, lo más apropiado, es que en este otoño moscovita, año de 1943, año 26 después de la revolución, utilicemos el gran teatro, el Bolshoi, levantado en 1856 para mayor gloria del imperio zarista, como escenario para la ronda final del concurso. Cada himno se representará tres veces —primero, cantado por el Coro del Ejército Rojo bajo la dirección de tu compositor favorito, Alexander Alexandrov; después, por la orquesta del mismo teatro, y, finalmente, por el coro y la orquesta al unísono— mientras tú observas y decides. Los compositores también asisten. Prokofiev, Shostakovich, Khachaturian, lo más ilustre de la música universal. Mirad, ¡si es Aram Khachaturian, el tipo de la danza del sable que más tarde utilizarán Billy Wilder en su comedia subversiva —tanto para nosotros como para ellos, parasitarias sanguijuelas capitalistas— Uno, dos, tres y los hermanos Coen en El gran salto! Sí, la escena del hula hoop.

Bien, ahí están sentados Shostakovich y Khachaturian; cada uno ha compuesto varias versiones; incluso han escrito una al alimón por expreso deseo del padrecito, del Vozhd, por expreso deseo tuyo, fiel creyente en los frutos del trabajo en equipo y, aunque se supone que las representaciones son anónimas, distingues sus trabajos al instante. Son los mejores. Les das un diez; no te importa reconocer el genio de Dmitri Shostakovich, el autor de la ópera Lady Macbeth del distrito de Mtsensk, que crucificaste en un editorial del Pravda titulado «Ruido en lugar de música» hace ya siete años, y que a partir de entonces se vio sumido en la desgracia, buscando la redención mediante burdas composiciones dedicadas a los planes quinquenales y a la reforestación de los bosques. Componiendo canciones para películas propagandísticas que narran, con notable habilidad dadas las circunstancias y las consignas del realismo socialista, los avatares de la construcción de una central hidroeléctrica en el sur de Kazajistán o el norte de Letonia. Ahí está, sentadito con los pies juntos, amedrentado, acojonado, pensando —como más tarde le confesará a un amigo— que «ojalá escojan mi himno; quizás sea una garantía para que no me arresten nunca». Dan ganas de aplastarlos bajo tu bota caucasiana.

Cuántas noches disfrutaste en el Bolshoi, ¡oh, Stalin, oh, musa del socialismo! No te perdías un estreno. Antes de la representación, tu guardia personal registraba todos los rincones del teatro; el escenario, el proscenio, las candilejas, los camerinos de las estrellas, que los veían pasar, amenazantes pero sin decir una palabra, mientras se maquillaban, mientras hacían gorgoritos o repasaban esas líneas del recitativo que jamás lograban entonar como al alcoholizado Músorgski le habría gustado. En cierta ocasión, durante una representación de La dama de picas de Chaikovski, una ópera que conocías muy bien, un tenor atemorizado por la presencia del líder allá arriba, en el palco «A» justo encima del foso —nunca en el palco central, el que en sus días usaron los zares—, falló una nota. Una sola nota, quizás una corchea, quizás una redonda; este detalle no quedó registrado en ninguna parte. Hiciste que se presentara ante ti el director del teatro; el pueblo soviético necesita una explicación. El pobre diablo entró en el palco haciendo una reverencia que solo las espaldas mejor entrenadas para hacer números de contorsionismo en los circos orientales más despiadados podrían soportar. «Dígame, ¿cómo le han podido dar el papel a ese inútil, a ese despojo, a ese saboteador?¿Tiene algún título?». «Es Artista del Pueblo por orden suya, camarada Stalin». Piensas. Meneas la cabeza, negando con paciencia. «En verdad tenemos un pueblo muy generoso…».

Otras veces, aburrido, hacías llamar al bajo Maxim Mikhailov; hacías que se presentara en tu despacho a medianoche y le saludabas. «Qué tal, Maxim, sentémonos y charlemos un rato». Abrías una botella de vino georgiano y empezabas a trabajar. Firmabas sentencias de muerte, anotando a continuación de cada nombre las iniciales VMN —máxima medida punitiva— o Vyshka. Velabas por la integridad de los mandamientos de Lenin. Destapabas conspiraciones, deportabas etnias enteras, industrializabas regiones atrasadas; todo ese desvelo por la patria mientras Mikhailov, sentado, en silencio, esperaba. Y ya al amanecer, aún insomne, te despedías de él sin haber cruzado una sola palabra. «Gracias, Maxim. Ha sido una charla muy instructiva». En otra ocasión, durante una recepción del Politburó, los camaradas empezaron a abusar de la debida diligencia del camarada Mikhailov. «Cante esto, camarada; cante lo otro, camarada». «Camaradas, camaradas», dijiste, «dejen tranquilo al compañero Mikhailov. Déjenlo en paz, que cante lo que quiera… Y lo que quiere cantar es el aria de Boris de Boris Godunov».

Hoy, en la final de este concurso que nos dará un himno inmortal, ya has tomado una decisión. Llámenlos, llámenlos, que vengan, que vengan; que suban al antepalco de cortinajes rojos como el alma de Lenin. Qué dice, hereje, menchevique, a qué viene mencionar el alma, seamos buenos materialistas. Pero que suban ya; el Vozhd les quiere comunicar su veredicto. Entran, y Shostakovich, haciendo gala de su prodigiosa memoria y de unas no menos asombrosas dotes de adulación, saluda a cada miembro del Politburó por su nombre y patronímico. «Hola, Iosif Vissarionovich; hola, Vyacheslav Mikhailovich; hola Kliment Efrenovich; hola, Anastas Ivanovich; hola, Nikita Sergeyevich». Bien, muy bien, eso está bien. Pues «no queremos un pueblo timorato, pero tampoco nos gusta un pueblo grosero». Sin embargo, amigos compositores de ese mismo pueblo, camarada Shostakovich, camarada Khachaturian, aunque su música es muy buena, resulta que un himno nacional, por encima de todo, ha de ser fácil de recordar y placentero de cantar. Y esos propósitos los cumple mucho mejor, siento decirlo —aunque probablemente no lo sienta en absoluto— el solemne Himno del Partido Bolchevique, compuesto antes de la Gran Guerra Patriótica por el mismo Alexander Alexandrov, aquí presente y dirigiendo el coro del Ejército Rojo con más habilidad que sentimiento. «Así que, camaradas, creo que debemos quedarnos con la composición de Alexandrov. En cuanto a Shostakovich…».

Y aquí hiciste una pausa, una pausa calculada y lo bastante prolongada como para fijar en este ya no tan joven músico todo el terror de tus ojos amarillos, haciéndole saber que recuerdas quién es, qué hizo en el pasado; que no consideras que su deuda haya sido saldada. Inyectándole en su mente metronómica pero creativa el pensamiento que años más tarde, ya a salvo, con tu cadáver momificado en la plaza Roja, recordará haber soportado como una losa del Kremlin, como un encofrado del canal del mar Blanco, como un pilar del jamás erigido Palacio de los Soviets. «En ese momento pensé que diría: “en cuanto a Shostakovich, llévenselo al patio y péguenle un tiro”». Jaja. Cómo te divertía jugar con estos artistas; con los narradores, con los poetas, con los músicos. Juega, juega; el tiempo pasa en balde. «En cuanto a Shostakovich… creo que le debemos agradecer el esfuerzo». Les das la espalda y, aunque no seas un dios, aunque no seas un profeta al que viene a recoger un carro de fuego, una hoz y un martillo de fuego, chasqueas los dedos y te desvaneces. Y el primer día de enero de 1944, en todas las radios de la Unión suena el himno que has decidido darle a este pueblo que tan pocos méritos ha hecho para merecerte.


Todo lo que piensa que es moderno se creó hace cien años en la Unión Soviética

Le Corbusier y su maqueta para el Palacio de los Sóviets, 1934. Fotografía: Cordon Press.

Es perfectamente cierto, como dicen los filósofos, que la vida solo puede entenderse mirando hacia atrás. Pero olvidan la otra perspectiva, que debe vivirse hacia adelante.

Søren Kierkegaard. Diario IV A. 1844.

Hoy las ciencias adelantan que es una barbaridad. Es una brutalidad. Es una bestialidad.

Ricardo de la Vega y Tomás Bretón. La verbena de la Paloma. 1894.

No hay más que ir a una exposición de arte contemporáneo o pararse a mirar un edificio moderno especialmente extravagante —de esos que siempre tienen churretones y goteras— para darse cuenta de que todo esto es una mentira. Menuda tontería, eso lo podría hacer mi hijo de siete años, vamos, hombre. Si parece una cárcel. Si es que esta gente no sabe pintar y no sabe hacer arquitectura. Ni respetan el entorno ni respetan la tradición. Ya podían fijarse en las cosas tal y como se hacían antes.

Salvo, claro, que ese «antes» se refiera a hace cien años y especialmente a la URSS porque, desde la Revolución de Octubre hasta el principio de la década de los treinta, la Unión Soviética fue ariete del pensamiento artístico y arquitectónico más audaz no solo de su época, sino de todo el siglo que estaba por venir. Luego llegó Stalin y lo mandó todo a tomar por saco acusando a esos movimientos de «burgueses» y «reaccionarios» y prohibiéndolos de facto

Sin embargo, pese a que quedaron sepultadas bajo las horteradas infames que se erigieron bajo el denominado realismo socialista, las vanguardias soviéticas triunfaron. Ya lo creo que triunfaron. Tan es así que aún hoy son fuente de inspiración y de imitación de algunas de las obras más avanzadas del mundo contemporáneo. Del que nos rodea y del que nos rodeará unos cuantos años más. 

Kazimir Malévich: la primera en la frente

El 19 de diciembre de 1915 se inauguró en la Galería Dobychina de San Petersburgo la denominada por sus autores Última Exposición Futurista 0,10. Lo extraño no era el nombre, que también, sino el contenido. Una colección un poco a monte y no demasiado bien iluminada de cuadros con formas. Solo formas, sin rastro de nada parecido a algo figurativo ni mucho menos realista. Para entrar en contexto, en 1915 la Bauhaus estaba aún a cuatro años de abrir sus puertas, Kandinski seguía fiel al expresionismo, y Picasso y Braque empezaban a enseñar el cubismo al mundo. El cubismo no era más que una manera distinta de hacer figuración, poliédrica y multitemporal, pero figuración al fin y al cabo. En la Dobychina solo había formas: cruces, triángulos, círculos, trapecios. Y, colgado en la esquina entre dos paredes, el Cuadrado negro sobre fondo blanco de Kazimir Malévich. El punto cero de la pintura. 

El sobrenombre de marras se lo dio el propio Malévich, responsable igualmente del título de la exposición. «10» porque iban a participar diez artistas —que al final fueron catorce— y «0» porque para llegar al futuro había que destruir el viejo mundo y comenzar desde cero. Una cosa bastante mística, que para eso Malévich era cristiano devoto y parece que tenía la necesidad de joder la verdadera importancia de su obra rodeándola de explicaciones trascendentales. Fíjense cómo se refería al Cuadrado negro y a lo del punto cero: «Me he transformado en el cero de la forma y emergido de la nada a la creación, esto es, al suprematismo». O sea, una mandanga para poner bautizar el movimiento pictórico del cual era máximo, y casi único, exponente. 

Pero no, como sucede con muchos otros creadores, la obra sobrepasaba a su artífice. El Cuadrado negro es mucho más sencillo y mucho más poderoso que cualquier razonamiento o discurso: es el punto cero de la pintura porque no se puede pintar menos. Se puede usar menos material (un punto), pero no se puede significar un concepto menor. Solo figura y fondo. Con la misma distancia en todos sus lados, en todas sus dimensiones y en todas sus relaciones. Una distancia, además, que no tiene ilusiones de composición, de equilibrio de pesos o de plasmación de tensiones. 

La importancia del Cuadrado negro no reside en su condición de objeto pictórico, sino en su dimensión como artefacto conceptual. Por eso, el mismo Malévich pinto cuatro copias del cuadro; porque su destino último era ser reproducido. Algo que el aparato de propaganda soviética adoptaría con los brazos abiertos cuando la Revolución estalló dos años después. 

Los discos de Franz Ferdinand son propaganda comunista

El suprematismo, con sus formas puras y sus colores básicos, fue, desde el principio, carne de fotocopia o, bueno, de reproducción fotomecánica. De expansión al gran público. Así, mientras la propaganda occidental seguía copada por caricaturistas de periódico, la recién nacida URSS comenzó a usar collages y composiciones abstractas. También había carteles más o menos realistas, claro, pero el poder simbólico de un triángulo y un semicírculo era incomparable al dibujo de un señor disfrazado de burgués y echado a patadas del mapa de Rusia. 

Lo malo es que el gran público de los años veinte —y de los años 2000— no entendía una mierda de lo que significaban esos triángulos de las narices, así que no tuvieron más remedio que explicárselos. En realidad, la operación de contar una creación abstracta iba contra la propia lógica de la obra, pero, vaya, o lo hacían o se ponían a pintar a los señores burgueses y a los héroes del proletariado. Imbuidos por un espíritu verdaderamente revolucionario, decidieron que ni un paso atrás: lo explicarían a la brava. Con palabras y con fotomontajes. Acababa de nacer el diseño gráfico moderno

Tan moderno que Golpea a los blancos con la cuña roja, cartel creado por Lázar Márkovich Lisitski — El Lisitski— en 1919 como propaganda revolucionaria, acabaría sentando las bases de la publicidad gráfica a lo largo del siglo XX en todo el mundo. Tan avanzado a su tiempo que los fotomontajes de Aleksandr Ródchenko se han, ejem, homenajeado sin miramientos en piezas occidentales contemporáneas. Además, estas piezas reivindicarían su origen publicitario como cartelería, porque no están en museos sino en las portadas de discos como el Word of Mouth de Mike + The Mechanics o el You Could Have It So Much Better de Franz Ferdinand, quienes también usaron la Cuña roja de El Lisitski para el single «This Fire».

Hay mucho constructivismo en tu deconstructivismo

Una maqueta de la estructura de la torre Tatlin en la exposición Architects of the Revolution, Berlín, 2012. Fotografía: Sebastian Kahnert / Cordon Press.

Cuando Bernard Tschumi presentó las folies del parisino Parc de la Villette en 1983, enseguida las justificó como respuesta a los postulados filosóficos de Jacques Derrida. Un experimento arquitectónico en el espacio sin función definida más allá de la reflexión sobre la chora platoniana mediante un proceso semiótico de deconstrucción. Ya, yo tampoco lo he entendido y seguramente a los críticos de la época les pasó lo mismo, pero se ve que dijeron que palante y que bienvenido el deconstructivismo arquitectónico.

Lo curioso es que, aunque el deconstructivismo siempre ha necesitado una estructura intelectual detrás para argumentar sus decisiones espaciales y estéticas, me temo que el resultado tiene bastante menos que ver con esa tramoya filosófica que con su padre putativo: el constructivismo ruso. Saquen del parque uno de los artefactos de Tschumi y pongan ahí una maqueta de la Torre de Tatlin de 1919 y ya verán como tengo razón.

En realidad, el constructivismo también usó unas cuantas legitimaciones discursivas para algo que, probablemente, solo era exploración arquitectónica pura. Pero, claro, por un lado, eran los primeros, así que se les disculpa; y por el otro, es que había que convencer tanto al desordenado panorama de las vanguardias europeas como al incipiente apparat cultural soviético. El propio Vladímir Tatlin, a la sazón fundador del constructivismo, definía al proyecto del Monumento a la Tercera Internacional —que era el nombre oficial de su torre— apelando al poderío de la industria y al dinamismo de la revolución y el materialismo dialéctico. 

Sea como fuere, la torre ha terminado considerada como uno de los diseños más valientes y expresivos de la historia de la arquitectura. Una doble hélice excéntrica de acero y vidrio que llegaría a los cuatrocientos metros de altura con varios volúmenes geométricos suspendidos de la estructura principal que rotarían a distintas velocidades. Cada uno de estos volúmenes albergaría distintas funciones: salas de conferencias, auditorios, restaurantes y la sede de la Internacional Comunista, que iba a dominar la ciudad de Petrogrado desde ese edificio que, en palabras del crítico Víktor Shklovski, se construiría de «acero, cristal y revolución». Claro que tal cantidad de materiales costaban un montón de rublos y, en un país en bancarrota por la guerra civil, esos rublos tenían destinos mejores que un monumento, por muy revolucionario que fuese. Así que la torre nunca se construyó, aunque sí se hicieron unas cuantas maquetas, algunas de dimensiones comparables a las folies del Parc de la Villette.

Volando voy, volando vengo. Por el camino cambio la historia de la arquitectura

Aunque las ideas de avance y experimentación espacial y material eran comunes, el constructivismo nunca fue un movimiento monolítico: tuvo secciones, disidencias, distintas inquietudes y distintas formalizaciones de esa inquietud. Entre otras razones, porque no todos sus miembros eran arquitectos. O, más bien, porque todos eran arquitectos, pero también pintores, escultores, diseñadores gráficos y fotógrafos. Esto nos habla de las influencias recíprocas que la vanguardia soviética tuvo con el primer movimiento moderno occidental y en especial con la Bauhaus, donde se consideraba a la arquitectura como el arte total. La suma de todo el avance de pensamiento condensado en una realidad física.

El problema es que, si bien la capacidad inventiva del uso de lenguajes multidisciplinares estaba guay para librarse de ataduras y dar rienda suelta a una creatividad libérrima, en la práctica los proyectos eran tan experimentales que no había ni medios, ni técnicas ni dinero para llevarlos a cabo. Por eso, la mayor parte del constructivismo se quedó en la mesa de dibujo y en maquetas. Lo cual, por otro lado, fue casi una bendición, porque nunca tuvieron que enfrentarse a los sinsabores de la realidad constructiva, a la falta de mantenimiento, a las sobrecargas, a la exposición a la intemperie y a los churretones en fachada. Eso sirvió para que su contenido conceptual se rescatase casi virgen por la arquitectura occidental, sobre todo a partir de los años sesenta.

Ron Herron y Archigram presentaron el utópico proyecto de la Walking City en 1964, pero es que Georgy Krutikov ya había proyectado una Ciudad Volante casi cuarenta años antes. Si los británicos pensaban en una ciudad móvil robotizada y rodante, Krutikov suspendía la urbe de megaestructuras habitables flotantes y a su vez sostenidas por descomunales sistemas inflables a base de helio y, suponemos, poder del proletariado, porque eso no hay manera de que se levante un centímetro del suelo. Constant Nieuwenhuys se pasó media vida trabajando en el proyecto de New Babylon hasta que la enseñó al mundo en La Haya en 1974, pero ¿cuánto de esa ciudad mutante y polimórfica que tanto influyó a Rem Koolhaas o a Zaha Hadid estaba ya en los Hábitats Cósmicos de Lazar’ Khidekel? ¿Cuánto deben los primeros dibujos con los que Hadid nos asombró a todos a principios de los noventa a las Fantasías Arquitectónicas que Yakov Chernikhov produjo en los años veinte?

Obras construidas como la Villa en el Bosque que la arquitecta japonesa Kazuyo Sejima levantó en 1994 en Nagano encuentran cierta inspiración conceptual en el doble cilindro que conforma la casa de Konstantín Mélnikov en Moscú. De hecho, con sus dos proyectos para garajes en París, el propio Mélnikov parece adelantarse a la reivindicación contemporánea del edificio de aparcamientos como objeto arquitectónico. Al garaje-museo que, por ejemplo, Herzog y De Meuron acaban de inaugurar en la Lincoln Road de Miami.

Rita Barberá feat. Lenin

Si pasean por el centro de Valencia, sepan que no tienen que agradecer la faraónica Ciudad de la Artes y las Ciencias a Rita Barberá (ni a Calatrava), sino a Le Corbusier. A ver, visto así, dan ganas de ir a la tumba del arquitecto suizo y soltarle una colleja, pero, en realidad, y abstraída de los cacharros calatravianos, la propuesta urbana que se levanta en el cauce del Turia es magnífica. Tan magnífica que su antecesor es el proyecto del Palacio de los Sóviets, el concurso internacional de arquitectura que el Politburó soviético convocó en 1931 para construir la sede central administrativa de la URSS, además del mausoleo definitivo de Lenin.

Al concurso se presentaron arquitectos de todo el mundo con propuestas que iban desde el racionalismo de Walter Gropius hasta el neoclasicismo historicista de Borís Iofán, pasando por un constructivismo ruso que, sin saberlo, daba sus últimos coletazos. Las bases planteaban un programa masivo y complejo, pero, aun así, la mayoría de los proyectos apostaron por un edificio único y monumental que albergase tanto las oficinas como los auditorios, parlamentos, salas de congresos y celebraciones que se solicitaban. Le Corbusier, en cambio, dividía la solución en un conjunto de edificios, eso sí, todos adscritos al mismo programa de necesidades. La verdadera belleza revolucionaria del proyecto de Le Corbusier no residía en el lenguaje decididamente moderno de su arquitectura, sino en la concepción del Palacio como unidad funcional disgregada. En este caso, en dos auditorios y una serie de pequeños módulos accesorios, conformando así una suerte de ciudad en microcosmos que se articularía mediante una plaza central y un sistema de recorridos peatonales. 

A oídos de Le Corbusier llegaron rumores de que su propuesta había causado «una enorme conmoción», pero, al final, el jurado del concurso, al frente del cual estaba el mismo Stalin, eligió como ganador el pastiche megalómano de Iofán, que, por fortuna, nunca se construyó. Sin embargo, la miniciudad de Le Corbusier sí llegó a levantarse. No en Moscú y no con la misma forma, pero sí como concepto y por todo el mundo. El propio arquitecto suizo lo hizo en Chandigarh en los cincuenta, al igual que lo haría Louis I. Kahn para la Asamblea Nacional de Bangladés en Daca en los setenta. En la plaza de los Tres Poderes y, de hecho, en toda Brasilia, Oscar Niemeyer aplica la misma lógica de Le Corbusier en la URSS y, sí, hasta la Ciudad de las Artes y las Ciencias de Valencia le debe la mayor parte de su bondad como recinto urbano al proyecto del Palacio de los Sóviets. 

Si los capitalistas tienen rascacielos, el socialismo tendrá apoyanubes (y ganará la guerra fría)

Alzado frontal del apoyanubes de El Lisitski, 1925.

Les voy a contar un secreto: el rascacielos no es un objeto de arquitectura sino un artefacto económico producto del capitalismo. Es sencillo: a finales del XIX, el suelo en el centro de Chicago era cada vez más caro, así que, para amortizarlo, había que aprovecharlo lo máximo posible multiplicándolo en plantas. Luego se patentó el ascensor de seguridad y se desarrollaron las estructuras de acero y, voilà, para la década de los treinta las ciudades norteamericanas, y especialmente Nueva York, estaban llenas de rascacielos. 

Mientras tanto, en la URSS se veían las cosas de otra manera, más que nada porque lo del capitalismo estaba bastante mal visto y, además, porque el suelo no era un bien precisamente escaso. Por eso, entre 1924 y 1925, El Lisitski, ya definitivamente reconvertido en arquitecto, planteó una contraversión al rascacielos entendida desde los postulados de la arquitectura de vanguardia y del mismo pensamiento socialista. Lo llamó Wolkenbügel, el apoyanubes.

El apoyanubes era un proyecto que subvertía el posicionamiento arquitectónico del edificio en altura. Una suerte de rascacielos horizontal en forma de «L» sostenido a cincuenta metros sobre tres enormes pilares que servirían de acceso, núcleo de ascensores y escaleras. Todo ello dentro de la estética funcional y desnuda del constructivismo y el racionalismo europeo. Con un máximo de tres plantas en cada apoyanubes, el arquitecto argumentaba que, ya que el ser humano no puede volar, el movimiento horizontal que se produciría en su edificio es mucho más natural que el vertical dominante en los rascacielos. 

Al margen de las evidentes diferencias arquitectónicas, el apoyanubes era un tótem simbólico del socialismo al igual que el rascacielos lo es del capitalismo. Piensen que un rascacielos es la transcripción arquitectónica más literal posible del sistema económico de clases: los más ricos y poderosos viven en las plantas altas mientras que los desfavorecidos ocupan las bajas. En cambio, el apoyanubes contemplaba a todos sus habitantes y usuarios como iguales. Todos a la misma altura, todos recibiendo el mismo soleamiento, la misma ventilación y las mismas ventajas del edificio.

Aunque ninguno de los proyectos originales de El Lisitski fue construido, el apoyanubes inspiró a algunos de los arquitectos más brillantes desde finales del siglo XX hasta la actualidad. Ahora que el rascacielos está agotado como investigación arquitectónica, el apoyanubes parece haber encontrado su tiempo. El Museo de Arte y Arquitectura de Nankín que Steven Holl levantó en 2011 es un apoyanubes, la sede de la CCTV proyectada por OMA/Rem Koolhaas en 2004 es un apoyanubes, y hasta el magnífico nuevo edificio del Ayuntamiento de Benidorm, obra del estudio valenciano AIC EQUIP e inaugurado en 2003, es conceptualmente un apoyanubes. Efectivamente, el consistorio de nuestra particular meca de los rascacielos, de nuestra ciudad arquitectónicamente más capitalista, es un símbolo del pensamiento igualitario socialista.


Marina Tsvetáyeva. La vida es un lugar donde no se puede vivir

La poeta Marina Tsvetáyeva con su hijo, París, 1927. Fotografía: Cordon Press.

Considerada, junto a escritores de la talla de Borís Pasternak, Ósip Mandelshtam o Anna Ajmátova, como una de las autoras rusas más relevantes del siglo XX, Marina Tsvetáyeva no se dejó encasillar en ninguna corriente literaria de la época, creó su propio estilo. La suya es una escritura complicada por su carácter conciso a la par que sonoro e impregnada toda ella de una gran riqueza y heterogeneidad estética, que provienen de su extensa y variada formación cultural.

La prosa del poeta es un quehacer distinto de la prosa del prosista, en ella la unidad del esfuerzo (de la diligencia) no es la frase sino la palabra, e incluso con frecuencia la sílaba.

Una mujer de espíritu rebelde, transgresora en todo, en la vida y en la escritura, que fue fiel a sí misma, consecuente y a la vez contradictoria, sensible y apasionada.

Tzvetan Todorov, el gran filósofo, lingüista y sociólogo francés de origen búlgaro, decía: 

Cuando estoy sumido en la pena, solo puedo leer la prosa incandescente de Marina Tsvetáyeva, porque todo lo demás me parece aburrido.

Otra opinión, la del gran escritor ruso Joseph Brodsky, nos da una idea de la grandiosidad de Tsvetáyeva como poeta. Este afirma que no existe en la poesía del siglo XX una voz más apasionada que la de ella. También dijo que él mismo, en su juventud, quiso medirse con Pasternak, Mandelshtam, Ajmátova y Tsvetáyeva, pero, en lo que se refería a esta última, dijo: «Renuncié, no estaba a la altura».

Nace en Moscú en 1892. Su madre, María Aleksándrovna Mein, «una polaca de sangre azul» —como la define la propia Marina—, pianista de gran talento, discípula de Rubinstein. Su padre, Iván Vladimírovich Tsvetayev, notable filólogo e historiador del arte, profesor de la Universidad de Moscú, fundador y director del Museo Rumyantsev (en la actualidad Museo de Bellas Artes Pushkin de Moscú).

Su primer libro, Álbum vespertino, lo publica la propia Tsvetáyeva al cumplir los dieciocho años. Esta recopilación incluía poesías escritas entre los quince y los diecisiete años. Marina envía el libro al poeta y crítico Maksimilián Voloshin, quien la introduce en el círculo literario moscovita.

Durante la primavera de 1911, en Crimea, se enamora del estudiante Serguéi Efrón, hijo de una notable familia judía. El año siguiente se casan y, poco tiempo después, aparece su segunda colección de poesías: La linterna mágica. A finales de 1912 nace su primera hija: Ariadna (Alia).

En otoño de 1917, su marido entra en las filas del Ejército Blanco y ella se queda con Ariadna e Irina, su segunda hija, que ha nacido ese mismo año. 

El año 1918 aparece su primera recopilación, Poemas, que no llega a publicarse, pero en 1919 sí que salen a la luz Fénix y La fortuna (obras de teatro), y De la gratitud, fragmentos de su diario. 

Son momentos convulsos. En 1920 acaba la guerra civil rusa. Irina, su hija pequeña, muere de desnutrición en un asilo infantil. 

En julio de 1921 recibe noticias de su marido: está vivo, está en Checoslovaquia y la espera. El 11 de mayo del año siguiente, acompañada por Ariadna, se dirige a Berlín y desde allí a Praga, donde estaba su marido. Sobreviven gracias a una pequeña ayuda para los emigrantes rusos proporcionada por el Gobierno checoslovaco. Son más las obras publicadas en ese año: Verstas, El fin de Casanova, Poemas para Blok, La separación.

Entre 1923 y 1924 escribe el Poema de la montaña y el Poema del fin, este último considerado como su mejor obra. Además de estas publicaciones, hay que tener en cuenta otras realizadas en las revistas en ruso que se editaban en Praga y en París. A esta ciudad se traslada la familia en 1925, año en que nace su hijo Gueorgui (Mur). Allí residirán trece años, rozando la indigencia y rodeados de un ambiente de hostilidad provocado por su carácter inconformista. 

«Unos me consideran bolchevique, otros, monárquica, otros incluso piensan que soy ambas cosas, y nadie comprende de qué se trata», escribe a su amiga Vera Búnina

Pero, mientras tanto, en Moscú sus poemas se difundían copiados a mano entre sus admiradores y se recitaban en veladas literarias.

Hay que citar otras obras importantes que aparecieron en esa época: El poeta sobre el crítico (1926), El poeta y el tiempo (1932), El arte a la luz de la conciencia, Mi Pushkin (1936) o El relato de Sóniechka (1937).

Desde el año 1933, el marido de Marina Tsvetáyeva —sin que ella tuviera conocimiento al respecto—  trabaja en la Unión de Retornados, al servicio de la URSS, asociación que promueve el retorno de los exiliados a la Unión Soviética. 

En 1937, Efrón prepara su regreso a Rusia sin su esposa y sin su hijo Gueorgui, justo después de ser partícipe en el asesinato, como agente soviético, del agente Ignace Reiss. Marina resulta también sospechosa de ser conocedora de las actividades de su marido, su presencia es requerida en las comisarías de París, donde es sometida a multitud de interrogatorios

Al final, Serguéi Efrón pensó que lo mejor sería conseguir para su familia pasaportes soviéticos y convenció a su hija Ariadna para que partiera sola a la URSS. También tenía pensado mandar después a Gueorgui, el hijo menor, pero Marina no estaba de acuerdo. Sentía adoración por su hijo y se negaba a enviarlo solo a ninguna parte sin ella, por lo que Efrón partió solo. Así que Tsvetáyeva y Gueorgui continuaron viviendo dos años más en París, esperando los pasaportes del consulado soviético. 

La historia de los últimos años de vida de la gran poeta rusa es la más amarga y oscura. 

Las fuentes de las que nos hemos nutrido para relatarla son su correspondencia, su cuaderno de notas y el diario de su hijo Gueorgui Efrón, que comenzó a escribirlo en el barco de regreso a la Unión Soviética.

El barco María Ulianova zarpa de El Havre el 12 de junio de 1939. Durante la travesía, Marina Tsvetáyeva anota siempre en su cuaderno sus experiencias y pensamientos. Con ella y Gueorgui viajan un grupo de niños de la guerra españoles.

Tsvetáyeva escribe:

Los españoles —los compañeros de Mur— son adorables: cariñosos, educados y sin ningún fanatismo. Cuando abandonábamos Leningrado, al mirar los edificios ennegrecidos por el humo decían: nuestras fábricas, en Andalucía, son blancas, las blanquean dos veces al año.

Una vez pasada la aduana, Marina Tsvetáyeva y Gueorgui, sin haber recuperado todo su equipaje, se dirigen en tren rumbo a Moscú, a donde llegan el 19 de junio. Su hija Alia los está esperando en la estación, acompañada de su amigo Samuel Gurévich. Su marido no había ido porque estaba enfermo. En ese momento Tsvetáyeva se entera de que dos años atrás su hermana Asia había sido arrestada y deportada.

La familia se instala en Bólshevo, no lejos de Moscú, en una dacha asignada a los agentes del NKVD (más tarde KGB) repatriados desde Francia —aparte de Efrón, allí vive la familia Klepinin—. 

Tsvetáyeva, gracias a Alia, ha encontrado trabajo: traducciones al francés de algunos poemas de Lérmontov

El 27 de agosto Alia, estando de visita en Bólshevo, es arrestada por los agentes del NKVD. El 10 de octubre arrestan a Serguéi, y el 7 de noviembre los Klepinin corren la misma suerte.

Gueorgui y su madre se quedan solos en la dacha, en unas condiciones terribles, debido al frío y a lo mal acondicionada que estaba la vivienda. Abandonan la casa y se refugian en Moscú, en la pequeña vivienda de Lilia Efrón, hermana de Serguéi. Era una solución temporal, ya que no había espacio suficiente para todos y, además, Lilia se dedicaba a enseñar dicción a actores principiantes y trabajaba en casa, por lo que Tsvetáyeva y su hijo se veían obligados a pasar todo el día en la calle. 

Pidió ayuda a la Unión de Escritores, que la autorizó a alquilar una habitación durante un mes en Golítsyno, en las cercanías de Moscú y a comer una vez al día en la Casa de los Escritores. 

Tsvetáyeva se gana la vida traduciendo, pone en verso traducciones literales de alemán, inglés, francés, búlgaro, polaco, checo, ucraniano, georgiano… traduce sobre todo al clásico georgiano Vazha-Pshavela (1861-1915), trabajo que ha conseguido gracias a Pasternak y a otros amigos.

El mes está tocando a su fín y no parece que se vaya a solucionar el problema del alojamiento. Tsvetáyeva manifiesta de nuevo todas sus dificultades al secretario de la Unión de escritores, Pavlenko. Al no recibir respuesta, ese mismo día, angustiada, le manda un telegrama a Stalin:

Ayúdeme, me encuentro en una situación desesperada. La escritora Marina Tsvetáyeva.

A finales del mes de agosto, madre e hijo regresan al apartamento de Lilia. Finalmente, en septiembre de 1940, consigue subarrendar una habitación en Moscú. Escribe en su cuaderno:

… Tarasénkov, por ejemplo, se estremece frente a cada una de mis hojas. Es un bibliófilo. Pero en que yo, la fuente (¡de todas esas hojas!) recorro Moscú con la mano extendida como un mendigo: «¡Una habitación, por el amor de Dios!», y hago colas en los mercadillos, y vuelvo sola por patios oscuros y noches oscuras, en eso no piensa.

Gueorgui puede volver a la escuela; Tsvetáyeva se dedica de nuevo a la traducción, que es su única fuente de ingresos.

En enero de 1941, Alia ha sido enviada a un campo de trabajo. Tsvetáyeva le escribe y en sus cartas le relata con detalle todo cuanto acontecía. Entre otros asuntos le habla de Gueorgui y también de su nuevo alojamiento:

Está apegado a mí como un gato. Me da una pena infinita, y puedo hacer tan poco por él, si acaso, algún pastel. O regalarle un nuevo libro, por ejemplo, La historia de la diplomacia, o una colección de artículos de Kirpotin. De los poetas le gustan: Mayakovski, Aséiev y Bagritsky, los colecciona en las ediciones más diversas.

El verano lo pasamos en Moscú, en la universidad, buscando una habitación, siempre con la ayuda del Litfond, y por fin, tras innumerables sufrimientos, tugurios, patios interiores, trasteros, dueños tarados —¡inenarrable!— encontramos esta, desde donde te estoy escribiendo…

También entonces Tsvetáyeva decide escribir para pedir ayuda a los dirigentes del país, al jefe del NKVD, Beria, pidiéndole que libere a su hija y a su marido. No obtiene respuesta, y seis meses después le vuelve a escribir solicitando derecho a visita. Siempre sin respuesta, Tsvetáyeva seguirá yendo a las cárceles de Moscú para intentar entregar paquetes o dinero a los prisioneros y averiguar algo sobre el estado de sus familiares.

En su diario, Gueorgui Efrón hace continuas referencias a ese tema; el 28 de marzo de 1941 podemos leer:

Ayer volvieron a aceptar el giro para papá. Los de Nina Nikoláyevna y Nikolái Andréyevich también los aceptan. Así que después de que a Aliosha y Alia les hayan caído ocho años a cada uno y hayan sido deportados a Komi, quedan los actores principales: Nina Nikoláyevna, papá y Nikolái Andréyevich.

Tsvetáyeva desconocerá el futuro destino de Serguéi, quien será fusilado el 16 de octubre de 1941.

El 22 de junio de 1941, Alemania invade la Unión Soviética. En julio, Moscú comienza a sufrir bombardeos. Gueorgui, con sólo dieciséis años, forma parte de la protección civil antiaérea y pasa las noches en los tejados de los edificios, observando el cielo. Tsvetáyeva teme por su hijo y decide abandonar Moscú, con un grupo de escritores que son evacuados lejos del frente. Tras un montón de intentos frustrados de marchar a diferentes lugares, Tsvetáyeva y Gueorgui salen el 8 de agosto, en barco, rumbo a la Repúlica Tártara. Una parte del convoy se queda en Chístopol; los últimos pasajeros, entre los cuales están Gueorgui y Tsvetáyeva, son desembarcados en el pueblo de Yelábuga, el 18 de agosto.

Tsvetáyeva se dedica a buscar un lugar donde alojarse y un trabajo, pero la búsqueda resulta infructuosa. El 20 de agosto es convocada a la oficina local del NKVD, donde le proponen que trabaje como traductora del alemán: rechaza la oferta. Después de eso logra que le alquilen una habitación en una pequeña casa, adonde se traslada con su hijo.

El 24 de agosto Tsvetáyeva vuelve a Chístopol sola, en barco, esperando poder instalarse allí y encontrar algún empleo. Ese día Gueorgui escribe en su diario:

Su estado de ánimo es terrible, es muy pesimista. Le han ofrecido un trabajo de educadora; pero ¿qué demonios va a enseñar ella? No tiene ni la menor idea de cómo hacerlo. Su estado de ánimo está por los suelos, piensa en el suicidio: «El dinero se esfuma, no hay trabajo». Por eso se ha marchado a Chístopol.

En Chístopol no recibe una respuesta a sus peticiones. Al enterarse de que el Litfond va a abrir un comedor, decide proponerse para trabajar allí y escribe la siguiente solicitud, uno de los documentos más abrumadores de la historia de la literatura rusa.

Al Sóviet del Litfond,

Ruego que se me dé trabajo como friegaplatos en el comedor del Litfond que va a abrirse.

M. Tsvetáyeva

A 26 de agosto de 1941.

El 31 de agosto es domingo, los campesinos en cuya casa vive Tsvetáyeva están fuera, Gueorgui también. Aprovecha ese momento para escribir tres cartas de despedida: la primera a los testigos que la encuentren, la segunda está dirigida al poeta Nikolái Aséiev y a las hermanas Siniakova, a quienes pide que cuiden de su hijo, y la última es para Gueorgui.

¡Murgliga! Perdóname. Pero después habría sido peor. Estoy muy enferma, esta ya no soy yo. Te quiero con locura. Comprende que ya no podría seguir viviendo. Dile a papá y a Alia, si los ves, que los he querido hasta el último instante de mi vida y explícales que me encontré en un callejón sin salida.

Cuando Gueorgui regresa a casa, encuentra a su madre muerta. Unos días más tarde, el 5 de septiembre de 1941, escribe en su diario:

En el transcurso de estos cinco días han pasado cosas que me han conmocionado y han trastornado mi vida por completo. El 31 de agosto mi madre se quitó la vida, se ahorcó. Me enteré al volver de mi trabajo en el aeródromo, a donde me habían llamado a filas. Mi madre, últimamente, hablaba a menudo del suicidio y rogaba que «la liberaran». Y, finalmente, se ha quitado la vida.

Es difícil soportar tantas adversidades cuando se acumulan de manera extrema. Marina se quita la vida y es enterrada en una fosa común. Un enigma, en forma de hipótesis, de los factores vinculados a las circunstancias políticas y sociales que pudiesen añadir presión y dolor a una vida tan conmovedora como la de Tsvetáyeva, pero eso es un misterio que nos es imposible desvelar.

El heroísmo del alma —vivir—, el heroísmo del cuerpo —morir—.

El eco de estas palabras de Indicios terrestres, una especie de diario escrito a los veinticuatro años en plena revolución, preludian, con una sorprendente lucidez, esa «enfermedad incurable que se llama alma».


Los nuevos trabajos del ingeniero del alma

Manifestación en contra de Trump en su visita a Reino Unido, junio de 2019. Foto: Joel Goodman / Cordon.

Yuri Olesha nació en Ucrania, cuando el siglo XIX terminaba. Veintitrés años después estaba en Moscú, a la vanguardia intelectual de la Revolución rusa. Era escritor. Y era bueno, pero no indispensable, a juicio de críticos e historiadores de la literatura. También era comunista. Como Gorki, este sí (se supone) indispensable. Una noche estaban reunidos en su casa. Les acompañaba Joseph Stalin. Olesha, al parecer, se refirió a los escritores, a los artistas, como «ingenieros del alma». A Stalin le gustó la expresión y la hizo propia. Es gráfica, es precisa, y al mismo tiempo ofrece un contraste entre lo tierno y lo sólido, lo impredecible y lo calculado, lo difuso y lo preciso, todo ello en construcción controlada. En un arranque, el dictador soviético llegó a decir que «la producción de almas es más importante que la producción de tanques». Corría 1932.

Unas pocas décadas después, Isaiah Berlin nos dijo que la noción de la perfección total, la solución última en la cual todo lo bueno convive, le parecía no solo inalcanzable (eso, pensaba, es obvio), sino también conceptualmente incoherente. Algunos bienes supuestamente universales, superiores, no pueden coexistir. Consideraba esto una verdad conceptual. «Estamos condenados a escoger, y cada elección significa una pérdida irreparable». Pero para escoger necesitamos conocer la variedad, ser conscientes de ella, estar sumergidos en ella y poder dirigirnos intelectualmente hacia donde consideremos. «Manipular a los hombres», enuncia Berlin en otro lugar, «impulsarles hacia objetivos que tú, el reformista social, ves, pero que ellos quizás no, es denegar su esencia humana, tratarlos como objetos sin voluntad, y, por tanto, degradarlos». Un ingeniero de almas diseña caminos por los que deberás transitar. Un cartógrafo de ideas deposita un mapa en tus manos y te anima a explorar el mundo a tu alrededor.

La historia del mundo está mucho más llena de ingenieros de almas que de cartógrafos de ideas. Las religiones monoteístas y su dominio casi absoluto se bastaban hasta el Renacimiento, o incluso hasta la Ilustración. El fascismo y el nacionalismo se unen al comunismo soviético como explicaciones unívocas de la realidad que excluyen cualquier visión alternativa. El respeto institucionalizado a la pluralidad es un invento bastante reciente, y tiene condiciones muy exigentes. La principal es asumir que, aunque existen los hechos, resulta imposible establecer un consenso político y social en torno a la verdad. Esta aparente paradoja se resuelve asumiendo la idea, que a nadie resultará ajena, de que todos actuamos movidos por cierto interés. Y que, por tanto, la idea de «pueblo» o de «bien común» no son sino ficciones construidas para embridar el pluralismo, acotando los mapas de la libertad conceptual.

Se trata de una tensión constante, una negociación sin fin entre el establecimiento de hechos y la constitución de bandos. Es inevitable. El politólogo polaco Adam Przeworski, que creció en la Polonia comunista para instalarse en la América plural, elaboró una muy breve crítica a la noción de que la deliberación lleva a la convergencia de voluntades. Explica en las primeras páginas de su Democracy and the Market que para que esto sea cierto ha de asumirse que todos los mensajes son o bien verdaderos, o bien falsos. También ha de asumirse que los individuos van a identificar la verdad de manera sistemática. Y, por último, que el uso de los mensajes será no estratégico, desinteresado. Los tres postulados son problemáticos. «El vaso está vacío» o «la desigualdad aumenta cuando los impuestos son más bajos» son afirmaciones de complejidad muy distinta, pero en ambos casos uno puede ir a la realidad, observarla y comprobar si son correctas o no. «Tenemos que llenar el vaso de agua», «la desigualdad es mala» o «la Guerra Civil la perdieron los buenos» son ideas cualitativamente distintas porque son inevitablemente subjetivas, atadas al interés. Llegados a un punto, la razón y los hechos ya no sirven para dejar atrás el conflicto, y la única solución disponible es el voto. En última instancia, el voto no es un acto de razón ni de deliberación. El voto es un acto crudo de imposición de una voluntad frente a otra. La democracia es un sistema que se basa en que las facciones pierden (y ganan) elecciones. Y, como tal, constituye una primera victoria de los cartógrafos de ideas. Por desgracia, este triunfo es frágil.

Svetlana Aleksiévich construyó un mosaico perfecto de la URSS. Pieza a pieza, palabra a palabra, cita a cita, para después destrozarlo a martillazos sublimes en el mismo libro. En El fin del «Homo sovieticus», Aleksiévich entrevista a decenas de personas que vivieron antes y después de la caída del Muro. Con la URSS de los ingenieros de almas, el conflicto de perspectivas se circunscribía a las cocinas. Era allá, en el corazón íntimo de los hogares, donde no entraba nadie que no fuese de total confianza de la familia, donde se aventuraban tímidas exploraciones en la visión del ojo ajeno. Muchos esperaban que la llegada de la democracia sacase el debate de las cocinas a las calles. Y lo hizo, vaya si lo hizo, por un tiempo. Pero el círculo que dibuja Aleksiévich se cierra sombrío por dos cabos: nostalgia y decepción. Los más viejos echan de menos la certidumbre de atenerse a una sola verdad, a una sola definición de lo que estaba bien y lo que no. Una feroz y despiadada, pero al menos clara, definida. Los más jóvenes se sienten defraudados, y ahora sobrepasados, por la extrema imperfección de la democracia rusa. La oligarquía económica (que incluye a una parte de los dirigentes comunistas) la domina de tal modo que puede suprimir el pluralismo con una efectividad considerable. 

Pero el equilibrio entre interés y verdad del que depende el debate en democracia no circunscribe su fragilidad al ataque decidido de los hijos de antiguos dictadores. Cuando una sociedad se abre al pluralismo, resulta inevitable que en su seno se constituyan bandos o partidos que defiendan la perspectiva o los intereses de los distintos sectores que la conforman. Un bando no puede cuestionarse a sí mismo. Es la falta de fisuras aquello que lo define como bando. Y he aquí la contradicción intrínseca: un partido político es, de manera latente, un proyecto de raíces frentistas en un contexto pluralista. En el periodo anormalmente pacífico que disfruta Occidente desde la II Guerra Mundial, esta pulsión se ha mantenido bastante contenida. El incremento en el nivel educativo, en el bienestar y en la igualdad material han sido cruciales para explicar la calma. También ha ayudado, paradójicamente, la relativa concentración de los foros de información y creación de opinión. Periódico, partido, sindicato, iglesia, casa del pueblo. Las ideas seguían canales seguros y de largo alcance. 

Pero en la última década la profunda fragmentación de las fuentes de información ha coincidido con una degradación de las condiciones económicas que ha afectado sobre todo a los más débiles. Es este el caldo de cultivo perfecto para las ideas frentistas. Quienes las defienden suelen argumentar que el pluralismo reinante, el de la democracia liberal, no cumplía con el requisito de representar a todas las voces, que había una parte de la población excluida, y que por tanto era necesario abrir un frente desde el que asaltar el castillo. Un seguidor de la obra de Antonio Gramsci lo consideraría como una batalla contra la hegemonía imperante. Y una segunda derivada, proveniente de Jacques Lacan y Ernesto Laclau entre otros, lo denominaría algo así como una lucha por apropiarse el significado de los significantes. 

Consideremos la idea de patria en España, por ejemplo. Un concepto atractivo, sin duda. Un paraguas potente, que agrupa a millones de personas. Pero con un simbolismo que muchas rechazan. ¿Qué hacer? Luchar por él, rellenarlo de sonrisas, de canciones, de propuestas vagas para cambiar este país, de la señora que va con bolsas de la compra del Mercadona al portal, pero, ay, le cuesta subir las escaleras porque se hace mayor. Cualquier concepto que resulte atractivo, que tenga el potencial de definir un colectivo (por atracción o por oposición), de crear una identificación, será susceptible de este trabajo. Aquí, o en otros lugares. Si la patria es un valor diluido en el mar de la globalización, como pasa en Estados Unidos o en el Reino Unido, ¿por qué no hacer una recuperación selectiva de lo que significa ser americano o ser británico? Para luego venderla junto a un conveniente enfrentamiento con cualquier cosa que venga de fuera de nuestras fronteras.

Los nuevos ingenieros de almas son los encargados de dibujar los nuevos límites semánticos. Su trabajo no es ya apoyar a regímenes autoritarios en el establecimiento de una verdad única, sino ser competitivos en el mercado de ideas. Entienden que en la mayoría de países no habrá un Vladimir Putin que vuelva a meter el debate en las cocinas, así que su trabajo es colonizar un espacio dentro del mismo y hacerse fuertes ahí. Para ello, disfrazar opiniones con apariencia de hechos se revela como una estrategia ideal. La ingeniería de almas se convierte a los filtros de percepción.

Ya no estamos en 1932. Hoy día, la inmensa mayoría de la población en los países ricos tiene la suficiente capacidad cognitiva como para cuestionar una idea… si así lo desea. Pero ¿y si no? El nuevo ingeniero de almas puede ampliar su trabajo de reconstrucción de significados con el diseño de hechos a medida. Un dato parcialmente cierto aquí, un relato lo suficientemente vago allá, y un «mucha gente dice que» de por medio para evitar la acusación de «¡mentís!». Los angloparlantes lo llaman post-truth politics, la política posverdad. La campaña del brexit está construida paso a paso siguiendo la lógica de adaptar la realidad a los propios puntos de vista, empleando desde la cifra de ahorro diario de un Reino Unido fuera de la UE (falsa, pero específica y con apariencia de plausibilidad) hasta los supuestos problemas que traen los inmigrantes para los trabajadores de las islas (no corroborados por ningún estudio serio). Con ello, los brexiters no aspiraban a imponer una única verdad sobre el conjunto de sus conciudadanos, sino a vencer una guerra de trincheras. No traían su propia visión experta al debate, sino que la rechazaban de plano. «People in this country have had enough of experts» es una cita literal de Michael Gove, uno de los líderes conservadores del movimiento. Lo que importa no es tanto confirmar o desmentir el hecho, sino encajarlo con nuestros prejuicios. Así, nos creeremos cartógrafos, pero en realidad solo estamos recorriendo caminos previamente marcados en el mapa.

Uno de los aspectos más alucinantes del ya de por sí extraordinario fenómeno que constituyó la campaña presidencial de Donald Trump tenía lugar al final de cada uno de sus mítines. Cuando la gente va saliendo del recinto tiene que pasar por delante del espacio habilitado para los medios. Muchos de los asistentes les interpelan con insultos. Los más, les acusan de traidores a la patria. A la que previamente han rellenado de significado Trump y su equipo, claro. Cómo se atreven los periodistas a relatar los hechos, parecen querer decir, cuando es obvio que estos no favorecen la visión que necesita el país. Para estas personas la tensión entre verdad universal e interés particular se ha roto completamente en favor del segundo. Efectivamente, ya no estamos en 1932. Ni Trump ni nadie, ni siquiera Putin en su dominio autoritario, puede imponer a fuego el pensamiento único. Estamos en 2019, así que basta con producir realidades a medida para el número necesario de almas.


«Brézhnev», una serie rusa sobre las paradojas del poder absoluto

Brezhnev (2005– ). Imagen: Slovo / Channel One Russia.

Entonces, Gorbachov se atrevió a presionar al líder soviético para que lo ayudara a rescatar a la región de Stávropol de los efectos de un invierno extremadamente duro, caracterizado por un frío implacable, sequías y tormentas de polvo. Brézhnev rompió a reír, llamó a Kulakov por teléfono y se quejó en broma: «Óyeme, Fiódor, ¿a qué clase de tipo hemos escogido como primer secretario? No ha sido aún elegido y ya nos está dando el coñazo para que le consigamos forraje mixto». (Gorbachov, vida y época, de William Taubman)

Ha habido dos películas británicas sobre la muerte de Stalin, Red Monarch de Jack Gold en 1983 y The Death of Stalin de Armando Iannucci en 2017. Las dos muy cachondas, pero británicas. Igual que la celebrada serie de HBO y Sky, Chernobyl, que también es británica, aunque no tenga ninguna gracia. No obstante, la verdad es que sería mucho más interesante asistir a la aproximación al universo de la URSS que pudieran realizar sus paisanos, los ciudadanos exsoviéticos. Desgraciadamente, con el estreno de la cinta de Iannucci ya se vio que el gobierno de Putin no estaba por la labor de que se bromee sobre el pasado. Al margen del cine independiente, solo puede uno conformarse con producciones realizadas en Rusia que no hagan sangre.

Por ejemplo, en clave de nostalgia, en 2005, la primera cadena rusa emitió una miniserie de cuatro capítulos sobre los últimos días de Leonid Brézhnev. En 2006 fue el centenario de su nacimiento. En su día, cuando se dio la noticia en España de la aparición de esta serie, se comentó que, pese a las consabidas privaciones de los años de estancamiento, para muchos exsoviéticos la etapa de Brézhnev coincidió con la de los mejores años de su vida. Bien es cierto que antes, en la URSS, se sacrificaron generaciones para modernizar el país y, después de los setenta, los problemas ya eran demasiado evidentes mientras el comunismo se encaminaba hacia su abrupto final. La serie, se dijo, tuvo un gran éxito por eso, porque se recordaban con mucha añoranza las décadas de los sesenta y setenta. Años dorados para las generaciones que los vivieron.

Brezhnev había sido un delfín de Jruschov. Robert Service citaba que el mayor servicio que le hizo a su jefe fue reclutar trescientos mil «voluntarios» para que se pasaran el verano de 1955 trabajando el campo y que las cosechas aumentasen un 20% respecto al año anterior, lo que pudo salvar la presidencia de Jruschov. Sin embargo, como es sabido, diez años después, el Presidium, con Brézhnev por delante, conspiró contra Jruschov y lo apartó del poder con un discurso como el que él hiciera sobre Stalin, aunque con otros mimbres. Suslov le acusó de no haber llevado «una dirección», sino «un tiovivo».

Fue, sin embargo, un relevo de guante blanco por propio deseo de Brézhnev. Se le destituyó pacíficamente, sin juicios, ni procesos, ni cárcel ni ejecuciones. Tampoco se castigó a sus seguidores. El terror de los años estalinianos había dejado un cuerpo a todos que ya no querían revivir ni en carne ajena. Salvo Alexander Shelepin y otros viejos estalinistas, que no tardaron en ser apartados por la nueva camarilla, los funcionarios del partido lo que querían, de arriba a abajo, era una vida previsible, sin sobresaltos. Sin hacerse daño. ¿Para qué? Si había prebendas de sobra para todos.

Esa fue la tónica general en todo el país desde entonces, una búsqueda de paz y tranquilidad. A pesar de que los problemas económicos empezaron a hacerse crónicos y, con el tiempo, presentaban cada vez más difícil solución, el nivel de vida fue el mejor nunca visto. Nunca se había vivido tan bien en Rusia y aledaños. Service lo resume en un párrafo:

En 1970, el 32 % de los hogares tenían frigorífico, mientras que en 1980 la proporción ya era del 86 %. En la misma década, el número de hogares que contaban con televisor pasó de representar el 51 % a ser el 74 %. Los sindicatos abrieron más centros de veraneo para sus afiliados en la costa de los mares Báltico y Negro. Los trabajadores de confianza podían viajar a Europa del Este en viajes organizados por el partido, y si tenían muchísima suerte, a Occidente. Los precios de los productos de primera necesidad como el pan, las patatas, la carne y la ropa, así como los del alquiler de los apartamentos y del gas, se mantenían bajos: apenas eran más elevados que los existentes durante el primer plan quinquenal. Los trabajadores nunca habían estado tan bien, y menos todavía los koljozniki: en 1964 el Estado les incluyó en el sistema de pensiones y a partir de 1975 les concedió pasaportes internos. (Robert Service)

Igual que en el libro Abundancia roja, sueño y utopía en la URSS (Turner, 2011)

Todos los indicadores sugieren que la inmensa mayoría de la población soviética estaba razonablemente satisfecha  con su gobierno. Esto no significaba que hubiesen llegado al fin de la historia, al momento en que todos los obstáculos para la plena realización humana se diluirían en el torrente imparable que manaría del cuerno de la abundancia, pero resultaba bastante cómodo, sobre todo en comparación con épocas soviéticas anteriores. (Spufford Francis)

Hace diez años, una encuesta en el diario Kommersant mostró que el líder preferido de los rusos a lo largo de su historia era él, Brézhnev. En segunda posición estaba Stalin. Antes, estudios nacionales demostraron que la popularidad de Leonid iba creciendo con los años. En 1994, un 35 % recordaba aquellos años positivamente y en 1999 ya eran un 51 %. Preguntados por en qué periodo preferirían vivir, los encuestados entre dieciocho a cuarenta y cuatro años elegían la Rusia actual, pero a partir de esa edad era mayoritaria la respuesta de que hubieran vuelto a la de Brézhnev, que por otro lado era la segunda opción de los jóvenes.

Brezhnev (2005– ). Imagen: Slovo / Channel One Russia.

Justo antes de emitirse esta serie, de escueto título Brézhnev, en 2004, en la ciudad de Novorossiysk, levantaron una estatua de Leonid paseando con la chaqueta al hombro. Dos años después se rodó otra serie relacionada, Galina, que iba sobre su mimada hija y su ajetreada vida sentimental. Una mujer que sirvió de cotilleo frecuente en la URSS de entonces, no en vano,esa era la jet-set que había, aunque las noticias sobre ellos no llegaban en el Hola, sino en forma de rumores, a veces introducidos por facciones del partido enfrentadas entre sí.

Solo con ver cómo define Service a Galina se entiende por qué está justificado que tuviera su propia serie: «Una alcohólica promiscua, que entró en relaciones con un director de circo que lideraba una banda que se dedicaba a robar lingotes de oro». En el segundo punto el autor podría haber especificado más. Porque Galina estuvo con Igor Kio, mago del circo, su gran amor. Y también con Yuri Churbanov, el matrimonio que le arregló su padre para ordenar su vida, pero que fue otro desastre porque Yuri fue procesado a finales de los ochenta por formar parte de un cartel uzbeko que hizo acopio de todo, no solo de oro. Mientras tanto, todos esos años, Boris Buryatse, apodado «el Gitano», fue su amante y también fue detenido, en su caso con diamantes supuestamente robados a una bailarina del circo se dijo que por capricho de la propia Galina. Un show, vaya, hasta que la mujer murió alcoholizada en los noventa.

En cuanto a la serie Brézhnev, lo curioso es que no pretendía en ningún momento rehabilitar al personaje. No es, en ese sentido, una serie política, lo es sobre el poder. Esencialmente, sus cuatro capítulos tratan sobre un anciano decrépito forzado a mantenerse en el cargo. Está deseando retirarse, implora la jubilación, pero el resto de la gerontocracia que maneja el cotarro le necesita porque apuntala su estabilidad. Era mejor la decadencia y la parálisis del sistema que una guerra por la sucesión.

La idea que transmite la producción es que el poder puede llegar a ser un castigo. Cuando le hacen tomar decisiones sobre la guerra de Afganistán, en el momento que peor se estaba poniendo, el pobre Brézhnev se levanta y se va sin escuchar porque no puede más. Cuando le ponen al día de los actos a los que se dirige, se queda dormido. Al mismo tiempo, en esos encuentros oficiales le hacen burla porque está decrépito y sus discursos son verdaderas letanías. Fueron unos años de contradicción. De relativo bienestar del pueblo, de confort en las altas esferas del partido, pero ahora, en perspectiva, se puede observar que, como se suele decir, estaban cayendo y no se dieron cuenta hasta que se estamparon contra el suelo. Gran parte de la paz social venía de no introducir reformas, pero sin ellas el sistema no podría sobrevivir a largo plazo. El final es conocido: no sobrevivió.

En los noventa, el mito de los años de oro de los setenta tomó forma porque se le atribuía al socialismo maduro todo aquello que se echaba de menos en la primera década postsoviética: bienestar general, un Estado en el que se confiaba, buenos servicios sociales, estabilidad política y «cálidas» relaciones humanas entre los ciudadanos ordinarios. Como quedó demostrado en el centenario de 2006 (cuando Brézhnev habría cumplido cien años) y en el 25 aniversario de su muerte en 2007, el mito de los dorados años setenta ha mantenido su atractivo, aunque los creadores de opinión difieren a la hora de evaluar su papel: ¿debería ser aplaudido por la paz y la relativa prosperidad que disfrutaba el pueblo soviético de su etapa, o dejó al país mal preparado para el futuro y fue el gran responsable de su rápida desintegración después de su muerte? (Otto Boele)

El alivio que supusieron aquellos años para los soviéticos se pone de manifiesto con los recuerdos de Brézhnev, la serie está construida a base de flashbacks. Al secretario general se le va la mente a la época de las purgas y las denuncias anónimas. El anciano todavía está aterrorizado por todo aquello. Recuerda las broncas que le echaba Jruschov cuando era su subordinado en los primeros años. Brézhnev había entrado en política en Dneprodzherzhinsk justo cuando la época del Gran Terror estaba en su fase más intensa. Era savia nueva, como tanta que logró ascensos en aquellos en los que los viejos camaradas se iban derechos al gulag. Él no había hecho ni la revolución ni la guerra civil, se afilió al partido después del primer plan quinquenal, aunque en la II Guerra Mundial combatió como comisario y llegó a teniente general de artillería, pero un expediente en blanco fue la vacuna contra los procesos y las purgas. Una generación joven de funcionarios del partido desplazó a la anterior de esta manera.  

También se recuerdan sus años destinado a Moldavia, donde se le encargó reprimir los movimientos nacionalistas entre los moldavos de habla rumana. Sin embargo, en lo personal, aparece reflejado como alguien duro con otros hombres, pero torpe con las mujeres. Hasta que cogió práctica, la serie no esconde el romance que tuvo durante largos años con su enfermera.

Las famosas fotografías que tantas vueltas han dado en las que aparece en la piscina se recrean en la serie. Ahí sale con su gorrito haciéndose unos largos ayudado por sus escoltas. Ese tierno y vulnerable anciano, aunque mantuvo una legislación represiva con su pueblo, invadió Checoslovaquia y Afganistán y estuvo a punto de entrar también en Polonia, siempre buscó el consenso entre los demás líderes soviéticos. Su filosofía era que no hubiera conflictos entre ellos. En palabras de Carlos Taibo en su Historia de la Unión Soviética (1917-1991): «Fue, por lo demás, un dirigente de consenso, empeñado en reducir a la nada, aun a costa de adoptar políticas extremadamente ambiguas y vacías, los enfrentamientos entre facciones».

De su personalidad dan buena cuenta las escenas en las que aparece conduciendo a toda velocidad. Correr con el coche era una de sus aficiones. Sale cazando jabalíes, otra de sus pasiones testimoniada por fotografías que también han sido muy difundidas. Le gustaba la buena vida. En Abundancia roja, Francis cita las memorias de su sastre, donde se dice que el secretario general alucinó con las cazadoras vaqueras estadounidenses cuando empezaron a fabricarse. Encargó que se le hiciera una a medida, pero se encontró con que en la URSS no había botones metálicos, por lo que hubo que tuvo que hacer un pedido especial a una fundición de acero.

Brezhnev (2005– ). Imagen: Slovo / Channel One Russia.

Su machismo queda patente cuando su barbero, afeitándole, dice que por su peluquería había pasado todo el presídium. Brézhnev le contesta que no, que a Katya Furtseva no la afeitó, y se parten de risa. Yekaterina Furtseva se mantuvo en el gobierno tanto en la época de Jruschov como en la de Brézhnev, donde fue ministra de Cultura. Estuvo en el punto de mira porque se descubrió que aceptaba sobornos de los actores que viajaban al extranjero y se construyó una dacha con fondos públicos. Antes de caer en desgracia, según el historiador Vladimir Shlapentokh, prefirió suicidarse.

Es una serie rusa, hecha por rusos, con el beneplácito del gobierno y en su cadena pública, es decir, es respetuosa con el pasado, y aun así muestra que ya en 1982 los productos que se podían comprar en las tiendas de alimentación dejaban mucho que desear. Es Brézhnev quien realiza una visita sorpresa a una tienda, ante la incredulidad de los que hacen cola, dice «lo que come la gente, lo puedo comer yo» y se encuentra el género en un estado lamentable. No lo puede ni tragar.

Aunque la serie no se esconda en temas sensibles y esté centrada en esa reflexión sobre el poder como un pacto con el diablo en el que Brézhnev quedó atrapado y no pudo escapar, se echa de menos, para completar el cuadro, que hubiera aparecido más su hija Galina Brezhneva.

De acuerdo con Kremlin Wives de Larissa Vasilieva era una bebedora pata negra apasionada de los diamantes. Se especula que su colección de joyas provendría de las cadenas de intercambio de favores y tráfico de influencias de las altas esferas. Muchas de estas historias fueron inventadas y exageradas, como se ha dicho, cuando el entorno de Galina cayó en desgracia, pero algo había. Cuando todos  sus amigos fueron detenidos estaban en posesión de objetos de valor. En el funeral de su padre, Andropov, responsable del proceso contra su entorno, abrazó a su madre, pero no a ella. Un detalle que no pasó desapercibido para los que vieron el entierro por televisión. Cuando luego la policía y el KGB acudió con frecuencia a su domicilio a buscar objetos robados, se la solían encontrar borracha y le proponía a los agentes que bebieran todos juntos.

Hay muchas «leyendas de diamantes« sobre Galina Brezhneva. Uno involucró al museo en la ciudad georgiana de Zugdidi, que contenía dos reliquias, una máscara de muerte de Napoleón y la diadema de la reina Tamara. En 1975, Galina Brezhneva visitó el museo y se enamoró tanto de la diadema que exigió que los jerifaltes zugdidianos se la regalaran. El director del museo, enfadado y dolido, reunió valor para informar al primer secretario del Partido Comunista de Georgia, Eduard Shevardnadze, quien cogió el teléfono, llamó al gobierno y le dijo al camarada Brézhnev que, si bien Georgia respetaba profundamente a Galina Leonidovna, no le podían regalar su patrimonio. «¡Envía a Galina a casa!», Fue la respuesta de su padre. (Larissa Vasilieva)

Los disgustos que le daba su hija afectaron seriamente a la salud de Brézhnev. «El mundo te respeta, pero tu propia familia te avergüenza», dice Vasilieva, que se quejaba amargamente a sus camaradas, aunque también se le atribuye la frase «Nadie vive solo de su salario». Esa relación paterno-filial que le marcó hubiera redondeado al personaje.

Sea como fuere, estuvo quince años enfermo. Era adicto a los somníferos, gran bebedor y fumador —en la serie sale con sus paquetes de Marlboro escondidos por casa—, y con problemas de sobrepeso. Sufrió varios ataques. Tenía ya un historial de un infarto a comienzos de los cincuenta y otro en 1957. Durante la invasión de Checoslovaquia sufrió una obstrucción coronaria. En más de una ocasión los médicos le salvaron de la muerte clínica.

Con todos los medicamentos que tomaba, en sus últimos años, tenía problemas para moverse e incluso para hablar. Solo le apetecía ver la tele, como bien muestra la serie, pero la camarilla quiso mantenerle ahí, negó que estuviera gravemente enfermo, y le hicieron aguantar hasta el final. Esa es la tragedia humana que justificó esta cara serie, que fue rodada en el Kremlin. Una agonía prolongada por motivos muy similares a los que hicieron que Franco muriera, como dijo un alto cargo del régimen, «políticamente muy bien». Esa fase final en la que el poder absoluto se convierte en una condena para el que lo detenta.


Libros sobre la URSS para quienes han sobrevivido a la URSS

Una mujer, sobre el muro de Berlín, saluda sus familiares en Berlín-Este, 1961. Fotografía: Dan Budnik /  Library of Congress.

El día que cayó el Muro de Berlín, entre los escombros, además de idealismos perdidos, retiradas a destiempo, realidades crudas y futuros inciertos, se pudieron encontrar historias irrepetibles de las que, como siempre, tuvo que dejar constancia esa arma que es la literatura. Historias soviéticas, reales o no, que explicaran lo inexplicable. Tantos años después, los que vivieron aquella caída blanden hoy dicha arma con nostalgia, recordando lo que pudo ser y no fue. Y los que no pudimos vivirlo nos cortamos con su filo, por si la sangre pudiera llevarnos hasta entonces, curiosos e ingenuos. Por trazar la hoja de ruta de algunas de esas historias fascinantes, se desarrolla a continuación una lista con las obras literarias que merecen dejar una muesca en nuestros corazones. Porque, con memoria o sin ella, hay corazón detrás de aquellas ruinas del Muro.

Para los más comprometidos… La madre (Maksim Gorki, 1906). Rusia, país que tiene el tochaco como medida novelística de cabecera, parió este cuento largo o novela corta a través del vientre fecundo de Gorki. En ella se expone el compromiso político de aquellos que ocupan el escalón más bajo de la sociedad. Aún no se había instaurado el nuevo orden, pero sus cimientos ya parecían firmes. Por cierto, probablemente estemos ante el final más trepidante de todos los aquí presentes.

Para los que todavía creen en el amor… Doctor Zhivago (Borís Pasternak, 1957). Esta novela, apartada en ocasiones de la primera plana por su película homóloga, coloca el amor entre los trajines de la instauración soviética: Primera Guerra Mundial, Revolución rusa, guerra civil, exilios… Indispensable si se quiere conocer el contexto que rodeaba los convulsísimos primeros años del régimen.

Para las almas más líricas… Réquiem (Anna Ajmátova, 1963). Los focos se colocan sobre la mejor escritora de toda la historia literaria rusa. Esta obra tiene un trasfondo trágico: su primer marido fue fusilado; su segundo marido murió asfixiado en un gulag cualquiera; y su hijo luchó por sobrevivir durante décadas confinado en distintas cárceles. De las visitas a esas prisiones por parte de una mujer hundida nació esta obra, cumbre del (escaso) lirismo soviético.  

Para las almas más metafísicas… Pálido fuego (Vladimir Nabokov, 1961). Esta novela, que exhala un vanguardismo elegante, es quizás una de las menos celebradas de Nabokov a pesar de mostrar más pata negra que otras de mayor enjundia. En ella podremos ver, de una manera metafísica (o metanovelística), una crítica soterrada al régimen soviético, de donde escapará el protagonista con un ingenio narrativo difícil de encontrar lejos de las meninges de Vladimir.

Para amantes de los Rolling Stones… El maestro y la margarita (Mijaíl Bulgákov, 1967). Al más puro estilo Goethe, esta vez será el diablo el que se pasee por nuestra obra para criticar veladamente a través de la ironía la sociedad soviética. Como curiosidad, en esta obra se basaron los Stones para componer su célebre «Simpathy for the Devil».

Para colectivistas acérrimos… Campos roturados (Mijaíl Shólojov, 1932). La obra que nos presenta este nobel ruso tiene como contexto una de las aristas más importantes del entramado soviético: el agro. En Campos roturados, Shólojov dibuja con todo detalle las intrigas, traiciones y canalladas que rodean al mundo rural en el que se apoyó parte del éxito de la revolución. La recreación de los hábitos cosacos es extraordinaria.

Para feroces antiestalinistasArchipiélago Gulag (Aleksandr Solzhenitsyn, 1973). Otro nobel que se lanza a la lista, pero este lo hace con quizá la crítica más feroz de todas las aquí reflejadas. Por sus párrafos uno puede encontrarse con toda la crudeza de las torturas, corrupciones, condenas y represiones que trajo consigo este complejo sistema. Obra no apta para adictos al sosiego.

Para los que buscan el origen… Guerra y paz (León Tolstói, 1869). Clásico entre los clásicos, una de las cimas de la literatura universal. Escrita muchos años antes de la instauración, esta novela ya pone sobre el tapete los problemas que azotaban a la Rusia zarista y que poco después habrían de abordarse en el siglo xx. Su carácter revolucionario marcó para siempre a Lenin, quien, a pesar de no compartir ciertas directrices tolstoianas, afirmó que la obra reflejaba como ninguna otra el odio acumulado en Rusia.

Para españolazos trotskistas… En España (León Trotski, 1975). He elegido este título y este año de edición por referirme a la recopilación que Akal editó en el tardofranquismo, pero el texto hace referencia a los pasajes de las memorias trotskistas que se desarrollan en España. Todo lo que rodea a este libro es un testimonio curioso sobre cómo las ideas revolucionarias de la URSS afectaron a nuestro país. Desde la detención del propio León por parte de las autoridades españolas hasta la censura que el régimen de Franco desplegó sobre el texto.

Para satíricos y surrealistas… Un cuento (Daniil Jarms, 2014). Esta versión moderna que nos ofrece la editorial Milrazones es un ejemplo claro del humor fino que desprende la pluma de Jarms. Pero, claro, nada hiere más que una sátira bien compuesta, y esto le costó caro al estrafalario escritor. Su surrealismo sentó mal en la cúpula sóviet, tanto que decidió enviar al todavía joven artista a una penosa travesía por las distintas prisiones hasta que el hambre y la enfermedad acabaron con él durante el asedio a Stalingrado en plena Segunda Guerra Mundial.

Para lingüistas académicosLas categorías verbales (Roman Jakobson, 1950). Por añadir algo de lengua a la lista, incluyamos en esta a uno de los más grandes lingüistas de la historia. Sus estudios sobre fonética, fonología, sintaxis o teoría de la información son todavía hoy núcleos de la docencia filológica. Como había ocurrido con Nabokov, Jakobson logró desarrollar su carrera lejos del ambiente represivo de la URSS.

Para aventureros yanquis… La caza del Octubre Rojo (Tom Clancy, 1984). Salimos de lo autóctono para adentrarnos en la visión que de la URRS se puede tener en las literaturas extranjeras. Una de las obras más icónicas es esta, que cuenta la persecución a la que se ve sometido el mítico submarino. Una crónica aventurera de las tensiones que provocó la interminable guerra fría. Debo confesar que yo soy de esos que leyeron la novela antes de ver la película, famosa para siempre gracias a (o por culpa de) un parpadeo a tiempo de Sean Connery.

Para nostálgicos zaristas… La casa del propósito especial (John Boyne, 2009). De la mente que ideó El niño con el pijama de rayas nace también esta novela, entretenida y moderna, refinada y curiosa. El argumento gira en torno a uno de los aspectos más románticos que tienen que ver con la llegada del poder bolchevique: el fin de la dinastía Romanov. El enredo de la trama se termina resolviendo con no poca sorpresa.

Para amigos del liberalismo… Los enemigos del comercio (Antonio Escohotado, 2016). El tercer tomo de esta monumental obra, publicada por el maestro Escohotado, analiza desde distintos vértices el periodo que abarca desde la llegada de Lenin hasta los movimientos neocomunistas. Este análisis tiene en cuenta el contexto que circunda al movimiento, junto a conceptos como «individualismo» o «propiedad privada», que van, poco a poco, difuminándose a través de las décadas. Una obra maestra del pensamiento ilustrado. Un ensayo para la historia.

Para viajeros sádicos… La ruta de los huesos (Jorge Sánchez, 2010). Con el propósito de analizar las huellas de la barbarie estalinista, este libro de viajes le coloca palabras al camino que Jorge recorre a lo largo y ancho de la eterna Siberia. El título del libro tiene que ver con la famosa autopista construida por los enemigos de Stalin, bajo cuyo suelo fueron enterrados millones de presos.

Para amantes del sufrimiento ajeno… Embajador en el infierno (Torcuato Luca de Tena, 1956). Esta novela histórica narra las penurias a las que se ve abocado un capitán español de la División Azul después de ser apresado por el ejército soviético durante la Segunda Guerra Mundial. El honor militar está presente durante toda la obra, y solo ese sentido castrista de la supervivencia mantiene con vida al protagonista. Un cúmulo de desgracias que te harán abrazarte a la comodidad de tu cama.


La orgullosa mano de hierro de Irina Víner

Over the Limit (2017). Imagen: Parallel 40 – Planeta Med.

La cineasta polaca Marta Prus fue gimnasta de los cinco a los once años. Después hizo ballet y más tarde estudió danza contemporánea. Intentó entrar en una escuela de danza, pero no lo consiguió. Hizo tres pruebas y falló en las tres. Se dedicó entonces al cine y sus primeros trabajos ya estuvieron dedicados a su gran pasión, la gimnasia rítmica. Tras dos cortometrajes se decidió a abordar un largo con el que pretendía mostrar la realidad política rusa a través de su gimnasia. Pronto desistió de sus ambiciones políticas y vio que era mejor centrarse en las protagonistas del deporte por el bien de ambas, de la película y de las gimnastas. El  resultado ha sido uno de los mejores documentales de 2018: Over the Limit (disponible en Filmin).

El proyecto se inició a las bravas. En 2013, ella y su cámara Adam Suzin se fueron a Moscú a ver si lograban conocer a alguna gimnasta para sus propósitos. No tenían ni entradas ni pases de prensa, pero se colaron en un pabellón deportivo por la puerta de atrás y pudieron asistir a unas pruebas. Según explicó en Culture, un medio polaco, aquello parecía un cuartel: «Cuando vi a Irina Viner con un abrigo de piel y un sombrero, inmediatamente pensé que era un personaje de película. Todas a su alrededor estaban de pie prestándole atención. Caminaba entre ellas como un general del ejército».

Irina Viner, natural de Uzbekistán, ha sido la responsable de los éxitos de la gimnasia rusa del siglo XXI, la mejor del mundo. El secreto de su escuela es la humildad. El trabajo colectivo y no permitir que a ninguna integrante del equipo se le suba el éxito a la cabeza. En sus declaraciones a la prensa ha explicado que si una atleta se encierra en su grandeza eso es malo para todas las demás, incluida ella misma.

Es una filosofía que tiene su origen en el deporte soviético. En el periodo revolucionario y los primeros años de la URSS los bolcheviques rechazaban el deporte burgués. Despreciaban el chovinismo de competir por tu país, odiaban los récords y entendían que el ejercicio físico tenía que estar más orientado a la salud. Estas corrientes, que llegaron a desarrollar algunos proyectos, desaparecieron cuando Stalin decidió competir con los países burgueses en todos los ámbitos posibles, deporte incluido. Desde entonces, pese a que hubo deportistas asombrosos, la prensa y los órganos de propaganda describían sus triunfos como éxitos de todo el pueblo soviético y rechazaban de algún modo la gloria individual.

En esa línea sigue esta mujer presumiendo incluso de su poder y su mano dura. Su lema es famoso: «Mi relación con las chicas jóvenes es de amo-esclavo hasta los catorce, luego se parece a general-soldado a partir de los dieciséis, después de eso somos una asociación». En un sentido más positivo, es una de las grandes defensoras de que los hombres puedan competir en gimnasia, lo mismo que hay mujeres que boxean, al menos eso opinó en 2015.

Pero al margen de esta parafernalia, Viner también es famosa por ser la mujer de Alisher Usmanov, uno de los magnates rusos más poderosos. Un musulmán uzbeco que se casó con ella aunque fuese de origen judío. Este hombre, según Forbes, atesora casi veinte billones de dólares. Hizo su fortuna con la venta de materias primas e invirtiendo en telecomunicaciones y entre sus aficiones se encuentra ser presidente de la Federación Internacional de Esgrima. De hecho la pareja se conoció en un pabellón deportivo en Tashkent mientras él practicaba este deporte. Hasta este verano también fue uno de los mayores accionistas del Arsenal.

La vocación de Viner era el ballet, pero se tuvo que conformar con la gimnasia. Logró ser campeona de Uzbekistán y tras su retiro se convirtió en entrenadora. Tras conseguir que Venera Zaripova fuese campeona soviética, fue nombrada entrenadora nacional rusa en 1992 y presidenta de la federación en 2008.

Actualmente lo controla todo. Además es amiga íntima de Putin. Ella fue quien le presentó a su actual novia (se divorció en 2013 de Lyudmila, con la que llevaba casado desde 1981) la exgimnasta Alina Kabaeva, nacida también en Uzbekistán, campeona olímpica, nueve veces campeona del mundo, quince de Europa y diputada nacional entre 2007 y 2014.

Viner es una leyenda por los logros deportivos de sus pupilas, también por las broncas que les ha echado en público y han podido captar las cámaras, pero sobre todo por sus looks. Viste joyas y sombreros extravagantes. Es todo un personaje. Si el documental de Marta Prus ha logrado algo impresionante es mostrarla en la distancia corta mientras trabaja. Una personalidad tan exuberante que en una película de ficción habría resultado inverosímil.

Hasta entonces, la responsable de uno de los deportes estrella rusos, con los réditos en propaganda y prestigio que aporta a la nación, no era precisamente accesible. Prus, cuando logró colarse en el pabellón, se acercó a ella a ver si rascaba algo, pero Viner se negó a hablar nada ni ser filmada. Sin embargo la excusa que puso, que se tenían que ir de concentración, Prus se la tomó como una invitación. Un mes después se presentó en el centro alto rendimiento de Novogorsk. Al llegar se encontró con la instalación custodiada por fuerzas de seguridad. La cineasta le dijo a los soldados que tenía una cita con Irina Viner, aunque fuese mentira. Fue la última vez en la que logró entrar en un recinto sin acreditación.

En el lugar había decenas de atletas entrenando, con todo rodeado de cámaras, e Irina Viner estaba situada en el centro del lugar, controlándolo todo, dando órdenes e instrucciones con un micrófono. Solo había cambiado con respecto a los tiempos soviéticos, recuerda Prus, que estos atletas ya no estaban ahí por la patria, vestían Gucci y tenían cochazos aparcados fuera. En Rusia son celebrities absolutas.

Allí intentó convencer de nuevo a Viner de que tenía que rodar un documental sobre cómo gestionaba todo aquello, pero la volvieron a mandar a paseo. Una encargada de seguridad, llorando porque se le había colado e Irina se había enfadado con ella, le imploró que saliera de allí. Tuvo que marcharse otra vez con las manos vacías.

Así siguió durante toda la temporada, yendo a los campeonatos y grabando ejercicios. Se limitaba a acercarse a Irina y saludarla para que no se olvidara de ella. Finalmente, cuando consiguió coproductores de varios países, la entrenadora, seducida por la envergadura internacional del proyecto, aceptó a condición de poder expulsarla si algún día le estorbaba. Iba a empezar a rodar un documental que podía suspenderse en cualquier momento. El siguiente esfuerzo fue convencer a Rita Mamun para que fuera la protagonista. Tras dudarlo unos días, finalmente le envió un mensaje accediendo.

El documental, estrenado a finales del año pasado, no defraudó. La prensa destacó las mismas frases de Irina. «Hay que entrenarla como a un perro». «Lo has hecho de pena, te han dado los puntos por tener los ojos bonitos». «Si no puede competir, a la mierda, que se vaya». No obstante, la que dio más titulares no fue la supervillana, sino la buena de la película, Amina Zaripova, la segunda entrenadora que ejercía de poli buena, la que lleva su día a día. Las imágenes más graciosas del documental son cuando Amina besa a Rita y Vider se lo reprocha, le dice que con un beso basta, que le ha dado varios, que ya la besuqueará más después de los juegos. Puro bilardismo, del que tanto se quejaban los futbolistas, pero en gimnasia rítmica. Un deporte de niñas.

Zaripova también empezó con el ballet hasta que fue reclutada por Vider y pronto se puso a la cabeza del equipo ruso. En 1993, la gimnasta Oksana Kóstina falleció en un accidente de coche tras colisionar su novio, el también atleta Eduard Zenovka, el vehículo en el que viajaban ambos contra un camión mientras conducía en estado de embriaguez. Su muerte convirtió a Zaripova en la líder del equipo ruso. Logró medallas en campeonatos del mundo, pero no en los juegos de Atlanta. Fue operada a finales de 1996 de un desgarro en el tendón de Aquiles, lo que le permitió competir con éxito hasta 1998, año en el que pasó a ser entrenadora.

De todas sus pupilas, su relación con Mamun ha sido destacada por los medios especializados. Pasaban más tiempo juntas que con sus familias, parejas e hijos. Mamun se refería a ella como «mamá», Zaripova no lo veía exagerado: «Viví su infancia, su pubertad, su primer amor y sus primeros sufrimientos, fuimos y somos un equipo porque todo lo que atravesamos juntas solo nosotras, nadie absolutamente, nadie más lo sabe». 

Pero suya es la frase más brutal en Over the Lmit, decíamos. Cuando Mamun se queja del dolor de una lesión, Zaripova le pregunta si está enfadada. La gimnasta responde que sí porque es un ser humano. Y su entrenadora contesta: «No eres un ser humano, eres una atleta». Sobre las lesiones, sigue más adelante: «No hay ningún deportista de elite que esté sano».

Sus broncas no desmerecen a las de Vider. Le echa la culpa del fracaso colectivo: «Nos pones en una situación difícil, la culpa recae sobre todos». La llaman tonta, le dice que se vaya a la mierda: «Has fallado por estar pensando en otra cosa, no eres capaz de admitirlo y luego te burlas de todos poniendo esos ojitos de niña buena».

Hay una escena muy curiosa, es una conversación de Mamun con su compatriota Yana Kudryavtseva, la medallista más joven de la historia. Kudryavtseva se queja de que cuando las cosas van bien todo está genial con ella, cuando van mal, la llaman fracasada; si todo va bien, está delgada, si se equivoca, la llaman gorda.

Aunque la parte más dramática es la del padre de Mamun. El hombre se está muriendo de cáncer mientras su hija se entrena para los Juegos Olímpicos. No puede verle, pero Vider no duda en utilizar esa situación para motivarla. Le dice que al final del ejercicio se acuerde de él, que haga como que reza por él. Sin escrúpulos.

En Río, Kudryavtserva cometió un error con las mazas y el oro fue para su compañera. Mamun se convierte al final del documental, después de tanto sufrimiento, en  campeona olímpica. Sin alegría. Su padre murió dos días después y ella decidió dejar la gimnasia unas semanas más tarde.

Cuando Vider vio la película por primera vez, en su casa de Tel Aviv, se enfadó. Interrumpió la proyección, pero no le molestó el retrato de sargento de hierro que se hacía de ella en el día a día, sino que aparecía diciendo la palabra «mierda». Se lo decía a una gimnasta. Abroncó a la cineasta, sospechó que su intención era provocar un escándalo. Exigió que se censuraran todas las palabrotas que salían de su boca. Sin embargo, no apagó la tele. Siguió viendo la cinta y poco a poco empezó a gustarle. Al final, se emocionó. Ya le daban igual hasta los tacos. El proceso de gestación de una campeona, la muestra de su sufrimiento diario, la lucha agónica destrozándose el cuerpo hasta el oro, le encantó. Pidió que se proyectara en el Festival de Cine de Moscú.

El prestigio de esa mano dura es un asunto viejo. En países como Rumanía los excesos de los entrenadores de gimnasia han acabado en polémica nacional. Las revelaciones de Iulia Moldovan, por ejemplo, son la prueba. Así como la muerte de Adriana Giurca a manos de su entrenador, Florin Gheorghe, que le dio una patada mortal en la cabeza por cometer una fallo en un ejercicio. Incluso en Estados Unidos han surgido escándalos gravísimos como cuando al infausto entrenador Al Fong se le murió Christy Henrich después de un fallo multiorgánico derivado de la anorexia que padecía por las estrictas dietas a las que fue sometida.

Marta Prus no estaba pensando en Aronofsky cuando desarrolló su idea. Tan solo se acordó del profesor de batería de Whiplash cuando acabó de montar toda la película. Pero no hay duda de que sentirse como uno más de los protagonistas de estas películas es lo que fascinó a Vider. «Un maestro cruel pero efectivo», dijo la propia Prus, para después despedirse de su creación para siempre. Considera que una vez acabada una cinta, el autor ya no pinta nada: «Para mí el estreno de una película es un funeral, cuando se estrena, la película se marcha dejándome atrás, tendrá una vida separada de la mía, como directora he hecho todo lo que podía hacer y ahora tengo que seguir adelante».

Mientras la película iba de estreno en estreno, Prus hizo notar que la protagonista de Over the Limit, aunque era una celebrity, tenía un casoplón y conducía un BMW que le había regalado Putin, nunca mostraba felicidad por lo que estaba consiguiendo. Eso es lo que quiso captar, su mundo íntimo, reflejado a base de silencios y miradas entre broncas y caricias mientras se le resquebrajan las extremidades por la patria.

 


El terror de Occidente

Kabro, Sudán (hoy Sudán del Sur), 1995. Fotografía: David Stewart-Smith / Getty.

«La culpa es de los nazis». Una historia que empieza así solo puede acabar mal. Esta es la del AK-47, el Kaláshnikov, un fusil de asalto y una máquina para matar que se convirtió en el emblema de un país, de una ideología y de la barbarie.

Una gran historia, eso sí. Por terrible y, sobre todo, por larga. Hace décadas que la URSS desapareció, pero en 2017 quedaban entre setenta y cien millones de AK-47 en el mundo. Muchos más, seguramente, si se cuentan los que todavía se fabrican extraoficialmente. Desde su nacimiento, este fusil de asalto certero, todoterreno y terriblemente eficaz ha causado un número de muertos imposible de calcular. Olvide la bomba atómica: el AK-47 es probablemente el arma con nombre propio más mortífera de la historia.

Aterraba y lo sigue haciendo, y no solo por su eficacia técnica; también por lo que representa. El AK-47 ha sido el arma que eligieron muchos de los que se declararon enemigos de Occidente. Primero, del comunismo, el oficial y sus guerrillas. Después, de los movimientos de liberación nacional de muchos países del llamado tercer bloque. Hoy está en manos de terroristas, narcotraficantes y otros grupos del crimen organizado. Si cualquier arma causa miedo, el AK-47 produce pavor.

Aunque no nació para eso. Nació, cuentan, en 1941, cuando nazis y soviéticos se las veían en Briansk, ya peligrosamente cerca de Moscú. Concretamente, cuando Mijaíl Kaláshnikov, entonces un suboficial de carros de veintidós años, recibió un balazo en un brazo y fue trasladado a un hospital. «La culpa es de los nazis», dijo después. «Yo quería diseñar maquinaria agrícola».

Fusiles y propaganda

Kaláshnikov empezó a diseñar el arma que lleva su nombre sin salir del hospital, aún convaleciente de sus heridas. Sería un nuevo fusil que sustituyese a las carabinas soviéticas, que, dedujo, le estaban costando vidas al Ejército Rojo por lo aparatoso de su manejo. Después de recibir el alta se fue directo al taller. Quería ayudar a sus compatriotas en los campos de batalla, pero llegó tarde: cuando su diseño estaba listo para fabricarse en serie, la guerra llevaba dos años terminada. Fue bautizado con las siglas de «Avtomat Kaláshnikova» y el año de su producción: AK-47. O simplemente Kaláshnikov, en honor a su creador.

Suena coherente, ¿verdad? Quizá demasiado. Según el periodista estadounidense C. J. Chivers, esa historieta del soldado herido a la par que inventor y gran patriota fue, en realidad, una más de las inventadas por la maquinaria propagandística de Stalin. En su libro The Gun, Chivers cuenta que el AK-47 fue resultado de un caro y complejo proyecto armamentístico e industrial soviético del mismo calibre y simultáneo al de la bomba atómica.

«Los líderes del Partido Comunista insistían en que esas fábricas estaban dedicadas a la producción de automóviles, pero su producto no era un vehículo ni ninguna de sus partes. Era un arma: un rifle de aspecto extraño que se desviaba de las formas clásicas. A primera vista, este nuevo rifle era peculiar por muchos motivos, una rareza, una razón para enarcar las cejas y sacudir la cabeza. Sus componentes eran simples, poco elegantes y, según los estándares de Occidente, parecían casi hechos a mano. Había nacido el AK-47. En veinticinco años se convertiría en el arma de fuego más abundante que el mundo había conocido».

Larga vida al rey

El Pentágono la despreció inmediatamente por considerarla tosca y poco impresionante, pero ni Estados Unidos ni ninguno de sus aliados consiguió un hito armamentístico igual en aquella época. Era la herramienta perfecta para que un hombre sin demasiado entrenamiento pudiese matar a otros hombres con relativa facilidad sin importar mucho las condiciones atmosféricas o las circunstancias del terreno. Y todo por un precio que permitía fabricarla casi en cualquier lugar y en números enormes. Esto, recordemos, no fue un producto del capitalismo, sino todo lo contrario. Si eso resulta irónico o no, lo dejaremos a la discreción de cada cual.

La URSS hizo del Kaláshnikov su fusil oficial, su seña de identidad y su embajador material en el mundo. Se convirtió en el arma preferida de los ejércitos del Pacto de Varsovia y allí donde la guerra fría se materializaba en un conflicto armado, allí estaban los AK-47 ejerciendo como emblema prosoviético mejor que las camisetas de fútbol distinguen a los dos equipos de un partido.

No hizo falta persuasión, el rifle hablaba por sí mismo: el AK-47 destacó desde sus orígenes por ser barato, sencillo y eficaz. Fabricado en acero estampado sin casi soldaduras, producirlo no requería un gran despliegue técnico. No era el fusil más preciso, pero se podía montar y desmontar en unos segundos y su fabricación y mecanismo dificultaban que se encasquillase. Funciona razonablemente bien empapado de agua, sumergido en barro, lleno de arena o en temperaturas extremas. Si se trata de polivalencia, el AK-47 todavía compite con muchas armas contemporáneas.

Gracias a sus ventajas estratégicas, lo económico de sus materiales y lo sencillo de su producción, el Kaláshnikov conquistó las junglas de Vietnam y Corea, las playas de Cuba, las selvas de Centroamérica, los desiertos africanos y las montañas de Oriente Medio. La política también tuvo mucho que ver. En los años cincuenta, la URSS era el referente del socialismo y a su vez una gran potencia militar con la capacidad de armar a los países, ejércitos y guerrillas simpatizantes. La mezcla de todo ello convirtió el AK-47 en el arma preferida de los rebeldes marxistas (o, de alguna forma, prosoviéticos) del mundo.

En el bloque estadounidense la asociación entre el arma y el comunismo llegó a tener una potente carga psicológica. «Este es el rifle de asalto AK-47, el arma preferida de vuestro enemigo», decía Clint Eastwood en El sargento de hierro después de dedicarles una ráfaga amistosa a sus reclutas. «Hace un ruido característico cuando lo disparan, así que recordadlo».

Y vaya si lo reconocieron. Cuentan algunas crónicas de la guerra de Vietnam que no era raro que los soldados estadounidenses se deshiciesen de sus fusiles M16, que se atascaban continuamente con la humedad y el barro de la jungla, para tomar en su lugar los AK-47 que los norvietnamitas hubiesen dejado atrás, más fiables y cómodos de manejar.

Consciente de su eficacia arrolladora, la Unión Soviética hizo con el Kaláshnikov lo único que podía con aquel aparato inmejorable técnicamente: convertirlo, además, en un instrumento simbólico. Desde la década de los cincuenta, el torrente de AK-47 que manaba de las líneas de producción soviéticas sirvió a la URSS para afianzar alianzas con todo aquel que pudiese suponer un problema para (o distraer la atención de) el bloque occidental. Y el tablero de este juego, recordemos, era el mundo entero. Era una estrategia muy práctica: aumentaba el número de aliados y diseminaba por el planeta un emblema soviético, pero también aseguraba un nuevo mercado inaccesible al enemigo. En el caso de ocurrir una guerra local, tendrían que comprar los repuestos al Kremlin.

Teherán, Irán, 1988. Fotografía: Kaveh Kazemi / Getty.

Morir de éxito

Era el siglo XX; no será por guerras. Durante las décadas que siguieron, el AK-47 se convirtió en el arma de movimientos y guerrillas anticolonialistas por todo el mundo. En Mozambique fue el Frente de Libertação de Moçambique quien lo empleó en la guerra que vivió el país de 1964 a 1974 para independizarse de Portugal. El arma terminó como símbolo en la bandera nacional. Dato: se intentó eliminar en 2005, pero las protestas ciudadanas lo impidieron.

En Angola, Nicaragua, Afganistán o Chechenia, por poner algunos ejemplos, la escena fue parecida a pesar de las diferencias temporales, con la irónica circunstancia de que en algunos de esos conflictos fueron soldados soviéticos o rusos los que terminaron recibiendo las balas de los Kaláshnikov. Cuando se trata del AK-47, hasta el morir de éxito pasó de lo metafórico a lo literal. Así es su terrible eficacia.

No todos lo ven así, claro. Precisamente por su papel en revoluciones y causas anticoloniales, el AK-47 adquirió un halo de romanticismo libertario. Para muchos, esta herramienta para matar personas era también una especie de instrumento de justicia histórica y empoderamiento de los oprimidos del mundo.

«Esa arma barata y eficaz se convirtió en símbolo de libertad y de esperanza para los parias de la tierra; para quienes creían que solo hay una forma de cambiar el mundo: pegándole fuego de punta a punta. En aquel tiempo, cuando estaba claro contra quién era preciso dispararlo, levantar en alto un AK-47 era alzar un desafío y una bandera […] El Kaláshnikov, arma de los pobres y los oprimidos, quedó como símbolo del mundo que pudo ser y no fue», escribía Pérez Reverte en su artículo «Nostalgia del AK-47», publicado en XL Semanal. El escritor, por cierto, tiene un AK-47, según cuenta él mismo, que desmonta, engrasa y vuelve a montar de vez en cuando para que no se oxide. Aprendió a hacerlo en Eritrea en 1977.

Romanticismo aparte, quizá solamente dos cosas sean las verdaderamente relevantes: es la máquina de matar más eficaz de la historia y está fuera de control. Si la Unión Soviética ejercía alguno (algo cuestionable y cuestionado, teniendo en cuenta la generosidad con que la repartía), su desmoronamiento supuso el final. Millones de unidades quedaron en manos de ejércitos regulares pero también de guerrillas, grupos y grupúsculos armados por todo el mundo. En los años noventa se convirtió en protagonista de algunos de los capítulos más crueles de la historia.

Hasta un niño podría hacerlo

Por ejemplo: el Kaláshnikov es culpable de que existan niños soldados. O, precisando más, de que los niños puedan convertirse en un soldado capaz, razón última por la que alguien decide armar a un niño. Se dice, y no es una simple frase hecha, que su mecanismo y manejo es tan sencillo que hasta un niño podría hacerlo. Y lo hacen. En lugares como Angola se pusieron durante décadas cientos de AK-47 en manos de niños y se los envió a matar. Y a morir, eso por descontado.

El Kaláshnikov es un arma y es una industria. Aunque la patente del AK-47 fue adquirida en 1999 por la corporación armamentística Izhmash (y, por tanto, fabricar el fusil o cualquiera de sus variantes sin su permiso es ilegal), apenas es un inconveniente: cada año se fabrica un millón de unidades de forma ilícita. Así es como hemos llegado a los aproximadamente cien millones que se calcula que hay hoy en circulación. No hay tratados para controlar su venta, no hay acuerdos para frenar su producción, no hay organismos internacionales que hagan cumplir ninguna norma en lo concerniente al Kaláshnikov. Está ahí fuera, en manos de cualquiera que pueda pagar su precio, y en efecto es prácticamente cualquiera. Por menos de doscientos dólares es posible comprar uno de segunda mano.

Un precio, por cierto, que los analistas de seguridad internacional utilizan para monitorizar dos valores: la cantidad de armas que circulan en un país y su nivel de estabilidad. Si el precio del AK-47 baja, las cosas están calmadas; si sube, es que la situación se está calentando. Olvide la política, las primas de riesgo y otros indicadores pocos fiables; los Kaláshnikov, antes que nada, predicen los conflictos y las guerras.

¿Un arma cargada de futuro?

¿De quién son las manos que hoy empuñan un AK-47? Sigue estando presente en el armamento de ejércitos, cuerpos de policía y fuerzas de seguridad de decenas de países. Lo crea o no, en principio esto es lo menos problemático. El fusil está también en manos de guerrillas locales, grupos terroristas internacionales, mafias altamente organizadas y compradores privados que ejercen como mediador y distribuidor. Esa es la pesadilla que sueña el mundo entero.

Cuando Osama Bin Laden amenazaba a Estados Unidos y sus aliados en los vídeos que vimos tras los atentados del 11 de septiembre de 2001, nunca faltaba en el encuadre un AK-47. Cuando en 2003 Sadam Husein fue capturado, conservaba a su lado dos de estos rifles. Cuando la noche del 13 de noviembre de 2015 cuatro terroristas entraron en el teatro Bataclan de París mientras Eagles of Death Metal ocupaban el escenario, utilizaron rifles tipo Kaláshnikov para asesinar a ochenta personas. Cuando, en diciembre de 2016, dos jóvenes fueron detenidos en Madrid por su presunta vinculación con el terrorismo yihadista, tenían en su poder un Kaláshnikov con el que se habían grabado amenazando con cometer atentados. Habían intentado comprar más, por cierto.

Y no, no son solo terroristas. En julio de 2017 la Guardia Civil y la Policía Nacional detenían a sesenta y seis personas dentro de la (dramáticamente bautizada) operación Infierno. Se trataba de una red de narcotraficantes que operaba principalmente en Castilla y León. Entre las armas incautadas había un Kaláshnikov. En diciembre de 2016 se repetía una escena parecida en Granada: una red de doce narcos que enviaba cocaína a Israel cayó en manos de la policía con todo el equipo. Ese equipo también incluía un AK-47.

Esto en España. Imagine algo parecido ocurriendo en todos los lugares del mundo donde se trafica con drogas, con personas, con joyas, con petróleo, con marfil o con animales en peligro de extinción. Resumiendo: en todos los lugares del mundo.

En septiembre de 2017, el Gobierno ruso inauguraba en Moscú una estatua de Mijaíl Kaláshnikov vestido de calle y con un AK-47 en las manos. Mide siete metros de altura. Quizá elija usted creer que se trata de un reconocimiento al héroe, al ingeniero, al patriota. O al viejecito entrañable, poeta por vocación y creyente converso a la edad de noventa y un años, que siendo joven solo quería fabricar maquinaria agrícola y que en 2013, dos años antes de morir, escribía una carta al patriarca ortodoxo ruso explicando que «su dolor espiritual era insoportable». Quizá sea eso. O quizá sea un homenaje al símbolo que, sesenta años después, todavía sigue aterrorizando al mundo entero. Y quizá a eso le hayan hecho una estatua.


La increíble historia del Spartak y el loco fútbol ruso

Arsenal vs. Spartak, 1954. Fotografía: Cordon Press.

Hace tiempo salió un librito estupendo que cuenta la historia del Spartak de Moscú. Dirán: ¿y a mí qué? Ya, pensé lo mismo. Lo que pasa es que el libro, Fútbol y poder en la URSS de Stalin, de Mario Alessandro Curletto, publicado por Altamarea, una nueva editorial que promete colmar los agujeros de literatura italiana en nuestras librerías, es de esos que te intrigan y ves que te lo lees en una tarde. Acabas diciendo: ¿por qué no? Que es una de esas preguntas esenciales que distinguen al ser humano, aunque se hable poco de ella, porque parece muy coloquial. No voy a ocultarles que el sencillo propósito de este artículo es que se lo lean ustedes también. Es una historia increíble, porque va entrelazada con la de la URSS y en cada párrafo uno descubre un detalle asombroso que intenta memorizar para contárselo luego a alguien. Solo contaré tres pequeños episodios para que se hagan una idea.

Primera historieta. Los clubes de fútbol rusos nacieron como prolongaciones naturales de clubes informales y no declarados de gente que quedaba en la calle para darse de hostias. Es curioso que luego esto haya terminado hoy volviendo al punto de partida, con hordas ultras para quienes el fútbol es una excusa y se citan para lo mismo, especialmente en Rusia. El Spartak, aunque al principio tuvo varios nombres, lo levantaron literalmente entre familiares y amigos. Llegaron con tablas a un descampado, temido por ser lugar de reuniones de bandidos, y construyeron un estadio. Cuatro hermanos, los Stárostin, nacidos a principios de siglo, son el alma del club y su historia es una auténtica novela rusa que forma el hilo del libro. Ellos van y vienen de guerras y tragedias, pero entremedias siguen jugando o entrenando al equipo como si tal cosa.

La Revolución bolchevique alteró un poquito, en clave local y con rasgos propios, lo que sería la evolución natural de este deporte en otros países. Estaba prohibida la iniciativa privada, y solo se permitían equipos ligados a empresas públicas, fábricas o instituciones. Por ejemplo, el Dinamo de Moscú era del Comisariado del Pueblo para Asuntos Internos y el CDKA del Ejército Rojo, lo que implicaba que hicieran todo lo posible, y todo es todo, para ganar la liga. Lo mínimo era mover hilos políticos e influencias para fastidiar a los otros equipos o robarles jugadores; lo máximo, enviar a los rivales a un gulag en Siberia. Los Stárostin, por ejemplo, acabaron allí.

El comunismo en el fútbol también se tradujo en detalles llamativos que implicaban un vano intento de introducir valores inhumanos en la competición, del tipo de que lo importante no es solo ganar. Hubo un complejo sistema de puntos durante cuatro años, entre 1924 y 1928, con el que no ganaba la liga simplemente el que más partidos vencía. Se premiaba igualmente alinear jugadores que colaboraran en actividades deportivas de su barrio o que jugaran a otros deportes, no hacer faltas ni tener tarjetas. Pero la gente seguía haciendo sus cálculos como se ha hecho siempre, con victorias y empates, para decidir el campeón. Aunque oficialmente quedara quinto, para todo el mundo era ese. Un revelador y temprano síntoma de realidad paralela en el proyecto soviético. El Spartak, cuyo nombre fue elegido por una novela de Espartaco escrita por un italiano —desconocido en su país, pero muy popular en Rusia—, fue el equipo del pueblo, nacido desde abajo, no con ninguna institución, y el más amado en todo el país, no solo en su ciudad.

Segunda historieta. El fútbol ruso era bastante troglodita, basado en un ataque a lo loco, mucha leña y algunos jugadores virtuosos. Lo que pasa es que cuando salían fuera los zurraban de lo lindo, con un mínimo esquema los mareaban. Para el ideal revolucionario eso no podía ser, evidentemente. En su primera incursión exterior, los Juegos Olímpicos de 1912, la selección rusa sufrió grandes goleadas. En 1936 el Racing de París, que entonces era uno de los mejores de Europa, invitó al Spartak y otros equipos rusos y también los vapuleó. Fue al año siguiente cuando Rusia invitó a otro equipo a Moscú y se tomó la victoria como una cuestión de Estado. Era la selección vasca de Euzkadi, organizada por el lehendakari Aguirre, que había sido jugador del Athletic, y peregrinaba por Europa dando palizas a todo el mundo, porque era un equipazo. Estaban en gira forzosa y sin fecha de regreso por la Guerra Civil. Acabaron en América, jugando en México y Cuba. Terminada la guerra, rompieron filas y cada cual se buscó la vida fichando donde le cogieron. La historia del equipo vasco merecería una película, o un artículo en Jot Down, donde por cierto ya se ha publicado uno muy bueno y muy amplio de los Stárostin y el Spartak de Álvaro Corazón Rural, por si quieren saber más.

En Rusia organizaron varios partidos con la selección vasca, pero como los vascos ganaban todos, les pusieron más, y cada vez con peor humor, a ver si perdían alguno, aunque solo fuera por agotamiento. El duelo decisivo fue con el Spartak, y sería otra película, porque pasó de todo. El 8 de julio de 1937, ante noventa mil espectadores, los moscovitas se impusieron 6-2 y es un hito fundacional de la historia del fútbol ruso. Cómo se lo tomarían de seriamente que fue la primera vez que el Spartak, yendo contra su propia naturaleza, incluso usó un esquema de juego, en W. Pero, en fin, hubo cosas raras: el árbitro, que luego se supo que trabajaba en las oficinas del Spartak, pitó un penalti muy discutido con un 2-2 en el marcador y los vascos abandonaron el campo como protesta. Tuvo que intervenir Mólotov —sí, sí, el de los cócteles— para convencerles de que volvieran al cabo de cuarenta minutos. Desde entonces, cuando se quería decir el máximo elogio de un jugador era: «Jugó contra los vascos».

Tercera historieta. Toda la época estalinista del Spartak, y supongo que de cualquier ruso, es delirante. Abundan los episodios increíbles. En 1936 se organizó un partido de exhibición ante Stalin en la mismísima Plaza Roja. Para ello fabricaron una alfombra verde grande como un campo de fútbol y ensayaron un partido, coreográficamente, para mostrar todos los tipos de jugadas existentes, que debía terminar con un resultado concreto. Así se hizo, por supuesto. La llegada al poder del temible Beria como jefe de los servicios secretos, y por tanto presidente del Dinamo, hizo llegar lo inverosímil a categoría de rutinario. Una vez hizo repetir una semifinal de la Copa de la Unión Soviética aunque ya se había jugado la final posterior. Con Beria, algunos futbolistas que caían en desgracia desaparecían. Con este panorama, Nikolái Stárostin recuerda un encuentro glacial que tuvo con él. Le presentó a sus acompañantes con esta frase: «Este es Stárostin, el que se me escapó una vez en Tiflis». Glups. Resulta que Beria fue futbolista, un centrocampista rocoso, y en los años veinte su equipo jugó contra el de Stárostin, al que tuvo que marcar, con desastrosos resultados. Total, en 1942 arrestaron a los hermanos Stárostin, acusados de ser enemigos del pueblo. Pasaron once años dando tumbos de gulag en gulag, también a merced de los jefes de cada lugar que los querían en sus equipos locales.

Epílogo. De todas las anécdotas memorables del libro, hay una que he releído varias veces, de puro absurda. Fue un partido amistoso organizado en Stalingrado en 1943, solo tres meses después del final de la espantosa batalla, en una ciudad arrasada. Por levantar el ánimo. El Spartak, estrella invitada, contra el Dinamo local. Imagino a miles de espectadores famélicos, que durante noventa minutos tuvieron uno de sus primeros ratos de distracción y alegría mirando simplemente a otros hombres jugar con una pelota. El detalle soviético majara está en la pelota. Se pensó que lo más épico sería que un caza de guerra sobrevolara el estadio y lanzara el balón al centro de campo desde las alturas, un prodigio de puntería del glorioso Ejército Rojo. Increíblemente acertó. Pero la pelota pegó un bote descomunal, pasó por encima de la grada y se perdió entre las ruinas de Stalingrado.