Convocatoria Granta

Granta en Español, en colaboración con la revista homónima en lengua inglesatiene previsto publicar en 2021 una segunda selección dedicada a “Los mejores narradores jóvenes en español”, en la estela de la dada a conocer en 2010 también en ediciones simultáneas desde Londres, Nueva York y Barcelona.

Cada diez años, desde 1983, la revista inglesa elige a una veintena de jóvenes escritores, los inscribe como nueva promoción en el mapa de la narrativa actual, y sirve como importante herramienta para la difusión de su talento y para el estudio de las preocupaciones y las tendencias de la actualidad literaria.

En la primera lista inglesa se destacaron por primera vez las voces de Salman Rushdie, Kazuo Ishiguro, Ian McEwan, William Boyd, Shiva Naipaul, Rose Tremain, Julian Barnes, y Martin Amis, entre muchos otros. (Para una historia detallada de estas selecciones puede consultarse: https://en.wikipedia.org/wiki/Granta)

La noticia de aquella primera selección en la revista en este idioma hace un decenio permanece como registro histórico, en español y en inglés, y es actualmente objeto de estudio en diversas universidades extranjeras, pues dio cuenta de una generación de escritores trasatlánticos, rica en registros y de grandes cualidades expresivas. La selección fue recogida inmediatamente en medios como The New York Times o The Guardian y permitió consolidar o proponer las trayectorias de Lucía Puenzo, Santiago Roncagliolo, Oliverio Coelho, Andrés Barba, Rodrigo Hasbún, Pola Oloixarac, Javier Montes, Andrés Neuman, Alberto Olmos, Sònia Hernández, Carlos Yushimito, Carlos Labbé, Federico Falco, Antonio Ortuño, Elvira Navarro, Andrés Felipe Solano, Samantha Schweblin, Alejandro Zambra y Patricio Pron, Pablo Gutiérrez, Andrés Ressia Colino:

https://www.nytimes.com/2010/10/02/books/02granta.html

https://www.theguardian.com/books/2010/oct/01/granta-best-young-spanish-language-novelists

http://www.rtve.es/noticias/20101001/22-narradores-jovenes-mas-importantes-espanol-segun-granta/358204.shtml

https://elpais.com/diario/2010/10/02/cultura/1285970401_850215.html 

https://www.independent.co.uk/arts-entertainment/books/reviews/granta-113-the-best-of-young-spanish-language-novelists-edited-by-john-freeman-2194279.html

https://latimesblogs.latimes.com/jacketcopy/2010/10/granta-names-22-best-young-spanish-language-novelists.html

https://www.npr.org/2010/12/17/132115006/the-new-literary-stars-of-spain-and-latin-america


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Lecturas que habría lamentado perderme en 2019

Imagen: Freepik.

La hija de la española, de Karina Sainz Borgo. Quizá alguien no haya leído todavía esta novela. Ese hipotético alguien debería enmendarse. Es una historia tierna y angustiosa sobre la agonía de un país, Venezuela, contada de forma tierna y angustiosa.

Tiempo de magos, de Wolfram Eilenberger. Una década (1919-1929) y cuatro filósofos (Ernst Cassirer, Ludwig Wittgenstein, Martin Heidegger y Walter Benjamin) que aún iluminan el mundo. O lo oscurecen, si nos limitamos al Tractatus lógico-philosophicus. Cuesta creer que con estos mimbres se haya construido un libro tan apasionante.

A plena luz, de J. R. Moehringer. Se trata, supuestamente, de una biografía de Willie Hutton, célebre asaltante de bancos. En realidad, demuestra que nuestra vida nunca es como queremos creer que ha sido. Me lo recomendó el patrón de la librería Méndez: gracias de nuevo, Antonio.

La Oficina de Estanques y Jardines, de Didier Decoin. Una fábula medieval japonesa, llena de carpas y magia, escrita por un francés. Muy recomendable para quien haya olvidado en qué consiste esa experiencia sensorial que llamamos literatura.

La única historia, de Julian Barnes. Mientras la leía pensaba que tal vez esta novela sobre el amor no era tan buena como otras obras del gran Barnes. Pero al llegar al final me convencí de que sí.

Capital e ideología, de Thomas Piketty. Es un librazo largo y denso, una aventura intelectual, una experiencia espléndida. Uno de los mejores ensayos económicos e históricos de la década.

Iluminada, de Mary Karr. Si les digo que es el relato autobiográfico de una escritora alcohólica, no me crean. Es muchísimo más que eso. Honestidad, humor, valentía y una prosa burbujeante.

Un caballero en Moscú, de Amor Towles. Un aristócrata ruso condenado a reclusión perpetua por los revolucionarios soviéticos; no en una cárcel, sino en un hotel de lujo. Una absoluta delicia.

El último barco, de Domingo Villar. No me ofrezcan vivir en un gran velero, o en un palacio romano, o en un ático de Manhattan: yo quiero vivir en una novela de Domingo Villar.

Serotonina, de Michel Houellebecq. Quizá no sea tan buena como otras obras del autor. Es, sin embargo, tan necesaria como las otras obras del autor para comprender por qué los europeos sufrimos esa mezcla de apatía existencial y de exasperación absurda.


Ray Loriga: «No creo que la literatura tenga que estar a la altura de los tiempos, sino a la altura de lo escrito»

Fotografía: Edu Bayer

Todo haría suponer que a un supuesto escritor generacional, a un símbolo de una época, se le habría llevado el viento con el tiempo. Pero no fue así. Ray Loriga (Madrid, 1967) ha seguido ahí, como un corredor de fondo. Para muchos está encasillado en una imagen, las fotografías que llegaron a ponerse en la portada de Héroes, su segunda novela. Pelos largos, anillos, cerveza en mano. Pero no es que hubiera mucho más, es que cada libro que ha escrito ha cambiado de género y de estilo. Ha ejercido su oficio como una búsqueda constante. Quizá solo ahora, con la publicación de Sábado Domingo (Alfaguara, 2019) haya vuelto a aquel Madrid a caballo entre los ochenta y los noventa en el que dio sus primeros pasos como escritor.

¿Hay un regreso a los orígenes en esta novela? Durante toda tu obra hay una búsqueda permanente, pero ahora has regresado al comienzo, a Madrid finales de los ochenta y a un estilo realista.

Siempre he tenido el defecto o la virtud o la manía de hacer una cosa distinta en cada libro. Si te fijas, ni siquiera Héroes está escrito en el mismo tono que Lo peor de todo, que es el anterior. Luego todos han sido distintos unos de otros. Ahora, de alguna manera, me apetecía mirar desde aquí al pasado, desde este maldito domingo a aquel maldito sábado, que es lo que es el libro. Ese juego me ha permitido recuperar o ver qué quedaba de esa voz inicial. Ha sido un ejercicio interesante porque no sabía si esa voz la tenía, si se había perdido para siempre, si me iba a sentir cómodo con ella, natural. Ha sido un poco como abrir el cajón de la ropa de deporte que me ponía a los dieciocho y ver si entra.

Se me hace raro encontrar a un niño bien al que llamen Chino. ¿Tan extendido estaba el apodo?

En todas las pandillas en las que he estado en mi vida siempre ha habido uno al que le han llamado Chino; en todas las pandillas y en todos los equipos de fútbol.

Aparecen reflejados en la historia dos aspectos de la vida nada más: comenzarla, los primeros deseos, vivencias y frustraciones e ir acabándola, mirar atrás, a cuando eras lejanamente joven. Todo lo del medio, casarse, vivir en pareja, hijos, horas y horas en el trabajo, se obvia. Es como en la propia vida, que pasa sin que te enteres.

Es una gran elipsis. Es curioso porque las horas de niño son eternas. Cuando vas al colegio ves las cinco horas que tienes por delante, más el comedor, y no se te acaba nunca. Luego, con los hijos y todo lo que te pueda venir, miras para atrás y se te ha pasado en un vuelo. Mi abuela decía que se acordaba de que era una niña que iba a patinar al Palacio de Hielo de Jaca y de repente miró para atrás y se dijo «ya se ha acabado». Qué terrorífico. Ya está, esto era. Como decía Marguerite Duras: «Esto era todo«. Y así es, salvo momentos puntuales que se eternizan.

Un personaje de tu libro Caídos del cielo o de la película La pistola de mi hermano decía «no quiero que llegue ese momento en el que esté sentada viendo la tele y me dé cuenta de que ya se ha pasado todo».

Precisamente, hoy cumplo cincuenta y dos años y estoy en esas edades, no en las que todo se ha pasado, pero ya tengo el suficiente tiempo encima para darme cuenta de la fugacidad de todo. Está escrito ya en todas partes.

Hay un personaje femenino de Venezuela, como tu madre. ¿Hay trazas autobiográficas ahí?

La peripecia es absolutamente inventada. El protagonista sueña con escribir y nunca lo consigue, y yo empecé con veintipocos años. Solo reproduzco algunos ambientes y algunas circunstancias. Mi madre se crio en Venezuela desde los nueve a los veinticuatro años, que es la edad en la que uno se forma. Aunque había nacido en Madrid, su juventud, adolescencia, primeros amores, todo eso sucedió en Venezuela. Luego vino a España y nunca más volvió por allí.

Pero el protagonista es epiléptico, como tú.

Soy epiléptico, lo que supone lo cuento en el libro. Desde niño, tienes la sensación de tener blackouts, de despertarte de repente en el suelo con todo el mundo mirándote y preguntando si estás bien. Es algo que visto desde fuera es bastante aterrador, yo nunca lo he visto. Cuando era pequeño pensaba que a todos los niños les pasaba lo mismo. Debe ser lo mismo que el que nace ciego, que hasta que se da cuenta de que su condición es particular pasará un tiempo. Tú solo ves la vida desde tu experiencia.

Lo mío no es tan grave, es como si te desenchufan, como un televisor, y luego te encienden. Solo tienes que aprender a lidiar con ello y domarlo. Cuando la tienes controlada, lo que te pilla es la narcolepsia, que el problema es que te coja en coche. Los desencadenantes normalmente son las tensiones, tanto positivas como negativas. El cerebro no diferencia si la tensión es positiva o negativa. Ahora cuando noto algo raro me tumbo en el sofá, siento un poco de olor a azufre y afasia. Te dan unos calambres y duermes muchas horas. Hará tres años que no sufro uno un poco gordo, pero pequeños episodios vienen de forma constante.

El protagonista es un héroe anodino, pasa por la vida sin dejar huella en nadie.

Ni en la suya propia. Es de estas personas que no se pueden considerar ni siquiera un perdedor según el cliché, porque realmente no lo intenta. Es más que conformista, es alambicado…

No hay nada exótico en él. Está a la orden del día un personaje así, lo que es una novedad en tus novelas.

Le mantiene a salvo cierto cinismo hacia todos los intentos y por ende logros de los demás. Intenta no meterse en esos lanchones de desembarco en los que van los héroes, no solo por cobarde, ha organizado un sistema de desprecio. Ese es su atractivo. No trolea, no insulta, solo desprecia de forma íntima.

La elipsis también comprende las crisis económicas.

La del petróleo de los noventa y esta de la que dicen que estamos saliendo. Pero es extraño que un libro represente algo, como lo del adjetivo generacional que me han puesto mil veces. A raíz de recibir el premio de Alfaguara viajé mucho por Latinoamérica y vi que muchos chavales conectaban muy bien con Lo peor de todo o con Héroes en condiciones sociopolíticas diferentes, que no cambian solo por el país, también por las épocas, no tiene nada que ver Medellín ahora con la de hace veinticinco años, ni Bogotá, ni Ciudad de México… Hay algunas cosas, sobre todo las emocionales, que son constantes, mientras que las económicas tienden a ser pendulares.

Es que Lo peor de todo era de principios de los noventa, pero se podría haber publicado perfectamente el 15M, con ese chico que ha estudiado tanto para acabar en el Burger.

Gente capacitada, que habla idiomas y luego va al Burger o a limpiar piscinas.

De hecho, no sé si esa novela era más propia de la generación de los jóvenes de cuando fue escrita o de la de veinte años después.

El gran drama de este país, aparte de otros evidentes como el machismo, es tener casi la tasa de paro más alta del mundo occidental. Una juventud que puede pasar su existencia sin haber tenido no solo la oportunidad de mostrar ese potencial, sino la oportunidad de acceder a la dignidad de montar tu propia vida, de tener autonomía. Vivir en casa de tus padres afecta a todo, a la vida sexual, a la construcción de los individuos.

Si miramos el perfil del tipo de personajes de la literatura española igual los tuyos han estado mucho más atormentados que otros de otras épocas que aparecían en contextos en los que se vivía mucho peor. Los tuyos han sufrido de forma muy intensa.

Nunca he visto la parte intensa, para mí era más bien tensa. Estaban en tensión. No intenso como un adjetivo peyorativo, sinónimo de exagerado, mis personajes eran autodesplazados, automarginados. Eran personas que miraban los intereses comunes, veían que no eran exactamente sus motivaciones y eso te suponía un desplazamiento. A veces un esquinamiento, un arrinconamiento, pero siempre me ha gustado destacar que había una motivación voluntaria en todo ello. Los personajes que yo he diseñado tenía la dignidad del libre albedrío, de decir: prefiero no.

Si miramos tu carrera en perspectiva, al margen de aquellas etiquetas que te cayeron al principio tan efectistas y persistentes…

Sobre todo persistentes.

Si miramos la carrera completa, más que de la generación X del grunge y demás, sí que pareces un escritor salido de El canto de la tripulación, el fanzine de Alberto García-Alix, de la libertad absoluta que había en esas páginas; es algo que encaja bien con todos los giros estilísticos que has dado.

Encajé muy bien ahí, la verdad. Me sentía como el niño de La isla del tesoro, me había escondido en un barril de manzanas y pude disfrutar de una aventura como grumete. Empecé ahí a escribir. De hecho, de esa tripulación los que quedan vivos, que han muerto muchos, pero empezando por Alberto, nuestro capitán, seguimos siendo todos muy amigos y muy próximos. Además, teníamos edades muy distintas, había gente con sesenta años y yo con dieciocho, con todo lo del medio, chicos y chicas, artistas, escritores y diseñadores, era un grupo muy variopinto. Siempre con una máxima, la libertad. Teníamos libertad, pero exigencia también. Había fiestas, pero trabajábamos muchísimo. Era un proyecto muy bonito, non profit, pero trabajabas en todas las facetas. Yo hacía maquetación, si se iban a sacar fotos yo les llevaba los cacharros, las lunas… Aprendías un poco de todo. A veces Alberto me invitaba al estudio y pasábamos la noche revelando fotos.

¿Cómo entraste?

Por una chica que era medio mi novia en aquella época y me presentó a Alberto en un bar. Había escrito mis primeros cuentos y Alberto me dijo que se los pasara, que justo estaba empezando una revista. Me llamó dos días después de aquel encuentro, que pasamos muchas horas hablando. Estaba también Susana Loureda, que fue su mujer luego, una sombrera estupenda y gran amiga. Cuando fui a verles estaban haciendo el primer número en El Sur Exprés, en la calle Almirante, donde la galería Moriarti. Conocí a Borja Casani, el editor de La Luna, que todavía es mi amigo y hemos estado juntos en muchos proyectos, como El Estado Mental hace poco. Caí ahí, encontré a un grupo de gente llena de talento, fascinantes, y me dejaron escribir.

Viviste en Ballesta en aquella época.

Vivía en Ballesta y trabajaba en Serrano, que es un sitio más fino, que era lo que me pagaba la vida y el apartamento que tenía con un colega.

Me extraña que vivir en Ballesta, que es una experiencia, no haya aparecido reflejado en tu literatura

Era otro mundo.

¿Cuántas novelas se podían escribir solo con asomarte a la ventana a las tres de la mañana y escuchar?

Estaba en un apartamento de estos que podías alquilar o por una hora o por dos meses, según el tiempo te hacían precio. Estaba todo lleno de prostitutas, traficantes y policías. Todo eran llantos a mitad de noche, clientes siniestros… Era gracioso porque dabas dos pasos, salías a Gran Vía y estaba llena de terrazas y abuelitos, pero esto detrás era el Bronx. Aunque una vez que vivías ahí se acostumbraban a verte y no te molestaba nadie.

Ahora todo eso ha sido borrado del mapa.

Es curioso, estuve viviendo en la calle Valverde un par de años, cuando ya estaba empezando a girar y, bueno, creo que ha mejorado. No creo que haya mucho encanto en la prostitución y los yonquis muriéndose. Es como en Nueva York. Cuando llegué, en el año 94, Times Square, la calle 42, todavía se parecía a Taxi Driver, ahora es Disney. O Alphabet City, que estaba el CBGB’s y detrás todo era at your own risk, como dicen ellos, y ahora está todo lleno de tiendas preciosas, floristerías… es otro mundo.

He leído en un artículo que escribiste en El Mundo a principios de los noventa donde decías con cierta sorna: «Ahora que somos todos alternativos». Clavabas ahí la gran contradicción de esa década en la que se llamaba alternativo a lo mainstream.

Es muy gracioso. Lo alternativo dejó de serlo. De hecho, lo alternativo años después ha llegado con una música denostada, que era la música latinoamericana. Lo que ahora es el mainstream, entonces era la bachata y todo eso, música marginal. Lo que se escuchaba en unas discotecas a las que solo iban lo que se llamaba en esa época «sudacas». Aunque fuesen mexicanos, que son norteamericanos, daba igual. Les llamaban a todos sudacas. Lo de los noventa era el indie de Rockdelux y esto que todos conocemos, pero la música latinoamericana viene de algo realmente alternativo socioeconómicamente, de una cultura realmente alternativa y despreciada. Unos iban a los festivales invitados por la puerta grande y los otros eran los mierdas. Es curioso ver cómo va dando vueltas la tortilla con estas cosas.

El editor Constantino Bertolo dijo en el documental Generación Kronen que cuando te vio llegar a su oficina en una Harley pensó que te tenía que fichar porque había un personaje que podía vender.

Es muy amigo, mi primer editor, un magnífico editor, pero eso no es verdad. Porque yo subí a su oficina en la calle Recoletos y entré sin moto, no soy el Motorista Fantasma. Iba así vestido, con la ropa que iba en la moto, pero es que me vestía así para la noche y para el día. Lo que no iba a hacer era cambiarme de ropa para entrar a una editorial. Quizá eso fue lo que les sorprendió. Cuando leyeron el libro y me llamaron no tenían ni puta idea de cómo vestía.

¿Por qué se le dio tanta importancia?

Porque en España, todavía hoy en cierta medida, la idea de que un escritor tenga un aspecto determinado, de alguna manera puede quitarle mérito a su supuesto éxito literario. No es cierto porque las críticas del Babelia o El Cultural no son de moda, sino literarias. Pero se empezó a correr esa cosa…

La Cofradía del Cuero os llamó Herralde.

Se lo he recordado mucho a Jorge, que se le podría haber ocurrido otra estupidez [risas]. No había tal cofradía, debíamos ser tres. Al mismo tiempo estaban José Manuel de Prada, que había ganado el Planeta, y Espido Freire, y otros como Casavella, que en paz descanse, o Félix Romeo, y escritores anteriores como Pisón, Marcos Giralt Torrente, que sigue escribiendo de maravilla, Belén Gopegui… Todos estos eran mis amigos. Luisa Castro también, que había ganado ya el Hiperión. Cuando quedábamos cada uno iba vestido de su padre y de su madre y nos juntábamos para hablar de literatura.

Ibas de cuero, eras motero, y quién iba a decir en esa época que diez años después ibas a estar haciendo cine de monjas. Películas de monjitas.

Y no fue un encargo, fue idea mía. Eso es lo más gracioso. Me decían que lo había hecho «muy bien pese a ser un encargo», pero no. Me levanté un día y decidí hacer una película de Santa Teresa de Jesús. Me gustaba ella, había leído sus libros de chaval, me atraía cómo era y cómo se contaba a sí misma. Fue una película que no fue mal para las entradas que se venden hoy, fue a muchos festivales, pero fue una pena que no llegase al momento MeToo, hubiese funcionado mejor.

Sí que es una película feminista.

La sensualidad de Teresa fue muy complicada en su época y lo sigue siendo ahora. Es como que si el dios que los católicos manejan solo aceptase a la mujer sin su sexualidad. Ahí tienes de ejemplo máximo a la Virgen María, una contradicción en términos, la madre virgen. La madre perfecta es una virgen. Es una idea que ha hecho mucho daño.

Hay escritores que programan sus obras según el share, los temas que están de moda, pero tú has sido más de anticiparte

Lo he hablado con colegas y es imposible calcularlo. Cuando hice mi última novela, Sábado, domingo, a la vez estaba escribiendo Rendición [una historia distópica; NdR] y a la hora de presentarme al premio de Alfaguara dudé cuál mandar, porque estaba El cuento de la criada, que lo había filmado Netflix, de una novela que yo había leído en 1985 si no recuerdo mal, y de pronto volvió lo orwelliano, hasta 1984 volvió a vender otra vez. Pero es imposible pillar una moda, porque en el tiempo que tardas en escribirla, editarla y publicarla, la moda ha pasado. O coincides por pura suerte o es imposible pillarlo.

Caídos del cielo te coincidió con Asesinos natos.

No vi la película cuando lo escribí y cuando luego hice mi película sobre ese libro, La pistola de mi hermano, ya había visto Asesinos natos y tuve que matizar un poco la novela. Intenté hacer algo más francés, de cine europeo, porque no podía competir con Oliver Stone.

Vázquez Montalbán escribió que tus personajes parecían venir «de una galaxia cultural donde no existe la cultura española».

Luego lo hablé con él, me he visto con él ochenta veces, pero no recuerdo haberme sentido ofendido ni molestado.

En el libro que recopiló a todos los autores de aquella época, Páginas amarillas, se decía que eras un ejemplo representativo de la colonización de la cultura estadounidense, «mimetización de patrones norteamericanos», de «clonación, uniformización, anulación de diferencias e identidades».

Ese territorio de la identidad lo he hablado con autores del la generación del crack mexicano, con Alberto Fuguet en Chile, con Fresán en Argentina, que nos conocimos todos cuando empezábamos con nuestros primeros libros. La identidad en una ciudad como Madrid o Barcelona, mi identidad, puede venir de Rumble Fish como para otros de los postres de Semana Santa, las torrijas o el chotis.

Yo de pequeño me iba al cine y veía Rumble Fish, una película de Francis Ford Coppola, basada en una novela de Susan E. Hilton que había leído, y esa era mi identidad sin entrar en conflicto con otras identidades, luego por supuesto que me tomaba un gazpacho en mi casa. Igual que David Bowie era mi identidad y otras muchas cosas. Esos carnés de identidad me parecen muy discutibles.

El primer viaje que hice fuera de España en mi vida fue a Londres a los once años. Mi padre, mi madre, mi abuela y mis dos hermanos. Nos fuimos a Londres y había una especie de revolución allí, acababa de salir el Nevermind the Bollocks. Volví con unas chapitas y con el disco. ¿Era o no era mi identidad? Además, lo he contado toda la vida, mi primera novela, Lo peor de todo, es la historia de un chaval contada por sí mismo como puede serlo El lazarillo de Tormes, aunque sean muy distintas. Pero el modelo de libro es muy similar a La Busca de Baroja, o El árbol de la ciencia, aunque le metiera las canciones venezolanas que me cantaba mi madre, los joropos, que para mí eran una influencia natural.

¿La literatura que se hizo en los ochenta seguía estancada en los mismos temas costumbristas hasta que llegasteis vosotros?

No creo que la literatura tenga que estar a la altura de los tiempos, sino a la altura de lo escrito. Kenzaburō Ōe, por ejemplo, un escritor japonés que me encanta, escribe siempre de la Segunda Guerra Mundial. Podrían decir que ese tema ya no sé qué… pero a mí me encanta por cómo está escrito. No creo que la literatura tenga que ser urbana o representar su época, todo eso son valores añadidos que te pueden gustar más o menos. De la guerra civil, que hay millones de libros, hay literatura maravillosa y otros que no me interesan tanto. La literatura no tiene que estar de acuerdo con ningún tiempo en concreto.

Fuiste un escritor celebrity.

Fue gracioso.

Por cómo has contado que no pagabas en Pachá y demás, lo que te pasó parece el sueño de todo concursante de Gran Hermano.

Y en Morocco y tal… la diferencia es que el ambiente era distinto, no había concursantes de Gran Hermano [risas]. Estaba Alix, Olvido… algún futbolista, pero pocos, había artistas, pintores, escritores. Era, por así decirlo, un pelín más elitista, quien andaba por esos sitios tenía un poco de talento. No era esta cosa de la televisión de ser famoso porque sí, de ser novia del novio de la madre de la novia. La mayoría de esa gente siguen siendo mis amigos.

¿Y por qué te quisiste ir a Nueva York? Según le contaste a Calamaro fue para sentirte desconocido.

Fue una broma que hice con Andrés, me pregunto por qué me iba allí, si allí no me conocía nadie y le contesté que precisamente por eso. Pero tampoco era para tanto, no éramos los Rolling Stones aquí. También es verdad que ahora la fama se ha atomizado y cada uno tiene su segmento.

No sé quién es famoso ahora, una vez pasé por un hotel, estaba todo lleno de gente, me dijo mi hijo «¡mira, Justin Bieber!» y yo no sabía quién era. Pasa con la edad. Antes, además, había pocos medios. El que salía en El País quedaba más expuesto, estaba todo más concentrado. Ahora hay un medio para cada uno.

Pero bueno, fue curioso. Nunca dejé que se me fuese la olla tanto como para no saber que mi trabajo era la literatura, yo seguía leyendo a Julian Barnes o a Donald Barthelme, no estaba haciendo el gilipollas queriendo ser famoso. Otra cosa es que saliera por las noches y me divirtiera, cosa que me pareció muy bien, por cierto.

No he sido muy famoso, pero en el momento en que me ha tocado un poco más, la mirada de los demás cambia radicalmente aunque seas exactamente el mismo y eso te afecta de alguna manera.  

¿Y en Nueva York?

Curiosamente, fue una vida más tranquila.

Te fuiste a la periferia de Madrid.

Era más tranquilo porque no me conocía ni cristo, alguna vez me invitaban a algún concierto o a alguna cosa, pero nunca tenía ninguna sensación de mi propia presencia en ningún sitio.  

La película La pistola de mi hermano estuvo ahí entremedias de Antártida, con guión de Casavella y John Cale por ahí danzando, y Barrio, de un año después. Las tres mostraban a jóvenes desubicados en contextos muy diferentes, pero todas tenían un denominador común: el estereotipo de policía cabrón modelo español.

Me acuerdo de que me lo decía Karra Elejalde, que el policía que representaba no le caía nada bien. Y yo: «Ya, tío, es que es un estereotipo». Sí, es verdad lo de la figura esa del policía… A Karra tuvimos que ponerle calva y panza.

En tu película actuó también Viggo Mortensen.

Solo había hecho una película en España, Gimlet, ahí vi que hablaba castellano. Le había visto en Carlito’s Way, en el debut como director de Sean Penn, Extraño vínculo de sangre, sobre una canción de Springsteen. Su agente me lo sugirió, le ofrecí el guion y se vino. Luego su vida, curiosamente, se alambicó mucho con España. Lleva ya aquí unos años viviendo.

Trabajaste con Almodóvar en la adaptación de una novela de Ruth Rendell que fue Carne trémula, le ayudaste a convertir esa historia en algo que pudiera ocurrir en España.

Compró los derechos de la trama inicial y luego Pedro quería añadir sus cosas. Jorge Guerricaechevarría y yo le ayudamos con el guion. Fuimos limando la idea de Pedro hasta que estuviese contento y listo para rodar.

¿Qué fue de tu cosecha?

No me acuerdo después de tantos años. Había una escena de fútbol y puse yo el partido que estaba viendo Javier. A Pedro no le gusta el fútbol, solo el tenis. Y algunos de los diálogos entre Ángela Molina y Pepe Sancho puede que sean míos. Cuando la he vuelto a ver me han sonado. Pero cuando trabajas en equipo es un partido de ping-pong, cada uno dice una cosa, luego se modifican, se corrigen, al final es de todos lo que sale. Esa es la parte bonita de escribir con otro.

Luego la película sobre Puerto Hurraco de Saura.

Esa la escribí yo solo. Saura prácticamente no tocó el guion, solo en una escena y pidiéndome permiso, porque es muy respetuoso. Fue al llegar de Estados Unidos. Pasé de Nueva York a Puerto Hurraco. Fui al pueblo discretamente, que en realidad no es ni eso, es una pedanía. Es como este salón, una calle, un bar, un par de casas, las tierrecitas de cada uno y una ermita. El padre de las niñas todavía vivía allí. No salía de casa casi nunca, me dijeron. Traté de captar la atmósfera.

Lo que más me chocó es que esto ocurrió en el 92, no en el 68. La gente se piensa que es un crimen de la España negra, en pleno franquismo, pero ocurrió durante los Juegos Olímpicos de Barcelona. Con todo el planeta mirando cómo había cambiado este país, con el diseño, los edificios y La Fura dels Baus, pasó ese horror. Ese contraste me interesó mucho a la hora de escribir el guion. Ahora a los jóvenes el año 92 les parecerá el siglo pasado, pero entonces fue lo más.

Ahora estás trabajando con Agustí Villaronga.

He acabado una película con él y otro guionista inglés. El proyecto original es mío.

Empezó con Tras el cristal, que salía la gente del cine vomitando, y las últimas han sido sobre la guerra civil.

Cuando vi Pa negre fui con prejuicios, que si guerra civil, que si el despertar sexual de un niño, pero luego tengo que reconocer que me gustó a pesar de los pesares. A veces los temas que no te apetecen nada, depende del enfoque, te pueden cambiar la idea. Nosotros lo que hemos hecho es una película histórica rodada en la Inglaterra de primeros del XX. Es un niño del desierto saudí que va a convencer a Jorge V de que apoye a su tribu contra otra tribu. En Lawernce de Arabia, los de Alec Guinness, son el bando contrario.

Unas declaraciones tuyas en El Español: «Me molesta que en España se crea que cultura son los actores de cine».

No es por nada, tengo amigos actores. Pero cuando en España se dice «el mundo de la cultura» se piensa en ciertos actores de la alfombra roja de los Goya. Y hay academias, escuelas de danza y miles de cosas. Eso del actor que habla en nombre de todo el espectro cultural, universidades incluidas, me parece absurdo. No tengo nada contra ellos, pero es una simplificación. Luego la gente dice que está harta de los de la cultura y se está refiriendo no a los actores siquiera, sino a los actores famosos. Eso no representa a toda la cultura ni para bien ni para mal.

En Ctxt.es: «Estoy de la etiqueta rock and roll hasta los huevos».

Me preguntaron de qué estaba yo hasta los huevos, dije que de la etiqueta de rock and roll y titularon con la pregunta como si fuese mi respuesta.

En eldiario.es: «Me ofrecieron hacer lo de la ceja desde Ferraz y les dije que lo hiciera su puta madre».

Esto sí que pude decirlo. En no sé qué entrevista me decían «ustedes los de la ceja»… Tuve que contestar que a mí, de hecho, me habían ofrecido hacer esa campaña, me pareció absurdo y les respondí: «No me gusta esta idea, me parece ridícula y aparte pensadla muy bien porque me parece una estupidez, allá vosotros». Eso le dije a los que me habían llamado, me parecía una idea absurda, una gilipollez y me sigue pareciendo una gilipollez, qué quieres que te diga.

Según el CIS, a Vox le iban a votar los jóvenes, pero los que más lo iban a hacer son los que fueron adolescentes o niños en los noventa.

Me está sorprendiendo muchísimo. Lo he visto también en otros países, como Rumanía. Me han dicho que los jóvenes han empezado a mitificar a Ceaușescu, la gente mayor no se lo podía creer. Yo tuve tiempo de ver a Franco con nueve años, cuyo legado duró más. Fui consciente de lo triste que es todo esto, del tiempo que tardó en cambiar todo, sobre todo esas costumbres herederas de la dictadura fascista. Por eso me extraña que esa gente que fue joven en los noventa tenga nostalgia de algo tan siniestro. Allá ellos.

Muestras rechazo a que te denominen escritor generacional.

No sé cómo se montó eso. Los que tuvimos éxito en aquel momento tuvimos mucha presencia porque no había internet, se te ponía el foco y era abrumador. Pero yo nunca me he sentido como el flautista de Hamelín. Yo era más de eso que llevaban los motoristas de «a mí no me sigas que yo también estoy perdido».

Pero en Za Za Rey de Ibiza sí que escribiste una especie de epitafio a esa generación, o de esa época en que se puso todo el mundo de cocaína hasta las cartolas.

Así como la heroína era una droga condenada por toda la sociedad, hubo un momento en España en que la cocaína era una droga social. Eso sí que lo viví con sorpresa, fue la primera vez en la que el movimiento juvenil buscaba hacerse rico en un banco y había modelos que la gente joven admiraba como Mario Conde y figuras así, todo lo contrario para alguien que viniera del punk o con sus discos de los sesenta y sus beatniks. Siempre buscábamos la libertad y el hedonismo y de pronto llegó una corriente hedonista también, pero con un componente económico muy grande. Era extraño. Esto vino acompañado con una cocaína accesible y casi inevitable en casi todos los círculos sociales, de Vallecas hasta los Archy y los Pachás, incluso las oficinas. Abarcaba a toda la sociedad.

Lo retrataste todo eso como una gran resaca, a todos muertos de risa.

Como es esa droga. La cocaína es como coger un ascensor que lo pillas en la planta baja, subes al ático, pero cuando bajas no te quedas en la planta baja, sino en el quinto sótano. Consumimos mucho, te regalaban, si eras famoso no tenías ni que pagarlo y luego, cuando te das cuentas, ves que esto es como la vida de un futbolista. Tienes unos años buenos y luego te arrastras por el campo.

Viviste los dos 11, el 11S y el 11M.

Y también estuve en Londres en 2005. Tuve mucha mala pata. Ya me ponía paranoico pensando que me iban a meter en alguna conspiración.

A algunos no les hacía falta mucho para hacerlo.

Menos mal que no tengo afiliaciones yihadistas [risas]. El de Nueva York fue increíble porque parecía una película de Godzilla. Lo veías al mismo tiempo dentro y fuera. El espectáculo era impresionante, como si fuese una película. Pensabas que no te estaba sucediendo. Después de eso la ciudad se volvió histérica, estaban todo el día con las alarmas, vaciando el metro a poco que hubiera una sospecha. Todo el mundo estaba muy nervioso, de pronto había tiendas que vendían máscaras de gas, pastillas de potabilidad por si llegaba el fin del mundo. Estaba todo muy tenso. Volví a Madrid porque teníamos un hijo pequeño, para buscar el refugio y estar más cerca de casa, y entonces va y nos cae esa, que fue horrorosa.

Porque luego, lo que hace el terrorismo, aparte del número de muertos y heridos, es dejar un efecto de amplificación. Por eso existe. Se crea una situación de miedo. Siempre que pase en Occidente, claro, que luego hay atentados en Kabul y la gente ni se fija. Cuando nos pasa a los blancos la gente se pone muy nerviosa.

En Londres no vi cómo respondió la sociedad porque pasaba por allí, pero entre Nueva York y Madrid hubo una diferencia radical. En Madrid no hubo una ola antiárabe ni antimusulmana. Me pareció un ejemplo de decencia social. No hubo una reacción xenófoba. En Estados Unidos, sin embargo, lo noté más. Hubo una reacción inmediata y eso en Nueva York, una ciudad que siempre se había mantenido muy al margen de Estados Unidos en ese sentido.

Me contó Daniel Lorca, el bajista de Nada Surf, que le había dejado de piedra que en los bares alternativos y de modernos la gente empezase a gritar «bomb the arabs, bomb the arabs».

La gente empezaba a sospechar de ti por tu acento, te preguntaban de dónde eras, cosa que nunca habían hecho. España no ofrece muchas oportunidades de estar orgulloso de ella, pero ahí sí lo estuve.

En una de tus columnas en El País escribiste sobre la izquierda que: «hemos perdido el pie desde hace tiempo, desde la nostalgia de las barricadas y el periodismo de salón, el pensamiento pegatina, las canciones protesta y la arrogante superioridad moral, la paja en el ojo ajeno y la viga en el propio». ¿Sigues teniendo esta valoración?

Sigo siendo de izquierdas y con un poco de suerte lo seré siempre. Mi concepto de la izquierda es que dentro del sistema capitalista en el que inevitablemente nos movemos, debe existir una justicia social y que no haya una moral contra el diferente, que haya libertades personales y colectivas. Pero todavía creo que queda una rémora de superioridad moral inmediata por el mero hecho de ser de izquierda, que así parece que uno, sea cual sea su actividad real, está bendecido. Creo que hay que tener más una actividad de vigilancia que de militancia. Si me sale un partido de ultraderecha no me puedo pasar el día despotricando contra ellos y diciendo lo nefastos que serán, sino que debo cuidar de que nuestras ideas sean atractivas e inteligentes para vencerlos.

Tuviste otra columna en marzo de 2005 bastante premonitoria: «Me da la impresión de que la derecha se descentra a poco que le pisen las sandalias del pescador de Ferrol».

No me acordaba de eso, pero ha vuelto a pasar. Algunos han dicho ahora que la ultraderecha ha empezado con lo de tocar la tumba de Franco, pero eso estaba ahí larvado. Igual que en Rumanía, como he dicho antes. Un dictador derrotado por su propio pueblo y ahora tiene algo de épica entre los jóvenes. O Stalin, que ahora es más atractivo que los que lucharon contra esa Rusia con la Glásnost.

En tu libro de vampiros…

¡Que es de fantasmas, joder! No salía ningún vampiro. Alguien dijo que era de vampiros y se ha quedado, pero no. Ya veo que no se lo ha leído nadie.

Dijiste que lo escribiste porque necesitabas el dinero.

Sí, y se ha quedado hasta en la wikipedia, que no sé cómo se corrige, pero fue una conversación larga en la que expliqué que lo había hecho, primero, porque me divertía, segundo porque me gustaba el libro, porque tengo hijos adolescentes y así me leen algo que me parece más entretenido y, tercero, porque necesitaba el dinero. Pues se quedó solo esa frase. Me pasa a menudo en las entrevistas.

Había una distancia irónica con el género adolescente. ¿Por qué no abordarlo directamente?

Igual que Twin Peaks era una especie de vuelta a la serie de adolescentes dándole una vuelta, yo iba por ahí. Había una distancia irónica y que me parecía interesante. Sigo diciendo que el libro me gusta, no me lo leo todo los días, pero cuando lo leí me gustó.

¿Por qué has cambiado el estilo de cada libro? No es habitual.

Cuando escribo un libro se me ocurre otra manera de escribirlo y de ahí saco el desafío siguiente. No sé por qué. Quizá porque leo cosas muy dispares y estilos muy distintos. Me gusta averiguar cómo puedo ser en otras temperaturas, otras tramas. Soy yo el primer sorprendido, no hay ninguna planificación.

Eres un superviviente, desde que empezaste a escribir el mundo de la literatura ha cambiado mucho, habrás visto pasar muchos cadáveres, pero ahí sigues.

Ha sido duro y lo he observado porque tengo muchos colegas en este oficio. Muchos que estaban publicando en editoriales señaladas han ido cayendo porque el negocio es muy duro. Hay un número de ventas mínimo exigible, es como jugar en primera, si no metes un número de goles, no aguantas. No creo que la literatura independiente sea segunda división, pero no hay mínimos de ventas que tengas que cumplir para poder vivir de este oficio.

Ahora hasta los best sellers venden menos, todo eso supone un retroceso en las condiciones de trabajo y de vida. Pero es una crisis paralela a la que ha vivido todo el país, todos los oficios. Aparte, para buscar en la historia escritores que vivan de escribir ha habido muy pocos casos y siempre han estado trabajando en un sistema de comercio, antiguamente escribían por entregas. Jim Thompson, un escritor que me encanta, de novela negra, tenía que escribir una novela cada veinte días y, por cierto, eran todas buenísimas.

Ser escritor siempre ha sido difícil. Hay algunos que no llegan ni a publicar. Sí es verdad que llegó un periodo donde hubo más oportunidades, pero ante una crisis se hizo el embudo. Se han perdido muchas carreras, muchos no han podido seguir publicando o se han autoeditado y salido del mercado.

En una columna en El País escribiste: «Algo hemos hecho mal cuando el resto de sufridos trabajadores de este país nos percibe como una panda de llorones».

Eso lo he pensado siempre por esa idea de la subvención. Parece que hay unos oficios que tendrían que estar subvencionados. Y es verdad, un país que no aprecia su cultura no se aprecia a sí mismo, pero cuando pienso en cultura pienso en todo un entramado que va desde las escuelas a los museos, patrimonio, la danza, bellas artes, etcétera. Cuando se habla de que la cultura son rostros famosos  o conocidos del cine, hay una especie de perversión.

Aquí, el público general relacionó una cosa con la otra y vio que siempre estaban quejándose. Esto, cuando se han estado cerrando fábricas, pequeños comercios… cuando había un daño general. Yo siempre he preferido pertenecer a la cultura del que trabaja y se esfuerza, porque hay que tener en cuenta que nadie de los que nos dedicamos a esto nos han obligado a hacerlo a punta de pistola.

No es un trabajo de supervivencia.

No, es un trabajo de elección. Yo también he trabajado en una tienda. Antes de ser escritor trabajaba con un sueldo y con un jefe, con mis vacaciones y mi sindicato, como todos los trabajadores.

En Generación Kronen, Javier Azpeitia decía: «La sociedad ha decido que el escritor no debe existir como oficio, que si quieres escribir no puedes vivir de ello, que trabajes en un Telepizza».

Hay poca solución. No sé hasta qué punto la piratería nos afecta. Sí acabó con la venta física de discos, ahí sí que fue tremendo por una cuestión lógica, igual se escucha una canción en un aparato que en otro. Los músicos se han defendido con el directo, que es algo que los escritores no tenemos, no podemos llenar un sitio para que la gente cante nuestros libros. La masacre del descenso de ventas creo que ha sido mayor en la música que en el libro. También porque el libro nunca ha sido un objeto de consumo masivo en España.

Aparte,  hay que diferenciar entre libros y literatura. Porque los libros más vendidos incluyen al de Pedro Sánchez y los de los cocineros, youtubers, blogueros, cómo ordenar tu casa, qué pijama ponerte, etéctera. Todos estos son considerados libros, pero mi oficio es otro, es el de la literatura. Un pequeño mercado dentro del gran mercado del libro.

Mañas decía ahí que ahora los escritores están en las tiradas que antes tenía la poesía y Prada se quejaba de que se le había prometido un futuro que se había esfumado.

Yo nunca tuve esa sensación. Consideré cada paso un poco de suerte. Juan Manuel empezó con el Planeta, aunque ya hubiese publicado Coños, si te haces un cálculo mental de que cada tres años te lo van a volver a dar, te has creado unas expectativas de loco. No digo que esté loco, pero creo que cuando eres joven piensas que empezar es lo más duro, pero lo más difícil es mantenerse, tener una carrera larga. En cine y música siempre hay un flavour of the month, pero eso no puedes hacerlo todos los años ni cada dos, siempre va a venir algo nuevo. Esto es una carrera de fondo, no puedes pensar que si te dan el Alfaguara te lo van a volver a dar, primero porque no te puedes volver a presentar y solo te queda el Planeta y poco más.

En ese documental tú decías que en la Feria del Libro la mayoría de  los que firmaban pertenecían a la televisión, la fila más larga siempre la tenían los presentadores de TV, «a los escritores va a verlos su madre», sentenciaste.

Sigue pasando. Ahora está el nuevo fenómeno de los youtubers. Pero cuando yo empecé, hace treinta años, el padre Mundina, que hablaba de plantas en la tele, generaba más interés. La gente que va ahí suele querer ir a ver a alguien famoso. Igual pasó luego con Cuarto Milenio. Luego está ahí Don Wislow y no pasa nada porque la gente no lo conoce de cara. Pones a Pamuk y si no lo han visto en la tele no van a hacer cola. La Feria del Libro no se llama de la literatura, es la del libro. No tengo ningún rencor hacia este fenómeno porque no lo considero ni siquiera competencia.


Kosmopolis 2019

©CCCB, 2019. Autor: Miquel Taverna.

Jot Down para CCCB

En su etapa escolar, Julian Barnes consideraba la literatura como una tarea lectiva que no guardaba relación alguna con la vida real. Pero el futuro le demostró que estaba completamente errado cuando Antón Chéjov se convirtió en una de sus figuras más admiradas y las letras asfaltaron su carrera profesional: en la actualidad, Barnes ha firmado trece novelas, tres colecciones de historias cortas y numerosos ensayos. El periódico The Times reveló que la trama de su último libro, La única historia (Anagrama, 2019), también se retroalimentaba del mundo real al reflejar un romance entre un adolescente y una mujer madura que, según el chivatazo de un conocido, estaba basado en una relación sentimental que había tenido el propio autor. Ante aquella confidencia inesperada, Barnes aclaraba con sorna que solo revelaría la verdad en una futura biografía póstuma.

En marzo de 2019, durante la décima edición del festival de literatura amplificada Kosmopolis celebrada en el Centre de Cultura Contemporània de Barcelona, aquel escritor inglés se sentó junto a la periodista y guionista Anna Guitart para hablar sobre el sentido de los relatos. Sobre como ellos se contagian de la vida real y al mismo tiempo la transforman. Sobre cómo los relatos mueven el mundo.

©CCCB, 2019. Autor: Miquel Taverna.

Kosmopolis 19

El festival bienal Kosmopolis, una celebración del arte literario en sus diferentes vertientes, ofició la décima edición durante el pasado mes de marzo apuntalando su propuesta sobre tres temas tan actuales como necesarios: el feminismo, el postcapitalismo y la física cuántica. Cinco jornadas, enmarcadas bajo el título Relatos que mueven el mundo, que han sido capaces de reunir a más de ciento cincuenta participantes a lo largo de cincuenta y seis actividades diferentes. Una programación visitada por más de trece mil asistentes que fueron testigos de los diálogos entre Julian Barnes y Anna Guitart, Richard Sennett y Carles Muro, Enrique Vila-Matas y Gonçalo Tavares, Susan Orlean y Bel Olid, o Han Kang y Jorge Carrión.

Greatest hits K19

La neoyorquina Lisa Randall fue la primera profesora titular mujer de física teórica en el Instituto Tecnológico de Massachusetts, en la Universidad de Harvard y en el departamento de físicas de la Universidad de Princeton, una investigadora especializada en la física de partículas y la cosmología a quien la prensa ha llegado a apodar como la «científica superestrella de América». Alguien cuyo nombre suele aparecer con frecuencia en las quinielas que tratan de predecir el próximo Nobel de física, y una persona que también ha firmado durante su tiempo libre varios best sellers sobre física (Warped Passages, Universos ocultos, Llamando a las puertas del cielo) e incluso elaborado el libreto de una ópera basada en uno de sus modelos matemáticos (Hypermusic Prologue: A Projective Opera in Seven Planes). Randall ha dedicado su carrera científica a tratar de desenmarañar el funcionamiento interno del universo a través de los modelos de teoría de cuerdas y es la ideóloga, junto a Raman Sundrum, del Modelo de Randall-Sundrum que idea un universo basado en la geometría deformada y las dimensiones extra.

En el marco de Kosmopolis Randall se acercó hasta Barcelona para ofrecer la conferencia Llamando a las puertas del cielo: cómo la física escala el universo. Una ponencia donde la científica revelaba cómo las teorías cuánticas son capaces de ayudarnos a entender una realidad oculta a los sentidos pero que influye en nuestra vida cotidiana.

El director de cine J. A. Bayona (responsable de llevar la batuta en El orfanato, Lo imposible, Un monstruo viene a verme y Jurassic World: el reino caído) aprovechó los Diálogos K para sentarse junto a esa enciclopedia del cine de género que es Ángel Sala (director del festival de cine de Sitges) y hablar de los mundos de ficción, los monstruos, la suspensión de la incredulidad y el modo en el que el fantástico juega a invocar la verdad de nuestro mundo en las producciones cinematográficas. Una charla donde se desgranaron los universos ficticios construidos en el cine, la televisión y la literatura, analizando sus mutaciones, concibiendo a las criaturas del género fantástico como un reflejo de nosotros mismos y saltando entre David Lynch, Westworld, Penny Dreadful, Guerra mundial Z, Michael Crichton, lo terrorífico del Drácula de John Baham y los mecanismos de los cuentos clásicos. Un debate donde se trataba de descubrir si la realidad en sí misma es tan valiosa como la ficción cuando se nutre de ella.

En la conversación Libertad completa, la escritora de origen marroquí Najat El Hachmi y la periodista egipcia-estadounidense Mona Eltahawy expusieron los retos a los que se ven obligadas a enfrentarse en Europa las descendientes de familias musulmanas. Una generación que trata de encontrar el camino hacia la emancipación personal en un entorno donde confluyen dos fuerzas acostumbradas a recortar las libertades individuales de las mujeres: la tradición patriarcal atada a las creencias religiosas y el envalentonamiento reciente de una extrema derecha de mentalidad racista dispuesta a erigir muros entre países. Durante la charla Eltahaway narra, con bastante más gracia de la que realmente tiene un asunto tan serio, sus experiencias y cómo descubrió el feminismo: «La gran ironía de mi vida es que descubrí el feminismo en Arabia Saudí y suelo decir que me traumaticé en el feminismo. Porque solo tienes dos opciones: perder la cabeza o convertirte en una feminista, y a veces ambas cosas ocurren a la vez ».

El físico, químico y divulgador científico Phillip Ball y el físico cuántico español José Ignacio Latorre comandaron Claves y dilemas del relato cuántico. Un diálogo sobre la computación cuántica que resultó tremendamente ameno al combinar relatos sobre mojitos degustados por el último científico vivo que participó en el Proyecto Manhattan (durante la charla también se proyectó el documental That’s the Story, dirigido por María T. Soto y Óscar Cusó, centrado en el desarrollo de la bomba atómica), la naturaleza de los sistemas de mecánicas cuánticas con respecto a cómo son observados y los cajones de calcetines desordenados como ejemplo práctico para discutir sobre convenciones científicas.

El periodista británico Paul Mason (BBC, Channel 4 News, The Guardian) y autor del libro Postcapitalismo: una guía para nuestro futuro, se presentó en Kosmopolis con una de las propuestas más curiosas: revisitar una novela de ciencia ficción, donde la amenaza extraterrestre enarbola determinados ideales políticos, y teorizar sobre el devenir de la trama en caso de haber transcurrido en el contexto del mundo actual. Para ello se sirvió de Red Star, una novela ochentera de Aleksandr Bogdanov en la que una sociedad marciana comunista decidía eliminar la Tierra tras observar que sus habitantes habían sido incapaces de evitar el capitalismo. La revisión de Manson situaba el planeta rojo y a sus rojos habitantes en el día de hoy, y tanteaba si los nuevos movimientos del mercado neoliberal habrían llevado a los marcianos a tomar una decisión completamente distinta a la reflejada en la historia original.

Ray Loriga y Dave Eggers protagonizaron uno de los encuentros más sorprendentes para los asistentes a Kosmopolis. Jordi Nopca se las vio y se las deseó para moderar una charla entre el escritor, guionista y director madrileño Ray Loriga y el estadounidense Dave Eggers que intervenía vía videoconferencia desde el otro lado del océano junto a Mokhtar Alkhanshali, protagonista del libro de no ficción El monje de Moka de Eggers. Un encuentro donde Loriga presentó su currículo ante el norteamericano con un «Escribí un libro y tuvo éxito. El siguiente no, el siguiente tampoco y el siguiente tampoco. El siguiente fue premiado y fue un éxito de nuevo» para acabar explicando que el resto de sus logros figuraban en la Wikipedia.

Alkhanshali, un norteamericano de origen yemení que decidió volver a la tierra de sus ancestros para cultivar café, explicó cómo se convirtió en protagonista de una novela al quedarse atrapado en medio de una guerra y Eggers, un hombre que probó su primera taza de café a los treinta y cinco años, confesó que los granos tostados eran lo de menos. El monje de Moka nació tras tres años de investigación, ideada inicialmente como un reportaje periodístico sobre aquellos yemeníes estadounidenses que fueron abandonados por su país durante los bombardeos de Arabia Saudí, ataques en los que irónicamente también colaboraron, poniendo las bombas, los propios Estados Unidos. Cuando Eggers se despidió, Loriga se encargó de mantener vivo el espectáculo destrozando todo formalismo en este tipo de actos, e incluso negándose a promocionar su libro y aconsejando al auditorio que no gastase su dinero en lo que alguien se empeñe en venderles. Para algunos la intervención fue cuestionable, y probablemente será recordada en ediciones venideras, pero para otros eminentes asistentes resultó brillante e inteligentísima.

©CCCB, 2019. Autor: Miquel Taverna

Entre el resto actividades a destacar también se encontró el diálogo oficiado por Helen Hester y Nick Srnicek, un debate sobre la era postrabajo titulado Después del trabajo ¿qué nos queda? La intervención de Paula Bonet para derribar los tabúes a la hora de hablar sobre el aborto espontáneo en la charla Cuerpo de embarazada sin embrión. Los Guionistas obsesionados con la física a los que representaban Víctor Sala, Joan Burdeus y Sonia Fernández-Vidal. La reunión de Eva Baltasar con Marta Orriols, Tina Vallès y Laura Pinyol en una mesa redonda, bautizada Primeras novelas de éxito, donde se expusieron las dificultades de las escritoras para encontrar su propio espacio. Y la actuación, a modo de gran final de fiesta, de la cantante flamenca María José Llergo acompañada de Marc López a la guitarra.

©CCCB, 2019. Autor: Carlos Cazurro

Fabricando relatos

La sección Laboratorio de historias estableció un espacio dentro del festival Kosmopolis donde experimentar con el desarrollo narrativo, sus herramientas y los diversos soportes sobre el que puede tener lugar. Allí fue posible sorprenderse ante instalaciones como Lady Chatterley’s Tinderbot, una curiosa pieza que muestra como la inteligencia artificial de un bot ha sido capaz de ligar con diferentes usuarios vía Tinder utilizando frases extraídas de la novela romántica El amante de Lady Chatterley. Y también comenzar a dudar sobre las naturaleza del arte al descubrir el proyecto El mal alumne, una máquina capaz de aprender los sonetos de Josep Pedrals y elaborar los suyos propios imitando el estilo del poeta, difuminando el concepto clásico de musa y enfrentándose en último lugar al propio Pedrals en una batalla lírica de improvisación en directo. O sentarse en la mesa junto a artistas y científicas como Anna Giralt Gris, Carme Torras y Lali Barrière para analizar las posibilidades de la creatividad automatizada y jugar a tratar de descubrir cuándo una pieza es fruto de la mano humana o de los algoritmos que integran una inteligencia artificial.

©CCCB, 2019. Autor: Miquel Taverna

Bajo el techo del laboratorio de historias también tuvieron cobijo las encarnaciones contemporáneas de la literatura: el fenómeno de los booktubers, la nueva oralidad escrita representada en la época moderna por los audio libros y los podcasts, las adaptaciones audiovisuales de novelas o la percepción de las redes sociales como terrenos donde plantar ficciones: Manuel Bartual, un dibujante y director de cine que revolucionó Twitter al convertir un hilo sobre sus propias vacaciones en un relato fantástico, se presentó en el lugar para intentar aclarar qué es la postficción en un mundo digital dominado por la postverdad. Hamid Sulaiman (autor de Freedom Hospital) repasó la historia del cómic y el oficio de gestar una novela gráfica mientras Jose Valenzuela y Luis Martínez ofrecieron un taller práctico donde se analizaron las herramientas necesarias para trasladar la divulgación científica al universo de las viñetas. Y los nuevos mundos interactivos se vieron representados por propuestas como Gris, un videojuego que convierte el género de las plataformas en un artefacto narrativo poderoso y emocionante, o Unmemory, una aventura que mezcla todos sus referentes (de Memento a Muholland Drive, pasando por libros como La casa de las hojas o juegos como The Secret of Monkey Island y Her Story) para fabricar una novela digital que propone al jugador adentrarse en un thriller donde el texto es el escenario y la memoria el puzle a resolver.

©CCCB, 2019. Autor: Miquel Taverna

La sección Los relatos que inspiraron a Kubrick exploró las musas del artífice de 2001: una odisea del espacio al tiempo que ejercía de cierre para la exposición Stanley Kubrick. El Kosmopolis se despidió de la instalación que honraba al cineasta estadounidense tras haber plantado en el CCCB la semilla de lo que vendrá: el nueve de abril, el Centre de Cultura Contemporània de Barcelona inaugurará oficialmente la expo Cuántica, un recorrido entre los paradigmas de la ciencia moderna a través del trabajo de diferentes científicos, artistas y divulgadores.


Herralde on the Road

Fotografía: Alberto Gamazo.

En agosto de 1988, Jorge Herralde, que había estado editando en Anagrama a docenas de escritores norteamericanos, llegó a Estados Unidos dispuesto a conocer a muchos de ellos en persona. El viaje duraría tres semanas y alternaría coche y avión. En el aeropuerto de Washington DC, en el que aterrizó en compañía de Lali Gubern, traductora y editora, y también pareja, los aguardaban representantes de la Meridian House Internacional, una institución de liderazgo diplomático y global dedicada a los programas de intercambio de líderes, ideas y cultura. A través de una suerte de beca esta financiaba el viaje «por la atención que Anagrama había prestado a la literatura norteamericana» desde sus inicios, explica Herralde en Un día en la vida del editor, libro con el que celebra los cincuenta años de la fundación de la editorial.

La primera etapa lo condujo aTethford, en Vermont. «Fuimos en coche, para visitar a Grace Paley, de quien habíamos publicado sus tres libros de cuentos». Batallas de amor, centrado en las relaciones amor-odio entre hombre y mujeres, fue el primero. Herralde había oído hablar de ella «en los setenta, en una visita a Barcelona del gran cuentista Donald Barthelme», al que ya había publicado. En un almuerzo «entre vodkas y vodkas y más vodkas (antes de empezar a comer), me recomendó a una autora y un título, espléndido, que me apuntó en un papalito: Enormous Changes at the Last Minute».

Paley vivía en una cabaña en medio de un bosque con su esposo, el poeta Robert Nichols. Entre los dos prepararon una cena con las verduras y lechugas de su huerto, «que se limpiaron relativamente». Después fueron a conocer a las ovejas (docenas y docenas), atraídas por los estrepitosos alaridos del poeta, y tras juegos y revolcones con las demasiado amistosas bestias «nos pusimos a comer, beber, fumar, orinar en el campo (en suma, la vida sencilla, mientras hablábamos de política, feminismo, y de sus amigos los beatniks», recuerda Herralde.

Cuando dejaron Vermont se dirigieron a Nueva Orleans, donde la Meridian House Internacional les asignó un guía, profesor de literatura, llamado Kenneth Holditch, que presumía de no haber salido jamás de la ciudad. Suya había sido la primera crítica mundial de La conjura de los necios, de John Kennedy Toole, el mayor longseller de Anagrama, a la que dio equilibrio económico tras pasar por serias dificultades económicas. La primera noticia que había tenido Herralde de la novela fue a través de un catálogo de la Louisiana University Press, en el que se reproducía el prólogo del libro, del escritor y editor Walker Percy, donde contaba que un día entró en su despacho una señora con el manuscrito de su hijo, John Kennedy Toole, que se había suicidado al no lograr que el libro se publicase. «Ese texto de presentación era muy excitante, por lo que decidí pedir una opción», confiesa Herralde, que pasó una oferta de mil dólares. En la primavera de 1982 salió el libro traducido, en una tirada de cuatro mil ejemplares. Al regreso de las vacaciones se había agotado, y a partir de ese momento se convirtió en un superventas. «En aquel verano, en las playas españolas se podía observar un fenómeno curioso: gente agitándose espasmódicamente sobre sus tumbonas y toallas; si uno se acercaba, veía que estaban leyendo un libro a carcajadas: La conjura de los necios».

El editor no se fue de Nueva Orleans sin hacerse algunas fotos fetiches, como una debajo del reloj de los grandes almacenes D. H. Holmes que figura en la primera página de la novela. Después emprendió viaje a Jackson, Mississippi, para ver a Eudora Welty, de la que había publicado Una cortina de follaje, El corazón de los Ponder y Las manzanas doradas. La misma semana que la visitaron Herralde y Lali Gobern, lo hicieron un equipo de televisión de Nueva York y un periodista francés. «¿Qué pasa con usted, Miss Welty? ¿Le van a dar el Nobel?», le preguntaban sus vecinos. Fue Welty quien le habló de Richard Ford, al que conoció de niño, cuando era vecino suyo en Jackson. Dos años después Anagrama publicó Rock Springs y El periodista deportivo, solo para abrir boca.

En San Francisco visitó a su amigo Lawrence Ferlinghetti, poeta, editor y propietario de la mítica librería City Lights Books, que en su día había se había hecho famoso con motivo del juicio por obscenidad al que fue sometido por publicar Aullido de Allen Ginsberg, más tarde también en el catálogo de Anagrama. Herralde había contado ya en Por orden alfabético que en agosto de 1976 estuvo en City Lights Books, y en esa ocasión Nancy J. Peters, mano derecha de Ferlinghetti, «me recomendó vivamente dos libros de Bukowski que habían publicado hacía poco: Escritos de un viajero indecente y Erecciones, eyaculaciones, exhibiciones. Empecé a leerlos en el viaje de vuelta y ya no pude soltarlos».

En Nueva York lo esperaba el plato fuerte del viaje. Entre conciertos, museos y paseos, se reservó varias citas literarias y editoriales. La primera fue para conocer a Tom Wolfe, su gran fichaje norteamericano de los años setenta. Cuando Herralde y Lali Gubern llamaron a la puerta de su casa, abrió Wolfe en persona, «con su uniforme de Tom Wolfe». Bebieron vino blanco, hablaron de literatura, del nuevo periodismo y de la pasión del escritor por Zola, y su obsesión por la exactitud.

En 1972 Anagrama había publicado La Izquierda Exquisita & Mau-mauando al parachoques, que presentó en Bocaccio Manuel Vázquez Montalbán. Los anticipos «respondían al interés que entonces despertaba el autor en España, o sea prácticamente nulo: los de los cuatro primeros libros oscilaban entre ciento cincuenta y trescientos dólares… Con La hoguera de las vanidades las cosas cambiaron, dentro de un orden: veinticinco mil dólares. Rápidamente recuperados».

La siguiente cita fue una tarde en casa del matrimonio Gita y Sonny Mehta, el editor inglés que el año anterior había fichado por Alfred A. Knopf, tras destacar por su labor en Pan Books y sobre todo en Picador, sello en el que editó a comienzos de los ochenta a Ian McEwan, Salman Rushdie, Edmund White, Julian Barnes, Graham Swift o Michael Herr, muchos de los cuales llegarían a España de manos de Anagrama. «Después de tomar unas copas», cuenta Herralde, «nos fuimos Lali y yo, con ellos y su chófer, al piso de Bret Easton Ellis, que daba una party en honor de su gran amigo Jay McInerney, que acababa de publicar Story of My Life». Solo eran veinteañeros, pero McInerney, Easton Ellis, Tama Janowitz, también en la fiesta, y David Leavitt, «eran posiblemente el cuarteto de jóvenes más prometedores del momento». Anagrama acababa de publicar por entonces Esclavos de Nueva York, de Janowitz, y Menos que cero, de Ellis. La fiesta era, sin embargo, lo suficientemente grande para que también acudiesen George Plimpton, fundador de The Paris Review, o Harold Brodkey.

Parecía un final de ruta por Norteamérica perfecto, pero horas antes de tomar el vuelo de regreso a España, Herralde cumplió un último sueño, en el restaurante del famoso Hotel Algonquin. Allí lo esperaba Kurt Vonnegut, del que Anagrama había publicado cuatro libros de una tacada, incluido Matadero Cinco. «Empezamos a beber, y de entre las barbas de Vonnegut empezaron a salir historias inesperadas y entrecortadas, acompañadas de sonoras carcajadas. Nosotros sonreíamos con falsa complicidad, aventurábamos algún tema y rápidamente nuestro jovial amigo arremetía con nuevos chistes, risas y bromas crípticas sobre escritores». Herralde y Gubern no entendieron demasiado. «Nos despedimos con grandes abrazos, pero bastante deprimidos, sic transit gloria mundi, etc.», y sin más regresaron a España.


Goodbye Kvas

Good Bye, Lenin! (2003). Imagen: Wanda Visión.

Contaba el historiador estadounidense Richard Pipes que el pueblo ruso es intrínsecamente anárquico y está atemorizado por su propia naturaleza. Quizás esto explica por qué Rusia es un país donde, como decía Julian Barnes a The Guardian, es posible pasar de ser un «extremista sensato como Eduard Limónov, un autobiógrafo punk que se autoproclama el Johnny Rotten de la literatura» a coliderar un movimiento político. Pensar en la perestroika y en la Rusia postsoviética es picar billete hacia la confusión, a una dicotomía entre las ansias de aperturismo y la lucha por conservar la cultura y la identidad ante la vorágine capitalista; porque los había como Alexander Kerner, el protagonista de Good Bye, Lenin!, que se manifestaban contra la política de Honecker y soñaban con ver Alemania unificada, pero todavía quedaban muchos otros como su madre, Christiane, orgullosos socialistas capaces de volver a las cartillas de racionamiento con tal de seguir contribuyendo al proyecto comunista.

Incapaz de entender los pormenores de la contracultura, como eso de que en Occidente se usaran esvásticas para decorar cazadoras y camisas, el PCUS (Partido Comunista de la Unión Soviética) comenzó a prohibir bandas grunges, punk y de rock a tutiplén. En el mercado negro se podía encontrar algo de The Sex Pistols o de The Clash con seguridad y no sin asumir ciertos riesgos, pero, por lo general, el PCUS prohibió la mayoría de estas bandas, como Kiss, en su caso porque las dos últimas letras del logo evocaban a las iniciales de las Schutzstaffel (SS) de Hitler, o al mismísimo Julio Iglesias, por apología neofacista. Pese a todo, a finales de los setenta ya eran cientos los grupos de rock en la URSS, y comenzaba a asomar la cabeza algún que otro álbum punk, las chaquetas de cuero y los fanzines en samizdat (publicaciones clandestinas). Los pantalones vaqueros, sin embargo, lo tuvieron más complicado. Fueron motivo de expulsión de universidades, puestos de trabajo y pretexto rápido de encarcelamiento; como cuando el pobre Boris Fishkin, en Mi padre es Baryshnikov, de Dmitry Povolotsky, es pillado en mitad de un trueque, cinturones con hebillas comunistas a cambio de pantalones vaqueros, en la Plaza Roja. Según las crónicas de la época de El País, en 1985 la Unión Soviética importaba entre cuatro y cinco millones de esta prenda al año, que se adquirían en el mercado finlandés, dado que la URSS se opuso a la ocupación de fábricas occidentales de los condenados blue jeans.

Limónov, sin embargo, fardaba de vaqueros al más puro estilo handmade. Tras un primer y exitoso intento, Eduard comenzó a compaginar la confección de versos con la de dos o tres pantalones por día. Queridos virtuosos del do it yourself, de las mantas patchwork y decoración con palés, ¡no habéis inventado nada! Las chupas de cuero, con sus correspondientes cadenas, parches, pines y demás remiendos, se conseguían transformando con ingenio y creatividad las chaquetas negras de la Marina que podías comprar Voentorg, la cadena de material militar más famosa de la URSS, donde también podías pillarte un par de botas mastodónticas que imitaban a las Doc Martins occidentales.

Cuando el exdirector de la KGB Yuri Andrópov sucedió a Leonid Brézhnev como secretario del PCUS en 1982, la represión contracultural se intensificó. Pero por entonces todo iba según el plan. Como cantaba Yegor Letov tan solo unos años después, por Corea todo marchaba correctamente, «con el camarada Kim Il-sung, también tienen lo mismo; nuestro padre Lenin, dónde ha terminado, convertido en miel, en moho, en barro; y la perestroika va y va según el plan». Famoso por su desaire a las modas, por sus letras crudas, directas y anárquicas, el sibirski punk comenzaba a sonar desafiante al régimen comunista. En la ciudad de Omsk, Letov se vio obligado a grabar los primeros álbumes de su grupo, Grazhdanskaya Oborona (Defensa Civil), conocido por Grob, en apartamentos clandestinos, hasta que el acoso de la nomenklatura soviética lo internó a la fuerza durante tres meses en un hospital psiquiátrico, acusado de antisovietismo. Tan solo un año antes de que Gorbachov fuera nombrado jefe de la URSS, el entonces secretario general, Konstantín Chernenko, acusó a algunas bandas de música de sabotaje ideológico y moral contra la sociedad soviética e instó a no permitir «ningún informalismo, ningún desarrollo incontrolado». Pero a finales de los ochenta la cosa se les había ido de las manos, y la formación de la KRAS (Confederación Anarcosindicalista) se empezaba a plantear como una salida intelectual para jóvenes de escasos recursos que encontraron en juventudes de todo tipo (marxistas, leninistas, bakuninistas, estalinistas, etc.) la ocasión para manifestar abiertamente el descontento y la incertidumbre de los años previos al colapso del socialismo ruso.

En contraste con este disparatado telón de fondo, el arte underground y las subculturas juveniles comenzaron a proliferar enérgicamente también en San Petersburgo, apadrinados por Timur Novikov y sus trabajos de arte visual, performances, cine, moda y música que, conforme el telón de acero subía, atraían rápidamente la atención de los occidentales más curiosos. Gracias a Novikov, el interés de la antigua Leningrado se vio impulsado por un espíritu anárquico común y la búsqueda de la provocación, a través de una estética y sonido punk que acompañaban con mamporros a vigas de metal y otros objetos ruidosos, y cuya estética no tenía mucho que ver con lo soviético, en cuanto a que los peterburgueses siempre habían intentado permanecer fieles a un estilismo más europeizado, posiblemente por su proximidad a Finlandia, lo que les daba fácil acceso a la música y a la moda occidental. Debutar entonces no era cosa fácil. Las redadas policiales arrinconaron a bandas como Avtomaticheskie Udovletvoriteli (Satisfactores Automáticos), cuyos primeros pinitos tuvieron lugar en pisos y sótanos, hasta que llevaron sus escandalosas apariciones públicas a escenarios de verdad gracias a su afiliación al Leningrad Rock Club, el primer local de música rock legal en San Petersburgo. Tanto este último como el Moscow Rock Lab, su homónimo en la capital, permitieron tocar legalmente a las bandas, no sin condiciones y bajo la atenta supervisión de la KGB y la Liga de Jóvenes Comunistas.

Y en este magma surgieron unos cabezas rapadas que luchaban por destruir el sistema, movidos por un nacionalismo desatado y una nostalgia estalinista, mezclando a su antojo ideas de derecha e izquierda. Jóvenes skinheads conocidos por gritos entusiastas: «¡Stalin! ¡Beria! ¡Gulag!», y cuya postura antiestablishment y antiglobalización despertó el apoyo del teórico nacionalista y neocomunista Aleksandr Dugin. El eslavófilo coincidió con Limónov en los círculos de la oposición, alrededor del escritor Aleksandr Prokhanov y Gennadi Ziugánov. Prokhanov explicaba en uno de sus trabajos que Dios «eligió a Rusia como la tierra y las personas para quienes el Amor y la Verdad se convertirían en la razón principal de la existencia». Para muchos nacionalistas radicales, ser ruso no solo significa tener sangre puramente rusa, sino que varias generaciones de dicha ascendencia deben avalarte. Este planteamiento, teniendo en cuenta la complicada historia de las distintas naciones que históricamente han conformado al Imperio ruso, era peligroso. Ziugánov rechazó astutamente este discurso y explicó que ser ruso hoy significa «sentir con el corazón una afinidad (prichastnost) con la cultura profunda de nuestra Patria, la inagotable sed de justicia y rectitud (pravednost), la disposición al sacrifico voluntario, (…) independientemente de la nacionalidad que se registre en el pasaporte. Una poderosa hermandad de espíritu». Pero para Dugin el nacionalismo era otra cosa. El «Rasputín de Putin», como es conocido en la actualidad por la prensa occidental, defendía que ser «anticomunista, antimusulmán, anti-Oriente, pro-EE. UU. y atlantista hoy significa pertenecer al otro bando, significa estar de lado del Nuevo Orden Global y la oligarquía financiera, y es ilógico, porque los globalistas consecuentemente destruyen cualquier identidad, excepto la individual, y hacer alianzas con ellos significa traicionar la esencia de la identidad cultural rusa».

A medida que avanzaba la crisis económica de los noventa, los movimientos juveniles se diseminaron en una gran variedad de alternativas, que más tarde reflejarían la imagen ideológicamente controvertida de la Rusia postsoviética. En 1993, y decepcionados por el arcaísmo de la oposición, Dugin y Limónov decidieron fundar por su cuenta el Partido Nacional Bolchevique. Limónov, que en aquel momento sorprendía al mundo disparando un rifle de francotirador hacia Sarajevo en una muestra de su apoyo a los serbios de Bosnia en las guerras yugoslavas, encarnó rápidamente el espíritu bolchevique nacional. Una de las primeras manifestaciones de sus militantes, conocidos como nasbols, consistió en empapelar las calles de Moscú llamando al boicot de productos importados utilizando lemas como «¡Yanquis, fuera de Rusia!» o «Beba kvas, no Coca-Cola». Porque quién necesitaría un refresco yanqui teniendo su propia bebida fermentada, casera y, para más inri, con mucha más historia que cualquier brebaje occidental, dado que el kvas es incluso anterior al vodka.

«Eres joven. No te gusta vivir en este país de mierda. No te apetece convertirte en un popov normal y corriente ni en un enculado que solo piensa en la pasta ni en un chequista. Tienes el espíritu de la rebeldía. Tus héroes son Jim Morrison, Lenin, Mishima, Baader. Pues mira: ya eres un nasbol», decía Limónov. Mientras por Siberia se propagaba su discurso, Letov se transformaba en una extraña mezcla de comunista-nacionalista-cristiano que encontró cobijo en el PNB, para quien fusionaba conciertos en solitario con mítines. Pero el cosquilleo nacionalista terminó volviéndose urticaria con el paso del tiempo. Para Eduard, a quien «matar a un hombre cuerpo a cuerpo» se le hacía «como que te den por el culo: algo que se debe probar como mínimo una vez», atizar una fotografía de Gorbachov con un ramo de flores «sin espinas», según precisó, no podía ser suficiente. Tras asaltar el Ministerio de Finanzas, y después de algunas trifulcas contra las juventudes putinianas, el Tribunal Supremo de Rusia ilegalizó la formación, que terminó siendo fagocitada por el partido Drugaya Rossiya (La Otra Rusia), liderada entonces por el crack del ajedrez Garri Kaspárov y el propio Limónov.

Lo que vino después ya suena más reciente; Kosovo, Afganistán, Irak, Libia, Ucrania, etc. En 2015, Eduard publicó una entrada en su blog titulada «La autodestrucción de Europa es irreversible», donde criticaba «la política depredadora de los Estados Unidos y Europa», y la injerencia de estos durante la Revolución Naranja que precedió a la anexión de Crimea por parte de Rusia. «Ucrania se une al número de Estados destruidos. Los europeos y los yanquis atacan sistemáticamente a Rusia utilizando Maidan. Curiosamente, ahora que Rusia no es un país comunista ni soviético, seguimos siendo odiados con el mismo celo, por lo tanto, ha quedado claro, espero, que el anticomunismo y el antisovietismo no fueron más que un camuflaje para su rusofobia», concluyó. «Vimos el proceso de autodestrucción de la URSS. Ahora es el turno de Europa. Para cada uno, lo suyo». A la Unión Europea, por lo pronto, se le atragantaba un divorcio con Reino Unido, y por Estados Unidos un peluquín rubio platino se sentaba en el despacho oval; para cada uno, lo suyo. Pero mientras Limónov se sentaba a contemplar cómo por Occidente se empezaban a tambalear los cimientos de las democracias, hasta ahora representativas, a él también le esperaba lo suyo. Después de que en 2012 su colega Kaspárov fuera arrestado en mitad de una protesta a las puertas del juicio de Pussy Riot en Moscú, y de que este fuera absuelto de los cargos que llevaron a su detención, el considerado como el mejor ajedrecista del mundo nunca más volvió a Rusia. Garri huyó a Nueva York y desde entonces viaja con pasaporte croata para esquivar las represalias del Kremlin, aprovechando su vuelta a los tableros. Viviendo entre yanquis y jactándose de pasaporte europeo; en ese condenado hemisferio que, cauteloso, «tiene cuidado de no destruir su cuerpo con alcohol y usa Coca Cola», criticaba Eduard en su blog. Una pena. Pero más se lamentaría Christiane al enterarse de que Coca-Cola terminó comprando el kvas…


El editor que tenía claro que no sería editor

(Nota: Este artículo forma parte de una serie sobre memorias de editores)

Tom Maschler (Berlín, 1933) tenía veintisiete años y acababa de incorporarse a la editorial inglesa Jonathan Cape el día que Ernest Hemingway se suicidó en el porche de su rancho. Un mes después, su viuda, Mary Hemingway, visitó la sede de la editorial en Londres, y se fijó en el nuevo empleado, al que invitó a su rancho de Ketchum, en Idaho, donde estaba la residencia principal del autor de El viejo y el mar. Mary «necesitaba ayuda para reunir el manuscrito en el que “Papá” estaba trabajando cuando se pegó un tiro», cuenta Maschler en Editor (Trama Editorial). Durante varios días se sumergieron en el baúl donde guardaba sus páginas manuscritas. «No hallamos el menor indicio de la forma que hubiera previsto dar al libro, lo que hizo más difícil y al mismo tiempo más gratificante la tarea». La estancia dio para que Mary le propusiera utilizar el rifle que Hemingway empleaba en los safaris. El arma puso nervioso a Maschler, que pese a todo disparó uno o dos tiros. Cuando volvieron al baúl y los manuscritos, encontraron una mención a que «París era una fiesta», y les pareció que sería un título excelente para el libro. En la última noche al fin consiguieron poner orden en el manuscrito, y cuando Mary lo envolvió y se lo dio a Maschler, le pidió que por favor lo entregara en persona… en la editorial Scribner. Ese fue el primer gran trabajo Maschler, que editó una editorial que no era la suya.

Pero su vida pudo seguir un rumbo distinto. Después de sobrevivir al nazismo, y huir primero a Inglaterra y luego a Estados Unidos, al acabar la adolescencia «tenía claro en materia de profesiones que nunca sería editor», y por eso se marchó a Roma con el propósito de dedicarse al cine. Fracasó. Cuando lo asumió, decidió que a lo mejor la profesión de editor no estaba tan mal. Empezó en la editorial André Deutsch, donde asumió responsabilidades como «llevar el registro de las existencias de papel», lo que a veces lo obligaba a acudir algunos sábados a trabajar. El día que le permitieron editar un libro, se vendieron veinte mil ejemplares. Fue con Declaration, una serie de manifiestos encargados a algunos de los principales autores del mundo de las artes, como Doris Lessing, Kenneth Tyanon o John Osborne. Eso le dio la oportunidad de fichar por Penguin, donde trabajó dos años antes de aceptar ser director literario en Johathan Cape.

El cambio iba a darle la oportunidad de conocer a uno de los editores independientes que más admiraría, y con el que se le compararía con el tiempo: Bob Gottlieb. Gottlieb «jamás se permitió comer, porque lo consideraba una pérdida de tiempo». Cuando Maschler estuvo alojado en su casa, y quiso comerse un huevo duro en un desayuno, descubrió que no había. Fue a comprarlo. Al regreso, descubrió que tampoco había sal. La comida no tenía el menor significado en su vida. Sin embargo, su casa poesía el encanto del vecindario. En la casa de al lado vivía Katherine Hepburn. Un día Gottlieb recibió una llamada de la actriz, que le aconsejó que limpiase la nieve del tejado para que no se filtrara. Gottlieb le dijo que ni siquiera sabía dónde estaba la trampilla para subir hasta él. «Entonces Katherine Hepburn, que en ese momento andaría en los setenta, se ofreció a limpiar ella misma el tejado de Bob».

En treinta años de dilatada y exitosa en Cape, que llegó a presidir, el momento de máxima ebullición le llegó a Tom Maschler con la primera novela que adquirió para la editorial: Trampa 22, de Joseph Heller. Publicada en Estados Unidos, Fred Warburg iba a publicarla en Heinemann, pero consideró finalmente que «era una novela tan americana que los ingleses no la entenderían». Gottlieb, que la había publicado en el sello estadounidense Simon & Schuster, se la ofreció a Maschler. La lectura en una noche lo dejó con la boca abierta y «vendimos cincuenta mil ejemplares durante los tres primeros meses y llegamos a superar la edición americana. No se conocía otro caso de un autor estadounidense que vendiera más en Inglaterra que en su país».

Fue el principio de un catálogo con un excelente fondo americano, compuesto por autores que acudían a Cape descontentos con sus editores británicos. «Nunca ofrecimos sumas extravagantes para seducirlos», asegura Maschler, y pone el ejemplo de Philip Roth y su Cuando ella era buena. Su editor, André Deutsch, le ofreció un anticipo de tres mil libras y Philip pidió cuatro mil, que aquel se negó a conceder. Cape se las ofreció y lo publicaron, pero lo bueno del caso es que el siguiente libro de Roth, El lamento de Portnoy, resultó un éxito colosal.

Maschler acabó haciéndose buen amigo de Roth, visitándolo asiduamente a su casa de Connecticut. Allí también vivía otro de sus autores favoritos, William Styron, de quién editó Las confesiones de Nat Turner o La decisión de Sophie. La primera vez que se alojó en su casa, le dijo que «por un día no había coincidido con Marilyn Monroe, para luego añadir con su aire despistado: “Ahora que lo pienso, durmió en tu habitación”».

Más de una docena de sus autores recibieron el premio Nobel de Literatura. Pero por momentos parece brillar más el hecho de ser el editor del famoso triunvirato británico: Martin Amis, Ian McEwan y Julian Barnes. Conoció a Martin en casa de su padre, el también escritor Kingsley Amis, cuando solo era un muchacho de dieciocho años «que no manifestaba el menor interés en escribir una novela, pero yo tuve un pálpito y le animé a que me enviara la primera en caso de que llegara a escribirla». Años después recibió El libro de Rachel. Amis enseguida desarrolló «un estilo vigoroso y distinto», conquistando a un público fiel y numeroso. Entre este no se encontraba su padre. En una de las fiestas del Polish Club para celebrar la publicación de una novela de Martin, a Maschler le sorprendió que su padre «le dijera que el libro era ilegible y aprovechara para añadir que nunca había podido pasar de las primeras páginas de las restantes novelas de su hijo. Una actitud tan pasmosa que yo no lo hubiera creído de no haberme encontrado en ese momento al lado de Martin».

McEwan fue la siguiente incorporación. Maschler había leído algunos de sus relatos, publicados en revistas, y cuando le propuso reunirlos contestó que preparaba su primera novela para otro editor. Pero ese proyecto se le hizo largo y lo abandonó, aceptando finalmente la sugerencia de Cape, donde publicaría Primer amor, últimos ritos. No pararon hasta hacerse con el premio Booker, que recayó en 1998 recayó en Ámsterdam. Cuando quedó finalista por Los perros negros, acudió con el staff de Cape a la ceremonia, y al no resultar vencedor, se volvió hacia Maschler y le dijo: «Vámonos de aquí». Barnes, más mesurado y silencioso, alcanzó con El loro de Flaubert la final en la edición de 1984, sin que se registrasen incidencias al no alzarse con el triunfo final. Pese a ello, en Francia causó auténtica sensación cuando Bernard Pivot, el crítico literario más importante de la televisión, dijo en mitad de la entrevista que le hizo al autor, mirando a cámara: «Salgan enseguida a comprar este libro». Y los espectadores salieron.

Los éxitos con los escritores británicos, entre los que también estarían Bruce Chatwin, Roald Dahl, John Fowles o Salman Rushdie, no lo distrajeron del todo de los novelistas estadounidenses. A la satisfacción de editar a Heller la siguió un placer todavía más especial, cuando la agente literaria Candida Donadio le hizo saber un día que tenía una cosa para él, y le envió al hotel de Nueva York en el que se alojaba un enorme paquete con un manuscrito titulado V, escrito por un desconocido llamado Thomas Pynchon. Sus esfuerzos por conocerlo en persona resultaron baldíos hasta que no transcurrieron quince años de la publicación de V. Un día su telefonista le dijo «que al otro lado del teléfono había un tal Tom Pynchon que quería hablar conmigo». Maschler le preguntó si estaba segura del nombre. «Pásamelo», le pidió, «y mis primeras palabras fueron “¿Dónde está?”, a lo que él contestó que se hallaba en el Museo Británico», a la vuelta de la esquina. «¿Cuándo podríamos vernos?», preguntó el editor. «¿Ahora?», sugirió Pynchon. Empezaron dos semanas de encuentros casi diarios, hasta que un día lo llamó al piso que había alquilado, y se enteró de que ya no existía ese número de teléfono. Después supo que un editor de Random House le había enviado un ejemplar de prueba de una novela de Larry Kramer que fue interceptado por la policía, que lo encontraba obsceno, «y llevado por la paranoia Tom huyo pensando que venían a por él». Cape, que editaría también Mason y Dixon, no tuvo ocasión de publicar Vineland, porque el autor dio indicaciones de que no se ofreciera a su sello cuando leyó en The New York Times que el dueño de Random House acababa de comprar Jonathan Cape.

Siguieron llegando más éxitos de Estados Unidos, sin embargo. Fue el caso de Tom Wolfe, a quien en su primer encuentro en el aeropuerto de Heathorow, cuando visitó Londres, Maschler acudió a recoger en una Vespa, circunstancia que puso al escritor muy nervioso, aunque aceptó subirse a la moto. Las ventas de La hoguera de las vanidades se desbordaron a ambos lados del Atlántico. Antes y después publicó a muchos más autores llegados de América, como Carson McCullers, Saul Bellow, Edward Albee, Isaac Bashevis Singer, Allen Ginsberg o Kurt Vonnegut.

Maschler fue también el primer editor en inglés de Gabriel García Márquez y Vargas Llosa, de quien publicó varios libros «antes de que escribiera las ochocientas páginas de Conversación en La Catedral, pero después de las pérdidas que nos habían acareado sus otras novelas, mucho más cortas, me faltó valor para contratarla».

En Inglaterra le siguieron ocurriendo cosas realmente especiales, uno de ellas con motivo de un libro sobre música pop que había encargado a un joven llamado Michael Braun. En una ocasión «apareció con varios trozos de papel de distintos hoteles cubiertos de dibujos y versos escritos a mano. Nada más verlos me gustó su sentido del humor y su originalidad; los mejores me arrancaron carcajadas. “¿Pero quién demonios lo ha escrito?”, pregunté. La respuesta fue: “John Lennon“». Pensó en publicarlos enseguida si Lennon era capaz de llenarle un libro. Lo hizo y se tituló John Lennon in His Own Write. Camino de la reunión para negociar el anticipo con Brian Epstein, descubridor de los Beatles y administrador de los detalle de su vida, Maschler iba pensando en una cifra de cien mil libras, alta pero asumible. «En cambio, el magnate que pensaba encontrar solo se preocupó por la forma de publicar el libro» y acordaron «un anticipo de diez mil libras», una insignificancia puesto que se vendieron cuatrocientos mil ejemplares en el Reino Unido y casi lo mismo en Estados Unidos, además de las traducciones. El éxito hizo imprescindible un segundo libro que se vendió incluso mejor. Poco tiempo después, sin embargo, se rompió el idilio con Lennon, cuando este lo llamó a su despacho «para presentarme a una amiga que había escrito un libro titulado Grapefruit. No lo tomé en consideración, ni al libro su a su autora, que se llamaba Yoko Ono».


Para ser feliz cuéntate buenas historias

Fotografía: Inverno Dreaming (CC)
Fotografía: Inverno Dreaming (CC)

¿Alguna vez has sido feliz en un espejismo? Imagina que te enamoras y durante meses solo experimentas instantes felices. Entonces descubres la trampa: tu amante era un actor a sueldo de una conspiración. De golpe te sentirás desgraciado. Pero ¿se ha esfumado la felicidad que ya experimentaste? ¿Es menos real ahora? No puede serlo. Puedes maldecirte, arrepentirte y hasta alterar tus recuerdos, pero la felicidad experimentada no puede deshacerse.

Este espejismo ilustra una paradoja que todos llevamos dentro: no es igual experimentar instantes felices que sentirte feliz al pensar tu vida.

Para explicar esta confusión el premio nobel Daniel Kahneman dice que nos habitan dos yoes diferentes (Science 2004, Nature 2006). El primero es el «yo que tiene experiencias». Es la parte de ti que vive en el presente, sintiendo dolor y placer en instantes sucesivos. Desconoce el pasado y no piensa en el futuro; vive fugazmente. Tú otro yo es el «yo que recuerda». Es la parte de ti que tiene memoria y juzga las cosas. La que responderá si te pregunto qué tal lo pasaste ayer o cómo te sientes últimamente.

La paradoja es que cada yo es feliz a su manera.

Puedo preguntarle a tu «yo que tiene experiencias» si se siente feliz ahora. Y si le pregunto periódicamente puedo saber cómo de felices han sido los sucesivos instantes de tu vida. ¿Cuántos momentos felices has experimentado? Ojalá que muchos.

Pero si interrogo al «yo que recuerda» la pregunta es distinta. A él puedes pedirle un juicio general de tu bienestar: ¿cómo de satisfecho estás con tu vida cuando piensas en ella? El «yo que recuerda» puede responder porque conoce la historia de tu vida. De hecho, es él quien la escribe. Lo hace sobre la marcha y no es fiel a los hechos: miente, altera tus recuerdos e ignora la mayor parte de tus experiencias. (Puede pasar, por ejemplo, que este año hayas disfrutado mucho viendo series y tu «yo que recuerda» anote un triste: vi muchas series). Pero lo que escribe importa, porque cuando reflexiones sobre tu vida o te preguntes si eres feliz, las respuestas brotarán de su relato.

Felices experiencias / felices memorias

Se nos plantea así un dilema: tenemos que escoger entre vivir para encadenar instantes felices o vivir para sentirnos satisfechos —¡y felices!— al rememorar nuestra vida.

Pondré un ejemplo. Es probable que uno experimente más felicidad quedándose en casa muchas noches. Es un sitio confortable y uno puede dedicarse a leer o ver películas bien acompañado. Y sin embargo, hay algo en esa felicidad monótona que rechazamos. Pero ¿quién la rechaza exactamente? No el «yo que tiene experiencias»: él sería feliz haciendo siempre lo mismo y ni siquiera notaría la repetición. No. Quien rechaza la monotonía es el «yo que recuerda», porque es un narrador y las buenas historias exigen acción.

Así las cosas, el «yo que recuerda» hace las veces de tirano: él tomas tus decisiones… y las consecuencias las experimenta tu otro yo. Para demostrarlo, Kahneman plantea un juego mental. Imagina que escoges el destino de tus próximas vacaciones. Piénsalo y decide un lugar. Ahora imagina que sabes que al final de esas vacaciones se destruirán las fotos y te administrarán una droga amnésica de modo que no recordarás nada. Las vacaciones serán solo una experiencia y ningún recuerdo. ¿Elegirías el mismo destino ahora? No te extrañes si tu «yo que tiene experiencias» elige la playa antes que hacer trekking por el sudeste asiático.

Fotografía: Joyce Kaes (CC)
Fotografía: Joyce Kaes (CC)

Para sentirte satisfecho con tu vida, tomas decisiones que no hacen que experimentes más placer, alegría ni felicidad. La tiranía del «yo que recuerda» consiste en que actuarás pensando no en las experiencias sino en su recuerdo y el relato alrededor.

Y eso explica muchas cosas.

Explica que no me guste escribir, sino haber escrito.

Y explica que corramos maratones: porque la experiencia es una mierda pero el recuerdo compensa. (Y si has corrido una maratón y crees que me equivoco, reconoce que no puedes saberlo porque en tu cabeza no está la experiencia sino el recuerdo.)

Explica también que existan los perseguidores de historias. Como aquel amigo que decidió arrepentirse siempre por hacer y nunca por no hacer. ¿Sabéis esas noches que dudas si pedir otra copa? La pide siempre. ¿Y cuando quieres decirle a una chica «vamos fuera»? Él ya está con ella de la mano. Como resultado, mi amigo comete grandes errores, hace mucho el ridículo y se pierde en Elche. Pero también acumula historias asombrosas.

La tiranía de la memoria nos empuja a buscar nuevas historias y explica que algunas parejas rompan sin motivo aparente.

Explica también a Sarah Bernhardt, en la versión de Julian Barnes, que rechazó casarse para experimentar mucho y luego rememorarlo: «Estoy hecha para la sensación, para el placer, para el momento. Busco continuamente sensaciones y emociones nuevas. Mi corazón desea más excitación de la que nadie, ninguna persona, puede darme».

Y explica esta frase de Ferlosio que debo a El guardián: «Mundo feliz aquel en que los niños no entendiesen ni aun remotamente la pregunta: Y tú, ¿qué quieres ser de mayor?».

* * *

Si ahora volvéis a la historia del principio, veréis la paradoja resuelta: descubrir que tu amante es un impostor no destruye la felicidad que ya experimentaste, pero destruye el relato y por eso duele y por eso importa.

Importa y duele porque vivimos al servicio del «yo que recuerda».

Confieso que esa tiranía me parece poco grave. No me importa vivir al servicio de esa parte de mí que lleva un diario y luego decide si estoy satisfecho. Quizás porque me gustan las historias o porque ese otro yo que tiene experiencias me parece líquido y de segunda clase. Solo una duda me corroe: quizás la tiranía del «yo que recuerda» me parece poco grave porque quien escribe y piensa estás líneas es el propio tirano.


Relato (alternativo) de Frankenstein

Ilustración de Theodore Von Holst para Frankenstein o el moderno Prometeo (DP)
Ilustración de Theodore Von Holst para Frankenstein o el moderno Prometeo (DP)

Vamos a jugar. Ve a la estantería, selecciona un puñado de tus libros favoritos, ábrelos por esa página que tienes doblada, subrayada. Ese momento especial. Coge todos esos fragmentos y ármalos, tenemos que construir un Frankenstein de la novela perfecta. ¿El resultado es un puzle o un rompecabezas?

Veamos.

«Nací cuando mis padres ya no se querían. Cristina, mi hermana mayor, era por entonces una jovencita displicente, cuya sola mirada me hacía culpable de alguna misteriosa ofensa hacia su persona, que nunca conseguí descifrar. En cuanto a mis hermanos Jerónimo y Fabián, gemelos y llenos de acné, no me hacían el menor caso. De modo que los primeros años de mi vida fueron bastante solitarios.

No me conocía cuando yo tenía diez años, lo cual era un alivio, y tampoco conocía a nadie que me hubiese conocido entonces. Me conoció cuando ya era un joven adulto. Cuando la conocí, ya tenía edad de votar; tenía edad suficiente para pasar la noche con ella, la noche entera, en su colegio mayor, y tenía una opinión formada sobre muchas cosas, y la invité a una copa en un pub, plenamente seguro de mí mismo por saber que mi carné de conducir, gráfica demostración de mi edad, estaba a salvo en mi bolsillo… y que tenía edad suficiente para iniciar una historia personal.

En esta primera ocasión, estuve mucho tiempo esperándola en Le Condé. No se presentó. Había que ser paciente. En otra ocasión sería. Me dediqué a observar a los parroquianos. La mayoría no pasaban de los veinticinco años y un novelista del siglo XIX habría citado, refiriéndose a ellos, a la «bohemia estudiantil». Pero me parece que muy pocos debían de estar matriculados en La Sorbona o en la Escuela de Minas. Debo admitir que, al verlos de cerca, me preocupaba su porvenir.

—Me siento ligeramente ridículo diciendo lo que voy a decir, y a lo mejor te parece completamente fuera de lugar…, ya no soy capaz de determinar en qué situación me encuentro respecto a los demás…, pero óyeme. Yo…, bueno, pienso constantemente en ti, eso es todo, y creo que lo mejor sería averiguar qué sientes tú por mí, y así podemos decidir qué debemos hacer. —Esperé—. Y porque siento verdaderos deseos de saberlo. Empiezo a cansarme…

El sexo matinal no le gustaba. Normalmente significaba: “siento lo de anoche, más vale tarde que nunca”; y otras veces significaba: “con esto seguro que hoy no te olvidarás de mí”, pero ninguna de las dos actitudes me entusiasmaba. El sexto nocturno era, bueno, era el sexo básico, ¿no? El que podía variar de una envolvente alegría contenida entre sueños al cortante “Mira, para eso nos hemos metido pronto en la cama, así que vayamos a ello”. El sexo nocturno era tan bueno, tan diferente, y ciertamente tan impredecible como el sexo mismo. Pero el sexo de tarde no era nunca un modo cortés de redondear las cosas, era un sexo con ilusión y con ganas.

Le pedí a Nina que se casara conmigo.

—No puedo —dijo.

—No te lo volveré a pedir.

—Sí, pídemelo —dijo—. Pídemelo.

Víctor dice que casarse resulta demasiado caro. Las mujeres te sacan todo el dinero.

No es que Nina me pidiera nada. Era demasiado orgullosa y temía demasiado los cambios para hacerlo.

—No quiero convertirme en una de esas mujeres mantenidas —decía.

—Todavía no —replicaba yo.

A media noche, los músicos sorprendieron a la concurrencia con una polkita inédita cuya letra dialogaba picarescamente:

¿Cómo?

Con amor, con amor, con amor,

¿Qué haces?

Llevo una flor, una flor, una flor

¿Dónde?

En el ojal, en el ojal, en el ojal

Ya solo hablaré de amor, se decía entre copa y copa, y mientras tanto su vida se derrumbaba, las deudas crecían, las demandas se amontonaban, sus agentes (tenía más de uno) le amenazaban no sin cierta dulzura mientras su carrera se detenía y el dinero no llegaba.

Pero a él qué más le daba, si estaba dispuesto a darlo todo por amor, a morir amando, literalmente, para callarle la boca a esa estúpida canción que le había torturado desde la infancia.

***

Ahora se sentía más seguro que nunca respecto al plan que había trazado. Ya no era la furia lo que le movía, ni la aversión ni el odio, ni la necesidad de cumplir su palabra. Lo que estaba a punto de hacer era contractualmente correcto, y poseía la amoral inevitabilidad de la pura geometría. Y no sentía nada en absoluto.

Se esfumará.

Se adentrará en la nada: el verso de Keats que le aterraba.

Se apagará como se apagan las noches azules, se irá igual que se va la claridad.

Se volverá al azul.

Yo misma coloque sus cenizas en el muro.

Yo misma vi cerrarse las seis puertas de la catedral.

Sé qué es lo que estoy experimentando ahora.

Conozco la fragilidad y conozco el miedo.

Uno no teme por lo que ha perdido».

FIN

* Las piezas del puzle corresponden a: Paraíso inhabitado, de Ana María Matute; Alta fidelidad, de Nick Hornby; En el café de la juventud perdida, de Patrick Modiano; El libro de Rachel, de Martin Amis; Antes de conocernos, de Julian Barnes; Intimidad, de Hanif Kureishi; La tía Julia y el escribidor, de Mario Vargas Llosa; Ya solo habla de amor, de Ray Loriga; Amsterdam, de Ian McEwan y Noches azules, de Joan Didion.


The sense of an ending

Julian Barnes y Pat Kavanagh. Foto: Cordon Press.
Julian Barnes y Pat Kavanagh. Foto: Cordon Press.

Coged un libro, abridlo y cotillead la dedicatoria. Detrás de ella está el verdadero yo del escritor, el motor que alimenta sus historias, su vida fuera de la ficción, la fuente de la que bebe su imaginario. Una dedicatoria puede servir para jugar a adivinar qué personaje del libro es el autor. Julian Barnes no es un tipo original en este campo. «Para Pat». «A Pat». «Para Pat». «A Pat». Un mismo nombre que se repite como una sinfonía en todas y cada una de sus novelas.

Pat es Patricia Olive Kavanagh. Sudafricana, formada en la Universidad de Durban e hija de periodista. En su país natal trabajó en radio, publicidad y coqueteó con el mundo del cine. Dicen que su elegancia recordaba a Katharine Hepburn, pero a los veinticuatro años dio el salto a Inglaterra y dejó la interpretación por el mundo editorial. En la firma AD Peters y a la sombra de August Dudley Peters se forjó como agente literaria. Como la mejor. La más discreta. Aunando la firmeza y la capacidad para escuchar siempre a sus autores. Y en paralelo, se convirtió en el gran amor de Julian Barnes.

Se conocieron en 1978 y Barnes debió de decirle a Kavanagh algo así como: «Escuche ahora mi versión. Insisto. Mire, tómeme del brazo, así, y demos un paseo. Tengo muchas cosas que contarle, le gustarán», que es lo que le dice Louise Colet a Flaubert en El loro de Flaubert, la novela que consagró al escritor inglés. Aunque, bien pensado, Barnes debió de ser más persuasivo que Colet, que nunca llegó a casarse con Flaubert, porque Pat y Julian pasaron por el altar el 1 de septiembre de 1979.

La carrera profesional de Barnes, que publicó su primer libro, Metroland, en 1980, creció a la vez que su historia de amor. Como crecían las plantas del jardín de su casa del norte de Londres, convertida en punto de encuentro de todos los que querían hacer carrera en las letras inglesas, los que soñaban con ser el nuevo Dickens o la Austen del siglo XX. Grandes aficionados a la cocina, en la mesa del matrimonio Barnes-Kavanagh se sentaron James Fenton, Martin Amis, Ruth Rendell… y un largo etcétera. La nueva generación de la literatura británica pasó por aquellas cenas en las que Julian elegía el vino y Pat servía la ensalada. Unas reuniones que siempre acababan con un paseo por el jardín, el orgullo de los Barnes-Kavanagh, que no tenían hijos.

En aquellos felices ochenta Barnes se atrevió con la novela negra con títulos como Duffy o Fiddle city, libros firmados con el seudónimo de Dan Kavanagh, un guiño a su esposa. Pero no todo eran flores en su relación, también había hierbas salvajes. En el camino de Pat Kavanagh se cruzó una de sus clientes, la escritora Jeanette Winterson. Un amor por el que abandonó la residencia conyugal y al que Winterson dedicaría la novela La pasión. Con la misma discreción con la que se había ido, Pat Kavanagh volvió al lado de Julian Barnes.

El matrimonio se recompuso y Barnes publicó en 1991 Hablando del asunto, una novela en la que el escritor traza con maestría un triángulo amoroso y que incluso tendría continuación una década después con Amor, etcétera. Entre la publicación de ambos libros hubo otros éxitos y hubo una nueva marcha. La de Martin Amis, amigo íntimo de Barnes desde sus tiempos en la universidad de Oxford. Kavanagh llevaba las carreras de ambos hasta que en 1995 Amis dejó a Pat Kavanagh por Andrew Wylie, «el Chacal» —el agente literario que acaba de asociarse con Carmen Balcells para crear la superagencia Balcells&Wylie—. Barnes fue incapaz de perdonar aquella infidelidad y su última carta a Amis se cerró con un ya célebre «fuck off».

Tras haber sido finalista varios años Julian Barnes se alzó en 2011 con el Booker, el máximo galardón de las letras británicas, por El sentido de un final. Una novela en la que reflexiona sobre el verdadero sentido de nuestra vida. ¿Las cosas son tal y cómo las recordamos o nos está traicionando la memoria? ¿Nos estamos inventando el final que deseábamos? Las respuestas las pone en boca del protagonista, Tony Webster: «Se me ocurre que aquí puede residir una de las diferencias entre la juventud y la vejez: cuando somos jóvenes, nos inventamos futuros distintos para nosotros mismos; cuando somos viejos, inventamos pasados distintos para los demás».

Pat Kavanagh no pudo disfrutar de El sentido de un final, ni del Booker. En septiembre de 2008, con sesenta y ocho años, le diagnosticaron un tumor cerebral. Treinta y siete días después falleció en su casa de Londres, en una cama instalada frente al jardín, frente a su jardín, y acompañada por su marido. Se fue la agente literaria a la que Arthur Koestler había bautizado como «mi pequeño tiburón». Y se fue la otra mitad de Julian Barnes.

Tras el fallecimiento de Kavanagh el autor de Nada que temer confesó que había pensado en el suicidio, «un baño caliente, una copa de vino y un cuchillo japonés afilado». Pero se agarró a la literatura y el papel en blanco le sirvió como catarsis. Primero con El sentido de un final y ahora con Levels of life, su último libro aún no publicado en español, donde escribe: «We were together for thirty years. I was thirty-two when we met, sixty-two when she died. The heart of my life; the life of my heart».

Y en la dedicatoria, como siempre, Pat.