Tokio 2020, el gran agujero

Tokio 2020 Foto Cordon Press.
Tokio 2020. Foto: Cordon Press.

Se acaban de celebrar en Tokio los juegos más caros de la historia del olimpismo, unos que han estado a punto de llevar a la quiebra al comité encargado de organizarlos, dejan un agujero milmillonario en Japón y hacen huir de acogerlos a cada vez más ciudades. Las sedes casi siempre pierden, el COI siempre gana, y las promesas de mejora para la ciudad que supone acoger unos Juegos Olímpicos rara vez se cumplen.

Es el famoso «legado», ese conjunto de infraestructuras a las que luego se dará otro uso, y que viene acompañado de la promesa de mejorar las condiciones de vida de los ciudadanos, fomentar la vivienda calidad, y mejorar la economía local. Desde las olimpiadas de Londres 2014 es cada vez más evidente que en realidad todas esas instalaciones acaban siendo un peso muerto, que o bien no se destina a los fines prometidos, o que no tiene utilidad real. Las infraestructuras acaban beneficiando en realidad solo a las empresas constructoras, con cargo al dinero público. Hay que mirar al largo plazo, pero hoy, a nueve años vista, esta es la conclusión que se saca del caso londinense.

El COI insiste cuando se le critica en que a qué se destine el legado o cuánto se gaste en preparar la ciudad depende solo de las decisiones de las autoridades locales y del gobierno de cada país. De hecho son los votantes quienes juzgan si las promesas les han salido o no a cuenta, independientemente del precio. Ahí tienen a Boris Johnson, alcalde olímpico de Londres, promotor de sus juegos, hoy primer ministro de Reino Unido y brazo ejecutor del Brexit.

2016: Japón está de vuelta

Fue el lema lanzado por Shinzo Abe, primer ministro de Japón, en la ceremonia de clausura de los JJ. OO. de Río 2016, cuando apareció para anunciar que sería sede olímpica con la gorra roja de Mario —el de Nintendo— en la cabeza. En su cabeza veía un futuro tan espectacular como el de Johnson, recordando los juegos de Tokio 1964, donde la inversión en infraestructuras alimentó el milagro económico japonés durante las siguientes dos décadas. Con aportaciones tan relevantes como el tren bala, la primera puesta en práctica de la alta velocidad ferroviaria, y modelo para su desarrollo en el resto del mundo.

No ha salido como esperaban. El hoy primer ministro Yoshihide Suga, que acaba de superar una moción de censura, está en el punto más bajo de su popularidad. La oposición le acusa de haber usado los JJ. OO. para salvar su carrera política, aunque cuando se presenten las cuentas podría estar acabado.

Tokio 2020 ha costado exactamente el triple de lo anunciado en 2016. El total se estima en 25 000 millones de dólares. En realidad desde los juegos de Beijing 2008 todas las ciudades acaban doblando su presupuesto inicial, pero Japón ha ido más allá. Y ello pese a tomar decisiones drásticas de reducción del gasto, como cambiar el proyecto ganador del estadio olímpico, diseñado por la arquitecta Zaha Hadid. Obligada a modificarlo para reducir los costes de su construcción.

Pero es que además el coronavirus ha generado un problema gigante de pérdida de ingresos, donde Tokio y los japoneses son los grandes perdedores. Ello debido a los términos en que el COI plantea celebrar las olimpiadas. Su contrato con las ciudades anfitrionas establece que todos los costes, de celebración o cancelación, recaen en ellas. El beneficio que reciben es el total de la venta de entradas, y el gasto que hagan sus visitantes en hoteles, restauración y demás.

Por este motivo durante el año pasado y el actual la negociación entre el COI y Tokio ha estado centrada en decidir si los juegos se aplazaban o se cancelaban. El think tank japonés Instituto de Investigación Nomura calculó que cancelarlos costaría unos 15 964 millones de dólares. Si se resolvió aplazarlos fue sobre todo para no dañar la reputación de Japón como país organizador. Pero también porque el primer ministro Suga vio la posibilidad de dar un golpe de mano. Si pasado un año celebraba el primer gran evento con espectadores, su país quedaría como ejemplo de eficiencia en la gestión del fin de la pandemia. Reduciría la factura con los ingresos generados, y quién sabe. Hasta podría salir reelegido.

En marzo de 2021 todo se vino abajo, al anunciar el gobierno japonés que no admitiría visitantes extranjeros. La vacunación mundial no estaba trayendo la inmunidad de grupo esperada, y las variantes, especialmente la delta, generaban nuevas e imprevistas olas. En junio se anunció que tampoco se iban a permitir espectadores nacionales. La quiebra económica estaba asegurada: sin turismo ni venta de entradas Tokio ingresaría solo unos 6700 millones. Las pérdidas iban a ser, por tanto, de 18 300. Y habría que rescatar al comité organizador. Pero no eran las cifras a lo que más temía el gobierno japonés.

Lo que le aterrorizaba es que una nueva gran ola les obligara a un confinamiento completo, parando otra vez la economía nacional.

La posibilidad es real, como se ha demostrado este mismo mes de agosto, con las ciudades de Tokio, Saitama y Chiba en estado de emergencia antes incluso de iniciarse en ellas las pruebas de los juegos paralímpicos.

Y todo esto con los japoneses en contra de Tokio 2020 desde que se anunció. Solo el 47 % de la población los apoyaba. Al comienzo de este verano rechazaban su celebración el 55 %. Un porcentaje que subió hasta el 85 % al anunciarles que se harían sin público. De hecho el principal patrocinador olímpico local, Toyota, atendiendo esta corriente de opinión pública desfavorable, canceló su campaña de publicidad asociada a Tokio 2020. Y declinó acudir a la ceremonia de inauguración.

El COI, salvado por su fuente de ingresos

La mayor parte de ingresos del COI, el 73 %, procede de los derechos de emisión en plataformas de televisión, radio, móvil e internet. No solo los tiene en exclusiva, sino que negocia los acuerdos con las empresas de medios. En el ciclo olímpico 2013-2016 ingresó por este concepto 5700 millones de dólares, y la previsión para 2029-2032 es de 4100. La cifra final que ingresará por Tokio 2020 estará muy cerca de estas cifras, y en realidad solo la hubieran perdido si los juegos se hubieran cancelado. Lo que explica las enormes presiones que ejercieron sobre Japón para que se celebrasen. Aportando incluso más de mil millones de euros, algo inédito en el COI, para convencer a sus anfitriones.

Además, caso de haberse producido la cancelación, las aseguradoras hubieran cubierto los ingresos del comité olímpico. Uno de sus miembros más destacados, Dick Pound, ha asegurado que no les supondría ningún problema económico. Aunque tal afirmación no es exacta, y fue más bien una medida de presión sobre la ciudad anfitriona en plenas negociaciones para una posible cancelación. El COI hubiera quedado en situación de debilidad hasta la celebración de la siguiente olimpiada, Beijing 2022, y el coste de sus derechos de emisión habría cotizado a la baja. Lo que significa menos dinero a repartir entre atletas, federaciones y organizaciones miembros.

En esencia, mientras los JJ. OO. sigan siendo televisados, los ingresos del Comité Olímpico Internacional seguirán intactos.

Japón conocía bien esta desigualdad, pero no quería quedar para la historia como el país que puso en peligro la continuidad de las olimpiadas. Su pérdida económica tampoco le serviría de excusa, apenas 25 000 millones para un país cuyo último PIB publicado es 5,082 billones. Y admitir que lo hacía por su incapacidad para gestionar la pandemia era presentarse ante el mundo como un fracasado.

Son un país con recursos y capacidad sobradas, pero atenazado por sus prejuicios contra el demonio extranjero. Su sospecha hacia todo lo fabricado fuera ha impulsado unas leyes que exigen a cualquier medicamento importado ensayos clínicos adicionales realizados en japoneses. Así que a pesar de disponer de dosis de Pfizer en el mismo momento que los europeos, no pudieron administrarlas. Y han llegado a los JJ. OO. con solo el 25 % de su población vacunada.

Las televisiones, salvadas por su modelo de explotación

Además de los japoneses y los patrocinadores, quien ha abonado el resto de la factura de los JJ. OO. son las cadenas de televisión. Con la audiencia más baja de la historia, apenas 16,9 millones de espectadores, menor que en Barcelona 92 y muy por debajo de Río 2016.

Esto hubiera sido un desastre en el tiempo de la televisión clásica, pero la NBC estadounidense, que ha pagado 1300 millones de dólares por emitir los juegos, no lo ve así. Esta competición deportiva es una emisión más de su oferta global, y ha impulsado, aunque en menor grado que los estrenos de series y películas, su negocio más importante, las suscripciones. Para colmo, cuando la atleta Simone Biles abandonó la competición, atrayendo la atención del mundo sobre los problemas de salud mental también en el deporte, les hizo una campaña de publicidad gratuita. Todo Estados Unidos atendió más a los JJ. OO., y las imágenes de Biles circularon con el logotipo de la NBC. La cadena ha presentando este año un 40 % más de beneficios que el año anterior, y Wall Street lo ha aprobado con un fuerte alza de sus acciones.

En Europa la audiencia también ha sido un desastre, con un descenso de un 17,4 % desde Río 2016 y un 74 % desde Londres sie. Este último porcentaje ha sido similar en Alemania, mientras que el bajón en Reino Unido ha sido del 34 %. Pero como se ha emitido en cadenas públicas, no ha existido debate sobre cuánto se paga por los derechos, anteponiendo la promoción de los deportistas de cada país.

Y el dato de audiencia más delirante, quien más se ha beneficiado de estos juegos, es TikTok. Más allá de las medallas, el espíritu del olimpismo o las grandes pruebas, que han quedado para los aficionados, lo que más ha interesado al público en general son las camas. Es bien conocida la alta actividad sexual en la villa olímpica cada olimpiada, y no tardó en circular el bulo de que las autoridades japoneses habían instalado las camas de cartón reciclables para mitigar los encuentros sexuales. Para colmo el comité organizador anunció que repartiría millones de condones, pero que aconsejaba no usarlos, llevándolos de vuelta a tu país como recuerdo. Era por el coronavirus, pero en general se creyó que lo hacían por mojigatería. Así que llegada la competición, la broma más repetida de los atletas fue saltar en sus camas para demostrar que resistían. Consiguiendo que el vídeo viral más visto en internet no fuera un deportista batiendo un récord… sino el irlandés Rhys Mcclenaghan, campeón de gimnasia artística, saltando en su cama de cartón sin partirla.

Sede olímpica, no gracias

Si estos han sido los juegos más caros de la historia es por un único motivo: todavía no se han celebrado los siguientes. El presupuesto de las sedes sube en cada nueva olimpiada, y todos reconocen que son un mal negocio, o que no son un negocio en absoluto. Sobre todo porque lo más importante que generan no es dinero, sino reputación y buena fama. Y eso, claro, son conceptos intangibles.

Tan intangibles como por principios por los que Pierre de Coubertein resucitó el olimpismo, y que figuran en la Carta Olímpica. Asociar deporte con cultura y formación para crear un estilo de vida basado en la alegría del esfuerzo, y favorecer el establecimiento de una sociedad pacífica y comprometida con el mantenimiento de la dignidad humana.

No hay que repensar el olimpismo, sino el hecho de que algunas ciudades gasten cantidades millonarias en una campaña publicitaria cuyo éxito es casi imposible de medir. Las próximas ediciones están decididas: Beijing 2022, París 2024, Los Ángeles 2028 y Brisbane 2032. Pero el proceso para la sede de 2036 ya está en marcha, porque debe ser elegida con siete años de antelación. Tu ciudad podría ser la próxima en el gran agujero negro de los Juegos Olímpicos.


Veintiún nombres para salvar unos Juegos Olímpicos que agonizaban

Simone Biles en los Juegos Olímpicos de Tokio Foto Cordon Press
Simone Biles en los Juegos Olímpicos de Tokio Foto: Cordon Press.

Sinceramente, yo no daba un duro. Bueno, un duro quizá sí, pero no mucho más. Los Juegos Olímpicos de Tokio 2020, en pleno repunte de coronavirus en la capital japonesa y con deportistas venidos de las cuatro esquinas del mundo, pintaban mal, pero sobrevivieron. A duras penas, con unas audiencias televisivas más bien bajas, con ausencia de público en las gradas y demasiados grandes nombres pasando demasiados apuros, pero sobrevivieron de pie y nos entretuvieron durante dos semanas, que es de lo que se trata. 

Fueron unos Juegos especiales en muchos sentidos, de entrada, por la repentina importancia de la salud mental, foco inesperado de todos los debates, probablemente necesarios. Fueron, también, al menos en España, unos Juegos casi clandestinos, con el peor horario posible: una combinación entre el decalaje horario ya propio con Japón y los intereses de la NBC estadounidense. Los amantes de la natación tuvieron que madrugar durante diez días, la final de baloncesto se disputó a las cuatro de la mañana… 

En cualquier caso, y aunque no pasarán a la historia por su excelencia, tampoco se los recordará por lo contrario. Hubo narrativas, hubo héroes y hubo malvados, que es todo lo que le pedimos a un evento deportivo de este calibre. Repasemos (casi) todo lo sucedido haciendo un resumen de los protagonistas más destacados:

1. Para mí, el gran nombre de estos Juegos ha sido el de Ariarne Titmus. La australiana de veinte años, que ya había derrotado a Katie Ledecky en los pasados Mundiales, consiguió batir a la imbatible en los 200 y los 400 metros libres. Aunque son las dos distancias que peor se le dan a Ledecky, la hazaña es sensacional y pasó de puntillas por la prensa deportiva española. En general, la natación femenina australiana dio una auténtica exhibición en Tokio: a las victorias de Titmus —que hizo sufrir a Ledecky incluso en los 800— hay que sumarle los tres oros de Kayle McKeown, intratable en las pruebas de espalda.

2. Sin salir de la piscina, hay que mencionar a Caeleb Dressel, otra estrella que me parece que no recibió la atención que merecía. Aunque se dejó un par de medallas en los extraños relevos mixtos y los 4×200 libres, donde ni siquiera participó en la final, Dressel consiguió cinco medallas de oro, dominando por completo la velocidad tanto en crol como en mariposa. Para llegar a los números de Phelps necesitaría lanzarse a competir en estilos cuanto antes, algo que no está demasiado claro. En cualquier caso, a los veinticinco años, no parece probable que veamos una versión tan dominadora en París 2024.

3. Es curioso que la deportista de la que más se haya hablado en estos Juegos apenas haya participado en ellos. Se trata, cómo no, de Simone Biles, quien, aun así, se llevó a casa dos medallas en las únicas dos finales en las que participó. Lo de Biles se veía venir desde la clasificación. En un deporte dado a la exageración de las reacciones, a Biles se la veía tensa, ausente, incómoda. Alrededor de su decisión de no defender sus medallas de Río, se montó un debate algo pueril en los razonamientos. El éxito de Biles no era dar ejemplo. El éxito era puramente individual: demostrarse a sí misma que podía rendirse y no pasaba nada. En mi condición de obsesivo-compulsivo que lleva tomando ansiolíticos más de veinte años, solo puedo alegrarme por ella. No es nada fácil y desde luego no es algo que uno decida.

4. Los Juegos Olímpicos son muchos, pero sobre todo son dos: natación y atletismo. Por eso, en el calendario siempre se procura solaparlos lo menos posible (un fin de semana en este caso). La gran protagonista de esta edición sobre la pista ha sido sin duda la jamaicana Elaine Thompson, como ya lo fue en Río de Janeiro hace cinco años. No solo es que volviera a ganar los 100 y los 200 metros lisos sino que lo hizo con una suficiencia que solo le recordábamos a la fallecida Florence Griffith. Su marca de 21.53 queda como la segunda de la historia, por delante incluso de las de Marion Jones en su época de BALCO. Lejos quedan aún los 21.34 de Griffith en Seúl 88. Y lejos van a quedar al menos otros treinta y tres años, probablemente.

5. Sí hubo récord mundial en los 400 metros vallas. Un récord estratosférico en una carrera impensable. El noruego Karstem Warholm se convirtió en el primer humano en bajar de los 46 segundos. Correr 400 metros en 46 segundos es una barbaridad de por sí, pero hacerlo mientras vas saltando obstáculos es una marcianada. El segundo clasificado, Rai Benjamin, también batió la antigua marca mundial. A dos centésimas se quedó el tercero, el brasileño Alison Dos Santos. Por cierto, dicho récord también era de Warholm.

6. Como esto va por oleadas, Noruega también se bañó de oro con Jakob Ingebritsen, que se consolida como «el hermano bueno». Ingebritsen tiene veinte años, pero lleva ganando grandes competiciones desde los dieciocho, cuando fue campeón de Europa de 1.500 y 5.000. Esta vez no quiso doblar y se centró en la que más seguro se encuentra. No solo ganó el oro con contundencia, sino que lo hizo en una carrera rapidísima que le valió el récord olímpico, con 3.28.32. En unas pruebas dadas a la longevidad, el noruego tiene un futuro arrollador por delante a poco que no pague el pato de haber empezado tan joven. Tampoco se avistan grandes rivales en la distancia.

7. La juventud fue también el denominador común del equipo español de atletismo, que estuvo de sobresaliente. Aunque la única medalla se la llevara la gallega Ana Peleteiro en triple salto, el rendimiento de Eusebio Cáceres, Adel Mechaal, Mo Katir, Adrián Ben, Álvaro Martín, Asier Martínez, Ayam Lamdassem, Diego García Carrera, Marc Tur o María Pérez fue extraordinario. Hay ahí una generación que va a dar mucha guerra y, al fin y al cabo, eso es lo que pedimos: emoción, competitividad, esfuerzo. Con el tiempo, quedan en la memoria las actuaciones y no tanto los resultados.

8. Ya que estamos con España nos quedamos en España, y empezamos con algunos nombres de figuras que se encontraron con problemas de salud y no pudieron rendir a su nivel: Mireia Belmonte amagó con un cuarto puesto en los 400 estilos, pero se vino abajo en las pruebas de fondo, con un hombro maltrecho durante todo el ciclo olímpico. Lydia Valentín, tres veces medallista, tuvo que participar en una prueba por encima de su peso y con molestias en la cadera. Jon Rahm, gran favorito en la prueba de golf, no pudo ni viajar a Tokio por un test positivo en coronavirus al salir de Estados Unidos. Por último, la gran esperanza del atletismo español, el vallista Orlando Ortega, se lesionó en un entrenamiento previo a las clasificatorias. Así dice adiós una generación que —excepto Rahm— probablemente no llegue a París 2024.

9. Ahora bien, el relevo está ahí. A la medalla de turno de veteranos como Saúl Craviotto o Maialen Chourraut, hay que añadir verdaderas sorpresas deportivas y mediáticas. El primer día, la alcalaína Adriana Cerezo, de diecisiete años, se quedó a ocho segundos del oro en la modalidad de taekwondo. El penúltimo, fue el cacereño Alberto Ginés, de dieciocho años, el que sorprendió a todo un país ganando la prueba de escalada. Son dos chicos abiertos, simpáticos, representantes de su tiempo y que conectan con una generación que empieza a acercarse a los Juegos y al deporte, en ocasiones con cierto recelo, como si fuera cosa de otros.

10. No podemos dejar el atletismo sin mencionar a la holandesa Sifan Hassam. Busquen en YouTube su primera carrera en Tokio: las clasificatorias de los 1500 metros. Justo al pasar por meta para dar la última vuelta, Hassam tropieza y se cae. A tomar por saco los 1500, a tomar por saco el triplete con los 5000 y los 10 000, una hazaña histórica. En vez de lamentarse, la atleta nacida en Etiopía se levanta como puede, acelera, adelanta a trece rivales, gana su serie, gana los 5000, gana los 10 000… y queda tercera en la final de 1500. Una hazaña histórica.

11. Breve repaso a los deportes de equipo, empezando por el baloncesto. Kevin Durant se llevó el MVP y Estados Unidos ganó el oro tras un inicio espantoso a todos los niveles. Ahora bien, pocas actuaciones individuales como las de Luka Doncic en el primer partido del torneo (anotó 48 puntos, solo por debajo de los 55 de Oscar Schmidt Becerra en Seúl 88) y en las semifinales ante Francia (triple-doble con opción para Eslovenia de plantarse en una final olímpica en el último segundo). De ponerle una pega, más allá de la lesión en la muñeca izquierda que condicionó buena parte del último cuarto de dicha semifinal y el partido por el bronce entero, a Doncic habría que recordarle que con talento acaba no bastando a largo plazo. Que lo de las fiestas y los cubatas está bien y es lógico, pero que en algún momento tendrá que relajarse, comportarse como un profesional, centrarse en el juego y dejar de protestar todo el rato a los árbitros. En ese momento, será verdaderamente imparable.

12. El fútbol olímpico pasó sin pena ni gloria, con varios partidos aburridísimos, incluidas las dos semifinales y la final. De destacar algún nombre, habrá que elegir el de Dani Alves, no tanto por su rendimiento en Tokio sino por lo excelso de su palmarés a los treinta y ocho años. Alves suma este oro olímpico a las tres Champions, dos Europa League, seis ligas españolas, dos ligas francesas, una italiana, dos Copas América y un sinfín de trofeos de menor pedigrí. El equipo español se llevó la plata, pero supo a poco entre la afición. La misma afición que jaleaba quintos puestos en otras disciplinas. El fútbol es lo que tiene.

13. Las «hidroguerreras» —manda huevos— del waterpolo y los «hispanos» del balonmano —qué necesidad— consiguieron meritorias y muy jaleadas medallas. En el primer caso, las estadounidenses fueron muy superiores, un auténtico «dream team» del agua —yo también sé hacer el ridículo con mis apodos— y en el segundo, Dinamarca fue demasiado, como viene siendo habitual. La selección de Mikkel Hansen se quedaría a las puertas de repetir oro olímpico después de haber defendido este mismo año el centro mundial. A un paso de la Suecia de los años noventa, la Croacia de los 2000 o la Francia del largo período RichardsonKarabatic, que, con una nueva victoria, va ya para más de dos décadas.

14. Habría que hacer algo con los deportes que dependen de jueces, pero no sé muy bien el qué. Algo que facilitara la comprensión del espectador y que le diera pistas al menos de quién va ganando en cada momento. Las acusaciones de «robo» proliferaron tanto en la gimnasia rítmica —cómo protestaron las rusas— como en el boxeo, sobre todo en los dos combates de los españoles, en los que se acusó de tongo a dos jueces marroquíes que pasaban por ahí. También se insinuó que a Sandra Sánchez le iban a levantar el oro en karate porque competía con una japonesa, pero no fue así. El problema es que, para el común de los mortales, distinguir qué diferencia el oro de la plata o, incluso, del décimo puesto, es imposible.

15. Por cierto, que he dicho «las rusas» antes como si Rusia hubiera competido en estos Juegos Olímpicos cuando todos sabemos que no ha sido así. Debido al demostrado dopaje de Estado vinculado a los Juegos de Invierno de Sochi 2014, Rusia tiene prohibida su participación en cualquier competición olímpica. Sí puede participar el Comité Olímpico Ruso, que son los mismos menos el guardia Fermín. Cuando ganan algo, ponen el himno olímpico y ondean una bandera con cinco aros. Hasta veinte veces sucedió esto, para un total de setenta y una medallas, solo por detrás de China y Estados Unidos. 

16. El único que sacó este tema a relucir con total franqueza y provocando una evidente tensión fue el nadador estadounidense Ryan Murphy, derrotado en los 200 metros espalda por el ruso Evgeny Rylov. Un Murphy consternado salió a rueda de prensa a decir que el deporte no estaba limpio y recordar lo que habían hecho los rusos en el pasado. Cuando salió Rylov a continuación, la polémica estaba servida y los periodistas se cebaron, pero el campeón prefirió no meterse en más jardines y Murphy tampoco tenía pruebas para insistir más que las vagas referencias a «miembros de la Federación Internacional» que le habrían dicho cosas. ¿Qué cosas? Cosas feas, supongo.

17. La que lio Novak Djokovic. Madre mía. Fue decir que manejaba la presión como nadie y empezar a perder los papeles de forma estrepitosa. Es cierto que a Djokovic le esperaba mucha gente y que los niveles de odio hacia su persona sobrepasaron todo lo saludable… pero también es cierto que no puedes presumir de lo que careces y que el espectáculo fue deplorable: con 6-1, 3-2 y saque en semifinales contra Alexander Zverev, ganó uno de los diez siguientes juegos. En el partido por el bronce ante Pablo Carreño-Busta, tiró la raqueta dos veces con furia: una contra las gradas y otra contra la red ante la mirada atónita de un recogepelotas. Hablamos de un hombre que fue descalificado hace tan solo un año por darle un raquetazo a una juez de línea. Lo que me niego es a hacer debates morales de esto. Djokovic es un bocazas, pero siempre lo ha sido. Punto. No veo cómo le convierte eso en mejor o peor jugador.

18. La primera «gran prueba» de los Juegos fue, como viene siendo habitual, la carrera en ruta de ciclismo. Hay años mejores y años peores y este fue excelente. Un recorrido duro, unos corredores de primerísimo nivel, un excelente campeón en Richard Carapaz… y un espectáculo individual de esfuerzo y resistencia por parte del belga Wout van Aert. A van Aert le criticaban mucho en la televisión que tirara todo el rato cada vez que alguien se escapaba, pero no le quedaba otra. Al final, su táctica tuvo recompensa con una medalla de plata, probablemente lo máximo a lo que podía aspirar en un circuito así. Ojalá más gente como Wout van Aert en el ciclismo y en el deporte en general.

19. Por cierto, sensaciones agridulces para Países Bajos —lo que cuesta acostumbrarse— en esta disciplina. Annemiek van Vleuten no se enteró de que había una austríaca escapada y levantó los brazos como campeona al pasar la línea en segunda posición. Para quien no sepa mucho de ciclismo femenino, comentar tan solo que la selección holandesa llegó con cinco de las mejores corredoras del mundo y casi se va de vacío por no saber contar cuánta gente se escapa y cuánta gente se queda en el pelotón. Van Vleuten lo arregló ganando cómodamente la contrarreloj a los pocos días. Menos suerte tuvo el carismático Mathieu van der Poel, que se cayó a las primeras de cambio en la prueba de mountain bike porque no se había enterado de un cambio en el circuito. Al menos, eso sirvió para que el español David Valero consiguiera una medalla.

20. San Marino consiguió tres medallas olímpicas. No está mal para un país de treinta y cuatro mil habitantes que no había conseguido ni una sola medalla en toda su historia. De hecho, solo habían llevado a cinco participantes, así que el éxito es rotundo. Aún mayor fue el de Fiyi: hasta veintiséis de los treinta y dos representantes del país oceánico volvieron con medalla. El truco es que trece eran del equipo de rugby masculino y otros trece del equipo de rugby femenino.

21. Hablando de países que se han lucido en estos Juegos, es inevitable referirse a Italia. Vaya primavera-verano para el país transalpino: primero, Eurovisión; luego, la Eurocopa; Wimbledon se les escapó por un pelo y ahora cuarenta medallas en unos Juegos Olímpicos, incluida la de oro en los cien metros lisos, cortesía de Lamont Marcell Jacobs, nacido en la ciudad fronteriza de El Paso, pero criado a la orilla del lago Garda por su madre. Por si eso fuera poco, los italianos se llevaron también el relevo de velocidad, en parte gracias al desastre protagonizado una vez más por Estados Unidos, que fueron descalificados en las eliminatorias. Por mucho esfuerzo que uno ponga en odiar deportivamente a Italia, acaba siendo imposible. Si no nos va bien a nosotros, que les vaya bien a ellos. 

En fin, se acabó una fiesta algo sosa, pero fiesta al fin y al cabo y eso le deja siempre a uno un poso de melancolía, de oportunidad perdida, incluso. Nos vemos, en cualquier caso, en tres años, en París 2024, los Juegos que deberían consolidar el cambio generacional en más de una disciplina. Algo me dice, además,  que en términos puramente patrióticos nos vamos a llevar más de una alegría.