La ruta del ajedrez (I)

ruta del ajedrez
DP.

Sevilla, 1987. Los dos pesos pesados del ajedrez mundial, el campeón Garri Kaspárov  y su más temible rival, el excampeón Anatoli Kárpov, están disputándose la corona mundial por cuarta vez en cuatro años. Su agria competencia ha alcanzado cotas de atención mediática únicamente superadas por aquel lejano match entre el feroz Bobby Fischer y el caballeroso Boris Spassky, en el que Estados Unidos y la URSS habían puesto el orgullo sobre los tableros. Esta vez no estará la guerra fría en juego, pero las dispares personalidades de Kárpov y Kaspárov, así como el dramatismo y la tensión casi insoportable de sus igualadísimos enfrentamientos anteriores, han convertido sus finales en otro espectáculo mediático y el mundo entero esté pendiente de lo que suceda en la ciudad andaluza. En 1987 cualquier ciudadano reconoce al instante esos dos apellidos; el interés por lo que suceda en la lucha entre ambos es enorme porque Kárpov parece siempre a punto de recuperar el trono que una vez ocupó. La televisión española retransmite las partidas de un evento que ha trascendido la competencia deportiva y se ha convertido en una auténtica guerra repleta de connotaciones personales, políticas e incluso étnicas. 

El de Sevilla será un match de veinticuatro partidas. Tras veintidós, cada uno de los contendientes ha obtenido tres victorias y el resto han sido dieciséis empates de dura lucha. Ambos están igualados a once puntos, pero un empate final permitiría que el campeón vigente retuviese el título, así que el aspirante y antiguo rey destronado Kárpov está obligado a jugar presionando al rival para ganar el punto. La vigésimo tercera partida resulta ser dramática: comienza de forma igualada y tras varias horas de tensa lucha se llega a las cuarenta jugadas reglamentarias que permiten aplazar la partida hasta el día siguiente. Pero durante la reanudación, el usualmente férreo Kaspárov parece ceder a la presión y comete un error que le cuesta el punto. Kárpov se adelanta por doce a once. Parece estar rozando el trono con la punta de los dedos. Ahora, únicamente necesita unas tablas en la última partida para recuperar el título. Y que Kárpov consiga esas tablas se considera más que factible, dada la enorme solidez de su juego, su facilidad para leer la posición de las piezas y su más que probada capacidad para neutralizar los embates agresivos del contrario. Casi todo el mundo da por hecho que Anatoli Kárpov va a conseguirlo; a falta del último juego, él es el favorito. Por su parte, el campeón Kaspárov necesita una victoria para empatar a puntos, ya que cualquier otro resultado lo destronará. Kaspárov, pues, ha de jugar agresivamente y arriesgar frente al jugador ante quien menos se debería arriesgar: el correosísimo Anatoli Kárpov. Todo pende de un hilo.

Vigésimo cuarta y última partida: todo es una gran apuesta a una sola carta. Ambos están muy concentrados y como de costumbre están muy igualados: Kárpov obtiene un peón de ventaja, pero sus piezas están menos coordinadas que las de Kaspárov y son vulnerables a un ataque. Sin embargo, algo sucede durante el transcurso del juego: Kaspárov está tan concentrado que olvida anotar sus jugadas en la planilla, lo cual es imperativo durante las competiciones, algo que todo jugador está obligado a hacer. El árbitro, siguiendo las reglas, le recuerda que ha de escribir las jugadas. Kaspárov lo hace, pero esta distracción lo saca momentáneamente de sus pensamientos sobre la partida y así deja escapar una ocasión clara de atacar. Sin embargo, también Kárpov tiene sus propios problemas: ha consumido mucho tiempo calculando sus jugadas y está sufriendo apuros de reloj. En sus prisas, no consigue visualizar una defensa que podría haber forzado unas tablas y haberle dado el título en bandeja.

Ambos jugadores han cometido errores, sometidos como están a una gran presión, pero la situación termina finalmente beneficiando a Kaspárov, que no solamente recupera el peón de desventaja sino que captura uno más a su rival. Una vez más, se llega a las jugadas reglamentarias y el juego se aplaza al día siguiente, pero en la reanudación Kárpov aparece ya con expresión de cierto desánimo. Obligado a defenderse y analizando la partida durante la noche, no ha visto la manera clara de obtener esas tablas que tanto necesita. Parece que no podrá detener a Kaspárov. Aun así, comienza una terrible guerra de sutilezas, un juego de equilibristas de la posición en torno a dos peones indefensos, uno blanco y otro negro. Ninguno de esos dos peones es capturado, pero en mitad del baile, Kárpov se queda sin ideas. Su rey está arrinconado; su reina está forzada a defender el único caballo que le queda. Por contra, el rey de Kaspárov está bien protegido y su reina acecha incansablemente a las piezas rivales; además, su último alfil se mueve con total libertad sobre el tablero. Todo ello, sumado a su peón de más, acaba constituyendo una considerable ventaja. Finalmente, Kárpov se rinde. Kaspárov gana el punto y empata el casillero: doce a doce. Seguirá siendo campeón. Kárpov lo ha tenido tan cerca… Al final, sin embargo, el auténtico vencedor ha sido el espectáculo. Esa última partida ha sido casi como el final de una tragedia griega. La rivalidad más grande en la historia del ajedrez ha alcanzado unas cotas de suspense insoportables y lo ha hecho en la ciudad de Sevilla.

En cierto modo, el que un episodio así tuviera lugar en España era casi una deuda histórica con nuestro país. Cierto es que en el ajedrez moderno no hemos tenido un campeón mundial ni demasiados grandes maestros, para los que podríamos haber podido producir. Y no es por falta de talento: por ejemplo, en los años 50 emergió Arturito Pomar —hoy don Arturo— uno de los más brillantes niños prodigio de la historia de las sesenta y cuatro casillas. De hecho, el único jugador de trece años que jamás haya logrado obtener unas tablas contra un campeón mundial vigente. Pero la falta de apoyo oficial, entre otras cosas, provocó en mucha gente la sensación de que Pomar no llegó a explotar todo su potencial ajedrecístico. Esa misma sensación es la que uno tiene cuando piensa en los jugadores que España podría haber proporcionado al mundo si las autoridades hubiesen ayudado con un mayor empujón. Ha habido y hay muy buenos jugadores españoles, pero probablemente no los que debería en uno de los países más importantes en la historia del juego-deporte-arte-ciencia. Paradójicamente, en tiempos recientes España ha sido una Meca para el ajedrez y lo ha sido durante muchos años. Ha sido el país donde más torneos regulares de categoría internacional se han celebrado y también es uno de los países donde más maestros extranjeros de primer nivel han decidido fijar su nueva residencia. También es la nación donde la iniciativa de organizadores privados ha demostrado un mayor entusiasmo, en contraste con el abierto desinterés de los sucesivos gobiernos de toda índole, ya desde los tiempos de la eclosión del jovencito Pomar. 

Pero hay más: el papel de España en el desarrollo del ajedrez moderno ha sido fundamental. El ajedrez, como bien sabemos, fue traído a Europa por los musulmanes después de que los persas conocieran el juego durante sus incursiones en la India (los orígenes anteriores no quedan nada claros, aunque el juego podría haberse originado en Egipto). Pero aquel ajedrez medieval todavía no había sido refinado hasta la perfección. Las reglas definitivas del juego, las que le dieron el total equilibrio y según las cuales todavía se juega hoy en día, terminaron de perfilarse precisamente en España. De España procedieron algunos de los primeros ajedrecistas y teóricos reconocidos internacionalmente. También aquí se publicaron varios de los primeros tratados de ajedrez más importantes. Sí, España dejó una huella indeleble en el juego de la dríade Caissa, legendaria musa de las sesenta y cuatro casillas. Aquí empezaremos a trazar, a grandes rasgos, el mapa del ajedrez en España. Una excusa como otra cualquiera para que los amantes de los escaques y los fetichistas del ajedrez se den una vuelta por aquellos puntos de nuestra geografía donde se ayudó a dar forma al más noble de todos los juegos y una de las disciplinas más fascinantes de la actividad humana. Lugares que, además suelen poseer encanto y alicientes más que de sobra para la visita de cualquiera, sea o no aficionado a los tableros.

Peñalba de Santiago: En esta pequeña pedanía del municipio leonés de Ponferrada se hallaron las piezas de ajedrez más antiguas jamás encontradas en Europa. Mal llamadas «bolos de Santiago» —así bautizadas por una confusión con piezas usadas en un juego tradicional del Bierzo—, se trata de cuatro piezas que pertenecieron a un ajedrez tallado en marfil: un peón, un alfil y dos roques (el nombre que antiguamente se le daba a las torres, de ahí el término «enrocar» cuando el rey se protege encerrándose tras una de ellas). Dichas piezas, datadas hacia el año 900, están expuestas en una de las sacristías de la iglesia mozárabe del pueblo y dice la tradición que pertenecieron a san Genadio, el cual habría usado ese mismo juego de ajedrez para entretenerse durante su retiro espiritual en una cueva. Pero Peñalba de Santiago no solamente es merecedor de una visita por ser cuna del juego de ajedrez más antiguo de Europa, sino que es un bellísimo pueblo de casas de piedra y madera que parecen surgidas de algún cuento medieval; además cuenta con un pintoresco entorno, incluyendo la cueva donde se supone que san Genadio jugó con las piezas de ajedrez. Así pues: cuatro joyas de marfil custodiadas en una joya de piedra.

Celanova y Orense: En el edificio del antiguo monasterio de San Salvador de Celanova, más concretamente en la capilla de San Miguel, fueron halladas ocho piezas que podrían fecharse apenas una décadas después del ajedrez de Peñalba, así que son también unas de las reliquias ajedrecísticas más antiguas de Europa. Se trata de una torre, dos caballos, dos alfiles y tres peones tallados en cristal según la preciosa y cotizadísima tradición del arte fatimí, artesanía medieval realizada en Egipto. Se las conoce como el «ajedrez de san Rosendo», ya que supuestamente fueron halladas en el sepulcro del antiguo obispo de Mondoñedo, muerto en el año 977. Las piezas fueron trasladadas y se exponen actualmente en la catedral de Orense, así que ya tenemos excusa para visitar esta ciudad, amén del paso obligado por el magnífico conjunto monumental de la propia Celanova.

León: En el Museo de León tendremos ocasión para contemplar cómo jugaban los aristócratas del siglo XVI. No olvidemos que un tablero bellamente labrado y unas piezas bien esculpidas constituían un lujo al alcance muy pocos por aquella época; en el museo podemos contemplar un magnífico ejemplar de tablero de madera con incrustaciones de hueso que perteneció a los condes de Luna. Además, ya en tiempos más recientes, la misma León ha sido sede de un relevante torneo que es de las pocas competiciones de primer nivel que se han celebrado ininterrumpidamente durante más de dos décadas.

San Lorenzo de El Escorial: Poco queda por comentar que no se sepa ya sobre El Escorial, uno de los edificios monumentales más conocidos y visitados de España, ya que está repleto de historia por los cuatro costados, pero como curiosidad para los aficionados al ajedrez cabe decir que en su biblioteca se guarda el célebre Libro de los juegos, confeccionado por deseo del rey Alfonso X de Castilla, gran aficionado al ajedrez. Bautizado originalmente con el largo título de Juegos diversos de Axedrez, dados, y tablas con sus explicaciones, ordenados por mandado del rey don Alfonso el Sabio, este códice está considerado como el primer tratado de la materia, y contiene los problemas y pasatiempos de ajedrez más antiguos de los que se tiene noticia, al menos en toda Europa.

Segorbe: No mucha gente sabe que el ajedrez moderno, con sus reglas actuales, nació en territorio valenciano hace más de cinco siglos. Segorbe es una localidad castellonense que independientemente de su aportación histórica al tablero merecería una visita motivada únicamente por sus monumentos y su belleza, pero en nuestro caso tiene el interés añadido de haber sido lugar de nacimiento de Francesch Vicent. Este nombre quizá no les diga mucho ni siquiera a algunos aficionados a los escaques, pero Vicent fue una figura sencillamente fundamental en la historia de esta disciplina. De hecho, podríamos decir que fue el padre del ajedrez tal y como lo conocemos hoy. 

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El gran retrato

Retrato
Cortesía Everett Collection.

En su visionaria novela El gran retrato, publicada en 1960, Dino Buzzati cuenta la historia de un atormentado científico que intenta reproducir la mente de su esposa muerta en un gigantesco ordenador.

«Nunca había habido en el mundo nada semejante, que fuera a la vez montaña, fortaleza, laberinto, castillo y selva, y en cuyos innumerables recovecos de intrincadas formas se multiplicaran resonancias jamás oídas», dice el narrador refiriéndose a la enorme máquina pensante. Pero la frase bien podría referirse al propio cerebro humano, cumbre de la evolución (por lo que sabemos y hasta el momento), castillo y fortaleza de la mente, laberinto de innumerables recovecos e intrincada selva (esa «selva impenetrable en la que nos extraviamos», como decía Ramón y Cajal).

Hace tan solo sesenta años, la posibilidad planteada por Buzzati parecía una quimera inalcanzable, una alegoría filosófica más que un relato de ciencia ficción; pero según algunos investigadores, un «gran retrato» fidedigno de la mente humana podría estar listo a finales de la próxima década.

Deep Blue, el superordenador que en 1996 derrotó a Kaspárov y acabó definitivamente con la supremacía ajedrecística humana, fue la primera prueba irrefutable de que una máquina podía realizar funciones mentales al más alto nivel, y, en la misma línea, el Proyecto BRAIN (Brain Research Through Advancing Innovative Neurotechnologies) —al igual que sus antecesores, el Proyecto Cerebro Humano (HBP) y el Blue Brain Projec— pretende realizar una simulación informática completa, no ya de una función determinada, sino del funcionamiento cerebral en su totalidad.

Según el neurobiólogo Rafael Yuste, de la Universidad de Columbia, uno de los principales impulsores del Proyecto BRAIN, «dentro de unos años podremos descifrar el cerebro humano, y el cerebro genera la mente. Si entendemos el cerebro, entendemos la mente. Si podemos leer la actividad del cerebro, podemos leer la mente». Suena un tanto reduccionista, pero sin duda es —será— un gran paso, tal vez el comienzo de una nueva era.

Proyecto Brain
Fotografía: The Brain Initiative.

Ya se han desarrollado las herramientas necesarias para construir modelos cerebrales de cualquier especie animal en cualquier fase de su desarrollo, y ya se ha conseguido reproducir satisfactoriamente una columna neocortical, uno de los bloques fundamentales de la arquitectura cerebral. La idea general es fusionar los conocimientos biológicos acumulados en las últimas décadas con los recursos informáticos más avanzados para realizar un mapa detallado y operativo de los circuitos cerebrales.

La complejidad de la tarea es enorme. En el cerebro humano hay unos 86 000 millones de neuronas, cada una de las cuales se conecta con al menos otras mil, con un total de unos 100 billones de conexiones en el cerebro adulto (en el cerebro infantil pueden llegar a los 1000 billones, pero van disminuyendo con el paso del tiempo hasta estabilizarse en la madurez). Y el presupuesto del colosal proyecto no es menos impresionante: del orden de los miles de millones de euros. Pero los beneficios para la neurociencia, la medicina y la propia informática son incalculables. Entre otras cosas, en el cerebro virtual se podrían simular trastornos como el alzhéimer y experimentar en un tiempo mínimo todo tipo de tratamientos.

El Proyecto BRAIN no es una iniciativa aislada. En Londres, el Proyecto Conectoma Humano en Desarrollo se ha centrado en obtener imágenes por resonancia magnética (IRM) de los cerebros de quinientos fetos en el tercer trimestre de embarazo, así como de los de mil bebés a los pocos días de nacer. A algunos de estos niños se los escoge por tener un pariente próximo con autismo, y al cabo de unos años se podrán comparar las IRM de los niños autistas con las de los demás. Y el Instituto Allen de Ciencia Cerebral de Seattle, en Estados Unidos, también está desarrollando mapas tridimensionales que combinan datos de la actividad genética con detalles estructurales del cerebro humano y de otros animales, y ha presentado su propio proyecto para estudiar el cerebro en desarrollo mediante el examen de la estructura celular y la organización de la actividad genética en cerebros fetales post mortem.

«Dentro de cinco años seremos capaces de leer la actividad de 50 000 neuronas al tiempo« —afirmaba Yuste recientemente—. «Eso supone poder registrar el cerebro completo de algunos invertebrados; en diez años podremos hacer lo mismo con cerca de un millón de neuronas, es decir, el tamaño del cerebro completo del mamífero más pequeño del mundo, el de la musaraña etrusca. Y en quince años podremos leer grandes trozos de cerebros humanos involucrados en enfermedades como la esquizofrenia».

La terra ignota empieza a ser explorada y cartografiada, y el gran retrato va tomando forma. Las posibilidades son ilimitadas, y los problemas éticos y filosóficos implicados en estos proyectos no son de menor envergadura que sus logros potenciales.

De hecho, no todos ven el Proyecto BRAIN con buenos ojos, y que la DARPA (Defense Advanced Research Projects Agency) esté entre sus principales promotores estadounidenses no contribuye a disipar la sospecha de que su objetivo oculto podría ser más militar que sanitario.

En cualquier caso, la aventura del conocimiento es imparable, y la última frontera está en nuestro interior, en el corazón de esa «selva impenetrable» que Ramón y Cajal vio en el cerebro humano.


Carlo Frabetti: «He vendido más ejemplares de “Malditas matemáticas” que de los otros cien libros juntos. Vivo de ese libro»

A Carlo Frabetti (Bolonia, 1945) a menudo se lo presenta como un escritor italiano que escribe en castellano, aunque desde los ocho años vive en España. Él no parece estar en desacuerdo con esta descripción; apunta que, según los psicólogos, todo se resuelve en los primeros siete u ocho años de vida y, además, no tiene pasaporte español. Con un centenar de libros publicados, este matemático de formación ha sabido reconciliar ciencia y humanidades, literatura para adultos y libro juvenil, marxismo y cristianismo, entre otras dicotomías aparentes, en sus libros y columnas para la prensa. Su carrera abarca un recorrido de difícil catalogación durante el que ha alcanzado la cima varias veces: en los ochenta fue con La bola de cristal, en los noventa con la literatura; ha llegado a ser el autor más leído en Cuba, después de Fidel Castro.

En la terraza de su casa en La Bisbal del Penedés, bajo la sutil y constante luz característica de una tarde de primavera, el ruido es inexistente. Es el lugar perfecto para más de tres horas de conversación tranquila que dan para profundizar en su trayectoria y reflexionar sobre ciencia, literatura, filosofía, política, religión, actualidad. Gestiona sus respuestas con la calma del que parece capaz de mantener su presión arterial baja, con una actitud en apariencia neutral y distante, pero con opiniones no exentas de indignación por las injusticias; sabe que el sistema está roto, pero no transmite ninguna urgencia en particular.

Te dedicas a muchas actividades que no parecen relacionadas: divulgación científica, activismo político, literatura infantil y juvenil… ¿Cómo se relaciona todo esto?

Cuando te interesa y te preocupa el mundo en el que vives, el viaje viene a ser siempre el mismo: un viaje hacia el conocimiento. Puedes cambiar de vehículo, hay gente que se siente muy cómoda con un vehículo concreto y hace el viaje siempre o casi siempre en ese vehículo, pero hay otros que por razones a veces circunstanciales vamos cambiando.

Hay una serie de cosas que me han gustado a lo largo de la vida y he tenido la suerte de poder dedicarme a varias de ellas, ganando el mínimo de dinero que me ha permitido emplear un tiempo considerable en esas actividades. Todos hacemos muchas cosas, pero no siempre nos pagan por ellas. Si me pagaran por pasear, sería paseante profesional. Sin embargo, por escribir, por hacer divulgación científica o dar clases, que son cosas que siempre me han gustado, he conseguido que me pagaran lo suficiente para vivir.

El activismo político, por el contrario, no solo no te lo pagan, sino que te lo hacen pagar caro. Cuando vives en un mundo tan injusto como este e intentas comprenderlo, llega un momento en el que no te conformas con comprender y piensas que, si puedes hacer algo, por modesto que sea, para modificarlo, tienes que hacerlo. Es lo que decía Marx: «Hasta ahora los filósofos se han preocupado por interpretar el mundo y lo que hay que hacer es cambiarlo». Esa frase me influyó mucho. Yo era un ratón de biblioteca, estaba obsesionado con conocer, y me di cuenta de que no bastaba, que había que utilizar ese conocimiento para hacer algo.

Naciste en 1945 y llegas a España ocho años después, ¿a qué se debió esta decisión familiar?

Algo muy italiano, mi padre montó en Valencia una fábrica de máquinas para hacer helados. Al principio vino él solo a España y durante un tiempo mi madre y yo íbamos y veníamos. A partir del 53, a mis ocho años, tuvimos casa propia en Valencia, nos instalamos, mi hermana nació en Valencia. Y la causa fue esa. En Valencia había una gran afición a los helados, y cuando nosotros llegamos se hacían a mano. Había unos tambores de corcho llenos de hielo con sal y un cilindro de metal con la crema dentro que había que mover a mano hasta que se congelaba, mi padre a eso le puso un motorcito y, en vez de corcho, una estructura refrigerante, y así empezó a fabricar máquinas de hacer helado aptas para instalarse en cafeterías. Llenó España. Primero Valencia y luego todo el país.

¿Cuándo publicaste tu primer libro y cuántos has publicado?

He publicado un centenar, en números redondos. Pero mi primera novela, posterior a los libros de cocina vegetariana, yoga, juegos y pasatiempos matemáticos, la publiqué en el 94. Fue una novela infantil que, para mi sorpresa, tuvo mucho éxito. Nunca me había planteado ser narrador, que es algo mucho más concreto que ser escritor. Me paso el día escribiendo desde hace muchos años. Había hecho guiones de televisión, teatro, poesía, pero narrativa… cuentos sí, pero novela no. Alfaguara, a raíz del éxito de La bola de cristal, me pidió algo…

Esto fue en el 94 y La bola de cristal acabó en el 88.

Sí, digo a raíz, pero no inmediatamente. Se pusieron en contacto conmigo, pero la primera novela no salió hasta el 94. Fue La magia más poderosa. Tuvo mucho éxito… Yo entonces no tenía ni idea de cómo funcionaba el mercado de la literatura infantil, pero resulta que el 90% de las ventas ocurre en los colegios. Lo que se llama venta por prescripción. La venta por impulso, es decir, que entre un niño o su padre en una librería y compre un libro, solo supone el 10%.

En algún colegio deciden que un libro está bien y compran cincuenta o cien de golpe. La magia más poderosa tuvo éxito porque gustaba a la vez a niños y profesores. Muchas veces lo que les gusta a los niños a los profesores no les parece lo suficientemente instructivo o didáctico y viceversa, lo que les gusta a los profesores a los niños les parece aburrido. Este libro se convirtió en un best seller infantil y, a raíz de eso, empezaron a pedir más y más.

Teniendo en cuenta que eres matemático y escritor, ¿cómo ves la relación actual entre ciencia y letras?

Pobre. Muy pobre. Cuando yo era joven la dicotomía era brutal. Casi se podía hablar de enemistad. De hecho, había un pique entre la gente de letras y la de ciencias. Los de ciencias decíamos que los de letras utilizaban la memoria porque carecían de inteligencia y los de letras que los de ciencias estábamos deshumanizados. Ahora por suerte la situación ha cambiado, pero sigue habiendo una separación demasiado estricta a mi modo de ver. Mi objetivo con los libros de divulgación que hago para Alianza y con los libros infantiles, donde siempre hablo de ciencia de alguna manera, es acercar estos dos campos. Porque este divorcio hace mucho daño a las dos partes.

En tu primer artículo en El País, en el año 96, hablas precisamente de eso, ¿seguimos un paradigma de cultura oficial basada exclusivamente en lo literario y artístico?

El cambio más significativo empieza a notarse en este siglo; si contemplamos un intervalo de sesenta años sí que hay un cambio considerable, científicos que se interesan por las humanidades y humanistas que se interesan por la ciencia.

¿Los hay?

Claro. Los filósofos se interesan por ejemplo con la irrupción de la mecánica cuántica, que es de principios del siglo XX, igual que la relatividad. Ya la relatividad influyó en movimientos artísticos y literarios como el surrealismo y el cubismo. Poco a poco la ciencia se ha ido infiltrando en el discurso literario y artístico.

¿Crees que los filósofos comprenden la mecánica cuántica?

Al menos lo intentan, que ya es algo. Aunque algunos lo único que hacen es apropiarse de la terminología de manera puramente efectista, como han señalado críticos como Sokal.

Cuando entrevistamos a Jesús Mosterín también los puso a parir a todos, a Derrida… no dejó títere con cabeza.

Yo también los he puesto bastante a parir. Lo que pasa es que valoro el intento. Que hablen, aunque sea mal, ya es algo. Recuerdo haberle enseñado a un conocido escritor un libro en el que había fórmulas y que dijera: «Quita, quita, eso es pornografía». Esta mentalidad sigue muy presente. Pero al menos se dan cuenta de que hay conceptos nuevos… Porque la física de Galileo y Newton no es nada contraintuitiva y no interfiere con la visión del mundo que viene de los griegos. Sin embargo, la mecánica cuántica y la relatividad son totalmente contraintuitivas, te obligan a modificar tus ideas. Y los filósofos, algunos, sí se han dado cuenta de esto e intentan no perder ese tren. A veces lo hacen de una forma lamentable, como cuando Lacan te dice que el falo es la raíz cuadrada de menos uno, que es… bueno, señor, córtese un poquito.

Te consideras discípulo de Martin Gardner, ¿qué aportó este matemático y divulgador a la sociedad?

Sí, me considero discípulo suyo porque empecé a leer sus artículos en Scientific American cuando todavía no se publicaban en España. Tenía diez u once años y se convirtió automáticamente en mi ídolo; si echas una ojeada a mi biblioteca tengo un estante lleno con toda su obra. No solo es un divulgador matemático excelente, sino que tiene libros filosóficos, ensayos contra el irracionalismo y contra las pseudociencias, es un escritor sumamente interesante en muchos aspectos y, sí, lo considero un maestro. A él y a Raymond Smullyan, de hecho, eran amigos, los dos han muerto recientemente. No llegué a conocerlos, pero sí me escribí con ellos. Tengo una novelita que no está publicada en España, solo en Cuba, que está dedicada a ellos dos y aparecen como personajes. Se titula las Las islas desventuradas y no me la quisieron publicar en España.

Todas las editoriales de libros infantiles, sean religiosas o no, tienen en cuenta que tienen que vender en los colegios religiosos. En el libro Las islas desventuradas los buenos son los herejes y los malos son los católicos ortodoxos, y esto no les pareció bien. Pero en Cuba tuvo muchísimo éxito.

Has dedicado mucho trabajo a los pasatiempos matemáticos. El primer desafío lógico que planteaste en la revista Algo fue el de los nueve puntos, ¿por qué es tan importante este problema?

Lo encuentro muy interesante porque es un claro ejemplo de que muchas veces, al intentar resolver un problema, no solo de matemáticas sino en cualquier área, nos imponemos más condiciones de las que en realidad nos piden. ¿Cuál es la condición no pedida que casi todo el mundo se impone sin darse cuenta? Que todos los vértices de la línea quebrada coincidan con alguno de los nueve puntos, pero eso no te lo piden… solo te dicen que tiene que ser un trazo continuo y de segmentos rectilíneos. Me parece un acertijo precioso. Ahora mucha gente lo conoce, se hizo famoso. ¿De cuándo es esta revista? [Señala un ejemplar de la revista que hemos llevado].

Del 84.

Me da vértigo. En su día muy poca gente resolvía ese problema. Todo el mundo llegaba a la conclusión de que tenían que ser cinco líneas, no que con cuatro bastaba.  

¿Qué recuerdas de esta revista de divulgación?

La recuerdo con mucho cariño porque, por desgracia, las revistas de divulgación científica o son poco accesibles o son poco serias. Pasamos de Investigación y Ciencia a Muy Interesante. Es tremendo. La revista Algo, por el contrario, era bastante seria y muy accesible.

En tu último libro, Detective íntimo, dices que la clave del pensamiento lateral es la atención flotante. Cuéntanos más.

Creo que en el propio libro lo explica el detective. No es una idea mía, cuando nos concentramos de una manera un poco obsesiva en una idea perdemos de vista el contexto. Esto lo saben todos los escritores. Lewis Carroll inventó un aparatito, que llamaba nictógrafo, para anotar ideas durante la noche. Entonces no era fácil tener una lamparita en la mesilla de noche, así que inventó ese artilugio porque de repente se despertaba con una idea genial y, si no la escribía, al día siguiente se le había olvidado. En estados como el duermevela o cuando uno está a punto de despertarse, la mente no ha puesto en marcha todas sus rutinas de control. Hay una serie de mecanismos mentales que son muy útiles, aunque a veces nos atenazan un poco. La atención flotante es un concepto que usan mucho los psicoanalistas, consiste en escuchar lo que te dicen, pero sin estar excesivamente concentrado. Dejar que la mente vague un poco a su antojo para no perder de vista cosas que pueden parecer accesorias pero que son información relevante.

Contabas en una conferencia que Malditas matemáticas lo escribiste a partir de los recortes de un libro de texto que los responsables de la editorial rechazaron por ser demasiado divertido.

Sí, Alfaguara y Santillana son de la misma empresa, Prisa. Están en plantas sucesivas de un mismo edificio. Hubo una época en que casi todos mis libros infantiles los publicaba en Alfaguara. Un día me llamaron del piso de arriba, de Santillana, donde siguen haciendo libros de texto, y me dijeron que, como yo era matemático, que por qué no les hacía un libro para segundo de la ESO.

¿El libro entero?

Sí. Me pasaron el programa y lo desarrollé. Meticulosamente. Intentando poner ejemplos divertidos, creando situaciones que ilustraran el concepto en vez de soltarlo sin más, seco y árido. Y me quedé muy contento. Lo llevé y me dijeron que no podía ser, que era demasiado divertido. Estaban ahí todos los conceptos, pero me dijeron: «No, no, no, tienes que podarlo», por así decirlo, y hacerlo más ceñido a lo que la gente espera de un libro de texto.

Pero claro, me dieron mucha pena aquellos descartes y decidí hacer una novelita. Y la llevé al piso de abajo. Al principio la rechazaron también, esto era a finales de los noventa, y me dijeron lo contrario que me habían dicho en el piso de arriba, que los niños detestan las matemáticas y lo que quieren es divertirse, que las matemáticas fuera. Y me fui muy triste a mi casa. Pero tuve la suerte de que el año 2000 fue el año mundial de las matemáticas y me llamaron de Alfaguara: «Oye, queremos publicar algo, y no importa que no se venda mucho, para poder decir que hemos publicado algo conmemorativo».

Ahora te lo han reeditado.

No solo me lo han reeditado, he vendido más ejemplares de Malditas matemáticas que de los otros cien libros juntos. Vivo de ese libro. He vendido más de un millón de ejemplares en todo el mundo. Se ha traducido al mongol, al turco, al iraní… Hoy mismo me ha llamado la directora del Museo de la Ciencia de Valladolid para decirme que han hecho una sección de matemáticas y que si no me parecía mal la iban a llamar «Malditas matemáticas». Y a ver si iba a la inauguración y tal. Un libro que se pasó dos años en un cajón de pronto se ha convertido en un best seller

Cuando entrevistamos a Jin Akiyama nos contó que lleva veinticinco años con un programa de televisión y que es toda una celebridad en Japón. ¿Cómo podemos convencer a los políticos de la necesidad de acercar los números a la sociedad?

Yo me conformaría con convencer a los políticos de que respeten los derechos humanos. Vivimos en un país donde la irracionalidad más obtusa se ha instalado en todos los niveles oficiales.

Gracias al éxito de La bola de cristal tuve un momento en el que me hacían caso, algo de caso, en televisión. Y una de las cosas que propuse fue un programa de ciencias, pero muy enfocado a cuestiones de matemáticas y geometría. Al principio me dijeron que era muy interesante, pero no salió. Nunca salió. No es fácil, no creo que sea fácil ahora. Estamos muy atrasados en cuanto a programas culturales e incluso hemos ido hacia atrás.

La televisión de los años ochenta y noventa era bastante más interesante. Incluso durante el franquismo había programas de mayor calidad que ahora, por ejemplo, programas teatrales, entrevistas de larga duración. Había cosas que ahora no se ven.

Si pudieras pedir a los dioses algo que beneficiara a toda la humanidad, ¿qué les pedirías?

Es la famosa pregunta que le hicieron a Aristóteles. Yo a los dioses lo primero que les pediría es que desaparecieran, que se quitaran de en medio. Porque si en algo estoy de acuerdo con Marx es en que la religión es el opio del pueblo. Precisamente el pensamiento dogmático, el creer en dioses del tipo que sea, es lo más perjudicial. Si hubiera dioses y fueran benignos no habría que pedirles nada porque ya se encargarían ellos de cuidarnos un poquito y de evitar las injusticias igual que un padre impide que un hermano mate a otro. Como no nos cuidan, los dioses tienen que ser mala gente y les pediría que se largaran.

En un texto tuyo hemos leído que Fibonacci ideó su famosa sucesión viendo cómo los conejos se reproducen, y también dices que Fibonacci está presente en muchos fenómenos naturales. Las matemáticas, ¿las descubrimos o las inventamos?

Ese es un gran debate, pero en realidad es irresoluble. Solo Dios, si existiera, podría contestar a esa pregunta. De hecho, los matemáticos se dividen en idealistas y no idealistas, algunos los llaman materialistas, pero ellos lo rechazan. Los idealistas dicen que los entes matemáticos están ahí y nosotros los descubrimos, pero son independientes de la mente humana. De hecho, cualquier mente que hubiera en el universo los concebiría de la misma manera que nosotros; tal vez los expresaran o desarrollaran de otra manera, pero los conceptos básicos serían los mismos. Y otros, sobre todo los posmodernos, dicen que los conceptos matemáticos los inventamos, no los descubrimos. Es un debate irresoluble. Es casi la expresión de una sensibilidad personal situarse en un sentido u otro.

Etimológicamente, las dos palabras ¿no están relacionadas? Inventar y descubrir.

Sí, se habla muchas veces de descubrimiento como de invento. Lo que pasa es que son sinónimos solo en alguna de las acepciones, cuando hablas de descubrir América no hablas de inventar… aunque también haya algo de invención.

En Los jardines cifrados haces una lista de las treinta y una funciones identificadas en la Morfología del cuento de Vladimir Propp, ¿has tenido presentes estas funciones a la hora de escribir tus libros para jóvenes o adultos?

No siempre las tengo presentes a priori, pero yo releo mucho mis libros. Digo irónicamente que soy muy rápido escribiendo, pero muy lento leyendo.

En casi todos los relatos hay planteamiento, nudo y desenlace, si es un relato convencional, pero no todas las funciones están ahí. Si a lo que te refieres es a si uso las funciones como plantilla, no.

En El palacio de las cien puertas sigues el esquema que se hizo famoso con los libros de Elige tu propia aventura.

No suelo hacer libros de encargo, pero ese fue un libro de semiencargo, por así decirlo. Me llamaron para ver qué se podía hacer en esa línea, como en Elige tu propia aventura.

¿Por qué es interesante ese sistema?

Puede ser interesante o no tanto. He leído algunos, creo que a veces son bastante banales. No creo que sea una fórmula intrínsecamente muy interesante, porque en realidad cualquier libro que tenga un mínimo de complejidad te invita a seguir tus propios caminos, no es un monorraíl.

En ese libro también haces referencia a Alicia y Lewis Carroll. ¿Por qué te interesa tanto Alicia y por qué recomiendas este libro?

Para mí Lewis Carroll ha sido un referente en todos los aspectos. Algunas de las razones por las que ha sido tan importante son personales y circunstanciales. Lo leí de muy pequeño por primera vez, y fue un libro que me angustió. Vi la versión de Walt Disney siendo pequeño todavía, la de dibujos animados, luego hubo otras versiones cinematográficas. Me fui acercando a ese libro por distintos caminos. El hecho de que Carroll fuera matemático también me fascinaba, y hubo una época en la que me interesó mucho la fotografía y también me pareció Carroll un maestro como fotógrafo.

Poco a poco fui descubriendo su influencia en la literatura del siglo XX; tanto Joyce como Kafka son hijos de Carroll en alguna medida. Sobre todo, Joyce. Y, además, Carroll es el creador del retrato fotográfico. Es el que independiza la fotografía de la pintura. Los primeros retratos fotográficos eran cuadros. Planteaban imitar el gran arte. Y Carroll es el primero que se da cuenta de que es un lenguaje propio con sus recursos específicos y que no tiene por qué ser subsidiario o someterse de manera servil a los dictados de la pintura, sino que tiene que crear su propia estética y su propio lenguaje y hace unos retratos magníficos —muchos han desaparecido—. Vi en Bolonia, mi ciudad natal, una exposición de fotografías de Carroll que no sé de dónde las sacaron, porque no las he vuelto a ver en ningún sitio.

Jugabas al ajedrez con tu padre, ¿qué recuerdas de aquellas partidas?

Era muy interesante, porque no nos tomábamos el juego en sí demasiado en serio, siempre era un punto de partida para hacer suposiciones: «Si esto lo hubiéramos hecho de esta manera, si el alfil tal…». Lo que se llama ajedrez de fantasía a partir de partidas reales.

¿Os inventabais las reglas?

A veces.

De ahí sale el libro de El tablero mágico.

Exacto. De ahí sale.

Reconoces que no eres muy buen jugador de ajedrez, sino que lo que te gusta es hacer cosas alrededor del ajedrez.

Sí. Luego le dediqué más tiempo del necesario al ajedrez. Incluso llego a decir de forma autocrítica, no sé si en ese libro o en el de las Mil puertas, que jugar bien al ajedrez suele ser un signo de inteligencia y jugar muy bien suele ser un signo de estupidez. Hay que ser un necio o estar loco para dedicarle a ese juego el tiempo y el esfuerzo que requiere llegar a dominarlo, porque es un juego al fin y al cabo muy limitado. Solo para aprender la teoría de aperturas, que está estudiada desde el siglo XV…

Y con eso ya…

Ese es un requisito básico. Si no dominas las aperturas, cualquier jugador mediocre que sí las conozca en las cinco o diez primeras jugadas saca una ventaja posicional que luego, aunque seas mejor que él, no superas.

Ahora con la inteligencia artificial el ajedrez ha dejado de tener sentido.

Cualquier teléfono móvil te puede ganar. Me acuerdo cuando en los noventa el programa Deep Blue ganó a Kaspárov, aquello fue una conmoción. Había gente que, como argumento, decía que las máquinas podrían jugar al ajedrez, pero nunca tener el nivel de un gran maestro, porque un gran maestro es creativo, no analiza todas las posibilidades. Pero una máquina tampoco. Incluso para un ordenador, las posiciones de ajedrez, que son del orden de los septillones, son inabarcables.

Has prologado libros de Lem como Memorias encontradas en una bañera, ¿qué te parece este autor? ¿Asimov o Lem? ¿Cuál es tu novela de ciencia ficción favorita?

Mi novela de ciencia ficción favorita es Solaris, de Lem. Pero si tuviera que quedarme con un autor me quedaría con Asimov, que creo que es más amplio, versátil. Lem era un poco obsesivo. Solaris es la mejor de sus novelas, la más sutil. Le escribí, porque fui su editor durante diez años, su editor en castellano. Nos escribíamos en francés. En muchas de sus novelas hay un intento de contactar con una mente extraterrestre y el intento fracasa. En Fiasco pasa lo mismo, y en algunos cuentos. Le pregunté: «¿Esto le parece especialmente interesante, el tema del desencuentro, o es que cree que no hay posibilidad de encuentro o que es sumamente improbable?», y no me contestó. No sé si porque no le apeteció, si porque él mismo no lo tenía claro o porque no quiso revelar su punto de vista. Pero es curioso porque él nunca contempla, ni siquiera en sus cuentos de robots, medio humorísticos, la posibilidad de comunicación. E incluso como crítico era muy rígido, y bastante faltón. Insultaba continuamente a los autores de ciencia ficción estadounidenses. Con Ursula K. Le Guin, que murió hace poco, se metió alguna vez… no la desautorizó, pero dijo que La mano izquierda de la oscuridad era completamente inverosímil, que aunque fuera una novela brillante tenía cosas completamente inverosímiles, como que un humanoide pasara de mujer a hombre y de hombre a mujer. Era un escritor muy brillante, pero sumamente cuadriculado en algunos aspectos.

Es curioso cómo, siendo tan imaginativo, porque en sus libros hay cosas de una audacia imaginativa tremenda, fuera tan convencional en algunas cosas. Ursula le contestó muy bien, lo puso en su sitio: «Todo lo que usted dice tendría sentido si estuviera hablando de otra novela que no es la mía, porque usted quiere meterla en un marco que no es el suyo». De hecho, Lem se calló. ¿A quién machacó? A Harlan Ellison, por ejemplo. En este caso estoy bastante de acuerdo con Lem. Ellison fue un autor que ganó varios premios Hugo, pero a mí me parece un bluf. Era muy sensacionalista. Era una época en la que la ciencia ficción era bastante pacata y él empezó a meter sexo a lo bestia. Se hizo famoso por una antología que se llamaba Visiones peligrosas. Era una antología muy buena. Escribió cuentos muy famosos como No tengo boca y debo gritar o uno de un hombre que viaja a sus propios riñones. Hacía cosas así, muy efectistas y enrevesadas. Y luego desapareció sin dejar rastro.

A Robert A. Heinlein también le criticó.

Sí, el de Tropas del Espacio.

Robert A. Heinlein apoyó abiertamente la invasión de Vietnam por parte de Estados Unidos. Hubo un congreso mundial de ciencia ficción… Se solían celebrar en Estados Unidos o en Londres y un año, en el 69, lo hicieron en Heidelberg, en Alemania. Conocí a Poul Anderson y a Robert Silverberg, que estaban pegando fuerte. Entonces algunos alemanes y yo colgamos una pancarta diciendo que Poul Anderson y unos cuantos nombres más estaban a favor de que se rociara con napalm a los niños y se violara a las mujeres. Llegaron una panda de fans con cadenas a zurrarnos directamente. En el recinto universitario tuvimos una batalla campal. Mi involuntaria «venganza» fue ligar con la hija de Poul Anderson, que estaba por allí. Era una chica encantadora, y él también, era muy cordial, pero firmó el documento de apoyo. Asimov y unos cuantos más les contestaron con contundencia, hubo cierto enfrentamiento y fue la primera vez que la ciencia ficción se politizó de una manera clara.

Eres el que concibe la idea de La bola de cristal, desde el título hasta sus guiones, y fuiste uno de sus guionistas hasta el final, pero sobre La bola de cristal hay un libro publicado por la directora del programa y otro publicado por ti.

En realidad, mi libro lo hice como respuesta al suyo. Ella llegó a atribuirse mis guiones, que están registrados en la sociedad de autores. Su libro fue un best seller, llegó a vender cuarenta mil ejemplares o más, y cuenta cómo se le ocurrió, hablando con su abuela, el título La bola de cristal. Yo, que había dado cursos de guion explicando cómo se me había ocurrido el nombre de La bola de cristal, cómo se me había ocurrido la bruja Avería… Lógicamente, me indigné. Como tenía algunos relatos sueltos sobre el tema de la transacción, pues me interesa mucho lo que las relaciones humanas tienen de transacción en un mundo mercantilizado, aproveché y le dediqué el prólogo, donde cuento sencillamente esta historia.

¿Se te apoyó en los medios?

No. De hecho, escribí a algunos medios, por ejemplo, a La Vanguardia, diciendo que lo que decía esa señora era mentira y se podía demostrar, y no me hicieron caso. Ningún caso.

Televisión se quedaba con los derechos. La bruja Avería en teoría es de TVE, yo la he usado en mis libros y a TVE le da exactamente igual, pero teóricamente podrían demandarme, aunque ganaría yo ese pleito, porque la propiedad intelectual es irrenunciable. Ahora no te puede pasar lo que al pobre Salgari, que tenía un montón de hijos y, desesperado, vendía sus libros por cantidades ridículas, de modo que sus editores se hicieron riquísimos y él se suicidó. El padre de Sandokán.

Cuéntanos cosas de la época de La bola de cristal.

En televisión había un vacío de poder o un descontrol que permitía hacer cosas. Siempre que no pidieras mucho dinero, te dejaban hacer. Y la verdad es que, durante cuatro años y medio, en La bola de cristal hicimos lo que quisimos. Se lo cargaron por razones políticas en pleno éxito. Alguien dijo, no recuerdo qué ministro, que el programa lo usábamos para adoctrinar a los niños en el marxismo.

«Viva el mal, viva el capital», decía la bruja Avería.

Esa frase no es mía, es de Santiago Alba. A mí, aunque me hace mucha gracia, no me parece del todo bien. Mis camaradas me preguntan por qué en mis libros no hay arengas comunistas. Y contesto que porque a los niños hay que facilitarles que piensen solos. Tampoco metería asuntos religiosos… en todo caso, hay que hablarles de solidaridad, explicar que unas personas no son más importantes que otras, y esos no son valores exclusivamente marxistas. De hecho, se da la paradoja de que tengo el Premio de la Comisión Católica para la Infancia, que se concede al autor que fomenta los valores cristianos entre los más jóvenes.

En el programa había cosas que a mí me parecía que sobraban, pero no había motivo para cargárselo porque la bruja Avería dijera «Viva el mal, viva el capital». Eran como frases sueltas, no había un discurso político ni un relato adoctrinador.

Con el tiempo ha habido un reconocimiento intelectual del programa.

Sí, sí, y gracias a eso pude seguir haciendo televisión unos cuantos años. Gané una cantidad obscena de dinero, porque en aquella época te pagaban una barbaridad por cualquier chorrada. En el año 90 hice las primeras sitcoms como Una hija más, Aquí hay negocio, etc., de lo más banales y tontas. Hoy quizá parecerían exquisitas, pero era pura chabacanería casi todo el rato. Había buenos guionistas, pero se les obligaba a ser chabacanos.

Pues, por un guion de media hora, me daban por el argumento doscientas mil pesetas. Por el guion desarrollado, quinientas mil más y luego derechos de autor al emitirlo. Yo me sacaba un millón por cada guion de media hora y hacía uno al mes. Me duró tres años. Me echaron de televisión por rojo y subversivo, «antisistema», como dicen ahora, y proetarra, pero gracias a eso pude vivir varios años sin trabajar casi nada. Hasta que luego empecé a ganar dinero con los libros infantiles. Durante una década sobreviví gracias a dos o tres años de vacas gordísimas en televisión. Fue una época de descontrol en la cual algunos nos beneficiamos de poder hacer lo que queríamos y ganar una cantidad considerable de dinero.

Ahora a los guionistas los tienen como esclavos, no les reconocen la autoría, luego no cobran derechos de autor, trabajan en grupo, uno hace los diálogos, otro los gags, con lo cual nadie es autor y trabajan a destajo.

Supongo que te dará pena ver en lo que se ha convertido la televisión española.

Me reconforta un poco la televisión catalana, que tiene un cierto nivel.

En tu libro La bola de cristal cuentas una anécdota de tu infancia que te lleva a la conclusión de que los niños son estructuralistas natos. ¿Chomsky o Skinner?

Hay cosas interesantes en ambos. Si me tuviera que quedar con uno de los dos, me quedaría con Chomsky sin dudarlo. Plantear que lo único que conocemos de los demás es su conducta y que hemos de partir de ahí, como afirma el conductismo, creo que es la forma más científica de aproximarse a la situación. Pero creo que a partir de ahí se han cometido excesos de todo tipo. Mientras que otras corrientes que en su planteamiento pueden parecer menos racionalistas, que se aferran más a cuestiones intangibles o poco medibles, que se salen del ámbito puramente científico, en la práctica luego han tenido desarrollos que complementan un poco esa frialdad o esa aridez de ciertos planteamientos conductistas.

Hay que tomar un poco de todos los lados, porque la psicología, la sociología o la economía son protociencias. No son pseudociencias como dicen algunos. A veces sí, hay discursos psicológicos que son pseudocientíficos. Cuando Lacan dice que el inconsciente está estructurado como un lenguaje es muy interesante, pero demuéstremelo, en qué se basa usted.

Los niños sí que son muy conductistas.

Todos somos muy conductistas en el sentido de que respondemos a los estímulos y al premio-castigo. Lo que pienso es que es muy reduccionista quedarse ahí. Todos tenemos reflejos biológicos, pavlovianos y reflejos condicionados, por nuestra forma de vida, por la educación, pero también tenemos más cosas.

En un relato de La bola de cristal está el personaje de Elena, ¿es el mismo que el de Los jardines cifrados?

Sí y no. Rara vez los personajes de mis novelas se corresponden unívocamente con una persona real. Hay unas cuantas personas que me han suministrado material para construir personajes. No es el mismo personaje, pero no es casual que se llamen Elena. En casi todos los personajes hay también algo de mí mismo.

En Ulrico.

Ulrico era mi amigo imaginario de pequeño. Extrapolado de Blancanieves y los siete enanitos, que es la primera película que vi en mi vida. Entonces el enano sabio se convirtió en mi amigo imaginario, pero de joven, porque era demasiado viejo para tenerlo de compañero de juegos. Y acabó convirtiéndose en Ulrico. Es más un superego en el sentido freudiano que un alter ego. Siempre me dicen que Ulrico es como yo, y digo que no, Ulrico es más listo que yo. Lo que dice Ulrico en un minuto yo he tardado horas en pensarlo.

¿Te han censurado alguna vez? ¿Hay libros que no hayas podido publicar en España?

Hay algunos que no he podido publicar en España. Uno es Las islas desventuradas, que es esa historia en la que los católicos ortodoxos cazadores de herejes son los malos, y es en la que aparecen Raymond Smullyan y Martin Gardner como personajes. Otro libro es Abdicación… La censura muchas veces no es directa, Alfaguara seguramente podría haber publicado Las islas desventuradas o Abdicación, pero como tienen en cuenta si esos libros van a ser aceptados por colegios religiosos… En volumen de ventas suelen tener más poder adquisitivo los colegios religiosos que los no religiosos. Suelen ser privados, los niños son más ricos, se pueden gastar más dinero y las editoriales lo tienen en cuenta. De hecho, todas las editoriales de literatura infantil antes eran religiosas porque eran también las que hacían los libros de texto. Y aunque la editorial sea laica, hay temas que directamente no puedes tocar, esa es la censura.

Estás en la lista de honor de la Comisión Católica para la Infancia, algún libro tuyo ha sido de lectura obligatoria en colegios religiosos. ¿Cómo consigues entrar en este mercado?

Sí, creo que es cierto que yo propugno los valores cristianos, quienes no propugnan los valores cristianos muchas veces son los católicos. La idea de pobreza que aparece en el evangelio, de desprecio de los bienes materiales, de compartirlo todo, del desapego, que viene del budismo, la fraternidad cristiana… yo firmaría enseguida por un mundo de buenos cristianos, lo que pasa es que encontrar un buen cristiano es más difícil todavía que encontrar a un buen comunista, que tampoco es fácil.

No sé lo que es un buen comunista.

El que es coherente sin ser dogmático.

En Los jardines cifrados hay niveles de comunicación textual obvios, en uno intervienes tú como autor y en otro los personajes junto con el narrador. ¿Cómo das con esta fórmula?

Normalmente lo que intento cuando escribo es expresar determinadas ideas. Mi llorado amigo José Luis Sampedro antes de escribir una novela hacía unas fichas interminables, lo sabía todo sobre sus personajes. Dedicaba mucho tiempo a construir personajes y luego los ponía en una situación, un marco, los echaba a andar y ya tenían vida propia. Hay otros autores que parten de un escenario, de un momento.

Yo parto casi siempre de ideas, quiero expresar algunas ideas y voy buscando la forma de expresarlas. Es bastante parecido a cuando doy clases de matemáticas o de física, intento transmitir algo de una manera comprensible, amena y que invite a la reflexión, que sirva de punto de partida para una reflexión personal.

No soy un auténtico narrador, para mí la narrativa es un pretexto. He caído en la narrativa un poco por accidente, empecé a los cincuenta años, luego ha ido enganchándome, me ha ido gustando más. He visto que el medio, el instrumento, era más útil e interesante de lo que creía. Tampoco leo mucha narrativa, casi no leo narrativa… Cada idea, cada constelación de ideas que quieres transmitir te sugiere determinados recursos narrativos. E intento no condicionarme a priori en ese sentido. No decirme a mí mismo: voy a escribir una novela policiaca. Yo intento decir algo, que no sé muy bien lo que es, porque si lo supiera muy bien no me tomaría la molestia de escribirlo, porque al escribirlo lo voy descubriendo también. Y la cosa en sí acabará encontrando la forma más adecuada. O no.

Divulgación al principio y luego planteas una historia.

Llegué a ello, no fue un planteamiento de partida. Había cosas que me resultaba más fácil contarlas narrativamente y cosas que prefería exponerlas en forma de artículo. Llegó un momento en que me dije: ¿Por qué tengo que hacer una cosa u otra? Decidí mezclar las dos cosas de forma que no fuera un cajón de sastre, que tuviera una cierta estructura y adelante. De hecho, me lo rechazaron. Los jardines cifrados lo hice para Alfaguara cuando mis libros infantiles empezaron a tener éxito. Un par de años o tres después de publicar el primero, que se vendió muy bien en los colegios, me dijeron: «¿Por qué no haces también algo juvenil?».

¿Es juvenil Los jardines cifrados?

Yo creía que sí, escribí Los jardines cifrados y la envié. Y a los pocos días me dijeron: «Esto ni es juvenil ni es una novela». Entonces se la pasé a los de adultos a ver si colaba, y estuvo durmiendo un año en Alfaguara adultos. De pronto surgió Lengua de Trapo y mi agente me dijo: «Oye, estos chicos son muy interesantes, los editores, quieren hacer cosas distintas». Se lo llevé y lo sacaron al mes. «Lástima que sea tan corto», me dijeron.

En Los jardines cifrados hay una charla entre personajes sobre si el lenguaje es finito con alusiones a la cábala y el Corán. ¿Es el lenguaje finito o infinito?

El lenguaje es finito, como toda combinatoria de signos. Lo que pasa es que es ilimitado, inmenso, pero finito. De hecho, en algún momento del libro se calcula la cantidad de libros distintos escribibles.

Chomsky lo define como un conjunto finito o infinito de oraciones, y también habla de variedad infinita.

Una cosa es que tienda a… ¿Es infinito el mar? Pues no. Pero si te echas a nadar…

Ni siquiera es infinito el número de electrones.

Claro. Parece ser que el universo es finito. No está zanjada la discusión y posiblemente no se zanjará nunca. Pero la teoría más aceptada actualmente es que nuestro universo es una burbuja dentro de un macrouniverso o multiverso en expansión. En nuestro universo la expansión del big bang se ha atenuado, si no, no podría formarse la materia; y podría haber otros muchos universos como el nuestro o distintos.

No hay acuerdo unánime. Sí lo hay bastante amplio en el big bang y en lo que se llama la inflación. En esa inflación, si lo permeara todo, no habría materia. Porque el espacio crece a más velocidad que la luz, incluso. Aunque la velocidad de la luz no es superable en el espacio, cuando es el propio tejido del espacio el que se dilata, no hay límite. Pero según la teoría más aceptada, que es la de Hawking y sus colaboradores, el nuestro sería una burbuja de estabilidad dentro de esa explosión brutal que todavía sigue.

Chomsky también habla de la naturaleza del lenguaje y se refiere a la cuestión del reto de Galileo. Formularlo parece simple, ¿cómo deberíamos concebir el lenguaje? Y añade algo que tú también te has planteado, ¿puede el lenguaje expresar cualquier idea?

Pues no lo sé. Einstein por ejemplo decía que él no pensaba en términos lingüísticos. Él pensaba en imágenes y en impulsos musculares, que te explique él lo que quería decir… se ponía a pensar y notaba movimientos en su cabeza, pero no palabras. Y, trabajosamente, eso tenía que pasarlo a palabras para poder comunicarlo y no siempre del todo. No lo sé y no sé si alguien lo sabe, de verdad, lo que sí podemos decir es que somos seres eminentemente lingüísticos y que somos personas y seres pensantes en la medida en que tenemos un lenguaje.

¿Hay conexión entre la matemática y la poesía?

En ambos casos hay una gran voluntad de síntesis y de precisión, de afinar y de ir a la esencia. Además, tanto en matemáticas como en poesía o eres lo más o no eres nada. No hay término medio. Me refiero a la investigación. Puedes ser un gran profesor de matemáticas sin ser un gran matemático. Es más, los grandes matemáticos no suelen ser buenos profesores. Esto lo descubrí leyendo Opiniones de un payaso de Heinrich Böll, que dice que puedes ser un buen médico y ganarte bien la vida sin necesidad de ser premio Nobel de Medicina, pero payaso, o eres lo más o no eres nada. Con los matemáticos y los poetas pasa lo mismo.  

¿Por qué dejaron las editoriales del grupo Prisa de publicar tus libros?

Escribí un manifiesto que iba firmado por cien personas, denunciando la campaña de Prisa contra Cuba y Venezuela, y al día siguiente supieron que lo había escrito yo. Mis amigos de Prisa me dijeron que era un capullo, que cómo se me ocurría escribir eso. Denunciamos al grupo Prisa y al montón de escritores e intelectuales que habían firmado un manifiesto pidiendo que hubiera democracia en Cuba. Nosotros contestamos con nuestro manifiesto diciendo por qué no pedían que hubiera democracia en España. Esta era la idea. Se enteraron de que había sido yo, que yo había recogido las firmas, y al día siguiente, dos libros que tenía pendientes de publicación me llegaron en sendos paquetitos a casa. Hace poco me volvieron a llamar, después de muchos años, de Santillana: «Oye, que tus enemigos se han ido, que te echamos de menos». Y he vuelto a publicar con Santillana.

Fue fulminante. Y se da la paradoja de que soy el autor con más libros publicados en las editoriales del grupo Prisa. Más de veinte.

Así que esa es la razón por la que me defenestraron de la noche a la mañana, aunque no dejaron de vender mis libros. Y me quedé huérfano de editorial porque todo lo publicaba con ellos. Menos mal que SM acudió al rescate y empecé a publicar en El Barco de Vapor.

Colaboras con medios como Insurgente. Asumiendo que tus lectores no son los mismos que los de, digamos, Libertad Digital, ¿qué función tienen los medios?

Creo que su función es fundamental. Afortunadamente, se ha roto, aunque muy embrionariamente, el monopolio absoluto que hasta hace poco tenían los grandes medios. Entre Insurgente, Kaos en la Red y La Haine han formado una especie de consorcio que tiene más lectores que muchos diarios de papel. Más visitas. Y esto presumiblemente irá en aumento. Al principio, el número de visitas era bastante reducido, Rebelión tenía un poco más, pero ahora empiezan a ser comparables las cifras, ya no es como antes.

En un momento en que los grandes medios mienten y tergiversan sin cesar, que haya alternativas es vital. Es muy importante apoyar a estos medios. Sobre todo, los jóvenes están adquiriendo cada vez más el hábito de navegar y ver más medios. El gran problema sigue siendo la televisión. Ahí es muy difícil competir, pero en eso también estamos evolucionando. Las pantallas más pequeñas se van a imponer, y al menos no son monopolios ni te tienes que chupar toneladas de publicidad para ver cualquier cosa. Puede ser un camino. Yo soy moderadamente optimista. Solo moderadamente, porque me doy cuenta de la enorme capacidad de absorción que tiene el sistema.

Eres muy combativo como otro gran matemático y divulgador italiano, Piergiorgio Odifreddi. Pero a él le dejan publicar sus columnas de opinión en La Repubblica, a ti El País no.

Podría ser un poco demagógico con lo escaldado que estoy, pero no sería justo. No es mejor La Repubblica que El País, para qué nos vamos a engañar. No hay una gran diferencia. Seguramente, si no hubieran pasado determinadas cosas muy concretas, el asunto de Cuba y Venezuela, habría seguido publicando mis artículos de crítica cultural en El País. Los medios en Italia no están mejor que en España. El poder que tiene Berlusconi y su mafia, no solo en los medios, también en el mundo cultural, es enorme.

En una columna publicada en La Haine hablas de presos políticos y terrorismo de Estado. ¿Es peor Galindo que otros terroristas?

Infinitamente peor. Galindo es uno de los máximos exponentes de hasta dónde puede llegar el terrorismo de Estado. Es un criminal que tortura hasta la muerte y entierra en cal viva a dos chavales. Jack el Destripador es una hermanita de la caridad a su lado. Este sujeto, después de pasar de puntillas por la cárcel, está en su casa escribiendo sus memorias. Es un individuo concreto, pero es la expresión de todo un sistema. El máximo responsable de la infamia de los GAL, en última instancia, si hubiera que personalizar, es Felipe González, que está libre y sigue dando lecciones de política y de ética.

Para que en España la tortura sea sistemática e impune tiene que darse la colaboración de todos los poderes, el legislativo, el ejecutivo, el judicial y el de los medios. Sin su contubernio criminal no sería posible. Con que uno de los poderes dijera que no puede ser, no podría ser.

Yo sigo siendo de la Asociación Contra la Tortura. La media era de setecientas denuncias al año y una muerte semanal en dependencias policiales. Y aunque algunos funcionarios, algunos policías y guardias civiles hayan llegado a ser condenados, no conozco ni un solo caso en que hayan cumplido efectivamente su condena. Normalmente los trasladan. Y a menudo los ascienden.

No estamos hablando de un Gobierno, sino de un Estado, un Estado criptofascista. No exactamente fascista, hemos avanzado un poquito, pero sigue habiendo un fascismo atenuado, un fascismo «inteligente», como las bombas «inteligentes». Antes tiraban bombas indiscriminadamente, ahora pueden cargarse un objetivo muy concreto «quirúrgicamente». Ahora el fascismo se ejerce con toda su crudeza contra quienes realmente molestan, que son pocos en realidad. No hay necesidad de meter en la cárcel a tanta gente como durante el franquismo. Ni siquiera desde la lógica del poder tiene sentido, conviene ser más selectivo.

Has escrito un artículo en Insurgente, «Gracias, TV3», donde describes a su televisión como uno de los mejores regalos que te ha hecho Cataluña desde que llegaste.

En gran medida hay que decir que es por contraste. La televisión que veía me provocaba dolor de cabeza o ataques de furia, era algo tan espantoso que por contraste la catalana me parece exquisita. No gritan. Casi nunca estoy de acuerdo con lo que dicen, pero lo dicen de una manera que es aceptable y al menos invita a la discusión.

Pero se ha dicho que está manipulada.

Hay una tendencia, sí; pero al menos que sean educados y quede claro por dónde van. Que la gente diga: «Soy independentista y defiendo esto». Pero que no intenten darte gato por liebre.

¿Cómo te posicionas con respecto al procés?

Si tuviera que identificarme con algún grupo seria con la CUP. Creo que el independentismo tiene sentido para vehicular la lucha de clases y oponerse a un poder central que es heredero del franquismo en última instancia. En otra situación, en otro Estado, no sería independentista. No me interpela de forma directa, soy un italiano que escribe en castellano. Mi lengua madre es el italiano. Los psicólogos dicen que todo se resuelve en los seis primeros años de vida. Yo soy italiano, sueño en italiano, hago las operaciones aritméticas en italiano. Pero no me defino a mí mismo en términos de nacionalidad.

En este momento histórico y en esta situación, reclamar la independencia de Cataluña, de Euskal Herria, de Galicia, de Andalucía es una forma de oponerse a una España inventada por los Reyes Católicos y reinventada por Franco. Fundamentalmente, estamos hablando de lengua y cultura, y de derecho a la autodeterminación.

No se respeta la autodeterminación. Hay un Estado central autoritario. Creo que en Cataluña habría menos independentistas si no hubiera un Estado represor. Rajoy ha hecho muchos independentistas. Yo mismo estuve el 1 de octubre defendiendo las urnas con mi compañera.

Puedes defender las urnas y no ser independentista.

Desde luego. Si se permitiera que la gente votara, a mí me parecería aceptable que el no independentismo fuese mayoritario.

Yo, fuera de mi hábitat, en el que vivo bastante bien, tengo que reconocerlo, veo injusticias y brutalidades por todas partes. Sobre todo, en el terreno laboral y social. Si todo el mundo tuviera una vivienda digna…

¿Y eso qué tiene que ver con la independencia y el nacionalismo?

Tiene que ver en la medida en que algunos pensamos que superar este Estado criptofascista se puede conseguir por esa vía. Eso es lo que da sentido a esa lucha. El nacionalismo burgués no me inspira ninguna simpatía.

Puigdemont y Artur Mas.

Puigdemont no me inspira especial simpatía y Mas me parece un oportunista, valga el eufemismo.

Cambiando de tema, en el libro La bola de cristal dices que los hombres llevan milenios explotando a las mujeres, y que no van a dejar de hacerlo… Te leí en un artículo hablar de que cada vez más mujeres utilizan menos zapatos de tacón.  

Ha bajado el número, pero todavía hay demasiados. A mucha gente le parece anecdótico, pero a mí me parece alarmante. Los traumatólogos llevan años diciendo que es malo para los pies y para la columna. He tenido mucha relación con colectivos de lesbianas y movimientos feministas radicales, que me abrieron los ojos y me hicieron ver cosas que no veía.

Hay un estereotipo femenino que responde a fantasías masculinas. Muchos detalles tienen que ver con limitar la movilidad. Ocurrió en muchas culturas, como cuando en China a las niñas les vendaban los pies para que no crecieran, o en algunas tribus indias que cortaban los tendones a las mujeres para que no pudieran escapar. Lo de la pierna quebrada, que es muy metafórico.

¿Cómo ves el futuro del socialismo? ¿Qué opinas de los cambios en América latina? ¿Sigues pensando que el modelo es Cuba?

Nunca he dicho que Cuba sea «el» modelo. Solo he dicho que Cuba ha demostrado que el socialismo es posible. Es posible incluso en circunstancias muy adversas, con la bota de Estados Unidos ahí. Los cubanos han cometido muchos errores, los siguen cometiendo, no son prfectos, pero están en el buen camino. Un símil: si los Estados fueran personas, Cuba sería una buena persona, con sus defectos y errores, pero Estados Unidos, Alemania, España, Italia, serían Al Capone o Jack el Destripador. O las dos cosas a la vez. En Cuba hay racismo, machismo, corruptela, todo lo que quieras; pero hay un grado de solidaridad y una voluntad de superación ejemplares.

¿Conociste a Fidel?

He tenido el privilegio de trabajar y discutir con él. Empecé a ir a Cuba en 2002 y, en una de las primeras conversaciones que tuve con Fidel, me preguntó que me había impresionado más de Cuba, y le contesté: «Que los niños no lloran y los mayores no los regañan». En España o en Italia, la publicidad te agrede, puedes sufrir mil impactos al día, uno por minuto, y por eso siempre hay niños sobreexcitados pidiendo cosas y llorando y papás riñendo a los niños. En Cuba los niños no lloran y los papás no los riñen, dos cosas que están muy relacionadas con la ausencia de publicidad y consumismo desaforado.

En Cuba hay absoluta tranquilidad para ir por la calle, la delincuencia es prácticamente cero, paras cualquier coche por la calle y te subes. Se llama hacer botella, el botellón. He estado en casa del ministro de Cultura y en casa de su chófer y vivía mejor el chófer. Y comían exactamente lo mismo. Podrían comer un poco mejor, menos puerco. Los cubanos y las cubanas jóvenes suelen ser guapísimos, pero a partir de los treinta años suelen engordar y desarrollar enfermedades cardiovasculares. Fríen con manteca porque no tienen aceite, lo cual es mortal. Me entrevisté con el que llaman «el ministro del cerdo» y me reconoció el problema, «pero si les digo que no coman puerco me comen a mí». Comen fatal, beben, fuman. En ese aspecto, un desastre.

¿Estás de acuerdo con el pronóstico de Marx de que el capitalismo se destruirá a sí mismo un día? De ser así, ¿hay alguna alternativa que los ciudadanos debamos contemplar?

Yo creo que no es seguro. Hay una tendencia, en el mismo sentido que Freud dice que hay una pulsión de muerte en las personas, pero luego no todas se suicidan. Aunque si contamos los que se suicidan más los que se autodestruyen, son bastantes. Hay un impulso autodestructivo en el capitalismo, pero no es seguro que se vaya a autodestruir. Creo que hay que ayudarlo y bastante. Porque corremos el riesgo de que en ese proceso de autodestrucción el planeta quede fatalmente dañado en su conjunto: los recursos naturales, el medio ambiente, el clima.

¿Qué lo sustituirá? Lo tengo clarísimo. Cuando los cubanos dicen «socialismo o muerte», se tiende a interpretar que están dispuestos a morir por el socialismo, pero hay otra lectura: o superamos la barbarie capitalista y la sustituimos por alguna forma de socialización de los recursos naturales, de los grandes medios de producción, etcétera, o petamos. ¿Cuál es esa fórmula? Creo que el marxismo da algunas pistas. Las experiencias de socialismo real, la cubana entre ellas, dan pistas, pero lo tenemos que ir construyendo y perfeccionado. Esa es nuestra responsabilidad histórica.

¿Qué causa has apoyado con más interés como activista? ¿Te arrepientes de algo?

Me arrepiento de no haber dedicado más tiempo al activismo. Podría decir que defiendo la causa del socialismo, pero no la identifico con un programa concreto. Creo en compartir de manera fraterna lo que tenemos a nuestra disposición. Esa es la idea. Siempre he procurado ir en esa dirección y en ese viaje he colaborado con la izquierda abertzale o con algunas organizaciones de las llamadas antisistema, con el feminismo radical a pesar de no ser mujer, con el movimiento gay a pesar de no ser homosexual y con los okupas a pesar de no haber sido okupa.

Una causa muy importante, que afortunadamente está ganando adeptos con bastante rapidez, es el antiespecismo, que va ligado también al respeto al planeta en su conjunto. Consiste en negarse a considerar que los animales no humanos son nuestra propiedad, nuestros esclavos o nuestra comida.

Dinos de qué te sientes más satisfecho en tu carrera.

De los libros para niñas y niños. De la literatura infantil, aunque no me gusta ese nombre. Y de la buena acogida que mis libros han tenido en Cuba. Tengo el honor de ser el autor vivo más leído en Cuba; cuando vivía Fidel era el segundo, y ojalá siguiera siéndolo.


¿Es posible el ajedrez perfecto?

Garri Kasparov contra Deep Junior, 2003. Fotografía: Cordon.

Todavía estoy intentando decidir si fue una maldición o una bendición que cuando conseguí el título de campeón mundial las computadoras de ajedrez fuesen flojas, cosa de risa, y cuando me retiré en el 2005 fuesen ya imbatibles. (…) Es interesante que las más grandes mentes de la ciencia de las computadoras, los padres fundadores —como Alan Turing, Claude Shannon y Norbert Wiener—, vieron el ajedrez como un test definitivo. Pensaron: «Oh, si una máquina consiguiese jugar al ajedrez y ganar a jugadores fuertes, no digamos ya a un campeón mundial, eso sería el signo del amarecer de la era de la Inteligencia Artificial». Con todo el debido respeto, estaban equivocados. (Garri Kaspárov, entrevista en Business Insider, 2017)

En 1997, año en que la computadora Deep Blue venció al campeón mundial de ajedrez Garri Kaspárov, una oleada de asombro recorrió el mundo, materializada en sensacionales titulares de prensa. Era un hito, sin duda. Hasta no muchos años antes habían abundado los escépticos con respecto a las posibilidades de victoria de una máquina frente a un Gran Maestro humano. Aquel escepticismo no era irrazonable, pues nadie imaginaba cuán rápido sería el progreso en la capacidad de cálculo y se sabía que las máquinas no sabían pensar, y siguen sin saber. Pueden calcular, pero sus análisis dependen de lo bien que las hayan programado sus creadores. Sin embargo, conforme mejoraba la tecnología, y también la habilidad y conocimiento de los programadores que enseñan a las máquinas cómo tomar decisiones, se alcanzó el punto crítico en que el mejor ajedrecista del planeta ya no estaba hecho de carne y hueso.

Hoy ya no sorprende a nadie que las computadoras puedan vencer al mejor de los ajedrecistas humanos. De hecho, visto en perspectiva, lo asombroso es que Kaspárov plantase cara con tanta dignidad a un ordenador que nunca se cansa, ni sufre la presión, ni es consciente de que las cámaras de todo el planeta están mirando, ni siente miedo a perder o ansia por ganar. Ahora tenemos «motores» de ajedrez lo bastante potentes como para que no podamos ni soñar con vencerlos. Eso sí, mucha gente podría albergar la equivocada noción de que las máquinas ya saben jugar ajedrez a la perfección, y lo cierto es que no es así. Las máquinas de ajedrez también se equivocan, incluso las mejores, aunque sus errores no sean tan obvios como los que cometemos los humanos. A día de hoy el ajedrez perfecto está fuera del alcance de los ordenadores más potentes que existen sobre la faz de la Tierra, y todos juegan cometiendo imprecisiones, por pequeñas que nos parezcan. El principal motivo de esto es la complejidad propia del juego, que escapa a toda capacidad de procesamiento de la tecnología actual. Lo interesante es que, pese a todo, se ha empezado a caminar en esa dirección, y ese camino pone de manifiesto la enorme diferencia que todavía existe entre el cerebro humano y las máquinas a la hora de procesar información y tomar decisiones. Las máquinas pueden calcular de manera asombrosa, pero nosotros, los humanos —incluidos aquellos que jamás han jugado al ajedrez—, poseemos armas de las que ellas, por ahora, no disponen.

La complejidad del ajedrez

En el primer tercio del siglo XX había quien pensaba que el ajedrez estaba a punto de ser «resuelto» por completo. Por entonces no existían ordenadores y nadie se había detenido a realizar un cálculo coherente de la complejidad matemática del juego, aunque existían algunos indicios, como la famosa fábula india de los granos de arroz. Cuenta la leyenda que un matemático inventó el ajedrez y se lo presentó a un rey; a este le gustó tanto que dejó que el sabio eligiese su recompensa; este pidió que se le pagase con arroz, poniendo un grano en la primera de las casillas del tablero, dos en la siguiente, cuatro en la tercera… así hasta completar la sesenta y cuatro. El rey, sorprendido por lo que creía una petición modesta, accedió. Sin embargo, cuando un ayudante del rey realizó el cálculo, reveló que el resultado final arrojaba una cantidad tal de granos de arroz que no había bienes ni tesoros suficientes en todo el reino para pagar al inventor del ajedrez. En efecto, el número total de granos sobrepasaba los nueve trillones.

Aun así, el número de la fábula es ridículamente minúsculo comparado con el total de partidas de ajedrez diferentes que pueden llegar a existir. Como es bien sabido, cada jugada de ajedrez da pie a un número de posibles jugadas subsiguientes, cada una de las cuales hace posible otro número de jugadas. Cada jugada individual, pues, es como un árbol que se va ramificando hasta que la cantidad de posibilidades se vuelve inconcebible. Imagine que va a jugar usted con piezas blancas. En la primera jugada tiene a su disposición veinte jugadas posibles (dieciséis jugadas distintas posibles con los peones, y cuatro posibles con los caballos, pues el resto de piezas están todavía encerradas en sus posiciones de salida). Su contrincante, que juega con negras, tiene también veinte jugadas posibles para responder a cualquiera que usted haya elegido. Esto es, veinte por veinte. Al final del primer movimiento (1 movimiento=1 jugada de blancas + 1 jugada de negras), hay cuatrocientas posiciones posibles. Este número se vuelve a multiplicar con la segunda jugada de las blancas, y de nuevo se multiplica con la segunda jugada de las negras; además, el resto de piezas van entrando en juego, lo cual aumenta todavía más las posibilidades. ¿Hasta dónde puede llegar la cifra total de posiciones? Bien, la respuesta es alucinante. El matemático Claude Shannon hizo una estimación, llamada «número de Shannon», sobre la cantidad de partidas diferentes que pueden producirse en un tablero de ajedrez usando jugadas legales. La cifra era enorme: 10120. Un 1 seguido de ciento veintitrés ceros:

10.000.000.000.000.000.000.000.000.000.000.000.000.000.000.000.000.000.000.000.000.000.000.000.000.000.000.000.000.000.000.000.000.000 partidas posibles.

Para que se hagan una idea de la enormidad de esta cifra, se estima que la cantidad total de átomos en todo el universo (esto es, sumando todas las galaxias que conocemos) es de 1082. Ningún cerebro humano puede calcular todas posibilidades que se producen durante los movimientos iniciales de una partida, no digamos ya calcular todas las opciones posibles. Por fortuna, no es necesario conocer todas esas ramificaciones para jugar al ajedrez entre humanos con un nivel aceptable. Aunque, como veremos, este número sí es un obstáculo por ahora insalvable para que las máquinas puedan alcanzar la perfección.

Cómo piensan los ajedrecistas humanos

Bobby Fischer en una partida contra Boris Spassky, 1992. Foto: Ivan Milutinovic / Cordon.

Los seres humanos no juegan al ajedrez basándose en el cálculo, o, mejor dicho, el cálculo es una parte muy pequeña del proceso mental del ajedrecista. Para empezar, aunque cada jugada implique innumerables posibilidades futuras, un jugador experimentado puede descartar la mayoría de las ramas de ese colosal árbol de posibilidades. Una partida tiene tres fases (apertura, juego medio y final) y en cada una de esas fases se aplican diversas herramientas. Bobby Fischer lo resumía con una famosa frase: «En la apertura hay que jugar como en los libros; en el juego medio, como un genio, y en el final, como una máquina».

La herramienta fundamental para los inicios de partida es la «teoría de aperturas». Ya en el primer movimiento, al menos si usted pretende obtener un buen resultado, no puede optar por cualquier jugada de las veinte disponibles. Varias de ellas pueden conducir a una derrota rápida. Los errores en la apertura resultan fatales. Por ejemplo, está la partida conocida como «mate del loco»: si el jugador que lleva las blancas mueve el peón de alfil de rey a la casilla f3 y el peón de caballo de rey a la casilla f4, se arriesga a que le hagan jaque mate en solamente dos movimientos. Es el mate más rápido posible, así que ningún jugador con algo de experiencia hará esas jugadas. Existen otros errores gruesos (como el famoso «mate pastor») que solamente cometerá un novato, pero también hay trampas menos evidentes, conocidas como «celadas», en las que puede caer un jugador aficionado, a veces incluso después de años de práctica, a poco que le falle la concentración. Para evitar estos errores y esquivar las venenosas celadas se ha elaborado una teoría de aperturas que reúne las más razonables, las que merece la pena utilizar, bautizadas con diferentes nombres, como por ejemplo «apertura Ruy López», «gambito de dama», «defensa Philidor», «defensa india de rey», etc. Cada una de ellas tiene a su vez diversas variantes que también pueden tener su propio nombre (p. ej. «variante del dragón de la defensa siciliana»).

Algunas de esas aperturas existen desde hace siglos, como la apertura Ruy López o «española», y se siguen poniendo en práctica hoy; otras, sobre todo las variantes, son algo más recientes. Estudiarse estas aperturas ayuda a descartar los malos inicios de partida, lo cual reduce de forma drástica las ramificaciones del juego, al eliminar aquellas indeseables. La teoría de aperturas funciona de manera parecida al método científico. Las aperturas son puestas a prueba en el laboratorio de la competición y el análisis posterior de las partidas; algunas aperturas son abandonadas cuando se descubre su punto débil, otras se mantienen y son mejoradas, e incluso las hay que han sido rescatadas del olvido cuando alguien ha encontrado una forma de compensar lo que se consideraban sus puntos débiles. Existen unas mil trescientas aperturas y variantes recogidas en la teoría, que suelen cubrir los primeros quince o veinte movimientos de una partida. Es un número grande, pero asequible, sobre todo porque un ajedrecista puede especializarse en sus aperturas preferidas, y hay maneras de evitar aquellas aperturas de las que uno tiene menos experiencia o conocimiento.

Con todo, incluso si usted no conoce todas las aperturas puede manejarse con ellas, al menos hasta cierto punto, cuando aparecen sobre el tablero. Es verdad que distintas aperturas conducen a distintos tipos de partidas: las hay que favorecen un juego abierto y de ataque, otras favorecen un juego trabado y posicional, y le corresponde a usted elegir las que mejor se adapten a su estilo. Pero todas siguen ciertos principios estratégicos. A cualquier jugador novato le explicarán que lo primero que necesita aprender sobre la apertura es que necesita perseguir esos objetivos estratégicos. Por ejemplo, que se debe intentar dominar el centro del tablero, lo cual hace preferible mover en primer lugar los peones de las columnas centrales, o evitar que los caballos se vayan a los extremos del tablero. O que se debe conseguir una estructura de peones sólida, sin ningún peón aislado e indefenso; o que los caballos y alfiles no queden bloqueados y puedan maniobrar; o que el rey se enroque y quede protegido; o que la dama esté en una posición segura pero desde la cual pueda lanzarse al ataque cuando la situación lo requiera; o que las dos torres queden en comunicación entre sí para dominar la primera fila y así proteger el enroque del rey. Estos principios son útiles para cualquier novato que no conozca bien las aperturas y además le ayudan a descartar un montón de jugadas que no ayudan a conseguir esos objetivos. En cualquier caso, lo mejor es saberse el mayor número de aperturas posible, lo que Fischer llamaba «jugar la apertura como en los libros».

Cuando termina la apertura y el libro ya no cubre lo que sucede sobre el tablero, comienza el «juego medio». Aquí la ventaja ya no es del jugador que más ha estudiado, sino del que interpreta mejor la posición sobre el tablero. Es imposible memorizar el inabarcable rango de posiciones que pueden presentarse, pero también hay principios estratégicos que se aplican a las diferentes situaciones que se producen conforme avanza el juego. Los buenos ajedrecistas aplican estos principios estratégicos y eso les permite descartar un enorme número de malas jugadas para centrar su atención únicamente en aquellas que contribuyen a mejorar su situación, o por lo menos a no empeorarla. Los profanos suelen creer que los Maestros profesionales se limitan a calcular ramificaciones de jugadas todo el tiempo; en realidad, lo que distingue a los grandes jugadores es su capacidad para captar de un vistazo los puntos fuertes y débiles del tablero en cualquier momento dado. El ajedrez es un lenguaje; un jugador experimentado puede leer el tablero con rapidez y precisión, por eso vemos a los Maestros ofreciendo exhibiciones de partidas simultáneas frente a muchos jugadores más débiles, y ganar casi todas ellas, o todas. En estas exhibiciones, los grandes jugadores no necesitan estar calculando cuando pasan de un tablero al siguiente; ellos ven el tablero, leen la posición y rápidamente deducen qué jugadas pueden ser beneficiosas.

A los profanos esto les parece magia, pero en realidad se trata de la facilidad de los Maestros para reconocer patrones, como cuando un músico oye una canción por primera vez y es capaz de tocarla con la guitarra o el piano sin haberla ensayado nunca. Así, usted puede mostrarle a un ajedrecista una partida que él nunca ha visto, y aunque le muestre una posición a mitad de juego sin que haya visto cómo se ha llegado hasta ahí, él sabrá reconocer lo que está sucediendo sobre el tablero, como un músico reconoce la estructura de una melodía con solamente oírla. No conocerá esa canción antes, pero quizá sí conoce otras muchas en las que hay patrones similares. De igual modo, el ajedrecista verá qué piezas están en mala posición o amenazadas, cuáles pueden atacar, o qué casillas domina cada bando. Y basándose en eso podrá elegir la siguiente jugada en función de los principios tácticos y estratégicos que se derivan de su experiencia.

También se ayudará del cálculo, por supuesto, pero el ajedrez de competición se juega con reloj y el tiempo destinado a los cálculos mentales es reducido, así que antes de calcular posibles ramificaciones, el jugador ha de saber qué ramificaciones merecen ser calculadas. Una de sus armas, relacionada con el reconocimiento de patrones, será la intuición (que es un reconocimiento de patrones pero más subconsciente o, si lo prefieren, automático). Kaspárov ha explicado muchas veces que durante una de sus partidas más admiradas, la «partida inmortal» que jugó contra Topalov en 1999, inició su genial combinación de jugadas ganadoras por puro instinto, sin haber calculado muy bien a dónde iban a conducir, pero teniendo el pálpito de que el resultado iba a ser bueno. Sin esa intuición, que sin duda era producto de la combinación entre su experiencia y su talento, quizá no hubiese iniciado un árbol de jugadas que a primera vista podían parecer demasiado arriesgadas. Precisamente por la existencia de patrones, unos más bonitos que otros, el ajedrez es un juego tan «artístico». En el ajedrez, como en la música, las posibilidades «razonables» una vez iniciada cada partida son limitadas en número, y las posibilidades «bellas» todavía más limitadas, pero ahí estriba el encanto de su práctica. A esto es a lo que Fischer llamaba «jugar el juego medio como un genio», esto es, tratando de ver lo que otros no ven.

En la fase final de la partida, el ajedrecista también se apoya en principios estratégicos que en algunos casos pueden estudiarse. También hay una teoría de finales, pero esta ya no estudia secuencias fijas de jugadas como la teoría de aperturas, sino simulaciones de lo que puede suceder cuando quedan pocas piezas sobre el tablero. Saberse manejar en esas circunstancias también depende de la experiencia y la intuición, pero el cálculo gana importancia. A esto Fischer lo llamaba «jugar el final como una máquina», aunque lo dijo más como una metáfora que como un paralelismo con la manera en que las «máquinas» piensan (cuando Fischer pronunció esa frase, no existían computadoras de ajedrez dignas de ser tenidas en cuenta por su nivel competitivo).

El ajedrez entre humanos es pues una mezcla de estudio, capacidad para el reconocimiento de patrones —incluyendo la intuición— y una muy pequeña parte de cálculo. En general, se trata de ver quién lee mejor la partida, no quién calcula más jugadas de antemano. Si un ajedrecista tuviese que calcular todas las posibles ramificaciones de cada jugada, no existirían ajedrecistas porque la tarea sería inalcanzable. El ajedrecista humano sabe, ante todo, separar el grano de la paja. No lo hace a la perfección, pero sí lo bastante bien como para jugar a buen nivel. Para él, cada posición significa algo concreto, por eso algunos pueden recordar partidas enteras después de muchos años, o incluso jugar a ciegas. Esto es lo que las personas, por ahora, hacemos mejor que las máquinas: saber al instante por dónde debe y no debe discurrir la partida. El jugador humano, en primer lugar, evalúa la posición del tablero. Solo después de esa evaluación se preocupa de intentar prever las consecuencias de las pocas jugadas que su razón dicta como susceptibles de ser elegidas.

Cómo piensan las máquinas

Los ordenadores lo hacen todo justo al revés. Carecen de intuición, una herramienta que por ahora no puede ser programada. Lo que sí tienen es una enorme capacidad de cálculo. Primero elaboran un árbol de posibles jugadas —los ordenadores más potentes pueden calcular cientos de millones de posiciones por segundo—, y es después de haber realizado cálculos cuando evalúan las posiciones resultantes. ¿En qué se basa su evaluación, si carecen de intuición? Pues se basa en las reglas que sus programadores hayan introducido en su código; miles de reglas que, combinadas, producen un resultado numérico: 0 si la partida está igualada, un número positivo si las blancas tienen ventaja, y un número negativo si las negras tienen ventaja. Así, cuando un ordenador juega con blancas, calculará miles o millones de posiciones y elegirá la que arroje un número positivo mayor. Si juega con negras, elegirá la jugada que arroje un número negativo mayor. Las reglas que utilizan los motores de ajedrez son demasiadas para ser enumeradas aquí, pero su filosofía puede explicarse con algunos ejemplos. Por ejemplo, cómo calculan el valor de las piezas. El cálculo del valor del material del que dispone cada bando es una de las reglas básicas que deben utilizar para evaluar la posición. Por defecto, los valores son estos: peón=1, caballo o alfil=3, torre=5, dama=9 (el rey, cuya captura es el objetivo final del juego, es de valor incalculable, o más bien necesita reglas de evaluación distintas). Durante la partida estos valores pueden cambiar dependiendo de muchos factores. Veamos un ejemplo:

En la figura 1 vemos que cada bando conserva, además de su rey, dos peones. La máquina podría establecer que el valor del material para cada bando es de 1+1=2. La partida está igualada. En la figura 2, sin embargo, un peón blanco está en la séptima fila; cuando llegue a la octava —cosa que sucederá en la siguiente jugada, pues las negras no tienen forma de impedirlo— se «coronará», y podrá convertirse en otra pieza (siempre se elige la dama porque es la pieza más potente). Esto significa que ese peón está a punto de convertirse en dama y por lo tanto vale prácticamente lo mismo que una dama; esto es, ahora no vale 1, sino 9. En este caso, pues, la máquina calculará que la ventaja material del blanco es de 10 a 2. Ahora veamos la figura 3. El peón también está en la séptima fila, pero el rey negro le impide avanzar y, como además el peón está indefenso, el rey negro podrá «comérselo» en la siguiente jugada. Así pues, ese peón nunca podrá coronarse y su valor ya no es 9 como el de una dama, y ni siquiera 1 como un peón normal, sino prácticamente igual a cero, porque está a punto de desaparecer del tablero. Ya ven cómo cambia el valor de una pieza según la posición; pues bien, cuando hay más piezas sobre el tablero, la cosa se complica muchísimo más. Las reglas para calcular el material son muy numerosas. Un alfil que está bloqueado y no puede moverse (un «alfil malo») puede valer menos que un peón. Una pieza que amenaza con capturar a otra aumenta su valor intrínseco, mientras que la pieza amenazada lo disminuye. Una pieza que puede hacer jaque e iniciar una combinación ganadora aumenta su valor; las piezas defensoras, si no son capaces de detener ese ataque, pierden parte del suyo. ¿Cuántas reglas de este tipo puede emplear la máquina? Tantas como su programador haya querido o podido introducir. Así pues, el número final con el que la máquina decide qué jugada le conviene es el resultado de una compleja serie de fórmulas que, cuantos más y mejores algoritmos incluyan, más efectivo harán su juego. En conjunto, lo que determina cómo de bien jugará la máquina será la combinación entre la calidad de su programa (el «motor de ajedrez») y la capacidad de procesamiento de su hardware. Por esto existen competiciones entre ordenadores, que son como la F1 para los fabricantes de motores de automóvil: todo un campo de pruebas

Ahora bien, aunque una computadora actual pueda calcular millones de posiciones por segundo, siempre cometerá errores. Para jugar a la perfección debería saber cuál es la mejor jugada posible en cada posición posible. Como vimos antes, el número de partidas posibles es 10120, más que los átomos del universo. Es verdad que en muchas de esas partidas habría coincidencia de posiciones (a una misma posición del tablero se puede llegar por varios caminos), así que la máquina no necesita conocer todas las partidas posibles sino las posiciones posibles. Aun así, el número sigue siendo descorazonador: alrededor de 1045 posiciones legales. Una cifra inasequible para nuestra tecnología. Así pues, a las computadoras les sucede lo mismo que a las personas: llega un momento en que no son capaces de calcular más y han de tomar una decisión con cierto grado de incertidumbre. Eligen entre las posibilidades que han calculado, que son muchísimas (y por eso nos vencerán siempre a los humanos), pero hay otras posibilidades que no han llegado a calcular. ¿Qué implica esto? Que las máquinas juegan muy bien, pero aun así cometen imprecisiones.

Una partida de ajedrez entre dos máquinas que supieran jugar a la perfección, eligiendo siempre la mejor jugada posible, sería la «partida perfecta». Si no aplicásemos las reglas de competición entre humanos que determinan que una partida termina en tablas cuando se alarga más de la cuenta, para no agotar a los contrincantes, suponemos que una «partida perfecta» podría durar miles y miles de movimientos. El juego tardaría muchísimo en decidirse. No sabemos cómo terminaría esa hipotética partida perfecta. Sí se ha calculado el resultado de la partida perfecta en juegos mucho más simples. Por ejemplo, en el «tres en raya» la partida perfecta arroja un empate perpetuo. En el «conecta cuatro», la partida perfecta la gana quien haga la primera jugada. Pero, ¿en ajedrez? No se sabe. Las dos posibilidades razonables que se manejan son que la partida terminase en empate o que ganasen las blancas por tener la ventaja de salir primero, pero hoy resulta imposible de saber. Y, sin embargo, se han dado los primeros pasitos, todavía humildes, en pos de averiguarlo. Todo lo que se necesita es una herramienta nueva, cuya construcción quizá termine siendo la obra más longeva en la historia de la humanidad.

El largo, y quizá imposible, camino hacia la perfección

Para que una máquina pudiese elegir siempre la mejor jugada desde el principio y conseguir una partida perfecta, necesitaría conocer todas las posiciones posibles del ajedrez. Al principio de la partida, con treinta y dos piezas en el tablero y 1045 posiciones posibles, esto no puede ser calculado. Pero ¿y al final de la partida, cuando quedan muy pocas piezas sobre el tablero? ¿Puede llegar a construirse una tabla donde estén todas las jugadas posibles con unas pocas piezas, para que, con ayuda de esa tabla, la máquina pueda jugar un ajedrez perfecto al menos en la parte final?

Pues bien, esto es en lo que se está trabajando desde hace años. Se llama «base de datos de tablas de finales». En la actualidad existen bases de datos completas para posiciones donde hay hasta siete piezas sobre el tablero. La base de datos de siete piezas fue completada hace poco; se estima que la de ocho piezas podía estar completada hacia el 2020-22, pero de ahí en adelante, con cada nueva pieza que se añade, la complejidad se multiplica. Al ritmo actual, se tardará siglos en llegar a la base de datos completa, la de treinta y dos piezas. O, mejor dicho, no se llegará nunca, salvo que la tecnología informática avance lo suficiente como para almacenarla y manejarla. Con nuestra tecnología es y será imposible. La esperanza está depositada en el desarrollo de ordenadores cuánticos. Si ese momento llega, tampoco sabemos si se conseguirá o cuánto tiempo se tardará. En cualquier caso, ahora tenemos una pequeña muestra de «ajedrez perfecto», jugado con siete piezas como máximo. Es una muestra incompleta, pero ya arroja algunos resultados sorprendentes.

Garri Kaspárov comentó en una entrevista el asombro que le causó ver un final «perfecto» de pocas piezas jugado de acuerdo a esa base de datos, gracias a la cual una máquina, sin necesidad de calcular o evaluar posiciones, puede sencillamente elegir la mejor jugada posible en cualquier posición que se le presente. ¿Cómo era ese «ajedrez perfecto» con pocas piezas? Kaspárov tuvo la impresión de estar viendo un ajedrez jugado casi al azar. Las piezas se movían sin sentido, o, mejor dicho, sin seguir los patrones lógicos que los humanos estamos acostumbrados a reconocer sobre el tablero. Es evidente que el ajedrez perfecto usa una lógica tan, tan afilada que los humanos no somos capaces de seguirla. Esto es chocante, porque los ordenadores, cuando no juegan con ayuda de esa base de datos, sí juegan un ajedrez reconocible. Sin embargo, el juego perfecto sigue patrones cuya lógica se extiende a lo largo de centenares de jugadas, y eso escapa a nuestra comprensión. Es como estar viendo una partida entre dos alienígenas. Cabe preguntarse si una partida jugada a la perfección desde el inicio sería también irreconocible, o hasta qué punto seguiría la actual teoría de aperturas; o acaso viésemos un baile de piezas sin sentido (para nosotros), y más incomprensible cuanto más avanzada estuviese la partida. Es como si hubiésemos inventado una máquina capaz de componer música «perfecta» con unas pocas notas, pero al escucharla comprobásemos que nos parece un ruido sin sentido. En cualquier caso, la hipotética base de datos completa con treinta y dos piezas, que contendría el secreto de la partida perfecta, de la mejor partida posible, será inalcanzable durante generaciones. Quién sabe si la humanidad llegará a desarrollar la tecnología que lo permita.

Lo que sí sabemos es que, con bastante probabilidad, el ajedrez perfecto nos dejará fríos. La belleza del ajedrez entre humanos reside en su imperfección. Vemos que un jugador comete una imprecisión, y disfrutamos viendo cómo el rival aplica su talento para aprovechar esa imprecisión. No es la matemática del ajedrez lo que se disfruta, sino la humanidad de los jugadores, con sus errores e intuiciones geniales. Imaginemos que se fabricasen máquinas tenistas que nunca se equivocasen; obtendríamos el partido de tenis más aburrido de la historia. Lo bello del tenis entre humanos es que es imprevisible, que no hay un golpe igual a otro, y que los jugadores han de recurrir a su talento para afrontar lo imprevisto, ya sean imprecisiones propias o del contrario. En eso, el tenis o el baloncesto no se diferencian en nada del ajedrez. Sobre el tablero también suceden cosas imprevistas, y la emoción emana de la contemplación de los jugadores de talento sumidos en el trance de solucionar problemas sobre la marcha, con sus propias e imperfectas armas. Además, siempre hay una historia detrás: los jugadores pueden estar cansados, o nerviosos, o tensos, y eso es lo que crea el relato de la partida. En el último campeonato mundial, disputado por Magnus Carlsen y Serguéi Kariakin, tuvimos un buen ejemplo; incluso los empates podían llegar a ser muy tensos, porque la guerra psicológica entre ambos contendientes se hacía patente con cada nueva jugada. Así pues, el ajedrez perfecto quizá sea inalcanzable, pero nunca sustituirá al ajedrez imperfecto, del que emana la belleza del juego. La fotografía, que puede obtener una imagen perfecta de lo real, no acabó con la pintura, que es más bella cuando se aleja un poco de la realidad, porque lo que queremos ver y disfrutar en un cuadro no es la realidad, sino la interpretación del artista. Por ello sigue impresionando más el trabajo de Velázquez o Rembrandt que el de pintores hiperrealistas. En el ajedrez existe una verdad matemática, que no hemos descifrado, pero la verdad y el arte no son la misma cosa, igual que un lienzo con un paisaje no es el paisaje, sino otra cosa; es arte.

Quizá haya personas que nunca han jugado al ajedrez y piensan que se trata de una especie de pasatiempo matemático. Es difícil expresar la sensación de jugar a quien nunca lo ha hecho, pero sí se le puede decir esto: sería como pensar que hacer música es un mero pasatiempo matemático porque la materia prima de la música sean las frecuencias sonoras y las reglas matemáticas que determinan las armonías o los ritmos. El ajedrez, como la música, es un acto creador. En toda partida llega el momento en el que el jugador ha de tomar decisiones, y esas decisiones no están determinadas por el mero cálculo. Su propia personalidad, sus aspiraciones, su inclinación hacia la belleza o hacia el pragmatismo son los ingredientes que conforman el relato del ajedrez. No hay dos ajedrecistas iguales como no hay dos músicos iguales. Es un juego que, cabe recordar, no fue inventado por máquinas. Es dudoso que máquinas inteligentes hubiesen querido inventar algo como el ajedrez. Lo inventamos los seres humanos porque es una expresión de las luchas humanas. Así pues, si usted juega mal al ajedrez, no se desanime: sus partidas siempre serán más interesantes que las de una máquina.


Miguel Illescas: «Magnus Carlsen es un poco friki; si no lo fuera, seguramente no sería tan bueno»

Miguel Illescas para Jot Down 0

La lucha contra el destino, el que dibujan otros, es un tema clásico de la civilización occidental. El ajedrez, infinito en metáforas, abundante en luchas, define un paisaje de mentes solitarias dialogando en silencio. Frente a EDAMI, la academia de ajedrez del Gran Maestro Miguel Illescas Córdoba (Barcelona, 1965), hay una puerta grande, alta, con un motivo vegetal pintado de un verde sobrio, un tanto desganado: es una señal, el portal es humilde, hecho de una madera poco noble que se resiste a su destino de caja de frutas. «Antes seré un portal con intención que una puerta mediocre pintada y repintada», parece decir esa madera vieja y desvaída. Como el portal, Miguel nos cuenta cómo escapó a un destino oscuro, cómo luchó y cómo llegó a ser uno de los mejores ajedrecistas españoles, instalado aún en la élite mundial del juego ciencia.

Cuéntanos cómo empiezas en el mundo del ajedrez, cuándo te das cuenta de que tienes una capacidad especial.

Empiezo a jugar de pequeño, con siete u ocho años. Dicen que para desarrollar tu talento tienes que empezar a los cuatro o los cinco años. En mi caso, entonces, empecé tarde, y al principio, todo hay que decirlo, no presté mucha atención al juego. Recuerdo que empecé porque me puse enfermo de varicela: el vecino de arriba bajaba todos los días a jugar conmigo. Ahí fue cuando empecé a cogerle el gustillo. Luego empezaría a echar partidas con mi padre, que me pegaba palizas tremendas. Un día íbamos 13-0, y gané una yo… Me queda la duda, visto ahora en perspectiva, si fue que me dejó ganar, por aburrimiento.

Y ya fue en un cumpleaños, el 1 de enero del 77, cuando mi padre me llevó a un club de ajedrez. Acababa de cumplir los once. Ese mismo año empecé a competir, y tuve bastantes éxitos durante mis primeros torneos: quedé campeón infantil de Cataluña y estuve a punto de categoría en mi primera competición. Me acuerdo de aquel club, un lugar antiguo, los rivales me echaban el humo a la cara… Era un mocoso. Me atraía mucho la parte científica del ajedrez; tengo una mente muy analítica. Me enganché también porque veía que ganaba. Pero no es que supiera que tenía un don especial, tuve una infancia muy complicada, de la cual casi prefiero no acordarme; no tuve oportunidad de pararme a pensar en esto, en si tenía o no talento.  Estaba siempre muy ocupado haciendo cosas. Luego empecé a trabajar en informática, hasta que me dediqué profesionalmente al ajedrez cuando llegué a Gran Maestro.

Sí recuerdo que hubo un momento en el que tenía una sensación de invencibilidad. Iba a los torneos, a jugar las partidas, sabiendo que iba a ganar. Era superior a los rivales, hacía puntuaciones muy altas. Fue ahí tal vez cuando me di cuenta de que no jugaba mal. Tendría catorce o quince años.

¿Cuándo te das cuenta de que puedes llegar a maestro internacional?

Cuando me dedico profesionalmente es en el año 86. Participé en la Olimpiada de Dubai, y ahí ya jugué con los mejores del mundo, hice un gran papel. Al regresar —entonces tenía una cartera de clientes, una empresa informática— le pasé todo el negocio a mi socio para dedicarme de lleno al ajedrez. Tenía invitaciones de EE. UU., de Asia… torneos por todo el mundo. Era algo irresistible para un chico de veintitantos años. Hay que decir que gané partidas muy bonitas, y me sentí muy bien. Tomé conciencia de que podía ganarme así la vida.

¿Tuviste algún tipo de obsesión por llegar a Gran Maestro?

Todo el mundo que se dedica al ajedrez sueña con llegar a ser gran maestro. Pero esto es como el que quiere dejar de fumar: no basta con intentarlo. Y a mí lo que me pasaba es que tenía tan claro que iba a ser gran maestro que no me preocupaba el título. Era una rutina, algo que iba a conseguir: en el 86 llegó la primera norma y en el 88 ya me dieron el título. Me costó un año y medio.

Sin embargo, tengo un lapso entre los trece y los dieciocho, cuando aparte de a la informática me dedicaba a otras cosas; no aproveché bien unos años que son decisivos en la formación de un ajedrecista. Tal vez hubiera podido llegar a más. Fueron años… no digo que perdidos, pero sí fue una lástima. Ahora veo mis partidas y me doy cuenta de lo que pasaba, de cómo no daba el salto porque no me estaba dedicando seriamente al ajedrez.

Hay una novela en la que un pianista de talento genial está obsesionado porque a los once años pierde seis meses y se dice que entonces ya no va a llegar al tope. Es un poco lo que estás diciendo, alguien como tú, que ha llegado a prácticamente todo en el mundo del ajedrez.

Aunque nunca he hablado de este tema, voy a hacerlo ahora, porque creo que se pueden extraer ciertas lecciones. Estuve algún tiempo rozando el mundo de las drogas, fueron cuatro o cinco años terribles para mi desarrollo ajedrecístico. Al mismo tiempo también estaba estudiando informática, trabajando en varias cosas. Recuerdo que con dieciocho años me contrataron para jugar como profesional en los casinos… La cantidad de horas que perdí contando cartas en el blackjack, y haciendo programas, estadísticas… Inenarrable.

Eres un chico de tu época, de los ochenta, que hubo de buscarse la vida.

Sí, claro. Estudiaba y trabajaba al mismo tiempo. Aprendí a programar enseguida. Cuando el profesor explicaba cómo era yo me decía: «Si esto es como el ajedrez». Tuve la suerte de que el ajedrez me ayudó mucho en toda esa etapa, primero a conseguir un trabajo y luego también a superar una fase perniciosa, a alejarme de aspectos muy negativos. Muchos de mis amigos acabaron muertos; yo salí adelante.

También es cierto que siempre he sido una persona a la que le ha gustado mucho aprender. Una vez asistí a una conferencia donde se hablaba del cerebro humano, donde se decía que aprender cosas nuevas es muy estimulante para el cerebro, se establecen nuevas conexiones neuronales, etc. Supongo que a vosotros, que sois del mundo de la ciencia, también os pasará. Me ha gustado, de siempre, el conocimiento puro. Tenía un profesor que me decía que me tenía que haber dedicado a la física o a la química. Me gustaban mucho esas materias en el colegio.

Para ser bueno en el ajedrez, sin embargo, tienes que ser un fanático, estar obsesionado con ello. Conozco a muchos grandes ajedrecistas. Y fuera del ajedrez por supuesto son personas inteligentes en unos ámbitos, pero no se trata de una inteligencia versátil que puedes encontrar en otro tipo de profesiones; es una inteligencia fanática, especializada en jugar al ajedrez. Y en ganar. Al final es un deporte, se compite; eso lo aleja de la ciencia.

No os voy a engañar, en fin, soy muy competitivo. Los finales de los ochenta, además, fueron muy buenos años para el ajedrez. Había buenos torneos, se cuidaba mucho el juego, tenía mucho prestigio. Veníamos de los setenta, del fenómeno Bobby Fischer, luego la rivalidad KarpovKasparov… Era algo muy popular, salía mucho en televisión. Yo tenía una página en el diario Marca, donde transmitía los torneos, etc. No era como ahora.

Miguel Illescas para Jot Down 1

Te sirvió también lo que tuviste que luchar, ese espíritu luchador.

Sí, sí. Mi principal cualidad era que tenía mucho carácter. Y lo usaba en el ajedrez. El otro día me preguntaban en una entrevista, dentro de las charlas que doy con relación al uso del ajedrez en la empresa, qué se le podía decir a una persona que está en paro, qué uso le podía dar al ajedrez. Hay una frase que no sé si he leído en alguna parte, y es que cuantas más dificultades tienes en la vida más fuerte te haces, inevitablemente. Si sabes usar esa fuerza en tu favor, en el momento oportuno, quizá llegará el día en el que podrás resarcirte, aprovechar y usarlo en tu favor. Sin duda, yo era un jugador muy competitivo, gracias en parte a lo que la vida me ha enseñado. Quizá me faltaba mucha escuela, me he dado cuenta después. No porque no trabajara, pero a lo mejor lo hacía en la dirección equivocada.

El primer entrenador que tuve, el ruso Boris Zlotnik, me sorprendió mucho. Yo ya era un gran maestro, y el hombre me hablaba en un idioma que no entendía. Me decía: «Venga, vámonos a correr». Y yo alucinaba… «Cómo que a correr», pensaba. Él me explicaba que teníamos que empezar la mañana corriendo. A cero grados, en León. Luego me decía que teníamos que hablar: «Vamos a hablar de tus rivales». Y comenzábamos el análisis, a desgranar un perfil psicológico que era algo a lo que yo nunca había dado mucha importancia. De pequeño, si no tienes una buena guía, adquieres muchos vicios. Yo, por ejemplo, era experto en aperturas que no valían para nada, aperturas muy malas. Tenía una educación ajedrecística malísima. Es algo de lo que me di cuenta mucho después. Intenté corregirlo… ya en el año 91, 92. Pasé de ser el número cien a ser el número treinta del mundo. Pegué un salto enorme. Me mantuve entre los treinta o cuarenta mejores del mundo  del 92 hasta el 93. Fue el periodo en el que yo jugué mejor. Ahora miro atrás y digo… «¡Qué tarde! Tenía treinta años ya». Pero es que realmente mi vida no me permitió llegar ahí antes: los errores que cometí, la necesidad de trabajar para ganarme la vida, la mala base que tenía.

Vamos ahora a dar un salto hacia el ajedrez en España. Empecemos con una serie de personajes, dinos qué significan para ti dentro del panorama del ajedrez: Luis Ramírez de Lucena.

¿Te refieres al inventor de la posición de Lucena? No lo conozco mucho, creo que no se sabe mucho acerca de su vida. Lo que sí conozco es su famosa aportación, la posición que dio la vuelta al mundo y que tiene un mérito enorme. Hay estudios exquisitos sobre esto. Además, ejemplifica muy bien la esencia del ajedrez, porque lo que lo hace más bonito es la lucha del espíritu contra la materia, el peón puede ganar a la dama, David contra Goliat… Es muy bella la posición de Lucena por cuanto tiene de sencilla.

Siempre, en todas las pequeñas incursiones que he hecho en otros campos aplico una máxima del ajedrez que casi siempre me funciona: las soluciones buenas casi siempre son sencillas.

Ramón Rey Ardid.

Hombre, le tengo un cariño especial. Le conocí personalmente. Era una persona muy educada; es quizá esa la primera palabra que te viene a la mente cuando piensas en Rey Ardid. Era también muy culto, muy modesto y muy estudioso. Tenía además un perfil  académico: como doctor que era, compiló una obra fabulosa, enciclopédica, sobre los finales de partida, una obra que aún hoy sigue siendo una referencia, de las mejores que se han publicado en la historia de la literatura, incluyendo la anglosajona y la soviética.

Arturo Pomar.

También le conozco. He jugado con él. Ahora está jubilado. Tuvo una vida muy difícil. Creo que acabó quizá un poco desequilibrado por las dificultades por las que pasó, lo mucho que abusaron de él, esa agenda imposible a la que le sometían. A un niño no se le puede machacar tanto. Como niño prodigio tuvo una agenda demasiado cargada.

Un Joselito del ajedrez…

Sí… y cuando llegó la hora de la verdad, cuando tuvo que jugar ya con los grandes, no tuvo el apoyo necesario. En aquel torneo interzonal, que era muy duro, él acudió sin ningún analista, cuando todos los jugadores, que eran de élite, iban muy bien pertrechados. En el caso de los soviéticos con todo tipo de ayudantes, masajistas, psicólogos, entrenadores… Arturo no podía competir con eso.

Miguel Illescas para Jot Down 2

¿Y Miguel Illescas? ¿Qué significa para el ajedrez español?

No sé… Creo que he hecho alguna aportación a la promoción del ajedrez en España, a su desarrollo. Creo también que siempre he sido muy respetuoso con este deporte. Quizá porque cuando amas algo lo respetas, nos hemos tratado con bastante cariño. Pero no me gusta pensar en pasado. Es mejor pensar en futuro, creo que me queda mucho por hacer todavía.

Sí que estoy en algún aspecto orgulloso, contento de lo que he hecho, siempre sin perder de vista lo que decía antes, que soy una persona muy exigente: conmigo mismo por fortuna, con los demás por desgracia. No estoy nunca del todo contento, siempre pienso que lo podía haber hecho mejor. Me considero un promotor del ajedrez, dirijo la única revista de ajedrez que se hace en España. Hemos desarrollado junto con otra gente como Carlos Penín un portal durante catorce años, www.jaquemate.com, que durante los años 99 hasta el 2012 contó con la colaboración de la Fundación Telefónica… Ha sido una fuente de conocimiento, de cursos gratis. Partidas ahí se jugaron millones, gracias un poco, entiendo, al trabajo que hicimos.

Como jugador creo sinceramente que no he conseguido tampoco nada especial. En España nunca ha habido tampoco un nivel muy exigente, no es Rusia, aun cuando ganar siempre es difícil. Pero, vamos, no voy a pasar a la historia del ajedrez. Pasé la barrera de 2600, cosa que no es nada especial.

[Esto último lo remarca con la misma seguridad con la que se siente pionero en la divulgación del ajedrez, pero nosotros sabemos que no debiera ser tan modesto. Los números no engañan: cuando Miguel consigue pasar esa barrera de 2600 puntos de ELO solo había treinta ajedrecistas por delante de él en todo el mundo. Y aún más importante que ello, Miguel abre la puerta del ajedrez mundial a España. De alguna manera, él representa, para el ajedrez, a la propia transición española desde los años oscuros de la dictadura hacia nuestros días].

En nuestros días tenemos ya grandes ajedrecistas como Paco Vallejo, que fue además alumno tuyo, ¿no?

La palabra alumno aquí… Descubrí a Paco (y digo descubrí porque él tenía cinco años) cuando llegué a Menorca; me dijeron: «Vas a jugar con un chaval que ya verás, ya». Recuerdo que le salí de caballo, a ver qué tal, le jugué un poco raro. Y me jugó muy bien, me hizo cinco o seis jugadas teóricas. Era evidente, claro, que él no sabía que eran teóricas. Pero tenía lo que tenía, he was a natural, que dicen los americanos. Muy pronto conseguimos llevarlo al mundial de edades donde en su primera participación creo que ya quedó tercero. Y lo hicimos sin apoyo de la federación, que no quería llevarle. Conseguimos fondos por nuestra cuenta. Fue de entrenador Javier Ochoa, yo no tenía tiempo.

Paco trabajó mucho el ajedrez, y ha conseguido cosas importantes. Ha logrado estabilizarse, lo cual es muy difícil. Lleva como diez años en la élite. La pena, quizá, es que no ha logrado desarrollar todo el potencial que apuntaba. Algo ha pasado. Tendríamos que preguntárselo a Paco. Hace poco me contó que le costaba ya pasar de esa barrera, que lo intenta, pero que no lo consigue. Llega un momento en la vida en que no basta con querer. Esto lo aprendí yo en un match contra Ljubojević: jugamos ocho partidas. Él me ofrecía tablas, y se suponía que yo, por respeto a las canas, debía acceder. Y me decía: «Oye, es que no basta con querer». Quedamos las ocho veces en tablas. A ese nivel todos trabajan mucho, hay mucho talento, la mayoría tiene muy buenos entrenadores, mucha escuela…  Ya depende de otros factores. Habiendo trabajado con Kramnik te das cuenta de las diferencias entre él y Vallejo. Las hay. Encuentra lo mismo, pero más rápido. Vallejo tiene la capacidad, la encuentra; pero Kramnik la ve enseguida. Creo que en parte es innato.

Antes, háblanos del fenómeno de Magnus Carlsen.

Hice con él tablas una vez, por cierto, cuando era un niño. Se dice que si no les puedes ganar de pequeños luego ya es imposible… Me acuerdo de que era muy tímido. He coincidido en varios torneos con él. Y quizá suene un poco raro, pero es un poco friki; si no lo fuera, seguramente no sería tan bueno. Recuerdo encontrarme con él en un ascensor y el tío ni me vio. Le quería saludar, pero te aseguro que no era consciente de mi presencia. Estaba como en otra galaxia.

Recientemente hemos publicado Magnus Carlsen, campeón del mundo. Tuve que analizar cien de sus mejores partidas. Esto, por un lado, me ayudó a conocerlo mucho mejor; y, por otro, me hizo aún más fan de Carlsen. No de él, sino de su juego. Me fascina. Es un paso evolutivo. Desde Kasparov, que fue el último gran campeón, por decirlo así, hasta Carlsen ha pasado algo.

El otro día me preguntaban quién era el mejor jugador de la historia. Y es Carlsen. Por esto, porque ha evolucionado. Es como comparar un móvil con un ordenador Olivetti de los ochenta. Ha conseguido un juego que de alguna forma integra el conocimiento humano con el conocimiento de las máquinas, y ha conseguido que ese cóctel funcione de forma natural. Nosotros, los de mi generación, o incluso los de la generación de Kramnik, nos hemos acostumbrado a convivir con las máquinas como un mal necesario, casi. Integramos las máquinas en nuestras rutinas: yo estoy en Twitter, me manejo de maravilla, le saco gran partido. Pero no es mi hábitat. Aprendí a escribir con el boli. Carlsen, sin embargo, lo lleva en la sangre. Ha aprendido con los ordenadores. Entonces, integra un cálculo de jugadas que no se ha visto antes, ni siquiera Kasparov o Fischer. Esto suyo nunca nadie lo ha tenido.

Me hacía gracia en una entrevista que leí. Le decían que igualaba partidas de la nada. Y él contestaba: «Bueno, usted cree que están igualadas». A veces ves una partida de Carlsen y te preguntas qué es lo que ha hecho mal el otro, dónde se ha equivocado.

Es verdad que ese estilo profundo, de estrategia que no es comprensible para el resto de los mortales, en Carlsen alcanza una brillantez que se pone de manifiesto de forma esplendorosa. Jugó con Aronian, que es algo mayor que él, y anterior a Kramnik, y es muy curioso, porque está aprendiendo de Carlsen, está adaptando para sí mismo el estilo de Carlsen, el más joven. Fue una partida muy muy buena. Acaba en tablas. Y es tan perfecta que da miedo. Increíble la calidad con la que están jugando.

Miguel Illescas para Jot Down 3

Volviendo al tema de la informática, esto de que los niños tienen ahora como hábitat internet, el ordenador… la gran diferencia tal vez sea que para ellos el ajedrez es como un videojuego. Tienen más facilidad para jugar, partidas rápidas, las que quieras. Es casi como un sitio virtual donde desarrollar todos los recursos cognitivos.

Sí, ha evolucionado, y es curioso cómo el ajedrez se adapta a cada época histórica. En el Renacimiento se cambian las reglas, se hace más vivo. Ahora la vida es más rápida, todo es velocidad, correr, actividad, incluso el periodismo está cambiando. El principal componente de los chavales hoy es la práctica. El ajedrez se ha vuelto mucho más concreto. Mi estrategia seguía más conceptos generales, pero ahora los ajedrecistas modernos van más a la jugada concreta, a actuar. También contribuye a eso el que los ordenadores han puesto el ajedrez en el punto de mira. Ahora ya se sabe que hay finales agotados, hay una gran base de datos. Todo esto está influyendo a los nuevos jugadores: un chaval de quince años tiene acceso a cincuenta mil torneos. Los chavales juegan y juegan y juegan. Carlsen, con veintitrés años, tiene un bagaje espectacular.

Ahora bien, cuando yo veía las dos partidas que ha jugado Caruana en Zurich, al ver los inicios de partida yo ya decía: «Se va a meter en problemas». No sabe algo de lo elemental. Cosas muy básicas como que dama y caballo es mejor que dama y alfil; que el alfil que parece muy bueno puede llegar a ser muy torpe en cierto tipo de estructuras de peones… y todo esto Caruana no lo sabe, y acaba haciendo tablas a base de esfuerzo y de cálculo, cuando yo habría hecho tablas mucho antes.

La escuela sí sirve. Ahora bien, en el ajedrez es más importante el cálculo concreto. Una sola jugada mala echa por tierra toda la partida.

El triunfo de la táctica sobre la estrategia.

Pasa en muchos campos, no siempre la persona más formada es la que triunfa. A veces triunfa el más terco. La pasión, la fuerza… influyen igual que la técnica al final.

Te iba a preguntar cuáles son las cualidades, desde el punto de vista cognitivo, que ha de tener un Gran Maestro. En lugar de eso, te voy a dar una serie de conceptos para que los comentes. El primero: la atención  como recurso cognitivo.

El ajedrez te enseña a escuchar. Esto lo decía nuestro querido amigo y colega Jorge Wagensberg. Decía que el ajedrez establece un diálogo entre las personas, y si no eres capaz de escuchar, de ver qué quiere tu rival con cada una de sus jugadas, no vas a poder ser nunca un buen jugador. Tienes que estar siempre consciente, siempre despierto.  Algo que los maestros hacemos de modo rutinario y que el aficionado no hace: yo cuando hago una jugada tengo un mecanismo, una especie de piloto automático que me hace pararme a pensar si estoy cometiendo un error, si me estoy dejando algo. El ajedrecista profesional, a fuerza de práctica y disciplina, desarrolla una serie de automatismos que mantienen esa atención al nivel necesario para evitar los tropiezos. El ajedrez es muy cruel en ese aspecto: un solo error y te echa por tierra toda una fantástica labor previa.

La pasión.

Para mí la pasión es imprescindible, porque creo que no se puede llegar a ser un gran jugador si no tienes pasión. La pasión es disfrutar. A veces, las palabras las utilizamos sin darles un contenido concreto. Recuerdo que cuando empezaba a jugar, también en exhibiciones, la impresión que yo daba era de estar pasándomelo bien. He conseguido pasármelo bien con mi trabajo. La pasión se puede buscar, se puede perseguir, y está muy relacionada con la felicidad en la vida.

La rapidez.

La rapidez mental es un lujo, no todo el mundo la tiene. En mi caso, no me considero una persona especialmente rápida y brillante. Lo compenso con otras cualidades. Por ejemplo, sé elegir el camino. Ahora casi siempre enfrento un problema del modo adecuado, tal vez me cueste tres segundos más que a otro, pero tal vez ese otro no elige tan bien como yo. Creo que la rapidez está algo sobrevalorada. Es más importante, creo, el acertar con los métodos, cuestiones como la actitud.

La belleza.

Belleza y pasión van muy unidas. Si no hay belleza es difícil que surja la pasión. La persona que juega al ajedrez y no aprecia su belleza es un infeliz en el sentido de que pierde algo muy valioso.

De todos modos, lo decía Carlsen, la belleza no es un objetivo en sí mismo.

La lógica, el pensamiento lógico.

La lógica es imprescindible, por mi naturaleza, en mi caso. Pero he visto a jugadores que llegan al mismo sitio sin usarla. La creatividad y la lógica a veces van unidas, pero a veces la lógica también va asociada a la rutina, que se pelea con la creatividad. La lógica es algo de lo que no se debe abusar.

Recuerdo una temporada, cuando empecé a trabajar con Alexei Shirov: la propia mesa era un caos. Encontrar el tablero, las piezas, el café, el ordenador, papeles por todas partes. «¿Cómo puedes trabajar aquí?». Comenzábamos a trabajar sin orden, sin ningún tipo de programa ni objetivo ni método. Pero los resultados salían. Era su forma de trabajar.

La creatividad.

Casi te lo he dicho ya: marca un poco el punto donde algunos no llegamos. Creo que es algo innato. Puedes pasarte horas buscándola… Es imprescindible. Cuando buscas jugadas buenas casi siempre acabas forzándote a ser creativo. Eso sí, se requiere ser valiente.

La valentía, el ímpetu, la audacia.

Parece que he leído tu guión, voy anticipándome… El valor va asociado, el no tener miedo al fracaso, a la creatividad y un poco a la gestión de las emociones, al éxito. Los jugadores que no asumen riesgos se quedan en un nivel medio. Se puede ser muy bueno, pero no llegar al tope.

Miguel Illescas para Jot Down 4

Acabamos la lista con la última de las muchas más que pensábamos preguntarte: saber perder.

Capablanca decía que se aprende más de una derrota que de cien victorias. Todos de pequeños creo que hemos llorado cuando hemos perdido alguna partida. La derrota en ajedrez duele mucho porque es algo muy tuyo. Además, cuando pierdes sabes que tenías que perder, que es de justicia, no hay paños calientes, no puedes hacer nada. Y es una de las cosas que tiene buenas el ajedrez en la educación. Te enseña a perder.

La única terapia que yo conozco contra la derrota es comprender por qué has perdido. Ahora ya no se estila tanto, pero toda mi vida al acabar la partida hacía el análisis post mortem. Ese análisis, aparte de lo que tiene de ejercicio intelectual es una terapia psicológica. Es algo que si se hace bien, si se logra convertirla en experiencia positiva, es muy valiosa. La derrota son nuestros demonios, nuestro aspecto feo, todo lo que hacemos mal. Y hay que enfrentarse a ella. El ajedrecista acostumbra a convivir con ella, aunque todo el mundo no lo lleva tan bien.

Recuerdo que tuve una época en la que enfermé porque no soportaba la tensión, tuve que aprender a aceptar la derrota. Y empecé a perder. Bajé del puesto treinta al cien, pero mi cuerpo agradeció la renuncia. Mi cuerpo no daba más de sí.

Pero me acuerdo por ejemplo de Kramnik, de la época en que trabajamos juntos, la derrota no estaba en el programa. Era un invitado que no podía entrar en casa. Y de Bobby Fischer es aquello que se cuenta, cuando le preguntaban si perdía, contestaba: «No me hablen de perder, no quiero hablar de eso».

El Gran Maestro Rowson tiene unos libros maravillosos para mi gusto. Habla de dos cosas que me interesan mucho: una, del sentido cómico de la posición, cómo quedan las piezas del contrario después del mate; otra, que tú también mencionas, es la idea de hablar con las piezas.

Rowson escribe muy bien, a mí me gusta mucho. Ajedrez para cebras, y otro que es Los siete pecados capitales. Para posición cómica la que tuvo Rowson conmigo [risas]. Jugamos una vez. Él jugaba con blancas y, en un momento dado, en un día inspirado, le monté un enroque largo. Y acabó con los caballos en «a1» y en «b1»… Fue una posición donde todo era absolutamente patético. Igual le inspiré para su libro.

El humor y el ajedrez, ya en serio, tienen poco que ver. No hay espacio para esos caprichos. Recuerdo que tenía un amigo que tenía setenta y cinco años y me llamaba: «¿Cómo puedo mejorar?». Y yo le decía que se tranquilizara ya, que se dedicara a disfrutar, que se divirtiera y dejara de intentar aprender.

Un ajedrecista, igual que un director de empresa, tiene que ser capaz de dos cosas: capaz de ver la posición como un todo y capaz de ver cada elemento de forma individual e independiente, y además de forma simultánea. Una torre quiere una columna abierta. Hay que ver la foto global y la foto de cada uno de los elementos.  Las piezas es verdad que tienen mucho que decir, hay que hablar con ellas.

Conectado con esto, en las simultáneas había un momento en que hablabas con un jugador, había un diálogo. ¿Cuando juegas al ajedrez estás conversando?

Tristemente, en ajedrez no se puede hablar. Es una de las cosas más difíciles de sobrellevar. Cuando se acaba se tiene la necesidad de comentar cosas. Creo también que por eso el ajedrez es tan interesante a nivel intelectual, porque es un diálogo en el que tenemos que adivinar qué está diciendo el otro. Es una conversación que no para, incesante.

Cambiamos completamente de rumbo ahora: ajedrez y escuela. Tú tienes mucha experiencia.

[Se levanta y coge algún libro de una estantería] Esta es nuestra colección, la que editamos aquí en mi escuela. Veréis que hay muchos ejercicios que no son de ajedrez. Es porque pensamos que el ajedrez realmente tiene que servir al ámbito escolar como herramienta de desarrollo intelectual, no para aprender ajedrez porque sea un juego muy bonito, sino porque te da una base para lengua, por ejemplo, para matemáticas, aritmética… Yo ahora lo veía con mi hija, que se ve que en cálculo mental no anda muy bien, y me decía que le tengo que enseñar ya. Cuando cambias una pieza por otra es una operación aritmética, cuando cambias un peón por iniciativa ya ni te cuento lo que eso significa a nivel mental. ¿Qué asignatura te enseña a valorar lo intangible como el ajedrez?

El ajedrez, siendo un juego relativamente simple de enseñar, tiene unos componentes educativos extraordinarios, tanto desde el punto de vista práctico, de formación del carácter, de toma de decisiones, como desde el punto de vista puramente intelectual. Te va a costar encontrar una disciplina que te enseñe lo que el ajedrez de una forma tan limpia. Son dos mil años de historia. Un juego inventado por el demonio [risas].

¿Qué hilos hay que mover para que el ajedrez pudiera entrar en las escuelas de una manera más directa?

Bueno, es una cuestión más de tiempo, creo. Y por supuesto de empeño de todos los que estamos en ello. Recientemente, no sé si lo habréis oído, el Parlamento Europeo dictó una resolución por la cual insta a los Estados miembros a adoptar el ajedrez como asignatura lectiva en los centros escolares. Se han dado pasos en muchos países. En Alemania se llegó a monitorizar esa experiencia en un aula. Los alumnos que daban esa hora de ajedrez estaban progresando más claramente en el resto de asignaturas y una serie de capacidades que se medían que los que no tenían esa hora semanal.

En España, en la Universidad de la Laguna, se publicó un estudio fantástico que incluso iba más allá, profundizaba en cuestiones de gestión emocional de los chavales, no solamente las puramente intelectuales. Los resultados fueron muy positivos. Las evidencias están ahí. Es además un deporte muy barato. Pero hace falta voluntad política, y ahí ya… Este tipo de iniciativas en educación están trasferidas a las CC. AA., con lo cual han de ser aprobadas por mucha más gente. Las cosas de palacio van más despacio. Sería fundamental, permitiría enfoques pedagógicos nuevos. Fijaos en que el título de colección es «El ajedrez enseña a pensar».

Miguel Illescas para Jot Down 5

Relacionado con lo que acabas de decir, en 2012 publicas el libro Jaque Mate en donde intentas analizar estrategias de pensamiento y acción para emprendedores. Me ha gustado que tu planteamiento va más allá de las analogías básicas con el ajedrez y lo que trata más bien es de utilizar la manera de pensar que exige el ajedrez para poder descubrir qué planes de futuro necesitas en tu negocio o en el mundo real.

Es un libro que escribí con mucho cariño.

Se nota.

Sí, bueno, pero lo escribí también atendiendo a una serie de requisitos que me hizo llegar el editor. Lo tenía que entregar en mayo, y me costó mucho. Lo conseguí, sí, pero en mayo del año siguiente… [risas]. Fue un problema, creo que perjudicó al libro, el que me dieran una extensión a la que tenía que acomodarme. Luego traté de acortarlo y al final queda muy esquelético, muestra las ideas desnudas… y esto vale para según quién. Se podía haber trabajado mucho más. Hay quien me ha dicho: en este libro das muchas ideas, y solo con una de ellas podía haberse hecho un libro. Aunque tenía que estar en principio más orientado a la empresa acabó siendo algo de carácter mucho más general. Como soy tan puñetero conmigo mismo, como no me gusta hablar de lo que no sé, quise hacerlo todo yo. Y como  tengo ciertas limitaciones en ciertos campos, estas acaban apareciendo en el libro. No usé a nadie. Es un libro muy sintético, con muchas anécdotas. Creo que para alguien interesado por conocer a un ajedrecista, el mundo del ajedrez por parte de alguien que lo ha vivido sí es interesante en el sentido de que va a encontrar un montón de ideas que luego hay que ver cómo se desarrollan.

Cuéntanos cómo estás viviendo esta experiencia de la empresa utilizando los recursos del ajedrez.

El mundo real es mucho más complicado que el ajedrez. Esto lo discutía una vez con Kramnik, que decía que el ajedrez era lo más difícil. En el ajedrez los muñecos van donde les dices, hay unas reglas. En una empresa intervienen elementos que no son cuantificables o medibles. Aunque lo hago con mucho interés, lo cierto es que me genera mucho trabajo el tener que dar charlas y demás. No tengo recetas milagrosas. Me gusta más cuando me invitan a dar charlas sobre ajedrez e inteligencia emocional. Esto lo domino mejor. Pero llevar el mundo del ajedrez a la empresa es algo que no lo puede hacer cualquiera. Lo seguiré haciendo, porque me gusta, y creo que tiene un valor.

Ya estamos llegando al final: ajedrez y ordenadores. Has sido testigo de excepción, ¿cómo fue la experiencia desde el punto de vista personal, el verse metido dentro de un mundo de científicos locos programando sus algoritmos y tú, como Gran Maestro, dándoles ideas?

Son dos años de mi vida que yo suelo resumir en conferencias de dos horas. Ahora me pides que lo haga en dos minutos… En el libro hablo bastante de este tema. Fue una experiencia fabulosa. Ahí aprendí qué es trabajar para una gran empresa. Trabajar para IBM fue increíble, la cultura del trabajo, el respeto, los medios con que se contaba… Cuando llegó el día D yo estaba absolutamente maravillado. Había una chica de comunicación que era la que de verdad cortaba el bacalao y te miraba y te chistaba: «Chst, no te rías, ¿eh? Nosotros somos una empresa seria» No querían aparecer como los malos. ¡Y me lo pasé tan bien! Aparte, fui testigo de un hecho histórico. Sentí pena por Kasparov, jugó muy muy bien. Para mí era el mejor jugador. Tenía sangre, era de carne y hueso. Era como ver a un monstruo desvalido.

Lo cierto es que se hizo un gran trabajo. Yo puse mi granito de arena… pero ahí Murray Campbell, por ejemplo, supo transformar en números conceptos ajedrecísticos. Conseguimos hacer cosas pioneras.

Os pongo un ejemplo. Vosotros que jugáis ajedrez lo vais a entender: ¿Cuánto vale un caballo? Vale tres peones. Pero si yo tengo una casilla débil cerca de mi rey, tu caballo, aunque esté lejísimos, ya no vale tres. Es un enemigo que ahora vale mucho más. Esto se te tiene que ocurrir, lo tienes que saber programar… Deep Blue fue el primer proyecto donde la tecnología alcanza su máximo esplendor: vamos a meter ideas humanas en un robot.

Los programas actuales, que calculan millones de jugadas por minuto, si tú les quitas el conocimiento lógico de estructura de peones y de patrones que durante estos últimos años se han ido acumulando no jugarían tan bien.

Eso que dices es muy interesante porque sabes que en la inteligencia artificial la programación de ordenadores siempre fue por los dos caminos: la fuerza bruta y la heurística basada en conocimiento. Y lo que dices ahora es que finalmente ha sido la integración de los dos caminos lo que ha hecho que realmente se pudiese lograr el triunfo total.

El precursor fue Deep Blue, y el sucesor es Magnus Carlsen [carcajada].

Creo que si jugara ahora Carlsen con Houdini, desde mi perspectiva, no podría hacer nada. ¿Qué piensas tú?

Es una pregunta interesante. Creo que las máquinas están sobrevaloradas. Llega un momento en que hoy en día cualquier aficionado enseguida dice: «tiene la partida ganada». Y no, a ver, la máquina da una valoración de +1.5 pero con un buen juego resulta que acaba con un caballo contra rey, que está fuera del horizonte de la máquina, y no está ganada, la partida acaba en tablas. Muchas veces se trata injustamente a los jugadores. Y yo, modestia aparte, que soy un experto en interpretar el juego de la máquina, la relación con el humano y tal, veo que casi siempre somos injustos con los jugadores, que muchas veces tienen ellos razón. El problema es que el ajedrez es un deporte y como tal premia la regularidad, el cansancio se paga. Carlsen podría hacer tablas con Houdini. Ganarle no. Los errores que comenten las máquinas son tan imperceptibles, y luego la defensa es tan tenaz, que está más allá de la capacidad del ser humano.

Hay todo un equipo humano que ha sabido plasmar un conocimiento.

Me gustaría que todo ese trabajo sirviera para algo. No sé si conocéis ese cuento, creo que es de Asimov, donde preguntan a la máquina si existe Dios, y contesta: «Ahora sí».

Juego, arte, ciencia… ¿Con qué te quedas?

Antes, cuando me ibas a preguntar qué se requiere para ser Gran Maestro, te iba a contestar que de esos tres tienes que tener dos muy buenos. Si tienes dos de tres eres alguien. Con uno solo no basta. Yo soy sobre todo científico, un científico que intenta dar valor al componente humano, por mi trabajo y por toda la experiencia que he vivido. Valoro mucho el arte en ajedrez, aunque me cuesta producirlo. Y, desde luego, soy un gran competidor. Es muy difícil decidir. Soy científico, ya lo he dicho.

Con qué definición de ajedrez te identificas más, ¿con la de Lasker de lucha, con la de Fischer de vida, la de Tarrasch de felicidad?

Desde luego con la de Fischer no. Siempre tuve claro que el ajedrez era una parte de mi vida pero no mi vida entera. Ahora que tengo una hija aún más. Soy un gran admirador de Lasker, por su aportación, porque jugaba también al bridge, me gusta que supiera de algo más que de ajedrez, yo juego al blackjack, me siento identificado tal vez… Creo que me quedo con la suya. La lucha.

¿e4 o d4?

Tengo una revista que se llama Peón Rey.  Creo que es la mejor jugada, matemáticamente. El peón de rey se dirige él solo al abismo.

En el último campeonato de España, te enfrentas a Olga, tu mujer. Si ganas vuelves a alzar la copa de campeón, si haces tablas no, pero tu mujer puede entonces conseguir norma de Gran Maestro. Tus tablas con Olga, en el campeonato de España, ¿es un éxito en la vida?

[Risas] Mi matrimonio es un éxito en la vida, sin duda.

Miguel Illescas para Jot Down 6


Guillermo Ortiz: Agassi-Sampras: la gran revancha del US Open

André Agassi y Pete Sampras lo compartieron todo: generación, fama, éxitos deportivos, país y marca deportiva, que no es poca cosa. En 1990 jugaron su primera final de Grand Slam. Para entonces, Agassi ya era una celebridad en el mundo del deporte y fuera de él. Con apenas 20 años, combinaba lo peor de la moda hortera de los 80 con el principio del “grunge” para todos los públicos. Algo así como un Axl Rose de la raqueta.

Enfrente, tenía a un hijo de inmigrantes griegos, un año menor que él y prácticamente desconocido para los no iniciados. Se sabía que Sampras era un chico consistente pero no tenía ni la arrogancia de Aaron Krickstein, ni el carisma de Agassi ni la contundencia de Jim Courier ni el Roland Garros de Michael Chang, quien se adelantó en el palmarés a su generación derrotando a Lendl y a Edberg en aquella extraña edición de 1989.

Es difícil que surja en un mismo país un número parecido de jugadores adolescentes con tanta calidad y, de todos ellos, quizá el menos llamado al éxito era el aún torpe y desgarbado Sampras, un chico con un saque y una derecha descomunales pero con serios problemas técnicos en las primeras etapas de su juego. Como dijo Agassi en su autobiografía, viéndole jugar a los 17-18 años, había serias dudas de que pudiera labrarse un futuro como profesional.

El caso es que ahí estaban los dos, en la pista central de Flushing Meadows, dispuestos a jugarse el US Open: el famoso y consolidado chico de 20 años contra el modesto y trabajador chico de 19. Era la segunda final de Grand Slam para Agassi y nadie dudaba de que se haría con una victoria fácil después de derrotar al campeón Boris Becker en las semifinales. Desde luego, Agassi no lo dudaba y salió a la pista confiado y tranquilo. Tan confiado y tan tranquilo que a las dos horas ya estaba de vuelta en el vestuario después de perder 6-4, 6-3 y 6-2.

No es que se llevaran mal, pero tampoco se llevaban bien. Igual que Nadal y Federer pueden coincidir en una formación humilde y se sienten cómodos sin llamar la atención —todo lo contrario de Djokovic, por poner un ejemplo—, Sampras y Agassi eran demasiado diferentes como para tener una relación normal. Basta con leer sus autobiografías para darse cuenta: la de Sampras es una base de datos, un ordenador que fija fechas y resultados, asociando alguna sensación si no queda más remedio, mientras que la de Agassi es un aluvión de ansiedades, angustias y desahogos… como fue su carrera, por otro lado, un continuo sube y baja hasta que llegó 1999 y conoció a Steffi Graf.

El hecho es que Nike los enfrentó como los dos grandes polos opuestos de los 90, pero la carrera estaba un poco desequilibrada: desde aquella final del US Open y hasta el año 2000, Sampras ganaría 12 títulos más de Grand Slam, Agassi solo la mitad, tres de ellos justo en ese periodo entre junio de 1999 y enero de 2000 bajo el influjo de la, para muchos, mejor tenista de la historia.

Títulos aparte, Pete Sampras copó las listas de la ATP terminando seis años consecutivos como número uno y sumando más semanas en esa posición que el mítico Jimmy Connors. Ganó al menos un grande por año de 1993 a 2000 y descansó en 2001. Las cosas no fueron a mejor en 2002 sino todo lo contrario: después de haber ganado siete veces Wimbledon, sufrió ese año una muy embarazosa derrota ante el desconocido George Bastl en segunda ronda de su torneo favorito. A los 31 años, Sampras estaba al borde de la retirada forzosa; desganado, desilusionado, lejos de los diez primeros del ranking…

En cambio, Agassi vivía una segunda juventud. La treintena le sentó de maravilla y su nuevo matrimonio con hijos, después del chasco de Brooke Shields, reactivó su carrera de manera milagrosa. Después de tocar fondo en 1997, fuera del top 100 de la ATP, semi-retirado, jugando torneos menores, previas de clasificación y coqueteando con la depresión y las drogas, el de Las Vegas había vuelto a lo grande: acabó 1999 como número uno del mundo tras ganar Roland Garros y el US Open. En 2000 fue a jugar a Australia después de muchos años y encadenó dos títulos consecutivos.

Llegaba a Nueva York como cabeza de serie número seis —acabaría el año en segunda posición— y con la vitola de uno de los grandes favoritos al título. El niño mimado de la afición de Flushing Meadows era ahora el hombre mimado. Las cosas no habían cambiado en 12 años: Agassi se llevaba los flashes y las sonrisas, Sampras tenía que ganarse el respeto desde la sombra.

Sin embargo, algo hizo “clic” en esa edición: Agassi cumplió los pronósticos por su lado del cuadro y Sampras, desahuciado por toda la crítica, empezó a re-encontrar sensaciones: después de estar al borde de la eliminación contra Greg Rusedski en tercera ronda, se impuso a Tommy Haas, a Andy Roddick y se llevó cómodamente su semifinal contra Sjeng Schalken. De acuerdo, su camino había sido relativamente sencillo, pero ahí estaba: en su octava final del US Open.

Enfrente, doce años después, su némesis, el ahora rapado Andre Agassi quien, en su semifinal, derrotaba al campeón y número uno del mundo, Lleyton Hewitt, para repetir la final de ensueño.

Aquel era el escenario ideal para la revancha. Agassi estaba jugando mejor que nunca en su carrera y tenía ante sí la posibilidad de deshacer el recuerdo de 1990 y dar la puntilla a su archirrival. En su contra jugaba una semifinal más larga sin apenas descanso, pero la diferencia tenística entre ambos rivales parecía mayor incluso que la que les separaba cuando eran adolescentes. La prensa coincidía: era una brillante despedida para Sampras de la alta competición… pero el título se lo llevaría Agassi.

Así que estábamos en las mismas: André salió sonriente, confiado, tranquilo, zen, con su rubia mujer animando en las gradas… y a la hora y media de partido ya perdía dos sets a cero. ¿Cómo demonios era posible? Aquella era la cuarta gran final entre ambos y el “hermano mayor” solo había sido capaz de ganar una, en Australia. En las otras tres apenas pudo hacer un set.

Y exactamente un set es lo que haría en Nueva York aquel año de los ocasos, justo en el aniversario de la tragedia del World Trade Center. Con la pasión estadounidense al rojo vivo, Agassi forzó la cuarta manga pero no dio más de sí y perdió 6-4. De nuevo, subcampeón. De nuevo, su enemigo íntimo recogiendo el título que le pertenecía a él, el decimocuarto de un Grand Slam, el quinto en Nueva York.

Agassi, que después definiría a Sampras como una “máquina sin sentimientos” y un agarrado incapaz de dejar propinas, capeaba el temporal como podía. Lo suyo era empezar en el escenario y acabar en la platea, aplaudiendo. No le gustaba nada y se podía notar. Su talento era tan grande que probablemente no se merecía un competidor tan cruel: aquel fue el último torneo de Pete, un adiós memorable. No se podía mejorar lo hecho, así que se retiró de una manera extrañísima: se limitó a dejar de jugar torneos, guardar silencio ante las especulaciones y aparecer en Flushing Meadows un año después para anunciar lo que ya era evidente: que no iba a jugar más. El curioso método Sampras.

Agassi sí continuó. Para no gustarle el tenis, lo supo disimular muy bien. Tuvo tiempo de ganar en Australia en 2003 y sufrir en sus carnes el inicio del vendaval Federer, contra el que jugó una mítica final, también en el US Open, en 2005, ya con 35 años a sus espaldas y nunca mejor dicho porque fue precisamente la espalda lo que le retiró en 2006 ante otro Becker, Benjamin, también alemán, en tercera ronda de un US Open que probablemente su salud no le habría permitido jugar si su orgullo no hubiera mediado, tan terco como siempre.

Si Sampras se había retirado con 14 grandes en el bolsillo, Agassi lo haría con 8. Juntos compartieron varias Copas Davis. Fuera de la pista siguieron con su relación de amor y odio. Como ha quedado dicho, Sampras escribió una autobiografía en la que Agassi era poco más que un nombre en un listín telefónico y Agassi escribió un libro en el que Sampras quedaba como un tipo con una capacidad de empatía parecida a la de un conejo.

Puede que le sentara mal. Tuvo que sentarle mal, seguro, y algún comentario hizo. Eso no quita para que, de vez en cuando, se hagan unas risas en exhibiciones y torneos benéficos. Cumplidos los 40, los enemigos deportivos suelen convertirse en cosa del pasado. Si incluso Karpov acabó jugándose la libertad para sacar de la cárcel a Kasparov, ¿qué podemos esperar de dos eternos adolescentes que anunciaban zapatillas y hamburguesas?