El grafiti más caro de la historia

Una mujer observa una obra de Jean-Michelle Basquiat, 2006. Fotografía: Stefano Rellandini / Cordon.

Quizás los nombres de Jean Michel Basquiat, Keith Haring o Kenny Scharf no les digan nada, pero fueron tres de los grafiteros más famosos del siglo pasado. Con seguridad habrán visto decenas de veces sus obras en revistas, películas de Hollywood, camisetas, tazas, o recuerdos de museo. Basquiat, muy amigo de Andy Warhol, falleció en 1988 a los veintisiete años, a consecuencia de su adicción a la heroína, una sobredosis le arrancó la vida; Haring murió con treinta y dos años por complicaciones derivadas del sida que padecía en 1990; por suerte para sus fans y para él mismo, Scharf, enamorado de Los Picapiedra de Hanna-Barbera, rompió la mala racha de sus colegas y continúa vivo, trabajando en coloridos proyectos sobre paredes y museos a sus nada desdeñables sesenta años.

¿Talento artístico o vandalismo? Mi profesor de arte contemporáneo les diría que todo depende de la voluntad del creador con minúscula; pero los límites del street art en cualquiera de sus manifestaciones: grafiti, fanzines, guerrilla TV, performance, Net.Art… se diluyen hasta la polémica más feroz. La batalla se libra entre detractores intransigentes que solo advierten pintadas salvajes, o acérrimos defensores que presumen de conocer una forma de arte exquisito, con un toque subversivo, un aderezo urbano y, en más de una ocasión, un claro tufo a ilegal.

Pero, ¿qué mueve a alguien a pintar sobre una pared? Sorteando las mágicas pinturas rupestres de las catedrales prehistóricas y plantándonos de un colosal salto en cualquier plaza de la antigua Roma, habría que preguntarle la intención a esos primeros grafiteros documentados por la historia; aquellos ciudadanos romanos que rayaban las paredes el término «grafiti» proviene precisamente del italiano «graffiti», y este del latín «scaripharei», rayar con un punzón una superficie para dejar inscripciones o marcas, a menudo satíricas en contra de la autoridad de turno; anuncios de diversos servicios, no siempre pudorosos; o simplemente grabando notas poco ingeniosas del tipo «Marco estuvo aquí». La versión moderna del grafiti que se puso de moda en los años sesenta, y debió impulsar la industria de los espráis de pintura, no se aleja demasiado en su esencia de la del Imperio. Con distintos medios pero similares motivaciones y, siendo justos, sublimándose para convertirse en algunas ocasiones en legítimas obras de arte. Desafortunadamente, limpiar todo lo que no es arte supone a los ayuntamientos un montante considerable, dinero que se podría dedicar a cuestiones más sustanciales que lustrar firmas rocambolescas, o eliminar la versión actual del «Marco estuvo aquí»… pura trascendencia.

Dicen los antropólogos que cuando todas nuestras necesidades básicas se encuentran satisfechas, comienzan a florecer los menesteres espirituales y de autorealización. Entre todos ellos, la búsqueda  de la trascendencia es el pináculo de las aspiraciones del ser humano, una forma de comunicarnos íntimamente con quienes no pertenecen a nuestro tiempo lo que Marco quiso hacer con su arqueografiti. Muchos la comparan, con permiso de Abraham Maslow, con una estrella centelleante en el vértice de su popular pirámide, coronándola, por encima del respeto, el amor o la amistad, la creatividad, e incluso por encima de la moralidad o la ética. Algo que no tiene precio.

Puestos a cuantificar esta búsqueda de sobrevivir a los tiempos, podríamos preguntarnos cuál ha sido el grafiti más caro de la historia. No es necesario remontarse a la antigüedad clásica, los tiempos de los panteones hindúes, o de los palacios renacentistas. A penas hay que viajar unos años atrás, justo cuando los grafiteros Basquiat, Haring y Scharf salían de la escuela secundaria abrumados por mensajes publicitarios y con las caras pegadas a sus televisores observando boquiabiertos la carrera espacial. Por entonces el programa Apolo estaba en pleno apogeo y la NASA era una perfecta maquinaria de fabricar héroes genuinamente americanos: los astronautas, militares escogidos entre los mejores de los mejores. Audaces, templados, inteligentes y capaces de aguantar sin desmayarse en una endiablada centrifugadora humana, junto a otras muchas pruebas que ponían al límite sus aptitudes físicas y mentales, más propias de los superhéroes de la factoría Marvel que de los seres humanos.

En total hubo veintidós misiones Apolo, con treinta y dos hombres asignados a ellas, aunque solo doce de ellos llegaron a caminar sobre la superficie lunar son demasiados nombres como para poder recordarlos todos, salvo que se sea un auténtico friki de la National Aeronautics and Space Administration. Sin embargo, cualquiera que sea medianamente veterano o haya leído un par de libros recordará la tripulación del Apolo XI, la primera en pisar la Luna: Neil Armstrong, Edwin E. Aldrin, apodado Buzz, (como Buzz Lightyear de Toy Story) y Michael Collins, que no alunizó, pues era el encargado de llevar de vuelta a casa a sus compañeros de viaje. Sus imágenes llenaron los informativos y las revistas de medio mundo. Sus efigies aparecieron en sellos postales, pósters, banderines también en camisetas y tazas de museos y con sus nombres se construyeron colegios, rotularon calles e institutos de investigación. ¿Qué fue del resto de astronautas? Andrew Smith, en su libro Moondust editado en España por Berenice con el título Lunáticos, narra muchas de las luces y las sombras que acompañaron a los intrépidos moonwalkers al regresar a la Tierra. Y es que ¿a dónde más puedes ir una vez que has estado en la Luna?

Mucho menos célebres fueron los componentes del Apolo XVII, la última misión del programa Apolo: el comandante Eugene Cernan, Ronald Evans el único científico que ha pisado la Luna, y el piloto Harrison Schmitt. El comandante Cernan, Gene como solían llamarle, fue el último hombre que puso un pie nuestro satélite. Gene era tremendamente competitivo, un americano auténtico de padre eslovaco y madre checa, un hijo único nacido en Illinois la mayoría de los astronautas eran hijos únicos o primogénitos,  con una carrera notable como piloto naval de los que aterrizaban reactores en diminutos portaaviones, ingeniero eléctrico, ingeniero aeronáutico y piloto de combate. A él se le atribuye la fotografía conocida como «la canica azul» donde la Tierra parece una preciosa y pequeña esfera de cristal. Tiene también el mérito de haber recorrido más de treinta kilómetros recogiendo muestras geológicas por la superficie lunar en el Rover. Por entonces estaba casado con la que fue su primera esposa, Barbara Jean Atchley, una encantadora azafata de Continental Airlines con la que tuvo una hija, Tracy. Gene le prometió a la pequeña que le traería una diminuta roca, algo que no pudo hacer a pesar de que cargaron con más de cien kilos de minerales; o un rayo de luna, algo que tampoco pudo atrapar por razones obvias. Pero el comandante de la misión Apolo XVII no volvió a casa con las manos vacías, le hizo el regalo más insólito que haya hecho cualquier padre a un hijo, en realidad cualquier ser humano a otro. Cuando, en mitad del lejano páramo alejó el vehículo para que pudiera grabar las imágenes del despegue, se agachó y con su dedo dibujó sobre el polvo lunar «TDC», las iniciales de su hija, Tracy Dawn Cernan.

El programa Apolo costó a los contribuyentes al menos veinticinco billones (americanos) de dólares del año 1972, mucho, muchísimo dinero. Los astronautas estaban perfectamente entrenados y seguían protocolos grabados a fuego para cada situación que se pudieran encontrar; pero ningún equipo de ingenieros reparó en la dimensión trascendental del ser humano. A Gene, sentado en el porche de Dios según sus propias palabras solo se le ocurrió hacer un grafiti con las iniciales de su pequeña Tracy a la que había prometido un rayo de luna. Podría haber escrito cualquier cosa, estaba completamente solo en el lugar más inhóspito que cualquier explorador haya visitado, y no escogió su nombre, sino el de la portadora de algunos de sus genes. Aun sin intención artística, hay quienes no pueden resistirse a garabatear sobre la arena húmeda; o, lápiz en mano, dibujar ensoñaciones sobre un papel. Conociendo que pronto volverán las olas a borrar los trazos efímeros y que el papel acabará en la destructora de la oficina. Sin embargo, el dibujo de Cernan habrá conseguido su objetivo trascendente. Cuando ni nosotros ni los hijos de los hijos de nuestros hijos estén en este mundo, el nombre de Tracy, gracias a la falta de fenómenos de erosión en la Luna, continuará iluminado bajo un perfecto firmamento por los siglos de los siglos. Mientras los jovencísimos Jean Michel Basquiat, Keith Haring o Kenny Scharf fantaseaban con pintar sobre los muros levantados por nuestra civilización, el último hombre en la Luna soñaba con Dios y dibujaba el grafiti más caro y lejano de la historia.

Gene Cernan recogiendo muestras en la Tracy’s Rock. Fotografía: NASA (CC).


Corita Kent: la monja pop

Hace ya años que los contables que gobiernan el mundo del arte lo han convertido en un polvoriento pero muy rentable espanto para consumo de toreros, promotores inmobiliarios, futbolistas, alcaldes de pueblo costero valenciano, banqueros y sus respectivas fulanas. Nada que objetar al respecto y muy especialmente desde que los artistas son los primeros en arrastrarse, si es necesario con los premolares, hasta las timbas más horteras. No será desde luego esta gente la que haga que el arte sobreviva como el único refugio de la emoción en un planeta en el que el mayor grado de estremecimiento del que son capaces muchos de sus habitantes cabe de sobras en un mensaje de Whatsapp.

Quizá he sido injusto con los toreros en el párrafo anterior. A fin de cuentas, las crónicas taurinas son los textos más vitales y exuberantes que pueden leerse hoy en día en los diarios de este país. Y eso independientemente de la opinión que se tenga sobre las corridas de toros y que en mi caso es la que es.

Todo lo contrario, en cualquier caso, que los tortuosos monolitos de la sección de arte, probablemente los peor escritos de la prensa occidental. Monolitos rebosantes de blablublá, de pesadísima digestión, diseñados a conciencia para que el lector arranque a correr despavorido y no pare hasta llegar a la frontera de Perpignan. A mi última exposición visitada me arrastró por ejemplo el poder de convicción de unos ojos de un azul oceánico y con nombre de bagatela para piano de Ludwig van Beethoven: si llega a ser por la nota publicada en El País no me planto allí ni borracho de palo cortado Leonor.

Viene esto a cuento de la sarta de ñoñeces, banalidades y soporíferos datos históricos con la que ha sido recibida la exposición Mitos del pop del museo Thyssen-Bornemisza de Madrid. Ñoñeces, banalidades y soporíferos datos históricos capaces de provocar bostezos que rivalizarían sin problemas con los de un mero. Y es que, más allá de la conocida frase de Richard Hamilton con la que se lo suele definir —«popular, efímero, prescindible, barato, producido en serie, joven, ingenioso, sexy, divertido, glamuroso y un gran negocio»—, si el movimiento pop art es significativo por algo es por ser el primero de la historia en el que la aportación femenina es bastante más atractiva y merecedora de atención que la masculina. Y el resto son eslóganes de todo a un euro.

Otra cosa, por supuesto, es la desproporcionada fama de la que gozan Andy Warhol, Roy Lichtenstein, Keith Haring, Jasper Johns y David Hockney en comparación con la más bien escasa, por no decir inexistente atención, que se le suele dedicar a Marisol Escobar

Marisol Escobar.
Marisol Escobar. Foto: Library of Congress (DP)

Pauline Boty

Pauline Boty.
Pauline Boty. Foto: Cortesía de Mach Schau.

o Niki de Saint Phalle.

Niki de Saint Phalle. Foto:
Niki de Saint Phalle. Foto: Sprengel Museum Hannover (CC)

Pero lo entiendo. Por supuesto que lo entiendo. ¿Para qué preguntarse por qué extraña razón todos los focos de la exposición Mitos del pop se han centrado en los nombres de siempre cuando puedes crucificar ¡y hasta contribuir al despido! del speaker del Mundobasket? Que bajo ningún concepto lo importante le quite jamás tiempo a lo idiota, por favor.

Todo lo apuntado aquí arriba está explicado con detalle en dos libros: el catálogo Seductive Subversion: Women Pop Artists 1958-1968, de Sid Sachs y Kalliopi Minioudaki, y Power Up: Female Pop Art, de Angela Stief. Es en el segundo donde Stief explica, en un alarde de empatía más que de perspicacia, que la obra de Kiki Kogelnik

Kiki Kogelnik.
Heart, de Kiki Kogelnik.

Rosalyn Drexler

The Dream (a.k.a. King Kong), de Rosalyn Drexler.
The Dream (a.k.a. King Kong), de Rosalyn Drexler.

y Dorothy Iannone

The next great moment in History is ours, de Dorothy Iannone.
The next great moment in History is ours, de Dorothy Iannone.

es bastante más exuberante, combativa, ácida y sexual que la de sus homónimos masculinos. Y es cierto. Así que el que busque desapego, hastío, sarcasmo y superficialidad, es decir gelidez y muerte, que siga retozando en el sector masculino del pop art. El resto, que investigue mejor la rama femenina.

Aunque de quien yo quería hablar en realidad es de Corita Kent. La artista monja. O la monja pop. O la artista que fue monja.

Corita Kent.
Corita Kent. Foto: Cortesía de Department Head at Immaculate Heart College Hollywood.

Francis Elizabeth Kent (Iowa, 1918) adoptó el nombre de Mary Corita tras mudarse a Los Ángeles, unirse en 1936 a la muy liberal orden católica de las Hermanas del Inmaculado Corazón de María y estudiar arte en la Universidad de Southern California con maestros como Charles y Ray Eames. En 1968, a sus cincuenta años, tras treinta y dos como profesora del departamento de arte de la orden y convertida ya en uno de los grandes nombres del pop art gracias a sus coloristas serigrafías abarrotadas de mensajes de paz y amor, Kent abandonó los hábitos y se mudó a Boston, donde se dedicó prácticamente en exclusiva a su carrera artística y a cultivar su amistad con John Cage, Saul Bass y Alfred Hitchcock, entre muchos otros. Corita Kent murió de cáncer en 1986 y en la actualidad sigue siendo prácticamente una desconocida en nuestro país.

CORITA KENT 2
Foto: Cortesía de Department Head at Immaculate Heart College Hollywood.

Y ya que menciono a John Cage. Corre por la red un decálogo titulado Diez reglas para estudiantes y maestros que suele atribuirse al músico californiano pero que es en realidad obra de Corita Kent. Ella lo escribió como parte de un proyecto escolar entre 1967 y 1968 y sus diez reglas se acabaron convirtiendo en el decálogo oficial del college del Inmaculado Corazón. Sí es cierto, en cambio, que fue Cage el que lo popularizó. Y no solo por el hecho de que la regla nueve cita una frase suya. Tanto cariño le tenía Cage al decálogo que Merce Cunningham, su pareja, guardó hasta su muerte una copia en el estudio en el que ensayaba:

Foto: Cortesía de Department Head at Immaculate Heart College Hollywood.
Imagen: Cortesía de Department Head at Immaculate Heart College Hollywood.

Regla 1
Encuentra un lugar en el que confiar e intenta confiar en él durante un tiempo.

Regla 2
Deberes generales del estudiante: extrae todo lo que puedas de tu maestro; extrae todo lo que puedas de tus compañeros.

Regla 3
Deberes generales del maestro: extrae todo lo que puedas de tus estudiantes.

Regla 4
Considéralo todo como un experimento.

Regla 5
Sé autodisciplinado: esto significa encontrar a alguien sabio o inteligente y seguirlo. Ser disciplinado es seguir de una buena manera. Ser autodisciplinado es seguir de una manera mejor.

Regla 6
Nada es un error. No existe el ganar y el fallar, solo existe el hacer.

Regla 7
La única regla es el trabajo. Si trabajas llegarás a algún lado. Es la gente que trabaja todo el tiempo la que al final consigue cosas.

Regla 8
No intentes crear y analizar al mismo tiempo. Son procesos diferentes.

Regla 9
Sé feliz siempre que puedas. Disfruta. Es más liviano de lo que parece.

Regla 10
«Estamos rompiendo todas las reglas. Incluso nuestras propias reglas. ¿Y cómo lo hacemos? Dejando espacio suficiente para cantidades X» (John Cage).

Consejos útiles
Quédate cerca. Apúntate a todo. Ve siempre a clase. Lee todo lo que caiga en tus manos. Ve películas atentamente y con frecuencia. Guárdalo todo. Puede serte útil más tarde.

Todo lo que necesita una vida está ahí, en ese escaso puñado de frases telegráficas: sí a todo, acepta la incertidumbre, adopta la ética del trabajo y aprende a convivir a caballo de la razón y la emoción.

El decálogo no contenía en cambio ni una sola gota —explícita— de Dios. En 1967, el liberalismo del Inmaculado Corazón de María llevaba años siendo la piedra en el zapato de las autoridades eclesiásticas californianas, poco dispuestas a que el espíritu renovador del Concilio Vaticano II arraigara en sus dominios.

En mayo de 1965, el arzobispo de Los Ángeles se quejó amargamente de lo que veía. ¡Las hermanas de la orden estaban usando arte moderno para la representación de temas religiosos! «¿Son ustedes conscientes de que las postales de Navidad diseñadas por las hermanas del departamento de arte de la orden son una afrenta contra mí y un escándalo para la diócesis?», estalló.

Para el arzobispo, que apenas un año antes le había encargado a Corita el diseño de una banderola para el pabellón vaticano de la Feria Mundial de Nueva York de 1964, el arte de la monja más famosa de los EE. UU. había pasado de «elemento propagandístico de primer orden» a «sacrilegio» en apenas unos pocos meses. Las hermanas de la orden respondieron con una declaración que rezaba: «Las mujeres de todo el mundo, viejas y jóvenes, están adoptando roles decisivos en la vida pública, cambiando su mundo, desarrollando nuevos estilos de vida. Las mujeres creyentes de los EE. UU. quieren estar al frente de esta nueva, potencialmente fructífera e inevitable apuesta por la autodeterminación».

En 1970, la presión llevó a cuatrocientas hermanas de la orden a renunciar a sus votos y fundar la Comunidad del Inmaculado Corazón, libres por fin del yugo de la Iglesia. Corita había abandonado sus hábitos dos años antes para dedicarle más tiempo a su carrera artística.

La obra de Corita se volvió a lo largo de la década de los setenta más abstracta y mucho más pictórica. En 1971, diseñó el conocido Rainbow Swash, la decoración del famoso tanque de gas de la compañía Boston Gas en Dorchester.

Rainbow Swash, de Corita Kent.
Rainbow Swash, de Corita Kent.

En 1981, Corita diseñó el tercer sello de la serie Love Stamp del Servicio Postal de los Estados Unidos. El sello se puso a la venta en 1985 y se convirtió rápidamente en uno de los más vendidos de la historia.

Love Stamp, de Corita Kent.
Love Stamp, de Corita Kent.

Pero mis preferidos son sin duda alguna los juegos tipográficos de sus coloridas serigrafías, realizadas en su mayoría durante los años sesenta.

corita 1

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Una auténtica belleza, ¿no es cierto?

Foto: Cortesía de Department Head at Immaculate Heart College Hollywood.
Foto: Cortesía de Department Head at Immaculate Heart College Hollywood.