Libros para no ir a la playa 

Leer en la playa es una farsa, ya lo saben. Anualmente cumplimos con el sainete y fotografiamos libros que recortan la línea del mar y el cielo para hacer un alegato a favor de placeres mundanos: sol, lectura, rumor de olas. Mentira cochina, vaya. Exhibimos esas fotos diciéndoles a los demás que nos envidien en el disfrute, cuando, en el mejor de los casos, la cosa no va más allá del intento. Los miembros se entumecen en posturas imposibles, la toalla se tatúa en los codos, el sol pica, la arena esparce puntos suspensivos donde no toca y todo es, en fin, de una incomodidad ridícula y pegajosa. La silla playera solventa alguno de los problemas, cierto es, pero en época estival no conviene restarse más dignidad de la escrupulosamente necesaria.  

Otra de las farsas irresistibles en plena canícula —el verano es la estación de la pantomima— son las listas de libros. El concepto de «lectura de verano» lleva con nosotros desde el siglo XIX, intentando convencernos de que ahora lo ideal es escoger portadas de colores saturados, libros con adjetivos que condensen estos meses pringosos: soleados, ligeros, refrescantes. Títulos que sean fácilmente abandonables (por una barbacoa, un chapuzón, una cogorza) y que podamos reanudar sin insolarnos. 

Este año en el que todo está patas arriba, proponemos una excepción. Nada de recopilaciones para destrozarnos las lumbares en los litorales a la caza de una imagen idílica imposible. Nada de libritos de estación de trenes regional, nada de repetir una y otra vez las mismas recomendaciones. Para coronar la extrañeza de este asqueroso 2020 tampoco nos ceñiremos a la estricta novedad, que suficiente han tenido que bracear ya las editoriales. Les presentamos un picadito de sugerencias sin orden, concierto ni demasiado criterio, que solo aspira a ser lo que es: otra lista de lecturas sin la que el mundo puede seguir adelante.


Berg, de Ann Quinn (Malas Tierras y Underwood)

Miren: no tengo ni idea cómo hablar de  este libro sin usar onomatopeyas. Nadie ha tenido bemoles de publicarlo en español durante cincuenta y seis años, y en pocas páginas queda claro el porqué. Los coprotagonistas son un gato, un periquito, un muñeco ventrílocuo y una madre (muerta) que envía cartas mentales a su hijo, Alistair Charles Humphrey Berg. Este vendedor de crecepelo se hace llamar Greb, porque quiere matar a su padre, que vive en la habitación contigua de un hostal. ¿No tiene mucho sentido? Vaya, no me digan. Berg encaja en la narrativa de vanguardia británica de los sesenta y el hecho de que el libro exista es, en sí mismo, otra alocada novela. Ann Quinn solo escribió tres novelas y se lanzó al mar a los treinta siete años, inconsciente aún de haber parido un clásico de la tragedia absurda. 

Se desaconseja la lectura de Berg en las horas centrales del día, el cóctel de vodevil, ficción criminal y acidez puede resultar letal. Solo una cosa más: «COMPRE EL INSUPERABLE TÓNICO CAPILAR DE BERG ACABE CON EL MAL DE DALILA: EN DOS MESES SERÁ UN HOMBRE NUEVO».


Sobre la escritura, Ursula K. Le Guin (Alpha Decay)

Lo siguiente parece una recomendación pero en realidad es una reprimenda. Este volumen recoge una entretenidísima entrevista de la genial K. Le Guin con el periodista David Naimon que no debería saltarse nadie (pero nadie) que tenga el mínimo interés en esto de escribir. O de leer. 

Que una de las escritoras más importantes del siglo XX nos permita disfrutar pausadamente y en profundidad de sus lúcidas reflexiones sobre la mercantilización de la escritura, el papel de la mujer en la literatura y —sobre todo— de su defensa de la imaginación y lo fantástico es una gozada. Y aquí viene el pero: esto debía ser un añadido, un postre al suculento festín que es leer a Ursula K.Le Guin. Pero bien sabe quien lo ha intentado el calvario descorazonador que supone encontrar sus libros: descatalogaciones, obras de segunda mano destartaladas… Nos abrazamos a nuestras copias de Minotauro como único consuelo a este misterio editorial, porque que Ursula K. Le Guin tenga obras aún inéditas en España es algo que va a tener que venir a explicarnos alguien muy despacito para que consigamos entenderlo. Sobre la escritura (y también el anterior colección de ensayos Contar es escuchar, de Círculo de Tiza) nos ayuda a profundizar en la Ursula de no ficción, pero azuza un hambre negra: lo que queremos es su ficción. ¡Tomad nuestro dinero!


Las doncellas del óxido, de Gwendolyn Kiste (Dilatando mentes) 

Gwendolyn Kiste tiene la cantidad exacta de eyeliner que le presuponemos una autora que ha ganado el preciado Premio Bram Stoker. Pero nada más en la autora ni en la novela es un tópico. Ni el horror se reduce a casquería ni la oscuridad es una pose. Las doncellas del óxido parece (¡ja!) una historia sencilla, planteada como un misterio: ¿por qué las chicas de la calle Denton están transformándose tan grotescamente? Uñas que se deshacen, fluidos negros, esqueletos convertidos en metal. Su protagonista, Phoebe (nuestra segunda Phoebe favorita) trata de hallar respuesta a esta metamorfosis, en el pasado y el presente de un Detroit postindustrial. Aunque Kiste domine con soltura los géneros del terror, la ficción especulativa y el fantástico, hay algo profundamente cotidiano en este debut. Si creciste en un barrio obrero entre los ochenta y los noventa la trama traerá de vuelta escalofríos que quizá no recuerdes (o no quieras recordar). Si creciste leyendo a Poe, Lovecraft, Shirley Jackson o Mary Shelley y quieres escribir, olvídate: ya lo ha hecho Gwendolyn Kiste mejor que tú. Con un lirismo delicado y a la vez insoportablemente perturbador, maneja dos líneas temporales sin que la historia pierda pulso. Ya lo dice Silvia Broome en el postfacio: «Es un claro ejemplo de que la calidad no distingue de etiquetas y de que la oscuridad, por qué no, puede llegar a ser extremadamente bella». Oremos por las doncellas del óxido y echemos una carrera hasta el sol.


Érase un río, Bonnie Joe Campbell (Dirty Works)

Hay que tener un despiste monumental para no estar al tanto de quién es Bonnie Joe Campbell a estas alturas. Ella se presenta como «la única beneficiaria de una beca Guggenheim que sabe castrar un cerdo», pero suponemos que lo suyo es anunciarla como una de las grandes exponentes del llamado grit lit, hillbilly noir o country noir. Literatura redneck, para entendernos. Qué equivocados estábamos los que creíamos que su maldad superdotada era idónea para el cuento corto, porque con Érase un río nos ha demostrado que en largo aliento es incluso más sórdida. La novela, que cuenta la historia de Margo Crane, sus quince años, su escopeta y su barca podría describirse como un Huckleberry Finn hasta arribita de speed. Para quien no disponga de banjo ni de porche, es apta para ser leída bajo el chorro de aire acondicionado, pero el sofoco le atacará igualmente. Joe Campbell no es de las que deja que se le escape una presa viva, y en este caso, el ejemplar que ha visto en la mirilla es usted.


A ver qué se puede hacer, de Lorrie Moore (Eterna Cadencia)

No hay que acercarse nunca, bajo ningún concepto, a las novelas de Lorrie Moore. Pero sus relatos, ensayos y artículos hay que bebérselos a sorbitos cortos, para que no se acaben. En esta recopilación se incluyen muchas de sus piezas en The New Yorker, The New York Review of Books y The New York Times Book Review y pueden confundirse con reseñas sobre libros, películas, series o acontecimientos. Pero hace tiempo que en manos de Moore el reseñismo o la crítica cultural se ha convertido en algo más. Da igual que hable de True Detective, de Nora Ephron o de el caso Lewinsky. La forma de mirar de Moore es afilada, erudita (le molesta muchísimo que se lo digan, pero es así) y descacharrante. Erigida y celebrada como una auténtica celebridad en lo suyo, Lorrie Moore sigue siendo esa amiga a la que estarías escuchando hablar durante horas sobre el tema menos apasionante del mundo porque en su boca todo se convierte en un hallazgo fascinante. A esta Dorothy Parker del siglo XXI solo le reprochamos que desprecie la literatura de género y que siga emperrada en escribir novelas, pero a una excepcionalidad como la suya hay que concederle un par de rarezas.


Mata a tus ídolos, de Toni García (Catedral)

No sospechen que hemos incluido a este autor por cuota, ha hecho méritos para figurar independientemente de su sexo. Tampoco es enchufismo, que no es tan amigo como se cree. La realidad es que Mata a tus ídolos ha sido un respiro. Durante años, los plumillas mediocres nos hemos dedicado a esparcir anécdotas hilarantes con estrellas de Hollywood que jamás habíamos vivido en nuestras carnes, pero eran demasiado apetitosas para no airearlas. El legítimo poseedor era y es el verborreico Toni García, que además de cruzarse el mundo entrevistando a directores, actores y guionistas, se empeña en monopolizar las sobremesas con absurdeces y bobadas sobre Harrison Ford, Tom Hanks o John Carpenter. Creíamos que cuando se decidiera a ponerlas  por escrito (se ha guardado algunas de las mejores, créanme) quedaría un compendio muy simpático, un anecdotario cinematográfico que evitarse, de una vez por todas, que otros expoliáramos sus historias. Pero no. La carambola es que el libro tiene envergadura de algo más delicado, más emocionante, que ya se encargará alguien de definir. En él podrán encontrar no solo las excentricidades de gente a la que le apasiona hablar de sí misma, sino una bellísima carta de amor al cine. Justo lo que podríamos esperar de un tipo que empezó a amar la gran pantalla viendo Los Pitufos.


Canción negra, de Wislawa Szymborska (Nórdica) 

No todo va a ser prosa, no todo van a ser autores indocumentados como el anterior. Si usted es de los que cree que conoce a la maravillosa premio nobel, Canción negra llega para desafiarle frontalmente. En él no encontraremos a la Szymborska elevada a los altares, a la poeta curtida de Saltaré sobre el fuego o la sardónica editora de Correo Literario. Esta es una obra de juventud, los versos que escribió entre 1944 y 1948, cuando su novio moría en la Segunda Guerra Mundial y ella era una jovencita a la que retocaban —y rechazaban— sus poemas. «Vosotros sois más torpes que vuestros poemas. / Tú te olvidarás de ti misma al levantar el vuelo».

Se trata de retazos revolucionaros, con ecos de guerra y vanguardia, de crítica social pero también de una profunda intimidad. Se alejan de los rasgos de su obra posterior para acercarnos a una autora aún por florecer, panfletaria, fumadora y rabiosa. Si por ella fuera jamás habríamos leído estos legajos, pero su exmarido se emperró en lo contrario. Buscó estos versos en las revistas literarias de la época y los mecanografió como regalo de cumpleaños a Szymborska. Ahora también es nuestro.


Arcano 13, de Pilar Pedraza (Valdemar)

Nadie debería morirse sin leer a Pilar Pedraza, no digan que no les insistimos. Pero por si acaso alguien anda aún desamparado, aquí una ocasión excepcional: la reedición de Arcano 13, los cuentos crueles de la genia. Como nadie nos ha puesto en el brete, no elegiremos entre su extensa y excepcional obra una favorita, baste con decir que esta recopilación es una magnífica puerta de entrada al mundo Pedraza. No se amilanen los eruditos, los descreídos o los pamplineros: Pedraza es una de las mejores escritoras de nuestra época y estos cuentos son un disfrute difícilmente superable por nada legal. Vampiros, mujeres pantera, aprendices de bruja y mucha (mucha) crueldad. A ver si consiguen no aullar que Pedraza es la suma sacerdotisa del género que se le antoje.

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La cresta de Ilión, de Cristina Rivera Garza (Tránsito) 

Vamos a decirlo rápido para no pasar vergüenza: desconocíamos a la escritora mexicana Amparo Dávila. Así de vasta era nuestra incultura antes de toparnos con La cresta de Ilión, que no es, ni mucho menos su biografía, sino una novela que la utiliza como personaje. Y eso es poco decir. Es un viaje trepidante que empieza con tintes de thriller (una noche de tormenta, una mujer llamando a la puerta, después, otra) pero que crece y crece hasta convertirse en algo exuberante. Cristina Rivera Garza lo escribió hace veinte años y parece recién sacado del horno, aún humeante. Una historia que habla sobre fronteras, sobre violencias, lenguaje y comunicación. Suena como no decir nada pero créanme: dice muchísimo y descubre aún más. Días después cuesta sacársela de un lugar impreciso entre estómago y corazón.

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La caja negra: los perros vuelan bajo, de Alek Popov (Automática Editorial) 

Nos ha chiflado el arranque de este delirio que llaman libro: «No me puedo creer que mi padre esté dentro de esa caja de plástico negro recién traída de la aduana». Bueno, el arranque y todo lo que sigue, a un ritmo descabellado. Dicen los que saben que la obra de Popov es la exacta definición de «cinismo balcánico», pero a nosotros nos ha sabido como un cruce bastardo entre los Coen y Vonnegut que provoca que te revuelques de risa, y no es una forma de hablar. Popov cuenta la historia de dos hermanos, Ango y Ned, de dos sistemas políticos, el comunismo y el capitalismo… y en algún momento, todo se desmadra. Hay conspiraciones esperpénticas, pingüinos sospechosos, elefantes en descomposición, cultos proletarios, dos búlgaros en Manhattan y sarcasmo a paladas. Si creen que el humor no tiene cabida (ni reputación) en la literatura, ocurren dos cosas: que tiene un problema grave y que este no es tu libro.

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Zombie, de Joyce Carol Oates (La Biblioteca de Carfax) 

De Joyce Carol Oates hay que leer hasta los post-it que escriba, esto es así. Esta dama inabarcable a la que no se le resiste un género (¿qué será lo siguiente? ¿una película?) tiene una media de obras imprescindibles que puede resultar mareante, reconozcámoslo. Por eso es fácil acumular lagunas de la mejor retratista de la violencia que veremos en siglos. Así que recurramos a un clásico: Zombie, publicado en 1995, pero que por fin llega con una edición que hace justicia a su contenido. Porque no, esto no va de desarrapados voraces de carne humana, ni de hordas colapsando suburbios norteamericanos. Va de un tipo, Quentin, al que mejor no conocer pero del que es imposible librarse. Él quiere un zombi y tú no quieres entrar en su mente desequilibrada, pero ya has establecido contacto visual. Una verdadera obra maestra de la que es mejor no desvelar demasiado, no queremos ahorrarle ni una gotita de sordidez.


Deja que te cuente, de Shirley Jackson (Minúscula)

Mencionamos Deja que te cuente, pero también valdría Cuentos escogidos o La Maldición de Hill House o Siempre hemos vivido en el castillo porque con Shirley Jackson pasa como con Carol Oates: todo es magro. En esta ocasión nos decantamos, más que por sus novelas más conocidas, por las recopilaciones de historias, conferencias y reflexiones de las dos primeras obras. Porque, además de ser píldoras cumbre de su producción, muchos de ellos difuminan la frontera entre la escritora y la ama de una casa llena de gatos, hámster, perros, niños, dieciocho habitaciones y platos que fregar. La que recibía cartas descabelladas tras publicar «La lotería», o la que embarca a toda su familia en juego tenebroso en una noche de gripe. Nada de lo que digamos hará justicia a lo delicioso de la producción de Shirley Jackson, pero hay que andarse preparado. Es inminente el estreno de una película sobre ella y no querrán desaprovechar la ocasión para hacerse los enterados.


 


Bruguera y el cementerio de los autores olvidados

Hasta que nos marchamos de Galicia, allá por 1970, el botín de los domingos consistía en un tebeo del Capitán Trueno y un ejemplar de Historias Selección, la colección de Bruguera que hizo de mí un ávido lector. Eran pequeños volúmenes de tapas amarillas, que intercalaban una página de dibujos cada tres o cuatro de texto. Las viñetas resumían la historia y me las tragaba en un santiamén. Después devoraba el relato completo, ya sabiendo el argumento. El tebeo del Capitán lo leía cinco veces a lo largo de la semana y al llegar el sábado también había dado cuenta del libro. El siguiente domingo, se repetía la historia.

Cuando nos mudamos al delta del Ebro, cambié las Historias Selección por las de aventuras. Parte del surtido venía directamente de mi padre, que encargaba a su club de lectura (el entrañable Círculo de Lectores), todo lo que veía de Verne y de Salgari. Otra parte la compraba yo, o más bien la mercaba, ya que en el quiosco del pueblo se podía cambiar la novela de la semana anterior por una nueva, pagando un duro por el trueque.

Allá por 1973, descubrí una nueva colección de Bruguera. Se llamaba La conquista del espacio y salía un título nuevo cada viernes. Cierto es que los ejemplares que llegaban a mis manos estaban a menudo en las últimas, las tapas de cartón medio rotas y el papel ceniciento, sobadísimo de tanto cambiar de dueño. Pero todas esas cosas me traían sin cuidado. Lo que contaba eran las historias.

¡Y qué historias! Aquellas primeras novelas de ciencia ficción me permitían evadirme de una realidad nada halagüeña para el chico regordete y empollón, —víctima propiciatoria perfecta para el bullying escolar cuando la palabra todavía no se había inventado— hijo de emigrantes, recién llegado a un pueblo donde nunca tuve muchos amigos. Mis novelas no eran un entretenimiento, eran un salvavidas que me permitían escapar de los matones del colegio a bordo de navíos interestelares, enamorarme de princesas marcianas en un tiempo en que las chicas miraban a través de mí sin verme, imaginar planetas exóticos e imperios galácticos en un país en el que hasta el dictador que nos regía era pequeño y vulgar. Todo estaba allí, a mi alcance, los cohetes y las razas exóticas, los monstruos alienígenas y las chicas rubias en pijama de látex, dibujadas en trazos brillantes sobre las tapas negras de mis libros de alquiler.

Una de las pocas novelas que no truqué, invirtiendo en ella cinco duros que me rentaron durante años, se llamaba Cuando se detengan las estrellas. He perdido la cuenta de cuantas veces la leí. Empezaba así:

Avoa esperaba.

Hacía horas.

Exactamente seis.

Trescientos sesenta minutos en el transcurso de los cuales solo hizo dos cosas: pasearse de un lado para otro, como una fiera enjaulada, y clavar los ojos en el reloj de pared, donde las saetas parecían soldadas a la esfera. No obstante se movían con una lentitud desesperante, pero era así.

Avoa sabía que ya faltaba poco.

Unos cuarenta y cinco minutos más y todo habría terminado.

Frases cortas, directas, secas. Las tres primeros párrafos de dos palabras cada uno. Al final del séptimo párrafo, el obligatorio cliff hanger. Claramente, el texto de un profesional, que promete desde la primera línea un buen relato, con poca tontería. Recuerdo haber copiado ese arranque, años más tarde, en uno de mis cursos de escritura creativa, en Estados Unidos, como ejemplo de la técnica que se usaban en los llamados Science Fiction pulp magazines. Para entonces ya había leído cientos de ellos, pero en pocos se atrevían a matar al prota en la segunda página. Claro que apenas una página más tarde Avoa resucita en un mundo extraño, opresivo, «La ciudad muerta», donde todo el mundo parece condenado a la pena de Sísifo, trabajando duramente en una cantera sin saber para qué sirven las piedras que arranca cada día y parecen haber sido repuestas al día siguiente. Una ciudad manejada en las sombras por una siniestra «cosa», en la que solo se puede tener hijos cuando alguien muere, en la que toda innovación está prohibida, en la que no hay nada que hacer excepto contemplar como se deslizan por el cielo, lentamente, las estrellas.

Aquella idea de las estrellas móviles no podía ser más intrigante. ¿Qué podía hacer que las estrellas, fijas desde la Tierra, se desplazaran a toda velocidad en el cielo? A lo largo de la novela, se repetía una y otra vez, el mismo oráculo: la vida será menos dura y más tolerable cuando se detengan las estrellas.

Una pregunta acarreó la otra y se preguntó qué ocurriría cuando se detuvieran las estrellas. Lo harían; de eso estaba seguro.

Las estrellas, en efecto, acababan por detenerse y se revelaba el misterio, el mundo de la novela no era sino una gigantesca nave espacial que viajaba a velocidades siderales hacia un planeta virgen, donde la humanidad podría empezar de nuevo. No eran las estrellas las que se movían, sino la nave. El efecto era, supuestamente, parecido al de un AVE que pasa a toda velocidad por delante de una hilera de farolas. El observador en la ventanilla cree ver luces corriendo contra su ventana y si el ferrocarril se moviera lo bastante suavemente y el viajero acabara de despertar, amnésico en el vagón, no tendría manera de saber que es él quien se mueve, en realidad, a bordo de un tren bala.

Ni yo, ni muchos otros lectores de la época y de muchas décadas posteriores, caímos entonces en la cuenta de que la idea era una sandez mayúscula, como ya he contado con detalle aquí. ¿Por qué? Porque la nave no podía viajar más deprisa que la luz y las estrellas están muy separadas entre sí. En nuestra metáfora ferroviaria, necesitaríamos cuatro años para llegar desde la primera farola (por ejemplo la Tierra) hasta la farola más cercana (Alpha de Centauri). Por tanto, la luz de esta nos parecería siempre fija, como fijas nos parecen las estrellas.

Así que aquella primera novela de ciencia ficción de mi adolescencia mentía sin querer, porque su autor, un tal Joe Mogar, posiblemente no sabía una palabra de física, cosa que por otra parte era bastante corriente en el gremio, empezando por el genial Edgar Rice Burroughs y su serie de novelas marcianas, tan deliciosas como absurdas en lo que a la física se refiere, y siguiendo por el primer y más longevo pelotazo ciencia ficción cinematográfico, La guerra de las galaxias, cuyos alocados argumentos masacraban y siguen masacrando la ciencia más elemental.

Hablando del amigo Joe, nunca dudé de que se trataba de un escritor norteamericano, país que yo asociaba con las fotos que mi padre guardaba como relicarios, reflejando su paso en los años cincuenta por aquel lugar mitológico que, para la España de 1973, bien podía estar en Andrómeda. Fotos que retrataban en color —cuando todo en nuestro país era todavía en blanco y negro— las ciudades en las que mi viejo había pasado largas temporadas, Nueva York, San Francisco, Washington o Miami, fotos de descapotables enormes y rubias en biquini, idénticas a las de las portadas siderales de la colección de Bruguera, quizás fueran esas rubias las que me convencieron de que las novelas que devoraba cada semana tenían que haber sido escritas en América. Y más con aquellos títulos y aquellos nombres tan resonantemente sajones. Ahí van unos pocos. Tiempo invertido, de Glenn Parrish. Un trazo de luz, de A. Thorkent, La araña espacial, otra vez de Glenn Parrish, El planeta de los muertos vivientes, de Keith Luger y Perdidos en Venus, de Cliff Bradley.

En 1975, mi familia se mudó otra vez, esta vez a Sagunto, y yo cambié, casi sin darme cuenta, mis autores norteamericanos de Bruguera por otros del mismo país, cuyas obras empezaban a llegar a la Librería el Puerto, regentada por mi amigo Elías Yanini, de quién también he hablado aquí. Si en el quiosco del pueblo de mi niñez conseguía novelas al trueque, en la librería de Elías las pagaba a plazos… cuando las pagaba. El dinero no me alcanzaba para comprar todo lo que leía, pero Elías me fiaba. Tenía una libreta finita, muy vieja, con renglones azules en los que apuntaba los títulos que me llevaba cada semana y los crecientes números rojos de mi cuenta.

En los años que mediaron entre mi llegada a Puerto de Sagunto (1975) y el final de mis estudios de física (1983) descubrí los clásicos del genero. Entre las novelas que le compré (es un decir) recuerdo Los propios dioses, quizá la mejor obra del gigante Isaac Asimov, a la que siguieron Yo, robot, El fin de la eternidad y la saga de Fundación. De Arthur Clarke me llevé, por lo menos, Odisea espacial y El fin de la infancia. Aún no había pagado la mitad de esos títulos y Elías tenía que pasar página en su libretita de deudas nunca cobradas del todo para anotar La luna es una cruel amante, de Robert Heinlein —quién no era un anarquista de la República de la Luna, por entonces—, la divertidísima Universo de locos, de Fredric Brown, Mundo Anillo, de Larry Niven, y aquella novela tan triste y extraña del más triste y extraño de los escritores de la época, Frederic Pohl, El día que llegaron los marcianos. Para cuando terminé la carrera, mi biblioteca de ciencia ficción sumaba cientos de volúmenes, incluyendo la elegante saga del río de Philip Joseph Farmer (A vuestros cuerpos dispersos) y casi todo lo que habían escrito Ursula K. Le Guin, Ray Bradbury y Philip K. Dick. Por aquel entonces ya soñaba con emular a mis ídolos y convertirme en un gran escritor de ciencia ficción. Pero me frenaba la evidencia de que no habían escritores del género en España, incluso aquellas novelitas (ya remotas en mi memoria) de Bruguera habían alistado escritores norteamericanos en lugar de recurrir a talentos nacionales. Así que fui posponiendo mi debut literario.

Pasaron años, que se convirtieron en décadas. En los noventa, casi sin proponérmelo, fui leyendo cada vez menos ciencia ficción, en parte porque los géneros de moda en la época (el tecno punk y la ópera espacial) no me acababan de enganchar, en parte porque otros géneros literarios competían por mi escaso tiempo. También me convencí de que ni sueño de escribir ciencia ficción algún día nunca se vería realizado. A pesar de que en aquella década di con algunas de las novelas que más valoro (en particular la magnífica trilogía marciana de Kim Stanley Robinson) percibía cada vez más la ciencia ficción como un género maltratado, sin futuro, apto solo para nerds y frikis.

Y sin embargo, en nuestro Mundo Feliz, la ciencia ficción debería ser no ya un género importante, sino el género más importante. Vivimos en tiempos acelerados donde el futuro es hoy. Un mundo en el que se precisa un urgente debate ético para regular realidades emergentes tan complejas como la de la clonación, las mejoras genéticas, la inteligencia artificial o los cíborgs, un mundo hipertecnificado que se escapa de la comprensión del ciudadano común, un ciudadano que se encuentra, cada vez más, en la tesitura que tan acertadamente describiera Clarke: «La tecnología de una civilización lo suficientemente avanzada es indistinguible de la magia». Para los hombres y mujeres de a pie, todo lo que les rodea es magia. Sabemos pronunciar los conjuros que despiertan nuestro iPhone o nos permiten navegar por la red (siempre que le hayamos vendido a cambio nuestra alma a Google) pero no entendemos cómo funciona nada de lo que nos rodea. Y por tanto somos, cada día un poco más, siervos de la gleba.

La ciencia ficción ha pasado de ser un cuento sobre el futuro a un reportaje de actualidad urgente. Y en ese sentido es necesaria para los ciudadanos, como una de las formas literarias más aptas para hacernos reflexionar sobre la realidad que nos ha tocado vivir. Quizás por eso algunos de los grandes autores de hoy empiezan a interesarse muy seriamente por ellas. Así por ejemplo: Murakami, en 1Q84, juega con líneas de realidad paralelas, Ishiguro explora el infortunio de niños-clon en Never Let me Go, Ian McEwan investiga las paradojas de una inteligencia artificial que parece a la vuelta de la esquina en Machines Like Me y Joyce Carol Oates se atreve con los viajes en el tiempo en Hazards of Time Travel. ¡Aleluya! Los viajes en el tiempo, las distopías, el conflicto hombre máquina, los problemas de un mundo tecnocrático pero no lo suficientemente empático con las personas, por fin, parece interesar a los escritores mainstream y quizás empezarán, por tanto, a interesar a la mayor parte de los ciudadanos y no solo a los chicos y chicas gafotas, con pocos amigos en el colegio.

Pero el caso es que muchos de los grandes escritores de ciencia ficción también fueron y son grandes escritores, a secas. Unos pocos han entrado en el canon tras crear arquetipos inolvidables como el monstruo de Frankestein (Shelley) inventar la novela de viaje temporal (Wells y su inolvidable Time Machine), el género distópico en su versión moderna (el Mundo Feliz de Huxley) o adelantarse furiosamente al futuro (Verne). Ninguno de los gigantes de mi juventud, incluyendo Asimov y Bradbury, tuvo el reconocimiento que se merecía fuera de los devotos del género (a Clarke le fue algo mejor gracias a la película de 2001 y su asociación con Kubrick). Obras literarias de enorme calado como Los desposeídos y La mano izquierda de la oscuridad, de Ursula K. Le Guin, nunca se acabaron de apreciar fuera del club. Como tampoco se apreció el talento de Philip K. Dick, un genio trágico que murió a los cincuenta y tres años, solo, enloquecido y arruinado, tras haberse pasado toda su vida friéndose a anfetas para producir a ritmo frenético las novelas e historias cortas que le daban apenas para comer. Novelas entre las que se cuentan las que dieron lugar a Blader Runner y The Man in the High Castle, productos que, al margen de su alto valor literario han generado millones… de los que Dick no vio un centavo.

El caso de Dick no era único. En general, los escritores norteamericanos del llamado género pulp, del que deriva mucha de la mejor ciencia ficción clásica, vendían sus obras casi al peso, y no solo no aspiraran al más mínimo reconocimiento literario, se conformaban con llegar a fin de mes.

A unos pocos, como aquellos escritores que Bruguera traducía del inglés para la colección La conquista del espacio, ya en 1971, sin duda les fue bien, ¿no? A fin de cuentas llegaron a nuestro país antes que Asimov, Bradbury, Clarke y el resto, sin duda debido a la gran tirada de sus obras, lo que justificaba que una editorial española pagara derechos de autor y traducción, asunto nada baladí en el apretado mercado del libro.

No hace mucho, con motivo de un certamen de ciencia ficción en Murcia, que tuvo el gusto de inaugurar, acabé rebuscando en mis cajones (los de verdad, los informáticos y los de la memoria) y di con la novela de Joe Mogar, mi primera novela de ciencia ficción. Tuve una corazonada. Decidí investigar.

No tardé en descubrir que Joe Mogar en realidad se llamaba José María Moreno García. Aparte de Joe Mogar, José María empleó otros seudónimos como Alexis Dormunt, Alfred Allyson, Clay Duncan, y Joseph M. West, y tocó casi todos los géneros, desarrollando el grueso de su carrera profesional para Bruguera, pero también en menor medida para otras editoriales1. Apenas he conseguido averiguar nada de la vida de este hombre, excepto que nació en Córdoba en 1922 (es contemporáneo de Dick y de Bradbury). Escribió cuatro novelas de ciencia ficción (para Bruguera) tres novelas de terror y… cerca de cien novelas de género policíaco. Eso no es ser prolífico, eso es ser Hércules. Un Hércules que, como Philip K. Dick, vendía sus obras al peso. Un Hércules que firmaba con pseudónimos anglófonos, un Hércules perfecta y absolutamente desconocido, a quien debo la primera novela de ciencia ficción de mi vida.

¿Y los otros? El hombre detrás de Glenn Parish2 se llamaba José Luís García Lecha (1919-2005), alias Clark Carrados, alias Louis G. Milk. Escribió seiscientas novelas de ciencia ficción. Si añadimos las del oeste, bélicas etc., la suma de eleva a más de dos mil. Recibió un homenaje, a título póstumo, en 2008.

Keith Luger era Miguel Oliveros Tovar (fallecido en 1985), autor de quinientas novelas, tocando también todos los géneros. Cliff Bradley era Jesús Navarro3 y escribió nada menos que ochocientas cincuenta novelas, algunas de las cuales fueron adaptadas al cine. A. Thorkent resultó ser Ángel Torres Quesada4, nacido en Cádiz en 1940, ganador del premio UPC 1991, tan prolífico y genial como los otros, aunque bastante más joven.

Todos ellos sufrieron un maltrato y un olvido aún peor del que tuvieron que soportar sus colegas de otras nacionalidades. Todos ellos se ganaron la vida cultivando el infame género de la pseudotraducción5, esto es, pretendidas traducciones de novelas sajonas, escritas bajo pseudónimo, con el objetivo de dar cierta respetabilidad a sus obras (en la España de la posguerra y quizás en la de hoy en día, todo lo de fuera tiende a apreciarse más que lo patrio). Fueron auténticos negros, explotados, exprimidos, negados hasta del mínimo derecho que no se le privó a Dick y otros escritores de pulp en Norteamérica, esto es, el de firmar con su propio nombre.

Estos pocos que he traído hoy aquí no son los únicos, hay centenares de ellos, languideciendo en el cementerio de los autores olvidados, pero espero que rescatar a este puñado sirva para que los aficionados a la ciencia ficción podamos dedicar un instante a rendirles a todos homenaje. Y en particular déjenme dedicarle un brindis contra el olvido a mi querido Joe Mogar, autor de la primera novela de ciencia ficción de mi vida.


1. Joe Mogar y la legión de secundarios

2. Luis García Lecha, alias Clark Carrados

3.  Cliff Bradley

4. www.ciencia-ficcion.com

5. El pseudónimo y la censura en la narrativa del Oeste


Escritor con gato

Camilo José Cela y su gato, Saleri III, 1989. Fotografía: Cordon Press.

Cuando las civilizaciones del futuro escarben entre las ruinas que deje la nuestra, cosa que ocurrirá, y examinen con delicadeza las pocas imágenes del presente que sobrevivan a los milenios, seguramente dirán que rendíamos culto a los gatos. 

Sabemos que ocurrirá porque ya ha ocurrido, que es una propiedad de lo que ocurrirá. En 1888, entre las ruinas de la antigua ciudad egipcia de Bubastis, un campesino descubrió cerca de ochenta mil gatos momificados. Estaban en una gran fosa habilitada al efecto en el templo de Bastet, la diosa gata del panteón egipcio, y las más antiguas tenían cerca de cuatro mil años. El hombre repartió varios cientos y se dedicó a moler el resto para venderlo como fertilizante agrícola, aunque muchas pudieron salvarse y recuperarse para el Museo Británico, donde todavía se exponen. Antes de afearle el gesto, pregúntese qué haría usted si fuese un campesino del delta del Nilo a finales del XIX y tuviese que darle un uso práctico a diecinueve toneladas de gatos muertos. 

En algún momento del futuro, cuando ya solo seamos una veta de latas y bolsas de plástico entre los estratos del subsuelo, alguien descubrirá nuestra fosa común de gatos, y hasta quizá disponga de una piedra de Rosetta con la que descifrar su nombre: «internet». Y no le importará, como ocurrió en el antiguo Egipto, que nuestra aparente devoción por los felinos domésticos fuera también un interregno de pocos siglos entre las dos dinastías verdaderamente universales, la del perro y el caballo. No. Dirá que debieron mediar razones poderosas para que fotografiásemos tanto a los gatos y documentásemos con tanto ahínco sus tres inclinaciones principales, que son la indiferencia, fingir trascendencia y hacer el espantajo. Y como la indulgencia es obligada en el oficio de los arqueólogos, ellos que ven cosas tan raras, y al razonar obedecen el principio de la navaja de Ockham, estos del futuro no dirán aquello a lo que apuntan todas las pruebas, que simplemente queríamos mucho a nuestros gatos, les besábamos como a niños y les hacíamos pedorretas en la barriga. No. Concluirán lo que resulta mucho más sencillo de creer: que les rendíamos culto como si fueran una divinidad. 

***

A esta falsedad, como a todas, contribuyen principalmente los escritores. Ellos inventaron el retrato con gato, y lo hicieron un siglo y medio antes de que existiera internet. 

Nos constan innumerables retratos de escritores con gato. Innumerables. Casi de cualquier autor conocido del último siglo existe uno (1). Cuando no muchos, sean muchos los gatos o muchos los retratos. Y serán estas fotografías las que alcancen la posteridad, porque a fama perdurable nadie hace sombra a los escritores. La historia es garantista con ellos y ellos lo saben. Por eso se han metido a escritores, no te jode. 

Por esa razón, cualquier escritor respetable debe retratarse con sus gatos. Debe, al menos, si quiere parecer un escritor, algo que los escritores quieren con desesperación. Y por eso todos, sabedores de que les va en ello la posteridad, respetan escrupulosamente las tradiciones iconográficas del gremio. Hasta los de temperamento más huraño. Y, de esta forma, posar con el propio gato se ha convertido en la mayor de todas. 

Antes no era así. Antes los escritores, para parecerlo, se retrataban pulcramente repeinados con sus Olivettis, sus plumas y otros útiles de escritura. Pero entonces también los cineastas comenzaron a hacerlo, y después los periodistas, porque es un hecho conocido que no solo los escritores quieren parecer escritores: todos quieren parecer escritores. Y los escritores intuyeron que necesitaban nuevos símbolos, esta vez inasequibles a la rapiña. Por eso, desde entonces, los demás posan dignamente vestidos con máquinas de escribir, pipas de caoba y estanterías rebosantes de libros, para parecer escritores. Y los escritores, para no parecer periodistas o cineastas, lo hacen desaliñados con esmero y rodeados de gatos. 

El gran virtuoso del género fue Ernest Hemingway, quizá porque a él nadie le ganaba ni a gatos ni a desaliño. Llegó a tener once en Cuba, donde adquirió la costumbre de fotografiarse con ellos descamisado y con aires de gran lunático. En Finca Vigía, su casa en San Francisco de Paula, se conservan todavía las tumbas de cuatro: Black, Negrita, Linda y Nerón. Tuvo un número de gatos parecido en Cayo Hueso, la pequeña isla en los Cayos de la Florida donde fijó más tarde su residencia. Allí siguen también, aunque estos en el sentido genético del verbo. En los alrededores de la antigua casa del escritor, hoy convertida en el Ernest Hemingway Home & Museum, vive actualmente una colonia de cerca de cincuenta gatos polidáctilos. Tienen seis dedos en las patas, normalmente las delanteras, alguno también en las traseras. Descienden de Snowball, uno de los felinos preferidos de Hemingway, que para mayor literatura le fue regalado por un capitán de barco. Y han conservado su mismo trastorno genético. En las fotos de la época, junto al escritor, Snowball acompaña a los demás gatos de la finca olisqueando y rebuscando entre las sobras de sus platos. Uno, incluso, bebiendo delicadamente de su propia copa. Un whisky carísimo, por cierto. Lo sabemos porque el mismo Hemingway se jactaba de haber enseñado el truco al animal, de nombre Cristóbal. Y de que Cristóbal tuviera el paladar tan bien educado.

Todo retórica, claro. Regla número uno del retrato del escritor con gato: cuando involucra a los animales, la guarrería es un signo de la grandeza. El precedente lo sentaron los emperadores de Roma, pero específicamente con gatos lo hizo Abraham Lincoln. El decimosexto presidente, que también en esta materia tuvo la hechura de los profetas, estableció aquello tan famoso de que «si los tenedores de oro servían para James Buchanan, entonces sirven para Tabby». Tabby era su gato, y James Buchanan, el anterior inquilino de la Casa Blanca. Lincoln defendió así el derecho del animal a ser aupado a la mesa durante las cenas formales y a comisquear de su propio plato en presencia de invitados. Hoy el gesto se le vitorea, pero a Mary Lincoln la traía por el caminito de la amargura. Reprobaba en público a su marido, a cuyos gatos negaba incluso el estatus y refería solamente como su hobby. Incluso los evangelistas de Lincoln tuvieron que ejecutar piruetas para naturalizar la marranada. El almirante David Porter, que también fue testigo de cómo el presidente faltaba a sus obligaciones durante el sitio de Petersburgh para rescatar personalmente unos gatitos, dejó escrito que aquella dulzura con felinos, tan poco presidencial, «ilustraba la bondad en la disposición de aquel hombre y mostraba la sencillez pueril que se mezclaba con la grandeza de su naturaleza». 

Gore Vidal ca. 1990. Fotografía: Cordon Press.

Y por ahí van los tiros, con perdón. En tiempos de Lincoln, cuando no existían los antibióticos y las vacunas eran una rareza, el arañazo de un gato se complicaba fácilmente con un surtido catálogo de infecciones virales y bacterianas. En el siglo XIX y durante buena parte del XX, conseguir la docilidad de uno, en particular uno callejero, era un signo de arrojo y pericia. Y compartir su plato, no digamos. En parte, eso explica la relación singular de los gatos y los escritores, una gente condenada a practicar el duro oficio de demostrar. Y esa propensión a los gatos que tuvieron precisamente los de carisma más hosco y machote, como el mismo Hemingway. Contradicción ninguna. ¿Quiere conseguir el afecto de un perro? Bien, necesita diez segundos y una loncha de tocino. Pero los felinos con otra cosa. Un perro querrá conquistarlo a usted; a un gato tendrá usted que conquistarlo. Es la regla número dos del retrato del escritor con gato: el cariño de un felino es una victoria, y por eso se luce como un trofeo. 

Mark Twain, pionero de muchas cosas, lo fue también de esta. Dejó dicho que cuando un hombre quiere a los gatos «entonces soy su amigo y su camarada, sin más presentaciones». A lo largo de su vida él tuvo treinta y dos, y se cuenta que una de sus peores penas fue cuando perdió a uno, Bambino, en la ciudad de Nueva York. Incluso publicó un anuncio en varios periódicos revelando la ubicación de su domicilio en el número 21 de la Quinta Avenida y ofreciendo la friolera de cinco dólares a quien llevase allí a la criatura, «un gato grande e intensamente negro; de pelo fuerte y aterciopelado; con una mancha blanca apenas visible en el pecho». Bambino regresó tres días después, por cierto, y por sus propios medios, pero la gente siguió llegando con gatos negros bajo el brazo. Las colas frente al edificio se prolongaron durante semanas.

Borges sostenía que lo nuestro con los gatos no es afición, sino ensimismamiento. Mirar a los ojos de los gatos es siempre contemplar otro lugar, y por eso, decía, les buscamos la mirada. Vanamente, eso sí, y «por obra de un indescifrable decreto divino». Aquel que castiga con la pena de no ver precisamente a quienes más les tienta hacerlo. La que le fue impuesta a Orfeo, la que quebrantó la mujer de Lot. La que sufrió progresivamente Borges. A los cincuenta años, el escritor fascinado por los espejos apenas podía ver; a los sesenta, el director de la Biblioteca Nacional de Argentina tenía prohibida la letra impresa. Entonces le regalaron un gato, Pepo, natural del barrio bonaerense de La Boca, que Borges rebautizó como Beppo. Y, mientras él mismo pudo ver, a Borges le entretenía mirar a Beppo mirar, verlo ver, y permitirse deducir de su actitud que aquella criatura blanca intuía la naturaleza enigmática de lo material, como él mismo hacía. Por eso encontró elocuente la extrañeza de aquel gato ante los espejos, desde donde parecía ver Uqbar y otros territorios ultraterrenos. «Esos gatos armoniosos», escribió, «el de cristal y el de caliente sangre, son simulacros que concede el tiempo. ¿De qué Adán anterior al paraíso, de qué divinidad indescifrable somos los hombres un espejo roto?». A Schrödinger le habría encantado.

Beppo era también el nombre del gato de Lord Byron, uno de los cinco que tuvo. Byron le puso ese nombre para honrar a uno de sus personajes y Borges lo hizo para honrar a Byron. Parecido hizo Sophie Kerr, que a su gato puso Thomas Hardy, y Julio Cortázar, que lo llamó Teodoro W. Adorno. También Fernando Sánchez Dragó puso a su gato Soseki por Natsume Soseki, el autor de Soy un gato (2). Es la tercera norma del retrato del escritor con gato: dé al suyo un nombre de altura, que le está contemplando la posteridad. Aunque es cierto que muchos no la cumplieron. El que menos, Haruki Murakami. Tuvo una calicó a la que llamó Calicó, un atigrado mackerel al que llamo Mackerel y un fold escocés al que llamó, por scottish, Scotty. Pero otros se la tomaron más en serio. Uno de ellos, Camilo José Cela, que no por nada predicaba las bondades espirituales de dar la nota. Cuando se fue a vivir a Guadalajara puso a su gato Saleri III, haciéndolo así heredero de Saleri II, el torero más famoso de la Alcarria. Y el que más de todos, Jean-Paul Sartre. A su gato le negó un nombre de escritor, o acaso de persona, e incluso un nombre de gato, y en su lugar lo bautizó como Néant, que en francés significa «nada». Tuvo que ser una estampa furiosamente autorreferencial, la de Sartre acariciando a Nada. A Schrödinger también le habría encantado.

Esta lista parcial sigue con Yukio Mishima, Stephen King, Raymond Chandler, Terenci Moix, Gore Vidal o Neil Gaiman. Parcial porque muchos escritores hablaron sobre gatos y los acumularon desordenadamente, y sin embargo ningún escritor lo hizo por primera vez sobre quienes son como ellos mismos. Eso lo hizo una escritora, y no por casualidad. En Ella Manson y sus once gatos, Sylvia Plath puso en boca de unos vecinos hipotéticos aquello que suelen decir los vecinos de verdad: que «hay algo que no funciona bien en una mujer que acomoda tantos gatos». En inglés no existe el correspondiente masculino de las crazy cat ladies, las locas de los gatos, y en castellano no solemos usarlo aunque la gramática lo permita. 

Es la cuarta norma de este género iconográfico, tristemente vigente: si es usted un prohombre, acumular gatos se le consentirá como hobby y hasta se le aplaudirá, como a Lincoln, porque la grandeza de su naturaleza no sé qué y no sé cuánto; pero si es usted una promujer —he aquí otra palabra que no existe—, será síntoma de desnaturalización y soledad, y hasta motivo de vergüenza. Quizá por eso Plath, de quien consta una fotografía abrazando a un gato cuando era niña, no se permitió de mayor más retratos que los ortodoxos: con máquina de escribir y estantería de libros, pero sin gato. Y quizá por eso bautizó como Tabby a la principal entre los que cobijaba su loca de ficción. A lo mejor porque la imaginó atigrada, y ese es un nombre común entre los atigrados, a lo mejor porque así se llamaba el famoso gato consentido de Lincoln. Eso queda a la discreción de los buenos entendedores, a quienes suelen bastar pocas palabras. 

Pero es verdad que los gatos enajenan, no les neguemos ese poder. Además del ser humano, son el único animal que puede hacerlo. De puro quererlo, vuelve loco. Doris Lessing llegó a hacerlo en tal grado que durante un tiempo temió, en efecto, estar trastornada. Lo confesaba en su autobiografía y de nuevo en 1997, durante una entrevista que concedió a Rosa Montero, publicada en El País. «Hay algo loco en una persona que llora con absoluta y total desesperación durante diez días por la muerte de un gato, cuando no se ha comportado así en la muerte de su propia madre. Es algo demencial, irracional». Y eso que aún no había tenido que llorar la del más longevo que tuvo, que entonces contaba diecisiete años y un número impar de patas. Se llamaba El Magnífico —así, en español y con artículo— y aparecía en On Cats y Particularly Cats, dos cumbres de la literatura sobre felinos domésticos (3)

Y no solo las cumbres de la calidad se conquistaron con gatos, también las de la cantidad. Quinta norma del retrato del escritor con gato: el escritor con gato conoce su oficio, porque con un gato se escribe mejor (4). Lo dice Joyce Carol Oates, autoridad en literatura y plusmarquista en teclear. Cuando le preguntaron en Twitter que cómo se las apañaba para haber publicado ya setenta novelas y cuarenta libros de cuentos, Oates respondió que con la ayuda de un gato que no se moviera de su regazo. Es pura mecánica: el animal impide levantarse y ejerce como fuente de calor. Por eso también Patricia Highsmith afirmó que escribía mejor con la compañía de uno. Y Elsa Morante no habría escrito Mentira y sortilegio sin aquel «ser vivo que no es humano» que acompaña a la protagonista, y que solo al final sabremos que era su propio gato Alvaro. Colette aseguraba que a la hora de escribir solo contaba con tres cosas de valor incalculable: su soledad, su resolución por viajar y su gato. 

Y si un gato no mueve suficientemente a la escritura, aritmética elemental: pruebe con muchos gatos. «Aquellos fantasmas elásticos de Baudelaire / la miran tan despaciosamente / que María temerosa comienza a escribir». Habla José Lezama y María es María Zambrano. Resulta aventurado decir cuántos gatos tuvo ella, porque sus cifras superan incluso a las de Twain y Hemingway. Durante su exilio en Roma pasaron por su domicilio no menos de setenta, y se cuenta que a la vez, en una misma casa, llegó a tener veinticuatro. En 1964 fue denunciada por un vecino fascista pero no lo hizo por fascismo, lo hizo por los gatos. Por eso tuvo que huir de Italia a Suiza, donde se llevó al menos trece criaturas. Cuando volvió a España en 1984 lo hizo con menos maletas que gatos. Entre ellos Rita, Tigra, Blanquita, Lucía y Pelusa. Se lee con frecuencia que la tumba de Zambrano en el cementerio de Vélez-Málaga cuenta con la custodia incansable, inaudita, de un puñado de gatos callejeros, aunque seguramente ocurra que alguien les deja comida allí. Seguramente.

Es la sexta y última norma del retrato del escritor con gato: por encima de todo, quiera usted al suyo. Y si el suyo le corresponde poco, sepa perdonarlo. Considere lo que Terry Pratchett, que los gatos tienen el orgullo de los dioses caídos. Antiguamente se les veneraba, y eso no lo han olvidado. Pero incluso en ese caso debe quererlos y cobijarlos, aunque sea por si acaso. Como a la vieja harapienta que llama a la puerta una noche de tormenta, no sea que se trate de un hada impartiendo justicia. La forma con la que nos comportamos con los gatos aquí abajo determinará nuestro estatus en el cielo, advirtió Robert A. Heinlein. Y eso, que no es verdad para la razón, es una verdad inapelable para la intuición. Lo sospecha tres veces al día cualquiera que tenga uno. Por eso los gatos convienen particularmente a los escritores, y a los escritores les conviene quererlos. Para poder sostenerles la mirada y recordarse que ellos ven de verdad, no nosotros. Y que este mundo, que los gatos contemplan con extrañeza, es de mentira; hay otro, desde el que nos miran, y ese es el de verdad. ¿Lo ha entendido? Bien. Pues ahora siéntese y póngase a escribirlo.

Françoise Sagan y Anthony Perkins, 1960. Fotografía: Cordon Press.


(1) Que nos conste, el primero pudo ser el de Renée Vivien con dos gatos siameses, uno en cada hombro,
tomado en torno al año 1890.

(2) Pocos gatos recibieron mayores honras fúnebres que aquel Soseki. Tras su muerte en 2008, Sánchez Dragó publicó incluso un obituario en la prensa, Mortal y tigre, al que siguieron los pésames de Carmen Rigalt, Antonio Burgos, Alicia Mariño, Alejandro Jodorowsky y Luis Alberto de Cuenca, entre otros. Más tarde, su dueño le dedicó un libro, Soseki: Inmortal y Tigre (Planeta, 2009). 

(3) Se suele decir que con las obras de Lessing comparten podio Old Possum’s Book of Practical Cats, de T. S. Eliot, y The Cat Inside, de William Burroughs. Si se considera la literatura infantil, también Millions of Cats, de Wanda Gag, y la serie Catwings de Ursula K. Le Guin. Aunque Orson Scott Card, precisamente al reseñar Catwings, dijera que «las historias de gatos, como género, son la forma de ficción más repulsiva». 

(4) Ray Bradbury, que tuvo más de veintidós gatos, defendió expresamente este principio en Zen in the Art of Writing, su tratado sobre creación literaria: «Cualquiera que tenga gatos sabrá de lo que hablo. Los gatos vienen al amanecer y se sientan en tu cama (…). Simplemente se sientan y se te quedan mirando hasta que abres un párpado y los ves ahí, a punto de caer muertos de inanición. Lo mismo sucede con las ideas. Vienen en silencio en la hora en la que tratas de despertar y recordar tu nombre (…). En cualquier caso, hago que las ideas vengan a mí. Yo no voy a por ellas. Provoco su paciencia fingiendo indiferencia. Esto enfurece a esa criatura latente hasta que casi grita deseando nacer y, después de nacer, alimentarse (…). Ese es el gran secreto de la creatividad: tratar a las ideas como gatos. Haz que sean ellas las que te sigan».


Una isla de mierda en la isla de Manhattan

La entrada de la policía en la mansión Collyer, Nueva York, 1947. Fotografía: Tom Watson / NY Daily News / Getty.

El 21 de marzo de 1947 la policía de Nueva York recibió una llamada que alertaba del insoportable hedor que salía del número 2078 de la Quinta Avenida. Aquella dirección correspondía a la residencia de los estrafalarios hermanos Collyer, Homer y Langley, bien conocidos por el vecindario, por la burocracia municipal y, en realidad, por toda la ciudad, puesto que la prensa llevaba desde 1938 prestando atención a los rumores y leyendas que circulaban sobre estos dos extravagantes misántropos y sobre los pleitos que mantuvieron con diversos acreedores. Era de sospechar que habían vuelto a hacer una de las suyas, así que el aviso telefónico no alarmó demasiado en la comisaría, que se limitó a enviar una patrulla. Iba a necesitar muchos refuerzos: los dos habitantes de la casa habían muerto aplastados por la basura que acumularon durante casi dos décadas. Eso es todo. Los hechos son así de escuetos: dos hombres que padecían un trastorno de acumulación compulsiva, algo muy parecido, si no lo era, al síndrome de Diógenes, fallecen aniquilados por su enfermedad.

Pero el director del periódico, un calco de la Beatriz de Zenit, la obra de Els Joglars, grita fuera de sí: «¿Cómo que eso es todo? ¡Tenemos una historia formidable! ¡Una tragedia protagonizada por dos locos! ¡Y el escenario: la Quinta Avenida! Ya veo la portada: “Murieron como vivieron”. No, espera, mucho mejor: “Una isla de mierda en la isla de Manhattan”. ¡Maravilloso! ¡Ideal!». Al director no le bastan las capas sedimentadas de cachivaches e inmundicias que estrujaron dos cadáveres y se propone añadir una más, aunque sea al precio de perecer todos engullidos, como en la última escena del montaje de la compañía catalana, por una marea de bolsas de basura fofas: «Ya estás levantando tu culo de la silla y me traes todos los detalles. Y fotos, quiero fotos del cubil de esos cerdos». Entiéndase bien, este es un diálogo ficticio, porque hoy no hace falta despegarse del ordenador para atender el encargo. Es facilísimo. Cualquier editor gráfico encuentra en un clic material de sobra. Por ejemplo, el Daily News ofrece una galería digital con imágenes rescatadas de su propio archivo del interior del brownstone de los Collyer, encabezada por una invitación irresistible: «Take a look inside». Sí, seamos bien mandados y echemos un vistazo.

Eso mismo está haciendo la policía después de derribar la puerta del domicilio de los hermanos Collyer a hachazos y de agujerear el tablón que la atrancaba: mira por los resquicios y atisba una muralla infranqueable de periódicos y trastos. Tampoco va a ser posible entrar por las ventanas de la planta baja, que, aunque han perdido sus cristales, se encuentran enrejadas y cegadas por un abarrote idéntico. El primer agente que consigue entrar en el edificio lo hace a través de una ventana del segundo piso. Lo que encuentra es un laberinto impracticable, una red de angostos y asfixiantes pasillos que se abren en una masa compacta de papeles, cajas y cachivaches, que atestan todo el espacio de las habitaciones. En algunas de ellas los tabiques habían cedido o habían sido derribados deliberadamente y los escombros se confunden en el colosal amasijo. En algún momento incluso se hizo necesario abrir un boquete en el tejado para acceder a una parte del edificio y continuar desalojando la basura.

Tardaron cinco horas en dar con el cadáver de Homer y dieciocho días en localizar el de su hermano. El cuerpo de Langley, con varias capas de harapos encima, en avanzado estado de descomposición, medio comido por las ratas que infestaban la vivienda, estaba sepultado en un pequeño túnel de aquella maraña caótica. Los investigadores determinaron que había muerto cuando llevaba comida a su hermano, al caer en una trampa que él mismo había tendido y que provocó el desmoronamiento de la mole de basura bajo la que quedó enterrado. Por su parte, Homer, ciego e inválido, incapaz de alimentarse o salir por sus propios medios de aquel dédalo, habría tenido una lenta agonía. Los forenses calcularon que había fallecido diez horas antes de la llegada de la policía, que lo encontró sentado en una butaca destartalada, vestido con un albornoz raído y con una larga melena enmarañada que le llegaba a los hombros.

Se requirieron semanas y semanas de trabajo para vaciar la casa por completo. De ella terminaron saliendo más de cien toneladas de basura. Los periodistas intentaron un imposible, el inventario de los objetos retirados. En medio de tantas especulaciones, tenían algo cierto a lo que agarrarse. Tal vez la clave que permitía desentrañar el misterio de la vida de los Collyer se ocultaba en la exhaustiva relación de sus pertenencias: un Ford T, neumáticos, decenas de pianos, un clavicordio, dos órganos, acordeones, violines, partituras, un gramófono, discos, varias cámaras fotográficas, lentes y trípodes, miles de periódicos empacados en fardos o en pilas desmoronadas, ventiladores eléctricos, maletas, somieres, decenas de modelos de máquinas de escribir y bicicletas, más de veinticinco mil libros, un viejo aparato de rayos X, un fusil, una colección de pistolas, varios cochecitos de bebé, juguetes, todo tipo de utilería inútil, sedas, tapices, alfombras, candelabros, montañas de ropa, relojes, maniquíes, estufas, botellas, latas, un sinfín caótico de muebles, artefactos, bártulos y chatarra.

Las cuadrillas trabajaron ante un público expectante. E. L. Doctorow, un adolescente neoyorquino en 1947, pudo formar parte entonces de aquellos curiosos que se congregaban en las inmediaciones de la esquina de la Quinta Avenida con la calle 128 o simplemente leyó en los periódicos las distintas entregas de una historia llena de especulaciones sobre cómo aquellos hermanos, hijos de un médico y una cantante de ópera, licenciados en la Universidad de Columbia, terminaron viviendo de las rentas heredadas, atrincherados en la decrépita casa familiar que en otro tiempo, no tan lejano, se pretendía distinguida y elegante. Nueva York y el escritor nunca se olvidaron de los Collyer. La ciudad los convirtió en un mito y el escritor, en los protagonistas de una novela, Homer y Langley, publicada en 2009 y traducida al castellano al año siguiente por la editorial Roca. La voz del narrador es la de Homer, un Homero contemporáneo, ciego, como dice la tradición que era el griego, y también como aquel, intérprete de un mito. Se trata de un mito deliberadamente indeciso, vacilante, quizás por eso la novela de Doctorow ha sugerido a Joyce Carol Oates una relación con el documental Grey Gardens, sobre las Beale (madre e hija), y con Bouvard y Pécuchet, de Flaubert.

En Homer y Langley el relato adquiere una ambigüedad decidida, constante, que atraviesa toda la descripción del proceso que termina enclaustrando a los Collyer en su casa mientras fuera, en el mundo, se libra una guerra (siempre una guerra: la Gran Guerra, la Segunda Guerra Mundial, la guerra fría, la de Corea, Vietnam, los asesinatos políticos de Kennedy y Martin Luther King). Los dos hermanos son presentados como «reclusos» (la etimología del nombre de Homero es la misma que la de la palabra griega que designa al rehén o prisionero de guerra) y, al mismo tiempo, como «isleños aislados del mundo» voluntariamente, haciendo de su vida un acto de resistencia y una declaración de independencia que las instituciones municipales, los acreedores, los vecinos, la prensa, en definitiva, la sociedad no tolera. Son discípulos de Ralph Waldo Emerson, lectores de Gibbon y de El talón de hierro, de Jack London. Desafían todas las convenciones y, sin embargo, temen que el «círculo de animadversión» se extienda hasta el futuro, donde nadie los reivindicará y donde se habrán convertido en «un chiste mítico». Langley es simultáneamente «el periodista supremo», un perfecto demente y un lúcido filósofo de inspiración nietzscheana que niega el progreso. Ha formulado la Teoría de los Reemplazos, que predica algo así como el eterno retorno, y acaricia el proyecto de componer un único periódico, intemporal y eterno, a partir de las noticias y categorías recurrentes que estudia en la prensa; por eso compra sistemáticamente, a diario, todos los periódicos que se editan en la ciudad. Guarda la esperanza nihilista de que «pronto se desencadene una guerra nuclear mundial en la que la especie humana se extinga, para gran alivio de Dios». Estudia Derecho y encuentra «de vez en cuando un ejemplo de razonamiento jurídico que, en su opinión, parecía sacado de un manicomio». Entonces, ¿quiénes son los locos, los ermitaños o quienes han diseñado los preceptos que rigen en el exterior?

Las policía registra el interior de la mansión Collyer, Nueva York, 1947. Fotografía: Tom Watson / NY Daily News / Getty.

La ambivalencia es todavía más radical de lo que se ha sugerido hasta aquí, porque los Collyer parecen encarnar la contestación a un sistema demente y, sin embargo, son también la metáfora más perfecta de ese orden ensimismado que se dirige hacia su autodestrucción. Su casa vendría a ser un enorme museo dedicado al caos contemporáneo y la primera pieza de su colección habría sido, significativamente, el fusil Springfield que Langley empuñó en el bosque de Argonne durante la Primera Guerra Mundial y que él mismo cuelga con mucha ceremonia sobre la chimenea a su regreso. A partir de ese momento los Collyer se empeñan en recrear la seguridad perdida y añorada de «un mundo sólido donde los objetos ocupan espacio, donde no existe el vacío infinito del pensamiento insustancial que no conduce a ninguna parte más que a sí mismo».

En un proceso simultáneo, al tiempo que saturan el espacio doméstico con objetos, pero también con la pretensión hinchada, absurda, irrealizable, de sus proyectos filosóficos y artísticos, se enclaustran y cesan todos los vínculos con el mundo, incluso los sensoriales. Homer ha perdido la vista y finalmente pierde el oído, lo que lo aboca a convertirse en una «mente vacía e infinita»; toda su condición se verá reducida a la de una mera «conciencia irremediablemente consciente de sí misma» y solo de ella misma, incapaz de prever y remediar su propia destrucción. El mito de Homer y Langley refuta uno de los grandes mitos fundacionales del liberalismo, el de Robinson. No hay islas, dice Doctorow: «Dentro es fuera y fuera es dentro». El interior es alcanzado a lo largo de la novela, una y otra vez, por los acontecimientos exteriores que aprovechan cualquier resquicio para colarse («Es como si el tiempo soplara a través de nuestra casa como un viento» y dejase depositados «artefactos fruto de entusiasmos anteriores»). Robinson puede empeñarse en atrancar puertas, colocar cerrojos y postigos, cegar ventanas y construir su isla. Lo único que conseguirá es condenarse.

El periodismo dice atenerse a la literalidad del hecho escueto y, sin embargo, acostumbra a convertirlo en un suceso sensacional. Esa es la forma desaprensiva con la que suele actuar y, desde luego, así lo hizo con Homer y Langley Collyer. La literatura no es menos capaz de expropiar a dos hombres de sus nombres y apellidos; su insolencia, no obstante, es otra: la que conlleva arrebatarles las vidas que les son propias para convertirlas en una metáfora. Así lo reconoce el propio Doctorow cuando le hace decir a Langley, que acaba de verse caricaturizado en una tira cómica: «Ay, la crueldad del arte que devora el mundo y a cuantos viven en él». El personaje, que en algún momento se siente retratado en aquel verso de Pessoa, mejor dicho, de Álvaro de Campos, que dice «Yo, el investigador solemne de las cosas fútiles», podría seguir leyendo el poema y continuaría leyéndose a sí mismo: «Yo, en fin, literalmente yo / Y yo metafóricamente también». La literatura, a diferencia del periodismo, siempre implora perdón para la violencia que ejerce. Argumenta en su defensa que es necesaria e inevitable para alcanzar la verdad que intuye el mito y sus metáforas. Pues bien, Doctorow acierta con esa verdad que termina de explicar José Luis Pardo en el ensayo «Nunca fue tan hermosa la basura», incluido en el libro del mismo título (Galaxia Gutenberg, 2010). Y al final es el lector quien cita al poeta: «Yo, que tantas veces me siento tan real como una metáfora».


Libros para regalar a quienes no saben de qué hablamos cuando hablamos de amor

Fotografía: Jonathan Cohen (CC).

Tal vez debí quedarme en los amores quietos
que podrían llenar mi vida con un nombre
en vez de buscar al evadido del hombre,
despojado, sin alma, ser puro, esqueleto.

Idea Vilariño

Muchos creen que si abren una novela de amor estarán poniendo un pie en la novela rosa. Creen que irá necesariamente sobre una pareja que se conoce, se enamora, vive una intensa historia de pasión, se estabiliza y acaba bien con un hijo. Como si el amor tuviera solo una forma, esa forma. Como si solo los amantes se quisieran, y no se quisiera también a una madre, a un hijo o a un amigo. O como si no se pudiera escribir sobre ello. O escribir grandes historias.

El lector no es el culpable, es la víctima. El amor es casi siempre menospreciado por el lado más intelectual de la cultura. Todo lo que tiene que ver con la felicidad, las emociones y la ternura raramente es aceptado por la literatura más seria y formal. Por eso la novela escrita por mujeres ha pasado desapercibida en la historia, descalificada como alta literatura. Porque se ha establecido que el amor, la maternidad, lo cotidiano, las emociones o el costumbrismo son temas menores. Y por eso muchos pensarán también que la novela de amor es una novela de mujeres. Y que, porque es de mujeres, también es para mujeres.

A todos aquellos que creen que cuando hablamos de amor estamos hablando de romanticismo les costará seguir adelante con esta lista subjetiva de novelas sobre el amor en sus muchas formas. Y, sin embargo, a ellos la dirigimos, confiando en poder vencer su resistencia. Y advirtiendo de que, a fin de cuentas, estamos hablando de novelas de amor: es decir, de segunda clase para una inmensa mayoría. Cualquiera de ellas admite la cubierta forrada con periódico para poder leerla en el transporte público.

Amor al hijo

Las dos grandes novelas de amor al hijo son, sin duda, de David Grossman. Después de perder al suyo en la guerra, Grossman ha escrito La vida entera y Más allá del tiempo. Dos novelas preciosas y escalofriantes sobre el amor al hijo y su pérdida. Una mujer está completamente en contra de que su hijo se marche a la guerra, pero él, de todos modos, se va. Para protegerlo, la madre decide echarse a andar: mientras no vuelva a casa y conozca la noticia de que su hijo ha muerto, lo estará protegiendo.

Otra de las novelas espléndidas sobre el amor al hijo y su pérdida es de Sergio del Molino. La hora violeta es un canto al amor y a la vida. Pablo, su hijo, es el protagonista de esta novela tan difícil: es un niño muy pequeño, prácticamente un bebé, y está enfermo. Entre sus padres y las enfermeras de oncología le hacen la vida un poco más llevadera, mientras Pablo va robándole el corazón a todos los lectores que se acercan a su historia.

Otra forma de amor a los hijos es la de La buena letra. En ella, Rafael Chirbes, a a través de la voz de Ana, le cuenta a su hijo su vida. Es otra de las caras que tiene el amor, una de las menos llamativas: el amor calmado.

Amor de amantes

No podría faltar, por supuesto, El amante, de Marguerite Duras. Cuánto hay de deseo en el amor no lo sé… en cualquier caso, es uno de los imprescindibles si queremos leer libros de amor apasionado entre un hombre y una mujer. Si El amante te convence y no te cansa el estilo cortante, poético y desbordante de Marguerite Duras, lo mejor es seguir con El amante de la China del Norte, que podría funcionar perfectamente como segunda parte.

Si lo que quieres es, además de amantes, leer sobre Lolitas sin leer el libro de Nabokov, mi propuesta son dos libros: Memorias de Leticia Valle, de Rosa Chacel, y Bestias, de Joyce Carol Oates. En ambos casos se trata de una alumna dispuesta a volver loco al hombre, al maestro maduro. Las historias son sutiles y psicológicas: Rosa Chacel apenas lo intuye, mientras que Joyce Carol Oates es mucho más agresiva en su ardor.

Amor entre amigos

Carmen Martín Gaite presentó uno de los temas que menos se ha tratado en la literatura. La mujer siempre está a disposición del personaje masculino: o bien es la madre, o bien es la hija, o bien es la esposa, o bien es la amante. Una historia que trate la amistad de dos amigas es algo insólito en la época. A partir de la correspondencia que mantienen Sofía y Mariana, en Nubosidad variable vamos adivinando quiénes son y qué esperan de la vida.

En cambio, Mi planta de naranja lima trata el amor desde un punto de vista muchísimo más tierno, casi infantil: la amistad entre un niño y un arbolito, y la amistad entre un niño y un vendedor ambulante. Zezé, el personaje entrañable de José Mauro de Vasconselos, es un encantador jovencito que emociona y enamora a quien lo conoce. Ingenuo, tierno y astuto, se te mete en el bolsillo desde las primeras páginas… y cuando ya te tiene, te muestra la peor miseria que puede vivirse en la pobreza.

Amor a la madre… y odio

De nuevo Joyce Carol Oates se cuela en la lista, esta vez con Mamá. La muerte de la madre de la protagonista la hace cuestionarse sobre ciertos aspectos de su vida, que ha quedado algo trastocada.

Igual que la de Blanca, el alter ego de Milena Busquets en También esto pasará, que tras la muerte de su progenitora se queda a medias y debe reconstruir con amor, sexo, vida y maternidad el vacío que ha dejado la enfermedad y la muerte de su madre.

Pero, como no puede ser de otro modo, también está el odio a la madre. La autobiografía fantástica de Jeanette Winterson, ¿Por qué ser feliz cuando puedes ser normal?, deja claro cómo las relaciones familiares, en este caso de una madre adoptiva y su hija pelirroja-escritora-lesbiana, pueden ser un lazo asfixiante.

Mi madre, de Richard Ford, es imprescindible en esta clasificación.

Amor al padre… y odio

Descubrí la ternura y el sosiego de la literatura de José Luis Peixoto con Te me moriste, un título espléndido para una novela breve, muy breve, en la que se desnuda frente a la muerte del padre.

Cementerio de pianos es otro ejemplo de novelas de amor paternofilial, de generación en generación; un aspecto poco tratado en la literatura con tanta amabilidad.

Pero, por supuesto, también hay, en el amor al padre, algo de odio. En Correr el tupido pelo Pilar Donoso mata al padre como solo puede matarse a los padres ya muertos. El escritor chileno, lleno de contradicciones y manías, quiso ofrecerle a su hija adoptiva Pilar una familia, unas raíces, pero ella jamás pudo sentirse integrada en la tribu que tenían preparada para ella. El libro, que podría funcionar como biografía del escritor, es también un repaso por la vida de la hija de un escritor olvidado de la generación del boom.

Sin olvidar Buenos días, tristeza, de Françoise Sagan, que mezcla el amor y el odio al padre, fusionado con la admiración de ciertas adolescentes por sus padres solteros… y la repulsión hacia las madrastras disciplinadas.

Amor familiar

Que todas las familias tristes lo son a su manera ya lo sabemos, por eso el amor familiar es un tema tan complicado. No se sabe nunca si lo que llamamos convivencia y familia es exactamente algo relacionado con el amor, por eso en esta sección cuesta tanto identificar si es amor, si es normal, si… De todos modos, Lila, la última novela de Marilynne Robinson es una novela sobre el amor en distintas formas: el amor entre una mujer que hace de madre pero no lo es, el amor de una niña a su salvadora, el amor de una nómada por un reverendo, el amor de un reverendo viudo por una mujer joven… el amor puro, tierno, de los adultos inocentes.

Y dentro de la extrañeza de las novelas familiares, donde se mezcla el amor sin romanticismo y el odio, cualquier novela de Natalia Ginzburg podría funcionar para ilustrarlo.

Amor a la juventud

Rayuela. Sí, Julio Cortázar es el que mejor ha amado la juventud y mejor la ha plasmado, con toda su idiotez e ingenuidad. Rayuela es un libro fácil y difícil que hay que ir abriendo y cerrando según el momento.

Amor mal entendido

El más común de los amores es el mal entendido, el que parece amor pero no lo es. Las novelas de amor mal entendido podrían ser todas o prácticamente todas, pero yo me quedo con el falso amor de La plaza del Diamante o de Aloma, de Mercè Rodoreda. La escritora catalana es una experta en el amor tramposo, el que te amarra pero te hunde. Tanto la Colometa como Aloma viven engañadas, creyendo que están viviendo la mejor de las felicidades gracias al hombre del que están enamoradas, pero no podrían estar más equivocadas.

La identidad, de Milan Kundera, podría ser otro ejemplo: una pareja aparentemente normal cae en el juego sucio. El hombre le manda cartas de un supuesto admirador para ver cómo reacciona ella, y es entonces donde acaba el amor pero el personaje cree que empieza.

Y, sin duda, y porque no puede faltar el nombre de Stefan Zweig en las listas, Carta de una desconocida. La protagonista, que lleva toda su vida enamorada de un hombre que ni siquiera recordaría su nombre, le escribe una carta larguísima confesándole la tristeza de su vida: no haber sido correspondida.

Desamor

La última novela que me ha fascinado mezcla el amor y el desamor sin que te des cuenta, que es como se suelen dar el amor y el desamor: Departamento de especulaciones, de Jenny Offill, es un libro breve, rompedor, con un ritmo de infarto, que trata la vida por encima y sin embargo cala bien hondo. El amor de su marido, la infidelidad, la maternidad y el perdón crean a un personaje que podríamos ser cualquiera, y sin embargo es excepcional.

El despecho del amor traicionero está magistralmente tratado en La mujer rota, de Simone de Beauvoir, y Diario de un ama de casa desquiciada, de Sue Kaufman. En ambas novelas, las protagonistas llevan la vida perfecta que sueñan los que sueñan con vidas perfectas, y sin embargo son infelices, están desquiciadas, aman y odian por igual.

Pero si de verdad hay que leer algún libro que trate el amor más contradictorio y feroz, no hay ninguna duda: hay que leer la poesía completa de Idea Vilariño —la mejor, la peor de las amantes.


Todos los Santos: trucos para un buen trato

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El cuervo, 1963. Imagen: Alta Vista Productions.

Como mujer y creyente, estoy preocupada por la decisión del Vaticano acerca de la incineración de nuestros seres queridos. El Santo Oficio ha aprovechado unas fechas muy sensibles, las vísperas de Todos los Santos y Todos los Difuntos, para mandar esta Instrucción a las familias católicas. Desde Roma esperan que no caiga en saco roto, como otras tantas recomendaciones que los fieles no solo no observamos, sino que encontramos un perverso placer en contravenir y ridiculizar. Por ejemplo, esa triste reacción de la sociedad española cada vez que alguno de los delicados representantes de la Conferencia Episcopal expresa sus inspiradas ocurrencias, como lo haría cualquier tuitero famoso.

Pero también me considero un poco progresista, y aunque esto por desgracia me ha llevado a tener más de un conflicto con mi director espiritual, me niego a pensar que esta decisión haya sido motivada por asuntos crematísticos. Digo no a que la Iglesia se haya visto forzada a decirnos a los católicos que volvamos al entierro tradicional porque no genera el mismo volumen de ingresos que antes. Que los cementerios de mascotas son respetables y la Iglesia bendice a las bestias y esta lucrativa demostración de cariño, pero no es igual. Con prácticas como estas se empieza a perder la perspectiva, y la sociedad inicia una peligrosa deriva hacia el panteísmo y conceptos muy cercanos al sacrilegio. Estoy segura de que el Santo Padre ha aprobado la nueva Instrucción ofendido por la experiencia. En sus viajes por países raros, habrá tenido que ver esos columbarios blasfemos contra la teología y el libre comercio, instalaciones que parecen vulgares taquillas de gimnasio unisex. Eso por no hablar de algunos objetos que hemos contemplado en domicilios particulares de gente muy librepensadora, tales como recipientes no homologados para las cenizas, relicarios paganos y altares de cine para los fallecidos.

Para homenajear a los difuntos, he confeccionado una lista de recomendaciones culturales que creo pueden combinar perfectamente el respeto por las tradiciones, y también, por qué no, seguir siendo moderna (y femenina, me apunta el padre confesor).

Los muertos no se tocan, nene

El día de las ánimas ha inspirado obras muy valiosas para la literatura española, e incluso hay artistas que pasaron sus días como verdaderas almas en pena. El Romanticismo nos dejó varios ejemplos de alguno de estos penurias. Gustavo Adolfo Bécquer debe su obra a una vida desdichada, llena de reveses económicos, hambre, desengaños amorosos y enfermedad, en paralelo a la de su hermano, el pintor e ilustrador Valeriano Domínguez Bécquer. Los dos murieron el mismo año, con meses de diferencia, a causa de la tuberculosis. Las Rimas y Leyendas son un monumento del sevillano al folclore nacional sobre lo lúgubre y la dualidad amor- muerte. Acerca de las tiras cómicas Los Borbones en pelota, atribuidas a los Bécquer, no me voy a pronunciar en este artículo.

Carolina Coronado dejó una obra muy extensa en poesía, teatro, novela y artículos periodísticos. Fue una figura importante de la literatura y la vida social del siglo XIX, pero por su sexo nunca obtuvo el reconocimiento que merecía. Revolucionaria y abolicionista, podemos achacar estas desviaciones del pensamiento a que desde niña tuvo visiones, sufría de catalepsia y a punto estuvo de ser enterrada viva tras un primer ataque. Este pánico la acompañó siempre y motivó que su familia también fuese objeto de sus cuidados. Su hija mayor falleció muy joven y la madre ordenó embalsar el cuerpo y a continuación guardarlo en el compartimento secreto de un convento. Cuando murió su marido, su cuerpo permaneció conservado en el palacio de Mitra (Lisboa), hasta la muerte de Coronado. Fue entonces cuando los dos fueron enterrados en Badajoz (no sin antes permanecer un mes corpore in sepulto). A falta de una edición completa de sus obras, recomiendo algunas novelas muy piadosas, como La exclaustrada, Vanidad de vanidades y La rueda de la desgracia.

En el siglo XVIII, el coronel y escritor José Cadalso representó como ningún otro autor el ideal romántico a la española. Aparte de sus viajes, batallas y condenas al destierro, que fueron provocadas por la publicación de obras satíricas (sin duda, producto del pecado de vanidad), me interesa para este grupo de desventurados su historia de amor con la actriz María Ignacia Ibáñez. Gaditana, como Cadalso, era una mujer ilustrada (es decir, afrancesada) que actuaba en los teatros de Madrid. Durante 1770, los amantes hicieron promesa de matrimonio, pero el Ejército prohibía las bodas con artistas. Mientras Cadalso intentaba una recomendación de arriba para saltarse la norma, «Filis», como la llamaba en sus versos, murió de fiebres tifoideas. Fue enterrada en una capilla de la iglesia de San Sebastián, consagrada a los cómicos. Aquí empieza la leyenda. Dicen que Cadalso llegó a la iglesia de noche, y procedió a levantar la lápida. El pobre don José abrazó a la novia cadáver, siendo detenido por los militares cuando se la llevaba en brazos por la calle Atocha. Parece que esta historia fue avivada tiempo después por autores como Ramón Gómez de la Serna (por cierto, sobrino de Carolina Coronado), al descubrir la obra de Cadalso Las noches lúgubres (1798), sobre un desgraciado que ha perdido en poco tiempo a varios familiares y está intentando convencer al sepulturero del satánico propósito de exhumar el cadáver de su mujer, llevárselo a casa, suicidarse y prenderle fuego a la casa. De obligada lectura en el día de las ánimas, para escarmiento de pecadores, más incluso que el Don Juan de Zorrilla.

Un poquito más recientes en el tiempo tenemos otras Noches lúgubres. Son las que firmó Alfonso Sastre en 1964, el grupo de relatos de terror del dramaturgo que ha abordado en varias de sus obras los temas sobrenaturales (La taberna fantástica, Necrópolis, Demasiado tarde para Filoctetes…). El género de terror es usado con un claro mensaje político por el señor Sastre, lo cual ha sido motivo de graves discusiones en el club de lectura de la parroquia, incluso con apercibimiento de expulsión, pero yo siempre opino que el valor literario debe ser apreciado por encima de ideas totalitarias y espectacularización populista. De las tres partes de que constan Las noches lúgubres, traigo la primera, subtitulada «Las Ventas del Espíritu Santo». Los suburbios de la ciudad, chatarreros, vagabundos, negocios muy dudosos y tabernas inmundas se mezclan en este cuento sobre vampiras de provincias y vampiros exiliados. Siempre los pobres y sus circunstancias. Es una obra maestra, compañeros y comp… digo, hermanos y hermanas.

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Vincent Price, Basil Rathbone, Boris Karloff, y Peter Lorre en La comedia de los terrores, 1963. Imagen: American International Pictures.

La literatura actual tiene también distinguidos ejemplos. Pilar Pedraza continúa su carrera en el campo de lo oscuro y la maravilla, con libros tan fascinantes como Lucifer Circus o los relatos de Arcano 13 (Valdemar 2012 y 2000). En la misma editorial, Emilio Bueso publicó en 2015 una gran colección de cuentos de terror, Ahora intenta dormir, donde la actualidad se muestra desde una terrible perspectiva. Esperando su próxima novela, recomiendo otras incursiones suyas en el género, como la vampírica Diástole (Salto de Página, 2012). En tiempos aberrantes como este, escribir sobre el miedo parece ser la postura más acertada…, eso siempre, claro está, desde una opinión muy atea, liberal y casi diría antiespañola, que yo, por supuesto, no comparto.

Entre los clásicos de la literatura extranjera, no me resisto a incluir algunos relatos fabulosos que considero muy adecuados para leer a los niños y las niñas en estos días. Por ejemplo, Vi, del maestro Nicolai Gógol, historia de brujas, seminaristas y monstruos, pero sobre todo, acerca del miedo (Ed. Nórdica, 2009). La escritora norteamericana Joyce Carol Oates ha dedicado una parte de su prolífica obra al género: he escogido la nouvelle El primer amor, un cuento gótico (Edhasa, 1998), porque fue el primer libro que leí de Oates y por su tenebrosa admonición contra los falsos profetas. Para concluir, destacaré las historias de terror adolescente de Mariana Enríquez, en Cosas que perdimos en el fuego (Anagrama, 2016).

Pantalla Infernal

Verán, es que las proyecciones en la parroquia fueron canceladas hace hoy diez años. Mira que lo hice con muy buena intención, para que los ancianitos vieran por fin una película española, pero de las buenas, con reparto de primera categoría y además, sobre asuntos muy graves que competen a la Iglesia, pero a la media hora de haber comenzado Memorias del ángel caído (Fernando Cámara y David Alonso, 1997), el párroco, que estaba aplicando los santos óleos en un domicilio particular, entró precipitadamente en el club de cine y ordenó detener la proyección (no es por malmeter, pero estoy segura de que el sacristán, que siempre peca de envidia, fue quien se lo chivó por SMS), alegando no sé qué de atentados contra la salud pública y acusándome de querer matar a los abuelos. ¡Si solo estábamos fumando!

Total, que esta es una breve lista de películas para Todos los Santos. Pero eso sí, solo para mayores con reparos (la tercera), o algunas, aviso, gravemente peligrosas (la cuarta):

1) La muerte viaja demasiado (Claude Autant-Lara, José María Forqué y Giancarlo Zagni, 1965)

Tres episodios a cargo de tres directores europeos, en una muy singular comedia negra. «El ciempiés», «La corneja» y «Miss Wilma» son historias ejemplarizantes sobre la irrupción de la muerte en la vida cotidiana, sobre todo la de Forqué, ambientada en un carromato de circo, con Enma Penella, José Luis López Vázquez, un payaso asesino y la presencia del célebre faquir Daja-Tarto.

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2) La muchacha del sendero (Nicholas Gessner, 1976)

Después de pasar inadvertida mucho tiempo, se ha convertido en un clásico esta película con niña inquietante (Jodie Foster), depredadores de niñas (Martin Sheen) y un oscuro secreto escondido en el sótano de una casa familiar. Inspirada en la novela de Laird Konig, un autor de género poco reconocido.

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3) El carruaje fantasma (Victor Sjöström, 1921)

Si hay alguna película que se puede poner con toda garantía el número uno de cualquier lista sobre el cine y la muerte, es esta. Como un wéstern gótico del norte de Europa, cuenta la terrible historia de un alcohólico maltratador, cuyas fechorías se mezclan con una mujer muy piadosa que intenta salvar sus pecados, y la leyenda de una carreta y su conductor fantasma, que recoge las almas de los muertos. Como curiosidad, la famosa escena del hacha en la puerta de El resplandor, está copiada de esta.

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4) Parents (Bob Balaban, 1989)

Aparentemente se trata de un retrato feliz y optimista, ambientado en los años cincuenta, con el color y el ambiente propios de esa época. El niño protagonista se acaba de mudar a una nueva casa con sus papás (Randy Quaid y Mary Beth Orton), y cada vez le sienta peor el régimen de las comidas. Además, sufre horribles pesadillas en las que ve a sus progenitores entregándose a ritos abominables… Un festín satírico, con caníbales de clase media y experimentos químicos del gobierno.

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5) El hundimiento de la Casa Usher (Jean Epstein, 1928)

La primera adaptación del relato de E. A. Poe (eso sí, muy libremente) para el cine es de una belleza sobrenatural. Guion de Buñuel y Epstein, las imágenes profundizan en la pesadilla y los recursos del surrealismo para contar la historia de una debacle moral y amorosa, con la presencia de las grandes estrellas del cine francés, el matrimonio Margarita y Abel Gance.

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6) En la boca del miedo (John Carpenter, 1994)

Un retrato lúcido de la locura, la creación literaria y el fin de los tiempos. Los fotogramas se retuercen para enseñar al espectador el caos de la mente del protagonista, un trama mitad Stephen King, mitad cosmología de H. P. Lovecraft. La caída en un universo que no distingue realidad de ficción y la consecución del mal en su forma más perversa.

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7) La comedia de los terrores (Jacques Tourner, 1963).

Es tan maravilloso ver a Vincent Price, Peter Lorre, Boris Karloff y Basil Rathbone, que cualquier motivo que les hubiese unido serviría, pero esta película del maestro Tourner es una pirueta de estilo y un absoluto must en la historia del cine. Con guion de Richard Matheson, los que fueron las más grandes leyendas de un estilo encorsetado en la figura del monstruo aquí se entregaban a una parodia cínica y muy atrevida de sus personajes, apareciendo como vulgares seres humanos que tienen que sobrevivir sin poderes de ultratumba.

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Hollywins??

Pues estábamos en el Rodilla chateando sobre el disfraz que iba a llevar la criatura para la fiesta de Jalogüins, ¿sabes? cuando hemos recibido un guasap de la profesora, que ponía una noticia sobre no sé qué de la Iglesia, que había que abrir un enlace que te mandaba a una página… un lío de esos… bueno, que ya en casa lo ha visto tu hermano en la tele y me lo ha explicado. Resulta que el papa ha dicho que no se pueden tener en casa las cenizas y que si las hemos echado al mar, como hicisteis vosotros con la tía vuestra, la que vivía sola, pues eso ya no vale. O sea que no es legal. Ya… No, sí sola, no, yo quería decir que como no se casó al final, ya, pero, oye que sí, que cada una… Que yo lo que quería es a ver qué hacemos ahora. ¿Eh? ¿Oye? No te oigo. Yo lo digo por lo del colegio del niño. ¿Eh? Sí. Verás que te explico. ¿Qué? Ay, no te entiendo, no te oigo. Bueno, mira, que la tumba de tu padre pues podría valer para el mío, sabes, que no habrá problemas para enterrarle allí, ¿no? Que tu hermano dice que no, que ahí puede caber mucha gente. Es que no veas cómo está eso de los entierros, que una tumba cuesta un ojo de la cara… ¿El qué? Ah, ya, ¡el recibo! lo venimos pagando, pero resulta que no tenemos terreno… Pero yo digo de tumba, tumba, porque a mi padre, la verdad, pensábamos en lo de la cremación, ¿no?, que es más rápido y económico y mi madre se podía quedar con los restos en casa. Hay unas urnas preciosas que venden por internet que, bueno, parecen jarrones chinos, una cosa muy bonita. Pero claro, ahora, la pobre está un poco asustada, ¿sabes? a ver si por no enterrarle vamos a tener un problema. ¿Qué? No, bueno, problema… no. Ya, es que no entiendo eso, que no te oigo bien. Es que yo quería decir que mi madre, ya sabes, bueno, tú no, que no vienes nunca, pero, ¿eh? ella va a misa, la pobre, sabes y todo eso. Nosotros no, salvo por lo del niño, pero respetamos. Es que hay que respetar las creencias. Bueno, que lo que quería decir es que yo quería que la tumba esa… pues fuese familiar, porque somos familia, al fin y al cabo. Ya, no. No, eso no sé, pero tu hermano me ha dicho que sí, o sea que sí. ¿Mi padre? ¡Pues claro que no se ha muerto!, qué cosas tienes, yo hablaba, pues en un futuro, por lo que pueda pasar. Ya. No, no, yo no sé nada de eso que dices. ¿Apocalipsis y no sé qué niño muerto? No te entiendo. No, que no oigo. ¿Qué? Ah, el trajecito. Sí, pues la verdad es que, hemos tenido muchas discusiones con el niño, ahí negociando, porque él quería uno de no sé qué, pero, claro, es que no entiende que para la fiesta del colegio no podía ser, porque allí celebran lo de jolygüins y entonces, no veas qué problema, porque claro, los disfraces de santo son muy pocos y para no coincidir, mira…. Como todos iban de san José, pues yo he arreglado el hábito de cartujo con el que hizo tu hermano la comunión, que es mucho más bonito, pero el niño, en fin, pues no le gusta. ¿Qué? ¿Uno de qué? Sí, mi padre se llama Sebastián, como su abuelo. Ah, san Sebastián. Ya. Sí, no. Uy, eso no sé lo que es, aquí es que celebramos los cumpleaños, ¿sabes? Ya, no sé nada de esa historia. Ya, oye, es que no te escucho. ¿Qué? ¡Pero como voy a llevar al niño en calzoncillos y con unas flechas clavadas! ¡Vamos! ¡Ni que fuera el día del Domund!

Y yo que siempre he querido vestirme de santa María Egipciaca…

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El péndulo de la muerte, 1961. Imagen: Alta Vista Productions.