Novak Djokovic, Naomi Osaka y lo mejor que nos dejó el Australian Open 2019

Open de Australia 2019. Fotografía: Cordon.

Tres sets y ocho juegos ganados por parte del perdedor. Hay que remontarse a la humillante final de Roland Garros 2008, en la que Federer solo le pudo hacer cuatro a Rafa Nadal, para buscar una comparación en finales de Grand Slam entre el llamado «Big Three». Si hace menos de un año Djokovic estaba pensando en retirarse al menos una temporada, y descansar el codo malherido, ahora está a un torneo de repetir la hazaña de 2015-2016 y ganar los cuatro grandes de forma consecutiva.

Es la suya una enorme historia de superación, como la es la del propio Rafa Nadal, que se presentó en Melbourne con un partido de exhibición como todo bagaje competitivo en los últimos cuatro meses. Nada, en cualquier caso, comparado con lo de Petra Kvitova, quien hace dos años fue apuñalada salvajemente en su casa y vio cómo la mano izquierda —es zurda— le quedaba destrozada, sin apenas posibilidades de regresar al circuito. El Open de Australia 2019 nos ha dejado muchos detalles que pueden invitar a pensar en épica, remontada y cambios… pero en realidad ha sido más de lo mismo. La historia de un estancamiento masivo del que solo se salva la campeona femenina, Naomi Osaka, a la sazón nueva número uno del mundo.

Vayamos con los detalles…

1. Quince títulos de Grand Slam ya para Novak Djokovic, siete de ellos en Australia. A dos de Nadal y a cinco de Federer. No tengo claro que esa estadística sea la única válida para determinar al mejor jugador de esta generación, pero desde luego es indicativa. Más me impresiona el hecho de que a esos quince grandes, Novak sume triunfos en los nueve Masters 1000, en las ATP World Tour Finals y en la Copa Davis, además de un registro personal favorable con sus dos grandes rivales. Salvo la medalla de oro olímpica lo tiene absolutamente todo. Lo de este domingo fue una exhibición de saque, resto, derecha y revés. Es cierto que tuvo enfrente a una versión disminuida de Nadal, pero cuando juega así es imparable: no deja ni un resquicio al rival ni a su hinchada.

2. La victoria en la final la cimentó desde el saque. En todo el primer set cedió un punto y en el último juego. En el segundo, la cifra aumentó a cinco, aunque sin enfrentar bolas de break, y solo en el tercero se vio más apurado, entre otras cosas porque Nadal decidió jugársela al todo o nada en varias ocasiones. Aun así, la única bola de break que concedió en todo el partido la solventó con facilidad y cuando el partido ya estaba muy a su favor. Todo esto ante uno de los mejores restadores de la historia. Por su parte, el servicio de Nadal fue casi siempre un regalo. No tanto por el saque en sí sino por los golpes de continuación: derechas o reveses que casi nunca eran definitivos, a diferencia de lo que habíamos visto durante toda la semana.

3. Como habrán leído ya en muchos sitios, son ya diecisiete los sets consecutivos que Djokovic le ha ganado a Nadal en pista dura desde la final del US Open 2013. En total, el serbio se ha llevado trece de los últimos dieciséis partidos entre ambos en todas las superficies. Obviamente, es un dato preocupante para el español. Si el resto de grandes títulos a lo largo de los próximos años se los van a seguir repartiendo entre ellos dos y Federer, las perspectivas para el serbio son inmejorables: ninguno le tose en la superficie más utilizada con diferencia a lo largo de la temporada. Con todo, y aunque no tenga ninguna evidencia que apoye mi argumento, sigo pensando que no va a haber otra «era Djokovic» que dure dos, tres o cuatro años, hasta los treinta y cinco. Quizá no es más que un acto de wishful thinking pero me resisto a ver a estos dos mismos tenistas en la final de Wimbledon o de Roland Garros o del US Open en 2022, cuando sumen setenta años entre ambos. Las dos sorprendentes derrotas de Djokovic en la final de París –ante Khachanov– y en la final de Londres —ante Zverev— apuntaban a algo parecido al relevo… pero ahí ha quedado de momento la cosa.

4. De hecho, no hay nada más desesperanzador para el circuito que el hecho de ver que Nadal, sin competir desde septiembre y que había tenido que renunciar a Brisbane por molestias físicas, haya llegado a la final y lo haya hecho sin ceder un set ni perder el servicio en todo el torneo. Ahora mismo, la superioridad del número uno y el número dos del mundo sobre todos los demás es tal que, a medio gas, como se ha demostrado en la final, Rafa solo tuvo que disputar un tie-break en seis partidos. Puede que su cuadro no fuera el más duro posible, pero ahí estaba Álex de Miñaur, reciente ganador en Sídney; estaba Tomas Berdych, que parecía en gran forma, y estaban Frances Tiafoe y Stefanos Tsisipas, otros dos ilustres miembros de la «next gen». No le hicieron ni cosquillas y se ve que bastaba con buscárselas con un poco de fe.

5. Quizá es eso lo que falta a esta generación: fe. No lo sé. Tsisipas la tuvo para ganarle a Federer y tanto Khachanov como Zverev —lo acabamos de decir— la tuvieron al mejor de tres sets el año pasado para ganarle a Djokovic… pero el caso es que Nadal no les dio ni una sola opción. Muchos se apresuraron a decir que era «el mejor Rafa de la historia en pista dura» pero eso era imposible. Nadie se pasa lesionado tanto tiempo, se retira por precaución de un torneo y, de la nada, juega el mejor tenis de su carrera. Ni siquiera Federer, pese a ganar en 2017 después de seis meses de parón. En aquella ocasión, al menos el suizo jugó la Hopman Cup entera y tuvo que sufrir como un perro en tres agónicos partidos a cinco sets.

6. En cualquier caso, el resultado para Nadal es excelente, por mucho que Djokovic se le acerque en la famosa lista de grand slams y se aleje en la clasificación ATP. Después de cada lesión de este tipo y más conforme avanzan los años —cumplirá treinta y tres en junio—, vuelven los rumores acerca de su recuperación y una vez tras otra, ahí está Rafa para demostrar por qué lleva catorce años entre los diez primeros del mundo. Simplemente, este no era su torneo. No para ganarlo, al menos. Es su cuarta final perdida en Australia, lo que choca especialmente teniendo en cuenta que entre los otros tres grandes tan solo ha perdido otras cuatro.

7. Vamos ya con el resto de mortales y empecemos por el doble defensor del título, Roger Federer. Claramente, ha perdido comba. No ya contra Rafa y Novak —con los tres en su esplendor hace años que Federer es el tercero en discordia— sino con el resto de competidores. No tengo claro dónde está el problema porque físicamente no parece especialmente lento, así que no tiene por qué ser una cuestión de edad. Sus derrotas en los últimos tres slams —todas ellas antes de semifinales— han seguido un patrón parecido: empieza jugando de maravilla, desaprovecha varios puntos clave y de repente se viene abajo sin voluntad alguna de remontada. Cuando Roger se hunde, se hunde con todo, no hay matices. Contra Tsisipas fue muy superior en el primer set y bastante superior en el segundo. Dispuso de diez bolas de break y las perdió absolutamente todas. Cuando vio que el griego le igualaba el partido en el segundo tie-break, en vez de tirar de jerarquía, se dejó llevar por sus demonios.

8. Ahora bien, eso aún puede cambiar. Por supuesto, el adiós de Federer está mucho más cerca que lejos. Dudo que sea esta temporada porque los Juegos de Tokio 2020 están ahí y no creo que Roger quiera renunciar a una quinta cita olímpica como ya tuvo que hacerlo en Río por lesión. Mientras tanto, debe seguir al acecho. No le veo opciones serias contra Djokovic o Nadal —salvo quizá contra el segundo en hierba— pero si los dos salen de su camino, Roger siempre será Roger. No le enterremos hasta que él decida meterse en el ataúd.

9. Las dos grandes noticias del cuadro masculino han sido, por supuesto, Lucas Pouille y Stefanos Tsisipas, dos veinteañeros que llegaron a semifinales. Todo un acontecimiento. Lo de Pouille fue aún más sorprendente, teniendo en cuenta su pésimo 2018 y la irregularidad que le caracteriza. Tirando de un servicio excelente, fue pasando rondas hasta que se encontró con Djokovic en las semifinales… donde solo pudo hacerle cuatro juegos. Supongo que ver que Nadal solo le hacía ocho en la final, le hará sentir mejor.

10. En cuanto a Tsisipas, apunta alto. No sé qué quiere decir eso en este circuito tan mediocre, pero ha demostrado que puede jugar bien en tierra batida y en pista dura y se va a instalar entre los diez primeros del mundo durante algún tiempo. Con veinte años recién cumplidos no se le puede pedir más. Le ganó a Federer sin complejo alguno y naufragó tácticamente ante Nadal, que le hundió a base de bolas altas al revés a una mano. Sus declaraciones pospartido: «No sé cómo Federer le ha podido ganar más de diez veces» lo dicen todo del naufragio. La buena noticia para Stefanos es que su esplendor debería coincidir con la retirada de Rafa y ahí, sobre todo en tierra batida, se abre un hueco descomunal.

11. Otra historia positiva del torneo fue la «resurrección» de Roberto Bautista y Pablo Carreño. Es sorprendente que a estas alturas de su carrera, Bautista debute en los cuartos de final de un gran torneo, pero nunca es tarde si la dicha es buena. Derrotó a grandes rivales como Marin Cilic en un partido épico y corroboró lo visto en Doha, donde fue capaz de ganar a Wawrinka, Djokovic —sí, el mismo del que hablábamos antes— y Berdych antes de hacerse con el título. En cuanto a Carreño, ocurre como con Pouille: absolutamente nadie le esperaba en octavos y aun así consiguió filtrarse con buenas dosis de sufrimiento. En esa ronda perdió ante Nishikori, no sin antes dejar uno de los momentos del campeonato.

12. Pongámonos en situación: después de un 2018 para olvidar, Carreño llega a octavos de final de Australia y le gana los dos primeros sets a Kei Nishikori. La cosa parece hecha pero se complica: desaprovecha un break a favor en el tercero y acaba cediéndolo en la muerte súbita. Pierde el cuarto sin ofrecer demasiada resistencia y en el quinto cede su servicio nada más empezar, dejando que Nishikori saque para culminar la resistencia… pero, de repente, Carreño saca su mejor tenis, rompe al japonés y consigue forzar el llamado «super tie-break» del quinto set, al mejor de diez puntos. No solo eso, sino que se adelanta 8-5, una diferencia prácticamente imposible de remontar. Y entonces, pasa lo que han visto en el vídeo. Una decisión polémica, un jugador que se va completamente del partido y cinco puntos que van pasando uno tras otro al marcador del nipón, entre la desesperación y los insultos de su rival. En la siguiente ronda, Nishikori, para seguir su tradición, se retiraría.

13. Por cierto, a esto del «super tie-break» habrá que acostumbrarse. De momento, a mí se me hace corto. Entiendo que no tiene sentido llegar al 70-68 pero ponerse a ello en el 6-6 me resulta precipitado. Tal vez podrían esperarse al 10-10 y no pasaría nada. En cualquier caso, si los jugadores lo prefieren, no hay mucho que discutir.

14. Españoles: aparte de Bautista, Nadal y Carreño, Verdasco tuvo momentos de verdadera brillantez en el que es su Grand Slam favorito y se quedó a un punto de ganar a Marin Cilic en tercera ronda. El problema, en términos de relevo, es que Verdasco tiene treinta y cinco años. De los jovencitos, aún no se sabe nada, aunque se sabrá: Jaume Munar  —que ya no es tan jovencito a sus veintiún años— se retiró en primera ronda después de perder dos tie-breaks con Fabio Fognini, mientras que Nicola Kuhn y Alejandro Davidovich se quedaron en la segunda ronda clasificatoria. En cualquier caso, seguimos creyendo.

15. Si la «next gen» como concepto y a excepción de Tsisipas ha sido la gran decepción del torneo, nadie encarna mejor esa decepción que Alexander Zverev. Lo del alemán es incomprensible: es capaz de ganar a los mejores y jugar como los ángeles en torneos tan importantes como los Masters 1000 o las mismísimas World Tour Finals… pero se viene abajo lamentablemente en cada Grand Slam. Y, sinceramente, si no eres capaz de cambiar eso ni con Ivan Lendl como entrenador, tienes un problema muy serio. Lendl consiguió cambiar la mentalidad de Murray y puede que lo consiga con Zverev, pero el camino se nos está haciendo largo. Está claro que el chico no está para competir de tú a tú con Djokovic o Nadal al mejor de cinco sets, pero entre eso y perder contra Raonic en tres mangas (1-6, 1-6 las dos primeras) tiene que haber un punto medio.

16- Por cierto, hay que hablar de Murray. Qué difícil es evaluar su carrera. Se retirará después de Wimbledon —puede que antes, acabó su partido de primera ronda contra Bautista en Australia hecho unos zorros— con solo tres Grand Slams en su carrera. Los mismos que Wawrinka. Y, con todo, ha sido un jugador descomunal y un verdadero ejemplo fuera de la pista, destacando por su sensibilidad en torno al sexismo en el tenis. No en vano, eligió a Amélie Mauresmo como entrenadora cuando su carrera necesitaba un nuevo giro. Ha sido finalista en todos los grandes, ha ganado una pila de torneos, ha sido campeón olímpico dos veces… y aun así, ni siquiera su fugaz paso por el número uno, evitará que, con los años, el famoso «big four» quede para la historia como un «big three con acompañantes». Sobreviviente de la tragedia de Dunblane, cuando un loco entró en su colegio y mató a dieciséis niños, el escocés ha estado siempre rodeado por ese aura de maldito e inconformista, incapaz de agradar a tanta gente que estaba empeñada en ser agradada por él. Confiemos en que pueda estar en Wimbledon y que reciba la ovación que se merece en la pista central.

17. Último apunte masculino: Alex de Miñaur, el australiano de origen vasco, tiene «pintaza». Vale que contra Nadal no pudo hacer nada y que quizá no es lo más sensato afrontar un Grand Slam jugando nueve partidos en dos semanas… pero a los diecinueve años este chico parece cosa seria, igual que Shapovalov, que al menos cayó en tercera ronda sacándole un set a Djokovic, es decir, con algo de dignidad. No se puede decir lo mismo de Karen Khachanov, otra gran decepción que se nos pasará pronto.

18. Pasemos al cuadro femenino y empecemos loando justamente a la campeona: Naomi Osaka. No es solo su talento, sino su capacidad para lidiar con situaciones críticas. Ganó el US Open derrotando en la final a Serena Williams en medio del abucheo de toda la pista central y casi entre lágrimas. En su siguiente grande repite título después de recuperarse de una de esas situaciones que marcan una carrera: Osaka tuvo un 7-6, 5-3 y 0-40 a su favor sobre el servicio de Kvitova y no solo desperdició las tres bolas de partido sino que perdió su servicio dos veces más en el set y acabó teniendo que irse a un tercero. Cualquier otra jugadora —más a los veintiún años— se habría venido abajo, pero a los tres juegos ya volvía a estar break arriba y esta vez ya no dio más opciones.

19. La alegría de Osaka fue la decepción de Kvitova, pero, ¡qué torneo el de la checa! Se plantó en la final sin perder un solo set gracias a un cuadro bastante favorable y se agarró a esa final como se agarró a la vida en diciembre de 2015. Hablamos de un ataque cuyas secuelas físicas y mentales acabarían con cualquiera de nosotros y Petra ahí está, luchando por volver a ser la mejor del mundo, como cuando ganaba Wimbledons e impresionaba con su juego de ataque. Se ha quedado a un paso de un nuevo grande y de recuperar el número uno, pero ha demostrado de qué material está hecha. Esperemos que haya más oportunidades.

20. Si lo de Kvitova fue una sorpresa —relativa, pues no dejaba de ser la cabeza de serie número seis—, no sé cómo calificar lo de Daniele Collins, su rival en semifinales. La estadounidense, número 35 del mundo, consiguió superar a Caroline García y Angelique Kerber para lograr su mejor resultado en un slam. Aún tuvo energía para aguantarle un set a Kvitova (llegó a estar break arriba) pero se vino abajo en el segundo. Hablamos de alguien que venía de caer en primera ronda de Sidney tras pasar por la ronda clasificatoria.

21. Si Kvitova y Collins fueron las sorpresas, Karolina Pliskova fue la gran «aguafiestas». Todo el mundo soñaba con un nuevo enfrentamiento entre Naomi Osaka y Serena Williams después de lo que pasó en Nueva York, pero la mala suerte se cebó con la estadounidense. Sin quitar méritos a una gran jugadora como es Pliskova, solo la desgracia en forma de «falta de pie» y lesión en el tobillo pueden lograr que Serena pase de ganar 5-1 en el tercer set y disponer de cuatro pelotas de partido a acabar arrastrándose y perdiendo 5-7. El récord de la homófoba Margaret Court-Smith sigue a un grande de distancia pero se está haciendo rogar. Y Serena, como Roger, va para treinta y ocho este año. Aunque apenas se note.

22. Garbiñe Muguruza. ¿Qué hacemos con Garbiñe Muguruza? Yo sigo pensando que tiene otro slam en su raqueta y que, en cualquier caso, habiendo ganado dos y sido número uno del mundo, pues ni tan mal. Su torneo fue anodino, como casi todo lo que viene haciendo últimamente. Muy por debajo de su talento. Protagonizó como anécdota el partido con comienzo más tardío de la historia del Grand Slam —pasada la medianoche ante Johanna Konta— para acabar cayendo en la siguiente ronda ante la propia Pliskova sin ofrecer demasiada resistencia. Al menos, esta vez no hubo imágenes de discordia con su entrenador.

23. Quien se presentó sin entrenador en Melbourne fue Simona Halep. Ella misma se ocupó en autodescartarse para el título con tanta insistencia que empezó a resultar sospechoso. Sin embargo, tenía razón: parece que su juego no es el mismo y la ex número uno del mundo cayó en octavos ante Serena Williams perdiendo de paso su trono. Le hizo sudar a la estadounidense, eso sí, justo dos días después de derrotar a su hermana Venus, ganadora de este torneo… en 2003.

24. En cuanto al resto del tenis femenino español y confirmado el bajón anímico y físico de Carla Suárez, que volvió a quedarse en segunda ronda, destaca la presencia de la ganadora del Roland Garros junior de 2015, Paula Badosa. Entre lesiones y diversos problemas, a Badosa le está costando llegar. Tanto que esta fue su primera participación en un Grand Slam y perdió en primera ronda. La buena noticia es que aprovechó la segunda semana para quedarse en Australia, disputar un torneo ITF y llegar a la final. Debería al menos ser fija en los grandes cuadros; a partir de ahí, el nivel del circuito WTA es tan alto y tan variado, que es difícil pronosticar.

25. Vamos con el resto de ganadores: los franceses Herbert y Mahut completaron su Grand Slam particular al hacerse con el torneo de dobles masculinos. Por el camino, eliminaron a los hermanos Bryan, de vuelta al circuito como pareja tras casi un año de lesión de Bob. Teniendo en cuenta los excelentes resultados que cosechó Mike con Jack Sock el año pasado —ganaron Wimbledon, el US Open y las World Tour Finals— el hecho de esperar pacientemente a su hermano y seguir adelante con su carrera en común cuando ambos están ya en los cuarenta dice mucho de él. El doble femenino fue, sorprendentemente, para la pareja Sam StosurZhang Shuai, lo que quiere decir que por fin Stosur puede presumir de ser campeona del Abierto de su país después de más de una década intentándolo en individuales. Los mixtos fueron para la excelsa doblista Barbora Krejcikova y el bombardero estadounidense Rajeev Ram.

26. Por último, repasemos los ganadores de los torneos junior, por si algún año de estos —¿2025, 2030…?— consiguen tomar el relevo de Djokovic y Nadal. Ya sin Chun Hsin Tseng como gran dominador, el torneo masculino lo ganó el italiano Lorenzo Musetti, del que se hablan maravillas, y que tuvo que salvar dos bolas de partido antes de imponerse al estadounidense Emilio Nava por 14-12 en el tie-break definitivo. El femenino fue también a manos de la cabeza de serie número uno, en este caso la danesa Clara Tauson, que derrotó en la final a la canadiense Leylah Annie Fernández.

Nos vemos en cuatro meses y medio en Roland Garros, donde no es de prever otra final que no sea un nuevo Nadal- Djokovic… aunque ahí, desde luego, el serbio no lo tendrá tan fácil.


Novak Djokovic, Angelique Kerber y todo lo que nos dejó Wimbledon 2018

Novak Djokovic tras ganar la final masculina de Wimbledon 2018 Foto: Cynthia Lum / Cordon.

Han vuelto. Djokovic y Kerber, Kerber y Djokovic. El serbio ya había apuntado maneras en Roland Garros, perdiendo medio lesionado en cuartos de final, y se había quedado a un punto de ganar en Queen’s, pero pocos esperaban que consiguiera su cuarto triunfo en Wimbledon y el decimotercero en un torneo de Grand Slam. Igual que Federer y Nadal fueron el relevo de Djokovic, Djokovic lo ha sido del suizo y el español, que venían de repartirse los seis últimos grandes. De hecho, Nole fue el semifinalista más joven de esta edición a sus treinta y un años, pero de eso hablaremos —de nuevo— un poco más tarde.

En cuanto a Angelique Kerber, dominadora absoluta del circuito en 2016, se apunta su tercera gran corona derrotando ni más ni menos que a Serena Williams en la final, un plus. Para la estadounidense queda el dato casi heroico de haber sido finalista con casi treinta y siete años y después de disputar solo cuatro torneos desde que ganara la edición 2017 del Open de Australia. Si no es la mejor tenista de todos los tiempos, desde luego lo parece. Son ya veinte años de éxitos sin apenas decepciones de por medio. Llega el momento de analizar un torneo algo previsible pero que nos dejó partidos para el recuerdo.

1- Empecemos por el cuadro masculino y por el campeón: Novak Djokovic. Cuando logró completar a su manera el Grand Slam en 2016 —ganó los cuatro grandes seguidos, aunque no en el mismo año natural— pocos dudaban de que la cosa no iba a quedar ahí y que pronto superaría a Federer y a Nadal en la lista de tenistas más laureados. Por entonces, el serbio llevaba doce majors por catorce del español y diecisiete del suizo. Dos años después, Nole se presentaba en Londres con solo una final disputada en este periodo —el US Open de 2016, con derrota ante Wawrinka—, después de una molestísima lesión de codo, tras haber cambiado varias veces de entrenador y con una edad —treinta y un años— a la que las resurrecciones solían ser misión imposible. Mientras él seguía anclado en los doce grandes, Nadal ya sumaba diecisiete y Federer, veinte. No era exactamente un «ahora o nunca», pero los expertos tampoco parecían dispuestos a esperarle mucho más.

2- Ahora bien, lo consiguió. Pasó rondas ante rivales como Edmund o Nishikori sin atascarse más de lo aconsejable y viéndose relegado en ocasiones a la Pista 2, hasta que llegó a la semifinal contra Rafa Nadal. Después de años y años de dominio serbio, Nadal había ganado los dos últimos enfrentamientos y partía como número uno del mundo. Una victoria del español habría consolidado una tendencia más que peligrosa para Novak. El partido fue un espectáculo en todos los sentidos, probablemente el mejor del año: a la tensión del momento se le sumaron dos jugadores en estado de gracia y una emoción superlativa. Dos veces estuvo a punto Nadal de romper el servicio de Djokovic y sacar para ganar el partido pero fueron las dos únicas en las que no pudo conseguirlo. Nole aguantó y aguantó, y de repente se encontró con un 9-8 a favor y 0-40 sobre el saque del balear. De las tres oportunidades, le sobraron dos.

3- En cualquier caso, a Nadal poco hay que reprocharle: se pasó cinco horas en la pista contra Djokovic, divididas en dos días, después de jugar durante otras cinco horas contra Juan Martín del Potro en cuartos de final. Todo esto, a los treinta y dos años y después de la paliza que se pegó en primavera durante la gira de tierra batida. Tampoco jugó a su favor el hecho de que el partido se disputara con el techo cerrado. El español se medio quejó, con esa manera suya de «decir pero no decir pero a la vez decir». Wimbledon es un torneo al aire libre, así está catalogado, y así debería haberse jugado. Otra cosa es que sea justo que los cuatro torneos del Grand Slam sean en cubierto, que igual no lo es.

4- Una vez más, la resistencia mental de Nadal destacó sobre la de todos sus competidores. Es un atleta extraordinario en ese sentido. No sé si el mejor de la historia, pero por ahí debe de andar. No se rinde nunca, bajo ningún concepto y hace fácil lo difícil: ganar los puntos que cuentan. Si el partido ante Djokovic se fue a cinco sets y estuvo tan cerca de ganarlo fue por una sencilla razón: mientras el serbio había amenazado con el break en nueve de sus saques, consiguiéndolo solo en tres, él rompió las cuatro veces que tuvo oportunidad. Es cierto que esta fiabilidad le falló en el momento clave, pero para llegar al momento clave hay que pasar por muchas etapas antes y esas etapas también cuentan.

5- Hemos dicho que la semifinal entre Nadal y Djokovic fue la verdadera final porque la final duró más bien poco: Kevin Anderson llegó completamente agotado después de su maratón del viernes ante John Isner, con un 26-24 incluido en el quinto set y más de cien aces entre ambos jugadores. El partido reabrió el debate sobre la necesidad de acortar estas quintas mangas con un tie-break, como ya hacen en el US Open. Tiene toda la lógica del mundo, porque pasarse casi siete horas sacando y sacando no parece lo más sensato. Quizá se podría buscar un término medio, como ampliar ese posible tie-break a diez puntos o realizarlo a partir del 8-8 o incluso el 10-10.

6- Sea como fuere, a Anderson le pasó factura el esfuerzo y apenas fue competitivo en la final. Era de esperar porque el sudafricano tampoco es ningún niño, aunque extrañó la diferencia en condición física teniendo en cuenta que Djokovic también se había pasado cinco horas y media en pista ante Nadal, acabando menos de veinticuatro horas antes. El torneo de Anderson fue majestuoso, en línea con lo que está siendo su inesperada segunda juventud. Apoyado en su saque, como siempre, derrotó en octavos a un sólido Gaël Monfils, que venía haciendo su mejor torneo en Londres, y fue capaz de remontarle dos sets en contra a Federer en cuartos de final, sin duda la gran sorpresa del campeonato.

7- Nos paramos ahí un momento porque la oportunidad lo exige. Federer no solo cedió una ventaja de dos sets a cero por solo quinta vez en su carrera, sino que perdió el partido después de tener match point a favor en el tercer set. Según apunta @OnlyRogerCanFly basándose en las estadísticas del mítico foro Tennis Warehouse, esta es la vigésima vez que algo así sucede. Si aún no sabe si veinte veces son muchas o pocas, cabe decir que a Djokovic solo le ha pasado tres veces en su carrera, a Murray cinco y a Nadal, siete, aunque cuatro de ellas son anteriores a 2006.

Roger Federer en el partido contra Kevin Anderson. Foto: Kevin Quigley / Cordon.

8- Tras el partido, Roger afirmó en rueda de prensa que era una derrota muy dura: «Lo mismo tardo meses en recuperarme como me olvido a la media hora». Ver el nivel de Djokovic de alguna manera le habrá aliviado. Aunque Federer empezó el torneo de maravilla —llegó a sumar treinta y cuatro sets ganados de manera consecutiva si sumamos los de 2017—, la derrota ante Anderson no fue una casualidad: le habíamos visto torpe en Stuttgart, aunque se llevara el título, y algo incómodo en Halle, aunque llegara a la final. Está a días de cumplir treinta y siete años y, por muy campeón vigente que fuera del torneo, esa es una edad a la que es un poco injusto que te exijan la victoria. Viendo que no hay relevo digno de tal nombre, las posibilidades de Federer de seguir ganando grandes y luchando por el número uno dependerán exclusivamente de si Djokovic vuelve a su nivel de hace dos años.

9- Hemos pasado muy de puntillas por la actuación de John Isner y es un poco injusto, pero también es reflejo del nivel actual del circuito: que un jugador así haya ganado este año en Miami y dispute una semifinal de Wimbledon cuando debería haber empezado su declive indica que el nivel medio es mucho más bajo que hace cinco o diez años. Isner sigue siendo el jugador que siempre ha sido: un gran sacador, con un revés cortado decente y una derecha errática. En toda su carrera eso no le había servido más que para llegar a cuartos de final del US Open de 2011. Encontrárselo en semifinales sobre hierba es hasta cierto punto decepcionante, por mucho que nos alegremos por él.

10- Isner se impuso en cuartos de final a Milos Raonic, que pese a sus lesiones sigue dando guerra en Wimbledon año sí y año también. El canadiense, a sus veintiocho años, era el más joven de los ocho cuartofinalistas. De la tan esperada next generation solo cumplieron Stefanos Tsitsipas (perdió en octavos), Karen Jachánov (también en octavos) y Álex de Miñaur, que cedió en tercera ronda ante un avasallador Rafa Nadal. El resto, un desastre: Borna Coric, ganador en Halle, perdió en primera ronda ante Daniil MedvedevDominic Thiem se retiró lesionado también en primera ronda contra Marcos Baghdatis; Denis Shapovalov se quedó en segunda ronda ante un rival —BenoîtPaire— con el menisco desgarrado, y Francis Tiafoe cayó en tercera ante el citado Jachánov después de ceder dos sets de ventaja. Tampoco duró mucho más la aventura del ruso, que cedió en tres rápidas mangas ante Djokovic en octavos.

11- La gran decepción del torneo fue sin duda, una vez más, Alexander Zverev. Cabría esperar de su actuación en Roland Garros, con unos batallados cuartos de final, que por fin el alemán empezara a demostrar su talento en un grande, pero habrá que esperar al menos dos meses más. Zverev ya estuvo a punto de perder en segunda ronda ante Taylor Fritz y al final lo hizo en tercera frente al renacido Ernests Gulbis. Es imposible saber qué pasa con este chico. Ha ganado torneos importantes en tierra, en dura y en hierba… pero solo ha pasado una vez de tercera ronda en un Grand Slam. En cuanto a Gulbis, habrá que ver si ha sido flor de un día o si su recuperación va en serio. Sería una excelente noticia.

12- En el terreno negativo, destacaron también Grigor Dimitrov y Marin Cilic. Dimitrov perdió en primera ronda ante Stanislas Wawrinka. Si fuera sobre tierra y en 2015, lo entenderíamos, pero Wawrinka nunca ha destacado sobre hierba y en 2018 está casi retirado del tenis por sus continuas lesiones. Todos los avances del búlgaro el año pasado, incluyendo su Masters 1000 y las World Tour Finals, parecen haberse quedado en nada. Por su parte, Cilic, finalista el año pasado y campeón diez días antes en Queen’s, cedió contra el argentino Guido Pella en segunda ronda. Una enorme ocasión perdida para el croata, que al menos tuvo todo el tiempo del mundo para ver el Mundial a gusto.

13- En nuestra sección «¿Qué hacemos con Nick Kyrgios?» de nuevo tocan lamentos. Perdió en tercera ronda contra Nishikori después de enfrentarse públicamente con Marion Bartoli, la campeona de 2013. La francesa le reprochaba su actitud excesivamente despreocupada en pista y Kyrgios decidió burlarse de ella en Twitter. Todo venía a cuento de la multa de quince mil euros que le puso la ATP por fingir que estaba masturbando una botella durante las semifinales del torneo de Queen’s. Los esfuerzos de Kyrgios por convertirse en una continuación de Bernard Tomic no dejan de ser preocupantes.

14- Por cierto, Tomic se apuntó a la previa, se sacó su plaza en el cuadro principal, ganó un partido e incluso le arrebató un set en segunda ronda a Kei Nishikori. También ganó un partido —es decir, más que Dimitrov y Coric juntos— el veteranísimo Ivo Karlovic, que a sus cuarenta años parece más fuera que dentro del circuito. Lo de Karlovic fue especialmente doloroso porque cayó a continuación ante Jan-Lenard Struff después de cinco sets y un 11-13 en el quinto, incluyendo punto de partido a favor. En el camino dejó sesenta y un aces, la segunda mejor marca del campeonato después de los sesenta y cuatro de Isner ante Ruben Bemelmans.

15- Los españoles. Aparte de las semis de Nadal, lo único mínimamente celebrable fue el récord de Feliciano López de torneos de Grand Slam consecutivos disputados (sesenta y seis, desde Roland Garros 2002). La fiesta duró un partido porque en segunda ronda cayó contundentemente ante Del Potro, que cuajó un excelente torneo. Ferrer, Ramos, Carreño y Verdasco cayeron en primera ronda. García-López y Feliciano, en segunda. A las chicas no les fue mucho mejor.

Angelique Kerber en el momento en el que se proclama vencedora de la categoría femenina de Wimbledon 2018. Foto: Cynthia Lum / Cordon.

16- Vamos, pues, al cuadro femenino. Angelique Kerber estuvo fantástica durante todo el torneo. Ya el año pasado estuvo más cerca de lo que pareció de haber logrado un buen resultado, pero se le complicó el partido contra Muguruza cuando parecía tenerlo controlado y al final ella se quedó en octavos y la española acabó levantando el trofeo. Este año se aprovechó de la masacre de favoritas —de entre las diez primeras cabezas de serie, solo Karolina Pliskova llegó a octavos de final y ahí se quedó— para conseguir su tercer grande tras los triunfos en Australia y el US Open de 2016. Lo más impresionante de su victoria fue la manera de manejar a Serena Williams en la final. Una cosa es ganar a Serena y otra cosa es arrollar a Serena. Lo segundo está al alcance de muy pocas.

17- Por cierto, la menor de las Williams entró en el torneo rodeada de dudas: hundida en el puesto 181 de la WTA después de un año y medio casi sin competir por su reciente maternidad, tras tener que retirarse de Roland Garros con una lesión en el pectoral y con turbios problemas con la USADA, pocos confiaban en que la estadounidense fuera capaz de llegar tan lejos. La suya es una historia increíble. Ganó su primer grande en los años noventa y creo que eso lo dice todo. Es cierto que se benefició de un cuadro muy asequible, pero, como siempre digo en estos casos, la culpa no es suya, sino de quien pierde antes de que ella gane.

18- Gran torneo el de Jelena Ostapenko, que llegó a semifinales con cierta contundencia después de un decepcionante Roland Garros. La letona apenas le dio guerra a Kerber, pero se va consolidando como una jugadora hábil en todos los terrenos pese a su juventud. También destacó Julia Görges, aunque dio la sensación de que en la semifinal contra Serena podría haber hecho un poco más, como sí hizo Camila Giorgi en cuartos, por ejemplo. En cuanto a las sorpresas positivas, recalquemos la de Kiki Bertens, que por fin rompió el muro de los octavos de final sobre hierba.

19- En cuanto a sorpresas negativas, todas las que quieran: Kvitova, Sharapova, Caroline García, Sloane Stephens y Elina Svitolina perdieron en primera ronda; Muguruza y Wozniacki lo hicieron en segunda; Halep, Mertens, Barty, Keys y Venus Williams se quedaron en tercera. También cayó en dicha ronda Carla Suárez Navarro, pero me temo que tampoco se esperaba mucho más de ella en este torneo.

20- Nos quedamos con Garbiñe Muguruza por aquello de que era la campeona vigente y que venía de hacer semifinales en Roland Garros. Cayó ante Alison van Uytvanck de la manera más inopinada, después de ganar el primer set y sin oponer resistencia en los dos siguientes: 6-2 y 6-1. Digo ahora lo mismo que dije después de Roland Garros. Hablamos de una mujer que ya ha ganado dos grandes y que ha sido número uno del mundo. Todo lo que venga de más será un regalo y así habrá que tomarlo.

21- El momento emotivo de la quincena lo protagonizó la propia van Uytvanck cuando, después de vencer en tercera ronda a Anett Kontaveit, se lanzó a las gradas para besar a su novia, la también profesional Greet Minnem. Ver a dos mujeres besándose en una pista de tenis debería ser lo más normal del mundo, pero desgraciadamente no lo es. Que se recibiera, en medio de las manifestaciones del orgullo gay en todo el mundo, con alborozo es una excelente noticia. Sobre todo porque para ella fue importante, que es lo que cuenta. Hay que tener en cuenta que hablamos de un deporte en el que la jugadora con más títulos de Grand Slam —Margaret Court-Smith— es una conocida homófoba.

22- ¿Qué pasa con Elina Svitolina? No hablo ya de sus resultados deportivos, que son más que preocupantes, sino de su aspecto físico. Ha perdido muchísimos kilos en pocos meses o eso parece y uno empieza a preguntarse si no habrá algún tipo de enfermedad detrás de un proceso que sin duda está afectando a su tenis. La rusa no parece excesivamente preocupada, así que esperemos que la cosa quede en nada y pueda recuperar su mejor nivel cuanto antes.

23- Una de las grandes alegrías del cuadro femenino fue volver a ver a Belinda Bencic disfrutando del tenis y jugando a un gran nivel. Aunque ya no nos acordemos, Bencic llegó a ser top ten hace apenas un par de años y desde entonces no se ha vuelto a saber de ella, afectada por una plaga de lesiones. En Londres recuperó su versión más ilusionante, derrotando a García, Riske y Suárez antes de caer contra la campeona en octavos y dando guerra. Confiemos en su recuperación. También sorprendió gratamente Eugénie Bouchard, de la que tanto se había hablado para mal últimamente y que se apuntó a la previa, consiguió pasar al cuadro principal y ganó su primer partido antes de caer frente a Ashleigh Barty. Esta semana, de nuevo a los torneos ITF.

24- En cuanto a las demás categorías, breve recuento de ganadores y ganadoras: Mike Bryan se impuso en el dobles masculino, pero sin hacer pareja con su hermano, sino con su compatriota Jack Sock, cuya crisis en individuales sigue vigente desde que se impusiera en el Masters 1000 de París. En los dobles femeninos ganaron las checas Barbora Krejcikova y Katerina Siniakova. Los dobles mixtos fueron a manos de Alexander Peya y Nicole Melichar, que derrotaron en la final a los grandes favoritos, Jamie Murray —el hermano de Andy— y Victoria Azarenka.

25- ¿Quieren mirar al futuro con un poco de esperanza, visto lo visto? Bien, apunten de nuevo el nombre del taiwanés Tseng Chun-hsin, el mismo que ganó en Roland Garros y fue finalista en Australia. Llegó a la final sin ceder un solo set y acabó derrotando al local Jack Draper, que estaba ante la posibilidad de ser el primer británico en ganar la competición júnior desde 1962. Tseng tiene dieciséis años y un futuro esplendoroso por delante. Sobre todo porque, para cuando empiece a ser competitivo, igual Federer, Nadal y Djokovic ya han decidido retirarse… En el júnior femenino, la campeona fue la polaca Iga Swiatek, una apasionada de Jane Austen a sus diecisiete años. Toma así el relevo de las hermanas Uwe y Agnieszka Radwanska, que no están pasando precisamente por su mejor momento como profesionales.


Novak Djokovic y el último reto de la generación perdida

Novak Djokovic. Fotografía: Cordon Press.
Novak Djokovic. Fotografía: Cordon Press.

John McEnroe acabó 1984 como número uno del mundo con un registro impecable: ochenta y dos victorias y solo tres derrotas en diez meses de competición. Entre los trece títulos que sumó aquel año se contaban su cuarto US Open y su tercer Wimbledon. En Roland Garros llegó a la final pero cayó en cinco sets ante Ivan Lendl después de haberse apuntado los dos primeros parciales. Si no ganó en Australia fue simplemente porque, como era habitual en la época, decidió no participar.

El estadounidense tenía veinticinco años y una década por delante condenada a llevar su nombre. Sin embargo, no volvió a ganar ni un solo título de Grand Slam en toda su carrera. Estas cosas en tenis pasan más a menudo de lo que creemos. Por ejemplo, Roger Federer ganó su decimosexto «grande» en enero de 2010. Con veintiocho años y después de ocho finales consecutivas, ¿quién iba a suponer que en los siguientes seis años solo ganaría uno más, en Wimbledon 2012? Lo mismo se puede decir del Nadal que arrasó en 2013 a los veintisiete años y que acabó número uno después de ganar su segundo US Open. Desde entonces, dos años ya, solo ha conseguido sumar un Roland Garros.

Nunca hay que dar la victoria por sentada. El año de Novak Djokovic, que acaba de cumplir veintiocho, ha sido tan espectacular —tres Grand Slams, la Masters Cup, seis Masters Series…— que todo el mundo se ha dedicado a proyectar hasta dónde puede llegar el serbio. Efectivamente, no se ve alternativa, como no se le veía a McEnroe ni a Federer ni a Nadal… pero, cuidado, porque la alternativa se abre paso cuando menos te lo esperas.

Lo que sí parece claro es que mientras los rivales sean los mismos, no hay que esperar resultados diferentes. La media de edad de los diez primeros de la ATP está en unos excesivos 29,7 años y no se puede decir que los que vienen detrás sean jóvenes hambrientos de gloria. En el grupo que va del número once al número veinticinco de la clasificación el promedio apenas baja a los 28,8 años. Son edades a las que el jugador de tenis, al contrario que el futbolista o el baloncestista, suele empezar su declive. En los tiempos que corren, sin embargo, parece que es al revés: cuantos más años en el circuito, más posibilidad de mejora.

¿Quién será el encargado entonces de ponerle el cascabel al gato? De los presentes en la pasada Masters Cup solo el japonés Kei Nishikori aún no había cumplido los veintiséis años, cosa que hará en menos de un mes. Nishikori tiene también el «honor» de ser el jugador más joven del circuito con una final de Grand Slam en su palmarés. De entre los nacidos en la década de los noventa, solo Milos Raonic ha conseguido al menos clasificarse para una final de Masters 1000, el siguiente nivel de competición. Del resto, no hay noticias.

Estamos ante un extrañísimo caso de «generación perdida». No está nada claro que ellos vayan a ser capaces de tomar el relevo y desbancar a los Djokovic, Murray, Nadal y Federer pero lo mismo podríamos haber pensado de Stan Wawrinka el año pasado y, cercano al crepúsculo de la treintena, ha conseguido ganar en Australia y en Roland Garros. Por si acaso, vamos a hacer un repaso de quiénes son los nacidos en los noventa que más posibilidades tienen a corto plazo de dar guerra en grandes torneos.

Los últimos bastiones de la generación perdida

Si buscamos entre los treinta primeros de la clasificación ATP solo encontramos seis jugadores nacidos después del 1 de enero de 1990. Entiendo que si rozando los veinticinco años de edad ni siquiera te asomas por estos puestos es complicado que llegues a ser una estrella. Vamos a hacer un repaso de quiénes son y cuáles son sus posibilidades:

Milos Raonic (Canadá, 1990).- La gran decepción de la temporada, culpa sin duda de sus continuas lesiones. Es curioso que en una élite donde abundan los treintañeros las lesiones se ceben con los más jóvenes como Nishikori, Del Potro o el propio Raonic. Durante la temporada 2014 pareció que mejoraba su movilidad en la cancha, pero este 2015 ha dejado la mejora entre paréntesis. Si mantiene su efectividad al saque y esa derecha brutal como acompañamiento puede aspirar a algo, sin duda. Tendrá que mejorar (mucho) el revés y la capacidad de sufrimiento. Pese a todo, rascando aquí y allí y con los cuartos de final de Australia como mejor resultado del año, además de la victoria en un torneo menor como el de San Petersburgo, ha conseguido acabar el 14º de la clasificación.

David Goffin (Bélgica, 1990).– Lleva años amagando sin llegar a dar del todo. Jugador de fondo de pista, con un buen revés a dos manos y gran consistencia, brilló sobre todo en los torneos de verano, cuando las grandes estrellas descansaban antes de empezar la gira americana. Fue finalista en Gstaad y en Hertogenbosch, mostrando su capacidad de brillar en todo tipo de superficie. Por lo demás, en las grandes citas no se ha sabido nada de él: octavos de final en Wimbledon y cuartos de final en Roma, eso es todo. Da la sensación de que su físico le limita demasiado. Aún puede salvar la temporada llevando a Bélgica a ganar la Copa Davis. En la actualidad, ocupa el 16º lugar del ranking ATP.

Bernard Tomic (Australia, 1992).- Desde su irrupción como adolescente en el Open de Australia de 2011 siempre se ha esperado mucho de Tomic, enorme sacador y de una potencia descomunal. Cuando está entonado puede plantarle cara a cualquiera y así lo ha hecho a lo largo del año. Cuando no está entonado, olvídate. Puede ir perdiendo un set 4-0 y ganarlo como ir ganando 5-2 y perderlo. Completamente imprevisible, a su favor hay que decir que este año ha ganado en regularidad y que lo que parecía una bala perdida, un muñeco roto, vuelve a ser un rival de entidad. Ganador en Bogotá, ha acabado 18º en la clasificación.

Dominic Thiem (Austria, 1993).- Nadie daba un duro por Thiem hasta que de repente se fue colando en el top 100, top 50, top 25… No hay nada que haga especialmente bien pero tampoco tiene grandes carencias. Igual que le pasara a Goffin, centró sus esfuerzos en la parte intermedia del calendario, la más asequible, encadenando el título de Umag y el de Gstaad con unas semifinales en Kitzbuhel. Parecía que eso iba a ser el preludio de una brillante gira de cemento pero no se volvió a saber nada de él. Es el más joven del grupo, pero ha de aspirar a algo más que una tercera ronda en un Grand Slam. Ocupa el puesto 20º en la clasificación.

Jack Sock (Estados Unidos, 1992).- La crisis del tenis estadounidense es algo nunca visto en la historia de este deporte. Desde el triunfo de Roddick en el US Open de 2003, ningún compatriota ha vuelto a ganar un torneo del Grand Slam. El último en jugar una final fue Andre Agassi en 2005. Diez años sin saber nada de los americanos es mucho tiempo. El perfil de jugador que sale de su cantera es siempre el mismo: gran sacador, con buena derecha, cierta torpeza en el movimiento lateral y poca capacidad de sufrimiento en la pista. Sock, sin salirse del todo del perfil, parece que al menos intenta no caer en el estereotipo. En Roland Garros le dio mucha guerra a Rafa Nadal y eso no es cualquier cosa. Ganó en Houston y alcanzó semifinales en Basilea y en Newport. No pasó de tercera ronda en ningún otro gran torneo, terminando la temporada como el 26º del mundo.

Grigor Dimitrov (Bulgaria, 1991).- A su favor tenía hasta la magia de los números: Sampras nació en 1971, Federer en 1981 y él en 1991. La comparación con el suizo fue constante desde su triunfal época de junior y en algunos momentos del año pasado vislumbramos la posibilidad de que el búlgaro diera el gran salto. Sin embargo, los años pasan y, sí, la calidad esporádica, el revés a una mano a la línea o la derecha imposible están ahí, pero de la cabeza y el sacrificio seguimos sin saber nada. Ha sido para él un año horrible. Cuando más se esperaba su explosión, se ha hundido hasta el puesto 28º de la clasificación. No hay que descartar que de repente tenga uno o dos años brillantes, con títulos grandes incluidos, pero el tiempo pasa y desde luego nada apunta a que vaya a ser el dominador que todos pensábamos.

La generación sin miedo: abran paso a la adolescencia

Sinceramente, de los arriba mencionados solo veo a Raonic y Dimitrov como posibles ganadores de un torneo de Grand Slam, así que el relevo, que tarde o temprano tendrá que producirse, ha de estar en la siguiente generación. Jugadores entre los diecisiete y los veinte años que ya han ido apuntando maneras. Hacer un repaso de jugadores a estas edades tiene un punto de temerario porque siempre hay deportistas de explosión tardía que pueden romper cualquier molde. Sampras, por ejemplo, ganó el US Open con diecinueve años, pero con dieciocho nadie daba un duro por él, perdido en la competencia con los Agassi, Courier, Chang y compañía.

Por si acaso, vamos a poner aquí algunos nombres para que los vayan siguiendo. A su favor está que no llevan años y años estrellándose contra los veteranos y por lo tanto no deberían tener tanto respeto. En algún caso incluso se han saltado ya el escalafón con todo el morro del mundo.

Nick Kyrgios (Australia, 1995).- El enfant terrible del circuito. Una especie de Bernard Tomic pero aún más macarra. Kyrgios apareció casi de la nada para ganarle a Nadal en Wimbledon 2014 y este año derrotó a Federer en Madrid después de tres tie-breaks. Tiene una pinta estupenda a poco que calme determinados impulsos. Jugador muy agresivo, con gran saque, tiró su temporada a la basura en Canadá, cuando se impuso a Wawrinka después de dedicarse a hacer chistes sexuales sobre su novia. El mundo del tenis se le echó encima y desde entonces solo fue capaz de ganar seis partidos en tres meses. El año que viene será decisivo. Ya ha jugado cuartos de final en Australia y en Wimbledon y durante una semana pisó el top 25 de la ATP. Ahora es el 30º.

Borna Coric (Croacia, 1996).- Tiene los altibajos propios de un adolescente, pero muchos ven en él al próximo Novak Djokovic. Empezó el año al filo del top 100 y ya se ha metido entre los cincuenta mejores del mundo. En Dubai ganó a un Andy Murray en racha para perder contra Federer en semifinales. También llegó a semis en Niza y eliminó a Robredo en segunda ronda de Roland Garros, aguantando cinco sets ante uno de los ironmen del circuito. Es cierto que a partir de ahí bajó un poco el pistón pero aun así le ganó un set a Nadal en el US Open. El año que viene tiene pinta de ser clave. Lo empezará como el 44º mejor jugador del mundo.

Hyeon Chung (Corea del Sur, 1996).- Acaba de recibir el premio al jugador con mayor progresión del año y no es para menos: ha pasado en doce meses del 167º al 52º. Ahora bien, hay algo de truco: casi todos sus puntos los ha ganado en challengers —torneos de segunda división— y jugando en Asia y Australia. Cuando ha pasado por el circuito ATP apenas se le ha visto. Complicado pronunciarse con jugadores así, esperemos que el año que viene se decida a viajar más.

Thomas Kokkinakis (Australia, 1996).- No sé qué pasa con los jóvenes australianos hijos de inmigrantes pero parecen llamados a montarla cada vez que pueden. De Kokkinakis se dice que es el mejor de su generación, mejor incluso que Kyrgios, pero va más despacio y la propia amistad con Kyrgios ya levanta sospechas. En lo que podría haber sido sin problema un año muy bueno para él se ha limitado a quedar el 78º de la clasificación, aunque quizá sea demasiado joven como para pensar ya en un estancamiento. En el pasado Open de Australia ganó en cinco sets a Ernests Gulbis y perdió también en cinco con Sam Groth. Se ve que cuando quiere se agarra a la pista. No siempre quiere.

Alexander Zverev (Alemania, 1997).- Número uno del mundo en categoría junior, el talento y la contundencia de Zverev están fuera de toda duda. Queda, como siempre, la sospecha de su compromiso. Su hermano Mischa también iba a comerse el mundo y las lesiones le han acabado machacando. Para ser casi un niño tiene ya unas cuantas victorias contra rivales de nivel medio, incluyendo una heroica en Wimbledon contra Gabashvili que acabó con 9-7 en el quinto set. A partir de ahí, brillantes semifinales en Bastad y cuartos de final en Washington, ganando a Anderson y Dolgopolov. Después de perder en primera ronda del US Open, también en cinco sets, su temporada se vino abajo hasta acabar el 81º de la clasificación. El año que viene debería rozar el top 25.

Yoshihito Nishioka (Japón, 1995).- De Nishioka hablan verdaderas maravillas, aunque su ámbito de juego sigue siendo Asia y eso, a los veinte años, empieza a ser peligroso. Solo ha jugado nueve partidos a nivel ATP este año, perdiendo seis. Está en esa clase media, junto a Elías Ymer, Jared Donaldson o Kyle Edmund, que no se sabe por dónde van a tirar en el futuro. Sus puntos obtenidos en challengers no le han permitido pasar de la 142ª posición en el ranking.

Andrey Rublev (Rusia, 1997).- Otro niño con una pinta descomunal a poco que consiga centrarse. En principio, lo tiene todo, especialmente una derecha fantástica. El problema es que no ha tenido muchas oportunidades para demostrarlo más allá de la eliminatoria ante España en la Copa Davis, en la que pasó por encima de Pablo Andújar, por entonces número 32 del mundo. Cumplió los dieciocho hace solo un mes, así que es difícil evaluar una temporada en la que en vez de refugiarse en los challengers ha decidido participar en bastantes torneos ATP, fajándose en las previas para entrar en el cuadro principal. Eso ha dañado su ranking (173º) pero puede suponer una gran inversión cara al futuro.

Frances Tiafoe (Estados Unidos, 1998).- El benjamín del grupo. Para hacerse una idea, nació el mismo año que Federer debutaba en el circuito. De él se vienen hablando tales maravillas que cuando uno le ve jugar contra hombres no puede evitar soltar un «no es para tanto». A los quince años ya ganó la prestigiosa Orange Bowl y dos años más tarde se convirtió en el estadounidense más joven desde Michael Chang en participar en Roland Garros. Su experiencia duró un partido. Tres sets, en concreto. A veces, tiende a mostrar cierta apatía en la pista, algo muy adolescente por otro lado. Si se pone las pilas, tendrá su parte del pastel del futuro. Si se sigue dejando llevar, puede acabar como un Donald Young cualquiera.

Estos son solo algunos de los candidatos. Muchos de ellos no llegarán a nada. Otros puede que acaben con el dominio de los treintañeros. En cualquier caso, si se les ocurre alguno que debería estar en la lista y no está, no duden en presentárnoslo en los comentarios.