Formas de esperar a la muerte en un hotel

Youth, 2015. Fotografía: Vértigo Films.

Los huéspedes de este lujoso hotel-balneario suizo desfilan por sus pasillos como si el tiempo no existiera. Desnudos, enfermos y aislados, pero plácidos. Durante el día se relajan en las piscinas y siguen una apretada agenda de baños termales y masajes de barro; tonifican los músculos y visitan al médico a diario. Durante la noche se entretienen gracias a una amplia oferta de espectáculos decadentes y después se entregan a un sueño reparador. Y así, de nuevo, la rutina se repite al día siguiente, a la espera de un acontecimiento que haga que el tiempo vuelva a ponerse en marcha. ¿Les suena esa descripción? Las vacaciones que describe Youth (La juventud, 2015) se parecen demasiado a la vejez.

Los protagonistas de la última película de Paolo Sorrentino son dos ancianos que contemplan con lucidez los últimos años de su vida. Fred Ballinger, interpretado por Michael Caine, es un compositor retirado que ni se molesta en cerrar el periódico cuando un emisario real le encarga de parte de la reina de Inglaterra que dirija para ella su composición más conocida, las Simple Songs —oferta que rechaza por «razones personales»—. Su mejor amigo también se hospeda en el spa; es Mick Boyle (Harvey Keitel), un director de cine que prepara con su círculo de jóvenes seguidores una última película: su testamento cinematográfico. Mick conserva intactos la vitalidad y el apego a la vida que le faltan a su amigo y juntos comparten las horas de verano cotilleando sobre los demás huéspedes entre baños templados y paseos por las montañas. Y sobre su pis, porque, como sostiene Mick, a su edad la próstata es un tema serio.

Para hablar sobre Youth vamos a fingir que La gran belleza nunca ha existido, igual que no es justo juzgar a todos los hombres comparándolos con el gran amor de nuestra vida. Y la imagen no es gratuita, ya que el protagonista de esta historia es el deseo. «Puro, imposible o inmoral», como lo describe otro de los personajes de esta cinta donde todos buscan algo mientras provocan epifanías a su alrededor, sin quererlo. El deseo, decíamos, nos hace humanos y nos mantiene vivos. No solo el sexual: sirva como ejemplo la mirada que un obeso Maradona (otro huésped ilustre del balneario) dedica a la única pelota que encuentra paseando por las instalaciones. Pequeña, de tenis, que le obsesiona. Este deseo que nos mantiene vivos también es lo que nos consume: nunca se colma. Para salvarse, parece decir Sorrentino, es necesario despegarse de la vida. Pero ¿quién querría hacerlo? Es tan hermosa. Incluso cuando es fea, desgraciada y grotesca sigue desbordando belleza porque la realidad es lo único que sabe hacer: ser bella. Y estamos condenados a desearla.

Por eso el director filma hasta lo insignificante con la veneración que merece Miss Universo, que por cierto también pasa una semana en el spa haciendo las veces de Susana en su baño. Sorrentino se regodea en su visión pero también en la de los ancianos en sus tumbonas, los médicos poniéndose sus batas en un escenario inmaculado, las vacas que rumian y los pacientes que salen a fumar. Todos reciben la misma mirada extasiada porque todo, en realidad, es deseable. Las mujeres, por supuesto, van en lo alto de la lista, ya que el cine de Sorrentino provocaría la combustión espontánea del test de Bechdel. Eso no impide que los personajes femeninos sean los que construyen su historia. Lena, a quien presta rostro y cuerpo Rachel Weisz, es la hija perfecta de Fred. Guapa, cálida y vulnerable, dice tener un doble trabajo: hija y agente de su padre. Le adora y le cuida, pero mantiene una herida abierta en su relación con el músico. Esa herida estalla en un monólogo con plano fijo que se clava suavemente en el estómago del espectador, en una de las mejores escenas de la película, y que toca dolores universales. Ligada al destino de Lena está su némesis, Paloma Faith, una cantante real que ha tenido el buen humor de dejarse retratar como «una mujer insignificante» que ejerce el trabajo más obsceno del mundo: el de estrella del pop. Jane Fonda, en el papel de Brenda Morel, una antigua estrella de cine descubierta por Mick y que acepta el futuro mejor que él, hace desaparecer a Harvey Keitel el rato que comparten metraje. Grandiosa y frágil, algunas de sus frases parecen una justificación de Sorrentino para colaborar con HBO. Y al otro lado de los años, una colección de chicas melancólicas de belleza enfermiza: la niña rubia con inocencia de sabia que redime a un joven actor abrumado por su miedo a no estar a la altura, la prostituta taciturna que suplica algo de atención vagando por los sofás del hotel, y el personaje más poético de todos, la masajista. Una joven con aparato y una apretadísima trenza que parece atravesada por una inconsciente comprensión de la vida, más capaz de la felicidad y la empatía que el afamado compositor, el actor de Hollywood y el monje budista con los que comparte alojamiento. Ella, que comprende con las manos y masajea embelesada la carne anciana de Fred, por las noches baila en su salón frente a su tele, siguiendo un videojuego ridículo con el placer y la majestuosidad de una primera bailarina.

Y queda otro personaje femenino, la música. A ratos irónica pero casi siempre solemne, para ella Sorrentino sigue apoyándose en el compositor David Lang, con el que mantuvo largas conversaciones antes de completar el guion. En su hipnótica pieza «Just», un coro enumera las propiedades de los amantes que aparecen en el Cantar de los Cantares; las de ella, «my», las de él, «yours», y estalla en polifonía cuando las comparten, cantando «ours». Los mismos rasgos que, según el compositor, son una indicación de lo que deseamos en Dios, introduciendo así una dimensión trascendente del deseo en los largos planos contemplativos que acompaña. Su otra pieza de la película, la «Simple Song #3», describe el éxtasis de la amada al escuchar al amante susurrar su nombre. Comienza con unas notas tan sencillas que sirven a un joven estudiante de violín para aprender a tocar el instrumento, en una de las habitaciones del hotel. Y, a pesar de su gran aceptación entre el público y las sugerencias de que por ello son una obra menor, las Simple Songs encarnan lo más puro del protagonista. «Lo escribí —explica al niño que las estudia— cuando aún amaba». De hecho, la música sigue siendo el corazón de Fred y la única clave de interpretación de la vida que realmente comprende. Solo cuando se aleja de los demás para dirigir la orquesta imaginaria de la naturaleza alpina parece disfrutar realmente de la compañía. O de la vida.

La música es un sonido que Sorrentino parece manejar mejor que las palabras. El paso al inglés es uno de los puntos débiles de la película, ya que un italiano, cuando termina de hablar, sigue diciendo cosas con las manos durante un rato. Los silencios italianos están acolchados. Sin embargo el silencio inglés es de mármol y deja sentir su frialdad a lo largo de la cinta. Michael Caine, por lo demás, está perfectamente caracterizado de Toni Servillo, una genialidad táctica por parte del escritor para cambiar de mercado sin tener que cambiar de estrella.

Youth perdona casi todo a sus personajes. La vejez, la enfermedad, la torpeza social del escalador que pierde la cabeza por Lena, la poca sofisticación de Maradona o su incapacidad de afrontar la realidad, la simplicidad de la masajista e incluso la falta de piedad de Brenda Morel. Pero no tiene misericordia con los pretenciosos. Cuando el actor de Hollywood al que interpreta el actor de Hollywood Paul Dano intenta humillar a Miss Universo suponiéndola estúpida, esta le destruye y el resto de los personajes se contienen para no aplaudir. Sorrentino tampoco cede al cinismo. Sus personajes viven con desencanto la pérdida de la juventud pero su deseo de felicidad se mantiene intacto, no acepta compromisos. Y de esta forma lo inesperado sigue ocurriendo en sus vidas, y transformándolas, a pesar de los golpes. Incluso los milagros existen en esta película, aunque nadie los vea ocurrir.

¿Cómo puede un anciano responder a la pregunta sobre su futuro y la muerte? Esta era la obsesión del director mientras trabajaba en la película. Quizás, concluyó, mirar al futuro es posible solo cuando se conserva la libertad. Pero cuando faltan la salud, las fuerzas, los apoyos y hasta la persona amada, ¿qué libertad queda? Exactamente: la libertad de desear.


No somos jóvenes (y es mejor que no te tomen por uno)

Mujeres trabajando en el High-Speed Flight Research Station, 1949. Fotografía: NASA.

Si tienes más de treinta, no eres joven. Muchos te dirán que sí y se referirán a tu generación como «vosotros, los jóvenes», pero no te dejes engañar porque no es verdad. No eres joven y cuando te etiquetan como tal, la mayoría de veces están despreciándote.

Esto es una cosa que me cabrea.

Os lo cuento ahora porque en unos días habré presentado un libro sobre jóvenes (El muro invisible, Debate) y ando preocupado. Es un libro con la gente de Politikon sobre los problemas de las nuevas generaciones: tienen difícil encontrar empleo, ganan poco dinero, retrasan tener niños, reciben menos ayudas, etcétera. El libro está bien, pero me supone un problema: creo que durante la promoción me van a llamar joven. Ya puedo oír eso de «vosotros, los jóvenes» y me cabrea. Porque resulta que tengo treinta y seis años y me cago en la vida si soy joven.

Que no soy joven me lo certificó el médico. Debía de tener yo treinta y dos años cuando me presenté en la consulta preocupado. Hacía un tiempo que no me sentía bien: la comida basura me sentaba fatal, tenía digestiones rarísimas y después de una borrachera no me encontraba. El médico me dio el diagnóstico sin paños calientes: «Es la edad». Dijo solo eso, pero yo escuche que decía «es la edad, hijoputa».

Alguno estará pensando que exagero, y que no es tan grave que te tomen por un chaval. Pero se equivoca.

La etiqueta «joven» esconde un desprecio. Cuando los señores mayores te dicen que eres joven —sin serlo— es porque creen que estás a medio hacer. No tienes lo que hay que tener, que normalmente es experiencia, pero también pueden ser cosas vaporosas y discutibles como instinto o carácter. Siempre es algo que a ellos les sobra.

Tampoco aclaran desde cuándo tienen esas virtudes. Y es que muchos señores ignoran su propia vida. Se olvidan que ellos a tu edad ya ocupaban puestos que ahora reservan para veteranos. Dirigían departamentos, decanatos, empresas, fábricas y hasta ministerios. No lo piensan, y si lo piensan lo justifican: no es tu culpa, pero sois una generación narcisista que lo ha tenido todo muy fácil. Esta actitud la he visto en la política, la prensa y la universidad, pero entiendo que pasa en todas partes.

Es peor con las mujeres, que son subestimadas por partida doble. Lo contó María Ramírez: «Suelo repetir más de lo necesario mi edad y tengo mi fecha de nacimiento en mi cuenta en Twitter (1977). Tal vez con la esperanza de que veinte años de experiencia profesional sirvan para superar el trato entre displicente y desconfiado que sufre cualquier mujer joven en España».

Cómo no cabrearse.

Esta actitud de (algunos) mayores esconde una guerra generacional que tiene muchas manifestaciones. Una de mis favoritas es el desprecio por lo nuevo. Lo habréis visto mil veces: veteranos que desechan cualquier cosa innovadora con el argumento de que son modas o distracciones. Nuevos autores, nuevas herramientas, el cine moderno o internet al completo, todo cosas sin verdadera importancia. Reconozco que tienen parte de razón, porque es verdad que las personas exageramos el impacto de cualquier innovación, como dice siempre Ramón González Férriz, pero también es evidente que su crítica es perezosa e interesada.

Es perezosa porque sirve para justificar su obsolescencia. ¿Sabéis esos intelectuales que dicen que todo estaba ya en Marx, Tocqueville, Cervantes o John Ford? Es un truco para ignorar autores nuevos.

Pero, sobre todo, es una actitud interesada. Las personas que nos ganamos la vida haciendo algo —programar, escribir o atender mesas— tenemos incentivos para que nada cambie. Nadie quiere quedarse anticuado. Desde los noventa hemos visto resistencias en masa, como los programadores que defendían el código máquina o los fotógrafos que renegaban del digital. Hace no mucho conocí a un ejecutivo que lidera transformaciones digitales imprimiéndose emails. Las personas que sabemos hacer las cosas de cierta manera exageramos las ventajas de hacerlo así… por puro egoísmo. Si quieres comprobarlo, pregúntale a un periodista qué virtudes debe tener un buen periodista: siempre contestamos con nuestras propias virtudes.

En fin. He visto cosas locas, como esas tertulias de «voces jóvenes» donde invitan a gente de casi cincuenta.

No voy a seguir porque la lucha generacional me abochorna. Creo que los señores mayores que se dedican a hacern la crítica millennial están hablando sobre todo de sí mismos (y quizás de sus hijos). Pero tampoco voy defender a tipos de treinta que ni conozco, ni a negar que existan corrientes históricas que nos hacen diferentes entre épocas. Menos interés tengo todavía en ir contra el valor de la experiencia: ¿quién sería tan idiota como para dejar de justificar sus errores del pasado con esa excusa? Yo tengo una lista larga de vergüenzas y me niego a asumirlas.

***

Ya no eres joven. Pero no importa: aún puedes salir, puedes jugar a videojuegos, puedes quejarte de cosas que no importan y tener cuenta en Tinder. Dejar la juventud no significa que debes ser otra persona.

Significa que eres un adulto.

Dejar de ser joven es reconocer que has aprendido suficiente para ser útil. Significa que no eres un chaval que se sacrifica invirtiendo en su yo del futuro: tú eres el del futuro. Querrás cosas razonables como un salario digno y un horario humano. Y tendrás, quizás, responsabilidades esperándote en casa al salir del trabajo: hijos que bañar, amigos que socorrer, padres que cuidar.

Ser un adulto, y que te reconozcan como tal, significa que nadie ignore esas cosas.

También significa que dejarás de entender a los jóvenes verdaderos. Quizás te pasa ya que no entiendes Instagram o que te ríes de las retransmisiones gamers. Quizás te has escuchado diciendo que los jóvenes de ahora no leen, no saben redactar o no aprenden a hacer integrales. Quizás te invade la duda, como me pasa a mí, cuando veo a mi hermano de trece años que vive pegado a un iPad. Ser adulto significa que tendrás la tentación de despreciar su mundo… pensando que son modas o pérdidas de tiempo. Por eso abandonar la juventud viene con una advertencia: no ignores a los jóvenes verdaderos, ni renuncies a asombrarte con lo que podrán enseñarte.


Tsevan Rabtan: Sobre minivestidos, hedonismo y otras cochinadas

Siempre parecí mayor de lo que era. Hasta hace poco. Ahora no parezco mayor, sino mucho mayor, gracias a mis melenas canosas. Si hubiera jóvenes educados en este país, me cederían el asiento en el transporte público. Como los jóvenes de hoy son así de desahogados, me ven tuitear de pie en el autobús y nada, no mueven ni un músculo. Ese efecto en los demás, que voy a bautizar como disonancia cronológica —un creador es siempre un creador—, no era buscado, ni consecuencia de mi seriedad o formalidad. Bien al contrario, mi padre siempre movía la cabeza de un lado a otro, preguntándose qué sería de su enloquecido tercer hijo al que veía “payasear” a todas horas. Siempre pensé que había algo misterioso, alguna especie de halo infeccioso de origen incierto, que los demás percibían y que me cargaba con un puñado de años no vividos.

Al principio no me importaba parecer mayor. Podía tocar los huevos en los más variados contextos a personas que no habrían aceptado ciertas actitudes y comentarios de haber conocido mi año de nacimiento, y compartía mis trabajos y mis días —a ojos del mundo— con una preciosa adolescente a la que debía de doblar la edad (“por lo menos”). Era un don, en cierta medida, algo que creo buscaban los demás al precio, a veces, de caer en el ridículo de aparentar una madurez falsa.

Un día todo esto desapareció. Algunos creen que simplemente se ha retrasado, que “A la edad en la que muchos jóvenes están ahora encontrando su sitio en el mercado laboral o viajando a un país extranjero en busca del MBA que les salve del paro, nuestros progenitores ya contaban con el libro de familia numerosa e incluso habían disfrutado de un ascenso en su empresa”, y que a los treinta hay que vivir los veinte y vestirte como si estuvieras en los diecitantos, y que todo esto tiene que ver con la formación y con aprender idiomas y hacer trekking por el Himalaya. Ná, milongas. Nada de retraso, amigos. Hubo un cambio de paradigma.

El personal se apuntó a un proyecto vital de anuncio: lo bueno era ser joven, disfrutar del momento, buscar sensaciones “únicas” y ser alternativo. Ya saben, todo el paquete. Incluida cierta histeria vital. El síndrome de Peter Pan era lo correcto y triunfó. La gente de orden viste casual, no tiene nada en contra de los homosexuales y organiza periódicamente sus efusiones espontáneas. No hace falta que me digan que hay diferencias entre el “ideal” y la realidad. Eso siempre sucede.

Este estado de cosas ha sido producto de cierta abundancia. La abundancia nos hace preguntarnos por el sentido de la existencia. Supongo que la primera “tendencia” la produjo un cazador-recolector ocioso recién alimentado. Para llegar al punto de que podamos creer que la adolescencia/juventud debe alargarse hasta el momento de tu muerte y más allá, han hecho falta milenios de acumulación de excedentes que se producían también, en parte, gracias a la industria que nos nutría de todo lo necesario para alcanzar esa meta. Hoy mismo sale a bolsa facebook y me gustaría ver la cara de un Robber Baron al que se le explicase en qué consiste.

Todo esto está bien. Es algo superficial, pero no nos engañemos, tampoco es que fuera muy profunda la vida de un minero de Sussex o un recolector de patatas prusiano, y la solemnidad pasada era más producto de la grisura vital que de otra cosa, un hacer de la necesidad virtud.

Por desgracia, este ideal es caro. Necesitamos alguien que fabrique el hardware y el servicio está cada vez peor. Seguimos pensando que somos el centro del mundo y lo vamos a ser siempre y no nos damos cuenta de que vivimos una época “interesante”. El club de la miseria es cada vez más pequeño y los países emergentes van a dejar de serlo no tardando mucho, salvo que se produzca algún cataclismo. Y éstos son jóvenes de verdad, no se hacen los jóvenes. Por si acaso, no estaría mal que pensásemos en alguna estrategia a largo plazo para volver a serlo nosotros también, algo un poco más elaborado que “ponernos minivestidos y accesorios de estética infantil”.

Lo digo porque la alternativa más sencilla y peligrosa sería envejecer de golpe, que todos esos Dorian Gray de treinta, cuarenta o cincuenta años que me rodean adquiriesen repentinamente su auténtico y avejentado aspecto, y viajar se convirtiese en esto  y ganar un premio en esto otro.

Yo no me quedaré cruzado de brazos ante el advenimiento de algo tan terrible. Como primera medida, les comunico que, según termine de escribir este artículo, voy a ir a cortarme el pelo.

No me va a reconocer ni la madre que me parió.