La momia y el brujo

Eva Perón, 1946. Fotografía: Thomas D. McAvoy / Getty.

La momia

El 29 de mayo de 1970, los Montoneros argentinos secuestran al general Pedro Eugenio Aramburu. Los Montoneros son guerrilleros de la izquierda peronista, entusiasmados desde que el general Juan Domingo Perón, en 1967, escribió estas palabras tras la ejecución en Bolivia de Ernesto «Che» Guevara: «Su muerte me desgarra el alma porque era uno de los nuestros, quizás el mejor». El general Aramburu, ya retirado, fue el jefe de la Revolución Libertadora (una típica dictadura militar, pese a su nombre pomposo) que en 1955 depuso y envió al exilio al general Perón, después de bombardear la Plaza de Mayo y asesinar a más de trescientas personas.

Los Montoneros interrogan al secuestrado para saber dónde está el cadáver de Evita Perón.

La historia que reconstruyen es la siguiente. El 22 de noviembre de 1955, por orden de Aramburu, el teniente coronel Carlos Eugenio Moori Koenig y un grupo de soldados roban el cuerpo embalsamado de Evita, que, desde su muerte, el 26 de julio de 1952, es venerado en la sede bonaerense de la Confederación General del Trabajo. Antes de llevárselo, la tropa orina encima del cadáver. Moori Koenig se obsesiona con la momia. La guarda durante meses en una furgoneta y pasea con ella por la ciudad. Luego la entrega a un subordinado, el mayor Eduardo Arandía, quien la esconde en un desván. Arandía desarrolla tal paranoia que una noche oye ruidos en casa y, convencido de que se trata de un comando peronista, dispara al bulto. El bulto es su mujer, embarazada. La esposa muere. Moori Koenig recupera la momia y la instala, en posición vertical, en su despacho de jefe de los servicios de inteligencia, para poder vejar los despojos durante la jornada de trabajo.

Aramburu se entera y envía a Moori Koenig a la Patagonia. Logra un pacto con el papa Pío XII y traslada en secreto la momia hasta Italia, donde es enterrada en Milán, bajo el nombre de María Maggi de Magistris.

Obtenida toda esta información, los Montoneros matan a tiros al general Aramburu.

El regreso

La muerte del exdictador Aramburu deja en una posición indefendible al dictador vigente, el general Juan Carlos Onganía, un tipo empeñado en aporrear estudiantes hasta que se corten el cabello y en censurarlo todo. Ha prohibido, por ejemplo, que se represente en Argentina el balé El mandarín maravilloso, de Béla Bartók. Onganía va al cuartel del Estado Mayor de las Fuerzas Armadas y entrega su renuncia. Los militares eligen presidente al general Roberto Levingston, agregado en la Embajada de Washington y completamente desconocido por los argentinos. Por un momento, Argentina parece Suiza: nadie sabe quién es el tipo que ocupa la presidencia. Levingston dura menos de un año y en 1971 le sucede el hombre fuerte del Ejército, el general Alejandro Agustín Lanusse, quien acaba aceptando el retorno de Perón.

El hombre que vuelve desde su exilio madrileño de Puerta de Hierro tiene ya setenta y ocho años, está casado en terceras nupcias con María Estela Martínez, una bailarina de cabaré a la que conoció en Panamá, y no quiere saber nada del «Che» Guevara ni de los Montoneros: ya no le sirve la retórica revolucionaria. El día de su gran retorno, el 20 de junio de 1973, la izquierda peronista y los Montoneros acuden al aeropuerto de Ezeiza para recibirlo. También acuden unos dos mil miembros de la derecha peronista, es decir, los sindicatos, armados con rifles y pistolas. En pleno recibimiento, la derecha peronista, al grito de «Viva Perón», empieza a tirotear a la izquierda peronista, trece de cuyos militantes mueren gritando «Viva Perón». Más de trescientas cincuenta personas sufren heridas.

El 1 de mayo de 1974, se juntan ante la Casa Rosada dos multitudes, la derecha peronista y la izquierda peronista. El nuevo presidente Perón (ha ganado las elecciones con el sesenta y dos por ciento de los votos) llama «estúpidos» e «infiltrados» a los izquierdistas, que abandonan la Plaza de Mayo.

El brujo

Perón tiene como vicepresidenta a su esposa, «Isabelita» Perón. Pero quien maneja el poder es su mayordomo y secretario en Puerta de Hierro, José López Rega, nombrado ministro de Bienestar Social.

López Rega nació en Buenos Aires en 1916. Fue tintorero, vendedor ambulante, cabo de la policía y autor de un libro tan delirante como indigesto (758 páginas) titulado Astrología esotérica. En 1965 conoció a María Estela Martínez de Perón durante un viaje de esta a Buenos Aires y la fascinó con su voz dulce y sus parrafadas místicas. María Estela se lo llevó a Madrid como secretario y escolta. En Puerta de Hierro, López Rega se atribuye el poder de curar mágicamente los achaques de Perón. También dice ser adivino y amo del universo. Perón se ríe con esas tonterías, pero utiliza al fiel López Rega, quien con los años se convierte en una figura imprescindible. En la mansión de Puerta de Hierro ocurren cosas bastante raras, más allá de los ritos espiritistas del secretario López y la señora Martínez. A Perón le han devuelto el cadáver de Evita en 1971, y lo tiene sobre la cama de uno de los dormitorios. Las visitas se hacen cruces.

La peripecia del cuerpo de Evita no acaba ahí. En 1974, los Montoneros secuestran de nuevo al general Aramburu, ahora en forma de cadáver, para exigir que la momia de Evita viaje desde Puerta de Hierro (Perón la ha dejado allí como quien olvida un paraguas) a Argentina. El intercambio de rehenes difuntos funciona. Evita vuelve al fin a Buenos Aires y es enterrada en el panteón familiar del cementerio de la Recoleta.

Volvamos a López Rega. El hombre al que algunos llaman «el Brujo» es uno de los organizadores de la masacre de Ezeiza. Desde su ministerio funda la organización secreta Alianza Anticomunista Argentina (Triple A), formada por policías, militares y sindicalistas, para secuestrar, torturar y asesinar izquierdistas. Perón, enfermo, finge no saber qué es la Triple A ni quién está detrás. El presidente fallece el 1 de julio de 1974 y le sucede su viuda, una mujer incapaz y aterrorizada.

«El Brujo» maneja a la presidenta como un títere. Cuando «Isabelita» se bloquea, López Rega la desbloquea con un bofetón. Circulan por los mentideros políticos comparaciones con Rasputín, el hombre que fascinó a la última zarina rusa, alimentados por el rumor (cierto, según el biógrafo Marcelo Larraquy) de que López Rega posee un pene de dimensiones bastante monstruosas. «El Brujo» negará hasta su muerte haber mantenido relaciones sexuales con María Estela Martínez, «pese a las tentaciones».

López Rega instala una mesa ante la puerta del despacho presidencial y desde allí dirige el Ministerio de Bienestar Social y la organización terrorista de ultraderecha Triple A, además de filtrar el acceso a la presidenta María Estela Martínez de Perón. Es él quien forma un nuevo gobierno y elige como ministro de Economía al ingeniero Celestino Rodrigo, autor del llamado «Rodrigazo»: una devaluación del sesenta por ciento y un fuerte aumento de las tarifas y los combustibles que, según numerosos historiadores, marca el principio del interminable desastre económico argentino.

El «Rodrigazo» enfurece a la gente, incluidos los militares, que exigen a la presidenta la desaparición inmediata de López Rega. María Estela Martínez nombra a López Rega «embajador plenipotenciario de Argentina en España» y lo envía a Madrid para siempre. «El Brujo» huye poco después a Estados Unidos.

Ya sin su amo y asesor espiritual, la presidenta sigue firmando decretos que conceden plenos poderes al Ejército para exterminar a los Montoneros peronistas, a la guerrilla marxista del Ejército Revolucionario del Pueblo y a cualquiera que pase por ahí. Los Montoneros responden con sus propias matanzas. La presidenta cae en una depresión y cede temporalmente el poder al presidente del Senado, Ítalo Luder. Tras su regreso, los militares se preguntan para qué les sirve la presidenta. Se responden a sí mismos que para nada. El 24 de marzo de 1976 la secuestran, la derrocan y la encarcelan en una residencia patagónica. Una junta militar de gobierno, formada por el general Jorge Videla, el almirante Emilio Eduardo Massera y el brigadier general Orlando Ramón Agosti, asume el poder. Ellos y sus sucesores matan o «desaparecen» a unas veinte mil personas, hasta caer con ignominia en 1983 tras la derrota en la guerra de las Malvinas.

(José López Rega muere en 1989 en Buenos Aires, donde ha sido extraditado por la justicia estadounidense, mientras permanece en prisión preventiva a la espera de sentencia. María Estela Martínez de Perón, la primera mujer presidenta de Latinoamérica, está viva y reside en Madrid. En 2008, la Audiencia Nacional española rechazó la extradición solicitada por los tribunales argentinos, con el argumento de que los crímenes de la Triple A habían prescrito).


Un smartphone, un voto

Fotografía: Japanexperterna.se (CC BY-SA 2.0)

No alcanzo a recordar en qué novela de los años veinte del pasado siglo sucedía. Puede que fuera en El secreto de un loco, de Benigno Bejarano, puede que en alguna de Carlos Mendizábal. Importa poco: lo que importa es señalarlo. De aquella novela no recuerdo nada más que esto: los personajes llevaban pequeños televisores en los bolsillos en los que continuamente veían noticiarios o películas que eran un claro vaticinio de los teléfonos móviles, aunque es cierto que los personajes no podían interactuar con sus aparatos, estos eran meros recipientes donde descargaban una programación más o menos educativa y dogmática. Pero lo que más llamaba la atención es que esta capacidad certera para intuir el futuro tecnológico se compensaba con una audaz carencia imaginativa en lo concerniente a la geopolítica: los personajes de la novela llevaban móviles en los bolsillos antes de que la televisión fuera un electrodoméstico, sí, pero en el mundo en que vivían Marruecos seguía siendo un protectorado. El autor, confiando en su capacidad de futurólogo, podía acertar en cuanto a la cuestión tecnológica, pero la política ni se la planteaba, daba por hecho que todo seguiría más o menos como estaba. Podía imaginar nuevas formas de dominio mediante la tecnología, pero las colonias eran colonias, y la geografía política no se tocaba, permanecía en el limbo de lo que no está sujeto a cambios. 

El detalle no es anecdótico: coches voladores y viajes espontáneos eran recurrentes en la ciencia ficción de pantalón corto que se practicó a principios del XX —a menudo muy ladeada hacia la sátira, como otra novela que tampoco recuerdo en la que unos astronautas viajaban por el espacio en un armario en el que solo llevaban jamón ibérico para demostrar a las civilizaciones de ahí fuera la calidad de vida de este planeta—, pero, en cuanto a la cuestión política, el único movimiento que se permitían —como haría Orwell más tarde— consistía en reducirlo todo a grandes bloques en pugna, cuantos menos bloques mejor, nosotros contra ellos, el norte contra el sur, Oriente y Occidente, imperio y rebeldes. O dejarlo todo tal y como estaba —Marruecos como protectorado— porque ningún cambio tecnológico iba a amenazar el statu quo de los países que mandaban en el mundo en tenso equilibrio.

Ahora pasa igual. A cualquiera le es fácil imaginar, en el aspecto tecnológico, a dónde van a conducir los avances de ingenieros e informáticos (puede que también se unan los cirujanos para implantarnos cosas en la cabeza, quizá una ranura donde insertar novelas), es prudente suponer que, como acontece en algunas películas del género, nada más nacer una nueva criatura se entregue a los padres un informe donde se detallen los padecimientos que la visitarán y recomendándoles alimentación y hábitos para retrasarlos —cuando no la propia selección de laboratorio sea la que cree criaturas sin defectos de fábrica: solo tendrán los padecimientos que ellos mismos se procuren con sus decisiones, no por falla de la genética—. Pero ¿quién se atreve a imaginar el futuro político? ¿Necesitaremos un tirano? ¿Se saldrá con la suya Platón, primer teórico de la realidad virtual? Lo cierto es que no hubo un solo historiador ni periodista que se adelantara a los acontecimientos para decirnos: «El Muro de Berlín va a caer». Ninguno —que yo sepa— advirtió de que la infalible necesidad de guerra de la industria del armamento y la pamplina del patriotismo necesitaría un golpe colosal como el ataque a las Torres Gemelas. Y, antes, nadie dijo nada de los campos de concentración nazis antes de que estos abrieran —naturalmente, después fueron muchos los que dijeron que lo habían predicho, que lo avisaron, pero que nadie los escuchó—. 

Las ilusiones de la influencia tecnológica en los mapas políticos se evaporan rápido y ahora suenan a cánticos de parvulario todos aquellos himnos que sonaron cuando emergió internet como una herramienta contra las fronteras, por la libertad, en impetuosa cabalgada de una globalización que, a expensas de multiplicar las posibilidades de mercado, abrocharía también definitivamente las menguadas virtudes de los nacionalismos. Más o menos cualquiera puede fantasear con coches que van solos y no chocan nunca, pero, en la cuestión política, ¿quién se atreve a apostar por nada más allá del hecho, ya obvio, de que el dataísmo se ha convertido en el ismo más influyente de la historia de los ismos? Pero hasta el dataísmo tiene todavía sus límites, porque ¿quién, por mucho big data que tuviera a mano el año pasado, hubiera sido capaz de vaticinar que habría, aquí en España, mediante moción de censura que aunara a las más diversas opciones ideológicas, un nuevo Gobierno formado por un grupo con solo ochenta y pico diputados? 

Cuando, a finales de los años noventa, internet nos empezó a colonizar la vida, ya hubo quien adelantó que un aparato como el teléfono se volvería médula de nuestra existencia, pero, en pleno boom del internacionalismo, ¿quién se habría atrevido a vaticinar que la fuerza política más pujante aquí y allá hundiría sus raíces en el populismo? ¿Perón tenía alguna lección que darnos, de veras? ¿El catecismo de Goebbels iba a ser resucitado en aras de una democracia virtual donde el ruido y la furia iban a dictar sus sentencias sin el menor asomo de respeto por lo que susurrasen los tribunales instituidos para llevar a cabo juicios? Así las cosas, ¿quién se atreve a imaginar lo que nos espera, en el plano político, a la vuelta de la esquina? Lo único que puede predecirse es lo de siempre: los cacaos ideológicos servirán solo para alzar hasta el poder a quien sea, el cual, una vez ganado el poder, traicionará minuciosamente todos los peldaños con que construyó su escalera. El poder es como el lenguaje, que decía Wittgenstein: una escalera que te permite llegar a algún punto desde el cual derribar la escalera que te ha alzado. Por ese motivo quienes ostentan el poder se parecen tanto entre sí, más allá de las escaleras que hayan utilizado para llegar al poder. Entre el Obama aspirante y el Obama presidente hay mucha más distancia ideológica que entre el Obama presidente y el Bush Jr. presidente, porque lo que pesa ahí es el cargo, no el apellido. Por eso fue tan decepcionante el mandato de Obama, porque lo comparábamos todo el tiempo con el aspirante a presidente, con la promesa, en un ejercicio de ingenuidad pasmoso. Quien ostenta el poder es siempre un enemigo de la promesa.

En aquellos días aurorales de la era digital se pensaba que la democracia se fortalecería de tal manera que se convertiría al fin —sin tener nada que ver con ese sintagma del terror soviético— en una democracia real. La tecnología facilitaría que nuestra opinión —opinión significa opción— se tuviera en cuenta no solo cada cuatro o cada seis años, sino prácticamente a diario. Votar sería una cosa cotidiana. Decidir a diario, implicarnos en la tarea de gobierno de manera habitual, un smartphone, un voto. Nos parecía que, una vez armado cada individuo con su máquina, como una extensión natural de su persona física, el Estado podría, para acabar con la farsa de la representación, ponerse de veras en las manos del pueblo —utilizo la palabra más con melancolía que con cinismo, aunque también— para que este fuera decidiendo su suerte cada mañana, con el desayuno, o al menos una vez a la semana, para que no se volviera tediosa la emisión de opiniones. 

Pero, aunque cambien las reglas del juego, el juego apenas cambia, eso lo sabe cualquiera, y por supuesto que estábamos avisados de que quien hace la ley hace la trampa, y nos temíamos, quizá, en algún momento de lucidez escéptica, que solo se nos permitiese votar desde nuestro teléfono o computadora —en conexión segura, si es que la hay— en aquellos puntos en los que sería temible escuchar a la mayoría, porque la democracia podrá tener la buena prensa que se quiera, pero es evidente que en muchos asuntos el NO le gana al SÍ, aunque haya conciencia de irresponsabilidad e injusticia, porque la suma de enemigos de algo es casi siempre superior a sus defensores. Imaginen tener que elegir un Gobierno de esa manera, donde se nos preguntase por cada cargo. El presidente propone a alguien y los ciudadanos tienen que decir sí o no, todos los ciudadanos, no solo los votantes del partido del Gobierno. No se nombraría un solo ministro nunca. La gente que tiene algo en contra de alguien siempre es más que la que lo tiene a favor, aunque solo sea por joder. La facilidad de comunicación, como se ha visto con Twitter y otras redes, lleva indefectiblemente al cinismo y la falta de piedad, porque, por incidencia que tenga en el mundo real, las decisiones que se toman siguen inyectadas del veneno de lo virtual: aquí conviene citar una desconocida novelita de César Aira, El juego de los mundos, donde los chavales destruyen planetas reales —sabiendo que son reales— desde sus computadoras. Que el acto virtual tenga incidencia en la realidad no hace que quien lo ejecuta cobre ningún sentido de responsabilidad, pues el acto contamina a sus consecuencias, por lo que las consecuencias también serán virtuales en la conciencia de quien lo realiza. 

No hace falta asomarse al futuro para obtener pruebas fehacientes de este mecanismo siniestro.

¿Cómo imaginar la realidad política en un mundo tan tecnológico como el que ya habitamos, que es apenas un parvulario del que nos espera y donde disciplinas escasamente científicas —como la sociología— parecen haberse alzado al podio de las ciencias puras, por lo que no es raro que se haya instalado en nuestras vidas la sensación de habitar en la era de la posverdad? Imaginarlo, intentarlo siquiera, tiene algo de desafío contraproducente, como saltarse un montón de capítulos intermedios en una novela para ir a las páginas finales y descubrir allí qué pasa a sabiendas de que con esa información quizá podamos imaginarnos lo que ocurrió en medio. 

Confieso que el futuro nunca me ha interesado lo más mínimo, como todo lo que no existe. No es más que el lugar de nuestra tumba. Pero si es fácil, como en la novela que no recuerdo si era de Bejarano o de quién, intuir que en el ámbito tecnológico los avances serán extraordinarios —trenes que van a dos mil por hora, desayunas pan con aceite en la estación de Cádiz a las ocho y a las nueve y media entras a trabajar en algún lugar de París— y que, naturalmente, afectarán a la vida cotidiana —¿desaparecerá el sexo entre humanos? ¿Las nuevas generaciones solo sentirán deseos ardientes por mecanos exquisitamente diseñados para aparentar ser criaturas de belleza inmarcesible? ¿Cobrarán las leyes del copyright a quienes se masturben el porcentaje de «derechos de autor» que le corresponda a quien inspire el acto onanista?—, no resulta nada sencillo intuir siquiera qué tipo de régimen político padecerán los ciudadanos, aunque es previsible que, como todos hasta el día de hoy, esté en manos de una élite y se ejerza sobre una masa uniforme a la que mantener contenta con pequeños sorbitos de vida. Pero ¿cómo? ¿Cómo conseguirá disfrazar la autoridad del Estado su mentira una vez que perezcan todos sus símbolos? ¿Que no perecerán esos símbolos? Ya, ¿alguien puede decirme cuál era la bandera de Gengis Kan, el hombre más poderoso de la historia? ¿Pueden señalarme los límites, alucinantes, de su imperio? Sí, los símbolos perecerán todos y serán suplidos por otros, eso está claro, pero ¿será toda la Tierra un Parlamento y el sueño de la razón producirá monstruos —expresión que significa, según el grabado de Goya, dos cosas muy distintas: una, que si la razón se duerme vienen los monstruos y, otra, que la razón llevada a su límite, su sueño, es también monstruosa—?

No lo sé. Solo sé que cualquier expedición futuróloga que se atreva a dibujar un panorama político se equivocará. Porque es lo único apasionante que tiene la política: que nadie puede decir «mañana a las doce y cuarto empieza la Edad Media», que solo puede acertarse su quiniela cuando ya están todos los partidos jugados, que, aunque su negocio verdadero sea el futuro, la promesa, no ha habido un solo escritor, ni Orwell siquiera, que, si se atrevía a entrar en detalles, acertara cuando imaginaba, políticamente, el futuro. Solo sabemos que empezó una revolución. Y también sabemos, nos lo ha enseñado la historia, que toda revolución acaba siempre en un Napoleón hambriento.


Andrés Calamaro: «El nuevo rock and roll debería ser Morante»

«Tómate una tila», fue una de las frases que nos dijeron cuando le preguntamos en qué onda estaba Andrés Calamaro a gente que había trabajado con él recientemente. Nuestro encuentro, sin embargo, no fue accidentado, como muchos preveían. Es un tipo que intenta hablar como si estuviera escribiendo y que escribe como no debería hablar, pero la impresión es que todo esto al final le viene de raza y profesión. Detrás del acento argentino, de las gafas de sol y de las pausas dramáticas, había un discurso más sincero de lo habitual en un gremio que suele defenderse como gato panza arriba ante la más mínima duda sobre su trayectoria. El periodista Darío Manrique nos comentó que tenía la impresión de que Calamaro hacía varios discos que había decidido dejar de sufrir por el arte para no poner en peligro su vida en el proceso creativo. Nosotros no queremos invadir el terreno de los críticos y expertos musicales, pero no hemos podido resistirnos a preguntarle por los grupos de su adolescencia. No los Rolling Stones, no. Queríamos saber sobre aquellos héroes de la psicodelia argentina. Un fan de Almendra o Manal ha escrito varias de las canciones más bonitas del pop español, ¿tendrá esto algo que ver?

¿Cómo era el Buenos Aires en el que te criaste?

Me crié en un ambiente cultural muy interesante. En mi casa había buen tránsito intelectual. Crecí rodeado de buenos cuadros, escuchando las conversaciones de mi padre con el poeta Alberto Girri. Por aquel entonces servidor era cuñado de uno de los históricos Les Luthiers, Carlos Núñez Cortez. Ensayaron eventualmente en mi casa y les vi actuar cientos de veces. Tengo recuerdos infantiles de estar en su backstage en los locales donde tocaban. En verano iba con ellos a sus actuaciones en Mar del Plata o Punta del Este, en Uruguay. A veces les acompañaban artistas como Facundo Cabral o Nacha Guevara.

Mi barrio era un barrio que no era un barrio. Vivíamos en una avenida ancha, frente a la Estación Retiro, una terminal ferroviaria, y no había ecosistema de barrio. Entiendo por ecosistema de barrio a los amigos, las pandillas, las esquinas. Lo que sí que hacíamos mucho era ir al cine. Al Electric a ver wésterns en sesión doble. Eran películas italianas, spaghetti western y wéstern comedia como Trinity. Mi cowboy favorito era Ringo Wood, lo interpretaba Giuliano Gemma. Para los estrenos del agente 007 íbamos con toda la familia a cines más grandes. Antes había muchos cines, lo que pasa es que los barrios se reciclan y los cines desaparecen.

De adolescente empecé transitar la calle Corrientes. Allí estaban las librerías, las tiendas de discos raros y los bares frecuentados por intelectuales, como el bar La Paz o La Giralda. Mi gran amigo era Charlie Feiling. Íbamos con frecuencia al Cine Arte, donde ponían películas buenas. O al Cosmos 70, donde solo daban cine soviético y con el tiempo cerró para reconvertirse en un templo evangelista. Esto ocurrió con muchos cines, que han pasado a ser iglesias, discotecas o verdulerías. Pero lo que más, templos evangelistas. Será porque tenían el espacio y el escenario.

También recuerdo perfectamente El Agujerito, una tienda de discos importados muy bien elegidos. Era una delicia pararse del otro lado del vidrio a ver los discos con deseo. En la Galería del Este, ahí estaba la tienda de ropa Little Stone. Nos quedábamos parados en el escaparate viendo esas botas tejanas de colores, esos chalecos estampados con lenguas, los zuecos. Y al lado había un bar pequeñito donde podías ver a Borges o a Facundo Cabral tomando un café.

Tu adolescencia transcurre en una época de convulsión política.

No sé cómo habrá sido en España vivir la dictadura, pero puedo suponerlo. La gente también estaba indignada y casi nadie era partidario de la dictadura, pero al final con la indignación las personas terminan partidarias de cualquier cosa. Ya sea de forma directa o indirecta. Aquella fue una época peligrosa, injusta, muy complicada… No era el mejor lugar en el mundo para ser adolescente.

Nunca fui un auténtico militante ni un militante precoz. Soy del 61, para nosotros la libertad llegó en forma de porros y rock. Fue esa clase de liberación. Estaba disperso entre la música y el cine, o ir a comprar cosas viejas al barrio de San Telmo. Con la incipiente democracia de Cámpora, mi padre me llevaba a la plaza de Mayo a vivir los momentos históricos del país… y respirar un poco de gases lacrimógenos.

Estábamos en la plaza cuando Perón rompió en público con los Montoneros, los llamó «imberbes» y los echó de la plaza. Los «Montos» estaban llamando «hijo de puta» a José López Rega, El brujo; un antiguo policía y secretario de Perón que fue ganando poder y ya se había convertido en el auténtico operador en la sombra y practicaba ciencias ocultas además de perseguir a militantes de izquierda. Estuvimos aquel día en la plaza, sí, llegamos caminando por la avenida de Leandro N. Além, entramos en la plaza por el norte, donde estaba la columna de Montoneros debajo del balcón. Tenían razón, porque López Rega fue el mentor de la Triple A, que antes del golpe militar estaban reprimiendo y secuestrando con parapoliciales delictivos. Los primeros desaparecidos son de los años anteriores al dictador Videla.

Por edad, yo en esta época estaría más pendiente del precio de la Coca-Cola tal vez, pero eso fue lo que ocurrió. Perón no llegó a durar tres meses en el cargo. Cuando volvió se dejaron ver los ultras y la contradicción violenta entre diferentes grupos bajo el ala del peronismo. Pero él dijo: «El peronismo no es ni derecha ni izquierda, sino todo lo contrario». Al final, llegó prácticamente para morir y quedó su viuda, Isabel, que se supone que todavía vive en Madrid, aunque no creo que la veamos ahora pasear por este barrio. [La Latina]

La realidad también afectaba en forma de dominación policial, cuando empezaron a intimidar en los conciertos de rock. Tuve que dejar de ir a conciertos durante unos meses. La policía te pegaba al salir y al entrar.

Cumplí diecisiete años en el estudio grabando primer disco, con Raíces. Cuando volvíamos de celebrar la firma del contrato nos detuvo la policía de toxicomanía. Iban armados. Nos llevaron a la comisaría de narcóticos en la avenida Huergo, en el actual barrio exclusivo de Puerto Madero, que en aquel momento era los puertos, los docks y… toxicomanía.

Violeta Gainza fue tu profesora de piano de niño, dijiste que enseñaba de forma revolucionaria.

Ella era una gran profesora y yo era un pequeño alumno. Nos encontramos hace pocos años en casa de mis viejos y dimos un paseo conversando un poco, era casi medianoche. Ella recordaba algunas composiciones mías precoces, que había conservado escritas en su libro de música. No solo las recordaba, sino que me las solfeó. Aunque yo no fui un gran alumno de piano. No soy un músico de generación espontánea, estaba preparado para esto por el ambiente familiar. En mi casa se escuchaba mucha música y me mandaron a tomar clases especiales de piano, pero el rock se cruzó en mi vida, como en la vida de tantos de nosotros.

Almendra, Manal, Pescado Rabioso, Sui Generis… los grupos argentinos de tu época son ahora todos joyas desgraciadamente muy desconocidas en España.

Cuando empecé a escuchar a Manal y Almendra eran grupos que ya no existían. Tenían el estatus de míticos. Escuchabas sus discos, pero sabías que no ibas a poder verlos en directo. Igual que sabíamos que —lo más probable— era que nunca fuésemos a ver a Led Zeppelin, en este caso porque eran grupos que nunca iban a hacer giras a Argentina. A Manal los escuchábamos con esa perspectiva, que les da una categoría de leyenda; una categoría que siguen teniendo, no estábamos equivocados. Habían grabado dos discos, pero cuando empecé a escucharlos sus integrantes estaban dispersos por el mundo. Claudio Gabis vive en Madrid, pero en aquella época vivía en Río de Janeiro y era vecino de Tom Jobim. Y Javier Martínez, el autor de las letras, batería y cantante del grupo, había desaparecido por Europa. Les pasó igual que a Miguel Abuelo, mi mentor, en los setenta desaparecen y no volvemos a saber de ellos por diez años. Inclusive, en los años que toqué con Miguel ni siquiera le preguntábamos por aquella «década improbable». Sabemos que grabó un formidable disco en Francia, Miguel Abuelo et Nada. Un LP fantástico grabado en el año 72, de heavy psicodelia. En Melocotón [desaparecida tienda de coleccionistas en Madrid] los Freak Brothers (los patrones de Melocotón) me dijeron que un original se valoraba mucho en Europa, tanto en dinero como en rigor histórico.

A Sui Generis los llegué a ver en su último concierto. Habían grabado su último disco, Instituciones, el primero con sintetizadores. La aparición del sintetizador es el fin de la psicodelia, en los años 73 y 74. Charly García —en esos años— hacía canciones que los adolescentes saboreamos. Y Luis Alberto Spinetta había grabado discos brillantes con Almendra y Pescado Rabioso. Yo era contemporáneo de Invisible, un trío extraordinario liderado por Luis Alberto.

Si por algo se caracterizan Almendra y Sui Generis es por la delicadeza de sus melodías. ¿Crees que ese estilo tan dulce, a veces casi naif, te ha influido en tu forma de componer?

Cuidado, porque Charlie y El Flaco, Luis Alberto Spinetta, no usaban melodías vulgares, los dos tienen una complejidad armónica interesante. Charlie resulta más melodista y El Flaco un poeta críptico. Artaud, su disco de 1973, con una portada irregular que no era cuadrada, es una biblia del rock nuestro… Alto nivel de armonías acústicas y poesía cerrada, pero luminosa.

El primer bar punk de Buenos Aires fue Le Chevalet.

Era un restaurante francés, por eso se llamaba así, y después de las once de la noche se convertía en bar punk. Yo era de la misma generación que los punks, pero para ellos nosotros éramos rockeros. En realidad, no éramos más de cien personas dentro del bar. Alguien vino de Europa y trajo «God Save the Queen». Me gustó mucho, y no deja de ser rock and roll. Chris Spedding llevó los Marshall y las Gibson para que las guitarras sonaran bien. Para mí no dejaba de ser rock fuerte, un disco de rock muy bien hecho. Pero el punk venía a romper con lo establecido, aunque muchos punks británicos seguramente estaban escuchando rock progresivo antes de «convertirse».

El coleccionista, o más bien arqueólogo, Kike Túrmix…

Éramos vecinos en Malasaña… y buenos vecinos. Nos cruzábamos día por medio…

… decía que los grupos de punk buenos de verdad eran los que en el 77 eran tan paletos y tan brutos que todavía llevaban pantalones de pata de campana.

Si lo dijo Túrmix, va a misa. En Argentina lo que pasó con el punk fue que las figuras, los líderes del rock adulto, no reaccionaron a su aparición. No sé cómo serían los años antes de los ochenta en España, o cómo lo recordarán los rockeros españoles, pero en Argentina la escena estaba difícil. En España hubo excepciones, como La Banda Trapera o Burning. En Argentina el año 80 es un intermedio entre el polvo progresivo y lo próximo. Hay pocos asistentes, es un público tardo-hippie que rechaza cualquier novedad o cualquier gesto de modernidad, dos aspectos característicos de esa década que está empezando. Artistas con propuestas renovables son rechazados en los festivales… Ocurre con Punch y con Los Encargados.

Eso pasó en todas partes.

A los Tequila les tiraron con un fémur de vaca en Barcelona. Creo que tocaban el mismo día que Ian Dury y el público estaba impaciente. Ahora te increpan en internet. Nada comparado con contrincantes capaces de presentarse en un concierto con un hueso de vaca [risas]. Supongo que Tequila sufrió el rechazo de los antiguos, por ser modernos, y luego el de la movida, que no los tomó en cuenta porque no tenían suficiente disfraz punk.

En Buenos Aires había bastantes clubes, pero el peso histórico lo tienen Le Chevalet y el Einstein. Del primero salieron Los Violadores y del segundo, Sumo. Todavía había Gobiernos militares cuando surgen. De aquel año 80 en adelante la gente se atreve a volver y a opinar.

Luca Prodan, el líder de Sumo, llegó en el año 80 buscando una vida más saludable de la que tenía en Inglaterra. Fue a recuperarse a la serranía de la provincia de Córdoba y terminó formando un grupo. Yo seguía siendo un aspirante a músico. Además de fumar canutos y rascarme los huevos, escribía canciones. Pero me preparaba para cualquier cosa que me pudieran ofrecer. Esto podía ser tocar el repertorio de los Platters o rock progresivo. Fue muy buena experiencia tocar con una versión bootleg de Los Plateros, un repertorio dorado. Tocábamos fuera de la provincia de Buenos Aires, donde tenían un tema judicial. Principalmente en la provincia de La Pampa y un poco en el sur de Córdoba y Río Negro. El único estadounidense era Ernie, un veterano de Vietnam. Cuando teníamos una buena noche, o una suficiente borrachera, me decía que «era el hermano que nunca había tenido».

Hice más bolos en boites de Buenos Aires: Afrika y Mau Mau… Con chicos de una secta religiosa y con el moreno de Santa Bárbara… Buen repertorio.

¿Echas de menos a Pappo? [Otro músico legendario argentino, falleció en 2005]

Fue un buen amigo, lo echamos mucho de menos. Él hubiera participado en todas mis grabaciones y nos hubiéramos visto mucho. Aparte, era esa clase especial de amigo que nunca falta en los momentos complicados. Cuando las cosas van bien, él te deja tranquilo, pero cuando hace falta, él está contigo. Mi madre lo recuerda porque en épocas complicadas la llamaba para interesarse por mí. Además. era un guitarrista y un artista de gran talento, dio la pauta de que se podía cantar el blues en castellano.

Miguel Abuelo fue quien te reclutó para Los Abuelos de la Nada.

Era muy especial. Él estaba en su propia revolución. Llevaba toda la vida así y nos contagió. Era una persona dulce con mal carácter. Creo que es un buen perfil para un cantante de rock. Y un nivel poético alto. A nosotros nos propuso, según sus propias palabras, ser «una estrella de seis puntas». Brillar todos al mismo tiempo y en conjunto. Fue generoso por su parte, pero creo que tampoco había otro remedio, pues había personalidades fuertes en el grupo. Gustavo Bazterrica era un guitarrista con dominio técnico del instrumento, con mucho carácter personal y buen letrista. Venía de tocar con los dos grandes, con Charly García (en La Máquina de Hacer Pájaros) y con Spinetta (en el disco que grabó en Estados Unidos). Bazterrica y Cachorro López, actual gran productor de éxitos, eran tíos grandes. El batería, Polo Corbella, era taxista. Dejaba el taxi para ir a ensayar. Y el sexto hombre era Daniel Melingo, ahora es revolucionario del tango con lenguaje propio. Estuvo aquí en España con los Lions in Love y ahora recorre el mundo tocando sus propios tangos. Miguel y Polo ya murieron. Un periodista que vio nuestro primer concierto dijo que éramos «exconvictos de la vida».

En estos años, en Argentina, no se habla de transición. Después de varios años de dictadura ininterrumpida, pasamos a votar la Constitución y al presidente, pero sin un periodo que la gente considere un «colchón», como pasó en España.

Con Los Abuelos de la Nada viajaste a Ibiza a grabar. A principios de los ochenta, ¿cómo estaba la isla?

Miguel y Cachorro habían pasado una temporada en Ibiza, ellos eran los hippies que había en Ibiza. Tocaban por la calle, esas cosas… Nosotros fuimos a grabar a unos famosos estudios de grabación que eran propiedad de uno de los Judas Priest. Nos llevó Mariscal Vicente Romero, con quien viajamos de Madrid a Ibiza. En Madrid dimos una vuelta, intentamos ver el Museo del Prado, pero estaba cerrado. Pillamos en un bar y al aeropuerto. Al llegar a la isla iban a nuestro mismo estudio. Nosotros lo teníamos reservado, pero ellos iban solo a verlo para ver si les convencía para grabar. Les ofrecimos nuestros porros y nuestra comida, pero ni fumaban ni comían carne. La buena química, en aquella grabación, la tuvimos con Nina Hagen y su banda. Mucho más interesante que los Thompson Twins por su personalidad, su forma de cantar. Era un talento genuino. Cuando llegó Nina nosotros ya habíamos controlado hachís para vendérselo a sus músicos y, un día que nos comimos una paella todos juntos, inmortalizamos el momento en una foto con Miguel sentado en los muslos de Nina Hagen como si fuera un niño.

Otro día hicimos un concierto en Cala Llonga, o en San Lorenzo… Lo gracioso fue que en ese sitio habían detenido antes a Miguel alguna vez. Había estado preso en el mismo lugar donde tocamos. El Ayuntamiento nos regaló una placa, que por supuesto se quedó él. Había vuelto de ilustre al mismo lugar donde le habían tratado como a un vagabundo.

No puedo olvidar a Mariscal Romero haciendo chistes todo el rato sobre el tamaño de la polla propia. Era muy gracioso. Y un tío que tuvo razón. A principios de los años ochenta nosotros nos reíamos del heavy. No vimos que apenas estaba volviendo. Era la época de la New Wave of British Heavy Metal. Luego estalló.

Todo esto fue en 1984. Sobre Buenos Aires llovía cocaína. Nosotros consumíamos y ensayábamos felices en la primavera del regreso a la democracia. Nuestro «destape».

Los Abuelos de la Nada teníais relación con Charly García, con quien terminaste colaborando.

Era un héroe. Tocar con él era consagrarse. Grabó el primer disco de Los Abuelos en el 81 o el 82. Ir juntos al estudio de grabación para mí era… good trip! Los Abuelos usamos un poco a Charly para despegar. Teníamos amistades en común. Y a Gustavo, que había estado en La Máquina de Hacer Pájaros. Pero Charly y Miguel nunca llegaron a quererse o entenderse. No, nunca se quisieron ni se quisieron entender. El caso es que la relación tuvo su punto «culminante» el día en que Miguel le pega una hostia a Charly en Mar del Plata, después de un concierto.

Charly le dijo a Bruce Springsteen que en Argentina «el jefe» era él.

Eso fue en el festival Amnesty International del 88. No es un episodio glorioso para Charly. Organizaron un Amnesty en la provincia de Mendoza, que es la más cercana a Chile, porque allí todavía tenían dictadura militar y no se podía montar ese show. Viajaron doce mil chilenos. Un festival en Mendoza y otro en Buenos Aires. Estaban Bruce, Peter Gabriel y Sting junto a Tracy Chapman y Youssou N´Dour como figuras centrales, y los invitados locales: León Gieco, que entiende perfectamente la situación y se siente honrado de que le haya convocado Amnesty, y Charly, que no se encuentra a gusto con las condiciones técnicas que le ofrece la organización.

Charly siempre fue un artista virtuoso, se podía haber acomodado a las circunstancias, pero es fácil decirlo veinticinco años después. No fue agradable la situación en aquel backstage. La frase de marras es buena, pero en otras circunstancias podría haber sido más graciosa. Charly estaba incómodo porque le daban pocas líneas directas, pocos micrófonos y poco tiempo para probar sonidos. Podría haber tocado con el piano sus canciones bonitas, poderosas, y haber gustado a la gente. Sin embargo, recuerdo más el escándalo que montó en los camerinos que el concierto que ofreció.

Con Los Rodríguez aterrizas en Malasaña, un barrio cuyos años noventa aquí empiezan poco a poco a verse como legendarios. Vuestros primeros conciertos fueron en el Al´Laboratorio y el Siroco, los lugares habituales de cualquier grupo que empieza de cero.

El primer día en Madrid lo terminé a las once de la mañana, arrepentido, saliendo del Voltereta. Malasaña entonces era el Ya’sta, los últimos años del Agapo. El Stella, el Morocco… una muy buena época para el clubbing. Con Corcobado haciendo versiones de Jesucristo Superstar los miércoles, ese lado B que tenía con Los Chatarreros de Sangre y Fuego. Fue una época buena los noventa. Quizás la historia recupere los años noventa como época interesante.

Luego me fui tres años del barrio y cuando volví encontré una fisonomía completamente distinta. En El Palentino eran todos magrebíes, parecían una célula de Al Qaeda, ¡todos tenían cicatrices en la cara o vendajes de heridas recientes! ¡Todos! Pero lo bonito de El Palentino eran los zumos de naranjas exprimidas, los sándwiches mixtos, el sol y sombra y el café con leche. Un bar que lleva años sin cerrar. En mi época tenía a la gente del teatro Alfil y a los del barrio, que bajábamos a desayunar o leer el periódico a cualquier hora. Luego, de noche, llegaban los proxenetas y esas prostitutas inexplicables que venían de la parte de atrás de Gran Vía, de la calle Desengaño, Ballesta. De noche todos los gatos son pardos, pero por el día era un barrio encantador.

En el Ruta 66 dijiste por aquel entonces que en España el rock era «como el sexo, poco y mal».

No sé por qué tenía esa opinión tan pobre sobre el sexo. Era una persona satisfecha. Pero el rock estaba algo melancólico, quizás echando de menos algo perdido en los años ochenta. En los noventa al rock le costaba arrastrar la leyenda de la movida de la década anterior. Aunque para mí era una aventura llegar a los locales de ensayo de Tablada 25 y encontrarme con Gabinete Caligari. Como eran más bien tímidos y se prodigaban más bien poco, los músicos que ensayábamos allí teníamos una teoría: los Gabinete tenían una puerta secreta para entrar y salir sin ser vistos y no tener que saludar a nadie. Sin embargo, hicimos amistad con Jaime [Urrutia], y seguimos siendo amigos. Él fue el primer músico con el que hablé de sonidos auténticos y de toros. Fue el primero que me invitó a San Isidro y empezó a explicarme las cosas como son.

Antonio Flores colaboró con vosotros en «Engánchate conmigo».

Era amigo nuestro. Antonio intentaba explicarnos cómo era el compás y la bulería. Nos llevó a ver a Ray Heredia y La Barbería del Sur en Revólver. Fue un buen amigo. Le vi por última vez caminando en la calle del Pez.

Los Rodríguez viajasteis a Nueva York con Barricada.

Cierto, lo tenía casi olvidado. Fue curioso, porque esa fue una época bastante dorada para el rock latinoamericano por la aparición de la MTV latina y todo eso. Sin embargo, no formamos parte con Los Rodríguez de toda esa movida, seguíamos encapsulados entre España y Argentina. Con los Barricada todo bien, a todos los músicos los considero mis amigos y mis compañeros. Así los quiero.

Estaban en otro universo distinto al vuestro.

Personalmente no. Incluso grabé una canción en un tributo a Barricada. Conmigo cantando y ellos tocando [La canción es «Mañana será igual», Barricada se hicieron llamar Las Pendejas].

¿Crees que Los Rodríguez pudieron llegar a más?

Nunca llegamos a explotar del todo. Nunca fuimos Pink Floyd. Sin embargo, vimos ascender a varios colegas. Entonces, cualquier cosa era más importante que el rock n roll. Habían desaparecido las críticas de discos de los periódicos, ninguno dedicaba ni un centímetro de papel al rock. Ni las televisiones ni las radios prácticamente tampoco. Ahora igual parece una obviedad, pero no lo era hace veinte años.

Vimos pasar todo. La «Sangre española» de Manolo Tena. A Rosario, todos eran más importantes que nosotros. Nosotros, no digo que no haya sido justo, al principio éramos demasiado viejos y demasiado yonquis para cualquier compañía de discos, así nos informaron, y nadie nos quería fichar. Grabamos con Paco Martín, que fundó el sello Pasión y fichó a Vicente Amigo, a Antonio Vega, a Extremoduro y a nosotros.

Después entramos en tratos con el sello de Televisión Española y decidimos inventarnos un disco sin tenerlo porque el deal con RTVE estaba poco claro y preferimos hacer un álbum en directo, aunque solo tuviéramos un LP publicado. Para no comprometer material original. RTVE como sello discográfico nunca fue nada ni antes, ni durante, ni después. Pudiendo serlo.

No lo tuvimos nada fácil Los Rodríguez. Veíamos que el pop rock juvenil prefabricado tenía más oportunidades que nosotros. O Los Héroes del Silencio, que eran los únicos que veías en las camisetas de los jóvenes en el metro. Un grupo muy resistido por la crítica. Y francamente grandes.

En España gusta el rock, pero algo ocurre que no funciona del todo. Con excepciones, por ejemplo, el Loco está resistiendo y en España el que resiste, gana. Otra excepción es Extremoduro. Robe es honesto, el poeta. Todo lo que no les ocurre a los demás grupos le ocurre a Extremoduro. Sus discos siempre movilizan. Hace pocos años vendieron treinta y nueve mil entradas en Barcelona y The Who suspendía en el Saint Jordi porque solo habían colocado doscientos tickets. Un dato para contrastar. Tal vez en Extremoduro son las letras, la honestidad, una actitud, cierta autenticidad, o todo al mismo tiempo.

En fin, la verdad es que Los Rodríguez nunca llegamos a ser unos, digamos, dominadores de la escena. Nuestros conciertos más grandes los hicimos como invitados de Sabina.

¿Cómo fue esa gira?

Esa gira fue muy profesional. Por supuesto que hubo noches largas, y alguna anécdota de alguien que se queda en Canarias porque no quiere salir del hotel, pero la disfrutamos. Había un poco de tensión en el grupo. Sabina veía que estábamos disolviéndonos y lo lamentaba. Pero fue muy generoso, siempre nos invitaba a cantar. Cuando acabábamos yo me quedaba a verle. Le pedí cantar con él mis canciones favoritas: «Princesa» y «Con la frente marchita». Y lo hicimos. Tengo el privilegio de la amistad de Joaquín Sabina.

Los Rodríguez teníais una cinta donde grababais todos vuestros pedos, vuestras ventosidades.

La «hucha de pedos», sí. Formaba parte de una serie de trucos que tenía el grupo para diluir las tensiones. Si íbamos a salir de gira pronto por la mañana, todos apretados en la furgoneta, solo por la hora a la que salíamos era muy probable que cualquier cosa se convirtiera en una discusión y alguien mandase a tomar por culo a otro. Y había que salir a por él a convencerle de que volviera a la furgo. Por eso, lo que hacíamos cada una de aquellas mañanas era abrir la furgoneta y tirar en el asiento el As y el Marca. Porque no había rivalidades en ese sentido y así podíamos hablar un poco de fútbol. Nos gustaba hablar de fútbol, pero jamás nos hubiéramos peleado por cuestiones balompédicas.

La «hucha de pedos» funcionaba más cuando grabábamos Palabras más, palabras menos en El Cortijo. También hacíamos mímica de pedos, y podíamos distinguir los distintos tipos de pedos. Apelábamos a nuestro sentido del humor sin demasiada elegancia, pero era algo privado.

¿Tuviste la expectativa de colocar medio millón de discos en solitario, cuando sacas Alta Suciedad?

Bueno, nunca soy demasiado optimista. Comencé a escribir algunas canciones antes de la gira con Sabina. Luego instalé un estudio doméstico donde seguí escribiendo las demás canciones. Con el fax planeamos lo que sería la grabación perfecta. La idea era que Joe Blaney [el productor ingeniero histórico] pudiera organizar todo en su ambiente, en Nueva York, con músicos de la escena local. Fue un instante en el que por un momento pude tener apoyo multinacional, pero posiblemente me encargué de desperdiciar mi oportunidad. Fui a Estados Unidos a tener una reunión con la élite ejecutiva de Warner y cuenta la leyenda que no me presenté porque «no tenía zapatos» para ir a una reunión así. No estoy seguro de lo que pasó. Sé que llegué, no me gustó el hotel y… Supongo que fui demasiado bohemio para aprovechar mi momento de expansión transnacional. Alta Suciedad fue «apogeo y caída».

Con Honestidad brutal en la Rolling Stone criticaron tus rimas.

En Argentina todavía me persigue ese fantasma. Pero… qué sé yo… Gardel cantaba con rimas, Dylan también canta con rimas. Tuve muy buenas críticas de la Rockdelux, donde creo que hasta llegué a ser portada. Honestidad brutal en su momento gustó más en España que en Argentina, pero esa grabación fue bastante accidentada y divertida. Decidimos encerrarnos en el estudio, cuando los músicos muchas veces, en la parte creativa, solemos escribir las canciones mano a mano con nuestro propio infierno. Llevar eso al estudio en una grabación larguísima, de nueve meses, casi un año, fue bastante heavy para todos. Y al mismo tiempo una fiesta permanente. ¡Fue tragicómico! Me gustaba escribir en el estudio y grabar la canción inmediatamente. Al final pude sostener el legado y el principio de éxito masivo que teníamos con Los Rodríguez, incluso en calidad y cantidad de canciones, pero Honestidad brutal ya fue una grabación excesiva, en una vida excesiva y descarriada. Terminé cinco años retirado de los conciertos.

A Jesús Quintero le dijiste que lo dejaste por «motivos bohemios y antirrománticos». ¿Eso qué es?

Suena un poco extraño decirlo ahora, pero no quería empezar el año. Estaba conmovido por la fecha, el fin del milenio. Nunca había vivido un fin de siglo. Probablemente no conozca tampoco el fin de este milenio. Pero, bueno, en realidad mi excusa fue que no quería empezar un año con un fax lleno de compromisos, quería empezar a mi aire, y pensaba que sin giras ni conciertos iba a seguir al lado de la música, incluso más cerca. Ya lo dijo Paco de Lucia: «A mí lo que me gusta es echarme»… A mi aire. Pero no paré de grabar en plan «dinamitero» durante todos aquellos años de «silencio».

Nunca pensé que estaba sacrificando algo en materia de aplausos, éxito o posibilidades, aunque probablemente, si hubiera seguido tocando… no sé yo, es difícil saberlo, pero seguramente me perdí la posibilidad de ir a tocar años antes por Latinoamérica. Ahora lo hacemos con frecuencia y nos gusta, tenemos un público fantástico. Viajar y tocar lejos de casa es emocionante. Pero, bueno, me pasé cinco años internado en mi propia clínica de toxicidad. Así fue.

El último concierto que dimos fue en diciembre del 99. Nos juntamos con todos los técnicos y toda la banda a escuchar lo que habíamos tocado. En mi domicilio. Ese mismo día, antes de ir al concierto, escribí una canción de despedida para los pipas y los demás músicos. Fue mi último bolo del siglo. Una lástima porque era una banda muy buena que estaba sonando muy bien, pero yo estaba teniendo una conducta errática y de no querer asumir esas responsabilidades; quizá fue responsable de mi parte.

En la gira con Dylan no quisiste cobrar.

Me enteré de que Dylan iba a hacer una gira de muchos conciertos por aquí. Yo le había visto antes y sabía la clase de invitados que llevaba, todos acústicos que no afectaban al montaje de sonido de la banda de Bob Dylan. Yo tenía a punto de salir el disco de Honestidad brutal y le dije a Alfonso Pérez, de DRO, que hiciéramos la gira en lugar de la promoción tradicional.

Desde un primer momento entendí que para tocar con Dylan tenía que renunciar a exigencias técnicas o económicas, con los micrófonos que me dieran, con las «líneas directas» que hubiera. Ensayamos en dos días, con Candi y con Guille, un repertorio a tres guitarras acústicas y así salimos a tocar. Ocurre que el tema de los vicios era ingobernable e hice la gira como pude. Una gira acústica pero bastante salvaje por mi parte. Pero fueron ocho conciertos y fue importante. Bob Dylan fue amable, fue muy atento. Me dijo que viera su concierto desde delante del escenario con un amigo, que dejase pasar unos temas y me subiera para ver el resto del concierto desde un costado en el escenario. Cuando yo terminaba, antes de que él tocara, hablábamos, nos saludábamos y nos quedábamos a ver su concierto siempre.

Comíamos con los técnicos y músicos de Dylan, de su catering. Ese tour lo podría haber disfrutado más y lo podría haber cantado mejor, pero no cobré porque pensé que así es como tenía que hacer las cosas, sin pedir un micrófono más ni una peseta más, no había que pedir nada.

Tiempo después, un día tuve una conversación telefónica con Gay Mercader y me dijo que él había movido los hilos para que me fuera de gira con Dylan. Es posible que alguien haya ayudado, la producción de Dylan solo quiso escuchar un disco, aunque después él me pidió Honestidad brutal, que todavía no tenía portada, y se lo llevó. Con Guille veía los conciertos de Dylan desde primera fila y me decía: «Es igual que nosotros pero más joven». Así estábamos.

En directo rescataste a Ciro Flogiata de otro grupo argentino legendario, Los Gatos.

Él es el primero que grabó un teclado rock en Argentina. Llevaba diecinueve años sin volver a Argentina y me costó convencerlo, pero se vino a tocar con nosotros. Volvió a Rosario veinte años después y presentarlo de vuelta en su ciudad fue uno de los momentos más emocionantes que he tenido sobre un escenario. También estaba Gringui Herrera, mi compañero de veinte años de amistad, nos conocimos en el colegio. Gringui tocaba tan bien que en a mitad de los conciertos venía Guille y me decía en el oído: «La gente se pregunta qué hacen los dos “boludos” de pelo largo que están en medio del escenario». Me lo comentaba en voz baja dando a entender que los de los costados sí eran músicos de verdad [risas]. Ciro y Gringui.

Hace unos pocos años protagonizaste una anécdota bastante divertida. Es parecida a la del batería de Derribos Arias, que en mitad de un concierto se bajó entre el público porque decía que nunca había visto a Derribos en directo. Tú, el 8 de septiembre de 2010, en la Sala Razzmatazz, Barcelona, estás en el camerino y no han abierto las puertas. He hablado con una persona que estaba en ese camerino. Me ha dicho que dijiste textualmente: «Coño, yo nunca he sido telonero de Andrés Calamaro». Entonces cogiste la guitarra y te fuiste directo para el escenario media hora antes y se lio la de dios, porque el público que estaba fuera empezó a escucharte.

En esa gira estaba experimentando con esa nueva psicodelia, el MDMA, que todavía seguramente se sigue tragando. Pensaba: «Hendrix lo hubiera hecho, ¡pues vamos!». A veces no controlaba las dosis y sentía que si no salía al escenario a tocar en el acto iba a necesitar un balde de hielo para poner mi cerebro dentro. Sencillamente subí a improvisar antes de la hora del concierto. También ofrecía parlamentos impertinentes. El MDMA tiene un momento de comunicación locuaz.

También querías dejarlo todo y reconvertirte en fotógrafo de toros.

El nuevo rock and roll debería ser Morante. Y quizás lo sea. No encuentro más interés, más historia y más «forma de hacer las cosas» que en los toros. Fuera de los toros y el flamenco, el resto de las manifestaciones culturales resultan superfluas.

Con las fotos, tan solo pensé que tenía que encontrar mi lugar en aquel mundo. Un día fui a ver toros a la gran Plaza de México y me gustó el reportaje que hice, con detalles del tendido, del callejón. Además, me trataron muy bien, nos invitaron a comer, nos enseñaron todo; mi reportaje tenía mucho color local, primeros planos. Entonces decidí continuar y llevar la cámara de fotos a los toros y lo hago todavía. Tal vez algún día prefiera dejarla en el hotel o en casa e irme sin la cámara a la plaza, pero por ahora me gusta la fotografía desde el callejón. Me gusta mucho contemplar un instante congelado en una fotografía. Ver los detalles. Un segundo, una décima de segundo. En algún momento me gustaría hacer una exposición o un libro de mi experiencia detrás de la lente.

Mi generación nunca discutió la existencia de las corridas de toros. Este debate no existía ni en Argentina ni en Madrid, no había casi abolicionistas. En realidad, el debate interno en la tauromaquia es otro. Y tampoco quiero participar en ese debate. Los toros no son para advenedizos, igual te puede llevar quince años sentir algo. Sería diferente para mí si hubiera nacido en el barrio de Triana, pero yo de repente me encontré de embajador de la tauromaquia en un mundo hostil y recibo gratitud, mucho respeto en los callejones, en los tendidos y en los burladeros.

Ahora creo que hemos vivido un momento de la historia del toreo muy especial con el contrapunto de José Tomás y Morante. Más que figuras. Por ejemplo, en la época de Los Rodríguez, la figura era Jesulín de Ubrique, que también llevó afición a las plazas de toros. Aunque quien rompió fue el colombiano César Rincón, se recuerda a Jesulín por llenar una plaza de toros solo con mujeres que le tiraban sujetadores y bragas…

Con los toreros tenemos amistad. Siempre estoy en contacto con Morante y me considero amigo de otros maestros como Alejandro Talavnte y José María Manzanares. Viajamos con Morante y Fernando Sánchez Dragó a Marsella para ir a Nimes, al Coliseo, a ver a José Tomás. Morante me regaló el libro Qué es torear, de Corrochano. Cuando nos vemos hablamos de muchas cosas; hablamos con seriedad de flamenco. Me recomendó la conferencia de Federico García Lorca sobre el duende. La amistad de Antonio Corbacho, de Talavante, de Morante, los tentaderos, ser permanente invitado en los callejones, la cordialidad y el saludo de las cuadrillas es una autentica experiencia de respeto y gratitud. Un privilegio.

Es un poco reality show eso de que desnudes completamente tu proceso creativo como has hecho muchas veces, colgando en internet todas tus creaciones.

La pregunta es: ¿por qué los creadores quieren mostrar su creación? Esto es más que un trabajo… ¿Por qué queremos mostrar las canciones que componemos, las fotografías que sacamos, lo que vamos a escribir? Yo no tengo una respuesta para eso, pero Soundcloud me pareció una forma interesante de terminar con esa discusión. Aquí tienen: y son dos mil. Además, me di el gusto de juntar a los Beatles con Jay-Z y funcionó muy bien. Los Beatles necesitaban un poco de sangre negra. Tengo muchas versiones de los Black Beatles… demasiado material.

Dijiste que te daba rabia que Camarón o Coltrane ahora iban a tener que colgar sus canciones en Myspace.

Me daba un poco de lástima más que rabia. Y Myspace ya nadie sabe lo que es, en su momento tenía sentido. Cuando dije aquello fue en la época de debate muy agrio, el del copyright, cuando se puso en duda el valor de la obra intelectual y el derecho de autor; cuando se nos acusó a los creadores de «vagos que queremos vivir del aire» y se nos exigieron soluciones. Lo que quise decir es que, si no fuera por la industria discográfica, ¿cómo hubiéramos escuchado a Miles Davis? Si no hubiera habido alguien en la industria al que se le ocurrió que se podía grabar Miles, o a Camarón de la Isla o a Paco de Lucía. Si no es a través de los discos, ¿cómo hubiéramos escuchado la música?

Antes has hablado de que Pappo demostró que se podía cantar blues en español. ¿Qué piensas de la gran cantidad de grupos de rock que hay en España cantando en inglés?

Escribir en inglés es aferrarse a una estética que funciona. Probablemente te sientas un auténtico rockero si estás copiando al pie de la letra la pose de otros grupos gringos, ingleses o americanos. Y es cierto que se nos va a juzgar más severamente entendiendo nuestras letras, pero al mismo tiempo se valoran mucho las canciones que el público puede entender palabra por palabra. Siento inclusive que, ahora que estoy presentando un disco, me preguntan mucho por las letras y poco por la música. Este público regenerado que tenemos nosotros, que parece que nunca cumple años, la mayoría dicen «te voy a ver», no «te voy a escuchar». Y quieren escuchar sus canciones preferidas, cantarlas y escucharlas al mismo tiempo. Las orejas y la boca están en lugares diferentes de la cara, pero el público consigue seguir cantando y escuchando al mismo tiempo. No sé si eso es posible, pero lo siguen intentando. Está claro que la gente espera «su canción» para cantarla. Y a veces pienso que no saben qué hacer durante los solos de guitarra, que son tan importantes para nosotros; nosotros que crecimos escuchando música en inglés, que no sabíamos lo que decían, estábamos muy conectados con las guitarras.

En un libro, Tirados en el pasto, comentas que Antonio Escohotado te pidió que le grabases death metal.

¿Sí? No lo recuerdo. Lo conocí a través de Ajo, la micropoetisa que en aquel momento tenía Mil Dolores Pequeños. En la movida de Malasaña de la época, ella trabajaba en las taquillas del teatro Alfil y publicó este libro de fotografía de retratos tomados de la gente que iba a comprar las entradas. Ellos, con ese grupo, publicaron un disco que se llamaba De la piel para dentro mando yo, con la colaboración de Antonio, y cada disco venía con una china. Cosas lindas de los años noventa en Malasaña. Nos hicimos buenos amigos. Un día le acompañé a una conferencia en Barcelona y me presentó al descubridor del ácido, Albert Hoffman. Su legado está perfectamente claro [risas].

En Diario 16 escribiste una columna con Andy Chango, «Findelmundo», que nunca nadie ha superado. En el sentido de que, por ejemplo, un día narrasteis las delicias y comodidades de la Celsa, donde se podía uno drogar custodiado por la policía.

Yo vi la clausura de la Celsa, que luego se recicló en el Vertedero. El «único recuerdo» que tengo de allí es un perro muerto y escribir algunos versos apropiados. Resumiendo un poco. Aquella columna… fue una linda época terrible. El Diario 16 estaba controlado por elementos humanos del periodismo gallego y nos dieron una página para hacerla con libertad. Había un buen ilustrador en el periódico y estuvimos ahí un tiempo, una época verdaderamente «findelmundista». Luego algo ocurrió con mi vida, ya estaba abandonado en mis lugares habituales en Madrid.

¿Nunca os dieron el toque?

No, al contrario. Teníamos buena relación con todo el mundo en el periódico. A veces nos invitaban a ver el cierre del periódico con los directores de cada sección, también teníamos buena conexión con la sección deportiva… y sigo manteniendo amistad con Luis Ventoso, que era el director del D16 y ahora está en el ABC.

Con respecto a tus gustos musicales, es difícil encontrar un músico tan mitómano como tú, que se compre y guarde las revistas, que no pare de pillar discos.

Ariel dijo que le hubiera gustado ser dibujante para poder trabajar escuchando música. Yo ahora escucho música todo el día, tengo muy buenos sistemas de sonido y buenos discos, tanto en Madrid como en Buenos Aires… A veces me aburro un poco del «universo del rock», pero me gusta viajar con las revistas británicas.

Me han dicho que estás comprando compulsivamente discos de Sun Ra.

Tengo una buena colección incompleta de Sun Ra, pero ahora busco ediciones originales y las de Sun Ra son inconseguibles. Estoy en mi época de Fania y Héctor Lavoe.

Se comenta que en el estudio de tatuajes de Oscar Möon, en Barcelona, cuando vas a hacerte uno terminas haciéndote cinco y te tienen que echar porque les da cosa hacerte más.

Eso fue una vez… Nos pasamos el día tatuando a servidor. Empezamos con un toro de Osborne, después hicimos una frase alegórica de Luis Alberto Spinetta, un tatuaje a mano alzada y, a última hora, un casete con el boli rebobinando la cinta… Muy buena gente, no me querían cobrar.

Eres muy amigo de Daniel Rojo, también se dice que sientes fascinación por los delincuentes.

Y ellos por mí. Soy como su poeta portátil. Les encanta a los bandidos tenerme cerca. En Buenos Aires nos vemos muy seguido en cumpleaños, en reuniones…

¿Con qué clase de delincuentes?

Ladrones con códigos.

¿Qué opinas de tu compatriota, el papa?

Es difícil creerle a un papa. La Iglesia venía de la crisis de la pederastia sistemática, era lógico suponer que la del papa Francisco fuese una operación de marketing. No quiero ser demasiado escéptico, pero por qué tengo que empezar a confiar en El Vaticano de un día para otro. Este señor fue antes obispo en Argentina. Tuvo un arranque muy bueno… Con portadas en la TIME. Todos los argentinos que viajan a Italia quieren una foto con el papa… Están locos. Aunque papa hay uno solo.

En una ocasión comentaste que cuando llegaste a Madrid viste que aquí se bebía para celebrar la vida, no por pena ni por frío ni por otros motivos. Ese día, dijiste, ibas borracho por la calle y nadie que te cruzases iba menos bebido que tú, de modo que measte en el kilómetro cero de la Puerta del Sol y te dijiste: este es mi sitio.

Ni idea. Pero Madrid cambió mucho. Quién hubiera dicho hace veinticinco años que esta iba a ser una capital gay y cosmopolita. Se han reciclado los barrios y Madrid parece querer conservar su estilo de vida, su pulso, que nunca falte una próxima cerveza. La gente ha estado indignada, pero contenta. Al final la situación que estamos atravesando va con el espíritu. Los que nunca tuvimos una nómina o un sueldo fijo no sufrimos tanto con la crisis financiera. Si nunca cobramos un sueldo, si no tenemos un duro asegurado para el mes que viene… Pero esta ciudad está más linda que nunca. Me gustaría poder decir que el fútbol y la música mantienen unido este país. Mientras aguante.

España… ¡No saben lo que tienen! No se dan una idea completa de lo bien que se vive aquí. Sin peligrosidad ni miseria espantosa, con infraestructuras… Y no es que viva en una burbuja desconociendo el desempleo y los problemas severos de los hipotecados. Como es lógico, tampoco existe identificación con el Gobierno, pero eso es inevitable. Prefiero no meterme en barullos. Las manos del destino nunca están perfectamente limpias.


Diccionario mínimo de ciencia política

DP.

Catch‐all party (o partido «atrapalotodo»). Como su propio nombre indica, son partidos que buscan atraerse hacia sí todo tipo de votantes con distintos puntos de vista, ideologías y posición socioeconómica. Reducen al máximo las alusiones a la ideología y por tanto su contrapunto son los partidos altamente ideologizados. Han sido partidos atrapalotodo el Partido Republicano en Estados Unidos durante la época de Lincoln, el Demócrata con Roosevelt o el Partido Justicialista en Argentina ya desde Perón.

Populismo. No es todo lo que no le gusta a uno. Tampoco es cuando se dice algo que agrada a los oídos de la gente (que es más bien demagogia). Básicamente hay dos maneras de entenderlo. Una escuela dice que es una técnica discursiva, un método, mientras que otra lo asimila a una ideología delgada —vamos, un software para otra ideología de fondo más importante de izquierda o derecha—. En todo caso, su rasgo principal es identificar un pueblo virtuoso y unas élites corruptas como unidades sociales básicas, alineándose con el primero para tomar el poder. Además, tiende a creer más en la democracia directa y menos en las instituciones del Estado liberal de derecho.

Cleavage (o clivaje). Literalmente, escote o canalillo. En ciencia política se aplica a la escisión que divide a los votantes en dos bloques separados y que tienen un reflejo en el sistema de partidos. Algunos de los clivajes tradicionales han sido el de clase (propietarios frente a trabajadores), el territorial (centralismo frente a periferia) o el religioso (Estado secular frente a Estado confesional). Ahora hay quien habla del surgimiento de nuevos en torno a la Unión Europea o la globalización. En resumidas cuentas, un clivaje no es más que la línea de fractura que separa y divide en dos bloques, ya sea en una teta y otra o bien votantes posicionados a uno y otro lado en torno a una cuestión central.

Cultura política. No es cuánto sabe la gente, sino más bien el conjunto de actitudes, creencias y sentimientos hacia la política que determinan su comportamiento político. No hay alta o baja cultura política, ni se dice que alguien tiene mucha, poca o una cultura política regular. Los clásicos hablan más bien de cultura política participativa, cultura política parroquial, o cultura política de súbdito. En todo caso, esos rasgos se pueden combinar de diferentes formas. En España, por ejemplo, se suele decir que somos desafectos por tener poco interés e información política, por participar poco en política y quejarnos mucho. Vamos, que la sombra de la socialización franquista («haga usted como yo y no se meta en política») sigue pesando mucho.

Swing voter. No son necesariamente votantes a los que les gusta el swing, sino gente que no tiene una filiación política fuerte y no siempre vota al mismo partido. Este perfil está muy cotizado durante las campañas electorales y todos los partidos tratan de atraérselo para sí. Esto a veces se emplea para las elecciones. Por ejemplo, en Estados Unidos se hablar de los swing states para saber qué estados pueden caer de uno u otro lado.

Desobediencia civil. Es una forma de protesta que consiste en no respetar las normas, órdenes o leyes del Gobierno por considerarse injustas. Hay que diferenciarla pues de la gente que se salta la ley porque no le conviene, que es otra cosa muy diferente. La gran diferencia es que en la desobediencia el ciudadano considera que romper la ley es menos nocivo para la sociedad de lo que serían las consecuencias de seguirla. Además, asume el castigo por su incumplimiento porque cree que su moral está por encima. Esta fórmula la han usado colectivos como las mujeres sufragistas, los negros del movimiento de los derechos civiles americanos o las resistencias en las dictaduras comunistas. En España, los insumisos contra la mili son un buen ejemplo.

Federalismo. Palabra recurrente en el debate español que se retuerce hasta que se la vacía de significado. Un sistema territorial federal es un sistema con dos niveles de gobierno (federal o central y el de los estados federados) en el que cada uno debe tener el poder y los recursos para ocuparse de ciertas competencias. Los hay de muchas familias; algunos delimitan mejor las competencias entre niveles y otras obligan más a cooperar; otros dan los mismos poderes a todas las regiones, otros solo a algunas; otros dan mucho poder a los Estados, otros poco… El federalismo como nombre de pila es bonito, pero, igual que se hace con las personas, lo mejor es pedirle los apellidos para saber de quién se habla.

Politización de la justicia. No, la politización de la justicia no es algo que se pueda decir cada vez que un juez toma una decisión que no nos gusta. La politización de la justicia es simplemente una situación en la que el Gobierno es capaz de influir en las decisiones que toman los jueces rompiendo el principio de separación de poderes. Esto pasa porque tiene la capacidad de escoger o hacer dimitir a jueces que tomen decisiones que no le gusten o porque es capaz de ejercer presiones para que se tomen ciertas decisiones. El hecho es que los jueces actúan condicionados por el Gobierno. Para el resto de malas decisiones que pueda tomar la justicia hay otro concepto que os puede servir: malas leyes.

Sistema parlamentario / (semi)presidencial. Aunque algunos no se lo creen, en España no se vota al presidente, sino a diputados que luego lo escogen. Bueno, igual con las sesiones de investidura que hemos tenido ha quedado algo más claro. Sin embargo, en Estados Unidos o Francia lo que hacen es votar por separado a un presidente con elección directa (en Francia con una segunda vuelta si nadie tiene más del 50 % de los votos) y por otro lado a su Congreso, Senado, Asamblea Nacional o lo que sea. Esto hay que tenerlo muy presente. No tiene nada que ver el caso de Alemania o Países Bajos, donde el canciller se elige con apoyo de diferentes partidos en el Parlamento, formando coaliciones, que el de Francia, donde la elección es directa.

Socialdemocracia. No tenemos ni idea de quién será el partido y líder de la socialdemocracia en España, pero al menos tenemos una idea bastante clara de lo que es la socialdemocracia. Y no, no es lo que diga Felipe González ni tampoco, necesariamente, lo que dijera Pablo Iglesias. La socialdemocracia es una ideología que pretende luchar contra las desigualdades sociales desde las instituciones de la democracia liberal y aceptando la economía de mercado. Sus años dorados se acaban en los sesenta, cuando salen de la mayoría de Gobiernos y, aunque regresaron en diferentes fórmulas en los años noventa, hoy día en las elecciones les va regular tirando a mal.

Euroescepticismo. En este país nos suena un poco a chino, pero un euroescéptico es alguien que se opone al proceso de integración europeo y quiere desmontar las instituciones de la Unión Europea. Ser euroescéptico no es lo mismo que ser eurocrítico, algo de lo que tenemos unos cuántos más en España. Estos últimos se caracterizan por estar en contra de las decisiones y la forma que toma la UE actualmente, pero no necesariamente por querer desmontarla. Para ser euroescéptico esta crítica debe ir acompañada por ideas de recuperar poderes que actualmente tiene la UE y devolverlos a los Estados.

Feminismo. Teoría política que se centra en el reconocimiento de los derechos de la mujer. Desde la huelga de sexo encabezada por Lisístrata, el feminismo ha cambiado mucho pero principalmente se ha separado en dos corrientes. De un lado, el feminismo de la igualdad, que considera que las diferencias de género son resultado de la socialización patriarcal. Para llegar a la igualdad proponen que las mujeres se organicen y presionen al Estado. Del otro, el feminismo de la diferencia considera que el ámbito de lo femenino se caracteriza por la empatía y la emoción frente al autoritarismo y agresividad de lo masculino. Su objetivo es conseguir una mejor valoración de características asociadas tradicionalmente al género femenino; y, por otro lado, dejar de tener como punto de referencia a los hombres.

Terrorismo. No hay acuerdo absoluto sobre lo que es terrorismo, pero eso no significa que cualquier acto violento (incluyendo el machista) sea terrorista. Tampoco que debamos decidir si lo son o no en función del color de piel de quien lo ejecuta. Para que haya terrorismo el acto violento debe hacerse con la intención de crear miedo entre los ciudadanos y además se debe querer utilizar este terror para conseguir algún cambio político. Es decir, para conseguir visibilidad, concesiones políticas, un cambio en el statu quo… Ha habido actos de terrorismo de muchos tipos, desde el terrorismo independentista al de extrema derecha o izquierda. Hoy la principal amenaza global es el terrorismo islamista.

Votante mediano. Absolutamente nada que ver con Frodo Bolsón depositando la papeleta, con independencia de que en la Comarca prefieren desayunar por enésima vez en domingo antes que votar. El votante mediano es el votante que es capaz de decantar la mayoría a un lado u otro porque tiene una proporción más o menos igual de gente a cada lado del conflicto. Para que nos entendamos, es como el federalista catalán o el votante del PSOE, su decisión sobre quiénes son sus aliados acaba decantando quién va a ganar una elección o Gobierno. Son este último trozo de pastel que nos acaba llenando a todos y que no siempre nos comemos nosotros.

Empate técnico. Las encuestas siguen siendo el mejor instrumento disponible para medir el estado de la opinión pública. Entre chupar el dedo y mirar a dónde sopla el viento y preguntar a la gente, aunque tenga sus sesgos, me quedo con lo último. Eso sí, todas las encuestas tienen un margen de error. Es decir, un intervalo de imprecisión de acuerdo con el tamaño de su muestra. Esto hace que, por ejemplo, veamos que se pone en las fichas que una encuesta tiene un margen de error de +- 3 %. Eso significa que el resultado de cualquier partido puede estar hasta tres puntos por encima o por debajo del nivel marcado. Cuando dos partidos coinciden dentro de ese margen —por ejemplo, como en la elección presidencial austriaca— están en empate técnico. Es decir, que el recuento va a estar emocionante.  

Liberalismo. ¿Qué es el liberalismo?, nos preguntamos todos cuando vimos la posibilidad de que Beppe Grillo pactara con el grupo liberal europeo. Pues, independientemente de sus alianzas, el liberalismo es una ideología que persigue la libertad de las personas sobre cualquier otro principio. Como libertad es una palabra bastante ambigua esto se traduce en cosas bastante diferentes, pero en general los liberales son partidarios de limitar las regulaciones del Estado y permitir que cada cual escoja cómo actuar, tanto en la economía como en la organización de familia. Además, el liberalismo también se suele ligar a la idea del control de poderes y la creación de instituciones contramayoritarias, pues para el liberalismo es muy importante limitar los abusos de poder que puedan limitar las libertades personales. Si os suena raro es porque en España casi no tenemos.

Circunscripción. Lo primero que debemos saber de la circunscripción es que no es la ley d’Hondt —que, por cierto, es una FÓRMULA—. Dejad tranquilo al pobre matemático belga, que bastante tiene con lo suyo. La circunscripción electoral es el conjunto de ciudadanos cuyos votos se van a contabilizar para repartir un número concretos de miembros del Parlamento. En algunos casos, este conjunto supone todos los electores con derecho a voto (circunscripción única, como en Países Bajos o Israel), pero en muchos casos el electorado se divide en distintas circunscripciones que escogen cada una sus representantes. En España la circunscripción es la provincia, y en muchos casos tiene un tamaño tan reducido que hace que los partidos pequeños no consigan representación.

Partidos anti-establishment. No se sabe muy bien quién es el establishment, pero en teoría es todo el que manda (y no me gusta), desde empresas y Gobiernos a medios de comunicación. Los partidos anti-establishment serían todos aquellos que canalizan el enfado de la gente con sus élites o gobernantes. A veces hay quien lo usa como sinónimo de populistas, pero también hay quien dice que no necesariamente deben serlo para entra dentro de la categoría. El movimiento Cinco Estrellas italiano, por ejemplo, es un caso paradigmático de este tipo de partidos. Un partido dirigido por un cómico, que cree solo en la democracia directa y que no tiene muchos más principios que echar a los que gobiernan.

Nacionalismo. El nacionalismo no (solo) es un insulto que sirve para acabar con cualquier discusión sobre la estructura territorial de España. Se trata de una ideología que persigue la concordancia entre las fronteras del Gobierno soberano y el territorio de la nación, o eso dijo Hechter. Esto significa que pueden ser nacionalistas tanto los que creen que el Gobierno actual no representa sus fronteras y quieren cambiarlas, como aquellos que quieren mantener las fronteras del Gobierno como están para que siga representando a su nación, lo que comúnmente se llama nacionalismo banal. Esta definición, evidentemente, abre el interrogante sobre lo que es la nación. Pero este es un jardín que vamos a dejar para el año que viene, si eso.

Soberanía. La soberanía es como el amor; todo el mundo parece quererla, sin embargo, nadie parece tener muy claro cómo conseguirla. Normalmente se distinguen cuatro tipos diferentes. La doméstica, o la capacidad de un Estado para organizarse dentro de sus fronteras (prohibir las hamburguesas); la interdependiente, o la capacidad del Estado para controlar los movimientos entre fronteras (impedir que entre gente que come hamburguesas); la del derecho internacional, que es el reconocimiento por parte de otros de la soberanía del propio Estado (en EE. UU. aceptan que no te vayan las hamburguesas); y, por último, la westfaliana, que dentro del territorio del Estado no hay ninguna autoridad con más poder para imponer sus decisiones que el propio Estado (ningún McDonald’s por encima). Cuanto más complejo e interdependiente se ha hecho el mundo, más difícil asegurar que no te las acabes comiendo con bacon y doble de patatas.   

Politics / Policies. Es una distinción que se ha puesto muy de moda para hablar de dos caras diferentes de la política. Por politics se entiende la política más referida a la competición electoral, la disputa entre los partidos, las estrategias para vender sus mensajes… Es decir, todo aquello de lo que no hemos parado de hablar desde 2014 —y de lo que, con los congresos de los partidos, parece que vamos a seguir hablando—. Por el otro lado, están las policies, que son básicamente las políticas públicas: qué medidas aplicar para mejorar la educación, reducir el paro o la desigualdad… Vamos, las cuestiones de fondo que cambian la sociedad. De vez en cuando estaría bien hablar de esto también.

Posverdad. Es una de las grandes ironías del debate político de estos años. Básicamente es la teoría según la cual hemos entrado en una nueva época política en la que a los ciudadanos ya no les importa lo que dicen los expertos porque han perdido todo el respeto por la evidencia empírica, facilitando así la victoria electoral de candidatos y opciones que se presentaban con discursos llenos de información contrastablemente falsa. La teoría mola, pero lo paradójico es que no sabemos si ella misma es verdad. Efectivamente, ha habido candidatos y opciones que han ganado porque la gente se ha creído información que no era cierta, pero no hay nada que indique que esto se deba a que los ciudadanos antes se creían a los expertos y ahora no.

Sorpasso. Bueno, igual esta palabra es más de 2016, pero uno nunca sabe. La palabra sorpasso, que está en boca de todos, tiene su origen en las elecciones generales de 1976 en Italia. El Partido Comunista (PCI), de Enrico Berlinguer, tenía opciones reales de convertirse en la primera fuerza política y adelantar a la Democracia Cristiana, partido factótum en aquel país desde la II Guerra Mundial. El PCI acariciaba entonces el ansiado sorpasso, pero, pese al importante avance electoral de los comunistas, jamás llegó a producirse. Quedaron muy próximos, solo cuatro puntos por debajo de la formación fundada por De Gasperi. Ahora cada vez que un partido va a desbancar la posición de otro hablamos de sorpasso, que en italiano queda más fino.


Ángel Cappa: «Los entrenadores tienen esperanzas, alegrías, dudas… los directivos solo tienen miedo»

Fotografía: Begoña Rivas

Mantiene una lucha desde que empezamos a saber de él en España contra el fútbol especulativo. Sostiene firmemente que ganar no lo es todo, que lo que importa es el juego. Fue recibido con división de opiniones, pero tras la irrupción del Barça de Guardiola y la selección española campeona del mundo, Ángel Cappa (Bahía Blanca, 1946) tuvo que sentir un placer íntimo. Él ya lo había dicho. En sus textos publicados en los noventa ya elogiaba un fútbol al que denominaba tiqui-tiqui. Ahora ya no quiere entrenar, se encuentra en un plácido retiro, y es un buen momento para comentarlo todo en perspectiva.

Le he tenido que llamar a un fijo. ¿No tiene móvil?

No, no tengo. No me hace falta, es simplemente por eso. Me parece que es un elemento muy útil para la vida, pero si yo no lo necesito, para qué lo voy a tener.

¿Cómo era su barrio, Villa Mitre, en Bahía Blanca?

Un barrio obrero, de gente trabajadora y humilde, donde el fútbol ocupaba el centro de todas las actividades y todas las aspiraciones. También era un lugar plural. En mi generación, todos nuestros abuelos eran extranjeros, los míos españoles e italianos. Una vez a mi mujer, que es española, le hice un repaso de todos los vecinos de mi barrio y uno era catalán, el otro gallego, otro siciliano… solo uno tenía un abuelo argentino y, de críos, no le creíamos. Nos lo aseguraba y le decíamos: «Nooo, mentira» [risas]. Porque era una cosa extrañísima.

También había árabes, judíos… Nosotros compartíamos todo con una familia judía que vivía al lado de mi casa. Nos invitaban a sus fiestas y nosotros éramos católicos, más de forma rutinaria que otra cosa, pero lo éramos. Los árabes también nos llevaban a su casa cuando celebraban sus fiestas, pero era algo natural. No lo veíamos como un suceso excepcional. Era nuestra convivencia diaria. Me acuerdo de un español que iba muy encorvado porque en la Guerra Civil le habían pegado un tiro en la columna. Él nos contaba cosas de España.

En resumen, para mí, el significado de la palabra extranjero solo lo sentí cuando vine a España. Cuando tenías una discusión de tráfico y te decían: «¡Vete a tu país, indio!». Era extraño, porque este era el país de mi familia. Creo que tuve una educación muy sana, porque un entorno como en el que me crie en Argentina te quita la idiotez del nacionalismo. Esa tontería de considerar que tienes más derechos en tu país que un extranjero, lo cual es estúpido.

Su familia española era pobre.

Mi abuela me contaba muchas cosas de su vida. Ella había asumido lo que la ideología dominante quiere que la gente piense, que era un hecho de la naturaleza que fuese un ser inferior a sus patrones, a sus jefes. Sus experiencias nunca me las contó como una cuestión de rebeldía o como algo injusto. En Argentina tenía que trabajar, por ejemplo, hasta el momento del parto. Tuvo mellizas, cosa que no sabía porque no iban al médico, y cuando salió la primera hija la comadrona se fue. Mi abuela le gritaba: «¡Que todavía tengo algo!». Y le contestó: «Lo que tienes es un tumor». Y se fue. Mi abuela le dijo a su marido: «No te muevas de aquí que tengo otro hijo». Y así tuvo a la segunda melliza, con su marido. Sobrevivían porque eran muy sanos, orgánicamente muy fuertes. Porque en estas condiciones tuvo ocho hijos y todos crecieron sanos y sobrevivieron.

En el barrio, la pelota para ustedes era como una deidad.

Jugábamos con pelotas de trapo. Para conseguir una de cuero, lo que hacíamos eran rifas con los últimos números de la lotería nacional. Hacíamos los boletos y regalábamos una botella de vermú y cuatro vasos, pero nadie lo cobraba. Quién iba a reclamar eso… todos los vecinos compraban un número para que pudiéramos tener pelota. Una sola vez reclamaron el premio; una señora cruzó al terreno baldío, que nosotros llamábamos portrero, y nos exigió el premio. Tuvimos que ir a comprar la botella y los cuatro vasos [risas].

Todo esto teníamos que hacer para tener pelota, que era un lujo, un privilegio. Luego íbamos a la carnicería a que nos diesen grasa para echarle en las costuras. La llevábamos al campo envuelta en papel de periódico, engrasada, y nadie la tocaba hasta que hacíamos los equipos. Era como un rito que indicaba el amor que teníamos por la pelota. Porque la pelota era un instrumento que nos daba la felicidad, pero también gracias a ella teníamos identidad. Eso que hacíamos con la pelota nos pertenecía, era nuestro y nos daba prestigio. En el barrio, el tipo más respetado era el que mejor jugaba al fútbol. Al matón lo que le teníamos era miedo, el respeto siempre iba al mejor futbolista.

Por aquel barrio luego te encontrabas con personajes como el Manco Gamero, que era un extremo derecho de una habilidad extraordinaria. Cuando jugaba, tiraba los centros levantando la pelota. La subía y te enviaba el centro de volea. Y era manco, le faltaba una mano. Cuando ya era mayor, le gustaba la bebida e iba a los bares, le tiraban una moneda, la levantaba con el pie, la iba subiendo dando toques, hacía jueguito y se la metía en el bolsillo de la camisa. Todo a cambio de un vaso de vino.

Su padre era peluquero y en su peluquería usted escuchaba a la gente hablar de fútbol veinticuatro horas.

Las discusiones eran muy puristas. Supongamos que el 9 tiró a puerta e hizo gol. Y discutían si era correcto, o si se la debería haber pasado al 10 en lugar de tirar a puerta, porque la jugada era esa, el pase. Se estaban una hora con eso. No he vuelto a ver nada igual hasta que vine a España y vi a gente hablar de toros. A mi suegro le gustaban mucho y miraba si el diestro había levantado bien la barbilla, cómo tenía el codo, porque no solo era el valor del torero, también la estética.

Cuando le leo a usted escribir sobre fútbol, me recuerda a los taurinos que van a San Isidro y les dan igual los triunfos, las orejas que se han cortado; se quedan con un derechazo, un natural. Solo un detalle les vale por toda la feria.

Esa analogía es correcta. Una vez aquí fui a ver una corrida de toros con un extorero que iba al gimnasio conmigo y me lo explicó todo. Lo entendí, vi el arte que encerraba eso, pero a pesar de haber ido sin ningún tipo de prejuicio, me impactó mucho cuando maltrataron al toro picándolo y cuando lo mataron. No anuló lo otro, pero me conmovió. Lo que me pareció más curioso es que salió un toro y lo devolvieron porque no era bueno. Solamente con verlo correr ya sabían que no estaba bien. Para mí era algo insólito.

Ahí hice una analogía con el fútbol, como cuando ves a un jugador controlar un balón y ya sabes que no es bueno. Lo que me dio pena es que me alegré porque pensé que ese toro iba a sobrevivir y me dijeron: «No, lo matan adentro». Vaya.

En nuestro club, el Villa Mitre, teníamos a gente como esos taurinos. Recuerdo al Tintín Prieto. Un señor que iba siempre con sombrero y puro, un Humphrey Bogart de los barrios. Todo un personaje. Era un sabio de los que ahora no tendrían lugar, porque con internet y un teléfono se sabe quién ha hecho cada gol que se ha marcado en la historia del fútbol, pero él lo recordaba todo por sí solo. Todo el mundo le consultaba y le preguntaban qué tal era cada jugador nuevo. Tenía dos frases. Una: «Ponele un sobretodo». Un abrigo, porque era un tipo muy frío. Y la otra: «Dale un sándwich», porque parecía famélico. Era de los tipos que tenían prestigio porque nunca les agradaba nada. Como si hubieran visto en otra época algo celestial. ¿Qué habrá visto este tipo que no le gusta nada?, te preguntabas. A lo sumo, si aparecía alguien tipo Messi o Maradona decían: «Juega bien». Y ya [risas].

Eran caballeros, pero luego en la grada…

Había uno, el Garfa Cortina, que era amigo de mi padre desde niño. A mí me había visto debutar en Villa Mitre, pero luego me pasé a Olimpo, que era el enemigo. Un equipo del centro, de la gente que tenía dinero. Una vez nos pintó la casa y cada vez que venía yo le abría la puerta y desayunábamos juntos. Una semana yo jugaba contra Villa Mitre, vino a casa como de costumbre, no lo mencionamos, el domingo salté al campo y me cayó una lista de insultos, «la puta que te parió, la concha de tu madre». Miré y era él. Pero el lunes volvió a casa tan pancho y me dijo «¿Qué hacés, negrito?», que así me llamaban, como si no hubiera pasado nada, y desayunamos. El tipo me quería, pero no podía evitar putearme porque me había ido al máximo rival.

¿Cómo fue ese debut en Villa Mitre?

Tenía solo once años, pero fue la emoción más grande de mi vida. Esta y cuando debuté en primera. Que te elijan entre doscientos niños ya te daba un estatus distinto y un respeto. En ese partido tuve gripe y no se lo dije a nadie, ni a mis padres. Ponerme la camiseta de Villa Mitre era lo más. He vivido muchas emociones en el fútbol, pero ninguna superior a esa. No aspiré a otra cosa que a jugar en ese equipo.

Pero luego, como ha dicho, fichó por el máximo rival.

Porque en Villa Mitre en esa época no cobrábamos. Fue el dinero, el vil metal. Me dieron un departamento solo por firmar. Y un sueldo, que alcanzaba justo para vivir, pero ya eras profesional.

Un día se dio cuenta de que no era una estrella.

Sí, fue con una selección de Bahía Blanca. Venían a jugar equipos de Buenos Aires en verano y nos enfrentamos a River. Estaban dirigidos por Renato Cesarini y había grandes figuras, Amadeo Carrizo o Ermindo Onega, gente de esa época. En un momento me dieron una pelota, yo era volante central, mediocentro, y entré para hacer gol; vi que Carrizo se tiró hacia mí, la crucé y le dio en los pies. Luego perdimos con dos goles de Lallana, un delantero que tenían. Yo tenía que haber amagado. Solo con no tirar, Carrizo se habría caído y habría hecho el gol. Ahí me di cuenta, me dije que si yo no amagué fue porque no estaba en ese nivel. Ese era mi tope.

Después de eso no pude ni volver a casa por mi padre, que era muy crítico conmigo. Sabía que me estaría esperando y me quedé en un bar hasta las tres de la mañana o las cuatro. Pensaba que ya estaría dormido cuando entré, pero nada más poner un pie en casa se encendió la luz y escuché: «Cómo fallás ese gol, tenés que amagar ahí» [risas]. ¡Yo lo sabía! Pero la emoción de hacerle un gol a Carrizo me pudo, era un ídolo, era como marcarle a Casillas.

Se retiró por una lesión.

Me rompí los ligamentos internos de la rodilla derecha. No me operé y debería haberlo hecho, entonces dije que para qué seguir.

Y se pone a estudiar Filosofía. ¿Por qué?

Ya había empezado a estudiar Pedagogía, pero yo quería encontrarle razones a la injusticia que había vivido y que vivía en mi barrio. Entonces, en los sesenta, en Argentina y en toda América Latina estábamos en un proceso de liberación, de construir una sociedad más justa. La carrera era Filosofía y Psicopedagogía y me ayudó mucho. Por ejemplo, yo era agnóstico, pero conseguí aprender y respetar la religión. Tuve contactos con el Movimiento de los Curas del Tercer Mundo y me di cuenta de lo lejos que estaba la gente de derechas de seguir el cristianismo.

El fútbol argentino que usted dejó atrás al retirarse estaba cargado de valores, usted alguna vez ha hablado de Rosario.

Cuando Menotti jugó en Boca, una vez iban perdiendo y Rattín, un ídolo local, le dijo: «Flaco, corré que nos matan». Y le contestó: «Lo único que falta es que yo para jugar al fútbol tenga que correr». Menotti proviene de Rosario [risas].

Es una ciudad que tiene un concepto de buen juego por encima de todas las demás. En todas partes te pedían que no tirases el balón a cualquier lado, que fuera a un compañero, pero en Rosario más, eran los puristas. Era la escuela del Trinche Carlovich, que nunca llegó a primera, pero que es un ídolo porque jugaba muy bien.

Otro día a Menotti con Boca le dieron una patada. Él, que tenía fama de frío, como he explicado, se dio la vuelta, salió corriendo detrás del tipo, se tiró a sus pies, le quitó la bola, recuperó, y luego Boca ganó. Fue el figura. Entonces Menotti volvió a Rosario, a su quiosco de siempre, a comprarse la revista, y el quiosquero no lo miraba. Le dijo Menotti: «¿Qué pasa? ¿No jugué bien?». Y le contestó: «Andate, ¿ahora tú también te tirás a los pies?». Tirarse a los pies del rival en Rosario era una traición al estilo. No lo permitían. Era una grosería.

En Bahía Blanca yo ya había vivido episodios similares. Recuerdo por ejemplo a Angelito Strano. Jugábamos un partido de la Copa Competencia, por eliminatorias. En el último minuto, no me acuerdo si íbamos empatados o perdiendo, pero nos pitaron un penalti que era decisivo. Nadie quería tirarlo y él se fue a por el balón. Angelito era un atrevido, no jugaba casi nunca porque no iba a entrenar. No iba con él. Y no lo ponían. Aquel día faltó alguien y salió. Y quiso tirar el penalti, pero lo hizo suavecito, muy despacio, a las manos del arquero. En el vestuario luego lo querían matar todos: «¡Qué hiciste, animal!». Y entonces el tipo recurrió a un concepto que era una forma de entender el juego. Era tartamudo, además, y dijo: «Co, co, co, con penales no se ga-ganan los par-partidos».

Eso era verdad; existía, ganar de penalti o de falta era ganar, te alegrabas, pero no estaba muy bien visto. Había que ganar con un gol de jugada. Ahora, nunca supimos si dijo eso porque lo creía o como excusa porque falló el penalti [risas].

Pero, años atrás, sí que existió Armando Galluci, yo era niño cuando jugaba en primera división en Bahía Blanca, pero tenía la particularidad de que tiraba los penaltis de rabona. Años después le preguntaron: «¿Armando, vos por qué tirabas los penaltis de rabona?». Y contestó: «Qué querés, de penalti…». Como diciendo que era mucha ventaja. Como si un Tyson peleara con un chico de quince años. Y luego con el tiempo leí a Di Stefano decir que ellos los goles de penalti no los celebraban. Levantaban la mano, no se iban a poner a llorar, pero no había euforia por respeto al rival. Esos eran los valores que existían en el fútbol. Podría parecer que un tío que se tiraba los penaltis de rabona fuese un pedante, pero no, era respeto.

Su ídolo era Ernesto Grillo.

Fue el que marcó el día que por primera vez Argentina le ganó a Inglaterra en 1953. Fue un gol de pillo; entró en el área por un lado, el portero se pensó que haría un pase y se la coló por el primer palo. Fue un 14 de mayo, que desde entonces es el Día del Futbolista Argentino. Grillo jugaba en Independiente, con las medias caídas. Yo tenía un póster que te daban comprando mermeladas Cirio. Me acuerdo hasta del eslogan: «Confitura Cirio, qué ricas que son y qué fuerzas que dan, confituras Cirio para toda edad» [risas]. ¡Estaba harto de comprarlas por el póster! No sé cuántas tuve que comprar hasta que el póster me salió de Grillo. Lo puse en el ropero, por la parte de dentro, y al ir a la cama, abría le ropero y me dormía mirando a Grillo.

El día que marcó Grillo, un periodista tituló: «Perón nacionalizó los ferrocarriles y Grillo el fútbol». Su juego era muy particular. Yo solo lo vi en Boca, donde decían que su forma de jugar ya había cambiado tras su paso por el Milan. Pero decían que iba corriendo y se paraba, subido con los dos pies encima de la pelota. Era una cosa… También era muy gambeteador, hacía goles… Su Independiente vino a España, con la famosa delantera de Micheli, Cecconato, Lacasia, Grillo y Cruz, que era la delantera de la selección argentina, jugó contra el Real Madrid y le metió 0-6. Durante veinte años el Madrid envió telegramas para jugar la revancha e Independiente no la quiso jugar nunca [risas]. Grillo era el símbolo de ese equipo.

¿Y Antonio Sastre?

Sastre estuvo en Independiente en los años treinta y cuarenta. Yo lo recuerdo por los cromos. Era Maril, De la Mata, Erico, Sastre y Zorrilla. Arsenio Erico era el ídolo de Di Stefano, un centro delantero paraguayo. Y Sastre era muy talentoso, muy de academia. Jugaba en todos los puestos, decía que tenía tanta pasión por el fútbol que le daba igual dónde le pusieran. Incluso llegó a jugar de portero.

Un fotógrafo argentino, Fredy Grunberg, me contaba siempre una historia de Reinaldo Merlo, de River, el Mostaza. Tras un partido en el que corrió por todo el campo, un periodista le preguntó «Pero vos, Mostaza, ¿cuántos pulmones tenés?». Y le contestó: «Uno, uno, como todo el mundo».

Sí, se equivocó, ¡pero lo dijo con toda humildad! Quería decir que no era mejor que nadie… [risas]. Me gusta mucho leer sobre los jugadores antiguos y he tenido la suerte de poder conversar con Di Stefano, con Pedernera, con Sívori… y de España con Chus Pereda, con Luis Suárez… para que me contaran. Creo que es importante conocer de dónde venimos. Mi padre nunca paraba de hablarme de esta gente.

Hubo un entrenador brasileño, Osvaldo Brandão, que dijo que Sastre les enseñó a ellos a jugar al fútbol cuando pasó por el São Paulo. Era la época de los «wines», los extremos, que los llamaban a todos «el Loco»: el Loco Bernao, el Loco Corbatta, el Loco Carro de mi ciudad; a todos les decían «loco» porque eran anárquicos, arbitrarios. Y eran «wines» de wing. Nosotros conservamos la terminología inglesa, aquí no porque Franco nacionalizó los nombres. Decíamos half, inside, el volante central era central half, que acabó siendo «centro has». O como órsay, que finalmente la Academia ha aceptado.

Se habla también de que Maradona es el mejor de Argentina con permiso de René Houseman, que luego también tuvo sus problemas, con la bebida en este caso.

Era un jugador de esos que salen y no sabes por qué. Menotti le entrenó en el Huracán, que salió campeón en el 73. Le pregunté al Flaco qué le decía antes de jugar y me dijo que nada, que a un jugador así no le podías decir nada, porque todo lo hacía por intuición. Este te gambeteaba en el aire, algo que solo se lo he visto hacer después a Mágico González. Saltaba y, cuando parecía que la iba a parar, hacía una cosa y te gambeteaba. Estaba al nivel de Garrincha y todos estos tipos. René no vivía el fútbol como nosotros, no le daba esa importancia. Se lo gastaba todo. Venía de una gira por Europa y le estaban esperando al llegar todos los amigos del barrio porque le había comprado una radio a uno, otra cosa a otro… Igual que Mágico.

Menotti me contó que una vez no fue a una concentración. Si no estaba Houseman era como si no estaba Messi. Se fueron a buscarlo al barrio y se lo encontraron jugando un partido en la calle por dinero. Eso se hacía mucho, y apostabas con tipos muy bravos. A Obdulio Varela, el uruguayo, le preguntaron si tenía miedo en Maracaná cuando ganaron allá y dijo: «¿Cómo voy a tener miedo? Miedo me da jugar en mi barrio por dinero». Entonces cuando llegó el Flaco vio que René no estaba jugando, estaba en el banquillo. Se acercó, le tocó el hombro y le dijo: «René, ¿qué hacés acá?». Y le contestó: «¿Que qué hago acá? Fíjese en el titular, es un fenómeno» [risas]. Pensó que le recriminaba que no estaba jugando.

Se dejó usted bigote nada más retirarse.

Las modas. Los que estábamos en la militancia de izquierda llevábamos o barba o bigote, era una manera de identificarse. Una vez que me lo dejé, me escondí detrás. Nunca me preocupó, pero yo sé que no soy Paul Newman y el bigote me viene bien para taparme la cara.

¿Cómo vivió el golpe de Estado?

Militaba en el peronismo de base. Esto lo conté una vez en México y el periodista escribió «terrorismo de base». Casi muero cuando lo leí. Nosotros éramos un movimiento de izquierdas que cuestionaba el liderazgo de Perón. En aquella época el golpe se veía venir, pero lo que no esperábamos fue su brutalidad.

Fue parte de un contraataque del poder económico en toda Sudamérica impulsado por Estados Unidos y también por las oligarquías autóctonas. El golpe en Argentina lo prepararon los civiles y los militares fueron el instrumento para imponer unas medidas económicas que venían de la escuela de Chicago.

La brutalidad la vimos enseguida. Los militares agarraban a uno, lo mutilaban y lo dejaban en un lugar bien visible. Era una campaña para aterrorizar a la gente. Estabas en una cafetería, aparcaba un coche en doble fila, salían unos vestidos de civil, se llevaban a alguien y la gente seguía como si nada. Pensaban la famosa frase «algo habrá hecho», estaban todos aterrorizados.

Usted ha dicho que estos días el fútbol le salvó la vida.

Es cierto. Llevaba unos panfletos en mi Citroën 3CV. No sé qué ponía, «abajo la dictadura», «militares asesinos». Nos subíamos a algún edificio o lugar estratégico y los lanzábamos. Un día me pararon en un control. El militar que me pidió la documentación me dijo: «Ah, sos Cappa, el futbolista». Dije que sí y me dejaron pasar sin revisar el coche. Ahí me dije: «Una como esta más no voy a tener». Y me fui del país.

Comentó en Público que guarda más rencor a los civiles que organizaron todo eso que a los militares, que no eran más que «mamarrachos que se creían patriotas».

No, a ver. Sí que les guardo rencor, porque además eran criminales, ladrones. Se constituyeron en una mafia al margen de las torturas. Cuando detenían a alguien después se llevaban los electrodomésticos. Antes de matar a alguien le hacían firmar una escritura por la que le daba la casa a un militar. Luego estaban esperando a que las embarazadas tuvieran el niño para quedárselo y matarlas a ellas. Lo que quería decir es que fueron el instrumento de un poder económico. No fue un golpe de cuatro locos militares.

Llegó a Madrid en 1976, al barrio de Canillas.

Lo que encontramos fue una solidaridad enorme de la gente. Fue conmovedor. Después de vivir en un hostal alquilamos una casa vacía, que no tenía nada. No me quedaba mucho dinero y los vecinos nos trajeron colchones, con mantas, con sábanas, comida… Tengo un recuerdo espléndido.

Luego trabajé de todo. Fui negro. Me mandaban ir a la Biblioteca Nacional a resumir libros. No sabía ni para quién ni para qué. Generalmente, eran capítulos referidos a lo sexual. Supongo que luego aparecían en los quioscos como libritos de bolsillo sobre sexo. Después iba a vender lámparas y vidrieras, vendí enciclopedias.

También estuve de contable. Trabajaba ocho horas. Entraba a las nueve y muchos días a las nueve y veinte ya había acabado mi trabajo, pero me tenía que estar hasta las ocho de la tarde. Me obligaban. Era terrible. Me veía ahí toda la vida y me daba algo… Les dije que me daba igual que no me pagasen la Seguridad Social, que la necesitaba para que me dieran la nacionalidad, que solo pedía poder irme de allí cuando acabase mi trabajo, pero no. Tenía que estar las ocho horas [risas].

Y al poco de establecerse se encontró con los asesinatos de Atocha.

Para mí fue como: «¿Y ahora dónde voy?». Si se interrumpía el proceso democrático y volvía la extrema derecha la cosa era peligrosa para todos nosotros. Por otro lado, en Argentina, con la Triple A, estábamos ya habituados a estas matanzas.

Aquí se unió a otros argentinos para pedir el boicot al Mundial.

Hicimos una revista, El Correo Argentino, para denunciar la dictadura. En el 78 pedimos el boicot al Mundial, pero luego nos juntábamos para ver los partidos, cantar los goles y festejar. Pero fíjate una cosa, en Argentina, mientras tanto, me enteré años después de que en la Escuela Superior de Mecánica de la Armada, la ESMA, el centro de torturas más importante, los presos veían los partidos junto con sus torturadores y gritaban los goles.

Igual es indecente decirlo, pero es que parece un sketch de Monty Python.

Se dieron casos muy raros, para estudio de psicología. También salieron parejas. Torturadores que terminan casándose o viviendo con una torturada, violada. Increíble.

¿Su amigo Menotti cómo llevó dirigir esa selección siendo comunista?

Me dijo que lo consultó con el partido y que le dijeron que no lo dejara, que ese era un momento de alegría de la gente. No le estaba haciendo el juego a la dictadura, sino que les facilitaba la posibilidad de reunirse. Y es verdad, la gente salió a la calle, se juntaron, cosa que estaba prohibida. La dictadura trató de aprovechar el deporte, lo hacen todos los Gobiernos.

Tiempo después, me fui a ver un Argentina-Holanda a Berna, en Suiza, para ver a Maradona, aunque era como la revancha, y estuve con unos amigos que llevaron una pancarta que decía: «Videla Asesino». Esa pancarta la taparon en la televisión argentina con un anuncio de la próxima actuación de Les Luthiers.

¿Cómo empezó a colaborar con Menotti?

Menotti necesitaba a alguien en Europa para pasar informes, a alguien a quien no conociera nadie. Un amigo común me recomendó y empecé a trabajar para la AFA. Nos conocimos en persona en Wembley, el día en que Maradona hizo ya la jugada en la que regateó a todos, pero esta vez se le fue fuera por poco. Por cierto, que Diego cuenta que su hermano le dijo después del partido que tenía que haber gambeteado al portero y que luego en el 86 se acordó, lo hizo y ahí sí la metió.

Cuando regresó a Argentina también se fue a verlo.

En el 81 la dictadura estaba en las últimas. Me estaba esperando mi padre con una entrada para un River-Boca; estaban Brindisi, Maradona, Kempes, Alonso… Empataron con goles de Kempes y Maradona. Recuerdo que le cayó la bola a Alonso, que era muy hábil, y escuché gritar a un hincha: «¡Humille, Beto!». Ahí me di cuenta de que estaba en Argentina. Le pedían que no solo ganase al rival, no bastaba, había que humillarlo jugando bien, con algún caño, alguna jugada.

En el Mundial del 82 ya trabajó para Menotti viendo a los posibles rivales.

Por suerte me tocó Brasil y disfruté como un loco. Argentina no tuvo la ambición del 78 y tuvo mala suerte de perder el primer partido contra Bélgica, el cual, por cierto, vi junto a Serrat en el Camp Nou. Parece increíble, pero a Francia después de ganar Mundial y Eurocopa le pasó igual. O a España… Se desinflan. Pasa un ciclo y…

Cuando Menotti llegó al FC Barcelona siguió contando con usted como ojeador. ¿Qué tenían de particular sus métodos, sus entrenamientos? Se dice que lo cogió todo de su época como futbolista en el Santos de Pelé.

Tomó cosas. Menotti era un tipo muy observador. De los que son entrenadores ya cuando son jugadores, como Guardiola. En el Santos jugó una temporada. Estaba en The Generals, en Estados Unidos, y se enfrentaron al Santos. Pelé le vio y le dijo: «Qué hacés acá, vente con nosotros». Pero Menotti jugaba en su puesto, de 10. Cuando llegó al Santos el entrenador le preguntó dónde quería jugar y le contestó que de 10. Y el entrenador le dijo: «Bueno… acá lo va a tener difícil» [risas]. Estuvo de suplente, porque jugaban Dorval, Mengálvio, Coutinho, Pelé… y sacó muchas cosas viéndoles, en los partidos y en los entrenamientos.

Al Barcelona le hacía jugar sin balón… pero como si lo tuviera. Con un balón imaginario.

Sí, iba él diciendo por dónde iba la bola y les hacía desmarcarse, moverse, achicar. Era un creador en los entrenamientos. Improvisaba cosas de acuerdo a cómo veía a los jugadores. Lo veías desde fuera y parecía que respondía a algo muy planificado, pero lo que tenía preparados eran los conceptos, no la forma de trabajarlos. Aquí iba diciendo «¡La tiene Migueli!». Y Migueli hacía como que tenía la pelota. «Se la pasa a Julio Alberto, ¡la perdimos! Achican ahora, vamos a recuperarla». Iba relatando el partido.

Pero lo que estaba haciendo era utilizar la pizarra para explicar algo, solo que en el mismo campo. Entonces el público barcelonista no era como ahora, no tenían la cultura de la posesión, había que ir hacia delante, te silbaban si pasabas la pelota para atrás. Para Menotti era mejor una pelota hacia atrás segura que dividida hacia delante, y eso no se entendía.

Yo, como ojeador, lo que pasé fue frío. Una vez en un Osasuna-Cádiz me tuve que ir a casa. Era en diciembre, me acuerdo que Mágico González estaba con guantes y leotardos sin moverse en el campo, quieto. Hacía un frío tremendo. Me tuve que ir al hotel corriendo a tomarme una sopa. Años después fui entrenando al Tenerife y aguanté porque la gente que estaba al lado me pasaba el Pacharán. Pero ser ojeador me sirvió para conocer a Valdano. El Barcelona jugaba con los rivales que iba dejando el Zaragoza y entonces me encontraba siempre con él.

A Menotti le ganó Clemente con su Athletic de Bilbao luchador.

No, no, tenía muy buenos jugadores. Nadie gana con equipos luchadores solamente. Sarabia, Argote, De Andrés… eran muy buenos. Sin Clemente habrían jugado mejor al fútbol, no me cabe duda. No ganaron porque Clemente fuese rácano, sino porque eran buenos. Menotti tuvo mala suerte. Maradona se contagió de hepatitis y luego se le lesionó, y Schuster se dislocó un dedo y se quedó dos meses fuera. Menotti decía: «Con todos los jugadores que tengo se me lesionan dos: Schuster y Maradona».

En el 86 Argentina ganó el Mundial con Bilardo.

Bilardo tuvo una virtud muy importante, convocó muy buenos jugadores. Batista, Burruchaga, Enrique, Maradona, Valdano… Eran muy buenos, y Maradona estaba en su esplendor.

Su primera experiencia como entrenador fue en Banfield. Puso en marcha un sistema que le criticaban llamándolo «tiqui-tiqui», del que decía usted: «Hay que diferenciar el tiqui del toque».

Teníamos que quedar entre los cuatro primeros para entrar en lo que iba a ser la segunda división nacional, que se estaba creando. Íbamos últimos, el presidente me llamó y me dijo: «Aquí hay mucho tiqui-tiqui, mucho pase, y hay que ganar los partidos». Luego salimos primeros y nos clasificamos. Entonces el presidente, como ocurre, ya fue muy amigo mío. Ahí empezó el tema del tiqui-tiqui. Después, en el Real Madrid también nos lo decían como algo peyorativo. Nos acusaban de tener mucho pase.

Hay tópicos en el fútbol muy difíciles de derribar. Se cree que la posesión es un lujo que tú te das. Como si les dices a los jugadores que no pueden tirar a puerta si no han dado equis pases. Eso es una tontería. Si se juega con la pelota, vamos a tenerla para crear una situación de gol. Si se puede en dos toques, mejor que en cinco. Pero la ocasión tendrá que llegar en los toques que sean necesarios. No es una opción estética, que sería válida de todos modos, es eso.

Supongo que cierta satisfacción sí sentiría cuando el Barça y España ganaron todo haciendo lo que aquí se dio en llamar tiquitaca.

Lo más fácil es la lucha, el coraje… Cruyff me lo dijo un día claramente. Le pregunté: «Johan, ¿por qué hay tan pocos entrenadores que se adhieran a esta manera de jugar?». Y me respondió: «Muy fácil, porque hay que saber». Lo otro es «Venga, luchar» y ya está. En cambio, para jugar al fútbol bien hay que saber, y eso es más difícil. Y luego está el periodismo, que siempre vio mal ese juego. La crítica periodística vive de etiquetas, como «vertical», «primera etapa», «intensidad». Un equipo pierde y es que no tuvo «intensidad». Si gana, «es intenso». De pronto llegaba el Barça tocando, dos, tres veces, y salía Iniesta solo por la banda y les pilló de sorpresa a todos. No lo esperaban.

¿Y cómo criticar a Guardiola si ganaba todos los días? ¿Cómo criticar a España si ganó lo imposible jugando así? Pero fíjate que perdieron contra Suiza en Sudáfrica y ya saltaron. Yo siempre digo que la inteligencia está bajo sospecha. El inteligente perturba. Mira lo que le costó a Iniesta ser titular. Y a Xavi, que estaba ya por irse del Barça. Dos jugadores que pasarán a la historia del fútbol como dos de los más importantes. Iniesta tuvo que marcar en Wembley a Inglaterra para ser aceptado. Recuerdo que en aquella época en la que yo defendía a Iniesta, una vez contra Irlanda salió Albelda, que me parece un gran jugador. Pero yo no lo entendía. Para mí había mucha diferencia futbolística entre él e Iniesta. Y alguien, que no voy a decir quién, me dijo: «Para luchar, Ángel, que Irlanda es muy luchadora». Entonces le contesté yo: «Si va a jugar solo Albelda va a perder, porque son once luchadores contra uno. ¿Por qué no jugamos mejor al fútbol y ya está?».

Mira cómo critican ahora a Guardiola, y Mourinho, que va por detrás en la tabla, les parece normal. Está más aceptado lo que hace. A mí esto me cuesta entenderlo.

Ese Banfield marcó el gol de su vida.

Salimos jugando desde el fondo. Había dos jugadores, Benítez y García, que fueron subiendo la pelota tocándola. Según subían, la gente se iba levantando de sus asientos. Fue uno de esos momentos mágicos que ocurren también en el fútbol, como en el teatro y en el cine, en los que se para el tiempo. Cuando uno se instala en la eternidad. La jugada siguió, uno recibió el pase, se abrió de piernas y la dejó pasar; otro la recibió, regateó al portero y marcó. La gente deliraba. Yo me quedé sin palabras. Después me dieron la grabación del gol donde un locutor decía: «Si somos respetuosos con el fútbol, aquí tiene que acabar el partido». Uno aspira a esos momentos mágicos. Vale lo mismo si lo metes con el culo, pero no es lo mismo.

Luego dirigió la cantera del Boca de Menotti, pero cogió al primer equipo.

Menotti tuvo una urgencia, una brida, una oclusión intestinal, y me hice cargo del equipo cuatro partidos. Menotti entonces era como Guardiola en el Barcelona. Si le decía a un jugador: «Hola, cómo andás», el futbolista se conmovía. «Andá, mirá lo que me dijo Menotti» [risas]. Yo tuve que llegar a la concentración y dar la charla al día siguiente. Jugaban Gatti, Higuaín, Tapia, Rinaldi… tenían entidad. Afortunadamente, ganamos. Dejé el equipo en la final y ahí se lo devolví a Menotti.

Gatti seguía ahí y ya tenía cuarenta años.

Cuatro porteros me han deslumbrado. Carrizo, de River. Gatti, Ubaldo Fillol e Iribar. Gatti, concretamente, por el dramatismo que le quitaba al juego. Y por cómo se anticipaba a la jugada. En el entrenamiento, cuando le tiraban, decía por dónde iba a ir la bola para ver si acertaba. Y era un portero que jugaba, no atajaba. En una entrevista le pusieron una parada de Fillol que era imposible. Le cabecearon, voló y la paró. El periodista le preguntó a Gatti: «¿La habría atajado usted?». Porque Gatti no era de volar. Y dijo: «Yo no, pero a mí no me cabecean» [risas].

Iribar también se anticipaba. Todos los disparos los recibía quieto, parecía que era fácil, pero estar ahí no lo era, plantado donde iba el tiro.

Cuando luego fue a Huracán, les puso como ejemplo a los delanteros a Hugo Sánchez.

Al Toti Iglesias, concretamente. Yo en Madrid veía que Hugo Sánchez definía todos los goles a un toque. No me lo podía creer. Así que me fui al Bernabéu una temporada a ponerme detrás de la portería a mirar solamente a Hugo Sánchez. Del mismo modo que antes ya había ido a mirar solo a Butragueño, pero para disfrutar. Hugo se ubicaba en el lado contrario del que venía la jugada. Le permitía estar siempre de cara a la jugada, perfilarse muy bien. Cosa que hace de manera excepcional ahora Luis Suárez. Siempre está perfilado para el gol, una virtud que no tiene Diego Costa, por ejemplo. Lo de Hugo se lo enseñé a Toti Iglesias y lo incorporó.

Del Mundial de Italia, del que se criticó su juego, usted siempre dice que no le gustó ni a Kissinger.

Porque escribió un artículo en El País criticándolo. Lo tengo guardado. Como buen representante de los explotadores, que eso es lo que era, además de un asesino —ahí están los documentos desclasificados donde se prueba cómo mataron a Letelier, o a los generales que no se sumaron al golpe de Pinochet—, a Kissinger le acabó gustando el fútbol porque lo veía como un buen instrumento de dominación. En el Mundial del 90 se dio cuenta hasta él de que era un desastre. Decía que Argentina no tiró a puerta en la final y que el fútbol así no podía ser.

¿Cómo se gestó la dupla que hizo con Valdano en Tenerife?

Hay un poema de Benedetti que dice «con tu quiero y con mi puedo vamos juntos, compañero». Yo tenía experiencia y él no, pero yo jamás habría accedido a esos equipos sin su nombre. Hicimos esa dupla tan productiva no por los triunfos, sino por las vivencias, porque fueron cuatro años en los que nos lo pasamos muy bien.

En Tenerife teníamos muy buenos jugadores. Estaba Redondo, que era extraordinario. Fue de los mejores que yo he visto en ese puesto. Tenía una convicción futbolística a prueba de balas. Le gustaba la pelota. Se cuidaba. Jugaba para ser el número uno. Decías: «Con este voy a cualquier lado, en cualquier cancha y contra cualquiera». También estaban Pizzi, Chano, Estebaranz… era una gran plantilla.

Y le dio dos noches negras al Real Madrid.

El primer partido lo perdió el Madrid, nosotros jugamos mal. Si lo ves ahora y le quitas los goles crees que ganó el Madrid, pero estaban tan nerviosos que se hicieron dos goles ellos solos. El de Rocha y la jugada famosa de Sanchís y Buyo. En el segundo no, el Tenerife jugó mucho mejor que el Madrid y eso que no estaban ni Redondo ni Chemo del Solar. Pero ellos no perdieron la liga en estos partidos, ya se habían dejado un montón de puntos antes. De hecho, nosotros el primer año también ganamos al Barcelona. Se ha quedado la leyenda de que le quitamos las ligas, pero no fue exactamente así. Además, en el segundo año nos jugábamos la UEFA.

También recuerdo que el Madrid vino con un psicólogo que les había dicho a los jugadores que no pensasen que el año anterior habían perdido el partido, sino que imaginasen que se les había muerto un familiar y fueron a su funeral. Entonces les dijimos a nuestros jugadores que, en el campo, les recordaran que no se había muerto nadie el año anterior, que habían perdido como les iba a volver a pasar.

Esa temporada, la atención estaba en Madrid y Barcelona, mientras se libraba una batalla mucho más dura por la UEFA que involucraba no solo al Sevilla y al Tenerife, sino a dos filosofías: el bilardismo y el menottismo.

En Sevilla nos ganaron 1-0 y en Tenerife les metimos tres. Fíjate lo que es el bilardismo, recuerdo que iban perdiendo 3-0, tomaba la pelota Simeone y Bilardo le gritaba «No, pará, pará», porque lo que no quería era que le metieran más goles.

El escritor sevillista José Lobo se queja de que, si las victorias hubiesen valido tres puntos, habrían ido ellos a la UEFA, que ustedes llegaron gracias a los empates.

No lo sé. Hubo mucha rivalidad en el primer partido que jugamos, tuvo mucha repercusión. Echaron a Maradona porque Redondo y Pizzi se le tiraron a los pies y el árbitro le sacó tarjeta amarilla a Pizzi, pero Maradona le dijo que había sido el cinco, Redondo, que ya tenía tarjeta, y echaron a Maradona por protestar. Para mí, ese día, con lo que me quedé fue con la primera vez que, en una falta, vi que la tirasen por abajo.

Maradona se esperó a que la barrera saltase y se la coló por debajo de los pies. Luego lo han hecho otros, creo que Messi la ha metido, pero Maradona, aunque estuviera de vuelta en Sevilla, seguía siendo descomunal.

En la 94-95 ficharon por el Real Madrid.

Me vino bien por mi suegra, que no cenaba si perdía el Madrid. Después de lo de Tenerife, que se le quedó el champán en la nevera, a mis hijos les daba miedo ir a su casa [risas].

Tenían que acabar con la hegemonía de Cruyff.

Nunca lo vi así, es la primera vez que lo escucho. Solo pensábamos en ser campeones.

Pero fue con una propuesta más parecida a la de Cruyff después de que «el nuevo Sacchi», Benito Floro, no resultara.

Programamos un centro del campo con Míchel, Redondo, Laudrup y Martín Vázquez. Entones muchos periodistas nos preguntaban: «¿Y quién se la quita al rival?». Yo no entendía, les replicaba: «Pero ¿por qué les dan la pelota a los rivales si la vamos a tener siempre nosotros?».

Les recibieron con pintadas en el Bernabéu que decían «no queremos ni rojos ni sudacas».

Fue una parte de extrema derecha del Fondo Sur. Todavía cuando opino hay fascistas que, diga yo lo que diga, me critican por la ideología de izquierdas que tengo. Yo lo que dije en aquel momento fue que los ladrillos sobre los que ellos insultaron a un sudaca estaban ahí puestos por un sudaca. Por Di Stefano.

La Quinta iniciaba el declive.

Míchel todavía estaba bien. Butragueño ya no estaba tan vigente, pero él lo tomó bien. Por dentro estaría mal, pero lo asumió con naturalidad, como un caballero, que es lo que es.

¿Redondo interrumpió la trayectoria de Milla?

Posiblemente, no lo sé. Los jugadores de primera para mí se dividen en buenos, muy buenos, excelentes y cracks. La diferencia entre Milla y Redondo es que Milla era excelente y Redondo, un crack. Pero cuando Redondo no estuvo, Milla jugó de forma notable.

Ustedes han cargado siempre con que no querían a los jugadores que fueron los más destacados ese año: Amavisca y Zamorano.

Es un mito que no hay manera de destruir. Yo estaba empeñado en traer a Cantona, lo que me dejaba fuera a Zamorano, que no quiso irse. Dijo que se iba a quedar a ganarse el puesto. Y lo hizo de cara, de buenas maneras. Pero Amavisca nunca fue cuestionado. En ningún momento. No sé por qué se le incluyó, será cosa de algún dirigente.

Usted escribió de Amavisca al final del año: «Fue clave todo el año, pero será mejor cuando agregue pausa».

Amavisca tal vez con un poco de pausa habría jugado un poco mejor, pero ahora con el paso del tiempo creo que tal vez no era un jugador de pausa. Si se paraba, jugaba peor. Amavisca era mejor con carrera. Seguramente el equivocado fuese yo.

Martín Vázquez jugó mucho ese año, pero para usted siempre buscaba la opción más complicada.

Es cierto, porque tenía mucha calidad para hacerlo, y la más complicada es la que desconcertaba al rival. Si tenía un pase fácil para el lateral derecho, él ya había visto que el izquierdo estaba entrando entre dos rivales y se la ponía. Esa era la más complicada y la hacía por su exuberante calidad.

Hierro y Sanchís le producían deleite.

Yo había sido defensor y me ocupaba de la línea de atrás. Nunca he visto una pareja de centrales mejor. Todo es opinable, igual un mourinhista me mata, pero creo que mejor que Hierro y Sanchís no ha habido nada. Los dos se compenetraban. Hierro se anticipaba al espacio, porque, como no era rápido, buscaba cortar el juego porque sí era rápido mentalmente. Sanchís era rápido en tramos cortos y en el mano a mano, infranqueable.

Cuando teníamos el partido ya definido me gustaba que los rivales encarasen a Sanchís solo por el placer de ver que nadie podía pasarle. Además, con la pelota era muy hábil porque había sido centrocampista. Luego Quique Flores también era notable atrás. Decían que no marcaba bien, lo que se dice de todos los defensas que son buenos con la pelota, y sí era buen marcador. Era intuitivo, de los laterales más completos que vi. Chendo por su parte era extraordinario en la marca.

Chendo, que le tiró un caño a Maradona.

El fútbol al revés, dijo Valdano. Los pajaritos se tiraron a las escopetas. Pero es cierto, le tiró un caño y le sacaron tarjeta a Maradona porque le hizo falta. Todo al revés.

Hicieron debutar a Raúl. Citó a Miguel Hernández para describirlo en su día: «es como el niño yuntero, masculinamente serio».

Fíjate los niños yunteros, lo que describe esa poesía, lo que tenían que hacer. Raúl era así, ponía cara de hombre siendo un niño de diecisiete años. Salió de una ocurrencia que traje de Argentina de hacer una selección con los mejores de la cantera, entrenarlos y jugar con ellos una vez por semana. Ahí apareció, con una capacidad goleadora que le va a durar hasta que tenga ochenta años. En dos amistosos vimos que estaba a la altura de cualquiera, por eso lo incorporamos. Luego fue creciendo, como les ocurre a todos los jugadores inteligentes, van incorporando el conocimiento del juego a sus virtudes naturales. Lo único que pudo vencer a Raúl fue el tiempo.

Lo del Odense fue un mazazo.

Tengo el partido grabado y lo veo de vez en cuando. Allí fue facilísimo y en Madrid tuvimos, sin exagerar, quince ocasiones de gol. Ellos en un contragolpe hicieron uno. A pesar de perder, estábamos clasificados. Hubo un córner. Valdano y yo nos desesperamos gritando que no subieran a rematar. Pero con ese espíritu de querer ganarlo todo, subieron y en el rebote nos hicieron el segundo. Después, en el vestuario le dije a Valdano que íbamos a salir campeones. No por subir la moral, sino porque solo nos quedaba la liga.

Una liga coronada por el 5-0 al Barcelona.

La jornada antes habíamos ganado 0-5 al Valladolid, el equipo tenía mucha confianza. Nunca nos planteamos hacerle cinco al Barcelona, pero el equipo jugó bien y en el primer tiempo, 3-0, tres goles de Zamorano. Cuando entramos al vestuario había una euforia incontrolable. Todos gritaban. Los jugadores sí que se acordaban del 5-0 que habían sufrido en contra en año anterior. Míchel, que estaba con muletas, bajó al vestuario, tiró las muletas, se puso a abrazarse a todos. Nosotros no podíamos ni hablar.

Quique Flores, que había recibido una falta fuerte de Stoichkov, estaba en la camilla y gritaba: «¡Yo sigo, yo sigo, estoy bien!». Había una locura. No me dieron bola a decirles que había que ganar el partido. Y salí convencido de que les metíamos cinco. Cuando hay esa locura, cuando hasta Laudrup gritaba… Luego, al final del partido, se me acercó, así como era él, serio, y me dijo: «Yo gané diez a cero» [risas]. Para mí fue el día de Zamorano. Hizo tres, y luego en el cuarto tiró al palo y la empujó Luis Enrique, y el quinto fue otra vez un pase de Zamorano, que esta vez remató Amavisca.

El año siguiente empezó mal, perdiendo la Supercopa contra el Deportivo, y la temporada fue un desastre.

La situación institucional del club era muy complicada. Querían reemplazar a Mendoza y para ello lo cercaron económicamente. Mendoza dijo que se iba si le perdonaban el aval que había puesto para ser presidente, y ahí estaba la lucha. Dentro del club no le dejaron dinero para fichar y los bancos no le dieron crédito. Tuvimos que traer jugadores lo más baratos posible.

Ustedes pagaron el pato de esa situación en la oportunidad de su vida.

Podíamos haber salido campeones cuatro años seguidos. Sabíamos que había que renovar la plantilla, cosa que se hizo al año siguiente. Nosotros lo intentamos, no pudimos hacerlo y los jugadores se enteraron. Así que nos quedamos sin fichajes y a malas con la plantilla. Petkovic y Rincón, que no eran malos jugadores, vinieron porque costaron muy baratos.

Rincón se encontró con las pintadas también: «Negros no».

Fíjate la cantidad de negros que vinieron al Madrid después. Aparte de esto, a él le afectó la situación que se vivía, que no era normal. Todo eran nervios, un clima que no era el adecuado. Pero Rincón era un jugador extraordinario.

El Ajax de Van Gaal les dio un baño en Champions.

En Ámsterdam no, incluso diría que estuvimos mejor, pero en Madrid nos dieron un baile extraordinario. El Bernabéu en silencio, recuerdo que se oía el ruido de la pelota: tac, tac. Nos ganaron 0-2, pero porque les anularon dos goles que nadie sabe por qué. Perdiendo 0-2 yo estaba mirando la hora. No existimos.

Su sociedad con Valdano se rompió ese año, él dijo que ustedes dos no eran «hermanos siameses».

Hice unas declaraciones que fueron error mío porque comprometí a todos los demás. Dije que no me quedaría en caso de que no hubiera un proyecto y que en ese momento no lo había. Cosa que era verdad, pero comprometí al resto del cuerpo técnico. Si se quedaban, mal. Si se iban, yo lo había provocado. Yo era un tipo muy calentón, entonces. Reflexioné y me eché atrás. Luego en la comisión directiva les hubiera dicho de todo por lo hipócritas que eran, porque sabía cuáles querían que el equipo fuera mal para echar al otro ¡porque me lo habían dicho en privado! Y con Valdano también hubo diferencias, naturalmente. Diferencias lógicas, porque no se puede pensar exactamente igual siempre. El grupo bicéfalo que éramos, que había funcionado hasta ese momento, ahí se rompió. Él desde ese día tuvo su forma de ver las cosas y yo otra distinta.

El mayor enemigo del Madrid muchas veces es él mismo con sus intrigas palaciegas.

Suele ocurrir. Tampoco es un hecho extraordinario en el fútbol…

El Rayo les echó ganando en el Bernabéu.

Ahí la situación ya estaba rota. Era complicadísima. De lo que me acuerdo es de Ezequiel Castillo encogiéndose de hombros, diciéndonos que lo sentía. Sabía la situación que estábamos viviendo, pero tenía que ganar su partido.

Reapareció usted con Las Palmas de Valerón y el Turu Flores.

Valerón era un crack, verdaderamente. Dominaba todas las facetas del juego y como persona es más bueno que el pan. Pero al tercer o cuarto partido se rompió el menisco. Hay que tener mala suerte. El Turu era extraordinario también, pero había que verlo con un bote de aspirinas al lado, porque te volvía loco en cada jugada con sus ocurrencias, pero, de repente, cuando estabas a punto de sacarlo del campo, te hacía un gol maravilloso, un gol que ni Pelé. Era así el Turu.

Y le echaron tras perder con el Valencia de Valdano.

Otro mito, ya me habían avisado de que no seguía antes de ese partido. Recuerdo que esa directiva también… me dijo uno: «Mire, yo no entiendo de fútbol, pero…». Al salir de esa reunión ya le dije a mi mujer que hiciera las maletas. Pero fue un error mío. Lo manejé mal. No debí haberlo hecho desde el conflicto. Teníamos que haber hecho el equipo el primer año y tratar de ascender el segundo. Pero había urgencias. Los directivos están todos cortados por el mismo patrón. Los entrenadores tienen esperanzas, alegrías, temores, dudas, certezas. Los directivos solo tienen miedo, nada más.

Después de una mala racha en México y en el Tenerife, ganó su primer título como entrenador en Perú.

Ya lo gané en Madrid.

Me refiero como primer espada.

Éramos dos espadas, esto lo voy a defender porque era verdad. Valdano y yo éramos una dupla. No es por presumir ni por nada: es que éramos dos.

En Perú tuve una experiencia maravillosa. Nos pagaron solo dos meses y los directivos se marcharon. Nos dejaron a jugadores y cuerpo técnico solos sin cobrar. Poníamos dinero nosotros para ir pagándole algo a los chicos porque no tenían ni para el autobús. Hicimos una reunión, decidimos no marcharnos, pero si seguíamos tenía que ser a muerte. Y salimos campeones. Todavía se recuerda allí ese campeonato. Salíamos diciendo que jugábamos por la hinchada. Fue hermosísimo. Y cuando estábamos celebrando el título aparecieron de nuevo todos los directivos. En el hotel les dijimos que les obsequiasen con algo a los jugadores para celebrar, y ni las cervezas pagaron. Las tuvimos que pagar nosotros.

En Huracán, se apodó al equipo «Los Ángeles de Cappa». Según encuestas en prensa argentina, el equipo favorito de los aficionados en los últimos años.

Lo más bonito fue que ese equipo demostró que el fútbol argentino tiene una identidad y la gente celebra cuando se juega como ellos lo sienten, se gane o no. Todavía voy a Buenos Aires y la gente de Huracán se baja de los coches y me abraza. Tuvieron que apelar a lo más turbio de la corrupción del fútbol argentino para quitarnos el campeonato. Jugábamos contra Vélez en su campo en el último partido, donde nos jugábamos los dos el título. Tengo indicios de que el árbitro y los jueces de línea cometieron errores decisivos y no fue de forma involuntaria.

Se interrumpió el partido por el granizo, hubo un gol de Huracán válido que se anuló y después ellos le hicieron falta al portero en un choque, perdió la pelota, le cayó a uno de ellos y gol. Fue un partido con pocas ocasiones y el árbitro tuvo que aprovechar esto alevosamente porque no tuvo más oportunidades, si no, empatábamos y ganábamos el campeonato. Hubo un periodista que hizo una nota que tengo guardada donde le agradecía a Brazenas, el árbitro, que nos robase, porque haber ganado habría sido vulgar, estarías a la altura de cualquiera que ganó, escribió. Nosotros merecimos ganar y nos robaron el campeonato, por lo tanto, seguimos siendo románticos. Me llegó, aunque era irónico todo, por supuesto.

Los hinchas de Vélez le gritaban despectivamente «subcampeón».

Fíjate cómo esta sociedad solo valora y respeta el triunfo, el éxito. Ser subcampeón es una deshonra.

Dice que, en la actualidad, peor que se juega en Argentina no se juega en ninguna parte.

Se perdió la identidad. Los jugadores están simplemente para irse. El campeonato es un escaparate para venderlos. Y lo de los dirigentes es un caos absoluto y una corrupción total, un desastre. Ahora han surgido entrenadores jóvenes que vuelven a defender el fútbol. Pero salen jugadores, como Pastore, que estuvo en veinte partidos en primera y se marchó. Como Higuaín, como Aimar, cualquiera que nombres. Es muy difícil hacer nada. Es un campeonato para vender jugadores. Además, ahora irá a peor, porque quieren privatizar los clubes, convertirlos en empresas, en esta oleada privatizadora de Macri.

Usted habla de que existe fútbol de derechas y fútbol de izquierdas. Yo, la verdad, si quisiera transmitirle a mi hijo los valores del sindicalismo a través del fútbol, le pondría a la Grecia que ganó la Eurocopa. Un equipo que teniendo menos que los demás, por su solidaridad entre ellos, su compromiso, lograron imponerse a todos.

El compromiso colectivo es una virtud destacable, el compromiso con una idea, pero también se puede tener compromiso para asaltar un banco. Hay que ver para qué es ese compromiso. Si tienes una banda y atracas un banco, tienes un compromiso para el mal. Estados Unidos también tuvo un compromiso en las Azores para invadir un pueblo y quitarle el petróleo. El compromiso en el juego es para jugar bien o para jugar mal. Se puede tener un compromiso, como el del Celta de Vigo, que con un equipo modesto juega bien al fútbol. Porque no hay ninguna receta que me diga que yo voy a ganar con este juego o con el otro. Lo más racional es que se gana jugando lo mejor posible. Siendo defensivo también, pero con un fútbol modesto ser campeón es muy difícil.

También se puede comprometer uno con grandes jugadores para que el rival no juegue, que lo respeto, pero yo creo que uno debe comprometerse para jugar bien. Porque no se trata solo de ganar, el fútbol también es para disfrutar. El fútbol es un animal de dos cabezas, la eficacia y la belleza. Si le quito la belleza, también puedo ganar. Y si le quito la eficacia, me queda la belleza. Pero también podría perder quitando la belleza, y habría perdido dos veces. Y si gano jugando bien, como dice Xavi Hernández, gano dos veces. Yo apuesto por eso. La izquierda le da valor a la belleza y la derecha no, en términos generales, a ellos les importa la eficacia, el dinero y punto. Lo importante es tenerlo. Aunque destruyas el planeta. Como Bush, que no firmó Kioto porque la economía no podía parar. Podía romper el planeta, pero no la economía.

¿Cómo logra un entrenador hacer causa con los jugadores?

No hay una norma. Lo principal de un entrenador es crear un compromiso colectivo sobre una idea. Esta es la idea y nos comprometemos todos a defenderla. El mérito extraordinario que tiene Simeone es eso. Estableció una idea y los jugadores cumplen esa idea a rajatabla. Ahora, ¿cuál es la receta? No la hay. ¿Cuál es la receta para conquistar a una persona, a un hombre o a una mujer? Hay quien lo hace con la fama, otros con el dinero, otra opción es el conocimiento… En mi caso, hablo mucho [risas]. Pero no hay receta. Para el entrenador es igual. No voy a decir el nombre, pero había un entrenador en Argentina, uno de los que más triunfos logró en el país y con distintos equipos, que era muy hábil para elegir los jugadores, y después se hacía querer por ellos. En las concentraciones estaban hasta las cuatro de la mañana jugando a las cartas, con whisky, fumando, jugando al billar. Era increíble. Y la charla que les daba era solo «Venga, vamos, vamos». ¡Y se mataban por él los jugadores! ¡Lo amaban! Lo querían como a un hermano. Luego otros son rígidos y también les responden, o no. Porque es que no hay una norma.

Para insultarle a usted le llaman filósofo.

Claro, o poeta. Porque para la ideología dominante los filósofos y los poetas sobran. Yo jamás traicioné lo que pienso. Me equivoqué, muchas veces, pero nunca renuncié a lo que pienso para sacar ventaja.


Antonio Ubaldo Rattín, de profesión caudillo

Rattin en el partido Alemania-Argentina del Mundial de Inglaterra, 1966. Fotografía: Cordon.

«Yo quiero que usted estudie porque el fútbol es cosa de vagos», repetía una y otra vez el Tano Rattín a su hijo. Eran tiempos en los que el deporte, al menos en Argentina, apenas daba de comer a unos cuantos privilegiados y el padre de Antonio hizo cuanto estuvo en su mano para que el nene no se le descarriara, para que hincase los codos sobre el escritorio en lugar de andar metiendo pierna en el potrero y consagrase su buena cabeza a las letras y los números, negocio más provechoso que arriesgarla como un gil en cada disputa aérea. Sin embargo, y muy a su pesar, el chaval terminó por dar el salto al fútbol profesional, vistió la camiseta de Boca Juniors en más de trescientos cincuenta partidos oficiales y defendió los colores de la selección argentina en dos mundiales pero nada de eso importó a don Bartolomé, nadie  pudo convencerlo jamás de acudir a un estadio para ver jugar a su hijo.  

No andaba muy errado el viejo del Rata en su diagnóstico: del fútbol vivían cuatro y la mitad dedicaban más horas a la cultura del bulín y las botineras que a la del esfuerzo. No fue el caso de su hijo, quien siempre tuvo presentes sus prioridades y terminó convertido en mucho más que un buen futbolista o un gran capitán. A imagen y semejanza de su gran ídolo, el millonario Néstor Rossi, Rattín se hizo acreedor al título honorífico de caudillo, una figura casi olvidada en el fútbol moderno y que él mismo explicaba en una carta escrita a principios de la década de los ochenta, ya retirado: «En mis tiempos de jugador, antes de salir al campo me repetía siempre lo mismo: Rata, vos sos un mal necesario en el equipo; podés jugar bien, mal o regular pero tenés que dar ejemplo de entrega y debés respaldar a tus compañeros. A través de aquellas experiencias puedo intentar una definición de los que es y representa un caudillo: un tipo que no es un crack, que normalmente no deslumbra a nadie con su habilidad pero que es respetado y que con su voz, su voluntad y su presencia puede resultarle muy útil a su equipo. Como decía al principio, y en definitiva, un mal necesario».    

Antes de convertirse en figura, Rattín empezó a llamar despertar el interés de los mejores equipos de Buenos Aires en los campeonatos juveniles Juan Domingo Perón. Nacido en Trento pero afincado en Tigre, jugó varios partidos con las inferiores del gran equipo del barrio pero siempre con documentación falsa, una argucia bastante habitual en aquellos tiempos para esquivar la lentitud de la burocracia y ofrecer una oportunidad inmediata a nuevos talentos. Las primeras ofertas que recibió no resultaron demasiado alentadoras en lo económico y la austera realidad del fútbol argentino parecía empeñada en dar la razón a su padre: Chacarita le ofreció una bicicleta o cinco mil pesos por firmar su primer contrato profesional mientras que Tigre se comprometió a regalarle un traje completo, incluidas la camisa y la corbata. Tras seguirlo de cerca durante varios partidos, y consciente de que el chaval comenzaba a flirtear con el profesionalismo, Bernardo Gandulla le pide que firme por Boca Juniors con las siguientes palabras: «Pibe, venga a Boca porque usted tiene condiciones y va a triunfar; no tenga duda». Rattín, sin embargo, acepta la oferta por una razón muy distinta: le gusta la combinación de colores del uniforme bostero, tanto que jamás vestirá otra camiseta salvo la albiceleste del combinado nacional.  

Como su padre se niega a mover un dedo por facilitar la aventura del hijo descarriado, son los amigos del barrio quienes acompañan al Rata a su primer partido con la camiseta azul y amarilla. Se trata de un amistoso contra Lanús y lo primero que llama su atención al entrar en el vestuario son las botas, groseramente tuneadas con tres cintas adhesivas de color blanco en los laterales, a imitación del logo de Adidas. Cuando el utilero se acerca para informarse sobre la talla del recién llegado se topan con un pequeño problema. Antonio tiene los pies demasiado grandes, en los sacos no hay botas del número 45, así que, tras consultar con el árbitro del partido, Rattín termina debutando en zapatillas. El debut en partido oficial llegaría unas semanas después y el rival sería River Plate, el equipo acaudillado por su gran ídolo, Néstor «el Pipo» Rossi. De nuevo se niega el viejo Tano a dar su brazo a torcer, así que a la cita se presenta el futuro ídolo xeneize a bordo de una vieja camioneta Chevrolet que sus amigos se han agenciado para la ocasión.

En su palmarés destacan los cinco títulos nacionales conquistados con Boca Juniors y una Copa de la Naciones con Argentina, torneo organizado por Brasil para celebrar su recién conquistado título mundial de 1962. El peso de Rattín en su selección, su condición de nuevo caudillo albiceleste, queda patente en el duelo entre argentinos y brasileños cuando Pelé, desquiciado por las marrullerías de su marcador, noquea de un cabezazo al Chino Mesiano. Mientras los auxiliares atienden al defensa, el Rata se acerca al banquillo y solicita al seleccionador Minella la entrada de Roberto Telch, el centrehalf suplente: «Don Pepe, meta a Telch que del negro me encargo yo». El Oveja, que es como todo el mundo llama a Telch por el rizado extremo de su pelo, observaba los acontecimientos sentado en la banqueta, descalzo y comiéndose un perrito caliente, pero su ingreso al partido resulta determinante. También el marcaje de Rattín a Pelé. En un córner a favor de la canarinha, el astro brasileño se acerca al argentino y le pide firmar un pacto de caballeros: nada de golpear sin balón de por medio. «Usted juegue tranquilo que yo, sin balón, no le voy a pegar», promete el argentino. Huelga decir que el Rata cumple su palabra, el estadio Pacambú termina coreando la exhibición de la albiceleste y al día siguiente, en señal de profundo respeto, Pelé se presenta en el hotel de concentración argentino para disculparse con Mesiano y felicitar a Rattín.  

Sin embargo, el momento más recordado en la longeva carrera del Rata será su expulsión en el Mundial de Inglaterra, en 1966. El partido llega precedido de cierta polémica por las designaciones arbitrales y la violencia desmedida de los argentinos en su partido contra Alemania. El sorteo de colegiados para los cuartos de final se celebra sin la presencia de los delegados de Argentina y Uruguay quienes, siempre según su versión, son citados una hora más tarde y se encuentran con todo decidido: el duelo entre Inglaterra-Argentina lo pitará un alemán mientras que el Uruguay-Alemania correrá a cargo de un árbitro inglés. Las sospechas se vuelven certezas cuando Rattín es expulsado por apenas señalarse el brazalete y pedir explicaciones al colegiado tras la señalización de una falta. Indignado, el Rata se dirige a la grada y se sienta sobre la alfombra roja que delimita el palco real del estadio de Wembley. Cuando le indican que no puede quedarse allí, se dirige desafiante hacia los vestuarios entre la algarabía de una afición inglesa que le arroja chocolatinas y cerveza a su paso, gestos que el caudillo devuelve estrujando la bandera inglesa que flamea en uno de los banderines de córner. «Sabían que nos habían robado. Estaban tan avergonzados que al día siguiente me fui de compras y el taxista no me quiso cobrar la carrera. Los ingleses son así de honrados, son una raza especial».

El 28 de Julio de 2015, la directiva de Boca Juniors hacía justicia al viejo caudillo e inauguraba una estatua en su honor para acompañar las de otros ídolos bosteros como Maradona, Riquelme o Guillermo Barros Schelotto. Alejado del mundo del fútbol y dedicado a la venta de seguros, el Rata recibía por fin el merecido reconocimiento tras demasiados años de abandono institucional. Entrevistado por los diferentes medios presentes, el hijo de don Bernardo preguntaba a todos los reporteros si se distinguía bien el brazalete de capitán, al tiempo que ponía algún que otro reparo a la escultura: «Me siento muy agradecido pero creo que yo soy más lindo». A su especial condición, y la de otros tantos como él, dedica también Roberto Fontanarrosa uno de sus cuentos más celebrados: «Wilmar Everton Cardaña, el 5 de Peñarol». El relato del Negro es un canto a la figura casi mitológica del caudillo, a ese mal necesario que definía el propio Rata, a todos esos guardianes de los viejos códigos del fútbol. «Yo sé que es difícil imaginar, suponer, adivinar, una personalidad tierna y sensible escondida tras la carnadura hosca y prepotente del capitán. Yo entiendo que no es sencillo intuir el gesto amable o la frase cordial en un hombre que hizo del encontronazo cruel, la pierna arriba o el gesto acerbo una marca personal e indeleble a lo largo de su prolongada campaña. A lo sumo, admito, era factible entrever en él la grandeza, el coraje y la hombría de bien reconocida incluso por aquellos que fueron víctimas, encarnizados rivales o detractores». Así define Fontanarrosa a su imaginario Cardaña, unas palabras que incorporan un poco de Rattín, de Pastoriza, de Tito Gonçalves, de Zoco, de Baresi y hasta de Carles Puyol, quizás el último exponente de una estirpe en claro peligro de extinción: el fútbol moderno se ha vuelto demasiado democrático, cómo no odiarlo.


Rodolfo Walsh, la pluma y la pistola

Rodolfo Walsh. Foto: Marco Rodriguez Garrido (CC).

—Hay un fusilado que vive.

Rodolfo Walsh era un solvente escritor de novelas policiales e incipiente divulgador cultural cuando en diciembre de 1956 alguien le soltó esa frase que cambiaría su carrera y lo auparía al altar de los grandes maestros de la literatura y el periodismo en español. «Hay un fusilado que vive», escuchó en el café donde solía jugar al ajedrez. El comentario no era del todo correcto. Del primer fusilado se pasó a un segundo, luego a un tercero… Y resultó que había siete fusilados que vivían. Walsh, de cuna conservadora y católica, se sumergió entonces en una minuciosa investigación sobre los fusilamientos perpetrados durante la sublevación del general Valle en junio de 1956. El resultado fue Operación Masacre, obra de culto del periodismo de denuncia. Veinte años después de su publicación, Walsh se convertiría en objetivo prioritario del régimen cívico-militar que tomó el poder a la brava en 1976. Oficial primero de la organización armada Montoneros bajo los alias de Esteban y Neurus, el escritor había evolucionado políticamente con los años y estaba decidido a llevar hasta sus últimas consecuencias su compromiso con la lucha revolucionaria. Cuando cayó en una emboscada de un «grupo de tareas» de la dictadura, en marzo de 1977, llevaba un maletín donde horas antes había guardado para su distribución varias copias de su testamento literario, la Carta abierta de un escritor a la Junta Militar. Llevaba también, ajustado a la ingle, un revólver que usaría antes de ser acribillado en una esquina de Buenos Aires.

En una edición cubana de Operación Masacre y ¿Quién mató a Rosendo? (la otra gran crónica larga de Walsh) el escritor Leonardo Padura, autor del prólogo, advertía hace ya una década sobre la dificultad de encuadrar esas obras en un género literario concreto y concluía, como otros expertos, que tanto Walsh como otros cultivadores ilustres de la denominada crónica narrativa (de Norman Mailer a Gabriel García Márquez) enriquecieron los principios del oficio borrando esa frontera invisible que separa el periodismo de la literatura de ficción y moldeando un nuevo género literario, catalogado desde entonces de muy diversas maneras. El éxito de esa aventura literaria —sostenía Padura— radica en la permanencia que alcanzaron esos textos, «vivos y palpitantes cuarenta, cincuenta años después de escritos, capaces de mantenerse muy lejos del infinito cementerio en el cual ya está muerto y enterrado el periódico que leímos ayer».

Ese género que aborda los hechos con las herramientas del periodismo y luego los procesa con las armas de la ficción no tiene por su propia naturaleza híbrida una fecha concreta de alumbramiento. Walsh fue en todo caso uno de los precursores de esa nueva manera de contar la realidad. Operación Masacre se publicó por entregas entre enero y junio de 1957, primero en el periódico Revolución Nacional y luego en la revista Mayoría. Es decir, casi una década antes de que irrumpiera en Estados Unidos la saga de periodistas y escritores del denominado new journalism. Pero la discusión sobre quién puso la primera piedra del periodismo narrativo parece banal. Antes de Walsh ya habían experimentado con ese mestizaje literario Manuel Chaves Nogales, George Orwell o Ernest Hemingway… Y antes de ellos hicieron lo propio John Reed, José Martí o Rubén Darío. En todo caso, Walsh inscribe su nombre con lustre en la selecta lista de aquellos que se adelantaron al proceso de etiquetado que se registra a mediados de los años sesenta cuando Tom Wolfe y Truman Capote publican sus primeras obras de referencia. Cada autor aportó al género sus propias características estilísticas y conceptuales. Las investigaciones de Walsh, provistas de una abrumadora avalancha de datos y fuentes, están narradas con la pluma de un escritor excelso que ya había hecho sus pinitos en la novela policíaca. Ritmo, suspense y una calculada economía del lenguaje. Una argamasa literaria a la que Walsh sumó además la denuncia social.

La autodenominada Revolución Libertadora que derrocó a Juan Domingo Perón en septiembre de 1955 no solo forzó el exilio del general; proscribió el peronismo y llenó las cárceles de presos políticos. Meses después, algunos oficiales descontentos con el nuevo régimen se confabularon para tomar el poder. La fecha elegida para la sublevación del general Juan José Valle (al mando de los conspiradores) fue el 9 de junio de 1956. Esa misma noche, Walsh, que todavía no ha cumplido los treinta años, juega plácidamente al ajedrez en un café de La Plata cuando los tiros alteran a la parroquia del local. Su ciudad ha sido uno de los focos de la sublevación. Y de camino a su casa se topa con muertos y balaceras. Pero esos incidentes que observa en primera persona no serán los que le muevan a escribir la historia de la Operación Masacre, aunque su recuerdo se activará enseguida cuando escuche esa voz seis meses después en el mismo café:

—Hay un fusilado que vive.

Juan Carlos Livraga se llama el fusilado que vive. Tiene la mejilla y la garganta perforadas. Cuando Walsh lo localiza, todavía no sabe que son en realidad siete los «resucitados». Son los supervivientes de los fusilamientos que el régimen del general Aramburu perpetró en la localidad bonaerense de José León Suárez. Son los muertos vivientes de una operación que se llevó por delante las vidas de cinco civiles, totalmente ajenos a la sublevación de Valle aquel fatídico 9 de junio de 1956. Con la ayuda de la joven reportera Enriqueta Muñiz, Walsh va recabando documentación en los juzgados y las comisarías de la provincia de Buenos Aires. Y reconstruye con la paciencia de un entomólogo toda la trama de la Operación Masacre. Primero nos presenta a las víctimas de esa trama, trabajadores del barrio de Florida, en el partido bonaerense de Vicente López. Y acto seguido nos relata los hechos del 9 de junio con una prosa vertiginosa, ágil, lapidaria: la sorprendente detención, la angustia de los trabajadores, el traslado al basurero de José León Suárez, la displicencia de los policías, el grotesco y chapucero fusilamiento, y cómo siete de los doce detenidos logran escapar amparados por la noche o haciéndose pasar por muertos (a Livraga le darán varios tiros a bocajarro y ninguno lo matará).

Nadie hasta entonces había reparado en esas víctimas que dejó la represión. Orquestado por varios militares opuestos al régimen de Pedro Eugenio Aramburu, la sublevación no había contado con el apoyo de Perón (por entonces exiliado en Panamá). Oficialmente, la rebelión, sofocada en cuestión de horas, dejó una treintena de muertos entre militares y civiles. Cuando Walsh apenas comenzaba a tirar del hilo, pensó que debía apurarse para publicar la historia antes de que los grandes medios enviaran una legión de reporteros. No ocurrió nada de eso, como anotaría más tarde en la introducción a la segunda edición del libro:

Es que uno llega a creer en las novelas policiales que ha leído o escrito, y piensa que una historia así, con un muerto que habla, se la van a pelear en las redacciones, piensa que está corriendo una carrera contra el tiempo, que en cualquier momento un diario grande va a mandar una docena de reporteros y fotógrafos como en las películas. En cambio se encuentra con un multitudinario esquive de bulto (…) Es cosa de reírse, a siete años de distancia, porque se pueden revisar las colecciones de diarios, y esta historia no existió ni existe.

Nadie quería asomarse en 1957 al agujero negro de la represión. Con una identidad falsa, el periodista se refugia en una casita del delta del Tigre, al norte de Buenos Aires, y allí va tejiendo pacientemente los mimbres de una historia que conjuga el vértigo de una novela negra de Dashiell Hammett con la carga de profundidad de una denuncia social lanzada en plena dictadura.

Descendiente de irlandeses, Rodolfo Jorge Walsh nació en Lamarque, en la provincia de Río Negro, el 9 de enero de 1927. Tras recibir una educación religiosa, a los catorce años se instala en Buenos Aires y trabaja desde muy joven en lo que le sale al paso, desde limpiar cristales hasta vender antigüedades. Un trabajo como corrector y traductor en la editorial Hachette lo conecta con el periodismo y comienza a colaborar en las revistas Leoplán, Panorama y Vea y Lea. Con apenas veintiséis años publica su primer libro de cuentos, Variaciones en rojo (1953), y a renglón seguido Diez cuentos policiales argentinos y Antología del cuento extraño. En esa época, mediados de los años cincuenta, Walsh vivía casi alejado de la política activa. Había coqueteado de adolescente con el antiperonismo y la derecha nacionalista e incluso había defendido el golpe de 1955 contra Perón.

Como subraya el ensayista Eduardo Jozami en su libro Rodolfo Walsh, la palabra y la acción, la evolución ideológica de Walsh muestra las distintas aristas que presenta su figura, mucho más compleja de lo que pudiera desprenderse de su férrea militancia política durante los últimos diez años de su vida. Esa evolución, por otra parte, coincide con la propia transformación que vivieron los líderes de Montoneros, una organización que se gestó en el seno de grupos de derecha católica. Jozami recuerda en su libro las palabras de afecto y admiración que profesa Walsh en un artículo hacia uno de los aviadores que participaron en el derrocamiento de Perón: «Es notable, a la luz de la evolución posterior de Walsh, este homenaje, meses después de que aviones de la Marina bombardearan la plaza de Mayo el 16 de junio, dejando centenares de muertos». Walsh nunca trató de ocultar ese pasado. «No soy peronista —escribió en la revista Mayoría en septiembre de 1958—,  no lo he sido ni tengo intención de serlo (…) Puedo, sin remordimiento, repetir que he sido partidario del estallido de septiembre de 1955 y no solo por apremiados motivos de afecto familiar —que los había—, sino que abrigué la certeza de que acababa de derrocarse un sistema que burlaba las libertades civiles, que fomentaba la obsecuencia por un lado y los desbordes por el otro».

La ebullición política y social que vive Argentina en los años sesenta explicará en parte ese viraje ideológico del escritor y su posterior adhesión a Montoneros, con cuya cúpula llegaría a disentir sobre la estrategia a seguir cuando la derrota de la «juventud maravillosa» era ya un hecho y los muertos y desaparecidos en sus filas se contaban por miles.

Ricardo Masetti y Ernesto Guevara, ca. 1958. Foto: Prensa Latina (DP).

Otra influencia decisiva en el pensamiento de Walsh fue su viaje a la Cuba revolucionaria de 1959. Su amigo Jorge Ricardo Masetti, con quien había coincidido durante su militancia en Alianza Libertadora Nacionalista, fue el cerebro de un proyecto con el que Fidel Castro y el Che Guevara querían contrarrestar los ataques mediáticos de Estados Unidos en plena guerra fría. A Masetti lo había llamado el propio Che Guevara pocos días después de que los barbudos entraran en La Habana en enero de 1959. La Operación Verdad acababa de nacer. Y Masetti era el enlace de los comandantes cubanos con la prensa latinoamericana. Con ese impulso se fundaría Prensa Latina, que en pocos meses de vida ya contaba con corresponsalías en más de veinte países y emitía más de cuatrocientos cables diarios. Entre los colaboradores de lujo de la agencia figuraban Gabriel García Márquez, Juan Carlos Onetti y Jean Paul Sartre. Cuando Masetti le propuso que le acompañara en esa aventura, Walsh no lo dudó. Si había un país en el que se estaba decidiendo el futuro de América Latina era Cuba. Casi dos años permaneció Walsh en la isla. La confianza de Masetti en él era tal que enseguida lo nombró responsable del Departamento de Servicios Especiales de la agencia para elaborar los reportajes de mayor profundidad. Su mejor servicio a la Revolución se produjo casi de casualidad, cuando un buen día se coló por error un mensaje encriptado entre la maraña de teletipos que llegaban a la redacción de Prensa Latina. Con unos conocimientos mínimos en criptografía, Walsh descifró que el cable había sido enviado a Washington por el jefe de la CIA en Guatemala e informaba sobre los planes para invadir Cuba y el lugar exacto del país centroamericano donde eran entrenados los exiliados cubanos que participarían en la acción (más tarde concretada en la frustrada invasión de Playa Girón en abril de 1961). García Márquez relataría más tarde en un artículo aquella prodigiosa revelación de Walsh. El periodista argentino abandonaría Cuba definitivamente antes de la invasión de Playa Girón. Su entrega total a un proceso revolucionario tardaría unos años y se materializaría en su propio país.

Si Operación Masacre fue un punto de inflexión en la carrera de Walsh, la publicación de ¿Quién mató a Rosendo? en 1968 marca definitivamente el cruce entre la literatura y la política en la carrera del escritor. Esa segunda obra de no ficción de Walsh narra el enfrentamiento a balazos entre dos sectores del sindicalismo peronista ocurrido en la localidad bonaerense de Avellaneda en mayo de 1966. Uno de los tres muertos que dejó el tiroteo fue Rosendo García, dirigente de los obreros metalúrgicos. Como hiciera en Operación Masacre, el autor recurrió a un minucioso trabajo de documentación, a numerosas fuentes orales y a la descripción detallada  de sus personajes, deteniéndose en los líderes de las dos facciones enfrentadas: Timoteo Vandor, cabeza visible del sindicalismo conservador, y Domingo Blajaquis, pope comunista (y otro de los tres muertos en el enfrentamiento). La investigación realizada por Walsh arrojaba conclusiones alarmantes sobre el respaldo que el establishment había prestado a Vandor (cuyos hombres fueron los responsables de las muertes, según Walsh). El jefe de ese sindicalismo conservador que defendía un peronismo sin Perón sería asesinado en 1969 por un comando armado, presumiblemente del grupo Descamisados, germen de lo que luego sería Montoneros, el grupo peronista de izquierda al que pertenecería Walsh hasta el final de sus días.

La fundación de Montoneros en los años setenta coincide con la maduración política de Walsh, que acepta a regañadientes el paso a la clandestinidad de la organización en septiembre de 1974 tras sus fuertes choques con el peronismo más recalcitrante. Para entonces, Walsh defiende ya una suerte de literatura armada en la que el escritor y el militante sean un todo. Pronto asume tareas de inteligencia para la guerrilla y defiende la lucha armada como método para la toma del poder.

El golpe de Estado de marzo de 1976 le obliga a redoblar las precauciones en la clandestinidad. La mayoría de los jefes montoneros abandonan el país pero Walsh rechaza la propuesta de viajar a Roma. Cuando se estrecha el cerco para cazarlo, se refugia junto a su compañera, Lilia Ferreyra, en una casa de San Vicente, en la provincia de Buenos Aires. La capital ya ha dejado de ser segura. El autor de Los oficios terrestres será testigo de los horrores de un régimen empeñado en la eliminación física del enemigo. Victoria, la hija mayor de Walsh, será una de las primeras víctimas. En diciembre de 1976 el periodista lanza la «Cadena informativa», un intento de romper el muro de la censura: «Cadena informativa puede ser usted mismo (…) Reproduzca esta información, hágala circular por los medios a su alcance: a mano, a máquina, a mimeógrafo (…) Vuelva a sentir la satisfacción moral de un acto de libertad. Derrote al Terror». Antes había creado ya en Buenos Aires una agencia clandestina, ANCLA.

En esa casita de San Vicente Walsh vuelve a sentirse escritor, como le confiesa a un compañero. Allí escribirá su último relato, Juan se iba por el río, que ostenta tal vez el triste récord de ser el primer cuento «secuestrado-desaparecido» de la historia de la literatura. Lilia Ferreyra, fallecida en 2015, fue la encargada de transcribir un texto del que siempre solía recitar su comienzo: «Juan Antonio lo llamó su madre. Duda era su apellido. Su mejor amigo, Ansina y su mujer, Teresa». El único borrador del cuento fue incautado por los agentes que irrumpieron en la casa de San Vicente después de que Walsh cayera en la emboscada. Solo otra persona alcanzó a leer el relato. Fue un preso de la Escuela de Mecánica de la Armada (ESMA), el temible centro de detención clandestino a donde llevaron a un Walsh moribundo. Martín Gras, que sobrevivió al terror de los militares, lo vio llegar y después se las arregló para leer algunos de los papeles que sus captores habían dejado en el sótano de la ESMA. En un encuentro posterior con Ferreyra en Madrid, Gras pudo rememorar algunas escenas de ese último cuento de Walsh donde se narran las tribulaciones de un hombre —el último argentino del siglo XIX— curtido en mil batallas que observa el horizonte desde una orilla del Río de la Plata. Ese hombre se anima al final a cruzar el río, pero no sabremos qué pasará con él. Ferreyra solía decir que lo importante era su decisión de cruzar el río, una actitud que comparaba con el compromiso de Walsh para denunciar los crímenes de la dictadura desde la peligrosa trinchera de la clandestinidad.

Y no hubo una denuncia más contundente de esos crímenes que la Carta abierta de un escritor a la Junta Militar, una auténtica bomba discursiva que Walsh terminó de escribir el 24 de marzo de 1977, un día antes de su caída:   

Estas son las reflexiones que en el primer aniversario de su infausto gobierno he querido hacer llegar a los miembros de esa Junta, sin esperanza de ser escuchado, con la certeza de ser perseguido, pero fiel al compromiso que asumí hace mucho tiempo de dar testimonio en momentos difíciles.   

La Carta constituye un breviario de los desmanes que cometieron los militares en el primer año de su reinado del terror. Como oficial de Inteligencia de Montoneros, Walsh estaba al tanto de muchas denuncias realizadas por los militantes o sus familiares, sabía perfectamente que muchas de las supuestas bajas en combate del enemigo que anunciaba el régimen eran en realidad ejecuciones de activistas. Pero Walsh va más allá en su alegato al poner de relieve la importancia de las connotaciones económicas de la dictadura. El escritor vislumbró ya en ese momento la estrecha relación entre la represión y el saqueo económico que sufrieron las clases populares tras el golpe de Estado de 1976:  

Estos hechos, que sacuden la conciencia del mundo civilizado, no son sin embargo los que mayores sufrimientos han traído al pueblo argentino ni las peores violaciones de los derechos humanos en que ustedes incurren. En la política económica de ese gobierno debe buscarse no sólo la explicación de sus crímenes sino una atrocidad mayor que castiga a millones de seres humanos con la miseria planificada.

Las horas finales de Walsh están marcadas por un cúmulo de infortunios y un cierto abandono de las estrictas medidas de seguridad que hasta entonces había cumplido a rajatabla: la avería del coche en el que deberían haber ido a Buenos Aires él y Lilia, el encuentro fortuito en la estación de tren de San Vicente con el hombre que les gestionó la venta de la casa de campo y que les entregó allí mismo una copia del contrato que Walsh guardó en su maletín, la cita-trampa con el compañero que lo había contactado bajo presión ya en manos de los militares… Walsh, que desde aquel 25 de marzo pasó a engrosar la lista de los treinta mil desaparecidos de la dictadura argentina, logró enviar al correo varias copias de su Carta, dirigidas a diversos medios de comunicación. Pero nadie se atrevió a publicarla en Argentina. Sí lo hizo poco después el periódico venezolano El Nacional.

Al contrario que Juan Carlos Livraga y el resto de «fusilados vivientes» de la Operación Masacre, Walsh no sobrevivió a la emboscada del grupo de tareas 3.3.2. de la ESMA en el barrio porteño de San Cristóbal. Consciente de que su suerte estaba echada, el escritor se defendió con su revólver y logró herir a uno de sus atacantes antes de recibir una descarga de balazos. ¿Quién mató a Rodolfo Walsh?, se preguntaba El Nacional al publicar la Carta del intelectual montonero. Hoy, cuarenta años después de su desaparición y cuando la obra de Walsh ha alcanzado las más altas cimas de la literatura y el periodismo latinoamericanos, la pregunta que sigue sin respuesta es dónde están los restos del escritor, un enigma que sus asesinos —algunos de ellos todavía vivos— nunca han querido revelar.

Buenos Aires, 2011. Foto: Marcos Brindicci / Cordon.


Pino Solanas: «La deuda es el mayor hecho de corrupción de la historia contemporánea de Argentina»

Pino Solanas para Jot Down 0

Fernando Ezequiel Solanas o, como le llama todo el mundo, Pino Solanas, (Buenos Aires, 1936) es un raro ejemplo de artista y político de izquierdas. Por ser ambas cosas y, lo que es más difícil, ambas en el buen sentido de la palabra, y con todas las letras, con lo fácil que es perderse haciendo las dos cosas a la vez o incluso solo una de ellas. Quien quiera entender cómo Argentina llegó al desastre de 2001 debe ver Memoria del saqueo (2004), tremendo documental rodado en la calle en los días de los asaltos a los bancos. Solanas fue premiado ese año con el Oso de Oro del Festival de Berlín a su carrera. Porque lleva toda la vida en esto, una vida en la que ha luchado con dictaduras, con gobiernos corruptos y con la expoliación de su país. Una carrera que ha ido sacando adelante casi en solitario, primero con la ficción (Sur fue premiada en Cannes en 1988,La nube, en Venecia en 1998, entre otras), y luego con el documental. Tras Memoria del saqueo siguió retratando su país con radiografías nítidas y brutales que le han convertido en una autoridad moral en Argentina. Por su «voluntad de justicia y de belleza», como ha dicho el escritor Eduardo Galeano, o porque «el pensamiento y la acción de Pino Solanas son como agua fresca en el desierto», según Adolfo Pérez Esquivel, premio nobel de la paz.

La biografía de Pino Solanas está repleta de viajes. En 1975 recibió amenazas de muerte de la Triple A (Alianza Anticomunista Argentina, comandos terroristas policiales de extrema derecha que perseguían opositores). Luego escapó de un intento de secuestro de los comandos de la Marina, así que huyó a Europa. Volvió a Argentina al caer la dictadura en 1983 y se metió de lleno en el cine y la política porque entró en un partido en 1992. Lo dejó en 1997 y volvió al cine, pero en 2007 regresó de nuevo a la política. Va y viene de la política y el cine o nunca se va realmente de ninguna de las dos. Ahora es senador y acaba de estrenar Laguerra del fracking, un documental sobre los riesgos de una nueva técnica de extracción de gas y petróleo con inyecciones de agua en profundidad que está cambiando el mapa energético. Un asunto muy desconocido, árido, complicado, como todos los que suele afrontar para intentar hacerlos públicos, conocidos y claros. Pasa por Roma a presentarlo y aprovechamos para hablar un rato, de eso y muchas otras cosas, en la terraza de un pequeño hotel del barrio de Monti, con un café y un vaso de agua. Debe leerse, claro está, imaginando el acento porteño.

¿Cómo descubre esta palabra, fracking?

No me acuerdo bien. En Estados Unidos denominan así en la jerga petrolera el fracking, la fractura hidráulica. Hay un gran yacimiento en Patagonia que se llama Vaca Muerta, que desde hace dos o tres años están con esta historia que el Gobierno toma como la quimera del oro. Si bien es cierto que es un yacimiento con grandísimos recursos, recién en cuatro o cinco años se sabrá cuántos son de reserva. Hay una diferencia entre recursos y reserva. La reserva es aquello que económicamente es rentable, puede ser producido. En los océanos hay recursos extraordinarios, pero es muy caro sacarlos, por eso no cuentan como reservas. Hay mucho mito con esto. Bajo el punto de vista ecológico el fracking es una grandísima amenaza a las capas de agua potable. Esta metodología de trabajo es horizontal, bajan en profundidad y cada equipo puede tener seis, siete, ocho brazos… La fractura hidráulica provoca una suerte de pequeña explosión al inyectar 30 millones de litros de agua mezclados con decenas de sustancias químicas, algunas hasta radioactivas. Todo aquello produce un shock muy grande. Estas cosas son incontrolables. Al fundamentalismo científico hay que contestarle. No ha podido prever las grandes catástrofes de estos años a consecuencia del cambio climático. La ciencia siempre tiene un límite. Cuando se juega con la contaminación de las capas de agua es grave. El mayor recurso, el más preciado de la humanidad, es el agua.

¿Qué acogida ha tenido la película en Argentina? ¿Ha tenido una buena distribución?

Los documentales, y más mis documentales, no hay quien los pase. Antes se pasaban pero hoy en día nos hemos degradado mucho. Salvo cuatro o cinco pequeñas salas de arte, el resto son los multiplex americanos, las cadenas, y en general este tipo de cine no lo toman. Pero por ejemplo este documental del fracking lo estrenamos en la web.

En Internet se encuentran libremente casi todas sus películas. ¿Es algo deliberado o escapa a su control?

Yo soy un partisano de la web libre, libre acceso a la cultura a través de las redes, de la misma manera que la pintura, la literatura, tiene que tener libre acceso. ¡Libre acceso a la cultura! Lo cual no quiere decir que un tío baja las películas y las comercializa. Eso es delito. Todas mis películas yo las coloco en la web, pero te digo… antes de que las coloque ¡ya están! [Risas].

El fracking es un asunto aún muy desconocido para el gran público pero que tiene una importancia enorme.

Enorme, se juega todo.

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El Wall Street Journal acaba de publicar que Estados Unidos, tras cuarenta años de autarquía, por primera vez va a comenzar a exportar gas y petróleo, porque prevé que en breve se va a convertir en el primer productor de ambos gracias al fracking, se ha volcado en eso. Cambiará mucho, por ejemplo, su prisa por entrar en algunas guerras a causa del petróleo.

Lamentablemente yo no tengo información tan preciada. Conozco esas versiones, pero hay otras versiones que vienen también de Estados Unidos que contradicen exactamente eso.

¿Y qué dicen?

Confunden recursos por reservas. En el mejor de los casos, la reserva es el 1% o el 2% del recurso. Pero vuelvo a decir, a lo mejor el desinformado soy yo. En California hay una de las zonas más preciadas para el fracking y hay estudios recientes que dicen que es un fiasco. Lo que se creía que era cien es cuatro, lo cual no lo hace un recurso tan extraordinario desde el punto de vista económico. Y desde el punto de vista ecológico el fracking es una barbaridad. El argumento más sólido a su favor, que los caños van cementados, es una enorme mentira, la tierra tiene movimientos. Por ejemplo Vaca Muerta es zona sísmica, de baja graduación pero lo es. Quizás en dos o tres años no pasa nada, pero más adelante, en seis, siete, ocho años, los caños se oxidan. En todos los yacimientos nuestros hay veintitantas mil denuncias de equipos que han tenido grandes derrames.

En España ya se está moviendo también algo desde hace algunos años. Han empezado a hacer estudios para explotaciones de fracking en algunas zonas del País Vasco, Cantabria, Castilla y León. Y el Gobierno del Partido Popular parece inclinado a apoyarlo.

¿Sabes al final quién lo mueve mucho? Lo impulsan mucho las multinacionales de servicios y de equipos. Hay tres o cuatro que tienen la tecnología. Schlumberger, ¿cómo se llama la otra?

Halliburton, que también estuvo en la guerra de Irak contratada para la logística.

¡Halliburton, eso! Que es de Dick Cheney, el vicepresidente de Bush. Son ellos los que alquilan y proporcionan los equipos, tecnologías con patentes, etcétera, y al mismo tiempo encuentran asociados en empresas de servicio locales.

A veces conectadas con el poder político.

Y con el negocio. Porque donde antes tenías que llevar un camión de agua ahora tienes que llevar cien camiones. Todos los insumos son un negocio millonario para las empresas de servicios locales. Tú te encuentras en Argentina que los grandes promotores de fracking son las grandes y pequeñas empresas de servicios, y los trabajadores de esas empresas. ¡Los trabajadores! ¡Te conviertes en un enemigo público número uno!

En España se ha creado un lobby, formado por la propia industria, que se llama Shale Gas España, para promover el fracking. Tienen un web de información donde contestan a todas las preguntas y curiosidades sobre el tema. Le leo algunas de ellas a ver qué le parecen. Una: «¿Por qué las empresas no desvelan las sustancias químicas que se utilizan en la fracturación hidráulica?». Respuesta que dan ellos: «La composición de los compuestos utilizados se revela a las autoridades competentes. Además la industria se compromete a mantener informados a los ciudadanos acerca de los compuestos que se utilizarán».

Todo eso es una enorme mentira. Mira, en Estados Unidos no funciona el principio precautorio. Cuando se lanza un producto, un medicamento, no hay nada que lo limite. Es bueno hasta que no se demuestre lo contrario. Del otro lado tenemos otra teoría, la que dice el obispo de Neuquén en la película, que es el principio precautorio: si hay alguna posibilidad de daño, si no hay cien por cien de seguridad, mejor no probar. Por otro lado los delitos ambientales, los estragos, se verifican con el tiempo. Las contaminaciones, la degradación de la naturaleza, no se constatan en el momento.

Le leo otra de las preguntas de Shale Gas España: «¿Aceptan las operaciones a la calidad del agua?». Respuesta: «No puede contaminar los acuíferos porque no crea ninguna conexión entre estos y los yacimientos».

Ya. ¡Atraviesan las capas de agua, las atraviesan! Pero eso parte del presupuesto de que lo nuestro es perfecto y nunca va a tener un accidente. Las propias petroleras argentinas denuncian al año dos mil, cuatro mil accidentes, derrames de diverso tipo. Hay 29.000 equipos trabajando.

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Otra más: «¿Es cierto que puede causar terremotos?». Respuesta: «Antes de estudiar la fracturación hidráulica las compañías estudian la geología etcétera… La estimulación hidráulica se ha utilizado en más de dos millones de pozos durante más de sesenta años y solo se han registrado dos casos en el Reino Unido».

Mira, estamos en un capitalismo cada vez más concentrado y más salvaje… ¡Son unos mentirosos! Cuando uno ve las grandes mentiras de Monsanto, por ejemplo, y hay varias películas que desnudan todas sus estafas y falsificaciones… Detrás de la renta caen todos los principios, y hay cientos de ejemplos de cómo la renta, la búsqueda de la quimera del oro y de la rentabilidad, dejan de lado todas las precauciones.

El gobernador de Neuquén llama en la película a los que piensan como usted «agoreros del subdesarrollo».

Mira, el ministro de minería de Neuquén ¡es al mismo tiempo ministro del Medio Ambiente! [risas]. Es el que debe cuidar de la seguridad ambiental, y vas al hospital central de Neuquén y no tiene estudios, no hay políticas de salud que estudien los efectos sobre el organismo de los metales pesados de las aguas que se toman, ni sobre las enfermedades que producen esas sustancias tóxicas que utilizan en el agua.

En el documental hay una imagen sorprendente del día en que se aprueba la expropiación de YPF Repsol en 2012 en la cámara de diputados de Argentina: entre aplausos eufóricos se despliega desde la balconada un telón gigante que prácticamente cubre medio hemiciclo con la imagen de Kirchner.

En el congreso hay cuatro o cinco pisos, para que las sesiones sean seguidas por el pueblo, pero solo son del oficialismo. El resto no tiene derecho a ocupar esas gradas.

Es una imagen un poco fuerte, en el Parlamento de un país.

¡Es el autoritarismo y la corrupción de esta gente! Y al mismo tiempo son gobiernos que desarrollan una batería de medidas progresistas que confunden mucho a las capas medias progresistas: universitarios, profesionales… Cosas como los problemas de género, el matrimonio igualitario, medidas avanzadas o de corte progresista que han seducido a muchos sectores medios. Es un problema muy argentino, también italiano, piensas en cómo es posible que tanta gente culta pueda seguir ¡al Cavaliere! El fútbol tiene mucho de eso. El que es del Atleti o es del Real Madrid si les dices que uno es un delincuente contesta: ah, no, que es de mi club. Entonces si sos kirchnerista no quieres escuchar ninguna otra cosa, lees los diarios kirchneristas, ves los programas kirchneristas, y lo demás es el enemigo.

Esta confusión de ideologías que dice nos lleva a un tema en el que yo tengo curiosidad y que tiene que ver con los inicios de su carrera. En 1971 usted va a Madrid y hace una larga entrevista documental a Juan Domingo Perón, que vivía allí exiliado. ¿Cómo era Perón, cómo fue ese viaje?

Fue una muy buena experiencia. Mira, la figura de Perón es absolutamente incomprensible para un español.

A eso iba con lo de la confusión de ideologías. A lo mejor es problema mío y de mi gran ignorancia, pero no me aclaro: ¿Perón es de derechas, de izquierdas, depende?

Nooo, no, mire, tendríamos que hablar muchísimo. Mire, los fenómenos económicos y políticos en Argentina no se dan igual que, por ejemplo, en Francia. Francia es un país colonial. Los socialistas son colonialistas. Hollande ¿qué es Hollande?

En este momento muy poco.

Hollande es un peón de los Estados Unidos y de Israel. ¿Qué hace Hollande? Ahora manda tropas a África. Francia es un país colonialista, como siempre. Como España, Inglaterra, Alemania, Bélgica, Holanda, como Estados Unidos. En lo interno funciona la república, la democracia, pero afuera no, hay otros intereses.

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¿Pero cómo enlaza esto con Perón?

Perón es una figura muy tocada por la tradición independentista, anticolonial. En nuestra era no hay colonialismo en Argentina, hay neocolonialismo, que se maneja desde los intereses de las multinacionales, de los bancos, ligados a las oligarquías locales. Este… Perón en 1945 denuncia el imperialismo soviético y el americano. Para mí uno de los grandes monstruos de la humanidad es Stalin, tan sanguinario como Hitler. Acabo de leer una novela, El hombre que amaba los perros, de Leonardo Padura, sobre Trotski, Ramón Mercader, hay que leerla urgente, ¿eh?, muy buena, un novelón. Pero sigamos con Perón.

Todo esto, imagino, para decir que Perón abre una tercera vía, entre comunismo y capitalismo.

Claro, claro, indudablemente la revolución social en Argentina, la posible, que por suerte no fue la bolchevique, la hizo Perón.

¿Cómo fue la entrevista en Madrid?

Bien, era un hombre muy amable, sencillo, de una comunicación muy llana, podía hablar con un rey como con un pibe.

Impresiona ver en las imágenes a Perón en su despacho y a su lado a esa señora. Isabelita, pensando en lo que se convertiría luego. [Tercera esposa de Perón, exbailarina de cabaret, se convirtió en vicepresidenta cuando su marido volvió al poder en 1973 y, a su muerte en 1974, le sucedió como presidenta de Argentina hasta 1976, un periodo de degeneración democrática, con el inicio de las acciones de la Triple A, que desembocó en la dictadura de la junta militar. Actualmente vive en España. N. del a.].

Bueno, son las contradicciones de los hombres, las hay en cualquiera de estos grandes líderes. Perón se engancha con Isabelita, que seguramente sería una linda mujer, en Panamá, en su exilio. Fue un exilio de una enorme soledad, le perseguían para matarle, escapa a varios atentados, y… se engancha. ¡Hay cosas que las teorías políticas no pueden explicar de los héroes, solo lo explican los grandes poetas! Shakespeare. Pero mira, Perón plantea las bases de la tercera posición frente los dos imperios, se anticipa al movimiento de los no alineados, y después logra una enorme revolución social. Lo cual no quiere decir que el peronismo no haya dejado de tener limitaciones democráticas, pero al lado de lo que vino en la Argentina, un santo.

En 1991 usted sufrió un atentado en pleno enfrentamiento público con el presidente Carlos Menem, al que acusaba de ser jefe de una banda de delincuentes por su campaña de privatización y saqueo del patrimonio público. Le pegaron seis tiros en las piernas por decir lo que piensa. ¿Qué pensó?

No, en ese momento no pensé nada. ¡Hijos de puta, la puta que los parió! Es lo único que piensas [risas].

Pero luego, más tranquilamente.

Denuncié al poder, a Menem, todos esos días. Esa noche me mandó a su médico personal al hospital. Lo echamos.

¿Menem sigue activo?

Está muy mal ese hombre, es senador, del Frente para la Victoria, no va nunca, le dieron una pensión de jubilación.

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Ahora, justo en este momento, Argentina vuelve a estar al borde del colapso por la deuda y los llamados fondos buitre. [Fondos de capital que compran deuda a bajo precio de países al borde de la quiebra para intentar cobrar luego el cien por cien más intereses, pese a los acuerdos que ese país logre con sus acreedores. En el caso de Argentina, el 93% de los acreedores pactó una solución, cobrando menos, pero cobrando. Sin embargo el 7% restante quiere su dinero y ahora los tribunales americanos les han dado la razón. Si Argentina no paga mil quinientos millones de dólares antes del fin de este mes, 30 de julio de 2014, se arriesga a la quiebra. N. del a.]. ¿Cómo lo ve?

Mira, el mayor hecho de corrupción de la historia contemporánea de Argentina es la deuda externa. Nació en la dictadura. Eran 46.000 millones de dólares, pero la mitad era deuda privada. Los bancos, todos los bancos, el español Río de la Plata, el francés, el italiano, el Citibank, el Morgan, el Barclays, más todas las multinacionales, más todas las corporaciones argentinas, les pasaron sus deudas privadas al Estado. El último año de la dictadura Domingo Cavallo, director del banco central, hace esa operación. Era una deuda fraudulenta, que al país no le correspondía. Cuando llega la democracia, con Alfonsín, las debilidades de su Gobierno, frente a las fuerzas armadas y todo aquello, y las presiones internacionales, hicieron que no se animara a utilizar la doctrina norteamericana sobre la deuda odiosa.

Sí, no pagar una deuda considerada ilegítima, también lo han reclamado estos últimos años en Grecia.

Sí, Bush la usó en Irak, por ejemplo. Alfonsín no se animó y ahí empezó una deuda imposible de pagar por Argentina. En 1991 el secretario del Tesoro norteamericano y Cavallo, otra vez él, del Gobierno de Menem, pulverizan la deuda en millones de bonos que venden en todos los bancos del mundo. Por eso un japonés, un español, un alemán y un canadiense se sienten jodidos y estafados. ¿Sabes cuánto pagó Argentina hasta el día de hoy?

¿Cuánto?

En septiembre de 2013 Argentina había pagado 399.000 millones de dólares.

Sí, está cumpliendo con sus acreedores, con los que pactaron, pero este mecanismo increíble de los fondos buitres es ya una perversión del sistema de la que no parece haber escapatoria.

Pero además, ¿sabes lo que pasa? Que todo eso se produjo por la complicidad o complacencia de la clase política de todos los partidos que gobernaron. El partido justicialista y el partido radical. No quisieron enfrentarse con las corporaciones, decir: «Esto se anula y esa deuda la tienen que devolver». Asumieron la deuda y esa complicidad los llevó a nunca enfrentarse a la deuda. ¡Hasta hoy! Es una cosa tremenda. Todavía se deben 240.000 millones de dólares, más los que pagamos.

¿Qué solución tiene?

¿La solución? Una comisión internacional de investigación con juristas y expertos nacionales e internacionales y denunciar la deuda ante la Corte de Justicia de La Haya. Mira, si tomas los fundamentos de las Naciones Unidas y de los pactos de derechos humanos y sociales de San José de Costa Rica nada puede estar por encima de la suerte de los pueblos. Tienen derecho a la energía, al agua, a su desarrollo… El excedente de riqueza del pueblo argentino de estos cuarenta años fue a parar a la deuda. ¡Se llevó el estado de bienestar, se llevó el desarrollo!

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En su película Sur hay un personaje que acumula enormes archivos y papeles para documentar una memoria del saqueo, una expresión que luego fue el título de su documental sobre la crisis argentina. Sur es de 1988. ¿Ha habido un saqueo continuo en Argentina?

Sur es el fin de la dictadura. En la Argentina hemos vivido muchas dictaduras y entonces hemos vivido muchos exilios interiores. Si no quieres que te lleven preso no dices lo que estás haciendo y vives para adentro. O te cambias de provincia o vives medio simulando lo que haces. Yo hice La hora de los hornos mintiéndole a todo el mundo. ¿Cómo se podía hacer, con la dictadura de Onganía `[19661970, n. del a.] que había terminado con los partidos políticos y los centros estudiantiles y los sindicatos? Bueno, yo la hice porque tenía una productora de publicidad y decía que estaba haciendo una serie de televisión para Europa. Y porque no la terminé en Argentina, la terminé acá, en Roma. Hice mi película como un director exiliado en Argentina.

¿Por qué en un determinado momento de su carrera abandona la ficción y sigue con el documental?

Son varias razones, pero mucho más concretas que las ideológicas. En mi última película, La nube, tuve un infarto. En todas mis películas yo fui el productor y el director, y eso a medida que fui creciendo me resultó imposible. Las peleas con los sindicatos, con los técnicos, terminé con un infarto. Nunca tuve un productor que viniera y me dijera: «Pino, valoramos lo que has hecho. ¿Cuál es tu próximo proyecto? Decinos de qué se trata, adelante que nos hacemos cargo». Nunca lo tuve. Tuve que hacerme yo cargo de todo, siempre tuve mi casa hipotecada, todas esas cosas, se acabó. Era el segundo infarto. Cuando hice Sur, veinticinco días antes de empezar me llamó el coproductor francés y me dijo que no podía empezar la película. Él tenía que colocar un tercio de la película. Yo ya había firmado setenta contratos en Buenos Aires. Sin el apoyo del productor francés no podía empezar. Todo eso me produjo un infarto, no de corazón, sino en el riñón. Me sacaron dos terceras partes del riñón derecho. La película se postergó ocho meses.

Entonces, decía que en 1999, cuando termino La nube, tuve que vender mi oficina y en 2001 se produce la gran crisis argentina y el presidente radical, Fernando de la Rúa, escapa en helicóptero. Yo empiezo a filmar, sin saber para qué estaba filmando, testimonios. Yo siempre hago testimonios, viajo con mi cámara, y donde aparece algo que después no se va a reproducir hay que filmarlo. Empecé a filmar y fue ese año, 2002, tan lleno de asambleas en la calle, todo eso, empecé a descubrir que la gente preguntaba, los más jóvenes, preguntaban: ¿por qué? ¿qué pasó? ¿cómo puede ser que un país con tanta comida tenga desnutridos? Me di cuenta de que necesitaba hacer una película que le hablara a la generación que me seguía y le explicara qué había pasado. No era una película larga como La hora de los hornos. Esta serie empieza con Memoria del saqueo y la séptima ya es Oro negro. Ahora estoy terminando la octava, Oro verde, sobre la problemática rural, y me falta otra sobre el mar. Todas estas películas, que serán ocho o nueve, si las puedo terminar, son como capítulos de una misma y única película. Bueno, eso ha compensado de alguna manera mi necesidad de expresarme con el cine, y ha sido complementario de mi trabajo político, porque son investigaciones, y he recorrido el país, y está mi punto de vista. En lugar de haber escrito en estos once años una gran crónica sobre la Argentina he filmado una gran crónica sobre la Argentina.

Pero quizá al precio de haber renunciado a esa parte suya más personal, de la creación, de la poesía, porque usted adora a Fellini.

Tengo cinco o seis proyectos, y uno que lo empecé y lo tuve que terminar porque no me dio el Instituto de Cine el apoyo prometido, quedó a la mitad de camino. Este… no, todavía tengo la ilusión de hacer algún largometraje, pero tiene que aparecer el productor, que se haga cargo de todo y yo que me dedique a lo mío. Primero, no tengo plata. Segundo, no lo podría hacer, me moriría con un múltiple infarto.

¿Qué tipo era Astor Piazzolla? Compuso la música de algunas de sus películas.

Era uno de mis maestros. Yo me inicié estudiando música, composición. Cuando apareció Astor Piazzolla descubrimos que había alguien que había parado el huevo de Colón en música. El que mejor expresaba la música de la ciudad de Buenos Aires. El heredero de las mejores tradiciones del tango y al mismo tiempo uno que conocía muy bien Bela Bartok, Stravinsky, Ravel, Debussy… Un músico culto que hacía tango. Nosotros íbamos a escucharlo al Café Concert, y lo esperábamos a la salida para pedirle si le podíamos llevar el bandoneón, tomar un café. ¿Cómo era? Un genio musical. El músico más original que ha dado la Argentina, un Gershwin argentino. Después lo he tratado mucho, pero él personalmente expresaba el resentimiento de las capas medias, ¿me entiendes?, un resentido.

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También fue muy incomprendido en su momento.

No, ya sé, pero ideológicamente era un hombre muy confuso.

¿Por qué?

Y… porque era un hombre muy confuso, antidemocrático, lleno de contradicciones. «¡Yo jamás escribiré un tango para ser bailado ni para ser cantado!», decía. ¿Entiendes?

Complejo.

Complejo. Su padre era peluquero, le regaló un bandoneón, empezó así y luego a medida que fue creciendo le empezaron a surgir pelos de gorila: ¿pero qué te pasa? ¡dejá de joder viejo! En el otro extremo, igual, pero mucho más culto, infinitamente más culto, Borges. Borges te decía: «El drama nuestro es la democracia». ¡Estaba por el voto calificado! Pero nunca lo escribió. Tú lees enteramente a Borges y no hay ideas reaccionarias. Pero hablabas con Borges ¡una cloaca de mierda! [risas].

¿Qué le parece este papa, que por cierto tiene su misma edad?

Nooo, buenísimo. Yo lo conocía de antes. Este papa expresa la corriente más avanzada del catolicismo mundial, que está en América Latina, no en Europa. Cuando cayó la ola de las dictaduras poco a poco se fue limpiando el ala derecha de la Iglesia y empezaron a llegar los obispos progresistas. Este papa inicia su carrera al papado en 2007 en un encuentro en Sao Paulo de los obispos latinoamericanos, y él presenta un documento en la basílica de Aparecida, un documento extraordinario, que toca todos los grandes temas de la sociedad contemporánea, muy progresista.

Pasó algo muy curioso cuando usted fue a ver al papa, en noviembre de 2013. El día antes había estado allí Carlitos Tévez, el futbolista, y salió por todas partes una foto del papa con su camiseta. Cuando fue usted se hizo otra foto con su camiseta contra el fracking, que en realidad es una imagen muy rompedora, muy política, contra intereses económicos y políticos muy concretos y muy fuertes, pero esa foto apenas tuvo repercusión. No salió casi en ningún sitio, y era una noticia.

Las declaraciones del papa son un dolor de cabeza para toda la derecha. Su crítica al capitalismo: no se ocupen tanto de los bancos, hay que ocuparse de los pueblos, la corrupción es el mayor de los pecados… Todo eso nunca lo habíamos escuchado. Y además las reformas que está haciendo en el Vaticano.

Usted conoció a Hugo Chávez, lo defendió mucho y también su proyecto. A un año de su muerte, ¿cómo ve la situación de Venezuela?

No he estado en Venezuela, pero evidentemente la cantidad de errores cometidos por Maduro, y limitaciones que ya se venían arrastrando desde la última etapa de Chávez, durante todo su mandato, como la corrupción, que es el mayor de los delitos… Lo de Venezuela es una enorme degradación de corrupción interna, y una enorme incapacidad para resolver problemas concretos internos. ¡La industrialización de Venezuela! ¡Siguen importando comida! Chávez era alguien de un impulso extraordinario, alguien que conectó la etapa contemporánea con el pasado y que tuvo el coraje de enfrentarse a las grandes mafias ligadas a las transnacionales, la prepotencia americana en el Caribe y la gran corrupción que había dejado el bipartidismo. Ahora bien, no lo pudo resolver. Pero resolvió muchísimas cosas: redujo en un tercio la pobreza, le dio acceso a la salud y a la educación a todas las capas pobres. En el resto, grandes limitaciones, y grandes limitaciones democráticas.

Última pregunta: ¿cómo se vive el Mundial en su casa siendo su mujer brasileña? [La entrevista se hizo a principios de la competición, n. del a.]

¡No, una pesadilla! No, el Mundial ha dejado de ser una confrontación deportiva. Son los hechos masivos de mayor comunicación que se conocen en el mundo. Decenas de miles de millones de personas lo siguen. Eso mismo potencia mucho los nacionalismos, las identidades, las barras, todo eso es detestable, no ayuda, no ayuda a la convivencia.

Me refería más bien a si discute por el fútbol con su mujer.

Nooo, yo me lo tomo a broma.

¿Pero usted es un argentino atípico, no futbolero?

Bueno, un buen partido me gusta, pero no me quiero dejar arrastrar por esa ola, que me parece nefasta, de las hinchadas.

¿Pero tiene equipo?

Estudiantes de la Plata. No es un mal equipo. Un buen equipo.

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Fotografía: Antonello Nusca


Invenciones argentinas

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Algún tiempo atrás, una canción de moda enumeraba los inventos argentinos: el dulce de leche, el autobús o colectivo, las alpargatas, la soda, los alfajores, las huellas digitales, los dibujos animados, la jeringa descartable, el bolígrafo o birome, la transfusión sanguínea, etcétera. No importa si todas estas cosas fueron inventadas realmente por argentinos, o no: lo que importa es el hecho de que los argentinos lo creen (lo creemos, debería decir), como si su presunta creatividad sirviese de legitimación y de garantía ante un futuro que (comoquiera que se lo mire) en Argentina solo suele traer cosas malas; de esto (o de algo similar) iba la canción.

Acerca de la supuesta creatividad nacional hay un pequeño libro del escritor Pablo de Santis llamado Invenciones argentinas (Buenos Aires: Colihue, 2000) en el que pueden encontrarse inventos como el Aleph de Jorge Luis Borges (que se encuentra, como todo el mundo sabe, en una casa de la calle Garay), las utopías anarquistas y socialistas que circularon en Buenos Aires en las décadas de 1920 y 1930, los topónimos argentinos como «La Loma del Quinoto» y «Donde el diablo perdió el poncho» (aunque no se incluye una de mis favoritas: «Lejos, donde cagó el conejo»), las figuraciones del Día del Arquero y del Día de la Escarapela (fechas que suelen destinarse al pago a acreedores y al cumplimiento de promesas) y la vida y la obra de excéntricos argentinos como Omar Viñole, Xul Solar y Viernes Scardulla, de los que supongo que tendremos que hablar aquí algún día. Mientras llega ese día (y a modo de continuación del artículo anterior acerca de inventos más o menos ridículos y casi siempre calamitosos), van aquí algunas invenciones argentinas, destinadas a reparar omisiones y faltas o tan solo a profundizar en ellas.

2

Macedonio Fernández es conocido como el maestro de Borges, pero su obra (mayormente oral debido a la pereza o a la indiferencia de su autor) está a la par y en ocasiones supera a la del autor de Las ruinas circulares. Fernández (que nació en Buenos Aires en 1874 y murió en esa ciudad en 1952, que fue abogado y juez de paz, careció de domicilio fijo durante buena parte de su vida y escribió «la obra» latinoamericana secreta, El Museo de la Novela de la Eterna) es el inventor o el descubridor de los «aqueno», objetos a los que (según el autor) «precede una expectativa incrédula o una incredulidad expectante, en la que hay un 80% de la irritante gana de fracaso». Entre esos objetos se cuentan «los irrompibles; los encendedores a nafta [gasolina]; la lapicera automática; los estuches de 14 herramientas; el lápiz de tinta; los nudos de no olvidar, que fracasan en el olvido de no-olvidar; las extracciones sin dolor; los remedios infalibles; los sacamanchas; los paracaídas; los bastones paraguas; los seguros de revólveres, navajas y ascensores; […] todas las especies de garantías para la puntualidad, la formalidad», etcétera.

Macedonio fue también el inventor de un método para acceder a la presidencia de la nación consistente en estampar su nombre en papeles abandonados en las mesas de los bares (de manera de concitar la curiosidad popular y hacer conocido su nombre) y en los libros de la biblioteca Dante Alighieri (para atraer el voto de los inmigrantes italianos); su idea era que ser presidente tiene que ser más fácil que ser, digamos, peluquero (ya que hay muchas personas que quieren convertirse en presidente pero solo algunas que deseen ser peluqueros). Como cuenta Germán García en su libro Macedonio Fernández: la escritura en objeto (Buenos Aires: Siglo Veintiuno, 1975), otra de sus argucias consistía en sembrar el caos mediante la creación de objetos que no funcionasen, de tal modo de acceder al poder presentándose como la persona idónea para la resolución de los problemas concitados por ellos: entre los objetos que Macedonio ideó para sembrar la confusión se encontraban un peine de doble filo que lastimara la mano y el cuero cabelludo de quien intentara peinarse con él, cucharas de papel que se empapasen y disolviesen cuando se sumergieran en la sopa, escaleras de escalones de diferente altura que llevasen a sus usuarios a caerse de ellas y otros artefactos similares. No se sabe cuán en serio se tomaba Macedonio su campaña electoral (posiblemente no muy en serio), pero el hecho es que no llegó a la presidencia; en su lugar, esta fue ocupada por personas notablemente menos dotadas que el escritor, y más perversas.

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Al parecer, el ingeniero Juan Baigorri Velar no inventó la lluvia, pero sí la forma de provocarla. Baigorri Velar nunca exhibió las máquinas con las que lo hacía ni habló de sus procedimientos (aunque alguna vez dijo que utilizaba una antena para lanzar «rayos electromagnéticos» a las nubes) pero consiguió hacer llover en zonas desérticas de Argentina en 1938. Aunque el hecho de que su método no se haya popularizado hace pensar que carecía de fundamento científico, el ingeniero se valió de él para descubrir el Mesón de Hierro, un aerolito caído siglos antes en la zona del Chaco, lo que es una prueba de que al menos podía medir el magnetismo de los objetos. A esta demostración de fuerza se le suma otra, de notable importancia: Baigorri Velar estaba enfrentado al responsable de la Dirección de Meterología, el ingeniero Alfredo G. Galmarini (un pésimo nombre para un villano, por cierto), que consideraba que el clima debía ser dejado en manos de Dios o de la fatalidad y, por consiguiente, perseguía y descalificaba a Baigorri Velar con ahínco. Cuando este pronosticó lluvia para el día tres de enero de 1939 y envió un paraguas a su enemigo, el enfrentamiento se aproximó a su desenlace. Ese día (por supuesto) llovió y Baigorri Velar (que murió en 1972 sin haber revelado a nadie su secreto) ganó el enfrentamiento. Algún tiempo atrás había recibido una oferta proveniente de los Estados Unidos para comercializar su fórmula, pero Baigorri Velar había respondido «Soy argentino y como tal quiero que el invento beneficie a mi país. No estoy dispuesto a vender la fórmula ni por todo el oro del mundo», frase que demuestra que, o bien sí estaba dispuesto (aunque no al precio que se le ofrecía), o bien no era argentino sino uruguayo o algo similar.

Juan Baigorri Velar

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Juan Baigorri Velar demostró que, por una razón u otra, su invento funcionaba; esto y su muy poco argentina declaración de amor a Argentina bastan para considerarlo uno de los principales inventores de ese país. A un ingeniero ruso apellidado Rayboul no le hizo falta alabar a su país de adopción para ser considerado uno; de hecho, ni siquiera le resultó necesario hacer que alguno de sus inventos funcionase. Según Helvio Botana (hijo del creador del famoso diario Crítica e integrante de un linaje que incluye al político radical Raúl Damonte Taborda, a la millonaria anarquista Salvadora Medina Onrubia y al escritor argentino Copi), Rayboul se presentó un día en la redacción del periódico afirmando que conocía un método económico para la fabricación de la bomba atómica. A sabiendas de que el Gobierno de Juan Domingo Perón había gastado ya algo así como 15 millones de dólares en un programa nuclear de nula eficacia dirigido por un científico austríaco llamado Ronald Richter, Rayboul sostuvo que él podía «mandar a hacer la bomba a cualquier taller y saldrá baratísima pues estos miserables bolcheviques y estos miserables yanquis, manejados por el gran Sanedrín judío internacional hacen correr el rumor de que es carísima para apartar sus beneficios de la pequeña burguesía».

No se sabe si fue esta declaración de antisemitismo o su afirmación de que solo necesitaba 300 pesos mensuales, cuatro anotadores, seis lápices y una goma de borrar para crear la bomba atómica lo que hizo que Rayboul no fuese tomado muy en serio en la redacción del periódico, pero lo cierto es que Argentina sigue sin tener un arsenal nuclear (lo que es muy de agradecer, por cierto) y tampoco dispone de otras tecnologías creadas por Rayboul: un método para fabricar catapultas para mandar cápsulas al espacio, una técnica para convertir el carbón en diamante y un ladrillo prácticamente indestructible que el científico ruso afirmó poder sacar de la tierra mediante un catalizador secreto.

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Ninguno de estos inventos puede compararse, sin embargo, con la mejor invención argentina, que son los chistes sobre argentinos como el que contaba el escritor Adolfo Bioy Casares: «¿Cómo se suicida un argentino? Se arroja desde lo más alto de sí mismo». Agrego, por mi parte, algunos más: «¿Cómo se reconoce a un argentino en una librería? Porque es el único que pide un mapamundi de Buenos Aires», «¿Cuál es el mejor negocio que puede hacerse con un argentino? Comprarlo por lo que vale y venderlo por lo que él dice que vale», «¿Por qué los argentinos sonríen cuando relampaguea? Porque creen que Dios los está fotografiando». (Por cierto, aquí una canción en la que los argentinos son considerados «el baluarte de la humanidad», lo que solo puede ser cierto para aquellos que tengan un concepto tan pobre de la humanidad como el mío). «Podemos ser lo mejor pero también lo peor con la misma facilidad» afirma otra canción, la que mencionaba al comienzo de este artículo, pero eso es algo que puede decirse de todos los países. Ni siquiera, ni siquiera en eso los argentinos hemos inventado nada.