Juego de tronos VIII, segunda parte: lo mejor

Él nunca lo haría. Fotografía: HBO.

Aquí estamos, con todos los avíos, preparados para darle la ración de aplausos que Juego de tronos (también) se merece. Han sido ocho años llenitos a rebosar de apaños cutres como una pared de gotelé, pero el turno de ponernos vinagres fue ayer, cuando les perdonamos la vida a D. B. Weiss y David Benioff por los siete peores errores la la última temporada. Quedó claro, pero insistimos en lo obvio: JESÚS, QUÉ PRISAS. Toda la (larga) noche por delante y al final, zaca zaca, casquete conejero. Que bien, a ver, pero que un par de temporadas capítulos no te digo yo que no hubieran rematado mejor todo esto.

En cualquier caso, en esta casa tan tradicional es poner a los showrunners a caer de huargo como lo es lo otro: festejar lo gozoso que nos han dado los Tronos. Que lo ha habido, si no a cuento de qué va usted a saberse doce árboles genealógicos, los nombres de espadas que no existen y para qué sirve la milk of the poppy. Salvo que pertenezca a esa miríada de espectadores que se postra a las tres de la mañana a ver una serie que le pone del hígado, claro, y a anunciarlo luego en internet: en ese caso, abandone toda esperanza con lo que viene a continuación. Aquí solo hallará (más) desespero. Que igual es lo que anda buscando, cada cual que arree con lo suyo. Si es el caso, entonces quédese y refocílese en su odio como un Bolton arrancándose los padrastros. Ah, y una cosa más: SPOILERS hasta en los pies de foto. Y si no le parece bien, le decimos lo mismo que Tyrion a Jon Snow: esto mismo, eh, viene luego y nos lo cuenta, pero dentro de diez años.

1. El knighting de Brienne 

Embriaguez, etapa 3: exaltación de la amistad. Fotografía: HBO.

Desenvainen, que esto va a doler: el segundo capítulo de esta temporada, «Un caballero de los Siete Reinos», en rasgos generales, nos gustó. Fíjese qué extravagancia. Con la muerte acechando a las puertas de Invernalia, Juego de tronos se tomó una pausa de una hora para la intimidad, para celebrar una fiesta más triste que la despedida de soltera de Roslin Frey. Sin lúbricas escenas de tetas, dragones, combates, adrenalina o acaso muertes. Lo que se conoce en la jerga como un bottle episode y que en román paladino viene a significar una sola cosa: encender un fuego y poner a los personajes a dialogar a tumba abierta, con esa honestidad que solo emerge ante la inminencia de una catástrofe. «Es la muerte», dice Gendry por si acaso no estaba claro. Y esto fue una prebatalla fabulosa. Entiéndanos: no solo es que defendamos que no todos los episodios puedan ser «Aguasnegras» (ninguno, entonces, lo sería) ni que hagan capítulos como «Un caballero de los Siete Reinos» como refrescante impás entre batallas; es que simple y llanamente fue bonito y emocionante, dos adjetivos tan atípicos en Juego de tronos como dos tórtolos comiendo perdices. Fue una excusa para dar las últimas bocanadas de aire antes de que el olor a muerte lo pudriese todo. Y para abrir por fin un nuevo melón, que siempre es algo muy sano: «caballera». Real Academia, ya estás tardando.

Fue un episodio tan bonito porque reunió a los vestigios de la Guardia de la Noche a contemplar el fin de su guardia en lo alto de un muro, lo de menos es que no fuese el Muro. Y sentó a hablar a dos cuñadas, dos mujeres enfrentadas, a tratar de forjar una conciliación que nació muerta. Ese tête à tête de Sansa y Daenerys (lo sabemos ahora) pudo ser la última oportunidad de la Targaryen para enderezar su porvenir, pero optó por lo de siempre: la caja, la caja, la caja. Y la otra, a la que ya no le queda un pelo de tonta en su roja cabecita, permaneció con las lealtades intactas. Menuda es. Mire: todo lo sufrido por ambas nos ha conducido hasta aquí, hasta esta mismísima escena en la que uno podría quedarse a okupar. Lo alabamos porque, si lo piensa, era sencillísimo que la conversación se hubiera despeñado por la agonía de una pelea de gatas escupiéndose «mimimimimi». Pero no: Lady of the North y la madre de dragones se sentaron a hacer política. Solo fracasaron en su alianza.

Tía, ¿tú estás bien? Pues ya está. Fotografía: HBO.

Hubo ritos de despedida, brindis, últimas voluntades, recordatorio de anécdotas y vino de Dorne. Tormund se hizo meme, Davos fue más Davos que nunca y Arya echó su primer pinchito. Tuvieron la delicadeza de dejar para el final el peaje más coñazo del guion, LA conversación entre tía y sobrino, allá en la cripta grande. Pero lo mejor de todo, lo que elogiamos como horda de fans histéricos es el Knight King de Brienne, que pivotó todo el episodio. Fue emocionante aquello, ¿verdad? Fíjese, pasó otra cosa: fue digno de y para ella, el reverso luminoso de lo ocurrido con Cersei que criticábamos ayer. Brienne, posiblemente uno de los pocos personajes genuinamente buenos de la serie, recibió un reconocimiento formal que la audiencia no necesitaba, porque el cariño era unánime, pero ella sí. Y el momento lo tuvo todo, como un buen cantar de gesta. Ella, armada caballero de los Siete Reinos rodeada por antiguos enemigos, ahora brothers in arms, premiando su fidelidad y honor. Ella, subvirtiendo el ideal caballeresco y a la vez glorificándolo. Mirando de reojo a Podrick, poderosa e ingenua a partes iguales. Como escarpias. Y todos, todos ellos, con el rostro iluminado por el fuego escuchando una canción de gente que no quiere decirse adiós.

Ojalá, así lo decimos, ojalá ese hubiera sido el broche final para the big woman y no lo que sucedió continuación: Brienne saliendo en bata al patio, EN BATA, con el moco colgando, para suplicarle entre hipidos al poca cosa de Jaime que se quedara, por lo menos, a desayunar. Por mucho placer que le haya procurado el ardor follandero esto no es de recibo, que parece que la pobre os ha hecho algo. Qué indecencia. Y del postrero momento «Brienne, Corín Tellado de Poniente» es que mejor no hablar.

2. Arya mató al Rey de la Noche con la daga de Chéjov

A las penas, puñalás. Fotografía: HBO.

Apareció, recordarán, en segundo capítulo de la primera temporada, hace ya ocho años. Se nos contó una patraña sobre su propietario y luego una medio verdad. A quien pudo interesar, no le quedó otra que marcarse un Samwell Tarly (leer un libro) para descubrir de dónde salía aquella dichosa daga de acero valyrio y empuñadura de hueso de dragón: Tyrion y Jaime destaparon que el rey Robert se la ganó a Meñique en una apuesta y después Joffrey se la birló para encargar el asesinato de Bran. El caso es que el arma empezó a hacer rutas por Poniente, cambiando de manos en una cadena de custodia tirando a chapucera: del sicario a Catelyn Stark, de ella a Rodrik Cassel, después Meñique, Ned Stark y vuelta otra vez a Meñique. Este se la regaló a Bran Stark con todo el recochineo, que ahí aún creíamos que el muchacho estaba en Modo Avión. Total: que al final fue Arya quien hizo algo productivo con ella, rasurándole la yugular a su dueño original en estricto cumplimiento de las instrucciones de Chéjov: sacar la pistola solo para enseñarla es de parguelas.

Que sí, que la daga ha dado más vueltas que una peonza. Y a mí qué. Si lo importante es lo otro, el tema es que fue Arya quien le hizo la envolvente al Rey de la Noche con la daga de marras. Ella solita acabó con el ejército de los muertos, con el invierno perpetuo y con los caminantes blancos, pim pam, de un plumazo. Ese anticlímax provocó que se le dijera de todo: desde «Arya exmachina» hasta «Mary Sue», lo que (además de exhibir una idea bastante rudimentaria de cómo funciona en realidad un deux ex machina o un arquetipo de personaje) refuerza una sensación: que la ninja de los Stark había ocupado un lugar que no le correspondía. Arya, la usurpadora. En serio: ¿Arya, la usurpadora?

Con la mano en el corazón, conteste: ¿molesta acaso que fuera Arya quien acometiera la hazaña? Porque usted, faltaría más, en contra de la muchacha no tiene nada. ¿Quizás lo molesto no es que fuera ella sino que no haya sido Jon Snow, sin más? Porque grazna como un pato y tiene pico. Y le entendemos, no crea. Durante ocho largos años nos han convencido, sin mucha sutileza, de que sería el exbastardo quien daría la estocada final a la gran amenaza de Poniente. Hemos perdido la cuenta de los planos y contraplanos en los que el Rey de la Noche y Jon Snow se cruzaban miradas como chungos de polígono, con ojitos de verás cuando te pille. El antagonismo de uno y otro estaba subrayado en fosforito. Se tenían ganas, vaya que sí. Todo parecía dispuesto, ladrillito a ladrillito, para construir un apoteósico enfrentamiento final entre ambos reyes líderes, una coreografía del bien y el mal con sangre y nieve.

Pero hete aquí que Jon se comporta como una rotunda calamidad en la batalla de Invernalia, y el plan (choricero) le sale regular. Su inestimable campaña de concienciación sobre la hecatombe de un enemigo que ni se cansa ni se detiene (eso sí hay que reconocérselo) no le hizo dar el do de pecho en el día D. Y encima aparece Melissandre a marcarse una fe de erratas antológica y percatarse, sobre la bocina, de que el Azor Ahai igual no era señor, ni tenía derecho dinástico, ni empuñaba un espadón. Estábamos todos (ella, la que más) equivocados. La profecía señalaba a Arya. ¿Dice usted que no le encaja? ¿Por qué? ¿Porque fue Jon quien cumplió, escrupulosamente, con el camino del héroe de Joseph Campbell? Revíselo: Arya también e incluso de forma más tradicional. Las doce etapas, una por una. ¿Porque entonces no se entiende el propósito de la resurrección del que creían protagonista? Pues mire, elija: para reunir la resistencia al Ejército de los Muertos, para matar a Daenerys, para fundar Canadá en el epílogo. Lo que usted quiera. El caso es que no le hace menos héroe no haberle dado matarile al pérfido villano. Si algo socavó su pretendido virtuosismo fueron sus peleles decisiones, sus formas pusilánimes y ese rictus de haberse quedado en tierra de nadie entre el bueno de una película flojita y el Fran Perea de Poniente.

Arya, que en la capítulo anterior estaba preguntando de qué iba la movida esta de los caminantes blancos, que no había visto uno ni en foto, va y los extingue *alaridos incontrolados*. Weiss, Benioff, pasen por caja a recoger la ovación. Con ración doble de vítores y vivas a gogó. Han dicho que ya lo tenían decidido de hace rato, ya verá usted si se los cree. Las pistas estaban ahí, otra cosa es que estuviéramos todos mirando al pajarito. Lo importante es que funcionó a las mil maravillas, aceptamos cookies. Y, además, recompensó que soportáramos aquella adolescencia de Arya tan porculera, ese entrenamiento crossfitero, esa salmodia de the girl has no name, esos aires de Mata Hari con espinillas. Que igual se le ha olvidado. Al final, la chica tuvo nombre, destreza y pericia para hacer lo que tenía que hacerse. ¿Qué le decimos al héroe inmaculado? Not today, Jon Snow.

¿Es usted uno de los damnificados que puso todo su dinero en Jon 2020? Pues menudo papelón. Porque al final ni acabar con el invierno, ni sentarse en el trono, ni procurar una descendencia de Targaryens monísimos y cucús perdidos, ni Cristo que lo fundó. Las profecías, ya ve, son así de puñeteras. R+L= un estupendísimo trasero y rey de los paniaguados.

3. Lyanna Mormont y la ciudad de los niños perdidos

«Ni machismo ni feminismo: igualdad». Fotografía: HBO.

Y hablando de niñas, gestas y dignidad: Lyanna Mormont. Cómo calificar lo que hizo en la batalla de Invernalia: pues mismamente como un revolcón de gustito. Empezó el capítulo poniéndole la cara colorada al más longevo de su casa (Jorah Mormont, hijo, no te libras de una) y acabó por tumbar uno de los enemigos más temibles de la parte muerta de Poniente. Un gigante, un puñetero gigante zombi frente a una niña que no la tose usted ni nadie, pero es solamente una niña. Francamente, nada podemos añadir que la escena no diga ya por sí sola. Así se mata a un personaje tan querido como agotado narrativamente: sin contemplaciones y con épica. Habría sido mucho pedir, suponemos, que no solo abriera un ojo azul cuando se levantaron los caídos, sino que le devorara los sesos a algún dothraki, Es que no tenemos hartura. Pero fue bello verla partir con tanta dignidad.

Especialmente si tenemos presente el jaleo que se traen Weiss y Benioff con jardines de infancia, como decíamos en la entrega anterior. Sin ir más lejos, en este mismo capítulo, nos colocaron a «la niña del cuenco», esa infante de mofletes generosos y cicatrices, que le soltaba a Davos que ella iba directa al campo de batalla. Si hubieran tenido un segundo más de metraje nos cascan un flashback para ver a Shireen Baratheon a la parrilla, para recordarnos las concomitancias de este personaje accesorio. Igual es que han aprendido, pero esta vez el fuego no llegó al niño.

O igual no. Porque mira que tienen obsesión con instrumentalizar a los niños para subrayar lo terrible, lo malo, lo perverso, y mira que se olvidan de ellos en lo bueno. ¿Que de qué hablamos? ¿Vio usted a algún niño en el concilio de Elrond del último capítulo? Nosotros, que contamos con los dedos, nos faltan mocosos por todas partes. Si allí estaban las casas que habían sobrevivido a la libertadora pirómana y al ejército de los muertos, ¿dónde puñetas estaban los Reed y los Karstark? Ni rastro de las jóvenes Alys Karstark y Meera Reed. ¿Y por qué Sam es ahora heredero de los Tarly? Vale que puede adoptar niños y sentarse en la camarilla real, pero ¿y su hermana? Lo mismito con el pingajo ese que nos endosaron como nuevo príncipe de Dorne, aka Aladdin Live Action. Oberyn Martell, que se sepa, tuvo ocho hijas, él mismo lo dijo. ¿No debería ser reina de Dorne la mayor de aquellas (en Dorne, recuerde, mujeres y hombres heredan el trono sin distinción de sexos) y este otro tipo, como mucho, un regente y no un príncipe, como se lo califica expresamente? Pues nada, se conoce que no. Niñas que tenían que estar ahí: por lo menos tres. Recuento total: cero. Igual es que se han ido a fundar un continente nuevo o su propio Señor de las Moscas, vaya usted a saber.

4. La cripta de George A. Romero

 

Evitando a los enemigos, a los trolls y a las mofetas. Fotografía: HBO.

Que si oscuro, que si mal planeado, que si flojito. Sí, todo eso lo hemos dicho ya. Pero sería injusto decir que en «La larga noche» todo fueron tropiezos, la bilis no nos ha llegado aún al gaznate. Además de Lyanna y Arya repartiendo estopa, nos quedamos, sin dudarlo, con otra escena: la de la cripta. Y esto sí que fue una sorpresa, no nos maliciábamos nosotros que aquella otra Cersei bébeda perdida en la segunda temporada fuera a tener un digno rival al premio «lo que mola una santuario en una batalla». Pero sí.

Todo empezó, por ser precisos, con la home invasion de Invernalia. Con Arya ridiendo tributo a George A. Romero y todos sus muertos, esquivando con sigilo zombi tras zombi entre estanterías polvorientas. Para algo la dejaron ciega. La secuencia se construyó con mimo y reverencia, y se notó. Pero lo que nos priva verdaderamente, lo que nos llenó de gozo el alma, fueron esas manos emergiendo de sus sarcófagos, ese pánico a cholón, esa espiral de perdición tenebrosa y orgullosamente terrorífica. Esto es lo que necesita un puto apocalipsis: terror. Que nadie, pero nadie, esté a salvo. Mucho menos los que has escondido ahí para que no sufran un rasguño. Piedad ni gota. La noche era oscura y estaba llena de terrores, ¿no? Pues gracias, Miguel Sapochnik, por los horrendos manjares que pudimos disfrutar. Ojalá sobrevivas al fin del mundo para rodarlo también. Y tan bien.

Incluida, claro está, la estampa de los felices divorciados: Tyrion y Sansa. El último de los Lannister se llevó un par de testarazos de su ex, a la que no se puede negar la disputada corona de reina de los zascas. «Vuestro ingenio no marcaría la diferencia», le suelta al enano cuando sufre un patético arrebato de gallardía. Lo mismo que ese llamamiento al orden que le haría tres capítulos después a su tío Edmure Tully cuando se puso en plan señoro, que sonó como un bofetón a mano abierta y a un «estamos pasando bochorno todos, no te hagas esto y cierra la boca». Al cielo con ella. Y reina y reina y reina. Quién nos lo iba a decir.

Bonus track: muy de agradecer también que nadie, NADIE, pronuncie últimas palabras antes de morir, ensagrentado perdido. A poquitos, pero nos vamos quitando ese ridículo manierismo.

5. La Cremà

Reforma Por Sorpresa. Fotografía: HBO.

Vamos, por fin, a lo gordo. Rediós, qué despliegue. ¿No le gustó el capítulo de «Las campanas»? Pues pínchese a ver si sangra, porque menudo portento. A nosotros nos resultó un pantagruélico festín visual, y no nos vamos a esconder. Le aceptamos que lo de el dragón sorteando las mismas ballestas que fueron letales en el episodio anterior fue duro de digerir, vale. Y que, bueno, la conspiración de Varys que culminó en su barbacoa playera fue, por decirlo finamente, churrigueresca también. Se dice y ya está. Pero aquí les hemos reunido para cantar las alabanzas, no nos liemos.

La batalla de Desembarco del Rey es un sí absoluto. Tarda veintiséis minutos en empezar la mandanga, pero cuando arranca tarda un instante en subirnos a todos a bordo. Los tambores, esa música extradiegética que parece lo contrario, dan paso a los aullidos. Y ya no paran durante cuarenta y cinco minutos. Drogon arrasando Desembarco del Rey, porque esto, señoras y señores, tenía que ser el acabóse, cualquier otra solución nos habría dejado con las bragas en los tobillos. El capítulo se puso el traje de tragedia cruenta, y se fue a bailar su danza macarra. Sangriento, llameante y apabullante, lo mires por donde lo mires. Un delirio estético y palomitero, no diga que no. Para ocasiones como esta deberían reservarse las frases cursis como «de una factura impecable» y derivados, porque habrase visto qué gloria despiadada. «¡Vamos a arrasar ejércitos y a quemar ciudades hasta los cimientos!», nos prometió la Rompedora de Cadenas. Pues toma, una taza, dos y media y un camión cisterna más, por si te quedabas con ganas. Palabra clave: aniquilación. Un chaparrón de instantáneas para imprimir pósteres, y un par de cosas más.

Entre ellas, sí, el discutidísimo plot twist al son de las campanas y al chisporroteo de civiles calcinados. La (mágica) mirada trastornada, a lomos del dragón, de la otrora líder de masas Daenerys. Pero a eso iremos luego, no hay prisa. Antes, alguna cosa más.

6. La Cleganebowl

Liam y Noel Gallagher, 2045. Fotografía: HBO.

Ya saben, o deberían saber, que en esta casa todo lo que huela a fantasía nos sulibeya hasta el sonrojo (ajeno). Particularmente por eso hemos permanecido atentos a la Montaña. No parecía gran cosa lo suyo, una especie de Frankestein resucitado por Qyburn para erigirse en guardia pretoriana de Cersei. Pero si mirabas bien, había algo más. Debajo del casco y la armadura, el mayor de los Clegane era un jodido golem de cuento. Sin alma, autómata y despiadado, tal y como marcaba La Cábala. Una palabra clave lo haría despertar, rebelarse contra su amo. O ama.

En el penúltimo capítulo confirmamos que no era palabra, sino carne. La suya propia. La del hermano menor que lanzó al fuego cuando aún se llamaba Gregor: el Perro. Cuando aparece, ni Cersei ni el mundo importan ya, porque el resorte se ha activado en el golem. Entonces se produce la anticipadísima batalla que se lleva cocinando estas ocho temporadas, y lo hace por la vía de la maravilla. En todo, aquí no vamos a escatimar en hipérboles: ética y estéticamente, la Cleganebowl no se salió de lo fantaseado ni un milímetro. Hostiazos, todos los que quiera y uno más; belleza, retorcida y cruel, como manda el canon.

La Montaña Intentó hacerle el eyeliner a la altura del hipotálamo a su hermano, repitiendo el modus operandi que acabó con la Víbora Roja. Pero tras el piquete de ojos ambos acaban tuertos, apáñese usted con la metáfora. Y luchan, porque les va la muerte en ello. Y mueren, porque no había otro final. Porque así es como acaban las luchas de titanes: con poesía.

Pero antes, muy poco antes, el Perro imparte su última (y única) lección. Se la da a su buddy Arya, la pareja que más añoraremos de este telenovelón medieval. Y ella le llama por su nombre, y yo no estoy llorando, tú estás llorando.

7. El monstruo era usted

Maléfica II: el Retorno. Fotografía: HBO.

FOSO DE POZO DRAGÓN – EXTERIOR – DÍA:

—Tyrion: ¿Qué une al pueblo? ¿Los ejércitos? ¿El oro? ¿Las banderas? Las historias. No hay nada más poderoso en el mundo que una buena historia. Nada puede detenerla, ningún enemigo puede vencerla. ¿Y quién tiene mejor historia que Bran el Tullido?

—Yara: Mira, escucha, ¿sabes quién? Daenerys.

—Sansa: Yo historias no sé pero soy una gran gobernante y estadista porque una vez dije: «COMEMOS GRANO. ¿HAY GRANO SUFICIENTE? PORQUE COMEMOS GRANO».

—Arya: Cof, cof.

—Sansa: Que sí, que eres ninja. ¿Queda alguien por saberlo?

—Niño Arryn: Yo mamé hasta que me creció la barba y sin embargo soy sorprendentemente apto para decidir los destinos de mis siervos. ¿Queréis ver mi foso?

—Bran: Parece que refresca.

—Arya: Pues no creo porque yo paré el invierno.

—Random príncipe de Dorne: No habéis venido ninguno a mi coronación.

—Sam: Está feo que lo diga, pero yo maté a un thennita, a un caminante blanco y luego a setecientos espectros TUMBADO en la batalla de Invernalia. Adjunto pruebas:

Sirva esto como enmienda al discurso final de Tyrion. Porque a ver, una cosa: para periplo, eh, el de Daenerys. Recorrido sucinto: Hermana subastada a los salvajes, Shakira del desierto, rompedora de cadenas y asadora de esclavistas, cabalgadora de bestias aladas y en fin, ya se hace usted a la idea. Además, que si el mérito para reinar lo marcan las trayectorias vividas, alguien debería haberle recordado al último de los Lannister que Bran desapareció de la pantalla durante una temporada completa y nadie lo echó en falta. Claro, estaban todos siendo violados, secuestrados, arrasados y tal. Tu verás.

Hagamos esta cosa tan odiosa de citarnos a nosotros mismos, porque ahora sí, vamos con la destrucción rubia: «Daenerys no pasó por Maquiavelo, ni siquiera por Calígula. De cero a Hitler, pum, directamente», dijimos ayer. ¿Hay alguien, por el amor de dios, ALGUIEN, a quien esto no le pareció atropelladísimo? En el futuro, cuando se estudie la premura como problema dramático en personajes de ficción, Daenerys volverá de entre los muertos.

La conversión de Daenerys figura en nuestro repaso a lo peor de la temporada, pero no queda otra que consignarla también entre lo mejor: defendemos que fue valiente llevarlo a cabo, tanto como lo fue en su día matar a Ned Stark. La ejecución de la transformación fuera acelerada, de eso no cabe duda, pero el topetazo que nos dimos fue estupendo. ¿Usted se lo vio venir? Pues tome un pin y el título del Cuervo de Tres Ojos, que está vacante. A la mayoría nos la colaron pero bien. No hará falta que le recuerde las niñas bautizadas con su nombre o las políticas con camisetas con su rostro.

Porque, ay, lo del rostro. Me alegra que me haga esta pregunta. ¿Cree usted que todo esto habría ocurrido si Daenerys, en lugar del semblante de princesa Disney de Emilia Clarke hubiera sido, por decirlo así, feúcha o incluso del montón? Porque a nosotros nos cuesta horrores imaginar un escenario así. Por un lado, porque las malas bellas embrujan lo que no está en los escritos. Por otro porque, ¿cómo va a ser una déspota una muchachita así de linda? Casualmente, nunca Daenerys estuvo más hermosa (discúlpenos, si puede, la frivolidad) que en el último capítulo, transmutada ya en villana total. Nunca más bella que cuando se volvió caudilla. Esa escena, esa jodida y grandiosa escena en la que, con las campanas de fondo, abraza sin más la locura y ni pronuncia dracarys, porque no hace falta. Todo está en esa mirada desquiciada. O esa otra, con las alas del dragón y el porte fascista. Gloria bendita.

Así que sí: bravo por haber tenido los redaños de llevar a cabo este giro. Por no amilanarse ante el enfervorecido clamor que no se contentaba con darle a Daenerys el Trono de Hierro y le puso en bandeja hasta la alcaldía de Cádiz y todos los pueblos colindantes. Hay un placer siniestro, ridículo, si quiere, en percatarse de que uno lleva aplaudiendo ocho años el alzamiento de una tirana. De quedarse picueto, vaya. Y real como la vida misma. Es una jugarreta fantástica. Y puestos ya de rodillas, añadamos algo más: gracias por no haber jugado la baza del ADN, o no hacerlo en exceso. Sí, Daenerys es Targaryen, y sí, tienen un historial mental para reventar el archivo de la López Ibor, pero eso no es lo que metamorfoseó a la Madre de Dragones en La Chalada de los Dragones. La moneda, con ella, quedó en el aire, fue un manotazo al final lo que la hizo quedar en el anverso cruel. A fin de cuentas, también hubo Targaryen buenos y justos.

Pero fue ella, ella sola. Azuzada por la ceguera idiota de los demás, no por su genética. Una lástima que aquello no se viera con la claridad que debía y que tuviera que ser el acerado parlamento de Tyrion el que asentara todo esto casi, casi, mirando a cámara. Daenerys merecía que fueran sus acciones las que explicaran su evolución. Su demencia, su envilecimiento, su cólera y el consiguiente exterminio. Pero en lugar de eso se nos proporcionó un monólogo sobre el poder, sobre la naturaleza misma de la tiranía y el peligro de los iluminados que quieren «cambiar el mundo» pero primero se pertrechan con una cerilla y un bidón de gasolina. Acertado, sí, pero baratísimo. En pantalla, la vimos perder el oremus y la pulcritud de sus trenzas en solo dos capítulos. ¿Y por qué? Porque le mataron a un dragón, a Missandei y se zampó dos traiciones. Porque perdió el amor de su contrario y no alcanzó el de más pueblos. Fue cobarde dejarla sola para hacerla enloquecer, decirnos que un monstruo son la suma de sus traumas (algo, por cierto, que ya hemos tenido ocasión de criticarle a los Tronos en alguna otra ocasión). Se nos robó la ocasión de verla haciendo esa transición, de querer ser adorada a no ver otra salida que ser temida, con más pausa. La misma con la que se nos mostró todo lo demás: la de su humillación, su mercadeo, su crueldad contenida, sus titubeos con el despotismo. Este es nuestro reproche, que, aunque no es menor, suavizaremos un poco más: bravo, también, por llevar el delirio de Daenerys hasta sus últimas consecuencias. Sin postrera ni ridícula redención in extremis como la que tuvo Cersei. Esta vez, por una vez, Weiss y Benioff tomaron una decisión y apechugaron con las consecuencias.

La premonición de Daenerys no era nieve, sino ceniza. El villano final no era ni Cersei, ni el Rey de la Noche, ni su rival y verdadero heredero al trono. Fue siempre ella misma, el monstruo final de estar loca. La verdadera Reina de las Cenizas.

Así de equivocados estábamos. Por fortuna Drogon, el bueno de Drogon, se lleva entre sus garras el símbolo último de nuestro error, con destino desconocido. Rumbo a donde acaban las historias.

Coautor 62


Juego de tronos VIII, primera parte: lo peor

Dothraki: Ezas eshna gech ahilee! (Traducción: «Se va a haber un follón que no sabe ni dónde se ha metido»). Fotografía: HBO.

Se acabó, o sea: tocotó. Hasta aquí hemos llegado. Ocho temporadas, setenta y tres capítulos, tres días, seis horas y cuarenta y siete minutos de Juego de tronos, que se dice pronto. Ocho años han pasado desde el estreno de la serie en 2011, veintitrés desde el lanzamiento del primer libro de la Canción de hielo y fuego en 1996 y casi treinta (año arriba, año abajo) desde que George R. R. Martin comenzó a imaginar la saga de fantasía que acabaría cautivando a los televidentes del mundo entero. ¿Quiere saber lo mejor? Que Martin, entonces un autor poco conocido, mal pagado y todavía menos premiado, se puso a escribirla huyendo de la televisión. Venía de que se cancelasen, uno tras otro, todos los programas de los que había sido guionista. Una saga épica, se dijo entonces. Un ciclo, una epopeya, algo intrínsecamente literario. Algo con mapa y con árboles genealógicos. Bum. Qué contarle a usted que usted no sepa. Juego de tronos es la serie más cara, más vista (legal y ilegalmente, las dos cosas), más premiada y más distribuida (en ciento setenta y tres países de ciento noventa y cinco que tiene el mundo) de la historia de la televisión. La historia de una niña insignificante, por la que nadie daba un duro, que acabará conquistando el mundo y que al final, cuando nada más le queda por conquistar, elegirá prenderle fuego. Considérelo si se cuenta usted entre los que temen que Martin no escriba Sueño de primavera, el esperadísimo tomo final de la Canción de hielo y fuego. Lo escribirá, vaya que sí. Otra cosa es que después coja el manuscrito, lo meta un bidón y le prenda fuego.

Juego de tronos ha terminado y es tradición en esta casa dedicarle un gran repaso a la última temporada de la magna obra de David Benioff y D. B. Weiss. Habrá dos entregas, como siempre: en esta repasaremos los siete grandes errores y en la de mañana los siete grandes aciertos de la temporada. Advertencia a descontentos, farfulleros y otros hijos de la Harpía: aquí insistiremos en el cómo, no en el qué. No nos vamos a parar demasiado en quién debió matar a quién, quién debió sobrevivir a qué y quién debió o no debió volverse tarumba al final. Eso son decisiones narrativas, materia de opinión. Y opiniones, como pasa con los culos, todo el mundo tiene una. Aquí nos centraremos en la ejecución: qué se hizo bien, qué se hizo mal y qué se hizo regulín regulán. ¿Estamos? Estamos. Ah, y otra cosa: SPOILERS, todos los del mundo y más, a partir de ya. Si no ha visto las ocho temporadas de Juego de tronos, a) enhorabuena, ojalá un biopic sobre usted, y b) vuelva usted mañana. Como dijo Varys, y lo dijo, el que avisa no es traidor.

1. La batalla de Invernalia *sad trombone effect*

El entierro del conde de Orgaz, El Greco, 1587. Fotografía: HBO.

Poco podemos decirle sobre la batalla de Invernalia que no se haya dicho ya: que no se veía un carajo, solo para empezar; que las tácticas militares que siguieron los héroes eran fundamentalmente el ataque al castillo de Playmobil; que los espectros hicieron brecha y se colaron hasta la cocina pero allí, mira tú por dónde, apenas murieron personajes protagonistas; etcétera. Quizá se cuente usted entre los quintacolumnistas súbitos, los youtubers furibundos y los profetas vueltadetódicos que califican la batalla de desastre, blasfemia y ofensa a la bandera; nosotros no llegamos a tanto, sentimos decepcionarle. De hecho, en nuestra próxima pieza, repasando los aciertos de la temporada, señalaremos algunos que tuvieron lugar en el tercer episodio. Eso sí, no podemos completar una revisión sin comentar que la batalla fue, en general, floja.

Poquita cosa, entiéndame. Escasa, por usar un adjetivo más preciso. Dirá usted que había zombis a cholón; bueno, pues más tenía que haber. Dirá que hasta caían del cielo; bueno, pues más tenían que haber caído. Dirá que había un gigante; pues eso, uno solo y nada más. Dirá que han calificado esta batalla, coja aire, como EL MAYOR ESPECTÁCULO EN LA HISTORIA DE LA TELEVISIÓN *truenos*. Mire, entre usted y yo: los hay por ahí con el gatillo fácil para los superlativos. Le pongo un ejemplo, a ver si usted me entiende: Guerra Mundial Z. Que como película es mala y como adaptación debería ser punible por ley, estamos de acuerdo, pero convendrá conmigo que las mareas de muertos vivientes vertiéndose sobre las murallas y anegando las calles de Jerusalén fueron purita gloria cinematográfica. Palabra clave: verterse. A lo bestia, a lo burro, como un tsunami. Como hacían también los muertos de Juego de tronos en la batalla de Casa Austera, sin ir más lejos, cuando se tiraban por el barranco. ¿Por qué no vimos eso, si lo habíamos visto ya, y esta vez era todo igual, solo que más? ¿Se ha parado a pensar cuántos enteros integran supuestamente este ejército de espectros? Apunte: como poco, todos los miembros que vimos en Casa Austera y todos los que ha sumado hasta llegar a Invernalia. Una porción significativa de toda la población del veinticinco por ciento superior del mapa de Poniente. ¿A usted le pareció, de verdad, que vimos semejante cantidad de gente?

Eso en el plano de las cantidades, de las cualidades mejor ni hablar. Los dragones fueron sumidos en la inoperancia, sin más. Motivo: había una nube o no sé qué. Melisandre, otra que tal baila. Superpoder: encender leña. Pues vale. Sabe R’llhor que no la íbamos a ver, por desgracia, trotando y lanzando hechizos como una hechicera de Warhammer, pero qué se yo: esta mujer es capaz de engendrar demonios, digo yo que uno o dos habrían venido bien. Y los caminantes blancos, esa es otra. ¿Dónde estaban los caminantes blancos? Se lo digo yo: juntitos de la manita sin hacer virtualmente nada. Es que ni una carga de caballería-zombi, hija de mi vida, ni una triste persecución a galope al estilo Nazgûl. Mamuts, huargos y otras cabalgaduras, apaga y vámonos. Ni las arañas de hielo que mencionaba la vieja Nana y que George R. R. Martin sacó en un tweet como diciendo «que viene, que viene, ts, ts». ¿Sabe usted lo peor? Que le han preguntado por esto a David Benioff y D. B. Weiss, por las arañas de los caminantes blancos en la mitología de la Canción de hielo y fuego, y dicen, y cito, que «quedan bien en una caratula de un disco de heavy metal» pero que en pantalla ya no tanto. Eat shit, Peter Jackson. Esto, los mismos señores que la temporada anterior nos hicieron comer un oso 1) polar 2) gigante 3) zombi 4) en llamas. Tócate las narices.

Floja, insistimos. Y lo peor es que lo fue calculadamente, no por error. Esa contención con la que se ejecutó la batalla de Invernalia, tan meticulosa, tiene que ver con aquello a lo que dedicamos el siguiente punto: el establecimiento del Rey de la Noche y los caminantes blancos como una amenaza menor respecto a Cersei y la reubicación de su enfrentamiento a media temporada, fuera del clímax de Juego de tronos. Adivine qué: ese fue el auténtico error.

2. El orden de factores sí altera el producto

Esto cuando pasa con los sanjacobos da mucha rabia. Fotografía: HBO.

Al arrancar esta temporada nuestros héroes se enfrentan a dos villanos, uno al sur y el otro al norte. Uno es un déspota que mata a capricho y se aferra obsesivamente al poder; el otro es todo eso y además cabalga un dragón-zombi, comanda legiones de muertos vivientes y en su agenda figuran goals como desencadenar un invierno perpetuo sobre la tierra y condenar a la raza humana a la extinción. Si Juego de tronos fuese una partida de ajedrez los buenos serían las fichas blancas, los malos serían las negras y luego habría una pala excavadora circulando hacia el tablero a cien kilómetros por hora. Que al final no gane la pala forma parte de las convenciones heroicas de los cuentos, por supuesto; pero decirse que aquella no es el enemigo mayor de todos es una conclusión lunática.

Y sin embargo eso es precisamente lo que han hecho Benioff y Weiss al matar al Rey de la Noche a mitad de temporada: desposeer de su estatus al gran villano y convertirlo improvisadamente en un villano secundario. Hay que elegir a quien le damos la gran batalla final, debieron decirse en algún momento: al Rey de la Noche o a Cersei. Así, pum, salomónicamente. Decidieron que sería para Cersei (solo aparentemente; al final sabríamos que la auténtica villana en aquel choque sería Daenerys) y que harían a sus personajes caracterizar verbalmente el primer combate como «la gran guerra» y el otro como «la última guerra». Como diciendo: no, si admitimos su jerarquía desigual, solo les hemos cambiado el orden. Meec, error. Esto es ficción: el orden es la jerarquía. En los cuentos no rige la propiedad conmutativa, el orden de factores sí altera el producto. En la sintaxis la ubicación confiere significado: el villano que llegue al clímax es el villano primario. Da igual que al final Daenerys acabe como una regadera y se erija sorpresivamente en archienemiga: el problema es que el villano ulterior no sea quien vino siéndolo durante los ocho años que nos preceden. Los dos villanos debieron neutralizarse siguiendo el orden natural (primero el menor, Cersei y/o Daenerys; finalmente el mayor, el Rey de la Noche) o hacer que ambos confluyeran en una única amenaza final. ¿Cómo? Madre mía, será por fórmulas. Lo más tradicional, como recordábamos en este artículo con predicciones sobre esta temporada, es que el villano menor sucumba por sí mismo o sea neutralizado por el villano mayor antes del desenlace. Denethor se tiró Minas Tirith abajo, por ejemplo. Molly Weasley acabó con Bellatrix Lestrange. A Dennis Nedry se lo comía un dilofosaurio.

¿Era difícil conciliar al villano primario y al villano secundario de Juego de tronos? Lo era, en particular porque su ubicación geográfica limitaba mucho su convergencia literal. ¿Era acaso un problema singular de Juego de tronos? Al contrario, esto es muy común en el género fantástico. En parte, porque no hay que buscarle solución, la solución viene inscrita en la propia lógica de la fantasía: el villano paranormal > el villano humano, punto pelota. ¿Es acaso un crimen imperdonable quebrantar de esta forma las convenciones del género? No. Lo grave de este caso es que han violado la promesa implícita que estos señores le hicieron a usted. Matar al Rey de la Noche a media temporada constituye una violación de la propia lógica interna de los Tronos: el crescendo. Winter is coming, nos dijeron hace ocho temporadas. Winter is coming, repitieron incansables mientras el invierno, en efecto, se acercaba poco a poco. Los héroes mermaban, las criaturas avanzaban, las batallas eran cada vez más crudas y todo lo que ocurría al sur perdía relevancia hasta el punto, recuerde, de decretarse una tregua e interrumpir la propia guerra de los héroes contra Cersei al final de la temporada pasada. «Solo hay una guerra que importe», decía Jon entonces. Ocho años, ocho, llevan Weiss y Benioff construyendo deliberadamente un crescendo que vehiculaba el pacto narrativo y les habilitaba para incurrir en infracciones (como abandonar tramas a medias e imprimir velocidades muy distintas a su narración, entre algunas de las más comunes en Juego de tronos) porque todo se amnistiaba hasta completar esa solución definitiva, ese apogeo que aguardaba al final, ese choque entre los vivos y los muertos que se definió implícita y explícitamente como auténtico destino del viaje. Al final, cinco minutos antes, han decretado que mira, que mejor no. Y seguramente, ahora que todo ha acabado, esta decisión se recordará como el gran error de Juego de tronos.

3. Qué Targaryen loco ni qué niño muerto

Zamora no se tomó en una hora pero Desembarco del Rey sí. Fotografía: HBO.

Poco tenemos que reprocharle a la batalla de Desembarco del Rey, la verdad. Tuvo todo lo que no tuvo Invernalia: hipérbole, delirio, una verdadera escala monumental. Mucho menos al capítulo final, que fue una cosa bárbara. Aplauso, plas, plas, plas. Eso ya lo glosamos mañana. Aquí un solamente detallito y solo porque constituye la guinda a una triste inercia que venimos viendo en las últimas temporadas de Juego de tronos: los niños muertos.

Los niños muertos y toda su parafernalia, entiéndame. Ese bebé lastimero que llora inconsolablemente, ese fistro de madre abnegada, ese hombre ante la barbacoa de miembros churruscados que antes era su hijo. Violines, slow motion, coros de voces blancas. Y el caballito de madera que hace las veces de peluche en llamas en el mundo de los Tronos, eso que no falte. Qué drama, jademivida. Faltaron solo los zooms y una manada de cachorritos de golden retriever en llamas. Problema: la pena no se puede someter a partitura. Problema peor: se puede, pero no se debe. En eso radica la diferencia entre un drama y un melodrama. Problema peor todavía: esto es algo que no se hacía en los Tronos cuando los Tronos eran los Tronos. Y que entonces se vivía como una rareza y un acierto felicísimo. Aquí la gente moría y vivía y a usted nadie le decía si tenía que darle pena, alegría o absolutamente igual. Es usted mayorcita, era el mensaje implícito; usted sabrá. ¿Sabe quién decapitó a un inocente en el primerísimo capítulo de esta serie? Ned Stark. ¿Sabe quien salvó las vidas de miles al urdir la Boda Roja? Tywin Lannister. Y de las masas anónimas, en fin, mejor ni hablar. Al menos dos veces más hemos asistido a la devastación de Desembarco del Rey (durante la batalla del Aguasnegras y la destrucción del septo de Baelor) y en ninguna, que yo recuerde, nos aporrearon con una pancarta que dice ESTO DA PENA. Por no hablar de todos los otros reinos, fortalezas y ciudades-Estado por los que hemos pasado. Periodismo de datos: en las ocho temporadas de Juego de tronos hemos visto en pantalla más de tres mil quinientas muertes. Casi doscientas corresponden a personajes protagónicos y con frase hasta que la gente que hacía esta web se aburrió de contarlas al final de la sexta temporada. ¿Y ahora, AHORA dan pena?

Que sí, Weiss, Benioff: los edificios derrumbándose no bastan, de alguna manera hay que caracterizar el drama humano que está montando Daenerys. Que sí: matar inocentes no está bien. Pero, coño, que con una secuencia o dos bastaba. Que me lo estáis gritando al oído con un altavoz. Que no es un documental, son extras correteando en llamas que luego los apagan con extintor y les dan un bocadillo. Relajaos un poco. ¿Y si quiero yo, eh, sentir empatía con Daenerys? ¿Y si esto no es, ni más ni menos, lo que corresponde a una khaleesi del Mar de Hierba, a la Anastasia Romanov de una dinastía centenaria cuya familia fue masacrada? ¿Y si esto no es, en suma, mucho peor que algunas cosas que sí han hecho nuestros virtuosísimos protagonistas ya no en el background, sino en pantalla? Jon sentenció un niño a la horca, os recuerdo, y ejecutó él mismo la sentencia. Jaime tú le invitas a tu casa y él tira a un hijo tuyo por la ventana. Catelyn le rajó el cuello a Joyeuse Frey, de quince años, que ya me dirás tú qué culpa tenía de nada. ¿Por qué estos niños de ahora son diferentes de aquellos? ¿Es acaso que las faenas que le hicieron a Catelyn o a Jon son peores que las que ha sufrido Daenerys a manos de la conga interminable de traidores, indeseables y ratas de alcantarilla que integran el elenco de personajes de Juego de tronos? Cuesta imaginarlo y, sin embargo, no me estáis permitiendo que sienta afinidad con el personaje. Setenta y tres capítulos tuvo esta serie y en el número setenta y dos, pum, bautismo en masa: #teamJon por decreto ley. Pues mirad, no. No me da la gana.

4. La calamidad rubia

Aquí es cuando las hienas tocaban el xilofón con huesos. Fotografía: HBO.

Y después que eso, ensañamiento. Daenerys no pasó por Maquiavelo, ni siquiera por Calígula. De cero a Hitler, pum, directamente. Ay, con el último capítulo de Juego de tronos no se puede uno pelear: fue estupendo, pura magia. Pero qué mal sabor de boca dejó la atropellada transformación de Daenerys en la Reina de Corazones.

Allá por 2011 Martin, Weiss y Benioff cogieron dos leyes narrativas bien gordas, las transgredieron y anunciaron implícitamente que aquellas dos transgresiones serían, de hecho, el propio tema de su serie. Una era la mortandad de los héroes; la otra, que los héroes y los villanos intercambiaban su signo. Rebobine ahora, volvamos a 2019, y respóndame a esta pregunta: ¿le dio a usted penita la muerte de Theon allí arriba, en el bosque de dioses de Invernalia, en el tercer capítulo de esta temporada? A nosotros mucha. ¿Sabe por qué? Porque lo suyo sí fue una transformación de verdad, para cuando murió le habíamos perdonado ya las perrerías. ¿Le emocionó cuando Sansa dio señales de tener nervio, por fin, hace dos temporadas? Lo mismo: fruto solamente de la machaconería infatigable de los showrunners, que poquito a poquito, paso a paso, año tras año, lograron convencerle a usted de que había lobos dentro de aquella bobalicona. ¿Piensa usted que eso es acaso genio, el resultado de un afanoso proyecto intelectual al alcance solo de unas mentes privilegiadas? Lamentamos disentir: es tiempo y nada más. Y tiempo es precisamente lo que nos ha sobrado: ocho años llevamos mamando la teta capitolina de HBO. Ocho años han tomado las transformaciones de Sansa, Theon, Arya y Jaime, por citar solo las más significativas.

Se puede hacer en menos, claro está. Cuatro años. Dos. Uno, qué se yo. Pero no en dos minutos, nos tendrá que perdonar. Que tuvieron una realización prodigiosa y Emilia Clarke se ganó un carretillo de Emmys, pero fueron dos minutos lo que tardó Daenerys en volverse tarumba en el quinto episodio de esta temporada. Y después de eso, en el sexto y último, ya no quedaba Daenerys, solamente un espantajo. A usted me dirijo, sucio realista de los Stark, asqueroso miembro de las huestes #teamJon: míreme a los ojos y dígame sinceramente que no le chirrió aquella Daenerys que vimos en el salón del trono, pobre hija mía, que le faltaba solamente dar vueltas de campana y darle la mano al mismo dos veces. Y el asunto ese del «despertar del dragón», la metáfora de la monedita que decía Varys, eso ni me lo nombre: son dispositivos verbales, excusas baratas. Era una gran idea que Daenerys se convirtiera en villana, un Targaryen sembrando la devastación siempre constituye un magnífico espectáculo, la decisión como tal es valiente e impecable; pero un cambio así necesitaba tiempo. Si no lo tienes, estupendo; entonces todo esto tenía que haber comenzado antes.

5. La buena mala

*Piensa en elefantes*. Fotografía: HBO.

Y ahora, con su permiso, una contradicción, que siempre es algo muy sano.

El orfeón de papagayos que le hacemos el caldo gordo a los Tronos llevamos ocho años repitiendo que sus personajes son «complejos», que «evolucionan» y que tienen «profundidad». Lo acabamos de hacer aquí, no le digo más. Es una forma asquerosa y doctrinaria muy popular de valorar la calidad de los personajes de una película o una serie de televisión: hacerlo en la medida en que parezcan personas de verdad. Su psique lo es todo, nos decimos. Y de su psique solo importa que atraviese los mismos estados que la psique humana, nos decimos después. Personajes = personas. En pintura hace tiempo que aprendimos que si la verosimilitud fuese la medida de todo no tendríamos el Guernica de Picasso ni El beso de Klimt, pero con la ficción seguimos anclados en Rembrandt.

Consejo: no nos haga mucho caso. Este naturalismo radical que exigimos a los personajes en nuestra era no es siempre lo más deseable. Las autoridades, por ejemplo, deben tener un dedito o dos de profundidad, nada más. Imagine que Yoda o que el Oráculo de Matrix, que están ahí para hacernos conocer información incuestionable sobre el mundo donde acontece la narración, dudasen, se contradijesen, cambiasen de parecer y tuviesen, en suma, tribulaciones humanas. Pasa parecido con los villanos. Si un villano da signos de obedecer motivaciones distintas de la pura villanía entonces ese villano no es realmente un villano, es un ser humano lastrado por la imperfección, como usted y como yo. Es un personaje profundo, complejo, evolutivo, sí; pero es un personaje que no mueve debidamente la animadversión del espectador y que no cumple bien su función. Es un mal personaje.

Hace años esa era Cersei: un manojo de miedos, ambición, compasión y crueldad, entre otros atributos contradictorios. Un ser intelectual, político y sexual, una reconstrucción veraz y convincente de un ser humano. No era un mal personaje, Dios me libre; ocurre que aquello funcionaba precisamente porque Cersei no era el villano, o no el gran villano de Juego de tronos. Eche la vista atrás: el villano entonces era Joffrey y Cersei lo contenía, de hecho, para que no cometiera tropelías peores. Cersei abandonó la periferia moral del cuento y accedió al puesto de comandante en el polo antagonista de la historia después de morir su hijo mayor. Ya no era ese personaje desbordante y enriquecido de las primeras temporadas, era simplemente un señor Burns acompañado por su preceptivo Smithers. Como Sansón, perdió la fuerza con el pelo. ¡Caricato!, bramaron entonces muchos. ¡Desdibujo!, repitieron otros a coro. ¡Cersei ya no gusta!, vinieron a decir. Y sí, claro, pero mire, con perdón: nos ha jodido mayo. Es la mala, ahora sí que sí. No te puede gustar. Si te gusta (si te gusta de verdad) entonces no es verdaderamente mala. Es, disculpe el juego de palabras, una mal mala.

Y a una buena mala, una mala de verdad, como lo era la Cersei tardía, lo peor que se le puede hacer es lo que le han hecho a ella: redimirla patateramente y mal en sus últimos diez minutos de vida. Un tic que ya le hemos criticado a Weiss y Benioff y que en este caso es, o nos lo parece a nosotros, particularmente flagrante. La leona de los Lannister, la figura que ejercía simultáneamente de reina y rey y alfil y caballo y torre a su lado del tablero, reducida al tembleque, la inoperancia física y el lloro con moco. Y ese cobardísimo correteo, tiquitiquitiqui, con el que sorteó a los hermanos Clegane cuando ambos se disponían a darse su anticipadísima ensalada de hostias. No compro, lo siento de verdad. Primero, no hacía falta; Cersei ya practicó la cabalidad, la compasión y otras virtudes en otra era de Juego de tronos, cuando le correspondía. Y, segundo, es indigno del personaje. Cersei era poderosa, temperamental hasta la temeridad y más burra que un arado: dejad que lo sea, Weiss, Benioff. Dadle su apoteosis operística. Cersei bramando al cielo, poco menos, en lo alto de la Fortaleza Roja mientras Daenerys reduce el castillo a cenizas. Un King Kong furioso encaramado a su rascacielos, un Saruman que solo va a bajar de su torre apuñalado por la espalda. O un final simbólico, algo contenido pero retórico al estilo de Maegor I, apodado «el Cruel», que murió atravesado por las propias espadas del trono. El tramo final del delirio, cuando no se acepta ya la propia realidad. El final que tuvieron Viserys Targaryen, Joffrey Baratheon, Ramsay Bolton, el mismísimo Rey de la Noche y hasta Daenerys Targaryen. No era mucho pedir.

6. Sus vidas son los ríos que van a dar en la mar, que son los plot holes

Un barco lleno de irrelevantes. Fotografía: HBO.

Y seguidamente nos ocuparemos del último punto, el que pone final a esta revisión de la octava temporada de Juego de tronos, pero antes echemos un vistazo a esa gran fosa común que son los plot holes. Pedimos un minuto de silencio por todos los personajes que, sin morir a lo largo de esta temporada, han muerto realmente más que los que sí lo han hecho:

Ilyn Payne. Profesión: verdugo. La cosa tiene mandanga: Juego de tronos ha acabado y el único miembro de la lista de Arya que ha quedado sin despachar, por hache o por be, ha sido quien decapitó literalmente a Ned Stark. Si querían hacerle a Sean Bean un feo peor que matarlo, enhorabuena: lo han logrado.

Kinvara. Profesión: gran sacerdotisa del templo rojo de Volantis, persona chunga en general. Nunca sabremos cuáles fueron las palabras que salieron del fuego cuando Varys fue castrado y por extensión nunca sabremos nada más de esa parcela del background que llegó a insinuarse que sería determinante en Juego de tronos. Kinvara conocía esos detalles pero Kinvara apareció una sola vez y luego nunca más se supo.

Quaithe de la Sombra. Profesión: hechicera, domadora de sombras, tattoo artist. Lo mismo: en su única aparición, Quaithe parecía conocer de antemano que Jorah acabaría atravesando la antigua Valyria y contrayendo la psoriagris, y encima bastante antes de que ocurriera. ¿Cómo? Ah, misterio.

Illyrio Mopatis. Profesión: urdir complots, chupar del bote, sus mamandurrias. No es que sea una ausencia grave: a diferencia de lo que ocurre en los libros, las apariciones de Mopatis han sido muy escasas en Juego de tronos. Hay quien dice que si Ian McNiece hubiese conservado el papel otro gallo habría cantado.

Tycho Nestoris. Profesión: trabaja en la Sareb. Es un señor muy coñazo, estamos de acuerdo, pero el representante del Banco de Hierro de Braavos es quizá es el único de este recuento que tenía que haber salido en la octava temporada. ¿O cree usted acaso que la monstruosa deuda contraída por la corona de Poniente durante el reinado de Cersei queda conmutada con la coronación  de un nuevo rey?

Daario Naharis. Profesión: asesino pero poco, amante bandido. Lo dejamos como representante del poder Targaryen en Mereen. ¿Es ahora Mereen una colonia dependiente de los seis reinos? ¿Ha vuelto el esclavismo, por el contrario, a la Bahía de los Esclavos? Si uno dedica un epílogo a hablar de los desafíos políticos que depara el futuro, ¿no son estos los detalles que deberían aclararse?

Meera Reed. Profesión: salvar a Bran y por extensión a Poniente y por extensión a la propia raza humana. Recompensa: ninguna. Ni un cargo, ni un puestito, es que ni participar en su coronación. Y mira que había gente en el concilio aquel, hija de mi vida. Faltaba Elrond.

Jaqen H’ghar. Profesión: ninja mágico o algo así. ¿Nos despedimos de él? Sí. ¿Sonó a verdadera despedida? No. ¿Hacía falta siquiera contratar al mismo actor para hacer aparecer al personaje en la octava temporada? No. ¿Entonces? Entonces nada. Es que ni el caramelito de la teoría Jaqen H’ghar = Syrio Forel. Anda que no habría quedado bonito.

7. Bran I el Roto, y tan roto

El capitán Panaka urdiendo una estratagema. Fotografía: HBO.

Todos tenemos amigos de esos que llaman solo cuando necesitan algo, seguro que usted también. ¿Sabe lo que le digo, verdad? Estupendo. Hablemos de Bran.

O, lo que es lo mismo, hablemos del Rey de la Noche. En los libros originales no existe el Rey de la Noche (existe un «Rey de la Noche» pero es una figura legendaria que no toma parte en el curso de la acción). «Los Otros», como se los denomina en las novelas, son una masa imprecisa de muertos vivientes y caminantes blancos sin una figura que ejerza su liderazgo. Da igual que cuentes con vidriagón o acero valirio, así solo los matas uno a uno. Pretender detenerlos es como querer detener el agua asestándole puñaladas. Por eso David Benioff y D. B. Weiss introdujeron al Rey de la Noche en su adaptación televisiva: es una abeja reina, un dispositivo que permite desactivar al ejército de espectros. Y luego nos ofrecieron estampas (cómo fue creado él, cómo creaba él a sus caminantes blancos, cómo los caminantes creaban sus propios espectros) que al final han servido para naturalizar su destrucción: con esa daga que le clava Arya se desata una reacción en cadena al estilo muerte de Sauron. No es particularmente original, puede tener un cierto efecto de anticlímax, pero innegablemente se comprende. Bran era la otra parte de este mecanismo: el cebo. Para matar al Rey de la Noche y desactivar al propio ejército de los muertos necesitarían un cuello de botella, un lugar preciso por el que la criatura tendría que pasar sí o sí y hacerlo desprovisto de su cabalgadura monstruosa, Viserion. Eso se nos confirmó solo un capítulo antes de que llegase a ocurrir, que no es lo ideal, pero también pudo comprenderse.

El problema con Bran lo conoce usted bien, lleva ya un par de años siendo uno de las disfunciones más agudas de Juego de tronos. Weiss y Benioff han ido más allá con Bran y al hacerlo han forzado el mecanismo que ellos mismos nos vendieron. A medida que convenía, aprovecharon su omnisciencia para revelar información que nada tenía que ver con el arco sobrenatural y el Rey de la Noche, en particular el asunto de la verdadera identidad de Jon. Y lo peor, la verdadera pirueta, es que luego le pusieron en mute de nuevo cuando lo encontraron conveniente. Cuando hubo que matar a Meñique en la temporada pasada, Bran habla y aporta la prueba definitiva en su contra; pero como Jaime no podía morir en esta antes del clímax (vete tú a saber por qué, pero el hecho es que no podía), entonces Bran no habla y nadie le ahorca en el mismo momento en el que pone un pie en Invernalia. A Daenerys le dice que el Rey de la Noche ha resucitado a Viserion (noticias frescas, esto los espectadores ya lo conocíamos) y sin embargo no dice nada acerca de la ubicación precisa del villano y su ejército (para que esa información, que todavía desconocíamos, dependiera entonces de la incursión de Ed el Penas, Beric Dondarrion y Thormund Matagigantes en la fortaleza de los Umber); etcétera. No es nuevo, esto mismo ya lo criticábamos en la temporada anterior, pero es ahora cuando la reviste verdadera gravedad.

En parte, y solo en parte, Weiss y Benioff han logrado naturalizar la conducta de Bran y su manera de inmiscuirse donde nadie le ha llamado, y es justo decir que lo han hecho con un golpe de efecto magistral. «Estabas exactamente donde debías estar», le dice a Jon en el muelle de la Fortaleza Roja. Todo en esa escena (el texto, la realización, la interpretación de los actores, la ubicación de la propia escena al final) canta por los cuatro costados a iceberg de Hemingway: algo gigantesco que se crea en el espacio en off de la narración invocándolo solamente con un apunte brevísimo. Sugiere que sí: Bran, tal y como lleva especulándose desde hace años, ha intercedido en el pasado de Juego de tronos. Ha aprovechado su poder para terciar en todo aquello que hemos visto en los últimos ocho años, y seguramente más atrás, para que los hechos condujesen al momento final en el que su hermana Arya aparece en el bosque de dioses de Invernalia armada con un puñal de acero valirio y facultada con la destreza necesaria para acuchillar al Rey de la Noche. Eso sí: de que esto sea o no sea «canon», olvídese. Es un recurso literario que se ha puesto en funcionamiento, esta vez, en una historia en pantalla. El iceberg no obedece a ese criterio. Nadie lo va a confirmar.

Sin embargo, a Bran lo han hecho rey. ¿Será Bran el Roto un buen rey en los seis reinos? Indudablemente. ¿Sienta bien un poco de calorcito al final, después de todo el frío que hemos pasado? Mucho. ¿Comporta una simetría resultona que Bran suceda en el trono a la mujer que lo arrojó por una ventana? Sí. Pero narrativamente no es, ni mucho menos, una solución; al contrario, es un embrollo que no lo parece porque aparece cuando queda solamente medio minuto de cuento. Problema número uno de todos los que plantea: si Bran ha reconducido los hechos hasta este punto, parece que se ha convertido a sí mismo en rey. Como ocurre con Dios según el viejo razonamiento (o Dios no es todopoderoso o Dios no es bondadoso; ambas cosas a la vez son incompatibles), Bran o es rey o es un héroe, pero las dos cosas no pueden ser. ¿Lleva solución este entuerto? No lo lleva, es una paradoja. Se la tiene que comer usted, ñam ñam, con cucharita. Weiss y Benioff crearon un autómata con un propósito específico, le dieron cuerda y lo echaron a andar. Después de completar su tarea, sin embargo, olvidaron desactivarlo de tanto que les gustaba y el autómata hizo lo que hacen los de su clase en estos casos: coronarse rey del mundo. No es la primera vez que pasa.

(Y hasta aquí nuestras críticas a la temporada; en este otro artículo cantaremos las alabanzas. Le esperamos).

Coautor 62


Juego de tronos VII, segunda parte: lo mejor

(Lo prometido es deuda: después de repasar ayer los siete patinazos de la última temporada de Juego de tronos, toca señalar los siete mayores aciertos. Y lo haremos con muchos SPOILERS).

Lo mejor

1. Farewell, Olenna

Pues qué pena que no sea yo Westley y tú Vizzini. Imagen: HBO España.

A estas alturas del culebrón es como si Weiss y Benioff le hubieran dado pasaporte a Logroño entero, lucroniense arriba, lucroniense abajo. Y no es un decir. El número de muertes desde que comenzó la serie se estima en más de ciento cincuenta mil, por la cuenta de la vieja. Pregunta: ¿cuántas recuerda usted que se produjeran con higiénica placidez? No se esfuerce: muy poquitas. Exceptuando al maestre Luwin, Aemon Targaryen y Hoster Tully, lo de irse al otro barrio dignamente se lleva poco en Poniente. Como mucho, te conceden una elipsis. Pero en general el canon son las decapitaciones a gogó, desmembramientos rumbosos y unos venenos con más efectos secundarios que el Mentos y la Coca-Cola. Incluso cuando tocó quitarse de en medio a una dulce e inocente niñita, D. B. Weiss y David Benioff no racanearon en sadismo. Equivocadamente.

Pero, claro, Olenna era Olenna. A uno de los personajes favoritos de la audiencia no se le podía finiquitar de cualquier manera, ni jugársela con un adiós falto de la elegancia y el carisma arrollador de la Redwyne. Ya da igual lo que nos temiéramos, porque Weiss y Benioff lo han clavado. Una escena sobria y contenida que (además de plantear paralelismos nada sutiles entre los mellizos Lannister dando matarile a sendas enemigas) rebosa coherencia narrativa. Tras asomarse al balcón y divisar las tropas entrando en Altojardín, Olenna entiende que le queda un pasmo en este mundo, pero, cuidado: no se va a lanzar al foso (aunque, como ya señalamos al revisar los puntos flacos de esta temporada, eso le habría salvado los muebles a Jaime) ni a beberse la lejía. Pues solo faltaba. Que una es señora. Y hay algo todavía más satisfactorio que privarles a los Lannister de acabar con la última Tyrell: amargarles la victoria.

Y vaya si lo hizo. Despachó al manco con su característica sarta de zurriagazos dialécticos. Él se las deseaba muy felices porque venía en plan misericordioso a quitarle la vida pero ahorrándole lo de acabar vomitando fosforito, y salió de los aposentos escaldado. Atiende, Jaime, que Olenna te va a cantar las verdades del barquero: ¿Que vienes a matarme? Pues una cosa te digo: a tu hijo lo maté yo, que lo sepas. Lo que le costó morir al niñato, ¿eh? Y tú ahí, a por uvas, que se supone que tenías que proteger al crío. Que, por cierto, estaba loco. Como tu doña, por otra parte. De chiflada nada, una puta psicópata, eso es lo que es. La peste. Y tú, un memo. Un alfeñique, un tontaina. Que no te enteras. Que de sus hermanas ya se habían enamorado antes otros, pero el encoñe patético que tienes tú es para hacérselo mirar. Te estás poniendo tú solito los clavos del ataúd y encima dando las gracias… ¿¡Pero qué!? ¡No se te ocurra ponerte a hacer pucheros! Tira, anda, corre a llorar en el regazo de Cersei.

Y así, damas y caballeros, es como se muere la Reina de las Espinas: a soplamoco limpio y con una copita de vino. Triunfal, digna, espléndida y sin brizna de esos arrepentimientos tan cinematográficos y tramposos. Entonando el «soy una mala bicha y lo volvería a ser», con la barbilla apuntando al cielo. Regodeándose en la estupidez ajena. Mofándose de su propio fracaso. Dejando tras de sí un reguero de afilados consejos no pedidos. Y honrando la naturaleza misma de su personaje, la quintaesencia del robaescenismo: tú me matas, pero gano yo. «Es el único personaje que se ganó la escena de su muerte», dicen Weiss y Benioff. Esperemos que también una entrada al infierno a hombros y por la puerta grande. Y un volquete de putos.

2. Daenerys y Jon: tentamos a la suerte, tenemos que ir a muerte

El camino estaba tan empedrado para el encuentro de estos dos (hashtag Jonaerys, hashtag baephew, hashtag SOPOR) que no quedaba una carpeta en Occidente por forrar con el romance en ciernes. En ese sentido todo ha discurrido como era previsible, con una fábula muy de Quimi y Valle de excursión en Navacerrada. Miradita por aquí, miradita por allá, que si jijí, que si jajá, y al final, tocotó: casquete triunfal en el barco del amor. Y con culo, lo cual significa que flojito, como la gente que se quiere. Por lo menos nos ahorraron la escalada de mamoneo, porque solo faltaba: ha sido la historia de la tensión sexual más anticipada de la historia de la televisión.

— Hola, Quimi. —Hola, Valle. Imagen: HBO España.

Y a eso vamos. En el capítulo de las alabanzas no incluimos el romantiqueo de tía y sobrino sino su encuentro en Rocadragón, allá por el capítulo tercero de esta temporada. Eso sí que fue épico. Épicamente estúpido, vamos. Jon y Daenerys tenían un mensaje para nosotros y se cuidaron de transmitirlo con minuciosa claridad: «Somos a cada cual más idiota». La una declamando títulos como la lista de los reyes godos, el otro con cara de susto porque los helechos se menean, que si tú, que si yo, y entre los dos Rocadragón sin barrer y la rodilla sin hincar. Festival del reproche y de antepasados muertos, competición de sufrimiento acumulado en sus estirpes. Pero no nos confundamos: esta oda a la repelencia era completamente necesaria para el relato de la serie, y no solo para crear conflicto.

Juego de Tronos idealizaba mucho a estos dos, de eso ya hemos hablado. Daenerys y Jon tenían que molar y sanseacabó. Ahora nos lo explicamos mejor, claro: el destino del mundo, que se dice pronto, acabaría reposando sobre sus hombros. Y ya desde hace tiempo, si te fijas bien, puede verse una constelación de expectativas de hielo y fuego sobrevolando sus respectivos pelazos. Quizá sea precisamente por eso que sus tramas, en ocasiones, han incurrido en el bostezo por puro empacho (si no nos creen, repasen, repasen temporadas anteriores). Pero ahora que se aproxima el desenlace, Weiss y Benioff quieren dejar que se tambaleen algunas convenciones que parecían inamovibles: ni Daenerys es la impecable estadista de retórica revolucionaria que tanto admiran en Essos ni Jon tan espabilado ni incorruptible como un héroe que sigue el camino de Joseph Campbell. Ambos tienen lealtades, egos, privilegios y servidumbres personales. Y a ambos, también, el traje y la situación les vienen muy grandes. A una la criaron para acumular poder (no para luchar por él) y al otro para no ambicionar nada; si acaso, un apellido (no para luchar por él). A Daenerys la legitima su linaje, y a Jon la democracia de su entronización. Por eso es acertado que colisionen, que se suban cada uno a su burra y hagan ñi-ñi-ñi, aunque sea una desavenencia circunstancial entre un (ex)bastardo y una ungida por los dioses. La alianza (como el fornicio) eran inevitables, no instantáneos. Construirlos a partir de un choque garantiza su solidez y también su verosimilitud. Le han sacado jugo, no vamos a negarles el mérito. Pasión encendida, la emoción servida.

3. Rocadragón, oh Rocadragón

Que, por cierto, menudo portento Rocadragón. Cómo se las han maravillado para que la cima de ese camino empedrado y sinuoso la corone una fortaleza escarpada, oscura; sin rastro de la ermita de San Juan de Gaztelugatxe. Ni de los acantilados irlandeses donde también se rodaron parte de las escenas. Tan logradísimo cinematográficamente, tan 360 y tan realista geológica y geográficamente, que casi nos olvidamos de que habíamos estado allí antes. Con Stannis Baratheon, concretamente. Lo recordarán de capítulos anteriores como «Cuando Melisandre se embarazó y parió un puag» o «Sir Davos refunfuña por los rincones porque esto es una casa de locos» de la tercera temporada.

Pero hacía falta más leña. Rocadragón no era (solo) una fortaleza, un castillo góticomedieval que, según George R. R. Martin, fue levantado en la falda de un volcán por los magos de Valyria. Rocadragón posee un significado trascendental para Daenerys, el enclave que encarna su vuelta a casa tras una laaaaaaaarrrga travesía. Por eso toca teatralmente la arena al bajar de la barca, por eso deambula por los corredores como en trance, por eso casi besuquea el suelo como si fuera ella el papa… En definitiva, por ESTO se han guardado Weiss y Benioff todo el esplendor de la arquitectura dragónica, para enseñárnoslo ahora y no antes. Muy listos. No han defraudado ni las colosales cabezas de dragón que custodian la entrada ni la sala de de audiencias, con ese encanto desconchado de oler a cerrado. Tampoco los fugaces detalles de los pasadizos, construidos replicando la arriscada orografía de la costa vizcaína. Y ese trono de rocoso dramatismo, intimidante, en el que curiosamente nunca vimos que Stannis se sentara a juntar las yemas de los dedos y maquinar sus planes. Hemos pillado por qué.

Ocho apellidos valyrios. Imagen: HBO España.

Con los dragones sobrevolando los acantilados fue ya para volverse del revés del gozo; y lo de Daenerys pavoneándose de ellos en un clarísimo «aquí está mi coño moreno» ante un ojiplático Jon Snow, eso ya de ovación cerrada. Otro sobresaliente también para el emplazamiento de ese Pozo Dragón, una Itálica a la que le han exprimido toda la grandiosidad decrépita que se le presumía al único encuentro entre (lo que queda de) las casas Stark, Targaryen y Lannister. Y ha sido donde debía ser: en un anfiteatro en ruinas.

Ahora, tampoco vais a iros de rositas, Weiss, Benioff. Nunca mejor dicho. ¿Podéis explicarnos, por favor, qué narices es esto y esto otro? Porque Roca Casterly y Altojardín no, desde luego. El asentamiento Lannister tenía que meter miedo, literalmente. Que tú lo vieras y dijeras pies, para qué os quiero. No se trataba de subir un castillo a una roca y hala, solucionado. Será que no hay castillos, en España concretamente, para auparlos ahí en lo alto y que quedaran más resultones. Y de Altojardín ni hablemos. Cuatro arboletes sobre una peñasco pelao y a correr. Es un jardín (porque hay verde) y está en todo lo alto, ¿no? Pues eso: alto-jardín. Pues no, mirad, no. Hasta en Francia había alternativas mejores para caracterizar la capital del Dominio. Vergüenza nos da tener que decir esto. Que Peter Jackson rodó las Minas Tirith con maquetitas hace veinte años y como escarpias, miren. Encarecidamente os pedimos que no os pongáis chapuceros con estos particulares, que una cosa es tirar de alfombras de Ikea para maquear los vestuarios y otra arruinarnos visualmente la fiesta. Pero sigamos con lo bueno, no nos envenenemos.

4. Davos, Tormund y otros señores descolgados

Tía, fóllatelo. Imagen: HBO España.

¿Recuerdan cuando Juego de Tronos era una serie repleta de tramas y subtramas, con un cholón de personajes a los que costaba ubicar en el mapa? Pues olvídenlo, porque ya no. Por lógica pura (se van matando entre ellos) y cinematográfica (hay que ir recogiendo, que esta gente querrá irse) la galería de personajes es progresivamente menor. Es una obviedad que, para encajar en pantalla, Weiss y Benioff han restado complejidad para subirle decibelios a la espectacularidad.

Lo que sucede es que por el camino hemos perdido la paja, y el grano resulta que aún no está maduro del todo. Muchos de esos personajes y subtramas desaparecidas ayudaban a digerir el hilo principal y, de paso, a dar tiempo a que Daenerys acabase de peregrinar. Y a que su sobrino espabilara. Perdimos al afable Mag, a Mance Rayder, Barristan Selmy, a Oberyn, a Dorne entero… Y ahora los frentes están más que definidos, casi compactos. De las casas que iniciaron la disputa, solo quedan tres en pie (cuatro, si contamos a los Greyjoy, o la parte lunática de los Greyjoy). Solo una de ellas tiene lealtad oscilante (los Arryn). Y del otro lado, los chungos del muro. Por eso se agradece especialmente la presencia de «agentes libres» o correas de transmisión, personajes que han ido desempeñando misiones diversas, reciclándose a empujones y librándose del paredón, para que desengrasen esta dicotomía buenos-malos tan perentoria.

Hablamos, entre otros, de sir Davos Seaworth. Los pellizcos de monja que le ha pegado a Jon Snow esta temporada (oyoyoy, le estás poniendo ojitos a la oxigenada) hacían más falta que un nuevo burdel en Poniente, y en cierta parte hereda el rol de Olenna de senil gruñoncete cuyos consejos atiende básicamente nadie. A pesar de todo, el Caballero de la Cebolla no se ofusca y, además, aligera la serie con su sola presencia.

Lo mismo que el mastuerzo de Tormund y sus sicalípticos comentarios (un Emmy para esa mirada de «¡En tiempo de guerra, todo agujero es trinchera!») que tanta falta nos hacía, ahora que el Perro se ha sumido en una oscuridad y misticismo que ríete tú de Iñárritu. O Bronn, nuestro Han Solo de misión en Poniente, probablemente el personaje con la motivación más sólida (y macarra) de todo el elenco.

Weiss, Benioff: gracias por esto. Son detalles tontos y por eso, importantes. Muy incierto sería que estos personajes equilibren la balanza de un lado o de otro, pero la serie necesita respirar de vez en cuando. Y ellos soplan bien fuerte. Otro año hablaremos de la tremenda injusticia que insistís en cometer con Varys: ¿quizá el personaje más menospreciado de la serie? Quizá. Hemos disculpado lo de su teletransporte, así que, igual merecíamos algo a cambio. Dadle una vuelta.

5. D&D versión Poniente

Lo que no me mata me da puntos de experiencia. Tiro iniciativa. Imagen: HBO España.

Pues sí, señores y señoras, nos la han colado. Porque no van ganando los malos, como siempre parece en los Siete Reinos. Lo curioso es que los buenos tampoco. Y no, en tablas no están. Entonces, ¿quién? Pues los nerds, ni más ni menos.

Ya está dicho y requetedicho que Juego de Tronos es un hito histórico televisivo, una serie que es más que una serie porque es un fenómeno de sincronía colectiva. Tu madre la ve por las intrigas palaciegas y los romances locos, tu jefe lo goza con el pezonerío, la sádica de tu prima por las batallas hemoglobínicas y su hermano, por los zombis. Los hay que lo consumen como una lección de política pactista y teorías sobre el poder. Y luego, están los que llevan (llevamos) salivando más de siete años con que Drogon, Viserion y Rhaegal pegaran el estirón, rabiando porque la fantasía explotara definitivamente en un acabose de espadas mágicas, mamuts gigantes, fuegos valyrios, redivivos sin putrefacción y árboles con caras.

Está claro quién llevaba razón: ni culebrón pseudohistórico con intrigas de salón ni ficción medievalista con destellos de sci-fi. Esto es, era y será una FAN-TA-SÍ-A. Repetimos para que entiendan el sentido de esta frase inobjetable: Fan-ta-sí-a. Juego de Tronos se ha erigido como una de las producciones más relevantes de su época, apostando todo a las tres cartas teóricamente más estigmatizadas por el academicismo cultural: el género fantástico, la televisión y el fanfiction. Y da rematadamente igual cómo se las compongan algunos para enmascararlo.

¿No le convence? Pues vuelva al sexto capítulo de esta temporada. Sí, el la expedición extravagante que parte de Guardiaoriente en busca de un zombi random, que ya ves tú los brillantes estrategas. ¿Qué tenemos? Recapitulemos: un explorador (Jon Snow), un clérigo (Thoros de Myr), un paladín (Beric Dondarrion), un bárbaro (Tormund), y varios guerreros (el Perro y un número elástico de extras según las circunstancias). Añadan un mago y vuelvan a mirar: ¿Qué es esto? ¡Una partida de Dungeons & Dragons! Una en la que los jugadores derrochan más química que un Wild Bunch en la Antártida.

En el fondo y en la forma, un cliché tras otro, magistralmente apilados y aptos para digerir incluso por los paladares más selectos, a los que todo lo que huela a juegos de rol o cruzadas épicas entre el bien y el mal les suena a bufonada adolescente salpicada de efectos especiales. ¡Já! Ahora estamos todos en el mismo nido: con el pico abierto, a la espera de que Weiss y Benioff regresen con más bocados de fantasía para saciarnos. A que lancen los dados en otra tirada de hechizar. Y, por qué no, dinamiten de una vez por todas las fronteras entre la baja y la alta cultura. Por el momento, el nerdismo se ha anexionado otro territorio del mainstream, y eso siempre es algo que celebrar.

6. Choque de reinonas

Es un bonito espectáculo, qué menos se puede decir. Una mujer de maldad jupiterina, Cersei, se pasea sobre un mapa con aires de gigante de Goya; y en torno a otro mapa, uno con forma de mesa y de tablero, le disputan la partida cuatro mujeres más: Ellaria, Olenna, Daenerys y Yara. Les acompañan tres eunucos, una libérrima criada y un (la palabra es suya) mediohombre. Echen las cuentas de penes, que salen a devolver. ¿Saben lo mejor que tiene esta guerra? Que en ningún momento lo es de sexos, aquí metáforas ni media. Es la guerra, punto. Y no porque la libren mujeres se le ha añadido un apunte, un matiz, una pincelada de rosa. Quizá eso, más que cualquier otra cosa, es la auténtica (y sanísima) novedad.

¡Y reina, y reina, y reina, reina, reina! Imagen: HBO España.

Se le celebra mucho a Juego de tronos, y más en las últimas temporadas, el protagonismo que vienen adquiriendo los personajes femeninos. Contexto: cuando empezó, esta serie no era diferente de cualquier otra. Unos señores conspiraban contra otros señores y ellas ocupaban los roles tradicionales bajo el techo de cristal: la madre sufriente, la pérfida esposa, la hijita inocentona. Siete años después la cosa ha cambiado mucho y las testas coronadas de Poniente son casi todas mujeres. Y a ver, sí: bienvenido sea. Aplauso, plas, plas, plas. ¿Ustedes han visto la realidad? Toda ayuda es poca. Pero ocurre eso mismo, literalmente: que toda es poca. Y si vamos a aplaudir, pondremos también un pero. Y recordemos a tal efecto lo que Ned Stark pensaba de los peros.

He aquí una idea disparatada, loquísima y extravagante: Caminantes Blancas. Una o dos, con eso bastaba. No nos lo diga, ya lo sabemos: los Caminantes convierten a los bebés entregados por Craster, todos varones, y por eso ellos mismos son varones. Al menos para esto se nos ha aportado una explicación; peor fueron los Hijos del Bosque, que en la serie son todos hembras, aparentemente. ¿Recuerda que un párrafo más arriba censurábamos pintar las guerras de azul y rosa, convertirlas en guerras de sexos? Allí donde triunfa Juego de tronos a la par fracasa, porque entre los seres de fantasía la cosa es dolorosamente convencional: ellos son las criaturas tenebrosas y ellas las gentiles. Ellos los magos feúchos y envejecidos, ellas las hechiceras jóvenes y hermosas. Y en los libros no es así. Ni los Hijos del Bosque son hembras ni los Caminantes son machos (de hecho, el primer Rey de la Noche «contrajo» su condición de una mujer); ninguna norma obliga a las hechiceras a ser hermosas; ni se nos priva de Lady Corazón de Piedra, una mujer entrada en años que se convierte en el monstruo sobrenatural más temible al sur del Muro. Sobre aquel desastre ya nos detuvimos el año pasado.

Al menos Daenerys se ha pasado la temporada comportándose como una auténtica garrula, eso sí. Al menos, cuando quedan solo dos dragones en el bando de los buenos, existen razones narrativas para intuir que uno pueda cambiar de sexo y producir descendencia (los dragones de Juego de tronos son hermafroditas secuenciales, sabe usted, como los peces payaso y los dinosaurios de Parque Jurásico). Y hasta quizá ocurra (ya verá que idea más loca se nos ocurre, estamos que lo tiramos) que el que lo haga sea Drogon, el más poderoso y sanguinario, en lugar de Rhaegal, el secundario. ¿Recibirán las criaturas de fantasía el mismo tratamiento que se ha puesto en práctica en el orbe humano, y podremos entonces aplaudir sin poner un pero, como quisiéramos? Quedan seis capítulos de Juego de tronos y se nos ha prometido que en ellos se abundará más que nunca en la FAN-TA-SÍ-A: quizá todavía no esté todo perdido.

7. El caos es una escalera

Seguro, segurísimo que usted se maliciaba ya lo de Meñique, que apestó a pino toda la temporada. La engañifa de las Stark tirándose de los pelos no le convenció ni un minuto. Lo mismo que lo del villano (inserte carcajada aquí) de esta temporada: la espantada con el rabo entre las piernas de Euron Greyjoy fue de no dar crédito. Y de Cersei, qué nos va a contar. Ni con la oxitocina desbocada iba esta pájara a jugar limpio con los bandos rivales. Mejor ni hablar del asunto de la falsa bastardía de Jon o del revolcón con Daenerys, vox populi desde hace meses, oiga. ¿Y a santo de qué iban a resucitar un dragón los Caminantes si no eran para echar abajo el muro? Cantadísimo.

Bien. Dirá usted entonces que la traca final de esta temporada ha sido «previsible». Que en el capítulo de cierre la sorpresa ha alcanzado mínimos históricos. Es probable que su sagacidad haya adelantado por la izquierda a los guionistas, como un Bran en diferido, oliéndose todo lo que iba a ocurrir punto por punto. O quizás ocurra otra cosa.

Detengámonos un segundo: ¿Quién dijo que Juego de tronos era una serie de Shyamalan? ¿Que todo tenía inexorablemente que acabar en un titánico twist-plot que torciera culo y mandíbula? Que sepamos, hasta la narrativa en la que se basa (o basó, hasta donde pudo) la serie, estaba preñada de augurios que predecían el desarrollo de los acontecimientos. George R. R. Martin disfrutaba (sí, conjugado en un doloroso pasado) desperdigando guijarros durante los libros, pequeños o grandes indicios de lo que estaba por venir. Pistas vagamente ocultas que iban preparando el terreno para los giros sorprendentes. Todo era previsible… siempre que se pudiera discernir lo que era señuelo y lo que no, claro está.

Díganos, ¿cuánto llevaba sin morir un personaje fundamental, protagónico? Porque hemos interiorizado tanto el mantra ese de que «en Juego de tronos no te puedes encariñar de nadie porque está claro que puede morir cualquiera» que quizás no nos hemos fijado que desde la cuarta temporada ninguno verdaderamente central (no confundir con «querido» o «carismático») ha sido sacrificado.

Allí donde vamos (el apocalipsis venidero) está el caos. Y nosotros ascendemos por una escalera. A veces, a trompicones. Otras, de dos en dos. Con sus caídas y peldaños tambaleantes. Pero en general se mantiene una regla: después de un escalón, viene otro. Punto. Y eso es lo que está ocurriendo en Juego de tronos: que si miramos hacia delante, somos capaces de vislumbrar lo que está por venir, con un margen de error cada vez más pequeño. ¿Es esto intrínsecamente malo? No necesariamente. A los pies de la escalera, antes de iniciar el ascenso, era más difícil divisar lo que había en lo alto. En parte por nuestra limitación visual y en parte por la bruma que rodea esta metáfora que se está haciendo demasiado larga.

Dicho en plata: que es muy fácil confundir la previsibilidad con la coherencia. Que sí, que en el último capítulo no ha habido un gran OYOYOY que nos haya arrancado alaridos de desconcierto. ¿Y entonces por qué estamos aquí, incluyéndolo en lo mejor de la temporada?

Porque en el encuentro entre Cersei y Tyrion honestamente nos temimos lo peor, y sufrimos como una madre mandando el hijo a la guerra. Porque la conversación cómplice entre el Perro y Brienne nos masajeó el corazoncito. Porque el capítulo arrancó con un chiste de pollas a cargo de Bronn. Porque a Cersei por fin le vimos una mueca nueva (la del canguelo) y otra genuinamente cerseica («¡Qué voy a ir yo a matar zombis ni qué niño muerto, hombrepordios!»). Porque cuando estaba a puntito de mandar a Jaime a su habitación a reflexionar por lo que había hecho, el Matarreyes despertó. Porque la reunión del G-5 fue teatral, calamitosa y, con tanta gente vestida de negro que por momentos nos colamos en una cita de góticos que han quedado para mirarse mal. Porque no hubo Cleganebowl, pero casi. Porque en Invernalia por fin las cosas se enderezaron: la coreografía Stark funcionó a la perfección, y nos regaló a un Meñique viviendo el primer Sansaexplaining de la historia. Porque las muequitas del intrigador al verse acorralado fueron patéticamente deliciosas. Porque nos devolvió a unas hermanas unidas, cómplices, comprensivas y poderosas. Porque regresaron los diálogos de grabar en mármol. Porque nos vamos a tener que zampar la intriga de qué cojones acordaron Cersei y Tyrion a puerta cerrada, y por qué el enano asistió como un voyeur enfurruñado al ayuntamiento Targaryen. Porque escuchar eso de «nunca ha sido un bastardo. Es el heredero del Trono de Hierro» intercalado con planos de las magnas nalgas del heredero anteriormente conocido como Jon Snow fue turbiamente satisfactorio.

Sí, en términos de espectáculo quizá faltó fuego valyrio y sobró la desbandada Euron, el truco menos creíble de la historia de las jugarretas. O el espanto de Theon haciendo capoeira en la playa (si solo le habían privado de la flauta, ¿acaso tampoco duelen los rodillazos en los platillos?). Y un poco menos de rotulador amarillo para subrayar Aegon Targaryen tampoco habría venido mal.

Y qué. Tenemos estas dos escenas para revolcarnos un año (o dos más).

ESTA.

Imagen: HBO España.

El invierno. La manada. El padre perdido. El reconocimiento del sufrimiento ajeno. La madurez peleada. Todo está aquí.

Y ESTA.

Imagen: HBO España.

El Rey de la Noche a lomos de Viserion. La otra manada precipitando los terrores que alberga la noche. El adiós del muro. El hola del apocalipsis.

Coautor 62


Juego de tronos VII, primera parte: lo peor

Más Darth Maul que nunca. Fotografía: HBO España.

Ha llegado a su término la séptima temporada de Juego de tronos, la más vista hasta el momento, la más corta que se ha emitido y con toda seguridad la más peculiar de todas. Y en esta casa es tradición, llegado este punto, repasar los siete patinazos y los siete los aciertos en la última entrega de la adaptación de la magna obra de George R. R. Martin. Como siempre, trataremos primero los siete puntos flacos de la temporada; mañana habrá otra entrega con los siete momentos de gloria. Y en ambos casos incurriremos en SPOILERS, así que continúa usted leyendo bajo su propia responsabilidad. ¿Entendido? Estupendo, todos amigos. Como dijo Randyll Tarly, el que avisa no es traidor.

Puntos flacos

1. Los cuervos supersónicos

No lo busque usted, ya lo hemos hecho nosotros: 1500 millas. Unos 2400 kilómetros. Es la distancia que separa Madrid de Varsovia, para que usted se haga una idea. Y es la distancia que recorrieron un hombre y un cuervo durante el sexto episodio de la séptima temporada de Juego de tronos en lo que pareció ser una sola noche. Eso según el cálculo más generoso, que no es el único.

Alan Taylor, el director del episodio, ha dicho con gran papo que fue una noche «en términos de la experiencia emocional», no de las literales. Y también que en Juego de tronos son mejores, atención, los hechos «imposibles plausibles» que los «posibles no plausibles». No se lo reproche; el episodio acababa con unos zombis sacando a flote el cadáver de un dragón y nosotros aquí echándole en cara la escala de un mapa de mentira. ¿Sabe usted lo mejor? Que ni mapa les hacía falta. La distancia entre el glaciar Svínafellsjökull, en Islandia, donde se rodaron los grandes planos de la batalla del lago helado, y San Juan de Gaztelugatxe, donde se hizo lo propio con Rocadragón, es casi exactamente esa: 1526 millas, para ser exactos. Y David Benioff y D. B. Weiss tuvieron que hacer ese vuelo en algún momento. Si miraron por la ventanilla y echaron cuentas, eso no lo sabemos. O quizá se dijeron: «bueno, pues ponemos antes un oso de las cavernas polar zombi en llamas, y ya con eso despistamos».

Taza y media: definición gráfica. Fotografía: HBO España.

Lo decimos de bromi, claro. En realidad, Weiss y Benioff han perdido el interés en despistarnos, y lo han perdido de forma súbita. Y seguramente ese es el auténtico problema. ¿De verdad cree usted que el tiempo de Juego de tronos se ha vuelto inconsistente ahora, como tantos claman alzando al cielo los puñitos temblorosos? Pues qué poquita memoria, así se lo decimos en su cara misma. Los más hooligans recordarán que hubo una temporada, la tercera, que consistió principalmente en gente yendo a sitios: Bran y Meera iban de Invernalia al Muro, Sam y Elí del Norte al Muro y Jaime y Brienne de la Tierra de los Ríos a Desembarco del Rey. Y que a estas road trips se dedicaron diez capítulos, porque solo al final de la temporada los personajes llegaban a sus destinos. Qué coñazo, amiga. Si aquello no fue peor que esto, que baje R’hllor y lo vea.

Y sí: entonces se lo aplaudimos. Y no porque aquel ritmo fuese más naturalista, el naturalismo para quien lo quiera. Se lo aplaudimos por la maña con que Weiss y Benioff conciliaron estas tramas lentísimas con el progreso de las demás, mucho más rápido. Por engañarnos bien, en resumidas cuentas, que es todo lo que se le puede pedir a un narrador. Pregunte usted a un cosmólogo: si el tiempo malamente existe en la realidad, en la ficción ya ni te cuento. Y no cambiar de velocidad aparente (la cursiva es enfática) no solo es imposible en cualquier historia: tampoco es lo deseable. Pero resulta imperativo que ocurra mientras los espectadores miramos a otro lado, y más cuando el cambio de ritmo es tan abrupto, o entonces empiezan los lloros. En esta temporada, Weiss, Benioff, os habéis despachado con una elipsis de periplos que en la tercera duraban diez capítulos. Diez. Literalmente. Así que dejad de sacar brillo a los Emmys y dadnos una zanahoria que perseguir, un pajarito al que mirar, algo. Esmeraos un poco con el birlibirloque. Os quedan solo seis episodios de convento, lo entendemos, pero vamos a intentar entre todos no cagarnos dentro. Que esto luego lo echan por la tele y nos lo tenemos que creer. Poned de vuestra parte.

2. El Matarreyes pasmado

Veamos una selección de los mejores momentos de Jaime Lannister en esta temporada:

Jaime sorprendido porque su hermana está como unas putas maracas:

Jaime sorprendido porque Euron Greyjoy es más marrano que el agua de fregar:

Jaime sorprendido porque le van a hacer la caidita de Valyria:

Jaime sorprendido porque le está troleando fuerte una señora mayor:

Jaime sorprendido porque su ejército va acarreando por medio Poniente una ballesta antidragones que pesa tres toneladas por si aparece un dragón pero que aparezca un dragón es una cosa que él personalmente no se la esperaba:

Jaime sorprendido porque los dragones echan fuego por la boca:

Jaime sorprendido porque hasta Bronn, HASTA BRONN le toma por el pito del sereno:

Jaime sorprendido porque su hermana está que le da la mano al mismo dos veces (se le había olvidado):

Jaime sorprendido porque su hermana está que da ella sola vueltas de campana (se le había vuelto a olvidar):

Queremos darle la enhorabuena a Nikolaj Coster-Waldau, eso sí. Si no se ha dislocado las cejas durante la grabación de la séptima temporada cerca le habrá andado. Qué furioso subirlas y bajarlas, oigan. Qué vertiginoso recorrido por los matices del caerse del guindo. Qué paleta de miradas de cordero degollado. Qué cosa.

Ahora en serio: Jaime era un señor que tú le invitabas a tu casa y él tiraba a un hijo tuyo por la ventana. No era en plan «huy, soy moralmente ambiguo porque claro, las circunstancias», no. Era un psicópata. Un chungo. Una rata de callejón. Lo dejó él mismo bien explicadito con aquella exposición de motivos obscena que le cascó a Edmure Tully: que él, por Cersei, hasta comer cristales. Y acto seguido amenazó a Edmure con coger a su hijo recién nacido, atención, Y LANZARLO CON UNA CATAPULTA. Insistimos: todo por meter la ciruela. Así que mirad, Weiss, Benioff. Bien está que con el tiempo Jaime haya ido evolucionando y cambiando de signo porque en Juego de tronos los malos se hacen buenos y blablablá. Pero hombre, a ver. A ver.

Y además, bueno de qué. Si es más malo que la tiña. ¿Queréis que Jaime Lannister sea de repente un dechado de virtudes? Estupendo, no hay problema: atribuidle virtudes. He aquí una lista: la honradez, la justicia, la integridad. He aquí cosas que no son virtudes: tener pamplinas, ser un cagalástimas. Ned Stark se negó a planear el asesinato de Daenerys; Robb se negó a ejecutar a los niños Willem Lannister y Tion Frey; hasta Theon evitó en su día ejecutar a Bran y Rickon. El héroe no mata caprichosamente, punto. No solo es una convención con rango de ley en el género de la épica; es un tema central en Juego de tronos desde el mismísimo arranque de la serie. Y Jaime no solo mata ahora igual que antes; es que solo en esta temporada ha asesinado 1) a una señora mayor, 2) a sangre fría, 3) para robarle dinero, porque aquella fue toda su motivación. PARA ROBARLE LA CARTILLA Y LOS AHORROS Y LAS JOYAS A UNA ANCIANA SEÑORA, Weiss, Benioff. Que es una mierda muy jodida. ¿No podía haber asesinado otro a Olenna Tyrell? ¿Randyl Tarly? ¿Euron Greyjoy? Incluso Jaime podría haber atacado Altojardín y que Olenna se hubiese suicidado al verse derrotada, tomando veneno por su propia iniciativa pero a tiempo de entrevistarse finalmente con Jaime y hacerle su confesión.

Ya, ya: al final de todo, durante los últimos minutos del último capítulo, Jaime cambiará de opinión y al final, ya sí que sí, tendrá un gesto honroso. Pues bueno, pues vale, atenuaremos nuestra crítica: el pastel espantoso, pero la guinda muy bonita. Y casi peor, si quiere usted nuestra opinión: demuestra que los showrunners están dispuestos a caracterizar honestamente a su personaje pero solo a la hora del cliffhanger, cuando esa honestidad rinda a efectos promocionales. Desastrosa la ejecución y la ejecución no es ni siquiera el problema. El problema, en realidad, es algo de lo que nos quejábamos ya el año pasado: este empeño que ponen Weiss y Benioff, tan porcojónico, en que tengamos que simpatizar a golpe de zoom y violín dramático con quien ellos dicen, y no con quien corresponde. El melodrama, por llamarlo por su nombre. Y nos atrevemos decir que es suyo porque esto no ocurre en los libros ni ocurría antes en la serie, cuando los libros se adaptaban con fidelidad. Ahí están Tywin Lannister, Robert Baratheon o Khal Drogo, entre otros héroes y villanos que desafiaban su condición. Vivieron, murieron y no se le dieron al espectador instrucciones sobre el grado de pena que debía darle. En esta temporada Jaime ha sido una de las grandes víctimas, pero hay más. Y la peor, quizá en todo lo que llevamos de serie, ha sido Arya.

3. Arya Stark, Mata Hari de chichinabo

Sarita Montiel. Fotografía: HBO España.

Arya está pasando un pavo muy tonto, nos van a perdonar. Vale que ha tenido una infancia un poco rara y que luego estuvo estudiando con los ninjas mágicos aquellos, pero vamos a ver. Qué miradas. Qué entradas por esa puerta como si fuese el sursuncorda. Qué aires. «Es que es una asesina sin rostro y no sé qué»; ya, bueno, a ver. Se puede ser asesina y ser menos diva.

INVERNALIA. INTERIOR. NOCHE.

Arya:  Tú siempre quisiste ser fashion influencer, no como yo, que rompo con los convencionalismos y soy guay.

Sansa: Pues serás muy guay pero el castillo lo he recuperado yo.

Arya:  Pero porque te mola ser la señora de Invernalia y ser la dueña de tus propios destinos, no lo niegues.

Sansa: Sí, me mola que no me rapten y no me casen y no me violen. Llámame excéntrica.

Arya:  Pero traicionaste a Padre porque escribiste el papelito ese.

Sansa: Me obligaron porque me tenían raptada, de hecho es una cosa muy habitual cuando te raptan, payasa.

Arya:  Ya pero cuando le mataron estabas ahí supercontenta.

Sansa: Ah, sí, contentísima, estaba yo pataleando como una loca y desmayándome de lo contenta que estaba. ¿Y tú qué hiciste, por cierto?

Arya:  Ya, bueno, mira, me da igual, te voy a rajar.

Nos gustaba mucho la nueva Arya, en serio. Nos caía mal bien, no sé si me explico. Y su transformación nos parecía una idea felicísima. De niña bonita de Juego de tronos a millennial ponienti con un cuadro severo de tirria y pelusilla. Ojalá hubiese sido así y Arya hubiese heredado de Lady Corazón de piedra su ciclón de paranoia. Pero no, vaya por Dios. Era un teatrillo. Otro más, como el de Jaime. Uno de esos falsos conflictos que tanto abundan últimamente en Juego de tronos, esos que parecen tan buena idea cuando se dibujan con flechitas en un croquis. La razón: en la séptima temporada ya no hay fuentes de tensión en los dos polos morales del cuento, Desembarco del Rey e Invernalia. Los Lannister ocupan uno y los Stark el otro. Y Weiss y Benioff lo han querido enmendar con los hermanos pequeños de ambas reinas, Jaime y Arya. Un bueno en el seno de los malos y una mala en el seno de los buenos.

Y eso, por supuesto, no es jugar al ajedrez; es ponerse a pintar de blanco algunas figuras negras y de negro algunas figuras blancas y que parezca entonces que la partida no está en tablas. Solo en los últimos minutos del último capítulo estas figuras se han movido de verdad por el tablero, Jaime en dirección al bando opuesto y Arya para comerse a ese alfil portentoso que era Meñique. Pues bien, pero, je: un movimiento en toda la temporada, y antes de eso seis capítulos de humo y más humo. Plantear un juego y no jugar es un problema siempre, pero en una serie cuyo título empieza por «juego», ya ni te cuento.

¿Habría sido deseable que otros personajes menores activasen estos focos de conflicto? Sí. ¿Son Weiss y Benioff conscientes de esto? Completamente. ¿Entonces por qué han forzado que lo hicieran Jaime y Arya, que por su posición solo pueden escenificar, y no encarnar de verdad, un cambio de signo? Ah, misterio. La maestría no se pierde fácilmente pero el valor sí, y quizá eso le está ocurriendo a nuestros showrunners. Aunque aquí pensamos que esto tiene que ver más bien con la HBO y con el dineral absurdo que los actores protagonistas están ya en posición de negociarle a la cadena. ¿Pagaría usted un gritón de dólares a Maisie Williams y Nicolaj Coster-Waldau para tenerlos toda la temporada mano sobre mano, mientras otros actores menos conocidos y con muchísimo menos tirón comercial desarrollan las tramas trascendentes de la temporada? Pues eso.

4. Hay un hombre en Poniente que lo hace todo.

Los Simpson, capítulo 11, versículo 4:

Y ahora cambie usted «lo hizo un mago» por «lo leyó Sam en un libro». Nos sigue, ¿verdad?

¿Vidriagón? Lo leyó Sam en un libro. ¿Psoriagrís? Sam en un libro. ¿La daga de Meñique? Sam en un libro. ¿La ascendencia de Jon? Sam en un libro. Menos mal que Sam solo ha pasado cinco capítulos en la Ciudadela, hija de mi vida; tres más y descubre la fusión fría, encuentra el monte Ararat y funda Snapchat. Eso es emprender y no lo de Elon Musk. Todos los enigmas los ha resuelto Sam con su libro menos el único que le compete directamente y que lleva cinco temporadas, cinco, sin respuesta. ¿Por qué, POR QUÉ no le atacó aquel caminante blanco al final de la segunda temporada? Se conoce que no le intriga porque, total, es muy normal que los caminantes blancos te vean pero no te ataquen. Muy normal es. Es supernormal.

Resolver enigmas a golpe de libro antiguo es un recurso muy viejo, por supuesto. Particularmente en el género fantástico. Ejemplo 1, ejemplo 2, ejemplo 3. Ni siquiera es la primera vez que ocurre en Juego de tronos. No es un pecado, pero resulta obvio que cuando se abusa de ello la cosa empieza a parecer un chiste. ¿Por qué unos narradores tan diestros como Weiss y Benioff están incurriendo, y tanto, en un tic tan feo y tan tonto? Pista: la otra manera de documentar los hechos del pasado es el flashback. Y en sesenta y ocho horas de Juego de tronos solo se ha hecho un flashback puro, el de Cersei y Maggy la Rana. En todas las otras ocasiones en las que hemos presenciado hechos del pasado Weiss y Benioff se las han ingeniado para meter a Bran, a veces con calzador. No entraremos en si esas visiones o viajes en el tiempo deben considerarse también un flashback, estamos nosotros como para discusiones taxonómicas a estas alturas de nuestras vidas; pero en todo caso es evidente que Weiss y Benioff se esfuerzan mucho por disimular estas disgresiones hacia el pasado y conferirles continuidad con los hechos del presente.

De ordinario correspondería aplaudirles esta alergia suya a una técnica tan facilona, algo que demuestra su ambición y apuntala el rango naturalista de Juego de tronos, pero esto es ya cabezonería. Por cada flashback que no se hace, Sam lo lee en un libro. Así que dejad los libros quietos de una vez, Weiss, Benioff, por favor. Y haced un flashback, que no pasa nada. O mira, mejor: que nos resuelva la duda algún custodio de sabiduría antigua. Melisandre, sin ir más lejos. O Kinvara. O Jaqen H’ghar. O Quaithe. De ambas cosas tenéis muchas (enigmas y personajes en posición de resolver enigmas) y mirad una cosa: la pe con la a, pa. Que todo hay que decirlo.

5. Quaithe, Kinvara y otras chicas del montón

Ejemplo: la psoriagrís. ¿Acaso no era Quaithe el personaje que debía sanar a Jorah Mormont? Determinismos así no convienen en la ficción, ya lo sabemos, pero nos van a perdonar: esto era de cajón de madera de arciano. Y si había que recuperar al señor coñón este para que volviera por enésima vez a joder con el tatachín (algo que criticamos mucho en la revisión de la temporada anterior), qué menos que hacerlo poniendo final a la historia de Quaithe, un personaje que, en la adaptación de televisión, casi parecía insertado exclusivamente para anticipar la infección de Mormont con psoriagrís. Juntar a Mormont con Sam ha sido un invento, Weiss, Benioff. Un invento. Y de la transición de la herida abierta a un señor comiendo crema catalana es que mejor ni hablar. Y solo se justifica si Quaithe no ha podido reaparecer ahora porque lo hará en el futuro desempeñando alguna tarea que, a esas alturas, ya solo podrá ser muy trascendente. Y eso, perdonad la poca fe, dudamos que vayáis a hacerlo.

¿Y Kinvara? ¿Tampoco? Muchos de los personajes menores, místicos y sabios que se incorporaron a la adaptación televisiva de la Canción de hielo y fuego (la Vieja Tata, los brujos de Qarth, el hechicero que castró a Varys, etcétera) han desaparecido ya, en la mayoría de los casos mediante un mutis por el foro discretito, que es como deben ser los mutis. Nada que reprochar. Pero los hay singularmente enigmáticos, como Quaithe de la sombra o Kinvara, que hicieron apariciones de medio minuto, nos dejaron en suspenso y luego puf, nunca más se supo. Precisamente ahora, cuando Weiss y Benioff están atando todos los cabos sueltos, corresponde ponerles final, o al menos explicar su pertinencia en la historia. Y es digno de mención que cualquier explicación vale, así sea solo verbal y de pasada. Pero ¿es aceptable que no volvamos a saber de ellas? No. Repetimos: no. Incluso menos que si no volvemos a ver a Melisandre o a Daario Naharis; puede que aquellos desaparecieran de forma atropellada y patatera, pero al menos completaron un curso de acción. ¿Recuerda usted el caballo y el oso polar en Perdidos? Pues eso. Salvo sorpresa, en la séptima temporada se nos ha confirmado que Kinvara y Quaithe se insertaron sin otro propósito que marear la perdiz. O, si prefiere el alto valyrio, joder la marrana. Y a los Tronos no hemos venido a eso. Si queremos que nos tomen el pelo, sabemos en dónde buscar.

6. Festín de lerdos

La Oreja de Van Gogh se pasan al metal. Fotografía: HBO España.

Tú tienes un dragón, ¿no? Vale. Y estás tú con tu dragón tranquilamente sembrando el pánico y la devastación y todo eso, ¿no? Vale. Y de repente le clavan una lanza a tu dragón y tienes que aterrizar para quitársela, ¿no? Vale. Y cuando aterrizas aparece uno todo flipado a caballo, tocotó, tocotó, que resulta que es el general del ejército enemigo y que además es el mismo tío que mató a tu padre hace veinte años, ¿no? Que no me digas tú que no es casualidad con toda la gente que había ahí, pero bueno, vale. Y viene a matarte. Y entonces el dragón le escupe fuego pero el tío se salva porque aparece otro (que es el mismo que disparó a tu dragón hace diez segundos), le tira del caballo y los dos se caen al río (a medio metro de donde estás tú). ¿A ti no se te ocurre, hija de mi vida, no sé, ir a rematarlos, por ejemplo? ¿Al que mató a tu padre y al que ha demostrado una grandísima destreza derribando objetivos aéreos, que en un entorno medieval no puede ser una habilidad muy frecuente? ¿O vigilar la ribera del río, por si salen? No sé, digo yo. Casi inmediatamente después, ya de vuelta en Rocadragón, te veremos con Tyrion hablando de su hermano Jaime en tiempo presente y haciendo planes para concertar un encuentro con él. Tendremos que dar por sentado 1) que le disteis por muerto, 2) que después llegó la noticia a Rocadragón de que había sobrevivido, todo esto en off, y 3) que dijiste: «ah bueno, pues nada, oye, qué se le va a hacer. Me alegro por él. Pelillos a la mar».

Pero entonces, otra cosa: ¿por qué carajo no rescatas a Yara y Ellaria? Si las noticias de Jaime llegaron a Rocadragón, más tuvieron que hacerlo las suyas: a ellas las pasearon encadenadas por todo Desembarco del Rey y luego, de nuevo en público, no fueron ejecutadas, ni siquiera sentenciadas a muerte. ¿Ni un cuervo miserable ha llegado? ¿Ni siquiera Varys se ha enterado? En la cumbre que tiene lugar en el último capítulo sabremos, por Euron, que al menos Yara sigue viva; ¿Y Ellaria? Porque ni preguntar por ella, amiga. Ni concertar con Cersei su liberación, acaso su supervivencia. Si una tregua no consiste precisamente en eso, tú me dirás. Ya no te digo por humanidad, Daenerys; es que vas por Rocadragón dando voces porque has perdido las Islas de Hierro, Dorne y el Dominio. Y mira, no, te pongas como te pongas. Con la captura de Yara has perdido las Islas de Hierro (que ya tienen un rey, Yara aspira solo a reemplazarlo) y con el asesinato de Olenna has perdido el Dominio (cuya capital, Altojardín, además ha sido ocupada por los Lannister). ¿Pero Dorne? ¿Qué tontería es esa de que has perdido Dorne?

Zapp Brannigan. Fotografía: HBO España.

En la serie se ha establecido que Dorne, como ocurre en los libros, es un socio histórico de los monarcas Targaryen; que los dornienses, por encima de todo, detestan a los Lannister; y que ninguna casa noble de Dorne capaz de relevar a los Martell como príncipes de Dorne (como hicieron los Bolton en el Norte, por ejemplo) se ha pasado al bando Lannister (o Cersei y Jaime la habrían contado al hacer recuento de sus aliados o tras la captura de Ellaria). Incluso si renuncias, por alguna razón, a liberar a Ellaria a la fuerza o con la diplomacia, ¿no puedes simplemente subirte a un dragón, ir a Lanza del Sol y reeditar una alianza con quien esté al mando? En la serie se ha establecido también que Oberyn tenía ocho hijas, como en los libros: quedan cuatro. Y los ejemplos de Jon Nieve, Ramsay Nieve, Lyanna Mormont, Ned Umber y Alys Karstark prueban que ser muy joven o ser bastardo no es problema para convertirse en cabeza de la casa cuando la casa corre peligro de extinguirse, como ocurre con la Martell. Incluso si ninguna de ellas reinase, y en Dorne entrase en vigor una especie de regencia tras la captura de Ellaria, en la serie se ha establecido también que el pueblo de Dorne acabó por despreciar Doran Martell por su tibieza con los Lannister y que el complot de Ellaria para asesinarlo contó con la aquisciencia de la corte: es sencillamente imposible que quien gobierne Dorne, sea quien sea, no apoye la restauración Targaryen. Pero Daenerys dice que no, que ha perdido Dorne, y hala, sanseacabó. Lo dijo Blas, punto redondo.

En la adaptación televisiva el arco de Dorne ha sido un patatal absurdo desde el primer minuto, eso no es nuevo. Nos quejamos de eso mismo el año pasado y el anterior. Hasta hubo una campaña de crowdfunding para intentar rodar una versión de la historia de Dorne alternativa a la de HBO, así de griega es la tragedia. Pero esto ya es de aurora boreal. Descartadas todas las posibilidades que han descartado Weiss y Benioff, solo queda una: tras la captura de Ellaria los Lannister han sometido Dorne por la fuerza, como hicieron con el Dominio (y antes que eso, con Aguasdulces). Cersei ha conquistado ella sola, en un pispás y en off, el único reino que los antiguos Targaryen no pudieron conquistar ni siquiera con sus dragones, que fue anexionado a los Siete Reinos solamente siglos después y mediante matrimonios concertados. Pensamos que no llegaría el día en que usaríamos esta palabra, nosotros que no nos tenemos por grandísimos puristas, pero ha llegado: blasfemia, Weiss, Benioff. Es blasfemia.

7. Ay, Bran

Patriarcado: definición gráfica. Fotografía: HBO España.

¿Por qué Bran no les dice a Sansa y Arya que su tío Benjen sigue vivo?

¿Por qué Bran no les dice a Sansa y Arya que Jon es Targaryen?

Howland Reed, el padre de Meera Reed, es el único testigo vivo de que Jon es Targaryen. ¿Por qué Bran no se lo dice a Meera cuando se despide de ella? ¿Por qué Bran no le pide a Meera que ella encargue a su padre viajar a Invernalia o Rocadragón, o en todo caso entrevistarse con Jon?

¿Por qué Bran, que no les dice nada sobre Jon a Sansa y Arya (que son sus hermanas) ni a Meera (que es la hija del único tío en Poniente que puede probar la autenticidad de la historia), se lo casca alegremente a Sam, que es literalmente uno que pasaba por allí y entró a decir hola?

O mira, directamente: ¿por qué Bran no le dice a Jon en su mensaje que tiene sangre Targaryen? A lo mejor es una información relevante si uno pertenece al único linaje capaz de cabalgar dragones y está en la única isla donde hay dragones y está a punto de desatarse el apocalipsis zombi. ¿Es porque Varys leerá el mensaje? Bran toma el control de una bandada entera de cuervos; ¿no puede controlar el cuervo mensajero a Rocadragón y hacer que entregue el mensaje a Jon o Davos? ¿Sería demasiado lunático? ¿Eso sería demasiado lunático pero un oso de las cavernas polar zombi en llamas no? OK.

¿Por qué Bran advierte a Jon sobre la cercanía de los Caminantes Blancos pero no dice nada en Invernalia? ¿No habría que dar la orden de evacuar la región cercana al castillo de Guardaoriente del Mar, a las pruebas me remito? ¿Estamos tontos o qué?

¿Por qué Bran no le proporciona a Jon la ubicación exacta del ejército de los Caminantes? ¿Acaso no los acabará encontrando en el mismo sitio en el que Bran los había localizado? Porque se parece mucho. ¿Acaso la montaña «con forma de flecha» que Sandor vio en las llamas, única pista que tienen para llegar, no es la misma que presidía el lugar en el que los Caminantes fueron creados, de nuevo en presencia de Bran? Porque ya no es que se parezcan; es que en ambos casos es el monte Kirkjufell, en Islandia. Bran ha estado ya dos veces en ese lugar, dos. ¿No puede dibujar un mapita?

¿Por qué Bran no conduce a Jon hasta los Caminantes con la ayuda de un ave? Él no sabe que Jon se propone franquear el Muro, pero ¿por qué Jon no le anuncia sus planes y se lo pide expresamente? Jon ha visto con sus propios ojos que los salvajes usan pájaros controlados por cambiapieles para moverse por la región más allá del Muro. ¿No sabe que su hermano, como poco, es capaz de hacer lo mismo? Si no atribuye a Bran la habilidad de controlar pájaros, ¿entonces por qué da por buenas sus palabras cuando le avisa con la ubicación de los Caminantes? ¿Y entonces por qué los Maestres sí reciben un mensaje que menciona que Bran es el Cuervo de Tres Ojos?

(Y hasta aquí el repaso a los patinazos; mañana a la misma hora cantamos las alabanzas. Les esperamos).

En la puerta del Titanic cabía Leonardo DiCaprio y en ese caballo también cabía Benjen. Fotografía: HBO España.

Coautor 62


Juego de Tronos VI: vientos de infierno (parte II)

Cuando vas a las fallas. Fotografía: HBO.
Cuando vas a las fallas. Fotografía: HBO.

(Atención: este artículo contiene SPOILERS)

Lo prometido es deuda, y un Lannister siempre paga las suyas. Después de repasar ayer los siete puntos flacos de la sexta temporada de Juego de tronos vamos hoy con la segunda parte de nuestra revisión anual, ahora con los siete grandes aciertos. Repetimos: spoilers, muchos. Si no ha acabado la temporada o el último libro de la Canción de hielo y fuego, mejor venga otro día. Como dijo Ellaria Arena, el que avisa no es traidor.

1. Hold the door

Cuando eres la única que no tiene poderes y se te queda la cara que se te queda. Fotografía: HBO.
Cuando eres la única que no tiene poderes y se te queda la cara que se te queda. Fotografía: HBO.

Preste atención, que le vamos a poner deberes.

Tiene usted que filmar una secuencia de acción decisiva en la serie de fantasía más vista de todos los tiempos y tiene que hacerlo con los siguientes elementos:

-Una especie de zombis.

-Una especie de superzombis que controlan a los zombis normales mediante una especie de wifi mental que tienen, o algo así.

-Una especie de duendes mágicos pero que tiran granadas.

-Un señor mayor que también es un árbol y que hace viajes astrales.

-Un niño que en ese momento está con el señor mayor viajando atrás en el tiempo para ser testigo de cómo a un señor grandote le da un perrenque.

-El señor grandote, que también está aquí, no te lo pierdas.

-Una muchacha que es la única normal y que está flipando no, lo siguiente.

Remedando a Ian Malcolm, ¿ve usted algún dinosaurio en su parque de dinosaurios? ¿Ve usted algo estrictamente fantástico en esta secuencia de fantasía? A lo mejor lo parece, porque todo el mundo va vestido como los que venden jabón artesano en los mercados medievales. Pero no. Es demasiado Ubik, demasiado Minority Report, demasiado Terminator. Por no hablar de que la gente se muere como en Matrix. Pista: es ciencia ficción. O no: es fantasía, pero contada con el lenguaje y los convencionalismos del lenguaje de la ciencia ficción. Y además, en avalancha. Eclosionando repentinamente y precipitándose en un gran aluvión. Ah, y con chimpún, porque encima hay chimpún. Al final de todo conocemos el esperadísimo background de un personaje muy querido por los espectadores mediante un flashback de efecto retroactivo, ahí es nada. Y después sacrificarlo. Y procurando que dé pena, claro.

Cuando tus amigos son LA MIERDA. Fotografía: HBO.
Cuando tus amigos son LA MIERDA. Fotografía: HBO.

Otros no podrían, pero D. B. Weiss y David Benioff lo han hecho. Y considere la dificultad. Habría sido una conquista simplemente que la secuencia no quedase mamarracha, y que en este punto no estuviésemos todos hablando del momento en el que a Juego de tronos se le salió la cadena. Solo con eso, notable alto. Si encima se considera que todo en esta secuencia está bien, sobresaliente y gran tirada de cohetes. Los adaptadores no han hecho solamente cumbre; han hecho cumbre y sobre la cumbre han hecho malabares, equilibrismo y el número de la cabra. Se han visto secuencias más espectaculares en Juego de tronos y más complejas técnicamente, sin duda. Pero en seis temporadas seguramente ninguna mejor que esta demuestra su tronío como guionistas y su grado de ambición como narradores, no tan frecuente en televisión. Medio aplauso.

2. El huevo de Colón George R. R. Martin.

Y el otro medio se lo dedicaremos, ex aequo, a George R. R. Martin. Pero antes de hacerlo le vamos a pedir que haga memoria. ¿Recuerda usted aquel acertijo que Varys planteaba a Tyrion en la segunda temporada, y en Choque de reyes, sobre un rey, un sacerdote y un hombre rico que compartían habitación con un mercenario? Cada uno de ellos le pedía al asesino que matase a los otros dos. ¿Recuerda quién vivía y quién moría?

A George R. R. Martin le gustan los acertijos. A George R. R. Martin, concretamente, le gusta plantearnos acertijos. En cierto modo Juego de tronos es precisamente eso: un grandísimo acertijo. Porque funciona igual que uno. Martin nos sirve los personajes y su circunstancia y con eso debemos adivinar el resultado.

Hodor era un buen ejemplo, y por cierto uno de los que más nos traían de cabeza. Si las teorías de los seguidores en torno a la identidad de Jon Nieve, Benjen Stark o Jaqen H’ghar abarcaban todo el espectro de lo peregrino antes de consumarse la sexta temporada, las de Hodor ya eran directamente de aurora boreal. Que si era una especie de dios, que si un gigante, que si ser Duncan el Alto redivivo. Todas propuestas a partir de las circunstancias aportadas por Martin —hay un personaje, este personaje solo dice una palabra como resultado de un trauma y esta palabra es «hodor»— y de la pregunta implícita: ¿cuál fue ese trauma?

Cuando representas el mayor desafío en la historia del doblaje. Fotografía: HBO.
Cuando representas el mayor desafío en la historia del doblaje. Fotografía: HBO.

Todas las teorías se equivocaban, menos una. E incluso esa acertó, pero solamente en parte.

Alguien, no se sabe quién, adivinó hace tiempo que Hodor habría tenido que verse forzado a aguantar una puerta, y que en el curso de aquella empresa habría perdido la cabeza. Desde entonces Hodor solo dice eso, «hodor», por «hold the door». Aunque se manejaban muchas posibles ubicaciones, la teoría más repetida decía que había ocurrido en Invernalia. Aguantando una puerta, Hodor habría ayudado a Lyanna Stark a que escapara para reunirse con Rhaegar Targaryen. De esta manera, el mozo de cuadras sería el único testigo, convenientemente mudo, de que la hermana de Ned Stark no fue raptada por el príncipe Targaryen, sino que ambos huyeron juntos. No ocurrió así, como sabemos solamente ahora. Y de hecho no «fue», sino que «sería». O «iba a haber sido», por decirlo con precisión. El hecho ocurriría en el pasado y el futuro. En la cueva del Cuervo de Tres Ojos y en Invernalia. De alguna manera sorprendentemente verosímil, en ambos momentos a la vez. Palabra clave: verosímil.

El acertijo de los tres hombres no tenía una solución, como seguramente recuerda. Ninguno era el más poderoso, ni siquiera el propio mercenario, y no puede anticiparse quién vivía y quién moría en esta situación hipotética. «El poder reside donde los hombres creen que reside», acababa revelando Varys entonces. «Es una farsa, una sombra en la pared». Esa era la respuesta, o lo más parecido que tenía a una. Es trampa, dirán algunos. Y no lo es. Solo ocurre que el acertijo no era una acertijo, era una lección. Y precisamente eso, su verdadera naturaleza, era lo que constituía el acertijo.

Y Hodor, ahora lo sabemos, era un enigma parecido. En una ficción el tiempo es una farsa, le ocurre lo que al poder de la otra parábola: que no existe por sí mismo, solo porque creemos que lo hace. Y llegado el momento preciso Martin ha hecho que dejemos de creerlo, y lo ha conseguido con una maniobra terriblemente sencilla: cambiando de lenguaje. Suspender la causalidad del tiempo no se contempla en la lógica de la fantasía pero sí en la de la ciencia ficción. Paradojas, loops, matar al padre. Lo hemos visto en innumerables películas y libros del género. Pero eso es trampa, dirán algunos de nuevo. Era imposible anticiparse completamente al acertijo de Hodor, así que no era un acertijo. Y no, no lo era. Era una lección, pero eso no significa que fuese trampa. Como no lo era ir a las Indias por el Atlántico. Chafar un huevo por debajo, sin romperlo, y así conseguir que quede de pie. Y ubicar el pasado del personaje en su futuro, sin más. ¿A que era sencillo? Bien, solo teníamos que haberlo adivinado.

3. R + L = J

Cuando Paradores Nacionales tiene retenida a tu hermana. Fotografía: HBO.
Cuando Paradores Nacionales tiene retenida a tu hermana. Fotografía: HBO.

Y no del todo distinto de lo anterior es lo que reseñaremos como siguiente gran acierto de la temporada: la revelación de la verdadera paternidad de Jon Nieve.

Esta vez sí había respuesta, nada de mind games traicioneros. La cacareada tesis «R + L = J» —es decir, «Rhaegar + Lyanna = Jon»— ha sido, con mucho, la gran teoría acerca de Juego de tronos, la que ha encendido más debates y ha hecho correr más ríos de tinta. Y cuando Brann visitó de nuevo la Torre de la Alegría en el capítulo final de esta temporada, quedó formalmente confirmada —si le hace dudar que Lyanna solo lo susurrase, sepa que la HBO se ha preocupado de reafirmarlo expresamente con esta supersencilla infografía—. Y no después de seis años, que son los que lleva emitiéndose la serie; después de veinte, que son los que hace que se publicó el primer volumen de la Canción de hielo y fuego. Mucho tiempo para que los seguidores más veteranos elucubrasen con todas las posibilidades y consiguiesen anticipar la verdad. Y mucho para que el propio George R. R. Martin se sintiese entonces tentado a dar marcha atrás y establecer otra paternidad para Jon Nieve, una que sorprendiera más a la parroquia. Podría haberlo hecho, claro que podría. Esto es ficción, determinismos ni medio. Y los Tronos han cambiado mucho desde su esbozo original. Pero no lo ha hecho. Pese a los intereses de miles de millones de euros que median ya en Juego de tronos, y pese a la posibilidad de alargarse más y hacer todavía más millones, Martin se ha mantenido fiel a la R + L = J. Si eso no es respetar al telespectador, al lector y a la propia obra, entonces ya no lo es nada.

Cuando uno entra con buen pie en la vida. Fotografía: HBO.
Cuando uno entra con buen pie en la vida. Fotografía: HBO.

Así que sí: Lyanna Star concibió un hijo del entonces heredero al Trono de hierro, Rhaegar Targaryen, y ese niño se crió en Invernalia con el nombre de Jon Nieve y el estatus de bastardo. Da igual que Nieve fuera fruto del amor —lo más probable— o de una violación —como sostiene la historia oficial de Poniente—; el caso es que Robert Baratheon, que precipitó el destronamiento de la dinastía Targaryen para recuperar a su amada Lyanna, no toleraría la existencia del pequeño. Ya supimos de sus pocos escrúpulos con estas cosas. La única manera que tuvo Ned de salvar a su sobrino y de legitimar la causa Baratheon fue hacerlo pasar por su propio hijo bastardo ante todos los ojos, también los de Catelyn. Y cuando el niño se hizo mayor, la única manera de mantenerlo definitivamente alejado del Trono de hierro y del peligro era dejar que ingresara en la Guardia de la Noche. Por esa razón, cuando ambos se separaron en la primera temporada de Juego de tronos, Ned no mentía al decirle a Jon que era un verdadero Stark y que llevaba su sangre pese a no llevar su apellido. Y por eso le prometió que la próxima vez que se vieran le hablaría sobre su madre, algo que seguramente también se proponía cumplir. Ned confiaba en que, para entonces, Nieve habría entonado el juramento de la Guardia —«no tomaré esposa, no poseeré tierras, no engendraré hijos. No llevaré corona, no alcanzaré la gloria»—, y debería ya obediencia de por vida a sus votos.

Pero muchas cosas han cambiado desde entonces, y más muchas más lo harán a partir de ahora. Muchos seguidores de Juego de tronos piensan ya que Jon y Sansa, que son primos y no hermanastros, acabarán casándose, incluso enamorándose y concibiendo hijos. Otros sostienen que lo más probable es que Jon haga eso con su tía, Daenerys, dando continuidad a la costumbre Targaryen de casarse y concebir con miembros de la propia familia —y que tal puede deducirse ya de la abrupta marcha de Daario Naharis en el último capítulo de esta sexta temporada—. ¿Importan mucho estos detalles? No. La Stark-Targaryen es ya una alianza de facto, encarnada físicamente en la figura de Jon Nieve. No hace falta una unión; la unión ya tuvo lugar y él es el resultado. Y eso tiene ya implicaciones inmediatas en lo que veremos en la séptima temporada, y seguramente en el propio final de Juego de tronos.

Cuando ibas a petarlo pero al final ya veremos. Fotografía: HBO.
Cuando ibas a petarlo pero al final ya veremos. Fotografía: HBO.

La mayor de todas, que en Poniente no hay tres bandos en contienda, sino dos. Uno de ellos es el combo Stark-Targaryen, representado políticamente por Daenerys Targaryen, Sansa Stark y Jon, que pertenece a ambos linajes. Por los acontecimientos que se han precipitado ya al final de esta sexta temporada sabemos además que la mayoría de las grandes casas que quedan en pie se han sumado a la causa de la restauración Targaryen —la facción Greyjoy representada por Yara y Theon, y más que presumiblemente también los Tyrell y los Martell— o han jurado lealtad a los Stark —incluyendo vasallos como los Mormont y los Glover, entre otras casas del Norte, y a los parientes directos: los Arryn del Valle y los Tully de Aguasdulces—. Además de reunir todas esas lealtades, el combo Stark-Targeryen suma las fuerzas de los salvajes del Pueblo Libre, leales a Jon, y de los dothraki, leales a Daenerys. Los Stark ocupan ya Invernalia. Rocadragón, el histórico fuerte Targaryen, pilla de camino a la flota de Daenerys y está vacante desde la muerte de Stannis y Shireen Baratheon. Y tienen tres dragones. Detalle tonto: siendo de sangre Targaryen, también Jon puede cabalgar uno. Y hay muchos que creen conocer ya la identidad del tercer jinete.

Después de la caída de las casas Frey y Bolton, el otro bando lo constituyen solo los Lannister. Y políticamente solo le queda un representante: Cersei.

4. V de Vendetta

Cuando en tu mente suena Tchaikovsky. Fotografía: HBO.
Cuando en tu mente suena Tchaikovsky. Fotografía: HBO.

Y por ahí llegamos a otro de los grandes aciertos de la temporada: la entronización de Cersei Lannister. Y el hecho de que nos haya conseguido pillar a todos —o a una mayoría— por sorpresa.

Como para no. No hace tanto, cuando Varys quiso decir lo peor que se podía decir acerca de Petyr Baelish, dijo que sería capaz de quemar un país con tal de ser rey de las cenizas. Y aquello era solamente una forma de hablar. Pero Cersei Lannister acaba de hacer algo muy parecido a eso mismo, y quizá no debería sorprendernos. Cersei solo es capaz de discurrir literalmente, como dice John Cleese que corresponde a los idiotas. Su padre, por ejemplo, lo sabía. «No desconfío de ti porque seas mujer —le dijo Tywin a su hija en cierta ocasión—, desconfío de ti porque eres menos inteligente de lo que piensas». Y los espectadores debimos haber seguido su ejemplo y desconfiar también.

Ahora lo vemos claro, por supuesto. Ella no pulsaría resortes sutiles, ni neutralizaría conjuras ni armaría después complejas conspiraciones. Qué va. No sabe, no puede. No quiere. Ella jamás desollaría un ciervo tras matar Baratheons, no quemaría una piel de lobo luego de decapitar a la casa Stark, ni se dedicaría a machacar peces después de masacrar Tullys. Eso es maquiavélico, y ella no es maquiavélica. Es literal. Es honesta. Es mala como un dolor y más burra que un arado. Y lo que es peor: era la única que no quería para sí el Trono de Hierro. Y eso la convertía en la más firme y la peligrosa de todos sus aspirantes.

—Nosotras las madres hacemos lo que podemos para mantener a nuestros hijos alejados de la tumba —recordaba Lady Olenna entre los mármoles solemnes del Gran Septo de Baelor—, pero ellos parecen anhelarla. Los bañamos de buen sentido y les resbala como la lluvia sobre las alas.

—Y, aun así, el mundo les pertenece —contestaba entonces Cersei.

—Un arreglo ridículo, a mi entender.

Bum. Y ese mismo septo voló por los aires. Quién es ahora la ridícula, vieja pajarraca. Quién la brillante estratega. El mundo no pertenece a los hijos; pertenece a mis hijos. Tanta sabiduría, tantas espinas, y aún no has aprendido que las guerras no existen, solo los determinantes posesivos. Mira ese cuervo blanco. El invierno no se acerca; el invierno ya está aquí. Y yo quemaré un país con tal de que mis hijos sean reyes de sus cenizas.

Cuando eres lo mejor que ha habido desde Angela Channing. Fotografía: HBO.
Cuando eres lo mejor que ha habido desde Angela Channing. Fotografía: HBO.

Es la única cualidad redentora de Cersei, advirtió Tyrion. El amor por Joffrey, Myrcella y Tommen. Eso y sus pómulos. Y en su entendimiento literal de las cosas, lo de menos es que sus hijos hayan muerto. Puede quererse igual a una estatua en una cripta, como Robert quería a una más de lo que la quería a ella misma. Se puede seguir siendo regente en nombre de los hijos perdidos, aunque a los ojos del mundo el título tenga que ser de reina. Y reinar sobre las cenizas convertida en una leona enajenada. Probablemente, ni el dragón ni el lobo blanco podrán con ella, solo los otros leones. Uno la quiere, y no podrá hacerlo. El otro también la quiere, pero ya mató a un rey por la espalda, y lo hizo por mucho menos que esto.

5. El noveno episodio

Empecemos por lo evidente: entre esta gran tomadura de pelo y esta maravilla no hay color. En lo concerniente a las batallas, Juego de tronos ha ido de cero a cien. Allí donde más renqueaba es precisamente donde más brilla ahora. Ni todos los realizadores se proponen recorrer ese camino ni mucho menos todos consiguen hacerlo. Así que sí: con «La batalla de los bastardos», Weiss y Benioff han conquistado otro ochomil, quizá el último que les faltaba antes de su ascenso final al Everest. Y han demostrado algo que debe probarse constantemente, porque constituye la clase de obviedad que se olvida con frecuencia: cuando se hacen bien, hay cosas en las que un libro nunca será superior que su adaptación en la pantalla. Y se nota el esfuerzo de Weiss y Benioff por morder precisamente ahí. Nunca hasta ahora habíamos visto en Juego de tronos un despliegue de producción mayor y nunca antes una realización tan ambiciosa, tan solvente y tan lírica. Eso debe reconocérsele también a Miguel Sapochnik, director del capítulo y del excelente capítulo final y artífice también de la estupenda batalla de Casa Austera en la temporada anterior. Por qué no dirige él toda la serie, o todo lo que le dé tiempo, es algo que todavía nos preguntamos.

Cuando vas a un concierto de Slayer. Fotografía: HBO.
Cuando vas a un concierto de Slayer. Fotografía: HBO.

PERO. Pero. ¿Es el 06×09 el mejor capítulo en seis años de Juego de tronos, como se viene oyendo desde el mismo momento de su emisión? Quizá es decir demasiado. Mire usted estos seis minutos de El Señor de los Anillos, y son solamente seis. Hágalo, en serio. En ellos encontrará cumplidamente casi todo lo que vimos en la doble batalla en Mereen e Invernalia, y hasta en el mismo orden. No es que eso esté mal, obviamente. Que le pregunten a Propp. Pero si se calca con tanta fidelidad una coreografía tan tradicional en el género, tan vista y tan bien conocida, el espectador anticipa los acontecimientos. Lo dijeron con mucha precisión en The Atlantic a la hora de reseñar el episodio: «Como resulta ya típico últimamente, el show eligió la ruta más obvia, que luego ejecutó con maestría cinematográfica y una dosis justa de suspense». En otras palabras: «La batalla de los bastardos» fue algo impresionante pero no chocante en una serie que habitualmente es chocante, y no tanto impresionante. Como cambio resulta refrescante, sí. Pero eso no es aspirar a la excelencia, y por tanto tampoco es conseguirla. ¿Recuerdan El despertar de la fuerza? Pues eso. Cuando quieran ejecutar con virtuosismo y a la vez sorprender, y encima consigan ambas, entonces sí. Pero eso es algo que seguimos esperando.

6. El cuarto episodio

Y dirá usted: ¿cuál fue el cuarto, que tengo ya la cabeza loca y no me acuerdo? Y yo le digo: ajajá, querida amiga. Exacto. Esa fue parte de la hazaña: hacernos piruetear sin que nos diésemos cuenta.

Y eso que la pirueta tenía tela. Le recuerdo: en este episodio convergieron algunas tramas y otras solo giraron, pero lo hicieron todas a la vez y con una misma forma: el reencuentro de los hermanos largamente separados. Sansa y Jon, Margaery y Loras y Theon y Yara. Para más complicación, se omitieron completamente las tres tramas principales en las que no se involucraba aún ningún otro par de hermanos —las de Arya, Bran y Sam— pero se conservó la de Jaime y Cersei, a quienes veríamos físicamente reunidos, como a los otros tres pares, en su caso para urdir la conjura contra el Gorrión Supremo. Si eso no es forzar, que baje R’hllor y lo vea

Cuando algo te recuerda a La guerra de las galaxias. Fotografía: HBO.
Cuando algo te recuerda a La guerra de las galaxias. Fotografía: HBO.

Otros más evidentones nos habría contado expresamente que hoy la función iría sobre hermanos, pero Weiss y Benioff no lo hicieron. Regardé la gilipolluá, que dirían los profetas: ni siquiera era este capítulo el que titularon «Blood of My Blood», sangre de mi sangre. Ese fue el sexto. Los realizadores no querían llamar la atención sobre esta concatenación de reencuentros en el cuarto, y por eso ni lo titularon así ni trazaron paralelismos entre las secuencias en las que ocurrían. Simplemente las reunieron todas en un mismo episodio, le dieron cuerda al reloj y la dejaron funcionar. A ver qué pasaba.

Y algo pasó.

7. Choque de hermanos

Aunque antes de comentarlo, se impone hacer un inciso. Con demasiada frecuencia se olvidan las virtudes narrativas del cine y la tele, como hemos más arriba. En particular cuando hablamos de adaptaciones de libros. Y se da por sentado que el libro era mejor porque, je, el libro siempre es mejor. Pero existen técnicas meramente narrativas habituales en las pantallas, exigentes y meritorias, que no suelen encontrarse en los libros. Ejemplo: el montaje. Tiene un papel protagonista en la narrativa audiovisual, entrecortando y desnaturalizando la continuidad, mientras que a su correlato en la literatura (la estructura) solemos pedirle justo lo contrario: que actúe discretamente y se pliegue al objetivo de contarnos la historia de la forma más naturalista. Excepciones hay muchísimas, por supuesto. Esto no es una ley, es algo que ocurre en los libros y las películas que recurren al estilo más convencional, habitualmente por su vocación comercial. Y Juego de tronos es un ejemplo singularmente claro de esta diferencia. En los libros la historia se cuenta mediante capítulos focalizados en un personaje, relativamente largos y habitualmente sucesivos, sin solaparse. Pero Juego de tronos, la serie, es capaz de enmendar esa ausencia de sintaxis, y elige hacerlo, simplemente recurriendo al lenguaje cinematográfico de toda la vida: las secuencias se alternan entre sí, y con la forma de hacerlo nos cuentan también cosas. ¿Por qué es mejor esto, se preguntará usted llegados a este punto del párrafo más soporífero que se recuerda en la historia de Occidente? Respuesta: porque se consiguen efectos. Efectos que no se consiguen en los libros de la Canción de hielo y fuego. Y eso es enriquecedor.

Cuando lo tienes que hacer tú todo porque tu familia es de traca. Fotografía: HBO.
Cuando lo tienes que hacer tú todo porque tu familia es de traca. Fotografía: HBO.

Eso fue lo que Weiss y Benioff consiguieron en este cuarto capítulo, y además con elegancia. Entrecortado y reordenando sucesos, hicieron que apareciera un tema. No porque ningún título lo anunciase, sino porque se consiguió invocar verdaderamente. La lucha de quienes comparten la sangre contra quienes lo hacen solo figuradamente —como los dothraki a quienes atacaba Daenerys, también en este capítulo, y los «hermanos» de la fe contra quienes se conjuraban, también en este episodio, Jaime y Cersei—. A todos estos pares de hermanos les han desplazado del poder, de una manera o de otra. Y en menos de una hora los veremos a todos, Starks y Lannisters, Greyjoys y Tyrells, replegarse y proyectar su ofensiva para reconquistarlo. Sangre contra lealtades, hermanos contra hermandades. Y lo hacen acudiendo y reuniéndose en su punto de partida figurado, en su casilla de salida narrativa: el Castillo Negro, Pyke y Desembarco del Rey. Incluso Daenerys —que constituye una excepción porque obviamente no se puede reunir con Viserys— reedita su triunfo sobre los dothraki y vuelve a ganarse un khalassar por la vía de la mascletá. Y lo hace, y para estos casos se inventó la palabra «inopinado», en Vaes Dothrak.

Pura filigrana, casi relojería. Y mucha anticipación. Poco después sabremos que algunos de estos hermanos no lo son realmente, y que algunos pares mantienen lazos de sangre entre sí. Weiss y Benioff tuvieron que darse mucha maña para que todos estos acontecimientos convergieran en un punto, pero casi merece más celebración que supieran contenerse y no nos restregaran por la cara la hazaña formal, y en lugar de eso dejasen obrar su efecto. ¿Recuerda cuando Daenerys decía, a punto ya de acabar la temporada, «nuestros padres eran hombres malvados, los de todos los aquí reunidos»? Se diría que usted y yo ya intuíamos el cariz decididamente generacional que acaba de adquirir el Juego de tronos, pero no se engañe; se nos había dicho ya, solo que no verbalmente. Por eso, cuando haya que trazar el punto de inflexión de Juego de tronos, la ubicación precisa en que se acabó el nudo y empezó el desenlace, tenemos la intuición de que será exactamente ahí: en el cuarto capítulo de la sexta temporada. A partir de ahora, todo irá encajando solo.

Cuando llegas a la sección de comentarios. Fotografía: HBO.
Cuando llegas a la sección de comentarios. Fotografía: HBO.

Coautor 370


Juego de tronos VI: vientos de infierno (parte I)

Cuando el invierno no es lo único que se acerca. Imagen: HBO.

(Atención: este artículo contiene SPOILERS)

Avisaron, eso no se les puede negar. Lo dijeron bien clarito: «La sexta temporada de Juego de tronos es la mejor que hemos hecho». Baja Modesto, que suben David Benioff y D. B. Weiss. Y eso que no son ellos mucho de ponerse así de chulos. Por eso había muchas expectativas puestas en la última temporada de la serie, cuya emisión se completó el pasado domingo en HBO. Y porque, con ella, la adaptación televisiva de la Canción de hielo y fuego superaría el punto de la historia hasta el que han avanzado los libros de George R. R. Martin. Resultado: cuatro estrellitas. Aunque «la mejor temporada de Juego de tronos» quizá sea mucho decir, nos parece justo reconocer que ha sido la mejor de los últimos años.

Eso no quita, claro, que no vayamos a dar nuestro paseo anual por Poniente perdonando vidas y haciendo como si Weiss y Benioff nos debieran dinero. Y aplaudiéndoles las piruetas, eso también. Honrando la que ya es tradición en esta casa, hoy traemos un surtido picadito de impresiones acerca de la sexta temporada de Juego de tronos. Siete para lo mejor, siete para lo peor. Y esta vez en dos entregas; en la de hoy señalamos los puntos flojos de la temporada y en la segunda, mañana, cantaremos las alabanzas. Y le invitamos, como siempre, a que alce el dedo y a que se encarame con nosotros al tonel de pontificar, que arriba siempre hay hueco. Y a que no se lo tome muy en serio, que tampoco es esto la reforma educativa. Habrá SPOILERS, obviamente. Y unos spoilers del copón, porque hemos superado los libros y ahora ya sí que sí hablaremos de todo. Advertido queda si aún no ha acabado la temporada o el último libro, Danza de dragones. Como dijo Edmure Tully, el que avisa no es traidor.

1. Alliser Thorne y la banalidad del mal

«Espera, que te voy a explicar AHORA por qué no soy el malo». Imagen: HBO.

A lo mejor es que David Benioff y D. B. Weiss se han leído ahora a Hannah Arendt, puede ser. A lo mejor quieren entonar una sentida trova a la constitución contradictoria del alma humana, Dios no lo quiera. Pero observamos que últimamente ningún villano se va de Juego de tronos sin recibir lo suyo, no digamos lo de su prima. Porque a la hora de morir, zas: discursito redentor. Yo no soy mala, es que me han dibujado así. Y hala, tira. Espadazo, chorrito y títulos de crédito. Ni-no, ninoni-no, ninoni-no. Y usted en su casa como Kevin Kline cuando aquello. Y cae en la trampa, porque cae. No, si en el fondo no era tan malo. ¿Ves? Ahora me da pena.

Y no, mire. Alliser Thorne, no jodas. Desde el tercer capítulo dándole pellizquitos de monja a Jon Nieve. Desde el tercero, y van sesenta. Y al pobre Sam que si gordi, que si floji, que si no sé qué. Y al final no, yo es que cumplía con mi deber. Y en realidad soy muy íntegro, si lo piensas. Y un dechado de virtudes, por qué no decirlo. Por eso me han puesto un niño al lado en la horca, qué te crees. Lenguaje cinematográfico. Pues vale, Weiss, Benioff. Pero mirad una cosa. Yo he venido a que ahorquen a este señor, eh, con mis palomitas y mis gafas de 3D, eh, a reírme y a patalear como una hiena. Y quiero un ahorcamiento como Dios manda. Con su saña y su revancha. Y eso no es enseñarlo con obscenidad, amiga. Como si no lo enseñas. Basta con que el malo llegue a su muerte siendo eso, el malo. Y con que al final, por hache o por be, no me tenga que ir yo a mi casa con la bajona.

Roose Bolton, tres cuartos de lo mismo. El gorrión Supremo, igual. Incluso el único gesto humano que le vimos a la Niña Abandonada en todo Juego de tronos fue cuando ofreció consuelo a Arya —«todo acabará pronto»— y la posibilidad de morir de pie o de rodillas, justo antes de morir ella misma.

Cuando corres poniendo esta cara, que es una cosa muy normal que pasa mucho. Imagen: HBO.

Todos tuvieron su minutito de oro poco antes de caer, con la excepción de Ramsay Bolton y Walder Frey —y quizá solo porque se ha establecido que esos dos personajes, más que motivados, están cucú de la cabeza, y eso no hay background que lo enmiende—. Es trampa, porque el objetivo no es obrar una transformación de verdad: es dejarle a usted mal cuerpo caiga quien caiga. Cuando lo hacen los buenos porque son buenos y cuando lo hacen los malos porque resulta que también eran buenos, aunque vayamos a descubrirlo a última hora y por la vía del discurso. Los showrunners no dirán eso en las entrevistas promocionales y los junkets de prensa, por supuesto. Dirán que en Juego de Tronos también los villanos tienen sus estratos y sus motivaciones y rollos superguapos, bla, bla, bla. Y los periodistas lo repetiremos como cacatúas, porque a ver si se cree usted que las páginas se llenan solas. Pero no, mentira. Varys, Melisandre, Jaime o Theon, sí. Los que cambiaron de bando en vida, y esa transformación constituyó buena parte del cuento. Pero ya, fin. Alguien debe montar guardia en los extremos del espectro, y ser verdaderamente los buenos y los malos. Esto es ficción, no realidad. No rigen los principios de la psicología, sino las leyes de los cuentos. A ver si llevamos seis años, seis, rodando las cabezas, y resulta que aquí no era nadie el malo.

En el fondo, la culpa es también suya y mía, no se crea. Somos nosotros, los espectadores, los que nos hemos dejado convencer de una gran tontería: que las ficciones no deben ser maniqueas. Como si eso fuera posible, o acaso deseable. O como si algo tuviera de excitante un personaje virtuoso que se enfrenta a otro personaje virtuoso porque claro, las circunstancias. Yo no he venido aquí a eso, ni a que me eduquen el espíritu, Weiss, Benioff. Muchas gracias. Al fútbol y al ajedrez voy a emocionarme con las jugadas. Y Juego de tronos es eso, o eso pone en el cartel de la entrada: un choque. Con su sacrificio de los peones y sus tarjetas rojas injustas. Si todos somos buenos, entonces estamos jugando al chinchón apostando garbanzos. Y la epopeya se nos queda en coaching. Para eso me voy a ver Anatomía de Grey.

2. Sandor Clegane y el Palmar de Troya

«Un septo es, un septo es, un septo eees, una ventana en la mañana y disfrutaaar». Imagen: HBO.

Por dónde empezar, Weiss, Benioff. Por dónde empezar.

Aquí tenía que haber un monasterio, punto uno. Ubicado en una isla, y la isla ubicada en una ría en la desembocadura del Tridente. A la que se accede atravesando las marismas que descubre la marea baja. Una especie de monte Sant-Michel, en resumen. Era caro de hacer, vale. No era estrictamente necesario ceñirse a los detalles, vale. Ni siquiera hacía falta que llegásemos de la mano de Brienne, como en los libros, o que Sandor Clegane ejerciera como el enigmático sepulturero de la congregación. Hasta admitimos que Isla Tranquila era complicada cinematográficamente, porque en ella rige el voto de silencio y ya me dirás tú cómo hacemos televisión con todo el mundo callado. Y que, precisamente por eso, parece el sitio ideal para que economicemos en la partida de producción, que estamos en la sexta temporada, los dragones son ya muy grandes y las batallas de los bastardos no se hacen solas. Vale. Pero hombre, yo qué sé. Es que esto tampoco, Weiss, Benioff, perdonadme. Ya no porque la Isla Tranquila no sea una isla; es que no es nada. No hay nada. Que lo están construyendo, diréis. Ah, claro, muy bien. Pero, mientras tanto, esto es el equivalente en la ficción de una esfera ideal suspendida en el vacío: gente en un prado, Weiss, Benioff. Gente en un prado.

Y qué gente. Qué caras. ¿Esto qué es, una secta? Porque lo parece. La granja-secta-polígama de Playmobil, edición Esperando al ovni. Con el opening ese, de verdad. Qué cursi. Y qué cliché tan grande. Y el aluvión que viene después: el parto leña; el yo estuve en Vietnam; el tú eras Jeremy Irons y yo Robert De Niro y al final nos queman la aldea; etcétera. Y el Hermano Mayor, que esa es otra. Se hace reiki, se hace coaching de vida, se vende Ford Focus. Hasta le tenéis que haber sacado diciendo expresamente, y cito, «soy un puto septón», porque era talmente uno que entra en un bar. Y encima sin decir nada que no haya dicho Paulo Coelho. Barato todo. Baratísimo. Eso no se le hace a Ian McShane, Weiss, Benioff. Perdonadme que os lo diga.

Cuando eres duro pero no tienes un saco de boxeo porque esto era una ficción medievalista. Imagen: HBO.

Y menos que nadie a Sandor Clegane. Porque el Perro, más que ningún otro personaje, necesita vuestra ayuda. O sea: hombretón vueltadetódico, robusto físicamente, devoto de sus obligaciones y atormentado por su pasado. A lo mejor es el protagonista de cualquier película de Bruce Willis. A lo mejor. Y de la mitad de películas de acción de los últimos cuarenta años. ¿Es eso malo? No. Contar con un prototipo tan reconocible es hasta deseable, más entre tanto personaje extravagante como hay en Juego de tronos. Engrasa, resulta digestivo. Y más si da las mejores ensaladas de hostias de la serie. Pero, lo dicho, que entonces necesita ayuda, no que le hagáis las jugarretas relacionadas con el presupuesto precisamente a él. No que lo ubiquéis como protagonista en un escenario tan abstraído que ha quedado reducido a la égloga pastoril. Si se sumerge a un personaje cliché en un universo de clichés y lo echamos a andar por sí solo, como si fuera un muñeco a cuerda, entonces pasa esto. Mi hermano me quemó la cara: trauma. Mato porque tengo trauma: más trauma. Como tengo tanto trauma por matar, me meto en una secta absurda pero los matan a todos: supertrauma. Y así seis años sin que al Perro le ocurra realmente algo, porque todo lo que le pasa acaba siendo lo mismo. Y la casa sin barrer, y la pistola de Chèjov sin aplicar. Y la gente se marea y el público se mea.

Para hacer volver al Perro así, garbanceramente y mal, y sin que luego concurra más que tangencialmente a los acontecimientos importantes de la temporada —ni siquiera aparecía en el capítulo final—, os lo podíais haber ahorrado. Que reapareciera más tarde, en la séptima temporada, ya integrado directamente en la Hermandad sin Estandartes. Total, sería casi más plausible que encontrarlo donde lo hemos hecho. Y todo ese metraje tontamente invertido en una fábula de Samaniego podría habernos servido para no incurrir en algunas de los omisiones más incomprensibles de la temporada —cof, cof, el pasado del Cuervo de Tres Ojos como Brynden Ríos, cof—.

3. Esta muerta está muy muerta

Marear la perdiz: definición gráfica. Imagen: HBO.

Y mira, hablando de omisiones dolorosas. Nos vamos a dar el gusto de reventar el que ha sido uno de los spoilers más peligrosos de Juego de tronos, fundamentalmente porque ya ha dejado de serlo. Si no ha leído los libros, agárrese a algo. ¿Ya? Va:

Catelyn Stark no murió en la Boda Roja. O sea, sí. Pero revivió al tercer día, hosanna en el cielo. Y ahora es un zombi, o algo parecido. Un zombi superjodido. Y se hace llamar Lady Corazón de Piedra. Y es la líder de la Hermandad sin Estandartes. Y está enfadadísima, porque tú me dirás. Y le da igual ocho que ochenta. Y están los Frey ahora mismo que no tienen Poniente para correr. Y los que no son Frey, también.

¿Y quiere saber lo mejor de todo?

Weiss y Benioff han eliminado todo esto de la adaptación.

Durante mucho tiempos no quisimos creerlo, y confiábamos en que la espectacular rentrée de Catelyn —que en los libros ocurre poco después de la Boda Roja, en el epílogo de Tormenta de espadas— solo se estaba posponiendo. Y por eso no incurrimos en spoiler a la hora de criticar su ausencia, como hicimos cumplidamente en las revisiones de la cuarta y la quinta temporada. Parecía evidente —esa cursiva es enfática— que Lady Corazón acabaría llegando, y no queríamos estropear la sorpresa. Pero cuando ha terminado la sexta, y es obvio que el personaje ha sido eliminado de la adaptación, ya no tiene sentido guardar el secreto, porque resulta que no lo era. Weiss y Benioff no mentían, ni piadosamente ni de la otra forma. Ni George R. R. Martin. Ni Michelle Fairley. En la tele, Catelyn murió, punto. ¿Usted da crédito? Nosotros ni un poco.

Dirá usted, porque usted es así, que no es tanta la tragedia. Beric Dondarrion ha resucitado. Jon Nieve ha resucitado. Benjen Stark ha hecho algo parecido a resucitar. Gregor Clegane también, e incluso su hermano Sandor, a efectos narrativos, ha vuelto figuradamente a la vida, reenganchándose de nuevo a las tramas cuando se le daba por abatido. ¿No resultaría machacona otra resurrección?, dirá usted. ¿No sería casi un chiste? Respuesta: sí. Matiz: ahora. Porque a Catelyn le correspondía volver no después de todos ellos sino antes, en segundo lugar tras Dondarrion. Y en la sexta temporada solo debía involucrarse con decisión en los acontecimientos. El más relevante, la masacre de la estirpe Frey, pero también la muerte definitiva de Beric Dondarrion y la (posible) de Brienne de Tarth. En lugar de eso, Beric y Brienne siguen vivos y las dos hijas de Catelyn han acabado con las dos casas que ella se proponía extinguir: la Frey y la Bolton. Pues bueno, pues vale. No diremos que el puzle no se ha reencajado con habilidad. Pero nos sigue pareciendo que, sin Lady Corazón de Piedra, Juego de tronos ha perdido una gran oportunidad.

«Hoy en Masterchef: pastel de tus hijos, gilipollas». Imagen: HBO.

Y el porqué ya lo mentamos en su día, a colación de la Boda Roja. Después de ejercer como esposa en la primera temporada, como viuda en la segunda y como madre en la tercera, «Catelyn Stark, de soltera Tully, ha recorrido todos los roles que le reservaba su papel de gran matrona en Juego de Tronos», y por eso murió. Haciéndola volver Weiss y Benioff habrían contravenido este principio, y ojalá lo hubieran hecho. Ojalá en la ficción rompedora que presume ser Juego de tronos también las matronas, las madres y las viudas, las señoras, pudieran trascender sus roles femeninos —la madre abnegada, la cortesana conspiradora, la luchadora corajuda en un entorno de hombres— y convertirse, ellas también, en esos personajes aparentemente unisex que luego nunca lo acaban siendo: las criaturas, las fieras sobrenaturales. Nada tiene de valiente ni de nuevo que un guerrero joven, un Cid campeador como Jon, vuelva a la vida para seguir blandiendo su espada; pero sí lo tiene que lo haga la esposa del héroe, la madre del guerrero. Que Catelyn recupere la vida —no Ned, no Robb, no Jon; Catelyn— constituye la singularidad, el acontecimiento feliz y poderoso que habría distinguido a Juego de tronos entre las grandes ficciones comerciales y lo habría hecho ganar dignidad respecto al texto original, la Canción de hielo y fuego. Algo en lo que pensar para todos los que celebran el papel de las mujeres en esta sexta temporada, quizá demasiado impresionados por el caramelito —y solo caramelito— que constituye la joven Lady Lyanna Mormont, y porque no recuerdan demasiado bien los libros. Lady Corazón de Piedra no está. Arianne Martell no está —de eso hablaremos luego—. Y por más que otros personajes femeninos hayan conquistado un protagonismo formal y muy visible en la política de Poniente, no vemos que reciban un tratamiento narrativo distinto del convencional, quizá solo con la feliz excepción de Yara Greyjoy y el papel, siempre sui generis, de Arya Stark.

4. Jon Nieve, crónica un «meh» anunciado

Cuando eres Kit Harrington y la potra que tienes es una cosa que no te la puedes ni creer. Imagen: HBO.

Y quizá lo peor de todo es que la amputación de Lady Corazón de Piedra no ha servido para nada. La omisión perseguía un objetivo, pero ese objetivo no se ha cumplido.

Recordará usted que al acabar la quinta temporada dejamos a Jon Nieve más muerto que Mufasa. Pues bien; el pasado abril, justo antes empezar la sexta temporada, en la casa de apuestas online BetWay la resurrección del Lord Comandante se cotizaba 1/100, lo que significa que el 99% de las apuestas eran a favor —eso y que los vencedores se habrán embolsado a estas alturas la friolera de un euro por cada cien apostados—. Y no, le anticipo que no todos eran eminentes exégetas de la obra de George R. R. Martin. De hecho, solo el 80% apostaron a que abandonaría seguidamente la Guardia de la Noche, y eso que el juramento lo dice bien claro: «La noche se avecina, ahora empieza mi guardia. No terminará hasta el día de mi muerte». Es decir, que muchos ni siquiera conocían demasiado bien la obra de George R. R. Martin, y pese a eso acertaron. Les bastó con la intuición. Con sumar dos y dos.

Y a usted también, no diga que no. Lo sabían ellos, lo sabía usted y lo sabía yo. Y por eso, cuando finalmente ocurrió, pues hombre: meh. Y qué gran meh, dese cuenta. La muerte y resurrección de Jon Nieve deberían haber constituido un hito en Juego de tronos a la altura de la decapitación de Ned Stark y el desenlace de la Boda Roja, e incluso provocar más conmoción. Uno, porque su asesinato también estaba previsto en los libros publicados, pero no su resurrección, y ni siquiera los lectores sabían que pasaría; y dos, porque Weiss y Benioff habían preparado cuidadosamente el terreno para que el regreso de Nieve resultase todavía más chocante para los televidentes, y lo hicieron a costa de grandes sacrificios. El mayor de todos, Lady Corazón de Piedra. Aunque sabíamos que la resurrección de la carne se contempla también en la adaptación —y además de dos maneras: como zombi, si median los caminantes blancos, o volviendo a la vida tras la intercesión de un sacerdote de R’hllor—, en la tele nunca le había ocurrido a un gran protagonista. Y solo ahora podemos saber por qué. Si Catelyn hubiese vuelto a la vida cuando tocaba, al final de la tercera temporada o al inicio de la cuarta, habría ejercido como precedente. La muerte ahora de Nieve habría carecido de emoción, porque habríamos anticipado que resucitaría; y cuando resucitase tampoco resultaría chocante, porque sabríamos que iba a pasar. Como la muerte de un gran protagonista —la de Ned—, la sorpresa de la resurrección de otro gran protagonista era también una suerte de virginidad, algo que el espectador solo podía perder una vez, la primera. Había que elegir: o Catelyn tempranamente o Jon mucho después, ya en la sexta temporada. Y eligieron a Jon, confiados en que así darían una campanada mayor.

¿Y qué ha ocurrido? Justo lo contrario. Un epic fail rigurosamente literal, en lo epic y en lo fail. Campanada, ninguna. Sorpresa, cero. En todo momento supimos que la muerte de Jon Nieve era cierta, pero no definitiva. ¿Por qué? Por la poca maña del texto y la realización. Concretamente, porque Weiss y Benioff, o quizá la HBO, quisieron que funcionase como cliffhanger al final de la quinta temporada. Y, más concretamente, por la factura de la secuencia que ejerció como cliffhanger, convencional hasta decir basta. Con su plano cenital, su zoom, su sangre y su apestosa tromba de violines. Y su ubicación exactamente al final del último capítulo de la temporada. ¿Desde cuándo son las cosas así en Juego de tronos? Hasta entonces, las muertes de los grandes héroes habían ocurrido con una realización sobria y muy singular, desprovista de manierismos melodramáticos; y en capítulos intermedios de las temporadas en lugar de al final, contraviniendo todavía más los convencionalismos televisivos. Por eso nos sorprendieron tanto y por eso no dudamos que fueran ciertas.

Bastaba con hacer lo mismo. Con matar a Jon igual que a Ned, Catelyn y Robb. No al final de la temporada, sino en el octavo capítulo o el noveno. No mostrando sus restos en primer plano, sino veladamente, de lejos o sin hacerlo en absoluto. Habríamos creído efectivamente que Jon Nieve estaba muerto, para gran flipar, y al resucitar en esta sexta temporada nos habríamos quedado muertos en la bañera. Bastaba, en suma, con haber repetido la fórmula, esa forma honesta de crear sorpresas a través de la técnica, en lugar de optar esta vez por la forma industrial, la que tiene más que ver con el marketing, los teasers y los trailers. Una pena, la verdad.

5. Jorah Mormont, Jorah que te Jorah

«Dime que me quieres o me enveneno». Imagen: HBO.

Y mira, hablando de pena, hablemos de darla. Tres veces se han separado ya Daenerys y Jorah Mormont. Tres. Una, dos y tres. Desde la primera vez en la cuarta temporada hasta esta última, a mitad de la sexta. Casi veinte capítulos dura ya la cruzada hazmecásica, pagafántica y nuncafollista del caballero de la triste figura para conquistar el amor de su Dulcinea particular, o al menos darle pena. O recabar su perdón, que es una manera de representar lo mismo. Algunos dieron de sí, estamos de acuerdo. Pocas secuencias hemos visto en Juego de tronos mejores que la del paso de Jorah y Tyrion por la antigua Valyria, donde el caballero contrajo la psoriagrís. Pero son dos temporadas ya sin que cambie realmente nada en esta historia de amor que no es tal cosa, porque Daenerys ya eligió y eligió como Macarena, darse a su cuerpo alegría y cosa buena. Con Daario Naharis, nos ha jodido mayo. Y se llegó entonces a un arreglo con los espectadores: Daario se comería el sándwich y Jorah gozaría de mayor confianza como consejero, un plus por objetivos y un asiento permanente en lo alto de la pirámide con unas magníficas vistas a la friend zone. Fin de la historia.

Esto no es un triángulo amoroso. No lo es en los libros y en la serie tampoco puede, porque no se han practicado cambios en este sentido. Pero Weiss y Benioff insisten en retratarlo como si lo fuera. Con los clichés a los que acostumbra el cine y la tele en estos casos: secuencias a tres bandas, duelos de cornamentas y lo dicho, esos reencuentros machacones entre Daenerys y Jorah que se resuelven siempre igual, con la «Lacrimosa» de Mozart, el mutis de Mormont por el foro y la certeza —ya impepinable— de que esto mismo volverá a ocurrir en no más de cinco o seis capítulos. Y la próxima vez, será la cuarta. ¿Por qué está pasando esto? Por falta de valor, intuimos. Weiss y Benioff quieren representar formalmente algo que, en realidad, no está pasando. Y seguramente lo hacen porque piensan que no tienen elección. En Hollywood y en la gran tele persiste un miedo atroz a que un gran protagonista no mantenga algún tipo de tensión romántica, la que sea. No digamos ya si es mujer y en edad de merecer. Y ocurre que en este punto de Juego de tronos, cuando Ygritte, Shae, Talisa, Robb y Renly han muerto, hemos consumido ya la mayoría de las historias de amor, y desde luego todas las emocionantes. Y se conoce que tiene que haber alguna, por cojones. Weiss y Benioff casi lo admitieron con el subtexto del diálogo en el que Daenerys manda a Daario a tomar mismamente por donde amargan los pepinos.

Nunca hasta ahora hemos recomendado matar a un personaje, menos todavía a uno que sigue vivo en los libros. Pero a Jorah debieron haberlo fulminado hace tiempo, e inexcusablemente en esta temporada. Las razones, parecidas a las que dimos con Sandor: lleva seis años, seis, interpretando un mismo papel, el de un Humbert Humbert coñón. Demasiados para que nos resulte deseable su más que probable reunión con Daenerys por cuarta vez —¡cuarta vez!—, o acaso emocionante. Repetimos: las leyes de la vida son unas y las de la ficción son otras. Hace ya tiempo que Mormont es un zombi narrativo. Por eso esperamos que cuando vuelva, porque volverá, al menos lo haga convertido en un hombre de piedra. O en vampiro, qué más da. Pero que le pase algo, por Dios.

Posdata. Parte del metraje de Mormont podría haberse invertido en abundar en las tramas de Essos, que falta hace. Y particularmente en la de Varys, el eterno olvidado de Juego de tronos.

Tip y Coll. Imagen: HBO.

Que sí; en esta partida de ajedrez, Varys y Meñique son los caballos. Saltan por el tablero y eso es parte del encanto. Empieza a parecer que tienen un jet supersónico cada uno, pero bueno, vale. Aceptamos pulpo. Ahora bien; después de su profunda transformación televisiva –porque el Varys de los libros comparte solo filosofía con el de la serie, y sus actos son completamente distintos–, que la Araña no se encuentre con Daenerys era una línea roja, y Weiss y Benioff no es que la hayan pisado; es que han bailado el Kalinka sobre ella. Antes del último capítulo de esta sexta temporada había gente en internet diciendo ya que Varys era una alucinación de Tyrion, no le digo más. Y cuando por fin Daenerys y Varys compartieron su primer plano ocurrió literalmente en la última secuencia de la temporada. Y sin cambiar antes palabras. ¿Imagina usted que cuando ser Barristan se unió a la delfina Targaryen hubiera ocurrido así, apareciendo directamente a su vera? ¿O que se hubiera prescindido, en esta temporada, se la secuencia en que ella pacta su alianza con los hermanos Greyjoy? Pues eso.

6. A buenas horas, Manosfrías

Es un hecho ampliamente documentado que el diablo está en los detalles. Quedémonos con esta idea preliminar.

No, no le vamos a reprochar a Benioff y Weiss que nos hayan privado hasta ahora de Manosfrías, ese personaje enigmático y razonablemente sobrenatural que campa a sus anchas por la región más allá del Muro. En la cronología televisiva le correspondía efectuar su entrada mucho antes, cuando Sam y Gilly escapaban del torreón de Craster en la tercera temporada, y después quedarse largo tiempo durante la cuarta, al menos hasta que Bran llegaba a la cueva del Cuervo de Tres Ojos. Durante todo ese tiempo, en los libros, lo conoceremos por este apodo y lo veremos siempre embozado con un pañuelo, sin llegar a saber nada sobre su identidad. Y nos diremos: es Benjen. Pero es que lo mismo nos dijimos en su día sobre Mance Rayder, el rey más allá del Muro, y luego mira. Y además contemplamos la posibilidad de que Benjen sea Daario Naharis, porque en Juego de tronos ya, lo que veas. Así que Manosfrías era quizá un secreto a voces, pero un secreto. Y en eso estaba la gracia, por supuesto.

Benioff y Weiss, en cambio, no podían sostener el mismo enigma, y de hecho ningún enigma. Lo suyo es televisión, y alguien debía interpretar al personaje. Si lo hubiera hecho Joseph Mawle, el mismo actor que interpreta a Benjen, blanco y en botella; y si lo hubiese hecho otro, habríamos descartado que Manosfrías fuese el hermano de Ned Stark. Así que, en realidad, no se trata de que hayan retrasado simplemente su aparición; han dejado al personaje en off hasta superar el punto de la historia al que han avanzado los libros y entonces lo han hecho entrar, procediendo con todas las revelaciones de sopetón: pum, Manosfrías, pum, y es Benjen Stark, pum, y además está muerto. O muerto como la gente está muerta últimamente en Juego de tronos, que no es realmente mucho. ¿Que la cosa pierde? Nos ha jodido. Pero no había otra manera. Desventajas que tienen las pantallas frente a las páginas. A cambio, el sexo en la tele gana una cosa bárbara. Y los septos explotando, ni te cuento.

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«Madre mía, y para esto seis temporadas». Imagen: HBO.

Y eso es precisamente lo que vamos a reprocharle a Weiss y Benioff, porque aquí hemos venido a perdonar vidas. No los dragones, sino algo parecido: el alce. El alce en el que cabalga Manosfrías. Que tampoco es un alce, cuidado. Como el mismo Martin escribe, el animal mide diez pies de altura hasta la cruz, unos tres metros, y debe ponerse de rodillas para que suban los jinetes. Y en otros puntos le dedica los apelativos de «gran» y «gigante». Aunque a veces se propone que podría ser un alce americano simplemente muy grande, suele convenirse que se trata de un alce irlandés, también conocido por su —elocuente— nombre científico: megaloceros giganteus. Se trata de una especie de ciervo, la más grande que ha existido, extinguida hace diez mil años, a finales del Pleistoceno. De hecho, en los libros, Martin también se ocupa de mencionar expresamente que la cornamenta del animal es como la de «uno de los alces gigantes que una vez vagaron libremente a través de los Siete Reinos, en tiempos de los Primeros Hombres». Una cornamenta de tres metros y medio de lado a lado, para hacernos una idea.

¿Cuánto mola la megafauna de finales del Pleistoceno? Muchísimo. ¿Cuánto mola esa megafauna en Juego de tronos? Muchísimo más. Ya lo dijimos a colación de los mamuts: la aparición de animales no estrictamente fantásticos, sino reales pero extintos, ubican a la serie en un punto muy singular, muy suyo, entre el realismo y la fantasía, pero escorándose hacia lo primero. Una gotita de Parque Jurásico, plicy solamente una. Lamentablemente, parece que solo Martin lo sabe apreciar, o al menos que Weiss y Benioff no lo aprecian más que lo que aprecian la factura de los efectos especiales. La cuenta es la misma: después de haber omitido en televisión a la gran osa polar que cabalga Varamyr Seispieles (que por su altura de trece pies, casi cuatro metros, más parece una variación ártica del extinto oso de las cavernas que un oso polar moderno) y de que no hayamos visto tampoco a ningún ejemplar de gatosombra, el alce gigante de Manosfrías ofrecía a Weiss y Benioff una última posibilidad de establecer que la megafauna es la norma más allá del Muro, y de conseguir así lo mismo que Martin en los libros: invocar con eficacia las grandes extinciones perpetradas por el hombre prehistórico y la última gran glaciación, entre otras ideas que visten muy bien a la región más allá del Muro, y por extensión al mundo mismo en el que tiene lugar Juego de tronos.

El diablo está en los detalles, decíamos. Vaya que si lo está. Y con este se ha asomado. Tanto que debemos decir que al menos ya hay una cosa que la hacen mejor en El Hobbit que en Juego de tronos. Quién nos lo habría dicho.

7. Marina Dorne, ciudad de vacaciones

«Cobarde, fistro, te viasé pupita en el diodenor». Imagen: HBO.

¿Se acuerda usted de los Martell? Haga memoria: pelo negro, constitución chupada, tez aceitunada. ¿No? Pues fueron la Next Big Thing, los Martell. Por la mala follá, sobre todo, pero no solo por eso. También practicaban el poliamor, conspiraban que daba gloria y pasaban los dedos por velas, que es una cosa no verbal que los hacemos españoles cuando hay una cámara delante. Eran ellos así, sandungueros y españolazos. Y un poco indepes. Ya lo dijo Tywin Lannister: «No seremos siete reinos hasta que Dorne vuelva al redil». Así que Dorne volvió, y para ello Juego de tronos tuvo que desplazar su monumental aparato de producción a España. Juego de tronos no era Juego de tronos sin el arco de Dorne, o eso pensaban entonces Martin, Weiss y Benioff. Ahora se conoce que han cambiado de idea y han hecho que el reino del sur desaparezca pero así, pin, pan. Drexit fulminante de Dorne en el primer capítulo de la temporada. Y nunca más se supo hasta minuto y medio nueve horas después, en el capítulo final. Spain, one point. Lamentablemente.

Contexto: Muchos lectores de George R. R. Martin ya se quedaron fríos en la temporada pasada, cuando supieron que media familia Martell ni siquiera formaría parte de la serie. En particular la princesa heredera, Arianne Martell, que juega un papel protagonista en los libros y es uno de los personajes que asume el punto de vista narrativo en Festín de cuervos y Danza de dragones; y su hermano Quentyn Martell. No revelaremos los detalles; baste decir que las subtramas de estos personajes tienen implicaciones muy grandes en la contienda por ocupar el Trono de Hierro, por no decir que decisivas en este punto de la Canción de hielo y fuego. Sin embargo, en televisión, tampoco sus actos le fueron legados a otros personajes, simplemente se amputaron de la narración. Si además se considera que Oberyn lleva criando malvas desde la cuarta temporada, las muertes ahora de Doran y Trystane hacen que la familia Martell, que en los libros sigue relativamente completa y ganando protagonismo, haya sido completamente desterrada de la adaptación televisiva. Y lo que es más significativo: Weiss y Benioff también se han asegurado de acabar con todos los personajes del arco dorniense que retienen cierto foco en los libros: Areo Hotah y Myrcella Baratheon. Ha sido una purga, sin más. Se trataba de acabar con el arco.

Pero ¿por qué? Misterio. Aunque doctores tiene Westeros, por supuesto. En Io9, optimistas ellos, decían al empezar la temporada que Ellaria Arena, la responsable formal y única superviviente de esta masacre, «puede haberse cargado completamente Dorne como país pero puede haber salvado Dorne como trama». Ojalá, pero no. Ni siquiera se ha reemplazado una gran historia por otra pequeña, porque a minuto y medio tras nueve capítulos sin Dorne malamente se lo puede considerar una trama. Y menos cuando los verdaderos protagonistas de ese minuto y medio son los carismas arrolladores de Varys y Olenna Tyrell. ¿Podría ser distinto? Seguramente no. Ellaria y las tres Serpientes de Arena mayores, Obara, Nymeria y Tyene, son cuatro personajes poco menos que intercambiables entre sí, y tremendamente prescindibles, con una esperanza de vida narrativa de un cuarto de hora. De hecho, la perfección con que Weiss y Benioff han abortado el curso de los acontecimientos en Dorne y la forma atropellada con la que han atado sus cabos sueltos al remolque Tyrell en el último capítulo invita a pensar en que aquí no median razones narrativas, sino industriales. Alerta conspiranoia.

Precisamente mientras se emitía esta sexta temporada George R. R. Martin ha prepublicado un capítulo del siguiente libro de la Canción de Hielo y Fuego, Vientos de invierno, que tiene por protagonista y punto de vista a Arianne Martell. Parece poca casualidad que, mientras ella misma y sus satélites ganan protagonismo en la saga literaria, sosteniendo un gran arco e implicándose cada vez más en los demás, en la televisión sean precisamente ellos los que resultan completamente eliminados. Si tuviéramos que apostar, diríamos que Weiss, Benioff y Martin (que también es productor de la serie y comparte el mando en las decisiones ejecutivas, detalle importante) acaban de dar un tajo profundo en Juego de tronos para separar libros y adaptación, y lo han hecho en Dorne.

Ese tajo estaba previsto y abierto ya, por supuesto. De ahí la omisión en televisión de Arianne y que tampoco se retrate la implicación activa de los Martell en la causa Targaryen. Pero los acontecimientos han obligado a Weiss, Benioff y Martin a acometerlo de raíz, extrayendo Dorne al completo. La razón: el retraso forzoso de la publicación del próximo libro, Vientos de invierno, para después de la emisión de la serie en lugar de antes, tal y como se planeaba en un principio. De esta manera, el inminente volumen literario ya no será donde se desvele la resurrección de Jon Nieve, la verdadera identidad de Manosfrías o la destrucción del Septo de Baelor, por ejemplo; pero cuenta con un arco inmenso, cedido ex profeso por su hermano televisivo, del que los espectadores —los potenciales lectores, los potenciales compradores— lo desconocen todo. Y ese arco, lo dicho: gana más relevancia con cada momento que pasa. Tanto que no parece descabellado que sea ya determinante en la contienda final por el Trono de Hierro, al menos en los libros. Oh, porque sí: Juego de tronos tendrá un ganador, y alguien se sentará finalmente en el dichoso trono. Pero la Canción de Hielo y Fuego, los libros, tendrán también un ganador, y será otro. Habrá dos finales distintos, uno en la pantalla y otro en las páginas. ¿Que no? Al tiempo.

Y hasta aquí las siete críticas a la sexta temporada. Mañana a la misma hora cantaremos las alabanzas. Le esperamos.

Cuando te lees seis mil palabras y resulta que eso era solo la mitad. Imagen: HBO.

Coautor 370


Juego de tronos V: Danza de cabrones

Imagen: HBO / Canal +.

Este artículo contiene SPOILERS

Vale su peso en vidriagón, pero ni por esas. Seis años y la reliquia perdida de Juego de tronos sigue sin aparecer, y eso que ni siquiera está perdida. Está guardada, que no es igual. Bajo siete llaves en algún oscuro sótano de HBO, cuyos directivos han jurado por los viejos dioses y los nuevos que antes morir que perder la vida. Es Winter is coming, el episodio piloto de Juego de tronos. No el que usted ha visto, no. El otro. El de verdad. El que se grabó en 2009, dos años antes del estreno de la serie, en Escocia y Marruecos, no en Irlanda del Norte y Croacia. Aquel del que no han trascendido más que unas pocas imágenes, entre ellas las de Theon Greyjoy como la ambición rubia e Ian McNiece vestido de reina Amidala. A Sophie Turner, la actriz que interpreta a Siesa Sansa Stark, se le escapó en una entrevista que la network estuvo a punto de no hacer Juego de tronos cuando tuvo este piloto sobre la mesa, con que imagínese el tostón. Y los mismos creadores de la serie, David Benioff y D.B. Weiss, reconocen que les quedó un poco, cómo decirlo. Dadá. Según han confesado ellos mismos, le pusieron el misterioso piloto a varios amigos y colegas de profesión y la mayoría ni siquiera se enteró de que Cersei y Jaime Lannister son hermanos. Y, quieras que no, eso desluce mucho un incesto.

Finalmente, la HBO se contentó con practicar cambios y volver a grabarlo todo. Con nuevas localizaciones, decorados, vestidos e intérpretes, entre ellos las actrices que dan vida a Catelyn Stark y Daenerys Targaryen, Michelle Fairley y Emilia Clarke, que sustituyeron a las originales, Jennifer Ehle y Tamzin Merchant. Aunque la verdadera transformación tuvo que ver con el guion, específicamente con la adaptación del texto literario de George R. R. Martin, el creador de la Canción de hielo y fuego. Por la copia del mismo que circula por internet sabemos que este piloto era mucho más literal con su libro, y que seguramente ese lastre fue lo que hundió la nave. Para reflotarla, Benioff y Weiss lo reescribieron no aligerando, sino cambiando el material de Martin, y así fue como el motor dejó de renquear y finalmente arrancó. ¿Por qué le contamos todo esto? Para que lo recuerde la próxima vez que se vaya a lamentar con grande pena y amargor de que las tramas de la serie no sean exactamente las de los libros, que es precisamente de lo que vamos a hablar hoy. Aunque siempre se deban censurar algunos de los cambios, conviene tener presente que sí, Benioff y Weiss ya probaron la literalidad. Y que no, no funcionó.

Acaba de concluir la quinta temporada de Juego de tronos y en Jot Down es tradición que comentemos en este punto el rumbo que lleva la adaptación en catorce puntos, siete para lo mejor y siete para lo peor. Así que vaya sacando el martillito de pedir silencio en la sala y haciendo ejercicios de precalentamiento con el dedo de juzgar, porque esta vez tenemos mucho de lo que hablar y un primoroso post de comentarios para que usted, fiel seguidor de la serie, pueda verter con comodidad sus apreciaciones y amenazas de muerte. Y una advertencia, otra vez: incurriremos en SPOILERS en tres, dos, uno, ya. Porque hablaremos de todo lo que ha ocurrido hasta el momento, aunque vamos a intentar no destripar lo que ocurrirá, es decir, la acción ya descrita en las novelas pero que aún no se ha retratado en televisión. ¿Entendido? Estupendo. Como dijo Alliser Thorne, el que avisa no es traidor.

Lo mejor

1. Canción de hielo… (la batalla de Casa Austera)

Imagen: HBO / Canal +.

Usted no sé, pero nosotros llevábamos cinco temporadas esperando esto. Desde la primera secuencia de Juego de tronos, sin ir más lejos. Y desde que la Vieja Tata anticipase en el tercer episodio ese invierno sobrenatural que se cierne sobre Poniente, «cuando el sol se oculta durante años y los niños nacen, crecen y mueren en la oscuridad, cuando los caminantes blancos andan por los bosques». Grumpkins y snarks, decía entonces Tyrion. Pero usted y yo sabíamos que no, y por eso nos quedamos a mirar. Porque la cosa se titula Juego de tronos pero entonces el Viejo Oso se preguntaba si «cuando los muertos y cosas peores vengan a darnos caza por la noche» importaría mucho quién estuviera sentado en el dichoso trono.

Fue lo que se prometieron Martin, Waiss y Benioff entre culos y decapitaciones: un apocalipsis. Concretamente, uno de naturaleza paranormal. Y por eso muchos de nosotros nos sentamos a mirar lo que, hasta ahora, ha sido fundamentalmente un culebrón medieval con aderezos de fantasía. Un año, y otro, y otro más. Y así cuatro, que se dice pronto. Hasta llegar a 2015 y seguir como entonces, mano sobre mano, el Gran Biruji sin llegar y con un elefante en la habitación del que nadie quiere hablar, pero que responde a un nombre: PER-DI-DOS. Temiendo que lo que esté viniendo no sea el invierno, sino otra Gran Tres Catorce. Y que la Canción de hielo y fuego se complete sin el prometido trance fantástico final, al que no pueden sustituir las conspiraciones palaciegas, los locuaces duelos dialécticos ni las atrevidas escenas de cama. Debe ser acción y fantasía, y solamente eso. Muertos vivientes, caminantes blancos y dragones. Hielo, fuego y nada más.

Y por suerte, después de cinco temporadas, la decisión con la que han chocado uno y otro elemento en la batalla de Casa Austera demuestra que esa sigue siendo la intención de Martin, Weiss y Benioff. Quizá sea el primer motivo por el que celebrarla, pero no el único. También es una batalla estupendamente facturada, aunque las legiones cagalástimas ya le estén criticando la abundancia de efectos especiales. De cinco contendientes —zombis, caminantes blancos, gigantes, salvajes y hermanos de la Guardia, más la aparición estelar de algunos miembros de Mastodon— solo dos son seres humanos, pero todavía hay quien piensa que esto es neorrealismo italiano. Y aunque la escaramuza tenga lugar súbitamente y acabe quizá demasiado pronto —en las novelas el choque se narra por referencias externas a la acción e involucra a muchos personajes fulminados de la adaptación—, seguramente es lo mejor. Como decíamos el año pasado, el último capítulo monográfico sobre una batalla, en el octavo episodio de la temporada anterior, no fue demasiado bien. Ni contaba con un chimpún como este, pura gloria en televisión para escarcha de nuestros pezones. Quiera R’hllor que no volvamos a tardar otra temporada entera en vernos la caras y los cuernitos con este supervillano, que por cierto no es el legendario Rey de la Noche.

2. Y canción de fuego… (el retorno de Drogon)

Imagen: HBO / Canal +.

Nos aterraba la escena de los juegos en Mereen. Era fácil convertirla en un pastiche entre Gladiator y la confusa batalla del Coliseo de El ataque de los clones. Pero la secuencia arranca con buen pie: las coreografías de lucha son variadas y atractivas, en particular el duelo desigual de Jorah con el espadachín braavosi. Y tras las peleas, el susto: ser Jorah Pagafantas Mormont arroja una lanza a mil metros de distancia, cual lanzador olímpico de jabalina. El objetivo del lanzazo es el nuevo marido de Daenerys, convirtiendo a la reina en viuda y dándole un ticket de salida a Jorah de la friendzone… o esa es la impresión que asalta al espectador hasta ver la lanza clavándose en un enmascarado. Entre el público se han infiltrado Hijos de la Arpía enmascarados, como tropas de asalto de Anonymous irrumpiendo en el Parlamento con máscaras de Guy Fawkes. Se desata una tormenta de espadas, y lo que en la escena de la muerte de ser Barristan quedó ridículo aquí logra parecer amenazador. En el momento clave aparece la bomba atómica de Essos: el dragón negro que despierta de una patada el sense of wonder del espectador.

La escena no es perfecta: hay algún cante de croma y momentos WTF (¿no es raro que un Jorah infectado de psoriagrís se deje tocar por Daenerys?), pero todo se perdona ante la visión de una Targaryen montando (¡al fin!) a lomos de un-puñetero-dragón. En el octavo episodio llegó un reto en forma de canción de hielo, y aquí Drogon entona su propia canción de fuego en respuesta. No es aún una sinfonía, pero sí el primer movimiento del concierto que se aproxima. El dragón aún no está plenamente desarrollado y es posible herirlo: la escena transmite bien la sensación de un triunfo arrollador amenazado por un peligro enorme.

Ah, y Tyrion. Fíjense en el careto de Tyrion… Ahí se refleja el auténtico sentido de la maravilla. La épica. La hostia en verso.

3. La reina de las malas decisiones

Imagen: HBO / Canal +.

Llevamos cuatro años agradeciendo a Peter Dinklage que enchufara a Lena Headey para encarnar a Cersei, pero quizá ha llegado el momento de enviarle unos bombones. En esta temporada que no por casualidad se abre y cierra con ellael personaje explota definitivamente, protagonizando uno de los arcos argumentales con más chicha y ya de paso llevándose por delante un par de riesgos que sobrevolaban a la mala malísima oficial. Cersei se aleja de la caricatura de reinona pérfida y chalada, que está a tres lexatines de charlar con su espejo porque teme que Margaery le mangue también el título de Miss Buenorra de Poniente. Gracias a la susurrante Headey y a esa pincelada de su niñez con la premonición de la bruja, el desquicie y la felonía de la Lannister van cobrando sentido, añadiendo al personaje una textura dramática que le viene al pelo para el lío en el que se mete ella solita. Vuelve a perseverar en su cualidad más destacable creerse más inteligente de lo que esideando una estratagema que como todos veíamos venir, acaba estallándole en la cara como colosal chaparrón de mierda.

Que Cersei querría muy fuerte ser Olenna Redwyne pero no le llega el riego era algo que ya sabíamos. Que tomaba decisiones así un poco a tontas y a locas, también. Pero ha estado francamente bien esa soledad forzosa sin Jamie ni un Tyrion cerca para advertirle de que la gente que vive en casas de cristal es mejor que no lance piedraspara dejarle entretejer una alianza con los más malrrolleros del lugar: los fundamentalistas religiosos. Fantástica la comprensión del arco de los Gorriones (liderados por un turbio Jonathan Pryce) y también, no lo neguemos, ver a Cersei dándole lametazos al suelo. Porque si poderosa era volcánica, herida y humillada lo es aún más. Que pague un poquito por haber sido tan hija de puta es algo que regocija: la reina del bitchface en un walk of shame por sus pecados no, no son precisamente los devaneos de alcobaes un giro retorcido, pero necesario. Cosa más dudosa es lo de usar una doble para el desnudo. ¿Que igual se les ha ido un poquito la mano con la crueldad? Piensen en el ISIS tomando la batuta, a ver qué tal. Cersei finaliza recolocada en un punto del tablero acojonante, en los brazos de la Montaña resurrecta y con una cara que haría desdecirse a Tyrion: porque ni el amor a sus hijos ni los pómulos la van a redimir esta vez de la que va a liar. O quizás ha aprendido algo.

4. Esas locas buddy movies en Poniente

Imagen: HBO / Canal +.

De un tiempo a esta parte, la serie nos ha dado grandes momentos de buddy movie, especialmente desde el loquísimo emparejamiento de Arya Stark y el Perro Clegane, dos personajes tan nihilistas y kamikazes que juntarlos era como hacer Arma letal pero con dos Martin Riggs. Esta temporada, la cosa sigue por el mismo camino. Para empezar, la relación entre Sansa Stark y Ramsay no es lo que se dice una fiesta loca, pero más allá del buen ojo que tiene la muchacha para arrimarse a los elementos más sádicos del tablero de juego (lo que ya es meritorio si hablamos de un tablero donde los peones son señores despellejados), lo cierto es que tener delante al entrañable psicópata de Ramsay nos ha ofrecido por primera vez a una Sansa mínimamente interesante y de la que cabe esperar algo de iniciativa. Buen cambio para quien había sido el personaje más insoportable y pavisoso del reparto, incluso durante la temporada anterior… y eso que solo hay una cosa tan difícil como encontrar un novio más cabrón que Joffrey: resultar insulsa cuando tu sparring verbal es Tyrion Lannister. Lo hemos visto con otras dos parejas cómicas ilustres esta temporada: primero, el enano y el bueno de Jorah Mormont, que aunque duraron poco nos depararon algunas conversaciones memorables. Después, la crema del pastel: Tyrion frente a frente con Daenerys Targaryen. Su larga conversación fue para un servidor el punto álgido del octavo episodio, y ni siquiera el ataque zombi en modo Abismo de Helm pudo hacerle sombra. La esgrima verbal entre los dos («después de todo, quizá os mande matar») fue digna del William Goldman que escribió el duelo de ingenio de La princesa prometida («no beberé del vino que está frente a vos»).

Pero si hay un dúo que parecía predestinado a entenderse, es el formado por Jamie y Bronn. Porque, ya que hablamos de aciertos, donde la serie se está luciendo de verdad es en el reciclaje de lo que en las novelas de Martin eran claras oportunidades perdidas, y adjudicarles a estos dos la tarea de infiltración not-so-secret en terreno dorniense (en sustitución de Personaje intercambiable #1) ha arrojado un porcentaje de compatibilidad entre ambos que ya lo habría querido Jesús Puente para su programa. Aunque Bronn le haga caída de ojos a cierta víbora peinada a lo garçon

Ahora que no podemos saber lo que tendrá pensado Martin para el futuro, solo queda esperar que Weiss y Benioff sepan seguir sacándose de la manga combinaciones tan disparatadas y maravillosas, sin miedo a experimentar en su celestineo. Al fin y al cabo, ¿quién nos iba a decir que juntar a Bruce Willis con Cybill Shepherd podía ser una buena idea?

5. Ramsay motherfucker Bolton

Imagen: HBO / Canal +.

Las que caímos rendidas ante Iwan Rehon cuando hacía de inadaptado romanticón en Misfits llevamos tres temporadas boquiabiertas observando de cuánta maldad es capaz Ramsay Bolton y cómo borda el papel el actor galés. Con esa cara de alucinado y sádico a más no poder, Ramsay recuerda al ultraviolento Alex de la película de Kubrik, o incluso al maquiavélico Joker. Abrimos la temporada viéndole ascender desde la bastardía a la legitimidad, después asistimos a su boda con Sansa, en la que protagonizaron fuera de escena uno de los momentos más truculentos y polémicos de la serie (y en Juego de tronos, esto es decir bastante), y cerramos con el intríngulis de lo que estará planeando para su madrastra y futuro hermanastro. El propio Rehon confiesa pasarlo bastante mal interpretando algunas escenas y en esta casa, aunque Theon nos inspira desprecio y Sansa hace varias temporadas que nos resulta indiferente, nunca les desearíamos un ratito con Ramsay. Es más, temblamos ante la idea de que los gorriones descubran el potencial del joven Bolton. A buen seguro formarían una combinación, ejem, inquisitoria.

6. Arya Stark

Imagen: HBO / Canal +.

La iniciación de Arya en los misterios del Dios de Muchos Rostros está narrada con una agradable contención y cierto respeto al material original, un bien escaso esta temporada. Llegamos a temer al principio que intentasen espectacularizar el aprendizaje de Arya añadiendo, yo qué sé, entrenamiento ninja, más asesinatos o una amenaza inventada cualquiera. En cambio hemos tenido escenas lóbregas y oscuras, reflexiones sobre la identidad y la renuncia (¡ese momento sencillo y fantástico en el que Arya esconde su espada Aguja!), e incluso momentos de incómoda tanatopraxia salidos de A dos metros bajo tierra. Un detalle de esa escena: Arya limpiando el pelo del cadáver usando los mismos gestos con que Myranda, más tarde en el mismo capítulo, lavará y desteñirá el cabello de la pobre Sansa.

Más allá del catártico momento de venganza final genuinamente starkiano, nos quedamos con una escena, o más bien un escenario: la fantásticamente creepy Sala de los Rostros que alberga las miles, decenas de miles de caras puestas en fila que los Hombres sin Rostro han ido coleccionando (¡hazte con todas!) a lo largo de siglos. No podemos evitar preguntarnos, eso sí, cómo llegan hasta los estantes de más arriba y lo que debe costar limpiarle el polvo a todo eso.

7. Bye bye, Jon Nieve

Imagen: HBO / Canal +.

Que retengan las fanfarrias los lectores cínicos, que si incluimos la muerte del efímero Lord Comandante entre lo mejor no es porque nos alegre. Sí, en la vida moderna lo molón es depreciar el amor, la luz y el bien porque nos parecen sosos, y asumimos que el bastardo lo era un rato. ¿Intensito y emo? Más todavía. Pero si disfrutamos de una serie plagada de un elenco de personajes complejos en sus tonos de gris entre el bien y el mal, también celebrábamos que hubiera alguno que nos recordara esa época en la que éramos niños, el invierno estaba lejos y quien queríamos ser era el bueno. ¿Por qué su muerte está entre lo mejor, entonces? Por cómo se ha narrado, por lo que implica y por lo que explicita. Que la serie se ha salido de los cauces del libro es algo que ya sabemos, y en muchos casos ha sido para bien (exceptuemos lo de pervertir por completo el personaje de Stannis). Benioff y Weiss acertaron al trasladar a Jon Snow a la batalla de Casa Austera, mientras que en el libro el líder de la Guardia que estaba allí era un personaje de una relevancia similar a la del tercer concejal suplente en las listas de UPyD para las elecciones al Ayuntamiento de Morata de Tajuña. Con Jon allí vemos lo que ya intuíamos y ahora sabemos: las intrigas de poder en Poniente son juegos de niños ricos, lo que viene con el invierno es una lucha entre el Bien y el Mal, así, con mayúscula. Jon ha pasado de no saber nada a saber lo esencial. Y toma las decisiones más importantes que jamás tomó un Lord Comandante de la Guardia de la Noche, aunque a esta no le guste un pelo. Nadie más que él es consciente de que no se construye un muro de hielo de trescientas millas de longitud y setecientos pies de alto solo para protegerse de los guitarristas de Mastodon. De que el enemigo es otro. Y ante los malos hay que estar unidos, aunque no todos entre nosotros sean los buenos.

Pero la ficción es tan inverosímil como la realidad, así que la alianza de civilizaciones no es muy bien recibida. Prejuicios conservadores, ya saben. Y hay una especie de crescendo narrativo («he visto cuchillos en la oscuridad», le profetizaba Melissandre en los libros, como César debía guardarse de los idus de marzo, miradas torvas de sus compañeros y diálogos muy precisos con Olly en la serie) que conducen a ese final tan shakespereano del último capítulo, puñaladas traidoras y el propio Olly ejerciendo de Bruto. Una coreografía perfecta que no acaba ahí, porque después de Jon Snow solo queda el caos. ¿Quién mantendrá la frágil paz entre salvajes y la Guardia? ¿Quién advertirá al mundo de lo que se viene desde más allá del muro?

Pues probablemente él. Pero esto ya sería hacer spoiler-ficción; no se alarmen: oficialmente está muerto y bien muerto, no les descubrimos nada. Si regresa o no, y cómo de cambiado estará de hacerlo, queda en el terreno de las teorías. No sabemos nada. O sabemos algo: el verdadero Mal va ganando.

Lo peor

1. Matar a un ruiseñor

Imagen: HBO / Canal +.

No diga nada, que todo lo que puede decirse ya lo dijo mejor Kay Cannon, guionista y productora de 30 Rock: «Estoy mayor para ver a nadie ardiendo en la televisión».

Y eso que verlo, verlo, no lo vio. Lo oyó, como todos. Durante cuarenta segundazos, los que pasan desde que la cámara se aparta definitivamente de Shireen Baratheon hasta el final de la secuencia en la que resulta quemada viva. Los que Weiss y Benioff consideraron que debíamos escuchar los gritos desgarradores de esta niña entrañable por la razón última de que hey, why not. Podríamos hacer como que nos creemos los motivos que aportan ellos, pero mira. La carne de niño churruscada le quita a cualquiera las ganas de ruedas de molinos de postre. Y eso que tenemos el estómago a prueba de fuego valyrio, o no hubiésemos aplaudido la muerte de Joffrey Baratheon como auténticos bellacos. Pero la de su prima, que ha sido bastante menos explícita, sin embargo ha sido mucho peor. Lo sabe usted, lo sé yo y lo saben Weiss y Benioff por más que digan que no: se han cargado a Shireen así, con ensañamiento y muy mal gusto, para darle al final de la temporada un chute de morbo y shock. Para sostener la atención del espectador —y esto es lo verdaderamente jodido— a cualquier precio.

Y además de forma torpe y patatera, porque a ver una cosita. Si hubiesen matado a Shireen sin montar el número, todavía. Como han hecho con Barristan Selmy o Jojen Reed, entre otros que siguen vivos en las novelas. O incluso cuando así fuera, pero entonces muriera sacrificada por las verdaderas enajenadas, que son Melisandre y Selyse. Y no artificiosamente a manos de su padre. Stannis, el Stannis televisivo que nos han vendido durante tres temporadas, no sacrificaría a su hija en una pira. Y no solo por amor, que también. Por política, que de hecho es lo único que le importa. Shireen es la última Baratheon, ojito. Aunque Weiss y Benioff lo pasen por alto para vendernos esta burra incomprensible, que un hombre obsesionado con el objetivo de reinar mate a su única descendiente porque le han dicho que trae buena suerte, como pisar mierda. Que a la postre es lo más parecido que tiene Poniente a una aspirante al trono a la vez a) legítima y b) deseable. Y que lo haga, además, por motivos religiosos, cuando hasta hoy se han dedicado a matizar constantemente que Stannis es creyente, pero no «un fanático». Palabras suyas, no nuestras. Evangelio de san Weiss y Benioff, temporada dos, capítulo cinco. Antes de medirse en el campo de batalla, Renly y Stannis Baratheon se encuentran en su región natal, la Tierra de las Tormentas, y Renly le dice lo siguiente a su hermano mayor: «Nunca me creí que realmente fueras un fanático. Alguien sin carisma, rígido, aburrido, eso sí. Pero no un hombre piadoso». ¿Eh? A ver si ahora va a resultar que nos inventamos nosotros las cosas.

2. Los gorriones

Imagen: HBO / Canal +.

Un mundo fantástico, que en el fondo no es más que la recreación de la Edad Media con todos los añadidos que puedan hacerla atractiva para el espectador —los dragones, los magos, las razas mutantes, los dientes sin cariar y las putas perfumadas— no puede ser creíble sin religión. En Poniente, y no indagamos más allá del mar que nos llevaría a tierras bárbaras por no llevarnos un chasco, la religión es lo bastante absurda como para ser creíble, pero queremos más detalles, qué diantre. La fe de los siete parece haber desarrollado una teología tan compleja que resulta imposible de explicar. Conceptos como la transubstanciación y la Santísima Trinidad, que tan afines y queridos son para los hijos de la Transición, relucen con prístina claridad al lado de ese galimatías de septones, maestres, ándalos, primeros hombres y la madre que los parió más allá del muro.

Hemos visto bodas, sí, pero muy poco flamencas —otro gallo habría cantado en la boda roja si cada señorona hubiera lucido su peineta— y ni siquiera sabemos si en los Siete Reinos, por ejemplo, las familias bien van a misa de doce los domingos, como debe ser, a cantar las alabanzas del Señor y comerse su cuerpo y beberse su sangre y aquí haya paz y después gloria. Ahí los querría haber visto yo, horas y horas escuchando el «santo santo santo santo es el Señor, dios del universo», siempre rezando por que aligeren el tempo, que lleguen al prestissimo e tanto troppo y esto termine cuanto antes, y no andarían ahora con tantos melindres a la hora de hacer frente a una reata de zombis desaboríos. Y ahora, para terminar de joder la marrana —con perdón— nos sacan a una panda de desharrapados meapilas que, para más INRI, presumen de una vomitiva pureza e incorruptibilidad moral que nadie que no estuviera ciego dejaría de relacionar con, con… ¡Mirad, es el primo Lannister de Albert Rivera! Añadid: se llaman gorriones y no les gustan los maricones. Mucho menos si practicas el sexo grupal con tu hermana. ¿Has engendrado retoños de tu misma sangre? Al hoyo, por salida. Están con los pobres y los piojosos, pero muy rojos no parecen. O sí. Yo qué sé. No era necesario, HBO. Mandad un dragón y que los queme a todos, a todos, a estos sí, en fila india, mientras cantan:

Juntooooooos como hermanos (atiende, Cersei)

Miembrooooooos de un septooón…

3. La muerte de Ser Barristan

Imagen: HBO / Canal +.

Amanece en Mereen. Al paso del inmaculado Gusano Gris y sus hombres, las lugareñas se giran preguntándose si al castrarlo le habrán dejado flauta o platillos. De repente, un grupo de extras enmascarados surgidos de la orgía final de Eyes Wide Shut prosiguen su juerga de after apuñalando transeúntes. En su papel de Guardia Urbana, los guerreros más temidos del mundo (a pesar de su estúpida costumbre de patrullar estrechos callejones portando lanzas de dos metros) plantan cara y caen como moscas frente a los juerguistas. Un anciano caballero que pasaba por allí desenvaina la espada y ataca de frente; siguen unos minutos de confusa y acelerada coreografía de lucha a empellones, durante la que el caballero jubilado rebota de un lado a otro como en un pinball. Tras un par de planos que no logran ser dramáticos aunque se filmen en un extraño contrapicado inferior, el caballero es apuñalado… Y uno de los pocos personajes que brillan con luz propia en el libro de Danza de Dragones resulta expulsado ignominiosamente de la Casa del Gran Hermano de HBO.

Matar a ser Barristan es un insulto al infrautilizado Ian McElhinney, que lleva desde el primer año sacando oro de sus pocos minutos en pantalla. Quizá se ha intentado darle así a Tyrion algún valor para la reina de Mereen (¿de qué le sirve a Daenerys un consejero de Poniente si ya tenía uno?), o introducir algún suceso relevante en la insípida primera mitad de temporada. Pero yo quería ver las dudas del honorable caballero crepuscular al verse de repente al mando de un lugar traicionero que no comprende; quería verle dirigir la batalla que ha quedado probablemente relegada a la sexta temporada. Para un personaje que hay con gravitas shakesperiana, se lo cargan una panda de borrachos. Así no, joder.

4. La violación de Sam

Imagen: HBO / Canal +.

La crudeza con la que se muestra el sexo en Juego de tronos no iba a ser menos en el caso del desfloramiento de Samwell Tarly. El pinchito más penoso de esta temporada goes to los secundarios más anodinos de Poniente, y seguramente está motivado por la lástima. Todo precioso.

La escena comienza cuando nuestro blandengue favorito, el que hace parecer duro a Jon Nieve, siempre dispuesto a defender a su chica, recibe una soberana manta de hostias que si no llega a aparecer el lobo huargo por allí igual ni lo cuenta. Tras desmayarse, es cargado hasta el catre por la sufrida Elí, que por si no tenía bastante con haberse casado con su padre y tener un hijo-hermano, ahora tiene que criarlo junto a este ñoño entre la caterva de criminales confesos que forman la Guardia de la Noche. Total, que cuando está Elí haciéndole de enfermera, Sam le lanza una de sus acostumbradas indirectas intensitas. Ella, visiblemente incómoda, intenta marcharse, pero él la retiene agarrándole del brazo. Ese gesto dispara en ella algún tipo de mecanismo regresivo por el que acto seguido se arremanga las faldas, se sube encima de él y hace todo el trabajo sin ponerle ningún entusiasmo, ni ternura, sin siquiera jadear o respirar fuerte. Sam, esa calamidad mórbida de pelo churretoso y pinta de no haber alcanzado la pubertad, no solo mantiene una pasividad total, sino que además cierra los ojos y lanza unos ays que no sabe una si está follando o le están haciendo la cera. Repelús máximo. Por suerte para nosotras, el asunto se resuelve en tres segunditos, pero como espectadores nos quedamos con un regusto amargo, de que mejor si no nos lo hubiesen enseñado.

En los libros, el encuentro sexual llega a producirse, pero con la trama bastante más avanzada y copichuelas de ron mediante. No obstante, el de la novela es un polvo peripatético también: cuando Sam procede a chuparle los pezones, Elí, que está con la lactancia, le llena la boca de leche. Amamantando a su amante. Es que no se puede ser más triste ni intentándolo.

5. Del reino progre a la tribu caló

Imagen: HBO / Canal +.

No haremos sangre con el yo-ya-lo-dije pero recordemos los presagios: Dorne olía a pescaíto frito y a españolidad arrabalera en la anterior temporada y ahora ya sabemos por qué. Weiss y Benioff no albergaban la menor intención de darle una adaptación digna al reino del sur, ni en cuanto a trama ni en cuanto a estética. La temporada ha reducido Dorne a una serie de jardines absurdos sacados de un anuncio de Chanson d’Eau, poblados por unas gentes agitanadas que tienen toda la pinta de disfrutar de la vida a base de taconeos y gazpachitos. Ojo también a ese mashup con Lawrence de Arabia que viven Jamie y Bronn en nombre del exotismo, donde echamos de menos a Aladdin aterrizando con la alfombra mágica. El verdadero espíritu e identidad de este reino el más progre de Ponienteni ha asomado las orejas, porque eso de que son muy salerosos y lo mismo les da carne que pescado era algo anecdótico que ni de lejos sintetiza las peculiaridades del territorio, que van más allá del calorcito: el único de los Siete Reinos donde no importa si se es hombre o mujer a la hora de heredar primogenitura, se vive la homosexualidad en público o no avergüenza ser un bastardo. Los Martell eran carismáticos, complejos y con bastante más enjundia, y no es difícil entender la decepción de los lectores al verlos despachados como mero relleno discursivo.

Tampoco nos rasgamos las vestiduras rompemos la camisay asumimos que la intención era condensar y adaptar la trama, eliminando el intento de llegar al trono de los de Lanza del Sol, que ya suficiente conspiraciones hay en ciernes como para calentar la mollera con otra más. No vaya a ser. Pero de eso, a reducir todo lo ocurrido en Dorne a una venganza personal de una Rosarillo desnutrida (Ellaria Arena) pues mira, no. Y lo de las Serpientes de Arena no se solventa con una ubre saltarina y un par de coreografías con lanzas en mitad de los Monegros. Eso sí, muy a favor del añadido de la muerte de Myrcella, la más insulsa de los amantes de Teruel, aunque ya puestos podían haber aprovechado para cebarse también con la guapa de la pareja, Trystane, antes de que se escape a protagonizar una campaña de cualquier perfume lánguido.

Como Jaime, nos largamos de Dorne en ese barco sin mirar a atrás, deseando no tener jamás que regresar al reino transmutado en celebración de la absurdez. Absurdamente también conservamos cierta esperanza de que el retorno de Weiss y Beinoff a España como plató en la próxima temporada salga algo mejor. Peor que Marina D’orne Ciudad de vacaciones va a estar complicado.

6. ¿Y los Greyjoy?

Imagen: HBO / Canal +.

Vamos a confesarlo de una vez: la quinta temporada nos ha gustado. Seguro que los odiadores tienen razón y aquí estamos equivocados en esto de disfrutar de la vida y no darle muchas vueltas. Pero buscando fallos significativos hemos encontrado pocos. Entre ellos, la completa desaparición de una de las grandes Casas de Poniente (porque Theon ahora es Hediondo, no cuenta). ¿Alguien recuerda a los Greyjoy y a Yara? Nosotros sí, aunque solo sea porque nos gustan los calamares. Y porque todo su arco argumental se ha borrado de un plumazo y no sabemos muy bien si no volverán o si toda la sexta temporada consistirá básicamente en un monográfico de la única chicha esencial que queda sin contar de los libros, esto es: su movida. Que sería una brasa de temporada entonces, la verdad. Y es esencial porque, sin querer spoilizar mucho a los que no hayan leído Festín de Cuervos, puede que los Greyjoy hayan encontrado una especie de arma de destrucción masiva que influirá en los equilibrios de poder de Poniente. O no, que esto ya es un sindiós.

7. Y aquello

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Aquello, sí. Aquello, guiño, codazo. Aquello que el año pasado llamábamos «eso» y ahora «aquello», porque ya empieza a quedar lejos. Hoy como entonces no revelaremos de qué se trata, pensando en quien no haya leído los libros, y a quien sí lo haya hecho baste decirle que nos referimos al epílogo de Tormenta de Espadas, el tercero de la saga. Y a lo que le sigue, una trama completa protagonizada por uno de los personajes más singulares de la Canción de hielo y fuego. Weiss y Benioff, sin embargo, decidieron no sacarlo en la temporada anterior y tampoco lo han hecho en esta, que es cuando se esperaba. Flipa. Teniendo en cuenta que hemos acabado con la quinta y que Juego de tronos seguramente tendrá siete temporadas, parece poco probable ya que el personaje vaya a aparecer en pantalla, aunque cuesta mucho imaginar las razones que se dan los adaptadores para habérselo cargado. De momento, resulta decepcionante no haberlo visto ya, cuando hace tiempo que correspondía, pero nos aferramos al clavo ardiendo: preguntados por este asunto, Weiss y Benioff no confirman ni desmienten, pero sí han dicho que antes de quejarse mejor esperemos a que hayan hecho las setenta horas de Juego de tronos. Menos da una, ejem, piedra. Así que prestaremos mucha atención a las diez siguientes, y ustedes también deberían. Nos vemos entonces.

Coautor 62


Juego de tronos IV: Tormenta de pavas

El típico niño tonto que asusta a las palomas. Imagen: HBO / Canal Plus.

(Sin rodeos: hacemos SPOILERS de la cuarta temporada de Juego de Tronos y los hacemos desde ya. Si aún no sabe cómo acaba, puede seguir leyendo, pero muerda un palo y aguante. Como dijo Shae, el que avisa no es traidor).

En una letrina, como debe ser. Y sentado literalmente en ella, porque estaba haciendo caca. Así es como deben morir los grandes y así es como ha muerto Tywin Lannister. Quizá con menos chapoteos de los que imaginó originalmente George R. R. Martin, siempre tan folclórico cuando se trata de la biología, pero aun así de forma «gótica». El eufemismo no es nuestro, sino de Charles Dance. Eso dijo de la muerte de su personaje en una entrevista en Sky News. Que moría de forma gótica y que lo sabía a su pesar, porque hubiera preferido no saberlo. Le reventó la sorpresa un fan, porque los fans es lo que tienen, y solo después de hacerlo Dance se animó a conocer cómo sería el final del hombre más poderoso de Westeros, aquel de quien se decía que cagaba oro. Era una mentira más, como Martin aclara en el papel. Obviamente, aquel hombre no cagaba oro.

Acaba de concluir la cuarta temporada de Juego de tronos y en esta santa casa es tradición repasar los puntos flacos y los logros de la adaptación. Y lo hacemos en catorce puntos, siete para lo mejor y siete para lo peor, porque hay que cuidar los detalles y porque a tal grado llega nuestro compromiso con la magna obra de Martin, que adaptan David Benioff y D. B. Weiss. Si no lo sabía, ya lo sabe. Eso y que hablaremos también de los libros pero solo hasta el punto que haya alcanzado la serie de televisión, que dependiendo de la trama es uno u otro. Que no le contaremos nada de lo que vaya a pasar, para entendernos, y que puede pisar con tranquilidad. Procedamos.

Lo mejor

1. La forja de las espadas

Hielo, el histórico mandoble de los Stark, fundido de nuevo en la forma de dos espadas. Acero valirio al rojo, Las lluvias de Castamere de fondo y el patriarca Lannister arrojando al fuego la vaina del arma, de piel de lobo. Sin texto, sin explicaciones y lo que es más determinante: sin que hagan falta. Fue un momento televisivo soberbio.

Tywin siendo malísimo. Imagen: HBO / Canal Plus.

El breve prólogo con el que abrió esta temporada de Juego de tronos constituye un ejemplo de la madurez de la serie, que se puede permitir secuencias así de parcas y conseguir que resulten, recurriendo al término técnico, jodidamente épicas. Si algún momento de esta temporada mereció un aplauso, ese fue el primero.

2. Vomitar fosforito

Aunque los aplausos, como sabrá, se los llevó este otro momento:

«¡Oh my God, esto no se veía venir en absoluto!». Imagen: HBO / Canal Plus.

No nos lo diga: se le hizo corto. A nosotros también, no se crea. Y al resto de Occidente. Un par de minutos extra no hubieran estado mal, en eso estamos todos de acuerdo. Y unos cuantos gorjeos más, quizá acompañados de burbujitas. O que apareciese un águila y le picotease los ojos, por ejemplo. Tres temporadas enteras, tres, llevaba el repelente niño Vicente atravesando la peor edad del pavo que se recuerda desde las gemelas Olsen. Al final fue Olenna Tyrell quien ejerció de improvisada supernanny y el método pedagógico de su elección fue un veneno que, si lo tomas, vomitas fosforito.

Joffrey ha muerto y ha muerto como deben morir las reinas de corazones: sin redención. Y vamos a detenernos a felicitarnos por esto, porque era improbable. La tele conoce sus propias normas y las majors de Hollywood, no digamos. Escribiese lo que escribiese Martin originalmente, es más que probable que por las oficinas de la HBO hayan circulado adaptaciones del guion en las que al final Joffrey, si te fijas, pues tampoco era tan mal chaval. Podría ser incluso la víctima, fíjate lo que te digo. De sí mismo y de sus cromosomas, que no presentan precisamente la divergencia genética que recomienda la Organización Mundial de la Salud. O de su madre, que está como las maracas de Machín, y de su familia en general. Como Tyrion, sin ir más lejos, que a lo largo de esta temporada juega precisamente ese papel, el de víctima de su familia, a cuyo mismo efecto se le han evitado un par de secuencias en las que el personaje más carismático de la serie se comporta como un auténtico enano coñón. Cualquier cosa menos matar al niño, porque a los niños no se les mata. Y, si se les mata, qué menos que dando pena.

Pero no. Si fuésemos una foca, la muerte de Joffrey sería el arenque. Por suerte, ha sido lo que debía ser: un caramelo para los espectadores, el primero que nos dan Martin, Weiss y Benioff en tres libros y cuatro temporadas. Y una feliz violación, de paso, de una de las normas más elementales de la retórica televisiva, lo que siempre es saludable porque la retórica televisiva es mojigata, convencional y muy comercial. Y está poco dispuesta a saltarse sus propias reglas.

3. La insoportable levedad de Sansa

Y ahora que hablamos de normas, hablemos de una de la ficción. Una muy elemental.

Sansa haciendo lo que mejor sabe: mirar al infinito con la boca abierta. Imagen: HBO / Canal Plus.

Es un hecho ampliamente documentado que Sansa es tontísima. Pánfila, muy pánfila. Nos la venden inocente, pero no cuela. Es boba. Tanto que a la mitad de la parroquia nos tenía desquiciados ya, pero eso es lo de menos. El pavo de Sansa comenzaba a ser un problema mismo en la narración, una espina que te saca de la historia y te hace pensar no en lo que te están contando, sino en su porqué. Cualquier narración moderna, y sobre todo Juego de tronos, es a la par el retrato del viaje interior del personaje, de su maduración. Véase la de Arya, la de Jon o esa escena de gloria en la que Catelyn, tan maternal ella y tan cauta que era, le prometía a su hijo la sangre de los Lannister. Daenerys, Bran, Samwell… Incluso Jaime Lannister y Sandor Clegane cambian. Todos lo hacen menos la gilipollas esta.

Hay una buena razón, nadie dice que no: Sansa se lo podía permitir. Al menos, hasta ahora. La trama de Sansa no ha ido realmente sobre Sansa. Ha funcionado como un espacio narrativo contenedor al que recurrían los creadores para acabar sucesivamente con todos los enigmas que arrastraba la serie, fundamentalmente la identidad de los asesinos de Joffrey Baratheon y Jon Arryn. Y su verdadero protagonista, por tanto, ha sido Meñique. En el octavo capítulo, a Dios gracias, Sansa da su primer síntoma de espabile en cuatro temporadas, coincidiendo precisamente con el fin de todas estas revelaciones. Se viste de plumas —en un lugar denominado «Nido de Águilas», para quien se le escape la etiqueta—, se pone un escote de aquí a Braavos que invita a gritar ídem y ejecuta una bajada de escalera que ni las hermanas Duval. Parece que, por fin, va a dejar de darnos absolutamente igual que la casen, la rapten o la operen del apéndice. Y ya iba siendo hora.

4. La buddy movie que no será

Si de este cisco en que se ha convertido Juego de tronos alguien decidiera sacar todavía más rentas y filmar un spin off, en un mundo ideal estaría dedicado a la pareja más carismática de esta temporada:

Flik y Flak, dos en un reloj. Imagen: HBO / Canal Plus.

Cuando una obra literaria se adapta a la pantalla a veces es un acierto restar contenido superfluo, otras sumar ideas que la obra original apuntaba pero no llegaban a desarrollarse. En el caso de Arya y el Perro los productores han optado por ambas cosas, así que tenemos una doble ganadora. Conscientes del potencial de este dúo, no han dudado en eliminar personajes secundarios y hasta terciarios implicados en su trama, consiguiendo que el corpus de personajes no deje en reunión minoritaria la boda de Lolita y dejando espacio para desarrollar a los protagonistas. Arya es uno de los personajes favoritos del público, eso apenas tiene discusión, pero también es cierto que su papel como líder de una banda de niños perdidos en la anterior temporada comenzaba a resultar insufrible. La irrupción de Sandor Clegane, primero como secuestrador y después como figura paterna absolutamente disfuncional, le ha enseñado más lecciones de la vida que todas las traumáticas experiencias anteriores. Que la danza del agua poco tiene que hacer contra una big armour and a big fucking sword, por ejemplo, y que el pollo tienes que ganárterlo con la sangre de la frente de otro. Y que por muy intensa que te vuelvan tus desgracias siempre habrá otro con un pasado más doloroso que el tuyo. Por parte del Perro hemos asistido a una perfecta evolución del personaje, algo desdibujado en la primera temporada, donde más que un rudo guerrero sociópata sanguinario parecía un heavy bonachón, y muy plano en las dos posteriores, donde interpretaba simplemente eso, un rudo guerrero sociópata sanguinario. A lo largo de su trama en esta temporada hemos descubierto que en efecto lo es, pero sabemos por qué, además de presenciar su adhesión a la causa republicana y confirmarnos que junto a Bronn es el único sujeto de la serie digno de usar una billetera que rece la leyenda BAD MOTHERFUCKER. Y si bien el cariño que parece nacer en Arya hacia su captor es solo un apunte velado tras los ojos fríos de quien al fin es una verdadera asesina, y achacable a una especie de síndrome de Estocolmo, el del Perro por su pupila es sincero e indudable.

Quienes leyeron los libros saben que jamás llegaron a encontrarse con Brienne y que Clegane queda moribundo y vestido de torero ante un destino incierto por otra causa, pero esta modificación en el argumento nos ha brindado algunos de los mejores momentos del último episodio. Ese tenso diálogo que el espectador sabe que desembocará irremediablemente en una magnífica manta de hostias, una lucha salvaje que deja al combate del otro hermano Clegane y la Víbora Roja en una simple colección de posturitas y cucamonas. Ese diálogo en el que Sandor se otorga el papel de protector de Arya, sin ironía ninguna en la declaración, con un deje de sincero cariño. Ese diálogo en el que descubrimos, ya sin ninguna duda, que el Perro es humano.

5. Duneizarse

Imágenes: HBO / Canal Plus.

Duneizarse de Dune, se entiende. Esto es siempre una buena idea, estarán de acuerdo. O no, pero aquí vamos a proponer que sí. Es sutil, entre otras cosas porque hay muchos personajes que no cambian de ropa, pero ocurre: el vestuario de Juego de tronos deriva lenta pero inexorablemente hacia el mamarrachismo. Y esa es siempre una fantástica dirección.

6. Peterjacksonizarse

Y otra cosa que siempre es una buena idea: los mamuts. Y los gigantes, pero más los mamuts.

Como se ha dicho y redicho ya en muchas ocasiones, el gran acierto de la Canción de Hielo y Fuego reside en la delicadeza de su mezcla entre realismo y fantasía. Esta fina aleación —nueve partes de realismo, una solo de elementos estrictamente fantásticos— es seguramente la razón por la que ha conseguido atraer al prototipo de espectador que piensa que Bilbo Bolsón es una pedanía de Vizcaya. Es fantasía softcore. Fantasía de amplio espectro.

Esto, por supuesto, es muy fácil de decir pero no tan fácil de hacer. Juego de tronos no es una novela de Murakami, esas en las que lo paranormal asoma solo la puntita y siempre al final, después de novecientos gramos de prosa japonesa. En Juego de tronos hay dragones, caminantes blancos, sortilegios y magos. Hay de todo y en cantidad. No se puede concluir, ni mucho menos, que George R. R. Martin haya diluido la fantasía cuantitativamente. Lo ha hecho cualitativamente. ¿Con qué? Una pista: son peludos y suaves, pero no se dirían precisamente todos de algodón. Y tienen unos colmillos que si te empitonan te ponen a la moda.

El asedio de Minas Tirith, solo que sin Minas Tirith. Imagen: HBO / Canal Plus.

Los mamuts, en efecto. Porque, preguntémonos una cosa: ¿un mamut es un elemento fantástico o uno realista? No se crea que está claro. ¿Y los huargos? Porque son lobos. Grandes, pero lobos. Y lo mismo podríamos decir de los inviernos de Westeros, que son largos y obedecen a reglas enigmáticas, pero son inviernos a fin de cuentas. Y de la leche de amapolas, y de tantas otras cosas. El género por el que planea Juego de tronos no resistiría un análisis de periodismo de datos: salvo dragones, caminantes blancos y cuatro o cinco fetiches más que irían decididamente en el gráfico de lo mágico, todos los demás elementos sobrenaturales tendrían que aparecer en el gráfico de la fantasía con un asterisco.  O quizá en una tercera tabla que se titulase, más bien, «realidad enrarecida». Los mamuts son quizá el ejemplo más claro y ha sido un alivio comprobar que David Benioff y D. B. Weiss no se los han dejado en el tintero. Lo que nos lleva, por cierto, a su siguiente acierto.

7. Eliminar la Puerta Negra

La región Más Allá del Muro no es la Riviera francesa, como sabrá. La gente es muy garrula, los gigantes tienen muy mal café, los zombis están muy muertos y hay unos señores pálidos que no solo se proponen arrasar la civilización humana: es que además tienen la intención de hacerlo en taparrabos. Y del biruji que hace ya ni hablamos. Un circo, vamos. Y para protegernos de él hemos construido un muro de, pongamos, doscientos trece metros de altura. ¿Qué hacemos si queremos franquearlo pero somos un niño parapléjico que disfruta, además, del inigualable confort y las comodidades que ofrece la Edad Media? Fácil: vamos a un fuerte abandonado desde hace doscientos años, nos encontramos de casualidad con un miembro de la Guardia de la Noche que pasaba por allí, descubrimos la puerta mágica que resulta que también estaba allí y que solo puede abrir un miembro de la Guardia de la Noche, mira tú qué cosas, la abrimos y pasamos. Así de sencillo.

Es como lo hace Bran, al menos en los libros. La Puerta Negra del Fuerte de la Noche está enterrada bajo el Muro, es de madera blanca de arciano, emite luz y solo se abre recitando ante ella el juramento de la Guardia. Entonces abre la boca —porque tiene cara y boca, no te lo pierdas— y por ella pasa el interesado, en este caso Bran Stark, Hodor y Jojen y Meera Reed. En la serie, de momento, no la hemos visto cuando tocaba, que fue cuando Samwell Tarly y Eli se cruzaron en las ruinas del Fuerte con la compañía de niños. Ocurrió en el último capítulo de la temporada anterior y Bran, en lugar de por la puerta mágica, accedió al Norte por una cavidad ordinaria practicada en el Muro.

¿Por qué es un acierto su desaparición? Para empezar porque resulta un poco ridícula, para qué nos vamos a engañar. Un poco cueva de Aladdin. Pero, sobre todo, porque el artilugio solo funciona operado por un miembro juramentado de la Guardia, y eso obligaba a Sam y Bran a encontrarse para que el primero abriese la puerta y el segundo pasase. En televisión no lo hizo y aun así se encontraron, pero entonces tal ya no constituyó ninguna pirueta. Bran no necesitó imperativamente a Sam y por eso su encuentro dejó de chirriar, como sí hace en los libros. El que les escribe, en todo caso, temía que la elipsis fuera solo cuestión de economía narrativa y que la puerta mágica solo hubiera desaparecido de la tercera como desaparecieron los mamuts, por ejemplo —cuya aparición definitiva no vimos en televisión cuando correspondía, en el momento en el que Jon Nieve llega al campamento de los salvajes, sino cuando a Benioff y Weiss les resultó más socorrida, en el ataque contra el Muro de esta cuarta temporada—. Por lo visto no ha sido así y la mal llamada Puerta Negra, de momento, ha desaparecido completamente de la serie, probando que Weiss y Benioff no se dedican a adaptar la Canción de Hielo y Fuego solo aligerándola, sino también corrigiéndola. Y eso siempre resulta alentador.

Lo peor

1. Chayanne

Los de Dorne, dando la nota. Imagen: HBO / Canal Plus.

Algo huele a podrido en Dorne. Y a pescaíto frito. Al primer dorniense que hemos visto en Juego de tronos, el príncipe Oberyn Martell, le ha faltado solo decir que en Invernalia serán muy cívicos, reciclarán mucho y tendrán poco paro, pero que se suicidan porque llueve. Eso y que no hay nada como el sol de Lanza del Sol, que a ver si no de qué si iba a llamar así. Sí sabemos que le gustan, al menos, otras dos cosas más de su tierra: el vino y las mujeres, como a Julio Iglesias. Y los hombres, así es él de truhán y de señor, nanana-ná, ama la vida y ama el amor. Y aunque este en particular no vaya a amar ya muchas cosas más, su personaje es el patrón con el que se cortará toda la cultura de Dorne, que estamos a punto de conocer mejor. No descarten que en la quinta temporada, cuando la acción nos lleve al reino del sur, los Martell vivan en mezquitas, tengan duende —quizá también tocotó— y agasajen a sus invitados con una paella gigante, como en el Reto Fairy.

¿Se han columpiado Weiss y Benioff con la hispanidad, ejem, desbordante, de Oberyn? No mucho, en realidad. Dorne es uno de los siete reinos, pero no uno más. Igual que las Islas del Hierro —que mantienen un paralelismo más o menos claro con Escandinavia y la cultura vikinga— o Invernalia —que hace lo propio con Escocia—, Dorne también cuenta con una identidad propia y diferenciada del resto de Westeros, en su caso inspirada en los países mediterráneos. Es cálido, grande y peninsular, como Italia y la península Ibérica, y como ellas está separada del continente por una cadena montañosa. Tiene su idioma propio y en su historia resuenan referentes claros de las Guerras Italianas y de la historia medieval española, particularmente la conquista musulmana y la Reconquista. Cuando una fan le preguntó en su blog por el fichaje de Pedro Pascal como Oberyn, el mismo George R. R. Martin se ocupó de aclarar que el reino de Dorne y la cultura dorniense no tienen tanto que ver con el mundo árabe —que es lo que sugería su contertulia, por cierto una opinión muy extendida— como sí con el sur de Europa. Los dornienses son «de apariencia más mediterránea que africana», precisó. «Griega, española, italiana, portuguesa, etcétera. Ojos y pelo oscuro, piel aceitunada». Y también se permitió denominarlos «salty dornish», por cierto. Que sería algo así como confirmar que tienen eso mismo, salero, arsa, tocotó.

Pero dijo que eran salty, insistimos. No gilipollas. En su gran secuencia final, aquella en la que se enfrenta a la Montaña, Oberyn sorprendió a propios y extraños con un estilo de lucha que a los extraños quizá les pareció muy resultón y Spanish-like, pero a los propios nos pareció Manolete haciendo parkour. Y poniéndose muy tontito con el asunto ese del honor, el duelo y la venganza, para mayor españolidad. Solo le faltó anunciar que su nombre es Iñigo Montoya, que tú mataste a mi padre y que prepárate a morir. Al final de poco le sirvieron los saltitos, como saben, y la Montaña le pintó la raya del ojo a la altura del hipocampo. De los muchos –muchos– parientes de Oberyn no podemos decir lo mismo.

2. El Darth Maul de las nieves

Son iguales, no digan que no. Imágenes: HBO / Canal Plus / Lucasfilm / Disney.

A estas alturas lo sabrá ya, pero no está de más recordarlo. El caminante blanco ese que convierte bebés humanos en miembros de su especie se lo han sacado David Benioff y D. B. Weiss de su mismo arco de Trajano. Podría tratarse, eso sí,  del Rey de la Noche, a quien conocemos por un cuento de la Vieja Tata. O podría no serlo, porque vete tú a saber. De momento su función ha sido solo la de ilustrar cómo las mamás caminante blanco y los papás caminante blanco hacen niños caminantes blancos. Que es sin mamás, por cierto. Cómo se reproducen estas maléficas criaturas es algo que George R. R. Martin no explica en los libros y que nosotros, personalmente, nos podríamos haber muerto felizmente sin saber. En particular si la explicación es esa: que llevan bebés a una fortaleza de la soledad de Superman, pero creepy; que viene un caminante que es mismamente Darth Maul, pero ártico; y que convierte al niño en caminante blanco, pero cuqui. Para contar eso, mejor no haber contado nada.

3. Escarabajos metafóricos

Y otra creación de Weiss y Benioff: el primo de Tyrion y Jaime, Orson Lannister. Ese al que le gustaba matar escarabajos, por lo visto. CUN, CUN, CUN. Seguro que les suena.

Una de las constantes de Hollywood es que todo personaje recuerda en voz alta, venga o no a cuento, alguna anécdota de su infancia cargada de significado. La historia resultará clave para afrontar el inminente desencadenamiento de la acción y cerrará una cuenta pendiente con el pasado. El efecto no siempre está logrado, eso sí, y a veces suena a «aquel verano en Wichita otro niño me robó la bicicleta, por eso no dejaré que ahora este maldito terrorista se salga con la suya». El discurso que se marca Tyrion en la mazmorra acerca de su primo Orson, por desgracia, es un ejemplo de este segundo caso.

Tyrion planeando grandes metáforas porque, claramente, está el horno para bollos. Imagen: HBO / Canal Plus.

Tras golpearse la cabeza, el chaval se dedicaba obsesivamente a aplastar escarabajos mientras Tyrion, nos dice, lo observaba con su agudo ojo antropológico para desentrañar el profundo significado que residía en el gesto. Porque lo tenía, por lo visto. Weiss y Benioff se han preocupado de que nos quede claro, revistiendo la secuencia de solemnidad y gran aparato, quizá prefiriendo decirnos «cuidado, que esto tiene significado» en lugar de dejar que la historia hable por sí misma, cosa que haría si fuese pertinente. Como hace la que le cuenta Oberyn a Tyrion, sin ir más lejos, en esa misma celda, acerca de la ocasión en la que él y su hermana visitaron Roca Casterly, cuando Cersei le retorcía el pito a un Tyrion recién nacido. Gracias a que cuenta esa historia conocemos mejor el empeño de Cersei por acabar con Tyrion y sabemos que Oberyn está al corriente, así que nadie le tiene que convencer de la inocencia del enano. Su decisión de convertirse en su campeón reviste legitimidad gracias a esa anécdota, sencilla, funcional y emocionante. Y justifica la actitud de Tyrion, que de bueno que es, es tonto, pero se dispone a dejar de serlo. Y todo sin necesidad de ponernos estupendos y coelhianos con metáforas de escarabajos.

No es el único tic hollywoodiense que le toca a los hermanos Lannister. El más espantoso de todos tuvo lugar cuando Jaime le dio instrucciones a Tyrion durante su juicio para que se declarase culpable, asegurando que su padre aceptaría perdonarle la vida. Y en lugar de explicarle las razones –total, para qué–, le hace esa pregunta sin sentido, absolutamente convencional y ridículamente hueca que no le ha hecho ningún personaje a otro en toda la historia del cine estadounidense: «¿Confías en mí?».

Por suerte para el personaje y su reputación de gran orador, la lengua de Tyrion ha patinado en esta temporada pero también ha vuelto a brillar. Si decepcionaba al mostrar tanta extrañeza ante el comportamiento habitual de cualquier niño de provincias, lograba compensarlo previamente con el discurso final del juicio. Qué monólogo, señores. Ahí lo vemos enardecido, ni suplicando lastimoso por su inocencia ni cayendo en el error de asumir una culpabilidad que no le correspondía, sino exponiendo su deseo de haber sido culpable. Con rabia pero también con lucidez, creciéndose por momentos y poniendo a todos en su sitio, al primero de ellos a ese padre que nunca lo ha querido por ser tan contrahecho. Cuando sean así, para mejorar tan claramente las escenas del libro original, bienvenidos sean los cambios.

4. El capítulo monográfico de la batalla del Castillo Negro

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Jon Nieve nos ofrece una de sus mejores imitaciones: Popeye. Imagen: HBO / Canal Plus.

Mal. A los diez minutos de empezar, cuando te das cuenta de que te están volviendo a contarla batalla de Aguasnegras, te dan ganas de apagar la televisión y dedicar los cuarenta minutos restantes a alguna actividad más entretenida, como por ejemplo entrar en estado vegetativo terminal. Hay muchas batallas en Juego de tronos, todas se parecen y esta era la enésima. Poniéndose así de machacones con ella, Weiss y Benioff solo han conseguido meternos aún más por los ojos al bastardo de las nieves, para quien ya improvisaron en esta misma temporada una subtrama nueva —su incursión hasta el torreón de Craster— con la misma intención: convencernos de que, por alguna razón, Jon Nieve mola. Y no. Mola más Ser Allister. A quien, por cierto, deseamos una pronta recuperación.

Parece que nos hemos librado, eso sí, de sus escenitas de amor dignas de las peores radionovelas de la posguerra junto a Ygritte, que llevaba una temporada y media poniéndose muy intensa porque una vez le comieron el asunto en una cueva. Aprovechamos la ocasión para pedir urgentemente, por favor, ya mismo, que los guionistas hagan lo propio con Samwell Tarly y no lleven más lejos su relación con Elí, la mujer sin barbilla. Basta. Da igual lo que esté escrito en los libros.

5. La insoportable levedad de Daenerys

Y si sobraba tanta batalla en el Castillo Negro, he aquí un lugar donde se echa en falta: Mereen. Vale, sí. Quien haya leído los libros se puede imaginar por qué Weiss y Benioff han evitado darle carrete al sitio de la ciudad —guiño, codazo—, y a los que no les podemos confirmar que sí, hay una buena razón. Pero una cosa es eso y otra lo que vimos, que fue, bueno, pues nada. Danerys conquistó Mereen sin despeinarse, oye, de un capítulo para otro y como Pedro por su casa. Vino, vio y venció, como Julio César. El problema es que la muchacha más parece Shakira en el videoclip aquel de los caballos que una conquistadora, de modo que un poco de acción ilustrativa, por favor. Queremos creérnoslo, Benioff y Weiss. De verdad que sí. Pero echadnos una mano.

A lo mejor no lo han notado, pero desde que Emilia Clarke decidió que era más grande que Jesucristo y que no iba a hacer más escenas desnuda, se desnuda mucha gente de su cortejo. Lo han hecho Missandei, Gusano Gris y el nuevo Daario Naharis, de cuyo culo excelente hubo hasta un primer plano mientras Daenerys se servía una copa y ejecutaba con fruición su mejor cara de gustarle a una morder el mango bien madurito.

Culo con Shakira y copa. Bodegón. Imagen: HBO / Canal Plus.

¿Por qué? Bueno, pues porque a esta chica no le pasa mucho, en realidad. No en televisión, al menos. Está conquistando las ciudades estado de un continente entero y acabando con el esclavismo, pero a Weiss y Benioff les ha parecido que mira, mejor contarnos las tribulaciones románticas de Jorah Mormont, del propio Daario y de Missandei y Gusano Gris. Románticas y pagafánticas, por cierto, porque aquí mucho lirili pero poco lerele, y al final los únicos que acabado picando no son los que se aman, sino los que se desean. Real como la vida misma, por otra parte.

6. La violación de Cersei

Y hablando de culos: no hemos hablado aún de la escena de la cuarta temporada que ha hecho correr ríos de bits, la de la violación que-se-supone-que-no-lo-era. Esa en la que Jaime Lannister forzaba a Cersei frente al cuerpo mismo de su hijo, que también era hijo de él, en una ciclogénesis explosiva de incesto, depravación, ser muy cochino y hala, dar ya todo igual.

Los hermanos Lannister, todo un ejemplo para la juventud. Imagen: HBO / Canal Plus.

Debe achacarse la polémica a la torpeza del guionista y particularmente del director, Alex Graves. Queriendo filmar una escena de sexo duro, aunque consensuado, acabó filmando llanamente una violación, completamente fuera de lugar e impropia de los personajes, tanto Jaime como Cersei. Lena Headey es una actriz dotada. No era tan difícil pedirle que su lenguaje corporal mostrase la receptividad que de palabra no podía expresar. El propio George R. R. Martin se vio obligado a aclarar públicamente que esa mierda de escena —fue más diplomático— no aparecía así en los libros, en los que las circunstancias son muy distintas: Jaime acababa de llegar a Desembarco del Rey y Cersei lo desea. Lo que se vio en televisión fue algo distinto, y bastante peor.

7. Y Eso

Eso, sí. Con mayúscula. Eso que tenía que pasar y que no ha pasado. Prometimos no contar lo que va a ocurrir a continuación y no lo haremos, de modo que si no ha leído los libros solo le podemos poner la siguiente imagen y decirle una cosa: agüita, amiga.

7 AUSENCIA

Agüita con lo que tenía que ocurrir y no ha ocurrido al final de la serie, y específicamente al final del último capítulo. En Tormenta de espadas tiene lugar en el epílogo, y no por nada. Cuando uno le pone un epílogo a un libro con el mismo volumen que una caja de campurrianas, es por algo. En este caso, para colar el cliffhanger más espectacular con el que cuenta, seguramente, toda la Canción de Hielo y Fuego. Porque es eso, en efecto: un cliffhanger. La puntita, nada más, de algo muy gordo en ciernes. Pero gordo, gordo. Gordísimo. Por eso no importa las razones de economía narrativa que esgriman: el momento era ahora, entre temporadas, y no como presumiblemente será, como colofón de alguno de los primeros capítulos de la próxima, si no del primero. Seguramente Weiss y Benioff —y si no ellos, la HBO— quieran que el giro rinda a efectos promocionales en la próxima reentré de la serie, en 2015, y por eso lo han aplazado. Por eso y porque, obviamente, está empezando a ocurrirles lo mismo que a la otra: por lo visto, son más grandes que Jesucristo.

Coautor 62


Juego de tronos III: osos, chulos y señoronas

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No lo parece porque pertenece a la Orden del Imperio Británico, tiene la voz así como retumbona y además interpreta a Tywin Lannister, pero el actor Charles Dance es un cachondo mental. Tanto que en el programa de Jonathan Ross, cuando fue de promoción y explicó a la audiencia de Reino Unido la primera impresión que le causó Juego de Tronos al verla, contó que se quedó pasmado con la cantidad de folleteo —y perdón por la traducción, porque su expresión original, infinitamente más rica, fue “rumpy pumpy” que contenía. Mucho rumpy pumpy, aseguró, y además a lo perrito, para más funfún. Doggy fashioned, dijo. Y flip wallop, que, si no me equivoco, sería algo así como decir que toma, venga, dale, raca. Y Jonathan Ross, claro, casi echa el hígado allí de la risa. Esa fue la elocuente descripción que hizo Dance de la serie de televisión a la que se incorporaría más tarde y que tiene loco, pero loco, a medio Occidente.

Si la primera temporada de Juego de Tronos funcionó como un largo prólogo de Canción de Hielo y Fuego y estableció para el espectador las reglas del juego homónimo siete reinos seudomedievales, mucho cabrón, rumpy pumpy todos con todos, magia pero poca y aquí los protagonistas se pueden morir y la segunda nos permitió conocer fundamentalmente al autor, la tercera ha sido sin duda la que mejor ha desvelado la propia tramoya de la adaptación. Lo dijo el mismo George R. R. Martin y lo dijo muy bien, como suele, en el preestreno en Los Angeles de la tercera temporada, cuya emisión acabó este lunes: “Esperemos que haya grandes sorpresas y momentos emocionantes en cada uno de los episodios. Desde luego ese es nuestro objetivo cuando hacemos el show”.

Precisamente para cumplir con ese objetivo cuando más complicado se les empieza a poner, la tercera temporada de Juego de Tronos adapta el tercer libro de la saga, Tormenta de espadas, pero solo hasta la mitad, e incorpora además tramas del segundo y del quinto, trastocando por primera vez la limpieza con la que se adaptó el primer volumen, Juego de Tronos, y el segundo, Choque de reyes. No es nada por lo que no pasasen las editoriales antes que la HBO, por cierto, que en su día en el año 2000, cuando se publicó ya tuvieron que dividir las casi 1200 páginas de Tormenta de espadas en varios tomos para salir al mercado. Es un tocho, en efecto. La más larga de las novelas de Canción de Hielo y Fuego hasta la edición de Danza de Dragones y sin duda aquella en la que ocurren más giros.

La buena noticia para los televidentes, en particular para los afortunados que no hayan leído los libros y no sepan aún lo que ocurre en Tormenta de espadas, es que David Benioff y D. B. Weiss han dejado lo gordo del libro, la mayor parte de estos giros, para la cuarta temporada. La mala es que, si uno lo piensa un poco, tampoco te creas tú que han pasado demasiadas cosas en la tercera. No, al menos, del calibre al que nos tiene acostumbrados la serie.

(Y aquí es cuando empiezan los SPOILERS de la tercera temporada, por cierto. Como dijo Roose Bolton, el que avisa no es traidor)

La mayor parte de los personajes no han hecho durante estos diez capítulos más que patearse Westeros a buen ritmo, caminando hacia un destino físico que se marcaron al final de la segunda temporada o al principio de la tercera y alcanzándolo, sin más, en el último capítulo. Así lo han hecho Bran y Rickon Stark, por ejemplo, yendo de Invernalia al Muro; Sam Tarly, volviendo del Norte al Muro; o Jaime Lannister y Brienne de Tarth, llegando finalmente a Desembarco del Rey. ¿Y? Pues nada más, en realidad. Mucho truquito por el camino para no aburrir al personal que si un caminante blanco, que si ahora un oso, que si ahora te corto la mano, pero poca acción pertinente. Lo que sea que vayan a hacer estos personajes en sus destinos lo veremos a partir de la cuarta temporada.

Nada que reprochar, por supuesto, a los hábiles demiurgos de Juego de tronos, en particular porque trabajan en continuidad y porque se trata, a fin de cuentas, de que miremos al pajarito. Si al principio decíamos que en la tercera temporada es cuando se le han visto realmente los andamios a la adaptación es porque, en esta ocasión, los guionistas han tenido que reajustar más que nunca las velocidades de las tramas que concentran la acción fundamentalmente la de Jon Nieve, la de Daenerys Targaryen y la de Robb y Catelyn Stark para conseguir que se sucedan en pantalla en lugar de simultanearse y no dejarnos ningún día, o casi ninguno, sin nuestra ración de shock. En televisión la khaleesi ejecutó la acción al principio de la temporada estamos hablando de Astapor y los Inmaculados, Jon Nieve recogió el testigo a la mitad estamos hablando de infiltrarse entre los salvajes y escalar el Muro y Robb y Catelyn Stark lo hicieron al final estamos hablando de lo que todos sabemos que estamos hablando. Ha sido gracias a estas tres tramas que todos los demás personajes han sobrevivido a efectos narrativos y que los guionistas han conseguido amenizar lo que podría haber sido, no nos engañemos, un perfecto mondongo.

Teniendo en cuenta estas observaciones personales generales que son observaciones, son personales y son generales, quede repetido por si acaso hiciese falta, procedemos ahora a honrar la que es una tradición ya en esta casa y comentar los aciertos y patinazos de la tercera temporada de Juego de tronos.

Aciertos:

It’s a trap!

Nos gusta pensar que personajes carismáticos como Tyrion Lannister o Brienne de Tarth son los que más mueven nuestra empatía, pero eso es solo lo que nos gusta pensar. Con independencia de quién nos caiga mejor o cuál sea nuestro favorito, el personaje verdaderamente universal, aquel que cataliza la visión del espectador en su propia visión del mundo y en el que nos convertimos más y mejor al pisar Westeros una vez a la semana es, o era, Catelyn Stark. La conocemos demasiado, más que a ningún otro personaje, para que sea de otra manera. Es demasiado real, demasiado de verdad. Se parece demasiado, en resumen, a nuestras madres.

El de madre, precisamente, es el rol que más ha desempeñado Catelyn en esta temporada, después de ser fundamentalmente una viuda en la segunda y una esposa en la primera. Catelyn Stark, de soltera Tully, ha recorrido así todos los roles que le reservaba su papel de gran matrona en Juego de Tronos y así ha pasado, claro, lo que ha pasado. Que se le han acabado y que un Frey, un sucio y asqueroso Frey, le rajó el cuello en la espectacular Boda Roja que Conan O’Brien denominó hace unos días ante el mismísimo George R. R. Martin “lo más impresionante que se ha visto en televisión quizá nunca y, desde luego, desde hace mucho, mucho tiempo”.

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Es complicado hablar de la Boda Roja sin incurrir en unos spoilers del copón, ya que ni los norteños olvidarán, como predijo Tyrion en el último capítulo, ni los dioses perdonarán el pecado de traicionar bajo techo a un invitado, como auguró Bran poco después. Esta matanza reverberará en Canción de hielo y fuego y durante mucho tiempo. Tanto que sabrán disculpar y agradecerán, con el tiempo que no le dediquemos aquí mucho más espacio.

Dragones de verdad

Personalmente llevo tres temporadas una detrás de otra temiendo que los dragones Drogon, Rhaegal y Viserion, hasta hoy fundamentalmente tres lagartijas con alas, se convirtieran al crecer en tres perros pequineses albinos gigantes mágicos voladores. No sería la primera vez que ocurre.

Pero no, gracias a los Siete. Por lo que parece los dragones en Juego de tronos, cuyos primeros rasgos distintivos hemos podido ver en esta temporada entre ellos los cuernos, que les han salido ya, las aletas espinadas y hasta los agujeritos en la boca por los que escupen fuego, no tendrán ese aspecto estilizado y alargado, como de ofidio, al que tanto recurren los escritores y los ilustradores y que tan mal quedan al insuflarles movimiento, fundamentalmente porque contradicen principios muy gordos de la aerodinámica.

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Que Drogon, Rhaegal y Viserion iban a ser tres bestias más robustas que elegantes, más tres águilas que tres garzas, es algo que nos podíamos imaginar gracias a las calaveras que vimos en la primera temporada, que tenían bastante más que ver con el Draco de Dragonheart –un dragón estupendo, por cierto– o el tiranosaurio de Parque Jurásico que con los animales góticos que describen los libros. Aun así yo lo celebro igual, porque esto ha sido como cuando nos enteramos de que nos ha rozado un meteorito gigantesco una vez ya ha pasado de largo: hemos estado a un tris, pero a un tris, de que nos colasen gato por esto.

Ollena Redwyne, tormenta de señoronas

Es un hecho ampliamente contrastado que Ollena Redwyn mola un ciento. Nadie pedía convertir Juego de tronos en La princesa prometida, pero un poquito de comedia se estaba echando en falta desde hace tiempo y eso es lo que ha aportado la matriarca de los Tyrell, interpretada y muy bien por Diana Rigg, que los británicos conocen bien por su papel en Los Vengadores y que a nosotros quizá nos suena más de cuando salió en 1969 en 007 al servicio de Su Majestad.

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Del mismo modo que la televisión le ha sentado fatal a Sansa Stark no es que en los libros sea un personaje fascinante, pero lo de la Sansa televisiva empieza a no tener nombre, algunos personajes han llegado a mejorar con su adaptación en pantalla y Ollena Tyrell es una de ellas. En los libros es deslenguada, sí, desafiante y muy de conspirar, pero en la televisión han tenido el acierto de convertirla además en una mujer inteligente y, a través de eso, en una mujer divertida.

Los hermanitos Reed

Jojen Reed es un personaje muy peculiar en los libros y llevarlo a la pantalla llevarlo a la pantalla bien, se entiende era bastante complicado. Es un niño que apenas ha llegado a la pubertad pero ha visto ya de todo en sus sueños verdes, incluyendo el día y la forma en que morirá. También ha visto numerosos episodios del pasado y es muy sabio, por tanto, pero a la vez inexperto, lo que explica su dependencia de su hermana mayor, Meera, en los asuntos prácticos de la vida, como que no te maten y cosas así. Cuando llega a Invernalia en las novelas la Vieja Tata le pone a Jojen el sobrenombre de “el pequeño abuelo”, con que hagámonos una idea.

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Hay gente muy enfadada porque Jojen y Meera Reed aparecieran en la tercera temporada en lugar de en la segunda, que es cuando les correspondía. Jojen heredero de la Casa Reed, los señores de la Atalaya de Aguasgrises llega a Invernalia junto a su hermana poco después de la caída de Ned Stark para reconocer a Robb como rey, y allí les sorprende la traición de Theon Greyjoy. Se esconden en las criptas del castillo junto a Bran, Rickon, Osha y Hodor y huyen con ellos hacia el Muro. En la serie, sin embargo, los hermanos Reed alcanzan a los otros cuatro cuando ya van hacia el Norte.

La espera, sin embargo, que llevó a algunos a sospechar incluso que los Reed iban a ser amputados de Juego de Tronos, ha valido la pena. El chico este, Thomas Brodie-Sangster, está estupendo como Jojen, seguramente porque viene de una familia de actores es primo de Hugh Grant o algo así, tiene 23 años ya, ahí donde le ves, y la voz bien curtida de locutar, entre otros para Doctor Who y poniéndole voz a Ferb, de Phineas y Ferb, desde hace más de seis años. Por su propia naturaleza Jojen corría el riesgo de aparecer un repelente niño Vicente y sin embargo el joven actor que además interpreta a un niño pequeño, recordemos ha conseguido cogerle el punto preciso entre estar de vuelta de todo y a la vez no estarlo, cosa que se agradece porque su personaje, como se ha visto en la tercera, ha llegado para quedarse.

Este plano

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La redención de Melisandre

Todo el que haya visto Juego de tronos desde que le hicieron a Ned Stark las ingles brasileñas se ha preguntado lo mismo en algún momento u otro: ¿pero esto cómo va a seguir, si se han cargado a todos los buenos? La respuesta, ahora lo sabemos, está en el reciclaje. George R. R. Martin va incorporando nuevos personajes, sí, pero sobre todo recicla moralmente a algunos de los que ya existen en el plano principal y les hace cambiar de bando, reequilibrando constantemente el déficit de buenos con malos conversos.

En esta temporada ha ocurrido con Theon Greyjoy que de malo que era en la segunda temporada, tras su traición, vuelve a ser bueno y con Jaime Lannister, por ejemplo. No hablamos de ver la luz, claro está, ni de sumarse a la causa de los que mejor nos caen, que asumimos que son la Targaryen y los Stark. Hablamos de lo que hablamos cuando hablamos de buenos y malos en la ficción, que es de si gozan o no de la empatía del espectador. Si queremos que triunfen, son buenos, y si queremos que fracasen, son malos. Es algo terriblemente simple.

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El mejor modo de hacer buenos en Juego de tronos es obligándoles a prestar atención a la Guardia de la Noche, y eso es lo que ha hecho Melisandre, contra todo pronóstico, en el último capítulo. Un minuto antes queríamos arrastrarla de los pelos y un minuto después, de repente, se ha convertido en el primer activo de Rocadragón, convenciendo a Stannis Baratheon de que asista al Muro en su guerra en general, de que haga algo productivo con su vida y de que le perdone la vida a Davos Seaworth, el carismático Caballero de la Cebolla. No está mal para alguien que parió una sombra maligna asesina y acabó así con el apuesto Renly Baratheon, único rey medio decente que aspiraba a la plaza.

Patinazos:

Joffrey Baratheon, el nuevo Aerys Targaryen

Queridos David Benioff y D. B. Weiss, dos puntos: Joffrey es el nuevo Aerys Targaryen. Lo pillamos. Nos queda claro, gracias. No hace falta que insistáis, de verdad. George R. R. Martin ya le dio diálogos muy buenos con su madre para que nos diésemos cuenta de que es un niño no solo repelentito, sino que además está algo cucú de la cabeza. Por su culpa murió Dama, la huargo de Sansa, a la propia Sansa la trae por el caminito de la amargura y al final ordenó ejecutar al mismísimo Ned Stark. Nada menos, quiero decir.

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Teniendo en cuenta que además es gilipollas y que ha intentado matar a Tyrion, con eso bastaba. No hace falta meterse en jardines, hacer crescendos absurdos y que al final la criatura asaete contra la cama a una prostituta, nada menos, que os habéis sacado de la manga. Corréis el peligro de insistir tanto en lo mal que esté de la maceta que al final Joffrey, fijaos lo que os digo, va a molar. Y para cuando le queráis matar porque queréis restregárnoslo antes mucho por la cara pero también matarlo, se os ve el plumero desde hace tres temporadas, a lo mejor algunos de nosotros ya no queremos que le matéis. Es un consejo que os doy, sin más.

Daario Naharis, soy un truhán, soy un señor

Dudo que tenga una cláusula en su contrato para no aparecer desnudo”. Lo decía con sorna un aficionado en uno de los grandes mentideros en internet de Juego de Tronos al enterarse de que Ed Skrein, actor y rapero británico, había sido contratado para interpretar en la serie a Daario Naharis, el capitán de la compañía de mercenarios que se une a la causa de Daenerys a las puertas de Yunkai. Otro lector esperaba que en la serie respetasen el peculiar aspecto físico del personaje, en particular su barba teñida de azul. “Cosas como esas contribuyen a mostrar la enorme diferencia entre Essos el continente oriental y Westeros”, añadía.

En el libro, en efecto, Daario es un tipo con la nariz ganchuda, un diente de oro, la melena y la barba teñidas de azulla barba, además, rematada en tres puntas, bigote rubio y un estrafalario traje amarillo, pero en la serie, oh sorpresa, resulta que no. Por alguna razón, han decidido dejarse de exotismos y poner directamente a un tiarrón canónico salido del póster central de la Súper Pop.

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Lo peor no es que Daario sea de repente un hunk de manual, imberbe y con dos hoyuelos como dos cráteres de Chicxulub o que esto tenga rabiando a los fans por la internet procelosa: lo peor es que al actor que lo interpreta, el tal Ed Skrain, le duele la cara de ser tan guapo. Mira subiendo los párpados de abajo, pone morritos y ejecuta constantemente un juego de cejas seductor como diciendo hey, nena, soy un truhán, soy un señor, que te saca automáticamente del universo de Juego de Tronos. No parece el capitán de los Cuervos de Tormenta, quiero decir, sino el último ligue de Samantha en Sexo en Nueva York. Le falta solo guiñar a cámara y que le brille un diente, clin. La razón de la transformación no se le escapa a nadie: a Daario lo veremos enseñando cacha y será, seguramente, más pronto que tarde. No en vano aparece en la serie mediante dos escenas que no existían en los libros —una en la que habla con los otros comandantes y otra en la que se cuela sigilosamente en la tienda de la reina y en las dos, por hache o por be, alguien acaba enseñando la runfeta.

La insoportable levedad de Loras

A Loras Tyrell le jodieron pero bien en la segunda temporada, cuando se cargaron a Renly Baratheon. Primero en el guión, quitándole su reacción al enterarse de la muerte de Renly un momento de furia que protagonizó en su lugar Brienne de Tarth, como ya explicó Josep Lapidario en su repaso de la segunda temporada y después en la edición del episodio, descartando del montaje la escena en la que llora por la muerte de Renly y le confiesa a su hermana Margaery que lo quería. Es algo que se vio en los DVD, pero no en la televisión.

En la tercera temporada el Caballero de las Flores tampoco se ha llevado una secuencia, por breve que fuera, que nos permita conocerlo un poco más, algo que empieza a resultar urgente teniendo en cuenta la emergencia de su casa y un detalle revelador que conocimos en la conversación entre Olenna Redwyne y Tiwyn Lannister. Cuando él la amenaza con nombrar a Loras miembro de la Guardia Real si no se casa con Cersei, le dice: “Nunca se casará, nunca tendrá hijos y el apellido Tyrell se desvanecerá”. Salvo improbable giro, por tanto, en la serie no existen ni su hermano Willas Tyrell el heredero de Altojardín, con quien pretenden casar a Sansa en los libros ni su otro hermano, también mayor, Garlan Tyrell. El Loras televisivo no es el varón menor de los Tyrell, sino el primogénito de su casa y su heredero.

Y, sin embargo, ¿qué mueve al “orgullo de Altojardín”, como lo llama su abuela? ¿El interés, como a su hermana, y por eso se lió con Renly? ¿El amor honesto, por el contrario, y por lo tanto no se involucró en la lucha por el Trono de Hierro, sino que se vio envuelto en ella siguiendo a Renly? ¿El empeño por liderar su casa, de la que es heredero, apoyado en las mujeres Tyrell? ¿El empeño por no hacerlo, ya que es homosexual en un mundo en el que no puede serlo y prefiera aprovechar el liderazgo de su hermana y su abuela para pasar desapercibido? Para los televidentes ninguna de estas preguntas tiene respuesta, ya que a Loras le han recortado tanto por una parte y le han añadido tanto por la otra que se ha convertido en un personaje funcional, uno cogido con alfileres que siempre pasaba por allí. Pasaba por allí cuando le sedujo Oliver, el espía de Meñique, y pasaba por allí cuando decidieron casarlo con Cersei Lannister, en ambos casos para actuar como correa de transmisión de tramas que a su personaje, en realidad, ni le van ni le vienen.

La boda de Farruquito

10

Porque esta, amigos, no es manera de acabar una temporada.

Coautor 62


Choque de reyes en la AP-7: Juego de Tronos II

“A veces, un hombre muy pequeño puede proyectar una sombra muy grande.”

George R. R. Martin, Choque de reyes

Me va a resultar tremendamente complicado mantenerme objetivo al analizar la segunda temporada de Juego de Tronos. Estoy tan satisfecho y a un tiempo tan disgustado con su evolución, que corro el riesgo de escribir una reseña totalmente esquizofrénica, o al menos más de lo habitual.

Primero, una confesión: soy fan fatal tanto de las novelas como de la serie. A las 00:01 del 12 de julio de 2011 me presenté en la librería Gigamesh para comprar Dance with dragons, el quinto libro de la serie, la misma noche de su publicación en inglés (el 22 de junio se publicará la traducción al castellano, por cierto). Al pasar el trono de hierro el año pasado por Barcelona, no tardé en retratarme ahí un par de veces. Cuando el próximo 28 de julio el mismísimo George R. R. Martin acuda al CCCB de Barcelona, ahí estaré en las primeras filas. En resumen: los buenos ratos que me han hecho pasar las novelas me predisponen ya de partida a favor de la serie de HBO y, en general, de cualquier cosa que tenga el seal of approval del gordo cabrón.

Por otra parte, este reconocido fanboyismo tiene su cara oscura. Buceando por la red me quedo con la impresión de que algunos fans empiezan a presionar demasiado a los autores, llevados por el prurito perfeccionista de los “fans coñazo” a los que me referí ya en otro artículo. Verbigracia: Bryan Cogman, el único de los guionistas habituales  con cuenta de Twitter, decidió cerrarla de un portazo (es decir, con el hashtag  #NoMoreGoTWritersOnTwitter) después de que un grupo de fans descontentos le machacaran durante unos cuantos días. Este talante quejoso y faltón resulta especialmente sangrante si se une a los ya clásicos apremios a Martin para que acabe de una vez los puñeteros libros (recordemos a Neil Gaiman subrayando que George R. R. Martin is not your bitch). En este ambiente generalizado de tocacojonismo me siento un poco incómodo criticando según qué de la serie, ya que resulta evidente que el esfuerzo que están dedicando productores y guionistas es realmente titánico, y en algunos momentos el resultado es absolutamente soberbio. Pero estos éxitos no permiten esconder que esta segunda temporada tiene errores de bulto en su concepción y cuenta al menos con dos líneas argumentales fallidas: la de Jon y la de Daenerys.

Pero vamos por partes. El reto al que se enfrentaban los creadores de la serie, David Benioff y Dan Weiss (conocidos cariñosamente como D&D), era monumental: adaptar Choque de reyes, un libro mucho más largo, complejo y desestructurado que el primero. Cuando Martin empezó a escribir la saga de Canción de hielo y fuego la planteó como una trilogía, pero a medida que avanzaba con Choque de reyes se fue dando cuenta de que necesitaría unos cuantos libros más para llevar a buen término todas las líneas argumentales. La decapitación de Ned Stark en el primer libro fue un manotazo propinado sobre el tablero que dispersó las piezas del juego por las cuatro esquinas de Poniente. Personajes en fuga (Arya), sitiados (Sansa, Tyrion), embarcados en un viaje a territorios cada vez más salvajes (Jon, Daenerys), aislados por la batalla (Catelyn, Brienne)… Cada uno vive su propia historia, relacionada con el resto pero dotada de cierta independencia temática e incluso estilística; el tono más místico y etéreo de los capítulos de Daenerys contrasta con el “realismo sucio” de los narrados por Tyrion en Desembarco del Rey.

¿Cómo condensar esta metástasis de líneas argumentales en sólo diez capítulos? La solución más obvia es la que se ha adoptado durante gran parte de la temporada: saltos continuos de uno a otro escenario y personaje, dividiendo las tramas en pequeños flashes independientes. El problema es que este enfoque hace difícil que los capítulos tengan una lógica interna que ate cada episodio en una unidad temática coherente. Tal vez hubiera sido mejor centrar cada episodio en dos o como mucho tres líneas argumentales. Así se hizo en Blackwater, el capítulo guionizado por el propio Martin: centrar la atención en Desembarco del Rey y el asedio de Stannis le dio al episodio un enfoque y objetivo del que otros carecen. El resultado fue un episodio excelente, afilado y centrado: el mejor de la temporada y de la serie. ¿Por qué no hacer algo parecido con Jon o Daenerys, que ven su historia troceada en fragmentos finos cual pieles de cebolla?

Más allá de esta objeción, lo cierto es que los guionistas triunfan en su difícil encargo. Los cambios respecto al libro, con alguna notable excepción que veremos luego, son pertinentes: lógicos movimientos menores de piezas (Shae como doncella de Sansa en lugar de Lollys, Bronn como capitán de la Guardia, Samwell encontrando el vidriagón) y alguna escena añadida con mayor o menor fortuna. Otros momentos de la novela han sido magistralmente comprimidos y filmados, como el divertido truco de Tyrion para encontrar al espía de Cersei.

En general hay menos sexposition que en la primera temporada, aunque la serie continúa con la afición de mostrar desnudos con cualquier excusa, lo que acaba resultando algo irritante incluso para un erotómano pechófilo como yo. El cachondeo con este asunto llegó a Saturday Night Live: no os perdáis este impagable gag en que se descubre la identidad de un asesor muy especial…

De siete en siete: siete aciertos

Siguiendo un poco el estilo de mi reseña de la primera temporada, he ordenado los comentarios en grupos de siete, el número sagrado en Poniente. Siete triunfos, siete fallos y siete dudas.

CUIDADO, QUE AQUÍ EMPIEZAN LOS SPOILERS: dejad de leer los que no hayáis visto la segunda temporada todavía.

1. Los peligros del parto natural: La escena en que una embarazadísima Melisandre (por obra y gracia de una especie de pera hinchable, por cierto) da a luz un engendro de sombras es sin duda uno de los momentos icónicos de la temporada. Ya comenté en su momento que una de las principales bazas de Juego de Tronos es la forma comedida en que trata la magia: en cada libro lo sobrenatural tiene más peso que en el anterior (“la magia retorna al mundo”), pero de forma gradual y escalonada. El resultado es que el espectador/lector comparte con los personajes una sensación de maravilla y desconcierto ante prodigios que no deberían existir, o al menos que llevaban siglos ausentes del imaginario colectivo. El parto de la criatura de sombra cumple perfectamente ese objetivo de asombrar y aterrar. Con unos efectos especiales más que correctos y un tanto cronembergianos, el nacimiento obsceno e impío (cómo me gusta imitar a H.P. Lovecraft) queda retratado a las mil maravillas.

Se me ocurre una única objeción menor, fruto de haber unido en una sola escena las dos criaturas de sombra que aparecen en el libro… En la serie no se explica dónde demonios están. Físicamente, digo: ¿dónde está esa cueva enrejada a la que Davos lleva a parir a Melisandre? En el libro tiene sentido: es un conducto que lleva al interior de Bastión de Tormentas, y el bebé de sombra debe matar a Courtnay Penrose, el castellano que lo defiende. En cambio, siendo la víctima Renly en su campamento: ¿por qué es necesario que Davos lleve a Melisandre a una cueva en medio de la nada?

2. Brienne, la Bella Bestia: Cuando hace unos meses Martin publicó en su blog que la actriz elegida para interpretar a Brienne de Tarth sería Gwendoline Christie, mi primera reacción fue de escepticismo contenido. La actriz es en efecto adecuadamente enorme (más de metro noventa), pero la veía demasiado guapa y elegante para representar a una mujer “con cara y dientes de caballo”. Y sin embargo ha superado todas mis expectativas, firmando la que probablemente sea la mejor interpretación de la temporada. Visualmente es una Brienne perfecta: con el pelo bien corto (Christie cuenta que lloró un poco al cortárselo), un cuerpo que se nota trabajado en el gimnasio y un aspecto que logra conjugar una cierta torpeza de gigante con un aura de peligro y agresividad latente. Hay una diferencia notable entre la Brienne de los libros y la de la serie: la televisiva es mucho más violenta, más dispuesta a matar cuando es necesario. Más allá de este detalle, la esencia del personaje está ahí: una mujer siempre rechazada y demasiado ansiosa por encajar. Ahora entiendo lo que dijo Martin durante el casting: “vimos muchas actrices que interpretaban a Brienne y luego a una que era Brienne”. Christie incorporó a su interpretación algunas de sus experiencias como actriz rechazada una y otra vez debido a su altura gigantesca… La aplicación del método Stanislavsky más sencilla de la historia.

Nota lateral: me hizo gracia que la Guardia Real de Renly a la que se incorpora Brienne no mantuviera el nombre que recibe en los libros: La Guardia Arcoiris, en la que cada uno de los siete caballeros ostenta un color diferente. Y es que en pantalla la visión de esa Guardia hubiera quedado probablemente demasiado “fin de año en Chueca”.

3. Cersei va rompiendo su coraza: Confieso que Lena Headey no me convenció demasiado la temporada pasada, al interpretar a Cersei demasiado contenida y casi ausente… Pero en este año le ha pillado al fin el punto al personaje añadiéndole un toque personal: la Cersei de los libros es más volcánica, impredecible y hasta caprichosa, puro fuego; la Cersei de la serie es más taimada, calculadora y retorcida, puro hielo. Y sin embargo, Headey consigue mostrar bajo ese hielo un infierno de demencia preparada para aflorar a la mínima oportunidad, sea en el intercambio con Meñique durante el primer episodio (“el poder es el poder”, nunca una tautología fue enunciada con tanto entusiasmo), en las siempre algo crueles interacciones con Sansa o en el clímax de Blackwater, sentada en el Trono de Hierro con Tommen, borracha y al borde del suicidio. Merecería como mínimo una nominación a los Emmy de este año, que no todo va a ser Dinklage. Y hablando de todo un poco: es una pena que de los mil chistes de Tyrion se haya caído de la adaptación una puyita maravillosa dirigida a Cersei: “no me parece justo que te abras de piernas para un hermano y no para el otro”.

4. Theon Greyjoy, empresario español: He disfrutado enormemente del arco argumental de Theon, quizá el más redondo de la temporada. El año pasado su personaje pasó más bien desapercibido, siendo incluso motivo de bromas por parte de no lectores de los libros que no le encontraban sentido a su presencia. Y sin embargo, en esta temporada tiene su momento de gloria… O de fracaso.

El personaje de Theon es un pobre desgraciado que siempre toma la decisión equivocada y busca constantemente respeto y aprobación (de su padre, de su hermana, de sus hombres) sin conseguirlo jamás. También es un hijo de puta capaz de asesinar niños y decapitar ancianos, claro. En cualquier caso, Alfie Allen logra presentar las contradicciones de su personaje con una interpretación rica y matizada. Le ayuda un buen guión, con detalles como la breve escena en que quema la carta de Robb: un momento creado para la serie por Bryan Cogman y que Allen consigue mostrar como potente y decisivo.

En palabras de un buen amigo, Theon Greyjoy recuerda fuertemente a un empresaurio español de la era de la chapuza, en particular cuando aplica “soluciones creativas” como cargarse a dos críos cualquiera  para esconder la fuga de Bran y Rickon. “Y si cuela, cuela, ya nos apañaremos con la inspección de trabajo”, parece estar pensando, distraído. Reconozco que siempre he tenido debilidad por los Hombres de Hierro y sus apariciones en los libros y la serie, tal vez por el kraken que lucen en su escudo (siempre he sentido cariño por los cefalópodos). Quizá por eso me ha encantado verlos en acción: menos vikingos de lo que temía (su look en la serie es más original y propio), impertinentes y pendencieros. Su reacción ante el emocionante discurso final de Theon es tan brillante, adecuada y propia de hijos de perra que todavía me hace sonreír cada vez que la recuerdo.

5. Al fin, una batalla: Es difícil seleccionar una escena de Blackwater, el ya legendario noveno capítulo de la temporada. El guión lo firma el propio George R. R. Martin: recuerdo que me cabreé cuando colgó en su blog que lo estaba escribiendo, porque mi primera reacción en estos casos es pensar “¡deja eso y ponte a escribir The winds of winter!”. Ahora me alegro de que lo haya hecho: la batalla mostrada en los libros se conserva en sus detalles esenciales (y alguna omisión menor, como la cadena que sella el puerto) y se beneficia de un enfoque cerrado del capítulo, que prescinde de argumentos paralelos evitando así el aire descoyuntado de otros capítulos. Dos factores más beneficiaron el episodio: el primero fue la decisión de HBO de aumentar el presupuesto ya abultado, lo que permitió mostrar por primera vez una batalla digna de tal nombre. El segundo golpe de suerte fue el fichaje a última hora del director Neil Marshall, claro y competente a la hora de filmar escenas de acción. Ya había dirigido escenas espectaculares con cuatro duros anteriormente, como mínimo en Centurion y Dog Soldiers.

Hay varios momentos icónicos en el episodio: Bronn como arquero olímpico (casi esperaba oír la fanfarria de Barcelona’92 cuando su flecha impacta en el barco cargado de fuego valyrio), Cersei borracha sentada en el Trono de Hierro, o Tyrion arengando a las tropas en su mejor momento de toda la temporada (“Son hombres valientes: ¡vamos a matarlos!”) y dándole a Dinklage otra oportunidad de Emmy.

No todo es perfecto: Stannis me cuadra más como estratega en la retaguardia que repartiendo mandobles en el pelotón de primera fila, pero en fin, no queda tan cantona la cosa como poner, no sé, al presidente de los Estados Unidos en un caza como en Independence Day. Venga, aceptamos que el Rey esté por una vez en pleno combate en lugar de cazando como hubieran hecho Robert Baratheon o Juan Carlos I.

Ah, y el broche de oro para un capítulo casi perfecto: Las lluvias de Castamere. Se me ponen la piel de gallina al escuchar por primera vez una canción que tanto aparecerá en las tramas futuras…

6. Pon un Perro en tu vida: Recuerdo haberme quejado de que el personaje del Perro  estaba infrautilizado en la primera temporada: escenas eliminadas, fragmentos de diálogo regalados a Meñique… Este año Sandor Clegane ha tenido por fin ocasión de brillar, especialmente en sus interacciones con Sansa. Ni os imagináis cuántos fans tienen ganas de que el Perro y Sansa se dejen llevar por la pasión: cuando se les ve juntos parecen tal cual la Bella y la Bestia, o más bien King Kong y Fay Wray, según cómo se mire. Su último diálogo, en particular, es extrañamente freak (en el sentido Tod Browning) y conmovedor.

Por lo demás, en Blackwater el actor Rory McCann tiene una buena oportunidad de ganarse a la audiencia: sus escenas de batalla son apropiadamente brutales (no se me ocurre mejor manera de mostrar su bestialidad que partiendo gente por la mitad) y el contraste con Bronn  y su estilo ágil de pelear es mostrado de forma muy visual y efectiva. Pero el momento clave llega cuando lo envía todo a la mierda: ese “Fuck the Kingsguard. Fuck the city. Fuck the king” debe pasar desde ya al Olimpo de frases macarras memorables.

Anécdota curiosa: McCann estuvo a punto de partirse la crisma mientras le daba de comer a unos pajarillos en plena tormenta escocesa. Algo muy propio del Perro.

7. La sota de copas de Harrenhal: De todo el material creado exclusivamente para la serie, la única idea que me ha entusiasmado es la de convertir a Arya en copera de Tywin Lannister durante su estancia en Harrenhal. Los dos actores (Maisie Williams y Charles Dance) están fantásticos, sus interacciones resultan creíbles y la posición de Arya permite a los guionistas mostrar parte de los planes de Tywin sin necesidad de meterle constantemente en un burdel como al pobre Meñique. Solo me sobró ese final apresurado en que Arya busca sin éxito a Jaqen para ordenarle matar a Tywin (¿no podría haberlo pensado antes?).  Pero es una crítica menor a un buen número de escenas soberbias.

Siete fallos

1.- Renly tropieza con su propia sombra. Empecemos la ristra de agravios con el momento más decepcionante de la temporada: el inicio del quinto capítulo. Después del parto con que acababa el capítulo anterior las expectativas estaban muy altas, y sin embargo el asesinato de Renly se resuelve en pocos segundos y de forma totalmente fría,  desangelada y anticlimática. Ni siquiera Catelyn y Brienne (fantásticas en el resto de la serie) reaccionan de modo especialmente creíble o significativo. He leído por ahí que hubo algún problema de efectos especiales con la escena: en un primer momento iba a ser más parecida al libro, con la criatura camuflándose como la sombra de Renly hasta el último momento, pero finalmente se optó por una resolución rápida y poco visual. Además, darle a Brienne la reacción de rabia asesina que en los libros muestra Loras es bueno para el personaje de Brienne pero pésimo para el del caballero: en contraste, la reacción de Loras resulta demasiado comedida y atenuada. Se supone que el Rey era el amor de su vida, pero Loras Tyrell vela su cadáver con más pinta de crío enfurruñado que de amante transido por la pena.

2.- De Melisandre a Mesalina: Estaba muy ilusionado con la aparición de Melisandre en la serie, pero su única escena convincente ha sido la ya comentada del parto. Por lo demás, la magnífica Carice Van Houten ha sido desaprovechada, y su personaje guionizado con la sutileza de una taladradora industrial. Por poner un ejemplo: la posibilidad de que Stannis le pusiera los cuernos a su esposa con Melisandre se insinúa en los libros (de algún lugar tienen que salir las criaturas de sombra), pero en la serie de vuelve demasiado explícita. O al menos, puestos a mostrar el asunto, hubiera sido mejor hacerlo de un modo más sutil: es poco propio del adusto y austero Stannis Baratheon romper a follar como un adolescente sobre los mapas de la Mesa Pintada de Rocadragón.

3.- La Madre de Dragones roba una cubertería: En Choque de Reyes la historia de Daenerys no es muy extensa, así que era previsible que para darle tiempo de pantalla los guionistas expandieran o directamente se inventaran fragmentos de historia. El problema es que los ingredientes añadidos resultan obvios y poco interesantes: el robo de los dragones, la pseudo-trama de golpes de estado con Xaro y su caja fuerte, la traición de la doncella Doreah… Como consecuencia, todo el arco argumental se resiente y queda deslavazado, inconexo y en el fondo prescindible. Probablemente habría sido mejor solución concentrar la trama de Qarth en dos o tres capítulos como mucho, lo que hubiera aportado más solidez a la trama de la pobre Khalessi colaborando de paso a reducir los excesivos saltos entre protagonistas.

Pero mi mayor crítica es por una ocasión desperdiciada: las visiones de Daenerys en la Casa de los Eternos, guarida del brujo Pyat Pree (todo un acierto fichar al inquietante Ian Hanmore, por cierto). Aprovechando alguna de las visiones de la novela el resultado podría haber sido puro David Lynch: reyes con cabeza de lobo, enanos mordiendo los pechos de una mujer desnuda, una rosa azul en un muro de hielo… Imágenes proféticas aparentemente sin demasiado sentido pero que en los libros acaban haciendo referencia a hechos pasados o futuros. La solución por la que opta la serie es mucho más simple: una visión estéticamente espectacular de la sala del trono destruida (¿fundida por fuego de dragón?) y cubierta de nieve… Y un cameo fantasmagórico de Khal Drogo. Un poco pobre, en comparación. De todas formas, ahí va mi teoría: ambas imágenes son tan significativas para la historia como las de la novela, y no puedo decir nada más sin chafar el final del quinto libro a quienes no lo hayan leído. Y de lo que no se puede hablar, mejor callarse.

4.- No puede ser tan caro conseguir extras: Varias escenas se hubieran beneficiado enormemente de una mayor presencia de extras, como la rebelión del populacho en Desembarco del Rey (presentada en los libros casi como una Toma de la Bastilla y en la serie apenas como una escaramuza) o en la misma batalla de Blackwater, un tanto limitada en escala. Sí, ya sé, la tele tiene un presupuesto más limitado que el cine, pero ¿por qué no recurrir por ejemplo a los fans? Imagino que habrá un buen número de fanáticos de los libros o la serie dispuestos a aparecer gratis, cobrando una miseria o incluso pagando, como se hace en ciertas superproducciones.

5.-  La enfermera sexy y el rey pasmado: Sobre el papel era buena idea escribir unas cuantas escenas para Robb Stark: no sólo porque Richard Madden había causado buena impresión en la primera temporada, sino porque en pantalla no hubiera funcionado referirse a Robb elípticamente, como en la mayor parte de Choque de Reyes. Parecía adecuado añadir alguna escena en que Robb conociera a Jeyne Westerling, la joven noble encantadora pero sin utilidad para la realpolitik. Vamos, que el trabajo de los guionistas estaba ya medio hecho, e incluso cambios menores como convertir a Jeyne en una plebeya extranjera llamada Talisa podían funcionar, e incluso añadir matices a la historia.

Sin embargo, la subtrama ha provocado exasperación y bostezos, cometiendo el peor pecado para una línea argumental de Juego de Tronos: la previsibilidad. A los cinco segundos de la primera aparición de Talisa ya sabemos que va a ser el interés amoroso de Robb. Sus escenas son una sucesión de clichés encadenados, sin llegar al nivel de cursilería de un Anakin vs. Padmé pero por poco. No es culpa de Richard Madden ni de Oona Chaplin: ambos lidian como pueden con un material de partida mejorable.

Por último, y sin querer pasarme de pureta, hay un cambio involuntario en la motivación de Robb para casarse con Talisa/Jeyne que resulta algo molesto. En el libro, Robb busca consuelo en Jeyne tras enterarse de la caída de Invernalia y la muerte de sus hermanos. Una vez desflorada la noble, lo que tendría consecuencias nefastas para ella aunque fuera de una Casa menor, su honor de caballero le exige “hacer lo correcto” y casarse con ella. Cuando su madre le intenta hacer ver los peligros políticos de esa decisión, Robb se enroca en su tozuda honorabilidad, en una postura muy propia de su padre Eddard. En cambio, en la serie, su planteamiento viene a ser que le apetece casarse con ella, y por qué no debería romper sus promesas si todo el mundo, incluso su madre (en referencia a la fuga de Jaime) lo hace. Y no, coño, no es eso.

6.-Jon Nieve da un largo paseo: La historia de Jon ha quedado bastante deslucida, paradójicamente por la voluntad de querer darle más peso. La decisión de avanzar la aparición de Ygritte y alargar sus escenas era ya conocida, pero la forma de hacerlo separando a Jon de sus compañeros me pareció algo torpe. Eso sí, Rose Leslie es una Ygritte perfecta, adecuadamente arrolladora, convincente y con buena química con Jon… Aunque demasiado limpita para ser salvaje, ¿no? Como en las películas prehistóricas en que las protagonistas aparecen maquilladas y con peinado setentero.

El problema es más bien un efecto colateral no buscado pero inevitable: sumar minutos a Ygritte se los resta a Qhorin, lo que convierte uno de los personajes clave del libro en un segundón… Y esto, a su vez, disminuye el impacto de la escena en que Qhorin fuerza a Jon a matarlo para que pueda infiltrarse entre los salvajes. Además, eliminar la intervención de Fantasma durante la pelea provoca que haya que añadir un nuevo elemento para hacer creíble que el joven Jon venza a un veterano explorador: la rabia que siente cuando Qhorin insulta a su desconocida madre. El confuso resultado deja abierta la posibilidad de que Jon lo haya matado en un ataque de rabia, en lugar de con gran dolor de su corazón y sintiéndose increíblemente culpable por ello.

 7.- Lord Petyr Baelish, proxeneta: Empiezo a estar harto de que el único negocio de Meñique sean los burdeles. En los libros es un comerciante con tentáculos en todos los negocios de la ciudad, no sólo un proxeneta deluxe que se dedica a amenazar a sus pupilas (véase la innecesaria escena con Ros en uno de los primeros capítulos). Por lo demás, en esta temporada no le dan nada demasiado interesante que hacer aparte de convertirle en recadero paseándose por diversos campamentos. Aidan Gillan es un actor genial: ¡no lo reduzcáis a un chulo conspirador!

Siete dudas

Y termino con siete preguntas que me carcomen, siete escenas o situaciones que no estoy muy seguro aún de si odiar o amar.

 1. ¿Era necesaria la escena del Spanking King?:  Si el año pasado fue una escena gay la que hizo correr ríos de tinta, este año la polémica ha venido de una secuencia inesperada de sadomasoquismo extremo no consensuado a manos del rey Joffrey y dos prostitutas. Una de ellas es la infame Ros (Esmé Bianco), que como pronto veremos no es muy querida por los fans, y la otra es una simpática actriz porno llamada Maisie Dee, que explicó aquí su experiencia.

Tal vez esta escena no me molestaría si no fuera tan larga y redundante: otra secuencia mucho mejor en este mismo episodio ya establece el carácter sádico y cruel de Joffrey. Cuando el rey niño ordena a Boros Blount pegar y desnudar a Sansa, tenemos una escena con todo lo necesario, incluso el detallito del Perro diciendo “ya basta” y el rescate in extremis de Tyrion. ¿Para qué gastar cinco largos minutos de episodio (¡el 10% del capítulo!) en el dormitorio de Joff repitiendo esencialmente lo mismo? Por otra parte, y ya a título personal como sadomasoquista aficionado que soy: subrayar tanto a la audiencia que un personaje es malvado cargándolo de imaginería S&M es un tropo ya muy gastado.

2.  ¿Tan caro es filmar con lobos?: La poca presencia de los lobos huargo en la serie es una queja recurrente de los fans a la que ya hice referencia en mi reseña de la primera temporada. En el primer capítulo de este año hemos tenido un “momento huargo” magnífico durante una de las escenas inventadas para la serie: la intimidante visita de Robb y su mascota a la celda de Jaime Lannister. Ahí se ve por fin el huargo como se describe en los libros: una criatura feroz e inquietante, mucho más grande que un lobo y casi incontrolable. Lo malo es que ése es el único momento en que un huargo asusta durante la temporada, y es para mí una lástima que por ejemplo Fantasma esté ausente en la pelea final de Jon y Qhorin.

3. ¿Por qué Jaime asesina al becario?: Es decir, a su antiguo escudero, un personaje llamado Alton Lannister creado para la serie. En un extraño lapsus de juicio Robb decide encerrar juntos a Alton y Jaime, a pesar de que sería más lógico mantener al Matarreyes incomunicado y sin noticias de la guerra. Y ahí Jaime ve su oportunidad: tras un rato de charla tranquila sobre su pasado (bastante interesante, por cierto, y extraída en parte de Tormenta de Espadas) se abalanza sobre su pariente y lo liquida a golpes. Que su gran plan posterior sea pillar desprevenido al guarda cuando entre a ver qué pasa es un topicazo absoluto para el que no necesitaba matar a su pariente, solo darle una hostia, a lo sumo. En el libro, Jaime huía gracias a unos saboteadores enviados por Tyrion: representar algo similar en la serie hubiera permitido ver que su hermano se preocupaba por él y lo tenía presente…

Y sin embargo, puedo entender el cambio. Ya han pasado muchos capítulos desde que Jaime lisió a Bran, y puede parecer necesario recordarle a la audiencia que es básicamente un tipo egoísta, cruel y despiadado, con un fondo moral oculto (el motivo tras su traición a los Targaryen), pero capaz de las mayores barbaridades para sobrevivir. Vamos, que entiendo a los guionistas y no creo que la escena sea una traición al personaje, como he llegado a leer por ahí.

4. ¿Ros? ¿Quién es Ros?: Para muchos lectores de los libros, la pobre Ros se está convirtiendo en el Jar Jar Binks de Juego de Tronos. Tampoco se trata de eso, pero sí resulta irritante que se le dé tiempo de pantalla para… Bueno, para nada especialmente interesante, en realidad, mientras se recortan escenas de otros personajes. El único momento en que parece que Ros va a tener relevancia es cuando toma el papel de Alayaya, la presunta amante de Tyrion castigada por ello a manos de Cersei. Lo mejor de esa escena es la reacción de Tyrion al ver a Ros cuando creía que iba a encontrarse con  Shae encadenada, una mezcla de alivio y fría rabia que promete justicia y venganza. Claro que luego Tyrion parece olvidarse de ella (tiene otras cosas en que pensar después de la batalla), pero lo extraño/absurdo es que Cersei también. ¿No tenía retenida a alguien supuestamente importante para Tyrion? ¿Por qué le permite volver con Meñique como si tal cosa?

La única luz al final del túnel para Ros es la visita de Varys en el décimo capítulo, que parece casi una ruptura de la cuarta pared: el eunuco como trasunto de un guionista prometiendo darle a Ros algo mínimamente significativo que hacer el año que viene.

5. ¿Arya es una inocente criatura?: Pensadlo un poco: ¿no os da la impresión de que Arya evoluciona más bien poco en Harrenhal? Desde que Tywin la emplea como copera no da la impresión (muy presente en la novela) de que se encuentre en peligro constante. Para transmitir esa sensación de peligro malsano, probablemente hubiera ayudado mostrar más a Gregor Clegane, la Montaña Que Cabalga… Pero tenemos pocas escenas suyas,  tal vez para no desconcertar a los espectadores con el cambio de actor (este año Conan Stevens ha dejado el rodaje por conflicto de calendario con El Hobbit, siendo sustituido por Ian Whyte).

Todo le acaba resultando a Arya demasiado fácil, y ni siquiera tiene que matar a nadie: en el libro toma un papel más activo en su fuga, matando a un guardia en el proceso. Esa muerte quedará grabada en su mente junto a la del crío del establo que mata casi por accidente en la primera novela: ambas serán parte esencial de su evolución y su futuro…

6. ¿No tenía demasiados mofletes Asha/Yara?: Cambiarle el nombre al personaje de Asha para que no se confunda con Osha (la salvaje que cuida a Bran) es un poco tomar a los espectadores por gilipollas, pero en fin, es lo de menos. Con lo que no estoy muy convencido, aunque dejando un margen para la evolución de la actriz en la próxima temporada, es con el casting: a primer vistazo Gemma Whelan parece demasiado blandita y solemne en comparación a la Asha burlona, agresiva y siempre alerta de la novela. En fin, veremos.

7. ¿Es aquí el plató de The Walking Dead?: Este recurrente cachondeo con la última escena de la temporada es un poco absurdo, pero también previsible: si la gente se extraña es porque no ha habido prácticamente ninguna referencia previa a los muertos vivientes, al menos este año. En sí misma la escena me ha gustado mucho como sobrecogedor colofón para la temporada. Sin embargo, tengo un curioso problema con el look de los Caminantes Blancos… Como ya avancé el año pasado, mis gónadas y yo tenemos el convencimiento interior de que en los últimos libros de la serie George R. R. Martin introducirá elementos de ciencia ficción en la historia que explicarán la longitud variable de las estaciones (¿cambios en la órbita del planeta?), la existencia de los dragones e incluso la maldición de la destruida Valyria (¿catástrofe econuclear?). No tengo nada en que sustentar mi teoría aparte del hecho de que Martin ha escrito libros de eco-ciencia ficción como Los Viajes de Tuf, así que no insistiré: si la menciono es sólo para explicar que mi imagen de los Caminantes era mucho más oscura, estilizada, tecnológica incluso. Pero me temo que faltan aún muchos años para saber si tengo razón…