Autorreferencial y festivo

Autorreferencial y festivo

Al sugerirme que, para conmemorar el décimo aniversario de Jot Down, escriba algo autorreferencial y festivo, me lo han puesto fácil, pues no hay nada tan autorreferencial como un balance (que era lo que habría hecho de todos modos) ni nada tan festivo —digno de celebración— como constatar que el balance es positivo y que permite encarar el futuro con razonable optimismo.

Como soy un mero colaborador, y además de reciente incorporación (menos de tres años en activo), se me puede suponer cierta imparcialidad si digo que Jot Down es, en mi opinión, una publicación ejemplar en su género y un referente imprescindible en el panorama cultural español. Mentiría si dijera que leo todo lo que se publica en sus páginas, tanto electrónicas como de papel; pero mentiría poco, pues al menos empiezo a leerlo todo, y si no siempre lo termino o solo lo leo en diagonal, no suele ser por falta de interés, sino de tiempo y energía.

Llevo mucho tiempo dedicándome a la mal llamada literatura infantil y a la mal ponderada divulgación científica, por lo que valoro de manera muy especial la voluntad y la capacidad de poner contenidos enjundiosos al alcance de un público amplio, sin distorsionarlos ni banalizarlos, y creo que Jot Down ha conseguido un nada fácil equilibrio entre profundidad, accesibilidad y amenidad, así como entre actualidad y atemporalidad.

Sería una osadía por mi parte intentar hacer un balance global de los miles de artículos y cientos de colaboradores que han pasado por estas páginas (o, más que pasado, venido para quedarse) en estos diez años, así que me centraré en la sección —o subsección— que más me interesa y en la que más asiduamente he participado, que es la de filosofía (no porque valore la filosofía en sí más que la ciencia, que debería ser mi sección favorita, sino porque, en este caso concreto, lo que se ha incluido en dicho apartado me resulta, en general, más interesante). 

En el momento de escribir estas líneas, hay 148 artículos bajo el epígrafe «Filosofía», uno de los diez en que se divide la sección «Arte y letras», que incluye un total de 2670 artículos. Si a esos 148 les restamos los 28 míos, de reciente incorporación, quedan 120, por lo que esta subsección en una de las menos abastecidas; pero, aun siendo escasa en comparación con la de otras materias (como, por ejemplo, la de historia, con 660 artículos), la presencia de la filosofía en Jot Down es muy superior a la que tiene en la mayoría de los medios (dicho sea de paso, no deja de ser preocupante que, por contraste, un poco de filosofía parezca mucho).

La subsección empieza fuerte: con un concienzudo artículo de E. J. Rodríguez sobre la existencia —o no— de Dios, que se prolonga en otros dos. Los tres artículos analizan, respectivamente, los argumentos cosmológico, teleológico y ético (la paradoja de Epicuro), y en su día suscitaron numerosos y apasionados comentarios de las/os lectoras/es. Y Dios es el tema central de una docena de artículos más, que junto con los tres anteriores suponen un 10 % del total. Y a juzgar por la abundancia de los comentarios cosechados, que en varios de los artículos superan el centenar, se diría que no solo no ha muerto Dios, sino que sigue estando muy presente en el imaginario colectivo (si es que tal cosa existe, y ahora no me refiero a Dios sino al imaginario).

En segundo lugar por lo que se refiere a la cantidad, hay al menos una docena de artículos de psicología, una materia que, en mi opinión, merecería su propio epígrafe; pero, en cualquier caso, es de agradecer que dichos artículos no figuren en la sección «Ciencia» (donde sí figura como subsección «Psicobiología y neurociencia»), pues hablar, por ejemplo, del «inconsciente» como si fuera algo concreto y definido, o de un supuesto «superyó», si no es lenguaje poético roza la seudociencia, como diría el recientemente fallecido Mario Bunge, el más ilustre de los entrevistados en «Filosofía». Y hablando de los entrevistados y homenajeados en esta subsección, son menos los que me merecen el mayor respeto, como Mario Bunge o Daniel Dennett, que los que me merecen muy poco, como Gabriel Albiac o Antonio Escohotado, pese a lo cual considero oportuna la inclusión de estos últimos (seguramente yo los habría excluido, y habría sido un error). Uno de los méritos de Jot Down, en estos tiempos de excesiva polarización, es su empeño por ofrecer un panorama lo más amplio —y lo menos tendencioso— posible del pensamiento actual.

Otro tema clave de la subsección «Filosofía» es el amor, con al menos diez artículos en su haber (la mitad de ellos míos, por lo que no puedo ser objetivo, aunque sí ver en la abundancia numérica y en los muchos comentarios suscitados un claro indicio del interés del asunto). Y para mantener el consabido (des)equilibrio entre Eros y Tánatos, otra decena de artículos tratan sobre la muerte.

De obligada mención en un artículo autorreferencial y festivo son los textos cuyo asunto es la propia filosofía. En este sentido —y no solo en este— hay que destacar las entrevistas de los antes citados Mario Bunge y Daniel Dennett, así como las de Jesús Mosterín y Víctor Gómez Pin. Reproduzco el contundente final de la entrevista de Bunge, que nos recuerda la obstinada presencia del pensamiento mágico/religioso en el ámbito de la filosofía:

Yo creo que no tiene sentido esa pregunta [¿Por qué hay algo en lugar de nada?] si no es en una teodicea. En una teología tiene sentido preguntarse por qué diablos Dios, en lugar de seguir tranquilamente sin hacer nada, empezó a hacer algo. ¿Por qué a Dios se le ocurrió hacer el mundo? Pero en una metafísica como la mía que es completamente atea no tiene sentido esa pregunta. Pasa por ser la pregunta más importante, eso es lo que dice Heidegger y dicen muchos otros. A mí me parece un disparate.

Pese a que son bastantes más los artículos con los que estoy en desacuerdo que los que suscribo (o precisamente por ello), creo que leer los 148 textos de la subsección «Filosofía», junto con sus respectivos comentarios (en ocasiones más interesantes que los propios artículos), equivale a leer un excelente tratado sobre las tendencias, lagunas y contradicciones del pensamiento contemporáneo, y considero un privilegio haber podido contribuir a la confección de esa obra colectiva y haber suscitado varios cientos de comentarios, no todos favorables pero casi siempre provechosos (comentarios que me han animado a desarrollar un proyecto de libro iniciado hace muchos años, El tigre de Tarzán, y por los que estoy sumamente agradecido a mis amables lectoras/es).

En resumidas cuentas, creo que los cerca de ocho mil artículos publicados hasta ahora constituyen —junto con las decenas de miles de comentarios— un adecuado capital simbólico para entrar con buen pie en la segunda década de Jot Down. Con mejor pie, desde luego, que en la recién iniciada segunda década del siglo XXI.

Y puesto que de cara a un nuevo año —y con más motivo de cara a una nueva década— es obligado formular algún buen propósito, propongo el siguiente: buscar una mayor interactividad. Como dice Platón, el diálogo es el camino del conocimiento; un camino que, más que ningún otro, se hace al andar. Y, siguiendo una lamentable tendencia general, quienes escribimos en estas páginas no dialogamos lo suficiente, ni con las/os lectoras/es ni entre nosotras/os. No sigamos infrautilizando nuestra herramienta más eficaz.


Jot Down nº 38, especial Armenia

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Nos hemos ido de viaje al solar sobre el que Dios desplegó el Paraíso. Palabra de Byron. Armenia es uno de los países más antiguos del mundo, uno de los que más sufrió a lo largo del siglo XX, y el que más miembros tiene en su diáspora. Cher, Charles Aznavour o System of a Down, el brillo estridente de Kim Kardashian, el genio de Steve Jobs o las proezas de Andre Agassi y Garri Kaspárov. Y hay más, dentro y fuera. Pintoras y grafiteros, actores, escritoras, científicos, arquitectos, guerrilleros, monarcas y hasta estrellas del pressing catch. Y para seguirlos a todos hemos recorrido mundo desde Israel y Turquía hasta Japón, Argentina y los Estados Unidos. Aquí está el resultado, la Jot Down nº38 especial Armenia, del que os avanzamos algunos de sus contenidos, por secciones.

Artes

Desde una perspectiva absolutamente personal, Areg Balayán explica en sus propias palabras la razón de su proceso creativo pictórico, y los blojiks, bichitos, en que lo plasma. «Yo soy armenio y cargo con todos los defectos de nuestra nación, los miedos, los valores vanos, las tradiciones no correspondidas con la actualidad y la luz «armenia». Aún sigue garabateando. «Aún sigo buscando».

Música

Ella es Cherilyn Sarkisián, la artista que cuando le preguntaban de pequeña qué quería ser, respondía «famosa». También es una de las que con más ferocidad abrazó la causa armenia, una vez reconciliada con sus orígenes. Tuvo un meteórico despegue con Sonny, pero también sudó sangre para evadirse de la discográfica y poder controlar su carrera, momento en el cual se convirtió en la megaestrella y actriz que es hoy. Empieza por C, con tres letras, «Una artista que prefiere no revelar su nombre». Por Bárbara Ayuso.

A Krikor le salvó la vida en 1915, en el genocidio armenio, fingirse músico, porque tenía un violín. A su nieto le sirvió aprender a tocarlo, y conseguir una beca en Hannover, para huir de la guerra. Y cuando ya se había convertido en uno de los mejores violinistas del mundo, ese nieto, Ara Malikian, se lanzó a los escenarios para contar la historia del violín que lleva más de un siglo salvando a su familia. «Armar el alma». Por Virginia Mendoza.

Entrevistas

Garik Israelian quería ser estrella del rock, y su capacidad autodidacta le ayudó cuando, fascinado por la ciencia ficción, decidió que quería profundizar en las explicaciones sobre lo que aparecía en sus películas y novelas. Hoy es investigador en el Instituto Astrofísico de Canarias y uno de los astrofísicos cuyos descubrimientos han sido comentados más veces en diarios de todo el mundo y citados en revistas científicas y de divulgación. Es, además, organizador de un festival al que se pelean por ir astronautas, premios nobel, músicos y artistas, pero del que en nuestro país casi nadie ha oído hablar. Por Martín Sacristán. Fotografía de Ángel L. Fernández.

Joaquín Caparrós inició la revolución más barata de la historia del fútbol. Fichó a coste cero y puso al club Sevilla FC desde la segunda división en tendencia ascendente, donde sigue hasta hoy, dos décadas después. Y tras una amplia trayectoria de diecisiete años en primera división, Caparrós fichó por Armenia. Una apuesta sorprendente, pero en la que volvió a alcanzar gestas épicas. «Al fútbol actual le falta rock and roll». Por Álvaro Corazón Rural. Fotografía de Ángel L. Fernández.

Viajes

La cueva de Satán está más allá de Ereván, capital de Armenia, junto a una piscina natural de aguas turquesas. Es una joya, un museo pictórico construido por la naturaleza donde cada sala alterna los colores diferenciándose de la anterior. Y esas características son tan importantes como las de su aldea contigua donde reside el otro alma del país. La rural. «Anochece, que no es poco». Por Sergio Andrés Pérez.

De Anakara a Kars, el tren más icónico de Turquía, el Dogu Express, tiene uno de sus extremos próximo en un territorio armenio donde no quedan armenios, ni pertenece ya al país. Hablar de ello le costó a Orhan Pamuk el exilio, y al periodista Hrant Dink la muerte por desvelar el linaje armenio de muchos personas cruciales de la historia y cultura turcas. Miguel Fernández Ibáñez nos monta en el Dogu para comprenderlo en «Un tren hasta donde se esconde el sol».

Cine

Sergei Parajanov comenzó su particular revolución en los años del deshielo soviético, bajo Jrushchov. Una pequeña apertura por donde se colaron por primera vez la memoria del gulag, y él mismo. Así comenzaría a rodar películas totalmente contrarias a los valores morales soviéticos, pero también dotadas de una realización explosiva, que acabaría por conducirlo al éxito internacional. Sin privarlo de la persecución, el campo de concentración y la cárcel, donde creció aún más como artista. Él era singular, y «Libre como un Parajanov». Por Álvaro Corazón Rural.

En el retiro a meditar en las faldas del Himalaya que hicieron los Beatles el productor de la banda les entregó un ejemplar de El Señor de los Anillos. Y les propuso que, con Stanley Kubrick tras la cámara, cada uno de ellos representase para el cine un personaje principal de Tolkien. George Harrison interpretaría a Gandalf, Paul McCartney a Frodo y Ringo Starr a Sam, mientras John Lennon sería bendecido con el papel más importante, el de Gollum. «Andy Serkis y el factor Gollum». Por Diego Cuevas.

Historia

Ninel Gharajyán tenía solo diecinueve años cuando se convirtió en la primera armenia en surcar los cielos. La aviación empezaba en todo el mundo, se desarrollaba en la URSS, y ella comenzó como paracaidista, más tarde como piloto. Fue una carrera fulgurante con un final abrupto. «Salta, Ninel, salta». Por Kristina Abovyán.

La ciudad que hoy es capital de España tuvo que convertirse, por decisión del monarca Juan I de Castilla, en señorío del rey León V de Armenia. La confusión de las autoridades madrileñas fue total, y luego pasaron a la ofensiva para evitarlo a toda costa. Aunque la parte más jugosa de esta historia es el motivo por el que se designó «Un rey armenio para Madrid». Por Dolores Glez. Pastor.

Poesía

Henrik Nordbrandt, danés, tiene un libro dedicado a un solo lugar, este país. Lo escribió sugestionado por el genocidio de 1915, y por sus rincones, por esas singularidades que derramó en sus versos. Su complemento perfecto es otro poeta, Ósip Mandelstan, soviético, vetado en la URSS y acogido aquí con los brazos abiertos. Juntas, ambas voces en verso hacen un retrato fiel del Ararat, de los huertos de frutales, de la ciudad de Ereván, Ashtarak, Burakán… en suma, de toda Armenia. «Dos huellas cruzadas». Por Alejandro Luque.

Sociedad

Pinar Selek, escritora y activista turca, nos cuenta cómo fue crecer en el país que durante tres generaciones ha negado el genocidio armenio, y cómo ella misma se desarrolló en ese negacionismo. En un intento por contarlo sufrió cárcel y torturas, y aprendió que la correlación de fuerzas puede ser tan importante como ver y comprender. Se hizo partícipe de las luchas feministas, libertarias, de kurdos y personas LGTBIQ. Y luego conoció a los armenios. Nos narra su aprendizaje en «Poder comenzar». 

Esta es la historia de quien se destacó como uno de los mejores comandantes militares de la autoproclamada República de Nagorno-Karabaj, hoy héroe de Armenia. Admitido en Berkeley, licenciado con honores, admitido en Oxford para un doctorado que nunca hará. En lugar de eso entrará en el Frente Popular para la Liberación de Palestina, y se convertirá en guerrillero, para llevar a la victoria y la independencia a su pueblo. «El hombre que quiso ser Monte Melkonián». Por Karlos Zurutuza.

Fotografía

En 2020 estalló una guerra en Nagorno Karabaj de la que este fotoperiodista, evacuado junto a los últimos informadores que quedaban en la capital del enclave, nos da su testimonio gráfico. Crónica de las últimas horas, niños en las escuelas, reparto de alimentos, funerales, devastación, heridos, sótanos que sirven como refugio. «Cuando la ciudad se desintegra». Por Ricardo García Vilanova.

Deportes

El apellido original de este tenista era Aghassián, y tiene relevancia decirlo, no porque sea armenio, sino porque el padre buscaría a través de la afición de su hijo la gloria que él, como boxeador olímpico, no pudo alcanzar. Presionando hasta extremos insufribles, logrando que hiciera un viaje increíble al éxito y otro aún más sorprendente hacia el abismo. El final se sabe, el desarrollo en «Marvel filma una sobre tenis: la historia de Andre Agassi». Por Marcos Pereda.

Tigrán Vartánovich Petrosián, el «Tigre de Acero», superviviente de la miseria y el hambre, luchador tenaz, noveno campeón mundial de ajedrez. En una Unión Soviética azotada por la carestía de alimentos, Tigrán gastó valiosos puntos de su cartilla de racionamiento para adquirir Práctica de mi sistema, uno de los famosos manuales del ajedrecista letón Aron Nimzowitsch. «Tigrán Petrosián: cuando el ajedrez es una trinchera». Por E. J. Rodríguez.

Televisión

Era amiga de Paris Hilton, e hija del abogado defensor de O. J. Simpson, de cuyo juicio estaba pendiente el mundo. Pero lo que de verdad la catapultó a la fama fue la filtración de un vídeo porno con el rapero Jay-K. a la par que se emitía el reality sobre los Kardashian. Pero si se hizo millonaria, junto al resto de su familia fue por ese cerebro en la sombra, también femenino, y verdadera causa de «La monarquía K». Por Jelena Arsić.

Ciencia y tecnología

Robin the Robot es un robot de origen armenio que se ha colado en la lista de la revista Time sobre los cien mejores inventos de 2021. Nació de una necesidad muy real: aliviar la soledad de los niños en los hospitales. Un problema agravado por el coronavirus, que los obligaba al aislamiento durante su estancia. Entra en la habitación del paciente, juega un rato y se marcha. Para «>>Borrar(‘soledad’);». Por José Valenzuela.

Arquitectura

La necesidad vino antes que la justificación. Había que reconstruir las ciudades tras la guerra, sobre todo las instalaciones de interés público como terminales de transporte, edificios gubernamentales, equipamientos culturales o deportivos, etc. Se buscaba un tipo de edificación barata y relativamente sencilla de levantar, por lo que se llegaba de forma natural a la economía de los materiales y a las líneas puras en el diseño. En Armenia están algunos de los mejores ejemplos de este brutalismo soviético. «Comunismo, hormigón y otras obras (que no son) del montón». Por Octavio Domosti.


¡Jot Down llega a Argentina!

Este número 38 ha contado con Andrea Calamari como coordinadora, y un tercio de sus contenidos corre a cargo de autores y autoras que viven en el país. Cumpliendo así con nuestra idea original, acercarnos a América Latina, donde se encuentran muchos de nuestros lectores y lectoras. A continuación os detallamos los contenidos elaborados desde Argentina en este Especial Armenia.

Entrevistas

Magda Tagtachian se define como tercera generación de armenios y escritora. Fue periodista hasta el día en que contó la historia de su abuela armenia y todo cambió. Nomeolvides Armenuhí. La historia de mi abuela armenia le permitió dedicarse de lleno a la literatura. Sus libros siguientes son dos novelas románticas: Alma armenia y Rojava. «Mi literatura es orgullosamente comercial. Yo escribo para que me lean». Por Andrea Calamari. Fotografía de Carolina Clerici.

Literatura

Ana Arzoumanián es, por la complejidad y la profundidad que imprimió a su obra, la escritora más lúcida vinculada a la comunidad armenia. Sus textos suscitan numerosas asociaciones porque están entrecruzados por diferentes dimensiones que no han quedado limitadas al mundo que le dio origen. Sus padres ya habían nacido en Argentina, pero se aferraron a su lengua armenia como a una tabla de salvación, y ella convirtió en poética esta historia familiar y personal. «Ana Arzoumanián: la devoción por las ruinas». Por Miguel Espejo.

Viajes

«No tuve un choque cuando llegué. Argentina es un país basado en inmigrantes. Acá a media cuadra está el Club Polaco, si caminás para allá hay un árabe que vende shawarma, para el otro lado, una asociación de cultura ucraniana. Acá no somos argentinos y nada más que argentinos». El testimonio del bailarín Vahram Ambartsoumián sirve de introducción para entender el barrio armenio de Buenos Aires. «No es Palermo. Es Palermián». Por Marina Dragoneti.

Ocio y vicio

Noé, al bajar del arca, plantó una viña, hizo vino, y acabó emborrachándose. Resulta curioso que trazando una línea desde ese lugar, tan unido a Armenia, se conecten las latitudes de las principales regiones vinícolas de todo el mundo. Más curioso aún es que la Bodega del Fin del Mundo, en la Patagonia, haya conectado su tradición vinícola con la del país, recuperando un método que tiene más de 6200 años. Es la reconstrucción de una cultura. «Welcome to the motherland». Por Julieta Habif.

Cine y TV

Titanes en el Ring era mucho más que un programa de televisión. Era un mundo. No hubo nada igual, ni antes ni después. Martín Karadagián, hijo de un matarife armenio y de una española ama de casa, y no solo se acabaría haciendo con el programa, participó en él con un personaje de luchador malo, luego bueno, pero siempre con un juego fronterizo entre la trampa y el juego limpio. «Martín el titán: no lo intenten en sus casas». Por Matías Bauso.

Deportes

En los potreros de Córdoba, Argentina, siempre se cuidó a los futbolistas habilidosos, pero no solo es fútbol, sino un modo de improvisar, y donde es preferible perder con amigos que ganar con desconocidos. Lucas Zelarayán tuvo ese origen, y cuando llegó a Armenia dijo que no encontraba nada tan diferente a lo que tenían en su país. Hay muchas cosas parecidas entre su patria de nacimiento, y la de sus ancestros. «El fútbol de potrero que viajó de Córdoba a Ereván». Por Juan Mascardi.

¿Te han entrado ganas de leer sobre Armenia en abierto mientras te llega nuestro número 38?

Tienes una estupenda introducción del país en esta entrevista «Dios podría ser armenio; y el primer español, también» de Álvaro Corazón Rural a Virginia Mendoza, autora de Cuaderno Armenio. Ella misma nos hace un vívido retrato humano de los habitantes de Guyumri, segunda ciudad del país, en «Ecos de un terremoto: la vida entre ratas y serpientes». Para un relato directo de la guerra en Nagorno Karabaj de la mano de la cineasta Ángela Frangyan, «Aguanta sentada hasta los créditos», por Karlos Zurutuza. Los ecos del genocidio armenio en Turquía, su perpetradora, y el coste de hablar libremente de ello allí, en esta pieza sobre el escritor turco «Orhan Pamuk, “el difamador”», por Javier González-Cotta. Y para hacer un brindis final al estilo armenio, recordamos esta película de Eric Boadella sobre el kenat, «Toastmaster: el brindis armenio de la boda, bautizo y comunión». ¡Anush lini!*

(*) Que mi convite te agrade, brindis tradicional de hospitalidad armenio.


Oriol Malet: «A veces estoy viendo una noticia y me hago las páginas de cómic encima»

Oriol Malet

Tengo que confesar que con Oriol Malet (Martorell, 1975) me sale mucho eso de chulear diciendo que somos colegas desde antes de que se hiciera famoso. Qué le voy a hacer si me encantan los relatos de orígenes humildes y un inesperado talento que acaba por explotar y (empezar a) recibir el reconocimiento que se merece. Sus ilustraciones pueden encontrarse en lugares tan variados como libros de texto, portadas de literatura infantil, columnas de opinión y artículos de todo pelaje en La Vanguardia, o portadas de (ejem) Jot Down. Y sin esforzarnos mucho más en la búsqueda, lo encontraremos también como dibujante en publicaciones corales sobre periodismo o vinos, junto a John Carlin en un cómic sobre Mandela y, recientemente, en Un mundo de art brut, una obra con la que se ha dado el gusto de cerrar un buen puñado de círculos vitales. 

Nos invita a su casa un rato antes de pedirnos que le acompañemos a llevar a Mariona a música, y tanto en el café como durante el paseo por las calles de Esparreguera conversamos sobre lo difícil que es abrirse paso en un mundo que desconoces por completo, sobre la particularidad de los artistas brut, el papel de la cultura en nuestras vidas o sobre la responsabilidad adquirida cuando despuntas en un mundillo donde tu recomendación puede abrir puertas a alguien que empieza en el oficio. Porque si olvidas tus orígenes te olvidas a ti mismo. O algo así decía Mufasa.

Hijo de familia trabajadora con malas notas en la escuela, que tras pasar por incontables trabajos alejados de la cultura y caer en una etapa profesional un tanto depresiva, acaba convirtiéndose en ilustrador de referencia y autor de cómic en alza. Estás para hacerte un biopic.

Hace poco vino TV3 a cubrir una noticia de un trabajo que hice para el aniversario de Tusquets. El tío no me conocía y cuando le expliqué cuatro cosas sobre mis orígenes me dijo que vendría al cabo del mes. Le pregunté si era para el cómic de art brut y me dijo que no, que para el Telenotícies Migdia con una pieza sobre mi recorrido vital. Flipé. Le interesaba todo ese proceso de cómo una persona acaba haciéndose artista cuando nace en un entorno donde nadie confía en que podrás dedicarte a una cosa así por algo tan sencillo como que históricamente nadie de tu entorno se ha dedicado a nada igual.

¿Qué esperan de ti? Que dibujes, pero que cuando madures te pongas a trabajar como todos en tu familia. Lo mío fue contra pronóstico. El hombre estaba muy sorprendido porque llevábamos una hora hablando y aunque se había documentado sobre mí, le supuso una especie de shock ver que había seguido un proceso muy natural hasta llegar donde estoy. Nada indicaba que llegaría a estar donde estoy, pero una vez dentro, lo asumí con la misma naturalidad que si hubiera nacido en un entorno completamente favorable para acabar haciendo lo que hago. Es curioso. Uno es lo que es, venga de la familia y el entorno que venga. 

¿En qué momento te diste cuenta de que esto iba en serio?

Tardé mucho porque se dio la paradoja de que, por un lado, era un chaval que no sabía lo que quería. Sabía lo que no quería, pero no sabía casi nada de lo que quería. Miento. Quería dibujar y me encantaban los cómics, eso sí que lo sabía. Entonces me hago adolescente y trato de contactar con alguien del mundillo en el Salón del Cómic de Barcelona. Te hablo de cuando era en el Borne o las Drassanes, lo típico que llevas un cómic para que te lo firmen y de paso les preguntas cómo es todo aquello. Era una época en que los grandes autores empezaban a no poder ganarse la vida con su trabajo. Te decían que uff, que mejor no te dedicaras a aquello. Era una época en que se llegaban a sostener porque trabajaban en revistas como la Cimoc, el Cairo, pero a duras penas llegaban a fin de mes. En consecuencia, estaban muy deprimidos, y yo que era inseguro, me los creí y ni lo intenté.

Aun así, en los estudios no sabía por dónde tirar y acabé en Bellas Artes. Piensa que no tenía a nadie que me enfocara, o me aconsejara qué tenía que estudiar. No tenía técnica alguna, solo hacía dibujos con boli. Pero hice Bellas Artes con la fortuna de que me independicé muy joven y mi pareja era, y es, muy opuesta a mí. Si no hubiera sido por aquello, a los dos años lo hubiera dejado. Pero como vivíamos juntos y currábamos para poder estudiar y todo, ella me animaba a que acabara la carrera. Y cuando acabé la carrera, aun sabiendo que me quería dedicar a ello, ni lo intenté y me puse a currar en la industria o la obra durante un puñado de años.

Hasta que llega un punto de inflexión a los treinta años. Supongo que maduras, te preguntas qué haces ahí. Te recuerdas que no pasa nada, que es lo que ha hecho tu familia… Yo voy mucho a institutos y los alumnos siempre te dicen que es muy duro currar en lo que curro, y siempre les digo que lo que es duro es trabajar en algo que ni te va ni te viene cuando tienes muy claro qué es lo que quieres y sabiendo que no lo estás haciendo. Eso sí que es duro. Luchar por lo que quieres y conseguirlo es duro, pero en otro sentido. Y a los treinta tuve un conjunto de vivencias con las que me dije que no podía ser, y cuando lo intenté pasé de cero a cien en nada. Tenía un contrato fijo en una empresa y lo dejé para conseguir mis primeros encargos. Y desde aquella semana que acepté un primer encargo de un mes, no he dejado de trabajar nunca más. 

A pesar de un primer coqueteo con las viñetas en la revista de tu pueblo, tu primera etapa profesional está marcada por la ilustración. 

Sí, por lo que te decía antes. Toda esta gente del cómic me desanimó. Me dijeron que probara en la ilustración. Probablemente coincidió con aquella etapa en que el cómic moría mientras llegaba una etapa dorada de la ilustración: Lavanda pegaba el pelotazo, Gallardo pasó del cómic a la ilustración, Mariscal también… mucha gente empezó muy fuerte ilustrando. Y lo intenté allí. Es cierto que cuando di el salto coincidió con un cambio de políticas educativas, y cuando pasa eso, cambian los libros de texto y todas las editoriales tienen que hacer libros nuevos de todo. Y están llenos de dibujos. Aquello fue lo que me permitió empezar a vivir de dibujar. No pagaban mucho, pero había mucho trabajo, y como no tenía hijas podía pasarme doce horas al día dibujando como un cabrón, haciendo cosas que ni me iban ni me venían, pero que me permitían vivir dibujando. El primer mes que me pagaron una factura por dibujar aluciné. Por fin lo estaba haciendo. También me ayudó el hecho de que lo aceptaba todo. Pero todo, aunque no lo supiera hacer o no supiera si lo sabía hacer: científico, infantil, retratos… Y de ahí desarrollé multiplicidad de estilos. Tenía un estilo muy mío, pero después de diez años con todo aquello y diciendo a todo que sí, pues desarrollé distintos estilos.

De esa multiplicidad recuerdo que tenías en la web cinco perfiles diferentes e incluso tenías fotos disfrazado de cinco personas distintas. Tú solo eras un equipo.

Eso fue porque tras cinco o seis años de hacer eso, pasé de vivir dibujando lo que me pedían y tal como me lo pedían, a poder ir eligiendo proyectos que me interesaban más. Y llegó un momento en el que solo hacía lo que me gustaba. Aprendí a decir que no. Justo en esa época conocí a Quim Monzó y un día desayunamos juntos. Hacía ya varios años que yo trabajaba en La Vanguardia. Me decían que con un solo teléfono ya tenían cuatro o cinco ilustradores: un retrato realista de Artur Mas para política; una cosa fashion para tendencias; una viñeta de no sé qué; opinión. Y Monzó se había quedado con eso. Cuando quedamos le dije que era un problema, porque algunos editores pensaban que yo solo sabía hacer una cosa y no sabían que podía hacer lo otro. Y Monzó me dijo que mi rasgo distintivo era que tenía muchos rasgos distintivos. Me pregunté cómo lo podía hacer.

Era la época en que aún tenía sentido tener página web. Antes tú te mostrabas y tu tarjeta de visita era tu página web. Luego ya vino la época en que son los editores o directores de arte los te siguen a ti y cuando te piden una cosa saben que te va a molar seguro, y no solo eso. También saben que les va a molar lo que hagas, no solo por los dibujos, sino por tu rollo. Se habla poco de eso. A mí me contactan editores con quienes no he hablado nunca y saben que me va a gustar el proyecto. Mira el cómic de art brut, por ejemplo.

Te va como anillo al dedo.

Y la gente te dice «¡Por fin, un proyecto tuyo!». Ojo, que no es mío, es de Guy Delcourt. Se ve que lo habían probado antes con algún que otro autor y no había funcionado porque lo adaptaban a su estilo. Yo, con esta esquizofrenia que tengo de estilos, me transformé en los autores. Total, volviendo a la web de la que hablábamos, Monzó me dijo que molaría hacer una web fake. Y me travestí y todo para hacer de Ofelia Malet, o de Ot Malet. Grandes medios culturales venían a entrevistar a Obdúlia, por ejemplo. ¿Y qué pasó? Pues que Monzó, que sabe mucho, dio en la diana. Durante uno o dos años se habló de mi web. Ahí noté que desde aquello ya se empezó a hablar de Oriol Malet como autor. Después la destruí porque empecé a hacer proyectos que nacían de mis propuestas, o cuando me proponían algo me decían que hiciera lo que me diera la gana con mi estilo. Cuando me llaman de La Vanguardia ya me dicen que sea yo quien haga la propuesta. La directora de arte, que me conoce mucho después de quince años, sabe que le va a gustar.

Oriol Malet

Y eso de que ahora puedes decidir, ¿cambia la idea que se transmite a veces de que ser ilustrador no es tanto ser artista como artesano?

Aquí me contradigo mucho. Encontrarás entrevistas en las que digo una cosa y luego lo contrario. Siempre digo que ser ilustrador no es ser artista, pero tampoco lo son los dibujantes de cómic. Puedes ser muy artista, puedes tener una onda muy de autor o creativo, pero estás supeditado a un texto, una literatura, un artículo, un guion, una novela. Da igual si la has escrito tú, porque estás supeditado a ese texto. Tienes que explicar aquella historia. El artista por definición lo que hace es explorar su obra gráfica sin limitación de nada. Esa es la diferencia. Pero como hablo mucho y muy efusivamente en ese sentido, la gente se enfada mucho. La respuesta es muy sencilla: entre una cosa y la otra hay muchos grados intermedios, y la misma persona puede tirar para un lado u otro en función del encargo.

El otro día bromeaba en las redes diciendo que actualmente todos los proyectos que tengo me han venido a buscar porque buscan algo muy artista, gamberro, diferente, que sea Malet total. Claro, nunca me había visto en ese punto. Me siento muy artista porque me siento muy creador. Tengo muy pocas limitaciones, pero las hay. Están las autoimpuestas. Con un artículo político en La Vanguardia no puedo hacer un independentista con la polla fuera tirando un cóctel molotov. Me pongo unos límites. Sé que dentro del mundo del cómic hubo esa polémica cuando no sé quién dijo que no consideraba el cómic como arte. Al final, el límite de los conceptos y las definiciones es muy relativo. Ya sé que el cómic puede ser arte, claro que sí, pero ¿en comparación con qué? ¿Con una obra artística? ¿Con cualquier otro artista clásico? ¿Con uno conceptual que no tiene nada que ver? Un artista conceptual puede coger un cómic y es muy lícito que diga que aquello no es exactamente arte. Pero conozco creadores de cómic que son muy artistas.

Tal vez asocian la figura del artista con el hecho de tener una propuesta artística.

O que te dediques a un oficio donde la creatividad es el eje principal. En ese sentido sí, claro. La creatividad es tu primera herramienta, luego viene la técnica y pensar en cómo lo puedes solucionar. En mi familia o en mi pueblo se me considera artista. Y ojo a que digan que no lo soy, que se cabrean. Es divertido hablar de ello y calentarse la cabeza, pero creo que la cosa está en el matiz.

Lo interesante es que si alguien explora los inicios de tu obra, tu estilo o tus referentes, entenderá como un paso natural que acabes publicando un cómic como Un mundo de art brut. No se me ocurre otra persona que encaje mejor. Estamos hablando de personas sin formación artística.

Para mí es cerrar un círculo brutal. Cuando hacía Bellas Artes me interesó el art brut por lo que dices. Son artistas sin formación académica que en un momento concreto de su vida tienen una pulsión creativa que no se pueden aguantar y empiezan a producir una cantidad demencial de obra independientemente de la calidad del resultado. Es que ni se lo plantean. Necesitan producir, crear, dándoles igual lo que salga o el estándar estético que usan. No tienen ningún prejuicio, son muy puros en ese sentido. Art brut viene de diamante en bruto. No les interesa exponer la obra, les importa un pepino el mercado del arte. Es más, muchos no quieren enseñar su obra. La esconden.

El primer artista del que hablo en el cómic dejó por escrito que cuando muriese, se quemase toda su obra. Como Kafka. Pero por suerte, como con Kafka, nadie le hizo caso. El tío tenía dos amigos, el que le alquilaba el piso y su vecino que fueron a limpiarlo cuando lo hospitalizaron. Pensaban que tenía el síndrome de Diógenes, habían pedido contenedores y todo. Cuando entraron y vieron aquello, se dieron cuenta de que no era normal. Anularon el contenedor y se pusieron a ver qué había allí. Montañas y montañas de libros. Pinturas. Van analizando y ven que el tío aprendió a dibujar solo. Primero recortaba y enganchaba imágenes de periódicos y revistas porque no sabía dibujar. Luego calcaba. Cuando quería ampliar alguna imagen, iba a una empresa de fotografía para que lo hicieran. Eso valía pasta, y prefería pasar días y días sin comer para que le hicieran el trabajo. ¡Prefería gastarlo en su obra antes que comer!

Todos estos artistas tienen el arte como una necesidad primaria. Recuerdo que en las primeras clases de Bellas Artes nos decían que había distintos tipos de necesidades vitales: primarias, secundarias, terciarias… La primaria era la que necesitamos para vivir: comer, dormir… Nos decían que el arte no es primaria, y todos en clase, que íbamos de artistas, claro, pues decíamos que nada de eso. Pero la cultura no es primaria. Y esta gente la convertía prácticamente en eso. Antes se mueren. Tienen una pulsión irrefrenable.

Enlazándolo con lo que dices, tiene mucho sentido que yo acabe haciendo un cómic sobre gente que se ha formado a sí misma. Personas que cuando nacieron a nadie se le pasó por la cabeza que acabarían haciendo lo que hicieron. Y lo acabaron haciendo porque no había más remedio. Lo tenían que hacer. Y yo no soy de esas personas que dicen que todo esté escrito, o la providencia y demás, pero al final acabo pensando que en algún sitio está escrito que tienes que tirar por aquí. Sobre todo, cuando veo que ciertos círculos se cierran de una manera que no veas. Mira, este libro se lo dedico a Neus Sala, una artista brut de Martorell. ¡Ahora considerada artista brut, cuando ya está muerta!

En los años noventa, monté un grupo de acción artística. Montábamos unos pollos… Buscábamos la provocación constante, teníamos al ayuntamiento frito. Pues bien, había una señora que siempre iba muy pintada para pasear a los perros, y nos habían dicho que su casa por dentro era el museo de los horrores. Decían que lo pintaba todo en casa. Pero todo es todo, no había un milímetro de su casa que no hubiera sido pintado con florecillas. Le dijimos que queríamos verlo, y al entrar alucinamos. Le dijimos que queríamos hacer una exposición, y no quería saber nada de eso. Nos veía con las greñas, nuestras pintas y tal y debía pensar que nos queríamos reír de ella. Pero lo conseguimos. Hicimos una pequeña exposición y ella quedó supercontenta y feliz. De verdad, es que lo pintaba todo. Bote que gastaba de lejía, lo pintaba y guardaba. Se estropeaba la tele, la pintaba y la guardaba.

Me cambié de pueblo y al cabo del tiempo me entero que muere Neus. Era bastante mayor. Mientras, llega este proyecto. Hago una primera etapa de investigación y la primera persona que me asesoró fue Graciela García, una especialista que escribió Art brut: la pulsión creativa al desnudo. Leí su libro y me fui a Madrid a hablar con ella, y al decirle lo de Martorell me habló de Neus Sala. Y yo «¿Perdona? ¿Cómo es que la conoces?». Me dijo que era una de las últimas grandes descubiertas del art brut y que la había descubierto ella. Le hizo una retrospectiva muy bestia en un museo, y con una subvención posterior le hizo una exposición virtual también comisariada por ella. Le expliqué lo de los años noventa y no sabía nada de aquello. Este es solo uno de los círculos que se han cerrado, pero han sido muchos más. La pregunta es muy pertinente. Cuántas vueltas da la vida.

Oriol Malet

Has dicho que la idea de un cómic sobre este tipo de arte vino de Guy Delcourt. 

Uno de los mejores amigos de Guy Delcourt, amo de la editorial Delcourt, es Christian Berst, un galerista de París muy conocido por su relación con el art brut. Y no solo es galerista, también es un descubridor de artistas de art brut a nivel europeo y mundial. Tiene una galería muy activa. Cada vez que se veían jugaban con la idea de hacer un cómic sobre eso, pero tenían que encontrar a la persona adecuada. Lo intentaron, pero no funcionaba. Por aquel entonces yo acababa de hacer el cómic de Mandela con John Carlin y el editor Louis-Antoine, y este último vio que, por mi manera de trabajar, un proyecto así me iba que ni pintado.

Cuando acabamos el de Mandela, me preguntó si entendía de art brut y claro, hablamos de Dubuffet y aquello ya me moló. Me dijo que tenían esa idea, y dije que la aceptaba si hacía cien por cien lo que quería. Me dijo que vale, pero que les tenía que encajar la propuesta que les presentara. A fin de cuentas, art brut no es un movimiento artístico, cada artista en sí es un movimiento diferente porque cada estilo es diferente. Art brut ha habido siempre y siempre lo habrá, así que a ver cómo te lo montas para mostrar unos cuantos artistas brut y explicar un poco al gran público lo que es el art brut. En definitiva, hacer esas cosas que tanto saben hacer los franceses y tan poco nosotros que es coger un tema muy poco mainstream y mostrárselo al público mainstream. Es una asignatura que tenemos muy pendiente.

Aquí tenemos algo muy comercial o algo muy independiente, muy underground. En cambio, fuera no tienen esta problemática. De hecho, salvar esta problemática pasa por cruzar las dos cosas. Coger temas muy poco comerciales y mostrarlos de manera comercial a un mercado muy potente sin por ello faltar a la calidad y esencia de lo que tratas. En Francia son los putos amos en eso. Y eso es lo que me pedían.

Y otra vez cerrando círculos, decidí usar mi multiplicidad de estilos. Si hablo de seis autores, jugué a ser seis artistas diferentes. Usé un estilo homogéneo pero cada vez que hablaba de un artista, las páginas iban cambiando hasta ser dibujadas con el estilo de ese artista. A esa idea no se pudieron resistir. Me dijeron que se lo enseñara en tres páginas, y así lo hice. Hice a Zinelli dibujando, luego empecé a añadir recursos que él empleaba, cada vez más, hasta que se convierte en una obra cien por cien Zinelli. Interpretada por mí, pero cuela como obra de Zinelli. Les enseñé aquella progresión y fue suficiente, antes de que hubiera guion ya me dijeron que lo hacía yo. Me preguntaron cuánta pasta necesitaba y les dije que necesitaba una primera fase de documentación. Quería hablar con especialistas, artistas, familiares de artistas… Luego vendría la fase de hacer el guion, y luego dibujar el cómic.

Pero todo fue muy loco. El guion cien por cien nunca existió. A medida que iba haciendo, aquello iba mutando. Fue todo muy art brut. En la presentación en Francia, donde estuvieron tanto Louis-Antoine como Berst como Delcourt, que nunca va a presentaciones, pero estaba muy vinculado con el proyecto, me dijeron que iban a ser muy sinceros, que hasta que el cómic no entró en imprenta no tenían claro si iba a funcionar. Habían cambiado muchas cosas. Al principio era muy teórico. Cuando terminé de dibujarlo todo vi que tenía que respirar más: protagonistas sin texto, pasajes prácticamente mudos. Con la imagen tenía que explicarlo todo. El hilo conductor es una chica que no sabe nada de art brut y tres fantasmas a modo shakesperiano le van enseñando sobre art brut. El cómic terminaba con diez páginas de la chica pegando un rollo que demostraba todo lo que había entendido, los fantasmas desaparecían y ella se daba cuenta de que eran fantasmas y no actores, y ahí se acababa el cómic. Era un final abierto, fantasioso, que me funcionaba.

Pero en este caso, Louis-Antoine me recomendó cambiarlo, me propuso acabar con una explosión visual. Si hasta el final había sido muchos ilustradores, aquí tenía que ser Oriol Malet. Y así quedó: ella se queda sola, ellos desaparecen y el cuadro que tiene detrás empieza a gotear pintura. Ella se empieza a ahogar y en la única viñeta en que sonríe, porque siempre está como seria y borde, es en la que queda hasta arriba del todo del arte, y usé una ilustración metafórica para transmitir que ya lo había entendido. Y funcionó después de casi tres años de no saber qué final tendría el libro. Fue una cosa muy loca. Mis hijas venían y me decían «Joer, papá, ¿todavía estás haciendo art brut, no vas a hacer otra cosa?».

El art brut era mal llamado el «arte de los locos». Sin embargo, ¿ves alguna relación entre ese concepto de locura y la creación artística, o es solo una idea romántica y trasnochada?

No, no, no. Hay una relación directa. Como tú bien sabes, el concepto de locura se puede coger con pinzas. Los tres espíritus que aparecen en el comic son Dubuffet, Harald Szeemaan, uno de los grandes comisarios museísticos modernos y que contribuyó mucho en el art brut por la manera en que lo enseñaba, y también Hans Prinzhorn, un psiquiatra que fue uno de los padres de la nueva psiquiatría moderna. Ya en los años 20 y 30, cuando se empezaron a abandonar terapias agresivas como lobotomía o electroshock, se había empezado a trabajar con terapia del arte con los pacientes obteniendo resultados brutales. A los que se les ofrecía esa opción ya no había que hacerles según que tratamientos y funcionaba mucho.

Prinzhorn fue más allá, y como era amigo de muchos artistas y curadores de arte, cogió alguna de esas obras, las aisló de todo ese contexto terapéutico y sin decir nada las transportó al mercado del arte. Y lo petaba. Los críticos de arte se fijaban y decían «¿Pero esto qué es? Es muy auténtico, no se ha visto nunca». El tío tenía material para trabajar varias cosas. Una, los límites de la locura, o dicho de otra forma, qué es y no es locura. Dos, la creatividad, qué grado de locura tienen los artistas, que ya sabes que siempre han ido emparentados. Lo que hizo fue ayudar a revalorizar esa obra que creaban sus pacientes por sí sola, independientemente de ser una obra nacida en entorno psiquiátrico.

Por eso que al principio se le dijera arte de los locos, pero como el art brut no es solo arte de los locos, se puntualiza mucho eso. Neus Sala, que sepamos, nunca tuvo patología descrita. Madge Gill decía que hacía arte medium: pintaba por dictado de un espíritu que se le aparecía. Claro, era hija de una época en que eso estaba muy en boga, la época victoriana. Tuvo una vida muy dura, mucho sufrimiento… y en un momento determinado se le apareció Myrninerest, que si lo separas sale my innerest… ella fue una de las pocas autoras de las que hablo en el libro que fue ligeramente reconocida mientras producía y no cuando murió. Alguna periodista de época le dijo que tenía que exponer su arte, y ella decía que no, que lo que hacía no lo hacía ella, lo hacía Myrninerest. Decía que ella no lo podía evitar, que le tomaba la mano y… Antes de crear, Madge era médium de ouija, que estaba muy de moda. Que sepamos, ella no tenía ninguna patología descrita. Era su vía de escape.

Henry Darger tampoco. De joven se escapó de un correccional donde sufrió muchos abusos. Llegó a Boston y allí lo acogieron en un hospital religioso donde trabajó toda la vida en mantenimiento, haciendo un trabajo duro y cobrando poco dinero. Pero tuvo una vida normal, con un círculo reducido de amistades, pero lo tenía. Seguramente en retrospectiva le encontrarías algo, ¿pero a quien no se le encuentra algo? Ni estuvo en psiquiátrico ni se le internó ni nada.

Los tres fantasmas del cómic se pelean mucho con eso. La última de la que hablo, Mary T. Smith, no tenía ninguna patología. Era del Misisipi profundo de principios de siglo y tuvo un hijo de un alcohólico que se desentendió. Ella era sorda y cuidó de su hijo toda la vida, y de golpe, cuando ya tenía casi ochenta años, se pone a pintar con un volumen demencial. Tuvo la suerte de que un galerista blanco de Boston la rescatara. El hombre estaba especializado en arte de los negros, que era un arte outsider también, otro término usado para definir art brut. Mary vio expuesta su obra. De hecho, en el cómic cuento una anécdota muy buena del galerista. Un día estaba en su exposición y entra un tío, le pregunta qué quiere y le responde que se llama Jean-Michel Basquiat, que le gusta mucho la obra de esa mujer y que si quería cambiar algunas láminas de Mary por algunas suyas. Claro, lo echaron de allí, le dijeron que no querían a vagabundos, lo típico. Claro, cuando Basquiat lo petó, el otro se quedó muerto.

Con todo, lo que quiero explicar es que a mucha gente no le gusta el art brut porque se identifica demasiado con el entorno psiquiátrico porque parte de ahí, y prefiere hablar de arte outsider pues engloba más a la gente que crea con todas estas características que hemos hablado hasta ahora, pero en otros ámbitos, desde los márgenes. Como el arte carcelario, con gente que está en el talego y para sobrevivir hace arte sin haber sido formados. Prefieren quedarse en la celda pintando porque aquello les está salvando la vida, literalmente. Hay una parte de teóricos que consideran el arte carcelario un eje muy importante del arte outsider. Y a la vez hay artistas dentro de esos círculos psiquiátricos que sí que exponen, y en muchos casos tiene diagnósticos profundos. Es un arte muy vigente y no se acabará nunca a pesar de que la gente tienda a acotarlo a la época en que se acuñó el término, pero el boom de verdad no está siendo hasta ahora. Fíjate, el Pompidou con esa sala reciente solo de art brut.

Oriol Malet

Tras la experiencia de crear un cómic como autor único, ¿lo prefieres a trabajar con un guionista?

Me gustaría combinar. He descubierto que me gusta mucho hacer mis guiones. Por ejemplo, con Carlin he hecho de coguionista, ya que en el Mandela tuve que editarlo bastante. O el guion de este último cómic. Me siento muy cómodo. De hecho, uno de los próximos proyectos espero que sea una ficción que iba a tener un guion mío, aunque por temas de calendario al final estoy trabajando con Raule, un guionista profesional que lo está mejorando mucho, estoy disfrutando con eso a tope, menudas tablas tiene el tío. Pero en un principio iba a escribirlo yo. Bueno, ya llegará.

Me gusta combinar proyectos cien por cien míos con otros. Veo muy interesante esta parte del dibujo supeditado por la historia. Saber hacer que mi dibujo ayude a explicar una historia es el interés que tiene el dibujo. Pasa mucho en un género que ha funcionado mucho hasta ahora en Francia: la no ficción y, en concreto, el cómic histórico. Al final, los cómics históricos que se han dedicado a solo ilustrar o decorar lo que dice el texto son redundantes. En cambio, si encuentras la fórmula para que el dibujo explique el texto es diferente. Buscas lo que el guion te pide que expliques. Voy más allá: adecúas el estilo que usas en favor de explicar la historia. ¿De qué sirve que sepa hacer dibujos supervacilones y ultradetallados si están molestando a la historia? Los dibujantes somos unos amantes del virtuosismo a los que nos gusta mucho enseñar lo grande que la tenemos. Mi mujer me regaló Maus en aquella primera fase que os contaba antes, lo abrí y dije «qué mierda es esta». Lo dejé abandonado cuatro años. Y un día lo vuelvo a coger, leo tres páginas y dije «esto es una puta obra de arte». Spiegelman no se curró más el dibujo porque molestaba a la historia. A eso me refiero. Si necesitas el virtuosismo para explicarlo, vale, si es pertinente me parece correcto, pero si no, ¿de qué sirve? No estaremos haciendo cómic.

Mira Cuttlas, con un seis y un cuatro te explica mil historias. Ahora estoy viendo en la estantería esa Polina, que con la mínima expresión el tío entiende que no se necesita nada más. Si dibujas más, molestas. No explicas bien la historia. Para mí lo interesante del dibujo está en la cabeza, no en la mano. Una vez se me ocurrió poner en Twitter «dibuja mal y acertarás». ¡Bueno! Cómo se puso más de uno. «Ya estáis los artistillas… luego si nos lo curramos recibimos palos por todos lados… cómo puede ser que un tío como tú, al que sigue tanta gente, diga esto… eso es una irresponsabilidad…», y yo pensando que claro, luego son esos mismos tíos que piden ochocientos euros por hacer una página y se pasan un mes haciéndola. La página luego te sirve para un póster, pero para la historia qué.

Está claro que te lo pasas muy bien trabajando con John Carlin, sea en las viñetas o ilustrando sus artículos.

Sí, es muy guay. Y eso pasa porque es un periodista de la antigua escuela. A veces charlamos y me pregunta qué pienso de ciertos temas de los que escribe. Y digo, para qué me pregunta si luego leo los artículos para ilustrar y no me ha hecho ni puto caso. Somos colegas, pero lo interesante es que en la mitad de cosas no estamos de acuerdo. El próximo proyecto con Delcourt nos propusieron que, por mi bien, trabajáramos con un guionista puente. Con el cómic de Mandela mi trabajo fue demencial, se multiplicó por dos o tres porque le tenía que hacer ver las posibilidades que teníamos, y si no las veía, no sabía qué quería. Tenía que hacerle un storyboard para solo ver si lo tenía claro, y entonces pisarlo para que quedara algo magistral. Con un guionista puente, Carlin le explicaría la idea, él me pasaría el guion y yo a dibujar. Pero claro, ahí se pierde frescura. Nuestra manera de trabajar es única.

Antes de lo que estamos haciendo ahora para Delcourt dijimos de hacer diez o doce páginas de algún tema que nos molara para ver si realmente nos seguimos gustando haciendo cómic y de paso encontramos la forma de trabajar. Decidimos presentarnos al Premi Ara de Còmic y escogimos un temazo. En una semana hicimos doce páginas que cuando las acabamos dijimos «hemos encontrado nuestra fórmula». Eso sí, un curro que te mueres, porque la mitad de páginas las he tenido que cambiar. Cuando estaban hechas, el tío, que es un genio, al verlas sabía perfectamente qué hacer para que quedara una cosa guay. Salió una cosa tan buena que nos llamaron el otro día para decirnos que somos finalistas [Nota del redactor: finalmente no fueron ganadores]. Que todo esto está genial porque va de puta madre, pero claro, no va a la par que la economía en casa. Le dije a Carlin que era una mierda que los logros de crítica y demás no siempre vayan de la mano del logro económico. y Carlin me dijo que no siempre no, que nunca. Que viene a posteriori. Que no me preocupara, que lo que hacía ahora lo recogeré con creces, pero no mientras trabajo en ello. Siempre después.

Es muy buen tío, y además es que, aunque tuviera que rehacer las páginas una y otra vez para que estuvieran como le gustaba, siempre me venía con ideazas. ¿Cómo le vas a decir que no? Él no viene del mundo del cómic, no visualiza en los mismos términos que yo. En mi caso a veces estoy viendo una noticia y me hago las páginas encima, porque veo la secuencia. De hecho, si no me hubiera presentado con Carlin para el Premi Ara, hubiera ido con una noticia muy sencilla pero muy impactante. Aquí en el Maresme a veces hay riadas que se llevan los coches hacia abajo. Pues hubo una chica que explicó que se le llevó el coche hasta el mar con ella dentro y se salvó de la típica escena de coche dentro del mar, rompo ventana, entra toda el agua, porque tienes que esperar, salió y en medio de la tormenta, prácticamente en alta mar, volvió nadando hasta la costa. Se la encontró el del chiringuito, que lo tenía cerrado por el huracán que había.

El Ara publicó una noticia muy bonita narrando todo en presente, claro, un testimonio vivo, y lo leía y no paraba de imaginar las páginas: empieza con el bar tranquilo en la tormenta, y entra la otra empapada; tiramos para atrás: secuencia de… claro, el que ha crecido sin leer cómics no lo piensa. De todos modos, ahora que ya hemos realizado el nuevo guion, he visto que Carlin ya casi es un guionista de comic, y en tiempo récord.

Oriol Malet

¿Estamos explotando todo lo que podemos el cómic como herramienta para el periodismo?

¡No! Aquí en España no, desde luego. Antes hablábamos de Maus, o Persépolis, o de Joe Sacco, que lo han llevado más allí. Creo que en Francia ya han tocado techo. Está La Revue Dessinée. Pero aquí en España nada. Como siempre vamos tarde, y es una pena porque el cómic periodístico salva un problema muy grande: puedes hacer artículos de dos a cuatro páginas, y eso un diario lo podría encargar. Aquí decimos que no se puede vivir del cómic porque no se puede pagar ciento cincuenta euros la página por ciento veinte páginas. Bueno, y si tienes un diario, ¿por qué no tienes una sección de tres o cuatro páginas semanales, pagando lo que vale? O publicar un artículo en cómic cada mes pagando lo que vale. Puede que un poco por debajo, vale, pero puedes hacerlo. Pero no estamos por la labor.

Se han hecho cosas. El Diari Ara hace un anual todo en cómic, Norma Editorial sacó uno con Altaïr, La Vanguardia alguna vez en el Culturas hizo algo así. Hace años le hicieron entrevista a Joe Sacco que publicaron en unas páginas de cómic hecho por Sagar. Hay mucho que hacer en cómic periodístico. Y es que son dos géneros que pegan un montón. Con la ilustración puedes hacer mucho, desde una cosa más técnica, como alguna infografía que me tocó hacer sobre cómo funciona el Liceo que pensé: esto en viñetas sería la caña, porque el Liceo es la caña, con cinco escenarios a la vez que funcionan con ascensores… Técnicamente con cómic le das un juego que no se puede hacer de otro modo. Y de ahí hasta una cosa más literaria, o una entrevista. Y no le hemos sacado jugo. ¿Por qué? Bueno, porque no hay una tradición. No hay más. Puedo avanzarte que estoy intentando solucionar eso por mi parte, en breve publicaré artículos de cómic periodístico para La Vanguardia. A ver si funciona y tiene continuidad, sería muy bueno para el género.

En cualquier caso, informar sobre una noticia te obliga, aunque no quieras, a posicionarte. En alguna entrevista a raíz de tu pregón en Martorell, tu ciudad de origen, hablas de que siempre fuiste apolítico y neutro, pero que tu responsabilidad es la de posicionarte sobre todo ante las injusticias. ¿No hay arte sin posicionamiento político?

Así lo creo. Pensaba que era un tío apolítico, pero a raíz de relacionarme con periodistas políticos me han hecho ver que no lo soy. Lo único que no encuentro ni creo que encontraré es una opción política en la que me sienta representado. Por ejemplo, fui a ver a los presos políticos porque habíamos publicado el Mandela y recibí unas cartas donde me decían que querían que fuera a verles. Era la época en que estuvieron aquí cerca y abiertos a visitas. Y allí todo esto lo hablaba con ellos. Vi que tengo una conciencia política, pero está más ligada a los derechos civiles y humanos que no a tendencias políticas concretas. De hecho, en eso siempre he sido muy crítico, rayando el nihilismo, pero estoy obligado a no serlo, porque al final cuando te intentas mantener equidistante ya estás en una posición, y sin darte cuenta, el hecho en sí de mantenerte equidistante está beneficiando a ciertas movidas políticas que sí sabes que son las que no quieres. Con lo cual, he visto que mi posición existe, es clara, contundente y radical, pero no encuentro una opción política con la que me sienta representado. He descubierto que tampoco es tan raro. Uno acaba yendo a votar a la opción que menos peste le da, el voto útil y tal. Lo tengo comprobado. Yo decía «soy apolítico, anarquista, nihilista, y no voy a votar», y cinco minutos antes de que cerraran las urnas siempre me encontraba votando intentando que nadie me viera… a ver, que ya somos mayorcitos.

Es curioso porque mucha gente me veía y me decía que un tío tan político como yo… y yo les respondía que me parecen todos la tiña, tanto los independentistas como los no independentistas. «Ya, ya, ya, pero tú eres muy feminista, muy radical por los derechos minoritarios, antirracista…», y yo les decía que claro, por supuesto. La primera vez que fui al juicio por el Procés enviado por La Vanguardia para ver si podía dibujarlo me encontré con dos o tres periodistas que me seguían y me dijeron «no te puedes levantar a decir nada, que te conozco, y a la que veas este circo, te van a dar unas ganas de gritarles». No se equivocaron. Minuto cinco y ya me quería clavar un boli en el pie. De verdad, me da igual lo que opinara nadie a nivel de ideologías, cualquier persona con un mínimo de sensibilidad humana y un mínimo de interés por leer la actualidad se moría viendo aquello. Veías esa pantomima y parecía que estuvieras escuchando el puto No-Do. Yo había estado en las movidas de las que hablaban y para nada había sido así. Es imposible hacer periodismo sin posicionarse. Objetividad no hay ni una.

Oriol Malet

El juicio, Romeva, Cuixart. Todo esto te ha hecho estrechar lazos con Comanegra y su editor, Joan Sala. Ya lleváis unos cuantos trabajos juntos.

Joan Sala me ha fidelizado. Lo conocí con el tema de Mandela. Lo publicó en catalán y a partir de ahí me ha fidelizado por completo. Cada cosa que hago valora publicarla con un noventa por ciento de que salga en catalán. Es muy buen editor y muy buen empresario, que está muy bien que vaya ligado. Y tiene las cosas muy claras. Me siento muy valorado y es una experiencia que no he tenido nunca. Es muy de antes, cuando el editor que te editaba, si no era para siempre, sí lo era para una larga época. Personas que confiaban en ti tuvieras más o menos acierto. Con el art brut solo ahora sabemos que ha ido como un tiro, se ha vendido muy bien, pero no las teníamos todas con nosotros, y él me lo compró antes de empezar siquiera con el guion. Me lo editaba en catalán y si no encontraba en español, también.

Mi relación con Joan Sala es personal y de antiguo editor. De repente, si tengo una idea se la propongo. Como para la navidad pasada con un libro muy bonito de Dostoievski, el no-cuento de Navidad, que son cosas superchulas que pueden funcionar o no pero que lo haces por puro placer. Este verano leí Macbeth para documentarme, que no lo había leído nunca y se lee en un plis y es una puta obra maestra de la hostia. Cuando terminé de leerlo, sabía que estaba libre de derechos y dije a Joan que un Macbeth en cómic sería genial y no habría que pagar al guionista. Bueno, sí, hay que adaptarlo. No sé si se acabará haciendo, pero intuyo que si lo propongo… Para mí todo esto es un universo que desconocía: un editor que te fideliza como autor es muy reconfortante. Además, ahora con ellos he traspasado las barreras del autor y me han fichado como editor jefe de un nuevo sello de cómics, Comanegra Còmics, hasta ahí ha llegado la cosa, y tiene pinta de perdurar.

Oye, volvamos a lo del pregón. Tengo entendido que tenías tus dudas sobre si aceptar esa responsabilidad. Te inspiraste en discursos como el de Lolita Bosch.

Me dijeron que hiciera el pregón y dije que no. Yo no soy nadie para hacer el pregón de mi pueblo, y más cuando a nivel institucional, y digo institucional porque no fue así con entidades como la radio o la biblioteca del pueblo, no se me hizo caso. Claro, me piré y ahora que soy conocido sí que me hacen caso. Pero precisamente por eso pensé que había que ir. Es un poco como la responsabilidad de no poder ser equidistante. Un tío como yo, el outsider del pueblo, que la liaba desde joven. Los repudiados del pueblo, como adolescentes que teníamos que ser, los rockeros, los artistas provocadores. Intentábamos participar en exposiciones solo para que nos censuraran. Lo buscábamos. Joder, cuando estaba en el pueblo era del sector de los peludos, de las bandas de rock, y pensé, «no creo que sea muy habitual que a un tío de ese estrato social y cultural se le pida hacer el pregón. Tengo que hacerlo. Pero si voy, tengo que ser consecuente, no voy a hacer la rosca al personal. Tengo que aprovechar que estoy arriba, con el alcalde al lado, en directo, para meterle la caña». Y lo hice. Pensé en gente cañera que me gusta como Lolita, ¿Qué haría ella?, Pues meter caña como nunca. Cuando me acuerdo de aquello, recuerdo que sudaba mucho porque era verano, pero creo que no era por eso, sino porque me estaba metiendo en un jardín… Reivindiqué el espíritu de la contracultura, el rocanrol, que es lo que éramos cuando estaba en mi pueblo natal, que nadie nos hacía caso, no se nos consideraba cultura, que lo único que hacíamos era conciertos de rock, y reivindicábamos que nuestras pintas eran igual de normales que los que tienen corbata. Fue una experiencia brutal y el alcalde me sigue hablando. Es muy buen político. Creo que no sabía muy bien a quién habían llamado.

Que te eligieran como pregonero demuestra que eres un claro ejemplo de que si se quiere, se puede. En tu caso es obvio porque también hay talento y se han dado las circunstancias, pero ¿te preocupa estar cerca del peligroso concepto del American Dream?

Sí. Bueno, me preocupa y creo que debo preocuparme, pero el hecho de estar preocupándome me deja tranquilo, porque uno no deja de pensar en lo que es, que es lo principal. Lo chungo de venir de donde vienes es lo que te ha costado llegar hasta ahí, pero lo bueno es que como vienes de picar piedra, todo es un regalo. Una situación tan deseada y por fin ha llegado… no puedes pedir más. Si me dices hace unos años que estaría publicando y exponiendo en Francia te diría que tú qué te has tomado. Estando aquí, ¿qué puedes perder o tirar atrás? Lo que hayas sido es lo que eres, y no tiene nada de malo. Al menos de la manera en que lo veo. Y eso te hace tener una conciencia de ayudar a los demás. Uno se da cuenta de que ha llegado donde está porque se lo ha currado, pero también porque en momentos clave ha habido gente que te ha ayudado y ha confiado en ti. Y los puedo contar con los dedos de una mano, o de las dos. Rosa Mundet, la directora de arte de La Vanguardia. Txell Bonet, la mujer de Cuixart, que tenía un programa de radio y no sé por qué pero me llamaba para hablar allí cada dos por tres de arte y de cosas. Está Jot Down en un momento dado.

De repente me encuentro en una situación en que mucha gente me enseña su trabajo. Me piden consejo y siempre me lo miro, siempre respondo, siempre intento ayudar. Hay directores de arte que me han dicho que somos muy pocos los que de vez en cuando les recomendamos otros ilustradores. Pero si estoy ahí es en parte porque alguien antes lo hizo conmigo. Volvemos otra vez a la responsabilidad adquirida: no puedo hacer más que perpetuar lo que he vivido. Es que, si no, no duermo tranquilo. Aquí en Cataluña tenemos lo que se dice el tap generacional, el tapón generacional en el mundo de la cultura. Siempre estamos los jóvenes que subimos llorando mucho porque los de arriba no nos dejan entrar, y los de arriba dicen que claro, que les van a quitar el trabajo. ¡Anda y vete a tomar por culo! Pues te espabilas, que si son mejores que tú te jodes, pero se merecen las mismas oportunidades que tuviste. Que tú al menos las tuviste. Yo, por ejemplo, una manera de decir que no a un trabajo es buscar a otra persona que lo haga. Quedas como un señor y le solucionas el problema al director de arte. Eso es lo que hay que hacer. Responsabilidad adquirida. Yo lo llamo así, y aunque me plantee que no tengo ganas de hacerlo, tengo que hacerlo. Al final el entorno te ha hecho así, y tú tienes que ser el entorno. Si no lo haces, te sientes mal. Es lo que hay.

Lo que está claro es que pudiste, además de por tu valía y tus ganas de aprender, por el soporte de Meri. ¿Se habla poco de la ayuda que han tenido tantas y tantos creadores en sus hogares?

Creo que los artistas nunca se olvidan de sus familias si les han dado soporte. Si no hubiera sido por Meri yo estaría viviendo debajo de un puente. Sin obligarme nunca a nada me decía «oye, cómprate un ordenador y aprende tal o cual programa», y yo le decía que era de Bellas Artes, que la informática era una mierda, y ella «vale, vale». «Oye, ¿por qué no vas allí y les dices que dibujas y te gustaría hacer una exposición…?», y yo «¡Qué dices, que no soy nadie…!». A la que le haces caso, pum. La cosa funciona. Le digo que he encontrado curro, me pregunta de qué y le digo que en la Chupachups. «¿Eso es lo que quieres?». Joder, le digo que pensaba que estaría contenta y me dice que sí, pero que si eso era lo que quería de verdad.

Pasé muchos años en que mi entorno, mi compañera, tenía más confianza en mí que yo mismo, pero ella entendió que eso no me podía obligar a mí a tenerla. ¿Qué vas a hacer, te vas a enfadar? Y gracias a tener a una persona al lado, que está ahí siempre, y siempre en detrimento suyo, uno está donde está. Es jodido admitirlo. Porque siempre pilla cacho. Qué culpa tiene ella de haber tenido siempre las cosas muy claras, y ser currante, consecuente, y desde joven tenerlo todo bien claro y situarse, y en cambio yo no, con todo lo que eso conlleva. Justo ahora ella está empezando con sus artículos en prensa y tal, porque hasta ahora el centro era yo. Eso se dice poco y se valora poco. Y lo digo mucho en los medios y se enfada porque no quiere que hable de cosas suyas, y me da igual, prefiero que se enfade y se cabree. Tengo que ser sincero. Todos los libros que he hecho se los he dedicado a ella. Siempre. Porque es la primera que ha soportado todas mis mierdas. Todas. Ahora tenemos hijas y no tengo tiempo para tonterías, pero antes, ¿a quién llorabas? A la que tienes al lado.

La cultura puede salvarnos la vida. ¿A todos?

Creo que sí, pero es una opción muy personal. A mí me ha salvado en el sentido de ser un tío que no quiere cortarse las venas porque he tirado hacia la cultura sin ser de un entorno cultural. En mi casa no había apenas libros. No habíamos ido nunca a un teatro o un concierto. ¿Por qué yo sí? Ni puta idea. Te lo juro. Bueno, si: por leer tebeos. Pero a mí la cultura me ha salvado porque siendo agnóstico no crees en nada y para ciertos temas existenciales no tienes respuesta. Lo único a lo que te aferras es a la cultura. Pero a la cultura ampliamente entendida. La que incluye la cultura de la calle y a la gente que no tiene estudios, pero tiene mucha cultura. Los que tienen ese interés, esa inquietud por aprender, por saber dónde están. Todo eso es cultura.

Oriol Malet


Un hálito benéfico 

hálito benéfico Ilustración Pablo Amargo
Ilustración: Pablo Amargo.

Permitan que les cuente una historia importante para mí. De alguna forma, se refiere a otro asunto importante para mí. Se trata de hálitos benéficos, de las personas que nos influyen y ayudan (sabiéndolo o no) y de lo que guardamos de ellas. Se trata de cosas extrañas en general. Cosas difíciles.

Les ruego paciencia.

El Correo Catalán, un diario fundado en 1876 por un grupo de agitadores carlistas y curas integristas, estaba en plena decadencia al cumplir cien años. Jordi Pujol lo había comprado en 1974 para utilizarlo como instrumento propagandístico. No creo que le sirviera de gran cosa: tardó solo ocho años en arruinarlo y cerrarlo. Un servidor de ustedes, de forma muy modesta, contribuyó a ese declive acelerado. Ingresé en la redacción de lo que todo el mundo llamaba «Correu» el 14 de junio de 1977, recién cumplidos los dieciocho. Podía ver de cerca cómo trabajaban, bebían y maldecían tipos a quienes yo admiraba, como José Martí Gómez o Joan de Sagarra, y además cobraba algo, poco, a fin de mes. Un auténtico golpe de suerte.

Como mi ignorancia estaba a la altura de mi desfachatez (y de mi pánico: aún tengo miedo de cruzar esa puerta grisácea que ya solo existe en mis pesadillas), me atrevía con todo. Lo mismo punteaba un teletipo que perpetraba un reportaje o, esto lo confieso abochornado, pergeñaba una columnilla sobre lo que tocara. Presté importantes servicios a la empresa en los meses de vacaciones. Si había que llenar un hueco en un día tonto, ahí estaba yo. Llegué a escribir una doble página sobre ornitología.

En uno de esos días tontos, cuando los periodistas de verdad estaban de vacaciones, me encargaron una pieza sobre las funestas consecuencias que acarrearía una prohibición súbita del tabaco. Conviene recordar que por entonces se fumaba en los hospitales, en los aviones, en el lecho de muerte y en todas partes. Supongo que hablé con algún psicólogo y algún médico, cometí la iniquidad, entregué el texto (cuartillas de papel gris a doble espacio, para que los jefes pudieran tachar cómodamente) y a otra cosa.

Un par de días después, entré en la redacción y mi jefe (Albert Garrido) me mostró un diario de Madrid. Se trataba de Pueblo, el periódico popular del glorioso Movimiento Nacional, ya en horas bajas pero lleno de buenos periodistas. No eran periodistas respetables (se decía que en Pueblo las máquinas de escribir se encadenaban a las mesas para evitar su robo por parte de los redactores), pero sí respetados. En el ejemplar en cuestión aparecía la columna de una de las firmas estelares de aquel diario, Raúl del Pozo. Y me citaba. A mí. Al pobre hombre no se le debió de ocurrir ninguna idea y confeccionó una pieza muy amena sobre mi artículo tabaquista. No puedo imaginar cómo llegó a manos de Raúl del Pozo la página del «Correu». En cualquier caso, me sentí consagrado. Alguien hablaba de mí allá a lo lejos, en Madrid.

Quizá ese gesto amable de Raúl del Pozo contribuyó a que unos años después, en 1982, me contratara El Periódico de Catalunya. Salí de una redacción anticuada y pobre y me encontré en una redacción informatizada en la que, para mi asombro, no se escatimaban gastos. Si tenías que ir a algún sitio, te alquilaban un coche. Yo ignoraba que existieran esos lujos. No estaba preparado para que me enviaran (¡en avión! ¡hotel de cuatro estrellas!) un par de días a Madrid para conocer a mis compañeros en la redacción de la capital, casi tan nutrida como la barcelonesa. Por entonces había abandonado una breve especialización en sucesos y escribía sobre economía. En aquel tiempo muchos empresarios se fugaban con la pasta y eran perseguidos por la policía, por lo que se trató de una transición relativamente natural. «Ya de paso, te acercas al Ministerio de Economía para que te conozcan», me dijeron.

Otra vez, pánico absoluto. Este oficio siempre me ha puesto muy nervioso. Y no veía por qué razón mis «compañeros» de Madrid (tipos veteranos y solventes) o la gente del ministerio habían de mostrar el más mínimo interés en conocer a un pipiolo de veintitrés años. Me presenté en la redacción madrileña, en la calle O’Donnell, junto al Retiro, dispuesto a quedarme calladito en un rincón durante unas horas y cumplir así el expediente. Resultó, sin embargo, que una señora con acento italiano y de evidente autoridad en aquel periódico me acogió, me llevó de una mesa a otra, me invitó a comer a su casa (una pasta extraordinaria), me conectó con no sé quién del ministerio e hizo que me sintiera un tipo casi importante.

De esa mujer maravillosa solo supe que se llamaba Natalia y que era secretaria de redacción, o coordinadora, o algo así. Luego averigüé que era la esposa de Raúl del Pozo. De nuevo, esta vez de forma indirecta, aparecía la sombra benéfica de ese periodista tan legendario a quien yo no conocía de nada.

Pasó un trozo largo de vida. Llegó 2016, yo estaba en París como corresponsal de El Mundo y recibí una llamada telefónica de Manuel Jabois. Fue una llamada perfectamente gallega: esgrimió razones muy vagas para pedirme que viajara a Madrid «por una cosa buena, no te preocupes» y me citó en un restaurante céntrico. No hace falta decir que Jabois se equivocó de restaurante y que, mientras yo esperaba a no sabía quién o qué en un local muy castizo, su teléfono permaneció apagado. Le debo un largo rato de desconcierto.

Aclarado el error y localizado el establecimiento correcto, resultó que una peña de ilustres (Pérez-Reverte, Ignacio Camacho, Antonio Lucas, Carmen Rigalt, Edu Galán) había decidido darme un premio. Los de la peña eran amigos de Raúl del Pozo. Y se trataba del Premio de Periodismo de Opinión Raúl del Pozo. Por tercera vez en mi existencia sentí el hálito benéfico de aquel viejo gigante del oficio, con fama de caballero y de truhan. El premio consistía en cenar con el jurado y con el premiador. Por fin conocí a Raúl del Pozo.

No he vuelto a verlo. Dos años después supe con pena de la muerte de su esposa, Natalia Ferraccioli, aquella mujer maravillosa que décadas antes me había introducido en Madrid.

Me habría gustado hablar de otro hálito benéfico. El de Mar, la inventora de Jot Down. Un hálito muy cercano en una edad más tardía. Debería haber hecho un recuento de neurosis, fantasías, viajes en trineo de perros por la oscuridad invernal del Polo Norte, absurdas aventuras moscovitas en busca de caviar clandestino, eternas conversaciones telefónicas, generosidad, enfados, risas. Debería haber hablado de esa persona extraña e imposible que me metió en líos imperdonables y me ayudó en unos días muy oscuros.

Pero en este momento no puedo. Lo siento.


El lector no existe

El lector no existeUna revista en blanco y negro que publica entrevistas muy largas. Yo llevaría unos cinco años en Madrid, empezaba a estabilizarme como corresponsal en España de medios franceses tras formarme como periodista y dar saltos de pulgas de redacción española en redacción francesa, según se liberaban puestos, se abrían medios y se despedían plantillas. Esa es la definición que me vino a la cabeza cuando empezaron a llegarme enlaces a los artículos de Jot Down. No eran términos especialmente halagadores. Eran, en parte, injustos. Para empezar, porque para tener la seguridad y honestidad suficientes para calificar una publicación, hay que haberle dedicado un poco de lectura. Y para leer entrevistas tan largas, hay que tener un mínimo de interés como lector. Acusar, entonces, a una revista de publicar textos demasiados largos, pero volver a leerla con asiduidad es una contradicción. O es masoquismo, que no digo que no. El caso es que encontré entrevistas que me retuvieron lo suficiente para que me quedase a leerlas. Empecé con lo fácil: gente de mi sector, a los que me gusta leer, que habla de temas que conozco. Recuerdo una a Enric González, que leí con avidez; devoré otra a Soledad Gallego-Díaz… Profesionales a los que admiras por su trabajo y su forma de explicarlo y que tiene esa capacidad de expresar claramente ideas que tú no sospechabas siquiera que, confusamente, ya compartías en secreto.

Las leí enteras, sí, pero, oigan, eran largas. A mí las entrevistas largas siempre me han parecido de entrevistadores perezosos o cobardes. No puedo dar clases de teoría del periodismo, porque no lo he estudiado —en Francia no existe la carrera de Periodismo, uno estudia algo en concreto y luego intenta que lo cojan en un máster de Periodismo o, en su defecto, en una redacción—. Pero, por lo que he podido observar en quince años de práctica profesional, mi definición mínima del periodismo sería un conjunto de técnicas que se aplican para describir la realidad inmediata. Una realidad que, si puedes, es bueno que hayas estudiado, aunque sea desde un enfoque parcial o parcelario. Yo estudié Ciencias Políticas en Francia e hice un máster de Periodismo en España, que en un año te enseña lo suficiente como para que entiendas lo que te cuentan y cuentes para que te entiendan. «Escuchar, ver y contar. Mathieu, hacemos un oficio de gilipollas», me dijo una vez uno de los periodistas menos gilipollas que he podido conocer. Guy Sitbon, que nació en una familia judía de Túnez, soñó con trabajar para el deportivo L’Équipe, acabó cubriendo toda la descolonización del Magreb para las mejores publicaciones y edificó una fortuna con revistas de erotismo epistolar.

Mi base es tenue, pero creo que suficiente para decir que periodismo es elegir. «Jerarquizar», dicen los que teorizan; «apostar», repiten en las redacciones como si fueran sucursales del «Juega, juega, juega». No puedes contar toda la realidad. Tienes la soberana pretensión de decidir por el público qué merece la pena ser contado. Hay que tener arrogancia —puede ayudar ser francés—. Arriesgas. Eliminas. «Elegir es renunciar para siempre, para jamás, a todo lo demás», escribió André Gide. Transcribes una hora de conversación, que se te queda en unos cincuenta mil caracteres. Llegas a diez mil enfrentando dilemas éticos. Tu jefe quiere que llegues a cuatro mil quinientos y negocias cinco mil doscientos. Vuelves a cortar a tu entrevistado, te sientes un miserable, ¿cómo vas a suprimir esa parte que te dijo que era tan importante? ¿Realmente te puedes cargar ese pasaje en el que sentías que tu escucha, totalmente sincera, te hacía ganar la simpatía de tu interlocutor? Lo borras. Y entregas el texto cinco minutos antes de la hora límite. Y crees que al entrevistado no le va a hacer mucha gracia, pero que el resultado expresa de forma resumida lo más interesante, original, rompedor, aclarador de todo lo que él te ha dicho, y que no viola su pensamiento. E imaginas que, a lo mejor, el lector le va a dedicar unos minutos y, con suerte, va a llegar al final sin cansarse demasiado, habrá aprendido algo, y, en el mejor de los casos lo llevará a reflexionar, aunque sean treinta segundos.

Eso es lo difícil, caramba. Eso es lo que cuesta horas. No hacer preguntas y repreguntas, ni crear un clima de confianza para que el entrevistado se abra, ni darle al rec de la grabadora, ni transcribir el intercambio, que esa última tarea la realizan hasta aplicaciones informáticas. Todo eso, claramente, es de gilipollas, como decía Sitbon. Posiblemente —se me ocurre ahora, estoy haciendo el análisis mientras escribo estas líneas— fuera eso lo que me cabreaba en las entrevistas infinitas de Jot Down. Sus afortunados autores no tienen que sufrir con las tijeras, no conocen ese ctrl-x que dejas en un documento anexo por si lo puedes rescatar después, aunque tú sabes perfectamente que te estás engañando, que es mentira, que lo que se quita no resucita jamás. Ellos no tienen que pasar por ahí. Envidia cochina.

Un día me contactaron desde Jot Down para proponer entrevistarme. ¡Ahora las respuestas largas las iba a dar yo! En Twitter había tenido algún intercambio con pretensión humorística con quien lleva la cuenta de la bola de billar. Me gusta su humor ácido. Siempre he considerado el humor como la aplicación más generosa que se puede dar a la inteligencia. Yo siempre he ambicionado hacer reír, tener gracia. Con éxito relativo, todo hay que decirlo, y con grandes dificultades para exportar a España las formulas risueñas que funcionan en Francia. De pequeño, en mi familia admiraba a quienes provocaban las risas de los comensales. En Twitter a veces tengo gracia. El formato ayuda. Buscas la fórmula, el juego de palabras, puedes pensarte un poco la gracia, puedes experimentar y ver qué funciona, qué consigue más RT y más likes

A lo mejor los ilusos de Jot Down creyeron por eso que entrevistarme podía ser una buena idea. Craso error. En la vida real, tengo muchas más veces l’esprit de l’escalier, que teorizó Diderot y que la Wikipedia traduce como «el ingenio de la escalera» y define como «el acto de pensar en una respuesta ingeniosa cuando es demasiado tarde para darla». Además, no suelo hablar de mi vida privada, en la que incluyo mis opiniones políticas, ni tengo una pasión ni una habilidad en alguna disciplina extraordinariamente llamativa. Vamos, que ni toco el arpa ni soy friki de los corredores húngaros del Tour en los años cincuenta. Y encima creo que los periodistas no somos los mejores profesionales para ser entrevistados. Como me dijo un compañero de Le Figaro de visita por la Barcelona independentista del 2017: «Entrevistar a un periodista es como sacar a bailar a tu hermana. Es fácil pero no sirve para nada». 

Así que avisé a la directora. «Os voy a resultar soso». En aquel entonces, el sosismo no era ninguna virtud que pudiera reivindicar ningún cabeza de lista a la Comunidad de Madrid. Ella me dijo que seguro que no, que me iba a entrevistar un periodista al que tengo gran respeto desde que leo sus completísimos reportajes. Que también me iban a sacar unas fotos estupendas. En blanco y negro, claro. Cedí y accedí. Posiblemente por ego. Hay pocos oficios más egotistas que los escasos que te pagan por poner tu nombre delante de un texto o debajo de una carita y dar el resultado a ver a miles o millones de desconocidos. A lo mejor también pesó un poco el sentimiento de justicia. Los periodistas nos pasamos la vida pidiendo a los demás que nos regalen horas de la suya para explicarnos cosas que entienden mejor que nosotros. No parece lógico negarse a devolver el favor cuando te lo piden.

La entrevista resultó sosa, confirmó la directora. Creo recordar que dijo que la más sosa de la historia de la revista. Seguramente con buen criterio. Quien avisa no es traidor. Me confesaron que el redactor había sudado la gota gorda para llegar a la extensión mínima legal. Por incluir, incluyó hasta respuestas sobre el régimen social de los periodistas en Francia, que no sé si interesarían ni a la sección de trabajadores de la información de la gaceta interna de una organización sindical. 

Entre lo poco que quedó fuera, había unas consideraciones mías sobre los conflictos de intereses en el periodismo español. Dije que no entendía que los presentadores de los dos telediarios más vistos pudieran vender sopas y seguros en sus ratos libres, ni que la responsable de uno de los matinales de mayor audiencia promocionara yogures. Nunca pregunté por qué no había espacio para esas reflexiones. El entrevistado es libre de responder lo que quiera y quien conduce la entrevista decide soberanamente qué preguntas entran debajo de su firma. 

La gente que no trabaja en los medios pregunta muchas veces sobre censura y autocensura. Yo, desde dentro, he visto muy pocos casos. Prueba de ello es que esas respuestas que no salieron en esa entrevista en 2019 se publican dos años después en formato de columna. El funcionamiento de la prensa es mucho más aburrido que los escándalos de la censura y las conspiraciones de novelas de espías que nos gustaría ver en ella. Hay temas de los que no se habla porque nadie piensa que puedan interesar, o porque hay división de opiniones en esa absurda arrogancia de pretender saber lo que quiere el lector. Nadie sabe qué quiere el lector. Da igual lo que digan las cifras de audiencias de las teles y las visitas de las webs. El lector es múltiple, es contradictorio, es inconsistente. No existe el lector.

Desde hace un año soy un lector más asiduo de la edición de papel. El caso es que le regalé una suscripción a Filmin y Jot Down a mi pareja. También le di más cosas, que va a parecer que uso su cumpleaños para hacerme autorregalos, y no es el caso. No empecemos con malos rollos, que ella va a ser la primera en leerme antes de que envíe mi texto a la redacción, me quitará errores de idioma y me dirá que eso no se entiende y aquello no tiene ninguna gracia. Lo mismo ahora mismo parece que estamos dialogando, usted lector y yo autor, y al final ella me dice que este pasaje es absurdo y me lo cargo. No sé para qué explico todo eso. Pero ¿usted quién es? Déjeme en paz. A lo que iba. Que ahora recibimos la revista cada trimestre en casa. No juzgo solo por los links que me puedan llegar, sino que tengo en mano el objeto revista, el conjunto con los temas que sé que voy a leer, los que sé que no me van a interesar y los que nunca hubiera imaginado que pudieran faltar en mi vida, pero que al tenerlos delante resultan fundamentales. 

Un solo ejemplo. Hace algunos meses leí un artículo sobre una película de Truffaut. Primero quise hacer una foto para sacar a mi perro que se llama como el director de cine. Y luego me lo leí. Aprendí algo de L’Enfant sauvage (El pequeño salvaje), de educación, socialización y cultura. Pero entendí otra cosa. Entre entrevista larga y conversación sin editar, me puedo topar en Jot Down con historias que no voy a encontrar en ningún otro sitio. Es más, puedo descubrir en ella temas que en mi sano juicio no iba a buscar en ninguna parte. 

A lo mejor es eso la que la distingue de otros medios. Una capacidad para sorprender al lector, para darle de comer unas historias de las que no sospechaba tener hambre. En eso, puede que sea el antialgoritmo. Ninguna fórmula informática conseguirá sacarte de la burbuja de tus pequeños centros de interés, porque las redes sociales buscan precisamente mantenerte en tu mundillo de convicciones y hobbies, quieren acertar siempre y tentarte con un clic en el noventa y nueve por ciento de los casos. Jot Down me tienta con el uno por ciento restante. «Apuesta», como dirían en las redacciones tradicionales que no se arriesgan tanto. Y unas cuantas veces, gana. A mí me ha ganado para leer historias sobre temas que escapan totalmente a mis necesidades profesionales y mis centros de interés personales. Y eso que soy el entrevistado más soso de su historia. Cumpleaños feliz, querida bola, y que cumplas muchos más, por favor.

Este artículo es un adelanto de nuestra revista trimestral Jot Down nº35 especial «10º Anivesario», ya disponible en nuestra tienda.

 


Novedades editoriales – Fundación Formentor 2020

La Fundación Formentor en colaboración con Jot Down presenta las novedades editoriales del 2020.

Estas divulgaciones son fruto de un sentimiento compartido: ser generadores de ideas y procesos creativos. Resaltar la importancia del papel prescriptor y balsámico, que sea cual sea la situación, siempre podemos encontrar en los catálogos de los editores independientes.

La primicia son tres publicaciones, que podéis adquirir en nuestra tienda.

Prix Formentor

El libro Prix Formentor conmemora el décimo aniversario de la recuperación del histórico premio literario. El volumen agrupa las actas de los jurados y los discursos de los escritores galardonados a lo largo de estos diez años. Se presenta al lector la trayectoria del premio desde su fundación hasta nuestros días, la relación de los editores europeos que sostuvieron la convocatoria del premio, la lista de los escritores que lo han recibido y el repertorio de los intelectuales implicados en la búsqueda y selección de los candidatos. Al mismo tiempo en el libro se expone la filosofía del Premio Formentor de las Letras y los compromisos estéticos que guían la deliberación de los miembros del jurado.

CARNETS DE FORMENTOR 11

El nuevo número de Carnets de Formentor reúne las extensas y detalladas crónicas de las Conversaciones Literarias del 2019. Se recogen las intervenciones de los autores invitados a participar en las sesiones de Formentor, el discurso del autor galardonado con el Premio Formentor de las Letras 2020 -el holandés Cees Nooteboom– y la disertación del editor francés Antoine Gallimard.

VARIACIONES COETZEE

El primer volumen de la nueva Biblioteca Bohemia, colección de ensayos literarios editada por Carnets de Formentor, se dedica a la obra del novelista J.M. Coetzee, Premio Nobel de Literatura 2003. Los escritores Félix de Azúa, Basilio Baltasar, Andrés Ibáñez, Eduardo Lago, Alberto Manguel y Gonzalo Torné abordan las diferentes obras del autor y destacan en su reflexión el carácter de los personajes creados por el penetrante escritor sudafricano.

Los personajes de J.M. Coetzee nos ayudan a levantar el telón de sombras de su imaginación literaria, compartir su desasosiego y la mirada nada complaciente con que contempla la confundida condición humana. El ensayo coral reunido en la Biblioteca Bohemia aborda la vida de estos personajes por el carácter de su personalidad, el genio de su conciencia y el temperamento con que actúan en el escenario de la ficción novelesca.

Los autores del presente ensayo nos llevarán hacia el coronel Joll, cuya principal ocupación es infligir el mayor dolor posible a otro ser humano. A David Lurie, que busca sin saberlo el desenlace de su propia destrucción. La señora Curren, cuya compasión con el prójimo encubre su desesperado anhelo de consuelo personal. Elisabeth Costello, angustiada por la crueldad que padecen los animales sacrificados en el altar de la gastronomía. Susan Barton, la naufraga escindida entre la realidad, la escritura y el sueño. David, el niño huérfano condenado a la fatalidad de su breve y lúcida existencia.

Seguimos resistiendo a la pandemia, dando voz a autores que resultan imprescindibles en este momento. Volveremos a tener nuestros encuentros presenciales, nuestras conversaciones en Formentor. Mientras tanto, sigamos consumiendo literatura, como la necesidad vital que es.

Podéis adquirir las novedades aquí.  Recuerda que puedes realizar todas las combinaciones que quieras, nuestro número 28 sería un complemento perfecto.


El sexo es cultura

El sexo es cultura

Ya está disponible en todas las librerías El sexo es cultura, un florilegio de los mejores textos sobre la llama que mueve el mundo, con prólogo de Loreto Gómez. El libro pertenece a la colección publicada por Ediciones Deusto y Jot Down que consta de una selección de los más relevantes artículos, reportajes y entrevistas para entender la realidad escritos por grandes autores y agrupados por temáticas.

El sexo tiene sintaxis, igual que el lenguaje. Y tiene géneros, igual que la literatura. El sexo es verso y prosa, pero también es una partitura, un lienzo y un escenario. En el sexo hay solistas, virtuosos y hasta plusmarquistas. Es a la vez una carrera, una partida entre contendientes y una exhibición. Es un arte, una competición, una ciencia y un negocio. El sexo, en resumen, es cultura.

«Vivimos en un mundo de datos y algoritmos. Sin embargo, lo más básico, lo más necesario, sigue siendo lo más imprescindible, a lo que no podemos renunciar. En un minuto cualquiera se registran cerca de 4,5 millones de búsquedas en Google. […] ¿Y qué buscamos? Cada año Google resume en un interesante y clarificador informe las principales. […] Las dudas sobre sexo son un buen indicador del estado de la economía.» 

«Entre las cincuenta webs más visitadas de todo el mundo se encuentra PornHub. Por encima de WhatsApp, Apple, PayPal, Quora o Booking. Por más que queramos comunicarnos con aparatos tecnológicos de diseño, realizar actividades financieras desde cualquier sitio, resolver dudas o viajar, hay cosas que deseamos mucho más. En 2019 esta web terminó con cuarenta y dos mil millones de visitas, más de ciento quince millones de visitas diarias. […] España se encuentra entre los veinte países que más tráfico suponen. También estamos entre los veinte países que más documentales producen, así que mientras hay vida hay esperanza.» 

«Espero por tanto que en adelante los avezados lectores se planteen pasar de una mirada crítica a una pícara, dando una oportunidad a contenidos y mensajes que, cómo negarlo, no podemos sacar de nuestras vidas. A fin de cuentas, el sexo es cultura.» 

También puedes adquirir el libro aquí.

 


Cuando éramos dioses

Ya está disponible en todas las librerías Cuando éramos dioses, una antología de las mejores entrevistas a los campeones que nos hicieron vibrar, con prólogo de Guillermo de Haro. Es el arranque de la colección conjunta de Ediciones Deusto y Jot Down en la que publican los mejores artículos, reportajes y entrevistas para entender la realidad escritos por grandes autores y agrupados por temáticas. En este caso, la materia es el deporte y en concreto sus deidades.

Queremos conocerlos. Saber cómo se vive en las nubes y cómo se aterriza en el suelo. Queremos conocerlos cuando son dioses, pero también después de serlo. Por eso los hemos entrevistado y lo hemos hecho sin prisas, en profundidad. Y sin distinguir entre campos, canchas, circuitos y tableros. Porque el deporte es cultura y la cultura no entiende de terrenos de juego. Y porque una sociedad no puede entenderse sin entender a sus dioses.

«El boxeador Muhammad Ali provocó audiencias de televisión récord a nivel mundial durante su carrera y después de la misma. […] En 1978 moraban en nuestro planeta algo más de cuatro mil doscientos millones de personas. Aproximadamente la mitad de todos ellos estaban delante de un televisor porque el boxeador antes conocido como Cassius Clay peleaba de nuevo.»«En el año 1984 a Muhammad Ali le fue diagnosticada la enfermedad de Parkinson. Hizo pública su dolencia, que ya comenzaba a notarse de todos modos. En una de sus míticas entrevistas le preguntaron si en Kinsasa, durante el combate con Foreman, no le dolían los golpes con los que le martilleaba. Ali respondió: «Todavía me duelen». Igual de inesperado e inteligente que su estrategia de cansarle permitiendo que le castigase, el famoso desde entonces «rope-a-dope», Ali tornó en otro tipo de estrella. Concienció, financió, fundó. A menudo con Michael J. Fox. Se centró además en su faceta filántropa y activista. Era una marca, pero también un ser humano con conciencia. Salvar un sucicida en 1981. Misión de paz en África enviado por Jimmy Carter. Intento liberar rehenes musulmanes en Israel tras apoyar la primera intifada públicamente en 1988. Negociación con Saddam en Irak en 1990 consiguiendo liberar rehenes americanos. Afganistán en 2002. Héroe deportivo. Pacifista y activistra. Icono social y pop. Atleta que más veces ha aparecido en la portata de la revista Times. […] Fue, probablemente, lo más parecido a un dios humano que hemos podido tener entre nosotros en la tierra.» 

El deporte es cultura. Lo dice la Unión Europea y lo sabemos nosotros. Por eso durante años hemos hablado con deportistas de todo tipo y de todas las disciplinas. Para que nos contaran en las entrevistas en profundidad que han sido seña de identidad de Jot Down cómo fue su vida y cómo lo es ahora. Intentando entender mejor su época, su deporte, cómo lo vivieron por dentro, qué pueden esperar los nuevos que llegan. Conociéndolos cuando eran dioses.

También puedes adquirir el libro aquí.

 


Descarga este juego de mesa gratuito y #quédateencasa

No necesita salir de casa, ni siquiera mensajería. Si tiene una impresora y papel, tiene este juego. En Jot Down queremos poner nuestro granito de arena para amenizar el confinamiento doméstico y por eso hemos creado este juego de mesa que cualquiera puede descargar gratuitamente e imprimir en su casa. Para jugar solo se precisan lápices o bolígrafos y el cronómetro de un smartphone.

Jot Down Categorías es un juego al estilo de Tutti Frutti o Scattergories en el que los jugadores tienen que asignar palabras que empiecen por una letra determinada a una serie de categorías sobre cultura general, lengua, deporte, historia, cine, ciencia y literatura, entre otras. Se imprime en folios ordinarios (tamaño DIN A4), no requiere tinta de color e incorpora unas instrucciones. Las partidas admiten tantos jugadores como se quiera y pueden dilatarse durante horas.

Para descargar este juego solo hay que registrarse gratuitamente en Jot Down. Si ya lo ha hecho, puede descargarlo aquí.

Además de este juego, recuerde que también hemos puesto a disposición de quien lo desee nuestra revista de pasatiempos y los últimos ejemplares de nuestra revista trimestral y de Jot Down Kids, entre otros contenidos.


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