Matad a Kennedy 

John F Kennedy
John F Kennedy en 1960. (DP)

No olvidemos

Que una vez existió un lugar

Que durante un breve pero brillante momento 

Fue conocido como Camelot

Fue Jackie quien le contó al periodista de Time, Theodore White, que a su marido le gustaba escuchar música antes de acostarse. La que le dijo que su tema favorito era el final de Camelot, el musical representado en Broadway entre 1960 y 1963 obra de Alan Jay Lerner, compañero de Harvard del propio JFK, y cuyos últimos versos son los que abren este texto. 

«Nunca volverá a haber otro Camelot», le insistió a White la viuda que siete días antes había tenido la sangre de su marido esparcida sobre su modelo de Chanel. Ella, que aquel mismo día habría de ser testigo, con el Chanel todavía ensangrentado, de cómo a rey muerto, rey puesto. Por eso a White, cronista-amigo, le dijo: «Habrá otros grandes presidentes, pero jamás volverá a haber otro Camelot». El universo mítico recreado por el británico T. H. White en el libro The Once and Future King (1958) y en el que se hacía soñar a la gente con una mesa redonda como el mundo en la que las naciones, como caballeros, se sentarían lideradas por Arturo, el rey justo entre los justos.

Jackie Kennedy, antes Bouvier, no se sentó jamás en una mesa redonda que no fuera la de un cóctel benéfico o un acto de partido. Tampoco su marido, que por supuesto nada tenía que ver con Arturo. Pero fue Jackie, la viuda de América, la encargada de cerrar el círculo mítico abierto en torno JFK el 22 de noviembre de 1963 en Dallas, Texas. A las 12:30 hora local, al menos dos impactos de bala segaron la vida de John Fitzgerald Kennedy y de paso la inocencia del país más poderoso de la Tierra. Según la historia oficial el presidente, de cuarenta y seis años, había sido asesinado en directo por Lee Harvey Oswald. Casi sesenta años después, lo único claro de aquel suceso es que ningún presidente norteamericano volvería a circular en un descapotable. También que allí murió el hombre y nació la leyenda.

Para llegar a mito el camino más rápido es morirse. Nadie dice que JFK, un tipo al que perdían las mujeres incluso más que el poder, pensara en la muerte como modo de dejar huella en la historia. Sí que la huella que JFK ha dejado en la historia tiene mucho que ver con aquellas dos balas, el trabajo de su viuda y la televisión. Porque aquel día y los tres siguientes, el que se hizo mayor con el resto de EE. UU. fue el medio: el 93 % de las televisiones mundiales sintonizaría en algún momento con lo que fue la primera gran cobertura masiva de la historia. 

Cuando se cumplieron cincuenta años del asesinato del presidente más mitificado de la historia de EE. UU. junto a George Washington, Abraham Lincoln y Franklin D. Roosevelt, un sondeo de Gallup certificaba que, para el 74 % de los estadounidenses, JFK era el mejor presidente moderno (desde Eisenhower). Por encima del glorificado Ronald Reagan, el hombre del milagro económico y el tipo que a base de palo y zanahoria dejó lista de papeles a la URSS. 

Jackie Kennedy era una profesional y sabía lo que se hacía. Puede que la presidencia de su marido hubiera acabado de forma repentina pero quedaba la tarea de forjar una leyenda. Y allí estaba Jackie pero también Arthur Schlesinger y Ted Sorensen, dos de los asesores de cabecera de JFK que se dedicaron a maximizar su legado en sendos libros. Todo el trabajo del clan Kennedy para poner a uno de los suyos en la Casa Blanca no podía terminar de un plumazo y era hora de sentar las bases para que en cuanto fuera posible, otro Kennedy recuperara el cetro. Hasta el momento no ha habido ocasión, pero la leyenda sigue intacta. 

Frente a la imagen popular, pocos son hoy los que sostienen la luminaria de JFK. La mayoría de los historiadores lo consideran un presidente «del montón». Por debajo de Harry Truman por ejemplo, cuyo logro es ser el único mandatario en haber lanzado dos bombas atómicas sobre población civil. Sin embargo, y pese a todos los problemas, que eran muchos ya antes de su asesinato, JFK era una figura icónica para gran parte de sus compatriotas. El reflejo de la imagen que el país pretendía mostrar al mundo: joven y carismático con un prometedor futuro. Incluso podría decirse que en los dos años y diez meses que duró su presidencia, el reinado mágico «de mil días y mil noches», en palabras de Sorensen, había logrado lo imposible: impedir que el mundo saltara por los aires en la crisis de los misiles cubanos en 1962 y, antes, en el Berlín dividido; además de acabar con la vergüenza de la discriminación racial. Al menos una de las dos cosas es cierta y el apocalipsis atómico todavía no se ha producido. Aunque el agradecimiento debería ser compartido con Nikita Jrushchov. El tortuoso matrimonio que fue la guerra fría era cosa de dos. 

Cuando presentó su candidatura en 1960, JFK dijo que conseguiría los derechos civiles de la minoría negra: «Si soy elegido, acabaré con la discriminación de un plumazo», prometió. En 1963 no había movido un dedo. JFK era un pragmático con una fachada impecable y no quería molestar a los demócratas del sur, casi tan racistas o más que los republicanos y a quienes necesitaba para otros menesteres. Cuando los delegados sureños lo respaldaron como candidato a vicepresidente en la convención demócrata de 1956, Kennedy confesó a los suyos que se pasaría el resto de su vida cantando «Dixie», la canción compuesta en 1859 por Daniel Decatur Emmett y que los estados del viejo y racista sur confederado adoptaron como himno oficioso. 

Pero ahí tenemos a Kennedy. Nacido en el seno de una influyente familia de Boston con una flor en el culo que se convirtió a los cuarenta y tres años en el segundo presidente más joven de EE. UU. después de Theodore Roosevelt. El primero nacido en el siglo XX y el primer católico. Un conservador pragmático que consideraba «repugnante» el aborto y el comunismo la encarnación del mal sobre la faz de la tierra. La propia Eleanor Roosevelt, viuda de Franklin Delano, lo llamaba «el pequeño McCarthy». Sus compañeros durante los catorce años que sirvió en el Congreso y el Senado veían en él a un «engreído incapaz», mientras que los sindicatos eran para JFK «un cáncer a extirpar», como podría dar fe el fantasma de Jimmy Hoffa

John no estaba predestinado a la Casa Blanca. Esos planes los reservaba su padre Joe para el primogénito de la familia, Joseph, pero el destino quiso que la guerra mundial se cruzara en sus planes. Mientras Joseph moría al explotar el bombardero B-24 Liberator en el que volaba el 12 de agosto de 1944 sobre Inglaterra, su hermano se convertiría en héroe en las aguas del Pacífico. Fue el 2 de agosto de 1943 cuando la lancha de Kennedy, una PT-109, fue abordada por el destructor japonés Amagiri cerca de Nueva Georgia, en las islas Salomón. John cayó de la lancha hiriéndose la columna, una lesión que unida a sus otras dolencias harían de él un adicto a los calmantes. La leyenda dice que ayudó a sus otros diez compañeros sobrevivientes, y cargó a uno hasta que fueron rescatados. Por esta acción JFK recibió la Medalla de la Marina y del Cuerpo de Marines. Hollywood convertiría el suceso en película en 1963. Hay que decir que el futuro presidente nunca se sintió cómodo en ese rol. Cuando un reportero le preguntó por ello durante la campaña presidencial, Kennedy contestó: «Fue involuntario. Ellos hundieron mi barco».

El patriarca Kennedy era un irlandés hecho a sí mismo que a principios de siglo había medrado en el seno de la buena sociedad bostoniana, especialmente en los años de la Prohibición. Nadie mejor que un irlandés sabe de la insaciable sed del género humano. La fortuna trajo las relaciones políticas y acabó como embajador en Londres entre 1938 y 1940. La presidencia le quedaba lejos, no a sus hijos, y errada la bala de Joseph llegó el turno de John. Este se dejó llevar pues a nadie amarga un dulce como la Casa Blanca. Lo tenía todo y el resto lo compró el dinero de su padre. 

La leyenda atribuye a su encanto buena parte de su victoria en 1960. Especialmente a su telegenia. Se suele citar el debate del 26 de septiembre de 1960 frente al vicepresidente Nixon. Otro mito. En los tres siguientes encuentros, Nixon pateó el culo de Kennedy, sobre todo en el último centrado en política internacional. En aquel momento, si los debates eran una novedad, también las encuestas de opinión. Pero había. En concreto Gallup dispone de datos que demuestran que el enfrentamiento entre ambos fue parejo. Desde mediados de agosto, los candidatos se mantuvieron empatados y poco o nada influyeron los debates. Cualquier ventaja cosechada por un Kennedy impoluto frente al enfermo y sudoroso Dick del primer cara a cara se había disipado ya antes de la elección del ocho de noviembre. El presidente Dwight Eisenhower hizo campaña por Nixon y la foto final demostró lo apretado de la votación. Kennedy cosechó 49,72 % del voto frente al 49,55 % de su rival. De unos 69 millones de votos emitidos, JFK ganó por 112 827 votos (el menor margen de la historia). En todo caso, su victoria no acabó dependiendo de los votos de los electores muertos que el alcalde de Chicago, Richard J. Daley, al más puro estilo electoral gallego, levantó de sus tumbas para votar por Kennedy. Como haría muchos años después George W. Bush frente a Al Gore, JFK se habría llevado también la elección ya que en el colegio electoral ganó con 303 votos contra los 219 de Nixon (se necesitaban 269 para ganar). La acción del patriarca se notó y bien. La mafia irlandesa puso en marcha su red de influencias. También la italiana, con quien Kennedy mantenía estrechas relaciones, vía amistad (Frank Sinatra le llamaba «Pollito»), vía alcoba: el todavía candidato compartía amante, Judith Campbell, con el boss de Chicago, Sam Giancana.

Campbell fue solo una de las muchas que pasaron por la cama presidencial. Entre ellas destacó Ellen Rometsech, esposa del agregado militar de la embajada de la RFA en Washington y, según J. E. Hoover, espía de la RDA. Rometsech era una celebridad en los círculos de poder masculinos de Washington. JFK estaba enterado y entre 1961 y 1962 tuvo acceso al Despacho Oval. Su especialidad, dicen las crónicas, era el sexo oral y no hay trabajo más estresante que el de presidente de EE. UU. Bill Clinton, que durante su campaña de 1992 blandió una foto de 1963 en la que aparecía estrechando la mano del mito, citó a Kennedy más que ningún otro presidente vivo. En su afán por imitarlo hasta metió a Monica Lewinsky debajo de la mesa y casi le cuesta la presidencia. 

Y por supuesto Marilyn Monroe hasta que la cosa se hizo demasiado evidente y la rubia tuvo que superar el veto presidencial en brazos de su hermano Robert. «En privado, Kennedy vivía consumido por sus relaciones sexuales casi diarias y sus fiestas libertinas en un grado que resultaba chocante para los miembros del grupo de agentes del Servicio Secreto que le protegían», escribe el célebre periodista Seymour Hersh en The Dark Side of Camelot, publicado curiosamente poco ante del escándalo Lewinsky.

Uno de aquellos agentes era Anthony Bouza, un gallego nacido en Seixo en 1928 y emigrado a Nueva York a los nueve años. Califica a JFK de «mal presidente» cuyas acciones tenían muy poco que ver con sus grandes discursos. Porque la leyenda de Kennedy se debe también a sus discursos, obra muchos de ellos de Sorensen y Schlesinger. Desde el célebre «No preguntes lo que tu país puede hacer por ti; pregunta lo que tú puedes hacer por tu país» de su discurso inaugural el 20 de enero de 1960, hasta el «Ich bin ein Berliner» («Yo soy berlinés») pronunciado el 26 de junio de 1963 en Berlín occidental con motivo del decimoquinto aniversario del bloqueo de la ciudad por parte de los soviéticos. Pero como muy bien ha demostrado Obama, los discursos son poco más que palabras bonitas en boca de un magnífico orador. En sus libros de 1965, tanto Sorensen y Schlesinger se ocuparon de moldearlo a gusto para donar una imagen del presidente mucho más acorde a sus propios postulados liberales, muy lejos de los del propio JFK. Por ejemplo, ambos invierten cronológicamente dos discursos sobre las relaciones con los soviéticos para presentar a JFK como un perseguidor de la paz y el entendimiento cuando en realidad era un exacerbado luchador de la guerra fría.

Es curioso que sin embargo ni la viuda hubiera quedado satisfecha con la benévola imagen que de su marido darían sus colaboradores. Jackie ya había dictado en la entrevista que Life publicó el 3 de diciembre de 1963 cómo debería ser recordado JFK. Nada más. En 1973, en el décimo aniversario de su muerte, The New York Times pidió a algunos historiadores una primera evaluación de la figura de JFK. Uno de ellos vaticinó que en cincuenta años «se lo habría tragado» la historia. Richard Neustadt, un politólogo cercano a JFK, dijo: «No creo que la historia tenga demasiado espacio para John Kennedy. La historia es poco amable con las figuras de transición».

Hoy podemos decir que si la historia ha sido poco amable lo ha sido con su sucesor apresurado, Lyndon B. Johnson, convertido en presidente inesperado en la cabina del Air Force One ante la mirada perdida de la viuda. Ella nunca se lo perdonó. 

Él, Lyndon B. es, con sus muchas sombras, el gran presidente de los años sesenta en EE. UU. Pero la cámara adoraba a JFK y poco relato podía ofrecer un hábil político de Texas frente a un joven héroe de guerra al que la mismísima Marilyn había susurrado el «Cumpleaños feliz». Hoy pocos se acuerdan del viejo Lyndon B. Da igual que se lo jugara todo por los derechos de los negros, incluida la Ley de Derecho al Voto de 1965, dejando varios cadáveres por el camino. No importa que fuera LBJ el que pusiera en marcha el plan nacional contra la pobreza que, solo unos días antes de ser asesinado, Kennedy había descartado por ser «demasiado caro». No importa que fuera LBJ el que aprobara el Medicare para los ancianos y el Medicaid para los pobres. En la memoria queda que LBJ la cagó en Vietnam ―pese a que JFK fue el que se enfangó en una guerra que no se podía ganar― para acabar retirado y olvidado en su rancho de Texas. No es de extrañar que un cabrón como Frank Underwood tenga un retrato de LBJ en su despacho. 

Pero claro, pocos pueden resistirse a la imagen de John F. Kennedy Jr., con tres años, haciendo el saludo militar al paso del ataúd de su padre. Una verdadera lástima. La historia precisa de relato y nadie mejor que los yanquis construyéndolo. Aunque sea propio de la mitología artúrica.  


El fin de la risa (y III)

El doctor y la señora Syntax experimentando con el gas de la risa en una fiesta. Imagen: Wellcome Images (CC BY 4.0).

(Viene de la segunda parte)

El fin de la risa es sustituir a la medicina

Pues sí. La risa es salud y enfermedad. La risa cura y mata. Así que la risa es como la medicina. Y antes de que la turba «escéptica» lance una «alerta magufa» ante esta afirmación, veamos la base científica de esta afirmación.

El fin de la risa es ponernos en forma. Es un ejercicio aeróbico que consume unas cuarenta kilocalorias por cada diez a quince minutos de risa. Los lectores habrán notado que para reír utilizamos varios músculos. Concretamente estos son los doce elegidos para la risa. Zigomáticos mayor y menor, que son los que elevan las comisuras de la boca. Hay un par en cada lado de la cara, por lo que son cuatro. También el orbicularis oculi, gran amigo de los cirujanos estéticos y culpable de las arrugas en los ojos. A uno por ojo, tenemos otros dos. El levator labii superioris, que los expertos en latín podrán explicar que es el que tira hacia arriba de la esquina del labio y la nariz. También tenemos dos. El levator anguli oris, cuyo trabajo es elevar el ángulo de la boca. También son dos, por lo de la simetría. Y finalmente el risorius, también conocido en algunos ámbitos académicos como «el del Joker»: tira de las comisuras de la boca hacia los lados de la cara. Con estos últimos dos tenemos los doce músculos que debemos entrenar para reír y adelgazar.

Más evidencias de la relación entre risa y salud. Un estudio realizado en Noruega durante quince años y con 53 566 participantes concluía que «el componente cognitivo del sentido del humor se asocia positivamente con la supervivencia de la mortalidad relacionada con las enfermedades cardiovasculares y las infecciones en las mujeres y con la mortalidad relacionada con las infecciones en los hombres. Los resultados indican que el sentido del humor es un recurso de afrontamiento cognitivo que protege la salud». La risa reduce el nivel de cortisol, segrega endorfinas, reduce tensión y estrés, así como preocupaciones y miedos (García, 2002). Sobre todo, si los chistes se hacen sobre un problema médico. En México, ante el peligro de la gripe porcina, se convirtieron en clásicos «Cría puercos y te sacarán los mocos», o «la influenza nos ha hecho olvidar el virus del débola: debo la luz, debo la tarjeta, debo el agua…». Rod Martin, el creador del HSQ, también ha aportado a esta causa. En sus diversos estudios sobre el sentido del humor y la salud, concluía que era posible reducir el dolor mediante la risa, siempre y cuando esta fuera sincera y no forzada. En sentido parecido se pueden encontrar conclusiones similares en las investigaciones de Dan Ariely sobre el dolor, que realizó en primera persona, o en metaestudios recientes que confirmaban ya en 2018 el impacto positivo de la risa en ciertos aspectos del dolor, como la ansiedad o el estrés emocional.

Mary Sullivan decía que «aunque un hombre sea débil, la alegría le hace fuerte». El fin de la risa es curar, aliviar el dolor, pero no solo el físico, también el emocional. Hacemos chistes para sobreponernos a la tragedia. Hablábamos antes de Gottfried y el 11-S, pero es solo la punta del iceberg. Bill Ellis analizaba el impacto de los chistes ante dicho evento específico. Peter McGraw es otro estudioso del tema, con varios artículos sobre tragedias y humor. Ante la tragedia y en un primer momento es típico que los humoristas cancelen programas o eviten el tema. El «demasiado pronto» es más importante de lo que parece, pero no solo a nivel temporal. Entender la «distancia sicológica» es vital en estos casos. Para que el humor sea sanador ante una tragedia necesitamos tiempo. Muchos humoristas son padres de la famosa frase «la comedia es igual a tragedia más tiempo». Los chistes sobre catástrofes antes de que ocurran las catástrofes no suelen funcionar bien, y después de estas resultan ofensivos cuanto más cerca en el tiempo se cuenten, cuanto más implicados estemos socialmente con los afectados o cuanto más cerca geográficamente nos pille. Por ello la distancia emocional, pero también la geográfica y social, pueden hacer que un chiste deje de serlo para convertirse en una dolorosa experiencia. Así que la distancia no es solo el olvido, es mucho más. Sin embargo, nada como la madurez. Como explicaban los investigadores, y entendieron en Pixar con Del revés, se puede estar triste y alegre a la vez, pero a partir de una cierta experiencia vital que nos haya permitido entrar en la edad adulta sin dejar de ser niños. Así pues, los chistes son muy valiosos para curar emocionalmente, pero hay que esperar un tiempo prudencial, que no es fácil de medir, para que el impacto sea positivo.

Bueno, salvo que se padezca de cataplexia y esta venga disparada por la risa, como le pasa a Jordi Évole. La cataplexia (también cataplejía) es una enfermedad que provoca de manera repentina una especia de «apagón muscular». La pérdida de fuerza en los músculos puede provocar que quien sufre de este trastorno del sueño se caiga redondo al suelo. Nada que ver con las «caiditas de Roma» que se espera produzcan los apagones, y sus efectos natalicios… aunque siempre hay algún aguafiestas con datos al acecho para demostrar que lo que sube en los apagones es la venta de condones. En cualquier caso, en España todos sabemos que lo que provoca un incremento de la natalidad son las vacaciones de verano y de invierno. Un estudio de más de treinta y tres millones de nacimientos en España, desde 1941 hasta el año 2000, mostraba dos picos inequívocos en abril y septiembre, correspondientes con concepciones en los meses de julio y diciembre.

Pero no solo puede hacernos enfermar, la risa sirve también para matar y morir. Conocida es la expresión morirse de risa, metafórica y literalmente. Notables representantes de este movimiento han sacrificado su vida por la risaZeuxis fue un pintor griego que murió de risa en el V a.C. tras recibir el encargo de pintar a la diosa Afrodita por parte de una anciana señora que quería ser el modelo para el cuadro. En 1410 el rey Martín I de Sicilia falleció por una indigestión. Discutida la causa final de su muerte, por el problema sucesorio que genera, la atribuye Lorenzo Valla a un chiste de Mosén Borra, maestro de bufones y nacido Antoni Tallender, que terminó en ataque de risa mortal tras un chascarrillo sobre un mulo que comía higos no maduros. Pietro Aretino en 1556, Thomas Urqurath en 1660, Will Cushing en 1799, Wesley Parsons en 1893…¡cada siglo tiene documentado al menos un caso!

Curiosamente entrado el siglo XX el fenómeno se dispara. Según Maggie Hennenfeld, a finales del siglo XIX y principios del XX este fenómeno se asociaba a las mujeres, relacionado con la histeria y con muertes de cientos de ellas… y quizá también a la creciente liberación social de las mismas y sus visitas a los nuevos espectáculos cinematográficos y shows de entretenimiento. En 1920 se documenta la muerte en Australia de Mr. Arthur Cobcroft, quien tras leer en un periódico el precio de varios productos en el 1915, rompió a reír hasta caer redondo a la edad de cincuenta y cuatro años. El doctor Nixon determinó que la muerte se produjo por «ataque al corazón provocado por una risa excesiva». En 1975 Alex Mitchell muere viendo un episodio de televisión de la serie The Goodies. Titulado «Kung Fu Papers», la escena cumbre retrata la pelea entre un gaitero militar escocés vestido con kilt que se enfrenta a un experto en el arte marcial de Lancaster, el «Ecky-Thump», armado con un black pudding. Tras reír durante veinticinco minutos sin parar, falleció. La viuda agradeció a la serie de la BBC por haber hecho reír a su marido, sin dar más detalles. Al parecer se descubrió posteriormente que Mr. Mitchell tenía un problema cardíaco conocido como «síndrome del QT largo», una anormalidad estructural cardíaca que predispone a las arritmias.

El peligro de la risa de masas se confirmaba en 1989. Ole Bentzen, danés de buena salud, se encontraba viendo la película Un pez llamado Wanda. De repente, una de las escenas en la que Michael Pallin encuentra su boca y nariz convertida en un almacén de comida, comenzó a reír descontroladamente, su corazón subió hasta doscientas cincuenta pulsaciones, y falleció. No hay documentada científicamente ninguna muerte de ciudadanos alemanes por ataques de risa a lo largo de la historia, por lo que conseguir la nacionalidad debería reducir el riesgo. Aunque no podemos afirmarlo porque los «micromorts», la medida de riesgo creada por Ron Howardprofesor de Stanford y padre de la teoría de decisiones moderna, no incluyen la risa. ¿Quiere usted saber la probabilidad de morir publicando un artículo en Jot Down? Los micromorts nos dan la unidad de riesgo asociada a la probabilidad de uno entre un millón. Así, una micromuerte (un micromort) es una microprobabilidad de morir. Ascender al Everest supone 37 932, correr una maratón 7 por carrera, y un mismo micromort suponen 10 km en moto, 27 caminando, 370 km en coche, 19 000 en avión en EE.UU. En su artículo original de 1979, «Analyzing the Daily Risk of Life» Howard incluía riesgos que no mataban pero reducían tu esperanza de vida. Sume un micromort adicional por cada 1,4 cigarrillos, hora en una mina de carbón, medio litro de vino, o vivir dos meses con un fumador. Desafortunadamente no incluyó en su estudio los micromorts que supone reírse, o ser ciudadano alemán.

Aunque es complicado encontrar casos de muerte por risa en el mundo real, se ha convertido un fenómeno creciente en el mundo de la ficción. El «deux es risus» cada vez se utiliza más a menudo por los dramaturgos de todo el mundo. Tenemos a los banqueros de Mary Poppins, Fulton el amigo de Seinfeld en uno de los capítulos de la serie, Steve Martin en La pequeña tienda de los horrores con un curioso dispositivo basado en óxido nitroso, y otros casos en clásicos La guía del autoestopista galáctico, la película de 1932 La momia, Quién mató a Roger Rabbit o Ice Age 4. Incluso en Los Sims 4 es posible fallecer (en la ficción) por exceso de risa, si pasamos demasiado tiempo en modo «Histérico». El programa 1000 maneras de morir repasaba el caso real de Mitchell y muchos otros más bastante cómicos. Y la serie Six Feet Underuna oda televisiva a las muertes tragicómicas, finalizaba su andadura repasando las de sus personajes. No vamos a entrar en el tema de la risa contagiosa, por evitar riesgos innecesarios como los vividos en Tanganica en 1962, o a nivel histórico en múltiples lugares y ocasiones.

Analizando el punto intermedio, es mejor reírse que provocar la risa. Un estudio de James Rotton no encontraba evidencias de mayor longevidad entre los comediantes, al contrario, determinaba que la industria del entretenimiento termina con las vidas de sus gladiadores mucho antes que la media. Probablemente porque otro fin de la risa es molestar, ofender, incomodar. Periodistas que jamás aceptarían chistes sobre la muerte de una mujer a manos de su pareja, se regodean con la de un hombre que pierde la cabeza en un caja encontrada por su viuda. Daniel Loss habla en sus monólogos sobre su hermana tetrapléjica, algo que quizá si hacen otros no le haría gracia. Bill Burr en Paper Tiger se la juega con sus chistes sobre el movimiento «Me Too» y el «hombre feminista». Ricky Gervais en Humanity se dedica a repasar su timeline de Twitter. Sarah Silverman, con su peculiar manera de romper con Jimmy Kimmel y hablar de la cantidad de pelo que tiene en su cuerpo. George Carlin con la lista de personas a matarla religión, o las ya comentadas siete palabras que no puedes decir en TV. O David Chappelle, este en cualquier momento, pero sobre todo cuando utiliza su técnica innovadora para crear chistes.

Y es que el fin último de la risa es terminar con la raza humana. Por eso se ha creado The Joking Computer, que tomará consciencia de sí mismo en cuanto lea este artículo. En esta máquina los científicos han implementado de manera práctica y real el modelo teórico conocido como JAPE (Joke Analysis and Production Engine), planteado en 1996 por Kim Binstead en su tesis doctoral. No es la única iniciativa de este tipo y habrá más. Básicamente porque los intentos de emular a Deep-Blue o Alpha-Go en el mundo de los chistes no consiguen los mismos resultados positivos esperados. La batalla entre cómicos y máquinas que generan chistes sigue desequilibrada a favor de los primeros. En 2012 se celebraba una conferencia sobre inteligencia artificial y humor para intentar plantar batalla. ¿La conclusión? Poca broma si la inteligencia artificial alcanza la singularidad. Ninguna gracia si los robots conquistan el mundo. Nada como un chiste para saber si el test de Turing queda realmente superado o no… o si eres un replicante.

Ante este tremendo peligro todavía quedan investigadores renegados, como Jaak Panksepp y Jeffrey Burgdorf, que ignoran a las máquinas y se centran en lo básico, dedicándose a hacer cosquillas a las ratas. No del todo convencidos, en la Universidad de Humdbolt en Berlín ahondaron en el tema, para determinar que las ratas que se reían eran las que estaban de buen humor, no las ansiosas. Y lo documentaron con vídeos. De verdad. En Alemania. Quitándole toda la gracia, pero ampliando las fronteras del conocimiento humano para hacer un mundo mejor y salvar a la humanidad de la ignorancia.

Y es que el fin de la risa es preservar la vida humana, entendiendo que el sentido de la vida es que no entre la sal (atención: este es un chiste para los bioquímicos que leen nuestra publicación, que de vez en cuando merecen algo de atención).

El fin de la risa es explicar el sentido de la vida

Aunque ya fue demostrado científicamente que es 42 (spoiler alert), sigue existiendo controversia. Isaac Asimov nos descubría en Jokester El chistoso» en español), uno de sus cuentos cortos, cómo el profesor Meyerhof contaba chistes a Multivac (muchos de ellos ya leídos en este artículo), para descubrir que los chistes eran parte de un experimento extraterrestre en el que las cobayas éramos…¡nosotros!. La risa permitía entender nuestra psique y evitaba que pensáramos en el sentido de la vida. Una vez descubierto el pastel, y desvelado el fin de la risa, el don del humor había desaparecido y «nadie volverá jamás a reírse». Y es que, como decía Churchill, «el chiste es realmente algo muy serio».

Para finalizar, me gustaría matizar, para quien se haya sentido ofendido por los continuos comentarios sobre los alemanes, que tengo una hija alemana. Por lo tanto, no tengo ninguna animadversión ni sesgo personal al respecto. Es más, intentamos que la niña crezca aprovechando lo mejor de ambos mundos: la productividad española y el humor alemán.


El fin de la risa (II)

«The Funniest Joke in the World» en Monty Python’s Flying Circus. Imagen: BBC / Python (Monty) Pictures.

(Viene de la primera parte)

El fin de la risa es categorizar

La risa es una herramienta taxonómica básica y afilada. Un ejemplo claro es comprobar cómo sirve para caracterizar a las personas religiosas. Son nutridas las evidencias de que los religiosos no aprecian el humor. Evidencia inapelable son las intrigas de la película El nombre de la rosa para ocultar un libro de chistes. Entre la solemnidad del culto y la sacralización de las creencias, tenemos un caldo de cultivo poco apropiado para el humor, sea este transgresor, crítico, irónico o incluso blanco e «inteligente». Y es que otro fin de la risa es distraer de asuntos serios a gente como Platón, que la prohibió en su obra La República. Sin embargo Vassilis Saroglou explicaba en su artículo «Being religious implies being different in humor» («Ser religioso implica ser diferente en el humor») que era una cuestión de dar con el tipo de humor adecuado. El investigador utilizaba el Humor Style Questionnaire (HSQ), desarrollado por el profesor Rod A. Martin de la Universidad de Western Ontario. En él se definen cuatro tipos de humor: affiliative (se utiliza para mejorar las relaciones con los demás de una manera positiva), self-enhancing (principalmente usando la capacidad de reírse de uno mismo), aggressive (caracterizado por el uso de sarcasmo, humillaciones, críticas, burlas y cualquier humor utilizado a expensas de otros) y self-defeating (básicamente reírse de uno mismo). Este cuestionario es tan reconocido que hasta se han realizado intentos de confirmar que funciona con alemanes, con dispares resultados, todo hay que decirlo.

Bien, pues, aunque a primera vista pudiera parecer que los religiosos no eran muy dados a ninguno de estos estilos de humor, los resultados demostraban que sí apreciaban notablemente el humor de un determinado tipo: el self-enhancing humor. En dos muestras de menos de doscientos participantes, vale, pero algo es algo. La cuestión es que el self-enhancing humor es un estilo de humor relacionado con «tener una actitud amable hacia la vida, tener la capacidad de reírse de uno mismo, sus circunstancias y las idiosincrasias de la vida de una manera constructiva y no perjudicial». Entre los múltiples ejemplos de este tipo de chistes podemos encontrar un clásico de Snoopy: «Solo en los problemas de matemáticas puede uno comprar sesenta caramelos sin que alguien le diga nada». O el típico «Si tienes siete naranjas en una mano y ocho naranjas en la otra, ¿qué tienes? Unas manos muy grandes». En resumen, un humor que busca resaltar el lado positivo de las cosas, fomentando una actitud positiva incluso en las peores situaciones, y que se puede utilizar para reducir la ansiedad. Intuitivamente, por tanto, la conclusión tiene sentido.

Ya hemos visto hasta dónde podemos llegar con el cuestionario del HSQ, pero cuatro categorías pueden ser algo muy básico. La risa de para mucho más, como confirmaba Scott Dikkers durante su participación en un podcast. El creador del medio satírico The Onion (America’s Finest News Source) llegaba a la conclusión, preparando la guía docente de un curso, que en toda su carrera no había encontrado «un chiste o algo gracioso» que no cayera en una de las once categorías siguientes: ironía (el significado pretendido es distinto del significado literal), personajes (personajes cómicos por alguna característica de su personalidad), referencias (experiencias comunes con las que la audiencia puede empatizar), shocks (chistes que sorprenden sobre todo utilizando sexo, drogas, humor grueso…), parodia (hablar sobre un personaje conocido, o un cliché, de una manera desconocida o inesperada), hipérbole (exageración hasta extremos absurdos), juegos de palabras (rimas, dobles sentidos, etc.), analogías (comparar dos cosas totalmente diferentes), excentricidades (sinsentidos, tonterías, locuras…), metahumor (chistes sobre chistes o sobre la comedia) y desplazar el foco (enfocar la atención sobre el aspecto equivocado). Por supuesto salpicaba cada una con ejemplos de su propio proyecto. Así, desplazar el foco era utilizado en la noticia «Un juguete muy divertido es prohibido por las muertes de tres niños estúpidos». El creador explicaba también cómo se pueden usar estas categorías para desarrollar nuevos chistes. Basta elegir la premisa y después ir probando con cada una de ellas.

Las posibilidades de medición, análisis y categorización son casi infinitas. Por ejemplo, podemos dividir los chistes en función de su nivel de gracia. De este modo sería posible resolver el problema de si un chiste es humor o no, es decir si es bueno o no, y para quién. A fin de cuentas, los juegos de palabras solo se entienden y funcionan como chiste en un idioma y sufren cuando son traducidos. Basta con ver los títulos de películas traducidos al español. La cuestión es que el doctor Richard Wiseman debió pensar que era una buena idea llegar a una conclusión rigurosa y contundente sobre el debate abierto por los Monty Python con su sketch, «The Funniest Joke in the World». Así, desde el «LaughLab» de la Universidad de Hetfordshire decidió determinar, con un enfoque científico, cuál era el chiste más divertido del mundo. La primera fase del proyecto implicaba recopilar chistes. Recibió cuarenta mil. Incluso alemanes enviaron chistes. Estos fueron evaluados con una novedosa herramienta, el «Giggleometer», que básicamente era una escala Likert que iba del 1 (nada divertido) al 5 (muy divertido). Según unas versiones se obtuvieron trescientas cincuenta mil valoraciones, según otras casi dos millones de personas de todo el mundo, alemanes incluidos, participaron. Una de las más curiosas conclusiones que arrojó el análisis por ordenador fue que los chistes más divertidos tenían de media ciento tres palabras. El chiste ganador contaba con ciento dos palabras. Respecto a los chistes de animales, definitivamente el rey de la jungla de los chistes era el pato. Los resultados les permitieron ser reconocidos por el Libro Guinness de los Records, así como publicar un libro con Random House. El chiste ganador, en versión española, fue el enviado por Gurpal Gosall, psiquiatra de treinta y un años, que escribió desde Mánchester (Reino Unido):

Un par de cazadores de Nueva Jersey están en el bosque cuando uno de ellos cae al suelo. No parece estar respirando, tiene los ojos en blanco. El amigo saca su teléfono móvil y llama al servicio de emergencia, gritando al operador:

—¡Mi amigo está muerto! ¿Qué puedo hacer?

El operador, con una voz tranquila y calmada dice:

—Lo más importante es tomarlo con calma. Yo le puedo ayudar. Primero, asegurémonos de que esté muerto.

Se hace el silencio en la línea e inmediatamente se escucha un disparo.

—OK, ¿y ahora qué?

El experimento comenzó en septiembre del 2001, una fecha cada vez más importante para entender los cambios en el estilo del humor de la nueva generación Z (de zombi). Aunque es posible que no tenga relación con la efeméride, pero americanos y canadienses encontraban más divertido el humor donde alguien era muy tonto o quedaba como un tonto (el zasca nuestro de cada tuit). Y curiosamente los alemanes encontraron todos los chistes igualmente divertidos. Aunque no lo es tanto si pensamos en que la estandarización tiene grandes ventajas en los países industriales. Otros países europeos, como Francia o Bélgica, preferían el humor absurdo (como por ejemplo reírse de las órdenes en la UE). Y es que el humor regional es imposible de ignorar. A fin de cuentas, otro fin de la risa es categorizar a nuestros vecinos geográficos. Vizcaínos y giputxis, australianos y tasmanos, ingleses y franceses… En todo el mundo los chistes permiten identificar regionalidades o nacionalidades. Así, los argentinos se suicidan saltando desde su ego, los canadienses piden perdón simplemente poniéndose de pie, los vascos tienen una cultura más antigua que nadie porque levantan piedras, en China se hace de todo menos niñas, y a los italianos no les gustan los testigos de Jehová… ni ningún otro testigo.

Estos chistes permiten también remarcar diferencias entre vecinos, no necesariamente entre regiones. Un ejemplo es que los vizcaínos hablan de los guipuzcoanos en términos similares a los franceses de los belgas, tomándoles por simples… y en contrapartida los segundos ahondan en la arrogancia de los primeros. «¿Por qué los belgas tienen patatas fritas y los árabes petróleo? Los belgas eligieron primero» es respondido con un «Después de que Dios creó Francia, pensó que era el país más hermoso del mundo. Como la gente se iba a poner celosa y para hacer justicia, decidió crear a los franceses».

Hay excepciones, como el mapamundi de Bilbao, que es obra de un bilbaíno. O los múltiples chistes sobre los habitantes de la ciudad más grande del mundo, Bigbao, promocionados por ellos mismos como todo el mundo sabe («¿La deuda mundial? ¡Esta ronda es mía!»). Volviendo al fenómeno de encontrar el mismo chiste en diferentes regiones con el público objeto de la chanza adaptado, explica el amante de las películas de superhéroes protagonizadas por Will Smith cómo el sociólogo británico Christie Davies descubrió en 1974 este hecho durante un viaje a la India. Los chistes de británicos sobre la estupidez de los irlandeses tenían en la India como protagonistas a los sikhs. Tras una exhaustiva investigación descubrió que en Argentina se referían a los «gallegos» españoles, en Brasil los chistes se hacen con los portugueses, portugueses que se ríen a su vez de los españoles y así podríamos seguir encontrado similares chistes por prácticamente todo el mundo, menos en Japón. Sí, en Alemania también lo hacen. Con los de Frisia Oriental. Y los bávaros con los prusianos. Ya, lo sé. Pero lo hacen. No, es en Japón donde no. Fijo. Seguimos.

Otro ejemplo. Un chiste ampliamente repetido en nuestro país en los últimos años es el siguiente:

El presidente de México, de visita oficial en Brasil, queda deslumbrado por el palacio del que es propietario su homólogo en el centro de la ciudad más importante del país. «¿Cómo lo has conseguido?», le pregunta. El anfitrión se acerca con él al balcón y señala un centro comercial, un puente, una autovía y otras obras públicas. «¿Ves todo eso?», pregunta. «Pues el 50% ha sido mío». Impresionado, el presidente mexicano vuelve a su país dando vueltas a lo que ha aprendido. Pocos meses después el presidente brasileño devuelve la visita. Es recibido por una limusina privada, llevado en helicóptero a una finca gigantesca, en medio de la cual se encuentra un castillo medieval traído piedra a piedra y reconstruido. Maravillado con la riqueza de su contraparte, muy superior a la suya, pregunta. «¿Cómo lo has conseguido? ¡Y en tan poco tiempo!». El anfitrión lo invita a sobrevolar la capital en su avión privado. «¿Ves el estadio, el teatro, puente, y la autopista?», pregunta. «No, no los veo», responde el brasileño. «100%», dice el mexicano.

El avezado lector puede cambiar México por España y Brasil por Alemania. O cualquier país europeo del que provenga con otro de reconocida menor corrupción. Comprobará cómo el tópico americano y el europeo son parecidos. Sí es cierto que no conocemos ningún Chiste Oficial Americano, pero sí existe uno propuesto como «Chiste Oficial Europeo»:

Paraíso europeo:

Estás invitado a un almuerzo oficial. Te da la bienvenida un inglés, la comida es preparada por un francés, un italiano la ameniza y todo está organizado por un alemán.

Infierno europeo:

Estás invitado a un almuerzo oficial. Te da la bienvenida un francés, la comida es preparada por un inglés, el alemán se encarga del humor, y todo está organizado por un italiano.

Podemos comprobar la ausencia de españoles en la oficialidad. Probablemente en contrapartida a la famosa frase de Carlos I de España y V de Alemania, dónde afirmaba hablar «latín con Dios, inglés con los amigos, italiano con las damas, francés en la corte y alemán con mis caballos». Y es que el humor y el rencor sobreviven al tiempo y al espacio.

Otra variante de este fenómeno son los chistes comparando tres países, que normalmente se basan también en una clasificación estereotípica, pero que a su vez siguen la regla de los tres pasos. Veamos un ejemplo.

Van un francés, un inglés y un español, discutiendo sobre la persona más rápida del mundo. El francés dice:

—La persona más rápida del mundo es un francés que lanza una flecha con su arco y llega a la diana antes que la propia flecha.

Automáticamente responde el inglés:

—No, no; la persona más rápida del mundo es un inglés, que dispara una carabina y llega a la diana antes que la propia bala

Automáticamente responde el español:

—Os equivocáis, en España tenemos las personas más rápidas del mundo. Los funcionarios españoles terminan de trabajar a las tres y a las dos ya están en casa.

Por malo que el chiste parezca, es valioso como objeto de estudio. Tanto que un 2006 un grupo de investigadores analizaba el patrón AAB en música y chistes. En general un tipo de chistes que funcionan a la perfección tienen un formato conocido como AAB, por los tres elementos que lo componen. El primer elemento proporciona el contexto del chiste; el segundo es similar al primero, generando una tendencia que provoca una expectativa sobre el resultado final; el tercero rompe con dicha expectativa, impulsando la risa. Introducción, desarrollo y remate. Un ejemplo propuesto por los autores es el siguiente:

A:

Tres hombres están a punto de ser fusilados. El guardia adelanta al primer hombre y el verdugo le pregunta si tiene alguna última solicitud. Él dice que no, y el verdugo grita: «¡Listos! ¡Apunten!». De repente, el hombre grita: «¡Terremoto!». Todos se sorprenden y miran a su alrededor. En la confusión, el primer hombre escapa.

A:

El guardia adelanta al segundo hombre y el verdugo le pregunta si tiene alguna última solicitud. Él dice que no, y el verdugo grita: «¡Listos! ¡Apunten!». De repente, el hombre grita: «¡Tornado!». Todos se sorprenden y miran a su alrededor. En la confusión, el segundo hombre escapa.

B

El último hombre ha visto claro cómo salir indemne. El guardia lo adelanta y el verdugo le pregunta si tiene alguna última solicitud. Él dice que no, y el verdugo grita: «¡Listos! ¡Apunten!», y el último hombre grita: «¡Fuego!».

Según esta teoría la clave se basa en el cambio de tercio final, la «desviación». En general no importa cuántas líneas de A incluyamos mientras exista una línea de desviación final. Sin embargo, la experiencia demuestra que los chistes que siguen la estructura AAB son más divertidos y funcionan mejor que otros formatos, como AB o AAAB. La regla de los tres pasos. Así que la próxima vez que vea un cómico maltratando su monólogo, cuente las veces que la estructura AAB aparece en su rutina. Se sorprenderá. Y si de contar se trata qué podemos decir de los intentos de categorizar con fórmulas el humor. El guionista de Los Simpson y escritor de comedía, Brent Forrester, proponía el «Principio de Humor y Duración», que explica grácilmente el refrán «lo bueno si breve dos veces bueno». Él prefirió al refrán la ecuación G=C/T, donde G es la gracia del chiste, que depende de C, referida a su calidad, y dividida por T, que es el tiempo que se tarda en contarlo. O, en otras palabras, que este artículo está dejando de tener su gracia. Igual de serio el tema que la fórmula de Peter Derks, quién postulaba que «Humor = saliencia (rasgo + estado) x incongruencia + resolución». Y hasta aquí voy a leer.

En esta línea académica, pero sin fórmulas, Francisco Yus realizaba una clasificación de las tipologías de los chistes mucho más exhaustiva que las que hemos comentado hasta el momento. Diferenciando desde la raíz entre chistes intencionados e inintencionados, entre los primeros tenemos los integrados en la conversación y los no integrados. Los segundos se basan en diferencias culturales e información que la audiencia ya tiene sobre el contexto, como los chistes sobre sexo, profesiones, países, etc. Los primeros se basan en la interpretación de la expresión humorística, vulgo chiste. Aquí se pueden diferenciar entre estrategias de múltiples interpretaciones o resolución incongruente. Entre estos tenemos tres nuevos tipos, el primero basado en la inferencia del sentido explícito (lo que incluye homofonías, similitud fonética, ajuste conceptual, polisemia, asignación de referencias, etc.); el segundo en los límites entre lo explícito y lo implícito (con dos opciones, explícito como implícito y viceversa); y el tercero basado en la inferencia del significado implícito (con dos opciones también, premisas o conclusión implícitas). ¿Y para qué sirve clasificar de este modo los chistes? Para aprender.

El fin de la risa es enseñar

Fotografía: simpleinsomnia (CC BY 2.0)

No solo las ecuaciones y clasificaciones anteriores, sino también disciplinas muy diversas. Por ejemplo, filología. Gran parte de la clasificación anterior se puede encontrar incluida de otro modo en el riguroso trabajo tuitero de Mamen Horno Chéliz. Psicolingüista, profesora de la Universidad de Zaragoza y educadora de pro, aprovecha los chistes de la fauna tuitera para difundir su saber con el hastag #twitterparalingüistas. Gracias a ella sabemos que los chistes nacen de la ambigüedad léxica («Yo confío mucho en el destino, sobre todo en el de vacaciones»); de los cambios en los verbos (de movimiento a causativo: «—Hola, ¿es aquí la agencia para encontrar pareja? Tiene que subir una planta. He traído unas flores. ¿Valen?»; o de transitivo a intransitivo: «En el gimnasio –Primero tienes que calentar – Vale, ¿a quién?»); por la diferencia entre la frase hecha o la construcción frente al significado composicional («Mira, ese es el coche de mi hermana. Ah, por cierto, ¿y qué es de tu hermana? Pues no te estoy diciendo que ese coche.»); por los cambios de referente que implican un cambio de significado en la palabra ambigua («En el Metro: Perdone ¿Sabe si Tirso de Molina tiene correspondencia con Velázquez? No lo creo, murieron hace mucho tiempo»); mediante falsos prefijos («Tienes la barra vacía Sí, la juventud prefiere sentarse en las mesas. Claro, son jóvenes promesas.»); por los complementos confusos («¿A qué te dedicas? Soy escritora de novela fantástica. Eres un poquitín creída, ¿no?»); usando construcciones («No veo el momento», «ir a por el niño», «tener un retraso», «no doy crédito», «decir algo de»); apoyados en expresiones referenciales (general versus individual, asignación de referencia, referencia y cambio de función… «¿Bomberos? Mi casa está ardiendo!! ¿Dónde se originó el fuego? En la prehistoria, y yo que cojones sé, pero VENGAN YA!!!»); por los mecanismos que generan entonación interrogativa («Nunca os ha pasado que leéis una frase como si fuera interrogativa cuando no lo es.»); por la diferencia entre literal y metafórico («Señor, estoy embarazada ¿Me dejaría sentarme en su sitio? Lo siento, me duele mucho la rodilla, póngase en mi lugar A ver si se aclara»); sintagma frente a locución (Vengo de bucear con un argentino …y la verdad es que en el fondo no hablan tanto.); palabras en la cadena hablada y/o pronunciación («¿Sabe usted sumar? Sí, claro, el Mediterráneo.»); verbo versus nombre («Me he comprado un reloj nuevo.¿Qué marca? Pues qué va a marcar gilipollas, la hora»); los valores del tiempo presente («Cari, ¿y si tenemos un niño? En cinco años de matrimonio nos habríamos dado cuenta ¿no?»); y junto a alguna otra más, como la derivación o la disyunción lógica, y por supuesto las máximas de Grice.

Dentro de la lingüística existe una teoría pragmática, propuesta por el filósofo británico Herbert Paul Grice en 1975. Esta plantea que la clave de la comunicación es la cooperación, y dicha conducta cooperativa se basa en cuatro máximas. La máxima de calidad se centra en decir la verdad. La máxima de cantidad en ni pasarse ni quedarse corto de contenido. La de relevancia con la conexión entre la nueva información y la previamente aportada. Y la de pertinencia en evitar la impertinencia de las ambigüedades, desórdenes o complicaciones. Así, la máxima de máxima de Relevancia de Grice se relaciona con chistes como «Una técnica de marketing que seguro funcionaría muy bien es etiquetar tu producto de alimentación con un “NO CONTIENE CIANURO” bien grande, y que la gente se pregunte si las otras marcas sí lo llevan», o

—Buenas tardes 

—Buenas tardes, señor agente 

—Se le va a realizar un test de alcoholemia, ¿tiene algún problema? 

—Mi hermano se ha dejado las llaves de casa por dentro y no puedo entrar ahora. 

—Algún problema en realizar el test… 

—Si no tengo que usar la llaves, ninguno…

@Quadrophenio

Un chiste similar a este último aparecía en Pienso, luego río (1987), la magistral obra de John Allen Paulos con la que daba una lección de filosofía… usando chistes. Inspirado en Ludwig Wittgenstein, quien dijo que se podría escribir una buena obra de filosofía solo con chistes, y tras publicar Matemáticas y humor: un estudio de la lógica del humor, el divulgador creaba una obra genial e imprescindible con la ayuda de Groucho Marx y Bertrand Russell. Por ejemplo, para explicar la paradoja de Russell sobre los conjuntos que se contienen a sí mismos, nada como el chiste de Groucho sobre que jamás aceptaría ser miembro de un club que le aceptara como miembro. O el corolario a la frase de Robert Benchley «en el mundo hay dos tipos de personas, las que dividen a todos en dos tipos y las que no», siendo este último el grupo paradójico de Mr. Benchley. El libro también habla sobre lingüística con una conocida historia. En ella un filósofo impartía una conferencia sobre lingüística afirmando que la construcción doblemente negativa tiene un significado positivo en algunos idiomas y un significado muy negativo en otros. Continuó su charla afirmando, sin embargo, que en ningún lenguaje se daba el caso en que una construcción doblemente positiva tuviera un significado negativo. En este momento Sidney Morgenbesser, otro conocido filósofo que estaba sentado en la parte trasera de la sala de conferencias respondía con voz burlona «Sí, sí». Una visión que me ha perseguido tras leer el libro es cómo Paulos explicaba que, ante la misma situación risiblemente ilógica, o malentendido lingüístico típico, Lewis Carroll se lo tomaba a coña mientras que el casi alemán Wittgenstein sufría lo que no estaba escrito.

Paulos utilizaba el humor para las matemáticas porque consideraba que «tanto las matemáticas como el humor son formas de juego intelectual, simplemente el énfasis en las matemáticas está más en la parte intelectual, en el humor más en el juego». Pablo Flores, de la Universidad de Granada, y probablemente inspirado por esta visión, recopilaba en un artículo chistes relacionados con educación y matemáticas, comenzando por el clásico «¿Qué pasa cuando x tiende a infinito? Que infinito se seca», analizándolos con herramientas como la regla de los tres pasos. También enseñaba con humor el profesor Randy Pausch, quién impartía una inolvidable «Last Lecture» de casi dos horas en Carnegie Mellon, sabiendo que no era una tradición sino que ya tenía fecha para su espada de Damocles particular. Se hizo tan famoso por ella que no mucho después Oprah Winfrey le invitaba para que pudiéramos aprender con él, en apenas diez minutos, cómo alcanzar nuestros sueños de infancia.

Por supuesto se puede aprender economía con chistes. Yoran Bauman, doctor en economía y graduado en matemáticas, además de impartir docencia en la Universidad de Washington se define como Stand-Up Economist. Es clásico ya su vídeo sobre los diez principios de la economía explicados, o su estudio académico sobre la hiperinflación en el infierno, donde no se corta en dar cera a los creadores del euro. Bauman es coautor de los cómics Introducción a la economía: microeconomía e «Introducción a la economía: macroeconomía». No, nada que ver con Ligonomics. En Irlanda se celebra desde 2010 y anualmente el Kilkenomics Comedy and Economic Festival, que como su nombre indica está dedicado a la economía y la risa. Con su propia divisa, el «marble». Con una premisa del tipo «si Lenny Bruce se encontrara con Keynes», el festival cuenta con periodistas especializados, asesores gubernamentales, banqueros y economistas, que son divertidamente humillados por cómicos de todo tipo. Y con personalidades en su décima edición de 2019 como Dan Ariely, Paul Krugman, Samantha Power o Yanis Varoufakis, que se enfrentaron en varias mesas redondas a cómicos como PJ Gallagher o Allison Spittle.

La risa también sirve para aprender historia. Así se desprende de los doscientos cincuenta y seis chistes del Philogelos, antología de la risa con más de mil seiscientos años. De esta obra de referencia habla también uno de los mayores expertos en risología aplicada y chistes de Jaimito de nuestro país. La obra permite comprobar cómo no hemos cambiado tanto, ya que algunos chistes de esta obra son muy similares a los que escuchamos hoy en día. De hecho, son tan actuales que el cómico Jim Bowen obtuvo un notable éxito en 2008 con una escogida selección de los chistes originales, traducidos del griego por el profesor William Berg, eso sí. Texto y vídeos están disponibles en la web. Los chistes en el Philogelos están divididos en categorías, algo de lo que ya hemos hablado antes. Y aunque hay gente que afirma que incluso se puede aprender alemán con chistes, no había chistes sobre alemanes en el Philogero. ¿Por qué? Como explicaba la profesora de Cambridge Mary Beard, citando a un viejo crítico Romano cascarrabias que conocía bien a los por entonces conquistados germanos, «Los alemanes no se ríen del vicio». Y los romanos ya apuntaban maneras desde por aquel entonces.

El fin de la risa es aprender sobre la risa. Por ejemplo, leyendo libros como Ja, la ciencia de cuando reímos y por qué, donde Scott Weems analiza algunos de los ejemplos de este artículo. O con Only Joking: what’s so funny about making people laugh de Jimmy Carr y Lucy Greeves. O cualquiera de los que se citan en esos mismos libros y en el resto de los libros recomendados en el texto. Todos, salvo el de Christie Davis, Jokes and their relation to Society, que habrá que fiarse de que Jaime R. H. lo haya leído, porque cuesta más de cien euros en cualquier sitio que esté disponible, y maldita la gracia.

Eso sí, cuando no podemos aprender, al menos la risa nos ayuda a sobrellevar lo que no entendemos.

(Continuará)


El fin de la risa (I)

Les Guignols de l’info. Imagen: Canal+

Mucho se habla últimamente del «fin del humor». El debate sobre los límites de este, la creciente censura que ataca a la necesaria libertad de expresión, así como las batallas ideológicas (sobre todo en MordoTuiter) han ocupado gran cantidad de portadas en medios de todo tipo y enfoque. Sin embargo, todo este ruido está ocultando al público el tema de debate realmente importante que subyace detrás. Lo determinante no es si estamos ante el fin de la risa, sino determinar el fin de la risa. Por ello, como parte de nuestra reconocida labor de divulgación científica, hemos decidido analizar de manera profunda y rigurosa el tópico. Tras leer de cabo a rabo el International Journal of Humor Research, repasar el timeline de un par de cuentas de Twitter seleccionadas, y empaparnos de los artículos periodísticos del mayor experto patrio en la disciplina, estamos preparados para dar respuesta seria, cual filósofo alemán, y de una vez por todas, a la necesaria pregunta: ¿cuál es el fin de la risa?

El fin de la risa es ganar elecciones

En julio de 2018 se anunciaba la cancelación de los guiñoles en Francia. Inspirados en los británicos Spitting Image, la versión francesa llevaba treinta años al servicio de una visión cómica de la realidad. Sin embargo, volvieron brevemente en septiembre de 2019 para dar sentido homenaje al expresidente Jacques Chirac, tras conocerse su fallecimiento. El político francés había sido una de las estrellas del show. Es más, los muñecos contribuyeron con su humor a la transformación de un burócrata de perfil bajo en un candidato presidenciable. ¿Cómo? Representándole como un político afable, forofo del fútbol y con un puntito exaltado. Remarcando los ataques y traiciones que recibía de sus contendientes. Inspirándole, cómo cuando su personaje en los guiñoles se lanzaba a convencer a los franceses para que comieran manzanas («mangez des pommes») y Chirac convertía la ficción en parte real de su campaña. Y finalmente, abordando el personaje de Jospin, su principal contendiente, como un aburrido «Yo-yo». Es generalmente reconocido por los medios y los analistas que en 1995 los guiñoles decantaron, a base de risas, el voto desproporcionado de los jóvenes para hacerle presidente en la segunda vuelta. Quizá por ese motivo al comenzar sus escándalos los muñecos, decepcionados y sintiéndose responsables, crearon para él un nuevo personaje, «Super Mentiroso» (Super Menteur).

Otro de los casos más conocidos de políticos dados a la chanza fue el de Ronald Reagan. Primero comentador deportivo en radio en su Illinois natal, después actor y presidente del sindicato de actores en Hollywood, posteriormente gobernador de California desde 1967 a 1975, y finalmente cuadragésimo presidente de Estados Unidos. Estuvo en servicio desde 1981 hasta 1989, ganando sus segundas elecciones con el 97.6% de los votos de los colegios electorales y convirtiéndose además en el presidente de mayor edad elegido en su país, a los setenta y tres años y trescientos cuarenta y nueve días de edad. ¿Por qué? Era tan fan de la risa que sacaba partido de ella en cualquier situación. Por ejemplo, en los debates electorales televisados. Preguntado por el impacto de su avanzada edad ante una eventual emergencia de seguridad nacional («el presidente Kennedy pasó varios días casi sin dormir durante la crisis de los misiles de Cuba» argumentaba el presentador del debate), el candidato conservador respondía con tranquilidad: «no voy a convertir la edad en un tema de debate en la campaña, y no voy a utilizar con fines políticos la juventud e inexperiencia de mi oponente». Hasta su oponente terminaba entre risas.

No era esta una respuesta casual. Ronald Reagan mantenía un listado de tarjetas con múltiples one liners, que recopilaba minuciosamente para utilizarlos en las más diversas ocasiones. Los one-liners son chistes de una sola frase, con un punch-line, o conclusión, rápida y contundente. Algunos ejemplos mundialmente conocidos son «Nunca olvido una cara, pero en su caso haré una excepción» (Groucho Marx), «Las dos palabras más bellas de nuestro idioma no son «¡Te quiero!», sino «¡Es benigno!» (Woody Allen) o «Intentarlo es el primer paso hacia el fracaso» (Homer Simpson). Los del presidente se han convertido en respetable memorabilia, tanto que la Ronald Reagan Foundation & Library los guarda con celo entre sus documentos y recuerdos.

La propia fundación se hace eco orgullosa de su sentido del humor como una de las características definitorias de la personalidad del político americano. En su carrera tuvo que lidiar con momentos complicados, como la caída del muro de Berlín, una importante crisis económica y un intento de asesinato. Nada le hizo cambiar su estilo. Respecto a la extinta URSS, la CIA desclasificó documentos con chistes sobre el país soviético y sus dirigentes, que Reagan recopilaba con interés. Algunos, reconocía en público, incluso se los contaba a Gorvachov. «Un americano y un ruso discutiendo sobre su país. El americano dice “en mi país puedo entrar en el Despacho Oval y decirle al presidente Reagan que no me gusta cómo dirige EE. UU.”. El ruso responde que él también puede hacer lo mismo. “¿Seguro? No me lo creo”, contesta atónito el americano. “Por supuesto, si quiero puedo entrar en el despacho de Gorbachov y decirle que no me gusta cómo el presidente Reagan dirige EE. UU.”».

Hasta en las situaciones más dramáticas mantenía su vis cómica. Tras recibir un disparo de John W. Hinckley en marzo de 1981, Reagan hizo acopio de todo su arsenal de chistes para dejar claro que la situación estaba bajo control y no le había afectado. Desde preguntar a los cirujanos que iban a operarlo si eran «todos republicanos»; pasando por decirle a su hija que «el disparo ha arruinado mi mejor traje»; responder a una enfermera, que le animó a que siguiera con el buen trabajo de recuperación, si «entonces esto me va a pasar más veces»; quejarse a su asistente cuando le confirmó que el gobierno seguía funcionando con normalidad «qué te hace pensar que eso me hace feliz»; o recibir a su mujer nada más llegar al hospital con la famosa frase del boxeador Jack Dempsey tras una dolorosa derrota, «Cariño, olvidé agacharme» («Honey, I forgot to duck»). En claro homenaje a tamaña personalidad, el más grande jugador de fútbol americano de la historia, Tom Brady, usaba como jugada «audible» en la final de la Super Bowl LIII su nombre: «Reagan» era, evidentemente, una carrera hacia la derecha.

La política como fin de la risa sigue siendo de máxima actualidad. Giuseppe Piero «Beppe» Grillo, cómico y actor italiano, tuvo un papel relevante en las elecciones italianas del 2013 con su partido Movimiento Cinco Estrellas, llegando a convertirse en la lista más votada al congreso con más del 25% del voto y 108 diputados. En las elecciones de Ucrania en 2019 el actor y comediante Volodymyr Zelensky, tras interpretar en tono satírico desde 2015 al presidente de Ucrania en la comedia Servidor del pueblo, ganaba la segunda vuelta con más del 73% de los votos para convertirse, esta vez de verdad, en presidente de la nación. Alemania, año 2014, elecciones europeas. El periodista Martin Sonneborn, de la revista satírica Titanic, crea el partido Die Partei. Con objetivos como «promover las élites» o crear «un muro alrededor de Suiza», y cabalgando sobre la más gamberra posible de las campañas, consiguieron un 0,64% de los votos y un parlamentario europeo. Sí, en Alemania. No podemos olvidar tampoco a los últimos presidentes de EE. UU. Barack Obama, que dejaba el cargo y el Despacho Oval con una imprescindible entrevista de empleo en el show de Stephen Colbert, se había reído de sí mismo a cuenta de la inapropiada selección de las claves de acceso, y sus chistes o sus reuniones con la prensa acompañado de su «Traductor Enfadado» se convertían en acontecimientos virales.

También, según cómo se interprete, su sucesor el constructor ha cimentado su carrera en la comedia. Tanto con cameos en series y películas como El príncipe de Bel Air, The Job, De repente Susan, Sexo en Nueva York, The Drew Carey Show, Amor sin preaviso, Spin City, La niñera, The Associate, The Little Rascals, Zoolander, Eddie, Solo en casa 2: perdido en New York o un combate de la WWE, como presentando durante catorce temporadas la versión norteamericana de The Apprentice, a lomos de la popularidad de su ya famosa frase registrada «You Are Fired!». Tras muchos años riéndose de sí mismo, consiguió alcanzar la presidencia, así que para qué cambiar: sigue construyendo su carrera sobre este humoroso muro colorado.

Y es que a veces la línea entre realidad y ficción es muy fina. Es más, en lo relativo a la realidad política, es complicado hoy día saber ya qué es real, qué es ficción y qué son «alternative facts». Julia Louis-Dreyfus lo confirmaba en sus disculpas tras ganar el Emmy en 2016 por la sátira política Veep: «Creo que Veep ha derribado el muro entre la comedia y la política. Nuestro programa comenzó como una sátira política, pero ahora parece más bien un documental aleccionador. Así que ciertamente prometo reconstruir ese muro y hacer que México lo pague». En el 2015 ya había avisado del riesgo de que esto sucediera. «Creo que sería apropiado en este momento citar nuestra sátira política, Veep: “Qué gran honor debe ser para ustedes honrarme esta noche”… Oh, esperen, oh, Dios. Oh no, no, lo siento mucho. Donald Trump ya dijo eso, lo siento». Y es que Julia siempre ha tenido mucha clase.

El fin de la risa es determinar la clase social

Aunque está extendido que «la comedia debe golpear hacia arriba» («comedy should punch up»), nunca ha quedado claro el origen de la expresión. Lo que sí está claro es su significado: el humorista debe dar cerita de la buena a los poderosos. Y si no es así, ¿a santo de qué el bufón de la corte podía decirle barbaridades al rey sin jugarse el cuello? Vamos, que desde siempre en la comedia han existido clases sociales. Postula Julio Embid en Hijos del hormigón (2016) que las series de televisión han popularizado los personajes de clase media y baja como protagonistas de productos de humor (Aída, Con el culo al aire), mientras que las clases sociales más altas aparecen predominantemente en dramas y tragedias (Crematorio, Élite). No es el único estudio en esta línea clasista. «El valor cultural de un buen sentido del humor» confirmaba, tras entrevistar a mil británicos en el festival de Edinburgo que, mientras algunos cómicos eran admirados por todas las clases sociales, las preferencias de las clases medias y trabajadoras con respecto al humor eran una manera de demostrar su «velado esnobismo». Lo que en nuestro país vino a ser la moda del «humor inteligente», vamos. Como concluía uno de los autores del estudio, «hasta cierto punto los gustos de las personas respecto a la comedia son un indicador de su clase social». Esta teoría, aun siendo discutible, nos permite determinar que la risa se manifiesta de maneras diferentes según la clase social y según el entorno en que se desarrolla.

Para entender por qué es discutible que las clases sociales bajas se asocien al humor y las altas a la tragedia podríamos hablar de la primera temporada de La casa de las flores o El príncipe de Bel Air, pero sobre todo es necesario introducir el chiste de «Los aristócratas» en la discusión. Con orígenes fechados alrededor del año 1975 (Rationale of the Dirty Joke, An Analysis of Sexual Humor), este chiste ha tenido una carrera que ya quisieran para sí la mayoría de profesionales del humor.

Como muchos otros chistes, está conformado por tres partes claramente diferenciadas. La primera es la presentación, que incluye diversas variantes de una familia con varios miembros que conversa con un cazatalentos. El agente en cuestión les pregunta por la naturaleza de su actuación, lo que da pie a que la familia lo explique o represente. La segunda, el desarrollo del chiste, queda a gusto del consumidor en lo relativo a su nivel de detalle, ya que consiste en un listado de todas las prácticas desagradables, ilegales e inmorales que a uno se le puedan ocurrir. El objetivo es incomodar y romper toda norma social, preferiblemente de manera grosera y buscando en progresión geométrica alcanzar un clímax gore a base de tabúes arrojados con crudeza sobre la mesa. No voy a comentar los diversos actos que se suelen incluir en esta parte, ya que le es suficiente al avezado lector con repasar los principales artículos de esta, nuestra publicación, para hacerse una idea. El punchline llega con la pregunta del cazatalentos sobre el nombre del espectáculo, momento en que la familia responde al unísono y con alegría «Los aristócratas». Y es que la clase social marca la diferencia hasta en los chistes. Este es tan particular que se ha convertido en una seña de identidad entre comediantes. Tanto que en el año 2005 realizaron un documental al respecto. En él, múltiples cómicos explicaban cómo lo han utilizado o adaptado, y el impacto que ha tenido en su carrera. Por ejemplo, el chiste se volvió tragicómicamente popular cuando Gilbert Gottfried lo utilizó en un evento organizado por Hugh Hefner a finales de septiembre de 2001. Con el ataque a las Torres Gemelas todavía reciente, el cómico decidió iniciar su actuación con un one-liner relacionado con la tragedia, para intentar rebajar la tensión al respecto: «Quería venir en vuelo directo, pero no me ha sido posible, me han dicho que teníamos que hacer escala en el Empire State Building primero». La respuesta del público fue negativa, incluyendo gritos de «¡Demasiado pronto!». Para salir del paso Gottfried se lanzó a narrar su versión más detallada de los aristócratas, convirtiendo el chiste más transgresor del mundo en la salida más brillante imaginable para la situación más incómoda posible.

Y es que Gottfried (por cierto, palabra de origen germánico, que significa Godofredo en español, que se traduciría como «protegido de Dios» y que representa bien su estilo de «humor»), al menos podía hacer chistes para salir del mal paso. Hay situaciones sociales donde esto no es posible e incluso puede terminar muy mal.

El fin de la risa es llevarte a la cárcel

El gran dictador (1940). Imagen: Charles Chaplin Productions / One Production Company.

No siempre es aconsejable usar el humor. Al menos salvo que el objetivo sea pasar una buena temporada sin ser molestados, con tiempo para leer y con nuestros gastos financiados mediante dinero público. Porque, aunque Daniel Davinsky considera que el humor no derroca gobiernos de ningún tipo, siempre hay alguien que decide lanzarse a hacer reír a quien no quiere. Y como los gobernantes no siempre han leído a Daniel, o no le creen, es mejor tener cuidado.

Maestro del cuidado fue el argentino Quinodando voz durante décadas a Mafalda con sutileza y talento. «Basta de censu…» pintado en una pared, o «el palito de abollar ideologías» son ejemplos icónicos de su genial tira cómica. En un país bajo una dictadura militar, donde no existía censura previa y en el que hasta un texto no estaba publicado era imposible saber el impacto que podría tener y cómo se lo iban a tomar, hacer chistes con crítica social era todo un reto. Mara Burkat, investigadora argentina especializada en humor y dictaduras, explicaba que el humor permitía «hacer algo» contra las mismas sin caer en el colaboracionismo. En principio, ensanchando las libertades poco a poco. En segundo, al permitir contar cosas que de otro modo no hubiera sido posible contar. Para ella la revista Humor en Argentina fue un ejemplo de la evolución de esa espita de gas que daba salida a la tensión acumulada. La revista La Codorniz en la España de Franco fue probablemente otro buen ejemplo. Autodefinida como «la revista más audaz para el lector más inteligente», sufrió censura hasta el punto de que los secuestros de sus portadas se convirtieron en leyendas urbanas. Un clásico fue la titulada «Bombín es a bombón como cojín es a X, y nos importa tres X que nos cierren la edición», que nunca se publicó, pero cuya ausencia se achacó a la censura. Y así de 1941 a 1975, con dos bombines.

En otros países modernos, quiero decir a día de hoy, la situación no ha cambiado mucho. Myanmar, donde el satirista Zarganar (o Maung Thura) fue enviado a la cárcel por el gobierno militar; Egipto, donde Bassem Youssef ha recibido múltiples ataques y demandas por insultar al islam debido a sus parodias de Mubarak antes y de Mursi ahora; Siria, país del caricaturista Ali Ferzat, exiliado en Kuwait tras haber sido atacado en su casa, torturado y acusado de insultar al presidente; o Corea del Norte, donde el humor político está prohibido. El escritor Josep Pernau explica en Humor de combate: cómo sobrevivir a las dictaduras (2007) cómo reconocer los principales motivos para entrar en la cárcel por culpa del humor, y así evitarlos si es posible: «En una dictadura, cuando uno se planta en medio de la plaza del pueblo y empieza a gritar que el tirano es un imbécil, le pueden detener por dos cosas: por escándalo público y por divulgar un secreto de Estado». Este chiste, por cierto, se incluye también en la lista de Ronald Reagan.

Incluso en la Alemania nazi se hacían chistes. Criticar a Hitler podía llevar a la cárcel o la muerte, sin embargo, como explicaba Rudolph Herzog en un libro al respecto, los chistes eran una manera de crítica que normalmente terminaba con una leve reprimenda. Algunos chistosos incluso terminaban sus chistes con un «eso son X años de trabajos forzados». Pero claro, no siempre. Una viuda de guerra no tuvo otra idea que contar en el trabajo, en una fábrica de armas, el famoso chiste internacional, «Hitler y Göring están en lo alto de una torre en Berlín. Hitler le dice a Göring que quiere dar una alegría a los berlineses. Göering le responde: ¡salta!». Denunciada por un compañero, juzgada por el Tribunal del Pueblo y sentenciada a muerte, queda claro que no todo el mundo está preparado para escuchar según qué chistes, y menos en Alemania.

Probablemente el mejor chiste contado sobre una dictadura en general (junto con Bananas) y sobre la Alemania nazi en particular, es la película El gran dictador de Charles Chaplin. Esta obra, de 1940, no cuenta con la ventaja de la distancia en el tiempo que le pedían a Gottfried, pero se despacha a gusto. Tanto como muchos de los ciudadanos alemanes entonces, demostrando con sus chistes que para nada existía una aceptación unánime del más conocido -ismo moderno. Uno de los problemas de los dictadores con la risa es que el humor no suele estar alineado con sus objetivos de veneración, infalibilidad y control. Se atribuye a Aristóteles la sentencia de que «solo Dios y los animales carecen de sentido del humor» (de hecho, Dios en la biblia solo aparece riendo cuando se cabrea). Parece evidente que quien se cree un Dios sufra del mismo mal. El estudioso dictador del humorismo español, Jaime Rubio Hancocktiene un artículo dedicado en exclusiva a chistes de dictaduras, donde se puede comprobar cómo normalmente se enfocan en aquellos aspectos en los que la represión dictatorial más incide o en aquello que más afecta a la población que sufre la falta de libertad.

Pero no hace falta irse a los extremos del espectro de las formas de gobierno para comprobar el impacto inesperado del humor en la plaza del pueblo. No hace mucho la palabra titiritero se convertía en una de las más mencionadas en la prensa generalista desde que Spike Jonze lanzara Cómo ser John Malkovich. Alfonso Lázaro de la Fuente y Raúl García, titiriteros y miembros de la compañía Títeres desde Abaj», representaban en Madrid la obra La bruja y don Cristobal como tantas otras veces había hecho antes en otros sitios, allá por inicios de 2016. Sin comerlo ni beberlo ni esperarlo, se encontraron en prisión, denunciados por la Audiencia Nacional, acusados de enaltecimiento del terrorismo y de atacar derechos y libertades públicas. Una obra, que no era para niños, con una broma en forma de pancarta, que tampoco era para todo el mundo, provocó una situación que no se hubieran imaginado ni los de Charlie Hebdo en sus portadas más locas.

En Alemania no eran menos, por supuesto. Conocido es el Erdogate, o Böhmermann affair, en honor al cómico Jan Böhmermann, quien incomodó al presidente turco Erdogan con sus bromas. El mandatario turco consideró que la libertad de expresión no aplicaba en esta situación y que lo que había hecho Böhmermann era un caso de libro de «Schmähkritik», o crítica abusiva de un líder extranjero. Jugando con el metachiste, el comediante explicó en un show de televisión la diferencia entre los chistes que están protegidos por la libertad de expresión y los que serían considerados crítica abusiva. El problema es que este valioso ejemplo educativo lo realizó ilustrando ambos tipos de chistes con Ergodan como ejemplo y, para qué negarlo, usando un humor bastante grueso. Tras la solicitud formal por parte del gobierno turco de que procesaran al cómico, la broma final la hizo la canciller Merkel en la más típica tradición humorística germánica: aceptando encausarle a la vez que se ponía a abolir el párrafo del código penal que podía terminar con él en la cárcel.

No se vayan todavía, aún hay más. George Carlin fue denunciado en múltiples ocasiones, sobre todo tras publicar su obra Siete palabras, dónde analizaba con detalle las siete palabras prohibidas en los medios. Lenny Bruce, considerado en 2017 por la revista Rolling Stone uno de los tres mejores cómicos de stand-up (monólogos) de la historia, era arrestado en 1961 en San Francisco por jugar con el verbo inglés «to come» (traducible como «venir» o «correrse», según el contexto). Sus visitas a la cárcel por obscenidad, y sin pasar por la casilla de salida, incluyeron detenciones sobre escenarios en Londres o Nueva York, y solo conseguían reforzar sus convicciones de que esa era la línea a seguir. A nivel más local tenemos el caso de Camily de Ory, quien enfrenta dieciocho meses de condena por chistes sobre el niño Julen; la absuelta por el Tribunal Supremo por sus trece tuits sobre Carrero Blanco, Cassandra Vera; o David Suárez, que perdió el empleo por los suyos sobre su jefe y sobre personas con síndrome de Down. Pero, ¿quién no ha hecho alguna vez un juicio a los límites del humor?

A veces estas situaciones tienen solución. El cómico Dani Mateo hizo un chiste médico-político en televisión, que terminó con su nariz en una bandera en prime time y posteriormente con su trasero en los juzgados de Plaza de Castilla imputado por ultraje a la bandera y un delito de odio. Ya no como cómico, sino como empleado que debe pagar facturas (malditos costes fijos), pidió perdónculpó a los guionistas (que se encuentran en La Retaguardia), y finalmente gag y tuits desaparecieron de la web. Y es que el tema económico sí que quita la risa. Sacha Baron Cohen incluye ya un presupuesto específico para demandas en sus proyectos. Ha sido denunciado por el gobierno de Kazajistán, dos estudiantes de la Universidad de South Carolina, un trabajador de un bingo solidario, un miembro de Fatah y el candidato al senado de EE. UU. Roy Moore, este último reclamando noventa y cinco millones de dólares. El humor es caro. Últimamente los humoristas son demandados por los objetivos de sus chistes, pero también por otros humoristas. Maravillas de internet.

Personalmente, me parece ejemplar el enfoque de José Antonio Pérez Ledo, también conocido como Mi Mesa Cojea. En su web podemos encontrar un aviso legal para abogados que habla de delitos, falsedades y dinero, intentando intimidarles con la verdad. ¡Iluso! También incluye una disculpa preventiva con licencia Creative Commons, válida para cualquier tipo de ofensa, siempre que se produzca en Twitter. Y es que, como los chistes, hay humoristas de muy diversos tipos, colores y sabores. Como para dividirlos en disciplinas, vamos.

(Continúa aquí)


Llenar el vacío: Elvis en la oscuridad

Elvis, 1956. Fotografía: Cordon.

Hay una foto de Elvis con la nariz aplastada contra un espejo y unos ojos observándole desde atrás. Otra donde sostiene una revista y mira a cámara mientras un chico negro le corta el pelo. Otra trucada donde da la impresión de que le acaban de meter en la cárcel, que es del mismo día en que se presentó colocado en la Casa Blanca para tener una entrevista secreta con Nixon y conseguir una chapa de agente federal para luchar contra el imperio de la droga. Seguramente sea de esa época una imagen borrosa y rara donde aparece con una niña desconocida, porque lleva el mismo corte de pelo y las mismas gafas de montura plateada. En diez minutos veo unas qunientas fotografías distintas de Elvis (Elvis sonriendo, Elvis bailando, Elvis con la guitarra colgada del cuello, Elvis guiñando un ojo, Elvis frunciendo los labios en un beso). Si sigo pasando pantallas, encuentro una serie en la que sale abrazado a Sophia Loren, y varias instantáneas con Priscilla, con el coronel Parker, con un perro de caza. Veo la única foto que tiene con Jerry Lee Lewis, Carl Perkins y Johnny Cash en el estudio de Sun Records durante la sesión improvisada del Million Dollar Quartet del 56. También lo veo levantando un rifle en la boda de su guardaespaldas, y en una foto de carnet del colegio, y sosteniendo una placa con su nombre recién llegado al ejército. Hay muchas fotos de actuaciones y de papadas y de sudor corriéndole por la cara como si estuviera metido en un horno. Lo veo haciendo kárate con su cinturón rojo, montado a caballo, desplegando su capa dorada en el concierto que dio en Memphis en el 74. Pero incluso en la cara b de este gran mito americano la soledad apenas asoma a sus ojos. Quizá brillen menos con el paso del tiempo, quizá en sus últimos años tenga las mejillas hinchadas y la expresión cansada, pero el abismo que se abría dentro de él no se refleja en las imágenes.

Lo cierto es que Elvis tenía un agujero en el corazón, aunque estuviera siempre rodeado de gente («Tengo miles de fans ahí afuera y a mucha gente que dice ser mi amiga, pero me siento tan solo a veces», le llegó a decir a un amigo). La música era su única salida, por eso cada vez que se subía al escenario volvía a nacer. Pero nada de lo que hacía parecía llenar ese agujero. A mediados de los sesenta Elvis buscaba a Dios y no lo encontraba. Su peluquero le había dado más de cien libros de autoayuda y de distintas religiones y él leía y leía, buscaba y buscaba, pero en ninguno encontraba las respuestas que estaba esperando, y la pregunta ¿por qué yo he sido el elegido? seguía flotando en el aire. Incapaz de encontrarse a sí mismo y de entender la razón de su éxito, aprovechó un viaje a Nuevo México con su gurú para hablar con él. «Tienes que dejar tu ego a un lado para permitir entrar a Dios», le dijo Larry. «Olvídate de los libros y del conocimiento y vacíate para que Dios pueda entrar en ti». Y al cabo de un rato, mientras atravesaban el desierto en silencio, Elvis vio la cara de Stalin en una nube. Detuvo el coche y gritó: «¿Por qué Stalin, qué hace ahí arriba?». En ese momento Stalin se transformó en Cristo y Elvis tuvo su primera experiencia mística. Corría el año 65 y el de Tupelo buscaba algo a lo que agarrarse. Desde hacía tiempo su vida no le satisfacía y, con cada paso que daba, notaba que se acercaba un poco más al precipicio. Tenía dinero, tenía una mansión, tenía a Priscilla, tenía todas las cosas que quería con solo chasquear los dedos, pero se sentía más solo que nunca. «¿Cómo me recordará la gente?», le preguntó pocos meses antes de morir a una de sus amantes. «Nadie se acordará de mí. Nunca hice nada perdurable. Nunca he hecho un clásico del cine. Pero mi misión en la vida es hacer feliz al mundo con la música. Y nunca pararé hasta el día de mi muerte». Lo cumplió. Y en el camino se dejó la piel.

Elvis doble (Double Elvis), de Andy Warhol.

Había crecido sin nada. Su hermano gemelo murió al nacer y tuvieron que enterrarlo en una caja de zapatos, en esa Norteamérica de jornaleros pobres y emigrantes negros que cantaban en los campos de trabajo de Misisipi. Su padre pasó un año en la cárcel por falsificar un cheque porque necesitaba dinero para su familia. Como Ben Harper en La noche del cazador estaba harto de tanta miseria y transformó un cheque de cuatro dólares en uno de cuarenta. Consciente o no de todo aquello, Elvis se refugiaba en las faldas de su madre y en la música que oía en la iglesia y por las calles de Tupelo y Memphis. Y cuando su madre no estuvo y la música le dio todo lo que siempre había querido, sucumbió y emprendió su particular huida hacia delante. En el ejército probó las drogas. El speed le ayudaba a mantenerse despierto y le aliviaba la depresión. Tomaba dexedrinas para desayunar y Valium para poder dormir. Creía que las pastillas eran inofensivas porque eran legales y todos a su alrededor las tomaban —¡hasta el presidente Kennedy consumía calmantes!—, pero no tardaron en convertirse en una adicción que intentaba justificar con motivos religiosos. «Todos tenemos a la divinidad dentro», le dijo un día a una de sus amantes. «Entonces, si somos dioses, o llevamos a la divinidad dentro, ¿para qué necesitamos drogas?», le preguntó ella. «El silencio es el lugar en el que descansa el alma. Es sagrado. Y es necesario para que nazcan nuevos pensamientos. Para eso sirven mis pastillas. Para llegar lo más cerca posible del silencio».

Elvis, que en su época de estudiante se sentaba en las salas de cine soñando que algún día se convertiría en una estrella, tenía miedo de dormir solo y a oscuras, así que buscaba el consuelo en las mujeres, que ejercían de madre o de enfermera y sustituían por un instante la pérdida que nunca llegó a superar. Ante ellas se mostraba vulnerable, despojado ya de todos aquellos trajes horteras que se ponía para actuar y que reflejaban quién le gustaría ser en lugar de quién era en realidad, como si uno pudiera cambiar su esencia con un disfraz, con un tupé, con unas patillas, con el pelo teñido de negro para emular a Valentino. Su manera de moverse le delataba. Solo un chaval de la clase trabajadora podría bailar así. Y aquel origen era precisamente lo que siempre quiso esconder, o si no esconder, al menos maquillar. No se daba cuenta de que era lo único que quedaba sin corromper, lo único que aún era suyo, su Rosebud. Por eso, cuando en 1969 cantó «In the Guetto» delante de miles de personas, consiguió desprenderse de todo lo que no le pertenecía y salir desnudo al escenario, en una especie de flashback orsonwellesiano en que este Kane sureño que un día agitó al mundo con su movimiento de caderas volvía la vista a sus orígenes humildes y recordaba su propio trineo.

¿Han visto el vídeo? Vuelvan a hacerlo. Párenlo en el minuto 1:53. ¿Lo ven ahora? ¿Ven esa mirada? En esa mirada está todo su pasado: la caja de cartón bajo la tierra, la casa donde nació, los tablones de madera pintados de blanco, el góspel sonando en la iglesia, los bares de la calle Beale, el destartalado Jelopee en el que llegó a Memphis.

Al final de su carrera, Elvis ha empezado a perder brillo como una galaxia lejana, pero aún quedan destellos de luz. No es una luz falsa de decorado de Hollywood, es real y se filtra por dos hileras de dientes perfectos cada vez que sonríe y bromea con el público y la banda. Como en un concierto de 1970 en Las Vegas cuando asusta a una de las Sweet Inspirations y todo el mundo se ríe. Bajo los focos, un maremágnum de risas inunda Nevada. Y por un momento el sueño americano ha dejado de ser una pesadilla, la fama no le ha destruido, la sensación de angustia se ha evaporado. Hasta parece que no fue él el que dijo: «Una imagen es una cosa, un ser humano es otra. Es muy difícil estar a la altura de una imagen». Pero una hora después se apagan las luces, cesan los aplausos y una mano invisible pone fin a la comedia, a la autoparodia, al ruido que parece sepultar a veces toda nuestra soledad. Y entonces vuelve a notar ese agujero en mitad del pecho, ese vacío que intenta llenar a toda costa y que le arrastra a una espiral de anfetaminas, narcóticos, hamburguesas y sándwiches de mantequilla de cacahuete.

Un día, el icono pop que había inmortalizado Warhol en su serigrafía, el que nos apunta doblemente con su pistola desde la tela, no logra remontar. Atrás queda la energía arrolladora del Comeback del 68 que hizo olvidar por un momento los asesinatos de Martin Luther King y Bobby Kennedy. Atrás queda el rey Midas que transformaba en oro todo lo que tocaba. Atrás queda el «All Shook Up» y esos primeros compases de «Heartbreak Hotel» que le catapultaron a la fama y le hicieron ser el espejo de toda una generación. En junio de 1977, convertido ya en una mole inmensa, sudoroso y sin brillo en los ojos (todo el dolor se ha volcado en ellos de pronto), canta «My Way» embutido en un traje blanco y se despide del mundo. Tiene la letra escrita en un papel, pero no le hace falta leerla porque la lleva grabada por dentro. Dos meses después su corazón se para en el baño de Graceland y Elvis encuentra el silencio en el que su alma por fin podrá descansar.


Matadero Cinco: un soldado perdido en el tiempo

Kurt Vonnegut, ca. 1985. Fotografía: Cordon Press.

Alemania, febrero de 1945. La ciudad de Dresde era un gigantesco hospital de campaña, sus edificios, convertidos en refugio para los heridos del frente oriental. El abastecimiento de comida, cada vez más escaso. Muchas fábricas ya habían sido destruidas por las bombas aliadas. Pero Dresde mantenía un nudo ferroviario que podía dañar los intereses soviéticos, cuyo ejército ya se encontraba a las puertas de Silesia. La inteligencia británica decidió reabrir la Operación Thunderclap del 44, rendir por aire los enclaves del oeste, pero esta vez solo las ciudades más importantes. Para acelerar en el tiempo el final de la guerra, decidieron bombardear Dresde, conocida como la Florencia del Elba por la enorme cantidad de museos y monumentos, una ciudad repleta de belleza. La noche del 13 de febrero, los pathfinders británicos arrasaron Dresde en dos oleadas de bombas incendiarias. Dejaron casas y seres vivos consumidos por una lluvia de fuego gigantesca que succionó el oxígeno e hizo explotar todo lo que había debajo. Al día siguiente, los cazas norteamericanos dejaron caer otras tantas toneladas de bombas sobre diversos objetivos en la ciudad y sus alrededores. A causa de la nube de humo y las condiciones climáticas, algunas bombas se desviaron, llegando hasta Praga.

Durante mucho tiempo, este episodio del fin de la Segunda Guerra Mundial quedó oculto por los acontecimientos de Hiroshima y Nagasaki del verano del 45. Pocos datos se ofrecieron con precisión, especialmente el número de víctimas. Eran casi todos civiles o soldados heridos y la ciudad, su centro urbano, un lugar de gran valor histórico que no poseía interés militar alguno, salvo la venganza del mando británico por los raids alemanes. Los libros hablaron de ciento treinta mil personas muertas, mientras que las cifras oficiales oscilan entre las veinticinco y las sesenta mil. Las pocas imágenes que hay de Dresde tras los bombardeos son terribles, y cuesta imaginar la reacción de los escasísimos supervivientes.

Por puro azar o broma del destino, uno de esos supervivientes fue un soldado norteamericano. Dejémoslo más bien en un crío de diecisiete años, sin la más mínima habilidad militar, que había sido hecho prisionero por los alemanes en Bélgica y trasladado a Dresde para trabajar en una fábrica de jarabe para preparados de vitaminas. Se salvó de morir en estos pavorosos ataques porque corrió a esconderse con sus compañeros en un enorme almacén de carne del antiguo matadero de la ciudad, donde los alemanes los tenían confinados, excavado en la piedra bajo la ciudad. El Matadero n.º 5. El prisionero se llamaba Kurt Vonnegut y venía, sí, de una familia de inmigrantes alemanes que se habían instalado y prosperado en Indianápolis. Ya convertido en escritor, tardó veinte años en llevar a una novela lo que había vivido aquellos días en Europa. Sobre todo, lo que vio nada más subir del improvisado refugio, entre el telón de humo que tapaba el sol. Lo que quedaba de Dresde. Según él, no había mucha diferencia entre la superficie de la Luna y aquello, salvo que el suelo estaba caliente y los pies se hundían en una papilla de cenizas.

Un escritor con semejante experiencia a sus espaldas podría haber aprovechado para formar parte de la lista de autores que han retratado estos acontecimientos, aunque desde distintas posturas ideológicas, siempre con una mirada épica sobre la batalla y sus trágicos desenlaces (desde Jünger a Hemingway). Pero Kurt Vonnegut no era un escritor como ellos. Sus recuerdos de la Segunda Guerra Mundial suponían un peso que le resultaba imposible de reproducir con palabras. En el primer capítulo de Matadero Cinco, que sirve como asidero explicativo de donde parte esta increíble historia, Vonnegut expone la dificultad que le supuso describir lo indescriptible, la contemplación de una ciudad destruida hasta los cimientos, confundiéndose el polvo de los edificios con el de los huesos de los muertos, o cómo antes de llegar a Dresde pasó unos días infames en un campo de concentración para soldados, donde se alumbraban con velas hechas de sebo humano. En el estilo satírico que le hizo mundialmente famoso, el autor explica que él quería hacerse rico con un libro en esa tradición de la literatura bélica, pero tras escribir cientos, miles de páginas, no le salía. ¿Cómo era posible escribir sobre una matanza de este calibre? En sus propias palabras, «No se puede decir nada inteligente».

También deja clara la intención en estas primeras páginas. La novela puede y va a ser muchas cosas, pero por encima de todo es un desesperado alegato antibelicista, una narración que mostrará un mensaje mil veces repetido, pero no por ello escuchado lo suficiente: el absurdo, más trágico que la propia muerte, de las campañas militares. La sucesión de hechos espantosos y situaciones ridículas, a la que vez que idiotas, no exentos de comicidad que rodean a cualquier enfrentamiento de esta clase. Los seres humanos lo sabemos, pero volveremos a la guerra una y otra vez, en un ciclo imperturbable de locura y desgracia.

Matadero Cinco tiene otro título: La cruzada de los niños, en referencia a la edad de los soldados que, como Vonnegut, participaron en la batalla de las Ardenas. En ese primer capítulo nos muestra otros ejemplos de fanatismo loco, por ejemplo, la «cruzada» medieval en la que se embaucó a miles de niños que creían que iban a luchar en Tierra Santa, cuando en realidad, y después de un viaje penoso, serían vendidos como esclavos en África. A lo largo del libro aparecerán mencionados títulos de novelas muy célebres ambientadas en una guerra y más casos de traumas, como el del escritor Ferdinand Céline, quien, tras ser herido en la Primera Guerra Mundial, quedó perturbado, obsesionado por el tiempo y la muerte. El autor también se detiene en la historia de Dresde y repasa sus etapas de esplendor artístico, así como anteriores episodios de destrucción, como el incendio de la guerra de los Siete Años, en el que también quedó reducida a escombros. Igual que fueron devastadas Sodoma y Gomorra, con una lluvia de fuego. Vonnegut incide de esta manera en el aspecto cíclico de la historia, en la incansable e imbatible estupidez humana y la inevitabilidad de los acontecimientos. Las tres ideas sobre las que está construida Matadero Cinco.

Pero esa novela convencional sobre la guerra termina en el capítulo primero. A continuación se despliega una historia que tiene más que ver en el tono con crudas narraciones picarescas, tipo El aventurero Simplicíssimus (Von Grimmelshausen, 1668), o sátiras contemporáneas de Matadero Cinco, como la novela Trampa 22, de Joseph Heller (Catch-22, 1961). Esto es algo totalmente diferente. Vonnegut describirá las penalidades del soldado adolescente desde que es lanzado en paracaídas sobre algún punto de Luxemburgo en el invierno de 1944, pero no se limita a estos hechos, sino que pondrá delante de nosotros la vida entera de su protagonista, porque esta experiencia resonará y volverá a lo largo de todos los días, para que intentemos comprender con él de qué manera ha cambiado su percepción del mundo, cómo se ha trastocado su mente y la realidad. Y nos lo narra de forma no lineal sino a saltos temporales, tal y como los vive Billy Pilgrim, el alter ego de Kurt Vonnegut en la novela. El autor se desdobla en este personaje, muy típico de su literatura, un pobre hombre sobrepasado por las circunstancias, pero además se reencarna un par de veces a lo largo de la narración, apareciendo como él mismo y como el veterano escritor de ciencia ficción Kilgore Trout. Trout, uno de los más celebrados personajes de Vonnegut, está inspirado tanto en él mismo como en su amigo el escritor Theodore Sturgeon (llevando al límite la broma, el autor Philip José Farmer publicaría en forma de novela del espacio uno de los títulos que Vonnegut atribuye a Trout en su novela Dios le bendiga, Mr. Rosewater (1965), con ese mismo seudónimo: Venus en la concha, en 1975). El personaje del señor Rosewater, por cierto, también aparece en Matadero Cinco, un recurso habitual. De esta forma, escritor y personaje recorren un ciclo de realidad-ficción congruente con el de espacio-tiempo.

El soldado Pilgrim (‘peregrino’) experimenta en plena batalla un extraño fenómeno. Es capaz de ver su vida pasada y futura, puede sentirse y verse antes de nacer, saber cuándo y cómo va a morir, qué pasa después de la muerte, así como revivir episodios de su pasado o contemplar con todo detalle experiencias de su futuro. Una explicación racional a estos viajes en el tiempo la daría cualquiera, aludiendo a una herida de guerra o un profundo shock traumático, pero eso es lo de menos, porque la capacidad de Billy Pilgrim de ver el tiempo y ser consciente de que todo está escrito es la filosofía de Vonnegut que subyace en Matadero Cinco. Un determinismo fatalista del que solo cabe aprovechar los escasos momentos felices.

Desde la batalla de las Ardenas, Billy Pilgrim entra y sale de diferentes épocas de su vida con un parpadeo. Lo hace de tal forma que puede presenciar el momento de la muerte de su padre o volver a un instante de sus días como bebé. Así, vuelve a repetir de forma infinita todos los instantes de su vida. En un contrasentido humorístico, se dedicará profesionalmente a la gestión de una cadena de ópticas (un cargo millonario que recibe, de forma totalmente casual, de su yerno) y está empeñado en hacer que sus compatriotas obtengan una visión clara del mundo. Él, que ve las cosas de esta forma tan peculiar. Y si lo de los viajes en el tiempo ya es extraño, cuando Pilgrim es un hombre maduro, casado y con dos hijos, van y aparecen los extraterrestres. No aparecen de forma casual: es durante la fiesta de aniversario de su boda, y en un instante que hace saltar la emoción que el protagonista ha estado guardando desde los días de la guerra, cuando Billy es abducido por una nave espacial y es trasladado al planeta Tralfamador. Allí, los extraterrestres, unos seres de medio metro que parecen desatascadores puestos al revés, pero de color verde, encierran a Pilgrim con una famosa actriz de Hollywood, ambos desnudos, en una cúpula geodésica del zoo, para que los tralfamadorianos se entretengan observando las curiosas costumbres de los dos terrícolas, y a cambio le ofrecen información acerca de su mundo y la sabiduría que han acumulado tras recorrer el universo. La cúpula fue un invento de Buckmisnter Fuller, el arquitecto visionario que desarrolló soluciones para un planeta sostenible y creía que la guerra desaparecería. Será uno de los pocos lugares felices donde viva Pilgrim, que desde los episodios de la guerra vagará por su biografía sin tener conciencia de lo que hace. Se casa con una mujer a la que no quiere, sus hijos serán dos extraños y los acontecimientos del mundo habrán dejado de tener el menor interés.

La novela se desliza por la ciencia ficción, no como simple recurso cómico para aligerar la terrible experiencia del soldado Pilgrim, sino como la única salida que el escritor y también protagonista de los acontecimientos de Dresde encuentra para dar sentido a una vida absurda que culmina en la muerte. En el psiquiátrico donde es recluido tras volver a casa, Billy Pilgrim canaliza sus pesadillas en la lectura de las space operas de Kilgore Trout, el veterano escritor de sci-fi que no ha logrado el éxito comercial. Las historias de robots e invasores del espacio se mezclan con los acontecimientos de la vida de Pilgrim, que son, a su vez, los hechos de la biografía de Vonnegut. Como otros compañeros de generación (Robert Sheckley), el autor escribió la mayor parte de sus libros en clave de ciencia ficción, con un profundo mensaje crítico sobre la sociedad estadounidense. Los mensajes religiosos del cristianismo se subliman en relatos pulp sobre máquinas del tiempo, sus experiencias en Tralfamador se convierten en un novela de Trout titulada El gran tablero, los marcianos devienen en dependientes de librerías de revistas porno, y los militares son constantemente ridiculizados, por ejemplo, a través de Joseph W. Campbell Jr., el histriónico jefe de los Free American Corps, un desertor que se ha pasado a los nazis para luchar contra los comunistas y quiere devolver a sus compatriotas el orgullo perdido. (Salvo en el uniforme y una fantasía como de superhéroe entre cowboy y mando de las SS, el discurso recuerda y mucho al actual presidente de los Estados Unidos. Recomiendo vivamente la novela de Vonnegut donde Campbell es el protagonista absoluto, Madre noche [1961]).

Matadero Cinco se cierra en uno de sus numerosos círculos. Las últimas páginas son las más duras, un viaje a un planeta de sabios tralfamadorianos que conocen la cuarta dimensión. En ellas se revela el corazón de las tinieblas de este viaje del soldado Pilgrim. No se encuentra al final de su vida, sino justo al principio, cuando él y los supervivientes de la destrucción de Dresde tienen que cavar entre las ruinas y encontrar a los muertos, miles de cadáveres reunidos bajos refugios inútiles. La muerte es un absurdo inevitable que solo pueden controlar ciertas entidades extraterrestres con conocimientos superiores a los nuestros. Los seres humanos podemos sobrellevarla de diversas formas —con la religión, el amor a los semejantes, la locura, los tebeos de ciencia ficción o el existencialismo filosófico—, pero lo que no se puede superar son los efectos de la guerra.

Así es la vida

La novela se publicó en un momento crucial de la historia. Kennedy y Martin Luther King habían sido asesinados y la guerra de Vietnam era duramente contestada en la calle. Un relato sobre un episodio tan espantoso, que la opinión pública no conocía, escrito con la mirada sabia y humorística de su autor, en el mejor estilo de escritores como Mark Twain o Cervantes, le convirtió en un ídolo de la contracultura. Por ser «antiamericana», «ofensiva en el lenguaje» y posiblemente también «comunista», Matadero Cinco fue y sigue siendo perseguida por la censura (en algunos lugares de Estados Unidos han llegado a quemarla en público), pero es una obra a la que hay que volver, por el valor literario y por el testimonio personal. Kurt Vonnegut murió hace diez años, pero yo también creo en la noción del tiempo tralfamadoriana. Las ideas e imágenes de su obra son momentos únicos que permanecerán siempre y al mismo tiempo. And so it goes

Este artículo es un avance de nuestra revista trimestral dedicada a las guerras #JD20, disponible ya en nuestra store.


El jovencito Mussolini

Benito Mussolini, 1922 Foto: Cordon.

Lo negro, en Italia, se asocia de inmediato a algo que en el resto del mundo ni se les ocurre así de repente: lo negro es el fascismo. En oposición a rojo, se entiende. Se habla de terrorismo negro, de servicios secretos negros y demás variaciones. Las camisas negras, terribles para el verano y para muchas otras cosas marcaron una moda que aún tiene una huella profunda. Cuando el cantante colombiano Juanes triunfó hace unos años con la canción de «La camisa negra» en Italia se convirtió en temazo de las verbenas fachas.

En España se habla mucho de fascismo, pero luego preguntas y la gente no tiene ni idea. Se suele pensar en el franquismo y, redondeando, en la Alemania nazi. Se suele aludir a unos modos o un estilo. Lo italiano queda en segundo plano. Error: lo inventaron ellos. Cuando Hitler, que despierta mucho más morbo y se conoce más, llegó al poder en 1933 Mussolini ya llevaba mandando una década. Le copió mucho, desde el saludo romano, brazo en alto.

La historia, vista después, parece tener cierto sentido o linealidad, una dirección. Pero lo cierto es que, en el momento, suele ir a lo loco y es completamente imprevisible. Luego parece que las cosas no podían ser de otra manera, pero a menudo salieron así de casualidad, en plena confusión general. El nacimiento del fascismo es un buen ejemplo, y las andanzas del joven Mussolini, ese primer joven negro, son tan interesantes como instructivas. Se pueden sacar parecidos, paralelismos y moralejas. Algunas cosas les sonarán mucho: «Huy, mira, igual que ahora». En estos momentos en que todos estamos tan espesos y hemos redescubierto la política puede ser útil saber cómo empezó aquello. Algunas cosas es mejor saberlas que no saberlas. Si no, tómenlo como una novela de aventuras.

Benito, nacido en 1883, fue bautizado así en honor del político mexicano Benito Juárez, porque su padre era un socialista inquieto y atrabiliario. Era herrero, pero le iba más discutir de política en el bar. Su madre, en cambio, era una maestra católica y conservadora. Con tres años el futuro orador de los grandes destinos de Italia aún no había dicho una palabra, solo emitía gruñidos, y hasta lo llevaron al médico. El pequeño Benito, que vivía en una gran pobreza, era silencioso, solitario y peleón, todo el día de bronca por los campos haciendo barrabasadas. Era problemático en la escuela y de pocos amigos. Le mandaron a los salesianos de Faenza y le expulsaron por clavarle un cuchillo a un compañero en un muslo. No le gustaba mucho estudiar, le iba más leer novelones franceses, Zola y así, pero tenía ingenio y era espabilado. Era el típico rebelde. Al final se sacó con dieciocho años un diploma de maestro. Para entonces ya le tiraba el negro: llevaba siempre corbata negra, símbolo de los republicanos y ya frecuentaba círculos socialistas. Supongo que ya lo saben, pero por si acaso: el primer dictador fascista nació en realidad como socialista revolucionario. (Moraleja: es más fácil de lo que parece que un tipo de izquierdas se haga de derechas, lo contrario es tan difícil como parece, así que en general hay que tener más cuidado con los primeros).

Parece que el chico era mandón y buscaba en los demás la admiración y la sumisión. En ese sentido, tampoco tenía novias, le iban más los burdeles, donde presumía de machote. Siempre le fue mucho todo ese rollo de la virilidad, instinto convertido luego en pose fascista, y lo de tener amantes. Entre los dictadores de la época Mussolini fue el único ligón. Hitler, Stalin y Franco eran más mosquitas muertas. De vuelta a casa consiguió un trabajo de profesor, pero aguantó solo un año, porque tuvo un lío de faldas muy escandaloso. A esto me refería.

Era el verano de 1902 y Benito optó por largarse a Suiza, donde pasó dos años y medio. Suiza era entonces la meca de las conspiraciones de los revolucionarios europeos, y de hecho coincidió allí con Lenin, aunque no se dio cuenta de que era él. En realidad Mussolini llegó allí a buscarse la vida, sin mucha motivación política, pero la adquirió en cuanto se puso a trabajar por primera vez en una fábrica y aquello le pareció un horror. Indro Montanelli sostiene que el joven Mussolini empezó a meterse en política con tal de no trabajar, aprovechando que destacaba entre la mayoría de inmigrantes analfabetos. Al final se coló en un sindicato de albañiles que le dio un sueldillo y empezó a escribir en un periódico socialista. Ahí descubrió el poder de la palabrería. Estando en Suiza se escaqueó de la mili y fue declarado desertor en 1904. Es que era antimilitarista. No, no es una errata.

Uno de los episodios más famosos de esos años de primeros pinitos como orador es el de un debate con un cura sobre la existencia de Dios. Mussolini tenía un número muy bueno: «Si Dios existe le doy dos minutos para fulminarme». Se ponía todo chulo a esperar, con los brazos en jarras, y levantando el mentón, y como no ocurría nada declaraba tajante que Dios no existía. Siempre me imagino a Dios pensando: «¿Qué hago con este elemento? Me quedo con las ganas, con la que me va armar luego». Y entonces yo también me pregunto, eso, por qué no lo fulminó, ¿dónde está Dios cuando se le necesita y encima se lo piden a gritos? (Moraleja: lo de mezclar fascismo y catolicismo es de denominación de origen española, fascistas y nazis fueron muy anticlericales). Con estos numeritos, algunas polémicas y expulsiones del país, empezó a ser conocido como agitador político.

Se apuntó entonces a la universidad, donde asistió un par de meses a las clases del célebre sociólogo y economista Vilfredo Pareto, que le dejó fascinado. Hacía una crítica demoledora de la democracia, propugnaba la violencia como motor de la historia y que el poder era para las minorías, no las masas. Eso es lo que a él le gustaba. Hay que imaginarse al emigrante Mussolini, pobretón, cabreado con el mundo, mal afeitado y ya con ojos de loco. Quizá incluso sifilítico, aunque no se sabe si presumía de ello y era mentira solo para jactarse de todo lo que follaba. Pese a esta pinta, o quizá por eso, ese veinteañero desastrado llamó la atención de Angelica Balabanoff, una rusa revolucionaria cinco años mayor que él. Se liaron, lo adoptó, lo mantuvo, lo educó en el marxismo.

Esta mujer fue para él como un máster en política y puso las pilas al monstruito para que empezara a caminar. Balabanoff siguió como mentora el ascenso del jovencito Mussolini durante una década, y debe notarse un detalle: era judía. Luego volveremos sobre este matiz. ¿Tienen alguna amiga que siempre se enamora del mismo tipo de tío raro que no le conviene? Pues esta mujer es plusmarquista mundial, porque cuando dejó a Mussolini se largó con… Lenin, al que había conocido en Suiza. Se apuntó al partido bolchevique, volvió a su país y participó en primera línea en la Revolución rusa. (Moraleja: todo esto del leninismo y el fascismo puede ser en realidad fruto del aburrimiento de las ciudades suizas). Lo significativo, también a modo de moraleja, es que acabó harta de los dos.

En 1904 el joven Benito regresó a Italia y se tiró dos años de mili, considerados de buena conducta. Luego intentó probar suerte otra vez en lo suyo, de maestro, pero los chavales le puteaban y no le hacían ni caso. Tal vez de ahí su madera de dictador y su gran obsesión en el futuro por formar un italiano nuevo, objetivo demencial obviamente frustrado. (Moraleja: no subestimar el síndrome del profesor quemado o, también, que un buen grupo de chavales intratables es capaz de derrocar incluso a un dictador en potencia).

Fue de aquí para allá en plazas de maestro, sin muchas ganas porque lo que le gustaba era escribir y pontificar, no enseñar, y tampoco tanto la política. Lo que de verdad le atraía era el periodismo (Moraleja: siempre ha sido un oficio de gran magnetismo para quien no quiere trabajar). Colaboraba en panfletos y diarios del partido socialista, del estilo del Pensamiento romañolo, hasta que en 1909 le llamaron a Trento para dirigir uno. Trento era entonces un lugar muy particular y revuelto, porque estaba bajo dominio austrohúngaro. El joven Mussolini, que en esas fechas completó su empanada mental con el descubrimiento del superhombre de Nietzsche, se apasionó por el oficio y se pasaba el día en la redacción, escribía como loco, insultaba y daba caña. Trabajaba en tres diarios a la vez. En ocho meses acabó detenido, condenado y expulsado. Es interesante recordarlo: antes que nada y lo primero de todo, Mussolini fue un columnista cabestro y agresivo, brillante a su manera, extremista y evidentemente peligroso. (Moraleja: bueno, eso).

Benito y Rachele Mussolini en la playa, ca.1929. Foto: Cordon.

Tras largarse de Trento no tenía donde caerse muerto y acabó en Forlì con su padre, que se había quedado viudo y tenía un restaurante con su nueva pareja. Para su padre no fue un buen negocio: el joven Benito no era un gran camarero (moraleja: siempre ha sido difícil encontrar buenos camareros) y encima le echó el ojo a la hija de su querida, que andaba por allí entre los fogones. Se llamaba Rachele. Al final se fueron a vivir juntos, aunque solo se casaron cinco años más tarde y se convirtió en la señora Mussolini. Tuvieron cinco hijos. Prueba de la capacidad del joven Benito de jugar a dos barajas es que en realidad se casó al mismo tiempo con otra muchacha, Ida Dalser. Era una masajista que había abierto un gabinete de belleza en Milán, con la que tuvo otro hijo por esas fechas, Benito Albino. Es una historia misteriosa y tremenda, porque Dalser se puso pesada, Mussolini no sabía cómo quitársela de encima y, una vez establecido el fascismo, acabó encerrada un manicomio, donde murió en 1937. Su hijo corrió la misma suerte cinco años más tarde.

Mussolini no tenía trabajo, estaba deprimido y Forlì no era Nueva York, sino un pueblo de cuarenta mil habitantes. Se desahogó con la pasión literaria y escribió un culebrón por entregas, L’amante del Cardinale, que debía de ser horroroso. De hecho, cuando se hizo con el poder ordenó destruir todas las copias existentes. La huella en la posteridad es algo que siempre preocupa a los grandes hombres. Por fin cambió su suerte en 1910, cuando los socialistas de Forlì decidieron abrir un periódico, La lotta di classe, y le hicieron director. Mussolini se lo escribía él solo enterito y daba rienda suelta a su labia. Intransigente, batallador, revolucionario, dramático, apocalíptico, de la parte de los campesinos. Era cuando los periódicos pintaban algo, sin tener que regalar juegos de ollas, y con este altavoz el joven Benito llegó a ser dirigente local del partido, su primer cargo político, con veintisiete años. Era de los más radicales, crítico con la dirección, y acabó cinco meses en la cárcel por instigación a la violencia y sabotaje en una huelga general.

Se dio a conocer definitivamente en el congreso nacional del partido, en 1912. Tenía veintinueve años. Causó sensación con su oratoria marcial de frases impactantes y pausas teatrales, con su mirada de visionario revolucionario. En el acto fue identificado como el hombre nuevo del socialismo italiano, y la prensa extranjera ya se fijó en él de forma elogiosa. Por fin alguien joven, distinto, con energía e ideas, se dijeron todos. De ahí dio el salto a la dirección del Avanti!, en diciembre de 1912, el periódico insignia del partido. Con el tiempo se reveló como su arma más eficaz para imponerse en el partido, buscando la complicidad de la base contra el aparato, para crear consenso, propagar sus ideas y aumentar sus seguidores, como en Twitter. (Moraleja: para todo esto hoy ya no hace falta un periódico, es más, como no espabilen la gente los considerará parte del sistema).

Debe decirse que el joven Mussolini titulaba muy bien, era cañero y tenía olfato, un sensacionalista manipulador de tomo y lomo. En lo suyo era bueno. (Moraleja: ser un gran hijo de mala madre no está en absoluto reñido con ser un buen periodista, es más, hay quien piensa la ridiculez de que es imprescindible). Total, que disparó la tirada. La propaganda a través de un astuto control de los medios de comunicación, pionera en su tiempo, sería esencial en el fascismo, y luego en todo poder, que siempre tiene una querencia fascista.

La cultura política, o cultura a secas, de Mussolini era pedestre y autodidacta. Según confesó, cuando cogía un libro leía tres páginas al principio, tres en medio y tres al final. Con eso se hacía una idea. Luego ya lo mezclaba él. (Moraleja: lea usted los libros enteros, hombre, si no mire en qué se puede convertir). Todo esto no fue obstáculo para que saliera triunfante del congreso del partido en Ancona, en 1914. Ese es el año, como todo el mundo sabe a estas alturas, por eso del centenario, que estalló la Primera Guerra Mundial. Fue decisiva para el nacimiento del fascismo. No obstante, el director Mussolini no creyó que el atentado del 28 de junio de Sarajevo fuera una gran noticia, no lo dio bien.

Mussolini, pese a la imágen categórica que tenemos de él, siempre fue un táctico, alguien sin ideas claras hasta que tenía claro cuáles eran las que le convenía tener en cada momento. Sus portadas del Avanti! son una estupenda radiografía. (Moraleja: para esto están las hemerotecas, no está tan claro dónde se pueden consultar las de los diarios digitales). Tardó un mes en proclamar en letras grandes «¡Abajo la guerra!», que se convirtió en el lema de la izquierda. Luego fue cambiando de idea, hasta que en octubre tituló, muy a la italiana: «De la neutralidad absoluta a la neutralidad activa». Cada vez comulgaba menos con los socialistas, le quedaban estrechos, y de hecho dimitió del periódico. Luego le echaron del partido. En solo veinticinco días fundó Il Popolo d’Italia, con la esperanza de crearse su propio electorado, los socialistas más subversivos, y empezó a ir por libre. Comenzaba su aventura en solitario. Tenía treinta y un años.

Al final Italia entró en la guerra y a Mussolini le costó ir a ella, porque no le llamaban y estaba quedando fatal. Cuando lo consiguió pasó año y medio en el frente, con buenas valoraciones de los mandos, hasta que fue herido en unas maniobras al estallar un mortero. En junio de 1917 le mandaron a casa por invalidez y volvió al periódico. En las trincheras, en contacto con la gente, se percató de que con el socialismo jamás iba a llevarse el gato al agua. Le apasionaba la revolución, pero bastante menos los pobres o los proletarios, que eran solo la masa en la que esperaba apoyarse. En 1918 cambió la cabecera del periódico, que se definía «socialista», por esta otra, muy significativa: «Periódico de los combatientes y de los productores». Por cierto, un detalle: una de las principales colaboradoras del diario, amante y gran valedora de Mussolini en los años siguientes fue Margherita Sarfatti, intelectual de familia bien. ¿Y bien? Pues que también era judía. Cuando se aprobaron las leyes raciales en 1938 tuvo que dejar el país. No sé si esto demuestra que Mussolini no era realmente antisemita, pero desde luego sí que demuestra que hacía lo que fuera, pasando por encima de cualquiera, con tal de perseguir sus intereses, y en 1938, ya muy cercano a Hitler, consideró que le tocaba ser antisemita, sintiéndolo mucho por sus conocidos judíos.

En torno a Mussolini, deseoso de abrirse un hueco en la política, y su diario empezaron a aglutinarse veteranos de guerra, nostálgicos de la violencia, descontentos con la clase política y también los futuristas, la vanguardia artística de Marinetti, que eran los más modernos. Así nacieron los fasci, los fasces es castellano, un símbolo tomado del imperio romano: era un haz de varas, un arma bastante simplona, como un garrote, que llevaban los escoltas de autoridades y magistrados, y que quedó convertido en emblema del poder. Los fascistas hicieron una lograda simbiosis de los conceptos poder y garrotazo.

El 2 de marzo de 1919, Il popolo d’Italia anunció una concentración en la calle en Milán el día 23 para crear «el antipartido», contra la izquierda y la derecha de toda la vida, contra socialistas y populares —sí, se llamaban exactamente así—. El «antipartido», ajeno a la política tradicional, eran los Fasci di Combattimento. Querían «transformar la vida italiana, con métodos revolucionarios si es inevitable». Fueron al acto, como mucho, unos trescientos tíos, incluidos curiosos y periodistas. Mayormente sindicalistas y anarquistas, Marinetti y algunos futuristas y veteranos de la guerra con ganas de marcha. Mussolini hizo un mitin con consignas llamativas pero sin una línea clara. Medidas contra el despilfarro como abolir el Senado y propuestas modernas como dar el voto a las mujeres. Poco a poco se fue pergeñando en términos que podemos comprender bien hoy mismo: la idea básica era cargarse el sistema capitalista, nacionalizar bancos, expropiaciones a los ricos y demás. Había un ansia general de hacer algo, de romperlo todo, de cambiar las cosas, aunque no estaba claro cómo y desde luego ellos no tenían ni idea.

El fascismo no era esa cosa tan clara como el agua, de blanco y negro, al pan pan y al vino vino en que pensamos ahora. Era una idea gaseosa que se fue formando por oportunismo, circunstancias ocasionales y táctica política, sin que el mismo Mussolini supiera lo que iba a salir. (Moraleja: si los partidos del poder no saben leer el descontento social, porque viven fuera de la realidad, habrá quien lo lea mucho mejor por ellos). El joven Benito sabía lo que quería, el poder, y lo demás lo fue inventando por el camino, porque sobre todo tenía un gran talento político para olisquear el consenso y reaccionar rápidamente. (Moraleja: cuando la silla del poder está en el aire, se la lleva el más listo y quien dice la mentira más gorda). Fue una cosa muy italiana, como lo de Alemania fue muy alemán, entre otras cosas porque ya contaban con el modelo italiano. Miren esta esclarecedora frase programática de Mussolini: «Nosotros nos permitimos ser aristocráticos y democráticos, conservadores y progresistas, reaccionarios y revolucionarios, legales e ilegales, según las circunstancias de tiempo, lugar y ambiente».

Esto era porque los fasci tenían alergia a la política clásica, hasta rechazaban el nombre de partido y se definían un movimiento. (Moraleja: lo de Beppe Grillo hoy en Italia es justo lo mismo, de ahí las comparaciones que les sacan). Dentro también había de todo, con el único aglutinador común del descontento, por el paro y la inflación, y el odio a todo el sistema establecido. En definitiva, una movilización general de todos aquellos que se sentían olvidados por la política, sin lugar claro en la sociedad, y pretendían empezar a hacerla por sí mismos. Pero sobre todo, atención, en la clase media. No se llegaba a fin de mes, con la diferencia, respecto a hoy por ejemplo, de que era un descontento un poquito más visceral: era gente que se había comido una guerra, y una guerra tremenda, y es en esa guerra donde había aprendido a despreciar aún más el poder, decadente, y a apreciar ciertos valores, digamos, más enérgicos. De aquí un elemento decisivo: sabían lo que era empuñar un arma y hasta le habían cogido gusto. Tenían ganas de armarla. Porque para completar el cuadro ideológico nos falta un elemento muy convincente, las palizas.

Un mes después de la presentación en sociedad de los fasci, un grupete asaltó y arrasó la redacción del Avanti! en Milán, que Mussolini dirigía hasta hacía nada. Luego fueron a más. En abril de 1920 algunos de estos chicos aparecieron tras un acto socialista y a base de palos mataron a tres y dejaron cuarenta heridos. A la policía le pareció más o menos bien. A ellos les abrió un mundo de posibilidades. Se les unieron propietarios de tierras de las áreas rurales, hartos de rojerío, y que querían orden por las malas, y estos eran ya muy de derechas. Esta situación se ve muy bien en Novecento, de Bertolucci, ambientada en Emilia Romagna, en el centro del país. Es así como se inventaron las squadre de castigo, el squadrismo, los matones. Si le sumamos, del otro lado, el aumento de la agitación obrera y campesina, con ocupaciones de fábricas y terrenos, ya la tenemos liada.

Gabriele D’Annunzio y Benito Mussolini. Foto: Getty.

Por aquel entonces fue la movida de Dalmacia. Que no les asuste el enunciado de pregunta difícil del colegio, lo ventilamos enseguida. En los acuerdos de paz de Versalles tras la Primera Guerra Mundial, en 1919, se ningunearon las pretensiones italianas y no les dieron Fiume, la actual Rijeka, en Croacia. Entonces no había Mundial de fútbol y Mussolini se apuntó al fervor patriótico para sacar tajada. Muchos de sus seguidores eran nacionalistas e irredentisti, como se llamaban los que no se resignaban a la pérdida de los territorios de Trentino, Venezia Giulia y Dalmacia. (Moraleja, muy trillada: la paz mal negociada de la Primera Guerra Mundial condujo a la Segunda, no solo en Alemania). Mussolini se embarcó en esta aventura con el gran poeta nacional, Gabriele D’Annunzio, aunque no se caían del todo bien, pero era un intelectual que le daba muchos puntos. Mussolini actuaba de tapadillo, diciendo vete tú delante que yo ya te sigo. El pesadísimo vate al menos era un romántico serio. No me refiero a esa leyenda de que se quitó las costillas inferiores para poder chupársela, sino a que cogió una tropa de legionarios y así, por libre, tomó Fiume. El que soñaba con hacer una marcha sobre Roma y tomar el poder era D’Annunzio. Para Lenin era el único italiano realmente revolucionario.

El primer congreso de los Fasci fue en octubre de 1919 en Florencia, pero de nuevo fue de una retórica de excelsa vaguedad. Por increíble que parezca esto será una constante en la carrera de Mussolini: manejará cuatro conceptos y dirá siempre cosas tan ambiguas que cabía de todo. Renzo De Felice, máximo historiador del fascismo con sus ocho tomos sobre el Duce, opina sin rodeos que Mussolini no tenía en la cabeza ninguna idea concreta de Estado y de partido, iba improvisando sobre la marcha, aunque sobre todo al final le arrastraran los acontecimientos. Pero es esencial como líder, porque fue quien dio forma al descontento de masa e hizo una síntesis política. (Moraleja: al final siempre hace falta un líder, no basta enfadarse todos juntos, y ya puestos, mejor elegir uno bueno, porque si no aparece uno malo seguro).

En cualquier caso en las elecciones de 1919, sin aliados claros a derecha ni izquierda, los fascistas se dieron un sonoro batacazo. Un solo escaño. La lista de Mussolini, en Milán, sacó menos de cinco mil votos. Ganaron los socialistas, con un 32 %, y los populares sacaron un 20̴ %. Cundió el pánico en la alta burguesía, que a los dos años de la Revolución rusa veía que en Italia podía armarse otra. Mussolini, que era muy espabilado, decidió renunciar a su alma revoltosa de izquierdas porque en realidad por ese lado no le hacían ni caso, y por el otro lado tenía campo libre. Por la derecha tenía el miedo y el odio a los subversivos, el deseo de orden, lo de siempre. En una de las muchas crisis de Gobierno de esos años los fasci se pusieron espontáneamente a las órdenes de las autoridades, como paramilitares, para defender la estabilidad. Estos chicos que resolvían problemas se pusieron de moda en el mundo conservador y hubo carreras para apuntarse. El fascismo, inexistente en las elecciones, comenzó a crecer como la espuma. (Moraleja: en algunas situaciones un partido puede pasar de cero a cien en unos segundos, las cosas pueden cambiar más rápido de lo que parece. Y otra: desde entonces, cada vez que sucede lo mismo, el poder siempre agita el fantasma del fascismo, aunque no tenga nada que ver).

Pensando en los siguientes comicios, Mussolini se alió con el primer ministro, el viejo zorro conservador Giolitti, y entre ambos se deshicieron de D’Annunzio, que se estaba poniendo muy pesado atrincherado en Fiume. Pactaron un reparto de Dalmacia y el venerado poeta al final cogió los bártulos y se retiró. En resumen, el joven Benito ya partía el bacalao y el sistema comenzaba a intentar asimilarlo. En las elecciones de 1921 Giolitti, sin aliados, optó por unirse a Mussolini con la esperanza de domesticarlo en el juego parlamentario. Pero, como se puede imaginar quien aún no conozca los detalles, la cosa fue más bien al revés. Los partidos tradicionales subestimaron el fascismo. Pensaron que pasaría por el aro y se uniría al club una vez que pisara la moqueta. Mussolini usó esta alianza para hacer un buen papel en las elecciones, no como la primera vez, y meter el pie en el Parlamento. Todo esto mientras sus matones seguían repartiendo tortas en los pueblos, en las ciudades y en las fábricas. Sacó cuarenta y cinco escaños y le faltó tiempo para anunciar que no apoyaría un Gobierno de Giolitti, que entonces descubrió cómo se la había colado. Mussolini parecía actuar impulsivamente, con prontos intuitivos y geniales, pero a menudo cada movimiento estaba calculado. (Moraleja: en esto Berlusconi es igual).

Los fasci crecieron como hongos. Pero seguía sin ser un partido, eran organizaciones locales con su jefecillo, que brotaban aquí y allá de forma espontánea, cada una con sus rasgos locales y a menudo con ideologías de fondo muy dispares porque, recordemos, el fascismo cada uno lo entendía a su manera, de izquierda a derecha, aunque la final se impusieron los de la derecha. En Ferrara, por ejemplo, estaba Italo Balbo. Tenía talento: cuando las autoridades prohibieron las porras sus chicos salieron a zurrar a los rivales con bacalaos. Había continuos choques entre rojos y negros en muchas ciudades, con muertos, expediciones punitivas, correrías por comarcas y toma temporal de pequeñas poblaciones. Las fuerzas del orden eran incapaces de mantener el orden o miraban para otro lado, sobre todo si los que pegaban eran los fascistas. Como los negros zurraban más y mejor, muchos currantes se pasaban a los sindicatos fascistas. Fueron tres años de guerra civil latente, con pruebas de movilizaciones paramilitares a media escala, ante las narices de Gobiernos efímeros e inútiles, pero los partidos tradicionales y las instituciones no se daban por enterados. La democracia fue degenerando.

El panorama apocalíptico se completaba con quiebras de bancos y fragmentación política en todos los partidos. Donde más, para variar, en la izquierda, fiel a su tradición suicida. Mussolini se frotaba las manos porque todo este lío no hacía más que darle la razón sobre la inutilidad de los partidos y del propio Parlamento, mientras él dominaba la calle. Fue por entonces que empezó a ganarse el favor del capitalismo urbano, que comenzó a financiar el partido fascista. Así que comenzó a defender la propiedad privada. Mussolini jugaba a dos bandas sin un control total, porque sus matones iban muy a lo suyo, dirigidos por jerarcas locales, pero al mismo tiempo él debía dar una aparente garantía de estabilidad para no asustar a la burguesía. Impuesto el caos por sus fieras, él se presentaba como el único capaz de sujetarlas.

Parte de los socialistas y los populares intentaron un Gobierno para frenar a los fascistas, pero Giolitti se negó a guiarlo, no lo veía claro. Ante una huelga general en agosto de 1922, en protesta por una barbaridad de camisas negras, los fascistas aprovecharon para mostrarse como garantes del orden, haciendo funcionar los servicios públicos. (Moraleja: en Grecia los de Alba Dorada están haciendo más o menos esto). Los mozalbetes de las camisas negras eran mejor que el Estado, porque el Estado era una porquería. Es decir, el fascismo y los empresarios se habían encontrado. Mussolini llegó a una conclusión evidente: «Si en Italia hubiera un Gobierno digno de este nombre hoy mismo debería enviar los carabinieri a disolvernos y ocupar nuestras sedes. No es concebible una organización armada con mandos y reglamento en un Estado con su ejército y policía. Solo que en Italia el Estado no existe. Es inútil, por fuerza tenemos que llegar al poder nosotros».

El 24 octubre de 1922 se organizó una gran reunión de camisas negras en Nápoles, sesenta mil tíos. Para acojonar. El país estaba a punto de caramelo y llegó el momento de la gran marcha sobre Roma, cuatro días más tarde. Antes Mussolini visitó al embajador de Estados Unidos, que luego alabó «la eterna grandeza del Duce». (Moraleja: quien hace un dictador fascista hace cientos). Por fin alguien plantaba cara al comunismo. También es porque Italia en Europa no tenía amigos, nadie se fiaba de ella, y Mussolini vio muy bien que en Washington podía tener un gran aliado. Los amores con Churchill vendrían después, hacia 1927. Pero el joven Benito no fingía mucho, admiraba a Estados Unidos por su dinamismo, su modernidad, su potencia militar, en fin, por lo que tenía de común con su idea de fascismo. Quizá no tanto, y no deja de ser una paradoja graciosa, por su política migratoria: en ese momento Estados Unidos rechazaba a los italianos en sus fronteras con rácanos cupos anuales, y en general eran mal vistos, de forma racista. (Moraleja: el fascismo universal es imposible, necesita fronteras para ser fascistas unos con otros, si no el mundo se llena de indeseables). Esta situación se redondea maravillosamente con la constatación de que buena parte de la comunidad italoamericana era fascista, precisamente porque Mussolini les daba orgullo patrio después de que en Estados Unidos les hubieran tratado a patadas.

La Marcha de Roma comenzó con la toma de instituciones en las capitales y un peregrinaje más o menos chapucero de distintos grupos hacia la capital. Pero cundió más el miedo que los que eran realmente. En Roma se pusieron nerviosos y se pidió al rey que declarara el estado de asedio. Pero Víctor Manuel III se rajó. Un general le respondió a la italiana: «El ejército cumplirá con su deber, pero será mejor no ponerlo a prueba». Al final el rey tuvo que llamar a Mussolini para rogarle que, por favor, se dignara a hacerse con el poder. Mussolini no estaba en la marcha con la tartera de filetes empanados, no, se había quedado en Milán a ver cómo salía eso por si acaso aparecía el ejército a repartir leña. Llegó al palacio del Quirinale a ver al rey el día 30 con una camisa negra. Tenía treinta y nueve años.

Lo emocionado que estaría que se olvidó de la Marcha de Roma, esos pringados que aguardaban muertos de frío por los caminos, bajo la lluvia, a la espera de instrucciones. Eran unos treinta mil y por el camino se les unieron más del doble. La gente se subía al carro del vencedor. El día 31 desfilaron en Roma seis horas ante el rey. Eran una banda de mangantes, cada uno vestido a su manera de forma marcial, como sargentos de república bananera, con predominio del negro. Ya puestos, Mussolini subió la cifra y dijo que eran trescientos mil, y a ver quién da más.

Benito Mussolini presidiendo el desfile de las juventudes fascistas, Roma, 1934. Foto: Cordon.

El Parlamento apoyó al nuevo presidente del Gobierno por trescientos seis votos contra ciento dieciséis y en el Senado, por ciento noventa y seis contra diecinueve. Socialistas y populares, la clase política tradicional, no solo desacreditaron las instituciones, tampoco las supieron defender. Los políticos de entonces tienen gran responsabilidad en la consolidación del fascismo, porque les faltó lucidez, iniciativa, valentía y fantasía política para desactivarlo, captar el mensaje de la calle. Como dice De Felice, no era en absoluto inevitable, no tanto como luego en Alemania, y entonces la situación general, económica y social, había mejorado.

Mussolini ya estaba en el poder, pero al principio fue de colega, no dejaba de querer atraer a los socialistas, porque aún tenía su corazoncito rojo. Luego empezó a tener detalles, como bombardear la isla de Corfú en agosto de 1923 tras un conflicto diplomático. Era para sacar músculo. La gente, alicaída tras la Primera Guerra Mundial, se sintió reconfortada. Mussolini hizo aprobar luego un nuevo sistema electoral delirante que regalaba la mayoría absoluta al partido que sacara más del 25 %, es decir, se hizo una ley a su medida y el Parlamento votó por lo que venía a ser su suicidio. Para que colara era imprescidible dividir a los populares y hundir a su líder, un cura, Luigi Sturzo. Mussolini le atacó con sus periódicos y al mismo tiempo se trabajó con favores al Vaticano, que quería resolver el problema de su estatus, cosa que logró en 1929. Hoy por ti mañana por mí y el Osservatore Romano invitó amablemente a Sturzo a dimitir. El pobre obedeció. La ley pasó. Por fin hubo elecciones en abril de 1924, con propaganda, palizas y acusaciones de tongo, y el partido fascista las ganó con un 65 % de los votos.

Lo demás fue rodado, y se precipitó en junio por el asesinato del combativo diputado socialista, Giacomo Matteotti, a manos del habitual grupo de matones. Solo que esta vez ya era casi en forma oficial, de régimen. Era el momento de la verdad y de hacer algo. Habló otra vez el Osservatore Romano: «Mejor evitar saltos en la oscuridad». No veían lo negro tan negro, preferían lo malo conocido. La oposición decidió abandonar el Parlamento hasta que el Gobierno no aclarara su responsabilidad en el crimen, pero ya daba igual porque tampoco pintaban gran cosa. En realidad nunca se ha aclarado si el asesinato fue cosa de Mussolini, o más bien que sus chicos, cada vez más difíciles de controlar, actuaron por libre y se les fue la mano.

El dilema del joven Benito entre mantenerse en unos parámetros medianamente democráticos o tirarse al monte, como querían sus bandas de criminales con camisa negra, marcó unos meses muy tensos. Podía haberle echado el rey, pero no lo hizo. (Moraleja: aunque un rey no sirva para casi nada la mayor parte del tiempo, debe ganarse el sueldo en esos momentos en que debe tener un par de pelotas). Tras dos décadas de mirar para otro lado y la Segunda Guerra Mundial, Víctor Manuel III abdicó en 1946 para que le sucediera su hijo Umberto, en un intento desesperado de que la gente no hiciera pagar a la monarquía por sus errores. Pero en referéndum los italianos prefirieron la república, hasta hoy, aunque eso no ha impedido a sus descendientes seguir siendo unos vividores.

El rey, como la Iglesia y parte de la oposición, creían que Mussolini era el único capaz de mantener el orden y además no veían una alternativa. El futuro papa Juan XXIII, por ejemplo, que todos tenemos por un señor bueno y moderno, le sacaba la cara en sus diarios. El 3 de enero 1925, en un discurso decisivo ante el Parlamento, Mussolini por fin dijo las cosas claras: «Si el fascismo ha sido una asociación delictiva, yo soy el jefe de esta asociación delictiva». Otra frase muy buena del discurso: «Italia quiere la paz. Nosotros se la daremos con amor, si es posible, y con la fuerza, si es necesario».

Ya estaban las cosas negro sobre blanco, bien negro, pero no crean que eso hizo saltar ninguna alarma en el mundo. Al revés, le hicieron la ola. La perspectiva de hoy es engañosa. Lo ocurrido en Estados Unidos es un ejemplo memorable, aunque haya caído en la desmemoria, sobre todo en Estados Unidos. A ver cómo lo digo sin que suene muy fuerte, porque esto no sale en las películas: buena parte de la élite capitalista y política de Estados Unidos era más o menos fascista. Tenía y tiene un alma negra, aunque ahora el Tea Party solo nos parezca una cosa folclórica. Como cuenta el periodista Ennio Caretto en un interesantísimo libro de reciente aparición —Quando l’America si innamorò di Mussolini—, Mussolini fue admirado, respetado y jaleado en Estados Unidos durante todos los años veinte y gran parte de los treinta. Hasta cuatro presidentes —Harding, Coolidge, Hoover y Roosevelt— le vieron con buenos ojos y solo empezaron a mosquearse con la invasión italiana de Etiopía, en 1935, donde se usaron armas químicas por primera vez, y con su intervención en la Guerra Civil española junto a Hitler, en 1936. En Estados Unidos no se bajaron del burro hasta 1938, cuando aprobó las leyes raciales. Hasta ese año incluso a los judíos les caía bien.

Para la Casa Blanca el joven Mussolini era un moderado. Representaba el orden, la paz para los negocios y además era de derechas, un freno contra el comunismo, que era el verdadero enemigo para ellos. A Estados Unidos no le interesaba tanto exportar la democracia como el capitalismo. Que Italia fuera una dictadura era un mal menor, y Mussolini incluso pasó por pacifista, un pequeño equívoco. Representaba el hombre nuevo y no es exagerado decir que fue el político de moda en Estados Unidos durante muchos años. En 1922, Hemingway escribió que no estaba nada mal, aunque le bastó un año para cambiar de idea. A los demás les costó bastante más. El joven Kennedy, cuyo padre era abiertamente nazi, como muchos otros ricachones, pasó de viaje por Italia con veinte años y el fascismo le pareció una cosa magnífica. Y era ya 1937. Hasta Gandhi fue a Roma y le hizo una visita al Duce. Era un novedad política que despertaba curiosidad.

Pero es que es precisamente a partir de 1925, ya instaurada la dictadura, cuando se dispararon los negocios entre Estados Unidos e Italia. La JP Morgan rebajó y agilizó el pago de las deudas de guerra de Italia y le dio un préstamo de cien millones de dólares. El hombre del banco en Italia, Thomas Lamont, se definió admirado «un misionero del fascismo». Propagó la buena nueva en Wall Street, que se convirtó encantada al fascismo, como muchos de los medios norteamericanos, que lo veían con simpatía. También Roosevelt, que pensaba que Mussolini podía frenar a Hitler, se mostró interesado al principio en el «experimento» fascista. Era un milagro económico que podía ser una especie de «tercera vía» entre comunismo y capitalismo, como el New Deal, su gran giro de intervención pública para sacar al país de la Gran Depresión. Hay que recordar que tras una década de liberalismo salvaje, que llevó al crack de 1929 —como en 2008—, la Casa Blanca tuvo que dar peso al Estado para inyectar dinero público, pero con cuidado de no parecer comunista. Obviamente a los millonarios y a la gran industria Roosevelt se lo pareció de todas maneras y hubieran preferido en casa un régimen más autoritario, un poquito fascista y que les dejara hacer lo que les diera la gana —como en 2008, y años siguientes, e imaginen ahora que el presidente es negro—. Que se sepa, y no se sabe mucho, contra Roosevelt hubo un atentado frustrado en 1933 —un inmigrante italiano le disparó a bocajarro y se salvó por un pelo— y un chapucero intento de golpe de Estado en 1934. Ese era el clima.

En Estados Unidos se fundaron incluso grupos de fasci en todas las grandes ciudades que se pegaban de vez en cuando con sus opositores dentro de la comunidad italoamericana. Un pelotón de camisas negras acudió oficialmente al funeral del presidente Harding, en 1923, y en los Juegos Olímpicos de 1932, en Los Ángeles, los atletas italianos desfilaron en formación fascista. Era una cosa pintoresca, sin más. Pero en los despachos importantes le adoraban sin reservas. Thomas Watson, el presidente de IBM, por ejemplo, tenía un retrato de Mussolini en el suyo. Magnates como Henry Ford o Randolph Hearst —que publicaba los artículos del Duce en sus medios—, eran declaradamente fascistas. Las investigaciones de Mengele, antes de los campos de concentración, fueron financiadas por la Fundación Rockefeller. Todas las grandes compañías americanas hicieron negocios con Hitler incluso durante la guerra: General Motors y Ford le fabricaban armas; IBM le facilitó la tecnología que permitió un eficaz fichaje de judíos y la eficiente gestión de los campos de concentración; por supuesto las petroleras, como la Standard Oil y Texaco; y Singer, Westinghouse, General Electric; y cómo no los bancos, como JP Morgan, Chase Manhattan o el del padre de George Bush y abuelo de George W. Bush. (Moraleja: el dinero era y es el dinero y la banca siempre gana).

Ciñéndonos a lo negro, la única oposición clara al fascismo en Estados Unidos, además de anarquistas y sindicatos, fue la de los negros, cabreadísimos por la guerra de Etiopía en 1935, que fue un detonante de aglutinación de los primeros movimentos negros en Estados Unidos. Es decir, gracias al Mussolini negro, los negros de verdad se unieron más todavía. De hecho un centenar se apuntaron a la Brigada Lincoln en la Guerra Civil española. Aunque es sorprendente recordar que, al principio, algunos de los líderes negros, como Marcus Garvey, eran fascistas. Es decir, negros negros.

A partir de 1925, con el jovencito Mussolini ya convertido en un dictador hecho y derecho, se creó un gran consenso social e Italia progresó, pero todo empezó a ponerse definitivamente negro, negrísimo. Y colorín colorado.


Especial thriller conspiranoico (I)

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Chacal, 1973. Imagen: Warwick Film Productions / Universal Productions France.

Poco importa que nos creamos o no una conspiración, lo relevante es que esté bien contada. Y va siendo hora de hacer un repaso a algunas de esas películas que nos sumergen en el fascinante mundo de los complots y los contubernios judeo-masones, que constituyen todo un género propio con características muy diferenciadas.

Como hay bastantes películas y necesitaré más de un episodio, había pensado en efectuar un repaso por orden cronológico. Pero he cambiado de idea. Creo que lo mejor es empezar por la década cumbre del género, los setenta, de la que proceden los largometrajes más conocidos y ejemplares. El cine de los setenta está repleto de películas conspiranoicas, generalmente inspiradas por novelas de éxito, y esto no es casualidad. Ya hubo cine conspiranoico en los sesenta, a raíz del asesinato de Kennedy y otros magnicidios, aunque en general se atribuían a criminales aislados y el público prefería creerlo así. También influyeron las revueltas europeas y las crecientes sospechas sobre los manejos en torno a la guerra del Vietnam. Pero el cine político siempre fue considerado difícil para la taquilla y el público todavía no había perdido esa ingenuidad que le impedía pensar que sus dirigentes podían ser una pandilla de mafiosos. Muchas películas de espionaje evitaban cualquier parecido con la realidad, y hasta las adaptaciones de James Bond cambiaban a los villanos soviéticos por otros pertenecientes a organizaciones ficticias, con tal de no mezclar política y entretenimiento. En los años sesenta hubo algunas películas conspiranoicas (las veremos en siguientes entregas), pero eran pocas. Se consideraba que lo mejor era dejar la actualidad geoestratética para los periódicos. Nadie quiere ver los grandes problemas del mundo mientras mastica palomitas. Esta percepción sufrió un vuelco con el cambio de década, tanto en Europa como en Estados Unidos. Hollywood terminó sucumbiendo al cine conspiranoico cuando las instituciones estadounidenses perdieron su credibilidad. A principio de los setenta hubo varios escándalos sonados que salpicaban a todos los ámbitos del poder: el ejército y los ministerios (escándalo de los papeles del Pentágono), el FBI (el caso COINTELPRO y similares), la CIA (el descubrimiento de toda una red de operaciones sucias) y la propia Casa Blanca (caso Watergate). Después de estos y otros escándalos, los estadounidenses perdieron la fe en sus dirigentes y el cine reflejó esta tendencia con todo un vendaval de películas que ponían en duda hasta el último tornillo del engranaje político y empresarial. Estas películas tenían rasgos comunes: tendencia más bien progresista, la consideración de la prensa como el único contrapoder activo y la idea del ciudadano común como un ser completamente indefenso al que resulta fácil aplastar y ningunear en pro de diversos intereses.

En los ochenta el cine daría un nuevo giro gracias a la llegada de Reagan y su patrioterismo cuasirreligioso, con lo que las pantallas se llenarían de películas de acción donde los malos volvían a ser extranjeros (preferiblemente comunistas). El resto del mundo, como de costumbre, siguió las tendencias de Hollywood, salvo los casos de películas pequeñas con más ambiciones ideológicas que comerciales. Tras la fiebre ochentera de la acción patriótica, el cine conspiranoico ha vuelto a producirse a ráfagas en Hollywood, aunque, salvo excepciones, bastante más matizado que en los setenta. Así, se produce la paradoja de que algunas películas setenteras nos parecen hoy mucho más realistas, maduras y clarividentes que las más recientes. Empecemos pues por lo más famoso de aquella década y en siguientes entregas incluiremos también otras anteriores y posteriores (amén de varias más setenteras que se quedan fuera aquí). Agudice su sentido de la conspiración: ¡el mundo está contra usted!

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Z (1969)

Título original: Z.

De: Costa-Gavras.

Con: Yves Montand, Irene Papas, Jean-Louis Trintignant.

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Imagen: ONCIC / Reggane Films / Valoria Films

De qué trata: Un político de la oposición es víctima de un atentado, aunque después la policía tratará de hacerlo pasar por accidente, mientras parte de la prensa llega a culpar al propio político del atentado que ha recibido, alegando supuestas provocaciones ideológicas. Cuando un juez empieza a investigar el asunto, descubre inquietantes conexiones entre la policía y la ultraderecha, además de recibir la advertencia de que intentar hacer bien su trabajo podría significar el fin de su carrera.

Comentario: Esta película causó un gran impacto en su día, sobre todo entre la crítica y otros cineastas. Ganó varios premios importantes y fue nominada en los Óscar como mejor película de habla no inglesa y también como mejor película en general (doblete de nominaciones que han conseguido muy, muy pocos títulos). No es extraño que resultase tan admirada. Su formato, entonces muy novedoso, se basaba en una narración veloz, casi periodística, y sirvió como molde para películas como Todos los hombres del presidente o JFK, y también para el estilo de otros muchos directores. Eso sí, la distingue su barniz deliciosamente mediterráneo, ya que aparecen personajes dignos de cualquier novela picaresca ambientada en barriadas marginales, que hubiesen encajado muy bien en cualquier comedia neorrealista. De hecho, las estrellas del reparto quedan eclipsadas por el carismático plantel de actores secundarios, encargados de dar vida a ese inefable ramillete de elementos histriónicos que hubiesen hecho las delicias de Cervantes. Pero más allá de su pintoresco paisanaje, Z es realmente la primera película de conspiración política moderna. Aunque antes ya hubo filmes conspiranoicos, aquí prima un mayor afán de realismo y una narración que contrapesa el drama tradicional con una vivaz descripción de los hechos. No en vano estuvo basada en hechos reales (la «Z», que significaba «él aún vive», era una pintada de protesta que recordaba al político asesinado), así que la película servía para que Costa-Gavras, radicado en Francia, denunciase la dictadura que acababa de imponerse en Grecia, su país natal. Con enorme verosimilitud mostraba la fina línea que existe entre una democracia y el advenimiento de un régimen fascista, dejando entrever que algo así puede suceder en cualquier parte a poco que ciertos poderes fácticos se conviertan en cómplices. Pero no piensen que esto es plúmbeo cine-protesta, ¡nada más lejos! Costa-Gavras dio una lección maestra, porque no renunciaba al entretenimiento propio del cine clásico (la película se sostiene como divertimento más allá de cualquier ideología) al contrario de lo que hacían otros cineastas politizados de su tiempo, que, al estilo de Godard, con frecuencia pecaban de una excesiva abstracción. Este fue el gran mérito de Costa-Gavras: demostrar que el cine político puede ser muy entretenido. Oliver Stone no se inspiró en la nada.

Lo bueno: Su ritmo de narración sin pausas, con guiños a un estilo casi documental, que se convirtió en un modelo a seguir para el cine político posterior y también para los Scorsese de este mundo. Ah, y la galería de personajes estrafalarios, a cada cual más hilarante pese a lo serio del asunto tratado.

Lo malo: Quizá hay algún momento (muy aislado, eso sí) en que el argumento se vuelve un poco confuso. Pero nada importante.

Una escena: El delicioso prólogo, una conferencia policial donde comparan el izquierdismo con la plaga del mildiu de la vid, secuencia en la que Costa-Gavras da buena muestra de una sarcástica agudeza expresada mediante planos inconvenientes, técnica que sería mil veces imitada en el futuro.

Especialmente recomendada para: Quienes deseen comprobar dónde dio el cine político su giro hacia la modernidad, o dónde nació el estilo de narración que emplearon muchas películas posteriores.

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Todos los hombres del presidente (1976)

Título original: All The President’s Men.

De: Alan J. Pakula.

Con: Robert Redford, Dustin Hoffman.

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Imagen: Warner Bros. / Wildwood Enterprises.

De qué trata: Narra la investigación del escándalo «Watergate» a través de los ojos de los dos reporteros que lo sacaron a la luz. Lo que en principio parecía un robo de lo más vulgar en la sede del Partido Demócrata —tan vulgar que ningún otro periódico o televisión le prestaba mucha atención—, termina sirviendo para destapar una tremenda conspiración de espionaje que salpica a la CIA, al poder judicial, al Partido Republicano y a la propia Casa Blanca.

Comentario: El Watergate fue el suceso que terminó de dinamitar la confianza de los estadounidenses en las instituciones. Ya habían sido testigos de magnicidios y escándalos, pero con el Watergate vieron atónitos cómo todo un presidente, Richard Nixon, se veía obligado a dimitir por causa del juego sucio. Dado que marcó un antes y un después en la sociedad de su tiempo, una historia tan importante pedía a gritos una adaptación cinematográfica. Hollywood se lanzó a ello y pudo haber salido mal, pero por fortuna el resultado fue impecable; la verdad es que en aquellos años era más fácil confiar en que hubiese inteligencia en las grandes producciones. Aquí no se mastica la historia para contentar a un público palomitero. Al contrario; es un largometraje que de verdad requiere atención y concentración, porque el argumento es enrevesado como el demonio. Menos mal que el director Alan J. Pakula ya venía entrenado, dado que esta fue la tercera y mejor película de la llamada «trilogía de la conspiración» o «trilogía de la paranoia» que rodó durante la década (las otras dos son Klute y El último testigo, de las que también hablaremos en adelante). Dirigió el film con firmeza, muy influido por Z de Costa-Gavras, pero aportando su visionaria inspiración visual. Añadió la dosis justa de estilismo en algunas escenas, eso sí, sin recrearse más de la cuenta; hay menos alarde de virtuosismo visual que en su film anterior El último testigo y también mucha menos acción, pese a lo cual esta resulta incluso más entretenida. Pakula tuvo el acierto de permitir que el argumento mandase sobre las veleidades artísticas y consiguió eso tan difícil que es una dirección «invisible» que, sin embargo, no deja un solo detalle al azar. Hay momentos en que consigue un gran efecto emocional con recursos casi imperceptibles que fueron imitados muchas veces en el futuro. Por citar un ejemplo muy conocido, las apariciones del confidente Garganta Profunda sirvieron como base para el personaje de «el fumador» en la serie Expediente X. En cuanto a sus estrellas, tanto Redford como Hoffman están perfectos en sus respectivos papeles. El resto del reparto brilla también, sin excepciones. Todos los hombres del presidente no solamente estuvo muy a la altura del importante asunto que trataba, sino que podemos considerarla una de las mejores películas sobre política y periodismo que se hayan rodado jamás. Es una de las obras maestras de Pakula, lo cual es decir bastante. Y es un ejercicio muy serio; parece casi una lección de historia, muy dinámica pero también muy rigurosa. Dado que en este caso los periodistas triunfaron sobre los políticos corruptos, es uno de los pocos thrillers conspiranoicos de los setenta que están infundidos por el optimismo

Lo bueno: Casi todo. El ritmo es perfecto, no hay un minuto de sobra ni ningún elemento que chirríe.

Lo malo: Nada. Pero por decir algo, el final es un poco precipitado, en el sentido de que la película narra al pormenor la investigación del caso Watergate pero omite todo lo referente al escándalo posterior, que es despachado con unas breves frases de teletipo. Entiendo que el público de su época lo tenía muy reciente y no necesitaba ver en pantalla cómo terminaba la historia, pero hoy se echa de menos un epílogo más elaborado. Otro pequeño inconveniente es que la historia es tan complicada que puede resultar difícil de seguir, sobre todo para quien no esté familiarizado con el caso Watergate o las instituciones estadounidenses. Pero tranquilos, la película gana con cada visionado, conforme se va entendiendo mejor, y jamás aburre ni aun habiéndola visto varias veces, porque cada secuencia está planificada y ejecutada de manera exquisita.

Una escena: La más recordada es el asombroso plano cenital de la Biblioteca del Congreso, aunque citaría también la secuencia en que el personaje de Redford sale de un aparcamiento, repentinamente consciente de que anda metido en un asunto de magnitud tal que podrían intentar asesinarle. Un momento de suspense breve y sencillo pero fantásticamente bien concebido, que también ha sido imitado muchas veces y demuestra que Pakula estaba aquí en lo mejor de su juego.

Especialmente recomendada para: Cualquiera interesado en la política o la historia. Y aspirantes a periodista que quieran comprobar que la idea romántica que tienen del oficio es algo prácticamente extinto.

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Chacal (1973)

Título original: The Day of the Jackal.

De: Fred Zinnemann.

Con: Edward Fox, Michael Lonsdale.

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Imagen: Warwick Film Productions / Universal Productions France.

De qué trata: La ultraderecha francesa contrata a un asesino a sueldo (el «Chacal») para matar al presidente Charles De Gaulle. El complot es descubierto por la policía, pero no saben quién es Chacal, ni de qué país procede, ni qué aspecto tiene, ni cuándo va a actuar, ni cómo planea el magnicidio, así que comienza una frenética y desesperada investigación contra el reloj para intentar averiguar su identidad y detenerlo antes de que cometa el asesinato.

Comentario: Basada en una novela de Fredederic Forsyth, esta película es una de las pocas que consigue narrar una conspiración político-criminal desde los dos puntos de vista, el del asesino y el de sus perseguidores, sin que se pierda el equilibrio. Además, es una película que va al grano: no hay elementos argumentales superfluos, ni romances innecesarios, ni interludios sentimentales ni diálogos que sobren. Los personajes apenas presentados, aunque esto, que podría ser un defecto en otras películas, funciona de maravilla aquí, porque el trasfondo personal de cada uno de ellos importa poco. Pese a la engañosa parsimonia de algunos tramos del film, siempre está sucediendo algo en pantalla, o, cuando no, se está preparando al espectador para lo siguiente que suceda. El veterano Fred Zinnemann dirige como en sus mejores tiempos, deleitándonos con un angustioso incremento de la tensión que recuerda mucho al de su película más famosa, la inmortal Solo ante el peligro. Incomprensiblemente, Chacal no funcionó en taquilla como se esperaba, por lo que Zinnemann se arrepintió de haber elegido a un actor poco conocido como protagonista, pero desde el punto de vista artístico no se me ocurre ninguna estrella de la época que hubiese podido bordar el papel de Chacal como lo hizo Edward Fox. De rostro inquietante, encarna a un elegante psicópata que parece amar el peligro asociado a su misión; le confiere a su personaje tal aureola de fría malignidad que es difícil imaginar a otro en su papel. También está fantástico Michael Lonsdale, que interpreta al inspector de policía francés encargado de dar caza al Chacal; pese a su aparente inexpresividad, Lonsdale consigue transmitirnos lo desesperado de su situación (el pobre inspector apenas duerme mientras intenta averiguar a quién demonios está intentando capturar). Por lo demás, resulta fascinante contemplar cómo Chacal planea su golpe paso a paso, con la minuciosa dedicación de un artesano; ese tipo de metódica reconstrucción de los preparativos de un crimen ha sido descrita en muy pocas películas, pero encaja de maravilla con el género del suspense.

Lo bueno: Todo. Esta película es una maquinaria de relojería en la que cada pieza cumple su papel.

Lo malo: No se me ocurre algo malo que decir. Bueno, sí, lo peor es el vergonzoso remake que protagonizó Bruce Willis y que no tenía NADA que ver con esto. De hecho, me produce sonrojo cada vez que recuerdo su existencia, y es una pena que haya gente que asocie el título «Chacal» con ese pedazo de mierda y no con esta maravilla de película.

Una escena: Cómo olvidar a Chacal practicando tiro al blanco con una sandía. También citar la manera en que Zinnemann integra en la película filmaciones reales de una celebración en París, que sería imitada (y ampliamente mejorada) por otra película de esta lista, Domingo negro.

Especialmente recomendada para: Amantes del suspense a fuego lento y de las conspiraciones ejecutadas por virtuosos del crimen. También para aficionados a construir cosas con Lego y, claro está, para detractores de las sandías.

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Los tres días del Cóndor (1975)

Título original: Three Days of the Condor.

De: Sydney Pollack.

Con: Robert Redford, Faye Dunaway, Max von Sydow, Cliff Robertson.

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Imagen: Wildwood Enterprises.

De qué trata: Un empleado de la CIA, apodado «Cóndor», trabaja en una pacífica oficina donde se dedican a analizar los libros y revistas en busca de mensajes ocultos de organizaciones terroristas y similares. Pero Cóndor no es un espía, sino algo más parecido a un funcionario cuyo monótono trabajo no conlleva ninguna clase de peligro. Sin embargo, un día vuelve a la oficina tras salir a comprar el almuerzo y descubre que todos sus compañeros han sido asesinados. Sin saber quién ha querido matarlos ni por qué motivo, intuye que él será el siguiente, así que empieza a imaginar una conspiración de alto nivel y trata de deducir qué está sucediendo mientras, a la desesperada, busca un lugar donde refugiarse.

Comentario: Adaptación libre de la novela Six Days of the Condor, que gira en torno a una conspiración bastante más prosaica, la película lleva la historia a terrenos políticos mucho más peliagudos. En su día, de hecho, mucha gente consideró que esta adaptación era demasiado fantasiosa. Sin embargo, hoy sabemos que el guion cinematográfico resultó ser muy clarividente, porque anticipaba sucesos políticos de gran magnitud que parecían imposibles en los setenta pero sí terminaron sucediendo veinticinco años después. Además de su carácter profético, nos hallamos ante un thriller de manual en el que Pollack imita (que no copia) a su admirado Alfred Hitchcock con una habilidad suprema como constructor de secuencias de suspense basadas en la premisa de un hombre inocente que corre peligro pero no tiene la menor idea de por qué. Robert Redford ofreció una de sus mejores interpretaciones —si no la mejor— encarnando al sufrido Cóndor, un hombre muy inteligente pero sin experiencia en el espionaje, que intenta mantener la cabeza fría en mitad de una atmósfera de paranoia constante. Incluso el interludio romántico del film, que en otro tiempo consideré una concesión comercial innecesaria, hoy me parece una subtrama retorcida que encaja muy bien en la historia, y donde los guionistas consiguieron introducir varias perlas de perversión emocional en forma de engañosas alusiones poéticas. Además de la mejor versión posible de Redford, Faye Dunaway brilla en todas las escenas donde aparece gracias a una interpretación memorable en un personaje difícil. El carismático Cliff Robertson (el mismo que ganó un merecido Óscar por interpretar a un retrasado mental en Charly) está impecable como el inescrutable jefe de Cóndor. Y, cómo no, mención especial para el gran Max von Sydow, que interpreta con impactante maestría a uno de los asesinos a sueldo más fascinantes de la historia del cine y que roba cada secuencia en la que aparece.

Lo bueno: Prácticamente todo.

Lo malo: No se me ocurre.

Una escena: Hay muchas memorables, pero nada supera esa apoteósica secuencia final que demuestra que lo sencillo, cuando es presentado de manera inteligente, puede ser mucho más poderoso que cualquier festival de efectos especiales. Además, su metáfora conspirativa resulta tan impactante hoy como cuando se estrenó. Hay cosas que no cambian.

Especialmente recomendada para: Amantes del suspense hitchcockiano. También para escépticos de las teorías oficiales del 11S, que se lo pasarán en grande cuando descubran la tesis fundamental de la película.

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El último testigo (1974)

Título original: The Parallax View.

De: Alan J. Pakula.

Con: Warren Beatty.

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Imagen: Doubleday Productions/ Gus / Harbor Productions.

De qué trata: Un senador es asesinado durante un acto público. Aunque la posterior investigación de un comité del Congreso dictamina que ha sido cometido por un enajenado que actuaba en solitario, varios de los principales testigos del magnicidio mueren por accidente o sospechosas «causas naturales». Una reportera que también fue testigo piensa que ella podría ser la próxima en morir, y, aterrorizada, acude en busca de la ayuda de un colega (Beatty). Este no la cree porque la mujer tiene un historial de desequilibrio emocional. Sin embargo, cuando ella también aparece muerta poco después por aparente suicidio, decide empezar a investigar por su cuenta y descubre que, efectivamente, parece haber una siniestra red detrás de todos estos sucesos.

Comentario: Aunque con otros nombres y situaciones muy diferentes, El último testigo hace un claro guiño a los defensores de la teoría de la conspiración en el asesinato de Kennedy. Sin embargo, se opta por trazar un vago paralelismo, concediendo más importancia a la acción y el entretenimiento inmediato que a la elaboración de la tesis conspiranoica. La película tiene muy buenos mimbres, pero se resiente por culpa de un guion desarrollado con prisas en mitad de una huelga de escritores, lo cual hace que el resultado sea irregular. Bueno, pero inconexo. La premisa inicial no es desarrollada con todo el ímpetu que requería, y la historia avanza a trompicones entre varias secuencias que están bien construidas por separado, pero donde se echa de menos un hilo conductor más consistente. No es casual que sea la única película de la «trilogía de la conspiración» de Pakula que no recibió nominaciones importantes en los premios Óscar. Aun así, la moraleja final es muy poderosa y la brillantez visual y narrativa de algunas escenas hace que merezca mucho la pena. Quizá el guion no sea perfecto, pero aquí tenemos arte cinematográfico de mucho nivel. Pakula estaba muy inspirado en los setenta y por momentos llega a causar asombro con su aparente facilidad para convertir casi cualquier entorno en una imagen hipnótica, y muchos fotogramas parecen cuadros cubistas. Aunque en su día esta película fue recibida con frialdad, porque la crítica se fijó más en las carencias que en sus aciertos, hoy se la valora bastante más, aunque sea por el efecto contagio de pertenecer a una trilogía inmensamente respetada, y por el hecho evidente de que Pakula tenía momentos de genialidad.

Lo bueno: La insólita capacidad de Pakula para imaginar encuadres inesperados de edificios y espacios varios, o para conseguir que algunas secuencias contengan un intenso significado, pero sin recurrir a metáforas facilonas ni poesía visual demasiado evidente. No recuerdo si los hermanos Coen han citado alguna vez a Pakula como influencia, pero no me sorprendería lo más mínimo porque, desde el punto de vista visual, algunos momentos de esta película casi parecen anticipar el estilo secamente pictórico de películas como Fargo.
Lo malo: La falta de un hilo conductor sólido es el principal problema, porque no se produce el debido crescendo del suspense. Y, bueno, que Warren Beatty no es un buen actor y menos para ejercer como protagonista absoluto en una historia de este tono. No es que su interpretación sea horrible hasta el punto de arruinar la película, como mucho puede decirse que cumple con aprobado raspado. Pero todo hubiese ganado muchísimos enteros teniendo en el papel principal a Dustin Hoffmann, Donald Sutherland, Robert Redford o algún otro de los habituales en el thriller político de la época.

Una escena: La del carrito de golf deambulando entre las mesas; apenas unos segundos de tétrica inventiva visual para mostrar algo que otros directores hubiesen comunicado de manera más prosaica. Y la escena de la presa vista desde el río; la clase de secuencia que jamás podría generar el mismo impacto simulada con efectos de ordenador. Que el espectador caiga en pensar que plantaron allí las cámaras para rodar esa escena (no sé si fue peligroso, pero ¡desde luego lo parece!) es una sensación que ningún FX puede emular.

Especialmente recomendada para: Los amantes del periodismo temerario.

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El síndrome de China (1979)

Título original: The China Syndrome.

De: James Bridges.

Con: Jane Fonda, Jack Lemmon, Michael Douglas.

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Imagen: Columbia Pictures / IPC Films.

De qué trata: Una periodista de noticias locales, junto con su cámara y su técnico de sonido, están grabando un reportaje rutinario en una central nuclear cuando por pura casualidad son testigos de una considerable agitación entre los ingenieros de la sala de control. Los reporteros no saben exactamente qué pasa, porque no pueden oír a través de los cristales, pero tienen la impresión de que ha estado a punto de producirse un accidente muy serio. Sin embargo, el supervisor de la central lo niega y la emisora para la que trabajan rehúsa airear la noticia. Cuando empiezan a investigar por su cuenta, descubren que en efecto la central ha sufrido un incidente muy serio y que todo se ha salvado in extremis. Entre tanto, el mismo supervisor que les ha desmentido el peligro empieza a preocuparse por una vibración extraña que se produjo durante el incidente y que solamente ha notado él. Sus propias indagaciones le llevan a sospechar que la central no es segura, lo que le empieza a generar serios problemas de conciencia ante la posibilidad de que otro accidente derrame radiactividad sobre millones de personas.

Comentario: La historia de este film es curiosa. Fue considerada una película panfletaria, porque Jane Fonda era una figura emblemática del sector más progre de Hollywood y Michael Douglas, que produjo el film, era un ferviente activista antinuclear. La industria nuclear atacó la película alegando que no tenía fundamentos para criticar un negocio de probada seguridad. Pues bien, menos de dos semanas después del estreno se produjo en una central estadounidense un incidente que recordaba mucho al descrito por el film. Así pues, la película adquirió un carácter siniestramente profético y su mensaje (que el dinero se antepone a la seguridad ciudadana y que el mundo está repleto de gente negligente) va más allá de la industria nuclear y puede aplicarse a multitud de industrias e instituciones. Además, El síndrome de China se sostiene más allá de lo que piense cada cual del asunto atómico, porque en la pantalla están sucediendo cosas casi desde el minuto uno, el ritmo es absorbente y algunas secuencias llegan a alcanzar un grado de tensión que roza lo insoportable. En cuanto al reparto, dos actores cargan con todo el peso: Jane Fonda está magnífica en su papel de reportera menospreciada por sus jefes, condenada a cubrir eventos estúpidos en zoos y acuarios y que, aunque quiere abrirse camino hacia las noticias serias, no termina de atreverse a romper con los convencionalismos. Y sobre todo Jack Lemmon, verdaderamente inmenso en el papel de supervisor de la central, que miente a la prensa por el bien de la empresa, pero al que vemos consumido por las dudas y un profundo sentido de la responsabilidad. Su rostro es el barómetro de lo que está sucediendo en los reactores de la central; está claro que Lemmon no tenía precio como actor y que en sus mejores momentos podía hacerse cargo de cualquier tipo de argumento sin el menor problema.

Lo bueno: Es una película casi redonda con un mensaje que, trascendiendo lo nuclear, puede aplicarse a muchas facetas de la vida. Y, claro está, Jack Lemmon, que eleva cada secuencia en la que aparece a un nuevo nivel.

Lo malo: Nada. Quizá el final me parece un tanto forzado, pero esto es subjetivo.

Una escena: Cualquiera de las que tienen lugar en la sala de control de la central, donde el espectador casi puede sentir en primera persona el peligro de desastre inminente.

Especialmente recomendada para: Amantes del suspense apocalíptico en general, y detractores de la energía nuclear en particular. Y para cualquiera que desee comprobar cómo un film podía anticipar la realidad con ¡dos semanas! de antelación.

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Domingo negro (1977)

Título original: Black Sunday.

De: John Frankenheimer.

Con: Robert Shaw, Bruce Dern, Marthe Keller.

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Imagen: Paramount Pictures.

De qué trata: Durante una redada, el jefe de un comando israelí descubre una cinta magnetofónica donde la organización terrorista Septiembre Negro reivindica un atentado en los EE. UU., con la peculiaridad de que el atentado no se ha producido todavía. Trabajando con los estadounidenses, tratará de detener el complot, aunque no sabe cómo ni cuándo planean atentar. Mientras, una terrorista palestina planea el golpe junto a un piloto estadounidense al que lavaron el cerebro durante su largo cautiverio en Vietnam.

Comentario: Aunque la estructura argumental pueda recordar a la de Chacal, con un atentado que debe ser desmantelado de antemano y una secuencia de clímax final entre multitudes, nos hallamos ante un film muy diferente. Aquí el factor humano tiene un peso mucho mayor, de hecho inusualmente cuidado para películas de este estilo. De manera admirablemente natural, nada forzada, se nos van presentando las motivaciones de los diferentes personajes, pero sin justificar ni censurar a ninguno de ellos, tarea que se deja al espectador. La parte emocional del guion está sumamente calculada, haciendo gala de algo tan raro en Hollywood como es el intento de neutralidad respecto a una historia cargada de polémica política desde el minuto uno. Cuando el factor humano ha sido exprimido y el argumento se acerca a la resolución, llega la última parte, tan repleta de acción que parece otra película completamente distinta. Frankenheimer lleva al extremo el uso que Chacal hacía de secuencias grabadas durante eventos auténticos, con multitudes formadas por ciudadanos y no por extras, lo cual produce una apabullante sensación de realismo (aunque claro, los efectos especiales de entonces no eran como los de ahora y encima esta película tuvo que compartir año de estreno con La guerra de las galaxias). Por lo demás, el reparto es perfecto. El carismático Robert Shaw se muestra contenido y eficaz como el despiadado agente israelí que entra en plena crisis de conciencia. El hoy olvidado pero entonces muy famoso Bruce Dern tiene grandes momentos interpretando al piloto con problemas psicológicos. Y la suiza Marthe Keller, con su cerrado acento, es de lo más inquietante en el papel de terrorista palestina.

Lo bueno: El análisis psicológico de los personajes y las apabullantes secuencias de acción.

Lo malo: No se me ocurre nada malo que decir.

Una escena: El tiroteo en un hotel y la persecución posterior, tan realista que parece casi una retransmisión televisiva. Y, cómo no, toda la apoteósica secuencia final con el dirigible. A los espectadores más jóvenes les chocarán los recursos técnicos que se usaban entonces (transparencias, etc.) que hoy pueden parecer risibles en algún plano, pero la verdad es que pocas veces se ha vuelto a rodar algo tan ambicioso. No sé qué debió sentir el espectador típico en 1977, pero a mí me parece impresionante incluso vista hoy, y más si tenemos en cuenta cuáles eran los medios de que disponían para afrontar un desafío tan enorme como el planteado por esa secuencia. Ah, también se debe mencionar el momento en que Bruce Dern muestra sus taras psicológicas durante una prueba de explosivos en un hangar, hasta el punto de que incluso su cómplice terrorista parece aterrada por su oscuridad emocional. Gran escena que hubiese encajado en algún clímax de Psicosis.

Especialmente recomendada para: Amantes del thriller psicológicamente retorcido. Y para amantes de las secuencias espectaculares con dirigibles y helicópteros, rodadas a una escala insensata.

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Traficantes de poder (1979)

Título original: Winter Kills.

De: William Richert.

Con: Jeff Bridges, John Huston, Elizabeth Taylor, Elli Walach, Beinda Bauer, Toshiro Mifune.

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Imagen: Winter Gold Productions.

De qué trata: Diecinueve años después del asesinato del presidente de los Estados Unidos a manos de un «lobo solitario», el hermanastro de dicho presidente descubre que todo pudo deberse a una conspiración. La hipótesis parece confirmarse cuando, tras iniciar la investigación, empiezan a producirse muertes a su alrededor.

Comentario: Otra película que usando otros nombres hace referencia, esta vez mucho más evidente, al asesinato de Kennedy. La teoría de que su asesinato fue fruto de una conspiración que implicaba a la CIA, las fuerzas policiales, la Mafia, Marilyn Monroe, etc., y que la investigación oficial había sido una farsa, es el leitmotiv principal. Esto tampoco se parece en nada a JFK. De hecho, el argumento aquí es un tanto estrambótico y cualquier defensa de la tesis conspirativa pierde credibilidad a base de hipérboles. Lo que debería parecer una conspiración seria termina adquiriendo, por muchos detalles, aire de vodevil. En JFK, compartamos o no sus tesis, se intentaba presentar una conspiración de manera estructurada y lógica. Tanto, que para muchos espectadores fue convincente. Winter Kills es bastante más estrafalaria, aunque su escaso realismo percibido no impide que sea entretenida. De hecho, funciona muy bien como narración; nunca aburre porque todo el rato están pasando cosas, muchas secuencias tienen un tremendo encanto y la galería de personajes alocados es deliciosamente delirante. El reparto, por cierto, es más que estelar. Aunque solo sea por contemplar a semejante plantel de actores —mención especial para Eli Wallach, que como de costumbre se las arregla para brillar con luz propia—, el visionado resulta más que recomendable. ¿Algo disparatada? Sí, pero en el buen sentido. Como nota al pie, hay que decir que su rodaje fue accidentado como pocos, pero tanto que la historia sobre ese rodaje es incluso más loca que la descrita por el guion. El proyecto, tras superar con mucho el presupuesto, llegó a ser suspendido en tres ocasiones distintas y la compañía se declaró en bancarrota. Cuando el rodaje fue interrumpido, el director, parte del reparto y el equipo hicieron una comedia con el único fin de recaudar dinero para regresar y terminar Winter Kills, que se había quedado a medias porque nadie quería ya financiarla. Incluso existe un documental sobre tan rocambolesca producción. En esas circunstancias, es verdaderamente milagroso que les saliera un film en condiciones.

Lo bueno: El continuo desfile de personajes encarnados por fantásticos intérpretes, unido a un punzante sentido del humor. Ah, y una joven Belinda Bauer, en la cúspide de su belleza, hablando con acento francés. Y, claro está, la alucinógena historia del rodaje en sí.

Lo malo: El carácter más bien inverosímil de la trama.

Una escena: El momento más entrañable y excesivo es cuando a Jeff Bridges le invitan a abandonar una propiedad privada, ¡a base de cañonazos! Es maravilloso que incluyesen escenas que parecían concebidas en mitad de una fumada.

Especialmente recomendada para: Amantes de la versión más burra del cine negro.

En la próxima entrega, más. Si la CIA no lo impide, claro.


¿Qué teoría de la conspiración consideras que podría ser cierta?

«Hay que tener la cabeza lo suficientemente abierta como para aceptar nuevas ideas, pero no tanto como para que se nos salga el cerebro» dice Michael Shermer. Nuestra mente no puede parar de elaborar patrones, conexiones causales entre dos fenómenos que cuando no son ciertas las llamamos supersticiones. Creencias erróneas que se resisten a desaparecer debido al llamado «sesgo de confirmación», por el que solo nos fijamos en los hechos que confirman nuestras ideas preconcebidas. A veces podemos menospreciar una idea solo por ser minoritaria y otras tomarla por cierta precisamente por serlo, y así complacernos en creer que todo el mundo vive engañado menos uno mismo, que ha tomado la pastilla roja.

De manera que quien considera risibles unas se toma muy en serio alguna otra y le molestará que lo suyo sea etiquetado peyorativamente como teoría de la conspiración porque, oiga, quienes creen en tonterías son los demás, no yo. Desde esta publicación mientras tanto nos mostraremos escépticos ante todas a la espera de una teoría de la conspiración unificada, por la que los chemtrails sean obra de reptilianos piperos vacunados por el Club Bilderberg con el fin de anestesiar a la población para la segunda venida de un Cristo modificado genéticamente para adoptar esta forma. Esa será la buena.

Todo este asunto de las conspiranoias, como vemos, abarca un terreno muy amplio en el que entran en juego ciencia, política, religión, sesgos cognitivos, sondas anales y otros muchos asuntos muy serios y dignos de análisis y discusión. Pero nuestra intención ahora es simplemente sondear a nuestros lectores —sus opiniones, se entiende— para ver qué teorías un tanto dudosas tienen más arraigo, en cuáles creen con más o menos firmeza o bien al menos les hacen musitar «ojo, algo de eso hay». Así que, por favor, voten con sinceridad y sin miedo o compartan algún otro disparate en los comentarios, si lo desean.

(La caja de voto se encuentra al final del artículo)

Chemtrails

Foto: Cordon Press.
Foto: Cordon Press.

Estábamos advertidos sobre la amenaza que entrañaba la fluorización del agua, pero el mal acecha bajo mil formas y desde finales de los años noventa ha aumentado la concienciación en torno a este fenómeno bautizado con la contracción de «chemical trail». Las estelas blancas que vemos cada día en el cielo no serían, como quieren hacernos creer, fruto de la condensación que generan las turbulencias en el aire al paso de los aviones, sino que estos irían cargados de sustancias químicas con las que fumigan las ciudades. ¿Por qué si no se producen sobre los núcleos de población en lugar de sobre zonas deshabitadas? Porque es ahí donde están los aeropuertos, podrán respondernos, pero eso no nos vale. Queremos creer. Vean este vídeo que no tiene desperdicio, con ese «señora, cúbrase bien» que es oro puro. De acuerdo, ¿pero cuál sería entonces la finalidad de esos productos químicos dispersados desde tal altitud? Sabemos que hay una conspiración mundial, pero no muy bien para qué. Así que según unos u otros sería para esterilizar a la población, para cambiar el clima o para envenenarnos por Dios sabe qué motivos. Lo mejor en cualquier caso es tener orgonita a mano, esa sustancia parecida a los midiclorianos de la que habló el visionario Willhelm Reich.

Transgénicos

Foto: Cordon Press.
Foto: Cordon Press.

Uno se forma una opinión a la manera en que un gordo, perdón, un fofisano, se sienta en el sofá después de su primer día de correr por el parque: la postura en la que cae es en la que se queda, da igual lo que pase después. Según demostró este estudio aquellas personas que rechazaban los transgénicos seguían haciéndolo igualmente después de que se les mostraran evidencias científicas sobre su seguridad. Godzilla era un mutante, así que cualquier manipulación genética no puede traer nada bueno. Ya nos pueden decir que la población del mosquito del dengue se redujo en un 95% en un suburbio de Brasil tras soltar machos transgénicos que tras esa noticia seguro que solo puede estar conspirando la multinacional bautizada como «La semilla del diablo».

El atentado del 11-S

Foto: Cordon Press.
Foto: Cordon Press.

Una de las características de esta clase de teorías es siempre lo alto que apuntan y la magnitud de la trama que desvelan. Autodenominarse truther en torno a algún asunto turbio en el que esté implicado el conserje de la urbanización o un concejal del pueblo quizá resulta un tanto insatisfactorio y no es el archienemigo que uno merece. No, el acontecimiento debe ser histórico, la trama ha de tener escala mundial y la mano oculta qué menos que el Gobierno de los Estados Unidos. ¿Y qué acontecimiento más impactante y trascendental de los últimos años que el 11-S? El mundo entero lo vio y paradójicamente eso le resta veracidad, pues poder decir que todos fueron engañados menos uno mismo es un caramelo al que es difícil resistirse. Hay infinidad de asociaciones, webs, libros y vídeos que inciden fundamentalmente en dos ideas: fue un atentado de falsa bandera cometido por el propio Gobierno para justificar su política posterior y el derrumbamiento lo provocaron detonaciones en la base de los edificios. No nos queda muy claro por qué el organizador dio por hecho que un aparato de más de cien toneladas, cargado de combustible y estrellándose a toda velocidad contra el rascacielos no bastaría para derribarlo y era necesario añadir cargas que explotasen cuando habría miles de cámaras enfocando desde todos los ángulos. Pero qué importa, aquí se viene a creer.

El atentado del 11-M

Foto: Cordon Press.
Foto: Cordon Press.

Puede que el propio ministro de Interior, Ángel Acebes, dijera: «Al menos hasta el día en que dejé el ministerio, no había una sola pista que permitiera adjudicar la autoría del 11-M a ETA». Puede que hubiera una montaña de evidencias que relacionaran aquel fatídico 11 de marzo con terroristas islámicos. Puede incluso que Al Qaeda reivindicara no una sino varias veces la autoría del atentado. Pero la cinta de la Orquesta Mondragón en la furgoneta es un indicio demasiado poderoso como para dejarlo pasar y a los Peones Negros ya nos sirve para anular todo lo anterior.

Antivacunación

Foto: Cordon Press.
Foto: Cordon Press.

Que en este circo de tres pistas que es la actualidad política española tengamos monjas antisistema que hacen llamamientos al pensamiento crítico y a no dejarse manipular por el poder es la señal definitiva de que hemos llegado al final de la historia. Ya solo queda resetear todo y volver a empezar desde los fenicios o más allá. En cualquier caso, y aunque nos tomamos todo lo en serio que puede tomarse a tales mentes preclaras opuestas a la vacunación, tampoco está de más echarle un vistazo a esta entrevista.

Publicidad subliminal

Imagen: Alive Films.
Imagen: Alive Films.

Si echamos un vistazo a Google lo que la gente entiende hoy día por «publicidad subliminal» son básicamente las insinuaciones sexuales más o menos explícitas en anuncios. No es exactamente eso y su origen está en la leyenda urbana que promovió James Vicary en torno a un supuesto experimento en el que introducía fotogramas durante la proyección en un cine con el logo de Coca-Cola, imperceptibles de forma consciente pero que incrementaban el consumo de esta bebida en el público al terminar la sesión. La idea es sugerente y tiempo después John Carpenter supo desarrollarla como Dios manda, esto es, introduciendo alienígenas. Así que cómo resistirse.

Tiempo fantasma

The Taymouth Hours (DP)
The Taymouth Hours (DP)

Esta teoría ideada por un tal Heribert Illig no es (aún) demasiado conocida, pero el planteamiento es muy sugerente. Viene a decir que hay periodos de la historia que simplemente no habrían existido, concretamente desde el año 614 hasta el 911, debido a un error en el calendario juliano. Afirmaciones extraordinarias requieren pruebas extraordinarias y aquí, igual que tantos otros conspiranoicos, es donde flaquea. En cualquier caso dejamos constancia de su idea.

Los caballeros templarios

Imagen: Lucasfilm Ltd.
Imagen: Lucasfilm Ltd.

Basta echar un vistazo a la sección de novela histórica de cualquier librería para comprobar que la gente necesita caballeros templarios conspirando en sus vidas. Si se añade de por medio el Santo Grial y los nazis la fórmula se vuelve inmejorable, aunque hay quien prefiere la versión que ideó Umberto Eco.

El asesinato de Kennedy

Foto: DP.
Foto: DP.

Estamos ante la madre de todas las conspiraciones y desde luego no le faltan ingredientes para ello. Un magnicidio en una época de enormes turbulencias políticas, cometido por un francotirador que fue asesinado dos días después. A partir de ahí solo queda dejar volar la imaginación.

El viaje a la Luna fue un montaje

Foto: DP.
Foto: DP.

El 20% de los estadounidenses creen que la misión Apolo fue un montaje y, como no podía ser de otra forma, en internet abundan toda clase de argumentos al respecto, desde el supuesto movimiento de la bandera, pasando por la falta de cráter donde la nave alunizó, hasta un reflejo difícil de interpretar en el casco de un astronauta. Que la Unión Soviética diera por válida la misión en lugar de haber hecho escarnio de su rival es un detalle al que no daremos importancia porque esta teoría de la conspiración tiene una variante que nos la hace irresistible: el rodaje de las escenas habría sido llevado a cabo nada menos que por Stanley Kubrick. Un año antes estrenó 2001: Una odisea en el espacio, así que todo encaja.

Caso Roswell

Foto: Cordon Press.
Foto: Cordon Press.

En 1947 se estrelló en un rancho de Nuevo México lo que según la versión oficial era un globo meteorológico, pero según ciertos indicios parecía tratarse de un prototipo de globo espía para vigilar posibles ensayos nucleares en territorio soviético. El paso de los años es como el juego del teléfono estropeado, capaz de convertir un suceso más bien banal en un mito fascinante. De manera que el Área 51 con el tiempo quedó asociada en el imaginario popular a unos extraterrestres que ya cuesta imaginarse de otra forma que con esos enormes cabezones, piel grisácea y grandes ojos almendrados.

Los Illuminati

Imagen: DP.
Imagen: DP.

El antisemitismo tuvo su origen en la intolerancia religiosa, pero con el paso de los siglos fue derivando en una teoría de la conspiración en torno a miembros de una élite económica e intelectual unidos por una misma fe y, sobre todo, por una agenda secreta supuestamente nociva para el resto de la sociedad. Algo parecido ha ocurrido tradicionalmente con la masonería, dos grupos considerados tan afines que la misma expresión «judeomasónico» los hacía indistinguibles. Y ya en la propia élite de la masonería, como una conspiración dentro de una conspiración, los illuminati. Originariamente una sociedad secreta ilustrada de Baviera que pretendía promover la educación, la libertad y el progreso social y hoy en día, según la fuente que se consulte, al servicio de los reptilianos o de Lucifer. Ante tales referentes solo cabe esperar que se adore a ambos por igual, decantarse sería como tener que elegir entre papá y mamá.

El Club Bilderberg

Imagen de Jaime Sánchez-Rubio.
Imagen de Jaime Sánchez-Rubio.

El asunto comenzó con este artículo crítico con la llamada medicina natural. Por suerte una mente cósmica pasaba por ahí y supo desenmascarar el mensaje a favor de la eugenesia que encierra. Que tampoco es algo que se le pueda reprochar al autor, a veces empieza uno escribiendo un artículo sobre Mundodisco o una librería con encanto y te acaba saliendo una apología de la eugenesia y del genocidio. Un mal día que has tenido. Pero es que además en este caso era un encargo del Club Bilderberg —gente muy maja y campechana por cierto— que pidieron para empezar dos artículos, este era el otro. Ahora bien, puestos a tirar del hilo queremos ir un paso más allá: ¿quién está detrás del Club Bilderberg? ¿Son, por así decirlo, el monstruo final o encontraremos nuevas ramificaciones y poderes ocultos? En realidad todo forma parte de una red interconectada: el gráfico que ven sobre estas líneas muestra en rigurosa exclusiva toda la verdad, memorícenlo y difúndanlo… mientras les dejen.


1963: Muestrario de la cultura de masas del año en que mataron a Kennedy

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Ya lo sabemos: en noviembre de 1963, hace cincuenta años, el presidente de los Estados Unidos, nada menos, era tiroteado hasta la muerte en Dallas. Cuando recordamos aquel hecho, sobre todo quienes no vivíamos aún, tendemos a relacionarlo con multitud de otros sucesos políticos y sociales. Pero no lo conectamos mentalmente con el entorno cultural del momento. Así que sería buena idea recordar, con la ayuda de ese archivo de la memoria llamado YouTube, cosas que sucedieron ese mismo año en cine, música o televisión. ¿Qué era lo que veía en 1963? ¿Qué música escuchaban? Tratemos de seleccionar algunas cosas, solo algunas, como parte del cuadro en el que, de repente, salpicó el rojo de la sangre del mandatario. Cultura de masas, fundamentalmente, o en algunos no caso no tanto… pero también dignas de mención.

Para empezar, como bien sabemos por la infinidad de recordatorios y referencias al aniversario que están teniendo lugar, 1963 fue también el año de la Beatlemania. El mismo día del tiroteo en Dallas salió al mercado el segundo álbum de The Beatles y una semana después, el single I want to hold your hand empezaba su rápida escalada al número uno en los Estados Unidos. Era la llegada de una nueva época: la juventud seguía ansiosa por conocer nuevas sensaciones y el pop melifluo de principios de la década no había satisfecho esos requerimientos. Porque los todavía jóvenes ídolos de la casi extinta oleada rock estaban fuera de juego por motivos diversos: algunos como Eddie Cochran o Buddy Holly habían fallecido, otros tenían problemas personales como Jerry Lee Lewis, Little Richard o Gene Vincent, otros incluso habían visto cómo sus canciones tenían más éxito en boca de cantantes más comerciales que les robaban su cuota de público mayoritario, como le sucedía a Fats Domino. Y el máximo responsable de la popularidad del rock & roll, Elvis Presley, se había convertido en una figura tan popular y se había acomodado tanto a una imagen más estandarizada que había perdido buena parte de su poder de excitación a ojos de nuevos adolescentes, para quien Elvis era una «antigualla» más del gusto de sus hermanos mayores. Películas como Fun in Acapulco, de aquel mismo 1963, no eran exactamente el medio indicado para que la juventud se viese reflejada en Elvis, especialmente teniendo en cuenta que él mismo había rodado largometrajes bastante más interesantes no mucho tiempo atrás:

Así que puede negarse, por más que los Beatles también hubiesen ablandado su imagen de cara al mercado casi antes de empezar a dar el salto, que su música era bastante más vibrante y contagiosa que la mayor parte de la que Elvis estaba grabando por entonces como bandas sonoras de sus decepcionantes ejercicios de recaudación monetaria en Hollywood. Hay a quien no le gusta esta etapa temprana de la banda, pero a mí, la verdad, me parece excelente.

Más productos de masas, aunque ahora —supongo— de menos calidad. En 1963 se estrenaba en Estados Unidos el culebrón (o más bien anaconda) General Hospital, que merece figurar aquí aunque solo sea porque a día de hoy, ¡se sigue emitiendo! No es broma. Y lleva la friolera de ¡más de 12.000 capítulos emitidos! Me gustaría desafiar a uno de esos fans enciclopédicos de Star Trek a que se aprenda todos los datos de Trivial de esta interminable serie, pero dudo que haya ningún ser humano con capacidad cerebral para almacenarlos todos. Hasta Sheldon Cooper se pondría nervioso ante la perspectiva. Eso sí, me gustaría saber si existe alguna persona viva que haya visto la serie desde sus comienzos: ni la Biblia, ni El señor de los Anillos, ni En busca del tiempo perdido, ni nada. ¡General Hospital sí que es una experiencia épica!

Aparte de la Beatlemania, otro tipo de revolución juvenil estaba en mantillas pero dando ya muestras de fuerza: la canción protesta y los movimientos contestatarios. El folk concienciado y concienzudo de Bob Dylan pegó muy fuerte aquel año, el siguiente a su debut. Su segundo disco hizo de él una celebridad, especialmente gracias al himno Blowin’ in the wind, pero no era ni mucho menos la única canción memorable que Dylan estaba aportando al mundo por entonces, como prueba esta Don’t think twice it’s alright de la que se han hecho infinidad de versiones. Me gusta particularmente la fantástica interpretación que por lo general hace Eric Clapton… como suelo decir, uno se da realmente cuenta de lo buenas que son las canciones de Dylan cuando otros se las llevan a su terreno y les sacan todo lo que quedaba de jugo.

1963 fue también un buen año para el cine. El británico Alfred Hitchcock, ya establecido como director estrella en los estudios estadounidenses, estrenaba Los pájaros, una inquietante fábula de ambiguas lecturas que supuso un shock en la época (y eso que el estudio se negó a filmar el tétrico y desesperanzador final que el malévolo Hitch había tramado). Sin duda alguna, una de las películas más influyentes en el cine de terror y un film cuya extraño argumento no pierde vigencia por mucho tiempo que pase desde su estreno. Obra maestra absoluta.

Además de por Kennedy, los estadounidenses también estaban de luto a causa la muerte de Patsy Cline y otros artistas de country en un accidente aéreo que recordaba muy mucho al de «el día en que la música murió» de 1959. Por otra parte, sin embargo, había buenas noticias en el género: por ejemplo, Johnny Cash se decidió a grabar un tema que su mujer le había dedicado  a él pero que había sido inicialmente grabado —sin ningún éxito— por Anita Carter, cuñada de Johnny. En su voz se convirtió en un hit que permitió al hombre de negro colarse en el top-20 americano.

La música campestre estadounidense tuvo un buen año aunque en general triunfaba la versión más amable de la misma. Uno de los mayores éxitos de la temporada —y no solamente en las listas country— fue la muy característicamente ligera y no obstante inolvidable Walk right in de los entrañables The Rooftop Singers. Un buen tema que tiene más chicha de lo que parece a primera vista (obsérvense esos guitarrazos a lo Everly Brothers).

En un registro muy distinto, el jazz seguía evolucionando por sus propios cauces aunque 1963 fue quizá un año extraño y de cierta inseguridad creativa para no pocos de los grandes nombres de la escena. Miles Davis, dubitativo, publicaba un disco (Seven steps to heaven) en cuya grabación se mostró descontento y que nunca gozó de la reputación de muy recientes obras maestras suyas como Kind of blue o Sketches of Spain. Por su parte, se decía que el imprevisible Thelonius Monk parecía estar llevando su habitual excentricidad  hasta los límites del mero desequilibrio mental. Desde luego parecía menos productivo: se dedicaba a rehacer antiguos temas propios con arreglos que en ocasiones confundían a sus propios músicos. Y otro excéntrico pianista, Sun Ra, grababa un indescriptible álbum con el muy elocuente título de Cosmic tones for mental therapy. Un experimento esquizoide que por descontado no sería editado hasta varios años después, ya en plena era del LSD, cuando la gente estaba algo más preparada para recibir semejante artefacto. O, ¿se imaginan a un fan de The Rooftop Singers tratando de digerir semejante locura? Así que, en plena Beatlemanía, Sun Ra flotaba por el espacio sideral anticipándose a la explosión de la psicodelia. Un disco que es de difícil escucha —para qué negarlo— pero que, le guste a usted o no, fue pionero de toda una revolución que estaba a punto de producirse. ¿Una genialidad? Yo creo que sí, aunque hay quien piensa muy distinto. Por si quieren ustedes saber de dónde salieron los Pink Floyd de Syd Barrett.

1963 fue también el año en que se formó el legendario equipo de compositores de la discográfica Motown, la primera gran empresa dirigida por negros en la todavía muy racista América del norte. Hablo de los hermanos Brian y Eddie Holland, junto con Lamont Dozier, quienes empezaron a escribir éxitos como quien fríe croquetas en serie. La compañía llevaba ya tiempo funcionando, pero aquel año inició su legendaría política de «cadena de montaje», transformándose en una auténtica factoría donde todos —incluyendo a las estrellas, que no dejaban de ser también empleados sometidos a una dura disciplina— trabajaban a destajo para intentar producir cuantos más éxitos mejor. En esta época se produjo el ascenso de Marvin Gaye. Otro ejemplo de esta nueva política industrial y del saber hacer comercial del nuevo equipo de compositores fue Heat Wave, un gran éxito de Martha & The Vandellas:

El cineasta y productor Roger Corman, también especializado en parir películas como churros —aunque en su caso se conformaba con éxitos más modestos— tuvo un año particularmente inspirado. Creó filmes tan memorables como El cuervo o como la oscura X: The man with the X-Ray eyes. Esta última, protagonizada por Ray Milland, narraba la historia de un hombre que a resultas de un experimento podía ver a través de la materia. Primero se divertía viendo la ropa interior de las señoritas, pero más adelante… En fin, quien tenga la edad suficiente podrá recordar el trauma que bastantes años más tarde, nos produjo a muchos niños la emisión de esta película en horario infantil (¡Dios bendiga a quien tuvo la idea!). Para mí, al menos, ver aquel largometraje fue toda una experiencia que llevo grabada a fuego. Muy particularmente esa aterradora, impresionante escena final que aunque nos hizo tener pesadillas recurrentes durante meses o incluso años, ¡es una sensación que ahora no cambiaríamos por nada! Incluso viendo ahora esa secuencia, décadas después, noto retazos de aquel irracional terror infantil. No la pongo aquí para no estropeársela a quienes no la hayan visto, pero les diré que no creo perjudicial que los niños, a cierta edad, descubran aspectos escabrosos del mundo con películas como esta. Ya saben: Si tus ojos te escandalizan…

Volviendo a la música negra, no todo era la elegancia industrial de Motown. James Brown estaba cimentando su gran estrellato a base de soul sudoroso con una fuerte base blues. Aquel año grabó el primero de sus dos directos en el teatro Apollo, catedral de la música negra (el otro directo, de 1968, sería aún más legendario), de donde seleccionaremos un tema. Aunque no sería hasta 1964 cuando empezara a jugar a la alquimia con su música, introduciendo los primeros elementos de una de las revoluciones más importantes de la música del siglo XX: la creación del funk como un estilo independiente, algo que Brown estaría cociendo en el horno durante algunos años hasta que en 1967, con canciones como Cold sweat, estuviese ya completamente terminado, para terminar de alcanzar la perfección química en 1970. Pero el James Brown de 1963 todavía seguía los cánones del soul imperante, aunque destacaba por sus interpretaciones pasionales y su entrega:

Federico Fellini se llevó glorias, premios, éxitos y parabienes de todo tipo gracias a una de sus obras maestras, , un film de tintes supuestamente autobiográficos donde Marcello Mastroianni ejercía como Sosias del propio Fellini. Los escarceos del director con el surrealismo y algunos otros aspectos idiosincrásicos del film le hicieron dudar de que pudiese repetir el éxito internacional de La dolce vita, pero no solamente lo consiguió sino que se llevó entre otras muchas distinciones el Oscar a mejor película de habla no inglesa. En fin, para qué decir más, otra obra maestra absoluta de 1963.

Aunque con la excepción de los artistas brasileños no soy muy aficionado a la (creo yo) mal llamada «música latina», en 1963 el gran Tito Puente publicó un himno universal que algunos únicamente descubrimos gracias a la versión que grabaría Santana en su extraordinario álbum Abraxas.

Por entonces en España, como de costumbre, las cosas llegaban tarde y mal, caso del rock & roll. Bajo el reinado —porque era un reinado— de un señor llamado Franco que quería seguir mandando a toda costa para vivir bien, se potenciaba los sonidos autóctonos por mera cuestión de identidad nacional, sin importar cuánto merecían ser potenciados o no. Pero lógicamente no se podía evitar que los ecos del extranjero llegasen a nuestro país y algunos rockeros de pro como Miguel Ríos comenzaban en aquellos años. En 1962 había tenido un gran éxito adaptando Popotitos de los mexicanos Teen Tops, bajo cuyo estúpido título en castellano se escondía la inmensa melodía de la inmortal Bony Maronie de Larry Williams. O sea, una canción que ya tenía más de un lustro de antigüedad. Ríos la interpretaba muy bien y en los setenta incluso la tocaba con intro pseudo-prorgresiva, aunque creo que estaría de acuerdo conmigo en que nadie, ni siquiera el autor original, podía hacerla como La Voz, Su Majestad Little Richard. No he encontrado la versión de Ríos en Youtube, salvo en interpretaciones posteriores, pero creo que para ilustrar bien nos vale la de nuestros primos hermanos mexicanos:

Otro de los grandes films del año fue La gran evasión, acerca de los intentos de un grupo de oficiales aliados por escapar de un campo de prisioneros durante la II Guerra Mundial. Con un reparto de primer nivel, un guión vibrante, acción constante y mucho, mucho entretenimiento de calidad, es la clase de película que resulta imposible de olvidar una vez vista (y, ¡esa música que se te clava en el cerebelo!). El film, sobre todo, ayudó a consolidar a Steve McQueen como icono de la pantalla gracias a aquella imagen de rebelde cínico y solitario que siguió cultivando en años posteriores. Imprescindible.

1963 sería también recordado por el batacazo casi letal que la 20th Century Fox se pegó con el grandilocuente film Cleopatra. En 1945 se había estrenado una película similar con la bella pero recatada Vivien Leigh en el papel de la reina egipcia. En 1963, sin embargo, se buscaba no solamente reeditar el cine de masas de la Edad Dorada de los estudios, sino también sacar jugo al potencial erótico de la superestrella Elizabeth Taylor, que nunca antes había sido filmada de aquella manera tan explícita porque solía se considerada un sex symbol elegante. Hubo secuencias de Cleopatra, de hecho, que fueron cortadas en la sala de montaje a causa de su enorme carga sexual y el público de la época se quedó sin ver algo tan inédito como el culo de la actriz de medio lado (algo muy, muy atrevido entonces, no olvidemos que otro sex symbol, Elvis, estaba rodando peliculitas más bien inocentonas y que Marilyn Monroe no había llegado a tanto). Sea como fuere, en mi opinión Taylor encajaba mejor como Cleopatra que Vivien Leigh precisamente a causa de esa carga sexual que pegaba más con la leyenda. Taylor y otros reclamos como la monumentalidad del film o su rico reparto funcionaron muy bien en taquilla, pero la película terminó perdiendo una fortuna y casi arruinando al estudio. Se habló mucho de que los caprichos de la voluble Liz Taylor habían contribuido al desastre, pero como de costumbre la verdadera explicación no era tan divertida: simplemente se les había ido tanto la mano con el presupuesto que hubiesen necesitado un éxito verdaderamente monstruoso para hacerla rentable. Y tuvo éxito, pero no el suficiente. Piensen, por ejemplo, que secuencias como la que sigue las hicieron sin ayuda de ordenadores… lo dicho: un puñetero dineral.

La serie de televisión El fugitivo, protagonizada por el carismático David Janssen —a mucha gente no le suena su nombre hoy, pero en su día fue una superestrella— se estrenó en 1963 y convirtió en un inmediato hit internacional, narrando las aventuras de un médico condenado a muerte, Richard Kimble, que intenta probar su inocencia antes de que lo capturen. Espectadores de medio mundo simpatizaron con el pobre doctor Kimble y quedaron pegados a la pantalla para averiguar en qué terminaba la cosa.

En España, mientras tanto, se publicaba el disco de unos tales Chiquitos de Algeciras, dos jóvenes hermanos que bajo ese nombre quizá no nos suenen demasiado. Pero uno de los dos hermanos, el que tocaba la guitarra influido por monstruos como Sabicas o el Niño Ricardo, no tardaría en llamar la atención por su virtuosismo y en alcanzar el estrellato. Hablamos, cómo no, de Paco de Lucía.

Blake Edwards sorprendió al mundo con su nueva comedia, The pink panther. O más bien quien sorprendió fue el inefable Peter Sellers gracias a su hilarante interpretación del inspector Clouseau, un policía francés de intelecto rayano en la incapacidad y de una personalidad cómicamente estirada. Aunque su papel era teóricamente el de sidekick gracioso para el protagonista David Niven, Sellers enamoró de tal manera al público que en la secuela fue ya el protagonista absoluto, y muy merecidamente. También resultaban muy impactantes los títulos de crédito iniciales: la absolutamente increíble música de ese genio llamado Henry Mancini y un personaje animado tan carismático que terminó teniendo una serie propia de dibujos animados e incluso una malévolamente deliciosa franquicia de insalubres pastelitos industriales.

En otro ámbito, también en la música clásica estaban pasando cosas, incluso entre compositores ya ancianos. Igor Stravinsky continuaba experimentando con métodos de escritura serial y otras técnicas compositivas cuyo resultado puede dejarnos un tanto perplejos —aunque al lado de lo que hacía Sun Ra, claro, sonaba casi convencional e inteligible— y que admito que me producen bastante menos impresión que las grandes obras de su etapa más romántica como El pájaro de Fuego. Con todo, su nueva obra de inspiración bíblica —como este Abraham e Isaac— puede resultar indigesta para quienes no conseguimos conectar, aunque por momentos contenga retazos del anterior Stravinsky, el que iba más dirigido al corazón que a la cabeza. No se sienta usted culpable, amigo lector, si decide detener el video porque le está dando migraña.

Ese mismo año, el mundo estaba a punto de ser asaltado por una de las tonadas definitivas del siglo XX: Garota de Ipanema. Aunque fue compuesta en 1962 y popularizada en 1964, el tema fue grabado precisamente en 1963, unos meses antes del asesinato de Kennedy. Por cierto, si tenía usted curiosidad por saber quién era la mil veces nombrada «chica de Ipanema» (tal vez la mujer sin aparente nombre más famosa del siglo), se trataba de la modelo Heloísa Menezes, más conocida por el sobrenombre de Helô Pinheiro.

También por entonces se estrenó en el Reino Unido la serie de ciencia ficción Doctor Who, y con sus debidos paréntesis ha tenido una larguísima vida, cimentando un enorme prestigio a lo largo de décadas. Vean la intro original, con una música adelantada lustros a su tiempo y una estética de oscurantismo minimalista que debía resultar verdaderamente impactante para los espectadores de 1963.

El gran Billy Wilder retornaba a las pantallas con Irma la dulce, un buen film y exitoso en su momento, pero que para mi gusto palidecía un tanto en comparación con sus dos anteriores obras: la inmortal El apartamento y también con la entonces incomprendida Un, dos, tres, cuyo alocadísimo ritmo era tan excesivo que no fue bien recibido por el gusto imperante en 1961 (por mucho menos, Dr. Strangelove, que Stanley Kubrick estrenó en 1964, es considerada una comedia rompedora para su tiempo). Irma la dulce era un retorno de Wilder a la comedia romántica de el El apartamento con idéntica pareja protagonista —Jack Lemmon y Shirley MacLaine— aunque ni mucho menos con la misma magnitud artística. Pero es una película muy apreciable de todos modos.

También en España tuvimos nuestra ración de obras maestras cinematográficas. El verdugo fueuna de las grandes obras del que para mi gusto y en sus mejores momentos tal vez haya sido el mejor director español de la historia junto a Luis Buñuel: su tocayo Luis García Berlanga. Muy heredera del realismo italiano pero también repleta de los giros personales del genial tándem Berlanga-Rafael Azcona, era una muestra más de cómo se las arreglaban para colar temas muy, muy duros en su cine sin que la censura franquista cayese en la cuenta de que lo mejor (para la intención de los censores) hubiera sido prohibir una película que hacía pensar, y mucho, a quien estuviese dispuesto a pensar. Habla del hijo de un verdugo a quien le supone un serio problema moral heredar la profesión de su padre ya jubilado, y dedicarse también a ejecutar sentencias de muerte. Protagonizada por el italiano Nino Manfredi, por una Emma Penella a la que desgraciadamente hemos perdido hace poco (gran, gran actriz que mucha gente redescubrió gracias a las series de TV) y por ese monstruo de la interpretación nunca lo bastante ponderado que era Don Pepe Isbert. No se pierdan los impresionantes diálogos de la siguiente secuencia, con frases tan repletas de sutil mala leche como: «Que le avisan que tiene que ir a matar a uno, y esto nos pasa ahora, que vivíamos tan felices», «No hagas caso, que lo indultan, la de viajes que he hecho yo en balde», «En Palma de Mallorca… allí no he “actuado” yo, si no te daba una tarjeta». Qué cine se hacía aquí por entonces.

Ha sido una pequeña muestra nostálgica, modesta, muy de domingo… pero francamente, no tenía demasiadas ganas de hablar de las conclusiones de la Comisión Warren. Hay cosas mucho más interesantes: ¡donde esté un hombre con rayos X en los ojos…!

x-the-man-with-the-x-ray-eyes Corman