Editar en tiempos revueltos: Dirty Works

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Javier Lucini (Madrid, 1973) se describe a sí mismo como «traductor, escritor, faquir retirado y amigo de un indio». Además de todo eso, también es junto a Nacho ReigRosa van Wyk e Iban Sainz Jaio uno de los fundadores de Dirty Works, la única editorial que existe en España dedicada en exclusiva a lo que podríamos llamar gótico sureño contemporáneo.

Apasionado de la cultura tradicional norteamericana, Lucini se ha enfrentado tanto a los apaches como a Johnny Cash, de quien es un ferviente seguidor. Su paso por editoriales como Mono Azul y Acuarela lo han convertido en uno de los mejores traductores de este país, y su nombre se encuentra ya indisolublemente asociado al de Harry Crews y Larry Brown, dos gigantes de la literatura sureña más cafre.

Aprovechamos la visita de Lucini al Festival Bookstock de Sevilla para charlar con él, largo y tendido, sobre esos «trabajos sucios» que se trae últimamente entre manos.

Disculpa que empecemos así la entrevista, pero traes cara de cansado.

No, disculpadme vosotros, pero es que hace un rato, como quien dice, he terminado de celebrar el cumpleaños de Bilbo Bolsón. Estábamos anoche ya a punto de irnos para el hotel cuando de repente nos cruzamos por la calle con un chavalín tambaleante que llevaba una botella en la mano. Le preguntamos dónde podíamos tomar la última, porque antes nos habían mandado a un sitio de música electrónica horrible y nos habíamos quedado con las ganas, y nos dijo: «Yo vengo de celebrar el cumpleaños de Bilbo Bolsón. Podéis ir allí». Me fijo en la indumentaria del chaval, y veo que la botella que lleva es de hidromiel [risas]. Nos dio las indicaciones para llegar al sitio, que se llamaba —no os lo perdáis— El Dragón Verde, y allí que fuimos. Todavía no éramos conscientes de la verdadera dimensión del asunto, pero nada más llegar, en la puerta principal, vimos un cartel tallado en piedra anunciando, efectivamente, el cumpleaños de Bilbo Bolsón, y dentro había un montón gente disfrazada de elfo, de hobbit, de orco… Era un sitio como gótico-medieval, decorado al efecto. Y nada, ciento once años celebramos. ¡Cómo pasa el tiempo! [risas]. Gandalf no vino, y la hidromiel ya se había acabado, pero nada más entrar en el local estaba sonando Johnny Cash. Así que al menos descubrimos que en la Comarca lo que se escucha es country, nada de Enya ni música de gaitas [risas].

Bueno, eso lo explica todo. Además, qué casualidad que en el cumpleaños de Bilbo Bolsón sonara Johnny Cash, un personaje tan importante para ti.

Sí, es verdad. A mí siempre me ha encantado su música, sobre todo desde que salieron los discos que produjo Rick Rubin para el sello American Recordings. Esos discos en su día me volaron la cabeza, hasta el punto de que decidí ir a ver a Johnny Cash a su casa. Ya teníamos el billete para Nueva York, y desde allí pretendíamos bajar hasta Nashville. No es que quisiera ir a darle el coñazo al hombre, porque hacía poco que había muerto June Carter, pero sí que me apetecía al menos estrecharle la mano y darle las gracias porque siempre ha sido para mí una figura emblemática. Así que teníamos todo preparado, y el hombre se murió como dos semanas antes de salir para Estados Unidos. Fuimos a Nashville de todos modos, ya en plan como los dos japoneses esos que salen en Mystery Train, que van a Memphis a ver los estudios de Sun Records y tal, porque queríamos ver la famosa casa del lago, esa que luego quemó el hijoputa de Barry Gibb [risas].

A cambio de no poder verlo, sí que puedo decir que en Nueva York conocimos a su hija, a Rosanne Cash. En esa época estábamos haciendo un cómic sobre Johnny Cash para Acuarela, la editorial en la que trabajaba antes, y con ella hubo muy buen rollo. Le gustó mucho.

De Johnny Cash tradujiste también su biografía.

Sí, también para Acuarela. Traduje de hecho su primera biografía, una que escribió en el año 1979. Aquello se publicó cuando Johnny Cash empezó a hacerse muy famoso en España, por la película y tal. Global Rhythm sacó otro libro parecido más o menos al mismo tiempo.

En verdad yo llevo mucho tiempo escribiendo un libro sobre «mi Johnny Cash», lo que pasa que con el rollo de la editorial no puedo dedicarle todo el tiempo que quisiera. La historia de este libro es muy curiosa, porque empezó como un artículo para El Estado Mental, cuando se publicaba en papel. Me dijeron: «Oye, ¿por qué no te escribes algo sobre Johnny Cash, de tu viaje y tal?», y dije: «Venga, vale. Vamos para allá». El de la revista me dijo que si iba a hacer un artículo sobre Johnny Cash tenía que ser «el artículo definitivo de Johnny Cash». Y así lo titulé [risas]. Lo que ha pasado es que el artículo se me ha ido de las manos, lo he extendido mucho, así que ya no será el artículo definitivo sino el libro definitivo de Johnny Cash.

Esto ya me ha pasado otras veces. Cuando empecé a colaborar para Mono Azul, una editorial sevillana que ya no existe, me encargaron un prólogo para las memorias de Gerónimo. Empecé a escribir ese prólogo y hubo un momento en que tuve que llamar al editor para decirle que iba por la página quinientos, y que quizás se me había ido aquello de las manos [risas].

Tu libro «definitivo» de Johnny Cash, ¿saldrá en Dirty Works?

No lo sé, no creo. Ya me han propuesto sacarlo en otro sitios, y me parece que prefiero mantener cierta distancia entre lo que escribo y lo que publico, para que no huela la cosa.

Además, rompería un poco la línea editorial que tenéis ahora, que solo publicáis narrativa extranjera.

En el fondo no dejaría de ser un libro sureño. Y lo que estoy escribiendo es un poco extraño, la verdad, así que creo que podría encajar bien con nuestra línea editorial. Pero bueno, si puede salir por otro lado, mejor. Que se coma el marrón otro [risas].

Nos consta que tu visita frustrada para ver a Johnny Cash no fue tu primer viaje a Estados Unidos. ¿Cómo surgieron tus Apacherías?

Apacherías es un libro que gira en torno a los apaches, pero que me sirvió para hablar de todas las tribus norteamericanas. El origen de este libro fue el prólogo que os he contado antes sobre Gerónimo, que había escrito sus propias memorias, y cuando las leí me quedé fascinado. Yo había estado viajando por las reservas indias, y encontré ese libro en la tienda de regalos que hay al lado de la batalla de Little Big Horn, donde el general Custer perdió contra los indios. Lo bonito de Estados Unidos es que normalmente son más interesantes las tiendas de los sitios que los sitios en sí, porque allí te hacen un museo de la cosa más peregrina. Me acuerdo de que en Arizona visité un museo que se había hecho en un sitio que fue donde a Billy el Niño se le rompió el carromato en el que huía. Y de aquello solo quedaba una rueda. El museo no tenía ningún interés especial, porque lo único que había allí era la rueda esa. Pero luego estaba la tienda de regalos, que era espectacular: libros, fotografías… En fin, que encontré el libro de Gerónimo en una tienda de regalos de esas, y me quedé fascinado. Y de ahí surgió el tema.

Luego continué viajando por Montana. En Nevada hay un pueblo, Elko, donde está la reserva de los shoshone y donde hay una comunidad vasca increíble. Había como competiciones de bertsolaris con los de las otras reservas, que bajaban de la montaña para competir. Y esa era un poco la tónica de mi viaje, y de ahí salió un libraco que se publicó en Mono Azul. Pero como la editorial ya no existe y el libro está desaparecido en combate, he pensado en reeditarlo. Además en su momento ganó el premio al mejor libro de viajes del año y funcionó muy bien. Han pasado muchas cosas desde entonces en las reservas y molaría, sí, reeditarlo y ampliarlo con todo lo que ha pasado. Y lo haremos.

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Esa fascinación que tienes por todo lo norteamericano y sus tradiciones, ¿de dónde viene?

Pues no os sabría decir, la verdad, porque yo soy de Madrid [risas]. Yo creo que viene de mi abuelo, que le encantaban las películas del Oeste desde siempre. Trabajaba en una prisión de mujeres en Tenerife, y las presas le querían mucho porque era un tipo entrañable. Cuando Johnny Cash vino a España, al programa Sábado Noche, yo llegué a fantasear: «Joder, ojalá mi abuelo contratara a Johnny Cash para que tocara en la prisión» [risas]. A él le encantaba ese mundo, y me hablaba mucho de los indios. Sobre todo de los guanches que había allí en Canarias, y de los guanches que viajaron a Estados Unidos para matar indios. Siempre estuvo del lado de los indios.

Luego, cuando era niño, iba a todas las fiestas disfrazado de indio. Una vez, con ocho años, me llevaron a un concurso, y allí había otro dos chavales vestidos también de indio, pero iban más maqueaos que yo. Recuerdo que cuando dieron el primer premio dijeron: «¡El mejor disfraz de la fiesta es el de indio!»», y yo fui todo contento a recoger el premio pero, de repente, otro niño indio me hizo así en el hombro… [da un golpe con la mano]. Luego me di cuenta, al escribir el libro, de que ese niño iba más de sioux, que tienen un look más aparente, porque llevan su penacho de plumas y sus abalorios, y yo iba más como de indio navajo pobretón, y por eso no gané [risas].

Pero por encima de todo está la música sureña. Todo eso del blues, el jazz, el country, siempre me ha fascinado. Y todo lo anterior confluye en Dirty Works.

¿En qué momento decides canalizar toda esta pasión por la cultura norteamericana y volcarla en el mundo editorial?

Todo surgió cuando empecé a trabajar en Mono Azul. Su editor, Jabo H. Pizarroso, me propuso dirigir una colección de literatura norteamericana de la época de Melville y tal. Sacamos cinco libros, que también traduje, en los que el diseño intentaba ser un poco más divertido…

Mono Azul fue de hecho una de las primeras editoriales independientes que empezó a innovar un poco en ese aspecto.

Sí, además fue en la época en la que UDL empezó a trabajar con todas estas nuevas editoriales. También aquello se nos fue de las manos, porque tirábamos cuatro mil ejemplares de una edición y luego vendíamos cien, con suerte… Uno vale, pero si se van acumulando esas cosas, al final es una locura. De hecho Mono Azul quebró, y entonces pasé a trabajar en la editorial Acuarela, con Tomás Cobos, Amador Fernández-Savater y Abel Hernández Pozuelo, que eran amigos. Ellos ya llevaban un tiempo con la editorial, pero en plan: «A ver, ¿cuánto dinero tienes?», y «pues mira, con eso da para sacar este libro». Nunca tuvo afán de convertirse en algo grande. Cuando entré a trabajar con ellos, lo primero que hice fue traducir la biografía de Johnny Cash, que inauguró la colección RECorridos, dedicada a la música. Y luego ya nos aliamos con Machado, que quiso coeditar con nosotros y el ritmo de edición subió.

Lo de Acuarela nos resultó siempre un poco extraño, porque también era un sello de música.

Sí. A la vez, Jesús Llorente creó el sello de música y la editorial en principio estaba vinculada, pero llegó un momento en que tuvimos que separarlo para llevar cada uno sus cuentas, porque si no aquello era un desastre. Y el sello de música sigue, no sé cómo, pero sigue. Cuando hace un año dejé Acuarela para montar Dirty Works todavía seguían allí trabajando por lo menos seis personas, pero poco a poco ha ido cayendo gente.

En la colección RECorridos»sacáis dos libros brutales, que además os ponen bastante en el mapa: Rotten, la biografía de John Lydon; y Really The Blues, las memorias de Mezz Mezzrow, que rescatáis con nueva traducción firmada por ti, porque la que había…

Sí, era una mierda. Tan mierda que había incluso capítulos que el antiguo traductor se había saltado, no porque no fueran interesantes, sino por lo complicados que eran de traducir. Porque claro, en ese libro escriben como hablan, hacen virguerías con el idioma. La primera edición se publicó en Muchnik, cuando estaba con Anaya, y el traductor debió de pensar: «Bah, de esto no se va a enterar nadie», porque además era el típico libro de cubeta de El Corte Inglés, que se compraba por un euro, que fue al desguace directamente. Es acojonante darte de cuenta de que falta texto en una edición. Pero es verdad que es un libro muy complicado de traducir. Incluso en el texto original en inglés venía un glosario para que el propio lector angloparlante pudiera entender bien cómo se trapicheaba la droga en Chicago en los años cuarenta. En aquella primera edición venía una frase de Tom Waits y un prólogo de Barry Gifford, y eso sí lo respetamos. Pero vamos, que ese libro estaba ya descatalogado, en liquidación, y no sé muy bien quién nos habló de él. Creo que fue el propio Abel, que dijo: «Yo creo que este libro es increíble, tenemos que recuperarlo». Funcionó muy bien además, y ahora al menos tiene una traducción digna.

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Por lo que os hemos leído, Dirty Works nace de una necesidad de hacer las cosas a vuestra manera, un poco en plan canalla, hasta el punto de que vuestro distribuidor se echó las manos a la cabeza cuando le contasteis cómo ibais a funcionar.

Así es. El proyecto se cuece un día que mis socios, Nacho Reig y Rosa van Wyk —que son pareja y viven en Mújica, al lado de Guernica de camino a Toledo hacen una parada en Madrid. Y quedamos los tres. Tenía una hora libre y me pillaron en un momento de desencanto laboral, y les dije: «Vamos a un bar que conozco que se llama La Esquinita, y nos tomamos una cerveza». Empecé a soltar lo más grande, a cagarme en todo, y Nacho, que se ha dedicado toda la vida al cine y venía también quemado de lo suyo, se unió a la fiesta, porque también es de los de «no me gusta mi gremio». En un momento dado Rosa se fue al baño, y cuando volvió ya teníamos montada la empresa [risas]. Ella, que ha vivido toda la vida en Londres y es de Sudáfrica, cuando se enteró de lo que habíamos decidido, dijo: «Vale, pero que esta no sea la típica conversación española». Ellos siguieron para Toledo, y a los dos días ya estábamos con todos los papeles hechos y la empresa montada.

Con Nacho tengo además una anécdota muy curiosa: él había rodado una película llamada Amerikanuak, sobre la vida de los inmigrantes vascos de Elko, que se llegó incluso a presentar en el Festival de Cine de Donosti. Pero lo curioso es que cuando yo estuve allí, en Elko, rodando mi documental indio, me enteré de que había otro equipo de cine enfrente rodando lo de los vascos, ¡y era él! [risas]. Algo así pasaba también en una película belga, cuyo título no me acuerdo, en la que un equipo de cine iba siguiendo a un asesino a sueldo, iban grabando la vida cotidiana del serial killer, con el tipo desayunando y tal. Y hay un momento en la película en que se cruzan con otro equipo de cine que va siguiendo, también, a otro serial killer, y cuando se encuentran actúan como si fuera una cosa corporativa, en plan: «Hola, ¿cómo te va?». Era una película acojonante. En fin, el caso es que Nacho venía del mundo del cine y estaba también hasta los huevos, no quería saber nada más de aquello, y así surgió Dirty Works.

A Nacho le gustaba mucho Larry Brown, y en concreto un libro suyo de cuentos buenísimo que había sacado Bartleby: Amor malo y feroz. Pero nunca volvieron a publicar nada más de él. Y me acuerdo de que Nacho me decía: «Si tuviese pasta, my friend, te cogía a ti de traductor y te pagaba para que me hicieses traducciones de Larry Brown para mí solo. Además en plan millonario: una edición de un solo ejemplar, una buena edición, con depósito legal y todo…» [risas]. Y al final es lo que hemos hecho, aunque lógicamente no sacamos solo un ejemplar. Pero el plan de la editorial siempre ha sido: «Vamos a traducir las cosas que nos gustaría leer y que no se traducen, pero haciéndolo para nosotros». El primer título de Dirty Works fue la primera novela de Larry Brown, Trabajo sucio, que gracias a dios da nombre a la editorial porque estuvo a punto de llamarse El Alambique [risas]. Eso hubiera sido ya la ruina. Dijimos tantas tonterías y tantos nombres para la editorial que al final optamos por llamarla «Trabajos sucios», en honor al primer libro que sacamos. Y ahora nos parece que Dirty Works no suena nada mal.

Empezasteis con una campaña promocional bastante fuerte, con vídeos y mucho merchandising.

Sí, desde el principio quisimos que la cosa tuviese buen aspecto, nos gusta mucho cuidar la estética. Nacho viene del cine y Rosa del diseño, así que nos basamos mucho en las páginas web de las series de televisión o de lanzamiento de alguna película. Queríamos que nuestra web tuviera una estética que no se pareciese a la de una editorial. Queríamos una editorial que se pareciese lo menos posible a una editorial, y de ahí surgieron dos blogs: uno de música que llevo yo, y uno de series que lleva Nacho. La idea es acompañar la salida del libro con contenidos adicionales. Si sacamos un libro de Larry Brown, también traducimos entrevistas que le han hecho o artículos que él ha escrito, para que todo sea un poco más completo.

Desde el principio queríamos hacer libros que nos gustasen mucho, que tuviesen una buena y bonita textura. Pero la distribuidora nos decía: «Sois muy sobrios, no metéis nada de fajas». La primera reunión con ellos fue surrealista, porque nos pusieron de ejemplo la mierda que hicieron con el libro de Agassi, que para la promo sacaron un álbum como de plastiquillo con una frase, no me acuerdo de quién era, pero era una horterada de dimensiones descomunales. Nos decían que hiciéramos eso, una faja en la que alguien reconocido recomendase los libros. Y luego, con las citas de atrás lo mismo, que si tenían que ser de gente conocida y tal. Con la coña esta de las fajas, yo propuse que para el próximo libro íbamos a sacar una con una frase de, por ejemplo, Álex de la Iglesia que dijera: «Cómo molan los Dirty Works, que te dejan al final del libro dos páginas negras de cortesía para limpiarte el culo» [risas]. Es que eso de las fajas no tiene nada que ver con nosotros.

También nos decían que, por lo menos, pusiéramos dentro del libro las cubiertas de los anteriores publicados, para que así se viera que teníamos un catálogo. Y tampoco pasamos por ahí. Qué puta obsesión de llenarlo todo con cosas, ¡pero si a nosotros nos gusta el negro!

Pero en alguna cosa habréis tenido que ceder.

No, ceder no hemos cedido en nada. Otra cosa es que no siempre hayamos podido elegir lo que más nos gustaba, por cuestiones económicas. Cuando estábamos eligiendo el tipo de papel que queríamos usar para nuestros libros, solíamos entrar en las librerías para toquetear las páginas de otras editoriales, para palpar así todas las texturas posibles. Era muy gracioso vernos, con estas pintas, toqueteando y olisqueando todos los libros [se levanta y empieza a toquetear extintores]. El día más surrealista fue en La Central de Barcelona, donde entramos un poquito tocados del día anterior, y nos fuimos desplegando por toda la librería, cada uno por un lado, como rodeándola. Cada uno tocaba sus libros, e íbamos avisándonos cuando encontrábamos un papel que nos gustaba, en plan: «Eh, tío, mira, ven, ven». Y el de la puerta de seguridad flipaba muchísimo, viendo a dos tíos tan grandes oliendo libros [risas].

Y sí, al final, por un tema de pasta, no hemos podido utilizar un papel a la altura del que queríamos, porque nosotros hemos empezado de cero, cero, cero. Poniendo cada uno lo poco que tenía ahorrado. Estamos ahora empezando a levantar el vuelo, pero todavía nos queda un poquito. De hecho, ninguno de los tres vive todavía de la editorial. Nuestro objetivo es que Dirty Works funcione algún día como La Felguera. Los dos primeros libros que publicamos están un poco dedicados a Servando Rocha, que es nuestro amigo, por todo lo que ha hecho por nosotros. Es el maestro, una máquina, no solo por lo bien que edita sino por el concepto que tiene de editorial y de vida. Nosotros queremos formar una familia Dirty. En nuestro caso un poco más disfuncional que la de La Felguera, pero familia al fin y al cabo. Desde el principio le hemos fusilado casi todo, diciéndole: «El papel que tú utilizas nos gusta, y te lo vamos a copiar. El de cubierta también». Es más, nosotros trabajamos con Kadmos, la imprenta de Salamanca, gracias a su contacto. Le decíamos: «¡Queremos ser como tú, Servando!». Es que funcionan muy bien, con toda esa secta que se ha generado en torno a ellos, que son gente muy fiel. Muchas veces sacan un libro y antes de que llegue a la librería ya han cubierto los gastos con la venta directa desde la página web, que es algo que nosotros también tenemos. Menos mal que es buena gente y no se enfada, porque les estamos copiando todo.

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¿Cómo das abasto, siendo editor y a la vez traductor?

Sí, es verdad. Yo hago casi todas las traducciones. Algunas las ha hecho Tomás, que trabajaba conmigo en Acuarela y que es un traductor excepcional. Y ya le he tirado el anzuelo a Inga Pellisa para que traduzca a nuestra primera mujer Dirty, Bonnie Jo Campbell. Siempre nos decían: «Sois un poco masculinos, ¿no?», aunque solo lleváramos dos libros [risas]. Pero ya tenemos a varias autoras que, a su lado, Harry Crews se queda, vamos, como un niño haciendo la primera comunión.

Lo que pasa que este año hemos sacado seis libros, que para nosotros es un trabajo descomunal, porque los últimos han salido muy seguidos, y no nos ha dado tiempo de disfrutar de ellos. No hemos podido darle a cada uno su tiempo, su espacio. También vinieron dos autores de los seis que tenemos, de los cuales tres están muertos y uno no se sabe qué pasó con él. Pero a los dos vivos hemos tenido la suerte de traerlos a España y conocerlos en persona.

¿Cómo pudisteis montar eso?

Pues mirad, fue una cosa fantástica. Alan Heathcock, el de Volt, que vive en Idaho, iba a dar un curso en Francia, un taller de escritura, así que traerlo desde allí era muy barato. Le cogimos un piso en Madrid, y el tío encantado de venir. Cuando se enteró de esto Mark Richard se picó, y nos dijo: «Yo tengo muchas de conocer a Heathcock. He leído su libro y me ha gustado mucho», pero como vive en Los Ángeles le dijimos que nosotros no podíamos traerlo desde allí, que no teníamos presupuesto para tanto. Pero el tío nos dijo que se lo pagaba todo él, que necesitaba unas vacaciones. Y así fue. Se pagó el hotel, el viaje y todo lo que consumimos, que no fue poco [risas].

Mark estaba muy agradecido con nosotros, porque había abandonado un poco la escritura y el libro que le hemos publicado es de hace ventipico años. Le hacía mucha gracia que hubiese unos tíos en el otro lado del mundo que lo quisiesen recuperar. Estaba fascinado con nosotros, y nosotros en verdad teníamos el miedo típico de pensar: «¿Y si es un gilipollas?» [risas]. Pero resulta que estamos publicando gente con la que da gusto irse de cañas. Pero claro, con el peligro de que nos maten en el intento.

Con Mark tuvimos un día de sinceridad absoluta en la terraza del hotel donde se quedaba. Nos dijo: «Joder, esta es la mejor semana de mi vida y, ¿sabéis qué? Los derechos de mis otros libros, os los regalo». Nosotros le dijimos que mejor lo hablábamos mañana, cuando no estuviéramos borrachos. Nos dio apurillo y le dijimos: «No, lo hacemos bien, como hemos hecho este, porque al final esto son derechos de autor y tal». El tío entendió nuestro apuro y nos contestó: «Vale, vale, os entiendo. ¡Un dólar! Os lo vendo todo por un dólar». Y, efectivamente, así ha sido. Él decía que sabía que su agente le iba a matar, pero que le daba igual. Y ese mismo día nos compró entradas a todos para ir a ver la exposición de El Bosco, en el Museo del Prado, el día de la inauguración. No sé cómo lo hizo, pero lo consiguió. Fuimos allí en comandita con él y cuando estábamos a punto de pasar por el arco detector de metales, nos echa para un lado y nos dice: «¿Pensáis que dejarán pasar con esto?», y saca el tío un pedazo de cuchillo enorme. Y nosotros: «Pero Mark, ¿a dónde vas con eso?». Y nos contestó: «¡Es que soy de Louisiana!» [risas]. Pero lo más gracioso no fue eso, sino que al final entramos, le enseñamos el cuchillo al de seguridad, y va el tío y nos dice: «Sí, sí, no hay problema». Lo deja a un lado del arco, y tras pasar Mark, coge y le devuelve el cuchillo por el otro lado. Entonces, ¿para qué tanta parafernalia? [risas]. Y antes de irse nos compró un cuchillo a cada uno en una tienda de Madrid. Así que, aunque no soy de Louisiana, ya tengo mi cuchillo para cualquier eventualidad: para despellejar un caimán, por ejemplo, o lo que surja… Ahora no lo llevo encima, ¿eh? [risas].

Conocer a Mark Richard ha sido increíble. Ahora se dedica a hacer series de televisión en Hollywood. Se había ido a buscar localizaciones a México para una movida de zombis, y me recomendó una novela de César Aira que yo no sabía ni que existía. El tío es un crack. Nos ha escrito un prólogo para lo nuevo de Larry Brown que vamos a sacar, y eso que hace tiempo que dejó de escribir. Pero Mark conoció mucho a Larry Brown, fueron de hecho buenos amigos y tiene muchas anécdotas con él, muchas cartas. Estuvo en su funeral, porque Mark es predicador. Tiene su anillo oficial y todo. Ha oficiado tres funerales y una boda.

Casi al revés que la película.

Sí. Nos contó de hecho una anécdota con Larry Brown, en un funeral al que fueron todos, y al terminar, se llevaron las cenizas para esparcirlas por los pantanos de Louisiana, ya en la parte que pega al mar. Las mujeres habían prepararon todo, y se quedaron en la orilla. Y los hombres se montaron en una barquita de remos, con las cenizas, para tirarlas al agua. Pero en verdad iban todos borrachos, y de repente un tiburón empieza a circular alrededor de ellos. Y los tíos, borrachos como cubas, sin saber qué hacer. Hasta que Mark dice: «Tranquilos, que los tiburones estos no hacen nada. Si no tenemos nada de comida en el bote nos respetarán». Y uno de ellos empieza a ponerse nerviosete, y dice: «Yo sí llevo comida». Tenía el tío en el bolsillo un bocadillo de no sé qué [risas], y las mujeres, desde la orilla, viéndolo todo, preguntándose que qué coño hacían, porque al final salieron las cenizas volando, con el tiburón detrás [risas]. De ese nivel son las anécdotas de Mark.

De hecho, en el prólogo que nos ha escrito cuenta anécdotas de ese tipo. Tiene una foto en la que sale él bailando con Larry Brown en el garaje, los dos muy borrachos. A ver si la encuentra, porque me encantaría rescatarla. Por lo visto sus mujeres se odiaban. La mujer de Larry Brown siempre odió a la de Mark Richard, y la de Mark Richard a la de Larry Brown, porque cuando se juntaban eran, ¡uuufff! Me recuerda un poco a mi relación con mi socio, que somos muy de juntarnos a beber y que se te vaya, y que haya tiburones dando vueltas [risas].

Luego Mark Richard también conoció a Harry Crews. Coincidieron en Oxford, en el pueblo de Faulkner, porque durante unos años Barry Hannah un autor que podría ser un futuro Dirty— organizó unos cursos allí de escritura sureña, y los invitó a todos. Sobre esto hay otra anécdota preciosa: a Larry Brown le flipaba Harry Crews. Lo admiraba muchísimo. A Mark Richard también le gusta Harry Crews, pero tampoco es que sea uno de sus autores favoritos. Un día, en uno de estos cursos en Oxford, invitaron a Harry Crews a dar una charla, y coincidió que Mark Richard estaba allí. Larry Brown se puso muy nervioso porque por fin iba a conocer a su ídolo. Fueron los dos juntos a buscarlo al aeropuerto, pararon a comprar cerveza —porque esta gente es muy de cerveza— y por lo visto, cuando llegaron al aeropuerto, se encontraron a Harry Crews giradísimo, en una de estas movidas que le daban. Fue en la época en la que se puso la cresta, y para Larry Brown fue muy decepcionante. Nos lo contó Mark: «Lo sentí mucho por Larry, porque realmente él le tenía una admiración brutal, y me dio mucha pena que el otro fuese como era».

Es que Harry Crews fue un personaje muy difícil. Cuando yo lo empecé a publicar en Acuarela todavía vivía. Kiko Amat y Miqui Otero lo querían traer para Primera Persona, el festival ese que se hace en Barcelona donde le hacen una entrevista y no sé qué. Kiko me llamó para que le diera un teléfono o una dirección donde poder localizarlo, porque iba a ir a Estados Unidos y quería aprovecha la visita para hacerle una entrevista, y le dije: «Mira, yo te lo voy a dar y te voy a decir lo que va a pasar. Te va a coger el teléfono él, en persona, y va a ser el hombre más amable del mundo, que para eso existe eso de la hospitalidad sureña. Te va a decir que sí, puede que incluso te pregunte por tu ciudad y por tu familia, y va a quedar contigo. Pero vas a ir y no va a aparecer», porque eso es exactamente lo que le pasó a un periodista francés, que quedó con él, fue a su casa, llamó a la puerta contentísimo… pero nadie le abrió. Harry Crews no apareció. Se tuvo que volver a Francia con todo pagado por la revista, y sin nada sobre lo que escribir. Salvo lo del plantón, claro. Le conté esto a Kiko y me dijo: «Ah, bueno. Entonces no me des el teléfono» [risas]. Y al poco se murió.

En fin, que este año sacaremos nuevo libro de Larry Brown y nuevo libro de Mark Richard —ese que nos ha salido «tan caro»—. Intentaremos sacar menos libros para centrarnos más en viajar, conocer gente, libreros, etc., que es algo que este primer año no hemos podido hacer.

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De hecho estáis de turné con la furgoneta haciendo una especie de gira ibérica.

Sí, hemos empezado por el sur. Yo siempre cito la canción de Tom Petty de «Southern Accent» que cantó Johnny Cash, y que para mí será siempre una canción de Johnny Cash más que de Tom Petty. Johnny Cash es que ha robado muchas novias, porque cualquier canción cantada por él suena mejor que la original. Pero sí, la gira la empezamos en Málaga, en El Rincón de la Victoria, donde hay unos chavales que han montado allí una librería increíble: La Mínima. Son una pareja extraordinaria. Son maestros de circo, de los que dan clases a los hijos de artistas de circo. Tienen su propio carromato, con aulas para los críos. Llevan siete años viajando por España, y ahora han montado esta librería, casi a pie de mar. Es una librería-bar, la única librería del pueblo, y tienen allí un catálogo espectacular. Son supermajetes además. Fue curioso porque nos dijeron que si íbamos allí a presentar nuestro catálogo íbamos a vender un montón, y allá que fuimos. Cuando llegamos, empezó a entrar gente pero con una media de edad de sesenta años o así, y pensamos que íbamos a vender una mierda. Proyectamos un vídeo con todos estos gamberros haciendo barbaridades y decíamos: «Estos señores se van a asustar». Pero qué va, la gente superinquieta, preguntando muy interesada. Todos se fueron con un libro de Dirty Works.

Luego nos fuimos a Córdoba, invitados por Bandaaparte, que es una editorial hermana. Son muy amigos, y nos han estado acogiendo en su casa. Luego hemos venido con ellos para Sevilla, aquí al Bookstock, y luego iremos a Plasencia, Salamanca y Segovia, para visitar a las tres librerías que se han asociado bajo el nombre de «La Conspiración de la Pólvora». Y acabaremos en Albacete, en la librería Nemo, que son gente que desde el principio contactó con nosotros porque les gustaban muchos los libros que hacíamos, y nos pedían también nuestras camisetas y tal. Respondieron de puta madre, así que lo teníamos pendiente. Luego vamos a montar otra más por el norte, cuando nos recuperemos del sur.

Hasta eso lo estáis haciendo al revés que los demás, porque el primer terreno que se lanzan a conquistar las editoriales de nuevo cuño no suele ser el de las librerías.

Es verdad, pero al final el que vende el libro es el librero. Es el que te lo va a colocar bien si tú lo tratas bien. En todo este proceso de ir derivando el trabajo a otra gente, el librero es al final el que está a pie de calle, y es el que sabe lo que se vende en su librería y lo que no.

O sea, que os preocupa más estar en cualquiera de estas librerías que en la sección de  novedades de El Corte Inglés.

Sin duda. UDL nos coloca muy bien en las cuentas grandes, porque ya tienen un canal de difusión, pero nos queda todavía mucho por llegar porque hay librerías en las que no estamos. También estamos ahí apretándole las clavijas a UDL porque, por ejemplo, fuimos a la librería más importante de Burgos y no sabían ni quiénes éramos. A UDL le estamos apretando para que lo hagan un poco mejor, pero nosotros, en lo que podamos, también tenemos que ir abriendo camino por otros sitios.

Al principio yo creo que UDL no nos supo vender bien, no sabían muy bien qué hacíamos. También es verdad, y supongo que es normal, que todo el mundo tiene preferencias. Ellos venden mucho mejor los libros de Rey Lear, de Periférica, ese tipo de cosas. Eso sí saben venderlo muy bien, pero nosotros tuvimos con ellos al principio nuestros más y menos, porque no sabían lo que éramos. En una reunión con ellos cometieron un error muy grave. Hicimos un vídeo promocional con Ignatius Farray, que es amigo de toda la vida, un vídeo que teníamos colgado en nuestra web desde hacía tiempo, y la chica de UDL nos dijo un día: «Ayer vi el vídeo con el humorista ese». Y entonces le dije: «¿Me estás diciendo que llevamos un año trabajando juntos, y que ayer entraste por primera vez en nuestra web?». Mal. La verdad es que nos está costando mucho que nos muevan bien.

Luego también hay gente que piensa que estamos especializados en novela negra, porque como los libros son de color negro, pues novela negra. Incluso una de las subdelegadas de la distribuidora también nos quería vender en las tiendas de cómics y tal, como si fuéramos unos fanzineros. Si vendes así nuestro producto, pues el sesenta por ciento de las librerías no van a querer nuestros libros, porque… ¡que no coño, que no somos fanzineros!

Pues aprovecha ahora: ¿cómo os gustaría que os vendieran? ¿Con quién queréis que os identifique la gente?

Nuestra línea editorial se mueve en el terreno del gótico sureño posmoderno. Aunque aquí todo lo inventó ya Flannery O’Connor. Todos nuestros libros son muy hijos de ella, y de Faulkner. Son como mamá y papá.

Pero sí, tenemos que aprender a vender mejor la idea de quiénes somos. A lo mejor hemos fallado en eso y no hemos sabido transmitirlo bien, de ahí lo de viajar y conocer a la gente en persona. Por eso hemos montado un vídeo donde recogemos entrevistas a Harry Crews y a Larry Brown, para que la gente vea quiénes somos.

Y en prensa, ¿qué impacto habéis tenido?

La verdad es que nos han tratado de puta madre, porque toda la gente que ha hablado de nosotros ha hablado bien. No hemos tenido por ahora ningún problema, aunque también es verdad que lo que ha salido en prensa ha sido muy puntual, de cuando hemos publicado alguna novedad y tal…

Luego están los blogueros, claro, donde hay gente para echarle de comer aparte. Gente que se está haciendo gratis una biblioteca de libros por la cara, que te escriben y te dicen: «Oye, ¿me puedes mandar los seis libros que habéis sacado, que tengo que hacer una reseña en una página que tengo y tiene no sé cuántos miles de visitas?». Cuando estaba en Acuarela los enviábamos siempre, porque picas y lo mandas a casi todo el mundo. Pero cuando ves las mierdas de reseñas que te hacen, dices: «Mira, no, cómpratelo». Yo hago un blog de música y no voy pidiendo los discos a la gente. Te los mando si realmente te curras tu texto. No te estoy diciendo que me pongas bien. Ponme a parir si quieres, y si lo haces con gracia y con sentido, y te lo curras, pues de puta madre. Pero si no, prefiero regalarle el libro a un librero que a uno de estos figuras. Así que esta es la asignatura pendiente.

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Vuestros libros plantean un universo muy concreto. ¿Qué recomiendas tú para empezar con Dirty Works?

Yo creo que deben empezar por Trabajo sucio. Los libros hablan entre sí porque tienen un poco que ver unos con otros: este conoce a este, o aquel a tal. Y eso que Trabajo sucio no es el más digerible de los seis que hemos sacado hasta la fecha. Quizás el más asequible sea la autobiografía de Óscar Zeta Acosta, que como está ligado a la película Miedo y asco en Las Vegas y se trata de un personaje un poco más conocido, pues se puede tener una referencia más clara de él. Con ese libro sí que hicimos una pequeña concesión al «fajismo» pero sin poner faja. Por detrás, en la contra, pusimos una cita de Benicio del Toro hablando de quién es este señor. Intentamos incluso ponernos en contacto con él, pero al final no pudimos. Como seguramente rescatemos el otro libro de Acosta, nos encantaría sacarlo con un texto de Benicio del Toro sobre cómo fue interpretar a Zeta Acosta en la película.

Después de Trabajo sucio, yo recomendaría Volt, que para nuestra sorpresa no se ha vendido tanto como esperábamos, ya que era el libro más premiado de todos los que hemos sacado. Ha sido también muy recomendado por Donald Ray Pollock, que le hizo la crítica en el New York Times. Además Heathcock es un autor con una proyección muy potente ahora en Estados Unidos. Está acabando su novela, de casi seiscientas páginas. Me contó un poco de qué iba, y tiene una pinta increíble. Lo comparan mucho con Cormac McCarthy. A mí Volt es el que más me gusta, por cómo ha quedado de diseño y todo eso. Tenemos la suerte de que, a pesar de que no se ha vendido como esperábamos, ahora están haciendo una adaptación cinematográfica del primer relato del libro, y Heathcock está metido también en el guion. Va a ser una película muy potente. Nos contó los actores que se estaban barajando para el protagonista y eran nombres como Tom Hardy, Leonardo Di Caprio… y en seguida nos dijimos: «¡Joder, a ver si la hacen pronto y ahí sí que ponemos una faja!» [risas]. Eso nos daría un subidón, la verdad, y eso que parece que hacemos las cosas como si no quisiéramos ganar dinero. Por ejemplo, de Larry Brown vamos a sacar ahora Padre e hijo, su tercera novela. Nos hemos saltado una, y mucha gente nos pregunta que por qué, y la razón es que se acaba de hacer una película basada en el libro que ha tenido mucho éxito: Joe. Para colmo la peli es buenísima, con Nicolas Cage.

Hablando de Nicolas Cage, como abogado vuestro os recomiendo dos páginas de Facebook: una que se llama «Nicholas Cage es todo el mundo», en la que se ve al tipo haciendo de cristo crucificado, de Blancanieves, de lo que sea… es la hostia; y otra que se llama: «La misma foto de Jeff Goldblum todos los días», que también es espectacular.

El catálogo de Dirty Works presenta ciertas similitudes estéticas con la colección «Al margen» de Sajalín. Quizás ellos están más centrados que vosotros en la literatura de rescate, porque en vuestro catálogo al menos se pueden encontrar escritores vivos. ¿Es esta la línea editorial que queréis seguir explotando?

No. Nuestro funcionamiento consiste en que yo me pongo a bichear, y voy leyendo y encontrando, pero no es buscado. Es verdad que desde el principio nos han relacionado con Sajalín, pero creo que somos diferentes. Yo a Dani lo conozco desde hace tiempo. De hecho participamos los dos en un combate cuerpo a cuerpo entre Edward Bunker y Harry Crews (ganó Harry Crews, por cierto). Por otro lado, Bunker es un autor muy Dirty.

Ahora va a salir otra editorial que tiene muy buena pinta, con una estética muy cañera, y creo que va a estar en la misma línea que nosotros. Se llama Underwood, y van a empezar publicando Fat City. Está bien que haya editoriales así. Ahora bien, hay mucho hijo de puta en el sector editorial, hay muchos buitres. Sobre esto, Marta, mi chica, siempre me echa la bronca y me dice: «¡No digas nada!». Con los amigos, por supuesto, me llevo bien, pero creo que amigos de verdad solo tengo a Dani de Sajalín y a Servando de La Felguera. Son de los pocos. Porque luego a mí me han hecho cosas muy feas en este sector.

Cuéntanos alguna.

Llevábamos ya publicados dos libros de Harry Crews en Acuarela, y estaba en la imprenta, a punto de salir, el de Una Infancia. Me llamó alguien que yo pensé que era mi amigo, que era buena gente, y me preguntó si íbamos a publicar ese libro. No diré de qué editorial es, pero el caso es que le dije que sí, y que se lo mandaba, porque al día siguiente salía de imprenta y estaba de puta madre. Ni siquiera me agradeció el gesto de habérselo mandado, y me enteré por otra gente que había alguien que había estado buscando publicarlo. Y resulta que era él. Las cosas no se hacen así. Si me lo hubiera dicho a la primera, le habría contestado: «Tío, yo no soy el dueño de Harry Crews, pero por lo menos dímelo». Dime que vas a sacar un libro de Harry Crews y yo te diré: «Ole tus cojones». A mí qué más me da, si hay un montón de autores. A mí no se me va a ir esto al garete por eso. Si lo sacas tú, yo saco otro. ¡Si hay un montón! Lo que pasa es que hay mucha gente que no trabaja. O sea, que no lee, que solo publican lo que les mandan las agencias o los libros recomendados por gente que lee para ellos. Nosotros, como buceamos y nos metemos ahí en el lodazal, pues encontramos un montón de cosas.

A ver, en este círculo de las editoriales independientes el ambiente es diferente. Hay buen rollo entre los que más o menos solemos vernos en las ferias y tal, pero también hay cada… ¡uff! En fin, que para tener amigos hay que irse a otro lado.

Hablando del ambiente entre editoriales, con Valdemar siempre habéis tenido buen rollo, ¿no?

Sí, a Rafa hay que meterlo en el grupo de amigos, es verdad. Y eso que lo conozco hace no mucho, pero desde el principio le ha gustado nuestra editorial. Le daba al «me gusta» a todo, y cuando lo conocí en persona descubrí que es un tío excepcional. Desde entonces, cada vez que sacamos algo, él hace una publicación con su  muñequito de pincho al lado, y se nota que la gente le hace caso. Estamos superagradecidos.

Antes he citado a los editores que considero amigos; es decir, que si no fuesen editores seguirían siendo amigos. Y decía que no hay caballerosidad en este negocio, y que hay mucho hijoputismo, pero lo peor que tiene nuestro sector editorial son los dinosaurios, que deberían extinguirse ya con la última glaciación. Las editoriales que eran independientes hace años se han convertido ahora en una puta mierda. Como Anagrama, sin ir más lejos. Toda esa gente tiene ya que empezar a dejar espacio a lo que viene, que es muy fuerte y está dando vida a las librerías.

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¿Tenéis en mente seguir con Harry Crews?

Sí, sí. Y no solo seguir con él, pues sacaremos uno nuevo este curso, sino recuperar los que ya traduje para Acuarela y Machado. Me gustaría hacerlo cuando ya tengamos tanto dinero que nos de igual sacar un libro u otro. Larry Brown y Harry Crews lo van a acaparar todo.

¿El que salió de Larry Brown en Bartleby también lo reeditaríais?

Pues me encantaría. Lo que pasa es que la historia de ese libro es la historia del tesón del traductor. Existe porque el traductor lo quiso. En el prólogo al libro explica cómo fue su aventura. Descubrió a Larry Brown en un viaje que hizo a Estados Unidos, lo tradujo por su cuenta y mandó su traducción a un montón de editoriales. Y todos se la rechazaban. Hasta que llegó a manos de Bartleby, que lo publicó gracias a que el traductor dio el coñazo. Lo mandó como a treinta editoriales y ¡joder! A mí no me llegó en ningún momento, ¿eh? [risas].

Hablando de traducciones, ¿por qué los traduces tú casi todos? ¿Porque no quieres soltarlos o porque si no no sale rentable la cosa?

La opción B [risas]. Es que si no no hubiésemos podido sacar los libros que hemos sacado. Está siendo duro sacar esto adelante, porque claro, yo no cobro las traducciones. No me voy a pagar a mí mismo. A Tomás le pedimos que nos echara una mano con uno porque yo ya no daba abasto. Pero hombre, a Harry Crews y a Larry Brown me gustaría seguir traduciéndolos yo. Y creo que está bien además, que cuando un traductor le ha pillado bien el punto a un autor siga traduciéndolo él.

Estaba hablando antes con Raquel Vicedo de las malas traducciones y le decía: «Tendríamos que tener una lista negra de traductores para así no comernos los marrones». Hay cada traducción por ahí de flipar, y eso te puede reventar un libro porque al final es otro acto de fe más: «¿Estoy leyendo este libro o lo que alguien se ha inventado?». Y no hablo solo de estilos, sino de cosas literales.

Recuerdo que a nosotros nos tradujeron una vez la expresión cold turkey (el mono, síndrome de abstinencia), como «pavo frío». Así tal cual, hicieron una traducción literal, y eso son mierdas que al lector le sacan de la lectura. Yo leo el libro antes y, claro, cuando luego leo una traducción me remito a las sensaciones que he tenido al leerlo en inglés. Eso me ha pasado con un libro que íbamos a sacar, que al final no lo sacamos porque la traducción era… en fin. Cuando la leí, para nada me daba la sensación que me había dado el libro al leerlo en inglés. Me pareció hasta aburrido, y me preguntaba qué cojones había pasado ahí.

¿Eso lo haces con todos los libros que editas, los traduzcas tú o no?

Sí. Recuerdo que estando en Acuarela tuvimos que pagarle la traducción a un tipo, decirle que sí, que estaba muy bien, y luego lo retradujimos entero, porque no había por dónde cogerlo.

En el blog que tenías en Acuarela colgaste una vez un texto académico en el que te habías basado para enfrentarte a la traducción del inglés sureño.

Es que la literatura sureña es muy complicada de traducir. Tú coges traducciones de Faulkner de los años setenta u ochenta y ves que lo castellanizan todo. Por ejemplo, John es Juan. Y luego, cuando ves los diálogos, parecen los tíos extremeños [risas].

Sobre Cuerpo, el primer libro que publicamos de Harry Crews, hay estudios relacionados con el lenguaje que se usa en la novela. Sobre cómo Crews subvierte el lenguaje para que suene como habla la gente. Allí hay muchos que hablan como los de Rústicos en Dinerolandia. En esa novela sale un negro con un acento muy marcado, y Harry Crews lo distingue al escribir. Y claro, en la editorial nos planteamos cómo íbamos a hacerlo. Al final nos inventamos una fórmula que más o menos reflejaba esos detalles, distinguiendo los diferentes acentos. Quedábamos los tres de Acuarela, con una botella de whisky, o con cerveza, y nos poníamos a leerlo en voz alta, y luego jijiji, jajaja, y así fue como se tradujeron esos diálogos. Porque al principio parecían andaluces, luego parecían cubanos… [risas].

Por ejemplo, el libro que ha sacado ahora Malpaso escrito por un jamaicano lo ha traducido Javier Calvo, pero la parte en jamaicano la ha hecho Wendy Guerra, traduciéndolo todo al cubano. En uno que sacamos nosotros de Harry Crews también había un jamaicano y, hablando con Tomás Cobos, que es el que más sabe de reggae y de Jamaica del mundo, le dijimos: «Tú que tienes amigos jamaicanos, ¿tienes alguno que viva aquí en Madrid para oírle cómo habla español, para ver si…?». Y lo hacemos así, buscando ese tipo de cosas hasta encontrar la mejor solución, porque si no suena todo simplemente a paleto. Como los negros de las novelas de Faulkner, que traducidos son… ¡Como si bastase con quitar la ese del final de las palabras! Así puede funcionar para un determinado personaje, pero no para todos. Suenan a paletos pero a lo mejor no lo son. Son gente del sur, y tienen un acento muy especial, y es complicado, la verdad. Porque los libros que sacamos nosotros son todos del sur de los Estados Unidos, y Harry Crews es autor muy cabrón para traducir.

Llegó la hora de la pregunta del millón: ¿qué libro clásico se te ha atragantado?

Os he leído esta pregunta en varias entrevistas y traía la respuesta preparada: no tengo ni puta idea. Yo siempre me acabo los libros. No sé si será porque soy idiota o porque tengo un sentimiento judeocristiano de culpa. Os puedo contar, a cambio, la experiencia lectora más desoladora que he tenido en mi vida, de un día que me fui a Nueva York con un puto libro de Antonio Muñoz Molina: Ventanas de Manhattan. Empecé a leerme ese libro y, en serio, me quería ir de Nueva York [risas]. Tal cual, ¿eh? Porque hay cosas de las que uno habla y aunque estén mal contadas siguen molando. Pero es que ese libro me transmitió un tedio que me hizo que me pareciera fea la ciudad, sin nada de glamur, me olía todo a aceituna… [risas]. Es el peor libro que he leído en mi vida. Además me pillé gran rebote leyéndolo, porque, ¿a mí qué cojones me importa que tú estés dirigiendo El Cervantes en Manhattan? ¡Qué coñazo tío! ¡No le des a eso una importancia que no tiene! Así que fue un error muy grande, porque me lo llevé pensado que era un libro muy molón y al final me jodió el viaje. ¡Qué hijo de puta! [risas].

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¿Qué música le pondrías al sol?

Llega el verano y con él los mosquitos, el calor asfixiante, las verbenas, los turistas ebrios que ganan algún Premio Darwin… menos mal que para compensar suena en todas partes la llamada «canción del verano». Mucho más llevadero así. Pero no es de este entrañable subgénero musical del que queremos hablar, sino de aquellas otras que por su melodía o por su letra parecen hechas para celebrar esos momentos luminosos y optimistas en los que el sol brilla con fuerza. Cada uno tiene sus favoritas, pero tras consultar a los miembros de la redacción esta es la selección a la que hemos llegado. Voten o añadan la que prefieran.

(La caja de voto se encuentra al final del artículo)

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«Rocks Off», de Rolling Stones

Exile on Main St. es el disco que Rolling Stones grabaron en 1971, tras exiliarse a Francia para pagar menos impuestos y donde disfrutaban de la costa mediterránea a la manera en que solo los ingleses saben hacerlo. Este es el tema que lo abría y con ella abrimos también la lista, cuya letra y título aluden a esos momentos en los que uno se desborda de felicidad.

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«Keep On The Sunnyside», de Johnny Cash, June Carter y Carlene Carter

Una canción que irradia alegría pero que no hay que tomar al pie de la letra en estos días: siempre al fresco y donde dé la sombra, que luego vienen las insolaciones. «Keep On The Sunnyside» sonará familiar a bastantes por formar parte de la magnífica banda sonora de O Brother, pero si rastreamos sus orígenes vemos que fue compuesta a finales del siglo XIX e interpretada unas décadas después por Mother Maybelle & The Carter Sisters. Una de las integrantes, June Carter, más adelante se casaría con Johnny Cash y ahí la tenemos cantando de nuevo este tema en su mejor versión, junto a él y a una hija de un matrimonio anterior, Carlene.

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«Big Red Sun Blues», de Lucinda Williams  

No todo tiene por qué ser euforia y dinamismo, por muy verano que sea también puede contener sus momentos de recogimiento. Lucinda Williams es una de las cantantes de country más aclamadas y aquí la tenemos cantando a un sol que suponemos poniente.

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«In the summertime», de Mungo Jerry

Ese cantante a medio camino entre un hippie y Lobezno afirma que componer la letra no le costó más de diez minutos. Ya serían menos. En cualquier caso es sencilla pero efectiva: días cálidos, conducir a toda velocidad, nadar en el mar, alcohol, chicas… la fórmula de la felicidad, en resumen.

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«All Summer Long», de Kid Rock

Algo similar nos cuenta Kid Rock tomando como base «Sweet Home Alabama». El vídeo, además de hacer un homenaje a Apocalypse Now, va intercalando escenas con ese hedonista modo de vida de los jóvenes americanos que tantas veces hemos visto en el cine y tan envidiable parece, al menos hasta que llega el asesino o engendro maligno de turno y monta su escabechina.

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«Le Jour Parfait», de Emmanuelle Seigner

La esposa de Polanski, aparte de protagonizar varias de sus películas, también ha desarrollado una carrera como cantante. Este tema forma parte del disco Dingue, que publicó en 2010, encarna a la perfección el estado de ánimo del primer día de vacaciones.

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«Summertime Blues», de Eddie Cochran

Claro que eso de asociar «verano» y «vacaciones» no deja de ser un cliché que terminará resultando tan incomprensible para las nuevas generaciones como los teléfonos de rueda. Este visionario ya nos contaba con pesar que a él en estas fechas le tocaba trabajar y ni las Naciones Unidas le libraban de ello. Es una de las canciones más versionadas de la historia, entre la infinidad de grupos podemos mencionar The Who o T. Rex.

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«Garota de Ipanema», de Stan Getz & João Gilberto

Tampoco le va a la zaga en número de versiones este tema, entre las que caben destacar la de Frank Sinatra, Sammy Davis Jr. o Ella Fitzgerald. Fue compuesta por Antônio Carlos Jobim y Vinicius de Moraes, cautivados por una hermosa joven que frecuentaba el bar en el que ellos echaban los días, y así quedó inmortalizada.

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«No Rain», de Blind Melon

Esta es la canción que dio fama al grupo liderado por Shannon Hoon, quien siguiendo una arraigada tradición musical acabaría muriendo por sobredosis. El vídeo que la acompaña, irresistiblemente simpático, contribuyó a su éxito y le da ese tono desenfadado que cabe esperar de esta época del año en la que no llueve.

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«Cigarettes & Alcohol», de Oasis

Viendo la cantidad de veces que han cantado al brillo del sol (en la quinta parte de sus temas, concretamente) se nota que son una banda inglesa: para ellos un cielo sin nubes es un fenómeno tan insólito que bien merece dedicarle una canción.

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«Flight of Icarus», de Iron Maiden

Esta otra banda británica también veía con asombro esa extraña bola de fuego que se aparece dos veces al año en el cielo de su isla. Pero mientras unos se quedan fascinados mirándola hasta que su piel rosada adquiere tonos rojizos, otros acuden raudos a esconderse en las sombras cual vampiros. Nada bueno puede traer exponerse a ella, recelan, ahí está el mito sobre el arquitecto del laberinto del minotauro y su hijo Ícaro.  

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«5 Years Time», de Noah and the Whale

«And there will be sun sun sun all over our bodies / And sun sun sun all down our necks / And there will be sun sun sun all over our faces / And sun sun sun so what the heck». Queda clara la idea que nos quieren transmitir mientras suena esta melodía tan dicharachera.

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«My Girl», de The Temptations

Qué mejor manera de concluir que recordando cómo el brillo del sol es en cierta forma un estado del ánimo y puede uno sentirlo aunque sea un día nublado. O al menos es lo que cantaba este grupo de Detroit, en un tema que sonó por primera vez en 1964 y que terminaría convirtiéndose en un clásico.

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¿Cuál ha sido el mejor biopic musical?

Paul Dirac tenía solamente treinta y un años cuando recibió el Premio Nobel de Física. Era la culminación de una carrera extraordinariamente precoz, pues la mecánica cuántica no tenía secretos para él a una edad en que los demás apenas lográbamos un puesto como becarios y hacíamos botellón. Pero no esperen encontrar una película sobre su vida. Pensar y escribir ecuaciones no queda resultón ante una cámara y de hecho los científicos y matemáticos que han logrado la atención de Hollywood han tenido algún elemento extra en sus biografías que aporte dramatismo como en Una mente maravillosa y La teoría del todo. Pues bien, con los grandes músicos ocurre exactamente lo contrario. Ya en vida atraen a las masas y se convierten en mitos, llevan vidas muy agitadas en las que a menudo abunda el sexo, las drogas, las peleas y los conflictos con la ley. Su talento parece fruto no de incontables horas de trabajo sino de la inspiración divina, como si pudiera ser capturado por una cámara en el momento que surge y, por si no fuera bastante, su música sirve de inmejorable banda sonora para la película que retrate su trayectoria. No es de extrañar entonces que haya habido tantas, así que aprovechando el reciente estreno de Janis a continuación va nuestra selección para que voten su favorita o la completen con alguna más.

(La caja de voto se encuentra al final del artículo)

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Backbeat

Imagen de PolyGram Filmed Entertainment.
Imagen de PolyGram Filmed Entertainment.

Como la etapa de éxito suele ser ya sobradamente conocida, las películas biográficas a menudo se centran en los momentos previos. Ahí vemos las dificultades iniciales, el rodaje que fueron adquiriendo a base de horas y horas para lograr aquello que luego parece surgir sin esfuerzo, y el talento que empieza a despuntar y hace tomar conciencia a a quienes les oyen de que están ante algo realmente grande. Todo ello es lo que vemos aquí, junto al famoso quinto Beatle, Stuart Sutcliffe, que les acompañó en sus comienzos. Acerca del periodo de la banda en Hamburgo ya escribió este estupendo artículo Álvaro Corazón Rural.

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Get On Up

Imagen de Imagine Entertainment.
Imagen de Imagine Entertainment.

Se crio en un ambiente de extrema pobreza, sin apenas recibir educación y abocado a la delincuencia, siendo condenado a varios años de cárcel por robo a mano armada. Pero ocultaba un extraordinario talento musical en su interior y cuando la oportunidad se cruzó en su camino la aprovechó. De esta cinta lo mejor es la formidable interpretación de Chadwick Boseman, en él no estamos viendo a un actor sino al mismísimo James Brown. ¿Lo peor? Pues lo mismo que le sucede a tantos otros biopics: su necesidad de ajustarse a la realidad del personaje impide un verdadero nudo dramático y un desenlace. Así que asistimos a sus diversos altibajos profesionales y personales, contemplamos el lado menos agradable de su carácter que nos recuerda que los artistas nunca están a la altura de su obra, y a una progresiva decadencia en la que termina convirtiéndose en una caricatura de sí mismo.

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The Doors

Imagen de Carolco.
Imagen de Carolco.

Carmina Burana es una colección de poemas que los ancestros de los tunos, llamados goliardos, elaboraron allá por el siglo XII cantando al vino, a las mujeres y a la vida errante. Mucho después el compositor Carl Orff les puso música y a Hollywood le faltó tiempo para usarla —concretamente su apertura «O Fortuna» en todas y cada una de las escenas de batallas medievales que se han rodado. Al fin y al cabo aquello suena a latín, se oyen trompetas y pegan muchas voces. Hasta que llegó Oliver Stone y la empleó como banda sonora en una escena de una pareja follando, lo cual queda quizá algo estrafalario pero en realidad se aproxima más al espíritu original. De esta película en torno al grupo The Doors y su cantante también es digna de mención la semejanza física que muestra con Jim Morrison su actor protagonista, Val Kilmer. Alguien del que ya solo nos llegan malas noticias que nos hacen temer lo peor cualquier día de estos, pero a quien siempre recordaremos por este papel y sobre todo por Top Secret.

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Bird

Imagen de Warner Bros.
Imagen de Warner Bros.

Fue con Sin perdón cuando Clint Eastwood se consagró definitivamente como un director de prestigio (etiqueta que no le abandonaría ya hiciera lo que hiciera), aunque previamente había llamado la atención con películas como esta biografía de Charlie Parker. Sobre este músico de jazz que tantos problemas tuvo con las drogas pueden leer más aquí.

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Gran bola de fuego

Imagen de Orion Pictures.
Imagen de Orion Pictures.

«Si supera la docena me juego la condena», pocas personas se han tomado más en serio el dicho que Jerry Lee Lewis. El escándalo afectó gravemente a una carrera artística ya muy polémica por su espíritu transgresor, aunque esta sería lo de menos ante las desgracias que asolaron su vida personal a lo largo de los años, con un total de dos esposas y dos hijos muertos. Su primo también estaría sujeto a un gran escándalo (del que ya hablamos aquí). Con semejantes mimbres está claro que si se rodaba una película resultaría cualquier cosa menos aburrida.

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Ray

Imagen de Universal Pictures.
Imagen de Universal Pictures.

De nuevo una historia en la que no falta ningún ingrediente: superación personal de las dificultades, éxito fulminante de público, infidelidades, controversia racial y adicción a las drogas. Jamie Foxx ganó un Óscar por esta interpretación de Ray Charles.

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Amadeus

Imagen de Orion Pictures.
Imagen de Orion Pictures.

No diremos si este es o no el mejor biopic sobre un músico —eso lo dejaremos a elección de los lectores pero de lo que cabe duda es de se trata del más certero retrato de la envidia jamás rodado. Salieri, del que en la vida real no hay constancia de que fuera así, se siente tan abrumado ante la genialidad de Mozart que termina pudriéndose por dentro y no puede desear ya otra cosa que su completa destrucción. Lo odia por lo mucho que lo admira. La película recrea magníficamente la época y es todo un clásico del cine.

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La vida en rosa

Imagen de Légende Entreprises.
Imagen de Légende Entreprises.

Una actriz tan deslumbrantemente guapa como Marion Cotillard se volvió aquí irreconocible para interpretar a Édith Piaf, aunque el empeño le permitió ganar un Óscar. Aquí podemos escuchar, cómo no, su tema más reconocible, «Non, je ne regrette rien».

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This is Spinal Tap

Imagen de MGM.
Imagen de MGM.

Aunque no se trate exactamente de un biopic sino de un falso documental, abrimos la mano porque al fin y al cabo Spinal Tap existen como banda y ahí están sus discos para demostrarlo. Y el mockumentary nos guía por la historia de este grupo de adorables cretinos, las constantes muertes de sus bateristas, sus accidentadas giras, sus instrumentos tocados a volumen 11 y nos regala el mejor solo de guitarra de la historia. Y visto con el tiempo, con la colección de anécdotas absurdas que han acontecido en el mundo del hard rock y el heavy, nos en enseña que al final no solo la realidad supera la ficción, sino que muchas veces la misma realidad es inverosímil.

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Gainsbourg (Vida de un héroe)

Imagen de One World Films.
Imagen de One World Films.

Las películas biográficas caminan siempre por un estrecho sendero en el que corren el riesgo de despeñarse por ambos lados: si son fieles a la realidad pueden resultar tediosas y si se toman licencias narrativas perder credibilidad. Así que a la hora de llevar a la pantalla la vida del autor de «Je t’aime… moi non plus» el director, que antes era dibujante de cómics, optó por incluir elementos fantásticos que al ser reconocibles no restan rigor a la historia y le añadían cierto tono poético.

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What’s Love Got To Do With It

Imagen de Universal Pictures.
Imagen de Universal Pictures.

Aquí tenemos a Tina Turner interpretada por la hercúlea Angela Bassett, en torno a sus primeros pasos en el mundo de la música y la difícil relación que mantuvo con su marido y mentor.

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En la cuerda floja

Imagen de 20th Century Fox.
Imagen de 20th Century Fox.

El accidente que le costó la vida a su hermano cuando él era un niño, su estancia en Alemania con el ejército cuando empieza a componer sus primeras canciones, el comienzo de su afición por las camisas negras, y el mencionado Jerry Lee Lewis que aparece por ahí, son parte del recorrido por los primeros años de Johnny Cash que vemos aquí. Joaquin Phoenix fue nominado al Óscar por su interpretación pero quien lo ganó fue su compañera Reese Witherspoon por su papel como June Carter, la segunda esposa del cantante de country. Sobre él pueden leer más aquí.

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Control

Imagen de Momentum Pictures.
Imagen de Momentum Pictures.

El carácter retraído de Ian Curtis, el entorno desangelado de la ciudad industrial en la que creció, su interés por la poesía, la influencia que recibió de Bowie o los Sex Pistols, su temprano matrimonio y el comienzo del éxito que apenas pudo disfrutar al suicidarse a los veintitrés años… Todo ello queda recogido en esta película que recurre a un oportuno blanco y negro. Acerca del cantante y de Joy Division tenemos este artículo por si se les pasó en su día.

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8 millas

Imagen de Universal Pictures.
Imagen de Universal Pictures.

Quién mejor que uno mismo para protagonizar su biopic en una de esas historias de éxito de las que tanto gustan en América, con alguien que partiendo de lo más bajo consigue triunfar a base de esfuerzo y talento.

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Straight Outta Compton

Imagen de Circle of Confusion.
Imagen de Circle of Confusion.

Y terminamos con la más reciente, también relacionada con el hip hop. Anaconda, ¿Cuándo llegamos?, Una casa patas arriba… Salvando Fantasmas de Marte o Infiltrados en clase, las películas que nos propina Ice Cube son unos bodrios tan abominables que uno se pregunta si es que las elige así a propósito para vengarse de los espectadores, y si es así por qué tanto odio. Entonces es cuando recordamos sus orígenes como rapero, concretamente en el controvertido grupo N.W.A., con quienes cantaba sobre la dura vida en el gueto con temas como «Fuck Tha Police». Vale, ahora todo encaja. Si como gánster era igual de malo que como actor debió de tener aterrorizado a su vecindario. Respecto a esta película, Straight Outta Compton, retrata el ascenso y la constante polémica que rodeó al grupo y es desde luego bastante mejor que las mencionadas, quizá porque no aparece actuando, aunque sí su hijo precisamente interpretándolo a él gracias a su notable parecido físico. Sobre ella ya escribimos en este artículo.

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In memoriam: Johnny Cash

Fotografía: Cordon.

Hola, soy Johnny Cash”. Así, del modo más sencillo posible, comenzaba todos sus conciertos una de las figuras más complejas de la historia del rock and roll y el country. Sin embargo, quizá sea esa dicotomía entre simplicidad y complejidad la que mejor explique la vida y la obra de un rey sin trono que tuvo la poco frecuente habilidad de hacer coincidir el inicio y el final de su imperio con la publicación de sus mejores trabajos. Desde Folsom Prison Blues hasta The Man Comes Around, se extiende el verdadero reinado del Hombre de Negro. El reinado de Cash.

El largo camino hacia Folsom

A Johnny Cash nunca le hizo demasiada gracia ser conocido por un diminutivo. Fue Sam Phillips, fundador de Sun Records y descubridor de gigantes del rock and roll como Elvis Presley, Jerry Lee Lewis o el propio Cash, quien lo bautizó como “Johnny”. Su segunda mujer y verdadero amor de su vida, June Carter, siempre le llamaba John. Su familia, J.R. Así de simple. John Ray Cash nació en Kingsland, Arkansas, un 26 de febrero de 1932 —precisamente hoy habría cumplido 80 años—. Fue el cuarto de siete hermanos en una familia profundamente afectada por esa gran crisis económica previa a la Segunda Guerra Mundial conocida como la Gran Depresión. Desde muy niño se vio obligado a trabajar en los campos de algodón, acarreando el agua para las cuadrillas de trabajo durante más de diez horas al día. Las penurias económicas de su familia, cuya granja llegó a inundarse hasta en dos ocasiones, inspirarían años después muchas de las letras de sus canciones, pero fue la repentina muerte de su hermano Jack, tronzado por una sierra circular, la que marcaría para siempre su carácter. El tiempo ha atribuido a Johnny Cash la injusta fama de ser un hombre esquivo, de personalidad áspera y reservada, pero lo cierto es que nunca fue otra cosa que ese niño asustado que se pasaba las noches escuchando canciones western en su destartalada radio extrañando a Jack.

El talento musical del pequeño John era incuestionable. Influenciado por los cánticos religiosos de su madre, a los 12 años comenzó a componer sus propias canciones. Durante su adolescencia solía acudir a cantar a la KLCN, una emisora local de Blytheville, al norte de Arkansas. Toda su incipiente faceta creativa se encontraba dominada entonces por el góspel, que terminó acompañándole toda la vida. Tras una breve estancia en Detroit y coincidiendo con el inicio de la guerra de Corea, en 1951 Cash se alistó en las Fuerzas Armadas estadounidenses, siendo destinado a Alemania como operador de radio para interceptar comunicaciones secretas soviéticas. Su voz, su guitarra y las canciones que almacenaba en su memoria, que interpretaba una y otra vez con su primera banda, The Landsberg Barbarians, fueron las principales herramientas de que disponía para combatir una profunda soledad que duraría cuatro años y que se convertiría en principal testigo de las primeras dudas de John sobre la integridad de algunas de las decisiones de las autoridades de su país.

Cuando llegó el momento de regresar a Estados Unidos, Cash no solo había conseguido una característica cicatriz en su cara producida por un médico borracho que intentaba extirparle un quiste, sino también una relación postal con la joven Vivian Liberto, con la que se casaría en 1954. Por desgracia, solo una de ambas cosas duraría para siempre. La pareja se instaló en Memphis y John comenzó a trabajar como vendedor a domicilio. Una vida tan sencilla como lo era su protagonista. Quien pretenda ver en Johnny Cash a un personaje que lo arriesgaría todo por la música, como el John Lennon que se llevó a los Beatles a probar fortuna a Hamburgo bajo las órdenes de Allan Williamso el Jimi Hendrix que emigró a Londres para ponerse en manos de Chas Chandler, se encontrará con una gran decepción. Cash no era un hombre de inquietudes complejas. No intentaba buscarse a sí mismo cuestionando verdades absolutas en sus canciones ni su meta era la transgresión artística y cultural. No había un Andy Warhol en Johnny Cash. Y menos mal que no lo había. Simplemente, le gustaba hacer canciones, tocarlas y cantarlas. En un Memphis que comenzaba a vibrar con el rock and roll, John no tardó en encontrar a un par de músicos con los que compartir su pasión. Junto al guitarrista Luther Perkins y el bajista Marshall Grant formó el ya mítico trío Johnny Cash & The Tennessee Two, en los que no tardó en fijarse el productor musical Sam Phillips. En 1955 Cash ya había sido fichado por Sun Records, colocado su canción Cry, Cry, Cry en el número 14 de las listas de country & western, en las que permanecería durante casi todo un año, y formado el primer supergrupo de la historia de la música con otros tres muchachos de la discográfica llamados Elvis Presley, Carl Perkinsy Jerry Lee Lewis: The Million Dollar Quarteta pesar de que su famosa grabación en el estudio de la Sun Records en 1956 no vio la luz hasta 1981—. Un año más tarde, el trío graba la célebre Folsom Prison Blues, alcanzando el número 5 en las listas, y John acaricia el cielo con I Walk the Line, de la que se vendieron más de dos millones de copias que convirtieron la canción en el primer número uno del Hombre de Negro. Sam Phillips no sólo había conseguido que Cash se centrase en el country; había logrado que fuese el mejor, y él no lo olvidaría jamás.

Fotografía: Cordon.

En 1957, John se convierte en el primer músico de su compañía en grabar un LP, Johnny Cash with His Hot and Blue Guitar, y su carrera profesional parecía imparable. Su vida personal, sin embargo, comenzaba a desintegrarse. La mayor parte del año estaba de gira, y apenas veía a su mujer y a sus hijas —en 1958 nació la tercera de ellas y tres años más tarde la última—. Poco a poco, su universo se fue reduciendo a escenarios, hoteles y carreteras. Johnny Cash no era más que un chico de Arkansas que se dedicaba a cantar y a tocar, pero el mundo que le rodeaba era cualquier cosa menos sencillo. En julio del año siguiente, Cash firma un lucrativo contrato con Columbia Records y se muda con su familia a Ventura, California. La fatiga, el descenso del número de éxitos en las listas y la frágil estabilidad de su matrimonio lo llevaron a buscar refugio en el alcohol y las drogas. O tal vez fuese al revés. En cualquier caso, la década siguiente se convirtió en un infierno de barbitúricos y anfetaminas que condujeron a John al borde del suicidio. Los grandes de la escena country le daban la espalda, y aunque a principios de los años sesenta comenzó una exitosa gira con la conocida Familia Carter e incluso consiguió un nuevo número 1 en 1963 en las listas de pop y de country & western con la fronteriza Ring of Fireescrita por June Carter y Merle Kilgore, su vida se había convertido en un absoluto caos. Entre 1965 y 1967 llegó a ser encarcelado en siete ocasiones, por causas que incluyen desde el famoso incendio forestal que provocó cuando su camión apareció ardiendo, al hallazgo de un pequeño alijo de drogas en el interior de su guitarra cuando intentaba cruzar la frontera por El Paso, Texas. Vivian, como era de suponer, no pudo más. John estaba fuera de control y la principal perjudicada era ella. En términos de justicia abstracta, es lo más honesto reconocer que si alguien tuvo que padecer los peores años del mito, fue ella. En 1966, Cash se divorcia de su mujer, y ahogado por una feroz desorientación vital se traslada a Nashville, donde decide compartir vivienda con Waylon Jennings. Ambos describirían después el año y medio que pasaron juntos como una especie de locura narcótica. El trágico idilio de John con los estupefacientes ha sido siempre uno de los motivos por los que su figura ha sido asociada a la del eterno rebelde sin causa en el imaginario social. Cash tenía muy poco de rebelde, pero no estaba carente de causa. La espantosa muerte de su hermano, la impronta de Ray Cash, su autoritario y distante padre, el aislamiento en Landsberg —en cuya prisión, paradójicamente, Adolf Hitler había escrito dos décadas antes la tristemente célebre Mein Kampf, su adicción a las drogas y el divorcio de Liberto eran excusas suficientes para convertir a John en el perfecto insurrecto. Sin embargo, Cash nunca convirtió su vida en un ejercicio de rencor. Nadie lo habría juzgado de haberlo hecho, pero no fue así. Tras esa inapelable apariencia de matón implacable se escondía un hombre tímido, frágil y confundido que ni siquiera había elegido el escenario en el que le había tocado vivir. Si Johnny Cash era quien era, es porque era lo único que sabía ser.

Uno de los motivos por los que John se divorció de Vivian tenía nombre de mujer: June Carter. Llevaban años compartiendo actuaciones, vivencias, sentimientos y probablemente algo más. Si en la historia de Cash con las drogas hubo una víctima, también hubo una heroína. Sin el apoyo incondicional de June y su impagable misericordia, Johnny Cash ni siquiera habría conocido los años 70. Después de meses de desengaños, esperanza y paciencia, la segunda hija de los Carter consiguió que el hombre con el que había ganado un Grammy en 1967 por la canción Jackson abandonase sus adicciones y retomase el control de su vida y su carrera profesional. La influencia de June se extendió hasta tal punto que los horizontes de John desplazaron considerablemente su eje. Algunos de los fans más puristas del Hombre de Negro atribuyeron su repentino humanitarismo al palmario fundamentalismo cristiano de June, pero lo cierto es que la lucha por el reconocimiento de los derechos civiles, la defensa de los derechos de los pueblos indígenas y la solidaridad con los presos estadounidenses se convirtieron en el caballo de batalla de Cash.

Johnny Cash y June Carter Cash, 1969. Fotografía: Joel Baldwin / LOOK Magazine (DP).

El 13 de enero de 1968 y tras una tensa negociación con Columbia, que inicialmente se opuso a la idea de organizar un concierto ante miles de presos en una prisión estatal, John graba At Folsom Prison, el primero de sus álbumes en alcanzar de nuevo las posiciones más altas en las listas de éxitos desde principios de los 60 y quizá la pieza clave del reinado de Cash. La canción que inaugura el directo es su éxito de 1956 Folsom Prison Blues, con el que el cantante se gana el favor de todos cuantos le estaban escuchando salvo los guardias y las autoridades de la penitenciaría. Cuando canta “Me reí en su cara —en la del sheriff— y le escupí en el ojo” en 25 Minutes to Go, la audiencia se encuentra al borde de la sublevación. June observaba a John desde una esquina de la sala y no era capaz de ocultar su alegría. Johnny Cash había vuelto.

De San Quintín a la American

Algo va mal en nuestro país cuando tenemos millón y medio de personas bajo llave”, declaró Cash en una de las entrevistas de la época. Su implicación en la causa a finales de los años 60 era absoluta. El 1 de marzo de 1968, John y June contraían matrimonio en Kentucky tras una larga relación que duraría hasta el final de sus días. El matrimonio, de clara vocación cristiana, había convertido la defensa de los derechos de los presidiarios en su principal bandera.

Cash llegó a San Quintín en febrero de 1969 dispuesto a ofrecer el concierto de su vida. Acompañado de un equipo de grabación de la televisión inglesa, el dolor por la muerte de Luther Perkins unos meses antes hacía presagiar que la intensidad de la actuación pasaría a los anales de la música. Y así fue. Si John cantó sobre algo aquel día, fue sobre la muerte. Y una de las formas en que Cash entendía la muerte era contenida tras las rejas de una celda en una prisión estatal. La condena del sistema penitenciario en general y de San Quintín en particular en San Quentin fue tan cruda y la reacción de los presos tan apasionada que hasta el personal de la prisión creyó que el concierto se saldaría con un motín. Consciente de ello, Cash interpretó la canción de nuevo. Con dos cojones. At San Quentin se convirtió en su álbum más vendido, permaneciendo en el número 1 de las listas de éxitos durante cuatro semanas y sobresaliendo como uno de los discos imprescindibles de la historia del rock and roll.

Kirk Douglas y Johnny Cash, El gran duelo, 1971. Imagen: Paramount Cinema.

Los primeros años 70 convirtieron a Johnny Cash en un verdadero icono de la cultura popular en Estados Unidos. En 1970 actuó para el Presidente Richard Nixon en la Casa Blanca. Un año más tarde grabó con June el documental Gospel Road en Israel y publicó su conocido tema Man in Black. Presentó el Johnny Cash Show para la cadena ABC entre 1969 y 1971, y coprotagonizó la película El Gran Duelo junto a Kirk Douglas en 1970. La primera mitad de la década se disipó entre entrevistas, platós y sets de rodaje. Poco a poco, el viejo Cash dejó de ser un compositor de canciones para convertirse en una estrella más del entertainment. Una estrella demasiado fugaz, si me lo permiten. Tal y como les sucedió a otros gigantes de los 60 y principios de los 70 como Paul McCartney, Bob Dylan o David Bowie, la vorágine de los años 80 fue devastadora. Aquellos que habían marcado la pauta durante más de una década se vieron engullidos por su propia fama, sobrepasados por nuevas generaciones de músicos y artistas que estaban dispuestos a dar un golpe en la mesa y hacerse escuchar. A pocos les importaba qué hacían en 1982 The Who, The Allman Brothers o Johnny Cash. Ya no eran ellos quienes decidían el devenir de los acontecimientos en el mundo de la música. Más bien al contrario, se adaptaban o lo intentaban, con escaso éxito— a las nuevas tendencias. Probablemente, lo único interesante del trabajo de Cash durante esta década es el liderazgo del supergrupo The Highwaymen, integrado por artistas de la talla de Willie Nelson, Waylon Jennings y Kris Kristofferson, con quienes conseguiría más éxitos en tres discos que en los diez años anteriores. A Johnny se le terminaba el crédito.

A finales de los 80, la personalidad de Cash seguía siendo la de ese asustadizo y despierto muchacho que únicamente quería dedicarse a cantar, pero su fortaleza ya no era la misma. Un ataque al corazón en 1988 y algún tonteo con los calmantes debido a un accidente sufrido unos años antes le habían arrinconado en una esquina del ring. Los proyectos de carácter religioso y la finalización de su novela Man in White ocupaban la mayor parte de su tiempo. Había finalizado su relación laboral con Columbia en 1986 y el contrato que firmó con Mercury Records no terminaba de cristalizar en algún éxito. A nadie parecía interesarle ya nada de lo que Johnny Cash pudiese ofrecer. A nadie… salvo a Rick Rubin.

Decía Scott Fitzgerald que no hay segundo acto en las vidas americanas. Como resulta evidente, se equivocaba. El barbudo productor de rap y heavy metal Rick Rubin, DJ original de los Beastie Boys, no dudó un instante en invertir sus esfuerzos para intentar recuperar a Cash. En 1993, John no trabajaba para ninguna discográfica, y Rubin le propuso grabar una serie de discos para la American Recordings. Por aquel entonces la salud del Hombre de Negro estaba ya muy deteriorada, pero decidió aceptar la oferta porque, tal vez, sabía que sería lo último que haría. De la colaboración de ambos surgió uno de los mejores trabajos de toda la carrera de Cash: The Man Comes Around. Las propias palabras del artista definen con nitidez el origen de la rabia y el sufrimiento patentes en el disco: “Dicen que ahora tengo neuropatía autonómica. No tengo ni idea qué significa, salvo que me estoy haciendo viejo. A veces iba al estudio sin voz, cuando podía haberme quedado en casa, pero no quería que fuera así. Llegaba, abría la boca e intentaba que saliera algo”. La solemnidad del artista invade el álbum. Destacan canciones como la homónima The Man Comes Around o la versión de Personal Jesus de Depeche Mode, pero si tuviese que elegir alguna de ellas, sería Hurt. Escrita originalmente por Trent Reznor, parece haber sido diseñada para el viejo y enfermo John. La letra del tema y el vídeo que lo acompaña conforman un doloroso testamento que por momentos llega a rozar lo fúnebre.

Poco después de la publicación de The Man Comes Around, June Carter fallecía debido a complicaciones ocurridas tras haber sido intervenida del corazón. Tenía 71 años. La mitad de ellos, los había compartido con John. Menos de cuatro meses más tarde, Johnny Cash dejaba de respirar. Los médicos atribuyeron el fallecimiento del artista a su diabetes y a la enfermedad que tanto le había debilitado, el Síndrome de Shy-Drager. Quienes le conocían bien afirmaron que en realidad murió de pena. La muerte de June le había partido el corazón y, sencillamente, no quiso seguir viviendo más.

Con la muerte de Johnny Cash en el año 2003, se produjo la muerte del verdadero rey del rock and roll. Cash nunca reclamó su trono, pero era suyo. Le pertenecía. Compuso más de 1500 canciones, vendió aproximadamente 90 millones de discos y ganó 11 premios Grammy. Y lo hizo sin convertirse en una marca, sin transformarse en una máquina de vender disfraces estrafalarios especializada en tener contento al pueblo y no incordiar demasiado. Johnny Cash habló en nombre de quien no era escuchado. Defendió sus principios y lo hizo sin preocuparse de si molestaba o no al Tío Sam. No era precisamente el hijo preferido de América, pero tampoco le importaba. Si ha existido alguien que haya encarnado fielmente el verdadero espíritu del rock and roll, ese ha sido Cash. He walked the line. R.I.P., John.

Detalle de la portada de Unchained, 1996. Imagen: American Recordings / Warner Bros. Records.